En Pétalo, Óscar Luviano propone una mutación no sólo a través de los roles de género convencionales (una detective dura con cierta debilidad por la comida chatarra, las masculinidades contrapuestas del adulto y el niño), sino de los subgéneros narrativos: es una historia con elementos noir, pero contada desde la mirada fantástica que es, al mismo tiempo, un cuento para niños y una fábula donde los animales también tienen algo que decir.
Para Vanessa
1
Soy una detective de gatos. De gatos, no de mascotas. Es una cláusula importante. Los perros se pierden, los pájaros se escapan, y yo no encuentro ni cazo nada: a duras penas percibo la pestilencia del futuro. Ese lugar en el que los gatos terminan por caer con los ojos cerrados y las orejas gachas. Son criaturas estúpidas que avanzan a ciegas por el mundo; se creen impunes debido a una imaginaria majestad que nadie en su sano juicio les concedería. Da igual: yo los devuelvo a sus sillones mordisqueados y sus sábanas cubiertas de pelos, y sus dueños me pagan por ello. Al fin y al cabo el mañana es el único sitio del que tengo alguna certidumbre.
Me anuncio en carteles hechos a mano que pego en postes y árboles a la altura de mi cadera: el sitio en que las doñas y los niños buscan las respuestas. Las señoras pagan muy bien por la devolución de sus felinos gordos, pero desgraciadamente la mayoría de mis clientes son niños: ¿quién más iba a poner toda su fe en una detective? En estos relatos las reglas son las reglas, como la dama de vestido ajustado que entre una nube de Chanel No. 5 y humo de cigarro acude con el detective gordo para que rescate la carta incriminatoria.
Y otra regla es que toda niña en apuros es el plan secreto de un niño.
2
Tenía lentes de cristales rayados y la vieja falda de una hermana mayor o de alguna prima con pétalos de rosas adheridos con seguros. Apretaba contra su pecho uno de mis carteles. La foto de su gata, impresa en una hoja bond, rigurosamente enmicada, sobresalía de su bolsito de mano con bordados de Hello Kitty.
—Buenas tardes —le dije, pues se quedó en el umbral de la caseta, con la nariz arrugada.
—Está todo quemado —dijo desconfiada.
— ¿Sabes cuánto cuesta la renta de un despacho? Era esto o la panadería de Dalias —me acerqué y tomé la foto de su bolso.
—Esa es mi gatita. Lleva perdida cuatro días. ¿Está hablando de la panadería que se incendió?
No le respondí que las reglas son las reglas y que mi olfato sólo funciona en lugares derruidos, atragantada como quedé por el aroma a sangre que nos rodeó como una mano abierta. Hedía como un grito. Lagrimeando leí el nombre escrito con letras coloreadas y rellenas de diamantina: Princesa.
—¿Se siente bien, señora?
—No me digas señora. Ni que estuvieras hablando con tu mamá —logré articular.
—¿Si no tiene para pagar una oficina y es tan grosera para qué se metió de detectiva, señora?
Dijo todo esto como si estuviera recitando una poesía del Día de la Bandera. Estuve a punto de decirle, por pura maldad, que, a juzgar por el olor del futuro, nunca vería de nuevo a su Princesa. Pero ya eran dos días sin comer y el recuerdo de mi mamá. Una torta cubana valía las complicaciones.
—¿Quieres saber mi tarifa?
—Traigo cincuenta pesos. ¿Me alcanzan? —buscó en su bolsa y fue sacando de una en una monedas rojas de arcilla. La alcancía del novio. Y claro que alcanzaba: quedaría suficiente para una Coca grande y un litro de leche. Tal vez hasta para una concha…
—¿Cuánto tiempo va a tardar en encontrar a Princesita?
—Es una investigación, niña: nunca se sabe: mi último caso me llevó tres semanas —había sido la media hora que me tomó hallar el árbol donde eltarado de Botijasse había trepado—. Yo te mantendré informada y te diré si hacen falta más viáticos.
—Me llamo Zaira Keyla Valencia Jiménez. Y ya no tenemos más dinero: es todo lo que Kevin Brandon y yo pudimos juntar.
Estaba por sugerir que se guardara el dinero e iniciara un fondo para tramitar su cambio de nombre una vez que tuviera edad legal para hacerlo. Me sequé las lágrimas con la manga del suéter (la contaminación, le dije) y anoté su dirección como si me hiciera falta. Tenía celular. ¿Qué niña de diez años tiene un celular?
—Llame a la hora que sea, señora: me lo voy a poner debajo de la almohada.
Y se fue brincando de escalón en escalón como si ya hubiese encontrado a la gatita que ya no estaba en ninguna parte. A menos que la pálida manada estuviera un lugar. El eco de sus zapatitos de charol casi me hizo sentir culpable. Encendí un faro y fui a sentarme sobre mi mochila a esperar al novio y su discursito mientras contaba las monedas. Las tripas me rugían y tenía los labios tan secos que el lápiz labial se hizo polvo al tacto.
No tardó ni cinco minutos: vestía una sudadera roja, con vampiros. Lo que me faltaba: un chico duro. Jaló rueda por rueda su bicicleta sobre los escalones que subían a la caseta y apenas entró le reclamé que sólo me habían entregado 48 pesos. Entonces la pestilencia se convirtió en un manto entre nosotros y las paredes chamuscadas: uno húmedo en sangre. Era más intenso que en Keyla. Conozco el olor de la sangre de gato, y aquel no lo era. Era más profundo y más terrible.
Era inútil resistir. Cerré los ojos y dejé que la pestilencia del tiempo me invadiera. Lo hace como un reflujo corrosivo que golpea desde el estómago y sube y quema por los pulmones, escalda cada latido de mi corazón con una espuma ensordecedora. Y sube y replica contra el interior de mi cráneo. Me tiré al piso de la caseta aferrándome a la cabeza como a un jarrón quebrado, y mi cerebro tañó lento y doloroso, y a través de cada grieta, una luz turbia derrubió tras mis párpados cerrados encarnando retacería, fragmentos de un espejo en el que se reflejan el dolor que ha de ser, lo que viene implacable.
Y esto fue lo que vi:“Patas arriba, aterrada pero sin cobardía, hundí mis garritas en el brazo de mi asesino. Me sacudió con un golpe terrible, y otro, y otro hasta dejarme encerrada en una oscuridad de pelo y sangre diminutos. Maullé sin aire ni esperanza, pues supe que mi lucha había sido inútil”.
El cuerpecito de Princesa cayó a plomo en la bolsa de basura mientras el ángel de huesos batía sus alas descarnadas, victorioso. Desde el fondo de la pestilencia a plástico maulló de nuevo y suplicó por la niña que había fallado en proteger. Se lo pidió al pájaro que crea el cielo con su vuelo y al perro que sacude los trigales. Claro que no con esas palabras: los gatos son demasiado orgullosos para hablar, pero escuché el trueno que es como una estampida lejana, y olí de nuevo la sangre que no era sangre de gatita, y vi el rostro de Keyla reflejado en el estanque de su propia sangre. A pesar de los moretones pude reconocerla.
Cuando abrí los ojos, el niño se había puesto a gatas para observarme de cerca. Me señaló con un dedo acusador.
—¿Se droga, señora? ¿Compró drogas con nuestro dinero?
—Señorita, Kevin, y hablaba de la gata —me puse de pie mientras me acomodaba la falda. No era cosa de enseñarle a la criatura todos los jalones de mis medias. A pesar del mareo, hice lo imposible por mantener la dignidad, pues era necesario fijar una cláusula importante—. Pagada la investigación, no hay devoluciones…
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Huelo el futuro, y no huele bien… Y Keyla me dijo que eras su novio. ¿No te importa que hablemos mientras como algo, verdad?
—Vengo a ver que investigue de verdad, no a que me devuelva mi dinero: yo se lo regalé a Keyla. Y NO ES MI NOVIA.
Siempre es una niña con un niño detrás y el niño cree que sabe algo que ella se niega a ver, y la misión del niño es hacer que lo vea. El hambre me tenía de mal humor y ya no estaba para soportar más mamadas.
Aspiré. Fuerte.
—Hueles a flores. Recién cortadas y marchitas. ¿Quieres que te diga lo que te espera o me acompañas a comer?
—Váyase a predicar al metro, señora. A mi no me impresionan esas cosas: mi mamá también es así con sus clientas. Les lee el Tarot y las piedras ésas. Al menos es un poquito más decente porque no cobra tan caro como usted… Ya le dije que no vengo a eso. Vengo para que no se haga babosa a Keyla. Estoy aquí para que me ayude a castigar al que mató a Princesa.
Iba a ser uno de esos casos.
3
Fuimos al puesto de tortas sobre Zarzaparrillas. Pasamos frente a los restos de la panadería.
—¿Ve la manta? —me contó Kevin—. Dice que el dueño no pagó la protección. Se oyó un ¡BUM! bien cabrón en la madrugada.
—Tu lengua, niño.
—Dicen que fue una granada.
Iba en su bicicleta evadiendo como podía los puestos de jugos, pan, tacos, estudios de zumba y peluquerías en que se habían convertido los frentes de las casas del rumbo. En aquellas que habían sido abandonadas por sus insolventes dueños, los matojos de yerbamala ocupaban el lugar del espíritu emprendedor. En el lavado de autos, a unos pasos de nuestro objetivo, Kevin se resbaló con el jabón y se dio un guamazo de aquellos.
—Sóbate —le dije cuando se negó con un manazo a que le ayudara a levantarse.
—Tiene todas las medias corridas —me dijo el pinche escuincle todo cubierto de jabón mugroso.
Cambié la cubana por una de milanesa con quesillo y doble ración de jalapeños. No iba a tomarme a la ligera el brusco cambio en la carátula de la investigación.
—Perdóname que no te ofrezca, pero ya tengo prometida la mitad…
—Soy vegetariano y no contamino —me inclinó la bicicleta para demostrar su punto.
—No seas tan listo y dime lo que sabes sobre la gata de tu novia.
—NO ES MI NOVIA. A Princesa la mató el padrastro de Keyla, el Madrinas.
Con la boca llena levanté los hombros en una clara pregunta de “¿Y cómo lo sabes, escuincle?”
—El hijo de la chingada le dio de comer el cuerpecito a su perro.
—¿A su perro? —escupí una rodaja de zanahoria.
—Estaba buscando a Princesa por los lotes baldíos de Canosas cuando vi al Madrinas que andaba paseando a Titán. Creo que no me vio, pero seguro que ni le hubiera importado que me diera cuenta. Traía una bolsa de esas de la basura, negra…
—Ahórrate los detalles, Kevin, estoy comiendo.
—Se detuvo una camioneta con los vidrios todos negros y cuando el Madrinas se iba a subir, oí que le gritaban que con el perro no. Lo amarró a un poste y se fue con ellos. Titán es un rotwellier. Ni quién se le fuera a acercar si encima estaba chorreando la sangre… Perdón. Le tuve que abrir la boca con un palo. Ya ve que muerden y no sueltan. Me agarró el brazo —se arremangó la roja manga con vampiros para mostrarme la línea de colmillos en su codo bajo la costra de detergente mugriento—. Dolió harto, pero ¡PUM! —pateó en el aire dos, tres veces—. ¡Y ahí sí me soltó! —la alegría le duró unos segundos—. No dejé que Keyla supiera. Enterré a Princesa en el camellón de la López Portillo, frente al Burger King. Hay unos árboles bonitos, llenos de pájaros. Le gustaban los pájaros. Les maullaba para que bajaran a dejarse comer…
Y comenzó a imitar el maullido de la gatita, que era más bien una vibración del hocico. Sólo le faltaban los bigotitos. Y yo, masticando la feliz milanesa, sólo escuché en cada chasquido de su boca el golpe de los pétalos secos que Kevin, sentado en el borde de la cama, vería caer en incontables noches del futuro, como si fueran el lento metal de los eslabones de una cadena.
Comida la mitad que según las reglas me tocaba, envolví en servilletas el resto de la torta y guardé celosamente las monedas restantes en el monedero que me cuelgo en el resorte de la falda, junto a los Faros. Hicimos el camino de vuelta.
—¿Qué vamos a hacer?
—Decirle la verdad a tu novia.
—No es mi novia. Digo que qué hacemos con el Madrinas.
—¡Nada!
—¡Es un asesino! ¡Tenemos que ir con la policía! ¡Tienen que castigarlo por lo que hizo! ¿Qué le hizo Princesa a él? ¡Nada!
Dejó caer la bicicleta a media banqueta. Estaba claro que era una gran herramienta expresiva que el consumo de milanesa me había negado. Para hacerlo más ecce homo se tapó la cara para llorar.
—No chilles. Si vamos a la policía no nos van a creer. No tenemos pruebas…
—¡Encuéntrelas! ¡Usted es una detective! ¡Era una buena gatita! —se tapaba la cara con los brazos para que no viera sus lágrimas.
Mi amplia experiencia en el trato con niños me llevó a dejarlo solo, entrar a la tienda más cercana y comprar la coca y la leche. Cuando regresé, seguía llorando, pero recargado sobre el asiento de su bicicleta. Parecía rezar. Encendí un Faro y eché el humo sobre la cabeza del niño. Tosió y levantó unos ojos entre aturdidos y escandalizados.
—Fumar es malo para la salud y para el ambiente —se secó los mocos con la manga de la camisa.
—Volvamos a mi despacho: tengo un plan.
4
Le dije a Kevin que al día siguiente no se viniera por la López Portillo o le iban a robar la bicicleta. No me escuchó: estaba pegando de brincos para que ver si conseguía que así le revelara mi plan. ¡Claro que no tenía ninguno! Pero suena poca madre decir que lo tienes. Todo lo que se me ocurrió fue decirle que fuera al día siguiente, a las siete.
—¿De la mañana?
—La falta de proteínas te está comiendo el cerebro.
No habría dejado de brincar ni si le hubiera revelado lo que su olor a flores nuevas y marchitas me había mostrado. Bajó las escaleras montado en la bicicleta y, como era de esperar, otro guamazo. Rebotó sin sobarse, y se fue, feliz de que el plan —su plan— estuviera en marcha: el de salvar a Keyla con la felicidad de su venganza.
