Tierra Adentro
Portada de "El cuerpo enunciado. Cómo el tatuaje explica nuestro tiempo", Pablo Cerezo. Siglo XXI Editores, 2025.
Portada de “El cuerpo enunciado. Cómo el tatuaje explica nuestro tiempo”, Pablo Cerezo. Siglo XXI Editores, 2025.

Hay libros que no solamente se leen: nos enseñan a leer. El cuerpo enunciado, de Pablo Cerezo (Siglo XXI), pertenece a esa clase de textos que afinan la mirada hasta convertirla en forma de escucha. Y quizá por eso, mientras avanzaba en sus páginas, regresó una antigua duda personal: qué tatuaje elegiría yo si el día llegara, y si valdría la pena atravesar el umbral del dolor y la duda para inscribir algo en la piel. Esa pregunta: ¿qué memoria merece grabarse? abre un camino hacia la propuesta del autor: la piel como territorio donde identidad, historia y poder se entrelazan.

Cerezo reconstruye una genealogía vasta del tatuaje en Occidente: los pueblos del Danubio que inscribían pertenencia; Egipto y sus marcas de fertilidad; Grecia inventando el estigma; Roma tatuando culpas; las ferias decimonónicas que exhibían cuerpos tatuados entre prodigios y anomalías; las cárceles del siglo XX que hicieron de la tinta refugio y resistencia. Cada marca es un archivo; cada cuerpo, un mapa de su tiempo.

Pero es al pensar el presente donde el libro adquiere filo. ¿Por qué esta expansión del tatuaje en un tiempo en que las certezas se desmoronan? Cerezo propone que la tinta es un ancla: un gesto mínimo para afirmarse cuando el mundo se vuelve inhóspito. Un modo de decir “aquí estoy” en medio de la intemperie.

Leído desde México, el ensayo resuena de otro modo. Aquí, donde la violencia deja cuerpos sin nombre, los tatuajes son también herramientas para el duelo y la justicia: claves que permiten identificar a quienes nos arrancaron, señales que oponen memoria al borramiento. La tinta, convertida en sobrevivencia, se vuelve acto político antes que estético. Marca la piel, sí, pero también marca una posición frente a un país donde recordar es a veces la única forma posible de resistir.

En un momento el libro me devolvió una escena que sintetiza este cruce entre lo íntimo y lo colectivo: despertar junto a un cuerpo con varios tatuajes, un cuerpo que despliega constelaciones de signos que invitan, o exigen, ser leídos. Incluso quien nunca se ha atrevido a tatuarse descubre, ante esa piel, que leer es también tocar: ¿qué herida nombra este trazo?, ¿qué país resuena en este símbolo?, ¿qué memoria insiste en esta línea? Esa revelación confirma lo que Cerezo plantea: los tatuajes no se miran; se leen. Y al leerlos, algo del mundo se revela.

De esa idea nace mi pregunta mayor del libro: ¿sabemos realmente leer? No solo palabras, sino cuerpos; no solo cuerpos, sino las historias que cargan; no solo historias, sino las estructuras que las hacen posibles. El cuerpo enunciado nos enseña a mirar la piel como una biblioteca en movimiento, como un territorio donde se escribe no solo el yo, sino las fuerzas que lo atraviesan.

Y es aquí donde el libro deja de ser un ensayo para volverse una interpelación. Porque, sugiere Cerezo, antes de decidir qué inscribir en la piel, habría que aprender a leerse en serio: leerse en la historia del propio país, leerse en las cicatrices que heredamos, leerse en el lugar que ocupamos dentro de un mundo que pide nuevas formas de decir y de habitar.

Por eso, al final, la pregunta no es si uno se tatuará algún día. La pregunta es si, llegado el momento, se tendrá el valor de inscribir en su cuerpo la memoria que verdaderamente importa: la que no se borra con los años, la que se pronuncia contra el silencio, la que se convierte en acto político en un país que necesita recordarlo todo.

Y tal vez, solo tal vez, cuando aprendamos a leer así, con la piel y con la historia, podamos por fin tatuarnos lo que no hemos podido nombrar.

Portada de "El cuerpo enunciado. Cómo el tatuaje explica nuestro tiempo", Pablo Cerezo. Siglo XXI Editores, 2025.
Portada de “El cuerpo enunciado. Cómo el tatuaje explica nuestro tiempo”, Pablo Cerezo. Siglo XXI Editores, 2025.


Autores
Fanático del cuento, periodista, editor, difusor cultural y lector. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Seleccionó para la editorial Páginas de Espuma el libro “Románov. Crónica de un final 1917-1918". En 2021 editó la “Antología de poesía (mexicana) del siglo XIX” de la colección “21 para el 21" que se regaló a cien mil personas en todo México. Actualmente es Gerente de Vinculación Internacional del Fondo de Cultura Económica y es colaborador de varios medios de comunicación donde habla de cultura y el mundo del libro.
Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.

Lo que me embelesa de leer un libro de ensayos es que, al terminarlo, conozco muchas de las barbaridades, indiscreciones y hasta culpas de los autores. Luego de leer Los Relingos de Ana de Anda, mi necesidad de chisme fue saciada con esplendor. Ahora sé que la autora ha estado varias veces a punto de convertirse en uno de esos acumuladores que aparecen en los programas para insomnes. Que nunca ha sido una persona religiosa, pero cuando una desgracia le ocurre (desde una filtración por goteras hasta la hospitalización de un ser querido), reconsidera su postura y se postra ante cualquier deidad. Que su madre siente nostalgia y frustración porque jamás tendrá nietos. Que su papá atesoraba sus dientes de leche y los guardaba junto con los de la mascota familiar. Que de Anda usa la sudadera que su madre llevaba en su juventud. Ello la hace pensar que adquiere un tanto la personalidad de quien usó la prenda antes y que lleva un pedacito de su madre encima.

Por otro lado, siempre que leo una colección de ensayos, no puedo evitar (aunque lo intente) pensar en la consigna de Montaigne que dice: “Yo mismo soy el tema de mi libro”. Y ello sigue pasando con cualquier ensayista, se convierte en la materia principal de su obra. Cioran, por ejemplo, es la desesperanza apocalíptica; Sacks es la indiscreción cerebral, Hazlitt es el desprecio que divierte. De Anda, al menos para mí, es la inteligencia que sosiega. Ella es un tema profundo, vasto, pero tratado con tal certeza y entusiasmo que incluso a mí me tranquilizó, doblegó mi ansiedad aparentemente indómita.

La escritora es una especie de antimística. El misticismo es el contacto directo y profundo con lo divino, con lo sagrado. Pienso que de Anda es una adepta del antimisticismo justo porque tiene un contacto profundo y directo con lo mundano: la basura, los objetos de colección, las ropas viejas (llamadas popularmente relingos), las fotografías ajenas, las piezas ofertadas en los tianguis y en las ventas de garaje. De hecho, creo que el libro entero es un grandioso tratado sobre el alma de lo material, sobre el espíritu de lo palpable. Hasta ese nivel encumbra y enarbola lo concreto la ensayista. 

Bien lo dice Luigi Amara, el ensayo literario ya no está constreñido por una tesis y una serie de argumentos que se someten al escrutinio del lector. La cosa ya no es tan rígida. Sin embargo, en varios de los ensayos de Los Relingos sí se puede identificar una tesis clara, sí hay argumentos poderosos, y ese trabajo retórico resulta destacable, ya que lleva al lector a alejarse (al menos un tanto) de su rigidez, lo hace repensar, replantearse la propia visión y confrontarse con aquello que parecía inamovible.

Cuando en el libro se habla de acumular objetos inútiles o de nuestra incapacidad de deshacernos de la basura querida, la autora argumenta: “En este momento hay toneladas de chatarra flotando en el espacio, basura en la zona abisal del mar, generaciones enteras que aún no nacen, pero ya cuentan con plásticos microscópicos integrados en la cadena de adn. Dan ganas de no tener cosas nunca más y limitarse a una existencia por ósmosis”. Yo soy coleccionista de juguetes. Mis closets, la cocina y hasta el baño están llenos de figuras coleccionables, todos me sugieren que empiece a purgar mi tilichero, jamás tomo en cuenta esas observaciones. Pero, tras leer este fragmento, fue la primera vez que lo consideré, que me visualicé deshaciéndome de parte de mi colección. Ello tiene que ver, por supuesto, con el talento de la autora para hacerme reflexionar, está ligado a su capacidad de agotar los temas tratados y modificar, a través de la escritura, el comportamiento de quienes la leemos. 

