Tierra Adentro

“Numerosos templos de la India nos recuerdan solemnemente la obscenidad que tenemos en el fondo del corazón”.[1] En Rebanadas, esta obscenidad miocardia servida a la receta de Yeyha, viene en un sólo plato y sin guarniciones, sin postre y sin agua, pero generosamente provista de aderezo.

Estimado lector: usted no puede perderse esta colección de 13 cuentos. Este es un libro que abunda en “sudor, gardenias, sangre y mierda”, para usar las palabras del escritor e ingeniero industrial. Rebanadas lo llevará de frente, como si de una cámara ornitológica de cine porno se tratase, a toparse con formas variopintas de la miseria que el plagio de existir [2] implica.

Querido lector: usted tiene muchas razones para leer este libro. Porque aquí usted se reconocerá: rebajamiento, degradación, tedio, horror. Y muy probablemente cuando cierto pudor o cierta moral le recomienden escandalizarse, usted tenderá a la risa, nerviosa, por supuesto.

Pongamos un ejemplo pop: en Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, una escena dividió al público. En medio de una discusión, al pasar un tope en un auto, John Travolta jala involuntariamente el gatillo de su pistola y mata a un joven negro que viajaba en el asiento trasero. Parte de la audiencia estalló en risa, el resto adoptó una posición tensa. Si usted tendió a la tensión aquí, es probable que deba proceder con cautela. Si en cambio soltó una carcajada, Rebanadas le ofrecerá un reto más complicado que el incorrecto chiste de Tarantino. En Rebanadas, el momento de risa nerviosa no es el descanso de una tensión violenta o de un colmo degradante, es parte de lo que sucede, parte de la violencia misma, del rebajamiento.

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“Puerca sea tu estrella y seco tu maldito encino”, le dice el personaje central de “Morir en una ciudad extraña” a Orlov, quien lo lleva a ver putas. Un padre divorciado, que ve el tedio en el que se ha convertido su hija, trata de guardar discreción en su relato y llama Rapunzel a “la muy perra de Laura”. “No me gusta meterme en la vida privada de nadie, pero tampoco quiero compartir el techo con gente enferma que se anda cortando el miembro”, aclara uno de los personajes más decentes de todo el libro, la casera de un hombre obsesionado con desaparecer —literalmente— su deseo sexual.

Recurro a una reflexión de Georg Christoph Lichtenberg: “Querido amigo”, dice el pensador alemán, “vistes tus ideas tan peculiarmente que ya no parecen ideas. […] Es una vergüenza que la mayoría de nuestras palabras sean herramientas malempleadas y todavía huelan a la suciedad con las que las degradaron sus antiguos propietarios”. [3] Yeyha parece responder, en forma y fondo, y con la desfachatez de sus personajes, al comentario de Lichtenberg. Las palabras y las ideas están desnudas en Yeyha. Están abiertas, de nuevo, casi ornitológicamente. Y ciertamente no huelen a la suciedad de sus viejos dueños. Quizá a la de Yeyha mismo. O en todo caso, a la del mundo exterior donde abundan los “alaridos de delirio, las carcajadas histéricas, los ladridos y [los] gimoteos agónicos”. Lo que hace Yeyha, pues, con las rebanadas que nos sirve (por alguna razón uno se las imagina de carne) es darnos unas cuantas bofetadas.

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Cito a Bataille, que cita a Baudelaire: “La mujer honesta que dice a aquel que tiene entre sus brazos: ‘Me gusta tu…’, podría decir con Baudelaire: ‘La voluptuosidad única y suprema del amor reside en la certeza de hacer el Mal’”.[4] Mucho mal se hace en Rebanadas, cuya lectura en algunos casos ocasiona una voluptuosidad, no suprema y única como la que Baudelaire nos dice que tiene el amor, sino llana, simple, morbosa. E irónica. Y la certeza voluptuosa en cuestión tiene un punto cumbre en el libro, una especie de chiste a la afirmación categórica de Baudelaire, en “Atardeceres en Garamakán”, donde la luna de miel de dos enamorados culmina en un mal hecho (el sufrimiento en sí) y en una certeza refinadísima de cierta forma de amor (el miembro y las entrañas del amado devoradas).

A Yeyha no le ocupa, por supuesto, el amor directamente (aunque está presente en cuentos como “Zulu”, en forma de filiación animal, y en otros recovecos del libro), pero la lectura de Rebanadas provoca cierta voluptuosidad. Una complicidad, presente en el ejercicio de leer en sí, pero enfatizada aquí por lo que desfila ante el lector —incómoda a momentos, pero similar a la que se disfruta en la seducción, y con un ancla firme en el morbo—, nos hace seguir leyendo. Leer se vuelve una compulsión semejante a algunas de las patologías de los personajes del libro. Queremos saber más acerca de “nuestras miserias” (nos reconocemos en ellas), a través de capítulos oscuros de la vida de los otros. Yeyha nos hace voyeurs de nuestra propia parálisis a través de la ilusión de relatárnosla.

El punto de Yehya es más claro quizá si se recorre a consciencia el libro. Comenzamos sin aspavientos con un escritor que descubre, en su desprecio hacia otro que considera menor, la evidencia de su baja calaña artística. Continuamos con una actriz porno en el ocaso de su carrera (de alguna manera todo el libro es un ocaso) obligada no a ejercer el acto sexual ante la cámara, sino a hablar, ante un completo “hijo de puta”, sobre su trabajo en tono denigrante. Después, un padre pierde a su hija en una feria en medio de la constatación de su mediocridad y flaqueza. Seguimos avanzando y rondamos la violencia y el miedo con “Neutral”, donde un periodista que pretende realizar una importante entrevista entre los muyahidin termina con la vida en un hilo tras horrores y explosiones. Hacia el final del libro, en “Morir en una ciudad extraña” y “Zulu”, la crueldad y la violencia son el entorno; la salvación, la “normalidad” (que por supuesto no existe), correr con suerte. Pero no asistimos solamente a un desfile del horror: Yeyha no ofrece una liberación moral en sus personajes, una “venganza” en este sentido (como sí hace Tarantino en Django Unchained, por ejemplo y por cierto). Aunque a Zulu, el Rottweiler en Medio Oriente —cuya vida corre riesgo por ser un animal sucio— no le va tan mal; y aunque la actriz porno jubilada sabe en efecto que tiene “demasiadas cosas en la garganta” como para felar a un “hijo de puta”, en Rebanadas los personajes recuerdan (así, con esa lejanía) la dignidad humana (o sus indicios) en el punto álgido de su práctica ausencia. O en el momento en que abdican de ella: “Necesitaba el dinero, pero también necesitaba mi dignidad para poder seguir viviendo”, piensa la ex estrella porno antes de ceder finalmente a las demandas humillantes de quien termina por ser felado. En “La rueda de la fortuna”, el padre que descuida a su hija, “perdido en [su] miseria”, siente primero un “tibio confort al reconocer [su] mediocridad”, luego “el alivio más perverso” cuando, arrestado por las autoridades, se salva de toparse con su ex pareja. Y éste es precisamente uno de los puntos del libro: no buscar nada para adornarnos el plato, servirnos la carne cruda en la orilla. Muchos de los cuentos terminan en resignación: la epifanía de saberse miserable.

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Molestemos de nuevo a Bataille: “La miseria extrema desliga a los hombres de las prohibiciones que fundamentan en ellos la humanidad; no los desliga, como lo hace la transgresión: una suerte de rebajamiento, imperfecto sin duda, da libre curso al impulso animal. Pero ese rebajamiento tampoco es un retorno a la animalidad”[5]. Así, toda transgresión en Rebanadas (devorar un miembro, mutilarse el escroto, vejar un cadáver) es ya una pérdida. No una rebeldía, ciertamente, ni una oposición, sino una especie de limbo. Y entre este terrible percatarse de una animalidad que sin embargo no se logra, se mueven los personajes de Rebanadas. Cada uno conoce la miseria en distintos grados. O el placer de contemplarla en su semejante. Cada unos se hace animal así, y cada uno vuelve desgraciado a ser humano. Cada fragmento del libro puede considerarse “una epifanía de miseria”: la realización de cada personaje de su condición miserable.

Y el aderezo con el que Yeyha nos acompaña las rebanadas de la obscenidad que llevamos dentro, es la constatación del nothing left to tell de Beckett en Ohio Improptu, en donde repetidamente, siempre entrecortando cualquier posibilidad diálogo, un actor le dice a otro —que es él mismo—  “no queda nada que decir”. Es el choque de lleno con el cual, en efecto, nos escondemos, huimos, somos cobardes, viles. No queda nada que decir. Como en la pieza de Beckett, en Rebanadas los libros —las opciones— se cierran y las cosas permanecen miserables. Sin embargo continuamos leyendo. Y, pese a que cierto morbo —el morbo de leer y el morbo simplemente— lleva parte del interés aquí, de la pulsión de lectura, también continuamos en pos de algo más. Esperamos. Continuamos leyendo como una comezón. En busca de algo que, como Godot en Beckett, no vendrá. Continuamos leyendo Rebanadas porque otra perspectiva más de la miseria nos devuelve —terrible e irónicamente— un sentido profundo de humanidad. Tan profundo como la obscenidad que yace en el corazón de cada uno.

