Tierra Adentro
Víctor Jaramillo, 2022. Foto cortesía de La Purísima.
Víctor Jaramillo, 2022. Foto cortesía de La Purísima.

“La madurez de una vida, como la madurez del día, no se revela en la hora incierta del atardecer, sino en el momento pleno, cenital y vibrante del mediodía, en que el sol, cumplida ya su trayectoria ascendente, parece detenerse a contemplar, hurtando la sombra a seres y cosas, los frutos de su carrera antes de empezar un descenso que es, al mismo tiempo, un regreso”, escribió Xavier Villaurrutia sobre Ramón López Velarde: poetas cortados por la misma tijera que podó sus vidas, pero también sus obras. Hoy podemos leer la poesía de los dos —la vida escrita ahí— como una antología portátil y no como el primero de varios tumbaburros. Tal impresión, aunque así lo parezca, no estriba en la temprana muerte de estos autores: los primeros libros ya lucían la plenitud sin titubeos de los restantes. La muerte no vino más que a corroborar el descuido de las ediciones póstumas. Concluye Villaurrutia: “Desaparecido en el mediodía de su vida, la muerte no vino a derribar esperanzas ni a segar promesas en flor, porque (…) López Velarde había realizado ya las primeras y cumplido las segundas. Su viaje fue el perfecto viaje sin regreso”.

Víctor Jaramillo Cruz (1973-2022) falleció en Mérida, Yucatán, a la vuelta relámpago de un viaje a Brasil que había realizado junto con su esposo, el poeta Juan Carlos Bautista. Un periplo digno de su vida nómada: desde Puerto Progreso —donde vivían hasta nuevo aviso— viajaron a Cancún para, de ahí, pasar las fiestas navideñas en São Paulo y Río de Janeiro. Pero el descenso había comenzado aún antes del despegue. Entre el aire acondicionado del avión y los días de traslado y espera, una bacteria encontró el mejor huésped posible en el anfitrión más generoso que jamás conocí. A su retorno —maléfico por obviedad—, la pareja tomó el coche rumbo a Mérida, de donde Víctor ya no pudo volver —o, mejor dicho, desde donde emprendió el último y “perfecto viaje sin regreso”.

Lo conocí en 2003 durante la presentación de Bestial, el tercer y extraordinario libro de poemas de Bautista. Alguna vez, entre brindis y lágrimas de carcajada, le confesé al propio Víctor la extrañeza (incluso el desagrado) que sentí al conocerlo. Era mi némesis, todo lo que yo —joven y obeso poeta homosexual, nostálgico de la muerte y la culpa— odiaba hasta la envidia: un ingenio más rápido que su conciencia, un don de gentes al mismo tiempo visceral y espiritual, un humor que llamaría “negro” de no ser tan luminoso, la picardía en la punta de una lengua que sabía transformar el veneno en oro y la maldad en vino. Y guapo, para colmo. Morenazo de un fuego que siempre reunía a tribus fascinadas. Cómo ser el amigo de alguien que, con éxito y sin apego, había pasado por los más variados oficios: el activismo estudiantil, las artes visuales, el cine y el negocio restaurantero —tal y como después crearía, junto a Bautista, espacios míticos de la comunidad LGBTIQ+ en la Ciudad de México—. Y todo ello sin inmutarse, con el impulso que una y otra vez lo hizo cambiar de residencia e intereses. Yo aspiraba al decoro, a la inmovilidad, a la tragedia amorosa y a la calma chicha; Víctor, a la incorreción, al desplazamiento, al mejor de los desmadres y a la paz que le sigue, a la comedia sexual de una noche sí y otra también. Yo era un manojo de miedos e inseguridades; Víctor, un ramo de flores frescas y exóticas que combinaban con los estampados de sus camisas, el tono de sus cocteles y los pájaros pintados de su porcelana. Yo tenía prioridades porque aún no trabajaba. Víctor tenía inquietudes porque ya era libre.

Todo le causaba asombro y avidez: lo mismo se zambullía en Zweig, Casanova, Gibbon, Lem y López Austin que agotaba el periodo neoclásico de Stravinsky y el agogó de Pérez Prado; lo mismo improvisaba estampas del arte mesoamericano que de física teórica; lo mismo rescataba murales olvidados que amigos en desgracia o colibríes heridos. El Pollo —como lo llamábamos sus cortesanos— era un alma todoterreno que, fiel a su mote, no sabía estarse quieta en el gallinero del mundo. Con aquella curiosidad en forma de provocaciones, chistes, paradojas, enredos o epigramas automáticos, tiraba por igual las defensas de políticos y escritores, de machines y locas, de inseguros y arrogantes. Yo no fui la excepción. Una noche, mientras debatíamos sobre la mejor intérprete de Agustín Lara (Toña la Negra o Amparo Montes), El Pollo zanjó así la discusión: “Ni tú ni yo: fue la propia Agustina. Flaca de voz pero correosa al piano. Y esa cara cortada de maleante, cómo calentaba a María Félix. No sé quién salió más rayado de los dos”. Fue el primer ataque de risa con que Víctor selló nuestra amistad y me introdujo en las artes —circenses, cachondas, adivinatorias, fiesteras— de su conversación.

Porque la amistad con El Pollo tenía su sede en la carpa, el cuarto oscuro, el oráculo y el antro de su charla. No platicábamos para intercambiar puntos de vista sino para construir bombas caseras del sentido. Por encima de otras virtudes, Víctor ponderaba el delirio, la inmadurez y el escándalo. Quizá por ello amaba a Borges, aunque difícilmente lo hubiera invitado a cenar como lo hizo Bioy. Ante cualquier asomo heteropatriarcal —pudor, formalidad, retórica, predominancia—, volvía la cabeza hacia los bichos raros o “estuches de minorías”, en palabras de Bautista. Con ellos ensayaba nuevas sensibilidades, nuevos lugares comunes, nuevos gritos de independencia. Y ocurrían milagros: de pronto, dejábamos atrás “el lado moridor”, esa tristísima profundidad de campo con que la cultura oficial define a las inteligencias. Perdíamos el miedo a la ternura, al deseo, al desatino y a la cursilería. Éramos ya las preciosas ridículas que llevaban su evangelio fucsia, su ministerio de amor chacal, a todas partes.

De ahí esta solicitud. “Por la presente tengo a bien dirigirme a usted”, escribió Virgilio Piñera en uno de los poemas favoritos de El Pollo, “para solicitar una plaza de santa laica / en la Iglesia del Amor”. El cubano lo dedicó a Rosa Cagí —“Rosa la genuflexa”, mártir de las pasiones—, pero hoy la solicito para Víctor Jaramillo Cruz, sal de la vida y sol de medianoche, terror de los mustios, casa de citas de los bienaventurados. Firmo mi petición a nombre de estos exvotos de carne y hueso, antes de perder la cabeza y de volver a hallarla ahí, donde la habíamos dejado en paz. El corazón, menos roto por incrédulo, aún no regresa de su largo viaje.


Autores
(Ciudad de México, 1979) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Hasta aquí, entre otros títulos.
"México: Caso Masacre de Acteal". Fotografía por Daniel Cima. Recuperada de Flickr, CIDH (CC BY 2.0).
“México: Caso Masacre de Acteal”. Fotografía por Daniel Cima. Recuperada de Flickr, CIDH (CC BY 2.0).

Los acontecimientos grabados con el fuego de las armas en la historia de un país, jamás permanecen en el pasado. Perduran a través de las vidas que cegaron y se extienden hacia el futuro en ecos de injusticia para los sobrevivientes.

La memoria se convierte en una forma de desafiar la impunidad y de buscar la verdad; en esa  lucha que cada año emprende la comunidad indígena tzotzil, Las Abejas, para conmemorar, con oraciones tradicionales en su lengua materna, a sus 45 hermanos y hermanas víctimas de la masacre de Acteal, ocurrida el 22 de diciembre 1997.

Acteal forma parte del municipio de San Pedro Chenalhó, ubicado en la zona montañosa del norte, conocida como Los Altos, Chiapas. Las Abejas son un grupo de familias indígenas de origen Maya-Tzotzil, cristiano y pacifista, cuyo objetivo es promover la paz, la justicia y el antineoliberalismo.

Al inicio del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) contra el gobierno, en enero de 1994, durante el sexenio del expresidente Ernesto Zedillo, Las Abejas mantuvo una postura alejada del conflicto.

La represión del ejército contra el EZLN, en Chiapas, desató una escalada de violencia entre mayo y diciembre de 1997; meses en los que se registraron denuncias de al menos 34 incidentes en Acteal: asesinatos, expulsiones de comunidades y secuestros, cuyas víctimas fueron priístas, cardenistas, zapatistas y miembros de Las Abejas. La procuraduría estatal, pese a los recurrentes abusos contra la población, realizó investigaciones mediocres al respecto.

En diciembre de ese año, la movilización de grupos zapatistas contra las autoridades de la zona se intensificó. El EZLN acusó a las fuerzas públicas de actuar como caciques protegidos por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), la fuerza política en el poder. Además, las comunidades en Chenalhó que rechazaban al EZNL agravaron las tensiones al sumar pugnas religiosas.

Las acciones de estado que generaron los gobiernos mexicanos contra el EZLN incluyeron la creación y fortalecimiento de grupos paramilitares, de entre ellos, doce  operaban en los veinte  municipios de Chiapas; cuatro grupos adquirieron mayor notoriedad por su presencia en el estado: Paz y Justicia, Los Chinchulines, Máscara Roja y el Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista (MIRA)1.

En medio de la tormenta de la violencia estatal y la omisión de las autoridades policiacas, llegó el 22 de diciembre de 1997, un episodio cruento de la historia contemporánea, cuya voz fantasmal aún nos estremece por la impotencia de quienes cuentan la verdad sobre la masacre.

Las plegarias nunca llegaron al cielo

Familias y miembros de Las Abejas se reunieron a las 10:30 horas. Dedicarían parte de su mañana a buscar la paz por medio de la oración, una de sus prácticas como una comunidad cristiana. Rezaban en una pequeña iglesia protestante en el municipio de Chenalhó, ubicado en la región de Los Altos de Chiapas.

El mutismo de las plegarias debió ser distinto, corrompido por el sigilo de los 60 emisarios de la muerte al acecho. Los paramilitares embistieron a hombres, mujeres y niños. Las plegarias dirigidas a los ángeles fueron respondidas por espectros revestidos de negro, con mantos oscuros e insondables como el abismo al que arrastraron a sus víctimas.

Las sombras atacaron durante seis horas con palos, machetes, espadas, rifles y pistolas reservadas para uso exclusivo del Ejército. Tomaron la vida de 45 personas cuyos ojos se cerraron al rezar para nunca abrirse a mirar el cielo otra vez.

Mientras la policía se mantuvo inmóvil, a 200 metros de ellos asesinaron a 18 mujeres, de las cuales cuatro estaban embarazadas; 16 niñas, cuatro niños y 17 hombres, así como 26 lesionados graves; respecto a las víctimas, 12 murieron por golpes o heridas de arma blanca. Los que murieron por disparos de heridas de balas los recibieron por la espalda.

Los periodistas que llegaron a la comunidad encontraron los cadáveres mutilados, golpeados y fusilados con proyectiles expansivos. Primero llegó el horror a Acteal, después la indignación al resto del país.

