Aber ich werde gehen,liebendster Lehrling,der so nah und entferntes Fleisch war,so zart gezähmtes Fohlen,Südkind gestierten Herzens,aber ich werde gehen,komm nochmal zu mir,finde mich und erbebe,entkleide dich und durchdringe mich,stöhne und lass mich stöhnen,gib mir keine Ruhe, verheere mich,im Guten, im Schlechten, in allen Manövern,sag mir Wörter, die ich nicht verstehe, die ich doch brauche,und im flüssigen und tiefen Getöse:diese Lust, in der Vollkommenheit guter Freunde zu sterben,die sich geliebt habenals könnte man sagen: es werde Freude,und Freude wird.
Milpa Alta, Dezember 1970.
Traducción por Daniel Bencomo y Johanna Schwering
Pero voy a partir,aprendiz amantísimoque ha sido carne cerca y desunida,potrillo dulcemente conseguido,niño sureal de corazón torado,pero voy a partir,acércate de nuevo,búscame y estremécete,desnúdate y traspásame,gime y hazme gemir,no me des tregua,asuélame,para bien, para mal, para cualquier suerte,di palabras que no entienda, pero que necesito,y en un estruendo líquido y profundo:qué gana de morirnos en plenitud de buenos camaradasque se han hecho el amorcomo quien dijo: hágase la alegría,y se hizo.
Milpa Alta, Diciembre 1970
Pensamiento. Acrílico y óleo sobre papel, 2004. Pintura de Aurora García.
Aujourd’hui m’est arrivée la lettre de ma mèrequi me dit, entre autres choses : —bisous etmots— que quelqu’un a tué mon chien.
« En aboyant à la mort,comme avant à la lune et au silence,le chien a abandonné la maison de son corps,—me dit-elle—,et il est parti après son âme,avec son pas égaré et généreuxmercredi dernier.On n’a pas su la cause de son sang,il est arrivé ruisselant d’angoisse,en chancelant,en rampant presque avec son hurlement,comme si depuis son paysage déchiréil avaitvoulu nous dire au revoir ;il est resté tristement allongé—blanc et brisé—,aux pieds dont, auparavant,c’était ton lit en fer.On l’a beaucoup pleuré… »
Et pourquoi pas ?Moi aussi je l’ai pleuré ;la mort de mon chien sans parolesme blesse beaucoup plus que celle du chien qui parle,et trompe, et rit, et assassine.Mon chien étant un chien ne mordait pas.Mon chien ne convoitait pas ni mordait. Ne trompait pas ni mordait.Comme ceux qui n’étant pas des chiens écartèlentdépècent mordentdans les magistratures,dans les usines,dans les sucreries,dans les fonderies,l’ouvrier,l’employé,le dactylo,la couturière,homme, femme,adolescent ou vieux.
Mon chien était ordinaire,humble citoyen de l’aboiement-course,mon chien n’avait pas de collier dans le cou,ni ruban ni hochetmais il était fêtard, amoureux et sauvage.A sept ans j’ai eu la scarlatineet à cause de cela des pleurs et le capricede demander de l’argent à chaque instanton m’a apporté le chien de très loindans une boîte à chaussures. Il étaitminuscule et simple comme le blé ;après il a commencé à grandir admiré et indifférenten même temps que mes chevilles et mon sexe ;il a connu ma première larme,la petite amie qui partait,la petite amie aux nattes de grappe et à la voix d’iris ;il a connu mon premier poème balbutiantlors de la mort de la grand-mère ;le chien a été dans son temps d’aboiementsmon ami le plus ami.
« En aboyant à la mort,comme avant à la lune et au silence,le chien a abandonné la maison de son corps,— dit ma mère—,et il est parti après son âme –les chiens ont une âme :une petite âme mouillée comme un gazouillement–avec son pas égaré et généreuxmercredi dernier… »Hélas, dans cette triste tristesse où je m’effondre,la mort de mon chien sans parolesme blesse beaucoup plus que celle du chienqui parle,et extorque,et discrimine,et s’évade ;mon chien était ordinaire,mais il laissait un cœur pour empreinteil n’avait ni collier ni hochet,mais ses yeux étaient deux tambourins ;il n’avait pas de ruban dans le cou mais il avait un tournesol pour queue,et c’était la paix de ses longues oreilles deux langues en diamants.
