El presidente Nicolás Maduro ha sido secuestrado por el ejército norteamericano y la CIA en un acto criminal que viola la carta de las Naciones Unidas y toda la legalidad internacional. Luego de un bombardeo en Venezuela, lo trasladaron a Nueva York, donde se le escuchó decir de una manera serena y segura a sus secuestradores: “Happy new year”. No se trató de un simple saludo, con ese gesto y la simbología empleada el presidente Maduro dijo: “No estamos derrotados, comienza una nueva etapa, un nuevo año en nuestra lucha. ¡Nosotros venceremos!”. Su postura, en medio de la más dura situación, es de seguridad, de dignidad, de liderazgo. Sabe que su pueblo está en pie de lucha y que la revolución no caerá.
Maduro es el hombre, pero lo que representa es mucho más grande que él como individuo. Entonces, más allá del infame secuestro, el chavismo es el fenómeno por estudiar, pues para comprender el escenario actual, donde Venezuela ha sido agredida de manera brutal y criminal por el imperialismo norteamericano y aun así ha mantenido el orden y ha constituido una forma de gobierno de manera inmediata, hace falta estudiar y reconocer la madurez suprema del pueblo y del proceso revolucionario frente a la historia. No han pasado cuarenta y ocho horas y con constitución en mano el chavismo reorganizó el gobierno, garantizó la paz social y movilizó al pueblo en defensa de la revolución y en torno a la exigencia de retorno del presidente. El chavismo ha optado por la vía donde la paz se mantiene sin renunciar al proyecto histórico que representa la Revolución bolivariana. El país se mantiene en pie y a pesar de la agresión no dejará de ejercer su soberanía.
Es importante establecer y reivindicar el hecho de que, a pesar del duro golpe que el imperialismo ha asestado contra la Revolución bolivariana el 3 de enero, en el pueblo venezolano la defensa de la Patria y la República constituye un asunto central para el desarrollo del proyecto político bolivariano. No es posible construir el socialismo, ni desarrollar una política energética soberana, ni procurar un proyecto de integración latinoamericana sin Patria y sin República. Han secuestrado al presidente Nicolás Maduro, pero jamás podrán secuestrar lo que ese presidente, como chavista, ha sembrado en nosotros, el pueblo. No podrán secuestrar la Patria.
Los venezolanos y las venezolanas exigimos al gobierno yankee que regresen al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, nuestra camarada, Cilia Flores, y lo hacemos en primera instancia garantizando el orden de la República y ejerciendo el poder del soberano al utilizar la fuerza del Estado para reafirmar nuestra voluntad de patria, libertad, justicia y soberanía. No han podido sus bombas doblegarnos, aquí estamos con nervios de acero cabalgando, como Bolívar, sobre las dificultades.
¿Y la oposición venezolana? ¿Dónde están los cipayos? La oposición venezolana está actualmente desdibujada, fragmentada, sin programa, sin liderazgos, sin credibilidad. No hay manifestación de ellos dentro del país, no son más que un murmullo cobarde y escuálido, pues saben que su postura es una abominación histórica. Trump fue claro con esto al referirse a María Corina Machado, a la cual literalmente lanzó a la basura desde el punto de vista político. La presidencia la asume la vicepresidenta puesta por Nicolás Maduro y con aval del Tribunal Supremo de Justicia. El chavismo tiene hegemonía, el poder y la legitimidad en el país como fuerza política, está en todo el territorio nacional a través de las comunas y los movimientos sociales, moviliza a través de sus estructuras partidistas con suprema eficiencia y disciplina, gobierna en todas las dimensiones del Estado, determina las relaciones económicas internacionales y mantiene control de las fuerzas de seguridad, tanto militares como policiales. En fin, no existe forma de gobernar Venezuela sin el chavismo, por cuanto lo único que ha podido hacer el gobierno de Donald Trump a fin de tratar de desestabilizar el país y hacerse de un nuevo escenario para intentar apropiarse del petróleo venezolano, es secuestrar al presidente con la esperanza de desmembrar al Estado y buscar la fragmentación de las fuerzas revolucionarias. La respuesta del chavismo ha sido contundente: nervios de acero, lealtad absoluta, unidad monolítica, organización, movilización popular y trabajo. Esto es lo que se ve actualmente en toda Venezuela.