— ¡No te vengas por la avenida! —grité, sabiendo que valía para puros chiles. No hay nada más ciego que un niño enamorado: se tiran en el futuro con los ojos cerrados.
Y tenía otras cosas por hacer.
Sentada sobre mi mochila esperé la puesta de sol. Las reglas son las reglas. Cuando se escucharon los primeros aullidos de los perros y supe que el cielo estaba vacío de pájaros, saqué los restos de la torta y serví Coca y leche en vasos de plástico. Coloqué la torta al centro del círculo de ramas y dejé caer un chorrito de cada líquido sobre el piso ceniciento. Con oídos y corazón pegados a la tierra, agradecí el favor del cuervo que crea el cielo con su vuelo, del perro que agita los maizales, del conejo en la luna y del burrito que nombró a Jesús.
Repetí la plegaría, con otras especies y otras deudas, y en ningún momento abrí los ojos. Nunca podré acostumbrarme al sonido de sus alas, al replique de sus patas incontables, al alarido de lujuria con el que se encarnan. En la oscuridad prevalece el olfato que no nos abandona ni en la más honda profundidad. Tiene garras y colmillos, y los usa.
Cuando todo hubo terminado, de la torta no quedaba migaja. A lo lejos la pálida estampida se confundía con un trueno sobre las unidades habitacionales, los lotes baldíos y el fragor de los tráilers sobre la López Portillo, y no había ni nubes ni pájaros ni luna, y todos los perros habían callado y se escondían bajos las camas, en el fondo de las zotehuelas. Me abracé las rodillas respirando con dificultad: el aire arañaba como lleno de miles de pelos, de miles de plumas, de guano y de estiércol.
Me levanté y fui a mi casa a dormir.
5
Lo habían dejado como al Pato Lucas cuando se le atora el pico en el suelo, con una camiseta de The Cure. Además del puñetazo aún tenía las suelas de las botas marcadas en el pantalón. Cojeaba un poco.
—Eran tres.
—Te lo dije. ¿Quieres pasar a tu casa para ponerte merthiolate?
—No. Mi mamá está con su novio de visita. Es trailero —eso parecía explicar todo.
Doblamos por Dalias. Salchichonerías, mercerías, papelerías en las que se atendía por la ventana de la sala, con la mercancía acumulada sobre los sillones. Como había visto entre el ramalazo de sangre, la casa de Keyla era un estudio de tatuajes: daba fe una lona de plástico colgada al lado de la puerta con una Santa Muerte al estilo manga. Al pie de la lona, una jaula hechiza; los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis unidos con goterones de soldadura. Dentro había enormes nudos de mecate para fortalecer la mordida.
—Ahí duerme el Titán. ¿Qué hacemos, entonces?
—Tócale —seguía sin tener la menor idea. Una cosa era oler el futuro y otra el agandalle en vivo de sociópatas. Lo dije para sacármelo de encima, pero el tarado escuincle tocó el timbre con admirable seguridad. Desde el interior se oyeron ladridos y una voz que urgía a Keyla a que viera quién chingados era.
Nos abrió en un vestido hecho con las cartulinas de una exposición sobre el cero, decorado con mariposas de papel de china naranja sujetas con seguros. Bizqueaba sin los lentes, pero igual se escandalizó por el aspecto de Kevin. Cuando me enfocó, levantó los bracitos para abrazarme.
—¡Yo sabía que la iba a encontrar!
Kevin puso cara de mártir en puchero.
—¡Tranquilos los dos! Escuchen bien: soy la tía Joaquina —¡qué pinches nombres cosecha la improvisación!— y soy veterinaria en servicio social.
—¿Mi tía? —dijeron los dos a coro señalándose el pecho.
La puerta al fondo de la casa se abrió entre ladridos y un miasma de Purina. Una patada vibró su estate quieto, y el perro soltó un gañido espantoso. En dos zancadas, tras librar el enorme sillón de dentista y la mesita con agujas y tintas que sofocaba la sala comedor, el Madrinas estuvo frente a nosotros tirando de la cadena del rottweiller. El bracito de Keyla desapareció entre los dedos manchados de tinta.
—¡Ya te dije que no estés hablando con la puerta abierta que se sale Titán! —la sacudió.
Entonces me descubrió y, tras ponerse en firmes, vino su escaneo. Quizá exageré con maquillarme el escote para que se vieran más grandes. Atrapé su mirada con mi mano extendida. Soltó a Keyla y la estrechó.
—¡Buenas tardes, señor Antonio! —“¿Cómo supo su…” ya iba Kevin, pero levanté mi ceja admonitoria—. Me llamó Jo… Jacqueline Cienfuegos y soy la TÍA DE KEVIN. Estoy haciendo mi servicio social vacunando a las mascotas de la zona gratuitamente. Entiendo que usted tiene un perro… —rematé babosamente.
—Mucho gusto —dijo el Madrinas, aturdido entre mi falda corta, los tacones que me doblaban las rodillas y la verborrea.
—¡Jacqueline! —dijeron los niños y sofocaron sus risitas como si se comieran las uñas.
—Respeto —les ordenó. Kevin le sostuvo la mirada, pero Keyla se agachó esperando el golpe—. Pues ahí te doy las gracias: Titán tiene todas sus vacunas. Es mi patrimonio. Lo cuido muy bien.
Apestaba a sudor y a perro. Los tatuajes de espinas y olas y sirenas y sables y revólveres ramificados le trepaban por los bíceps en escamas. Bajo la camiseta de hombros descubiertos, de un lado del cuello, un retrato de Titán al momento de lanzar la tarascada, y del otro lado, el ángel de alas descarnadas al que Princesa se había enfrentado.
—La Niña Blanca —le toqué el tatuaje con la punta de la uña.
—Tú sí sabes —no retiró la cara—. Pero, pues ya te digo, el perro está bien atendido.
—Se ve que sabes atender —hablaba de los dedos que se habían quedado marcados en el bracito de Keyla, pero la idea era que entendiera otra cosa.
—¿Por qué no se van a hacer pendejos a otra parte? —y la había entendido—. Esto de ser niñero… Te voy a dar un consejo: no andes con gente con hijos.
—¡La serpiente que entibia la tierra, las hormigas que hacen latir su centro me libren de ello!
Puso cara de qué hablas, y en ese momento Keyla y Kevin se escurrieron hacia la calle en silencio.
—¿A dónde vas con esa chingadera puesta? ¡Como si no te compráramos ropa!
—¡Su mamá es la que se la compra, usted ni tiene traba…! —esta vez levanté las dos cejas y Kevin zapateó sin acordarse de su pie lastimado.
—Es el mejor vestido que he visto en mi vida, Keyla. ¿Después me lo prestas, eh? —le acuné la carita entre las manos. Asintió como lo haría mucho tiempo después reflejada en su propia sangre por toda despedida del mundo—. Váyanse a jugar un poquito mientras hablo con Toño. VETE A JUGAR, KEVIN.
Mentaba madres o lo que quiera que hagan los vegetarianos cuando farfullan con los labios hinchados. Se fueron a sentar contra el cofre de una camioneta y Keyla le tocó los raspones. Kevin le mostró, pecho hinchado, la pernera marcada por las botas. Ella se llevó las manitas a la cara, aterrada. Le tocó el labio herido con una varita mágica que sabrá el Perro Amarillo de dónde sacó. Pensé en todas las flores que Kevin iba a comprar en los años por venir tratando de recuperar ese momento…
—A ese pinche escuincle le hace falta que le rompan la boca más seguido. ¿Quién se lo madreó? Ya sé que es tu sobrino, pero dime quién me hizo el favor, Jacky.
Sabía cómo tratar a una mujer. Puse mi cara de no me sonrojes y tras hacer un tierno mohín, le miré a los ojos.
—¿Cómo supiste que me dicen así?
Sonrió con dientes blancos y perfectos. Había abierto la puerta. Su sonrisa era otro tatuaje de Titán al momento de morder. Era tal su entusiasmo que no se había dado cuenta de que, durante todo ese tiempo, su perro había reculado, tirando de la cadena en silencio, suplicante.
6
Volvimos a la caseta quemada. Los últimos pájaros (una línea de garzas blancas, zanates, pequeños gorriones) urgían el vuelo a los contados árboles. Los perros ladraban ocultos tras las puertas y los arbustos.
—¿De qué hablaron usted y el Madrinas?
—De cosas de hombres y de mujeres.
—¿No se estará enamorando de él? A mí me pareció que en lugar de hacer eso que dice usted que hace con la nariz, se lo estaba ligando.
—Mi olfato no funciona si no lo llevo a un recinto. ¿Seguro que no tienes que ir a tu casa, Kevin?
—Ya le dije que mi mamá está con su novio. Y se va a poner como loca cuando le diga lo de la bicicleta.
—Ve a casa de algún amigo.
—No tengo.
—Entonces desaparece por dos horas. No vemos a las once en el ciber de Magnolias y Dalias. Necesito que me ayudes a chatear con el Madrinas.
—¿No sabe chatear a su edad?
—Las computadoras se descomponen cuando las toco.
7
No hubo comida en la ofrenda para la manada pálida. Había perdido el crepúsculo que marca la tregua entre quien devora y quien perdura, y no agradecí al venado que crea el sendero con su huida, ni al ajolote al que debemos el agua en donde lo vivo y lo muerto se confunden. Me limité a tenderme en el piso e imite el chasquido con el que Princesa llamaba a los pájaros que crearon el cielo para que se dejaran comer y arañé y mordí el suelo hasta sangrar, de la manera que ella había defendido a su niña. A lo lejos, los perros aullaban, aterrados, entre las azoteas, desde las zotehuelas, hundidos hasta el lomo en los basurales. Y entre ellos estaba Titán.
8
El ciber estaba en una sala que se había extendido hasta la banqueta con la lona de un puesto de teléfonos celulares. El frente del negocio se dedicaba a las quesadillas y los pambazos. La doña recibió mis últimas monedas arcillosas con cara de asco. El olor a aceite quemado rivalizaba con el estruendo de las peseras que doblaban por Magnolias y con la pantalla plana al fondo de la casa. Pasaban una película de terror vieja. Un gato negro aterraba a una chica en negligé. Las computadoras estaban montadas en la mesa del comedor. Elegimos la única con cámara web.
—¿Qué vamos a hacer? —susurró Kevin, aunque éramos los únicos clientes.
—Tómame unas fotos con la cámara. Con el sillón de fondo, para que parezcan de verdad…
Kevin escribió (tras muchos esfuerzos gramaticales) “Detective de gatos” como profesión en mi perfil, pero el sistema no nos permitió poner “Perfumista vital” en religión. El primer y último estado de Jacky Cienfuegos era “Buscando comida para la estampida pálida”.
—¿Es una banda, como The Cure?
—Algo así. Su estruendo no te dejaría dormir. Ahora busca al Madrinas.
Había cincuenta, pero no nos dio trabajo: en su foto abrazaba al Titán. Era parte del grupo “Criadores Rottweilers de Coacalco” y de “Peleas Relámpago”. En una de sus fotos subidas con el celular se le veía arrodillado, sonriente, tratando de arrancar algo de las fauces de Titán, entre una multitud hecha de humo, sobre un suelo cubierto de aserrín apelmazado.
—Maldito hijo de la chin…
—Tu lengua, Kevin. ¿Qué dice su último estado?
—“Ahora llegan a la puerta disfrazadas de enfermeras” —con admirable esfuerzo Kevin contuvo los sollozos—. Tiene 50 likes y 40 comentarios. ¿Se los leo?
—No —no hacía falta oler el futuro para saber lo que los amigos del Madrinas opinaban sobre mi visita—. Vamos a mandarle un mensaje privado. Escribe: “Me ofendes: ¿te parezco una enfermera?” Y adjunta la segunda foto. Parezco con zeta.
—¿En la que se le ve el brassier?
—Esa.
El Madrinas tardó 15 segundos en mandarme una petición de amistad. En la tele, una a una, las asesinas del gato iban muriendo de formas creativas.
—¡Nos abrió el chat! “Hola, enojona”. ¡Quiere que le pongamos la cámara web!
Arrastré mi silla hasta ponerme al lado de Kevin. Leí.
—Dile que no, que estoy fachosa —leí la respuesta—. Dile que me quedé con ganas de hablar más. Dile que no me puedo olvidar de sus tatuajes. Pregúntale a qué gimnasio va. Dile que no quiero que piense que soy una lanzada. Con zeta —leí—. Dile que a veces los sentimientos nos sorprenden. Dile que también yo —leí—. Dile que ¿y la mamá de Keyla? —leí—. Dile que aunque nada más esté con ella mientras encuentra un lugar yo no quiero lastimar a nadie —leí—. Dile que a mí también me gustaría hablar todo esto en persona—. Dile que cuándo —leí—. Dile que si le importo venga ahora a mi casa…
Kevin dejó de teclear. Los ojos se le iban de una lado a otro y no supo si gritar o pegarme con el mouse. Le puse un dedo sobre la boca.
—Hazlo. Escribe: “Si crees que te importo, ven”. Escribe mi dirección. Ven con uve.
9
Caminamos sobre Magnolias hasta la Avenida López Portillo. Kevin ni siquiera me miraba. La boca se le había puesto espantosa, más Popeye.
—Mejor habla o se te va a reventar el labio…
—Todo esto para que usted resultara una tumbamaridos.
—No está casado. Y ahora vete a tu casa.
—No la voy a dejar sola con el Madrinas.
—No voy a estar sola… —me reí. No debí, pero el rumor de la manada pálida vibraba bajo el ruido del tráfico y del viento.
—¡Ya quisiera! —y se fue corriendo antes de que viera sus lágrimas de desengaño.
Corrió frente a las canchas de fútbol abandonadas, los restaurantes cerrados, las casas de empeño que regalaban globos para los niños. Su pequeña figura se recortó contra los anuncios luminosos que, en lugar del alumbrado público, perfilaban la avenida: Comercial Mexicana, Farmacia Simi, Liverpool, y más allá de todas, la del Burger King.
