Tierra Adentro
Portada de "Las voladoras", Mónica Ojeda, 2020. Editorial Páginas de Espuma.
Portada de “Las voladoras”, Mónica Ojeda, 2020. Editorial Páginas de Espuma.

Es octubre y no se me ocurre una mejor temporada del año que la spooky season para hablar de las letras de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, autoras ecuatorianas brillantes y dos de las voces más poderosas de las letras latinoamericanas actuales.

Como ya se ha dicho mil veces, en las últimas décadas ha cobrado fuerza una corriente literaria de mujeres que escribe desde el terror o lo inquietante para hablar, no solo sobre los horrores que habitan en la mente humana, sino también para retratar la mórbida realidad social que se vive día tras día en América Latina.

Autoras como Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, Liliana Blum, Ariana Harwicz, Michelle Roche Rodríguez, Giovanna Rivero y las mismas Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero (entre otras) se han vuelto famosas por reinventar un género que se inscribe en la tradición de grandes como Amparo Dávila o María Luisa Bombal y, yéndonos mucho más atrás y cambiando de continente, Mary Shelley, por ejemplo.

Las voces de estas mujeres que escriben sobre lo fantástico, lo irreal, lo sobrenatural, el miedo, el gore, el maltrato, el amor y la violencia han sido englobadas en dicho movimiento literario, también llamado “terror social latinoamericano”.

A mí este término no me gusta. Me hace pensar en literatura panfletaria que solo quiere la denuncia social, y eso no representa los matices ni la complejidad de perspectivas que estas autoras plantean en sus obras. Es innegable que comparten una columna vertebral dada por cierto contexto social, político y económico compartido, pero definitivamente cada vértebra es única en su aproximación a lo macabro. Me parece mucho mejor el término “gótico latinoamericano” o “gótico andino”, como Mónica Ojeda definió el género de su propia obra.

Que lo gótico se aleje de la literatura eurocentrista, los escenarios burgueses y encuentre su propia vertiente en lo típicamente latinoamericano para explorar el miedo a partir de lo que conocemos es increíble; una bocanada de aire fresco en un género lleno de clichés.

En particular, Ojeda y Ampuero comparten, además de su país de origen, cierta visión de la realidad desde lo grotesco, la monstruosidad del cuerpo, lo que significa ser mujer, y el horror y la belleza como dos caras de una misma moneda.

De Mónica Ojeda he leído Nefando (2016), Mandíbula (2018) y Las voladoras (2020). Las tres obras me gustan bastante, sobre todo el libro de cuentos y su primera novela. Recuerdo que la primera vez que leí Las voladoras (2020) estuve cerca de dos horas destrozada: atónita, horrorizada, tristísima y sobrecogida. Sintiendo a más no poder.

Los ocho cuentos del libro están poblados de criaturas extrañas, brujería, rituales poéticos, sangre, cabezas que ruedan, cuerpos mutilados, hechizos, mitos ancestrales, mujeres misteriosas y, sobre todo, de imágenes hermosamente grotescas, siniestras y profundamente enternecedoras.

No sé si me inquietaron más las historias macabras y desoladoras del libro, la soledad de las mujeres que habitan las páginas o la belleza hiriente y escalofriante de la voz lírica. Me eriza la piel lo espléndidas que llegan a ser la fealdad y la repugnancia en este libro; cómo lo bestial se vuelve sublime.

Las voladoras es de las poquísimas colecciones de cuentos de las que puedo decir que todos los relatos me gustan. Tiene una sensibilidad poética que me parece fascinante. No puedo recomendar solo un cuento ni decidir cuál es mi favorito. Así de bueno es el libro.

A María Fernanda Ampuero la conocí con Pelea de gallos (2018) y después leí Sacrificios humanos (2021). El primero es el que más me gusta. Es brutal. Comienza con un cuento que es una genialidad. A diferencia de Ojeda, la prosa de Ampuero es menos ritual o “poética” y más directa. Precisa, contundente, cruel.

En la colección de cuentos se plasman más abiertamente complejas problemáticas políticas y culturales de Latinoamérica. Un aplauso al que escribió la contraportada porque resume de forma bastante acertada el libro y menciona que “aborda todos los horrores y maravillas que se encierran entre las cuatro paredes de una casa: el espanto y la gloria de nuestras vidas cotidianas”.

Ampuero observa con lupa las dinámicas de poder, el amor, la familia y el abuso desde la mirada de personajes, a quienes el mundo nunca les dio una oportunidad. La voz narrativa de la escritora es sutil pero dura; sus cuentos, miniaturas afiladas. Cada relato, cada acción y cada personaje revelan mundos enfermos y despiadados contados con una belleza y claridad de lo más perturbadoras.

Pelea de gallos es un libro que, como el de Ojeda, aborda las atrocidades del cuerpo, la exploración de un erotismo monstruoso y las implicaciones terribles de ser mujer. María Fernanda Ampuero muestra realidades descarnadas cuyos huesos blancos brillan y deslumbran. La mayoría de los cuentos me gustan mucho, pero hay tres en particular que me impactaron: “Subasta”, “Pasión” y “Luto”. Recomendadísimos.

Una cita de Nefando dice que “hay dos formas de encarar nuestra humanidad: cavando en el cielo o cavando la tierra. Nubes o gusanos. Celeste o negro. Normalmente todos cavamos el cielo porque sólo los locos miran hacia abajo y escarban. Se supone que queremos la inmensidad, pero no la nuestra, sino la que nos excede, y esto está siempre muy lejos de la piel y los huesos; muy lejos del polvo al que volveremos y con el que alimentaremos el pasto. Te digo una cosa, […] siempre es mejor cavar la tierra”.

A Ojeda y Ampuero no les importa el cielo, cavan profundo en la tierra y revelan la condición humana, lo que habita en la inmensidad de nosotros, lo monstruosa que es la humanidad, lo monstruoso que es encontrar la belleza dentro de tanto horror. La narrativa de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero es una escritura-cóndor: carroñera y magnífica.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.
“Luncheon on the Grass”, 1863. Edouard Manet. Obra de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.

La gente ociosa siempre es la más amena; su compañía, el mejor provecho

En algún punto hay que mandarlo todo al carajo. Nada es tan grave o importante para revocar esta sabia máxima de higiene mental. Y con esto no quiero decir que insultemos al resto de la humanidad cuando se nos antoje, ni que dejemos de honrar nuestras deudas y obligaciones —por más que la idea de fastidiar a algunas personas y la de morir dejando una millonaria deuda al banco, me resulten coquetas. El punto es otro: sea como sea moriremos, tarde o temprano, un día o una noche, y aceptar esa condición es entender que en la vida la excepción es la base de todas las reglas.

Decía Alain que los perros son grandes maestros para el ser humano, entre otras cosas porque nos enseñan la importancia de bostezar. Y es que, de cierta forma, el bostezo es una declaración, la expresión de algo. ¿De qué, pues? ¿de que tenemos hambre o sueño? No. O sí, y según ciertos estudios también es un mecanismo de enfriamiento del cerebro, pero no solo eso, hay algo más en la imagen: el perro interrumpe lo que sea que esté haciendo, abre el hocico en toda su extensión, descubre dientes, lengua, paladar, y luego cierra de golpe.

Su gesto es una lección magistral de relatividad; refuta la seriedad universal, la rigidez de las relaciones humanas; nos dice que nada es tan grave como parece, o como queremos creerlo. Y, además, como todxs sabemos, los bostezos se transmiten inexplicable pero irremediablemente y en ese simple hecho reside la prueba misma de su necesidad.

“Urgente”, “importante” y “prioritario”. He aquí tres malgastadas palabras que día a día se devalúan y pierden sentido en el teatro del mundo laboral. Entre la angustia y el desánimo, millones de asalariadxs las recibimos de jefxs que las esgrimen sin ninguna consideración —a menudo sin siquiera pensarlo—, y con solo el deseo de presionar, de darle giros de tuerca a la Máquina y mostrar que ahí están, al acecho, expectantes al más mínimo error de nuestra parte para acomodarse las mangas y dejarse caer con todo el peso de su ridícula autoridad.

Con frecuencia me pregunto: ¿alguna vez en la historia habíamos necesitado, tanto como hoy, de tiempos muertos? Momentos de pausa, espacios diáfanos, libres de producción, instantes de puro ocio —y ya sé que la “pureza” del ocio, como la pureza de cualquier cosa, excepto quizás la del whisky, estará siempre en entredicho.

Hoy todo se trata de producir (se) y disciplinar (se), de limitar cualquier posibilidad de recreo, y no hace falta leer a Lipovetski, a Rosa de Luxemburgo o a Byung-Chul Han para darse cuenta. Basta con tomar un café entre amigxs y no tardará alguien en mencionar un milagroso Couch con más poder que todos los chamanes de Siberia, o, al navegar unos minutos en redes sociales, saltará un aviso de tipo: “¿QUIERES DEJAR DE PROCRASTINAR? NOSOTROS TE DECIMOS CÓMO Y ARMAMOS TU CALENDARIO”.

Incluso al entrar a una librería o pasando por la caja registradora de un supermercado aparecerá el equivalente de la autobiografía de Steve Jobs entre las novedades, o la cara sonriente de Donald Trump en la carátula de ¿Por qué queremos que seas rico? el último libro de Robert Kiyosaki, gurú del pensamiento ejecutivo y vaca sagrada de la literatura de auto-explotación personal.

***

Hace días sostuve un debate sin sentido con un buen amigo. Indignado (y con toda la razón), balanceaba su cerveza de un lado a otro mientras me contaba sobre una nueva y escalofriante tendencia que había notado entre la gente: muchxs afirmaban con orgullo que cada vez duermen menos y producen más.

— ¿Acaso nadie les ha enseñado a mirar por la ventana? ¿No tienen abuelos? — insistía él.

— Sí, seguro también hacen cursos de lectura rápida —repuse— Pero bueno, ¿podríamos echarles la culpa? Este mundo nos empuja a volvernos una corporación con patas, este cuentico del emprendimiento, “yo soy mi propio jefe” y otras aberraciones. Antier leí el blog de un español que organiza todos sus viajes en Excel. Agenda una actividad para cada hora, desde las 8 am hasta las 10 pm.

— No joda, ¿y les pone color?

—Amarillo para las actividades de playa, verde para las salidas al parque, gris para el museo…

—Pues su blog debería llamarse Yo, robot… Definitivamente estamos condenados. Vivimos literalmente bajo la dictadura del carpe diem… resulta que si uno no hace diez mil cosas en el mismo día entonces está malgastando su vida…

— ¡Pura hipocresía! Como si no se tratara de consumir, en el fondo. Consumir lugares, consumir experiencias, consumir personas. ¡Qué puto horror! Me recuerdas la historia del Wellness…

—Ajá, ¿y esa cuál es?

—Una triste, pana… en realidad eso nació en el siglo XIX, con la crítica al sedentarismo de la sociedad industrial, que degeneraba cuerpos y mentes, pero vino a estallar mucho después: por allá en los años cincuenta unos gringos, en su mayoría ejecutivos, empezaron a interesarse mucho por el cuidado de la mente. Ya sabes, yoga, acupuntura, Feng-chui, veganismo y otras prácticas de la “sabiduría oriental”. Eran tiempos de nuevas utopías, tiempos en que las comunas hippies, y proyectos como el de Auroville en India se hacían famosos…

—Vaya, pana, te pusiste nostálgico.

—No creas. Los hippies de hoy son los yuppies del mañana… De hecho, estos gringos que te cuento vieron la potencia del concepto. Reemplazaron fitness con wellness.

— Aja, ya no se trataba solo de adelgazar sino también había que purificar el espíritu.

— Exacto. Y claro, de ahí a los Spa de lujo, los centros de vanidad y los consorcios de Wellness el camino es corto. Una vez más el capitalismo lo logró, absorbió algo que parecía interesante… Además ahora ni siquiera lo esconden, dicen que wellness significa “mayor eficiencia laboral”. Cualquier multinacional que se respete compra plantas, pone música de fondo y ofrece cuartos de meditación a los empleados.

—Lo que sea para que el empleado se olvide de que está trabajando… y peor ahora, que uno trabaja desde la casa, o desde una isla tropical del caribe. No sé si nos vamos a convertir primero en robots o en zombies.

