Tierra Adentro
Portada del libro "Las visiones", de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada del libro “Las visiones”, de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Arrieros somos y en el camino andamos…

CUCO SÁNCHEZ

Silencio

Aunque acabe yo muerto, ya te dije que me voy a salir a buscarlo. Me dice. Y yo le contesto que está bueno. Le digo: está bueno pues, Ramón pero luego no vengas llorando, le digo, luego cuando regreses no vengas llorando diciendo que te mataron. Y luego él se queda callado y me pregunta: dónde se quedó mi fusil. Es el que tiene el cañón desviado, le digo. Sí, me dice, ese mismo. Y yo me salgo de la casa. Ella se sale de la casa sin escucharme, dónde se quedó mi fusil, alcanzo a decirle, pero ya está muy lejos. La pregunta de él se me hace pequeña en el oído, como si pudiera tomar su voz entre estos dos dedos y pienso: pues que se vaya, si se quiere ir pues que se vaya. A mí qué.

Margarita, me grita. Yo me hago la sorda, veo a mis gallinas, a mis perros. Margarita, le grito. No digo nada, me hago la mensa, qué le voy a estar diciendo, pues qué traes, Ramón. Déjame en paz el brazo, suéltame. Ya me voy, me dice y me suelta. Ya me voy. Que te vaya bien, le digo.

Se va dejar irme así. Cómo así, le digo. Sin despedirse de mí, dice. Si es usted el que se está yendo, me dice. No sea, Margarita, que me van hacer falta sus besos, esos que me da usted a veces.

Yo le estoy diciendo que no se vaya para que no le falten. Luego él me dice, no sea así, Margarita. Cómo así, le pregunto. Así, despiadada, le digo.

Miserable. Si yo no me estoy yendo. Desde que nos casamos me quedé aquí, juntito de usted, yo me voy a morir aquí mero, sobre el polvo de su sombra, Ramón, sépalo bien.

Y usted, me dice, sépase muy bien que si cuando yo regrese, la encuentro con otro fulano, yo a ese lo voy a matar y luego la voy a matar a usted, aunque me parta el alma y para acabarla de amolar, me mato yo también, cómo la ve.

Ah no pues, retebien, Ramón.

Ella no dice nada. Acaricia una piedra ardida por el sol. Yo le digo, ya me voy pues y se alista el fusil a la espalda y me marcho, ahí nos vemos pues, Ramón, le digo con tristeza. Y me voy triste. Pobre de mí y pobre de usted, Margarita. Mira que irnos así, sin despedirnos. No es de dios.

Deja una nube de polvo atrás de sus pisadas, yo me quedo agarrada a una piedra quemante. Pienso en mis gallinas y en mis perros, en si hay suficiente leña en el anafre. Me ve irme convertido en alma en pena, con mi fusil troncho a la espalda y luego desaparece como si estuviera viendo yo visiones, después ya no veo nada. Ya se va hacer de noche, me entro a la casa para que el polvo no me entre en los ojos. Es de mal agüero, dicen.

Silencio

/ En cuanto me termine esta bebida y otras más partiré a reunirme con nuestro valeroso general Francisco Villa, estandarte ígneo de nuestra lucha. Para dicha empresa no pienso ir solo, por eso traigo conmigo mi fusil, herencia de mi difunto padre que a su vez recibió de su difunto padre y él de su difunto padre y así sucesiva- mente pasando de Llanes a Llanes. Aceptaré, de muy buena gana, a quien quiera acompañarme porque los caminos son peligrosos y solitarios y es cierto que mi fusil, aunque vigoroso y recio podría necesitar asistencia. Agradeceré la lealtad solo de los más valientes y fieros revolucionarios. Una vez encontrados con nuestro general Villa, le hablaré atentamente de todos los servicios proveídos por quienes estén dispuestos a acompañarme. Estoy seguro de que la generosidad de nuestro general no tendrá fin. Quién está conmigo. Lo voy a decir una vez más, quién está conmigo. Quién está conmigo. Quién está conmigo/

Silencio

/ Es cierto que va usted a ver al general Villa/ cierto es/ sabe usted dónde está/ para eso mismo voy a ir a buscarlo/ dicen que anda por Canatlán/ quién/ Villa/ quién dice/ Yo me supongo que alguien dirá/ me estás viendo la cara/ digo, que por ahí lo escuché/ pues para Canatlán voy/ señor/ qué diablos quieres/ para Canatlán es muy lejos, señor revolucionario/ no te burles de mí, eh o aquí mismo te sorrajo una/ que con ese caballo se va quedar a la mitad, digo/ cuál caballo/ qué no tiene usted caballo / con mis pies tengo/ para llegar a Canatlán no, señor revolucionario/ cállate/ lo digo principalmente por su falta de caballo y por lo de su fusil/ qué tiene mi fusil/ tiene la boca toda chuequita/ cuál es tu nombre/ mi nombre/ sí, tu nombre/ Atanasio Robles, humilde servidor/ Pues muy bien, humilde servidor, Atanasio Robles este fusil es capaz de. Qué haces/ se me desajustó el cinto, señor, pero lo estoy escuchando, no se fije/ no me fijo, nada más tú dime cuándo lo probamos/ qué cosa, señor revolucionario/ mi fusil/ dónde/ en tu cabeza/ no sea usted malvado, señor/ entonces cállate la boca/

Silencio

/ No va usted para Durango, señor revolucionario/ no te dije que te callaras el hocico / yo no tengo hocico, tengo boca, las burras tienen hocico, señor/ por eso, burro/ es que no me ha contestado/ voy para Canatlán/ ah/ ah, qué/ nada/ ah, qué cosa/ que Durango y Canatlán es para el mismo lado/ qué casualidad/ yo sé llegar/ qué bien/ y yo le puedo decir por dónde irse/ no te apures/ y va llegar a pie, señor/ ya te dije que sí/ ah verdad, que no tiene usted caballo/ dame una razón para no reventarte una bala entre las fauces/ yo tengo un caballo/ de verdad/ bueno, no es un caballo-caballo/ cómo que no es un caballo-caballo/ es más bien una burrita/ una burra/ pero bien bonita que está la burrita/ de qué porte/ del que le acomode/ y si no te ordenas te doy otra más fuerte/ qué feo me pegó, señor revolucionario/ me refiero a que si pueden ir arriba un revolucionario y sus pertenencias/ hace mucho que no me pegaban, nomás mi papá/ Atanasio/ dígame/ me refiero a que si pueden ir arriba un revolucionario y/ bien apretados cabemos los dos y el pilón que se nos junte/ si solo voy a ir yo subido/ no dijo usted que iba necesitar compañía/ sí, solo de los más fieros y bravos revolucio/ y dónde quedo yo, señor/ en tu casa/ no me diga/ sí te digo/ entonces ya me voy, con su permiso, señor revolucionario/ espérate y la burra/ se la presto con una condición/ trae a la burra con un diablo/ si se quiere llevar a Lucinda yo voy a ir con usted/ quién es Lucinda/ la burra/ ah/ y además no hay un caballo o una burra que le vayan a prestar en este pueblo o en el que sigue o en el que sigue, me oyó/ y tú a qué quieres ir/ quiero hablar con el general/ qué le quieres decir/ que somos muy pobres/ no es suficiente, tendrás que probar tu valentía y tus ideales/ la valentía está firme, señor y los iliales, pues quién sabe qué son, pero también los tengo bien puestos/ primero la valentía/ atento/ quiero que me traigas el zapato de ese hombre/ el calvo/ sí/ de ese calvo/ de ese/ cómo cree que le voy a quitar su zapato al Samudio/ y la valentía, Atanasio/ es bien grandote el Samudio/ por eso/ tronadote/ ándale, pues/ si sabía, señor, que a ese le dicen el Manosdemarro/ ve, hombre/ oye Samudio, son nuevos tus cacles/ ya no pierdas el tiempo/ que sí son/ tráeme el zapato /es nuevo el cacle, señor, no la friegue/ ya me doy cuenta que no tienes coraje, Atanasio, me voy/ espérese, señor, ahí voy, pero conste que si me mata el Samudio, conste, ahí le va pesar de su conciencia/ no te va pasar nada, desde aquí te voy a estar viendo/

Silencio

/ No me lo quiso dar/ y tú qué hiciste/ me quise retirar/ y después/ pensé que sí quiero ir a ver a nuestro general Villa y le dije otra vez al Samudio, le dije, Samudio, hijo de la tiznada, entrégame ese zapato en nombre de la revolución mexicana/ y él qué hizo/ qué no me está viendo, señor/ te dio una tunda/ me agarró a golpes/ y el zapato/ no me lo quiso dar/

Silencio

/ Le fui a preguntar otra vez si me daba su zapato el Samudio para presentárselo yo a usted /y el qué te dijo, Atanasio /me dijo tú estás loco y yo le respondí no, bueno sí, bueno, no sé y él me dijo te voy a surtir, Sanasio y yo le dije, bueno pues, Samudio cruel, pero tú me vas a dar ese zapato hoy o mañana o el día después y así hasta que te mueras, Samudio y te pueda quitar yo ese méndigo zapato/ y te volvió a dar/ me reventó el hocico, señor, pero no sin antes yo gritar viva Villa/ y qué haces aquí/ vengo agarrar fuerzas/ estás dispuesto ir otra vez a que te peguen/ sí porque yo soy bien valiente/ espérate, Atanasio, te van a matar/ no se apure, señor, los hombres pobres estamos hechos de piedra, le van a doler las manos primero antes de que me mate/

 


Autores
(Ciudad de México, 1993) es dramaturgo y director de escena. Desde 2017 colabora con la compañía de teatro Vincent Company para actores y no-actores fracasados. Es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.
"La creación de las aves", 1957. Remedios Varo. Imagen recuperada de Flickr (CC BY-NC 2.0).
“La creación de las aves”, 1957. Remedios Varo. Imagen recuperada de Flickr (CC BY-NC 2.0).

Hagamos un ejercicio: por un momento cerremos los ojos e intentemos no ver lo que ahora tenemos de frente. Tratemos de olvidar lo que ha pasado los últimos años, propongámonos desatender los estímulos externos, incluso las ficciones que se han desatado luego de la pandemia.

Estamos listos. Soltemos cada extremidad, el ojo de dios, la piel que rodea el cuello. Procuremos que la respiración sature cualquier deseo. Neguemos la incesante necesidad de pestañear o entreabrir los ojos. Dejemos para otro instante el deseo de stalkear, a quien de manera tóxica invitamos a nuestros más íntimos festines, las ganas inmensas de encender un cigarro o de libar incluso los mililitros de estimulantes licores o elíxires, cuya gélida espuma nos invita a generar resonancias varias.

Hagamos silencio.

 

Lista para mirar con el interior:

Abrazar un árbol, de preferencia un eucalipto

Soltar el cuerpo

Inundar los pulmones con el aire que debe salir y entrar lentamente

Calcar las manos

Frotarse hasta sentir la cuerpa

Cerrar los ojos

Inundarse con la llama interior

Sucumbir ante lo que se mira sin abrir los ojos

Reconocerse bruja

Ante tal ejercicio, una paradoja ha quedado instalada: no podemos luchar contra la separación de lo que vemos y advertimos, porque de aquello que nos ha mirado, que se ha quedado en nuestro interior, en la memoria —acaso en algo más poderoso—, brota una tradición que es capaz de recrear el sentido simbólico y poético de la imagen y, desde luego, de la lengua. Lo que nos mira será la clave para comprender el desdoblamiento entre lo que se percibe, entre aquello que hemos perdido —incluso dentro del campo visual— y que no escapa.

La tradición está aquí; cúmulo de pasajes históricos que dan cuenta —incluso de manera fragmentaria— de la forma en que las mujeres fuimos libres; porque hubo un momento en la historia en que lo fuimos. Quienes vivieron antes del siglo XIV podían trabajar libremente, ejercer su sexualidad y desarrollar saberes mediante la relación que sostuvieron con su entorno: vastas extensiones de bosques, de costas y de sembradíos que podían cosechar para alimentar a su prole; hubo un tiempo en que no había necesidad de etiquetarlas, en todo caso, todas eran mujeres. Pero la historia cambió.

Los relatos dan cuenta de cómo hasta el Renacimiento las mujeres en general sostenían una relación particular con la naturaleza y con sus cuerpos, con los ciclos de la vida —incluidas las cosechas— y con formas de generar relaciones que ahora leeríamos como horizontales.

Es hasta el siglo XVI cuando en la historia se origina un corte vertiginoso con la entrada de las exploraciones, procesos de violencia y despojo surgidos en los territorios desconocidos para Europa, sumados al  incesante comercio de esclavos y la creación de toda una maquinaria, que en aras del raciocinio sostuvo no solamente el precepto de otredad, sino del derecho divino de exterminio, el cual se inicia como la punta de lanza que hoy en día nos ha costado la vida a quienes nos denominamos como mujeres.