No había tiempo para cursilerías: me quedaba una hora de caminata. Es otra de las reglas. Me quité los zapatos. Ahora sí: adiós a la medias. A mi paso, los perros aterrados y los nidos en árboles y cornisas guardaban silencio. Cerca de Tequex un tráiler bajó la marcha hasta ponerse a mi par. Desde la ventanilla el chofer me hacía promesas y reclamos a voz en cuello y con el claxon. Como seguí adelante con la vista fija, gritó que me iban a encontrar encobijada, cortada en pedazos, abierta de patas en el maizal. Aceleró y le perdí de vista.
Zapatos en mano seguí adelante.
10
El Madrinas me hizo salir a claxonazos de mi casa iluminada. No hacía falta, pues ya había escuchado los ladridos de Titán. Los faros de la 4×4 me deslumbraron y tras el socaire de mi brazo en alto lo vi jalonear al perro.
—Déjalo en el coche, tiene miedo…
—¡Que no mame, pinche puto! —le cerró la portezuela de golpe, y entonces, tras el cristal, Titán me lanzó las tarascadas. A su pobre modo era tan fiel como Princesa—. Aunque a la mejor él no es el único que debería tener miedo ahorita…
—Aunque lo digas como chiste, de verdad deberías temerme, y no lo digo por mi facha.
Me señaló con un gesto de pa´ su mecha. Yo estaba hecha una Santa Virgen: las medias reventadas en los pies, el cabello cuajado y los ojos amapachados… Igual sus brazos me envolvieron. Bajé la cabeza para evitar el beso.
—¿A poco ya te echaste para atrás?
—No es eso… Me da pena aquí. Mejor vamos para adentro.
—Si quieres damos antes una vuelta en la troca… —mis carcajadas lo hicieron apretarme por la cintura—. ¿A poco no es suficiente para ti?
—No va a volver a arrancar si me subo…
—Tienes tus kilitos, pero no exageres. A mí me gustas así. ¿Se te fue la luz?
—Nada de energía eléctrica. Otra de las reglas. ¿Entramos o ya te arrepentiste porque estoy gorda?
Me zafé de sus brazos y su pestilencia a celo y gasolina.
—Pues mejor, porque parece que va a llover.
Detrás, de lejos, de todas partes, el rumor bajo de la manada pálida, que se parece al trueno, aunque no hubiera una sola nube en el cielo, ni luna. Entré al salón iluminado por las velas. Le escuché cerrar las puertas detrás de mí.
—¡Ay, buey! ¿Se te quemó algo?
Le señalé la pared en la que mi mamá había reunido los muebles y todo objeto combustible después de mi profecía. El humo había dejado marcados los sitios de los retratos y los cuadros. Debajo del montón de madera carbonizada, los cuerpos de mis peluches y muñecas con los ojos derretidos, la serpentina chamuscada de mi vestido de Primera Comunión.
—¿Y eso?
—Mi mamá no me dejó ir a una fiesta, y le dije que olía a mar y algas, y que lo último que vería sería el cielo de los ahogados, donde los peces son ángeles y la luz huele a sal. ¿Tú qué sabes de los ángeles, Madrinas?
Me le fui encima y le abrí la camisa con las garritas de Princesa, mordí su pecho con los dientes aún sin filo de la gatita. Y aspiré su pestilencia: el ramalazo a sangre y semen fue tal que pegué mi boca a su pecho para no vomitar. Me repegó por la nuca contra el piercing de su pezón.
—Así, mi vida, así…
Firme, suave, me separé. Era tal la sinceridad del deseo que le aniñaba la cara que casi tuve lástima por él.
—Tengo que confesarte algo: soy una detective de gatos. Puedo oler el futuro. Puedo saber lo que va a pasar. Y a veces…
—Más bien querrás decir una gatita… —intentó besarme pero le contuve con una mano que era la zarpa de Princesa, y me escurrí a sus espaldas con la suave ondulación del aire en que la gatita sabía convertirse, y le mordí el hombro con todo mi asco.
—¿Qué te pasa, pinche puta? —el madrazo me tumbó de espaldas. Intenté arrastrarme con los codos, pero la fuerza con la que me abrió las piernas y desgarró los restos de mis medias me apuntaló sin remedio. Entonces gritó y se alejó apretándose el brazo.
Princesa cayó grácilmente entre nosotros. Una gota de sangre en los bigotes.
A la luz de las velas, el siguiente gato se sacudió las cenizas como si lo hubiera sorprendido el aguacero y sus ojos de madera brillaron metálicos: era Perlo. Detrás vinieron Micifuz, Fideo, Chancludo y Rubio. Y detrás otros miembros de la manada pálida. Fui diciendo sus nombres mientras me ponía de pie. A cada paso, la madera reverdecía en sus huesos y tuvieron la fuerza para erguirse y saltar a los antepechos y las repisas con un siseo de hojas. Dichosos de haber dejado atrás las pedradas, el veneno, los autos y el hambre se restregaron contra mis pantorrillas, agradecidos por la oportunidad de otra cacería.
El Madrinas sacó el arma que llevaba entre la cintura y el pantalón. Un movimiento estudiado, profesional, aunque su revólver era hechizo, encarnado en los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis. No despegaba los ojos de la minúscula sombra a sus pies. Princesa abrió la boquita y emitió el chasquido con el que pedía a sus presas que se dejaran devorar.
—La mataste porque temías que despertara a Keyla, ¿verdad? Los gatos no huelen el futuro, pero distinguen la crueldad. ¿Tú conoces la diferencia, Madrinas? ¿Por qué entras cada noche en el cuarto de Keyla?
El estampido del disparo casi me tiró de espaldas de nuevo. Disparó toda la carga, pero apenas se escucharon los retumbos entre el rumor que nos envolvía. Ninguno de los gatos se movió. Era como disparar a un tronco.
—En tu lugar no lo intentaría de nuevo: tienen hambre. Yo sé qué es lo que te hace ir cada noche al cuarto de Keyla. Yo sé por qué irás cada noche hasta… Puedo oler el futuro y el tuyo apesta a crueldad… A eso que te trajo aquí y que llamas amor. Ahora te dices que lo haces por los celos. ¿Por qué vas a mantener a la hija de otro pendejo? Te quedas en la puerta viéndola dormir: te sientes sobajado aunque no gastes un centavo en ella. Es su mera existencia lo que te corroe. Otro anduvo cogiéndose lo tuyo, Antonio.
El sudor, el calor y los dedos temblorosos hicieron que el Madrinas errara la burda recámara del revólver y las balas se le cayeron entre los hambrientos. No tuvo el coraje de rebuscarlas entre sus cuerpos.
—Hasta que… el amor. Y es que el tiempo se ensaña con su madre. Ya le cuelgan. ¿Qué culpa tienes de que la mamá no se cuide? Eres un hombre y tienes necesidades…
—¡Ya párale con las pendejadas!
Es mentira que arrojen la pistola. Se aferran a ella. Se lo pensó mejor y se agachó a rebuscar las balas. Gritó cuando Princesa saltó sobre su boca y los demás le treparon como una flama. Masticaron, sólo un poco. Les retiré uno por uno, con una caricia, con un beso, con mano firme para los más necios. Arrastré al Madrinas hasta dejarlo sentado contra la pared bajo la mancha blanca donde había estado mi retrato de XV años.
—Esa noche te dejaste llevar por el arranque, pero la gatita… Lo bueno es que ya nadie te va a impedir que entres a su cuarto cuando su mamá no está. Al fin que es igual que ella y le gusta lo mismo. Para que vaya sabiendo, nada más que pruebe. Al fin que la pinche escuincla ya sabe, todas lo saben…
Le lamí la sangre de la cara. Se levantó e intentó trepar al tragaluz. Las repisas se vinieron abajo y cayó entre Rey del Mundo, Silvestre, Gato, Chicho, Manchitas y Capi. Los arañazos como una extensión de los tatuajes.
—Y en algún punto te dirás que es amor. Que la sangre que te inflama la verga es amor. Y le vas a ordenar que guarde el secreto. El secreto del amor.
Se arrastró hasta mis pies. Ciego me abrazó de las rodillas. Suplicó. Tomé su rostro entre mis manos.
—Amor, Antonio. Y Keyla sólo será la primera.
—¡No me maten!
—Esta noche no. Pero recuerda: los hombres son crueles en todas partes. Y la manada pálida está ahí. Estará en donde quiera que huyas. Y esta noche sólo convoqué a los gatos. Hay otros… peores. Tu alma se licuaría al ver la cara del Conejo.
—¡Yo me voy, Jacky! ¡Te juro que me voy y no vuelves a saber de mí!
—Vas a irte, sí, pero antes vas a hacernos unos favores. Para empezar: dame tu cartera.
11
Los esperé en el Burger King comiéndome una con disco de queso. Llegaron en la nueva bicicleta de Kevin. Keyla aferrada a su cintura y de riguroso luto. Pétalos de rosas subían y bajaban por el vestido negro adherido con seguros. Remató el outfit con unas alas de ángel hechas de algodón que, desde mi punto de vista, eran excesivas. Me abrazó a mitad del bocado. Sentí sus lágrimas contra mi mejilla. Le di de palmaditas en la espalda.
—No hace falta que tú también llores, Kevin.
—¡No estoy llorando —parecía una plañidera a sueldo.
—Tengo que ir a recomponerme, señora —Keyla me mostró su estuche de maquillajes. Todos ellos con brillitos—. Voy al baño un segundo.
Cuando estuvimos solos, le pasé la caja a Kevin. La gatita negra asomó entre las virutas de periódico. La tomó entre sus manos sin mediar palabra.
—Le vamos a poner como usted.
—Cienfuegos es un pésimo nombre para una gata. Se llama Pétalo. ¿Escribiste la carta?
Dejó a la gata con un pavoroso cuidado en la caja. Se chupó la cicatriz del labio.
—Escribí lo que el Madrinas me dijo cuando me dio la bicicleta. ¿A dónde se fue? Dice Keyla que hasta desmontó su silla de tatuador y que no le contesta las llamadas a su mamá. No saben qué hacer con el perro.
—Lo venderá. Es de buena raza. Un buen negocio. Diles que ya no lo metan a la jaula.
—¡El pobre no quiere salir de la zotehuela! Hasta me da pena.
—Debes sentir pena por él, Kevin. ¿Le diste la carta?
Se puso todo rojo. Le dio comezón por todo el cuerpo. Se rió tirando baba.
—Sí… pero no me preguntó nada… Se me hace que la va a perder.
—No va a perderla, Kevin. Y nunca le compres flores a nadie que no sea a Keyla.
—¿Flores? —Keyla parecía un payaso, pero el dolor nos pone erráticos.
Le entregué el ramo de rosas blancas. El contenido de la cartera del Madrinas había sido generoso. Aún me quedaban algunas deliciosas medias comidas antes del siguiente caso. Entonces Keyla notó la caja sobre la mesa y pegó el obligado grito antes de sofocar al pobre animal con besos.
—¿Es mía?
Keyla depositó a Pétalo en su caja, ceremoniosa.
—Gracias, pero antes tengo que despedirme de Princesita.
Guardé la mitad de la hamburguesa y cruzamos al camellón. El sitio en que Kevin había sepultado a Princesa, al pie de un tronco, estaba marcado con una cruz hecha con palitos de paleta. Keyla acomodó las flores mientras Kevin le juntaba las patitas a Pétalo, como si rezara.
Arriba, entre las ramas del árbol, decenas de garzas se posaron, acomodando su cuerpo de algodón apretujado, unas contra otras, como si de ese modo pudieran sustituir al follaje enfermo.
El poeta y novelista Daniel Saldaña París organiza para el Museo Universitario del Chopo una serie de lecturas en un ciclo llamado “Karaoke Sor Juana. Entre la tradición y el remix: nueva poesía del DF”:
Actualmente, la poesía mexicana ha renunciado a la torre de marfil en el sentido de que no sólo se lee y se habla de ella en recintos solemnes, sino que se escribe y se lee en las calles de la ciudad, en contacto con el ruido, las voces, la realidad cotidiana y además al alcance de cualquier persona. Asimismo, en los últimos años ha experimentado con nuevos recursos y materiales culturales (audio, video, etc) en una suerte de sampleo que da como resultado un karaoke hiper textual. Es por ello que resulta paradójico que muchas de las lecturas y presentaciones transcurran ajenas a ese contexto diverso.
Dado el panorama anterior, el Museo Universitario de Chopo organiza este ciclo de recorridos. El primero será en el Salón París, ubicado en Jaime Torres Bodet 152, frente a la Alameda de la Santa María,con la participación de los autores Rodrigo Flores, Maricela Guerrero, Inti García Santamaría y Daniel Saldaña París.
Miércoles 26 de marzo, 20:00 horas
Jaime Torres Bodet 152, Col. Santa María la Ribera.
Entrada libre
Miembro del Sistema Nacional de Creadores desde el 2011, Agustín Meza, director, dramaturgo y docente, un día decide meter su vida en una maleta y mudarse a Querétaro para empezar desde cero su actividad teatral allá.
Responsable de uno de los más bellos montajes de Esperando a Godot que se han hecho en el país ha llevado su trabajo a diversos Festivales Culturales en Europa y Asia, en el 2005 fue nominado como Director Finalista en The Rolex Mentor and Protégé Arts Iniatiative.
Sin más preámbulos, hoy toca su turno de compartir con nosotros su visión del teatro, los planes de su Compañía de Teatro El Ghetto y la situación de la escena queretana.
Itzel Lara: ¿Cuándo tomas la decisión de irte del Distrito? ¿Qué te hace pensar en Querétaro cómo una ciudad con posibilidades para seguir dedicándote al teatro?
Agustín Meza: A mediados de 2007 decidí salir del D.F. con el objetivo de radicar en una ciudad que me permitiera desarrollar mi teatro, el teatro de arte, ese tipo de teatro que Peter Brook suele llamar el Pez Dorado. En esos años, mi contexto humano, artístico y económico, se resumía en una fuerte crisis, el D.F. no me estaba ofreciendo nada a favor, mis proyectos personales no lograban concretarse, ningún apoyo, ninguna institución abría las puertas a mis propuestas, y lo más fuerte, mis compañeros ya se habían retirado a otras compañías para trabajar en otros proyectos.
