Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

El fútbol es un juego hermoso que, históricamente, ha sido un agente de cambio social. Nació en el seno de las clases trabajadoras y sigue siendo un deporte sin igual, donde se logra una unión en torno a un equipo y un balón. Pero, muchas veces, es también un sucio reflejo de la corrupción y del poder del capital que explota inhumanamente a los que buscan, apenas, sobrevivir. Las copas mundiales suelen exaltar nuestro nacionalismo primitivo, nuestro chovinismo y cierto machismo, pero es el momento en el que naciones enteras se unen pese a las enormes divisiones políticas, sociales o económicas que hay entre la población. Por un momento, todos somos México, Ghana, Japón, Francia, los Países Bajos, Uruguay… Sin embargo, en un mundo donde el vínculo ideológico ya no pasa por los estados nacionales y los territorios sino por el mercado individualista del capital que nos aliena, el fútbol parecería ya no ser el símbolo de la posible unión, sino el imaginario (una mercancía global por excelencia) que nos devuelve, rotas, todas las ilusiones.

A inicios de diciembre del 2010 se anunció que la edición número 22 de la Copa Mundial del Fútbol masculino que organiza la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) sería en Catar. Es el país más pequeño (y el primero de Medio Oriente) que ha sido elegido para ser la sede del mundial. Pero las razones por las cuales la FIFA aceptó su candidatura no fueron los grandes planes arquitectónicos de los estadios climatizados que se construirían, ni el enorme presupuesto que le dedicarían al proyecto, sino un caso más en el que el dinero y una red de corrupción se conjugaron para comprar un mundial de fútbol.

Luego de una década de este anuncio, estamos comenzando un mundial de fútbol atípico: se juega en invierno (cuando los jugadores están lesionados y cansados, luego de largos torneos) en un país que no tiene ninguna tradición de fútbol, que tiene una monarquía absolutista y que fue electo por medio de un esquema de corrupción de la FIFA, a pesar de que las principales organizaciones de derechos humanos han denunciado la falta de garantías básicas laborales y humanas en el país (sobre todo, para los trabajadores extranjeros, que son la mayoría). Que el espectáculo deportivo más importante y consumido del globo acabara en Catar es quizás el hecho más inaudito y grotesco desde que el fútbol se volvió una mercancía global.

* * *

Catar es una estrecha península desértica rodeada por Arabia Saudita y las aguas del golfo Pérsico. Era un protectorado británico hasta que se independizó en 1971. Desde el siglo XIX, la monarquía absoluta de la familia Al Thani gobierna el territorio que primero vivía del comercio marítimo y del cultivo de perlas y ahora posee grandes reservas petroleras y la tercer mayor reserva mundial de gas natural. La riqueza proveniente de la explotación de los yacimientos de petróleo y gas han hecho que, en los últimos años, el país se desarrolle de forma acelerada. El horizonte de Doha, su capital, cada vez más lleno de rascacielos, se convirtió en el gran símbolo de la prosperidad del país. A su vez, la controversial cadena televisiva más grande del mundo árabe, Al Jazeera, y la joven empresa aérea Qatar Airways, que tanto invierte en las ligas de fútbol europeas, son dos de los emblemas globales del pequeño país y el poder de su monarquía absoluta.

Pero lo que sostiene todo este aparato estatal y la infraestructura es un ejército de trabajadores migrantes, que son la mano de obra que vive en condiciones de esclavitud. En Catar hay poco menos de tres millones de habitantes, de los cuales aproximadamente solo el 12% son ciudadanos cataríes. El resto son trabajadores inmigrantes provenientes en su mayoría de la India (25%), Bangladesh (12%), Nepal (12%), Egipto (12%), las Filipinas (5.6%), Pakistán (4.8%), Sri Lanka y de diferentes regiones de África y el Medio Oriente. Dado el enorme influjo de los trabajadores jóvenes hombres, las mujeres constituyen apenas el 25% de la población.1

Desde que la FIFA anunció que el mundial sería en Catar y hasta la fecha, se han hecho reiteradas denuncias de numerosos abusos a los derechos humanos de los trabajadores y de miles de muertes de empleados migrantes en la construcción de los grandes proyectos de infraestructura, a causa del clima extremadamente caluroso del desierto y de las terribles condiciones de trabajo. A pesar de las reformas laborales que recientemente se han implementado en Catar para desmantelar el sistema de la kafala, siguen reportándose miles de muertes y esquemas laborales de explotación casi esclavistas. Un reporte de 2021 de The Guardian estima que más de 6,750 trabajadores migrantes de India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka han muerto desde que, hace diez años, la FIFA le dio a Catar el derecho de ser la sede del mundial.2 Y el reporte no cuenta a los trabajadores de otras nacionalidades, por lo que el número seguramente es mucho mayor. Otros reportes estiman el número de trabajadores extranjeros fallecidos en 15 mil.3 A su vez, hay una enorme falta de transparencia en las causas de muerte; la mayoría de estas se reportan como muertes “por causas naturales” o “por paros cardiacos”.

El sistema “de patrocinio” a través del cual los riquísimos estados del golfo Pérsico atraen a trabajadores pobres mayoritariamente de Asia y de África es el sistema kafala. La palabra kafala en árabe significa “garantizar”. Se trata de un esquema en el que los reclutadores de los países de origen buscan trabajadores que huyen de la pobreza y los contratan con promesas de grandes pagos (que después no se cumplen). Los reclutadores se quedan con una enorme comisión económica (de 500 a 4,300 dólares),4 por lo que los trabajadores se endeudan y tienen miedo de dejar su trabajo al llegar a Catar. Los trabajadores entran al país con el patrocinio y la visa de sus empleadores, quienes pueden cancelar su permiso de residencia en cualquier momento y bajo quienes no pueden cambiar de trabajo ni abandonar el país. A manera de control, los empleadores suelen retrasar el pago de salarios durante meses, de modo que los trabajadores no pueden comprar comida ni enviar dinero a su familia. Las condiciones de vida son terribles: viven en hacinamiento, con poca higiene y seguridad. No pueden dejar ni el campamento en el que viven ni su lugar de trabajo, porque frecuentemente no tienen documentos de identidad o no les renuevan la residencia. Para poder salir del país, necesitan un “permiso de salida” aprobado por su empresa, pero estas suelen retener tales permisos hasta que su contrato acabe. Los trabajadores aceptan trabajos en el sistema de kafala porque la paga es mejor que la que obtendrían en sus propios países, pero acaban atrapados en un ciclo de abuso (que es, efectivamente, una forma de esclavitud moderna).

En Catar, con miras al mundial de 2022, se hicieron el año pasado una serie de reformas laborales para combatir la kafala, pero estas apenas han logrado mejorar la protección de los empleados en el país. Las reformas del 2021 llegan demasiado tarde; se aplican parcialmente y los abusos persisten. Cuando se concedió la sede a Catar, no se le impuso ninguna condición para la protección de los derechos laborales y la FIFA efectivamente contribuyó al abuso generalizado de los trabajadores y a la muerte de miles de ellos.

Ante el boicot del mundial de muchos países y selecciones, además de la reiterada denuncia de abusos de los derechos humanos y la búsqueda de retribución económica,5 el actual presidente de la FIFA, Gianni Infantino, envió una carta a los 32 países que van a participar en el evento deportivo; les insiste que hay que “centrarse en el fútbol”. Si la FIFA quiere que nos centremos en el fútbol, tendrían que ocuparse finalmente de los graves problemas de derechos humanos, en vez de esconderlos debajo del tapete.

* * *

Tres años después de que se eligiera Catar como sede del mundial, en el 2013, se destapó el llamado “Catargate”. El 23 de noviembre de 2010, una semana antes del voto de la FIFA, hubo una reunión secreta entre el entonces presidente francés Nicolás Sarkozy, el príncipe de Catar (Tamim bin Hamad al-Thani), Michel Platini (presidente de la UEFA) y Sebastien Bazin (representante de Colony Capital, que es propietaria del club Paris Saint-Germain y que entonces tenía grandes problemas financieros). En esa reunión, se acordó la compra (por parte de los cataríes) del Paris Saint-Germain (esto se hizo efectivo en junio de 2011), la creación de la cadena de deportes BeIn Sport, la venta de los derechos de televisión de la Ligue1 a la familia real catarí y otra serie de inversiones en el país y en el grupo Lagardère, muy cercano a Sarkozy. A cambio, Platini votaría por Catar como sede para el mundial (y no por los Estados Unidos, como había planeado). Los organizadores del mundial, en ese entonces, declararon que la organización respetó “de principio a fin los más altos estándares de ética y de moral, como estaban definidos en los reglamentos”.6 Si le llamamos ético y moral a un intercambio tras bambalinas de capitales e intereses privados y nacionales, entonces el reglamento del capitalismo global es venderle todo al postor más rico y menos ético.

Ya hace años sabemos que la FIFA y otras organizaciones lucran con el fútbol y los derechos de las transmisiones en las televisoras; les importan, sobre todo, los ingresos económicos que van a dar a los bolsillos de su pequeño club de hombres mafiosos. Luego de décadas de denuncias de sobornos y de que se ha revelado la compra directa de torneos como el de Rusia 2018 o el de Catar 2022, la FIFA se ha vuelto un sinónimo de corrupción y, pese a sus reformitas internas, protegen su poder y capital sobre todas las cosas. La cruel lógica de las empresas multinacionales se expandió hoy a todas las esferas, incluyendo las culturales y deportivas. Son indiferentes ante el hecho de que el mundial de Catar se construyó sobre las tumbas de miles de trabajadores.

Como aficionada al fútbol, me siento impotente y tristísima ante la forma en que un juego tan hermoso se ha convertido en una mercancía global, como cualquier otra. Y no quiero olvidar ni obviar el costo humano y social que hay detrás de este mundial de Catar 2022. Por eso, me uno a las protestas con mis palabras. Quisiera imaginar que todavía es posible un modelo en el que el fútbol se base en una práctica solidaria y sea para los aficionados, en donde las competencias sean para el disfrute, para formar comunidad, y no para ser coaccionadas por los poderes económicos. Por ahora, hay que alzar la voz y afirmar que la Copa Mundial de la FIFA Catar 2022 no es digna del fútbol que amamos y hay que decir: #BoycottQatar2022.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Llegará pronto, les decía. Y llegó antes de lo pensado.

Juan Pablo Meneses

Tengo tres noticias: una buena, una mala y una triste. Comencemos en desorden. La mala noticia es que en Catar, lo más emocionante de la participación mexicana no ocurrirá en la cancha sino fuera de ella. Ya veremos si la famosa estrofa del Cielito Lindo se entona de veras con ganas al interior de alguna cárcel catarí.

La buena noticia es que dentro de ese contexto opresivo, fundamentalista y conservador, que la embajada mexicana insiste en defender como una cultura “que hay que respetar”, afortunadamente no faltará el activista que invada la cancha y trate de sabotear el torneo, como aquella vez que las Pussy Riot interrumpieron la final del mundial de Rusia 2018 para interpretar las ideas del poeta ruso Dmitri Prigov, sobre lo que él llamaba la “policía celestial”.

Con ese gran giro poético en la trama de una final que ya solo interesaba a franceses y croatas, las Pussy adelantaron el tema de la tercera y última, acaso la más triste de las tres noticias con las que abrí este ensayo: un nuevo futbol ya comenzó a jugarse desde antes de la pandemia; un nuevo futbol que les gusta a los que no les gusta el futbol; un nuevo futbol a cuyos hinchas —villamelones ideológicos— no les interesa que ruede la pelota más que para justificar el asco que le tienen a lo popular y lo buenas personas que los hace su desprecio. Sean bienvenidos, bienvenidas, bienvenid$s, al primer mundial donde se jugará ese espectáculo llamado postfutbol.

Virtual Angst Reality

Si a alguien le debemos el nombre de este nuevo deporte rey jeque, es al escritor chileno Juan Pablo Meneses.  El prefijo post- incluye al sustantivo en un campo semántico en el que se encuentra la postverdad, el posthumanismo, el postporno, la posthistoria y demás post-algo que intentan definir un estado de cosas que se distingue, al menos teóricamente, de su referente inmediato.

Para Meneses, el postfutbol se distingue del futbol por el interés exclusivo en el negocio. Durante la Copa América de 2015, Meneses registró situaciones que, para él, delatan la extinción de los componentes lúdicos del deporte, así como su mutación descarada hacia un espectáculo hiperconsumista. Entre ellas destaca que los jugadores cada vez sean más caros, más jóvenes y, si se puede (claro que se puede, ¡cómo no se va a poder!), infalibles; que tras la pandemia, los estadios vuelvan a llenarse, aunque sea por seudoaficionados que ya no se identifican con los colores de su club, sino con el verde pálido del dólar, clientes que se dicen aficionados de los clubes europeos por quién sabe qué supuesto tatarabuelo alemán, español o italiano.

