Tierra Adentro
Agustín del Moral. Archivo Personal

Habíamos acordado la reunión por correo electrónico. Nos reunimos en las puertas de la Editorial de la Universidad Veracruzana, que él mismo abrió, porque ese día no fue a trabajar la persona encargada de las instalaciones. Siempre con ese tono suave que lo caracteriza, Agustín me condujo hasta su oficina: un cubículo relativamente pequeño, cuyas paredes eran, en realidad, enormes ventanales transparentes que lo separaban del sitio de los editores, la sala de juntas y su secretaria particular.

D. S: Se habla del espíritu de Galindo como un elemento que ha trascendido el proyecto de la Editorial. La pregunta obligatoria sería: ¿en qué consiste ese legado?

A. D. M: En primer lugar, el espíritu universalista, porque, bueno, hay que tratarnos de ubicar. Estamos en la década de los cincuenta. El gobierno emanado de la Revolución Mexicana, como se dijo durante muchos años, era un gobierno afanado por darle una identidad al país, un rostro. Y en ese sentido, era un rostro evidentemente nacionalista, que no nacional. Este gobierno reivindicaba lo que, desde su punto de vista, era lo mejor de la Revolución. Por eso el espíritu que permeaba en casi todas las instituciones del ámbito cultural era la visión nacionalista. Y si me pongo en la piel de Galindo, pues digo, caray, creo que es sorprendente, porque él se pudo haber dejado imbuir fácilmente por ese ánimo, y a lo mejor pudo haber buscado que la editorial, que además proviene de una universidad pública tuviera esa orientación.

Pero también, por otro lado, pues es ese olfato que, como editor, tuvo Galindo para poder sentir por dónde venía una obra que prometía, que estaba destinada a permanecer. Si juntamos las dos cosas, obtenemos su catálogo. Ahí tenemos autores que formaron parte de esa constelación literaria que durante varias décadas marcó el quehacer artístico y cultural no sólo de México, también de España y otros lugares de Latinoamérica. Por ejemplo, María Zambrano en España; en el caso de México, pues Octavio Paz; en el caso de Latinoamérica, ahí está García Márquez u Onetti, sólo por poner unos cuantos ejemplos.

D. S: A partir de Sergio Galindo, la Editorial comienza a impulsar las obras literarias de autores jóvenes; sin embargo, he notado que se habla mucho de narrativa y ensayo. ¿Dónde quedaron los otros géneros como el teatro o la poesía?

A. D. M: Tienes razón. La primera colección que funda es la Ficción y la revista que dirige es La Palabra y el Hombre, que si bien es un reflejo del ánimo que él tenía, está cargada básicamente de narrativa y, como tú señalas, también la filosofía. Son como los dos puntos fuertes de ese momento. Aunque también está la traducción de obras.  Seguramente la poesía sí la difundió, pero los fuertes siempre fueron aquellos tres ámbitos.

D. S: En este primer momento, la Editorial se volvió un puente de entrada para todos esos autores, como García Márquez, Leñero, Revueltas o Mutis, que terminar formando parte esencial de la historia de la literatura latinoamericana. La Editorial de la UV fue la primera en publicarlos, sin embargo, no siempre publicó sus obras cúspide. ¿Puedes recordar algunas obras que hayan sido la excepción? Es decir, que sí hayan sido fundamentales en la carrera del autor.

A. D. M: Pues, mira, bajo la dirección editorial de Celia del Palacio, se echó a andar una serie llamada Serie conmemorativa Sergio Galindo. Hasta donde la conozco (a mí me toca editar los últimos tres de quince títulos), puede ser un buen ejemplo para esto que me pides. Podríamos mencionar Infierno de todos de Sergio Pitol, El norte y la veleta oxidada de Emilio Carballido, Ognos de Luis Cernuda, Diario semanario y poemas en prosa de Jaime Sabines, Regiones de refugio de Gonzalo Aguirre Beltrán, Discurso de filosofía de José Gaos, Los hombres verdadero de Castro y Polvos de arroz de Sergio Galindo. Ahora, hay que aclararlo: estos son los títulos que en un determinado momento se decidió escoger, pero es obvio que también existen los textos de García Márquez u Onetti. Seguramente también influyó en la selección el tema de los derechos de autor. Aunque, bueno, ese puede ser un buen ejemplo.

D. S:  Ahora, hablando de ti, como escritor y, ahora, director, ¿cuándo conociste a la Editorial?

A. D. M: Pues fíjate que tuve conocimiento de la Editorial cuando me vine a estudiar a Xalapa, en el 73. Bueno, en realidad, en el 74, cuando entré a la Facultad de Psicología. Lo primero que conocí fue La Palabra y el Hombre. Recuerdo que, en aquel momento, la revista convocó a un concurso de cuento y, bueno, yo no tenía esas inquietudes; pero sí supe de esa convocatoria. Por esos días la comencé a leer, supe que tenía sus oficinas en Bravo. Y bueno, el Servicio Bibliográfico Universitario estaba en el Pasaje Revolución [en el corazón de la ciudad] y recuerdo que estaba bien surtida la librería. Entonces, yo pasaba de la Facultad de Psicología a mi casa caminando. Salía de Juárez, subía Revolución, me metía al pasaje y de ahí a la librería, como entre siete y media u ocho de la noche, compraba dos o tres cositas una vez al mes.

D. S: Entonces, ¿cómo comenzó tu acercamiento, digamos, íntimo, con la Editorial?

A.D.M: Eso fue en 1998 o 97. Para ese entonces ya hacía trabajos de editor, tenía equipito para trabajar con la formación, diseño y corrección de textos, y Guillermo Villar me habló para decirme “oye, tenemos un atraso, cuando menos, de un año, y queremos ponernos al corriente. Ya conseguí la autorización de la doctora Carmen Blásquez para que estos cuatro números se saquen. Hay un pago de tal cantidad por cada número, ¿tomas el trabajo?” Y yo le dije que claro que lo tomo. Un poco más adelante, José Luis Rivas, siendo director de la Editorial, me habló para decirme “hay posibilidades de que entres a trabajar en la Editorial, ¿te interesa?” Y otra vez dije “pues claro que me interesa”. Fuimos a ver, José Luis Rivas y yo, a ver a Sara Ladrón de Guevara, con quien, por cierto, ya tenía un conocimiento personal, porque, precisamente, yo había estado a cargo del cuidado editorial de su primer libro, que sacó en la Universidad Veracruzana. Entonces, por fortuna, obtuvimos ese permiso para que se me permitiera cubrir esa especie de interinato en la Editorial de la UV. Y de ahí sigue esta historia.

D.S: Y regresamos, de ese paréntesis, a la situación actual, la de la Editorial dirigida por ti. Ya habíamos hablado de que, en un primer momento, el proyecto estuvo concentrado en difundir la filosofía y la literatura; sin embargo el espectro, ahora, cubre mucho más. ¿Qué me puedes decir sobre esto?

A.D. M: Pues, como tú lo mencionas, en efecto, las colecciones han aumentado. Ahora están, por ejemplo, además de FicciónBiblioteca, Textos Universitario o Tesitura, que está orientada específicamente a la música. Éstas son las colecciones base, las que han permitido que el prestigio de la UV se halla mantenido. También hay otras de creación mucho más reciente, como la Sergio Pitol Traductor, Biblioteca del universitario o Cuartel de Invierno. Estamos hablando de unas doce o trece colecciones vigentes.

D.S: En un principio, la misión de la Editorial fundada por Sergio Galindo fue transformar un proyecto nacional en un punto de referencia universal. ¿En la actualidad se ha modificado este objetivo?

A.D.M: Yo creo que, en esencia, el objetivo sigue siendo el mismo; pero hay asignaturas pendientes. Hoy, el libro electrónico es un tema que está sobre la mesa. Hemos hecho contacto con Porrúa. Nos hicieron llegar una propuesta para ir digitalizando el archivo histórico de la Editorial. Así como eso, también está el tema de las redes sociales y la página web. El otro tema es el de la distribución. Hoy, nuestros libros están distribuyéndose en las filiales del Fondo de Cultura Económica, en España, Colombia, Perú, Chile, y próximamente, en Argentina y algunas ciudades de Estados Unidos. Así que el espíritu sigue siendo básicamente el mismo, divulgar el conocimiento y la cultura, pero en concordancia con estos tiempos.

D. S: Hay algo que siempre me ha parecido particular e importante de la Editorial de la UV, y es el hecho que, a diferencia de otras editoriales, el autor tiene una injerencia directa con su libro. Esto, desde mi punto de vista, compensa de alguna manera la reducción de ejemplares y las eventuales dificultades con la distribución, pues lo veo, al final, como la oportunidad de editar una obra más cercana a un libro objeto, pero masificado. ¿Qué me puedes decir de eso?

A.D.M: Me agrada el comentario que haces, porque sí, justamente eso es lo que hemos buscado. Aunque hay ocasiones en las que por alguna razón no se puede, normalmente tratamos de que el autor le dé un seguimiento cercano a su propio libro. Siempre, o la mayoría de las veces, se le pide a los autores una propuesta de imagen. En algunos casos, también, que nos sugieran algunos puntos a desarrollar para las cuartas de forros. Y este trato comienza desde que el editor toma en sus manos el original, hasta que el libro se va a la imprenta. Hoy, por ejemplo, vino el doctor Asdrúbal López para agradecer el trato que tuvo mientras se trabajó con su novela en estos meses.

D.S: Por último, hemos comentado ya que la Editorial tiene todo un catálogo de imprescindibles clásicos. ¿Hay ahora un catálogo de imprescindibles clásicos contemporáneos?

A.D.M: Híjole, sería muy presuntuoso de mi parte hablar con tanta seguridad sobre eso. Pero bueno, lo que sí te puedo decir es que creo que sí hay autores que ya son de los imprescindibles. A lo mejor no son de los imprescindibles de la Editorial de la UV exclusivamente, pero sí del mundo literario en general, que ha editado la UV. Podríamos hablar de Alberto Manguel o Fernando Savater. A lo mejor ya no son los autores “que prometen”, sino autores consolidados, pero forman parte del catálogo de la Editorial.

Bueno, ahora que te hablé de autores que prometen… Yo creo que hay dos escritores jóvenes que realmente, la Editorial de la UV, independientemente de quién siga a cargo, debe hacer el esfuerzo de seguirlos. Uno es Daniel Ferreira, que ganó el premio Sergio Galindo 2011, con La balada de los bandoleros baladíes, y el otro es Javier Núñez, que ganó el año pasado el mismo premio con La doble ausencia. Son dos muy buenas novelas. Y estoy haciendo un esfuerzo, en el caso de Daniel Ferreira, es casi un hecho que le vamos a publicar su segunda novela. Y en el caso de Javier Núñez, también le he propuesto que nos permita hacer, de sus dos libros de cuentos publicados, una selección, que nos entregue algunos cuentos inéditos y nos permita hacer esa colección como un nuevo libros.


Autores
(Xalapa, Veracruz, 1984) es poeta. En 2005 obtuvo la beca del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Québec, del Fonca. Escribió Andar (UV, 2010) y La caja para encender (La Ceibita, FETA, 2012). Toca la guitarra y es amante del jazz.
Sabino Guisu

 

 

Me besabas en la columna y ahora apenas recuerdo tu cara. Yo tenía siete años, todavía no me había crecido el corazón y le preguntaba a mi abuela si lo que late es tumor y ella decía: lo que late es sangre. Tu familia alquilaba en verano un departamento en planta baja. Mi abuelo era el encargado de ese edificio. Una vez vio morir a un hombre. Nosotros no lo vimos, lo escuchamos. Mientras nos besábamos, lo oímos caer. El sonido venía de la garganta de los ascensores. Nos asustamos porque parecían los ruidos digestivos de un animal que se come vivo a otro. Esa tarde, cuando no mirabas, me limpié los restos de saliva que dejaste en mis labios; me limpié con la sensación de quien extrae algo de una funda muy estrecha y después no logra comprender cómo hacía para entrar un objeto tan grande en una bolsa tan oscura.


Autores
Mar del Plata, Argentina, 1983) escribe y traduce. Como poeta publicó Josele, Los círculos del agua (Dársena3, 2004), Pluvia, Una, dos comadrejas, Bruma (los tres publicados por VOX en 2007, 2010 y 2012, respectivamente), Los sapos (Sacate el Saquito, 2011) entre otros. Tradujo Paterson V, de William Carlos Williams (Luz Mala Ediciones, 2012).