La República Mexicana siempre ha sido una opción muy importante para el campo laboral de las artes escénicas. Desde 2001 hasta la fecha, he viajado a diversos estados del país como director, docente, tallerista, ponente y jurado. De todas esas experiencias, mi primer destino fue la ciudad de Querétaro. Hoy creo que por ese encuentro elegí Querétaro.
Por último, estoy convencido que toda ciudad, puede, eso sí con mucho esmero, ser propicia para brindar las condiciones básicas para dedicarse profesionalmente al teatro. Desde luego, uno tiene que trabajar bastante para que estas condiciones se den. En el caso específico de Querétaro, es una ciudad muy interesante, que de un momento a otro podría generar un movimiento teatral bastante fructífero, como es el caso de Veracruz, Guadalajara y Monterrey.
IL: ¿En los últimos años cómo has visto el panorama artístico y teatral en esa ciudad?
AM: Querétaro se ha convertido en una ciudad con una gran apertura para realizar una gran cantidad de festivales nacionales e internacionales de perfil cultural. Sin duda, estas actividades han beneficiado a su público. Sin embargo, el gran problema cultural en Querétaro reside en su risible presupuesto y en el precario sistema formativo profesional. En suma, es más relevante lo que llega a lo que se produce en la ciudad.
IL: Cuéntame un poco sobre la asistencia del público a las obras y los espacios con los que cuentan las compañías ¿Hay apoyo del Gobierno? ¿Hay lugares independientes?
AM: Público hay y bastante. Lo que no hay es la cultura por pagar una entrada. Son contadas las compañías que cuentan con un espacio. Y si una compañía logra levantar un espacio, existe el riesgo a que sólo dure no más de 3 años. Las compañías que logran crecer es porque su propuesta es de perfil comercial, turístico, o tradicional; pero a nivel cultural es muy difícil.
El apoyo que ofrece el gobierno (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes y el Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro) es muy precario. Por ejemplo, no sueltan más de $50,000.00 para un proyecto, su burocracia es muy fastidiosa, y casi siempre, terminas haciendo su trabajo.
Espacios independientes de carácter cultural, definitivamente no hay. Los que te podría mencionar son meramente de otro corte: La fábrica (según es cultural, pero en el fondo es Hipster, para gente bien), La carcajada (es tal cual su nombre, una especie de Los Mascabrothers pero región 4), y así sucesivamente.
IL: Hablando un poco de tu trabajo ¿Sientes que lo ha enriquecido el vivir en Querétaro?
AM: Definitivamente sí. Hoy por hoy, estoy muy satisfecho con mi trabajo. He podido tener una repercusión en Querétaro y en otros puntos del país, incluyendo el D.F. A partir de Anatomía de la Gastritis de Itzel Lara (2012) y Gritos y susurros de Ingmar Bergman (2013), Querétaro me ha brindado cosas muy hermosas, empezando con la gran calidad de mis compañeros que conforman El Ghetto. Y con el próximo estreno: La habitación y el tiempo de Botho Strauss (2014) me siento muy, pero muy contento.
IL: ¿Qué cosas hay en puerta con tu compañía? ¿Cómo ha sido su evolución?
AM: Este año es muy importante, iniciamos el 2014 como Asociación Civil, tendremos el estreno y la temporada de La habitación y el tiempo de Botho Strauss a partir del 29 de marzo, y en diciembre celebraremos ya 20 años como Compañía de Teatro El Ghetto. En 2015, estrenaremos Stalker de Boris y Arkadi Strugatski con actores muy importantes: Diego Piñón y Karina Díaz.
La evolución ha sido fructífera, pero como todo lo que vale la pena, nos ha costado mucho. Y vamos por más.
La obra poética de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) es parte de su pensamiento, pues, como varios críticos han dicho, Paz ante todo fue poeta, de manera que incluso de su poesía pueden surgir discrepancias. En particular, comulgo muy poco con sus ensayos, por ejemplo los dedicados a sor Juana, Villaurrutia o Cernuda; sin embargo, su poesía la he leído con detenimiento y deleite, si bien no es una poética que siga. Por otra parte, la vida y la obra de Paz son difíciles de abarcar, algunos han intentado, por una parte, unas cuantas biografías (Poniatowska, Monsiváis o Sheridan) y otros se han centrado en la biografía literaria o intelectual (Aguilar Mora, Gimferrer, Ulacia, Verani, González Torres y recientemente Evodio Escalante) sin prescindir del todo de aquella parte fundamental que es la vida del poeta. Hacerlo de un autor como Paz, tan polémico, tan cercano todavía, hace complicadas ambas tareas.
Alberto Ruy Sánchez, por su parte, se ha limitado a escribir Una introducción a Octavio Paz, originalmente escrita para un diccionario de escritores que se publicó en Nueva York, después se publicó en Joaquín Mortiz en 1990 y al año siguiente ganó el Premio José Fuentes Mares de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Ahora reaparece en esta edición del Fondo de Cultura Económica corregida y aumentada hasta la muerte de Paz, ocurrida en abril de 1998. Ruy Sánchez la define desde las primeras páginas no como “un ensayo crítico sino una sustanciosa ficha informativa”. Un ejercicio de síntesis que “ha servido tanto a alumnos y profesores en las escuelas como a cualquier persona interesada en conocer algunas claves de la obra de Octavio Paz”. Sin aspirar a ser una obra totalizadora sino, como su nombre lo indica, una introducción (no “la” introducción), ciertamente cumple su cometido de acercamiento a la vida, obra y pensamiento del poeta.
Para empezar, Ruy Sánchez abre con una clave paciana: “su concepción de la poesía como revelación y lucidez, creación dentro de la historia y no de espaldas a ella, clave de conocimiento y acción”, pues para Paz el poeta “ejerce una manera excepcional de lucidez en el mundo”. En este libro, Ruy Sánchez divide la obra de Paz en cinco etapas, lo que llama “círculos vitales”. Así, el primero, el llamado “Círculo de tierra”, abarca desde su nacimiento hasta 1943. Al final de este librito, Ruy Sánchez cita unas palabras de Paz que, me parece, aclaran ese primer círculo: “creo que el niño es la semilla de creación del hombre. Todo lo que hacemos está ya en el niño”. Son los años de la vida en Mixcoac, del viaje a Los Ángeles, del abuelo, el padre y la madre célebres por su poema “Pasado en claro”, pero también el de su tía Amalia con la que se identificaba más, los estudios en las escuelas cercanas y luego la preparatoria en San Ildefonso, las primeras revistas, la misión educativa a Yucatán, el matrimonio con Elena Garro con quien viaja a una España en guerra y los primeros libros, todo eso antes de los 23 años.
Después, en 1933, Paz publicó sus primeros poemas en la plaquette Luna silvestre, de los que después abjuró de manera que los siguientes diez años, según él mismo, se la pasó “corrigiendo borradores de borradores”. A lo largo de esos diez años, Paz publicó otros libros de poemas: ¡No pasarán!, Raíz del hombre, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España y Entre la piedra y la flor. A diferencia de Luna silvestre y Raíz del hombre, los otros libros tienen reminiscencias de la poesía social y comprometida que se escribía en esos años. Es por eso que Paz los eliminó casi en su totalidad de sus antologías poéticas y sólo reaparecieron hasta sus obras completas. En ellos todavía no aparece el Paz que escribe su obra bajo la impronta del Tiempo y la Historia, el “poema-memoria” que será medular en su poesía: “Piedra de sol”, “Nocturno de San Ildefonso”, “Pasado en claro”, “1930: Vistas fijas”, “Elegía interrumpida”, el multicitado “Intermitencias del oeste (2) (Canción mexicana)” o “Epitafio sobre ninguna piedra”.
Las siguientes etapas, o como las llama Ruy Sánchez: “Círculo de aire”, “Círculo de fuego”, “Círculo de agua” y “En la espiral”, confirman lo que Paz dice desde el título de uno de sus poemas más representativos, pues su poesía se propone dejar en claro su pasado: ajustar cuentas sin concesiones, no ver el pasado con nostalgia sino tomarlo por los cuernos. Eso sucede particularmente en los poemas que he citado arriba, y en otros más. En esas etapas están la incursión en el surrealismo, las diferencias políticas, los verdaderos primeros libros (Libertad bajo palabra, en primer término), las misiones diplomáticas, la India y el Oriente y un nuevo matrimonio. Pero, dice Ruy Sánchez, algunos datos de la vida del poeta sólo ayudan a comprender mejor su obra, no la explican ni la agotan “porque los hilos que unen vida y obra son sutiles y complejos”.
Sin embargo, Ruy Sánchez cae en algunas inexactitudes y en eso que en su propio libro sobre Paz Aguilar Mora llama “glosas saturadas de admiraciones”, pues magnifica algunos puntos. Dice que Paz se hizo anarquista junto con un compañero en la secundaria, juntos emprendieron una huelga y pasó dos noches en una celda, pero no aclara el motivo que causó la mencionada huelga. Cuando habla sobre Barandal, la revista estudiantil que Paz y sus compañeros de preparatoria hicieron y nombraron así por los barandales de San Ildefonso, dice que en “ella le descubrían a su generación, las vanguardias literarias del siglo”. No creo que Barandal, siendo una modesta revista estudiantil, haya tenido tanta resonancia, además, por el tiraje limitado y porque los redactores eran estudiantes como los otros y prácticamente desconocidos; la cosa sería distinta cuando años después emprende, junto con otros amigos, la aventura que fue Taller, a pesar de su corta existencia.
Sankt bonifatius. Impresión sobre papel algodón/collage. Berlín 2012.
La noche del lunes 2 de diciembre de 2013, convocados por Tierra Adentro, se reunieron en el Museo Nacional de Antropología tres notables estudiosos de nuestra historia: Xavier Guzmán Urbiola, subdirector general de Patrimonio Artístico Inmueble del Instituto Nacional de Bellas Artes; Héctor de Mauleón, subdirector de la revista Nexos, y Antonio Saborit, director del Museo Nacional de Antropología. Les pedimos que conversaran sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio inmueble histórico, en especial el relacionado con las artes y nuestros artistas. Esto es lo que se dijo en ese encuentro.
Xavier Guzmán Urbiola: Si se habla de patrimonio es importante tener clara la normatividad. La que nos rige es la Ley Federal de Zonas y Monumentos publicada en el año de 1972. A través de ella se dividen las competencias de los institutos nacionales de Antropología e Historia y de Bellas Artes y se define que todo lo que es arqueológico e histórico corresponde al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y todo lo que tiene valores artísticos, muebles o inmuebles, al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). A partir de entonces se genera una serie de pequeñas polémicas que a lo largo de los años INAH e INBA han ido limando. Por ejemplo: antes se discutía a qué instancia correspondía decidir sobre un edificio que empezó a construirse en 1896 y se terminó en 1913. Bueno, hoy es evidente que en el caso de un edificio de este tipo el valor histórico es el que prevalece. En la actualidad, las dos instituciones colaboran de manera más que armoniosa, y la Ley Federal de Zonas y su reglamento les dan instrumentos normativos para preservar valores arqueológicos, históricos o artísticos —en el caso del INBA, de los bienes inmuebles―. Pero, ¿qué sucede con los inmuebles sin valor histórico ni artístico que, sin embargo, fueron las casas en que nacieron poetas como Manuel José Othón o Gutiérrez Nájera, o donde Zarco escribió parte importante de su obra? ¿Qué pasa ahí?
Antonio Saborit: Es importante tener presente este marco jurídico, pero puede decirse que la percepción predominante desde hace algunas décadas es que ésta es una ciudad sin memoria.
Héctor de Mauleón: A reserva de las acotaciones que hagan ustedes, pienso que hay cuatro momentos decisivos en la ciudad y su patrimonio. El primero se da con la Reforma, que es la gran destrucción de los conventos coloniales y de los templos. De muchos de ellos no queda huella; en algunos casos se preservaron los templos y se expropiaron los conventos para abrir nuevas calles (como la calle Leandro Valle y la calle Independencia), abrir nuevas rutas o, para convertirse en habitaciones, en casas de vecindad. Los que habían sido grandes claustros dieron origen a esas vecindades que luego fascinarían a Carlos Fuentes, vecindades donde se hacinaban familias enteras con los dos patios, las dos fuentes, la escalera, etcétera, y todas las historias. Yo diría que el convento de Bethlemitas es el ejemplo fundamental; sin embargo arrasaron manzanas enteras.
“La única ciudad del mundo en la que, de cuatro esquinas, tres formaban parte de conventos, —esto lo contaba Iturriaga de la Fuente, decía— era la Ciudad de México”. En lo que hoy es el Centro Histórico confluían las esquinas del convento de La Encarnación, del convento de La Enseñanza y del convento de Santa Catarina de Siena, en las inmediaciones de San Ildefonso. De eso, sólo quedan unas cuantas cosas. Casi todo fue arrasado y no quedó memoria de la célebre frase de Barreda, que dice: “Esto que propone usted, presidente Juárez, es un atentado contra el pasado”, y Juárez le dijo: “Mi compromiso no es con el pasado sino con el futuro, así es que procedan”. Y arrasan. Ese es el primer momento. Esto está relacionado con un proceso en el cual el odio a lo colonial, el odio a lo antiguo estaba muy ligado a una lucha ideológica, y eso determina el curso de la ciudad que va a llegar al siglo xx. Lo español es lo viejo, lo español —lo colonial, para decirlo con mayor precisión—, es lo atrasado, es un pasado que queremos olvidar y eso provoca una devastación que va a proseguir con sus reacomodos y sus matices indispensables durante el porfiriato, el afrancesamiento, el deseo de modernización, hacen que se tire lo que no había alcanzado a demoler Juárez. Por ejemplo, el Hospital de Terceros, para levantar ahí el Palacio de Correos, o el Hospital de San Andrés y sus templos, para levantar en su lugar el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes que hace el arquitecto italiano Silvio Contri en la plazuela que hoy conocemos como Tolsá. El porfiriato pone su cuota, porque de lo que se trata es de anular el pasado, de borrarlo; lo que se busca en ese momento se llama progreso. Luego se va a llamar modernización.
