Recuerdo y veo un parque otoñal. En sus anchas avenidas se amontonan y pudren las hojas y debajo palpitan tímidos sapos color musgo que llevan una coronita de oro en la cabeza. Porque nadie lo sabe, pero la verdad es que todos los sapos son príncipes.
María Luisa Bombal
El problema es que las historias de los niños siempre llegan como revueltas, llenas de interferencias, casi tartamudeadas. Son historias de vidas tan devastadas y rotas, que a veces resulta imposible imponerles un orden narrativo.
Valeria Luiselli
Un muñeco podrido bajo tierra en un jardín y las ciruelas perdiendo el gusto ácido en el agua. Tras las carcomidas lanzas de madera de una reja se le pegan los pétalos en los labios a un niño que muerde flores rojas. Y yo con mis grandes manos, desde lejos, comienzo a tocar el piano de juguete.
Gonzalo Millán
Preciosa Soledad. Preciosos son. Son preciosos los niños aplastados sobre el maicillo como fruta madura. Son unos preciosos, papá. Algunos son tan preciosos que me dan ganas de ganar este juego. Algunas tan preciosas que me dan ganas de enamorarme, de enamorarme y sufrir como sufren los adolescentes. Pero no me enamoro porque soy una pequeña y no se me antoja sufrir. Se me antoja, mejor, este juego y la risa descontrolada de la Meri, se me antoja el placer de los niños aplastados sobre el maicillo como fruta madura. Son preciosos, amoratados como un arcoíris. Se aplastan contra el horizonte como un atardecer. Se derraman. Arrebolados, arrebozados, ruborizados, rotulados.
El problema no es la caída ni mucho menos el cuadro precioso que de ella resulta. El problema es más bien que, una vez levantados del suelo, se los llevan a sus casas. A veces, dependiendo de qué tan dramáticos son sus padres, no los dejan volver por un par de días. Yo me desvelo intentando adivinar de qué color se han puesto sus pieles. A veces no vuelven a la plaza. Seguimos coreando su nombre en la ronda, pero nadie se entera del color precioso que pueden haber tomado sus pieles amoratadas. Jamás. Seguimos coloreando su nombre en la ronda, coreando las pieles. Me los imagino marmolados, chirimoya alegre. Son preciosos, papá, tan preciosos que me dan ganas de ganar este juego y que los dinosaurios agrieten el suelo de la plaza y broten con sus cuellos enormes como toboganes. Me dan ganas de ganar y que los dinosaurios crezcan y desentierren de entre el maicillo a todos los cuerpos amoratados de los niños aplastados que no pudieron volver a la plaza. Preciosos, que es una maravilla verlos, papá, derramados por el suelo como un fresco. Preciosas que me dan ganas de enamorarme. Frescos como chirimoyas. Alegres como un frasco de moras. Preciosas que me dan ganas de amoratarme. Pero soy una pequeña.
* * *
Un dos tres por mí. Dominica, te dije que no estamos jugando. Sí estamos jugando, lo que pasa es que tú estás perdiendo y no te gusta perder. Yo creo que a nadie le gusta perder. ¿A ti te gusta perder acaso? No me gusta perder, pero me gusta jugar y por eso juego igual. Y por eso yo gano y por eso tú pierdes. ¿Y cómo vas a ganar si no estamos jugando? Tú no estás jugando. Yo estoy jugando y estoy ganando. Y cuando juegan en la plaza, ¿quién gana? Cuando jugamos en la plaza todavía no ha ganado nadie, po’, por eso seguimos jugando. Cuando jugamos en la plaza a veces gana la Meri, cuando alguien se pierde. A veces gana el Andrés, pero muy pocas veces. Yo no gano nunca, porque si yo gano se termina el juego. Por eso seguimos jugando. Cuando jugamos en la plaza no podemos dejar de jugar porque recién empezamos a plantar los huevos y se demoran muchos días en crecer los huevos. ¿Cuántos días se demoran? Muchos. Muchos, muchos. Como se demoran muchos días, tenemos que seguir jugando para que crezcan. ¿Y qué hacen cuando se van para la casa? ¿Se termina el juego? ¿Están en boli? No, no se termina el juego, no estamos en boli. Un dos tres por mí. Todavía estamos jugando, lo que pasa es que tú estás perdiendo y no te gusta perder. ¿Y entonces qué tengo que hacer yo para dejar de perder? Tú puedes empollar los huevos. O, mejor, tú puedes ser de los papás. Cuando llegas hay que irse para la casa. ¿Y entonces gano? No, si igual vas a perder. Pásame el jabón mejor será, que te vas a enfriar si no terminamos rápido. No está, lo enterré porque era un huevo. Ya, po’, Dominica, ayúdame un poquito que es tarde. No está, lo enterré en el agua porque era un huevo y va a crecer grande y va a nacer un dinosaurio de jabón y nos va a escupir burbujas. Dominica, si no terminamos rápido te vas a tener que ir a la cama y no vamos a poder ver una película. Pásame el jabón. No te lo puedo pasar porque está enterrado y ya empezó a crecer. Ya, po’, Dominica, pásame el jabón que si no te quedas sin película y no es juego. Un dos tres por mí. Sí es juego, lo que pasa es que tú estás perdiendo.
Dominico baña a su hija todas las noches. Lo hace apurado: le jabona los brazos con desgano, con el gesto tibio y rápido del niño que va obligado a saludar a los amigos de sus papás en su camino a la cocina. Sin embargo, lo hace todas las noches. Principalmente, porque tiene la sospecha de que esos pequeños ritos son las únicas marcas posibles para subrayar los límites difusos entre ser un buen padre o ser un mal padre. Un padre errático y afectivamente torpe, que baña a su hija todas las noches, le parece a él, no puede llegar a ser tan mal padre.
El problema es que no es cierto. Quizá sí se puede bañar a una hija tres veces al día y ser igualmente un pésimo padre. Es posible decepcionar a una niña jabonosa y perfumada. Sin embargo, tiende a imaginarse conspirativamente la adolescencia como un periodo en donde los niños, simultáneamente, reniegan de sus padres y de la ducha. Prefiere creer que existe alguna relación, aunque sea estadística, entre los dos fenómenos. Por lo tanto, baña a su hija todas las noches. No lo hace bien, pero lo hace siempre. La Dominica, generalmente hacia la mitad del baño, toma con solemnidad un puñado de agua entre sus manos y unge la frente de su padre mientras este le lava el pelo. Con los ojos entrecerrados, recita algunas palabras inentendibles que ponen a Dominico un poco incómodo. Le pide a su hija que deje de jugar. Ella se niega. Él no termina de entender bien qué parte es juego y qué parte no. Ella le recuerda que es un perdedor. Ella sonríe distraída. Él sonríe incómodo.
El resto de la noche suele depender del éxito relativo del baño. Si él juzga que la hija se portó bien, ella ve una película mientras él revisa algunas cosas en su computador. Si ocurre lo contrario, a Dominica no le quedan más opciones que irse a dormir. Antes de cerrar los ojos, ella suele contarle alguna historia improvisada y un poco impertinente. Dominico está consciente de que la dinámica debería funcionar al revés, pero a él no se le dan demasiado bien los cuentos. Le complica sobre todo la mirada expectante de su hija. Le hace preguntas como si quisiera sacar a la luz una mentira. Le pregunta como si quisiera cambiar el relato, como si censurara o como si exigiera. ¿Y había dragones? ¿Qué pasa si a él no se le había ocurrido que hubiera dragones? ¿Complacer o no? Por eso prefiere dejar que ella lo arme todo. Si se va a quejar igual, mejor que lo haga solita. Le parece que ser padre y que te cuenten cuentos no tiene por qué ser contradictorio. Ella revuelve con las manos estiradas las arrugas de las sábanas, mientras mira el techo e inventa nombres larguísimos para sus personajes y para las mascotas de sus personajes. Él se queda pegado mirando las manos infantiles y trata de poner atención a la historia, sin pensar en qué día corresponde cambiar las sábanas. Las sábanas están ajadas y granulientas, ajadas y desteñidas, ajadas y arrugadas. A Dominica le gustan las sábanas con motivo de flores pequeñas. Que le gusten no significa necesariamente que se duerma más rápido, pero sí que se acuesta con mejor disposición. Revuelve con las manos estiradas las arrugas de las sábanas mientras mira el techo e inventa nombres larguísimos para los amores y amistades de las mascotas de sus personajes. Sábanas ajadas y granulientas, granujientas.
Dominica entremezcla varias escenas con detalles poco importantes, en una suerte de collage. Para armar esas historias, colecciona pequeños retazos de día, de memoria y de sueño, de palabras que le suenan raro y le parecen preciosas. Las encuentra en la plaza del Gallo, cuando los demás niños repiten frases que escucharon en sus casas. Las encuentra cuando conversa con Dominico o cuando él le lee cuentos. Las guarda con el mismo gesto con que guarda las conchitas de la playa. Las guarda con iguales partes de devoción y de morbo. Es una coleccionista de muchas cositas, entre ellas imágenes. Dominico, a pesar de no entender absolutamente nada, escucha siempre con esforzada atención. Algunas veces la hija se duerme con el dedo de su papá tomado entre las manos. Esas veces, él se desvela intentando idear maneras de liberar su dedo sin alterar el sueño de la niña. A veces piensa en qué día toca cambiar las sábanas. Piensa con bastante frecuencia que le provoca un miedo incontrolable la posibilidad de herirla, decepcionarla, alejarla de alguna manera. Generalmente, evita pensar que ella le provoca un poco de miedo.
* * *
Dominico va un día a la feria y no es mucho lo que encuentra. Una señora que le cae simpática le vende tres kilos de frutillas. Él se las compra no porque las quiera, sino porque ella le cae simpática y, después de tanta conversación, le da algo de vergüenza irse con las manos vacías. Dominico no es muy bueno diciendo que no. Se lleva un cajón de tres kilos de frutillas y tarda poco en notar que la fruta no está en buenas condiciones. Es un surtido de frutillones grandes y blanquecinos. Están ñonchos, machucados, moteados de cosas extrañas. Las esquinas negruzcas tienen una consistencia gelatinosa. La fruta está, por decirlo de manera gentil, madura. La última Navidad su madre regaló a Dominico un frutero de greda. Tiene forma ovalada y es de un color arcilla terroso. Alguien más debe de habérselo regalado a ella, que sin saber dónde ponerlo, reutilizó el regalo. Dominico, que nunca supo bien qué hacer con él, lo colma de tres kilos de frutillas y lo pone en la entrada. No va a ser el refrigerador el que le gane la carrera a la pudrición. La única esperanza está en ubicarlo en un lugar donde cada persona que pase tenga que sacar una frutilla. Dominico no suele recibir muchos invitados. Dominico no siempre toma muy buenas decisiones.
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Un dos tres por mí. Un dos tres por mí, lo dije antes de que el Andrés me tocara te lo juro, si no pregúntale a la Meri. Te lo juro por el Caballo. Meri, diles.
La Meri no les dijo, no dijo nada, se ahorró todas las palabras porque, cuando jugaban al Caballo del Ángel, a veces se olvidaba que hablaba el español. A la Meri solo le gustaba hacer las rondas. Quizá tampoco entendía demasiado bien de qué se trataba eso de hacer las rondas. Lo cierto es que rondaba. Rondaba con los rulos enrulados y los ojos enojados, con la cinta celeste pegada al sudor de la frente como una especie de bozal mal puesto, riendo a carcajadas todo el tiempo y gritando para denunciar actos irregulares. Ya que casi todos los actos en el Caballo del Ángel eran bastante irregulares, la Meri era una figura ruidosa. Sin embargo, era la única integrante del Puñado, cuya presencia resultaba indispensable para el juego. Apenas un par de semanas atrás, Mambrú se había distanciado más allá de los arbustos y no había encontrado el camino de regreso. Al reparar en su ausencia, los miembros del Puñado se sintieron tan dolidos como apenados. La Meri lo rastreó frenética y lo empujó entre bramidos, con una vara, hasta dejarlo extenuado y tendido sobre el pozo de arena. Lo pastoreó, lo correteó por los bordes de la plaza y hasta los juegos, lo persiguió entre gritos y risas. Lo llevó como una pastora o como una niña que tira de la mano a su padre para mostrarle algo que se rehúsa a ver. Lo dejó tirado de espaldas sobre el pozo de arena, agotado, confundido entre el miedo de haberse perdido y la alegría de haber sido encontrado, entre el miedo de la Meri y la alegría de la Meri. Desde entonces, el Puñado se niega a iniciar cualquier juego sin que ella haga las rondas.