Hace unos días recibí en mi buzón de correo un mensaje de María José Cabrera. Ella vive en Lima, tiene dieciséis años y el motivo de su comunicación es muy concreto: quiere que le ayude a continuar con una novela que se le ha ocurrido; necesita ideas, pues de pronto se quedó corta de imaginación. Me cuenta que un libro mío, Historia sobre un corazón roto… y tal vez un par de colmillos le dio el golpe de inspiración necesario para comenzarlo, pero no le duró mucho acabó quedándole un argumento muy endeble.

No es el primer mensaje que recibo con una petición semejante, y suelo responder a todos ellos, pero naturalmente no es posible leer y asesorar todo lo que me mandan. Sin embargo hay algo en el mensaje de María José que me hace interesarme. Le respondo que estoy dispuesta a ayudarla, pero necesito que me diga de qué va su novela y en qué se atoró.

María José me contesta que es una historia de amor, que comienza cuando el señor Fulano, que no tiene nombre porque es la primera persona que narra la historia, pierde lo único que tenía en la vida: una mujer llamada Angelina. Él es un anciano que siempre estuvo enamorado de ella, pero Angelina nunca se fijó en él.

“¿Nada más?”, pregunto yo en mi respuesta. “Nada más”, contesta ella. Sonrío a medias y le pido que me mande lo que lleva escrito, sin la certeza de que algo llegue a mi buzón, al menos en un corto plazo. No obstante, a la semana llega el mensaje con un archivo adjunto. Leo un principio de historia bastante simple, pero una voz narrativa más o menos bien lograda, a pesar de ser ella una chica de dieciséis y su narrador de la tercera edad. Y en ese momento me propongo encaminarla. Las razones son variadas; por una parte, reconozco que el hecho de que un libro mío la haya inspirado para escribir una novela, me conmueve y me motiva; hay suficiente entusiasmo en sus mensajes y en su texto y, además de ese vago pero honesto principio, encuentro una redacción más que razonable. Admito que no es una empresa fácil y que hay grandes posibilidades de que quede en un efímero pin pon de mensajes. Pero igual estoy dispuesta a hacerlo.

Hay quien diría que lo más seguro es que lo que escriba María José ahora no tendrá un brillante destino editorial. Que quizá ni siquiera llegue a convertirse en una novela. Puede ser. Para mí es imposible saberlo. Pero por lo pronto, su caso se ha convertido en un reto. Porque sé que lo que sí me es posible es darle algunos elementos que para mí son fundamentales cuando se trata de formar a un escritor. Aquellos escépticos que dudarían del éxito de mi empresa, son probablemente los mismos que afirman de manera contundente que las escuelas y talleres de escritura son inútiles porque el talento es algo que no se puede enseñar ni infiltrar de algún modo.

Estoy de acuerdo con eso. Si una persona no tiene talento no habrá escuela capaz de lograr convertirlo en un buen escritor. Pero sí estoy convencida de que, cuando lo hay, muchas veces esa persona talentosa carece de las herramientas necesarias para convertir una buena idea en una obra. Quienes hemos sido jurados de concursos lo hemos comprobado. Hay originales que tienen la semilla de una gran idea, pero mal (o muy mal) desarrollada. Por eso siempre he pensado que en esos concursos, además de “el” o “los” premios, podría hacerse una selección de finalistas y ofrecer un taller para ellos. Justamente para dar esos elementos de los que hablaba antes: motivación y herramientas.

En estas dos categorías solía dividir la naturaleza de las clases que recibía en la Escuela de Escritores de la Sogem. La clase de Hugo Argüelles, por ejemplo, era motivacional por anecdótica. Escucharlo era puro gusto y después de sus clases una llegaba a casa con ganas de escribir. Pero Hugo no solía darnos herramientas concretas que pudiéramos usar en la construcción de nuestras obras. Nos daba ideas. A su modo nos echaba a andar las neuronas y serían otros profesores, como Tomás Urtusástegui o María Eugenia Merino quienes nos mostrarían la manera de organizarlas, de darles forma, de convertirlas en algo no solo legible, no solo comprensible, sino en algo que un lector pudiera disfrutar.

Hay también quienes dicen que no es posible enseñar a crear. La imaginación se tiene o no se tiene. Quizá sea un poco audaz afirmar que todas las personas tienen alguna dosis de imaginación, pero así lo creo. Que no se enseña. Puede ser. Pero también es posible despertar una que está medio aletargada. Hay ejercicios para hacerlo que pueden resultar entretenidos, pero el modo infalible siempre será la lectura. A lo largo de los años que llevo escribiendo y relacionándome con otras personas que lo hacen, siempre hemos coincidido en que hay ciertas obras que funcionan a manera de combustible para el autor. En mi caso hay un par de autores que siempre y de manera infalible me han proveído de esa chispa que me impele a sentarme frente a la computadora y ponerme a escribir. Se trata de Mark Twain y de Jorge Ibargüengoitia. Tanto que la influencia de ambos en mi obra es, a veces, evidente. A Ibargüengoitia le aprehendí el sentido del humor para narrar historias o anécdotas sencillas y cotidianas, y de las obras de Mark Twain la mía intentó heredar algo de su irreverencia, su crítica social no siempre obvia pero sí contundente y, también, su sentido del humor, distinto en forma al de Ibargüengoitia pero similar en agudeza.

Mucho más adelante he descubierto autores como Philip Pullman, que escribió la trilogía magnífica La materia oscura; Bjarne Reuter y su Buscando amigos para salvar el mundo, que es de los mejores libros dirigidos niños y jóvenes que me he encontrado, ambos han ejercido sobre mí esa fuerza combustible. También he obtenido inspiración y ejemplo de muchos colegas mexicanos que tienen una obra sólida y admirable, como los hermanos Malpica, Juan Carlos Quezadas, Jaime Alfonso Sandoval y Ana Romero, por mencionar sólo algunos. En mis clases acerco a mis alumnos a los libros de todos los autores que he mencionado Y lo hago presa del entusiasmo que me provocan. Ese es otro elemento indispensable cuando una intenta transmitir el encanto por las letras.

Y es por eso que, hasta el momento, mi fuerte ha sido la Literatura Infantil y Juvenil. Me apasiona en verdad. Debo decir que no ha sido fácil. A pesar de que ha demostrado en la última década ser uno de los géneros más dinámicos y más prósperos en el país, existe esa tendencia general a definirla como subgénero y a no tomarla muy en serio que digamos. Yo lo padecí. Cuando gané el Premio Barco de Vapor en el año 1996, estudiaba el segundo semestre del diplomado de la Sogem. No podemos decir que no fuera un acontecimiento importante: gané con mi primera novela, era el primer premio Barco de Vapor que se otorgaba en el país y, además, contaba con una dotación económica que ninguno de mis compañeros ni yo hubiésemos soñado ganar —al menos no por escribir—. Y sin embargo no faltaron reacciones y comentarios displicentes o, en el mejor de los casos, cargados de condescendencia. “Pero es un premio de literatura infantil”. “Bueno, ya tienes tu premiecito, ahora ya ponte a escribir algo serio”. No hice caso. Seguí escribiendo para niños, y a fin de cuentas muchos de esos compañeros, al darse cuenta de que un escritor de libros para niños puede, en efecto, considerar la posibilidad de vivir de sus libros, intentaron emprender proyectos de esta naturaleza. Algunos lo lograron. Algunos no. Es absolutamente falso que escribir para niños sea más fácil. Es más divertido para algunos, lo admito. Para mí, por lo menos. Hay quienes lo intentan una y otra vez y no lo consiguen. Hay autores con cierta fama que deciden de pronto que van a escribir para niños o editores que se lo solicitan porque ven buenas posibilidades económicas en un nombre. Esos libros se publican, pero no necesariamente tienen un buen recibimiento por parte del público al que van dirigidos. Y es que a los niños no les importa quién sea uno. Por muy rimbombante que suene el nombre, si al niño no le gusta la historia, si el dueño de ese nombre no fue capaz de engancharlo con su prosa, de nada le sirve llamarse como se llame.

Los libros para niños se venden, sí. Hoy representan una parte importantísima del mercado editorial en el país, sí. Pero los escritores debemos escribir motivados por un interés real, no persiguiendo grandes tirajes o presencia en las aulas de los colegios. No pensando que es más fácil, que es más corto, que es más elemental. Que basta con reducir el vocabulario y plantar por ahí alguno que otro diminutivo. No.

Para escribir para niños y jóvenes es indispensable leer libros para niños. Estar al tanto de lo que otros escriben y de cómo día a día el espectro temático es más amplio. Es recomendable también enterarse de lo que niños y jóvenes pasan el tiempo, de cómo piensan; de cómo viven una infancia que para nosotros es tan compleja comparada con la que tuvimos, cuando aún podíamos pasarnos la mañana en el parque y no había teléfonos inteligentes ni Netflix, y las pocas películas infantiles que se estrenaban en verano se tenían que reestrenar el verano siguiente porque no había nada nuevo. Cuando los únicos libros para niños que había disponibles eran los de cuentos clásicos de hadas, los de aventuras de Salgari, de Verne, los lacrimógenos de Amicis. Ninguno de esos estaba mal. Pero ninguno de esos hablaba de alguien como nosotros. Si uno quiere escribir para niños conviene leerse la serie de Harry Potter. Y a Francisco Hinojosa; y a Elvira Lindo y su Manolito Gafotas, y a Michael Ende y a Roald Dahl; incluso hay que leer la grosería infame de Crepúsculo, si no por otra cosa, sí para analizar los porqués de su éxito. Hay que ver dibujos animados —no basta con recordar Don Gato y los Picapiedra, que para los niños de hoy resultan obsoletas y hasta un poco aburridas—. Hay que ver las películas de Pixar. Hay que hablar con los niños que uno tenga a la mano. Preguntarles por lo que les interesa e interesarnos asimismo en sus respuestas.

Y para enseñar a escribir narrativa para niños… no hay fórmulas, como no las hay en otros géneros ni para otros públicos. Hay recomendaciones, hay posibles guías para no caer en los errores en los que frecuentemente se cae. La mejor, insisto, es acercarse a los grandes autores para tomarlos como ejemplo. Es posible enseñar a reconocer esa grandeza y a emularla.

No sé cómo vaya a terminar la historia del anciano de María José. El resultado final no está en mis manos. Pero sé que si, como creo, en ella hay alguna dosis de talento, mis mensajes la harán entusiasmarse y continuar. Y, quién sabe, en una de esas, al cabo de los años, me encuentro en un estante de la Gandhi un libro firmado por María José Cabrera.


Autores
(ciudad de México, 1970) dedica su tiempo a la literatura con el humor narrativo de su adolescente interior. Fue la primera en ganar el Premio El Barco de Vapor de Literatura Infantil (1996) y volvió a ganarlo en 2001 con Las princesas siempre andan bien peinadas. Obtuvo el Premio A la Orilla del Viento con Odisea por el espacio inexistente, el Juvenil de Literatura Gran Angular y el de Literatura Infantil Juan de la Cabada, ambos en 2012. Además de libros, escribe guiones para cine y radio.

A estas alturas del siglo podría pensarse que leer revistas culturales es una costumbre de la antigüedad, una romántica tradición propia de almas sensibles, apegadas a la textura del papel y los efluvios de la tinta. Para qué querer una publicación impresa que sale cada tres meses, cuando tenemos combates de intelectuales en Twitter, un muro lleno de links y basuritas interesantes, el quiosco de iTunes, las aplicaciones de los principales medios informativos y, por si fuera poco, la mitad de los escritores conocidos son blogueros.

Pero para la mayoría de los lectores la importancia de las revistas culturales no está puesta a discusión: sabemos que son necesarias, en buena medida por el contrapeso que representan ante el vértigo y la inmediatez de la información que circula en la mediósfera. Por otra parte, el entusiasmo con que surgen nuevos proyectos (y que sucumbe tan fácilmente ante la falta de financiamiento o de distribución) es un signo de buena salud en el ámbito de las humanidades y su propuesta, perdurable o fugaz, siempre será un punto a favor en la inagotable tarea de generar reflexiones, propiciar diálogos, cuestionar ideas, definir identidades, subvertir, criticar, crear, en una palabra: pensar.

Ya se ha hablado mucho acerca de la “avalancha de información” y de la urgente necesidad de vehículos confiables que nos permitan surfear en ella: miradas editoriales que criben la calidad de lo que realmente nos interesa, halos que iluminen la sobresaturación de contenidos, lupas que nos permitan acercarnos a ellos, espacios armónicos en medio del ruido ensordecedor y muchas otras metáforas que señalan el hecho de que las editoriales, las revistas, los medios tradicionales son una herramienta necesaria para hacer llegar determinados contenidos a determinados lectores.

