Tierra Adentro
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

—Eres una minita de oro, Azu.
Yahaira lo decía así, con ese aire de seguridad que provenía de su propia convicción de que era una gran mujer de negocios. Y a ojos de Azucena, que seguía manteniendo su trabajo de intendencia para las instalaciones de los laboratorios que la universidad había instalado en San Felipe, era cierto. Algo más debía saber Yahaira de la vida desde que había empezado a cruzar al otro lado, desde que regresaba cargada: a veces de billetes verdes, a veces de fayuca que vendía en el tianguis ocasional de la calle principal o en la cajuela de su carro, estacionada cerca de la playa. Todo mundo parecía buscarla, a ella y a sus cargamentos aromatizados con la vainilla, la canela y la lavanda de las velas de la Ross y la Marshall’s.

Azucena se apresuró a quitarse el uniforme de trabajo. La gruesa tela del overol azul marino la hacía transpirar profusamente durante la jornada, pero le resultaba conveniente porque cubría su cuerpo casi por completo. Apenas dejaba a la vista sus muñecas y cuello, donde su condición bicolor era casi imperceptible. Se enfundó en una camiseta negra entallada, llena de pedrería brillante en los hombros y en una fina línea a los costados que acentuaba la cintura y desembocaba en la cadera. Se subió los pantalones blancos de spandex y calzó unas plataformas que le aportaron casi cinco centímetros de estatura.

—¿No te vas a morir de calor?

Yaha lo preguntaba desde la comodidad de su vestidito corto sin mangas, sus tacones altos y abiertos, su facilidad para pasearse en un traje de baño diminuto cuando iban a la playa abarrotada cualquier domingo. Todos los viernes recibía la misma pregunta y todos los viernes se negaba a responder. Sí, era obvio que le daría calor; no, no estaba dispuesta a cambiarse. 

El rojo ígneo del atardecer se extendía sobre la bahía mientras Yahaira conducía hacia el bar con la esperanza de que estuviera lleno de gringos porque había Baja Mil: los racers y sus puños de dólares, su afán por pagarle las cervezas a las mujeres que se cruzaran por ahí, su búsqueda de la consabida “fiesta mexicana”. Habló de sus ganas de agarrarse a un gringo de brazotes gruesos y espalda ancha que le diera tres vueltas en el aire y pudiera cargarla, de enrollarse con un hombre al que no sintiera que iba a romper en dos si se subía a montarlo con todas las ganas. Quería un gringo cachondo de cuello grueso, dijo, como The Rock o Magic Mike.

Azucena se reía comparándolos con el cuellito enclenque de Flavio que hacía ver su cabeza como un objeto pesadísimo y sus bracitos lánguidos, que parecían cansarse con solo cargar la consola que llevaba para poner música en cuanto andurrial se lo permitía. A pesar de todo, Flavio tenía dos características a las que Azucena no quería renunciar: tenía el don de besar bien y nunca insistía en desvestirla. Incluso cuando se encerraban en el asiento de atrás de su van, incluso cuando la había penetrado, Flavio sabía que la blusa de Azucena era un límite infranqueable y no había rastro de que le importara.

—A ti que te gustan todos flacos, los chinos te encantarían. Serías un hit, Azucena. Hazme caso.

Azucena agradeció que llegaran al bar. No quería entrar nuevamente en la conversación sobre que Flavio no le gustaba, sino que no le molestaba estar con él. Tampoco le gustaban los chinos, pero Yahaira nunca lo entendería porque tenía una facilidad pasmosa para quitarse la ropa y mostrar lo que podía ofrecer a sus 26 años.

Tan pronto entraron al local, Yaha se dirigió sin dudar a uno de los banquitos de la barra y se acomodó junto a un grupo de racers que hablaban a gritos. Sus risas inundaban el lugar y para Azucena tuvo todo el sentido, porque los gringos llegaban y se adueñaban de los espacios como si fueran suyos, como lo hacían con las mujeres del puerto, con los terrenos frente a la playa, con las carreteras. El desprecio se instaló en su gesto mientras contemplaba cómo rodeaban ya el banquito de Yahaira y pensó en que justo así se vería una escena de bukake si hubiera pornografía de osos.

—A mí también me cagan. Por más que pongo canciones, no se escucha ni madres.

Sonrió al escuchar la cómplice voz de Flavio y se dio vuelta para abrazarlo. Contemplaron la escena del cortejo entre risas y cervezas desde la esquina detrás de la consola. Como si de su rockola personal se tratara, Flavio ponía las canciones que ella quería, siempre y cuando mantuviera los vasos de plástico llenos de Tecate helada.

Sonaba Tatuajes en la voz triste y apesadumbrada de Joan Sebastian cuando Flavio le pidió que lo acompañara a fumar. Lo que el bar ofrecía como “terraza” era en realidad un estacionamiento de terracería donde se acomodaban los coches, medianamente protegidos por un alambre de púas a media altura que indicaba el límite. Más allá, el desierto bañado por la tenue luz del cuarto menguante se desplegaba hacia el horizonte. Ambos sabían que salir ahí era la culminación del preámbulo que se desarrollaba durante la primera parte de la noche: la mano de Flavio en su espalda baja cuando estaban de pie y en el muslo cuando estaban sentados, su forma de acariciarle la nuca mientras él satisfacía sus deseos musicales. 

Se escondieron entre un par de pickups para besarse a sus anchas. Recargada en la portezuela, con la pierna derecha rodeaba la cadera de Flavio y lo acercaba a ella, al tiempo que él se aferraba a sus nalgas con ambas manos y emitía un ligero bufido al rozarle el cuello con los labios. Para Azucena siempre era difícil acostumbrarse al primer acercamiento, ese en el que percibía el aroma acre y extraño del aliento de Flavio y se preguntaba por qué insistía en pasar sus noches con alguien cuyo olor no la volvía loca, con alguien con quien siempre terminaba fingiendo el clímax porque sabía que esa forma arrítmica y desprovista de toda cadencia de meterle los dedos jamás lograría nada. Pero entonces él rumiaba un “qué rica estás, no mames” que a ella le hacía pensar en todo el deseo contenido que tenía él, como si estar con ella fuera un premio del que no se sintiera merecedor, como si llegara a su casa agradecido con la vida por haber podido estar con una mujer de ese calibre, como si no se la creyera porque ella, Azu se reconocía en ese momento como una diosa absoluta y eso la excitaba más, mucho más, que cualquier mano experta.

A lo lejos percibió la risa de Yaha, que se mezclaba con las frágiles embestidas de Flavio. Sus manos descansaban sobre la lámina en espera de sentir la descarga que le permitiera dejar de gemir. Caminaban juntos ya de vuelta a la entrada trasera del bar cuando Flavio la jaló del brazo.

—¿No es tu amiga?

Azucena fijó la vista en un coche cuya moción parecía probar la resistencia de los muelles y vio en el interior el torso desnudo de Yahaira montando a un gringo en el asiento del copiloto. Sin ocultar su alegría, confesó que le daba gusto que su amiga hubiera logrado su cometido porque a eso había venido al bar.

—Esa morra se ve que es candela, ¿no? Mis compas dicen que seguro se sabe unos truquitos bien buenos porque se nota que a todo se atreve. 

La alegría se esfumó de golpe. El rubor le calentaba las mejillas cuando agachó la cabeza fingiendo hurgar en su bolso porque la envidia es una de las sensaciones más difíciles de ocultar. Encendió un cigarro mientras escuchaba las sesudas reflexiones de Flavio al respecto y lo interrumpió cuando iniciaba una conversación que se perfilaba para ahondar en lo buena que estaba Yaha.

—Pues dile a tus compas que ahí luego se las presento.

Ya en el bar, Azucena soportó un par de canciones más y le pidió a Flavio que le dijera a su amiga que la esperaba en el coche. Se sentó a fumar en la cajuela del Tercel contemplando la llanura y el vacío, la belleza en los accidentes del terreno y su asimetría, sus manchones de arbustos y su textura ríspida y pedregosa.

—Hay cosas que son bonitas, aunque nos enseñen que son feas— dijo cuando sintió que Yahaira se acercaba.

—Súbete al carro, morra. Te llevo a tu casa porque ya andas bien peda.

En el camino escuchó a detalle cómo era cogerse a un gringo fortachón. Yaha no escatimaba en detalles ni en consejos sobre cómo subirse en ellos, cómo bajarse, cómo despedirse sin que hubiera bronca porque quién sabe cuánta chingadera se meterían, decía, pero los cabrones eran insaciables. Azucena pensaba en que su amiga estaba llena de esa seguridad que no solo parecía garantizarle que nada le sucedería nunca, sino que, efectivamente, le daba la cualidad de atreverse a todo. Era un súper poder. Que todo le valiera madres era, en definitiva, un súper poder.

—¿Cuándo tienes vuelta al otro lado?

—La próxima semana. ¿Te vas a animar?

—No sé. Puede. ¿Sacas mucha feria?

Yahaira habló el resto del camino sobre los pormenores de sus finanzas. Explicó que en una pasarela a los chinos les podía sacar hasta 600 dólares de propinas, además de los 500 que le daba el cartel por llevar un cuarto de kilito deshidratado.

—¿Cruzas malilla?

—No, mensa. Estuviera yo pendeja. Llevo buche porque los chinos ya lo pagan como si fuera coca, pero nomás es pescado.

Azucena pensó en los comerciales del radio sobre la totoaba y el delito federal. También pensó en que a cualquier cosa le decían así, como quemar llantas viejas en un predio fuera equivalente a matar a una persona y que la ley nunca pensaba cómo tenía que arreglárselas la gente para sacar un dinerito.

—Ya si quieres sacar billete en serio, en los privados con los chinos sacas hasta tres mil de una. Ahí sí hay que hacer otros jales, pero con uno que me aventé, pagué el Tercel.

—¿Y así de full service?

—Pues sí. Pero es una en la vida. Nomás hay que cerrar poquito los ojos y pensar que estás en otro lado. Pero quién sabe, igual y tú le agarras el gusto porque te gustan los vatos ñangos, si no creas que no te vi con el Flavio.

—Todavía no he dicho que lo vaya a hacer, Yaha. Nomás estoy preguntando.

—Y está bien. No es pa’ todas y no todo mundo tiene lo que se necesita. Si tú no te animas ni a andar en camiseta, qué vas a querer que los chinos te vean en calzones. Y qué tonta, porque las cosas raras los vuelven locos: tú sacarías mucho más de 600.

No era la afirmación, sino la risa. La maldita risa de Yahaira, que parecía disfrutar que su amiga fuera el bicho raro, la del defecto, la que ubicaran no por la perfección de su culo, como a ella, sino por sus manchas en la piel. Yaha no estaba más buena, solo no era diferente. Y lo sabían ambas, pensaba Azucena, y sabían que en otras circunstancias ella podría entrar al bar y ser la que recibiera los tragos gratis, las miradas lascivas y las invitaciones al estacionamiento. Los amigos de Flavio también podrían hablar de ella sin el corolario ese de que siempre andaba tapada hasta el cuello, porque ella también sería capaz de todo si no viviera en un mundo en cuya mirada se encontrara con el asco recurrente de la incomprensión.

La duda bullía en la cabeza de Azucena durante el domingo de resaca hasta que el lunes, a media faena y después de calcular que tendría que trabajar 40 jornadas para sacar lo de una noche con los chinos, le envió un mensaje a Yaha. Sí. Iría con ella. También iría con ella a comprar un conjunto con encaje que la hiciera verse más presentable, más profesional: un push up bra y unos cheekies con lacitos, no haría la vulgaridad de llevarse una tanga directamente. Tal vez hasta unos tirantitos de esos que llegaban hasta la pierna y unas medias. Tal vez buscaría detalles florales en el encaje y se plancharía el pelo; se pondría uñas de gelish en un color vibrante y unas pestañas de salón, de las que se colocan de una en una.

Cruzaron por Mexicali a Calexico el viernes en la mañana. En la frontera dijeron lo de siempre, lo que dicen todas para evitar más preguntas. We’re going shopping, enunció Yaha con la perfección de un acento ensayado al practicar la misma frase hasta el aburrimiento. Y tampoco mentía del todo: tenían previsto que las maletas regresaran llenas tras su paso por los outlets californianos; el espacio ocupado por el cuarto de kilo de buche se convertiría en botes cremas de noche, de día, del cabello, de las estrías y de la celulitis. A ese viaje le iban a sacar dinero a la ida y a la vuelta, calculó Azu, porque no hay mayor ingenuidad que la que se alimenta de esperanza. 

El desierto enmarcaba ambos lados de la recta infinita que las conducía al norte. Azucena pensaba en cómo cambiaba la forma de las piedras con solo atravesar la frontera, porque aquí ya no encontraba las enormes rocas redondas apiladas unas sobre otras, sino formaciones piramidales que a todas luces eran más áridas. Era un desierto más inhóspito que el suyo.

Yahaira conducía obedeciendo las instrucciones del navegador que se orientaba con el GPS de su teléfono. Cada vez que cruzaba para encontrarse con los chinos, recibía una dirección distinta de algún caserón en las pocas zonas medianamente fancys de Calexico, porque aquí no era San Diego ni Los Ángeles, no existían los barrios de ricos auténticos, sino solo unas casas muy grandes que rentaban quienes venían a hacer negocios al Golfo. Azucena escuchaba las explicaciones de su amiga sintiéndose diminuta, como si los tres años de diferencia de edad fueran en realidad décadas que la separaran de una mujer de verdad. Abría grandes los ojos ante las explicaciones de Yaha y su manera de dominar el espacio. Cuando se atrevió a preguntar, la respuesta la hizo sentir aún más pequeña.