* * *
Las piedras echan raíces bajo el maicillo y reordenan retorcidamente los arbustos de los márgenes. Algunos juegos quedan suspendidos sobre otros como en una escultura moderna. Los niños los trepan con la misma naturalidad con que plantaron antes las piedras. Trepan con una naturalidad que hace pensar que son incapaces de notar que la nueva plaza del Gallo está retorcida, está enredada y desarmada hasta parecerse más a una araña que a una plaza. El resbalín está enroscado como si lo hubiesen calentado con un secador de pelo, y a los niños no les molesta ni preocupa. No es que no lo noten, trepan con un ansia que hace pensar que se fascinan silenciosamente en la torcedumbre. Trepan como si se torcieran más. De cualquier manera, trepan. Trepan de cualquier manera.
Madres, padres y otros familiares orbitan los nuevos márgenes de la plaza del Gallo, con los pasos cortos de quien sospecha y espera una caída inminente. Se reprochan mutuamente la desatención de haber dejado que todo esto llegara a un punto tan exagerado. Se reprochan, mucho antes que el encaramamiento, los racimos de piedras sembradas en distintos espacios ocultos de la plaza, en cada esquina, debajo de cada arbusto, entre las bancas, bajo las matas secas del poco pasto que quedaba. Se reprochan haberles celebrado a sus hijos la obsesión estúpida de las piedras, se cuestionan si alguna vez ellos mismos no hicieron algún gesto o comentario de mierda sobre las piedras o sobre la plaza o sobre plantar como para que los niños se volvieran así de locos. Se reprochan cada piedra. Se reprochan no haber creído sus propias sospechas, no haber considerado seriamente que la nueva actividad de sus hijos era extraña y preocupante. Temen haber confundido el actuar errático y comúnmente aleatorio de los niños con algo mucho más perverso, premeditado, alevoso, organizado y terrible. Las piedras, las piedras de mierda, plantadas debajo de las bancas en que ellos mismos se sientan a esperar o a conversar sobre el clima y sobre cómo está tu familia escuché que tu papá está mejor pucha me alegro qué buena noticia me imagino que debe ser un alivio pa’ todos en tu casa sí Domi preciosa la piedra plántala nomás. Se reprochan cada piedra.
Temen que su mayor pecado pudo haber sido pensar que a los niños les gusta jugar y que solo los juegos pueden provocar el placer excitado que hace oscilar las pupilas de la Dominica, mientras, encaramada sobre el poste ladeado de un resbalín, tira la mano sudorosa de otra niña menuda, cuyo nombre nadie recuerda, para armar algo así como una torre de vigilancia o la proa de un buque. Dame tu mano y danzaremos. Temen haberse equivocado al desconfiar del pequeño temor que siempre les provocaron sus niños. Nadie sabe quién puede ser el papá o la mamá de esa niña. Dame tu mano y me amarás. Los adultos se encaran mutuamente, sin atreverse a cruzar el límite zigzagueante que los desperdigados arbustos delinean alrededor de los juegos, sin atreverse a pisar el terreno sagrado. Como una sola flor seremos. Los adultos se encaran y los niños se encaraman, con similar ansiedad, pero distinta disposición. Como una flor y nada más.
Dominica observa a la niña menuda a los ojos, con el brazo estirado, y su mirada es como el timbre con que se termina el recreo, un silencio enorme antes de que algo empiece o se termine. Ambas saben que el juego está lejos de terminar, pero la niña menuda se deja convencer con inocencia y curiosidad. Estira el brazo y le entrega la mano. La entrega como el pajarito herido que chocó contra la ventana. Una vez un pajarito entró a la casa, chocó entre ventana y ventana como si fuese el logo que rebota contra los bordes de la pantalla en los reproductores de DVD antiguos. Era una golondrina chiquitita y Dominico dijo que estaba asustada así que no había que tocarla mucho ni apretarla ni jugar con ella, solo darle un poco de agua y llevarla hasta afuera para que se recuperara. Despacito, con cuidado, como si fuera un tesoro muy despacio para que no se asuste. Dominica, sin quitarle la mirada tremenda, le habla con voz tranquila a la niña menuda. Te llamas Rosa y yo Esperanza, pero tu nombre olvidarás. Para cuando termina de hablar, ninguna de las dos niñas mantiene la concentración y se distraen. Se ríen. Se confunden. Dominica sube a la niña Rosa, ex niña menuda, de un tirón de brazo a la plataforma donde está acostada. Por un segundo, se las puede ver de pie, apoyadas la una en la otra, asomadas a espiar el mundo con la actitud de quien busca bajo su silla un lápiz caído.
Hay algo cinematográfico en su gesto. Eso, más que cualquier otra cosa, inquieta a los padres. Francamente, nadie tiene tiempo ni ánimo para comenzar precisamente ahí, en esa plaza medio chica y medio rara, medio deforme, algo que se parezca a una película. Por la misma razón, se resisten a agitar los brazos o a forzar la voz, se resisten a mirar por demasiado rato en dirección a los juegos. Rehúsan, con un cortés movimiento de cabeza, su posición de espectadores. Llaman a sus hijos de forma intempestiva, bajando el volumen hacia la última sílaba del nombre. Levantan la mano con una tibieza premeditada que permite confundir el llamado de auxilio con un saludo casual. Domi vamos yendo pa’ la casa mejor que ya es tarde y tenemos que almorzar acuérdate que hoy día vamos a comer hamburguesas.
Dominica abre los brazos en un ángulo de noventa grados, una suerte de punto medio entre Rose en Titanic y Jordan Belfort en El lobo de Wall Street. De cualquier manera, Leo DiCaprio funciona como hilo conector en el mapa iconográfico, en el collage de gestos con que la preciosa Dominica dirige la orquesta de padres de la plaza. A los padres no parece causarles ningún tipo de gracia y tuercen la cabeza y las comisuras de los labios. A la niña Rosa le despierta una temerosa devoción que la hace juntar las manos en el regazo. El resto del Puñado abre los ojos como quien ve a un superhéroe ser un superhéroe o a un futbolista ser un futbolista, pero en vivo y en directo y no en la tele. Dominica alarga un poco su segundo de fama, pero sabe que ha sido suficiente. Esa tarde, al menos, siente ganas de retirarse a su casa, bañarse y, si todo sale bien, ver alguna película.
* * *
Portada de “Cartografía de los dinosaurios” de Vicente Alessandri Basaure. Colección Tierra Adentro. FCE Chile, 2025.
De los días de la primaria, recuerdo una actividad en especial: determinar si cierto objeto o fenómeno era descubrimiento o invención. Así, por ejemplo, nos enseñaron que la electricidad era un descubrimiento y la imprenta una invención. Para nosotros, niños de apenas nueve o diez años, algunos de los “casos” a analizar no eran del todo claros, los imanes, por citar un caso, ¿se inventaron o se descubrieron? Al día de hoy, por ridículo que pueda resultar, aún me parece un área gris.
Pero, ¿cuál es la diferencia entre uno y otro? Según señala una definición encontrada en internet, “un invento es el resultado de la aplicación de conocimientos y la creatividad de una persona o grupo de personas. Es algo que no existía previamente y que se obtiene a través de proyectos, experimentos y el uso de técnicas específicas”. El descubrimiento, por su parte, “es algo que ya existía en el mundo, pero que estaba oculto, desconocido o no había sido revelado previamente”. Dicho así, visto así, las cosas parecen aclararse un poco más, un poco, al menos.
¿Por qué traigo a colación este recuerdo que tiene que ver con la percepción y clasificación del mundo? Porque me parece que, en lo tocante a la creación literaria, un rasero similar podría aplicarse: hay ciertos textos que se inventan y otros que se descubren. Para mí (aunque es obvio que esto es mi opinión, me parece necesaria esta aclaración casi modesta y temerosa) el cuento, por ejemplo, se inventa; se inventa también la novela (por más que sea histórica y basada en hechos reales), se inventan los guiones teatrales y, sobre todo, se inventan las minificciones. Por el contrario, las crónicas, al menos para mí, insisto, se descubren, están allí afuera, ocultas, sin revelar. ¿Tiene sentido lo anteriormente dicho? Espero que al menos un poco, a pesar de que en todos los géneros mencionados hablamos de un proceso siempre creado, el de la escritura, y que tienen que ver con la aplicación de conocimientos y creatividad.
En cierta entrevista, Pablo Ferri (autor, junto con Daniela Rea, de La Tropa: Por qué mata un soldado) mencionó una ¿receta?, ¿técnica?, que él emplea para escribir sobre un tema: pararse en el lugar de los hechos el tiempo necesario, una hora, dos (después de haber leído sobre el tema, claro) hasta que dicho sitio comience a comunicar algo, a decir algo, a revelar lo que se está buscando. ¿Es esto descubrir o inventar? Podría pensarse que es descubrimiento, ya que el descubrimiento se trata de “algo que ya existía en el mundo, pero que estaba oculto, desconocido o no había sido revelado previamente”, pero también puede tratarse de un invento, ya que “es algo que no existía previamente y que se obtiene a través de proyectos, experimentos y el uso de técnicas específicas”. En ese sentido, sería prudente replantear (me) lo dicho anteriormente: ¿la crónica se inventa o se descubre?
Pongo yo mismo una tercera opción sobre la mesa: ¿y si fuera ambas? Algo mitad descubrimiento y mitad invención, dado que no descarta el uso de lenguaje imaginativo para eventos reales, dado que emplea ciertas técnicas, sí, para revelar algo que ya estaba ahí, pero oculto. A ratos me parece más satisfactoria esta explicación, ya que la crónica se halla más cómoda entre límites, en el terreno de lo incierto; no en balde Juan Villoro la señaló como el ornitorrinco de la prosa porque:
De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la “voz de proscenio”, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona.
Me gusta la definición de Villoro para este género tan proteico, tan limítrofe con todos los demás, tan peculiar (y para Lichtenberg “las criaturas más peculiares siempre están en la frontera”). Sí, la crónica es ese animal peculiar, ese ornitorrinco, ese ser que es y no es o, en todo caso, todavía no es, que se antoja tan inasible que a veces nos parece venir de otro tiempo más avanzado por su libertad y su búsqueda, una búsqueda que, quién si no el poeta (o como lo ha llamado Miguel de Unamuno, el herético, “aquel que se atiene a ‘postceptos’ y no a preceptos, a resultados y no a premisas, a creaciones y no a decretos”) podría emprender. Después de todo, no olvidemos que para Susana Rotker la crónica es el lugar de encuentro del discurso literario y el discurso periodístico.
No obstante, si de definiciones de lo que es la crónica (sea esta una invención o un descubrimiento) hablamos, no hay una, para mí, que sea más contundente que la de Rubén Darío: la crónica es el laboratorio del estilo. Me parece justa, me parece suficiente: un laboratorio, ese sitio para experimentar y así descubrir, inventar, reinventar y unir a placer, sin limitante de índole alguna, ese sitio donde no se atiende a preceptos sino a “postceptos” nada está escrito todavía, nada está prohibido y todo es posibilidad latente, promesa de estilo.
Dice el mismo Rubén Darío en sus Prosas profanas:
Yo persigo una forma que no
encuentra mi estilo
Botón de pensamiento que busca ser
la rosa;
Se anuncia con un beso que en mis
labios se posa
Al abrazo imposible de la Venus de
Milo
¿Podríamos entender que la búsqueda de Darío está encaminándose ya, por ejemplo, a ese relato deliberado, a ese sentido dramático en espacio corto que tiene la intención de sugerirnos que la realidad ocurre para contarla? Así podría entenderse, por ejemplo, en Álbum porteño, donde nos narra un fragmento del día de Ricardo, “el poeta lírico, incorregible”, o Noel parisiense, donde narra los días de celebraciones decembrinas y de enero en París. Es decir, Darío descubre no lo nuevo en lo viejo, sino lo novedoso en lo nuevo, el boom de la ciudad y la necesidad de salir a registrarlo, sí, como periodista. Y lo que hallamos en estas crónicas de Darío, en palabras de Pedro Salinas, son “unos ambientes concretados en unos paisajes que no son naturales, sino ‘culturales’, porque hasta sus mismos componentes de Naturaleza están pasados, casi siempre, a través de una experiencia artística ajena”. Es decir, el cronista que investiga como periodista y escribe como poeta, ese que no trabaja con lo ya establecido, sino que crea algo que aún no es posible asir o entender del todo. Es una posibilidad, también, que en el perseguir esa forma con la que todavía no daba su estilo halló la crónica, el futuro de la crónica.
