La obra de ASMA posee el don de abrir portales. Estos portales nos conducen a universos paralelos. Dúo de artistas, integrado en el 2017 por Matias Armendaris (Ecuador, 1990) y Hanya Beliá (México, 1994), ASMA destaca por haber afianzado una producción plástica en pareja. En el caso de las artes visuales en México, es común el énfasis sobre la historia de los colectivos. Sin embargo, también existen casos de artistas trabajando a dúo. Esto responde a una lógica de producción y creación distinta a la del colectivo, así como a una historiografía aparte.
Se trata de una comunicación creativa híbrida: su proceso, siempre metódico, finamente concebido, puede surgir a partir de la lectura de un libro o, a veces, de un par de líneas que detonan un sinfín de ideas. Más adelante, las ideas se nutren de todo tipo de referencias: cine, animación, poesía, teoría, juegos de cartas, mitología clásica, sagas. Hace ya más de un año, durante nuestra primera visita en su estudio en el Centro Histórico, la conversación versaba sobre intereses individuales ampliados desde una mirada en conjunto. A unos días de haber inaugurado Wander & Pursuit, su más reciente exposición en House of Gaga (Los Ángeles), la fusión creativa se ha vuelto indistinguible. ASMA nos hace reflexionar sobre la importancia del trabajo colaborativo en tiempos de ensimismamiento e individualismo.
Vista de sala de Half-blood Princess. cortesía de PEANA
Vista de sala de Half-blood Princess. cortesía de PEANA
Los primeros trabajos de ASMA exploran inquietudes materiales. Leídos de forma aislada, sus planteamientos objetuales son escultóricos. En conjunto, pueden contemplarse como una instalación que plantea cierta sensación envolvente percibida por sus creadorxs. El proceso es sumamente psicológico y afectivo. Cada exposición acarrea una emoción, pero también cuenta una historia. Es un relato perteneciente, la mayoría de las veces, al género fantástico, acaso porque los cuentos fantásticos plantean pasos de umbral y de frontera: de la dimensión de la realidad a la del sueño, o a la de la pesadilla.1Este tránsito se relaciona con las experiencias formativas de infancia y adolescencia y, por ende, con los ritos de iniciación (rites of passage) en tanto que estos —señala Patrick Harpur— fungen como “momentos liminales (‘umbrales’), momentos daimónicos en los que estamos en transición entre un estado y otro y, por lo tanto (como afirma el folclor) somos vulnerables a una intervención del Otro Mundo”. 2
En Feeling like a freak on a leash (2020) se avecinaba el tema del paso de la adolescencia a la vida adulta. Su título rinde tributo a la canción de Korn y el género post–grunge, planteando una sensibilidad estética afín al gótico y a lo monstruoso juvenil, delineada por los códigos compartidos por toda una generación crecida a fines de los noventa.3 María Negroni define la estética gótica como “una emoción del espacio […]; en ella, lo que organiza la trama, la enmarca y la percude, es siempre un locus. Una arquitectura vertical que atrae hacia abajo, donde algo viscoso y fascinante tiene lugar”.4Negroni condensa el imaginario gótico de vampiros, castillos y monjes como una gangrena frente al pensamiento racional e ilustrado: una oscuridad perforando el exceso de luz. ASMA actualiza el género gótico en la producción contemporánea y, así, reivindica a seres nocturnos y extraños. Emerge en más de una ocasión el vampiro, elusivo y lunario. Otros trabajos remiten a la imagen romántica de la rosa, tópico que tiene continuidad a lo largo de las tradiciones en Occidente y que culmina en el período de las vanguardias, en el “Arte poética” de Vicente Huidobro: “Por qué cantáis la rosa en el poema, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema”.
Feeling like a freak on a leash, 2020, Brass, silver, silicone, pigment, wood (56 x 44 x 4 cm). Cortesía de PEANA.
Feeling like a freak on a leash, 2020, Brass, silver, silicone, pigment, wood (56 x 44 x 4 cm). Cortesía de PEANA.
Personajes mitológicos marcan la pauta narrativa de exposiciones recientes. En “Janus” (2020), exhibición presentada en la galería Embajada (San Juan), Janos, dios romano de doble faz, sirve como inspiración. La muestra ancló temas recurrentes: transiciones entre espacios arquitectónicos, umbrales, divisiones, reflejos. Son ricas las alusiones a rejas, cortinas, puertas, vidrios y espejos. Esto apunta siempre a la condición intermedia de la obra, situada entre dos mundos que se complementan entre sí y desdibujan la frontera que separa lo real de lo imaginario. Dicho fenómeno podría explicarse mediante un diagrama de Venn: una superposición de dos círculos de idéntica medida. Es un ejercicio de auto-mitología expresado en términos no-racionales. El mito en sí siempre nos encamina hacia áreas irracionales del comportamiento humano.
Vista de sala de “Janus”. Cortesía de Embajada (Puerto Rico) / fotos: Raquel Perez Puig
Vista de sala de “Janus”. Cortesía de Embajada (Puerto Rico) / fotos: Raquel Perez Puig
Vista de sala de “Janus”. Cortesía de Embajada (Puerto Rico) / fotos: Raquel Perez Puig
Vampiro frente al espejo, 2020. Vaciado en aleación de metales con baño de plata (7 x 22 cm). Cortesía de Embajada (Puerto Rico) / fotos: Raquel Perez Puig
Vampiro, 2020, pigmented micro-paraffin wax relief, mosquitoes, oil paint, metal cast with silver bath (41 x 36 x 8 cm). Cortesía del Artista / fotos: Emilio Armendari
Vista de sala de “Janus”. Cortesía de Embajada (Puerto Rico) / fotos: Raquel Perez Puig
A comienzos de este año, ASMA presentó “Vain Kisses to the Source”, exposición individual en Deli Gallery (Nueva York). Su título evocativo alude al mito de Narciso y ofrece valiosas claves de interpretación. Esto sugiere que, si bien se trata de una écfrasis inversa, es también una traducción libre y lúdica del mito. El cuerpo de obra reúne trabajos en bronce y formas híbridas en silicón. Racimos frutales, fuentes y alas de insectos en un estado transitorio suponen un ejercicio de traducción del texto de Ovidio. Abstracciones pictóricas surgen de la superficie a través de las vívidas descripciones del autor romano. Narciso, hermoso hijo de Liríope, que desdeñaba caballeros y ninfas por igual, enamorado de su propio reflejo en una fuente cristalina, muere al enamorarse de su imagen y se transforma en flor perfumada. Cuenta Ovidio que Narciso “sin saberlo, se desea y él mismo, que da la aprobación, la recibe, y mientras busca es buscado y a la vez incendia. ¡Cuántas veces dio vanos besos a la fuente traicionera!”.5 Mito y exposición reflexionan sobre la condición ilusoria y engañosa de las imágenes: Narciso ama un cuerpo que no es sino agua. Su resolución identitaria no llega sino hasta reconocerse de otra forma, hasta aceptar que todo es transformación.
Vista de sala de “Vain Kisses to the Source”. Cortesía de Deli Gallery (NY)
Only a little water keeps us far, 2021. Platinum silicon, aluminum (184 × 121 × 8 cm). Cortesía de Deli Gallery (NY)
Alas, this fatal image wins my love, as I behold it. But I cannot press my arms around the form I see, 2021. Platinum silicon, banak wood, (108 × 34 × 6 cm). Cortesía de Deli Gallery (NY)
Alas, this fatal image wins my love, as I behold it. But I cannot press my arms around the form I see, 2021. Platinum silicon, banak wood, (108 × 34 × 6 cm). Cortesía de Deli Gallery (NY)
Ripening clusters, 2021. Bronze (67 × 44.5 × 4.5 cm). Cortesía de Deli Gallery (NY)
La cualidad mutante y liminal de la obra de ASMA se resiste a interpretaciones cerradas. Al contrario: nos invita a explorar las áreas vedadas de la comprensión actual del arte, porque el pudor de incurrir en lugares comunes nos restringe de entrar en contacto con sensaciones, sentimientos, estímulos, sueños y experiencias. Diversas técnicas organizadas bajo una misma iconografía (orfebrería, joyería, dibujo, acuarela, relieve), hacen de la obra un contenedor múltiple. El contenedor como concepto se reverbera de manera metafórica en el proceso de manufactura. Por ejemplo, en la serie de trabajos bidimensionales próximos al bajorrelieve que presentaron en Labor Gallery (CDMX, 2021). Para las pinturas grandes, se elaboraron moldes tallados en madera, mientras que, para los bajorrelieves, se hicieron moldes de plástico a partir de modelados de plastilina. Por su textura, la serie emula materiales orgánicos como la cera y podría considerarse un ensamblaje por los detalles decorativos metálicos a los costados del marco.