Les comparto otro ejemplo de un argumento construido con precisión y fiereza: 

Platón formuló el mito del auriga que conduce al caballo sensato de la razón y al potro indomable de las pasiones. En un ejercicio de introspección, mis jamelgos personales son el orden maniático y la acumulación patológica. El acto de contención personal que me obliga a no regresar a mi casa con más cosas cuando visito un mercado de pulgas es el pensamiento casi inmediato “¿y qué voy a hacer con esto?”.

La voz de Ana de Anda es poderosa, lo que afirma se cimenta en la hoja, en los ojos, en la mente del lector. Lo que niega derrumba creencias. Pero su tono también sosiega, da cierta paz leerla, cierta esperanza incluso. Este contraste, me parece, es lo que vuelve memorable su estilo. 

Al ensayo siempre se le ha ligado con el raciocinio, con lo cerebral. Suena contradictorio, pero creo que el intelecto de la autora está ligado siempre a la imaginación, a la creatividad desbordante, y ello hace que su obra se disfrute. Dice Hugo Hiriart que la única obligación del ensayo es no aburrir. Y aquí vemos esa sentencia puesta en acción sin parar. Cada ensayo es un páramo de gozo y revelación por igual. En uno de los textos se expone el tema de las colecciones. La ensayista decide hablarnos, en primer lugar, de colecciones de lo insólito, de aquellas que sorprenden y desconciertan, esas que tienen más valor e interés que un conjunto de autos antiguos o de relojes de diseñador. Nos dice: 

Hay quien colecciona viajes, amores o experiencias paranormales; y quienes coleccionan encuentros sexuales como si fueran trofeos. Las paredes de muchos restaurantes coleccionan fotografías de los famosos que visitan el establecimiento. Sin duda habrá colecciones que lindan con el fetiche y atesoran uñas, pelo o ropa interior usada. Del otro lado de la historia, existen niños que coleccionan costras, pelusas o piedras. 

La forma de ver el mundo de la autora me hizo recordar que yo hasta guardo un control seboso y roto de Nintendo porque con él terminé el Zelda Ocarina of Time, que guardo un cuadrito de LSD de mi adolescencia, e incluso conservo un pelo de la oreja de mi esposa que me regaló cuando éramos novios (el amor es una serie de cochinadas). Es justo el conjunto de autorreferencias que se disparan al leer Los Relingos uno de sus grandes obsequios para los lectores.

En uno de los ensayos se afirma: 

Además de la venta habitual de muebles y ropa vieja, he visto genealogías enteras en tonos sepia, a color o en blanco y negro, en álbum, enmarcadas o apiladas en cajas de cartón, a la espera de un comprador, voyerista silencioso de los recuerdos ajenos. Aunque su prolijidad sugiera que no fueron tomadas por error, cada fin de semana aparecen en mercados y puestos ambulantes. Si se busca un entretenimiento novedoso, pueden hacerse hipótesis sobre a quién pertenecen, a saber, si son los vestigios de algún pariente lejano, un tío incómodo o un abuelo muerto.

Luego de leer lo anterior, pensé que a mí sí me gustaría que, tras mi muerte, alguien compre mi foto y se imagine una vida mejor de la que tengo, de la que tuve. Las ideas de los textos del libro generan otras ideas en la mente de quien las lee y ello reafirma la noción de que los ensayos son un diálogo. Disfruté platicar con la autora, verdaderamente.

Este conjunto de ensayos refina las posibilidades de todo aquello que ves y juzgas de tu propia existencia, de la realidad del mundo. De forma contundente, de Anda reconfigura y revoluciona tus ideas y tus aseveraciones. Un libro de ensayos exitoso es justo aquel que amplía la noción que cité de Montaigne al inicio de la reseña; entonces, ya no sólo el autor es el tema de su libro, también el lector se incluye en esa temática. Lo cual genera un ciclo que enriquece a los participantes. Es obvio, pues, que termino recomendando la lectura de Los relingos. Es obvio que la autora me pareció una exponente destacada de su género. Si van a coleccionar algo y no serán capaces de soltarlo nunca, que sean precisamente las reflexiones de Ana de Anda.

Portada de "Los relingos", Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024.
Portada de “Los relingos”, Ana de Anda. Colección Tierra Adentro, FCE, 2024. Disponible aquí


Autores
Ciudad de México (1977). Fue becario del FONCA, en el género de cuento (2007). Obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2009). Fue ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2015). Fue Mención Honorífica del Premio Lipp de Novela (2017). Editorial Paraíso Perdido publicó su novela Los Demonios de la sangre. Fá Editorial publicó su poemario: Tatuajes de un mexicano herido. La BUAP editó su libro 52 vueltas.

Para Peter Hujar, David Wojnarowicz

y todos a los que no puedo nombrar.

1987

Washington, D. C.

La policía me soltó hace unos días.

Dicen que el mismo presidente Reagan intercedió

por mí.

Me ven como otro activista loco.

Una mujer duerme sobre un charco de cerveza y orina,

su cuerpo es un bulto de tierra que se esparce

con el viento.

Su piel está hecha de la misma sustancia que la noche.

Un hombre vestido con periódicos me muestra su

erección debajo de un abrigo sucio.

Le pongo la cámara de Peter en la cara y le tomo una

fotografía, el flash bombardea sus ojos, no

reacciona, no habla, piel invisible.

El golpe de luz me recuerda que un día mi

mente desaparecerá.

El hombre me aprieta los hombros.

La vida sólo es la interrupción de la muerte.

Un parpadeo de gravedad que nos hace flotar

por un instante.

Empieza a golpearme, caigo al suelo, un vidrio roto

se entierra en mi espalda.

Mi instinto de supervivencia se paraliza.

Sólo pienso en una cosa.

Proteger la cámara de Peter entre mis brazos.

Una patada en mi pecho.

Mis pulmones se queman.

Se está más tiempo muerto que vivo.

Contando desde su nacimiento hacia atrás, Peter lleva

más tiempo no existiendo que existiendo.

Si contamos la vida de Peter desde el momento en que

nació hasta el momento en que murió, entonces él

ha vivido más de lo que lleva muerto.

En mil años su vida habrá sido una grieta transparente

en el corazón del tiempo, estadísticamente es tan

poco probable llegar a nacer, que estar vivo parece

casi antinatural, como si la vida fuera un defecto

de la existencia.

El hombre intenta arrebatarme la cámara de Peter.

¿El pasado existe si nadie lo recuerda?

Le doy una patada en su barbilla y le rompo

la nariz.

La sangre se seca como el cemento.

El hombre corre dejando un hilo de sangre

en el suelo, me levanto y abrazo la cámara.

Al final la vida es una caída constante.

Peter lo sabía.

Despierto en la habitación de un motel.

Las almohadas apestan a alcohol barato.

Mi cuerpo arde.

No sé de dónde llega el dolor.

El sol corre derretido en mis venas.

Mi cuerpo es una herida abierta.

Las cortinas de plástico me hacen sentir que estoy

dentro de un búnker a miles de kilómetros

debajo del mar.

La luz se ramifica por debajo de la puerta.

Un hombre de unos veinte años duerme

en la alfombra.

Es un extraño joven con parecido a Marlon Brando.

No recuerdo cómo terminé aquí.

Su cuerpo es un nido de hormigas rojas.

Despierta.

Me mira como se mira al hueco que deja el aguijón

de una abeja en la piel.

Está desnudo.

Me mira como se mira a un animal que está

a punto de morder.

Y habla…

¿Quieres desayunar?

Yo: No tengo hambre.

¿Tienes cigarros?

Yo: No fumo.

Yo tampoco.

Yo: ¿Por qué quieres un cigarro si no fumas?

No sé.

Yo: No entiendo.

Eso hacen en las películas después de hacer el amor.

Yo: Nosotros no hicimos el amor, sólo tuvimos sexo.

Es lo mismo.

Yo: Yo no te amo.

No necesitas amar a alguien para hacer el amor.

Yo: Las palabras lo dicen.

Las palabras no dicen nada, las personas sí…

Yo: ¿Qué edad tienes?

¿Eso importa?

Yo: No.

Te hubieras ido antes de que despertara,

me gustaba más el misterio.

Yo: ¿Cuál misterio?

El de despertar y no recordar el rostro

de la persona con la que dormí.

Yo: Suenas como un adolescente.

¿Y eso te molesta?

Yo: ¿Con cuántas personas has hecho esto? Estoy

tratando de cuidarme.

¿Hacer qué cosa? ¿Sólo tener sexo o hacer el amor?

Yo: Como sea que le digas. ¿Con cuántas personas

lo has hecho?

Eres el segundo.

Yo: Y… ¿qué edad tienes?

La suficiente para no vivir con mi familia.

Yo: Ésa no es una buena referencia, yo me fui de mi

casa muy chico.

¿Ya te vas?

Yo: Tengo trabajo.

¿Cómo te puedo encontrar?

Yo: No quiero volver a verte.

