Tierra Adentro
30 Festival de México, Centro Histórico.

Hoy da inicio la 30 edición del Festival México en el Centro Histórico de la ciudad de México con un concierto en Bellas Artes a cargo del pianista Alexander Toradze y la Orquesta Sinfónica Nacional; quienes interpretarán el Concierto No. 2 de Dmitri Shostakovich. La gala iniciará con La Fundición de Hierro de Alexander Mosolov y finalizará con la suite del ballet Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev.

El festival se llevará a cabo del 13 a 23 de marzo, en el cual podremos ver cerca de 200 eventos de danza, música, cine, gastronomía, artes visuales entre otros. Las sedes serán distintos recintos del Centro Histórico así como plazas públicas, calles y museos. Así mismo será el escenario de cerca de 55 artistas, de 22 países como Alemania, Argentina, Austria, Australia, Bélgica, Canadá, Chile, Estados Unidos, España, Francia, Italia, Japón, Líbano, México, Reino Unido, Siria y Serbia.

Dará cabida al estreno mundial en español de la obra “White Rabbit Red Rabbit” del escritor iraní Nassim Soleimanpour; Akram Kahn, una compañía de danza inglesa; el conjunto polifonético originario de Córcega, A Filetta; Ji-Hae Park, violinista coreana; Miguel Poveda, el cantautor flamenco que se presentará en el Palacio de Bellas Artes, y la cantante canadiense de origen esquimal Tanya Tagaq.

Para mayor información podemos visitar el sitio web del Festival, en él podemos encontrar los horario, precios, ubicaciones de los recintos donde se desarrollará cada evento e instrucciones para la compra de boletos.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
La grande bellezza, de Paolo Sorrentino.

Salir del cine y sentirse vampiro o asesino o lobo que cuenta monedas y serlo para siempre en un lugar oscuro de nuestra existencia. Eso es lo que se llama una experiencia estética transformadora. No se necesita mucho para hacerle eso al corazón humano, sólo una película con agallas. La Gran Belleza (2013) de Paolo Sorrentino lo es. La gramática desesperada de la pobreza, que sólo se puede mostrar a través de lo fastuoso: una Roma de carnaval, donde las viejas esculturas y palacios se ríen de la pequeñez humana. Una grande bellezza en la que domina el dolor del personaje: Jep Gambardella, el mundano, el escritor de una sola novela de juventud, con el dolor a cuestas de haber formado parte de Roma en toda su estridencia, en toda su fiesta. “Porque la fiesta también hiere”, podría ser el subtítulo de esta cinta. Algunos críticos −que nunca se habrán metido una línea y nunca salen de noche− han dicho que Jep (un Toni Servillo sublime) es un indolente de 65 años a quien sólo mueve el hastío. Se necesitan más años o volver a nacer, quizás, para entender esta película de otra manera, sin hacer psicología de revista femenina, sin darla por hecho. Sólo así se distingue la indolencia de la herida: la noticia de la muerte de una mujer que amaste hace 35 años y que, al casarse con otro, te ha dejado como un fantasma deambulando por las bacanales, al mismo tiempo triste y absolutamente feliz de estar vivo.

Pero en el vacío opulento de Paolo Sorrentino cabe además un existencialismo que nos pone a todos a bailar de horror: ¿cómo contar la historia de la pobreza si, como dice la Santa de Sorrentino con sus encías descarnadas, “la pobreza no se cuenta: se vive”? El director italiano escoge un road trip singular: los trenecitos que se hacen en las fiestas que, citando a Jep, son los mejores del mundo porque no van a ningún lado. Sorrentino escoge seguir al hombre anónimo que guarda en una maleta la llave de los edificios más lujosos de toda la ciudad. Es una visita de noche, fellinesca, cuando todo el mundo está dormido, a esos lugares que se construyeron para dejar clara la sentencia: “soy poderoso, mi vida vale más que la de otros humanos”. Jep y su novia transitan por esos lugares una noche de fiesta, como si se adentraran al otro lado del espejo de Cocteau. Y aquí está quizás uno de los grandes logros de Sorrentino: vamos a ese lugares extraños, hechizados, ubicados casi en el inconsciente humano, pero con una pequeña frase nos regresa al mundo palpable: su camino no es lyncheano, su intención no es visitar los sueños sino la muy real estancia en un mundo pobre y triste y feliz.

Hola. Soy yo otra vez, esa a quien una película arrolló y casi le rompe el cuello. En la historia de un cinéfilo hay películas dulces, estupendas, extraordinarias y cosas como La Gran Belleza de Paolo Sorrentino, que se sienten sagradas, donde la vida da un vuelco y nada vuelve a ser igual al salir de la sala. Sí, esta cinta acaba de ganar el Oscar a la mejor película extranjera, pero eso es lo de menos: Paolo Sorrentino estará allí cuando todo el mundo se olvide de Spike Jonze y muera de flojera con otra película-estilo de Wes Anderson. Su Gran Belleza estará allí para atestiguar el extrañamiento de las nuevas generaciones que nunca lograrán entender por qué Tarantino o Tim Burton parecían directores importantes en su época. Como todos, me pregunto qué dirá Fellini y qué dirá Mastroianni desde allá donde están viendo cada movimiento de Jep Gambardella. Qué dirán de cómo ha cambiado su Roma.

La_gran_belleza-366210175-large


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.
Fotografía por Carlos de la Sancha, Impresión digital en papel algodón/colleg. Berlín, 2012.

