Tierra Adentro
Doodle de Google para el 11 de noviembre de 2013

Para festejar su cumpleaños, recuperamos el texto de Ignacio Sánchez Prado publicado en el número 176 de la revista Tierra Adentro “Tres notas en la estela de Carlos Fuentes”.

El mejor regalo para Carlos Fuentes sería leerlo. Les recomendamos Cambio de piel, Terra Nostra y La muerte de Artemio Cruz.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Carlos Fuentes. Fotografía: Paulina Lavista

I.

El reciente deceso de Carlos Fuentes generará muchos comentarios respecto a la valoración intelectual y estética de sus obras. Habrá quienes pongan el acento en esos libros, La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura, que definieron generaciones y lectores y que cambiaron inexorablemente la narrativa en México. Otros recordarán los libros menos leídos pero que tienen en sí sorpresas aún para un lector familiarizado con Fuentes, Terra Nostra o Agua quemada. Y sin duda habrá otros que recuerden sus naufragios literarios, La voluntad y la fortuna, La silla del Águila; aquellos libros en los que su autor se convirtió en estereotipo de sí mismo.

Sin embargo, la valoración crítica de Fuentes requerirá salir de todas las opiniones intempestivas que su obra y su figura generaron en vida para crear una conversación que supere lo particular y permita entender dónde radican las contribuciones reales de Fuentes a la literatura mexicana. Me aventuro a decir, a manera de hipótesis, que su rol en la literatura nacional fue la institucionalización de la narrativa, su elevación a un estatuto que sólo la poesía había alcanzado décadas antes. Es cierto que a Fuentes lo preceden al menos tres narradores de factura igual o superior: Yáñez, Rulfo, Revueltas; pero la sucesión de libros que va desde La región más transparente hasta Terra Nostra o incluso Los años con Laura Díaz, constituye ante la creación de una “narrativa mexicana” en sí misma, un lenguaje de simbolización puro de la nación que reconoce esa modernidad desencontrada e inconclusa que sus precursores vieron sólo de forma parcial.

Aunque la proliferación de la escritura fuentista creó una inevitable irregularidad en la factura estética de su novela, el hecho es que su narrativa es un intento de expropiar hacia la novela y el cuento todos los elementos del tejido de dicho país que deviene moderno. Este es un punto cuyos primeros avances se encuentran en el que, a mi gusto, es el mejor libro académico sobre su obra: Carlos Fuentes, Mexico and Modernity de Maarten Van Delden. Sin Fuentes no habría narrativa mexicana, porque toda escritura posible se define en su relación con esta operación institucionalizadora, repitiendo la aproximación sobre dicha modernidad siempre en movimiento (como hacen, por ejemplo, José Agustín, Fernando Del Paso, Sergio Pitol, Juan Villoro o Enrique Serna en formas muy distintas) o resistiendo los imperativos de su simbolización (vienen a la mente Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Cristina Rivera Garza y Yuri Herrera).

II. 

Fuentes ocupa un lugar tan grande en la conciencia y el inconsciente de la literatura mexicana, que por momentos olvidamos que es un autor de vasta circulación global. La lectura de este Fuentes mundial es una tarea a la que vale la pena contribuir. Por ejemplo, Brian Richardson ubica a La muerte de Artemio Cruz como parte de una cartografía global de novelas que exploran las tres personas de la narración y que incluye, entre otros, The Dark (1969) del irlandés John McGahern y Maps (1985) del somalí Nuruddin Farah. El carácter precursor de Fuentes en esta forma de narración es leído por Richardson como una apertura importante en la narrativa global, una re- sistencia a la fijación de lo narrado teorizada apenas unos años antes por Gérard Genette. Lo que el análisis de Richardson provee es una pista sobre una forma contra-intuitiva de leer a Fuentes, a quien rara vez se acredita en el presente como un renovador de la novela. Sin embargo, esa parte de la obra de Fuentes, tan normalizada hacia dentro de la tradición mexicana, tiene una vida formal fascinante en contextos donde sus contribuciones novelísticas están liberadas de las contingencias e idiosincrasias propias de su rol de institucionalizador de la narrativa nacional. Hace falta un mapa de ese Fuentes global, del cual se conocen bien sus precursores ( John Dos Passos, Henry James, Honoré de Balzac) y contemporáneos (Milan Kundera, Juan Goytisolo) pero en el que, salvo algunos trabajos sueltos como el de Richardson, aún falta registrar a sus muchos sucesores.