—Las primeras veces que vine también me trajo una amiga, Chío. Igual y a ti no te tocó conocerla. Era más grande, yo tenía 20 y ella como 25. Veníamos juntas hasta que un gringo viejo se la llevó a vivir a Phoenix. 

Una señora bajita y canosa abrió la puerta. Les habló en español para mostrarles la recámara donde podían asearse antes de presentarse con los señores. Azucena se recostó en la cama mientras Yahaira se bañaba y contempló las vigas de madera del techo alto de la habitación. Ella también podría acostumbrarse a eso, a viajar por Estados Unidos, a tener un cuarto con alfombra y un clóset con puertas de espejo. Ir y venir no parecía tan complicado y, quién sabe, a lo mejor sí era una auténtica mina de oro.

Yaha le planchó el pelo hasta que un lacio liso y perfecto alcanzó a cubrirle media espalda. Lo mismo hizo con su propia cabellera. Sobre los ojos dispersó un abanico de sombras que iban desde el blanco aperlado en la zona contigua al lagrimal hasta un negro intenso hacia el lado de la sien y eligió para sí misma la paleta de rosas y violetas. En ambas utilizó el labial rojo mate. Azucena sacó de la bolsa el conjunto negro de lencería y se dirigía al baño cuando Yahaira la interrumpió.

—Cámbiate aquí.

—¿Por?

—Porque si te da pena conmigo, con los chinos no vas a poder. Desvístete, Azucena

Azucena se quitó los pantalones con evidente molestia. Lejos de sentirlo como una orden, no iba a permitir que Yaha la retara así, tan abiertamente, porque ella también era capaz, ella también podía ser atrevida. No era ninguna mojigata y también se sabía unos truquitos, pensó. Sintió el tenue sudor de sus manos cuando decidió desnudarse del todo para después colocarse los calzones y el sostén de encaje.

—¿Contenta, morra?

—Muy.

Se cubrieron con sendas batas de poliéster que aspiraba a parecer seda. Azucena recorrió su brazo con la palma de la mano y se detuvo en los detalles de flores de la amplia manga derecha. Antes de salir de la habitación, Yahaira la tomó del brazo y le pidió que abriera la boca. Depositó una pastilla y le alcanzó una botella de agua.

—Así se aguanta mejor. Vas a ver.

Un hombre alto resguardaba la puerta de dos hojas que daba acceso al salón. Le susurró algo al oído a Yahaira, que se limitó a responder en español que lo había entregado al llegar. Yahaira se quitó la bata y enderezó la espalda. Azucena imitó el gesto en un torpe intento por ignorar su propia vergüenza. Quiso cubrirse el torso, pero era demasiado tarde: la mirada del hombre permanecía detenida en su pecho con un gesto que, para su sorpresa, distaba mucho del desagrado.

—Bienvenidas. Ya las esperan.

Entraron tomadas de la mano una detrás de la otra y caminaron por el pasillo que se formaba entre dos hileras de sillas dispuestas para formar una especie de pasarela casera. Azucena contó 14 chinos, además del guardia y otro tipo que también parecía mexicano. Caminó atrás de Yaha e imitó los movimientos. Sobre la mesa del fondo descansaba una charola con botellas cuyas etiquetas jamás había visto y unos vasos de cristal con figuras labradas a los lados. La música se mezclaba con los incomprensibles gritos de los hombres que soltaban aullidos y jadeos mientras se apretaban la entrepierna. Vio sus trajes de colores apagados, sus camisas abiertas y sus corbatas a medio anudar y supuso que la vida de esos pobres tipos debía ser aburridísima fuera de esa casa.

Let me introduce you to my beautiful friend, the human totoaba— dijo Yaha dándole entrada mientras aplaudía.

El cuerpo de Azu, tenso al principio, empezaba a alfojarse dominado por una ola de calor, mitigada solo por la tenue brisa generada por los silbidos de los hombres en las sillas. Sintió su cuerpo flotar, invadido por una delicadeza que la hacía contonearse como las sirenas en las profundidades, como si sus brazos y su cabello no estuvieran sujetos a la gravedad de la Tierra. El roce de las miradas desprovistas de repugnancia la recorría desde los tobillos hasta los hombros. Esas mismas miradas la abrazaban así, llenas de deseo, del deseo que se merecía porque ellos sí alcanzaban a entender su belleza, a leer la hermosura en lo raro, en lo diferente, en lo único.

Las manos de Yaha danzaban sobre ella y compartieron caricias, besos, risas. “Te lo dije”, le susurraba al oído mientras los billetes que le lanzaban los chinos seguían cayendo a sus pies. Azucena cerraba los ojos y apretaba los puños para sentir el peso de todo lo que podría comprar al día siguiente: la ropa, las cremas, los maquillajes y las cosas bonitas que decorarían su casa. Compraría más calzones lindos como esos, más lacitos y más encajes para no volver a meterse en el horrendo uniforme ni trapear un piso más. Era el fin de los baños hediondos, de los laboratoristas prepotentes, de que le juntaran los minutos de retardos para descontarle horas enteras. Ella, como Yaha, también sabría sonreír y darse los lujitos que se le antojara. 

—Room! Room! Room! — gritaban los chinos.

Ella, como Yaha, también podía tener un Tercel.

Azucena accedió con la naturalidad de quien conoce lo que le espera. Yahaira le preguntó con un gesto si estaba segura y Azu le guiñó un ojo pensando en que la amaban. La adoraban. Se asumió como la human totoaba y ese era su súper poder. Los cinco hombres que la acompañarían estaban a sus pies, dispuestos a pagar, se dijo, mucho más de tres mil, y sería una noche. Después de eso, todo iría para arriba, como lo había hecho Yaha y, antes, Chío. En esa genealogía de la superación personal para ella también había lugar porque aquí no era la del vitiligo, aquí era la sirena afrodisíaca.

Tan pronto entraron a la habitación, los cinco hombres se desvistieron y se arrodillaron frente a ella. Uno de ellos se puso de pie y suavemente deslizó sus bragas hasta que ella se las sacudió de los pies. Con la misma parsimonia ritual, retiró el broche de su sostén y le besó el cuello. Colocó su mano derecha en el pecho izquierdo y recorrió la línea de sus nalgas con el índice de la mano izquierda. Azucena se alegró al pensar que sería más fácil de lo que había pensado, que los chinos tenían costumbres distintas y tal vez cogían con suavidad. Pensó en Flavio y contempló la posibilidad de que no fuera cultural, sino algo común a los hombres enjutos. El hombre dejó de acariciarla y se giró para mostrar la erección a sus acompañantes.

Sooo big! Ta chaodà!

Youyòn! It works! It works!—  respondieron dos de ellos al unísono.

El hombre la tomó de la mano y la acostó sobre la alfombra. De rodillas junto a su rostro, llevó la boca de Azucena hacia su miembro en tanto el resto se transformaban en una masa amorfa de manos y lenguas que le recorrían la piel. Alguno más lamía las plantas de sus pies y le chupaba los dedos hasta provocarle una risilla. El hombre eyaculó sobre ella y se retiró con una reverencia de cabeza. Otro más se colocó en la misma posición que el anterior cuando Azu repentinamente sintió unos labios sobre su propio sexo. La sensación distaba mucho de ser desagradable y abrió las piernas, relajada todavía por la languidez química que la mantenía en una especie de ensoñación. Pensaba en que bien podría dedicarse a eso los años que tuviera el cuerpo para hacerlo, trabajar un fin de semana al mes, poner una segunda o unos saldos en la calle principal y no preocuparse nunca más por cumplir con un horario que no fuera el que ella misma dictara. Quizás en alguna salida se encontraría con un gringo viejo como el de Chío y lograra instalarse definitivamente de este lado de la frontera, se dijo. Quizás sería incluso uno de estos magnates chinos el que se la llevara a vivir lejos, lejísimos de esta nada. 

Extasiada por la imagen de una casa californiana con pisos de madera y grandes ventanales, se dejó llevar sin percatarse del pleito que se gestaba entre los cuatro que aún esperaban su turno. El volumen de las voces en chino alcanzaba ya a ser un grito. Despertó del trance a punto del orgasmo, cuando sintió el filoso contacto de unos dientes sobre su cadera.

My turn! My turn!

La delgada membrana que divide el placer del dolor empezó a rasgarse lentamente. Azucena no supo cuál de los cuatro exigía su turno, pero ninguno se retiraba de su cuerpo. Fue cuando trató de levantarse que descubrió que la sujetaban con fuerza y la aprisionaban contra el piso. Ninguno buscaba ya una felación: dos de ellos se batían por meter la cara entre sus piernas mientras los otros se sentaron sobre sus brazos para lamerle los pechos y el abdomen, con la fruición de quien se apresura a que no se le derrita una paleta. Azu trató de defenderse a patadas pero la masa de los otros pesaba sobre ella. Los chinos, ajenos a sus alaridos y a su desesperada forma de pedir ayuda, seguían aferrados a su piel delicada y multicolor en un trance tan animal como voraz. El volumen de la música de la habitación contigua parecía aumentar conforme invocaba el nombre de Yahaira.

Las lenguas se convirtieron en colmillos y las yemas, en garras.

Antes de sentir la piel despedazada y expuesta al calor de la sangre que escurría, Azucena extrañó por un instante el peculiar aroma de Flavio. 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Ha sido beneficiaria del apoyo Jóvenes Creadores del FONCA y del PECDA BC. Ha publicado cuento y ensayo en revistas y en diversas antologías publicadas en México y el extranjero. Es autora de los libros Chicharrón de oso y algunos cuentos del fracaso (FETA, 2018), Mosaico de lo insólito (La Rumorosa, ICBC 2021), Cicatrices (BUAP 2023). En 2019 recibió el Premio Dolores Castro de Narrativa por La Ley Campoamor (IMAC 2019; Nitro Press 2023). Baja California la adoptó desde hace trece años.
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

Un taco

Mañana hay escuela y ya traigo puesta la pijama,

pero de todas formas digo sí.

Afuera la noche está llena de gatos inciertos,

los miramos dar su paseo de borrachos

anhelantes y peludos.

Ya no queda ni un solo pajarito despierto,

ni un solo rebelde pajarito sin causa.

Mi papá y yo nos dirigimos con toda confianza al puesto de tacos,

como quien se dirige a su bautizo: sin dudar.

Compramos la orden completa,

y mientras la preparan, nos comemos un taco de pie;

la lona brillante; un rito.

Hay entonces posibilidad

adentro de un pedazo de maíz resplandeciente.

Percibo las quijadas de los comensales serenos

escucho su chomp chomp chomp y clac clac clac

su dulce saturación de salsa.

Y el taquero hermoso, calvo y divino me regala una paleta,

me dice cuánto he crecido, con sus dientes de arcángel embelesado.

Nos entrega después la bolsa azul con rayas, aún llena, aún cerrada,

rebosante de esperanza.

Cuando llegamos a casa, mi hermano pone la bolsa sobre la mesa del centro de la sala.

Y solo tenemos el presente

y un taco,

dos cosas que significan exactamente lo mismo.

Satisfacción (Arte poética)

Satisfacción es ver unos tenis colgados en un cable de luz.

Ahí, en la noche, en medio de la calle.

Satisfacción es escribir, sobre unos tenis colgados en un cable de luz;

tomar la imagen, hacerla mía,

como si fuera un pedazo de pastel de chocolate,

horneado sólo para mí, para mi alma.

Satisfacción es no dejar de cantar, cantar,

subir la voz, afinar el oído,

mientras hablo de unos tenis colgados, nada más.

Mover las piernas al ritmo del golpe silábico

mientras leo este verso,

mientras mi rostro resplandece.

—Nunca me he sentido tan bella como cuando leo poemas—

Siento que la mejor cámara del mundo,

con la mejor iluminación del mundo, me está apuntando.

Siento como si una parvada de treinta colibríes amarillos estuviera rodeándome

y cada uno, con su pico, lograra ponerme un listón en el cabello:

el peinado más hermoso de este lado del río,

el peinado más hermoso para acompañar al verso más hermoso

en la estrofa más hermosa, al menos por ahora, posible.

Satisfacción es el día en que mi abuela río como una guacamaya,

sentada en su silla reclinable, después de leerle un chiste

que en realidad era un verso, además muy doloroso,

pero era simpático (y estaba bien construido).

Satisfacción fue la misma abuela desnuda,

después de su baño, mirando al vacío

y recordando claramente una estrofa de Stevens.

Satisfacción fue mi sonrisa al reconocer el verso.

Satisfacción fui yo intentando escribir un poema, a la manera de Stevens,

con las manos temblando.

Estoy segura de que si le mostrara a mi abuela

la imagen de los tenis colgando en un cable de luz,

la entendería,

siempre y cuando estuviera bien escrita, bien planteada,

bien acomodada, en un poema.

Entonces sentiría satisfacción. La sentiré.

Domingo en Puerto Morelos

Éramos tú y yo, y un banco de peces.

Los tres fenómenos: un organismo.