Entre los tópicos atribuidos a Horacio, tratados por él o simplemente identificados con alguna de sus frases, pocos han recorrido un camino tan largo como el de ut pictura poesis, cuyos antecedentes deben remitir (por lo menos) hasta el griego Simónides de Ceos, poeta que vivió en torno al año 500 a. C. y que comparó a la poesía con una pintura que habla y a la pintura con una poesía silenciosa. Esta especie de quiasmo está en el origen de Poesía silenciosa, pintura que habla, el extraordinario estudio que la profesora Neus Galí publicó en 1999 acerca de las relaciones clásicas entre la poesía y la pintura. En cierta forma, el tema es una de las preocupaciones mayores de la estética desde que ciertos autores del siglo XVIII, como Dubos y Lessing, lo abordaron con proposiciones novedosas.

Me importa referir lo anterior porque muchos poetas mexicanos modernos han escrito poemas o libros enteros echando mano del antiguo paralelismo entre las artes verbales y las plásticas, de modo que resulta natural tener en cuenta la historia del ut pictura poesis para leerlos con mayor provecho. Desde luego, si aludo aquí a las artes plásticas en general y no a la pintura en particular es porque los poetas han hecho valer en los campos de la fotografía, la escultura y el cine los gongorinos “privilegios de la vista” que ya ejercían sus ancestros, los poetas antiguos, cuando se comparaban con pintores. Es el caso de Balam Rodrigo, autor del reciente Braille para sordos (2013).

La obra y el carácter de Diane Arbus, fotógrafa neoyorquina del siglo XX, predominan en Braille para sordos. Esto significa, en principio, que los individuos y personajes que figuran en los retratos de Arbus (enanos, gigantes acromegálicos, gemelos, fenómenos de circo, millonarios excéntricos, adolescentes fumadores, personas con síndrome de Down y hasta un ciego de traje, corbata y bastón, pero con brazos quizá un poco más largos o mangas quizá un poco más cortas de lo normal: Jorge Luis Borges) aparecen citados, en diferentes acepciones del verbo citar, en los poemas del volumen. En el poemario se reproducen algunas de las fotos de Arbus y en los poemas, recurrentemente, se habla de fotografía, poesía, belleza y monstruosidad como si fueran sinónimos o, en su defecto, experiencias afines.

Horacio, al hacer la comparación entre ambas artes, no se refiere a otra cosa que al hecho de que cada objeto, en poesía como en pintura, debe hallar su propia manera de complacer al espectador o lector: unas veces de lejos y otras desde cerca, unas veces a media luz y otras a plena luz. Balam Rodrigo desafía ese principio y elige mostrarlo todo muy de cerca, mezclando y confundiendo los elementos de su composición en un mismo plano, como en un cuadro naïf o en un collage. Cuando, por ejemplo, la fotografía de referencia es la de un muscle man de feria cubierto de tatuajes, Balam Rodrigo escribe: “La poesía es un profundo tatuaje en la piel del silencio, y Diane Arbus tatúa las sílabas cuneiformes del asombro que crecen como una flor de fuego sobre la pústula negra de las pupilas”.

Además de “La jaula de los espejos”, primera y principal sección de Braille para sordos, el poemario contiene dos breves apartados que fungen, por decirlo de alguna forma, como sus apéndices. En el primero, las cajas de Joseph Cornell conviven con viejas placas fotográficas de Nicéphore Niépce, mientras que dos retratos, una suerte de boceto académico y una hermosa perspectiva urbana de Louis Daguerre dialogan, en el segundo, con la prosa desbordante, nutrida de símbolos y aliteraciones, visionaria y casi palpable, persistente y reiterativa, pero también alucinatoria, disruptiva e impredecible de Balam Rodrigo. Como el pintor y como el fotógrafo, el poeta: “En medio de esta página sin mácula ─hoja de nieve─ hay un ángel mendigo haciendo una fogata negra hecha de sombras, de noche, de amargas sílabas que alimentan el fuego de la escritura”.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guadalajara, Jalisco, 1971) es poeta, ensayista y traductor. Autor de varios libros. Ha recibido los premios Nacional de Poesía Efraín Huerta, Nacional de Poesía Aguascalientes, Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos.
Fotografía por Denis Loza.

Domingo 9 de marzo, Centro de las Artes, interior del Parque Fundidora (Monterrey, NL).

La compañía arte móvil-danza clan cerró la temporada enero-marzo 2014 de danza contemporánea con la antología de tres distintas coreografías de la maestra, bailarina, coreógrafa, directora y fundadora Judith Téllez; en éste evento también festejaron veinticinco años de su trayectoria dancística en el norte del país, quizás también tomaron en cuenta el 8 de marzo, Día internacional de la mujer, a pesar de la lluvia gélida del multipolar clima regiomontano.

El día que me vaya no se lo diré a nadie homenaje a la novela homónima de Kiko Amat; vital, humorística y punk-rock-vertiginosa interiorización mental de Octavia, protagonista; un fragmento de Torah, la sensual exposición de los cuatro (sí, cuatro) primeros personajes del Génesis, y Collette: un cajón revuelto, basada en la vida y obra de las artistas y escritoras de principios del siglo veinte, Gabrielle Collette y Jane Bowles.
Por medio de una cámara espía colocada en el interior del camerino, semejando un reality show estilo Big Brother, el público pudo observar durante las pausas entre una coreografía y otra las rápidas entradas y salidas, el retoque o cambio de vestuario, e incluso el emotivo abrazo triunfal, que prolongó el aplauso general, entre las bailarinas Tania Cardona, Sofía Frese y Judith Téllez.

