Tierra Adentro
Portada del libro "Las visiones", de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada del libro “Las visiones”, de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Iniciar el camino es solo el pretexto para alejarse de uno mismo. El que se va intenta reiniciar en otro lado; olvida que se puede quedar atrás un pueblo o la familia: se lleva a sí mismo. Esa es la premisa de cualquier Road Trip, término que siempre relacionamos con autos y carreteras, aunque no siempre es así. Esta obra de teatro es la prueba fehaciente que no siempre es así.

Ubicada en la época revolucionaria, un atribulado Ramón Llanes, en compañía de su Sancho, Atanasio Robles, deciden emprender una empresa similar a la que Ambrose Bierce tomó a su debido tiempo, buscar a Pancho Villa. Ramón deja a tras no solamente una vida común por seguir un sueño que ni si quiera se antoja como épico, sino que deja atrás a su mujer, el amor de su vida, Margarita Macías.

El escritor norteamericano fue al encuentro de la aventura luego de haber visto la muerte frente a frente en el campo de batalla. La búsqueda del mítico revolucionario era más bien una muerte heroica, un viaje del que no esperaba volver. Y del cual no volvió.

Pero el viaje de Ramón Llanes, con toda la precariedad y sin sentido de un hombre al cual le obsesiona una idea, parece ser más la de un hombre que en busca de su padre mítico, que al de un guerrero buscando gloria. Al inicio, su mujer, le advierte el resultado de su épica. “Y luego él se queda callado y me pregunta: dónde se quedó mi fusil. Es el que tiene el cañón desviado, le digo. Sí, me dice, ese mismo”.

Un futuro soldado con un fusil que no da en el blanco. Lo cual lo llena de una poesía muy de la fatalidad. Y es que este texto teatral no esconde su fascinación por Rulfo, haciendo que sus personajes tengan ese juego enunciativo del cual el maestro de Apulco exprimía poesía.

Es también de Rulfo que la obra de Hernández tenga este sabor a fantasmas, a voces que parecen salir de aquí y de allá, que recuerdan cosas que no han pasado o que ya pasaron. Que en el texto parecen no funcionar, pero que seguramente en la puesta en escena lo harán de buena manera.

Es esta reflexión en la que debemos detenernos para advertirle al lector de dramaturgia, ese que no tuvo estudios teatrales, pero que gusta de leer estas piezas, que los textos necesariamente serán interpretados por un actor o actriz, y que serán enriquecidos por la puesta en escena.

Así, nos encontramos los que disfrutamos de leer dramaturgia o guiones de cine, que estamos frente al embrión de algo que acabará creciendo y tomando muchas vidas. Como esos huevos sorpresa que al ser sumergidos en agua acabarás entregándonos animales enormes.

José Emilio Hernández Martín se aleja de los temas de moda, lo cual siempre refresca, para entregarnos una obra en la que los terrenos polvorosos, con poca esperanza, son recorridos por un par de inocentes viajantes. Villa se convierte en el Mago de Oz, esa meta inalcanzable, ese señor Mictantecutli que los espera al final del viaje para por fin descansar luego de pasar por decenas de pruebas.

Pese a esa aridez, tiene diálogos salpicados de humor, esos que surgen de la inocencia. Por ejemplo, este monólogo: “Pensamos que son fantasmas o visiones que el demonio quiere que veamos. Pero yo les digo, deténganse apariciones y luego les pregunto qué son y de dónde vienen y qué quieren.

Lo digo alto y frondoso en el pecho: deténganse apariciones y qué son o qué quieren y de dónde son y a dónde van/a lo que yo respondo mirando a Atanasio que se hallaba triste y de muy pocas palabras, muy buenas señor mío, no somos aparecidos a menos de que esto sea el cielo y que en el entendido de que así sea no hemos pasado nosotros por ningún San Pedro o por ninguna puerta dorada ni hemos escuchado las voces melodiosas de los ángeles. Somos revolucionarios”.

Y es cierto Atanacio y Ramón son ya revolucionarios sin pegar un solo tiro, solo porque decidieron subirse a una destartalada carreta y decidieron buscar un sueño, su sueño.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Aficionados celebran a la selección mexicana en México 86. Museo Archivo de la Fotografía. (CC0 1.0)
Aficionados celebran a la selección mexicana en México 86. Museo Archivo de la Fotografía. (CC0 1.0)

En ciertos países el triunfo es un animal exótico.

Juan Villoro, Balón dividido

A estas alturas, desde hace 36 años, México queda eliminado de cada mundial. En este último, aunque me duela aceptarlo, no resultó sorpresivo habernos quedado incluso en la fase de grupos. Cada cuatro años el globo tricolor se infla con una esperanza que el marketing se encarga de redoblar con comerciales que nada tienen que ver con la realidad futbolística de la selección. Los medios apelan a una gesta heroica como único medio de acceder a la victoria. Es como si la única manera de ganar en México fuese sufriendo. Aunque entiendo la herencia del catolicismo en lo que respecta al sufrimiento para trascender, no es que a los mexicanos nos guste complicarnos la vida: es que no se ha encontrado la manera de sufrir menos para conseguir más.

México 86 es recordado por dos principales razones, según sea quien lo recuerde. Si se trata de un mexicano, este recordará que aquel torneo fue el último en que la selección pasó a cuartos de final. Algunos dicen que por ser el anfitrión, y no lo dudo, pero se pasó al quinto partido y desde entonces nació la maldición. En cambio, ese mismo mundial será recordado por el resto del mundo gracias al Barrilete cósmico de Maradona. La tragedia mexicana guarda la misma proporción que el malabar maradoniano en cuanto a la inmensidad del hecho. Ambos sucesos poseen un sustrato político que tiene que ver con la hazaña como único medio para sobresalir en algo.

Estoy seguro de que muchos países latinoamericanos envidiamos a los argentinos desde entonces: tener una economía desastrosa y producir jugadores de gran calidad, no cualquier nación del tercer mundo lo consigue. Fue el gol de Maradona, pero también la narración de Víctor Hugo Morales, lo que por un momento les devolvió a los argentinos las Malvinas.

Ese gol que fue algo más, mucho más, que un simple gol. Ese gol fue un reclamo, un grito, un estruendo sobrenatural. No por nada Morales apela a la vida extraterrestre en el apodo usado para nombrar la jugada. Fue una manera de entender esa pasión que desborda cualquier corazón humano. Justicia divina no en el sentido judeocristiano, sino en un rumbo semántico más próximo al de la sci-fi. Como toda ficción, en esta el final también dignifica al héroe.

Por alguna razón, Latinoamérica encuentra en el futbol el medio para vengar el desastre al que los políticos nos han llevado. Al cumplir con una proeza, los países en posición de subalternos resignifican la tragedia que los ha situado en los últimos peldaños del escalafón internacional casi desde que consiguieron su independencia. O incluso desde mucho antes, cuando los colonizadores se asumieron como dueños de cada tierra que pisaban fuera de sus países de origen. Lamentablemente, el futbol no es la excepción, y menos en el postfutbol: ¡cuántos aficionados latinoamericanos, supuestos parientes de europeos, se ponen la camiseta de cualquier selección europea y celebran cada gol con tal de blanquear el Pantone de su piel, también, por medio del futbol!

Por eso resultan tan odiosos los comentaristas y narradores que se alegran de que siempre sean las mismas selecciones las que llegan a las etapas finales. No es coincidencia que dichas selecciones sean europeas, salvo por Argentina, que sabe culminar en cada mundial sus propias revanchas sociales, y Brasil, cuyo jogo bonito es por suerte atemporal y se mantiene al margen de sus gobiernos.

Cada vez que celebra la presencia de los mismos convidados al banquete mundialista, el colonizado se reafirma como tal. Su emoción por ver a las potencias eliminarse entre ellas resultaría genuina si no es porque, afortunadamente, el futbol tiene todavía un remanente lúdico, aunque ya en peligro de extinción. Son las sorpresas de cada mundial, los llamados “caballos negros” que se cuelan a las instancias finales y le devuelven al juego de lo que tanto adolece últimamente: la improvisación.