¿Por qué?

Yo: ¿Esto es un interrogatorio?

¿Siempre eres así de amargado?

Yo: Sí.

Lo lamento.

Yo: Ajá.

¿Quién es Peter?

Yo: ¿Perdón?

Encontré esta carta en tu bolsillo, no abrí el sobre,

sólo leí el nombre.

Yo: ¿Por qué abriste mi mochila? Te voy a romper

la puta cara si vuelves a tocar mis cosas.

¡Suéltame!

Yo: No me gusta que toquen mis cosas. ¿Qué eres?

¿Un maldito ladrón?

¡Sólo quería saber tu nombre! ¡Me estás lastimando!

¡Suéltame!

Yo: Perdón.

Yo: Peter es mi… Peter era mi novio.

¿Terminaron?

Yo: Murió.

Lo lamento.

Yo: …

… ¿Hace cuánto?

Yo: ¿Qué?

¿Hace cuánto murió tu novio?

Yo: Tres días.

Y… ¿pensaste en él?

Yo: ¿Qué?

¿Pensaste en tu novio muerto mientras me cogías?

Yo: …

Yo: Sí.

Lo lamento.

Me contó de sus vidas pasadas.

Hablaba de sí mismo como se habla

de desconocidos que sólo existen en nuestra

imaginación.

Cada una de sus versiones eran criaturas separadas

por millones de años luz.

Viejas reencarnaciones que no encontraban

un lugar para descansar.

Terminó siendo un terrible comediante.

Me quería hacer reír.

Sus chistes eran moralistas y un tanto políticos.

Fingí cada una de las sonrisas que le mostré

esa mañana.

Desayunamos en la cafetería del motel.


Autores
(Monterrey, 1998) es dramaturgo y director de teatro. En 2019 y 2021 fue finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo. Su trabajo ha sido representado en diversas plataformas, incluyendo el Encuentro Estatal de Teatro de Nuevo León y la Semana de la Dramaturgia Nuevo León.
Portada de "Crueldad del macá", Martín Bericat. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2025.
Portada de “Crueldad del macá”, Martín Bericat. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2025.

Al principio no había nada. Apenas una espuma de material genético. Arcilla, polvo o quizás gases. Todo nuevo, crudo, en permanente caos molecular. Hasta que en algún momento hay una luz, un rayo diminuto. Ácido ribonucleico se fusiona con proteínas y redacta un mensaje —una partitura— que se escribe y después desaparece. Hay algo que se mueve en una fosa oscura; un poco de electricidad en el fondo oceánico. Algo se secuencia y su información persiste. No había nada y ahora hay una bacteria. Un punto azul claro que sabe cómo crear otros puntos azul claro. Todo el resto sucede después.

DÍA 1: EL FOTÓGRAFO

La provincia de Santa Cruz es un lugar inmenso lleno de cosas chiquitas. Hay planicies, estepa, montañas. Guanacos que recorren distancias elásticas. Y una meseta. Lo más importante es que hay una meseta.

En ese paisaje hay un edificio: la estación biológica, donde varias personas trabajan para evitar la extinción del macá tobiano, un ave que parece estar en paz con su destino de escasez. Si alguien intentara describirlo diría que es un pájaro pequeño; cuerpo blanco, lomo negro, cuello estirado y cabeza parda. Los ojos rojísimos, destacaría un observador. Actitud monacal interrumpida por movimientos eléctricos. Un ave que flota. Que no solo vive flotando sino que no puede no vivir flotando.

Un bicho que apenas se reproduce. Ostenta una belleza hipnótica y parece ser inmune al viento. Es un ave amable, curiosa, divertida. No le molesta interactuar, ni mover las plumas, ni mostrar su canto. Tiene un hábito raro: baila. Se eleva en dos patas y ensaya una danza compleja, demasiado larga para su memoria animal. El macá elige una única pareja para toda la vida y con ella empolla dos huevos para luego, sin motivo aparente, abandonar uno a su suerte.

Tampoco puede defenderse: es incapaz de causar daño a un potencial agresor. Por eso, los guardianes cuidan que especies invasoras no ingresen a las lagunas. Si entraran sería un desastre: el macá no escapa, se deja morir. Su decisión de paz es deliberada. El macá existe de manera especial. Un buda con aires de protesta suicida. Como si solo después de su desaparición alguien fuera a darse cuenta de que era indispensable.

Nacen pocos. Muy pocos. En una helada pueden morir todos los pichones. En los últimos cuatro años solo cuatro macás lograron sobrevivir la infancia. Un ave por cada primavera.

El fotógrafo está preparando las mochilas. Es un escandinavo enorme, escondido en su campera de invierno. Transpira, pero el sudor se seca rápido (el clima no permite la proliferación de la humedad). Debe dejar todo listo para el día siguiente: la caminata va a ser larga y necesitan sobrevivir en la meseta.

Entra a la estación. La bióloga está limpiando las conservadoras donde hasta hace poco tiempo estaban los huevos que lograron rescatar de las lagunas. Este año encontraron dieciséis, pero ninguno sobrevivió al frío.

—¿Vamos?

La pregunta queda suspendida, vaporizada. Hablan poco, bióloga y fotógrafo, porque se conocen mucho. La bióloga termina de fregar en movimientos circulares, constantes, sin apurarse en lo más mínimo. Siente una ligera molestia desde hace algunos días. Una intensidad detrás de los ojos parecidas a las que sufre cuando duerme demasiadas horas.

—Sí.

Escurre el trapo y piensa en las múltiples personalidades posibles del voluntario, ese muchacho que van a conocer en las próximas horas. Quizás sea simpático, quizás más analítico. Amable, inútil, o todas las anteriores. Resignada, sabe que tratar con otros es parte de su ciclo íntimo con la ciencia. La energía del inicio de la temporada: procesos que deben repetirse, datos que deben recopilarse para poder tomar las decisiones correctas. No es difícil, piensa. Pero no sucede solo.

Al fotógrafo, en cambio, no le preocupa el rendimiento del voluntario. Se pregunta, en cambio, si el chico estará preparado para comprender la travesía, para de verdad concebir la realidad espiritual de la meseta. Será difícil explicar que el macá es cruel; la piedra lo volvió basáltico. Un ave que flota a la espera de la gentileza ajena. No muerde, no ataca, no se va. Espera y se muere. Piensa el fotógrafo que el macá es cruel más que nada cuando se muere.

La camioneta roja avanza a buen ritmo por la tierra. El fotógrafo maneja atento; esquiva pozos de barro, decide cuándo salir de la huella y cuándo no. Al lado, la bióloga ceba mate a medida que el camino se lo permite. En el asiento de atrás está el voluntario; muchacho urbano, cara nueva.

Lo buscaron en Bajo Caracoles, un pueblo de no más de treinta habitantes a unas horas de la base. Para aprovechar el viaje compraron provisiones para las siguientes dos semanas: yerba, arroz, carne, harina. También algunas cosas necesarias para la caminata. Tres días por la meseta para censar una colonia de macás.

La ruta atraviesa formaciones rocosas. En cada curva, la camioneta recorre el filo del abismo, y por la ventana se ven unas manchas azules a lo lejos. La radio escupe una canción entrecortada que hace de cortina a los Mensajes al Poblador Rural.

Mientras maneja, el fotógrafo hace preguntas para romper el hielo con el muchacho. ¿De dónde eres? ¿De Buenos Aires? Ah… Muy bien, muy bien. A mí me gustó mucho Buenos Aires. Estuve unos días antes de venir para aquí.

El voluntario se pregunta de dónde será ese acento, esa i un poco cerrada y esos dejos de un español neutro, escolar. Pero no le pregunta. Le parece demasiado pronto. Quizás el fotógrafo prefiera no decirlo. Quizás interrogarlo resulte descortés.

Pasa un tiempo en el que el ruido de la camioneta les impide conversar de manera orgánica. El voluntario observa la meseta a través de la ventana polvorienta. A lo lejos, una fila de olmos indica forestación humana. Seguramente, piensa el voluntario, detrás de los árboles esté la estación biológica.

El fotógrafo estaba sentado en un banco de cemento mirando el puente que conectaba la isla con el resto del país. Era joven. Todavía no sabía —no podía saber— que era fotógrafo. Solo que estaba llegando la hora de la cena y que debería dejar de pensar en Ane.

La conoció en los pasillos demasiado calefaccionados de la sede de Biología Marítima. Ella venía de intercambio; era groenlandesa. Le pareció raro. Groenlandesa. Se imaginó un pueblo pequeño, más pequeño incluso que el suyo. Más frío. Más triste, quizás.