La tabla de surf sobre la cual hablaremos en estos párrafos es La palabra y el hombre, revista que desde hace cincuenta y seis años publica la Universidad Veracruzana, con la participación de verdaderos pesos pesados de las letras mexicanas. Si damos un vistazo a los índices de números antiguos veremos convivir los nombres de grandes autores con los que en ese momento no eran tan conocidos y ahora sí, y otros a quienes el tiempo no les hizo justicia. Encontraremos destacados académicos, profesores, investigadores de la Universidad Veracruzana y de otras universidades, así como personajes determinantes para el ámbito local xalapeño. La diversidad, la apertura, parecen ser las constantes que han regido desde sus inicios y hasta las ediciones más recientes. Y es que a diferencia de la mayoría de las revistas culturales de México, La palabra y el hombre nació como parte de un ambicioso proyecto humanista cuya historia no todo el mundo conoce.

Xalapa tiene fama de ser ciudad de escritores. Desde principios de siglo anterior los estridentistas encontrarían una buena acogida ahí. En 1927 Manuel Maples Arce y Germán List Arzubide fundaron la revista Horizonte, y hasta se le llegaría a conocer a Xalapa con el apodo de Estridentópolis. Durante la primera mitad del siglo xx, con la consolidación del proyecto de nación posrevolucionario y la llegada de los exiliados españoles, el país vivió un gran revuelo intelectual que se vería reflejado en una intensa actividad académica por parte de las universidades. Las revistas y suplementos literarios representaron un papel crucial como “espacio privilegiado para el establecimiento de pautas de discusión y acción, y para el establecimiento y difusión de los cánones literarios, ideológicos y culturales”.[1] Entre las muchas publicaciones que nacieron en este periodo tenemos la revista Letras de México (1937), dirigida por Octavio G. Barreda con la participación de Alí Chumacero y José Luis Martínez; Taller (1938), de Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana, y Cuadernos americanos (1942), de la UNAM, una de las pocas revistas que aún sigue vigente. En Guadalajara tenemos la revista Bandera de provincias (1929) de Agustín Yáñez y Tierra Nueva (1940). Fuera de la capital, la primera revista cultural universitaria —y durante mucho tiempo la más importante—, fue La palabra y el hombre (1957).

La Universidad Veracruzana, fundada en 1944, consolidó su perfil humanista con la participación de renombrados intelectuales como el escritor Sergio Galindo, quien llevaría la batuta de una intensa labor institucional junto con el filósofo Fernando Salmerón y el entonces rector Gonzalo Aguirre Beltrán. Muchos académicos de otras instituciones del país se incorporaron al proyecto aportando ideas o como parte de la plantilla docente: el ensayista y catedrático José Pascual Buxó, el arqueólogo Alfonso Medellín Zenil, el poeta y periodista Ramón Rodríguez, Dagoberto Guillaumin, quien fuera director de la Escuela de Teatro del INBA y fundador de la Escuela y la Compañía de Teatro de la UV. Participaron también el historiador Xavier Tavera Alfaro; Adolfo García Díaz, filósofo de la UNAM; el compositor y director de orquesta Luis Ximénez Caballero, entre muchos otros artistas, investigadores y maestros.

Como es natural, una labor así requería de un órgano de comunicación que diera a conocer las propuestas de todos estos intelectuales, y que al mismo tiempo sirviera como

escenario para dar a conocer las ideas de colaboradores de todo el mundo. Es así como nace la revista La palabra y el hombre, bajo la dirección de Sergio Galindo, quien a la par dirigió el ambicioso proyecto editorial de la UV que difundiría muchas de las obras que determinaron el rumbo de la literatura mexicana y latinoamericana, así como las traducciones que hicieron posible el acceso a literaturas de otras latitudes.

La propuesta concreta de la revista estuvo siempre bien definida: partir de las bases del trabajo universitario, dar lugar a todo tipo de opiniones libres sin otro criterio además de la calidad. “No se trata por tanto de una revista literaria en el sentido habitual, destinada a satisfacer una curiosidad simplemente estética […], sino de un repertorio abierto que pretende, con la mayor amplitud y universalidad, contribuir al desarrollo de la cultura”, escribió Fernando Salmerón en la declaratoria inaugural, y es esa la postura que la revista ha mantenido a lo largo de sus 211 números. Luego de Sergio Galindo se sucedieron en la dirección escritores de similar calado como César Rodríguez Chicharro, Sergio Pitol, Rosa María Phillips, Jaime Augusto Shelley, Juan Vicente Melo, Luis Arturo Ramos, Raúl Hernández Viveros, Guillermo Billar y Jorge Brash.

A lo largo de este prolongado tour de force, la revista ha atravesado por pruebas y desafíos de toda índole, desde cambios de administración y otras pesadillas burocráticas, hasta los trágicos acontecimientos del 68 que hicieron que dejara de publicarse durante dos años. En 1972, todavía bajo la tutela de Sergio Galindo, la revista logró reiniciar sus actividades, aunque el vuelo que recuperó iría menguando poco a poco. Durante las décadas de los ochenta y los noventa mantendría un perfil más o menos discreto, su difusión sería mayormente local y por momentos ceñida al ámbito universitario[2].

Sin embargo, al cumplir cincuenta años, La palabra y el hombre dio un giro radical. El comité editorial, bajo la dirección de la doctora Celia del Palacio, decidió dar inicio en 2007 a una tercera época en la que se replantearon los criterios editoriales, los objetivos de lectura, el diseño, la difusión y distribución. En palabras de Mario Muñoz, el actual director de la revista, “en el cambio de formato, diseño y estructura influyeron consideraciones de peso como ampliar el círculo de lectores, ofrecer espacios equitativos para la literatura, el arte, las ciencias sociales y la crítica de libros, mantener un equilibrio entre las ilustraciones y los textos”. Se reafirmaban así los parámetros de contenido propuestos en la declaratoria inaugural de Salmerón, obedeciendo no obstante a las nuevas necesidades que planteaba la sociedad de principios de milenio.

En la actualidad la revista se imprime a color, tamaño carta y en sus 88 páginas se reparten los textos de sus seis secciones: La palabra, que incluye artículos académicos, textos de creación, ensayos, entrevistas y poesía; Estado y sociedad, con acercamientos a realidades del contexto social, político y universitario de Xalapa o del país; Artes, un texto crítico; Dossier, donde se publican las imágenes de una propuesta plástica contemporánea además de su respectivo texto crítico; Entre libros, con reseñas de títulos diversos: de editoriales independientes, títulos que tengan algún factor de interés a destacar o publicaciones de la UV; y Miscelánea, donde se abordan con mayor brevedad temas diversos concernientes a humanidades, arte, literatura y cine. Los contenidos de la tercera etapa, desde el número 1 hasta el 20, se encuentran disponibles en www.uv.mx/lapalabrayelombre/, y en la lista de los pendientes más inmediatos por resolver se encuentra el mejoramiento de la presentación digital de los contenidos, a fin de hacerlos más accesibles a un mayor número de lectores.

Las revistas institucionales enfrentan desafíos distintos a los de las revistas puramente literarias, independientes, constantemente preocupadas por encontrar subsidios, becas o publicidad, que difícilmente consiguen ser autosuficientes —ya no digamos producir ganancias—, y que no obstante manifiestan un ímpetu arrollador, ideas originales, propuestas editoriales, literarias y visuales llenas de frescura. Por otro lado, las revistas institucionales no tienen sobre sí la presión de las publicaciones comerciales que deben apegarse a determinadas exigencias de mercado y a las tendencias de sus competidoras para ganar, más que lectores, publicidad, sin embargo, esas exigencias ajustan el estándar del lenguaje visual de los lectores, por lo que tampoco se debería dejar de lado.

Revistas como La palabra y el hombre —que, dicho sea de paso, son pocas—, han de ser verdaderas maratonistas. Deben sortear las aguas de la burocracia, encontrar un equilibrio entre las tendencias del mercado editorial y el ombliguismo en que suelen caer los círculos académicos. Deben proponer contenidos que se ajusten a sus parámetros de calidad y lidiar con los trabajos de investigación de más de veinte páginas con aparato crítico y un vocabulario que no entiende ni Derrida. Deben encontrar canales adecuados de distribución, llegar a todas las bibliotecas, y establecer intercambios y diálogos con revistas, universidades e instituciones de todo el mundo.

La lista de demandas es larga y los recursos, como siempre, son limitados. El equipo de trabajo de La palabra y el hombre ha hecho una labor digna de reconocimiento: desde el mismo rector Raúl Arias Lovillo, que durante su gestión apoyó a la revista para que gestionara su propio presupuesto de forma autónoma, pasando por el director editorial Agustín del Moral, Germán Martínez Aceves, Jesús Guerrero, los comités consultivos, los responsables de sección, hasta los responsables de la producción de cada número, Diana Sánchez, José Miguel Barajas, Gerardo Cruz González, entre muchos otros colaboradores, trabajan de forma entusiasta para que la revista salga puntualmente. La mayoría trabajan al mismo tiempo en la editorial, organizan cada año la Feria Internacional del Libro Universitario, llevan a cabo actividades académicas, son creadores o docentes, integran sus esfuerzos para mantener vigente y renovar el ambicioso proyecto humanista que se planteó hace más de cincuenta años. Un trabajo así merece que le prestemos atención y que sigamos de cerca su trayectoria.

 

 

Notas


[1] Crespo, Regina (coord.), Revistas en América Latina: Proyectos literarios, políticos y culturales, UNAM, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, México DF, 2010.


[2] Para información más detallada sobre la historia de la revista consultar: Medio siglo de labor editorial universitaria en Veracruz, coordinado por la doctora Celia del Palacio Montiel, editado por la Universidad Veracruzana en 2007.


Autores
nació en Guadalajara, Jalisco en 1980. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara y asistió al Curso de Formación de Editores de la Universidad Complutense de Madrid. Estudió la maestría en Letras Modernas Portuguesas en la UNAM. Ha trabajado como editora y como copywriter para medios electrónicos. Es autora de la novela Puertas demasiado pequeñas, la cual escribió como becaria del FONCA en 2010 y obtuvo el Premio Latinoamericano Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana en 2013. Actualmente vive en la ciudad de México.
Sabino Guisu. Acrílico y humo sobre tela.

[Born under a bad sign]

Detrás del amago sexo está mi nombre en zapatos de silesio mi luminosa arbitrariedad con el ánimo de un ladrillo azul olvidadizo permanezco bajo los garabatos de una santa y la gratuita enumeración de lo insano en el hogar de la sangre sobre el sexo de un pedazo de sol.

Soy el cielo blando y espero el pequeño giro que me reconcilie con el sueño

Por la soberbia que de mi pie cuelga soy humillado por el espejo tengo el pelo sucio y el alma de peldaños

Hace tiempo que el cedazo de la cordura se cansó de mí las conversiones están bajo el hielo de un fin de semana Convéncete tiempo yo soy la vieja flama para la blasfemia el único con sonrisa de aguja que puede hacer nudos la luz el himno que convierte al fuego en pura espuma.