La expresión es realmente hermosa: un caballo que corre desbocado, que presume su libertad y amedrenta a los cautos y reprimidos. Es la envidia de todos los caballos, de todos los humanos. ¡Cuántos quisiéramos ser ese caballo que relincha de alegría! Es el caballo que rompe con las quinielas, que desacata la regla a la que se le rinde pleitesía cuando Francia, España y demás equipos europeos se encaminan, cada cuatro años, a los mismos sitios victoriosos. Selecciones que, por cierto, se han beneficiado en los últimos años de la colonización. Francia es el mayor ejemplo de que el yugo imperialista en África sigue dándoles dividendos varios siglos después.

Aquellos historiadores de la tradición, que la construyen con su propio servilismo, se lamentan de que se cuelen a la pelea por la copa mundial países como Marruecos en 2022, Costa Rica en 2014, Camerún en 1990, Cuba en 1938, e incluso Estados Unidos en 1930. En cambio, los seduce que las selecciones que apoyan con sospechoso respeto goleen a selecciones mucho más débiles y, a menudo, con jugadores de color de piel más oscura o de apellidos latinos, asiáticos, africanos.

Algo así pasó, por poner algunos ejemplos, con la goleada que sufrió El Salvador, en plena guerra civil, a manos de los húngaros, quienes le anotaron 10 goles a un grupo de jugadores más pendientes de la supervivencia de los suyos en su país que de la humillación de la que solo fueron comparsas. El Salvador anotó un solo gol en ese partido (jugado durante el mundial de España 1982), y, aunque parezca tan absurdo como para recordarlo, los salvadoreños consideraron la anotación igual a un bálsamo, como si el futbol tuviera ese poder catártico para alivianar las tensiones sociales, o al menos lo buscáramos allí como parte de la representación en la que se convierte un partido en los noventa minutos de juego.

El único gol del encuentro lo metió Luis “El Pelé” Zapata. El apodo confirma la necesidad de los países que carecemos de la magia en los botines de apodar a nuestros jugadores con el nombre de las leyendas del deporte. Por eso abundan tantos “Messis” mexicanos, como si al menos la comparación sirviera para admirar, en nuestro pequeño altar de triunfos menores, a quienes gracias a su talento nos devuelven la esperanza de confiar en que dentro de cuatro años, las cosas pueden ser mejor de lo que son actualmente.

Recuerdo al conserje de una secundaria, en la que apliqué la prueba ENLACE bajo las órdenes de la SEP. He olvidado su nombre, pero no la vehemencia con hablamos una mañana, entre receso y receso, de política y futbol. Compartíamos la desesperanza y el hartazgo de unos gobernantes que no sirven para nada. Don Rober, llamémoslo así, trabajaba en la escuela desde hacía unos años. Dijo estar ahorrando para intentar pasar al Otro lado por tercera ocasión. Mencionó que las dos veces anteriores casi lo logra, pero que siempre o el pollero le quedaba mal o la Migra lo mandaba de vuelta al país.

Olvidé también cómo ese tema se mezcló, por alguna razón, con el futbol. Aunque jamás podría ponerme en los zapatos de Don Rober, en algo sí coincidíamos él y yo: la fe, tal vez demasiado ingenua, pero poderosa y mística, en que con tan solo una victoria importante de la selección mexicana, una nada más, las cosas cambiarían en el país. No sabíamos con certeza si para bien, pero queríamos confiar en que así sería.

Si pasara algo así, trabajaríamos más motivados, mi joven, recuerdo que dijo Don Rober y enseguida soltó una carcajada mientras terminaba de recoger los envases de frutsis del patio que estaban barriendo, con una de esas escobas hechas de ramitas que aprovisionan quienes trabajan con lo mínimo. Yo apoyé su comentario agregando que gran parte del ánimo con que los aficionados al futbol se despertaban día tras día dependía de la buena o la mala actuación del equipo.

Don Rober me dio la razón y seguimos hablando de otras cosas. En algún momento volvimos a hablar de sus intentos infructuosos por cruzar la frontera. Ahí fue cuando dijo que lo intentaría una vez más en unos meses. Le deseé mucha suerte y nos despedimos. Tenía que volver al salón para continuar con la prueba y así poder cobrar los 500 pesos que me tocaban por haberme presentado en la escuela asignada y aplicar el examen a adolescentes de secundaria con tantas deficiencias educativas como carencias económicas.

Parafraseando las palabras de Robert Capa con que Juan Villoro inicia uno de sus ensayos de Balón dividido: tener talento no basta, también hay que ser mexicano. Como si, dando por cierto el nacionalismo que rodea el futbol, asumiera que para el mexicano, esa criatura empaquetada y lista para comercializar con ella, la derrota en la cancha formara parte también de la derrota fuera de ella.

La tragedia, como alguna vez escuché en palabras de un amigo, nos acompaña como mexicanos como una sombra que no se nos despega ni para jugar a la pelota. Por eso mi enojo inicial: ¿Cómo voy a querer que ganen los mismos siempre si mi vida depende de esos chispazos de suerte, de esa mínima probabilidad de conseguir en pies de otra persona un triunfo que nos sepa a propio?

Antes de subir al salón, volteé de nuevo al patio: la basura estaba ya recogida en pequeños montoncitos estratégicamente ubicados para que nadie los derribara por descuido o malicia. Entonces recordé mi conversación con Don Rober y me sentí un imbécil. Cualquier otra cosa que sucediera en ese patio, utilizado tantas veces como cancha improvisada donde jugaban niños que soñaban con ser el nuevo Messi, me pareció absurdo. Pero solo por un momento.

Después, aunque fue mucho tiempo después, en realidad, entendí que la felicidad de tipos como don Rober no dependía del futbol. Que todos los días se levantaba a trabajar y que aunque ganara la selección el mundial, el alborozo duraría un momento, el presidente en turno se alegraría y reconocería a los futbolistas que consiguieron la gesta heroica y que la vida, el ánimo de las personas, iría a la alza, pero solo por unos días. Después, las cosas volverían a ser las mismas de antes.

Los mexicanos, pero también en otros países donde el triunfo es un animal exótico, venimos al mundo no solo con el sino de la derrota, también con cierta pasión que se ha infiltrado en nuestros genes: la necesidad de conseguir lo que queremos, la necesidad de tener que hacerlo con el doble de esfuerzo. La obligación de continuar haciéndolo porque no hay de otra. Con la promesa de que algún día, también nosotros golearemos dentro y fuera de la cancha.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Ilustración realizada por Laura Velázquez

People quite often think me crazy

when I make a jump instead of a step,

just as if all jumps were unsound

and never carried one anywhere.

I have never known anyone worth a damn

who wasn’t irascible.

Pound en algún momento.
El lugar pudo ser este mismo lugar.

Meter el movimiento, Ezra. Meter la falta de quietud, Ezra. Te leo como se leen las piedras. Una tras otra hasta completar el muro. Y luego las ruinas, Ezra. Pero acordémonos que ninguna ruina es igual a otra, Ezra, aunque así lo parezca. Ninguna caída es igual a otra, aunque así lo parezca. Y entonces, te pregunto, Ezra, quién inventó el oro, y me contestas, y yo estoy junto a mi deseo, y la vida no tiene nada mejor.

¿Te acuerdas cuando te aventaron al lago lleno de nenúfares, y cada nenúfar era una estrella, Ezra? Yo también me acuerdo. ¿Y también te acuerdas de la luz de Hilda Doolittle y del año de 1908? Yo también me acuerdo. Y luego apareció el estudiante de medicina que decía cosas como Y sin embargo uno llega de algún modo, o Me llaman, y yo voy. El camino está helado pasada la medianoche.

