Alejarse de Cincinnati, Ohio, para establecerse en la ciudad de Nueva York terminó por convertirse en la decisión más afortunada que los hermanos Dessner ―Bryce y Aaron― tomaron para consolidar de manera definitiva a The National, el grupo de rock en el que han invertido varios años de sus vidas y que, hoy por hoy, produce lo más refinado y sensible de las canciones que reflejan el entorno de lo que se entiende por adulto contemporáneo (y el que canta su colega Matt Berninger).
La banda fue creciendo gradualmente hasta alcanzar gran notoriedad por producir una música intensa pero sobria, que da cabida a una revisión en claroscuros del fracaso, el desamor y otros abismos existenciales. Son expertos en ir elevando la energía en sus conciertos hasta llegar a pasajes de épica que se desborda entre guitarras eléctricas e instrumentos de viento.
Pero los Dessner tenían una vida que les vinculaba con la formación académica antes de incursionar en el rock. Bryce ―de apenas 37 años― es un sobresaliente egresado de la Universidad de Yale, en donde se especializó en composición y guitarra. De hecho, primero sacó adelante una exitosa carrera en la escena actual de la música de concierto antes de que su grupo vendiera muchos discos y cerrará festivales. No son muchos los músicos que pueden decir que han colaborado con figuras principalísimas como Steve Reich, David Lang y Philip Glass, además de conseguir diversos encargos para instituciones muy serias. El compositor ha trabajado tanto en solitario como con orquesta, de modo que formó Clogs, un proyecto instrumental con extensa discografía y cuya última producción es el EP The Sundown Song (2013). Bryce ha comentado que logró obtener primero una estabilidad financiera de este universo musical antes de que en el veleidoso rock (en parte por ser el compositor residente en el Conservatorio de Eindoven, Holanda).
Con el tiempo, The National terminó siendo una de las bandas más representativas de los residentes de Brooklyn ―junto con su vecino Sufjan Stevens―, por lo que en calidad de público asistieron al Festival Celebrate Brooklyn 2009, que se realiza en las instalaciones del Prospect Park de aquella demarcación. Allí se encontraron con David Harrington (violín), John Sherba (violín), Hans Dutt (viola) y Sunny Yang (cello), los miembros del afamado cuarteto de cuerdas que representa a la parte más visionaria de la música clásica contemporánea, Kronos Quarter.
Posteriormente, se citaron para conversar y se dio un fructífero encuentro de amigos; Bryce les contó que se encontraban en el barrio al que habían llegado sus abuelos, de origen judío, al dejar Rusia y llegar a Norteamérica. Contó que su abuela había vivido la revolución y jamás volvió a ver a su madre tras salir de su país natal. Todos coincidieron en que se trataba de un buen pretexto para que el compositor se acercara musicalmente a esa historia. Además, que los Kronos querían dedicarle una pieza a Laurence Neft, su encargado de luces por muchos años y también amigo cercano. Bryce debía crear lo pendiente.
Bryce tenía pues un encargo que envolvía tanto la saga familiar como un obsequio tan apreciado por la vanguardista agrupación. Se dedicó a componer y el resultado son cuatro piezas arropadas bajo el título: Aheym (Anti-Records, 2013), que significa “hogar” en yiddish, y que antes de aparecer en disco fueron probadas en algunos conciertos para que maduraran.
Y es que el entorno de los Dessner es absolutamente artístico, tienen una hermana que posee un acervo bibliográfico especializado en poesía, fue ella quien le mostró la obra del poeta chileno Vicente Huidobro y cuyo texto: Tour Eiffel, influyó tanto en él que le dedicó un tema o un movimiento, como él lo llama.
Aheym se concentra en los dos temas finales (50%); en “Tenebre” invita a Sufjan Stevens a sumar algunas voces y ya aparece el Brooklyn Youth Chorus, que luce esplendido en el cierre huidobriano ―todo un desbordamiento músico-poético―. La composición surgió en la ciudad de Katowice, en Polonia, donde vivió el compositor Henryk Gorecki ―a quien también Dessner dedica el tema―. Partió de la música vocal del renacimiento y luego sumó un capítulo sobre la extinción de los candelabros en el siglo XV. Enfrentó el reto de amalgamar las partes y así complacer al iluminador de los Kronos, con quienes se encontraba de gira. El grupo también admiraba a tan vanguardista compositor pues en 1994 Gorecki había escrito expresamente para ellos.
Meses después asumió Tour Eiffel, que los directivos del coro le habían encargado para que los chicos ―de entre 16 y 17 años y distintas culturas― pudieran identificarse. En el centro del poema hay un chico trepando la Torre con una canción, cuyos casi 12 minutos de duración están inspirados en la obra del mismo nombre que el poeta chileno Vicente Huidobro publicó en 1918.
