Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2014 [CERRADO]
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Leí por primera vez a J.M. Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940) durante las vacaciones de Semana Santa de abril de 2003 que pasé en las playas de Oaxaca. Unos días antes había ido con un amigo a la Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo y en la mesa de novedades estaban dos libros suyos; mi amigo acababa de leer La edad de hierro así que me lo recomendó con particular entusiasmo. Entonces decidí que esas serían mis lecturas de vacaciones. Los libros eran: La vida de los animales (Mondadori, 2001) y una novela de nombre kavafiano, Esperando a los bárbaros (Debolsillo, 2003). Me fui, pues, con mi grupo de amigos a Zipolite y Mazunte con esos libros en la mochila.
Empecé con el más corto, La vida de los animales que es un par de conferencias sobre el dilema moral sobre los seres humanos y los animales y en las que ya aparece Elizabeth Costello, su pessoiano heterónimo: “Elizabeth Costello es escritora. Nació en 1928, lo cual quiere decir que tiene sesenta y seis años y va para sesenta y siete. Ha escrito nueve novelas, dos libros de poemas, un libro sobre ornitología y ha publicado bastante obra periodística. Es australiana de nacimiento. Nació en Melbourne y sigue viviendo en esa ciudad, aunque entre 1951 y 1963 pasó una temporada en el extranjero, en Inglaterra y Francia. Ha estado casada dos veces. Tiene dos hijos, uno de cada matrimonio”. Después, Coetzee reunió otras de sus conferencias proyectadas en ese heterónimo en el libro Elizabeth Costello (Debolsillo, 2006). En el caso de Esperando a los bárbaros, su lectura fue un auténtico shock del cual quedé trastocado todavía un par de días.
Cuando regresé a la Ciudad de México quise leer más de este genial escritor, entonces busqué con bastante ahínco en varias librerías y sólo encontré La edad de hierro (Mondadori, 2002), justo la novela que mi amigo había leído. Luego, busqué un poco más y sólo pude encontrar Desgracia (Mondadori, 2003). En aquellos días era lo poco que de Coetzee se podía encontrar en las librerías después de una desesperante búsqueda. Cuando estaba sumergido en la lectura de esa novela cruda y sorprendente que es Desgracia ocurrió lo que ya me había pasado mientras leía a Saramago: le dieron el premio Nobel de Literatura. A partir de ese momento los libros de Coetzee fueron más fáciles de conseguir: empezaron a reimprimirse viejos libros que la editorial había publicado años atrás y se les ponía en un lugar privilegiado de los estantes para no tener que hurgar entre ellos como si de un desastre atómico se tratara. No obstante eso, de la fama súbita y del boom de lectores, no dejé de leerlo. Seguí leyendo sus libros conforme aparecían pues, en el caso de Coetzee, el Nobel no fue en detrimento de su obra. En mi librero cuento y tengo 17 de sus libros: dos de ensayos (Costas extrañas, Debate, 2005; Contra la censura, Debate, 2007), su discurso de recepción del Nobel, “Él y su hombre”, y casi todas sus novelas, salvo la más reciente, La infancia de Jesús (Mondadori, 2013).
De esa manera, conforme aparecieron leí sus tres libros de memorias: primero Infancia (Mondadori, 2003), luego Juventud (Mondadori, 2002) y recientemente Verano (Mondadori, 2011), que ahora han sido reunidas con gran tino en un solo tomo, Escenas de una vida de provincias. Releídas así, de corrido, hacen que la lectura sea más poderosa. Ya en Foe (Debolsillo, 2006) como en Elizabeth Costello y, posteriormente, en Hombre lento (Mondadori, 2006) y Diario de un mal año (Mondadori, 2008), Coetzee ha hecho una afortunada mezcla de géneros entre el ensayo y la novela, y en el caso de sus memorias, entre el género autobiográfico, la novela y, en Verano, con el ensayo. El mustio niño que fue, da paso al joven tímido (siempre hablando de él como si hablara de otro) y finalmente al hombre reservado que fue, porque ya ha muerto, y que es recordado por otros. Coetzee frecuentemente hace ese juego de identidades, en las que el escritor, con una prosa austera y concisa, presenta a su personaje como si fuera él y el lector se confunde; la metaliteratura en estado puro. El “Yo es otro” de Rimbaud es llevado al extremo por Coetzee en estos tres libros de memorias y ese giro es lo que lo convierte en uno de los mejores escritores contemporáneos.
El martes 22 y el miércoles 23 de octubre, el recinto del Teatro Juárez presentó una de las propuestas más impactantes, conmovedoras y comprometidas con la danza contemporánea.
Bajo la dirección artística de Tao Ye, las coreografías tituladas “4” y “5” hicieron del movimiento una exaltación a la belleza. El énfasis en la expresión corporal de los bailarines y bailarinas de la compañía de danza contemporánea, notablemente se opone a la rigidez de las danzas tradicionales chinas. Y se agradece.
Sin mayor intención que la propuesta de presentar visiblemente el movimiento como fuerza orgánica, el espectador, la espectadora, queda frente a un cuadro en movimiento continuo donde los cuerpos al unísono contrastan con el sonido.
En “4”, cuatro cuerpos bailan. Pero evidentemente no sólo eso. Los cuatro bailarines con la cara tapada con una tela negra donde la visión es nula, se mueven coordinadamente entre la audacia de la práctica y la probabilidad. Nunca hay choque. Los cuerpos que son cuatro, se saben. Se presienten entre sí. Describiré una aproximación a lo que sucede:
Viento. Montaña. Leño. Algodón. Agua.