 


 

[1] George Bataille, El erotismo, edición libre en Internet: http://bit.ly/WshEIo Bataille discurre aquí sobre la prostitución. Consultado 9/VII/2013.

[2] Para, apropiadamente, robar un aforismo de E. M. Cioran: “Existir es un plagio”.

[3] Georg Cristoph Lichtenberg, Aforismos, Fondo de Cultura Económica, México, 1989. p. 156

[4] George Bataille, El erotismo [obra citada]. Consultado 8/VII/2013.

[5] George Bataille, El erotismo [obra citada], consultado 9/VII/2013.


Autores
(ciudad de México, 1977) es editor, traductor y coordinador editorial de El Jolgorio Cultural, en Oaxaca, donde vive desde hace algunos años. Ha publicado las traducciones de Canción para la noche, de Chris Abani y de Un séptimo hombre, de John Berger, ambas para Sur+ Ediciones, editorial de la que es co-fundador.

En Alas, novela que critica la sociedad monoteísta y ortodoxa de la Rusia postsoviética, Mijaíl Kuzmín ejercita una apología la libertad de amar en la que predomina el diálogo como forma. De prosa ágil y reflexiva pese a los discursos cultos que asoman, más que una historia de amor es una historia sobre las formas que el amor adopta, constreñidas por la noción judeocristiana del amor cuyo único destino es procrear y seguir poblando el mundo.

Historia de iniciación con tres escenarios de la evolución emocional de Vania, el joven protagonista, parte de la novela sucede en un San Petersburgo de bardas grises, casas obreras, humo y hollín donde lo relevante sucede en los interiores. Kuzmín no deja nada al azar. Hace que Vania intuya lo inmenso sin haberlo visto en esa ciudad que lo decepciona y a la que Vania llega, joven, tras la muerte de su madre. Su pueblo queda atrás, en el vacío que deja la orfandad y sus ceremonias. Llega a casa de los Kazanski, espacio de voces, de jóvenes que deambulan, de opiniones, donde conoce a Shtrup, un inglés adinerado, amante del arte, que representa lo que a Vania le hace falta en la vida. En San Petersburgo Vania aprende a vivir. Shtrup se le revela como el otro, lo otro que poderosamente le atrae. Las emociones de Vania suceden en la admiración que siente, la atracción hacia Shtrup.

Donde la idea del amor o del decoro tienen que ver con el punto de vista de los hombres, el cinismo puede convertir un hecho insignificante en un acto depravado. No hay juicio moral. Este discurso está en voz de Danil Ivánovich, profesor de griego, una forma de conciencia. “Somos helenos, los amantes de todo lo bello” dice, criticando el mundo en el que la gente se priva del placer.

Vania anhela el mundo de Shtrup, asiduo de Rameau y Debussy, de libros, viajes. Desdeña el barullo de los Kazanski. Y hay un descenso a los infiernos: Shtrup se involucra en un crimen. Vania ignora lo que sucede porque no puede verlo y piensa en Fiódor, amante de Shtrup. Es en la pérdida de la inocencia y en la posesión de los celos donde Vania comprende lo que siente por ese hombre al que admira al grado de no ver el homicidio.

La sociedad rusa de Vania está plagada de prejuicios y tabúes, de cerrazón que prohíbe la pasión de la carne, el deseo, lo diverso. Su erotismo no está en los hechos sino en la contención de lo deseado, en los paisajes en permanente concordancia con las emociones del testigo que observa, en las referencias artísticas de la pintura y en el amor al arte, en la belleza desinteresada.

En la segunda parte de la novela, Vasilsursk es un sitio de bosques oscuros, calles amontonadas donde el paisaje gris es un espejo del alma de los personajes, y las voces de los otros son la evolución emocional del protagonista. El otro, ya no es idea de la belleza sino un cuerpo deseable. Es María Dmítrievna, viuda de treinta años, quien le habla a Vania del amor. En El Banquete de Platón, es Diotima en voz de Sócrates quien habla sobre la belleza. Y es ella la mujer a la que Vania desdeñará.

En Alas las mujeres carecen de belleza, pero son contradictoriamente encantadoras, otra manera de afirmar la homosexualidad de Vania, porque “es más fácil no tener a alguien amándolo que tenerlo sin amor”. María lo exhorta a arder, pues el pecado reside en hacer el amor con el corazón frío, pero si el amor consume, todo se perdona.

Es la misma ciudad donde Vania se reencuentra con Ivanovich, el profesor de griego que lo incita a buscar a Shtrup cuando él pretende olvidarlo. Y Vania es feliz. Deja que el agua en la que nada recorra su cuerpo, mira el paisaje. La alegría se disuelve ante un ahogado que emerge del agua. Le aterroriza la idea de morir sin haber visto ni sentido nada, con la certeza de amar. Huye de María, quien se quiere entregar a él. Huye.

Danil Ivánovich lo invita a viajar a Italia con él y Vania Acepta. Ve en Roma el arte y la belleza, escucha sobre Wagner y Maeterlink. No puede buscar a Shtrup ni verlo como antes, ya no es el mismo de San Petesburgo. Desiste. Se quedará en una casa llena de libros, su metáfora del mundo.

Shtrup aparece en su vida porque no puede burlar su destino. El día de su reencuentro “se quedaron en la mesa sobre la terraza, donde platos de color rojo oscuro, como charcos de sangre, lucían casi negros sobre el mantel rosa en el crepúsculo inminente”, pero no es la conciencia del crimen, sino lo que el hombre provoca en Vania lo que no le permite a éste último entregarse.

Las tragedias cotidianas son las tragedias del Hombre: simples, pero no definitivas y para ellas nunca es demasiado tarde. Es cardinal defender el derecho a ser uno mismo. Hacia el final de la novela, Vania habla de Tristán e Isolda, la historia de una pasión consumada, de un amor que no se reduce a la carne pero que también sucede en los cuerpos. Las historias, parece decir Kuzmín, se deben vivir a toda costa aunque perezcan porque, a final de cuentas, si hay algo que sobrevive, eso será la belleza.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es editora y narradora. Ha publicado Obra negra, entre otros libros.

La obra de J. R. Ackerley (Londres, Inglaterra, 1896-1967) no llega a media docena de títulos, publicados, además, con varios años entre sí. El mismo Ackerley solía decir que, ante la falta de talento para inventar, tenía que echar mano de sus experiencias personales para contar algo digno de quedar en un libro pero como no le sucedían cosas extraordinarias en la vida casi monótona que llevó durante 30 años como editor literario de Listener en la BBC, eso explicaba un poco sus contados libros y, repito, los largos años entre la aparición de uno y otro. La primera experiencia vital que le sucedió fue cuando participó en la Primera Guerra Mundial, en la que murió su hermano mayor, Peter, al explotarle una granada que lo decapitó, y él fue capturado y estuvo prisionero en Suiza; a partir de ese hecho escribió una obra de teatro: The prisioners of War, montada en 1925. El segundo hecho extraordinario fue cuando E. M. Forster, su mejor amigo, lo recomendó con un marajá hindú para que fuera su acompañante, en los tiempos en los que la India era una colonia británica; de allí nació su primer libro, Hindoo Holiday aparecido en 1932. Fue así como la contada obra de Ackerley se volvió completamente autobiográfica.

En 1956 publicó su segundo libro, Mi perra Tulip (que en 2009 fue adaptada al cine en versión animada); luego su única novela pero siempre autorreferencial, Vales tu peso en oro, en 1960 (Anagrama, 1989), y que también fue llevada a la pantalla grande en 1989. Póstumamente aparecieron Mi padre y yo (1968; Anagrama, 1992) y Mi hermana y yo (1990), que acaba de publicarse por primera vez en español. Que yo sepa, las únicas que no han sido traducidas a nuestra lengua son la obra de teatro e Hindoo Holiday. No obstante, esos pocos libros le valieron un reconocimiento en la literatura inglesa que, con su aparición en lengua española, poco a poco nos ha sido desvelado a los hispanoparlantes.