Pero ella era alegre. Tenía una sonrisa encantadora, con rasgos que a él se le hacían más asiáticos que nórdicos. La cara redonda con pómulos marcados, piel blanca, pelo negro. Por ese entonces él estaba cursando el primer año de su doctorado e investigaba el comportamiento de determinadas algas ante el calentamiento de las corrientes árticas.

La primera vez que durmieron juntos lo hicieron parecer un accidente. Se juntaron, en realidad, a cerrar una presentación para un seminario que cursaban. Él inventó una excusa razonable para no reunirse en la universidad, en un café, o en la biblioteca. Algún motivo por el que resultaba elemental estar cerca de sus libros o su computadora de escritorio.

Ane aceptó ir a la casa del fotógrafo. Siguió el juego de llegar a media tarde, la media tarde de ese invierno boreal en el que el sol apenas asoma, tiñe el cielo de gris durante unas horas, y después se va como si nunca hubiera llegado.

Trabajaron. A ella le resultaba fácil conversar con él. No sentía esa incomodidad subyacente a las interacciones con el otro género. Cuando Ane estaba por irse, la tormenta de nieve se intensificó. Desde la ventana escuchaban la nieve caer cada vez con más violencia; las luces de la calle no llegaban a iluminar el piso. Oscuridad hostil. El fotógrafo hizo el ofrecimiento con incomodidad. Que podía dormir en el sillón, si quería, si le servía, si no le molestaba. Que tenía sábanas limpias, que no era molestia. Ella aceptó. Dijo que vivía en las afueras, que seguramente el bus iba a demorarse por la nieve.

Al principio durmieron separados. Ane acostada boca arriba en el sillón, la mirada en el cielorraso blanco. Del otro lado de la pared, la habitación del fotógrafo sumida en un silencio frágil. Si se esforzaba, podía escuchar el crujido del sillón cada vez que Ane giraba para acomodarse.

Ya cenaron, conversaron un poco, lavaron los platos y dejaron todo listo para mañana. La bióloga le cae bien: pudo conversar de a ratos con ella durante el día. Es una mujer amable, quizás de menos de treinta años, de pelo negro muy lacio. El fotógrafo es una incógnita: simpático, pero breve. Mantiene conversaciones cortas sin profundizar en ningún tema. Es noruego. Quizás allá sea común hablar de esa manera.

La estación biológica está mejor surtida de lo que el voluntario esperaba: atrás de la cocina hay una habitación entera con estanterías repletas de latas, paquetes y bolsas de verduras. Hay camas (ya es más de lo que el voluntario esperaba), pero la ausencia de sábanas hace que sea más práctico que cada uno duerma sobre el colchón en su propia bolsa de dormir.

Al encerrarse en su bolsa, el voluntario nota un pequeño tajo: la tela desgarrada se deshace con cada movimiento. Puta madre, piensa, y la gira para que de afuera no se vea la ruptura.

Con el amanecer comenzará la caminata. Hasta entonces, al voluntario le cuesta conciliar el sueño. No tanto por los nervios —que siente, sin embargo, al pensar en lo riesgoso de la expedición, la distancia inabarcable hasta el hospital o siquiera pueblo más cercano—, sino por el silencio. Lo que desvela al voluntario es más que nada el silencio absoluto, el pitido de ruido blanco en sus oídos desacostumbrados a la ausencia.

6250 a. C.

El grupo sigue de lejos a los guanacos. Es necesario encerrarlos, sacarlos de la meseta abierta y guiarlos hasta el cañadón. Allí donde hace tiempo glaciares del tamaño del cosmos rompieron la tierra. Morrenas ovaladas, escalones. Ahí los guanacos no podrán correr.

Es también necesario respetar el orden implícito de las cosas. Seguir los caminos. Ascender a la meseta donde nace el agua cristalina, donde nacen los guanacos, los pumas y los matuastos, donde nace el sol y nacen el frío y las nubes. Ahí donde anidan las Aves Santas debe ser un lugar bueno para iniciar, para comenzar de nuevo.

Y hay que dejar registro. Ver crecer hijos, verlos tener nietos y marcar sus manos en los muros. Guardar la huella de los que estuvieron antes para que no estén tan solos los que vendrán después.

El fotógrafo se despierta con el sol. Dice buen día, charla unas pocas palabras. Se viste y agarra las cosas que dejó preparadas la noche anterior. La salamandra calienta el agua de la pava y la estación se inunda de aroma a pan tostado contra el hierro al fuego.

Desayuna. La bióloga le recuerda al voluntario que se cubra en protector solar. Que no se olvide de los labios: el protector labial es fundamental. Piensa en hacer un comentario respecto a la piel citadina del voluntario, sin dudas desacostumbrada a la meseta, pero se abstiene. La piel del noruego, en cambio, muestra parches de un rojo curtido. Caucásico pero resistente.

El cielo empieza a estar apenas celeste. Los tres caminantes salen de la base a buen ritmo para aprovechar al máximo el tiempo sin sol fuerte. Un viento fresco mueve los olmos. El voluntario siente el frío en la cara mientras recuerda haber leído algo sobre un agujero en la capa de ozono que hace que el sol sea mucho más intenso en esta zona de la tierra. Algo sobre la radiación UV.

Van caminando los tres en fila por los pastizales. No hay árboles, ni piedras, ni nada que ofrezca sombra. En pocas horas el sol ganará un calor de cocción.

Alrededor, las cosas están lejos: la montaña, el arroyo, el descanso. Al voluntario le resulta difícil medir las distancias. No podría decir cuántas horas o minutos de caminata hay hasta la siguiente loma.

Los arbustos que crecen son pequeños y huesudos. El fotógrafo le cuenta al voluntario que cada una de esas plantitas tiene metros y metros de raíces bajo la tierra para absorber humedad y resistir el viento.

Caminan un tiempo. No importa cuánto.

Ane siente la calefacción en el punto justo: sin frío, pero tampoco ese calor sofocante de las calderas centralizadas. Del otro lado de la ventana, en cambio, la tormenta sacude los árboles. Boca arriba, Ane reflexiona sobre el aislamiento térmico mientras mira en detalle las molduras del techo. Un diseño preciso, cuidado. Materiales diseñados para el clima escandinavo; edificios pensados para la gente que los habita.

Estaba a punto de dormirse. Unos minutos más de reflexiones arquitectónicas hubieran sido fatales, empujándola a un sueño liviano que la transportaría sin escalas a un desayuno agradable, cordial, con el fotógrafo.

Sin embargo, Ane toma la decisión de ponerse de pie y, envuelta en la manta, avanzar hacia la puerta de la habitación.

Del otro lado, el fotógrafo escucha la escena. Al baño, piensa, debe querer ir al baño. Pero los pasos se detienen y por un instante hay total silencio. Ane duda si avanzar. Él contiene la respiración para escuchar mejor.

Tres golpes mínimos, discretos. Como si alguien más que ellos pudiera escucharlos. Después, el sonido de la puerta; la silueta de ella en ligero contraluz.

Ane no dice nada. Permanece con los hombros levantados, descalza, envuelta en la manta. Pero no dice nada. Se miran un segundo o quizás menos hasta que él hace un gesto: el brazo levantado elevando la sábana, ala de un cóndor, ofrecimiento de calor corporal, señal inequívoca de que en la cama entran los dos.

Meseta

Del dim. de mesa.

1. f. Planicie extensa situada a considerable altura sobre el nivel del mar. Sin.: planicie, llanura, llano, altiplano, altiplanicie.

Comentarios:

Meseta no es lo mismo que desierto.

Portada de "Crueldad del macá", Martín Bericat. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2025.
Portada de “Crueldad del macá”, Martín Bericat. Colección Tierra Adentro. Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2025.
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Autores
(Buenos Aires, 1999) es licenciado en historia por la Universidad Nacional de San Martín, donde da clases y realiza su doctorado. Su investigación se enfoca en Antártida y Atlántico sur. Crueldad del macá es su primera novela.
Fotografía por Brigitte Lacombe. Recuperada de Store norske leksikon. CC BY 2.0
Fotografía por Brigitte Lacombe. Recuperada de Store norske leksikon. CC BY 2.0

En el ensayo Why I Write (¿Por qué escribo?), publicado por primera vez en 1976 en The New York Times Magazine y que aparece en el último libro que publicó en vida (Let Me Tell You What I Mean, 2021), Joan Didion ensaya la respuesta a esa pregunta —una pregunta que antes de ella se hizo George Orwell en un ensayo bajo el mismo título—: Escribo precisamente para entender qué es lo que estoy pensando, qué es lo que veo y qué significa, qué es lo que quiero y qué es a lo que temo. Didion plantea la escritura como un camino de entendimiento, de entendimiento del mundo en el que se está y de entendimiento de ese estar en el mundo. 

