“La madurez de una vida, como la madurez del día, no se revela en la hora incierta del atardecer, sino en el momento pleno, cenital y vibrante del mediodía, en que el sol, cumplida ya su trayectoria ascendente, parece detenerse a contemplar, hurtando la sombra a seres y cosas, los frutos de su carrera antes de empezar un descenso que es, al mismo tiempo, un regreso”, escribió Xavier Villaurrutia sobre Ramón López Velarde: poetas cortados por la misma tijera que podó sus vidas, pero también sus obras. Hoy podemos leer la poesía de los dos —la vida escrita ahí— como una antología portátil y no como el primero de varios tumbaburros. Tal impresión, aunque así lo parezca, no estriba en la temprana muerte de estos autores: los primeros libros ya lucían la plenitud sin titubeos de los restantes. La muerte no vino más que a corroborar el descuido de las ediciones póstumas. Concluye Villaurrutia: “Desaparecido en el mediodía de su vida, la muerte no vino a derribar esperanzas ni a segar promesas en flor, porque (…) López Velarde había realizado ya las primeras y cumplido las segundas. Su viaje fue el perfecto viaje sin regreso”.
Víctor Jaramillo Cruz (1973-2022) falleció en Mérida, Yucatán, a la vuelta relámpago de un viaje a Brasil que había realizado junto con su esposo, el poeta Juan Carlos Bautista. Un periplo digno de su vida nómada: desde Puerto Progreso —donde vivían hasta nuevo aviso— viajaron a Cancún para, de ahí, pasar las fiestas navideñas en São Paulo y Río de Janeiro. Pero el descenso había comenzado aún antes del despegue. Entre el aire acondicionado del avión y los días de traslado y espera, una bacteria encontró el mejor huésped posible en el anfitrión más generoso que jamás conocí. A su retorno —maléfico por obviedad—, la pareja tomó el coche rumbo a Mérida, de donde Víctor ya no pudo volver —o, mejor dicho, desde donde emprendió el último y “perfecto viaje sin regreso”.
Lo conocí en 2003 durante la presentación de Bestial, el tercer y extraordinario libro de poemas de Bautista. Alguna vez, entre brindis y lágrimas de carcajada, le confesé al propio Víctor la extrañeza (incluso el desagrado) que sentí al conocerlo. Era mi némesis, todo lo que yo —joven y obeso poeta homosexual, nostálgico de la muerte y la culpa— odiaba hasta la envidia: un ingenio más rápido que su conciencia, un don de gentes al mismo tiempo visceral y espiritual, un humor que llamaría “negro” de no ser tan luminoso, la picardía en la punta de una lengua que sabía transformar el veneno en oro y la maldad en vino. Y guapo, para colmo. Morenazo de un fuego que siempre reunía a tribus fascinadas. Cómo ser el amigo de alguien que, con éxito y sin apego, había pasado por los más variados oficios: el activismo estudiantil, las artes visuales, el cine y el negocio restaurantero —tal y como después crearía, junto a Bautista, espacios míticos de la comunidad LGBTIQ+ en la Ciudad de México—. Y todo ello sin inmutarse, con el impulso que una y otra vez lo hizo cambiar de residencia e intereses. Yo aspiraba al decoro, a la inmovilidad, a la tragedia amorosa y a la calma chicha; Víctor, a la incorreción, al desplazamiento, al mejor de los desmadres y a la paz que le sigue, a la comedia sexual de una noche sí y otra también. Yo era un manojo de miedos e inseguridades; Víctor, un ramo de flores frescas y exóticas que combinaban con los estampados de sus camisas, el tono de sus cocteles y los pájaros pintados de su porcelana. Yo tenía prioridades porque aún no trabajaba. Víctor tenía inquietudes porque ya era libre.
