En la década de los setenta, un grupo de activistas italianos, estudiantes todos, boloñeses, lectores de Deleuze y Guattari, decidió fundar una radio que, de alguna forma, estaba vinculada a la lucha obrera de 1969 y que caracterizó al resto de la década.
Iba yo por delante de la comitiva entre dos paredes de follaje, cuando repentinamente pasó junto a mí un objeto rápido como el pensamiento… No me había engañado… me encontraba en presencia del primer colibrí que había visto en mi vida… Pude hacer a mis compañeros una señal para que se detuviesen gozábamos de aquel espectáculo deseado por largo tiempo y de que tantas veces habíamos oído hablar: tratábamos de fijarlo en nuestra memoria.
Estaba yo hace unas semanas desayunando frente a la computadora, cuando navegando en Facebook me topé con una nota cuyo encabezado me heló la sangre: «Desayunar frente a la computadora aumenta el riesgo de contraer cáncer».
Más allá de discutir los motivos profundos que justifican que se estudie literatura en la educación básica, me interesa cuestionar la manera en que tradicionalmente se enseña poesía en las escuelas públicas mexicanas.