—Quería mostrarle al público algo que muchas veces no toma en cuenta, el detrás de cámaras durante una función— expresó Téllez.
¿Metaficción? ¿Metarrealidad? So peligro de incurrir en el pecado interpretativo denunciado por Susan Sontag; la función, sin abordar directamente un discurso de género, presentó distintos enfoques del modus vivendi en el universo de ese casi místico personaje denominado mujer, listo para solucionar, a veces, de modos aparentemente absurdos, otras muy ingeniosos, cualquier tipo de inconveniente.

Fotografía por Denis Loza.

Fotografía por Denis Loza.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey, Nuevo León, México, 1991. Cursa actualmente estudios de Literatura Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Participó como ponente y creadora en los encuentros y congresos organizados por la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (REDNELL) en D.F., Querétaro, Mérida y Tijuana ininterrumpidamente desde el 2010 al 2012. En febrero del 2013 ganó el Primer lugar en el Slam Poético 3.0: Sobrevivientes del 2012 y participó como jurado en el Slam Poético 4.0: Monterrey es un laberinto (junio 2013). Ha sido publicada en Puño y Letra (Monterrey, 2012), La regia cartonera (Monterrey 2014), Los bárbaros del norte (CONARTE 2014), el periódico Barrio Antiguo (Monterrey 2014) y la página de internet de Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en México (FUNDEM 2014).
Fotografía por Iván Domínguez-Azdar.

En Monterrey empieza a sonar un nombre: Iván Domínguez Azdar,  quien de unos cuatro años a la fecha ha ido ganando terreno con montajes de dramaturgos como Verónica Musalem y el mismísimo David Olguín.

Originario de Monterrey, Nuevo León, cursó la carrera de comunicación en su tierra natal y posteriormente vino al Distrito Federal a estudiar actuación en Casa Azul, del 2004 al 2007.

Su compañía “Al Son de Teatro” poco a poco empieza a posicionarse en la cartelera de la ciudad regia, e incluso hace dos años fueron invitados a la Muestra Nacional de Teatro con el montaje: “Nacido de un muslo” de Edgar Chías.

Siguiendo la tónica de las últimas publicaciones donde, a partir de su experiencia personal, los creadores escénicos hablan del teatro que se hace en sus estados, toca el turno al regio Iván Dominguez Azdar.

 

Itzel Lara: Tuviste una formación en el D.F. ¿Nos podrías platicar un poco sobre las diferencias que encuentras entre el quehacer escénico del Distrito y el de Monterrey?

Iván Dominguez-Azdar: La diferencia principal entre el quehacer escénico de Monterrey y el del Distrito Federal radica en el hecho de que en Nuevo León, como en muchos otros estados de la República, hace falta consolidar una industria Teatral que permita ofertar trabajos de calidad. El arte escénico en Monterrey padece la falta de remuneraciones dignas, soportes congruentes de producción y espacios suficientes. Estos carencias derivan en la producción de montajes escénicos de uno o dos fines de semana y proyectos que se terminan haciendo por satisfacción personal.

Esto es grave porque limita la oferta escénica y demerita la calidad de los discursos artísticos, además de que genera un círculo vicioso en el que se pone en juego la profesionalización, pues el teatro no se vuelve prioridad para el creador escénico, quien le destina el resto de su tiempo libre, casi a manera de “hobby”.

IL: Háblanos un poco de los pasos que has tenido que seguir para levantar tus proyectos allá.

ID-A: El primer paso, que es fundamental, es conformar un equipo de trabajo que “aguante vara”, que crea fielmente en el proyecto en cuestión, aun cuando la remuneración sea risible en comparación con el tiempo invertido; que agotados los espacios usuales de presentación acepte seguir dando funciones, aunque sea en casas; que te eche la mano para transportar y a veces hasta cargar la producción; que ponga algo del vestuario; que no pida cortesías y que haga mucha difusión para mantener un número significativo de espectadores en las funciones.

Si has logrado inspirar a alguien aun bajo estas circunstancias estás del otro lado, pues la manera en la que produzcas el proyecto hará más fáciles o difíciles las circunstancias. Maneras de producir hay muchas, eso a mí no me limita, y aunque recientemente vemos crecer mucho la “producción independiente”, el Estado proporciona un número de apoyos congruente con el trabajo que hacemos los gremios artísticos. Creo que si trabajáramos más podríamos exigir más, si lográramos más incidencia podríamos ejercer mayor presupuesto.

 

IL: ¿Cómo ves el movimiento teatral en estos momentos? ¿Cuáles son los autores que se montan?

ID-A: Veo mucha iniciativa, veo mucha pasión juvenil, veo mucha prosperidad. Estoy contento de ver que recientemente se han logrado crear nuevos espacios para la gente joven. Somos muchos trabajando duro en atraer nuevos públicos, en apropiarnos del teatro, en expresar nuestros discursos. En este sentido, varían mucho las posibilidades de creación, pues por un lado hay quien opta por construir y realizar su propia investigación escénica de su puesta, quien adapta o escribe (y los hay muy talentosos) sus propios trabajos, o quien elige el texto de algún dramaturgo para llevarlo a la escena: Alejandro Ricaño, Edgar Chías, Saúl Enriquez, y Humberto Robles son autores muy montados recientemente.