Las comunidades de la zona denunciaron como responsable al grupo paramilitar Máscara Roja, activo en coordinación con cuerpos de Seguridad Pública Estatal y funcionarios públicos, “entre ellos el presidente municipal de Chenalhó, Jacinto Arias Cruz”2, a quien los sobrevivientes y testigos culparon por la masacre, conforme al artículo, “El paramilitarismo en Chiapas: Respuesta del poder contra la sociedad organizada”, publicado en septiembre de 2015 en el número 44 de Política y cultura.

Arias distribuyó entre los paramilitares cuernos de chivo y AK-47. Llevaba meses involucrado en actos de intimidación a los indígenas de la zona para obligarlos a abandonar sus hogares, de acuerdo a información recabada en la nota, “Así fue la masacre de Acteal”, escrita el 24 de diciembre de 1997, por el enviado especial de El Mundo, Javier Espinosa.

La versión oficialista del gobierno se basó en reducir el enfrentamiento a una confrontación entre indígenas, y con ello evitar la responsabilidad estatal por el crimen. Sin embargo, las primeras indagatorias de las autoridades exhibieron la participación directa de algunos exmilitares de alto perfil: “El general de brigada retirado, Julio César Santiago Díaz; Mariano Arias Pérez, soldado raso del 38 Batallón de Infantería; Pablo Hernández Pérez, ex militar que encabezó la masacre, y el sargento Mariano Pérez Ruiz”. También se confirmó que Jacinto Arias Cruz, entregó armas a los agresores, de acuerdo a la columna de opinión “El CIDE y la masacre de Acteal”, de Luis Hernández, publicada el 21 de diciembre de 2021 en La Jornada.

Entre los encarcelados, Manuel Luna Pérez y Pedro López López cumplieron una pena de 36 años de prisión. Durante más de once  años permanecieron recluidos hasta el 4 de noviembre de 2009, cuando la SCJN ordenó su inmediata libertad tras determinar que las pruebas obtenidas por los agentes de la Procuraduría General de la República (PGR) habían sido incorporadas de manera ilícita al proceso, y los testigos habían sido inducidos por elementos de la PGR con la finalidad de incriminar a los detenidos.

Solo algunos de los autores de la masacre han enfrentado la ley. Arias, detenido en 1997, recibió una condena de 36 años en prisión, sin condena a la reparación de los daños. Fue liberado en noviembre de 2015, junto a catorce indígenas más, debido a que resultaron ser falsas las acusaciones de la PGR.

En total, las autoridades encarcelaron a 58 personas por los hechos; 36 quedaron impunes desde el 2007, y para las otras 22 hubo un nuevo proceso por supuestas pruebas falsas, según la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Los funcionarios de los gobiernos locales y federales acusados por el EZLN y organizaciones civiles de perpetrar la masacre, jamás fueron condenados.

La otra justicia es la memoria

En la masacre de Acteal los culpables y los incriminados se veían igual para el sistema penal. La impunidad fue la solución que los siguientes gobiernos panistas y priístas ofrecieron a Las Abejas. En 2006 se creó una fiscalía especial para investigar a fondo la matanza ocurrida en Acteal, que falló en su cometido.

Un año más tarde, en noviembre de 2007, comenzó una campaña mediática impulsada por el gobierno de Felipe Calderón y el Partido Acción Nacional (PAN). Se buscó exonerar a los autores materiales de la masacre y liberar de culpa al estado. Los resultados beneficiaron al expresidente Zedillo, a Julio César Ruiz Ferro, quien fue gobernador de Chiapas desde 1995 a 1998, y a los funcionarios que renunciaron luego de la matanza, sin rendir cuentas ante la justicia federal.

Después de la defensa a los imputados desde el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), la SCJN liberó desde 2009 a 29 personas por supuestas violaciones al debido proceso. De nuevo, los culpables resultaron ser incriminados pese a la existencia de pruebas contundentes de su participación en la masacre.

El golpe final a la justicia que exigían Las Abejas fue asestado después de septiembre de 2011. En ese año, la Corte Federal de Connecticut, Estados Unidos, presentó una demanda civil contra el expresidente Zedillo por permitir la matanza de los indígenas. Después de la insistencia de México a E.U., el 8 de septiembre de 2012, las autoridades estadounidense concedieron inmunidad diplomática al exmandatario, frente al posible resultado negativo en la Comisión Internacional de Derechos Humanos (CIDH).

La herida de Acteal permanecía abierta por los repetidos intentos del gobierno para negar su responsabilidad en la matanza. Transcurrieron casi 10 años de indiferencia hasta que, en septiembre del 2020, el estado mexicano ofreció disculpas a los sobrevivientes y a las familias de las 45 personas asesinadas aquel 22 de diciembre de 1997.

El acto público del actual gobierno representa apenas un pequeño avance hacia la reivindicación de la verdad sobre la masacre, una memoria aún anegada en sangre que Fernando Luna Pérez ha cargado consigo desde su infancia. El entonces niño de siete años transmutó las 45 víctimas de Acteal en testimonios vivos de una lucha pacífica.

Luna Pérez es el representante del ataque. A través de él, su hermano de dos años y su madre asesinados en aquella iglesia, cuentan una historia: la última plegaria de las voces tzotzil que los anteriores gobiernos mexicanos intentaron convertir en fantasmas.

Después de aceptar las disculpas de la administración de Andrés Manuel López Obrador, el sobreviviente solicitó que se inicie una investigación contra Zedillo y su cadena de mando, “porque hacer justicia desde el más alto nivel de gobierno significa garantizar la no repetición de estos hechos”, conforme a la nota, “A 23 años de la masacre de Acteal, el crimen que marcó el sexenio de Ernesto Zedillo”, publicada el 22 de diciembre del 2020 en Infobae.

La petición de Luna Pérez debería respetarse en cualquier contexto, por la promesa de que las disculpas de un gobierno evitarán repetir baños de sangre. Mientras tanto, cumplir con esa garantía es algo que solo el futuro puede revelar, siempre que la memoria prevalezca. Denunciar los abusos cometidos en Acteal significa restaurar la dignidad de un pueblo en pie.

Si el olvido es impunidad, la memoria es “La Otra Justicia”: una herencia cultural que Las Abejas conformaron para luchar de forma organizada contra la invisibilización. En sus propias palabras, “es un lugar de paz, del Lekil Kuxlejal, es ser cuidadores de la tierra y territorio”. Contar su historia es una estrategia para evitar nuevas masacres y exigir un ajuste de cuentas en la eterna deuda histórica que el estado mexicano tiene con la verdad.

Fuentes y referencias:

  • Galindo de Pablo, Adrián. (2015). El paramilitarismo en Chiapas: Respuesta del poder contra la sociedad organizada. Política y cultura, (44), 189-213. Recuperado en 13 de diciembre de 2022, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-77422015000200009&lng=es&tlng=es.
  • Onésimo Hidalgo y Gustavo Castro, Población desplazada en Chiapas, op. cit., p. 27.
  • https://diariodechiapas.com/ultima-hora/inicia-conmemoracion-de-la-masacre-de-acteal/
  • https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-46317955
  • https://www.hrw.org/legacy/spanish/opiniones/1998/mexico_acteal.html
  • https://www.bbc.com/mundo/noticias/2012/12/121222_acteal_ezln_chiapas_masacre_mexico_marcos_justicia_an
  • https://www.cndh.org.mx/noticia/matanza-de-acteal-chiapas#:~:text=Aquel%2022%20de%20diciembre%20de,dentro%20de%20una%20ermita%20del
  • https://www.infobae.com/america/mexico/2020/12/22/a-23-anos-de-la-masacre-de-acteal-el-crimen-que-marco-el-sexenio-de-ernesto-zedillo/
  • https://www.cndh.org.mx/noticia/matanza-de-acteal-chiapas
  • https://www.elmundo.es/elmundo/1997/diciembre/29/internacional/masacrechiapas.html
  • https://www.animalpolitico.com/altoparlante/acteal-verdad-masacre/
  • https://www.jornada.com.mx/2021/12/21/opinion/017a2pol
  • https://contralacorrupcion.mx/la-matanza-de-acteal-un-caso-de-impunidad-estatal/
  • https://www.noroeste.com.mx/nacional/liberan-a-15-indigenas-acusados-por-caso-acteal-HPNO792522
  • https://www.jornada.com.mx/2007/11/04/index.php?section=politica&article=008n1pol
  • https://cimacnoticias.com.mx/noticia/luego-de-9-anos-crean-fiscalia-especial-para-acteal/#gsc.tab=0
  • https://aristeguinoticias.com/2212/mexico/caso-acteal-demanda-en-eu-contra-zedillo/
  • https://www.gob.mx/sre/documentos/caso-12-790-manuel-santiz-culebra-masacre-de-acteal#:~:text=Asumo%2C%20a%20nombre%20del%20Estado,dieron%20lugar%20a%20esa%20masacre.
  • https://www.chiapasparalelo.com/noticias/chiapas/2017/12/acteal-20-anos-de-impunidad/
  • https://www.youtube.com/watch?v=9MNOGNRrP9k
  • https://frayba.org.mx/acteal-simbolo-de-resistencia-memoria-verdad-y-justicia
  • https://mision.sre.gob.mx/oea/index.php/comunicados/35-comunicados-2020/729-mexico-firma-un-acuerdo-de-solucion-amistosa-en-el-caso-masacre-de-acteal-ante-la-cidh-y-ofrece-disculpas-publicas-04-sep-20
  • https://www.elmundo.es/elmundo/1997/diciembre/24/internacional/chiapas.html

Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero.

Este texto es una autobiografía. Pero solo de mi relación con el Apocalipsis.

En mi educación primaria pasaba las vacaciones tirado en mi cama viendo televisión. Englutía todo lo que se me cruzaba: películas infantiles que aún revisito, películas aburridas ganadoras de premios, documentales sobre dinosaurios y, finalmente, llegué a los documentales pseudoreligiosos y alarmistas del Discovery Channel. No recuerdo el nombre del programa pero sí que en mi pequeña televisión de caja negra se presentaron imágenes del mundo explotando, siendo impactado por asteroides titánicos, hundiéndose en la lava de los volcanes. Y lo peor para un niño que había tenido una educación medio religiosa: las profecías de Nostradamus, los códigos ocultos en la Biblia, la promesa de que si hubo un inicio tenía que haber un estallido al final.

En su momento ese miedo fue un secreto. Se quedó conmigo pero no germinó ni se trasladó a ningún ámbito de mi vida. Era uno más en la larga lista de miedos de un hijo único. Miedo a los golpes, a la gente desconocida, a estar solo en un lugar oscuro, a los vampiros que, deliraba yo, volaban por encima de la Ciudad de la Furia, viendo a través de los techos de las casas qué niños no estaban cubiertos por sus cobijas para ir por ellos y robarles toda la sangre. Si hubiera sido un niño más valiente, como Leopoldo María Panero, quizá habría escrito una línea como “y los libros hablaban y hablaban y Dios iba diciendo: pronto se acabará el mundo”. Pero ni siquiera leía libros. No fue hasta los once años, cuando ya estaba por ingresar a la secundaría, cuando como mucha gente de mi edad entré a la literatura a través de Harry Potter y sus castillos y sus niños en peligro mortal. Luego llegarían los libros de Stephen King, como una especie de vacuna a mis paranoias.