Traducción por Vangelis Robles. Revisión de la versión francesa por Panayota Petroff.
Llanto por la muerte de un perro
Hoy me llegó la carta de mi madrey me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—que alguien mató a mi perro.
“Ladrándole a la muerte,como antes a la luna y al silencio,el perro abandonó la casa de su cuerpo,—me cuenta—,y se fue tras de su almacon su paso extraviado y generosoel miércoles pasado.No supimos la causa de su sangre,llegó chorreando angustia,tambaleándose,arrastrándose casi con su aullido,como si desde su paisaje desgarradohubieraquerido despedirse de nosotros;tristemente tendido quedó—blanco y quebrado—,a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.Lo hemos llorado mucho…”
Y, ¿por qué no?yo también lo he llorado;la muerte de mi perro sin palabrasme duele más que la del perro que habla,y engaña, y ríe, y asesina.Mi perro siendo perro no mordía.Mi perro no envidiaba ni mordía.No engañaba ni mordía.Como los que no siendo perros descuartizan,destazan,muerdenen las magistraturas,en las fábricas,en los ingenios,en las fundiciones,al obrero,al empleado,al mecanógrafo,a la costurera,hombre, mujer,adolescente o vieja.
Mi perro era corriente,humilde ciudadano del ladrido-carrera,mi perro no tenía argolla en el pescuezo,ni listón ni sonaja,pero era bullanguero, enamorado y fiero.A los siete años tuve escarlatina,y por aquello del llanto y el caprichode estar pidiendo dinero a cada rato,me trajeron al perro de muy lejosen una caja de zapatos. Eraminúsculo y sencillo como el trigo;luego fue creciendo admirado y displicenteal par que mis tobillos y mi sexo;supo de mi primera lágrima,la novia que partía,la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;supo de mi primer poema balbuceantecuando murió la abuela;el perro fue en su tiempo de ladridosmi amigo más amigo.
“Ladrándole a la muerte,como antes a la luna y al silencio,el perro abandonó la casa de su cuerpo—dice mi madre—y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:una mojadita como un trino—con su paso extraviado y generosoel miércoles pasado…”Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,la muerte de mi perro sin palabrasme duele más que la del perroque habla,y extorsiona,y discrimina,y burla;mi perro era corriente,pero dejaba un corazón por huella;no tenía argolla ni sonaja,pero sus ojos eran dos panderos;no tenía listón en el pescuezo,pero tenía un girasol por colay era la paz de sus orejas largasdos lenguasde diamantes.
Tus ojos. Tinta china sobre papel. 2003. Pintura de Aurora García.
But I’m going to leave,apprentice lover of all loverswho has been near, divided flesh,foal tenderly procured,southtrue child of bull-herd heart,but I’m going to leave,come close again,seek me and shudder,moan and make me moan,strip down and breach me,don’t relentand raze me to the ground,for better, for worse, for any chance,speak words I may not understand, but words I need,and in a deep and liquid clamor:a wish for death in the abundance of good friendswho have made lovelike he who said: let there be joyand there was joy.
Milpa Alta, December 1970
Traducción por Robin Myers
Pero voy a partir,aprendiz amantísimoque ha sido carne cerca y desunida,potrillo dulcemente conseguido,niño sureal de corazón torado,pero voy a partir,acércate de nuevo,búscame y estremécete,desnúdate y traspásame,gime y hazme gemir,no me des tregua,asuélame,para bien, para mal, para cualquier suerte,di palabras que no entienda, pero que necesito,y en un estruendo líquido y profundo:qué gana de morirnos en plenitud de buenos camaradasque se han hecho el amorcomo quien dijo: hágase la alegría,y se hizo.
Recuerdo. Creo que recuerdo a Abigael entre las imágenes de mi infancia. Él, sentado en una silla dentro del cubículo iluminado de mi madre en El Colegio de Sonora, con un olor profundo a alcohol, menta y vejez. ¿Mamá, por qué huele feo ese señor, es que no se baña? Lo conocí sin saber, entre sombras que se difuminan en la memoria: sin percatarme de su voz ni de su palabra cuidada y de estrepitosos tonos múltiples. No sabía de Abigael, sabía del hombre de la silla que apestaba a veces. Se me hacía raro que a mi madre no le importaran los detalles que a mí me parecían relevantes. Y es que mamá conocía a Abigael en amistad, pero no sólo eso, sino que compartían una complicidad por antonomasia: la poesía.
