Conocí a Verónica Bujeiro por correo electrónico en los tiempos remotos en los que aún existía Infosel, estoy completamente segura que ella no recuerda que le escribí pidiéndole su obra “La tristeza de los cítricos” para que el Teatro La Capilla la publicara en aquella primera edición de su taller. Era el 2005. Fue cortés y breve, y no volví a tener contacto hasta tres años después, cuando coincidimos en una beca.
Al bajar del camión, Verónica se acercó a mí y me ofreció sin más preámbulo su amistad, ella tampoco sabe que en ese momento le agradecí sobremanera que dejara de lado la brevedad y me tendiera la mano.
Ya para ese entonces, había leído una o dos obras suyas y debo confesar que admiraba su estilo, la atmósfera y la limpieza de sus diálogos.
La amistad se ha fortalecido año con año y mi respeto hacía su obra aún más.
Si existe una joven voz en la dramaturgia mexicana que ha de resistir el paso del tiempo, es Verónica Bujeiro, no me cabe duda.
Lingüista, ilustradora y guionista, Bujeiro ha creado un mundo tan peculiar que es inimitable. No es difícil adivinar cuando una obra o incluso una ilustración está hecha por ella.
En esta ocasión, Verónica nos da una muestra de su dramaturgia con una obra corta titulada “Hoy no”. Pónganse cómodos y disfruten.
“Hoy no”
Verónica Bujeiro
En una cocina cualquiera, Ernesto, un hombre cualquiera, entra y se sienta a la mesa como un Rey en espera de que su corte lo atienda. De la alacena sale Alma, una mujer cualquiera, que rápidamente coloca un plato y cubiertos frente a Ernesto, su Rey, quien desde su pose de monarca no puede dignarle ni siquiera una mirada.
Ernesto: ¡Sal! ¡Pimienta! ¡Limón!
Alma corre por el salero, la pimienta y una mitad de limón. Se los acerca a Ernesto y sazona la comida en la medida exacta, sabiendo perfectamente que un error podría costarle la cabeza. Ernesto devora sus alimentos como aquel que desesperadamente se premia tras un largo día de inútiles batallas.
Ernesto: ¿Y hoy, qué hiciste?
Alma se consiente un respiro y empieza a hablar.
Alma: Lo de siempre.
Ernesto: ¡¿Y qué es lo de siempre?!
Alma: Quitar las telarañas, para que no te asusten…
Ernesto: Bien, bien…
Alma: Limpiar el polvo, para que no te acuerdes…
Ernesto: Bien, bien…
Alma: Limpiar la vajilla…
Ernesto: ¡Ja! ¡Dos platos!
Ernesto termina de comer, avienta el plato al piso y se rompe en pedazos.
Ernesto: Para que mañana sí tengas algo que hacer.
Alma ve el plato estrellado con acostumbrada tristeza.
Alma: ¿Y el postre? ¿Dónde está el postre?
Alma se apresura a procurarle un pedazo de pan y un gran frasco de mermelada. Ernesto destapa el frasco y horrorizado se enfrenta a su vacío. Alma distraídamente se chupa un dedo, saboreando el fin del contenido.
Ernesto: ¿Otra vez?
Alma: Yo no sé qué pasa, Ernesto.
Ernesto: ¡¿Qué no sabes?! Si hasta acá me hueles a mermelada.
Alma: Yo no…
Ernesto: ¡Es imposible tratar de componer lo que no sirve para nada! ¿Por qué no compraste otro de inmediato?
Alma: No puedo salir, Ernesto. Tú lo sabes.
Ernesto: ¡Me hubieras dicho que lo comprara, inútil! ¿Y ahora que voy a comer, eh? ¡¿Qué?!
Alma saca de entre sus ropas un sobre plateado y lo pone sobre el pan tostado. Ernesto palidece ante su brillo.
Ernesto: ¡¿Cuándo llegó?!
Alma: Ayer. Por la tarde.
Ernesto: ¡¿Y por qué me lo das hoy?!
Alma: Ayer… El frasco todavía estaba lleno.
Ernesto: ¡¿Qué te dijeron?! ¡¿Por qué lo recibiste?!
Alma: Tocaban a la puerta, preguntaban por ti.
Ernesto: ¡¿Y no podías fingir que no estabas?! Como si te costara tanto trabajo.
Alma: Ábrelo, a lo mejor es otra cosa. Un premio.
Ernesto: ¿Entiendes eso que te sale de la boca? Parece que no. ¡Bien sabes lo que es! (Pausa) ¿Qué voy a hacer?! ¡¿Qué voy a hacer?!
Alma: Lo que diga allí dentro.
Ernesto estudia el sobre con impaciencia, buscando inútilmente una salida.
Ernesto: ¡El sobre no tiene nombre! ¿Cómo sabes qué es para mí?
Alma: Por ti preguntaron. No por mí.
Ernesto: ¡¿Y cómo te voy a creer a ti?! ¡La más inútil de todas las cosas!
Alma: Yo no la envíe.
Ernesto: ¡Hasta acá me huele como lo disfrutas!
Alma: Tú sabes que es por sorteo.
Ernesto: ¿Cuándo vienen de nuevo?
Alma: No sé. Allí debe decirlo, ábrela.
Ernesto: ¿Y si no la recibías qué pasaba?
Alma: Ya lo sabes. Si te niego la que se va soy yo.
Ernesto: ¡¿Y preferiste echarme al fuego a mí?! ¡A mí, que todavía sirvo para algo!
Alma: Alguien tenía que ir por los dos.
Ernesto: ¡¿Y tenía que ser yo…?!
Alma: Te tienes que ir, Ernesto.
Ernesto: ¡No quiero! ¡Y si vienen te llevo conmigo!
Alma: No puedes. Bien lo sabes.
Tocan fuertemente a la puerta. Ernesto intenta correr a alguna parte, pero se sabe encerrado. Alma se dirige a la puerta, disfrutando cada uno de sus pasos.
Ernesto: ¡No abras!
Ernesto se tira al piso y se aferra a los tobillos de Alma. Alma queda anclada a Ernesto.
Ernesto: ¡No abras!
Alma: ¿Por qué?
Ernesto: ¡Porque me van a llevar a ya sabes donde!
Alma: ¿Y?
Ernesto: Y preferiría estar contigo.
Alma: ¿En serio?
Ernesto: Podría compensarte por todo lo que no te he dicho.
Alma intenta liberarse de su posición de tabla salvadora. Afuera insisten.
Ernesto: ¡Alma! Como antes, ¿te acuerdas?
Alma: ¿Cómo?
Ernesto: ¡Como cuando…!
Alma: ¿Me veías a los ojos?
Ernesto: ¡Sí! ¡Así! O como cuando…
Alma: ¿Cuando todavía había palabras para mí?
Ernesto: ¡Sí! ¡O como cuando…! ¡Cuando…! ¡Cuando…!
Alma: ¿Cuándo…?
Ernesto busca las comparaciones y espera que Alma las llene cual platos vacíos en la mesa. Ante el silencio de ella, Ernesto repara en el frasco vacío sobre la mesa.
Ernesto: ¡Cuando la mermelada estaba llena!
Alma: No sé…
Ernesto: ¡Alma por lo que más quieras!
Alma: A estas alturas, ya no sé qué es lo que más quiero.
Ernesto: ¡Alma, por favor! ¡Desde hoy yo juego tu papel y tú el mío! Tú sales, yo me quedo.
Alma: No sé…
Afuera ya no esperan. La fortaleza de la puerta comienza a ceder.
Ernesto: ¡Vamos, Alma! Diles que no estoy, que nunca me has visto.
Alma: Nunca me creerían. Eres lo único que veo.
Ernesto: ¡Mi vida! ¡Mi Alma! ¡Por favor!
Alma: No sé…
Alma se rasca la cabeza, como si lo estuviera considerando.
Alma: Hoy no.
Ernesto se rinde, suelta la roca que lo mantenía lejos de la corriente. Alma, la mujer cualquiera, se dirige a la puerta y la abre. Unos hombres vestidos con uniforme entran rápidamente y arrastran a Ernesto hacia su nuevo destino. Alma le dirige la misma mirada que anteriormente le regaló al plato roto en el piso.
Ernesto: ¡Alma!
Ernesto sale de la escena arrastrado por los hombres de uniforme. Alma se dirige a la alacena y saca un frasco grande envuelto en una bolsa de papel. Se sienta en el lugar de Ernesto y desenvuelve un gran frasco de mermelada de fresa. Lo coloca enfrente de ella y sonríe.
La Fundación para las Letras Mexicanas, institución creada para fomentar la creación y, por tercer año consecutivo, la investigación de la literatura mexicana, una vez más abre sus convocatorias de becas para todos aquellos jóvenes que quieran incursionar en el mundo de las letras de manera institucional.
En su página podemos encontrar las bases para obtener las becas que engloban dramaturgia, ensayo literario, narrativa, poesía e investigación, ésta última vislumbra como objetivo la creación de la Enciclopedia de la Literatura en México.
Las convocatorias, una enfocada a la creación y otra a la investigación, están abiertas a todos los jóvenes de la República menores de 30 años de edad y que acepten mudar su lugar de residencia a la Ciudad de México, dado que dentro del programa se comprenden tutorías, seminarios, conferencias, cursos y talleres, impartidos por reconocidos catedráticos y escritores.
El cierre de la convocatoria es el 16 de junio del presente año y la duración de la beca va del 1° de octubre del 2014 al 30 de septiembre de 2015.
Dichas becas son una plataforma de aprendizaje y experiencia dentro de las letras en México.
Este fascinante reporte es un testimonio de la recepción de un libro para niños un tanto polémico. ¿Cómo interpretaron los adultos la publicación de un libro que aborda los estereotipos sexuales? ¿Qué pensaron sus lectores? Laura Lecuona, una de las editoras de libros para niños y jóvenes más valientes y dedicadas que ha tenido nuestro país, nos permite espiar las interesantes reacciones, a veces más lúcidas y siempre más divertidas que las de los prejuiciosos adultos, de un grupo de niños.
Este es el resumen de una investigación sobre la respuesta lectora aplicada a niños de entre cinco y nueve años con los que leí, uno por uno y en grupo, un libro ilustrado sobre estereotipos sexuales. Mi propósito era descubrir qué les comunicaba el álbum a estos lectores y cuál era su postura frente a las situaciones y personajes ahí descritos. Quedó claro que, salvo excepciones, los niños no tuvieron dificultad en comprender el libro a fondo. La mayoría de los entrevistados mostraron inclinaciones favorables a los personajes y algunos se identificaron con más de un rasgo de ellos. Aunque no se trató de una población representativa ni se pueden extraer conclusiones estadísticas a partir de esta investigación, fueron notorios algunos contrastes entre niños y niñas, tanto en su posición frente a los estereotipos como en su actitud hacia los personajes, como se verá a continuación.