Lo que a mí me preocupa es el hecho de ver ir y venir puestas en escena, de no ver madurar trabajos con potencial, de ver proyectos que se desechan por falta de recursos, de ver compañeros que se desvían del quehacer escénico. Eso nos está generando una dinámica “exprés” de proyectos que no se trabajan a profundidad, que llegan sólo a esbozar una idea, que copian y repiten formas. Aspectos que nos hacen correr el riesgo de perder nuestra facultad para crear, en lugar de hacerla madurar.

IL: ¿Ha enriquecido tu participación en muestras, el trabajo como director?

ID-A: Muchísimo, no solo la Muestra Nacional, sino participando en coloquios, encuentros o festivales. Los Coloquios de Sinaloa, Nayarit, y Nuevo León son proyectos muy interesantes que han ido creciendo gracias a un enorme trabajo, hecho con esfuerzo, generosidad, y pasión. Me encanta llevar mi trabajo a lugares fuera de mi entorno, me encanta debatir, confrontar ideas, conocer otras visiones y vivir las situaciones particulares de los creadores en otras latitudes. Busco mucho salir de Monterrey con mis trabajos, me retroalimenta e inspira, a veces lo hemos hecho con sacrificios, otras con el lujo de alguna invitación, pero siempre lo estamos haciendo; este año por ejemplo tenemos planeados cinco viajes con un trabajo nuevo que estrenamos a finales de mes.

IL: ¿Cuáles son los puntos que crees que se deben reforzar en el teatro en Monterrey para que tenga más impulso?

IG-A: Salir del círculo vicioso en el que nos instala la falta de recursos para producir. Creo que curiosamente es más fácil instalarse en la queja que justifique la falta de rigor, compromiso y profesionalismo, que trabajar de corazón y tomárnoslo en serio.

Fraternidad, sensibilidad y compañerismo. Los regios somos de naturaleza bronca, no podemos permitir que esa condición limite nuestra sensibilidad para apreciar el arte. Como creadores escénicos no debemos olvidar que es parte de nosotros, debemos ser más inteligentes, utilizarlo a nuestro favor y, por supuesto, evitar padecer tal condición entre nosotros

Darle valor al teatro. Creo que hoy en día las acciones, los pensamientos y las ideas transforman nuestra realidad. No se puede dar valor al teatro si no somos capaces de pagar cincuenta pesos por él, más si esta actitud viene de los que se supone entendemos lo que cuesta hacer este trabajo.

Buscar estrategias de incidencia en la sociedad. Suelo toparme con jóvenes de nivel licenciatura que nunca han asistido al teatro, que no saben lo que es. Esto es terrible, más cuando nuestra sociedad está profundamente seducida por los códigos, las ideas y las actitudes frívolas y banales insertadas desde los medios de comunicación locales, nacionales y extranjeros.

Que los creadores sean más cínicos, utópicos, soñadores, necios, aguerridos, y fieles a sus ideas. Debemos resistir la tendencia a patrones y esquemas instaurados desde la sociedad de consumo que segrega lo que cree que no puede comercializar.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
El contable hindú

El domingo 17 de julio de 2005, David Leavitt (Pittsburg, Pensilvania, USA, 1961) publicó en The New York Times un artículo, “Out of the Closet and the Shelf”, en el que exponía sus razones contra la llamada “literatura gay” y confesaba que él, por su parte, estaba por pasar a la etapa “post-gay” (sin que definiera claramente). Leavitt, quien hasta ese momento había escrito relatos y novelas totalmente gays, por los que se le podría considerar el moderno novelista gay por antonomasia, ahora negaba esa categoría y, sin saberlo, anulaba su propia obra. Desde sus primeros libros de cuentos y novelas, Leavitt retrató las diferentes formas en que se podía ser gay a finales del siglo XX: desde el primero de ellos, Baile en familia (1983), pasando por El lenguaje perdido de las grúas (1986), su polémica novela Mientras Inglaterra duerme (1993), luego Arkansas (1997) y hasta los relatos reunidos en El edredón de mármol (2001). Sólo en años más recientes cambió radicalmente de perspectiva. Entonces publicó la novela El cuerpo de Jonah Boyd (2004; Anagrama, 2006) en la que sólo aparece una alusión a la homosexualidad. Y casi lo mismo sucede en su novela más reciente, El contable hindú, que finalmente se publicó en español cuatro años después de haber aparecido en inglés.

Entre esas dos novelas, Leavitt publicó El hombre que sabía demasiado (2005; Antoni Bosch, Barcelona, 2008), una fluida biografía sobre Alan Turing, el matemático inglés a quien se le adjudica la paternidad de la computadora moderna y arquitecto de la máquina que descifró el Código Enigma nazi durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, a pesar de esa ayuda que fue decisiva para el triunfo de los aliados en el Atlántico norte, Turing fue condenado bajo la enmienda Labouchere (1885) que penalizaba las prácticas homosexuales en Inglaterra. En la sentencia, a Turing se le dio a escoger entre ir a la cárcel o someterse a un tratamiento de hormonas que, supuestamente, lo curaría de sus tendencias: eligió las inyecciones de estrógenos; desde luego, no sólo no se curó sino que con ello fue orillado al suicidio en 1954, pocas semanas antes de cumplir 42 años, comiéndose una manzana rociada con cianuro que él mismo preparó. Como en el caso de Oscar Wilde, Inglaterra tuvo que reconocer con excesiva tardanza la importancia de la obra de Turing: en 2009, el primer ministro británico, Gordon Brown, emitió un comunicado en el que ofrecía disculpas por lo que el gobierno inglés le había hecho en los últimos años de su vida y en junio de 2012 se conmemoró el centenario de su nacimiento con un timbre postal. Durante su infancia, el menosprecio no fue distinto: uno de sus maestros en la educación básica lo llamaba “el alquimista” porque Turing siempre estaba preparando “quién sabe qué endiablado brebaje con la ayuda de dos velas parpadeantes”. Sin el antecedente de esa biografía sobre Turing es poco probable que Leavitt hubiera escrito El contable hindú.