Yo no sabía qué era eso, pero sabía que mi mamá sí. Sabía que ese hombre era alguien, pero no sabía por qué. Para mí, Abigael era solamente un hombre flaco, casi decrépito que se me mostraba en sus últimas etapas, en sus años solitarios pero siempre pródigo de afecto. Recuerdo, creo que recuerdo, que me mimaba, que decía que qué bárbaro el Bruno cómo ha crecido. Que qué bonitas pestañas tiene.
Conocí a Abigael, sin saber que se le venía el tiempo encima, sin una idea de su autodestrucción, de su abandono. Creo que en ese entonces no pensaba, y si lo hubiera hecho, probablemente hubiera pensado que mi madre era su única amiga, porque creía que nadie podía querer al hombre apestoso de la silla. Pero sí fue amado intensamente por sus amigos, los que siempre estuvieron y están todavía. Después, como un relámpago, Abigael se extinguió, para todos y a todos, quedándose su eco en las lágrimas y en los remordimientos. Ahora que lo pienso, creo que todos aquellos que lo conocieron, se arrepienten de su muerte. Porque nadie le hizo caso, o muy pocos, y ahora, en las consecuencias, está su poesía que sale apenas a la luz en foros harto conocidos.
De pronto, me di cuenta. Su voz hizo resonar las fibras, muy adentro. De él, para mí, quedó su poesía, su palabra imperecedera que no entendía, pero que hacía una música extraña en mis descubrimientos de juventud. El hombre homosexual, las palabras asonantes que se escuchaban raras, su perro y las anécdotas. Mamá me contaba de él, me explicaba sus poemas con voz tenue, a veces, cuando tenía un poco más que mera curiosidad. Con él , también aprendí a querer a los perros, aunque se nos mueran.
Y es en ese entonces cuando entendí que Abigael era poeta, como mamá, y que sus palabras raras hacían poesía. Quizás, también, tuve la epifanía de que el poeta estaba cerca, en la memoria. Entonces, el hombre de la silla tuvo nombre, se convirtió en una imagen distinta: supe nombrarlo, reconocerlo y hacerlo mío con sus libros.
Ahora, veo a la luz de una incipiente pero aferrada madurez, los estragos y beneficios de haber conocido a Abigael, ya no tanto por el recuerdo de mi infancia, sino por su literatura: experiencia vital que me hace posible. Qué más decir que esto.
La poesía de Abigael Bohórquez ronda en la resistencia, un grito y un susurro que se adentran en lo más profundo para hacer el eco, para que se repita la palabra infinitamente en la realidad. Irreverente y audaz, no hay norma que se le resista: violenta todo y hace con el mito, el canon, la tradición, lo establecido; lo que quiere.
Son estos rasgos los que están en Poesida. En él, la palabra busca remover paradigmas, crear una voz disidente que no se apega a la de siempre. La obra de Abigael no es sólo la evidencia del ocultamiento, sino el reclamo de la segregación. No basta con que la vida esté destinada a la muerte, existe el Sida para recordárnoslo. Pero no un Sida que se tiene y que mata a los que se abandonan, sino un Sida que tiene que ver con el acabose de la voz, de las pocas cosas que quedan. Irónicamente es también la voz la que sobrevive, la que tenemos hoy en el tiempo: lo único a lo que la muerte no le hace mella.
Abigael dice: “Traigo este documento cruel pero solidario para pedir comprensión infinita para los ciudadanos del mundo que han muerto víctimas de este cáncer finisecular y bondad para estos poemas del paraíso perdido que algún día que mi imaginación no alcanza para predecir reencontraremos: Poesida, poesía testimonial de quien pudo escribirla con todas las palabras de que es capaz un hombre, en Hermosillo, Sonora, a los veinte días del mes de marzo de mil novecientos noventa y uno”. Pero Poesida no es solamente sobre Sida, sino sobre lo que representa. Sobre todo en la homosexualidad, de por sí repudiada y segregada, asqueada y maltrecha por la sociedad. Abigael dice: “Y de repente, el Sida. ¿Por qué este mal de muerte en esta playa vieja/ ya de sí moridero y desamores, / en esta costra antigua a diario levantada y revivida, / en esta pobre hombruna de suyo empobrecida y extenuada/ por la raza baldía? Sida. / Qué palabra tan honda / que encoge el corazón y nos lo aprieta”.