—Que comiencen los juegos del hambre

***

Lo bueno de las charlas de taberna es que uno las olvidas fácilmente. Pero a veces aflora un detalle, una idea, un hilo que te lleva a lugares insospechados. Así ocurrió con los brotes de anarquía efímera de aquella tarde. Volví a un punto: la siesta. No habíamos mencionado a las compañías japonesas que las pusieron de moda ni su historia, que también debía empalmar con la historia del ocio. Me sentí raro al recordar que, incluso yo mismo, había recomendado la siesta decenas de veces entre mis conocidxs. Era la receta perfecta para seguir auto explotándose sin sufrir. Entonces decidí cavar otro hoyo de conejos y me pregunté por su origen.

Parece que la palabra siesta viene del latín e indica la sexta hora. Es mediodía, la mitad de la jornada laboral, el momento más caluroso en ciertos lugares del planeta, o cuando menos uno de los más agotadores (pues ya lleva uno trabajando cinco horas o más). Pero había otro elemento esencial, la comida. La siesta es una consecuencia biológica de la digestión, pues entre más copioso sea el almuerzo, más sangre baja al estómago y se produce eso tan bello y tortuoso que en México llamamos “mal del puerco”. España suele preciarse de ser artífice o cuando menos la guardiana más aguerrida de esta tradición mundial, aunque las cifras de hoy muestran lo contrario. No cuesta, en cambio, mucho esfuerzo imaginar a vasallos y ciudadanos de la Roma antigua parando la actividad, dando paso a ese momento sagrado de la vida comunal, que habría de expandirse a lo largo y ancho del continente.

En Historia de la nocturnidad, el historiador Roger Ekrich descubrió fascinantes detalles sobre la vida nocturna en el pasado. Todo indica que antes de la revolución industrial y el alumbrado eléctrico que imponía su día en medio de la noche, la gente dormía en dos fases, y no en una, como hacemos (más o menos) ahora. Antes había un “primer sueño” ubicado entre las ocho y las once de la noche, y un “segundo sueño” que iba aproximadamente de las dos de la mañana hasta el amanecer.

Lo que ocurría en la mitad de esos sueños responde mucho al ocio: encuentros nocturnos entre amigxs, familiares y desconocidxs en torno al fuego, intercambios en las tabernas y comercios que seguían abiertos; transacciones y relaciones carnales (maritales, adúlteras y de prostitución); desenvueltas charlas en la cama; paseos sin otro fin que el de divagar en medio de la noche. En otras palabras, una poética de la licencia y la vida improductiva tal y como la conocemos hoy.

***

El ocio de antes estaba encarnado en la figura del simpático haragán. Este personajillo vivía alegre, se paseaba por la vida con desenvoltura, siempre buscando la forma de rodearse de amistades para compartir con ellas la diversión y los placeres mundanos. De un banquete a la taberna, de una fiesta a la orgía, del sueño largo e ininterrumpido al festín mañanero. Como dice Vivian Aveshunan, “el ocioso sigue como si no hubiera perdido el paraíso, como si siguiera viviendo en él” 1.

En eso cree el heróico Dandy de Baudelaire y el Dorian Gray de Oscar Wilde. A él también se refiere Stevenson en su inmortal Apología del ocio; “son los benefactores que nos hacen sonreír cuando nos los topamos, o sazonan nuestras comidas con su buena compañía”.

Sin embargo, es claro que el ocio se ha desfigurado. El sistema lo estudió, lo asimiló y nos lo ha devuelto procesado, como un producto más de la canasta básica/familiar. Lo encontramos en lo que Carlos González llama “la tiranía neoliberal del número”, esto es, la horrible propensión de pensar y adorar el cuánto. ¿Cuántos países has visitado?¿ Cuántos ¿libros has leído?¡ Cuántos idiomas hablas? Sin lugar a dudas, una presión que solo lleva a la esclerosis.

Recuerdo que hace años, cuando trabajaba en una escuela primaria del sur de Francia, me asombraba que tuviera un Centro de Ocio. Y no porque fuera algo único (la mayoría de escuelas públicas tenían uno), sino porque había logrado sistematizar los goces infantiles del juego.

El concepto es simple: un grupo de jóvenes recreacionistas encuadran las actividades de los niños en torneos, talleres y performances que se repiten durante dos o tres horas. Fútbol, basquetbol, ping-pong, iniciación a la cumbia, juegos de mesa, taller de plastilina y cientos de cosas más. Ya lo sé, suena como un paraíso para niñxs o el cielo al que vas si mueres sin crecer demasiado y siempre te portaste bien. Nunca habría imaginado ver las fisuras del ideal desde adentro.

Había un niño llamado Jules. Era, lo que se dice, un dechado de virtudes. Inteligente, sensible, solidario y risueño. Decía que de grande sería naturalista para cuidar a las plantas y luchar contra el cambio climático. Cumplidos sus ocho años, Jules cambió un poco. Se lo veía errático, poco seguro de sí mismo, no tan gracioso como siempre. En una palabra, Jules parecía angustiado.

Una tarde en que su mamá vino a recogerlo, decidí llamarla aparte y hablar con ella. Me contó que Jules estaba muy nervioso por algo que poco tenía que ver con su situación familiar. ¿Qué preocupaciones puede tener alguien a esa edad y en una situación socio-económica y cultural tan favorecedora? Me preguntaba. “Desde el año pasado mi hijo se estresa tres veces al año, justo unos días antes de las rondas finales del torneo de ping-pong”. La revelación me sorprendió tanto que casi me rio. Luego descubrí que Jules no era el único. Había muchxs como él, que conocían las neurosis de la vida adulta a destiempo y por cuenta del ocio.

No hay mayor vértigo que la obligación de llenar todos los instantes de la vida con algo. Probablemente de ahí nació lo que ahora conocemos como “contenido”. De la incapacidad de aceptar el vacío, la nada; de la necesidad de entregarnos a experiencias pre-elaboradas a marabuntas de ocupaciones sin sentido. Lo más curioso y lo más aterrador es que esas directrices forjan otra cárcel, la del tedio absoluto. “La exigencia de llenar de intensidad todos los momentos del tiempo que se nos ha asignado en la vida acaba siendo una monotonía asfixiante”, diría Slavoj Zizek.

Por todo lo anterior, quizás sea hora de parar de vez en cuando. Observar, escuchar, sentir, entregarse a la realidad sin miramientos. Imaginar un nuevo ocio provisto de improductividad, un espacio más allá de los dictámenes de “ser felices” y “divertirse”, cadenas que solo nos sumergen en un universo distrópico (que no distópico) en el que las personas son obligadas a sonreír so pena de recibir un disparo en la sien.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El nacimiento del jazz moderno cuenta con tres héroes: Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonious Monk. La revolución que supuso el salto del swing al bebop no fue una aportación de las escuelas de Nueva York, Chicago o la Costa Oeste: vino de Kansas y las dos Carlonias, Norte y Sur.

Pero las complejidades armónicas que el movimiento detonó no fueron la pasión de Monk, quien se inclinaba por disonancias y estructuras más ambiguas, demarcándose del nuevo estilo que causaba sensación. De ahí que al principio sus interpretaciones poco convencionales no fueran del todo comprendidas. Sería hasta la década siguiente cuando viviría su esplendor como pianista y compositor.

Nació en Carolina del Norte en 1917. Fue uno de los músicos que estuvo presente en las míticas sesiones en el Minto’s Playhouse, el club de Nueva York donde surgió el bebop. “Yo no estaba pensando en cambiar el curso del jazz. Sólo intentaba tocar algo que sonara bien”, diría después cuando le preguntaban acerca de aquellas veladas. Era uno de los músicos más jóvenes de los ahí reunidos. Sin embargo, su manera de innovar causó conmoción. Nadie lo conocía por entonces y no tenía un empleo. Pero se convirtió en el pianista fijo del Minto’s.

A pesar de esto, los cuarenta fueron una década perdida para Monk. En el 42 trabajó para Lucky Millinder, en en 44 con Coleman Hawkins y en el 46 con Gillespie, pero la oportunidad de liderar su propio conjunto y grabar no se presentaba. Las sesiones que había protagonizado junto a Parker y Dizzie eran una figura casi olvidada. La obsesión por la velocidad de los boppers no casaba con su visión, él prefería los tempos medios y lentos. Su manera de improvisar esta anclada en la pausa. Además se metió en problemas, como la mayoría de los jazzistas de la época, al iniciarse en el consumo de drogas.

Monk aprovechó su permanecer en la sombra para consolidar sus ideas y en la década de los cincuenta resurgió. En el 47 y el 48 había puesto en marcha este renacimiento con sus grabaciones para Blue Note. Donde se advierte una madurez que lo situaría en el lugar que le correspondía, comenzaría a consolidar su sello personal y grabaría una de las piezas más significativas en la historia del género: Round Midnight. Su conducta extravagante era uno de sus rasgos más marcados, junto a su look, la barba de chivo, los sombreritos o la boina francesa y el ocasional bastón.

En 1951, en pleno auge de su dominio de la escena, su licencia le fue retirada porque lo detuvieron en posesión de estupefacientes. Lo que lo llevó a estar ausente de los clubes de Nueva York por un periodo de seis años. Las grabaciones de ese periodo documentan una época dorada dentro de su proceso creativo. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta Monk ascendería en la cima del mundo del jazz.

A lo largo de su carrera, Monk atemperó sus tendencias vanguardistas con melodías sencillas, repetitivas y casi infantiles. Sin embargo, siempre trataba de ir más lejos y construía también intrincados laberintos musicales en los que muy pocos músicos podían seguirlo. En otro extremo se situaba el Monk baladista, que con Ruby My Dear evidenciaría sus enormes lazos de la música tradicional norteamericana. Toda su vida la recepción crítica de su obra estuvo sujeta a la incomprensión de los críticos, quienes casi siempre reaccionaban de manera tibia, aunque otras veces lo ensalzaran, hasta después de su muerte, que obtuvo el reconocimiento unánime.

A finales de los cincuentas la disquera de Monk, Riverside, tuvo la brillante idea de empatarlo con los mejores saxofonistas de la época. Uno de ellos fue su paisano John Coltrane, uno de los hardbopper más furibundos de la escena. De esta asociación se desprendió el álbum Thelonious Monk with Jonh Coltrane, un disco que se ha convertido en un referente al ser una de las razones para inducirlo al Salón de la Fama del Grammy. Resultado de las muchas noches en que ambos músicos incendiaron el Five Spot Café en 1957. Coltrane estaba a punto de convertirse en el principal saxofonista de su tiempo y su último peldaño en su preparación fue su choque con Monk. Sólo estuvieron juntos unos meses, pero sirvieron para que Coltrane terminara de foguearse. Siempre mostró admiración por el pontífice: se refería a él como “arquitecto musical de primer orden”.

http://https://www.youtube.com/watch?v=dD51O1j4NAg

En el 58 Monk por fin consiguió que las revistas especializadas se rindieran ante su talento: Down Beat, en una encuesta por el mejor del año lo situó en el número uno. Pero también fueron años problemáticos para el pianista. Empezó a ser aquejado por problemas psicológicos. Durante los años sesenta recibió tratamiento para la depresión y su personalidad se fue haciendo cada vez más distante. Durante los años setenta permaneció recluido. Sólo tuvo tres actuaciones, la última en 1976.

Como Charlie Parker, Monk también pasó tiempo en hospitales psiquiátricos. Y también como Parker, fue muy amigo de la baronesa Pannonica, quien junto a la esposa del pianista, veló por su salud hasta que sufrió un derrame cerebral el 5 de febrero 1982. Permaneció doce días en el hospital Englewood de y fue sepultado en el cementerio de Ferncliff en Hartsdale, Nueva York.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

Leí La rinoceronta en el cuarto por primera vez en 2020, por recomendación de Yendi Ramos, mi maestra de poesía durante el último diplomado que estudié. Eligió el Poema nación para introducirnos en las letras de esta autora, supongo, por el tono crudo con el que retrata aquello envuelto en el sexo: “Imponme tu lengua / y siente / cómo se defiende / la mía / Colonízame si puedes / o riega de ti mi tierra / porque sin tierra / una se marchita.”

Tan pocas palabras para reflejar la guerra que es un beso, la defensa de la tierra que es la madre de todas, en donde están todas nuestras madres. “Entierra tus muertos / en mi vientre / que yo les daré patria,” dicen los últimos versos, porque la tierra da vida a aquello que el hombre destruye, y el cuerpo de la mujer es fecundo y de ella son todos sus hijos.