Pero dime qué hiciste en Venecia, Ezra. Escucho. Triste desolación, el pigmento se descascara de la piedra. Y sigues diciendo En la penumbra el oro atrae junto a sí toda la luz. Y Yeats aprobando tu poesía poniendo esta palabra en el mundo por primera vez. Charming. Y avisándole a William, decidiste a llegar a Londres para reconocer cómo se formó la sombra de este verso en la lengua inglesa: el hombre creó la muerte.

Entonces, Ezra, dime también de qué se trató pasar horas sentado escribiendo en alguna sala del British Museum. Y cómo bebiste como solo las hojas más altas de los árboles saben hacerlo, de la tradición que parecía sospechosamente inmaculada, para fundar Altaforte, como se funda el fuego. Y ahí, en medio de dos espadas, pronunciaste seis veces Y observo en lo oscuro sus lanzas que chocan, y se colma mi pecho de gozo, y se llena mi boca de intrépida música al ver su desdén desafiando la paz.

Y llegó 1910, Ezra, y tú y Yeats concluyeron que solo se debía hablar claro y desinteresarse por el exceso en la metáfora y el adjetivo. Y también llegó Sirmione y Cayo Valerio, y el descubrimiento del azul, por supuesto, y quizá también un lago.

Y después, traicionar a Cavalcanti, Ezra. Y así, algo del dolce stil novo y sentenciar que no hay que preocuparse de las palabras sino de los significados.

Y pasó el salón de té en el British Museum, Ezra. Y leíste ese poema de Hilda dónde ella contó cada grano de arena, de cada bahía que bordeaba cada mar de este mundo. Ese poema donde la sal cantaba algo así:

Hermes, Hermes,

El gran mar se llenó de espuma,

rechinó sus dientes sobre mí;

pero tú has esperado…

Y pusiste debajo del poema de H.D. la palabra Imagiste, y algo pasó en Chicago. Y consecuentemente así lo acomodaste: Será mejor proponer una sola Imagen en toda la vida que producir trabajos voluminosos. Y pensé, medio en brusquedad, en aquél que vomitó Paris por completo, y cambió para siempre a la poesía, y que apostó por que el objeto del genio era fundar un lugar común. Pero supongo que no es lo mismo que tú dices, Ezra, habría que ponerte a platicar con Baudelaire de nuevo, ¿verdad?

Y ahí mismo en el A Few Don’ts by an Imagiste continuas determinando que No se debe estropear la percepción de un sentido tratando de definirlo en términos de otro. Esto solo suele ser el resultado de la demasiada pereza para encontrar la palabra exacta.

Y, entonces, cuéntame ¿qué no le gustó Robert Frost de ti, Ezra?

Llegó, también, Gaudier-Brzeska, y algo acabó de enseñarte sobre la domesticación de la piedra a partir del cincel, su hierro, siempre el hierro. Se fundó una civilización de una sola línea, sobre otra línea, y luego un rostro, y luego el golpe de este caballo romano,  Homage to Sextus Propertius, su galope, siempre su galope. Llegó la guerra, la conclusión de su color, que es algo así como:

¿Qué hacer al respecto?

¿Me confiaré a las liadas sombras,

dónde atrevidas manos pueden violentar mi persona?

Pero si pospongo mi obediencia

a causa de este terror respetable,

seré presa de lamentos peores que los de un asaltante nocturno.

Ocurrió el ideograma, Ezra, y hablaste horas con Yeats sobre poesía china y japonesa en la misma tierra de Sussex donde la lengua inglesa tuvo que adoptar la palabra normanda de Guillermo el Conquistador para convulsionar su verdadera historia. Y en medio de todo eso, ocurrió también Sordello y apareció Dante en un prado, y tú comenzaste a Cantar. ¿Lo recuerdas, Ezra? También yo.

¿Cómo comenzaba ese poema de Joyce en Des Imagistes, Ezra?

Por la noche sueltan su nombre de batalla:

Escucho a la distancia la turbulencia de su risa, y yo gimo en la noche.

Ellos parten la oscuridad de los sueños, una llama cegadora,

retumbando, retumbando como en un yunque en el corazón.

Pasó el Vorticism, Ezra, y dijiste unas cosas como LA IMAGEN NO ES UNA IDEA. Es un nodo, un cúmulo radiante; es lo que puedo, y debo forzosamente llamar un VÓRTICE, desde el cual, a través del cual, y hacia el cual, las ideas están constantemente apresurándose. Por decencia, solo se puede llamar VORTEX. Y el señor de Prufrock supo de esto y de aquello también, y ahí estaba su canción, su permanente canción, Ezra. Y él dijo sobre ti algunas cosas también como que la libertad de tu verso, Ezra, consiste más bien en un estado de tensión que se debe a una constante contraposición entre lo libre y lo estricto.

Sucedió Paris de 1921, Ezra, ¿a quiénes conociste? A todos, de seguro. Cocteau, Picabia, Picasso, Stein, Brancusi, Hemingway. ¿Quién más? ¿Qué pasó con Joyce? Es cierto, el Ulises y las supersticiones, y tú diciendo en esa carta de 1922, Ezra, que a tu modo de ver, la mejor crítica a cualquier obra, la única crítica que ostenta algún valor de permanencia o incluso de moderada perdurabilidad proviene del escritor o del artista que supera a sus antecesores; y jamás del joven que escribe generalidades.

Y llega pues, Rapallo, y con ello el tennis, y con ello largas tardes mirando el puerto que era igual a un gigante de brazos largos retrasando el agua del mar de Liguria, y luego pensaste cosas como How to Read y el ABC of Economics. ¿Lo recuerdas, Ezra? Y así, consecuentemente en Il Mare apareció Mussolini por primera vez, pero ya nunca más se detuvo, y luego el radio y luego la guerra, y luego la jaula bajo el sol y los prisioneros de Pisa, y Washington y el amparo provisto por la locura y sus metáforas que fue el último regalo de todos tus amigos escritores.

Y Bishop puesta en el espejo por Paz habló de St. Elizabeth:

Éstos son los años y los muros y la puerta

que se cierra sobre un muchacho que golpetea el piso

para saber si el mundo está allí y si es plano.

Y ahí en esa locura que te tomó doce años masticar, terminaste los Cantos mientras pensabas en Confucio, Ezra, doce años. Y le prometiste a Estados Unidos ir a Brasil, ¿recuerdas, Ezra?, pero mentiste. Y llegaste a Nápoles, y levantaste la mano como si fueras una estatua erigida desde siempre bajo la porosidad de la lengua fascista. Y te tomó entonces catorce años aprenderte de memoria toda la grava de la Piazza San Marco, y beber toda el agua que borra el suelo de la iglesia cada vez que la lluvia le recuerda sus posesiones al mar Adriático. Y se acabó, entonces, Ezra, como siempre, deslizándose como un ratón de campo, y sin agitar la hierba, Ezra, sin agitar la hierba.

Y esa primera mañana de noviembre, los cuatro gondoleros en negro. Y la cicatriz sin número en mármol, Ezra, ahí en San Michele. Permanente y sin cruz desde hace cincuenta años, Ezra, y contando, y contando. A caso esa falta de sombra fue un último poema, Ezra. No lo creo, yo no lo creo.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Portada de "La bestia que habito" (Herring Publishers, 2022).
Portada de “La bestia que habito” (Herring Publishers, 2022).

Pelo humano

 

El documental que vi hoy

sobre el satanismo

me recordó

a la exhibición que visité

en el Palais de Tokyo.

Era una instalación

de varios trabajos

de Anne Imhof

que también era

multimedia, incluía

arte sonoro, pintura,

fotografía analógica,

arte encontrado,

arte audiovisual,

performance, música,

escultura y hasta

un tipo de antiarquitectura,

pues había desmantelado

varios cuartos del Palais

hasta volverlo un edifico

abandonado. Me llamó

la atención que no

hubiera nada hecho

con Realidad Virtual,

ni con textiles ni espejos

ni con pelo humano.

