Un poeta puede dotar de un sentido, o de otro, los elementos que integra en sus poemas. En sus versos el aullido de los monos puede ser para señalar la futilidad de todo acto humano o para celebrar el regreso a casa, lo último se puede ver en uno de los poemas que más se citan en chino de Li Po para expresar alegría:
PARTIDA MATINAL DE LA CIUDAD DE BAIDI
Digo adiós a Baidi
entre nubes multicolores del alba,
y hoy mismo llegaré a mi hogar
recorriendo cien leguas.
Con el incesante aullar de los monos
en ambas riberas,
se desliza, entre un bosque de montañas,
mi barca.
(Traducción de Chen Goujian en Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan)
El poeta compuso esos versos cuando tuvo la noticia del fin de su exilio, por lo que le era dado regresar; emoción que puso en su poema y que trece siglos después siguen utilizándose para consignar emociones paralelas.
Li Po, Li Bo o Li Bai dependiendo del sistema de transcripción del chino se elija —me decanto por Li Po por ser la forma más conocida en México, ya José Juan Tablada lo consignaba así en su libro homónino publicado hace poco más de un siglo—, fue un poeta que vivió en China durante la dinastía Tang, una de las épocas doradas de esa civilización milenaria.
Mientras que del otro lado de Eurasia el Imperio Romano de Occidente había caído y el Imperio Romano de Oriente se veía confinado a Anatolia y los territorios de la península balcánica y las islas del Egeo, los Tang llegaron hasta el Asia central. Numerosos estados le rendían vasallaje y era una de las sociedades más tecnológicamente avanzadas de su tiempo —es en este periodo que se inventan, sin ir más lejos, la imprenta, el papel y, probablemente, la pólvora—.Los Tang llegaron al poder en 618 y se mantuvieron en éste hasta casi tres siglos después en 907; la ciudad más poblada del mundo fue, durante ese periodo, su capital Chang’an (Xi’an, hoy en día). Bajo esta dinastía se perfeccionó la selección de funcionarios a partir de exámenes, para evitar la corrupción y que se constituyese una élite de aristócratas en el gobierno, así mismo se propició un uso más racional de los suelos y se aumentó la producción de granos.
Li Po —si se sigue la transcripción Wade-Giles: Li Pai— nació en el año 701 en la actual Chengdu, en la actual provincia de Sichuan, en pleno gobierno de la única emperatriz en la historia de China, Wu Zetian (624-705) —cuyo gobierno se considera un interregno en la dinastía Tang, pues ella proclamó su propia dinastía, la Wu; a esta emperatriz se debe, también, la incorporación de la poesía en los exámenes para funcionarios, requisito que se mantuvo en dinastías posteriores—.
Desde muy joven, Li Po dio muestras de su talento y fue reconocido como un poeta, razón por la cual se negó a realizar ningún examen para entrar al servicio del emperador; esperaba que el emperador mismo lo convocara a su servicio. Lo cual, en efecto, ocurrió en 742, cuando el poeta tenía 41 años y fue llamado por el emperador Xuan Zong. Así entró a la Academia Hanlin, pero su servicio como poeta del emperador no se extendió más de dos años; hay opiniones encontradas sobre la razón por la que dejó la corte, entre las cuales Goujian Chen señala que el poeta se cansó de las intrigas y la adulación como métodos para medrar y avanzar en la corte —hay otros autores que apuntan a una indiscreción por parte del poeta como la causa que lo llevó a apartarse de la corte—. Sea como sea, en 744 empezó a recorrer China, viajes en los que conoció al también poeta Du Fu, Tu Fu, (712-770) con quien entabló una sólida amistad que se prolongó hasta la muerte de Li Po.
En 755 inició la Rebelión de An Lushan contra el emperador, en la cual se vio inmiscuido. En 757 se le capturó y se le condenó a muerte, sin embargo, sus amigos en la corte consiguieron clemencia para él y la condena se le conmutó al exilio en Yelang (en el extremo suroeste de China). El poeta aceptó la condena, pero decidió que fuera en sus propios términos: hacía visitas a sus amigos en el camino, con quienes se quedaba hasta por meses enteros, también aprovechaba para la escritura de su poesía. El perdón imperial lo alcanzó antes de que llegara a su destino, en Wushan, 759 —fue cuando compuso el poema Partida matinal de la ciudad de Baidi—. En 762 Li Yangbing, familiar del poeta, fue hecho magistrado Dangtu, a donde Li Po acudió en pos de su protección. En esa comunidad murió, sin saber que el nuevo emperador, Daizong, lo había nombrado Secretario de la oficina del Comandante de Izquierda (727-779).