Cortesía de PEANA y LABOR Gallery / fotos: Ramiro Chavez
Cortesía de PEANA y LABOR Gallery / fotos: Ramiro Chavez
Cortesía de PEANA y LABOR Gallery / fotos: Ramiro Chavez
Quizá la cualidad más sorprendente de la obra de ASMA sea su desfase estilístico, histórico y material. Una incongruencia temporal, cierto resabio anacrónico. Al retomar iconografía de épocas anteriores, nos preguntamos: ¿esto pertenece al pasado o al futuro? Sería quizá una temporalidad colapsada, un estar entre dos épocas y ninguna; lo viejo y lo nuevo simultáneo. En otras palabras, una metamodernidad, una sensibilidad oscilante entre modernismo y posmodernismo.6Es esta la sensibilidad que rige Wander & Pursuit (2022), un deslizamiento o colapso temporal que une el lenguaje de la tapicería medieval con las formas de habitar de nuestro siglo, donde la ornamentación y mueblería de una oficina entendida como un no-lugar7se contamina de relatos provenientes del romance medieval y de la mitología clásica.
Wander & Pursuit es un cubículo construido en módulos. Ocho paneles establecen cuatro esquinas donde se sitúan cuatro mesas y sillas con respaldos intervenidos. El alfombrado complementa la ilusión del set. Una mesa en forma de cruz sostiene cuatro monitores HP que, como marcos, presentan bajorrelieves que asemejan fondos de pantalla con íconos de archivos como imágenes provenientes de la heráldica. Las enigmáticas inscripciones expanden la trama onírica de la exposición. Materiales industriales se armonizan y reconcilian con lo antiguo y lo ancestral. Motivos iconográficos de siglos atrás se infiltran en el mobiliario convencional de una oficina que tampoco es del todo contemporánea, recordándonos que toda oficina es en sí misma una fantasía de funcionalidad y confort. No podía venir mejor este ejercicio de instalación, dado que el espacio galerístico en cuestión no distingue entre oficina y cubo blanco. ASMA apuesta por llevarnos al pasado, al momento histórico en el que el diseño de los objetos, la narración contenida en ellos mediante la figuración, confería sentido a la experiencia cotidiana.
Vista de sala de Wander & Pursuit. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
Vista de sala de Wander & Pursuit. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
El tercer libro de las Metamorfosis nuevamente sirve de punto de partida. Acteón, nieto de Cadmo, se aparta del grupo que le acompaña y decide deambular solitario por el bosque. En una cueva descubre a Diana, diosa de los bosques, bañándose en compañía de sus ninfas. Al saberse vista, Diana moja el rostro de Acteón y, con sus “aguas vengadoras”, lo transforma en ciervo.8Diana hace de Acteón un ciervo temeroso cuyo triste final es el de ser atacado por sus propios perros. Este juego de miradas, búsquedas y extravíos dentro del mito se reverbera en el montaje y, desde luego, en el título. La mirada siempre está alerta; el espectador ve y se sabe visto; incluso algunas piezas requieren ser vistas a través de ese juego. Los personajes rehuyen la mirada tanto como se ausentan de la representación; las formas naturales absorben y acaparan. Una serie de ventilas-ensamblajes grabadas al aguafuerte mimetiza los detalles de una armadura y esconde en su interior una pintura al óleo sobre acero inoxidable. Elongadas, siluetas de perros de caza se descubren al aguzar la vista. Esta abundancia de símbolos asemeja la estructura de los cuentos de hadas.9
Sorry to chase, 2022, Aluminum profile, upholstery fabric, graphite, conté, acrylic sheets. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
Un ciervo vulnerado es el protagonista del cuento. Su presencia es profusa en significados.10 Por un lado, es el símbolo de la caza y la longevidad. Por otro lado, es un guía que conduce al caballero hacia la princesa. Tradiciones se entrecruzan, confunden y subvierten: el orden y rigor del office landscaping se combina con la cualidad agreste y salvaje del bosque, lugar asociado a los seres proscritos.11 Al ser la primera ocasión que ASMA trabaja a partir de la noción de paisaje, también son recurrentes las alusiones a jardines.12 Así, el jardín como espacio de cortejo o locus amoenus se ramifica y enreda en los intersticios anónimos de una oficina. Uno de los trabajos de mayor desafío técnico en Wander & Pursuit se titula Self without work. Consiste en unas persianas que representan un escenario cuyo punto focal traza el sendero que conduce hacia un castillo lejano. Más que medieval, la reinterpretación del bosque y el jardín en la obra de ASMA evoca la atmósfera surrealista de la novela En el castillo de Argol, obra del escritor francés Julien Gracq.13
.RAR (Wallpaper), 2022. Monitor, monitor arm mount, modular office table, silicone. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
I am as thou seest (Helmet), 2022. Acid engraved stainless steel, oil painting. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
Self without work, 2022, Epoxy resin, aluminum, blind headrail. Cortesía de House of Gaga Fine Arts (LA)
El bosque es tan solo el refugio mágico para huir de la cotidianeidad cimentada en torno al trabajo, absorbiendo cada vez más nuestro estilo de vida. La hiperproductividad y competitividad están siempre al acecho. En el espacio de trabajo, se encapsulan anhelos reprimidos en el tedio de la jornada laboral: ¿qué pasaría si la imaginación pudiera apoderarse del espacio? Aquí la oficina opera como símbolo de nuestra era:14 una ruina tras la pandemia y sus nuevas dinámicas de home office. Pero la oficina es también un sitio de ensoñación y, paradójicamente, de ocio. Es inevitable que el mundo interior y exterior se fundan. Como advirtió Gaston Bachelard, cuando la soledad se intensifica, entra en contacto la inmensidad de nuestra intimidad con la del mundo exterior.15Es así como los relatos visuales de mitos, hadas y caballeros que ASMA nos entrega jamás pierden de vista la dimensión humana, la parte emotiva detrás de todo acontecimiento artístico.
Wander & Pursuit cards at House of Gaga Fine Arts (LA)
Portada de cómic realizado por Ureshi San Universe.
La música define generaciones y marca momentos. El llamado soundtrack de nuestra vida, es decir la música que oímos y relacionamos afectivamente con ciertos momentos o personas, nos hace creer que vivimos en pequeñas películas en las que nosotros somos los protagonistas. Sin embargo, la realidad siempre nos da en la cara.
Para la literatura de la onda la música fue parte integral de sus narraciones, el rock representaba ese rompimiento con la cultura de sus padres. El rock, de esta manera, representó el ácido que venía limpiar el óxido de las viejas relaciones de poder entre padres y el Estado mismo. El rock siempre ha sido considerado como música de jóvenes, sin embargo, desde hace algunos años, en realidad ya está anclada a gente con canas en la cabeza.
La música y todo lo que representa, es el leitmotiv de esta enloquecida, tierna y entrañable novela llamada La mítika mákina de karaoke, de Juan Pablo Ramos. Pero no es el rock el que se hace presente, sino lo que comúnmente es conocido como pop basura (etiqueta puesta por DJ y programadores de manera desenfada), es decir el pop mexicano de los noventa, que llegó a conquistar Latinoamérica y gran parte de Estados Unidos, entre otros países.
El personaje principal un chico gay tiene como piedra de toque las canciones de Fey, una de las más características y exitosas cantantes de ese tiempo. Ese tipo de pop es alegre, bailable, bien producido y cantado, y sus letras hablan de amores perdidos o entrañables relaciones. Es decir, es un mundo mítico que no cuadra con la realidad. Pablos –su protagonista– dice, por ejemplo: “Eran casi las cuatro. A esa hora nada más hay putas, maleantes y taqueros. Nada parecido a la canción de Kabah: aquí no atraviesan unicornios blancos que brincan sin parar. En esta avenida de las sirenas llamada Tlalpan a esa hora casi ni pasan taxis”.
Así, la novela se desarrolla en un juego constante, entres los deseos vitalistas de su protagonista y la crudeza de una ciudad en la que la homosexualidad no está tan bien vista, por lo que deben recurrir a esconderse y buscar en los cuerpos de extraños algo de amor interior, siempre confundido con el deseo carnal. El narrador lo tiene bien claro: “Ya sé que sueno como un culero y un egoísta, ¿pero acaso no los jotos vamos por ahí consumiéndonos unos a otros con tal de aplazar el peor momento de nuestra soledad?”
Sin duda, el gran referente previo es El Vampiro de la colonia Roma, la primera novela que mostraba los entretelones homosexuales de la Ciudad de México. Sin embargo, a más de sus cuarenta años publicación, con desfiles del orgullo LGTB, con aplicaciones para ligar de uso exclusivo de la comunidad, con asociaciones civiles y telenovelas con personajes homosexuales, la marginalidad sigue siendo la norma.
“Los jotos vivimos con un miedo arraigado y profundo, como una astilla que jamás sale de la piel desde el día que nos damos cuenta de que así somos”. Dice Pablos sabiendo cuál es el signo de su vida. Pese a todo, vive una vida llena de pobreza, de soledad, de violencia, que intenta paliar con la búsqueda constante del amor a través de la carne. Todo sonorizado con canciones cursis, pero muy rítmicas, que hablan de amor. Los deseos de amores perpetuos y nostalgias por amores infinitos, aunque la realidad de Pablos sea miserable, con un padre que literalmente lo abandonó, una madre que apenas puede pagar las cuentas y una vida condenada al ostracismo.
Pablos toma como centro de su vida la búsqueda del amor, pero no el real, sino el idealizado, aunque en el camino tome lo que le va cayendo. “En la parada de camiones afuera del metro Indios Verdes vi la ciudad sucia y detestable. Con razón el pueblo mexicano necesitaba el mundo color de rosa de las telenovelas. Allá afuera todo está hecho de opresión y concreto”. Sus caminatas por la ciudad, por la realidad que huele a caño y cemento, a hoteles de paso y cuartos sórdidos de hombres que creen que no son homosexuales, aunque tengan sexo con otros hombres.