1. El álbum estudiado
Como responsable del departamento de Literatura Infantil y Juvenil de Ediciones SM en México, en 2010 publiqué la traducción del libro álbum francés Marre du rose (Harta del rosa) de Nathalie Hense e Ilya Green. Me había interesado por sus ilustraciones, expresivas y sugerentes, pero también porque, como a la protagonista, de niña nunca me interesaron las Barbies ni las princesas. Pero más allá de la identificación retrospectiva, me parecía importante ofrecer a los niños libros inteligentes que pusieran en tela de juicio los estereotipos sexuales.
El cuento es la narración en primera persona de una niña como de siete años a la que le gustan el color negro, los insectos, los dinosaurios, las grúas… Le aburren el rosa y las princesas. Juega más con niños que con niñas. Trepa a los árboles, juega a los bandidos y a los piratas, lee libros sobre escarabajos. Sus padres le dicen que es “un niño frustrado”, pues según ellos sus intereses no son propios de niñas sino de niños. Inquieta por la desagradable acusación, y como buena científica en potencia, se pone a observar el mundo a su alrededor, empezando por ella misma. Tiene un cuerpo de niña, sí: “hay cosas que no engañan”.
Su amigo Augusto tiene muñecos “de niño”, pero les cose ropa, que es actividad de niñas en la cosmovisión de sus progenitores, sólo que ella no ve a Augusto como una niña frustrada. También está Carlos, que dibuja catarinas y de quien todo mundo dice que es “muy sensible”; cuando le regalan cochecitos, les pinta flores. En lugar de coches, él habría preferido que le regalaran unas perlas o un bastón de porrista, “pero todo el mundo dice que son cosas de niñas”. Con todo, “se nota claramente que es un niño”.
Entonces la protagonista pregunta en su casa “por qué a las niñas no les pueden gustar las cosas de niños, y a los niños las cosas de niñas”. La respuesta de los padres (“Porque sí”) no le satisface. Ya no quiere que le digan que es un niño frustrado: “porque pienso que soy una niña hecha y derecha, aunque no me guste el rosa. No me importa… ¡No es obligatorio!”, concluye.
2. Primeras reacciones (de adultos) y su trasfondo
Tras la publicación de este libro en México hubo algunas opiniones negativas, no en la prensa ni en la crítica sino en una parte del circuito comercial. Entre los comentarios que llegaron a mis oídos destaca el de que “el público no está preparado para esos temas tan fuertes”.
Como ejemplo de “tema fuerte”, a más de un adulto le escandalizó el hecho de que la niña conociera el nombre de las partes de su cuerpo (en su inventario de pruebas a favor de que es una niña, ella observa: “Tengo una vulva”). Pero pronto salió a la luz que el meollo del asunto, y lo verdaderamente “fuerte”, no estaba ahí, sino en ciertas interpretaciones particulares de las que el libro estaba siendo objeto. Concretamente, se lo estaba acusando de “fomentar la homosexualidad”.
Es muy saludable que se publiquen libros para niños y adolescentes que aborden la homosexualidad sin prejuicios. Sin embargo, para bien o para mal, Harta del rosa no es uno de ellos. Habla, sí, de los estereotipos sexuales, como la creencia de que las princesas y las flores son cosas exclusivamente de niñas y los dinosaurios y los piratas son cosas exclusivamente de niños. Y es probable que muchos lectores alberguen la errónea suposición de que un niño delicado o sensible o una niña activa e indiferente a las muñecas son o serán, necesariamente, homosexuales. Esto explica la interpretación que sufrió este libro por parte de algunos lectores poco informados.
Queda fuera de los alcances de este artículo repasar los estudios que demuestran que ser “afeminado” un niño u “hombruna” una niña no son indicadores de su (futura) orientación sexual. Remito al lector a las obras que mejor han resumido para el público de habla hispana el “estado de la cuestión” de dichas investigaciones, ambas de Marina Castañeda: La experiencia homosexual y La nueva homosexualidad (donde, a propósito, también se explica cómo la homosexualidad no es algo que pueda “fomentarse”). Sólo permítaseme mencionar un caso narrado por ella que influyó en el ánimo de esta editora mientras Harta del rosa estuvo sobre su escritorio en espera de una decisión.
Recuerda Castañeda la historia de Juan Pablo, un joven violinista, sensible como Carlos el del cuento, que desde la primaria hasta la preparatoria sufrió acoso, insultos y burlas por ser “afeminado” y no participar en juegos rudos. “Padeció una persecución homofóbica sin cuartel durante toda su infancia y adolescencia”. Por cierto que Juan Pablo, en contra de lo que creían los compañeros que lo insultaban y golpeaban acusándolo de “maricón”, “joto” y “pinche puto”, no es homosexual.
Bastó con que fuera diferente y que rechazara desde un principio las reglas del juego del machismo, según las cuales los niños deben ser rudos y duros; según las cuales la actividad artística es cosa de niñas; según las cuales un niño sensible y reservado es afeminado y, por tanto, lógicamente, homosexual (La nueva homosexualidad, p. 114).
Ya se ve que las mismísimas críticas y tergiversaciones que sufrió Harta del rosa, recién publicado, demuestran cuánta falta hacen para la sociedad mexicana libros justamente como ése; de cuán necesario sigue siendo, a estas alturas del siglo XXI, explicarle a la gente, de preferencia desde temprana edad, eso que Josep-Vicent Marqués expresó inmejorablemente y con palabras llanas en su clásico ensayo No es natural:
Los hombres y las mujeres, los niños y las niñas, se fabrican. Todo un poderosísimo conjunto de acciones y omisiones, de consignas y de órdenes, de refuerzos y disuasiones […] harán de esa criatura un niño o una niña, y después un hombre o una mujer […] En realidad, si las diferencias entre el hombre y la mujer que la sociedad pide y acepta fueran naturales […] la sociedad no se esforzaría tanto en que cada uno aprendiera el papel social que se le adjudica según los genitales que le observa al nacer. Si quedarse en casa, interesarse predominantemente por la crianza de los niños, llorar o no decir palabrotas fueran características biológicas de las hembras, y los varones tuviesen las contrarias, los adultos no se pasarían la vida corrigiendo en las criaturas lo que no va en esa dirección y reforzando lo que encaja en ella (pp. 55-56).
Ejemplo de estos refuerzos sociales son las críticas que recibe la niña de nuestro cuento, hasta que por sí sola llega a la conclusión de que “no es obligatorio” comportarse como los adultos a su alrededor quieren que lo haga.
3. Investigación sobre las respuestas lectoras de los niños
La respuesta lectora de los adultos a mi alrededor estaba clara. Se dividían nítidamente entre los que condenaban el libro (ya fuera por no haberlo entendido o justamente por haberlo entendido) y los que lo celebraban (éstos invariablemente lo habían entendido sin ninguna dificultad). Ahora faltaba ver cómo lo interpretaban y cómo respondían a él sus principales destinatarios, niños de entre cinco y nueve años.
Conocía yo de primera mano algunas reacciones de chiquitos cercanos, y todos ellos habían captado desde un principio el lúcido razonamiento de la niña aficionada a los escarabajos, pero decidí ampliar mínimamente la muestra y poner a prueba mi sospecha de que no pocos niños tienen competencias lectoras muy superiores a las de algunos adultos que han ido a la universidad. Esto permitiría, de paso, sondear qué tan educadas en la libertad, contra el acoso y a favor del respeto al prójimo están las nuevas generaciones.
Así, pues, realicé una pequeña investigación de tipo exploratorio sobre la recepción lectora entre distintos grupos de niños de esas edades con el método que se describe a continuación.
3.1 Método
Las preguntas generales que quise explorar fueron:
¿En qué medida comprenden los niños la crítica de Harta del rosa a los estereotipos sexuales?
¿Coinciden los niños con la postura del libro? ¿La rechazan? ¿Reflexionan sobre los prejuicios sexistas?
¿Reconocen situaciones planteadas en el libro o conocen a niños como los ahí retratados?
¿Cómo reaccionan frente a Augusto, Carlos y la narradora?
¿Tienden más al rechazo o a la simpatía e incluso identificación con los personajes?
¿Asocian los niños lectores los temas del libro con la homosexualidad, tal como algunos adultos?
¿Qué tan distinta será la respuesta entre niños y niñas?
Me propuse que en estas sesiones predominaran el diálogo y la libre expresión de los pensamientos. A todos se les aseguró que no se trataba de un examen, sino simplemente de conocer su opinión e impresiones. Aunque varias preguntas se fueron improvisando al calor de la plática, la lista preparada para obtener la información que me interesaba incluía éstas:
¿De qué se trata?
Cuéntame qué te gustó o qué no te gustó.
¿Crees que el libro tiene algún mensaje?
¿Conoces a alguien como la niña del cuento o como Carlos?
¿A quién le regalarías este libro?
Conduje siete sesiones de lectura del libro seguidas de entrevistas (algunas grupales y otras individuales), de entre 45 minutos y una hora cada una, distribuidas así:
a) Grupo de tres niñas y tres niños de siete y ocho años que cursan segundo de primaria.
b) Grupo de seis niñas de siete y ocho años que cursan segundo de primaria.
c) Grupo de seis niños de siete y ocho años que cursan segundo de primaria.
d) Grupo de cuatro niñas y cuatro niños de cinco a siete años que cursan preprimaria.
e) Niña de seis años que ya conocía el libro.
f) Niño de siete años que ya conocía el libro.
g) Niña de nueve años que no conocía el libro.
3.2 Los entrevistados
Los entrevistados a, b y c son compañeros de grupo en una escuela particular de la Ciudad de México. Las entrevistas se realizaron en la biblioteca. Los tres grupos se mostraron observadores, interesados, participativos y, por la emoción de estar perdiendo tiempo de clases, también un poco relajientos y juguetones. La actividad se salía de su rutina. De modo que mientras los grupos a (mixto) y b (puras niñas) jugaban y se reían entre ellos manifestando contento, el grupo c (puros niños) dedicó buena parte de la sesión a mofarse de Carlos y Augusto.