Li Yangbing se dedicó a armar una edición de la obra de su pariente. Desde entonces su obra no ha dejado de ser editada, siendo en la dinastía Song cuando se consignaron las mejores ediciones. Hay diversas versiones de su poesía, que se continua leyendo desde entonces, tanto dentro de China —donde versos suyos ya son dichos para expresar diversas emociones en el chino— como fuera de ella, primero en las naciones en las que la cultura china influyó, como la japonesa y la coreana, y fuera de ella —en Europa y las tradiciones literarias escritas en lenguas europeas desde el siglo XIX, cuando comenzó a ser traducido—.
En un poeta que produjo una cantidad ingente de poemas como Li Po, los temas son muy variados: el amor, la contemplación de la naturaleza, el paso del tiempo, la política y sus desilusiones, la alegría de vivir y beber con los amigos, o incluso con la luna y la propia sombra, como hace en uno de sus poemas más famosos.
Una jarra de vino entre las flores.
No hay ningún camarada para beber conmigo,
pero invito a la luna,
y, contando a mi sombra, somos tres…
mas la luna no bebe,
mi sombra se contenta con seguirme.
Tardaré poco en separarme de ella;
¡La primavera es tiempo de alegría!
(En la versión de Marcela de Juan en Segunda Antología de Poesía China).
La luna es, por cierto, uno de los motivos que aparecen en los poemas más conocidos del poeta, quien la dota de diversos significados y hace que su presencia sea muy diferente en cada uno de ellos, desde la compañera de alegrías hasta la encarnación de la nostalgia a través de su luz fría.
Parece la blancura de la escarcha en la tierra.
Miro a lo lejos. Veo los montes y la luna.
Inclino la cabeza. Pienso en mi país natal.
(En la versión de Marcela de Juan)
En Trescientos poemas de la dinastía Tang Guojian Chen señala que es:
[…] el poema más conocido y recitado de China y no falta en ningún libro de texto para los escolares. Los padres suelen enseñar a sus hijos al cumplir los cinco años a aprenderlo de memoria. Es fácil de entender, ya que, milagrosamente, no tiene la menor diferencia con el chino de hoy, y es fácil de recordar: consta solo de 20 sílabas y contiene una gran belleza fónica.
Fue ese poema el que, a finales de la década del noventa o principios de los dos mil, Enrique Servín, poeta y políglota, recitó a un grupo de chinos en la fila del consulado en Ciudad Juárez. Ellos rompieron la fila por escuchar a ese mexicano, en el otro lado del mundo, recitar la poesía que aprenden desde niños. La anécdota se la escuché más de una vez a Servín y él mismo la consignó en uno de sus poemas. Trece siglos después de la muerte de Li Po su poesía sigue viva, recitada y congregando a las personas para escucharla.
A mí me sigue maravillando, a pesar de que, a diferencia de Servín, sólo he podido acercarme a ella a través de traducciones. En sus poemas están las preocupaciones de toda la poesía —que son inevitablemente las de la condición humana—, planteadas con gran elegancia y sencillez.
El paso del tiempo, esa preocupación que a todos nos ha alcanzado en algún momento, sobre todo frente al temor de perder a algo o alguien, está, por supuesto, presente en la obre de Li Po. Sin embargo, el poeta no se conforma con constatar lo obvio, la vejez que a todos alcanza, ante ella opone el disfrute de la existencia.
A BEBER
¿No veis, amigos? Las aguas del río amarillo,
caídas del cielo, se lanzan hacia la mar
para no volver jamás.
¿No veis que en el espejo plateado del salón,
se miran tristes nuestros cabellos agrisados,
que los hilos de seda, negros por la mañana,
se han hecho blanca nieve al llegar el crepúsculo?
