Tierra Adentro
Migrantes en el tren "La Bestia", 2008. Fotografía de Peter Haden. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Migrantes en el tren “La Bestia”, 2008. Fotografía de Peter Haden. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0

I

No sé por qué ni cómo, pero de repente él y yo estamos platicando, nada muy personal, eso sí, acaso el típico papeleo verbal de quienes recién se conocen (¿cómo te llamas?, ¿de dónde vienes?, ¿hacia dónde vas?); semillas de conversación que se riegan en el aire y van a dar a todos lados: a los postes de luz, a los techos de las casas, bajo las llantas de los automóviles. Claro, no todas alcanzan a germinar y entonces viene un silencio que ni él ni yo sabemos cómo extinguir.

Caminamos sobre los durmientes, lo que nos da cierto aire infantil. La manga derecha de su suéter, enorme, ondea. Se nota que su piel, antes, en un tiempo innombrable, fue de tono limpio. Ahora, al golpe de numerosas tardes, se ha vuelto polvo sólido.

―Y ni así aprendo a no caminar cerca de las vías ―se remuerde casi en juego entre sonrisas.

Dice llamarse Omar, aunque puede ser mentira. A pesar de lucir casi de mi edad, sospecho que no debe rebasar los veinte años. Quizá, pienso, es la falta del brazo lo que le confiere ese tono de madurez, de amargura.

―Fue más allá ―su mentón señala una dirección imprecisable―, pero no me acuerdo de nada. Desperté en el hospital y vi el hueco en la camisa. Chingao, vos, que si lloré ese día.

Su rostro cambia con rapidez de la tristeza a la felicidad. Me recuerda al símbolo del teatro, una cara triste y una alegre, en excéntrico equilibrio. Mira al norte y mira al sur, destino y punto de partida, respectivamente. Jano extranjero.

II

Hace unas semanas vimos (mi madre, mi hermano y yo) a un perro correr desesperado con dirección a ninguna parte, con esa clase de gesto de teflón al que cualquier adjetivo se le resbala. «Va muy cerca de las vías», comenté, y la luz del tren asomó por encima de unos árboles que le pintaban verdor al horizonte. Subimos los vidrios de la camioneta porque, sabíamos, estaba cerca ya el pitido de la locomotora (siempre pitan en los cruceros, para advertir a la gente que no trate de ganarles; tarea inútil en ocasiones: han pasado muchos accidentes) y me tapé los oídos; yo, más que para no escuchar al tren, para no darme cuenta de cuando estallaran los huesos del animal, sus músculos, la increíble y suave llanura de su piel moteada. «Está muerto ya», sentenció mi hermano, segundos después, con la mirada en el retrovisor, donde el perro, con el cráneo destrozado, se iba empequeñeciendo conforme avanzábamos. «Lo golpeó en la cabeza, ni debió darse cuenta», agregó. Era mediodía y el tren siguió avanzando porque, a decir verdad, ¿qué más quedaba por hacer?

Pienso si debo contarle esto a Omar, como para decirle «mira, no sólo te pasa a ti, es con cualquiera», pero no sé si halle ofensiva la comparación con un perro o, en todo caso, lo envidie porque él ya no está en este mundo y ni siquiera se dio cuenta. Quizá en algún sitio, de un modo que no alcanzo a comprender, ese perro sigue corriendo al lado de las vías del tren y no entiende cómo es que no se cansa y nada le duele; en ese mismo sitio, le es imposible recordar cómo se siente el hambre o a qué sabe el miedo en la boca.

Ahora pienso que, de decirle eso a Omar, quizá no halle ofensiva la comparación con el perro, sino el no estar ahí, en ese mismo sitio que el animal.

III

Cuautitlán es un pueblo surcado por numerosas vías de tren; desde el aire debe de dar el aspecto de un cuerpo suturado, tumefacto, herido hasta el hartazgo. A veces, al lado de las vías, uno puede hallar (además de cruces de metal) gallinas negras con el cuello abierto, secas como un fruto olvidado bajo el sol. 

―No, no es magia negra ―nos contesta el anciano que indica a los autos, con una franela roja, cuándo viene el tren―, vienen a tirarlas como ofrenda a un dios, no me acuerdo cuál, que habita en los caminos.

