Es octubre y no se me ocurre una mejor temporada del año que la spooky season para hablar de las letras de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero, autoras ecuatorianas brillantes y dos de las voces más poderosas de las letras latinoamericanas actuales.
Como ya se ha dicho mil veces, en las últimas décadas ha cobrado fuerza una corriente literaria de mujeres que escribe desde el terror o lo inquietante para hablar, no solo sobre los horrores que habitan en la mente humana, sino también para retratar la mórbida realidad social que se vive día tras día en América Latina.
Autoras como Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, Liliana Blum, Ariana Harwicz, Michelle Roche Rodríguez, Giovanna Rivero y las mismas Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero (entre otras) se han vuelto famosas por reinventar un género que se inscribe en la tradición de grandes como Amparo Dávila o María Luisa Bombal y, yéndonos mucho más atrás y cambiando de continente, Mary Shelley, por ejemplo.
Las voces de estas mujeres que escriben sobre lo fantástico, lo irreal, lo sobrenatural, el miedo, el gore, el maltrato, el amor y la violencia han sido englobadas en dicho movimiento literario, también llamado “terror social latinoamericano”.
A mí este término no me gusta. Me hace pensar en literatura panfletaria que solo quiere la denuncia social, y eso no representa los matices ni la complejidad de perspectivas que estas autoras plantean en sus obras. Es innegable que comparten una columna vertebral dada por cierto contexto social, político y económico compartido, pero definitivamente cada vértebra es única en su aproximación a lo macabro. Me parece mucho mejor el término “gótico latinoamericano” o “gótico andino”, como Mónica Ojeda definió el género de su propia obra.
Que lo gótico se aleje de la literatura eurocentrista, los escenarios burgueses y encuentre su propia vertiente en lo típicamente latinoamericano para explorar el miedo a partir de lo que conocemos es increíble; una bocanada de aire fresco en un género lleno de clichés.
En particular, Ojeda y Ampuero comparten, además de su país de origen, cierta visión de la realidad desde lo grotesco, la monstruosidad del cuerpo, lo que significa ser mujer, y el horror y la belleza como dos caras de una misma moneda.
De Mónica Ojeda he leído Nefando (2016), Mandíbula (2018) y Las voladoras (2020). Las tres obras me gustan bastante, sobre todo el libro de cuentos y su primera novela. Recuerdo que la primera vez que leí Las voladoras (2020) estuve cerca de dos horas destrozada: atónita, horrorizada, tristísima y sobrecogida. Sintiendo a más no poder.
Los ocho cuentos del libro están poblados de criaturas extrañas, brujería, rituales poéticos, sangre, cabezas que ruedan, cuerpos mutilados, hechizos, mitos ancestrales, mujeres misteriosas y, sobre todo, de imágenes hermosamente grotescas, siniestras y profundamente enternecedoras.
No sé si me inquietaron más las historias macabras y desoladoras del libro, la soledad de las mujeres que habitan las páginas o la belleza hiriente y escalofriante de la voz lírica. Me eriza la piel lo espléndidas que llegan a ser la fealdad y la repugnancia en este libro; cómo lo bestial se vuelve sublime.
Las voladoras es de las poquísimas colecciones de cuentos de las que puedo decir que todos los relatos me gustan. Tiene una sensibilidad poética que me parece fascinante. No puedo recomendar solo un cuento ni decidir cuál es mi favorito. Así de bueno es el libro.
A María Fernanda Ampuero la conocí con Pelea de gallos (2018) y después leí Sacrificios humanos (2021). El primero es el que más me gusta. Es brutal. Comienza con un cuento que es una genialidad. A diferencia de Ojeda, la prosa de Ampuero es menos ritual o “poética” y más directa. Precisa, contundente, cruel.
En la colección de cuentos se plasman más abiertamente complejas problemáticas políticas y culturales de Latinoamérica. Un aplauso al que escribió la contraportada porque resume de forma bastante acertada el libro y menciona que “aborda todos los horrores y maravillas que se encierran entre las cuatro paredes de una casa: el espanto y la gloria de nuestras vidas cotidianas”.