La historia de la caza de brujas no es sino la manera en cómo la política del miedo cobró la fuerza suficiente para matar bajo el cobijo del derecho eclesiástico y monárquico, a quienes siglos atrás eran libres. Así, como lo admite Silvia Federici, el exterminio de las mujeres en forma de la caza de brujas se liga de manera instantánea con el desarrollo del capitalismo y los procesos de despojo en América y África:

Lo que no se ha dicho es que, al igual que el comercio de esclavos y el exterminio de los pueblos nativos en el “Nuevo Mundo”, la caza de brujas se sitúa en el cruce de caminos de una serie de procesos sociales  que allanaron el camino para el advenimiento del mundo capitalista moderno […] El estudio de la caza de brujas nos hace replantearnos la arraigada creencia de que, en cierto momento de la historia, el desarrollo capitalista fue portador de progreso social; idea que en el pasado llevó a muchos “revolucionarios” a lamentar la ausencia de una  “acumulación capitalista genuina” en buena parte del mundo colonial. Pero, si mi lectura de la caza de brujas es correcta, se hace posible una comprensión histórica diferente, por la que los esclavos africanos, los campesinos expropiados de África, América Latina y los pueblos nativos en América del Norte pasan a estar emparentados con las brujas europeas de los siglos XVI y XVII. Al igual que ellos, éstas vieron cómo se les despojaba de sus tierras comunales, experimentaron el hambre provocada por el paso a los cultivos comerciales y presenciaron la persecución de su resistencia en signo de haber hecho un pacto con el diablo. 1

El ejercicio de entender el entramado de este proceso histórico nos lleva no solamente a generar una matriz de comprensión sobre las prácticas de violencia —de exterminio sin más— de las otras mujeres, mujeres negras, indígenas, precarizadas —no, en este relato quienes han saqueado la tradición de las brujas no cuentan—; quienes se enfrentan de manera cotidiana a luchar por sus vidas llevan la impronta de la cacería.

El seguimiento de la historia exige analizar en las pautas del siglo pasado puntos, nodos que nos conecten con otras formas del quehacer micro político, como el arte que desde las vanguardias generó el deseo de explorar desde la carencia el goce, la libertad, el reconocimiento de la naturaleza, el deseo para convertirse o no en madres y una manera de relacionarse que las mujeres sostenían antes de la invasión del capital. Es entonces cuando Remedios Varo entra en escena, ella también ha abierto los ojos.

El exilio y el deseo como formas de relacionarse con el mundo

En alguna entrevista, Remedios Varo admitió que “pintaría de la misma forma en cualquier lugar del mundo, puesto que proviene de una manera particular de sentir”; sin embargo, la manera en que pudo narrar el revés de su vida en nuestro país, la hacen no solamente cercana, sino próxima a las revelaciones de su época y todavía más de la nuestra, en la que  la visibilidad del exterminio hace un sonido transcendente, que nos propone mirar con claridad la tensión entre lo político, lo económico,  las relaciones que se forman en el horizonte del símbolo, así como la fantasía, lo onírico y los diversos elementos que guían hacia el surrealismo.

Decir que Remedios perteneció únicamente al movimiento surrealista es un argumento de ideas cortas que se contraponen a toda la obra de Varo, pues también se encuentra en el horizonte de la fantasía y de su propia mirada, sobre todo en México, donde junto con Leonora Carrington observa una tradición mística de estas tierras. Logra sacar de sus relatos y saberes mágicos, formas lúdicas de tejer su libertad y el profundo conocimiento tanto científico como mágico que, sumado al ocultismo, se une a las prácticas que dirigieron su quehacer en las artes.

Remedios nace en Anglés, Gerona, en 1908, su madre Ignacia Uranga y Bargareche y su padre Rodrigo Varo, ingeniero hidráulico y cercano a las ideas libertarias, quien motivó a Remedios a seguir una vida de artista; por lo que, en 1924 la inscriben a la Academia de San Fernando, en Madrid, academia en la cual tendrá un contacto formal con la pintura y, sobre todo, con la composición espacial.

En ese sentido, vale la pena advertir que la manera en que dispone del espacio para sus piezas, sobre todo las pertenecientes a los últimos diez años de su vida, entre 1953 y 1963, así como la fuerte influencia del quehacer técnico de su padre y su incesante sed de conocimiento científico tuvo un impacto cuya ejecución fue sustancial para ser una referencia del arte del siglo XX, gracias a piezas como Armonía (1956) Papilla estelar (1958), Microcosmos o determinismo (1959), Fenómeno de ingravidez (1963), entre muchas otras, en las que encontramos que sus elementos son trabajados de manera minuciosa y con gran rigor, sea en óleo, técnica mixta y sus célebres collages. La transmutación y el revés de su vida terrena, los sostiene mediante la inclusión de arcos narrativos, de relatos que a la par de sus bocetos darán vida al conjunto de su obra.

Luego de su estancia en la academia de San Fernando, Varo se casa con el pintor y cartelista Gerardo Lizárraga en 1930, con quien se instala en París y después en Barcelona. Ambos comienzan a experimentar al mismo tiempo que trabajan haciendo publicidad. Más tarde se separarán y tejerán una relación de amistad hasta el final de los días de Remedios.

El estallido de la Guerra Civil en 1936 y su encuentro con el poeta surrealista Benjamin Péret formulan su regreso a París y su relación con el círculo comandado por Bretón, en el que experimentará tres años de incesante creación combinado con su trabajo para la publicidad. Con el círculo surrealista, Varo conoció diversas técnicas como fumage, el frottage, la creación de cadáveres exquisitos, el collage, pero también los primeros contactos con las artes ocultas, la magia y la exploración del inconsciente como puentes para generar una vasta obra, que sostendría mediante las revelaciones que tales prácticas y relaciones suscitaron. 2

En 1939, la grieta de la guerra abre fosas; Europa se ha vuelto una gran trampa. Remedios junto con Péret comienzan a observar el fin de una época prolífica. A pesar de haber expuesto en galerías importantes y de haber participado en la Exposición Internacional del Surrealismo, el ambiente bélico ha permeado todo. De nuevo se reinician la cacería y las prácticas de intimidación.

En ese momento, Varo tuvo un grave problema migratorio, al entrar la ocupación alemana. Como extranjera, su situación la ponía en peligro, junto con el hecho de que Péret, al igual que Lizárraga, un año antes, habían sido enviados a un campo de concentración. Su situación fue inquietante. En año y medio se relacionaron con artistas e intelectuales que vivían el mismo miedo, como Víctor Serge. Finalmente, pudieron conseguir papeles y huir con destino a México.

Desembarcaron a mediados de diciembre en el Puerto de Veracruz con el estatus de “asilada política con un año refrendable” 3. La política migratoria en México se fundaba bajo la instrucción de refugiar a quienes habían huido del imperialismo nazi y el franquismo.

En ese sentido, Lázaro Cárdenas fue un defensor del Derecho de Asilo, mismo que contribuyó a sentar las bases de la cultura moderna y contemporánea del país, ya que no solamente Péret y Remedios llegaron, sino centenas de artistas, intelectuales y científicos que pudieron encontrar un intersticio en el cielo de esta urbe , cuya altura siempre es la carta de presentación para advertir a quienes llegan de distancias considerables que esta ciudad espléndida siempre lleva a la sensación de vértigo y, a veces, de vacío.

Ambos pudieron recrear como una estrategia de adaptación los círculos de los que la mayoría había participado en Barcelona, París o Marsella, como lo recuerda Isabel Castells:

Fruto de esta actitud de Cárdenas fue la entrada de una corriente de refugiados, entre los que se encontraban importantes representantes de la intelectualidad española y europea. De este modo, surrealistas como Leonora Carrington, Wolfang Paalen, Alice Rahon, Kati, José Horna y César Moro, etcétera, encontraron aquí un lugar idóneo para reiniciar su vida y su actividad creadora. Con todos estos artistas se relacionaron cotidianamente Remedios Varo y Benjamin Péret formando lo que despectivamente se ha considerado un “gueto” —inmortalizado en el cuadro Los días en la calle Gabino Barreda, de Gunther Gerzo— de artistas europeos refugiados en un país al que aparentemente no los unía otro lazo que la necesidad. 4

Entre el grupo, la conexión más viva se concretó con la amistad de Leonora Carrington, quien en Santander ya había vivido un infierno que la transmutaría en la artista que fue durante casi un siglo. Les interesaban las mismas cosas y participaban de los mismos juegos, como enviar cartas a remitentes desconocidos, actividad absolutamente fascinante para Remedios. En general, fue una relación para generar sus propias reglas.

De este modo, la casa de la calle de Gabino Barreda era un espacio para su liberación en un ambiente en donde se les permitía desarrollar sus saberes, como su interés por la magia y encontrar su espacio, incluso si no podían relacionarse del todo con las artistas mexicanas, como Frida Kahlo o si tenían que convivir con las críticas negativas recibidas por la propia Ida Rodríguez Prampolini.

El gossip y los secretos de transmutar en ave

En 1952, Leonora y Remedios se habían convertido en vecinas, en confidentes y, por supuesto, en artistas prolíficas cuyas relaciones personales les habían permitido explorar desde la libertad sexual y afectiva; también habían hecho viajes. Mientras que Remedios tuvo una estadía en Venezuela, Leonora había viajado a Estados Unidos, además de regresar por una temporada corta a Lancashire, Inglaterra.  A ellas se les había unido la fotógrafa húngara Kati Horna.

Las tres tuvieron experiencias distintas, libres de ser madres de manera forzada, con un respeto inmenso a la libertad de cada una, pero, sobre todo, sobrepasaron los límites del espacio doméstico. Como lo comenta Joanna Moorhead:

La amistad de Leonora con Remedios se intensificó y se convirtió en una de las más preciadas de su vida. Entre ellas tenían un nivel de comunicación que ninguna de las dos había sentido con nadie más. Algunos años más tarde Leonora escribió su novela La trompeta acústica; usó a Remedios de modelo para el personaje español Carmela Velásquez […] La inglesa exuberante de melena oscura y la española pelirroja fusionan sus extraños poderes y sus extraordinariamente fértiles imaginaciones y juntas se animan mutuamente a explorar proyectos más insólitos y extravagantes. 5

Sin duda, rastrear el origen de las palabras en vidas sujetas a una fuerte relación como las que Leonora, Kati y Remedios tuvieron nos llevan, al mismo tiempo, al relato inicial: la cacería de brujas. No sólo pudieron contraponer el espacio doméstico a las reglas sociales de la época de los cincuenta, dos décadas antes de que el feminismo llegara de manera incesante a nuestro país, sino que tejieron un espacio que les permitió liberarse del peso de los roles, que hoy llamaríamos de género.

El origen de las charlas entre mujeres se encuentra encumbrado en el inicio histórico del presente. Sin embargo, la amistad entre ellas, el juntarse para platicar de sus vidas acompañadas de cervezas, las risas y llantos, comenzaron a ser mal vistos en el siglo XVII. La palabra gossip —reconocida hoy no sólo por la serie de hace casi dos décadas sino como el mero chisme— no tenía la connotación negativa a la que poco a poco se fue atribuyendo, como lo comenta Federici “gossip todavía se emplea para designar la amistad femenina con el sentido implícito de que ‘las mujeres podían crear sus redes sociales y su propio espacio social’ y enfrentarse a la autoridad masculina”. 6

De esta forma, podemos advertir que tales reuniones contribuían a un quehacer micro político, el cual estuvo condenado los siguientes siglos mediante la tortura, el rechazo y la reivindicación de extinguir los lazos de amistad entre las mujeres llamadas posteriormente brujas.

Luego de una década prolífica y del aumento del encargo por su trabajo, Remedios comenzó a enfermar. Su segunda y última exposición sería en 1962 en la Galería Juan Martín, en donde vende el tríptico: Hacia la Torre, Bordando el manto y La Huida (1960), cuyos elementos recrean una historia completa de su vida antes de llegar a México. En La Huida se observa cómo el traslado se manifiesta nuevamente, es el viaje y la búsqueda lo que la llevan hacia un estado de revés.

Luego de terminar su última pieza, Naturaleza muerta, en la que el viento se mueve de manera circular, anuncia que ha llegado el momento de transmutar en una criatura que vuela. Su cuerpo físico dejará de existir el 8 de octubre de 1963. Víctima de un infarto y en compañía de Víctor Braunen, deja una última carta en la que pide que se plante un eucalipto, que seguirá siendo nutrido por la magia de esta ave única. Al cerrar los ojos frente a su obra, somos testigos de la creación de las aves. El trino reconfortante rompe el silencio. Y es hora de elevarnos.