A la muerte de su madre, en 1946, y aunado a sus constantes fracasos amorosos, Ackerley compró una perra pastor alemán a la que llamó Queenie (también llamada Evie en Vales tu peso en oro o Tulip en Mi perra Tulip). Ackerley ya era un hombre solitario, homosexual frustrado en encontrar al Amigo Ideal y, por lo que puede traslucirse en sus libros, un poco amargado y neurótico, así que en Queenie vio el amor fiel que nunca había conseguido y que le transformó la vida por entero; esa relación de amor fiel de y por un animal la contó en Mi perra Tulip, muchos años antes de películas como Hachiko Monogatari y el remake estadounidense, Hachiko. Cuando Queenie murió en 1961, Ackerley ya había dejado su trabajo en Listener y junto con su hermana Nancy, como antes lo había hecho su madre, se volvieron alcohólicos. Por su parte, en Vales tu peso en oro, que dedicó a su hermana y que fue traducida por Sergio Pitol en una versión muy castiza, relata una de las varias relaciones que tuvo con centenares de hombres (la mayoría de clase baja y de preferencia uniformados: marineros, policías o soldados de la Guardia Real, cuya relación establecía a base de dinero), en este caso con un soldado de la Guardia Real llamado Johnny, con quien se disputa el cariño de la perra Evie y a quien al final se la compró.

Finalmente, en  Mi padre y yo reconstruye la vida secreta de Alfred Roger Ackerley: de sus 7 hermanos él era el único guapo así que se volvió un mujeriego, entró a la Guardia Real, se casó y enviudó, luego conoció a dos “amigos”: el señor Ashmore y el conde De Gallatin, a quien le gustaban los uniformados, y con quien entabló un juicio; después inició la empresa de importación de plátano con la que amasó una fortuna y fue conocido como “El rey de los plátanos”; al morir de sífilis en 1929, el hijo descubre que tenía otra familia, una amante con 3 hijas, y que la relación con sus dos amigos tal vez fue más allá de la simple amistad. “Con estos golpes sucesivos –concluye Ackerley–, la sólida imagen del paterfamilias se hizo pedazos”. En algún momento, Ackerley define el libro como “unas memorias de familia”, así que también habla un poco de su madre, una mujer llena de manías, parlanchina y algo infantil que, ya viuda, pasó los últimos 16 años de su vida sin salir de casa, emborrachándose en secreto y que en su demencia senil tenía una mosca como amiga. Pero sobre todo, como lo sugiere el título del libro, trata de la cordial pero distante relación que hubo entre el padre y el único hijo varón que le quedaba y de paso es una exploración del muchacho que fue Ackerley al descubrir su homosexualidad. Mi padre y yo es, como la define King, “una pequeña obra maestra”.

Mi hermana y yo, por tanto, quiere relacionarse desde el juego en el título con ese libro cruel y a la vez impúdico sobre su padre, sin embargo, a diferencia de Mi padre y yo, éste no fue concebido como una obra unitaria, es decir, no fue pensada ni escrita como sí lo fue el de su padre. Mi hermana y yo es un libro armado por su albacea, Francis King, con fragmentos de los diarios (del verano de 1948 al de 1957) que la propia hermana le entregó el mismo día que murió Ackerley. Por otra parte, no creo que haya sido muy afortunado poner el prólogo de la edición inglesa de King como epílogo en esta edición en español, pues es muy útil e ilustrativo sobre lo que Ackerley contará en esa selección de sus diarios y mucho se esclarece desde la visión de una tercera persona que vio muy de cerca cómo convivían.

La relación con los hermanos, ya se sabe, es una de las más difíciles de entablar. A diferencia de su hermano Peter, quien “era, de hecho, todo lo que yo no era, aunque nos llevábamos los dos estupendamente”, como reconoce en Mi padre y yo, con su hermana Nancy la relación fue más hostil y conflictiva. Un factor determinante para que se diera así, eran los celos que ella sentía por su tía Bunny, la hermana menor de su mamá quien murió el mismo año que Queenie. Hacia el final de Vales tu peso en oro, Ackerley cuenta que cuando se iba a trabajar el cuidado de la perra Evie quedaba en manos de una supuesta prima que se muda a su departamento; la prima no es tal sino la tía Bunny. Ackerley cree que su hermana se sentía desplazada y que quien debió mudarse con él era ella y no su tía. Mi hermana y yo, en realidad, cuenta la relación de Ackerley con sus “tres mujeres”: su hermana, su perra y su tía Bunny.

En el caso de Ackerley y su hermana la relación es muy distinta de la que tiene con su perra y con la tía. Nancy, tal y como la retrata él, era caprichosa y manipuladora desde joven. En un momento, después de discutir sobre la posibilidad de que consiga un trabajo, él reflexiona: “No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”. El difícil temperamento de Nancy no le permitía adaptarse a las personas y las circunstancias. Con sus tres medias hermanas, Ackerley confiesa que se llevaba bastante bien, tal vez porque no convivió tanto con ellas, pero ¿cómo habría sido el trato con su hermano de no haber muerto en la guerra? En 1926, Nancy se casó con un estadounidense, tuvo un hijo, Paul, pero poco después se separó, él se llevó al hijo a vivir a Estados Unidos, finalmente se divorció, aunque siempre le exigió una pensión, y se ganó la animadversión de su propio hijo; la única familia que le quedaba era su hermano y su tía. Después, su mal carácter no será muy distinto con la perra, y con la tía es imposible que convivan pues son de “caracteres radicalmente opuestos”. No pocas veces Ackerley acaba compadeciéndose de ella, le carcome la conciencia y cede; le da lástima, confiesa. Tantas reiteraciones sobre el comportamiento de Nancy y sus acciones –incluidos episodios de intento de suicidio–, hacen páginas repetitivas, como en el caso de Queenie en Mi perra Tulip y en Vales tu peso en oro, y la lectura resulta cansina porque cuenta lo mismo una y otra vez (él que se quejaba amargamente de las repeticiones que veía en las clases obreras, en el caso de estos diarios, en Freddie, el soldado de Vales tu peso en oro).

En Mi padre y yo cuenta Ackerley que empezó a escribir un diario a mediados de los años treinta el cual encontró 15 años después y al releerlo lo destruyó. Es de suponer que después escribió otros. Esos diarios le ayudaron para poder escribir sus libros pues varias veces hace referencia a su mala memoria, heredada de su madre, y en no pocas ocasiones tiene que recurrir a ellos para recordar algo o transcribir un diálogo relevante. Como Gide, Julien Green, Mauriac, Isherwood o Pavese, Ackerley fue un prolífico escritor de diarios en los que cuenta sin pudor ni recato su íntima vida diaria. Después de su muerte, paradójicamente, su aborrecida hermana creó el “Premio Ackerley de Autobiografía” en el Reino Unido. Ackerley encontró en su pequeño universo familiar todas las experiencias vitales que no le sucedieron en su vida y que tanto necesitaba para contar algo en un libro. A diferencia de muchos escritores, no se inventó otro yo enigmático para presentarse ante los ojos de sus lectores, no se sublimó en su obra, simplemente se presentó como el hombre y el escritor que era en realidad.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Sabino Guisu. T Boat.

La fascinación por la materia

Producir humo calcinando madera, capturarlo mediante la restricción del aire y luego mezclarlo con agua para hacer tinta, es una práctica proveniente de estados primigenios de la cultura, tiempos que no concebían separaciones francas entre el artista y el místico. El uso del pigmento negro elaborado a partir del humo tiene registros que van desde el carboncillo prehistórico hasta el cartucho de tóner de una impresora láser, pasando por la ancestral y eficaz tinta china.

Sahagún, ese obsesivo informante de la colonia, nos revela la versión mesoamericana del invento: “Hacen estos naturales tinta del humo de las teas, y es tinta fina. Llámanla tilli ócotl. Meticuloso, el fraile tradujo la descripción prehispánica: Tilli (negro): es el humo del pino, es el hollín del pino (ócotl, ocote), es ennegrecedor de cosas”.

La imagen infrarroja de un lienzo europeo del siglo XIX permite observar, nítidamente, el boceto original, trazado con negro de humo, uno de los pigmentos más estables y permanentes que conocemos.

¿Y fueron aquellos antiguos místicos-artistas quienes descubrieron las cualidades mágicas del intoxicante humo, que se eleva tenazmente hacia el cielo, describiendo formas bellas e inaprensibles? Porque no hay ritual sin humo. Y el arte, lo sabemos, es todavía un conjunto de ceremonias. Pero esto es el XXI, el siglo de las patologías.

Sabino Guisu es francamente un incendiario. Crónicas de infancia lo describen ya como miembro de una banda de pirómanos peligrosos, guiados, eso sí, por un sabio axioma oriental: No es lo mismo quemar una maceta que un bosque.