En general, el pulso de la obra de Dessner tiene algo que ver con el minimalismo, pero no llega a ser tan escueto, mucho menos, al existir las distintas partes para cuerdas, las líneas corales y los pasajes en los que el propio autor toca sutilmente la guitarra. Con todo, “Little Blue Something” nos acerca a algunas obras de Arvo Pärt, siempre etéreo y huidizo.
Para un autor con la carrera y la capacidad de Bryce no dejó de representar todo un reto escribir música para una de las agrupaciones con mayor trascendencia en el ámbito clásico de hoy en día; de hecho, resume de la siguiente manera la experiencia:
Ellos son seminales. Es como si me lo hubiesen pedido R.E.M. o The Clash. Me sentí en shock y un poco intimidado, sobre todo por mi juventud. Era una gran tarea, pero ellos tienen mucha energía, se comprometen con la música de un modo muy intenso y traen a ella mucho color.
Leopoldo María Panero en un fotograma de ’El desencanto’. Fotografía de RTVE.
Hay una vida que se construye mientras la gente muere. Hay una resistencia. La partida: un falso futuro.
La primera vez que leí a Leopoldo María Panero estaba sentada frente a mi vieja computadora; tenía 22 años y estaba sola. Imposible no gustarme. Ese loco se había convertido en mi mejor amigo, el único. Compartimos el ideal y la lucha. Después, la vida me llevó a emparejarme con otro fanático suyo a quien, después de separarnos, yo perseguía en las bibliotecas o librerías. Obviamente, un día me hallé en mitad de un pasillo de la Biblioteca Central de la UNAM leyendo con desesperación Orfebre, hasta ese entonces mi libro favorito. Fueron años crueles. De no ser por Leopoldo, habría enloquecido.
En su enfermedad existía una especie de cuerda de rescate . Pienso en LMP y lo que hay es liberación. Ver las fotografías de él encerrado en ese hospital canario no me estristece. ¿Quién realmente estaba detrás de los barrotes?
Sin duda Leopoldo fue un hogar. Después de 7 mudanzas, desempaco algo de mi adolescencia paneriana. Mi trabajo literario no tendría cabida sin:
Dos atletas saltan de un lado a otro de mi almalanzando gritos y bromeando acerca de la vida:y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siemprecómo se balancean los trapecios. Dosatletas saltan de un lado a otro de mi almacontentos de que esté tan vacía.
Sin él no tendría familia. Hallé joven y en la soledad absoluta una habitación donde dormía un hámster, una piedra y un hombre atando planetas de un sistema solar perdido en mi infancia. Me conformé con las historias maternales de los Panero. Crecí y ahora me despido.
Leopoldo María Panero murió el pasado 5 de marzo, en Las Palmas de Gran Canaria.
Se fue, en palabras de Roberto Bolaño, “uno de los mejores poetas españoles.”
Sólo la nieve sabe…
***
Leopoldo María Panero (Madrid, 1948 – Las Palmas de Gran Canaria, 2014). Poeta. Hijo del poeta Leopoldo Panero y hermano de Juan Luis Panero. Militó en movimientos antifranquistas, lo cual lo llevó a diversas estancias en prisión. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y Filología Francesa en la Universidad Central de Barcelona. Ingresó por primera vez en una institución para enfermos mentales en la década de los 70. Después estuvo una larga temporada en el psiquiático de Mondragón. Finalmente se estableció por propia voluntad en la Unidad Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria (o El manicomio del Dr. Rafael Inglott, como lo nombraba). Entre la abundante obra de Leopoldo María Panero están los libros Por el camino de Swan, Narciso en el acorde último de las flautas, El últimohombre, Orfebre, Gólem, entre otros.
Ocho vidas tangentes, sin estrella ni éxito ni fama, configuran la prehistoria y la historia de un autor que encuentra en su travesía de errores vitales y evocaciones de espectros los fundamentos de su propia voz narrativa. Páginas y presencias, fantasmas y voces del pasado que alcanzan a Pierre Michon (Cards, Francia, 1945), al narrador convertido en el personaje de sí mismo, en una confesión lírica y oscura que asombra al desocupado lector.
Vidas minúsculas (1984) cuenta la historia de Michon, el hombre, a través de los pequeños personajes que lo rodearon, desde los preludios de su nacimiento hasta que, ya sumido en la desesperanza y la crisis, encuentra el sentido de su vida logrando escribir literatura. Estas páginas hundidas en el pasado personal apelan a parientes, amigos de familia, sacerdotes, antiguos compañeros de escuela, presencias borrosas de los muertos que le son significativos o vagabundos que se cruzan en la vida, en un coro de ausencias y difuntos, un auténtico viaje a los cielos e infiernos íntimos que revela los árboles de sangre donde se hunden las raíces del escritor francés.