Pensé en la exhibición

porque parecía elevar

la estética del Heavy Metal.

Dominaba el color negro,

lo oscuro y el graffiti

de calaveras y diablos,

elementos disruptivos

de la imagen pública

de los satanistas.


 

 

Otros

Durante mi almuerzo

miraba la calle y vi un hombre

no muy joven

no muy grande

 

Se detuvo y caminó

dando pasos hacia atrás

 

Volvió a pasar

una grieta sin pisarla

y siguió avanzando

 

No pisó las otras grietas

que encontró

 

No tuvo que regresar

otra vez

 

Asociamos un vector

a nuestros pasos

que coincide con la punta

de los dedos de los pies

o nuestros ojos

 

Como el trazo

del espacio

en una coreografía

 

Ese día hizo otros

de sus pasos


 

 

En las sombras

Ernesto conoce

el placer verdadero

cuando vende suficiente

para no morir

de nuevo.

 

René utiliza

a dos o siete hombres

para olvidar

que aún le falta

quien lo mire

desde adentro.

 

Todas las noches

Iván visita

el otro panteón

y cuida que su otra tumba

siga abierta.

 

Para afirmar su poder

Julio decide mantener

el cuerpo inmóvil

y el puño duro

en su ataúd.

 

Martín se perdona

todas sus muertes.

Trae ramos a los nichos

de sus presas.

Y al suyo también.


Autores
Es poeta e investigador. En 2022 publicó el libro "La bestia que habito" (Herring Publishers, Querétaro). Actualmente estudia el doctorado en Yale.
Clarice Lispector, 1972. Fotografía de dominio público, acervo del Archivo Nacional de Brasil.
Clarice Lispector, 1972. Fotografía de dominio público, acervo del Archivo Nacional de Brasil.

La constelación literaria del siglo XX está repleta de figuras cuyo enigma y extravagancia eclipsaron, en mayor o menor medida, a sus propios textos. Clarice Lispector, la radical esteta del laconismo que dilató su vida entre los periódicos y la traducción, puede contarse entre los astros intelectuales que han inspirado un magnetismo más bien biográfico. Hasta hace poco se hablaba de ella más de lo que se le leía.

Originalmente bautizada como Chaya Pinjasivna, la autora nacida en Ucrania terminó por apropiarse del nombre con el que la conocemos cuando el resto de su familia se asentó en Alagoas y mutó sus identidades al portugués: el padre ya no era Pinjas, sino Pedro; la madre ya no era Mania, sino Marieta. Esta transición seminal repercutiría en la carrera de Clarice incluso décadas después de haber acabado su infancia, ya que los escépticos de su obra llegaron a argüir la disimilitud entre su nombre y su apellido para suponerlos el pseudónimo de otra persona. Un hombre, para variar.

En la silueta de Lispector todo parece ser un signo esperando el escrutinio de los otros. El culto a su belleza –fatalmente agraviada por las cicatrices de un incendio casero ocurrido once años antes de su muerte–, su construcción casi mitológica como mujer glamurosa acompañada siempre por bisutería y gafas negras, la renovación incesante de su estilo a lo largo de los años y la reserva general con la que se mostró ante el resto del gremio forjaron la extraña imagen de la mejor escritora brasileña del siglo pasado.

De entre todos, los lectores de la Latinoamérica hispanohablante hemos sido los más injustos con su legado. Es común que en Brasil se lea a nuestros autores y autoras sin necesidad de traducirlos al portugués, mientras que en el resto del continente nos hemos subyugado a la barrera de la traducción. Es probable que la reivindicación de Lispector se la debamos al trabajo del editor Benjamin Moser y la traductora Katrina Dodson, quienes colocaron a su narrativa breve en el centro de la discusión literaria angloparlante de la década pasada. De a poco, en otras latitudes y en otras tradiciones nos hemos encargado de rescatarla también. El Fondo de Cultura Económica, de la mano de traductores como Geney Beltrán, Romeo Tello y María Auxilio Salado, emprendió el trabajo titánico de ofrecer toda su producción novelística a los lectores de Hispanoamérica. Por su parte y bajo el mismo sello editorial, Paula Abramo ha traducido los más de ochenta relatos que Lispector publicó desde los diecinueve años hasta sus últimos días.

Los apuntes que siguen –mínimos y quizá triviales al lado de la obra de la que se ocupan– no buscan otra cosa que alumbrar algunas de las facetas de la porción más rica y delirantemente incisiva del trabajo de Lispector: sus cuentos.

*

La escritura alrededor de las epifanías cotidianas dominó buena parte de los intereses del modernismo. Acaso James Joyce inauguró el uso de las revelaciones del día a día como un catalejo para escudriñar la convulsión del siglo; Dublineses –lamentablemente opacado por la monstruosidad verbal de Ulises– es un libro de cuentos en el que la realidad está infectada por una parálisis tan solo aparente que delata, casi siempre de golpe, un fulgor interno que espera a ser descubierto. Lispector –heredera y transgresora de la modernidad– trama sus relatos a partir de la construcción de brevísimos mundos vulnerables a los hallazgos espontáneos.

Uno de los relatos maestros de la brasileña que aparece en Lazos de familia (1960), “Una gallina”, muestra la mañana de un padre que se dispone a perseguir a una de estas aves recién escapada de la cocina, prófuga del desayuno. Sin exceder cuatro páginas de extensión, el cuento exhibe cómo la gallina evita que la pasen por los cuchillos al poner, casi accidentalmente, un huevo: ese portento calcáreo obliga a los miembros de la familia a replantearse toda la situación. La maternidad latente los hace apiadarse de ella al grado de volverla la reina de la casa, pintoresca mascota improvisada. Pero eso no importa realmente, porque el tiempo pasa y la gallina termina por ser comida de todas formas.

Lo que bajo la sinopsis se hace pasar por un absurdo transitorio, en el texto se despliega como una serie de vuelcos luminosos que resignifican a la vida misma. Precisamente la cotidianidad en disputa es una de las fijaciones que Lispector repite en otros cuentos igual de potentes, como “La mujer más pequeña del mundo”, donde se muestra la perversa ternura con la que distintas personas reciben la noticia del descubrimiento de una pigmea congolesa llamada Pequeña Flor. Entre las charlas y los periódicos, la maravilla se diluye hasta la insignificancia.

Los universos de bolsillo cincelados por Lispector enfrentan en paradójica intimidad a los milagros y a la rutina. En ellos, la sencillez deviene en catarsis y lo inédito se vuelve corriente para luego, nimio, ser devorado por las fauces de la trivialidad.

*

Blake Butler, uno de los novelistas estadounidenses contemporáneos que mejor se adelantó a la fiebre general por Lispector, definió a la prosa de la autora como un entramado sintáctico sostenido por la psicosis, obsesionado en alcanzar la comprensión del laberinto oscuro del día a día. Me parece que ese efecto se logra gracias al laconismo estilístico que por acumulación subvierte a los escenarios en eficaces torbellinos poéticos, minuciosos y diligentes en su exploración de la condición humana.

Las aspiraciones estéticas de la brasileña, más que perfilarse, están bien definidas desde sus primeros textos. Es en la Clarice germinal donde nos topamos con una cadencia narrativa que se apoya en un lenguaje de meditaciones y articulaciones escrupulosas, reposado en el sosiego de los días que se van construyendo con cínica tranquilidad. Relatos como “El delirio” respiran con elegancia sinuosa, circundando a los acontecimientos y a los personajes con descripciones sintéticas que formulan bellísimas siluetas y sensaciones, texturas y luces.

Incluso cuando el estilo de Lispector se aleja de las ambiciones naturalistas es fácil notar que su escritura conserva a la eficacia como primera regla y directriz estética. En La legión extranjera (1964) abundan cuentos brevísimos (“Macacos”, “Tentación”, “La solución” y “Evolución de una miopía”, por citar unos cuantos ejemplos) en los que la compactación gramatical juega a favor del ritmo sin ir en detrimento de la profundidad. Las oraciones son, más bien, aforismos camuflados.