Todo le causaba asombro y avidez: lo mismo se zambullía en Zweig, Casanova, Gibbon, Lem y López Austin que agotaba el periodo neoclásico de Stravinsky y el agogó de Pérez Prado; lo mismo improvisaba estampas del arte mesoamericano que de física teórica; lo mismo rescataba murales olvidados que amigos en desgracia o colibríes heridos. El Pollo —como lo llamábamos sus cortesanos— era un alma todoterreno que, fiel a su mote, no sabía estarse quieta en el gallinero del mundo. Con aquella curiosidad en forma de provocaciones, chistes, paradojas, enredos o epigramas automáticos, tiraba por igual las defensas de políticos y escritores, de machines y locas, de inseguros y arrogantes. Yo no fui la excepción. Una noche, mientras debatíamos sobre la mejor intérprete de Agustín Lara (Toña la Negra o Amparo Montes), El Pollo zanjó así la discusión: “Ni tú ni yo: fue la propia Agustina. Flaca de voz pero correosa al piano. Y esa cara cortada de maleante, cómo calentaba a María Félix. No sé quién salió más rayado de los dos”. Fue el primer ataque de risa con que Víctor selló nuestra amistad y me introdujo en las artes —circenses, cachondas, adivinatorias, fiesteras— de su conversación.
Porque la amistad con El Pollo tenía su sede en la carpa, el cuarto oscuro, el oráculo y el antro de su charla. No platicábamos para intercambiar puntos de vista sino para construir bombas caseras del sentido. Por encima de otras virtudes, Víctor ponderaba el delirio, la inmadurez y el escándalo. Quizá por ello amaba a Borges, aunque difícilmente lo hubiera invitado a cenar como lo hizo Bioy. Ante cualquier asomo heteropatriarcal —pudor, formalidad, retórica, predominancia—, volvía la cabeza hacia los bichos raros o “estuches de minorías”, en palabras de Bautista. Con ellos ensayaba nuevas sensibilidades, nuevos lugares comunes, nuevos gritos de independencia. Y ocurrían milagros: de pronto, dejábamos atrás “el lado moridor”, esa tristísima profundidad de campo con que la cultura oficial define a las inteligencias. Perdíamos el miedo a la ternura, al deseo, al desatino y a la cursilería. Éramos ya las preciosas ridículas que llevaban su evangelio fucsia, su ministerio de amor chacal, a todas partes.
De ahí esta solicitud. “Por la presente tengo a bien dirigirme a usted”, escribió Virgilio Piñera en uno de los poemas favoritos de El Pollo, “para solicitar una plaza de santa laica / en la Iglesia del Amor”. El cubano lo dedicó a Rosa Cagí —“Rosa la genuflexa”, mártir de las pasiones—, pero hoy la solicito para Víctor Jaramillo Cruz, sal de la vida y sol de medianoche, terror de los mustios, casa de citas de los bienaventurados. Firmo mi petición a nombre de estos exvotos de carne y hueso, antes de perder la cabeza y de volver a hallarla ahí, donde la habíamos dejado en paz. El corazón, menos roto por incrédulo, aún no regresa de su largo viaje.
“México: Caso Masacre de Acteal”. Fotografía por Daniel Cima. Recuperada de Flickr, CIDH (CC BY 2.0).
Los acontecimientos grabados con el fuego de las armas en la historia de un país, jamás permanecen en el pasado. Perduran a través de las vidas que cegaron y se extienden hacia el futuro en ecos de injusticia para los sobrevivientes.
La memoria se convierte en una forma de desafiar la impunidad y de buscar la verdad; en esa lucha que cada año emprende la comunidad indígena tzotzil, Las Abejas, para conmemorar, con oraciones tradicionales en su lengua materna, a sus 45 hermanos y hermanas víctimas de la masacre de Acteal, ocurrida el 22 de diciembre 1997.
Acteal forma parte del municipio de San Pedro Chenalhó, ubicado en la zona montañosa del norte, conocida como Los Altos, Chiapas. Las Abejas son un grupo de familias indígenas de origen Maya-Tzotzil, cristiano y pacifista, cuyo objetivo es promover la paz, la justicia y el antineoliberalismo.
Al inicio del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) contra el gobierno, en enero de 1994, durante el sexenio del expresidente Ernesto Zedillo, Las Abejas mantuvo una postura alejada del conflicto.
La represión del ejército contra el EZLN, en Chiapas, desató una escalada de violencia entre mayo y diciembre de 1997; meses en los que se registraron denuncias de al menos 34 incidentes en Acteal: asesinatos, expulsiones de comunidades y secuestros, cuyas víctimas fueron priístas, cardenistas, zapatistas y miembros de Las Abejas. La procuraduría estatal, pese a los recurrentes abusos contra la población, realizó investigaciones mediocres al respecto.