Los niños del grupo d, el de preprimaria, estuvieron muy atentos y se engancharon con el libro. En un repaso de las ilustraciones, en el que ellos decían con sus palabras lo que pasaba en cada una, sorprendió la fidelidad con que habían memorizado el parlamento de la niña. La sesión fue buena a pesar de que durante la lectura y la entrevista grupal un niño mal portado, que ya conocía el libro, condicionó con su punto de vista las respuestas de sus compañeros. Pero al final cada quien hizo un dibujo a propósito del cuento y aproveché el momento en que me lo entregaban para volver a plantear algunas preguntas, ahora sin público, lo que propició respuestas más libres.
Los niños e, f y g, Ariadna, Mario y Julia, son conocidos míos, aunque no demasiado cercanos. Ariadna es una chiquita muy aficionada a la lectura. Mario es hijo de una amiga. Julia, niña muy estudiosa y lectora, es nieta de mi trabajadora doméstica. Las entrevistas con Ariadna y Julia tuvieron lugar en una biblioteca, y la entrevista con Mario, en su recámara. Los tres se tomaron muy en serio la actividad y la disfrutaron.
3.3. Las respuestas de los niños
Los entrevistados fueron tan elocuentes y listos, y tan reveladoras sus respuestas, que es triste tener que dejar fuera la mayoría de ellas. Reproduzco aquí una mínima parte de las respuestas más significativas para los presentes efectos, y las organizo temáticamente para contrastar unas con otras: en cursivas coloco mis preguntas o comentarios a los niños y entre paréntesis algunas acotaciones.
3.3.1. ¿De qué se trata el libro?
Grupo a
Nadia: De una niña que parece hombre pero es niña…
Gerardo: Y está harta del rosa, eso es obvio.
Dana: Y el rosa se le sale por los ojos y por los hoyos de la nariz.
Sofía: Y le gusta el negro.
Grupo d
En cuanto vio el libro, el niño más grande de este grupo gritó espontáneamente:
Alfredo: ¡Ese libro yo ya lo conozco! Es sobre una niña mala que sólo se junta con niños y hace cosas de niños y al final se vuelve normal y se disfraza de bruja, como niña.
Niña e
Ariadna: De una niña que le gustaba el color negro y no le gusta el color rosa.
¿Y de qué más?
Ariadna: Que la niña aprendió que hay otras personas que les gustan cosas diferentes…
Niño f
Mario: Yo diría de que una niña no le gusta el rosa, pero se pregunta por qué a las niñas no les pueden gustar las cosas de niños y a los niños no les pueden gustar las cosas de niñas. ¡A mí me gustan los ponis! O los unicornios o los pegasos.
Niña g
Julia: De una niña que parece más niño que niña porque no le gusta el color rosa, no le gustan los broches, le gusta más el color negro y su amigo sólo pinta flores, muñequitas en su tiempo libre.
Algunos entrevistados, incluso si no conocían el libro con anterioridad, muestran en su respuesta una memorización fiel del texto, como Dana. Varios hacen eco de la opinión de los padres de la niña del cuento: “es como hombre”, “se comporta como niño”, lo que le gusta “son cosas de niño”. Uno de ellos, Alfredo, incluso extrae la conclusión de que, dadas sus conductas, la niña es mala, aunque al final se vuelva normal (cuando se disfraza de bruja, lo que en su interpretación significa que ahora sí le gustan las cosas de niña).
Casi todos mencionan de un modo u otro los gustos y los comportamientos de la niña y de Carlos. Sólo dos, que conocían el libro desde antes, aluden a los sentimientos de la protagonista, a las reflexiones que el libro expone o al aprendizaje que la niña obtiene (si bien más avanzada la conversación otros niños también mencionan estos aspectos). Mario llega más allá: expresamente se apropia del razonamiento de la niña y se pone a sí mismo como ejemplo de que ella tiene la razón.
3.3.2 ¿Qué te gustó o qué no te gustó del libro?
Esta pregunta ayuda a ver cuán profundamente comprendieron el libro y a evaluar en qué bando se coloca cada quien: si a favor o en contra de los estereotipos sexuales. Contrastemos a los tres grupos de segundo de primaria.
Grupo a
Gerardo: De que la niña era como hombre, bueno, jugaba con cosas de hombres, y el niño jugaba con cosas de mujeres. Y… nada más.
¿Y eso te gustó?
Gerardo: Sí.
Dana: Pues a mí me gustó… A mí una cosa no me gustó: que se burlaran del niño que le gustaban las cosas de niñas.
¿Y hay algo que sí te haya gustado?
Dana: Me gustaron que a las niñas sí les pueden gustar cosas de niños y a los niños cosas de niñas; que no nomás hay juguetes para niñas y juguetes para niños, que no se puedan dividir: que todos los juguetes pueden ser para todos.
Sofía: A mí me gustó en el libro de que ahí te enseñan de que no debes burlarte… y aunque a un niño le gusten cosas de niñas y a una niña cosas de niños. Es lo que me gustó del libro.
Nadia: A mí me gustó por ejemplo cuando este… ¿cómo se llamaba el niño que pintaba flores en los cochecitos?
Emiliano: Carlos.
Nadia: Carlos cuando pintaba flores y eso, pero no deja de ser niño. Bueno, parece niña, pero es niño, y no lo cambia por nadie.
Emiliano: Lo que a mí no me gustó es que insultan a los niños, y los tienen que tratar bien.
Grupo b
Constanza (bromista): Para mí se me hizo hermoso, hermoso, hermoso, el cuento.
Dinos por qué.
Constanza: Porque la mamá no tenía razón porque por decir, por ejemplo, si a la niña le gustan los piratas y los coches, ¡pues qué bien!, así es su gusto, y a los niños si les gustan los bebés y el plato rosa, pues qué bien, pues así es la vida.
Grupo c
Gael: A mí sí me gustó el libro.
Domingo: Bueno, es bueno, pero como que te enseña a que las niñas les gusten las cosas de niños y a los niños las cosas de las niñas.
Gael: A mí se me hace como un poco bien y un poco mal porque…
Domingo: Más o menos te gustó.
¿Por qué?
Gael: Mmmmh, porque es un poco malo lo que dicen del niño y eso, como que no me gustó mucho, pero es divertido, por eso es que no me gustó, porque es como extraño, pero lo demás sí me gustó, excepto lo del niño Carlos.
Jorge: A nosotros no nos gustó las partes del niño Carlos porque se disfraza de catarina…
Domingo: Si a una niña le gustara lo de niño yo le diría: “Bueno, que te gusten las cosas de niños, pero puede que te digan masculino (‘hola, hombre’; ‘hola, niño’), pero no es mi culpa porque te guste eso”.
Domingo: O te molesten.
Víctor: O que te digan un nombre con o en vez de la a.
Bruno: A veces los niños cuando les gusta una cosa de niña les dicen gays, ¿sí o no?
Domingo: Ah, algo así.
Jorge: O lesbianas.
Con cuánta claridad se van definiendo los equipos. El grupo mixto y el de niñas no ven con malos ojos que un niño juegue con Barbies y una niña con dinosaurios. Dana hace una inferencia, válida y afortunada, de algo no explícito en el libro: todos los juguetes pueden ser para todos. En el grupo mixto parece incluso haber unanimidad en la condena a las burlas, y en el grupo de niñas queda claro que la mamá no tenía razón. En contraste, al grupo de puros niños le resulta desagradable, ridículo y digno de burla que Carlos pinte flores en sus cochecitos o Augusto cosa ropa para sus hombres de acción. A la niña sí están dispuestos a tolerarla, en el estricto sentido de “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente” (pero que luego, si otros la molestan, no se queje). Y han llegado a la conclusión de que Harta del rosa “te enseña a que las niñas les gusten las cosas de niños y a los niños las cosas de las niñas”, como algún adulto temeroso de que fomente la homosexualidad.
Porque el lector habrá observado también que fue el grupo de puros niños el único que hizo el salto mortal de gustos en juegos a orientación sexual. Lástima que no quepa aquí su definición de gay y lesbiana, pero no me resisto a reproducir su teoría de la transmigración de las almas, que es además una muestra preciosa de construcción colectiva de significado:
Jorge: No me gustaría que, haz de cuenta, un amigo mío sea como niña.
Domingo: Ah, tampoco como que un niño fuera niña y una niña fuera niño. Pero imagínate, ellos dos son como hermanos, pero se voltean, haz de cuenta, su cuerpo cambia pero…
Bruno: ¡Su alma, su alma!
Domingo: …su alma cambia.
Jorge: …o sea que el niño tiene vagina y…
Bruno: (Interrumpe con carcajadas.)
Domingo: Guácala.
Jorge: ¡Pues tú dijiste que cambiara de cuerpo!
Domingo: Pero cuerpo, pero no, yo dije como de espíritu, ¡espíritu!, ¿no? El espíritu de la niña se va al niño y el espíritu del niño se va a la niña, ¿no?, y así ya como que primero se desmayan y después vuelven y ya…
(Este último parlamento en medio de carcajadas de Bruno y Gael por haber oído la palabra vagina.)
3.3.3. ¿Tiene el libro algún mensaje?
También esta pregunta permite apreciar posturas contrastantes entre el grupo masculino, por un lado, y el mixto y el femenino, por otro.
Grupo a
Dana: No burlarse de los demás aunque le gusten cosas que no sean de él.
Gerardo: Que no hay que criticar a los demás por su forma de ser y no es malo ser como niña o como niño, más bien por tu forma como quieres ser.
Emiliano: ¿Que no hay que criticar a las personas porque eso es malo…?
Diego: Tratar a todas las personas por igual.
Nadia: Si criticamos a alguien es como si pegarles a alguien, les afecta porque a ellos así les gusta ser y no tiene nada de malo porque no cambia si es niña o niño, cómo es, si tiene una enfermedad, o es gordito, o no ve o no escucha o es mudo.
Dana: No importa que te guste el rosa aunque seas niño o que te guste el negro aunque seas niña porque siempre vas a ser niña o niño. Si eres niña vas a ser niña aunque te gusten las cosas de niños.
Grupo b
Tamara: El mensaje que yo pienso que tiene el libro de Harta del rosa es que pues no a todas las niñas les gusta el rosa, el morado, diferentes colores, pero el mensaje fue que esa niña, yo pienso que se siente mal porque su mamá la critica, le dice que eso es cosa de niños y yo creo que la niña se siente mal porque dice: “A mí me gusta esto, a mí me encanta el negro, y yo no veo nada de malo que a mí me guste el negro ni que mi mamá me critique”.
Mónica: Yo lo que entendí que no importa si nos gusta el verde, el azul, el morado, el negro, el lila, el que sea. No importa porque nosotros somos nosotros, no somos otra persona, ¡no porque a mi hermana le guste el rosa a mí también me va a gustar! Si a mí me gusta el negro y a ella no, pues no importa, porque nosotros tenemos ese gusto y aunque nos guste otro color y seamos diferente a otro, pues no importa, ¡no se acaba el mundo ni nada!