Bibliografía:

  • Castells, Isabel, Cartas, sueños y otros textos, Era, 1997.
  • Didi-Huberman, Georges, Lo que vemos, lo que nos mira, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1997.
  • Federici, Silvia, Brujas, caza de brujas y mujeres, Traficantes de sueños, Madrid, 2021.
  • González Madrid, María José, Tesis doctoral Surrealismo y saberes mágicos en la obra de Remedios Varo, Universitát de Barcelona, Departamento de historia del arte, Barcelona, 2013.
  • Moorhead, Johanna, Leonora Carrington. Una vida surrealista, Turner, Madrid, 2017, p. 234.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes.

Para Natalia García Clark

Cuando era niña, mi atención microscópica se posaba en mi piel dispareja. Un sinfín de puntitos blancos me hacían pensar en la piel de una gallina. Desde aquel entonces, mi mirada respondía a su propio sistema de juicios y comparaciones. Mi universo estaba configurado a partir de codos y rodillas resecas, una panza inflada debajo de un traje de baño de cuerpo completo; el corazón contra las sábanas frescas en una noche de verano, pasteles de lodo, un perro gruñón que no corría por la pelota; nuggets en forma de dinosaurio, taquitos de pollo dorados, disculpas con la mirada baja; masturbación, croquetas de perro y mimetismos exacerbados.

No me percibía a mí misma como una niña normal. A menudo me sentía invadida por una presencia extraña: algo parecido a un espíritu antiguo que me hacía actuar y pensar de manera desconcertante. La niñez se convertía entonces en un lugar oscuro, lleno de recovecos y pliegues sucios. Con esto no quiero decir que tuve una infancia triste ni mucho menos, pero sí incómoda, desajustada, inverosímil, cargada de una consciencia laberíntica y una memoria impecable que me asaltan hasta la fecha. Lo cierto es que por más extraño que suene a menudo me sentía invadida por la presencia de algo parecido a un espíritu viejo.

Los viejos que conocía en ese entonces eran sucios y melancólicos. Los domingos que salía a comer con mi familia los veía rumiando solitarios por las calles del centro. En aquel entonces, Rigo, el abuelo de mi prima segunda, seguía vivo. Siempre lloraba solo mirando la televisión en compañía de su perro. Gracias a dios yo nunca tuve un abuelo porque en ese entonces todos los hombres viejos tenían algo en común: me incomodaban sobremanera.

Creo que el momento en que la esencia del viejo terminó de fijarse por completo en mi persona fue cuando nos encontramos a Tato, un amigo de mi abuela, en el restaurante del club industrial. Yo estaba deleitándome con una rebanada de pastel, cuando de pronto sentí el olor a fierro entremezclado con anís y sábana pegada en la jeta, esparcirse sobre mi cuello. Lo sentí aproximarse aún más cerca; cerca de mi oreja para a darme un beso de flor marchita, de chiste sin gracia. Tato pegó esos labios de babosa ciega sobre mi cachete y desde ese momento estoy segura de que lo viejo terminó de impregnarse en mí.

Poco tiempo después de ese desagradable encuentro me percaté de que incomodaba a los demás con mis chistes, mis extremidades torpes, mis silencios, mis tics y mis arrebatos de llanto explosivo. Algo en mi cuerpo no encajaba en el escenario de piernas largas y abdómenes planos: por eso nunca quise ponerme bikini. Cuando una amiga me invitaba a dormir, sentía que se arrepentía en el momento en que su mamá apagaba las luces y nos daba las buenas noches. Estaba segura de que podía sentir la presencia del viejo en el cuarto.

Ahora que ha pasado el tiempo, me doy cuenta de que no puedo ser tan injusta con mi espíritu de viejo. Después de todo, él me enseñó el amor por las caminatas solitarias y por la música fuera de moda. Me heredó el capricho de coleccionar cosas y la facilidad de quedarme postrada durante horas mirando pequeños ejércitos asirios y victorianos sobre un tablero de madera. Me presentó el mundo del jardín y sus encantos secretos; la afición por las doncellas de tobillos delicados con cuerpos opuestos al mío.

Ahora acepto sus chistes malos con mayor facilidad y bebo con gusto sus digestivos favoritos por las tardes del fin de semana. Incluso me he sorprendido a mí misma extrañándolo cuando se ausenta durante temporadas largas, y hago lo posible para que no demore tanto en regresar.


Autores
(CDMX, 1995) estudió una licenciatura en Literatura Latinoamericana. Actualmente trabaja como editora y creadora de contenido freelance para la plataforma de audiolibros Beek y la editorial infantil mexicana CIDCLI. Además, es editora en jefe y fundadora del proyecto literario y de gestión cultural C de Cultura.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Yotsuya kaidan, por Utagawa Kuniyoshi, 1836. Imagen del fantasma que sale de una lámpara, a la derecha hay un samurái sentado. Obra de dominio público.
Yotsuya kaidan, por Utagawa Kuniyoshi, 1836. Imagen del fantasma que sale de una lámpara, a la derecha hay un samurái sentado. Obra de dominio público.

En Japón, durante el verano, el calor es sofocante. Es el tiempo de las ropas delgadas y los abanicos, de los mosquiteros que permiten dormir con las ventanas abiertas y de las yukatas que permiten pasear bajo el amparo de los paraguas. Esta condición ambiental no solo afecta la moda, o las costumbres civiles para dispersar el calor, sino que también tiene su efecto en las producciones culturales. Particularmente, el caso del teatro y su relación con el clima es notable. Dependiendo de las condiciones climáticas, la naturaleza de las obras varía en cada estación. El crítico Richard J. Hand nos introduce en esta fascinante característica de las temporadas teatrales:

El género de las obras representadas en el escenario kabuki está dictado por las estaciones: a las obras celebratorias en la primavera les siguen las obras situadas en los distritos de placer o los palacios; en verano y el otoño temprano, las obras violentas o de fantasmas son populares, siguiendo la lógica de que el clima caliente puede ser atemperado con obras que “envían escalofríos en los huesos de la audiencia”.

La mano helada de la muerte se posa sobre los espectadores y, acaso por un minuto, el tremendo sol japonés deviene en mero accesorio que favorece el paso de los fantasmas. El verano ha llegado y, con él, el momento de los relatos 怪談 [kaidan].

Aunque los kaidan se popularizaron en el periodo Edo (aparecieron en el siglo XVII, y desde entonces han sido reproducidos a lo largo y ancho del archipiélago), llegaron a nuestro imaginario hace relativamente poco tiempo. En 1904, el escritor Lafcadio Hearn publicaría su célebre Kwaidan: historias y estudios de cosas extrañas, libro que sería traído a nuestra lengua cuatro décadas más tarde, en la ya legendaria colección Austral. Cuentos extraños, siniestros, que suelen estar poblados por seres mitológicos —como los llamativos yōkai—, o por espíritus y otras apariciones que vienen a advertir a los vivos sobre los rencores y venganzas que habitan el mundo de los muertos.

Aunque se le relaciona con los relatos de terror en un sentido más amplio, podríamos considerar el 怪談 [kaidan] como un género en sí mismo, pues se construyó a partir de una estructura peculiar elaborada a partir de una serie de características narrativas únicas y particulares. Así lo expresa el crítico David Thomas Reeves: “Los aspectos de los “relatos de lo extraño” que son el origen de la palabra kaidan permiten una serie de distintos tipos de trama que se unen en un solo tipo de historia, y cuya designación es en verdad la única forma de capturar el sentimiento de estos cuentos en su totalidad” (p. 19). No son los típicos cuentos de fantasmas, sino que el espectro de sus argumentos va mucho más allá y abarca cualquier resquicio donde se encuentre lo siniestro.

La crítica Noriko T. Reider, una de las más importantes estudiosas de este género a nivel mundial, llevó a cabo un análisis lingüístico de los caracteres que componen este término. En primer lugar, 怪 [kai] designa lo extraño o misterioso; es decir, el elemento siniestro que es característica fundamental en estas obras. Igualmente atractivo para los estudios folclóricos es el caso del segundo carácter 談 [dan], que podríamos traducir como conversación o relato, pero que encierra además el carácter oral de estos textos. “Dan 談 tiene un significado similar a hanashi 話 o katari 語り (i.e., ‘hablar’ o ‘narrativa recitada’). En pocas palabras, kaidan significa literalmente ‘una narrativa de lo extraño’. Como el carácter dan en kaidan indica, los elementos orales son importantes, pues remiten al papel de los contadores de historias que iban de pueblo en pueblo y cuyo papel fue fundamental para la propagación de los cuentos de este estilo”.

Los personajes y las historias penetraron en diversos estratos culturales: tanto en lo pictórico, en donde fueron representados por artistas del ukiyo-e —tales como Tsukioka Yoshitoshi y los maestros de la escuela Utagawa, como Hiroshige y Kuniyoshi—, como en lo literario, pues muchos autores del teatro kabuki o de textos narrativos dedicaron un importante número de obras a explorar este género. Sobresale, por ejemplo, el caso de Akinari Ueda, cuyos Cuentos de lluvia y luna constituyen una de las colecciones más populares de este género que ha llegado hasta nosotros.

En un país con un folklore tan rico en monstruos y apariciones, el desarrollo de estos relatos tuvo muchas facilidades. Sus personajes y tópicos se diversificaron y, aun en nuestros tiempos, podemos encontrar un gran número de producciones de este tipo en el manga, el anime, el cine y la literatura. No obstante, dentro de todos los temas y personajes que se transformaron en tópicos para estos relatos, hay un elemento que me parece fundamental para entender cómo se construye el horror en el kaidan: el fantasma femenino.

Para analizarlo, he elegido una de las obras más relevantes del género, que narra la historia del más importante fantasma vengativo de las letras japonesas: la temible Oiwa san.

Yotsuya kaidan, la conformación de lo monstruoso femenino

Hacia el minuto 52 de la película Tōkaido Yotsuya Kaidan (1959)1, el protagonista, el samurái Tamiya Iemon, bebe una breve taza de té en uno de los salones de su casa. Se le ve meditativo: está a punto de pasar su noche de bodas con su nueva mujer, Oume, pues no hace mucho tiempo que el samurái ha enviudado. La escena transcurre en una quietud que no tarda en ser rota por una voz ominosa: se trata de Oiwa, la recién fallecida esposa, quien lanza la siguiente advertencia desde la ultratumba: “伊右衛門どの、よくのこの私に毒を飲ましたな [Iemon-dono, yoku no kono watashi ni doku wo noma shita na, Iemon-dono, ¿cómo pudiste ser capaz de darme a beber veneno?]”.

Sobresaltado, Iemon mira en rededor para comprobar que se encuentra completamente solo. Tratando de recomponerse, vuelve a su taza de té y, un instante después, mira hacia arriba, donde acecha el horror. En el techo del cuarto, el fantasma desfigurado de Oiwa lo mira atentamente. Lo acecha. Armonizada por una música tensa, la muerta se dirige de nuevo a su exmarido: “この恨み必ず晴らしますぞ [Kono urami kanarazu harashimasu zo, Desataré todo este rencor (contra ti), no tengas duda]”. Con esta frase, Oiwa condenará a Iemon, interpretado por Shigeru Amachi, a una maraña de horrores, y lo perseguirá durante el resto de la historia hasta conducirlo a la locura.

La escena pertenece a una de las más célebres obras del 怪談 [kaidan] en el periodo Edo, el 四谷怪談 [Yotsuya kaidan]. Ubicada en Edo, en uno de los barrios occidentales, el Yotsuya kaidan ha fascinado al público japonés desde su primera aparición, escrita por el dramaturgo Tsuruya Nanboku IV. El argumento está basado en un crimen que ocurrió a principios del siglo XIX y narra la historia de la joven Oiwa, hija de un samurái poderoso, quien, por engaños de su marido —el samurái Iemon—, se ve arrastrada a una vida de miseria y maltrato de la que no encontrará salida sino hasta después de la muerte. Sin embargo, como es común en los kaidan, la muerte no es el final para las apariciones de este personaje: luego de una vida como esposa abnegada y sumisa, Oiwa encontrará en la muerte una herramienta para liberarse del yugo matrimonial; procederá así a vengarse de Iemon, de la joven Oume y de todos aquellos que tuvieron algo que ver en su asesinato.

https://www.youtube.com/watch?v=dGuroXVX3T4

En el diálogo de la escena mostrada, Oiwa emplea un término sumamente complejo, que se ha transformado en un tópico del horror japonés: el sustantivo 恨み [urami]. El término —que podría traducirse como “rencor”, aunque su significado es mucho más complejo— aparece por primera vez en el万葉集 [Manyōshu], la colección de poemas más importante de las letras japonesas, que data de la época Heian (794-1185 d.C). Esto significa que ha estado presente en el imaginario japonés, por lo menos, un milenio. De acuerdo con el diccionario etimológico japonés, 日本国語大辞典 [Nihon kokugo daijiten] (1948), el urami se define como “odiar a las personas que han cometido cosas terribles contra uno mismo” o como “las emociones de repulsión y resentimiento contra las propias circunstancias”.  No podemos traducirlo directamente como “odio”, pues el japonés tiene ya otra palabra designada para esta emoción, 憎しみ [nikushimi]. El 恨み [urami] va más allá, se trata de un sentimiento que incluye el憎しみ [nikushimi], pero también la indignación o repulsión por las circunstancias que produjeron este sentimiento. Además, connota el deseo de venganza de quien lo posee, contra la persona que ha cometido las “cosas terribles”. (Encontraremos un sentimiento similar en la literatura mexicana, por cierto, si pensamos en los muertos que pueblan el paisaje rulfiano).