En diciembre de ese año, la movilización de grupos zapatistas contra las autoridades de la zona se intensificó. El EZLN acusó a las fuerzas públicas de actuar como caciques protegidos por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), la fuerza política en el poder. Además, las comunidades en Chenalhó que rechazaban al EZNL agravaron las tensiones al sumar pugnas religiosas.
Las acciones de estado que generaron los gobiernos mexicanos contra el EZLN incluyeron la creación y fortalecimiento de grupos paramilitares, de entre ellos, doce operaban en los veinte municipios de Chiapas; cuatro grupos adquirieron mayor notoriedad por su presencia en el estado: Paz y Justicia, Los Chinchulines, Máscara Roja y el Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista (MIRA)1.
En medio de la tormenta de la violencia estatal y la omisión de las autoridades policiacas, llegó el 22 de diciembre de 1997, un episodio cruento de la historia contemporánea, cuya voz fantasmal aún nos estremece por la impotencia de quienes cuentan la verdad sobre la masacre.
Las plegarias nunca llegaron al cielo
Familias y miembros de Las Abejas se reunieron a las 10:30 horas. Dedicarían parte de su mañana a buscar la paz por medio de la oración, una de sus prácticas como una comunidad cristiana. Rezaban en una pequeña iglesia protestante en el municipio de Chenalhó, ubicado en la región de Los Altos de Chiapas.
El mutismo de las plegarias debió ser distinto, corrompido por el sigilo de los 60 emisarios de la muerte al acecho. Los paramilitares embistieron a hombres, mujeres y niños. Las plegarias dirigidas a los ángeles fueron respondidas por espectros revestidos de negro, con mantos oscuros e insondables como el abismo al que arrastraron a sus víctimas.
Las sombras atacaron durante seis horas con palos, machetes, espadas, rifles y pistolas reservadas para uso exclusivo del Ejército. Tomaron la vida de 45 personas cuyos ojos se cerraron al rezar para nunca abrirse a mirar el cielo otra vez.
Mientras la policía se mantuvo inmóvil, a 200 metros de ellos asesinaron a 18 mujeres, de las cuales cuatro estaban embarazadas; 16 niñas, cuatro niños y 17 hombres, así como 26 lesionados graves; respecto a las víctimas, 12 murieron por golpes o heridas de arma blanca. Los que murieron por disparos de heridas de balas los recibieron por la espalda.
Los periodistas que llegaron a la comunidad encontraron los cadáveres mutilados, golpeados y fusilados con proyectiles expansivos. Primero llegó el horror a Acteal, después la indignación al resto del país.
Las comunidades de la zona denunciaron como responsable al grupo paramilitar Máscara Roja, activo en coordinación con cuerpos de Seguridad Pública Estatal y funcionarios públicos, “entre ellos el presidente municipal de Chenalhó, Jacinto Arias Cruz”2, a quien los sobrevivientes y testigos culparon por la masacre, conforme al artículo, “El paramilitarismo en Chiapas: Respuesta del poder contra la sociedad organizada”, publicado en septiembre de 2015 en el número 44 de Política y cultura.
Arias distribuyó entre los paramilitares cuernos de chivo y AK-47. Llevaba meses involucrado en actos de intimidación a los indígenas de la zona para obligarlos a abandonar sus hogares, de acuerdo a información recabada en la nota, “Así fue la masacre de Acteal”, escrita el 24 de diciembre de 1997, por el enviado especial de El Mundo, Javier Espinosa.
La versión oficialista del gobierno se basó en reducir el enfrentamiento a una confrontación entre indígenas, y con ello evitar la responsabilidad estatal por el crimen. Sin embargo, las primeras indagatorias de las autoridades exhibieron la participación directa de algunos exmilitares de alto perfil: “El general de brigada retirado, Julio César Santiago Díaz; Mariano Arias Pérez, soldado raso del 38 Batallón de Infantería; Pablo Hernández Pérez, ex militar que encabezó la masacre, y el sargento Mariano Pérez Ruiz”. También se confirmó que Jacinto Arias Cruz, entregó armas a los agresores, de acuerdo a la columna de opinión “El CIDE y la masacre de Acteal”, de Luis Hernández, publicada el 21 de diciembre de 2021 en La Jornada.