En cuanto al escenario internacional es necesario dejar claro que no se trata únicamente de Venezuela, se trata del convulsionado orden mundial. EUA deja claro que impondrá la guerra para controlar países con recursos o posiciones estratégicas para sus intereses, violando cualquier principio o precepto del derecho internacional e incluso su propia ley. Trump representa en este sentido una ruptura con el liberalismo político ilustrado de EUA, asumiendo un autoritarismo feroz, como advirtió Hannah Arendt al hablar del colapso de la democracia y de la banalización del mal, un mal que contribuye al resurgimiento del fascismo. La tensión entre los valores fundacionales de los EUA y la realidad actual refleja una crisis de la democracia liberal norteamericana, donde el capitalismo oligárquico y la polarización facilitan a los extremistas aventuras de carácter antidemocrático e incluso fascista, impulsando acciones que generan terror e incertidumbre para el mundo. Trump es algo peor que la COVID-19.
En este contexto la Doctrina Monroe se adapta a una nueva premisa, ya no es solo “América para los americanos”, es “Make America Great Again”, esto significa que la Casa Blanca impondrá el poderío militar del imperialismo para recuperar su hegemonía. Como se expresa en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, publicada por la Casa Blanca el 4 de diciembre del 2025: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”, aunque es claro que esto es solo un eufemismo, pues la OTAN sigue operando en el mundo y su presión es constante.
Atacar Venezuela es entonces un primer paso en su estrategia global de seguridad. Se trata de la energía, lo han dicho claramente. Buscan debilitar la posición de Rusia y China en el reordenamiento del sistema-mundo, imponiendo el control del comercio en el Caribe, controlando el canal de Panamá y limitando las relaciones estratégicas con el país que ostenta las mayores reservas comprobadas de petróleo en el planeta. El bombardeo en Venezuela no combate al narcotráfico, defiende la hegemonía del dólar. El secuestro de Maduro no tiene que ver con la defensa de la democracia, sino con su alianza con los países que lideran los BRICS. Su obsesión con Venezuela no se fundamenta en las mafias, sino en todo lo contrario, el inmenso poderío moral que ha acumulado a través del bolivarianismo (chavismo). ¿Qué juicio harán contra Maduro si ya han develado su calaña?
Frente a este escenario los pueblos del mundo son los que pueden juzgar en manifestaciones al gobierno de los EUA y los gobiernos asumir posturas firmes frente al colonialismo y el fascismo, solo así detendremos a quienes pretenden convertir al mundo en Gaza a fin de proclamarse de manera blasfema la “Nueva Jerusalén”, asumiendo el Destino Manifiesto como fundamento. Si queremos sobrevivir como humanidad a los embates desesperados y desenfrenados de un imperio en decadencia, debemos hacernos de la premisa de El Libertador, Simón Bolívar, “Por fortuna se ha visto con frecuencia un puñado de hombres libres vencer a imperios poderosos”, y con madurez enfrentarnos a la bestia, cavar su tumba en Venezuela y levantar nuestras banderas con valentía a fin de construir una nueva hegemonía.
“Montículos detectados”, Ismael Glaf. La tinta del silencio, México, 2025.
Las minificciones de este libro forman tres montículos. Al primero lo integran cuentos fantásticos que remiten a Las ciudades invisibles de Italo Calvino; el segundo reúne las crónicas de Eva Sal, versión cósmica de La mujer de Lot bíblica, en torno a un viaje sincrético-surrealista; el tercero se compone de ocho historias de Cromala, pastiche de la Comala rulfiana, y protagonizadas por personajes homónimos a los de su novela Pedro Páramo.
GRÁNULOS DE INVISIBILIDAD
Ghosting
Él me enamoró con mensajes escritos en el paño del espejo. Me pidió que fuera su novia con un poema rasgado en la pared. ¿Cómo me pediría matrimonio?, solía preguntarme desde mi balcón, como hipnotizada por la ciudad invisible.
Una noche ya no hubo más notas asentadas en el cuero del perro. En adelante, mi amor dejó de escribirme en el cochambre de los trastes.
Entonces el frío de mi departamento envejeció.
Hace poco volví a coquetear con fantasmas extraños del otro lado del espejo. El último acaba de marcharse porque encuentra ordinaria mi forma de escribir con las uñas, y al revés.
Ruta alterna del efecto mariposa
El taxista soltó el volante cuando en el espejo retrovisor se descubrió a sí mismo en el asiento trasero, con el semblante desencajado. Su taxi, a más de noventa kilómetros por hora, salió del carril y chocó contra la parte trasera de otro vehículo idéntico. La expresión del taxista afectado se encajó en el espejo retrovisor. Su estridencia aún orbita, lenta, en la ciudad invisible donde nunca hay tráfico.
GRÁNULAS SALINAS
La nada se condensó en un ave
con el poder de narrar en omnisciente omnipresente.