Pariente pobre del postfutbol, el futbol en cambio no representa para aquel nada más que lo que se disputa en las cascaritas y partidos amateur de los llanos y potreros. Es decir, nada que valga la pena televisar. Porque todo mundo sabe que con “pasión y aguante” no se pagan los sueldos millonarios de los futbolistas profesionales. Son a ellos los que vale la pena seguir. Ya no a los equipos, ni sus colores ni sus banderas. A menos, claro, que en ese equipo esté el Bicho, Messi, Mbappé, Haaland o cualquier otro ídolo de masas interconectadas de menos de treinta años. “Porque en el postfutbol —describe Meneses— ya no importan tanto los equipos, importan los jugadores. Los mismos periodistas deportivos ya no son tan hinchas de equipos como sí de jugadores”.

Son ellos, los jugadores, protagonistas del mismo sueño que alguna vez tuvieron nuestros padres, pero que por la maldita corrupción no se cumplió. La diferencia entre el sueño del hincha resignado y el del jugador que interpreta el papel estelar en ese sueño, es la pantalla del celular que los divide. Mientras el primero es exhibido frente a la lente, el segundo habla de todo lo que aquel deja ver. Y de lo que no, también, porque ese es el poder que confieren los dispositivos móviles: hablar y mirar, sin filtros, sin tapujos, sin miedo a hablar o mirar demasiado.

En el postfutbol, las pantallas no solo son el medio, también son el mensaje, que no el masaje, como quería MacLuhan, pues lo último que el aficionado promedio hace cuando ve un partido de postfutbol (e incluso ya ocurría en el futbol, solo que de un modo distinto) es relajarse y mantener la calma. Sobre todo luego de la implementación del VAR en los partidos. En sus siglas, traducidas como Video Assistant Referee, cabe un significado mucho más cercano a las sensaciones experimentadas por el espectador durante un partido de postfutbol: la Virtual Angst Reality, esa angustia que surge cuando gracias una pantalla, confundimos ficción y realidad.

Árbitro no solicitado

La inclusión de esa otra pantalla en el campo desató una tensión única que en el futbol llegaba solo hasta la tanda de penales (o más atrás, en el prehistórico gol de oro), pero que hoy el postfutbol ha sabido vender. El suspenso producido por el VAR eriza los nervios de jugadores, directivos y, sobre todo, aficionados. Tecnología de la angustia, el VAR se unió a su vez al uso generalizado de dispositivos electrónicos cuyos usuarios también buscan justicia detrás de una pantalla.

En la digitalidad, Themis ya no tiene los ojos vendados sino siempre abiertos, rojos rojos y con las pupilas dilatadas de tanta sobreexcitación de los sentidos; sufre del síndrome del túnel carpiano, que pellizca sus muñecas, pero no por sostener la espada y la balanza sino por no dejar el celular ni para acomodarse el vestido. Ser justo con ayuda de imágenes sacadas de contexto, repetidas en loop para encontrar la minucia que explique el todo: esta contradicción es regla en el postfutbol.

Y hablando del gol de oro —o muerte súbita (otra vez la vida y sus circunstancias a manos de otro aparato-policía como el reloj)—, la inclusión de esta estrategia en el juego se acomodó muy bien en las cascaritas, verdaderos termómetros del gusto del aficionado. A mí todavía me tocó proponerla como última opción para acabar la reta en la primaria, ante la urgencia anticlimática de la maestra Marisela que nos pedía, casi nos rogaba —con ese gesto entre tierno y adusto con que la recuerdo—, que entráramos al salón y nos olvidáramos del juego hasta la salida.

Tal como sucede con el olor a sobaco combinado con el de los chetos en un aula llena de púberes hediondos, el uso de la muerte súbita como remedio salomónico a una trama irresoluble resulta tan natural que es fácil extrañarla. El suspenso que surgía en los minutos finales de un partido, más si este era amateur, era muy distinto, acaso disfrutable en comparación con ese otro suspenso del VAR, igualmente anticlimático como la miss Marisela, árbitra no pedida que intercambiaba diversión por justicia.

Por eso, si su participación en el juego resultara también natural; si de veras hace falta detener un partido tanto tiempo porque el árbitro de cancha no pudo o no quiso marcar la sancadilla; si la llegada del VAR, pues, es tan importante en un partido, el gesto de encuadrar el aire tras una jugada polémica sería parte de las cascaritas que se juegan con dos suéteres como postes y una botella de plástico rayada de tanta patada recibida. Pero el VAR, ni en el potrero ni el llano importa. Allí no se pierde dinero, y si se apuesta o se paga a cambio de un mejor desempeño por parte de los jugadores, la polémica la resuelve el árbitro, tragándose las mentadas como la persona sensata y honesta que es. La pregunta entonces no es por qué ni para qué se inventó el VAR, sino cuáles han sido las consecuencias de su inclusión no solo en el partido donde aparece sino en el sistema nervioso del verdadero aficionado.

No estamos en las luchas, ¡compórtense!

Protocolizar la improvisación no solo le quita lo poco que le queda de juego al futbol (el espíritu carnavalesco, la defensa de los valores que representa cada equipo, la identidad en juego). Además lo vuelve predecible, de fácil consumo. Los partidos de futbol solo los miraban los aficionados al deporte; el postfutbol, en cambio, está dirigido a tod$s, para que nadie se sienta excluid$. Como en la mayoría de las empresas sospechosamente incluyentes, su nuevo target no son las personas sino los conceptos, ideales sin duda bienintencionados que de tanto repetirse, han adquirido ya el ritmo cadencioso del eslogan.

El postfutbol es una empresa, no un deporte ni mucho menos un juego. Para que funcione hay que unificarlo hasta conseguir que en las gradas predomine el mismo color corporativo. La improvisación allí también está en riesgo de desaparecer. Para ilustrarlo, transcribo dos citas que se contraponen y nos permiten ver quién es aficionado al futbol y quién al postfutbol. La primera es de John Sutcliff, comentarista y reportero mexicano que trabaja en ESPN. Durante estos meses en que la FIFA ha traído azorada a la afición mexicana con lo del “Eh, puto”, Sutcliff opinó lo siguiente: “Hay algunos aficionados (de futbol) que creen que están en las luchas y así también quieren comportarse en un estadio”.

El repudio de Sutcliff hacia lo popular es síntoma inequívoco del diagnóstico de Meneses. El nombre del reportero mexicano nada tiene que ver con su clasismo, y sin embargo, en México, la única forma de que alguien llamado John Sutcliff asista a una función de lucha libre es porque quiere vivir al máximo la “aventura mexicana”, tequila y sombrero en mano. La doña de la primera fila, que no deja de gritar leperadas a los varones fornidos que vuelan por los aires, fascina a Sutcliff al grado de envidiar su labia y al mismo tiempo reprimir unas ganas tremendas de callarla y pedirle que se comporte, que no está en el barrio.

Para tipos como Sutcliff, el futbol es un juego muy ruidoso que siempre se sale de control, por lo que es mejor invertir en un buen sistema de vigilancia, sueño húmedo de los conservadores que buscan hacer del estadio un panóptico, monumento del posfutbol. La idea recuerda el origen arquitectónico de dichos inmuebles, sitios construidos para rendirse literalmente a los pies de los dictadores europeos quienes miraban desde las alturas la pleitesía rendida por sus respectivos ejércitos en medio de cánticos y formaciones perfectas. Desde entonces, la disciplina marcial ha migrado a las gradas, en un esfuerzo corporativo por frenar la improvisación por considerarla peligrosa.

Inicialmente homofóbico (como muchas otras actitudes en un país que sigue matando a sus ciudadanos por su género u orientación sexual), las constantes amenazas de la FIFA a la Femexfut por el dichoso grito son un claro ejemplo de que en el postfutbol, importa menos el diálogo que la reprimenda, la reflexión que el regaño. En este año se viralizó en el Twitter argentino un hilo sobre futbol que reúne a jugadores, directivos y escritores que dialogan sobre la violencia que se vive en las gradas. No la justifican, pero tampoco la prohiben. Martín Kohan, por ejemplo, cuya afición al futbol no lo hace menos inteligente, menciona: lo primero que hay que hacer ante dicha violencia es “no prohibir… [Cabe] la posibilidad de reapropiarse de hostigamientos… reapropiarse de ellos y cambiarlos de signo”.

Desde la mirada de Kohan, el clasismo de Sutcliff sería en realidad un obsequio, la oportunidad de devolverle al juego la improvisación, el libertinaje y el ingenio pantagruélico en contra de toda represión. De hecho, la hostilidad hacia un grupo históricamente marginado como la comunidad LGBT+ se invirtió hace poco, cuando la afición mexicana comenzó a gritar “puto” como una forma de rebelarse ante las decisiones de la federación, que reprimía sin otro fundamento más que el de la amenaza de perder dinero. Desde entonces no ha habido mesas de análisis sobre la inclusión de jugadores abiertamente homosexuales en los clubes mexicanos; ni reportajes sobre la incidencia directa del grito en los crímenes de odio hacia los homosexuales; tampoco hubo campañas que sensiblicen al aficionado y lo inviten a repensar sus actos. No hubo nada de eso. Solo ordenaron, con la autoridad que confiere el dinero. “Prohibir”, insiste Kohan, “no es la mejor manera de actuar contra la discriminación. Porque eso que tapaste sigue corriendo por debajo y, como todo lo que corre por debajo, en un momento aflora y aflora con violencia redoblada”.

Quienes prohibieron de tajo el dichoso grito creen que las palabras permanecen inalterables en el tiempo; que su acepción es una sola y solo tiene un sentido; que el hablante no puede modificar su significado para reapropiarse del insulto y dirigirlo a otros destinatarios, matizando la intención, en un conflicto que ya nada tiene que ver con la homofobia (que impera en el futbol, sí, y en todos lados), sino con la capacidad del hablante de dotar de nuevos sentidos al lenguaje.

Plusfutbol

La prohibición es la regla más importante del postfutbol. Y, como toda imposición, su elasticidad abarca cualquier rincón relacionado con el negocio. A principios de año, el dueño de la página web Roja Directa fue demandado por los dueños de los derechos televisivos, que rastrearon el sitio hasta dar con el responsable: Miguel T.G, seudónimo del español Igor Seoane. Desde hace siete años, Seoane encaró una demanda contra La Liga y Mediapro, según estos, por violar los derechos de autor de sus transmisiones.

Plataformas como Roja Directa, Pirlo TV o Futbol Libre han arruinado los planes de las televisoras que crearon sus propias plataformas de streaming, como VIX+ de Televisa, ESPN+  de ESPN o Fox Sports Premium de Fox Sports. En los tres casos, las televisoras ofrecen el mismo contenido por un monto extra. Supuestamente es contenido especial que, sin embargo, terminó siendo el mismo que ofrecían antes de la creación de dichas plataformas. A fin de cuentas, John Sutcliff no estaba tan equivocado: el que tenga dinero, que pague; el que no, que se vaya a las luchas.

Préndele, que ya empezó el mundial

Finalmente, la inclusión del VAR en el futbol es la consecuencia de una forma de entender el mundo que cuajó en el postfutbol: retener el juego en un recuadro dibujado con las puntas de los dedos, atrapar la realidad para ejercer control y así manipular la perspectiva, empaquetarla y venderla a quien pueda pagar por ella. Porque solo de este modo, en cámara lenta y con una mirada inquisitiva, es posible expulsar lo indeseable de la cancha.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
"Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte", Georges Pierre Seurat (1884–1886). Obra de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.
“Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte”, Georges Pierre Seurat (1884–1886). Obra de dominio público, recuperada de Wikimedia Commons.

La lectura, para quien la practica como si se tratara de una natural actividad del cuerpo, construye siempre una biografía paralela. Esa segunda vida que transcurre entre las páginas —con sus propios descubrimientos y sus particulares crisis— se somete a una suerte de contaminación recíproca con nuestra historia personal. À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido de aquí en adelante) es una de las contadísimas obras de la literatura universal cuya lectura, por sí sola, representa un episodio inolvidable en la vida de cualquier persona que se atreva a acercársele desde la primera hasta la última página. Más que la imponente cantidad de tiempo y energía que hace falta dedicarle a la novela —requisito mínimo ante una saga de siete libros que suman más de un millón doscientas mil palabras—, su experiencia resulta memorable por el efecto que ejerce sobre la propia visión del mundo: no hay cosmogonía individual que permanezca inalterada tras su paso.