Conocemos la historia del niño Michon que crece en medio del silencio de los abuelos respecto al destino de su padre desaparecido en alta mar, tenemos las primeras noticias e impresiones de la vida en el mundo de la provincia francesa junto a los pequeños detalles y obsesiones de su núcleo rural; lo vemos transformarse en un joven culto, pedante y citadino; sabemos que conoce el placer y las fiebres femeninas; presenciamos el sentido autodestructivo del autor narcisista y fracasado en busca de reconocimiento y de la Gran Obra que no puede escribir, conocemos su pasión por el teatro, el cuerpo de Marianne, la compasión de Claudette, los amores perdidos, la manía alcohólica, los barbitúricos y la desesperación de aquel que “trabajaba para hacerse vidente” sin conseguirlo.
Vidas minúsculas puede leerse como la historia de aquel que lucha y fracasa para convertirse en autor, el ser que se hunde en su miseria y su vanidad, que está a punto de destruirse en el vacío de la página, en los modelos que no puede imitar, y alcanza su misteriosa redenciónpor la voluntad violenta y misteriosa del arte, cuando aquella Gracia de las palabras, aniquiladora y fecunda, en la que Michon cree, parece ya perdida.
Estos ocho relatos de manufactura perfecta se leen con unidad novelesca. En ellos aparecen las sensaciones de los campos y pueblos perdidos en el centro de Francia, las almas rurales de esa patria que inventó la noción del estilo. Lugares donde el influjo medieval aún parece presente, donde la prosa de Michon hace salir del silencio la sangre y las traiciones pueblerinas, los padres perdidos, las hermanas muertas, los abuelos atontados por el alcohol o las baratijas y cachivaches en las cajas de las abuelas que concentran las historias desgarradas del clan. Lugares lejanos del París cosmopolita y vanguardista, que se come a los jóvenes soñadores y puede llegar a destruirlos en la marejada creativa y el ansia de gloria. Sitios donde la culpa y el examen personal son terribles y constantes, que propician evocaciones y diálogos con los muertos donde la figura del Ausente o la autodestrucción lanzan los dados y determinan los destinos del escriba.
La primera vez que leí Vidas minúsculas sufrí un shock. Sus páginas están entre las más intensas y poderosas con que me he encontrado. Su estilo me cautivó, pero me trastornó igualmente. La prosa de Michon es potente y complicada, a ratos dolorosa, muy cercana al ejercicio de leer poesía. Tras varios intentos, hallé el libro por una grata coincidencia, y lo devoré de cabo a rabo, a veces regresando pasajes u oraciones, impresionado por la recreación suntuosa de un mundo campirano y otoñal, o por la disección anímica, en carne viva, de las oscuridades del narrador. Uno a ratos se ahoga en esa prosa como una telaraña móvil, sutil, perfecta, donde las categorías gramaticales brillan entremezcladas y la canónica oración sujeto-verbo-complemento palidece ante una arquitectura verbal apasionada, ornamentada, exaltada y sin embargo precisa.
En Vidas minúsculas se lee por primera vez la escritura sensual, poética y llena de vericuetos del autor, que creció a la sombra de los grandes estilistas y los poetas franceses del siglo XIX, y encontró a su gran mentor en el Faulkner de Absalón, Absalón, como él mismo lo confiesa en otra de sus obras, Cuerpos del rey. Michon nos sumerge en una prosa de flores salvajes y oscuras que brotan y abruman al lector a lo largo de la página. Él es un espíritu antiguo y casi extravagante en una época que parece haber renunciado al estilo en aras de la amenidad de la anécdota, de la prosa funcional que empuja al lector a la línea siguiente. Con aire clásico e inclinaciones simbolistas, su voz narrativa irrumpe ante nosotros con su conciencia del sonido y la materialidad de la palabra, con su paladeo de la oración, con su estilo pausado, lujoso, siempre melancólico y a punto del patetismo sin caer en él, un aliento de largas oraciones subordinadas, yuxtaposiciones y detalles, contrastes y matices, de adjetivos tan sorprendentes como exactos.