Juan Pablo Ramos crea una novela entrañable, con un ritmo ágil, que con cada capítulo va construyendo los ladrillos de un mundo color rosa y lila para darle algo brillo al gris ostracismo. La novela, al final peca de un poco de optimismo, pero es un relato vivo y real de una comunidad, una novela que tal vez, con el tiempo, se vuelva una referencia.
Kathy Acker, 1996 en München. Fotografía recuperada de Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Confrontar el cáncer fue una manera de confrontarse con su yo, su pasado, su cuerpo, su historia.
Cristina Rivera Garza
Poco después de ser diagnosticada con cáncer de mama, Kathy Acker escribió “El don de la enfermedad”. Creía que se había librado de una serie de padecimientos que apenas iniciaban. Veía en su supervivencia, y sobre todo en el proceso para llegar a ella, un don: el don del aprendizaje. En esa suerte de bitácora íntima de la enfermedad habla de su inquietud frente a lo desconocido, de la relatividad de la buena salud y la mala salud. Acompaña su prosa el entusiasmo de los noventa, el espíritu New Age que se apoderó de la contracultura, particularmente de Acker, quien mostraba su negación a la quimioterapia y su preferencia por terapias alternativas, como las aguas termales de Tijuana.
El cáncer era un extraño que cohabitaba, junto con ella, su propio cuerpo: “Voy a contar esta historia como me la sé. Incluso ahora, me es extraña”. Acker sentía y miraba que su cuerpo no era más su cuerpo, sino el nido oscuro de la incertidumbre, el porqué de la enfermedad que se plantea como verdadera duda existencial en el texto.
En Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista, Anne Boyer pone de manifiesto esa extrañeza, ese doble incómodo en que se convierte el cuerpo de las mujeres diagnosticadas con cáncer de mama. Es un cuerpo que deja de pertenecerles para reducirse —o fragmentarse— en estadísticas sobre la supervivencia, datos duros, exhaustas investigaciones y demás acciones que terminan por desplazar a la paciente a un rincón, mientras el terror y la incertidumbre la consumen más rápido que la misma enfermedad. En ese mismo sitio estrecho y penoso, la misma Acker recibió, y siguió recibiendo más tarde, diversas acusaciones que la tachaban de “dejarse morir”, como apunta Boyer, por haberse negado a pasar por la quimioterapia.
Entre las pacientes de cáncer (un sustantivo que se acompaña de una espera a contrarreloj, del dolor y la desesperación contra el segundero), sobre todo quienes rechazan la sanación tradicional, deben luchar también contra la revictimización, como lo hizo Acker. Según Boyer, Acker “rechazó la quimioterapia por una serie de razones complejas que incluían el miedo a la quimioterapia, el coste del tratamiento y el hecho de que su médico afirmara que la quimioterapia no haría sino incrementar la probabilidad de recidiva en un 20%”.
No por nada los primeros párrafos de “El don de la enfermedad”, Acker insiste en las intervenciones médicas en su cuerpo como resultado del impulso capitalista por tratar el cáncer dentro de la narrativa competitiva y bélica de la cultura de su país de origen:
Según las estadísticas, en el área de la Bahía de California, donde vivía en aquel entonces, una de cada siete mujeres estaba siendo diagnosticada con cáncer de mama. Una destacada nutrióloga, amiga mía, me dijo que los expertos, extraoficialmente pronostican que estas cifras crecerán de una a tres, y que The Center For Disease Control, en Atlanta, Georgia, ha sido convocado para investigar al respecto. Nada de esto ha salido aún en los medios […] El cáncer de mama es un gran negocio para la medicina occidental. Las armas y la medicina son las principales industrias de los Estados Unidos, la investigación y el tratamiento de cáncer son los pilares de esta última.
Fiel a su espíritu anarquista, aunque agobiada por los síntomas en los 18 meses que luchó contra la enfermedad, Kathy Acker visitó a un acupunturista para escuchar otras opiniones, opiniones en las que ella confiaba, o al menos quería confiar. Sin embargo, la acupuntura no le sirvió de nada. Contra todo pronóstico, terminó yendo a uno de los hospitales de San Francisco más prestigiosos a nivel nacional. Allí, entre el personal médico que la movía de un lado a otro y la anestesia y agujas que entraban en su cuerpo, Kathy sintió una vez más esa extrañeza con la que inició todo: “Estaba siendo reducida a algo que no podía reconocer”.
Esa misma sensación de despojo persiste en el relato, infundida en descripciones que son en sí mismas expresiones exactas de un horror inefable: “Quiero describir, tan exacto como me sea posible, lo que es experimentar los métodos de la medicina convencional para el cáncer. Sin embargo, estoy omitiendo los detalles más horrorosos. Me abrocharon unas correas gruesas alrededor de mis brazos y piernas, luego las apretaron. Me recuerdo preguntando: ‘¿Por qué hacen esto?’. ‘Porque no queremos que se haga daño a sí misma’”.
¿Cómo puede hacerse más daño una paciente de una enfermedad mortal como el cáncer de mama? ¿Qué otro dolor puede recibir una mujer asediada por una enfermedad mortal e inexplicable, a la que no le permiten quedarse una noche más en el hospital por no contar con seguro médico? La misma Acker se lo pregunta. La respuesta es, también, la misma que reciben quienes confían, porque no les queda de otra, en el tratamiento de la medicina convencional: la asimilación, que en Acker suena a una resignación tan cruda como el cuerpo reducido a carne como la ven los médicos.
Es cierto que los hombres no estamos exentos de padecer cáncer de mama. No es, por más que insista la masificación de esa asimilación cultural, un asunto de mujeres. Sin embargo, resulta obvio que el tratamiento de la enfermedad no es el mismo en ellas que en nosotros. Desafortunadamente, se ha vuelto un tema que afecta las esperanzas de vida de más mujeres. En los hombres, de hecho, sigue siendo lamentablemente un tema tabú. Reconocer esto es reconocer también la experiecia de millones de mujeres que, como Kathy Acker, se convierten en pacientes del cáncer, y ser un paciente no es más que esperar a que la enfermedad ataque y termine con todos los esfuerzos puestos alrededor de la esperanza. La cultura del cáncer de mama, si es que existe algo así, no es más que la construcción de un discurso que despoja a las pacientes de su propio cuerpo.
“Cuando salí del consultorio del cirujano, pensé que estaba a punto de morir, de morir sin tener ninguna idea del porqué. Mi muerte, y por ende mi vida, serían un sinsentido”, escribe Kathy Acker en “El don de la enfermedad”. Para ella, el cáncer duplicó su cuerpo: el cuerpo antes y el cuerpo después del cáncer. El cuerpo suyo y el cuerpo del cáncer. El cuerpo que morirá sin sentido y el cuerpo que morirá con sentido. El cuerpo intervenido por discursos médicos impulsados por el negocio de la enfermedad y el cuerpo que lucha contra dicha intervención por medio de búsquedas y tratamientos alternativos. Un cuerpo que depende absolutamente de las decisiones de otros y un cuerpo en el que el cáncer hizo manifiesta la oportunidad de hacerse cargo de él. Un cuerpo, el de Kathy Acker, el de todas las mujeres con cáncer de mama y las que no, que no les pertenece.
“Un doble atemoriza al mundo, el doble de la abstracción. El destino de estados y ejércitos, empresas y comunidades depende de él. Todas las clases contendientes, sea las dominantes, sea las que son dominadas, lo veneran… pese a temerlo. El nuestro es un mundo que se aventura a ciegas en lo nuevo con los dedos cruzados”, escribe McKenzie Wark en Un manifiesto hacker. Wark y Acker se conocieron en Australia en 1995. A partir de entonces sostuvieron una relación afectiva vía correo electrónico. Faltaban dos años para que la autora de Aborto en la escuela muriera en Tijuana, el 30 de noviembre de 1997.
Para Anne Boyer, “todos estamos empezando a entender que la experiencia de género está altamente individualizada y que se mueve a lo largo de tu vida. En tu cumpleaños te ponen un vestido rosa, pero después luchas y luchas y te conviertes en una persona que es algo más que esa determinación basada en tus genitales, sobre lo que piensas que vas a ser. Pero de repente, tienes algo como el cáncer de mama y estás de vuelta en el vestido rosa. Ya la pelea por ser tú, en toda tu especificidad, contra el mundo de esta enfermedad de género: esto es parte del pantano social de la enfermedad”.
El cut-up como una técnica contranarrativa. Combinar experiencias, intercalar palabras de terror, expresiones de desesperanza, gemidos de dolor, superponer cuerpos textuales y cuerpos orgánicos. Combinar para enfatizar el desencanto frente al uso capitalista de la enfermedad. Un texto hecho de otros textos: un cuerpo cargando a cuestas más cuerpos. El texto reescrito y combinado como un cuerpo que en su enfermedad, encuentra las maneras para contarla. El cut-up como técnica que reconstruya los tejidos de un texto: social, narrativo, cultural. Propio. El cut-up como técnica narrativa para una sociedad enferma. Reconstruir el tejido por medio de experiencias superpuestas en una contranarrativa. Un texto conformado de fragmentos que compongan una biografía no individual, sino subjetiva: la creación de un sujeto construido por la experiencia a partir de la enfermedad, una enfermedad producida por un sistema, como quiere Boyer, igualmente enfermo.