Diana: El mensaje es que para que entiendan las mamás que a sus hijos pues que les gusta ese color y no le tienen que criticar o algo.
Ivanna: A mí me gusta el color morado y yo no escucho que mi mamá me critique o que mis primos me critiquen ni Carlos porque a todos les gusta el color que quieran.
¿Y cuál crees que sea el mensaje de este libro?
Ivanna: Que no nos pueden obligar qué color queramos, mi favorito, el favorito de las personas. Por ejemplo, si a Constanza le gusta el rosa y a Andrea le gusta el morado, ni modo que Andrea le diga “Ay, te debe que gustar el morado”, y que Constanza le diga “Ay, te debe que gustar el rosa”. No es obligatorio.
Grupo c
¿Creen que este libro tenga un mensaje?
Diego: Eh… de que…
Alguien: No.
Bruno: Sí.
Alguien: Sí, ¿no?
Bruno: Sí.
Diego: Yo creo que sí.
Alguien: Yo creo que no.
Jorge: No creo que te enseñe algo, ¿o sí?
Gael: ¿A menos que te enseñe de las culturas?
¿Qué de las culturas?
Bruno: A menos de que una mitad niño y una mitad mujer.
No entiendo; ¿qué es eso?
Diego: Haz de cuenta, como los dioses.
Bruno: Como que un niño que está diciendo y entonces que está disfrazado de Stephanie así, con el cabello rosa.
Gael: De los géneros.
¿Qué de los géneros?
Jorge: De los géneros femenino y masculino.
¿Qué sabes de los géneros femenino y masculino?
Jorge: Yo no sé nada.
Diego: O sea, este Gael sí sabe.
Bruno: Sí sabe, sí sabe.
Gael: Pues es muy fácil.
Diego: Como que uno juega con muñecas y el otro no, y…
Gael: Sí, sus gustos son diferentes.
Jorge: Que una es mujer y que otro es hombre.
Alguien: Pero esta niña…
Alguien: …parece hombre.
Diego: Parece hombre, y el niño parece mujer.
Bruno: Y ajá, parece de esos hombres que tienen el cabello hasta acá.
Víctor: El niño se debería disfrazar de indio, no de catarina con una flor.
Jorge: ¡Ay, sí, miss!
Diego: Y la niña como lo que se vistió el niño.
Gael: Al revés, es como el mundo al revés.
Diego: Es como el al revés, por ejemplo, nosotros nos vestimos como niña… ¡¡¡¡¡ejemplo, ejemplo!!!!
Jorge: Miss, sí, es como si en ese libro fuera el mundo al revés.
Diego: Como si las niñas se vistieran de negro como niños y los niños no podrían hacer eso…
Bruno: De rosa.
Diego: De rosa y de todo.
Para el grupo mixto y el grupo femenino no hay duda: el libro tiene no uno, sino varios mensajes, y los saben expresar con suficiente claridad. En contraste, el grupo masculino no tiene la certeza de que el libro conlleve algún mensaje, y su intento de formular uno posible es, como habrá notado el lector, un poco enredado.
También los niños entrevistados individualmente detectaron mensajes:
Niña e
Ariadna: Que no se debe molestar a los demás.
Niño f
Mario: El mensaje es: a los niños no sólo les pueden gustar las cosas como Max Steels, Avengers, dinosaurios, fósiles, escarabajos, matar: también les pueden gustar los ponis, los arco iris, y a las niñas no sólo les puede gustar las princesas, rosa, les puede gustar jugar a que matan o, ¿qué más?, o los monstruos. Ese es el mensaje.
Niña g
Julia: Que las niñas que parecen rudas, atléticas y les gustan más las cosas de niños fueran diferentes, cambiaran a ser niñas normales, que no sólo las cosas de niños son divertidas.
Tanto Mario como Ariadna extrajeron el mensaje que el cuento busca transmitir. Sólo Julia se quedó con la impresión opuesta (no fue la única respuesta suya que dejó ver que simpatiza más con los padres que con la niña).
3.3.4. Identificación y simpatía con los personajes
A estas alturas, a ningún lector le sorprenderá que fueron a,b, e y f los que mejores inclinaciones mostraron hacia los protagonistas. Quienes mejor entendieron lo que el libro busca comunicar fueron también quienes mostraron mayor compasión por Carlos cuando lo molestan. Cabe señalar que a los hombres del grupo c al principio les cayó bien una niña que se trepa a los árboles, si bien esta simpatía pronto fue opacada por la antipatía que Carlos y Augusto les provocaron.
También quería averiguar cuántos conocían a niños interesados en juegos asociados con el otro sexo. Resultó que en todos los grupos hubo alguien que conoce al menos a uno así. Algunos entrevistados incluso se identificaron con los personajes. Una brevísima muestra:
Grupo a
Dana: Yo conozco a un niño como el del cuento, y es mi amigo, e igual le gusta el rosa. Igual hasta le gustan las Barbies.
Nadia: Yo conozco a una niña que parece niño. Y se llama Ixchel.
Gerardo: Le encanta el futbol. Ixchel dice “Hay que jugar mucho bol”.
Dana: A mi primo le gustan los juguetes de niña y de niño.
Grupo b
Tamara: A mí cuando yo era chiquita y mi hermanita que ahorita es chiquita, a las dos nos gustan los carros. A mi primo Henrik también le gustan a veces las cosas de niñas, como las muñecas o mis bebés. Y no es nada malo.
Ivanna: Yo un día conocí un niño, que vino a mi cuarto y dijo: “Hay que jugar con las Barbies, con las Pollypockets”, porque a él le gustan muchas cosas de niñas, y dijo: “Hay que jugar con las Barbies, con las bebés”, y yo le dije: “Bueno”, pero su mamá le dijo: “¿Por qué a ti te gustan las cosas de niñas? Eso son para niñas, a ti te deberían gustar los carros y los dinosaurios”.
¿Y qué contestó él?
Ivanna: Él dijo: “No, mamá, yo soy así, a mí me gustan las cosas de niñas y yo quiero jugar a esto”.
Niña e
¿Alguna vez te han dicho que lo que te gusta no es “cosa de niñas”?
Ariadna: Sí.
¿Quiénes?
Ariadna: Muchos niños, porque casi diario llevo la lonchera de los Transformers y me molestan.
¿Cómo te molestan?
Ariadna: Dicen que por qué uso loncheras de niño.
¿Y tú qué les contestas?
Ariadna: Que son cosas de los dos.
Niña g
¿Conoces a algún niño como Carlos?
Julia: Sí.
¿Quién?
Julia: Un compañero mío que se llama Iván. O sea, él es igual que el niño porque le gusta pintar, y pinta más como niña que como niño.
¿Qué significa pintar como niña?
Julia: Que sólo pinta dibujos de niñas: flores, mariposas, en vez de dinosaurios, así.
Y tú que eres una niña, ¿sólo pintas flores y mariposas, o también pintas otras cosas?
Julia: Pinto otras cosas también.
¿Por qué dices que las flores y catarinas son cosas de niñas? ¿Quién te lo ha dicho?
Julia: Pues más bien dicho le empiezan a decir “Ay, Iván, pareces una niña”. Ya le pusieron el apodo Ivana.
Niño f
¿Conoces a alguna niña como la del cuento?
Mario: (Niega.)
¿A todas tus amigas les gustan las princesas?
Mario: ¡Sí!
¿Y conoces a algún niño como Carlos o como Augusto?
Mario: Bueno, yo. Yo soy como ella, y como Carlos.
¿Qué ves aquí? (Ilustración donde Carlos ve a unas niñas jugando.)
Mario: Que a Carlos le gustaría tener un bastón de porrista o unas perlas. A mí también me gustaría tener un bastón de porrista.
4. Conclusiones
El público definitivamente “está preparado” para los temas de Harta del rosa (para repetir esa expresión paternalista con la que muchas se veces quiere disimular la propia intolerancia o la propia falta de “preparación”). Con una lectura acompañada, incluso niños como los de nuestro grupo c, en los que con tanta eficiencia ha funcionado la maquinaria para fabricar hombrecitos y mujercitas descrita por Josep-Vicent Marqués, podrían llegar a cuestionar los prejuicios aprendidos.
Algunos niños entrevistados intuyen claramente que la lectura de un libro como éste puede tener importantes consecuencias. La pregunta “¿A quién le regalarías este libro?” es acaso la más iluminadora de todas:
Nadia: A Ixchel, para que vea que parece niño pero es niña.
Gerardo: Yo a mi primo, que hace mucho como guerra y eso, para que ya no sea tan masculino, que sea también un poquito femenino.
Dana: Yo a mi primo, para que sepa que no importa que le gusten las cosas de niñas, que de todos modos va a seguir siendo niño.
Sofía: Yo a mi hermana, para que deje de burlarse, porque ella se burla de los niños a los que les gusta el color rosa y de las niñas a las que les gusta el negro.
Ariadna: A los niños que me molestan.
¿Y qué les dirías al dárselo?
Ariadna: No sé.
Les podrías decir algo como: “Mira, yo creo que en este libro vas a aprender…”
Ariadna: …que no se molesta a los demás. Que cada quien tiene sus gustos.
Mario: No me gustaría regalarlo, me gusta mucho este libro.
Pero no el tuyo: otro ejemplar.
Mario: Sí.
¿A quién?
Mario: A una niña que se llama Sher, porque ella sólo dice que a los niños no les pueden gustar los ponis, y ella es muy creída, se cree mucho.
Después de escuchar a mis entrevistados estoy más convencida que nunca de que libros como Harta del rosa pueden contribuir a una sociedad más igualitaria y justa. Éste en particular es un aliado en el combate a los estereotipos, claro, y a la homofobia, que no sólo daña a los homosexuales sino que estigmatiza a todos los que no siguen al pie de la letra los roles sexuales. En efecto, la homofobia es mucho más que un simple rechazo a la homosexualidad: oculta una serie de creencias implícitas sobre los hombres y las mujeres, sobre la relación que debe privar entre ellos y sobre la conducción de la sociedad (Castañeda, La nueva homosexualidad pp. 114-115).
Sí. Hay que regalarles muchos libros como éste a los Ivanes, Ariadnas, Ixcheles y Marios del mundo. Y, por supuesto, a los niños que los molestan.
Referencias bibliográficas
Castañeda, Marina, La experiencia homosexual, México, Paidós, 1999.
Castañeda, Marina, La nueva homosexualidad, México, Paidós, 2006.