“En mi padre, inaccesible y oculto como un dios, no puedo pensar directamente” (59), escribe Michon, y la mayoría de los hombres de estos relatos son presencias evanescentes, calladas, a la sombra de sus contrapartes femeninas. Ellas serán los componentes fundamentales de Vidas minúsculas, elementos de acción, enseñanza, compasión, amor y dolor durante toda la vida del hombre que narra. “La metafísica y el poema me llegaron por medio de las mujeres” (62), reconoce Michon, que caerá seducido por las figuras antiguas y actuales de las hembras que lo rodearon y acogieron en distintos momentos, y entregará en sus retratos algunas de las descripciones más evocadoras y poéticas de la literatura francesa contemporánea:
Clara, mi abuela, mujer larga y demacrada, de mejillas hundidas, imagen de la muerte inquieta, resignada pero ardiente, curiosa mezcla de las expresiones vivas, vivaces, y de la máscara de ultratumba sobre la que se movían; sus manos largas y frágiles apoyadas sobre la rodilla flaca; sus labios, cuyo trazo, aunque adelgazado por la edad, había permanecido impecablemente definido, se dilataban cuando me miraba en una sonrisa, sin duda imprecisa con una nostalgia indecible, pero al mismo tiempo aguda, seductora, de mujer más bien joven; yo temía la agudeza de los grandes ojos muy azules, dolorosamente bonitos, que se fijaban detenidamente en mí, me leían como para dejar fijos, indelebles, mis rasgos en su anciana memoria… (59-60)
La prosa de Michon es un modelo que seduce, como sucede con Faulkner o con Onetti. Puede ser un escollo o un aliciente para el lector y el narrador que se la topa en el camino. Su amor por la construcción de la frase puede descorazonar a algunos, pero a otros puede insuflarles el ánimo de volver a sumergirse en la palabra sin concesiones ni salidas fáciles, esa palabra que gira en sí misma y en su oscuridad necesaria, un pozo de misterio que revela los abismos personales mimetizándolos en su enrevesada sintaxis. Si el estilo es el hombre, el narrador Michon es complejo, oscuro, poético, irónico, poliédrico, atravesado de culpa y de redención. Pero Vidas minúsculas es más que un breve monumento estilístico. Es una apelación a los muertos que construyen el paso de los vivos, un testimonio excepcional de la pasión enfermiza de un hombre por la trama, una temporada en el infierno durante la búsqueda de la voz personal, un recuento entrañable de las motivaciones de sangre que confluyen en la vida de aquel que está destinado a narrar a pesar de sus errores, sus iras, sus egoísmos, sus mezquindades y sus sombras.
Dedicarse al teatro es una decisión que conlleva una cadena de ajustes en la vida para que, si todo sale bien, podamos más o menos subsistir. Ahora bien, si se habla de hacerlo en un lugar descentralizado y en donde prácticamente se tiene que construir el camino, no es poca cosa. Hace unos años, tuve la fortuna de conocer a Víctor Castan, un director y dramaturgo de Tehuantepec, Oaxaca, que se ha encargado de formar nuevos espectadores y abrir espacios en esa parte del país desde el 2005 con su compañía Grupo de Teatro Niza Cubi. En esta ocasión, Víctor Castan, nos platica un poco sobre su quehacer escénico.
Itzel Lara: ¿Nos podrías hablar un poco de cómo empezaste en el teatro?
Victor Castan: En el año 2000, después de haber abandonado la carrera de Psicología en la ciudad de Oaxaca de Juárez, Oaxaca, me trasladé a la ciudad de México a estudiar actuación, honestamente, no sabía a qué escuela dirigir mis pasos, así que por azares en mi camino, y así literalmente “en mi camino” porque llegué caminando a la Escuela de Iniciación Artística 4 del INBA. Allí comencé en el quehacer teatral.
IL: ¿Cómo es que te decidiste a formar tu propia Compañía?
VC: Mira, el teatro ha marcado la ruta en mi vida, explico: a principios del año 2005, regresé a mi pueblo para vacacionar, después de un largo tiempo de no haberlo hecho. Cierto día me encontré con una persona que me habló de un proyecto de Teatro que estaba realizando con jóvenes de acá, de Tehuantepec, y me pidió que le ayudara por medio de un taller de actuación, lo hice, le gustó tanto el trabajo que estaba realizando que me invitó a dirigir la obra, en el momento no acepté, al paso de los días se reunió con las personas adultas del grupo y la cosa se hizo más formal. Entre todos me pidieron que dirigiera la obra, dije que sí aclarándoles que yo no era director, que me había preparado y trabajado como actor pero nunca antes como director. La obra se estrenó e iba caminando, cuando en un arranque de inseguridad y de muchas cosas más, esta persona que me había invitado al proyecto decide terminarlo, así porque sí. Entonces todo el trabajo que se había realizado durante cuatro meses se fue al basurero, los chicos y las personas adultas hablaban conmigo a diario y fue que después de este incidente, decidí formar el Grupo de Teatro Niza Cubi (agua nueva) en Tehuantepec.
IL: ¿Cómo ves el panorama del teatro en esa parte del país?
VC: Sólido, el trabajo Teatral que se hace en esta parte del país ha tenido una gran fluidez y continuidad, lo que ha hecho que el público espere con ansias cada obra.
IL: Háblanos un poco acerca de las dificultades que encontraste y encuentras para realizar tus montajes.
VC: La dificultad creo que es la misma en todo México, el gobierno no le apuesta ni le apostará al desarrollo artístico de los ciudadanos, porque en su mundo una disciplina artística sólo es motivo de perdida de tiempo; esto también es un pensamiento propio en muchas familias tehuanas ―lo digo porque trabajo aquí― y este pensamiento es la dificultad con la que me he encontrado en mis montajes anteriores, ya que sin la autorización de los padres los jóvenes no pueden asistir a una taller de actuación.