Al lector de Lispector le basta un poco de paciencia para encontrar que sus textos están repletos de disimuladas verdades que ocultan otras.

*

No pienso ofender la inteligencia de nadie haciéndome pasar por el primero en decir que el cuento es un género en el que predomina la no-escritura. Esto es algo que, si no se sabe con prelación, al menos se intuye. Los silencios y las omisiones conforman compartimentos que inflan de vida a los relatos y extienden los alcances de su propia arquitectura.

Una observación básica –al menos a la luz de todo lo escrito anteriormente– terminará por obviar que los relatos de Lispector manipulan con maestría a los huecos significantes de su narrativa. Sin embargo, una lectura levemente más extensa es suficiente para admirar la radical audacia con la que la autora ordena el tejido espaciotemporal de su escritura.

Un ejemplo puntual de la enmascarada experimentación de Lispector se encuentra en “La quinta historia”, relato maestro por donde se le mire. Es narrado por una mujer que confiesa, en primer lugar, haberse quejado de la presencia de cucarachas en su departamento para después escuchar de labios de una vecina la fórmula perfecta para matarlas usando una mezcla de azúcar, harina y yeso. Igual de breve que muchas de las otras ya mencionadas, la historia comienza cinco veces desde el mismo punto: la queja por el aparecimiento de las cucarachas. A través de una reconstrucción constante, los pocos párrafos dan lugar a una exploración de la muerte y de los signos que la acompañan.

A lo largo de su extensa obra, a Lispector parece resultarle sencillo desplegar los artificios de su deslumbrante control creador, como un demiurgo versátil.

*

Lispector murió un viernes, el nueve de diciembre de 1977. Encuentro un signo magistral en el hecho de que no alcanzó a presenciar las horas de su cumpleaños, postrado en el calendario al día siguiente: el sábado.

En su cuento “El reparto de los panes”, el sexto día de la semana es usado como excusa para reflexionar sobre las cosas que ocurren en nombre de nada y en nombre de nadie. A propósito de un almuerzo de compromiso, el narrador y otras personas asisten a un banquete que, en el primer momento, no tiene la bendición del hambre, pero que finalmente inspira en los presentes un apetito sin adjetivos ni mediaciones. Todos devoran con la sinceridad de quienes no engañan a lo que comen: comen la comida, no su nombre. Aquí ocurre el gran milagro de la narrativa de la brasileña: la vida aparece con naturalidad sobrecogedora.

Tras su minuciosa genialidad, la obra de Lispector resume los mecanismos de la vida y muestra a las multitudes de sus personajes como hordas de organismos que, arando el suelo y comiendo sus frutos, conquistando patrias y cobijando sus muertos, de a poco van cubriendo todos los rincones de la Tierra.


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Mensaje a la Nación del presidente de la República, Pedro Castillo. 6 de Octubre de 2021. Wikimedia Commons.
Mensaje a la Nación del presidente de la República, Pedro Castillo. 6 de Octubre de 2021. Wikimedia Commons.

Cuando el profe Pedro Castillo ganó la elección presidencial a Keiko Fujimori en segunda vuelta y por un ajustadísimo margen de 50.125% contra el 49.875%, una diferencia de poco más de 40 mil votos en un país de 33 millones de habitantes, tenía dos caminos posibles.

El primero, era sacar a la calle al pueblo de las regiones históricamente olvidadas por las élites políticas, económicas y mediáticas, frente a las clases medias y altas de la capital Lima, que con un 35% del padrón electoral, había sido quien tradicionalmente definía el Presidente del Perú. Sacar a la calle a un pueblo que demandaba una nueva Constitución en sustitución de la promulgada por Fujimori en 1993. Convocar a una Asamblea Constituyente que, frente al poder de un Parlamento unicameral pensado como contrapeso al poder presidencial, hiciera surgir un poder capaz de generar los equilibrios necesarios.

El otro camino, la otra alternativa, era intentar gobernar. Y Pedro Castillo, en el que ahora es fácil decirlo fue su primer gran error, escogió gobernar.

El problema es que tenía que gobernar en la cancha (un sistema institucional perverso y totalmente inclinado y diseñado en detrimento de los intereses populares), con las reglas (la Constitución de Fujimori), y con el árbitro en contra (un Parlamento con mayoría fujimorista y minoría de izquierda).

Una vez que Pedro Castillo escogió intentar gobernar, se puso en marcha un proceso destituyente impulsado por el fujimorismo con la cobertura de los oligopolios mediáticos. Y obviamente nunca pudo gobernar con un Congreso ultrafragmentado al que tenía que pedir permiso hasta para nombrar ministros y ministras.

Pero el fujimorismo tenía un arma tan perversa como poderosa, el artículo 113 de la Constitución que establece entre las diferentes causas para la vacancia del Presidente (algunas son de sentido común como la muerte o renuncia) la “permanente incapacidad moral o física, declarada por el Congreso”.

La primera moción de vacancia por permanente incapacidad moral llegó en noviembre, a tan solo cuatro meses de haber ejercido el cargo, siguió una segunda en marzo de 2022, y la tercera y última, este diciembre. Para ilustrar los poderosos argumentos de la oposición parlamentaria a Pedro Castillo no hay más que leer los 20 puntos de la segunda moción de vacancia, donde además de acusar a Castillo de mentir sistemáticamente, se afirma que “no ha reflexionado, y menos corregido su conducta; muy por el contrario, ha insistido en defender sus actos”. No hay más palabras, señoría.

Pero si tomamos cualquier definición en ciencia política de golpe de Estado (traducción del francés coup d’État), que normalmente se entiende por una usurpación (muchas veces violenta) del gobierno de un país, y que claramente podemos visualizar en lo sucedido en 2019 en el país vecino, la hermana Bolivia, podríamos afirmar que los únicos golpistas eran los que intentaron usurpar desde el poder legislativo el poder ejecutivo mediante mociones de vacancia por permanente incapacidad moral.

No es el objetivo de este breve análisis señalar a toro pasado los errores de Pedro Castillo: si gestionó mejor o peor la post pandemia y vacunación, si debía haber sido más duro o más inflexible tanto con la izquierda caviar como con sus (ex) aliados de Perú Libre, si Aníbal Torres tenía más o menos poder que el que debería como Presidente del Consejo de Ministros, menos aún si Pedro Castillo se equivocó al aislarse o buscar a la OEA como tabla de salvación/legitimación. Ni siquiera si había votos suficientes para la moción de vacancia o fue torpe, por no decir suicida, su proceder en las últimas horas de su mandato.

Nada de lo anterior justifica el golpismo parlamentario del fujimorismo y sus aliados políticos, económicos y mediáticos, ante el silencio cómplice de la comunidad internacional, y la soledad en la que lo dejó de una buena parte de la izquierda que sigue buscando revoluciones en su formato clásico del siglo XX, y no entiende (por no decir desprecia) lo popular y las formas de representación, llenas de contradicciones, que encuentra para disputar el poder.

Ahora le toca el turno a Dina Boluarte, la sexta Presidenta en seis años de un país que un día fuera gobernado por el Mariscal Santa Cruz. Ante ella la disyuntiva se repite por segunda vez (y si la primera ha terminado en tragedia con el encarcelamiento de Pedro Castillo, esperemos esta segunda no termine en farsa): o intenta gobernar y terminar el mandato en 2026, para lo que tendrá sin duda que pactar con los golpistas, que es una buena parte de su gabinete (y políticas), o adelanta las elecciones para colocar de nuevo la Asamblea Constituyente en el horizonte.

Mientras tanto, ya va siendo hora de cambiar la pregunta que Vargas Llosa hace en Conversación en la Catedral de “cuándo se jodió el Perú”, por la de quiénes jodieron el Perú. Al Perú lo jodieron, y lo siguen jodiendo, los golpistas políticos, económicos y mediáticos, con la complicidad de algunos sectores de la izquierda, que no respetan la voluntad de las mayorías sociales.


