Tierra Adentro
Fotografía: Bob Schalkwijk. Cortesía: Antiguo Colegio de San Ildefonso.

[…] ojos claros, cabello rizoso y oscuramente rubio, fina tez con saludables colores de altiplanicie, algo nórdico en el ensueño de la mirada y otro poco de mediterráneo en la pasión de la palabra y la estampa apolínea, llovido de cielo y mexicano de la tierra, prodigioso injerto de lo mejor de fuera y lo mejor de dentro, arquetipo de la élite joven de entonces y de la madura de nuestros días. Tímido, o más bien ya refrenado, con explosiones pronto suavizadas por la mucha y la mejor lectura, inteligencia penetrante hasta la duda y sensibilidad doliente hasta la desolación, espontáneo y confidencial en la entrega de su corazón y en seguida torturado y distante hasta la hosquedad […]

 

La descripción resulta inspirada. Proviene de Don Pedro de Alba y su tiempo (Editorial Cultura, 1962), de Andrés Iduarte, que recoge conversaciones y anécdotas como profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, la más prestigiosa del país a comienzos del siglo XX. Se refiere a un joven que en 1930, a los dieciséis años, habría de mostrar su devoción y compromiso con la palabra a través de su obra: Octavio Paz.

Un año antes, los acontecimientos políticos habían marcado la vida de la sociedad mexicana. Los estudiantes universitarios paralizaron los colegios y facultades de la Ciudad de México; luchaban por la autonomía de su casa de estudios y la obtuvieron hacia finales de julio.

La figura de José Vasconcelos —“maestro de la juventud de América”— era el eje sobre cual se movían las aspiraciones juveniles del país. Después de su labor al frente de la Secretaría de Educación Pública y de su auto exilio en Estados Unidos durante 1925, había regresado a México para emprender una campaña electoral con miras a la presidencia de la República. Muchos de los jóvenes que habían luchado por la autonomía universitaria se encontraban entre sus partidarios. Sin embargo, en los comicios electorales de noviembre gana Pascual Ortiz Rubio. Los jóvenes adeptos de Vasconcelos repudiaron los resultados en numerosos actos de protesta.

Paz siguió todos esos sucesos con interés y atención, pero no participó en la huelga estudiantil ni en la campaña vasconcelista, aunque alguna vez marchó por las calles gritando “vivas” en su favor.

Era muy joven. Todo eso ocurría un año antes de que él entrara a la preparatoria. En la preparatoria cambia. Crece rápidamente. Brilla por sus lecturas y su inteligencia. Y empieza a darse a conocer como poeta.

Con un grupo de condiscípulos funda, al amparo de los murales revolucionarios del antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, pintados por Diego Rivera y Clemente Orozco, una revista: Barandal. Sus editores son Rafael López Malo, Arnulfo Martínez Lavalle, Octavio Paz y Salvador Toscano. Se les conocía como Los Barandales. Cada uno tenía su propia personalidad y cualidades, también compartían ciertas coincidencias: todos tenían una herencia literaria familiar.

Salvador Toscano, hijo de un ingeniero constructor de caminos y precursor de la producción y exhibición de cine en México, era de cabello negro y corto, de cara seria y mirada viril. Acostumbraba intervenir en disputas y actos políticos, además de ser un estudioso de la Revolución mexicana, la arqueología y el arte; provenía de un hogar culto, si nos remitimos al testimonio de Iduarte.

Su hermana Carmen, un par de años mayor que él, había publicado un libro de poemas titulado Trazo incompleto, y en el otoño de 1941 saldría a la luz su revista Rueca, según cuenta Rafael Solana.

De cabello rubio y tez rojiza, Rafael López Malo —según la descripción de Iduarte—, era inteligente y emotivo, de finas maneras y buen discurso, cualidades que lo perfilaron hacia la línea jurídica y social. Iduarte dice que “su pasión contra la injusticia organizada era ardiente y a la vez severa, sin perdón para los satisfechos ni para los blandos, sin cuartel para los ricos ni para los claudicantes”. Fue hijo de Rafael López, poeta y autor de “La bestia de oro”, un poema célebre y memorizado entre los jóvenes de la época.

A propósito de López Malo, el director de la Preparatoria en ese entonces, Don Pedro de Alba, suplicó alguna vez al maestro Iduarte:

—No me lo precipite a Rafaelito, Andrés, sino deténgamelo… No cree mucho en mí porque por mi amistad con su papá y mi trato con toda su familia, me ha visto en pantunflas [sic], conoce mis defectos, y no me hace caso. De ese muchacho volcánico ocúpese usted solito.

También el padre de Arnulfo Martínez Lavalle, Miguel Martínez Rendón, estaba dedicado a la vida literaria. Era miembro del Bloque de Obreros Intelectuales (BOI), redactor de la revista Crisol, partidario de la literatura y el arte comprometidos y, por lo tanto, enemigos de los Contemporáneos. Fue, además, quien se empeñó en sacar el primer número de Barandal, aunque estuvo muy lejos de verse como el protector de la nueva generación, pues los Contemporáneos fungieron como consejeros desde un principio, especialmente Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo.

Al lado de los fundadores de Barandal, también destacaron como colaboradores Enrique Ramírez y Ramírez, Raúl Vega Córdoba y José Alvarado.

Ramírez y Ramírez era de contextura delgada, bajo de estatura, de facciones finas y pálido, ojos penetrantes, hondos y quietos. Solía usar una cachucha gris hasta las negras cejas; era capaz de expresarse en público con disciplina y ponderación, como refiere Iduarte en su testimonio.

Vega Córdoba era de cabellera lacia y larga, de ojos vivaces y maliciosos, y bigotillo desperdigado y casi invisible; su cuerpo se desmadejaba de tan flaco y elástico. Era rebelde y constantemente polemizaba sobre política. Lanzaba discursos y desencadenaba grandes trifulcas que llegaban a las clases y corredores de la Preparatoria, y al final terminaba con una carcajada sarcástica y caricaturesca.

José Alvarado era un joven espigado, de tez rojiza y cabello negro ensortijado. Tenía una mirada alegre y una mente lúcida que se distinguía por poseer una posición firme y una valiente actitud de denuncia y protesta, según relata Raúl Rangel Frías en “José Alvarado, el joven de Monterrey” (en Luces de la ciudad, UANL, 1978). Talentoso y precoz, a los quince años Alvarado ya había publicado cuentos en la Revista Estudiantil en su natal Nuevo León.

Octavio Paz tuvo contacto con la literatura desde muy temprana edad. Su padre y su abuelo se dedicaron al periodismo político, aunque cada uno con su propia visión, pues la Revolución mexicana los situó en bandos opuestos. De adolescente, ayudaba a su padre copiando a máquina artículos o textos que trataban de la Revolución mexicana, y también textos escritos por placer, a veces desde un punto de vista literario. Alrededor de los doce años descubre la gran biblioteca de su abuelo, que será en adelante su habitación predilecta y a la que tendrá acceso sin el menor reparo.

Aun con estas coincidencias entre los Barandales, la figura de Octavio Paz sobresalía entre ellos. Según la opinión del director de la Preparatoria, don Pedro de Alba, en el joven Paz se distinguía a un poeta que trataba de encontrarse a sí mismo y descubrir su propio camino.

Otro aspecto fundamental es la formación intelectual del grupo, delimitada por sus preferencias literarias. Por la revista Contemporáneos se enteran de las novedades literarias extranjeras y descubren la poesía moderna; las traducciones de poetas norteamericanos, franceses e ingleses les permiten ampliar su mundo literario. Para Paz fue determinante la lectura del poema “La tierra baldía” de T. S. Eliot (en traducción de Enrique Murguía) y “Anábasis” de Saint John-Perse (traducido por Octavio G. Barreda); así como “El matrimonio del cielo y el infierno”, de William Blake en traducción de Xavier Villaurritia. Además, en un número especial dedicado a la poesía moderna, conocen a otros poetas hispanoamericanos como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.

Los Barandales gozaban de un acervo literario diverso y variable, pues herederos de la “curiosidad universal” de los Contemporáneos, reciben con entusiasmo la Antología de la poesía española (1915-1931). Como lo comenta el mismo Octavio Paz en una entrevista (revista Letras Libres No 7, julio, 1999): “Fue una aventura, la devoramos todos nosotros y también la antología de Contemporáneos”. Dirigida por Gerardo Diego incluía a los poetas de la generación del 27: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, García Lorca, Rafael Alberti, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Vicente Aleixandre; también a los hermanos Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Moreno Villa, Fernando Villalón y Juan Larrea. A diferencia de esta antología que “no es en modo alguno un alarde de grupo, una demostración intransigente de escuela”, como Gerardo Diego afirma en el prólogo. Por otra parte, los Barandales también leyeron con ánimo la antología publicada por sus antecesores. En 1928 —casi al mismo tiempo que salía a la luz el primer número de su revista— los Contemporáneos publican la Antología de la poesía mexicana, que fue duramente criticada por excluir a poetas de renombre e incluir a los mismos redactores de su revista.