Hablar entonces de las crónicas de viajes de Rubén Darío es adentrarnos a una faceta acaso un poco menos conocida del poeta, pero igual de potente, a una prosa no sé si profana, pero sí renovadora por atender no a los “grandes eventos” (o no solo a estos), sino a lo que en apariencia resulta baladí (por ello, creo, Perec, en su Especie de espacios, en el apartado “La Calle”, postula que si no vemos nada interesante en la calle es que en realidad no sabemos ver); a lo pequeño, y juega, así, en el terreno que proponía Chesterton: ser un pigmeo porque el pigmeo puede ver lo extraordinario en lo ordinario y es capaz de crear Enormes minucias.
Para Susana Rotker, la crónica latinoamericana tiene entre sus antecedentes la chronique periodística francesa de mediados del siglo XIX, de manera precisa el fait divers de Le Figaro de París, una sección, la primera, destinada a las variedades, hechos curiosos y “sin la relevancia suficiente como para aparecer en las secciones ‘serias’ del periódico”. En palabras de la misma Rotker, la crónica viene del periodismo, la literatura y también la filología, “para introducirse en el mercado como una suerte de arqueología del presente que se dedica a los hechos menudos y cuyo interés central no es informar sino divertir”. ¿Qué hay más menudo que la compra de un sobretodo, que el recorrer de un vendedor de flores? Para Darío, nada, no en balde dice así en una de sus crónicas contenidas en La nación:
Señor director de La Nación: Escribir sobre Venecia, literaturizar sobre Venecia… ¿todavía? Bien se pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana, hacer, al uso del fácil periodismo, una labor de pintorescos retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos carnavales… No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me dijese: “Eso es de Ruskin”, o “es de Molmenti”. Os doy mejor lo mío, mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la sencillez.
Claridad y sencillez, dos elementos imprescindibles de la crónica, de la buena crónica, agregaría atrevidamente yo, de esas crónicas de viajes de Rubén Darío, por ejemplo, porque la crónica es ese animal que no puede entenderse en cautiverio, que necesita forzosamente del exterior para desarrollarse de manera plena; de otra manera, corre el riesgo de volverse otra cosa, no mejor ni peor, sino distinta; son una consecuencia lógica y natural del movimiento. No en balde el mismo Darío asegura en el prólogo que hace a Hombres y piedras: al margen del Baedeker, de Tulio Manuel Cestero, que “Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas […] Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o en verso, sus impresiones de peregrino o de turista”. Desde allí se halla ya la pulsión por la búsqueda de la poesía fuera del poema estricto, de escribir como poeta e investigar como periodista.
Si algo hay que aprender de Rubén Darío (más allá de leerlo como poeta o como cronista, acaso sinónimos cuando se ejecutan correctamente) es esa inquietud, esa búsqueda, esa persecución de una forma que aún no es capaz de hallar el propio estilo. Cada que recuerdo ese verso de sus Prosas profanas, me es imposible no recordar a Svetlana Alexievich cuando, en las palabras preliminares a La guerra no tiene rostro de mujer, dice: “Yo buscaba un género que correspondiera a mi modo de ver el mundo, a mi mirada, a mi oído». He ahí el quid de la crónica, hermanar el discurso literario con el discurso periodístico, investigar como periodista y escribir como poeta, dudar del descubrimiento, experimentar, observar, vivir. Por eso creo que, se quiera o no se quiera escribir crónica, harto recomendable sería revisitar las crónicas de Rubén Darío, no solo sus poemas, ya que en ambas expresiones suyas hay invención, hay descubrimiento, hay poesía.
Quizá con un silogismo pueda plantear lo que quiero decir desde hace varios párrafos: el verdadero cronista es, irremediablemente, poeta, Rubén Darío era un poeta. Lo demás se entiende.
Portada de “El cordero”, Miguel Aguirre. Tierra Adentro, FCE, 2025.
Era blanco, blanco, blanco, como una nube que balara o una mota de algodón. Era la inocencia, era laternura, era la suavidad encarnada en pelambrera,era el perdón acordonado en rizos. Lo recibí hoy porla mañana, de manos del mismísimo sacerdote ungido.No, miento, no lo recibí de sus manos consagradas.Habrá sido solamente de su soga consagrada, porqueel sacerdote, que se negaba siquiera a tocarlo, lo llevaba junto a sí atado por el cuello. Pero el cordero, esanube con patas, ese suspiro material, no le reprochabael desprecio, sino que andaba a trote ligero junto a él,respetando las distancias y venciéndolo en blancura.Y es que el sacerdote venía también vestido de blanco:túnica de lino blanco, faja de lino blanco, tiara de linoblanco y, según la tradición, calzones de lino blanco.Ni rastro del efod, el pectoral, el manto y la diademade oro y púrpura y violeta y escarlata. Solo blanco,blanco, blanco, como la espuma del mar; pero es biensabido que ni las más buenas intenciones ni la artesanía más cuidada harán nunca que la espuma delmar rivalice en blancura con las nubes del cielo… ymanos humanas jamás tejerán la albura del cordero,¡alabado sea Yahvé!
Si en blancura vencía el cordero, en alegría no había siquiera competencia. Tanta era la diferencia entreanimal y hombre que compararlos sería como preguntarse qué es más ancho, un olivo o una oración. Sehallaban en dos planos superpuestos pero inconciliables. En uno iba el sacerdote, mustio, severo, con solemnidad de incienso, seguido en procesión por sushijos, los levitas y el pueblo, entonando sus culpas,implorando la expiación. Atravesaban las calles de laciudad, cortando con filo de lamento los barrios porlos que pasaban. Regaban con lágrimas de sonido elrastro de sus súplicas. En el otro iba el cordero, queincluso parecía sonreír. Claro que no se trataba propiamente de una sonrisa —habrase visto corderossonriendo—, pero la sensación que transmitía el animalejo, al contrastarse con la adustez del sacerdote—¿¡qué dije yo de comparaciones!?—, casi casi merecía ese título. A saltitos, diríase que jugaba con labrisa, proyectando sobre la tierra reseca un jardín dedelicias invisibles. Su mirada hacía un Edén de laciudad, reverdecía la losa de las calles, pintaba decolores la cal ocre de las casas. Y así, el uno marchitándose en llantos, el otro retoñando en alegrías, llegáronse los dos a mi casa, y la procesión a sus espaldas. Fue entonces cuando el sacerdote ungido meextendió su mano consagrada, puso en la mía el extremo de la soga y dijo: “Te hago entrega del Mal”.
(Buscar una expresión para reemplazar “al contrastarse con la adustez del sacerdote”. Se contradice con lo que digo más arriba. Repensar también la frase final. “He aquí el Mal”, “Te entrego el Mal”, “Toma en tus manos el Mal”. Puede que haya una frase más potente. Releer “El carrito” de César Aira. Releer El Evangelio segúnJesucristo (Saramago), La última tentación de Cristo (Kazantzakis), Historia de Cristo (Papini), La escala deJacob (Papini), José y sus hermanos (Mann)).
En el capítulo 16 del Levítico (pp. 143-145, Biblia deJerusalén) se describe un ritual interesantísimo, llamado Día de la Expiación. Se trata de una celebración anual en la que el pueblo de Israel pide perdón por sus pecados. Involucra tres sacrificios que originalmente debía hacer Aarón y que harían luego sus descendientes. El primero, un novillo (o carnero; el texto en este punto es confuso) es ofrecido como expiación de Aarón y su familia (¿solo sus hijos o todos los levitas?) para poder llevar a cabo el rito. Los otros dos son un par de machos cabríos que Aarón debe presentar ante Yahvé, a la entrada de la Tienda del Encuentro. Allí tira a suertes cuál será ‘para Yahvé’ y cuál ‘para Azazel’, demonio del desierto, tierra donde “Dios no ejerce su acción fecundante”. A continuación, Aarón introduce el primero a la Tienda del Encuentro, enciende un incensario para que Dios pueda presentarse sin matarlo (quien vea el rostro de Dios muere inmediatamente), unta con la sangre del novillo el lado oriental del propiciatorio y lo asperja con la misma sangre siete veces por el frente. Procede entonces con la inmolación del macho cabrío ‘para Yahvé’ y hace con su sangre lo mismo que hizo con la del novillo. Así, expía los pecados de todo el pueblo. Luego sale, unta con la sangre los cuernos del altar exterior (sí, el altar de entonces tenía cuernos), y repite las aspersiones. Esta es la única vez en todo el año que Aarón (o el sacerdote ungido, o el sumo sacerdote) entra detrás del velo, es decir, al lugar donde se guarda el propiciatorio, Arca de la Alianza o Testimonio (revisar si son todas la misma cosa).
Y aquí viene lo interesante: solo entonces, cuando ya el macho cabrío ‘para Yahvé’ ha sido inmolado, se trae al macho cabrío ‘para Azazel’ y, aún vivo, se le imponen las manos y se confiesan todos los pecados del pueblo, que quedan cargados sobre la cabeza del animal. A este lo envían con “un hombre designado” al desierto. “Así, el macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos (los israelitas), hacia una tierra desierta”. Finalizado el ritual, se queman los restos y todos (Aarón, sacerdotes, hombre encargado del macho cabrío ‘para Azazel’, hombres encargados de quemar los restos) se bañan y lavan sus ropas, antes de volver a entrar al campamento.
Hay muchas cosas de este relato que me atraen. Por un lado está Azazel, demonio del desierto, al que los israelitas dedican, de manera insólita, un sacrificio. Aunque lo hacen para deshacerse de sus pecados y no propiamente en honor del demonio, se trata de un hecho que, creo, sucede una única vez en toda la Biblia. Por otro lado está el desierto: esa tierra inhóspita donde Dios no tiene (o ejerce) poder. Esto me produce una sensación… cómo decirlo… como de algo ominoso, aterrador e indescriptible. Como el desierto de Sonora de Bolaño. O la naturaleza en El Anticristo de Von Trier. O la Zona en Stalker. O la Derry de It. Pero, sobre todo, está el macho cabrío que recibe sobre sí los pecados de todo el pueblo, siendo inocente. Él, entre todos, es quien menos merecería cargarlos, pero helo ahí, sin ser malo, pero con el Mal sobre sí, con el Mal dentro de él. Y el Mal, ese Mal con mayúscula, ese Mal metafísico… bueno, es algo que me supera, que me atrae, no personalmente, sino como escritor. Ahí, creo, hay una mina de oro para quien sepa explotarla.
De esto podría salir una novela. Algunos cambios y queda listo. 1. Toca cambiar el macho cabrío por un cordero. Esencialmente por razones de efecto. Resulta más efectista juntar al Mal la inocencia del cordero que la simbología ambigua del macho cabrío. A este último lo relacionamos con el Diablo; el primero, en cambio, nos remite a Jesús. Pero no solo por eso. También por un asunto de fidelidad, no al texto, sino a mi primera lectura. Cuando pasé por ese capítulo me imaginé un cordero, no un macho cabrío, y creo que por eso fue que me impresionó tanto. Ahora me resultaría imposible escribir algo con un macho cabrío. No lograría producir en el lector lo que yo sentí al leer la Biblia. Y en este caso, es más importante el sentimiento que el dato exacto. 2. Toca alargar el viaje. Mi primera lectura me dio la impresión de un camino largo, tedioso, casi diríamos un peregrinaje que “el hombre encargado” debía hacer a las profundidades del desierto, el reino de Azazel. Sin embargo, ahora que releo el capítulo me da la impresión de que más debió ser un asunto de salida por entrada. Cuando Dios dio esas instrucciones a Moisés, él y su pueblo se encontraban en el desierto del Sinaí. Llevar el macho cabrío al desierto debió ser, simplemente, sacarlo del campamento y soltar la cuerda. Y eso así no alcanza ni pa un cuento. 3. Toca dar un salto de unos cuantos cientos de años y ubicar la novela en la época de la Tierra Prometida, lo mismo da si es en tiempos de Josué, de los jueces o del rey David. Antes que nada, para justificar un viaje largo, más allá del Jordán o a los desiertos arábigos. Pero también para provocar la sensación de estarse alejando cada vez más de la sociedad, de las ciudades, los pueblos y los caseríos, y estar entrando en tierras extrañas, ajenas y salvajes, como hace Carpentier en Los pasos perdidos. El desierto solo puede presentarse ominoso si se penetra poco a poco en él. El demonio solo puede encontrarse al final de un largo camino. La maldad debe lindar con lo inhóspito. Y es imposible lograr esto si el desierto está a la vuelta de la duna y si, llegado uno al nido de la bestia, basta un giro de 180° para volver a ver el campamento.