En El contable hindú, por su parte, aparece otro importante matemático inglés, G. H. Hardy, profesor e investigador del Trinity College, en Cambridge, y homosexual como Turing. En su artículo del New York Times, Leavitt dice que la literatura gay consistía en que “todo lo que implica ser gay estaba en el centro mismo de la trama”, pero en El contable hindú Leavitt ya no se centra en contar el despertar sexual de Hardy y el desarrollo de su sexualidad, como pudo haberlo hecho si hubiera escrito esta novela en su primera etapa como narrador. Ese tema queda en segundo plano, sólo se alude a él subrepticiamente, como cuando al describir la orientación sexual de los miembros de la sociedad secreta de universitarios intelectuales, que entre ellos se llamaban “apóstoles”, Leavitt escribe: “También es vox pópuli que la mayoría de los miembros de ‘esa’ sociedad son de ‘esa’ forma”. O tal vez se deba a que el King’s College, a diferencia del Trinity donde pontificaba Hardy, según Leavitt, tenía una reputación muy gay y, por lo tanto, parecía ideal que allí fuera a parar un joven matemático homosexual como lo era Turing en 1931 (El hombre que sabía demasiado, p. 25). El caso es que mientras Turing sencillamente aceptó su sexualidad “y dio por hecho (equivocadamente) que otros también lo harían”, Hardy evitaba mencionarla y se autoreprimía.

Es por eso que Turing tiene más relación con el otro personaje de El contable hindú: Srinivasa Ramanujan, un empleado menor en la Autoridad Portuaria de Madrás, en India (cerca de donde trabajó el padre de Turing) y matemático amateur que murió a la mítica edad de 33 años, relativamente joven al igual que el inglés. Ramanujan hizo los estudios básicos, casi mínimos, de ley, era de extracción humilde, trabajaba como burócrata y así continuó su vida hasta que decidió enviarle una carta a Hardy en la que hacía de su conocimiento sus fórmulas sobre el teorema de los números primos, uno de los problemas matemáticos más viejos y complejos. Como los primeros profesores de Turing, Hardy desconfíó de Ramanujan, bien pudo haberlo calificarlo como un simple “alquimista”, y se cuestionó sobre la genialidad en estado puro de un trabajador menor que vivía en una colonia inglesa a miles de kilómetros.

En otras de sus novelas, Leavitt ha centrado su atención en los fracasados, los marginados, personajes secundarios que nunca estarán en la primera fila que legítimamente ambicionan y ha ahondado en los consecuentes conflictos creativos. Por ejemplo, en Junto al pianista (1998) un joven aspira a convertirse en un pianista de renombre pero el destino sólo le tiene deparado un lugar al lado de un virtuoso para que le ayude a pasar las páginas de las partituras; en Martin Bauman (2000) otro joven ambiciona convertirse en un famoso escritor y ser parte del ambiente literario neoyorquino que finalmente lo anula; en el primer relato de Arkansas, “El artista de los trabajos universitarios”, jugando con la autorreferencialidad, un escritor llamado David Leavitt ha sido demandado por un importante poeta inglés (como realmente sucedió por Mientras Inglaterra duerme) así que se dedica a escribir guiones para programas de televisión y elaborar trabajos universitarios a cambio de sexo. Desde las primeras páginas de El contable hindú, Leavitt suelta ese tipo de sentencias en las que Hardy desdeña el reconocimiento: “Hardy procuró permanecer impasible mientras escuchaba su propia historia, los premios y títulos honoríficos que acreditaban su renombre. Era una letanía a la que había acabado acostumbrándose y que no despertaba en él ni orgullo ni vanidad, sólo le producía hartazgo; oír enumerar todos sus logros no significaba nada para él, porque aquellos logros pertenecían al pasado, y por lo tanto, en cierto sentido, ya no eran suyos.” Por su parte, Ramanujan es el marginado, el personaje que quisiera protagonizar su propia historia y por un momento cree que lo hará, sobre todo cuando Hardy lo invita a ir al Trinity College en 1913 a perfeccionar sus estudios, pero sus condiciones (geográficas y sociales, principalmente) lo retendrán en el papel secundario y lo conducirán a una profunda depresión. Vendrá entonces su muerte prematura que lo alejará de ese codiciado primer lugar –y su fama póstuma, en gran medida, se dará a partir de lo que Hardy diga de él.

El contable hindú (que habría sido más acertado traducir como El contador hindú), con la que Leavitt fue finalista del premio IMPAC de Dublín, apareció originalmente en inglés en 2007 y sólo se publicó en español a finales de 2011, quizás porque, como ha explicado en algunas entrevistas, en sucesivas ediciones ha tenido que corregir las fórmulas matemáticas que menciona a lo largo de la novela y sobre las que algunos matemáticos le han hecho puntualizaciones. El contable hindú es la novela con tintes históricos más ambiciosa de Leavitt pero no creo que la mejor por la sencilla razón de que es una obra muy temprana todavía en su etapa “post-gay”.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Diana Martín. “Transferencia de piernas” Temple al huevo/Tela

Ana Teresa Hernández es una de las voces feministas más jóvenes de nuestro país. En este testimonio comparte con los lectores cómo fue que se acercó a los estudios de género y lo que implica ostentar esa polémica etiqueta hoy en día, así como una reflexión en torno a lo que ella considera la herramienta más poderosa que los feminismos tienen para la reconstrucción del mundo: compartir historias.