En este contexto literario y cultural, la revista Barandal empieza a circular de forma regular en agosto de 1931 y hasta marzo de 1932. Su título tenía que ver con los corredores de la Preparatoria y porque los jóvenes apoyaban en esta publicación sus discusiones y lecturas, según relata Ortiz de Montellano (recogido por Salvador Novo en La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho). Tuvo un tiraje de siete números y cada ejemplar era de entre dieciséis y veinticuatro páginas, sin contar los suplementos. Costaba veintiocho centavos y la suscripción a seis números, un peso.

La revista Contemporáneos le da la bienvenida a Barandal, en su número 39 del mes de agosto, en la sección “Motivos”, en una nota firmada por Bernardo Ortiz de Montellano, donde anuncia:

Nueva Revista Mexicana

En sus cuatro años de existencia, “Contemporáneos” se ha visto confortada con la aparición de algunas revistas de principios semejantes a los nuestros. Primero, “Bandera de Provincias” y “Campo”, ahora, “Barandal”, apoyo de una generación próxima y cercana —cuatro nombres: Octavio Paz, Rafael López M., Salvador Toscano y A. Martínez Lavalle— que con buen gusto y seguridad inteligente inician la obra de eso que nuestro aislamiento llama una generación.

Este es el bautizo literario de Barandal y la presentación oficial de sus fundadores como grupo. En la cita anterior resulta claro que los Contemporáneos consideran a Barandal con principios semejantes a los suyos mas no iguales, pues esta revista hereda algunos aspectos de sus antecesores y, sin embargo, llegan a formular sus propias dudas e interrogantes acerca de la literatura que se produce en ese momento.

La revista fue bien recibida por los jóvenes estudiantes de la Preparatoria. Rafael Solana, quien pertenecía a la generación de estudiantes que venía detrás, recordaría años después (recogido en Las revistas literarias de México, 1ª serie, INBA, p. 87) la acogida de Barandal entre sus compañeros: 

Nos quedamos paralizados de admiración, de estupor, cuando un amigo a quien tuteábamos, un compañero de la escuela secundaria [sic], Octavio Paz, sacó la suya, en agosto. Era una revista pequeña, de poco cuerpo, pero limpia, joven, nueva. Todo en ella nos parecía fresco. Y ver el nombre de uno de nosotros mismos, casi, de Octavio, que era apenas, escolarmente, un año mayor, nos deslumbraba, pues parecía poner al alcance de nuestras manos los sueños más caros. Octavio se había reunido con otros jóvenes de su mismo año, y se acercaba un poco a los que eran mayores que él; pero jamás dirigió una mirada hacia abajo, hacia nosotros los que le parecíamos, un año menores que él, niños.

Sin embargo, Octavio Paz también recordaría más tarde que el primer número de Barandal provocó un gran escándalo en la preparatoria por su “tono beligerante”. La revista se refería en tono sarcástico y burlón a maestros y personajes consagrados de la literatura. El profesor de este grupo de jóvenes, Andrés Iduarte, recuerda una conversación con el director de la preparatoria (recogido en Don Pedro de Alba y su tiempo):

Me decía don Pedro:—A Octavio, a Salvador, a Rafaelito, a Vega y a todos los de primero no les pida usted que escriban sus reconocimientos… Nomás converse con ellos, vea lo que estudian, lean juntos… Eso no sólo es justo, sino atinado, porque, al fin y al cabo, harán siempre lo que quieren. Y hay que dejarlos porque valdrá mucho cuanto se les ocurra…—A éste (a Octavio), no lo molesten para nada, Andrés. Que hoy nos quiera y mañana nos deje de querer, no importa: tendrá sus razones ocultas, las ocultas razones que nosotros no entendemos. Va a ser un gran escritor y cuanto quiera ser. ¿Ha visto el último Barandal?

Las críticas, sarcasmos e ironías que causaron tanto revuelo de comentarios provenían de la sección “Notas”. En el número 1 de Barandal se refieren al filósofo Antonio Caso —que en esta época el director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional— con el siguiente comentario:

No nos explicamos esa coquetería de ciertos filósofos que se atreven a publicar un libro de versos, sin otra cualidad que un academismo aplastante. Decididamente el ejemplo de Unamuno fue funesto en México. (p. 32)

Era evidente que esta clase de comentarios no pasarían inadvertidos ante los profesores. Sin embargo, y a pesar del escándalo, a lo largo de los siete números siguen atacando continuamente a los escritores veteranos, en el número 2 se lee:

Francisco Monterde García Icazbalceta —es un solo nombre— acaba de publicar una “Antología de Poetas y Prosistas Hispanoamericanos”, en la que no se digna a considerar a México. Lo felicitamos sinceramente ya que esta forma nos absolvió de la lectura de un “Oro Negro”, que resultó ser cobre. (p. 59)

Francisco Monterde es uno de los escritores pertenecientes al grupo formado por Julio Jiménez Rueda, Genaro Estrada y Jesús T. Acevedo entre otros, llamado Colonialismo y que funcionó de 1917 a 1926. El enfado por parte de los fundadores de Barandal es obvio, la exclusión de poetas y prosistas mexicanos es una negligencia inadmisible, que bien podría significar que el autor no considera a ningún poeta mexicano merecedor de ser incluido en la antología.

La siguiente nota aparece en el número 2 y es una defensa ante el ataque del escritor Baltasar Dromundo a la nueva generación:

Baltazar [sic] Dromundo (no te engañes, lector, no nos referimos al rey mago), Baltazar [sic] Dromundo “encaramado en su pedestal” se asomó a lanzar piedras al tejado de las generaciones que lo predecen [sic], hosanas [sic] a su generación y ataques rabiosos a una generación que aún no rinde sus frutos. Tenía razón Jules Renard: “De boca de los viejos sólo salen frases históricas”. (p. 23)

Los continuos ataques de los Barandales contra los grupos que les antecedían fueron característicos de su generación. Les servían para atraer la atención de los más viejos, lo cual ofrecía un incentivo muy fuerte. La revista Barandal obtiene el reconocimiento de los Contemporáneos, que además de colaborar en ella también la apoyan económicamente.

Octavio Paz comentaría tiempo después en una entrevista: “Carlos Pellicer exaltó la revista, le parecía magnífica. Novo y Villaurrutia nos llamaron porque querían colaborar. Ellos nos animaron mucho”.

El apoyo de los Contemporáneos hacia los jóvenes editores fue más que evidente al aceptar su invitación para participar en la revista con un suplemento. Aunque los jóvenes insistían en no compartir los ideales literarios de sus antecesores, no podían negar que al mismo tiempo los admiraban. Eran conscientes de que había que hacer una publicación de calidad y la participación de poetas más experimentados y de renombre le daría a la revista un matiz más controvertido, ya que se unían de esta manera diversos puntos de vista literarios en una sola publicación dando lugar al debate y la diversidad de opiniones.

En el número 3 se publica el primer suplemento cuyo autor es el profesor Carlos Pellicer, se titula “5 Poemas” y contiene: “Retórica del paisaje” y dos “estudios”, uno de los cuales incluía tres poemas; el primero fue escrito un año antes y los otros cuatro en 1931. En el siguiente número sale el segundo suplemento, que incluye fragmentos de una novela de Salvador Novo titulada Lota de Loco y que, al parecer, nunca completó. El tercer suplemento es el de Xavier Villaurrutia titulado “Dos nocturnos”. Fue una edición especialmente diseñada por el mismo Villaurrutia, pues fue él quien decidió que los forros de la plaquette fuesen del papel con que se cubren los muros de las habitaciones, de color verde y oro sobre fondo negro: “Más que una confesión, una definición […] colores nocturnos como su poesía”. Lo anterior son las palabras de Octavio Paz en Xavier Villaurrutia en persona y en obra.

No hay que olvidar que la participación de los Contemporáneos en los suplementos es lo que le suma valor literario a Barandal, pues, aunque los redactores tenían talento, eran desconocidos y con poca experiencia literaria. Además, la publicación de una revista no solamente permite que la nueva generación entre en contacto con los poetas y críticos de la época —En Xavier Villaurrutia…, Paz escribiría que estos “primeros encuentros con Villaurrutia fueron superficiales y no los recordaría si no hubiese sido el principio de un trato más frecuente”—, sino que a partir de esto los sitúa e integra, poco a poco, como una comunidad literaria.