Guisu, como Wolfgang Palaen, aplica directamente el humo sobre las superficies, lo que permite capturar, en la obra, la caprichosa danza de las volutas. En ocasiones, la combustión se aplica en la suavidad de ceras, maderas o copal. A veces es necesaria la rudeza del gas y el soplete. Una de las muchas diferencias con Paalen, es que el estudio de Sabino no cuenta con seguro contra incendios. No es un asunto menor, si al artista le ha dado por el formato grande, pero vale la pena: ha logrado una precoz maestría en el control de los azarosos movimientos de la combustión, y claro, cierto grado de intoxicación.

La miel es el otro elemento que Sabino ha encontrado para meterse en dificultades. La viscosidad y la adherencia son propiedades atractivas para alguien dispuesto a atenerse a las consecuencias. El fluido se cristaliza. Las piezas poseen un brillo que proviene de algo vivo. La tentación surgió del hallazgo de un panal en zona de riesgo: más allá del peligro que significa un panal en el patio de un museo, las abejas producen trazos magistrales, y su existencia se encuentra en riesgo.

Sabino elige sus temas siguiendo una ruta simbólica deliberada.  Los íconos de la resistencia civil, el gran mapa del mundo, el tzompantli. Al vincularse con lo ígneo, las imágenes remiten a conceptos históricamente entrelazados: sacrificio y liberación. Esclavitud, genocidio, revolución, nuestra historia está marcada con fuego, por una impronta de ritual sacrificial.

En las piezas elaboradas en coproducción con laboriosos insectos, la ruta sigue procesos de transformación de la materia y le adhiere dos términos de la postmodernidad: ecocidio y extinción.

Y si uno pasa de discursos, puede simplemente colocarse a cierta distancia, perderse en las volutas y contemplar, capturada en la tela, la extraña y antigua fascinación del humo.

En la obra de Sabino Guisu, en la volatilidad del humo y la densidad de la miel, la destreza del artista se amolda a las modificaciones naturales de la materia.

 

—Fernando Lobo

Pintar para no ir jamás a una oficina

Infancia

En la infancia hacemos cosas y no sabemos que son arte. Por suerte, nací en un lugar donde había calles de tierra y animales en la calle. Cuando llovía jugábamos con el lodo del patio de la casa. Recuerdo que éramos niños y moldeamos figuras e inventamos un ejército de soldados de arcilla armados con espinas y vidrios despedazados de botellas. En la primaria me la pasaba dibujando robots y caricaturas que veía en la tele. También tuve en esa época mis primeros acercamientos a los libros de arte y revistas que mi papá, que es pintor, tenía en casa. Copiaba cosas de ahí, hacía reproducciones. Supe después que lo que veía eran grabados de Utamaro, de Durero, de Tamayo y otros artistas. En ese entonces eran para mí sólo dibujos.

 

La música de la pintura

Años después, viajé a Oaxaca y entré a la instructoría en música: estudié flauta transversal. Aprendí algo, pero me dedicaba a pintar y me cambié a artes plásticas. No es que critique la educación de la escuela, sin embargo los maestros no cuestionaban ni discutían nada del arte, que era lo que yo quería. Sabe por qué los artistas hacían eso y no otra cosa, cómo los obsesionaba un tema, qué padecían. Aprendí de manera más práctica leyendo libros sobre muchos temas: arquitectura, arte, historia, color, origami… Disfruto la música de jazzistas como Miles Davis o Louis Armstrong, que replantearon el papel ante su público y cuestionaron posiciones.

 

Acervos y revelaciones

Trabajé después en la biblioteca de arte del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), donde hacen exposiciones. Uno de mis deberes ahí era estar atento a lo que los usuarios buscaban. Gracias a eso se me revelaron ilustraciones e imágenes de mi pasado. Supe que no es lo mismo un grabado que una pintura y que hay diversas formas de trabajo artístico, que hay una Historia del arte y de las ideas. También entendí que el arte es el arte africano y el arte antiguo, el arte primitivo, el arte prehispánico, no sólo el arte moderno o el del siglo xx. Así, si la gente me preguntaba, yo sabía dónde había libros de grabado de Charlotte o de Posada. No me costó trabajo explicar a los usuarios sobre las diversas secciones de la biblioteca y las técnicas artísticas. Mi trabajo es, pienso, una mezcla o puente entre el arte primitivo y el arte de hoy. Uso grafito y humo, uno de los primeros elementos con que hicieron arte los hombres de las cavernas.

 

Leer y resistir

Leo cosas: autores como Cabrera Infante que escribió Puro humo, un libro que me gusta; la obra de Fadanelli. Leo crónica e historia en autores como Hug Thomas, que tiene una obra enorme sobre la trata de esclavos. Leo a Cioran, a Kawabata, Mishima y otros japoneses. Me caen bien los artistas que hacen activismo y se preocupan por los temas sociales y otros asuntos de su tiempo. Mi obra está marcada por procesos históricos donde intervienen personajes que han cambiado el horizonte de los derechos civiles y las revoluciones. De eso se trata mi serie Negro de humo. Me atrae la obra de Duchamp, de Joseph Beuys, artistas que provocaron un cuestionamiento social y también cuestionaron al espectador. Me gustan de ahora los artistas chinos como Ai Weiwei o Zhang Huan. De México me atrae la obra de Francisco Toledo, un artista completo, involucrado en la pintura, el grabado, la escultura, el diseño y cuya gran obra son las instituciones que ha fundado: la biblioteca, el cineclub, los museos. Me gusta lo que hacen Gabriel Orozco y el Dr Lakra, soy seguidor de la obra del neoyorquino Jean Basquiat, aunque en general creo que el arte contemporáneo es una farsa. Algunos que se dicen artistas parecen hacer cosas para encajar en un círculo de amigos. Aunque creo que así es en todo el mundo.

 

Naturaleza imperecedera

Trabajo con miel y ahora tengo un proyecto en el que uso hojas de tabaco. Tal vez no lo parece, pero son materiales de carácter duradero. La miel no se descompone ni se pudre, sólo se cristaliza y se derrite, materiales de la naturaleza que no se degradan sino que sólo cambian de forma. En mi obra hay un cráneo formado por celdas hexagonales hechas por abejas. Lo logré poniendo en él hormona de abeja reina y la dejé en un apiario. Así la hice colectiva demostrando, en la humildad de este proceso, lo complicado de nuestra inconsciencia sobre lo que sostiene realmente el planeta en tareas a las que no prestamos importancia.

 

Tallerear en el insomnio

Me importa mucho el resultado estético del trabajo, y para eso hay que trabajar mucho en el taller. A veces uno puede tener una idea muy cabrona. Como si fueras un arquitecto que sabe perfectamente lo que quiere pero al final los albañiles hacen una cosa que no era. Por eso pienso que uno debe poner mucho trabajo en la técnica. Duchamp dijo alguna vez que el artista es el que inventó su quehacer para no tener que ir a una oficina. Yo no trabajo con un horario. Clavo una idea en mi mente y no paro hasta investigar todo sobre ella. Agoto los temas y los estudio antes de empezar una obra. Comienzo haciendo bocetos mientras pienso antes de tocar el lienzo. Cuando creo que ya es suficiente, dejo de ver y de leer y me pongo a pintar tomando café. Padezco insomnio.

 

Esas cosas suceden

A veces soy un caos. Tengo un comportamiento heredado de mis ancestros que no es el correcto, pero así he sido por años. Confundo la sabiduría con la información, tengo una vida atormentada. Y soy muy feliz, no soy un hombre realmente serio, aunque a veces me centro y huyo del desmadre. Hay quienes dicen “eso que estás haciendo es una mamada” y otros que, al final, cuando hice lo que yo quería, no creen que lo haya hecho yo o sea el resultado de mi trabajo. Esas cosas pasan. Hubo quienes me criticaron porque mi primera exposición la hice en humo sobre lienzo y la presenté en un espacio de “artes gráficas”, pero la marca del humo al final era gráfica, una marca, una impresión. Por fortuna, mi trabajo se ha movido bien en el mercado, y eso me permite seguir pintando. Quiero hacer un taller más grande, como una bodega. Haré una presentación en el Distrito Federal, donde habrá abejas vivas, ya verán. Quiero hacer un libro importante con mi obra. Cosas así.

Palabras recogidas por Luis Manuel Amador


Autores
(Juchitán, Oaxaca, 1986) es hijo de un pintor de un pueblo zapoteco. A los 19 años viajó a la ciudad de Oaxaca para estudiar música pero se dedicó a pintar. Fue músico tradicional y bibliotecario. Entre sus exposiciones están Negro de Humo (Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, 2011), Dead Honey y BeHUMAN Gallery (Houston, Texas, 2012). Domina el gran formato mediante el dibujo al humo con soplete de petróleo.
(ciudad de México, 1969) ha sido tipógrafo, reportero de nota roja, profesor de literatura y tallerista. Autor de las novelas Relato del suicida (Almadía, 2007 y 2013), No lo tomes personal (Random House Mondadori, 2008), Contacto en Cabo (Random House Mondadori, 2009), Latinas candentes 6 (Almadía, 2013) y del ensayo Sentido Común, simulación y paranoia (Sur+ 2012).

Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) es, sin ninguna duda, uno de los autores mexicanos que con mayor consistencia se han acercado al lado oscuro de la narrativa fantástica. Autor de las novelas Belleza roja, y Los escritores invisibles (FCE, 2005, 2009) pero sobre todo de los libros de cuento Los niños de paja, y Demonia (Almadía, 2008, 2012), donde mejor ha demostrado sus dotes de creador de atmósferas turbias y pesadillescas. Esquinca va de la nota roja al terror sobrenatural, de Stephen King a JG Ballard, y de David Cronenberg a David Lynch. Influencias que por momentos podrían parecer obvias pero que en realidad son homenaje al maestro y guiñó cómplice para el lector, y que en ningún momento estorban. Se trata de libros, en particular Los niños de paja, que, según palabras del autor, “enseñan las costuras”, pero lo hacen deliberadamente y con la habilidad necesaria para hacer de ello más que debilidad o provocación, propuesta estética.

Cuestionado sobre la supuesta ausencia de una tradición en la práctica de la narrativa de terror en nuestro país, Bernardo Esquinca ha dicho que “México es un país al que le ha costado mucho trabajo reconciliarse con su pasado, y quizá esto redunde en la poca atención que sus autores han dado a lo sobrenatural”, y que a esto habría que sumar el ninguneo de los círculos académicos y la crítica literaria –que desconfían de todo lo que se atreve a ir más allá del realismo y los juegos de palabras-.

Resulta cuando menos curioso y, digno de un ensayo de amplio espectro, explicar el por qué a diferencia de otros países donde la literatura fantástica es parte fundamental de su tradición, como Inglaterra, Alemania, o Argentina, los críticos literarios mexicanos reaccionan de forma tan visceral ante ella. No es gratuito que a sus mejores practicantes, a los que es imposible ignorar, se les catalogue como escritores excéntricos. Pero detengámonos un poco en la palabra excéntrico. Una palabra que describe, pero que sobre todo califica. Excéntrico: que se aleja del centro. Bajo este paradigma, Francisco Tario, Juan José Arreola, Amparo Dávila, Pedro Mirét, Emiliano González son unos excéntricos.

Bernardo Esquinca, escritor excéntrico, al reunir, en complicidad con Vicente Quirarte los cuentos de Ciudad fantasma (Almadía, 2013) consigue demostrar que a pesar del desdén y los prejuicios existe lo que podría parecer una contradicción: una “tradición” de excéntricos que incluye a Alfonso Reyes, José Emilio Pacheco, y a Salvador Elizondo, así como a Alberto Chimal y a Bibiana Camacho. Una tradición tan rica como para hacer posible una antología (en dos volúmenes) donde la protagonista principal es la ciudad de México.

Resulta significativo que en la saga de Casasola, iniciada con La octava plaga (Ediciones B, 2011), y continuada con Toda la sangre (Almadía, 2013) tercera y cuarta novelas de Bernardo Esquinca, la ciudad de México sea más que un escenario, protagonista principal. En La octava plaga inciden el relato de terror, el de ciencia ficción, y el género negro, los tres discursos narrativos que mejor se han adaptado a la cultura popular. Casasola es un periodista cultural caído en desgracia y degradado a la nota roja, donde encuentra su verdadero nicho y descubre una habilidad perturbadora: su “don” de hablar en sueños con los muertos. Pero a diferencia de los protagonistas de otras sagas negras, Casasola no es un policía ni un detective, mucho menos un abogado, figuras que para el mexicano promedio sólo resultan heroicas en ciertas series de televisión norteamericanas. A propósito, Casasola tampoco es un héroe, ni mucho menos un antihéroe. A diferencia de Charlie Parker, el sombrío pero saludable detective de John Conolly, que no fuma ni bebe y que tiene bajo control su consumo de carbohidratos, pero que también puede comunicarse con los muertos, Casasola se alimenta de comida callejera, es medio alcohólico, no tiene condición física ni posee entrenamientos especiales. Casasola es un chilango promedio, cada día más calvo y barrigón.

Una mañana de viernes, un grupo de trabajadores del Centro histórico hacen un macabro hallazgo en las ruinas prehispánicas del Templo mayor. Encuentran tres corazones humanos, al parecer extraídos unas cuantas horas antes. Uno en las manos del Chac Mool, otro más en “la casa de las águilas”, y el último en el altar tzompantli. Algunos días más tarde, en las ruinas del templo de Quetzálcoatl, en pleno Tlatelolco, es encontrado un cadáver decapitado y desollado. Se trata, según la antropóloga Elisa Matos, de una réplica de ciertos sacrificios rituales aztecas. Así inicia Toda la sangre, y con ella la cacería del “Asesino ritual”, un ser que desea el regreso de los dioses que dieron gloria a la Gran Tenochtitlán y que se revela pieza clave en una trama de mayores proporciones. Casasola, como reportero del Semanario Sensacional será uno de los cazadores del “Asesino ritual” y en su odisea contará con el apoyo de una galería de personajes entrañables, comenzando por el Griego, ese fotógrafo de nota roja inspirado en Enrique Metinides; Santoyo, el dueño del Semanario Sensacional; la misma antropóloga Elisa Matos, y muy especialmente El consejo de periodistas muertos de nota roja, que se manifiesta en los sueños de Casasola y posee un negrísimo sentido del humor. Con esos ingredientes Bernardo Esquinca da vida a la segunda entrega de la saga de Casasola, una saga con ecos de Los días enmascarados, de Carlos Fuentes, pero también de Twin peaks, los X Files y la urban fantasy de Neil Gaiman y otros escritores y guionistas de comics de principios de los años 90’s como Clive Barker o Alan Moore, que hicieron de las ciudades inglesas un territorio mágico en el que convivían la modernidad y los mitos antiguos.

Las dos primeras partes de Toda la sangre son un recorrido por el Centro histórico de la ciudad de México, sus bares y cantinas. De La Faena a La Opera, pasando por El Salón Corona, con Domingo incluido. Casasola escribe un reportaje sobre los indigentes del Centro histórico, a quienes llama Escuadrón George Romero. Nos paseamos así por una Ciudad habitada por parias, locos y desposeídos, dueña de una violencia muy distinta a la violencia de las ciudades del norte y el sur del país. Una de las mejores partes del libro es en la que se narra un espectáculo sin igual: el aquelarre que cada fin de semana se celebra alrededor de la Fuente de Neptuno, en la Alameda Central. Un baile pagano lleno de albañiles, militares en su día franco, empleadas domésticas, meseras y travestis. Quienes vivimos en esta Ciudad y que una de esas noches hemos pasado por ese lado de la Alameda, o que hemos transbordado en Hidalgo, la estación de metro más cercana, una de esas noches, sabemos de la “mala vibra” que satura el ambiente y que no tiene nada de casual. Otro de los momentos especiales de la novela es el encuentro de Casasola y Elisa Matos con Sergio González Rodríguez, un autor que roza el estatus de leyenda y que ya antes ha hecho cameos en 2666, de Roberto Bolaño, y en Negra espalda del tiempo, de Javier Marías.

Bernardo Esquinca, nacido en Guadalajara y chilango honorario, es hábil construyendo misterios, dando vida a pesadillas y temores atávicos, creando personajes. Ha sabido reunir algunos de los fantasmas más célebres que habitan la Ciudad y forjar con ello la materia de una historia con voz propia. Toda la sangre es la confirmación de una saga que sigue las pautas de los mejores thrillers contemporáneos; pero también es la confirmación de un autor a la alza, y de una narrativa fantástica mexicana cada vez más robusta. El panorama promete.


Autores
ha publicado La vida amorosa de las cigarras, entre otros libros.
Rodolfo Mendoza. Fotografía: Daniel Mordzinski

Entre el libro y la traducción

Con el pelo corto y sus gafas de pasta gruesa, deportivas, Rodolfo Mendoza me recibe en su mesa habitual de un conocido café del centro de la ciudad. A pesar de la inagotable lista de pendientes que suele tener su agenda, me propone reunirme con él durante un breve descanso de una hora, y además él invitará el café. Así ocurre. Al llegar a la reunión, puntual en hora y fecha, Rodolfo acababa de despedirse de otro invitado.

D.S: ¿Cuándo y cómo nace la colección Sergio Pitol Traductor?