Entre los encarcelados, Manuel Luna Pérez y Pedro López López cumplieron una pena de 36 años de prisión. Durante más de once años permanecieron recluidos hasta el 4 de noviembre de 2009, cuando la SCJN ordenó su inmediata libertad tras determinar que las pruebas obtenidas por los agentes de la Procuraduría General de la República (PGR) habían sido incorporadas de manera ilícita al proceso, y los testigos habían sido inducidos por elementos de la PGR con la finalidad de incriminar a los detenidos.
Solo algunos de los autores de la masacre han enfrentado la ley. Arias, detenido en 1997, recibió una condena de 36 años en prisión, sin condena a la reparación de los daños. Fue liberado en noviembre de 2015, junto a catorce indígenas más, debido a que resultaron ser falsas las acusaciones de la PGR.
En total, las autoridades encarcelaron a 58 personas por los hechos; 36 quedaron impunes desde el 2007, y para las otras 22 hubo un nuevo proceso por supuestas pruebas falsas, según la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Los funcionarios de los gobiernos locales y federales acusados por el EZLN y organizaciones civiles de perpetrar la masacre, jamás fueron condenados.
La otra justicia es la memoria
En la masacre de Acteal los culpables y los incriminados se veían igual para el sistema penal. La impunidad fue la solución que los siguientes gobiernos panistas y priístas ofrecieron a Las Abejas. En 2006 se creó una fiscalía especial para investigar a fondo la matanza ocurrida en Acteal, que falló en su cometido.
Un año más tarde, en noviembre de 2007, comenzó una campaña mediática impulsada por el gobierno de Felipe Calderón y el Partido Acción Nacional (PAN). Se buscó exonerar a los autores materiales de la masacre y liberar de culpa al estado. Los resultados beneficiaron al expresidente Zedillo, a Julio César Ruiz Ferro, quien fue gobernador de Chiapas desde 1995 a 1998, y a los funcionarios que renunciaron luego de la matanza, sin rendir cuentas ante la justicia federal.
Después de la defensa a los imputados desde el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), la SCJN liberó desde 2009 a 29 personas por supuestas violaciones al debido proceso. De nuevo, los culpables resultaron ser incriminados pese a la existencia de pruebas contundentes de su participación en la masacre.
El golpe final a la justicia que exigían Las Abejas fue asestado después de septiembre de 2011. En ese año, la Corte Federal de Connecticut, Estados Unidos, presentó una demanda civil contra el expresidente Zedillo por permitir la matanza de los indígenas. Después de la insistencia de México a E.U., el 8 de septiembre de 2012, las autoridades estadounidense concedieron inmunidad diplomática al exmandatario, frente al posible resultado negativo en la Comisión Internacional de Derechos Humanos (CIDH).
La herida de Acteal permanecía abierta por los repetidos intentos del gobierno para negar su responsabilidad en la matanza. Transcurrieron casi 10 años de indiferencia hasta que, en septiembre del 2020, el estado mexicano ofreció disculpas a los sobrevivientes y a las familias de las 45 personas asesinadas aquel 22 de diciembre de 1997.
El acto público del actual gobierno representa apenas un pequeño avance hacia la reivindicación de la verdad sobre la masacre, una memoria aún anegada en sangre que Fernando Luna Pérez ha cargado consigo desde su infancia. El entonces niño de siete años transmutó las 45 víctimas de Acteal en testimonios vivos de una lucha pacífica.
Luna Pérez es el representante del ataque. A través de él, su hermano de dos años y su madre asesinados en aquella iglesia, cuentan una historia: la última plegaria de las voces tzotzil que los anteriores gobiernos mexicanos intentaron convertir en fantasmas.
Después de aceptar las disculpas de la administración de Andrés Manuel López Obrador, el sobreviviente solicitó que se inicie una investigación contra Zedillo y su cadena de mando, “porque hacer justicia desde el más alto nivel de gobierno significa garantizar la no repetición de estos hechos”, conforme a la nota, “A 23 años de la masacre de Acteal, el crimen que marcó el sexenio de Ernesto Zedillo”, publicada el 22 de diciembre del 2020 en Infobae.
