Tierra Adentro

De entre las pocas construcciones del primer cuadro del centro de la ciudad de San Luis Potosí que en apariencia aún mantienen la dignidad de su historia casi intacta, destaca una en la antigua calle de la Sacristía de la Catedral, que actualmente ostenta el nombre del poeta potosino más insigne: la Casa-Museo Othón. Son recurrentes las versiones sobre el lugar de nacimiento de Manuel José Othón (14 de junio de 1858-28 de noviembre de 1906). Algunas tradiciones se contentan en señalar que fue a mitad del camino a Santa María del Río. Marco Antonio Campos lo desmiente apelando a criterios históricos y de sentido común –dar a luz a su hijo en el campo para luego bautizarlo dos días después en una capital en medio de una lucha fratricida, de levantamientos y contrarrevoluciones, distaba de ser lo más razonable para unos padres activistas políticos y de filiación conservadora como José Guadalupe Othón y Prudencia Vargas[1]–. Versiones más mesuradas oficializaron el domicilio de nacimiento en el 255 en la calle que ahora lleva su nombre.

La hacienda que data de finales del siglo XVII devino en museo a partir de 1966 y contiene, como toda casa-museo, los objetos personales, íntimos y de uso doméstico. Un lugar que pretende captar la nostalgia del pasado y revelar las instantáneas de una realidad, replicar el ambiente de la época y descifrar el impulso creativo del autor, eslabonar sus historias personales y conjeturar recuerdos familiares, despertar la reflexión benjaminiana y refundar anécdotas de quienes la habitaron: un extraordinario palimpsesto de la condición humana particular. Hay casas-museo que consiguen dotar de un aire mítico la figura de los escritores (en Finca Vigía, Hemingway; Isla Negra, Neruda; Fuente Vaqueros, García Lorca; Hacienda el Paraíso, Jorge Isaacs) y donde los objetos que las habitan son partícipes dinámicos del pasado creativo de los autores: establecen una correspondencia consecuente entre los objetos con la casa y con la historia personal.

La Casa Othón, rescatada de particulares e inaugurada como centro cultural en 1966, consta de ocho salas permanentes y apenas una temporal. En una de las piezas hay un escritorio rústico y una máquina de escribir Underwood –usada más por los vanguardistas y poco frecuente entre poetas finiseculares–, en otra una cama de latón oxidada y un sencillo ropero con dos lunas. En una biblioteca modesta, donde sesiona uno de los talleres literarios más importantes del estado con veinticuatro años de antigüedad, uno esperaría hallarse un estante con libros empolvados de Víctor Hugo, Virgilio, Horacio, Núñez de Arce o Lord Byron que muestren la simiente de Poesías (1883), las lecturas de cabecera que inspiraron y sobre las que se soportan Los poemas rústicos (1902), o los espacios que orillaron al tedio y a la consecuente dipsomanía del poeta. La casa de Othón carece de eso. Un cúmulo de muebles anacrónicos, cámaras fotográficas del siglo pasado, un juego de sala de manufactura posterior al siglo XIX, fotocopias descuidadas (no facsimilares) de documentos colgadas injustificada e indiscriminadamente y sin curaduría son parte del mobiliario. Hay, parcialmente, una justificación a todo esto: esa voz que cantaba “en la profundidad de los bosques ignorada” vivió aquí hasta los seis años; el resto de su vida y de su obra fue itinerante, sin domicilio fijo, es decir, “un periplo de la melancolía”. ¿No existe, entonces, alguna huella real de Othón en esa casa? Como lo advirtió Marco Antonio Campos, detrás de una de las vitrinas hay una cartera de piel con un timbre de 1906 y un relicario del Sagrado Corazón, un boleto de tranvía y un mechón de pelo de su esposa Josefa Jiménez. Su cartera gastada es el único vestigio auténtico de su vida: “el símbolo triste de su fausta pobreza”.

Poco atractiva para el turista, casi nada reveladora para alguien interesado en historiar, salvo por sendas placas en bronce con extractos grabados del “Idilio salvaje” o “La noche rústica de Walpurgis” y una sala de epistolarios donde se encuentra el rostro en yeso tomado directamente del poeta en su lecho de muerte, la casa-museo es sólo un modestísimo esbozo de homenaje a quien es, quizá, el poeta mayor más importante del siglo XIX mexicano.

Fotografías de Pablo Melgoza.

 


[1] Al parecer la torta bajo el brazo que todo optimista padre confía que su hijo trae no fue el caso de los Othón Vargas. El bautizo a las dos semanas de nacimiento del poeta fue de saqueos, vejaciones y sangre por parte de las tropas liberales que agresivamente entraron a la ciudad.

 


Autores
Adanista no por fundacional, sino porque estudia la obra del poeta peruano Martín Adán; ferdydurkeanamante transita la vida con la agonía propia de incumplir los plazos del posgrado en Literatura Hispanoamericana de El Colegio de San Luis Potosí, México.

A veces el azar provoca agradables casualidades, pensé al escuchar de pronto el tañido de campanas de alguna iglesia cuando caminaba por las calles de Lagos de Moreno en busca de la casa donde vivió el poeta Francisco González León. Y sonreí también con aquellas sonoridades, ya que el poemario más conocido y famoso de este escritor laguense  se titula, Campanas de la tarde.

Después de preguntar en la Casa de Cultura por la casona (finca) del “ermitaño de Lagos”, como lo nombraba su amigo Ramón López Velarde, la localicé. Si bien perdió el destino habitacional, subsiste gran parte de su originaria fachada con jambas de cantera que enmarcan las puertas y los ventanales aún de madera. Y esto se debe gracias a la privilegiada ubicación que mantiene; a un costado de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y frente a la plaza principal del centro histórico de la ciudad. Hoy se ha convertido en el hotel La Troje y otros pequeños locales comerciales, y a principios de los años sesenta la ocupó una sastrería, pero es posible ante su fachada imaginar al solitario poeta desde aquel balcón de herrería forjada evocando la vida pausada y monótona que transcurría a inicios del siglo XX, como lo describe en su poema que Panoramas:

Panoramas de la mañana que alcanzo desde mi ventana. Sillares y molduras de la iglesia que se detallan por lo tan cercana. Mañana ventosa que en el arbolado de la plazuela combina en los ramajes muecas y caras, risas y cabeceos, cual si fueran los de un corro de vecinos en chismorreos. Unas golondrinas violentas platican sobre una cornisa; y bajo el alero se engríe un panal, que tiene la traza, como de campana de papel de estraza… Y aturde en la torre una otra campana;
(pero de verdad: una vieja esquila que tiene voz de chiquilla y un siglo de edad.) Repica y se aloca, voltigea y toca, de prisa, de prisa, pero tan de prisa, que la vieja loca se ahoga de risa… No sé qué prefiero: si el panal callado bajo del alero, si el cinematógrafo del arbolado, o si de la esquila la prisa y la risa dentro del campanario de torreón longevo, y que así me aclara la impresión precisa de loca gallina que se escandaliza porque puso un huevo…

Por distintos textos que he leído me entero que González León fue un hombre de personalidad refinada, ceremonioso, en extremo modesto, algo huraño, romántico y demasiado tranquilo. Que vistió invariablemente trajes negros y mantuvo una vida monástica, casi franciscana. Y su biblioteca personal apenas constaba de unos ciento cincuenta libros y los únicos viajes que llegó a emprender ocurrieron a la ciudades de León y Guadalajara, donde estudió seis años para titularse de Profesor en Farmacia, y ya siendo octogenario sólo una vez se atrevió visitar la capital del país.