Quizá fue aquel el primer acercamiento que tuve a la consciencia de mi propio cuerpo. Al pensar en mí misma como tierra me supuse fecunda, con la diferencia de que, al habitarme, mi libre albedrío me permitía decidir si quería ejercer aquella capacidad o no.

Luego vino Rinoceronta, el primer poema del libro. Arranca con el epígrafe que abre este ensayo: “Y pedirte que te montes en mi culo de rinoceronta.” Y sigue: “y que me hagas bramar de dicha.” Pensé en un rinoceronte: aquel animal de piel gruesa, de cuerpo que pesa toneladas, y sólidos cuernos en la nariz, el suelo tiembla ante su trote.

Los cuernos del rinoceronte están hechos de queratina, la misma proteína que construye mis uñas y mi pelo. Wikipedia dice que los rinocerontes tienen el oído sensible, pero muy mala visión. Como yo, que aprendo y absorbo el mundo a través de mis oídos porque mis ojos siempre han sido débiles.

“Móntame, como rinoceronta en celo”, dice Svetlana Garza. Y yo pienso en mis piernas gruesas y fuertes que han andado treinta y siete años sobre la tierra; de donde soy y adonde volveré en la muerte. Pienso en mis nalgas redondas que levantan mi falda y rellenan mi pantalón para que en ellas se transmita la fuerza de mis pasos.

Pensé también en mis senos y mi vientre que obedecen a la gravedad. Pensé en la rinoceronta en celo, en su cuerpo fuerte y recio que soporta el peso y el deseo del rinoceronte. Porque una rinoceronta tiene que habitar el mundo de esa forma, porque sus pasos pesan y su furia solo podría contenerse dentro de una piel gruesa y rugosa como la suya.

Llegar a la Rinoceronta, para mí, no fue solo apreciar la lírica o las palabras en un orden y un lugar correctos. Fue también encontrarme en un libro, en un poema que hablaba por mí, que pedía la fuerza que siempre he querido ver, porque en la cama, sin ropa, se igualan las cosas: “Cógeme […] / con la fuerza que te dijeron / no usaras nunca contra las mujeres.” Entre más grande es un cuerpo mayor fuerza puede tener.

El rinoceronte blanco, que puede pesar hasta tres mil seiscientos kilogramos, es el segundo animal terrestre más grande, después del elefante. En las imágenes que existen en internet sobre el apareamiento de este animal, ¿el macho tendrá idea de la diferencia que hay entre él y la hembra? Me gusta pensar que algunos razonamientos son inútiles en el reino animal, y que este es uno de esos casos.

El rinoceronte solo debe entender que a su particular tamaño solo corresponde una hembra igual de enorme, sólida y poderosa. Ni siquiera necesita ponerse a pensar en estas pequeñeces porque la naturaleza hizo lo propio y le otorgó como compañera a aquella hembra que sería capaz de sostenerlo, aún si esto implica que ella deba poseer un tamaño superior e imponente. Pienso de la misma forma de todas las otras criaturas distintas a la especie humana.

¿Por qué, entonces, es tan difícil de asumir entre nosotros, nosotras, esa diferencia?  ¿Por qué si mi compañero es grande, enorme ―ya sea de forma real o simbólica―, es mi responsabilidad ceñirme a ciertas dimensiones para corresponderle, para merecerlo?

El tamaño resulta contraproducente. Quizá el ser humano es la única especie capaz de comprender lo que implica encarnar ciertas dimensiones específicas. Solo las personas tenemos palabras que en diferentes idiomas nombramos las tallas, alturas, pesos, medidas corporales, pero también somos quienes descartamos las características que, en grupos sociales específicos, toman diversos matices en función del tono que les conferimos.

Pero los cuerpos grandes siempre han existido en el mundo de las letras. Bola de sebo, por ejemplo, es un cuento publicado en 1880 por el escritor francés Guy de Maupassant. El texto narra la coincidencia entre tres matrimonios adinerados, un par de monjas, un revolucionario llamado Cornudet y una señorita “de la vida galante” a quien nombra Bola de Sebo haciendo referencia a su apariencia física.

La diligencia que los transporta se dispone a emprender un viaje para escapar de la ocupación prusiana, pero el trayecto se ve dificultado por una serie de imprevistos. Solo Bola de Sebo lleva alimentos. Dadas las circunstancias, la mujer decide compartir sus provisiones. El grupo se ve obligado a parar en una posada en la que un oficial prusiano impide continuar a menos que Bola de Sebo pasa una noche con él.

Los pasajeros insisten hasta convencerla, pero por haber aceptado la mujer no tiene tiempo de prepararse algún alimento durante la noche para el resto del viaje. Una vez que lo retoman, además de ser objeto de las miradas y las críticas silenciosas de hombres y mujeres, Bola de Sebo no merece que alguien comparta con ella el alimento.

¿Por qué existe esta clara correlación entre la apariencia física, la comida, la culpa y lo oculto, representada en este cuento? Porque Bola de Sebo, que muestra en todo momento cualidades como la generosidad, es quien encarna estas dimensiones “no comunes”, “inaceptables”. También es quien carga por eso con el deber del sacrificio en nombre del grupo.

En silencio es coaccionada para aceptar que su cuerpo enorme sea la moneda de cambio que pague por la vida de los matrimonios adinerados, las monjas y el revolucionario. Y una vez cumplido este cometido, ese cuerpo deja de ser merecedor de alimento. ¿De dónde nace esta imposible relación?

Porque en lo cotidiano funciona de la misma forma: es mal visto que comas ciertas cosas si tu cuerpo se sale de cierto molde. Es mal visto si, siendo hembra, ocupas más espacio que el macho con quien te correspondes. Es mal visto que las dimensiones de tu cuerpo ocupen por sí sola ciertos espacios. Es mal visto que no te sientas culpable por ser más grande, más corpulenta, más sólida o fuerte que otros individuos de tu especie.

¿Sería posible, a través de la comparación evidente entre estas dos representaciones literarias de los cuerpos grandes, resignificar la manera cómo los apreciamos en la vida real?

¿Qué nos falta para sacar a las rinocerontas, a las elefantas, a las ballenas, a las morsas y a todas las otras animalas de las cárceles en las que las hemos metido?


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración por Pinchi Necro

Imperioso, colérico, irascible,

extremo en todo, con una imaginación disoluta

como nunca se ha visto,

ateo al punto del fanatismo […]

Mátenme de nuevo o tómenme como soy,

porque no cambiaré.

Donatien Alphonse François de Sade

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Le pego tan duro que soy como el Marqués de Sade

Rc a Lobo Estepario, FMS México, Jornada 2

 

I. Libertinaje bajo palabra

En los albores del siglo XI, en una ciudad humedecida por el río Arno, enclavada en la Toscana italiana, un monje benedictino encontró en su mano izquierda los esbozos de un sistema de notación musical: el tetragrama. Descendiente sinecdótico de Aristógenes de Tarento, Guido de Arezzo —con la culpa de la impureza en sus labios— concibió un modo de entender el mundo entre cuatro líneas y tres espacios. Sería el Himno a San Juan Bautista el que nominara la altura de las escurridizas notas y prefigurara la notación que persiste hasta nuestros días. En su Micrologus de disciplina artis musicae, el monje fragua el conocimiento polifónico de la Edad Media y así, en la cárcel de la forma, la melodía se encontró manumisa de su condición de breve instante.

Dos siglos después, en la misma ciudad toscana, un sabio vate que escuchaba “en rimas el desvelo del suspirar”, comenzaba la primera advocación femenina del mundo moderno: Laura, que es también el árbol apolíneo, el laurel, y es asimismo, como escribe el estudioso Ángel Crespo, “la identificación, en principio de origen fonético […], de Laura, con l’aura, es decir, el aire, que termina por hacer de la amada un elemento vivificador del poeta”.1 Esta advocación, más allá de un nombre, es también la novedad de un proceso poético.

Como advierte Crespo, Petrarca juzgaba las rimas de su Cancionero, escrito en lengua vulgar como naderías, escritas en “lengua pobre, en comparación con la latina”.2 Es necesario recurrir al egregio autor de la Commedia para esclarecer la sevicia del sentir de Petrarca:

conviene hacer notar que antiguamente no había cantores de amor en lengua vulgar, aunque había algunos que componían versos latinos […] Y lo que movió, se dice, al primero de todos, no fue sino el deseo de darse mejor a entender de cierta dama a quien era desconocida la lengua latina […] la rima fue inventada con el fin de cantar cosas de amor.3

La diferencia entre el poeta y el rimatori era la lengua. Sin embargo, Petrarca, a pesar del sumario juicio sobre sí mismo, encuentra en su Cancionero el camino que la lírica italiana seguirá después de las Tres Coronas del siglo XIV. La emancipación de los cánones establecidos—gobierno, moral y religión— en un ansia libertaria será la constante en los tiempos venideros, no sólo en Italia, sino en el resto de Europa. Si Dante hablaba de la “lengua de oc” y la “lengua de sí”, refiriéndose así al occitano y al italiano en su disertación a propósito de la poesía, ésta encontraría su propio derrotero, y del mismo modo, su libertad, que en pluma de Petrarca es “prebenda del que es siempre amante, libre de toda condición humana”.

 

II. El miedo al libertinaje

Si en Petrarca el apolíneo laurel es también aliteración e imagen de la sombra, humana y cercana —a diferencia de la Beatriz de Dante, que es la silueta del ansia—, el nombre al que se le asocia, Laura, recorrería algunas centurias para encajarse en el árbol genealógico de un hombre que en 1793 se describía como de “talla, cinco pies, dos pulgadas; cabello, casi blanco; cara rechoncha, frente descubierta, ojos azules, nariz ordinaria, mentón redondo”.4 Nacido el 2 de junio de 1740, Donatien Alphonse Françoise, descendiente de una de las familias más antiguas de Provenza, que en su escudo de armas llevaba: “gules con una estrella de oro ornada de un águila de sable cebo y coronada de gules”,5 se convertiría, durante su vida, en denostado escribano, huésped de La Bastilla, adúltero confeso, irredento sicalíptico; después, a su muerte, en revolucionario, depravado o, cuando menos, inestable; leyenda, personaje cinematográfico y, en última instancia, un personaje ineludible en la cultura occidental contemporánea.

Se le suele considerar al Divino Marqués como el summum de una literatura fascinante por mundana, impúdicamente subversiva; pero también por ser obscena y denigrante, por estar opuesta al mínimo sentido de humanidad y misericordia en los ríos de perversiones que en su más conocida prosa se encuentran. Si se recuerda la película de 1975 de Pier Paolo Pasolini, Salò o le 120 giornate di Sodoma, que, como la obra del Marqués de Sade, ha sido censurada y vilipendiada, así como celebrada por igual, puede advertirse las sensaciones que su obra provoca. Sin embargo, la referencia a una película abiertamente provocadora, basada apenas en el libro de Sade, denota una reticencia a conocer los intersticios de una personalidad que, hasta hoy, doscientos años después, se conserva ignota y deificada por profundos arrebatos moralinos o por una absoluta ignorancia. Escribe la siempre necesaria Simone de Beauvoir:

Las críticas que no hacen de Sade ni un canalla ni un ídolo, sino un hombre, un escritor, se cuentan con los dedos de una mano. Gracias a ellas, Sade ha pisado por fin tierra entre nosotros. ¿Pero dónde se sitúa exactamente? ¿Por qué merece que nos interesemos por él? Sus propios admiradores reconocen gustosamente que su obra es, en su mayor parte, ilegible; filosóficamente, no escapa a la banalidad más que para zozobrar en la incoherencia.6

Para encontrar el sitio en donde Sade y su obra deambulan por las páginas de la historia, es necesario reconocerse en el estero del Renacimiento, donde se vislumbra ya la Edad Moderna —después de hitos tan disímiles en el tiempo como los oficios de Lutero y Calvino o la caída de Constantinopla—. A inicios del siglo XVII ven la luz algunos textos que pueden designarse como “libertinos”. Y es justamente Juan Calvino quien publica, en 1545, Contre la secte des phantastique et furieuse des libertins, qui se nomment spirituelz, así como Briève instruction pour armer tous bons fideles contre les erreurs de la secte commune des Anabaptistes, en donde escribe “si tengo tiempo de hacerlo, escribiré otro pequeño tratado contra la segunda banda de la cual he hablado, la de los libertinos”.7 Aquí, cabe señalar, como advierte Mauro Armiño en su edición de Cuentos y relatos libertinos, que la palabra a la que alude Calvino se refiere, como consigna el segundo tratado, a los anabaptistas que:

se sienten con la capacidad de pensar libremente y tachar a las religiones reveladas de imposturas; con “violencia teológica” y blasfema, los anabaptistas y su “banda” niegan el pecado, según Calvino, y predican la comunidad de bienes, de donde se deriva una libertad de costumbres que rompe las convenciones y normas de cualquier orden establecido “una bella doctrina para putas y rufianes”, propia de ateos y de materialistas, según [el reformista francés del siglo XVI] Guillaume Farel”.8