La petición de Luna Pérez debería respetarse en cualquier contexto, por la promesa de que las disculpas de un gobierno evitarán repetir baños de sangre. Mientras tanto, cumplir con esa garantía es algo que solo el futuro puede revelar, siempre que la memoria prevalezca. Denunciar los abusos cometidos en Acteal significa restaurar la dignidad de un pueblo en pie.
Si el olvido es impunidad, la memoria es “La Otra Justicia”: una herencia cultural que Las Abejas conformaron para luchar de forma organizada contra la invisibilización. En sus propias palabras, “es un lugar de paz, del Lekil Kuxlejal, es ser cuidadores de la tierra y territorio”. Contar su historia es una estrategia para evitar nuevas masacres y exigir un ajuste de cuentas en la eterna deuda histórica que el estado mexicano tiene con la verdad.
Este texto es una autobiografía. Pero solo de mi relación con el Apocalipsis.
En mi educación primaria pasaba las vacaciones tirado en mi cama viendo televisión. Englutía todo lo que se me cruzaba: películas infantiles que aún revisito, películas aburridas ganadoras de premios, documentales sobre dinosaurios y, finalmente, llegué a los documentales pseudoreligiosos y alarmistas del Discovery Channel. No recuerdo el nombre del programa pero sí que en mi pequeña televisión de caja negra se presentaron imágenes del mundo explotando, siendo impactado por asteroides titánicos, hundiéndose en la lava de los volcanes. Y lo peor para un niño que había tenido una educación medio religiosa: las profecías de Nostradamus, los códigos ocultos en la Biblia, la promesa de que si hubo un inicio tenía que haber un estallido al final.
En su momento ese miedo fue un secreto. Se quedó conmigo pero no germinó ni se trasladó a ningún ámbito de mi vida. Era uno más en la larga lista de miedos de un hijo único. Miedo a los golpes, a la gente desconocida, a estar solo en un lugar oscuro, a los vampiros que, deliraba yo, volaban por encima de la Ciudad de la Furia, viendo a través de los techos de las casas qué niños no estaban cubiertos por sus cobijas para ir por ellos y robarles toda la sangre. Si hubiera sido un niño más valiente, como Leopoldo María Panero, quizá habría escrito una línea como “y los libros hablaban y hablaban y Dios iba diciendo: pronto se acabará el mundo”. Pero ni siquiera leía libros. No fue hasta los once años, cuando ya estaba por ingresar a la secundaría, cuando como mucha gente de mi edad entré a la literatura a través de Harry Potter y sus castillos y sus niños en peligro mortal. Luego llegarían los libros de Stephen King, como una especie de vacuna a mis paranoias.
Eso funcionó hasta la secundaría. Recuerdo que el profesor que nos daba Geografía en la escuela técnica era un oportunista: nos ponía a colorear mapas pero si le comprabas algún dulce, de los que siempre traía en su maletín, te ponía el punto de la actividad de todas maneras. En su clase, muchos compañeros aprovechaban para comer chucherías y no hacer nada. Era un tipo chaparro, con un bigote a lo Mario Bros que se paraba frente al pizarrón a decir cosas que no conocía muy bien, y que seguro ni le apasionaban; una de esas personas a las que no recordaría si no fuera porque en una clase empezó a hablar sobre el espacio y sobre sus peligros: “Vi en las noticias que en diecisiete años vendrá un asteroide y pasará muy cerca de la Tierra. Es posible que nos impacte”. Me quedé helado. Ahí estaba abrazado de nuevo por el pánico. Había un asteroide enorme que cruzaba el espacio a velocidad inmensa para llegar a arrasar con todo. Ahí detonaron varias imágenes infantiles que había hecho de lado: los astronautas de Armageddon yendo al espacio, los meteoritos destruyendo edificios en Impacto profundo, Sarah O’Connor aferrándose a la reja de metal mientras ve la bola de fuego que habría de alcanzarla hasta que la volviera un esqueleto en llamas. No recuerdo si levanté la mano y pregunté algo. No recuerdo qué hice en aquel momento. Pero entendí que era un niño cobarde y que no sabía qué hacer con eso.