Estructuralmente hablando, una vez que el personaje femenino manifiesta esta emoción, estamos en el preámbulo de una transformación que habrá de llevarlo a convertirse en un ente monstruoso (o, más concretamente, en un fantasma vengativo). Si pensamos en las películas japonesas más populares de los últimos tiempos, veremos que el fantasma vengativo es un tópico vital para la conformación de los argumentos: en Ringu [1998] o Ju-On [1999] —que son algunas de las más grandes sagas del J-Horror contemporáneo—, el horror estaba construido en torno a la figura de una mujer. En Ringu, conocimos a la implacable Sadako Yamamura, que emergía de la pantalla de los televisores para atacar a sus víctimas. En Ju-On, la joven Kayako Saeki no dudaba en asesinar a cualquier persona que penetrara en su casa y, con ello, perturbara el violento secreto de su muerte. Ambas mujeres comparten con Oiwa, además del rencor inclemente, otra característica fundamental: se trata de mujeres relativamente normales, con una vida familiar abnegada, que habrían muerto en circunstancias injustas y violentas. El horror que las conformaba era un profundo deseo de venganza por el daño recibido, pero también una oportunidad para obtener justicia.

Imagen de Sadako, de la película "El aro" (2002), versión americana de Ringu (1998).

Imagen de Sadako, de la película “El aro” (2002), versión americana de Ringu (1998).

A diferencia de su contraparte viva, el fantasma de Oiwa no es ya aquella mujer abnegada que seduce al público —especialmente masculino— del teatro kabuki: el fantasma de Oiwa encarna la venganza, la retribución del mal recibido. Es precisamente este cambio de polaridad lo que constituye su carácter abyecto, su propia condición de “monstruo femenino”. La crítica Barbara Creed define la importancia de este concepto para los estudios culturales: “Todas las sociedades humanas [dice Creed en su célebre tratado The Monstrous-Feminine] tienen una concepción de lo monstruoso femenino, es decir, qué es aquello que tienen las mujeres que resulta impactante, terrorífico, horroroso, abyecto”. De particular relevancia resulta su análisis de cómo las definiciones de lo monstruoso, tal y como se construye en los textos de horror moderno, están sostenidos en nociones religiosas e históricas antiguas de la abyección, vinculadas con la “abominación”: inmoralidad y perversión sexual; corrupción y muerte; sacrificio humano; asesinato; el cadáver; desechos humanos; el cuerpo femenino y el incesto. Y, curiosamente, la maternidad.

El reflejo de la maternidad como algo indeseable, peligroso e, incluso, mortífero, no es casualidad: se trata de una clave para entender cómo la feminidad, o las cualidades esencialmente femeninas, han sido reflejadas esencialmente como parte de lo abyecto. Julia Kristeva atendió el tema de la maternidad como entidad abyecta y lo relacionó con las preconcepciones freudianas de incesto y tabú. De acuerdo con ella, podemos apreciar su abyección en el contexto de las primeras relaciones del individuo que odia al padre por interrumpir o bloquear la relación del individuo —no exclusiva pero sí esencialmente— masculino con la madre.

El miedo al incesto, sugiere Kristeva, no fue analizado en plenitud por Freud, quien se concentró en el miedo al asesinato paterno; existe en esta segunda vertiente, en el amor por la madre, una manifestación de un terror profundo en la psique individual: el terror a desaparecer o, más correctamente, a ser devorado por la madre:

Hay toda una vertiente de lo sagrado, verdadero reverso de la faz sacrificial, obsesiva y paranoide de las religiones que se especializa en conjurar el peligro. Se trata precisamente de los ritos de la impureza y sus derivaciones que, al fundarse en el sentimiento de abyección y al converger todos hacia lo materno, tratan de simbolizar esta otra amenaza para el sujeto que es el sumergirse en la relación dual donde corre el riesgo ya no de perder una parte (castración) sino de perderse entero como ser viviente. Estos ritos religiosos tienen la función de conjurar en el sujeto el miedo de abismar su propia identidad sin retorno en la madre.

La noción de castración se relaciona con la idea de que la mujer es capaz de “desaparecer” un pene en su interior, como si su vagina fuera una boca dentada. Al respecto, dice Creed que “Freud ligó el miedo del hombre hacia la mujer con la creencia infantil de que la madre está castrada”. Su explicación es simple: el hombre teme la capacidad de la mujer de castrarlo, tanto literal como psicológicamente, pues la vagina es capaz de hacer que el miembro masculino “desaparezca dentro de ella”. En el caso de Oiwa, Sadako y Kayako, esta castración no es solo sexual, sino que se potencia al poner en peligro la vida del hombre: asesinar a sus víctimas masculinas es una expresión de este poder castrante.

La castración también se vive a nivel social. El neoconfucionismo, heredado de China, potenciaba los valores de piedad filial y lealtad, y solía dejar mal paradas a las mujeres, reducidas a un estado de sumisión y obediencia. Aprovechando el arquetipo ideal de la mujer japonesa, Tsuruya Nanboku IV retoma a una mujer virtuosa y, por medio de la fabulación de crueles circunstancias, la transforma en un personaje distinto, el arquetipo de la mujer maligna y terrible que no se detendrá hasta conseguir la muerte de sus enemigos. Esta técnica se sigue empleando en nuestros días para construir a la mujer monstruosa. Tanto Oiwa como Sadako y Kayako resultan aterradoras para el espectador japonés pues se trata de mujeres que rompen con la pasividad de su rol establecido y establecen una nueva realidad en donde son personajes activos. Ante estos ejemplos, valdría la pena preguntarse: ¿es el monstruo femenino una expresión de la libertad de la mujer? Aun más, ¿es la monstruosidad la única posibilidad para la emancipación?

A manera de corolario, me gustaría cerrar este breve análisis con otro elemento que relaciona lo monstruoso con la feminidad: el cabello negro. El cabello femenino es, en muchas de las culturas, una expresión del poder sexual. En la mitología griega, por ejemplo, el caso de la Medusa es particularmente revelador: sus cabellos son serpientes vivas que atacan a los hombres que se acercan a ella. En el caso de Japón, el cabello negro ha sido frecuentemente empleado como un símbolo para expresar la transformación del personaje femenino en un ser monstruoso.

El crítico Jay McRoy explica al respecto que “el cabello largo y negro suele ser un símbolo de la belleza y la sensualidad femenina”. El cabello negro y la sangre, en el Japón premoderno, eran símbolos claros de los celos femeninos, al grado de que el espectador japonés del teatro kabuki era capaz de relacionar los cabellos ensangrentados con una mujer celosa. En el Yotsuya kaidan, poco antes de sucumbir al veneno, observamos una escena en la que Oiwa aparece peinándose: se arregla para confrontar a los adúlteros a Oume e Iemon mientras aun está viva. Peina su largo cabello y mira cómo se desprende de su cabeza y cae en el centro de la habitación. El símbolo es claro: junto con su cabello, lo que cae es su potencia sexual, ahora muerta por causa del veneno. Esa sexualidad pronto será desterrada, cuando Iemon se case con la nueva mujer. En un arranque de ira, Oiwa arrancará el mechón de su cuero cabelludo y se queda con él en su mano ensangrentada.

Esta configuración sigue presente en el horror contemporáneo: en las representaciones de Sadako, el cabello suelto que oculta por completo su rostro furioso, ¿no es uno de los elementos que añaden un carácter siniestro al personaje? Y cómo olvidar la escena de la muerte de Tomoka, en Ju-On 2 (2003), donde el cabello de Kayako cubre por completo el techo de una habitación y termina por utilizarse como una cuerda con la que ahorcará a sus víctimas. El cabello y la sangre no tienen prominencia solo para hacer gala de los efectos especiales, o para crear una atmósfera genérica de terror. Hacen más que eso: le dan a la transformación del fantasma vengativo un valor particular que evoca la larga línea de representaciones premodernas de lo monstruoso. El cabello y la sangre son símbolos irreemplazables del horror femenino.

El fantasma vengativo es, hoy por hoy, uno de los personajes más poderosos de las narrativas del horror en Asia. Los ejemplos abundan y, con ellos, la cantidad de elementos que merecen un análisis más profundo y extenso que el que me he permitido en este ensayo. Faltaría agregar, por cierto, una posibilidad de análisis que las nuevas perspectivas permiten aventurar: en lugar de ver en las Oiwas, en las Sadakos o en las Kayakos mujeres abominables que buscan hacer daño, valdría la pena ver sus versiones humanas, aquellas que fueron traicionadas en vida por las personas que amaban y que las llevaron a morir en circunstancias siempre terribles y siempre injustas. Viéndolas así, aquellas mujeres monstruosas nos ofrecen una oportunidad de reflexión sobre nuestras construcciones sociales, sobre los roles de género y sobre la represión moral, sexual y física que padecen los personajes femeninos en nuestras representaciones culturales. Desde esta reflexión, me parece, seremos capaces de elaborar nuevas formas de entender los monstruos que creamos en la intimidad.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).
Portada de la película "Poltergeist", 1982. Director Tobe Hooper.
Portada de la película “Poltergeist”, 1982. Director Tobe Hooper.

Cuando era niño no solía ver películas de terror. No era uno de esos fanáticos que creció viendo Evil Dead o que bailaba con la tonada de Halloween. Mis padres me llevaban al cine, pero me decantaba más por Águilas de Acero, la nueva saga de Star Wars, Jurassic Park o Independence Day. También solíamos rentar películas con una tía, dueña de un videocentro, en el que, si tenía suerte, nos llevábamos algo de sci-fi o de artes marciales. El terror funcionaba como debía hacerlo, pues realmente me asustaba.

De vez en cuando, el gusano de la maldad, la criatura insidiosa que roe la carne y el alma, el gustillo por el terror, ganaba terreno; a veces se asomaba a la superficie para tantear el terreno; en otras, lo siniestro, lo escabroso, irrumpía en mi vida hasta hacerme gritar. Cuando tenía suerte lo hacía mediante una película.

Conforme fui atreviéndome a ver historias de terror, tanto en el cine como en la televisión, descubrí que el género no había estado tan oculto como había pensado. Conocía escenas, descubría imágenes y hasta diálogos que se habían escurrido hasta mi cabeza a través de la “malevolencia” de Canal 5, XHGC, o de lo que se convertiría en Azteca 7. No teníamos cable, así que los sábados eran ideales para disfrutar de alguna historia.

Me había hecho fanático de Godzilla, Ultraman o cualquier otra vertiente japonesa del Kaiju Eiga (término popularizado recientemente por la colosal producción de Guillermo del Toro, Pacific Rim). Las tardes, tal vez alguna perteneciente a octubre, a un septiembre perverso, a un noviembre en apariencia tardío, también estaban sembradas por las semillas del… mal. Así fue como Poltergeist entró a mi vida.

La “película más maldita” de la historia, que de cierta forma podría compartir escaño junto a Rosemary’s Baby (Polanski, 1968), The Exorcist (Friedkin, 1973) o The Omen (Donner, 1976), se estrenó a finales de 1982, dirigida supuestamente por Tobe Hooper, pues los rumores sobre la dirección de Steven Spielberg pululan por la oscuridad del internet (y de las mentes cinéfilas y expertísimas —aunque siempre humildes— en “filmes”, sean estos de autor o no). Uno de los elementos que se han tomado como “pruebas” fue la elección de Heather O’Rourke como Carol Anne, quien al principio no parecía la actriz idónea para el papel.