Azul. Crepúsculo. Orilla. Ánades.
Silencio. Lengua. Chasquido. Piedras.
Vuelo. Aproximación. Caída. Ciegos.
Contracción. Salto. Riesgo. Brote.
Niebla. Grumos. Carboncillo. Lecho.
Azul. Madrugada. Orilla. Ánades.
Ramas. Cirros. Tela. Lluvia.
Tintineo. Rocas. Elipses. Frutos.
Gélido. Vorágine. Jirones. Esgrima.
Tropa. Faldas. Peces. Colina.
Juncos. Gorjeos. Cítricos. Nítido.
Locomoción. Conciencia. Respiración. Cuerpo.
Ventisca. Distancia. Música. Invisible.
Agujas. Triángulos. Carpas. Setas.
Azul.
Crepúsculo.
Orilla.
Ánades.
Experimentando con el minimalismo, las posibilidades de la gesticulación y las pautas de la corporalidad, Tao Ye evita narrativas fáciles. Notable es que no le interesa la moda de la representatividad. Lo literal. El director y coreógrafo explora el cuerpo como forma y contenido. Propone interacciones musicales y físicas. Desmenuza la idea de lo sincrónico y vuelve a una participación orgánica desde el sonido de la percusión o el rasgueo de cuerdas, como extensiones del cuerpo humano.
En la coreografía titulada “5” una amalgama de cuerpos se mueve en el primer nivel: el piso. En algunos momentos, algunos alcanzan el segundo nivel: aire, cuando se incorporan de acuerdo a la forma que los propios cuerpos se fusionan. El tiempo no es más que una singularidad; La masa en tonos carne, avanza lentamente de manera circular sobre el foro, y sobreviene la visión primigenia: intestinos. Lo que dentro se mueve y nunca se ve. Lo que digiere. Lo que se expande y se repliega. Lo que crece: dendritas.
Interpretar es el ejercicio subjetivo que permite el director a su audiencia. Por ello titula las piezas con números, para no intervenir o influir en alguna idea previa. La belleza motora, la atmósfera que se propaga entre sonidos o silencio. Entre una conmoción visual. Eso sucede con las visiones que Tao Dance Theater en estas piezas obsequia.
Cito:
Desde su fundación en 2008, Tao Dance Theater ha revolucionado el panorama de la danza en China. La compañía ha colaborado con artistas chinos, de primera línea procedentes de diversos géneros incluyendo teatro, música experimental, cine, artes, visuales e instalaciones.
Tao Ye se graduó en la Chongqing Dance School en Chingqing, China. Tras haber bailado con la Shangai Army Song & Dance Ensemble, se unió a Jing Xing Dance Theater en 2003, donde permaneció hasta 2006. En 2004 empezó a coreografiar sus propias piezas y junto a sus cinco artistas independientes cofundó la compañía Zuhe Niao con base en Shangai, cuya primera producción fue Tongue’s Memory of Home.

Tao Dance Theater. Fotografía oficial, FIC
Turismo viene del latín tornare y del griego tornos, que significa moverse en círculo, sin duda la peor figura geométrica que se puede hacer al viajar. ¿Una espiral, quizás? ¿Descendente? El viaje hacia uno mismo podría ser el vibrante punto inmóvil, el placer desbordado de no ir a ninguna parte. Algo interesante ocurre cuando elegimos viajar: pensamos que la decisión es nuestra. Creemos que el ‘mochilazo’ a Europa se inventó ayer −o al menos en el siglo XX− y que somos nosotros quienes deseamos ver todos esos museos, ríos y cementerios. Las noticias son crueles: eran los señoritos ingleses quienes por allá de 1600 hacían un “Grand Tour” de Francia a Italia y sus alrededores para cultivarse. El viaje duraba dos o tres años y era un recorrido iniciático que terminaba en la adultez, eso que ahora tomamos tan de chiste. Nosotros nos vamos quince días, pero no regresamos adultos ni más listos ni dispuestos a construir nada: regresamos con un millón de selfies publicadas en Instagram y uno que otro imán para nuestro refrigerador. Hemos hecho un odioso círculo inane, insustancial y carísimo.
Hoy existen todo tipo de turistas: los sustentables que sólo van a lugares prístinos y semi-salvajes creyendo que por usar bicicletas borran su huella de carbono; los pro-pobres que sólo visitan lugares donde hace falta dinero; los que van a ‘aprender el idioma’, los turistas oscuros que sólo visitan lugares del genocidio o la casa de algún asesino serial.

En éste último ramo se encuentra un viaje que ha dado vueltas por mi cabeza últimamente: se trata de visitar la prisión de Liepaja en Latvia, ese país Báltico que fue tragado por la Unión Soviética durante medio siglo. La prisión ofrece ahora tours llamados “noches extremas” donde te hacen vivir, por un día y una noche, como un prisionero en tiempos de guerra. He estado en bunkers en Rumania que lucen como un día de campo junto a este sitio. Sus pesadas puertas de metal parecen infernales y la luz resulta todo un lujo dentro del edificio. En la página de internet dicen que esta cárcel fue concebida “para romper la vida de los prisioneros y suprimir su voluntad”. En los videos puedes ver al típico turista (vestido con playeras con insignias rockeras, por ejemplo) que son llevados ante un actor vestido como oficial soviético que los interroga y los empuja hacia un cuarto inmundo donde pasarán la noche en absoluta obscuridad. Las selfies no salen, pues te despojan de todo equipo electrónico y sales hasta el otro día, donde te espera un potaje asqueroso para desayunar y un regaño.