Hense, Nathalie, e Ilya Green, Harta del rosa, México, SM, 2010.
Marqués, Josep-Vicent, No es natural. Para una sociología de la vida cotidiana, Barcelona, Anagrama, 1980.
Plata quemada, la tercera novela de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940), apareció originalmente en 1998 cuando ganó el Premio Planeta de Novela en Argentina. El premio trajo consigo una sonada polémica porque en el jurado que la premió estaba su hoy agente literario y entonces editor de Planeta Argentina, con quien Piglia ya tenía firmada la entrega de una próxima novela; la polémica llegó a los tribunales y el juicio se resolvió en 2005 en contra de Piglia, lo cual tal vez ha hecho que en ninguna de las sucesivas ediciones de esta novela se diga que ganó ese premio.
En particular, más que la historia que Piglia cuenta en sus cuentos o novelas, me atrae más la historia sobre cómo llegó a ellas. El azar juega un papel determinante en la concepción de sus historias. Por ejemplo, cuando vivía entre dos ciudades, en una pensión en una y en la otra en un hotel, encontró las cartas que se cruzaron dos amantes, las de ella en el hotel de Buenos Aires, las de él en la pensión para estudiantes de La Plata, como si la historia le llegara para ser contada sólo por él. En el caso de Plata quemada fue a partir del encuentro con una mujer que le cuenta durante un viaje en tren a Bolivia la historia excéntrica de tres mafiosos que asaltaron un banco, se encerraron durante 15 horas en un departamento de Montevideo, resistieron a la balacera cruzada con la policía y finalmente le prendieron fuego al dinero robado; lo cual llevó a Piglia a una posterior investigación en periódicos y legajos de la época y la posterior escritura que le tomó más de 25 años.
Piglia es un puntual lector de novela policíaca, considera Un largo adiós, de Raymond Chandler, la mejor novela policíaca de los tiempos recientes. Así, pues, basada en hechos reales que sucedieron a finales de 1965 entre Buenos Aires y Montevideo, Plata quemada es una novela policíaca que además del asalto narra la corrupción y la traición (o en al caso de dos de los personajes, los mellizos, la fidelidad a ratos homoerótica) que impera en casos donde el dinero (o plata o guita, en argentinismo) hace la disyuntiva. Una novela coral desde las voces que surgen en la cabeza de uno de los mellizos hasta la de Emilio Renzi, el periodista que atestigua el fuego cruzado y alter ego de Piglia.
Esta fascinante novela de Piglia ha circulado mucho desde el Premio Planeta –tengo un ejemplar de esa edición de 1998–, luego fue publicada por Anagrama, editorial que sacó a Piglia del círculo de fieles lectores que le seguíamos, y ahora Debolsillo empezará a publicar su obra en ediciones accesibles para que más lectores lleguen a este escritor fundamental de la literatura contemporánea en nuestra lengua. Finalmente, en 2000, Plata quemada tuvo una afortunada adaptación cinematográfica interpretada por Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia y Pablo Echarri y dirigida por Marcelo Piñeyro, ese año ganó el Goya como Mejor Película Iberoamericana.
Nacido en 1933 en Czernika, Polonia, Henryk Górecki le dio un aspecto totalmente nuevo a la música sinfónica. Con su tercera sinfonía dejó más que perplejo al público, tal como Beethoven lo hiciera con su novena sinfonía o Mahler con la primera (i.e., esa sensación de estar ante algo que no se sabe si es una sinfonía, pero que es tan contundente que no importa cómo se le llame). De hecho, después del estreno de esta obra hubo críticas muy fuertes a la misma no sólo por su aparente desapego a las vanguardias musicales sino por las implicaciones éticas y políticas que la aparente renunciación a dichas vanguardias representaba.
Górecki compuso esta sinfonía a finales de 1976 por una comisión de la Radio Alemana de Baden-Baden. La letra fue tomada de tres fuentes: un lamento del Monasterio de la Santa Cruz en Łysa Góra; una oración grabada en las paredes de una prisión del cuartel de la Gestapo en Zakopane, Polonia, por Helena Wanda Blazusiakówna (una prisionera de dieciocho años de edad); y también de una canción folclórica del dialecto de la región Opole en la Alta Silesia. La sinfonía se estrenó el 4 de abril de 1977 en Royan, Francia, con la orquesta alemana de Radio Sudeste bajo la dirección de Ernest Bour con la soprano Stefania Woytowicz.
Parte de las discusiones acerca del título de esta obra (“Sinfonía de las lamentaciones”, “Sinfonía de las canciones lastimeras”, etcétera) se debe a la dificultad de traducir el mismo. En una copia del manuscrito aparece un comentario sin firma que registra lo siguiente:
El subtítulo “Symfonia pieśni żałosnych” pierde mucho en las traducciones occidentales, porque “żałosnych” es una palabra que engloba el sentido de “canción” sin palabras de la obertura con los dos contrabajos, así como la lamentación monástica que le sigue y además la exhortación (“no llores”) de la inscripción en el muro de Zakopane, que es elegíaco y de redención, al mismo tiempo esto incluye la canción folclórica del final.
En 1992, conmemorando los quince años de la composición de esta sinfonía, la compañía Elektra-Nonesuch hizo una grabación de la misma bajo la batuta de David Zinman y con la soprano Dawn Upshaw como solista. En pocas semanas se convirtió en un éxito comercial en Estados Unidos y Gran Bretaña (en dos años se vendieron más de 700,000 copias).
Esta obra es peculiar no sólo por su estructura sino también por el efecto que causa en el oyente. Hay mucha más gente que escucha esta obra en casa que aquéllos que van a escucharla en vivo. Esta diferencia se debe, además de que hay muy pocas oportunidades para escucharla en vivo, a que se requiere de una concentración distinta a la de otras sinfonías del siglo veinte para escucharla. No es tanto un asunto de complejidad como de profundidad. En principio podría decirse lo mismo para cualquier obra musical: para apreciarla mejor hay que escucharla sin distracciones, pero hay obras que demandan la atención del escucha de un modo distinto; es algo similar a lo que ocurre con cierta música religiosa, cuya profundidad se alcanza a percibir por el tiempo y la repetición constante de ciertas formas o texturas, y no tanto por una ejecución virtuosa.
En una entrevista con Valdimir Levitski, entonces pianista de la Orquesta de Minnesota, Górecki afirmó que tal vez el auge de su obra en la década de los años noventa del siglo pasado se debía a que la gente había encontrado en ella algo que le faltaba, algo que se le había perdido. “Siento que al componerla sabía instintivamente lo que la gente necesitaba”. Esta afirmación podría sonar hueca o pretenciosa si no fuera por la vida que llevó el compositor. “Yo participé en la guerra que hubo aquí en Polonia y después viví bajo el maldito comunismo […] no soy una persona que pueda permanecer indiferente a estas cosas. La música es mi comentario al respecto”.
Górecki nació en Rybnik, un pueblo cercano a Czernika. Ahí tomó clases de piano en la infancia. A los veintiún años de edad inició sus estudios de composición en el conservatorio de la ciudad de Katowice, donde al cabo de unos años ingresó también como profesor de composición. Górecki pertenece a una generación de compositores polacos que durante las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo veinte tuvieron mucho impacto en la escena de la música clásica: Witold Lutoslawski, Tadeusz Baird y Krzysztof Penderecki son algunos ejemplos. En 1958, cuando Górecki contaba con apenas veinticuatro años de edad, la Orquesta Filarmónica de Silesia en Katowice dedicó un concierto sólo a su obra, lo que le trajo una mayor popularidad y varios encargos musicales. Posteriormente obras como Epitafium para ensamble y coro, cuya duración es de apenas cinco minutos y Scontri (colisiones) para orquesta, así como las obras que conforman el ciclo Génesis (Elementi, Canti strumentali y Monodramma) situarían a este compositor como uno de los mayores exponentes de la música polaca de la segunda mitad del siglo xx.
Lo primero que llama la atención de la tercera sinfonía de Górecki es que sus armonías son predominantemente modales, lo cual deja a esta obra fuera de los contrastes habituales de tono y técnica de trabajos anteriores del propio Górecki o de compositores cercanos a él (e.g., Xenakis, Ligeti o Penderecki). Esta sinfonía resulta un desafío en el contexto de la música de su tiempo por tratarse de un ejercicio conservador. Hay pocos saltos en los más de cincuenta minutos que dura esta sinfonía; su lento y paciente desarrollo puede resultar en una suerte de calma, de quasi inmovilidad apenas matizada por la intervención de la soprano. Algo similar podría decirse de quien observa con detalle una catedral o de quien lee En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. No estamos frente a la explosividad de técnicas musicales o narrativas que oscilan entre lo lúdico de un Joyce y lo absurdo de un juego de Beckett. En términos musicales, esta sinfonía produce un efecto similar al de una sinfonía de Bruckner; es una obra de largo aliento y paciencia para el escucha.
El lenguaje musical de la tercera sinfonía es una combinación del lenguaje antiguo basado en la música renacentista con el de la música moderna. Los tres movimientos de esta sinfonía fueron compuestos a partir de textos acerca de madres que han perdido a sus hijos. El primero es un lamento tomado de las canciones sagradas del Monasterio de la Santa Cruz de Łysa Góra. Las palabras que le dice María a Jesús aparecen a la mitad del movimiento. La mitad de los contrabajos comienzan la música con una canción que está en Mi. Después de que la melodía ha iniciado su lento discurso, los otros contrabajos comienzan a tocar en una quinta más alta, en Si. Con las entradas sucesivas de otros grupos de cuerdas, la melodía surge lentamente entre la orquesta. Cada entrada de las cuerdas está en una quinta más alta que la anterior. Cuando todas las cuerdas están tocando en ocho partes separadas, la música se desenvuelve lentamente hasta que todos los instrumentos (excepto los contrabajos que para entonces han dejado de tocar) se encuentran en Mi. Ahí entran un arpa y un piano, después los alientos (primero las flautas, luego los fagots, los cornos y los trombones) y la soprano canta el lamento, el cual es sencillo y produce un contraste conmovedor con el telón musical, apenas disonante, de fondo. Una traducción del primer lamento sería la siguiente:
Mi querido hijo, mi amado hijo,
comparte las heridas con tu madre.
Ya que he sido yo, querido hijo,
quien te ha llevado en el corazón
y quien te ha servido con fidelidad.
Háblale a tu madre para hacerla feliz,
pues ya la abandonas, dulce esperanza mía.
