Es bien sabido: contra las pasiones de poco valen unos sublimes discursos.
Sigmund Freud
Una suerte de resaca derivada del Mundial pudo comenzar a experimentarse tras el silbatazo final de los últimos juegos, que nos anunciaba lo que estaba por venir: una serie de exigencias más allá de lo que sucede dentro de la cancha. Un desencanto que se fortalece cada vez que emergen los supuestos análisis centrados en fiscalizar las pasiones.
Tras el encuentro de Argentina contra Países Bajos, el diario español Marca condenó enérgicamente la supuesta burla de los jugadores argentinos hacia los rivales. En varias mesas de análisis se dijo que había “formas de ganar” poniendo como ejemplo a los croatas frente a los brasileños, quienes consolaron a sus rivales. La prensa mediática había conseguido poner como villanos a los argentinos. Horas después comenzaron las réplicas, que nunca tuvieron la misma resonancia, en donde se podía ver el hostigamiento de los jugadores europeos hacia los latinoamericanos y el porqué de los gestos, una vez consumada la victoria albiceleste. El daño estaba hecho. En los últimos años, cierta prensa deportiva ha puesto en práctica la lógica punitivista que hace de todo lo espontáneo algo condenable, algo que es necesario erradicar. Queda poco lugar para lo inesperado, lo que no está en el guión. Cuando esto aparece, el dedito inquisitorio de “saber guardar las formas” se erige.
La pretensión de “saber ganar” o “saber perder” anula la posibilidad de que algo acontezca, porque eso que transcurre y muchas veces nos rebasa no puede disciplinarse. Moralizar la victoria y la derrota nos aparta de poder leerlas. Cuando se privilegia no leer, entonces nos ubicamos peligrosamente más cerca del fascismo que del supuesto bien en el que sostenemos el discurso de las “formas”.
Llegó la final y el triunfo argentino tampoco estuvo exento de pasar por la lupa de quienes se piensan los portadores de las buenas costumbres. La fotografía del arquero Emiliano “Dibu” Martínez fue una de las más comentadas y lo puso en el blanco del odio por “carecer de clase”. Un narrador destacaba las cualidades de Martínez, al mismo tiempo que reprochaba su comportamiento. No faltaron quienes lo juzgaron por “dar un mal ejemplo a los niños”. El discurso de la solemnidad, como muchos otros discursos actuales sobre el asunto de las pasiones, es también aquello que Bajtín definió como “palabra autoritaria”, la que no contiene posibilidad de ser dialogizada.
Un acontecimiento como el mundial, por el que esperamos cuatro años, es quizás uno de los últimos textos que tenemos para poder acudir a lo inesperado y a lo no sabido. Frente al desencanto amargo que propone la solemnidad, vale la pena volver a mirar lo que sucede dentro de la cancha, que suspende el tiempo y nos atraviesa de maneras inexplicables. Entregarse al riesgo de la pasión, dice Anne Dufourmantelle, no siempre está ligado con la fatalidad, sino con la posibilidad de vivir algo inédito.
Y después, ¿qué?
Diego Casas Fernández
Uno no se da cuenta de que el mundial terminó el mismo día en que termina. Pasa tiempo antes de percatarse de esto. El verdadero final ocurre mucho después de que el árbitro pita el final de un partido, los tiempos extras se juegan, se llega a la tanda de penales, el portero argentino para todas y entonces, el campeón mundial se corona definitiva, históricamente, envuelto en el clamor de las masas que se emocionan con/por Messi.
Pero el mundial no termina allí, sino días después. Justo en el momento en que uno se da cuenta de que ya no habrá necesidad de despertarse a las 4 de la mañana; de que nadie en su sano juicio saldrá al Ángel a sacarse el corazón por el gol de Luis Chávez, a tocar el claxon de un Chevy que avanza en primera; de que en la escuela no volverán a interrumpir las clases para ver el partido inaugural. Porque habrá que aceptar que quien no festejó un gol en la primaria delante de una televisión y rodeado de sus amigos, no tuvo infancia.
Asignatura pendiente en la formación emocional de los alumnos, le debemos a esas maestras de primaria la búsqueda por construir en nosotros los cimientos de la pasión, de la competencia, de la esperanza, de la amistad, de la pertenencia, del saber-perder tanto como del saber-ganar (aunque en esta, los mexicanos sigamos aprendiendo). Profesores comprometidos con las emociones de su alumnado, con la construcción de su identidad, apoyados en un aprendizaje que nos recorre a todos el cuerpo, electrificados por la esperanza de que en el siguiente mundial tendremos más suerte.
¿Cuándo acaba entonces un mundial? La respuesta aplica también para los Juegos Olímpicos: hasta que inicie el siguiente. El final literal, visible, de estas fiestas deportivas va acompañado de un regusto de nostalgia que se emparenta con cierta desazón insostenible, compañera fiel de la impaciencia. Es difícil esperar. Esperar cuatro años para volver a gritar un gol de la selección; cuatro años para ver a los taekuandoínes mexicanos romper crismas en otros lares; a las gimnastas más icónicas estirar hasta el esfuerzo.