En un principio.
El cuerpo de Lilith evanesció.
Como una brisa volvió al paraíso, al sitio exacto donde había arrancado la lengua de Adán de un mordisco. Junto al árbol del conocimiento del bien y del mal estaba un huevo estacionado, del triple de sus dimensiones. Era La Nave Reptórica. Vibraba desde que detectó a Lilith. El polvo neón que desprendían sus escamas dotó de habla a la céfira. También la persuadió de abordar. Estas son sus crónicas.
I
Gn 19:26. Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.
Y cuando la mujer de Lot se quedó sola, La Nave Reptórica atravesó las humaredas sobre Sodoma y Gomorra.
Por obedecer a Dios, Lot y sus hijas se perdieron el aterrizaje del huevo. La ventisca abdujo a la cuarta persona de su familia a punto de desmoronarse: la mujer sin nombre condenada a ser una estatua sin nombre.
La nave volvió al espacio.
En la cabina de los monitores fibrosos, Lilith esculpió gránulo a gránulo un rostro de sal. Cuando terminó de definir los labios, los acarició con el hálito que equivalía a los suyos.
Muac.
La Nave Reptórica se estremeció sin alterar la velocidad de su curso. En su interior ocurrían millones de metamorfosis. Los cristales se convertían en tejidos. Renacía una mujer adulta en un cuerpo a imagen y semejanza del que Lilith fue despojada.
Desnuda, la nueva tripulante se presionó las sienes para recuperarse del mareo. Sus primeras palabras fueron: “Yo soy Eva”.
“Eva Sal”, precisó Lilith con un sonido de ráfaga, de orgullo, porque al fin la mujer de Lot pronunciaba su nombre.
GRÁNULOS CROMÁTICOS
***
Justina Díaz, mi prometida, me leía el tarot en una mesita exterior de nuestro café preferido. Señalaba la carta de cinco de copas, cuando percibí el perfume [amarillo, narciso, precisan los murmullos] que dejé de usar hace décadas. Levanté la vista. El aroma provenía de la mujer que acababa de pasar a mi lado: Susana San Juan: mi cónyuge: aún. Habíamos aplazado el divorcio y ahora concurrían nuestras senilidades. Tan rápido como me distraje, devolví mi atención a la mesa. Di un trago a mi asqueroso vainilla latte para hacerme el idiota. Justina Díaz era una joven sin un pelo de estúpida. Encantadora, me repitió el significado de la carta de Los enamorados: la que había abierto la tirada.
***
Luna enferma.
Un cocodrilo le arranca el pie a Damiana Cisneros, quien logra huir del río [verde, musgoso, dicen los murmullos] y refugiarse sobre una peña, donde se desmaya.
Luna y hierba.
Eduviges Dyada surge de la maleza. Se arrastra, presa de la fiebre. Está desnuda y a punto de dar a luz.
Damiana Cisneros vuelve en sí. Aúlla de dolor. Avista el cadáver de Eduviges Dyada, a quien amaba más que a cualquier parte de su cuerpo.
El sol y la recién nacida están hambrientos. Los cocodrilos, atraídos por el llanto, un poco más.
“Montículos detectados”, Ismael Glaf. La tinta del silencio, México, 2025. Disponible aquí
Era cerca de la medianoche del 2 de enero cuando los que tuvimos la mala suerte de seguir despiertos nos enteramos del bombardeo en Caracas por parte de Estados Unidos. Quienes vimos los videos ya no pudimos dormir pasando de canal entre medios alternativos y oficiales. Pocas horas después se supo de del secuestro el presidente Nicolás Maduro, mal llamado en los medios oficiales como captura o apresamiento.
Hubo poco tiempo para reaccionar, las consignas no tardaron en salir en las redes sociales, las condenas, las advertencias, la solidaridad cibernética. Por eso fue tan corta la capacidad de reacción. Algunos comenzaron a convocar con carteles mal señalados a una concentración en protesta en la embajada estadounidense.
Yo salí de mi casa temprano rumbo a la embajada que conozco, donde uno tramita su visa, en Reforma, solo para enterarme de que esa embajada ya se mudó hace no sé qué tanto y ahora está situada en Angostura 225, en la Colonia Irrigación. Sin saber cómo llegar, ya que está en un lugar ligeramente inaccesible, tuve que ir por una ecobici en un trayecto entrecortado por los puentes.