Eso funcionó hasta la secundaría. Recuerdo que el profesor que nos daba Geografía en la escuela técnica era un oportunista: nos ponía a colorear mapas pero si le comprabas algún dulce, de los que siempre traía en su maletín, te ponía el punto de la actividad de todas maneras. En su clase, muchos compañeros aprovechaban para comer chucherías y no hacer nada. Era un tipo chaparro, con un bigote a lo Mario Bros que se paraba frente al pizarrón a decir cosas que no conocía muy bien, y que seguro ni le apasionaban; una de esas personas a las que no recordaría si no fuera porque en una clase empezó a hablar sobre el espacio y sobre sus peligros: “Vi en las noticias que en diecisiete años vendrá un asteroide y pasará muy cerca de la Tierra. Es posible que nos impacte”. Me quedé helado. Ahí estaba abrazado de nuevo por el pánico. Había un asteroide enorme que cruzaba el espacio a velocidad inmensa para llegar a arrasar con todo. Ahí detonaron varias imágenes infantiles que había hecho de lado: los astronautas de Armageddon yendo al espacio, los meteoritos destruyendo edificios en Impacto profundo, Sarah O’Connor aferrándose a la reja de metal mientras ve la bola de fuego que habría de alcanzarla hasta que la volviera un esqueleto en llamas. No recuerdo si levanté la mano y pregunté algo. No recuerdo qué hice en aquel momento. Pero entendí que era un niño cobarde y que no sabía qué hacer con eso.

Durante días pensé en esas imágenes. Una tarde me rehusé a hacer la tarea de Geografía (ahora tiene sentido por qué). Me quedé tirado en la cama, mirando el techo. Mi madre se acercó en aquel momento y se acostó a mi lado. Le dije que me sentía triste, creo que es la primera vez en mi vida que lo articulé, y le conté lo del cometa y lo del fin del mundo que me perseguían en mis pensamientos. Mi madre, entonces, comentó algo que me liberó de aquella relación tóxica por unos cuantos años: “El mundo solo se acaba para el que se muere”, dijo.

Los pensamientos regresaron en la preparatoria pero ahora acompañados de sueños. En estos me encontraba en un gran muelle de madera que conducía a un pabellón en medio del océano. Una especie de imagen idílica, supongo. Yo caminaba por el muelle hasta que me detenía en el barandal del pabellón, para mirar al agua infinita; en aquel momento observaba la bola de fuego que se acercaba hacia el agua, una imagen que era incapaz de abarcar por completo con mis ojos oníricos pero que me hacía lucir pequeño, insignificante, descartable. El golpe de la bola de fuego contra el agua no era el final. Le seguía una gran ola que se acercaba al pabellón; y aunque yo quería escapar, la ola me alcanzaba y me hacía dar vueltas y no sentir el suelo, y perder las ideas entre el agua que entraba en mis pulmones y me despertaba.

Para entonces, ya me había consumido casi todo Stephen King. En especial, los libros de La torre oscura. En el primero, El pistolero, un niño muere en nuestro mundo y acaba en un mundo medieval donde hay pistoleros en lugar de caballeros; espera en una estación de paso hasta que el protagonista, Roland Deschain, lo topa y caminan juntos por el desierto. Eventualmente, el protagonista tiene que elegir entre salvarlo o conocer más secretos de una misteriosa torre oscura. El niño, Jake Chambers, le dice: “Ve. Al cabo hay otros mundos aparte de este”, y se deja caer en la oscuridad. Otros mundos para huir. Otros mundos que no serían destruidos por el cataclismo.

En aquella época no hacía más que releer los libros de La Torre Oscura y escuchar el disco Casa del proyecto de Natalia Lafourcade, Natalia y la Forquetina: el que fuera el primer disco que escucharía completo y con un fervor casi religioso en mi vida. Supongo que mi condición de hijo único hacía que me encerrara en mí mismo. Y que llegara la crisis. En algún punto no pude controlar mis sueños y mis paranoias sobre el fin del mundo: volví a soñar que la ciudad era arrasada por el fuego y que caminaba por fragmentos de ellos en llamas. Necesitaba un escape. Entonces, como en la saga de La Torre Oscura están cambiando constantemente de dimensión, creí que podría hacer eso.

Un amigo escritor llamado Santiago Iñiguez, uno de los primeros amigos que tuve que escribían, me habló una enorme mansión abandonada –en el tercer libro de la Torre hay una– que él había visitado y en la que decía que había túneles ocultos. Túneles a otros mundos, deduje yo en mi locura. El lugar en cuestión era la casa del narcotraficante Baltazar Diaz, una construcción realizada a la orilla de un parque hundido, en una de las colonias más lujosas de mi ciudad. Había visitado ese parque en una ocasión: muchas casas tenían salidas o patios abiertos al parque. Hasta había caminos. Corrían leyendas sobre la casa: que ahí se reunían cultos de Santería, que la hija de Baltazar caminaba enloquecida por la casa, que había fantasmas que te empujaban hacia el vacío. Así que a inicios de 2006, cuando la promesa del Apocalipsis del 6 de junio, el del 666, estaba lanzada en todos lados, armé una mochila con comida, un discman, unos libros de La Torre Oscura, y me fui a la escuela con la idea de que nunca iba a regresar.

Estuve alegre toda la mañana pensado que no volvería a ver a mis compañeros. Nadie descubrió que no llevaba mis libros escolares. Pero no soportaba la ansiedad: quería irme ya. Así que, como pude, me escapé antes y me dirigí caminando hacía la casa. Sentía, o deliraba, que esta me llamaba. Así como al chico, Jake Chambers, en el tercer tomo de La Torre Oscura no sabe si murió o si vivió tras decir aquellas palabras, pero recuerda su viaje con el pistolero; ahora que está en otro mundo y siente que hay una casa que lo llama para cruzar una puerta y escapar del colegio, de los compañeros con los que no congenia, de su familia. Así que averigua de una casa embrujada que podría ser el punto por el cual regresar. Y así yo pensé que la casa del narcotraficante podía ser mi puerta de escape.

Caminé alrededor del parque buscando la entrada. Al llegar y ver que desde la calle solo asemeja un piso derruido, recordé todas las cosas que Santiago, mientras estábamos sentados en las escaleras de la Catedral, me contaba sobre el lugar: “Los túneles son inmensos, Ceyca, y seguro en la casa hay magia”. No me decidía a entrarme. Como Don Quijote, saqué uno de los libros de La Torre Oscura para convencerme de que estaba ingresando a un universo más grande que el mío. Uno donde podía haber salvación para la humanidad. Donde no temiera el cataclismo. Así que me senté a la sombra mirando la escalera grafiteada que bajaba hacia el interior de la casa. Y en eso llegaron unos chicos de otra preparatoria, quienes también se pintearon las clases para recorrer la casa embrujada: después descubriría que todos los estudiantes de preparatoria de Culiacán de mi edad, se adentraron en la casa bajo la promesa del embrujamiento. Eran dos parejas con uniformes verde con gris; mientras iba yo solo con una playera roja. Les dije que estaba ahí pero que me daba miedo entrar. Así que entré con ellos.

En cuanto se ingresaba al interior de la casa de Baltazar, tras bajar unas escaleras, a mano derecha había dos habitaciones sin muro divisorio que culminaban en un tobogán. Si mirabas desde ese punto, encontrabas al fondo una alberca vacía y llena de hojas moribundas, rodeada de maleza salvaje, y el muro de rejas que separaba del parque; me pregunté por dónde debía entrarse a los túneles que, según Santiago, había debajo de la casa. Recorrí el lugar con los otros chicos: podías bajar a un tercer piso donde había habitaciones llenas de graffiti, jeringas en el suelo, restos de porros masticados, y más de una puerta clausurada por bloqs grises. Quizá esas eran las entradas, me dije, y ya no había forma de pasar a otro lugar. Llegamos a un punto donde debió haber un baño y en el lugar de la tina había un agujero. Uno de los chicos se adentró en él, pero ambas salidas estaban tapadas. Del baño se podía llegar a una plataforma que, seguro, en su momento tuvo plantas para proteger que la gente se tirara al vacío. Ahora solo era concreto desnudo. Invitando a saltar al vacío. “Sientes que una mano te empuja mientras ves los árboles”, me dijo Santiago. Me coloqué en la orilla y miré el parque y las otras casas; cada vez más seguro de que aquel lugar no me iba a ayudar a escapar de este mundo. Pero no sentí ningún empujón.

Ahora que he leído a Mariana Enriquez, me hubiera gustado desaparecer detrás de alguna puerta y que los chicos jamás volvieran a encontrarme. Pero no quedaba ninguna puerta las habitaciones. Bajamos hacia el último piso: el de la alberca. Miré el tobogán color cielo hacia arriba y me adentré en él, para pisar las hojas secas. Los chicos propusieron salir por el parque, mejor, y levantamos la malla metálica para brincar: ahí descubrimos dos cosas. La primera fue un agujero debajo del muro, que rodeaba a la alberca. ¡Eran mis túneles! Pensé. Mi salida. Así que fui el primero en ingresar y con la pantalla de mi teléfono alumbré las sombras; pero ambos caminos, tanto a diestra y siniestra de la base de la alberca, llevaban a puntos cerrados con piedras. Puntos que seguro eran la misma subida del cerro. Así que salí decepcionado. En cuanto bajamos al parque vimos otra cosa: un peluche de Mickey mouse colgado, del cuello, de uno de los árboles, y en ese momento decidimos correr.

Cuando llegué a casa mi madre me preguntó dónde me había ensuciado tanto. No le dije una sola palabra.

Aquel día corrí sin llegar ningún lado. No había escapatoria, me dije. Tenía que esperar la fecha. Y una noche como buen niño instruido en la religión, me hinqué y le pedí paro al Padre Celestial: que no ocurra nada, aún hay muchas cosas qué vivir, aún no sé qué haré con mi vida. Toma lo que quieras. Como no obtuve respuesta, luego lancé el mismo rezo pero hacia abajo.

Mientras se acercó la fecha seguía escuchando el disco de Casa y leyendo La Torre Oscura sin descanso. Finalmente llegó una señal. En forma de una noticia de periódico: Natalia Lafourcade se separaba de su banda, La Forquetina, y no habría más discos. La que en ese momento consideraba mi banda favorita había dejado de existir. Tuve que dar algo, me dije, pero mis plegarias fueron escuchadas.

La siguiente y final amenaza fue el 2012. Pero para ese momento ya estaba vacunado: no volvería a ser presa de mis paranoias. No dejaría que los sueños sobre los asteroides cayendo en pleno océano me detuvieran. Salían muchos documentales científicos desmintiendo las mentiras del Apocalipsis a finales de año, y muchos noticieros pedían que no cundiera el pánico; los veía sin miedo. Estaba más entretenido en la Universidad y en encontrarme con Santiago y otros amigos en las escaleras de la Catedral, donde compartíamos cigarros y alcohol barato, donde éramos los relegados. Para nosotros era mejor esperar el estreno de The Dark Knight Rises. O de The Avengers.

La otra cosa que no estuvo en nuestros planes y que nadie esperaba, es que el mismo día que murió Chavela Vergas, Santiago se metiera borracho a un riachuelo. Y que nunca saliera de él.