Marcel Proust, cuya muerte en el 18 de noviembre de 1922 marcó otro de los acontecimientos centrales del annus mirabillis de la literatura europea del siglo XX, se ha paseado por la Historia con honores que sólo pudieron merecer algunos de sus contemporáneos. Sinuosa y al mismo tiempo oceánica, la hipertrofia verbal de su obra reúne varios de los temas que protagonizaron la construcción de la modernidad. Al mismo tiempo, la profunda y genuina humanidad que podemos encontrar en ella la convierte en una de las cimas artísticas que se posan sobre nosotros sin verse melladas por el tiempo. Alrededor suyo no existe noción alguna de “vigencia”: reside en un Empíreo ajeno a la expiración.

Proust, decidido a filtrar su propia voz y vida a través de una complejísima reconstrucción ficcional, perfeccionó un equilibrio prodigioso entre las dolencias de la carne y de la mente, vislumbrando las fijaciones fisiológicas que acompañarían al resto del siglo. Anticipó el advenimiento de un nuevo mundo con la ambición radical de los profetas.

*

Acaso el mayor acierto proustiano es la aceptación de la memoria como el intermediario entre la vejez y su inevitable pesadumbre. La conciencia de Marcel, acercándose el final de la saga, comienza a infectarse por un leve, insistente remordimiento. La progresión del tiempo —grave, acusatorio— se vuelca a revelarle con una claridad tortuosa los semblantes que llegó a tener en el rostro y las manías que habitaron su rutina. Más que desterrado de la patria del pasado, se siente su desertor.

El narrador reconoce que, llegada la hora en la que nuestro cuerpo le da la bienvenida al debilitamiento, ya sea causado por la edad o por la degradación de la salud, todo placer tomado a expensas del sueño y toda perturbación de la costumbre se convierten en un fastidio. Las rutinas inmutables son la rabieta inútil con la que nos defendemos del calendario.

Tras el hervor de una lucidez espontánea y accidentada, terminará por alcanzarnos la certeza de que nos hemos vuelto desleales a la historia que nos contamos sobre nosotros mismos, ese intento de radiografía con el que excusamos más de una decisión. La madurez implica un acto de infidelidad, una traición (¿necesaria?, ¿ineludible?) a todo aquello que quisimos permanecer siendo.

En busca del tiempo perdido es un lamento continuo y lábil, una narración que se desliza sobre la pena que acompaña al cambio. Anunciada por el curso laberíntico de la memoria, surge la confirmación fatal de lo que significa sabernos viejos, aunque irremediablemente vivos: ya nunca más seremos lo que alguna vez fuimos.

*

Para Proust, el hábito es la principal artimaña de la muerte. Anteriormente ya dije que la formulación rutinaria de la vida brota como un mecanismo de defensa contra la evolución del tiempo; me parece lícito radicalizar esta aseveración y considerarla como el aspecto de la condición humana que el autor se propone cuestionar.

La ambición central que uno encuentra en la novela está claramente marcada en las primeras cincuenta páginas de Du côté de chez Swann (primer libro) y hondamente dilatada hasta el final de Le Temps retrouvé (último libro). La búsqueda proustiana, la directriz del viaje biográfico que emprende Marcel, es la rotunda anulación del hábito. El protagonista accede al éxito en esta tarea al reanimar la admiración perdida hacia su pasado personal.

Posteriormente recuperado por Pixar (sí, me temo que las reminiscencias que el plato de ratatouille despertó en el crítico Anton Ego no son un recurso original), un acontecimiento primordialmente sensorial cimienta la existencia misma de la obra. Uno de los momentos más famosos y al mismo tiempo menos leídos de la literatura universal —quiero creer— es el relativamente breve pasaje en el que Marcel, tras beber una taza de té que acompaña con un pedazo de magdalena, es secuestrado por una evocación progresiva de Combray, el pueblo ficticio que, como muestra de la contundencia universal de Proust, logró renombrar a su referencia original, Illiers. En esa región campirana fue donde el autor pasó los veranos de su infancia, formando paulatinamente su íntima visión del mundo. Sin deparar en los detalles de su estructuración —ya estudiados hasta el hartazgo, bastardizados al ridículo—, valdría la pena rescatar la tesis que se prefigura en este fragmento narrativo.

Marcel no tiene problema en admitir la sensación insulsa que pobló su vida durante varios años. Para él, Combray era un lugar muerto, apenas consultado por sus neuronas mediante levísimas proyecciones durante el preludio del sueño. Este es el hecho que toma como punto de partida para señalar que los objetos del mundo gozan de una propiedad fagocítica, capaz de consumir las almas de los seres y los lugares perdidos, cautivos en el pasado, petrificados en nuestra espera. Es a través de los sentidos —esos vasos que comunican el espíritu humano con la materia— que reconocemos, no sin cierto azar de por medio, al alma de los objetos que cifraron nuestra vida. Así los restituimos al presente y les permitimos comenzar a vivir en nuestra compañía.

Bastó el sabor familiar de una infusión para que Marcel, por primera vez en mucho tiempo, dejara de sentirse mediocre, contingente y mortal.

*

Debo a Harold Bloom la formulación de una triada que me ha bastado, al menos superficialmente, para entender la insospechada faceta humorística de Proust. Hay tres elementos que propulsan los acontecimientos de buena parte de la trama posterior a La Prisonnière (quinto libro de la saga): la comedia, los celos y la imaginación.

En El canon occidental —controvertido, sí, pero aún útil para alumbrar los rincones de la modernidad literaria europea—, el crítico neoyorquino resalta que los protagonistas proustianos son celosos que, tras centenares de páginas de por medio, dilatan su investigación paranoica incluso cesado el amor; en el caso de Marcel, podemos verlo continuar su obsesión después de la muerte de Albertine.

A diferencia de Joyce, Proust presenta el dolor cómico de los celos con mayor sutileza, sin el ejercicio de sadomasoquismo explícito con el que nos topamos a menudo en Ulysses (Leopold Bloom, hay que recordarlo, es perfectamente consciente de las infidelidades de su esposa Molly, la antitética Penélope). Para el francés, la oscura comedia de los celos reside en la ausencia de hechos. La tortura se presenta, esencialmente, como una serie de conjeturas imaginarias que no pueden sino tornar divertido el profundo sufrimiento del narrador: los lectores lo reconocen como el resultado de una suposición, una mera contingencia de desconfianza.

Los celos de índole erótica, según la visión de Proust, disimulan los síntomas del miedo a la mortalidad: acaso el amante celoso se obsesiona con abarcar el tiempo y el espacio de su pareja porque teme que no haya suficiente espacio y tiempo para él. La imaginación, pues, emana como un agente que pareciera no tener otra intención que la de generarle dolor al cuerpo, finito en sus alcances y en su dominio sobre los seres amados.

*

Carlos Fuentes —he escuchado, por ahí, que William Faulkner también— presumía leer el Quijote una vez al año. El mexicano reservó cada Semana Santa de su vida al reencuentro con los pasajes cervantinos teniendo la intención de hallarles nuevas matices y revelaciones. Al igual que él, todo lector o lectora tiene una lista de obras a las que de vez en vez regresa con nostalgia y gratitud sobre los hombros.

Sin embargo, no hay en el mundo un ser humano que pueda designarle la totalidad de sus vacaciones anuales a la obra de Proust. William C. Carter, quizá el intelectual anglófono que mejor conoce el trabajo del parisino, asegura que ha leído las siete partes de la novela al menos diez veces, normalmente de principio a fin. Pero incluso estos esfuerzos pantagruélicos tienen raíces más académicas —como el propio Carter lo ha aclarado—  que lúdicas.

En busca del tiempo perdido, a diferencia de Pedro Páramo o La invención de Morel, está lejos de ser una de esas catedrales literarias que se leen en múltiples ocasiones por el mero gusto de la reapropiación y la remembranza. Más que un viaje que invita a la exploración —como ocurre con la mayoría de las novelas—, su lectura nos orilla al asentamiento, a la asimilación de un hogar que habrá de habitarse durante un periodo prolongado. La vida propia se contagia de la novela y le permite extender sus dimensiones fuera de la página, otorgándole autoridad para erguir un andamiaje de ecos entre la tinta y el mundo físico, redundantes, perfectamente fractales.

*

En busca del tiempo perdido, si pudiera concebirse en términos geométricos, constituye una lemniscata perfectamente trazada alrededor de dos ejes contrapuestos de forma deliberada: el tiempo y el espacio. ¿No funciona así, acaso, la construcción del mundo narrado de cualquier novela? Mi respuesta inmediata es que en la obra de Proust se alteran las proporciones entre estos dos elementos.

Lemniscata, sí, porque la vida de Marcel se cuenta desde dos reminiscencias conectadas: una provocada por el sabor del té y la otra por la superficie de una baldosa. Viejo ya, al visitar el patio de los Germantes pisa un adoquín irregular, lo que le inspira la misma regresión eufórica provocada años atrás por la magdalena y la infusión: un desnivel en la baldosa le recuerda a las que llenaban la basílica de San Marcos en Venecia. Es entonces cuando Marcel comprende que la vida presenta ciertos momentos de lucidez que son ajenos a la noción de pasado y presente, lo que le permite palpar la naturaleza íntima de las cosas dentro de un plano uniforme. En busca de volver accesible ese conocimiento nacido de la intuición, decide comenzar a escribir la novela.

El tiempo y el espacio se enfrentan entre sí gracias a un redimensionamiento: Proust procura describir a los hombres y a las mujeres —universalizados en su propia figura— como seres titánicos que se dilatan enormemente a través del tiempo, aunque limitados en el espacio que les compete habitar.

Extático, lúcido, obsesivo, Proust unifica al tiempo como la dimensión a la que le debemos, diminutos y mortales, toda aspiración de trascendencia.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

La ciencia sin conciencia es

la perdición del alma.

François Rabelais

Porque el médico también es…

pero: ¡ahhh! No se lo digas a nadie: es el criminal.

“Palinuro de México”, Fernando del Paso

Para mi padre:

piedra que formó en el agua de la vida

esta ondulación de mi existencia.

I

Visito a mi padre en el hospital luego de que se le ha sometido a una cirugía del corazón. Su aspecto es débil y en su cuerpo hay numerosas heridas; la incisión en el pecho es, por supuesto, la más importante. Aunque no la veo por los vendajes, la intuyo con tanta fuerza que comienza a palpitar en mi propio pecho como una premonición, una cicatriz que nunca ha sido herida; árbol llegó a ser árbol sin pasar por el estadio de semilla.

Para él, este trance ha sido un golpe por demás duro; pero, para el doctor que lo atendió (jefe del área de cardiología del hospital), representó apenas un día más en la oficina, por usar una expresión común: sus manos están más que acostumbradas a explorar el cuerpo humano y hallar la solución a los problemas que se puedan presentar en este. Su amplísima experiencia, a pesar de su corta edad, me tiene aquí, en esta habitación, y no en un velatorio. Una vez terminada la intervención, el grupo de médicos, como una orquesta, recoge sus instrumentos y vuelve a su día a día.

Del otro lado de la ventana, un panorama conurbado detiene la vista en su caída hacia la nada: las calles mismas, los puentes y los callejones, son un intrincado sistema de venas y arterias de concreto que, con la misma facilidad que las que en este momento imagino dentro de mi padre, colapsan al menor descuido. A unos pasos de aquí, las vías del tren, que en este momento no consigo imaginar sino como una sutura metálica, vibran con el paso de un convoy cuyo destino ignoro. Tan mayúsculo todo, con sus dimensiones fuera de control; aquí adentro, sin embargo, junto a un cuerpo al borde de su propia caída, me parece mínimo. Hoy el cuerpo de mi padre, su dolor y su existencia, son la medida de todas las cosas.

Miro a ese hombre postrado en la cama y en él me reconozco, me adivino. Un día, quizá, también tenga que estar yo ahí; mi sangre es una calca de su sangre y ya él, antes de mí, obtuvo de su padre este delgadísimo lenguaje líquido; un antepasado nuestro (que en este momento no alcanzo ni a imaginar) sigue recitando en nuestros cuerpos “el poema universal que es el transcurrir de la sangre por las venas del hombre”, como asegura el maestro Revueltas.

Mi padre habla con una voz tan débil que, por un momento, lo desconozco; más que palabras, de mi padre identifico tonos. Narra su experiencia en el quirófano como una larga estancia entre telas de las que no era posible salir por más que lo intentara. Se sentía, dice, a merced de los doctores y, aunque deseaba salir corriendo, no le fue posible. “Secuestrado”, afirma, “me sentía secuestrado”. Ahora flota en una “pleamar de calma”; sabe que lo que hicieron los doctores fue tratar de salvarle la vida y lo lograron. Toda su angustia, su animal desesperación de allá dentro (cuando no sabía qué estaba sucediendo) y aquí (ante el conocimiento de que lo hicieron por su bien), se abre lentamente en una flor de gratitud.