Muchas de las teorías sobre la disidencia sexual del siglo XX asumen que la cultura no heterosexual está anclada en las ciudades y tiene una relación especial con las grandes urbes. Aquí pienso, por ejemplo, en el trabajo seminal de Gayle Rubin donde argumenta que las disidencias eróticas requieren de espacios urbanos porque en las comunidades rurales, aquellos que se desvían de la heteronorma son fácilmente identificados y castigados. La literatura mexicana parece confirmar, al menos en parte, estas ideas: El vampiro y los escaparates de la Zona Rosa, Salvador Novo y sus recorridos nocturnos por una ciudad que parece no terminarse nunca, los grupos feministas y las redes de apoyo en Amora, la movilidad fronteriza de la reinita pop de Criseida Santos Guevara y los bares legendarios en Tengo que morir todas las noches o Las sombras del Safari. Todos estos ejemplos tienen en común a un personaje no heterosexual que se construye a sí mismo al habitar la gran ciudad. Es por ello por lo que llama la atención que Santi, el protagonista adolescente de Aprovéchate de mí deXóchilt Lagunes, rechace la Ciudad de México (o Madrid) como espacios idóneos para descubrir y experimentar con su sexualidad. La novela es una ventana a cómo la sexualidad disidente se vive fuera de la ciudad sugiriendo que, en estos espacios, la disidencia no necesariamente se desarrolla en oposición sino en proximidad a la heterosexualidad.
Utilizando como pretexto las canciones de Café Tacvba, Lagunes narra la historia de iniciación de Santi, quien vive en Cuautitlán y se enamora de Manuel, un hombre casado, que sólo lo utiliza para tener sexo. De muchas maneras, Santi es el típico adolescente que está intentando descubrir su lugar en el mundo mientras trabaja en un puesto de barbacoa y se levanta a las 5:30 de la mañana para llegar a la prepa en la que estudia en la Ciudad de México. Le gustan los hombres, pero su relación con una compañera de la escuela llamada Vane le produce una paz que lo deja lleno de incertidumbre. La historia termina como todas las historias de este tipo: el hombre casado abandona a Santi, quien a su vez confiesa la infidelidad a la esposa solo para terminar golpeado e insultado por Manuel. Con esta ruptura, hay la posibilidad de un nuevo comienzo: Santi se gana una beca para estudiar en Madrid y así poder visitar el pueblo donde nace Federico García Lorca, lugar que lo obsesiona por las posibles similitudes con Cuautitlán.
Merecedora del Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2020, Aprovéchate de mí puede leerse como un intento por restaurar el daño que ha hecho el canon de la heteronorma: una reescritura de Las batallas en el desierto o de ciertos fragmentos de novelas como De perfil. También es un intento por expandir la representación de lo gay a otros espacios y otras formas de relacionarse. Por ejemplo, llama la atención que Manuel es un macho pasivo mientras que Santi es el activo en la relación. Con ello, Lagunes subvierte el cliché de la heteronorma donde el chingado—como diría Octavio Paz—siempre es el que se raja.
Sin embargo, me parece que la posibilidad de restaurar el daño o bien de rellenar los huecos que ha dejado la literatura mexicana cuando de la disidencia sexual se trata, está justo en los momentos en que la novela se desvía de la trama central o de los clásicos binarismos como activo/pasivo, rural/urbano, homosexual/heterosexual para sugerir aquella utopía queer de la que José Joaquín Blanco hablaba en su ensayo “Ojos que da pánico soñar”. Por ejemplo, Vane es una adolescente que no quiere encasillar la forma en la que se relaciona con Santi:
—¿Y qué somos nosotros?
—No sé a qué te refieres.
—Nos besamos como novios […]
—No tienes que ponerle etiqueta a todo, Santi.
Y el propio Santi es un personaje cuya temporalidad desafía la inmediatez de lo queer/cuir que vemos, por ejemplo, con el Vampiro. A Santi le interesa una banda que no es de su generación, cuenta las horas con los rebaños que pasan por su ventana y no entiende el atractivo de Madrid. Quiero saber más sobre estos personajes y sobre las pequeñas utopías que plantean cuando se posicionan en contra de la norma. Pero pareciera que el futuro no es hoy, que antes de perder el pánico a soñar con estas pequeñas utopías se debe reescribir la misma historia de siempre, pero utilizando otros modelos de representación. ¿Es realmente necesario? Me gusta más la otra apuesta de Aprovéchate de mí, aquella que nos invita a tirarnos por la ventana. ¿Qué pasa si nos dejamos caer? ¿Volvemos a empezar? No lo sé. Pero como dice Café Tacvba, el futuro [cuir/queer] es hoy. Solo hay que perder el pánico a soñar.
Retrato de Rosario Castellanos (1965). D.R. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. (CC BY-NC-ND 4.0)
Agonía fuera del mundo (fragmento), Rosario Castellanos.
Si tuviera que decir algo acerca de Rosario Castellanos, sería, sin duda, que la reconozco como parte de mi genealogía. No porque sea experta en su obra. Tampoco porque haya dedicado mucho tiempo a estudiarla o al intento de comprender todo lo que se desarrolla en sus escritos o lo que se cuenta sobre su vida. Desconozco mucho de varios temas, y el enorme trabajo que implicó la vida de Rosario es uno de ellos. Pero siento, y la emocionalidad nos conecta de maneras sorprendentes, conexiones que trascienden el tiempo y el espacio. Por eso escribo este ensayo, para reflexionar un poco sobre una de las madres de la literatura mexicana.
Rosario Castellanos fue la hija mayor de un matrimonio radicado en la Ciudad de México que muy pronto se desplazó a Chiapas. Ahí se estableció su familia, formada por su padre, su madre, ella y un hermano menor fallecido a los siete años. Existe un antes y un después en su vida a partir de este acontecimiento. Para ella se hizo evidente una especie de discriminación porque la hija viva era una mujer. Situándonos un poco en la época (1933), podríamos suponer lo que significaba para el linaje familiar que el apellido no continuara, que a una niña no se le pudieran permitir los mismos accesos y libertades que a un niño, que quizá lo único que se esperaba de ella era que alguna vez se convirtiera en esposa y madre. En 1948 quedó huérfana, bajo el cuidado de Refugio, su nana indígena, y con recursos económicos limitados. Desde una distancia prudente, podríamos entender que este es el evento que empuja a una Rosario de veintitrés años a tomar las riendas de su vida. Pensándolo fríamente, quizá no hubiera tenido acceso a la educación si sus padres no hubieran muerto cuando lo hicieron.
Lejos de lo que dicen de ella los expertos y las fuentes oficiales, me voy a situar cerca de ella, en mi lugar de mujer preocupada por mi propia existencia y por el lugar que deseo tener en el mundo. Rosario fue la primera mujer escritora de Chiapas y se situó a la par, e incluso un poco más arriba, que todos sus contemporáneos hombres. Basta leer algunos de sus poemas, o tratar de introducirse en los universos que supo construir con su narrativa, para notar esas diferencias esenciales que la ponen muy por encima de muchos escritores de gran renombre. Si tuviera que puntualizar los temas que exploró a lo largo de su vida, tendría que referirme a dos grandes universos: su sitio como mujer y lo otro. Y dentro de estos dos se pueden distinguir intereses más específicos, que nacen de lo que observa desde su condición.
Voy a utilizar Oficio de tinieblas, no porque crea que esta obra sobrepasa a las demás, sino porque conecté particularmente con ella a partir del personaje femenino, al cual seguimos con ayuda de un narrador en tercera persona, cuando inicia el libro. La atmósfera, el clima, el ritmo, todos los elementos que componen esta historia, nos obligan a situarnos en el sur caluroso del país, antes de la mitad del siglo pasado. Aunque no quisiéramos, es imposible no colocarnos en los zapatos de esta niña de Chamula que entra en el mercado siendo una, y sale de él siendo otra. Aquí se demuestra con claridad hasta dónde llega la sensibilidad de Rosario al representar aquello que tuvo oportunidad de ver: en una sola escena puede poner contraponer el papel de la mujer indígena con respecto al de la mujer blanca “privilegiada”, y no omitir que, por ser mujeres, ambas están supeditadas a los hombres. La mujer que “caza” a la adolescente lo hace para el consumo de un hombre; la adolescente sirve de presa para satisfacer un deseo torcido de un hombre que necesita la participación de una mujer blanca.