Aquella misma mañana le hablé para darle la noticia: “No puede ser, Ceyca. Hay que tomar. Hay que ahogarnos. Por Chavela”. No pensé que fuera a ser tan literal la situación. Que a la mañana siguiente estuviéramos todos en la funeraria, despidiéndolo; recordé las palabras de mi madre sobre que el mundo solo se acaba para el que se muere. Sin embargo, los resquicios de su muerte invadieron el espacio que el Apocalipsis dejó en mí. Durante meses no puse un pie en la plazuela central, ni vi a los amigos con los que compartí su pérdida en una funeraria de losetas blancas y pulcras.

Hasta que el 21 de diciembre unos amigos me invitaron a un bar, el Mr. Rock, a celebrar el fin del mundo. El día que, decían en Internet, se iba a acabar el calendario azteca. Para ese momento ya no me importaba si el mundo explotaba. Si todas aquellas cosas que veía en las noticias –sin saber que luego me dedicaría a ellas– iban a terminarse de una vez por todas. Si iba a haber un punto y final a la existencia humana. Así que los acompañé.

El Mr. Rock era un bar con dos partes: adentro mesas en el aire acondicionado, y unas cuantas mesas afuera, para los fumadores. Al lado de un inmenso expendio de cerveza Tecate, en el que había un espectacular de una mano sosteniendo una charola de cervezas, del cual una vez un hombre quiso matarse. Nos sentamos afuera y empezamos a pedir tarros baratos. Platicábamos de la Universidad y de nuestras vidas. Y en algún momento alguno pidió un brindis por el Apocalipsis. Todos levantamos los tarros y los chocamos. Es posible que sea verdad esto que dicen en Internet de que el mundo se está yendo al mierda tan rápido porque en realidad todo terminó ese diciembre; para mí el punto de inflexión sería ese momento en que chocamos los tarros y el de un amigo explotó en cientos de pedazos, derramando cerveza por toda la mesa. En ese momento quizá se acabó el mundo. O quizá no. Quizá solo son excusas que nos permiten continuar avanzando mientras enfrentamos ‘sufrimos los golpes y dardos de la indignante fortuna’.

Buscando nuevos trabajos y nuevos caminos y nuevos amores. Nuevas maneras de ver la vida. Y de sobrevivir a catástrofes mundiales que parecen nunca acabarse. A lo mejor esa noche sí se acabó el mundo e inició, de inmediato, otro como en 31 minutos. A lo mejor aquella noche se inició algún evento cósmico que sigue hasta nuestros días. En realidad, no me importa saber la verdad. Hay una cosa que sí sé que cambió ese año: se fue, por completo, el miedo al Apocalipsis. Era hora de irse de ahí, al cabo hay otros miedos aparte de ese.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias
Encuentro entre Argentina y México por el grupo C de la Copa Mundial de Fútbol de 2022. Fotografía de Hossein Zohrevand. Recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY 4.0).
Encuentro entre Argentina y México por el grupo C de la Copa Mundial de Fútbol de 2022. Fotografía de Hossein Zohrevand. Recuperada de Wikimedia Commons. (CC BY 4.0).

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Advertencia: este texto contiene spoilers.

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Me han insultado de mil maneras. Me han dicho marrana, cuche, hombre oso-cerdo, cambujo. Pero nunca me habían dicho fifas. Para un amplio sector de usuarios de redes sociales en la actualidad ver futbol es equiparable a cometer un delito.

1a

Los deadline y el Mundial son una pésima combinación. Dicen que la vida es eso que te pasa entre mundiales. Pero la verdad es que el Mundial es como un simulacro de guerra nuclear. Antes de, te tienes que aprovisionar. Y lo más importante: asegúrate de no tener detrás de ti a un editor antes, durante y después del Mundial. Así como hay personas que dicen que necesitan vacaciones para reponerse de sus vacaciones, para que la mente se despeje del futbol tienen que pasar semanas. El cerebro queda hecho papilla. Escribir una oración es más difícil que rehabilitarse de un stroke. Quizá este año el proceso de desintoxicación sea más rápido debido a la inminente navidad.

En tiempos de Mundial nunca se debe prometer nada. Yo me comprometí a entregar un texto para una antología sobre la Selección Mexicana y sufrí más que la banda a la que le clonaron su boleto para Bad Bunny. El libro debía quedar listo para el 20 de noviembre. Cuando me enteré de las otras plumas que habían sido convocadas me entró la solemnidad. Villoro, Fadanelli, La Paleta Payaso. Me propuse escribir un sesudo texto sobre el balompié nacional. Empecé el texto mil veces. Y cuando por fin pude esbozar algo legible decidí desecharlo. Obvio era horrible. Me dejaron fuera del libro. Un día recibí un mensaje de Alonso Pérez Gay para decirme que el libro se iba a imprenta en unas horas. Que me daba dos para entregar el texto. Me senté frente a la compu e hice lo que mejor sé hacer: ponerme antisolemne. Y el texto quedó bastante divertido. En ocasiones es necesario tener la presión encima para sacar mejor la chamba. Pero no siempre resulta. Así que mi recomendación es que no me imiten.

By the way, la antología se llama De futbol somos.

2

Mientras transcurre el Mundial me topo con la siguiente noticia: Morrisey se encuentra grabando un nuevo álbum. Si antes tenía un San Antonhy de cabeza para que ganara la Selección ante Polonia, ahora tengo dos. El segundo es para que ese disco jamás salga.

3

Es importante la soltería durante un Mundial. No importa que uno no se separe jamás de la televisión, usted puede estar cometiendo infidelidad de pensamiento. Tengo un amigo, cuyo nombre omitiré para que la raza no se burle más de él, al que su mujer lo dejó porque le descubrió en su celular fotos de la croata Ivana Knoll. Cómo explicarle a la mujer de mi cuate que no tiene ninguna oportunidad. Ni con ella. Ni con ninguna Ana Maria Marković.

4

Sólo los muy optimistas, es decir los más pamboleros, tenían fe en este mundial. El resto no teníamos expectativas altas. En parte por la leídota de cartilla del país anfitrión para los turistas. Si miras feo, hay tabla. Si caminas de lao, no importa que seas negra y tengas tumbao, hay tabla. Y en parte por lo anticlimática que resultaba la sede. Es como si mañana hacen un torneo de joqui en Gómez Palacio. No mamar. Contra todo pronóstico este Mundial ha resultado más emocionante de lo que esperábamos. Fuera de sentimentalismos chips, ser testigos de futbol de calidad es uno de las cosas más chingonas que puedes disfrutar con tus amigos. Es como ir al teibol. Pero acá las únicas piernas que hay son de bato.

5

¿De qué hablamos cuando hablamos de futbol?

Hablamos de la cancha, del balón, de ganar o perder. De acción, de pasión, de valentía. De corrupción, ambición, talento, maldad, amigos, tacos, cerveza, camaradería, llantos, risas, gritos, traición, lealtad, amor, a una camiseta, a unos colores, a unos tachos. Resistir, pelear, darlo todo. Y hablamos sobre todo de nosotros mismos. Y quiénes somos. La afición. Porque la afición nunca descansa. El futbolista se retira. Pero el aficionado no. Pasa toda su vida rumiando, sufriendo, durmiendo, soñando y muriendo con el futbol.

6

Mi recuerdo más intenso de México en Qatar es el del aficionado mexicano que llegó al aeropuerto con su bocinota con luces en la espalda. En unos años estaremos consultando la internet para checar todos los datos que ahora preservamos frescos pero que en un tiempo se irán al basurero de la memoria. Pero el cabrón ese va a salir a colación en una que otra peda de aquí hasta el próximo Mundial.

Si no ganamos el Mundial es porque no queremos, chingau.

7

La ilusión es tan poderosa como la droga. Tanto se criticó a Paco Memo. Fueron meses de echarle tierra. De tirarle con caca. Parecía que no existía otro tema en la agenda mediática. Ni en la de los maquiladores de memes. Pero cuando paró el riflazo que le habría dado el triunfo a Polonia todos volvimos a creer. En él. En la virgen. En el peso. Y hasta en doña Queta. Nos salvó del gombrowiczazo.

8

Todos coincidimos en que este Mundial parece haber sido escrito por un guionista de Rick and Morty. Equipos chicos empinándose a las potencias. Y uno así de, achinga, y qué sigue. Que Atlético San Pancho se chingue al Dortmund. Tempranísimo se fueron Alemania y Uruguay. Despuesito España y Bélgica. Por los triunfos de Korea y Japón parecía que este sería el mundial del K-pop. Al final no lo fue. Pero no descartemos que en cuatro años el espectáculo principal de la inauguración del Mundial sea un concierto de BTS.

9

Antes el mundo tenía un Bono. Y era malo. Muy malo. Ahora tiene otro Bono. Y es bueno. Muy bueno. La revelación de este Mundial ha sido el arquero de Marruecos. Un equipo que se coló a semifinales a base de catenacho y corazón. Y con un portero que de inmediato se ganó la admiración de todos. Le ruego a Dios que siga protegiendo las redes y no se le ocurra meterse a politiquear, a reunirse con los líderes e ir a besarle la mano al Papa como su tocayo.

10

Ser Brasil ya no es garantía de nada. Antes los equipos rivales le jugaban con mucho respeto. Sobre todo los pequeños. Pero hay una diferencia entre este Brasil y los Brasil de generaciones anteriores: antes sus equipos estaban llenos de jugadores carismáticos. Aquellos que te enamoraban con su personalidad y no sólo con el jogo bonito. Quién no se encariñó con Ronaldo, Bebeto, Roberto Carlos. En cambio ahora todos los jugadores son antipáticos. Y ya sabemos lo que produce el aborrecimiento: es una pólvora ejemplar. Muchos equipos jugaron no a ganar el Mundial, si no a echar al payaso de Neymar. Y lo consiguieron. Felicidades y muchas gracias, amigos.

11

El futbol es adictivo como el crico. No importa cuánto te prometas a ti mismo que no verás tal o cual partido, los ves todos. Aunque algunos sean tan atractivos como un capítulo de Bety la fea.

12

Cuando aparecieron los horarios de los partidos respiré aliviado. Me quedaré en casa a ver los partidos y no agarraré la peda desde tempra, pensé. Pero resultó peor. Mi ingesta de hot cakes subió al 2000 por ciento. Ah, pero nada como chingarte el partido de las cuatro de la madrugada en el Denny’s 24 horas con un pinche grand slam y varios tarrotes de chela de barril.

13

Vivir el Mundial es vivir en el presente. Sí. Y no. Porque uno siempre tiene un pie en el pasado. Siempre lo asaltan a uno recuerdos de mundiales pasados. Pero también uno tiene siempre un pie en el futuro. Hace unos pocos meses anunciaron las sedes del próximo mundial y nuestro país tendrá partidos en CDMX, Monterrey y Guadalajara. Vivir la gesta como anfitrión será como una Feria de San Marcos multiplicada por mil y con partidos. Pero lo que más nervio me da es que ya advirtieron que la final de campeonato será en Dallas. Y ahí tengo casa y comida. Pero se imaginan cuánto va a costar el boleto. Desde ahora comenzaré a ahorrar. Sé que no conseguiré una entrada, a menos que venda un riñón, pero por si las dudas ya estoy juntando unos dólares. Llevo un billete 20 y un frasco con un chingo de morralla.