Imagino entonces la escena: mi padre sobre la plancha del quirófano, inmóvil, con el pecho abierto como en ofrenda, con los doctores interviniendo esa pila bautismal donde se me dio una vida: su corazón. Saben exactamente qué hacer, a dónde ir y cómo avanzar con tiento por esa milimétrica orografía que son las venas y las arterias de mi padre. Aunque quizá no es el momento (¿cuándo, entonces, es ese momento?), imagino también todas las venas y arterias que se han abierto, explorado y devastado a lo largo de la historia para, al fin, entender ese misterioso recorrido, casi a ciegas, por las entrañas de un ser vivo. Lo que le sucedió a mi padre no es sino una exégesis de un dolor antiquísimo, inagotable. En este cuerpo que ahora observo, los doctores han aprendido algo que, muy probablemente, emplearán en su próxima cirugía. Para que mi padre viviera (ahora lo comprendo con una claridad abrumadora), muchos otros hombres, incluso animales, tuvieron que morir de las peores formas posibles. Somos el dolor de otros, siempre.

II

En un mínimo estado de consciencia (aunque no descarto la posibilidad de que solo haya sido un sueño), mi padre se sintió rodeado por los doctores, preso. Vio a un hombre acercársele, escalpelo en mano, y, aunque quiso moverse, no le fue posible.

Esa sola imagen, descontextualizada, sin un antes y un después, no ofrece muchas pistas sobre las intenciones del hombre. ¿Qué pretendía: sanar o dañar? ¿Iba a investigar el origen del dolor para aminorarlo o, por el contrario, iba a provocarlo? El área de trabajo común entre el torturador y el médico es el cuerpo; a veces, el primero se separa del segundo solo en cuanto a intenciones. Estamos, pues, frente a dos individuos “enjaulados”, como señala Foucault en El nacimiento de la clínica: se hallan en una situación común, pero no recíproca; lo que uno hace sobre el otro no podrá ser devuelto. Se forma entonces una “pareja” médico-enfermo, como señala el filósofo francés, o, en todo caso, controlador-controlado, un binomio sujeto por hilos tan finos y tan vitales como las arterias.

Partamos del supuesto de que aquel que blande el escalpelo no desea, stricto sensu, causar dolor a su compañero, a su pareja en la ya mencionada jaula; anhela, por el contrario, hallar la cura para cualquier mal que pueda aquejarlo. No obstante, los caminos que ha de recorrer para llegar a esa meta son similares a los que transita el torturador, aquel que desea infligir dolor por el dolor mismo: devastar la carne, el músculo y el hueso hasta dar con el punto exacto de su búsqueda (lo que conlleva, invariablemente, dolor). Es decir, se recorre prácticamente el mismo camino, aunque con una meta distinta en mente. Amén del paliativo que puede representar la anestesia, si es que se usa, ambas intervenciones necesitan de una carne abierta, expuesta: vulnerable.

La tortura y la cura, más allá de su cercanía fonética, coinciden en más puntos de lo que se podría desear. Después de todo, ambos, torturador y sanador, pretenden conocer a cabalidad el cuerpo humano para, así, extraer de él la mayor cantidad posible de información (que después, quizá, se use en otros cuerpos). Ambos desean, en esa jaula, estirar la cuerda de la existencia al límite máximo, para lo cual no es suficiente un mero estudio del cuerpo en estado muerto, una disección, sino que se necesita abrir el cuerpo cuando aun está lleno de vida (es decir, una vivisección).

Según afirma el neurólogo García-Albea, es probable que nuestros ancestros practicaran la vivisección (también llamada disección in vivo) con el propósito de destruir al rival y a la presa en la caza, no necesariamente con intenciones de conocimiento morfológico “benéfico”. En otras palabras, buscaban conocer a fondo el funcionamiento del cuerpo y sus componentes, pero no para curarlo, sino para destruirlo con mayor eficacia. La búsqueda es prácticamente igual, aunque el objetivo es otro. Al fin y al cabo, se busca conocimiento y este será extraído en mayor cantidad por quienes posean mayor pericia, mayor experiencia y, por lo tanto, técnica.

La técnica, nos dice Octavio Paz en El arco y la lira, es un procedimiento y, como tal, vale por su eficacia, en la medida en que es posible su aplicación repetida. En consecuencia, su valor dura hasta que surge un nuevo procedimiento. Por cada nariz acomodada con pericia, por cada órgano curado, por cada hueso devuelto a su lugar, debe haber otros miles detrás con los que se experimentó. El dolor es la moneda de cambio que se paga para, en algún momento, erradicar el dolor mismo o llevarlo a su mínima expresión.

De alguna forma, el médico busca (hasta la “perfección”) no invadir el cuerpo más allá de lo necesario; persigue la intervención suficiente apenas para sanar, no para matar. Debió aprenderlo como explorador del cuerpo, de aquella “sencilla maquinaria de las articulaciones modelada con paciencia infinita”, en palabras de Stanislaw Lem. El médico pretende, hasta cierto punto, lograr la “escalofriante frialdad mecánica” que Shusaku Endo describe.

Una frialdad similar posee quien tortura. Ambos (curador y torturador), para una “correcta” ejecución de su labor, deben practicar antes en organismos similares que sigan, de preferencia, con vida, ya que el conocimiento que brinda la disección es limitado. Se necesita apreciar el órgano aun con vida, palpitante, in vivo.

No son pocos los registros de vivisección en humanos. Herófilo de Calcedonia experimentó con los sentenciados a la pena capital, gracias a las facilidades otorgadas por el rey Ptolomeo. Erasístrato, de igual manera, tuvo a su disposición pastores y condenados a muerte para abrirlos, inspeccionarlos, entenderlos. Resulta lógico pensar, entonces, que muchos de los avances de la ciencia médica se han pagado con el dolor inenarrable de los seres humanos más vulnerables o “diferentes” (acaso sinónimo de “menos valiosos” o “culpables”, en ciertos contextos).

De hecho, J. Marion Sims, el médico estadunidense llamado “padre de la ginecología moderna”, ha sido también acusado de perpetrar experimentos por demás crueles sobre esclavas negras para acelerar el desarrollo de su área de estudio y atender, posteriormente, a mujeres blancas. ¿Es Marion Sims un héroe o un sádico? Según Harriet A. Washington, en su obra Apartheid médico, la respuesta depende de a quién se le pregunte: a las mujeres blancas o a las negras.

Hoy, la pregunta la hago yo y la respuesta es simple: ese joven doctor es un héroe porque salvó a un hombre. Ignoro si allá afuera, en algún punto, alguien piensa en este mismo doctor en otros términos y, aunque no quiero considerarlo, estoy seguro de que su conocimiento (por decirlo de alguna manera) se regó con sangre.

III

El grueso de los avances médicos se ha visto acompañado, desde hace tiempo, por una fuerte discusión ética y legal. Se experimenta en seres vivos para, más adelante, curar a otros seres vivos, ¿pero quién decide qué individuos deberán sacrificarse en aras del avance de la especie? Esta, indudablemente, es una pregunta de no sencilla respuesta. Michel Foucault señala en un apartado de El nacimiento de la clínica que, durante la guerra, se tenía acceso a innumerables objetos de estudio, ya que, al verse rebasados por la cantidad de heridos, los empíricos recibieron carta blanca y abundante material para experimentar.

En una situación tan convulsa como lo es un conflicto armado, ¿quién vigila lo que se hace?, ¿quién supervisa que la intervención planeada sea prudente y, sobre todo, ética? Al fin y al cabo, el cuerpo es, en sí mismo, un sangriento campo de batalla, como señala Washington; es moneda corriente en el caos de un segundo campo de batalla. Además, en el contexto de la guerra, se puede experimentar sobre “el otro” (ese ser paradójicamente idéntico al que emprenderá la vivisección) porque la disyuntiva ética puede reducirse o desaparecer del todo. Él es el enemigo, el distinto; valdrá la pena usarlo para investigar el cuerpo y aportar un grano de arena al noble avance médico. Sacrificarlos a “ellos” para aprender a curarnos “nosotros”; en ocasiones, la tortura de unos es la investigación necesaria para la cura de otros.

A ese respecto, en la década de los 50, se escribieron tres obras literarias donde el cuerpo humano (otra vez, como campo de batalla) se enlaza con la guerra y las libertades que esta ofrece para la experimentación: El mar y veneno, de Shusaku Endo, Los motivos de Caín, del Maestro José Revueltas, y El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem. En dichas obras, especialmente en la primera y en la tercera, se plantea el dilema ético que conlleva la vivisección. Durante el mismo conflicto bélico, la Segunda Guerra Mundial, tanto Shusaku Endo como Stanislaw Lem plantean la pasmosa facilidad con la que es posible experimentar en seres humanos mientras el mundo se desmorona.

En la obra de Endo, un grupo de médicos japoneses (entre ellos, los doctores Toda y Suguro) tienen la consigna de experimentar en algunos de los soldados norteamericanos que han sido capturados. Si bien sus intenciones no pueden ser calificadas de “aviesas” (ellos mismos se niegan a creerlo así), este procedimiento tiene una implicación ética: allí, en la plancha del quirófano, amén de las diferencias de bando, hay un ser humano condenado al mismo sufrimiento que los médicos japoneses pretenden erradicar en el futuro. Sus intenciones, podría decirse, son nobles, aunque sus medios resulten cuestionables. Su propósito no es el dolor por el dolor mismo, sino el dolor como ruta hacia la extinción de este.

En la obra de Lem, por su parte, se aborda en menor medida la experimentación con un enfermo mental al que someterán a un procedimiento sumamente doloroso en aras de descubrir el origen (y, por ende, la posible cura) de un mal hasta entonces poco explorado. Como en la obra de Endo, estas actividades carecen de vigilancia, ya que, allá afuera, el mundo se cae a pedazos. A partir de esa cuota de dolor (la pagada en la obra de Endo y de Lem), se intuye que la ciencia médica avanzará; los futuros aquejados por esos males tendrán más probabilidades de ser curados. ¿Son, entonces, héroes o villanos los médicos que realizan estos experimentos? Otra vez, parafraseando a Harriet, dependerá de a quién se le pregunte. Es de notar que ambas obras se publicaron con apenas dos años de diferencia: la de Lem en 1955 y la de Endo en 1957, cuando la herida provocada por la Segunda Guerra Mundial aun supuraba con fuerza.

Resulta curioso, por otra parte, que en el mismo año de la publicación de El mar y veneno, aunque en una latitud lejanísima, José Revueltas publicaba Los motivos de Caín, una de sus piezas más breves y demoledoras. Las premisas también son similares (no solo el año de publicación ni el que, según sus propios autores, estén basadas en hechos reales); ambas novelas abordan las capacidades del cuerpo humano ante el dolor, en un contexto bélico. Mientras que Endo propone una premisa anterior a la de Revueltas (experimentar para salvar, no para dañar), este último se enfoca en el tratamiento del cuerpo desde el punto de vista de la tortura.

Apreciado el hecho desde las terminales nerviosas, poca diferencia hay entre el suplicio sufrido por los soldados estadunidenses en la obra de Endo, el paciente psiquiátrico en la novela de Lem y el joven comunista torturado en la pieza de Revueltas: todos ellos padecen dolores aciagos, indescriptibles, aunque las intenciones de dicho dolor varíen entre uno y otro. Mientras que los primeros sirven como puente hacia un futuro más prometedor en medicina, el último (el joven comunista de Revueltas) sufre una tortura sin mayor intención benéfica. Antes bien, se trata de un procedimiento nutrido por los avances de experimentos anteriores, una técnica depurada a partir de la repetición en otros seres vivos.

Michel Foucault nos dice también, en su obra ya mencionada, que, cuando hablamos de enfermedades y muerte, indudablemente estamos frente a la posibilidad de grandes lecciones (sobre todo, en las instalaciones de un hospital). Más adelante, el autor habla de este esquema como una pedagogía donde se aprende, claro, a partir de la experimentación con los enfermos. Si para Carlos Monsiváis, como lo expresa en Apocalipstick, el maltrato animal representa la pedagogía de la violencia (ese espacio no físico donde aprendemos a ser crueles con los humanos, considerando esta la máxima expresión de la crueldad), podríamos decir que el cuerpo es el lugar donde se gradúa el médico, pero también el torturador. No en vano, otra vez, ambos comienzan sus experimentos con animales. Entre sus recovecos yace la respuesta a futuros males, pero también la incógnita de si esto, el desmantelar un cuerpo en aras de conocerlo y aprender a repararlo, es correcto. Borradas las fronteras entre cordura y piedad, ¿por qué no experimentar y crear una técnica que sustituirá todas las anteriores? Repetir hasta perfeccionar.

Shusaku Endo, Stanislaw Lem y José Revueltas ofertan escenas similares en sus obras: la ciencia relacionada con el dolor (aunque, en una de esas obras, sea para causarlo sin más finalidad que el sufrimiento y, en las otras dos, con la intención de descubrir las causas de un padecimiento y probar la resistencia del cuerpo humano). Una vez dentro de los laberintos donde circula la sangre, parafraseando a Lem, en aquella arquitectura de huesos y tendones, es a veces difícil distinguir al arqueólogo del saqueador de tumbas.

