Tierra Adentro

Elssie Ansareo y Yaen Tijerina son dos fotógrafas mexicanas contemporáneas que, sin embargo, forjaron su educación y carrera artística en entornos muy distintos: la primera en Bilbao, la segunda entre la Ciudad de México y Minatitlán, Veracruz. Cada una comparte aquí un testimonio que revela lo que no las une a primera vista: ambas han desafiado las expectativas de los otros, ambas notan la demeritación del trabajo de las mujeres en sus respectivos entornos. Y las dos están construyendo una trilogía fotográfica propia que desea satisfacer sus búsquedas más personales. 

Elssie Ansareo: Las catástrofes elementales

Cuando llegué a Bilbao en 1997, los programas de intercambio intraeuropeos a nivel licenciatura funcionaban muy bien, pero apenas existía conexión ya no digamos con América, sino con el resto del mundo. En la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco había 4 extranjeros: 2 de México, un peruano y una sueca. Parece un chiste, pero es verdad. En España no se había dado aún la llegada masiva de inmigrantes y resultábamos muy exóticos, pero de forma positiva. Aún hoy sigo escuchando: “¡Qué gracia! ¿Mexicana? ¡No lo pareces!”. Ese pivotar entre el ser y parecer me sigue pareciendo increíble.

Reproduzco una conversación real:

Yo- ¡Hola! Soy Elssie.

M- ¡Hola! Soy M.

P- Elssie es mexicana.

M- ¿Ah sí? ¡Cántame una canción!

Yo- (con cara de perplejidad) ¿Perdón?

El estereotipo en la era de los tags.

Sé que siempre se espera algo de mí al ser mujer, extranjera y artista, algo objetual que deriva del hecho fundamental de ser mujer. Incluso ese objeto puede ser la naturalidad: tener que ser “yo misma”, ser “auténtica”. Hay ciertas expectativas respecto a mi imagen, mi lenguaje corporal y, en lo relativo a la profesión, a que trate el tema del género en mi obra, la política o el feminismo de una manera muy concreta. Claro que hay otras discriminaciones en muchos sentidos, de las que nadie escapa. Tampoco los varones.

Pero justo esta mañana he leído que la presencia de mujeres españolas en ARCO Madrid descendió del 7% que tuvo en el 2010 al 4.4 % en la edición 2013[1]… No es ninguna sorpresa: es coherente con el retroceso de las políticas sociales en este país. Razón de más para seguir trabajando como mujer, extranjera y artista.

Actualmente estoy desarrollando la serie “El Nudo”, segunda parte de una trilogía que lleva por título Las catástrofes elementales. La primera parte de Las catástrofes… es “El Observatorio”, una reflexión entre escena y espectador a través de imágenes con tendencia barroca y teatral que pretenden inquietar al espectador. En ella dejé de lado las cuestiones relativas a la tensión del espectador para concentrarme en la obra en sí y mostrar esa sensación trasladada a la imagen en su aspecto más formal. El trabajo se mueve en el terreno del dolor que el individuo refleja, representadas a través de una serie de cuerpos en tensión extraídos de la patología femenina por antonomasia del siglo XIX, la histeria, como si formasen parte del storyboard de un vademécum.

Fotografié a varios hombres en la misma postura: el conocido arco de la histeria, en escorzo, como si un escalofrío recorriera sus cuerpos. En una formalización que busca lindar con la idea de archivo, el trabajo no se compone exclusivamente de mis fotografías, Les añadí textos e imágenes recogidas de muy diversos modos para emular a la figura de la vitrina y remitir a las categorizaciones, a los expositorios de los museos de ciencias naturales. Así, esta primera fase del proyecto culminó con la edición de un libro de artista, El Observatorio, que forma parte de la Colección Beste de la Productora de Arte Consonni y que recientemente presenté tanto en España como en México.

La segunda entrega de Las catástrofes elementales lleva por título “El Nudo”. Esta parte tiene como centro los procesos de psicosomatización de los conflictos, las emociones y su resolución, todo lo que se manifiesta en los órganos blandos, en las vísceras, en los músculos: el nudo en la garganta, el nudo en el estómago… Para ello estoy recopilando frases relativas al repudio, el miedo, y el asco, sentencias que una persona haya dicho a otra, para citarlas en este trabajo.

Esta segunda parte viene directamente de la noción de histéresis: “un momento de cambio en el que el comportamiento se invierte y no vuelve a su situación inicial”. Es la transición a otro estado. Representa el punto que va del control al descontrol: el lugar del conflicto.

Yaen Tijerina:  Los viajes de la aprendiz

La imagen que describe a la bruja Baba Yaga de los cuentos explota la imaginación de cualquiera: una anciana volando dentro de un mortero, que habita una casa con patas de gallo y tiene a su servicio extraños seres que parecen surgir de un sueño siniestro. No sólo detonó mi asombro, también despertó un recuerdo antiguo que, luego descubriría a través de los libros, era un arquetipo, la esencia misma de la Mujer Salvaje de la que habló Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos[2], un volumen valioso para varias generaciones de mujeres, pero normalmente relegado al estante de los best-sellers. Con todo y que existe una escuela junguiana que lo respalda, para algunos el “arquetipo de la Mujer Salvaje” es un conjunto de palabras de mal gusto, casi una blasfemia.

Antes de entender la complejidad de Baba Yaga, yo no comprendía la supuesta maldad del personaje. Una anciana que vive en medio del bosque, fuerte e independiente, ¿por qué habría de ser maligna? Descubrí que su condena surge de la denostación cultural hacia cualquier arquetipo de naturaleza femenina.

La decapitación de la antigua deidad tripartita Medha (Medusa para los griegos) no es casual: exitosamente, hemos construido una cultura sobre los huesos mutilados de las diosas para que nos gobierne un omnipotente dios patriarcal. No es de extrañar que las estructuras que nos rigen posean una visión parcial, alejada de los ciclos de la vida, androcéntrica, que declara la superioridad del sexo masculino y utiliza al lenguaje como un método efectivo para invisibilizar a las mujeres. No mentía Orwell al hacer hincapié en 1984 que el lenguaje era un medio de control del pensamiento capaz de destruir al individuo.

Cuando era estudiante de Artes Visuales descubrí que existían tabúes no escritos que te orillaban a la exclusión del gremio de una forma u otra. Uno de ellos era escoger un tema de obra demasiadopersonal, que ahondara en lo metafísico o, –más penado aún– que tu obra tuviera un carácter femenino involuntario, una manera errónea de referirse a lo pusilánime. Eran un conjunto de precauciones contra el suicido profesional, pues ¿quién con sentido común buscaría ser el blanco de la anulación, a sabiendas de la degradación cultural de lo femenino?

Si era ineludible abordar un tema femenino, para llevarlo a cabo dignamente tenía que ser más burlona que contestataria, más violenta que sutil, esgrimir un discurso estrictamente racional y solemne, borrar cualquier vestigio sentimental (típica característica “femenina”) para no demeritar la seriedad de la obra. La cosificación femenina era otra opción, como bien ha demostrado la publicidad a lo largo de los años y su uso indiscriminado de desnudos per se. Recuerdo que incluso un maestro señaló mis someros bocetos en pintura para indicar que más allá de la falta de técnica de una principiante, el trabajo carecía de valor porque parecía hecho por una mujer, por pecar de cursi. Su falta de vocación pedagógica le impidió sugerir que mi tipo de trabajo tenía más cabida en el campo de la ilustración que en la pintura. Me habría ahorrado muchos años de complejo de género gratuito.

Sentí que estaba condenada a sepultar mis verdaderas búsquedas con tal de convertirme en unartista seria. Al principio lo creí, pero también opté por la ruta de los aprendices herméticos, manteniendo en secreto el verdadero móvil de mi trabajo, sin entender porqué no podía sólo desarrollar una idea y aterrizarla por medio de una técnica y recursos formales sin que la etiqueta de creación con mirada femenina y fuera peyorativo. Hasta que pude detectar cómo la desigualdad de género estaba marcada por los grupos de poder.

Me cansé de tener que justificarme constantemente para ser valorada, de sentir miedo a caer en lo “estéticamente incorrecto”, de tener que alinearme a los estándares rebuscados, pseudo-formales y ultra-filosóficos empeñados en vestir con la imaginación a un emperador desnudo, y que parecen cumplir más con una estética fashion digerida que con una búsqueda honesta. Estaba harta de medirme bajo un esquema en el que llevaba las de perder, así que hice una pausa. ¿Por qué pedir permiso para pertenecer a un espacio que ya está ocupado? Opté por dejar de lado mis prejuicios de género y comencé a crear lo que ansiaba ver en el mundo.

Me nutrí con los universos de Ursula K. Le Guin, la claridad de Susan Sontag respecto a la fotografía, los gabinetes de curiosidades de Madeline von Foerster, los mil rostros de Cindy Sherman, la exploración del cuerpo de Francesca Woodman, y un sinfín de desconocidos retratados en tinotipos y daguerrotipos. Rescaté los temas que había relegado al clóset, como el Topus Uranus platónico, algunos códigos del hermetismo alquímico, la nostalgia crónica de la bilis negra, el embrujo de la infancia en la memoria, los estudios de Jung sobre los sueños, los símbolos primordiales y elinconsciente colectivo, lo que detonó el recuerdo de mi fascinación por los cuentos y la figura de Baba Yaga.

La idea de la Mujer Salvaje resonó como un recuerdo perdido. Descubrí que los arquetipos son unesquemas útiles para comprender la realidad, una experiencia primordial que nos vincula con la vida. Se convierten en guías infalibles para sortear los devenires de la existencia humana, que ha repetido desde su origen los mismos patrones de dudas y hallazgo. El aniquilamiento de los arquetipos femeninos afecta no sólo a las mujeres, sino a la salud de la psique humana en general.

La fotografía registró este exilio en busca de la libertad creativa. Ordené visualmente mi búsqueda en la trilogía Los viajes de la aprendiz para dejar pistas y símbolos encontrados tanto en espacios físicos como emocionales en lo que soy enteramente protagonista.

Las imágenes de la segunda parte, “El sueño de la bruja”, son el testimonio de la travesía emprendida para descifrar a la Humana de Niebla. Utilicé a las fotografías como experiencias capturadas y a la cámara como un testigo cómplice, ya que ella repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Evoqué técnicas fotográficas tradicionales (tinotipo, daguerrotipo) interpretadas digitalmente con el fin de recrear la sensación de estar frente a un testimonio antiguo, lejano, esa cualidad de registro fantástico. Las imágenes son el certificado de autenticidad de una travesía iniciática personal.

Sólo me resta imaginar hacia dónde se perfilaría la humanidad si le devolviéramos la cabeza a Medusa. Que tanto hombres como mujeres permitiéramos que esa parte escindida de nuestra psique lograra integrar los opuestos y detonar nuestro potencial humano hacia una verdadera transformación, con más voluntad de creación y contención de la violencia desbordada. Ignoro cuánto tiempo podría tomar, pero sé que podremos hacerlo mientras exista un atisbo de ese recuerdo primordial, aunque la humanidad aniquile a las diosas o borre de la historia a las poetas y sabias de la antigüedad.


[1] Se refiere a la Feria de Arte Contemporáneo más importante de España, llevada a cabo en Madrid. El informe se puede consultar en: http://www.m-arteyculturavisual.com/wp-content/uploads/2014/02/Informe-MAV.pdf

[2] Mujeres que corren con los lobos es una amplia recopilación e interpretación de relatos orales, leyendas y cuentos populares de distintos lugares del mundo, producto de alrededor de 25 años de trabajo de la doctora en psicología etnoclínica y psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés. Está publicado en español por Ediciones B.


Autores
(México D. F., 1979) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, donde también realizó los Cursos de Doctorado en Imagen Tecnológica. Obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados con el proyecto de investigación: “El autorretrato fotográfico aplicado a una práctica artística”. Ha recibido la beca Endesa para las Artes plásticas y ha conseguido galardones como los de la I Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Almería o el premio INJUVE de Artes Plásticas. Ha expuesto de manera individual en diversas ciudades españolas y en el Museo Guggenheim de Bilbao. Paralelamente a su trabajo creativo trabaja como docente en la Universidad de Deusto y diversos talleres, así como fotógrafa de reportaje de retrato y registro.
Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de
la UNAM. Y en talleres con fotógrafos como Antoine d’Agata y Germán Herrera. Es cofundadora del Colectivo Paráfrasis de fotografía, el cual recibió la beca IMJUVE
en 2005 para realizar una serie de exposiciones itinerantes en el sur del país.
Fue parte del equipo a cargo del Archivo Fotográfico Colección Carlos Monsiváis y Enrique Bostelmann, y miembro activo de la Revista M Museos de México y el Mundo.
Ha realizado diversas exposiciones de fotografía tanto en México como EU.
Desde 2007 trabaja de manera independiente en sus proyectos personales y dirige un despacho dedicado a la fotografía. Obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA en el 2013.
Diana Martín. “El mundo, mero escenario” Acuarela y tinta/Papel

El abismo que existe entre cómo lucen y qué hacen las mujeres en los medios y la forma en que habitan el mundo fuera de la pantalla evidencia un problema que necesita soluciones urgentes. Mujeres con poder de decisión trabajan para ofrecer alternativas a los estereotipos que vemos reforzados una y otra vez en estos espacios. Lilián López Camberos reflexiona acerca de esta necesaria reconstrucción de significado a través de lo pop.

Ahora mismo tengo conmigo la Vogue de febrero. Admiro en la portada la cara redonda, la camisa de bolas rojas, los ojos grandes –todo son redondeces explícitas– de Lena Dunham. El balazo principal reza:

Choose your

SPRING STYLE

73 Great Looks, From Bohemian Chic to Boy Shirts

El balazo que concierne a la entrevista de Dunham se sitúa en el extremo superior izquierdo, en letras blancas: Hey, Girl LENA DUNHAM The New Queen of Comedy.

¿Es extraño que Dunham salga en la portada de Vogue? Lo es, la misma editora, Anna Wintour, lo aclara en su carta editorial, desde la primera frase: “Algunos pensarán que Lena Dunham no es la típica chica de portada Vogue, y estarán en lo correcto; precisamente por eso es la más indicada para protagonizar nuestro número de febrero” (nota: nunca sabemos qué tiene de especial el número de febrero). Wintour enumera las razones “verdaderas” para su fichaje ―que es exitosa, que no sólo “ha ascendido a la fama sino a la conciencia cultural colectiva”, que tanto ella como Sarah Jessica Parker encarnan al Zeitgeist― y, aunque muchas frases se leen ensayadas o innecesariamente rimbombantes, encuentro cosas interesantes en algunas, como la afirmación de que los ejercicios de exhibición tan típicos de Dunham no provienen de un deseo deliberadamente provocador.

Más adelante, en la pieza escrita por Nathan Heller, Dunham es retratada en un día de filmación de Girls (la serie que ―se aclara― escribe, dirige y actúa), en eventos públicos, en la cotidianidad de su departamento en Brooklyn Heights. Inevitablemente llega la parte donde se cuestiona el tratamiento poco convencional de la sexualidad en Girls, “famosa por su naturalismo”, pero también, de forma curiosa, por los frecuentes desnudos de Dunham. El texto recuerda que no sólo sus formas han sido reveladas en el programa, sino también las de Becky Ann Backer, la actriz que interpreta a su madre, quien se lamenta cómicamente de que nadie le hubiera pedido que saliera topless en la televisión sino hasta ahora, pasados los cincuenta.

Ahí mismo se recuerda un capítulo controversial en el que el personaje de Lena Dunham, Hannah Horvath, se liga a un hombre guapo, más grande que ella, con el que pasa un par de días ―dentro del bonito bronwstone de él― sin compartir nada más que sexo: un auténtico encerrón que a algunos les parecería muy normal en una chava de 24 años, pero que en las audiencias despertó todas las alarmas de la inverosimilitud: ¿cómo era posible que él, tan guapo, tan casado en la vida real con una modelo, sin ninguna perversión sugerida en el delineado de su personaje, se fijara en ella?

 

Al iniciar un ensayo con la figura de Dunham me arriesgo a varios males: que mi ejemplo me limite (y me confunda, me distraiga y me lleve a ideas a las que no deseaba llegar), y que todo aquel que opine horriblemente de ella decida no leer más que lo anterior.

Sin embargo, la escojo a ella porque es tal vez la figura más visible del cambio de la representación femenina en los medios audiovisuales: no la única, no la mejor, no la más innovadora, simplemente la más obvia aunque también, como me gustaría demostrar más adelante, la más radical.

 

El estudio de las representaciones sociales es complejo y difícil de abordar aquí. El concepto nace con Durkheim, para quien representar significa “traer cosas a la mente”. Serge Moscovici, uno de sus teóricos fundamentales, encontró que la representación social tiene la función de transformar lo arbitrario en lo consensuado, es decir, las representaciones recogen aspectos de la realidad y les asignan significaciones. Dichas significaciones varían de acuerdo al sistema de valores que rige a la sociedad en la que la representación social es creada. Carlos Colina, en “De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, dice que las representaciones “moldean nuestras respuestas ante un determinado objeto pero también configuran nuestra percepción de dicho objeto. Lo que quiere decir que el objeto no es idéntico para los que no comparten su misma representación”.