R.M: La colección nació en 2007. Fue una idea que tenía yo de reunir las traducción que Sergio Pitol había hecho a lo largo de su vida. Como sabemos, él había comenzado a traducir en los años sesenta, con traducciones emblemáticas. A él se debe, por ejemplo, las primeras traducciones de muchos autores polacos. Para 1967 tenía ya preparada la Antología del cuento polaco contemporáneo, donde había alrededor de 20 autores, muchos de ellos, con su primera traducción al español; pero también, para ese momento, Sergio ya había hecho traducciones del inglés y del italiano. Y todas ellas habían quedado diseminadas en varios países, entre México, Argentina y España, traducciones que, al paso del tiempo, se volvieron emblemáticas, como aquellas de Henry James (Los papeles de Aspern y Washington Square) o, para seguir hablando del inglés, de Firbank con Las excentricidades del cardenal Pirelli o la famosa traducción de El corazón de las tinieblas de Conrad. Entonces, Sergio, el Sergio viajero que también conocemos, lugar al que llegaba, lugar donde devoraba la literatura, y al devorarla, descubría que había autores que no se conocían en español. Es decir, aunque tradujo, del ruso, Un drama de caza, la única novela de Chejov, se dio cuenta que no estaba traducido, por ejemplo, Pliniak. Al pasar por Italia, traduce a Luigi Malerba o Elio Vittorini, que tampoco estaban en español. Pero te decía que muchas de esas ediciones habían quedado dispersas en todas partes o ediciones inencontrables. Por citarte un caso, la de Witold Gombrowicz, que después sería Bakakai, habían aparecido, los tres primeros cuentos, en un librito que se llama La virginidad y otros cuentos, en una edición que el dirigía para Tusquets. De tal manera que, cuando me di cuenta, durante mi camino de editor, tenía treinta o cuarenta títulos traducidos por Sergio, que no  estaban en ningún lado, y que no circulaban, salvo Cosmos, El corazón de las tinieblas y algunas cosas de Henry James. No circulaba lo de Lu Hsun, por ejemplo, ni El ajuste de cuentas de Tibor Déry ni La señora Z de Kazimierz Brandys. No circulaban muchas cosas que, según yo, valía la pena que el lector en español conociera. Así que, previo consentimiento de Sergio, le propuse hacer la colección a la Editorial de la Universidad Veracruzana. Aceptaron hacerla. Comenzamos a ver toda la parte de trámites de derechos de autor, obtuvimos el permiso de los diecinueve autores que conforman actualmente la colección. Y se hizo.

D.S: ¿La colección va a crecer?

R.M: Hasta veinticinco.

D.S: ¿Serán todos los autores que tradujo Pitol?

R.M: No, evidentemente no, porque tú sabes que el tiempo, la época y el mundo editorial van poniendo cosas en su lugar, y los que a Sergio le parecieron autores interesantes en los 60 y los 70, la verdad es que ya no lo son tanto, no aguantaron el paso del tiempo.

D.S: Es evidente que esta colección, visualmente, no se parece nada a las demás colecciones de la Editorial. Tampoco se mueve igual. ¿Cuál fue el proceso para decidir esto?

R.M: No es que estuviera yo pensando en hacer algo que no se pareciera a la universidad, pensaba en hacer libros que me gustara hacer. Cuando uno emprende la edición de un libro, como editor, cuando vas a preparar una colección, la edición misma se empieza a conformar en tu cabeza a los títulos que vas a tener. Lo que se me ocurría era hacer algo muy pegador, algo que jalara mucho la vista, algo que pudieras tener en una mesa de novedades de cualquier lado y que, como lector, voltearas y quisieras ver qué es, sobre todo, tratándose de una colección nueva. Ahí tenemos los grandes aciertos de grandes editores como Jonathan Cape, en Inglaterra; como Wagenbach, en Alemania; como la New Directions, en Estados Unidos, ¿no? Son ediciones que se vuelven emblemáticas por el carácter y el perfil que agarran. Si uno ve, por hablar de los editores en español, un libro de Anagrama a diez metros de distancia en una librería, se nota que es Anagrama. Lo mismo pasa con Acantilado o con Pretextos. Son colecciones o editoriales que logran su carácter. Lo que quise hacer fue precisamente eso, hacer una colección que tuviera su carácter a los tres o cuatro números de creada. Que tuviera su personalidad, y que tú voltearas y la distinguieras.

Creo que la misión de cualquier proyecto editorial es rebasar sus propias fronteras, que los libros sean distinguibles en cualquier parte del mundo, y en ese sentido, el carácter y el perfil de la edición ayuda mucho.

D.S: Ese es otro gran mito sobre las casas editoriales universitarias, aunque producen libros con buenos contenidos, su posicionamiento no suele vencer las barreras geográficas. Y que, en parte, tal vez se deba al formato de su producción…

R.M: Sí, tienes razón. Y además, es un mito absurdo eso de que las editoriales universitarias reduzcan su producción a libros como que muy caseros. Porque “el problema” de estas casas no es un problema en sí mismo, sino que las editoriales universitarias, no todas, obviamente, creen que tienen como labor solamente cubrir la producción editorial de su universidad. Sin embargo, hay casos donde no es así. Si ves Oxford Press o Cambridge Press, te das cuenta de que hay universidad que hacen libros fantásticos. No está divorciada la idea de hacer buenos libros, como objetos, libros visualmente comerciales, de editar libros universitarios y con contenidos de calidad. De tal suerte que, cuando pensé en esta colección, pensé en lo que, no es ninguna novedad, piensa cualquier editor: que fuera una tipografía bonita, una caja grata, que el papel te permitiera leer con mucha o poca luz, con portadas mate, que fuera cosido, que fuera fuerte, que trajera solapas, que si lo traías en tu coche, el sol no lo doblara ni lo hiciera “taquito”, en fin, en algo hecho para el lector.

D.S: Aquí, lo que parece una novedad es considerar al lector, por parte del editor universitario…

R.M: Al lector es al primero al que debes de considerar. No siempre sucede, sobre todo en algunas editoriales; pero si piensas como lo hacen las grandes editoriales, sí. Y sí, a veces las editoriales universitarias no piensan en el “gran lector”. Hacen libros con buenos contenidos, con buenos autores; pero se olvidan un poco de la parte del libro como tal.

D.S: Se dice por ahí que tienes tu propio equipo para trabajar esta colección…

R. M: Sí, claro, uno trabaja con su propio equipo. Es como los médicos. El médico opera con su anestesiólogo y su instrumentista y con su enfermera. Igual yo. Soy un hombre de manías. Me gusta trabajar con mi propio equipo, porque además ya lo tengo muy probado. Con ellos trabajo esto, y también  La Nave y los demás proyectos. Eso no quiere decir que no vaya descubriendo gente nueva y buena, porque a veces tenemos tanto trabajo que hay que ampliar el equipo.

D.S: Por la formación del libro, por la selección de autores y contenidos y por su distribución, podemos decir que la colección Sergio Pitol Traductor es uno de los proyectos más ambiciosos que ha tenido la Editorial de la UV en estos últimos años. ¿No te enfrentaste con reticencias cuando planteaste el proyecto? Desde políticas, económicas o de cualquier otro tipo.

R.M: No, en absoluto. Alguna mínima reticencia que ahora no vale la pena ni siquiera mencionarlo, porque, como nos decían varios amigos editores, es una colección que hubiera querido albergar cualquier editorial. Lo que pasa es que no hay otra, hasta donde sé, al menos en español, no hay otra colección dedicada a un traductor, aun cuando tenemos traductores tan potentes en lengua española. A nadie se le había ocurrido hacer una colección dedicada a un traductor. Además, para ampliar un poco esto, tendré que decirte que la idea conceptual de donde nace es que, al ser lector de la obra de Sergio Pitol, me di cuenta de la importancia de sus traducciones. Las traducciones no van ni siquiera en paralelo, son parte de su obra misma. Cuando uno lee a Sergio Pitol decir que estaba atorado con la elaboración de Cuerpo presente, y que fue la traducción de El buen soldado de Ford Madox Ford la que lo hizo ver una estructura de novela y le permitió escribir su novela, te das cuenta de cómo la traducción era parte del trabajo creativo de Sergio. Encima de eso, le ayudó a desarrollar un manejo y un sentido del español como pocos. Su manejo del español, para poder, no calcar, sino mutar de un idioma a otro es espléndido. De ahí que sean tan respetadas sus traducciones. Fabio Morábito decía que cómo le hizo Sergio para traducir Salto mortal de Malerba, cómo logró esos juegos gramaticales y sintácticos del italiano al español. Ahí está justamente el aporte de Sergio. Si tú ves la lucha con el ángel, en el capítulo aquel del Arte de la fuga, cuando él está traduciendo a Andrzejewski, con la endiabladamente difícil Las puertas del paraíso, que es una gran frase, te das cuenta de todas las horas y todo el trabajo que le llevó lograr esta traducción esta traducción tan importante para la lengua española.

D.S: ¿Crees que esta colección, como efecto colateral, impacte en un mejoramiento de las condiciones de trabajo del traductor en México?