Armiño hace un somero mas puntual recorrido por el desplazamiento semántico que el vocablo “libertino” sufrió a lo largo del tiempo: de designar al hijo del esclavo puesto en libertad se sucedió a nombrar a los que se oponían heréticamente a los preceptos de la reforma; de ahí, la carga semántica se torna peyorativa y se descubre como sinónimo de “impío, incrédulo, ateo, disoluto, depravado, licencioso, desvergonzado”.9 Si en un principio fue en el protestantismo en donde se dio este hecho, prontamente la religión católica compartiría sus reticencias, puesto que al estar en contra del orden religioso establecido, y con ello oponerse al poder político que legitima, el pensamiento libertino ponía en riesgo el statu quo. El primer libertinaje, concebido como “erudito”—es decir, anti dogmático—, encuentra en el poeta francés Théophile de Viau (1590 – 1626) a uno de sus representantes. Hugo Alejandrez advierte certeramente que:

En un poema que De Viau consagra al conde De Candale, uno de sus primeros protectores, la materia es un reservorio de todas las formas que los elementos (fuego, aire, tierra, agua), mediante asociaciones, podrán brindar a nuestro único universo: […] El temple que aceptaste al llegar al mundo/ Era de fuego, de aire, de tierra y de agua:/ Inmortales elementos cuyos cuerpos tan diversos/ Sorprendentemente mezclados hacen un único universo. En estos versos, lo escandaloso puede advertirse en la concepción materialista de los cuatros elementos que difuminaría al alma de extracción católica en una sociedad radicalmente religiosa.10

Aunada a la concepción materialista que apunta con acierto Alejandrez, Théophile de Viau fue conocido por el proceso que se llevó en su contra por un libro impreso en 1623, el Parnaso satírico, compendio de lúbricos poemas que contaba con uno firmado por Viau. Desterrado, enjuiciado y quemado “en efigie”, murió a los pocos meses de salir de prisión, exhausto y con la salud mermada. Un fragmento de un poema atribuido a él puede ser esclarecedor:

Por esta dulce apetencia de vicios

Por esto que me diste

Por tanto semen derramado

Que cien veces te lavó los muslos.11

De este modo, al libertinaje del pensamiento se unía el libertinaje del cuerpo. Ya no era sólo la contraposición a un dogma de fe, sino también la afrenta a lo que éste representaba: la potestad del cuerpo y de la mente en nombre de la religión. A decir de Jacques Prévot:

El libertinaje es la consecuencia inmediata de una quiebra de los modelos: el modelo de explicación del mundo por la ciencia, por tanto, el modelo de discurso teológico; el modelo de práctica cristiana; el modelo político y civil que conduce a la instalación de una monarquía absoluta; el modelo social donde se produce el conflicto entre los privilegios de nacimiento y el mérito personal; el modelo de literatura y de escritura. Francia vive un momento peligroso donde deben ser redefinidas las relaciones con Dios, con el mundo, consigo mismo y con los demás.12

Ante la severidad de la persecución de De Viau, tendría que pasar algunas décadas más en Francia para que el libertinaje, o la novela libertina, floreciera. Si junto a la figura del infortunado bardo convive también la novelilla anónima L’École des filles, la influencia de la publicación de la traducción de Las mil y una noches, en 1704, por Antoine Galland es decisiva para la cimentación de la novela, y con ella un nuevo modo de narrar y de estructurar, asaz, de relacionarse con el cuerpo y con la propia sensualidad. El autor argentino Ezequiel Alemian define que:

en términos literarios, lo que se conoce como novela libertina se extiende por Francia durante un lapso extremadamente breve, pero clave: comienza con la muerte de Luis XIV, en 1715, y concluye con la Revolución Francesa. Va de Voltaire a Casanova, aunque alcanza su apoteosis con Sade, y abarca a una gran cantidad de escritores de primera línea, casi absolutamente olvidados […].13

Entre estos escritores que empuñaron el estilete libertino pueden contarse, también, a Choderlos de Laclos, que con Las relaciones peligrosas alcanzó celebridad, Boyers d’Argens, con su Teresa filósofa, y a Jean-Charles Gervais de Latouche, que con su Historia de Dom Bougre, portero de Chatreaux denunció la lasciva vida monacal. En Inglaterra, por ejemplo, se puede sumar a John Cleland, autor de Fanny Hill, novela perseguida y calificada de pornográfica por pasajes como:

sonriendo como un ángel cogió una de mis manos y la llevó con gentil autoridad, hasta ese orgullo de la naturaleza, hasta esa suntuosa obra maestra. Yo, resistiéndome apenas, no pude evitar el palpar lo que no podía abarcar, una columna del marfil más blanco, maravillosamente veteada con venas azules, coronada por una cabeza descubierta del más vivo bermellón; ningún cuerno podía ser más duro y rígido, pero tampoco ningún terciopelo más suave y delicioso al tacto.14

La pluma del libertinaje se oponía al orden establecido; los calofríos ignotos eran exhibidos con premura y la literatura que nacía de ella se empeñaba en hacer del deseo una apuesta escéptica y vital en donde los límites de la moral se desquebrajaran.  Y sería   un devoto de la exuberancia, un testigo privilegiado del derrumbe de las instituciones francesas por su paso por el Terror y la creación de la República, alguien señalado entonces y en nuestros días el que fungiera como aquel feble eslabón entre la cordura y la demencia, aquel que se convertiría en el pináculo de esta corriente: el Marqués de Sade.

 

III. De libertinajes fantasmas o de la literatura como juego

Escribe Simón de Beauvoir: “Popularmente, sadismo significa crueldad; azotamientos, sangrías, torturas, asesinatos: la primera característica que impresiona en la obra de Sade es, en efecto, la que la tradición ha asociado con su nombre”. Y esta tradición ha nacido de la lectura imperfecta del corpus del Divino Marqués. Teniente de carabineros, Capitán por su participación en la guerra de Siete Años, asiduo a los prostíbulos, preso en cárceles y manicomios por casi tres décadas y noble, Sade es artífice de una obra que, inscrita dentro de una tradición libertina, descuella por su febril hechura, por su impudente estilo y por la leyenda que lo ha acompañado en lo político, en lo personal y en lo estético. El 2 de julio de 1789, prisionero en La Bastilla, desde la ventana de su crujía arengó a la multitud a liberar a los presos porque en la prisión se les degollaba. Para Guillaume de Apollinaire:

[…] es harto difícil llegar a descubrir las razones que excitaron la furia del pueblo y lo impulsaron justamente contra una prisión casi desierta. Pero no es imposible que hayan sido los llamados del marqués de Sade, así como los papeles que arrojaba por su ventana y en los que detallaba las torturas a que eran sometidos los prisioneros del castillo, los que, al ejercer cierta influencia en los ánimos ya excitados, desencadenaran la efervescencia popular y provocaran, por fin, la toma de la vieja fortaleza.15

Si la voz desaforada del Marqués de Sade indujo a la plébula a tomar La Bastilla —que contaba con menos de una decena de prisioneros en el momento del suceso—, y con ello darle fin, simbólicamente, al Antiguo Régimen, es incierto, y quizás, improbable. Incluso, el Marqués, para ese día, ya no se encontraba en La Bastilla, puesto que lo habían trasladado a Charenton diez días antes.

En cuanto a su vida pública, se sabe que en 1768 fue acusado por haber “desmenuzado en Arcueil, con un cortaplumas, a una mujer que había hecho desnudar y atar a un árbol, y de haber volcado sobre sus llagas vivas lacre ardiente”.16 Al respecto, George Bataille afirma:

Sade no tuvo esta crueldad sin límites. Tuvo a veces complicaciones con la policía, que desconfió de él, pero que no pudo imputarle ningún crimen verdadero. Sabemos que acuchilló a una joven mendiga, Rose Keller, a navajazos, y derritió cera caliente en sus heridas. […] Una pasión, que quizá maldijo a veces, hacía que el espectáculo del dolor de otros le transportara hasta el extremo de trascender al espíritu. Rose Keller, en un testimonio oficial, habló de los gritos abominables que le produjo el goce.17

Si bien la sola sospecha de aquella magnitud de violencia es execrable, es cierto que episodios como ese, así como la leyenda alrededor de su morada, aunada a los múltiples encarcelamientos por deudas y un comportamiento errático, contribuyeron a forjar una imagen en la que el Marqués era irrefrenable sexualmente, si bien, como menciona el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán “Hay que saber separar en su obra todo lo que es alegato temporal, o táctica destinada a los poderes del momento, de aquello que constituye su pensamiento auténtico”.18 En este parágrafo, Gaitán Durán apuntala la opinión de De Beauvoir, quien señala que Sade, en su juventud, no es un revolucionario y mucho menos un rebelde, al grado de que acepta desposarse con una mujer por órdenes de su padre para no perder su rango ni su posición, es decir, sus privilegios:

algo común a la mayoría de los jóvenes aristócratas de aquel tiempo. Vástagos de una clase en declive que hasta hace poco ha detentado un poder concreto pero que no posee ya ninguna posesión real sobre el mundo, intentan resucitar simbólicamente en el secreto de las alcobas a condición de la que guardan nostalgia: la del déspota feudal, solitario y soberano.19

Sade no se diferencia de sus coetáneos sino hasta que vive el encierro durante once años.  A la vista de la guillotina —es condenado a muerte a mediados de la década de los setenta—, y con los excesos de la carne vedados por los muros, comienza su otra vida, aquella por la que sería conocido y recordado: la escritura. La mayor parte de su obra la escribió en prisión, ante el reconocimiento que es en el encierro en donde su moral no depende de la convención de algún otro. Como escribe Maurice Blanchot: “Sade posee una moral fundada en el hecho de la ‘soledad absoluta’, se aboca a contemplar la naturaleza sin mediaciones, y por ello enfatizará los bajos instintos como hechos naturales”,20 puesto que no tiene un imperativo categórico, en su solipsismo él recrea y fustiga los vicios de carácter de una sociedad en transición. Si la nobleza —a la que Sade pertenecía— podía entregarse a los arrebatos sicalípticos, era necesario señalarlo y condenarlo, puesto que lo hacían a escondidas de la moralidad establecida, del mismo modo que hacían desde el dogma religioso. El modo de retratar a sus personajes es también un modo de reconocerse en ellos.

Que Sade, unas veces por aturdimiento, otras por generosidad, haya sido capaz de audacias extravagantes no contradice la hipótesis de una timidez asustadiza con respecto a sus semejantes y, más en general, ante la realidad del mundo. Si él habla tanto de la firmeza de espíritu, no es porque la posea, sino porque la anhela: en la adversidad, gime, se perturba, se extravía.21

A la figura del Divino Marqués como Pan reencarnado, Beauvoir contrapone a un hombre de espíritu debilitado por las deudas, el encierro y la desazón de una vida atribulada por un temple corruptible. Aun así, a obras como Justine o los infortunios de la virtud —de quien se niega reiteradamente, sin éxito, a hacer una y hasta dos secuelas— o Juliette o las prosperidades del vicio —que fue dada a conocer contrariando el deseo del Marqués— se unen obras como Filosofía en el tocador o Diálogos entre un sacerdote y un moribundo para ser mostrar que, contrario a lo que se piensa, en la supuesta depravación existe una urdimbre; detrás de la concupiscencia existe la sentencia moral.