Encontré alrededor de unas doscientas o trescientas personas con banderas de Venezuela gritando consignas en contra de la invasión norteamericana. “Fuera yankees de América Latina”, se leía en las pancartas. Por turnos, diferentes oradores dieron su perspectiva de la amenaza. Gente venezolana, gente de México e incluso algunas personas de partidos comunistas enfrentados que aprovecharon para hacer reclamos a la política local. Comenzaron algunos enfrentamientos, a partir del reclamo de que el verdadero interés de la manifestación era la soberanía de los pueblos de América Latina y no concentrarnos en las detalles de la política local.
Poco a poco llegaron más personas, algunos rostros familiares como Rafael Barajas El Fisgón, con quien hablé y me dijo que los estadounidenses no necesitaban petróleo pues ya tenían mucho petróleo con el fracking, lo que quieren es la dominación especulativa del petróleo y el monopolio del narcotráfico. Yo le propuse que quizá los estadounidenses no buscaban el petróleo porque lo necesitaran inmediatamente, sino que porque buscaban desestabilizar aquellos países a los que Venezuela les da petróleo, como Cuba y Nicaragua, los cuales podrían ser los siguientes en la invasión. Y el me sorprendió con una vaticinio aterrorizante: el que sigue es México.
Los camaradas de acción directa lanzaron huevos y a grafitearon la embajada de Estados Unidos. Todos los periodistas se movilizaron del centro de la glorieta hacia la valla. Activistas jóvenes les gritaban que no grabaran, pues los ponían en peligro, a lo cual pocos periodistas hicieron caso.
A la pregunta “¿cómo estás?” que le hice a cada persona que me encontraba, la mayoría contestaban que estaban encabronados, un sentimiento de impotencia que recorría el aire de la Colonia Irrigación.
Poco a poco se sumaron más personas pero otras se iban. Debimos ser medio millar en algún momento. Un joven llegó a cantar una versión alternativa de “Dicen tus jefes que a mí no me quieren” versión antiimperialista que movió al baile y a un pequeño sentimiento de esperanza. Mientras escribo esto, las protestas continúan, la concentración se moviliza en una marcha hacia el metro Río San Joaquín. Por ahora, hasta aquí mi reporte, Joaquín.
“Casas en Araucanía”. Fotografía de Pablo Trincado, 2012. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0
Esta sería la historia de María Eulogia Huilquiruca, pero ella toda su vida pidió que le llamen Juan. Entonces, esta es la historia de Juan Huilquiruca Canio.
—Nací en época de siembra, con la primavera recién preñada de flores de arvejas, en mi propia casa— contaba Juan Huilquiruca, reconocido yerbatero de la comunidad de Llegkowe y dirigente del sindicato de recolectores de orilla del mismo sector.
Lo conocimos porque se nos había encomendado levantar información sobre todas las organizaciones lafkenche activas. En cada encuentro, Juan nos recibió con amabilidad. Solía esperarnos en su paradero, vestido con terno, camisa, bastón en mano y siempre acompañado de su perra la Chupacabra. Nos guiaba cerro arriba hasta su casa verde, ubicada en lo alto del cerro Pil-Pil, casi al lado de las nubes. Allí vivía, rodeado de flores que él mismo había plantado “para que le hicieran compañía”. Desde esa altura, Llegkowe mostraba toda su belleza, un continente sembrado de agua, y delineado por musgos, chilcos y manilas por donde se le viera, un lugar poco habitado, que estacionalmente se convertía en el espejo de garzas y gaviotas migrantes. En donde los pocos vecinos, eran todos de alguna u otra forma familia. Juan tenía edad avanzada y una vieja cojera que lo acompañaba desde niño, pero caminaba con la espalda tan recta que no demostraba fragilidad alguna. Él había vivido toda su vida en Llegkowe, lugar donde nacen las aguas.
Un día, con mucho respeto, le pedimos el carnet para sacarle una foto e intentar postularlo a algún beneficio estatal. Cuando por fin nos lo pasó, lo primero que notamos fue que estaba muy vencido, era de esos antiguos, que se entregaban en blanco y negro… Lo segundo, que el nombre decía “María Eulogia Huilquiruca”. Le preguntamos si, tal vez, se había equivocado y nos había pasado el documento de su hermana o de otra persona. Juan sonrió levemente, y con un tono de voz muy serio, respondió: —No, sí soy yo. La misma, por eso escondo esa hueá de carnet. Pero ustedes tienen que decirme Juan no más. Ya, listo, hablemos de otra cosa—. Y así mismo fue.
Durante mucho tiempo, Llegkowe, gracias a su lejanía, permaneció oculto de los prejuicios occidentales. Por eso, Huilquiruca tuvo el tiempo y el espacio para crecer y formar su identidad en la libertad que su gente le ofreció. Huilquiruca creció como una flor de quintral, oculto entre la verde cordillera de la costa, trepando con el sol por el oriente y durmiendo con las algas por el poniente.