Ampuero observa con lupa las dinámicas de poder, el amor, la familia y el abuso desde la mirada de personajes, a quienes el mundo nunca les dio una oportunidad. La voz narrativa de la escritora es sutil pero dura; sus cuentos, miniaturas afiladas. Cada relato, cada acción y cada personaje revelan mundos enfermos y despiadados contados con una belleza y claridad de lo más perturbadoras.
Pelea de gallos es un libro que, como el de Ojeda, aborda las atrocidades del cuerpo, la exploración de un erotismo monstruoso y las implicaciones terribles de ser mujer. María Fernanda Ampuero muestra realidades descarnadas cuyos huesos blancos brillan y deslumbran. La mayoría de los cuentos me gustan mucho, pero hay tres en particular que me impactaron: “Subasta”, “Pasión” y “Luto”. Recomendadísimos.
Una cita de Nefando dice que “hay dos formas de encarar nuestra humanidad: cavando en el cielo o cavando la tierra. Nubes o gusanos. Celeste o negro. Normalmente todos cavamos el cielo porque sólo los locos miran hacia abajo y escarban. Se supone que queremos la inmensidad, pero no la nuestra, sino la que nos excede, y esto está siempre muy lejos de la piel y los huesos; muy lejos del polvo al que volveremos y con el que alimentaremos el pasto. Te digo una cosa, […] siempre es mejor cavar la tierra”.
A Ojeda y Ampuero no les importa el cielo, cavan profundo en la tierra y revelan la condición humana, lo que habita en la inmensidad de nosotros, lo monstruosa que es la humanidad, lo monstruoso que es encontrar la belleza dentro de tanto horror. La narrativa de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero es una escritura-cóndor: carroñera y magnífica.
“Luncheon on the Grass”, 1863. Edouard Manet. Obra de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.
La gente ociosa siempre es la más amena; su compañía, el mejor provecho
En algún punto hay que mandarlo todo al carajo. Nada es tan grave o importante para revocar esta sabia máxima de higiene mental. Y con esto no quiero decir que insultemos al resto de la humanidad cuando se nos antoje, ni que dejemos de honrar nuestras deudas y obligaciones —por más que la idea de fastidiar a algunas personas y la de morir dejando una millonaria deuda al banco, me resulten coquetas. El punto es otro: sea como sea moriremos, tarde o temprano, un día o una noche, y aceptar esa condición es entender que en la vida la excepción es la base de todas las reglas.
Decía Alain que los perros son grandes maestros para el ser humano, entre otras cosas porque nos enseñan la importancia de bostezar. Y es que, de cierta forma, el bostezo es una declaración, la expresión de algo. ¿De qué, pues? ¿de que tenemos hambre o sueño? No. O sí, y según ciertos estudios también es un mecanismo de enfriamiento del cerebro, pero no solo eso, hay algo más en la imagen: el perro interrumpe lo que sea que esté haciendo, abre el hocico en toda su extensión, descubre dientes, lengua, paladar, y luego cierra de golpe.
Su gesto es una lección magistral de relatividad; refuta la seriedad universal, la rigidez de las relaciones humanas; nos dice que nada es tan grave como parece, o como queremos creerlo. Y, además, como todxs sabemos, los bostezos se transmiten inexplicable pero irremediablemente y en ese simple hecho reside la prueba misma de su necesidad.
“Urgente”, “importante” y “prioritario”. He aquí tres malgastadas palabras que día a día se devalúan y pierden sentido en el teatro del mundo laboral. Entre la angustia y el desánimo, millones de asalariadxs las recibimos de jefxs que las esgrimen sin ninguna consideración —a menudo sin siquiera pensarlo—, y con solo el deseo de presionar, de darle giros de tuerca a la Máquina y mostrar que ahí están, al acecho, expectantes al más mínimo error de nuestra parte para acomodarse las mangas y dejarse caer con todo el peso de su ridícula autoridad.