Destaca a lo largo de Barandal una postura grupal subversiva en contra de las vanguardias, especialmente contra los Estridentistas y los Contemporáneos y, de forma general, a los escritores y poetas que les anteceden. Resulta evidente que hay una urgencia por posicionarse ideológicamente en el ámbito literario. Algunos de los colaboradores de Barandal no perdieron oportunidad para dejar claro este rechazo.

En el número 7 de Barandal, en su ensayo “Fuga de valores” dice Salvador Toscano:

Estamos enfermos de modernidad, nos ahogan los ismos […] el arte que estamos viviendo: el surrealismo freudiano de Breton, el falso platonismo de Gide, el dadaísmo de Tzara o el futurismo de Marinetti, todas las escuelas literarias corren bajo nuestra inquisitiva mirada.

Hay que señalar la clara contradicción en la que estaban inmersos los jóvenes editores, pues por una parte Toscano se quejaban de los “ismos” y, por otra, en el primero habían publicado, ingenuamente, el texto “Estética de los avisos luminosos”, de Marinetti, lo cual resulta un poco extravagante, pues el Futurismo había terminado hacia 1916. Toscano prosigue en su ensayo:

De España leíamos, del pensamiento más radical y más inteligente que escribió [sic] sobre la vanguardia en la encuesta de la Gaceta Literaria, afirmaban en casi su totalidad que la vanguardia es una posición, una postura; no un arte, como en México quieren indicar los orientados. Bergamín, Giménez Caballero, Rosa Chacel, Moreno Villa, etcétera, sostenían que la vanguardia no tiene postulados. “Juzgo bien a la vanguardia, dice Moreno Villa, la considero beneficiosa por lo que irrita a la mediocridad, a la beocia, a la sensatez, a la banalidad y al snobismo [sic]”. Así como pretendemos nosotros a la vanguardia, como un gesto de rebeldía, pero nunca como una escuela.

Rafael López Malo hace una crítica sin reparo alguno hacia un autor más reconocido. Con un título de entrada desolador: “Desolación en el último libro de Renato Leduc”, el joven arremete contra la novela Los Banquetes en el número 7:

Después de leer “Los Banquetes”, quasinovela, nos queda la amargura en los labios. […] Parece que el autor se propuso ver todo a través de la intrascendencia. Después de su lectura quedamos deseosos de algo más firme, de alguna verdad.

En el texto “Anecdotario de un muerto”, escrito por Arnulfo Martínez Lavalle en el número 1 de Barandal, resulta obvio que el autor conoce bien al grupo Estridentista y sus particularidades al poner al maquinismo contra el romanticismo: “Mi compañero es un reaccionario. Aborrece el comunismo; el maquinismo (lo tacha de complicado) el amor libre (lo tacha de simple), le encanta Marte, la Luna, etcétera”. Más adelante los tiene por un grupo acabado: “En la tierra sólo viven los viejos y una familia que se dice estridentista”.

A lo largo de los siete números de Barandal, Enrique Ramírez y Ramírez participa con tres colaboraciones. De ellas destaca “La soledad en el mundo nuevo” en el que contrapone la idea de soledad en el hombre contra la imposición de un mundo de estructura colectivista. Raúl Vega Córdoba también tiene tres participaciones, una de ellas “Notas de juventud”, un texto que trata sobre cómo se ha asumido el tema de la Revolución entre los jóvenes. José Alvarado participa solamente con una colaboración en el último número de la revista. Su “Colocación sin colores” aborda el ámbito de la fotografía y el cine; temas que serán recurrentes en el trabajo periodístico de este autor. Sin afán de arriesgarse, al contrario de sus compañeros, elude el tono beligerante y agresivo.

Es Octavio Paz quien participa en el número 5 de Barandal con un texto que en el cual se asoman ya las ideas que marcarían su obra futura. Antes de abordar “Ética del artista”, es preciso considerar el contexto político y cultural. Con todo, y pese a su propósito de negar el pasado, la existencia de otros grupos provoca que los integrantes de Barandal se sitúen a favor o en contra. Es decir, les obliga cuestionarse sobre diversos aspectos literarios y decidir seguirlos o no. Un año después del fin del movimiento Estridentista en 1928, aparecen los Agoristas, que tuvieron su origen “en el estudio de las condiciones de intensa lucha social que predominaban en el mundo y se desarrollaban en México.” Los Agoristas se definían como una “intelectualidad expansiva en dirección a las masas”. (Ambas citas son de José María Benítez en Las revistas literarias de México, 1ª serie, INBA, México, 1963, p.152) Con este movimiento se empieza a difundir la idea del arte comprometido, ya que su interés central fue que sus particulares realizaran literatura y arte de contenido social para ponerlo al servicio de las mayorías trabajadoras.

Con la desaparición de los Estridentistas y los Agoristas, surge como continuador de sus ideas el Bloque de Obreros Intelectuales (BOI) que para difundir sus postulados crea la revista Crisol. Este organismo se propone, a través de su publicación, definir y esclarecer la ideología de la revolución respecto a la literatura: discutir o señalar problemas de interés nacional o internacional. Sobre todo, dan preferencia a los estudios sociales, políticos y económicos, sin olvidar otras ciencias y las bellas artes. (Benítez, p. 152)

Es así como se comienzan a difundir en México con más intencionalidad la práctica de una literatura y un arte comprometidos, que estarán en oposición con el arte puro, característico del grupo Contemporáneos. En 1931, en México, se funda otro organismo que se sitúa en favor de la literatura y arte comprometidos socialmente: el muralista David Alfaro Siqueiros, los pintores Pablo O´Higgins y Leopoldo Méndez y el escritor Juan de la Cabada crean la asociación Lucha Intelectual Proletaria (LIP) y su publicación Llamado, que sólo llegó a publicar un número. Su portada mostraba una mano que tira de un silbato de fábrica; también se organizan exposiciones pictóricas, por ejemplo la que se lleva a cabo en el Casino Español a cargo de Siqueiros. Para los fundadores de Barandal la aparición de estos grupos y el ambiente de la época contribuyen a que se formulen la siguiente pregunta: ¿Arte revolucionario o arte puro? Sobre las ideas que se manejaban en aquella época, Paz comentó en 1991:

Entre los poetas que leíamos con pasión en aquellos días [poco antes de los años treinta] estaban Paul Valéry y Juan Ramón Jiménez. Aunque sus ideas acerca de la “poesía pura” eran distintas y aun opuestas, ambas condenaban a la poesía ideológica y el arte de tesis. Pero hacia 1930 nos enteramos de que varios artistas más jóvenes y de talento habían abrazado con entusiasmo la poesía revolucionaria. […] Nos impresionó mucho la actitud de Auden, Spender y otros ingleses. Algunos intentaban superar la oposición entre revelación y revolución; André Breton, por ejemplo, afirmaba que, por sí misma, la revelación poética era revolucionaria. Todas estas ideas y posiciones nos llegaban de una manera confusa y fragmentaria. (Octavio Paz. “La casa de la persistencia”, Ínsula, núms. 532-533, p. 55)

Las ideas de Paz oscilaban entre estas dos posturas y, para definir su posición, escribe su primer ensayo titulado “Ética del artista”. Él mismo llegará a confesar más tarde que no sabía con claridad lo que realmente quería y pensaba cuando lo escribió:

Por una parte, admiraba a los poetas de la generación anterior —el grupo de la revista Contemporáneos, defensores de la poesía pura; por otra, sentía nostalgia por el arte de las grandes épocas que identificaba, por influencia de mis lecturas alemanas, con un arte y una poesía integradas en la sociedad: la polis clásica o la Iglesia de la alta Edad Media. (Ínsula, p. 55)

En el número cinco de Barandal, Paz propone en su ensayo las siguientes cuestiones:

¿El artista debe tener una doctrina completa —religiosa, política, etcétera— dentro de la que debe enmarcar su obra?, ¿o debe, simplemente, sujetarse a las leyes de la creación estética, desatendiéndose de cualquier problema?¿Arte de tesis o arte puro? (Ínsula, p. 55)

Comparando las características del arte de tesis y del arte puro, Paz hace el siguiente razonamiento: el arte puro está sujeto a las leyes de creación estética, el artista debe ser simplemente artista y la obra de arte sólo arte; mientras que el arte de tesis “pone toda su vida y su potencia al servicio de motivos extra artísticos. Motivos religiosos, políticos o simplemente doctrinarios, como el surrealismo” (Ínsula, p. 149) para el arte puro: “El arte no es juego. Ni política. Ni economía. Ni bondad. Es solamente arte”. (p. 148) Considerando la función del artista, con respecto al arte puro,

No existe ningún problema ético y humano que lo agite, en cuanto se relacione con su oficio y su vida como tal, a no ser aquellos que se refieren a los de su arte en particular y los problemas internos que él suscite, como el de las formas o el de la técnica. (Ínsula, p. 148)

Por el contrario, a los artistas partidarios del arte de tesis no les importa el “mérito técnico de su obra, sino el impulso de elevación y de eternidad que ella posea”. Mientras que en la práctica del arte puro el hombre “pierde toda relación con el mundo” y su arte es individualista por ser intimista, en el arte de tesis la obra es colectivista, ya que reúne bajo una misma postura política, religiosa, etcétera, a varios artistas.