Perpetrados estos tres ajustes, tendríamos una novelita de concurso. El “hombre designado”, ese personaje que en la Biblia solo merece dos tres versículos, un hombre del común, anónimo, simplón, ni héroe ni santo, se vería encargado de llevar junto a sí, a lo largo de una romería abominable, los pecados de su pueblo, el Mal, anidados estos y este en un cordero bello e inocente, en un algodón de balidos. A su paso, la gente le cerraría las puertas, lo miraría de reojo, le rehuiría el encuentro, sabiendo la carga que lleva. Se sentaría el hombre por las noches, junto a una hoguera improvisada, o dentro de una cueva al lado del camino, y daría de comer al cordero, preguntándose dónde, en medio de esa pelambrera, es que se halla la perversidad. Y así, poco a poco, iría adentrándose en el desierto, percibiendo la presencia de Azazel, el hedor de Azazel, el Mal, el Mal, el Mal, ese Mal que se siente, que lo impregna todo a pesar de no mostrarse abiertamente, que tuerce la línea recta y hace maullar a las serpientes, que proyecta en la arena vibraciones de perfidia, que declara en su mutismo la enfermedad del mundo y el hombre y la naturaleza. Sí, esa sería una novelita de concurso.
Es increíble el rosario de temblores, coletazos, idas y revueltas, saltos y retumbos que estas nubes blancas, abullonadas, linditas en lejanía y hechas como de azúcar esconden en su interior. La avioneta acaba de atravesar un sembradío de cúmulos y por poco vuelca, o al menos así se sintió. (A decir verdad, creo que es imposible volcar en el aire). A mí, que tengo buen hígado pa estos menesteres, casi se me sale el corazón por la garganta, por lo que no me imagino lo que debió sentir Ana María tras la primera sacudida. Y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y así hasta la décima cuenta y a lo largo de los siete misterios. Cinco misterios, perdón, que ya los conté. Pero eso, por las cincuenta cuentas del rosario y luego vuelta a empezar, uno, y dos y tres y cuatro, y otros tres seguidos, para arriba y para abajo y para los lados y uno que se agarra de lo que encuentre a mano, incluso una brizna de aliento si eso es lo que hay, como si así agarrado fuera a salvarse la vida. Y por las ventanillas, todo blanco, blancura infinita, lechosa, amelcochada, blancura espesa de infartos y de jueputas, blancura que hace suplicar azules y que agarrota las manos sobre el cuero del asiento y contra la ventana (Ana María) o alrededor de la camándula que lleva al cuello como amuleto y que no sabe usar a la católica (yo). Aunque no todo fue terror en la cabina. El piloto siguió como si nada, fumando, pegando tragos a la petaca de “agua”, tarareando diomedazos en la ausencia de radio.
Volví a respirar cuando cortamos, por fin, la retaguardia de las nubes. Me gustaría poder decir lo mismo de Ana María. Pero no, ella sigue con los ojos cerrados, el ceño fruncido, los labios recitando silencios. Me pregunto qué rezará, siendo ella atea, o agnóstica, creo yo. Imposible que sea poesía, a pesar de ese estribillo bobo que señala a los poemas como las oraciones de los intelectuales. Pa mí que está rezando el Padrenuestro o el Avemaría. Sí, pa mí que sí. Es más, si en este momento le preguntara cómo es que, padeciendo ateísmo, está ahora de letanías, seguro seguro me respondería como Antonio José Restrepo: “Yo soy atea en tierra firme”. César Vallejo será muy bueno, pero no para pedir por tu vida a cinco mil metros de altura (revisar a qué altura vuelan las avionetas), con una turbulencia como para hacer batidos (qué símil terrible) dentro y fuera de tus huesos (qué horrorosa expresión).
Pocos minutos después de haber superado la cuadrilla de nubes y con intención de relajar los ánimos y descargar los pechos (mío y de Ana, aunque dudo que ella haya siquiera escuchado), pregunté: “¿Entonces pa dónde es que vamos, don Luis?”. El piloto, sin voltear a mirarme, lanzó dos o tres indicaciones geográficas sobre un mapa imaginario, que para mí, ignorante, cuya Colombia personal se reduce a cinco ciudades repartidas en tierra ignota, fueron lo mismo que si me hablara en chino. “Sí, sí”, respondí, haciéndome el entendido, “pero, exactamente, ¿adónde vamos?, ¿cómo se llama el sitio?”. “El Pueblo”, me dijo él. “¿El pueblo qué?”. “El Pueblo”, insistió. “Sí, ya sé que es un pueblo, pero el nombre, don Luis, ¿cuál es su nombre?”. “Se llama El Pueblo, así sin más. Así lo conocen los locales. Así lo conocemos los pilotos”, dijo y dio otra chupada al cigarrillo casi cusca que tenía entre los dedos. A continuación, empezó a tararear Sin saber qué me espera.
Cuando aterrizamos, el comité de bienvenida ya estaba allí. Aunque, en honor a la verdad, ese es mucho nombre pa tamañas pauperidades. Constaba, esencialmente, de un jeep verde destartalado y cuatro militares que dejaron sus galones en la lavandería y que del uniforme reglamentario solo desfilaban los pantalones. Además, dos no venían por nosotros, sino que aprovecharon el aventón para despachar un asunto con el piloto. Los otros dos eran el mayor Corrales y una nulidad sentada al volante. Hernández, o Fernández, o Menéndez, o Henríquez; en fin, un apellido que terminaba en “ez”, unas manos agarradas al cuero de la cabrilla y poco más, un vacío donde debería haber un hombre.
La pista de aterrizaje era una manga alargada, lisa, enmarcada por una trenza de verdes que parecía no tener fin. En un momento creí que se nos iba a acabar antes de que frenáramos, pero, a pocos metros del límite, la avioneta se detuvo. Cuando don Luis abrió la portezuela, una ola de calor me golpeó el rostro. No era insoportable, pero sí lo suficientemente cargado como para resultar incómodo. El primero en bajarse fue el piloto, seguido por Ana María. Ella ya había recobrado todo su aplomo y mostraba la seguridad que a mí me falta, esa que me serviría para no sentirme, a mis veinticuatro años, como un adolescente infiltrado en un mundo de adultos. Sobre todo en situaciones como esta. Don Luis notó mi embarazo al no ser capaz de mover el asiento que me bloqueaba la salida y me ayudó a correrlo. Cuando por fin pude bajarme y recoger mi equipaje, vi cómo el mayor me señalaba. Me acerqué y lo escuché diciendo: “El informe que me mandaron hablaba de un viejo, setenta y siete años, de apellido Molano. Este pelao ni pelos en el culo debe tener”. “Alfredo murió anoche y tuvimos que buscar un reemplazo de último minuto. Pero Juan Andrés también es escritor, y está cualificado para el trabajo”, le respondió Ana María. El mayor volvió a mirarme, amagó un gesto de indiferencia y dijo: “Bueno, lo mismo da. Tanto vale un escritor como otro, a ninguno se les entiende un carajo. Bienvenidos entonces. Soy el mayor Corrales y seré el encargado de ustedes durante su estancia en El Pueblo”. “Nadie tiene que estar encargado de nosotros, mayor. Vinimos a hacer memoria de lo sucedido, no a pasear. Tenemos carta blanca de la JEP para recorrer el lugar y hablar con su gente”. “Sí, sí, eso también me lo dijeron, no se preocupe. Pero el monte esconde peligros y no queremos que nada les pase a nuestros invitados, ¿no es así?”. Ana María no contestó. El bullicio de los pájaros (pájaros de todos los timbres y entonaciones, que permanecían permanecen invisibles en la espesura, más sonido que pájaros en su invisibilidad) ahoga ahogaba el zumbido de los mosquitos. La silueta del mayor Corrales se recortaba contra los verdes del bosque. Barrigón y con el pelo cortado al rape, esconde un no sé qué de brutalidad en su fisonomía. Al cabo, soltó: “¿Nos vamos a quedar aquí todo el día? Vamos al jeep”.
El mayor se encaramó en el puesto del copiloto y nosotros dos nos montamos en la banca de atrás, poniendo los morrales sobre las piernas. Miré por la ventanilla y vi a los otros dos soldados junto a la avioneta, conversando con el piloto. “¿Y ellos? ¿No vienen?”, pregunté. “No, tienen otras cosas que hacer. Luego nos alcanzan”, respondió el mayor Corrales. Luego, dando una palmada al conductor, ordenó: “Hernández (o Fernández o Menéndez o Henríquez), arranque pues”. Y Hernández (o Fernández o Menéndez o Henríquez) arrancó.
El trayecto fue corto, no más de cinco minutos por carretera destapada, pero dio tiempo a que Ana María hiciese su primer interrogatorio. (¿Debería decir entrevista o aquí somos también, además de periodista y escritor, detectives fiscales?). La conversación se desarrolló casi que a gritos, por encima del ruido del motor, la gravilla y los pájaros. Ana María: “¿Entonces El Pueblo está incomunicado por tierra del resto del mundo?”. Mayor Corrales: “Sí, así es. El único modo de entrar y salir de El Pueblo es por aire, usando esta pista, como ustedes hicieron”. AM: “¿Y cómo hacen para abastecerlo? Debe ser insostenible mantener una ruta aérea con los bienes de consumo básicos”. MC: “El Pueblo es autosuficiente, o casi autosuficiente. El ejército se encarga de proveer lo que El Pueblo no puede producir. Recibimos cargamentos cada quince días, más o menos”. AM: “¿Seguro que no hay ninguna otra ruta? ¿Por tierra, a través de la selva?”. MC: “No, señorita, no hay ninguna”. AM: “Si es así, explíqueme cómo hacían los guerrilleros y los paramilitares para entrar y salir de El Pueblo. ¿Cómo sacaban la droga? Imposible que todo fuera por aire”. MC: “Niña, eso no lo sabemos. Bien podía traficarse todo por el aire. O por el monte, quién sabe. Los guerrillos son como los monos. Lo suyo es el monte y saben cómo caminar por donde no hay caminos. Además, nosotros no estamos aquí para clausurar rutas, estamos para erradicar cultivos. Así que no, no tengo idea de cómo sacaban la droga, ni de las idas y venidas de paras y guerrillos”. AM (guarda silencio durante unos segundos, como considerando si es prudente insistir. Al final,decide encaminar la entrevista por un derrotero que,sin excederse en imprudencia, le permite ahondar enel asunto): “Me pregunto, mayor, cómo pudieron traer este vehículo a El Pueblo, dada la ausencia de rutas terrestres. Debió ser una odisea. ¿Sabe algo al respecto?”. MC: “Ufffff (suelta el mayor y medita el asunto durante unos instantes; luego, dice). Cuando me asignaron a este puesto el jeep ya estaba aquí. Ha sido… cómo decirlo… una especie de activo que ha pasado de manos en varias ocasiones. Y es el único carro de El Pueblo, ¿sabe?”. AM: “Eso no responde a mi pregunta, mayor”. MC: “Ya va, niña, no me afane. Este es un UAZ, un vehículo soviético, de la época de… bueno, de hace muchos años. Creo que hubo una gran importación de estos autos por los setentas. Este debió venir en ese lote. En cuanto a cómo pudieron traerlo hasta aquí… quién sabe, quizás sí hubo antes alguna carretera. O lo trajeron pieza por pieza y aquí lo ensamblaron. ¿Así no hacen en las fábricas de carros del país? Los transportan a pedazos y aquí los arman. Pudo haber sido algo así, pero en pequeño”. AM: “¿Y la población del pueblo? ¿También la trajeron a pedazos? (El mayor Corrales parece nocomprender la chanza y se queda mirándola, sin contestar. Ella se ve obligada a explicarse). A lo que me refiero, mayor, es que, si no hay rutas terrestres, no veo modo ni razón para que naciera un pueblo en mitad de la selva. La gente tuvo que venir de alguna manera y, ya instalada, abrir rutas para comunicarse con el exterior. No creo que hayan llegado todos en avión”. MC: “Niña, me está hablando usted como si yo fuera el responsable de El Pueblo y su historia. Yo estoy aquí solo desde hace unos meses y vine a hacerme cargo del mierdero que dejó la guerra. Y yo aquí no ando pa recoger historias. Ese es el trabajo de ustedes. Así que si se quiere enterar de algo va a tener que preguntarle a la gente de El Pueblo. A mí lo único que me interesa es que aquí hay unos cultivos que mis hombres y yo debemos erradicar. Más allá de eso, para mí es como oír llover. Así que si quiere que colaboremos y que yo le ayude con su trabajo, deje de tratarme como el enemigo, ¿está bien? (Y luego, porlo bajo, añadió) Izquierdosos de mierda”.