No sé acuerda de qué dios se trata, pero ahí, al lado del tren, alguien viene a dejarle su ofrenda, para que no vaya a enfurecer contra los humanos o, en todo caso, para que sepa contra quién arremeter. De lejos parece como si el hombre toreara al tren, que pasa bufando, con numerosos inmigrantes clavados en el lomo, para luego desaparecer en lontananza. Omar afirma con la cabeza, como si la respuesta del anciano fuera exactamente lo que esperaba, luego se lleva la mano al cuello y mira pasar los vagones, uno tras otro; toma entre el índice y el pulgar una de las cuentas de su rosario y la soba despacio, luego continúa con otra. Sus labios se mueven: cuenta los carros enganchados, como si sobara con los ojos cada una de las cuentas de ese rosario de acero crudo que el aire lleva en el cuello en su camino a Estados Unidos de Norteamérica. 

Pienso que Omar debió encomendarse a ese Dios que habita en los caminos, pero no lo digo.

IV

―No, nunca he ido. 

Omar pregunta si he visitado Estados Unidos y mi respuesta no puede ser más sencilla, aunque quisiera decirle algo más porque siento que de pronto, en caso de que yo no agregue algo, él se irá por su lado y no sé por qué pero esa idea me angustia. 

Nos encontramos cerca de las vías. Se acercó a pedirme dinero o comida; llevaba de ambos, pero sólo doy de lo segundo, dinero no: creo que me ayuda a distinguir a los falsos migrantes, quienes abarrotan estas calles y fingen acento extranjero para lucrar con la lástima. «Debiera ver al dizque migrante de ahí de la esquina», nos comentó hace años un taxista, cerca de Tultitlán, el municipio vecino donde, también, la presencia de migrantes es fuerte, «todos los domingos sale del súper con tres carritos a reventar; yo lo he llevado a veces, vive como a cinco minutos de aquí». Mi entonces novia sacudió la cabeza como quien no entiende. Yo imaginé los carritos repletos, uno tras otro, enganchados como vagones de tren. Desde entonces, trato de ver quién de verdad es migrante y quién no, pero es una tarea que jamás dominaré del todo.

Pero no: nunca he ido a Estados Unidos, así que no sabría qué decirle a Omar sobre ese país, sólo sé que ahora no dejo de pensar en ese brazo que le falta, en cómo definirá su destino.

―Bueno, y ya que llegues, ¿de qué podrías…? ―un titubeo completa mi pregunta; Omar entiende a la perfección la idea.

―Ah, de algo encontraremos. Dice que en las cosechas de los viveros, o en los restaurantes ―mira al cielo mientras esperamos el «siga» frente a un cardumen de autos―, o veremos de qué, pero primero llegar.

En realidad, me dijo cuando nos encontramos, más que comida o dinero deseaba información: Hospital Vicente Villada, eso era lo que buscaba. Conozco el hospital y me quedaba de paso. El hombrecito de pequeños leds verdes corre cada vez más aprisa en la contraesquina, sin jamás avanzar a ningún lado, hasta que se petrifica rojo. El trenecito hecho de carritos de supermercado, llenos hasta el tope, de aquel falso migrante. La lástima es un mejor negocio que las cosechas o los restaurantes, pienso, pero no se lo digo a Omar.

Seguimos caminando. Tal vez me dijo a qué va al hospital pero no lo noté: desde el primer momento, mi atención se perdió en el palimpsesto de su rostro, donde un hombre nuevo parece surgir con cada expresión. Es un hombre de hombres, hecho de mil iguales a él, pero nunca el mismo. 

―Ya encontraremos ―repite unos metros antes de llegar al hospital. 

Le indico que hemos llegado, aunque no hace falta: el edificio resalta de entre todas las demás construcciones por su altura y la gente que se arremolina a la entrada, todos con el rostro exhausto y desencajado. Omar se acerca a la gente que se agolpa en la entrada y se para de puntitas; entre el índice y pulgar izquierdos, una de las cuentas del rosario gira. 

—Oye, Omar, ¿y a quién buscas aquí en el hospital?

Dos ambulancias estacionan junto a la entrada, de ellas descienden dos camillas que avanzan hasta la entrada, una tras otra. Omar las sigue con la mirada hasta que se pierden dentro del edificio y luego continúa de puntitas, con las cuentas del rosario entre los dedos de su única mano. Se aleja todavía más y ya no puedo verlo entre la gente, pero me imagino sus labios moviéndose como en un rezo en voz baja.

Me alejo sin despedirme y subo al puente peatonal: la cabeza de Omar, desde esta altura, es indetectable entre todas las demás.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.