Tan enraizado era a su terruño que desde su matrimonio, en 1898 con Petra Antuñano y por 47 años, González León habitó esta misma casona dividida en dos: al frente, sobre la calle Miguel Leandro Guerra estableció su botica “La Luz”, que en horas de mayor actividad comercial más de las veces permanecía cerrada porque en su interior ocurrían animadas tertulias literarias con escritores amigos como Mariano Azuela, Bernardo Reina o José Becerra. Y hacia atrás, a inmediaciones del ex convento de las Capuchinas, en la calle Pedro Moreno y con el número 3 que poseyó mucho tiempo y hoy es el 446, permaneció el hogar donde vivió siempre y murió el poeta-boticario de Lagos. A este domicilio llegaba el cartero para entregar revistas literarias venidas desde Francia, España, Sudamérica, de la ciudad de México, Guadalajara o Monterrey; libros de escritores de la llamada generación  del 98, sobre todo de Azorín; o las obras que iban publicando Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Amado Nervo y Enrique González Martínez.

Fotografié ambas fachadas de la casa para registrar su presente existencia y luego me senté en una de las bancas de metal que rodean la plaza principal. El cielo mantenía un azul intenso y las nubes se desplazaban lentas, traté de imaginar las calles empedradas como por largo tiempo lo fueron, alguna carreta traqueteando por ellas, el sonido de las campanas marcando el tiempo y al poeta Francisco González León regresando a su casona después de una de sus acostumbradas caminatas, con las manos unidas a su espalda como solía siempre hacerlo. Pero no fue posible, en ese momento los cláxones de unos automóviles comenzaron a sonar por un camión que descargaba unos muebles y les impedía el paso. Decidí dejarme de ensoñaciones y comencé a buscar un buen sitio para comer, pero en cada paso emprendido deseaba que las campanas volvieran a tañir con aquella nostalgia del pasado ya perdido.

Fotografías de Godofredo Olivares.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(nace en Morelia, Michoacán) odontólogo de profesión y escritor por pasión, radica en Guadalajara, Jalisco desde 1979. Ha sido conferencista literario, maestro de talleres de narrativa, jurado de premios literarios nacionales e internacionales y colaborador en distintas revistas como: Universitarios , Viceversa, Trashumancia, Luvina, Tierra adentro, Biblioteca de México, Paréntesis y Tragaluz. Ha sido columnista de varios periódicos locales y nacionales: de abril de 1995 a agosto de 1997 escribió “El Arcón”, una columna dominical en la sección de “Vida y Cultura” del desaparecido diario Siglo 21, misma que continuó apareciendo en páginas de la sección, “Arte y Gente” del periódico Público, hasta julio de 1999. Después escribió ensayos breves para el mismo Público, en un apartado llamado “H-ojeadas”. Y con el título de “Complicidades Literarias” colaboró para el suplemento sabatino Expresso del diario Correo de Hoy de Guanajuato. Durante los años 2002 a 2004, fue coordinador del taller de narrativa en la Casa Museo López Portillo y desde enero del 2005 a la fecha dirige el Taller de Narrativa Amparo Dávila del Ex Convento del Carmen en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Actualmente colabora en distintas revistas literarias y programas radiofónicos. Fue consejero editorial de las desaparecidas revistas culturales: Tragaluz y Antárica literaria.
Posible ubicación de Luis G. Urbina.

Del embarcadero de La Viga partía un paseo empedrado que iba a un lado del canal que llegaba hasta el Zócalo de la ciudad. La Viga, sobre todo en la primavera, se llenaba de trajineras llenas de flores. Era el lugar donde las clases bajas iban a pasear y las personas bailaban el jarabe sobre las lanchas, entre flores y música. De La Viga al Zócalo hay casi dos kilómetros y el paseo desembocaba en la Real Acequia, en el costado sur de Palacio Nacional. Aunque a mediados del siglo XVIII, la calle Acequia (hoy Corregidora) fue empedrada, fue el lugar por donde las mercancías llegaban a la capital. Ahí nació Luis G. Urbina, el 8 de febrero de 1864, en casa de su tío materno, José Gerardiño. En realidad se desconoce la localización exacta de la casa, pues no aparece en el acta de bautismo. Gerardo Sáenz, el mejor biógrafo del poeta, dice que en ese tiempo no hubo registro civil porque la capital estaba bajo el dominio del ejército francés. Si se sabe que nació en esta calle es porque él lo dijo en una de sus crónicas. Y tuvo que ser en una de las tres cuadras de la calle de Acequia porque eran las que le correspondían al Sagrario. En la primera no, porque está Palacio Nacional, y del lado sur se encontraba la Plaza del Volador y la Universidad Pontificia. Pero en la segunda o en la tercera calle, pudo estar la casa de ese tío materno, al cual recordaba Urbina por ser un jugador malhumorado que alternaba entre la miseria y la riqueza. Qué lástima que no se pueda saber exactamente en qué casa. Como tenemos cierta debilidad por las placas, ahí podría estar una recordándolo. Son siempre buenos pretextos para meditar, pesadas como son sirven como un ancla para el pensamiento, para atar a los personajes con sus calles diarias. Pasaría el mundo, y el poeta permanecería impasible en su sitio. Quizá no sea tan bueno para los fantasmas, pero sí para los que disfrutamos con estas señas. Siempre son un buen pretexto para carraspear e interrumpir al guía de turistas: hablar de la madre, de origen indígena, y de su padre de ascendencia vasca, y de cómo ella murió en el parto; de cómo el doctor Enrique González Martínez describe a Urbina, en sus memorias, como: “feo sin atenuantes”.

Y reflexionar sobre la tristeza ancestral del poeta de “la vieja lágrima”, como le decían por su poema. En su corazón oscuro y solo, el poeta oía caer lentamente, desde hacía siglos, una lágrima. Ya había sufrido todas las tristezas, había llorado y su alma había quedado seca, sin embargo una lágrima seguía brotando como la gota que trasmina por la roca. Por eso escribió: “Es de notar que si algo nos distingue principalmente de la literatura matriz, es lo que, sin saberlo y sin quererlo, hemos puesto de indígena en nuestro verso, en nuestra casa, en nuestra música: la melancolía”. Su madre indígena, los indígenas que pasaban diariamente por la calle de Acequia, con sus rostros de tristeza. Muy bonito. Y todo esto, frente a una casa en la que prácticamente no vivió, pues fue criado por su abuela materna, doña Joaquina Gerardiño, en la calle del Carmen 13 (hoy Correo Mayor). La abuela era encargada de custodiar una especie de bodega en donde se guardaban objetos y libros de las monjas del Convento del Carmen. Ahí creció Luis, entre la soledad, la pobreza y el mal carácter de su abuela. Quizá por eso poeta no sabía ver la felicidad. Más bien, miraba la tristeza que hay detrás de la felicidad. Aunque era en realidad alegre y uno de los grandes conversadores de su tiempo. Naturalmente, todo sus textos sobre la tristeza sólo son palabras. Y las palabras construyen el yo profundo de un poeta. Perdón… Sólo divagaba sobre la placa inexistente de la casa perdida del poeta. Pero lo hacía en honor a uno de nuestros grandes divagadores literarios.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es ensayista y editor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (2005-2006). Es autor de los libros XEW. 70 años en el aire (Clío, 2000). Escribió con Guadalupe Loaeza la biografía de Agustín Lara, Mi novia, la tristeza (Océano, 2008) y con Miguel Capistrán la antología de poemas sobre la Revolución Mexicana El edén subvertido (INBA-UANL-Jus, 2010). Asimismo, hizo la edición de las Canciones de Agustín Lara (Océano, 2008). Publicó la primera edición de los ensayos de la escritora Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, en Ediciones Gato Negro, en donde es director editorial. Desde 2002 conduce en Radio Red el programa de investigación musical Amor perdido. El Fondo de Cultura Económica publicó su libro El ocaso del Porfiriato. Antología histórica de la poesía en México (1901-1910) (2011) y la UNAM sacó su Antología general de Rubén Bonifaz Nuño (2011), una compilación autorizada por el poeta veracruzano. Sus blogs son: "Cabeza de borrador" en la revista Gatopardo (2011) y "Quémese después de leer", en la revista Variopinto (2013). Recibió el Premio Pagés Llergo de Comunicación 2010. Es coordinador del Catálogo de Música Popular Mexicana de la Fonoteca Nacional desde 2011.
Casa Efrén Rebolledo en Actopan Hidalgo.