La condición de “maldita” se debe a varias muertes de actrices y actores que participaron en Poltergeist o en su secuela del 86. La primera víctima fue la naciente Dominique Dunn, asesinada por su novio en un ataque de celos. Los siguientes actores en morir pertenecieron a las secuelas, aunque el impacto se mantuvo, mucho más cuando Heather O’Rourke murió por un problema congénito en sus intestinos, de manera repentina, cuando tenía apenas 12 años. Si bien es cierto que todas las muertes fueron provocadas por agentes identificables, ya fuera por el infame asesinato cometido contra Dunn, o debido a la inmediatez de un defecto de nacimiento, los rumores sobre la maldición que rondaba la película, y a quienes participaron en ella, se mantuvo como una leyenda de Hollywood, lo mismo que ocurrió con algunas películas ya mencionadas: The Omen, The Exorcist, o, unos años antes, con una producción rodada en una zona de pruebas nucleares como lo fue The Conqueror.

La trascendencia de la película fue palpable, pues las secuelas fueron grabadas unos años después, y Poltergeist se transformó en una clásica del cine de terror de la época, como lo fuera en su momento Rosemeray’s baby o la ya mencionada The Exorcist, con un tema que podía funcionar como una advertencia de tono moral: ver demasiada televisión puede ser peligroso.

La película de Spielberg y Hooper presenta a una típica familia de clase media en los suburbios de alguna ciudad de California, que obtiene sustento a partir del trabajo de Steven Freeling como desarrollador inmobiliario. La casa se encuentra en una zona llamada “Cuesta Verde”, en la que todavía están por llegar algunas fases de desarrollo.

Casi al principio de la película, Carol Anne percibe la presencia de seres que hablan o habitan a través de la televisión, al grado de anunciar a su familia que “ya están aquí”. Lo que sigue es una serie de poltergeist: fenómenos sobrenaturales consistentes en el movimiento de un objeto —en este caso varios— dentro de un lugar determinado. Las primeras en sufrir de este fenómeno son las sillas de la cocina. Y lo que pareciera ser una simple curiosidad metafísica se transforma en horror con la llegada de una poderosa tormenta, pues no sólo son “fantasmas juguetones” sino presencias acompañadas por una “Bestia”.

Mientras un ciclón afecta la casa, y casi asesina al hijo pequeño, provocando algunas de las escenas icónicas de la película, Carol Anne es transportada —raptada en realidad— a una dimensión alterna. A partir de ese punto, la familia busca la solución en un grupo de investigadores paranormales que prefigurarían el tono de la familia Warren, investigadores en la vida real, adaptados a las películas de la saga El Conjuro, a cargo de James Wan.

La desesperación de la familia es palpable mientras se enfrentan a lo demoníaco, pues no solo es el contacto con otra dimensión lo que afecta la casa y a sus miembros, sino la agencia maléfica descubierta por la poderosa, y risible, médium que ayudará finalmente a los Freeling.

Lo sobrenatural asalta al espectador desde el principio, con los fenómenos definidos propiamente como “poltergeists” y el rapto de Carol Anne, así como la manifestación de lo siniestro en el árbol que se encuentra afuera de la habitación de los hijos pequeños. Sin embargo, el clímax se encuentra mucho más adelante, con la resolución que suele conllevar gran parte de las producciones hollywoodenses, pero manifestando su grandiosidad en los últimos minutos de la película, lo que la convierte en una historia interesante hasta el final. Cuando la familia cree que todo ha terminado, sobreviene la destrucción final, con el intento de rapto del hijo pequeño, y el aparente intento de violación hacia la madre, así como la destrucción de todo lo que los Freeling conciben como hogar.

Las imágenes son muy poderosas, eso lo sabe cualquier aficionado al cine de terror,  se quedan en la memoria a pesar de no haber visto nunca la película. O eso era lo que yo entendí cuando me dediqué a verla por primera vez, hace varios años, descubriendo justo lo que ya intuía: conocía las escenas, algunos de los diálogos y las imágenes que me habían atormentado desde niño, como el payaso aquel (junto con otro muy conocido, el Pennywise de Tim Curry) que fuera parodiado en las bobas películas de los Wayans, Scary Movie. A pesar de no ser un adepto al género de terror cuando era niño, y a mi preferencia por temáticas mucho más cercanas a la fantasy, el espectro de lo terrorífico me había alcanzado sin que yo me diera cuenta.

Poltergeist sigue funcionando como una película que juega con los miedos infantiles, y con los terrores de los adultos, quienes se enfrentan, sin saberlo, a la amenaza constante de la muerte (como hacemos todos) y de la pérdida de los seres queridos. Y es justo eso lo que mantiene a Poltergeist como una película convertida en un símbolo, que va más allá del “malditismo” (hechos cada vez menos claros o presentes para los espectadores), es una imaginería que transforma la sencillez y la bobería en la profundidad de aquello que permanece al otro lado.

Siendo niño, no disfrutaba de películas como Poltergeist, ya lo he dicho. Y es posible que ahora, como adulto adepto al género de terror en el cine y en la literatura, resienta el paso del tiempo en una película que no ha envejecido del todo bien como pudo hacerlo Rosemary’s Baby. El humor bobalicón de Spielberg y Hooper se hacen presentes en todo momento, así como las actitudes ya extrañas de una familia supuestamente normal de la Norteamérica de los años 80. Esto podría alejar al espectador, y acercarlo más a historias que siguen manteniendo puntos de contacto con la actualidad, la citada película de Polanski o lo grotesco de la adaptación de Carpenter del clásico The Thing. Sin embargo, sería ingenuo afirmar que se ha perdido todo aspecto siniestro en Poltergeist. La “materialidad” de lo fantasmal y las escenas finales, junto con la alberca colmada de cadáveres (al parecer reales), permiten un atisbo de lo siniestro que sigue presente a pesar del tiempo.

Es posible que, después de este visionado, vuelva a soñar con muñecos con forma de payaso que acercan sus brazos hacia mí sin que yo pueda hacer algo para evitarlo.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
"To the moon", de Freebird Games, 2011. Portada del videojuego.
“To the moon”, de Freebird Games, 2011. Portada del videojuego.

Llegar hasta el final de To the Moon es toda una proeza, no por su dificultad sino por su gameplay infumable. Creado en RPG Maker por Kan «Reives» Gao, este videojuego independiente de 2011 funciona con un movimiento basado en clics, sus niveles están llenos de puzles repetitivos y conversaciones larguísimas.

 

¿Para qué escribo esto? ¿Acaso realmente alguien me lee? Casi nadie conoce el videojuego sobre el que hablo y sin embargo aquí estoy aporreando el teclado en un intento de decir algo que valga la pena, y si nada vale la pena, ¿qué importa lo que diga?

 

La trama va sobre dos científicxs que trabajan para una empresa dedicada a modificar los recuerdos de personas moribundas para que crean haber cumplido su mayor sueño, en To The Moon llevaremos el caso de Johny, un anciano que vive al lado de un faro y quiere haber ido a la luna. Lxs protagonistas y doctores, Eva Roselen y Neil Watts, son la típica pareja responsable-idiota que recorre las memorias de Johny a contrarreloj en busca del motivo por el que él quiere viajar a la Luna, ya que no lo recuerda y solo con esa información pueden empezar su trabajo.

 

Pero la gente no está aquí (¿está aquí?) para escuchar mis quejas, para eso irían a visitar a algún pariente cercano, ¿entonces a qué iba?

 

Dejando de lado su mejorable jugabilidad y lo poco original del argumento (podemos ver el mismo hilo en películas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos y Memento), ¿por qué deberías adentrarte en To the Moon si tienes ocho horas libres y una computadora con requisitos mínimos? Yo te lo digo.

El gameplay no está muy chido que digamos y si lo que buscas es un reto no lo vas a encontrar aquí, pero al inspirarse en la película, precisamente en el guión de Charlie Kaufman, Reives consigue entregarnos una historia conmovedora. La carrera cinematográfica de Kaufman ha consistido en hablar del dolor humano, desde Being John Malkovich, donde un titiritero fracasado descubre una puerta oculta que le permite acceder a la mente del actor John Malkovich, hasta I’m thinking of ending things, que va sobre una chica que piensa en terminar con su novio mientras se dirigen a una cena en casa de sus suegros; Kaufman nos conduce por historias de personajes que se frustran, caen y vuelven a intentarlo para frustarse otra vez, como las personas normales. La historia de To the moon está llena de elementos bastante emotivos, como encontrarse con montones de conejos de origami por toda la casa; el uso de mementos (objetos ligados a un recuerdo) en forma de puzles con los que iremos viajando entre los recuerdos de Johny, o los motivos por los que quiere ir a la luna, que no recuerda. Y que además su madre le llamara por un nombre diferente, sí te saca una lágrima bien cabrón, pero no te lo cuento todo para que vayas a calar el juego.

 

¿De verdad creo que a la gente le importa si chillo? Ni a mis compas les interesa qué tan salados sean los líquidos que exilia mi cuerpo, ¿a quién le van a quedar ganas de jugar algo de cuya jugabilidad dijiste que estaba bien culera?

 

La trama de esta entrega es dura y en ocasiones hasta brutal, pero no deja de caer en ciertos clichés como ocurre con la personalidad de los protagonistas o el uso de escenas cursis y música melosa, aunque cabe recalcar que incluso siendo melosa la es de lo mejor que tiene el juego. Además de estar íntimamente relacionada con lo que Reives nos cuenta en su obra. Considero que los desperfectos narrativos de To the Moon se deben en gran parte a que esta historia hubiera funcionado mil veces mejor en el formato de novela o novela gráfica. A pesar de que el creador ha demostrado en las entregas de Finding paradise y A bird story que le cuesta demasiado crear una trama inmersiva con los recursos de RPG Maker, adentrarse en To the moon es una oportunidad de explorar la creación literaria desde entornos virtuales, pues creo que está más cerca de la literatura digital que del videojuego. Ulises Carrión ya advertía en El nuevo arte de hacer libros que un libro es una secuencia de momentos que se encuentran en una hoja impresa por mera circunstancia y no porque sea obligatorio, To the Moon es la muestra de que a pesar de un gameplay mediocre se puede seguir una obra bien hecha en medios diferentes al impreso-escrito. Me viene a la mente Huir si es mejor plan de Valeria Mussio, donde apartir de enlaces y un formato parecido al de “crea tu propia historia”, la autora crea un poemario que desgarra y además te habla directamente. Llega un punto en el que los enlaces te llevan a estrofas que ya habías leído y se vuelve un bucle de versos del que solo puedes salir hasta darte cuenta de lo que el texto quiere decirte. Otro ejemplo de literatura digital es Tatuaje de Rodolfo J. M., una especie de novela POV donde nos metemos a la computadora de un detective privado de la CDMX. Esos dos últimos títulos tampoco serían muy bien recibidos por la comunidad gamer que busca un entretenimiento más interactivo y digerible, y no lo digo arbitrariamente, hace poco salió la última entrega de Call of Duty: Modern Warfare II, ambientado parcialmente en México. En mi opinión personal de alguien que solo ha visto los gameplays en Twitch, es un juegazo que experimenta con su propia narrativa como ningún otro Call of Duty lo ha hecho para entregarnos un producto más trabajado y realista. Sin embargo, esta ha sido justo la queja de los fans, es demasiado complejo para la gente que llevaba años comprando el juego por su dosis palomitera de disparos y explosiones.

Si lo tuyo es más la parte emocional que técnica en este tipo de obras y estás interesadx en explorar los alcances de la literatura en medios fuera del impreso, tanto To the Moon como los otros dos mencionados, son buenos para empezar. También puedes checar el Archivo de Literatura Digital en Latinoamérica a través del siguienteenlace: https://www.cartografiadigital.cl/map

Cámara pues, creo que eso fue todo. Que nunca se terminen las historias.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.
Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.
Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Aún no me puedo imaginar un mundo en el que no exista el sentido de la vista. Cuando pienso en los ojos, pienso en su potencial para leer y hacer fotos. Lo pienso ahora mismo al escribir y revisar lo que he escrito. Y creo que lo pensé aún más cuando imaginaba cómo se construye la poesía con imágenes hechas por palabras.

Hace algunos meses le escribí a Alan Valdez para poder platicar sobre su libro La pérdida de voluntad en el agua, que ganó el premio de poesía Elías Nandino 2020 y que es publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Lo que recibí en ese momento fue la noticia de que Alan estaría indispuesto por algún tiempo, debido a una complicación en los ojos que debía atender de manera urgente.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Cuando pudimos vernos, me parece que la conversación inició precisamente con la importancia de mirar para alguien que escribe, para los que leen, y para los que hacemos fotos. Sin embargo, es importante no olvidar que es el sonido lo que impera. Las prosas brutales que atrapan son sonoras, dice Alan. No se piensan de manera separada el sentido y el sonido.

Hace un tiempo que tengo cierto desencanto con la escena de los poetas de mi generación. Sin generalizar, por supuesto, pero he visto a más gente hablar de su propia poesía como un logro que a gente hablando sobre esos poemas. A veces son como gritos desesperados por ser escuchados, entre todas las causas y todos los motivos, pero muchas veces laxos y sin formas.