“Ella es Ana. Es feminista”.

Desde hace unos años así me presentan algunas amistades. No es que esté mal, la verdad sí soy feminista. Lo desconcertante es que precisamente esa palabra sea mi identificador. Me pregunto con frecuencia si en serio soy tan feminista como para que la gente me reconozca por ello. A veces pienso que mis amigas y amigos me hacen un favor al crear esa nueva persona, un personaje interesante ajeno a mí. La mayoría de las veces estoy convencida de que en realidad me he ganado el epíteto de “la feminista” por razones menos positivas: siempre soy la primera en quejarse si una película tiene una heroína débil (eso si la película tiene heroína en primer lugar, claro); no dudo nunca en decirle a alguien que su chiste es ofensivo y no da risa; y una vez discutí, sin pena alguna y cierta rudeza, con el tío de una amiga al que acababa de conocer, por haber insinuado que las mujeres queremos vengarnos por todos los años de opresión masculina.

Algunas personas dirían que lo de feminista me lo he ganado por peleonera. Justo ahí es cuando empiezo a tener problemas. Es ya un lugar común asociar al feminismo con mujeres enojadas, malcogidas, que odian a los hombres, etcétera. La figura prevalece. Como feminista, lo que menos quiero es cooperar con esta idea. Por eso cuando me presentan así me siento incómoda. Por un lado sé que celebran mis bríos, eso me enorgullece: que me consideren fuerte y fiel a mis convicciones. Al mismo tiempo sé que lo hacen porque ser peleonera es parte de un bien intencionado -aunque algo torcido– ideal feminista, sé que, hasta cierto punto, cumplo con el estereotipo.

Debo confesar que en un principio no “me hice feminista” por peleonera, de hecho, mis inicios fueron muy pacíficos. Olí injusticia y reaccioné como pude, con las herramientas rudimentarias de quien improvisa debido a la ignorancia. Una persona muy querida me regaló Cuentos de amigas, una antología compilada por la escritora española Laura Freixas. Sólo incluía autoras. Freixas describe al por qué de esta selección como una forma de reconocer una “deuda histórica”[1]. Conforme leía las cifras que evidenciaban la inequidad dentro del mundo literario contemporáneo (¡el Premio Cervantes sólo ha tenido 4 ganadoras!) no podía dejar de sentir decepción e ira, después de todo, quería escribir. Inspirada por mi lectura, convoqué a un taller conformado únicamente por autoras. Sermonée a mis amigas sobre la importancia de reunirnos para hablar de literatura escrita por mujeres, de estar conscientes de nuestro papel casi invisible, ¡de las estadísticas! Nos reuníamos a discutir textos que hablaran de mujeres y, por supuesto, con material creado por nosotras. En retrospectiva me doy ternura: ¿qué pretendía con ese taller? ¿a dónde quería llegar?

Pienso ahora en las primeras mujeres que quisieron hacer algo respecto a su desfavorable situación. Primero en los clubes secretos de intelectuales en el siglo XVIII, tan útiles y pintorescos, paralelos a mi historia. También me vienen a la mente las grandes, como Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer (ahora considerada obra pilar dentro del feminismo) y Olimpia de Gouges con su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. ¡Ojalá hubiera manera de compararme con ellas! Finalmente pienso en que esas primeras mujeres que quisieron hacer algo respecto a la inequidad de género, como mi taller femenino, “no cuestionaban el origen de esa subordinación femenina”[2] que tanto daño nos hace.

Así se empieza. En un principio mis intenciones y cuestionamientos eran limitados, pero lo que ocurre con el feminismo es que una vez que te pones las famosas “gafas moradas”, ya no te las puedes quitar, sólo se intensifica su graduación. Empezamos, mis amigas y yo, con el taller en privado, y luego, cual sufragistas (toda proporción respetablemente guardada) salimos de nuestras salas para luchar de forma activa contra de las injusticias. Nuestro medio, por azares del destino, fue un programa de radio en línea sobre equidad de género, Nuestra habitación. Por dos años hicimos crítica a la cultura popular con el fin de acercar el feminismo a la cotidianeidad, de restarle el peso académico y elitista que a mucha gente estorba.

¿Para qué cuento todo esto? ¿Por qué es importante que comparta mi historia? Escogeré la aparente salida fácil y diré “lo personal es político”[3]. Es en serio, cuento lo que me pasó para humanizar al feminismo, ¡la ironía que implica tener que hacerlo! Mi evolución fue sencilla: vi algo que me pareció injusto y desde entonces procuro hacer lo posible porque no sea así. De eso se trata esto después de todo, a diferencia de la opinión popular respecto al feminismo. Por otro lado, también comparto mi experiencia porque así como lo dijo la escritora Chimamanda Ngozi Adichie en la célebre TED Talk de hace unos años, es importante conocer más de una historia. Todas las anécdotas cuentan porque todas son distintas y esto es fundamental para el feminismo contemporáneo, que no quema brassieres ni odia a los hombres.