Quizá por ello, en las tres obras mencionadas, quienes participan o son testigos de las intervenciones al cuerpo cambian para siempre; se encuentran imposibilitados de volver a ser quienes fueron. El doctor Suguro, uno de los médicos que participó en las vivisecciones a soldados norteamericanos, no resiste haber participado en dicho acto; esto lo lleva no solo a prisión en algún momento, sino también a un feroz y autoimpuesto ostracismo en un pequeño poblado rural. El capitán Jack Mendoza, protagonista de Los motivos de Caín, también se halla desterrado, aunque de manera más agresiva: ha desertado del ejército norteamericano; tras presenciar la tortura del joven comunista, ha decidido no involucrarse más y escapar. Stefan, el joven médico de Lem, cambia radicalmente a partir de la intervención y, al final, se halla a la deriva. Los tres personajes (Stefan, Suguro y Mendoza), después de formar parte de un equipo que usa la ciencia sobre un cuerpo (hasta matarlo), se refugian en el anonimato, en una perpetua huida: se adivinan miembros de un cuerpo más grande, uno destinado al dolor, ya sea para salvar o para condenar.

Los tres parecen tener una repulsión inicial hacia el procedimiento que practicarán, porque entienden que ahí (en la plancha del quirófano, en esa jaula en la que han sido encerrados prácticamente contra su voluntad), hay un ser vivo, sintiente, como ellos. Cada incisión en la carne ajena es una incisión en la carne propia; se dan cuenta de que la distancia entre el científico y el conejillo de indias es mínima, acaso un ligero volantazo del destino. No aceptan su parte en ese binomio, en esa prisión, y escapan (aunque, en el caso de dos de ellos, se les pueda leer también como próceres de la medicina, miembros de un grupo de avanzada). Seguramente alguien los vería como héroes y alguien más, como villanos; depende de a quién se le pregunte (pero la historia es escrita por los vencedores y, para vencer, hay que seguir con vida).

IV

Después de la experimentación, viene el conocimiento: desmontamos para entender. Una vez adquirida la información (en este caso, la composición del cuerpo y su comportamiento bajo ciertas condiciones), se registra para futuras referencias. Pero, ¿qué hacer si la información fue obtenida de formas que podrían considerarse poco éticas? ¿Esa información debe usarse o desecharse?

En un artículo de la BBC1, se narra el dilema ético al que se enfrentó la doctora Susan McKinnon: necesitaba ayuda para concluir una operación, por lo que recurrió a un libro llamado Atlas de anatomía humana, de la autoría de un médico austriaco llamado Eduard Pernkopf. El uso del libro en cuestión resulta moralmente ambiguo porque, para su composición, el doctor Pernkopf (quien estuvo relacionado con el movimiento nazi) usó cadáveres de personas ejecutadas en los campos de concentración.

¿Habría podido encontrarse esa misma información en otra fuente con un pasado “menos oscuro”? Según la doctora McKinnon, no, ya que la información, brutalmente detallada, no se halla en ningún otro material (al menos, no con tanta precisión). Una de las bondades de este libro, de acuerdo con la cirujana, es que ayuda a descubrir cuál de los muchos nervios pequeños que recorren nuestro cuerpo están potencialmente causando dolor. Esta última palabra, desde mi punto de vista, es clave: el dolor se presenta solo en seres vivos, ya no en cuerpos. No es descabellado, entonces, suponer que el mencionado Atlas es un testimonio de vivisecciones. Ante eso, ¿qué hacer? Para el rabino Joseph Polak, profesor de Derecho de la Salud (y también, pequeño detalle, sobreviviente del Holocausto), el libro es un enigma moral porque “deriva del mal, pero se puede usar al servicio del bien”.

No puedo evitar preguntarme, por un instante, si el doctor que atendió a mi padre conoce el manual de Pernkopf. La vida de mi padre continúa avanzando porque alguien ya había trazado, con sangre, la ruta.

V

No es nada nuevo ni, tristemente, digno de sorpresa: el grueso de las curas que conocemos (las medicinas, los paliativos y remedios que tenemos a mano) ha sido, previamente, probado en otros seres vivos (no solo humanos). Y a este respecto, ¿qué pensamos? Estefanía, personaje de Palinuro de México, decide odiar a alguien más para no entender, para no dejarse devorar por la terrible verdad de que “la medicina ha avanzado gracias al número infinito de experimentos que tantos y tantos investigadores han efectuado con animales”. Así, prefiere ponerle rostro y apellidos a la deuda ética con millones de animales y humanos que han sido sometidos a experimentación para hallar las curas que nos tienen aquí. A ese otro personaje es a quien odia con fervor.

Pero, ¿qué hacer con quién obtiene el conocimiento que salva tantas vidas? ¿Se le levanta en hombros o se le castiga? En El mar y veneno, los personajes reciben una sentencia condenatoria por sus acciones (aunque es probable que su saber, nacido a partir de la experimentación con soldados norteamericanos, se siga usando). De esta manera, se limpia, al parecer, la consciencia de una sociedad; pero los avances generados a raíz de esos experimentos permanecen, sirvieron: crearon una técnica. El fusil reemplazó al arco, sin importar a cuántos se colocara en el paredón de la ciencia médica para probar dichos avances.

Se lee en un artículo de Mary Solano que la ciencia (en todas sus expresiones) resulta siempre un proceso social. Este tiene influencia y, a su vez, es influido por la organización social (o, en todo caso, por su crítica). Hacer ciencia, nos dice, es estar involucrado como actor, consciente o inconsciente de ese proceso social y político.

“Yo no he hecho nada”, se repite con locura Suguro al finalizar una de las tres vivisecciones planeadas, pero después se da cuenta de que su inacción no lo convierte por defecto en un hombre “bueno”: es, lo quiera o no, un actor más sobre el proscenio níveo del hospital. Jack Mendoza tampoco “hace nada”, pero este no hacer lo coloca, sin que pueda hacer algo al respecto, en el lado de los victimarios. Además, ambos, a final de cuentas, son tan intervenidos como los que sucumbieron. Mismo caso para Stefan. Para estos tres hombres (hundidos hasta el cuello en una decisión por demás difícil), la vida, la inacción, no es sinónimo de bondad: hacia donde se muevan, cualquier decisión que tomen los convertirá un poco en victimarios. Quien conoce el cuerpo humano y se decide a intervenirlo, se torna un toro en tienda de porcelanas: lleva la destrucción a cuestas.

Nuestra presencia en este mundo cuesta vidas, cuesta dolor, cuesta sufrimiento. En El mar y veneno, Shusaku Endo se plantea una disyuntiva similar: ¿cuántas vidas se salvarán a partir de este suplicio? ¿Existe una matemática del dolor, algo que justifique las acciones realizadas en otros seres vivos? De nuevo (nunca suficiente), dependerá de a quién se le pregunte: al salvado o al conejillo.

Tanto Suguro como el capitán Jack Mendoza y el mismo Stefan, al final de las historias, están imposibilitados para seguir, como si su cuerpo ya no les perteneciera, como si alguien lo hubiera intervenido con la finalidad de explorar o descubrir algo. Quizá para desembarazarse del dilema ético al que indudablemente se les ha expuesto, el médico Toda (otro de los responsables de la vivisección) le dice al doctor Suguro que son, acaso, instrumentos nada más de la humanidad, del tiempo. “Tú y yo estamos en este hospital en concreto en un momento concreto de la historia y por eso hemos tomado parte en la vivisección de un prisionero”. “Si la gente que debe juzgarnos se encontrara en la misma situación que nosotros, ¿crees que harían otra cosa?”. Toda comprende que no es más que eso: un instrumento, un chivo expiatorio al que, al término de la guerra, se le enviará a prisión para purgar las culpas. Será ese “alguien” a quien Estefanía odiará para negarse a entender que su vida (la de todos nosotros) se erige sobre el dolor de otros, muchas veces sin rostro ni nombre, desterrados de su propio cuerpo y de la historia.

Visto desde ese punto, Jessica, la enfermera militar encargada de torturar a Kim (el joven comunista al que Jack Mendoza pretende ayudar), es también un instrumento más. Sin embargo, ¿es esto suficiente para expiarlos? Y nosotros, ¿cuánto de esto comprendemos? Somos actores (quizá meros extras, pero actores al fin y al cabo) en esta voraz pieza de dramaturgia. Encerrados en esta jaula, sin saberlo, ¿quién es víctima y quién victimario? La respuesta es un enigma moral, acaso un koan del dolor.

Quizá algún día, como concluye Suguro al final de El mar y veneno, tendremos que responder (aunque ya hayamos traspuesto el límite, como Jack Mendoza; aunque pretendamos hacer mutis y marcharnos de la manera más silenciosa, como Stefan; como el hijo que ve a su padre dormir en la cama del hospital, aun con vida).


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Retrato de Marcel Proust. Recuperado de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 4.0)
Retrato de Marcel Proust. Recuperado de Wikimedia Commons. (CC BY-SA 4.0)

Hace muchos años que no se veían lluvias como las que tuvimos este año, el verano volvió regular la lluvia de la tarde, como decía mi padre que fue en su infancia: mañanas frescas y soleadas en las que se juntaban las nubes que se oscurecían hasta que avanzaba la tarde y soltaban su carga. La satisfacción de los agricultores pasó en cuestión de semanas a la preocupación por perder sus sembradíos ahogados en tanta abundancia.

En el ejido en el que crecí volvió a tener una corriente continua el arroyo que, antes de este año, solo llevaba agua después de una lluvia —una turbia corriente que bajaba de la sierra colmada de basura y que apenas escampaba volvía a ser un hilo de agua entre las piedras—. Fui a caminar en ese arroyo, entre las jarillas profusas de hojas, entre las flores amarillas de la mala mujer y la lustrosa verdolaga vi el agua cristalina correr. Oí la corriente mansa en la que se reflejaba el sol de mediodía y percibí, sobre todo percibí, el olor fresco del arroyo en el que se conjugaban los ecos de las coníferas y los encinos de la sierra de la que bajaba, de las jarillas, de la lama y las plantas acuáticas y de las ranas que aguardaban entre las piedras. Metí mis pies en el agua fresca, sentí las partículas de arena arrastrada entre mis dedos. De pronto ya no estaba en un mediodía del verano de 2022, sino muchos años antes. Mi madre me sostiene de las axilas y me para sobre la arena, el agua fría casi me arrastra, mis tías que entonces eran casi niñas todavía, lavan ropa usando grandes piedras como talladores, detrás de ellas mi abuela, madre de mi madre, toma de un bulto las prendas que les da a sus hijas.

No tengo más de tres años. Mi abuela me sonríe y con los dedos húmedos acaricia mis mejillas. Veo la corriente cristalina correr entre mis dedos, camino entre la arena y las piedras pulidas por el agua. Mi madre me alza de un brazo cuando llego en medio del arroyo y casi caigo por la fuerza, que es poca aunque suficiente para mi pequeño cuerpo, casi me tira. Mi mamá y las tías se ríen, mientras yo cuelgo de un brazo de la mano de mamá; la abuela dejó de sonreír y muestra preocupación por lo que pudo haberme pasado.

Volvemos a la casa de la abuela que está a unos pasos del arroyo —tanto así que, para mi hermana y para mí, lo llamamos, mi hermana y yo, el arroyo de la abuela—, viven en la orilla del ejido. Camino detrás de mi madre, las jarillas y las demás plantas son para mí enormes —es tan distinto el mundo cuando se ve con los ojos de la infancia—.

La abuela atiza la estufa de leña, nunca, ni en esta temporada que es evidentemente veraniega, la deja apagarse y sobre la puerta por donde le echa los leños deja su taza de peltre, cubierta de humo, con alguna de sus bebidas —así le decía ella a las tisanas que preparaba con alguna de las yerbas que el abuelo le traía del monte—. Sobre la estufa calientan agua que echan sobre una bandeja. Me desnudan y me suben a la mesa para bañarme en esa bandeja, con una taza vierten sobre mí el agua, mientras juego con el sobre de champú, que tiene la forma de una almohada muy inflada, una pequeña almohada plástica llena de un líquido verde que cabe en mis manos —por eso sé que no tenía más de tres años, todavía cabía en esa bandeja sobre la mesa—.