Me pregunto si eso es lo que necesitamos ahora para convertirnos en adultos. Me pregunto si eso es un viaje que no se mueve en círculos, si eso es mejor que pararse a cinco metros de la Mona Lisa para decepcionarse con otras cien personas y decir: “pensé que era un cuadro más grande” “no veo nada” “no es la gran cosa”.
Quisiera pensar que de uno de esos tours nadie regresa igual, que no se puede hacer un círculo cuando se vive el ensayo de una tortura. Pero no lo sé. Esa misma prisión ofrece paquetes para hacer tu fiesta de cumpleaños allí o incluso para casarte, como diciendo: “esto es sólo un lugar, lo que pasó aquí pertenece al reino de la fantasía”. Olvidar que eso ocurrió realmente, ese sí que sería un viaje en círculo.
Anoche, 27 de octubre de 2013, falleció Lou Reed a los 71 años de edad.
La prensa internacional ha dedicado espacios especiales a sus panegíricos:
En México los medios también han comentado tan lamentable noticia:
El espacio es el mismo en Arizona, supongo, que en Michigan o en Ames, Iowa, luciérnagas indiferentes a los pases aéreos, enmarcadas por el altísimo emparrillado de maíz,
listos para ser despanojados por la blanca estupidez sin camisa. Ahí está la llanura en particular, y también están otros paisajes divididos y subdivididos, trazados
en cuadrícula por los caminos. Aquí termina el cuadriculado en montaña y más allá aún otra llanura, luego otra montaña, arruga de la geología, la tierra moviéndose lentamente
contra sí misma. Supongo que habrán vacío y calor en cualquier parte que las produzcas, el aliento de perros jadeantes apestando hasta tu balcón,
el mundo, o tú, haciendo un bloqueo (nunca estás seguro cuál de los dos) del asfalto por la calle que lleva a la canasta, un agujero entre otros, ninguno por llenar.
El silencio dice: aquí estás y para siempre serás indigno. Tu blancura es suficientemente obvia para todos. Tu inhabilidad para cualquier cosa ahora lo es todo.
¿O es eso demasiado? ¿No es por ello que es importante? Este impulso masculino haciendo eco al oscurecer, repitiéndose, un grito y luego sólo el calor de las luces. No es suficiente
decir que este no es tu juego, tu mundo, el que merezcas elogios o cualquier otra insignia de respeto. Puedes demostrárselos después en los videojuegos, o en tu
Tandy de pantalla ámbar, la computadora menos sexy que se pueda concebir entre las compatibles con IBM, con Jordan vs. Bird: One on One. Es 1988. Probablemente eres un cretino.
El mundo está poblado de cretinos como tú y como esos otros chicos. Búscalos en la Wikipedia. Podrías escucharlos a través de la pantalla, calle arriba,
playeras y shorts y pieles lamentables, golpe hueco de pisadas sobre el asfalto, jugando uno contra uno o media cancha con los amigos que no seguirán siendo amigos por mucho tiempo,
una tragedia minúscula, una amenaza para preocuparse, se desteje, sigue buscando pases, por el maíz y luego por la guerra, tus años de fracaso y terror, y luego de eso a los campos, que se alejan.
Luego de pasar por la caja que bate nuestro texto en revueltas tiras de dígitos— el velo que nos separa de nuestros secretos como sangrías, magnético en todos nuestros discos duros y zip disks, hemos hallado nuestro camino hacia el fondo de la pila. Amigos, consideren esto una instrucción para irse a casa y limpiar sus mezcladores, borrar el caché de su Internet Explorer, y expulsar las cookies del navegador como una enfermedad hacia la majestad de la trituradora o el basurero. No necesitamos mantener estas cosas cerca de nosotros; ellas no son nuestros nombres ni las direcciones por las que la luz podría hallar su camino hasta nosotros.
No hay centros de rehabilitación para el pecado. No habrá sonrisitas entre la multitud. No hay una tierra más allá de esta cuando la pantalla se ha vaciado y nuestras vidas han sido desprendidas como una telaraña de los helechos, desenredándose.
Contén tu risa y la hemorragia de tus heridas.
Lo que necesitamos aquí es un torniquete para detener la ingesta diaria de información o calcio en forma de leche.
Deshazte de tus Porciones de Ingesta Diaria Recomendada para los Estados Unidos.
Lo que necesitamos es reducir las muertes accidentales de polizones en los vuelos transatlánticos demasiado largos.
Pensemos en la parábola del hombre que trata de esconderse en el hueco dentro del cual el tren de aterrizaje del Airbus A320 de Amsterdam rumbo a Nueva York cerrará.
Consideremos la configuración de las constelaciones que hemos formado entre las estrellas.
No habrá más carraspera.
Habrá compre uno lleve otro gratis en el más allá.
Habrá galaxias colapsando por cada uno de los presentes en la limpieza después de la fiesta, después de la graduación, en el más allá del más allá de la celebración.
Tomemos un no como respuesta sólo esta vez.
Deshagámonos de toda la colectiva loción para después de afeitar de nuestros esposos en el excusado o en el fregadero.
Lloremos por todos aquellos que nos han dejado por culturas más cálidas o por otras parejas, más jóvenes.