Un aspecto importante del arte de tesis es la trascendencia de la obra en el tiempo, en tanto que puede tomar un carácter histórico; por el contrario, en el arte puro el hombre pierde todo sentido de humanidad trascendente porque le interesa lo que es exclusivamente artístico. Entiéndase que el arte comprometido o de tesis no abarca el llamado “arte de propaganda”.

En principio podría considerarse a “Ética del artista” como un manifiesto colectivo (sin embargo, al optar por un arte comprometido al servicio de una ideología o doctrina que lo pone en una posición subversiva ante el grupo de turno, los Contemporáneos), es evidente que la trascendencia de la obra en el tiempo y el espacio requiere de un poeta comprometido, precisamente, con trabajar en el desarrollo de una propuesta poética que abra las posibilidades de creación y cree nuevos referentes. Y de los Barandales sólo el joven Octavio estaba ya dispuesto a realizar su obra en esta línea.

Barandal fue la búsqueda de una posición que enmarcara al grupo de jóvenes dentro de la comunidad y los distinguiera de los grupos literarios que los antecedían. Definirse ante la diversidad de posturas requiere una maduración de ideas y conceptos, y colaborar en una revista permite a los Barandales entrar de lleno en un espacio de ejercicio. Además, las revistas son un recurso utilizado para darse a conocer y para estos estudiantes anónimos resultó el medio más idóneo para dar a conocer sus primeras creaciones.

En una primera impresión podría afirmarse que Barandal fue una revista con personalidad grupal: no había un director, sino un grupo de editores que promovieron su publicación. Sin embargo, resulta evidente que Octavio Paz actuó como el líder del grupo; además, mientras los otros colaboradores de la revista tomaron rumbos muy diversos, el joven Octavio fue fiel a su vocación como poeta, ensayista y editor de revistas. López Malo y Martínez Lavalle se dedicaron a la abogacía, Toscano también hizo carrera como abogado, antropólogo y crítico de arte, y José Alvarado se dedicó al periodismo. Como apunta Rafael Solana: “la generación de Barandal se extinguió, literariamente, como su efímera revista. Sólo habría un superviviente: Octavio Paz”. Hoy podríamos imaginar sin esfuerzo la figura solitaria y firme de un joven Paz de dieciséis años en San Ildefonso, recargado en el barandal del último piso, contemplando el mundo, reflexionando sobre el hombre, escribiendo.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey. Es egresada de la carrera de Letras Españolas por el ITESM, y de la Universidad de Navarra (Pamplona, España) en donde se doctoró en Ciencias de la Información. Ha publicado en Revista de Humanidades del ITESM y La Gaceta del FCE. Ha impartido las materias de Literatura Latinoamericana y Semiótica Aplicada. También ha estudiado Artes visuales (UANL). En su vida profesional alterna la pluma y el pincel.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

No es lo mismo que las pasiones agiten

los cuerpos que las sombras.

Las siluetas tienen ausencia de complejos.

R.L.M

Rafael López Malo encabeza en la lista a los otros tres editores de Barandal: Octavio Paz Lozano, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. Aunque los cuatros estaban atados desde su genealogía con la literatura por ser hijos de hogares cultos o de escritores, el primero tenía detrás el prestigio y la sombra de su padre, el guanajuatense Rafael López, amigo de Salvador Díaz Mirón. “Será gente de bien”, pensaban las familias de los estudiantes posrevolucionarios: serían los ingenieros y los hombres de leyes del país. Mientras, ellos escribían versos, notas y comentaban las filosofías de la época. También visitaban poetas. Cuenta Guillermo Sheridan que Salvador Novo le dio su carácter tipográfico a la publicación que sin duda era juvenil, fresca, balbuceante. Con ella habían pasado de la discusión interminable en el barandal del patio central de San Ildefonso al tiraje de cien ejemplares, y así a las primeras letras impresas: Paz Lozano, de diecisiete años, entregaría su primer ensayo “Ética del artista” para el número cinco. Barandal incluía apuntes sobre el arte de su época, opiniones políticas, reseñas de libros, retratos, burlas, relatos, poesía. De sobrio diseño, las páginas llegaron a verse animadas en un suplemento por la pintura de Manuel Rodríguez Lozano.

Dice el mismo Paz que la revista era de “tono beligerante”: Andrés Iduarte, que escribiría después las semblanzas de esos preparatorianos, recuerda que era una de las más ágiles de esos tiempos.  Los propios avisos de Barandal nos anuncian la cercanía con la brillante generación previa, la que tomaría el nombre de su revista Contemporáneos. Su perfil estético y político, sin embargo, tardaría en definirse. Con un ojo en Rilke y otro en Stalin, la personalidad de los colaboradores la volvía, por lo menos, ecléctica.  Acompañando al ensayo de Paz encontramos en el número de diciembre de 1931 “Tres poemas” de López Malo. José Luis Martínez los considera “hermosos”, yo los encuentro  medianos o malos. Podría salvarse “Límite”:

Por una estrofa ajena a tu persona,

por un alto huracán, que acariciaban tus manos,

por unas alas de oro, clavadas con poemas,

por todos los ojos abandonados a tu alrededor,

quizá por tu perfil guerrero y desorientado,

o por el uniforme polar de tus dientes,

Te encontré perdida

entre tantas y tantas figuras apagadas.

Aunque publicaría otros textos de intención poética, incluso en la revista posterior Cuadernos del Valle de México, Rafael López Malo era más perceptivo como articulista que como hacedor de versos, y tal vez por ello abandonó ese ejercicio pronto. En el número de septiembre de 1933, el primero de Cuadernos del Valle de México firmó “Un fantasma recorre el mundo”, con sabor de manifiesto, en el que declara su admiración por Rafael Alberti –y Maiakovski—, que bien puede ser la postura del grupo, que se debatía entre el arte puro y las simpatías comunistas. Declara: “Hemos encontrado [en Alberti] una poesía objetiva, una poesía del tiempo, una poesía que puede llamarse sin menoscabo, revolucionaria”.  Pero esa beligerancia no parece haber pasado a su propia obra poética. Resulta interesante, sin embargo, descubrir esas resonancias en Paz, sobre todo en el maduro.

López Malo era sin duda perspicaz. En sus notas sobre “Teatro y cine” ya prevé el impacto cinematográfico sobre la imaginación y la sensibilidad contemporáneas:

El cine es el Ulises de Homero. El teatro es el Dedalus de Joyce. El primero gira en un plano de sensaciones. El segundo, en uno imaginativo, de introspección. Viaja el Ulises clásico por todas las islas y los mares intangibles, como viajan nuestros sentidos en el cine por los contornos, por los volúmenes, por las orquestas. Dedalus viaja también, pero por laberintos de su conciencia. En el teatro, nosotros nos remontamos igualmente al universo de nuestro interior.  Ulises contaba con naves que lo llevaron por lugares nunca vistos. En el cine, con la fotografía, nos transportamos también a lugares inusitados. Dedalus, sin naves, se encierra en sí mismo. El teatro, sin el vuelo que alcanza la variación del punto de vista, desarrolla las encrucijadas del espíritu.

En este mismo texto del número 6 de Barandal llama la atención sobre Chaplin, y en el siguiente enfila su crítica a Renato Leduc. Poco más sabemos de López Malo, editor, articulista, poeta. Su amistad con Octavio Paz y su generosidad también lo rescatan del olvido.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad Madero, Tamaulipas, 1983) es crítico literario. Ha publicado ensayo y traducciones del portugués en diarios, revistas y suplementos culturales de México e Iberoamérica. Es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (UTEL Paso/Eón) y autor de Minuta, Apuntes y versiones (2007) y En una castaña: Poesía brasileña del siglo XX (2008).
Reproducción de la portada de la primera edición de Luna silvestre, 1933.