Bancarrota Blues

Lo único que sé es llegar al sueño A través de las pastillas llego tarde y triste yazgo bajo unos faros fervientes que alumbrarán en Harlem

Dormir con una puta es atender a las palabras abandonarse a su rastro de rojas exigencias acariciar su rostro con el ansia tuerta

La ciudad jadea igual que un manicomio nos prefiere y nos venera los días ocultos en ella todos somos adoquines despectivos la alianza entre el vaso y la podredumbre la ansiedad por el vuelo en la tortura

La ciudad está hecha de pantimedias y de palabras

de anhelos y cigarros reverbera lúcida y gozosa / viaja en el metro es presencia líquida y obtusa figura que va y viene del sueño lento despacio deambula por escombros nos regala cuerpos vencidos callejones dramáticos su sangre nos toca y nos zanja la lealtad crece así poemas, visiones y blues son sus cimientos el refugio donde siempre consigo palpar el paraíso bajo la falda de alguna mesera a las tres de la mañana.

esto no es una traición

no vayas a creer que yo soy bueno la próxima vez que escuches a alguien decir que soy humano no le creas soy cantante me verás correr por la pista como un caballo con la lengua de fuera

no vayas a pensar que soy bueno pregunta cuánto debo en la tiendita de la esquina mira cómo me rasco las cervezas las pedí fiadas pregunta si soy bueno para el tiro al blanco

no vayas a decir lo que otros “en el fondo es un buen muchacho” primero pregúntale a tu mamá si deja a tu hermano juntarse conmigo es más ¿ves esta cicatriz? me la hicieron en un baile

no vayas a creer que soy bueno pero tampoco soy malo sólo soy uno más uno de tantos que andan en la cumbia soy músico de la Sonora Everest y aunque tu mamá diga que no yo sí sé cantar.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Sabino Guisu. Libro de Avispa. Fotografía de Alicia Huerta

Si bien la literatura infantil empezó a ser objeto de atención y de cultivo en México a raíz de la fundación del Centro de Información y Desarrollo de la Comunicación y la Literatura Infantiles (más conocido como CIDCLI) y de la realización, en el Auditorio Nacional, de la primera Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, su popularidad crece desde comienzos de los años noventa, cuando se funda la colección A la Orilla del Viento, bajo el sello del Fondo de Cultura Económica. De entonces a la fecha se multiplican títulos, autores, editores, y muchas librerías crean espacios de exhibición especiales.

Pero ¿cuál es el lugar de la literatura infantil en México? ¿Qué tanto se le aprecia? Tres de los principales autores de literatura infantil y juvenil de nuestro país se reunieron a petición de Tierra Adentro para conversar al respecto.

 

María del Rayo Ramírez: La idea de esta mesa es tratar la polémica o el conflicto que hay con la literatura infantil y juvenil en el sentido de que se dice que no existe, que es tratada un subgénero que se etiqueta por cuestión pedagógica o comercial más que por el sentido de escritura como literatura o arte. La idea es enfocarla en la experiencia que ustedes han tenido dentro de este mercado como autores y también, por qué no, como lectores. Me gustaría saber, para empezar, ¿cuál era el panorama del mercado de literatura infantil en México hace treinta años?

Mónica B. Brozon: Hace treinta años en realidad no había. La peor señora del mundo, que fue uno de los primeros títulos publicados en México con un autor mexicano, ¿cuánto tiene de publicada?

Francisco Hinojosa: Veintiún años.

Brozon: Recuerdo cuando terminé mi primer libro, ¡Casi medio año!, no le encontraba salida editorial y pensaba “pero quién publica realmente”. Entonces lo llevé al Fondo de Cultura Económica, que ya tenía una colección desde el año ochenta y siete u ochenta y ocho, más o menos. Lo llevé al Conaculta. En el Fondo no me respondieron; en el Conaculta me dijeron: “pero es que no tenemos espacio para un libro como éste”, que era más bien una novelita para niños. No había interés. No había quién escribiera libros para niños. Los que éramos lectores cuando éramos niños, hace treinta años, o no tan niños, ¿qué leíamos? Leíamos los clásicos porque no había una literatura escrita por mexicanos para mexicanos. Simplemente no existía. Quizá Pascuala Corona ya había empezado con aquellas recopilaciones de leyendas tradicionales mexicanas pero, fuera de eso, realmente no había nada.

Antonio Malpica: Yo llegué un poco después que estos dos grandes señores que son Mónica y Francisco. De hecho, me sirvieron de inspiración cuando empecé a escribir, porque no tenía mucha idea de qué era la literatura infantil. Es cierto que fue casi accidental mi llegada a este género y me gustó tanto que me quedé. Pero yo no era un niño lector. A diferencia de Mónica, que a lo mejor sí buscaba qué leer, no tenía tanto esa preocupación. Me acuerdo que lo más que podías tener al alcance era el libro de “Lecturas” de español que, además, eran cosas muy cortitas. Y los clásicos. Entonces nada me llamaba la atención. No había la oferta que hay ahora. Mucho tiempo después, dije: “bueno, vamos a ver de qué se trata”. Tuve la suerte de entrar a la literatura infantil con un tercer lugar en un premio; pero es cierto también que me aventé casi a ciegas. No sabía, no había leído tanto. Fue casi un hallazgo ver que era posible y que sí había esa mesa de bienvenida para los que quisiéramos hacerlo. Pancho Hinojosa ya estaba ahí. Mónica también ya había empujado un poquito más la cuña. Digamos que yo no tengo tan claro el panorama, pero es cierto que me ha tocado atestiguar que va creciendo y se va formando mucho mejor. Y ahora parece que es al contrario. Los chicos no saben por quién decidirse, lo cual está muy bien.

Ramírez: Francisco, ¿te costó trabajo encontrarle casa a La peor señora del mundo?

Hinojosa: Primero empiezo diciendo que la fecha en que publiqué, hace treinta años, es significativa, hay un parteaguas. Antes de eso había unos cuantos intentos. Había una colección que se llamaba “La orilla de cristal” en la que no hay escritores de libros para niños y se invitó a las plumas grandes a que escribieran libros. Hubo algunos intentos con Editorial Novaro. Ese parteaguas creo que fue iniciativa de la Secretaría de Educación Pública, con la colección que se llama “Los libros del rincón”, y que empezaron a publicar, a comprar derechos; además, ¿quién tenía en ese entonces dinero para comprar a Michael Ende y a Italo Calvino?: la Secretaría de Educación Pública. De pronto, claro, empezaron a llegar las exigencias por parte del sindicato, de los padres, de los maestros, y dijeron: “queremos autores mexicanos”, “¿dónde los encuentro?” Había que estar buscando. Yo, por ejemplo, había publicado en editorial Novaro un libro que se llama A golpe de calcetín y me atrajeron de inmediato. Se reeditó ese libro y me empezaron a poner más tareas: “Ahora necesito un libro para niños pequeños, ahora tal.” En fin, empecé a trabajar un poco a petición del editor.

El siguiente paso, creo, fueron tres editoriales: primero el Fondo de Cultura Económica, que hace veintitrés o veinticuatro años empezó a publicar libros para niños y tenía entonces un acervo de cerca de cinco mil títulos. Se dice fácil, pero es un acervo que editó no solamente para universitarios mexicanos, sino de Iberoamérica. Con Iberoamérica me refiero también a Brasil. Claro, tenían el sector más o menos ganado, pero decían: “nos faltan cinco mil títulos y no tenemos lectores, ¿cómo los hacemos?” Y se les ocurrió hacer esta colección de libros para niños, que vemos a la distancia, de cuatrocientos títulos que tenía contra seis mil del acervo actual que representa en ventas cerca del cuarenta por ciento. Hay otras editoriales como Alfaguara y SM, que llegaron a México no sólo para distribuir sus propios libros, sino también para publicar autores mexicanos. Esa demanda editorial motivó que existieran también autores nacionales a quienes les interesara publicar. Hoy tenemos una generación de buenos escritores e ilustradores. En México no existía esa tradición de literatura infantil como tal vez la tenían Argentina, Cuba, Brasil, Colombia. Hoy en día podemos pensar que tanto la literatura como la ilustración en México tienen calidad de exportación.

Ramírez: En los años ochenta y noventa, precisamente cuando se dio este auge, se pensaba que los autores de literatura infantil se dedicaban a ello porque no habían funcionado bien en la literatura “de adultos”. ¿Por qué esa creencia de que es más fácil escribir libros para niños que los que van destinados a los adultos?

Brozon: No sé por qué sea. Quizá porque se piensa que son más cortos o que son más simples. Realmente la dificultad no es distinta. Encuentras un gusto en la literatura infantil y entonces te divierte y, sobre todo, tienes capacidad de conexión con los niños. Porque es curioso, como mencionan, más o menos en los noventa fue cuando la literatura infantil empezó a tomar auge. Cuando llegó SM, convocó su premio y empezó a publicar a muchos mexicanos. Entonces tomó una fuerza que no había tenido antes. Recuerdo que estaba en la escuela de la sogem cuando gané el premio El Barco de Vapor (el primero que se dio en el país), mis compañeros después me decían “Ay, está muy bien tu premiecito. Ahora úsalo de trampolín y ponte a escribir algo de veras serio”. Yo decía: “No. No es así”. Ellos, pensaba yo, tal vez vienen a escribir la obra que va a revolucionar la literatura mexicana. Si no hay quien escriba para esos futuros lectores, probablemente no haya quien la lea, ¿no? Muchos lo intentaron posteriormente, cuando vieron que podías, en efecto, aspirar a vivir de tus libros si escribías libros para niños. Hicieron intentos. Y hubo quien pudo y quien no. Porque no se trataba de asumir que “es más fácil”. Se trata, probablemente, de entender que “es distinto”. No creo que el proceso creativo sea distinto; pero sí hace falta el ingrediente químico que necesitas para atrapar a un lector joven o niño.

Malpica: Estoy de acuerdo en todo lo que dice Mónica. Sobre todo en un aspecto: de pareciera que es fácil escribir para niños porque aparentan ser lectores poco exigentes. Es el típico cliché de que al niño hay que hablarle como con atenuantes, diminutivos y menosprecios. Te das cuenta cuando ves un libro para niños mal hecho. Nosotros, que nos leemos mutuamente, nos damos cuenta muy fácilmente cuando alguien está haciendo eso al grado que hasta se te pone la piel de gallina. O está todo forzado como por alguien que quiere encantar a un niño. Es como entrar con un traje de payaso porque tus recursos son insuficientes para que nadie se fije en lo pésimo de tu espectáculo. Pero también es cierto que tiene que ver el asunto de cómo le hago y lo que apuesto en mi obra porque, al menos yo, trato de divertirme mucho, de jugar. Creo que eso es lo que otros, al mirarlo desde fuera, hace que digan “así qué chiste, y además le pagan”. Es decir, “se la pasa bien y además le pagan; así cualquiera.” En parte hay algo de cierto en eso, porque cuando estás escribiendo, para un gran premio, por ejemplo, supongo que cuidas un poco más la prosa, te pones a limpiar mejor, empujas más la piedra cuesta arriba, te esmeras escrupulosamente. Al menos en lo que yo hago, procuro que sea fluido. Que me la pase todo lo bien para que el chico lo sienta. Eso, creo honestamente, visto desde fuera, se presta al ninguneo, porque tomas un libro en donde empieza con un lenguaje muy coloquial, campechano, y comienzan las bromas y el niño que lo lee se la pasa muy bien. Repentinamente es el profesor quien dice “esto no es, no puede ser literatura porque está lleno de chistes.” Y no es verdad. Creo firmemente que, en un país en el que dicen que no se lee, vale la pena hacer una defensa de lo que necesitamos aun de esa manera. Lo digo, por ejemplo, porque para mí La peor señora del mundo y ¡Casi medio año! son paradigmas. Ver un libro como La peor señora del mundo que tiene tanto atractivo con los niños y que, supongo, en su momento sacaba chispas a los adultos porque trata asuntos de violencia y de venganza y no hay a quien se lo leas y no quiera que se lo vuelvas a leer. En mi casa, me cae gordo porque cada que le pregunto a Bruno, mi hijo, cuál libro quiere que le lea siempre dice La peor señora…, porque lo adora. Mientras yo digo “no, por favor, no otra vez, por el amor de Dios”. ¡Casi medio año! también me hizo ver que sí se podía escribir con toda soltura en los términos de los que hablamos siempre. Por ese lado, todo está bien en la literatura infantil porque vale la pena bajarse a leerles a los chicos y hablarles en su idioma para que nos lean ellos en el suyo.

Hinojosa: Creo que hay un menosprecio por la literatura infantil, que la inteligencia está por otro lado y que la exigencia de los niños también es otra. Por otra parte, hay una valoración de la literatura infantil donde muchos autores piensan que esos libros venden. Pueden existir en México muchos autores de libros para niños que casi viven de sus libros. En cambio, muchos de nuestros grandes poetas no viven de sus libros. Entonces, esos mismos autores de pronto se acercan y dicen “voy a escribir un libro para niños” o “también hay que hacer negocio.” Y fracasan. Muchos de ellos, porque no es lo mismo escribir esto y no se puede menospreciar la inteligencia y la exigencia de un niño tratándolo así. El niño toma un libro, lee la primera página y, si lo atrapa, sigue. Si no, hay cosas más importantes en la vida que leer un libro que no te atrapó ni te importa. Por eso yo creo que si no comprendes ese reclamo es muy probable que fracases.

Ramírez: Se ha dicho que la etiqueta que se le ha puesto a la literatura infantil y juvenil, más que por una cuestión creativa es por sentido pedagógico y comercial. ¿La literatura infantil y juvenil, si tiene ciertas características, es literatura pura?

