Tierra Adentro
Sabino Guisu. Hokusai’s Black Wave. Acrílico, humo de petróleo, resina, sobre tela. 2013. Foto: Fernando Arce

Un poco de amargor en la boca: su lengua era molusco lento, un movimiento que tanteaba los labios. Miró las repentinas burbujas en su cerveza. Las sillas del bar: animales adormecidos, estrías de neón en los respaldos. Navegaba una canción en el ámbito: el temblor del acordeón se estrellaba contra las paredes, contra los ceniceros, contra un mundo sin posibilidades, sin recomienzo, huérfano de todo. Miró la orilla del tarro, la corona de espuma que ascendía y convocaba. Una mujer entró al bar. Su taconeo fue insinuación, un sonido que lo rodeó como un montón de gatos hambrientos. Después cundió en ella un gesto oscuro, un principio de incertidumbre cuando encendió el cigarro. Y el humo se deshebró sobre la cabellera negra y el prendedor rojo: formó un laberinto de niebla, un momento que se perdía en la luz sucia de las lámparas.

El hombre renovó los tragos. Sacó una fotografía de su cartera y la comparó con la recién llegada. Se sintió un poco soez por esperarla, por perderse en la curva de las nalgas, por imaginarlas. Renovó los tragos a su cerveza que sentía cada vez más amarga, un pulso adensándose cada vez más hasta quedar como un latido, un demonio agazapado en la garganta. Quiso demorar la búsqueda, cerrar los ojos y seguir bebiendo hasta que ella desapareciera. Quiso pagar la cuenta o quizá pedir otra cerveza y reiniciar el derrumbe, encontrar un significado a lo que lo rodeaba, a lo que después vendría. Pero ella seguía ahí, con el tarro en la mano izquierda. Y en la diestra el cigarro en ristre, acometiendo nerviosos movimientos, como quien da leves estoques a la muerte. Imaginó el líquido en reposo, los labios en la redonda orilla del tarro, probando el abismo, el vacío que perduraba y que se extendía como una mancha. El hombre recordó la encomienda y se acercó a la mujer que seguía inmóvil y oscurecida, avivada apenas por las figuras de humo entre sus labios.

—¿Es nueva por aquí?

La mujer apenas lo miró. Dejó su cerveza en la barra. Las notas del acordeón sucedían lentas. Las sombras se agitaron pero no por el natural bullicio sino por la mano de un ebrio que había perturbado la luz de una lámpara.

—Vengo aquí todas las noches —respondió, al fin, aplastando el cigarro: el humo fue un último estertor, una forma que ascendía y se demoraba.

Supo que mentía por precaución, en ese lugar todos lo hacían. Se entretuvo en el incipiente temor que llenaba los labios. Deseó palabras distintas en ella, palabras que acuñaran el inicio del odio, frases impregnadas de veneno que los llevaran a un lugar donde la culpa y la muerte fueran un evento más, un accidente cotidiano, un juego. Sintió el peso de la pistola en su pantalón. ¿Se había dado cuenta que estaba armado? Tenía que ir con tiento, no delatarse, actuar cuando tuviera todas las variables controladas. El jefe no quería más problemas. La noche anterior le había contado del error de la mujer: veinte kilos de cocaína perdidos por relacionarse con un contacto poco fiable. Era mucho dinero. La mujer ya no servía porque, si la encontraba un enemigo, la haría hablar con facilidad. Un nombre llevaría a otro hasta acabar con todo. Mientras le daba dinero y una fotografía le dijo que no había fidelidades ante la perspectiva de la muerte, ante la imagen de tu cuerpo despedazado en la llanura.

El hombre terminó su cerveza y pidió otra. Pensó en su fantasía: traicionar al jefe y tomar el mando del grupo. A veces tenía miedo de hablar dormido o soltar alguna palabra sospechosa cuando lo aguijoneaba el alcohol. Algún día tendría que buscar otro trabajo. Sonrió mientras la mujer miraba el horizonte de sillas, las densas bocanadas de las lámparas. Ya era de madrugada. El hombre tuvo que hablar, cercarla con una mentira que partiera de lo íntimo para ganar fuerza, algo que lo volviera volátil, digno de confianza:

—Acabo de perder mi trabajo. No sé qué haré. La cerveza ayuda a pensar, dicen.

La mujer dio un largo trago. Apenas hubo variación en su rostro. El hombre registró hasta la saciedad el cuerpo moreno, los ojos, los parpadeos y sus fulgores.

—Es cierto, la cerveza ayuda —dijo ella.

La indiferencia en la mujer era inacabable. Como figuras al fondo de un cuadro los ebrios: la pátina aceitosa de las botellas, el inútil destello de los cigarros. Sin embargo en los ojos había algo, una variación que no concordaba con la entera postura del cuerpo, con la boca humedecida por los renovados tragos y la espuma buscó los labios y el pulso tembló un poco ofreciendo un poco de esperanza, un resquicio que le animó a decir:

—¿Quiere sentarse en mi mesa?