Me corrijo: no debo hablar de “feminismo contemporáneo”, sino de feminismos. Mujeres hay más de una, igual que historias, por lo que un solo feminismo es insuficiente para cubrirlas. Es necesario ampliar el espectro e incluir a todos los contextos posibles. Mi historia personal es específica, por lo que mi lucha no es igual a la de una mujer de campo que ha tenido que trabajar desde los 11 años y exige un sindicato. Ambas pertenecemos al mismo bando, nuestros ideales básicos de justicia son los mismos, sin embargo, aunque la causa mayor sea paralela, nuestro día a día define los objetivos. Somos aliadas, más que hermanas.

Así pues, el feminismo de hoy son muchos feminismos, es una noción elástica e incluyente. Las mujeres comenzamos a compartir nuestras historias enlatadas por mucho tiempo, al salir dejan la puerta abierta para que entren un montón más. El hecho de poder hablar sobre nosotras implica que tenemos voz, y quien tiene voz existe. Sin embargo, a pesar de esta afortunada evolución del mundo, del feminismo, la mayoría de las mujeres aún viven en el olvido, en silencio. Pronto me di cuenta de ello, y si en algún momento había estado contenta porque el escenario parecía mejor que antes gracias a la inclusión, esta obvia revelación se encargó de recordarme que faltaba mucho por mejorar.

Algo importante que he aprendido en mi corta trayectoria feminista es que la pasividad no es una opción válida. Si tienes voz y sabes que hay gente que no, es tu obligación hacer lo posible porque su historia sea visible. En este caso, la voz de una se convierte en la voz de otra. Este es el objetivo del feminismo: luchar por ti y por quien lo necesita, pero no puede o no sabe cómo. ¿Cómo se hace? Personalmente, descubro formas distintas todos los días. Aún así, mi preferida, la que creo más eficaz, es compartir historias, propias o de quienes no cuentan con espacios para hacerse oír.

Llenar el mundo de historias de mujeres es enriquecerlo, convertirlo en un lugar verdaderamente habitado por todos, más justo. Pienso en la española Rosa Montero y su libro Historias de mujeres,[4] que reúne semblanzas de antepasadas sobresalientes, algunas desconocidas, otras muy famosas. Con este libro ligero, sin pretensiones académicas, Montero logra algo maravilloso: revelar el espectro humano de las mujeres. En su libro recupera no sólo la originalidad de escritoras y pensadoras importantes, sino también la mezquindad de algunas y la infamia de otras. Las historias de las mujeres que ya no están nos acercan a ellas y nos brindan posibilidades, eliminan la censura del deber ser. No somos sólo madres, no somos sólo “buenas” por ser mujeres, ni somos unas “pobrecitas” víctimas. También somos valientes, tramposas, generosas o malvadas. Somos personas capaces de todo sentimiento y acción.

En nuestro país contamos con mujeres como Verónica Murguía, ganadora del Premio Gran Angular Internacional 2013. Con su novela Loba,[5] Murguía abre las puertas a un tipo de personaje que casi no vemos: la mujer joven como personaje heroico en la literatura. Loba es una suerte de pionera porque, aunque ya se han escrito muchos libros de fantasía con heroínas, en México son aún una rareza, y no suelen ser los ganadores de reconocimientos importantes. Novelas como esta son prueba de que es posible llegar lejos con historias de mujeres, de niñas; son prueba de que hablar de mujeres es hablar de humanidad, de temas que competen a todas las personas y no sólo a nosotras.

Fuera del ámbito tradicionalmente creativo, pienso en CimacNoticias, la agencia multimedia que se dedica a elaborar notas periodísticas con perspectiva de género; en la serie Catolicadas del grupo Católicas por el derecho a decidir; un grupo que, a pesar de pertenecer a esa doctrina religiosa, lucha a favor del aborto legal; pienso en Fondo Semillas, una asociación que trabaja para mejorar la condición de vida de las mujeres a través de la inversión social. Son sólo algunos de los esfuerzos que pretenden despertar una conciencia política, eliminar prejuicios, revertir la inequidad en el panorama actual de nuestro país. Para eso sirven las historias también: para solidarizarnos y brindar oportunidades a quien las necesite.

Aunque vivir con demasiadas historias encima puede ser abrumador. Al principio la información es paralizante, sobre todo porque hay mucho por hacer y no tenemos claro por dónde empezar. En mi caso (vuelvo a mi historia, la que mejor me sé), debo confesar que, por un lado, vivo cansada y de mal humor. Cansada de que se me asocie a un orden vetusto, de trabajar y no ver resultados inmediatos. Esto provoca mi mal humor. Por otro lado, vivo muy feliz y llena de energía. El feminismo consigue esto: te llena de ambivalencias, de matices. Mi felicidad proviene de poder apreciar un mundo más amplio; el dinamismo, de lo energizante e inspirador que resulta conocer más historias. Cada una es una posibilidad de cambio, de experiencias increíbles, buenas y malas.

Compartir historias, verídicas o producto de la imaginación, de maldad o gentileza, es un acto feminista. Al mostrar lo que se considera inexistente se da un paso hacia el cambio. Las historias, íntimas o ajenas, nos regalan el privilegio de cuestionarnos. Hacerse preguntas obliga a buscar respuestas, y si hay algo que necesitamos siempre es eso: soluciones.

Invito a quienes me leen a compartir su propia historia, incluso a que lo hagan con la mía. Pero, sobre todo, a prestarle la voz a quien quizá sólo puede hablar muy bajito. Si procuramos que se conozca todo el espectro de historias que conforman a la humanidad, podremos comenzar a armar una sociedad empática que tome en consideración a más personas, más contextos. Quizá así consigamos que cada espacio sea más justo, llevadero y disfrutable para todos. Como debería ser la vida.