Con frecuencia me pregunto: ¿alguna vez en la historia habíamos necesitado, tanto como hoy, de tiempos muertos? Momentos de pausa, espacios diáfanos, libres de producción, instantes de puro ocio —y ya sé que la “pureza” del ocio, como la pureza de cualquier cosa, excepto quizás la del whisky, estará siempre en entredicho.
Hoy todo se trata de producir (se) y disciplinar (se), de limitar cualquier posibilidad de recreo, y no hace falta leer a Lipovetski, a Rosa de Luxemburgo o a Byung-Chul Han para darse cuenta. Basta con tomar un café entre amigxs y no tardará alguien en mencionar un milagroso Couch con más poder que todos los chamanes de Siberia, o, al navegar unos minutos en redes sociales, saltará un aviso de tipo: “¿QUIERES DEJAR DE PROCRASTINAR? NOSOTROS TE DECIMOS CÓMO Y ARMAMOS TU CALENDARIO”.
Incluso al entrar a una librería o pasando por la caja registradora de un supermercado aparecerá el equivalente de la autobiografía de Steve Jobs entre las novedades, o la cara sonriente de Donald Trump en la carátula de ¿Por qué queremos que seas rico? el último libro de Robert Kiyosaki, gurú del pensamiento ejecutivo y vaca sagrada de la literatura de auto-explotación personal.
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Hace días sostuve un debate sin sentido con un buen amigo. Indignado (y con toda la razón), balanceaba su cerveza de un lado a otro mientras me contaba sobre una nueva y escalofriante tendencia que había notado entre la gente: muchxs afirmaban con orgullo que cada vez duermen menos y producen más.
— ¿Acaso nadie les ha enseñado a mirar por la ventana? ¿No tienen abuelos? — insistía él.
— Sí, seguro también hacen cursos de lectura rápida —repuse— Pero bueno, ¿podríamos echarles la culpa? Este mundo nos empuja a volvernos una corporación con patas, este cuentico del emprendimiento, “yo soy mi propio jefe” y otras aberraciones. Antier leí el blog de un español que organiza todos sus viajes en Excel. Agenda una actividad para cada hora, desde las 8 am hasta las 10 pm.
— No joda, ¿y les pone color?
—Amarillo para las actividades de playa, verde para las salidas al parque, gris para el museo…
—Pues su blog debería llamarse Yo, robot… Definitivamente estamos condenados. Vivimos literalmente bajo la dictadura del carpe diem… resulta que si uno no hace diez mil cosas en el mismo día entonces está malgastando su vida…
— ¡Pura hipocresía! Como si no se tratara de consumir, en el fondo. Consumir lugares, consumir experiencias, consumir personas. ¡Qué puto horror! Me recuerdas la historia del Wellness…
—Ajá, ¿y esa cuál es?
—Una triste, pana… en realidad eso nació en el siglo XIX, con la crítica al sedentarismo de la sociedad industrial, que degeneraba cuerpos y mentes, pero vino a estallar mucho después: por allá en los años cincuenta unos gringos, en su mayoría ejecutivos, empezaron a interesarse mucho por el cuidado de la mente. Ya sabes, yoga, acupuntura, Feng-chui, veganismo y otras prácticas de la “sabiduría oriental”. Eran tiempos de nuevas utopías, tiempos en que las comunas hippies, y proyectos como el de Auroville en India se hacían famosos…
—Vaya, pana, te pusiste nostálgico.
—No creas. Los hippies de hoy son los yuppies del mañana… De hecho, estos gringos que te cuento vieron la potencia del concepto. Reemplazaron fitness con wellness.
— Aja, ya no se trataba solo de adelgazar sino también había que purificar el espíritu.
— Exacto. Y claro, de ahí a los Spa de lujo, los centros de vanidad y los consorcios de Wellness el camino es corto. Una vez más el capitalismo lo logró, absorbió algo que parecía interesante… Además ahora ni siquiera lo esconden, dicen que wellness significa “mayor eficiencia laboral”. Cualquier multinacional que se respete compra plantas, pone música de fondo y ofrece cuartos de meditación a los empleados.