La definición más simple de una representación social sería, según Abric, “el conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitudes al propósito de un objeto dado”. Este objeto puede ser, como indica en sus ejemplos, desde una autopista hasta las funciones de una enfermera. La representación, se repite aquí y allá en la teoría, no reproduce sino que re-produce. La idea, más que reflejar al objeto, lo produce de nuevo: la idea se vuelve objeto. Este conocimiento no es de carácter científico. Es el saber natural, empírico, social, modelado y rectificado por un amplio rango de circunstancias que van desde la tradición oral hasta la precisión del entorno que habita el sujeto. Éste no recibe pasivamente la representación: también la modifica y, de algún modo, reconstruye con ella la realidad.

 

Además de la Vogue, que anuncia en un balazo la SUPERBOWL PARTY de Kate Upton (no la conocía, pero ayer vi que alguien compartía en Facebook una explicación teórica de por qué a los hombres les gusta Upton mientras que las mujeres prefieren a Kate Moss), tengo también los Ensayos impertinentes de Jean Franco, publicados recientemente por Océano en colaboración con Debate feminista.

En uno de sus ensayos, “La incorporación de las mujeres. Una comparación entre narrativa popular mexicana y estadunidense”, Franco analiza el discurso contrapuesto de las novelas publicadas por la maquiladora de novelas románticas Harlequin y el de las historietas de El Libro Semanal, muy populares durante los años ochenta. Hay que tomar en cuenta que el ensayo fue publicado en 1996, cuando ambas formas de entretenimiento eran multitudinarias: El Libro Semanal tenía, por ejemplo, una tirada de entre 800 mil y un millón de ejemplares cada semana. Las que Franco llama “narrativas de la cultura de masas” se distinguen entre sí por el público al que van dirigidas: mientras que las novelas románticas le hablan a consumidoras potenciales (mujeres adineradas de ciudades grandes, grupos selectos de países tercermundistas), las historietas mexicanas apuntan sus dardos a mujeres integradas o en vías de integrarse a los niveles más bajos de la fuerza de trabajo. Hasta aquí, sobre todo para quien no conozca el finísimo trabajo de la humanista, parecería una división tajante y hasta arbitraria de dos productos distintos. Sin embargo, Franco es muy cuidadosa en sus intentos por explicarse el éxito de las ficciones románticas, que prometen, sí, una utopía que permite sustraerse del mundo, un mito con reglas inamovibles que conducen a un final satisfactorio, pero al analizarla como literatura de consumo masivo no distingue entre alta y baja cultura. Más bien, desde una sensibilidad marxista, Franco entiende que estas historias enfatizan “la adaptación incuestionada a una situación de abundancia” y el anhelo por obtener poder ―vaya, autonomía, un lugar legítimo― a través del contrato social.

Pese a que sabe que un ejemplo aislado es riesgoso, Franco cita la trama de una de las novelas más populares de Harlequin de entonces, Moon Witch, que narra el ascenso de la huérfana Sara al emporio textil que de pronto, en su lecho de muerte, su abuelo le hereda. “De este modo”, explica Franco, “Sara ya está incorporada desde el comienzo de la novela, lo que demuestra cómo, en el romance, el deseo de la mujer es canalizado antes de su nacimiento”. Entre el aprendizaje que obtiene del antiguo socio de su abuelo, quien le enseña modales y formas de navegar entre el elitismo corporativo, muy al estilo de un moderno “hado madrino”, y los enredos románticos con el hijo de éste, a quien toma por antipático y egoísta, Sara termina su odisea después de obtener su “verdadero lugar en la sociedad”: casada con la versión ochentera del señor Darcy. Es interesante lo que apunta Franco respecto a que, en la mayoría de estas novelas, la socialización no proviene de la madre sino que toda “programación social de importancia es dejada al hombre”.

Pienso ahora en Twilight (el vampiro rico, sofisticado, enamorado sin grandes motivos de una niña de 17 años), o en Fifty shades of Grey (un rico magnate, sadomasoquista, enamorado sin grandes motivos de una recién graduada de universidad), fenómenos comerciales que ilustran no sólo el enorme poder de la ficción romántica, sino los mecanismos narrativos apenas modificados entre una historia y otra. Su éxito se debe, según Franco, a que ponen en crisis el deseo de reconocimiento de las mujeres, “consecuencia directa de la posición devaluada que ocupan en la sociedad”, contra su deseo de amor individual.

Algo curioso sucede en El Libro Semanal, cuyo discurso podría confundirse por feminista cuando, en momentos inesperados, incita a la liberación sexual. Pero las moralejas, si las hay, son extrañas y no se desprenden de manera lógica de aquello que cuentan. Por lo general, sus argumentos se recogen de casos reales, de la nota roja y cartas de lectores, con abundancia de violencia y sexualidad explícitas. Su antecedente literario se encuentra en la novela naturalista, en contraste con los romances de Harlequin y similares, que beben de la caballeresca.

Franco exhibe, con el análisis de tramas (mujeres maltratadas que huyen de casa, mujeres adúlteras que tras el castigo “vuelven a las andadas”), las “diferentes estrategias narrativas cuando las mujeres son destinatarias en cuanto consumidoras, que cuando se las interpela como miembros potenciales de la fuerza laboral”.

Jean Franco rastrea los orígenes de la producción masiva de textos durante la reforma educativa de Vasconcelos. Con la caída del monopolio estatal en la producción de contenidos (consecuencia de la airosa entrada de México a la política neoliberal), el discurso de la Revolución entró en crisis, haciendo notoria la escisión entre aquella República ideal, modernizada, con la demoledora realidad de los mexicanos. Hay, acaso, una separación de la generación vieja, la “mala” ―responsable de la desviación que tomó el camino al progreso― de la generación “nueva”, que para sobrevivir deberá desprenderse del lastre que supone la familia. Y hay algo doloroso aquí: el recordatorio de la sociedad que “hace de la escasez el principal incentivo (para) la fuerza de trabajo”.

(Una suposición precipitada: el interés por lo sensacionalista parece haber sido desplazado, actualmente, por publicaciones como TvNotas, que dispensa unos dos millones de ejemplares cada mes y es una de las lecturas más consistentes del mercado editorial mexicano.)

La preferencia sobre cierta narrativa es reflejo de un momento histórico. Está el ejemplo demasiado obvio de la entrada masiva de las mujeres a las fábricas como consecuencia de la fuga laboral que trajeron consigo las dos guerras mundiales, y el advenimiento de Rosie The Riveter con su enfático We can do it! como símbolo de la mujer trabajadora (un símbolo ahora reapropiado por voluntades menos interesantes, pero esa es otra historia). También, el suave retorno del discurso del ama de casa como columna y eje central de la familia, y el posterior del “empoderamiento” (esa palabra que suena muy feo, pero que es necesaria) de la mujer: una nueva manera de llamarle a su profesionalización laboral. En resumen, una serie de discursos que cambian de acuerdo a las necesidades del mercado.

He citado ampliamente a Franco, una mujer de lucidez, inteligencia y compromiso precisos, pero no encuentro una manera mejor de terminar este apartado que con una de las frases finales de su ensayo: “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”.

 

Vi hace poco el documental Miss Representation, una producción de Girls’ Club Entertainment. Es interesante, es, incluso, entretenido. Trata sobre la “objetificación” (otra palabra fuerte, poco atractiva) de las mujeres en el cine, la televisión, el internet y la música, es decir, en los mass media. El discurso se construye con los siguientes elementos: imágenes que exhiben la representación femenina dominante en los medios gringos (escenas de Gossip Girl, de reality shows, de noticieros con presentadoras escotadas, de videos musicales); la opinión de personajes de la academia, de directivos de organizaciones civiles por la equidad y los derechos femeninos, de actrices y periodistas, y de estudiantes preparatorianos en lo que parece un focus group o taller de discusión; por último, de estadísticas y datos en frío que, sin conectarse de manera directa con aquello de lo que se habla, respaldan teóricamente la idea del documental. El hilo conductor lo lleva la reflexión de Jennifer Siebel Newsom, incipiente actriz y directora del documental, que expone su preocupación por la concepción del mundo que los medios transmiten a su hija, y a los jóvenes en general, en lo que toca a los conceptos de feminidad y masculinidad.

Algunas cifras: los adolescentes norteamericanos pasan 31 horas a la semana viendo televisión; 10 horas (me parece poco) en internet; 17 escuchando música, en resumen, más de 10 horas al día consumiendo entretenimiento. El documental inicia con una frase distintiva de la crítica cultural: el medio es el mensaje y el mensajero. Y otra, no tan original pero que encuentro veraz, sobre que entender los medios de comunicación significa enterarse de lo que está sucediendo en la sociedad (la gringa, en este caso).

Sólo 16% de las protagonistas de películas hollywoodenses son mujeres. Sólo 26% del segmento de mujeres que aparecen en la televisión tiene más de 40 años. Las estadísticas no producen análisis cualitativos, como se le ha querido atribuir al súbitamente popular test de Bechdel, pero funcionan como herramienta para medir un fenómeno cultural.

(Una refrescada de lo que dicho test clasifica: una película tendrá una representación femenina más eficaz si en ella aparecen: 1) más de dos mujeres, 2) hablando entre sí, 3) de algo que no sea un hombre).

El mensaje predominante en los medios masivos sitúa el aspecto físico como uno de los valores más altos a los que debe aspirar una mujer. Lucir bien es tener poder. El “empoderamiento” es más efectivo si, preferentemente, es sexual. La mujer fuerte se encarna, a menudo, con el estereotipo de la heroína ruda pero hiper-sexualizada (aparecen imágenes de Gatúbela, Elektra, Lara Croft; las opiniones de adolescentes que perciben el bombardeo de la silueta femenina lo suficientemente redonda, lo suficientemente delgada, como única forma de belleza aceptable; estadísticas que, por tramposas o aisladas que puedan ser, no dejan de apuntar a algo: el 65% de las adolescentes norteamericanas sufre trastornos alimenticios, una cifra que ha crecido entre 2000 y 2010; el gasto promedio en cosméticos y salones de belleza en Estados Unidos es de 12 a 15 000 dólares al año.)

Este argumento salta a otro mucho más agudo: la representación de las mujeres con poder verdadero (económico, político) en los medios de comunicación. Las constantes alusiones al físico de Hillary Clinton, de Sarah Palin (agreguemos: de Angela Merkel, de Cristina Fernández de Kirchner, de, ¡vamos!, Elba Esther Gordillo); la preponderancia del aspecto emocional en las descripciones y juicios respecto a ellas e incluso, si se permite el pecado de la subjetividad, el encasillamiento, la ridiculización, la condescendencia. En pocas palabras: la trivialización del poder femenino.

Un clip de Jay Leno donde presenta el juego: “Adivina si es presentadora de noticias o mesera de Hooters”. ¿Quién con conocimientos poco especializados del mundo de los negocios conoce los nombres de Indra Nooyi (presidente de Pepsi), Ursula Burns (presidente de Xerox), Andrea Jung (presidente de Avon)? Rachel Maddow, analista, frontwoman de un programa político, un personaje delicioso, lleno de candor y perspicacia, relata el hate mail que ha recibido a diario, desde su primera aparición en la televisión, por razones de género, sexualidad (Maddow es lesbiana) y aspecto físico.

Condolezza Rice, Jane Fonda, Geena Davis, Jim Steyer (director de la organización Common Sense Media), Jean Kilbourne (cineasta y académica de Wellesley Centers for Women), Pat Mitchell (presidente de Paley Center for Media), Martha Lauzen (directora ejecutiva del Center for the Study of Women in TV and Film), todos opinan, relatan sus experiencias, apoyan con su visión la propia visión del documental. Y la conclusión demoledora es la siguiente: el tratamiento de las mujeres en la cultura popular es indigno.

Los niños, que construyen su educación sentimental en mayor medida con los medios que con la literatura y el arte, reciben concepciones parciales de lo que significa ser mujer y ser hombre, de lo que hace a una mujer, mujer y a un hombre, hombre. La perspectiva de los creadores de contenidos es, forzosamente, limitada y poco incluyente: la presencia de mujeres y de razas diferentes de la blanca en los puestos estratégicos de cadenas como NBC, Disney, Time Warner o Fox es ínfima (un 3%).

Lauzen plantea: “Cuando un grupo no es representado en los medios, es inevitable que se cuestione qué rol juega en esta cultura”. El término acuñado para este fenómeno es “aniquilación simbólica”. Geena Davis argumenta que siempre se ha dado por hecho que las mujeres se interesan por las historias protagonizadas por los hombres, pero no viceversa: una forma de indicar que la experiencia de la otra mitad del mundo no es tan interesante (aparece el ejemplo de las chick flicks, un género unánimemente asociado con las mujeres, cuyas protagonistas tienen como objetivo más importante la consecución del romance: lo que recuerda el análisis de Jean Franco sobre los romances: lo que trae a la memoria, una vez más, el test de Bechdel).

 

Las representaciones sociales surgen, se perciben y se intervienen desde numerosos frentes, pero la cultura es uno de sus abrevaderos más significativos. En After Theory, Terry Eagleton recuerda que la cultura se movía, hace muchos años, en el terreno de lo simbólico, lo erótico, lo ético, lo afectivo y lo mitológico. A partir de los años sesenta y setenta empezó a significar también cine, moda, imagen, estilo de vida, publicidad, marketing, medios de comunicación. Éste es el concepto de cultura que entendemos hoy. El lenguaje de los medios y el de la cultura es uno solo.

La cultura, conviene el mismo Eagleton, es central para las demandas políticas del feminismo. “Valor, discurso, imagen, experiencia e identidad son el lenguaje mismo de su lucha política, como en las políticas étnicas o sexuales”. Y agrega que el único paradigma sobreviviente de la moralidad clásica (la capacidad de plantear verdades morales) es el feminismo, con su insistencia por entrelazar lo político (en su definición aristotélica) con lo personal.

Un grupo lanzado a los márgenes, en un sistema económico que requiere dichos márgenes para sobrevivir, y que emplea a la cultura como uno de sus artífices principales, vuelve la realidad del mundo un discurso. La realidad se vuelve discurso. La realidad se vuelve representación.

 

Hay muchas cosas que me hubiera gustado decir aquí. Que mis ejemplos son limitados, que el apartado anterior apenas puede aplicarse en México, donde la cultura y su distribución son muy distintos de Estados Unidos. Habría que hablar de los medios de comunicación en nuestro país, del acceso al internet, la televisión, la prensa, la literatura, el arte. De las representaciones femeninas y de clase en nuestros medios, de su transformación (y, acaso, involución) en el tiempo. De los grupos privilegiados que tienen acceso a las narrativas gringas ―y son, por tanto, influidos por ellas―. Pero no albergo ambiciones tan grandes: tan sólo quería hablar de Lena Dunham, la mujer con la que inicié el texto.

En el libro de Jean Franco hay otro ensayo, “Invadir el espacio público, transformar el espacio privado”. En él analiza los movimientos populares de mujeres latinoamericanas a partir de los años noventa, cuando las madres de desaparecidos durante las dictaduras se erigieron como un nuevo tipo de ciudadana. En las manifestaciones de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, las mujeres que blandían las fotografías de sus hijos desaparecidos, imágenes tomadas generalmente en reuniones familiares, representaban la “vida privada” de manera pública. Franco entiende lo privado como lo individual y lo particular en oposición a lo social. Al invadir el espacio público con lo privado se pone de relieve la anomalía que significa la presencia femenina reclamando la polis, que a su vez revela la destrucción de las estructuras familiares y sociales. La separación entre la esfera pública y la privada es factor de subordinación.

En “Silence is a woman”, recientemente publicado en The New Inquiry, la académica Wambui Mwangi describe las técnicas de subversión de las mujeres kenianas contra el régimen opresivo de las élites Gikuyu, que han dirigido Kenia con mano dura desde los años cincuenta. En el lenguaje Gikuyu, “mutumia” es una de las palabras genéricas para designar a la mujer. La traducción literal es “la silenciosa” o “la que no habla”. La condición natural de la mujer, explica Mwangi, es “habitar en silencio, perseverar mudamente, comunicarse sin habla”. El silencio es una mujer.

Las mujeres kenianas, en 1922 durante el colonialismo británico o en 1992 contra el régimen Moi, usaron la desnudez como su arma política más poderosa. En sus manifestaciones descubrían los cuerpos tabú que resultaban una afrenta para el espacio público keniano, acostumbrado a ver esos cuerpos under cover. La desnudez tenía el poder de hacer público lo privado, de crear publicidad a partir del cuerpo. No podía ser de otra forma en una cultura que ha negado la presencia pública de ciertos cuerpos y que, más aún, ha usado el cuerpo de la mujer como “instrumento de aprendizaje”: cuando, en la indecencia y la exhibición, es motivo y justificación de la violencia sexual.

Menciono estos dos ejemplos, radicales en su dimensión política, porque apuntan a dos conceptos que me interesan: lo privado como subversión, la desnudez como protesta.

Vuelvo a Lena Dunham. Es inevitable que, comparada con las madres de la Plaza de Mayo y las mujeres kenianas, su discurso parezca banal. Sin embargo, el tema del ensayo es la representación de la mujer en los medios de comunicación y, tras mucho pensarlo, no encuentro una figura que subvierta las convenciones de la representación femenina en la pantalla de manera más sencilla y a la vez más drástica: con su desnudez.