Las cuerdas entran en la última nota de la melodía de la soprano para retomar el canon de ocho partes en su quasi fortissimo clímax. Esta vez la densidad de la textura del canon está formada por diez líneas, mismas que irán desapareciendo lentamente hasta que quedan los cellos, los contrabajos y el piano tocando en Mi, que fue la tonalidad que dio inicio a todo el movimiento y cuya duración es de aproximadamente veintisiete minutos. El efecto después de este primer movimiento es verdaderamente único. La combinación de una textura constante con el canto de la soprano resulta en un descubrimiento de algo que es a un mismo tiempo personal y que, por su carácter religioso, uno siente que ha estado ahí desde hace mucho tiempo.
El lamento de la Santa Cruz proviene del siglo xv, a diferencia de la letra que Górecki utiliza en su segundo movimiento, que fue escrita en su propia época. En una visita que el compositor hizo al valle de Podhale, en la frontera entre Polonia y Eslovaquia, encontró un libro que se titula El matadero de Podhale, que se trata de la historia del “palacio” de los cuarteles de la Gestapo en el pueblo de Zakopane durante la guerra. En el libro aparece la fotografía de un poema, una despedida de una hija a su madre, que una prisionera grabó en el muro de la celda número tres. Helena Wanda Blazusiakówna tenía dieciocho años de edad cuando fue encerrada ahí por la Gestapo.
No, madre, no llores.
La más casta Reina de los Cielos,
apóyame siempre.
Ave, María, amada y llena de gloria.
Mientras que el primer movimiento de la sinfonía es una pieza para orquesta con un breve y emotivo centro vocal, el segundo movimiento es una sola canción, de una sencillez tal que nos hace adentrarnos más al efecto producido por el primer movimiento. La continuidad de dicho efecto no está dada sólo por la relación temática de las letras de las lamentaciones sino por la repetición de esta apuesta a la sencillez y la repetición de texturas, propias del minimalismo (en el próximo video, el segundo movimiento inicia en el minuto 27’ 40’’).
En el último movimiento, Górecki toma la letra de un poema folclórico de la provincia de Opole. Esta vez se trata de una madre lamentando la muerte de su hijo, un soldado caído en batalla.
¿A dónde se ha ido mi amado hijo?
Tal vez el cruel enemigo lo mató durante el levantamiento.
¡Ay, gente malvada! En el nombre de Dios y de lo más sagrado
díganme por qué mataron a mi hijo.
Nunca más tendré su apoyo.
Aun si acabo con estos viejos ojos de tanto llorar.
Ni aunque mis lágrimas amargas
crearan otro Río Oder
podrían devolverle la vida a mi hijo.
Él yace en su tumba
y yo no sé dónde está su tumba.
Aun así le pregunto por él a toda la gente en todas partes.
Tal vez el pobre muchacho yace en una zanja
en lugar de estar recostado en la tibieza de su cama.
¡Ay!, canten por él, aves de Dios,
ya que su madre no puede hallarlo.
Y ustedes, pequeñas flores de Dios,
florezcan alrededor de su tumba
para que mi hijo pueda tener dulces sueños.
La música imita el estilo folclórico de la región e incorpora elementos de los himnos eclesiásticos de entonces. Posteriormente, Górecki introduce otro elemento nacional que es un homenaje a Frederic Chopin, su compatriota, a través de un guiño hacia la mazurca número 4, Opus 17 de Chopin, cuyas armonías (que llaman la atención porque suenan claramente al inicio y al final) aparecen y desaparecen a lo largo de todo el movimiento. En el momento en que la madre reza por que las aves canten por su hijo muerto y que las flores retoñen alrededor de su tumba, la música continúa hasta llegar a un La mayor con el que la música termina. Este final, por la tonalidad con que cierra, pero también por el descenso suave, menos triste que los dos movimientos anteriores, acumula la totalidad de la obra (en el siguiente video, el tercer movimiento inicia en el minuto 36) .
Cuando terminamos de escuchar el tercer movimiento ya nos es familiar la repetición de las cuerdas, la constancia de la textura, la invitación reflexiva de la música. De ahí que las lamentaciones, ya no sólo como heridas sino también como expresiones de un reconocimiento del otro y de uno mismo buscando al otro, reaparezcan en el silencio.
Versiones recomendadas:
La versión de la Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional de Polonia, Katowice dirigida por Antoni Wit con la soprano Zofia Kilanowicz (Naxos: 1993) es una de las más constantes en la interpretación de las tres partes como una sola obra. El tempo es largo, el desarrollo acaso más lento que el de otras versiones y la voz de Kilanowicz es impecable en su técnica. Una de las interpretaciones más emotivas.
Con la Sinfonietta de Londres y la soprano Dawn Upshaw, David Zinman (Elektra-Nonesuch: 1991) sabe darle un brillo particular a la textura constante cuya fragilidad radica en volverse monótona a fuerza de trabajar intensamente con las dinámicas. Es decir, tanto en los instrumentos como en la voz de Upshaw hay un gran cuidado de los cambios de volumen, intensidad y velocidad (aun cuando sean mínimos) para mantener la atención del escucha en todo momento.
Probablemente la interpretación más larga que existe (que no por ello más profunda) sea la de la Orquesta Filarmónica de Varsovia dirigida por Kazimierz Kord con la soprano Joanna Kozlowska (Philips: 1993). Kord apuesta por un tempo mucho más largo que el de otras versiones y ello no necesariamente nos acerca más al aspecto conmovedor de las lamentaciones. La mayor distención de la música provoca una amplitud que le confiere un carácter menos dramático a la obra y que sirve como punto de comparación con las versiones anteriores.
Con una dinámica de trabajo más parecida a la de los diseñadores gráficos que a la de los fotógrafos tradicionales, muchos creadores contemporáneos de la cámara terminan cediendo sus virtudes a la tecnología. Así, lo que se obtiene, si hablamos del paisaje urbano o arquitectónico, es la imagen fotográfica que reúne cualidades de collage o mixtura cuya alteración es apenas admisible por el ojo en sus bordes, sus límites entre la sobreposición de un cuadro y otro, disueltos para siempre por los programas correctores que en la computadora convierten ese mosaico en una pieza monolítica sin costura visible, una visión perfecta que sumerge al observador en una anómala sensación de acabamiento. ¿Puede ese mismo proceso lograr un conjunto visual semejante de manera tradicional, sin recurrir a lo digital en primera instancia, sin hacer creer al espectador que asiste a la captura de un instante alterado? Eso es lo que explora Carlos de la Sancha (Ciudad de México, 1985) con sus collages fotográficos y composiciones en sus registros del paisaje arquitectónico. De la Sancha ha empleado la tecnología en sentido inverso: de sus inicios en la fotografía digital ha llegado a la convicción de que el proceso análogo tradicional le permite realizar mejores experimentos. Aunque puede pensarse que sus fotografías tienen como punto de partida el Photoshop para unirlas entre sí, esto la mayoría de las veces es una impresión equivocada. El fotógrafo localiza una posible escena y fotografía el paisaje como parchando el horizonte con cada disparo. Lo que obtiene no es la fotografía de un instante preciso, sino un conjunto de momentos más o menos cercanos que determinan el carácter de una escena total y más amplia. Algunas escenas finales de sus cuadros compuestos pueden estar conformadas de una docena de imágenes; otras más, de cientos de ellas, implicando una compleja trama de mosaico. Para quien haya visto la obra de David Hockney y sus contribuciones al Pop Art, este procedimiento podría resultar familiar, aunque vale decir que la obra del inglés acude al empleo de la pintura y otros artificios para alcanzar sus resultados desde instantes en Polaroid, y no toma partido desde la perspectiva de un fotógrafo, sino como un creador de escenas cuyos fragmentos o detalles a veces va deliberadamente inventando. Desde una perspectiva que mira hacia la arquitectura, las composiciones fotográficas, las imágenes de De la Sancha parecen más cercanas a Extracts of Local Distance, un proyecto de collage de paisajes arquitectónicos en el que trabajan Frederic Gmeiner, Benjamin Maus y Torsten Posselt, donde las composiciones de escenarios arquitectónicos se logran ensamblando digitalmente imágenes por medio de capas que alcanzan efectos cercanos a la ciencia ficción. Tal vez las creaciones de fotografías superpuestas de De la Sancha están más vinculadas con la obra que el australiano Robert Brize explora en la web con su portal Scattered Images, donde a través de collages semejantes busca otras posibilidades estéticas más cercanas al rompecabezas que al testimonio que el mexicano prefiere guardar como registro de la memoria de lo visto en los lugares por donde ha caminado. De la Sancha es más discreto (y no por ello menos ambicioso) en sus registros. Acude a los favores de la mesa de trabajo antes que a los programas de diseño para lograr las composiciones que hoy nos comparte. Nos brinda la oportunidad de ver el lugar, casi siempre desnudo de presencias humanas, a través de la mirada de un caminante y testigo curioso de los detalles que dejamos pasar inadvertidamente cuando imaginábamos que ya habíamos puesto atención a todo el paisaje de las cosas.
Fotografía por Carlos de la Sancha, impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012.
Carlos de la Sancha. teufelberg. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012
Fotografía de Carlos de la Sancha, impresión en papel fotográfico/collage. Berlín 2011.
Fotografía por Carlos de la Sancha, Impresión digital en papel algodón/colleg. Berlín, 2012.
Sankt bonifatius. Impresión sobre papel algodón/collage. Berlín 2012.
mein zimmer. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012.
Carlos de la Sancha. grünewald. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012
Mirar fotográficamente
Del mundo digital al análogo
Desde que era niño tuve curiosidad creativa. Mi madre es poeta y académica. Me gustaba la actuación y estuve interesado desde siempre en cuestiones artísticas. Siempre miraba hacia otra parte pensando qué cosas podía hacer y así me encontré con el medio absolutamente visual de la fotografía y quise adentrarme en ella. Yo era mayor de edad y, en un cumpleaños, mis padres me regalaron una cámara Rebel. Eventualmente me incliné por la fotografía análoga y le devolví la cámara a mi padre, porque también él quería aprender. Ahora trabajo sólo con película y en lo digital trabajo con mi smartphone, que toma fotos bastante buenas.
Involucrarse en el mundo
Cuando tomo fotos no pienso en series ni en temas. Me mueve el “sentimiento” cuando pienso que vale la pena sacar la cámara y disparar, para guardar la imagen que estoy viviendo o que descubro. En los días del curso de manejo de la cámara, la llevaba a las reuniones. Caminar por las noches es un riego y siempre temía que pasara algo, así que no llevaba una gran cámara. Durante la noche tomaba fotos a amigos y a desconocidos hasta la madrugada, cuando todo el mundo queda destruido. Mis amigos, al mirar las fotos se veían como eran y sentían que estaban involucrados en el mundo y eran parte de algo que finalmente les inquietaba y les gustaba.