—Lo que sea para que el empleado se olvide de que está trabajando… y peor ahora, que uno trabaja desde la casa, o desde una isla tropical del caribe. No sé si nos vamos a convertir primero en robots o en zombies.
—Que comiencen los juegos del hambre
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Lo bueno de las charlas de taberna es que uno las olvidas fácilmente. Pero a veces aflora un detalle, una idea, un hilo que te lleva a lugares insospechados. Así ocurrió con los brotes de anarquía efímera de aquella tarde. Volví a un punto: la siesta. No habíamos mencionado a las compañías japonesas que las pusieron de moda ni su historia, que también debía empalmar con la historia del ocio. Me sentí raro al recordar que, incluso yo mismo, había recomendado la siesta decenas de veces entre mis conocidxs. Era la receta perfecta para seguir auto explotándose sin sufrir. Entonces decidí cavar otro hoyo de conejos y me pregunté por su origen.
Parece que la palabra siesta viene del latín e indica la sexta hora. Es mediodía, la mitad de la jornada laboral, el momento más caluroso en ciertos lugares del planeta, o cuando menos uno de los más agotadores (pues ya lleva uno trabajando cinco horas o más). Pero había otro elemento esencial, la comida. La siesta es una consecuencia biológica de la digestión, pues entre más copioso sea el almuerzo, más sangre baja al estómago y se produce eso tan bello y tortuoso que en México llamamos “mal del puerco”. España suele preciarse de ser artífice o cuando menos la guardiana más aguerrida de esta tradición mundial, aunque las cifras de hoy muestran lo contrario. No cuesta, en cambio, mucho esfuerzo imaginar a vasallos y ciudadanos de la Roma antigua parando la actividad, dando paso a ese momento sagrado de la vida comunal, que habría de expandirse a lo largo y ancho del continente.
En Historia de la nocturnidad, el historiador Roger Ekrich descubrió fascinantes detalles sobre la vida nocturna en el pasado. Todo indica que antes de la revolución industrial y el alumbrado eléctrico que imponía su día en medio de la noche, la gente dormía en dos fases, y no en una, como hacemos (más o menos) ahora. Antes había un “primer sueño” ubicado entre las ocho y las once de la noche, y un “segundo sueño” que iba aproximadamente de las dos de la mañana hasta el amanecer.
Lo que ocurría en la mitad de esos sueños responde mucho al ocio: encuentros nocturnos entre amigxs, familiares y desconocidxs en torno al fuego, intercambios en las tabernas y comercios que seguían abiertos; transacciones y relaciones carnales (maritales, adúlteras y de prostitución); desenvueltas charlas en la cama; paseos sin otro fin que el de divagar en medio de la noche. En otras palabras, una poética de la licencia y la vida improductiva tal y como la conocemos hoy.
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El ocio de antes estaba encarnado en la figura del simpático haragán. Este personajillo vivía alegre, se paseaba por la vida con desenvoltura, siempre buscando la forma de rodearse de amistades para compartir con ellas la diversión y los placeres mundanos. De un banquete a la taberna, de una fiesta a la orgía, del sueño largo e ininterrumpido al festín mañanero. Como dice Vivian Aveshunan, “el ocioso sigue como si no hubiera perdido el paraíso, como si siguiera viviendo en él” 1.
En eso cree el heróico Dandy de Baudelaire y el Dorian Gray de Oscar Wilde. A él también se refiere Stevenson en su inmortal Apología del ocio; “son los benefactores que nos hacen sonreír cuando nos los topamos, o sazonan nuestras comidas con su buena compañía”.
Sin embargo, es claro que el ocio se ha desfigurado. El sistema lo estudió, lo asimiló y nos lo ha devuelto procesado, como un producto más de la canasta básica/familiar. Lo encontramos en lo que Carlos González llama “la tiranía neoliberal del número”, esto es, la horrible propensión de pensar y adorar el cuánto. ¿Cuántos países has visitado?¿ Cuántos ¿libros has leído?¡ Cuántos idiomas hablas? Sin lugar a dudas, una presión que solo lleva a la esclerosis.