14

Llegó el día. El partido que definiría nuestro destino. México vs Argentina. Y de botana no elegimos ni un pico de gallo ni un choripán. Nos pedimos un cochinillo. Y se nos atragantó. Hay de derrotas a derrotas. Y esta dolió como hernia de disco. Se acuerdan que les dije que no es recomendable ponerse solemne. Pues lo comprobé en carne propia. Tras la derrota publiqué un texto dolorosísimo. Y me arrepiento. No escribir de una derrota de la Selección es el nuevo “si tuitea no maneje”.

14a

Tata Martino: ta ta ta ta ta.

15

Los habitantes de la Condesa se quejaron de que durante este Mundial se desató cabrón un profundo antiargentinismo en todo México. La verdad es que si pelamos tanto con los argentinos es porque somos tan violentos como ellos. Y si no me creen, vean las pelas entre las barras de aficionados en el fut mexicano. Y los ches son igual de bravucones. Para muestra la foto que los captura burlándose de los Países Bajos al eliminarlos y los elegantes festejos falocéntricos del portero Dibu. Son tan antideportivos como estupendos jugadores.

16

Toda mi vida he sido gordista. Y no quiero que Argentina sea campeón porque van a empezar a ladrar que Messi es mejor que Diego. Y no, no lo es. Y esta pelea va a existir hasta el día que deje de existir el fut. Y sabemos que eso no va a pasar. Si en el futuro desaparecemos como especie, los robots seguirán disputando partidos.

17

El gran villano de este Mundial es la tecnología. Entre el var y el chip del balón rompieron más corazones que la Lotería Nacional. Es la venganza de todos los estudiantes de ingeniería en sistemas a los que les hicimos bulin en la primaria.

18

La postal más fría de este Mundial nos la legó El Bicho. Esas imágenes donde se marcha a los vestidores llorando solo es una muestra de lo maquinal que es el futbol contemporáneo. El que por muchos es considerado el mejor jugador de esta era no lamentó la derrota junto a sus compañeros de equipo.   

Cristiano es tu compa súper exitosos al que nunca invitarías a tu carnita asada.

19

Pon corazón si quieres que Argentina sea campeón, retuit si Francia.

19a

Y para ponerle más emoción al asunto, que internan a Pelé en un hospital de Sao Paolo. Pero está estable. Se imagina que una de las grandes leyendas de la historia del fut hubiese muerto durante un Mundial. Habría sido poético. Qué mejor final para una leyenda que irse durante la máxima fiesta del balompié.

20

El triunfo de México sobre Arabia Saudita, a pesar de que una combinación de resultados nos hubiera metido a la siguiente fase, no nos cura para nada en salud. Es como cuando estás en la primaria y el grandote de la clase te la arma de a pedo y te haces chiquito, pero en primaria vas y les quitas los dulces a los de primer año.

21

El problema ontológico más grueso del mexicano es el quinto partido. Pues nos libramos de él. Somos tan chingones que para evitarnos el suplicio nos librábamos cerrando la posibilidad de un cuarto. Nos fuimos temprano, goodbye to romance.

21a

Qué mira, bobo. Le digo al Apa cuando me dice que se acabaron los burros de chicharrón prensado en salsa verde y se me sale una lagrimita.   

21b

Que Argentina haya sido campeón con Messi demuestra que los finales felices existen fuera de las películas.

22

Se acuerdan, como Joe Brainard, que les dije que el Mundial siempre arruina los dead line, pues seguro los chavos de Tierra Adentro me la han estado mentando. Pero este texto ya quedó. Le doy send y le ruego a la iglesia maradoniana que llegue a tiempo y me lo quieran publicar.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Portada de "Pálido fuego" (1962), Vladimir Nabokov. Editorial Anagrama.
Portada de “Pálido fuego” (1962), Vladimir Nabokov. Editorial Anagrama.

Yo miento, casi nunca digo exactamente lo que veo y siento, pero lo hago por miedo a herir a los demás, si los hiero ya no me querrán. Se trata, en suma, de desviaciones piadosas.

Alejandra Pizarnik

Todos conocemos a alguien que no puede contar una historia sin irse por las ramas. Te quiere hablar de A pero salta a Z, pasa por M y termina en W. Hay en estas personas algo de adorable y también de excesivo. Por lo general sus oyentes asentimos con ternura, impaciencia, o resignación (y tal vez todas juntas) según sea el caso. Muchas veces todo empieza con el deseo de aclarar, de registrar un detalle; en ese caso los deslenguados tratan de explicar algo que a su juicio no fue contundente. Otras veces es una simple referencia o acotación que deriva en circunloquio; parten de un ejemplo que da lugar a otro inciso, y luego a otro, y a otro más como las olas altas que están hechas de muchas otras bajas, y así sigue ad infinitum hasta abrir un vertiginoso abismo que nos marea, nos desconcierta o nos deja llenos de dudas.

En todo caso, cuando los deslenguados empiezan un monólogo hay siempre una vacilación, un titubeo, un espacio de indeterminación que tratan de colmar con palabras. E incluso se siente a veces un goce injustificado y genuino por el puro acto de hablar, por la perorata, por el delirio de hilar una nueva urdimbre. ¿Será la voluntad de conectar con el oyente de otra manera o sólo un innato amor al blablablá? Creo que nunca lo sabremos con certeza, pues en el fondo de nosotros, sus escuchas, hay también un pequeño germen de ello, una necesidad del contacto que nos mueve a hacernos sus cómplices. Sin mencionar, claro, la posibilidad de que nosotros seamos esa o ese deslenguado según la ocasión.

La literatura acata reglas similares a una buena charla de café o un chismerío suculento. Se permiten los desvíos siempre y cuando remitan al tema en cuestión. Cambia el tono y la estructura, como ocurre en los paratextos, esas voces que acompañan al texto como un “manual de instrucciones”, o acaso como las fichas de datos a un insectario: prólogo, pie de página, epígrafe, título y un largo, larguísimo etcétera. Sin embargo, si volvemos a pensar en los diálogos de nuestro día a día, sus bifurcaciones se parecen más a la glosa. El origen de esta palabra, que significa explicación o comentario de un texto, es más diciente que su acepción.

En la antigüedad las glosas no solo eran notas aclarativas al margen de los códices de ciertas lenguas sino también de los libros de contabilidad. Esa exigencia económica y acumulativa reside en la esencia misma del arte del relato. No por nada las historias y los inventarios confluyen en un verbo: contar. Uno cuenta un cuento como quien cuenta las frutas en su cesto del mercado o los bienes de su patrimonio familiar. De hecho, es más obvio de lo que parece, en el fondo narrar y administrar se trata de rendir cuentas.

Sin embargo, en el acto de glosar hay una voluntad opuesta a la de explicar; la de inaugurar un nuevo espacio en blanco, la de ensanchar el campo de comunicación y explorar otros universos. En esa voluntad, que es la misma voluntad de irse por las ramas o cambiar de tema en una conversación, se afinca cierto arte que es el de la digresión, y que en Pálido Fuego, penúltima obra publicada de Vladimir Nabokov, es el motor formal de una obra genial y delirante que oscila entre la poesía, la novela y el comentario.

***

En los últimos años pulula un tabú a voces entre escritorxs (o al menos, entre quienes he leído o escuchado): hoy se puede escribir sobre cualquier cosa menos una, la vida de los escritores y los círculos literarios. ¿Por qué? ¿simplemente porque es un tema aburrido? ¿será pereza o miedo a confrontar, a competir, a renovar esos libros que lo han “agotado” como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño? En su novela Nabokov ingresa parcialmente a este terreno, si bien su ejercicio es más ambicioso y se concentra en los sucesos e historias que envuelven a la creación de un libro, en eso que se anuncia con espanto como metaliteratura.

Para empezar habría que decir que Fuego Pálido es una obra radicalmente distinta de Lolita o La Defensa —cuidado, lectorxs que se acercan esperando al mismo narrador, la voz está tan alejada del Nabokov más famoso que bien podrían pensar que lo escribió un autor desconocido. Si pudiera resumirse, quizás la trama se “contaría” así: el profesor Charles Kinbote edita Pálido Fuego, un poema de 999 versos del recién fallecido escritor estadounidense John Shade y del cual no se encuentra el último verso. El libro empieza en el prólogo del poema, sigue con sus cuatro cantos y luego con su comentario, que es realmente el eje central del libro y en donde, extrañamente, el profesor Kinbote explica muy poco del poema y más bien aprovecha para hablar de sus preocupaciones, de su amistad con el autor y de unos dudosos sucesos históricos que envuelven la política de Zemblania, un reino ficticio ubicado en Europa Septentrional e inventado por Nabokov.

Así pues, Pálido Fuego deriva en las idas y vueltas de dos autores (Shade es el “autor” de un poema y Kinbote es el “autor” de las glosas y el aparato crítico) pero en realidad el autor es Nabokov. Su novela realiza un juego de identidades digno de las mascaradas de Fernando Pessoa, quien escribía, entre otros, bajo los heterónimos de Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, y mantenía a la crítica portuguesa confundida sobre la identidad de estos desconocidos escritores. Lo fascinante es que, en el fondo, esta maraña de ficción sobre ficción nos revela muchísimo sobre el propio Nabokov, sobre lo problemático que puede ser el asunto de la autoría y de la identidad humana. Ya lo anuncia el epígrafe de Alejandra Pizarnik al inicio de este texto y lo refuerzan unas célebres palabras de Oscar Wilde: “Dénle a cualquier persona una máscara y les dirá la verdad” —sin olvidar que, etimológicamente, como lo recuerda la emblemática película de Ingmar Berman, la palabra persona viene de máscara.

***

Dicen los rumores que Pálido Fuego era, entre sus obras, la favorita de Nabokov. Y aparte de la reflexión identitaria, es importante decir que de cierta manera se trata de una novela de intriga, pues los lectores deben fungir como detectives para entender el complejo entramado. Es más, ni siquiera de esa forma podrán estar del todo seguros, pues la locura del narrador conforme pasa la lectura se asoma como una posibilidad cada vez más latente. Ya desde el inicio de los comentarios sus severas afirmaciones dejarían atónitos (o harían reír, en el mejor de los casos) a cualquier académico: “permítaseme agregar que sin mis notas, el texto de Shade simplemente no tiene realidad humana alguna (…) para bien o para mal, es el comentador el que tiene la última palabra”.

Harold Bloom, ese afable patriarca y erudito de la literatura, la inscribió en su canon occidental como un Tour de force, expresión francesa que significa proeza, hazaña, muestra de genio y también de virilidad (cercana de la expresión “tour de bras”, y evidentemente masculina, como lo es este tipo de literatura). Y su lectura confirma esa doble tentativa. Por ejemplo, la frenética y delirante narración del profesor Kinbote acerca del cautiverio del Rey Charles Xavier, monarca del reino de Zembla, y sus ulteriores penurias. En uno de los pasajes, menciona no sin ironía la tentativa de escape que se está fraguando alrededor del rey: “Aunque la fuga se discutía diariamente, los planes de los conspiradores tenían más valor estético que práctico”.