III.

La tercera tarea pendiente no es de vertiente crítica sino creativa. Un novelista no se acaba de pensar del todo hasta que llega una generación de escritores que, en retrospectiva reinventan a un narrador y lo convierten en un nuevo e innovador punto de referencia. Esto lo hizo de forma muy conocida la generación del 27 con Góngora. Y creo que algunos autores de la mal llamada “narrativa del Norte”, como Daniel Sada, Yuri Herrera y Eduardo Antonio Parra hacen lo mismo con Juan Rulfo. Dada la evolución de la literatura mexicana hacia géneros antagónicos al realismo crítico y a la novela total (desde el realismo sucio y experimental de la narconarrativa, pasando por el fetichismo del flujo de consciencia en una cantidad abrumadora de narradores mexicanos, hasta la “literatura de imaginación” que utiliza a la fantasía como estandarte contra cualquier forma de realidad), un regreso crítico a Fuentes desde la creación puede sugerir avenidas nuevas e insospechadas para esas innovaciones formales y narrativas en su obra que se leen tan mal desde México. Repetir el gesto de Artemio Cruz, en su negativa a hablar de lo moderno sin cerrarse en una identidad; de Aura, con su capacidad de recrear la fantasmagoría de un peso histórico que la literatura mexicana no sabe conjurar; de La región más transparente en una literatura nacional insólitamente incapaz de cartografiar y representar sus ciudades. Ese Fuentes que no conocemos aún (que emergerá cuando algunos lectores y escritores entiendan mejor que nosotros el acontecimiento de su escritura) es una tarea a futuro que impide que el recuerdo del maestro recién perdido se agote en el obituario y la lápida.


Autores
(Distrito Federal, 1979) es ensayista y crítico literario. Su libro más reciente es Screening Neoliberalism: Transforming Mexican Cinema, 1988-2012.
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Hubo una época, antes incluso de que existiera el Betamax, en que era imposible ver películas fuera de las salas de cine. No se había inventado el DVD y algo como Youtube hubiera resultado inconcebible. Los más acérrimos cinéfilos de entonces buscaban por todos los medios a su alcance los guiones de algunas cintas emblemáticas para fotocopiarlos y leerlos incansablemente.

No imagino mayor aprendizaje para comprender la estructura y el tejido fino de una obra cinematográfica que esa práctica, ahora arcaica. Hoy, no obstante, con solo un par de clics es posible descargar y ver casi cualquier obra de la enciclopedia cinematográfica universal, pero la costumbre de leer guiones (como ver películas una y otra vez) sigue siendo un deleite y una cátedra como pocas.

Para aprender de cine sólo hay que verlo y leerlo. Una y otra vez. Sin descanso y con enorme gozo. Ese, como algunos otros secretos del oficio, se lo aprendí a Gustavo García. Hombre sensible, de un humor desbordante –y a veces temible–; gran erudito y, sobre todo, dotado de una extraordinaria capacidad para estimular en los jóvenes la inquietud por la cultura y en especial por el cine.

Siempre deploró la idea (por lo demás bastante celebrada entre estudiantes de cine y aspirantes a críticos) de separar el cine comercial del cine “de arte”. Con su implacable sentido del humor desmontaba argumentos despóticos y academicistas; al tiempo que lograba transmitir el que, en mi opinión, fue el mayor de sus legados: la curiosidad por ver toda clase de cine, por disfrutarlo y compartirlo; pero siempre con inteligencia; con la capacidad de contextualizar las obras, comprenderlas y ubicarlas en su dimensión precisa.

Confieso que más de una vez me volqué a ver películas que al final no me parecieron tan buenas, simplemente por lo mucho que había disfrutado una reseña o comentario suyos. Era destacable su portentosa ubicuidad. Lo recuerdo dando vueltas por los pasillos de la universidad durante los recesos de su curso, sosteniendo el teléfono mientras conversaba sobre los últimos estrenos en algún noticiario radiofónico matutino. Aquel mismo día aparecía un texto suyo en alguna revista literaria y por la noche seguramente comentaría una cinta más exquisita en un espacio de la televisión pública. Figuró en la mayoría de los medios de nuestro país, y en más de un espacio, su participación llegó a ser lo único destacable.

Pero Gustavo no sólo fue un “crítico” de cine. Para muchos, entre los que me incluyo, fue un verdadero maestro; en el amplio sentido.