Recuerdo que hace años, cuando trabajaba en una escuela primaria del sur de Francia, me asombraba que tuviera un Centro de Ocio. Y no porque fuera algo único (la mayoría de escuelas públicas tenían uno), sino porque había logrado sistematizar los goces infantiles del juego.
El concepto es simple: un grupo de jóvenes recreacionistas encuadran las actividades de los niños en torneos, talleres y performances que se repiten durante dos o tres horas. Fútbol, basquetbol, ping-pong, iniciación a la cumbia, juegos de mesa, taller de plastilina y cientos de cosas más. Ya lo sé, suena como un paraíso para niñxs o el cielo al que vas si mueres sin crecer demasiado y siempre te portaste bien. Nunca habría imaginado ver las fisuras del ideal desde adentro.
Había un niño llamado Jules. Era, lo que se dice, un dechado de virtudes. Inteligente, sensible, solidario y risueño. Decía que de grande sería naturalista para cuidar a las plantas y luchar contra el cambio climático. Cumplidos sus ocho años, Jules cambió un poco. Se lo veía errático, poco seguro de sí mismo, no tan gracioso como siempre. En una palabra, Jules parecía angustiado.
Una tarde en que su mamá vino a recogerlo, decidí llamarla aparte y hablar con ella. Me contó que Jules estaba muy nervioso por algo que poco tenía que ver con su situación familiar. ¿Qué preocupaciones puede tener alguien a esa edad y en una situación socio-económica y cultural tan favorecedora? Me preguntaba. “Desde el año pasado mi hijo se estresa tres veces al año, justo unos días antes de las rondas finales del torneo de ping-pong”. La revelación me sorprendió tanto que casi me rio. Luego descubrí que Jules no era el único. Había muchxs como él, que conocían las neurosis de la vida adulta a destiempo y por cuenta del ocio.
No hay mayor vértigo que la obligación de llenar todos los instantes de la vida con algo. Probablemente de ahí nació lo que ahora conocemos como “contenido”. De la incapacidad de aceptar el vacío, la nada; de la necesidad de entregarnos a experiencias pre-elaboradas a marabuntas de ocupaciones sin sentido. Lo más curioso y lo más aterrador es que esas directrices forjan otra cárcel, la del tedio absoluto. “La exigencia de llenar de intensidad todos los momentos del tiempo que se nos ha asignado en la vida acaba siendo una monotonía asfixiante”, diría Slavoj Zizek.
Por todo lo anterior, quizás sea hora de parar de vez en cuando. Observar, escuchar, sentir, entregarse a la realidad sin miramientos. Imaginar un nuevo ocio provisto de improductividad, un espacio más allá de los dictámenes de “ser felices” y “divertirse”, cadenas que solo nos sumergen en un universo distrópico (que no distópico) en el que las personas son obligadas a sonreír so pena de recibir un disparo en la sien.
El nacimiento del jazz moderno cuenta con tres héroes: Charlie Parker, Dizzie Gillespie y Thelonious Monk. La revolución que supuso el salto del swing al bebop no fue una aportación de las escuelas de Nueva York, Chicago o la Costa Oeste: vino de Kansas y las dos Carlonias, Norte y Sur.
Pero las complejidades armónicas que el movimiento detonó no fueron la pasión de Monk, quien se inclinaba por disonancias y estructuras más ambiguas, demarcándose del nuevo estilo que causaba sensación. De ahí que al principio sus interpretaciones poco convencionales no fueran del todo comprendidas. Sería hasta la década siguiente cuando viviría su esplendor como pianista y compositor.
Nació en Carolina del Norte en 1917. Fue uno de los músicos que estuvo presente en las míticas sesiones en el Minto’s Playhouse, el club de Nueva York donde surgió el bebop. “Yo no estaba pensando en cambiar el curso del jazz. Sólo intentaba tocar algo que sonara bien”, diría después cuando le preguntaban acerca de aquellas veladas. Era uno de los músicos más jóvenes de los ahí reunidos. Sin embargo, su manera de innovar causó conmoción. Nadie lo conocía por entonces y no tenía un empleo. Pero se convirtió en el pianista fijo del Minto’s.