Efrén es el poeta mayor de Hidalgo. 2. A lo largo y ancho de la entidad, su nombre se ocupa para dar realce a algo, siempre perpetuado por la nomenclatura urbana. 3. Camino el centro de su natal Actopan, he recorrido 37 kilómetros desde Pachuca. Rodeo al Convento Agustino de San Nicolás de Tolentino; recorro el empedrado buscando la residencia del bardo. 4. Ahora mismo, si levantara una encuesta sobre él, un 50% diría que fue escritor, un 35% que fue político y un 15% que fue un héroe de la revolución. 5. Nunca hablarían de él como un poeta contemplativo. 6. He venido al encuentro del silencio de su voz en la boca de su nombre. Las aceras que sirven de símbolo de su apellido, no reflejan la importancia que tuvo en el novecientos mexicano.7. Quizá su desconocimiento está hilvanado con su propia vida, marcada por su trabajo de 26 años en el Servicio Exterior, a vivir un constante autoexilio. 8. Hijo natural de Petra Rebolledo, Santiago Procopio (nombre según consta en su acta de bautizo), estudió su educación inicial en Actopan, después producto de una beca fue parte del Instituto Científico y Literario de Pachuca. Y en 1896 inició estudios en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. 9. El poeta ingresó al Servicio Diplomático Mexicano en 1901, como secretario en la legación mexicana para asuntos centroamericanos con sede en Guatemala. 10. A lo largo de su trabajo como servidor público, cuando hubo que hacerlo, sirvió de suplente en los altos mandos, sin embargo, nunca fue titular de una legación, ni Ministro Plenipotenciario, y tampoco fue Embajador. Él se entregó al servicio público y nuestro país le heredó su abandono. 11. Como bien lo escribe Pável Granados: “De 1915 a 1919 puede decirse que Rebolledo tuvo vida literaria en nuestro país: frecuentaba las tertulias en la librería Porrúa a las que concurrían los miembros del Ateneo de la Juventud como Enrique González Martínez, Erasmo Castellanos Quinto, Antonio Caso y Genaro Estrada. Al mismo tiempo tradujo a autores como Wilde, Kipling y Maeterlinck; codirigió con Ramón López Velarde y Enrique González Martínez la revista Pegaso y hasta resultó electo diputado por Hidalgo a lo largo de dos legislaturas. 12. Efrén Rebolledo nunca tuvo una casa propia. Pasó su existencia en barcos y en casas de alquiler, en pleno éxodo entre varios continentes. 13. Murió en Madrid, España en 1929. Su cuerpo fue velado en una calle de Castelló 29 y enterrado en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena. 14. Los restos del poeta actopense no se trasladaron a México. Al no ser reclamados, fueron arrojados a una fosa común. 15. Su esposa noruega y sus tres hijos Thorborg, Gloria y Efrén nunca recibieron la pensión que les correspondía de parte del gobierno de la República. 16. En 1961, Efrén Rebolledo Blomkovist, visitó la casa donde nació su padre. 17. Con motivo del 125 aniversario de su natalicio, en 2002, Anita Rebolledo y Torgeir Rebolledo Petersen cruzaron el atlántico para encontrarse con las raíces de su abuelo. 18. Vilipendiado por el sol quemante de la puerta del Valle del Mezquital, estoy por fin ante la transformación del hogar del poeta. 19. Ante mis ojos está la sombra del peso del paso del tiempo, desvanecido ante lo que representa su figura, permanezco yerto ante su recuerdo. 20. Rebolledo, el poeta, no podría reconocer su casa antes formada por dos cuartos y un patio interior. 21. Hoy ese hogar ha transmutado en locales comerciales. En ellos la gente puede procurarse comida, decoración y moda. Aquí hay una tortillería, una florería y una estética. 22. Las calles Efrén Rebolledo y Hermenegildo Galeana son testigo del paso de viajeros, frente a ellas se estaciona el transporte que va de la cabecera municipal a Santiago de Anaya. 23. Es curiosa la atracción de que, aún después de 84 años, tenga su nombre con los que viajan y no permanecen nunca en esta ciudad. 24. Cuatro placas son la única estela de su huella, una de ellas fue colocada por la presidencia municipal; una por el Archivo Fotográfico Casasola; otra por el Gobierno de Hidalgo, y una más, por una organización no gubernamental. 25. La casa donde nació Efrén Rebolledo, al igual que su legado poético, aún con las adversidades del olvido y el tiempo, siguen en pie, escondidas para ser contempladas.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Pachuca, 1980) vivió en Madrid y se siente atraído por la poesía japonesa, igual que Efrén Rebolledo. Le gustan la literatura, los puros, el cine, la música, el alipús variado, las mujeres y meterse en problemas, aunque no precisamente en ese orden. Autor de Escuela del Vértigo (CECULTAH, 2011), Bitácora del desánimo (HgO Ediciones, 2008) y Epílogo de insomnio (Pachuco press, 2006). Oficio de estar solo es su último libro. Trabaja como burócrata y periodista. Es insomne.

“Bienvenidos a Tepic de Nervo”, consigna un letrero colocado bajo un busto inspirado en el poeta que recibe a los viajeros. El anuncio se confirma en cada lugar. El Aeropuerto lleva su nombre; la Universidad, el Congreso, decenas de calles, escuelas, pueblos. Todo Nayarit lo recuerda. Aquí los nombres de los próceres patrióticos son irrelevantes. Este pueblo evoca y rememora en homenajes diarios a su poeta Amado.

La casona construida en el 248 de la calle Zacatecas, hacia 1840, es conservada por el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En este sitio nació Amado Nervo el 27 de agosto de 1870. Catorce años después se mudaría a Jacona, Michoacán, donde fue alumno de José Mora, rector del Colegio de San Luis Gonzaga y tío de Nervo.

La Casa Museo está dividida en tres secciones. La primera da cuenta de su vida en Tepic. Entre los documentos interesantes que resguarda está una vieja fotografía del poeta sentado en el regazo de su nodriza, reflejo del poder económico que alcanzó la familia del escritor: su padre se dedicaba al comercio y a las importaciones. En la misma sala podemos observar una puerta antigua de la casa y una llave sin dientes. El ingreso a una habitación es el recuento de una vida infantil intensa, aburguesada, en una ciudad que pronto fue pequeña y calmada para el poeta.

Estoy sentado en el patio. Hago una pausa para mirar un inservible telescopio que Amado Nervo usó para ver las estrellas. El aparato sigue aquí. Aún retiene el pulso y el brillante tiritar de los astros que el escritor observó cuando niño. En el cielo de Jacona, Nervo aprendió a leer el universo, su “cielo encendido de estrellas”, el “alfabeto de las constelaciones”. El telescopio apunta a una ventana clausurada. Esa misma por donde abandonó la infancia nayarita. Al fondo de la casona hubo una noria que dejó su huella en el muro. Amado Nervo creció aquí y aquí bebió del agua que llega a la “febril costa, abanicada por palmas y datileros de oro”.

