Tierra Adentro

Hace un par de años, trabajaba en una clínica de atención psicológica para niños y adolescentes de un hospital en California. A pesar de estar en una comunidad relativamente chica, teníamos una enorme lista de espera: más de 400 pacientes, todos en espera de que se les asignara un psicoterapeuta. Para lidiar con este rezago, la psiquiatra que dirigía nuestra clínica anunció en una reunión plenaria que nuestro nuevo “Gran objetivo audaz y peludo” (en inglés: Big Hairy Audacious Goal—le encantaba usar ideas de Silicon Valley de donde tomó prestado el término muy de autoayuda)1 iba a ser el siguiente: “CURAR a los pacientes en ocho semanas”. Ocho semanas desde esa primera llamada telefónica cuando las familias nos contactaban para pedir ayuda hasta el final del tratamiento.

Me quedé atónita. Boquiabierta, para ser precisa. Y preocupada. Volteé a mi alrededor y a nadie le pareció una locura esta idea, nadie notó la disonancia con la realidad de nuestro trabajo, en el que era absolutamente imposible acabar un tratamiento en dos meses. En la práctica, nos tomaba semanas evaluar a alguien y meses, si no es que un año, que llegaran a una terapia. No sólo las ocho semanas estaban muy lejos de la realidad del trabajo terapéutico y del tiempo que realmente toma, sino que también está claro que supone algo muy erróneo, el hecho de que es posible, como cualquier otra enfermedad, “curar” todo tipo de “desórdenes y problemas psicológicos”. Me parecía que la idea de la “salud mental” de la directora de la clínica era que una pastilla combinada con intervenciones conductuales podría simplemente eliminar los síntomas (¡no sólo reducirlos, sino eliminarlos!), transformando mágicamente a los niños y adolescentes en miembros plenamente funcionales y satisfechos de sus familias y de la sociedad. Querían una “cura” en ocho semanas, empaquetando eficientemente el problema del punto A al punto B. Como si la subjetividad fuera una línea de ensamblaje de coches. ¿En serio creería que “curar” (si es que tal cosa es posible) es como un trámite en ventanilla en el que llegas, entregas tus papeles, te los sellan y listo, te vas curado? Curado de espanto, quizás.

Esa experiencia me persiguió por meses y todavía me mueve. Me hizo querer entender qué significa realmente “la cura”, muy lejos de esa insólita lógica de Silicon Valley aplicada al sufrimiento humano. Me queda claro que en la práctica psicoanalítica (en mi propia experiencia en ella) la cura no funciona bajo ese esquema: no es un camino lineal hacia una resolución, no es predecible. Tampoco tiene que ver con la reducción de síntomas ni con un proceso eficiente. No es sentirse pleno y feliz. No es una receta, no tiene instructivo, y definitivamente no viene con garantía de ocho semanas.

Y todo empieza con entender algo fundamental: el tiempo psíquico no funciona como el tiempo del reloj. Yo lo llegué a entender de dos maneras. Muchas veces, cuando pensaba que finalmente había “progresado” mucho un paciente en su proceso de análisis, venía un momento que deshacía todo el progreso y de nuevo, lo mismo, el mismo síntoma, el mismo callejón sin salida. Y teóricamente me encontré con una noción que explica bien la temporalidad del análisis, y su carácter terminable e interminable. Sigmund Freud usó en contadas ocasiones una palabra que explica precisamente eso: Nachträglichkeit, que el psicoanalista francés Jacques Lacan tradujo con el muy francés après-coup.2 En español se ha traducido como efecto diferido, acción retroactiva, a posteriori o el propio après-coup. Estas nociones nos muestran que el trauma psíquico, los recuerdos reprimidos, las cosas que nos marcaron, no son eventos congelados en el tiempo como fotografías vetustas. No funciona tampoco como si pudieras regresar con una máquina del tiempo a tu infancia y simplemente descubrir “ah, esto fue lo que pasó…” para que se arregle el problema y listo, quedas curado. Nachträglichkeit describe algo mucho más complejo: una serie de procesos dinámicos que están reescribiendo constantemente nuestro pasado a partir de cómo le damos sentido ahora y desde dónde estamos parados hoy. El tiempo psíquico no es un contenedor, sino un campo revuelto donde el pasado y el presente se contaminan y se reconstruyen mutuamente. Así es como se va creando el significado. El trabajo analítico, tal como Freud lo entendió desde un inicio, es tan terminable como interminable: esa paradoja lo explica muy bien.