¡Entreguémonos a libar mientras podamos!
¡No dejemos vacías las copas doradas
frente a la luna!
Los dones que me otorgó el cielo
no se han de desperdiciar.
Vamos, maestro Qin y querido Dan Qiu.
No dejéis vuestras copas ni un instante.
Os voy a cantar una balada,
y escuchadme todos, os lo ruego:
Para mí no importan nada
los gongs, tambores ni exquisitos manjares.
Solo deseo una ebriedad perpetua.
Los santos y sabios del pasado
están todos olvidados.
Mientras que permanece intacta
la fama de los grandes bebedores.
El príncipe Chen aprovechó bien su tiempo:
En el Palacio de Paz y Delicias,
se entregaba a las orgías
con excelentes licores.
Ahora te pido más vino, anfitrión,
y, ¿dices que ya no queda dinero?
Llama al mozo y que vaya a traer
a mi corcel tordo y mi abrigo
que valdrá mil onzas de oro.
Que los cambie por buen vino
y ahoguemos juntos las tristezas de mil años.
(En la versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang)
En este poema no sólo pondera el disfrute, sino que lo hace a través del desprecio de los bienes materiales, que en otras partes de su obra se manifiesta también con su desprecio a la corte y sus maneras.
Es la belleza siempre pasajera uno de los puntos donde el poeta logra desarrollar más la potencia de sus dotes, como en la luz de la luna que entra al cuarto, en una flor que todavía se ve fresca pero pronto se marchitará o en los sueños que se desvanecen apenas se despierta, como en CANTO DE ADIÓS A LA MONTAÑA MADRE DEL CIELO TRAS UN PASEO EN SUEÑOS:
[…]
Mi corazón se estremece de espanto.
Me despierto y suspiro largo rato:
No veo más que mi almohada y mi estera.
Ha desaparecido como por encanto
el mundo de las brumas y nieblas.
Así ocurre con los placeres de esta vida.
Todo pasa, desde siempre,
como las aguas del río
que corren hacia el este.
Te dejo, amigo, y no sé cuando volveré.
De momento, apacientaré mi ciervo blanco
entre los verdes picachos.
Cuando quiero pasear,
lo montaré y visitaré montañas
famosas en las leyendas.
¡Jamás bajaré mi altiva cabeza,
ni doblaré mi espina dorsal
ante los ricos y poderosos,
acabando con toda alegría
de mi corazón y de mi alma!
(En versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang).
El poema que comienza con la descripción de un sueño, que es también una escena mitológica, y termina con un rechazo hacia los poderosos y sus futilidades. En eso último, recuerda a uno de los poemas caros a la tradición poética en nuestra lengua Coplas a la muerte de su padre de Jorge de Manrique, no sólo en señalar la vacuidad de la pompa y el poder, si no en la metáfora fluvial que, siete siglos después de Li Po y del otro lado de Eurasia, el noble castellano desarrolla en su poema, aunque, es cierto, imbuido por el pensamiento cristiano.
Las riquezas y su búsqueda, como la búsqueda del poder son, en la poesía de Li Po, dignos de burla o planteados en oposición al disfrute de la existencia en un mundo en el que todo acaba, incluidas las riquezas y el poder.
Así, en un poema Li Po señala la futilidad de las riquezas frente a la corta existencia concedida a los seres humanos —obra que, por cierto, recuerda al poema en el que el príncipe poeta texcocano, Nezahualcóyotl, señala que incluso el jade se rompe, el oro se quiebra y el quetzal se desgarra—; y en el que, además, la luna y el aullido de los monos vuelven a aparecer, pero esta vez, justamente para remarcar el fin y la desolación de la tumba a la que nos dirigimos:
¿Cuánto podrá durar para nosotros el disfrute del oro, la posesión del jade?
Cien años, cuando más: éste es el término de la esperanza máxima.
Vivir y morir luego; he aquí la sola seguridad del hombre.
Escuchad, allá lejos, bajo los rayos de la luna, el mono acurrucado y solo
llorar sobre las tumbas.
Y ahora llenad mi copa: es el momento de vaciarla de un trago.