Ana María abandonó la intentona, ya con la voz ronca por el esfuerzo de hacerse oír. A izquierda y derecha solo había verdes desordenados y sucios (no, sucios no, que esto es casi selva virgen) alzando los muros de este desfiladero vegetal. La UAZ daba tumbos sobre los casquillos (¿el cascajo?), y el ruido del motor y la gravilla removida rivalizaba con el estruendo de los pájaros. El cielo alcanzaba una luminosidad dolorosa; el calor empegotaba la piel. Frente a mí veía la nuca pelada, sudorosa, del mayor Corrales, que más parecía un torreón medieval. Su brazo, como una serpiente amortajada, se extendía sobre el espaldar de la banca delantera. De este lado, el rostro duro de Ana María se enfrentaba a la testuz del mayor. Y yo, en esa tierra de nadie, encañonado entre silencios, me sentía pequeño, pequeño, pequeño, como un ratoncito en una ratonera. Entonces llegamos a El Pueblo.
Portada de “El cordero”, Miguel Aguirre. Tierra Adentro, FCE, 2025. Disponible aquí
Portada de “La Travestiada”, Yobaín Vázquez Bailón. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025.
He usado peluca muchas veces en mi vida. Lo disfruto enormemente. Siento que, cuando la traigo puesta, florece algo de mí que me agrada, un aspecto más alegre, más celebratorio. Mientras escribo la reseña de La Travestiada,de Yobaín Vázquez Bailón, puedo recrear a la perfección el calor en la coronilla y la picazón en el cuero cabelludo que provocan los postizos de baja calidad. Pienso en todo esto porque en la novela se utiliza la peluca como un símbolo de poder, como un objeto místico que, al ser colocado, te convierte de inmediato en lo que realmente eres, que potencia tu esencia, que facilita tu entelequia; es decir, el objetivo hacia el que algo tiende sin influencias externas, eso a lo que estamos encaminados a ser. La peluca es como la aureola, la corona, el penacho, la kipá, el casco, el nimbo de los travestis, y me encanta que en esta novela se le reconoce siempre esa relevancia y esa multitud de destinos que puede imponerte.
La Travestiada cuenta el pasaje del famosísimo baile de los 41. Esa fiesta ocurrida durante el porfiriato, en la Ciudad de México, que terminó en una redada donde arrestaron a esa cantidad exacta de hombres homosexuales. Dice el novelista: “Los policías dieron fe de un evento que calificaron de desviado y orgiástico. Les pareció asqueroso porque en ellos no cabía la posibilidad de que un hombre se pusiera medias o se pintara los párpados o que bailaran apretaditos de la cintura. Ya no pudieron antojárseles los bocadillos elegantes ni las copas de champagne. El colmo fue que vieron no a dos hombres, sino a tres, besarse simultáneamente ante un público que los animaba por tan atrevido gesto. No pudieron soportar mayor depravación, y uno de los policías salió de la casa sonando su silbato para dar aviso a los demás gendarmes a la redonda, mientras el otro alteraba la fiesta con disparos al aire. Advertidos estaban los jotos de que no había tolerancia a sus desmanes”. El evento fue un escándalo debido a los prejuicios de la época y al desdén que se tenía (es justo decir que aún se tiene en muchas esferas del país) hacia la diversidad. A quienes asistieron a la celebración se les acusó de pervertidos, lo más terrible es que a veces pareciera que el general don Porfirio sigue siendo la brújula moral de la nación y el líder ideológico de muchos idiotas (uso la palabra idiota con una acepción filosófica, ya que, originalmente, idiotas eran aquellos que no se preocupaban por el bien de la comunidad y solo veían por sí mismos).
La obra de Bailón es una novela de ficción histórica, el escritor recrea, con maestría literaria, lo que pudo haber ocurrido con algunos de los arrestados antes y después del legendario baile. Debido a los pocos registros específicos que se tiene del suceso, el autor decide llenar las lagunas mediante su imaginación narrativa y su talento. El resultado es memorable y no dudo que, en un afán de misticismo o de revelación, su visión se acerque, de verdad, a lo que vivió cada uno de los involucrados. Pero este también es un libro de aventuras, una epopeya humorística, una serie de cuentos interconectados que nos narra las hazañas de los personajes. Y no solo eso, también podría ser una especie de hagiografía laica, de hombres cuya libertad inagotable, a pesar de la persecución y el castigo, los volvió santos de su propio sendero.
La novela cuenta el destino tragicómico de doce de aquellos cuarenta y un arrestados, aquellos que no tuvieron el dinero o los contactos para ser exonerados, aquellos que fueron puestos en un barco para obligarlos a participar en una batalla, demostrando así que la guerra, por más que la propaganda nos quiera vender algo distinto, es el peor de los castigos que un ser humano puede recibir. Dice el autor: “Del cuartel Batallón 24 salieron todos. En el cuartel de la Montada quedaron 12. Los 12 mismos que navegaban rumbo a Yucatán en la corbeta Zaragoza. Fue su castigo por ser maricones y pobres, y era la única manera de tener conforme a la gente que pidió consecuencias a esa falta de hombría que laceraba profundamente a la nación”. La estructura de la novela está determinada por la muerte de los protagonistas. Cuenta el autor que, durante la confección de su obra, tuvo presente esa canción que termina diciendo: “De los dos que me quedaban, ya nomás me queda uno, uno, uno”.
Los personajes están construidos de una forma muy sólida, todos son entrañables, por momentos, parecen personas de carne y hueso que en cuanto intervienen, te hacen reír, apretar los dientes o asentir con la cabeza. Son tan reales que llegué a pensar que, si me acercaba las hojas lo suficiente, escucharía sus latidos. Son personajes que uno comienza a extrañar en cuanto mueren. Cada uno está determinado a partir de un arquetipo clásico, de esos que uno podría encontrar en cualquier grupo de condenados o de personas dichosas, en cualquier colección de individuos con un destino común. Por ejemplo: Chinaca, la narradora, es una mujer aguerrida, que toma el mando; Wilde es imprudente, incomoda con sus comentarios; Juana la Conjuro es la mística, la del poder de invocación, la que parece comunicarse con entidades y seres intangibles; Rosa de Sarón es la religiosa, la devota, la que recorre el camino de la santidad; Ángeles Peralta, la artista, la cantante extraordinaria que dominó la voz de tenor y soprano. Esta manera de dotar de personalidad a quienes protagonizan la anécdota evidencia que la diversidad es sempiterna, que también hay diversidad dentro de la diversidad, que hay variedad y giros incluso en cada mente, que hasta nuestras células y átomos son variantes.
Decido ponerme una de mis pelucas para continuar escribiendo la reseña, elijo la que uso para disfrazarme de Rigo Tovar, la que me otorga el don de la cumbia, del baile, del disfrute. En cuando la acomodo bien, sonrío. Sonrío tanto como lo hice leyendo este libro. Y no solo por lo divertido de las andanzas narradas, también por el gran goce estético que me brinda el estilo retórico. Incluso nombres de personajes como los antes mencionados o como Zazá y Panzamarrana evidencian la calidad del trabajo, el novelista es un maestro a la hora de bautizar y caracterizar. Me parece que saber nombrar o apodar de forma adecuada a los seres que habitan nuestros libros es uno de los dones más grandes. Dicen los filósofos que poner nombre es algo que está asignado a los dioses o a los poetas. Y en efecto, Bailón está reproduciendo en su novela el oficio de Homero, de Esquilo, él también canta y cuenta aventuras épicas, y también lo hace con grandiosidad. El hecho de que el lector termine adorando a sus personajes lo prueba.
A pesar de que el humor es un elemento central del estilo de la novela, el título no se trata de un chiste o una referencia superflua. Igual que muchos héroes de la Ilíada y la Orestíada, los personajes de La travestiada se van volviendo míticos. Bailón demuestra que, en realidad, todas las vidas son una epopeya, todas las circunstancias son una tragedia, todas las muertes son mitología, toda vida es un canto si se cuenta bien.
Me miro al espejo con mi peluca puesta, me gusta cómo me veo. Mi sonrisa se extiende. Entonces recuerdo que hay un pasaje en el libro que subrayé. Se los comparto:
“—Mira mi ropa, Rosa —dice Zazá tirando el trapo al suelo—. Mira la ropa de Clemencia —y la señala—. No necesitamos contrición, ni rosarios ni novenas. Necesitamos esos vestidos o pelucas, o lo que sea que traiga este barco, para sentirnos bonitas, aunque sea una vez más”.
El deseo de verse bien en medio de la desgracia me parece un acto en verdad subversivo, poderoso. La estética, para mí, es la reina de los valores, la estética merece que nos hinquemos ante ella. Yo también quiero sufrir y morir viéndome lo mejor posible, igual que los personajes de la novela. Me identifico con esa necesidad de verse bien, de que la belleza equilibre el dolor, de que la forma merme un poco la desdicha. La vida es trágica, a veces insoportable, pero ello no significa que deba ser fea. Por mejorar mi aspecto hasta soy capaz de rezar, de implorar. Y es que, al potenciar la forma, se potencia también el contenido. La travestiada es bella en ambos sentidos, tanto en lo superficial como en lo profundo. Otro ejemplo de lo anterior en la novela:
Quería que le pusieran el vestido para morir elegante y, de ser posible, que la peinaran. Ansiaba morir con un montón de joyas puestas, aunque luego se las quitaran, quería brillos en la oscuridad de su muerte. Que hicieran todo lo posible por esparcirle gotitas de perfume, ya demasiado mal olor le había legado a esa casa.
Me agrada que el libro muestra en varias ocasiones el lado tierno, feliz y amoroso de los personajes y no solo sus tribulaciones o padecimientos. Ello vuelve a cada individuo complejo. Nos cuenta el novelista: “Panzamarrana descansa su cabeza sobre mi pierna y aprovecho para hacerle cariñitos en el poco cabello que nos han dejado. Me gusta verla respirar, cómo ensancha su pecho musculoso y saca el aire por la nariz”.
Toda la novela es una celebración, el autor conmemora cada triunfo y fracaso narrado. Uno de los personajes dice un diálogo que me parece esclarecedor porque usa la palabra depravado con ironía y potencia: “Me divierto —contestó Clemencia, esa noche ya no iba a soportar callarse—. Me divierto con los depravados porque no me queda de otra, y porque son divertidos. Me junto con depravados porque no puedo estar en medio de santurrones ni de gente común. ¿Me entiendes, chamaco pendejo? Diviértete conmigo y llévame a mi alcoba, porque tú mismo eres un depravado”. Así que termino invitándolos a divertirse y gozar con esta excelente novela, ganadora del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas. Aprendan, como este grupo de condenados, a resolver conflictos con la música y el baile, usen la alegría como uniforme de guerra y el disfrute como fusil. Lleguen hasta su muerte usando la ropa y los accesorios que les dé la gana. Lleguen a su destino implacable sonriendo.
Portada de “La Travestiada”, Yobaín Vázquez Bailón. Colección Tierra Adentro, FCE, 2025. Disponible aquí
Portada de “In Cold Blood”, Truman Capote. Modern Classics, Penguin Random House, 2000.
Todas las historias tienen principio, que no necesariamente final. El relato de un crimen puede comenzar, por ejemplo, así: “El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman allá”, y no terminar nunca.
Descendiente de granjeros, Herbert W. Clutter siempre añoró trabajar su propia tierra, sueño que cumplió en la finca de River Valley, cercana a los meandros del río Arkansas, en el condado de Finney. Diseñó personalmente la casa, construida en 1948. Trigo, maíz, semillas de césped seleccionadas… esas eran las cosechas de las que dependía la prosperidad de la granja. Los animales también eran importantes: ovejas y, sobre todo, ganado vacuno. Se casó con una chica tímida, piadosa y delicada llamada Bonnie Fox, tres años menor que él. Tuvieron cuatro hijos: tres mujeres, un varón. Las dos hijas mayores, Eveanna y Beverly, ya no vivían en Holcomb la noche del sábado 14 de noviembre de 1959, cuando dos sujetos entraron en la finca de River Valley y asesinaron a sus padres y a sus hermanitos, Kenyon y Nancy. (El clan Clutter, por cierto, era originario de Alemania; el primer Clutter —o Klotter, como se escribía entonces— llegó a Norteamérica en 1880).