En esta lucha contra la destrucción, por lo invisible e incontrolable, se gesta otra lucha. Poesida es también esa lucha contra los prejuicios, contra lo establecido, contra la literatura canónica que no acepta las formas nuevas de decir las cosas. Porque Abigael decía lo que quería, sin importarle a quién le fuera a parecer lastimoso. Por ejemplo, el poema “Tergiversito”, se burla de la literatura española del renacimiento, específicamente de Jorge Manrique y sus Coplas a la muerte de su padre. Los versos originales dicen: “nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir”. Abigael, con un tono sarcástico y con el sentido de la reivindicación de la vida dice: “Nuestras vidas eran ríos que fueron dar a encamar que ¿fue el vivir?” El humor, como resistencia, como burla y desmitificación, representan también la lucha en Poesida.
Los poemas de este libro también van de lo íntimo al otro, ese otro que es el reflejo en el espejo, que a su vez refleja a otro y a otro: otros que no tienen nombre en la realidad, muertos en vida que se pierden entre los números y las estadísticas. No en la poesía. En lo íntimo Abigael vive su lucha: “Que un puñado de tierra lleve hormigas/ para que sobre mí pueblen su casa; / que un puñado de tierra lleve trigo/ y se cubra de pan mi calavera; / y un puñado de tierra con tu nombre / para enterrarlo con el mío”. Esos nombres que se entierran, nombres de cualquiera y de otro que viven en él, se muestran en retratos, poemas que se viven en carne propia y que pueden ser cualquiera, en cualquier tiempo y lugar, con el rompimiento de los paradigmas.
Total. Abigael está cenando tierra ahora, con los nombres en la boca de todos nosotros. Porque también podemos ser muertos en vida, como lo fue él. Y es que Abigael, aunque su poesía vive y nos llega con la fuerza de la plegaria o de la blasfemia, diría León Felipe, está muerto. Pero no se murió de Sida. Abigael se murió de soledad.
La relación entre palabra poética y sus orígenes sagrados es un tema que sigue interesando a los estudiosos del fenómeno literario. Algunos teóricos han planteado la poesía como un acto de habla ritual, mediante el cual se explica la naturaleza contemporánea del texto poético: un tipo de comunicación que produce un efecto estético al receptor a través de las mismas palabras, de su fuerza ilocutiva. Lo que anteriormente era un mensaje chamanístico dirigido a los dioses, se vuelve ahora un mensaje estético dirigido a otros hombres. El trabajo sobre la palabra que implicaba aquellos mensajes divinos estaba destinado a obtener cierto favor de cierta deidad, trabajo equiparable a (y antecedente de) la labor que realiza el poeta para encaminar al lector hacia el placer estético. La palabra, labrada para llamar la atención sobre sí misma, era la palabra sagrada por la cual la humanidad era capaz de dirigirse a una entidad superior; de ahí su importancia. Posteriormente, estableciendo un tipo de comunicación similar, la humanidad se concede a hablarse a sí misma con aquella laboriosidad con la que le hablaba a las deidades. Ahora bien, ¿qué nos puede decir este origen sagrado sobre la poesía contemporánea, aparte de explicar el fenómeno literario como un antiguo acto ritual?
En 1980, el poeta mexicano Abigael Bohórquez (1936-1995) publica su libro Desierto mayor en la ya extinta Federación Editorial Mexicana. En esta obra en particular, los orígenes sagrados de la palabra poética explican o rodean la enunciación lírica, de tal manera que dichos orígenes se utilizan como recursos estilísticos. Así, el pasado histórico de la poesía es puesto en evidencia, otorgándole, además, una clara función estética. Desierto mayor es, pues, un libro contemporáneo sobre la palabra sagrada, heredero innegable de los rituales donde lo que se enunciaba estaba en conexión directa con las deidades. Sin embargo, existe un rasgo contemporáneo en el libro de Bohórquez: la comunicación que empieza el poeta/chamán es una exaltación no de los dioses, sino de la cotidianidad terrenal. La escritura de Bohórquez hace homenaje a lo cotidiano configurándolo dentro de la categoría de lo sagrado.