Fotografía de @carobrown, 2010. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-SA 2.0
Los rayos solares proyectaban sombras en el pavimento.
Antes de subirse al camión encendió un cigarro. Aspiró profundo y se arrellanó en el asiento del copiloto. Por la ventana, los eucaliptus se perdían en perfectas columnas equidistantes.
En la cabeza del conductor sobresalían unos apósitos amarillentos.
La tormenta nocturna se había disipado por completo. Casi no quedaban rastros de los granizos.
El muchacho cerró los ojos sintiendo el tabaco raspar su garganta. Luego, se limpió el sudor de su nariz y permaneció en silencio mientras la velocidad aceleraba bruscamente.
A un costado de la carretera yacían los perros atropellados durante la noche.
****
Mi madre intenta alzar las manos, enarcar las cejas, comunicarse. Es inútil. Posee muy pocos instantes de lucidez y sus movimientos son casi imperceptibles. Por las noches escucho su respiración entrecortada y creo que sobrevino el final.
La enfermedad la ha dejado pesando menos de cuarenta kilos.
Mamá ya no puede comer, sus dientes se extinguieron y sus encías son dos colgajos descoloridos.
****
Resguardó su cara con la mano derecha. El viento arreciaba hostil esa fría noche de otoño. Con paso firme recorrió un par de cuadras hasta dar con la dirección memorizada. Una amplia casona de dos pisos se alzaba al final del pasaje. Justo antes de tocar el timbre, miró su reflejo en el charco de agua que dividía el antejardín. No le gustó el aspecto de sus cabellos, desmadejados y grises.
—Soy Arturo —dijo apenas abrieron la puerta.
—Te estaba esperando —contestó el hombre.
Adentro de la casa el calor era sofocante. Arturo comenzó a transpirar. De su billetera extrajo quince billetes azules y los depositó sobre la mesita del living. El hombre lo miró y asintió con un leve gesto afirmativo.
Subieron la escalera.
La habitación era confortable. Por lo menos esa fue su primera impresión. Ahora poseía una cama doble para él solo. Primera vez en su vida que gozaba de ese privilegio.
—¿Vendrá alguien más a vivir acá?
—Un joven que acaba de salir de cuarto medio. Trabajará en la frutícola igual que tú. Llegará mañana temprano. Arrendará la pieza contigua a la tuya.
Cuando se quedó solo, Arturo abrió la cortina, frotó la ventana con su mano empuñada y sopló sobre el vidrio.
****
Todo el pueblo asistió al funeral de mi madre, a pesar de la lluvia torrencial. El cura, ataviado con su impecable sotana negra, no escatimó elogios.
Cuando volví a casa me quité el traje y me metí bajo la ducha. Durante largo rato estuve bajo el chorro del agua caliente.
Al salir del baño conté los billetes que mamá guardaba en su cómoda, bajo llave.
Era mucho dinero.
Dejé la ruma de billetes sobre la cama. Luego respiré profundo, me metí en el closet de mi madre y me quedé allí un buen rato, aspirando su olor.
Los perros comenzaron a ladrar apenas oscureció.
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Cuando terminó de ordenar el bolso bajó a comer.
Padre e hijo cenaron en estricto silencio, con la mirada perdida en los noticiarios nocturnos.
Terminada la comida y después de lavar los platos, los hombres continuaron mirando televisión un rato más. Nunca cruzaron palabra. Con las voces que emitía el televisor era suficiente.
Una vez dentro de la cama, Riquelme escribió un par de líneas en un cuaderno. A los pocos minutos roncaba exhausto.
Emprendió el viaje apenas amaneció. No se despidió de su padre. Era mejor así.
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Se saludaron con indiferencia. Un apretón de manos cortante, automático. Arturo pensó así sería su hijo cuando saliera del liceo. Riquelme observó que ese hombre era tan solo un poco más joven que su padre.
Durante un mes no compartieron turno y en la casa apenas hablaban. Cuando se encontraban afuera del baño o en el antejardín, un ligero movimiento de cabeza era señal de reconocimiento. Luego todo cambió. Se volvieron amigos en tan solo una tarde, mientras podaban los manzanos. Ambos necesitaban compañía y en el sur, el frio aproxima los cuerpos. Por las noches comenzaron a beber cerveza y mirar televisión. Incluso imaginaron planes futuros. La prosperidad estaba en el norte, en la minería, pensaba Riquelme.