Olathe, Kansas. En el café Joyita, Perry Smith almorzaba tres aspirinas, una root beer helada y un cigarro Pall Mall tras otro, mientras leía un mapa «Philips 66» de México. Esperaba a Dick Hickock, un antiguo compañero en la Penitenciaría del Estado de Kansas en Lansing, de quien había sido la fantástica idea de dar un “golpe” que los haría ricos o, con suerte, menos miserables. De pronto, escuchó el claxon de un Chevrolet sedán 1949. Perry llevaba, entre muchas otras cosas, una maleta de cartón, una guitarra Gibson y dos enormes cajas de libros, mapas y canciones, poemas y cartas que pesaban casi una tonelada. Dick, en cambio, requería lo esencial: una escopeta de repetición calibre doce, una linterna eléctrica, un cuchillo, un par de guantes y una chaqueta de cazador. En Emporia, un pueblo de Kansas, compraron lo que les faltaba: otro par de guantes, noventa metros de cuerdas de nylon y dos gruesos rollos de cinta adhesiva (no encontraron medias negras, ni en el convento). Cenaron en un restaurante de Great Bend. A las once de la noche, un letrero: «Hola, forastero. Bienvenido a Garden City, la ciudad te abre sus puertas». Habían llegado al condado de Finney. Dejaron la autopista, atravesaron a toda velocidad la desierta Holcomb y cruzaron las vías del ferrocarril de Santa Fe. Entraron en la finca de los Clutter con los faros apagados, mientras ambos murmuraban una y otra vez: “sin testigos, sin testigos”.
La mañana del lunes 16 de noviembre de 1959, en su apartamento de Brooklyn, Truman Capote leyó en el New York Times la noticia de un asesinato múltiple en Holcomb, Kansas: “Un rico agricultor, su esposa y dos hijos fueron encontrados hoy en su casa muertos a tiros. Les dispararon a quemarropa después de haberlos atado y amordazado”. Habló de inmediato con William Shawn, su editor en el New Yorker, y le dijo que quería ir a la lejana Kansas para escribir el relato de la tragedia de Holcomb. Se hospedó en el Wheat Lands Motel, a las afueras de Garden City, y en diciembre, es decir, poco después de que se descubriera el crimen, examinó las habitaciones de la finca de River Valley. No conocía a nadie, y nadie, a excepción del bibliotecario y de algunos maestros de escuela, había escuchado hablar de un tal Truman Capote, aclamado escritor neoyorquino, quien se proponía explorar el reportaje periodístico para producir “Una forma narrativa que empleaba todas las técnicas del arte de la ficción pero que fuera inmaculadamente factual”: la novela de no ficción. Para contar la tragedia de Holcomb, Capote utilizó un mecanismo de contrapunto en su artefacto narrativo, que consiste en un ir y venir entre el archivo, la documentación in situ, el periodismo creativo, más de cuatro mil folios de anotaciones mecanografiadas. Dividió el relato en cuatro grandes apartados cronológicos —“Los últimos que los vieron vivos”, “Personas desconocidas”, “Respuesta” y “El Rincón”—. Contó la historia de la comunidad de Holcomb y alrededores, de los vecinos, amigos y familiares de la familia Clutter y, especialmente, la de sus asesinos.
Lo llamó A sangre fría.
KIUL (estación de radio de Garden City): “Increíble tragedia, indescriptible con palabras, se ha abatido sobre cuatro miembros de la famiia de Herb Clutter a última hora del sábado o en la madrugada de hoy. La muerte, brutal y sin motivo aparente…”. Fotografías de la escena del crimen tomadas por el departamento de policía de Kansas: veinte ampliaciones en papel satinado que muestran el cráneo destrozado del señor Clutter, el rostro fracturado de Kenyon, las manos atadas de Nancy, los ojos muertos de Bonnie, etc. (El médico forense, Dr. Robert Fenton, observó una notable diferencia entre las temperaturas de los cuerpos y, con base en ello, el orden que proponía de los asesinatos era: la señora Clutter, Nancy, Kenyon y el señor Clutter; sucedió exactamente al revés). Pistas: dos tipos de suela de bota, una con un dibujo de rombos, otro con una marca de Cat’s Paw, nada más.
Dos fichas:
Hickock, Richard Eugene (WM) 28. KBI 97 093; FBI 859 273 A. Domicilio: Edgerton, Kansas. Fecha de nacimiento: 6-6-31. Lugar de nacimiento KC., Kansas. Altura: 1,75. Peso: 87. Pelo: rubio. Ojos: azules. Complexión: robusta. Color de la piel: blanca. Profesión: pintor de coches. Delito: estafa y fraude y cheques sin fondos. En libertad bajo palabra: 13-8-59. Por So. K.C.K.
Smith, Perry Edward (WM) 27-59. Lugar de nacimiento: Nevada. Altura: 1,60. Peso: 77. Pelo: negro. Delito: robo. Arrestado: (en blanco). Por: (en blanco). A disposición: enviado a Penitenciría Estado de Kansas 13-3-56 desde Philips Co. 5-10 años. Ingresado: 14-3-56. En libertad bajo palabra: 6-7-59.
Truman Capote: Tardé cinco años en escribir A sangre fría, y un año en recuperarme…, si es que recuperarse es la palabra; no pasa un día sin que algún aspecto de esa experiencia no proyecte una sombra sobre mi mente. Nadie nunca sabrá lo que A sangre fría se llevó de mí. Me chupó hasta la médula de los huesos. Por poco acaba conmigo. Creo que, en cierto modo, acabó conmigo. Antes de empezar yo era una persona bastante equilibrada. Luego, no sé qué me sucedió. Sencillamente no puedo olvidarlo, especialmente los ahorcamientos al final. ¿Qué me escandaliza, si hay algo que me escandalice? La crueldad deliberada. La crueldad porque sí, verbal o física. El asesinato. La pena capital. Los que maltratan a los niños. Los que torturan a los animales. ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor. ¿Y la más peligrosa? Amor.
Floyd Wells, el único nombre falso que utiliza Truman Capote, conoció a Dick Hickock en Lansing, fue su primer compañero de celda, también quien lo delató. Le había contado que trabajó durante un año en un importante centro triguero en el oeste de Kansas, para el señor Clutter. ¿Cuántos eran? ¿Qué edad tendrían los niños ahora? ¿Cómo se llegaba a la casa exactamente? ¿Cómo estaban dispuestas las habitaciones? ¿Tenía el señor Clutter caja fuerte? Floyd respondió que sí, que recordaba una especie de armarito o caja fuerte o algo así en el despacho. Desde entonces, Dick le confesó una y otra vez, en cada charla, su plan para dar el “golpe”: contactaría a Perry, su amigo, e irían allá para robar y matar a todos los testigos, a los Clutter y a quien se les atravesara. Describió cómo iban a hacerlo: atarlos y después pegarles un tiro. Así ocurrió, tal como había dicho Dick: él y Perry entraron en la residencia de los Clutter el sábado 16 de noviembre de 1959 buscando valores en efectivo que la familia no poseía, un estimado de diez mil dólares, y, al no encontrarlos, decidieron asesinarlos uno a uno: a Bonnie, la madre, y a Nancy, la hija, las amordazaron a cada una en su propio cuarto; a Herbert, el padre, y a Kenyon, el hijo, en el sótano. “Sin testigos, sin testigos”. Al único que degollaron fue al señor Clutter, para luego dispararle en la cabeza y así sucesivamente: a Kenyon, en la cara; a Nancy, en la nuca; a Bonnie, en la sien. Huyeron hacia México con un botín que consistió en unos binoculares, una radio portátil y la nada jugosa cantidad de cuarenta o cincuenta dólares.
La tragedia de Holcomb cimbró para siembre las vidas de todos los habitantes de esa pequeña comunidad en Kansas, también el destino de Truman Capote. Una familia prisionera, mansa y asustada, pero sin sospechar su destino, casi una película negra de terror con asesinos en absoluto carentes de misericordia. Revelación del mudo horror del delito. El crimen, la persecución, el castigo. En marzo de 1965, luego de casi dos mil días confinados en la Hilera de la Muerte, el Tribunal Supremo de Kansas decretó definitivamente que las vidas de Richard Eugene Hickock y Perry Edward Smith terminarían entre la media noche y las dos de la madrugada del miércoles 14 de abril de 1965. Primera página del Star de Kansas: «Ahorcados por sangriento crimen». Escalones, lazo, máscara. El golpe seco que anuncia que la cuerda ha partido el cuello. Dick colgó a la vista de los testigos durante veinte minutos. Una hora después, las botas de Perry oscilaron en el galpón que aguardaba la horca, también respiró durante un buen rato. Solo uno de los dos pidió perdón; el otro aseguró que no guardaba rencor. Hickock, de 33, murió a las 12:41; Smith, de 36, a la 1:19. Truman Capote pagó las lápidas de ambos y, por fin, concluyó la historia y empezó a morir. Cuando le preguntaron si alguna vez había querido matar a alguien, respondió:
¿Usted no? ¿No? ¿Puede jurarlo? Bueno, sigo sin creerle…
Fotografía de Agatha Christie. Por Joop van Bilsen, 1964. Dominio público.
“¿Está usted segura de que es la verdad lo que deseamos?” pregunta el doctor Sheppard en el clásico de Agatha Christie, El asesinato de Rogelio Ackroyd; “quiero saber la verdad”, insiste Flora, la sobrina del finado; “¿toda la verdad?”, pregunta Poirot; “toda la verdad”, confirma Flora. Detengo mi lectura un momento, las preguntas se quedan en mi cabeza y me convocan: en el 2023, con la muerte de mi abuela, heredé su colección de libros de Agatha Christie y me vi envuelta en un thriller de misterio al encontrar, o imaginar acaso, pistas que dejó sobre la misteriosa muerte de una de sus hijas; historia que nunca quiso abordar en vida, a pesar de mis insistentes preguntas.
Juego al detective y me coloco con lupa en mano frente al inventario heredado: los libros de Christie, de editorial Molino; un montón de vinilos rotulados con los nombres de sus antes propietarias, entre ellas mi tía, la que nunca conocí; una miscelánea colección de pines entre los que destacan símbolos soviéticos, y una agenda de 1985, reutilizada en el 2002 con el registro de los días de mi abuela, divididos y superpuestos en dos años distintos, en los que vivió dos duelos cruciales de su vida: la muerte de su cuarta hija y la de su único marido.
Comienzo la búsqueda de la verdad, quiero entender a mi abuela, cómo miraba el mundo, cómo construía sus propias narrativas; decido leer El asesinato de Rogelio Ackroyd, me llama la atención que entre sus páginas se asome la envoltura de un chocolate obsesivamente doblado, con rastros de chocolate por el lado exterior y el brillo del papel dorado por dentro. Imagino a mi abuela saboreando el chocolate y doblando con calma la envoltura mientras acompaña al doctor Sheppard, la voz narrativa que sigue de cerca los pasos del famoso detective belga, Poirot.
En 1926, cuando mi abuela apenas cumplía cuatro años, sin saber aún el destino que le aguardaba como mujer de inicios del siglo XX, en una isla lejana, Agatha Christie toma su Morris Cowley y lo conduce, alejándose lo suficiente de la casa donde su marido le ha notificado ya sus intenciones de divorcio, abandona el carro con un maletín y desaparece por un lapso de once días; la prensa advierte al público ávido de chisme que la escritora, experta en misterios, posiblemente alteraría su apariencia para dificultar su encuentro. Como si de una cuidadosa y estudiada estrategia de ventas se tratara, el escape de Christie provoca intriga y sensacionalismo, lo que potencia la difusión de sus libros, que ya contaban con creciente popularidad. Ese mismo año se había publicado una de sus novelas clave en torno al juego narrativo, El asesinato de Rogelio Ackroyd, donde, spoiler alert, el narrador en el que hemos confiado a lo largo de la lectura se termina por descubrir como el verdadero asesino. ¿A qué certezas aferrarnos cuando la historia nos la narra el mismo asesino?