La segunda sala de la Casa Museo resultó una grata sorpresa: la intención de reivindicar al Nervo periodista. Los reconocimientos al poeta son innumerables, pero una mirada crítica y sistemática a su obra en prosa y sus crónicas es apenas reciente y ha sido dirigida por Gustavo Jiménez Aguirre. Esa ardua labor de acumulación y lectura derivó en la edición de El libro que la vida no me dejó escribir. Una antología general (FCE-FLM, 2006) y la publicación digital “Amado Nervo: lecturas de una obra en el tiempo”.

Aquí están exhibidas diversas revistas regionales y algunas crónicas difundidas en El Mundo, El Imparcial y El Mundo Ilustrado, publicaciones en las que participó Nervo durante el Porfiriato. Al fondo de esta sala se encuentra una colección personal de al menos sesenta libros publicados por Amado Nervo. Estas invaluables primeras ediciones y algunas reediciones son propiedad de Rafael Padilla Nervo y Janine Nervo, según consta en las cédulas del museo. A ellos se debe también la conservación en buen estado de muchos documentos, manuscritos, libros y objetos del vate nayarita.

La última sala aglutina la vida de Amado Nervo en el servicio diplomático y su obra poética. En el sitio, destaca una fotografía de las exequias del escritor: en torno a él, una turba intenta acariciar el féretro, un poco de su popular poesía a principios del siglo XX, la que se prodigaba en periódicos y en la Revista Moderna. Aquel funeral devino en la construcción del mito nerviano: haber sido el primer poeta hispanoamericano. Con Amado Nervo se construyó la imagen, ahora confusa, de que el escritor ejerció un rol relevante en la vida social. Fue canon, ejemplo, palabra, reverencia. Esclavo de las multitudes que aspiraban a la grandeza espiritual, un retrato de Nervo se detiene en la sala de su antigua casa, se detiene en el tiempo.

Fotografías: Esaú Hernández


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(nació en Villa de Álvarez, Colima, 1982), es autor de los libros: Cantos de la alcantarilla (2006) y Diccionario poético para niños (2010). Actualmente, combina la mediación de la lectura con la gestión cultural.
Casa de María Enriqueta.

Al llegar a la muerte, en 1968, cerca de los cien años de vida, María Enriqueta, quien en su hora fuera una de las escritoras más importantes de Hispanoamérica, se encontraba en la miseria absoluta. Ciega y con miedo a perder la memoria habitaba una casa en la calle de Ciprés 163 de la colonia Santa María de la ciudad de México, acompañada únicamente por una mujer del servicio doméstico, de nombre María Delgado, tan anciana casi como ella y que ya no cobraba su salario. Considerándola reaccionaria y pasada de moda, la culturita de México la había olvidado por completo, a ella, la autora de Rosas de la infancia, el libro de texto con que todo mundo había aprendido a leer entre 1914 y 1960.

María Enriqueta Camarillo y Roa nació en Coatepec, Veracruz, en 1872, donde vivió la primera parte de la infancia en una gran casa cerca de la plaza mayor. Aunque su familia pertenecía a la alta burguesía porfirista, la suya fue una niñez melancólica y sin inocencia, como luego escribiría. Después vivió en la ciudad de México, donde ingresó al Conservatorio, en 1887, para estudiar piano. Desde los 22 años, en 1894, comenzó a colaborar en las más importantes revistas y diarios del modernismo, primero con el pseudónimo de Iván Moszkowski y luego firmando su prosa y poesía sólo con sus dos nombres: María Enriqueta. Pronto la crítica reconoció la calidad y profundidad de su escritura, lo mismo que su originalidad, pues no sigue ninguno de los ismos del momento.

Sin ser una feminista radical o sufragista rabiosa, María Enriqueta puede caracterizarse como una escritora de la emancipación femenina, especialmente por el papel que jugó como fundadora, redactora y colaboradora de la revista La Mujer Mexicana (1904-1906). En donde expresó de muchas maneras y con gran sabiduría su filosofía de la mujer sola, que no vive sólo para un marido, un hijo o un amante; lo mismo que la idea de que el amor es un sentimiento intelectual, que no depende tanto del ser amado en concreto, sino de quien lo sabe amar y convertir en luminoso recuerdo. Todo ello lo sintetiza un muy breve poema que dejó inédito, son sólo tres tetrasílabos, algo más corto que un haikú, y que dice: “Con la ola / va la ola. / Yo… voy sola.

En 1898 contrae matrimonio con el historiador y diplomático Carlos Pereyra. No tuvo hijos. Su modo de pensar franciscano y melancólico le hizo saber que no es bueno prolongar el dolor humano, pues, siguiendo a Epicuro, desde muy joven ella consideraba que lo mejor para el ser humano sería no haber nacido. También pronto supo que el mucho amor no aseguraba para nada la suerte de la progenie. Porfiristas, la revolución mexicana les conducirá al exilio en Europa, donde terminarán viviendo en España desde 1916 hasta 1948, cuando, seis años después de la muerte de Pereyra, ocurrida en 1942, ella decide regresar a México junto con los restos de él. En España, cerca de Madrid, vivieron en una casa humilde pero propia en una zona conocida como Ciudad Jardín, casa a la que le colgaron una bandera mexicana durante la guerra civil para que la respetaran los contendientes de ambos bandos.

En la primera década del siglo XX, María Enriqueta fue, posiblemente, la escritora más respetada por la intelectualidad mexicana de la época. Consagrada por aquel tiempo a la creación poética, publicó profusamente sus versos en los principales periódicos y revistas, al tiempo que daba a la imprenta sus primeros poemarios, aparecidos bajo los títulos de Las consecuencias de un sueño (México, 1902) y Rumores de mi huerto (México, 1908). Será visitada por Ramón López Velarde, quien escribe una crónica de ello, donde nos informa que la poeta entonces vivía en la Privada del Trébol de la colonia Santa María; también nos hace saber que la clave de su persona estaba en los ojos, que él califica como “magnates”. Luego, ya en España será apreciada, frecuentada y deseada eróticamente por Alfonso Reyes, quien también dejó un registro de ello.

Ni estridentista ni estrictamente modernista, la poesía de María Enriqueta es una creación esencialmente original y muy personal. Más próxima a José Martí que a Rubén Darío, casi hermana de Enrique González Martínez y muy alejada de Manuel Gutiérrez Nájera. Escritura de una mujer empoderada, que se da sentido a sí misma a través de la prosa y la poesía. Con el tiempo se pensó y expresó más como prosista y novelista que como poeta. Sus relatos infantiles marcan rutas aún poco recorridas por otras plumas y la novela El secreto será una obra elogiada por el mismo Paul Valéry, que, leyéndola en traducción de su hija, la considera de gran eficacia psicológica. Entonces, llama la atención que en toda su obra escrita María Enriqueta nunca dejó ingresar la historia real que diario vivía. Ni la revolución mexicana ni las guerras mundiales ni la guerra civil española están presentes en su prosa y poesía. Quizá por eso la historia la ha olvidado.