Brozon: Lo de las características es algo que uno le puede o no dar, porque durante mucho tiempo existió no sólo esa creencia, sino que se ejecutaba de esa manera. Si uno lee los cuentos clásicos de hadas, todos tienen una enseñanza y una moraleja. Incluso ponían antes la moraleja por si no quedara claro. Perrault adelantó que la moraleja de Caperucita era “obedece”, pero eso se ha transformado muchísimo. Siempre he estado en contra del mensaje impuesto, del mensaje, de la moraleja. Sin embargo —y es lo que siempre le digo a mis alumnos, sobre todo cuando uno escribe para jóvenes que están en la etapa complicada donde no se quieren a sí mismos, no encuentran “un lugar” en la vida—, creo que hay una responsabilidad de nosotros, los autores, de compartirles lo mucho o poco que hemos aprendido. Nosotros ya pasamos por eso. Creo que ahora hay modos de compartirlo. Entonces, si tú lo vas a compartir desde tu pedestal de adulto, del que sabe “la verdad”, del que se lo está diciendo en esa perspectiva del que mira al otro hacia abajo, no lo va a aquilatar, no lo va a asimilar ni va a importarle. Pero háblale como quiere escuchar las cosas y entonces vas a ser capaz de transmitirle un conocimiento y a lo mejor, en una de esas, también de facilitarle algún proceso de esos durísimos por los que a veces pasan los adolescentes.

La gente también necesita saber de dónde vienen el sudor, las bacterias, y todas esas cosas. Y quizá habría que contarlas de manera lúdica y entretenida. ¿Por qué? Porque es una manera adecuada de transmitir un conocimiento. Pero lo que se refiere a literatura pura —contar una historia usando la ficción— puede o no existir, y eso no le da por sí solo un atributo literario a la obra.

Malpica: También es cierto que, en principio, todos los libros para niños tenían el sentido utilitario de dejar una enseñanza, porque como adultos nos sentimos con la responsabilidad de llevar a los pequeños “por el buen camino”. Pero creo que ahora poco a poco se va construyendo el acervo literario infantil con solamente historias. Me atrevería a decir que es algo que tienen que construir los niños en sus preferencias, a pesar de lo mucho que los adultos confabulemos contra ellos diciendo: “Éste es el libro, lo tienes que leer porque lo decimos tu maestro, los vendedores de todo el mundo y yo”. El niño realmente no lo va a tomar ni lo va a convertir en un éxito, no lo va a subir al podio de los mejores si no le gusta. No hay autor de literatura infantil, que yo conozca, que se eche sobre sus laureles y se la pase nada más escribiendo obras de corte ecológico o pedagógico porque supone que se va a vender. No es cierto. Aún los que promueven los libros se dan cuenta de que esos libros son muy difíciles de empujar por sí mismos si tienen la anécdota, la moraleja tan cantada; porque el niño se da cuenta y termina haciéndolo a un lado. A veces hasta es peor, porque dice “¿Ah, sí? Ahora, menos lo leo”.

Hinojosa: Habría que hacer una diferencia entre literatura para niños y libros para niños. Igual que hacemos una diferencia entre literatura y best sellers, aunque uno no quisiera que sucediera así. Cuando existe esa dosis literaria en un libro para niños, puede ser leído a partir de cierta edad hasta la tercera edad, ¿no? Creo que eso se ha comprobado últimamente. Yo comparto mi experiencia personal con La peor señora del mundo: en principio, cuando la presenté en el Fondo de Cultura Económica fue dictaminada tres veces y los tres dictámenes fueron negativos. Finalmente, el editor Daniel Goldin decidió publicarla aunque al principio tuvo un arranque difícil pues fue prohibida en algunas escuelas, tuvo dificultades. Después de veintiún años me he encontrado, primero, con que ya no existen esas condiciones, al menos que yo sepa. Y me he encontrado con lectores que ahora son padres y empezaron leyendo ese tipo de libros y ahora compran el ejemplar para sus hijos y van también ellos por el suyo. Cuando se hizo una edición especial de La peor señora, el auditorio de la librería Rosario Castellanos estaba lleno de adultos y uno que otro niño. Los adultos iban por su ejemplar porque lo habían leído cuando eran niños. Pero bueno, creo que es un libro puede ser totalmente leído por adultos. Aunque es una literatura mucho más simple, no nos podemos dar el lujo de romper estructuras, de experimentar. Hay que buscar mucho más la sencillez para decir lo que estamos tratando de decir. Y eso funciona. Lo decía también Mónica acerca de los cuentos de hadas: ciertamente algunos tenían una moraleja. P ero si leemos lo que dice Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de Hadas, todo el mundo que está representado en estos cuentos son los grandes temas de la humanidad. Ahí esta todo. Los grandes temas están ahí presentes y los niños se enfrentan a ellos por primera vez en su vida a través de los cuentos de hadas; y dependiendo de la edad que tengan lo van valorando de distinta manera. Bruno Bettelheim dice que estos cuentos le dan sentido a la vida, y también que en su consultorio no hubiera recibido a tantos niños con problemas si esos niños hubieran leído cuentos de hadas. Dice también que esos cuentos de hadas van a repercutir años después en su vida de adulto, porque va a tener una mayor imaginación para enfrentar sus problemas, para sortear obstáculos. Y esa es, digamos, una de las pretensiones.

Algo más, que decía Toño: un niño tiene un olfato muy bueno y sabe cuando le están vendiendo algún rollo ecológico, religioso, comercial, valores. Hay muchos autores que les dicen: “oye, quiero que escribas un libro con valores”. No, los niños huelen eso de inmediato.

Ramírez: Siempre ha habido una contradicción en el sentido de si la literatura infantil y juvenil tiene que establecerse para ciertas edades. ¿Qué piensan sobre la libertad de dejar que los niños vayan y vengan sobre otros temas que no son infantiles o literatura no “hecha” especialmente para ellos?

Brozon: Casi todas las colecciones están divididas en edades de lectura. Me gusta la clasificación del Fondo de Cultura Económica, que no se refiere a la edad física del niño sino a su experiencia como lector, de manera que hay libros para “primeros lectores”, para “lectores intermedios”, para “grandes lectores”, etcétera. Es muy curioso cómo los niños llevan los libros de la escuela a la casa. Y a veces el que te escribe es el papá para decirte “Leí todo el libro y me gustó” o “Era un libro para niños y, ¡oh!, sorpresa, ¡me gustó! Consideremos también que hay una generación de adultos que no leyeron nada porque no tenían nada que leer y fueron acercándose a la literatura de manera poco adecuada: les dejaban en la escuela libros que no entendían y que no les importaban. Esto te aleja de la literatura, porque no lees por placer sino para resolver un examen. Te ponen a leer un libro que no entiendes. Estos adultos son, de algún modo, primeros lectores de literatura. Pudieron haber leído todas las revistas de su vida pero, hablando de libros, están empezando a adentrase en el mundo de la literatura, de la ficción.

Los editores ponen tu libro un escalón arriba. Es decir, si puede estar en la serie azul lo ponen en la naranja. ¿Por qué?: los niños de siete años, que son serie naranja, buscan la serie azul porque los hace sentirse mayores. Los otros no quieren bajar de serie, tienden a querer estar un escalón más arriba que los anteriores, pero pueden viajar de acuerdo con su experiencia lectora, no con su edad, por todos esos temas. Y los puedes llevar también a otros que exijan mayores capacidades de lector, y que no necesariamente estén dirigidos a un público. Por ejemplo ¿El guardián entre el centeno es un libro juvenil o no lo es? ¿Pertenece a la literatura en general? Creo que hay una línea realmente sutil en la que muchos libros pueden estar situados sin ningún problema.

Malpica: Bueno, a mí eso de las series de colores siempre me ha puesto muy bizco. No lo entiendo. No sé cuáles son los parámetros que siguen. Me equivoco. Digo “este es serie verde” y me corrigen: “no, es naranja” o “es roja”, y al revés. Lo que hago es escribir como siempre lo he hecho. Llegué al punto de tomar la decisión de que yo escribo para niños porque no sé escribir de otra manera; incluso cuando he escrito para adultos sé que escribo para ellos porque le pongo escenas tres equis, groserías o disparos, y eso hace que ya no pueda estar ese libro en la escuela. En general, siempre he escrito igual y son las editoriales quienes toman esa decisión. Es cierto, también comprendí, al entrar al mundo de la literatura infantil y juvenil, que sí se puede disfrutar de un buen libro para niños sin sentir que estás “bajando de categoría o de nivel”. Una definición que me gusta mucho de la literatura infantil es la de que es “aquella que también le gusta a los niños”. Lo decía Mónica: primero les deben gustar a los grandes. Pero si además les gusta a los niños, ya está, ya es literatura infantil, porque los niños la adoptan. Por mucho que te esmeres por escribir maravillosamente para ellos, si ellos no la acogen entonces no cumple en ese sentido y no es lo mismo los libros que los niños hacen suyos que los libros que quisiéramos que leyeran. Un ejemplo clave es El principito. Es un libro en el que los niños no pasan de las primeras páginas, porque están llenas de mensajes crípticos que los niños luego no descifran fácilmente. Y lo abandonan. En cambio, los adultos lo amamos. De pequeño, me acuerdo que El principito me caía gordo porque en todos lados veía al mismo güero ese que además, según yo, estaba mal dibujado. Y me caía mal. Eso pasa con los libros. El principito ha sido un éxito de ventas desde los años cuarenta y se ha agotado en las librerías. Pero no fueron los niños los que corrieron a las librerías sino los adultos.

Hinojosa: Contaré una experiencia bastante reciente: hace algunos años publiqué unas antologías. Dos, para ser leídas por niños de tercero de preescolar y primero de primaria. Era para que los padres les leyeran a sus hijos al menos diez o quince minutos diarios. Se repartió en las escuelas públicas de Jalisco y en otras de Hidalgo. Hubo una venta buena en librerías. En la evaluación que vino después resultó que los padres, al cumplir con la tarea de leerles un rato a los niños, decían: “yo no sabía que existía esto”. Y de pronto les estaba gustando y además, eran lecturas para niños muy pequeños. Fue  una experiencia buena la que surgió de ello. En cuanto a la clasificación que se hace, ciertamente hay pequeñas trampas. Los premios se suelen dar más a la serie azul y a la naranja porque son las que venden más,  aunque pueda ser mejor un libro de la blanca. Pero el criterio general, al menos en España era, digamos, de preferencia anaranjada o, en todo caso, azul, no las otras. Esas no pegan tanto. El premio Juan de la Cabada, que ganó Mónica, solicita a los autores que incluyan la edad a la que va dirigido el texto. Desconozco el motivo de esa exigencia. Primero, porque es una clasificación difícil, ¿a qué edades va dirigido un libro? Un niño que vive en el campo tiene una formación distinta de uno que vive en la ciudad. Por eso, también creo que la división que hace el Fondo de Cultura Económica es mucho más sensata: para los que no leen, para los que están aprendiendo a leer para los grandes lectores, etcétera. Creo que por ahí va la cosa.

Ramírez:¿Qué pasa con la literatura juvenil que es, incluso, aún más reciente que la literatura infantil?

Brozon: No creo encontrar una respuesta clara. A ver, ¿en la literatura infantil o los libros dirigidos a ciertos públicos jóvenes, hay literatura? ¿Harry Potter es literatura, a pesar de haber vendido millones de copias? ¿Crepúsculo es literatura? Puede que el tiempo nos de la respuesta. Cabría que uno se preguntara con Mark Twain: ¿escribió Tom Sawyer o Huckleberry Finn para dirigirse a lectores jóvenes? ¿O realmente escribía para quien fuera? ¿Y toda la crítica ácida, social, que hay en esos libros la comprendieron los jóvenes? ¿Los jóvenes fueron atraídos por la aventura y el lector adulto era quien realmente se daba cuenta de esos detalles? No lo sé. También en la literatura general sucede: ¿Lo que escribe Dan Brown es literatura? ¿Dónde o cómo se separa de Ruíz Zafón, o de Perrault, o de António Lobo Antunes? ¿De qué manera? Es complicado. ¿O tú podrías responderlo, Antonio?