Pálido Fuego es sin duda una obra que se relaciona con toda una tradición metaliteraria, que desde su propia ficción interroga al arte de escribir sobre las posibilidades que tiene. Por su metatextualidad, su tono, y el carácter autorreferencial de su mundo inventado, la obra dialoga claramente con la novela Finnegans Wake, de James Joyce (que se menciona un par de veces en boca del narrador principal). Por sus temas y motivos (el comentario de un ambiguo poema de difícil comprensión, el misterioso poeta y su pacto fáustico) entabla un curioso diálogo con cuentos como Enoch Soames de Max Beerbohm, y clásicos de la estirpe de Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges que se preguntan lo que ocurre cuando los límites de lo literario se empujan y se extrapola su campo enunciativo.

Probablemente las circunstancias contadas hacen de este uno de esos libros a los cuales no es fácil entrar pero es aún más difícil salir. “Solo lo difícil es estimulante”, cejaba oportunamente José Lezama Lima cuando se le preguntaba por las exigencias que su obra presentaba al lectorado.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Portada "El árbol de la sombra fría" de Hiram de la Peña Celaya. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada “El árbol de la sombra fría” de Hiram de la Peña Celaya. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Las torres de la CFE adornan la carretera como atalayas desérticas que topan con la lejana serranía. Más allá de la última gasolinera, el letrero de bienvenida a la ciudad y el olor a estiércol, se encuentran los ejidos. Esos lugares cuyas noticias no llegan con frecuencia a los oídos de los citadinos desinteresados y apurados por construir su gloria personal.

El ocio, herramienta e insumo vital para el desarrollo de los chismes, inunda los predios de esta subregión de México. Las historias vuelan con el polvo que se levanta en los caminos de terracería; nadan todo tipo de maquinaciones con las carpas chinas que habitan los canales de riego, y se comen los rostros de los encobijados que se asoman a la superficie durante los días perros de la canícula.

Ya todos saben que este norte es violento, pero lo que se dice por acá va más lejos que los relatos del narco. Doña Eva le ha contado a medio ejido que ella ha visto de todo: a los chinos perseguidos, a los trajeados chilangos funcionaros de Cárdenas que vinieron a sudar la gota gorda en el mero mero calorón termonuclear, a los contrabandistas de cheve y a los narcos, los dos tipos, dice doña Eva: a los señores bigotones con trajes de gala norteños de antes y a los gordos con pantalón Levis pegadito, tenis Lacoste y cinto Ferragamo de ahora.

Ese haber visto todo incluye la peculiar historia de “El árbol de la sombra fría”, misma que tiene hartas versiones, pero cuya trama principal es algo así: era el verano de 1997 cuando doña Eva, o eso dice la vieja, avistó lo que pensó que era un meteorito o un cohete. Como la Eva es de las que no se aguantan, se acercó a ver el cráter y, para su sorpresa, se encontró con un gigante de fierro que lloraba a moco tendido.

Ah chingado, ah chingado, ah chingado, le dijeron todos sus amigos, porque no tenía ningún sentido que un robot grandote aterrizara nomás pa chillar en la mera colonia Progreso. Que si qué le pasaba, que si resultaba que ya se iba a hacer al modo de la Soraya, la que decía que el espíritu del cura Hidalgo bajaba a su cuartito de santera los 16 de septiembre a hacer milagros. Si el espíritu del prócer de la patria tuviera que aparecerse por algún lado, lo haría por allá por Dolores, decía la raza.

Pasaron los años y a doña Eva no la bajaron de loca, pero bien que todos se sabían alguna versión de la historia del famoso árbol de la sombra fría. ¿Y en dónde estaba el árbol y por qué la sombra era fría? Y que luego, pues qué pasó con el robot gigante, el gólem ese que había descrito.

Pues ahí, al final de los noventa y ya después del año 2000, la señora le fue componiendo. Se la cotorreaba la raza, otros dijeron que fue recordando, por ahí el hijo de alguien que logró irse a la ciudad a estudiar psicología dijo que era posible que uno olvidara cosas de un suceso traumático y que le fueran llegando después. Pero la gente decía que, primero que nada, qué eran esas mamadas de irse a estudiar psicología y no derecho o medicina, con tanto malandro y enfermo en el ejido el muchacho tenía que estar de a tiro bien pendejo. Segundo, ¿pues si cuál trauma? La doña Eva se chingó dos caguamones diarios de Tecate roja y una cajetilla de Raleighs hasta que la tronó a sus 115 años. Habría sido raro que la doña no se hubiera puesto a contar historias de robots y naves espaciales a esas alturas. El caso es que, bien que mal, todas las personas del ejido le sabían a esta o aquella versión del árbol de la sombra fría.

Luego luego, alguien muy vivo se lanzó al diario de la ciudad a vender la historia, que para que hubiera un atractivo turístico y pudieran cobrar el estacionamiento, la entrada, la ida al baño y la foto. Pero regresaron al pobre bien estrilado, los mismos reporteros le dijeron que no los hiciera perder el tiempo. La verdad es que, sí, la historia la conoce la gente del ejido, ¿pero por qué tendría que importarle a alguien de afuera?

Así llego un día el tal Bony, Jeremías de nacimiento, Jeremy cuando se fue de mojado y el Bony cuando regresó, apodo que tenía nomás por pinche flaco. Ese sí se regresó con unos dólares y a bordo de un Impala 70. Andaba preguntando por doña Eva y se agüitó cuando le dijeron que ya no vivía la mujer. Ese cabrón dijo que se le iba a extrañar machín a la doña y que no se le olvidaba la historia que le contó de morrito de un robot que se había transformado en árbol gracias a un milagro.

Ah cabrón, ah cabrón, ah cabrón, pues cuenta, pinche Bony, que acá nunca se supo qué pinche brujería había visto la Eva pa decir que un robot se había transformado en un pino salado, tan feo que es ese pinche árbol cochino que nomás hace basura. Pues así mero, dijo el Bony, la doña me contó que vio salir de una nave al robot, que le tronaban las tripas y que miró los destellos como aquellos que echan los transformadores cuando truenan, la nave se desvaneció y el pobre robot lloraba y lloraba, fue ahí que dijo la doña que lo vio rezando, al robot, sí, rezándole a su dios para que lo hiciera uno con este planeta porque traía algo perdido que, al llegar acá a la Progreso, se dio cuenta que ya no iba a encontrar nunca. Por eso tiene forma de un hombre arrodillado y con la cabeza inclinada el pinche pino salado ese, juraba el Bony, por esta que eso me dijo la doñita, homie, y en la mirada no se le notaba la intención de mentir.

Está bueno, decía la mitad de la raza; pinche Bony le hizo daño el sol del field y el spray de las body shops donde jaló allá en el gabacho, decía el resto.

A mucha gente le gustaba meter su cuchara con lo del árbol de la sombra fría. Pero eran muy pocos los que tenían credibilidad. Los tacos de harina de chicharrón prensado tan sabrosos que preparaba la Tanya Soledad Medina le daban suficiente aforo para contar su parte de la historia. Pinche Tanny grosera, vas a perder clientes porque tienes boca de alcantarilla, dejaras de ser de Guasave, cabrona, le advertía la gente, pero todo lo contrario, llegaban de otros ejidos para escucharla decir sus leperadas y comer sus tacos. Nombre, el pinche robot ese andaba valiendo verga por una damita, ¿cómo ven? Decía que allá ellos si no le creían, que fueran a comer verga a otro lado, pero ella de más morrita le había escuchado decir a doña Eva que el pinche robot gigante ese del árbol andaba todo verguiado porque cuando aterrizó su nave salió volando a la verga una pasajera que dizque tenía un vestido brilloso, como estrella, según, y que la pinche vieja de la Eva casi se queda ciega a la chingada; que quedó ahogada en el canal de ahí al ladito la pobre viajera espacial.

La Tanny dijo que su mamá le preguntó en confianza a doña Eva que si era humana la mujer esa, nomás para seguirle el pinche rollo, y no pues que no, dijo la vieja, alguna mezcla extraña de robot y humana, que no le alcanzó a ver bien por el brillo, lo que sí, lo que sí, lo que sí, era que el pinche gigante verga aquel la ha de haber querido un vergal, porque le lloraba a lo cabrón, arrodillado entre los restos de la nave, así como lloran los pinches hombres culos a los que ya les hizo efecto algún amarre.

Está raro ese pedo, dijeron todos, por ahí siempre se ha rumorado que se aparecen muertitos en los canales, pero nunca con vestido, y menos se había escuchado la pendejada de que brillaran las prendas de los que salían a flote.

Total que la gente empezó a decir que pues bueno, el gigante, o robot, o lo que fuera, andaba bien prendis de alguna morrita que no la alcanzó a armar como él en el aterrizaje. ¿Pero pues qué poderes tendría su dios ese que lo pudo convertir en árbol?

A mí me contó otra cosa, dijo el pinche mastodonte del Mateo, a ese cabrón le había ido rebien rentando maquinaria para el campo que se trajo de allá de Obregón, tenía su trocona Tacoma y se pudo ir a vivir a cualquier lado, pero a ese pinche Mateo le gustaba el rancho, andar pisteando a campo abierto y levantando tierra a lo puro pendejo en la 4X4. De repente le caía a doña Eva a echarse sus cigarritos y dice que agarró un curadón con la señora cuando lo mandó a chingar a toda su madre porque le dijo que no se fumara sus chingaderas de los Raleigh, y la doña le recordó a su jefa y de paso mencionó que a él qué chingados le importaba, cabrón bocón, ni que él se los comprara. Lo importante fue que, según el Mateo, la doña le dijo que la pinche lloradera del gigante no fue bien vista por su dios.

Dizque el dios del robot gigante no le hizo ningún milagrito, se lo chingó por llorón. Que parece ser que la religión del robotsón no admitía que uno expresara su agüite por los difuntos, eso era cosa de espíritus podridos, y condenaron al viajero a una eternidad convertido en árbol en la pinche colonia Progreso, condenado igual que todos nosotros, dijo la doña, mientras le daba fondo al segundo caguamón de aquel día.

¿No me estará viendo la cara de pendejo la doña?, se preguntó el Mateo, porque bien que la pinche vieja sabía que ese cabrón venía de Sonora, y aquello que le contó se le hacía muy parecido a los relatos de sus vecinos yaquis, esos pinches cabrones bravos creían que a un muerto no tenían por qué chillarle ni guardarle luto por más de tres días, a los que se van se les deseaba buen viaje con una fiesta encabronada. Mírame a mí, le dijo al Mateo la doña Eva, me voy a morir sola, sola, sola, no tengo ni a quien me entierre.

Igual y sí era puro cuento lo de la doña, pero ahí mero, y es palabra que iba a cumplir después, el pinche ranchero le prometió que el día que ella la tronara, él le iba a acomodar su lugarcito de descanso, algo tenía la doña que convencía y le apachurraba el corazón a uno.

Serás pendejo, Mateo, le empezó a cagar el palo la raza, y él decía que pues chingue a su madre, total, no le faltaba el dinero. Dicho y hecho, cuando doña Eva pasó al otro lado, Mateo le mandó a hacer su respectivo funeral y pachangón: sirvió tacos de rib eye el hijo de su puta madre, bubas para todos. Y quesadillas con queso ese del gringo que es pura pinche grasita sabrosa. El norteño se aventó cuatro horas de música y cuando ya estaban bien cansados los pobres cabrones que cae el pinche regidor local al panteón y paga la quinta hora al doble del precio, pues órale a la verga, se rifaron cinco horas.

