Producir, producir, producir: apuntes sobre la privación del descanso
Una cultura que venera la búsqueda del éxito extremo probablemente producirá algo de él. Pero el éxito extremo es un dios espurio, que rechaza a la gran mayoría de sus adoradores. Nuestros trabajos nunca fueron concebidos para soportar las cargas de una fe, y se están derrumbando bajo su peso.
Workism Is Making Americans Miserable
Derek Thompson
Nuestra civilización practica el más imbécil de los cultos: el de la productividad. Heredamos de quienes nos precedieron la convicción terrible por alcanzar la utopía amorfa del progreso. Al atestiguar el exponencial avance de la medicina, de la ingeniería, de la informática y, en general, de nuestro control tecnológico del mundo, uno esperaría que en el perímetro de lo cotidiano hubiese espacio suficiente para el ocio. Lo cierto es que nuestra época está regida por la lógica del rendimiento, de las utilidades, del margen de ganancia. Incluso las formas más elementales del descanso y la recreación están condicionadas por la sombra del empleo: acomodamos planes e itinerarios alrededor de la rutina inamovible, casi sagrada, del trabajo. Buscamos no desatender —con los modos de la tribu que teme enfurecer al dios que adora— los quehaceres de la oficina y la fábrica, el taller y el escritorio.
Producir, producir, producir: credo moderno.
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Se trata de un patrón preocupante. Dos de los jefes que he tenido eran apenas unos cuantos años más viejos que yo, entusiastas y acaso convencidos de que la meritocracia existe. Uno de ellos —inteligentísimo, admirable en más de un parámetro— había llegado a su puesto dentro del organigrama gracias a una combinación afortunada de liderazgo y subordinación meticulosa. Joven, contrataba gente joven: nos veía reflejados en su propia historia. En medida de lo posible, siempre le agradecí la fe con la que mediaba la relación con sus trabajadores. Resentí, sin embargo, que del mismo modo proyectaba sobre nosotros la cultura del desgaste, de la sobre exigencia como preludio del éxito. Él tenía bastante claro cuáles eran los escalones que nos hacía falta recorrer.
Ocupadísimo, siempre encontraba tiempo para coordinarlo todo. Permanecía en el interior de su despacho un par de horas después de que nosotros hubiéramos concluido la jornada. Dedicaba sus tardes a atender videoconferencias y firmar papeles mientras terminaba de comer lo que había calentado en el microondas. Una satisfacción inentendible le brotaba en el rostro cada vez que alguien le preguntaba por su rutina: parecía enorgullecerle el hecho de estar lleno de quehaceres, como si el trabajo fuese el centro gravitatorio de su identidad personal.
¿Sonará imbécil decir que comencé a compadecerme de alguien que ganaba varias veces mi sueldo? Su espacio vital había quedado reducido a las paredes de cristal opaco que lo separaban de nuestros escritorios. Yo pensaba, viéndolo consagrar las tardes a interminables reuniones en Zoom y a la redacción de informes, que todo el tiempo que gastaba siendo productivo correspondía al tiempo que no podría emplear en ver alguna película de Wim Wenders, leer un poema de María Negroni, descubrir un cuadro que lo emocionara.
Tocar pasto.
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Desconozco cuál es la norma en otras latitudes. En la mía, al menos, estamos acostumbrados a que el día inicie y acabe con una sensación en común: el cansancio. Tenso, baldado, vuelto materia débil, el cuerpo se acostumbra a los vaivenes del estrés y la fatiga. El agotamiento se desdobla entre la carne desde el momento previo al amanecer —las cinco de la mañana para quienes habitan la periferia de su ciudad— en el que no queda otro remedio que dejar la cama para preparar un desayuno apresurado. Terminan como segunda prioridad los hijos, las mascotas, el cuidado de la casa: lo urgente es doblar cuadras oscuras hasta dar con la parada del autobús, que raramente es el único que se aborda durante el trayecto. Hecha la jornada —con sus propios desencantos y exigencias— habrá de repetirse el camino recorrido en la mañana, inverso. Al fin en casa, la mente no puede sino desentenderse de su cuerpo: fingir que no le duele, que no le martiriza su cansancio acumulado. Limitarse a mirar una pantalla, tomar una ducha, dormir de nuevo.
Una mañana, próximo a la axila de alguien el autobús, me encontré con un video en el que un influencer se proponía emular a los multimillonarios que pertenecen al club de las cinco de la mañana; al parecer, varios empresarios de renombre habían alcanzado el éxito gracias a que su rutina comenzaba antes que la del resto del mundo. Miré alrededor mío: ninguno de mis acompañantes necesitó que un chiquillo pálido lo motivara a comenzar su día desde las cinco de la mañana. Acaso el insulto más delirante y cínico a la inteligencia del trabajador es querer convencerlo de que su precariedad está enraizada en el hecho de que no se levanta más temprano.
Aquí, listillo, un libertario levantará el dedo índice para decir que la gente que desborda el transporte público por las mañanas es pobre, precisamente, porque ocupa ese tiempo adicional en cosas no productivas, a diferencia de los semidioses del emprendimiento. Sobra evidencia de lo contrario.