En cuanto a sus vicios, no escandalizan por su originalidad; en este terreno, Sade no ha inventado nada y encontramos con profusión en los tratados de psiquiatría casos cuando menos tan extraños como el suyo. Verdaderamente no es como autor ni como pervertido sexual que Sade se impone a nuestra atención: es por la relación que ha creado entre estos dos aspectos de sí mismo.22

En Los 120 días de Sodoma o la escuela del libertinaje es quizás la historia del manuscrito enrollado lo que ensancha la leyenda de Sade, el personaje histórico y el literario. Gaitán Durán afirma que “El Sade libertino del castillo de Coste resulta a la larga inofensivo —los escándalos pasan y el olvido los acoge generosamente—, pero el Sade escritor es infinitamente más peligroso, por su acción […] se escapa a la temporalidad”.23 Su obra más conocida, la que él consideraba su opus magni fue un pergamino prohibido que fue encontrado en la toma de La Bastilla; su autor murió pensando que se había perdido y fue publicado cien años después de su muerte, y no fue sino hasta hace unos meses (julio de 2021) que pudo ser, después de una larga jornada, comprado por el gobierno francés. Quizás haya sido el mismo Marqués quien, al hablar de sí mismo, pensaba en lo que la historia le depararía a su obra: “Los entreactos de mi vida han sido demasiado largos”.24

Una personalidad inquietante de quien no se ha podido hacer un retrato fiel. Quizás obras como Marat/Sade, de Peter Weiss hayan logrado atisbar y asir por un prodigioso momento el arjé de la escritura de Sade. Marc-Antoine Baudot, en sus Notes historiques, describe:

Este es el autor de varias obras de una monstruosa obscenidad y de una moral diabólica. Era, sin discusión, un hombre teóricamente perverso. Pero como en fin de cuentas no estaba loco, habría que juzgarlo por sus obras. Hay en ellas algunos gérmenes de depravación, pero no locura; semejante trabajo supone un cerebro bien equilibrado.

Y el mismo Marqués escribió, detrás de uno de los folios que atestiguan la génesis de Justine:

Las desventuras de la virtud, obra de un gusto completamente nuevo. El vicio triunfa del principio al fin, y la virtud se arrastra en la humillación. El desenlace debe devolverle a la virtud todo el brillo que le es debido y hacerla tan hermosa (sic) como deseable. No habrá lector que, al concluir la lectura, deje de aborrecer el falso triunfo del crimen y de querer las humillaciones y desgracias que asaltan a la virtud.25

El Marqués de Sade, vilipendiado por una moral hipócrita, repudiado por la manifiesta violencia que su condición de varón y gentilhombre le permitía, también es preconizado por quienes ven en su obra la asunción del hombre sobre las imposturas de la fe dieciochesca, y en él, al libertino que en el extremo de la volición resquebrajó los límites de la piedad. En palabras de Bataille: “Fue precisa una revolución, el ruido de las puertas derribadas de la Bastilla, para entregarnos en el azar del desorden; el secreto de Sade: al cual la desgracia le permitió vivir ese sueño cuya obsesión es el alma de la filosofía: la unidad del sujeto y el objeto”.26

La impudicia de enunciar y denunciar al orden establecido con febriles arrebatos sicalípticos no acaba con él, baste recordar el Manuel de civilité pour les petites filles à l’usage des maisons d’éducation, de Pierre Louÿs, publicado en 1917, para corroborar esta aseveración. Sin embargo, en la pluma sediciosamente lúbrica e insurrecta de todo aquel que se sienta con sádicos impulsos debe habitar un conocimiento profundo de la historia, un equilibrio en la manufactura de los elementos que la componen, así como una apuesta vital e ideológica forjada a partir de la introspección y un oficio en el que la estilística sea el ariete con el que las singularísimas maneras de ver el mundo encuentren bienvenida: poiesis, praxis y techné. En la paciente prudencia que encuentra cauce en los excesos de la forma puede encontrarse el desocupado —y también, por qué no, lúbrico— lector musitando el Himno a San Juan Bautista: “labii reatum”, y saber que los labios, a veces, deben humedecerse con culpas e impurezas.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.
José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Bigote, cejas espesas, pómulos abultados, ojos verdes y expresivos: así era el escritor mexicano José Rafael Calva (1953-1997). Tengo frente a mí su fotografía. Bonachón, robusto, posa plácidamente, recién llegado, afuera de la Catedral de San Mateo el Apóstol en Washington D.C. Huyendo de la incomprensión familiar, de las amenazas por parte de funcionarios del gobierno y del rechazo del medio literario mexicano, Calva emprende una nueva vida en los Estados Unidos a comienzos de los años ochenta, entrando y saliendo del país por temporadas y dedicándose al trabajo doméstico. Su llegada a Washington es el punto de partida para desentrañar su historia personal y ofrecer algunas reflexiones en torno a su obra Utopía gay (1983), novela publicada hace ya casi cuarenta años. Fue en Washington donde Calva falleció por complicaciones de VIH-SIDA. Hablar de Utopía gay me orilla a tocar el tema de su vida trágica y desaforada.

He llegado a estas fotografías y otros documentos personales gracias a la amistad que tengo con Alison Calva, sobrina de José Rafael. Alison, gran poeta y guionista, en un extraño espejismo por su vocación, ha seguido las huellas de José Rafael y se ha dado a la tarea de reconstruir su vida a través del testimonio de familiares, colegas y amigos personales del autor. Aun hay muchos cabos sueltos por rastrear. La recolección oral, hemerográfica y testimonial sobre la vida de José Rafael llega a mí a través de Alison. Este texto sería virtualmente imposible sin su contribución.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

No concuerdo con aquella tesis de Proust donde afirma que la vida personal debe separarse de la obra del autor. Por motivos que desconozco, la historia literaria en México ha erosionado la biografía de José Rafael Calva. Basta una breve consulta por los anales de la literatura mexicana para notar cómo estas dejan una impresión errónea de la vida de su autor. Como si, aun siendo uno de los autores gays mexicanos más destacados y transgresores, fuera algo así como un burócrata del sistema literario que fugazmente logró formar parte del mismo (cuando, en realidad, fue una figura a la que se excluyó sistemáticamente). Publicó tres libros hoy ya inconseguibles y fue columnista en el suplemento cultural Sábado del Unomásuno. Calva se licenció como periodista. Sus primeras columnas, criticando el gobierno de José López Portillo, le acarrearon amenazas y censuras. Gran parte de esta historia se conserva en el misterio.

Conocí los libros de José Rafael Calva por recomendación de mi profesor, el doctor Juan Antonio Rosado. Recuerdo que Rosado hacía frecuentes alusiones a El jinete azul (1985) como una novela escabrosa e inconseguible, donde el protagonista, un médico homosexual, destaza a sus víctimas para luego disolverlas en ácido. Retuve el nombre de Calva en la mente por muchos años, aunque no tuve la curiosidad suficiente de leer El jinete azul sino hasta tiempo después. Sus páginas no parecen tan bien logradas como las de Utopía gay. Hay algo demasiado artificial en las descripciones. Tal vez el verdadero erotismo recae en las finas descripciones de la anatomía masculina siendo cortada por un bisturí. No es el coito, sino la tortura, el motor del erotismo de tan siniestra novela corta.

Más tarde, adquirí en un puesto un ejemplar en buen estado de Utopía gay, la primera novela de Calva, publicada en la ya extinta Editorial Oasis. Posiblemente sean las instancias mediadoras de la literatura las responsables de la falta de reimpresiones, aunadas al hecho de que Calva no hubiera sido acreedor de ningún premio literario.1 Utopía gay estuvo muy próxima a ganar un importante premio. Al verlo perdido, su autor (con justa razón) argumentaba: “¿cómo iban a premiar una novela de maricones?”. Debido a su gran innovación estilística, el libro sin duda lo ameritaba. Releer hoy a José Rafael Calva es leer a contrapelo la homofobia en las letras mexicanas.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Utopía gay cuenta la historia de Adrián y Carlos, una pareja gay que vive en la Ciudad de México. Las primeras páginas se despliegan, caóticas, a manera de monólogo interior, sin signos de puntuación. Los epílogos de William Faulkner y Laurence Sterne sirven como marcas textuales para entender este tipo de voz narrativa. La novela gira en torno al sorpresivo embarazo de Adrián, quien en el primer capítulo anuncia que está esperando un hijo de Carlos. Adrián trabaja en el gobierno y pide unos meses de inhabilidad, en los cuales se esfuerza por ocultar su embarazo de su propia madre. Las descripciones científicas apelan a la verosimilitud y no hacia el humor o el absurdo. Mientras tanto, Carlos, que impone una tesitura más racional dentro del texto, es un profesor de filosofía, un “marxista de la Ibero en la UNAM”, que arroja largas diatribas y reflexiones sobre la sociedad, la cultura, la economía y, sobre todo, el marxismo. El embarazo masculino es solo el detonante para forjar una novela de ideas, una especie de tratado filosófico donde, al igual que en el Corydon de André Gide, el tema que cobra mayor fuerza es la identidad homosexual.

Los narradores no se identifican como “feminoides”; se gustan entre sí por su masculinidad, por saberse viriles y “homosexys”. Estos términos (raros a los ojos de nuestra época) suponen una toma de postura que critica la homosexualidad por verse condicionada por la ideología en turno. Sentencia Carlos: “El homosexual, por represión o impotencia (…), no ha construido su mundo propio en la sociedad sobre bases reales, pero en realidad tiene las mismas capacidades que el heterosexual para llevar una vida normal”.2 Al mismo tiempo que se defiende la identidad homosexual frente a la sociedad opresora, los personajes critican sus códigos y convenciones; de ahí que se defina al “joteo” como “un acto más de higiene mental para echar fuera todo el veneno que nos corroe”.3 La pareja convive ocasionalmente con Olga y Gisela, dos travestis que jotean y hablan en femenino, cuya voz contrapuntea el discurso intelectual de la novela, casi al borde de llevarla a los terrenos del humor y lo camp.4

Aunque Calva no ataca la religión directamente, su libro no deja de tener un elemento blasfemo: la madre es un pilar en la sociedad mexicana, como evidencian la cultura visual posrevolucionaria y el cine de oro. El narrador no reconoce la familia, la heterosexualidad, la maternidad o la atracción hacia la mujer como verdades fundamentales; todo lo contrario. El estilo de Utopía gay es depurado y verborreico, un torrente explosivo de invectivas contra la clase media, el sistema económico y la cultura en México. Prosa agitada, irascible, casi el monólogo interior de una borrachera. Calva era, en efecto, alcohólico. Aun en México batallaba con su adicción, por lo que debía asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos con determinada frecuencia. La sobriedad no ocurrió sino hasta que arribó a los Estados Unidos. Con orgullo portaba las monedas y parches que conmemoraban el tiempo de sobriedad.

En cierto punto de Utopía gay, el autor rompe el pacto narrativo en voz de los personajes e intercala un “prólogo” que devela el mecanismo metatextual y paródico detrás (fundiendo, a la vez, sus opiniones con las de sus personajes): “la homosexualidad hoy está muy injustamente reprimida, al punto que, por ejemplo, en México oficialmente no existe (…); debemos todos esforzarnos por llevar su existencia a plena luz, para así poder demostrar que es algo constructivo y perfectible”.5 Esta estructura atípica claramente es deudora de Cervantes en Don Quijote. La novela es, pues, un tratado que imagina una sociedad utópica de amor homosexual entre varones. No es un libro con tintes autobiográficos, por más realista o verídica que a ratos sea la descripción de la vida gay en pareja. Calva –debo insistir– padeció la incomprensión de su familia y no había podido vivir una vida gay convencional hasta entonces, cuando redactó la obra. De esa insatisfacción nace, sin duda, su Utopía.

Los dos mil ejemplares, que conforman el primer tiraje de la novela, probablemente se distribuyeron y leyeron en un circuito gay reducido de bares y cafeterías. No podría ser de otra manera, puesto que fue publicado en una editorial independiente que duró poco tiempo. Llama mi atención que, en una revisión de literatura gay mexicana reciente, el autor menciona casi de pasada que Utopía gay fue una lectura frecuente entre su círculo, un libro entre tantos más.6 ¿Se leyó como sátira al pie de la letra? ¿Incomodó a sus lectores? Me atrevo a sugerir que, al agotarse el tiraje, la vida del libro continuó en fotocopias, destino parecido al del poemario Digo lo que amo de Abigael Bohórquez en la década de los setenta.