Algo que, por cierto, me da la impresión que no solo ocurre entre poetas. Por ello, al encontrarme con La pérdida de voluntad en el agua, sentí una enorme satisfacción al estar frente a un libro híbrido, de forma libre, que a veces es verso y a veces es prosa, y recuperó en mí cierto optimismo hacia mi generación.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Le extendí a Alan mi preocupación por lo efímero de mucha de la literatura contemporánea y su respuesta no solo fue lúcida sino esperanzadora.

AV: Como en todo momento histórico que está en una transición, siempre se discuten parámetros importantes. Si lo revisamos, estamos en la infancia del siglo XXI, y eso quiere decir que tenemos los vicios de nuestros papás, le debemos mucho –bueno y malo– al siglo XX. Para discutir sobre la literatura y sus formas, desde que inició el siglo XX, la poesía buscó irrumpir con las vanguardias todo el tiempo, transgredirse: el surrealismo, el dadaísmo. Un constante destruir las formas y fundar nuevas.

Luego hubo un periodo entre guerras, y al tratar de entender qué estaba pasando, la balanza caía hacia el sentido más que otra cosa. Imaginemos un siglo que estuvo tan peleado con tratar de canonizarse, llegamos al siglo XXI cansados. Cómo más te reinventas. ¿Y qué pasa con todo ese cansancio? Pues que relativizamos todo. Y la relativización es importante porque te permite fundar identidades donde antes no las había pero también se vuelve muy laxo para otras cosas, como dice Bauman, todo se vuelve Líquido.

Si todo es líquido, no se puede contener y no tiene forma, todo se vale. Pero si todo se vale, entonces no hay nada. Así que, esa forma laxa que identificas en la poesía, se debe a que no hay una forma que regule nada. Por un lado está bien, porque eso permite que un montón de voces que hoy no hubieran tenido vigencia, la tengan, pero al mismo tiempo tanta multiplicidad se transforma en nada, en oscuridad. Esto ha ocurrido en todos lo momento de de la historia, pasó en el Renacimiento, y en el cambio del Neoclásico al romanticismo, está pasando ahorita. Lo interesante es que lo estamos viviendo ahora y muy pocas veces nos toca observarlo.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Sobre tu libro, creo que me interesa mucho destacar que se mantiene alejado de una forma, de una causa, y es más bien un libro que está sucediendo desde un lugar honesto y atemporal.

AV: Sobre esto, creo que cuando lo reflexioné me di cuenta, después de haberlo escrito, que es un libro anterior a esta época. Sentí que mi poesía era una poesía un poco más vieja, que no dialogaba con mis contemporáneos sino con mis antecesores, y eso quizás me sesgaba de mostrarme vigente. Sé que no me importa mucho eso, no intenté estar en la discusión de la poesía contemporánea. Aunque también me di cuenta de que este formato híbrido en el que escribí el libro, es al mismo tiempo la cosa más vigente en la literatura.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: Pienso que un elemento importante de tu libro es el largo aliento con el que se escribe poesía. Es la antítesis de lo que sucede con la poesía de Instagram, las frases subrayables y la poesía en tuits.

AV: Ese tema me parece súper interesante porque pareciera que ya no estamos acostumbrados a leer con el tiempo muy dilatado. Hay métricas en las páginas donde te dice cuánto tiempo vas a tardar en leer un artículo. Entonces pareciera que queremos las cosas inmediatas y compactas, pero significativas.

VB: Hay gente que entiende al mundo en esa dinámica y produce poesía compacta e inmediata.

AV: Se necesita tiempo para ver. Una pausa del mundo para poder escribir, y esa pausa del mundo obviamente no la puedes tener con un trabajo de 9 a 5pm. Con esto no quiero decir que es mejor ser artista, al contrario, a veces envidio la estabilidad de los trabajos de 9 a 5, pero son dos tipos de aproximaciones a una misma cosa: no están en competencia. Y de eso tiene culpa el hecho de ver al arte como algo elitista, porque ¿quién tiene tiempo para poder escribir o hacer arte?

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

VB: ¿Y cómo ves el escenario de la poesía contemporánea en este momento?

AV: La transición sí está ocurriendo, pero no va a ser tan rápida como creemos. En la literatura eso se observa. Me acuerdo que hace 10 años hablar de cosas más cotidianas era lo más pop. Se había reducido la distancia con la poesía estudiada por la academia y con los universitarios que estaban pensando en salirse de esos discursos rígidos, suponiendo que la poesía tenía espacio para cosas más banales y ahí convertirlas en no banales. Pero como ocurre con cualquier cosa, el mundo se comió eso. Los movimientos emergentes se los comen, se asimilan. Hablar de memes sacaba de pedo a la gente, y hoy en día está tan asimilado que no está siendo vanguardista.

¿Dónde esta el peso, el gran acierto, de lo que haces? No lo sé, quizá mi único faro es que no te puedes pelear con esta realidad, pero sí puedes tratar de ser lo más honesto que te sea posible. Suena a lugar común y quizás lo sea, pero también tiene algo de verdad, porque los lugares comunes tienen algo de verdad. Si tu discurso es impostado por estar respondiendo a la presión discursiva de afuera, lo mismo que le pasa a lo de afuera le va a pasar a tu trabajo: se diluye. Tienes que ser congruente contigo.

No había leído autores de mi generación con quien comulgara en estas ideas plasmadas en su trabajo como ocurrió con Alan y La pérdida de voluntad en el agua. Creo que, sin duda, este hallazgo revira el barco de lo que hacemos, en la transición que atravesamos los artistas que crecemos con este siglo.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.

Alan Valdez. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Entramos al pueblo acompañados por las campanadas de la iglesia. Arturo lucía nervioso y los tañidos no hacían más que inquietarlo. “La gente de aquí ¿no duerme?” Era 24 de octubre; se lo señalé. Arturo me miró por unos segundos antes de sonreír, como si quisiera convencerse de lo que yo decía. Nos adentramos en las profundidades de la Sierra de Ajcopica y no teníamos idea de lo que encontraríamos.

Arturo siempre decía que yo me había convertido en una mujer temeraria. La mayoría de las veces me miraba con admiración; se sentía orgulloso de mi trabajo, de mi resolución, pero en otras ocasiones parecía temer por mí, por lo que era capaz de hacer para cumplir mis objetivos. “La sensatez siempre va acompañada de temeridad”, decía, y yo no podía estar más en desacuerdo con su frase contradictoria.

Arturo tenía miedo y no lo culpaba. Había tenido malas experiencias en su trabajo de campo en Veracruz, buscando los rastros de un culto basado en la figura de una niña decapitada. Lo que hacíamos al norte de Tlaxcala era diferente, se lo decía de manera constante. Él no parecía estar de acuerdo. Si ocurría algo como en San Luis, ya podíamos despedirnos de cualquier salvoconducto.

Habíamos rastreado tradiciones similares por todo el país, después de los ataques de algunos carteles en San Luis Potosí, y no tardamos en hallar rumores por todas partes; sin embargo, la presencia del “culto” se hacía presente tan sólo en el Valle de México y al sur del Bajío. “El Veladito” seguía teniendo reminiscencias de violencia y actos sanguinarios, y Arturo tenía miedo de que ocurriera lo mismo en cualquier otra parte donde el santo fuera venerado.

No estábamos seguros de si el culto era idéntico, o tan siquiera similar en San Rafael del Velo, en la Sierra de Ajcopica, al norte de Tlaxcala. Habíamos escuchado sobre cierto sincretismo en la región, leyendas que podían encontrarse en el norte, de santos populares semejantes al Niño Fidencio y de la creencia en criaturas similares a los arcimboldi del sur de Tierra Grande. No culpo a mi compañero. Lo ocurrido en San Luis, con el enfrentamiento entre cárteles durante un Xantolo, unos años atrás, causó tantas bajas de civiles como para provocar su nerviosismo. Si hubiera puesto mayor atención a las reticencias de Arturo, tal vez nunca habríamos pisado la Sierra de Ajcopica.

Cuando entramos al pueblo, con la camioneta dando bandazos por el mal estado de los caminos vecinales, podía sentir la agitación de mi colega, como si yo fuera la de los vellos erizados. Sin embargo, conocía desde hace algunos meses a Arturo, y me resultaba evidente que estaba enamorado de mí. Parte de su nerviosismo, se debía a nuestra cercanía y quizás un poco más. A veces pecaba de un ego lo bastante elevado, como para pasar por alto las cosas importantes.

Nos estacionamos cerca de la iglesia y luego caminamos unos cuantos metros por la calle principal. Don Gemayel nos gritó desde el pórtico de una casa señorial, deteriorada por el tiempo. Al acercarme, seguida de Arturo, quien trataba de descubrir los detalles de la fachada del templo, puse atención en los acabados del portón de madera, en el que parecía descansar nuestro contacto, mientras fumaba un cigarro sin filtro.

“Los esperamos desde hace horas, pero, ya se sabe, la comunicación en toda esta zona de la sierra es bastante mala; me da gusto que los hayan dejado pasar en las casetas; yo mismo les hablé para que ustedes no tuvieran problemas, pero hay que estar atento, por eso me he estado dando mis paseíllos, a ver si los encontraba por el camino. No me equivoqué.”

El hombre, ya cercano a los setenta, nos abrazó como si fuéramos amigos perdidos largo tiempo o familiares queridos. El doctor Guardiana me había pasado el contacto de don Gemayel y de don Abundio, ambos concejales de San Rafael del Velo. No hizo falta contactar al segundo, pues don Gema, como le gustaba que lo llamáramos, pudo hablarme de las “pequeñeces del pueblo”, y parecía verdaderamente feliz de que grabáramos en él algunas partes de nuestro documental.

Le había explicado al concejal que no éramos cineastas per se, aunque nuestras grabaciones tendrían un trato profesional, sino antropólogos de la Universidad de Tierra Grande haciendo una estancia en la ENAH de Tlaxcala. Nuestra especialidad, le comenté, eran las tradiciones colmadas de sincretismo, los vestigios de ritualidad originaria, o incluso de una naturaleza heterodoxa.

No quería ofenderlo respecto a la imagen resguardada en Rafael, pero no hizo falta disculparme, pues don Gema me habló largo y tendido sobre las fiestas del pueblo, además de lo que podía decirse sobre El Santo Elevado, como les gustaba llamar a San Rafael Ichtakayotli, o Ichta-Ichta, como también solían nombrarlo de cariño.

Nuestro anfitrión nos invitó a pasar a su casa. Para celebrar las fiestas patronales, las familias acostumbran reunirse para comer tamales, mixiotes o pipián. Aceptamos encantados, pero antes queríamos visitar el templo para manifestar nuestros respetos. La idea pareció incomodar a don Gema, quien, aun vacilando, terminó por aceptar que fuéramos a la iglesia, aunque no podíamos entrar, pues sólo los Ichtatzin, especie de fieles ardorosos que “cuidaban a la figura durante su fiesta, y quienes eran elegidos en mayo, podían estar dentro del templo esa noche y parte de la mañana siguiente. Alrededor del mediodía, cuando “el sol se volvía rojo”, la gente común podía ingresar.

Aunque Arturo no hablaba con nuestro anfitrión, había llevado una grabadora para registrarlo todo, además de su cuaderno de anotaciones de toda la vida. Había aprendido taquigrafía en la preparatoria y eso le permitía registrar cualquier charla de manera eficaz, además de que sus bocetos siempre eran impresionantes, colmados de detalles.

Esa misma noche, Arturo me diría que mientras caminábamos hacia el templo, con apenas unos metros separando la casa de don Gema de la iglesia, vio a varias mujeres vestidas con un velo negro, de pies a cabeza, paradas en los porches. Y, aunque era imposible ver sus rostros, sintió que no dejaban de observarnos.

El templo era inmenso, mucho más de lo que uno podría esperar en un rincón del norte de Tlaxcala, tan enclavado entre los cerros que hacía pensar en las dificultades para acarrear la piedra con la que había sido construido. Don Gemayel, como si hubiera escuchado mis pensamientos, comenzó a hablarnos de su construcción.

“La Iglesia de San Rafael del Velo es muy antigua, más de lo que dicen los reportes esos de los frailecillos. Aquí tuvimos a franciscanos, y los cabrones, disculpe la palabra, decidieron traer a los dominicos, porque la gente de aquí era muy salvaje. Debió ser una comitiva muy pequeña, pero esos eran los peores. Vinieron a latiguear a la gente que no le gustaba arrodillarse ante la cruz. Y luego, cuando ejecutaron a las cabezas de los señores importantes y de sus familias, desmoronaron nuestros templos y erigieron otros. Luego se fueron y dejaron a los franciscanos.