Girls retrata la vida de cuatro veinteañeras en Nueva York: sus relaciones amorosas, familiares, amistosas, sus búsquedas personales, sus dificultades económicas. Por supuesto la perspectiva es limitada, pero sería imposible pedirle lo contrario; la pretensión de representación de todas las perspectivas femeninas o de clase es tan necia que ni siquiera vale la pena mencionarla. Girls es, a pesar de todo, una comedia: la protagonista, Hannah Horvath, interpretada por Dunham, es una aspirante a escritora con una mirada alienada, desentendida, por momentos insensible. Gran parte de la comedia surge de esta ingenuidad voluntaria, que no es mero ejercicio de autocrítica: al exhibir opiniones que le granjean continuamente la animadversión de cierto público poco perspicaz, queda claro que Dunham, más que ridiculizar, crea un personaje.

Las protagonistas de Girls tienen sexo continuamente, pero el sexo que decide mostrarse es del tipo incómodo, del que recrea los aspectos más torpes, mediocres e incluso violentos de las relaciones sexuales. Es, en resumen, un sexo poco convencional… Y qué extraña es esta frase: poco convencional, porque refiere a una cualidad que sólo existe en relación con las convenciones de la tele y el cine, mas no de la vida diaria. Muchas de las anécdotas que se presentan en Girls me han pasado a mí o a personas que conozco. Puede decirse, entonces, que son anécdotas realistas.

En Girls hay, por lo tanto, mucha desnudez. Pero quien más se desnuda es Lena Dunham, la mujer de las “redondeces explícitas”. No sólo cuando tiene sexo, sino cuando llora en una tina con agua tibia, frente a su mejor amiga; cuando decide usar una blusa de red transparente para ir a una fiesta, cuando habla con su novio mientras se cambia de ropa. Sobre todo, en la actual temporada, Hannah se desnuda mucho.

He leído, en Twitter, en Facebook, en los blogs que reseñan y desentrañan cada capítulo de televisión que sale al aire, que no entienden por qué Hannah se desnuda tanto. No lo entienden. No hay razones. No.

El asunto llegó a su momento más álgido cuando, en un evento con la Asociación de Críticos de Televisión, el reportero Tim Molloy, de The Wrap, le hizo la siguiente observación a Dunham:

No entiendo el objetivo de tanta desnudez en el show, de ti particularmente, y siento que me pones en una trampa cuando dices que nadie se queja de la desnudez en Game of Thrones. Pero entiendo por qué lo hacen: porque quieren ser lascivos y, de algún modo, estimular al público. Tu personaje, en cambio, se desnuda en momentos arbitrarios y sin motivo.

La respuesta de Dunham fue simple: “Creo que es una expresión realista de lo que es estar vivo”.

 

He leído muchas opiniones sobre los “motivos” de Dunham para desnudarse constantemente en su show. En algún texto cuyo rastro he perdido en el historial de mi computadora, una bloguera feminista le daba carpetazo al asunto: porque el cuerpo femenino no está hecho solamente para, con su bella presencia, “alegrar el ojo” de quien lo ve. No existe sólo para el placer masculino.

Pero, además de que es una sentencia enteramente cierta, si bien un tanto obvia, creo que hay una postura política de enorme significado en la desnudez continua, sin motivos, de Lena Dunham. Una desnudez subversiva.

En su entrevista con Vogue, Dunham explica que buscaba normalizar lo que es natural para todo el mundo: “ese tipo de sexo”, el sexo que es cotidiano para la gente. Su decisión de desnudar a la actriz que interpreta a su madre, en una escena tan anodina como lo es un momento de intimidad con su esposo, obedece a la misma idea.

¡Qué absurdo que la televisión requiera normalizar lo que es normal! Pero lo requiere. Y es mucho más que la satisfacción de Lena con su propio cuerpo, un discurso tibio del que el mercado se apropia lentamente (pensemos en Dove, para no ir tan lejos), y de los modelos a seguir que las niñas (a las que no les interesa Girls) tendrán en el futuro: se trata de una postura radical. Su cuerpo es una herramienta de subversión, porque lleva aquellos “defectos imperdonables” a la luz. Si el arte moderno rompía las formas sobre la base de la armonía, y al experimentar alteraba un orden, no es descabellado pensar que Lena hace lo mismo con su cuerpo en un medio cuya armonía depende de la convención generalizada que exige la belleza.

Los medios son parte de la cultura que permite construir representaciones sociales. Ver, leer, escuchar: todo moldea sensibilidades. Lo que he leído, lo que he visto, lo que he escuchado, lo que he usado como ejemplos y base de mis argumentaciones, está allá afuera, en el corpus de la cultura misma, no dentro de mí, en un hipotético chapuzón hacia los confines de mi alma.

Es un reclamo justo exhibir los modelos destructivos de imagen, su papel protagónico en las representaciones que nos permiten reconstruir la realidad. Si esto sólo pasa con el cuerpo y la imagen, ¿cuánto más falta, cuánto más debe transformarse?

El medio es el mensaje y el mensajero.

¿Entonces? Que Lena se desnude. Que se desnude más y sin motivo.

 

Pienso ahora también en la frase de Franco que utilicé muchos párrafos arriba. “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”. Pienso en mis amigas, en si estamos o no representadas en Girls, con las diferencias de clase, de circunstancia, de lugar en el mundo. No del todo, eso es cierto, pero a veces… El tema más importante en Girls es, a final de cuentas, la amistad que hay entre ellas. La solidaridad femenina. Resulta triste admitirlo, pero en eso, de una manera importante, también es radical.

 

 

Bibliografía

Ensayos impertinentes, Jean Franco. Editorial Océano – Debate feminista. Selección y prólogo de Marta Lamas.

Prácticas sociales y representaciones. Bajo la dirección de Jean-Claude Abric. Presses Universitaires de France (1994). Ediciones Coyoacán.

After Theory, Terry Eagleton. Penguin, 2004.

Miss Representation, Jennifer Siebel Newsom. Girls’ Club Entertainment, 2011.

“De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, en revista Comunicación, Carlos Colina. Centro Gumilla, Venezuela, 2000.

“Silence Is a Woman”, en The New Inquiry, Wambui Mwangi. Junio 4 de 2013.

 


Autores
(1986) es escritora y periodista. Ha publicado en medios como Letras Libres, La Tempestad, Gatopardo y Domingo El Universal, entre otros. En 2010, recibió la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en la categoría de cuento. Está incluida en la antología La casa con desván (Ediciones Rubeo, España, 2011).
Diana Martín. “Peligros de la luz falsa” Acuarela, tinta y grafito/Papel

En Pétalo, Óscar Luviano propone una mutación no sólo a través de los roles de género convencionales (una detective dura con cierta debilidad por la comida chatarra, las masculinidades contrapuestas del adulto y el niño), sino de los subgéneros narrativos: es una historia con elementos noir, pero contada desde la mirada fantástica que es, al mismo tiempo, un cuento para niños y una fábula donde los animales también tienen algo que decir.

Para Vanessa

1

Soy una detective de gatos. De gatos, no de mascotas. Es una cláusula importante. Los perros se pierden, los pájaros se escapan, y yo no encuentro ni cazo nada: a duras penas percibo la pestilencia del futuro. Ese lugar en el que los gatos terminan por caer con los ojos cerrados y las orejas gachas. Son criaturas estúpidas que avanzan a ciegas por el mundo; se creen impunes debido a una imaginaria majestad que nadie en su sano juicio les concedería. Da igual: yo los devuelvo a sus sillones mordisqueados y sus sábanas cubiertas de pelos, y sus dueños me pagan por ello. Al fin y al cabo el mañana es el único sitio del que tengo alguna certidumbre.

Me anuncio en carteles hechos a mano que pego en postes y árboles a la altura de mi cadera: el sitio en que las doñas y los niños buscan las respuestas. Las señoras pagan muy bien por la devolución de sus felinos gordos, pero desgraciadamente la mayoría de mis clientes son niños: ¿quién más iba a poner toda su fe en una detective? En estos relatos las reglas son las reglas, como la dama de vestido ajustado que entre una nube de Chanel No. 5 y humo de cigarro acude con el detective gordo para que rescate la carta incriminatoria.

Y otra regla es que toda niña en apuros es el plan secreto de un niño.

2

Tenía lentes de cristales rayados y la vieja falda de una hermana mayor o de alguna prima con pétalos de rosas adheridos con seguros. Apretaba contra su pecho uno de mis carteles. La foto de su gata, impresa en una hoja bond, rigurosamente enmicada, sobresalía de su bolsito de mano con bordados de Hello Kitty.

—Buenas tardes —le dije, pues se quedó en el umbral de la caseta, con la nariz arrugada.

—Está todo quemado —dijo desconfiada.

— ¿Sabes cuánto cuesta la renta de un despacho? Era esto o la panadería de Dalias —me acerqué y tomé la foto de su bolso.

—Esa es mi gatita. Lleva perdida cuatro días. ¿Está hablando de la panadería que se incendió?

No le respondí que las reglas son las reglas y que mi olfato sólo funciona en lugares derruidos, atragantada como quedé por el aroma a sangre que nos rodeó como una mano abierta. Hedía como un grito. Lagrimeando leí el nombre escrito con letras coloreadas y rellenas de diamantina: Princesa.

—¿Se siente bien, señora?

—No me digas señora. Ni que estuvieras hablando con tu mamá —logré articular.

—¿Si no tiene para pagar una oficina y es tan grosera para qué se metió de detectiva, señora?

Dijo todo esto como si estuviera recitando una poesía del Día de la Bandera. Estuve a punto de decirle, por pura maldad, que, a juzgar por el olor del futuro, nunca vería de nuevo a su Princesa. Pero ya eran dos días sin comer y el recuerdo de mi mamá. Una torta cubana valía las complicaciones.

—¿Quieres saber mi tarifa?

—Traigo cincuenta pesos. ¿Me alcanzan? —buscó en su bolsa y fue sacando de una en una monedas rojas de arcilla. La alcancía del novio. Y claro que alcanzaba: quedaría suficiente para una Coca grande y un litro de leche. Tal vez hasta para una concha…

—¿Cuánto tiempo va a tardar en encontrar a Princesita?

—Es una investigación, niña: nunca se sabe: mi último caso me llevó tres semanas —había sido la media hora que me tomó hallar el árbol donde el tarado de Botijas se había trepado—. Yo te mantendré informada y te diré si hacen falta más viáticos.

—Me llamo Zaira Keyla Valencia Jiménez. Y ya no tenemos más dinero: es todo lo que Kevin Brandon y yo pudimos juntar.

Estaba por sugerir que se guardara el dinero e iniciara un fondo para tramitar su cambio de nombre una vez que tuviera edad legal para hacerlo. Me sequé las lágrimas con la manga del suéter (la contaminación, le dije) y anoté su dirección como si me hiciera falta. Tenía celular. ¿Qué niña de diez años tiene un celular?

—Llame a la hora que sea, señora: me lo voy a poner debajo de la almohada.

Y se fue brincando de escalón en escalón como si ya hubiese encontrado a la gatita que ya no estaba en ninguna parte. A menos que la pálida manada estuviera un lugar. El eco de sus zapatitos de charol casi me hizo sentir culpable. Encendí un faro y fui a sentarme sobre mi mochila a esperar al novio y su discursito mientras contaba las monedas. Las tripas me rugían y tenía los labios tan secos que el lápiz labial se hizo polvo al tacto.

No tardó ni cinco minutos: vestía una sudadera roja, con vampiros. Lo que me faltaba: un chico duro. Jaló rueda por rueda su bicicleta sobre los escalones que subían a la caseta y apenas entró le reclamé que sólo me habían entregado 48 pesos. Entonces la pestilencia se convirtió en un manto entre nosotros y las paredes chamuscadas: uno húmedo en sangre. Era más intenso que en Keyla. Conozco el olor de la sangre de gato, y aquel no lo era. Era más profundo y más terrible.

Era inútil resistir. Cerré los ojos y dejé que la pestilencia del tiempo me invadiera. Lo hace como un reflujo corrosivo que golpea desde el estómago y sube y quema por los pulmones, escalda cada latido de mi corazón con una espuma ensordecedora. Y sube y replica contra el interior de mi cráneo. Me tiré al piso de la caseta aferrándome a la cabeza como a un jarrón quebrado, y mi cerebro tañó lento y doloroso, y a través de cada grieta, una luz turbia derrubió tras mis párpados cerrados encarnando retacería, fragmentos de un espejo en el que se reflejan el dolor que ha de ser, lo que viene implacable.

Y esto fue lo que vi: “Patas arriba, aterrada pero sin cobardía, hundí mis garritas en el brazo de mi asesino. Me sacudió con un golpe terrible, y otro, y otro hasta dejarme encerrada en una oscuridad de pelo y sangre diminutos. Maullé sin aire ni esperanza, pues supe que mi lucha había sido inútil”.

El cuerpecito de Princesa cayó a plomo en la bolsa de basura mientras el ángel de huesos batía sus alas descarnadas, victorioso. Desde el fondo de la pestilencia a plástico maulló de nuevo y suplicó por la niña que había fallado en proteger. Se lo pidió al pájaro que crea el cielo con su vuelo y al perro que sacude los trigales. Claro que no con esas palabras: los gatos son demasiado orgullosos para hablar, pero escuché el trueno que es como una estampida lejana, y olí de nuevo la sangre que no era sangre de gatita, y vi el rostro de Keyla reflejado en el estanque de su propia sangre. A pesar de los moretones pude reconocerla.

Cuando abrí los ojos, el niño se había puesto a gatas para observarme de cerca. Me señaló con un dedo acusador.

—¿Se droga, señora? ¿Compró drogas con nuestro dinero?

—Señorita, Kevin, y hablaba de la gata —me puse de pie mientras me acomodaba la falda. No era cosa de enseñarle a la criatura todos los jalones de mis medias. A pesar del mareo, hice lo imposible por mantener la dignidad, pues era necesario fijar una cláusula importante—. Pagada la investigación, no hay devoluciones…

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Huelo el futuro, y no huele bien… Y Keyla me dijo que eras su novio. ¿No te importa que hablemos mientras como algo, verdad?

—Vengo a ver que investigue de verdad, no a que me devuelva mi dinero: yo se lo regalé a Keyla. Y NO ES MI NOVIA.

Siempre es una niña con un niño detrás y el niño cree que sabe algo que ella se niega a ver, y la misión del niño es hacer que lo vea. El hambre me tenía de mal humor y ya no estaba para soportar más mamadas.

Aspiré. Fuerte.

—Hueles a flores. Recién cortadas y marchitas. ¿Quieres que te diga lo que te espera o me acompañas a comer?

—Váyase a predicar al metro, señora. A mi no me impresionan esas cosas: mi mamá también es así con sus clientas. Les lee el Tarot y las piedras ésas. Al menos es un poquito más decente porque no cobra tan caro como usted… Ya le dije que no vengo a eso. Vengo para que no se haga babosa a Keyla. Estoy aquí para que me ayude a castigar al que mató a Princesa.

Iba a ser uno de esos casos.

3

Fuimos al puesto de tortas sobre Zarzaparrillas. Pasamos frente a los restos de la panadería.

—¿Ve la manta? —me contó Kevin—. Dice que el dueño no pagó la protección. Se oyó un ¡BUM! bien cabrón en la madrugada.

—Tu lengua, niño.

—Dicen que fue una granada.

Iba en su bicicleta evadiendo como podía los puestos de jugos, pan, tacos, estudios de zumba y peluquerías en que se habían convertido los frentes de las casas del rumbo. En aquellas que habían sido abandonadas por sus insolventes dueños, los matojos de yerbamala ocupaban el lugar del espíritu emprendedor. En el lavado de autos, a unos pasos de nuestro objetivo, Kevin se resbaló con el jabón y se dio un guamazo de aquellos.

—Sóbate —le dije cuando se negó con un manazo a que le ayudara a levantarse.

—Tiene todas las medias corridas —me dijo el pinche escuincle todo cubierto de jabón mugroso.

Cambié la cubana por una de milanesa con quesillo y doble ración de jalapeños. No iba a tomarme a la ligera el brusco cambio en la carátula de la investigación.

—Perdóname que no te ofrezca, pero ya tengo prometida la mitad…

—Soy vegetariano y no contamino —me inclinó la bicicleta para demostrar su punto.

—No seas tan listo y dime lo que sabes sobre la gata de tu novia.

—NO ES MI NOVIA. A Princesa la mató el padrastro de Keyla, el Madrinas.

Con la boca llena levanté los hombros en una clara pregunta de “¿Y cómo lo sabes, escuincle?”

—El hijo de la chingada le dio de comer el cuerpecito a su perro.

—¿A su perro? —escupí una rodaja de zanahoria.

—Estaba buscando a Princesa por los lotes baldíos de Canosas cuando vi al Madrinas que andaba paseando a Titán. Creo que no me vio, pero seguro que ni le hubiera importado que me diera cuenta. Traía una bolsa de esas de la basura, negra…

—Ahórrate los detalles, Kevin, estoy comiendo.