Gris final. Cuando se encontraba en la miseria y comenzaba a quedarse ciega, a principios de la década de los sesentas del siglo pasado, María Enriqueta recibió un raro homenaje de la XEW en el Día de las Madres, donde le obsequiaron un ramo de rosas y una máquina de coser Singer. ¡A ella, la pianista y escritora más importante de su generación! ¡La feminista que supo elegir no ser madre! Le dolió mucho saber que ni ella ni su ayudante doméstica podían manejar esa herramienta y que no se encontraban en condiciones de poder negociarla para convertirla en dinero en efectivo. Así de cruel suele ser la existencia humana.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(México, D.F., 1952). Estudió Economía en el IPN. Practica el periodismo cultural, ejerce la cátedra en Comunicación y periodismo; es gastrónomo y chef académico de Cocina mexicana. Desde 1988, Mendiola cultiva su quehacer poético desde la Chorcha Chillys Willys, una comuna feminista radical. Mendiola ha publicado Canciones (1985), 30 Canciones de amor y filosofía (1995), Parusía (2007) y Mi secreto (2013).
Diana Martín. “No sé si es el sordo rumor del teatro repleto” Acuarela y tinta/Papel

En este ensayo, Magali Velasco revisa las influencias literarias en las nuevas voces femeninas latinoamericanas. ¿Cuál podría ser el otro canon hispanoamericano, el conformado por escritoras? Las respuestas de algunas narradoras contemporáneas visibilizan a quienes han sido cómplices, modelos a seguir, e inspiración a la hora de crear una poética propia. El resultado provoca echar una mirada a nuestro canon personal para reconfigurarlo.

Miente quien afirme que nunca ha sentido alegría por la desgracia ajena. Y es que el origen del sentimiento de la compasión no es el amor evangélico sino la construcción de una empatía con el otro[1]. El alemán Fritz Breithaupt (1967, Meersburg), especialista en ciencias cognitivas y teoría de la cultura, desarrolló una interesante propuesta en torno a lo que él llama “culturas de la empatía”, donde intervienen básicamente dos mecanismos: la toma de partido y la narración. Como lectores establecemos inevitablemente empatías narrativas que nos permiten o no resonar con ciertas estéticas, con ciertas extrañezas y poéticas.

Sobre este eje teórico, además de los conceptos de “anatomía de la influencia” y “canon” propuestos por Harold Bloom que más adelante discutiré, comencé a especular sobre lo que considero podría ser el otro canon hispanoamericano, el protagonizado por mujeres. Estas reflexiones fueron el punto de partida para entrevistar y utilizar el internet como un foro.[2]

Lo que comparto en este texto son tan sólo preliminares de una discusión más amplia que espero se continúe con las demás escritoras hispanoamericanas, nacidas durante las cuatro últimas décadas del siglo XX. El diálogo tuvo como eje las siguientes preguntas: 1) ¿A qué escritora(s) universales del siglo XX colocarías en el centro de tu canon personal, es decir, aquella(s) que han influido o provocado eco en tu creación?; 2) ¿Qué escritora consideras no ha sido reivindicada en las últimas tres décadas?; y 3) ¿Qué escritora consideras está sobrevaluada?

Las respuestas fueron inmediatas, motivadas en varios casos por el tema, pues lo encontraron pertinente de abordar. Para el ejercicio que realicé con las escritoras, (en su mayoría narradoras y al menos con un libro publicado en editorial de cobertura nacional o internacional) previamente tuve que situarme como actante alerta de las tendencias que comencé a percibir al leer estas voces. Afortunadamente la discusión en torno al tema escritura y mujeres ha ido ensanchando sus filas con diversas opiniones que afirman la existencia de un sistema inherente a las poéticas creadas por mujeres; otros juicios niegan rotundamente dicho postulado decantándose hacia la universalidad asexuada de los procesos creativos. El cúmulo de ideas hasta hoy vertidas en foros, libros o conversaciones convergen en la posibilidad de posicionarnos y atender –desde la academia y también desde los creadores y sus receptores– cómo se han modificado los horizontes y los paradigmas estéticos, sociales, psicológicos y políticos percibidos a través de la creación literaria y a través de la mirada del otro. A la par de la lista de autores varones, las actuales generaciones encuentran en las autoras que las preceden confluencias estéticas, búsquedas poéticas, guiños y empatías. La empatía, según la define Fritz Breithaupt, “es la pertenencia que se siente cuando se ha tomado partido por uno (y no por el otro). Este sentimiento de pertenencia es provocado por estrategias (emocionales y racionales) a través de la cuales uno legitima en términos narrativos su decisión de tomar partido”. (153). Este proceso puede conducir a un sentimiento de pertenencia. En ese sentido, el acercamiento propuesto con las escritoras fue identificándolas como lectoras y receptoras de resonancias poéticas.

En los procesos de empatía participan la comprensibilidad, la previsibilidad y la fascinación del poder, que nos permiten, como lector, ponderarnos o no hacia cierta obra, personaje en particular, visión de mundo, etc.

De las escritoras que dieron respuesta a la primera pregunta (¿a qué escritora(s) universales del siglo XX colocarías en el centro de tu canon personal, es decir, aquella(s) que han influido o provocado eco en tu creación?) algunas de ellas ahondaron en sus respuestas apuntando hacia la idea de identificación como una forma más de búsqueda estética. Fritz Breithaupt retrotrae la Poética de Aristóteles y el concepto de anagnórisis (reconocimiento) para anotar que Aristóteles no utiliza el lenguaje moderno de la identificación que implica “meterse en la piel del otro” (206). Establecemos un nivel de identificación con los personajes y las situaciones en tanto resonamos con las emociones y con el proceso de narrativización de la cadena causal de los personajes, sin embargo, en el plano creativo (cómo leen los que escriben), estas cadenas causales se vinculan con lo que Harold Bloom entiende como sublime y extraño.[3]

Las escritoras postularon voces dominantes como Virginia Woolf (Londres 1882-1941), Carson McCullers (Giorgia 1917-1967), Flannery O’Connor (Giorgia 1925-1964), Gertrude Stein (Pensilvania 1874-1946), Kathy Acker (E.U., 1947-Tijuana, 1997), Lorrie Moore (NY, 1957), Elfriede Jelinek (Estiria, Austria, 1946), Clarice Lispector (Ucrania 1920-Río de Janeiro, 1977), Alejandra Pizarnik (Bs. As., 1936-1972), Inés Arredondo (Culiacán, 1928-1989), Rosario Castellanos (México,1925-Tel Aviv, Israel, 1974), por sólo mencionar las que más veces fueron nombradas, como punta de lanza en sus empatías narrativas. Marina Porcelli, narradora nacida en 1978 en Buenos Aires, opinó: “La lista de mujeres que me impresionaron es inmensa, más inmensa aún es la de determinados libros que escribieron determinadas mujeres, aunque esto no se traduzca de un modo unívoco en mi escritura. Quiero decir, la idea de deuda o de eco la entiendo en el sentido formativo, pensar aquellos títulos que construyeron mi mirada de mundo y que me ayudan a pensar el mundo. La balada del café triste de Carson McCullers, aunque sé que no es una obra titánica —como quizá sí lo sea Ulises o En busca del tiempo… —es un libro que me hubiera gustado escribir”. Construir una mirada del mundo equivale a replantear los horizontes a partir de la alteridad inesperada. La alteridad, definida en el contexto de las empatías, es el proceso de recepción de los lectores o espectadores dentro de un horizonte donde la lógica ofrecida se quiebra y es releva por otra (Breithaupt, 215). En ese tenor, considero que Carson McCullers, por ejemplo, es una autora que ofrece este tipo de alteridad discursiva al jugar con las perspectivas tanto de sus personajes como de nosotros lectores. Y es que Miss Amelia, la inolvidable protagonista de La balada del café triste, escapa a las categorizaciones pero no a su destino. Lo impresionante en esta novela corta (algunos consideran más este texto como cuento largo) es la constante construcción de especulaciones en torno a Miss Amelia y luego en torno al primo y luego en torno al binomio bizarro que será destruido por Marvin Macy. En otro texto de esta autora, el personaje de Madame Zilensky –una excelsa profesora y compositora– despierta los prejuicios de Mister Brook. El contacto con el otro lleva a la alteridad y en este cuento, sutilmente, a una crisis interna. Mister Brook nunca logra verbalizar con claridad qué es lo que le molesta de esa mujer a la que admiraba tanto antes de conocerla. Como lectores, asistimos a esa extrañeza y, a diferencia de Mister Brook, sí reconocemos el origen de la incomodidad. Madame Zilensky, como si hablarade sus estudios, reafirma su autonomía con tres hijos de padres diferentes, es una prolija y dotada compositora y se da el lujo de olvidar su diapasón en casas de pretéritos amantes, su figura es elegante y un tanto distraída. El hombre se siente inevitablemente desorbitado en la frontera de la seducción y el rechazo.