Cada cuatro años las emociones son las mismas: la nostalgia por lo que poco a poco se desvanece; la esperanza creciente por la posibilidad de revancha. Para el que disfruta de ambas fiestas máximas del deporte, sabe que tendrá que ser paciente cuando el tema de sobremesa ya no sea ni el mundial ni el taekwondo; ni el quinto partido ni los 100 metros planos. Pero la paciencia en este tipo de esperas es complicada, y lo único que queda es vivir cada día a la espera de esos cuatro años, hasta que se nos olvide que estamos esperando y entonces sí, las primeras palabras surjan y nos sorprendan y la pasión se renueve, justo como el primer día, minutos antes de sentarse a ver la inauguración en una tierra de paisajes remotos.
Portada de la primera edición de “The Bell Jar”, 1963. Heinemann.
Para lectores contemporáneos, quienes pueden analizar los años cincuenta desde un momento de la historia, en el que ya es socialmente aceptado discutir temas como los roles de género o la salud mental, quizá sea difícil dimensionar lo subversiva que fue la escritura de Sylvia Plath.
Como señala Frances McCullough en su prólogo para la edición conmemorativa del veinticinco aniversario de The Bell Jar, en medio del entorno profundamente conservador y conformista —resultado de la posguerra— de los años cincuenta en Estados Unidos, abordar temas como el placer o la autonomía femeninas era escandaloso, amoral y una conducta con la que nadie quería asociarse.
Además, Plath carecía de los privilegios para hacerlo y para que su reputación no sufriera por ello: era pobre y dependía de mantener becas y ganar premios literarios para subsistir y poder dedicarse a la escritura.
Como si esto no fuera suficiente, lidió por mucho tiempo con las conductas abusivas de Ted Hughes, su esposo, quien incluso tras su muerte continuó censurando su voz. Plath también padeció varias enfermedades crónicas —entre ellas lo que se cree que fue un severo trastorno bipolar—.
Sin embargo, y a pesar de esto y de su muerte temprana, fue una escritora increíblemente prolífica cuya voz inconfundible sigue impactando a cada generación lectora. Su gran talento literario y el interés que suscita su biografía la han convertido en un icono feminista de rebeldía y anticonformismo, así como en una encarnación perfecta del mito de la artista maldita y atormentada.
The Bell Jar, única novela de la autora publicada en 1963 en Londres, ha sido de particular interés para la crítica por su carácter autobiográfico y por haber visto la luz semanas antes del suicidio de Plath, el cual la volvió famosa en Inglaterra y, posteriormente, en su país natal —en el cual había tenido una recepción menos entusiasta hasta el momento.
En 2023 se cumplen sesenta años desde que la editorial Heinemann decidió darle una oportunidad a The Bell Jar, que —junto con The Catcher in the Rye de Salinger— se convirtió en una de las novelas de coming-of-age estadounidenses más importantes del siglo XX.
Esta obra ha sido ampliamente discutida y, muchas veces, a la luz de la vida de Plath y con una lupa para descifrar la psique de la autora y lo que la llevó a suicidarse. Al ser una novela autobiográfica sería ingenuo no considerar su vida, pero analizarla únicamente desde esta perspectiva, por supuesto, es reduccionista, pues su mérito literario en sí mismo ya da muchísimo de qué hablar.
Me gustaría abordar brevemente dos aspectos que me parecen claves para entender la novela: su carácter iniciático y su particular uso del lenguaje metafórico para denotar el estado mental de la protagonista (y de Plath misma, se puede suponer) y anticipar su descenso a la locura. Para los que no han leído The Bell Jar, la historia gira alrededor de Esther Greenwood, una chica que acaba de ganar un concurso para vivir en Nueva York por un mes como editora invitada en una revista de moda.
Básicamente, la obra narra la estancia de Esther en Nueva York, las mujeres a las que conoce, sus desafortunados encuentros con algunos hombres, y cómo —a pesar de sus varios logros académicos– se siente cada vez más vacía y más alienada de su entorno.
Cuando regresa a su ciudad, Esther sigue sumida en esta espiral de decepción, pesimismo y desesperanza. Además, es rechazada para entrar a una clase de escritura en Harvard, lo que la deprime aún más. La novela aborda los pensamientos de Esther, su visión del mundo e inconformidad con lo que la rodea y lo que se espera de su género.
Su estado mental se deteriora rápidamente e intenta suicidarse, tras lo que es internada en dos hospitales psiquiátricos hasta que, finalmente, es tratada correctamente y comienza a mejorar y a ver su futuro de forma más optimista.
Con su recuperación, viene también una reivindicación de su autonomía y comienza a dejar atrás los dogmas sociales que la constreñían. The Bell Jar termina poco antes de que Esther sea dada de alta del psiquiátrico; cuando comienza a pensar de nuevo en su carrera literaria y en lo que quiere hacer con su vida. El relato concluye con una incertidumbre esperanzadora.
The Bell Jar es considerada una “novela de formación” en la que el personaje principal atraviesa un periodo de sufrimiento que le permite evolucionar para finalmente encontrarse consigo misma y alcanzar la tranquilidad mental para continuar viviendo.
Es importante resaltar que, a pesar de su carácter “formador”, la novela está lejos de ser una apología de la transición de la inmadurez adolescente a la adultez o aceptación de la realidad (nunca está de más resaltar que la enfermedad mental NO es sinónimo de inmadurez).
Pese a que a veces se ha interpretado de esta forma, no es una novela a favor del eterno progreso. Tampoco adopta una postura moralista respecto a la enfermedad mental y, más bien, transmite desde un punto de vista empático y enfocado en la perspectiva de Esther su necesidad de escapar de los paradigmas que la conflictúan y asfixian. En este sentido, también podría abordarse la obra desde la idea de que la “locura” es un tipo de subversión política.