Otro mundial de futbol comenzó y como cada cuatro años, en México genera una expectativa tremenda, no porque creamos que podemos ganarlo, sino porque queremos llegar a un quinto partido que nos haga estar entre los mejores ocho equipos del torneo. A pesar de que en la época reciente nunca se ha llegado a dicho puesto. Es lo único que pedimos, se oye decir casi a coro a los aficionados, periodistas y hasta a los jugadores seleccionados.
A pesar de no ser una potencia, la afición siempre quiere que su selección trascienda y llegue lo más lejos posible; quizás el mexicano lo cree por algunos grandes juegos que la selección ha dado a lo largo de su historia contra rivales muy superiores como Brasil, Holanda, Alemania, Francia o Argentina. Sin embargo, justo cuando es la hora de la verdad, parece que a la selección le gusta repetirse una y otra vez, esa frase que alguna vez eternizo Alfredo di Stéfano: jugamos como nunca, perdimos como siempre.
Si bien yo como aficionado no espero gran cosa de la selección en los mundiales, si me emociono y me gusta ver sus partidos, reservarme esos días por si el equipo decide dar la sorpresa, o bien, estar disponible por si una de sus victorias se vuelve una fiesta nacional, como algunas veces ha pasado…
Mi infancia y los mundiales
Estoy casi seguro que muchas personas de mi generación, tenemos un recuerdo de haber visto un partido de la selección mexicana cuando éramos niños dentro de la escuela a la que íbamos, sobre todo en la primaria y secundaria. En mi caso fueron dos veces: el del 94 y el del 98.
Recuerdo muy bien el momento exacto en que me empezó a gustar el futbol, fue un viernes 24 junio al ver el partido de México vs Irlanda, por la Copa del Mundo USA 1994. Había pasado ya un buen rato desde que regresamos del recreo y las clases continuaban; para mí era un día normal cursando el tercer año de primaria. Al ser viernes, lo único que esperaba era el sonido de la chicharra que anunciaba la hora de la salida. Era medio día y aún faltaba hora y media para que eso pasara: ya quería estar en casa.
La rutina y mi aburrimiento se rompieron cuando una maestra entró a nuestro salón y preguntó: ¿A quién le gusta el futbol? ¿Quién quiere ver el partido de México? Como resorte alcé la mano, mintiendo desde luego, pues en mi vida había jugado al futbol y mucho menos, visto un partido. En casa mi papá no era muy futbolero, de hecho, decía que le daba asco porque el América siempre ganaba con ayuda de los árbitros.
Como fui rápido en alzar la mano, me sacaron del salón para llevarme a otro en el edifico de enfrente. Mi alegría más que por ver a México, era porque evitaría esos últimos minutos de clase, haciendo nada, viendo la tele y quizás, pasándola bien.
Llegué al salón y la maestra me dijo que como era pequeño, me sentara en el suelo y hasta enfrente. La tele me quedó como si estuviera en el cine. Se trasmitía un partido en el que unos jugadores de verde, se enfrentaban a otros de blanco. El marcador decía Mex 0-0 Irl, min. 35. Si bien no sabía quién era quién, no quise preguntar para que no descubrirán el timo, mientras pensaba, ¿Cuánto durará esto? Ojalá se acabe hasta la 1:30.Qué bueno que levanté la mano.
Más que estar atento de la TV, miraba a mi alrededor, maestros y alumnos no apartaban los ojos del monitor, de vez en vez los niños gritaban ¡México, México, México!, mientras suspiraban de alivio ante el ataque de los blancos y los bloqueos de un portero lleno de colores. En ese momento entendí que los verdes eran los mexicanos y que ese colorido arquero era Jorge Campos, ídolo de muchos niños.
A pocos minutos de haberme sentado, el jugador número 10 de México, un tal Luis García, recibió un pase retrasado a las afueras del área que conectó enseguida con su pierna derecha… ¡Goooooooooooooool! gritaron todos en el salón como desquiciados. Entre gritos, porras y hasta abrazos, el ambiente me atrapó y a partir de ahí, no dejé de ver la TV hasta que se acabó el juego y fue hora de ir a casa.
Ese día aprendí que todos los niños querían portar la camiseta número 10, que Campos era una estrella reconocida por todo el mundo y que, en la banca, había un tal Hugo Sánchez que según decían era el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos.