Hay otro momento que es el que está relacionado con el porfiriato. Cuando se da la creación de las nuevas colonias, de las nuevas urbanizaciones, se comienza a abandonar el centro y los viejos edificios que habían sido casas señoriales se convierten en vecindades; son entregados a nuevas clases sociales que se convierten en los habitantes de los viejos palacios.
El tercer mazazo llega con la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se decretan las rentas congeladas y estas vuelven impracticables para los propietarios cualquier intervención en esos edificios. La Segunda Guerra Mundial acaba y las rentas congeladas siguen vigentes durante cincuenta años, durante los cuales no hubo compromiso alguno de parte de los propietarios porque era costosísimo rescatar cualquier cosa. Llama la atención que es hasta los años treinta del siglo xx cuando se empieza a tener noción de que eso tiene un valor histórico, que no son piedras que signifiquen atraso. Entre 1932-1933 empieza la declaratoria de monumentos históricos y el rescate de muchos edificios del centro, pero se decretan las rentas congeladas, y eso provoca que el centro quede en el abandono. Esa es la imagen que nos llega del Centro Histórico hasta que empiezan los proyectos de rescate y se le declara Patrimonio de la Humanidad.
El cuarto golpe es el terremoto, que acaba con lo que no había sido arrasado y pone al Centro en una situación crítica: lo convierte en una zona de abandono y destrucción. Hasta finales de los años ochenta comienzan los primeros planes de rescate y se comienza a pensar que puede haber calles peatonales y que eso, en lugar de generar gastos, puede generar riqueza, inversión, turismo. Pero esa es una idea muy reciente si pensamos que no tiene más de veinte o veinticinco años que se comienza a pensar así, porque antes de eso el panorama es desolador. Y después todavía atraviesa por momentos imposibles de contaminación visual, de desconocimiento, por parte de las autoridades, del pasado que tenían en las manos. Cuando José Iturriaga plantea el rescate del Centro Histórico, Ernesto P. Uruchurtu, elRegente de Hierro, que tanto se admira y que tanto añora la gente amenaza con renunciar, y dice: “Si ustedes hacen eso, yo renuncio”. Con Adolfo López Mateos se piensa destruir la calle Tacuba para entregarla al automóvil y ensancharla. Este panorama, esta cosa que he intentado bosquejar es lo que ha generado el estado en el que encontramos hoy día al Centro Histórico, y desde tal perspectiva es un milagro que el Centro conserve todavía los edificios que se ven de pie.
Saborit: Casi nadie recuerda que el director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Eusebio Dávalos Hurtado, paró los trascabos en la calle Tacuba.
De Mauleón: Ya la iban a demoler, se la iban a llevar…
Saborit: Sí, y él se fue a pararlos.
De Mauleón: Él y Francisco de la Maza, ellos lo detuvieron. Qué tal el proyecto: iban a tender un puente a un lado de la Catedral para conectar con 20 de Noviembre. Si nos ponemos a enumerar la serie de atentados que ha sufrido la ciudad, es un milagro que tengamos un Centro tan bello, tan hermoso y que todavía esté a la altura de cualquier ciudad pese a todo lo que le hemos hecho.
Guzmán Urbiola: Proyectos como ése hubo muchos. Mis padres iban a comprar una casa en Coyoacán, en la calle que va de División del Norte al Centro, pero les dijeron no, no compren ahí, porque ya está aprobado abrir la vialidad de División del Norte del Centro a la Plaza de Coyoacán con cuatro carriles. Y hablo de 1966. O aquel otro proyecto que implicaba hacer un paso a desnivel a un costado de Paseo de la Reforma, transversal a la columna de la Independencia. Salvajadas que se han detenido, por fortuna.
De Mauleón: El libro del recién fallecido Guillermo Tovar de Teresa, La crónica del patrimonio perdido, es fundamental porque es un retrato, un relato sobrecogedor de lo que ya no está. Se dedicó a recopilar las fotografías de lo que fue, de lo que ya no está más, y la impresión que deja es aterradora. Nos falta contar la historia de las destrucciones. ¿Qué habrá pasado cuando meten el metro por la calle Tacuba y lo hacen doblar en el Zócalo? ¿Qué habrá pasado en ese momento para que esta línea azul del Metro atraviese hoy todo el Centro ceremonial mexica y se vaya por la Calzada de Tlalpan?
Saborit: Bueno, Palacio Nacional, Catedral, tienen tantos problemas, yo no digo que por la línea del metro, pero indudablemente ayuda…
De Mauleón: Las vibraciones de los trenes, etcétera.
Saborit: Todos hemos visto en los libros celebratorios de la constructora ica, las fotos donde está abierto el socavón, se ve que están construyendo el cajón del Metro a siete metros, diez metros, una cosa así, de la fachada de Palacio Nacional, y, bueno, la línea verde que pasa a un costado del edificio de la Ciudadela es lo mismo: menos de cinco metros.
Guzmán Urbiola: Guillermo Tovar recibió de sus parientes, de sus tías, una gran colección de imágenes de lo que hoy es el Centro Histórico, se dedicó a catalogarlas y, puesto que acababa de pasar el sismo de 1985 decidió hacer algo muy simple. Se paseaba con esas fotos bajo el brazo. Comparaba lo que mostraban contra lo que había en el Centro y se sobrecogía de lo que había pasado en cien años —son muchas fotos, son de 1870, 1880—, y se puso de acuerdo con una serie de personas para tomar los mismos ángulos y, de manera más que ilustrativa, explicar qué había pasado en todo el Centro Histórico, en todo el primer cuadro. Gabriel Breña ayudó a Guillermo a hacer esos levantamientos con todo cuidado, con planos. Luego Guillermo escribió textos introductorios, explicativos. Estuvo siempre muy cerca de Fernando Benítez, y mucha de la información de El libro de los desastres, de don Fernando, en el que habla de la destrucción de ese patrimonio al abrir las calles en la Reforma, al cercenar esos conventos. Había mucho arte en ellos y muchas bibliotecas, y don Fernando explica a dónde fueron a parar, cómo se desmembraron. Son relatos que sobrecogen. Nos hace imaginar las carretas que cargan las bibliotecas del convento de San Francisco, cómo van rodando por los empedrados y cómo los libros se caen de ellas. (Benítez documentó todo eso con ayuda de Guillermo.) Afortunadamente —y eso siempre pasa, aquí y en el mundo—, siempre hay un señor que va detrás de las carretas, recoge los libros y forma otra biblioteca monstruosa; siempre hay un García Icazbalceta, un Guillermo Tovar que se dedica a reunir todo. Sí, hemos sufrido muchas destrucciones, saqueos, pero también ha habido un número considerable de tales personajes que —hay que subrayarlo— con mucho cuidado y paciencia reconstruyen nuestra historia, nuestra identidad.
Saborit: A propósito de esto último, aprovecho para meter mi cuchara: ¿cómo es que las letras mexicanas acceden a este espacio patrimonial? ¿En qué momento los mexicanos empezamos a considerar que aquello que sucede en el espacio de la cultura impresa puede ser parte, puede concebirse o pensarse como un asunto patrimonial? Mi anécdota favorita es la siguiente: cuando Ángel Pola y un grupo de sabios deciden a finales del siglo pasado localizar la tumba de José Joaquín Fernández de Lizardi, ayudados por los registros parroquiales de Catedral, van a buscar la iglesia donde se sabía que éste había sido sepultado y lo que encuentran, es que el atrio de la iglesia ya no existe, se convirtió en un chiquero, y luego se dieron cuenta de que el cementerio tampoco existía ya. Y no sólo los huesitos de José Joaquín Fernández de Lizardi estaban en un chiquero, sino los de todos los que habían reposado allí. Así, pues, no tenemos los restos mortales del pensador mexicano que identificamos como el primer narrador de la época independiente —si bien es cierto que nació en la Nueva España, murió en la joven República Mexicana—. Así nos podemos seguir. Si continuamos el rastro de algunas vidas, lo que vamos a encontrar es un desastre de muy diversas magnitudes.
De Mauleón: No solamente no quedan las casas, no hay memoria de las casas. En la mayor parte de los casos no hay siquiera una pequeña placa que indique “aquí pasó tal cosa”. Yo recuerdo sólo unas cuantas. Hay una placa en San Juan de Letrán esquina con Tacuba, donde ahora hay un Sanborns. Ahí vivió Altamirano y hay una pequeña placa, pero en esa misma casa nació y vivió Manuel Payno y nada lo indica. En esa misma casa, donde vivieron Altamirano y Payno, vivió antes Fernández de Lizardi, y no hay una placa que lo recuerde. Hay una placa relacionada con el nacimiento de Guillermo Prieto en la primera calle de Mesones, pero está equivocada porque Prieto no nació allí; nació en Tacubaya, en el Molino de las Flores. Vivió en Mesones cuando era niño. Por lo menos, aunque errado, hay un recuerdo. Uno podría hacer un recorrido buscando los lugares donde nacieron, vivieron o murieron nuestros escritores y no hay memoria.
En República del Salvador hay una placa en el lugar donde murió Fernández de Lizardi. Todavía está la placa porque Excélsior la puso cuando se cumplió el centenario de su muerte. “En este lugar murió el pensador mexicano”, dice. A un costado de esa casa estaba el hogar donde nació Ángel del Campo, Micrós, y tampoco hay una placa que lo indique. Hoy hay un edificio, un comercio de esos que han nacido en el Centro, donde venden cosas de todo.
Se podría hacer un recorrido absolutamente literario por el Centro. En Santo Domingo está el lugar donde se suicidó Manuel Acuña; a unos pasos está la casa donde vivió su amigo Juan de Dios Peza. Un recorrido así sería muy interesante no sólo para los turistas, sino para los mismos habitantes de la Ciudad de México. Podría llamarse “los lugares de la literatura mexicana”. Aprendería uno, por ejemplo, dónde estuvo la Academia de Letrán, dónde estuvo el Monitor Republicano, dónde se publicaron tales revistas y tales suplementos, pero no hay eso.
Iturriaga tiene un artículo titulado “Contra el provincianismo de los funcionarios”, en el que se pregunta cómo es posible que pasen por sus cargos tantos funcionarios y no se les ocurra que hay espacios que merecen ser rescatados. Porque eso que merece ser rescatado es en lo que se finca la memoria y donde se finca la memoria es donde nosotros habitamos; nosotros somos nuestra memoria. Claro, a muchos funcionarios esto le suena muy bien para sus discursos, pero como es una tarea que no deja votos, como no tiene punch electoral, pues se abandona el Archivo Histórico de la Ciudad de México. En su sede, en la calle de Donceles, los mapas están colgados casi como en tendedero de mecates. Los primeros mapas de la Ciudad están colgados ahí porque ningún gobierno ha dado su apoyo. Estamos rodeados de proyectos faraónicos como la mega biblioteca, la mega Cineteca, la mega ciudadela, etc., que según la imaginación de los funcionarios en turno, “visten” sus administraciones, y no se hace un proyecto de verdad, que ayude a rescatar la memoria de una ciudad que se ha caracterizado por la destrucción, por el odio a su memoria. Parecería que hacemos todo lo posible por anularla desde hace siglos.
Guzmán Urbiola: Cuando le toca atestiguar la reorganización urbana emprendida por Porfirio Díaz, José Juan Tablada se queda aterrado de ver cómo se tiran construcciones, cómo se abren avenidas. Es muy interesante porque quizás es el único momento en que Díaz empezó a pensar en grande. Fueron sus últimos diez años. Díaz pensó en un panteón nacional, una especie de rotonda que se asentaría por San Ildefonso; pensó el Palacio Legislativo que estaría donde hoy está el Monumento a la Revolución y cuyos leones —que iban a estar en la escalinata del Legislativo— terminaron adornando el acceso al Bosque de Chapultepec, así como el águila creada para ese palacio terminó coronando el monumento a La Raza, que era otro proyecto dentro de la construcción urbana de Porfirio Díaz. Todo convergía en un paseo histórico que culminaría en un monumento a la democracia. Varios monumentos quedaron pendientes, después de Cristóbal Colón, y Cuauhtémoc, habría en la siguiente glorieta (que sigue vacante) uno al mestizaje, luego la Columna de la Independencia y luego un gran monumento a la democracia. Ese mapa, por cierto, también incluía el traslado del viejo Museo Nacional de Moneda a Avenida Juárez, para lo cual el gobierno compró un hospicio de pobres que demolió, pero el nuevo museo nunca se llegó a construir. Hoy se ubica allí el Museo de Artes Populares. Viendo todo esto, Tablada escribe una frase que me persigue desde la primera vez que la leí: “Los mexicanos de ayer son mejores que los de hoy y por eso sus vestigios son un tesoro único”. Lo que Tablada dice —quitando ese juicio de valor de “mejores o peores”—, es que los vivos tienen un compromiso, tienen que hacer un voto de reconocimiento a todos los que los antecedieron. Ese mínimo y necesario respeto de los vivos hacia los muertos es lo que ha permitido en muchos lugares preservar el legado de otras generaciones. Pero, más que preservar, lo deseable es incorporar el valioso legado de los muertos a la vida de los vivos, por medio de pequeñas señales como pueden ser esas placas, y por medio de decisiones mucho más trascendentes, como respetar una determinada traza. Por ejemplo, quizá la gran aportación urbanística de la Ciudad de México del siglo XVI sea ese eje que ahora se ha cortado por las excavaciones del Templo Mayor. Era un gran eje, que unía lo que ahora es República de Guatemala, con el barrio de Tacuba.
La Historia del arte mexicano de Tablada puede leerse con mucho interés y mucho provecho porque abunda en juicios muy inteligentes.