De la misma forma, se detalla de una forma maestra el viaje al interior de la protagonista, su encuentro con sus miedos y la muerte, y su renacer1, la clara revelación de lo que quiere, lo que no y el hecho de que la libertad tiene un precio y que nunca podrá desprenderse del todo de la incertidumbre2.
La obra también plasma una realidad emocional que, con una sensibilidad abrumadora, permite al lector adentrarse en el corazón de la oscuridad (“the dark heart of New York”) que envuelve a Esther, en las profundidades de su identidad e inconsciente.
Uno de los rasgos de la percepción de Esther Greenwood es la caracterización de un entorno quimérico y amenazador, que se expresa con metáforas inusuales y que constantemente aluden y personifican a la muerte, como premoniciones de lo que está por suceder3.
Además, dichas metáforas enfatizan la alienación de Esther y su creciente paranoia ante un mundo que quiere devorarla. La protagonista siente la ciudad cerrarse a su alrededor y su mente atormentada no puede hacer más que presenciar, como extraña para sí misma, la avalancha de pensamientos y emociones catastróficas que poco a poco se llevan su cordura4.
Por otro lado, también es aparente que para Esther la vida es incomprensible y que esto se manifiesta en el uso de imágenes y asociaciones que hace Plath. Conforme el estado mental de la chica se deteriora, su visión coincide cada vez más con la que suelen presentar las personas con trastornos esquizoides como percepciones alteradas del espacio y del tamaño de los objetos5, ideas suicidas, incapacidad de leer el entorno6 y la manifestación de ciertas ideas que rayan en la paranoia.
Claro que estos son solo algunos ejemplos de las muchas lecturas que se pueden hacer de The Bell Jar y de su gran valor simbólico para hablar del viaje al corazón de las tinieblas de uno mismo y del regreso de él, junto con la creación de una expresión de la enfermedad mental a través de las imágenes poéticas y siempre desde el punto de vista de la persona, sin ninguna pretensión aleccionadora.
Por supuesto, es inevitable que para el lector en algunos momentos Esther Greenwood y Sylvia Plath se confundan y surjan cuestionamientos respecto a los motivos que llevaron a la escritora estadounidense a quitarse la vida y que se intuyen en su obra. The Bell Jar es y seguirá siendo, con justa razón, una novela canónica de la literatura en lengua inglesa. Leer a Sylvia Plath, y particularmente su novela, siempre me ha resultado un poco traumático.
Me sorprende la precisión y la sensibilidad con que la voz narrativa pone en palabras, lo que muchas veces es difícil de describir cuando se mira a través de una enfermedad mental e inestabilidad emocional.
También, me sorprende la creatividad de las imágenes que pueblan la prosa de Plath y que crean una realidad anímica casi palpable. Como mencioné, la novela termina de forma, sí, melancólica (claramente no aborda temas “ligeros”), pero también esperanzadora, pues se intuye que Esther comienza a atisbar cierto tipo de tranquilidad mental.
Me entristece y asusta muchísimo la ironía de que la novela termine así y que, siendo tan autobiográfica, Sylvia Plath haya realmente vislumbrado un rayito de esperanza en medio de tanta vorágine y que, finalmente, no haya sido suficiente para mantenerla a flote.
Sinceramente, cada vez que la leo me aflige pensar en la Esther Greenwood que salió del hospital psiquiátrico expectante y lista para retomar su vida, en la joven Sylvia —rebelde e increíblemente talentosa— que también se recuperó de este episodio, y en la Sylvia que —enferma, sin recursos, con dos bebés y en medio de una depresión incapacitante— metió la cabeza en el horno. Imagínense las joyas que habría seguido escribiendo si las cosas hubieran sido diferentes.
Mi frase favorita del libro y una de las más famosas es: “I took a deep brreath and listened to the old bag of my heart. I am, I am, I am”. Yo soy. Esto es lo que dice la novela, yo soy, sin apologías, sin vergüenza. En fin, The Bell Jar es una obra imperdible. Léanla. No se van a arrepentir.
Culiacán, 5 de enero de 2023. Foto de Sergio Ceyca.
Y es una pausa que vale la pena saborear, porque pronto el mundo volverá a ser complicado de nuevo.
Jon Mcgregor.
1. Es el teléfono el que me despierta. Alguien me está llamando. Observo la pantalla y miro que es un amigo –no un número desconocido que pudiera ser un call center. Le respondo y es él quién me da, por primera vez en el día, la noticia: está ocurriendo de nuevo, no hay que salir, que le diga a mis padres. Le murmuro con la boca entumecida que gracias. Que estaba dormido, que disculpe no hablar mucho. Le cuelgo y vuelvo a recargar la cabeza en la almohada: está pasando de nuevo, me digo y recuerdo que mi madre debió haber partido al trabajo ya; me pongo de pie y voy a asomarme al cuarto de mis padres. Ambos están en la cama, teléfono en mano, cuando les digo que un amigo me despertó con la noticia: mi padre asiente, dice que es cierto, y vuelve a mirar su teléfono. Paso al baño y de regreso vuelvo a acostarme en la cama: no quiero pensar qué significa lo que está ocurriendo, no quiero agarrar el teléfono y empezar a ver videos que podrían volarme el sueño; pero, la realidad es que tampoco vuelvo a hundirme en los brazos de Morfeo y ya falta poco para que tenga que despertar para mi trabajo home ofis. Así que me resigno. Y empiezo a ver la información a través de la pantalla de mi teléfono.