No eran salvajes, dijeron, pero eliminaron todo rastro de nuestras creencias, o eso creyeron. Y por ello levantaron esta iglesia tan monumental. Aquí hay piedra, nomás hay que caminar tantito hacia los cerros del oriente y hallarán lo que necesiten. Teníamos de todo, y los frailes lo ocuparon en la iglesia. Por eso la ve tan grandecita.”

Un templo sobre otro más antiguo no era ninguna novedad en el país, lo que nos pareció sorprendente fue la altura de la torre central. Vista a comparación de los cerros que rodean San Rafael, la construcción no era nada, pero desde el atrio lucía tan inmensa como una catedral gótica de Europa Central. Las fotos no le hacen justicia.

Don Gemayel nos acompañó hasta las puertas de la iglesia, de apariencia casi tan antigua como la piedra con la que habían levantado la nave. “Hay árboles muy grandes en la zona, gruesos y de gran tamaño. Según consta en nuestros registros, tardaron meses en tallar las puertas, hechas con dos árboles encontrados en las cimas de estos cerros, y el tachonado de bronce lo realizaron maestros artesanos del norte, quienes estuvieron un tiempo en el pueblo, trabajando como mejor podían. El resultado, como verán, es impresionante.”

Nuestro anfitrión no mentía. Dentro pudimos observar una decoración rústica en los laterales de la nave, a pesar del retablo dorado que, imaginamos, sería uno de los grandes orgullos de la población. Una inmensa pintura colocada encima del nicho central, que casi abarcaba hasta el remate, mostraba una escena apocalíptica con ángeles cayendo del cielo, dirigiéndose hacia una tierra colmada de ciudades ardientes.

Desde el atrio apenas alcanzábamos a distinguir en detalle los iconos o los demás cuadros del retablo, pero bajo la pintura yacía el nicho donde, supusimos, yacía San Rafael, velado por un manto negro que impedía cualquier atisbo de su famosa hechura.

Habíamos elegido el pueblo por sus tradiciones que, según nuestros estudios preliminares, nos parecían más que sincréticas, herejías. Cada determinado tiempo, que era señalado por un concejal elegido por sus dotes “adivinatorias”, el imperfecto leía los cielos y consultaba los registros astrológicos que no podían ser examinados por nadie ajeno al pueblo; determinaba la llegada de una “candela”, en la que se quemaba alguno de los íconos de San Ignacio, cuyo propósito era, especialmente, ser abrasado en una hoguera frente al atrio del templo para “alumbrar el camino de los celestiales”, sin que hubiera explicación de lo que esto significaba originalmente.

Sin embargo, Arturo había sentido fascinación, y también rechazo, por la figura central del culto del pueblo, la imagen de San Rafael, supuestamente realizada por seres caídos del cielo, quienes, para agradecer la hospitalidad de la gente de la zona, en una época en la que debieron esconderse, tallaron en la madera de un árbol partido por el rayo una efigie de un santo que, poco antes de irse, mostraron como una representación del Arcángel Rafael, el patrono de la sanación y de las aguas.

La imagen del arcángel se convirtió, de inmediato, en objeto de veneración por parte de los pobladores del pueblo y de sus alrededores. Según consta en una de las pocas crónicas concernientes a San Rafael que han sobrevivido, tomando en cuenta el mutismo respecto a los detalles de la imagen y que una parte de sus tradiciones se ha transformado en una consigna para los habitantes del pueblo, la belleza de “Ichta-Ichta” es tal que resulta complicado dejarlo a la vista, pues provoca raptos místicos, y otras manifestaciones extrañas, en quienes se atreven a admirarlo por más de unos segundos. La perfección tallada en la madera manifiesta la naturaleza superior del arcángel; debido a esto los concejales llegaron a la conclusión de “velar” la imagen.

Sin embargo, Arturo sospechaba que esa no era la única razón. Había conseguido más datos de informantes no del todo confiables, quienes aseguraban que la naturaleza de la imagen religiosa era mucho más perturbadora, y que en ella yacía un secreto, uno que no debía revelarse.

Una vez satisfechos al observar, aunque fuera desde lejos, algunos detalles del interior del templo, acompañamos a don Gemayel a su casa para cenar y conocer a su familia, bastante numerosa a mi parecer. Teníamos planeado pasar la noche en una posada de las que nos había hablado don Gema. Sin embargo, él mismo se desdijo cuando hicimos amago de irnos. “¿Cuál posada? Si aquí caben bien los dos. Será un honor para mí y para mi familia el hospedarlos.”

A pesar de nuestros intentos vanos de rechazar la gentileza de nuestro anfitrión, se nos ofreció un cuarto amplio en su casona donde podríamos disponer de comida, agua caliente y comodidades esenciales. Con cierta reticencia, acepté, sin darme cuenta del azoramiento de Arturo, pues no se había dicho nada sobre la cama… si serían dos o solo una. Tal vez de manera inconsciente yo había aceptado y dado la bienvenida a lo que juzgué inevitable.

Subimos al cuarto, que se encontraba en un ala de la casona en la que había una tercera planta. A ella se accedía desde las escaleras de una de las esquinas, y era parcialmente independiente. Podíamos disfrutar de cierta privacidad y al mismo tiempo teníamos una vista espléndida del templo de San Rafael.

Había una sola cama, aunque inmensa. Arturo habló, pero no dejé que fuera demasiado lejos.  Me acerqué a él y le dije que no deseaba ningún tipo de tensión, no al menos mientras estábamos en ese pueblo, donde el ambiente electrizante ya era demasiado. No sabía lo que ocurriría después, le dije, pero mientras estuviéramos en San Rafael dejaríamos todo a nuestras pulsiones. Lo besé y luego nos acercamos a la cama. Me sentí agradecida de que estuviéramos en una planta independiente donde nadie más pudiera escucharnos.

Dejamos el ventanal abierto y, mientras abrazaba el torso desnudo de Arturo, observaba la parte visible de la fachada del templo. Imaginando a criaturas inmensas descendiendo sobre su también inmensa torre central, me quedé dormida. Arturo, ya hacía minutos que roncaba.

*

Al tercer día la cámara principal dejó de funcionar. Ya tenía rato molestándonos con su configuración y con el lente. Antes de que la empacáramos funcionaba a la perfección. Aunque profesional, era lo bastante cómoda como para manipularla durante horas, en el campo o en el pueblo, sin que tuviéramos que preocuparnos por alguna otra cosa. También llevábamos cámaras más pequeñas, secundarias, que nos servirían para realizar algunas entrevistas, o para tomas en sitios reducidos. Como la principal parecía no querer seguir con nosotros, optamos por las últimas.

Realizamos entrevistas lo mejor que pudimos, aunque la gente de San Rafael parecía no entender del todo nuestras preguntas. Arturo sugirió que los pobladores sabían tanto como nosotros del Santo Patrono, y que se limitaban a rodear la imagen de su particular devoción, una que les había sido inculcada desde siglos atrás.

La mayoría, sin embargo, parecía que poseía una idea del secretismo alrededor de San Rafael, pues, a pesar de algunos estudios y etnografías que se habían llevado a cabo en la región, muy poca información se había filtrado sobre el santo. Solo un par de ancianas nos dijo que el Arcángel los protegía de las enfermedades y que, si dejaban de adorarlo y de festejarlo de acuerdo con lo que entrevieran los concejales en las estrellas, el mal sobrevendría y nadie estaría a salvo.

Solicitamos el permiso para filmar algunas reuniones del Concejo y hablamos con los miembros sobre las fiestas llevadas a cabo en el pueblo. Se realizaban celebraciones todo el tiempo, en especial guardando las festividades religiosas a los Arcángeles y a otros santos que se consideraban importantes en San Rafael, como San Ignacio. Las más importantes rondaban en torno al mismo Patrono del pueblo, el 24 de octubre, día en que llegamos y que se unía con el Día de Muertos.

Nuestra intención era documentar la fiesta principal y Todos Santos, y luego irnos con el material suficiente para presentar un brevísimo documental etnográfico de la región. Sin embargo, el primer problema que enfrentamos fue en torno a la Fiesta Patronal, pues lo único que pudimos observar fue lo que nos mostró don Gemayel, porque los días siguientes eran “de guardar”. La imagen no saldría hasta unos días después, para conmemorar a los Fieles Difuntos, y a quienes aún no lo estaban, según los pobladores, por gracia del Arcángel Rafael.

Arturo estaba cada vez más nervioso, él creía, como yo, que la imagen saldría en algún tipo de procesión, como habían documentado algunos etnógrafos, estudiosos de la región. Sin embargo, quedaba claro que la información había sido falseada, pues a pesar de lo que ellos consignaban, en las actas del concejo, que nos mostró don Gema, leímos esta prescripción sobre la imagen, que al parecer se remontaba hasta el siglo XVI.

La razón por la que habían mentido inquietaba a mi compañero y, a decir verdad, a mí también me parecía extraña. Si la procesión del 24 de octubre por la mañana, sin importar qué día fuera, como aparecía documentada en tres de las etnografías, no se realizaba, ¿por qué hablar de ella con tanto detalle? No creíamos que se debiera a la invención de tres antropólogos distintos, incluso en nacionalidad. Además, varios detalles coincidían, como el encuentro del Arcángel San Rafael con los otros dos, quienes forman parte de un triunvirato angelical canónico para la iglesia católica. Este evento, tan similar al de otras procesiones celebradas durante la Semana Santa, recordaba a la reunión de la Virgen María y Jesucristo, quien avanza por el Viacrucis hacia el Gólgota.

Además del encuentro, tenía lugar un segundo evento durante la procesión del Arcángel, pues en cierto punto, frente a la casa de uno de los concejales elegidos la gente se congregaba ante el Ichta-Ichta. Se retiraba el velo por unos segundos, para así otorgar la sanidad y hasta la absolución a quienes estuvieran presentes. Sin embargo, solo los locales podían obtener esta bendición, pues los foráneos tenían que apartar la vista, e incluso el cuerpo, mostrando la espalda o escondiéndose ante la mirada del Arcángel, so pena de sufrir lo contrario, enfermedades terribles y maldiciones de corte divino.

El último informe había tenido lugar ocho años antes de nuestra investigación, por lo que, pensamos Arturo y yo, el encierro de la imagen de San Rafael obedecía a una eventualidad que desconocíamos. Tal vez tenía relación con las lecturas astrológicas llevadas a cabo por los concejales, a pesar de la constatación oficial de que el icono no salía en la procesión documentada por etnografías varias.

En los siguientes días, don Gemayel nos presentó a varios miembros de la comunidad. Nos dio su venia para preguntar algunas cuestiones sobre el ejercicio de la ritualidad propia del pueblo, así como de creencias ancestrales que tuvieran algún viso sincrético o incluso completamente pagano.

Documentamos la elaboración de efigies hechas con totomoxtle, que se colocan en los campos para ahuyentar las heladas; las cruces dobles de ramas bendecidas en el templo de San Rafael para evitar que algún mal viniera de las montañas; incensarios preparados con copal y hojas de una planta que únicamente crece en los montes del norte de la Sierra, que algunos conocen como aglaophotis; rezos en náhuatl, latín y español para alejar a las criaturas de la noche… Es decir, tradiciones que ya conocíamos en Tierra Grande, aunque algunas de ellas tuvieran un indicio de unicidad.

A pesar de todos nuestros temores, y del nerviosismo que había visto en Arturo durante todo ese tiempo, nos sentimos decepcionados, como si no lográramos nada a pesar de encontrarnos en un lugar de difícil acceso, donde algunos grupos de autodefensa lo hacían, además, peligroso. ¿Cuál era el misterio en la tradición de ocultar la imagen de un santo? ¿No ocurría en otras partes, en pueblos de España? A pesar de lo curioso que nos parecía, no distaba demasiado de algunas prácticas perfectamente cristianas.

Entendíamos que el pueblo se enorgulleciera de sus tradiciones y al mismo tiempo las mantuvieran, en parte, ocultas a los profanos. Pero lo poco que estábamos abonando al terreno nos hacía sentir como estudiosos sin demasiado tino ni perspicacia: repetíamos lo que otros ya habían documentado, con la gran diferencia de que no habíamos podido observar la procesión del día de San Rafael, ni siquiera la quema de una imagen de San Ignacio.

Seguimos trabajando en el pueblo, reconociendo la zona, los campos y a los miembros de las familias de los concejales más amables y dispuestos de San Rafael del Velo, y grabamos lo necesario para tener los minutos suficientes con los que armar nuestras evidencias y, después, una narrativa para un mediometraje decente.