Lloremos por los pretendientes al trono, esas otras bolas de pintura o cordel o ligas elásticas o cualquier cosa que se pueda enrollar, esos miles de heroicos leñadores esparcidos por el medio oeste, atados de tristeza, atados con historias.
Lloremos por aquellos cuyas contraseñas son el nombre de sus mascotas o su apellido de solteras, o cualquier otra cosa demasiado fácil de adivinar, como las palabras del diccionario.
Hallemos nuestro camino de vuelta a la luz que aún nos espere.

Sabino Guisu. De la Exposición DEAD HONEY. (Colmenas de abeja obrera, Cera, miel) 2012. Foto: Michel Pineda
Escarcha en vidrio ensangrentado, círculo de sal en una margarita.
Lee sobre cómo hacer rescates. Sellos y cómo romperlos.
Deja que esa máquina se enfurruñe hasta primavera, cuando sea barato subirla. Ahora, sin embargo, debemos subir el cuerpo para que pueda ser enterrado como un juguete en una trama acalorada.
Traje de buzo, aleja el frío y el tacto del entramado de la piel.
Traje de buzo, guárdame dentro, no dejes que me rompa.
Agua, cadáver & techo de hielo, permite que tu luz baje como cascada por las grietas, que ilumine a través de los agujeros.
El último baile bajo el agua con Liz.
Bajando para sacarla en su Atlantis de hueso y vidrio, iluminado indirectamente por el reflejo, desde la izquierda. No salgas a la superficie indiferente.
Liz mi X mi otra lengua.
Soñé con operaciones, la resucitación cardiopulmonar y boca a boca, el diezmo del aliento y el escupir de vuelta a la vida.
Soñé con ser capaz de soñar otra vez. Soñé que era capaz de actuar.
Arde por X, por la pérdida, por el arder mismo, por el mantra que se repite/se balancea como una campana en una jaula en la torre que no ha sido aceitada durante horas pero sigue repicando, enalteciendo a su fabricante, enalteciendo el movimiento del aire a través de la ventana que parece una cruz.
Haz que arda la pared que nos separa del río.
Haz que arda el signo de alto que impide que los autos se agolpen en la intersección.
Deja que la gracia del fuego se lo lleve todo y lo convierta en combustible y ceniza y en olor carbonizado que se moverá en el aire durante años antes de asentarse. Haz que arda el establo aplastado bajo la nieve cuando esta se derrita y se seque lo suficiente para que prenda sin problemas.
Redúcelo a ruinas, base de anotación para las ardillas que dejan rastros de puntadas en la escarcha de nieve luego que el sol la dejara crocante a enfriar.
Resta eso de X, del hueco en el hielo sobre la piel del lago, de la cicatriz dejada por el rescate,
Sustrae esto del sustrato y de las relucientes masas de roca que merodean justo bajo la superficie que ya no dejarán ganancias para las minas y las compañías que emplean a los hombres que ennegrecen sus pulmones por ellas durante el día.
“Sobre el basketball” y “Sermón: encriptado” pertenecen a The Available World, Louisville, Sarabande Books: 2010. Para leer los poemas en su lengua original, con hiperenlaces y notas, visita el sitio de The Available World.
“Pensé que su muerte …” y “Arde, Arde” fueron extraídos de la revista Perhielion, Vol. II, No.8, 2003.
Todos los poemas traducidos por el genial Javier Raya.
Sin motivo de efeméride alguna y con el único pretexto de que dos de sus libros acaban de ser reeditados por Fondo de Cultura Económica a finales de 2012, escribo sobre Paul Bénichou. A más de once años de su muerte, sus libros se abren paso, lentamente, entre nuevos lectores. Durante su larga vida (Tlemcen, Argelia, 1908 – París, Francia, 2001), el académico francés escribió una obra sobre lo que podrían parecer temas dispersos: el romancero español, el clasicismo francés y el siglo XVII, la figura del escritor en el siglo XVIII y, por supuesto, el romanticismo francés en todas sus acepciones. Todos sus estudios, no obstante, ofrecen una unidad que está más allá de lo estilístico y lo formal: están asentados en la preocupación por averiguar la relación del escritor con las ideas literarias predominantes y la sociedad que las encarnaba.
Cuando Paul Bénichou publicó su primer libro, en 1948, Morales du grand siècle,[1] las escuelas de la teoría literaria formalista, de pretensiones científicas y de corte sincrónico –para no decir antihistóricas– ya estaban más que perfiladas. No es entonces una casualidad que su modelo crítico y sus publicaciones posteriores no sólo pasaran desapercibidas, sino que, encima, fueran consideradas conservadoras. Si bien con la publicación de este libro no se podía afirmar la filiación de Bénichou a una escuela, ya se dejaba ver un eclecticismo crítico de su parte: los pies anclados en la historia social, con dejos marxistas, un amplio reconocimiento del análisis textual, un manejo complejo de la historia de las ideas, pero también una puntual reconstrucción de la psicología de los autores y de su proceso creativo.
La dificultad para situarlo y reconocerlo se volvió más evidente con la publicación en 1973 —en pleno apogeo de la escuela estructuralista— de Le Sacre de l’écrivain.[2] Con este libro, el gran crítico de la historia literaria de Francia dejó en claro, al contrario de la usanza de ciertos círculos de su tiempo, que no toda crítica tenía que ser forzosamente teoría literaria.