En un artículo aparecido en Unomásuno, Calva denunciaba la falta de reimpresiones de sus libros, especialmente de Utopía gay, el cual anhelaba relanzar con un nuevo prólogo (¿uno, ahora sí, al comienzo de la novela?) y un final alternativo, versión que permanece inédita hasta la fecha. Poco antes de fallecer, el autor recurrió a su propia columna para hacer glosa de una publicación académica de la investigadora Claudia Schaefer.7 Si bien Calva celebró la atención de la crítica sobre su obra, aprovechó la ocasión para lamentar la falta de reimpresiones: “Una relectura reciente de mi novela me hace sentir que no ha perdido actualidad y que el discurso sigue siendo elocuente”, aseguraba el autor.8 Los enfoques críticos recientes de Utopía gay no contribuyen a resaltar la vigencia de la novela. Yo pienso, incluso, que la han fosilizado en su época.9

Aun hay mucho por investigar sobre los vínculos entre Calva y la comunidad LGBT de su contexto. El autor describió El jinete azul como “la primera novela leather en México”. En efecto, algunas fotos personales durante su vida en Washington muestran al autor portando la indumentaria leather, más que como una simple moda de fetiche por el cuero, como parte de recurrentes prácticas sexuales de sumisión y dominación. Que Calva abanderase El jinete azul como una novela leather me hace cuestionar si su relación con el activismo gay mexicano fue o no tan diligente o pública como podría parecer. Estudios recientes detectan puntos de contacto entre las ideas de sus libros y el activismo gay de la época, pero es difícil precisar si en algún punto se vinculó a la FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria). Todo apunta a que su participación en México fue discreta o nula.10

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Calva defendió la identidad homosexual desde la trinchera que le correspondía: la literatura. En 1983, Calva fue entrevistado en La hora 25, programa de televisión conducido por Luis Spota, para hablar públicamente sobre su homosexualidad y concientizar a la audiencia sobre los primeros casos de la epidemia del SIDA en nuestro país. A pesar de ello, Calva optó por no involucrarse de forma activa en la escena gay en México. Es probable que haya adoptado la imaginería leather y S&M de sus primeros viajes a Estados Unidos (y no que la haya puesto en marcha en México). Recordemos que El Taller, mítico bar fundado por Luis González de Alba, que enarboló la estética y los códigos del gay bear y lo leather, abrió sus puertas hasta 1986. Calva, para entonces, ya vivía por largas temporadas en Estados Unidos y, dos años más tarde, obtuvo la residencia gracias a la ayuda de su padre.

Fue en Estados Unidos donde Calva descubrió un mundo gay más agitado. A su llegada a Washington, Calva presenció el momento temprano del activismo y la lucha contra el VIH-SIDA. Desde comienzos de 1985, apoyó a pacientes terminales en la clínica Whitman-Walker. Sería, pues, más plausible sostener que quizá se involucró en las marchas de ACT UP en Nueva York (en una foto, porta la playera de dicho movimiento con un triángulo rosa) y que pudo haberse acoplado sin tapujos a la escena LGBT+ en Washington. Aunque Washington no ofrecía una vida tan efervescente como Nueva York, fue el lugar que vio nacer al movimiento lésbico pionero The Furies y el primer movimiento gay afroamericano asociado a la Iglesia Pentecostal.11 ¿No habría preferido Calva desarrollar una vida gay convencional en San Francisco, o bien radicar en Nueva York?

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

Antes de asentarse en Washington, Calva consideró la posibilidad de vivir en Baltimore y también en Nueva York (ciudad que, a la postre, le resultaría abrumadora). Quizá en Washington descubrió algo más acorde con su temperamento. Apasionado de la ópera, vivir en Washington le permitía hacer viajes ocasionales a Nueva York para asistir a representaciones de Wagner y así nutrir sus investigaciones en torno a la música culta. Pienso yo que esta afición fue inculcada a través de otro gran musicólogo: Juan Vicente Melo (a quien, por cierto, Calva le dedica unas páginas de Variaciones y fuga sobre la clase media, un libro de memorias y remembranzas que evoca a su familia).

Fue en la Navidad de 1992 cuando Calva descubrió que era VIH positivo. Aunque tuvo acceso a medicación antirretroviral (costosa y de difícil acceso por aquel entonces), el escritor confesó en una carta que esta no le ayudaba mucho, pues el tratamiento debía combinarse con una dieta y horarios de sueño muy estrictos. Tras someterse a distintos tratamientos experimentales “severos” y probar con toda suerte de homeopatías, la enfermedad derrotó a Calva. Para julio de 1997, su salud se encontraba en grave estado y hacía grandes esfuerzos para seguir escribiendo. A comienzos de aquel año, su madre viajó a Washington para apoyarlo en el peor momento de su enfermedad. Ella cuidó del escritor hasta sus últimos días, ambos acompañados en soledad por Midnight, su gato. Madre e hijo dormían juntos en la misma cama. Calva fallece a los treinta y nueve años de edad.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael Calva. Fotografía perteneciente a su archivo familiar. Cortesía de Alison Calva.

José Rafael dejó sin publicar un manuscrito sobre sus últimos días viviendo con VIH-SIDA, Genio y figura, así como otra obra literaria de reflexiones varias titulada Espejo ahumado. Al parecer, también se conoce la existencia de un libreto operístico de su autoría inspirado en Pedro Páramo. Al igual que Reinaldo Arenas, José Rafael Calva selló sus últimos días con la enfermedad y el exilio. Si hubiera sido publicado hoy, Utopía gay habría sido considerado un libro escandaloso (tal vez por la trama y no tanto por su lenguaje o su apertura para tocar la cuestión homosexual). Se trata de un libro osado, experimental, estremecedor, que encara la realidad de frente, donde la poesía perfora el discurso para hablar de la libertad identitaria: y piensa que si quieres puedes rebelarte / ser tú mismo / seas como seas / pienses como pienses.

CDMX, 20 de septiembre, 2022 – 2 de octubre, 2022

*Varios datos han sido omitidos por respeto a la memoria del autor

**Todas las fotografías del archivo familiar han sido cedidas por Alison Calva

 


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Para mi papá

I

 

                                Y verá que ahorrar para su futuro será más emocionante que una montaña rusa […] más emocionante que un fin de semana con Batman

-Los Simpson

Con el gesto reverencial de quien entra a la iglesia, el cuentahabiente se retira gorra y lentes al ingresar al sacrosanto terreno del banco. Mira de soslayo todo, suspicaz, aterrado: lleva un retraso de un par de meses en los abonos de su crédito. Delante de él, un par de condenados más esperan su turno para hablar con el empleado de ventanilla: el rostro de todos es serio. Como sucede en el confesionario (o incluso en los consultorios médicos) el tiempo, por usar una expresión común, parece eterno, se llena de ceros a la derecha. Walter Benjamin tenía razón: existe una correlación secreta entre la medida de los bienes y la medida de la vida, es decir, entre dinero y tiempo. Ahí, llegado el momento, no queda sino escuchar la amonestación del empleado del banco y con gesto contrito agachar la cabeza. «Perdóneme, señor cajero, porque he pecado de retraso, interés y morosidad”. Y entonces, como no llegamos a nada, pase usted a hablar con el gerente.

Poseedor de un silencio de tumba y una pulcritud exagerada (una sola envoltura de chicle en el piso de la sucursal, por ejemplo, proyecta el mismo efecto de suciedad que una tonelada de basura en las calles), el banco es uno de los sitios que con mayor efectividad logra contener al mexicano: lo hace hablar bajito y moverse lento; lo mete en cintura: ahí adentro, las desbordadas carnes de la chusma se convierten en estilizada fila bajo el corsé del cordón de terciopelo. Litúrgico cual templo, en el banco nos comportamos de forma diametralmente opuesta a como somos allá afuera, lejos de los plafones y las sillas giratorias tras escritorios siempre limpios. Los empleados bancarios son los guardianes (así se los permitimos) de la disponibilidad de nuestras reservas monetarias y, por lo tanto, un poco de nosotros mismos.

Sitio de graduación del ladrón profesional (el vulgar ladronzuelo, al asaltar un banco, se convierte en artista profesional del hurto) y del superhéroe (a cuántos de ellos no hemos visto, antes de enfrentarse a su respectivo supervillano, detener un atraco al banco como forma de calentamiento). Esta institución, junto con la iglesia y la oficina de gobierno, conforman la Santísima Trinidad del Recato Mexicano. En este mundo de engrapadoras y sellos que caen con sonido de martillo de juez, somos formales. Después de todo, es nuestro dinero con lo que están tratando y, como dice mi padre, «duele más una patada en el bolsillo que una en el…». Quizá este pensamiento es herencia de su padre, mi abuelo, quien solía decir, con tono jocoso y lapidario, que uno puede meterse con todos menos con la cocinera: ay de aquel que ose molestar a quien le prepara los alimentos y fácilmente puede aderezar la ensalada o sopa con algo que normalmente pertenece al reino del inodoro. La cocinera y el empleado bancario traen, ambos, la sartén por el mango.

Este miedo hacia los empleados detrás del mostrador no es nada nuevo: José Revueltas señalaba en Verde es el color de la esperanza que hay que tratar bien al cartero: en sus manos lleva nuestro destino. Es obvio, casi parte del ADN del mexicano: hay que reírse del chiste del oficial de tránsito que tiene nuestros papeles en la mano; impensable no celebrar la ocurrencia del maestro que está a punto de ponernos 6 en lugar de 5.9. Y del dependiente del banco, ¿qué decir? En su ojo escrutiñador yace nuestro depósito, la aprobación de un cheque endosado de la forma más estúpida o la “apertura” de la cuenta, porque, eso sí, el banco se ha apoderado de su propia terminología: cambiaron el abrir por “aperturar” y nos suena correcto, profesional, prístino; ridículo en cualquier otro ámbito. En boca del empleado bancario (que al final de la jornada toma la misma combi que nosotros), suena angelical y de una sabiduría que asusta. En sus manos veloces, digna competencia de las del encargado del juego de Dónde quedó la bolita, encomendamos el espíritu.

Si mi abuelo sabía que “con todo menos con la cocinera”, y mi papá está seguro de que hay más terminales nerviosas en los bolsillos que en el centro de las posaderas del hombre promedio, ¿qué puedo abonar yo al linaje de aforistas de cantina del que vengo? Quisiera agregar alguna frase así de lapidaria y honrarlos (después de todo, de ellos heredé esta larga deuda que es la vida, en mí depositaron sus humildes centavos de ADN; en la bóveda de mi cuerpo están sus ahorros genéticos), pero nada se me ocurre y sólo me limito a retirar un poco de la herencia de sus palabras, con la promesa de devolverlas, quizá un poco más débiles por la inflación del lenguaje.

II

Mi amigo el banquero, gran comerciante y notable estraperlista

-Fernando Pessoa, El banquero anarquista

La polisemia de la palabra “banco” es el arma más despiadada que posee y, sabemos, siempre es sinónimo de dolor. Entre las paredes reforzadas de su bóveda semántica, intuimos el sufrimiento. Me lo banco, es decir, me aguanto, resisto porque no me queda de otra: la existencia no tiene ventanilla de quejas. El banquillo de los acusados, sitio que no se le desea ni al peor de los enemigos. El famoso “banquito” en futbol: una de las jugadas más peligrosas habidas y por haber, artera y sanguinaria. Y si de sangre estamos hablando, ¿quién, en su sano juicio, acude al banco de sangre para hacer un depósito a una cuenta que no le pertenece?

Oímos la palabra “banco” y temblamos; ni su pariente lejano, el banquito del bar, logra limpiar el nombre de la familia. Según Michelle Houellebecq, no existe duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan impecable, al menos, como este. Carne y billete llevan una relación intrínseca desde hace algunos años, se conocen y a veces se confunden (¿todavía está en circulación aquel chiste de “voy a pagar con cuerpomático?”). Si el cordón de terciopelo moldea las carnes de la chusma hasta lograr una estilizada fila, la liguita (que no sorprenda su parentesco con el liguero) por ejemplo, transforma a un vulgar montón de billetes en un decente fajo: contiene las procaces carnes del dinero y forma una escultura estética. Dinero y carne se desbordan por igual sin la contención correcta y esto solo es permitido en la intimidad del hogar. Allá afuera, intuimos, las formas son el fondo.