A pesar de esto, los cuarenta fueron una década perdida para Monk. En el 42 trabajó para Lucky Millinder, en en 44 con Coleman Hawkins y en el 46 con Gillespie, pero la oportunidad de liderar su propio conjunto y grabar no se presentaba. Las sesiones que había protagonizado junto a Parker y Dizzie eran una figura casi olvidada. La obsesión por la velocidad de los boppers no casaba con su visión, él prefería los tempos medios y lentos. Su manera de improvisar esta anclada en la pausa. Además se metió en problemas, como la mayoría de los jazzistas de la época, al iniciarse en el consumo de drogas.
Monk aprovechó su permanecer en la sombra para consolidar sus ideas y en la década de los cincuenta resurgió. En el 47 y el 48 había puesto en marcha este renacimiento con sus grabaciones para Blue Note. Donde se advierte una madurez que lo situaría en el lugar que le correspondía, comenzaría a consolidar su sello personal y grabaría una de las piezas más significativas en la historia del género: Round Midnight. Su conducta extravagante era uno de sus rasgos más marcados, junto a su look, la barba de chivo, los sombreritos o la boina francesa y el ocasional bastón.
En 1951, en pleno auge de su dominio de la escena, su licencia le fue retirada porque lo detuvieron en posesión de estupefacientes. Lo que lo llevó a estar ausente de los clubes de Nueva York por un periodo de seis años. Las grabaciones de ese periodo documentan una época dorada dentro de su proceso creativo. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta Monk ascendería en la cima del mundo del jazz.
A lo largo de su carrera, Monk atemperó sus tendencias vanguardistas con melodías sencillas, repetitivas y casi infantiles. Sin embargo, siempre trataba de ir más lejos y construía también intrincados laberintos musicales en los que muy pocos músicos podían seguirlo. En otro extremo se situaba el Monk baladista, que con RubyMy Dear evidenciaría sus enormes lazos de la música tradicional norteamericana. Toda su vida la recepción crítica de su obra estuvo sujeta a la incomprensión de los críticos, quienes casi siempre reaccionaban de manera tibia, aunque otras veces lo ensalzaran, hasta después de su muerte, que obtuvo el reconocimiento unánime.
A finales de los cincuentas la disquera de Monk, Riverside, tuvo la brillante idea de empatarlo con los mejores saxofonistas de la época. Uno de ellos fue su paisano John Coltrane, uno de los hardbopper más furibundos de la escena. De esta asociación se desprendió el álbum Thelonious Monk with Jonh Coltrane, un disco que se ha convertido en un referente al ser una de las razones para inducirlo al Salón de la Fama del Grammy. Resultado de las muchas noches en que ambos músicos incendiaron el Five Spot Café en 1957. Coltrane estaba a punto de convertirse en el principal saxofonista de su tiempo y su último peldaño en su preparación fue su choque con Monk. Sólo estuvieron juntos unos meses, pero sirvieron para que Coltrane terminara de foguearse. Siempre mostró admiración por el pontífice: se refería a él como “arquitecto musical de primer orden”.
En el 58 Monk por fin consiguió que las revistas especializadas se rindieran ante su talento: Down Beat, en una encuesta por el mejor del año lo situó en el número uno. Pero también fueron años problemáticos para el pianista. Empezó a ser aquejado por problemas psicológicos. Durante los años sesenta recibió tratamiento para la depresión y su personalidad se fue haciendo cada vez más distante. Durante los años setenta permaneció recluido. Sólo tuvo tres actuaciones, la última en 1976.
Como Charlie Parker, Monk también pasó tiempo en hospitales psiquiátricos. Y también como Parker, fue muy amigo de la baronesa Pannonica, quien junto a la esposa del pianista, veló por su salud hasta que sufrió un derrame cerebral el 5 de febrero 1982. Permaneció doce días en el hospital Englewood de y fue sepultado en el cementerio de Ferncliff en Hartsdale, Nueva York.