Algunas muestras
He participado en exposiciones colectivas. La escuela de Saúl Serrano hacía cada fin de semestre una y ahí presenté algunos trabajos con otros alumnos. También formé parte de la exposición “Geometrías” en un espacio que se llama Cultura Colectiva. En Oaxaca estuve en el taller del fotógrafo ciego Pedro Miranda, en el que al final expusimos los trabajos. Tuve la oportunidad de participar con Stella Johnson en un slide show de fotografía documental, también en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo.
La técnica, el instante
No suelo fotografiar un solo tipo de sujetos o cosa. Me gusta y he hecho mucha fotografía de arquitectura, que suelo acometer en largas series y en composiciones superpuestas. De lo social que hay en fotografiar personas busco la “soledad” de la fotografía arquitectónica, una forma de introspección que encuentro en el movimiento donde exploro una vena de mis intereses íntimos, sin olvidar que la fotografía también es un asunto técnico donde lo que se logra no se debe a casualidades o accidentes sino al dominio de quien sabe lo que está haciendo, aunque no pienses uno por uno en cada pasa al tomar una fotografía. No se detiene uno a pensar “voy a ponerle 3.5 a la cámara para que salga bien” o “la luz está de este modo por aquí”. Esto sucede incluso dentro del estudio, donde se supone que todo está bajo control. No hay manera de desobedecer la técnica si la desconoces. Edward Weston decía que hay que “ver fotográficamente”, llegar al punto en el que hay un dominio de la técnica al grado que todo se resume en un instante veloz de experiencia, automático, del pensamiento en el acto.
De libros y nombres
Me gustan las bibliotecas de arte como la del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, donde puedo conocer y ver el trabajo de los grandes fotógrafos y leer mucho. Obras como la de Hiroshi Sugimoto, Nobuyoshi Araki, Duane Michals, Jennette Williams, Joan Fontcuberta, Larry Fink, fotógrafos de los que se aprende a diario. Incluidos consejos como los de Lisette Model que ha dicho que uno no debe uno disparar su cámara a menos que lo sienta y lo intuya dentro de sí y ya no sé si la escuché decirlo o leí que lo dijo. O consejos como los de Duane Michals, cuyo humor me gusta y es una mezcla de lo cómico con una seriedad profunda. Jugar con la sensualidad o la comedia, con la ilusión, con el tiempo y la memoria. En México ha habido y hay grandes fotógrafos: Tina Modotti, Edward Weston, Álvarez Bravo, Karina Juárez, entre otros.
Entre aprender y aprehender
Cuando tomo fotografías no busco necesariamente “comunicar” algo. No procuro ni tengo por objetivo revolverle las tripas al espectador. A veces eso se logra, pero no es lo que persigo. Cuando somos espectadores recibimos información, sentimos algo. Yo sólo trato de ver más y mejor, aprender, aprehender algo, siempre de otro modo. Mis objetivos están llenos de subjetividad.
Triple vía
En lo personal descubro tres vías en mi quehacer fotográfico: cuando me quedo en casa con la cámara, buscando líneas y composiciones, buscando el rincón para un autorretrato o el instante para entender algo que se me escapa. Cuando no traigo cámara, estudio en la biblioteca y busco en los libros y abarco todo lo que puedo atesorar con la mirada. La tercera fuente está en el espacio oscuro del cuarto de revelado, donde al ampliar e ir descubriendo las fotografías, me envuelven los olores químicos y los del mundo.
Entre creador o artista
Me gusta decir “creadores visuales” porque procuro no usar la palabra “artista” para definirme. Y porque todo lo que tengo o tenemos a la mano sirve para crear y hacer propuestas. Incluso ir al mercado o al súper son experiencias de las que uno puede extraer líneas para nuestro trabajo.
Hacer las fotos
Dejé un estudio que tenía con una amiga fotógrafa. Pero tengo acceso al cuarto oscuro del cfmab y ahí he estado revelando y ampliando los últimos meses. Espero pronto tener mi estudio e instalarlo donde vivo. Cuando me preguntan “¿A qué te dedicas?” siempre respondo: “Hago fotos”. Entonces resultan que así salen los “encargos” porque es difícil que los creadores vivamos de lo que queremos. Entonces hay que hacer esa chamba que los otros quieren y que la gente nos encarga. Finalmente también así se aprende mucho y el trabajo se enriquece trabajando otros temas (fotografiar celebraciones de amigos o bodas), moverse en ámbitos que no eligió uno mismo y donde uno nunca se aburre de mirar. Eso que uno considera distinto a “lo que solía hacer”.
Entre los Años de 1931 y 1933, dos jóvenes que serían figuras excepcionales de las letras mexicanas comenzaron una larga amistad: José Alvarado (1911-1974), recién llegado de su natal Nuevo León a la Ciudad de México, y Octavio Paz (1914-1998), quien aún vivía en la casa familiar, en Mixcoac. Ambos con el propósito de continuar su formación en la preparatoria. Hacia 1934 compartían “una buhardilla del centro cuando estudiaban derecho en San Ildefonso”, donde tendrían lugar extravagantes episodios que serían materia de un anecdotario.
Desde 1926 —es decir, desde los 15 años, cuando estudiaba en el Colegio Civil de Monterrey—, José Alvarado escribía artículos para publicaciones escolares como la Revista Estudiantil y Renovación. Sorprende su fecundidad y su acento crítico en una gama muy amplia de intereses que será constante a lo largo de su trayecto de escritor y periodista: reivindicaciones políticas, sociales, culturales —siempre del lado de los desposeídos—; la búsqueda de una transformación, en “abierta rebeldía contra los sistemas caducos”; la juventud, los estudiantes, la Universidad; libros y autores (Díaz Mirón, Alfonso Reyes, Salvador Novo); crónica teatral, crítica de cine, ensayos, cuentos.
En el Monterrey de 1929, es testigo de la campaña en favor de Vasconcelos (promovida por Alejandro Gómez Arias y Andrés Henestrosa, entre otros). Alvarado se identifica con el proyecto vasconcelista, que sería violentado con las armas de la ilegalidad, en una decepción atroz y determinante, lo mismo para el régimen postrevolucionario que para el porvenir del país.
Por su parte, en la Ciudad de México, a los 17 años de edad Octavio Paz lanza Barandal (1931-1932), e inicia su vida como editor de revistas. Lo acompañan tres amigos: Rafael López Malo, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. En el número 7 (el último) José Alvarado publica su ensayo “Colocación sin colores”, donde aborda la luz, la sombra y “la posibilidad óptica de los colores de las cosas” que lo encauzan a la fotografía y el cine desde un acercamiento estético, lejos de las controversias políticas de la hora.
En la sección de “Notas”, los editores de Barandal articulan un lenguaje crítico, a veces irónico (López Velarde es “el joven abuelo”; del libro de Renato Leduc, Los banquetes; Rafael López Malo anota que el autor “se propuso ver todo a través de la intrascendencia”, antes de reprobar su falta de solidez “verdad”). Algunos investigadores han distinguido la actitud de los llamados “barandales”, frente a suscolegas escritores, por adoptar los designios del grupo de Contemporáneos y perfilarse, en consecuencia, como sus herederos. Les brindan el espacio de Barandal (a Novo, a Pellicer, a Villaurrutia) con amplitud y certeza que no conceden a ningún otro contemporáneo (con minúscula).
En respuesta al debate maniqueo que les reclama optar por una cultura nacionalista, o bien una cultura de vanguardia, cosmopolita, los Contemporáneos eligen de modo tajante la segunda alternativa (justo en 1932, con gran filo polémico, Jorge Cuesta elevasu argumento a la máxima expresión). Los “barandales” se distancian de la opción nacionalista, y en el que sería su último número Salvador Toscano lo formula sin rodeos: “Aclaremos sobre la vanguardia. Nosotros somos de la vanguardia”.
Octavio Paz entrega a Barandal cuatro poemas (hay un antecedente en el periódico El Nacional). En el número uno, “Preludio viajero” hace evidentes los motivos derivados de la lectura de las vanguardias, y los ismos al uso hacen sentir su huella, sus ecos —futurismo, creacionismo, ultraísmo, estridentismo. Decuatro títulos, Paz dejó tres al margen de su primerísimo poemario, Luna silvestre (una plaquette de 32 páginas, con tiraje de 75 ejemplares, fechada en 1933): de acuerdo con Luis Mario Schneider, Luna silvestre sólo contiene uno de los poemas destinados a Barandal; luego, Paz decidió dejar esos cuatro poemas y todos los que integran Luna silvestre al margen de las sucesivas compilaciones de su obra poética —aunque por último los rescató para la “Miscelánea”, en el tomo 13 de sus Obras completas.
El único texto procedente de Barandal que Paz recuperó, en la edición de sus Primeras letras (1988), es su ensayo “Ética del artista” —con modificaciones mínimas—, donde expone su preocupación sobre el papeldel arte con respecto a ese conjunto de problemas
… que no son puramente artísticos, pero que la tradición nos enseña, a despecho de la doctrina del arte puro, que influyen profundamente en la creación y le dan al arte un valor testimonial e histórico parejo a su calidad de belleza.
Además, persistía la disyuntiva entre marxismo y artepurismo, entre la urgencia del compromiso y la búsqueda de la pureza estética, entre la voz de la intimidad y la de la plaza pública. El joven Paz plantea el dilema: “¿Arte de tesis o arte puro?” En el primero advierte la distorsión y conversión de la voluntad artística en propaganda o letanía; propone una actitud “mística y combativa”, repasa las implicaciones religiosas o políticas del arte antiguo y del teatro griego, mucho más incluyentes e incisivas que el artepurismo (y capaces, como en Dante, de comprender o agotar “la esencia y el sentido de una época”). Mantiene la exigencia formal, pero conserva una aspiración que trascienda (no que obedezca o abandone) las contingencias del momento y les asigne un sentido de integridad, de plenitud histórica y estética.
