El naufragio del Deutschland
En algún momento de la madrugada del 6 de diciembre de 1875, el Deutschland, un barco de vapor que transportaba a más de 170 tripulantes, la mayoría emigrantes alemanes, naufragó tras encallar en un banco de arena cerca de Essex, Inglaterra. La agonía de la fragata duró más de 24 horas, pues entre maniobra y maniobra el casco se hacía añicos: ni el capitán ni nadie podía ver nada en torno al barco por una ventisca que azotaba la región en ese momento. Entre la tripulación se contaban cinco monjas franciscanas que se dirigían a Estados Unidos, huyendo de las políticas anticatólicas del canciller von Bismarck. Ninguna de ellas sobrevivió.
La tragedia devino escándalo de magnitud internacional: ¿cómo era posible que, a poco más de 30 km de la costa, ningún puerto hubiera recibido a tiempo la llamada de auxilio del Deutschland?, ¿por qué la ayuda inglesa llegó 30 horas después del encallamiento, si tuvieron noticia de él durante la mañana del mismo 6 de diciembre? La prensa británica hizo eco de la voz de las víctimas: The Times e Illustrated London News ofrecieron una cobertura muy completa de las pesquisas, que no hallaron a ningún responsable.
Como la mayoría de británicos de la época, Gerard Manley Hopkins, un novicio jesuita de 31 años, seguía los pormenores de la investigación en curso. Estudiante entonces de teología en el norte de Gales, era para entonces autor de una modesta obra poética que llevaba años sin engrosar a manera de ascesis. El naufragio de las cinco monjas, sin embargo, lo conmovió en lo más íntimo y, aconsejado por su superior, comenzó a escribir la que sería su obra maestra, “El naufragio del Deutschland”, un poema complejísimo de 35 estrofas que sentó los fundamentos de un nuevo ritmo en la poesía inglesa, como él mismo explicó en una carta al también poeta R. W. Dixon:
Durante mucho tiempo había estado resonando en mí el eco de un nuevo ritmo que ahora trasladé al papel. Para decirlo en pocas palabras, consiste en escandir por medio de los acentos y énfasis tan sólo, sin cuenta alguna del número de sílabas, de modo que el pie del verso pueda ser tan sólo una sola sílaba larga, o una corta y una larga. […] Me parece que se trata de un principio mucho mejor y más natural que el del sistema común, mucho más flexible y capaz de lograr efectos mucho mayores (5 de oct. de 1878, trad. de Pablo Soler Frost).
Como era de esperarse, ninguna revista accedió a publicar el poema. Tan incomprensible fue, en general, tanto para los sátrapas de la poesía como para el esnobismo de sus lectores promedio, la obra de Hopkins, que ésta sólo pudo ver la luz hasta muchos años después de su muerte, cuando fue descubierta y encomiada por gigantes como T. S. Eliot y W. H. Auden. Fue entonces que se le consagró en el panteón de la experimentación formal y rítmica dentro de la lengua inglesa. Su legado poético se centra en una concepción singular del lenguaje y en una aproximación espiritual que impregna cada uno de sus versos, otorgándole un lugar único dentro del canon literario. El sprung rhythm, nombre con el que bautizó este nuevo estilo, rompe con la regularidad métrica tradicional al privilegiar un ritmo más dinámico y natural que emula los patrones del habla cotidiana, como leemos en su carta. En esta fusión de técnica e inspiración, Hopkins logró producir una obra de una belleza inusual, con un vigor lírico que resuena más allá de su época.