Esas palabras en 1976, cuando se publicaron por primera vez, daban testimonio de una escritora perspicaz y observadora, de una de las voces del movimiento del nuevo periodismo. Tom Wolfe en 1973 incluyó a Didion en la antología New Journalism (Nuevo periodismo) junto a Truman Capote, Norman Mailler, Terry Southern, Gay Talese, Hunrter S. Thomson y John Gregory Dune, el esposo de Didion, entre otros. Cinco años antes se publicó Slouching Towards Bethlehem (1968) en el que Didion recopiló algunos de sus artículos escritos durante la década de los 1960 y en los que mostró su profunda y atenta mirada; en ellos muestra las diversas sociedades que viven en los Estados Unidos de la época; los jóvenes inmersos en la cultura hippie los describe en su complejidad, sin idealizarlos ni estigmatizarlos. Ese primer libro de no ficción, el género en el que la industria editorial anglosajona engloba tanto ensayos como crónicas y en los que gran parte del trabajo de Didion se ha etiquetado. La escritura de Slouching Towards to Bethlehem fue una forma en la que ella pudo entender la sociedad en la que vivía y entenderse como parte de esa sociedad. 

Para alcanzar ese entendimiento Joan Didion buscó reducir su propio estilo al mínimo, desaparecerlo casi, para que la observación y lo observado fueran lo que imperaran. La aspiración de un estilo sin estilo la había adquirido de sus lecturas de Ernest Hemingway; desde edad muy temprana lo leyó y estudiaba cómo construía sus frases y párrafos. Así lo plantea en Last Words, el ensayo publicado en 1998 en el New Yorker con motivo de la publicación de la última novela inédita de Hemingway —obra que, junto al mencionado Why I Write se publicó en la colección Let Me Tell You What I Mean (2021)—. La mera gramática de una oración de Hemingway impuesta por cierta manera de ver el mundo, una manera de ver, pero no unirse, una manera de pasar por, pero no quedarse; he ahí la lección que Didion asimiló para su propia obra, tanto en la ficción como en la no ficción —a la cual llevó las herramientas propias de la ficción, como otros autores del nuevo periodismo estaban haciendo también—. 

En las crónicas y artículos de Didion es posible encontrar metáforas, símiles y demás figuras retóricas que hasta mediados del siglo XX no se consideraban propios del periodismo. Pero, estos recursos nunca son para embellecer la prosa; su objetivo radica en la precisión, para que quien lea tenga un acercamiento preciso a lo observado por Didion. 

Y aquí pienso en su penetrante mirada. Una mujer que fue fotografiada durante la mayor parte de su vida y que tuvo cercanía con el mundo del cine y de la moda sabía cómo ser vista por la cámara. Una mujer menuda que, sin embargo, domina la fotografía, el cabello castaño con corte bob con una penetrante mirada dirigida directo a la cámara, los ojos de alguien atento e inquisitivo; la fotografía puede mostrarla en sus primeros años en la década de 1960, cuando recién se casó con Dunne —en cuyo caso ella tiene un cigarro en la mano y él está al fondo de la biblioteca—, o ella en los 1990, ya sin el cigarro y con el cabello más claro; las fotografías pueden ser en blanco y negro o a color, con el cabello cubierto por una pañoleta, o con grandes lentes oscuros, que no impiden que se adivinen sus ojos dirigidos hacia nosotros. Como esa mirada lanzada a un tiempo a la lente y al futuro espectador de la foto, así es su prosa. Didion observa, muestra y devuelve la mirada; sabe, incluso, que la escritura es una imposición y que puede llegar a ser una imposición tiránica; así lo plantea en Why I Write. Pero es en la escritura donde encuentra comprensión. Pasar de la mera imagen al entendimiento.

Antes que un personaje, una trama, una historia, Didion confiesa que tiene una imagen, sobre todo para su ficción y explica cómo esa imagen es el germen que termina desarrollándose en una u otra novela, aunque esa imagen inicial termine apareciendo apenas insinuada. Conocía el poder de las imágenes, no por nada fue guionista, junto a su esposo, de películas como Confesiones verdaderas (1981), Nace una estrella (1976) o Pánico en Needle Park (1971). Pretty Nancy, aparecido por primera vez en el Saturday Evening Post en 1968, hace un retrato de la primera dama de California: Nancy Reagan, y muestra la imagen de jardinera y ama de casa ejemplar que construye para las cámaras y los reporteros la otrora actriz: la escenificación de la esposa del actor devenido político cortando flores mientras le toman fotos y los periodistas le hacen preguntas, ninguna muy profunda, mientras Didion observa.   

Esa capacidad de observación se puede apreciar en otros de los textos que se reunieron en Let Me Tell You What I Mean (2021), aparecido en español como Lo que quiero decir. A Trip to Xanadu es un recorrido por el Herst Castle, el castillo que el magnate de los periódicos se construyó en San Simeon, California. Pero quizá donde se aprecia más la relación entre la imagen y la mirada que tanto le interesaba, en esa última colección de artículos de Didion, es en Somen Women, el prólogo al libro del mismo nombre de Robert Mapplethorpe, publicado en 1989.

Let Me Tell You What I Mean fue una obra largamente esperada; reúne once textos de más de cuatro décadas, desde los años 1960 hasta el 2000. Es una buena forma de aproximarse a la obra de Didion, en la que se puede encontrar su pensamiento, esa forma de entender el mundo y a sí misma en él, con su estilo limpio. Resulta interesante que la expectativa por la publicación de este libro se debía, sobre todo, por los libros que publicó entre 2005 y 2010, así como el documental, Joan Didion: The Center Will Not Hold, que su sobrino Griffin Dunne dirigió en 2017; digo que resulta interesante porque justamente en esos libros ahonda en una dimensión que poco había explorado en su obra anterior a 2005: la personal e íntima. 

The Year of Magical Thinking (2005), en español El año del pensamiento mágico, fue el primer libro de Didion que leí. Fue en 2020 en plena cuarentena por la pandemia de la COVID-19, mientras yo mismo estaba inmerso en el duelo por un amigo que fue casi un padre para mí. Señalo las circunstancias en las que lo leí porque su lectura significó mucho para mí y me permitió entender el duelo que estaba atravesando. Esa obra que fue publicitada bajo la etiqueta de no-ficción es una memoria del año que pasó a partir de la muerte de su esposo, John Gregory Dunne, el 30 de diciembre de 2003. 

The Year of Magical Thinking hace un recuento no solo de cómo aconteció la muerte, en la sala de estar del departamento que compartían en Nueva York, luego de visitar a su única hija que estaba en el hospital en coma. Joan Didion, una mujer de sesenta y nueve años ve cómo los paramédicos atienden a su esposo, mientras su hija está inconsciente en el hospital. 

La vida cambia de prisa. 

La vida cambia en un instante. 

Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.

Así da inicio, frases que repite a lo largo de la obra, algunas veces con ligeras variaciones, para hacer hincapié en lo fortuito y en lo inesperado que son los accidentes: Un día normal y corriente. —Y de golpe… muerto. Didion no solo hace un recuento de su duelo, escribe para tratar de entender por qué piensa como piensa. Para entender porque se niega a regalar los zapatos de John o donar sus órganos, para entender de dónde viene el pensamiento que la hace creer que él puede volver. El pensamiento mágico del título es esa creencia de que quien ha partido puede volver, que la persona que falleció volverá y reclamará por lo que se ha hecho con sus cosas. Didion narradora observa a Joan la doliente y trata de entenderla, como lo haría si estuviera escribiendo alguno de sus artículos, con objetividad. Desmenuza los estados anímicos, el paroxismo, las cascadas de recuerdos —al duelo por John se sumó la condición de Quintana, la hija, que salió del hospital para en abril sufrir un derrame en un viaje a Los Ángeles, donde los Dunne-Didion vivieron más de veinte años y adoptaron a su hija—. 

En esa búsqueda de entendimiento, entiéndase escritura, Didion confiesa que en la lectura trató de encontrar una guía, una luz, por insignificante que fuera, pero no le fue posible, o, mejor dicho, no encontró lo que buscaba. Teniendo en cuenta que el dolor por la muerte de un ser querido es la más general de las aflicciones, me sorprendió encontrar tan poca literatura al respecto

En 2005 se publicó The Year of Magical Thinking y fue un éxito. Mientras lo promocionaba, su hija Quintana volvió al hospital y murió. En cuestión de veinte meses Joan Didion perdió a su familia inmediata, al hombre con el que estuvo casada casi cuarenta años y a la hija que ambos adoptaron, que ni siquiera alcanzó a cumplir los cuarenta. 