Autores
Tiene varios posgrados en Políticas Públicas, Comunicación, y Geopolítica y Defensa. Ex asesor del Viceministerio de Planificación Estratégica del Estado, de la Unidad Jurídica Especializada en Desarrollo Constitucional, de la Cancillería y de la Presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. Ha coordinado las publicaciones "Transiciones hacia el Vivir bien", "Un Estado muchos pueblos, la construcción de la plurinacionalidad en Bolivia y Ecuador", "Más allá de los monstruos", además de ser autor del libro, editado en 6 México, Cuba, Venezuela, Argentina, Chile y Brasil "Desde abajo, desde arriba. De la resistencia a los gobiernos populares: escenarios y horizontes del cambio de época en América Latina". Es miembro de la Secretaría Ejecutiva de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad.
Jenni Rivera en el Pepsi Center (08.22.09). Por Julio Enriquez (CC BY 2.0).
Jenni Rivera en el Pepsi Center (08.22.09). Por Julio Enriquez (CC BY 2.0).

Me arrastré,

viví todos los cambios

y, aunque venía llorando,

mis alas levanté.

Hoy hace diez años, el país entero se conmocionó al recibir la noticia de que Janney Dolores Rivera Saavedra, cuyo nombre artístico fue Jenni Rivera y quien fuera mundialmente conocida como “la diva de la banda”, perdió la vida en un aparatoso accidente aeronáutico:  el jet en el que viajaba se desplomó. Lamentablemente, todas las personas a bordo del vuelo con destino al aeropuerto de Toluca corrieron con la misma suerte.

En este texto, a manera de un humildísimo homenaje, no voy a decir que Jenni Rivera fue la primera mujer exitosa del género regional mexicano (lo que sea que eso signifique). De hecho, por los años en los que Jenni comenzaba su carrera, también iban despegando Selena y sus Dinos, al igual que Alicia Villarreal y sus Límites. Tal vez la única diferencia fue que ellas eran las líderes de sus respectivas bandas, mientras que Jenni no llevó acompañantes en ninguna de las marquesinas en las que apareció. Sin duda fue una época privilegiada para la historia de la música en español.

Nuestra Diva de la banda (mía y de todas mis amigas, por lo menos) tuvo una vida más que complicada, pues su primer embarazo fue a la edad de 15 años y su pareja era un abusador en toda la extensión de la palabra. Al menos, así lo retratan en la serie biográfica de Jenni llamada Mariposa de Barrio, la cual a todas luces atendió a un formato telenovelesco, por lo que espero que mucho de lo que se cuenta ahí haya sido con fines dramáticos. Lo que nos reconforta a todos sus fans es que sabemos que, en la vida real, tuvo un final feliz, aunque fugaz.

Recuerdo que la primeras vez que escuché a Jenni fue con su hit “De contrabando” y, a mi corta edad, me parecía provocador escuchar el famoso “yo sé que no eres libre, pero podemos ser discretos”. Algunos años después, yo salía con mi primer novio, quien, cuando veía a uno de mis primos, lo saludaba como “socio” y soltaba una risilla que siempre fue sospechosa. Al investigar con ciertas personas, todas me hicieron la misma pregunta: “¿No has escuchado la de ‘Querida socia’?”. Más allá de que me di cuenta, ahora pienso sobre ese evento como la instauración de un termino referente a la infidelidad por una canción cantada por una mujer (a tal grado que, como todo lo bueno, los hombres terminaron por apropiárselo). Puedo estar equivocada sobre los orígenes de esto, pero, en ese lugar y en ese momento, el referente era clarísimo: la famosísima canción de Jenni.

Ella fue la primera mujer que recuerdo que se atrevió a dar un mensaje bien claro en sus canciones: “yo soy la otra ¿y qué?”, desacralizando, como muchas antes y muchas ahora, el lugar de obediencia y abnegación que nos viene de generaciones y generaciones anteriores. Me recuerda a un evento ocurrido en la cuarta temporada de The Marvelous Mrs. Maisel: en esta serie ambientada en los años 50, la protagonista busca hacerse un lugar entre los comediantes de ese entonces y, en esta escena en específico, ella está llevando a cabo su rutina de stand up frente a un salón lleno de mujeres invitadas por Jackie Kennedy (me parece que antes de que fuera primera dama). Midge, la protagonista, empieza a contar cómo se vio involucrada en una situación con un hombre; al principio parecía un coqueteo muy normal e inofensivo, pero, al estar ambos en casa de él, llega su esposa. Ella se da cuenta de que, así de fácil, se convirtió en the other woman (“la otra mujer”). Acto seguido, todas en la sala guardan silencio y Jackie empieza a llorar descontroladamente. Como es natural, hay quienes están listxs para ciertas conversaciones y hay quienes no, pero es mejor llevar la delantera, como bien lo sabían estas mujeres.

Es claro que Jenni dejó un legado tanto musical como ideológico; rompió estigmas y gustos, y posiblemente su trágica muerte la hizo mucho más famosa de lo que ya era. Aun no me puedo quitar de la cabeza la voz de López-Dóriga en el noticiero nocturno diciendo cómo los restos del cuerpo de la cantante estaban esparcidos por toda la zona y, en una de esas, nos mostró una toma con un pequeño pedazo de su pie que tenía las uñas todavía pintadas. No entiendo cómo en ese momento no fue cuestionada esta acción.

Por último, quiero aprovechar este espacio para hacer mención de las irregularidades con las que cuenta el sector privado de la aviación en nuestro país, pues basta investigar sobre este caso en Wikipedia para ver que el jet en el que volaba esa noche Jenni contaba con registros de mantenimiento falsos. Resulta obvio decirlo, pero los aviones, como toda maquinaria compleja, requieren de mantenimiento por lo menos una vez al año y sus operadores también requieren de cursos de actualización en el mismo lapso con tal de que todo esté en regla. Como es de esperarse, ninguno de estos procesos (que tiene que cubrir el dueño de la aeronave) es barato y ya se imaginarán que muchos optan por no hacerlos, lo cual conlleva todo el peso de un potencial accidente. Lo más triste es que esta no es la primera vez que suceden siniestros por este motivo.


Autores
(Ciudad Guzmán, Jalisco, 1996). Editora y licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. En 2019 impartió el Taller de Lectura en la Asociación Pro Personas Con Parálisis Cerebral. En el mismo año entró como editora y dictaminadora a Dharma Books + Publishing, donde ha sido parte de la edición y selección del catálogo en los últimos dos años. Tenía un pez que se llamaba Maraca y vivía en su escritorio.
Fotograma de "Buddies", 1985. Director: Arthur J. Bressan.
Fotograma de “Buddies”, 1985. Director: Arthur J. Bressan.

Las devastadoras consecuencias de la epidemia del VIH/SIDA han dejado una huella significativa sobre la producción fílmica a lo largo de cuatro décadas. El presente ensayo recorre un corpus de películas cuya trama se centra en los efectos de dicho acontecimiento. El corpus inicia en el ámbito anglosajón y se expande a los confines hispanohablantes. ¿Qué pueden decirnos hoy estas películas a más de treinta años de su aparición? Mi pregunta no se centra tanto en cómo estas películas explican una realidad histórica definida, aún con la posibilidad de acercarnos a ellas en calidad de documentos, sino en cómo, a través de la representación del cuerpo, dichas películas reflejan inquietudes, angustias, preocupaciones o creencias de su propio contexto. Es importante regresar a estos filmes para darnos cuenta de que, aún con los avances médicos, los discursos de discriminación siguen funcionando de la misma manera. Si bien se enmarcan en momentos más difíciles en relación con las muertes de pacientes seroconversos, la serofobia, los prejuicios y los tabúes en torno a esta condición médica siguen existiendo. Aún hoy, a varias décadas de la aparición de estas películas, la historia de supervivencia de otras generaciones nos interpela y nos concierne.