R.M: Eso ya depende de cada quién. Yo creo que sí se está haciendo mucha traducción y muy buena. Por alguna razón, se sigue traduciendo más en España y quizá en Argentina. Por alguna razón, las editoriales mexicanas apuestan un porcentaje menor a la traducción. Hay cosas que siguen sin traducirse. Por ejemplo, cosas que en España sí voltean mucho a ver. Es de envidia lo que están haciendo con los autores árabes. Muy pocas editoriales están volteando hacia la India o Asia Ahí es donde habría que voltear a ver. Aunque seguimos teniendo muchas deudas de traducción. A mí me parece sorprendente que no circulen en español más que algunos títulos por ahí perdidos de lo que yo llamaría el “canon de la crítica literaria anglosajona”. Ojalá que esta idea de reconsiderar la importancia de un autor como traductor, como en el caso de Sergio Pitol, despierte un poco el interés entre editores y traductores para seguir haciendo eso que son los vasos comunicantes que conocemos desde que Ptolomeo III junto a setenta y dos cuates a traducir.

D.S: ¿Tienes pensado armar otra colección?

R.M: Sí, tenemos dos colecciones atoradas. Una de ellas, que nos entusiasma mucho pero no hemos logrado cuajarla, es sobre literatura latinoamericana. Desde hace muchos años tenemos ya un listado de lo que quisiéramos hacer, y espero que en algún momento se logre. Porque, a estas alturas, resulta ridículo que un autor costarricense no sepa de literatura venezolana o que lector y hasta escritores peruanos te pregunten si vale la pena leer a José Emilio Pacheco o que un autor argentino sepa más de literatura inglesa o francesa que de literatura colombiana. Ésa es una cuestión muy curiosa en nuestro continente, que habiendo tantos autores imprescindibles en Costa Rica, Venezuela, Cuba, Chile, Perú, Argentina, Paraguay, etcétera, no los conozcamos. De tal suerte que queremos hacer, sin que eso sea un canon, una colección desde nuestra perspectiva de lo que vale la pena leer de la literatura latinoamericana del siglo XX. Por ejemplo, está Ednodio Quintero, José Balza, Maria Luisa Bombal o Armonía Somers.

Te lo puedo asegurar, cuando el lector mexicano, en principio, (porque eso ha complicado un poco la cosa, ya lo habríamos podido sacar para México, pero estamos buscando que sí tenga una distribución muy buena en toda Latinoamérica, porque si no, el único ganón va a ser el lector mexicano), lea a Armonía Somers, va a decir “¿por qué no había leído esto antes? Si es una autora tan importante como lo puede ser Virginia Woolf”; cuando lea a Juan Filloy, dirá “¿por qué nos habíamos perdido de un autor de esta naturaleza?; cuando lea a Maria Luisa Bombal va saber por qué le tenía tanta admiración y casi reverencia Juan Rulfo. De esa manera es que la tenemos planeada.


Autores
(Xalapa, Veracruz, 1984) es poeta. En 2005 obtuvo la beca del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Québec, del Fonca. Escribió Andar (UV, 2010) y La caja para encender (La Ceibita, FETA, 2012). Toca la guitarra y es amante del jazz.
Sabino Guisi. De la exposición Dead Honey. Foto: Michel Pineda

Al cierre de la edición impresa, Agustín del Moral fungía como director editorial de la Universidad Veracruzana, cargo que ahora ocupa Édgar García Valencia. Sirva esta breve nota aclaratoria como agradecimiento de los lectores a la labor de Agustín del Moral.

Tras la llegada de Manuel Quirasco a la gubernatura de Veracruz en la década de los cincuenta, y con él, la de Gonzalo Aguirre Beltrán, tomó forma un proyecto prefigurado desde la administración anterior, en la rectoría de la Universidad Veracruzana, con Aureliano Hernández Palacios: la creación de un órgano editorial que concentrara todas las publicaciones que hacía la universidad (hasta entonces diseminadas en pequeños proyectos independientes) y las coordinara bajo una sola visión a largo plazo. Así, el 20 de febrero de 1957, se creó la Dirección del Departamento Editorial de la Universidad Veracruzana, que más tarde se conocería como Editorial de la Universidad Veracruzana, dirigida por Sergio Galindo, quien trabajaba como profesor de Estética en la Facultad de Teatro de la misma institución.

Un año después de creada la revista, el proyecto de la Editorial daba muestras de haber logrado una consolidación rápida y efectiva, por ello, al año siguiente, en 1958, se decidió lanzar la primera colección de libros de la editorial, la colección Ficción. La apuesta, pese al éxito de La Palabra y el Hombre, no fue menor.  En aquellos años, los procesos de transformación del país, con miras a volverlo esencialmente industrial, habían provocado verdaderos conflictos entre las grandes comunidades obreras y campesinas, como ocurrió con el Sindicato de Ferrocarrileros. Por ello, los esfuerzos políticos y culturales del gobierno mexicano se empeñaban exaltar una nación unificada y homogénea. De ahí que en las producciones editoriales apoyadas por el estado, la visión nacionalista posrevolucionaria haya acaparado la vida del país. En ese panorama, la diversidad y la duda eran dos rasgos que, incómodos, quedaban proscritos de todo programa cultural. En consecuencia, La Palabra y el Hombre y Ficción realizaban una doble hazaña: por un lado, descubrir y difundir a los nuevos autores que prometían algún aporte sustancial para la cultura latinoamericana, y por otro lado, desafiar, desde lo institucional, lo que las propias instituciones pretendían promover como dogma y garantía a lo largo y ancho de México: lo unívoco, lo incuestionable y lo homogéneo.  Una declaración de Héctor Salmerón Roiz ilustra mejor esta hazaña de partida doble:

En México, en 1958, solamente dos editoriales publicaban la obra creativa de los jóvenes: la colección Los presentes, fundada y dirigida por Juan José Arreola, en la que el propio autor debía pagar su edición, y la serie Letras Mexicanas, del Fondo de Cultura Económica, en donde sólo después del éxito de venta que alcanzó Luis Spota con Casi el paraíso, y el únanime clamor admirativo que por El llano en llamas y Pedro Páramo de Rulfo, así como Confabulario de Arreola, tan sólo después de esto, repetimos, se abrieron las puertas de dicha institución para empezar a publicar a autores jóvenes como López Páez, Galindo, Carballido, Hernández y otros.

A la distancia, poco más de medio siglo después,  el éxito inmediato de Ficción, en aquellos años, resulta comprensible dada la talla de los que ahí firmaban: José Revueltas, Rosario Castellanos, Eraclio Zepeda, Jaime Sabines, Sergio Pitol, Onetti, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, entre otros.

Tras la sucesión y el crecimiento

Agustín me recibe a las puertas de la editorial que él mismo abre. Es el último sucesor de la dirección de aquel proyecto iniciado por Galindo. Entre el primero y el último, los nombres de directores generales se aglomeran: César Rodríguez Chicharro, Juan Vicente Melo, Luis Arturo Ramos, Joaquín Diez-Canedo, Guillermo Villar, José Luis Rivas. Mientras la historia iba engarzando aquellos nombres, ocurría lo mismo con las colecciones. Así, después de Ficción, se fueron creando proyectos como Biblioteca, Cuadernos del Caballo Verde, Cuartel de invierno, Tramoya, Luna Hiena, Tesitura, Clásicos Mexicanos, Manantial en la Arena, Sergio Galindo y, por último, uno de los proyectos más ambiciosos: la colección Sergio Pitol Traductor. Este corpus es prueba de la amplitud temática y voluntad editorial de difundir una gran diversidad de temas, desde estudios de poesía y teatro, hasta partituras originales. Ahora, Agustín es el responsable de mantener vigente la visión editorial de un proyecto que se ha mantenido firme, a pesar de vivir en un mundo empeñado en modificarlo todo en los últimos cincuenta y seis años.

Para él, la relación con la editorial ocurrió casi por casualidad. Por ejemplo, escuchó de la revista por primera vez a causa de la convocatoria de un concurso de cuentos. Luego, comenzó a frecuentar la librería de la universidad, porque le quedaba de paso entre su escuela y su casa. Veinticuatro años después, ya con una formación previa de editor independiente, Guillermo Villar lo invitó a trabajar con la editorial, debido a la urgencia de mano de obra extra: tenían un año de atraso en sus números. Fue así como terminó incorporándose al proyecto que ahora él dirige.

En paralelo a su labor de editor, Agustín debió enfrentar los nuevos retos que la vida de este siglo impone sin remedio. Tal como él lo confiesa, “el libro electrónico es un tema que está sobre la mesa. Hemos hecho contacto con Porrúa. Nos hicieron llegar una propuesta para ir digitalizando el archivo histórico de la editorial. Así como eso, también está el tema de las redes sociales y la página web. El otro tema es el de la distribución. Hoy, nuestros libros están distribuyéndose en las filiales del Fondo de Cultura Económica, en España, Colombia, Perú, Chile, y próximamente, en Argentina y algunas ciudades de Estados Unidos.”