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El pueblo se encontraba atestado de perros vagabundos que, al anochecer, se mostraban los colmillos disputándose negras bolsas de basura.
Durante la madrugada, el humo se impregnaba en la garganta y producía náuseas.
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Miraban televisión en la pieza de Riquelme mientras bebían unas latas de cerveza.
—Nunca me has hablado de tu mamá, pendejo.
—No la conocí. La atropellaron cuando yo tenía dos meses.
—Mala cosa.
—¿Y tú cuántos hijos tienes? ¿Dos o tres?
—Tengo dos hijos, pendejo, el mayor acaba de cumplir trece años.
En la pantalla del televisor una pareja huía de la policía. Arturo se aclaró la garganta y después prosiguió con el diálogo.
—Deberíamos recorrer el pueblo, ir a cantinas, nightclub.
—Es verdad, nos pasamos encerrados viendo televisión.
—Dicen que a la salida del pueblo se hacen carreras de galgos.
—Podríamos ir un día de estos.
La película prosigue un rato más, hasta que finaliza con una escena romántica. Los créditos se deslizan despacio y luego desaparecen de la pantalla oscura.
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Los hombres abandonaron la cantina abrazados, serpenteando el camino pedregoso. Se dirigían hacia las afueras del pueblo. Su intención era ver las carreras de galgos que se organizaban todas las noches en ese lugar. No tenían dinero para apostar. Los billetes que cargaban se quedaron en el mesón de la cantina.
Familias enteras asistían con sus sillas y se instalaban a mirar cómo los perros corrían enardecidos tras la falsa liebre. Era frecuente que las apuestas terminaran en riñas propiciadas por el alcohol. Entonces las cosas se arreglaban sin intermediarios. Lo que sucede en las carreras de galgos se queda en las carreras de galgos. Ese era el lema del pueblo. Los carabineros no intervenían.
Arturo y Riquelme observaron durante largo rato las carreras de galgos con los ojos enrojecidos por el pisco. Cuando terminaron las apuestas y ya todos los asistentes se fueron a sus hogares, decidieron regresar.
La casa estaba muy calurosa. En la estufa, los leños ardían.
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Apenas finalice el año me marcho. Para eso tengo los ahorros que me dejó mi madre. Ese dinero alcanza para vivir tranquilamente durante mucho tiempo. Incluso puedo vender la casa y el campo, y con las ganancias comprarme varias propiedades en la ciudad.
Es mucha plata.
No me preocuparé nunca más por el dinero. Eso es lo mejor que a un hombre le puede suceder en la vida.
****
Justo antes de dormir escuchó la voz de su amigo. Era pasado medianoche.
—Pendejo.
—¿Qué?
—¿Ya le viste el ojo a la papa?
—Solo con una polola del liceo.
—Este fin de semana vamos a putas.
Arturo apagó el televisor y caminó hacia su dormitorio. Al desvestirse miró fijamente sus manos. Luego, se masturbó con la luz encendida.
Esa noche Riquelme soñó con su padre. Era un sueño recurrente.
****
La lluvia se descargaba incesante durante semanas enteras. En las calles, los autos salpicaban el agua depositada en los adoquines.
Los trabajadores usaban chaquetas y pantalones reflectantes para defenderse de los camiones forestales que transitaban siempre a alta velocidad.
Al anochecer, las palomas se refugiaban en los entretechos de las casas.
****
Sábado en la noche.
Los hombres caminaron un buen rato hasta que arribaron a un viejo caserón de dos pisos, en los extramuros del pueblo siguiendo la línea de la carretera.
La puerta estaba entreabierta. Ingresaron dubitativos.
Una mujer alta y morena los condujo a una mesa y les preguntó qué iban a consumir. Se decidieron por un destilado.
Ya había comenzado el show. Los minutos pasaban rápido. Las copas se vaciaban con celeridad.
—No tomes tanto, pendejo, que después no vas a poder funcionar —dijo Arturo.
—Tienes razón, no debo emborracharme —contestó Riquelme.
Finalizado el espectáculo, cuando las bailarinas se retiraron entre tibios aplausos, se escuchó una música acompasada y unos cuantos parroquianos comenzaron a bailar con las mujeres que atendían las mesas. Arturo sacó a bailar a una muchacha muy delgada, mientras que Riquelme permaneció acodado en la barra hasta que vino a acompañarlo una mujer ya mayor.
—Debes pagar primero —dijo ella—. Luego vamos a una pieza —agregó.