De Mauleón: Artemio de Valle Arizpe, el cronista de la ciudad, decía algo que también hay que recordar: “la maldición de México ha consistido en destruir lo único para levantar lo que puede encontrarse en cualquier parte”. Tiras el Hospital de Terceros y haces un estacionamiento. Creo que esa ha sido la gran maldición de la Ciudad de México —aunque padece varias más, desde luego, la del agua, la de su sismicidad, etcétera—: destruir lo único para levantar lo que puedes hallar en cualquier parte. Valle Arizpe lo escribe en su libro Por la vieja calzadade Tlacopan, que es la crónica de esa calzada, y lo dice concretamente al referirse al edificio de Correos: “una vil copia del Palacio Ducal de Venecia”. Yo me levantaría en armas si ahora alguien intentase tirar el edificio de Correos porque ya es un referente urbano, pero en el tiempo en el que Valle Arizpe dice que Adamo Boari está levantando una extravagancia que podrían haber hecho en cualquier lado, se pregunta ¿por qué levantarla sobre las ruinas de algo que era único y que hemos perdido para siempre? Yo creo que esa gran frase describe lo que nos ha pasado en la Ciudad de México. Porfirio Díaz levanta el edificio de Correos sobre el Hospital de Terceros, el Palacio de Bellas Artes sobre el convento de Santa Isabel, el MUNAL sobre San Andrés.
Saborit: Tan malo como destruirlo ha sido abandonarlo.
De Mauleón: En alguna crónica de 1978, José Joaquín Blanco habla de cómo se fueron los ricos del centro y cómo llegan los comercios de ropa corriente y barata que se anuncian con bocinas, y cómo se va poblando de academias comerciales, de consultorios de “enfermedades secretas”. Esa crónica, llamada “San Juan de Letrán”, retrata el momento previo al gran rescate que comienza en los años ochenta con la Declaratoria de Patrimonio, con la fundación del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México. El proyecto de rescatar el Centro no marcha como quisiéramos, pero ha tenido momentos espléndidos. Haber quitado a los ambulantes de Corregidora, haberlos sacado de ahí. Recordemos que López Obrador le había entregado el Centro a las clientelas, ¿recuerdan ustedes cómo era caminar por Eje Central?, en el sexenio de López Obrador era imposible. Había dos hileras de ambulantes y a veces en medio de ellas había otros vendedores; en Corregidora, en la calle de Tacuba, todo estaba tomado y lo que pasó con el gobierno de Marcelo Ebrard fue extraordinario, porque por lo menos los reacomodó y liberó la vía pública; hizo el Corredor Regina, Madero se hizo peatonal, comenzó un proceso en el cual la ciudad volvió a pertenecernos de algún modo, el Centro volvió a ser nuestro, se le entregó a la gente, porque la gente lo había perdido.
Guzmán Urbiola: Quisiera decir una perogrullada que vale la pena subrayar: el tema del patrimonio nos importa y nos tiene aquí sentados platicando porque nuestro Patrimonio es de todos, pero no es sólo un tesoro compartido sino un crisol y, a la vez, una fuente de identidad, de unión, la prueba de que tenemos una historia común, por eso es importante preservarlo.
Diana Martín. “Su carne entre mis dientes”
Grafito/Tela.
La obra de Angela Carter (Sussex, 1940-Londres, 1992) se caracteriza por reelaborar, en clave posmoderna, motivos e historias pertenecientes a la tradición oral europea, muchas veces con un tono oscuro y erótico que aún en los años 70 resultó polémico. Sus cuentos y novelas poseen una dimensión fantástica y poética que sigue ejerciendo su hechizo sobre los lectores, como afirma aquí la ensayista Jazmina Barrera, quien destaca el valor de conservar esa mirada imaginativa de la niñez en la vida adulta, incluso, en la sexualidad.
Estudié el jardín de niños y la primaria en una escuela al sur del Distrito Federal. El edificio había sido antes un conjunto de establos, así que teníamos amplio espacio para jugar y correr (y en mi caso de piernas patizambas, para tropezarme conmigo misma, como atestiguan mis rodillas llenas de cicatrices). Las fundadoras de la escuela provenían de alguna corriente pedagógica alternativa cuyo nombre no recuerdo. Había “asambleas” donde todos felicitábamos públicamente a nuestros amigos cuando nos regalaban dulces o nos compartían de su lunch y donde quien se sintiera agredido podía “criticar” al agresor para que la comunidad exigiera mediante su voto una disculpa. Años después entendería que tanta crítica constructiva y atención a los sentimientos luego la llenan a una de frustraciones, al salir al mundo real y ver, por ejemplo, las asambleas de la cámara de diputados, o esperar un trato amable de las autoridades a las que, asumimos, podemos siempre hablar de tú. A las malas, una se da cuenta de que el resto del mundo no es así, pero en ese entonces yo disfrutaba de jugar en los jardines a saltar la cuerda o a Los caballeros del zodiaco, y de los talleres de manualidades y artes que teníamos todos los días.
En esa especie de país de nunca jamás pasé 11 años con los mismos veinte alumnos de mi generación sin que el tiempo cambiara mucho nuestra convivencia. En sexto de primaria seguía sin haber nada ni remotamente parecido a un noviazgo entre nosotros, quizás porque después de tanto tiempo juntos ya nos sentíamos más como hermanos que otra cosa. Cada recreo todavía seguíamos jugando a las escondidillas, al resorte y a las canicas, y si acaso ahora intercambiábamos discos y libros en vez de tazos y hielocos.
El cambio no pudo ser más drástico cuando, al terminar la primaria, algunas amigas y yo nos fuimos a una secundaria diminuta en Coyoacán con tareas, exámenes, The full catastrophe, como diría Zorba el griego. El edificio era tan chico que había sólo una cancha donde jugaban futbol los alumnos populares, y algunas bancas donde se congregaba el resto de los estudiantes. Ese primer día de clases mis compañeras de la primaria y yo intentamos jugar a las escondidillas, pero entre los balonazos y la pena de entrar a salones de otros grados, pronto nos rendimos. Entonces decidí resignarme y me uní a los grupos de amigas que charlaban en las bancas. Pronto me di cuenta de cuál era la dinámica de aquellas pláticas: todas ellas elegían a un muchacho “que les gustaba” y daban por turnos actualizaciones acerca del estado de la cuestión: Ya se me acercó, me saludó, me vio de lejos. De poco más se hablaba en los recreos. Y después de un par de meses así comencé a deprimirme. A mí los chicos me interesaban muy poco, y ninguno en particular, así que elegí al menos accesible (de preparatoria, guapísimo y con novia) para que mis aportaciones a las charlas se limitaran a cosas como: “hoy trae una blusa naranja, creo”.
En mi casa se decía que a Tepepan, donde vivíamos, no llegaba la televisión, así que desde chica leí mucho. Pronto me entró una fiebre obsesiva por los cuentos de hadas, desde los rusos crudelísimos hasta historias más recientes de princesas enamoradas de piratas feos. Mi obsesión fue desde el principio La bella durmiente. Me sabía los diálogos de la película de Disney de memoria, obligaba a mi madre a comprar todas las versiones existentes del cuento en cada librería a la que entrábamos.
Un día un amigo me vio haciendo ejercicios de dibujo en un cuaderno y me preguntó que por qué hacía yo aquello. Le respondí que para que no se me atrofiara la imaginación. Me aterraba que “crecer” fuera eso: tu vida entera girando alrededor del sexo o del futbol (como veía que era el caso con varios hombres), a perder la capacidad de sorprenderse ante esa y cualquier otra cosa.
Mucha de la música que escuchábamos yo y mis amigas en MTV y los reality shows que veíamos me hacían sospechar que la pérdida de imaginación era una verdadera posibilidad. De todas formas, encontré tiempo para leer, casi siempre novelas góticas de fantasmas, vampiros, detectives o niños abandonados, muchas veces novelas de fantasía, como Las crónicas de Narnia o El señor de los anillos, versiones extendidas de mis queridos cuentos de hadas. Entre más exótico fuera el tema, más raros los personajes y más alejado el mundo o la época de la novela, mejor. En estas novelas la sexualidad se reducía al beso del vampiro o al acalorado movimiento del abanico de las señoritas victorianas. Pero entonces, cuando tenía 15 años, como Melanie, la protagonista de The Magic Toyshop, conocí a Angela Carter.
El primero de los cuentos que leí de la autora se llamaba “The Company of Wolves” (“La compañía de los lobos”) y comienza así:
Una bestia y solo aúlla en la noche del bosque. El lobo es carnívoro encarnado y es tan astuto como feroz; una vez que ha probado la carne nada más lo satisfará.
De noche, los ojos de los lobos brillan como llamas de velas, amarillentas, rojizas, pero eso es porque las pupilas de sus ojos crecen con la obscuridad y atrapan la luz de tu linterna para devolvértela: rojo de peligro; si los ojos de un lobo reflejan sólo la luz de la luna, entonces brillan con un verde frío y artificial, un color mineral, punzante. Si el viajero incauto advierte esas lentejuelas terribles y luminosas, cosidas de pronto en los negros matorrales, sabe que debe correr, si el miedo no lo ha paralizado todavía.
Pero esos ojos son todo lo que podrás observar de los asesinos del bosque que se reúnen invisibles detrás de tu olor a carne cuando vas por la espesura imprudentemente tarde. Serán como sombras, serán como espectros, miembros grises de una congregación de pesadilla; ¡Escucha! su largo y ondulante aullido… un aria de miedo hecha audible.
El cuento es parte de una colección llamada The Bloody Chamber (La cámara sangrienta) que Carter escribió después de traducir los cuentos de hadas clásicos de Perrault. Cada uno es una sorprendente reescritura de estos conocidos cuentos: Barba azul, La bella y la bestia, El gato con botas, Blanca nieves, La bella durmiente (que en el cuento de Carter es una vampira. De inmediato revivió en mí a la coleccionista de bellas durmientes). “La compañía de los lobos” es, como habrán adivinado ya, la reescritura de Caperucita roja. La historia comienza narrando una serie de leyendas de hombres lobos, como si el narrador fuera la voz del pueblo, de algún pueblo francés del siglo XVII donde, dice el historiador Robert Darnton, que analiza los cuentos de hadas desde una perspectiva histórica, los lobos eran en efecto una amenaza muy real: que si los hombres lobos tienen una sola ceja, que si nacen con los pies hacia abajo, que si regresan años después a comerse a sus esposas o se vuelven cortesanos de ciertas brujas rencorosas y les aúllan día y noche. Después de este prólogo la narración cambia y se enfoca en una chica, Caperucita. Ya desde el comienzo de esta parte sabemos que esta muchacha será distinta a la Caperucita del cuento de los Grimm o de la de la versión de Perrault: para empezar porque lleva consigo un cuchillo y según nos dice la posiblemente narradora (porque es difícil eludir el hecho de que quienes contaban estas historias eran casi siempre las mujeres: las abuelas junto a la chimenea para advertir a las niñas incautas de los peligros que habitaban el bosque o las niñeras campesinas cuando acostaban a los niños de los aristócratas) el hecho de haber sido amada y protegida por su familia la ha hecho no temerosa, sino temeraria.
Desde el principio, Carter desata los posibles símbolos que contenían las versiones orales de esta historia. Por ejemplo, en la primera versión registrada de esta narración que se llama “La historia de la abuela”, siempre ha sido un misterio por qué Caperucita debe elegir entre dos caminos, no el camino largo y el corto, sino entre el de los alfileres o el de las agujas. Una hipótesis dice que se debe a una especie de ritual en el que a las chicas se las mandaba a los 15 años con una costurera para que después de aprender de ella pudieran recibir pretendientes. Las prostitutas, en cambio, se colocaban agujas en las mangas para señalar su oficio. Así que el camino de las agujas o el camino de los alfileres podría simbolizar el camino de la decencia o de la decadencia. O también es posible que no haya ningún significado detrás, que sea otro de esos absurdos de los cuentos de hadas que explotaron después en las novelas de Alicia, de Lewis Carroll, y cuyo encanto radica precisamente en que no tienen explicación. Así también sucede con el elemento de la caperuza roja, que en el cuento de Carter se debe (y se nos dice abiertamente que es así) a que la chica acaba de comenzar a menstruar y también a la idea del sacrificio. O con el huevo que se menciona, que es redondo como ella, que aún es virgen. En la versión fílmica de The Company of Wolves para la que trabajó Angela Carter con el director Neil Jordan, los símbolos son aún más explícitos, como los lobos con los que sueña la chica, que atraviesan las ventanas como metáfora de la primera relación sexual.
En “La compañía de los lobos”, Caperucita, como era de esperarse, se encuentra al lobo, pero esta vez es ella quien sugiere un reto: si él llega primero a casa de su abuelita, ella le dará un beso. Así que se desvía y se retrasa lo más que puede para que el lobo gane y ella pueda así besarlo. En el siglo XX hay muchas versiones en las que Caperucita Roja es la seductora, pero con Carter suele ser la forma, más que la trama, lo indiscutiblemente original. Por ejemplo, la manera en la que describe al lobo llegando a la cocina de la abuela. Dice: “la noche y el bosque han entrado a la cocina con la obscuridad enredada en el pelo”. Carter suelta de pronto estas imágenes que refuerzan el tono metafórico y onírico de la narración en donde, el fuego y la nieve aparecen como símbolos opuestos y complementarios una y otra vez. Cuando Caperucita encuentra al lobo dice el cuento que “sabe que el miedo no le servirá de nada y entonces deja de tener miedo”. Angela Carter recuerda que era su abuela quien le contaba el cuento de Caperucita y que gran parte del poder de la historia se encontraba en la actuación de la abuela. Cuando le decía a Angela la famosa línea climática: “para comerte mejor”, le hacía cosquillas: una abuela actuando de lobo actuando de abuela; María Tatar sugiere que esta escena en el cuento original representaba más que una seducción metafórica, era parte de un miedo literal de los niños a ser comidos. Yo recuerdo a la perfección la vez que nos hicieron ver en la primaria la película La guerra del fuego, donde salían unos neandertales caníbales. Le pregunté a la maestra si todavía el día de hoy existían los caníbales y como ella me dijo que sí, pasé noches en vela aterrorizada ante la posibilidad de que yo le fuera a resultar apetecible a un extraño pasando un día por la calle. La abuela de Carter aplacaba ese miedo con las cosquillas. Y la risa de esa niña es la misma que la de la Caperucita del cuento de Carter, que se ríe, porque sabe que “she was nobody’s meat” (no era un filete para nadie). Lo que sigue es una escena en la que Caperucita seduce al lobo y en donde otros lobos se reúnen alrededor de la casa para acompañar ese rito con su canto. Esta escena está mucho más cerca de “El cuento de la abuela”, en donde Caperucita realiza una especie de ritual (que en el cuento de Carter se nos describe como el ritual de un matrimonio salvaje) y se quita una a una todas las prendas de ropa que trae puestas encima, lanzando cada una al fuego, descubriendo poco a poco su piel blanca como la nieve. Al final de “La compañía de los lobos” una voz que no puede ser de ningún narrador si no de Carter misma, burlándose de las expectativas del lector, nos dice: “¿Ves? Duerme sana y salva entre las patas del tierno lobo”. Este final me regresó a una versión de Caperucita que leía yo de chica, llamada ¡Qué lobo más raro! de la cual recuerdo la frase: “hay que ver que guriguay tan guay”, y en donde el pobre lobo famélico, la niña y la abuela terminaban cenando todos juntos, como amigos.