Esa victoria de 2-1 sobre Irlanda, me abrió las puertas al mundo del futbol pues después de ese día, vi cada juego que pude de ese mundial, descubrí jugadorazos que marcarían una época como Romario, Stoichkov, Larsson, Baggio o Maldini. Como era de esperarse, también me dieron muchas ganas de jugar este deporte, eso sí, solo como delantero o medio ofensivo y queriendo la 10 en la espalda, aunque aún no fuera muy bueno para ello.
Cuatro años después y ya como todo un “experto” en eso del futbol (jugaba en el equipo de mi colonia, le iba al América y ya había sido seleccionado para representar a la escuela en un torneo de Coca Cola), el Mundial de Francia 98 marcaba un jueves 25 de junio a las 9 am, el tercer y último juego de México en la fase de grupos.
Aunque no estábamos seguros, mis amigos y yo creíamos que el director nos pondría el juego en directo, por lo que, en común acuerdo, decidimos entrar a la escuela y no irnos de pinta para ver el partido en la casa de alguno de nosotros.
Cuando entramos a la escuela enseguida vimos que la televisión más grande que tenía la escuela estaba arriba de dos escritorios en uno de los patios con sombra. La emoción fue enorme y empezamos a saltar, ya queríamos ver el partido en el que México debía ganar o empatar para pasar a octavos de final.
Cuando nos fueron sacando de nuestros salones y acomodándonos grupo por grupo frente a la TV, pensé en algunos de mis compañeros, en los más latosos, esos que a la menor provocación podrían hacer que el director apagara la TV y que no hubiera partido para nadie. Recuerdo que pensé que mejor si nos hubiéramos ido de pinta.
Ya acomodados, el director sentencio que, ante un primer momento de insubordinación, grosería o relajo excesivo, la TV se apagaría y todos irían a sus salones a seguir con las clases. Nunca vi a mis amigos y compañeros tan quietos y comportados como ese día.
El partido como siempre fue un suplicio, México perdía desde el minuto 4 con un gol de Phillip Cocu y luego perdía 2-0 con otro gol de Ronald De Boer ante una defensa llena de errores. México apenas metía los pies con jugadas de Ramón Ramírez y Cuauhtémoc Blanco.
A diferencia de 4 años atrás en la que los adultos eran los más atentos al partido, esta vez eran los niños y jóvenes los que se mordían las uñas, se desesperaban y hasta querían meter la pierna simulando una barrida como ayudando desde lejos a su selección.
El segundo tiempo no cambio mucho y México se salvó del tercer gol casi de milagro, en la secundaria todos lamentábamos eso y nada parecía cambiar el marcador. Tuvimos que esperar hasta el minuto 75 para que Ricardo Peláez metiera su gol después de conectar un tiro de esquina de German Villa. La escuela explotó y entre saltos y gritos de gol, festejamos como seguramente, nunca lo habíamos hecho en nuestras vidas.
México se lanzó con todo al frente y nada parecía detener a sus jugadores. Un gol anulado a Cuauhtémoc por fuera de lugar nos hizo maldecir al árbitro mientras las maestras nos pedían calma y desde luego, que omitiéramos todas las groserías ya dichas.
El partido se acababa y solo habían dado 4 minutos de compensación, 91, 92, 93, se fueron rapidísimo hasta que, a segundos de terminar, un servició de Aspe peinado por Peláez, llegó al matador Hernández que ganándole la posición al holandés Stam, metería el gol del empate, que clasificaría y haría feliz a todo México.
El juego acabó en punto de las 11, justo después de nuestro horario de receso; sin embargo, el director estaba tan feliz que nos dio media hora más para disfrutar nuestro recreo como nunca. Entre gritos de ¡México! ¡México! ¡México! algunos nos dirigimos al salón por nuestros lonches y otros más a la cooperativa para comprar algo de desayunar.
A ver el Mundial en el Salón Corona
Encontrar un lugar adecuado para ver un partido de futbol es un ritual que, en lo particular, me gusta mucho. Desde cantinas, hasta chelerias, pasando por restaurantes o pizzerías, siempre he encontrado muy buenos lugares; sin embargo, hasta hace no mucho, mi lugar favorito para ver un partido de futbol era el Salón Corona.
