Iniciar el camino es solo el pretexto para alejarse de uno mismo. El que se va intenta reiniciar en otro lado; olvida que se puede quedar atrás un pueblo o la familia: se lleva a sí mismo. Esa es la premisa de cualquier Road Trip, término que siempre relacionamos con autos y carreteras, aunque no siempre es así. Esta obra de teatro es la prueba fehaciente que no siempre es así.
Ubicada en la época revolucionaria, un atribulado Ramón Llanes, en compañía de su Sancho, Atanasio Robles, deciden emprender una empresa similar a la que Ambrose Bierce tomó a su debido tiempo, buscar a Pancho Villa. Ramón deja a tras no solamente una vida común por seguir un sueño que ni si quiera se antoja como épico, sino que deja atrás a su mujer, el amor de su vida, Margarita Macías.
El escritor norteamericano fue al encuentro de la aventura luego de haber visto la muerte frente a frente en el campo de batalla. La búsqueda del mítico revolucionario era más bien una muerte heroica, un viaje del que no esperaba volver. Y del cual no volvió.
Pero el viaje de Ramón Llanes, con toda la precariedad y sin sentido de un hombre al cual le obsesiona una idea, parece ser más la de un hombre que en busca de su padre mítico, que al de un guerrero buscando gloria. Al inicio, su mujer, le advierte el resultado de su épica. “Y luego él se queda callado y me pregunta: dónde se quedó mi fusil. Es el que tiene el cañón desviado, le digo. Sí, me dice, ese mismo”.
Un futuro soldado con un fusil que no da en el blanco. Lo cual lo llena de una poesía muy de la fatalidad. Y es que este texto teatral no esconde su fascinación por Rulfo, haciendo que sus personajes tengan ese juego enunciativo del cual el maestro de Apulco exprimía poesía.
Es también de Rulfo que la obra de Hernández tenga este sabor a fantasmas, a voces que parecen salir de aquí y de allá, que recuerdan cosas que no han pasado o que ya pasaron. Que en el texto parecen no funcionar, pero que seguramente en la puesta en escena lo harán de buena manera.
Es esta reflexión en la que debemos detenernos para advertirle al lector de dramaturgia, ese que no tuvo estudios teatrales, pero que gusta de leer estas piezas, que los textos necesariamente serán interpretados por un actor o actriz, y que serán enriquecidos por la puesta en escena.
Así, nos encontramos los que disfrutamos de leer dramaturgia o guiones de cine, que estamos frente al embrión de algo que acabará creciendo y tomando muchas vidas. Como esos huevos sorpresa que al ser sumergidos en agua acabarás entregándonos animales enormes.
José Emilio Hernández Martín se aleja de los temas de moda, lo cual siempre refresca, para entregarnos una obra en la que los terrenos polvorosos, con poca esperanza, son recorridos por un par de inocentes viajantes. Villa se convierte en el Mago de Oz, esa meta inalcanzable, ese señor Mictantecutli que los espera al final del viaje para por fin descansar luego de pasar por decenas de pruebas.
Pese a esa aridez, tiene diálogos salpicados de humor, esos que surgen de la inocencia. Por ejemplo, este monólogo: “Pensamos que son fantasmas o visiones que el demonio quiere que veamos. Pero yo les digo, deténganse apariciones y luego les pregunto qué son y de dónde vienen y qué quieren.
Lo digo alto y frondoso en el pecho: deténganse apariciones y qué son o qué quieren y de dónde son y a dónde van/a lo que yo respondo mirando a Atanasio que se hallaba triste y de muy pocas palabras, muy buenas señor mío, no somos aparecidos a menos de que esto sea el cielo y que en el entendido de que así sea no hemos pasado nosotros por ningún San Pedro o por ninguna puerta dorada ni hemos escuchado las voces melodiosas de los ángeles. Somos revolucionarios”.
Y es cierto Atanacio y Ramón son ya revolucionarios sin pegar un solo tiro, solo porque decidieron subirse a una destartalada carreta y decidieron buscar un sueño, su sueño.
Aficionados celebran a la selección mexicana en México 86. Museo Archivo de la Fotografía. (CC0 1.0)
En ciertos países el triunfo es un animal exótico.