Durante días pensé en esas imágenes. Una tarde me rehusé a hacer la tarea de Geografía (ahora tiene sentido por qué). Me quedé tirado en la cama, mirando el techo. Mi madre se acercó en aquel momento y se acostó a mi lado. Le dije que me sentía triste, creo que es la primera vez en mi vida que lo articulé, y le conté lo del cometa y lo del fin del mundo que me perseguían en mis pensamientos. Mi madre, entonces, comentó algo que me liberó de aquella relación tóxica por unos cuantos años: “El mundo solo se acaba para el que se muere”, dijo.
Los pensamientos regresaron en la preparatoria pero ahora acompañados de sueños. En estos me encontraba en un gran muelle de madera que conducía a un pabellón en medio del océano. Una especie de imagen idílica, supongo. Yo caminaba por el muelle hasta que me detenía en el barandal del pabellón, para mirar al agua infinita; en aquel momento observaba la bola de fuego que se acercaba hacia el agua, una imagen que era incapaz de abarcar por completo con mis ojos oníricos pero que me hacía lucir pequeño, insignificante, descartable. El golpe de la bola de fuego contra el agua no era el final. Le seguía una gran ola que se acercaba al pabellón; y aunque yo quería escapar, la ola me alcanzaba y me hacía dar vueltas y no sentir el suelo, y perder las ideas entre el agua que entraba en mis pulmones y me despertaba.
Para entonces, ya me había consumido casi todo Stephen King. En especial, los libros de La torre oscura. En el primero, El pistolero, un niño muere en nuestro mundo y acaba en un mundo medieval donde hay pistoleros en lugar de caballeros; espera en una estación de paso hasta que el protagonista, Roland Deschain, lo topa y caminan juntos por el desierto. Eventualmente, el protagonista tiene que elegir entre salvarlo o conocer más secretos de una misteriosa torre oscura. El niño, Jake Chambers, le dice: “Ve. Al cabo hay otros mundos aparte de este”, y se deja caer en la oscuridad. Otros mundos para huir. Otros mundos que no serían destruidos por el cataclismo.
En aquella época no hacía más que releer los libros de La Torre Oscura y escuchar el disco Casa del proyecto de Natalia Lafourcade, Natalia y la Forquetina: el que fuera el primer disco que escucharía completo y con un fervor casi religioso en mi vida. Supongo que mi condición de hijo único hacía que me encerrara en mí mismo. Y que llegara la crisis. En algún punto no pude controlar mis sueños y mis paranoias sobre el fin del mundo: volví a soñar que la ciudad era arrasada por el fuego y que caminaba por fragmentos de ellos en llamas. Necesitaba un escape. Entonces, como en la saga de La Torre Oscura están cambiando constantemente de dimensión, creí que podría hacer eso.
Un amigo escritor llamado Santiago Iñiguez, uno de los primeros amigos que tuve que escribían, me habló una enorme mansión abandonada –en el tercer libro de la Torre hay una– que él había visitado y en la que decía que había túneles ocultos. Túneles a otros mundos, deduje yo en mi locura. El lugar en cuestión era la casa del narcotraficante Baltazar Diaz, una construcción realizada a la orilla de un parque hundido, en una de las colonias más lujosas de mi ciudad. Había visitado ese parque en una ocasión: muchas casas tenían salidas o patios abiertos al parque. Hasta había caminos. Corrían leyendas sobre la casa: que ahí se reunían cultos de Santería, que la hija de Baltazar caminaba enloquecida por la casa, que había fantasmas que te empujaban hacia el vacío. Así que a inicios de 2006, cuando la promesa del Apocalipsis del 6 de junio, el del 666, estaba lanzada en todos lados, armé una mochila con comida, un discman, unos libros de La Torre Oscura, y me fui a la escuela con la idea de que nunca iba a regresar.
Estuve alegre toda la mañana pensado que no volvería a ver a mis compañeros. Nadie descubrió que no llevaba mis libros escolares. Pero no soportaba la ansiedad: quería irme ya. Así que, como pude, me escapé antes y me dirigí caminando hacía la casa. Sentía, o deliraba, que esta me llamaba. Así como al chico, Jake Chambers, en el tercer tomo de La Torre Oscura no sabe si murió o si vivió tras decir aquellas palabras, pero recuerda su viaje con el pistolero; ahora que está en otro mundo y siente que hay una casa que lo llama para cruzar una puerta y escapar del colegio, de los compañeros con los que no congenia, de su familia. Así que averigua de una casa embrujada que podría ser el punto por el cual regresar. Y así yo pensé que la casa del narcotraficante podía ser mi puerta de escape.