Se pueden distinguir dos vertientes en el cine sobre VIH/SIDA: por un lado, el cine de tendencia militante, que a través de estrategias menos narrativas —video-arte, documental, poesía, danza— enuncian desde el activismo los estragos padecidos por una comunidad al enfrentarse con la falta de acceso a la medicación, así como con las numerosas muertes. Es un reflejo de cómo el activismo contestó al estado a través de una compleja articulación de la sociedad civil inconforme con las políticas gubernamentales. La segunda vertiente obedece a los parámetros del cine comercial, narrativo, ficcional y con tintes dramáticos. Prevalece la empatía y la identificación con los personajes por encima del valor informativo, documental o testimonial.

Naturalmente, hubo entrecruces. Es en esta convergencia donde aparece Buddies (1985, dir. Arthur J. Bressan Jr.), cinta pionera en su especie. Injustamente olvidada por muchos años, la película de Bressan ha tenido una revaloración tardía. En los créditos iniciales se despliega la, hasta entonces, larga lista de víctimas fallecidas por complicaciones de sida, latinos y afroamericanos en buena medida. Buddies cuenta la historia de David, un joven y atractivo, neoyorquino que vive con su novio en un estrecho departamento (al amante, curiosamente, nunca lo vemos). David decide inscribirse a un programa de voluntariado “de amigos” para acompañar en una clínica a pacientes terminales. Allí conoce a Geoff, hombre gay moribundo con quien va forjando una corta y significativa amistad. Parece consciente que Bressan Jr. contrapone constantemente el cuerpo lozano de David, que se ejercita cada mañana, con el cuerpo debilitado y demacrado de Geoff. La idealización del pasado de Geoff, así como sus conquistas amorosas, empiezan a apoderarse de la imaginación y los sueños de David. Con un extraordinario score, Buddies escenifica y dramatiza los pactos de hermandad durante los primeros años de la epidemia.

"Buddies", 1985. Cartel de cine. Director: Arthur J. Bressan Jr.

“Buddies”, 1985. Cartel de cine. Director: Arthur J. Bressan Jr.

Still de "Buddies" (1985). Cortesía de Jenni Olson y Roe Bressan.

Still de “Buddies” (1985). Cortesía de Jenni Olson y Roe Bressan.

A la postre, aparecen películas que, a través del melodrama, la comedia y el drama puro, narran ficciones en torno a hombres seropositivos. Un año después de Buddies, aparece Parting Glances (1986, dir. Bill Sherwood) comedia de enredos que narra las desventuras de Michael, un joven yuppie de SoHo que tiene diversos amantes, incluyendo a Michael (interpretado por Steve Buscemi), expareja con quien conserva una amistad. Al final, todos los caminos lo llevan de vuelta al amor que siente por Michael, quien es seropositivo. Michael es un personaje que encara su condición con cinismo. En algún punto del filme, Michael se graba haciendo una despedida a familiares, amantes y amigos, sin victimismo alguno. No hay (sobre)caracterización del cuerpo doliente: Michael pasa gran tiempo en su habitación escuchando música clásica y viendo MTV. Su cuerpo no posee ningún rasgo de afectación: no hay parches de sarcoma ni faz moribunda. Su salud es contingente, transitoria, y esto se relaciona al optimismo con la que todos los personajes salvo Michael afrontan el tema de la epidemia.

Fotograma de "Parting Glances", 1986. Director: Bill Sherwood.

Fotograma de “Parting Glances”, 1986. Director: Bill Sherwood.

Tres años más tarde, se estrena Longtime Companion (1989, dir. Norman René) A pesar de los obstáculos para obtener financiamiento, la cinta logró ser la primera que Hollywood produjo para abordar el tema. Incluso se estrenó en México. Hoy forma parte del acervo propiedad de la Cineteca Nacional. Con una narrativa cronológica de acuerdo con los primeros casos reportados de VIH/SIDA en 1981 por el New York Times, la trama arranca con el mundo idílico y veraniego de gays blancos y de élite en fiestas. Los diálogos revelan la incredulidad y la falta de información, incluso la homofobia internalizada de la generación que padeció primero las consecuencias de la epidemia. Aunque sus estereotipos parecen disonantes a nuestra época, Longtime Companion es una historia de amistad, lazos de compañía y solidaridad. Como advierte Douglas Crimp, “la obra cultural sobre el sida ha sido realizada por aquellos que están afectados directamente por la epidemia, artistas que están infectados con el VIH o que han perdido amigos, amantes, familiares o miembros de la comunidad por culpa del sida”1. Sherwood, Bressan Jr. y René: todos tuvieron en común un fallecimiento por complicaciones de sida.

“Longtime Companion”, 1989. Director: Norman René. Cortesía del Acervo de la Cineteca Nacional México.

“Longtime Companion”, 1989. Director: Norman René. Cortesía del Acervo de la Cineteca Nacional México.

 

Del mismo período no podemos omitir Philadelphia (1993, dir. Jonathan Demme), donde Tom Hanks interpreta a un abogado que, por ser VIH positivo, es despedido de su empleo2. La caracterización de Hanks sugiere el lento deterioro de su cuerpo. A diferencia del resto de las películas en este corpus, Philadelphia fue un éxito de taquilla, recaudando más de 200 millones de dólares frente a los apenas 4 millones de Longtime Companion. Sin embargo, fue rechazada por el activismo gay de la época, que convenía en que el filme hizo digerible para las masas el tema de la homosexualidad mediante la inverosímil homofobia redimida del abogado interpretado por Denzel Washington. No obstante, como anota Paul Sendziuk, Philadelphia “es un momento clave en el despertar de la consciencia del mainstream estadounidense en torno al sida”. Era injusto acusar a Philadelphia de tematizar el VIH/SIDA a través del privilegio blanco que invisibilizaba la enorme lista de víctimas de las comunidades afroamericanas, latinas, mujeres y personas en situación de calle, cuando también lo hicieron, en menor medida, sus antecesoras.

“Philadelphia”, 1993. Director: Jonathan Demme. Cortesía del Acervo de la Cineteca Nacional México.

“Philadelphia”, 1993. Director: Jonathan Demme. Cortesía del Acervo de la Cineteca Nacional México.

En la misma década que se exhibió Philadelphia, se realizó cine documental transgresor que retrató subjetividades hasta entonces no representadas. El cine de Marlon Riggs (1957-1994) exploró los estereotipos, muchas veces nocivos, de la cultura negra en la cultura popular estadounidense, así como su sistemática exclusión. Tongues Untied (1990) es el más célebre de todos sus mediometrajes en torno a la cultura LGBT+ afroamericana. Bajo la consigna brother to brother, el filme nos introduce a un mundo de violencia, discriminación, auto/racismo de doble odio: ser negro frente a la sociedad blanca y homosexual frente a la comunidad afroamericana. A la par, Riggs cuenta su historia personal: desde infancia hasta su difícil adaptación en San Francisco, “la Meca gay”. Música, baile, marchas y slang callejero contribuyen al tono celebratorio, de lucha, supervivencia y autoafirmación. La epidemia es apenas uno de los varios temas que se diluye en la poética voz en off: “I discovered a time bomb ticking in my blood”. Única en su especie, Tongues Untied es el manifiesto de la identidad queer afro por excelencia.

En Non, Je ne Regrette Rien (1993), Riggs aludió al VIH-SIDA de forma directa y frontal. El mediometraje, que formó parte de la colección The Fear of Disclosure Project, consiste en una serie de testimonios de hombres afroamericanos seropositivos, algo inaudito y arriesgado para su época. La brutal honestidad de las entrevistas recorre temas como las relaciones familiares, la vergüenza, el estigma social, la clase, el género, la intimidad y el deseo más allá de la penetración (“sexuality is just not fucking and sucking”). Se entrecruzan el canto y las marchas, imágenes de infancia y drag queens afroamericanes. Acto de urgencia, Riggs nos entrega esta invaluable video-confesión al ser también portador del virus. Entre los testimonios, destacan las poderosas las palabras de lx performer haitianx Assotto Saint al término del filme: “Sí, fui parte de la revolución sexual. Lo hice todo y no tengo remordimientos. ¡Los baños, los bares, los camiones! ¡En Europa, en África, en Estados Unidos, en Canadá! ¡Lo hice todo y no me arrepiento de nada!”