Hago la siguiente observación: mientras que algunas escritoras identificaban como una voz importante a Kathy Acker, otras subrayan que su importancia radica en su marginalidad…[4]

El tema de la marginalidad en la escritura no se circunscribe al tema de lo femenino. Sin embargo, es reclamo generalizado el hecho de que los ámbitos literarios hasta el pasado siglo estaban dominados mayormente por voces masculinas.

La poeta y crítica norteamericana Adrienne Rich, en su notoria conferencia “Apuntes para una política de la ubicación” (1984), habló sobre la geografía más cercana que cada ser humano posee: su cuerpo. Leer el cuerpo para escribir sobre nosotras mismas, fue la postura de esta intelectual cuyo legado comienza a cobrar más y más eco en las generaciones jóvenes. Rich, en su conferencia dictada en 1984 –año que da título a la famosa novela de George Orwell– promulga una reclamación del cuerpo “para restablecer el contacto entre nuestros modos de pensar y hablar y el cuerpo de este ser humano viviente en particular, una mujer”. (33) Nina Simone con su canción “Ain’t got no/ I’ve got life”, reclama desde el oxímoron el no tener “nada” y tener vida, un canto de libertad dictada por la apropiación del cuerpo. No tengo cultura, dice Nina Simone, ni escuela, ni clase, ni religion, ni dios, ni nombre, pero tengo corazón y alma, tetas y sexo, brazos, manos, piernas, sangre, libertad, vida y eso nadie se lo va a arrebatar.

Y para ubicarnos en esta política, habría que decir no el cuerpo, sino, mi cuerpo. Esta es la parte del ensayo que más me significa de Adrienne Rich. Citar el fragmento completo en este espacio no me permitiría abarcar los otros temas a tratar, sin embargo, para aquellos que no conozcan el ensayo, valgan estas líneas de muestra:

Escribir “mi cuerpo” me sumerge en la experiencia vivida, en la particularidad: veo cicatrices, desfiguraciones, descoloramientos, daños, pérdidas, así como lo que me agrada. Los huesos bien nutridos desde la placenta, la dentadura de una persona de clase media revisada por el dentista dos veces al año desde la niñez. Piel blanca, desfigurada y marcada con cicatrices de tres embarazos, una estilización voluntaria, artritis progresiva, cuatro operaciones en las articulaciones, depósito de calcio, ninguna violación, ningún aborto, largas horas frente a la máquina de escribir –la mía…. (35)

La idea es recordar esta política de ubicación y retomar a la vez algunos asuntos hartamente discutidos de lo que Bloom postuló en su libro Canon de occidente (primera edición de 1994) respecto a su llamada “Escuela del Resentimiento”, donde sitúa a los estudios feministas, afroamericanos o chicanos. Me causa gracia cuando Bloom afirma que “las animadoras feministas proclaman que las mujeres escritoras cooperan entre sí amorosamente como si hicieran ganchillo […]” (Bloom, 1995: 17). La imagen es para enmarcar y colgar en algún lugar especial de la casa. Creo que ya podemos hablar de una ruptura en la continuidad literaria del canon propuesto por Bloom. Más allá de discutir si Homero era mujer o “J” una mujer de la corte del rey Salomóny verdadera autora de la biblia (Bloom: 14), las nuevas generaciones de escritoras latinoamericanas (aquellas nacidas durante las décadas de los 60, 70, 80 y 90), herederas de todos los feminismos, están escribiendo desde su cuerpo con conciencia de ello. Y esta escritura, siguiendo la refulgente metáfora de Bloom, ha creado un fino bordado donde se narra una historia de inspiraciones, nuevas escuelas e influencias, no sé todavía si angustiantes.

Finalmente, la tercera pregunta, ¿qué escritora consideras está sobrevaluada?, fue algo polémica, porque si bien algunas ofrecieron nombres como Ángeles Mastreta, Elena Poniatowska, Isabel Allende, Guadalupe Loaeza, Margo Glantz, hubo otras que no encuentran en Clarice Lispector o en Diamela Eltit motivos suficientes para que la crítica —no los lectores— las identifique como productos literarios postulados como panegíricos de una “literatura femenina”. Más de dos escritoras decidieron abstenerse y no compartir su opinión sobre este tema, otras, como Valeria Luiselli, quien propuso hablar mejor de las infravaloradas, insistieron en que el verdadero tema es aún la marginación y no el encumbramiento, el verdadero tema es el compromiso con la escritura. En este tenor, la boliviana Giovanna Rivero (1972) reflexionó lo siguiente:

No lo sé. Y no lo sé no por falta de crítica o rigor en mis lecturas de escritoras, sino porque las esferas culturales y los circuitos de circulación para las escritoras siguen siendo más ásperos, más complicados para nosotras que para ellos, de modo que decir ‘tal escritora ha sido sobrevalorada’ me parece apresurado, no quiero ceder al impulso de responder automáticamente. Lo que sí puedo decir es que Isabel Allende es toda una bestseller y me hubiera gustado que, desde el lugar indiscutible en el mercado que ha conquistado, se hubiese atrevido a desformatearse, a arriesgarse más con el lenguaje, a traicionarse, a perder lectores si es necesario. Ella podría darse ese lujo. (Además, creo que no es un lujo, es parte de la vocación y el camino literarios).

La tijuanense Mayra Luna, por su parte, compartió que este tema en particular la detuvo deliberando más que las otras preguntas:

[…] realmente creo que el problema es aún de valorar a las escritoras, y no aún de escritoras sobrevaluadas. Obviamente habrá casos de alguien que no debiera estar en una u otra antología, tener cierta columna y demás, y que obtuvo ese beneficio por sus contactos, pero considero que en el panorama amplio sólo termina sobresaliendo quien mantiene una obra de calidad. Todas (y todos) los demás pueden estar publicados en Anagrama o Alfaguara o donde sea, pero al paso de dos años sus textos se olvidan. La sobrevaloración en estos casos dura lo que la fama a los cantantes de Televisa.

Los procesos de inclusión, como el uróboros, muerden al tema del olvido. Las convocadas que generosas dedicaron un fragmento de su tiempo en pensar y luego escribir sus respuestas, en total recuperaron el nombre de más de un centenar[5] creadoras latinas, anglosajonas, de otros puntos de Europa y de Asia, nacidas en el siglo XIX y en el XX. Es evidente que existe un sistema de reconocimiento entre las precursoras y contemporáneas, es evidente que se reconoce también el trabajo de aquellas bestselleristas por la capacidad de llegar a tantos lectores. Me queda claro que esta es una discusión que amerita mayor atención y profundidad. Habría que localizar un rizoma de escritoras –si lo hay. La cartografía de la escritura de mujeres comenzó a reformularse desde el siglo pasado ecuánime con los cambios de rol y noción de género.