Caminé alrededor del parque buscando la entrada. Al llegar y ver que desde la calle solo asemeja un piso derruido, recordé todas las cosas que Santiago, mientras estábamos sentados en las escaleras de la Catedral, me contaba sobre el lugar: “Los túneles son inmensos, Ceyca, y seguro en la casa hay magia”. No me decidía a entrarme. Como Don Quijote, saqué uno de los libros de La Torre Oscura para convencerme de que estaba ingresando a un universo más grande que el mío. Uno donde podía haber salvación para la humanidad. Donde no temiera el cataclismo. Así que me senté a la sombra mirando la escalera grafiteada que bajaba hacia el interior de la casa. Y en eso llegaron unos chicos de otra preparatoria, quienes también se pintearon las clases para recorrer la casa embrujada: después descubriría que todos los estudiantes de preparatoria de Culiacán de mi edad, se adentraron en la casa bajo la promesa del embrujamiento. Eran dos parejas con uniformes verde con gris; mientras iba yo solo con una playera roja. Les dije que estaba ahí pero que me daba miedo entrar. Así que entré con ellos.
En cuanto se ingresaba al interior de la casa de Baltazar, tras bajar unas escaleras, a mano derecha había dos habitaciones sin muro divisorio que culminaban en un tobogán. Si mirabas desde ese punto, encontrabas al fondo una alberca vacía y llena de hojas moribundas, rodeada de maleza salvaje, y el muro de rejas que separaba del parque; me pregunté por dónde debía entrarse a los túneles que, según Santiago, había debajo de la casa. Recorrí el lugar con los otros chicos: podías bajar a un tercer piso donde había habitaciones llenas de graffiti, jeringas en el suelo, restos de porros masticados, y más de una puerta clausurada por bloqs grises. Quizá esas eran las entradas, me dije, y ya no había forma de pasar a otro lugar. Llegamos a un punto donde debió haber un baño y en el lugar de la tina había un agujero. Uno de los chicos se adentró en él, pero ambas salidas estaban tapadas. Del baño se podía llegar a una plataforma que, seguro, en su momento tuvo plantas para proteger que la gente se tirara al vacío. Ahora solo era concreto desnudo. Invitando a saltar al vacío. “Sientes que una mano te empuja mientras ves los árboles”, me dijo Santiago. Me coloqué en la orilla y miré el parque y las otras casas; cada vez más seguro de que aquel lugar no me iba a ayudar a escapar de este mundo. Pero no sentí ningún empujón.
Ahora que he leído a Mariana Enriquez, me hubiera gustado desaparecer detrás de alguna puerta y que los chicos jamás volvieran a encontrarme. Pero no quedaba ninguna puerta las habitaciones. Bajamos hacia el último piso: el de la alberca. Miré el tobogán color cielo hacia arriba y me adentré en él, para pisar las hojas secas. Los chicos propusieron salir por el parque, mejor, y levantamos la malla metálica para brincar: ahí descubrimos dos cosas. La primera fue un agujero debajo del muro, que rodeaba a la alberca. ¡Eran mis túneles! Pensé. Mi salida. Así que fui el primero en ingresar y con la pantalla de mi teléfono alumbré las sombras; pero ambos caminos, tanto a diestra y siniestra de la base de la alberca, llevaban a puntos cerrados con piedras. Puntos que seguro eran la misma subida del cerro. Así que salí decepcionado. En cuanto bajamos al parque vimos otra cosa: un peluche de Mickey mouse colgado, del cuello, de uno de los árboles, y en ese momento decidimos correr.
Cuando llegué a casa mi madre me preguntó dónde me había ensuciado tanto. No le dije una sola palabra.
Aquel día corrí sin llegar ningún lado. No había escapatoria, me dije. Tenía que esperar la fecha. Y una noche como buen niño instruido en la religión, me hinqué y le pedí paro al Padre Celestial: que no ocurra nada, aún hay muchas cosas qué vivir, aún no sé qué haré con mi vida. Toma lo que quieras. Como no obtuve respuesta, luego lancé el mismo rezo pero hacia abajo.