El banco, además de su mencionado carácter anfibio en cuanto a vocablo, guarda estrecha relación semántica con el reino animal (y no sólo porque los peces, al juntarse, forman su propio banco, con intereses bajos y cómodas tazas anuales): se nos dice que ahorremos como lo hacen las hormigas; se habla de lana, con sus respectivos “salir trasquilado” o rasurado, como a los borregos y, además, es imposible no recriminarse lo “buey” que ha sido uno por no frenarse a la hora de comprar en abonos o de guardar su dinero en tal o cual institución, cuando las abuelas, sabias ellas, no dudaban de la efectividad del colchón o las ollas de barro para salvaguardar los ahorros. Sin embargo, la relación más estrecha del banco con lo animal yace en otra especie: el puerco. El banco es porcino desde la superficie hasta el tuétano. ¿Quién no conoce las alcancías en forma de cochinito, Virgilio en ese largo camino que resulta el aprender a ahorrar? ¿Quién no ha visto al banquero representado como un cerdo elegantemente ataviado con esmoquin y monóculo, presto a hozar en los ahorros de cuanto menesteroso se acerque a sus dominios?

El banco es, amén del sitio donde se trata de dinero y con dinero, un lugar ideal para el pastoreo de las ideas, casi tan efectivo como la banca en el futbol, desierto al que destierran a los que no clavan goles ni en defensa propia. Presos de una espera tortuosa (ningún otro aparato de medición, con excepción quizá del reloj del metro, tan a destiempo como la pantalla que anuncia los turnos en el banco), en el banco nos ponemos a rumiar nuestras ideas. “¿De verdad necesitaba esa secadora? La licuadora ya comienza a dejar pedazos de jitomate sin moler y todavía la debo. Debería usar molcajete, así lo hacían las abuelas y fíjate cuántos años vivían; algo saludable debe soltar esa piedra de la que están hechos. ¿De dónde la traerán?”. Ningún otro lugar para disertar como el banco: dado que está prohibido usar el teléfono celular (no vaya uno a estarse comunicando con su pandilla para el atraco del siglo), el tren de pensamiento, hormiga en la tierra que es la memoria, recoge pedacitos de recuerdo y anda a depositarla en la bodega de la divagación: cualquier recurso es bueno mientras uno espera su turno y en la fila se es presa de la soledad más recalcitrante: la que se halla cuando estamos rodeados de personas.

Si como afirma Monsi (y no precisamente en el Crátilo) un desconocido, en ese brumoso e indescifrable universo de las oficinas gubernamentales, es aquel que uno quisiera jamás llegar a conocer, lo mismo puede decirse de los compañeros de condena en las largas filas de espera del banco. No sea usted malito, ¿me aparta mi lugar? Sólo voy aquí a preguntarle algo a la señorita. Reunión de canapé, pipa y guante, en el banco todos somos dandis y damas de siete enaguas: allá afuera volvemos a ser los pelados que van a dejar un abono o vienen de sacar unos pesos de la cuenta. Allí adentro se fragua una hermandad de cortísima fecha de expiración: son ellos contra nosotros, somos nosotros contra esa porcina y soez figura del banquero sin rostro, que, malévolo, dispone de nuestros ahorros. Más allá de las puertas del banco, cuando se disuelve esa hermandad que solo esta institución nos brinda, que cada quien se rasque con sus propias pezuñas.

III

 

Un profesional con máscara de chango sigue siendo un profesional

-Los Simpson

Robert Walser aseguraba en Desde la oficina que nadie había avistado nunca a un oficinista con otro atuendo que no fuera un impecable cuello alto. En similar tenor, ¿quién ha visto a un banquero con la melena hirsuta? ¿Quién ha visto a Lupita, del área de cajas, con las medias rasgadas o el rímel corrido? El banquero es la flor en el pantano, la versión más limpia de sí mismo. Lejos quedaron las capitas de caspa en los hombros del saco del hombre detrás de la ventanilla, aquellas que denunciaba Ibargüengoitia en Instrucciones para vivir en México: el banco es el reino del gel, del afeite, de la larga cabellera domada por un discreto pasador y tatuajes escondidos con total habilidad. Ninguna camisa tan blanca (ni siquiera las de los comerciales de detergente) como la del empleado bancario. Ninguna falda tan bien planchada. Si el hábito hace al monje, la prenda de vestir hace al empleado bancario: su limpieza es clave, debe inspirarnos confianza y hacernos sentir que no pertenecemos a su reino. Casi resulta imposible imaginarlo con la corbata al hombro comiéndose dos tacos de arroz con huevo cocido o rascándose los pies frente a la tele. La ventanilla nos separa como en un confesionario y oímos, con miedo serval, su manoseada homilía sobre las ventajas de obtener un crédito. El cajero del banco es cajero del banco por inalcanzable; sin la distancia de la caja, el efecto se perdería.

En ese reino del Tupperware con recalentado del día anterior que es el banco, de celulares siempre modernos y créditos que quién sabe cómo logran malabarear, los empleados reciben siempre los motes más amables entre sí, lo que los dota de rostro ante sus iguales; para el resto, los otros del otro lado de la ventanilla, habrá siempre un genérico “dama” o “caballero”. “¿Le puedes decir a Lupita que si me autoriza un retiro grande? Por favor, háblale a Chivis, dile que tengo una situación con el caballero”. Su amabilidad es plástica y grasosa, estéril. De similar rama evolutiva que el burócrata, pero sin las responsabilidades de este (deme su nombre, por favor, voy a meter una queja), el dependiente del banco jamás se exalta; su vocabulario soez se queda afuera de la sucursal, junto con su teléfono celular. Están programados para no externar su rabia o frustración, sus pausas son aterradoras y a uno no le queda sino imaginar qué está viendo allí en la pantalla de su computadora: ahí en el banco nos sentimos más desnudos que en playa nudista. Sin embargo, y a pesar de las torturantes esperas, uno resiste, a sabiendas de que no hay que descuidarse ni un solo momento o nos pedirán ir con el gerente o congelarán la cuenta. Aguantamos: nos lo bancamos. Potro de paredes limpias y eterna empleada de limpieza que va de aquí para allá siempre silenciosa, el banco desmonta y vuelve a montar cifras: Penélope de manos de tahúr.

El empleado bancario es una puesta en escena de sí mismo, una extensión del niño que fue en la primera comunión o la salida de primaria: relamido, perfumado, erguido y correcto. En su afán de separarse más todavía del vulgo (al que, terminada la jornada, se incorporará nuevamente), el empleado usa el lenguaje para marcar distancias: recordemos que ellos dicen “aperturar”. Por más prisa que lleve, el empleado bancario jamás corre, a lo mucho camina rápido para llegar a donde se le llama. No corre, no grita, no empuja: allí donde falló la escuela, y donde falla el terremoto, la sagrada institución del banco nos hace doblarnos. “No somos iguales”, es el mensaje que parecen transmitir, y es emitido con tanta elocuencia que lo creemos.

Pero, ¿cómo se llega a ser un empleado bancario? ¿Se nace cajero o se forma uno en el camino? Salvador Novo decía respecto a los agentes policiacos: ingresa uno al cuerpo de policía cuando tiene necesidad de un trabajo cualquiera y no sirve para otro o descubre, tras ponderada introspección, inequívocas dotes para el cargo. Así y lo mismo, ¿quién se vuelve cajero de banco? ¿Cuántas pruebas psicológicas debe fallar alguien para que se le denomine apto para posarse detrás de la ventanilla y sonreír, mientras se le avisa a alguien que los ahorros de toda su vida han desaparecido? El empleado del banco representa una nueva generación de torturador profesional, uno que no se despeina ni un poquito, ni aunque esté a punto de sellar el trámite que dejará sin quincenas a una familia. Vocero de la desesperanza, el empleado de ventanilla es la cara de una institución sin cara. Una cara bien afeitada y con olor a limpio.

IV

 

Un matrimonio rubio, de hijos simétricos y ropa sin manchas de Churrumais o lodo seco, sonríe con las llaves de su nueva casa en la mano. Fue posible gracias a un crédito, el mejor crédito disponible, aseguran los carteles en las paredes del banco. Queremos lo mismo, está tan al alcance de una firma que la tentación es casi imposible de soportar: Narciso se mira no como es, sino como puede ser, en las tranquilas aguas del folleto promocional del banco. Sin embargo, al bajar el tríptico, la imagen cambia: el empleado bancario nos pregunta qué trámite deseamos realizar y en su cara hay hartazgo: casi nos da vergüenza retirar cien pesitos de la cuenta. Y una vez afuera del banco, dan ganas de regresar para preguntar bien sobre ese crédito: es que la fotografía resulta tan convincente…

La relación del banco con la fotografía es estrecha, que a nadie le resulte extraño. En los billetes, por ejemplo, encontramos los retratos de nuestros más insignes próceres (ajolote incluido) y aprendemos a identificar el valor de una de estas piezas de papel por el rostro que la engalana. Así, sucede a veces que en maravilloso acto de sinécdoque, el personaje histórico se vuelve denominación. “Me costó un Sor Juana”, y entiende el interlocutor de cuántos ceros estamos hablando. Lo vaticinó Monsiváis en Los rituales del caos: la figura de Juárez se multiplica; el Benemérito de las Américas pasa con agilidad de la media cancha del billete de 20 pesos al área chica del billete de a 500. En el terreno de juego del dinero, entra Diego Rivera por Lázaro Cárdenas y Venustiano Carranza pide cambio por Frida Kahlo. Maximiliano tiembla en la banca ante algo que cueste 520 pesos exactos. Rotonda de los hombres ilustres e ilustrados, la cartera del mexicano rebosa de héroes patrios y de mínimas lecciones de historia y de poesía prehispánica.

Pero nosotros, simples mortales que no expropiamos el canto del cenzontle y amamos más al petróleo que a nuestro hermano el hombre, también ponemos nuestra foto en todo aquello que tiene que ver con dinero. Cuando llega el momento de “aperturar” la cuenta, somos retratados desde distintos ángulos, varias veces hasta, pareciera, lograr la toma más inmisericorde de nuestro rostro (ni en la credencial de elector aparecemos tan desgraciadamente nosotros mismos). En las paredes del banco, además de las imágenes de familias felices (felices porque no tuvieron miedo a obtener un crédito y, mírenlos ahora, estrenando casa y carro), es posible apreciar, también, las fotografías de personas non gratas para la institución. Hagiografía del malandrín, en dichas imágenes se puede encontrar al ratero común y al asaltante más agresivo: una versión moderna de aquellos letreros de SE BUSCA que aprendimos a reconocer en películas y caricaturas sobre aquel mítico “viejo oeste” norteamericano.

Es de resaltar, no obstante, que la calidad de esas fotografías en las paredes es espeluznantemente baja, diametralmente opuesta a la que nos toman cuando ingresamos a las largas filas de clientes del banco o a las del hipotético cliente satisfecho. ¿Por qué a nosotros, angelicales clientes, inocentes como corderitos (con nuestra respectiva motita de lana) nos retratan como a delincuentes y al verdadero delincuente apenas se le distingue la silueta? Después de tantos años y tanta tecnología, ¿aún no aparece la cámara de seguridad que ofrezca una imagen que no parezca sacada de un VHS pirata de 1980? Quizá esas fotografías funcionan como una suerte de cabeza en la esquina de la Alhóndiga de Granaditas: el siguiente puedes ser tú; no intentes escapar, tenemos tu rostro, huellas digitales y datos. Por si hay que perseguir al cliente hasta el último rincón de la tierra con tal de que pague los tres abonos restantes de su estufa sacada a un plazo de miles de millones de meses; en el pecado del crédito va incluida la penitencia, con los intereses perfectamente calculados. Vigilados siempre, aunque poco visibilizados (existimos en cuanto entes sospechosos, más allá de eso, el banco nos homogeniza), en dichas instituciones nos convertimos, paso a paso, en poco nada más que huellas digitales o firmas. Rodeados de cámaras (que siempre arrojan las tomas más borrosas e imposibles), en el banco, cada vez más, perdemos nuestra imagen visual ante el resto y queda solo la impronta de la punta de los dedos.