Asimismo Agustín se ha preocupado por fomentar una relación estrecha con sus autores. De tal manera que en algunas colecciones, desde la cuarta de forros, hasta la imagen de la portada, resultan ámbitos donde el escritor tiene injerencia directa, convirtiendo la producción editorial en una labor de confección de libros-objeto, pero masificados. Resta señalar que la editorial cuenta con tres premios dirigidos a autores jóvenes: José Emilio Pacheco (poesía), Sergio Pitol (relato) y Carlos Fuentes (ensayo).

Sergio Pitol Traductor

Junto a la emblemática colección Ficción, la de Sergio Pitol Traductor, que dirige Rodolfo Mendoza, ha sido una de las que mayor impacto han tenido a nivel nacional e internacional. Inaugurada en 2007, esta nueva colección incorpora un importante catálogo de autores europeos y asiáticos casi desconocidos, o bien, con obras poco difundidas en el mundo hispanohablante.

“Sergio comenzó a traducir desde los años sesenta. Por eso, para 1967, tenía ya preparada la Antología del cuento polaco contemporáneo. Había alrededor de veinte autores, muchos de ellos, con su primera traducción al español; pero también estaba haciendo muchas traducciones del inglés y del italiano, que estaban diseminadas en varios países”, me cuenta Rodolfo tras un sorbo de café. “Es que, el Sergio viajero que conocemos, lugar al que llegaba, lugar donde devoraba la literatura, y al devorarla, descubría que había autores que no se conocían en nuestro idioma. Así traduce a Pliniak, desde el ruso, a Luigi Malerba, a Elio Vittorini del Italiano. Muchas de esas traducciones habían quedado en ediciones difíciles de encontrar. Y cuando me di cuenta tenía entre treinta y cuarenta títulos traducidos por Sergio que no estaban en ningún lado, y que no circulaban, salvo Cosmos, El corazón de las tinieblas y algunas cosas de Henry James. Así que, previo consentimiento de Sergio, le propuse hacer la colección a la editorial de la Universidad Veracruzana. Y se hizo”, concluye Rodolfo Mendoza.

La colección, que cuenta con diecinueve títulos, enfrenta un doble reto similar al que enfrentó Ficción: difundir a los autores europeos y orientales en el contexto mexicano, principalmente, y de paso posicionar el trabajo editorial de la Universidad Veracruzana como un referente de la literatura universal en el ámbito latinoamericano. Para lograrlo, la colección la dirige Rodolfo y la diseña un equipo especial de colaboradores que él mismo eligió. El resultado: una edición de alta calidad en contenido e imagen, cuyos rasgos exteriores (portada, formato, papel, etcétera) la hacen claramente identificable en cualquier “mesa de novedades” del mundo, y por lo tanto, capaz de competir junto a los títulos de las grandes editoriales, incluidas las comerciales, del mercado internacional.

“Creo que la misión de cualquier proyecto editorial es rebasar sus propias fronteras, y en ese sentido, el carácter y el perfil de la edición ayuda mucho. Además, es un mito absurdo eso de que las editoriales universitarias reduzcan su producción a libros ‘caseros’. No está divorciada la idea de hacer buenos libros, como objetos, libros visualmente comerciales, de editar contenidos de calidad. De tal suerte que, cuando pensé en esta colección, pensé en lo que, no es ninguna novedad, piensa cualquier editor: que fuera una tipografía bonita, una caja grata, que el papel te permitiera leer con mucha o poca luz, con portadas mate, que si lo traías en tu coche, el sol no lo doblara ni lo hiciera “taquito”, en fin, en algo pensado para el lector”, dice Rodolfo.

Pero la particularidad de esta colección no radica sólo en su aspecto físico ni en el catálogo de autores seleccionados; también se encuentra en la naturaleza misma de las traducciones. Como lo sostiene Rodolfo Mendoza, “las traducciones de Pitol no van ni siquiera en paralelo, son parte de su obra”. Por ejemplo, para la elaboración de Cuerpo presente, la traducción de El buen soldado le hizo ver una estructura de novela con la que, a su vez, pudo resolver la suya.

La colección Sergio Pitol Traductor, aún tiene proyectados seis títulos más; sin embargo, la labor de la dupla no se limita a esto. Otra colección está en espera: una dedicada a la literatura latinoamericana, que aunque no pretende ser un “canon latinoamericano”, sí intentará establecer vasos comunicantes entre los lectores de Sudamérica, a cerca de las cosas que vale la pena leer de cada país, desde el criterio de Sergio Pitol y Rodolfo Mendoza.


Autores
(Xalapa, Veracruz, 1984) es poeta. En 2005 obtuvo la beca del Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Québec, del Fonca. Escribió Andar (UV, 2010) y La caja para encender (La Ceibita, FETA, 2012). Toca la guitarra y es amante del jazz.

La nueva novela de John Irving (New Hampshire, USA, 1942), recientemente traducida al español, Personas como yo, es una novela de aprendizaje, ambientada en los años cincuenta, llena de candidez y no exenta de humor que recuerda las novelas de Dickens o Twain, en las que hacen su aparición personajes tan entrañables de nuestras primeras lecturas como Oliver Twist, Pip, Huckleberry Finn o Tom Sawyer. Billy Dean es un adolescente de trece años que vive su despertar sexual con lo que tiene cerca: sus familiares o sus amigos de escuela, un poco como sucede en Ernesto (1975; Quimera, 2007), la novela inconclusa del poeta italiano Umberto Saba.

Billy vive con su madre, que fue abandonada por el padre, sus abuelos y una tía neurótica, en un pueblito de Vermont llamado First Sister. Hasta allí llega poco después el carismático Richard Abbott, su maestro de literatura, segundo esposo de su madre y director de teatro de la escuela para adolescentes en que estudia Billy y en la que montan obras de Shakespeare e Ibsen. Un día, acompañado de Richard Abbott, Billy visita la biblioteca pública del pueblo donde recibe sus primeras lecturas serias y donde conoce a la señorita Frost, de quien pronto se enamora: “imaginé que hacía el amor con ella, y ese momento de mi despertar sexual señaló asimismo el convulso nacimiento de mi imaginación”. Billy quiere ser escritor después de leer los libros que la mayoría leemos en nuestra primera adolescencia: en especial, Grandes esperanzas, de Dickens. ¿Encontrará Billy en Pip a una especie de antecesor hermano gemelo?

Pero todo se complica porque Billy, después de enamorarse de la señorita Frost, se prende de la figura atrayente de su padrastro, el mismísimo Richard Abbott. La verdad es que a esa edad es difícil definir qué es estar enamorado de alguien, tal vez Billy sólo está deslumbrado por el inteligente y seductor Richard pues carece de una figura paterna. En casa, sólo tiene a su abuelo, pero éste no cumple la función masculina en la familia pues siempre interpreta papeles femeninos en el grupo de teatro amateur del pueblo y cuando le toca interpretar a uno masculino, siempre lo hará con rasgos y modales femeninos. Por otra parte, su padre, William Francis Dean, o “el chico de los códigos”, como es llamado socarronamente en la familia, es un fantasma que le ha rondado toda la infancia y por lo tanto carente de la figura paterna. Y a eso dedicará Irving la segunda parte de la novela, es decir, a la búsqueda del padre, a quien Billy encontrará muchos años después, y luego de innumerables aventuras, en Madrid.

Por el otro lado, en contraste con su abuelo, Billy tiene una amiga en el edificio donde vive con su madre y Robert Abbott llamada Elaine que es feucha, cegatona, sin atributos femeninos y una voz fuerte y sonora que le sirve muy bien para las obras de teatro que representan pero que contrasta totalmente con su aspecto. Todo eso confunde al tímido Billy quien, para encontrarse con sí mismo, ve con curiosidad esas figuras tan repulsivas como atrayentes y para nada arquetípicas de la masculinidad y la feminidad. Finalmente, Billy se definirá como bisexual y varios de sus siguientes enamoramientos (incluidos travestis) entrarán en la categoría que él alguna vez definió como “enamorarse de quien no conviene”.

No me viene a la mente otra novela en la que el protagonista sea bisexual, salvo alguna de la escritora francesa Colette. Desde luego, no quiero decir que éstas sean las únicas novelas que entran en esta temática ni que ese sea su único mérito. Personas como yo es una novela fascinante en la que, estoy seguro, más de un lector se reconocerá y sentirá cercano a su protagonista pues todos, particularmente en nuestra adolescencia, fuimos un poco como Billy.


Autores
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.