Malpica: Tampoco tengo la menor idea. Es una pregunta muy ardua, ¿no? Porque desde que uno también escribe y se arriesga. En mi caso no tengo estudios en letras. Mis primeros acercamientos a la literatura fueron con un pudor y timidez de alguien a quien le dicen: “esto es basura, retírate y pide perdón”. El poder publicarlo, no significa que te dé facultad de calificación. En la literatura infantil y juvenil lo que se dice es que no hay crítica. Especialistas que te digan esto sí y esto no. A veces hasta pienso que eso es bueno. ¿Por qué una persona que lo único que ha hecho en su vida ha sido leer mucho, va a decirte: “esto sí sirve, y esto no”? Eso me pone los pelos de punta porque en la literatura para adultos tampoco funciona. Ya lo dijo Mónica: hoy todo el mundo lee con mucho regocijo a Mark Twain y nadie le critica que haya puesto ahí Tom Sawyer detective y Tom Sawyer esto otro. Era como para decir “este tipo no merece nada porque se prostituyó”. O Conan Doyle, que resucitó a Sherlook Holmes como diciendo “bueno, ya lo maté, pero necesito pagar la hipoteca”. Muchos años después, ahí siguen con su obra. Creo que Salgari tampoco escribía para jóvenes, y se considera literatura juvenil aunque así, tal cual, es preciosa. Y en el cliché de nuestra generación, como no había libros para jóvenes nos enamoramos de Salgari. Creo que algunas cosas las dirá el tiempo. Lo que puedo decir que disfruto mucho algunos libros y otros no tanto. Me declaro fan de Harry Potter, de modo que si alguien llega y me dice que es una porquería, sólo diré: “para ti”, y ya. No me comería el juicio de valor porque creo que los libros y, en general, la literatura, se concibe en el disfrute de cada lector. Aun Crepúsculo o Las cincuenta sombras de Grey. Es horrible descalificar arteramente con esto sí o esto no debe leerse en un país en el que no se lee. Hay mucha gente que no se acerca a los libros por ese pudor y prefiere verse abrazado al Paradiso de Lezama Lima porque todo mundo le ha dicho que tiene que leerlo, aunque no pase, como en mi caso, de la página cincuenta. Y eso termina siendo un asunto delicado.

Hinojosa: Estamos entre dos de los mejores autores de literatura infantil y joven que hay en México. Antonio ha dicho que no ha estudiado letras ni nada por el estilo, pero es increíble ver lo que sabe de música, computación, ajedrez y muchísimas cosas. Y si me dijera que esta tarde va a pilotear un helicóptero se lo creería totalmente. Qué bueno que no estudió literatura.

Yo escribí dos cuentos para adultos —según dicen las colecciones de libros— que un día descubrí que funcionaban muy bien con jóvenes. Me invitaban algunas veces a secundarias y preparatorias y, claro, los chavos me veían… “Ay, ya llegó uno que escribe para niños y nos va a echar un rollo”. Me veían con flojera. Uno de los cuentos se llama Informe negro, una historia policiaca que años después Alfaguara convirtió en un cómic que, además, me sorprendió mucho porque quizá mi influencia principal en lo que escribo era el cómic. Comencé a leer a los dieciséis años, pero antes de eso el cómic era para mí fundamental y casi no leía nada. El otro libro hace que haya un total silencio en el salón en cuanto les digo que les voy a leer Los pinches chamacos. Cuando lo leo ponen mucha atención. Al final se presta un debate muy bueno acerca del lenguaje, la violencia y una buena cantidad de temas.

Ramírez: Para este tema podríamos discutir muchísimo y aún quedarían cosas por decir. ¿Creen que haya mucho qué hacer aún? ¿Qué tendríamos qué hacer desde el asunto de las editoriales y ustedes como autores?

Brozon: Creo que vamos, en realidad, por buen camino. El panorama se ha transformado en los últimos veinte años y ha sido para bien. Tenemos una tradición que se está conformando y podemos aspirar a tener en este país una de las mejores literaturas dirigidas a los públicos jóvenes del mundo, porque hay mucha gente que se interesa cada vez más. Sólo hace falta más difusión. Y transmitirlo con la pasión que se debe tener cuando uno se dedica a algo como lo que hacemos.

Malpica: También creo que vamos bien. No sé qué más debamos hacer, probablemente lo mismo pues creo que está funcionando. En cuanto a nosotros, los autores, me parece que la promoción de la lectura que nos toca a hacer es esforzarnos. No se trata sólo de empujar un libro como si tal cosa, como un objeto en “léelo, no me importa”. Esforzarnos en el sentido de que los chamacos verdaderamente aprecien las historias que escribimos. Gracias a que hay más oferta, más diversidad, también nosotros buscamos “sobresalir”. Por parte de las editoriales me atrevería a decir que deben dar cobijo a la literatura mexicana, buscar, mirar hacia dentro. La voz de un autor mexicano otorga más sentido a los chicos de aquí. En esto me siento optimista y bien acogido. Llegué a la literatura infantil por accidente y me quedé por cariño. No dejo de repetirlo siempre que puedo: este camino está poblado de buenas personas, desde los maestros hasta el lector, el niño, los editores. Por eso aquí sigo.

Hinojosa: Pero hay mucho que avanzar en la literatura infantil. También en la arquitectura, en la endodoncia, en la investigación de las afecciones contagiosas a los ojos de los porcinos. Creo que los europeos se leen a sí mismos, los angloparlantes se leen a sí mismos; tienen pocos ojos para ver hacia otro lado, nos ven poco. En cambio, no podemos decir lo mismo de los hispanohablantes. Hace dos años y medio, en un congreso de literatura infantil y juvenil organizado por SM en Santiago de Chile, yo tenía que hablar del humor. Tenía diez minutos para hablar del humor y dije: “¿a quién le dedico esos minutos?” Decidí dedicárselos a una autora chilena que se llama Marcela Paz. ¿Pero cómo va a ir un mexicano a Chile a hablar de una autora chilena? Hice un pequeño resumen del principio de un libro que se llama Papelucho y les leí un párrafo. Quedaron encantados. Los que no eran chilenos, por supuesto preguntaban dónde conseguirlo. Todos querían su Papelucho. La idea era: “¿ven cómo esto sí nos interesa a los peruanos, a los argentinos, a los cubanos, a los mexicanos, etcétera, y los editores no se dan cuenta de que sí nos gusta?”. Ese es el reto: cuándo nos vamos a leer, cuándo vamos a tener acceso, cuándo nos descubriremos a nosotros mismos.


Autores
(ciudad de México, 1970) dedica su tiempo a la literatura con el humor narrativo de su adolescente interior. Fue la primera en ganar el Premio El Barco de Vapor de Literatura Infantil (1996) y volvió a ganarlo en 2001 con Las princesas siempre andan bien peinadas. Obtuvo el Premio A la Orilla del Viento con Odisea por el espacio inexistente, el Juvenil de Literatura Gran Angular y el de Literatura Infantil Juan de la Cabada, ambos en 2012. Además de libros, escribe guiones para cine y radio.
(ciudad de México, 1954) ha escrito decenas de libros para niños, como el clásico La peor señora del mundo; también cuentos para adultos: Informe negro; Cuentos héticos; Memorias segadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros y Un tipo de cuidado. Ha hecho crónica, ensayo y periodismo literario (Un taxi en L.A., Mexican Chicago, La nota negra) y un testimonio sobre el dolor: Migraña en racimos. Su primera novela es Poesía eras tú (Almadía, 2009).
(ciudad de México, 1967) es narrador, dramaturgo y músico. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos en 2002 y 2003 con La nena y el mar y Los elementos del jazz; el Gran Angular; el de la Fundación SM (dos veces), por Ulises 2300 (2003) y El nombre de Cuautla (2005); el Premio Nacional de Novela Negra Una vuelta de tuerca, por La lágrima del Buda (2007); el Premio El Barco de Vapor, por Diario de guerra del Coronel Mejía(2007); y el White Ravens, del Internationale Jugendbibliothek, con Por el color del trigo (2013).
Fotografía: Jesús Flores

Carlos Velázquez ha dicho que nunca quiso escribir sobre Torreón, que “ni siquiera deseaba vivir en la ciudad”. Uno de los autores más interesantes asociados a la literatura del norte de México, Velázquez ha desordenado los lugares comunes de la cultura norteña: sus libros de cuentos La biblia vaquera y La marrana negra de la literatura rosa están poblados de estereotipos del norte —travestis, estrellas de lucha libre, vendedoras de burritos de machaca, dílers y freaks de todo tipo—, personajes que Velázquez presenta en un coro delirante y en situaciones surreales. Así, sin mencionar nunca a su ciudad de origen, Velázquez ha creado un norte histérico, excesivo, cómico y siniestro por partes iguales, un norte que a veces asume el nombre ficcional de PopStock! y que se resiste a formar parte de un discurso que lo circunscriba a imágenes y temas pintorescos para el turismo de la marginalidad.

En su revisión de temas y arquetipos del norte, Velázquez se ha mostrado crítico de la literatura del narcotráfico y de la violencia: “Me parece un recurso fácil, trillado. Este concepto de literatura engloba cierta concepción de la vida, pero me parece más interesante lo que ocurre a nivel individual que lo que ocurre a escala colectiva. Todos mis personajes por supuesto que padecen esta circunstancia de la narcoviolencia, pero es más fuerte su circunstancia personal” (La Jornada, 3 de enero 2011). En sus libros de cuentos, el escritor torreonense ha obviado las alusiones directas a la violencia del narcotráfico, uno de los temas ineludibles de la región y que tiene incluso su propia categoría literaria, la “narcoliteratura”. Incluso si los protagonistas de sus historias son dílers —como en “El díler de Juan Salazar”, de La biblia vaquera— o cocainómanos —los esposos de “No pierda a su pareja por culpa de la grasa” en La marrana negra de la literatura rosa—, lo que está en juego en los relatos es otra cosa (“El díler de Juan Salazar” es una parodia en clave homosexual de la relación entre Burroughs y Joan Vollmer en México; “No pierda a su pareja…” es una fábula moral sobre la codicia y la vanidad).

Más allá del problema ético y estético que plantea la representación literaria de la narcoviolencia (mucho de lo que se ha escrito sobre este tema termina en la apología del narco, en la estetización de la violencia o en su representación didáctica), ¿puede escapar un autor del norte al “karma” de escribir sobre la violencia y el narcotráfico? Quizás el problema no sea uno de tema sino de forma; si la violencia es ineludible en el relato actual del norte, se trataría, entonces, de posicionarse con un proyecto de escritura que evite las limitaciones típicas de la literatura del narcotráfico, llena, como dice el crítico Rafael Lemus, de “críticas y reglas”, más dispuesta a afianzar “un lenguaje, una iconografía, una moral” que a “registrar el desorden… remedar la destrucción”. Lo que hace Velázquez en sus libros de cuentos —sobre todo en La biblia vaquera— es, precisamente, registrar el desorden, remedar la destrucción: la corrosión social y la violencia no se muestran tanto con temas sino a través del cuidadoso trabajo con los personajes (La marrana) y de un lenguaje inestable, plagado de localismos, neologismos y anglicismos, con una sintaxis siempre a punto de explotar sobre sí misma: “Sin mirar a los travestis, sotol en mano, más vale, sintió un fuetazo de azul centrífugo en las corvas. Era la hangover: el síndrome de la abstinencia. Pero no qüitió…” (La biblia vaquera).

La exploración formal de Velázquez continúa en El karma de vivir al norte, el libro que acaba de publicar y con el que ganó el Premio Nacional de Testimonio “Carlos Montemayor”. A medio camino entre el testimonio, la crónica y el ensayo, El karma deja de lado el registro más bien oblicuo de los cuentos y aborda de frente los efectos de la violencia y el tráfico de drogas en la región de La Laguna. “Sufrí los efectos de la violencia como cualquier ciudadano de a pie”, dice Velázquez en el primer capítulo. “Sin embargo, me resistí a registrar las consecuencias. Que lo hicieran otros. Que se ensuciaran otros. Yo me refugiaría en la narrativa. En mis dominios. En terreno seguro. Estaba convencido de que eso constituía mi salvación.” ¿Qué lo conminó entonces a dejar ese “terreno seguro” y a transitar la zona donde tantos escritores han sucumbido? El sacudón, dice, se lo proporcionó su hija de cinco años y la conciencia de que podría perderla, o ella a él, en uno de los tantos fuegos cruzados que se desatan en una región donde hay más muertos por herida de bala que en Irak. Lo que sigue es el testimonio de alguien que decide contar su historia “como padre de una hija, como habitante de la ciudad y como consumidor de sustancias”. Son pocas líneas, las suficientes como para que Velázquez se autorrepresente como un personaje salido de uno de sus cuentos: un ser inestable, a medio camino entre el sentimentalismo responsable —la hija como motivadora de su gesto de escritura— y la transgresión sin culpa —el padre dado a las drogas.