Ante esa pérdida Didion hizo lo que sabía, entender su dolor a través de la escritura. En 2011 se publicó Blue Nights, el libro que da cuenta de la vida y la relación que Didion tuvo con su hija Quintana Roo —Joan y John la nombraron así por el territorio mexicano que en 1974 fue estado—. Quintana nació en Los Ángeles y fue adoptada nada más nacer por los Dunne en 1966, la pareja tenía dos años de haberse casado y mudado a la costa oeste. La adopción marcó a Quintana, el haber sido escogida fue un factor que se mantuvo de una u otra forma presente para ella a lo largo de su vida, el temor de que ya no la volvieran a escoger. Didion, en Blue Nights analiza su papel como madre, desmenuza su relación con su hija y cómo fue su muerte. Y aunque ahonda en el dolor y la pérdida, como en The Year of Magical Thinking, hay también una profunda mirada sobre la maternidad y las fallas que siempre implica —confiesa no haber tenido éxito como madre, una confesión nada sencilla para una mujer que a los setenta y cinco (escribió el libro en 2010) se ve sola— y hay, también, mucha ternura. 

La lectura de Didion ha sido para mí de mucho aprendizaje, de aprendizaje de los temas y países que visita y ve, pero también sobre el oficio de escritor y de la escritura misma. Joan Didion me ha permitido apreciar que la escritura es un proceso, un proceso en el que se da el entendimiento, en el que podemos entender los temas sobre los que se escribe, pero también a nosotros como escritores, entender las razones que nos llevan a escribir sobre un tema y no otro o porque ese tema lo escribimos desde un ángulo particular. Escribo para entender, dejó escrito en Why I Write y abrazo esa afirmación porque la escritura se puede entender como una vía de entendimiento, de conocimiento. 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

“El plano de la materialidad de las palabras es la forma en que trabaja el psicoanálisis, porque el psicoanálisis lo que hace todo el tiempo es evitar el sentido del sentido común”, dijo Andrea, que escucha afinando su oído, escucha mucho. 

El psicoanálisis me enseñó a escuchar. Escucho, escucho otras cosas: las grietas de las palabras y los huequitos que se van permitiendo con el tiempo; las palabras que tienen muchos sentidos y se abren al poema; las que no logran sino de forma indirecta aludir a algo que no pueden decir; los equívocos que salen brincando de una caja llena de sorpresas; las negaciones rotundas que, a condición de ser negadas, logran contrabandear algo del inconsciente en la conciencia; las interrupciones y los silencios, que colocan los puntos y comas.

Escucho, escucho sin oír lo dicho, ni el supuesto detrás de lo que se dice, sino en lo que se dice. Escucho, escucho la contradicción, no el sentido común.

Rara vez, a veces, me escucho. Es una labor en permanente obra negra. Me escucho cuando dejo de pelearme conmigo, cuando escucho mis ocurrencias y me río de mí misma, cuando no me tomo tan en serio. Me escucho cuando no soy el monólogo opresivo sino las muchas voces. Me escucho cuando escribo, siempre.

Es mi manera de parar la oreja, de poner atención a las voces, giros y silencios que de otra manera se desvanecen en el aire. Para ir en contra de la tiranía de lo visual que me agobia. Ya no quiero ver, quiero escuchar, quiero que me escuchen, que escuchen.

“Una persona usa un término, y entonces parece que nos estamos entendiendo, pero el psicoanálisis repetiría esa palabra para extraerle el sentido común y que sea solamente una resonancia material”. “Cuando esa palabra empieza a sonar y resonar, el sentido común del significado se cae y ahí aparece otra cosa: otra cosa que no es el sentido común, que no es un pensamiento previo, que no es una teoría aplicada, sino que es la pura materialidad de la palabra, como la pura materialidad del lápiz”, concluyó Andrea, en el espacio colectivo que compartimos, donde primordialmente nos escuchamos y escuchamos lo que escribimos. 

Me robo las palabras de Andrea para expresar lo que persigue este espacio que hoy quiero abrir, para parar la oreja. Quiero escuchar para explicarme por qué no nos estamos entendiendo. Quiero escuchar para averiguar por qué ya no podemos tener conversaciones sin estar a la defensiva. Quiero escuchar a contrapelo, a contracorriente, en un momento en el que lo que solemos hacer es oír y producir monólogos. Quiero escuchar en medio del ruido ensordecedor de las demasiadas opiniones, de los algoritmos que nos alimentan de más de lo mismo. No quiero aplicar ninguna teoría, no quiero confirmar ninguna de mis ideas preconcebidas. Quiero captar palabras que escucho para sonar y resonar, para abrir un huequito y que aparezca otra cosa: la materialidad de la palabra. Quiero escuchar para vivir con lo desconocido en mí, sin juzgar, sin meter ahí injertos de mi propia cosecha. Quiero escuchar de forma necesariamente parcial, en contra de la tiranía de lo visual y su ilusión de que hay una historia completa y coherente. Quiero escuchar lentamente, en la espera, para poder construir un modo diferente de preguntar, que acepte la disyunción y se aleje de la síntesis, yuxtaponiendo y no componiendo.

∗∗∗

“Nomás eche su coche un poquito pa’ adelante, para que la máquina sienta el terror”, dijo un hombre vestido con su uniforme de guardia, medio raído, en el estacionamiento del aeropuerto de la Ciudad de México, en la salida. Una hermosa personificación de la máquina que se traga los boletos y abre la pluma, junto a la que pasa sus días el vigilante. Ya la conoce tan íntimamente que puede hasta predecir cuándo va a abrirse y dónde va a responder el sensor, como quien conoce las zonas erógenas de su pareja o el comentario provocador que va a hacer que explote el enojo como volcán en erupción. El terror que siente la máquina es lo que el vigilante le atribuye, ese terror que quizás él siente, al pasar las noches al descampado, bajo un techito metálico demasiado iluminado, metiendo y sacando los boletos. La frase es también una marca registrada del ingenio popular mexicano. Como la de mi tío, que se presentaba como Ing. Gabriel, pero Ing. no de ingeniero, porque ni acabó la preparatoria, sino Ing. de Ingenioso, título muy difícil de obtener. Es ese ingenio que está listo para defenderse de todo ataque posible, para dar una estocada de regreso ante un doble sentido ofensivo, para ofender jugando al otro, con palabras que dicen lo que no dicen. 

Así supe en un instante que estaba en México, donde ya hace más de una década que no vivo. Se habla mucho del dolor del exilio, de la distancia, pero poco de la amargura del retorno a lo tuyo que ya no es tuyo. Nunca es un regreso, pero sí una suerte de espiral, como lo definió Melisa: “volvés al mismo lugar muchas veces, pero cada vez vas saliendo más y más para afuera en la espiral”. La espiral es precisamente la imagen que usaba Jean Laplanche para hablar de la Nachträglichkeit de Freud, que habla precisamente de la retroactividad, en donde uno le da a la contingencia del pasado el sentido de necesidades por venir. La pequeña libertad que tenemos consiste en elegir las causas que nos determinan, siempre en retrospectiva, no hacia el futuro. Por eso, cada vez que regreso, más vale que me eche un poquito pa’ adelante, porque así puedo ir avanzando en esa espiral. El regreso no es solamente geográfico, es también verme vista en el reflejo de la forma en que los demás imaginan que soy, que es como era: el tiempo y el espacio se colapsan en un prisma, en la flecha de simultaneidad. La frase del vigilante cifra el regreso de todos los que nos fuimos para no poder volver, atascados en ese purgatorio de un espacio que ya no existe y un tiempo que se fue, pero que se puede curar con el ingenio y la risa que desatascan toda solemnidad: nomás hay que echarse un poquito pa’ delante, para que la máquina sienta el terror. 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Fotografía de Aboodi Vesakaran, 2022. Recuperada de Pexels.
Fotografía de Aboodi Vesakaran, 2022. Recuperada de Pexels.

La “Resolución absoluta”

El 3 de enero, entre las dos y las cinco de la madrugada, Donald Trump y el complejo industrial-militar estadounidense, ejecutaron la operación “Resolución absoluta”. Caracas, La Guaira, Aragua y Miranda fueron atacadas con misiles de última generación dejando más de cien muertos, cifra conservadora, pues se usaron armas de energía dirigida y proyectiles cinéticos que literalmente pulverizaron cuerpos. Infraestructura militar, civil y sanitaria quedó hecha añicos. Antes y durante el ataque, diez buques de guerra, el portaviones Gerald Ford y quince mil hombres cercaban las costas del Caribe. Trinidad y Tobago, en un acto de vasallaje histórico, prestó sus aeropuertos. Como se sabe, secuestraron el presidente Nicolás Maduro y a su esposa, la diputada Cilia Flores. Sin duda, el ataque fue anunciado. Como un matón que te avisa la hora en que te va a golpear, creyendo que su impunidad es ley natural. Y también nosotros creyendo que no se va a atrever a tanto, mucho menos en una madrugada de días de fiesta y asueto escolar por navidad y año nuevo.

