Tierra Adentro
Marcha mapuche, 2015. Fotografía de Esteban Ignacio. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Marcha mapuche, 2015. Fotografía de Esteban Ignacio. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

Beatriz González Vilches

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la 

        devoción a la locura

y se prenden dentro tuyo todas esas cosas tan infinitas 

llenas de dedos y balas

y era yo toda la hermosa de mi familia

y era yo toda la cuna de mi chiquita con dos estrellas

encendía mi casa que soy yo,

una casa?

una casa que era yo anidando

ahora me veo gusanillos hormigas, chanchitos de tierra

espigas brotes pájaros y tierra dentro de las orbitas de mis 

          huesos

la pelvis se llenó de arenilla y terrones en una casa 

des armada.

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la 

           devoción a la locura

no sé si fue el calor o la rabia de febrero

de saber sobre el otoño cercano.

Pero si usted me pregunta que es morir no lo sé,

yo estoy tan llena de vida de vida.

Pero si usted me pregunta con dieciséis años que podría 

decir de vivir?

mi casa de antes era muy parecida

a esta, pero con menos arena y bichitos y tenía una hija

un hijita de carne y pulsos y una casa des armada.

Porque no se sabe si es Dios o el Diablo quién carga 

el arma

y el Diablo llama al miedo al corazón y Dios llama a la

          devoción a la locura

sabe yo nunca fui la enamorada de Dante y nunca existió 

un paraíso

y las niñas que se vinieron conmigo confiamos a las vivas 

         nuestras crías

bestias cuidaran de las quedamos

y yo seré eternamente el fantasma en la mano

siniestra del que vive en el calabozo en un eterno verano 

de espanto

y yo seré eternamente el fantasma en la mano

siniestra del que vive en el calabozo

porque con 16 soy el recuerdo terrible de que las armas 

           las cargan los enamorados

porque con 16 conocí los círculos de los infiernos en una 

casa des armada

porque soy Beatriz González Vilches de Rengo y supe 

                                                           quién carga las armas

desde mis raíces de tumba murmuro estos versos.

Nosotras

Deberíamos mirar hacia atrás 

¡mirar hacia atrás, hacia todos los puntos¡

todos esos puntos con sus ojos y sus dirán,

porque desde que sé, todo siempre se hizo sal

o pecado o vida

a la mirada de los hombres.

Los cardos, la lágrima y esas pequeñas flores del canto

las esporas, la totora que se tejió a nuestro ver.

En una partícula de la quila crecida,

en la coronilla de la divina misericordia se indicó  

al pecho de la Virgen, a los pies amarrados de las niñas

en los muñones de las que robaron de mentira,

que todo sería sal que todo sería nada 

por tocar con nuestros ojos el paisaje.

Ahora mientras rezo estas palabras y se invoca

a las almas de las que nos amaron

no mirar hacia atrás se borró de los huesos de nosotras.

Deberíamos mirar hacia atrás 

¡mirar hacia atrás, hacia todos los puntos!

todos esos puntos con sus ojos y sus dirán

porque desde que sé, todo siempre se hizo sal

o pecado o vida

a la mirada de los hombres y de aquellas mujeres del miedo.

Ahora mientras invoco los nombres de las que no están

me vuelvo urco o paloma, flecha o caricia

y soy libre de caminar hasta las crestas grandiosas 

o de posarme en la gota de sudor que se apaga en tu ingle

mirar desde ahí siendo la absoluta la más poderosa  

el acanto  dulce o ese veneno delicado.

Por eso ahora mientras invoco los nombres de las que no están

me vuelvo me vuelo yo en los cuatros puntos

en mi pecado o en mi vida 

lejos de la mirada de los hombres y de aquellas mujeres del miedo.

Despedida

En los pastizales duros, esos de chépica rasposos

dese pasto que corta la carne al jugar,

en ese monte despierto yo mujer sobre un vacuno,

el rey de las pezuñas plateadas que se duerme callado

y agacha la cabeza ante Dios para dormir,

yo mujer, despierto en la panza caída de mi amor rumiante.

Se ha rendido antes de la tormenta que cubre a mi azabache,

ni moscas ni grillos acompañan este velorio soy yo solita

ahora, la que ve dormir a mi vacuno negro al galano de mi laberinto

y pienso sobre su abdomen que se viene el cielo tan oscuro,

que el pasto se tornó quemado y me puse más morena

y luego más pálida alguien alguno venga hay que cavar un foso

con tal hondura donde entre mi hermoso y mi amor.

Se acerca el viento con sus nubes, pero no nos movemos

lágrima y gota se despiden, 

que enorme se volvió mi amor para cubrir su muerte

alguien alguno venga con hondura a cavar un foso,

el viento viene pero no nos movemos aún estamos desahuciándonos?

que pestañas más quietas y pezuñas más brillantes

no hablo de sus ojos que ya no miran más que cielo.

Los vacunos rojos de las pesadillas se han llevado a mi cariño

mi pelo enredado en cuernos se tejen como riendas,

hay que liberarlo dice la tormenta he sacado mi cuchillo

y a ras de mi cuero lo he cortado como todo lazo a

este enamorado en este pasto rojo 

porque la muerte

quema donde se posa la vida 

y otro canto en otra 

parte ya me ha dado.


Autores
(Chile, 1983) Profesora general básica, Licenciada en Educación por la Universidad de Concepción. El año 2010 publica su primer libro, Exhumaciones (Camino del Ciego). En 2014 es invitada a participar en el Parlamento del Libro y la Palabra, organizado por la Universidad de Chile. Es autora también de Animitas (Gramaje, 2015) y La hija de la lavandera (Garceta, 2018). Ha sido antologada en los libros No te pertenece (Garceta, 2020), con un cuento contra la violencia de género, y Hernández, Panes y Díaz Wentén (Banca de helechos, 2022). Su último libro, Quejido, canto y arrullo (Garceta 2023), obtuvo el segundo lugar en los Premios Literarios del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio 2024.