Somos una firma, una huella digital: es ahí donde se atestigua, con mayor claridad que en ningún otro sitio, que nada somos y en nada nos convertiremos: el dinero que damos, sin ser idéntico, es el mismo que nos dan. Transmutación de la materia. El dinero, que se hizo de papel para que vuele, y redondo para que ruede, ahora se hizo números, para que se borren o se coloquen de un lado u otro del punto decimal. Lejos quedaron las bóvedas con un timón como de barco: ahora es el reino de los ceros y los unos. Ya no rostro: huella, porque aquí también, como en otros sitios, la tecnología hace de las suyas: cada vez es menos frecuente tener que vérnoslas con el cajero, dado que las cajas inteligentes, esas que reciben cheques, efectivo y pagos de todo tipo, se encargan de casi todo. Sin embargo, cuando acaso llega el terrible llamado a “pasar a ventanilla” despierta ese miedo atávico que nos hace sentir, por ejemplo, ser llamados a la confesión o a la dirección de la escuela. Intuimos en el banquero esa figura caprichosa que, si así se lo propone, rechaza un papel porque no es suficientemente legible, o porque el de la foto no se parece a nosotros: se nos condena a permanecer idénticos a la fotografía del INE. «Señorita, hágame usted el favor», decimos ruborizados. Y de entre todos los terrores, el más profundo es aquel que se le tiene al “sistema”, ese niño travieso que juega con nuestros ahorros y constantemente se cae, vaya usted a saber en dónde, y no tiene ganas de levantarse.

“Cambiamos la banca, cambia tú también”, reza el lema de un banco. Y resulta cierto: ahora cargamos la banca en el bolsillo, en esa pequeña navaja suiza de la tecnología que llamamos celular. Nos vigila y, claro, lo agradecemos, porque están cuidando nuestro dinero. Ya no más esperar hasta el día siguiente para comprobar si nos hicieron un depósito o fuimos vilmente timados (si depositamos nuestra confianza donde no era). Expectantes, miramos a la pantalla y esperamos no tener que ir al banco a solicitar una aclaración. Suena el cha-ching de los centavos en la aplicación: debiéramos caer arrodillados.

V

 

El banco, al paso del tiempo, se ha transformado. De ser una institución totalmente atemorizante, correcta y silenciosa, ha mutado, en ocasiones, a un lugar que poco se parece ya a los juzgados del gobierno y mucho tiene de relación con los tianguis y ferias de pueblo. Así, pocos sitios de contrastes tan vívidos como el banco aquel que lleva por apellido “Azteca”. De entre todos los productos ofertados, es imposible preguntarse si alguna vez no se podrán sacar tres órdenes de tacos de tripa y un refresco de 600 mililitros para luego pagarlos a cómodas mensualidades. Banco, tienda de electrónica, depósito de motonetas, casa de empeño de oro: Banco Azteca es el nuevo rico que usa trajes de estampado de leopardo y tiene en la sala un piano de cola que nadie sabe tocar. Versión kitsch del banco tradicional, esta particular institución es la tía peor vestida en la fiesta del dinero, la que se lleva el centro de mesa en los XV años a la que nadie la invitó. Su desbordada oferta lo convierte en un bufón de gorro tintineante y camisa de puños limpísimos. Tianguis domesticado, tienda de raya disfrazada de modernidad, circo de tres ventanillas con nuestros ahorros saltando a través de un aro de fuego. En sus instalaciones se presencia un desfile de los elementos más disímbolos: burócratas y birrieros, estilistas y albañiles, amas de casa y maestros por igual acuden a sus instalaciones para, la mayor de las veces, sacar a pagos algo que al contado sería simplemente inaccesible.

El cuentahabiente de esta institución, como el de su primo refinado, entra con gesto de contrición y los billetes en mano para, uno a uno, cortar los eslabones de la cadena de doce, veinticuatro o treinta y seis meses que él mismo se echó al cuello. De camino a la caja, vuelve a contar los billetes (no vaya a ser que mágicamente se le desaparezca uno al cajero, que tiene manos de tallador profesional) y piensa cuánto falta para salir de su deuda. Al reflexionar que, por más abonos que se realicen, esta parece no disminuir, se pregunta cuándo llegará Jesús a derribar hornos de microondas y baterías de cocina de ínfima calidad, para luego latiguear al avaro banquero al que imagina (el cuentahabiente, no Jesús) como fiel representación de Rico McPato: nadando en una bóveda repleta de monedas malhabidas.

Como nada sucede (porque Jesús no está para latiguear a quien uno le ordene) da un paso más hacia el cadalso de la ventanilla, con el gesto adusto de quien va a confesar. «Padre, he tenido pensamientos impuros: se me ocurrió cambiar de domicilio y no avisarle, para que el abonero no me encuentre y ya no dar los últimos diez pagos del boiler. Dígame usted mi penitencia, pero no me aleje del paraíso del sistema de pagos a meses, no se lleven la motoneta». Y luego, por qué no, cuando en ventanilla le anuncian que ya acabó su deuda, piensa que, a lo mejor, cambiar de celular no estaría tan mal: al fin y al cabo dan facilidades. O quizá una pantalla. Después de todo, ¿quién nos dice que mañana estemos aquí? La vida hay que gozarla porque, como decía José Alfredo, comienza siempre abonando y así a plazos se acaba. Por eso es que en Banco Azteca la vida no vale nada.

 


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Ilustración realizada por Karina Janis
Ilustración realizada por Karina Janis

Escribir un manifiesto, cuya pretensión atemporal es tan potente como la literatura, implica pronunciar que llegó el momento de hacer una declaración. Todo manifiesto conlleva un sentido de urgencia. Y, por lo tanto, no siempre se puede distinguir entre lo que proclama y su momento. Un manifiesto anuncia, programa. Es un acto imperativo que busca dinamitar el presente para impregnarlo con la simiente del futuro, es decir una mezcla entre intervención inmediata con lo que se imagina sobre el porvenir.

Un manifiesto hoy, en pleno siglo XXI, es un gesto anacrónico. Estoy convencida, sin embargo, de la potencia combativa de la literatura. Entre los regímenes estéticos y las formas de representar o pensar la realidad, el discurso literario tiene (aún) un carácter incisivo La literatura incomoda, gusta y disgusta; se publicita, se olvida en estantes o en bodegas; se consume o se vive. Pero su fortaleza no está en su ciclo (re)productivo o comercial, sino en su capacidad de articular verdades.

Sin embargo, más allá de hacer un diagnóstico del empobrecido o virtuoso estado actual de la literatura o de elaborar una crítica sobre el tipo de escritura que hoy está en boga (aunque apenas se lea y muchas veces los lectores sean una aguja en un pajar),lo que busco manifestar son siete principios (número completamente arbitrario y,  ajeno a una confluencia fantástica) sobre lo que concibo como la literatura pensante, la cual implica atravesar los impasses de la razón y analizar realmente; ir en contra de todo lo que creíamos definido y delimitado como “discurso literario”.

1.- La literatura es una forma de pensamiento

Esta afirmación no es inocente, aunque sí elemental. Pone en la misma línea y campo a un régimen estético y a un proceso mental y subjetivo. Esto quiere decir que, a través de las palabras elaboradas de una cierta manera, los sujetos somos capaces de articular (a través de ellas, del lenguaje y el sentido) lo que de otra manera serían pensamientos informes, sin cuerpo. Y, más allá de esto, implica que hay que leer literatura no meramente como una forma de entretenimiento, de comunicación o de registro testimonial sino, más bien, como pensamiento y para crear otras formas de cómo pensar (nunca de qué pensar).

2.- La literatura tiene su propio lenguaje y es capaz de crear conceptos, lógicas, formas, figuras y estructuras

Lo dicen quizás mejor que nadie los lingüistas que estudian las funciones del lenguaje, pero entre las diversas funciones para las que lo utilizamos, hay también una una específicamente poética o estética.

La literatura tiene la peculiaridad de usar como materia prima un material que se usa para muchas otras cosas: el lenguaje. La función poética del idioma tiende a orientarse hacia el mensaje mismo, ya que es un fin y no un medio para otra cosa.

Gracias al lenguaje, la literatura crea conceptos, lógicas, formas, figuras y estructuras propias. Se rehúsa a tener solo una función comunicativa, argumentativa, filosófica, histórica o lingüista-retórica. La literatura es una esfera separada; su especificidad es la de un espacio en el que se estructura una forma particular de pensar y un cierto uso de la palabra.

3.- La literatura está en diálogo o en contradicción con (y no se subsume o se lee a través de la lente de) otras teorías (la historia, la filosofía, la política, etc.)

Si asumimos que la literatura, desde la función poética, crea conceptos, lógicas, formas, figuras y estructuras, entonces no es una pobre indefensa que requiere leerse a través de la lente de [inserte el nombre de su teoría favorita de moda]. Aunque, por otro lado, tampoco se trata de dilucidar, desde el narcisismo literario, cómo funciona la teoría de la literatura, ya que nos llevaría solamente a una suerte de metaliteratura, puramente autorreferencial.

4.- La literatura reflexiona permanentemente acerca de su quehacer, su forma, los procesos y la materialidad de la escritura

El quehacer reflexivo de la literatura es permanente y, a su vez, sus formas siempre están cambiando y están en movimiento. Esto no significa que se cree una teoría para explicar y justificar sus procedimientos. Serán los acontecimientos de cada época, los cambios en las formas sensibles de ver y clasificar los saberes los que dicten sus formas de reflexión.

5.- La literatura que piensa no es ni una teoría dada ni un punto de partida para el pensamiento, sino una práctica en movimiento y, simultáneamente, un pensamiento nómada

No se trata de que la literatura establezca una serie de enunciados fijos o de axiomas que servirían como puntos de partida para toda práctica futura. Al contrario, se trata de que, en su labor, en su movimiento, vaya labrando sus restos en forma de letras y tierras, que bien podríamos llamar “lituratierra”. Por lo que considero que la literatura no es (o no debería ser) identitaria, ni sobre la vida de un autor o sus circunstancias, sino que debería avocarse a pensar su tránsito, la subjetividad, su decir y su pensamiento nómada que siempre se articula con las palabras que tomamos prestadas, en cada iteración.

6.- El tiempo de la literatura es el de lo históricamente atemporal

Toda obra literaria está ubicada tanto en la historia (asumiendo su lugar en la tradición y la línea de continuidad) como en una instancia atemporal (en donde no hay identidad, no hay causas ni efectos). T.S. Eliot concebía a la tradición literaria como un orden total e indivisible; decía que cada nueva obra de arte viene a irrumpir en el orden de toda la tradición literaria y requiere que se reajuste el campo entero para poder incluirla.

Esto quiere decir que, desde el presente, cada nueva obra, acomoda retroactivamente la tradición entera. A su vez, no se puede negar que hay una tradición, una historia, que enriquece a cada obra, pero que no lo predetermina ni dicta una causalidad. La literatura es atemporal en el sentido en el que rechaza cualquier imposición preexistente de la historia u otros discursos.

Además, crea verdades y las verdades son eternas. La literatura sigue su propia tradición en donde la imaginación no está atada a la episteme actual, sino a un afán y deseo de volver a empezar, de modificar y moldear formas de pensamiento, proyectando posibilidades alternativas a las que ya existen.

7.- La literatura no tiene atributos

Como escritores y lectores estamos condicionados por el contexto extraliterario (económico, político, social, psicológico, físico, etc.). Desde que surgió la noción de autoría y los libros se empezaron a comercializar, lo que se vende en muchos libros es el nombre del autor, su nacionalidad, su pertenencia a una minoría (o mayoría), el género literario, la relevancia inmediatista del texto o su discusión sobre el tema de coyuntura.

A pesar de que se proclamó hace años “la muerte del autor”, parece que la publicidad no se ha enterado y sigue siendo la piedra angular de la identidad de la obra literaria. Y más cuando tantos autores están obsesionados con ensayar incansablemente acerca de su propio yo y de su narcisismo que no mira más allá de sus narices.

Lo extraliterario frecuentemente invisibiliza el verdadero pensar literario porque conlleva ciertas expectativas y se adapta a ciertos regímenes de la verdad y del poder. Pero tampoco se trata de deshacerse de él, sino de asumirlo para pensar cómo no funciona, cómo no corresponde y cómo es posible fracturar las condiciones de producción de la literatura.

Las formas literarias de pensamiento no rehúyen simplemente de su geografía, de su espacio de enunciación, de su condición política o de su identidad; pueden atravesar esas categorías para que dejen de asfixiar sus formas. Los llamados orígenes (atributos) deben destejerse, sobre todo, si tomamos en cuenta que, para poder escribir, es necesario crear una forma de escribir.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Karina Janis
Artista gráfica Tamaulipeca formada en la ciudad de Puebla. Su obra presenta batallas internas entre la dualidad de los seres vivos: Luz y oscuridad. Explora la complejidad de estos opuestos así como la resiliencia y el autoconocimiento. Con un interés marcado en la naturaleza y los elementos que la componen se adentra en cómo los hábitos de consumo del ser humano han repercutido en el entorno, afectando ecosistemas enteros.