2. Todo este día lo he vivido, en mayor o menor medida, viendo al exterior a través de esa ventana eléctrica. Ahí me he ido construyendo un orden cronológico de los hechos; cosa curiosa porque en 2019, cuando fue el primer hecho que la nación cataloga como ‘culiacanazo’, también lo viví a través del teléfono. En aquel entonces trabajaba en una oficina de Derechos Humanos en Ciudad de México y, tras la comida, estaba chateando con una amiga por whatsapp; ella me preguntaba cómo llegar a la oficina del INE que está cerca de casa de mis padres. Ella estaba en el centro de la ciudad. Le dije que fuera al Woolworth, frente a la Plazuela Obregón, para agarrar el camión que la dejaría cerca. Me contó que en el centro de la ciudad había habido una balacera –de alguna manera, nada del otro mundo. Y siguió su camino. Pero en eso, otros amigos empezaron a preguntarme a través de whatsapp qué estaba ocurriendo. Y me di cuenta que en Culiacán estaba ocurriendo algo cuya magnitud no terminaba de entender; le hablé a un amigo periodista, Martín Durán, y el me dijo que se creía que se había detenido a Iván Archibaldo, aquella tarde, pero que la información era escurridiza, aún, que se iba entre los dedos como si fuera arena. Entonces, me acerqué a un pasillo de mi trabajo a empezar a hacer llamadas: dónde se encontraban mi familia, dónde mis amigos, pedirles que se resguardaran rápido en cualquier lugar que pudieran. En el transcurso de la tarde aprendimos un nuevo nombre: Ovidio Guzmán, uno de los llamados Chapitos; uno del que el mundo no sabía nada. Cosa curiosa pero aquel día la persona que podría decir que es mi maestro en esto de la literatura, Élmer Mendoza, se encontraba en Ciudad de México para presentar su más nuevo libro en la Fil Zocalo, así que me salí antes del trabajo y lo alcancé en la feria. Al terminar su presentación, lo acompañé a su hotel y estuvimos oyendo las declaraciones de prensa del secretario de seguridad, cuando dijo que se hizo lo mejor por la ciudad. Y en ese momento entendimos que habían liberado al narcotraficante.
3. Para mediodía ya tenía una idea concreta de qué estaba ocurriendo este jueves en Culiacán. Ya la gente le llamaba el jueves negro o el culiacanazo. Es curioso, porque la fallida captura de Ovidio Guzmán tiene dos nombres: uno con el que se le conoce por afuera del país y otro interno, de la ciudad que lo vivió; demuestra, al mismo tiempo, cómo se vivió el fenómeno. Para la gente que no estuvo en Culiacán, el episodio se llamó el ‘culiacanazo’ porque fue un golpe en la administración federal actual, un episodio más dentro de una serie de episodios a favor o en contra del gobierno. Pero para los habitantes de Culiacán se llamó el ‘jueves negro’. Un día de miedo e incertidumbre. Un día en que muchos de mis amigos no podían localizar a sus familiares porque estos estaban escondidos, en el centro o en diversas partes de la ciudad, en lugares donde no había señal o se les había descargado el teléfono. Un día que la ciudad entendió que el narcotráfico con el que tanto había convivido no era un vecino violento en la ciudad, sino su verdadero amo. Y podía secuestrar la ciudad cuando quisiera.
4. En el transcurso de la mañana me fui enterando que Ovidio Guzmán López había sido detenido en la sindicatura de Jesús María. Al principio no se sabía por qué tanto revuelo durante la madrugada en Culiacán; pero todos sospechábamos, supongo yo, que en el fondo tenía otra vez que ver con él. Y la noticia no le sorprendió a nadie: las salidas de la ciudad ya estaban, otra vez, tapadas con carros incendiándose. De la ventana de la casa de mis padres, desde la que se mira el valle de Culiacán hacia abajo, se veían algunas humaredas; aunque no como las fotografías que me envió mi padre en aquel primer jueves negro, en las que parecía que la ciudad estaba quemándose en distinto puntos, al mismo tiempo; pero por segunda vez en mi vida experimenté la calma chicha: un silencio total, antes de que las cosas volvieran a ser complicadas de nuevo. La otra vez que ocurrió fue el 19 de septiembre de 2017, en Ciudad de México, cuando mi roomie y yo logramos salir a la calle para ver a todos los vecinos en las aceras y la calle, mientras los carros continuaban avanzando hasta que, por un espacio de unos cinco minutos, no lo hicieron. En que hubo una transición entre la normalidad y las consecuencias de lo que habíamos vivido. En este nuevo caso, la ciudad de Culiacán que usualmente es ruidosa –entre los sonidos de los coches, las motocicletas viejas, la gente que pone corridos y banda a altos volúmenes en su banqueta, las detonaciones ocasionales, la gente hablando– daba paso a un escenario de calles vacías y ningún otro sonido más que el de los pájaros saltando entre los árboles. En algunas partes de la ciudad se escuchaban disparos. Pero en general, casi no se escuchaba, siquiera, el ladrar de los perros.