Nada de esto es novedoso. Es la culminación sistemática de una guerra de más de veinte años. Desde que el presidente Hugo Chávez Frías logró que la renta petrolera se redistribuyera a través de políticas públicas, Venezuela fue marcada en el mapa del Pentágono. La secuencia es de manual: golpes de Estado, sabotajes económicos, paros petroleros, guerra a la moneda, más de novecientas sanciones que son actos de guerra económica, financiamiento de violencia de calle (guarimbas), instigación a la división de la Fuerzas Armadas y una campaña de satanización mediática comparable solo a la histeria anticomunista de la Guerra Fría. Todo financiado y orquestado desde Washington. Trump, quien prometió “acabar con las guerras eternas”, las trajo al “patio trasero” de su Doctrina Monroe. ¿Cómo sostener el derroche energético del american way of life? La respuesta, desde Irak hasta Venezuela, es una sola: saqueando países.

La invasión de las mentes

Llevamos años no solo temiendo la invasión de los marines, sino sufriendo la invasión de las conciencias. El verdadero “éxito” imperial ha sido instalar, a través de Hollywood, Netflix, influencers, cadenas mediáticas globales y ONG con doble estándar, una narrativa única: el chavismo es el mal absoluto. Un villano de ficción útil para atacar cualquier proyecto soberano en el Sur Global.

Chávez no solo redistribuyó el petróleo, fue un “error” geopolítico imperdonable: revivió el sueño bolivariano, creó el ALBA, impulsó UNASUR, la CELAC, Petrocaribe y el Banco del Sur. Demostró que “otro mundo es posible” no era un eslogan, sino una política de Estado. Por eso la maquinaria imperialista se ensañó: no solo buscaba derrocar un gobierno, sino extirpar una idea. La lección era clara: si no te alineas serás aniquilado, tanto simbólicamente como físicamente. Los llamados al “cambio de régimen”, desde los grandes medios de comunicación hasta espacios como la OEA, no fueron “opinión”, fueron órdenes de ataque en la guerra híbrida.

Incluso el manejo de la migración por parte de varias ONG y de organismos como la OIM o ACNUR que se prestaron desde el inicio a subastar la realidad económica venezolana a inversores y donantes que auparon e instigaron el proceso migratorio, sin atender la raíz de la migración: las sanciones económicas que asfixiaron a un país que apenas un lustro antes tenía los puntos más bajos en desigualdad en el coeficiente de Gini, había superado el analfabetismo y llevó adelante programas sociales de inclusión en salud, educación, vivienda, identidad, cultura, deporte y hasta en turismo nacional e internacional para ciudadanos de clases populares. 

Bombardear y negociar

La estrategia que lleva más de veinte años, pero que ha sido perfeccionada después de la ¿muerte? de Chávez, fue el linchamiento total: negar al sujeto político chavista, estigmatizarlo, intentar borrarlo del mapa real y simbólico. La operación psicológica fue tan “exitosa” que generó en una parte de la población (parte importante de la migración económica venezolana) una especie de síndrome de Estocolmo, donde la víctima abraza la narrativa del victimario. Vivimos en la era de la posverdad (remake de la propaganda nazi de Goebbels), donde una mentira repetida por máquinas de legitimación (grandes medios, organismos “multilaterales” cooptados por una única visión, “artistas” despolitizados) se convierte en “sentido común”.

La gran paradoja es que después de décadas de intentar eliminar al chavismo, el imperio, con todo su arsenal desproporcionado de tecnología bélica y de espionaje, igualmente se ve forzado a negociar con él. Trump y sus halcones, tras el bombardeo, deben sentarse con el gobierno de Maduro. Porque el chavismo es el único interlocutor con arraigo, estructura y capacidad de gobernar el territorio venezolano. Ha pasado de ser la excusa para atacar a la izquierda mundial a ser una piedra en el zapato que debe ser “administrada”. El imperio no negocia con sombras, negocia con poder real. Y el poder real, tras la derrota de sus planes de ingeniería social y guerra no convencional, es chavista.

Tras los fracasos por lograr el buscado “cambio de régimen”, la estrategia del gobierno estadounidense fue de la decapitación al amedrentamiento y la coerción. En ello se llevaron por el camino a María Corina Machado, quien representa los intereses de la oligarquía añeja venezolana. Nieta e hija de los “grandes cacaos” o dueños de tierras e infraestructura multimillonaria en el país, María Corina ha dedicado su vida política a eliminar el chavismo. Desde sus inicios lideró el ala más radical y beligerante del antichavismo, llamando abiertamente a la insurrección militar, la guerra civil y finalmente a la intervención militar extranjera. No logró nada a término, pero ha causado daños irreparables. Tampoco logró ser la adalid nombrada por la Casa Blanca para liderar la supuesta “transición”. 

El fracaso de María Corina Machado merece otro párrafo porque no solo dejó en ridículo a la institución del Premio Nobel, también a la venezolanidad y la condición soberana de América Latina, con la concesión cuasi de rodillas de la medalla del premio a Trump, a cambio de atención y/o poder. También porque parte de la escalada de atentados contra la estabilidad de Venezuela, fue el llamado a fraude de la elección presidencial de 2024. Unas elecciones que estuvieron dinamitadas desde el principio por la reedición de guarimbas (violencia de calle financiada), guerra psicológica y un contexto marcado por las sanciones económicas y la inflación que las mismas generaron por años en la cotidianidad venezolana. Sin mencionar el doble rasero al respecto de las elecciones en cuanto se refiere a Venezuela, en comparación a Ecuador, a México (Felipe Calderon, por ejemplo), recientemente a Honduras, y a los mismos procesos electorales en EE.UU., acusados especialmente con y por Trump, por nombrar unos pocos.

El psicópata y sus socios de saqueo

Trump no es un desquiciado solitario, es la expresión cruda de un sistema desquiciado. Anunció que dirigirá directamente Venezuela, resucitó la Doctrina Monroe (que él llama “Donroe”), y su vicepresidente, Vance, habla de recuperar la “supervisión del vecindario” que le pertenece “hace doscientos años”. Es lenguaje de capo mafioso. Para imponer este nuevo “orden”, pulverizaron el derecho internacional. Durante el comienzo del juicio ilegal al presidente Maduro, tuvieron que aceptar que el Cartel de los Soles es un invento, lo que constituye la guinda de un pastel que vienen cocinando con muy poco tino diplomático, pero con asertividad en la construcción de falsas y descaradas narrativas que justifiquen la coacción, el chantaje y la invasión militar como formas de relacionarse con el resto del mundo.

Junto a Netanyahu, están escribiendo un manual basado en el genocidio, la extracción violenta de recursos y la repartición del botín entre élites. La prueba gráfica de su miseria moral son las imágenes reales de los niños mutilados en Gaza contrastadas con el vídeo animado por IA del lujoso resort en Gaza, que Trump compartió fanfarronamente desde sus redes. Ese es el “espíritu” del nuevo orden: tras la masacre, se ostenta y subasta la “reconstrucción” capitalizada por sus empresas. Mientras, en Venezuela, hay una institucionalidad que resiste: una nueva Asamblea Nacional instalada, gobernadores y alcaldes electos. Maduro, conectando como líder secuestrado, pero en pie, promueve diálogos incluso con la ONU. Pero también hay realpolitik.

Derrotar la matriz de la traición

La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo ha dicho con contundencia: “Ningún agente externo gobierna Venezuela”. Es la consigna cerrada ante la matriz de la traición que lanzó, cual anzuelo, el mismo Donlad Trump en ese discurso ominoso que dictara tras el bombardeo a Caracas y otras ciudades.

El plan fue crear y profundizar la desconfianza y la presión mutua. Desde la muerte de Chávez esa ha sido la estrategia. Ahora, sin Maduro vuelve a redituarse, pero en un contexto de coacción absoluta, donde se juega tanto la paz evitando otro bombardeo (ya amenazado), como la posibilidad necesaria de regresar a cierta normalidad económica con el levantamiento de sanciones y la venta de crudo a EE.UU. y otros países. 

El desafío es mantener la cohesión interna y la legitimidad frente a las bases del chavismo, y también ante una necesaria reconciliación nacional de talante soberanista. En ese sentido, la recién instalada Asamblea Nacional es el espacio idóneo para tal fin, donde líderes históricos de la oposición al chavismo, como Timoteo Zambrano, se han pronunciado contra la intervención militar extrajera.

Superar la matriz de la traición implica reafirmar la soberanía como principio irrenunciable, incluso en medio de negociaciones forzadas por la asimetría de poder. La resistencia se expresa en la continuidad del Estado, en la movilización popular de apoyo y en la búsqueda de alianzas internacionales con actores como Rusia y China que, si bien responden a su propia realpolitik, contribuyen a un mundo multipolar.