En los cuentos de hadas “originales” (aunque esta palabra es por demás incorrecta para describir estas historias, porque los cuentos de hadas provienen de una tradición oral antiquísima, en donde no hay una versión original sino una multiplicidad de versiones extendidas de boca en boca cuya primera narración es imposible de rastrear, de allí que Jung sugiriera que eran parte de nuestro imaginario colectivo, que habían estado allí desde siempre), o mejor dicho, en las versiones orales más antiguas que los antropólogos, empezando por los hermanos Grimm, han descrito, y como recordarán los lectores, en esa ocasión en que algún primo o amigo les mató la inocencia diciéndoles que en realidad a las hermanas de Cenicienta les cortaban los talones para que sus pies cupieran en la zapatilla, o que La Sirenita termina disolviéndose en espuma de mar, en esas versiones abunda la violencia gráfica: mutilaciones, canibalismo, infanticidios son algunas de sus facetas, además de temas sexuales como el incesto y las relaciones premaritales. En las segundas versiones de los cuentos de los Grimm, así como en las narraciones de Perrault, pueden quedar rastros de violencia, pero casi ninguno de tema sexual. Perrault, por ejemplo, elimina la mención al canibalismo de la historia original de Caperucita roja (cuando el lobo la obliga a comerse un pedazo de su abuela y a beber un trago de su sangre) y a diferencia de versiones anteriores, hace que el lobo se coma a Caperucita roja como castigo por haberse dejado “seducir por la banalidad de las flores y por el lobo”. La moraleja de la historia dice algo así como: “No todos los lobos son iguales. Algunos son encantadores. No son ruidosos, brutales y corajudos, sino dóciles, agradables y gentiles, y siguen a las señoritas directo hasta sus casas y hasta sus cuartos. Cuídate si aún no has aprendido que los lobos domésticos son los más peligrosos de todos.” Los Grimm, por otro lado, castigaron a Caperucita por ser una niña desobediente, por salirse del camino indicado. Pero Carter no está allí para aleccionar, ni para censurar nada.
Se dice que su terreno es el tabú. Nada para ella es sagrado y mediante su ironía logra subvertir aquellos estereotipos de princesas y ponis y arcoiris que después de Perrault, los Grimm y Disney pueblan nuestro imaginario al pensar en cuentos de hadas. Así es, por ejemplo en The Magic Toyshop, en donde Carter aborda el tema del incesto, en The Infernal Desire Machines of Dr. Hofman, donde se describe toda una serie de aventuras y fantasías sexuales extrañísimas, o en Nights at the Circus en la que habla de la prostitución sin tapujos. Obliga a replantearnos nuestras ideas preconcebidas acerca del amor y de la feminidad: ¿Por qué es el lobo quien habrá de seducir a Caperucita?, ¿por qué necesita Caperucita de un cazador que la rescate, o, más bien, por qué necesita ser del todo rescatada? Dice Marina Warner, ella misma reescritora de cuentos de hadas, que uno de los mayores aciertos de Carter es identificar que las mujeres se recrean a sí mismas como “mujeres” una y otra vez, y que eso es a menudo el resultado de usar las herramientas que se tengan a la mano, sexualidad incluida, para sobrevivir, como Caperucita que decide seducir al lobo en vez de que éste se la coma. Muchas de las feministas de su tiempo rechazaron la obra de Carter, dice Warner, porque hablaba de la obstinación de las mujeres, y de su atracción por la “Bestia” en medio de la repulsión. Así sucede en este cuento, donde el lobo es más fascinante que cualquier príncipe, pero lo mismo ocurre en otros, como en su versión de la Bella y la bestia, “The Tiger’s Bride” (“La novia del tigre”), donde la principal atracción que ejerce la Bestia no se debe a su lado “humano”, como plantea la versión de Disney, por ejemplo, sino a su lado salvaje. O en su versión de Barba azul, “The Bloody Chamber” (La cámara sangrienta), donde la esposa del tirano parece por momentos sentirse tan encantada como repelida por los crímenes de su esposo. Al final de “The Tiger’s Bride”, el hechizo se rompe y en lugar de que la Bestia se vuelva humana es la Bella quien se convierte en otra bestia. Siguiendo a Warner, esta visión rompe con las aspiraciones femeninas con las que se identificaba a los cuentos de hadas desde los salones de la época de Perrault, cuando las mujeres de la aristocracia competían por ver quién contaba la versión más refinada de los cuentos que escuchaban de sus nodrizas.
Puede inducirse del ejemplo de la Bella que para Carter ninguna identidad es fija. Y esto se refleja en su prosa, que es la del carnaval, que celebra la carne (con la que esta palabra comparte una raíz etimológica), los híbridos, los monstruos y el travestismo. De hecho muchos de los protagonistas en sus historias fluctúan entre un ser y otro, como la mujer ave de Nights at the Circus, o una identidad sexual y otra, y juegan con los disfraces y las apariencias.
Esa misma flexibilidad, esa capacidad de mezclar ingredientes como en el caldero de una bruja, se disfruta en su lenguaje. Lo mismo abreva de la imaginería del gótico que del barroco, del simbolismo que de la cultura popular. Su prosa es adornada, artificial y voluptuosa. Con Angela Carter aprendí a no temerle a los adjetivos. Y hasta la fecha, una de mis imágenes favoritas es cuando describe el castillo de Barba azul, que es ni más ni menos que la abadía de Montmartre, de la siguiente manera: “Aquel castillo, que ni pertenecía a la tierra ni al agua, un lugar anfibio y misterioso, que contradecía la materialidad tanto de la tierra como de las olas, con la melancolía de una sirena que se encarama en una roca y espera, eternamente, a un amante que se ahogó lejos, muy lejos, hace mucho tiempo. Ese lugar hermoso, triste y sirénido”. Carter sabe seducir y embrujar con las palabras. (En inglés la palabra hechizo es la misma que deletrear “spell”, de donde se deduce que el lenguaje, la enunciación y la magia están íntimamente ligados). No en vano Salman Rushdie, amigo cercano de Carter, con quien compartía su gusto por lo irreal y sus experimentos con el lenguaje, le dedica su estudio sobre El mago de Oz y la llama “Primera Maga Deluxe”, Gran hechicera, reina bruja benevolente, reina de las hadas. Carter logró transformar, desacralizar una serie interminable de mitos, y aun así conservar en ellos su encanto, su misterio y su atracción. Los revitaliza gracias a su ejercicio del lenguaje.
Otras escritoras contemporáneas de Carter se han acercado también a la reescritura de los cuentos de hadas, autoras como Margaret Atwood, A.S. Byatt, Emma Donohue, Joyce Carol Oates y Anne Sexton, y la practican desde ángulos muy distintos, muchas de ellas modificando las tramas o trayéndolas al día de hoy. Mi atracción inicial hacia Carter se debió a que no eludía lo sobrenatural. Sus historias preservaban esa tradición de lo inexplicable, lo maravilloso y lo gótico que yo disfrutaba desde hacía ya tanto tiempo. En ellas aparecen vampiros, monstruos y freaks, y la magia conserva su papel esencial. Especialmente el potencial metamórfico de la magia, volviendo a la importancia de las mutaciones y de los mutantes en Carter.
“Caperucita roja” es en muchas interpretaciones y en la versión de Carter, un rito iniciático, como lo fue para mí la lectura de estos cuentos, hace ya tantos años. Antes de que mi querida maestra de la universidad, Aurora Piñeiro, me adentrara más en la obra de Carter, la primera vez que leí estas historias transformaron mi visión de la sexualidad porque en sus cuentos y novelas ésta nunca aparece disociada de la invención ni de la creatividad. La sexualidad en Carter es parte de la naturaleza, pero no de una naturaleza plana, sino una inescrutable e intrincada como el bosque nocturno. “Mi cuerpo es la morada de una libertad sin límites”, dice Fevvers, la protagonista de Nights at the Circus. La seducción tiene que ver con la inteligencia, la sabiduría y la palabra de donde el lobo, el que logra convencer con su retórica y que en la versión de Carol Ann Duffy de Caperucita roja es ya literalmente un poeta, resulta ser tan experto. La sexualidad es además otro aspecto de la curiosidad, de una curiosidad que nunca se satisface del todo, como le sucede a la protagonista de “La cámara sangrienta”, la esposa de Barba azul, cuya curiosidad la lleva al borde de la muerte hasta que la rescata ni más ni menos que su madre.
Por último, los temas sexuales en Carter vienen acompañados siempre de humor o de ironía. Cuando la piadosa abuela de “The Company of Wolves” descubre que el lobo es el lobo y no su nieta, lo describe desnudo y, parodiando el famoso “qué ojos tan grandes tienes”, no puede sino reparar en sus (cito): “genitales, enormes. ¡Ah! enormes”, dice. Se escucha a través del cuento la risa de la niña Angela y la de Caperucita casi al final de su historia. Es parte del carnaval, de la burla y la irreverencia, de un mundo que no se rige por las normas de nadie.
Salman Rushdie afirma en una sentida declaración tras la muerte de Carter que ésta encaró la muerte con bravura, que se le plantó enfrente, le pintó un dedo y la insultó diciéndole que no era más que un enano feo y asesino. Para Rushdie, Carter, quien aún no es valorada como lo que para él es, una de las mejores escritoras de habla inglesa del siglo XX, triunfó de esta manera sobre la muerte, con las armas de una bruja burlona y seductora.
Hay un cuento de Chesterton en el que un hombre extraño que viaja en tren le pide a otro un cerillo. Éste le ofrece encender su cigarro, pero el extraño le dice que no quiere el cerillo para encender ningún cigarro. Se indigna ante la incapacidad del hombre de asombrarse con aquello que de niños nos parece fascinante: la transformación fantástica de la madera en llama y ese fuego milenario que ha durado más que cualquier civilización (la historia, dice, es una procesión de antorchas). El hombre sólo quiere el cerillo para contemplar el fuego.
Leer a Angela Carter por primera vez, o volver a leer alguno de sus libros, es sorprenderse siempre y abrir la puerta a mil y un más lecturas. Siempre que leo a Angela Carter me siento como una lectora temprana.
Existe sobre la calle sexta de esta ciudad un pequeño oasis. No obstante sus dimensiones, proporciona sin cesar el oxígeno básico del melómano: música. Este espacio cumple las funciones también de un pulmón, pues permite un respiro al transeúnte; sin ir más lejos, este sitio alberga algo importante para una ciudad también de músicos: un corazón en perfectas funciones. La sístole-diástole que acompasa desde el peculiar interior del lugar al ruido del tráfico, de la gritería, de los ecos de las calles.
La primera versión de este sitio, tuvo inicio en el swap meet de la calle 10, en 1986. Un buen día Sergio Torres Esquer –coleccionista ya a sus 18 años–, decidió probar suerte con los objetos de su devoción: los discos. Colocó un aproximado de cincuenta vinilos a manera de revistero y comenzó a vender. Luego de un periplo de siete años, hasta 1992, optó por dar el siguiente gran paso: cambiar el sitio de distribución, rentar un espacio y buscar nueva audiencia para darle mayor difusión a la venta de discos usados. Fue en ese momento cuando junto a su colega de entonces, Juan Carlos Flores, mejor conocido como “El sáico” encontró el local al cual nombraron sin preámbulos: La Ciruela Eléctrica, en homenaje a la banda psicodélica norteamericana de los años sesenta The Electric Prunes.
¿Quién es el crew de La Ciruela Eléctrica? Sergio y Norma Torres –en matrimonio desde hace 23 años– melómanos per se y padres de una hija llamada Euterpe; Cipriano Carrazco Gómez y Rafael Núñez quienes sin falta han acudido a su trabajo desde 1996. Pero, ¿qué es precisamente lo que significa trabajar en un lugar de esta naturaleza? Cipriano contesta sin dudar: “Música”, al tiempo que señala su corazón.
Fotografía por Amaranta Caballero.
La característica principal de este pequeño templo es el género musical preponderante, el rock y todos sus subgéneros: garage, hard, alternativo, glam, progresivo, electrónico, groove, psicodélico, metal, folk, grunge, indie, punk y un largo etcétera. Además no falta el blues, el jazz, y una sección de música clásica. Generalmente uno puede encontrar verdaderas rarezas de culto. Hablar de los precios iguala la calidez y maravilla del oasis en mención.