—Se detuvo una camioneta con los vidrios todos negros y cuando el Madrinas se iba a subir, oí que le gritaban que con el perro no. Lo amarró a un poste y se fue con ellos. Titán es un rotwellier. Ni quién se le fuera a acercar si encima estaba chorreando la sangre… Perdón. Le tuve que abrir la boca con un palo. Ya ve que muerden y no sueltan. Me agarró el brazo —se arremangó la roja manga con vampiros para mostrarme la  línea de colmillos en su codo bajo la costra de detergente mugriento—. Dolió harto, pero ¡PUM! —pateó en el aire dos, tres veces—. ¡Y ahí sí me soltó! —la alegría le duró unos segundos—. No dejé que Keyla supiera. Enterré a Princesa en el camellón de la López Portillo, frente al Burger King. Hay unos árboles bonitos, llenos de pájaros. Le gustaban los pájaros. Les maullaba para que bajaran a dejarse comer…

Y comenzó a imitar el maullido de la gatita, que era más bien una vibración del hocico. Sólo le faltaban los bigotitos. Y yo, masticando la feliz milanesa, sólo escuché en cada chasquido de su boca el golpe de los pétalos secos que Kevin, sentado en el borde de la cama,  vería caer en incontables noches del futuro, como si fueran el lento metal de los eslabones de una cadena.

Comida la mitad que según las reglas me tocaba, envolví en servilletas el resto de la torta y guardé celosamente las monedas restantes en el monedero que me cuelgo en el resorte de la falda, junto a los Faros. Hicimos el camino de vuelta.

—¿Qué vamos a hacer?

—Decirle la verdad a tu novia.

—No es mi novia. Digo que qué hacemos con el Madrinas.

—¡Nada!

—¡Es un asesino! ¡Tenemos que ir con la policía! ¡Tienen que castigarlo por lo que hizo! ¿Qué le hizo Princesa a él? ¡Nada!

Dejó caer la bicicleta a media banqueta. Estaba claro que era una gran herramienta expresiva que el consumo de milanesa me había negado. Para hacerlo más ecce homo se tapó la cara para llorar.

—No chilles. Si vamos a la policía no nos van a creer. No tenemos pruebas…

—¡Encuéntrelas! ¡Usted es una detective! ¡Era una buena gatita! —se tapaba la cara con los brazos para que no viera sus lágrimas.

Mi amplia experiencia en el trato con niños me llevó a dejarlo solo, entrar a la tienda más cercana y comprar la coca y la leche. Cuando regresé, seguía llorando, pero recargado sobre el asiento de su bicicleta. Parecía rezar. Encendí un Faro y eché el humo sobre la cabeza del niño. Tosió y levantó unos ojos entre aturdidos y escandalizados.

—Fumar es malo para la salud y para el ambiente —se secó los mocos con la manga de la camisa.

—Volvamos a mi despacho: tengo un plan.

4

Le dije a Kevin que al día siguiente no se viniera por la López Portillo o le iban a  robar la bicicleta. No me escuchó: estaba pegando de brincos para que ver si conseguía que así le revelara mi plan. ¡Claro que no tenía ninguno! Pero suena poca madre decir que lo tienes. Todo lo que se me ocurrió fue decirle que fuera al día siguiente, a las siete.

—¿De la mañana?

—La falta de proteínas te está comiendo el cerebro.

No habría dejado de brincar ni si le hubiera revelado lo que su olor a flores nuevas y marchitas me había mostrado. Bajó las escaleras montado en la bicicleta y, como era de esperar, otro guamazo. Rebotó sin sobarse, y se fue, feliz de que el plan —su plan— estuviera en marcha: el de salvar a Keyla con la felicidad de su venganza.

— ¡No te vengas por la avenida! —grité, sabiendo que valía para puros chiles. No hay nada más ciego que un niño enamorado: se tiran en el futuro con los ojos cerrados.

Y tenía otras cosas por hacer.

Sentada sobre mi mochila esperé la puesta de sol. Las reglas son las reglas. Cuando se escucharon los primeros aullidos de los perros y supe que el cielo estaba vacío de pájaros, saqué los restos de la torta y serví Coca y leche en vasos de plástico. Coloqué la torta al centro del círculo de ramas y dejé caer un chorrito de cada líquido sobre el piso ceniciento. Con oídos y corazón pegados a la tierra, agradecí el favor del cuervo que crea el cielo con su vuelo, del perro que agita los maizales, del conejo en la luna y del burrito que nombró a Jesús.

Repetí la plegaría, con otras especies y otras deudas, y en ningún momento abrí los ojos. Nunca podré acostumbrarme al sonido de sus alas, al replique de sus patas incontables, al alarido de lujuria con el que se encarnan. En la oscuridad prevalece el olfato que no nos abandona ni en la más honda profundidad. Tiene garras y colmillos, y los usa.

Cuando todo hubo terminado, de la torta no quedaba migaja. A lo lejos la pálida estampida se confundía con un trueno sobre las unidades habitacionales, los lotes baldíos  y el fragor de los tráilers sobre la López Portillo, y no había ni nubes ni pájaros ni luna, y todos los perros habían callado y se escondían bajos las camas, en el fondo de las zotehuelas. Me abracé las rodillas respirando con dificultad: el aire arañaba como lleno de miles de pelos, de miles de plumas, de guano y de estiércol.

Me levanté y fui a mi casa a dormir.

5

Lo habían dejado  como al Pato Lucas cuando se le atora el pico en el suelo, con una camiseta de The Cure. Además del puñetazo aún tenía las suelas de las botas marcadas en el pantalón. Cojeaba un poco.

—Eran tres.

—Te lo dije. ¿Quieres pasar a tu casa para ponerte merthiolate?

—No. Mi mamá está con su novio de visita. Es trailero —eso parecía explicar todo.

Doblamos por Dalias. Salchichonerías, mercerías, papelerías en las que se atendía por la ventana de la sala, con la mercancía acumulada sobre los sillones. Como había visto entre el ramalazo de sangre, la casa de Keyla era un estudio de tatuajes: daba fe una lona de plástico colgada al lado de la puerta con una Santa Muerte al estilo manga. Al pie de la lona, una jaula hechiza; los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis unidos con goterones de soldadura. Dentro había enormes nudos de mecate para fortalecer la mordida.

—Ahí duerme el Titán. ¿Qué hacemos, entonces?

—Tócale —seguía sin tener la menor idea. Una cosa era oler el futuro y otra el agandalle en vivo de sociópatas. Lo dije para sacármelo de encima, pero el tarado escuincle tocó el timbre con admirable seguridad. Desde el interior se oyeron ladridos y una voz que urgía a Keyla a que viera quién chingados era.

Nos abrió en un vestido hecho con las cartulinas de una exposición sobre el cero, decorado con mariposas de papel de china naranja sujetas con seguros. Bizqueaba sin los lentes, pero igual se escandalizó por el aspecto de Kevin. Cuando me enfocó, levantó los bracitos para abrazarme.

—¡Yo sabía que la iba a encontrar!

Kevin puso cara de mártir en puchero.

—¡Tranquilos los dos! Escuchen bien: soy la tía Joaquina —¡qué pinches nombres cosecha la improvisación!— y soy veterinaria en servicio social.

—¿Mi tía? —dijeron los dos a coro señalándose el pecho.

La puerta al fondo de la casa se abrió entre ladridos y un miasma de Purina. Una patada vibró su estate quieto, y el perro soltó un gañido espantoso. En dos zancadas, tras librar el enorme sillón de dentista y la mesita con agujas y tintas que sofocaba la sala comedor, el Madrinas estuvo frente a nosotros tirando de la cadena del rottweiller. El bracito de Keyla desapareció entre los dedos manchados de tinta.

—¡Ya te dije que no estés hablando con la puerta abierta que se sale Titán! —la sacudió.

Entonces me descubrió y, tras ponerse en firmes, vino su escaneo. Quizá exageré con maquillarme el escote para que se vieran más grandes. Atrapé su mirada con mi mano extendida. Soltó a Keyla y la estrechó.

—¡Buenas tardes, señor Antonio! —“¿Cómo supo su…” ya iba Kevin, pero levanté mi ceja admonitoria—. Me llamó Jo… Jacqueline Cienfuegos y soy la TÍA DE KEVIN. Estoy haciendo mi servicio social vacunando a las mascotas de la zona gratuitamente. Entiendo que usted tiene un perro… —rematé babosamente.

—Mucho gusto —dijo el Madrinas, aturdido entre mi falda corta, los tacones que me doblaban las rodillas y la verborrea.

—¡Jacqueline! —dijeron los niños y sofocaron sus risitas como si se comieran las uñas.

—Respeto —les ordenó. Kevin le sostuvo la mirada, pero Keyla se agachó esperando el golpe—. Pues ahí te doy las gracias: Titán tiene todas sus vacunas. Es mi patrimonio. Lo cuido muy bien.

Apestaba a sudor y a perro. Los tatuajes de espinas y olas y sirenas y sables y revólveres ramificados le trepaban por los bíceps en escamas.  Bajo la camiseta de hombros descubiertos, de un lado del cuello, un retrato de Titán al momento de lanzar la tarascada, y del otro lado, el ángel de alas descarnadas al que Princesa se había enfrentado.

—La Niña Blanca —le toqué el tatuaje con la punta de la uña.

—Tú sí sabes —no retiró la cara—. Pero, pues ya te digo, el perro está bien atendido.

—Se ve que sabes atender —hablaba de los dedos que se habían quedado marcados en el bracito de Keyla, pero la idea era que entendiera otra cosa.

—¿Por qué no se van a hacer pendejos a otra parte? —y la había entendido—. Esto de ser niñero… Te voy a dar un consejo: no andes con gente con hijos.

—¡La serpiente que entibia la tierra, las hormigas que hacen latir su centro me libren de ello!

Puso cara de qué hablas, y en ese momento Keyla y Kevin se escurrieron hacia la calle en silencio.

—¿A dónde vas con esa chingadera puesta? ¡Como si no te compráramos ropa!

—¡Su mamá es la que se la compra, usted ni tiene traba…! —esta vez levanté las dos cejas y Kevin zapateó sin acordarse de su pie lastimado.

—Es el mejor vestido que he visto en mi vida, Keyla. ¿Después me lo prestas, eh? —le acuné la carita entre las manos. Asintió como lo haría mucho tiempo después reflejada en su propia sangre por toda despedida del mundo—. Váyanse a jugar un poquito mientras hablo con Toño. VETE A JUGAR, KEVIN.

Mentaba madres o lo que quiera que hagan los vegetarianos cuando farfullan con los labios hinchados. Se fueron a sentar contra el cofre de una camioneta y Keyla le tocó los raspones. Kevin le mostró, pecho hinchado, la pernera marcada por las botas. Ella se llevó las manitas a la cara, aterrada. Le tocó el labio herido con una varita mágica que sabrá el Perro Amarillo de dónde sacó. Pensé en todas las flores que Kevin iba a comprar en los años por venir tratando de recuperar ese momento…

—A ese pinche escuincle le hace falta que le rompan la boca más seguido. ¿Quién se lo madreó? Ya sé que es tu sobrino, pero dime quién me hizo el favor, Jacky.

Sabía cómo tratar a una mujer. Puse mi cara de no me sonrojes y tras hacer un tierno mohín, le miré a los ojos.

—¿Cómo supiste que me dicen así?

Sonrió con dientes blancos y perfectos. Había abierto la puerta. Su sonrisa era otro tatuaje de Titán al momento de morder. Era tal su entusiasmo que no se había dado cuenta de que, durante todo ese tiempo, su perro había reculado, tirando de la cadena en silencio, suplicante.

6

Volvimos a la caseta quemada. Los últimos pájaros (una línea de garzas blancas, zanates, pequeños gorriones) urgían el vuelo a los contados árboles. Los perros ladraban ocultos tras las puertas y los arbustos.

—¿De qué hablaron usted y el Madrinas?

—De cosas de hombres y de mujeres.

—¿No se estará enamorando de él? A mí me pareció que en lugar de hacer eso que dice usted que hace con la nariz, se lo estaba ligando.

—Mi olfato no funciona si no lo llevo a un recinto. ¿Seguro que no tienes que ir a tu casa, Kevin?

—Ya le dije que mi mamá está con su novio. Y se va a poner como loca cuando le diga lo de la bicicleta.

—Ve a casa de algún amigo.

—No tengo.

—Entonces desaparece por dos horas. No vemos a las once en el ciber de Magnolias y Dalias. Necesito que me ayudes a chatear con el Madrinas.

—¿No sabe chatear a su edad?

—Las computadoras se descomponen cuando las toco.

7

No hubo comida en la ofrenda para la manada pálida. Había perdido el crepúsculo que marca la tregua entre quien devora y quien perdura, y no agradecí al venado que crea el sendero con su huida, ni al ajolote al que debemos el agua en donde lo vivo y lo muerto se confunden. Me limité a tenderme en el piso e imite el chasquido con el que Princesa llamaba a los pájaros que crearon el cielo para que se dejaran comer y arañé y mordí el suelo hasta sangrar, de la manera que ella había defendido a su niña. A lo lejos, los perros aullaban, aterrados, entre las azoteas, desde las zotehuelas, hundidos hasta el lomo en los basurales. Y entre ellos estaba Titán.

8

El ciber estaba en una sala que se había extendido hasta la banqueta con la lona de un puesto de teléfonos celulares. El frente del negocio se dedicaba a las quesadillas y los pambazos. La doña recibió mis últimas monedas arcillosas con cara de asco. El olor a aceite quemado rivalizaba con el estruendo de las peseras que doblaban por Magnolias y con la pantalla plana al fondo de la casa. Pasaban una película de terror vieja. Un gato negro aterraba a una chica en negligé. Las computadoras estaban montadas en la mesa del comedor. Elegimos la única con cámara web.

—¿Qué vamos a hacer? —susurró Kevin, aunque éramos los únicos clientes.

—Tómame unas fotos con la cámara. Con el sillón de fondo, para que parezcan de verdad…

Kevin escribió (tras muchos esfuerzos gramaticales) “Detective de gatos” como profesión en mi perfil, pero el sistema no nos permitió poner “Perfumista vital” en religión. El primer y último estado de Jacky Cienfuegos era “Buscando comida para la estampida pálida”.

—¿Es una banda, como The Cure?

—Algo así. Su estruendo no te dejaría dormir. Ahora busca al Madrinas.

Había cincuenta, pero no nos dio trabajo: en su foto abrazaba al Titán. Era parte del grupo “Criadores Rottweilers de Coacalco” y de “Peleas Relámpago”. En una de sus fotos subidas con el celular se le veía arrodillado, sonriente, tratando de arrancar algo de las fauces de Titán, entre una multitud hecha de humo, sobre un suelo cubierto de aserrín apelmazado.

—Maldito hijo de la chin…

—Tu lengua, Kevin. ¿Qué dice su último estado?

—“Ahora llegan a la puerta disfrazadas de enfermeras” —con admirable esfuerzo Kevin contuvo los sollozos—. Tiene 50 likes y 40 comentarios. ¿Se los leo?

—No —no hacía falta oler el futuro para saber lo que los amigos del Madrinas opinaban sobre mi visita—. Vamos a mandarle un mensaje privado. Escribe: “Me ofendes: ¿te parezco una enfermera?” Y adjunta la segunda foto. Parezco con zeta.

—¿En la que se le ve el brassier?

—Esa.

El Madrinas tardó 15 segundos en mandarme una petición de amistad. En la tele, una a una, las asesinas del gato iban muriendo de formas creativas.

—¡Nos abrió el chat! “Hola, enojona”. ¡Quiere que le pongamos la cámara web!

Arrastré mi silla hasta ponerme al lado de Kevin. Leí.

—Dile que no, que estoy fachosa —leí la respuesta—. Dile que me quedé con ganas de hablar más. Dile que no me puedo olvidar de sus tatuajes. Pregúntale a qué gimnasio va. Dile que no quiero que piense que soy una lanzada. Con zeta —leí—. Dile que a veces los sentimientos nos sorprenden. Dile que también yo —leí—. Dile que ¿y la mamá de Keyla? —leí—. Dile que aunque nada más esté con ella mientras encuentra un lugar yo no quiero lastimar a nadie —leí—. Dile que a mí también me gustaría hablar todo esto en persona—. Dile que cuándo —leí—. Dile que si le importo venga ahora a mi casa…

Kevin dejó de teclear. Los ojos se le iban de una lado a otro y no supo si gritar o pegarme con el mouse. Le puse un dedo sobre la boca.

—Hazlo. Escribe: “Si crees que te importo, ven”. Escribe mi dirección. Ven con uve.

9

Caminamos sobre Magnolias hasta la Avenida López Portillo. Kevin ni siquiera me miraba. La boca se le había puesto espantosa, más Popeye.

—Mejor habla o se te va a reventar el labio…

—Todo esto para que usted resultara una tumbamaridos.

—No está casado. Y ahora vete a tu casa.

—No la voy a dejar sola con el Madrinas.

—No voy a estar sola… —me reí. No debí, pero el rumor de la manada pálida vibraba bajo el ruido del tráfico y del viento.

—¡Ya quisiera! —y se fue corriendo antes de que viera sus lágrimas de desengaño.