IL: ¿Cómo ves el futuro de tu compañía?
VC: Ahora es muy sólido, creo que tuvimos que pasar muchas peripecias para fortalecer nuestro trabajo, ahora estamos en un proceso de madurez, hemos aprendido mucho en estos ya casi nueve años de habernos formado como grupo de teatro, por lo tanto el futuro que veo es el de trabajar creando más puestas en escena.
IL: ¿Qué planes tienen?
VC: Ahora mismo estamos trabajando en conjunto con un Grupo de Teatro Comunitario de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, estamos coordinando las presentaciones de su obra de teatro en barrios, escuelas y dos municipios vecinos de Tehuantepec, al mismo tiempo que seguimos con el taller de actuación, y ensayando nuestra puesta en escena Celosa, con la cual llevamos 32 representaciones. También tenemos contemplado constituirnos como Asociación Civil para gestionar recursos y fortalecer el trabajo artístico que se realiza en el Istmo de Tehuantepec en diferentes disciplinas.
IL: Cuéntanos una experiencia entrañable que hayas tenido con el público.
VC: El pasado 29 de diciembre de 2013, presentábamos la penúltima función de Celos en nuestro espacio escénico ubicado en la avenida Juárez s/n, Barrio Jalisco, en Tehuantepec, la capacidad que tiene el espacio es para 30 personas, ese día llegaron cerca de cien , sobrepasaba el cupo, por lo tanto acomodamos sólo a cincuenta, la otra mitad se quedó fuera, sin embargo, me acerqué a hablar con ellos y les hice la invitación para venir al día siguiente que sería la última función, la mayoría me respondió que habían venido desde otros municipios y estados de la República para ver la obra, y que les sería imposible regresar al día siguiente porque viajarían a su lugar de origen, entonces les planteé presentar una función ese día, siempre y cuando esperarán terminara la primera. Todos estuvieron de acuerdo y esperaron alrededor de dos horas para entrar a ver nuestro trabajo, eso ha sido de lo más sorprendente que me ha pasado en estos años, que ahora ya haya público esperando dos horas para ver Teatro en Tehuantepec.
IL: Víctor, ya para terminar, platícanos brevemente sobre tu experiencia con la beca Jóvenes Creadores del FONCA, en el 2008.
VC: Sí, aprendí mucho de mis compañeros y también me sirvió para confirmarme que estoy en el camino correcto al realizar este trabajo teatral en la región del Istmo de Tehuantepec.
Gracias Itzel por regalarme unos minutos de tu tiempo y leer un poco de las muchas cosas que hago y hacemos con el Grupo de Teatro Niza Cubi en Tehuantepec.
Para conocer un poco más sobre Grupo de Teatro Niza Cubi y establecer contacto con ellos, se puede visitar su perfil de Facebook, así como el blog Niza Cubi Teatro.
Una vez más la cúpula del recinto del Ex Teresa Arte Actual, así como los salones del Palacio de Minería y el Centro Cultural España fueron invadidos por la poesía pero esta vez, más que nunca, de manera sonora. Como desde hace cuatro años se ha llevado a cabo el programa Enclave, dirigido excepcionalmente por la poeta Rocío Cerón.
¿Qué es Enclave? Es un proyecto que propone un encuentro, un espacio para expandir híbridos y múltiples posibilidades a través de los diversos lenguajes contemporáneos. Enclave reúne a poetas y críticos para compartir de manera colectiva su trabajo creativo así como las exploraciones sobre las diversas ideas y metodologías.
Todo ello dentro del marco de actividades de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM).
Durante esta emisión la pauta fue: la sonoridad como extensión, diálogo, puente, expansión; la performatividad del habla: sonidos, ruidos, cuerpo, voz, tecnología, pulsión, etno-poesía, el flujo sanguíneo, la poesía muda. Para ello, se reunieron a partir del miércoles 26 al viernes 28 de febrero los siguientes participantes: Rojo Córdova, Amanda de la Garza, Martín Gubbins, Óscar Saavedra, Tito Rivas, Pedro Serrano, Roberto Cruz Arzábal, Israel Martínez, Maricela Guerrero, Jorge Méndez Blake, Ana Franco Ortuño, Rocío Cerón así como la que esto escribe.