Deudor del periodismo gonzo, Velázquez recurre al sarcasmo y la ironía para narrar la ubicua sensación de paranoia que reina en Torreón, una “meca de desaparecidos” donde se ejecutan personas a diario. Las anécdotas son truculentas. El autor deja de comer pescado frito a orillas de la carretera cuando se entera de que los pescados provienen de una narcofosa marina repleta de cadáveres. Una noche en el bar con los amigos puede acabar con la sorpresiva ejecución de un empleado frente a todos los clientes. En otra oportunidad se salva apenas de que un taxista drogado lo asalte mientras lo lleva de vuelta a casa, con su hija durmiendo a su lado. En estas escenas hay un humor tenebroso, y la única risa que puede arrancar es la risa incómoda y nerviosa que produce el sinsentido, el horror. Porque lo que muestra El karma de vivir al norte es caos, anomia, desorden, el desamparo absoluto del ciudadano en la “guerra contra las drogas”, una guerra que no es tal “porque las guerras terminan”, ni tampoco es un combate contra el narco porque las víctimas son las clases marginales.

Velázquez no indaga en el origen de la violencia —aunque ensaya una anacrónica explicación telúrica en la que el mal emanaría de la misma región: “no era del todo disparatado decir que la violencia estaba aquí cuando llegamos. Y aquí seguirá cuando hayamos desaparecido”—, pero en cambio reflexiona sobre la cultura norteña, descarga su humor ácido sobre ella  (“el torreonense carnívoro, un alto porcentaje, se suicida a base de carne roja”) y va en busca del rasgo de identidad que une a los torreonenses. No sin ironía, propone que esta característica aglutinante es “la bronca”, la prontitud para pasar de la discusión a las armas. Pero ante una identidad que se construye sobre la violencia y la droga (“En la actualidad, en el norte, la personalidad de una ciudad no dependía de la arquitectura o la geografía, se la otorgaba la droga”), Velázquez prefiere buscar sus raíces en otro lado: en la música. La cumbia lagunera, con su picardía y su “soltura natural proveniente de la oralidad”, es la que le presta registros más fluidos y ricos que los del narcotráfico. Es la música la que, en última instancia, proporciona ritmos y tonos a este autor, anima a algunos de sus personajes más memorables, y, hasta cierto punto, configura su identidad como escritor. Quizás sea imposible escapar del todo al karma de vivir en el norte o de escribir sobre él, pero sí se puede reconfigurarlo a la medida de un proyecto narrativo ambicioso y original.


Autores
(Santa Cruz, Bolivia, 1981) es periodista, narradora y editora. Coordinó, con Maximiliano Barrientos, las antologías Conductas erráticas (Aguilar, 2009) y la bilingüe de cuentos Mesías/Messiah (Traviesa, 2013). Es autora de Vacaciones permanentes (El Cuervo, 2010; Reina Negra 2011; Tropo 2012). Escribe ahora mismo Mordor, su segundo libro.

Escribir un libro acerca de la construcción de ciertas personalidades poéticas es un asunto complicado y leerlo puede no ser placentero. En aras de la objetividad, se adoptan marcos teóricos farrragosos, se desdeñan especulaciones supuestamente improductivas y se arrinconan detalles aparentemente insignificantes. En pocas palabras, sobra admiración de los genios estudiados y falta sensibilidad, simpatía real. Sin embargo, si el autor es un poeta, generalmente las cosas cambian y la lectura se vuelve un disfrute, una cámara de ecos en que resuena la voz protagónica de la poesía. Es exactamente lo que me sucedió con el libro de Pedro Serrano La construcción del poeta moderno: T. S. Eliot y Octavio Paz. Así las cosas, no le he reclamado rigor racional sino racionalidad poética, pues no me importa, en este caso, indagar en una línea de pensamiento rígida: prefiero los poderes sugestivos de la vena poética. Por ejemplo, no le pido que me entregue una imagen clara de lo que considera que es un poeta moderno, porque no creo ni que esa imagen clara exista, ni que sea provechoso formularla. Utilizando una metáfora de Octavio Paz que recuerdo claramente, la modernidad es como un pulpo que, tan pronto es identificado, arroja una nube de tinta y desaparece. En cambio, lo que sí me parece sumamente importante, y que obedece a la racionalidad poética que mencioné, son los diálogos que Pedro establece con distintos poemas de Eliot y de Paz, en los que observa prismáticamente al yo poético, dígasele voz, presencia o fantasma de la elisión. Y en esos diálogos emergen varias cosas. En primer lugar, los poetas de carne y hueso y palabras que son Eliot y Paz, quienes se erigen como gigantes de la concreción, ante la abstracción-telón-de-fondo que sería el poeta moderno, racionalidad poética de nuevo, que en la praxis aconseja: escribe poemas con objetos sensibles, palpables y concretos, no con abstracciones, conceptos, fantasmas. En segundo lugar, emerge Pedro, poeta, que en su indagación se hace de palabras con los poetas, que se hacen de palabras con las palabras. Este, desde luego, es un capítulo posterior, una escena que continuará la que hoy aquí formulo, porque habrá que buscar cómo Eliot y Paz están presentes en los poemas de Pedro. Lo que sí podremos constatar es que Pedro, como poeta, está aquí en este libro conciliando su vena académica, de profesor universitario (la cual felizmente comparto) con la creativa. Y esto lo hace como lo hizo Eliot —y Pedro bien lo señala—, quien al hablar de Pound, en el ensayo “Ezra Pound: His Metric and Poetry”, hablaba también de sí mismo. Esta es la cámara de ecos a la que me referí al principio de esta breve nota.

Me doy espacio para una breve confesión. Antes de leer La construcción del poeta moderno, no le había prestado atención a la poesía de Eliot, y la guía de Pedro se me presentó como una excelente oportunidad, no sólo por el autor que se me aparecía con cara de deuda, sino por el tema del yo poético, un tema fundamental para quien lee y para quien escribe poesía, porque está en la base del escribir. ¿Quién habla? ¿Desde dónde? ¿Se oculta, disfraza, travestiza, cambia de personalidad? ¿La idea del poeta como hato de dramatis personae, escenario de voces, drama em gente pessoano es una condición moderna y actual, una vía privilegiada al entendimiento y goce de la poesía? Muchas cuestiones estimulantes surgieron de la lectura de la selección que Pedro hace de Eliot y de su labor de cicerone a través de ellas. Una cuestión salió de mi autodiván: no me había enganchado con la lectura de la poesía de Eliot por depresiva, cifrada en referencias de la cultura universal (European Version), y un poco grandilocuente. Conocía desde la preparatoria “The Hollow Men”, su magnífico y demoledor final, había leído “The Four Quartets”, en la traducción de Pacheco, con mala voluntad, y me había asomado a “The Waste Land”, sin muchos ánimos. Me había engañado, aunque parcialmente. Hoy veo, gracias a Pedro, que al final del túnel de ese pesimismo ante las relaciones interpersonales, había una luz encendida por su fe religiosa y proyectada sobre el otro —el individuo concreto y su abstracción, la humanidad— como compasión y reconciliación. ¡Qué gran sorpresa que Eliot le haya confesado a su mujer el haber hecho votos de castidad! (p. 67) y qué fuerte impresión leer “A Dedication to my Wife”, modelo de intimidad a tal grado, que es leído en bodas. Inolvidables las líneas que hablan de la respiración al unísono en el reposo nocturno, los olores confundidos, la idea de pensar lo mismo sin necesidad de hablar, de balbucear igual, sin necesitar un sentido. Y el remate magistral, “These are private words addressed to you in public”, que sirve de gran pivote para abordar un importantísimo contrapunto con Paz: la voluntad del poeta moderno de ocultar la conexión de sus poemas con su intimidad, disciplina más programáticamente practicada por Paz, según Pedro, que por Eliot.

Pedro traza una topografía de los poemas de Eliot, que es un viaje por las transformaciones del yo artístico, ese centro sin centro, ese escenario vacío lleno de energía radiante, en que el yo puede ser tú, puede ser él, nosotros, ellos. Peligrosamente melancólico, Eliot asoma su cara de verdad, su rostro que dice eres, a pesar de que no quieres o a pesar de que quieres ser otra cosa, y en el poema “Gerontion” —vaya título y tema del joven Eliot— inserta un epígrafe de Shakespeare que dice: “No tenéis juventud ni edad / Pero como si fuera una siesta / sueñas con ambos”, y más adelante agrega “Signs are taken for wonders”. La arquitectura de mosaico que tiene el poema me deja pensando que Eliot propone, desde su juventud, agudamente, que envejecer es saber y saber es inevitable e insospechadamente soñar. Por eso, con la edad los signos se vuelven densos y se asemejan al lenguaje de los sueños. Y esto se lo debo a Pedro, a Eliot, al tiempo y a mí, si es que no estoy soñando.

El itinerario que propone Pedro arranca con “The Love Song of J. Alfred Prufrock”, avanza hacia “Portrait of a Lady”, pasa por “The Death of Saint Narcissus” y “Gerontion” y da una nota breve sobre “The Waste Land”. Una reflexión importante aparece entonces. Pedro sitúa, junto con la mayor parte de la crítica, a “The Waste Land” como producto de un Eliot vanguardista, y a “The Four Quartets”, como resultado de un Eliot clásico, y señala que, igual que el grueso de sus poemas, “The Waste Land” trabaja en torno a la oposición entre un deseo poderoso y una memoria inconsistente, la posibilidad de la memoria y la sustentabilidad del deseo. El señalamiento de esta tensión surge como algo muy poderoso, creo, no sólo para la poesía de Eliot sino para el poeta moderno en general. De nuevo, es un detalle importante a los ojos de un poeta. Pedro la utiliza para emparentar “Gerontion” con “The Hollow Men” y “The Waste Land” con “Ash Wednesday” y proponer una salida de la negatividad hacia el renacimiento. Le sirve también para sobreponerlo a un esquema biográfico de la poesía de Eliot. Un primer periodo: los intentos de Eliot por aislar el conflicto emocional y sublimarlo, esfuerzo fracasado no en los poemas sino en la experiencia personal. Un segundo periodo, que separa lo que sucede en su vida personal y sus esfuerzos por encontrar una salvación religiosa para liberarse de las “tentaciones” de este mundo. Y un tercer periodo: la reconciliación de ambos niveles.

El itinerario, como ya se ve, pasa por “The Hollow Men”, “Ash Wednesday”, “Marina”, y se entretiene en “The Four Quartets”, por su extensión e importancia para el tema del yo poético, para desembocar en el ya mencionado “A dedication to My Wife”. Un capítulo final sobre Eliot está dedicado a la crítica del autor, rasgo importantísimo del poeta moderno que se concibe, por lo general, como poeta-crítico. Ahí también Pedro traza una topografía: The Sacred Wood es un libro impulsado por el glamour, por las necesidades emocionales personales, mientras que el posterior After Strange Gods es gobernado por la gramática, alberga una distorsión del “poder crítico” a partir de la imposición de construcciones ideológicas sobre las mismas emociones. Un maravilloso paralelo etimológico es usado por el poeta Pedro: el que sitúa a la palabra glamour como una corrupción de la palabra grammar. Ya utilizó otro igual de seductor: el que subraya el parentesco entre hostilidad y hospitalidad. No me es posible extenderme sobre lo que dice Pedro acerca de la ensayística de Eliot. Me quedo con la imagen emblemática del yo de Eliot: la trinidad de rocas llamada The Dry Salvages, en la costa de Nueva Inglaterra, sitio al que el poeta iba a pasar los veranos. El tiempo las lava y las deslava, como las lecturas que puedan hacerse de “The Four Quartets”, especialmente de aquel que lleva el mismo nombre.

El análisis que emprende Pedro de la vida y obra de Octavio Paz me es mucho más familiar, aunque no deja de sorprenderme lo novedoso de su aproximación. A lo largo de todo el recorrido por la poesía de Eliot, Pedro fue tejiendo un contrapunto, de correspondencias y contrastes. Cito las palabras de Pedro como arranque: “En el caso de los poetas aquí estudiados, yo diría que Octavio Paz es una mente crítica que escribe una poesía muy fuerte, mientras que T. S. Eliot es una mente poética que escribe una crítica fuerte; de ahí su principal diferencia” (p. 15). Este pensamiento, que de alguna manera hace eco de la opinión de algunos de que Paz fue mejor ensayista que poeta, reverbera en la otra propuesta de Pedro que mencioné anteriormente: el celo de la intimidad es mayor en la poesía de Paz que en la de Eliot, aunque ambos practiquen ese ocultamiento, esa “defensa de la impersonalidad” del poema, cuya presencia puede ser palpada en títulos como los ensayos “Impersonality of the Modern Poet” de Eliot y “La otra voz” de Paz.