Juan Villoro, Balón dividido
A estas alturas, desde hace 36 años, México queda eliminado de cada mundial. En este último, aunque me duela aceptarlo, no resultó sorpresivo habernos quedado incluso en la fase de grupos. Cada cuatro años el globo tricolor se infla con una esperanza que el marketing se encarga de redoblar con comerciales que nada tienen que ver con la realidad futbolística de la selección. Los medios apelan a una gesta heroica como único medio de acceder a la victoria. Es como si la única manera de ganar en México fuese sufriendo. Aunque entiendo la herencia del catolicismo en lo que respecta al sufrimiento para trascender, no es que a los mexicanos nos guste complicarnos la vida: es que no se ha encontrado la manera de sufrir menos para conseguir más.
México 86 es recordado por dos principales razones, según sea quien lo recuerde. Si se trata de un mexicano, este recordará que aquel torneo fue el último en que la selección pasó a cuartos de final. Algunos dicen que por ser el anfitrión, y no lo dudo, pero se pasó al quinto partido y desde entonces nació la maldición. En cambio, ese mismo mundial será recordado por el resto del mundo gracias al Barrilete cósmico de Maradona. La tragedia mexicana guarda la misma proporción que el malabar maradoniano en cuanto a la inmensidad del hecho. Ambos sucesos poseen un sustrato político que tiene que ver con la hazaña como único medio para sobresalir en algo.
Estoy seguro de que muchos países latinoamericanos envidiamos a los argentinos desde entonces: tener una economía desastrosa y producir jugadores de gran calidad, no cualquier nación del tercer mundo lo consigue. Fue el gol de Maradona, pero también la narración de Víctor Hugo Morales, lo que por un momento les devolvió a los argentinos las Malvinas.
Ese gol que fue algo más, mucho más, que un simple gol. Ese gol fue un reclamo, un grito, un estruendo sobrenatural. No por nada Morales apela a la vida extraterrestre en el apodo usado para nombrar la jugada. Fue una manera de entender esa pasión que desborda cualquier corazón humano. Justicia divina no en el sentido judeocristiano, sino en un rumbo semántico más próximo al de la sci-fi. Como toda ficción, en esta el final también dignifica al héroe.
Por alguna razón, Latinoamérica encuentra en el futbol el medio para vengar el desastre al que los políticos nos han llevado. Al cumplir con una proeza, los países en posición de subalternos resignifican la tragedia que los ha situado en los últimos peldaños del escalafón internacional casi desde que consiguieron su independencia. O incluso desde mucho antes, cuando los colonizadores se asumieron como dueños de cada tierra que pisaban fuera de sus países de origen. Lamentablemente, el futbol no es la excepción, y menos en el postfutbol: ¡cuántos aficionados latinoamericanos, supuestos parientes de europeos, se ponen la camiseta de cualquier selección europea y celebran cada gol con tal de blanquear el Pantone de su piel, también, por medio del futbol!
Por eso resultan tan odiosos los comentaristas y narradores que se alegran de que siempre sean las mismas selecciones las que llegan a las etapas finales. No es coincidencia que dichas selecciones sean europeas, salvo por Argentina, que sabe culminar en cada mundial sus propias revanchas sociales, y Brasil, cuyo jogo bonito es por suerte atemporal y se mantiene al margen de sus gobiernos.
Cada vez que celebra la presencia de los mismos convidados al banquete mundialista, el colonizado se reafirma como tal. Su emoción por ver a las potencias eliminarse entre ellas resultaría genuina si no es porque, afortunadamente, el futbol tiene todavía un remanente lúdico, aunque ya en peligro de extinción. Son las sorpresas de cada mundial, los llamados “caballos negros” que se cuelan a las instancias finales y le devuelven al juego de lo que tanto adolece últimamente: la improvisación.
La expresión es realmente hermosa: un caballo que corre desbocado, que presume su libertad y amedrenta a los cautos y reprimidos. Es la envidia de todos los caballos, de todos los humanos. ¡Cuántos quisiéramos ser ese caballo que relincha de alegría! Es el caballo que rompe con las quinielas, que desacata la regla a la que se le rinde pleitesía cuando Francia, España y demás equipos europeos se encaminan, cada cuatro años, a los mismos sitios victoriosos. Selecciones que, por cierto, se han beneficiado en los últimos años de la colonización. Francia es el mayor ejemplo de que el yugo imperialista en África sigue dándoles dividendos varios siglos después.
Aquellos historiadores de la tradición, que la construyen con su propio servilismo, se lamentan de que se cuelen a la pelea por la copa mundial países como Marruecos en 2022, Costa Rica en 2014, Camerún en 1990, Cuba en 1938, e incluso Estados Unidos en 1930. En cambio, los seduce que las selecciones que apoyan con sospechoso respeto goleen a selecciones mucho más débiles y, a menudo, con jugadores de color de piel más oscura o de apellidos latinos, asiáticos, africanos.