5. Cuando ocurrió el primer Jueves negro, una gran parte de la sociedad culiacanense se organizó e hizo una marcha a la que llamaron “Culiacán valiente”. Algunos amigos participaron en la organización. Yo, desde Ciudad de México, no me sentí convencido con la idea de hacer una marcha para demostrar que en Culiacán los buenos eran más que los malos; pero como culiacanense que no vive en su ciudad decidí quedarme callado en lugar de comentar algo y que alguien fuera a reclamarme por no haber vivido el episodio, ni estar viviendo siquiera en la ciudad. Pero en este momento me encuentro en mi vieja habitación, con la ventana abierta, desde la cual he escuchado tantas balaceras, escuchando un golpe o detonación aleatoria a lo lejos; he visto una que otra columna de humo; he estado hablando con los amigos que iba a ver hoy, con otros que no; les he pasado memes a mis amigos de Ciudad de México, quienes se quedan en un punto extraño entre horrorizarse y reírse de las imágenes.
6. Mis padres son muy prácticos. Yo me dormí durante la tarde –para compensar la despertada temprano– y para cuando desperté, ellos estaban haciendo carne asada en el patio. Mi padre tenía una radio de canciones viejas que se transmite desde Ciudad de México. Volteaba la carne en el asador. Mi madre preparaba algunas quesadillas en el comal de la cocina. Como si nada estuviera pasando. Como si fuera un día cualquiera de asueto. Así que me senté en una mesa que ponen en el patio y mientras comía una quesadilla, mi madre le dijo a mi padre que, a nivel estado, las clases acababan de ser canceladas por la Secretaría de Educación Pública y Cultura del estado de Sinaloa. Eso da un mal presagio. Hace sentir que, a diferencia del primer Jueves negro, esto no se va acabar para mañana. Subo a seguir escribiendo y descubro que en diversos medios se está reportando que gente de Culiacán dice que no pueden contactarse con familiares de la sindicatura de Jesús María. La atmósfera de la ciudad es pesada. En eso, el editor de Tierra Adentro me habla para preguntarme cómo está todo y cómo voy con el texto. Le digo que ya casi lo tengo terminado, pero que se me antojan unas Sabritas. Que no sé si ir al Oxxo a ver si está abierto. El editor se burla diciendo que primero termine el texto y yo me rio al leer el mensaje. Al mirar, hacia otra parte, a través de la ventana eléctrica de mi celular. Y espero que mañana no vuelva a despertarme otra llamada a las siete de la mañana.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
La trayectoria de muchísimas autoras y autores, a veces, parece condicionada por las instituciones y las becas; una especie de camino a seguir, como si la profesionalización de la escritura tuviera que transitar por estos espacios de formación y publicación centralizados para poder existir.
Me gusta analizar los espacios que ocupa un artista para comprender los diversos caminos que recorre. Si bien las becas y los reconocimientos los veo como un punto de partida, antes que un punto de llegada, estos han servido para entender y en ocasiones para legitimar la trayectoria de un joven creador. Aunque, al igual que otras profesiones, hoy en día, en el sendero de la escritura, las becas y los reconocimientos pueden no significarlo todo.
Pienso que la literatura actual atraviesa un momento quizás no novedoso, pero reflexivo, en el que la agenda pública determina mucho de lo que sucede alrededor de las publicaciones. Comentaba en otro artículo sobre el encuentro editorial de Laura Sofía Rivero y la manera en la que una antología de jóvenes autoras, casi condiciona no solo los temas, sino la forma de su pensamiento y escritura sobre lo femenino. Ejemplos como ese sobran. Lo cierto es que nada es absoluto. Con estas palabras, lo que intento explicar, es el espectro gris que habita sobre el mundo editorial.
Una de las cosas importantes de la Cartografía íntima // ha sido poder conversar sobre estos temas de manera cercana e íntima, con más de un centenar de autores de distintas generaciones y en diversas partes del mundo, lo cual me ha permitido observar sin ninguna licencia editorial, lo que Nora Muñiz llama Ecosistema literario.
Me gusta pensar en este concepto porque es poner sobre la mesa los múltiples factores que pueden determinar una publicación. Con esto, lejos de referirme a que el talento de un autor es secundario, busco enfatizar que el trabajo de fondo a veces parece invisible; sin embargo, indudablemente determina la calidad literaria de lo que muchas veces vemos publicado.
Mi ejercicio más reciente ha sido la oportunidad de platicar con los autores publicados en la colección de Tierra Adentro, durante los últimos dos años. En estas reuniones, los escritores me han compartido su experiencia, de ganar alguno de los premios de la editorial o de que su trabajo sea seleccionado para su publicación por el comité.
Leer las plumas jóvenes, si es que podemos partir de que esta clase de autores, por lo menos rebasa el primer cuarto de siglo, seguramente también es leer el pensamiento contemporáneo de nuestra generación. Y lo importante de esto, es quizás saber que estamos frente al pensamiento de chicos que cuestionan de forma constante nuestra cotidianidad, a través de su literatura.
En esta ocasión leí y conversé con Danush Montaño Beckmann sobre su libro La Biblia Encarnada, recientemente publicado en Tierra Adentro. El libro me ha parecido de entrada un buen ejemplo de lo que entiendo por contemporaneidad. No solo por la ligereza con la que puede leerse, sino también porque es una obra situada en un entorno temporalmente cercano y conocido.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Me resulta difícil desprenderme de ciertos cuestionamientos frente a los autores sobre la transición de publicar, el acceso a ese momento o las dificultades del sistema editorial para lograrlo, ya que hoy, estas son preguntas tan relevantes como la literatura misma, porque de alguna manera, representan una puerta de acceso para los lectores que esperan nuevos libros en un mundo, en el que la realidad es dura y los dilemas muchos.