Al abordar el VIH-SIDA, la ficción siempre resulta ineficiente frente al documental. Narrada como video-diario, Silverlake Life: A View from Here (1993, dir. Peter Friedman y Tom Joslin) es la historia de una pareja gay al enfrentarse con la muerte. Tom Joslin, profesor de cine, y Mark Massin, su ex alumno, viven juntos en fase terminal. Tom decide filmar la cotidianeidad del sida en pareja y da instrucciones a otro director para finalizar la edición de la cinta “en caso de un desastre de salud”. No recuerdo ningún otro filme que muestre al cuerpo terminal con tanta crudeza. Tom, cuyo estado es más grave, describe su infección oportunista como “murciélagos colgando debajo del tronco encefálico, devorándolo lentamente”. A la par, se entrecruzan viejas cintas de Mark y Tom asumiendo su homosexualidad en los años setentas, contrastando dos épocas y, desde luego, dos corporalidades opuestas.

Silverlake Life es una bitácora del cuerpo enfermo. En la cinta vemos no solo la enorme cantidad de medicamentos que la pareja debe ingerir día con día, sino también toda la suerte de homeopatías fraudulentas a la que, por entonces, se tenían que someter quienes padecían el virus. El espacio doméstico se transforma radicalmente al adaptarse, junto a la cama donde yace Mark convaleciente, televisores y equipos de edición. Sin preámbulos o preparativos llega la muerte de Tom casi sin anunciar por medio de un close-up a su rostro demacrado y con gran dificultad para enunciar una sola palabra. Esta imagen mortuoria ya aparecía en el arte de David Wojnarowicz en Untitled (Peter Hujar Dreaming) [1983], en la publicidad de Benetton en 1992, así como en campañas para concientizar a la poblaciones vulnerables a través del miedo. Pero la imagen del cuerpo muerto llega aún más lejos. Exceso de realidad: Mark registra el momento donde el cadáver de Tom es introducido por peritos forenses en una bolsa de plástico. Después, vemos a Mark manipular las cenizas de Tom y citar en voz alta fragmentos de un libro sobre el duelo. Sería, de acuerdo con Elisabeth Kübler-Ross, la fase de aceptación. Señala la tanatóloga que “no hay que confundirse y creer que la aceptación es una fase feliz. Está casi desprovista dsentimientos. Es como si el dolor hubiera desaparecido”3. No hay viso de esperanza en los diálogos finales de Mark, quien especula con pesimismo que “morir es solo el final y, después, solamente hay un vacío enorme y oscuro”.

Cuestionando las formas convencionales de la autorrepresentación, el cineasta inglés Derek Jarman estrenó en 1993, Blue, su última película. En ella no vemos más que una pantalla azul monocroma que alude al abstraccionismo pictórico, específicamente al azul internacional de Yves Klein. A diferencia de todas las películas anteriores, Blue se opone a la imagen y propone un régimen visual que anula la mirada. Su paradójica condición de cine sin imágenes se debe a que, a consecuencia del citomegalovirus que sufrió durante los últimos años de su vida, Jarman perdió la vista. Por lo mismo, la experiencia es sonora, casi un monólogo teatral para radio. Las disquisiciones de Jarman, además de ser poéticas al evocar mundos mitológicos, aluden a la ceguera, a las dificultades de representar el tema del sida y a la intolerable realidad de su tratamiento. Debido a su catastrófica monocromía, Blue logra ser una de las obras más complejas en la historia del cine.

"Blue", 1993. Cartel de cine. Director: Derek Jarman.

“Blue”, 1993. Cartel de cine. Director: Derek Jarman.

Quisiera agregar a esta historia-corpus una cinta admirable estrenada el año pasado que tuve la oportunidad de ver durante una proyección en Inspira Cambio A. C. Es una significativa excepción entre todas las películas analizadas, pues, además de presentar el testimonio de hombres cis, visibiliza a mujeres trans viviendo con VIH. Permanencia voluntaria (2021, dir. Omar Gámez) surge como un proyecto para analizar las pandemias dentro de las pandemias en el contexto del COVID-19. Para su realización, se invitó a activistas de diversas generaciones radicadxs en Tlatelolco que viven con VIH para ofrecer su testimonio. La cinta se proyectó en el festival de LesGaiCineMad en Casa de América (Madrid) representando a Latinoamérica. La toma inicial presenta a lxs entrevistadxs sentadxs en una sala de cine con algunos asientos bloqueados por una cinta amarilla. Ellxs confrontan directamente a la cámara y, a su vez, son espectadorxs de su propia historia. Para el director, todxs lxs protagonistas son la misma historia. No es una pantalla, sino un espejo. Esto me hace pensar que el cine sobre VIH-SIDA no se puede exentar de entablar una relación entre espectador e imagen donde se establecen vínculos de empatía, canales de información y, a la par, se desmantelan tabúes para la audiencia menos informada.

Fotograma de "Permanencia voluntaria" (2021). Cortesía del artista.

Fotograma de “Permanencia voluntaria” (2021). Cortesía del artista.

Narrativa ansiolítica donde no se identifica la voz con el rostro, las tomas intercalan la mano de un artista trazando dibujos abstractos inspirados en las historias de cada une. A la par, otra mano nerviosa crea nudos con un cordel, cual Moira tejedora, planteando una metáfora: son las redes de hermandad trenzadas al compartir una vihda afín. Gámez entrega una potente historia de solidaridad en estos tiempos de fármaco-terror. La mayoría de los testimonios se remontan a los años ochenta, cuando se le conocía como la enfermedad de las tres H “por afectar a hemofílicos, homosexuales y haitianos”. El filme arranca con la historia de Erick, quien contrajo el virus al ser abusado sexualmente la noche de su cumpleaños. Su testimonio hace hincapié en que “también los hombres son agredidos”. Después nos cuenta sobre Gerardo, quien viaja al Amazonas para someterse a un tratamiento de ayahuasca para remediar la sintomatología del sida en la misma región donde Herzog filmó Fitzcarraldo. La docuficción nos transporta a una época sellada bajo el signo de Damocles: una espada a punto de caer sobre quien descubría su estatus serológico.

Pero la cinta también nos lleva a los desafíos del presente. El gran mérito de Permanencia voluntaria, es, insisto, contar con franqueza la historia de mujeres trans portadoras de VIH. Conocemos a Sasha, quien asegura con entereza que “ha tenido en su vida por 27 años a un marido fiel llamado VIH”; a Madre Vycktorya Letal, fundadora de la escena vogue en México, que un día vio a Cyndi Crawford y dijo “yo quiero caminar como ellas”; a Franka Polari de House of Apocalipstick y su lucha en el voluntariado y las marchas en contra del desabasto de medicamentos; a Polo Gómez manifestándose en la calle vistiendo únicamente un pañal con la leyenda “VIH/SIDA EMERGENCIA NACIONAL”: “Nuestro plan de agresión frente a la policía era meternos una aguja, sacarnos la sangre y acercarnos”. En última instancia, el propósito de la cinta es alzar la voz y unirnos. Pues ¿cómo transformar el dolor en algo poderoso y sanador, para así ayudar a otras personas que atraviesan lo mismo? Me gustaría cerrar con las palabras de la propia Sasha al término de la función. Orgullosa de compartir su historia por primera vez en una película, Sasha celebra cuán importante es “derribar nuestro propio estigma para poder ser libres”.

Fotograma de "Permanencia voluntaria" (2021). Cortesía del artista.

Fotograma de “Permanencia voluntaria” (2021). Cortesía del artista.


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).