Había un azul grisáceo estremeciéndose, durmiendo en nuestros trajes de baño.

Éramos la espera que se revolcaba, la espuma,

las líneas de nuestras manos uniéndose bajo el agua.

Y un auténtico sol arrugó dulcemente las comisuras de sus ojos,

como una frecuencia rápida que grita ¡Vida!

Éramos la bocanada de sueños que solo nacen a finales de septiembre.

Y tú y yo, y nuestra amistad

                (montoncito de arena entre los dedos de los pies)

                         y el banco de peces y

                                          nuestras miradas de cetáceo;

                                                        nos sumergimos.


Autores
(Ciudad de México, 1994). Maestra en Creación Literaria con concentración en Poesía por The New School, Nueva York. Escribió “Oscilo entre ver mi teléfono y verte a ti” (Valparaíso, 2022). Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2021-2023). Obtuvo el IX premio Alejandro Aura en el 2023. Actualmente estudia la Maestría en Psicoterapia Psicoanalítica en el centro ELEIA y es becaria del programa Jóvenes Creadores del SACPC (antes FONCA) en el área de poesía, donde trabaja en un libro sobre las mariposas y la garganta.
Ilustración realizada por John Marceline
Ilustración realizada por John Marceline

Es un gran honor estar aquí hoy con ustedes.

Yo soy Cheyla Samuelson. Hoy en día soy profesora de literatura y lenguaje en San José California. Hice mis estudios doctorales con la doctora Sara Poot-Herrera, y por ella conocí a la gran Cristina Rivera Garza en 2006. Dediqué mi tesis de doctorado a la obra narrativa de Cristina, intentando seguirle los pasos y entender sus vuelos. Siempre, al principio de cada libro, había un dedicatorio: a lrg. Quería saber más, pero un extraño pudor me retuvo en el acto de preguntarle a Cristina sobre lrg. Aunque estaban a plena vista, esas pequeñas letras me parecían de alguna manera privadas.

No me acuerdo cuando supe que lrg era Liliana Rivera Garza, pero me acuerdo de mi condolencia, mi horror ante que algo así había pasado a la familia de Cristina. A esta persona a quien tanto estimo y quiero. Saber que la autora a quién más admiraba había perdido a su hermana menor por un feminicidio se me encogió el corazón. No era justo. Era terrible e impensable. Me hizo pensar en mi propia pérdida, la madre de mi mejor amigo de la infancia, asesinada por su pareja y después alguien de quien nadie hablaba.

Cuando años después salió el libro El verano invencible de Liliana, lo busqué con ansiedad, pero después no pude abrirlo. Confieso que tenía miedo. Tuve que esperar hasta tener un espacio privado y un tiempo sin interrupciones para sumergirme en el texto. Cuando por fin lo leí, de un tirón, me quedé, de hecho, destrozada. Me acuerdo que lloré a gritos, desolada, devastada por la pérdida de una chica magnífica, tan amada por su familia y sus amigos. Enfurecida con la idea de que un hombre mezquino pudo cortar en un instante la vida de un ser luminoso como Liliana.

Pero también me acuerdo que mi corazón celebró la victoria de Cristina sobre el olvido y la impunidad, sobre la oscuridad y la impotencia. Celebré el gran regalo de conocer a Liliana Rivera Garza por sus propias palabras, por las palabras de la gente que la quería. Este acto de recuperación por Cristina, tan delicado y tan respetuoso, es un acto de puro amor. Ha compartido a su hermana Liliana con nosotros, y ya todos la querremos, para siempre.

Por eso, es tan conmovedor estar con ustedes hoy, con Sarita, con Cristina y con lrg. Liliana Rivera Garza, querida hermana menor y estudiante brillante de la arquitectura, mente inquietante y corazón valiente, mujer y hermana e hija, ella está con nosotras, nosotros, y nosotres hoy. Y estamos con ella.

Justicia para Liliana, Justicia para todas.


Samuelson, Cheyla “Para Liliana en la Calle”: Presentación de libro/performance/protesta, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, Nov 29, 2022


Autores
Dra. Cheyla Samuelson es profesora asociada de español en el departamento de World Languages and Literatures en San José State University en San José, California.
Ilustración realizada por Hilda Ferrer
Ilustración realizada por Hilda Ferrer

2024 y son ciento catorce años de la propuesta de Clara Zetkin sobre el Día de la Mujer Trabajadora y casi cincuenta de la declaración de la ONU sobre al Año Internacional de la Mujer. Por supuesto, en el inter hubo otros sucesos que resultaron de la lucha por el sufragio y derechos laborales de las mujeres. Érase una vez hoy ahora aquí es un dossier que exhalta el espíritu imaginativo y crítico de un grupo de escritoras y una comiquera a propósito de lo anterior y por ser el mes más morado del año. Esta conmemoración se refleja en un ambiente combativo y festivo, observado en las acciones de visibilización y las marchas que suceden en todos los rincones de nuestro país. Estas acontecen ante un hartazgo que se acentúa por la apatía y también vileza del Estado mexicano. Sea pues esta muestra una vívida evidencia del ejercicio escritural y artístico, que apela a la libertad de imaginación, pensamiento y acción. Pero, además, que evoca en sus sustratos la persistente demanda histórica por la efectiva igualdad en los derechos de las mujeres, el fin de la violencia machista, el fin de la explotación sexual y la mutilación femenina, etcétera. Las escritoras y artista aquí reunidas, se trasladan en distintos géneros literarios, como la poesía, la crónica, el ensayo, la traducción y el cómic. Escritoras y artistas que transitan los territorios aledaños de Baja California, Chihuahua, Nuevo León, Guanajuato, CDMX, Chiapas, Oaxaca y Yucatán. Algunas en español, algunas en lenguas originarias como el mije y maya, otras en inglés o switcheando en spanglish y en imágenes. Agradezco su generosidad por la colaboración a las escritoras Alma Vigil, Ana Fuente, Buba Alarcón, Cheyla Samuelson, Diana Domínguez, Lola Horner, Lourdes Figuera, Marisa Ruiz Trejo, Rebeca Leal Singer, Samanta Galán, Sásil Sánchez, Victoria Laphond y también a la comiquera Anakareninja. Érase hoy una vez ahora aquí todas.


Autores
(Monterrey, 1979). Poeta y gestora cultural. Ha publicado los libros de poesía: Larga oda a la salvación de Osvaldo en co-autoría con Sergio Ernesto Ríos, iremos que te pienso entre las filas y el olfato pobre de un paisaje con borrachos o ahorcados y Lo mejor que damos. Antología personal. Actualmente colabora con Benjamín Moreno en el proyecto de experimentación textual, visual y tecnológico Benerva! Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte.

I

K’un k’un la stup’ sba te ak’ope,

jich mala walbon xan te jbiile.

Ch’ayluj bael ach’ulel

mala jluts’ bajtik xan ta ajk’ubaltik, 

tukelnax jilon li ta jnatik.

Namalto k’inal ya jk’eluyat,

mak maba jta’at ta ilel

¿Banti ayat ya’tik?

Jilan ta yaxinal te jk’abe

yu’un yato sleat ta spisil bebetik.

Ko’tanuk kilbet asit manchuk tame ta spatilal 

ya ach’ayon ta awo’tan ta sbajtel k’inal. 

Poco a poco tu voz se extinguió,

y mi nombre no dijiste más. 

Tu alma desapareció 

y en las noches no volvimos a abrazarnos,

me quedé solo en nuestra casa. 

Desde lejos te miro, 

pero no te encuentro

¿En dónde estás ahora?

Quédate en la sombra de mis manos

que te buscan en todos los caminos.

Desearía verte sin importar que después

me pierdas para siempre en tu corazón. 

II

Jun k’aalil ta uil yu’un mayo la jtulante sba 

jich la jpak ak’u te la wijkitay jilel. 

La ka’y ats’umbal ta oljibal ak’u, 

la k’aybey achik’ ta achilil, 

ma nanix k’ejelto baemat yilel. 

La k’ej ta kaxaetik te ak’ue, 

ja’i la jtu’untestik k’alal jelotik ta naintesel te jnatike.

Ko’tanuk te yato x-ochat ta ak’u k’alal sujtat beele. 

Un día de mayo me armé de valor

para doblar la ropa que dejaste. 

Te sentí en los hilos de cada prenda,

en el sudor que tu blusa guardaba, 

como si aún no hubieras partido.

Guardé tus pertenencias en unas cajas, 

las que usamos cuando nos mudamos a esta casa. 

Espero que a tu vuelta la ropa te quede todavía. 

III

Jun k’aalil la jtsob abiluk, 

la jtikun beel ta ana banti ch’iat a. 

Ma’yuk binti la sch’ab xk’uxul ko’tan 

k’alal la jbeentes a beele.

Mak maba spisil la jkich’ beel lok’el, 

ay nanix te binti maba la jtsob a: 

te stsotil ajol te busul ta lum, 

te yejtal ak’ab lap’al ta junetik, 

te sbujts’ abak’etal ta jwe’el,

te slok’ombail asit ta j-altal.

Ko’tanuk te ma xa awa’y te ay binti maba la jtikun beel

k’alal ya wil te abiluke,

soknix te ma xa wa’y te mel o’tanile

te yato ya’y jbak’etal.

Un día moví tus pertenencias, 

las mandé a la casa de tu infancia.

No hubo nada que colmara la dolencia

de encaminar tu partida. 

Pero no pude llevarme todo,  

hubo restos que no junté: 

tu cabello en el suelo, 

tus huellas en los libros, 

tu sabor en la comida, 

tu foto en el altar. 

Espero que no sientas que algo te hace falta

cuando decidas revisar tus cosas, 

ni que tampoco encuentres la nostalgia

que habita en mí.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Cuadro de estambreː arte del pueblo wixárika, fotografía de Juan Carlos Fonseca (CC BY-SA 4.0 DEED)
Cuadro de estambreː arte del pueblo wixárika, fotografía de Juan Carlos Fonseca (CC BY-SA 4.0 DEED)

Nɨawari

Nepɨnɨawa taniuki ma’eniɨriɨ kɨnikɨ

wa’atɨ matɨari pɨtiwiye witarita.

Xepɨpɨtsi ‘eekayari hapaɨ yemuritsie

makaneika, tetexitsata meukakɨkaa

naxi netenie mepɨnetsitawiri

nemɨka niukukanikɨ.

Ta niuki tawarí pɨka ‘umaweni

nekaniuwetɨ nepɨka hayani.

Teteexi nepɨkuyuitɨanɨ tɨrɨkaɨyemekɨ

niuki ma ‘eniɨrikɨniki kemɨ’ane

parewiya meme’a’iwawa.

Tepu’uwani tekahayemamatɨ,ta nanayari

tukari meuhane memɨ ka ha witekenikɨ

tumuanari tsatapaitɨ tepatinexɨani

tuutu mɨtiununuiwa hapaɨ Wirikuta mu xuawe.

Ta Tukari tawarie pɨtaweene,tatutsima

takakaɨma wa iyari temɨkaxeiyakɨ.

Canto

Canto para que nuestras voces

 se escuchen como las primeras

 lluvias de verano.

Como un soplo de la brisa de las montañas

cayéndose entre las rocas.

Pusieron cenizas sobre los labios

 para que me quedara callada.

Nuestra palabra no será silenciada

nuevamente.

En silencio no me voy a quedar.

Tocaré tan fuerte las piedras para que

se escuchen todas las voces que luchan.

Viviremos sin miedo,

Nuestras raíces jamás serán cortadas.

Renaceremos entre el polvo

para brotar como las flores del desierto.

Nuestros hilos volverán a tejer la memoria

de los ancestros.

Niuki

Ne niuki mɨkayɨtɨmaiyanɨa nepɨyiane.

tsepa kepaɨmetɨ munuyemie te’u’uwatɨ 

ne mana nepuyeikani.

‘amutsie neyewetɨ ne nanari pɨtayɨra hakewa

 ne niuki meyɨrani.

‘Imɨari nepayani ‘iyaritsie pemei’enikɨ,

Túutu nepayani mɨkɨ’iyaritsie meukunexɨani,

mana puyuhayewa ‘ayeiyari, nɨawari tsiere yɨrari.

Palabras

Soy la voz que nunca olvidarán

pasarán generaciones y generaciones 

y yo estaré ahí

presente en los pensamientos tuyos.

Echaré raíz bajo la tierra donde puedas andar

 recordando mis palabras.

Seré la semilla que plantaste en cada pensamiento,

seré esas flores que broten en los árboles,

de ese árbol quedará mi recuerdo.

Hikuri

Hekɨ tita haɨmɨ pe ti yɨane

mana wirikutsatsie penyu ‘uxipitɨa

‘ekɨ tutu pepɨ hɨkɨ,mana meti neika

‘ekɨ tutu pepɨ hɨkɨ teuteri me mu wautɨwe ne kie tari.

‘Ekɨ nenewieri pe pɨ hɨkɨ  ne ‘iyaritsie pematinuiwa

ne teteima ne kakaɨme nekawara tɨmamaiyanikɨ

ekɨ niuki penetsipitɨa ne kwara tɨtɨmaiyanikɨ

 ne kiekaritsi kemɨra ku ane.

Peyote

Eres un misterio que reposa

en esas tierras desérticas

eres la flor que brota en el desierto

eres la flor que buscan los hombres

de mi pueblo.