Secuencias, procesos creativos, piezas que hablan y actúan. Lo vivido dio pauta para un recorrido durante el cual la percepción y los sentidos abrieron todos sus canales (válvulas cerebrales diría Huxley) para recibir, por ejemplo: la lectura de la letra “o” tomada de la cúpula de una capilla y transcrita sonoramente por Martín Gubbins; las onomatopeyas: el pam pam pam gutural así como el sonido de los puños sobre el pecho en un poema sonoro de Rojo Córdova; la reverberación a partir del texto El Grafógrafo (escrito por Salvador Elizondo en 1972) reescrito hasta traducirlo como ElFonófono: un ser que se escucha escuchar, en la voz de Tito Rivas. Sin pensarlo dos veces, anuncio: tengo un tema amplio para escribir un libro con/de/sin/por/para/contra/de/desde poemas.
Unas de las actividades más interesantes como intensas fueron, sin duda: las clínicas de imaginación poética, ya que fue el espacio donde los participantes pudieron explayar y compartir sus experiencias sobre las diversas búsquedas, metodologías, técnicas o modalidades de sus procesos creativos con personas interesadas en el tema. En su mayoría, la audiencia estuvo formada por alumnos o alumnas de algún ramo artístico, por lo cual la clínica gozó de una gran retroalimentación. El diálogo se transformó en una suerte de animal, vivo y en movimiento que originó preguntas y respuestas, sugerencias y contribuciones que fueron más allá de una común presentación de proyectos. El conocimiento se expandió. Las poéticas se dispararon y se instalaron en los diversos circuitos de la mente. Por lo menos, he de decir que eso es lo que me sucedió a mí durante las dos emisiones de dicho festival a las que he sido invitada.
Además de las lecturas de poesía, por otro lado, las mesas de discusión tocaron los siguientes temas: “La poesía sonora y su reverberación en el arte contemporáneo” y “Sonoridades en diálogo con el cuerpo”. En la primera, la sesión partió de la pregunta: ¿Cómo aparece el signo poético en el arte contemporáneo? Las fusiones del arte contemporáneo y la literatura desde perspectivas y prácticas artísticas diversas, tales como el arte sonoro, o bien a partir de aquellos ejercicios que interrogan a la poesía desde otra estructura y campo de recepción. En la segunda mesa, la charla se llevó a cabo con los planteamientos de fronteras, rupturas y reelaboraciones semánticas entre dos lenguajes. Tanto artistas como poetas hablaron de nomenclaturas y sus fragmentaciones: la voz como poesía: canto; no mero signo lingüístico, también sonido corporal, transmisor de sentido.
En este párrafo especialmente quiero agradecer a Sol Waldo (mezzosoprano) amiga y una de mis colaboradoras en la serie “Pájaros Pautados”, la cual presenté en esta ocasión como ejercicio de correspondencia y de traducción entre la gráfica, el sonido y la palabra. Esta serie forma parte del proyecto más amplio denominado: “Mil pájaros mil. Tesis autodoctoral.”
Tres días intensos de actividades y para concluir el programa se llevó a cabo la “Muestra poética de exploraciones sonoras”, una sesión donde atmósferas, voces, palabras, beats, campos áuricos y locuciones en movimiento fueron las formas en que la poesía se instaló en el espacio barroco y excelso del Convento de San José y el Templo de Santa Teresa la Antigua, actualmente nombrado Ex Teresa Arte Actual.
Sin más, cierro esta nota con dos participaciones que tuve el privilegio de escuchar: el poema de Salvador Elizondo reinterpretado magistralmente por Tito Rivas (músico e investigador del fenómeno acústico), ―si es posible, gentil lector, léalo en voz alta―:
El Fonófono
a Octavio Paz y Salvador Elizondo
Escucho. Escucho que escucho. Me puedo oír escuchar que escucho y también puedo escucharme oír que escucho que escucho. Me recuerdo escuchando ya y también oyéndome escuchar que escuchaba. Y me oigo recordando que me escucho escuchar y me recuerdo escuchándome recordar que escuchaba y escucho oyéndome escuchar que recuerdo haberme oído escuchar que me escuchaba oír que recordaba haberme oído escuchar que escuchaba y que escuchaba que escucho que oía.
También puedo imaginarme escuchando que ya había escuchado que me imaginaría oyendo que había escuchado que me imaginaba escuchando que me oigo escuchar que escucho…
Y con el ejercicio vocal que Sol Waldo hizo para el pájaro “Semillero” de la serie “Pájaros Pautados”. Escuche usted con atención, aquí:
La revista ICON, de El País, se hace una pregunta que sacudió las páginas de The New York Timesla semana pasada: ¿Qué fue de los chicos malos de la literatura? Claro que juegan, y lo reconocen, con estereotipos. Sin embargo, no deja de hacer ruido la pregunta, ¿dónde, en definitiva, están los chicos malos de las letras? Una posible respuesta es que están en la Alt lit. Les compartimos un fragmento:
Sí existen autores que persisten en la manía de coquetear con la imagen de malotes como Houllebecq o que no provienen de círculos académicos como Donald Ray Pollock, pero los tiempos de Lord Byron parecen remotos. Los autores con cierta repercusión son los que se presentan como realmente constantes y metódicos. El epítome del autor que anota al final de su novela el modelo de Mac con el que la escribió y los caffè macchiato de Starbucks que consumió durante su escritura encontraría su epítome en Franzen, el autor de Libertad. No es el único: el modelo de escritor gafitas que da clases de posgrado y que se permite algún hobby algo excéntrico, como de novela de Chesterton, es el predominante. De hecho, este perfil hegemónico ha dado lugar a cuentas paródicas como @emperorfranzen, una falsa cuenta de Twitter (aunque el que la gestiona dice que el que es unfake es el Franzen real), en el que se presenta una especie némesis arisca, diabólica y cascarrabias del responsable de Las correcciones.