Me llama la atención la edición de las Selecciones de Biblioteca de Oro de la editorial Molino, mi abuela juntó una buena colección de estos ejemplares. Cada vez que tomo una pausa de la lectura del asesinato de Ackroyd, miro la contraportada que anuncia una colección de tarjetas de cocina para el ama de casa, se trata de ochenta breves recetarios de sopas, entradas, platos fuertes y postres tanto fríos como calientes. El anuncio invita a la lectora: “Las tarjetas de cocina del ama de casa […] representan una ayuda en dos sentidos: Proveen a la mujer de un amplio repertorio de deliciosas recetas cuidadosamente seleccionadas y —cosa muy importante— simplifican la difícil tarea de confeccionar un menú perfecto”.
La vida del ama de casa posiblemente se repartía entre dar seguimiento al misterio detrás de un violento asesinato, por las tardes o las noches, con suerte antes de la hora de la telenovela y después de haber lavado los trastes de la cocina, a la que le dedicó toda la mañana para conseguir un menú perfecto que deleitara a hijos y marido.
Mi abuela se distinguió en vida por sus recetas. Enmarcada en las opresiones propias del mandato del género, contó con el privilegio necesario para formarse en las artes culinarias, participar en concursos gastronómicos y hasta impartir clases de gastronomía entre amigas, vecinas e hijas de vecinas. En el 2009 escribió un recetario que decidió titular Sólo para hombres, como un gesto comprensivo hacia las nuevas generaciones de hombres que se enfrentaban a, cito a mi abuela, “cumplir su misión de supervivencia (en estos tiempos de liberación femenina)”, entre estos hombres desamparados, mi padre, quien víctima de un divorcio tendría que enfrentarse a la engorrosa tarea de alimentarse a sí mismo, procurando emular los platillos, que su misma madre le enseñó a disfrutar.
Mi abuela planteaba una manera de verlo, hombres y mujeres sobreviviendo a sus tiempos, procurando sus propias estrategias. Pero no seamos ilusas, la verdadera opresión es visible en la vida misma de mi abuela quien, como me compartió una de sus hermanas, “fue una vieja inteligentísima” hasta el final de sus días, puesto que supo apropiarse de las reglas patriarcales para jugar el juego de ellos con la sutileza de ellas. Como Agatha a su vez, escribiendo historias donde destacan los protagonistas masculinos, quienes dejan claro su lugar y rol respecto a las mujeres, sin abstenerse a definirlas como “unos seres maravillosos. Inventan, se dejan llevar de su fantasía y milagrosamente aciertan la verdad. Las mujeres observan de un modo inconsciente mil detalles íntimos, sin saber qué hacen”, en palabras de Poirot, que finalmente son palabras de Christie. Sin dejar de lado historias donde los hombres le recuerdan a las mujeres su lugar, como observadoras inconscientes y fantasiosas de una realidad que las deja fuera del juego y dentro de la cocina; también hace un espacio para atender a protagonistas femeninas que pueden salirse con la suya, como Miss Marple que al ser una mujer de cabello cano, postmenopáusica, que juega el rol de una distraída viejecita, se sale con la suya y logra pensar en un mundo donde no se espera eso de una mujer.
De una mujer se espera la fantasía, la falta de agudeza y lucidez, que se encierre en un mundo de ilusiones y promesas, que no mire la crudeza de su encierro; como el personaje de uno de los cuentos de Parker Pyne, otro de los detectives que inventa Christe, quien en cambio se encuentra más interesado por los casos de estadística y psicología que en los de asesinatos. Parker Pyne recibe en su consultorio a María, una mujerde mediana edad, que encuentra su anuncio en el aviso oportuno bajo la pregunta: “¿Es usted feliz? Si no lo es, consulte al Señor Parker Pyne”. Asistimos al relato de una mujer casada con un marido infiel, que encuentra su alivio gracias a un supuesto detective que la lleva al modista, al peluquero y que pone a su servicio a un gigoló que le hace creer que se siente ilusionado por ella, pero que se trata de un amor imposible. Finalmente, Pyne determina que la solución a la depresión de María es vivir un ensueño: “Una mujer rompe una pasión a pedazos y no saca nada bueno de ella, pero un ensueño puede ser guardado en un armario […] contemplado durante muchos años. Yo conozco la naturaleza humana, hijo mío, y puedo decirle que una mujer puede vivir mucho tiempo de un incidente de este género”, concluye Pyne.
En mi familia, el gran misterio se esconde detrás de la muerte de la cuarta hija de mi abuela, una mujerde mediana edad, quien tras perder una bebé se sumió en una depresión que la condujo a una muerte que por años se ha callado y se ha nombrado “confusión y despiste” de la suicida. Nadie habla de suicidio, ni de tristeza, ni de abandono, ni de violencia.
¿Es esta la verdad que buscábamos? La propia estructura familiar, el mandato del género, la violencia patriarcal disfrazada como temas de carácter y transtornos de ansiedad, la narrativa que justifica la violencia y la sostiene, todas culpables de la cuchillada en la espalda, del veneno que seleccionó el asesino.
La desatención a los temas de salud mental del siglo XX, hijos de la violencia misma, expuesta y desnuda: la violencia que se aprende de padres a hijos, de madres a hijas; las lecciones de control y obediencia, y el cómo ejecutarlas sobre el cuerpo del otro, de la otra. Ellas, las narrativas, las historias que nos contamos, las verdaderas asesinas. Es esta la verdad, y claro, no nos agrada. Debimos escuchar con atención las advertencias del asesino, que, ojo, fue quien nos contó la historia.
Bibliografía:
Christie, Agatha, El asesinato de Rogelio Ackroyd. Barcelona, Molino, 1959.
Como se sabe, la colonia Santa María la Ribera es —luego de la frustrada y vecina colonia Los Arquitectos— la más antigua de la Ciudad de México. Fue fundada y planeada por los hermanos Estanislao y Joaquín Flores a principios de la década de 1860, durante el primer periodo presidencial de Benito Juárez, a las afueras de “la ciudad”, sobre las antiguas huertas de la Hacienda de la Teja y de los ranchos Santa María y Chopo. El desarrollo inmobiliario y urbano de Santa María —como popularmente se le conoció— modificó para siempre el carácter espacial de la ciudad, cuya traza, durante más de tres siglos, se limitó básicamente a lo que hoy conocemos como Centro Histórico, que tenía como fronteras (grosso modo): al norte, la línea de Nonoalco-Tlatelolco; al oriente, la Candelaria de los Patos, teniendo como lindero la calzada de Balbuena (hoy avenida Congreso de la Unión); hacia el sur, la calle Chimalpopoca, San Antonio Abad (hoy Tlalpan) y el final del Canal de la Viga; y al poniente, la vieja ciudad encontraba sus confines en las actuales avenidas Guerrero y Paseo de Bucareli.
Fuera de este céntrico polígono, todo era ranchos, vergeles, casas de veraneo, pastizales, dehesas donde pacía el ganado, baldíos, ríos a cielo abierto, eriales terregosos; y, más allá, en las lejanas lejanías de la metrópoli: cárceles, basureros, famélicas lagunas, hospitales de dementes y sifilíticos… Pero a mediados del siglo XIX, en medio de las severas y reincidentes crisis políticas por las que atravesaba nuestro todavía naciente país, la ciudad —la centralista capital— comenzó a crecer en población a una velocidad nunca antes vista. La urbe se desbordó. De tal modo que la burguesía y la incipiente clase media prefirió trasmudar sus viviendas a las afueras y, para tal fin, eligieron el verde y limpio poniente.
Fue así como el moderno proyecto de urbanización de los hermanos Flores fructiferó. Santa María la Ribera ofrecía precios accesibles, algunos servicios básicos y una traza también vanguardista, de plan hipodámico, es decir, un diseño de calles en ángulo recto que creaba manzanas o retículas casi idénticas entre sí, formando avenidas paralelas y perpendiculares. Para acentuar esta moderna organización rectilínea o en damero, los hermanos Flores nominaron las calles que corrían de norte a sur (o viceversa) con nombres de flores (Magnolia, Rosa, Loto, Hortensia…), y las que corrían de oriente a poniente (o viceversa) con nombres de árboles (Trébol, Peral, Ébano, Eucalipto…).
El proyecto inmobiliario de Santa María la Ribera tuvo un éxito casi inmediato, aunque su mayor auge y esplendor se dio durante la época de la dictadura del general Porfirio Díaz. Empresarios, intelectuales, burócratas, pequeños comerciantes, artistas… eligieron a esa colonia para vivir y cimentar una pequeña y moderna ciudad alterna, lejos de la anticuada y sucia capital colonial, con sus propios mercados, escuelas, iglesias, plazas, bibliotecas, cantinas, teatros, cines y hasta casinos. Las fronteras del nuevo y moderno fraccionamiento fueron: al norte, la calle Heliotropo (actual Ricardo Flores Magón, prolongación del viejo camino a Nonoalco); al oriente, la calle Olivo (actual avenida Insurgentes Norte); al sur, la Ribera de San Cosme (antigua calzada de Tlacopan); y al poniente, la calle Nogal (que seguía la vera de la vieja Calzada de la Verónica, hoy Circuito Interior).
Cinco esquinas
La memoria puede ser vista o problematizada desde varias rutas o planos del pensamiento. Como revelación: el conocimiento del pasado puede desvelarnos algo que permanecía oculto; como patrimonio y acervo: es lo que poseemos (nos pueden quitar todo menos la memoria), y nuestro pasado es un cúmulo, un caudal, un rimero; como búsqueda: ir En busca del tiempo perdido, a la manera de Marcel Proust; como encuentro: pues constantemente nos permite formularnos preguntas como: ¿Quiénes somos?, ¿Quiénes son ellas, ellos?; como ficción: puesto que, como jamás recordamos todo en su conjunto, subsanamos los vacíos evocativos con imaginación; como espacio lírico: ahora a la manera de Quevedo que “vive en conversación con los difuntos y escucha con sus ojos a los muertos”.
Bajo estas pequeñas premisas, intentaré dibujar aquí una inacabada cartografía memoriosa y poética que insista en el rastreo, cual punto de partida, de la vida literaria y cultural de Santa María la Ribera, o cuando menos la del último cuarto del siglo XIX y hasta la mitad del XX. Para ello dividiré la traza de la colonia en cinco bloques, con una doble finalidad: primero, señalar y apuntar, con mayor eficacia, algunos lugares y sitios emblemáticos de su vida cultural; y, segundo, que eventualmente estas cinco parcialidades sean susceptibles de convertirse en circuitos para ser caminados, estudiados y gozados. Veamos, pues.
El primer cuadro
La colonia encuentra su epicentro, su axis mundi, en el Jardín Hidalgo, que originalmente se llamó Plaza del Mercado y que ahora es conocida como la Alameda de Santa María. El diseño de este centro denota su halo de modernidad, pues rompe con la tradición virreinal de fundar los pueblos y ciudades bajo el modelo prehispánico del Altépetl, en cuyo centro o plaza debían cohabitar tres elementos fundamentales: el Técpan (la casa del gobernante), el Teocali (la casa de Dios) y el Tianguis (el Mercado). En cambio, el centro de Santa María emergió entorno a los paramentos de un Cine (El Majestic), una biblioteca, una cantina, un instituto de ciencia de la tierra, un bosque, un museo…
La Alameda de Santa María esta circundada por las calles: Carpio, antes Jazmín (al norte); Dr. Atl, antes Pino (al oriente); Salvador Díaz Mirón, antes Camelia y Las Flores (al Sur); y Jaime Torres Bodet, antes Ciprés (al poniente). En su ombligo se levanta el singular y ferroso Kiosko Morisco, diseñado por el ingeniero José Ramón Ibarrola como remedo de una mezquita, que sirvió de stand en la presencia de México en la Exposición Internacional de Nueva Orleans, en 1885.
En el número 215 de la calle Pino estuvo la casa del sabio positivista Agustín Aragón y León, miembro de Los Científicos (grupo mimado por el presidente Díaz), editor de la Revista Positivista y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. En esa casa coleccionó una de las bibliotecas más portentosas de la ciudad —frecuentada por su amigo Federico Gamboa, autor de Santa— que su hijo, Agustín Aragón Leyva, atomizó y vendió al mejor postor. Fue don Agustín quien intervino para que el Kiosko Morisco fuera trasladado a la plaza central de Santa María, pues para entonces se hallaba en una oscura bodega luego ser desarmado para dejarle el espacio que ocupaba, en la Alameda Central, al Hemiciclo a Juárez. Así, el Kiosco —emblema moderno de la colonia— se inauguró el 26 de septiembre de 1910.