Eres plegaria que surca mis labios

para honrar la memoria de mis ancestros

tú me das el rezo para cumplir

 las promesas en la tierra.


Autores
Kɨpaima Norma Robles Carrillo es originaria de la comunidad de Mesa del Tirador municipio de Bolaños, Jalisco. Es licenciada en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Nayarit y maestrante en Creación Educativa por la Universidad Autónoma de Querétaro. Cuenta con experiencia en docencia, gestión educativa y desarrollo de proyectos interculturales, así como en la impartición de talleres de lengua, arte y cultura wixárika. Actualmente es presidenta del Comité Organizador del Congreso Internacional Yutoazteca y colabora en la Coordinación de Derecho Indígena en la Universidad Autónoma de Querétaro. También forma parte del Consejo Asesor de la Universidad de las Lenguas Indígenas de México. Escribe poesía en wixárika, ha realizado trabajos audiovisuales galardonados con varios premios nacionales. Es autora de un libro en prensa sobre un bestiario que cuenta los relatos de las vivencias de los estudiantes de pueblos originarios.

Jk’eloj xjoyjun ta vinajel li xuleme, xpechech yalel tal, xpochlij vulel ta jba. Smajolan sk’uk’umal xik’, ik’bajan sjamlej xva’et spukukal. Ma’uk to sba vul, nax xa sts’otibajik ta jts’el spojpojbe sbaik li skomelal jbek’tale. Banomil li’e noj ta k’a’ep, busul vok’ol limite, nailoetik. Li yalobaltik bu oyune ch’ayob chamem ts’i’.    

Pixil li vul ta ik’al nailo. Jkot me’ k’anal ts’i’ sjots’jun lik slok’esun ta kavil, level yiktaun komel. Yaxal vovetike xvonlajan ta jba, ta xokon sbek’tak jsate xve’vun sakil xuvitetik. Li jukoj xojobal k’ak’ale ta x-ech’ yik’ lek’tajesbun jnukulil, yantik xa xi k’a’, li jch’ilte’e ta xa xchilbuj.

Xuleme luchul ta jch’ut chavajtik sni’tak yich’ak yok, bojboj balom k’o’ li yee, pitajtik smuk’tikil sat, tsoj t’axal snuk’. J-ich’ k’elvanem o. Ta xvi’naj jech k’ucha’al li vi’naj eke. Bot’ajtik jsatkutik jk’eloj jbakutik, stuke lik sja’an jutuk sjol, yich’be yipal, lik xch’oj ta ti’el snukulil jch’ilte’.

Xchilchun yok’el chil lik skap sba ta yavanel k’anal ts’i’ xme’on ok’ chotol ta pat mok. Sk’eloj muyel vinajel, chijil k’anal ta stsajubel sbek’tak sat. Ta jit’bil moke xkujuj jelavel snak’obal Chino, sak jaman yiloj sbe. Nat xanav ech’el, stabe yalobal sbelel tulantik. Chinoe balomchik’ sti’ba, natik sjetbenal yok ta xanav yalel, xvusvunet sni’ ta xich’ ik’. Ta jutek’el sbee ta xnik sjoltak yakan. Oy no’ox buch’u tijil tal ta spat ta xa’i. Stsavlajet sbek’tal li Chinoe, xpoch’lajan stek’ben ta takin yanal te’ bajemik ta beetik. Jujulikel xjoyij ta sk’el spat xokon, ta xt’el yo’nton ta xi’el. Xchibal sk’obe xnikubaj stsakoj li sti’ yikatse, ik’ sbon teltel skajanoj ta snekeb.

K’ot ta Jolna xulemtik. Chinoe xchepan yikats ta sba balom tsonte’ ton, xyoket sjomomil yik’ och ta sni’, xtubaj xa. Stsak xch’a snuk’ skoton, skus o li xchik’ ta sti’bae. Tontik xa’abtik yavil li ch’ayob k’a’epe, sukulal sjoylob yolon noj ta ch’ixal te’tik. Xjaxaxet ta xyal sikil ak’obal ta yanal tulanetik. Chinoe sna’oj ti nopol xa buy ji’il k’a’ep ta olontike, tsots ti k’usi yik’ stuil ta sjik’bee. “Li’ sjipojik mu chamem ts’i’e”, snop. Yikatse syales ta lum, lik spuj ta tek’el, xvoch’och’ yalel xchi’uk yavil. Kakal k’ot ta yan k’a’ep, jatantik k’ot ta ch’ix li snailoale. Chinoe xcha’k’el spat xokon, yak’ muyel sat ta ak’ol, ik’ tsukan snak’obal te’etik, mu’yuk k’usi yan sta ta ilel. Ch’abal xa lek sk’eloj sutel sbe, xt’elt’un yo’nton, li sni’ yoke chukul k’ot ta yak’il ch’ixal makom. Mol varach slapoj, k’ajomal ja’ sta batel ta tsakel k’alal lok’ ta snae.

K’ajtsaj ta be karo, Chinoe stambe sutel sbelel sna, anil xpochlajet jelav yav yok ta semento be. Ts’i’etike stsoplajan xa ta xti’vanik. Cha’bej namal na sk’an xk’ot ta sti’ smok snupoj k’otel Sisil. Antse ja’o k’un xkujkun ta xanav tal, ja’ to sutal ta vok’esej olol. Vinike naka xa stastun xa xich’ ik’ ta jujetel li yoke. Sisile stoy sjol, ojtikinvan, stse’et xa lik k’oponvanuk, “jmak me jbatik ta be chkil tana, jelavan me talel”. Nuruch’tik xa snukulil sk’ob xchechoj jbej bik’it bin, xyoket yik’ koko’on. Chinoe ik’ pochan xokontak sat nopol ilat, ch’etel natik stsatsal sjol, xk’elvan xa ta jek. Mu xlok’ xk’opoj, jeche’ jisil ye yumoj xi’el, t’uxul stsajal koton ta xchik’. Me’ Sisile xlaet  li ye k’oponvane, sjalil xa ak’obal sutal ta k’elvanej, ay svok’es komel syial mom ch’abal ts’akal yual vok’. Ta anil taat ta ik’el yu’un nopolik xa sk’uxul yol li yajnil smome. Un nene’ kerem. Mu xa ox x-ak’at sutuk ta sna, ja’ xa no’ox li ta to xk’ot yak’ ve’uk xchi’il komem stuke.

Yalem toke xbek’et ta xk’ot ta banomil. Sik kotan snaik li Sisake, mu jbejuk xch’ailal skap sba ta tok. Jlak’naetik ta Sak ak’obale la’bal ya’ik ch’abal xilik o xlok’ ta sna li Sisake. Uche te xvelvunet ta vu’lal ta sjak’ bu batem li svixe. “Batem ta tul chenek’, “sob lok’ ech’el ta rominkoal”, xi no’ox ta stak’be smu’ li Chinoe, jech ta xotes ta yut na. Uche sk’elbe sti’ li na sna’oj bu sbajleb stsebik li Sisake. Ak’bil sve’el jujun sob, ta xlok’ ta pana ja’ to me ta xbat xch’ay sbae. Ta xk’exavik o petsan li stsebike, balunlajuneb xa ya’vilal te xbajet o yu’unik. Mu buch’u xbak’, Uche sut batel.

Yajvaltak parajee sna’ojik me yakub li Chinoe jal ta xlok’ batel. Bak’intike, Sisake ta xbat ta sna skerem ta paraje Moran, oy xjalij sjunul xemuna tey. Ta sutalel ja’ sna’oj me xlaj yot li stsebe, bak’intike sts’ikoj xa vi’nal ta xvul sta. Jlak’naetike ja’ ba’yuk yilik jamal o sti’ li sch’ayobbailik Sisake. Jech ono’ox ta xjam stuk ta ik’ me bak’intike, yu’un mu xa xtun slauxal. Mu’yuk to’ox k’usi xalik, namajtik to li snaike.  

Sisile ja’ la st’ab ta paraje ch’abal xvinaj o li Sisake. Lik sa’el li Chino eke, st’unik k’alal ta Okosinko me ja’ te k’otem ta sna stot sme’. Namal vinik ono’ox talem. Ja’ no’ox li’ ta Sak ak’obal tal ta naklej xchi’uk yajnile, yojtikin sbaik ta chon chicle ta Tuxta k’alal keremik to’oxe. Sutik o talel ta paraje k’alal vok’ sba yolike. Sisake mu’yuk ep alaj, k’ajom cha’vo’ yalabik: jun sba skeremik ch’akem xa ech’el ta naklej, mu sna’ svu’lan li stote yu’un kapen o sjol ja’ li mu’yuk ak’bat yosilal snae, xchi’uk jun spetsan tsebik.  

Xch’e’lajan jtajimol ololetik ta skanchail chanobvun. Ta yutil jbej snail tsobobbaile noj vinik antsetik. Ajentee lik yalbe sk’oplal xch’ayel li jchop jnakleje. “K’un ch’abik lok’el yiluk”, stak’ li Sisil tey oy eke, ja’ nopol yiloj sna xchi’uk li Chinoe. Ts’ijajtik to’ox xchikintaojik li vinik antsetike, k’unk’un lik sjak’anbe sbaik bak’in xa la sta satik li Sisak xchi’uk Chinoe. Uche te yabinoj ti tsobajel ta chanobvun eke. Sna’oj ti buch’u ch’ayeme ja’ svix, k’alal ya’i ch’abal xa bu xvinaj o li Chino eke lik ochuk ta at o’nton. Ja’ to yile chukbil xa ochel ta komite li Romine, stuke lik sk’ej sba lok’el ja’ snop me xcha’jak’bat buy batem li svixe. Stuke k’oponbil xa no’ox ba’i ta komiteetik. La yal ti mu’yuk k’usi xa’ie.

Romine chi’inbil jelav ta oxvo’ komite, va’ajtik k’otel ta yeloval yajval paraje. “Mu’yuk k’usi jna’be jtot jme’ me vo’one”, Romine la stak’be komite ta slikebal k’alal k’ot yich’ sa’el ta snae. Xjajet yajval likel k’alal va’i ta sts’el ajentee: “¡K’u ono’ox xi ti keremote!, ¿Me yu’un mu’yuk chavak’ ta vo’nton avayaneb? Mu xa na’ bu oy ti atot ame’e, ¿Ti avixlel xtoke buy oy? ¿Me oy xa k’opon me yu’un juynom keremot?”, sta vulel ta yajval paraje. Ts’ijil to’ox, k’unto lik yal ti mu’yuk buy lek ilbil yu’un stote, ch’abal ak’bil yosil. Stuke batem ta naklej ta Moran, sparaje yajnil, xchi’uk oxvo’ xch’amaltakik, “ak’ik perton, vinik antsetik, pasaroetik, jva’lej xchi’uk komiteetik. Jech, oy ti jmule, mu jna’ xi jvu’laj. K’usie jtot jme’e ch’abal ono’ox sbisojikun ta skeremik. Vo’koxikuk ava’ik k’alal lok’an xi j-utate. K’elavilik li’ pak’al yav sna’obil me jtote, jme’e sna’oj lek. Skoj jun xi tak’av ti jmule”. Romine sjol skamisola koton, yak’ ta ilel xch’ilte’, lut’ultik sak yavil nukul ta sbek’tal. Yajval parajee xch’e’etik xa. Lik k’opojuk Pegro, jchon lobol ta karo: “¡Li joven le’e jech li k’usi ta xale, jna’ojtik pukujil mol li Chinoe. Vo’one la sta jsat jun k’ak’al, yu’un la kil jtuk, yich’ nujanel ta ich ta sbik’tal li joven lee. Ta’lo ya’i tsitsele lok’ batel. Xkojtikin me le’e, jun yutsil sna xchi’uk yajnil!”. Yajval parajee ya’beik smelol. Xchap sbaik ta sa’vanej. Ay st’abik ta jteklum ti ch’abal jchop jnakleje.

K’ajom ilvanik chanjot yi’bel xamital na. Vo’one naka li sutal ta stulel jchenek’, sts’e’etel xa k’ak’al li vul. Mu’yuk ta xi jalij kaloj, mu’yuk xkak’be komel yot li jtsebe, mi ta xvi’naj xae oy xlok’ k’elvanuk bak’intik. Jmalale naka to xkux ta schamel spox, vayal kom ku’un. Jchepan kikats ta amak’e ka’i pok’ol k’ojol xi chbak’ ta yut na, jkiloj xa ochel jpek, ja’ to chkile yuk’ul ch’ich’ ta snak’obal xila. Jtsebe tek’bil sjol ta lumtik yu’un stot, mu xa xlok’ xk’opoj, bots’em lok’el xchil ta majel, jpek’e mu’yuk ka’i k’uxi kol ta jk’ob. Ik’ velan sat joyij sk’elun li jmalale, muk’ xa’i vul jchepan kikats. Sk’obe xt’elt’un ta xi’el, kej xi yalel ta kichon. “Ts’ijlan me, mu me jk’an xaval k’usi avile. Atsebe oy me smul”, xi yutun. Naka xa jisil ye, jlikel vovij ta anil; va’i, jeche’ xa xjoyibaj. Ch’ayel k’ot jch’ulel ka’i, k’un to lik avankun ta xkapta talel jlak’natak. Stuke ta anil ba sbaj sti’ jnakutik. “¡K’usi pukujil jech tal smilbun jtseb le’e, kajval!”, xi avet ta ok’el jk’eloj banal ta lumtik li jtsebe. Bat to jtoybe sjol, jmey to ka’i, “kuni juynom tseb, a’bol ti abae”, k’ixin to sbek’tal jopoj.   