Hace un tiempo vengo pensando lo que llamo una “poética de la cura” (poética en el sentido de creación). Este enfoque se nutriría tanto de formas literarias de pensamiento como de la práctica psicoanalítica para mostrar cómo ambos rechazan las significaciones fijas y crean nuevas posibilidades de comprensión. Esto es radicalmente distinto de los modelos terapéuticos de moda obsesionados con “trabajar en uno mismo”, como si fueramos un proyecto en obra negra, o de esos enfoques que prometen “conocerse a uno mismo” como si el “yo” fuera una migaja que se perdió en la grieta del sofá y finalmente logramos recuperar. Esas aproximaciones están basadas en la cognición y privatizan e individualizan los problemas: las enfermedades son nuestra culpa y la solución también. Más autoconocimiento, más responsabilidad individual: cura exprés garantizada.

Borges explicó la extraña temporalidad del après-coup mejor que nadie en su ensayo sobre “Kafka y sus precursores”: cada vez que un escritor importante aparece, reorganiza toda la historia de la literatura: “cada escritor crea a sus precursores. Su obra modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar la del futuro”. Lo que vino antes se lee distinto después. Eso mismo pasa con la memoria: el pasado no está congelado, se reescribe constantemente desde el presente. No es que “regreses” a tu infancia a buscar lo que pasó; es que desde donde estás hoy, le das un nuevo sentido a lo que viviste entonces. Esto es après-coup en acción, el evento futuro crea retroactivamente sus propios precursores, remodelando lo que parecía ya estar grabado en la piedra.

Ojo: esto NO es lo mismo que decir que el paciente se inventa su pasado según lo que le conviene en el presente. Esa lectura superficial (como Jung propuso con su idea de “retrofantasía”) confunde todo. No se trata de imaginar o crear un pasado imaginario adaptado a “las necesidades del presente” como si fuera un ejercicio de autoayuda. Se trata de algo mucho más radical: el trabajo analítico no busca excavar ruinas para encontrar “lo que realmente pasó”, busca entender cómo lo que pasó sigue operando, transformándose, resignificándose hoy. La verdad psíquica no es una fantasía que se inventa, es el trabajo de darle sentido a lo vivido, y ese trabajo… nunca termina.

Esto nos lleva a una pregunta fundamental sobre la naturaleza del trabajo analítico en sí mismo. Freud lo abordó en su ensayo de 1937, “Análisis terminable e interminable”. Ahí reconoció que la experiencia le había enseñado que la terapia psicoanalítica “es un trabajo largo” y laborioso (usa la palabra Arbeit en alemán, vinculando explícitamente el trabajo analítico con el trabajo mismo). En su ensayo, Freud estaba respondiendo a la propuesta de Otto Rank en El trauma del nacimiento de que si uno trabaja subsecuentemente, nachträglich, con la “represión primordial” en un análisis, entonces el paciente podría curarse en unos pocos meses. Freud criticó este enfoque como incapaz de resistir a un examen crítico, afirmando que estaba “diseñado a acompasar el tempo de la terapia analítica a la prisa de la vida norteamericana”. Concluyó desdeñosamente que “la teoría y la práctica del intento de Rank pertenecen al pasado… no menos que la propia ‘prosperity’ norteamericana”.3 Poco sabía Freud que tanto las curas rápidas como las ilusiones estadounidenses de prosperidad demostrarían ser notablemente resilientes.

La oposición de Freud al método de cura rápida de Rank no se trataba solo del tiempo, no era un berrinche por defender su territorio terapéutico. El problema de fondo era mucho más serio: tenía que ver con el análisis y el juego peligroso del “tú ya sabes qué te pasa, ahora arréglalo”. Uno sabe muy bien… y sin embargo… repite lo mismo una y otra vez. El conocimiento, por más profundo que sea, no sirve para transformarnos o para modificar una posición subjetiva. No basta con decirle a alguien que sufre y va a terapia: “mira, ya identificamos tu problema, ahí está tu diagnóstico con un código, ahora ve y haz tu tarea”. Lo de la resistencia no es un capricho freudiano ni un impedimento molesto que hay que quitar del camino. La resistencia estructural es el trabajo mismo. El cambio ocurre justamente ahí, cuando el sujeto en análisis se tropieza una y otra vez con el trabajo continuo de resistencia, ese forcejeo estructural y del goce. La “cura” no es ese momento mágico en que todo se resuelve y el trabajo se termina, sino esa transformación banal, aburrida, lenta y trabajosa de cómo uno se relaciona con todo eso, de ser consumido por el goce inconsciente a convertirte en una agente activo en el trabajo de la verdad.