Sirvan estas líneas para expresar mi admiración y gratitud por sus enseñanzas. Aún harán falta periodistas como él, capaces de incitar al público a explorar nuevos caminos y, sobre todo, a ejercer algo que hace cada vez más falta en nuestro país: la crítica. Con argumentos certeros, con inteligencia y sin pudores o autocensura.

Buen viaje, maestro. Gracias por todo.


Autores
ciudad de México,1980. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Comunicación Social en la UAM-Xochimilco. Ha trabajado como guionista y realizador en diferentes medios de comunicación como Capital 21 y Canal 22. También ha sido profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartió el seminario taller "Producción de Documental Histórico", en la licenciatura de Historia. Es director, guionista, fotógrafo, diseñador sonoro y postproductor de cortometrajes de ficción y proyectos documentales.

La editorial Cal y Arena ha lanzado una nueva colección llamada “Ensayo personal” que, salvo por la portada, en ninguna otra cosa se diferencia de la colección líder, la antaño fácilmente reconocible por las portadas blancas; tal vez, sólo su colección “Los imprescindibles” tenga su propia imagen. Al parecer, dado el nombre y el primer título, esta nueva colección estará dedicada a libros de memorias. Actualmente, hay un boom de los géneros autobiográficos (las memorias, la biografía, la autobiografía, incluso los diarios), más si estos están entreverados con el ensayo o la narrativa. Muchos escritores los practican con bastante éxito, aunque no es el caso de No hubo barco para mí, de Luis González de Alba (San Luis Potosí, 1944).

Para empezar, en principio no queda claro si es una reunión de artículos con un mismo tema o unas memorias fallidas. Si fueran memorias, le servirían a González de Alba para esclarecer muchos puntos, abundar en ellos, sin embargo, de un plumazo evita las explicaciones, o éstas son poco claras, sobre diversos episodios diciendo “eso ya lo escribí en su momento”, “búsquese en google”, “me han preguntado tanto sobre el tema que ya me choca”, “lo he dicho decenas de veces”, etcétera… No importa cuántas veces se hayan dicho, el punto es que queden en esas páginas totalmente aclaradas. Y una y otra vez un “no entendí y sigo sin entender”.

González de Alba divaga, empieza con una cosa que luego no termina, por ejemplo, al principio cuando trata de recordar una fecha y se va por las ramas para hablar de otros momentos de ese episodio pero la fecha nunca aparece. Y su supuesta salida del clóset, más bien tímida y para unos cuantos entendidos, no es muy clara para un lector cualquiera, en nada se compara con la rotunda e indiscutible de José Joaquín Blanco en su crónica “Ojos que da pánico soñar”, que publicó en 1979 desde las páginas del suplemento Sábado. De allí que el referente para muchos siempre sea esa crónica de Blanco y nadie recuerde o mencione nunca el artículo de González de Alba que él mismo tiene que rescatar. En algunas partes, es insoportablemente cursi, como sucede en sus peores novelas: Agápi mu (Amor mío) (1995), Cielo de invierno (1999) y El sol de la tarde (2009). Su ataque a Carlos Monsiváis también es insustancial, nada comparable, otra vez, con el que hace Blanco en sus Postales trucadas (Cal y Arena, 2007), que bien podría reeditarse ahora en la colección “Ensayo personal”.

De esa manera, resulta anticlimático el final de su participación en la creación de la Fundación para la Lucha contra el Sida. Así, a vuela pluma, muchos recuerdos quedan en simples viñetas. En No hubo barco para mí la mayoría queda ridiculizada menos él, él es el gay varonil que hacía gimnasio y al que todos se quieren tirar, que se madrea a la menor provocación, él es el único que no tergiversa, el único que abre comillas en sus diálogos y se olvida de ponerles a los de los demás… Cómo hacer para que el “yo” no sea odioso, se preguntó acertadamente Montaigne, y más cuando se trata del género autobiográfico, donde la delgada línea del ego se puede traspasar sin darse cuenta. Todo lo anterior con sus abundantes erratas (comas mal puestas, acentos que sobran, comillas que no se cierran o que no se abren), como si el libro no hubiera pasado por las manos de un editor y un corrector.

Ojalá que esta nueva colección de Cal y Arena mejore con futuros títulos pues el primero, por decir lo menos, ha sido decepcionante.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.