Corrió frente a las canchas de fútbol abandonadas, los restaurantes cerrados, las casas de empeño que regalaban globos para los niños. Su pequeña figura  se recortó contra los anuncios luminosos que, en lugar del alumbrado público, perfilaban la avenida: Comercial Mexicana, Farmacia Simi, Liverpool, y más allá de todas, la del Burger King.

No había tiempo para cursilerías: me quedaba una hora de caminata. Es otra de las reglas. Me quité los zapatos. Ahora sí: adiós a la medias. A mi paso, los perros aterrados y los nidos en árboles y cornisas guardaban silencio. Cerca de Tequex un tráiler bajó la marcha hasta ponerse a mi par. Desde la ventanilla el chofer me hacía promesas y reclamos a voz en cuello y con el claxon. Como seguí adelante con la vista fija, gritó que me iban a encontrar encobijada, cortada en pedazos, abierta de patas en el maizal. Aceleró y le perdí de vista.

Zapatos en mano seguí adelante.

10

El Madrinas me hizo salir a claxonazos de mi casa iluminada. No hacía falta, pues ya había escuchado los ladridos de Titán. Los faros de la 4×4 me deslumbraron y tras el socaire de mi brazo en alto lo vi jalonear al perro.

—Déjalo en el coche, tiene miedo…

—¡Que no mame, pinche puto! —le cerró la portezuela de golpe, y entonces, tras el cristal, Titán me lanzó las tarascadas. A su pobre modo era tan fiel como Princesa—. Aunque a la mejor él no es el único que debería tener miedo ahorita…

—Aunque lo digas como chiste, de verdad deberías temerme, y no lo digo por mi facha.

Me señaló con un gesto de pa´ su mecha. Yo estaba hecha una Santa Virgen: las medias reventadas en los pies, el cabello cuajado y los ojos amapachados… Igual sus brazos me envolvieron. Bajé la cabeza para evitar el beso.

—¿A poco ya te echaste para atrás?

—No es eso… Me da pena aquí. Mejor vamos para adentro.

—Si quieres damos antes una vuelta en la troca… —mis carcajadas lo hicieron apretarme por la cintura—. ¿A poco no es suficiente para ti?

—No va a volver a arrancar si me subo…

—Tienes tus kilitos, pero no exageres. A mí me gustas así. ¿Se te fue la luz?

—Nada de energía eléctrica. Otra de las reglas. ¿Entramos o ya te arrepentiste porque estoy gorda?

Me zafé de sus brazos y su pestilencia a celo y gasolina.

—Pues mejor, porque parece que va a llover.

Detrás, de lejos, de todas partes, el rumor bajo de la manada pálida, que se parece al trueno, aunque no hubiera una sola nube en el cielo, ni luna. Entré al salón iluminado por las velas. Le escuché cerrar las puertas detrás de mí.

—¡Ay, buey! ¿Se te quemó algo?

Le señalé la pared en la que mi mamá había reunido los muebles y todo objeto combustible después de mi profecía. El humo había dejado marcados los sitios de los retratos y los cuadros. Debajo del montón de madera carbonizada, los cuerpos de mis peluches y muñecas con los ojos derretidos, la serpentina chamuscada de mi vestido de Primera Comunión.

—¿Y eso?

—Mi mamá no me dejó ir a una fiesta, y le dije que olía a mar y algas, y que lo último que vería sería el cielo de los ahogados, donde los peces son ángeles y la luz huele a sal. ¿Tú qué sabes de los ángeles, Madrinas?

Me le fui encima y le abrí la camisa con las garritas de Princesa, mordí su pecho con los dientes aún sin filo de la gatita. Y aspiré su pestilencia: el ramalazo a sangre y semen fue tal que pegué mi boca a su pecho para no vomitar. Me repegó por la nuca contra el piercing de su pezón.

—Así, mi vida, así…

Firme, suave, me separé. Era tal la sinceridad del deseo que le aniñaba la cara que casi tuve lástima por él.

—Tengo que confesarte algo: soy una detective de gatos. Puedo oler el futuro. Puedo saber lo que va a pasar. Y a veces…

—Más bien querrás decir una gatita… —intentó besarme pero le contuve con una mano que era la zarpa de Princesa, y me escurrí a sus espaldas con la suave ondulación del aire en que la gatita sabía convertirse, y le mordí el hombro con todo mi asco.

—¿Qué te pasa, pinche puta? —el madrazo me tumbó de espaldas. Intenté arrastrarme con los codos, pero la fuerza con la que me abrió las piernas y desgarró los restos de mis medias me apuntaló sin remedio. Entonces gritó y se alejó apretándose el brazo.

Princesa cayó grácilmente entre nosotros. Una gota de sangre en los bigotes.

A la luz de las velas, el siguiente gato se sacudió las cenizas como si lo hubiera sorprendido el aguacero y sus ojos de madera brillaron metálicos: era Perlo. Detrás vinieron Micifuz, Fideo, Chancludo y Rubio. Y detrás otros miembros de la manada pálida. Fui diciendo sus nombres mientras me ponía de pie. A cada paso, la madera reverdecía en sus huesos y tuvieron la fuerza para erguirse y saltar a los antepechos y las repisas con un siseo de hojas. Dichosos de haber dejado atrás las pedradas, el veneno, los autos y el hambre se restregaron contra mis pantorrillas, agradecidos por la oportunidad de otra cacería.

El Madrinas sacó el arma que llevaba entre la cintura y el pantalón. Un movimiento estudiado, profesional, aunque su revólver era hechizo, encarnado en los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis. No despegaba los ojos de la minúscula sombra a sus pies. Princesa abrió la boquita y emitió el chasquido con el que pedía a sus presas que se dejaran devorar.

—La mataste porque temías que despertara a Keyla, ¿verdad? Los gatos no huelen el futuro, pero distinguen la crueldad. ¿Tú conoces la diferencia, Madrinas? ¿Por qué entras cada noche en el cuarto de Keyla?

El estampido del disparo casi me tiró de espaldas de nuevo. Disparó toda la carga, pero apenas se escucharon los retumbos entre el rumor que nos envolvía.  Ninguno de los gatos se movió. Era como disparar a un tronco.

—En tu lugar no lo intentaría de nuevo: tienen hambre. Yo sé qué es lo que te hace ir cada noche al cuarto de Keyla. Yo sé por qué irás cada noche hasta… Puedo oler el futuro y el tuyo apesta a crueldad… A eso que te trajo aquí y que llamas amor.  Ahora te dices que lo haces por los celos. ¿Por qué vas a mantener a la hija de otro pendejo? Te quedas en la puerta viéndola dormir: te sientes sobajado aunque no gastes un centavo en ella. Es su mera existencia lo que te corroe. Otro anduvo cogiéndose lo tuyo, Antonio.

El sudor, el calor y los dedos temblorosos hicieron que el Madrinas errara la burda recámara del revólver y las balas se le cayeron entre los hambrientos. No tuvo el coraje de rebuscarlas entre sus cuerpos.

—Hasta que… el amor. Y es que el tiempo se ensaña con su madre. Ya le cuelgan. ¿Qué culpa tienes de que la mamá no se cuide? Eres un hombre y tienes necesidades…

—¡Ya párale con las pendejadas!

Es mentira que arrojen la pistola. Se aferran a ella. Se lo pensó mejor y se agachó a rebuscar las balas. Gritó cuando Princesa saltó sobre su boca y los demás le treparon como una flama. Masticaron, sólo un poco. Les retiré uno por uno, con una caricia, con un beso, con mano firme para los más necios. Arrastré al Madrinas hasta dejarlo sentado contra la pared bajo la mancha blanca donde había estado mi retrato de XV años.

—Esa noche te dejaste llevar por el arranque, pero la gatita… Lo bueno es que ya nadie te va a impedir que entres a su cuarto cuando su mamá no está. Al fin que es igual que ella y le gusta lo mismo. Para que vaya sabiendo, nada más que pruebe. Al fin que la pinche escuincla ya sabe, todas lo saben…

Le lamí la sangre de la cara. Se levantó e intentó trepar al tragaluz. Las repisas se vinieron abajo y cayó entre Rey del Mundo, Silvestre, Gato, Chicho, Manchitas y Capi. Los arañazos como una extensión de los tatuajes.

—Y en algún punto te dirás que es amor. Que la sangre que te inflama la verga es amor. Y le vas a ordenar que guarde el secreto. El secreto del amor.

Se arrastró hasta mis pies. Ciego me abrazó de las rodillas. Suplicó. Tomé su rostro entre mis manos.

—Amor, Antonio. Y Keyla sólo será la primera.

—¡No me maten!

—Esta noche no. Pero recuerda: los hombres son crueles en todas partes. Y la manada pálida está ahí. Estará en donde quiera que huyas. Y esta noche sólo convoqué a los gatos. Hay otros… peores. Tu alma se licuaría al ver la cara del Conejo.

—¡Yo me voy, Jacky! ¡Te juro que me voy y no vuelves a saber de mí!

—Vas a irte, sí, pero antes vas a hacernos unos favores. Para empezar: dame tu cartera.

11

Los esperé en el Burger King comiéndome una con disco de queso. Llegaron en la nueva bicicleta de Kevin. Keyla aferrada a su cintura y de riguroso luto. Pétalos de rosas subían y bajaban por el vestido negro adherido con seguros. Remató el outfit con unas alas de ángel hechas de algodón que, desde mi punto de vista, eran excesivas. Me abrazó a mitad del bocado. Sentí sus lágrimas contra mi mejilla. Le di de palmaditas en la espalda.

—No hace falta que tú también llores, Kevin.

—¡No estoy llorando —parecía una plañidera a sueldo.

—Tengo que ir a recomponerme, señora —Keyla me mostró su estuche de maquillajes. Todos ellos con brillitos—. Voy al baño un segundo.

Cuando estuvimos solos, le pasé la caja a Kevin. La gatita negra asomó entre las virutas de periódico. La tomó entre sus manos sin mediar palabra.

—Le vamos a poner como usted.

—Cienfuegos es un pésimo nombre para una gata. Se llama Pétalo. ¿Escribiste la carta?

Dejó a la gata con un pavoroso cuidado en la caja. Se chupó la cicatriz del labio.

—Escribí lo que el Madrinas me dijo cuando me dio la bicicleta. ¿A dónde se fue? Dice Keyla que hasta desmontó su silla de tatuador y que no le contesta las llamadas a su mamá. No saben qué hacer con el perro.

—Lo venderá. Es de buena raza. Un buen negocio. Diles que ya no lo metan a la jaula.

—¡El pobre no quiere salir de la zotehuela! Hasta me da pena.

—Debes sentir pena por él, Kevin. ¿Le diste la carta?

Se puso todo rojo. Le dio comezón por todo el cuerpo. Se rió tirando baba.

—Sí… pero no me preguntó nada… Se me hace que la va a perder.

—No va a perderla, Kevin. Y nunca le compres flores a nadie que no sea a Keyla.

—¿Flores? —Keyla parecía un payaso, pero el dolor nos pone erráticos.

Le entregué el ramo de rosas blancas. El contenido de la cartera del Madrinas había sido generoso. Aún me quedaban algunas deliciosas medias comidas antes del siguiente caso. Entonces Keyla notó la caja sobre la mesa y pegó el obligado grito antes de sofocar al pobre animal con besos.

—¿Es mía?

Keyla depositó a Pétalo en su caja, ceremoniosa.

—Gracias, pero antes tengo que despedirme de Princesita.

Guardé la mitad de la hamburguesa y cruzamos al camellón. El sitio en que Kevin había sepultado a Princesa, al pie de un tronco, estaba marcado con una cruz hecha con palitos de paleta. Keyla acomodó las flores mientras Kevin le juntaba las patitas a Pétalo, como si rezara.

Arriba, entre las ramas del árbol, decenas de garzas se posaron, acomodando su cuerpo de algodón apretujado, unas contra otras, como si de ese modo pudieran sustituir al follaje enfermo.


Autores
Ciudad de México, 1968) Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones, incluyendo El Fanzine y Noisey.
Fotografía: Astrid Rodríguez

El poeta y novelista Daniel Saldaña París organiza para el Museo Universitario del Chopo una serie de lecturas en un ciclo llamado “Karaoke Sor Juana. Entre la tradición y el remix: nueva poesía del DF”:

Actualmente, la poesía mexicana ha renunciado a la torre de marfil en el sentido de que no sólo se lee y se habla de ella en recintos solemnes, sino que se escribe y se lee en las calles de la ciudad, en contacto con el ruido, las voces, la realidad cotidiana y además al alcance de cualquier persona. Asimismo, en los últimos años ha experimentado con nuevos recursos y materiales culturales (audio, video, etc) en una suerte de sampleo que da como resultado un karaoke hiper textual. Es por ello que resulta paradójico que muchas de las lecturas y presentaciones transcurran ajenas a ese contexto diverso.

Dado el panorama anterior, el Museo Universitario de Chopo organiza este ciclo de recorridos. El primero será en el Salón París, ubicado en Jaime Torres Bodet 152, frente a la Alameda de la Santa María,con la participación de los autores Rodrigo Flores, Maricela Guerrero, Inti García Santamaría y Daniel Saldaña París.

Miércoles 26 de marzo, 20:00 horas
Jaime Torres Bodet 152, Col. Santa María la Ribera.
Entrada libre


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía por Sayavedra Valentín.

Miembro del Sistema Nacional de Creadores desde el 2011, Agustín Meza, director, dramaturgo y docente, un día decide meter su vida en una maleta y mudarse a Querétaro para empezar desde cero su actividad teatral allá.

Responsable de uno de los más bellos montajes de Esperando a Godot que se han hecho en el país ha llevado su trabajo a diversos Festivales Culturales en Europa y Asia, en el 2005 fue nominado como Director Finalista en The Rolex Mentor and Protégé Arts Iniatiative.

Sin más preámbulos, hoy toca su turno de compartir con nosotros su visión del teatro, los planes de su Compañía de Teatro El Ghetto y la situación de la escena queretana.

 

Itzel Lara: ¿Cuándo tomas la decisión de irte del Distrito? ¿Qué te hace pensar en Querétaro cómo una ciudad con posibilidades para seguir dedicándote al teatro?

Agustín Meza: A mediados de 2007 decidí salir del D.F. con el objetivo de radicar en una ciudad que me permitiera desarrollar mi teatro, el teatro de arte, ese tipo de teatro que Peter Brook suele llamar el Pez Dorado. En esos años, mi contexto humano, artístico y económico, se resumía en una fuerte crisis, el D.F. no me estaba ofreciendo nada a favor, mis proyectos personales no lograban concretarse, ningún apoyo, ninguna institución abría las puertas a mis propuestas, y lo más fuerte, mis compañeros ya se habían retirado a otras compañías para trabajar en otros proyectos.

La República Mexicana siempre ha sido una opción muy importante para el campo laboral de las artes escénicas. Desde 2001 hasta la fecha, he viajado a diversos estados del país como director, docente, tallerista, ponente y jurado. De todas esas experiencias, mi primer destino fue la ciudad de Querétaro. Hoy creo que por ese encuentro elegí Querétaro.

Por último, estoy convencido que toda ciudad, puede, eso sí con mucho esmero, ser propicia para brindar las condiciones básicas para dedicarse profesionalmente al teatro. Desde luego, uno tiene que trabajar bastante para que estas condiciones se den. En el caso específico de Querétaro, es una ciudad muy interesante, que de un momento a otro podría generar un movimiento teatral bastante fructífero, como es el caso de Veracruz, Guadalajara y Monterrey.

 

IL: ¿En los últimos años cómo has visto el panorama artístico y teatral en esa ciudad?

AM: Querétaro se ha convertido en una ciudad con una gran apertura para realizar una gran cantidad de festivales nacionales e internacionales de perfil cultural. Sin duda, estas actividades han beneficiado a su público. Sin embargo, el gran problema cultural en Querétaro reside en su risible presupuesto y en el precario sistema formativo profesional. En suma, es más relevante lo que llega a lo que se produce en la ciudad.

 

 IL: Cuéntame un poco sobre la asistencia del público a las obras y los espacios con los que cuentan las compañías ¿Hay apoyo del Gobierno? ¿Hay lugares independientes?

AM: Público hay y bastante. Lo que no hay es la cultura por pagar una entrada. Son contadas las compañías que cuentan con un espacio. Y si una compañía logra levantar un espacio, existe el riesgo a que sólo dure no más de 3 años. Las compañías que logran crecer es porque su propuesta es de perfil comercial, turístico, o tradicional; pero a nivel cultural es muy difícil.

El apoyo que ofrece el gobierno (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes y el Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro) es muy precario. Por ejemplo, no sueltan más de $50,000.00 para un proyecto, su burocracia es muy fastidiosa, y casi siempre, terminas haciendo su trabajo.

Espacios independientes de carácter cultural, definitivamente no hay. Los que te podría mencionar son meramente de otro corte: La fábrica (según es cultural, pero en el fondo es Hipster, para gente bien), La carcajada (es tal cual su nombre, una especie de Los Mascabrothers pero región 4), y así sucesivamente.

 

IL: Hablando un poco de tu trabajo ¿Sientes que lo ha enriquecido el vivir en Querétaro?