Así pude constatar las inmensas posibilidades de la memoria sensible de la que habla Proust, del despliegue de continentes enteros del pasado que vuelven a nosotros no por el deseo consciente de reconstrucción de ese pasado, sino porque son despertados por una impresión sensorial. El té y la famosa magdalena se citan siempre cuando se habla de la obra proustiana, pero no son los únicos, ni siquiera los primeros que se observan en Por el camino de Swann, ejemplos de esa memoria sensible y la forma en la que la despiertan sensaciones, antes de la magdalena están, por ejemplo, las posturas en la cama del narrador que lo llevan de un lugar a otro, de un espacio a otro de su vida, espacios que en ese momento de la lectura —si se trata de la primera vez que se lee En busca del tiempo perdido— poco dicen, pero que son fundamentales en la vida del personaje-narrador y en la construcción de esa obra monumental que es la novela de Marcel Proust.

Pero si un ruido, un olor, ya oído o respirado antes, se oye o se respira de nuevo, a la vez en el presente y en el pasado reales sin ser actuales, ideales sin ser abstractos, en seguida se encuentra libera la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas y nuestro verdadero yo, que a veces desde mucho tiempo atrás, parecía muerto pero no lo estaba del todo, se despierta, se anima al recibir el celestial alimento que le aporta. Un minuto liberado del orden del tiempo ha recreado en nosotros, para sentirlo, al hombre, liberado del orden del tiempo. Y se comprende que este hombre sea confiado en su alegría; se comprende que la palabra «muerte» no tenga sentido para él; situado fuera del tiempo, ¿qué podría temer del futuro?

Así me encontré en el arroyo en este verano, estaba en el arroyo hoy, a mis treinta y tantos y estaba aquel niño, aquel infante que todavía se aferraba a los brazos de su madre y que la pequeña corriente podía llevarse. Fenómenos análogos hemos tenido a lo largo de nuestras vidas, el pasado es traído hasta nosotros desde espacios que creíamos que no existían por un olor, por un sabor, por el color de una nube, y ese momento llega hasta nosotros como si lo volviéramos a vivir. Para percibir esos estados no es necesario leer a Proust, pero, al menos en mi caso así ha sido, haber leído En busca del tiempo perdido me ha permitido estar más atento a esos estados.

La obra proustiana surge de esas revelaciones, el narrador de su novela —quien en un solo momento, en los siete tomos que la componen, declara su nombre propio, que es el mismo que el del autor: Marcel; solo una vez utiliza un nombre propio el narrador en el más de millón doscientas mil palabras que utiliza— dice que se ha dado a la tarea de escribir una obra para recuperar el tiempo, para traducir esas revelaciones de la memoria en literatura. —Sobre el asunto de la materia de la obra en El tiempo recobrado existe esta acotación que corta con las especulaciones sobre quiénes son los personajes que recorren las páginas de los siete tomos: En este libro donde no hay ni un solo hecho que no sea ficticio, donde no hay un solo personaje con «clave», donde todo ha sido inventado por mí según las necesidades de mi demostración […], y es quizá en este punto, más que cuando el narrador dice llamarse Marcel que es sobre todo Proust, el autor, quien habla—.

Esas primeras páginas de Por el camino de Swann en las que el narrador se la pasa acostado —más de treinta cuartillas en las que se rebuja en la cama— se deben, más que nada, a que en ellas, en las diversas posturas que toma y en las sensaciones —y a través de ellas las trasposiciones temporales— se puede apreciar el fenómeno nemotécnico que sirve de cimiento a En busca del tiempo perdido: cada cambio de postura en la cama evoca las sensaciones de otro tiempo cuando se tomaba esa postura, así se repasan episodios de la vida del narrador —que son anticipaciones de espacios y personajes con los que se habrá de tener profundo conocimiento a lo largo de los siete tomos—. Así el narrador recrea su infancia cuando aguardaba al beso de despedida y sufría ante la posibilidad de no tenerlo, o si lo obtenía de que su madre iba a partir; ya en esos momentos Proust ofrece la personalidad que caracteriza a su narrador: alguien incapaz de vivir en el momento presente —sufre por anticipado basado en sus imaginaciones de lo que sucederá o, una vez ha ocurrido un evento, lo rememora una y otra vez; imaginación y memoria son las claves no sólo para entender la psique del narrador, sino de toda la obra, que surge de la imaginación y la memoria: […] su encanto sólo a distancia sólo a distancia me resultaba visible […] pues residía en mi memoria y en mi imaginación—.

Esta característica de la personalidad del narrador es palpable en toda la obra, desde el beso de la mamá que le es negado y que después le dan cuando creía que no lo tendría, hasta la fiesta en casa de la princesa de Guermantes, está y no está en los sucesos —de todo el universo de personajes que recorren su París, Combray, Balbec y todas sus páginas uno de los que actúa menos es justamente quien nos cuenta su vida y el mundo que ha visto y ha perdido: el narrador—; los diversos amores que él tiene (la duquesa de Guermantes, Gilberte, Albertine) se manifiestan en esa anticipación-imaginación que antecede al encuentro y en el desinterés una vez se consigue el encuentro —en Albertine, en torno a quien giran los tomos antepenúltimo y último (La prisionera y La fugitiva o, dependiendo de la edición, Albertine desaparecida) se transfigura por los celos, otra forma de la imaginación, que hacen que el narrador termine privándola de libertad; su fuga y muerte también son narrados por esa sensibilidad incapaz de vivir los sucesos, a menos que sea anticipándolos o rememorándolos—. Esta condición perceptiva, que es, a fin de cuentas, la única que tenemos para conocer ese mundo, en uno de los puntos en los que es posible apreciarlo mejor es a través de la muerte de la abuela en El mundo de Guermantes —las traducciones nos han hecho perder el paralelismo entre el título del tercer tomo y el primero: Du côté de chez Swann y Le côté de Guermantes: los dos caminos que definen los paseos del narrador cuando niño y que van a ser los dos polos en los que se mueve: el arte y el gran mundo—, el narrador la anticipa por gran parte del libro esa muerte, para despacharla en unas cuantas líneas:

En aquel momento, mi abuela abrió los ojos. Me precipité sobre Françoise para ocultar su llanto, mientras mis padres hablaran a la enferma. El ruido del oxígeno se había apagado, el médico se alejó de la cama. Mi abuela había muerto.

Una muerte que sigue apenando al narrador después que la narra —no se puede pasar de vista que todo cuanto acontece ha ocurrido en el pasado, salvo, quizá el momento en el que comienza la narración: Mucho tiempo he estado acostándome temprano; así que incluso la muerte de la abuela es recuperada de un punto en el pasado—, que reverbera por los siguientes tomos de la obra; así, por ejemplo, en Sodoma y Gomorra se puede leer:

Mis pensamientos solían centrarse en los últimos días de la enfermedad de mi abuela, en sus sufrimientos, que yo revivía e incrementaba con ese elemento más difícil aún de soportar que el propio sufrimiento de los demás y a los que se sumaba con nuestra cruel piedad; cuando solo creemos recrear los dolores de un ser querido, nuestra piedad los exagera, pero tal vez sea ésta la que esté en lo cierto, más que la conciencia que de ellos tienen quienes los sufren y a los cuales queda oculta esa tristeza de su vida, que la piedad, por su parte, ve y desespera.

Y es otra vez la subjetividad del narrador lo que primero se nos presenta del sufrimiento de la abuela, un sufrimiento que solo forma parte de la memoria del narrador, de sus pensamientos.

La imaginación y la memoria nos acompaña a todos, la vida de todas las personas está constituida en mayor o menor grado por ellas, alguien incapaz de percibir la existencia fuera de sus lentes no es una sorpresa; lo interesante del narrador de En busca del tiempo perdido, lo que hace que una vez que nos hemos sumergido en ese mundo queramos seguir conociéndolo, ahondándolo, es lo que Proust propone hacer con esas dos materias: la construcción de una obra de arte. La imaginación y la memoria en manos de Proust son la arcilla con la que moldea una sensibilidad, la del narrador Marcel, que observa un mundo y su propia vida, que trata de recuperar, el tiempo que se ha ido.

La marcha del tiempo y con éste el declive y la destrucción a que se ven expuestos todos los seres, aunque destino ineludible, se vuelve en la obra de Proust en la posibilidad de preservación, el tiempo perdido deja de serlo al dotarle sentido por medio de la obra de arte. La creación se vuelve el instrumento de recuperación del pasado, es crisol en el que ocurre la transmutación de ese tiempo perdido, por medio de la memoria y la imaginación, en arte; así, el artista, el narrador de la obra, convertido en un alquimista convierte su experiencia del gran mundo, sus amores, su dolor, en algo que lo trasciende, dejan de serle propios, particulares, para ser de todos, para que todos podamos considerarlos propios. He ahí uno de los grandes logros de la prosa proustiana, conseguir que las tribulaciones de un hombre —digo hombre porque narra desde su adultez, ya cercana a la tumba, aunque muchos de los episodios narrados correspondan a su infancia y adolescencia— del gran mundo, utilizando la expresión que él mismo utiliza para el medio al que aspira y en el que termina moviéndose, nos interesen y queramos conocerlas no sólo en un libro sino en siete. Los cotilleos de todas esas duquesas, de esos príncipes, barones y marqueses, de esos médicos y pintores por sí mismos no poseen más que un interés anecdótico, pero es a través de la voz que Proust creó que los conocemos y que deseamos ahondar en ese mundo y por lo que, en otros contextos nos parece superficial —y ciertamente al narrador también, como no pocas veces llega a confesar—.

Los cotilleos, las visitas de artistas, los amores, los celos y todo el tiempo perdido de que está hecha la vida del narrador son puntos de partida para la reflexión de Proust, a través de Marcel el narrador —pero también de muchos de los personajes, como las que hace Robert de Saint-Loup sobre la guerra; o Swann, Elstir, Vinteuil o Bergotte sobre el arte—. El estilo proustiano, colmado de frases subordinadas, digresiones y metáforas sobre metáforas, hace posible la elaboración de esta prosa ensayística en la que lo mismo que nos transporta a la vida del niño que desespera porque es mandado a la cama antes de lo esperado por la visita del vecino nos da una lección de arquitectura gótica y todo para construir, en sus propias palabras, ese monumento que aspira a ser una catedral —No sabía si el gran plano general sería una iglesia donde los fieles aprenderían poco a poco verdades y descubrirían armonías, o si resultaría, como un monumento druídico en la cumbre de una isla, algo que nadie frecuentaría jamás—. Una catedral hecha de palabras, una catedral a donde acudimos a contemplar admirados las revelaciones de ese narrador que no deja de perder el tiempo, pero que en esa perdida constante encuentra una vía para crear.

Un narrador que, como he señado arriba, era muy consciente de su condición ficticia y del papel que tenía en la obra, la metaficción que tanto se exploró desde la segunda mitad del siglo XX fue explorada por él. Ese narrador le sirve a Proust para reflexionar sobre la sociedad en la que vivió, la que con el estallido de la Primera Guerra Mundial —entonces era la Gran Guerra— desapareció. Ese mismo conflicto que postergó la publicación de los tomos —y quizá contribuyó, con ello, a que se extendieran más y pudiéramos tener los siete tomos que son hoy En busca del tiempo perdido—.

No es una novela perfecta, aunque aspira a serlo —Nabokov, en Curso de literatura europea, dice que lo que leemos es solo una sombra del proyecto que el narrador se propone escribir, que sería la verdadera novela—, difícilmente un proyecto tan ambicioso como el que se propuso Proust podría alcanzar la perfección; pero con lo que consigue no lo necesita. Mucho es lo que se puede considerar como fallas, como lapsus, del autor que pudieron corregirse, como lectores estamos en condiciones de corregirlos en la lectura, así, por ejemplo, el proyecto original, que eran dos libros —En busca del tiempo perdido y El tiempo recobrado— se puede notar en el último tomo, cuando el narrador está en casa de Gilberte y Saint-Loup todavía vive, la guerra aún no ocurre, es evidente el intento por hacer una primera recapitulación, pero que no es, todavía, el recuento que hace en esa misma obra en la fiesta de la princesa Guermantes (la antigua madame Verdurin) —fiesta que, a su vez, también tiene sus contradicciones, como la marquesa de Arpajon a quien ve en un punto y después le informan que ha muerto— y que es, a través de una serie de revelaciones, lo que detona la escritura de la obra. Pero, no nos llamemos a engaño —dispénseseme el uso de esa frase hecha que tan oportuna cae aquí y que hubiera sido para el narrador (y para Proust mismo) objeto de burla— él no aspiraba a la perfección que implica la concordancia, su aspiración era más amplia y perdurable:

Y en estos grandes libros hay partes que solo han tenido tiempo de ser esbozadas y que seguramente no se terminarán nunca, por la misma amplitud del plano arquitectónico.

Proust, al escribir esto, sabía que por más cerca que estuviera de terminar su obra corría el riesgo de morir antes de terminarla, no pocas páginas al final del último tomo, una vez que el narrador se ha decidido a construir su obra, se dedican al temor a la muerte antes de que ésta pueda ser terminada. Piénsese que El tiempo recobrado se publicó cinco años después de su muerte y que, para cuando ésta acaeció, se había publicado cuatro de los siete tomos de la obra.