El hombre se arrepintió por no dar un rodeo más, soltar un nuevo anzuelo, pero la mujer tomó su tarro y enfiló al centro del bar. Se sentó, cruzó las piernas y llevó la mano derecha al mentón: una postura que denotaba una seguridad infantil, un nuevo camino para el hombre que pidió una cerveza para ella.

—Yo pago.

La mujer esbozó una sonrisa oscura: una chispa en las vertientes del gesto, en la mirada que anhelaba la niebla de un nuevo cigarro.

La cerveza sabía bien, después de cada trago había languidez, un atardecer que se consumía a sí mismo. Pensó en el siguiente movimiento: convencerla de salir y, en despoblado, acabar con el trabajo. El bar estaba a la orilla de la carretera. Únicos testigos serían los matorrales espinosos, la luz neón que anunciaba cerveza Sol y la hora feliz. El peso de la noche impulsaba el asedio de ejércitos de falenas, amorosos insectos en los intermitentes resplandores.

Chocaron los tarros en la penumbra de la mesa. Las voces que los rodeaban eran carbones encendidos. El hombre tuvo que alzar la voz:

—¿Sabe de algún empleo por acá?

—¿Qué sabe hacer?

—Trabajo en la construcción, pero puedo llevar cuentas, hacer pedidos.

—Hay poco trabajo en el pueblo, muchos se han ido.

La mano de la mujer se movió con lentitud. Extraviados los dedos: como los peces se miraban tras el cristal del tarro. El hombre se arrepintió: sus palabras habían sonado artificiales. Tal vez había perdido la oportunidad de intimar más. Sin embargo la cerveza los hermanaba en el desgaste, en cada respiración que parecía ir cuesta arriba. Pidió una ronda más a su cuenta. La música naufragaba entre las muchas voces. Los ebrios eran vivos oficiantes, sumidos en la alegría de lo fútil, lo aborrecible. El cantinero llenó los tarros. Regresó a la barra: un televisor blanco y negro escenificaba entre interrupciones una lastimosa escena de amor.

—Tal vez con el señor López —dijo la mujer, pensativa.

—¿El señor López?

—Construye casas, debo tener su teléfono por aquí —dijo e inmediatamente comenzó a esculcar en su bolsa.

La iniciativa complació al hombre. Los segundos eran granos de arena. La cabellera era devorada por la luz de la lámpara, contrastaba entera con la penumbra que la cubría y apaciguaba.

—No lo tengo aquí —dijo ella, pero no había decepción en el gesto, sólo un triunfo engañoso que se agotaba con rapidez.

Acometieron de nuevo las bebidas. El acordeón desbarrancaba los lamentos. La mujer murmuró:

—Pregúntele al cantinero, luego se aparece por acá.

La última palabra fue un aleteo. Los ojos del hombre se detuvieron en los pechos de la mujer, bebieron un momento sus redondeces, sus perfumes; después fueron al techo, encandilados, como si hubiera luminosas nubes en las maderas.

Un nuevo trago, la cerveza ensanchaba preguntas. Una cosa era cierta: la mujer medía las palabras con avaricia, tal vez estaba ganando la desconfianza, la incipiente sospecha. Necesitaba una frase afortunada, algo que los devolviera al cauce. Ella se adelantó:

—Voy al baño.

El hombre asintió con un gesto de derrota. Después la miró, casi inmaterial, entre las mesas. Figura primigenia entre los ebrios: su amplio contoneo esculpía sus lamentos. Abrió una puerta de madera y desapareció. El hombre volvió a la cerveza, a la oscuridad que se metía en todos lados. Pensó en la encomienda, en no fallar el tiro, no dejar huellas. Imaginó el cuerpo abatido, a una orilla de la carretera. Lo imaginó al otro día, cubierto de polvo; las densas moscas aprovechando su muerte. Miró la pantalla de su celular: en poco tiempo le hablarían. Le empezó a doler la cabeza. El jefe estaba impaciente, seguro mordisqueaba un cigarro, tal vez miraba la televisión, hacía cuentas, daba instrucciones a algún subordinado: “Quiero que lo levantes aquí, que le digas que me falló, que en este negocio nada se perdona”.

Dio el último trago que descendió con rapidez por la garganta. Los ebrios chupaban sus bebidas, como una diestra tropa de zancudos. Los ojillos apenas atendían. Las bocanadas se inmovilizaban: eran redondas lunas sobre sus cabezas.