Danush me cuenta que no es sencillo explicar cómo funciona el mundo editorial, ya que, mientras una generación entera de jóvenes escritoras y escritores se dedica a tocar las puertas sin respuesta, las mesas de novedades se llenan de libros, cuya publicación está más relacionada con las circunstancias y las relaciones de un autor, que con la obra misma.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Entiendo su punto y lo comparto, pues en realidad, yo también creo que existe una delgada línea, invisible a simple vista, sobre los catálogos de las editoriales grandes, pero también sobre los sellos independientes. A su vez, comprendo que no deja de ser esta una industria y como tal, los fines comerciales del mercado están por encima de los valores estéticos; por lo que, se apoya en gran medida del discurso de lo políticamente correcto.
Por un lado, Danush me cuenta que, debe existir el reconocimiento de esta tendencia y del sesgo que genera. Aunque, también reconoce que fue hasta su ingreso a la Fundación para las Letras Mexicanas, que reflexionó más sobre la importancia de buscar el equilibrio en sus lecturas y cómo hasta entonces predominaban los escritores hombres.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
El aprendizaje que deja todo este movimiento social, también debe estar presente en la nueva literatura. La creación de personajes femeninos ha sido en efecto una clara muestra del problema, pues hasta hace poco, seguíamos viendo personajes femeninos escritos por hombres, que no tenían desarrollo y eran más bien sexualizados; hecho que en términos literarios está mal, como dice Danush, pues no responde a una escritura de calidad, ni en lo social, ni en la pericia técnica y narrativa.
En La Biblia encarnada puede leerse justamente un cambio de esto. A través de las 25 historias, encontramos personajes en cuentos breves que no son cosificados. Sin embargo, esto solo es una pequeña parte relacionada con la calidad literaria. Los factores y elementos que determinan las publicaciones también tienen que ver con otras circunstancias.
Nos frustra muchísimo (a otros autores y a mí) que el ámbito editorial es una cuestión de RP independientemente de la calidad literaria que tengas. Totalmente a quién conoces y de quién eres amigo, o si no conoces a nadie y eres de fuera. Sobre todo, los que venimos de afuera la tenemos bien difícil. La gente empieza a figurar a partir de ganar premios. Si no ganas premios, está muy difícil, igual si eres de provincia o no conoces a la banda.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Una de las grandes condiciones que parecen cumplirse, por lo menos en las letras mexicanas, es que muchos autores de literatura contemporánea fueron estudiantes de Letras. El factor determinante de esta condición, quizás explica por qué varias novelas en México parecieran estar tan intelectualizadas, que terminan siendo para un tipo de lector muy particular.
La ligereza de la literatura, me explica Danush, también tiene su valor y su encanto. En su libro intenta justamente crear una serie de cuentos con un lenguaje sencillo, con el que el lector pueda divertirse.
Los diversos temas que hoy atraviesan el interés de autores jóvenes son quizás inabarcables en una sola entrevista. Lo más significativo para mí es que a cualquier autor o artista se le pueda cuestionar no solo su obra, sino su percepción del entorno que nos rodea, su relación con ese ecosistema literario y, sobre todo, la reafirmación de su existencia, ya que eso nos permite comprender que aún hay muchos matices para definir el rumbo a corto plazo de la literatura actual.
Danush Montaño Beckmann. Fotografía de Víctor Benítez.
Por ahora, creo que el lugar que se han ganado autores como Danush en el terreno editorial, también habla de la determinación y legitimidad que tiene un sello como Tierra Adentro, por el que han pasado varios de los autores que hoy en día continúan en el camino de la literatura.
A pesar de las condiciones transitorias por las que continuará avanzando el panorama literario, me parece que las voces jóvenes seguirán cuestionándose su propio hacer sin importar los sesgos y las líneas que traza el mercado, lo cual, de alguna manera, nos deja claro que la reflexión activa es también la oportunidad de hacer mejor las cosas.
Portada “Humanomáquina” de Diego Casas Fernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
A inicios del 2000, aún era posible separar el internet en dos esferas: adentro y afuera. Esta división tajante de la realidad ayudó a que algunos usuarios liberaran su inconsciente al grado de actuar de un modo radicalmente distinto con su familia y a solas, frente a la pantalla. Yo era uno de esos anónimos reprimidos, hijo de ese binomio aparente en cuyo centro se gestó mi segundo nacimiento como cíborg. Afuera quedaron las dudas; adentro, la impudicia.
Me divertía abriendo cuentas falsas, haciéndome pasar por otro, antes de que el anonimato se convirtiera en enemigo público. En 1996, la libertad en el ciberespacio era amenazada por gobiernos y corporaciones, un hecho que inspiró a John Perry Barlow a redactar la Declaración de independencia del ciberespacio. Era su respuesta a la Decency Act, cláusula contenida en la Ley de Telecomunicaciones de Estados Unidos, que pretendía censurar los contenidos que circulaban en la red. A veinticinco años de distancia, la advertencia que abría el manifiesto de Barlow: “En nombre del futuro, les pido en el pasado que nos dejen en paz. No son bienvenidos entre nosotros. No ejercen ninguna soberanía sobre el lugar donde nos reunimos”, no solo fue ignorada con creces, sino que a partir de ese momento la vigilancia se convirtió en el nuevo dogma. Tras la llegada de las redes sociales fue más difícil navegar como incógnito.