Octavio Paz estaba a seis meses de cumplir dieciocho años de edad cuando se publicó Luna Silvestre, su primer libro —el único que firmó con sus apellidos paterno y materno: Paz Lozano— fue impreso en septiembre de 1933, según reza el colofón, que especifica: “Miguel N. Lira y el maestro don Fidel Guerrero imprimieron esta Fábula”.

Apenas un mes antes el poeta Miguel N. Lira había fundado, valido de una pequeña prensa de mano que adquirió en los portales de la Plaza de Santo Domingo (en el centro de la Ciudad de México) el sello editorial Fábula, Paz y Xavier Villaurrutia (con Nocturnos) fueron sus primeros autores.

Quizá no sea descabellado conjeturar que Villaurrutia presentó a Octavio Paz con Lira, aunque no existe indicio alguno de ello. En todo caso, cuando se le solicitó que evocara a Lira, Paz respondió:

Conocí a Miguel N. Lira cuando yo era muy joven; él era un poco mayor.Yo estudiaba en la Universidad, en la Escuela Nacional Preparatoria en San Ildefonso, y teníamos una pequeña revista, en la cual publiqué algunos poemas.

Lira, que era un hombre muy atento, leyó la revista; le gustaron algunas de mis cosas, y un año después, en 1933 (¡Imagínese usted! Hace ya más de… medio siglo) se le ocurrió publicar una plaquette, un pequeño libro mío, que se llama Luna Silvestre, con siete breves poemas; fue mi primera publicación. Lira hizo un trabajo de edición muy bonito.

No tuvo la menor nota, no se publicó ningún comentario; pero sí fue comentada por algunos amigos; era una edición limitada.

Lira es notable en la historia de la poesía mexicana, porque trató de asimilar las corrientes poéticas modernas al corrido, e hizo algunos poemas como corridos; pero también era editor; como editor hizo ediciones muy hermosas, de modo que tengo un recuerdo muy grato, de este hombre, generoso y cordial: un poeta de verdad.

En efecto, como recuerda Paz, no hay comentario alguno en la prensa de la época que refiera la publicación del libro (tal vez, entre otras razones posibles, porque su tiraje sólo fue de 75 ejemplares), aunque sí hay una noticia de su aparición que se vuelve especialmente importante por la falta de otros ecos. Es el escueto registro que hace Alfonso Reyes en el número XXX de su Correo de Monterrey, en noviembre de 1933.

Con un tamaño de 12 x 14 centímetros, Luna silvestre tiene 36 páginas entre las que se distribuyen las siete partes del poema:

 

1. “Como te recobre poesía…”

2. “En los azules ámbitos tu azul…”

3. “Con qué nombre llamarte…”

4. “Amor, jamás mi boca había tu nombre deseado…”

5. “De entre el silencio, tus palabras…”

6. “Qué móvil y que inmóvil, amada…”

7. “Amor, en soledad de estrellas,…”

 

“Los temas principales —escribe el poeta y crítico literario argentino Alfredo Roggiano—, la poesía, el amor, la mujer, se entretejen en unos románticos versos juveniles, donde hallamos ligeras resonancias de Juan Ramón Jiménez, Heinrich Heine y Rainer María Rilke. Aunque Octavio Paz asegura que en aquel entonces todavía no había leído los versos de Juan Ramón, el primer poema de Luna  silvestre toca y supera el mismo tema que escuchamos en la voz argentina del bardo andaluz que había llegado al cenit de su influencia en esos años.”[1]

Por suerte, Miguel N. Lira conservó los originales del pequeño libro. Siete páginas a las que el tiempo ha dado una pátina dorada. Cinco están mecanografiadas; dos, manuscritas. ¿Acaso Octavio Paz no disponía en esa época de una máquina de escribir propia? La familia, ciertamente, sufría algunas estrecheces económicas. ¿O se trata, quizá, de cambios realizados a última hora —ya no fue posible pasar otra vez todos los poemas en limpio; hubo que correr a la casa de Lira para entregarle la nueva versión en propia mano?

Resulta conmovedor tener a la vista —así sea a través de copias— las páginas a partir de las cuales Lira hizo la hermosa plaquette que conocemos hoy. El original se encuentra en el Museo Miguel N. Lira, en Tlaxcala, cuyo director, el escritor Rafael García Sánchez, ha tenido la extraordinaria generosidad de fotografiar para la elaboración de este número. A él también debemos el testimonio de Octavio Paz sobre Lira, grabado en el curso de una conversación radiofónica realizada en 1992.

 

 

[1] Alfredo A. Roggiano, Octavio Paz, p. 57. Editorial Fundamentos, Madrid, 1979.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es poeta, traductor y ensayista. Entre los autores que ha traducido al español se encuentran Charles Simic, Ezra Pound, Malcolm Lowry, Charles Lamb y John Berryman. Es autor de Conversaciones, Pienso en el poema y Se ama tanto al mundo.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

No estoy tan de acuerdo con lo que se afirma al declarar que la generación de Barandal “se extinguió como su efímera revista” y que “sólo habría un superviviente: Octavio Paz”. Es verdad que los alcances literarios del Nobel mexicano son inigualables, pero no puede desestimarse la labor que realizó a lo largo de su vida Julio Prieto, hombre de teatro.

Julio Prieto nació en la Ciudad de México el 29 de diciembre de 1912. Ilustrador y escenográfo, señalan pertinentemente las biografías disponibles.

La parte de ilustrador le vino desde la infancia. Hijo del pintor Valerio Prieto, acompañaba al padre a sus excursiones paisajísticas. Por imitación o quizá herencia fue que se interesó inicialmente en el dibujo. Su padre, junto con Francisco Díaz de León asesoró a Gabriel Fernández Ledesma en la creación de la revista Forma. En ese ambiente de efervescencia creadora creció Julio Prieto. Al inicio de los años treinta Prieto se inscribió para estudiar arquitectura en la Academia de San Carlos. Ahí conoció a los artistas de su generación. Participa en Barandal dando a conocer sus primeros y, quizás, únicos poemas. Y un óleo. Los números iniciales de tal revista no priorizan las artes plásticas. Su padre muere atropellado y Julio tiene que abandonar la carrera, trabajar. Como grabador y litógrafo, realizó viñetas en El Maestro Rural y en Tierra Nueva, esta última con Alí Chumacero; así como las portadas de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. El mismo Agustín Yáñez promovió la primera exposición de grabados de Julio Prieto.

Sin embargo, es fundamental enfocarse en Julio Prieto, escenógrafo. Siendo apenas un niño coloca un letrero dantesco a la entrada del cuarto de sus hermanas. La inscripción, naturalmente, decía: “Abandonad toda esperanza los que aquí entráis…” Quizá me aventure en afirmar que en esta sencilla y cándida travesura nace en Julio Prieto la inquietud de crear espacios. Espacios teatrales. Inquietud que posteriormente encontró dulce alimento en las tertulias hogareñas del grupo Ulises; formado, entre otros, por Villaurrutia y Salvador Novo. Consiguiéndole trabajos, Agustín Lazo y Julio Castellanos lo influyen a que se meta de lleno al teatro. Su primer montaje escenográfico fue en Vuelta a la Tierra de Miguel N. Lira en el Teatro Abreu. Así da inicio una carrera que involucra cientos de obras de teatro, todas las que uno pueda imaginar en una labor de 42 años dedicados a la escenografía.

Dos citas de Salvador Novo:

Cuando en 1947 se funda el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y con ello la necesidad de formar un teatro nacional, Novo dijo: “Había que hacerlo todo”. Es decir: “formar dramaturgos, actores, directores, escenógrafos y sembrar en el público el gusto por el teatro”.

La segunda cita es: “Ya hay teatro en México”.

Como un time lapse entre una sentencia y otra, está la empeñosa labor de Julio Prieto. Alejandro Luna la describe así: “En su trabajo vemos cómo la cámara negra (vacío simbólico) o el ciclorama (infinito continuo) como representación del universo desplazan a los fondos pintado […] La síntesis expresiva sustituye a la proliferación de detalles sin jerarquía. El actor adquiere volumen y espacio táctil a su alrededor, lo pictórico se vuelve escultura dinámica, la iluminación deja de ser alumbrado para empezar a ser lenguaje […] La escenografía deja de ser decoración […]”.