Mérida, 28 de febrero de 2014. En Yucatán, las mujeres mayas se tiñen el pelo de rojo y usan pantalones de mezclilla ajustados, plataformas altas y blusas de encaje. No todas, por supuesto, pero muchas siguen el último grito de la moda —al gusto local— y eso no extraña a nadie. El huipil es cosa del pasado, sobre todo para las más jóvenes y audaces, como la escritora Sol Ceh Moo, a quien acabo de conocer gracias a su hijo, un atento empleado del Centro de Salud de Mérida. Una tarde cualquiera llegué a su escritorio en calidad de paciente —preocupada por una picadura extraña en mi pierna derecha—; él estaba contento porque le acababa de llegar su tarjeta de crédito, y nos pusimos a conversar… Hallamos puntos de interés en común y más que eso. Pronto me dio el teléfono de su madre porque tenía que conocerla, obviamente. Sí, claro, había escuchado hablar de Sol Ceh Moo, y deseaba leerla. Hoy fue ese día. Acabo de terminar su libro bilingüe Tabita y otros cuentos mayas (Maldonado Editores del Mayab) recién salido de imprenta (en la página legal aparece el año 2013). Sol me lo obsequió ayer en un encuentro rápido que tuvimos frente a su trabajo, en la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Yucatán, donde realiza oficios burocráticos en el departamento de desarrollo cultural para los 106 municipios que conforman el estado. Sol nació en Calotmul, en 1974, escribe en maya –su lengua materna− originalmente, y su obra literaria es grande y comprometedora, y lo digo con la intención de ser tan clara como ella, capaz de denunciar en uno de sus cuentos una práctica aparentemente común en Yucatán, según dice: el incesto, tema de “X Ma Cleofas” (Cleofas. La anciana).
[…] los odios afloraron con mayores bríos al enterarse, por bocas extrañas, que el padre de ambas, madre e hija, tenía embarazada a su amada adolescente. El dolor frente a la noticia fue terrible, era como sal en una llaga abierta. No hubo necesidad de preguntas, el hombre al verla parada frente a sí, sintió el peso del reproche en el tamaño de la mirada. Ya tenía ganas de hombre fue única respuesta que obtuvo de su padre y marido a su airada protesta de madre herida y mujer humillada. Como si una gigantesca mano invisible la aplastara, bajó la cabeza mientras su cuerpo se iba doblando hasta caer sumisa al piso de tierra.
La propia Sol traduce sus textos al español, y aunque como podemos ver la redacción parece descuidada, sus historias tienen sabor y color, y seguramente son más intensas en maya, pero por desgracia todavía no aprendo esa lengua viva y poética que cada vez me atrae más. Desde luego, la autora es muy elocuente al describir cómo es su gente, cómo piensan y qué ideas viejas les resulta difícil erradicar. Para darles una idea, copio literalmente unas líneas de otro cuento: “X- Lo’obal yaan Evencia” (Evencia. La joven).
−Eso no puede ser niña, una mujer en regla no puede entrar a la iglesia, es una inmundicia, es un pecado, una falta a la santa iglesia. Además ya eres una señorita y la doctrina es otra cosa que se acaba.
−Si es algo natural, ¿no así dices, tiene que ser pecado? ¿Acaso a la virgen no le pasaba lo que a mí me está pasando?
La bofetada me movió la cara y me dobló el corazón La autora de mis días furiosa hasta más no poder se me quedó viendo con odio atroz.
En opinión de la escritora, la educación de los abuelos ha hecho sentir que muchas situaciones que han vivido y viven las mujeres es su culpa por estar rotas. La vagina, según los antiguos, es una ruptura del cuerpo, y la menstruación es una inmundicia ante los ojos de Dios. Ahora comprendo por qué quizá a veces no es fácil entablar una conversación con las mujeres de los pueblos; tienen la mirada triste y cansada, sedienta, diría yo. Y Sol me da la razón: “históricamente han sido tratadas como bestias de trabajo y por cada hijo que tienen se van devaluando como mujeres, eso es lo que piensan los mayores; ésta es una justificación de que los hombres las humillen dado que ellos también fueron enseñados a que así valen las mujeres”. El tema del maltrato no es cosa del pasado. Por lo tanto, la escritora asume como una tarea personal decirles a todas que nacer mujer realmente no es un pecado.