La stik’be sts’otobil ti’ na li Chinoe, jk’eloj k’usi ta spas, jeche’ xjoyet. Lik jak’be, “¡¿K’usi smul li jtsebe?!”, xi viket likel, mu k’u jech o ka’i sk’uxul li jvokole, ka’binoj to natik natik ta xich ik’. Velel sk’elojun li jchi’ile, ik’ balan ta xi’el, juju likel xa skusilan ye. Li toy jtsak li jxilae, tuk’ li bat ja’ jk’elojbe li chakpochan sti’bae, ta ox jisbe kaloj. “¿K’u yu’un jech la pasbe ti jtsebtike?”, jt’omel kok’el. Chinoe natil bak vinik, stsakoj k’ot li yok xilae. Mu’yuk xk’ot ta sti’ba ku’un. Xilae sjip batel ta chikin na. Mu xa xkil me skapemal to sjol me xi’el xa ta x-ak’bat, lok’ slikok ta ye, k’ajom ti sat bot’ajtik sk’elojun oe. Joyij toe la jnitbe skoton ta spat snuk’, mu’yuk nat xuj ku’un. Xlikik tal ta jts’el, jmalaoj me ta jsat ta spok’bun majel. Ma’uk, sni’ xonob xtijluj k’ot ta sk’unil jbek’tal. Jun to sk’uxul ka’i, to jbatel li kom yu’un yipal. Xi vutsuts yalel ta lum, j-ik’ubel li osile. Mu x-al ku’un jaymoj to tek’el la kich’, mu x-al ku’un k’u sjalil te telelun.

Vul jch’ulele patalun ta lumtik. Mu xi toy ta sk’uxul jk’unil o’tak, sjunul jbek’tal. Ti’ nae bajal, jtsebe ch’abal xa tey yo bu to’ox banale. Mu xlok’ xi avan, xi k’opoj. Ko’ntone makem. Kok jk’obe mu xlaj bak’anuk. K’unk’un tsatsub talel yipal jol, sts’ununet yavanel. Jchikine jeche’ xjomomet. Mu xka’i me oy k’usi ta xbak’anuk, mu jna’ k’u sjalil tub kik’.

Xlevev ochel tal ti’ na, na’bal sakil osil och talel. Sni’ xonob la jtabe ta ilel li Chinoe. K’ajom sts’ilts’un jsat, kil lik staan yalel lastikoetik jok’ajtik ta ts’amte’. Och ta stsobanel binetik, jeche’ vovijem. Mu jna’ bu ay yak’bun komel ti jtsebe, muk’yuk xjak’ ku’un. Xvelel nopaj tal sk’elun, ko’ntonuk avankun. Spikbun jnuk’, ya’i k’ixin to sbe jch’ich’el; sts’ot ta sk’ob stsatsal jol. Xbanet jbek’tal yu’un. Smakbun ke ta spach’omal sk’ob, stuch’bun kik’. Xi uj-unet to ya’luk, kok jk’obe xit’lajet xa. K’unib o jbek’tal yu’un.

Jmalale skilun batel ta xokon tak’in ti’na. Vo’one ch’abal xa yech’omal ke. Mu sta jsat me ja’ snak’obal li jtseb svotsotset ta lumtike, xjoyet ta jts’el, tse’ej xa xa’i sk’elojun. ¿K’ucha’al ti tse’ej xa’i une?, ¿Buch’u antsil le’e?, ¿An k’usi tal ta sjol ti jchi’il jech yilbajinunkutike? Mu’yuk xpoj ku’un ti jtsebe, ta to jpikbe sk’ob kaloj, ta xka’i me k’ixin to. Mu’yuk xa k’usi pas ku’un. Jbek’tale yakel xa ta xk’eje lok’el. 

Chepel yikats ta xokon ti’na xtobtun jk’eloj li Chinoe. Xvik’lajan saktsel ta yok vinajel, xlomlun lik bak’uk chauk. Nom yech’omal snuk’ kotsetik xkokoretik ta ik’vanej. Ta yutil jnaklebe yuk’ul kom stsajal jch’ich’elkutik. Mu xka’ibe yik’ jxinal, jeche’ xa no’ox t’ayal sikubem. Stek’ob sk’ob ta xanav o jtsebe nom javajtik kom ta yi’bel spak’obal xamital jna. Kil to losajtik tsajal nene’ k’u’il ta sba jvayeb, lok’emik xa sbon. K’alal la kik’ jbakutik xchi’uk Chinoe la yalbun ti jkechan stunesel nene’ k’u’iletike, mu la k’usi xtun o k’alal ta xchil stsek jchamo’ oyune. K’alal la to’ox jlap vexal ta Tuxta chi-abtejkutike xu’ to’ox la, yu’un la ja’ li joyik jk’u’e. Li pak’ajtik ta sba jteme ma’uk ku’un. Jtsebe mu’yuk stunes o ek.

Chinoe balomchik’ t’axal xtobtun ta sba Uch levajtik yo’ yu’un. Teme skits’lajet ta bak’el. Ta yokinabe votsajtik yalel ts’irim sk’u’lal chijik xchi’uk jlik estampre tsekil, ta xokone losol jlik sakil chilil tsoj sluchal ts’isbil ta makina. Ti’ nae k’ajomal nubul. Ch’ay yo’nton smak lek li Chino k’alal yotes li smu’e. Ma’uk to sba velta jech ta spasik. Lok’ xa jun ja’vil xchi’intal sbaik, ja’ no’ox me lok’ batel li Sisake ta sta ta ik’el ta sk’opojeb li Uche. Nak’al to’ox ta sk’el sbaik. Jujun rominko me bat ta lum li Sisake, Chinoe ta xbat sta ta sna li smu’e.

“Oy k’usi xvololet ta xch’i talel ta jch’ut”, skaskun k’opoj ta xokon chikinal li Uche, “xchanibal xa yual ch’abal ta xkil o u”, yalbe li Chino ko’ol k’ak’ubem sbek’talike. Oy ta yo’nton ta sk’an jkotuk yol. Ta stsebal to’ox li Uche lik sk’upinbe yutsil va’va’ sat li smalal svixe, jamal lek sti’ba. Jech mu’yuk malij o, mu’yuk la xch’un k’oponel ta yan vinik. La snop ta x-ik’at yu’un li Chinoe, ja’ ta x-iktabat li svix yaloj xva’vunet ta svu’lanel nopolik k’ak’ale. Yil ch’abal ta x-ak’bat sat ta stojolale lik spajes sba. Jun k’ak’al cham sme’ik li Sisak xchi’uk Uche, stuke juynom xa kom ta na. Ta nak’al lik slo’labe smalal li svixe.

Chinoe vovijel k’ot sjol. Jlikel skil sba lok’el ta sbek’tal li smu’e. La to sjak’be me mu’yuk sbik’oj o talel ti smakobil yol smanojbee. Uche mu’yuk xtak’av, k’ajom ja’ kaji muyel ta sba li Chinoe, xcha’likesbe sk’ak’al.

Stseb Sisake sts’ikoj vi’nal, lok’ sk’el me yu’un ch’abal nakal ti sme’ mu’yuk xk’ot ak’batuk o yote. Spetspun jelav ta jot na, sta ta ilel level sti’. K’ot ta sts’ele ya’i oy k’usi skits’kun ta xbak’ ta yut. Slev ochel li ti’ nae, ya’ibe ye stot ta xk’opoj ta scha’k’olal snaik, spetspun jelavel. Jutuk xk’ojk’un li stek’ob te’ ta skil o sbae, ta yeloval tem petsel k’ot. Ja’ to yile t’axal ants xchotchun ta sba stot, yomol ta jbej sjol. Jlikel joyijik k’elat li tsebe. Ja’ to yil sat sjunme’ li antse, “tot, k’ucha’al le’e”, jbel k’opoj, sjoybin ox sba lok’el. Stote jlikel toy ta anil. Uche slapanan xchil, stsek; jech mechuk xchuk lok’el xch’ut, li svetere sjopoj xa lok’el. Chinoe mu a’yinbaj k’usi ta spas, jech mechuk slapan sk’u’ ek ba sta ta ti’ na li stsebe. Uche jlikel jatav batel. Chinoe ba sjoch sutel ta yut na li stsebe, lik smak li ik’al tak’in ti’ nae. Tsebe mu’yuk lok’ ech’el.  

“¡Oy anil tsobajel!, lok’anik me talel”, aptavan ta k’opojebal komite ta parajee. Xk’ot o k’ot o ta ants ta vinik. Bat jlikele noj xa li yamak’il chanobvune. Komiteetike tey xa chukul yu’unik li Chinoe, mochbil sk’ob ta yijil k’anal ch’ojon. “¿Buy nak’al staik talel le’ ne?”, sjak’ananbe sbaik li antsetike. Chinoe lik jak’batuk bu batem li yajnile. Lok’ vaxakib k’ak’al ch’abal xilik o xanav ta jnaklejetik. Chinoe jeche’ nijil, k’ajomal “mu jna’”, “mo’kun”, ta xtak’av k’alal me xch’e’et yajvale. Jak’olanbat bu batem ti stsebe, ti yajnile. Chinoe snak’oj o ta yo’nton. Jak’bat k’u yu’un bu nak’al ta ch’en taat talele, albat ti ch’abluk smule mu’yuk jech bu ta snak’ sba. “¡Yu’un oy smul, ja’ stuk!”, xiik li yajval parajee. Romine xvechet jelavel ba sk’opon stot, “¿Mi jech la ti oy amule? Alo ta jamal, ¿Me oy bu batem li jme’e me yu’un ta sni’ ak’ob oy k’usi la pasbe?”, sjak’be k’otel. Te och ta ok’el li Chinoe.

Mu’yuk k’usi xlok’ ta alel yu’un. Bajal vay ta ch’in chukinab k’anal tak’in sti’, juteb jamal sat xokon sventa ak’ob vaj, k’u’il. Yute sik bajan xchi’uk spisoal. Chinoe xt’elt’un ta sik vay, k’ajom slapoj stsajal jayal koton nat sk’ob. Xk’o’et xch’ut ta vi’nal; sitik sat ta ok’el. Sike xch’olet ta x-och ta sat chukinab. Ta sakubel yok’omale sob k’ot k’elvanuk li Uche. K’opoj ochel ta ti’ chukinab, sjak’be k’u yelan sakub. Ch’abal tak’bat o. Yich’ojbe ox k’otel yot, ta nak’al ox ta stik’be ochel, sna’oj ti lok’ xchapbenal ta paraje ch’abal ta xich’ ak’bel me sk’u’ me sve’eluk. “Me yu’un van la slok’esik ech’el ti mu bu xbak’e”, snop li Uche. Xpixoj xa xch’ut ta syaxal mochib sut el ta sna.

Komiteetik xchi’uk xokol jnaklejetike ochik ta xchajel k’usitik x-ayan ta yut sna li Chinoe. Staanik ta ilel pochajtik xila, binetik, losajtik koxtaletik; tanal ch’e’el sbel. Javajtik ste’el stek’ob sk’ob stsebik ta xchikin na. Jun komitee yil ch’ayobbail, muy batel ta k’abnel. Sk’abe jeche’ xchororet ta xk’ot ta ba axibal ya’i. Laj yo’ntone sjapbe yalel sakilal sk’opojeb, yil k’usi te bujul ta olon. Yaptaan muyel xchi’iltak.

Tsopol xa yajval li sti’ ch’ayobbaile. Lik st’olbik lok’el li stavlail spat xokone, lamina yaxibale nom xa ts’e’el yu’unik. Jal te xtoblajanik ta snitel lok’el li k’usi jipbile, staik ta ilel sbek’tal risano. Jutuk sk’an o’lol k’ak’al lok’ yu’unik ta xulel, xojbil sjol ta nailo lek chukbil sti’. Balomtso’ li bek’talile, smich’ojan sni’ik li viniketik k’alal la sjochik lok’ele. Banal xa ta yaxaltik sbek’tal yu’unik li tsebe. La staik ta ik’el jves li komiteetike. Ts’akal to ba sjok’ol jak’bik k’usi smul yilbajin stseb li Chinoe. Stsobob k’otel yajval ta yeloval chukinab. Sjambik sti’ ta yavi’. Mu xjam, ja’ to k’alal stsatsal xujik ochel ta tek’ele. Sjamobil ta yute chukbil ta jatbil tsajal kotonil, timil yalel sk’obtak bu ts’otol o snuk’ li vinik jeche’ xa te’ xik’an sbek’tale.

Sisak

El zopilote desciende con sus alas extendidas, gira en círculo hasta que aterriza sobre mi cuerpo. Sacude sus largas plumas negras. No es el único, a mi alrededor hay otros peleándose los restos de mi carne. Los zopilotes son atraídos por el basurero, lleno de desechos y perros muertos. Moscas verdes zumban frente a mi cara, los gusanos visten mis costillas de blanco.