Esto es lo que quiero llamar la “operación poética” en el corazón del trabajo analítico. Lo que distingue al psicoanálisis de otros enfoques es que su lógica no es de acumulación, no se trata de ir juntando piezas del rompecabezas hasta completar la imagen: más síntomas identificados para eliminar, más insights desbloqueados para adquirir, más conocimiento que acumular y guardar en el archivo personal. Esta operación poética entiende las narrativas psíquicas como algo interminable por naturaleza. Tal como Borges nos mostró que Kafka crea a sus propios precursores, el presente reestructura continuamente el pasado. En un análisis no se trata simplemente de pasar a un punto B mejor que el punto A, ni de dar vueltas en círculos, repitiendo lo mismo, sino de ir construyendo nuevas formas de moverse, de relacionarse. Esta estructura en espiral es la que revela cómo funciona el análisis: opera en un tiempo heterogéneo donde el pensamiento interviene entre un pasado que se consideraba como un hecho fijo y un futuro significado que debe construirse retroactivamente para reordenar el pasado.

La “fantasía de la cura de ocho semanas” revela todo lo que está mal con la cultura terapéutica contemporánea: transforma el tiempo en mercancía, a los pacientes en métricas de productividad, y a lo inconsciente en un problema técnico que requiere optimización. Esta temporalidad gerencial es la lógica temporal del capitalismo tardío mismo. Quizás por eso no pude soportar mucho más tiempo trabajar en el hospital con sus “grandes objetivos audaces y peludos”. Yo, que no tengo pelos en la lengua, me la tenía que morder todo el tiempo, y ese sistema iba en contra de lo que yo creo que debe ser el trabajo terapéutico.

Una poética de la cura, como la imagino y pienso, opera contra esa lógica. Donde el tiempo gerencial exige continuidad y progreso, el tiempo poético produce cortes e interrupciones. Donde la terapia promete restaurar el funcionamiento normal, el análisis revela que lo “normal” está desde su origen roto y escindido. La operación poética no arregla, abre nuevas preguntas en cada cierre aparente.

Por eso la cura en psicoanálisis es simultáneamente terminable e interminable: no porque el análisis sea inefectivo, sino porque funciona al nivel de la imposibilidad estructural más que del manejo de síntomas. Una poética de la cura, entonces, no se trata de “sanar” sino de habitar el corte en el tiempo donde el significado falla y debe ser reconstruido constantemente. Esta es la temporalidad radical del análisis: no avanzar hacia la resolución, sino girar en espiral a través de las mismas preguntas imposibles. El trabajo, y es mucho trabajo, es aprender a trabajar dentro de esta imposibilidad en lugar de exigir su eliminación.

  1. El término de BHAG se traduce también en español como “un objetivo grande, complicado y audaz”. Fue un término acuñado por Jim Collins y Jerry Porras en su libro Built to Last: Successful Habits of Visionary Companies. Por supuesto, habría que dejar en claro que la salud mental y el tratamiento psiquiátrico no deberían funcionar como una compañía ni con trucos de marketing, pero hacia ello va toda la maquinaria que impulsan las compañías de seguros médicos de los Estados Unidos y como es el modelo que se exporta, es también lo que sucede en buena parte del mundo, cada vez más.
  2. La historia de las traducciones de Nachträglichkeit ha dado lugar a muchos malentendidos: si lo llamamos “acción diferida” (deferred action como hizo la traducción inglesa estándar), sugiere que el trauma simplemente se pospone y se activa después, como una bomba de tiempo. Pero si lo entendemos como retroactividad o après-coup (literalmente: después del golpe), vemos que son las experiencias posteriores las que le dan significado traumático a eventos del pasado que en su momento quizás no lo eran todavía. Para Freud, lo crucial era ese intervalo entre eventos, esa oscilación temporal.
  3. Sigmund Freud, “Análisis terminable e interminable” en Obras Completas Volumen XXIII, Amorrortu, 1991, p. 220.