Sin embargo, la realidad impone negociación. El gobierno actual debe manejar un doble frente: contener las exigencias de Washington, que busca el control del petróleo y la alineación geopolítica, mientras gestiona las tensiones internas dentro del chavismo y las Fuerzas Armadas. La situación exige concesiones dolorosas, pero el límite ético y político está en no cruzar la línea que convertiría al gobierno en un administrador colonial de los intereses estadounidenses.

El camino para derrotar la matriz de la traición es, en última instancia, cultural y político. Se requiere: renovar la narrativa bolivariana y chavista, conectándola con las urgencias presentes y con un horizonte que resuene en las nuevas generaciones; actualizar nuevos sentidos comunes antiimperialistas a escala global, denunciando la violación del derecho internacional y la hipocresía del orden basado en la moral de Trump o “mi propia moral como límite” (Trump dixit); fortalecer una diplomacia de los pueblos que active la solidaridad internacional, más allá de los gobiernos cómplices, y mantener una paz con soberanía y justicia social, que sea el antídoto contra la inacción impuesta por el miedo y el saqueo.

La invasión del 3 de enero pulverizó cuerpos e infraestructura, pero la batalla decisiva es por no permitir que pulverice la voluntad de un pueblo de ser dueño de su destino. Venezuela, asediada, pero de pie, es hoy el frente más claro de una guerra mundial por los recursos. No es solo por petróleo, es por el derecho a existir como nación soberana. O nos rebelamos desde cada espacio o aceptamos el porvenir de un mundo convertido en un resort para élites, construido sobre nuestros escombros y nuestra dignidad enterrada.


Autores
Editora, escritora y gestora cultural. Estudió Letras en la Universidad de Los Andes (ULA) y Antropología Social y Derechos Culturales en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Dirigió la Editorial El perro y la Rana del Ministerio de la Cultura. Actualmente dirige Nila Ediciones. Ha sido invitada a ferias del libro y festivales de poesía de Argentina, Brasil, Cuba, Colombia, México y Bolivia. Organizadora del 1er y 2do Encuentro Internacional de Escritoras, Caracas 2020 y 2022. Creadora del espacio transmedia de promoción de poesía venezolana Poesía en Casa. Creadora y editora de la colección de mujeres poetas Yo misma fui mi ruta publicada por Fundarte. Curadora de espacios de poesía venezolana para las revistas Abisinia (Argentina/Colombia) y Círculo de poesía (México). Ha publicado ensayos, artículos, cuentos y poemas en antologías y revistas de Latinoamérica, Estados Unidos y Rusia. Coautora y compiladora del libro Venezuela, vórtice de la guerra del silgo XXI (La Fogata/ El Colectivo, 2020) y Poesía contra el bloqueo (Argo Libri, 2021). En 2022 fue editado su poemario Bajo el rezo animal (Ediciones Solar, Venezuela, 2022; Ediciones de la Paz, Argentina, 2025)
Fotografía de @juliproducciones en Flickr, 2015. CC BY-NC-ND 2.0
Fotografía de @juliproducciones en Flickr, 2015. CC BY-NC-ND 2.0

Veo el papelito que tengo arrugado en la mano, E29, y espero. Las pantallas que anuncian los turnos exhiben simultáneamente D13, F05 y E27. Asumo que falta solo un turno, el E28, para que yo pase, pero también podría ocurrir que faltaran quince números y una letra, si de pronto mi turno fuera después del D13, o veinticuatro números y veintiséis letras, hasta darle la vuelta al abecedario, si pasara después del turno F05. 

Teóricamente, la técnica de entregar un papel con una combinación aleatoria de números y letras es la manera más eficiente de repartir a quienes esperan según la complejidad del trámite a realizar en el banco o en la oficina gubernamental en la que se haya tenido la desdicha de caer. Esta técnica evita que uno espere de pie y también mantiene libres los espacios frente a los escritorios de los funcionarios con cara de infelicidad.

La farmacia de mi cuadra también implementó la técnica de los papelitos, pero hasta la fecha eso no ha impedido que con frecuencia se forme una hilera enfrente del mostrador. Algunas personas se forman sin percatarse de la máquina expendedora de papelitos, que queda oculta detrás de la fila humana. Otros toman un papel y deambulan entre los pasillos de jarabes, cremas faciales y pañales hasta que su turno se anuncia simultáneamente en la pantalla y en la voz de algún dependiente. Un tercer grupo ve la máquina, pero se forma según la lógica tradicional de las filas y se enfurece cuando alguien con papelito pasa antes que ellos. Esta dinámica se repite varias veces por semana y lleva a los vendedores de la farmacia a repetir cansinamente “por favor tomen un turno, no hace falta que se formen”. En esto último, la farmacia de mi cuadra se parece a varias salchichonerías que, aunque repartían papelitos, terminaban atendiendo a quien gritara más fuerte “un kilo de jamón y medio de molida”.

Es cierto que actualmente hay de filas a filas. Las filas más ortodoxas ocupan el espacio físico de una línea recta que tiende a curvarse y a dibujar graciosas florituras según su longitud. En ocasiones, quienes vigilan el orden al interior de la fila suelen gritar “por favor pegados a la pared”. Otras filas, como en la que me encuentro ahora, han evolucionado al sistema de turnos de una sala de espera, donde los integrantes permanecen repantigados en sillas y no obligatoriamente uno detrás del otro. En ocasiones esto último no ocurre y cada integrante se mueve al asiento desocupado y previamente calentado por el individuo de junto o de adelante. Pese a la reticencia de los tradicionalistas que gustan de esperar de pie, las modalidades de las filas han evolucionado hasta extremos insospechados. Ahora existen filas virtuales en la compra de boletos para conciertos o eventos deportivos, y listas de espera en bibliotecas digitales.

El coro de una canción que estaba de moda cuando iba en la secundaria decía que el vocalista se había enamorado en la cola de las tortillas. Yo nunca he encontrado el amor en esta ni en ninguna otra fila, aunque juzgo favorablemente las tortillerías que reparten un taco cuando la espera es muy larga. Otras filas promueven el comercio de gorras, plumas o botellas de agua y permiten la existencia de bastones que se convierten en bancos. Gracias a las filas sobrevive también la especie endémica del coyote, cuyo papel en la cadena burocrática es sacar a flote los trámites más tardados a cambio de una módica cantidad de dinero. Es posible que el coyote mexicano se replique en otras latitudes con burocracias tan ineptas como la nuestra, aunque desconozco este tipo de fauna y, por suerte, la mecánica de los trámites fuera del territorio nacional.

Apartar lugar es tolerable cuando la espera no ha sido particularmente infructuosa y se aparta solamente un lugar y no diez. Sin embargo, meterse en la fila es una acción reprobable que se encuentra entre los peores vicios sociales. Nada despierta la solidaridad colectiva como algún abusado que intenta colarse en la fila del camión, que en castigo recibe jalones, rechiflas y algunos codazos. En una de sus muchas instrucciones para vivir en México, Jorge Ibargüengoitia concluyó que, en materia de filas, el mexicano finge que no ve la cola para meterse directo a la taquilla, o da vuelta donde le conviene y provoca un trafical. Entre 1970, que fue cuando Ibargüengoitia escribió sus quejas, y el presente las cosas no han cambiado mucho. Quizá el único cambio ha sido dejar de decirle cola a la fila, principalmente para evitar el socorrido albur “en esa cola yo sí me formo”.

A diferencia del “después de usted” al pasar por una puerta, la caballerosidad mengua en las filas y pocas personas ceden su lugar. A veces ocurre que en la fila del súper alguien te deja pasar, pero no es por amabilidad ni por una exhibición de civismo, sino porque a esa persona se le olvidó echar al carrito una botella de champú y tiene que salir corriendo. Una de las explicaciones para los problemas de ansiedad que azotan a esta generación está en la cantidad de veces en la que un adulto irresponsable dejó a un menor de edad apartando el lugar en la fila del supermercado.

Dada la dificultad para conseguir turno en ciertos trámites, debería existir un correlato entre el dicho popular “ver la luz al final del túnel” y, por ejemplo, “fui el primero en la fila de las licencias”. En algún momento no había nada más democratizador que las filas. Desde la fila de los cuneros hasta el patíbulo de los acusados uno esperaba pacientemente su turno, pero los pases VIP, las preventas exclusivas y la división por grupos para subirse al avión terminaron por recordarnos que todos somos iguales, pero algunos más que otros.


Autores
(Ciudad de México, 1992). Estudió una maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el programa Jóvenes Creadores del SACPC-Fonca. Textos suyos han aparecido en Nexos, Revista de la Universidad de México, Tierra Adentro y Río Grande Magazine.