Aquí se abre un dilema: Rosario se asumía también como una mujer blanca y, por tanto, privilegiada. Siendo blanca en su tiempo había accedido a la educación. Siendo blanca y huérfana pudo ejercer trabajos en distintos puestos relacionados con la cultura, las artes y la educación. Gracias a estos accesos ganó premios y becas a importantes a nivel estatal y nacional. ¿No eso la colocaba en el mismo grupo privilegiado que a todos los hombres de su entorno? Rosario sabía que no, porque a pesar de este universo sincretizado y reflexivo, de este soliloquio permanente que transcurría en su narrativa, queda bien clara la condición de lo indígena como lo otro, lo ajeno a ella por no ser como ella, porque a lo otro le corresponde otra vida. Pero también queda claro que ella, como mujer, corresponde a otro mundo, uno mucho más limitado; que estará sola porque para los hombres ella también es eso otro que nunca, jamás, será su igual; que no merecerá lo mismo que ellos por más que se esfuerce; que no es ella, por ser ella ―una ella, cualquier ella, la ella que fuera― quien podrá quedar de pie junto a todos ellos, quienes determinan lo que es y lo que no en el mundo.
Liliana Pedroza escribió hace poco más de un mes una reflexión en su muro de Facebook, algo referido a la distancia que nos impone en nuestro tiempo este ejercicio de señalar a otras como madres o matriarcas, al tiempo que conferimos a las señaladas una injusta carga simbólica, social y cultural, porque las definimos como madres de un linaje que intentamos construir. En el primer ensayo incluido en el libro Un lugar seguro, Olivia Teroba hace el reconocimiento consciente de esas mujeres que tuvieron influencia en la construcción de su propio estilo, aún sin haber estado incluidas en el canon. A inicios de 2022, con la constitución del comité de Matriarcadia ―formado por Raquel Hoyos, Angélica Mancilla, Ximena Cobos, Carmen Macedo, Manuela Herazo, Ángeles San López y Ana Laura Corga y Mayra Escamilla―, que organiza y gestiona el Premio Imaginarias para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción, se lanzó el pronunciamiento a partir del cual afirman que las escritoras de este tiempo no somos huérfanas porque procedemos también de un largo linaje que el canon se ha esmerado en ocultar, y que es momento de hacerlas (hacernos) visibles.
Quizá sea injusto cargarles a las mujeres que nos precedieron la responsabilidad de nombrarlas nuestras madres simbólicas, si nosotras mismas cargamos con tantos mandatos e imposiciones, si defender nuestro nombre y nuestro derecho de ejercer la escritura es también una carga, entonces ¿no es incluso reivindicativo nombrarlas a ellas nuestras madres por habernos mostrado el camino? Rosario tuvo un solo hijo, hombre. Ella murió joven, fuera de México, en un accidente que para nada retrata la enorme importancia que tuvo su paso por el mundo ni lo que dejó después tras ella. Pero una conexión tan grande, una manera de tocarnos a través de sus letras sin estar físicamente en el mismo espacio, solo podría explicarse como todo eso que hizo para mí, sin saber que lo hacía.
Abrir camino para otras siempre ha sido un acto de amor. Seguro Rosario no imaginaba lo que su nombre representaría en este momento; que tantos espacios llevarían su nombre, que gestionarían premios en su honor. Eso en lo público, en lo que supone un acceso para todas y todos. Lo más importante, lo más reivindicativo, es que su vida se convirtió en inspiración y sus reflexiones se volvieron nuestras, de todas, porque todas escribimos desde dentro aunque elijamos no mostrarlo a nadie más; porque todas intentamos hallar un lugar en este mundo donde seguimos siendo lo otro; porque todas ganamos pequeñas batallas cada día, que luego nos conducen a una victoria mayor; porque todas hemos sentido lo que es ser mujeres en un mundo en el que, sin importar el lugar en el que nacemos, siempre estaríamos en desventaja.
El nombre de Rosario Castellanos es ahora parte de un linaje que, como punta de lanza, nos ha abierto y señalado el camino a quienes en este momento somos cola porque vamos detrás, pero justo ahora están naciendo las niñas que después nos seguirán, conectarán con nosotras y nos reconocerán como inspiración, como guías, como madres simbólicas. Y sembrar esa pequeña semilla, ese cuestionamiento, esa notable diferencia para situarnos en el mundo, es la mayor contribución que Rosario Castellanos, junto con todas las demás mujeres con ella y antes que ella, han hecho por y para nosotras.
Pintura de Li Bai con su poesía. Obra de dominio público recuperada de Wikimedia Commons.
Un poeta puede dotar de un sentido, o de otro, los elementos que integra en sus poemas. En sus versos el aullido de los monos puede ser para señalar la futilidad de todo acto humano o para celebrar el regreso a casa, lo último se puede ver en uno de los poemas que más se citan en chino de Li Po para expresar alegría:
PARTIDA MATINAL DE LA CIUDAD DE BAIDI
Digo adiós a Baidi
entre nubes multicolores del alba,
y hoy mismo llegaré a mi hogar
recorriendo cien leguas.
Con el incesante aullar de los monos
en ambas riberas,
se desliza, entre un bosque de montañas,
mi barca.
(Traducción de Chen Goujian en Eres tan bella como una flor, pero las nubes nos separan)
El poeta compuso esos versos cuando tuvo la noticia del fin de su exilio, por lo que le era dado regresar; emoción que puso en su poema y que trece siglos después siguen utilizándose para consignar emociones paralelas.
Li Po, Li Bo o Li Bai dependiendo del sistema de transcripción del chino se elija —me decanto por Li Po por ser la forma más conocida en México, ya José Juan Tablada lo consignaba así en su libro homónino publicado hace poco más de un siglo—, fue un poeta que vivió en China durante la dinastía Tang, una de las épocas doradas de esa civilización milenaria.
Mientras que del otro lado de Eurasia el Imperio Romano de Occidente había caído y el Imperio Romano de Oriente se veía confinado a Anatolia y los territorios de la península balcánica y las islas del Egeo, los Tang llegaron hasta el Asia central. Numerosos estados le rendían vasallaje y era una de las sociedades más tecnológicamente avanzadas de su tiempo —es en este periodo que se inventan, sin ir más lejos, la imprenta, el papel y, probablemente, la pólvora—.Los Tang llegaron al poder en 618 y se mantuvieron en éste hasta casi tres siglos después en 907; la ciudad más poblada del mundo fue, durante ese periodo, su capital Chang’an (Xi’an, hoy en día). Bajo esta dinastía se perfeccionó la selección de funcionarios a partir de exámenes, para evitar la corrupción y que se constituyese una élite de aristócratas en el gobierno, así mismo se propició un uso más racional de los suelos y se aumentó la producción de granos.
Li Po —si se sigue la transcripción Wade-Giles: Li Pai— nació en el año 701 en la actual Chengdu, en la actual provincia de Sichuan, en pleno gobierno de la única emperatriz en la historia de China, Wu Zetian (624-705) —cuyo gobierno se considera un interregno en la dinastía Tang, pues ella proclamó su propia dinastía, la Wu; a esta emperatriz se debe, también, la incorporación de la poesía en los exámenes para funcionarios, requisito que se mantuvo en dinastías posteriores—.
Desde muy joven, Li Po dio muestras de su talento y fue reconocido como un poeta, razón por la cual se negó a realizar ningún examen para entrar al servicio del emperador; esperaba que el emperador mismo lo convocara a su servicio. Lo cual, en efecto, ocurrió en 742, cuando el poeta tenía 41 años y fue llamado por el emperador Xuan Zong. Así entró a la Academia Hanlin, pero su servicio como poeta del emperador no se extendió más de dos años; hay opiniones encontradas sobre la razón por la que dejó la corte, entre las cuales Goujian Chen señala que el poeta se cansó de las intrigas y la adulación como métodos para medrar y avanzar en la corte —hay otros autores que apuntan a una indiscreción por parte del poeta como la causa que lo llevó a apartarse de la corte—. Sea como sea, en 744 empezó a recorrer China, viajes en los que conoció al también poeta Du Fu, Tu Fu, (712-770) con quien entabló una sólida amistad que se prolongó hasta la muerte de Li Po.
En 755 inició la Rebelión de An Lushan contra el emperador, en la cual se vio inmiscuido. En 757 se le capturó y se le condenó a muerte, sin embargo, sus amigos en la corte consiguieron clemencia para él y la condena se le conmutó al exilio en Yelang (en el extremo suroeste de China). El poeta aceptó la condena, pero decidió que fuera en sus propios términos: hacía visitas a sus amigos en el camino, con quienes se quedaba hasta por meses enteros, también aprovechaba para la escritura de su poesía. El perdón imperial lo alcanzó antes de que llegara a su destino, en Wushan, 759 —fue cuando compuso el poema Partida matinal de la ciudad de Baidi—. En 762 Li Yangbing, familiar del poeta, fue hecho magistrado Dangtu, a donde Li Po acudió en pos de su protección. En esa comunidad murió, sin saber que el nuevo emperador, Daizong, lo había nombrado Secretario de la oficina del Comandante de Izquierda (727-779).
Li Yangbing se dedicó a armar una edición de la obra de su pariente. Desde entonces su obra no ha dejado de ser editada, siendo en la dinastía Song cuando se consignaron las mejores ediciones. Hay diversas versiones de su poesía, que se continua leyendo desde entonces, tanto dentro de China —donde versos suyos ya son dichos para expresar diversas emociones en el chino— como fuera de ella, primero en las naciones en las que la cultura china influyó, como la japonesa y la coreana, y fuera de ella —en Europa y las tradiciones literarias escritas en lenguas europeas desde el siglo XIX, cuando comenzó a ser traducido—.