Aquel verano del 2010 me encontraba haciendo mi servicio social en El Museo del Estanquillo y ese día, el 11 de junio de 2010, mis compañeros y yo decidimos llegar tarde al Museo y vernos horas antes en el Salón Corona de Filomeno Mata, para ver el debut de la selección en el Mundial.
Aunque el partido comenzaba a las 9:00 am, llegamos a las 8:00 am para obtener buena mesa. Tarros oscuros para todos y una ronda de caldo de camarón para empezar el pre-partido. Por increíble que parezca ya había mucha gente bebiendo, pero también tomando café y comiendo algún desayuno que el Salón metió en su menú por eso de que muchos juegos serían por la mañana.
Vimos un poco la inauguración, pero solo de reojo, eso no interesaba, más bien hablábamos de la selección; nos emocionaba ver a Cuauhtémoc regresar a un mundial después de que La Volpe lo dejara fuera del pasado.
Diferíamos de quien debía jugar junto a él, sí el Chicharito (recién firmado por el Manchester United) o el tronco del Guille Franco. Decíamos que Giovanni dos Santos y Carlitos Vela eran unos cracks y que Guardado debía jugar sí o sí. Para ser las 8 y cacho de la mañana íbamos rápido con los tarros de cerveza: siguiente ronda para todos y de una vez, una torta de pastor para que no se nos suban las chelas.
Empezamos a ver en las pantallas como las selecciones iban saliendo, entonaron el himno de Sudáfrica y después el de México. Por increíble que parezca, todos nos pusimos de pie y empezamos a cantarlo, algunos saludaban a la bandera, otros más se ponían sentimentales. Acabado el himno el grito de guerra de todo el Salón se desbordó: ¡México, México, México!
El partido comenzó trabado pero algunas jugadas que bien pudieron ser gol de Gio, Franco y Vela, nos hacían estar al borde de las sillas. Minuto 37, Torrado cobra un tiro de esquina, Franco peinó a segundo poste y Vela mete el balón a la red. ¡Goooooool! Gritamos todos para después llevarnos las manos a la cabeza pues fue fuera de lugar.
Ese arbitro es una mamada, como fuera de lugar si hay un güey parado en la línea, escuchaba a la mesa de atrás. El medio tiempo llegó y aunque el Tri era muy superior, los sudafricanos no se dejaban. Otra ronda más y de paso un par de tacos de bistec en salsa verde para mí.
Cuando Sudáfrica se puso adelante en el marcador con un contragolpe, todos en el Salón nos derrumbamos, en balde la desmañanada, no era justo, nosotros ataque y ataque y esos güeyes con una ya ganaron, vale madre, pinche Conejo. Después de eso el reloj avanzó rapidísimo, pero nada que llegaba el empate: ya perdimos. Peor aún los locales ahora si llegaban una y otra y otra vez, estaban más cerca del segundo gol que México del empate. Minuto 69 sale Vela y entra Cuauhtémoc Blanco, la esperanza regresa y todos festejamos su entrada como si fuera un gol.
Minuto 79 y en una jugada precedida de un tiro de esquina, Guardado manda un centro al área que encuentra a Rafa Márquez y como delantero, fusila al portero sudafricano. ¡Gooooooooool! y todo el Salón se volvió una locura entre gritos, abrazos y carcajadas. Una ronda más por acá por favor y de paso una gringa. Aunque no ganamos el 1-1 fue un partidazo que quedó para el recuerdo, en un reportaje en video que hizo ese día El Universal, grabándonos a todo pulmón festejando ese gol del Káiser de Zamora.
El zócalo y la gente
La primera vez que el gobierno capitalino decidió poner pantallas en el Zócalo de la Ciudad de México para ver el futbol, fue hace doce años por el mundial de Sudáfrica 2010. Aquella mañana del 17 de junio las calles del centro se fueron llenando de a poco y tuve la fortuna de ver ese desfile verde desde la terraza del Museo del Estanquillo, donde hacía mi servicio social.