Para quien no lo conozca, La coronación del escritor es una descripción exacta de la transformación de la nueva figura y el nuevo papel que el escritor, y por añadidura también el poeta, desempeñó en el siglo XIX, y que se venía prefigurando desde la Ilustración. Para Paul Bénichou, les philosophes, la República de las letras, los literatos e intelectuales promovieron y disputaron su dignidad y ministerio a la sociedad de su tiempo; disputa que trajo consigo la instancia de un poder espiritual laico en la Francia de aquel tiempo. Si bien no es del todo un concepto forjado sólo por Bénichou, el “sacerdocio laico” es su principal aportación para definir la autopromoción y el estamento al que aspirarían los escritores decimonónicos por herencia y contacto con los ilustrados. Del hecho de que un Malherbe, poeta barroco, considerara la poesía como un ejercicio decorativo, al hecho de que un Victor Hugo considerara la misma práctica como la esencia misma de la sociedad y una vía de conocimiento, había un camino recorrido en la historia de las ideas literarias.
Precisamente para quien creyera que por hacer crítica literaria (como se propuso el criticismo textual de la estirpe de Roman Jakobson) un autor como Bénichou se ciñó sólo a la literatura, habría que anticiparle que, por obvio y hasta obstinado que parezca, la literatura y la poesía, también dicen algo, alguien lo dice y lo dice para alguien; ambas, como prácticas, son ideas que cambian con el tiempo; son vehículos de valores sociales expresados a conciencia y con la impresión subjetiva de autores que aceptan o descreen de ellos. No es un malabarismo de verbos, ni un modelo formal, atemporal, desinteresado y espontáneo.
Esta hipotética postura puede ser la que justifique con mayor pertinencia la secuela inmediata de La coronación del escritor. En su sentido amplio, el romanticismo es una época que le pertenecía en espíritu no sólo a los literatos y artistas sino también a los pensadores. En aras de fundar un apostolado, los poetas no sólo buscan discípulos, también salen al paso los que a su vez quieren ser apóstoles. Al mismo tiempo que ellos, todos bajo el manto de un poder espiritual —aquí habría que darle toda la importancia al adjetivo—, los pensadores emprenden la tarea de construir doctrinas que guíen a la sociedad, que la vinculen con el futuro, con la intención de restablecer el orden que la Ilustración y la Revolución Francesa derrocaron. Le temps des prophètes[3] trata sobre las doctrinas de pensamiento, vistas como un ejercicio diferente de la escritura, pero idénticas en necesidad y aspiración a la poesía del romanticismo.
Paul Bénichou, como discreto pensador y, más aún, como un pausado crítico, deja bien insinuadas las claves para que este libro sea una obra maestra de la historia de la literatura: que la literatura de doctrina acompañó, en el axial siglo XIX, a la literatura de creación.[4] La influencia de esta afirmación no está, como se aparenta, en la distinción sino en la semejanza: llamar literatura a lo que pretendía, al menos por parte de sus autores, ser la verdad.
Cuando se habla de una necesidad romántica podría implicarse más de lo aparente. Podría significar de igual manera nostalgia de los dioses, de la religión, de los estamentos, de la nobleza; podría significar también resistencia a la “degradación metafísica del hombre”:[5] al menos en el romanticismo francés, la necesidad romántica radica en que el sacerdote, laico pero con poder y aspiraciones espirituales, establezca un ministerio. Sin embargo para Bénichou, la necesidad romántica que los autores de ese su tiempo buscaban mitigar venía de que los pensadores ilustrados habían conseguido que se dejara de atribuir la responsabilidad del destino de la sociedad a Dios y al rey, para que el hombre la asumiera él mismo.
Saint-Simon, Fourier, Comte, comparten entre ellos la creencia de poder asumir o colmar dicha responsabilidad. Si no es suficiente, la contraparte literaria estaría encabezada por Chateaubriand. Por descontado, como cajón de sastre romántico, en el espíritu doctrinario, la voluntad de someter a un orden orgánico a la sociedad continuaría con Marx. Quizá, en esta misma secuencia, se expliquen las ambiciones orgánicas y totalitarias del siglo XX. El tiempo de los profetas, al igual que La coronación del escritor, hacen patente la preocupación de Bénichou por entender el devenir de las ideas literarias. Ambos caracteres, el del poeta y el del filósofo restaurador, pertenecen al perfil de una nueva sociedad. En ambos, está el deseo de predominar uno por encima del otro, en su discurso y en su sacerdocio. Para Saint-Simon —ejemplo del deseo de incluir a las bellas artes dentro del esquema doctrinal—, la preeminencia atribuida, según el espíritu de las Luces, al conocimiento por encima de la imaginación sensible, convierte a este último en adorno de la primera. “Es preciso que la doctrina deje a la creación estética su entera independencia o que reconozca su propósito de sometérsela”.[6] A su vez, en carácter del literato, como lo dejará ver en los dos últimos libros que comprenden la tetralogía sobre el romanticismo francés, Les mages romantiques —donde estudia las obras de Lamartine, Vigny y Victor Hugo— y L’école du désenchantement —Sainte-Beuve, Nodier, Musset y Nerval—, el poeta aspirará, como reacción a la sociedad de su tiempo y al carácter doctrinario de la filosofía, a hacer de la poesía una instancia mística de conocimiento del hombre y la naturaleza.[7]
Es necesario añadir un último matiz. Paul Bénichou siempre consideró que la literatura era, ni más ni menos elemental que la filosofía u otras disciplinas, una forma de pensamiento. Lo que pensaban los poetas (porque para él la poesía justamente es una forma de pensamiento) lo pensaban como poetas.[8]
Para la historia de la poesía en concreto, y para quien quiera entender las ideas que predominan en su discurso y en el hecho de ser poeta después del romanticismo, es indispensable la lectura de Bénichou. Algunos libros del gran crítico francés no han sido traducidos al español; otros, luego de su publicación (como es el caso de Figuras, FCE, 1985) no volvieron a ver la luz; otro libro, un homenaje reflexivo sobre su obra, dirigido ni más ni menos que por Marc Fumaroli y Tzvetan Todorov, no ha sido traducido al español. Este último, de hecho, dedica un capítulo imperdible de Crítica de la crítica a la que seguramente es una de las posturas más ambiciosas, y extrañamente literaria, de la historia de las ideas. La obra de Bénichou está, de nuevo, a la espera de ser leída por una nueva generación.