Una obra cuyo primer volumen ningún editor quería publicar —Gide llegó a decir que fue el gran error de su vida y del que siempre se arrepintió—, que se publicó porque Proust pagó de su bolsillo la edición. Cuyo segundo volumen en 1919, A la sombra de las muchachas en flor —acogido en ese momento por Gallimard, el que será el sello editorial que editó el resto de la obra—, causó un escándalo al obtener el primer lugar en el concurso Goncourt —que es, desde entonces, el más prestigioso en las letras francesas— pues no era, como se esperaba, una obra que hablara de la guerra, que era en ese momento el tema del que todos los autores hablaban —un tema que, por otro lado, no dejó indiferente a Proust y lo desarrolló en algunos de los otros tomos de En busca del tiempo perdido, sobre todo en el último—; pocos recuerdan hoy, menos han leído, Las cruces de la guerra de Roland Dorgelès, la novela que quedó finalista junto a la obra proustiana. Uno de los jurados que le dio el premio, Leon Duadet, llegó a sentenciar mientras deliberaban: “Proust […] se lo digo, es un escritor adelantado a su época en cien años.”

A esa aseveración, a la vuelta del siglo vaticinado, se pueden hacer algunas objeciones, todas ellas, por supuesto extra-literarias —como la concepción del amor y la forma de vincularse con las mujeres que tiene el narrador, o la concepción que, aunque novedosa en su tiempo, tiene de los vínculos sexo-afectivos entre personas del mismo sexo, “el vicio” como él lo llama—. Pero, fuera de esas objeciones que al plantearlas lo que se hace es aumentar las posibilidades de lectura de la obra proustiana, En busca del tiempo perdido es una obra que ha trascendido el tiempo y llega a adelantarse, como bien apuntó Duadet, en muchos aspectos, no solo a la literatura sino a la concepción misma de obra artística —la idea de que la obra, por ejemplo, la hace también el espectador, el lector, ya la apunta él:

Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, porque el libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento […]; mi libro, gracias al cual les daba yo el medio de leer en sí mismos […]—.

 

Una de las objeciones que podemos hacer es a él, cuando afirma:

Seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarían también un día por morir. Pero hay que resignarse a morir. Aceptamos la idea de que dentro de diez años nosotros mismos, dentro de cien años nuestros libros, ya no existirán. Ni a los hombres ni a los libros se les promete ya la duración eterna.

Han pasado cien años de su muerte y puedo afirmar, desde mi absoluta subjetividad, que sus libros siguen tan vigentes como en 1913 cuando publicó el primer volumen. En mí siguen hablando esos libros, los he hecho míos, me han permitido, a mí vez, volver a ver aquel arroyo de mi infancia, bañarme en sus aguas, en fin, recuperar el tiempo perdido.

Pues en este mundo donde todo se gasta, donde todo perece, hay una cosa que cae en ruinas, que se destruye más completamente todavía, dejando aún menos vestigios que la Belleza: es el Dolor.

 

 

 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Fotografía recuperada de Fundação José Saramago, en Flickr. (CC BY-NC-SA 2.0)
Fotografía recuperada de Fundação José Saramago, en Flickr. (CC BY-NC-SA 2.0)

Escribir, para José Saramago, fue una carrera contra el tiempo. De sus primeras novelas apenas si quedan rastros, y si algo las ha hecho valiosas fue la muerte de su autor en 2010. Contaba con más de sesenta años cuando emprendió formalmente su labor literaria; la velocidad de sus publicaciones creció conforme los años que sumaba de vida.

Cuando la Academia Sueca le otorgó el Nobel de literatura en 1998, convirtiéndose en el primer —y, hasta ahora, el único— autor en lengua portuguesa en recibirlo, estaba próximo a cumplir 76 años y ya era un personaje polémico debido a la censura que el gobierno portugués impuso a El Evangelio según Jesucristo. Aníbal Cavaco Silva, entonces primer ministro, vetó la postulación de Saramago al Premio Europeo de Literatura al considerar que su novela ofendía la sensibilidad del pueblo católico lusitano, según declaró en un rabioso debate parlamentario en 1992.

La publicación de las novelas de Saramago coincidió con un momento clave en la mentalidad europea, entre los años noventa y el principio de este milenio, en el que los vestigios del cristianismo que conformó un continente entero se cayeron a pedazos, al menos desde el bando católico.

Las razones fueron varias: el progreso imparable de la secularización, las críticas contra los crímenes de pederastia, y las perniciosas alianzas del clero con partidos de derecha, más preocupados por la regulación de la sexualidad que por la desigualdad en sus países. Pero, paradójicamente, Saramago escribió con categorías propias de la mentalidad cristiana, que hoy día resultan incomprensibles para quienes asumen con sana naturalidad el sello de la secularización y ven en lo cristiano una suerte de fetichismo museístico.

Lo primero que debe tenerse en cuenta para hablar de la influencia del cristianismo en Saramago es el contexto en el que nació: si bien su familia no era practicante, Portugal en 1922 hizo de las apariciones en Fátima (1917) una campaña anticomunista que radicalizó política y socialmente a la derecha y a la izquierda; este hecho fue clave para la adscripción del autor a los movimientos comunistas, que tuvieron en la Iglesia católica un enemigo declarado.

En segundo lugar, obras como Caín y El Evangelio según Jesucristo parten de una crítica no tanto contra la religión sino contra la institución, y no tanto contra la imagen de Dios como contra su necesidad lógica. Finalmente, Saramago es heredero de una antiquísima herejía, el marcionismo, que recorre y configura buena parte de sus obras.

Novelas como Las intermitencias de la muerte y el Ensayo sobre la ceguera son aproximaciones antropológicas desde una óptica humanista. En ellas descubrimos el carácter agridulce de la vitalidad humana, que quiere por una parte responder a las exigencias del bien común al tiempo que apuesta por cumplir los intereses propios. En esta tensión entre lo individual y lo colectivo se representa la tensión entre la derecha e izquierda, entre el bien común y la libertad personal. La tensión se extiende al plano formal de las obras, que hacen de la puntuación una declaración política al tiempo que se mueven dentro de una riqueza y dominio del lenguaje únicos en su tipo.

La oposición descrita es, sin embargo, aparente. Sobrevive gracias a la narrativa de instituciones que se benefician de ella, como la Iglesia católica. Eso insinuó Saramago a propósito de la publicación de Las intermitencias de la muerte, en una entrevista con Miguel Mora publicada el 11 de noviembre de 2005:

El problema de la Iglesia es que necesita la muerte para vivir. Sin muerte no podría haber Iglesia porque no habría resurrección. Las religiones cristianas se alimentan de la muerte. La piedra angular sobre la que se asienta el edificio administrativo, teológico, ideológico y represor de la Iglesia se desmoronaría si la muerte dejara de existir. Por eso los obispos en la novela convocan una campaña de oración para que vuelva la muerte. Parece cruel, pero sin la muerte y la resurrección, la religión no podría seguir diciendo que nos portemos bien para vivir la vida eterna en el más allá. Si la vida eterna estuviera acá…

La dictadura de António de Oliveira Salazar, que acuñó las famosas “Tres efes” (“fado, futbol y Fátima”) como base de su gobierno, motivó a grupos comunistas a combatir el catolicismo como religión oficial y como instrumento de control.

Cuando triunfó La Revolución de los Claveles, en la que Saramago participó, la ideología nacionalista decayó paulatinamente y con ella la influencia de la Iglesia católica en el país. Fue entonces que Saramago pudo publicar, con un poco más de apertura, sus opiniones religiosas. No precisamente porque creyera en Dios, sino porque le parecía un problema que era necesario discutir, sobre todo en sus últimos años de vida, en el contexto del fanatismo coránico:

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia.

Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el “factor Dios”, ése, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. […] Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el “factor Dios”, ése que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ése que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas […].
Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del “factor Dios”. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos.

¿Cabe hablar de cristianismo en la obra de Saramago? Al menos desde el punto de vista de una categoría histórica, sí. La apuesta por el progreso moral puede entenderse como una versión laica de la redención y, de hecho, en este concepto se articulan obras como Memorial del convento, Ensayo sobre la lucidez y La caverna. En ellas, sus personajes se encuentran atrapados en una sutilísima trampa, sea política o mercantil, y descubren la necesidad de liberarse de sus cadenas, lo que no siempre es posible. Hay, sin embargo, un factor más elocuente de la influencia cristiana de Saramago, y es su visión cristológica, particularmente expuesta en El Evangelio según Jesucristo.

Entendida como un elemento fundamental de cualquier teología cristiana, la cristología es un conjunto de doctrinas sobre la naturaleza del Cristo, el “Enviado” o “Ungido” de Dios, cuyas repercusiones morales, litúrgicas y eclesiológicas configuran las distintas confesiones cristianas. En un ensayo difícilmente asequible del teólogo español Mario Boero, publicado en 1994, encontramos una novedosa crítica literaria a la luz de la cristología propuesta por Saramago:

La mayoría de los pensamientos teológicos existentes en esta novela […] guardan relación con Jesús. Por ello existe una teología cristocéntrica muy especial que emerge desde “abajo”, es decir, parece producirse una Revelación de Dios desde la humanidad del propio Cristo. En lugar de consideraciones abstractas (cristología desde arriba) que dan por sentados criterios teológicos que divinizan la persona de Cristo, aquí en la novela todo resulta muy terrestre. Esta comprensión diversa acerca de cómo Jesús se hace Dios tiene consecuencias lógicas en el vocabulario de la teología actual cuando señala que hay dos tendencias básicas en la reflexión cristológica: la ascendente y la descendente.

La lectura de Boero no sólo es novedosa por el tratamiento teológico que la da a El Evangelio según Jesucristo, al que una lectura simplona podría calificar de herético, sin más. Saramago, en cambio, ofrece en su novela una visión de la Revelación que parte del Jesús humano, dejando de lado su naturaleza divina. Se acerca, así, más al género humano que si lo hiciera en su faceta de Dios.

De hecho, no es consciente de serlo y más bien se asume como un mediador. Nótese en esto la convergencia con la Primera Carta a Timoteo: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (II, 5) o con la Carta a los Hebreos: “Por eso Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que los llamados reciban la herencia eterna prometida, ahora que él ha muerto para liberarlos de los pecados cometidos bajo el primer pacto” (IX, 15).

El cristianismo que subyace en Saramago es ateo. Concibe la figura mesiánica de un Cristo pero le niega su estatuto divino. Cabe, en su obra, hablar de una cristología no necesariamente trinitaria, pero que asume las enseñanzas sociales de Jesús de Nazaret.

En esto no estuvo solo. Las guerrillas anticapitalistas de América Latina asumieron el cristianismo como un mensaje liberador de las estructuras socioeconómicas que la han tenido rezagada por tantos años, y a Cristo en particular como un compañero de lucha, como el intercesor por excelencia del que se habla en el Nuevo Testamento. Y a propósito del canon bíblico, un último punto interesante en Saramago es su asentimiento —quizá inconsciente— a una herejía cristiana del siglo II, el marcionismo, presente a lo largo de su última novela, Caín.

Para Marción, teólogo nacido hacia el año 140, formado con discípulos del apóstol Pablo, el dios del Antiguo Testamento no era sino un demiurgo malévolo que no se identificaba con el Dios benevolente del Nuevo Testamento, el predicado por Jesús de Nazaret. Intentó en vano convencer al clero de Roma de la validez de su hipótesis mediante la revisión de los cruentos pasajes del Antiguo Testamento.

La diametral diferencia, tanto en su estilo como en sus objetivos —muchos de ellos homicidas—, entre ambos Testamentos, era razón suficiente para proponer una teología de corte dualista, hoy diríamos maniquea, que consideraba la existencia de un dios malo y otro bueno.

Esta misma idea estructura Caín, en cuyos diálogos su protagonista, condenado a una vida eterna —nótese la paradoja—, le reprocha a Dios que él no es peor que su Creador, de cuyas manos gotea la sangre de los sodomitas, los amorreos, los caldeos… Fue esto lo que colmó la paciencia de autoridades en el Vaticano, quienes, en un arranque de ira, publicaron un obituario cuando la muerte de Saramago en la edición de L’Osservatore Romano del 19 de junio de 2010, en el que lo calificó de “un populista extremista […], que se hacía cargo del porqué de los males del mundo.

Habría debido antes que nada aplicar el problema a todas las estructuras humanas erróneas, desde las histórico-políticas a las socioeconómicas, en vez de saltar al detestado plano metafísico y culpar, de manera demasiado cómoda y carente de cualquier otra consideración, a un Dios en el que nunca creyó debido a su omnipotencia, a su omnisciencia, a su omnipresencia”.