Notas

[1] Freixas, Laura, ed., Cuentos de amigas, España: Anagrama, 2009.

[2] Varela, Nuria, Feminismo para principiantes, España: Ediciones B, 2005.

[3] Frase popularizada por Carol Hanisch en el ensayo que lleva ese nombre, publicado en 1969.

[4] Montero, Rosa, Historias de mujeres, España: Santillana Ediciones, sexta edición, febrero 2011.

[5] Murguía, Verónica, Loba, España: SM, 2013.

 


Autores
(Ciudad de México, 1988) Escritora y traductora. Estudió Letras Modernas Inglesas en la UNAM y Creación Literaria en la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Fue guionista y locutora del programa de radio en línea (transmitido por Código CDMX) Nuestra Habitación, un espacio  de crítica, reflexión y humor con perspectiva de género. Actualmente se dedica a la edición y creación de contenidos en línea, además de sus proyectos creativos personales.  
Fotografía de Carlos de la Sancha, impresión en papel fotográfico/collage. Berlín 2011.

No sé cuál de mis amables lectores —pero alguno(a) habrá— comparta mi pasión por la poesía de López Velarde en general y por el adjetivo lopezvelardiano en particular. A él (ella) va destinada esta breve acotación cromática.

En un verso inusitado, el poeta jerezano califica de “inusitados” unos ojos de un color inusitado:

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.

Durante muchos años —años de error— supuse verdes los ojos de la conmovedora novia provinciana de “No me condenes”. Me indujo al yerro el hecho de que en mi casa paterna hubiera, y desde siempre, unos grandes dessous-de-plat de cobre martillado comprados en Santa Clara del Cobre, los cuales se iban, con el paso del tiempo, tornando opacos y cubriendo de pringas verde-moho hasta que un buen día se los mandaba a pulir y el insistente trapo con Brasso™ los restituía a su fulgor solar. Aquellas pringas verdes que tiraban a grises —asumí como una evidencia cuando en la secundaria leí por primera vez el poema— eran sulfato de cobre. Los ojos de la casta y desconfiada María eran pues —asumí— de un verde-gris inusitado, lo cual hacía de ellos, cabalmente, “ojos inusitados”. Que López Velarde hubiera mirado nuestros turbios platos de cobre para pintar los ojos de su enamorada me parecía neurótico, me parecía genial, me parecía inusitadísimo…

No hace mucho, caminando entre viñedos en el departamento de l’Ardèche, entré a buscar sombra, y de paso a hurgar, en un vetusto y fresco hangar agrícola. Me acerqué a mirar de cerca unos viejos cajones de madera. Adentro vibraba lo que en un primer momento creí ser el tesoro de Salomón: hermosísimos cristales del azul más eléctricamente luminoso y profundo que he visto jamás en el mundo mineral. La etiqueta en las cajas decía “Sulfate de cuivre pentahydraté”, con una fórmula abajo, CuSO4, 5H2O, y una mise-en-garde, “Precaution: IRRITANT”.

Sulfato de cobre. De inmediato entendí que así vibraban los ojazos azules de María, la novia pobre del poeta, la que tuvo miedo —y con razón— de ceder a los avances de un vividor irresponsable. ¿Cómo no enamorarse de ellos? ¡Bien sabía ella que sus ojos la hacían correr grandes peligros!

A un lado, clavada al telarañoso estante con un par de tachuelas, la receta y proporciones para preparar la bouillie bordelaise o “mezcla de burdeos” (sulfato de cobre, agua, cal apagada), un fungicida de antaño que protege a la viña del mohoso hongo del mildiu. Tomé un par de irritantes tóxicos cristales azules y los envolví en un pañuelo desechable. Salí a la oblicua y cobriza luz meridional y eché a andar por entre las verdes y estrictas paralelas del viñedo. En el cuenco de mi mano, un reflejo de los inusitados ojos de María. Al andar recitaba con algún ligero tropezón, algún arranque en falso, el poema. Hasta que lo recuperé enterito:

 

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio,
y no hubo entre nosotros ni sombra ni disturbio.
Acabamos de golpe: su domicilio estaba
contiguo a la estación de los ferrocarriles,
y ¿qué noviazgo puede ser duradero entre
campanadas centrífugas y silbatos febriles?

El reloj de su sala desgajaba las ocho;
era diciembre, y yo departía con ella
bajo la limpidez glacial de cada estrella.
El gendarme, remiso a mi intriga inocente,
hubo de ser, al fin, forzoso confidente.

María se mostraba incrédula y tristona:
yo no tenía traza de una buena persona.
¿Olvidarás acaso, corazón forastero,
el acierto nativo de aquella señorita
que oía y desoía tu pregón embustero?

Su desconfiar ingénito era ratificado
por los perros noctívagos, en cuya algarabía
reforzábase el duro presagio de María.

¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes;
cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho,
cuando el sillón te meza, cuando ululen los trenes,
cuando trabes los dedos por detrás de tu nuca,
no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos
que turban tu faena y tus recatos.

Fotografía por Alain-Paul Mallard.

Fotografía por Alain-Paul Mallard.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(ciudad de México, 1970) es escritor y cineasta. Publicó el libro Evocación de Matthias Stimmberg (1995). Como cineasta ha realizado las obras Evidence, L'adoption y L'origine de la tendresse.