La diferencia de edades entre Octavio Paz (1914-1998) y T. S. Eliot (1888-1965) es de 26 años. Esto plantea problemas importantes y es abordado por Pedro de una manera inteligente. Paz y Eliot no son contemporáneos. Quien sería contemporáneo de Eliot no es Paz, sino López Velarde (1888-1921). Lo que sucede es que el poeta zacatecano murió demasiado pronto. En él confluyen también religiosidad, tradición, antisimbolismo, una visión del yo aversa a los excesos románticos y un cierto desprendimiento de la métrica tradicional, entre otras cosas. Así, Eliot llegó a la literatura mexicana antes que Paz, pues éste lo leyó por primera vez a los 17 años, en una versión de “The Waste Land” titulada “El páramo”, que Enrique Munguía publicó en Contemporáneos, en 1930. A partir de ese momento inaugural, Pedro rastrea la presencia de Eliot en el ambiente poético mexicano, en revistas como Taller —que dedicó, por iniciativa de Paz, un número al tema en 1940, donde se reunieron muchas traducciones—, y el Hijo Pródigo, que en 1943 publicó traducciones de Octavio G. Barreda y Rodolfo Usigli. Pedro dedica especial atención, como es lógico, a las lecturas testimoniales que entrega Paz en Vuelta, en 1998, el centenario de nacimiento del poeta, mismo año en que Paz recibe el premio T. S. Eliot. Confieso que me alegró ver ahí que su primer encuentro con Eliot lo desconcertó y que tuvo que luchar contra el desánimo que le producía la aparente “impenetrabilidad” de “El páramo”: me sentí identificado. Paz dice que luchó contra este sentimiento y leyó y releyó hasta comenzar a comprender, pues Eliot contradecía todo lo que él pensaba que era moderno y poético. Con el paso de los años, su imagen del poeta fue cambiando, no la atracción por su poesía, y “The Waste Land” siguió siendo “un obelisco cubierto de signos, invulnerable ante los vaivenes del gusto y las vicisitudes del tiempo” (p. 164).

Esta imagen le sirve a Pedro para plantear el problema de la “angustia de las influencias” de Paz en su relación con Eliot. Recibir el premio Eliot no era cualquier cosa y le permitió, junto con la historia juvenil de admiración y desconcierto, dos posturas. A la vez que se ungía legítimamente como su seguro heredero, desplazaba sus orígenes poéticos más allá de la literatura mexicana e incluso del ámbito hispánico. En un segundo movimiento, marcaría sus diferencias con Eliot y lo retrataría como un conservador y a sí mismo como un autor dentro de la tradición libertaria. A propósito de “The Waste Land”, Paz toma su distancia señalando que la metafísica del poema le era totalmente ajena y que “no sentía nostalgia por el orden cristiano medieval ni veía en la vuelta a Roma una vía de salvación (aunque observaba, de paso, que Eliot se quedó a medio camino, en la iglesia anglicana)”. Pedro no escribe —aunque sin duda lo pensó— que la observación de Paz es bastante “mala leche”, pues manda al medioevo a Eliot y luego lo deja a medio camino en la iglesia anglicana. Lo que sí hace explícito es que ver “The Waste Land” como un “obelisco cubierto de signos”, es una imagen muy bella, pero significa la contemplación de un monumento, no la lectura de un poema real. Paz se acoge a la autoridad y prestigios poéticos de Eliot, pero se presenta como disidente, y así se independiza.

Está de moda hablar contra Paz, pero se le acusa de priísta cultural y otras necedades. Lo que sucede es que no se ve el problema a profundidad, sino que se caricaturiza. Corren historias de plagios de Paz, todo mundo conoce al menos una, pero siempre van acompañados de la admiración de su genio, nada más justo. Sin embargo, hay que ver qué existe detrás o especular un poco, saludablemente, al respecto. Pedro analiza este mecanismo y nos dice: “Paz borraba la presencia de muchos escritores que tuvieron influencia sobre él y se constituía de esta manera en un poeta al mismo tiempo original y originario. Es importante conocer este tipo de manipulaciones metafóricas para entender tanto el poder de convencimiento de su obra como la autoridad construida con ella” (p. 174). Estas observaciones de Pedro surgen a raíz de la beligerancia que Paz mostró sobre un comentario negativo que hizo Fernando del Paso acerca de un fragmento de Posdata usado por los organizadores de un congreso de escritores en Francia en 1991, en que los latinoamericanos aparecían como “comensales no invitados a la función de la modernidad occidental”. Paz retruca que la cita había sido recortada y que continuaba diciendo que, a pesar del ambiente hostil que había causado esa marginación, habían surgido algunos artistas dispersos que estaban a la altura de los mejores del mundo. Pedro concluye que la respuesta acaba ungiéndolo y distanciándolo y obedece a su proyecto personal y sus inseguridades: “Esta capacidad para ocultar sus propias inseguridades y al mismo tiempo hacer de ellas un importante componente de su fuerza crítica, es uno de los principales logros de Paz como escritor” (p. 174).

Paz era tan explosivo como el mexicano que retrata y medio caricaturiza en El laberinto de la soledad; tan astuto ante el poder, curioso intelectualmente, moderno e inseguro psíquicamente, como la Sor Juana que describe en Las trampas de la fe, un verdadero autorretrato, como certeramente sugiere Pedro. Ejerció un cerrado control sobre su intimidad y sobre la crítica que se hacía acerca de él. Para demostrarlo, Pedro cuenta el infortunio de los aciertos críticos del libro La divina pareja de Jorge Aguilar Mora, la falta de datos en recuentos biográficos como Una introducción a Octavio Paz de Alberto Ruy Sánchez, y el borramiento de Elena Garro, entre otras cosas. “Paz no tiene una biografía personal, sino sólo una literaria”, dice Pedro, se abocó a “la creación de su figura pública”. “El resultado de esto es la elaboración de un grupo muy rígido de relaciones y sentidos, hecha de ‘signos en rotación’, en los cuales el personaje real, cualquier persona, es transfigurada en un símbolo de su propio desarrollo literario” (p. 181). Pedro resume este movimiento como la elaboración de un fresco de los muralistas mexicanos, en que lo alegórico y lo ideológico son protagonistas.

Esta actitud también tuvo una repercusión en sus ensayos y poemas, es decir, afectó su poética. Para Paz, la poesía es un discurso alternativo dentro de la modernidad, opuesto a la religión, la ciencia y las teorías sociales, que se convierte en ejemplo de la manera en que hombres y mujeres pueden lograr resolver sus contradicciones y salir de las alienaciones impuestas por la modernidad. El problema de este tipo de utopía, paralelo a muchos proyectos modernos —explica Pedro— es que envía la posibilidad de realización total hacia el futuro. Es decir, permite su manifestación real no en la vida, sino en el poema mismo; la limita al reino del “instante poético”, constituye una liberación que se da aislada del proceso histórico real y personal. Subrayo la dimensión personal, porque repercute directamente en el yo poético, en la manera de hacer poesía. La figura del poeta que se debate angustiosamente entre la soledad y la comunión, entre el narcisismo solipsista y la necesidad de comunicación, parece resolverse en la integración del otro. Sin embargo, Pedro subraya que hay una distancia muy importante entre la otredad y el otro real, entre la proyección narcisista del yo en el otro y la genuina apreciación del otro, su aceptación no sólo como figura retórica sino como persona semejante y diferente. Cuando Paz accede al problema del yo y el otro, la confrontación no se da, pues el yo generalmente acaba enfrentándose a su espejo vacío, que se pluraliza en un caleidoscopio metafórico, o acaba sublimándose en la imagen de una mujer constantemente dormida o en ensoñación (p. 249), que equivale a una otredad, no a un otro real.

Si lo anterior sucede en el terreno poético, en el ensayístico lo que ocurre es el montaje de sistemas de oposiciones radicales que se apropian de la realidad e instauran una dialéctica, tejida con una enorme habilidad retórica y poética, en la que sobresalen las soluciones paradójicas. Un ejemplo inmediato son los conceptos básicos que Paz articula en su modelo explicativo de la modernidad como “tradición de la ruptura”, la Analogía y la Ironía (con mayúsculas), los cuales dibujan una estructura con aspiraciones totalizantes: son absolutos transtemporales, un peculiar mecanismo de relojería, irritante e inexplicablemente infalible y seductor. Por ello no sorprende que gran parte de la crítica se haya acercado a la obra de Paz a través de las rutas que él mismo delimitó. Considerando lo anterior, es posible pensar que la mencionada distancia entre la otredad y el otro aparece como paralela a la que hay entre una biografía literaria y una biografía personal y hace eco en la que se plantea entre los “signos en rotación” (abstracciones) y los “signos en relación” (realidades), figura esta última propuesta por Pedro.

El recorrido que realiza Pedro por la obra poética de Paz incluye observaciones acerca de su organización y análisis minuciosos de algunos poemas. A lo ya conocido en torno a la depuración de su obra juvenil y a la corrección constante de sus poemas, que se relaciona indudablemente con la vigilancia de la biografía literaria, Pedro agrega, por ejemplo, la comparación de dos versiones de “Entrada en materia”, una de 1962 del original Salamandra y otra de 1996 de Obra poética (1935-1988), en cuyas diferencias identifica la erradicación del compromiso y la emoción personal, que afloraban en la identidad alucinatoria entre noche, mujer y ciudad, identidad que es sustituida por vínculos racionalizados, diría yo “símbolos domados”. Me es imposible en este espacio entrar en el detalle; prefiero comentar otros puntos.

Según Pedro, el ensayo La otra voz (1990) no sólo trata de la voz de la poesía como una alternativa situada entre la revolución moderna y la religión, que abre un espacio para las pasiones y las visiones, sino que también alude a la voz del otro. En este ensayo, Paz propone una “poesía del ahora”, un “arte de la convergencia”, ideas por las que transita con su acostumbrada habilidad dialéctica, pero que en el fondo guardan un tono profundo de reconciliación, el cual es posible percibir en Árbol adentro (1987), su último libro de poesía. El narcisismo angustioso original avanza a una nueva apertura del yo poético hacia el mundo, nos dice Pedro, y para comprobarlo comenta varios poemas. “La guerra de la Dríada o vuelve a ser eucalipto” me parece ejemplar. Con gran humor y deslumbrantes metáforas, el yo poético narra un pleito marital, en que la mujer no es sólo una figura, sino que actúa e incluso se mofa de los enojos de su pareja. Podemos ver en ese yo poético a Paz, enfrascado en una tragedia doméstica común, riéndose de sí mismo —“con rabia verde, una llamita iracunda / y el soplete de ¡me las pagarás! / forjé un puñal de misericordia”—, siendo magnánimo para finalmente claudicar —“aceché en el pasillo, abrí la puerta, / tú te mirabas en el espejo y sonreías”— y escuchar la voz de la mujer que lo invita, viéndolo derrotado, a la reconciliación: “vuelve a ser eucalipto”. Así, el árbol vuelve a ser sombra para la ninfa de los bosques, y la ninfa vuelve a ser fuente que ríe para el árbol. Pedro comenta otros poemas con agudeza, entre los que figuran “Aunque es de noche”, “Árbol adentro”, “Hermandad” (un inusitado ejemplo de humildad), “Ejercicio preparatorio” y “Carta de creencia”. Para terminar, me atrevo a decir que el libro de Pedro Serrano retrata cómo Paz encontró una verdadera liberación cuando pudo ampliar el horizonte de su pasión poética para incluir actitudes de genuina compasión humana. Releo “La guerra de la Dríada o vuelve a ser eucalipto” y lo reescribo imaginariamente poniéndole como epígrafe el verso “These are private words addressed to you in public” de Eliot. Por momentos suena a dedicatoria, hay intimidad, hay armonía. Sin duda ese es uno de los lugares más importantes donde Paz y Eliot se encuentran, como poetas modernos y quizás posmodernos.

 


Autores
es poeta y traductor. Entre sus libros destacan Parajes y paralajes (1999) y Qué decir (2011).