[1] Traducido en 1984 por Aurelio Garzón del Camino para FCE con el título Imágenes del hombre en el clasicismo francés. .
[2] La coronación del escritor, del mismo traductor, fue publicado por FCE, por primera vez en español, en 1981. La segunda edición es del año pasado.
[3] El tiempo de los profetas, trad. Aurelio Garzón del Camino, FCE; la primera edición es de 1984; la segunda, es también de noviembre del año pasado.
[4] Véase la “Introducción” a El tiempo de los profetas.
[5] En la entrevista que Bénichou hizo para Débat, incluida en Romantisme français, I, Quarto, Gallimard, 2004.
[6] Véase el capítulo titulado “Poesía y bellas artes según el positivismo”; en El tiempo de los profetas, op. cit.
[7] Es el caso específico de Nerval. La escuela de Nerval, que afirma que “¡todo es sensible!!” (la supuesta expresión de Pitágoras), de su poema “Versos dorados”. Bénichou interpreta así este poema, que la Poesía “a través de la idea de un animismo universal, provee de una respuesta radical a la obsesión de la nada”, L’école du désenchantement, op. cit., p. 1801.
[8] Véase la “Introduction” de Les mages romantiques, en Romantismes français, II, op. cit.
Un poco de amargor en la boca: su lengua era molusco lento, un movimiento que tanteaba los labios. Miró las repentinas burbujas en su cerveza. Las sillas del bar: animales adormecidos, estrías de neón en los respaldos. Navegaba una canción en el ámbito: el temblor del acordeón se estrellaba contra las paredes, contra los ceniceros, contra un mundo sin posibilidades, sin recomienzo, huérfano de todo. Miró la orilla del tarro, la corona de espuma que ascendía y convocaba. Una mujer entró al bar. Su taconeo fue insinuación, un sonido que lo rodeó como un montón de gatos hambrientos. Después cundió en ella un gesto oscuro, un principio de incertidumbre cuando encendió el cigarro. Y el humo se deshebró sobre la cabellera negra y el prendedor rojo: formó un laberinto de niebla, un momento que se perdía en la luz sucia de las lámparas.
El hombre renovó los tragos. Sacó una fotografía de su cartera y la comparó con la recién llegada. Se sintió un poco soez por esperarla, por perderse en la curva de las nalgas, por imaginarlas. Renovó los tragos a su cerveza que sentía cada vez más amarga, un pulso adensándose cada vez más hasta quedar como un latido, un demonio agazapado en la garganta. Quiso demorar la búsqueda, cerrar los ojos y seguir bebiendo hasta que ella desapareciera. Quiso pagar la cuenta o quizá pedir otra cerveza y reiniciar el derrumbe, encontrar un significado a lo que lo rodeaba, a lo que después vendría. Pero ella seguía ahí, con el tarro en la mano izquierda. Y en la diestra el cigarro en ristre, acometiendo nerviosos movimientos, como quien da leves estoques a la muerte. Imaginó el líquido en reposo, los labios en la redonda orilla del tarro, probando el abismo, el vacío que perduraba y que se extendía como una mancha. El hombre recordó la encomienda y se acercó a la mujer que seguía inmóvil y oscurecida, avivada apenas por las figuras de humo entre sus labios.
—¿Es nueva por aquí?
La mujer apenas lo miró. Dejó su cerveza en la barra. Las notas del acordeón sucedían lentas. Las sombras se agitaron pero no por el natural bullicio sino por la mano de un ebrio que había perturbado la luz de una lámpara.
—Vengo aquí todas las noches —respondió, al fin, aplastando el cigarro: el humo fue un último estertor, una forma que ascendía y se demoraba.
Supo que mentía por precaución, en ese lugar todos lo hacían. Se entretuvo en el incipiente temor que llenaba los labios. Deseó palabras distintas en ella, palabras que acuñaran el inicio del odio, frases impregnadas de veneno que los llevaran a un lugar donde la culpa y la muerte fueran un evento más, un accidente cotidiano, un juego. Sintió el peso de la pistola en su pantalón. ¿Se había dado cuenta que estaba armado? Tenía que ir con tiento, no delatarse, actuar cuando tuviera todas las variables controladas. El jefe no quería más problemas. La noche anterior le había contado del error de la mujer: veinte kilos de cocaína perdidos por relacionarse con un contacto poco fiable. Era mucho dinero. La mujer ya no servía porque, si la encontraba un enemigo, la haría hablar con facilidad. Un nombre llevaría a otro hasta acabar con todo. Mientras le daba dinero y una fotografía le dijo que no había fidelidades ante la perspectiva de la muerte, ante la imagen de tu cuerpo despedazado en la llanura.