Ya sin la música y con los gorrones satisfechos, nomás quedaron como diez personas. Lo que ni de pedo se acababa era la cheve de las hieleras, pues traían de mandadero al Oswaldo, un niño del ejido Heriberto Jara que no iba a la escuela; se dedicaba a hacerla de mensajero, cazar topos y aplastar botes de cerveza para venderlos en la recicladora del norte. Les cayó la noche y por cada vuelta que daba al Seven Eleven le tocaba una comisión nunca acordada, dependía de qué tan codo fuera el que pidiera el mandado.

El pinche corazón de pollo del Mateo le dijo que ya estaba bueno y que se chingara un taco y, es más, hasta un bote si se le pagaba su chingada gana, ya jalaste un chingo hoy, y te la rifaste, pinche Oswaldillo.

Los que quedaron se iban sorprendiendo con las versiones tan dispares del árbol de la sombra fría que doña Eva había contado en vida, había algo ahí que cuadraba, y muchas cosas que ni madres, pero lo que sí, ya era suficiente para preguntarse si la doña había sido sincera o no.

Entre toda la bola de borrachos apestosos al carbón del asador, que ya tenía prendido sus buenas ocho horas, Oswaldo habló desde su silla plegable. Masticaba pacientemente la jugosa carne del taco. A mí la doña me lo contó todo, sobria, además. Pinche chamaco verga, ¿cuándo te llevaste tú con la doña? Resulta ser que el Oswaldillo era su mandadero para las caguamas y los cigarros. Se los llevaba a las puras seis de la mañana porque decía la vieja que no se estaba en paz si no empezaba a fumar desde temprano, que ya a su edad le daban unos temblores y un dolor de cabeza que se le iba bajando con cada calada del primer cigarro del día.

El morrillo se soltó diciendo que él les iba a contar la historia bien y que lo primerito que tenía que aclarar era que ese robot gigante no tenía ninguna enamorada, la que se ahogó en el canal era una hermana gemela que adoraba con todas sus ganas. Espérate, ¿cómo la gemela era de tamaño normal y el robot un pinche gigante? Dijo que eso no lo sabía, tendrían que preguntarle a la mujer que acababan de enterrar.

Ira nomás, pinche Oswaldillo, quién te viera hablando así de la doña, cabrón huevón, pero pues, ¿y luego? El Oswaldo le dio un sorbo a su Tecate Light y dijo que algo en lo que todos habían acertado era en el dios; el gigante robótico pertenecía a una religión muy vieja que solo él y su hermana gemela eran capaces de entender, y cuando ella murió, el único ser en el universo que le quedó para comunicarse era su creador. No se rían, eso me dijo doña Eva y acuérdense que estamos comiendo aquí arribita de su tumba. Cabrón chamaco, el comentario cuadró a todos los adultos y les hizo poner atención a lo que estaba diciendo, era otra de las enmiendas a la historia de doña Eva. Ta bueno pues, ¿entonces se quedó solo en el mundo el pinche gigante? Así mero, triste quedó el pobre, pero doña Eva me dijo bien segura que a ella le constaba que el robot gigante sufría y que le pidió a su dios que le diera el poder de mediar entre todo lo vivo y lo muerto, entre lo que es y lo que ya no es; volver a contactar a su hermana por cualquier vía era lo único que le importaba.

Nombre, tas cabrón pinche Oswaldo, le dijo el Mateo, a ver, ¿cómo entendía doña Eva lo que estaba diciéndole a diosito el pinche robot? Pues muy fácil, la doña tenía el don de entenderlos. No, no, no ya sácate a la verga, pinche chamaco, puras mentiras, yo ya me voy a dormir, ahí se quedan, bola de vergas. Espérate, Tanny, ¿a poco no quieres saber qué mamadas termina de inventar este chamaco que ha de mirar puro Dragon Ball? Echa pues. La cara de Oswaldo era iluminada por los faros del Tacoma, la única fuente de luz en todo el panteón. Ya les digo, pues, que doña Eva entendía bien lo que estaba pasando: el todopoderoso le concedió el deseo, pero con eso de que todos los dioses, y no nomás el nuestro, trabajan de formas misteriosas, lo transformó en un árbol, yo también puse esa cara al principio, pero piénsenla bien, ¿qué era lo único que le podía dar el poder de conectarse con el agua del canal en donde había muerto su hermana? Doña Eva dijo que así dios le había dado un propósito al gigante, tenía la misión de dar una sombra placentera a los visitantes temporales de este lugar desértico en el que había chocado su nave.

La raza se reía, serás poeta, pinche chamaco, si ya ni a la secundaria entraste por vago, cabrón. Bueno, no me crean, les dijo, no los puedo obligar, pero para la señora Eva la sombra fría del pino salado era el verdadero milagro en estas tierras de calor extremo: no le niega la frescura a los pecadores que se sientan con sus hieleras a ponerse bien pedos, ni a las parejitas de la prepa federal que arman su tendido y se toquetean con los zanates como testigos, la sombra fría es en realidad cálida con los que visitan el canal en busca de una escapadita.

A ver, dame ese bote, cabrón, ni le sabes a la pisteada y ya estás hablando como pendejo, ya estuvo, sube la bici a la troca que te voy a ir a aventar a tu cantón.

Mateo condujo al ejido del niño y lo bajó una cuadra antes de llegar, no, estás loco chamaco, yo no voy a dar la cara por ti en tu cantona, mira cómo vas, tas cabrón, te lo reconozco, pero más bien hacemos esto, ahí te va este de a cinco dólares, cabrón, pero ni una palabra de en donde andabas, todavía tas muy chamaco para tomar. No, no, no qué muchas gracias, la Tanny tiene chamba para ti temprano, te aconsejo que te le pegues, vas a sacar más que vendiendo esos pinches botes.

Cuando Oswaldo entró a su casa nadie lo esperaba. Se fue a la cama totalmente convencido de que no estaba borracho como le habían dicho. No le daba vueltas la cabeza ni le dolía el estómago. Fue al sillón de la sala y sacó de abajo un dibujo en el que había trabajado cuando recién se enteró de la muerte de doña Eva. Faltaba un mes para el día de los muertos y su intención era ir a dejárselo en su tumba a la doña.

Para sorpresa de Oswaldo, con todo y lo reciente de su muerte, nadie llegó aquel dos de noviembre al panteón. Solo estaba él, un trapo y el dibujo. Limpió la losa austera que el Mateo había comprado y dejó su dibujo como ofrenda. Un robot gigante salía de un pino salado para nadar en el canal de al lado. Una figura humana, apenas de palo, parecía fumar en la esquina de la hoja, observaba la hazaña del robot.

Se le hizo costumbre ir al árbol de la sombra fría. Curiosamente, una maquiladora agarró un cráter detrás del árbol como vertedero: tarjetas madre de computadora quemadas, monitores viejos, todo tipo de cables inútiles y basura electrónica que hacían mucho más enigmático el sitio. La gente empezó a buscar al Oswaldillo para que les contara la historia; orgulloso, echaba mano de los nuevos recursos: el basural electrónico, parte de la nave, a doña Eva le hubiera encantado. Había días en que los niños más chicos de la colonia se le arrimaban y los llevaba bajo la sombra del árbol de la sombra fría. Les decía que el gigante los escuchaba y que le gustaba oír una y otra vez su gran historia. Hoy, decía Oswaldo, estamos bajo su sombra, pero mañana vamos pa la tierra, y de ahí pa sus raíces, luego a subir por sus ramas. Piénsenla bien, el robot es uno con dios, su hermana y nosotros. No dejen de contar esta historia, que se nos marchita el árbol de la sombra fría.


Autores
(Mexicali, 1993) es narrador y docente. Su trabajo aparece en la antología del Primer Certamen de Literatura para Niños "Escribiendo para el Futuro" (2018) y en "Vacunas contra la poesía: antología de relato corto" (2020). Ha colaborado en Cinosargo, Letralia, Bitácora de vuelos y Revista Plástico.
Portada del libro "Las visiones", de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.
Portada del libro “Las visiones”, de José Emilio Hernández. Fondo Editorial Tierra Adentro.

Iniciar el camino es solo el pretexto para alejarse de uno mismo. El que se va intenta reiniciar en otro lado; olvida que se puede quedar atrás un pueblo o la familia: se lleva a sí mismo. Esa es la premisa de cualquier Road Trip, término que siempre relacionamos con autos y carreteras, aunque no siempre es así. Esta obra de teatro es la prueba fehaciente que no siempre es así.

Ubicada en la época revolucionaria, un atribulado Ramón Llanes, en compañía de su Sancho, Atanasio Robles, deciden emprender una empresa similar a la que Ambrose Bierce tomó a su debido tiempo, buscar a Pancho Villa. Ramón deja a tras no solamente una vida común por seguir un sueño que ni si quiera se antoja como épico, sino que deja atrás a su mujer, el amor de su vida, Margarita Macías.

El escritor norteamericano fue al encuentro de la aventura luego de haber visto la muerte frente a frente en el campo de batalla. La búsqueda del mítico revolucionario era más bien una muerte heroica, un viaje del que no esperaba volver. Y del cual no volvió.

Pero el viaje de Ramón Llanes, con toda la precariedad y sin sentido de un hombre al cual le obsesiona una idea, parece ser más la de un hombre que en busca de su padre mítico, que al de un guerrero buscando gloria. Al inicio, su mujer, le advierte el resultado de su épica. “Y luego él se queda callado y me pregunta: dónde se quedó mi fusil. Es el que tiene el cañón desviado, le digo. Sí, me dice, ese mismo”.

Un futuro soldado con un fusil que no da en el blanco. Lo cual lo llena de una poesía muy de la fatalidad. Y es que este texto teatral no esconde su fascinación por Rulfo, haciendo que sus personajes tengan ese juego enunciativo del cual el maestro de Apulco exprimía poesía.

Es también de Rulfo que la obra de Hernández tenga este sabor a fantasmas, a voces que parecen salir de aquí y de allá, que recuerdan cosas que no han pasado o que ya pasaron. Que en el texto parecen no funcionar, pero que seguramente en la puesta en escena lo harán de buena manera.

Es esta reflexión en la que debemos detenernos para advertirle al lector de dramaturgia, ese que no tuvo estudios teatrales, pero que gusta de leer estas piezas, que los textos necesariamente serán interpretados por un actor o actriz, y que serán enriquecidos por la puesta en escena.

Así, nos encontramos los que disfrutamos de leer dramaturgia o guiones de cine, que estamos frente al embrión de algo que acabará creciendo y tomando muchas vidas. Como esos huevos sorpresa que al ser sumergidos en agua acabarás entregándonos animales enormes.

José Emilio Hernández Martín se aleja de los temas de moda, lo cual siempre refresca, para entregarnos una obra en la que los terrenos polvorosos, con poca esperanza, son recorridos por un par de inocentes viajantes. Villa se convierte en el Mago de Oz, esa meta inalcanzable, ese señor Mictantecutli que los espera al final del viaje para por fin descansar luego de pasar por decenas de pruebas.