En un poeta que produjo una cantidad ingente de poemas como Li Po, los temas son muy variados: el amor, la contemplación de la naturaleza, el paso del tiempo, la política y sus desilusiones, la alegría de vivir y beber con los amigos, o incluso con la luna y la propia sombra, como hace en uno de sus poemas más famosos.
Una jarra de vino entre las flores.
No hay ningún camarada para beber conmigo,
pero invito a la luna,
y, contando a mi sombra, somos tres…
mas la luna no bebe,
mi sombra se contenta con seguirme.
Tardaré poco en separarme de ella;
¡La primavera es tiempo de alegría!
(En la versión de Marcela de Juan en Segunda Antología de Poesía China).
La luna es, por cierto, uno de los motivos que aparecen en los poemas más conocidos del poeta, quien la dota de diversos significados y hace que su presencia sea muy diferente en cada uno de ellos, desde la compañera de alegrías hasta la encarnación de la nostalgia a través de su luz fría.
Parece la blancura de la escarcha en la tierra.
Miro a lo lejos. Veo los montes y la luna.
Inclino la cabeza. Pienso en mi país natal.
(En la versión de Marcela de Juan)
En Trescientos poemas de la dinastía Tang Guojian Chen señala que es:
[…] el poema más conocido y recitado de China y no falta en ningún libro de texto para los escolares. Los padres suelen enseñar a sus hijos al cumplir los cinco años a aprenderlo de memoria. Es fácil de entender, ya que, milagrosamente, no tiene la menor diferencia con el chino de hoy, y es fácil de recordar: consta solo de 20 sílabas y contiene una gran belleza fónica.
Fue ese poema el que, a finales de la década del noventa o principios de los dos mil, Enrique Servín, poeta y políglota, recitó a un grupo de chinos en la fila del consulado en Ciudad Juárez. Ellos rompieron la fila por escuchar a ese mexicano, en el otro lado del mundo, recitar la poesía que aprenden desde niños. La anécdota se la escuché más de una vez a Servín y él mismo la consignó en uno de sus poemas. Trece siglos después de la muerte de Li Po su poesía sigue viva, recitada y congregando a las personas para escucharla.
A mí me sigue maravillando, a pesar de que, a diferencia de Servín, sólo he podido acercarme a ella a través de traducciones. En sus poemas están las preocupaciones de toda la poesía —que son inevitablemente las de la condición humana—, planteadas con gran elegancia y sencillez.
El paso del tiempo, esa preocupación que a todos nos ha alcanzado en algún momento, sobre todo frente al temor de perder a algo o alguien, está, por supuesto, presente en la obre de Li Po. Sin embargo, el poeta no se conforma con constatar lo obvio, la vejez que a todos alcanza, ante ella opone el disfrute de la existencia.
A BEBER
¿No veis, amigos? Las aguas del río amarillo,
caídas del cielo, se lanzan hacia la mar
para no volver jamás.
¿No veis que en el espejo plateado del salón,
se miran tristes nuestros cabellos agrisados,
que los hilos de seda, negros por la mañana,
se han hecho blanca nieve al llegar el crepúsculo?
¡Entreguémonos a libar mientras podamos!
¡No dejemos vacías las copas doradas
frente a la luna!
Los dones que me otorgó el cielo
no se han de desperdiciar.
Vamos, maestro Qin y querido Dan Qiu.
No dejéis vuestras copas ni un instante.
Os voy a cantar una balada,
y escuchadme todos, os lo ruego:
Para mí no importan nada
los gongs, tambores ni exquisitos manjares.
Solo deseo una ebriedad perpetua.
Los santos y sabios del pasado
están todos olvidados.
Mientras que permanece intacta
la fama de los grandes bebedores.
El príncipe Chen aprovechó bien su tiempo:
En el Palacio de Paz y Delicias,
se entregaba a las orgías
con excelentes licores.
Ahora te pido más vino, anfitrión,
y, ¿dices que ya no queda dinero?
Llama al mozo y que vaya a traer
a mi corcel tordo y mi abrigo
que valdrá mil onzas de oro.
Que los cambie por buen vino
y ahoguemos juntos las tristezas de mil años.
(En la versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang)
En este poema no sólo pondera el disfrute, sino que lo hace a través del desprecio de los bienes materiales, que en otras partes de su obra se manifiesta también con su desprecio a la corte y sus maneras.
Es la belleza siempre pasajera uno de los puntos donde el poeta logra desarrollar más la potencia de sus dotes, como en la luz de la luna que entra al cuarto, en una flor que todavía se ve fresca pero pronto se marchitará o en los sueños que se desvanecen apenas se despierta, como en CANTO DE ADIÓS A LA MONTAÑA MADRE DEL CIELO TRAS UN PASEO EN SUEÑOS:
[…]
Mi corazón se estremece de espanto.
Me despierto y suspiro largo rato:
No veo más que mi almohada y mi estera.
Ha desaparecido como por encanto
el mundo de las brumas y nieblas.
Así ocurre con los placeres de esta vida.
Todo pasa, desde siempre,
como las aguas del río
que corren hacia el este.
Te dejo, amigo, y no sé cuando volveré.
De momento, apacientaré mi ciervo blanco
entre los verdes picachos.
Cuando quiero pasear,
lo montaré y visitaré montañas
famosas en las leyendas.
¡Jamás bajaré mi altiva cabeza,
ni doblaré mi espina dorsal
ante los ricos y poderosos,
acabando con toda alegría
de mi corazón y de mi alma!
(En versión de Guojian Chen en Trescientos poemas de la dinastía Tang).
El poema que comienza con la descripción de un sueño, que es también una escena mitológica, y termina con un rechazo hacia los poderosos y sus futilidades. En eso último, recuerda a uno de los poemas caros a la tradición poética en nuestra lengua Coplas a la muerte de su padre de Jorge de Manrique, no sólo en señalar la vacuidad de la pompa y el poder, si no en la metáfora fluvial que, siete siglos después de Li Po y del otro lado de Eurasia, el noble castellano desarrolla en su poema, aunque, es cierto, imbuido por el pensamiento cristiano.
Las riquezas y su búsqueda, como la búsqueda del poder son, en la poesía de Li Po, dignos de burla o planteados en oposición al disfrute de la existencia en un mundo en el que todo acaba, incluidas las riquezas y el poder.
Así, en un poema Li Po señala la futilidad de las riquezas frente a la corta existencia concedida a los seres humanos —obra que, por cierto, recuerda al poema en el que el príncipe poeta texcocano, Nezahualcóyotl, señala que incluso el jade se rompe, el oro se quiebra y el quetzal se desgarra—; y en el que, además, la luna y el aullido de los monos vuelven a aparecer, pero esta vez, justamente para remarcar el fin y la desolación de la tumba a la que nos dirigimos:
¿Cuánto podrá durar para nosotros el disfrute del oro, la posesión del jade?
Cien años, cuando más: éste es el término de la esperanza máxima.
Vivir y morir luego; he aquí la sola seguridad del hombre.
Escuchad, allá lejos, bajo los rayos de la luna, el mono acurrucado y solo
llorar sobre las tumbas.
Y ahora llenad mi copa: es el momento de vaciarla de un trago.
Otro mundial de futbol comenzó y como cada cuatro años, en México genera una expectativa tremenda, no porque creamos que podemos ganarlo, sino porque queremos llegar a un quinto partido que nos haga estar entre los mejores ocho equipos del torneo. A pesar de que en la época reciente nunca se ha llegado a dicho puesto. Es lo único que pedimos, se oye decir casi a coro a los aficionados, periodistas y hasta a los jugadores seleccionados.
A pesar de no ser una potencia, la afición siempre quiere que su selección trascienda y llegue lo más lejos posible; quizás el mexicano lo cree por algunos grandes juegos que la selección ha dado a lo largo de su historia contra rivales muy superiores como Brasil, Holanda, Alemania, Francia o Argentina. Sin embargo, justo cuando es la hora de la verdad, parece que a la selección le gusta repetirse una y otra vez, esa frase que alguna vez eternizo Alfredo di Stéfano: jugamos como nunca, perdimos como siempre.
Si bien yo como aficionado no espero gran cosa de la selección en los mundiales, si me emociono y me gusta ver sus partidos, reservarme esos días por si el equipo decide dar la sorpresa, o bien, estar disponible por si una de sus victorias se vuelve una fiesta nacional, como algunas veces ha pasado…
Mi infancia y los mundiales
Estoy casi seguro que muchas personas de mi generación, tenemos un recuerdo de haber visto un partido de la selección mexicana cuando éramos niños dentro de la escuela a la que íbamos, sobre todo en la primaria y secundaria. En mi caso fueron dos veces: el del 94 y el del 98.
Recuerdo muy bien el momento exacto en que me empezó a gustar el futbol, fue un viernes 24 junio al ver el partido de México vs Irlanda, por la Copa del Mundo USA 1994. Había pasado ya un buen rato desde que regresamos del recreo y las clases continuaban; para mí era un día normal cursando el tercer año de primaria. Al ser viernes, lo único que esperaba era el sonido de la chicharra que anunciaba la hora de la salida. Era medio día y aún faltaba hora y media para que eso pasara: ya quería estar en casa.