Julio Prieto recomienda añadir la carrera de Escenógrafo en la Escuela de Arte Dramático, donde sólo existían las carreras de Actor y Director. Trabaja en televisión, innovando con sus escenografías hechas con gis. Diseñó, junto con su hermano Alejandro, las instalaciones del Teatro de los Insurgentes, del Teatro Jiménez Rueda y del Teatro Ferrocarrilero. En los años sesenta, gracias al Patronato del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), crea teatros populares, los popularmente llamados en aquel entonces “Teatros del Seguro”. Aquel ubicado en la calle de Xola en la Ciudad de México hoy en día lleva su nombre. “Sus especificaciones influyeron enormemente en los proyectos de otros arquitectos, al grado de volverse la plantilla de lo que debería ser un teatro”, dice Luna. Participó en la innovación museográfica del Museo de Antropología e Historia y fue director de espectáculos en los Juegos Olímpicos de 1968.

Julio Prieto, el ser humano “era enérgico, hasta duro, pero siempre razonable”, cuenta Guillermo Barclay. Fue uno de los expedicionarios de Bonampak. Vestía como leñador canadiense. Antes de las funciones de estreno, él mismo barría todo el escenario como parte de una superstición. En una ocasión le regaló una torta a un borracho que se quedó dormido en una de sus escenografías y despertó asustadísimo sin saber dónde demonios estaba. Iluminó magistralmente a Coatlicue, resaltando sus terribles relieves. Le ponía motes a sus automóviles: Nave Cuauhtémoc I, Nave Cuauhtémoc II y así hasta llegar a Nave Cuauhtémoc V. Murió a los 64 años.

Reitero: no puede desestimarse la obra de Julio Prieto.

Para los que conocemos poco —o casi nada— acerca de Teatro, una vez aparecen los actores asumimos que el destino de la escenografía es desparecer, o al menos dejar de llamar la atención. Quizá por ello la labor de un creador como Julio Prieto se mantiene así: vedada, oculta, olvidada. Aprovechemos el año de Octavio Paz para celebrar a la par a sus coetáneos.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1980) ha publicado el libro de cuentos El demonio perfecto (BUAP, 2008), las novelas Balas en los ojos (Ediciones B-Zeta bolsillo, 2011) y El siglo de las mujeres (Ediciones B, 2012). Fue ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí con el libro Perros sin nombre. Es autor de Niños tristes (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013).
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

El adolescente Rafael Solana (1915-1992) camina por San Idelfonso. Es un año menor que Octavio Paz y el grupo que publica Barandal. Ve admirado y con fascinación una revista de los muchachos de su edad. En sus palabras, se queda paralizado de admiración y estupor cuando Paz, amigo a quien tuteaba, publicó la revista: pequeña, de poco cuerpo, limpia, joven y, sobre todo, fresca. Confiesa que se deslumbró por la publicación: Paz, López Malo, Toscano y Martínez Lavalle pusieron al alcance de la generación siguiente sus sueños más caros.[1]

Solana nunca formó parte del grupo en la primera aventura editorial de Octavio Paz. Fue, eso sí, un lector privilegiado de “Ética del artista”, quizá el mejor de la camada que intuyó las semillas de El arco y la lira y Piedra de Sol. Solana, sin duda, discutió con los Barandales de San Ildefonso los temas de la revista, ayudó a planear sus protestas y se acercó también a las muchachas con la revista bajo el brazo (eran jóvenes).

Oriundo de Veracruz, Solana ejerce el periodismo a los 14 años y entra a la Escuela Nacional Preparatoria donde el destino y el azar selectivo lo convierten en compañero de pasillos, aulas y conversaciones de Octavio Paz, Efraín Huerta y José Maximiliano Revueltas, quien ya se había sacudido el Maximiliano.

Jóvenes autodenominados “de izquierda”, tenían hambre de palabras, de discutir ideas, de comentar lo hecho por los Contemporáneos. Así, con la revista entre las manos, la impaciencia y el ánimo revoltoso de Solana hicieron pronto amistad con la crítica voz de los Barandales, interlocutores ideales y compañeros de parranda. Juntos hicieron enojar a sus profesores y a las autoridades escolares y, más de una vez, se dirigieron a la Procuraduría de Justicia para solicitar una entrevista con el Procurador, Emilio Portes Gil, para exigir, una vez más, la libertad de José Revueltas. Pero no fue lo más arrojado que realizaron juntos: Taller poético, revista fundada en 1936 por Solana, fue la primera descendiente indirecta de Barandal (sin Paz al frente). En sus sólo cuatro números había una inquietud por dar cabida a la producción poética del momento.

En 1938, Taller Poético desaparece para dar paso a Taller, publicación en la que Solana reunió a Octavio Paz, Efraín Huerta y Alberto Álvarez Quintero como responsables, y no sólo se dedicaría a la poesía. A los avatares de Barandal, Taller y Taller poético se agrega la experiencia de Cuadernos del Valle de México y Hora de España, donde colaboraron creadores del exilio español. Nuevas plumas se suman a las del principio y el espacio se fortalece con las voces que prodiga la presencia de autores del mundo: Eliot  traducido por Usigli (fervoroso de Alfred Prufrock), celebrado por Paz como traducción memorable.

Lejos ya de su labor juvenil de editor, Solana fue crítico de teatro, cronista taurino (bajo el seudónimo José Cándido), dramaturgo, novelista y poeta. Su importancia es innegable. Pilar de la cultura mexicana, figura de la generación del Medio Siglo, promotor cultural ejemplar.

De aquella primera generación con Octavio Paz, desdibujada, Rafael Solana sobrevivió más allá de sus hazañas juveniles. En él se mezclan las esencias de Barandal y de Taller, donde difundió y promovió autores sin descuidar su obra propia. Solana vio, admirado, a un Paz capaz de materializar proyectos. En personas con esa voluntad descansa la tradición literaria en México, conjunciones y disyunciones con autores de distintas generaciones. En este centenario paciano, Solana perdura como legado vivo de los pasillos de San Ildefonso, en esa conversación que se prolonga.

 

 

 


[1] Rafael Solana, “Barandal, Taller Poético, Taller, Tierra Nueva” en Las revistas literarias de México, INBA, México, 1963.


Autores
(Nezahualcóyotl, 1990) fue editor de la revista Tierra Adentro.
(Juchitán, Oaxaca). Es poeta, ensayista y editor. Becario de Jóvenes Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Oaxaca 2003 y 2010. Ha sido antologado en el libro Tres ventanas a la literatura oaxaqueña actual, así como en Los mejores poemas mexicanos (Editorial Planeta-flm, 2006). Es autor de los libros Oaxaca, la de los siete moles (2005) y Contiene material inefable (Ediciones Comité Melendre, 2006). Fue editor de la revista Tierra Adentro.

Una de las aficiones más divertidas que adquirí en la infancia fue leer minificciones. Mi abuelo materno Alfonso Prado Soto, anticronista de la ciudad, escritor memorioso, colector de historias, humorista negrísimo, especialista en árboles genealógicos y de oficio abogado, tuvo a bien un día prestarme una de las revistas otrora editada por don Edmundo Valadés, la famosa El Cuento, revista de Imaginación. Con ella me inicié en el gusto por la lectura de cuentos, relatos breves y minificciones, así como de la manufactura del diseño de viñetas. ¡Cuántas cosas aparecían en esa fabulosa revista! Las cartas de la audiencia, las respuestas del editor, los textos, las portadas, los dibujos e incluso los anuncios eran sorprendentes y sobre todo: divertidos.

Con el tiempo, la adicción era tal que comencé a escribir minis y relatos brevísimos. En fin, un divertimento que hoy en día agradezco. Sin siquiera sospecharlo, he tenido la suerte de participar en algunos proyectos y libros editados por especialistas en el tema: Javier Perucho, Marcial Fernández y José Manuel Ortiz Soto. Trabajar con ellos siempre ha sido un placer.

En esta nota presento un set de minificciones, algunas de ellas ya publicadas. Gentil y amable lector (a), pase usted y sin más, diviértase:

 

Telarañas

Sin pensar y sin querer, cada tercer día, comencé a recolectar arañas; debajo de la cama, detrás de las puertas, en las esquinas del techo del baño, bajo las cajas de papeles y libros, en la distancia que existe a veces entre las macetas. Busqué también atrás de los muebles pesados: roperos, libreros, cómodas. Tus pupilas. Cada vez que encontré una la bañé, la vestí, la maquillé, la perfumé, le cepillé el cabello, le di de beber un poco de café y le conté mis mejores historias. ¿Quieres saber qué obtuve a cambio?