El zopilote recién llegado ensarta sus garras filosas sobre mi carne. Su pico sucio, asqueroso, apunta hacia mi rostro. Sus ojos son grandes, me miran fijamente con su pescuezo desnudo, negro y arrugado. ¿Qué puedo decirle? ¿Que deje de comerme? Tiene hambre como yo lo tuve un día. Nuestras miradas parecen encontrarse. El ave alza la cabeza, con fuerza lanza un picotazo a mis ojos podridos; mi cráneo reluce cada día a la luz del sol.

El canto de los grillos se pierde por los agudos lamentos de una perra amarilla, sentada en la orilla de la vereda con la cabeza alzada hacia el cielo, sus ojos reflejan la luz de la luna que alumbra el camino. Un ruido de pasos distrae a la perra, es Chino quien avanza bajo la noche con la frente bañada en sudor. El hombre se dirige al monte con pasos largos, su respiración es cada vez más fuerte. Sus rodillas tiemblan al descender la vereda. La hojarasca cruje bajo sus huaraches desgastados, los únicos que encontró al salir. Chino vuelve la vista sobre su hombro a cada rato, siente que alguien lo persigue. Carga en su espalda un bulto envuelto con bolsa negra, largo y blando.

Chino llega a Jolna xulemtik, exhala aire, limpia el sudor de su frente con la manga de su camisa. Coloca el bulto negro encima de una piedra vestida de musgo. Se tapa la nariz con los dedos, escupe con asco. El basurero está lleno de ramas con espinas. La noche es fría. Un viento fuerte sopla las hojas del roble provocando un silbido. Chino percibe un olor a rancio, “ha de ser un perro pudriéndose”, piensa. Con sus manos temblorosas levanta /se quita/ el bulto y lo baja al suelo, con sus pies lo empuja hacia la pendiente. La bolsa cae rodando sobre los escombros. Chino regresa a su casa mirando a su alrededor, siente la presencia de alguien, busca en la oscuridad, no logra ver nada. El latido de su corazón se acelera. De pronto su pie tropieza con una enredadera de espinas.

Chino llega a la carretera, se dirige a su casa. Sus pasos apresurados sobre el cemento despiertan a los perros, se escuchan los ladridos. Le faltan dos casas para llegar a la suya cuando se topa con Sisil, ella camina con la cabeza agachada. La anciana regresa de atender un parto. Chino tiene la frente llena de sudor. Sisil alza la vista, reconoce a Chino, ella suelta una sonrisa al hablar, “eres tú, pásale”, se hace a un lado del camino. La mano arrugada de la anciana alza una pequeña olla de peltre, de donde sale un fuerte olor a epazote. Chino, con un nudo en la garganta, no pronuncia una palabra, saluda con un movimiento de cabeza. Su camisa roja de cuadros está empapada de sudor. Sisil ve al hombre irse. Ella apenas regresa de la casa de su nieto, quien la llamó de urgencia para atender el parto de su hijo ochomesino. El bisnieto de Sisil fue un niño. Es medianoche y ella camina de regreso a casa, aún tiene que darle de cenar a su marido.  

Una espesa neblina se tiende sobre el bosque hasta llegar a la casa de Sisak. Los vecinos se muestran extrañados de la ausencia de humo, de la falta de ruido en aquella choza. Uch, con enagua peluda y los labios siempre pintados de rojo, llegó a preguntar repetidas veces por su hermana Sisak. “Se ha ido a piscar frijoles”, “salió temprano a la plaza del municipio”, le respondía Chino. Uch observaba la puerta del lugar en donde escondían a su sobrina. Sabía que a diario le llevan ahí la comida, sólo salía de su encierro cuando quería ir al baño. Nunca se había visto una niña discapacitada en el paraje; a sus diecinueve años la tenían oculta, avergonzaba a sus padres. Uch regresaba a su casa sin decir nada.

Los habitantes de Sak ak’obal conocían bien a Chino. Cuando salía a beber alcohol permanecía muchos días lejos de su hogar. Sisak, en cambio, se iba a Moran a visitar a su hijo. Cuando lo hacía se quedaba con él hasta una semana. Pero regresaba a casa porque sabía que su hija se podía morir de hambre. El silencio de la choza se volvió sospechoso. Los vecinos se percataron que la puerta de la letrina permanecía abierta, como si no hubiera quien la cerrara.

La anciana Sisil fue quien avisó a las autoridades de la desaparición de Sisak. Los comités, al comprobar que no había nadie en la choza, buscaron a los familiares de Chino hasta en Ocosingo, de donde era originario. Chino llegó a vivir a Sak ak’obal por su esposa. Se conocieron en Tuxtla, cuando de jóvenes vendían chicles. Decidieron ir a vivir al paraje cuando tuvieron a su primer hijo. Sisak se embarazó dos veces: de su hijo mayor, que vivía en otro paraje y no visitaba a sus padres por resentimiento; y de su hija, la discapacitada.

El grito de los niños pateando una pelota en la cancha abruma a las autoridades. Un aula se llena de gente, son más mujeres que hombres. El agente empieza a hablar molesto, anuncia la desaparición de Chino y su familia. “Desaparecieron como si el viento se los llevara uno por uno”, balbucea Sisil, su casa era la que quedaba más cerca de la de Chino. El silencio dentro del aula se rompe por el bullicio, algunas mujeres murmuran preocupadas entre sí.

Uch, presente en la reunión, sospechaba de la desaparición de su hermana. Pero cuando escucha que Chino tampoco está, el latido de su corazón se acelera. Se percata de un joven al que los comités llevan a la puerta, es su sobrino Romín, el hijo mayor de Chino. Ella se da la vuelta para salir, teme que los comités la vuelvan a interrogar, había dicho que no sabía nada.

Tres comités llevan a Romín ante las autoridades, lo hacen hablar enfrente del público. “Yo no sé nada de mis padres”, dice Romín de golpe. La gente grita alborotada: “¡¿Cómo es posible que un hijo como tú no sepa nada de sus padres?!”, le gritan. “¿Acaso no reconoces quién te dio a luz? ¿Tampoco sabes dónde está tu hermanita?”. A Romín lo fulminan las miradas de los habitantes. Él tiene la frente en alto, sus ojos reflejan seguridad.

Romín nunca recibió una herencia de sus padres, vive en Moran con su esposa y sus tres hijos. “¡Me disculpo, señores autoridades, hombres y mujeres, reconozco que no he visitado a mis padres! Ustedes se preguntarán por qué, y es que desde niño sufrí el maltrato de mi padre, nunca me reconoció como su hijo. Ustedes, señores, si les dijeran desde pequeños, ‘Vete de mi casa, no te quiero más aquí’, ¿Se irían? ¿Olvidarían lo que les pasa?”. Romín alza su camisa blanca dejándose ver la espalda, “miren las cicatrices que mi padre me provocó de pequeño, mi madre lo sabía, pero nunca me defendió”. El joven señala marcas blancas por los cinchazos que recibió de niño.

Los hombres gritan, algunos levantan la mano para hablar. Pedro, el vendedor de frutas, toma la palabra: “¡El muchacho dice la verdad, Chino era muy duro con sus hijos. Una vez vi cómo a Romín le agacharon la cabeza sobre un anafre donde quemaban chile. El joven se cansó de tanto maltrato y dejó su casa. Conozco a Romín señores, él ahora tiene una casa que construyó con su propio trabajo, vive con su familia. Él no tiene nada que ver con la desaparición de sus padres”. Los habitantes escuchan, empiezan a organizarse. Los comités se trasladan a la cabecera del municipio para denunciar la desaparición.

Las paredes de mi choza fueron testigos de lo que nos ocurrió. Aquel día yo regresaba de pizcar frijoles, llegué al mediodía. No quería llegar tarde, no le dejé comida a mi hija. A veces, cuando tiene hambre, ella sale de su cuarto. Mi esposo se estaba recuperando de una borrachera, lo había dejado durmiendo. Al llegar al patio de mi casa solté mi bulto de carga al suelo. En ese momento escuché ruido de golpes adentro de mi choza, entré de inmediato con mi mecapal en la mano. En el suelo vi una silla entre un charco de sangre, el olor ácido era fuerte. También vi a mi esposo pisoteando la cabeza de mi hija, no paraba de golpearla. Mi hija, con la blusa hecha girones, no podía hablar ni moverse. La escena era horrorosa, no sentí en qué momento solté mi mecapal. Al verme de pie en la puerta, mi esposo se puso nervioso. Sus manos temblaban, se hincó frente a mí, “ella tiene la culpa, no vayas a decir nada sobre esto”, me suplicó. Él no sabía qué hacer, se mordía los labios. Se levantó inmediatamente del piso. Empecé a gritar, pedí ayuda, pero él se apresuró a cerrar la puerta. Una intensa rabia surgió en lo profundo de mí, “¿¡Qué tipo de hombre es capaz de matar a su propia hija, Dios mío!?”, grité llorando. Me acerqué al cuerpo de mi hija, la abracé del cuello, aún estaba tibio.

Chino le puso seguro a la puerta. “¡Te volviste loco!”, le grité, “¡Maldito hombre del diablo, ¿Por qué has hecho esto?!”. Me causó un dolor profundo, mi hija ya no respiraba. Chino me miró con el rostro pálido, a cada rato se relamía los labios ensangrentados. Agarré una silla de madera que tenía a mi costado, “¿Por qué le hiciste esto a nuestra hija?”. Alcé la silla y se la aventé a la cabeza.  Pero él es alto, tenía más fuerza que yo. Me agarró de las manos, bastó un empujoncito para tirarme al suelo. Con la silla empezó a azotarme el cuerpo, yo intentaba defenderme en vano. Su rostro temeroso se transformó en furia, hilos de saliva escurrían de sus labios. Con mis débiles puños alcancé a pegarle en el cuello, se volvió y se abalanzó sobre mí. Creí que iba a pegarme en la cara, pero no fue así. Con la punta de su huarache me soltó una patada en la entrepierna. Me quedé sin aire, respiré con la boca. Caí hincada al suelo, todo se oscureció. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántos golpes más recibí.

Cuando abrí los ojos seguía tirada en el suelo, intenté levantarme, mi cuerpo no me obedecía. Miré el piso, el cuerpo de mi hija ya no estaba donde lo había visto. No lograba pronunciar nada, quería gritar para pedir ayuda. Un dolor profundo en mi vientre me hizo pensar que seguía viva, aunque no lograba escuchar un solo ruido, todo era silencio.

Apareció el reflejo de una luz, la puerta se abrió. Unos huaraches pasaron cerca de mí. Era Chino quien empezó a husmear los estantes de un rincón de la choza, desamarró unos costales colgados en las vigas del techo, como un loco juntó varias ollas. Mi hija había desaparecido, no logré protegerla. De pronto él se me acercó, yo no podía gritar. Se agachó para tocar mi cuello con sus dedos, sintió que mi sangre seguía tibia. Enrolló mis trenzas, me tapó la boca con la palma de sus manos. Gemí débilmente, él me terminó de matar.

Chino jaló mi cuerpo hacia la puerta. En el patio vi una sombra diminuta, no sé si era la de mi hija. O ¿Quién era?, ¿Por qué se reía de mí? ¿Cómo se le ocurrió a mi esposo hacernos daño? A mi hija no la pude defender. Ahora sólo pienso vagamente. Veo mi cuerpo podrido.

Mi esposo me cargó como un bulto dentro de una bolsa negra. A lo lejos un trueno cimbró la tierra, su eco se convirtió en el tañido de campanas en un abismo. Enseguida escuché el llamado de los gallos. Todavía sentí el olor a sangre encharcada en el piso; aún creí ver las tablitas de madera que mi hija usaba en las manos para arrastrarse, tiradas en una esquina de la pared. Encima de mi cama había un calzón rojo que no era mío, no me pertenecía.

Chino penetra a Uch, con una mano le aprieta el pecho y con la otra le acaricia los muslos. Completamente desnudos y sudorosos, tiran la cobija al pie de la cama. En el suelo se encuentra una enagua de estambre y una blusa blanca bordada a máquina. Chino había dejado la puerta entreabierta, olvidó poner el seguro cuando Uch entró. No es la primera vez que Chino y Uch disfrutan de sus cuerpos. Desde hace un año que, luego de que Sisak salía a hacer sus mandados al pueblo, Chino llamaba a su cuñada por teléfono. Entonces se encontraban en la casa de Uch.

“Mi vientre está creciendo”, susurra Uch a los oídos de Chino, “llevo cuatro meses sin menstruar”. A Uch le gustaba su cuñado desde joven, se había enamorado de su rostro y frente amplia. Nunca aceptó casarse con otro hombre, pensó que algún día Chino se fijaría en ella. Uch comenzó a frecuentar la casa de su hermana cuando murieron sus padres. Poco a poco logró atraer la atención de su cuñado.

A Chino se le nubla el pensamiento cuando escucha a Uch. Deja de penetrarla y se acuesta en la cama, preguntándose en qué momento ella dejó de tomar las pastillas que le había comprado. Pero Uch no se contradice, tampoco agrega nada. Ella se levanta y se sube encima de Chino, le besa el cuello, lo excita nuevamente.