En Reconcilio es en donde se desarrolla, en su máxima expresión, la configuración de un aspecto de la cotidianidad como sagrado: la oralidad. El poema comienza con un epígrafe que reafirma la confirmación del hablante lírico al espacio del desierto y se le confiere a la memoria el poder de llevar a cabo ese reconcilio: Hay ahora lucidez paternal, implicando que en el pasado de la enunciación no existía este claror, sino que es en el recuerdo donde aparece. Inmediatamente después del epígrafe, la voz poética empieza a configurar el ámbito de lo sacro:
En la llanura pápagavivieron mis abuelos Ángel y Adela y el aire era amarillo:[..]ninguno amó como ellos el desierto,su insignia de combate era el lucero que desplaza las sombras:mi abuela era cantora de Semana Mayor,mi abuelo, silvestre obrero de la casta trigal,profeta de la lluvia santísima nuestra señora holocáustica y madre;mis tíos, gallardos y tribales, alto albedrío del árbol coterráneo,comieron a mi lado las cosas que aprendimos del desierto[…]
La genealogía del hablante está claramente rodeada de elementos que no solamente los acercan a lo divino, sino que son ellos mismos partícipes de lo sagrado; la abuela, cantora de Semana Mayor, tiene un lazo tanto con la palabra, a través del canto, como con lo divino, gracias a la festividad religiosa. El abuelo, por su parte, es un profeta, mientras que los tíos participan en la comunión de los alimentos. El poema va in crescendo al seguir configurando la genealogía del hablante hasta llegar el punto del clímax, cuando la voz poética se declara capaz de pronunciar estas palabras sacratísimas/ con su sabor antiguo, ejidal y purísimo:
El poeta ha conseguido, a través de la palabra, configurar a la oralidad lejos de lo profano. Incluso, la palabra poética ha logrado esa capacidad que sólo ella puede: llamar la atención sobre el lenguaje mismo, recordando la función poética de Jakobson. La palabra vuelve a esa calidad que el chamán le daba originalmente: un mensaje, críptico para los no iniciados, que se conecta con lo sagrado. El recuerdo del habla de Adela es pronunciado a manera de fórmula sobrenatural para desembocar en la comunión como la poesía (ahora estás conmigo). Más allá del significado literal de sus palabras sacratísimas, se les ha configurado a éstas como un habla especial. La cotidianidad se sacraliza.
Quien ha tenido la suerte de crecer en una casa con libros lo sabe: sea por su tamaño, por sus tapas, por sus ilustraciones o su tipografía, hay ejemplares que despiertan la curiosidad infantil aun antes de que se aprenda a leer, porque como meros objetos resultan fascinantes para un niño pequeño.
Pero entre el surgimiento del libro —a mediados del siglo XV— y la aparición de obras diseñadas especialmente para gustar a los niños, para servirles como fuente de entretenimiento y placer, pasaron casi cinco siglos. Es sólo hasta el segundo tercio del siglo xx que comienzan a producirse con esa intención específica.
Los antecedentes de lo que llamamos literatura infantil se remontan a finales del siglo XVII, cuando aparecen los primeros textos específicamente escritos para niños —no con el propósito de divertir, sino de enseñar.
Frutos del puritanismo inglés, la mayoría de esos libros eran abecedarios y silabarios para reconocer las letras y aprender poco a poco la doctrina religiosa mediante la ilustración de fragmentos bíblicos, o bien para enseñar modales a los niños de posición acomodada en la sociedad inglesa. Respeto a sus mayores. Obediencia. Esas eran las necesidades que se quería satisfacer. No se concebía la existencia de libros para niños más allá de propósitos formativos.
Desde luego, una vez que los niños aprendían a leer resultaba imposible controlar lo que leían. Trazar límites entre la literatura que leían los adultos y lo que sus hijos debían leer tomó más de siglo y medio.
La evolución de los libros para niños ha sido vertiginosa. Se les sigue considerando como un poderoso medio educativo, pero nuestra concepción de los menores ha cambiado. El principal predicado de los libros para ellos ya no es la obediencia, sino la comprensión de su entorno. Luego de la segunda Guerra Mundial, muchos autores de literatura infantil (el gran Roald Dahl, a la cabeza) brindan una visión del mundo cada vez menos conformista y emplean el humor para ver la realidad desde otra perspectiva, para subvertirla.