Pero el peligro no solo estaba adentro. Todas las mañanas me enfrentaba a la criatura que amenazaba con salirse del espejo del baño. Sudaba por montones, su piel se cubría de granos con el sol, hacía que me pi- cara la entrepierna por el vello púbico que la invadía. Quise matarla, romper en añicos su vidriosa presencia, pero solo conseguí ocultarme de ella como el niño que se esconde del monstruo debajo de las sábanas. Correlato de un cuerpo grotesco, mi sexualidad despertó a la par de la vergüenza que sentía por aceptar que esa bestia deforme era yo.
Una de mis mayores fantasías a esa edad era ser blanco de miradas indiscretas, robar la respiración de quienes se me cruzaban en la calle. Pero el temor a que me vieran como un monstruo inhibía cualquier intento de hacerla realidad. Toda fantasía surge en la mente de quien la concibe como una posibilidad, un hecho factible producto de la imaginación. De un momento a otro la cámara web ocupó el lugar del espejo del baño en mi vida cotidiana. Inmersa en un mundo en el que se sentía más cómoda, aquella criatura informe gozó de un cuerpo con la capacidad de transformarse, una identidad que no sería definitiva sino provisoria, potencialmente versátil.
Recuerdo que mis primeras pajas en internet ocurrieron de manera simultánea a las pláticas con desconocidos que encontraba en salas de chat de Ares. Los temas iban desde amor hasta política, pasando por libros, sexo y deportes. Aunque las conversaciones estuvieran condicionadas desde el principio por intereses determinados y, por lo tanto, excluyentes, siempre encontraba el modo de infiltrarme a cualquier sala por medio de nicknames que no delataran mi género pero sugirieran, en cambio, algún gusto determinado.
Bastaba con llamarme: XxxTraviesaxxX, Machode30cm o PasivoDiscreto, para que los más educados me dieran la bienvenida y recibiera en mi bandeja de entrada un sinfín de mensajes privados. A pesar de todo, me sentía parte de una comunidad. Ares no solo era un programa creado para intercambiar música dentro de la dinámica peer-to-peer, sin jerarquías de por medio, también admitía una permuta libre y justa de sexo. Bajo la condición de recibir a cambio lo mismo que ofrecía, comencé a negociar con mi cuerpo desnudo, repartido en fotogramas borrosos, entre usuarios que aceptaban el trato únicamente si también a ellos se les permitía ocultar su rostro. De este modo conocí a Morpheus, Pito_Loco, @Rosa69 y varios anonymous a quienes jamás quise conocer en persona ni saber su verdadero nombre. Esos eran sus verdaderos nombres.
La palabra que mejor describe este particular cambalache es cibersexo. El prefijo ciber– encuentra sus raíces en la cibernética, ciencia propuesta por Robert Wiener en los años cincuenta para describir la transmisión de información que acontece en cualquier red interconectada. Podríamos definir el cibersexo, por lo tanto, como una red de personas unidas por la búsqueda de un orgasmo compartido. Algunas personas aún cometen el error de confundirlo con el sexo virtual, una actividad en la que, a menudo, el cuerpo de los usuarios pasa a un segundo plano, pues se olvidan de que tienen uno.
La diferencia más marcada entre ambos radica en la manipulación que el usuario hace de su cuerpo para aumentar sus niveles de excitación. Mientras que en el sexo virtual hay un personaje de por medio al que dotamos a menudo de nuestros rasgos e incluso nos proyectamos en él sin ser realmente él (un avatar de Second Life, por ejemplo), en el cibersexo la experimentación se concentra en uno mismo y en nuestras habilidades histriónicas para encarnar a ese personaje, cuyas características pueden variar según las circunstancias del momento y la confianza que depositemos en la otra persona.
Para masturbarse con desconocidos, ya sea frente a una cámara web o por medio de fotografías y videos grabados exprofeso, hace falta mucha imaginación, además de aceptar sin prejuicios los gustos del otro. Se vuelve necesario pensar nuestro cuerpo como territorio moldeable del modo en que lo hacen los usuarios que saben manejar a su antojo el encuadre de la cámara. De la gama de posturas en el cibersexo mi favorita era el descabezado, que se distingue por dejar el rostro fuera del encuadre, lo cual resulta favorable para ambos usua- rios, ya que no hay necesidad de identificarse. Sin embargo, esta posición ejercía cierto control, tanto en hombres como en mujeres, de distintos modos.
El cibersexo heteronormado reproduce en la intimidad del pixel una sexualidad monolítica. A menudo algunos participantes recelaban de la exploración, el juego, la sorpresa, el travestismo, en fin, de la flexibilidad de su deseo, que responde a sus impulsos sin permitirse dudar. Programados con gustos de sobra socialmente validados, buscaban lo que les dictaran sus certezas, lo que en todo caso resultaba menos satisfactorio en oposición a lo que buscábamos quienes queríamos innovar en el placer.
Mi constitución adolescente me alejaba de los cuerpos musculosos que supuestamente corresponden con mi género, y me acercaba, en cambio, a cuerpos más confusos, menos definidos. Gracias al sobrante de carne, así como a la carencia de ella, cualquiera podía conseguir la apariencia que buscaba. Yo, por ejemplo, pasaba en cuestión de segundos de una imagen a otra. Si juntaba los brazos hacia el ombligo, me nacía un par de senos turgentes; si escondía mi pene entre las piernas, parecía tener una vulva apenas velluda. Aunque para obtener un mejor efecto debía cuidarme de no haber desarrollado ya una erección.