Riquelme entregó los billetes a la mujer y la siguió por el estrecho corredor. En la habitación, un amplio espejo colgaba sobre el respaldo de la cama doble. Bajo el ventanal descansaba un espacioso cajón de madera recubierto con un paño azul. El joven se desvistió con apuro. A lo lejos se escuchaba el retumbar de una canción festiva. La mujer lo guio con disciplina y ternura. Riquelme sudaba sintiendo su cuerpo endurecer y experimentó un profundo alivio al eyacular. Todo finalizó como es debido, señaló para sí mismo. A continuación, se vistió muy rápido y salió del dormitorio sin girar la cabeza. Arturo lo esperaba en la entrada del local.
—¿Cómo te fue, pendejo?
—Bien.
—A mí me fue mejor de lo esperado, no sabes cómo lo necesitaba.
Regresaron a la casa tomados del brazo. Arturo miró a su amigo y un súbito impulso tuvo que ser contenido.
—Creo que no me gustan las carreras de galgos —dijo Riquelme.
—Corresponde apostar algún día —contestó Arturo.
—Quizás perderemos dinero —señaló Riquelme.
—Debemos arriesgarnos —sentenció Arturo.
—Sí. Debemos arriesgarnos —repitió Riquelme.
La noche estaba clara, brillante.
En el sur, el frío aproxima los cuerpos.
****
A finales de año me marcho. No habrá vuelta atrás. Les diré que se busquen otra pensión.
Dejaré este pueblo atestado de perros vagabundos. No respiraré más este humo maloliente.
****
Los viajes al nightclub se convirtieron en una rutina. Iban por lo menos una vez a la semana.
Arturo y Riquelme han invitado en varias ocasiones al propietario de la casona al nightclub. Pero él se ha negado rotundamente a acompañarlos. En realidad, el hombre apenas les dirige la palabra. Solo les habla cuando es estrictamente necesario.
****
—¿Pendejo?
Riquelme abrió los ojos con dificultad. La luz de la ampolleta lo cegó un instante y después de unos segundos pudo ver a su amigo sentado al borde de la cama.
Sus mejillas se enrojecieron al formular la pregunta.
—¿Qué pasa?
Arturo aclaró su garganta y prosiguió con el diálogo.
—En la frutícola me dijeron que este loco está forrado en plata y que no confía en los bancos, así que debe tenerla escondida por aquí, en la casa.
—¿Quién te dijo eso?
—Un colega me contó que a este loco se le murió la mamá y quedó con los ahorros de la vieja.
—¿Y qué? Si tuviera tanta plata no arrendaría piezas.
—Arrienda para tener más plata. Lo que pasa es que la mamá de este loco tenía tierras, animales y un montón de propiedades. Pero la vieja era tacaña, se mantenían con los justo y necesario. Él también es tacaño, enfermo de tacaño, por eso vive apagando las luces de la cocina. Y por eso también debe tener la plata escondida acá, en la casa.
—¿Y nosotros qué tenemos que ver en eso?
—El último día, antes que nos vayamos del pueblo, revisamos todos los rincones de la casona hasta encontrar la plata y después nos largamos.
—¿Y si nos denuncia?
—No lo hará.
—¿Estás seguro?
Arturo se levanta de la cama y acaricia a su amigo en la cabeza. Luego, apaga la luz y se retira del dormitorio procurando no hacer ruido. Riquelme intenta volver dormir, pero no puede.
****
Seis galgos corren frenéticos tras la falsa liebre. La muchedumbre vigila atenta. Los hombres arrugan la frente y alzan las manos. Se escuchan gritos de los vendedores ambulantes. Los perros estiran sus patas y las recogen con presteza.
Acabada la competencia, los galgos comienzan a ladrar con bravura. La multitud aplaude y unos pocos afortunados irán a cobrar su premio.
****
Los hombres se encontraron en el antejardín. Riquelme habló con determinación.
—¿Vamos a putas?
—No.
—Siempre dices lo mismo.
—Lo sé.
—Algún día te convenceremos.
Se miraron un instante, severos y cautos. A continuación, enfilaron en dirección contraria.
Pronto despuntará la primavera, pensó Riquelme, mientras soplaba sobre sus manos.
****
Por la mañana, los gusanos perforaban la carne de los perros atropellados durante la noche, en la carretera.
Los camiones forestales nunca bajaban la velocidad.
Ese día, los amigos caminaron en silencio, procurando no mirar la autopista. Cuando ya estaban instalados en sus puestos de trabajo, Arturo se dirigió a Riquelme.
—El plan es el siguiente: lo convencemos de ir a putas, lo emborrachamos, lo traemos a la casa, le robamos el dinero y nos marchamos. Es muy fácil. No tiene por qué salir mal. Y si se despierta, no te preocupes.