Ése es el caso de los tres autores a los que Tierra Adentro invitó para conversar sobre literatura infantil, género del que se antoja decir que la etiqueta le sobra. Si alguna vez la admitió, ahora le estorba. ¿Por qué? Porque la literatura infantil no es infantil. Es literatura.
Durante décadas hemos utilizado el calificativo “pueril” (infantil) para referirnos a los cuentos, novelas, poemas o ensayos de mala calidad, e inevitablemente el término “literatura infantil” produce un ruido similar al de la uña que araña un pizarrón.
Si se mira con cuidado, la literatura infantil se ha vuelto cada vez más compleja y descarnada. El miedo, el dolor, la soledad, la guerra y la injusticia están presentes en los cuentos y novelas que se imprimen para los “chicos”.
¿Quizá siempre ha sido así? La mayoría de los libros que los niños leían no fueron escritos expresamente para ellos. O no se escribían para “protegerlos” ni edulcorar su mundo. Hans Christian Andersen no escribía para niños. Mark Twain no escribía para niños. Charles Dickens no escribía para niños. Ni Jonathan Swift ni Alexandre Dumas ni Edgar Poe escribían para niños. Tampoco El Quijote ni Las mil y una noches son libros para niños.
Quienes hoy son considerados escritores para niños son escritores cuyos libros pueden ser leídos por cualquier persona con idéntico provecho. Como ocurre con Alicia en el país de las maravillas.
El adulto que lee a Mónica B. Brozon, a Francisco Hinojosa o a Antonio Malpica descubre que sus novelas y cuentos también le divierten, también le atañen. Que hay en ellos mucho que aprender y mucho de que conmoverse. Creemos que sus libros deben leerse con respeto y admiración semejantes a los que inspiran los libros de Jules Verne o de Emilio Salgari —o, más cerca en lo que se refiere a época y a idioma, los de Julio Cortázar.
¿Cómo mostrar el horror de una sociedad en decadencia a través del arte? ¿Cuánto y hasta qué punto la permisividad para la denuncia o la exposición sin tocar la línea de la burda representación? ¿Cómo señalar lo casi innombrable? Las preguntas plantean a coro la necesidad de una respuesta que implique: literalidad, abstracción y distancia. Mezcla nada fácil.
Literalidad corresponde a la relación directa de los sucesos, el contexto como tal con sus participantes. Abstracción a una reflexión no metafórica sino realista. Distancia implica el espacio-tiempo necesario para ver desde adentro, desde lo propio y exponer el presente con un tema, como es el caso de Ciudad Juárez. A partir del cuento “Bola negra” publicado en el libro Tres novelas (2005), el escritor Mario Bellatin (1960), plantea el caso de un entomólogo japonés llamado Endo Hiroshi que durante una expedición en África encuentra un extraño insecto, al cual, en un frasco, lleva a su casa; lo cuida y alimenta. La historia le cambia la vida al entomólogo luego de observar que el insecto se ha convertido en una bola negra: era el estómago invertido del insecto: se había devorado a sí mismo. Esta es la narrativa-ancla-pretexto de la cual se sujeta la extraordinaria música creada por la compositora Marcela Rodríguez (1951), con la participación del Ensamble Coral Bel Canto con jóvenes de Ciudad Juárez (en pantalla); además de la puesta en escena realizada por Jesusa Rodríguez, permite tener un panorama general del presente, del horror, a través de los sentidos y lograr una pieza experimental de compleja densidad. Las imágenes del documental que corresponden a la colonia Anapra ubicada al poniente de Ciudad Juárez, presenta un registro de la desolación que habita esas calles: saqueo, acribillamiento, vacío, desierto, muerte. En una de las secuencias aparece Marcela Rodríguez sentada en la cornisa de una ventana de una construcción abandonada, mientras Mario Bellatin, le lleva, despacio, objetos encontrados-recolectados entre la basura y el derrumbe. Objetos varios particulares del registro humano, entre otros: una cuchara, un zapato. Dolorosamente genial el registro de una problemática social que hasta el día de hoy, no ha sido resuelta y mucho menos detenida. Dolorosamente genial la pieza de arte frente a una circunstancia de silente guerra violenta; no dicha. Dolorosamente genial la participación en pantalla de sus jóvenes cantando un futuro malherido