No converjo con ciertas posturas ideológicas del crítico estadounidense Harold Bloom. Una de ellas ya la expresé líneas arriba y tiene que ver con la forma en que categoriza y ordena en “Escuelas” y “Eras” del Resentimiento y ahora lemings y seguidores del Nuevo Cinismo. Bloom define el Nuevo Cinismo como “una serie de tendencias críticas arraigadas en teorías francesas de la cultura y que abarcan el Nuevo Historicismo y escuelas de esa clase” (2011. 23). Y, en otro apartado también del libro Anatomía de la influencia, coincide con Gertrude Stein en la idea de que uno escribe para sí mismo y para los desconocidos y para aquellos “lectores disidentes de todo el mundo que, en su soledad, buscan de manera instintiva literatura de calidad, desdeñando a los lemings que devoran a J.R. Rowling y a Stephen King mientras corren hacia el acantilado rumbo al suicidio intelectual en el océano gris de Internet”. (26). Esta última cita es una joya, sobre todo si la paragonamos con lo que anteriormente, allá en los noventas (Cuadernos de Lanzarote, 1993-1995, tomo I) José Saramago creía no sólo de ese tipo de lectores, sino de nuestra decadente humanidad: “Vemos el abismo, está ahí, delante de los ojos, y a pesar de todo avanzamos hacia él como una multitud de lemings suicidas, con la capital diferencia de que, de camino, nos vamos entretenidendo en despedazarnos los unos a los otros”.

Sin embargo, vislumbro en el planteamiento teórico de Bloom preceptos por demás trascendentales y otros que reconozco demasiado masculinos, sobre todo cuando apela a la alegoría bélica para explicar las competencias encarnizadas entre escritores ansiosos por sobrevivir y luego ser inmortales: “En estas luchas [de ambición], para los poetas poderosos, lo que está en juego es siempre literario. Amenazados por las perspectivas de la muerte imaginativa, de quedar totalmente poseídos por un precursor, sufren un tipo de crisis claramente literaria. Un poeta poderoso no busca simplemente derrotar al rival, sino afirmar la integridad de su propio yo como escritor” (22-23).

Más que concentrar energía en vencer rivales literarios (que es como jugar un partido de solipsismo), me quedo con la imagen de integridad y coherencia, con esa voz naciente o ya clara y autónoma. Autoinfluencia, llama Bloom a esa “forma sublime de ser dueño de ti mismo” (50) o suicida de tu propio abismo.

BIBLIOGRAFÍA

Bloom, H., El canon de occidente, Barcelona, Anagrama, 1995.

Bloom, H., Anatomía de la influencia, Madrid, Taurus, 2011.

Breithaupt, Fritz, Culturas de la empatía, Madrid, Kats Editores, 2011.

Rich, Adrienne, “Apuntes para una política de la ubicación”, en: Otramente: lecturas y escrituras feministas, coord. Marina Fe, México, UNAM – FCE, 1999

Saramago, José, Cuadernos de Lanzarote (1993-1995), Tomo I, Alfaguara


Notas

[1] Fritz Breithaupt en su libro Culturas de la empatía [Madrid, Kats Editores, 2011] recupera al filósofo G. E. Lessing para abordar la relación entre el concepto de la compasión y la invención del Yo del siglo XVIII: “… a Lessing le resulta muy difícil imaginarse una alegría compartida, una ‘conalegría’. Ya que cuando alguien se alegra, el otro reacciona con celos, no puede olvidar su propio Yo, sino que se compara con el otro […] El Yo es justamente lo que debe superarse, ya que el Yo y el egocentrismo nos hace olvidar que en lo profundo tenemos mucho en común con el otro y no nos permite percibir la similitud con él, Mientras cada uno crea únicamente en sí mismo, como en la parábola del anillo, la comunidad no será posible […] El Yo se convierte en la amenaza mortal de la literatura. Cuanto más Yo se vuelven los individuos, menos accesibles, comprensibles, captables a través de los sentimientos se vuelven también los caracteres de ficción.”(80-81)

[2] Ni son todas las escritoras existentes como tampoco las registradas, son únicamente aquellas (en su mayoría narradoras pues es el género de mi interés prioritario) de las que hasta ahora he podido rastrear obra y continuidad en su desarrollo literario. Repruduzco los nombres de las convocadas a quienes dedico este texto y mi agradecimiento. De México: Bubba Alarcón (Chihuahua, 1983), Liliana Blum (Durango, Durango, 1974), Mayra Inzunza (D.F., 1975), Mayra Luna (Tijuana, Baja California, 1974), Liliana Pedroza (Chihuahua, Chihuahua, 1976), Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972), Mónica Nepote (Guadalajara, 1970), Nati Rigoni (Córdoba, 1974), Karla García Ladrón de Guevara (Veracruz, 1963), Claudia Guillén (DF, 1963), Lucía deBlock (D.F.), Camila Kraus (Xalapa, 1976), Elisa Corona Aguilar (DF, 1981), Abril Castro (Tijuana, 1976), Estrella del Valle (Córdoba, 1971), Gabriela Damián (DF, 1979), Eve Gil (Hermosillo, 1968), BrendaLozano (D.F., 1981), Ariadna Chávez Chacón (Guanajuato, 1988), Lourdes (Lou lou) de la Parra (México, D.F.), Patricia de Souza (México, D.F., 1964), Norma Lazo (Veracruz, 1963), Graciela Romero (Guadalajara, 1982), Miréia Anieva (Ciudad de México, 1988), Teresa López Avedoy (Salvador Alvarado, Sin., 1979), Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972), Nadia Villafuerte (Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 1978), Elma Correa (Mexicali, 1979), Esmeralda Ceballos(Tijuana, 1979), Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), Samantha Luna (Tijuana, Baja Califonia), Iris García Cuevas (Puebla), Gabriela Torres (Monterrey, 1982), Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), Mariel Iribe Zenil (Chicontepec, Veracruz, 1983), Flor Aguilera García (Ciudad de México, 1970), Margarita Zayak Valencia (Tijuana, 1980).

De Argentina, Bolivia, Chile y España: Lolita Bosch (Barcelona, 1970), Mariana Enríquez (Bs. As., 1973), Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970), Imma Turbau (Gerona, España, 1974), Giovanna Rivero (Montero, Santa Cruz, Bolivia, 1972), Natalia Litvinova (Bs. As., Argentina), Marina Porcelli (Bs. As., 1978), Andrea Jeftanovic (Santiago de Chile, 1970), Elvira Navarro Ponferrada (Huelva, España, 1978).

[3] “La experiencia sublime consiste en la combinación paradójica del placer y dolor. Para Shelley lo sublime es un ‘placer difícil’, una experiencia abrumadora mediante la cual renunciamos a los placeres sencillos por lo que son casi dolorosos. […] Para mí, la ‘extrañeza’ es la cualidad canónica, la señal de la literatura sublime. En el diccionario se puede descubrir que el origen latino de la palabra extraño significa ‘extranjero’, ‘exterior’. ‘ajeno’. La extrañeza es lo misterioso: el alejamiento de lo que nos es familiar o banal. Este alejamiento es probable que se manifieste de manera distinta en escritores y lectores. Pero en ambos casos este alejamiento hace palpable la profunda relación entre sublime e influencia”. Bloom, H., Anatomía de la influencia, Madrid, Taurus, 2011, p. 36.