Los ríos de gente que pasaban sobre las calles de Madero e Isabel La Católica eran enormes, llegó un momento en que ambas se saturaron, pero quedaron semivacías una vez comenzado el segundo juego de la selección en dicho Mundial. Ese día México le ganó increíblemente 2-0 a Francia (favorita para salir campeona) con goles de Chicharito y Cuauhtémoc Blanco y, como era de esperarse, el Centro se volvió una verbena enorme.
Sí bien siempre he preferido ver los partidos de futbol que me interesan en lugares cerrados, para el mundial de Rusia 2018, acepte la invitación para escribir una crónica del primer partido de México desde el zócalo, en donde una vez más había una pantalla gigante para ver los partidos del mundial.
Llegue temprano para agarrar buen lugar, mientras el zócalo se llenaba de hombres, mujeres, niños y niñas que portaban en su mayoría la camiseta de la selección en original y clon; muy pocos iban vestidos de civil o de las camisetas de sus equipos predilectos. Llevaban banderas, matracas, sombreros y latas de espuma.
Los más preparados traían botellas con agua, sándwiches y tortas para aguantar la soleada mañana. Los más osados lograron meter cervezas y una que otra botella de tequila pues pierda o gane la selección, ese día era domingo de fiesta por ser también el día del padre.
El partido inició en punto de las diez y el ¡México, México! se oyó de inmediato. Al minuto de juego un pase filtrado de Vela para Lozano y una barrida de Boateng, hicieron que todos los presentes gritaran por tan buena jugada. La que sigue le tocó a Alemania y por poco Werner anota en carrera dejando atrás a Moreno que perdió la marca.
En el zócalo la gente seguía llegando y si bien la pantalla era enorme, los de más atrás no creo que vieran mucho desde lejos, aunque muchas veces, en estos eventos ni siquiera importa mirar sino sentirse parte, ser afín y hacer desmadre con el de al lado.
Para sorpresa de los aficionados en el zócalo, el equipo mexicano estaba muy bien, tocaban con seguridad, movían la bola de un lado a otro, marcaban de a dos, corrían muchísimo y Alemania está sobrepasada. No lo creíamos, escuché un no mames pus que les dieron, nunca habían jugado así.
Los comentarios encontrados se escuchaban con los balones perdidos de Layún y el gran juego de Vela. La selección jugaba increíble y los aficionados no apartan la vista de la pantalla. Alemania atacaba y México callaba; manteníamos la respiración y luego suspirábamos aliviados. Algunos apoyaban a Ochoa que no daba rebotes, otros no se aguantaron y gritaron saquen a ese pendejo.
Minuto 34 y eché una mirada al público detrás de mí; el zócalo ahora sí estaba repleto. Regreso al juego. Herrera se barré por detrás robando el balón a un lento Khedira. Moreno recoge la bola y manda un pase al Chícharo que está en el centro del campo; retrasa el esférico a Lozano y el Chucky lo hace correr frente a un solitario Boateng que no sabe si barrer o aguantar.
Chícharo ve que el 22 corre a tope por la banda derecha y le filtra el balón, Lozano lo recibe y se jala hacia adentro con la pierna izquierda quitándose de encima a Özil para después pegarle con su pierna buena y meterle un trallazo a Neuer. ¡Gooooooooooooool! En el Zócalo todos saltamos y gritamos; algunos abrazaban a sus pares, mientras la espuma bañaba a otros cuantos; las banderas se ondearon y el grito de ¡México, México! fue ensordecedor.
Después de eso todo se volvió más lento, llegamos al medio tiempo y la gente comentaba el gol y debatían qué mexicano era el mejor: Ochoa, el Chícharo, Vela que partidazo, el pinche orejón Herrera. No se decidían, pero estaban felices, al parecer todos eran unos jugadorazos. “Se vale soñar” escribió Juan Villoro días antes del encuentro y al parecer tenía razón, era un sueño que México le ganara a Alemania, ojalá no despertemos pensé.
Los refrigerios aparecieron, el tequila también y las porras más chilangas se escucharon: ¡Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague! ¡Alemania va a probar el chile nacional! El zócalo fue una fiesta, pero también un manojo de nervios.