Mientras se acercó la fecha seguía escuchando el disco de Casa y leyendo La Torre Oscura sin descanso. Finalmente llegó una señal. En forma de una noticia de periódico: Natalia Lafourcade se separaba de su banda, La Forquetina, y no habría más discos. La que en ese momento consideraba mi banda favorita había dejado de existir. Tuve que dar algo, me dije, pero mis plegarias fueron escuchadas.
La siguiente y final amenaza fue el 2012. Pero para ese momento ya estaba vacunado: no volvería a ser presa de mis paranoias. No dejaría que los sueños sobre los asteroides cayendo en pleno océano me detuvieran. Salían muchos documentales científicos desmintiendo las mentiras del Apocalipsis a finales de año, y muchos noticieros pedían que no cundiera el pánico; los veía sin miedo. Estaba más entretenido en la Universidad y en encontrarme con Santiago y otros amigos en las escaleras de la Catedral, donde compartíamos cigarros y alcohol barato, donde éramos los relegados. Para nosotros era mejor esperar el estreno de The Dark Knight Rises. O de TheAvengers.
La otra cosa que no estuvo en nuestros planes y que nadie esperaba, es que el mismo día que murió Chavela Vergas, Santiago se metiera borracho a un riachuelo. Y que nunca saliera de él.
Aquella misma mañana le hablé para darle la noticia: “No puede ser, Ceyca. Hay que tomar. Hay que ahogarnos. Por Chavela”. No pensé que fuera a ser tan literal la situación. Que a la mañana siguiente estuviéramos todos en la funeraria, despidiéndolo; recordé las palabras de mi madre sobre que el mundo solo se acaba para el que se muere. Sin embargo, los resquicios de su muerte invadieron el espacio que el Apocalipsis dejó en mí. Durante meses no puse un pie en la plazuela central, ni vi a los amigos con los que compartí su pérdida en una funeraria de losetas blancas y pulcras.
Hasta que el 21 de diciembre unos amigos me invitaron a un bar, el Mr. Rock, a celebrar el fin del mundo. El día que, decían en Internet, se iba a acabar el calendario azteca. Para ese momento ya no me importaba si el mundo explotaba. Si todas aquellas cosas que veía en las noticias –sin saber que luego me dedicaría a ellas– iban a terminarse de una vez por todas. Si iba a haber un punto y final a la existencia humana. Así que los acompañé.
El Mr. Rock era un bar con dos partes: adentro mesas en el aire acondicionado, y unas cuantas mesas afuera, para los fumadores. Al lado de un inmenso expendio de cerveza Tecate, en el que había un espectacular de una mano sosteniendo una charola de cervezas, del cual una vez un hombre quiso matarse. Nos sentamos afuera y empezamos a pedir tarros baratos. Platicábamos de la Universidad y de nuestras vidas. Y en algún momento alguno pidió un brindis por el Apocalipsis. Todos levantamos los tarros y los chocamos. Es posible que sea verdad esto que dicen en Internet de que el mundo se está yendo al mierda tan rápido porque en realidad todo terminó ese diciembre; para mí el punto de inflexión sería ese momento en que chocamos los tarros y el de un amigo explotó en cientos de pedazos, derramando cerveza por toda la mesa. En ese momento quizá se acabó el mundo. O quizá no. Quizá solo son excusas que nos permiten continuar avanzando mientras enfrentamos ‘sufrimos los golpes y dardos de la indignante fortuna’.
Buscando nuevos trabajos y nuevos caminos y nuevos amores. Nuevas maneras de ver la vida. Y de sobrevivir a catástrofes mundiales que parecen nunca acabarse. A lo mejor esa noche sí se acabó el mundo e inició, de inmediato, otro como en 31 minutos. A lo mejor aquella noche se inició algún evento cósmico que sigue hasta nuestros días. En realidad, no me importa saber la verdad. Hay una cosa que sí sé que cambió ese año: se fue, por completo, el miedo al Apocalipsis. Era hora de irse de ahí, al cabo hay otros miedos aparte de ese.