AM: Definitivamente sí. Hoy por hoy, estoy muy satisfecho con mi trabajo. He podido tener una repercusión en Querétaro y en otros puntos del país, incluyendo el D.F. A partir de Anatomía de la Gastritis de Itzel Lara (2012) y Gritos y susurros de Ingmar Bergman (2013), Querétaro me ha brindado cosas muy hermosas, empezando con la gran calidad de mis compañeros que conforman El Ghetto. Y con el próximo estreno: La habitación y el tiempo de Botho Strauss (2014) me siento muy, pero muy contento.

 

IL: ¿Qué cosas hay en puerta con tu compañía? ¿Cómo ha sido su evolución?

AM: Este año es muy importante, iniciamos el 2014 como Asociación Civil, tendremos el estreno y la temporada de La habitación y el tiempo de Botho Strauss a partir del 29 de marzo, y en diciembre celebraremos ya 20 años como Compañía de Teatro El Ghetto. En 2015, estrenaremos Stalker de Boris y Arkadi Strugatski con actores muy importantes: Diego Piñón y Karina Díaz.

La evolución ha sido fructífera, pero como todo lo que vale la pena, nos ha costado mucho. Y vamos por más.

 

Para más informes sobre la Compañía de Teatro El Ghetto,  se puede consultar su página oficial de Facebook.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.

La obra poética de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) es parte de su pensamiento, pues, como varios críticos han dicho, Paz ante todo fue poeta, de manera que incluso de su poesía pueden surgir discrepancias. En particular, comulgo muy poco con sus ensayos, por ejemplo los dedicados a sor Juana, Villaurrutia o Cernuda; sin embargo, su poesía la he leído con detenimiento y deleite, si bien no es una poética que siga. Por otra parte, la vida y la obra de Paz son difíciles de abarcar, algunos han intentado, por una parte, unas cuantas biografías (Poniatowska, Monsiváis o Sheridan) y otros se han centrado en la biografía literaria o intelectual (Aguilar Mora, Gimferrer, Ulacia, Verani, González Torres y recientemente Evodio Escalante) sin prescindir del todo de aquella parte fundamental que es la vida del poeta. Hacerlo de un autor como Paz, tan polémico, tan cercano todavía, hace complicadas ambas tareas.

Alberto Ruy Sánchez, por su parte, se ha limitado a escribir Una introducción a Octavio Paz, originalmente escrita para un diccionario de escritores que se publicó en Nueva York, después se publicó en Joaquín Mortiz en 1990 y al año siguiente ganó el Premio José Fuentes Mares de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Ahora reaparece en esta edición del Fondo de Cultura Económica corregida y aumentada hasta la muerte de Paz, ocurrida en abril de 1998. Ruy Sánchez la define desde las primeras páginas no como “un ensayo crítico sino una sustanciosa ficha informativa”. Un ejercicio de síntesis que “ha servido tanto a alumnos y profesores en las escuelas como a cualquier persona interesada en conocer algunas claves de la obra de Octavio Paz”. Sin aspirar a ser una obra totalizadora sino, como su nombre lo indica, una introducción (no “la” introducción), ciertamente cumple su cometido de acercamiento a la vida, obra y pensamiento del poeta.

Para empezar, Ruy Sánchez abre con una clave paciana: “su concepción de la poesía como revelación y lucidez, creación dentro de la historia y no de espaldas a ella, clave de conocimiento y acción”, pues para Paz el poeta “ejerce una manera excepcional de lucidez en el mundo”. En este libro, Ruy Sánchez divide la obra de Paz en cinco etapas, lo que llama “círculos vitales”. Así, el primero, el llamado “Círculo de tierra”, abarca desde su nacimiento hasta 1943. Al final de este librito, Ruy Sánchez cita unas palabras de Paz que, me parece, aclaran ese primer círculo: “creo que el niño es la semilla de creación del hombre. Todo lo que hacemos está ya en el niño”. Son los años de la vida en Mixcoac, del viaje a Los Ángeles, del abuelo, el padre y la madre célebres por su poema “Pasado en claro”, pero también el de su tía Amalia con la que se identificaba más, los estudios en las escuelas cercanas y luego la preparatoria en San Ildefonso, las primeras revistas, la misión educativa a Yucatán, el matrimonio con Elena Garro con quien viaja a una España en guerra y los primeros libros, todo eso antes de los 23 años.

Después, en 1933, Paz publicó sus primeros poemas en la plaquette Luna silvestre, de los que después abjuró de manera que los siguientes diez años, según él mismo, se la pasó “corrigiendo borradores de borradores”. A lo largo de esos diez años, Paz publicó otros libros de poemas: ¡No pasarán!, Raíz del hombre, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España y Entre la piedra y la flor. A diferencia de Luna silvestre y Raíz del hombre, los otros libros tienen reminiscencias de la poesía social y comprometida que se escribía en esos años. Es por eso que Paz los eliminó casi en su totalidad de sus antologías poéticas y sólo reaparecieron hasta sus obras completas. En ellos todavía no aparece el Paz que escribe su obra bajo la impronta del Tiempo y la Historia, el “poema-memoria” que será medular en su poesía: “Piedra de sol”, “Nocturno de San Ildefonso”, “Pasado en claro”, “1930: Vistas fijas”, “Elegía interrumpida”, el multicitado “Intermitencias del oeste (2) (Canción mexicana)” o “Epitafio sobre ninguna piedra”.

Las siguientes etapas, o como las llama Ruy Sánchez: “Círculo de aire”, “Círculo de fuego”, “Círculo de agua” y “En la espiral”, confirman lo que Paz dice desde el título de uno de sus poemas más representativos, pues su poesía se propone dejar en claro su pasado: ajustar cuentas sin concesiones, no ver el pasado con nostalgia sino tomarlo por los cuernos. Eso sucede particularmente en los poemas que he citado arriba, y en otros más. En esas etapas están la incursión en el surrealismo, las diferencias políticas, los verdaderos primeros libros (Libertad bajo palabra, en primer término), las misiones diplomáticas, la India y el Oriente y un nuevo matrimonio. Pero, dice Ruy Sánchez, algunos datos de la vida del poeta sólo ayudan a comprender mejor su obra, no la explican ni la agotan “porque los hilos que unen vida y obra son sutiles y complejos”.

Sin embargo, Ruy Sánchez cae en algunas inexactitudes y en eso que en su propio libro sobre Paz Aguilar Mora llama “glosas saturadas de admiraciones”, pues magnifica algunos puntos. Dice que Paz se hizo anarquista junto con un compañero en la secundaria, juntos emprendieron una huelga y pasó dos noches en una celda, pero no aclara el motivo que causó la mencionada huelga. Cuando habla sobre Barandal, la revista estudiantil que Paz y sus compañeros de preparatoria hicieron y nombraron así por los barandales de San Ildefonso, dice que en “ella le descubrían a su generación, las vanguardias literarias del siglo”. No creo que Barandal, siendo una modesta revista estudiantil, haya tenido tanta resonancia, además, por el tiraje limitado y porque los redactores eran estudiantes como los otros y prácticamente desconocidos; la cosa sería distinta cuando años después emprende, junto con otros amigos, la aventura que fue Taller, a pesar de su corta existencia.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Sankt bonifatius. Impresión sobre papel algodón/collage. Berlín 2012.

La noche del lunes 2 de diciembre de 2013, convocados por Tierra Adentro, se reunieron en el Museo Nacional de Antropología tres notables estudiosos de nuestra historia: Xavier Guzmán Urbiola, subdirector general de Patrimonio Artístico Inmueble del Instituto Nacional de Bellas Artes; Héctor de Mauleón, subdirector de la revista Nexos, y Antonio Saborit, director del Museo Nacional de Antropología. Les pedimos que conversaran sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio inmueble histórico, en especial el relacionado con las artes y nuestros artistas. Esto es lo que se dijo en ese encuentro.

 

Xavier Guzmán Urbiola: Si se habla de patrimonio es importante tener clara la normatividad. La que nos rige es la Ley Federal de Zonas y Monumentos publicada en el año de 1972. A través de ella se dividen las competencias de los institutos nacionales de Antropología e Historia y de Bellas Artes y se define que todo lo que es arqueológico e histórico corresponde al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y todo lo que tiene valores artísticos, muebles o inmuebles, al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). A partir de entonces se genera una serie de pequeñas polémicas que a lo largo de los años INAH e INBA han ido limando. Por ejemplo: antes se discutía a qué instancia correspondía decidir sobre un edificio que empezó a construirse en 1896 y se terminó en 1913. Bueno, hoy es evidente que en el caso de un edificio de este tipo el valor histórico es el que prevalece. En la actualidad, las dos instituciones colaboran de manera más que armoniosa, y la Ley Federal de Zonas y su reglamento les dan instrumentos normativos para preservar valores arqueológicos, históricos o artísticos —en el caso del INBA, de los bienes inmuebles―. Pero, ¿qué sucede con los inmuebles sin valor histórico ni artístico que, sin embargo, fueron las casas en que nacieron poetas como Manuel José Othón o Gutiérrez Nájera, o donde Zarco escribió parte importante de su obra? ¿Qué pasa ahí?

Antonio Saborit: Es importante tener presente este marco jurídico, pero puede decirse que la percepción predominante desde hace algunas décadas es que ésta es una ciudad sin memoria.

Héctor de Mauleón: A reserva de las acotaciones que hagan ustedes, pienso que hay cuatro momentos decisivos en la ciudad y su patrimonio. El primero se da con la Reforma, que es la gran destrucción de los conventos coloniales y de los templos. De muchos de ellos no queda huella; en algunos casos se preservaron los templos y se expropiaron los conventos para abrir nuevas calles (como la calle Leandro Valle y la calle Independencia), abrir nuevas rutas o, para convertirse en habitaciones, en casas de vecindad. Los que habían sido grandes claustros dieron origen a esas vecindades que luego fascinarían a Carlos Fuentes, vecindades donde se hacinaban familias enteras con los dos patios, las dos  fuentes, la escalera, etcétera, y todas las historias. Yo diría que el convento de Bethlemitas es el ejemplo fundamental; sin embargo arrasaron manzanas enteras.

“La única ciudad del mundo en la que, de cuatro esquinas, tres formaban parte de conventos, —esto lo contaba Iturriaga de la Fuente, decía— era la Ciudad de México”. En lo que hoy es el Centro Histórico confluían las esquinas del convento de La Encarnación, del convento de La Enseñanza y del convento de Santa Catarina de Siena, en las inmediaciones de San Ildefonso. De eso, sólo quedan unas cuantas cosas. Casi todo fue arrasado y no quedó memoria de la célebre frase de Barreda, que dice: “Esto que propone usted, presidente Juárez, es un atentado contra el pasado”, y Juárez le dijo: “Mi compromiso no es con el pasado sino con el futuro, así es que procedan”. Y arrasan. Ese es el primer momento. Esto está relacionado con un proceso en el cual el odio a lo colonial, el odio a lo antiguo estaba muy ligado a una lucha ideológica, y eso determina el curso de la ciudad que va a llegar al siglo xx. Lo español es lo viejo, lo español —lo colonial, para decirlo con mayor precisión—, es lo atrasado, es un pasado que queremos olvidar y eso provoca una devastación que va a proseguir con sus reacomodos y sus matices indispensables durante el porfiriato, el afrancesamiento, el deseo de modernización, hacen que se tire lo que no había alcanzado a demoler Juárez. Por ejemplo, el Hospital de Terceros, para levantar ahí el Palacio de Correos, o el Hospital de San Andrés y sus templos, para levantar en su lugar el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes que hace el arquitecto italiano Silvio Contri en la plazuela que hoy conocemos como Tolsá. El porfiriato pone su cuota, porque de lo que se trata es de anular el pasado, de borrarlo; lo que se busca en ese momento se llama progreso. Luego se va a llamar modernización.

Hay otro momento que es el que está relacionado con el porfiriato. Cuando se da la creación de las nuevas colonias, de las nuevas urbanizaciones, se comienza a abandonar el centro y los viejos edificios que habían sido casas señoriales se convierten en vecindades; son entregados a nuevas clases sociales que se convierten en los habitantes de los viejos palacios.

El tercer mazazo llega con la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se decretan las rentas congeladas y estas vuelven impracticables para los propietarios cualquier intervención en esos edificios. La Segunda Guerra Mundial acaba y las rentas congeladas siguen vigentes durante cincuenta años, durante los cuales no hubo compromiso alguno de parte de los propietarios porque era costosísimo rescatar cualquier cosa. Llama la atención que es hasta los años treinta del siglo xx cuando se empieza a tener noción de que eso tiene un valor histórico, que no son piedras que signifiquen atraso. Entre 1932-1933 empieza la declaratoria de monumentos históricos y el rescate de muchos edificios del centro, pero se decretan las rentas congeladas, y eso provoca que el centro quede en el abandono. Esa es la imagen que nos llega del Centro Histórico hasta que empiezan los proyectos de rescate y se le declara Patrimonio de la Humanidad.

El cuarto golpe es el terremoto, que acaba con lo que no había sido arrasado y pone al Centro en una situación crítica: lo convierte en una zona de abandono y destrucción. Hasta finales de los años ochenta comienzan los primeros planes de rescate y se comienza a pensar que puede haber calles peatonales y que eso, en lugar de generar gastos, puede generar riqueza, inversión, turismo. Pero esa es una idea muy reciente si pensamos que no tiene más de veinte o veinticinco años que se comienza a pensar así, porque antes de eso el panorama es desolador. Y después todavía atraviesa por momentos imposibles de contaminación visual, de desconocimiento, por parte de las autoridades, del pasado que tenían en las manos. Cuando José Iturriaga plantea el rescate del Centro Histórico, Ernesto P. Uruchurtu, el Regente de Hierro, que tanto se admira y que tanto añora la gente amenaza con renunciar, y dice: “Si ustedes hacen eso, yo renuncio”. Con Adolfo López Mateos se piensa destruir la calle Tacuba para entregarla al automóvil y ensancharla. Este panorama, esta cosa que he intentado bosquejar es lo que ha generado el estado en el que encontramos hoy día al Centro Histórico, y desde tal perspectiva es un milagro que el Centro conserve todavía los edificios que se ven de pie.

Saborit: Casi nadie recuerda que el director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Eusebio Dávalos Hurtado, paró los trascabos en la calle Tacuba.

De Mauleón: Ya la iban a demoler, se la iban a llevar…

Saborit: Sí, y él se fue a pararlos.

De Mauleón: Él y Francisco de la Maza, ellos lo detuvieron. Qué tal el proyecto: iban a tender un puente a un lado de la Catedral para conectar con 20 de Noviembre. Si nos ponemos a enumerar la serie de atentados que ha sufrido la ciudad, es un milagro que tengamos un Centro tan bello, tan hermoso y que todavía esté a la altura de cualquier ciudad pese a todo lo que le hemos hecho.

Guzmán Urbiola: Proyectos como ése hubo muchos. Mis padres iban a comprar una casa en Coyoacán, en la calle que va de División del Norte al Centro, pero les dijeron no, no compren ahí, porque ya está aprobado abrir la vialidad de División del Norte del Centro a la Plaza de Coyoacán con cuatro carriles. Y hablo de 1966. O aquel otro proyecto que implicaba hacer un paso a desnivel a un costado de Paseo de la Reforma, transversal a la columna de la Independencia. Salvajadas que se han detenido, por fortuna.

De Mauleón: El libro del recién fallecido Guillermo Tovar de Teresa, La crónica del patrimonio perdido, es fundamental porque es un retrato, un relato sobrecogedor de lo que ya no está. Se dedicó a recopilar las fotografías de lo que fue, de lo que ya no está más, y la impresión que deja es aterradora. Nos falta contar la historia de las destrucciones. ¿Qué habrá pasado cuando meten el metro por la calle Tacuba y lo hacen doblar en el Zócalo? ¿Qué habrá pasado en ese momento para que esta línea azul del Metro atraviese hoy todo el Centro ceremonial mexica y se vaya por la Calzada de Tlalpan?

Saborit: Bueno, Palacio Nacional, Catedral, tienen tantos problemas, yo no digo que por la línea del metro, pero indudablemente ayuda…

De Mauleón: Las vibraciones de los trenes, etcétera.

Saborit: Todos hemos visto en los libros celebratorios de la constructora ica, las fotos donde está abierto el socavón, se ve que están construyendo el cajón del Metro a siete metros, diez metros, una cosa así, de la fachada de Palacio Nacional, y, bueno, la línea verde que pasa a un costado del edificio de la Ciudadela es lo mismo: menos de cinco metros.