Nuestras energías sobrantes las dedicamos para disfrutar de la noche y de nosotros. Arturo ya había dejado de temblar. Quien lo hacía, en cambio, era yo, después de que él me dejara retorciéndome de placer. Al menos, pensamos, estábamos pasando unas vacaciones improvisadas.

*

Cuando se acerca la tormenta es sencillo predecir su inminencia, e incluso la potencia que ésta podría tener. Lo más sensato es alejarse o, si no es posible, afrontarla con resolución. Sin embargo, la mayoría de las tempestades no son del todo visibles, pues en lugar de parecerse a criaturas mastodónticas cargando contra las defensas colocadas, son más semejantes a bestias acechando en la oscuridad, esperando el momento perfecto para revelar sus colmillos.

Esa noche debimos largarnos. Queríamos hacerlo. Ya existían documentos suficientes sobre las tradiciones de Días de Muertos en la región. Lo que nosotros registráramos en video y con nuestras evidencias no sería distinto. Deberíamos habernos ido esa noche, en medio de la oscuridad, tomar la camioneta y largarnos de ahí. Pero no teníamos idea de lo que venía, ni tampoco estoy segura de que nos hubieran dejado pasar.

Empezó con la quema de un San Ignacio. Don Gemayel nos había invitado a un almuerzo donde estaría don Abundio y otros concejales, además de miembros de familias relevantes, pues planeaban la celebración de Todos Santos con enormes ofrendas frente al Ayuntamiento y adornos por todo el panteón del pueblo, además de algunos espectáculos de titiriteros y catrinas para los niños. Lo más importante, sin embargo, sería la salida de la imagen del Arcángel, pues en esa ocasión se había descubierto que era propicio realizar la procesión en las vísperas de Todos Santos.

Nos sentamos en una sección de la enorme mesa de don Gemayel, cerca de la cabecera donde él mismo solía dirigir las comidas familiares o de carácter oficial en su propiedad. Saludamos a los presentes que ya conocíamos, y cruzamos algunas fórmulas sencillas con quienes no. Me sorprendió la vitalidad de don Abundio, quien debía tener más de noventa años, aunque por sus movimientos y voz, además de su energía física, no aparentaba más de sesenta.

El concejal estaba emocionado. Él había descubierto en las cartas astrales los signos propicios. Lo anunció con una expresión difícil de interpretar en el rostro: quemarían una imagen de San Ignacio, cuando el sol se ocultará por el horizonte, para iluminar el camino de San Rafael. Miré a Arturo con una sonrisa que lo decía todo: nuestra estancia no sería, al fin y al cabo, una pérdida de tiempo.

Los presentes aplaudieron y soltaron vivas para el Ichtakayotli, San Rafael el Velado, Arcángel protector del pueblo. Nos llenamos de la misma emoción que ellos, o al menos como creímos que se sentirían, y luego fuimos agasajados por el desayuno consistente también en tamales, pero esta vez de ayocotes, pan dulce, cacao y texmole de guajolote.

Faltaba apenas un día y medio para quemar la imagen, y mientras tanto nosotros podíamos documentar algunas cosas que nos hicieran falta, nos dijeron, pero nosotros ya habíamos dado una vuelta a los alrededores, y habíamos subido a los cerros cercanos para realizar un par de tomas. No nos pareció que entrevistar a más pobladores nos proporcionara nueva información, pero tal vez en la biblioteca y en el registro del pueblo encontráramos algo interesante.

Nada más mencionarlo, algunos concejales se pusieron nerviosos, y nos aseguraron que el archivo estaría cerrado, pues toda la gente del pueblo se alistaba para ello. No podíamos contar con los libros. Sería para después. No le tomamos mucha importancia y seguimos comiendo. Una vez estábamos de nuevo en nuestra recámara, Arturo mencionó el nerviosismo de los concejales. “Podríamos ir y asomarnos; si están tan ocupados no se darán cuenta; además, no es que deseemos robar algo, tan solo ver.”

Lo que me propuso mi compañero no era tan grave, pero entendía su insistencia: quería saber si realmente existían pruebas de la procesión de San Rafael. Lo que encontramos, sin embargo, fue algo muy distinto. Esa misma tarde salimos con las cámaras a dar un paseo por el zócalo de San Rafael, tomando fotografías y extractos de video de los adornos, la ofrenda y de la iglesia. Luego nos fuimos alejando hasta pasar el primer cuadro y adentrarnos en la zona occidental, donde no había nada interesante además del archivo. Sin embargo, cuando encontramos el acceso a un pequeño patio trasero, vimos pasar a varios hombres que llevaban un bulto vestido con ropajes regios. Debía ser un icono de San Ignacio.

Entramos al archivo sin forzar la puerta, pues no estaba cerrada con candado alguno. Para entonces, ya nos habíamos dado cuenta de las costumbres en cuanto a cerraduras en San Rafael. Confiaban en ellos, y de foráneos eran protegidos por sus autodefensas. ¿Quién iba a querer robar cualquier cosa? Nosotros tampoco lo deseábamos.

No nos costó demasiado encontrar los registros. No eran como lo imaginábamos. No estaban escritos en español, ni siquiera en náhuatl registrado con nuestro vocabulario. Eran glifos, como si el arte de los códices jamás se hubiera perdido. Sin embargo, la escritura también tenía algo de tridimensional. Los símbolos menos parecidos a objetos de la realidad podían tergiversarse de diferentes maneras. Pensé en los tejidos de los ndé, en las tradiciones de las hilanderas en ciertas regiones de Perú. Cada nudo tenía un significado, y las uniones podían ser tan complejas como “erráticas”. Lo mismo ocurría con esta escritura.

Nos hallábamos ante un tesoro inimaginable. Arturo mencionó el lenguaje de los ángeles, el enoquiano del que hablaba el viejo astrólogo inglés, John Dee. Podía ser algo similar. Además, los pobladores de San Rafael creían tener tratos con lo angelical.

Entonces encontramos un libro, un ejemplar que debió imprimirse hacia el siglo XVII. Poseía esa misma escritura, pero también había secciones enteras en español y en náhuatl, escrito con nuestro vocabulario. Leímos el título en las hojas interiores: Tlayohuacitla. Arturo tradujo: “aunque no es un concepto canónico del náhuatl de la región, podría significar algo parecido a Estrella Negra.

Sentí un escalofrío como no había experimentado en muchos, muchos años. Ese libro tenía información sobre la naturaleza de su culto… y de la imagen velada de San Rafael, el Ichtakayotli. Era carne celestial convertida en carne terrenal; los antiguos pobladores habían sabido cómo invocarla, cómo traerla desde los abismos superiores, y cómo encadenarla para obligarla a hacer lo que ellos quisieran.

Una peste, el inicio de todo. Los españoles encadenando a la gente de la región norte, los más salvajes de entre los tlaxcaltecas, quienes nunca agacharon la cabeza ante los conquistadores, a pesar del yugo. Tlaxcala tuvo un trato especial por parte de la corona, pero era una trampa, y la gente de Ajcopica lo sabía. La única manera era defenderse con un arma mucho más poderosa. Y lo hicieron, y cuando los españoles se adentraron en la sierra, y vieron lo que ahí estaba encadenado, se arrodillaron y lloraron llenos de espanto y exaltación. Dieron entonces todo al pueblo, lo que quisieran: construir una iglesia sobre el viejo templo, el que había sido destruido por una intrusión de las huestes texcocanas. En él, elevarían a la Creatura.

La única condición que pusieron los españoles ya había sido contemplada por los habitantes del pueblo: el ser debía ser tratado como un icono religioso, lo cual era fácil, pues las artes del libro de la Estrella Negra lo maniataban, y evitaban que pudiera moverse a voluntad. Debido a su naturaleza numinosa, también debía ser cubierto por un velo. El lugar se llamaría con el nombre del ángel que, en cierta forma, representaba la criatura celestial: San Rafael del Velo, pues la gracia del celestial curó la peste entre los habitantes de la región, y también las aguas contaminadas y envenenadas.

Solo cuando los astros lo indicaran, podían levantar el fuego hacia los cielos, y pedir la gracia de “San Rafael”, levantando su velo por unos segundos, y así eliminar cualquier mal, cualquier enfermedad, que hubiera caído en el pueblo. Lo que había detrás del velo, lo entendí en ese momento, era un ángel caído del cielo, es decir, el horror encarnado.

*

Se incendió un San Ignacio, un bulto de madera de ayacahuite, y la noche se cubrió de fuego. Arturo quería irse. Pasamos esa noche y el día siguiente debatiéndonos sobre la naturaleza de lo que habíamos leído. Le dije a mi compañero que era tonto y un miedoso. ¿Cómo podía creer que esa historia fuera literal? Muchas leyendas hablaban de iconos religiosos encontrados dentro de árboles, o traídos por burros. Formaba parte del folclore cristiano. No hablaban de monstruos caídos del cielo.

Sin embargo, en sus palabras y en su rostro notaba una desesperación que yo trataba de evitar… y que también sentía. Pero no quería irme así. No sin tener algo más para presentar en nuestro documental, no sin haber visto por lo menos la procesión del Arcángel en la fiesta de Todos Santos. Debía comprenderme. Solo eso y podíamos irnos y no volver a pisar el pueblo, pero fue demasiado tarde.

Los concejales vinieron por nosotros. Nos invitaron a la procesión. El fuego arribó a San Rafael del Velo, y el San Ignacio fue inmolado. Salió la imagen de la iglesia, cargada por una comitiva de dieciséis personas, ocho hombres y ocho mujeres. El icono era mucho más grande de lo que se observaba desde el atrio. En realidad, me pareció inmenso… y ominoso, con ese velo ondeando con el ligero viento de octubre, pegándose a las formas de la figura religiosa. Sentí miedo. Me sentía paralizada, embelesada. Quería acercarme lo más posible y espiar lo que había debajo.

La gente comenzó a cantar. Vi de nuevo a las mujeres portadoras de velos negros. Seguían a la comitiva y, de cierta manera, la rodeaban. Sus cantos eran profundos, y la lengua no me parecía náhuatl, español ni latín. Tomé mi cámara, una de las más pequeñas que habíamos llevado a San Rafael, y me sorprendió que nadie dijera nada, ni una mínima advertencia. Así que me sentí libre de enfocar los rostros de los asistentes, el velo de las mujeres, los contornos del santo y los tonos de la procesión. Era bellísimo, mucho más de lo que había esperado. Valía la pena, me dije. Y entonces surgió el fuego del cielo. O, mejor dicho, la bóveda celestial se convirtió en un incendio.

No sabía lo que ocurría, y en mi embelesamiento había perdido Arturo. Lo localicé por sus gritos. Me pedía ayuda. “Diana, Diana, haz algo, me tienen, no así, no así”, para después pedirme, rogarme que me largara. Pero no me moví ni hice ningún amago de correr a salvar la integridad de mi… ¿qué era? ¿Amante, novio, pareja casual, colega? En cambio, me quedé parada. La imagen de San Rafael Ichtakayotli también se había detenido. El San Ignacio seguía ardiendo, y ese era el momento propicio, uno de varios durante esa noche, en la que el velo sería descorrido.

Enfoqué mi cámara. La imagen cada vez más cerca. Los gritos de “Diana, Diana, ayúdame, haz algo”, cada vez más agudos. El velo descorriéndose, y la enfermedad, la negrura, la estrella negra que habita en las profundidades de los abismos celestiales, una de tantas, abrió su boca y mostró sus lenguas pútridas, las hileras de dientes de distintos tamaños, la caverna tripartita que llevaba a las entrañas de la creatura… ¿cuántos estómagos sería? ¿siete, tres? San Rafael del Misterio. San Rafael del Velo. La carne celestial hecha tierra, ahora prodigando sus bendiciones sobre los pobladores de esa sierra.

Para hacerlo, sin embargo, debía tener energías, y la naturaleza de la Bestia siempre es voraz. Si no se alimenta apropiadamente, la sanación podría convertirse en otra cosa, y volverían las pestes, la enfermedad como un manto sobre la tierra; el Jinete Esquelético volvería a cruzar los campos y a segar los tallos altos y bajos por igual.

Bajé la cámara, ya no hacía falta que registrara nada más en video. No era necesario. La contemplación con el ojo desnudo era preferible. Yo había sido bendecida por la oscuridad de Ichta-Ichta, el Arcángel-ahora-desvelado, y debía guardarle respeto. Escuché una vez más la voz de Arturo, tratando de vocalizar mi nombre, Diana. Y lloré, pero no por su desaparición o por el sufrimiento de mi compañero, sino porque, por un momento, me pareció que la palabra, Diana, era pronunciada por algo más que los labios ensangrentados de Arturo. Por un instante, escuché, y sentí, que el mismo San Rafael, el Ichtakayotli, era quien clamaba mi nombre y lo elevaba en un murmullo hacia los cielos.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.