Pese a esa aridez, tiene diálogos salpicados de humor, esos que surgen de la inocencia. Por ejemplo, este monólogo: “Pensamos que son fantasmas o visiones que el demonio quiere que veamos. Pero yo les digo, deténganse apariciones y luego les pregunto qué son y de dónde vienen y qué quieren.

Lo digo alto y frondoso en el pecho: deténganse apariciones y qué son o qué quieren y de dónde son y a dónde van/a lo que yo respondo mirando a Atanasio que se hallaba triste y de muy pocas palabras, muy buenas señor mío, no somos aparecidos a menos de que esto sea el cielo y que en el entendido de que así sea no hemos pasado nosotros por ningún San Pedro o por ninguna puerta dorada ni hemos escuchado las voces melodiosas de los ángeles. Somos revolucionarios”.

Y es cierto Atanacio y Ramón son ya revolucionarios sin pegar un solo tiro, solo porque decidieron subirse a una destartalada carreta y decidieron buscar un sueño, su sueño.


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Aficionados celebran a la selección mexicana en México 86. Museo Archivo de la Fotografía. (CC0 1.0)
Aficionados celebran a la selección mexicana en México 86. Museo Archivo de la Fotografía. (CC0 1.0)

En ciertos países el triunfo es un animal exótico.

Juan Villoro, Balón dividido

A estas alturas, desde hace 36 años, México queda eliminado de cada mundial. En este último, aunque me duela aceptarlo, no resultó sorpresivo habernos quedado incluso en la fase de grupos. Cada cuatro años el globo tricolor se infla con una esperanza que el marketing se encarga de redoblar con comerciales que nada tienen que ver con la realidad futbolística de la selección. Los medios apelan a una gesta heroica como único medio de acceder a la victoria. Es como si la única manera de ganar en México fuese sufriendo. Aunque entiendo la herencia del catolicismo en lo que respecta al sufrimiento para trascender, no es que a los mexicanos nos guste complicarnos la vida: es que no se ha encontrado la manera de sufrir menos para conseguir más.

México 86 es recordado por dos principales razones, según sea quien lo recuerde. Si se trata de un mexicano, este recordará que aquel torneo fue el último en que la selección pasó a cuartos de final. Algunos dicen que por ser el anfitrión, y no lo dudo, pero se pasó al quinto partido y desde entonces nació la maldición. En cambio, ese mismo mundial será recordado por el resto del mundo gracias al Barrilete cósmico de Maradona. La tragedia mexicana guarda la misma proporción que el malabar maradoniano en cuanto a la inmensidad del hecho. Ambos sucesos poseen un sustrato político que tiene que ver con la hazaña como único medio para sobresalir en algo.

Estoy seguro de que muchos países latinoamericanos envidiamos a los argentinos desde entonces: tener una economía desastrosa y producir jugadores de gran calidad, no cualquier nación del tercer mundo lo consigue. Fue el gol de Maradona, pero también la narración de Víctor Hugo Morales, lo que por un momento les devolvió a los argentinos las Malvinas.

Ese gol que fue algo más, mucho más, que un simple gol. Ese gol fue un reclamo, un grito, un estruendo sobrenatural. No por nada Morales apela a la vida extraterrestre en el apodo usado para nombrar la jugada. Fue una manera de entender esa pasión que desborda cualquier corazón humano. Justicia divina no en el sentido judeocristiano, sino en un rumbo semántico más próximo al de la sci-fi. Como toda ficción, en esta el final también dignifica al héroe.

Por alguna razón, Latinoamérica encuentra en el futbol el medio para vengar el desastre al que los políticos nos han llevado. Al cumplir con una proeza, los países en posición de subalternos resignifican la tragedia que los ha situado en los últimos peldaños del escalafón internacional casi desde que consiguieron su independencia. O incluso desde mucho antes, cuando los colonizadores se asumieron como dueños de cada tierra que pisaban fuera de sus países de origen. Lamentablemente, el futbol no es la excepción, y menos en el postfutbol: ¡cuántos aficionados latinoamericanos, supuestos parientes de europeos, se ponen la camiseta de cualquier selección europea y celebran cada gol con tal de blanquear el Pantone de su piel, también, por medio del futbol!

Por eso resultan tan odiosos los comentaristas y narradores que se alegran de que siempre sean las mismas selecciones las que llegan a las etapas finales. No es coincidencia que dichas selecciones sean europeas, salvo por Argentina, que sabe culminar en cada mundial sus propias revanchas sociales, y Brasil, cuyo jogo bonito es por suerte atemporal y se mantiene al margen de sus gobiernos.

Cada vez que celebra la presencia de los mismos convidados al banquete mundialista, el colonizado se reafirma como tal. Su emoción por ver a las potencias eliminarse entre ellas resultaría genuina si no es porque, afortunadamente, el futbol tiene todavía un remanente lúdico, aunque ya en peligro de extinción. Son las sorpresas de cada mundial, los llamados “caballos negros” que se cuelan a las instancias finales y le devuelven al juego de lo que tanto adolece últimamente: la improvisación.

La expresión es realmente hermosa: un caballo que corre desbocado, que presume su libertad y amedrenta a los cautos y reprimidos. Es la envidia de todos los caballos, de todos los humanos. ¡Cuántos quisiéramos ser ese caballo que relincha de alegría! Es el caballo que rompe con las quinielas, que desacata la regla a la que se le rinde pleitesía cuando Francia, España y demás equipos europeos se encaminan, cada cuatro años, a los mismos sitios victoriosos. Selecciones que, por cierto, se han beneficiado en los últimos años de la colonización. Francia es el mayor ejemplo de que el yugo imperialista en África sigue dándoles dividendos varios siglos después.

Aquellos historiadores de la tradición, que la construyen con su propio servilismo, se lamentan de que se cuelen a la pelea por la copa mundial países como Marruecos en 2022, Costa Rica en 2014, Camerún en 1990, Cuba en 1938, e incluso Estados Unidos en 1930. En cambio, los seduce que las selecciones que apoyan con sospechoso respeto goleen a selecciones mucho más débiles y, a menudo, con jugadores de color de piel más oscura o de apellidos latinos, asiáticos, africanos.

Algo así pasó, por poner algunos ejemplos, con la goleada que sufrió El Salvador, en plena guerra civil, a manos de los húngaros, quienes le anotaron 10 goles a un grupo de jugadores más pendientes de la supervivencia de los suyos en su país que de la humillación de la que solo fueron comparsas. El Salvador anotó un solo gol en ese partido (jugado durante el mundial de España 1982), y, aunque parezca tan absurdo como para recordarlo, los salvadoreños consideraron la anotación igual a un bálsamo, como si el futbol tuviera ese poder catártico para alivianar las tensiones sociales, o al menos lo buscáramos allí como parte de la representación en la que se convierte un partido en los noventa minutos de juego.

El único gol del encuentro lo metió Luis “El Pelé” Zapata. El apodo confirma la necesidad de los países que carecemos de la magia en los botines de apodar a nuestros jugadores con el nombre de las leyendas del deporte. Por eso abundan tantos “Messis” mexicanos, como si al menos la comparación sirviera para admirar, en nuestro pequeño altar de triunfos menores, a quienes gracias a su talento nos devuelven la esperanza de confiar en que dentro de cuatro años, las cosas pueden ser mejor de lo que son actualmente.

Recuerdo al conserje de una secundaria, en la que apliqué la prueba ENLACE bajo las órdenes de la SEP. He olvidado su nombre, pero no la vehemencia con hablamos una mañana, entre receso y receso, de política y futbol. Compartíamos la desesperanza y el hartazgo de unos gobernantes que no sirven para nada. Don Rober, llamémoslo así, trabajaba en la escuela desde hacía unos años. Dijo estar ahorrando para intentar pasar al Otro lado por tercera ocasión. Mencionó que las dos veces anteriores casi lo logra, pero que siempre o el pollero le quedaba mal o la Migra lo mandaba de vuelta al país.

Olvidé también cómo ese tema se mezcló, por alguna razón, con el futbol. Aunque jamás podría ponerme en los zapatos de Don Rober, en algo sí coincidíamos él y yo: la fe, tal vez demasiado ingenua, pero poderosa y mística, en que con tan solo una victoria importante de la selección mexicana, una nada más, las cosas cambiarían en el país. No sabíamos con certeza si para bien, pero queríamos confiar en que así sería.

Si pasara algo así, trabajaríamos más motivados, mi joven, recuerdo que dijo Don Rober y enseguida soltó una carcajada mientras terminaba de recoger los envases de frutsis del patio que estaban barriendo, con una de esas escobas hechas de ramitas que aprovisionan quienes trabajan con lo mínimo. Yo apoyé su comentario agregando que gran parte del ánimo con que los aficionados al futbol se despertaban día tras día dependía de la buena o la mala actuación del equipo.

Don Rober me dio la razón y seguimos hablando de otras cosas. En algún momento volvimos a hablar de sus intentos infructuosos por cruzar la frontera. Ahí fue cuando dijo que lo intentaría una vez más en unos meses. Le deseé mucha suerte y nos despedimos. Tenía que volver al salón para continuar con la prueba y así poder cobrar los 500 pesos que me tocaban por haberme presentado en la escuela asignada y aplicar el examen a adolescentes de secundaria con tantas deficiencias educativas como carencias económicas.

Parafraseando las palabras de Robert Capa con que Juan Villoro inicia uno de sus ensayos de Balón dividido: tener talento no basta, también hay que ser mexicano. Como si, dando por cierto el nacionalismo que rodea el futbol, asumiera que para el mexicano, esa criatura empaquetada y lista para comercializar con ella, la derrota en la cancha formara parte también de la derrota fuera de ella.

La tragedia, como alguna vez escuché en palabras de un amigo, nos acompaña como mexicanos como una sombra que no se nos despega ni para jugar a la pelota. Por eso mi enojo inicial: ¿Cómo voy a querer que ganen los mismos siempre si mi vida depende de esos chispazos de suerte, de esa mínima probabilidad de conseguir en pies de otra persona un triunfo que nos sepa a propio?

Antes de subir al salón, volteé de nuevo al patio: la basura estaba ya recogida en pequeños montoncitos estratégicamente ubicados para que nadie los derribara por descuido o malicia. Entonces recordé mi conversación con Don Rober y me sentí un imbécil. Cualquier otra cosa que sucediera en ese patio, utilizado tantas veces como cancha improvisada donde jugaban niños que soñaban con ser el nuevo Messi, me pareció absurdo. Pero solo por un momento.

Después, aunque fue mucho tiempo después, en realidad, entendí que la felicidad de tipos como don Rober no dependía del futbol. Que todos los días se levantaba a trabajar y que aunque ganara la selección el mundial, el alborozo duraría un momento, el presidente en turno se alegraría y reconocería a los futbolistas que consiguieron la gesta heroica y que la vida, el ánimo de las personas, iría a la alza, pero solo por unos días. Después, las cosas volverían a ser las mismas de antes.

Los mexicanos, pero también en otros países donde el triunfo es un animal exótico, venimos al mundo no solo con el sino de la derrota, también con cierta pasión que se ha infiltrado en nuestros genes: la necesidad de conseguir lo que queremos, la necesidad de tener que hacerlo con el doble de esfuerzo. La obligación de continuar haciéndolo porque no hay de otra. Con la promesa de que algún día, también nosotros golearemos dentro y fuera de la cancha.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).