Guzmán Urbiola: Guillermo Tovar recibió de sus parientes, de sus tías, una gran colección de imágenes de lo que hoy es el Centro Histórico, se dedicó a catalogarlas y, puesto que acababa de pasar el sismo de 1985 decidió hacer algo muy simple. Se paseaba con esas fotos bajo el brazo. Comparaba lo que mostraban contra lo que había en el Centro y se sobrecogía de lo que había pasado en cien años —son muchas fotos, son de 1870, 1880—, y se puso de acuerdo con una serie de personas para tomar los mismos ángulos y, de manera más que ilustrativa, explicar qué había pasado en todo el Centro Histórico, en todo el primer cuadro. Gabriel Breña ayudó a Guillermo a hacer esos levantamientos con todo cuidado, con planos. Luego Guillermo escribió textos introductorios, explicativos. Estuvo siempre muy cerca de Fernando Benítez, y mucha de la información de El libro de los desastres, de don Fernando, en el que habla de la destrucción de ese patrimonio al abrir las calles en la Reforma, al cercenar esos conventos. Había mucho arte en ellos y muchas bibliotecas, y don Fernando explica a dónde fueron a parar, cómo se desmembraron. Son relatos que sobrecogen. Nos hace imaginar las carretas que cargan las bibliotecas del convento de San Francisco, cómo van rodando por los empedrados y cómo los libros se caen de ellas. (Benítez documentó todo eso con ayuda de Guillermo.) Afortunadamente —y eso siempre pasa, aquí y en el mundo—, siempre hay un señor que va detrás de las carretas, recoge los libros y forma otra biblioteca monstruosa; siempre hay un García Icazbalceta, un Guillermo Tovar que se dedica a reunir todo. Sí, hemos sufrido muchas destrucciones, saqueos, pero también ha habido un número considerable de tales personajes que —hay que subrayarlo— con mucho cuidado y paciencia reconstruyen nuestra historia, nuestra identidad.

Saborit: A propósito de esto último, aprovecho para meter mi cuchara: ¿cómo es que las letras mexicanas acceden a este espacio patrimonial? ¿En qué momento los mexicanos empezamos a considerar que aquello que sucede en el espacio de la cultura impresa puede ser parte, puede concebirse o pensarse como un asunto patrimonial? Mi anécdota favorita es la siguiente: cuando Ángel Pola y un grupo de sabios deciden a finales del siglo pasado localizar la tumba de José Joaquín Fernández de Lizardi,  ayudados por los registros parroquiales de Catedral, van a buscar la iglesia donde se sabía que éste había sido sepultado y lo que encuentran, es que el atrio de la iglesia ya no existe, se convirtió en un chiquero, y luego se dieron cuenta de que el cementerio tampoco existía ya. Y no sólo los huesitos de José Joaquín Fernández de Lizardi estaban en un chiquero, sino los de todos los que habían reposado allí. Así, pues, no tenemos los restos mortales del pensador mexicano que identificamos como el primer narrador de la época independiente —si bien es cierto que nació en la Nueva España, murió en la joven República Mexicana—. Así nos podemos seguir. Si continuamos el rastro de algunas vidas, lo que vamos a encontrar es un desastre de muy diversas magnitudes.

De Mauleón: No solamente no quedan las casas, no hay memoria de las casas. En la mayor parte de los casos no hay siquiera una pequeña placa que indique “aquí pasó tal cosa”. Yo recuerdo sólo unas cuantas. Hay una placa en San Juan de Letrán esquina con Tacuba, donde ahora hay un Sanborns. Ahí vivió Altamirano y hay una pequeña placa, pero en esa misma casa nació y vivió Manuel Payno y nada lo indica. En esa misma casa, donde vivieron Altamirano y Payno, vivió antes Fernández de Lizardi, y no hay una placa que lo recuerde. Hay una placa relacionada con el nacimiento de Guillermo Prieto en la primera calle de Mesones, pero está equivocada porque Prieto no nació allí; nació en Tacubaya, en el Molino de las Flores. Vivió en Mesones cuando era niño. Por lo menos, aunque errado, hay un recuerdo. Uno podría hacer un recorrido buscando los lugares donde nacieron, vivieron o murieron nuestros escritores y no hay memoria.

En República del Salvador hay una placa en el lugar donde murió Fernández de Lizardi. Todavía está la placa porque Excélsior la puso cuando se cumplió el centenario de su muerte. “En este lugar murió el pensador mexicano”, dice. A un costado de esa casa estaba el hogar donde nació Ángel del Campo, Micrós, y tampoco hay una placa que lo indique. Hoy hay un edificio, un comercio de esos que han nacido en el Centro, donde venden cosas de todo.

Se podría hacer un recorrido absolutamente literario por el Centro. En Santo Domingo está el lugar donde se suicidó Manuel Acuña; a unos pasos está la casa donde vivió su amigo Juan de Dios Peza. Un recorrido así sería muy interesante no sólo para los turistas, sino para los mismos habitantes de la Ciudad de México. Podría llamarse “los lugares de la literatura mexicana”. Aprendería uno, por ejemplo, dónde estuvo la Academia de Letrán, dónde estuvo el Monitor Republicano, dónde se publicaron tales revistas y tales suplementos, pero no hay eso.

Iturriaga tiene un artículo titulado “Contra el provincianismo de los funcionarios”, en el que se pregunta cómo es posible que pasen por sus cargos tantos funcionarios y no se les ocurra que hay espacios que merecen ser rescatados. Porque eso que merece ser rescatado es en lo que se finca la memoria y donde se finca la memoria es donde nosotros habitamos; nosotros somos nuestra memoria. Claro, a muchos funcionarios esto le suena muy bien para sus discursos, pero como es una tarea que no deja votos, como no tiene punch electoral, pues se abandona el Archivo Histórico de la Ciudad de México. En su sede, en la calle de Donceles, los mapas están colgados casi como en tendedero de mecates. Los primeros mapas de la Ciudad están colgados ahí porque ningún gobierno ha dado su apoyo. Estamos rodeados de proyectos faraónicos como la mega biblioteca, la mega Cineteca, la mega ciudadela, etc., que según la imaginación de los funcionarios en turno, “visten” sus administraciones, y no se hace un proyecto de verdad, que ayude a rescatar la memoria de una ciudad que se ha caracterizado por la destrucción, por el odio a su memoria. Parecería que hacemos todo lo posible por anularla desde hace siglos.

Guzmán Urbiola: Cuando le toca atestiguar la reorganización urbana emprendida por Porfirio Díaz, José Juan Tablada se queda aterrado de ver cómo se tiran construcciones, cómo se abren avenidas. Es muy interesante porque quizás es el único momento en que Díaz empezó a pensar en grande. Fueron sus últimos diez años. Díaz pensó en un panteón nacional, una especie de rotonda que se asentaría por San Ildefonso; pensó el Palacio Legislativo que estaría donde hoy está el Monumento a la Revolución y cuyos leones —que iban a estar en la escalinata del Legislativo— terminaron adornando el acceso al Bosque de Chapultepec, así como el águila creada para ese palacio terminó coronando el monumento a La Raza, que era otro proyecto dentro de la construcción urbana de Porfirio Díaz. Todo convergía en un paseo histórico que culminaría en un monumento a la democracia. Varios monumentos quedaron pendientes, después de Cristóbal Colón, y Cuauhtémoc, habría en la siguiente glorieta (que sigue vacante) uno al mestizaje, luego la Columna de la Independencia y luego un gran monumento a la democracia. Ese mapa, por cierto, también incluía el traslado del viejo Museo Nacional de Moneda a Avenida Juárez, para lo cual el gobierno compró un hospicio de pobres que demolió, pero el nuevo museo nunca se llegó a construir. Hoy se ubica allí el Museo de Artes Populares. Viendo todo esto, Tablada escribe una frase que me persigue desde la primera vez que la leí: “Los mexicanos de ayer son mejores que los de hoy y por eso sus vestigios son un tesoro único”. Lo que Tablada dice —quitando ese juicio de valor de “mejores o peores”—, es que los vivos tienen un compromiso, tienen que hacer un voto de reconocimiento a todos los que los antecedieron. Ese mínimo y necesario respeto de los vivos hacia los muertos es lo que ha permitido en muchos lugares preservar el legado de otras generaciones. Pero, más que preservar, lo deseable es incorporar el valioso legado de los muertos a la vida de los vivos, por medio de pequeñas señales como pueden ser esas placas, y por medio de decisiones mucho más trascendentes, como respetar una determinada traza. Por ejemplo, quizá la gran aportación urbanística de la Ciudad de México del siglo XVI sea ese eje que ahora se ha cortado por las excavaciones del Templo Mayor. Era un gran eje, que unía lo que ahora es República de Guatemala, con el barrio de Tacuba.

La Historia del arte mexicano de Tablada puede leerse con mucho interés y mucho provecho porque abunda en juicios muy inteligentes.

De Mauleón: Artemio de Valle Arizpe, el cronista de la ciudad, decía algo que también hay que recordar: “la maldición de México ha consistido en destruir lo único para levantar lo que puede encontrarse en cualquier parte”. Tiras el Hospital de Terceros y haces un estacionamiento. Creo que esa ha sido la gran maldición de la Ciudad de México  —aunque padece varias más, desde luego, la del agua, la de su sismicidad, etcétera—: destruir lo único para levantar lo que puedes hallar en cualquier parte. Valle Arizpe lo escribe en su libro Por la vieja calzada de Tlacopan, que es la crónica de esa calzada, y lo dice concretamente al referirse al edificio de Correos: “una vil copia del Palacio Ducal de Venecia”. Yo me levantaría en armas si ahora alguien intentase tirar el edificio de Correos porque ya es un referente urbano, pero en el tiempo en el que Valle Arizpe dice que Adamo Boari está levantando una extravagancia que podrían haber hecho en cualquier lado, se pregunta ¿por qué levantarla sobre las ruinas de algo que era único y que hemos perdido para siempre? Yo creo que esa gran frase describe lo que nos ha pasado en la Ciudad de México. Porfirio Díaz levanta el edificio de Correos sobre el Hospital de Terceros, el Palacio de Bellas Artes sobre el convento de Santa Isabel, el MUNAL sobre San Andrés.

Saborit: Tan malo como destruirlo ha sido abandonarlo.

De Mauleón: En alguna crónica de 1978, José Joaquín Blanco habla de cómo se fueron los ricos del centro y cómo llegan los comercios de ropa corriente y barata que se anuncian con bocinas, y cómo se va poblando de academias comerciales, de consultorios de “enfermedades secretas”. Esa crónica, llamada “San Juan de Letrán”, retrata el momento previo al gran rescate que comienza en los años ochenta con la Declaratoria de Patrimonio, con la fundación del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México. El proyecto de rescatar el Centro no marcha como quisiéramos, pero ha tenido momentos espléndidos. Haber quitado a los ambulantes de Corregidora, haberlos sacado de ahí. Recordemos que López Obrador le había entregado el Centro a las clientelas, ¿recuerdan ustedes cómo era caminar por Eje Central?, en el sexenio de López Obrador era imposible. Había dos hileras de ambulantes y a veces en medio de ellas había otros vendedores; en Corregidora, en la calle de Tacuba, todo estaba tomado y lo que pasó con el gobierno de Marcelo Ebrard fue extraordinario, porque por lo menos los reacomodó y liberó la vía pública; hizo el Corredor Regina, Madero se hizo peatonal, comenzó un proceso en el cual la ciudad volvió a pertenecernos de algún modo, el Centro volvió a ser nuestro, se le entregó a la gente, porque la gente lo había perdido.

Guzmán Urbiola: Quisiera decir una perogrullada que vale la pena subrayar: el tema del patrimonio nos importa y nos tiene aquí sentados platicando porque nuestro Patrimonio es de todos, pero no es sólo un tesoro compartido sino un crisol y, a la vez, una fuente de identidad, de unión, la prueba de que tenemos una historia común, por eso es importante preservarlo.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es licenciado en historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Hizo estudios de arquitectura en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xoxhimilco. Fue director de Arquitectura y Conservación del Patrimonio Artístico Inmueble entre 2003 y 2007. Miembro honorario de la Academia Nacional de Arquitectura desde 2006. Actualmente es subdirector general de Patrimonio Artístico del Instituto Nacional de Bellas Artes.
nació en la Ciudad de México en 1963. Es autor de Como nada en el mundo, El secreto de la Noche Triste, El tiempo repentino, El derrumbe de los ídolos y Marca de sangre. Es subdirector de la revista Nexos.
(Torreón, 1957) es historiador, ensayista, editor y traductor. Entre sus libros se encuentran Los doblados de Tomóchic y Una visita a Marius de Zayas.
Diana Martín. “Su carne entre mis dientes” Grafito/Tela.

La obra de Angela Carter (Sussex, 1940-Londres, 1992) se caracteriza por reelaborar, en clave posmoderna, motivos e historias pertenecientes a la tradición oral europea, muchas veces con un tono oscuro y erótico que aún en los años 70 resultó polémico. Sus cuentos y novelas poseen una dimensión fantástica y poética que sigue ejerciendo su hechizo sobre los lectores, como afirma aquí la ensayista Jazmina Barrera, quien destaca el valor de conservar esa mirada imaginativa de la niñez en la vida adulta, incluso, en la sexualidad.

Estudié el jardín de niños y la primaria en una escuela al sur del Distrito Federal. El edificio había sido antes un conjunto de establos, así que teníamos amplio espacio para jugar y correr (y en mi caso de piernas patizambas, para tropezarme conmigo misma, como atestiguan mis rodillas llenas de cicatrices). Las fundadoras de la escuela provenían de alguna corriente pedagógica alternativa cuyo nombre no recuerdo. Había “asambleas” donde todos felicitábamos públicamente a nuestros amigos cuando nos regalaban dulces o nos compartían de su lunch y donde quien se sintiera agredido podía “criticar” al agresor para que la comunidad exigiera mediante su voto una disculpa. Años después entendería que tanta crítica constructiva y atención a los sentimientos luego la llenan a una de frustraciones, al salir al mundo real y ver, por ejemplo, las asambleas de la cámara de diputados, o esperar un trato amable de las autoridades a las que, asumimos, podemos siempre hablar de tú. A las malas, una se da cuenta de que el resto del mundo no es así, pero en ese entonces yo disfrutaba de jugar en los jardines a saltar la cuerda o a Los caballeros del zodiaco, y de los talleres de manualidades y artes que teníamos todos los días.

En esa especie de país de nunca jamás pasé 11 años con los mismos veinte alumnos de mi generación sin que el tiempo cambiara mucho nuestra convivencia. En sexto de primaria seguía sin haber nada ni remotamente parecido a un noviazgo entre nosotros, quizás porque después de tanto tiempo juntos ya nos sentíamos más como hermanos que otra cosa. Cada recreo todavía seguíamos jugando a las escondidillas, al resorte y a las canicas, y si acaso ahora intercambiábamos discos y libros en vez de tazos y hielocos.

El cambio no pudo ser más drástico cuando, al terminar la primaria, algunas amigas y yo nos fuimos a una secundaria diminuta en Coyoacán con tareas, exámenes, The full catastrophe, como diría Zorba el griego. El edificio era tan chico que había sólo una cancha donde jugaban futbol los alumnos populares, y algunas bancas donde se congregaba el resto de los estudiantes. Ese primer día de clases mis compañeras de la primaria y yo intentamos jugar a las escondidillas, pero entre los balonazos y la pena de entrar a salones de otros grados, pronto nos rendimos. Entonces decidí resignarme y me uní a los grupos de amigas que charlaban en las bancas. Pronto me di cuenta de cuál era la dinámica de aquellas pláticas: todas ellas elegían a un muchacho “que les gustaba” y daban por turnos actualizaciones acerca del estado de la cuestión: Ya se me acercó, me saludó, me vio de lejos. De poco más se hablaba en los recreos. Y después de un par de meses así comencé a deprimirme. A mí los chicos me interesaban muy poco, y ninguno en particular, así que elegí al menos accesible (de preparatoria, guapísimo y con novia) para que mis aportaciones a las charlas se limitaran a cosas como: “hoy trae una blusa naranja, creo”.

En mi casa se decía que a Tepepan, donde vivíamos, no llegaba la televisión, así que desde chica leí mucho. Pronto me entró una fiebre obsesiva por los cuentos de hadas, desde los rusos crudelísimos hasta historias más recientes de princesas enamoradas de piratas feos. Mi obsesión fue desde el principio La bella durmiente. Me sabía los diálogos de la película de Disney de memoria, obligaba a mi madre a comprar todas las versiones existentes del cuento en cada librería a la que entrábamos.

Un día un amigo me vio haciendo ejercicios de dibujo en un cuaderno y me preguntó que por qué hacía yo aquello. Le respondí que para que no se me atrofiara la imaginación. Me aterraba que “crecer” fuera eso: tu vida entera girando alrededor del sexo o del futbol (como veía que era el caso con varios hombres), a perder la capacidad de sorprenderse ante esa y cualquier otra cosa.

Mucha de la música que escuchábamos yo y mis amigas en MTV y los reality shows que veíamos me hacían sospechar que la pérdida de imaginación era una verdadera posibilidad. De todas formas, encontré tiempo para leer, casi siempre novelas góticas de fantasmas, vampiros, detectives o niños abandonados, muchas veces novelas de fantasía, como Las crónicas de Narnia o El señor de los anillos, versiones extendidas de mis queridos cuentos de hadas. Entre más exótico fuera el tema, más raros los personajes y más alejado el mundo o la época de la novela, mejor. En estas novelas la sexualidad se reducía al beso del vampiro o al acalorado movimiento del abanico de las señoritas victorianas.  Pero entonces, cuando tenía 15 años, como Melanie, la protagonista de The Magic Toyshop, conocí a Angela Carter.

El primero de los cuentos que leí de la autora se llamaba “The Company of Wolves” (“La compañía de los lobos”) y comienza así:

 Una bestia y solo aúlla en la noche del bosque. El lobo es carnívoro encarnado y es tan astuto como feroz; una vez que ha probado la carne nada más lo satisfará.