La rutina y mi aburrimiento se rompieron cuando una maestra entró a nuestro salón y preguntó: ¿A quién le gusta el futbol? ¿Quién quiere ver el partido de México? Como resorte alcé la mano, mintiendo desde luego, pues en mi vida había jugado al futbol y mucho menos, visto un partido. En casa mi papá no era muy futbolero, de hecho, decía que le daba asco porque el América siempre ganaba con ayuda de los árbitros.
Como fui rápido en alzar la mano, me sacaron del salón para llevarme a otro en el edifico de enfrente. Mi alegría más que por ver a México, era porque evitaría esos últimos minutos de clase, haciendo nada, viendo la tele y quizás, pasándola bien.
Llegué al salón y la maestra me dijo que como era pequeño, me sentara en el suelo y hasta enfrente. La tele me quedó como si estuviera en el cine. Se trasmitía un partido en el que unos jugadores de verde, se enfrentaban a otros de blanco. El marcador decía Mex 0-0 Irl, min. 35. Si bien no sabía quién era quién, no quise preguntar para que no descubrirán el timo, mientras pensaba, ¿Cuánto durará esto? Ojalá se acabe hasta la 1:30.Qué bueno que levanté la mano.
Más que estar atento de la TV, miraba a mi alrededor, maestros y alumnos no apartaban los ojos del monitor, de vez en vez los niños gritaban ¡México, México, México!, mientras suspiraban de alivio ante el ataque de los blancos y los bloqueos de un portero lleno de colores. En ese momento entendí que los verdes eran los mexicanos y que ese colorido arquero era Jorge Campos, ídolo de muchos niños.
A pocos minutos de haberme sentado, el jugador número 10 de México, un tal Luis García, recibió un pase retrasado a las afueras del área que conectó enseguida con su pierna derecha… ¡Goooooooooooooool! gritaron todos en el salón como desquiciados. Entre gritos, porras y hasta abrazos, el ambiente me atrapó y a partir de ahí, no dejé de ver la TV hasta que se acabó el juego y fue hora de ir a casa.
Ese día aprendí que todos los niños querían portar la camiseta número 10, que Campos era una estrella reconocida por todo el mundo y que, en la banca, había un tal Hugo Sánchez que según decían era el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos.
Esa victoria de 2-1 sobre Irlanda, me abrió las puertas al mundo del futbol pues después de ese día, vi cada juego que pude de ese mundial, descubrí jugadorazos que marcarían una época como Romario, Stoichkov, Larsson, Baggio o Maldini. Como era de esperarse, también me dieron muchas ganas de jugar este deporte, eso sí, solo como delantero o medio ofensivo y queriendo la 10 en la espalda, aunque aún no fuera muy bueno para ello.
Cuatro años después y ya como todo un “experto” en eso del futbol (jugaba en el equipo de mi colonia, le iba al América y ya había sido seleccionado para representar a la escuela en un torneo de Coca Cola), el Mundial de Francia 98 marcaba un jueves 25 de junio a las 9 am, el tercer y último juego de México en la fase de grupos.
Aunque no estábamos seguros, mis amigos y yo creíamos que el director nos pondría el juego en directo, por lo que, en común acuerdo, decidimos entrar a la escuela y no irnos de pinta para ver el partido en la casa de alguno de nosotros.
Cuando entramos a la escuela enseguida vimos que la televisión más grande que tenía la escuela estaba arriba de dos escritorios en uno de los patios con sombra. La emoción fue enorme y empezamos a saltar, ya queríamos ver el partido en el que México debía ganar o empatar para pasar a octavos de final.
Cuando nos fueron sacando de nuestros salones y acomodándonos grupo por grupo frente a la TV, pensé en algunos de mis compañeros, en los más latosos, esos que a la menor provocación podrían hacer que el director apagara la TV y que no hubiera partido para nadie. Recuerdo que pensé que mejor si nos hubiéramos ido de pinta.
Ya acomodados, el director sentencio que, ante un primer momento de insubordinación, grosería o relajo excesivo, la TV se apagaría y todos irían a sus salones a seguir con las clases. Nunca vi a mis amigos y compañeros tan quietos y comportados como ese día.
El partido como siempre fue un suplicio, México perdía desde el minuto 4 con un gol de Phillip Cocu y luego perdía 2-0 con otro gol de Ronald De Boer ante una defensa llena de errores. México apenas metía los pies con jugadas de Ramón Ramírez y Cuauhtémoc Blanco.
A diferencia de 4 años atrás en la que los adultos eran los más atentos al partido, esta vez eran los niños y jóvenes los que se mordían las uñas, se desesperaban y hasta querían meter la pierna simulando una barrida como ayudando desde lejos a su selección.
El segundo tiempo no cambio mucho y México se salvó del tercer gol casi de milagro, en la secundaria todos lamentábamos eso y nada parecía cambiar el marcador. Tuvimos que esperar hasta el minuto 75 para que Ricardo Peláez metiera su gol después de conectar un tiro de esquina de German Villa. La escuela explotó y entre saltos y gritos de gol, festejamos como seguramente, nunca lo habíamos hecho en nuestras vidas.
México se lanzó con todo al frente y nada parecía detener a sus jugadores. Un gol anulado a Cuauhtémoc por fuera de lugar nos hizo maldecir al árbitro mientras las maestras nos pedían calma y desde luego, que omitiéramos todas las groserías ya dichas.
El partido se acababa y solo habían dado 4 minutos de compensación, 91, 92, 93, se fueron rapidísimo hasta que, a segundos de terminar, un servició de Aspe peinado por Peláez, llegó al matador Hernández que ganándole la posición al holandés Stam, metería el gol del empate, que clasificaría y haría feliz a todo México.
El juego acabó en punto de las 11, justo después de nuestro horario de receso; sin embargo, el director estaba tan feliz que nos dio media hora más para disfrutar nuestro recreo como nunca. Entre gritos de ¡México! ¡México! ¡México! algunos nos dirigimos al salón por nuestros lonches y otros más a la cooperativa para comprar algo de desayunar.
A ver el Mundial en el Salón Corona
Encontrar un lugar adecuado para ver un partido de futbol es un ritual que, en lo particular, me gusta mucho. Desde cantinas, hasta chelerias, pasando por restaurantes o pizzerías, siempre he encontrado muy buenos lugares; sin embargo, hasta hace no mucho, mi lugar favorito para ver un partido de futbol era el Salón Corona.
Aquel verano del 2010 me encontraba haciendo mi servicio social en El Museo del Estanquillo y ese día, el 11 de junio de 2010, mis compañeros y yo decidimos llegar tarde al Museo y vernos horas antes en el Salón Corona de Filomeno Mata, para ver el debut de la selección en el Mundial.
Aunque el partido comenzaba a las 9:00 am, llegamos a las 8:00 am para obtener buena mesa. Tarros oscuros para todos y una ronda de caldo de camarón para empezar el pre-partido. Por increíble que parezca ya había mucha gente bebiendo, pero también tomando café y comiendo algún desayuno que el Salón metió en su menú por eso de que muchos juegos serían por la mañana.
Vimos un poco la inauguración, pero solo de reojo, eso no interesaba, más bien hablábamos de la selección; nos emocionaba ver a Cuauhtémoc regresar a un mundial después de que La Volpe lo dejara fuera del pasado.
Diferíamos de quien debía jugar junto a él, sí el Chicharito (recién firmado por el Manchester United) o el tronco del Guille Franco. Decíamos que Giovanni dos Santos y Carlitos Vela eran unos cracks y que Guardado debía jugar sí o sí. Para ser las 8 y cacho de la mañana íbamos rápido con los tarros de cerveza: siguiente ronda para todos y de una vez, una torta de pastor para que no se nos suban las chelas.
Empezamos a ver en las pantallas como las selecciones iban saliendo, entonaron el himno de Sudáfrica y después el de México. Por increíble que parezca, todos nos pusimos de pie y empezamos a cantarlo, algunos saludaban a la bandera, otros más se ponían sentimentales. Acabado el himno el grito de guerra de todo el Salón se desbordó: ¡México, México, México!
El partido comenzó trabado pero algunas jugadas que bien pudieron ser gol de Gio, Franco y Vela, nos hacían estar al borde de las sillas. Minuto 37, Torrado cobra un tiro de esquina, Franco peinó a segundo poste y Vela mete el balón a la red. ¡Goooooool! Gritamos todos para después llevarnos las manos a la cabeza pues fue fuera de lugar.
Ese arbitro es una mamada, como fuera de lugar si hay un güey parado en la línea, escuchaba a la mesa de atrás. El medio tiempo llegó y aunque el Tri era muy superior, los sudafricanos no se dejaban. Otra ronda más y de paso un par de tacos de bistec en salsa verde para mí.
Cuando Sudáfrica se puso adelante en el marcador con un contragolpe, todos en el Salón nos derrumbamos, en balde la desmañanada, no era justo, nosotros ataque y ataque y esos güeyes con una ya ganaron, vale madre, pinche Conejo. Después de eso el reloj avanzó rapidísimo, pero nada que llegaba el empate: ya perdimos. Peor aún los locales ahora si llegaban una y otra y otra vez, estaban más cerca del segundo gol que México del empate. Minuto 69 sale Vela y entra Cuauhtémoc Blanco, la esperanza regresa y todos festejamos su entrada como si fuera un gol.