“El naufragio del Deutschland” refleja la profundidad de su fe y su capacidad para abordar la tragedia con un lenguaje intensamente musical y visualmente impactante. Las imágenes descritas por la prensa, cargadas de drama y dolor, sirvieron como detonante para explorar algunos de los temas que atraviesan toda su obra: la devoción religiosa, la relación del ser humano con la naturaleza y la presencia de lo divino en la tragedia:
| Thou mastering me God! giver of breath and bread; World’s strand, sway of the sea; Lord of living and dead; Thou hast bound bones & veins in me, fastened me flesh, And after it almost unmade, what with dread, Thy doing: and dost thou touch me afresh? Over again I feel thy finger and find thee. | ¡Subyugador de mí, Dios!, dador de aliento y alimento, filástica del mundo, va-y-ven marino; Señor de vivos y de muertos; Tú has atado los huesos y las venas en mí, sujetado mi carne y después casi deshecho, qué decir del terror con que lo has hecho, tu hechura; ¿y ahora me vuelves a tocar? Una vez más siento tu dedo y te hallo. |
Las resistencias a publicar su obra y el mismo desprecio a reconocer en ella algo más que talento inexistente llevaron a Hopkins a enfrentar el dilema entre su vocación poética y su compromiso religioso. Como resultado, ya ordenado sacerdote, se sumió en un largo periodo de silencio creativo, pues consideraba que su labor pastoral debía primar sobre sus ambiciones artísticas. Hopkins, sin embargo, no tenía vocación de pastor: así lo vio John Henry Newman, quien lo contrató más joven como profesor de literatura en la escuela del Oratorio a su cargo. Tenía vocación de mártir, eso sí. Y de docente. Por eso su sensibilidad poética nunca lo abandonó, y años después retomó la escritura con una serie de sonetos oscuros y angustiosos que reflejan sus crisis personales y de fe, sus nada secretos impulsos homoeróticos y el drama de haber enviudado de alguien que nunca pudo ser su novio, el poeta Digby M. Dolben quien murió también ahogado con tan solo 19 años. No es de extrañar que el impacto de las monjas ahogadas en el naufragio del Deustchland no fuera sino el desbloqueo de un recuerdo que persiguió a Hopkins cuando supo la noticia, a sus 23 años.
Desconocido en nuestra lengua, uno de los esfuerzos más destacados por trasladar la riqueza de Hopkins al español es la traducción realizada por Salvador Elizondo, quien logró captar la intensidad y la musicalidad del original con una precisión poco común en la traducción poética. Elizondo, conocido por su propia experimentación con el lenguaje en obras como “Farabeuf”, encontró en Hopkins un espíritu afín, un poeta que, como él, entendía la escritura como una búsqueda incesante de nuevas estructuras y significados. Su versión de “El naufragio del Deutschland”, que cito aquí de la copia que tengo de Libros del Umbral (1999), es una prueba de la dificultad inherente a trasladar el ritmo y la sintaxis de Hopkins a otra lengua, pero también de la capacidad del traductor para reinventar el poema sin traicionar su esencia. Elizondo enfrentó en su traducción el mismo desafío que Hopkins en su tiempo: encontrar un equilibrio entre la experimentación formal y la inteligibilidad del poema:
| Jesu, heart’s light, Jesu, maid’s son, What was the feast followed the night Thou hadst glory of this nun?— Féast of the óne wóman withóut stáin. For so conceivèd, so to conceive thee is done; But here was heart-throe, birth of a brain, Word, that heard and kept thee and uttered thee óutríght. | Jesús, luz del corazón, Jesús hijo de virgen, ¿cuál fue la fiesta que siguió a la noche en que tuviste la gloria de esta monja? Fiesta de la mujer sin mancha. Así concebida para concebirte y ya; pero punzaba el pecho, parto de un cerebro, palabra que te escucha, te guarda y te profiere sin más. |
Esta manera de Hopkins de incorporar la naturaleza y la espiritualidad —o lo que es lo mismo, las tendencias depresivas y la mística— en la poesía, resuena con ciertas tradiciones poéticas hispánicas, especialmente aquellas que han explorado la relación entre lo divino y lo material, como en la mística española del Siglo de Oro. En este sentido, su obra se inscribe dentro de una genealogía más amplia de poetas que han abordado la trascendencia y el misterio a través del verso. Habrá que dedicar otra entrada a estudiar alguno de sus poemas oscuros, de la mano de otros traductores hispanos de la talla de don Salvador Elizondo. Pienso en el caso de poetas como Hernán Bravo Varela y Nahuel Lardies.