[4] Eve Gil (1968) mantuvo “La trenza de sor Juana”, primero la columna y luego el blog, como un espacio activo que ahora, en retrospectiva, tras una década (la primera publicación en el suplemento del Excélsior fue el 31 de diciembre de 2001 y la última entrada en el blog fue el 11 de noviembre de 2011) y 322 ensayos sobre escritoras de varias latitudes, puede considerarse como un acervo de grandes alcances no solo desde la perspectiva crítica sino también desde la difusión y el saber compartido. Recientemente se publicó La nueva ciudad de las damas (UNAM, 2010),primero de varios volúmenes que eventualmente recuperarán los ensayos que Gil escribió sobre otras mujeres creadoras. Y, precisamente, Eve Gil contestó que la lista de autoras poco consideradas por la crítica o por los editores sería extensísima: “Reivindicadas, y con urgencia, tendrían que ser Flannery O’Connor, cuyas novelas son prácticamente imposibles de conseguir en México […]; Katie Acker, que es una autora experimental, fascinante, pero prácticamente de culto porque solo la conoce un muy reducido grupo de lectores, y para terminar con las extranjeras, sugiero rescatar, también en calidad de urgente, a James Tiptree, seudónimo con que firmaba Alice Sheldon, una autora de Ciencia Ficción que prácticamente reinventó el género y tiene una biografía fascinante que acaba de ser publicada por Circe Editores. […] Ahora vamos a las mexicanas… últimamente se ha hecho una labor de reivindicación de varias de ellas, y sinceramente lo celebro. Pero la que permanece en el limbo por una serie de razones absurdas, de tipo político, es Guadalupe Dueñas”.

[5] Menciono algunas de ellas: Margaret Atwood, Flannery O´Connor, Patricia Higsmith, Miyó Vestrini, Lydia Davis, Lorrie Moore, Kathy Acker, Harper Lee,Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Anais Nin, James Tiptree (autora de ciencia ficción), Elfriede Jelinek, Fleur Jaeggy, Yoko Ogawa, Amelie Nothomb, Susan Sontag, Nadine Gordimer, Ann Beattie, Sylvia Plath, Joyce Carol Oates, J. K. Rowling, Madame de Stael, Flora Tristán, Madame de la Fayette, Emily Bronte, Jane Austen, Virginia Woolf, Marguerite Duras, Mary McCarthy, Eudora Welty, Willa Cather, Agota Kristof, Cynthia Ozick, Natalia Ginzburg, entre otras.

Escritoras latinoamericanas o españolas: Teresa de Cartagena (siglo XV), Clarice Lispector, Luisa Valenzuela, Cristina Peri Rossi, Alejandra Pizarnik, Diamela Eltit, Carmen Laforet, Ana María Navales, Dulce Chacón, Mercè Rodoreda, Ana María Matute, Rosa Chacel y Carmen Martín Gaite, Ulalume González, Diana Belessi, Edna Possi, Irene Gruss, Olga Orozco, Silvina Ocampo, Sylvia Molloy, Marosa di Giorgio, Leonora Carrington, Esmeralda Santiago, Rosario Ferré, Zoé Valdés.

Escritoras mexicanas: Nellie Campobello, Amparo Dávila, Elena Garro, Rosario Castellanos, Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Josefina Vicens, Elena Poniatowska, Sabina Berman, Carmen Boullosa y Rosa Beltrán, Josefina Vicens, Mónica Lavín y Ana García Bergua.


Autores
Narradora y ensayista. Recibió en 2003 el Premio Internacional Jóvenes Americanistas (Santiago, Chile) por ensayo y el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola en 2004 (UDG). Es autora de los libros de cuentos Vientos machos (UDG, 2004) y Tordos sobre lilas (Editorial de la U.V., 2009) y del ensayo El cuento: la casa de lo fantástico. Cartografía del cuento fantástico mexicano (Tierra Adentro, 2007). Vivió cinco años en Ciudad Juárez desarrollándose como profesora-investigadora de la UACJ. Actualmente es docente-investigadora en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana e investigadora en el Sistema Nacional de Investigadores (nivel I).
Carlos de la Sancha. teufelberg. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012

Padre

Traducción de Rodolfo Mata

Desempleado hace tres años en el país del futuro

Desfilando por las calles con un muestrario de medias

Adivinando el signo de la morena el ascendiente de la rubia

Jugando ajedrez silbando una samba coleccionando mariposas descubriendo la fórmula exacta de la pintura para globos (pintura que no se agrieta sobre la piel inflable)

Contra las indicaciones médicas gorreando cigarros haciendo chistes de la pierna que le pueden amputar alabando las prótesis modernas diciendo que se va a morir antes que no causará molestias que escapa de casa que se va al asilo

Mi padre de nuevo al volante manejando el negro Landau

El viejo y buen batimóvil andando sin frenos ni cintos su rostro al viento de Gotham mi cabeza en el asiento de cuero

Mi padre cantando alto limpio y bonito como él sólo en una carretera clara sin peajes ni límites de felicidad

Pai

Fabio Weintraub

Desempregado há três anos no país do futuro

Batendo perna nas ruas com um mostruário de meias Adivinhando

o signo da morena o ascendente da loira Jogando xadrez

assobiando um samba colecionando borboletas descobrindo a fórmula exata da tinta para balão (tinta que não racha sobre a pele inflável)

Contra as determinações médicas filando cigarro fazendo piada com a perna que pode ser amputada louvando as próteses modernas dizendo que morre antes disso que não vai dar trabalho que some da casa vai pro asilo

Meu pai de novo ao volante guiando o negro Landau

O velho e bom batmóvel rodando sem freio ou cinto o vento de Gotham no rosto minha cabeça no banco de couro

Meu pai cantando alto limpo e bonito como só ele numa estrada clara sem pedágio ou limite de felicidade

De Novo endereço, 2002


Autores
Fabio Weintraub nació en 1967 en São Paulo, donde reside actualmente. Hijo de padres judíos de origen polaco, se formó originalmente en Psicología, en la Universidade de São Paulo, en 1989, donde también obtuvo, en 2013, el doctorado en Letras, con una tesis sobre las representaciones del espacio urbano en la poesía brasileña posterior a los años noventa. Trabajó poco en el área de la psicología clínica y pronto se dedicó a la literatura, como poeta y crítico literario, y a la edición de libros, en el Memorial da América Latina, la Editora Ática y Edições SM. Para la Editorial Nankin, coordinó, de 1996 a 2002, la colección de poesía brasileña “Janela do Caos”, donde publicó, entre otros, a Hilda Hilst, Roberto Piva y Glauco Mattoso. En 1992, publicó su primer libro, Toda mudez será conquistada. Su segundo volumen de poemas, Sistema de erros (1996), recibió el premio Nascente (Universidade de São Paulo / Editora Abril). Novo endereço (2002) lo hizo acreedor al Prêmio Cidade Juiz de Fora (2002) y al premio cubano Casa de las Américas (2003), en la categoría “Literatura Brasileña”. Por ello, Novo endereço apareció en 2004, en versión bilingüe, traducido por la cubana Lourdes Arencibia. Baque, su más reciente libro, fue publicado en 2007, en Brasil, y en 2012, en Portugal. Ha publicado en diversas revistas literarias, como Cult, Jandira y Cacto, y fue uno de los editores de K Jornal de Crítica. Sus poemas han sido incluidos en libros como Antologia comentada da poesia brasileira do século XXI y Rattapallax: New Brazilian and American Poetry. En 2006, obtuvo la beca Incentivo à Criação Literária, del Gobierno del Estado de São Paulo, y en 2013, la beca del Programa Petrobrás Cultural.
es poeta y traductor. Entre sus libros destacan Parajes y paralajes (1999) y Qué decir (2011).