Tierra Adentro
Casa-museo Salvador Díaz Mirón.

El árbol que emerge del muro de su parte posterior es lo más poético de la casa que habitara Salvador Díaz Mirón en Veracruz.

La casa, denominada pomposamente “casa museo”, está en la avenida Zaragoza, entre Esteban Morales y Mariano Arista, en Veracruz. Su ubicación fue crucial; cercana a construcciones de raigambre histórica y a sitios emblemáticos del acervo veracruzano. A una cuadra se yergue el Museo de la Ciudad; en la paralela a Zaragoza, en Landero y Coss, a espaldas de la casa, el Museo Marítimo, colmado hoy de marinos de ardor guerrero. En esa misma calle se ubica el actual Archivo de la Ciudad, en el que fuera Patio Vergara; en la esquina siguiente el Ilustre Instituto Veracruzano –del que Díaz Mirón fue alumno y posteriormente, a su regreso a Veracruz, director en 1922–. Metros más allá, en una explanada, las Atarazanas. El antiguo convento franciscano, hoy recinto del Instituto Veracruzano de la Cultura, se erige en la propia Zaragoza esquina con Canal. Diríase que esta manzana representa la memoria y el almendro cultural del puerto. A pocas cuadras aguardan los célebres portales donde Díaz Mirón escenificó violentos encuentros.

La fachada consta de una puerta de acceso y dos ventanas al estilo andaluz, grandes, con enrejado de madera trabajada por ebanistas. El suelo es de mosaicos estilo marsellés. La amplia estancia se ha convertido en una suerte de vestíbulo con un escritorio mortecino, al más puro estilo Printaform, como parco mobiliario. Como para acentuar que estamos en una dependencia de gobierno más que en la casa de uno de los mayores poetas de México, los muros se han pintado del color oficial de la presente administración, suprimiendo los anteriores colores: amarillo vainilla, blanco años atrás. Junto al escritorio, un vetusto ventilador que apenas si refresca a los encargados de cuidar la casa. Cuelgan de los muros carteles con poemas de Salvador Díaz Mirón, no los mejores, los más conocidos, aquellos cuya fama concitó el olvido de su autor como uno de nuestros artífices más puros y de los más osados poetas de la lengua. Para acentuar el carácter de dependencia de gobierno, junto a los carteles sin enmarcar, adornos patrios cuelgan de las puertas; enredaderas mustias pese a su brillantez. Si uno avanza por el pasillo que suele fungir de sala de usos múltiples verá una puerta, también cerrada, que da a un patio interior lleno de basura, de sillas desvencijadas, de muebles inútiles. Nada se sustrae a la vista, confiados en que pocos turistas se adentran.

Subí por la escalera para toparme con un presunto estudio. Una máquina de escribir desvencijada sobre un solitario escritorio y encima, pendiendo de unos ganchos, un retrato al óleo del poeta, agrietado, con trozos despintados. Al costado, una sala que alberga un taller de pintura municipal, también cerrado. A la izquierda del estudio se encuentra la única sala propiamente digna de visita. En una habitación espaciosa se ha ubicado una cama, con cuatro columnas de madera. Sillas de un dudoso estilo barnizadas gruesamente y un pequeño chaise lounge, un ropero cerrado, una vitrina con una vajilla desportillada e incompleta, supuestamente propiedad del poeta, un pequeño buró con reproducciones de efigies de Víctor Hugo, del padre del poeta y constructor de la casa, Manuel Díaz Mirón, completan el mobiliario. Todo exhala pobreza; no sólo los muebles en mal estado, no sólo las paredes de verde aguacate repulsivo, también la suciedad que rodea la única recámara. Nada refleja el ánimo del escritor, nada celebra la poesía. Pocas casas trasmiten tal desolación como ésta. Las habitaciones cerradas, convertidas en oficinas burocráticas, contradicen la pretensión de la casa museo. Diríase que hubiera vivido entre estos muros un poeta miserable, no el próspero y celebrado escritor que fue Díaz Mirón, figura de la sociedad local y hombre de vida decente, aunque en sus postrimerías se quejara de que las clases apenas le daban para vivir y, merced a sus arrebatos violentos concluyera, casi encerrado, sus días en esta casa.

Es paradójico que una de las casas del siglo XIX peor conservadas de la manzana sea la que se ostenta como casa museo. En rededor uno puede apreciar edificios contemporáneos en mejor estado, como el del número 65 en Landero y Coss. Incluso el llamado Edificio Matías, en su decorosa decadencia, emite algo del antiguo esplendor del que carece la casa de Díaz Mirón. Si uno quisiera imaginar cómo debió ser la vida, el entorno del poeta, aconsejo visitar el cercano hotel Mesón del Mar a la vuelta, en buen estado de conservación, con mecedoras a la usanza de la Cuenca –Díaz Mirón tenía una, como se aprecia en una fotografía de Joaquín Santamaría–, grandes macetas de hojas anchas y reluciente piso.

Salgo a la calle. Frente al inmueble se encuentra una casona abandonada. Un árbol ha echado raíces en medio de los muros. Se agitan las ramas con una exultación vegetal como si la antigua casa luciera un pompadour rebeco. Celebro el brillo, la pujanza de la naturaleza que persiste y no desdeña la pétrea superficie. Junto a la casa de Díaz Mirón hay una vecindad. Entro. Pese al sol meridiano, las aristas de los muros proyectan sombras y mantienen en penumbra el patio. Un hombre de edad indefinible y tez nudosa descansa sobre un sofá sin muelles. A sus pies una botella de cuartito de mezcal. Lo saludo; pido permiso para pasar. Quisiera ver qué veía Díaz Mirón desde su recámara, ya que el recinto que permitía otear desde su casa está cerrado. Subo por los cariados escalones de madera, el cielo azul se recorta sobre mí. Hay un cuarto entre la azotea y mi trayectoria. Una cofradía de teporochos parece sorprendida por mi presencia. Desando el camino y pregunto de salida:

—¿Cómo se llama este lugar?

—Vecindad de La Machincuepa —me dicen.

Lo más poético de la casa de Salvador Díaz Mirón son las ruinas que la rodean. Como todo Veracruz, sitio de ruinosa grandeza cuyo esplendor no parece interesar ni ahora ni en otro tiempo a sus gobernantes.

 

Fotografías de Héctor Juárez.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Poeta, ensayista y editor. Fundador y editor de varias revistas y publicaciones dedicadas a la literatura y la crítica del arte y la sociedad, la más conocida de ellas Graffiti (1989-2000). De su bibliografía mencionamos: La Construcción del Amor (ensayo; Tierra Adentro, FONCA, 1992; segunda edición, 2005); Vista envés de un cuerpo (poesía; Ficción, UV, 2000), Luz de viento (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2006), Verano en la ciudad (Aldus/CNCA, La Torre Inclinada, 2006), La ciudad de los muertos (Fondo de Cultura Económica, Poesía, 2012). Dirige el periódico cultural Performance en Xalapa (segunda época).
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Fotografía cortesía de la autora
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