 

Filosofía postcolonial

Luego de dos accidentes casi fatales: pérdida del oído en una oreja y fractura múltiple en la pierna izquierda, una vida entera de sufrimiento y trabajo, el viejo minero ríe porque ya sabe que sí se puede estar absolutamente solo.

 

Evil live

La chica más guapa, inteligente, sensible, audaz y divertida del mundo tiene una pata de cabra y otra de gallo.

 

La muerte de

El día en que las notas de pie de página iniciaron la estampida, murieron juntos el libro y el autor. Yo lectora, doy fe.

 

Poiesis

Hubo un griego que demoró en escribir versos, sin embargo abrió una pollería. Murió pobre.

 

La historia real

No fue precisamente un acto de fe la salvación de Jonás. Profeta al fin, sabía que las ballenas además de alérgicas a las algas marinas son ateas.

 

Lux interior

Siendo los peces abisales estudiosos de la filosofía oriental, de la tecnología de punta, así como del género musical denominado garage punk, esta noche anunciaron al público el título de su próximo libro.

Entre árboles y aves

Era tal su estridencia que entre el maple, el arce y el guajolote decidieron llamarlo: Manuel.

 

Papelería

Los hachazos fueron varios. No descansó hasta talar el último lápiz que antes fue árbol.

 

Sobre el Big Bang & el Little Pum

Ahora que vivo por mis fronteras, me alegra saber que cierto personaje aún no ha sido reclamado por los extraterrestres. La abducción aún no se concreta. Por medio del lenguaje de los delfines puedo volver a comunicarme con él. En alusión-alucinógena-alienígena a su mafufa teoría del Universo Fusilhawkingniana (según la cual el Universo en el que vivimos se está desarrollando dentro de un hoyo negro muerto) proclamo y confieso que en completo estado de conciencia pilotearé la Nave Nodriza con toda una comunidad abordo para desentrañar un poco de la carne podrida de nuestra Madre Galaxia, donde ‒embriones apenas‒ nadamos felices en la expansión de La Nada.

Ojalá no seamos parte del Legrado Universal, ni tampoco muramos ahogados en el algodón cósmico de un kótex galáctico.

 

El tiempo empaquetado

Mientras caminaba por las calles de un país vecino, me topé con varias cajas sobre la banqueta. Cajas medianas, rectangulares, de cartón café acumuladas unas sobre otras. Una de las cajas develaba el misterioso contenido. Decía en letras negras, grandes, mayúsculas y minúsculas trazadas por mano humana la palabra: Kronos.

Supe entonces que si me llevaba una de tales cajas tendría tiempo asegurado para después de la muerte. Supe también que ni Oscar Wilde hubiera imaginado esto para su Dorian Grey. Supe que el tiempo venía empaquetado en pequeños sobrecitos y que podría ser soluble, con sabores y listo para disolverse en agua. Se me antojó prepararme bebidas de tiempo incomprensible, tiempo improbable, tiempo invaluable, tiempo inamovible, tiempo imparable. Haciendo algunas mezclas podría obtener incuso bebidas con efecto déjà vu. En esas andaba cuando me robé al Tiempo en un segundo y lo guardé convertido en su imagen: una fotografía.

 

P. D.: Siempre pensé que los primeros en vendernos el tiempo empaquetado serían los japoneses, no los gabachos. Me equivoqué.

 

Revelación

Al borde del suicidio estaba cuando lo pensó mejor: ella, como la postmodernidad, tan sólo era un proyecto inacabado. Oronda, salió chiflando a dar un paseo para inspirarse.

 

Fulminante

El ataque comenzó de la nada. Tomó unos segundos para que se llevaran las manos al estómago. Iniciaron las convulsiones. A los dos minutos ella y él, entre lágrimas y gesticulaciones, hipaban. No pudieron más. La risa acabó con ellos.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Las asociaciones mentales suelen ser extrañas. Suena Agent Cooper, el nuevo disco de la española Russian Red, y no puedo dejar de pensar en El extranjero, la espléndida novela del francés Albert Camus en la que su protagonista provoca la cólera e indignación de la sociedad francesa de la postguerra, debido a que comete “la infamia” de no llorar ante la noticia de que su madre ha muerto. La burguesía gala casi podía entender y justificar que alguien maté a un árabe con un pretexto nimio, pero jamás la indolencia ante el fallecimiento de la progenitora.

Trato de convencerme de que lo que ronda por mi mente es el tema de lo imperdonable. Y entonces voy hacia las condiciones y exigencias del pop más comercial. Pareciera que una obligación de sus personajes es poseer una belleza singular. No se puede llegar a lo más alto sin un físico superlativo. Luego llega el momento de contrastar esos modos con los usos y costumbres del mundo indie. Allí pareciera que la belleza fuera un demerito y un estorbo a la hora de aquilatar el talento de aquellos que pertenecen a tal circuito.

Agent Cooper (Octubre, 2014) es –y por mucho‒ el mejor disco en la carrera de esta sílfide posmoderna, pero creo que será juzgado con severidad –sobre todo por sus compatriotas‒ porque no le perdonan que sea una singer-songwriter inserta en el indie más comercial y que además sea notablemente hermosa. Por si fuera poco, dan visos de que hasta les parece mal que aunque de cuna hispanoparlante haya conseguido eliminar el acento a la hora de cantar con elegancia y suficiencia.

Por si fuera poco, la chica se marchó a Los Ángeles para registrar su trabajo más rockero a la fecha y con un robusto acompañamiento de grupo completo.  Muchos deberían aplaudir sus desplantes y ese alejamiento del cliché de cantante de folk que limita las posibilidades estilísticas. Ella sabe sorprender con regates inesperados; para Fuerteventura (2011), su disco pasado, fue a Escocia a grabarlo con el productor Stevie J y la ayuda de algunos de los miembros de Belle & Sebastian.

Lourdes Hernández ‒su nombre de pila‒ sabe cómo ir por todas las canicas; pero de nada hubiera bastado tener ahora de su lado a alguien como Joe Chiccarelli, acostumbrado a sentarse detrás de la consola lo mismo para Morrissey y The White Stripes que para U2 y The Shins, si lo que valiera, antes que otra cosa, no fuera el cancionero a defender. Russian escribió 10 temas dedicados a un igual número de figuras masculinas que le han dejado huella y en el periplo dio con algunas de las mejores piezas que se le han escuchado al día de hoy.

Agent Cooper es un disco lleno de épica y sentimentalismo, con un guiño rocker por haber sido grabado en los estudios Sunset y mezclado por Mark Needhan (Fleetwood Mac, Bloc Party), para culminar la ambiciosa estrategia dejando a  Emily Lazar, colaborador de Vampire Weekend, Björk y David Bowie en la masterización.

Y es que no hay tiempo para especulaciones. Abre con “Michael P.” desatando la magia. Un sonido más eléctrico, con bases percutivas algo ochenteras que soportan perfectamente a las melodías y la línea vocal. Ella canta con naturalidad y suena renovada; la conocíamos apegada al buen folk pero esto si es darle un vuelo total a la hilacha –como dijeran las abuelas.

¿Y cómo podría sonar forzado cuando es una revisión al catálogo de distintos hombres de su vida? Todos tenemos un amor adolescente y colegial al que dedicarle un arrebato enteramente romántico; en “John Michael”, el resabio de aquellos años le lleva a increparle con total desmesura: de tu estúpido encanto, de tu estúpida voz”.

Alguna vez nos emocionamos con The Bangles, The Cars y ‒duele aceptarlo‒ con Chris Isaac. Esas pasiones ochenteras son difíciles de explicar ‒hasta Morrisey sufre por ello‒ pero le quedan muy bien a Russian Red; ¿será que su subyugante belleza nos vuelve débiles? ¿Será qué podemos emitir un juicio respetable sin unir esa música a un cuerpo?

Las canciones se defienden por sí solas. “Casper” es un estupendo sencillo por su juego melódico, su cambio de ritmo, pero sobre todo, por la manera de cantar de Lourdes. La dama supo escoger bien a los hombres de su vida. Desde la figura de Neruda, como un poeta toral, o el fantasma de “…Xavier” –quizá otro de sus enamorados.

Agent Cooper es un disco que nos hace pensar en lo bien que ha asimilado las lecciones impartidas por Cat Power –mucho le debe en cuanto a sonido‒, aunque ella hubiera preferido ser discípula de una PJ Harvey –más fiera, más guerrera. Se trata de un disco en el que soplan aires desatados de renovación; un afortunado cambio de rumbo en el que también cabe una pieza dedicada, nada menos, que al líder de los Arctic Monkeys. “Alex T.” demuestra que las ninfas también crean su propia mitología y pueden susurrar anhelantes: “eres una estrella… ¿algún día serás mío?”.