En el 187 de Pino estuvo una casa abandona ocupada por “golfas y menesterosos; traficantes y disolutos”, que sirvió de inspiración al escritor Arturo Azuela para escribir su célebre novela La casa de las Mil Vírgenes que, junto con El tamaño del infierno, Los ríos de la memoria y Alameda de Santa María, configura su tetralogía de obras que tienen como personaje y escenario a esta colonia.
En el número 106 de Salvador Díaz Mirón (que a esa altura se llamó Camelia) se halla, como suspendida por el tiempo, la Tlapalería El Girasol en donde se filmó una de las escenas cumbre de la película El Castillo de la Pureza (1972), dirigida por Arturo Ripstein y escrita por José Emilio Pacheco. Hoy, basta entrar a dicho negocio para rememorar a una jovencísima María Rojo despachando detrás del mostrador y a un salido Claudio Brook en su papel de Gabriel Lima.
En Salvador Díaz Mirón y Torres Bodet estuvo la icónica cantina Salón París (actualmente en la contraesquina), en donde inició su carrera artística el cantante y poeta guanajuatense José Alfredo Jiménez, conocido en el barrio como Fello, quien llegó a vivir a esta colonia (en Ciprés) siendo muy niño, vendió zapatos y jugó como portero en el legendario esquipo de futbol Marte. En ese mismo cruce, en Ciprés 192, se encuentra un afrancesado edificio, diseñado por el ingeniero Juan D’Fleury, del que el general Bernardo Reyes adquirió un piso para su residencia, pero que en realidad fue habitado por su joven hijo Alfonso Reyes quien, a propósito de su paso por esta colonia, escribió: “Nuestras reuniones nocturnas del barrio de Santa María comenzaban a inquietar al gendarme. Lo que nos llenaba de orgullo. Pasábamos las noches de claro en claro entregándonos a estudios y discusiones”.
En el 160 de Torres Bodet estuvo la casa de la atenta poeta y pianista coatepecana María Enriqueta Camarillo y de su marido, el historiador coahuilense Carlos Pereyra. María Enriqueta, autora de obras como Rosas de la Infancia o Poemas del campo, fue la primera mujer mexicana en ser candidata al Premio Nobel de Literatura en 1951 y durante el sexenio del presidente Adolfo López Mateos se rebautizó la calle Dalia con su nombre.
Cuadrante norponiente
En esta zona del barrio de Santa María sobresale la calle Fresno, por su envidiable vida cultural. En el número 193 estuvo la casa-estudio-oficina de los hermanos Méndez Plancarte: Alfonso y Gabriel, prominentes sacerdotes y humanistas. Don Alfonso, doctor en filosofía, fue pionero en el estudio de la vida y obra de Sor Juana Inés de la Cruz, además de estudiar a personajes como Salvador Díaz Mirón, Rubén Darío o Amado Nervo. En 1950, Alfonso asumió como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.
Por su parte, Gabriel Méndez Plancarte, doctor en teología y en derecho canónico, fundó la connotada revista Ábside (que nació, bajo el ábside de la parroquia de Ozumba, en una charla con don Ángel María Garibay). En Ábside, “Revista de cultura mexicana”, escribieron muchas de las mejores plumas hispánicas del siglo XX: Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas, Emilio Abreu Gómez, Sergio Méndez Arceo, Agustín Yáñez, Gabriela Mistral, Emma Godoy y un muy largo etcétera. A Fresno 193 solían arribar toda suerte de personalidades de la intelectualidad mexicana de la primera mitad del siglo XX, como el poeta Octavio Paz.
En el número 168 de Fresno habitó, entre las décadas de 1990 y 2000, el periodista cultural y fundador de la insigne revista Generación: Carlos Martínez Rentería, quien por más de veinte años mantuvo su columna “Salón Palacio” (como aquella cantina), en el periódico La Jornada, termómetro de la contracultura de la ciudad.
Ahora bien, en la esquina que hacen las calles Naranjo y María Enriqueta Camarillo estuvo la casa que habitó Porfirio Barba Jacob, poeta colombiano del más alto coturno, inveterado viajero, a quien el escritor Rafael Arévalo Martínez apodó “El hombre que parecía un caballo”, homónimo título de uno de sus libros. Por su parte, el escritor Fedro Guillén, en su libro El Hechizado, recuerda el paso de Barba Jacob por la colonia: “había pasado el poeta [Barba Jacob] por la calma urbana de Santa María al vivir en la calle de Naranjo”.
Finalmente, en la calle Eligio Ancona (antes De la Rosa) existe hasta la actualidad un corredor cantinero sin igual. Está conformado por las bien ponderadas Triple P: La Perla, El Salón Puebla y El Paraíso (que acaba de cerrar sus puertas indefinidamente). Además, a unos cuantos pasos, en Manuel Carpio —precursor de la larga y mexicana tradición del binomio medicina-literatura—, en el número 176, aún sobrevive el afamado y cochambroso abrevadero Salón Guerrero.
Cuadrante nororiental
Dos son las figuras destacadas y apreciables de este paraje: el pintor, poeta y vulcanólogo Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, y el médico y novelista Mariano Azuela. El primero habitó una casa en el número 272 de Pino, calle que hoy lleva su nombre, en donde escribió fragmentos de su autobiográfico y genial libro Gentes profanas en el convento. Por su parte, el médico Azuela, autor de la notable y singular novela Los de abajo, vivió durante alguna temporada en el número 242 de la calle Álamo, que actualmente honra su nombre.
En Salvador Díaz Mirón 69 existe un misterioso edificio, de muros que se caen a pedazos: el antiguo Casino de Santa María, que luego se transformó en Teatro Las Flores (a esta altura la calle llevó ese nombre) y que terminó sus días como Teatro Bernardo García, nombre que la pátina del tiempo dejó y aún puede leerse en su frontispicio. Este edificio, en el que ahora se reparan e “igualan” autos siniestrados, ocupó —en palabras del cronista Héctor de Mauleón— un lugar de honor en la historia de México, pues ahí Antonio Caso, el genio dominicano Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Gómez Robelo, Alfonso Cravioto, José Vasconcelos, Diego Rivera, entre otros, fundaron el Ateneo de la Juventud, el gran proyecto cultural del siglo XX mexicano. En dicho casino impartieron, en 1909, la serie de conferencias que iniciaron, “envueltas en motivos espirituales”, la demolición del porfiriato.
Cuadrante sudoriental
Por su cercanía con la Ribera de San Cosme, esta zona de la colonia fue la primera en poblarse y fungió como una especie de puerta de entrada y conexión orgánica con la ciudad. En el 139 de Mariano Azuela, en el departamento 12 del Edificio Álamo, vivió Renato Leduc, respetable bardo de cantinas, periodista, telegrafista de la División del Norte y autor de celebérrimo soneto “Tiempo”. Por otro lado, en el número 8 de Ribera de San Cosme (aunque propiamente en esa acera inicia la colonia San Rafael) pasó el final de sus días Elvia Carrillo Puerto, pilar del feminismo, el sufragismo y la lucha social en México.
En el 25 de la calle Enrique González Martínez (antes Chopo) vivió hasta su muerte (en 1908) el gran cronista de la vida popular y callejera de finales del siglo XIX: Ángel de Campo, mejor conocido por sus seudónimos Micrós o Tic Tac, quien, por cierto, escribió en su columna de El imparcial una nota crítica sobre la moda de las calles privadas que estaban llegando a la Santa María (la primera de ellas fue la ahora cerrada Loto).
Hacia 1917, en la actual calle Dr. Atl (antes Pino), vivió su tiempo de estudiante preparatoriano el prolífico cronista de la capital Salvador Novo. Así lo cuenta él mismo en La estatua de sal, su libro autobiográfico: “La casa [de su tío Paulino] daba a la primera, entonces cerrada, calle del Pino, y atrás se erguían las feas torres de hierro del Museo de Historia Natural [hoy Museo del Chopo] de la calle del Chopo”. En esa casa, Novo inició el descubrimiento de la Ciudad de México y su despertar sexual. Él mismo confiesa, por ejemplo, cómo en la azotea de ese domicilio se enamoró del chofer de su tío y también, su pasión y gozo por los perfumes y cremas de tocador del baño de su tía Josefina.
En el número 48 de Amado Nervo (antes Violeta) tuvo su departamento dicho poeta nayarita, figura del movimiento modernista, autor de libros como Los jardines interiores y del sabido poema En paz. Muy cerca de aquí, en el 56 de Santa María la Ribera, estuvo el hospital donde murió, a la edad de 31 años, el genio acalitense de la pintura Saturnino Herrán, autor de la renombrada obra La ofrenda. Y más adelante, en la antigua calle Hortensia, el enrome poeta zacatecano Ramón López Velarde, que acababa de arribar a la ciudad (1914), rentó un ínfimo departamento en esa calle, que ahora lleva su nombre. De esto último da cuenta Enrique González Martínez, que fue su maestro y que tuvo su despacho en esta colonia.
Cuadrante surponiente
La Casa de los Mascarones sobresale en esta parcela de la colonia. Ubicada en el 71 de la Ribera de San Cosme, fue sede de la Escuela Nacional de Altos Estudios. Esta casa, de churrigueresca fachada, fue construida hacia la mitad del siglo XVII por el Conde de Orizaba José Diego Hurtado de Mendoza, como casa de descanso. Luego, la casona fue muchas cosas hasta que, de 1935 a 1954, se convirtió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Durante ese último periodo, una pléyade de escritorxs, historiadores y poetas, de varias generaciones, desfilaron por sus pasillos y pórticos, ya sea como maestros o estudiantes: Rosario Castellanos, Edmundo O‘gorman, Ortega Medina, Eduardo Nicol, Ramón Xirau, José Gaos, Ernesto Cardenal, Silvio Zavala, la poeta Dolores Castro… Por su parte, Juan Rulfo confesaba no haber sido admitido como estudiante regular en Mascarones, pero que asistía a algunas clases en calidad de oyente. Y a propósito de historiadores, en el cruce de las calles Cedro y Sor Juana Inés de la Cruz nació el justipreciado historiador, tlamatini y erudito Miguel León-Portilla, alumno predilecto del padre Ángel María Garibay y autor de renombrado libro Visión de los vencidos.
Luego, en el número 40 de la calle Mirto vivió, hacia la década de 1940, el querido y releído poeta chiapaneco Jaime Sabines. A diario, el autor de Los amorosos caminaba desde su casa hasta la Casa de los Mascarones, sede, como ya se dijo, de la Facultad de Filosofía y Letras, en donde era maestro. En su jocoso cuento La vela perpetua, el escritor Jorge Ibargüengoitia no dejó pasar la oportunidad de mofarse de Sabines —a quien renombró Salines— y narrar cómo “el gran poeta, que ya desde entonces se creía Cristo Crucificado”, solía platicar en un salón con Julia (Luisa Josefina Hernández), la protagonista de dicho cuento.
Finalmente, en Sor Juana Inés de la Cruz 114 se levanta el Teatro Sergio Magaña —enorme dramaturgo y crítico literario—, sobre los terrenos donde antiguamente estuvo el Convento de la Asunción. También, en este cuadrante sobrevive el último reducto de “las verdes matas” de la colonia: la Pulquería La Malquerida que desde hace varios años es una de las tantas mecas que poseen los asiduos visitantes del cercano Tianguis del Chopo que, dicho sea de paso, nació como tianguis de música, en las calles de esta colonia, en octubre de 1980, por iniciativa de la escritora Ángeles Mastretta, a la sazón directora del Museo Universitario del Chopo.
Nada hay que explicar
Hasta aquí el incompleto inventario. Como dije, lo anterior responde a la tentativa por trazar una cartografía poética de Santa María; por rehacernos las preguntas de Paul Ricœur: ¿de qué hay recuerdo?, ¿de quién es la memoria?; por caminar la colonia con nuevos ojos, con nuevos bríos. Falta mucho por andar y mucho por recordar. Y, por cierto: María Luis La China Mendoza, autora de aquella excitante novela intitulada De ausencia, y Martín Luis Guzmán, autor de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, también vivieron en Santa María, aunque, lastimosamente, aún no he dado con las coordenadas de sus domicilios. Ya las encontraré. Ya las encontraremos. Las de ellos y las de otrxs más.