Afuera una joven con los pies malformados sale a buscar a su madre. Se arrastra en el suelo con las manos usando trozos de madera. Se dirige a la choza con paredes de ladrillo, tiene hambre, su madre no le dejó desayuno. Observa la puerta entreabierta. Escucha un ruido, rechinidos de madera, empuja la puerta para ver si es su madre o su padre. Se arrastra al dormitorio de sus padres, llega enfrente de la cama. Ve a una mujer desnuda, con el cabello recogido, moviendo la cadera encima de su padre. Al abrirse la puerta, Chino y Uch dejan de moverse, vuelven la vista hacia la puerta. Sólo en ese instante, la joven se da cuenta que la mujer es Uch, “¡Tía!”, es lo único que pronuncia. La mujer baja de la cama, busca su blusa inmediatamente, sale de la casa sin amarrarse la enagua con su faja. Chino también se pone en pie, cuando ve que su hija se dirige a la puerta él se adelanta para impedir que salga.

“¡Tenemos una reunión urgente, señoras y señores!”, suena el aparato de sonido de Sak ak’obal. Ante el aviso, hombres y mujeres empiezan a llegar a la cancha de basquetbol. La multitud, sin esperar tanto, mira a los comités que tienen a Chino amarrado de las manos en el poste del tablero. “¿Dónde lo encontraron?”, se preguntan entre sí las mujeres. Los hombres rodean a Chino, lo interrogan. Han pasado ocho días desde que Sisak y su hija desaparecieron. Chino agacha la mirada sin pronunciar una palabra. “¡Si fuera inocente no se escondería en una cueva, seguramente sabe de la desaparición de su esposa e hija!”, grita la gente. Romín se acerca a su padre, “¿Es tu culpa?, di la verdad”, le reclama.

Chino no habla, la gente exige que lo encierren, que pase la noche en la cárcel hasta que revele dónde están su mujer y su hija. Durante la noche un intenso frío atraviesa los barrotes de una pequeña ventana de la puerta de aluminio color naranja. Sentado sobre el piso de cemento, Chino tirita con su camisa delgada y sucia de las mangas, abraza su estómago que ruge de hambre, no ha comido desde hace tres días. A la mañana siguiente, aún de madrugada, se acercan los pasos de Uch a la puerta de la cárcel. Ella mira a su alrededor para asegurarse de que nadie la vea, habla en voz baja, pero adentro no responde nadie, “¿Será que ya lo sacaron?”, se pregunta. Uch se cansa de esperar la voz de Chino, ella le había llevado tortillas envueltas con una servilleta dentro de su morral. Sabía que, por acuerdo de las autoridades, a Chino no se le daría comida ni cobijas. Uch escucha ladridos de perros, decide retirarse antes de que las autoridades la castiguen también a ella.

Por la mañana, los comités son enviados a registrar la casa de Chino. Encuentran sillas tiradas, ollas y bolsas negras en el suelo. En una esquina de la casa levantan los trozos de madera que usaba la joven para moverse. A uno de los comités le dan ganas de orinar, se dirige a la letrina que tiene la puerta abierta. Al soltar el líquido adentro de la fosa, escucha un ruido extraño, como si los orines golpearan un plástico. Termina de orinar, enciende la lámpara de su celular dirigiendo la luz hacia la fosa, observa un bulto negro flotando encima de las heces. Llama a gritos a sus compañeros.

Los jóvenes se amontonan en la puerta de la letrina. Tres señores quitan la taza de madera, otros destraban las tablas del piso. Un olor pestilente penetra sus narices. Entre todos logran sacar el envoltorio de plástico, se apoyan con cuerdas y reglas de madera. El bulto está cubierto de excremento, intentan destapar una orilla con una navaja. Al abrirse la bolsa negra aparece la cabeza de una mujer joven, tiene el cuello atado con un lazo de mecate. Los hombres miran asombrados el cuerpo con los pies malformados. Lo reportan al juez municipal. A esas horas una multitud no duda en que Chino es el responsable. Corren a interrogarlo de nuevo. Los comités abren la puerta de la cárcel con las llaves. Sienten que el metal está atascado, lo empujan a patadas. Adentro encuentran a Chino colgado de los barrotes de la ventanilla: ven su cuello atado con las mangas de su camisa, el cuerpo está tieso con la lengua ennegrecida.


Autores
Cristina Patishtán (Chiapas, 1993). Es narradora tsotsil. Ha publicado en la antología de cuentos Sk’op bolom-sk’op choj / Palabra de Jaguar, Volumen II, en la Unidad de Escritores Maya-Zoque, A.C. (2021) y en la revista electrónica Sinfín (2021). Es coautora del libro Yayijemal ts’ibetik / Cuentos con cicatrices (2023). Obtuvo la beca del FONCA en el programa Jóvenes Creadores (2022-2023) y ganó el Premio Nacional de Cuento en Lenguas Originarias, Tetseebo (2023).

Ma’n sap gu biapma’ mi’ pai’ kioka’ Tu’ suudai’. Ma’nim sap ba’ ba paxiaram mummu Mɨɨmɨbtam, mi’ sap ba tɨɨ ma’n gu tiyaa guilhim jix abhaar, sap ba’p jum aa’: “añ mo bha bhɨira’ dhi ubii na joidham jix abhaar”. Nat ja’k gɨi mu kia’mi’ñ sap ba’ ba umua’ ma’n gu xio’gi’ñ nam maap bhɨipo’ gu tiyaa jix abhaar nat mu tɨɨ Mɨɨmɨbtam. Ja’p sap tɨtda:

—Añ mo mummuni tɨɨ ma’n gu ubii, na joidham jix abhaar, jiñ palhbidha’ ap nach bhɨipu’. 

—Ea mai’ xi jiim dho —ja’p sap up kai’ch gu xio’gi’ñ—.

Mu mɨt sap ba’ giop ba ai Mɨɨmɨbtam. Mi’ sap dhu, oirɨ gu ubii joidham jix abhaar; gui’m sap mi’ ja’p mia’n jum o’ñchuka’ nam mu nɨi’ñdha’, no’t am dɨlh ji bii nam ba’ jotmɨda’ mu jimɨɨji pu bhɨika’ na cham jaroi’ ja tɨgia’. 

—Dhi’ jir dhi’ —ja’p sap kai’ch gu biapma’—. Dai ji na gu’ cham jir di’, gui’ nat tɨɨ’ dhi’ gu sɨpdhi’ñ, dai nat gu dai ma’nim tɨɨ, cham maatɨt ka nɨi’ñ ba’, jumai mɨt pɨx bhɨɨk ba’.

—Ep bha daa’ —ja’p sap tɨtda’ gu xio’gi’ñ—. 

Gui’ sap ba’ bhai’ pu daa up gio gui’ na jaroi’ pɨk mi’x jooñim, maap amɨt bhai’ pu tɨɨbirak gu ubii. Gui’ sap ba’ tɨi jum a’otdim gammɨjɨ na mɨt mui’ ji bhɨich, gui’ sap nam gux o’ju’ pu cham iam jɨ’x jum baiñkuñi’ñ. Agree’n am sap mu ua’ alh gammɨjɨ gu boicha’m, jix io’m gammɨjɨ ja’k sap u’xchɨr jam ba ua’, nam nai’ jix ɨxchuxim tɨɨbir na ba’ cham jaroi’ ja tɨgia’. Gook tanolh sap ba jur nam nai’ pu ɨ’ɨxchim, mummu mɨt sap pui’ ji aich na pai’ kio gu biapma’. Giilhim sap jix jijibbix na mɨt ka aich, sap alh gu nonbi’ñ anter jix ɨ’ɨlhpi’ gio jix ɨ’ɨrma’ nam agree’n bha da’ñchu’ gio nam mu tɨbairrim. Gui’ sap na gu’p jum otdim na gu pu cham ja maat nam jir jaroi’dha’ gui’ nam mi’p bua, cham jɨ’xkat sap pai’ ja nɨi’ñdhat, dai pui’ mi’ pɨx na mɨt bhai’ ji dhaa na mi’ ka tu ba’i’.

Gu dɨ’ɨ’n gu ubii tiyaa sap am ba tɨnɨɨra na cham pai’ aajim gu ubii tiyaa nat bai’gam, mui’ sap tɨi ba tu gaagam amɨt mu bibiatam. Sap cham pai’ jai’ch, dai sap gu ja’a’ñ mi’ ja’p daa su’ngɨm. Siari sap tɨi jix bhaam gu tu naan, na gu’ sap jup jum aa’ nat dɨlh jii. 

Gu gui’ sap nammɨ ji mɨk na mɨt ba bhɨich. Mu sap nam ba aichdhim mia’n, sap jup tɨtda am gu ubii, “cha’p tu a’nda’ na chich agree’n bham bhɨɨk, nam gu jich iobidha’”. Gui’ sap na gu gilhim bax chodan gio ka maat na jax jum duñia’ pui’ sap pɨx mi’ ba ja kaichuk nam jax chɨɨdim. 

Sap ba’ gu chio’ñ mi’ pai’ mia’n ka xi chianɨk na ka tɨnɨɨrada’, sap na ka tu a’mɨra’ na ubii ua’, sap ba’ gui’ mi’p pup tɨnɨɨra up. Ja’x sap mɨɨkim na mudɨr giop ba jim gu chio’ñ, sap ba’ mui’ ba baidhak nam ba’ tɨgia’ gu gɨ’korga’n gu biapma’, gui’ sap na mɨt ba tɨɨ nar jaroi’dha’ gio na jax pɨx ji chui’dhi’, sap giilhim pux chotdakɨ mɨt. 

—Uri jum ua’tulh apich ¿Jax kup ba’ dhi’ bha ja’k ua’? —ja’p sap tɨtda’ am—. Na gu sap dhi’ gu ja mar gui’ nam jir jix chu tumñigam.

—Gio jaiñ na jax pɨk tui’dhi’ ¿Piam ku pich agree’n bha bhɨɨk? 

— ¡Cham! —ja’p sap kai’ch—, ¿Jia na pich jix bhai’ kam bhañ oi? —ja’p sap up tɨtda gu chio’ñ gu ubii—.

Gui’ sap na gu jix chodan pui’ sap up kai’ch nat jix bhai’kam bha jii. Gio na gu sap dhi’ jano’ no’t palhɨɨp jaroi’ bhai’ bañ dhaa cham ka kɨɨka’ iñ, pui’ sap na ba’ gu ubii tiyaa cham ka bhai’ na jax chɨiya’ gio na jax jum duñia’, mi’ sap pɨx pui’ ba tɨ jɨ’ñdhim, gio na pui’ pɨx bam buim nam jax chiañim. Gu gɨ’korga’n sap gu chio’ñ pui’p chɨtda am sap na mi’ ba daaka’ nat ku mi’ ba aich gu ja mar gio na cham tu a’nda ni jɨ’x nat jax dhuk mu bhɨɨk gio no’t giilhim buimɨk. 

Pui’ sap ba’ gu gɨ’korga’n gu biapma’ ma ji chu aagam amɨt mu Mɨɨmɨbtam, nat kɨ’n mummu jum aich gu ja mar Tuk suudai’, gio ba’ na mɨt ba ji chu taa. Pui’ sap dhu giilhim jix bhaak am gu gɨ’korga’n gu ubii tiyaa, nam gu sap cham jɨ’xkat pai’ nɨi’ñdha’ gu biapma’ no’ mi’ pai’ ba oirɨ nam jax bax chu maat, no’ mi’ pai’ pɨk am jix bhai’ kai’ch, am tu palhbi’ñ, cham, cham jɨ’xkat. Gu ku’ na gu pui’ nam jax ba kai’ch sap cham ka kɨɨ’ gu ubii tiyaa na mɨt gu ba daa, dhu pui’ mɨt ba tu maa ku gi, sia chi gui’ tɨi cham aa’ gio na jix buam jum aa’, na gu cham pai’ jax ɨlhi’ñdhat na dhi’ ba oidha’ gu jaxchu’m ma’nkam na pu cham maat. 

Nat mui’ ba kiicham ba’ gu ubii mummu ja’k na mɨt pai’ ba tu maa, jɨ’k tanolh sap pɨx jix bhai’ chɨtdada’. Mi’dhɨr sap gu chio’ñ giilhim ba kokdada’, talhiarda’ sap na tu’ aiya’ no’ mia’n kaat sap bha buidha’, sia chi tu’ ku’a’ mɨimdam, tu’ tɨrbiñ, piam tu’ judai mu buidha’ cham jax jim aagɨt. Gu chio’ñ sap gilhiim jix jɨɨgamka’ sia chi cham jaroi’ pai’ jai’ch. Sap na bai’mɨra’, gui’ sap bhai’dhɨr ja’p mu tu kakobxi’ñdha’, ni ku iam jax jum a’nda’ na jai’ mui’ xi palhbi’ñmɨra’ na bha bhɨika’ gu suudai’, ja’pji sap dai na bax bhamka’ no’t palhɨɨp mɨɨkim gio sap na mu aiya’ dai na ba talhiaru’. Gu ja gɨ’kora’ jam sap pu cham jɨ’x iam up palhbui’ñdha’ siam chi nɨi’ñ na giilhim pɨx bua, xi bapki’ am sap pɨx mu ba’kchɨr nam ba’ cham tɨ kɇɇka’ sia jax chum kai’ch.