Minuto 79 y en una jugada precedida de un tiro de esquina, Guardado manda un centro al área que encuentra a Rafa Márquez y como delantero, fusila al portero sudafricano. ¡Gooooooooool! y todo el Salón se volvió una locura entre gritos, abrazos y carcajadas. Una ronda más por acá por favor y de paso una gringa. Aunque no ganamos el 1-1 fue un partidazo que quedó para el recuerdo, en un reportaje en video que hizo ese día El Universal, grabándonos a todo pulmón festejando ese gol del Káiser de Zamora.
El zócalo y la gente
La primera vez que el gobierno capitalino decidió poner pantallas en el Zócalo de la Ciudad de México para ver el futbol, fue hace doce años por el mundial de Sudáfrica 2010. Aquella mañana del 17 de junio las calles del centro se fueron llenando de a poco y tuve la fortuna de ver ese desfile verde desde la terraza del Museo del Estanquillo, donde hacía mi servicio social.
Los ríos de gente que pasaban sobre las calles de Madero e Isabel La Católica eran enormes, llegó un momento en que ambas se saturaron, pero quedaron semivacías una vez comenzado el segundo juego de la selección en dicho Mundial. Ese día México le ganó increíblemente 2-0 a Francia (favorita para salir campeona) con goles de Chicharito y Cuauhtémoc Blanco y, como era de esperarse, el Centro se volvió una verbena enorme.
Sí bien siempre he preferido ver los partidos de futbol que me interesan en lugares cerrados, para el mundial de Rusia 2018, acepte la invitación para escribir una crónica del primer partido de México desde el zócalo, en donde una vez más había una pantalla gigante para ver los partidos del mundial.
Llegue temprano para agarrar buen lugar, mientras el zócalo se llenaba de hombres, mujeres, niños y niñas que portaban en su mayoría la camiseta de la selección en original y clon; muy pocos iban vestidos de civil o de las camisetas de sus equipos predilectos. Llevaban banderas, matracas, sombreros y latas de espuma.
Los más preparados traían botellas con agua, sándwiches y tortas para aguantar la soleada mañana. Los más osados lograron meter cervezas y una que otra botella de tequila pues pierda o gane la selección, ese día era domingo de fiesta por ser también el día del padre.
El partido inició en punto de las diez y el ¡México, México! se oyó de inmediato. Al minuto de juego un pase filtrado de Vela para Lozano y una barrida de Boateng, hicieron que todos los presentes gritaran por tan buena jugada. La que sigue le tocó a Alemania y por poco Werner anota en carrera dejando atrás a Moreno que perdió la marca.
En el zócalo la gente seguía llegando y si bien la pantalla era enorme, los de más atrás no creo que vieran mucho desde lejos, aunque muchas veces, en estos eventos ni siquiera importa mirar sino sentirse parte, ser afín y hacer desmadre con el de al lado.
Para sorpresa de los aficionados en el zócalo, el equipo mexicano estaba muy bien, tocaban con seguridad, movían la bola de un lado a otro, marcaban de a dos, corrían muchísimo y Alemania está sobrepasada. No lo creíamos, escuché un no mames pus que les dieron, nunca habían jugado así.
Los comentarios encontrados se escuchaban con los balones perdidos de Layún y el gran juego de Vela. La selección jugaba increíble y los aficionados no apartan la vista de la pantalla. Alemania atacaba y México callaba; manteníamos la respiración y luego suspirábamos aliviados. Algunos apoyaban a Ochoa que no daba rebotes, otros no se aguantaron y gritaron saquen a ese pendejo.
Minuto 34 y eché una mirada al público detrás de mí; el zócalo ahora sí estaba repleto. Regreso al juego. Herrera se barré por detrás robando el balón a un lento Khedira. Moreno recoge la bola y manda un pase al Chícharo que está en el centro del campo; retrasa el esférico a Lozano y el Chucky lo hace correr frente a un solitario Boateng que no sabe si barrer o aguantar.
Chícharo ve que el 22 corre a tope por la banda derecha y le filtra el balón, Lozano lo recibe y se jala hacia adentro con la pierna izquierda quitándose de encima a Özil para después pegarle con su pierna buena y meterle un trallazo a Neuer. ¡Gooooooooooooool! En el Zócalo todos saltamos y gritamos; algunos abrazaban a sus pares, mientras la espuma bañaba a otros cuantos; las banderas se ondearon y el grito de ¡México, México! fue ensordecedor.
Después de eso todo se volvió más lento, llegamos al medio tiempo y la gente comentaba el gol y debatían qué mexicano era el mejor: Ochoa, el Chícharo, Vela que partidazo, el pinche orejón Herrera. No se decidían, pero estaban felices, al parecer todos eran unos jugadorazos. “Se vale soñar” escribió Juan Villoro días antes del encuentro y al parecer tenía razón, era un sueño que México le ganara a Alemania, ojalá no despertemos pensé.
Los refrigerios aparecieron, el tequila también y las porras más chilangas se escucharon: ¡Alemania ya lo sabe, le toca la de Zague! ¡Alemania va a probar el chile nacional! El zócalo fue una fiesta, pero también un manojo de nervios.
El partido se reanudó y para sorpresa de muchos México siguió bien. Minuto 58 y Álvarez entra por Vela. Escucho un “ya va a empezar este cabrón, refiriéndose al técnico Osorio. Veo a algunos aficionados preocupados, parece ser que el técnico colombiano se echará para atrás. Minuto 66 y sale Lozano por Jiménez, la afición abuchea pues Osorio ha sacado a sus mejores delanteros y la gente lo sabe.
El partido sigue y la selección empieza a enfriar el juego, el balón se toca mucho a la defensa y cuando ataca Alemania, México contragolpea, así fue lo que restó del partido. Los aficionados que están a mi lado, apenas pueden contener las emociones, algunos claman a Dios y otros más solo están en plegaria.
Minuto 74 y Rafa Márquez entra por Guardado, el cambio no es bien recibido y los abucheos vuelven con todo. Reus, Draxler, Brandt, Gomez, toda Alemania está encima, pero nadie puede batir a Ochoa. Salcedo saca el carácter y la afición le festeja una barrida oportuna.
Todos miramos el tiempo, aún faltan 10, 7, 5 minutos más y lo que agregue el árbitro. Son 3 son 3, compensó 3 el pinche árbitro, grita alguien ¿Por qué duran tanto los partidos? Ojos acuosos, manos sudadas, niños sonriendo, parece ser real. Pita ya, pita ya y el silbato sonó. México hizo lo impensable y el Zócalo estalló.
La gente gritó al unísono ¡vámonos al Ángel, vámonos al Ángel! Y así fue. El festejo se trasladó a Reforma y duró toda la tarde entre banderas, camisetas, cervezas y más tequila. Se hicieron bromas a extranjeros que pasaban por ahí y a reporteros que cubrirían con espuma, cerveza y otros fluidos.
Hubo porras, gritos y un atrevido que se subió en lo alto de un semáforo ondeando la bandera mexicana como icono nacional. Enseguida le gritaron ¡que se aviente, que se aviente! y el intrépido amagó con hacerlo, después nuevos gritos ¡Juan Escutia, Juan Escutia! hasta que se aventó y fue recibido por la afición como si fuera un rockstar.
Poco a poco los festejos se fueron saliendo de control. Había mucho alcohol en la calle y los aficionados empezaron a hacer algunos destrozos, hasta que llegaron policías y granaderos a pedirles calma, y a confiscarles todo el alcohol que estaban bebiendo. Hubo los clásicos golpes de los que aún no querían parar el festejo; sin embargo, sus palabras barridas y movimientos torpes, eran el indicio de que ya no podían seguir con eso.
Finalmente, los aficionados se empezaron a ir, esperanzados como cada 4 años de que su selección por fin hiciera historia, aunque al final no fue así, había que esperar un nuevo mundial.
Mis momentos favoritos de México en los mundiales
El traje de portero que uso y diseñó Jorge Campos en el mundial de EU 94.
La atajada de Memo Ochoa a Neymar para dejar el marcador 0-0 contra el anfitrión en el mundial de Brasil 2014.
La camiseta de Aba Sport que portó México en el mundial de Francia 98, con la imagen del calendario azteca de fondo.
El gol de Cuauhtémoc Blanco de penal, para sellar el 2-0 sobre Francia en el mundial de Sudáfrica 2010.
El golazo de Jared Borgetti a Italia con gran pase de Cuauhtémoc Blanco en el empate 1-1 en Corea-Japón 2002.
Que México le ganara a Croacia 3-1, callándole la boca a Luka Modric y a su técnico Niko Kovac, quienes menospreciaron a México antes de dicho juego.
El festejo de Guardado dirigiéndose a la cámara de TV para decir que a los mexicanos no les temblaron las piernas, como había dicho el entrenador de Croacia días antes.
El golazo de Cuauhtémoc Blanco contra Bélgica, con un centro exacto de Ramón Ramírez en Francia 98.
El gol de Rafa Márquez vs Argentina en Alemania 2006 que ponía a México arriba en el marcador, aunque al final, ganaron los argentinos.
El doblete de Luis García vs Irlanda en el mundial de EU 94.
Que Memo Ochoa le atajara el penal a Lewandowski en Qatar 2022.