El hombre terminó su cerveza y pidió otra. Pensó en su fantasía: traicionar al jefe y tomar el mando del grupo. A veces tenía miedo de hablar dormido o soltar alguna palabra sospechosa cuando lo aguijoneaba el alcohol. Algún día tendría que buscar otro trabajo. Sonrió mientras la mujer miraba el horizonte de sillas, las densas bocanadas de las lámparas. Ya era de madrugada. El hombre tuvo que hablar, cercarla con una mentira que partiera de lo íntimo para ganar fuerza, algo que lo volviera volátil, digno de confianza:
—Acabo de perder mi trabajo. No sé qué haré. La cerveza ayuda a pensar, dicen.
La mujer dio un largo trago. Apenas hubo variación en su rostro. El hombre registró hasta la saciedad el cuerpo moreno, los ojos, los parpadeos y sus fulgores.
—Es cierto, la cerveza ayuda —dijo ella.
La indiferencia en la mujer era inacabable. Como figuras al fondo de un cuadro los ebrios: la pátina aceitosa de las botellas, el inútil destello de los cigarros. Sin embargo en los ojos había algo, una variación que no concordaba con la entera postura del cuerpo, con la boca humedecida por los renovados tragos y la espuma buscó los labios y el pulso tembló un poco ofreciendo un poco de esperanza, un resquicio que le animó a decir:
—¿Quiere sentarse en mi mesa?
El hombre se arrepintió por no dar un rodeo más, soltar un nuevo anzuelo, pero la mujer tomó su tarro y enfiló al centro del bar. Se sentó, cruzó las piernas y llevó la mano derecha al mentón: una postura que denotaba una seguridad infantil, un nuevo camino para el hombre que pidió una cerveza para ella.
—Yo pago.
La mujer esbozó una sonrisa oscura: una chispa en las vertientes del gesto, en la mirada que anhelaba la niebla de un nuevo cigarro.
La cerveza sabía bien, después de cada trago había languidez, un atardecer que se consumía a sí mismo. Pensó en el siguiente movimiento: convencerla de salir y, en despoblado, acabar con el trabajo. El bar estaba a la orilla de la carretera. Únicos testigos serían los matorrales espinosos, la luz neón que anunciaba cerveza Sol y la hora feliz. El peso de la noche impulsaba el asedio de ejércitos de falenas, amorosos insectos en los intermitentes resplandores.
Chocaron los tarros en la penumbra de la mesa. Las voces que los rodeaban eran carbones encendidos. El hombre tuvo que alzar la voz:
—¿Sabe de algún empleo por acá?
—¿Qué sabe hacer?
—Trabajo en la construcción, pero puedo llevar cuentas, hacer pedidos.
—Hay poco trabajo en el pueblo, muchos se han ido.
La mano de la mujer se movió con lentitud. Extraviados los dedos: como los peces se miraban tras el cristal del tarro. El hombre se arrepintió: sus palabras habían sonado artificiales. Tal vez había perdido la oportunidad de intimar más. Sin embargo la cerveza los hermanaba en el desgaste, en cada respiración que parecía ir cuesta arriba. Pidió una ronda más a su cuenta. La música naufragaba entre las muchas voces. Los ebrios eran vivos oficiantes, sumidos en la alegría de lo fútil, lo aborrecible. El cantinero llenó los tarros. Regresó a la barra: un televisor blanco y negro escenificaba entre interrupciones una lastimosa escena de amor.
—Tal vez con el señor López —dijo la mujer, pensativa.
—¿El señor López?
—Construye casas, debo tener su teléfono por aquí —dijo e inmediatamente comenzó a esculcar en su bolsa.
La iniciativa complació al hombre. Los segundos eran granos de arena. La cabellera era devorada por la luz de la lámpara, contrastaba entera con la penumbra que la cubría y apaciguaba.
—No lo tengo aquí —dijo ella, pero no había decepción en el gesto, sólo un triunfo engañoso que se agotaba con rapidez.
Acometieron de nuevo las bebidas. El acordeón desbarrancaba los lamentos. La mujer murmuró:
—Pregúntele al cantinero, luego se aparece por acá.
La última palabra fue un aleteo. Los ojos del hombre se detuvieron en los pechos de la mujer, bebieron un momento sus redondeces, sus perfumes; después fueron al techo, encandilados, como si hubiera luminosas nubes en las maderas.
Un nuevo trago, la cerveza ensanchaba preguntas. Una cosa era cierta: la mujer medía las palabras con avaricia, tal vez estaba ganando la desconfianza, la incipiente sospecha. Necesitaba una frase afortunada, algo que los devolviera al cauce. Ella se adelantó:
—Voy al baño.
El hombre asintió con un gesto de derrota. Después la miró, casi inmaterial, entre las mesas. Figura primigenia entre los ebrios: su amplio contoneo esculpía sus lamentos. Abrió una puerta de madera y desapareció. El hombre volvió a la cerveza, a la oscuridad que se metía en todos lados. Pensó en la encomienda, en no fallar el tiro, no dejar huellas. Imaginó el cuerpo abatido, a una orilla de la carretera. Lo imaginó al otro día, cubierto de polvo; las densas moscas aprovechando su muerte. Miró la pantalla de su celular: en poco tiempo le hablarían. Le empezó a doler la cabeza. El jefe estaba impaciente, seguro mordisqueaba un cigarro, tal vez miraba la televisión, hacía cuentas, daba instrucciones a algún subordinado: “Quiero que lo levantes aquí, que le digas que me falló, que en este negocio nada se perdona”.