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Saramago. Habrá que recordarlo como a la diligente Blimunda de su Memorial del convento: alguien que supo capturar la voluntad de sus lectores en el ámbar de su literatura. Alguien que hizo del cristianismo un pretexto de lucha por la libertad, de búsqueda de sentido a través de la relativización de la realidad y que dio pie a la crítica social con miras a la consecución de un mundo mejor.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.
"Relatividad", de M. C. Escher (1953). Fotografía recuperada de Flickr (CC BY-NC-SA 2.0).
“Relatividad”, de M. C. Escher (1953). Fotografía recuperada de Flickr (CC BY-NC-SA 2.0).

Lo que dirige el relato no es la voz: es el oído.

Marco Polo a Kublai Kan

Italo Calvino ya era un ermitaño en París cuando, en noviembre de 1972, la editorial Einaudi publicó en Torino Le città invisibili. En su estudio de Square Châtillon, al sur de Montparnasse, el escritor creyó haber imaginado un último poema de amor a las ciudades con un texto ordenado a semejanza de la “megalópolis”, esa urbe continua e inagotable que cubre el mundo y que también domina la estructura de su libro. Durante años llevó una especie de diario en el que iba escribiendo páginas sobre las ciudades, el paisaje autobiográfico y la imaginación. La poética de Calvino obedece a un principio de asociación matemática por series, en donde logos y topoi permiten al sujeto ubicarse en los espacios de la memoria.

Entre Las ciudades invisibles, sin embargo, no se encuentra ninguna real; todas son inventadas y cada una tiene un nombre de mujer. Italo Calvino las organizó en once series de cinco textos cada una, reagrupadas en capítulos formados por fragmentos de colecciones que, a pesar de sus diferencias, comparten cierto clima: están caracterizadas por propiedades sensibles, intercambios o abstracciones a partir de ideas como la vida y la muerte, el amor o la justicia. Se presentan como una antología de relatos de viaje que Marco Polo cuenta a Kublai Kan, emperador de los tártaros, en los jardines del palacio real de Kemenfú. La cualidad invisible de los territorios que describe el mercader veneciano radica en que estos existen a partir de la oralidad. El Gran Kan no ve los confines de su imperio, pero los imagina escuchando la narración de Marco Polo: “A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles…”.

En una carta que escribió en 1960 a Suso Cecchi D’Amico, Italo Calvino destaca a Kublai Kan como un soberano perfecto, de absoluta sabiduría y gusto por los placeres de la vida, aunque melancólico. En otro periodo de su escritura, Calvino también trabajó en el guion de una película que nunca llegaría a realizarse sobre los viajes de Marco Polo. Extrajo a ambos personajes de sus lecturas del Libro de las maravillas y los puso a conversar en Las ciudades invisibles, enlazando narración fantástica y diálogo filosófico. El viajero platica con el emperador, al tiempo que ambos interrogan el sentido de la tribu originaria y prefiguran la aldea global. Palabras, deseos y recuerdos construyen un libro poliedro alrededor de la ciudad como fractal.

En Las ciudades invisibles de Italo Calvino también se despliega una megalópolis continua e inagotable, que va cubriendo el mundo interior y el tangible. En las descripciones miniaturistas, casi fotográficas, del embajador favorito del emperador, Marco Polo y Kublai Kan deambulan por el modelo de ciudad que Calvino propone como un conjunto de muchas cosas: “memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías; son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”. Las conversaciones entre el mercader y el soberano abarcan desde la antigua polis hasta la urbe moderna: ¿Qué es hoy la ciudad para nosotros?

Para Italo Calvino, hay varios puntos de apoyo desde donde se construyen las ciudades: la memoria, el deseo y los signos. Marco Polo inútilmente intenta describir Zaira, la ciudad de los altos bastiones, al magnánimo Kublai Kan. Embebido en una ola de recuerdos, el viajero concluye que una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira: “Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas” (“Las ciudades y la memoria”, 3).

La idea de una ciudad concéntrica, que se habita y es huésped de sí misma, recorre todos los paisajes que describe el mercader más famoso en la literatura de viajes y la “mirabilia” medieval. Solo hay una excepción: Marco Polo nunca la menciona, pero le asegura a Kublai Kan que, siempre que describe una ciudad, dice algo de su lugar de origen: “Para distinguir las cualidades de las otras, he de partir de una ciudad que permanece implícita. Para mí, es Venecia”. Según el viajero, una vez fijadas por las palabras, las imágenes de la memoria se borran; en su nostalgia, él admite el miedo de perder Venecia de una vez por todas si habla de ella, aunque reconoce que, quizás, hablando de otras ciudades, la ha ido perdiendo poco a poco.

Conforme avanzan sus conversaciones, Marco Polo y Kublai Kan van estableciendo un lenguaje en el que las palabras y el silencio, así como los gestos y objetos, se complementan. Entre el mapa mental del mercader y el atlas del emperador, se tienden puentes que comunican reinos, puertos que reciben noticias de lejanos océanos, paisajes milenarios que únicamente son modificados por la mirada del viajero. Mientras que, en el mapa mental de Marco Polo, el viaje es el de la memoria y los territorios son cada vez más abstractos, en el atlas del Gran Kan se reúnen los mapas de todas las ciudades y se revela incluso el infinito catálogo de aquellas que todavía no poseen forma ni nombre: Jericó, Ur, Cartago; Constantinopla, México, Cuzco; Ámsterdam, Nueva York, Kioto-Osaka… Todas son ciudades invisibles que conviven con la urbe fantástica, el locus amoenus y la necrópolis del atlas del Gran Kan. Este último incluye, además, los mapas de las tierras visitadas con el pensamiento, pero todavía no descubiertas o fundadas —Nueva Atlántida, Utopía, Ciudad del Sol—, así como aquellas amenazadoras de las pesadillas y maldiciones —Enoch, Babilonia, Brave New World.

Cuando el mercader se acerca al final de su viaje, los territorios que visita se vuelven especulares y geométricos. Italo Calvino asume estas características como hipótesis tanto para sus ciudades invisibles como para nuestras metrópolis presentes y futuras. Una vez que el viajero ha aprendido la lengua del emperador, Marco Polo le confirma a Kublai Kan que cada ciudad tiene a su lado, como Laudomia, otra ciudad cuyos habitantes se llaman con los mismos nombres. La cualidad especial de este territorio es que no solo comprende el mundo de los vivos y el de los muertos, sino que también la habitan los no nacidos: “Y para sentirse segura, la Laudomia viva necesita buscar en la Laudomia de los muertos la explicación de sí misma, aun a riesgo de encontrar allí algo más o algo menos […]. La Laudomia de los no nacidos no comunica, como la de los muertos, ninguna seguridad a los habitantes de la Laudomia viva, sino solo zozobra” (“Las ciudades y los muertos”, 5).

Luego de escuchar a Marco Polo hablar de Berenice, ciudad justa e injusta y germen de una inmensa metrópoli que cubre al mundo, Kublai Kan concluye que el último puerto no puede ser sino la ciudad infernal desde cuyo fondo es imposible escapar por la espiral que aprieta la corriente. Para Marco Polo (a diferencia del Gran Kan), el infierno de los vivos no es algo por venir, sino que lo habitamos todos los días y solo hay dos maneras de no sufrirlo: “La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje: buscar y saber con quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

La primera edición italiana de Le città invisibili tuvo como portada Le château des Pyrénées (1959) de René Magritte. En la pintura se observa una colosal roca flotando encima del océano, desafiando así la gravedad terrestre y, al mismo tiempo, hospedando la arquitectura humana en un castillo que despunta la piedra. En su cualidad surrealista, la ciudad onírica de Magritte bien podría haber sido descubierta por Marco Polo —y contada por él mismo ante el Gran Kublai Kan, en sus aposentos de Kemenfú— o imaginada por Italo Calvino en “Las ciudades y el cielo” —Eudoxia, Bersabea, Tecla, Perinzia y Andria.

Tal vez Italo Calvino vio pasar todos los pájaros del mundo y, por último, un cuervo sobrevolando el fondo del cielo en Siena el 19 de septiembre de 1985. Seguramente le gritó en su lengua y lo señaló con el dedo de la mano con que escribió su poema de amor a las ciudades. Quizás el cuervo bajó lentamente en círculos y se posó sobre la tumba que habita Calvino desde entonces en el cementerio de Castiglione della Pescaia, en la Toscana. Existe la posibilidad, no obstante, de que solo esté de viaje en la ciudad que soñó Kublai Kan, aquella en la que las despedidas se desenvuelven en silencio pero con lágrimas, la misma de la que Marco Polo teme nunca más regresar: “La ciudad existe y tiene un simple secreto: solo conoce partidas y no llegadas”.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.
Portada del libro "Matadero Cinco", de Kurt Vonnegut, 1969. Blackie Books.
Portada del libro “Matadero Cinco”, de Kurt Vonnegut, 1969. Blackie Books.

 

There are almost no characters in this story, and almost no dramatic confrontations, because most of the people in it are so sick and so much the listless playthings of enormous forces.

K. Vonnegut

 

A la historia de la humanidad siempre la ha acompañado la historia del poder, de la violencia, de las guerras, o el término que se prefiera utilizar. Nada le ha dado muerte a cantidades masivas de humanos, en lugares y momentos específicos, como otros humanos. Hasta el día de hoy se siguen explorando los estragos de la última gran guerra de la que el mundo fue testigo en expresiones artísticas como el cine, desafortunadamente los encuentros bélicos no cesaron ahí y pareciera que nunca lo harán. En la actualidad, por ejemplo, se ha masificado la información respecto al más reciente hecho: la invasión rusa en Ucrania, y gracias a la conectividad con la que contamos cualquier persona puede estar al pendiente de los hechos minuto a minuto.

A pesar de este reciente estallido de información, sigue pareciendo imposible narrar una guerra de primera mano después de presenciar actos tan atroces de los que nadie (que sobreviva) se llega a recuperar del todo. Como dijo Theodor Adorno alguna vez: escribir [poesía] después de Auschwitz es un acto de barbarie. No obstante, el escritor estadounidense Kurt Vonnegut, conocido por sus obras satíricas, propone una manera de testimoniar los hechos de un prisionero de la Segunda Guerra Mundial de la manera más particular: contando la historia de alguien más ante la imposibilidad de poder articular cualquier recuerdo propio del narrador de los hechos. La manera de ficcionalizar los hechos es tan magistral que extrapola el relato hacia una historia de ciencia ficción; sin embargo, el autor se las arregla para mantener a su publico con la guerra en la mente de principio a fin.

Matadero cinco (1969), la novela en cuestión, inicia al presentar a un narrador cuyo único deseo, después de regresar de la guerra, es escribir un libro sobre lo acontecido en ella. Toda su vida gira en torno a concretar esa idea, pero en un momento de honestidad dice que no le salen las palabras suficientes para llenar un libro con sus recuerdos. Esa es razón principal que lo lleva a servirse de otras herramientas que no lo ponen a él en el centro de su narración, sino a un compañero que para nada tenía facha de soldado de guerra, junto con su vida, obra y otras curiosidades incluso fantásticas, como su supuesto secuestro por seres de otra galaxia en una nave espacial con forma de platillo volador.

Este personaje tiene la capacidad de proyecta tal vez todos los traumas de los que el narrador no es capaz de hablar, pues además cuenta con un superpoder que en un principio suena único y envidiable, pero que después de experimentarlo en páginas y páginas de excelente narración es lo más atemorizante que le puede pasar a cualquier persona: Billy Pilgrim, el personaje en cuestión y protagonista de esta historia, puede adelantarse y volver a distintos momentos de su vida a través del tiempo, pero no a los que él elija. Siempre hay un pero, y este pero es determinante para colocarnos como espectadores de los momentos más horripilantes de su vida una y otra vez: cuando su madre muere desahuciada; sus primeros meses en combate (no como soldado, sino como asistente de capellán); la desoladora travesía por la que tiene que pasar cuando es capturado como prisionero por soldados alemanes; y, sin duda la parte más cruda, cuando presencia el bombardeo de Dresden, donde pasó sus últimos días cautivo. Todo esto, una y otra vez, sin poder salir de este ciclo a voluntad.

Hoy, que se cumplen cien años del natalicio de Vonnegut, queda el remoto deseo de volver a tener en las manos un poco de luz, ficciones que nos hagan ver la complejidad de los conflictos armados más allá de los sitios de noticias que en ocasiones resultan ser más oportunistas que profesionales. Hoy quisiéramos saber si estamos listos para una secuela.


Autores
(Ciudad Guzmán, Jalisco, 1996). Editora y licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. En 2019 impartió el Taller de Lectura en la Asociación Pro Personas Con Parálisis Cerebral. En el mismo año entró como editora y dictaminadora a Dharma Books + Publishing, donde ha sido parte de la edición y selección del catálogo en los últimos dos años. Tenía un pez que se llamaba Maraca y vivía en su escritorio.