—Ya te dije que él nunca nos acompañará a putas.
—Lo invitamos a las carreras de galgos, entonces.
—Nos dirá que no. Estoy seguro.
—Tranquilo. No hay por qué impacientarse, pendejo. Está todo pensado.
Riquelme prosiguió armando los cajones de frutas. Las manos le temblaban y una gota de sudor cayó sobre el mesón.
***
Los hombres caminan inquietos. Se dirigen hacia los extramuros del pueblo siguiendo la línea de la carretera. Son solo dos. Arturo y Riquelme no pudieron convencer al arrendador que los acompañara. Se lo propusieron infinidad de veces y el hombre solo les contestaba con una mirada hosca.
En realidad, siempre supieron que no lo convencerían.
Una vez dentro del nightclub, se sentaron en el rincón más oscuro del salón. El plan era pasar desapercibidos. Riquelme pidió los tragos. Beberían poco. Un par de copas era suficiente para envalentonarse. Durante los días de semana la concurrencia era escasa. Las bailarinas solo se presentaban los sábados. Y solo los sábados atendían las prostitutas.
Abandonaron el local tomados del brazo.
En el camino de regreso, Arturo recoge una gruesa rama de eucalipto que encuentra tirada a un costado de la carretera.
—Con un solo golpe de esto bastará —señala el hombre—. No te preocupes, lo dejaremos atontado por un rato, eso es todo —agrega mirando la autopista.
Riquelme observa a su amigo y sonríe.
Cuando avanzaron unos cien metros, el llanto de un animal moribundo los sobresaltó.
—Es Chocolate, el perro del cuidador de la frutícola —dijo Arturo.
Los camiones forestales nunca bajaban la velocidad.
****
La cabeza se hunde en la cama. Un hilo de sangre mancha las sábanas. Arturo arroja el madero al piso.
—¿Lo dejamos acá?
—Estará aturdido un rato, no te preocupes.
—Tengo la impresión de que nos mira.
—Las cosas que se te ocurren, pendejo. Llevémoslo al living si quieres.
—Sí, llevémoslo al living.
En la estufa, el fuego se ha extinguido y ahora toda la casa se encuentra recubierta por una fina capa de humedad que brota desde las paredes.
****
Comenzó a granizar. El hielo golpeando el zinc era ensordecedor. Por las cortinas se filtraba el brillo de los postes de luz.
—¿Dónde estará la plata?
—Busca, pendejo, busca.
—Hemos dado vuelta la pieza.
—Ten paciencia.
—No pillamos nada, solo ropa.
—Anda a la cocina y trae un cuchillo para que abramos el cajón que está detrás del televisor.
Riquelme baja las escaleras, corre hacia la cocina y vuelve al dormitorio con el cuchillo en la mano.
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Escuchó ruido en el segundo piso, pero no pudo ir enseguida. Se quedó un rato en el sillón intentando recuperarse del todo. Al caminar, tuvo que esforzarse para conservar el equilibrio. Cuando llegó a su dormitorio, vio a dos hombres repartiéndose varios fajos de billetes.
No entendía qué pasaba. Pero pronto comprender fue muy fácil.
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La tormenta había declinado. Pronto amanecerá. Los granizos se derritieron dejando una gruesa capa de barro.
En el sur, el frio aproxima los cuerpos.
—Nunca más volveré a mirar una carrera de galgos —dijo Arturo.
—Yo tampoco —afirmó Riquelme.
—¿Recuerdas cuando a los perros les metían los dedos en el culo para que corrieran más rápido? —preguntó Arturo.
—Sí, lo recuerdo bien —contestó Riquelme.
—Nosotros nunca nos atrevimos a apostar —sentenció Arturo.
—No. Nunca nos atrevimos —señaló Riquelme.
El ruido de las palomas picoteando el entretecho retumbaba en toda la habitación.
—Pendejo, haz dedo a un camionero y ándate lejos, llévate mis cigarros. Yo tomaré un bus. Es preferible irse cuanto antes.
Riquelme guardó el dinero en su bolso y luego se marchó sin pronunciar palabra. Arturo se quedó un rato en la casa, observando las descascaradas paredes de su habitación. —No pudo ser de otra manera —señaló.
Ese día amaneció soleado.
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A media tarde, un galgo comienza a olfatear la tierra removida. Ágil cava un extremo hasta que aparece una mano.
Llueve y sale el sol: es primavera.
Comienzan a florecer los cerezos.
Reserva Mapuche. Fotografía de Natalia Duarte, 2012. Recuperada de Flickr. CC BY 2.0