Algo así pasó, por poner algunos ejemplos, con la goleada que sufrió El Salvador, en plena guerra civil, a manos de los húngaros, quienes le anotaron 10 goles a un grupo de jugadores más pendientes de la supervivencia de los suyos en su país que de la humillación de la que solo fueron comparsas. El Salvador anotó un solo gol en ese partido (jugado durante el mundial de España 1982), y, aunque parezca tan absurdo como para recordarlo, los salvadoreños consideraron la anotación igual a un bálsamo, como si el futbol tuviera ese poder catártico para alivianar las tensiones sociales, o al menos lo buscáramos allí como parte de la representación en la que se convierte un partido en los noventa minutos de juego.
El único gol del encuentro lo metió Luis “El Pelé” Zapata. El apodo confirma la necesidad de los países que carecemos de la magia en los botines de apodar a nuestros jugadores con el nombre de las leyendas del deporte. Por eso abundan tantos “Messis” mexicanos, como si al menos la comparación sirviera para admirar, en nuestro pequeño altar de triunfos menores, a quienes gracias a su talento nos devuelven la esperanza de confiar en que dentro de cuatro años, las cosas pueden ser mejor de lo que son actualmente.
Recuerdo al conserje de una secundaria, en la que apliqué la prueba ENLACE bajo las órdenes de la SEP. He olvidado su nombre, pero no la vehemencia con hablamos una mañana, entre receso y receso, de política y futbol. Compartíamos la desesperanza y el hartazgo de unos gobernantes que no sirven para nada. Don Rober, llamémoslo así, trabajaba en la escuela desde hacía unos años. Dijo estar ahorrando para intentar pasar al Otro lado por tercera ocasión. Mencionó que las dos veces anteriores casi lo logra, pero que siempre o el pollero le quedaba mal o la Migra lo mandaba de vuelta al país.
Olvidé también cómo ese tema se mezcló, por alguna razón, con el futbol. Aunque jamás podría ponerme en los zapatos de Don Rober, en algo sí coincidíamos él y yo: la fe, tal vez demasiado ingenua, pero poderosa y mística, en que con tan solo una victoria importante de la selección mexicana, una nada más, las cosas cambiarían en el país. No sabíamos con certeza si para bien, pero queríamos confiar en que así sería.
Si pasara algo así, trabajaríamos más motivados, mi joven, recuerdo que dijo Don Rober y enseguida soltó una carcajada mientras terminaba de recoger los envases de frutsis del patio que estaban barriendo, con una de esas escobas hechas de ramitas que aprovisionan quienes trabajan con lo mínimo. Yo apoyé su comentario agregando que gran parte del ánimo con que los aficionados al futbol se despertaban día tras día dependía de la buena o la mala actuación del equipo.
Don Rober me dio la razón y seguimos hablando de otras cosas. En algún momento volvimos a hablar de sus intentos infructuosos por cruzar la frontera. Ahí fue cuando dijo que lo intentaría una vez más en unos meses. Le deseé mucha suerte y nos despedimos. Tenía que volver al salón para continuar con la prueba y así poder cobrar los 500 pesos que me tocaban por haberme presentado en la escuela asignada y aplicar el examen a adolescentes de secundaria con tantas deficiencias educativas como carencias económicas.
Parafraseando las palabras de Robert Capa con que Juan Villoro inicia uno de sus ensayos de Balón dividido: tener talento no basta, también hay que ser mexicano. Como si, dando por cierto el nacionalismo que rodea el futbol, asumiera que para el mexicano, esa criatura empaquetada y lista para comercializar con ella, la derrota en la cancha formara parte también de la derrota fuera de ella.
La tragedia, como alguna vez escuché en palabras de un amigo, nos acompaña como mexicanos como una sombra que no se nos despega ni para jugar a la pelota. Por eso mi enojo inicial: ¿Cómo voy a querer que ganen los mismos siempre si mi vida depende de esos chispazos de suerte, de esa mínima probabilidad de conseguir en pies de otra persona un triunfo que nos sepa a propio?
Antes de subir al salón, volteé de nuevo al patio: la basura estaba ya recogida en pequeños montoncitos estratégicamente ubicados para que nadie los derribara por descuido o malicia. Entonces recordé mi conversación con Don Rober y me sentí un imbécil. Cualquier otra cosa que sucediera en ese patio, utilizado tantas veces como cancha improvisada donde jugaban niños que soñaban con ser el nuevo Messi, me pareció absurdo. Pero solo por un momento.