Dio el último trago que descendió con rapidez por la garganta. Los ebrios chupaban sus bebidas, como una diestra tropa de zancudos. Los ojillos apenas atendían. Las bocanadas se inmovilizaban: eran redondas lunas sobre sus cabezas.
Se levantó y se dirigió al fondo del bar. Abrió la puerta del baño con el pulso en ascenso y una sensación de vértigo en la cabeza. Llevó la mano, por inercia, a la pistola. Vino a su mente la memoria de otras ejecuciones: la súplica en la mirada, el ardiente camino de las balas, los infinitos borbotones de sangre. Después, acarrear el cuerpo, como pez recién pescado, aún con movimientos en los pies, en las manos, en los ojos. Los muertos, desde ese instante, eran objetos indeseados, estorbos que se regodeaban en su pérdida, su derrota. Por eso prefería no pensar y sólo podía beber, buscar el vértigo de la cocaína que abría nuevos surcos en su nariz, lo alejaba del mundo, de todo. Sorprendió a la mujer mirándose en el espejo. Como en cámara lenta el movimiento de ella: desviar la mirada a la puerta, el gesto de asombro que controló de inmediato, el torso inclinado como tratando de evitar algo. El hombre dudó: ¿Acabar ahí?, ¿buscar más tiempo para asegurar el escape? Sofocado en preguntas estaba cuando la mujer se acercó y lo besó. Él sintió los labios impregnados de cerveza, el tabaco también era protagonista. Tocó la punta de su lengua y sus manos —en la inercia— descendieron por el talle, de forma lenta, como si coronara en silencio su cintura. La respiración de ella devoraba y su jadeo era el de una bestia de costillas esculpidas, afiladas por las vertiginosas respiraciones. El tiento de los labios era frío, como un falso fruto, como el dedo que lo recorre y lo inventa. La mano de ella buscó su entrepierna. El lavabo tembló por la presión de los cuerpos. Los apretujados apenas atendían su alboroto. Estaban concentrados en el forcejeo, en aflojar las ropas para seguir el combate. El hombre sintió un páramo que se llenaba con rapidez y no se dio cuenta cuando el pantalón había quedado sin el peso de la pistola. La mujer alzó la mano derecha y el metal, la negra empuñadura, tuvo amores con la luz del foco. Era un sol en miniatura, reflejado en el espejo, la boca de la pistola. El otro bebía de los pechos cuando el gatillo fue accionado y el páramo se vacío en un quejido. El cuerpo se arqueó y se deslizó, como una segunda sombra, por el vientre de la mujer. El tiempo pareció ensancharse por la muerte: un espacio donde se derrumbaba todo. La mujer miró el cuerpo rendido, abatido a sus pies, como un barco gangrenado por la marea. La sangre se dispersó en el piso y sus ramificaciones recordaban las infinitas ramas de un árbol. La mujer echó un último vistazo al hombre. Al otro lado de la puerta despertaba el disturbio. Algunas voces alertaban a los adormecidos en las mesas. Las sillas cayeron; maldiciones hervían en la barra. En el baño hubo breves cavilaciones. Un par de hombres se acercó al fondo del bar. La mujer apuntó a la puerta y disparó dos veces. Las balas dejaron agujeros limpios en la madera. Del otro lado se silenció todo. Sin embargo, la falta de voces era momentánea, como un avispero antes de ser agitado. La mujer sintió el veneno del calor, el denso sofoco; algunas gotas de sudor se arracimaban en su frente. Cerró la tapa del excusado y, parándose sobre la caja, alcanzó con dificultad una ventana rectangular. Del otro lado brotó un quejido: el lento vals de un baleado. El impacto había hecho mella en el estómago y comenzaba el escape de las entrañas. Alrededor los revoloteantes, sorprendidos por el vivo chorro de sangre. La mujer se esforzó en el quicio de la ventana. El vestido y los zapatos hacían más difícil la tarea. En la escena alguien, aturdido, se entregaba a la muerte. La sangre escapaba y parecía llenar las palabras de los torpes: ¿a cuál organización correspondía este ajuste de cuentas? Porque cada semana aparecía un nuevo grupo, probable escisión de un grupo más grande que, a su vez, había pertenecido a un cúmulo mayor: átomos dividiéndose, generando combustión; estrellas cuya muerte da origen a otras estrellas. En las mesas asombradas las figuras, consumidas por el alcohol, los ojos despabilados por la sorpresa. La mujer, al fin, pudo saltar al otro lado, se arregló el vestido, subió a una camioneta y enfiló a la carretera. Una polvareda quedó en el ambiente, poco a poco se aquietó. El zumbido del anuncio neón atraía insectos. Las luces se perdieron.
Después de un buen trecho se desvió a un camino de terracería. Un pequeño rosario colgaba del espejo retrovisor. Por el horizonte, tras los cerros, el contenido fuego del amanecer. Detuvo la marcha junto a una cabaña. Sentía la mano del frío en la cara. Bajó de la camioneta, abrió la puerta y encontró a un hombre sentado frente a una mesa. Su sombra era alimentada por la luz de un foco. Alrededor, dispersas fichas de dominó, una pistola y el apagado fulgor de un tequila. El hombre se tocó los bigotes y preguntó:
—¿No hubo ningún problema?
—Algunos muertos de más, jefe.
El hombre suspiró. El mundo, por un momento, se concentró en su mirada.
—Tarde o temprano me iba a delatar, era cuestión de tiempo —dijo él.
Una sonrisa alumbró su rostro.