Este sitio además, en algunas ocasiones ha sido punto de reunión de músicos que luego han formado bandas. Bandas que con el tiempo se han logrado posicionar en la escena musical nacional e internacional. Pero más allá de las hoy celebridades que han pisado el sitio, La Ciruela Eléctrica sabe de visitas excéntricas y melómanos sibaritas, como: el cleptómano que llegaba calzando suecos de madera, con una pequeña caja que al abrirla dejaba ver una pistola y gruesos fajos de dólares, cleptómano al fin, gozaba tomando los cassettes y ponerselos bajo el brazo mientras de soslayo veía si lo habían observado en la acción; la visita de un silente Morrissey, el cual sin emitir palabra alguna se limitó a observar y señalar a su asistente –con el índice– el vinil que quería comprar y que era precisamente uno de… Morrissey, estos salieron de la tienda, luego el asistente volvería para hacer la compra. Otros visitantes curiosos asistieron el día de apertura en 1994: el señor que vendía periódicos a la vuelta de la esquina fue el primero en acudir a felicitar y saludar; pero el segundo visitante siempre ha contado con gran reconocimiento y mención por parte del propietario de la peculiar tienda: este personaje luego de entrar, observar un rato discos y cassettes, decidió tomar uno de Ministry y darse a la fuga sin éxito, ya que fue alcanzado calles adelante. Sin embargo, Sergio asegura que esa fue “la mejor cruz”, desde entonces no han faltado clientes, visitantes, músicos, artistas y fauna en general.
Pensando que Tijuana ha sido catalogada –entre muchos otros aspectos– como la puerta de entrada del rock a México, ¿cuál es la perspectiva que desde un lugar como La Ciruela Eléctrica se puede observar? Cipriano responde: “Tijuana es una ciudad de músicos. La riqueza musical en sus habitantes es evidente.” Sergio dice: “Además es notable la herencia por el gusto de este género. Ahora vienen hijos de los clientes de hace unos años y buscan cosas específicas. Nunca me gusta recomendar. Este lugar es libre. Cada quien puede ver, buscar, entretenerse. Sólo de vez en cuando y si me preguntan o los veo muy ‘norteados’ es entonces cuando doy recomendaciones.”
Entre otras peculiaridades, una de las joyas vendidas ha sido el vinil Velvet Underground & Nico (Self-Titled LP on Verve torso cover); cuenta Sergio que unos ingleses llegaron frente a la tienda en un taxi amarillo (los del sitio de la línea), se bajaron, preguntaron por el disco, pagaron y se volvieron a subir al taxi para regresar “al otro lado”.
No obstante el éxito de la tienda entre sus conocedores y visitantes clandestinos, el auge de los viniles y cassettes se vio frente a una jugada casi al más puro estilo jaque mate entre los años 2009-2011. ¿Cuál fue la razón? El Ipod. “El download de la música vía Internet no es un problema. El problema es el objeto”, asegura Sergio. “He pasado crisis económicas, cambios de gobierno y sin embargo, el objeto es lo que determina. A la gente le gusta la música pero la moda impone cómo la escuchas. Afortunadamente 2012 volvió a ser un buen año, hasta la fecha.” Otro dato curioso, comenta Sergio: “Apenas en la última década comenzaron las mujeres a entrar a comprar discos. Antes nuestros clientes siempre eran hombres y si llegaba a entrar alguna mujer, venía acompañada de su novio. Afortunadamente eso ha cambiado”.
A punto de cumplir 20 años de aniversario La Ciruela Eléctrica es punto de referencia en Amoeba Music pero lo mejor gentil lector, es venir a Tijuana y entrar a conocerla.
Cipriano Carrasco y Sergio Torres, fotografía de Amaranta Caballero Prado.
Diana Martín. “Mirna de Ciglia, nunca en silencio”
Acuarela/Tela
Verónica Murguía, creadora de personajes femeninos atípicos dentro de la literatura mexicana actual (Auliya, la protagonista de la novela del mismo nombre, Luned, la heroína de El fuego verde y Soledad, la princesa de Loba, novela ganadora del Premio Gran Angular Internacional 2013) reflexiona aquí sobre la noción de feminidad en la literatura, así como de ciertos tópicos, expectativas y posibilidades alrededor de los libros escritos por mujeres.
Para Paloma Villegas
1) Me temo, persona quisquillosa que soy, que las definiciones comunes que intentan describir a las mujeres me irritan muchísimo. El diccionario, cuya autoridad suele parecerme imparcial, me parece insuficiente, cuando no ofensivo, en este tema. Mi Larousse, por ejemplo, me muestra en la primera acepción que las mujeres somos personas del sexo femenino. En la segunda, que mujer es quien ha llegado a la pubertad a diferencia de la niña. En la tercera, es la esposa. Y luego, la prostituta.
Una idea generalizada, aunque de escasa precisión filológica, afirma que la palabra mujer viene del latín mulier, voz relacionada con los adjetivos blando, muelle, mojado y el sustantivo molusco. Es una idea falsa (babosa, para seguir por este rumbo de lo invertebrado), pero refleja con precisión una de las opiniones más difundidas acerca de las mujeres: que somos blandas.
Esta noción, tan cara a los publicistas, a los cursis sin imaginación de ambos sexos y a los políticos, es tan absurda como afirmar que todos los hombres son duros o violentos. Pero, a pesar de su obvia cortedad sigue perpetuándose, viva y animada, en la logósfera.
También me irritan aquellos que afirman que hombres y mujeres somos iguales. Deberíamos tener igualdad de derechos y de oportunidades, pero una simple ojeada por la ventana o al espejo nos demuestra que no somos iguales. Y no sólo a simple vista: el asunto de la diferenciación es una cuestión biológica y mental muy compleja en la que intervienen factores biológicos y culturales.
No hay en nuestros cerebros fronteras y límites netamente femeninos o masculinos, y tampoco existen en nuestro carácter, por eso la tesis de la igualdad me resulta tan vana como la de la inferioridad. Lo que me parece innegable y más aún en un país como este, es la necesidad de reivindicar el feminismo y seguir ampliando los espacios vitales en los que nos movemos.
No deja de sorprenderme la forma tajante y apresurada en la que muchas mujeres se deslindan del tema. “Y, de veras, no lo digo por ser feminista; no soy feminista” afirman, casi siempre después de describir una situación de desventaja. Yo sí soy, y me parece que no necesito justificarme. Me resulta tan gratuito como explicar por qué me interesa la ecología o por qué me parece indispensable abogar por los derechos de los niños y las minorías.
2) En la literatura, los temas que se privilegian como “femeninos” siguen siendo el amor, el sexo y la maternidad. No me bastan. Es más, me parece que la reivindicación del cuerpo femenino se quedó corta: la solución a los problemas que aquejan a la mayoría de las protagonistas de las novelas escritas para mujeres es, como antes, el amor de pareja, sólo que ahora se incluyen las actividades sexuales. La exploración de lo sexual sustituyó al silencio, pero seguimos ancladas cerca de la cama, encerradas, si se quiere, en el dormitorio. Es un incordio.
La millonaria popularidad de la anodina trilogía Cincuenta sombras de Grey escrita por E. L. James es una prueba de lo que digo. Mal concebida y peor escrita, esta trilogía abunda en escenas que describen una tibia e improbable relación sadomasoquista. James retrocede antes de describir el cuerpo en su totalidad: con un lenguaje directamente tomado de la novela rosa más convencional, se le van las páginas en describir dizque poéticamente los genitales del Grey del título, mientras que la protagonista se refiere a los suyos con el pueril eufemismo “allá abajo”. Finalmente el amor triunfa en su forma domesticada: apuntalados por el dinero y el estatus, los protagonistas resuelven sus diferencias, se casan y ella, virgen al principio de la historia, lo “cura”.
Curiosamente, el enfoque opuesto, al menos como lo planteó Catherine Millet, también fracasa. Millet, una editora de prestigio, publicó en 2001 su libro autobiográfico Lavida sexual de Catherine Millet con gran éxito de ventas y reconocimiento crítico, sobre todo en Francia. La prosa, seca y puntual, lacónica como la de un diccionario de especialidades médicas, está al servicio de una larga enumeración de coitos, tríos, cuartetos, penes, bocas y todos los orificios penetrables que hay en la humana anatomía. Millet, una auténtica atleta de las orgías parisinas, confiesa que, hasta los treinta y cinco años, no disfrutó del sexo y que no concebía que una relación sexual la pudiera hacer gozar. Quizás sea esta curiosa paradoja lo que hace que el libro sea tan aburrido. Como los compañeros sexuales de Millet son anónimos y efímeros, no hay nada que conmueva o siquiera entretenga después de la veinteava descripción de una orgía. Y luego, el fracaso de la premisa del desenfreno sexual como mecanismo liberador: la parte faltante de su larga confesión desplegada el segundo libro, Celos. Resulta que Millet descubrió que su marido la engañaba y ¡sufrió mucho! Ingenuamente, afirma que le duele de forma horrorosa imaginarlo con otra. Millet descubre el hilo negro y hace que el lector se muera de aburrimiento, atosigado por las reflexiones tardías de una mujer que se vanagloriaba de la pasividad, y quizás pasividad sea la palabra clave, con la que se dejaba penetrar por quienes lo desearan.
Total, lo mismo. La virgen que cura al sadomasoquista, la mujer insaciable que descubre que el sexo no es todo y que el amor tiene espinas. Tímidas variaciones de las convenciones novelescas tradicionales, en todo caso, inferiores literariamente a Madame Bovary o al monólogo de Molly Bloom, al final del Ulises, pero, ay, redactadas por mujeres.
3) Mu Lan usaba una armadura negra de placas de bambú barnizadas con laca mágica que las volvía impenetrables. Su yelmo sólo dejaba a la vista dos ojos inteligentísimos y una boca de gesto indescifrable. Era capaz de clavar sus flechas en el corazón de los enemigos aunque estuvieran fuera del alcance de su vista y llevaba tatuadas en la espalda las ofensas que los opresores habían infligido a su gente. La espada para los combates importantes era una larga navaja tallada en un solo bloque de jade y los cascos de su infatigable caballo blanco tenían grabado el ideograma “volar”.
Era una estratega formidable. Una noche tendió una emboscada al ejército invasor y logró engañar a los guerreros atando lámparas de papel a los cuernos de un rebaño de cabras. Luego, las hizo bajar a saltos por las laderas de la montaña Mo Tien. Los enemigos, al ver las luces que se movían describiendo violentos arcos montaña abajo, huyeron, aterrorizados por lo que supusieron era un ataque de demonios. El pequeño destacamento de Mu Lan cayó sobre ellos. Los pocos sobrevivientes regresaron a contar que un gran general los había derrotado.
Ni los invasores vencidos, ni los soldados que la obedecían, sabían que Mu Lan era mujer. Y es que en la China medieval de leyenda, como en la Europa histórica —la prueba es Juana de Arco—, la mujer que se vistiera de hombre lo pagaba con la vida.
4) Soy mujer. Soy feminista. Soy escritora. Todos estos factores se influyen unos a otros, aunque ignoro en qué forma. Intuyo que ser mujer define en gran parte todo cuanto hago; no sé, sin embargo, si ser escritora y feminista me convierte en una escritora feminista. ¿Cómo sería eso? ¿Mis personajes femeninos serían superiores a los masculinos? ¿Me impondría ciertos temas? ¿Me obligaría a decir ciertas cosas? Aquí surge, naturalmente, el problema de la tradición. No hay lectora atenta que no se haya rebelado contra las imágenes proverbiales de la mujer en gran parte del canon. Pero hay autores cuya fuerza rebasa su momento: hay más vida, más gozo e inteligencia en la comadre de Bath, de Cuentos de Canterbury, que en muchas heroínas de la literatura de nuestros días, aun las creadas por mujeres. Además, el cuento que el autor le asigna es uno de los mejores. Eso no hace de Chaucer un feminista, ni del brutal siglo XIV un buen momento para las mujeres. Es la pasmosa destreza, el arte con el que Chaucer dibuja a su personaje, la verdad que contienen esos renglones redactados hace 640 años, lo que vuelve inolvidable a la comadre de Bath.
Hay estudiosas que afirman que si una mujer escribe, lo hace con una técnica ajena y en un ámbito machista —el lenguaje. Ya señalé la connotación de blandura en la misma palabra “mujer”. En el lenguaje cotidiano, femenino suele usarse como sinónimo de débil. No sé qué hacer respecto a eso. Sé qué no puedo hacer: inventar un lenguaje nuevo. El castellano, con todo y sus vestigios machistas y clasistas, me ha otorgado la libertad más soberana que conozco. Cuando me apropio del lenguaje y aprendo a usarlo para decir lo que quiero; cuando me esfuerzo por conocer la tradición para desligarme lo más que puedo del discurso machista; cuando le doy la espalda conscientemente a las formas expresivas consideradas “masculinas”, ¿no estoy ejecutando un acto feminista?
5) Me impresiona que para los griegos, que sabían tanto e intuían más, la encarnación divina de la inteligencia fuera una diosa muchacha, Atenea. Su padre, Zeus, sintió un dolor de cabeza tremendo que lo paralizó, una jaqueca sobrenatural. Esa cabeza dolorida, cubierta de rizos oscuros en los que se enroscaban los relámpagos y el trueno, de pelo que chisporroteaba con rayos azules cuando el dios se movía, se abrió y de ella surgió una joven de rostro armonioso con una lanza en la mano. La punta de la lanza, como todas las observaciones agudas, era lo que no dejaba descansar al Zeus, quien hasta que se le abrió la frente, se mesaba el pelo, desesperado.
Atenea nació joven. No tuvo niñez. Y armada ya, porque la inteligencia casi nunca está indefensa. Ni Hermes el astuto e ingenioso, ni Apolo el dios de la armonía y las artes, son representaciones de la inteligencia pura. Es ella, Atenea.
6) En el epílogo del libro Qué es el Estado el filólogo y clasicista Agustín García Calvo (1926-2012) escribió una arenga dirigida a las mujeres. Es un texto brioso, que exige a las mujeres que no terminemos de asimilarnos a los hombres, al Estado, a la Patria, al Orden. Que no nos dejemos encerrar en las categorías creadas para definirnos, la Amante, la Madre, la Esposa, el Ama de Casa. Apela a eso, a esa parte secreta que no está codificada, para romper con las rejas de lo establecido.
Coincido con él en lo fundamental. Yo no sé qué es lo femenino, dónde comienza y si termina en lo masculino, cuya definición, aunque ventajosa, es, también, profundamente limitada.
Pero sí sé que lo que se me ha enseñado hasta ahora, los espacios, aficiones y conductas que se han señalado como femeninos, no me bastan. Sé lo que no soy. Y no soy solamente lo que he aprendido que debo ser.