Después, aunque fue mucho tiempo después, en realidad, entendí que la felicidad de tipos como don Rober no dependía del futbol. Que todos los días se levantaba a trabajar y que aunque ganara la selección el mundial, el alborozo duraría un momento, el presidente en turno se alegraría y reconocería a los futbolistas que consiguieron la gesta heroica y que la vida, el ánimo de las personas, iría a la alza, pero solo por unos días. Después, las cosas volverían a ser las mismas de antes.
Los mexicanos, pero también en otros países donde el triunfo es un animal exótico, venimos al mundo no solo con el sino de la derrota, también con cierta pasión que se ha infiltrado en nuestros genes: la necesidad de conseguir lo que queremos, la necesidad de tener que hacerlo con el doble de esfuerzo. La obligación de continuar haciéndolo porque no hay de otra. Con la promesa de que algún día, también nosotros golearemos dentro y fuera de la cancha.
Pound en algún momento.
El lugar pudo ser este mismo lugar.
Meter el movimiento, Ezra. Meter la falta de quietud, Ezra. Te leo como se leen las piedras. Una tras otra hasta completar el muro. Y luego las ruinas, Ezra. Pero acordémonos que ninguna ruina es igual a otra, Ezra, aunque así lo parezca. Ninguna caída es igual a otra, aunque así lo parezca. Y entonces, te pregunto, Ezra, quién inventó el oro, y me contestas, y yo estoy junto a mi deseo, y la vida no tiene nada mejor.
¿Te acuerdas cuando te aventaron al lago lleno de nenúfares, y cada nenúfar era una estrella, Ezra? Yo también me acuerdo. ¿Y también te acuerdas de la luz de Hilda Doolittle y del año de 1908? Yo también me acuerdo. Y luego apareció el estudiante de medicina que decía cosas como Y sin embargo uno llega de algún modo, o Me llaman, y yo voy. El camino está helado pasada la medianoche.
Pero dime qué hiciste en Venecia, Ezra. Escucho. Triste desolación, el pigmento se descascara de la piedra. Y sigues diciendo En la penumbra el oro atrae junto a sí toda la luz. Y Yeats aprobando tu poesía poniendo esta palabra en el mundo por primera vez. Charming. Y avisándole a William, decidiste a llegar a Londres para reconocer cómo se formó la sombra de este verso en la lengua inglesa: el hombre creó la muerte.
Entonces, Ezra, dime también de qué se trató pasar horas sentado escribiendo en alguna sala del British Museum. Y cómo bebiste como solo las hojas más altas de los árboles saben hacerlo, de la tradición que parecía sospechosamente inmaculada, para fundar Altaforte, como se funda el fuego. Y ahí, en medio de dos espadas, pronunciaste seis veces Y observo en lo oscuro sus lanzas que chocan, y se colma mi pecho de gozo, y se llena mi boca de intrépida música al ver su desdén desafiando la paz.
Y llegó 1910, Ezra, y tú y Yeats concluyeron que solo se debía hablar claro y desinteresarse por el exceso en la metáfora y el adjetivo. Y también llegó Sirmione y Cayo Valerio, y el descubrimiento del azul, por supuesto, y quizá también un lago.
Y después, traicionar a Cavalcanti, Ezra. Y así, algo del dolce stil novo y sentenciar que no hay que preocuparse de las palabras sino de los significados.
Y pasó el salón de té en el British Museum, Ezra. Y leíste ese poema de Hilda dónde ella contó cada grano de arena, de cada bahía que bordeaba cada mar de este mundo. Ese poema donde la sal cantaba algo así:
Hermes, Hermes,
El gran mar se llenó de espuma,
rechinó sus dientes sobre mí;
pero tú has esperado…
Y pusiste debajo del poema de H.D. la palabra Imagiste, y algo pasó en Chicago. Y consecuentemente así lo acomodaste: Será mejor proponer una sola Imagen en toda la vida que producir trabajos voluminosos. Y pensé, medio en brusquedad, en aquél que vomitó Paris por completo, y cambió para siempre a la poesía, y que apostó por que el objeto del genio era fundar un lugar común. Pero supongo que no es lo mismo que tú dices, Ezra, habría que ponerte a platicar con Baudelaire de nuevo, ¿verdad?
Y ahí mismo en el A Few Don’ts by an Imagiste continuas determinando que No se debe estropear la percepción de un sentido tratando de definirlo en términos de otro. Esto solo suele ser el resultado de la demasiada pereza para encontrar la palabra exacta.
Y, entonces, cuéntame ¿qué no le gustó Robert Frost de ti, Ezra?