e incierto. Un futuro que es probable nunca llegue. Imágenes fascinantemente complejas: el entomólogo envuelto en vaporosas cortinas rojas, acribillado de imágenes de las calles de Ciudad Juárez saqueadas, vacías. // El entomólogo Endo Hiroshi aludiendo en un momento a la imagen de La Santa Muerte, donde una víctima envuelta en plástico ha sido capturada como ofrenda. // Los rostros negros de seres masculinos, femeninos, saliendo a gritos de la negrura-pozo del caucho como de la acumulación de neumáticos en escena representando La Gran Vulcanizadora: ¿Acaso un país? // La imagen inicial –velada-, de un cartel típico de los años noventa (donde una futura primera dama aparecía en bikini), mientras el hombre del taller (Bellatin) sintoniza un radio con música de banda norteña y noticias. // Los rostros negros de los músicos mientras el impactante y delicado sonido del chello. // Las imágenes de la tienda de productos para fumigar plagas; la tipografía tremenda que reza: “Veneno para fumigar el hogar” o “Garrapatas”. Líneas fascinantemente terribles: “Deglutido por sí mismo… descarnado pero vivo”, “carne de roedor envuelta en delicados sushis”, “hombres y mujeres que comían hasta hartarse… hasta hartarse”, “Una cada doce días, veinte años después una cada doce horas.” He de decir de nuevo, desde la humilde interpretación que permite la subjetividad: dolorosamente genial la imagen de un manto rojo de violencia que nos come. Y que ya no vemos, o si vemos, hacemos como que no existe; aquí no pasa nada. Dolorosamente genial la mirada de artistas mexicanos, en un momento sanguinolento y casi mutilado, de la historia nacional.
El gran Federico Fellini murió hace 20 años, el 31 de octubre de 1993, después de pasar un par de semanas en coma. Desde entonces su influencia no ha dejado de hacerse presente, al haber creado obras maestras de la cinematografía mundial haciendo mancuerna en los guiones primero con Tullio Pinelli y después con Tonino Guerra, en la música con el no menos genial Nino Rota (1911-1979) y con sus actores fetiche: la maravillosa Giulietta Masina, su mujer de toda la vida, y el gran Marcello Mastroiani. Años antes de su muerte, con Las noches de Cabiria (1957) había inspirado el musical Sweet Charity (1969), con Shirley Maclaine, y después, ya muerto, con La dolce vita (1960) inspiró Nine, que hace pocos años, en 2009, adaptaron al cine con Judi Dench, Sophia Loren, Nicole Kidman, Penélope Cruz y Marion Cotillard.
En una biografía reciente, Fellini (Tusquets, 2007), Tullio Kezich trata de reconstruir la vida del director riminés, a pesar de toda la mitología que el propio Fellini se encargó de crear a su alrededor. Además, en esta biografía se ve claramente que el cine de Fellini no fue militante con las causas políticas de la posguerra, baste recordar una escena de I Vitelloni (1953) en la que uno de esos buenos para nada se burla de los obreros que están reparando la carretera y cuando éstos se le abalanzan para golpearlo él se quiere defender diciéndoles que es uno de ellos, un socialista. Y tampoco se adhirió al neorrealismo italiano que explotarán otros directores como Vitorio de Sica (El ladrón de bicicletas) o el mismo Pasolini. Fellini, sobra decirlo, creó su propio universo cinematográfico.
La Strada, de Federico Fellini
En ese sentido, está la tragedia en la vida de la entrañable Gelsomina al lado del cirquero Zampanó, de La Strada (1954), con la que ganó el Óscar a mejor película extranjera ese año. La impulsiva Cabiria aunque siempre dándole buena cara a los contratiempos de la vida diaria, y que me hace pensar que prefigura a la inocente Kika, de Almodóvar. Su homenaje al cine desde el cine en Ocho y medio (1963). La carnavalesca y onírica Amarcord (1973) que es la vida en un pueblo italiano regida por el pasar de las estaciones del año: “Como un sogno che se avvera la primavera ritornerà”. Incluso películas tan largas como tediosas: El Satiricón (1969) o Casanova (1976), el universo felliniano es fácilmente distinguible pero no por eso menos magistral.
Por fortuna, en años recientes casi toda la filmografía de Fellini ha vuelto a estar en circulación en DVD y quienes no pudimos ver en su momento esas películas hemos podido comprobar que era y es un grande entre los más grandes.