Con la voz era más difícil aparentar. Todavía hasta los quince, al intentar endulzarla se me salían los gallos y tenía que forzar de más la garganta, como si fuera a cantar, para alcanzar el tono adecuado de una dulce puberta caliente. Si el otro usuario se percataba del engaño, se desconectaba o seguía el juego.
En mi defensa diré que algunas personas se tomaban en serio aun en la intimidad. Creían saber lo que les gustaba e iban a la zaga de eso que, según ellas, les producía placer. Pero al toparse conmigo se sentían defraudadas, acaso no por mí específicamente sino por su propio anhelo insatisfecho. Se daban cuenta de su desventaja frente a un cuerpo que sabía replicarse, doblarse en pliegues y adaptarse a cualquier situación.
A veces también me encontraba con hombres y mujeres haciendo lo mismo que yo. Mentiría si dijera que no me decepcionaba de vez en cuando, juzgándolos también por la misma razón que otros me juzgaban a mí. Pero prefería por mucho a esta clase de inconformes. Hacíamos malabares frente a la computadora para atraer miradas de personas si no más arriesgadas, al menos igual de aburridas que nosotros, insatisfechas de realidad.
Había salas de chat en las que no tenía que estar desnudo. Pero incluso vestido, me gustaba alimentar historias reprimidas, descubrir secretos que de otro modo no saldrían a la luz. La conversación giraba alrededor de distintos temas hasta dar con la palabra exacta, la expresión correcta, ese ábrete sésamo con el que inicia toda confesión. Iba en busca de anécdotas oscuras, sórdidas, perversas. Pensaba que, de activar algo en el otro, su cuerpo perdería peso y comenzaría a experimentar con él y, por ende, yo con el mío. Quería hallar el botón que desactivara su pudor.
Lo cierto es que resultó difícil desconectarme de este mundo hipnotizante y, hasta cierto punto, permisible y adictivo. El sexo en persona comenzaba a parecerme insuficiente. Mi cuerpo terminó por convertirse en una imagen, un avatar al que podía vestir y desvestir. Un monstruo atrapado en sus fantasías.
Cuando tenía relaciones fuera de la pantalla imaginaba cada caricia en un encuadre. Reelaboraba el momento en mi cabeza como fotogramas de una sesión de cibersexo. Solo de este modo podía eyacular, voyerista de esa intimidad fragmentada y pública, liberadora pero vacía. Aquella criatura adolescente, ese monstruo cibersexual, creció hasta convertirse en un adulto renuente al compromiso.
Dejé de desvestirme frente a desconocidos por mucho tiempo. Ya no era inseguridad —aunque en el fondo tal vez lo siga siendo— sino la consecuencia de quien conoce el pudor y la mesura, la represión de la madurez. La adolescencia es la etapa para formar el carácter, pero también para hacerlo estallar. Ya habrá tiempo de recoger los fragmentos y desentrañar el origen de los problemas. Como en todo terreno que sirvió alguna vez de escenario para batallas campales en nuestra contra, hallaremos en nuestra historia personal una que otra granada que nos explote en la mano. Más o menos como ocurre en una sesión de psicoanálisis.
Cuando empecé a ir al diván describí con detalle lo que hacía en la adolescencia frente a la cámara web. El analista me miraba en silencio, con esa insondable expresión con la que Freud posa en su retrato más famoso. Recuerdo que una tarde clavó sus ojos en los míos, luego en mi cuello y de nuevo en mis ojos, para luego rematar preguntándome con aparente calma y de manera contundente por qué me abrochaba el último botón de la camisa. Me sorprendió el comentario, pues me hizo sentir como un imbécil que llevaba años mintiendo para evadir las respuestas a preguntas semejantes.
Me tanteé el primer ojal, sonreí y enseguida me desabroché uno por uno cada botón hasta quedar con el pecho descubierto. Por extraño que parezca, me sentía realmente desnudo, pero también liberado, como si me hubiera deshecho de un disfraz de cuerpo entero, la piel que recubre mis órganos vitales. El siguiente paso fue hablar de la ausencia paterna.
Le conté al analista que desde hacía tiempo buscaba a mi padre en internet. Me intrigaba descubrir qué había de él en mí y, por consiguiente, qué de eso excitaba a los demás; saber quién era el verdadero objeto de este deseo: el cuerpo de mi padre, encarnado en el mío, o el yo adolescente que no lo conoció. ¿De dónde me venía el placer voyerista de ocultarme? ¿Alguna vez me vería reflejado en esos ojos de los que mamá se enamoró; los mismos ojos que me vieron nacer y que ahora yo necesitaba para reafirmar mi existencia?
Si tuviera que definirme ahora, después de tantos años, diría que soy cibersexual, una criatura endémica del ciberespacio, solitaria y con tendencia a la indeterminación, a la que no solo le gustan las mujeres sino también los hombres, y no solo los hombres y las mujeres sino, sobre todo, el modo en que las personas se esconden en su cuerpo. El cibersexual se siente atraído por su necesidad de travestirse —aun en su propia desnudez—, dinamitar el papel que desempeña a diario. Deshacerse del molde y volver a empezar.