Llegó, también, Gaudier-Brzeska, y algo acabó de enseñarte sobre la domesticación de la piedra a partir del cincel, su hierro, siempre el hierro. Se fundó una civilización de una sola línea, sobre otra línea, y luego un rostro, y luego el golpe de este caballo romano,Homage to Sextus Propertius, su galope, siempre su galope. Llegó la guerra, la conclusión de su color, que es algo así como:
¿Qué hacer al respecto?
¿Me confiaré a las liadas sombras,
dónde atrevidas manos pueden violentar mi persona?
Pero si pospongo mi obediencia
a causa de este terror respetable,
seré presa de lamentos peores que los de un asaltante nocturno.
Ocurrió el ideograma, Ezra, y hablaste horas con Yeats sobre poesía china y japonesa en la misma tierra de Sussex donde la lengua inglesa tuvo que adoptar la palabra normanda de Guillermo el Conquistador para convulsionar su verdadera historia. Y en medio de todo eso, ocurrió también Sordello y apareció Dante en un prado, y tú comenzaste a Cantar. ¿Lo recuerdas, Ezra? También yo.
¿Cómo comenzaba ese poema de Joyce en Des Imagistes, Ezra?
Por la noche sueltan su nombre de batalla:
Escucho a la distancia la turbulencia de su risa, y yo gimo en la noche.
Ellos parten la oscuridad de los sueños, una llama cegadora,
retumbando, retumbando como en un yunque en el corazón.
Pasó el Vorticism, Ezra, y dijiste unas cosas como LA IMAGEN NO ES UNA IDEA. Es un nodo, un cúmulo radiante; es lo que puedo, y debo forzosamente llamar un VÓRTICE, desde el cual, a través del cual, y hacia el cual, las ideas están constantemente apresurándose. Por decencia, solo se puede llamar VORTEX. Yel señor de Prufrock supo de esto y de aquello también, y ahí estaba su canción, su permanente canción, Ezra. Y él dijo sobre ti algunas cosas también como que la libertad de tu verso, Ezra, consiste más bien en un estado de tensión que se debe a una constante contraposición entre lo libre y lo estricto.
Sucedió Paris de 1921, Ezra, ¿a quiénes conociste? A todos, de seguro. Cocteau, Picabia, Picasso, Stein, Brancusi, Hemingway. ¿Quién más? ¿Qué pasó con Joyce? Es cierto, el Ulises y las supersticiones, y tú diciendo en esa carta de 1922, Ezra, que a tu modo de ver, la mejor crítica a cualquier obra, la única crítica que ostenta algún valor de permanencia o incluso de moderada perdurabilidad proviene del escritor o del artista que supera a sus antecesores; y jamás del joven que escribe generalidades.
Y llega pues, Rapallo, y con ello el tennis, y con ello largas tardes mirando el puerto que era igual a un gigante de brazos largos retrasando el agua del mar de Liguria, y luego pensaste cosas como How to Read y el ABC of Economics. ¿Lo recuerdas, Ezra? Y así, consecuentemente en Il Mare apareció Mussolini por primera vez, pero ya nunca más se detuvo, y luego el radio y luego la guerra, y luego la jaula bajo el sol y los prisioneros de Pisa, y Washington y el amparo provisto por la locura y sus metáforas que fue el último regalo de todos tus amigos escritores.
Y Bishop puesta en el espejo por Paz habló de St. Elizabeth:
Éstos son los años y los muros y la puerta
que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso
para saber si el mundo está allí y si es plano.
Y ahí en esa locura que te tomó doce años masticar, terminaste los Cantos mientras pensabas en Confucio, Ezra, doce años. Y le prometiste a Estados Unidos ir a Brasil, ¿recuerdas, Ezra?, pero mentiste. Y llegaste a Nápoles, y levantaste la mano como si fueras una estatua erigida desde siempre bajo la porosidad de la lengua fascista. Y te tomó entonces catorce años aprenderte de memoria toda la grava de la Piazza San Marco, y beber toda el agua que borra el suelo de la iglesia cada vez que la lluvia le recuerda sus posesiones al mar Adriático. Y se acabó, entonces, Ezra, como siempre, deslizándose como un ratón de campo, y sin agitar la hierba, Ezra, sin agitar la hierba.
Y esa primera mañana de noviembre, los cuatro gondoleros en negro. Y la cicatriz sin número en mármol, Ezra, ahí en San Michele. Permanente y sin cruz desde hace cincuenta años, Ezra, y contando, y contando. A caso esa falta de sombra fue un último poema, Ezra. No lo creo, yo no lo creo.