El partido se reanudó y para sorpresa de muchos México siguió bien. Minuto 58 y Álvarez entra por Vela. Escucho un “ya va a empezar este cabrón, refiriéndose al técnico Osorio. Veo a algunos aficionados preocupados, parece ser que el técnico colombiano se echará para atrás. Minuto 66 y sale Lozano por Jiménez, la afición abuchea pues Osorio ha sacado a sus mejores delanteros y la gente lo sabe.
El partido sigue y la selección empieza a enfriar el juego, el balón se toca mucho a la defensa y cuando ataca Alemania, México contragolpea, así fue lo que restó del partido. Los aficionados que están a mi lado, apenas pueden contener las emociones, algunos claman a Dios y otros más solo están en plegaria.
Minuto 74 y Rafa Márquez entra por Guardado, el cambio no es bien recibido y los abucheos vuelven con todo. Reus, Draxler, Brandt, Gomez, toda Alemania está encima, pero nadie puede batir a Ochoa. Salcedo saca el carácter y la afición le festeja una barrida oportuna.
Todos miramos el tiempo, aún faltan 10, 7, 5 minutos más y lo que agregue el árbitro. Son 3 son 3, compensó 3 el pinche árbitro, grita alguien ¿Por qué duran tanto los partidos? Ojos acuosos, manos sudadas, niños sonriendo, parece ser real. Pita ya, pita ya y el silbato sonó. México hizo lo impensable y el Zócalo estalló.
La gente gritó al unísono ¡vámonos al Ángel, vámonos al Ángel! Y así fue. El festejo se trasladó a Reforma y duró toda la tarde entre banderas, camisetas, cervezas y más tequila. Se hicieron bromas a extranjeros que pasaban por ahí y a reporteros que cubrirían con espuma, cerveza y otros fluidos.
Hubo porras, gritos y un atrevido que se subió en lo alto de un semáforo ondeando la bandera mexicana como icono nacional. Enseguida le gritaron ¡que se aviente, que se aviente! y el intrépido amagó con hacerlo, después nuevos gritos ¡Juan Escutia, Juan Escutia! hasta que se aventó y fue recibido por la afición como si fuera un rockstar.
Poco a poco los festejos se fueron saliendo de control. Había mucho alcohol en la calle y los aficionados empezaron a hacer algunos destrozos, hasta que llegaron policías y granaderos a pedirles calma, y a confiscarles todo el alcohol que estaban bebiendo. Hubo los clásicos golpes de los que aún no querían parar el festejo; sin embargo, sus palabras barridas y movimientos torpes, eran el indicio de que ya no podían seguir con eso.
Finalmente, los aficionados se empezaron a ir, esperanzados como cada 4 años de que su selección por fin hiciera historia, aunque al final no fue así, había que esperar un nuevo mundial.
Mis momentos favoritos de México en los mundiales
El traje de portero que uso y diseñó Jorge Campos en el mundial de EU 94.
La atajada de Memo Ochoa a Neymar para dejar el marcador 0-0 contra el anfitrión en el mundial de Brasil 2014.
La camiseta de Aba Sport que portó México en el mundial de Francia 98, con la imagen del calendario azteca de fondo.
El gol de Cuauhtémoc Blanco de penal, para sellar el 2-0 sobre Francia en el mundial de Sudáfrica 2010.
El golazo de Jared Borgetti a Italia con gran pase de Cuauhtémoc Blanco en el empate 1-1 en Corea-Japón 2002.
Que México le ganara a Croacia 3-1, callándole la boca a Luka Modric y a su técnico Niko Kovac, quienes menospreciaron a México antes de dicho juego.
El festejo de Guardado dirigiéndose a la cámara de TV para decir que a los mexicanos no les temblaron las piernas, como había dicho el entrenador de Croacia días antes.
El golazo de Cuauhtémoc Blanco contra Bélgica, con un centro exacto de Ramón Ramírez en Francia 98.
El gol de Rafa Márquez vs Argentina en Alemania 2006 que ponía a México arriba en el marcador, aunque al final, ganaron los argentinos.
El doblete de Luis García vs Irlanda en el mundial de EU 94.
Que Memo Ochoa le atajara el penal a Lewandowski en Qatar 2022.