La chica ha crecido, la artista se mueve a plenitud, incluso con un título que hace referencia a uno de los personajes de la serie Twin Peaks, surgida de la torva y siniestra mente de David Lynch. La televisión también le aportó algún fetiche sexual. En fin, que ha dado con una impecable decena de canciones con las que no cuesta imaginarla al volante de un descapotable y recorriendo las largas avenidas angelinas poniéndole un poco de savoir faire sexy al rock and roll.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Fotografía por Eugenia Montalván.

Durango, 12 de marzo de 2014. Las anécdotas alrededor del mundo del cine hecho en Durango dan para un libro: por ejemplo, el abuelo de una amiga de un amigo de Andrés Meraz Salas, hijo de mi amiga Paty, ¡le dio hospedaje a Bob Dylan en su casa! ¡Wow! Bob Dylan viajó por nuestras carreteras, contempló el sol que aquí admiramos, madrugó bajo las mismas estrellas de los noctámbulos y, además, dice la leyenda que bajo la implacable luz lunar refulgente en este cielo compuso: Knockin’ On Heaven’s Door. ¿Será? ¡Sí! Dudarlo me resta puntos en la durangueneidad, término que le escuché por primera vez al propio Andrés esta mañana. Lo cierto es que Bob Dylan, ahora me entero, no sólo compuso el soundrack de la película Pat Garret and Billy the Kid, rodada aquí y estrenada en 1973, sino que también actuó en ella. Y gracias a Youtube es posible ver algunas imágenes:

Bob Dylan sublima el cine al estilo del lejano oeste: duelos, cielos rojos, adobes, carretas, campesinos desamparados, trotamundos valientes, hombres buenos, malos, feos y guapos… mujeres, sed y alcohol. ¿Dónde conseguimos esta obra? Aquí, según mis indagaciones, no hay quien la tenga, y es indispensable programarla en el ciclo Movieland que todos los martes proyecta la Cineteca.

Movieland es casi como sinónimo de Durango; este ciclo al que me refiero presenta exclusivamente películas filmadas aquí, ya sea completas o cuando menos una parte, y me parece muy loable esta propuesta del director de programación de la cineteca, Miguel Ángel Orona, para quien resulta indispensable que el público tenga el placer de ver los extraordinarios escenarios naturales del estado, magnificados en las producciones hollywoodenses: ¡de agasajo! Pero nos urgen espectadores, pues en la última de las tres funciones de ayer, por ejemplo, aparte de mí, sólo llegó un fisgón, quien –luego me enteré–nada más fue a inspeccionar las nuevas instalaciones de la cineteca. Según él.

Anoche vi Revenge (La Revancha) bajo una dulce advertencia en la taquilla: “es una película muy bonita”. ¡Ok! ¿Y qué la hace bonita –al menos desde la perspectiva de la boletera? Pues que los tres personajes principales viven al borde de la muerte a cambio de ver culminada su máxima pasión: el amor. Dirigida por Tony Scott y protagonizada por Kevin Costner, Anthony Quinn y Madeleine Stowe, es esencialmente romántica, pero con su natural toque de violencia encarnada en sangrientas acuchilladas y apoteósicas balaceras.

Luego de platicar con Miguel Ángel Orona supe que el objetivo de los Martes de Movieland es “rescatar y poner a la disposición del público las mejores cintas que se han filmado en Durango, de todos los géneros, sobre todo porque aquí vienen muchos chavitos que no tuvieron la posibilidad de verlas, ya que son muy difíciles de conseguir, y aparte aquí las tienen en pantalla grande”. En efecto, se nota orgulloso al ofrecer una alternativa real para que veamos este tipo de cine.

La noticia que quiero resaltar  y comentar es que este año Durango celebra los 60 años de la primera producción norteamericana realizada en nuestras tierras: White Feather (Pluma Blanca), “distribuida en México con el nombre de La ley del Bravo”, según la ficha informativa que presenta Antonio Avitia Hernández en La leyenda de Movieland Historia del cine en el estado de Durango (1897 – 2004), un libro publicado originalmente en 2006, y que es difícil de conseguir, sólo que hoy tuve suerte y lo hallé en la Librería Vargas, ubicada en la calle Zaragoza, a unos pasos de la Avenida 20 de noviembre, en el Centro Histórica; de hecho, era el último ejemplar en existencia.

Entonces, ojeando el libro, intento recapacitar en el inmenso haber cinematográfico que tenemos y que, sin embargo, prácticamente no conocemos, aun tratándose de películas mexicanas, como las de Juan Antonio de la Riva, realizador duranguense al que se refirió Christian Sida-Valenzuela, director adjunto del Nuevo Festival de Nuevo Cine Mexicano de Durango, en su columna “Reborujo” (El Siglo de Durango, 10 de marzo). De la Riva, nos guste o no, es un referente contemporáneo por: “Polvo vencedor del sol”, “Vidas errantes”, “Pueblo de madera”, “El gavilán de la sierra” y “Érase una vez en Durango”, que no se encuentran a la venta en ninguna parte. Y si me preguntan, yo solamente he visto “Pueblo de madera”. Pero desde luego a los duranguenses nos fascina el cine, y a algunos nos emociona especialmente aquel en el que identificamos escenarios, personajes, momentos históricos y, por supuesto, nuestro impoluto y resplandeciente cielo, del que gracias al cine o simplemente a la capacidad de ver, casi todos tenemos consciencia, y hoy lo constaté platicando con un grupo de estudiantes de octavo semestre de la licenciatura en Ciencias y técnicas de la comunicación (UNID). Diana Villarreal lo dijo claramente: “No existe un cielo más bonito que el de Durango”. Ella lo dice porque “por metiche” se acercó a ayudar en el rodaje de “La verdad sospechosa”, de Luis Estrada con Damián Alcázar como protagonista (abril del año pasado). Y sabe, por lo tanto, que los directores privilegian “estar en el centro y encontrar arquitectura colonial de cierto tipo; a media hora, un río, y a una hora, la Sierra, cascadas, pinos y escenarios muy diferentes en un sólo estado”.

Pero para seguir con las anécdotas, Bertha Rivera, maestra de periodismo y editora independiente, me cuenta que Lee J. Cobb, ganador del Oscar en dos ocasiones, estuvo en Durango filmando la película Macho Callahan a finales de los años sesenta. Ella era muy chiquita, casi no se acuerda, pero sí hace cara de “guácala” cuando menciona que el perro grande y lanudo del actor dejó sus pelos por toda la casa… Sin embargo, ella también me informa que la calle principal de Chupaderos, un set cinematográfico rodeado de montañas restaurado recientemente (se puede ir en taxi desde el centro de la ciudad y el viaje no cuesta más de 60 pesos), donde se recrea –a nivel de fachadas– un pueblo del lejano oeste con su hotel, iglesia, almacenes, casas, estación de policía, bar, tienda de ropa, etcétera, lleva el nombre de Howard debido a una familia de Texas con ese apellido que vino a hacer cine: “era un gringo y mi padre le hizo su rancho”.

En su libro, Avitia Hernández habla de otro gringo, éste mucho más famoso, que también vivió en Durango y construyó sus propios sets cinematográficos: John Wayne, artista estelar que definitivamente se impregnó del paisaje y el paisaje de él, a tal grado que aún asombra el brío con el que corre en su caballo por los cerros de Chupaderos, desde donde desciende a galope para abrir las puertas de una cantina de par en par, a unos pasos del patíbulo.

En el capítulo “El salvaje y barato oeste durangueño”, el historiador Avitia Hernández presenta una larga lista de películas tipo western realizadas por los norteamericanos y los “chili westerns”, que es la adaptación del género por compañías productoras mexicanas. Pero más que enumerarlas por ahora es preciso saber que de 1954 a 2009 suman 156, aunque la última que menciona es Bandidas (2004), con Penélope Cruz y Salma Hayek, una coproducción de Francia, México y Estados Unidos, dirigida por Joachim Roenning, por supuesto más famosa que muchas, ¿quizá por tratarse de heroínas de calibre femenino?

Pero en fin, esta nota es la antesala al libro que reseñaré la próxima semana: Durango. Filmes de la Tierra del Cine, motivo de un evento fastuoso reciente que, sin embargo, tuvo poca trascendencia por lo mismo: el volumen aún no se encuentra en las librerías de la ciudad, así que mientras ese objeto del deseo llega a mis manos me contento con volver a ver a Dylan en actitud Dylan en Movieland.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.