Se levantó y se dirigió al fondo del bar. Abrió la puerta del baño con el pulso en ascenso y una sensación de vértigo en la cabeza. Llevó la mano, por inercia, a la pistola. Vino a su mente la memoria de otras ejecuciones: la súplica en la mirada, el ardiente camino de las balas, los infinitos borbotones de sangre. Después, acarrear el cuerpo, como pez recién pescado, aún con movimientos en los pies, en las manos, en los ojos. Los muertos, desde ese instante, eran objetos indeseados, estorbos que se regodeaban en su pérdida, su derrota. Por eso prefería no pensar y sólo podía beber, buscar el vértigo de la cocaína que abría nuevos surcos en su nariz, lo alejaba del mundo, de todo. Sorprendió a la mujer mirándose en el espejo. Como en cámara lenta el movimiento de ella: desviar la mirada a la puerta, el gesto de asombro que controló de inmediato, el torso inclinado como tratando de evitar algo. El hombre dudó: ¿Acabar ahí?, ¿buscar más tiempo para asegurar el escape? Sofocado en preguntas estaba cuando la mujer se acercó y lo besó. Él sintió los labios impregnados de cerveza, el tabaco también era protagonista. Tocó la punta de su lengua y sus manos —en la inercia— descendieron por el talle, de forma lenta, como si coronara en silencio su cintura. La respiración de ella devoraba y su jadeo era el de una bestia de costillas esculpidas, afiladas por las vertiginosas respiraciones. El tiento de los labios era frío, como un falso fruto, como el dedo que lo recorre y lo inventa. La mano de ella buscó su entrepierna. El lavabo tembló por la presión de los cuerpos. Los apretujados apenas atendían su alboroto. Estaban concentrados en el forcejeo, en aflojar las ropas para seguir el combate. El hombre sintió un páramo que se llenaba con rapidez y no se dio cuenta cuando el pantalón había quedado sin el peso de la pistola. La mujer alzó la mano derecha y el metal, la negra empuñadura, tuvo amores con la luz del foco. Era un sol en miniatura, reflejado en el espejo, la boca de la pistola. El otro bebía de los pechos cuando el gatillo fue accionado y el páramo se vacío en un quejido. El cuerpo se arqueó y se deslizó, como una segunda sombra, por el vientre de la mujer. El tiempo pareció ensancharse por la muerte: un espacio donde se derrumbaba todo. La mujer miró el cuerpo rendido, abatido a sus pies, como un barco gangrenado por la marea. La sangre se dispersó en el piso y sus ramificaciones recordaban las infinitas ramas de un árbol. La mujer echó un último vistazo al hombre. Al otro lado de la puerta despertaba el disturbio. Algunas voces alertaban a los adormecidos en las mesas. Las sillas cayeron; maldiciones hervían en la barra. En el baño hubo breves cavilaciones. Un par de hombres se acercó al fondo del bar. La mujer apuntó a la puerta y disparó dos veces. Las balas dejaron agujeros limpios en la madera. Del otro lado se silenció todo. Sin embargo, la falta de voces era momentánea, como un avispero antes de ser agitado. La mujer sintió el veneno del calor, el denso sofoco; algunas gotas de sudor se arracimaban en su frente. Cerró la tapa del excusado y, parándose sobre la caja, alcanzó con dificultad una ventana rectangular. Del otro lado brotó un quejido: el lento vals de un baleado. El impacto había hecho mella en el estómago y comenzaba el escape de las entrañas. Alrededor los revoloteantes, sorprendidos por el vivo chorro de sangre. La mujer se esforzó en el quicio de la ventana. El vestido y los zapatos hacían más difícil la tarea. En la escena alguien, aturdido, se entregaba a la muerte. La sangre escapaba y parecía llenar las palabras de los torpes: ¿a cuál organización correspondía este ajuste de cuentas? Porque cada semana aparecía un nuevo grupo, probable escisión de un grupo más grande que, a su vez, había pertenecido a un cúmulo mayor: átomos dividiéndose, generando combustión; estrellas cuya muerte da origen a otras estrellas. En las mesas asombradas las figuras, consumidas por el alcohol, los ojos despabilados por la sorpresa. La mujer, al fin, pudo saltar al otro lado, se arregló el vestido, subió a una camioneta y enfiló a la carretera. Una polvareda quedó en el ambiente, poco a poco se aquietó. El zumbido del anuncio neón atraía insectos. Las luces se perdieron.

Después de un buen trecho se desvió a un camino de terracería. Un pequeño rosario colgaba del espejo retrovisor. Por el horizonte, tras los cerros, el contenido fuego del amanecer. Detuvo la marcha junto a una cabaña. Sentía la mano del frío en la cara. Bajó de la camioneta, abrió la puerta y encontró a un hombre sentado frente a una mesa. Su sombra era alimentada por la luz de un foco. Alrededor, dispersas fichas de dominó, una pistola y el apagado fulgor de un tequila. El hombre se tocó los bigotes y preguntó:

—¿No hubo ningún problema?

—Algunos muertos de más, jefe.

El hombre suspiró. El mundo, por un momento, se concentró en su mirada.

—Tarde o temprano me iba a delatar, era cuestión de tiempo —dijo él.

Una sonrisa alumbró su rostro.


Autores
(Ciudad de México, 1977) es economista por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, ciudad donde vive; es asiduo colaborador de la revista Crítica, que edita esa casa universitaria. Redacta la columna virtual “El increíble devorador de libros”, que aparece cada semana en el portal: ladobe.com.mx.
Similar articles