De noche, los ojos de los lobos brillan como llamas de velas, amarillentas, rojizas, pero eso es porque las pupilas de sus ojos crecen con la obscuridad y atrapan la luz de tu linterna para devolvértela: rojo de peligro; si los ojos de un lobo reflejan sólo la luz de la luna, entonces brillan con un verde frío y artificial, un color mineral, punzante. Si el viajero incauto advierte esas lentejuelas terribles y luminosas, cosidas de pronto en los negros matorrales, sabe que debe correr, si el miedo no lo ha paralizado todavía.

Pero esos ojos son todo lo que podrás observar de los asesinos del bosque que se reúnen invisibles detrás de tu olor a carne cuando vas por la espesura imprudentemente tarde. Serán como sombras, serán como espectros, miembros grises de una congregación de pesadilla; ¡Escucha! su largo y ondulante aullido… un aria de miedo hecha audible.

El cuento es parte de una colección llamada The Bloody Chamber (La cámara sangrienta) que Carter escribió después de traducir los cuentos de hadas clásicos de Perrault. Cada uno es una sorprendente reescritura de estos conocidos cuentos: Barba azul, La bella y la bestia, El gato con botas, Blanca nieves, La bella durmiente (que en el cuento de Carter es una vampira. De inmediato revivió en mí a la coleccionista de bellas durmientes). “La compañía de los lobos” es, como habrán adivinado ya, la reescritura de Caperucita roja. La historia comienza narrando una serie de leyendas de hombres lobos, como si el narrador fuera la voz del pueblo, de algún pueblo francés del siglo XVII donde, dice el historiador Robert Darnton, que analiza los cuentos de hadas desde una perspectiva histórica, los lobos eran en efecto una amenaza muy real: que si los hombres lobos tienen una sola ceja, que si nacen con los pies hacia abajo, que si regresan años después a comerse a sus esposas o se vuelven cortesanos de ciertas brujas rencorosas y les aúllan día y noche. Después de este prólogo la narración cambia y se enfoca en una chica, Caperucita. Ya desde el comienzo de esta parte sabemos que esta muchacha será distinta a la Caperucita del cuento de los Grimm o de la de la versión de Perrault: para empezar porque lleva consigo un cuchillo y según nos dice la posiblemente narradora (porque es difícil eludir el hecho de que quienes contaban estas historias eran casi siempre las mujeres: las abuelas junto a la chimenea para advertir a las niñas incautas de los peligros que habitaban el bosque o las niñeras campesinas cuando acostaban a los niños de los aristócratas) el hecho de haber sido amada y protegida por su familia la ha hecho no temerosa, sino temeraria.

Desde el principio, Carter desata los posibles símbolos que contenían las versiones orales de esta historia. Por ejemplo, en la primera versión registrada de esta narración que se llama “La historia de la abuela”, siempre ha sido un misterio por qué Caperucita debe elegir entre dos caminos, no el camino largo y el corto, sino entre el de los alfileres o el de las agujas. Una hipótesis dice que se debe a una especie de ritual en el que a las chicas se las mandaba a los 15 años con una costurera para que después de aprender de ella pudieran recibir pretendientes. Las prostitutas, en cambio, se colocaban agujas en las mangas para señalar su oficio. Así que el camino de las agujas o el camino de los alfileres podría simbolizar el camino de la decencia o de la decadencia. O también es posible que no haya ningún significado detrás, que sea otro de esos absurdos de los cuentos de hadas que explotaron después en las novelas de Alicia, de Lewis Carroll, y cuyo encanto radica precisamente en que no tienen explicación. Así también sucede con el elemento de la caperuza roja, que en el cuento de Carter se debe (y se nos dice abiertamente que es así) a que la chica acaba de comenzar a menstruar y también a la idea del sacrificio. O con el huevo que se menciona, que es redondo como ella, que aún es virgen. En la versión fílmica de The Company of Wolves para la que trabajó Angela Carter con el director Neil Jordan, los símbolos son aún más explícitos, como los lobos con los que sueña la chica, que atraviesan las ventanas como metáfora de la primera relación sexual.

En “La compañía de los lobos”, Caperucita, como era de esperarse, se encuentra al lobo, pero esta vez es ella quien sugiere un reto: si él llega primero a casa de su abuelita, ella le dará un beso. Así que se desvía y se retrasa lo más que puede para que el lobo gane y ella pueda así besarlo. En el siglo XX hay muchas versiones en las que Caperucita Roja es la seductora, pero con Carter suele ser la forma, más que la trama, lo indiscutiblemente original. Por ejemplo, la manera en la que describe al lobo llegando a la cocina de la abuela. Dice: “la noche y el bosque han entrado a la cocina con la obscuridad enredada en el pelo”. Carter suelta de pronto estas imágenes que refuerzan el tono metafórico y onírico de la narración en donde, el fuego y la nieve aparecen como símbolos opuestos y complementarios una y otra vez. Cuando Caperucita encuentra al lobo dice el cuento que “sabe que el miedo no le servirá de nada y entonces deja de tener miedo”. Angela Carter recuerda que era su abuela quien le contaba el cuento de Caperucita y que gran parte del poder de la historia se encontraba en la actuación de la abuela. Cuando le decía a Angela la famosa línea climática: “para comerte mejor”, le hacía cosquillas: una abuela actuando de lobo actuando de abuela; María Tatar sugiere que esta escena en el cuento original representaba más que una seducción metafórica, era parte de un miedo literal de los niños a ser comidos. Yo recuerdo a la perfección la vez que nos hicieron ver en la primaria la película La guerra del fuego, donde salían unos neandertales caníbales. Le pregunté a la maestra si todavía el día de hoy existían los caníbales y como ella me dijo que sí, pasé noches en vela aterrorizada ante la posibilidad de que yo le fuera a resultar apetecible a un extraño pasando un día por la calle. La abuela de Carter aplacaba ese miedo con las cosquillas. Y la risa de esa niña es la misma que la de la Caperucita del cuento de Carter, que se ríe, porque sabe que “she was nobody’s meat” (no era un filete para nadie). Lo que sigue es una escena en la que Caperucita seduce al lobo y en donde otros lobos se reúnen alrededor de la casa para acompañar ese rito con su canto. Esta escena está mucho más cerca de “El cuento de la abuela”, en donde Caperucita realiza una especie de ritual (que en el cuento de Carter se nos describe como el ritual de un matrimonio salvaje) y se quita una a una todas las prendas de ropa que trae puestas encima, lanzando cada una al fuego, descubriendo poco a poco su piel blanca como la nieve. Al final de “La compañía de los lobos” una voz que no puede ser de ningún narrador si no de Carter misma, burlándose de las expectativas del lector, nos dice: “¿Ves? Duerme sana y salva entre las patas del tierno lobo”. Este final me regresó a una versión de Caperucita que leía yo de chica, llamada ¡Qué lobo más raro! de la cual recuerdo la frase: “hay que ver que guriguay tan guay”, y en donde el pobre lobo famélico, la niña y la abuela terminaban cenando todos juntos, como amigos.

En los cuentos de hadas “originales” (aunque esta palabra es por demás incorrecta para describir estas historias, porque los cuentos de hadas provienen de una tradición oral antiquísima, en donde no hay una versión original sino una multiplicidad de versiones extendidas de boca en boca cuya primera narración es imposible de rastrear, de allí que Jung sugiriera que eran parte de nuestro imaginario colectivo, que habían estado allí desde siempre), o mejor dicho, en las versiones orales más antiguas que los antropólogos, empezando por los hermanos Grimm, han descrito, y como recordarán los lectores, en esa ocasión en que algún primo o amigo les mató la inocencia diciéndoles que en realidad a las hermanas de Cenicienta les cortaban los talones para que sus pies cupieran en la zapatilla, o que La Sirenita termina disolviéndose en espuma de mar, en esas versiones abunda la violencia gráfica: mutilaciones, canibalismo, infanticidios son algunas de sus facetas, además de temas sexuales como el incesto y las relaciones premaritales. En las segundas versiones de los cuentos de los Grimm, así como en las narraciones de Perrault, pueden quedar rastros de violencia, pero casi ninguno de tema sexual. Perrault, por ejemplo, elimina la mención al canibalismo de la historia original de Caperucita roja (cuando el lobo la obliga a comerse un pedazo de su abuela y a beber un trago de su sangre) y a diferencia de versiones anteriores, hace que el lobo se coma a Caperucita roja como castigo por haberse dejado “seducir por la banalidad de las flores y por el lobo”. La moraleja de la historia dice algo así como: “No todos los lobos son iguales. Algunos son encantadores. No son ruidosos, brutales y corajudos, sino dóciles, agradables y gentiles, y siguen a las señoritas directo hasta sus casas y hasta sus cuartos. Cuídate si aún no has aprendido que los lobos domésticos son los más peligrosos de todos.” Los Grimm, por otro lado, castigaron a Caperucita por ser una niña desobediente, por salirse del camino indicado. Pero Carter no está allí para aleccionar, ni para censurar nada.

Se dice que su terreno es el tabú. Nada para ella es sagrado y mediante su ironía logra subvertir aquellos estereotipos de princesas y ponis y arcoiris que después de Perrault, los Grimm y Disney pueblan nuestro imaginario al pensar en cuentos de hadas. Así es, por ejemplo en The Magic Toyshop, en donde Carter aborda el tema del incesto, en The Infernal Desire Machines of Dr. Hofman, donde se describe toda una serie de aventuras y fantasías sexuales extrañísimas, o en Nights at the Circus en la que habla de la prostitución sin tapujos. Obliga a replantearnos nuestras ideas preconcebidas acerca del amor y de la feminidad: ¿Por qué es el lobo quien habrá de seducir a Caperucita?, ¿por qué necesita Caperucita de un cazador que la rescate, o, más bien, por qué necesita ser del todo rescatada? Dice Marina Warner, ella misma reescritora de cuentos de hadas, que uno de los mayores aciertos de Carter es identificar que las mujeres se recrean a sí mismas como “mujeres” una y otra vez, y que eso es a menudo el resultado de usar las herramientas que se tengan a la mano, sexualidad incluida, para sobrevivir, como Caperucita que decide seducir al lobo en vez de que éste se la coma. Muchas de las feministas de su tiempo rechazaron la obra de Carter, dice Warner, porque hablaba de la obstinación de las mujeres, y de su atracción por la “Bestia” en medio de la repulsión. Así sucede en este cuento, donde el lobo es más fascinante que cualquier príncipe, pero lo mismo ocurre en otros, como en su versión de la Bella y la bestia, “The Tiger’s Bride” (“La novia del tigre”), donde la principal atracción que ejerce la Bestia no se debe a su lado “humano”, como plantea la versión de Disney, por ejemplo, sino a su lado salvaje. O en su versión de Barba azul, “The Bloody Chamber” (La cámara sangrienta), donde la esposa del tirano parece por momentos sentirse tan encantada como repelida por los crímenes de su esposo. Al final de “The Tiger’s Bride”, el hechizo se rompe y en lugar de que la Bestia se vuelva humana es la Bella quien se convierte en otra bestia. Siguiendo a Warner, esta visión rompe con las aspiraciones femeninas con las que se identificaba a los cuentos de hadas desde los salones de la época de Perrault, cuando las mujeres de la aristocracia competían por ver quién contaba la versión más refinada de los cuentos que escuchaban de sus nodrizas.

Puede inducirse del ejemplo de la Bella que para Carter ninguna identidad es fija. Y esto se refleja en su prosa, que es la del carnaval, que celebra la carne (con la que esta palabra comparte una raíz etimológica), los híbridos, los monstruos y el travestismo. De hecho muchos de los protagonistas en sus historias fluctúan entre un ser y otro, como la mujer ave de Nights at the Circus, o una identidad sexual y otra, y juegan con los disfraces y las apariencias.

Esa misma flexibilidad, esa capacidad de mezclar ingredientes como en el caldero de una bruja, se disfruta en su lenguaje. Lo mismo abreva de la imaginería del gótico que del barroco, del simbolismo que de la cultura popular. Su prosa es adornada, artificial y voluptuosa. Con Angela Carter aprendí a no temerle a los adjetivos. Y hasta la fecha, una de mis imágenes favoritas es cuando describe el castillo de Barba azul, que es ni más ni menos que la abadía de Montmartre, de la siguiente manera: “Aquel castillo, que ni pertenecía a la tierra ni al agua, un lugar anfibio y misterioso, que contradecía la materialidad tanto de la tierra como de las olas, con la melancolía de una sirena que se encarama en una roca y espera, eternamente, a un amante que se ahogó lejos, muy lejos, hace mucho tiempo. Ese lugar hermoso, triste y sirénido”. Carter sabe seducir y embrujar con las palabras. (En inglés la palabra hechizo es la misma que deletrear “spell”, de donde se deduce que el lenguaje, la enunciación y la magia están íntimamente ligados). No en vano Salman Rushdie, amigo cercano de Carter, con quien compartía su gusto por lo irreal y sus experimentos con el lenguaje, le dedica su estudio sobre El mago de Oz y la llama “Primera Maga Deluxe”, Gran hechicera, reina bruja benevolente, reina de las hadas. Carter logró transformar, desacralizar una serie interminable de mitos, y aun así conservar en ellos su encanto, su misterio y su atracción. Los revitaliza gracias a su ejercicio del lenguaje.

Otras escritoras contemporáneas de Carter se han acercado también a la reescritura de los cuentos de hadas, autoras como Margaret Atwood, A.S. Byatt, Emma Donohue, Joyce Carol Oates y Anne Sexton, y la practican desde ángulos muy distintos, muchas de ellas modificando las tramas o trayéndolas al día de hoy. Mi atracción inicial hacia Carter se debió a que no eludía lo sobrenatural. Sus historias preservaban esa tradición de lo inexplicable, lo maravilloso y lo gótico que yo disfrutaba desde hacía ya tanto tiempo. En ellas aparecen vampiros, monstruos y freaks, y la magia conserva su papel esencial. Especialmente el potencial metamórfico de la magia, volviendo a la importancia de las mutaciones y de los mutantes en Carter.

“Caperucita roja” es en muchas interpretaciones y en la versión de Carter, un rito iniciático, como lo fue para mí la lectura de estos cuentos, hace ya tantos años. Antes de que mi querida maestra de la universidad, Aurora Piñeiro, me adentrara más en la obra de Carter, la primera vez que leí estas historias transformaron mi visión de la sexualidad porque en sus cuentos y novelas ésta nunca aparece disociada de la invención ni de la creatividad. La sexualidad en Carter es parte de la naturaleza, pero no de una naturaleza plana, sino una inescrutable e intrincada como el bosque nocturno. “Mi cuerpo es la morada de una libertad sin límites”, dice Fevvers, la protagonista de Nights at the Circus. La seducción tiene que ver con la inteligencia, la sabiduría y la palabra de donde el lobo, el que logra convencer con su retórica y que en la versión de Carol Ann Duffy de Caperucita roja es ya literalmente un poeta, resulta ser tan experto. La sexualidad es además otro aspecto de la curiosidad, de una curiosidad que nunca se satisface del todo, como le sucede a la protagonista de “La cámara sangrienta”, la esposa de Barba azul, cuya curiosidad la lleva al borde de la muerte hasta que la rescata ni más ni menos que su madre.

Por último, los temas sexuales en Carter vienen acompañados siempre de humor o de ironía. Cuando la piadosa abuela de “The Company of Wolves” descubre que el lobo es el lobo y no su nieta, lo describe desnudo y, parodiando el famoso “qué ojos tan grandes tienes”, no puede sino reparar en sus (cito): “genitales, enormes. ¡Ah! enormes”, dice. Se escucha a través del cuento la risa de la niña Angela y la de Caperucita casi al final de su historia. Es parte del carnaval, de la burla y la irreverencia, de un mundo que no se rige por las normas de nadie.

Salman Rushdie afirma en una sentida declaración tras la muerte de Carter que ésta encaró la muerte con bravura, que se le plantó enfrente, le pintó un dedo y la insultó diciéndole que no era más que un enano feo y asesino. Para Rushdie, Carter, quien aún no es valorada como lo que para él es, una de las mejores escritoras de habla inglesa del siglo XX, triunfó de esta manera sobre la muerte, con las armas de una bruja burlona y seductora.

Hay un cuento de Chesterton en el que un hombre extraño que viaja en tren le pide a otro un cerillo. Éste le ofrece encender su cigarro, pero el extraño le dice que no quiere el cerillo para encender ningún cigarro. Se indigna ante la incapacidad del hombre de asombrarse con aquello que de niños nos parece fascinante: la transformación fantástica de la madera en llama y ese fuego milenario que ha durado más que cualquier civilización (la historia, dice, es una procesión de antorchas). El hombre sólo quiere el cerillo para contemplar el fuego.

Leer a Angela Carter por primera vez, o volver a leer alguno de sus libros, es sorprenderse siempre y abrir la puerta a mil y un más lecturas. Siempre que leo a Angela Carter me siento como una lectora temprana.


Autores
(Ciudad de Mexico, 1988) estudio la maestría en escritura creativa en español en la New York University. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Es autora de Cuaderno de faros (FETA, 2017) y de Cuerpo extraño, galardonado con el Premio Latin American Voices 2013. Es parte del equipo de Ediciones Antilope.