A finales de marzo de 2025, el lugar que solía llamarse Twitter se llenó de memes sobre Ashton Hall, un aspirante fallido a jugador de la NFL. El hombre había ganado millones de seguidores en Instagram y TikTok gracias a su contenido fitness, pero encontró la viralización en otras plataformas gracias a un video tan imbécil como ridículo. En él, contribuyendo a la retórica del rise and grind, mostró que su supuesta rutina comienza a las 3:52 de la madrugada.
¿Y qué hace Ashton tan temprano? ¿Pone en marcha sus esfuerzos por curar el cáncer y resolver las ecuaciones de Navier-Stokes? No. En el video se le ve haciendo las complicadísimas actividades siguientes: quitarse una cinta adhesiva de la boca (una técnica conocida como “mouth taping”, para respirar por la nariz mientras duerme), hacer un par de flexiones en su balcón, meditar un instante y escribir dos líneas en un diario, sumergir su rostro en un recipiente con agua de la marca Saratoga Spring y, tras comer un plátano, frotarse la cáscara en la cara. Todo esto antes de las 9:15.
La promoción de esta clase de rutinas llenas de despropósitos constituye todo un género de contenido virtual. Cada día son más los sujetos que deciden grabar el comienzo de sus mañanas y pretender complejidad en sus diversas naderías: presumen cómo meditan, cómo garabatean un diario, cómo desayunan fibras, cómo montan caballos. Sobra en los videos la ostentación de pertenencias caras y de espacios de vivienda amplísimos: construcción visual que muestra a los creadores de contenido como una suerte de iluminados por la meritocracia. Inútiles sus actividades e irrisoria la imagen de éxito que intentan divulgar, exponen las averías en el discurso de clase con el que intentan justificar la desigualdad. Su disciplina es más bien performativa.
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Poco después de titularme, harto de la academia, decidí trabajar en la burocracia educativa de mi estadio. Según el humor de la temporada —los programas en turno, quiero decir—, me ocupaba en redactar material pedagógico de ciencias naturales para alumnos de secundaria y, de vez en vez, reactivos para olimpiadas de conocimiento. La Dirección de la que formaba parte se compartimentalizaba en áreas como STEM y lectocomprensión. En algún punto, una orden venida de arriba devino en la creación de una nueva área: la de emprendimiento. Se buscaba formar a grupos de preadolescentes en el aparentemente complejo mundo de la innovación empresarial, a pesar de que a esa edad nadie sabe lo que es el ISR ni maneja herramientas aritméticas más complejas que la regla del tres. El fin era motivarlos a que pronto en la vida ganaran el ímpetu idiota que orilla a algunos a asistir a un programa de televisión a pedirle dinero al yerno de Carlos Slim.
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Mario Bunge repetía, en conferencias y en algún libro, que los humanos habíamos aprendido a falsificarlo todo: el dinero, el amor, la amistad, incluso la ciencia. Estoy convencido de que dimos un paso más allá cuando encontramos el modo de falsificar el trabajo. La quimera posmoderna que tenemos la desgracia de habitar está repleta de oficios insustanciales, tan palpables como el éter o los humores sanguíneos: director creativo, coach de manifestación, arquitecto de experiencias, experto en detox digital, gurú de la felicidad corporativa, influencer de wellness holístico…
Los profesionales de la especialización insulsa suelen llenarse los bolsillos de dinero. Bajo la misma lógica de la meritocracia empresarial que nos ha obligado a valorarnos como simples métricas, pregunto: ¿qué tan productivo puede ser cualquiera de estos pobres diablos que, en esencia, no producen nada?
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No sé cómo ni cuándo nos bendecirá el fin del mundo con su llegada. Sé, sin embargo, que habremos de computarlo exitosamente en una tabla de Excel.
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Eventualmente renuncié a mi trabajo de burócrata. Con veintitrés años encima, me consoló saber que a mi estilo de vida le bastaría una beca de posgrado para mantenerse a flote. Próximo a iniciar la maestría y cobrada mi última factura —no tiene derecho a finiquitos quien tampoco tiene prestaciones ni seguro—, pude disfrutar algunas semanas de discreto desempleo.
Animalito condicionado, el primer día de mi libertad me levanté con la rutina mecánica de siempre. Fue hasta la mitad del trayecto —en alguna estación del tren ligero de Guadalajara— que recordé que mi espacio en la oficina no existía más. Del otro lado del camino no me esperaba ningún checador, ningún pendiente.
Hallé en la ciudad un rumor desconocido. Mínimo el tráfico, mínima la gente en los cruces peatonales, me paseé por la avenida Juárez hasta dar con un café. Por primera vez en mucho tiempo, tuve el lujo de aburrirme. Caminé hacia el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara y ahí dentro gasté más horas hasta que el aburrimiento volvió a alcanzarme. Tomé el tren de nuevo. Pasado el mediodía vi una, dos películas. Regresé a casa y pude escribir sin que me interrumpiese alguna llamada exigiéndome reportes.
Luego encontré en mi plenitud un signo triste: más tarde, la vida no volvería a ser igual.