La continuación de Barandal llegó pronto: Cuadernosdel Valle de México (1933-1934). Fueron sólo dos números. Entre los editores aparecen Octavio Paz y José Alvarado, quien borda sobre “La revolución y la novedad”, en un ensayo de referencias contundentes no sólo para la época, sino también para su propia perspectiva. Por ejemplo, señala “el temor que los intelectuales sienten por la apertura… de la revolución”. La idea de la “novedad” entraña una “función cosmética de la inteligencia para renovar sistemas de vejez”,el disfraz o la máscara de un refugio en el pasado, y por lo tanto una fuga ante las urgencias del presente. No tarda en cuestionar los “significados muertos” y la “literatura de propaganda”. Su entusiasmo juvenil rebasa el dogma o la doctrina, y apunta de manera explícita la dimensión social, política, rebelde y revolucionaria que las circunstancias demandan:
… no se trata aquí, precisamente, de defender la cultura o de consolar a los intelectuales, sino todo lo contrario, de darle toda su categoría a la revolución, pues el problema de la inteligencia ya no se resuelve en el pensamiento, sino en la política rebelde que es la única actividad creadora de los hombres, el único trabajo que podemos hacer.
Segunda
Hay una pausa de 23 años. El siguiente episodio transcurre en 1957, cuando Octavio Paz ha publicado ya dos de sus libros fundamentales: El laberintode la soledad (1950), y La estación violenta (1957). José Alvarado, por su parte, ha entregado a la imprenta dos novelas breves: Memorias de un espejo (1953) y Elpersonaje (1955), si bien dedica más tiempo a su labor periodística, en la que despliega su eficacia, inteligencia y gracia. Su prosa excepcional esfuma la división imaginaria entre periodismo y literatura.
Por entonces, un grupo de amigos acostumbraba reunirse en el restaurant Bellinghausen de la calle de Londres —antes del ascenso y la ruina de la Zona Rosa. En Historias del olvido, Carlos Tello Díaz investiga las comidas de ese grupo denominado Los Divinos; entre los habituales menciona, por ejemplo, a José Luis Martínez, Joaquín Diez-Canedo, Alí Chumacero, Jaime García Terrés, Abel Quezada, Carlos Fuentes (el más joven del grupo: 29 años), José Alvarado y, cuando estaba en el país, Octavio Paz. Conversador prodigioso, Alvarado solía hechizar a los comensales con historias “de política, de cantina, de amor o de literatura”; además, les relataba
… anécdotas muy divertidas de su vida con Octavio.Habían convivido de jóvenes con un maniquí de cartón que Paz llamaba La Rígida… “y la compraron y se la llevaron a vivir con ellos, y le dieron trato de señorita”.
Carlos Fuentes recordó el mismo maniquí, La Rígida, con las siguientes precisiones: “Me sirvió de tema para un cuento: ‘La desdichada’, en la que el papel de Bernardo corresponde a un retrato imaginario del joven Octavio”. Refiere también sus andanzas de tonos clandestinos que los transportan hacia “las galerías de espejos más secretos de la urbe, poblada de mendigos, transvestistas, mariachis, organilleros, mujeres de pelo en pecho y faunos del bosque de concreto”.
Un sábado de octubre de 1957 —según Tello Díaz—, la comida de Los Divinos derivó en una parranda de órdago. Alvarado, Paz, Fuentes y Juan Soriano trasladaron su fiesta a la casa de la Bandida —el burdel por excelencia de aquel México desvanecido, punto de reunión de notables, poderosos y uno que otro menesteroso—; en el epílogo, convencidos y acompañados por un dueto estrafalario, recalaron en uno de los bailes carnavalescos de la Academia de San Carlos, con su concurso de disfraces que desde luego propiciaba los encuentros eróticos y la confusión de identidades. La juerga concluye al amanecer del domingo, cuando los sobrevivientes, “en estado deplorable pero todavía con aliento”, parten adormilados y ojerosos a bordo de algún taxi.
Tercera
En 1966, José Alvarado celebra en la página editorial de Excélsior el prestigio y la presencia internacional que Octavio Paz había alcanzado (era embajador en la India, lo entrevistaban en la revista Life o L’Express, dictaba cursos en la Universidad de Cornell y era “el poeta que más ha viajado por el mundo”), e invoca los tiempos estudiantiles en la Preparatoria de San Ildefonso, “tocados por el aceite vasconcelista y por las prédicas de la justicia social”.
Octavio Paz también rememora esos “años de iniciación y de aprendizaje”, de “primeros pasos” y “primeros extravíos”, en los que coincide en diversas ocasiones con Alvarado. A la distancia, considera Barandal “una revista de experimentación, entusiasmo, irreverencia”, en una etapa efervescente de pasión, descubrimiento:
Es natural sentir un poco de ternura por el muchacho que fuimos. Pero un poco de ironía y dos o tres coscorrones no le harían daño a ese fantasma juvenil. La política no era nuestra única pasión. Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía… Descubríamos la ciudad, el sexo, el alcohol, la amistad.
Tras renunciar a la embajada del gobierno de Díaz Ordaz en la India —a raíz, como se sabe, de la matanza de Tlatelolco en 1968—, Paz aguarda la llegada del nuevo sexenio antes de regresar a México.
Cuando vuelve, participa de manera visible en proyectos políticos (entre ellos, el de crear un nuevo partido, al lado de Heberto Castillo, Luis Villoro, Carlos Fuentes y otros).
El 10 de junio de 1971 va a Ciudad Universitaria, invitado por los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras para dar una lectura de poemas en el auditorio Justo Sierra. Lo acompañan José Alvarado, Carlos Fuentes y Marco Antonio Montes de Oca. A punto de comenzar la lectura, llega la noticia de que la manifestación estudiantil que se realizaba ese día en San Cosme había sido reprimida. La lectura se suspende.
José Alvarado es uno de los amigos a los que Paz más quiere, y a los que más confianza les tiene. En su amistad nunca surge reparo. No es mera nostalgia lo que le lleva a dedicarle el poema que da título a Vuelta (1976), libro en el que vierte algunas de sus más personales y entrañables imágenes de la Ciudad de México.
Es posible imaginar su reencuentro con José Alvarado: tal vez caminaron de nueva cuenta y conversaron por las calles de una ciudad que ellos recrearon y pervive —al menos en parte— gracias a su imaginación, su lenguaje y su escritura.
“El hombre”, escribe Ortega y Gasset, “constantemente hace mundo”.[1] Esto no significa que seamos los creadores del mundo, sino los hacedores de nuestra historia personal y general. Ahora bien, toda vida está dentro del tiempo aunque no sea el mismo tiempo el que viven los que son, entre sí, contemporáneos. En otras palabras, entre los contemporáneos existen tres tiempos; el que en cualquier fecha dada es un muchacho, el que en esta misma fecha es un hombre maduro y el que, en ella, es viejo. De este modo y manera, no todos los contemporáneos forman una misma generación; de hecho la forman los que Ortega llama “los coetáneos”. En otras palabras, en el “hoy” existen varias generaciones que, de manera aproximada, Ortega hace durar unos 30 años. Escribe Ortega: “el mundo vigente en cada fecha es el factor primordial de la historia”. Las generaciones muestran que el hombre es “sustancialmente histórico” y hacen ver que, de una a otra, existe un cambio, aunque este cambio no tenga las características de una crisis propiamente dicha puesto que los contemporáneos, aunque no sean coetáneos, suelen vivir un mismo sistema de creencias. Si es verdad que el hombre adquiere sus propias ideas entre los treinta y los cuarenta años y las desarrolla entre los cuarenta y cinco y los sesenta “una generación histórica vive quince años de gestación y quince de gestión”. De esta manera, Enrique Ramírez y Ramírez se suscribe a la generación que produjo la revista Barandal, editada por un Octavio Paz, joven; pero a su vez, también está relacionado con los movimientos literarios creados por los Contemporáneos y los Estridentistas.
Pero no sólo eso, si existe un verdadero atisbo para crearnos un perfil de Ramírez y Ramírez es el que apunta Ismael Carvallo Robledo al afirmar que sobre él “se apreciaba a un hombre decantado intelectual y políticamente por los filtros de dos grandes pasiones vinculadas con dos de los más apasionados y geniales hombres que, en el siglo XX, ha dado México: José Vasconcelos y José Revueltas”.[2]
Enrique Ramírez y Ramírez nació en la Ciudad de México el 5 de Marzo de 1915, fue miembro de la Federación de Estudiantes Revolucionarios, “era de contextura delgada, bajo de estatura, de facciones finas y pálido, destacaban sus ojos penetrantes, hondos y quietos. Solía usar una cachucha gris hasta las negras cejas; era capaz de expresarse en público con disciplina y ponderación”.[3] Desde sus primeras andanzas, la existencia de este escritor estuvo marcada por una madurada intensidad, “pues se cruzaron en ella vectores fundamentales de la vida política nacional de México, troquelando la suya, como sólo con los grandes sucede, a la escala dialéctica y, por sintética, compleja, del Estado (en el sentido de que no todo era solamente la crítica ciudadana desde la militancia o desde la sociedad civil al poder; estaba a la vista también, y acaso de manera más acuciosa y problemática por tratarse del momento del Estado, la necesidad de su ejercicio): la revolución mexicana, el vasconcelismo, el comunismo, el cardenismo, el PRI. No hay ángulo o aspecto orgánico del México de nuestro tiempo que no encuentre en esos vectores, de manera recta u oblicua… sus claves definitorias”.[4]
Si bien es cierto que el nombre de este escritor está presente en nuestros días por sus aportaciones en los campos del periodismo (como fundador del diario El Día), la política y el nacionalismo, específicamente su pensamiento revolucionario y laico. También es notable su adscripción a la revista Barandal, manifiesta en las tres colaboraciones que realizó y donde sobresale “La soledad en el mundo nuevo”. Además de ello, sobre el legado de su vida y obra, puede leerse la reciente antología de Socorro Díaz, publicada por la editorial Tinta: Enrique Ramírez y Ramírez. Remembranza e iconografía.
A casi 34 años de la muerte de este hombre ilustre que ayudó a la construcción del México contemporáneo, queda el recuerdo de las palabras que José Revueltas, escribiera en Las evocaciones requeridas, en el apéndice del tomo I, donde dice: “Dedico estas Evocaciones a Enrique Ramírez y Ramírez, amigo entrañable; en materia de nuestra vida política, largamente unidos unas veces, y otras, severamente separados. Nuestra amistad parecería representar la síntesis en que se expresa la dialéctica del corazón humano”.
[1] Ortega y Gasset, José, “En torno a Galileo”, Biblioteca Nueva, Madrid (2005).
[2] Carvallo Robledo, Ismael, Evocación de Enrique Ramírez y Ramírez, El Catoplebas, Revista Crítica del Presente (2011).
[3] Iduarte, Andrés, Don Pedro de Alba y su tiempo, Editorial Cultura, México (1962), p. 43.
[4] Carvallo Robledo, Ismael. Evocación de Enrique Ramírez y Ramírez, El Catoplebas, Revista Crítica del Presente (2011).