El 21 de enero se conmemora un siglo de la muerte de Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Vladimir Lenin, artífice intelectual y material de la segunda revolución de masas mundial —la primera fue la Revolución mexicana—.
Desde que Pablo VI publicó Humanæ vitæ en 1968, ningún documento papal había tenido ni la resonancia ni la resistencia que Fiducia supplicans ha suscitado en el último mes a propósito de la posibilidad de impartir bendiciones no litúrgicas a parejas “irregulares”, homosexuales incluidas.
Cuando Haydee Santamaría se enteró del asesinato del Che Guevara en Bolivia, en 1967, escribió: “Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel.
Acudía a ese lugar todas las noches, esperando que al amanecer los ídolos abandonaran el sueño conmigo, convertidos en figuras sustanciales, graves y silenciosas, con el peso y la consistencia de las piedras.
“La película más terrorífica de la historia”, “una parábola de la eterna lucha entre el bien y el mal”, es decir, El Exorcista como epítome del género de terror, y que al mismo tiempo “trasciende” (signifique lo que esto signifique) el género.
Una de las consecuencias más sofisticadas del pensamiento de san Francisco de Asís en la cultura cristiana —y, por tanto, en el mundo occidental— es la reivindicación de la naturaleza como locus theologicus, un lugar desde donde reflexionar el papel de lo divino y su relación con el ámbito material.
Louis Aragon le advirtió a todo aquel comentarista que se quisiera acercar a la obra de Tristan Tzara lo siguiente: “Dios sabrá lo que querrán hacer con este hombre cuya corbata les resultará imposible de alinear.