¡Vaya! En pleno siglo XXI, a punto de celebrarse otra vez el Día de la Mujer en nuestro querido México, y Sol y yo aquí, sumidas en las páginas de una realidad atroz; a pesar de todo ella está a punto de presentar su libro con manteles largos y yo, bueno, añorando subirme a un árbol de ciruelas nada más para ver qué me dicen, ¿acaso que voy a provocar que sus frutos se llenen de gusanos?
Claro, lo mejor sería hacer esta travesura con Sol Ceh Moo, allá en su pueblo, localizado entre Valladolid y Tizimín, donde —por cierto— estuve hace poco camino a la playa, donde me picó el asqueroso bicho que me dejó la pierna marcada hasta hoy, y cuya identidad atípica tiene en jaque a algunos investigadores, ¡no exagero!
Pero éste no es el tema: definitivamente quisiera que Sol me contara más historias allá, en su casa, para descubrir el origen de su avispada personalidad porque estoy segura que no nada más hace honor a su nombre que obligatoriamente escrito en maya es Kiin Kej Moo, “La luz del sol y la guacamaya”, en traducción simple al español, aunque ella acotaría: “yo le doy vida y brillo a los que me llaman diosa”.
Sol también es autora de la novela X-Teya, u puksi’ik’ al ko’olel (Teya, un corazón de mujer), publicada en la colección Letras Indígenas Contemporáneas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Tiene un montón de obra inédita y otros libros publicados que ya reseñaré. En Facebook la encuentran con su nombre propio.
Tabita y otros cuentos mayas se presentará en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY) 2014 el 13 de marzo a las 5 pm en el Salón Progreso del Centro de Convenciones Siglo XXI, con los comentarios del reconocido novelista guatemalteco Arturo Arias y la editora Roxana Maldonado.
12 Years a Slave (12 años esclavo) es la película del año. En la reciente edición de los Óscares, la película dirigida por Steve Mcqueen se llevó la estatuilla más importante. Parece ser que, una vez más, la Academia ha inclinado su balanza hacia los filmes que enarbolan los ideales americanos, sobre aquellos que ofrecen una propuesta distinta e incómoda como sucede con The Wolf of Wall Street (Martin Scorsese, 2013)
12 años esclavo está basada en las vivencias de Solomon Northup, un afroamericano de Nueva York que es secuestrado por traficantes de esclavos para venderlo a los dueños de las plantaciones. A partir de ese momento, el espectador tiene que enfrentarse a escenas de violencia y humillación que se vuelven recurrentes a lo largo del filme. La intención del director parece clara: mostrar las vejaciones perpetradas por los hombres blancos que, al considerar que los negros estaban en un punto medio entre ser humano y bestia, podían tratarlos como les viniera en gana.
Sobra decir que la película ha sido alabada en múltiples medios alrededor del mundo. Seguramente, al buscar alguna reseña en internet, será más fácil encontrar aquellas que elogian la forma de contar la historia y la excelente reconstrucción de la atmósfera de los Estados Unidos esclavista. Sin embargo, resulta igual de interesante ver el lado opuesto de la opinión general: observar aquello que dicen sus detractores que, en algunos casos, resultan ser hombres y mujeres afroamericanos.
En el periódico The Guardian, Orville Lloyd Douglas, quien comparte el mismo color de piel que el director de 12 años esclavo, se declara cansado y aburrido de la temática esclavista debido a que está basada exclusivamente en el problema de raza. También critica el hecho de que Hollywood se encargue de exponer únicamente ese tema desde la perspectiva del pasado, olvidando las problemáticas actuales de los ciudadanos afroamericanos.
Por otro lado, Carole Boyce Davies, profesora de Estudios Africanos en la Universidad de Cornell, también en The Guardian, aborda y critica el filme desde la falta de legitimación de la lucha. Si bien las memorias escritas por Solomon Northup en el siglo XIX hablan de los maltratos y la violencia ejercida sobre el pueblo negro, también dan un ejemplo de la lucha por la libertad y la resistencia por parte de los esclavos, cosa que se deja de lado en la película por hacer hincapié en un tema más vistoso y morboso que hace que sea más fácil generar empatía en el espectador.
Algo similar sucede con el tan manoseado tema del holocausto y, en nuestro país, la problemática de la migración en el norte, abordada casi desde la misma perspectiva. De todo esto surge una pregunta: si bien, esas películas suelen incidir directamente en nuestros sentimientos, ¿llegará un punto en el que, de tanto ver las mismas imágenes violentas, volveremos la espalda por el tedio que nos provoque revisar una y otra vez el mismo tema?