Gio na pai’dhuk ba tu maamarka’, sap gu chio’ñ pu cham jɨ’x iam mɨjɨ ja nɨnɨi’ñdha’ gu a’alh, ni nai am jai’ palhbui’ñdha’ na ja nuuka’nda’ dai pui’ nax bhamka’. Sap na pai’dhuk ɨlhi’ñdha’ bɨɨma’n xi bo’ji sia gui’ tɨi cham aa’, sia chi masa’n ta’m tɨ ɇɇ, siat chi kia’pɨx jum dua’ñ alhii kɨ’n, gui’ sap cham pu cham jax ɨlhi’ñdha’. Gilhim sap pɨx ji chɨtdada’ na jax cham jir am y dhi’ sap mo bhɨidhidha’ pɨx na pui’ tɨtdada’ na dhi’ cham bhax bhɨikam kat, ja’pji sap gu sɨpdhi’ñ ji nat jap joidham tɨɨ. 

—Gu ap mo’ mi’p ba buus jiñ boi’ am —sap jup tɨtdichu’nda’, gammɨjɨ—. 

Gui’ sap pui’ jix buam jim aagɨt duatgɨda’ ji gu’, mi’p tui’ñgɨda’ na gu jix ja da’ka’ gu mamra’n. Dɨlh gu ubii nai’ tɨi tu gaagidha’ gu maggɨm na ba ja uamxidha’ no’m bax kako’k gu mamra’n. Dɨlh tu gaagidha’ nam tu’ jugia’, dɨlh pɨx iam ji ja gɨ’ɨlh gu mamra’n, pui’ ji chu ñialhidhat, ji chum abiaridhat, na tu’ tɨɨgidha’, sia pu palhɨp ja ua’tulhi’ñdha’ gu a’alhchugi’ñ.

Mui’ oidha’ ba jur ji gu’ bhai’ pui’ ji bua’t am gu ubii, mɨkkat ba’ ma’nim ma tu ai jix io’m, bhaan dhi’ nat tu maraat sap pɨx bhai’ ji chu ai ja’p jix io’m mo, ma bhɨɨk amɨt mu na pai’ tum rimediotu’n, mum sap pu bia’ka’ mui’ chanolh, pu cham jum duañdhidha’ sap siam tɨi tu jur, pui’ nat ba’ gu xio’gi’ñ gu ubii sap ma ga’nñdham gu maggɨm na uamxidha’. Gui’ sap gu kuna’n gu chio’ñ pu cham jɨ’xkat mu tɨɨgim. Tum uañi’ñdha’ am gu mamkagɨm, gio nam mi’ jix bhai’ dhuñiidha’ gui’ nam mi’ tu rimediotu’n, gio gu jaja’nni’ñ dɨlh gu ubii jam mi’p tui’dhi’nda’, tu a’gi’ñchu’nda’ am na ba’ cham jax jum a’nda’, na ba’ ba dudhia’, nat gu sap dɨlh bam sintiiru. Dɨlh sap bam taañ gu muuki’ nam jix buam pɨx ji buada’. 

Mi’ pui’ juruuñ dhu sap mui’ chanolh, mui’ masa’n. Mɨkkat sap siari bhai’ ba ji dhua ji gu’, na mɨt gu gɇ’ ba tum uañ gu jaja’ni’ñ gio gu mamkagɨm gio ba’ dɨlh sap na gu jix ja da’ gu mamra’n. Dɨlh ba’ bam kapki nat ba’ gio bhai’p ji bam. Nat pai’ jix bhai’ bam kɨ’mpi, sap ba jii up gio bhammɨ na pai’ gu kuna’n, bhammɨ sap nat ai, sap gui’ bhai’ dhaa ji cham jax jim aagɨt, pɨx sap jix bhai’ kai’ch, ku gu’ sap jɨ’k pɨx jur gio sap up ba kokdada’, gu ubii nat gu bam chiagio nat bam  kabki sap cham jax ka ɨlhi’ñdha’ ji sia chi giilhim bua gio siachi mi’dhɨr ja’p giilhim tɨtda’. 

—Añ jumai bhɨira’ ji ubii —ja’p sap kai’chdha’—.

Gui’ sap jup tɨɨda’ —dhu jir am dhu —ja’p sap pɨx xi chɨɨda ji—. 

—Añ ba jimia’ ji —gam sap pɨx jup kai’dha’—. Gu ubii dai na tɨjɨɨgi’ñdha’.

Mi’p sap pui’ xi kai’chimɨk, dɨlh gu chio’ñ sap bhai’p ba ji chu ai, agree’n sap na jax cham jir am pɨx ba kai’chdha’, mai’x jimimka’ sap, gammɨjɨ sap tu chianda’ nam ba buidha’ gu tɨmkalh na gu sap mɨk jimia’, nam cham mi’ pu cham tu’p buixi’ñdha’, ja’p ji gu sap ba ai ji gu sintiirura’ na ba’ pui’ñi pɨx ba kai’chdha’ . Nam tɨi chianda’ na xim chianɨji piam no’m bax chiañikka’, gui’ sap dai nax bhaamka’, pui’ sap pɨx xi chɨ’ji na cham jir alhii kum ja’p tu chian. Cham mui’ jur, sap mu pai’ tu kokda, kuxir kɨ’n amɨt sap sɨi, pu cham kam dua’ñ ku gi.

Gu ubii dɨlh pɨx ji bii, dai jabɨɨm gu mamra’n. Jɨ’k oidha’ jix buam jum a’nda’ nat gu bɨma’n bhai’ kiokat gui’ na jir kuna’n kat. Mɨkkat, dɨlh pɨx jix maat nat jax jum buimɨk gio ba’ na ba tu ja a’gi’ñdha’ gu a’alh u’ub nam cham jax jum aagɨt sia jaroi’ giilhim pix ji ja tɨtda’ piam giilhim pɨx ja bua, xim kabka’nka’ am pɨx, dɨlh ja’p ba tum kai’chdha’, gio nam gu dɨlh tɨm bhɨidhidha’ gui’ nam giilhim kai’chdha’ piam nam giilhim tu buada’.

Lo que cuentan las mujeres o’dam

Que un joven vivía allá en Agua negra. Una vez fue a pasear allá en Las abejas, ahí vio a una muchacha muy bonita, y pensó: “yo voy a venir por esa mujer que está muy bonita”. Al regresar a su casa fue a pedirle ayuda a un primo para que juntos fueran por la muchacha bonita que vio en Las abejas. Que le dijo: 

—Vi una muchacha allá, que está muy bonita, ayúdame a traerla.

—A ver, camínale pues —exclamó su primo—.

Entonces llegaron otra vez a Las abejas. Efectivamente, ahí andaba la mujer muy bonita; ellos andaban por ahí escondidos y espiando, para que  al quedarse sola fueran de inmediato a llevársela y que nadie los viera.

—Es ella —dijo el muchacho—. Pero no era ella, la que había visto era su hermana menor, pero como la vio solo una vez, ya no la reconoció y se llevaron a otra.

—A ver, agárrala —le dijo a su primo—.

Entonces él la agarró y también el que se quería emparejar, juntos arrastraron a la mujer. Ella intentaba hacer fuerza cuando la empezaron a arrastrar hacia allá, pero como ellos eran muy fuertes, no pudo soltarse. La llevaban a fuerzas en el camino, más allá se la llevaron entre los matorrales, porque la arrastraban escondiéndola para que nadie los viera. Pasaron ya dos días así escondiéndola, hasta llevarla a la casa del muchacho. La llevaron toda arañada, sus manos estaban muy peladas y ensangrentadas porque la traían a rastras. Y también porque ella iba haciendo fuerza para zafarse porque no sabía quiénes eran los que la llevaban, nunca los había visto, hasta ese momento que la agarraron cuando fue por agua.

La mamá de la muchacha ya la esperaba porque no regresaba de traer el agua, fueron a buscarla al manantial. No estaba, solo encontraron el cántaro lleno de agua. Se enojó mucho la mamá  porque pensó que se había ido sola, pero a ella ya la llevaban lejos. 

Cuando ya se iban acercando, el muchacho le dijo a la mujer que no dijera que la llevaron a fuerzas, “porque nos van a pegar”. Como ella ya estaba muy asustada y ya no sabía qué hacer, optó por obedecerlos.

El hombre le dijo que esperara ahí cerca, porque iría a avisar que llevaba a una mujer. Ella se quedó esperando. Tardó un rato en regresar el hombre, entonces la llevó para que los papás del muchacho la vean, pero cuando vieron quién era y cómo iba, se asustaron mucho.

— Te endeudaste ¿Por qué te trajiste a ella? —le dijeron—. Era la hija de uno de los señores que tenían dinero.

—Mira cómo viene ¿Acaso te la trajiste a fuerza?

—¡No! —que dijo— ¿Verdad que viniste bien? — le dijo el hombre a la mujer–.

Como ella estaba aterrorizada dijo que vino por voluntad propia. En aquel entonces se pensaba que si alguien te tocaba tantito ya no eras pura. Por eso la muchacha ya no supo qué decir ni que hacer, solo afirmaba y hacía lo que le decían. Y los padres del muchacho le dijeron que ya se tenía que quedar porque su hijo ya la había llevado con ellos, y sin decir una palabra de cómo la llevó y cómo la trató.

Entonces, los padres del muchacho fueron a avisar a Las  Abejas, que llevaron a su hija allá en Agua Negra y comenzaron los rituales de la pedida de mano. Los padres de la muchacha estaban muy enojados, que porque nunca vieron al muchacho, como es costumbre, que anduviera por ahí de buena persona, que ayudara, pero no, nunca. Y como se dijo que la muchacha ya no era pura porque ya la habían tocado, la tuvieron que entregar. Ella no quería y estaba triste, porque nunca pensó casarse con una persona que no conocía.

Cuando la mujer se fue a vivir allá donde la entregaron, solo la trataron bien unos cuantos días. Después el hombre la empezó a maltratar, le pegaba con lo que encontraba, con un leño prendido, con una soga o una piedra, se lo lanzaba sin pensarlo. El muchacho la celaba mucho aunque no hubiera nadie alrededor. Que cuando ella iba por agua, él la espiaba, ni siquiera pensaba en ayudarla a traer el agua, solo se enojaba si se atrasaba y la golpeaba a su regreso. Los padres del muchacho ni siquiera le ayudaban a pesar de que veían cómo la maltrataban, se metían a la casa para no escuchar los ruidos. 

Y cuando tuvo a sus hijos, el muchacho ni siquiera era capaz de verlos, ni le ayudaba a cuidarlos solo se la pasaba enojado. Cuando quería se acostaba con ella contra su voluntad, aunque estuviera menstruando, y aunque recién hubiera parido, a él no le importaba. Le decía cosas feas y siempre le mencionaba que no la quería a ella, sino a su hermana menor a quién le había gustado.

—Tú te pusiste en mi camino —le decía, siempre—.

Ella siempre estaba triste y sobrevivía porque amaba a sus hijos. La mujer buscaba sola al curandero para que curara a sus hijos cuando se enfermaban. Buscaba que comer, ella sola creció a sus hijos, buscando en las casas, pidiendo fiado, lo que iba encontrando, aunque sea poco se los llevaba.

La mujer vivió muchos años en esa situación, una vez se enfermó gravemente cuando dio a luz, se la llevaron a la clínica, allá la tuvieron muchos días, y que no se curaba, por eso su hermano le buscó al sabio curandero para que la curara. Y su esposo nunca fue a verla. Los sabios oraban por ella, y los de la clínica la atendían bien, sus familiares estaban ahí con ella, le hablaban para que no se deprimiera más, para que se curara, porque le había dado la enfermedad del sentimiento. Ella pedía la muerte por los malos tratos que recibía. 

Duró varios días así, meses incluso. Luego empezó a curarse, porque sus familiares y los sabios oraron bastante y ella también porque amaba a sus hijos. Se hizo fuerte y por eso se levantó otra vez. Cuando se curó bien, se fue otra vez allá donde estaba su esposo, al llegar, vio que ahí estaba el hombre como si no hubiera pasado nada, estaba calmado, pero solo duró poco porque volvió a golpearla, pero como la mujer ya se curó y se volvió fuerte, ya no le afectaban mucho sus maltratos y comentarios.

—Yo voy a ir por otra mujer —que decía—.

—Pues está bien —respondía ella—.

—Ya me voy a ir —también decía—. La mujer solo afirmaba.

Así estuvo un tiempo, luego el hombre se enfermó, decía cosas sin sentido, que quería ir lejos, siempre mandaba a que le prepararan tortillas que porque se iba lejos, porque ahí solo lo ignoraban, pero era porque le había dado la enfermedad del sentimiento por eso estaba así. Cuando le pedían que buscara curación o le intentaban buscar curación, él se enojaba, solo decía que no era un niño para que lo mandaran. No duró mucho, se peleó, lo acuchillaron y ya no se curó de eso.

La mujer se quedó sola con sus hijos. Duró un tiempo triste porque se acostumbró a vivir así con su esposo. Al final, solo le quedó la vivencia y aconsejaba a las niñas que no hagan caso, aunque les dijeran cosas feas o las maltrataran,  debían ser fuertes, porque cosas siempre se dirán, y porque las personas que hablan mal y que son malas personas solos van adquiriendo males.


Autores
Inocencia Arellano Mijarez es o’dam de Santiago Teneraca, Mezquital, Durango. Lingüística, músico y traductora. Entre las actividades que realizan destacan la documentación, difusión y estudios sobre la lengua o’dam (tepehuano del sur). Actualmente realiza un doctorado en el CIESAS sede Ciudad de México.