Tierra Adentro

Si bien la obra de cualquier artista no está separada de su ideología hay casos en los que ésta se vuelve más elocuente. Sea por un ejercicio estético, una declaración política manifiesta o por la época y contexto en el que dicha obra se desarrolla. En la música de Shostakóvich ocurren todas estas cosas y su séptima sinfonía, Leningrado, es uno de los mejores ejemplos.

Dmitri fue aceptado en el Conservatorio de Petrogrado a la edad de trece años, donde estudió composición. Seis años después, su primera sinfonía fue presentada para acreditar esta materia. La obra fue inmediatamente reconocida como una obra maestra. Shostakóvich tenía diecinueve años de edad. Sus siguientes dos sinfonías fueron recibidas con igual atención en Europa; ambas explícitamente políticas: Para octubre, que conmemoraba la revolución de 1917 y El primero de mayo, conmemorando el día internacional de los trabajadores.

También desde sus composiciones más tempranas, Shostakóvich dejó manifiesta su habilidad para la sátira. En 1930 compuso una ópera basada en el cuento “La nariz” de Gogol (una nariz que un día se harta de su dueño y escapa mientras el hombre intenta convencerla de que vuelva). A esta ópera siguió Lady Macbeth de Mtsensk (1934), la cual se convirtió en un éxito inmediato en Leningrado y Moscú. Sin embargo este éxito sería el inicio de un largo camino entre aplausos y amenazas de Stalin.

Stalin acudió a ver Lady Macbeth de Mtsensk el 26 de enero de 1936 y se retiró al terminar el tercer acto de los cuatro que conforman dicha obra. Dos días después apareció una crítica negativa de la ópera en el periódico Pravda (el diario de mayor difusión después de la revolución de 1917); en ella se decía que la obra carecía de melodía, que tenía un carácter formalista y que era inmoral. Pocos días después apareció otra crítica negativa en el mismo periódico acerca de El arroyo claro, un ballet compuesto por Shostakóvich y que también Stalin había ido a ver al teatro Bolshoi. A partir de entonces Shostakóvich recibió la etiqueta de “enemigo del pueblo” y eso habría significado la muerte, la prisión o desaparición inmediata para más de un artista. Sin embargo, el hecho de que Shostakóvich fuera músico (los músicos eran menos perseguidos que los escritores) y que fuera tan talentoso, lo salvaron de algunas de estas cosas.

En 1937, la quinta sinfonía de Shostakóvich resultó un éxito rotundo. Uno de los críticos de Stalin “reconoció” en esta obra una respuesta positiva a la crítica justa que anteriormente se le había hecho al compositor. En 1942, con la aparición de su séptima sinfonía, Shostakóvich logró mantener el favor de la crítica soviética por algunos años más hasta que otras de sus sinfonías como la octava y la novena resultaron complejas para la crítica por su carácter oscuro y lúdico respectivamente. Ante esta complejidad, el Estado prefirió la censura y renovó la persecución en contra del compositor. En 1948 se abrió un juicio encabezado por Andrei Zhdanov, el esbirro de Stalin en asuntos culturales (Prokofiev estaba también como acusado en ese juicio). Shostakóvich fue obligado a “confesar” su arrepentimiento por haber compuesto música formalista y atacó a Prokofiev y a Stravinsky por componer música contraria al pueblo y a la revolución.

Shostakóvich comenzó a componer su séptima sinfonía el 15 de julio de 1941 y la terminó el 27 de diciembre del mismo año en Kuibyshev, adonde fue enviado junto con su familia. Esta sinfonía se estrenó en marzo de 1942 en Kuibyshev con la Orquesta del Teatro de Bolshoi bajo la batuta de Samuil Abramovitch Samosud, todos ellos también refugiados ahí.

Para el momento de la composición de esta obra, Hitler llevaba ya poco más de un año de haber invadido la Unión Soviética. Leningrado se encontraba sitiada por el ejército alemán y la única vía de abastecimiento era a través de una parte del Ladoga, el lago que entonces estaba congelado. Cerca de una tercera parte de la población de Leningrado murió a consecuencia de este sitio por los bombardeos, los incendios, el frío, el hambre y las enfermedades. De acuerdo con lo expresado en el libro Testimonio. Las memorias de Dmitri Shostakóvich de Solomon Volkov, el compositor había declarado que esta sinfonía no podía considerarse como una respuesta a la invasión alemana. En palabras del propio Shostakóvich:

Siento un dolor eterno por quienes murieron por órdenes de Hitler, pero también por aquellos que murieron bajo las órdenes de Stalin […] no tengo nada en contra de que a mi séptima sinfonía se le llame Leningrado, pero no es una obra acerca del sitio de la ciudad sino sobre el Leningrado que Stalin destruyó y que Hitler sólo terminó de aniquilar.

Sin embargo, el manuscrito de la obra está fechado y si bien el autor pudo tener algunas ideas previas al sitio de la ciudad, no hay duda de que la composición como tal ocurrió durante el mismo, en julio de 1941, cuando el ejército alemán se posicionaba en las afueras de Leningrado mientras los finlandeses avanzaban rápidamente desde el norte.

Para el otoño siguiente, los alemanes ya habían penetrado cerca de 240 kilómetros dentro de Moscú y hacia el sur ya habían llegado al Mar Negro. El gobierno soviético había comenzado la evacuación de algunos miembros del ámbito artístico y cultural (compañías de teatro y danza, escritores y orquestas de música, entre otros). Shostakóvich quería permanecer en Leningrado, pero fue evacuado junto con Nina, su esposa, y sus dos hijos: Galina (de 5) y Maxim (de 3). Primero fueron llevados a Moscú y después a Kuibyshev, una ciudad industrial que fue declarada la capital temporal de la Unión Soviética debido a la ocupación alemana. En el mismo tren en el que fueron transportados los Shostakóvich iban también los compositores Vissarion Shebalin, Dmitri Kabalevsky, el violinista David Oistrakh, el cineasta Sergei Eisenstein y el escritor Ilya Ehrenburg, entre otros.

Fuera de la Unión Soviética fue Henry J. Wood quien realizó la primera interpretación de esta sinfonía como parte de un ciclo de los Conciertos de Paseo (Promenade Concerts, ahora conocidos como BBC Proms) en el Queen’s Hall de Londres. El concierto tuvo un gran impacto, ya que un año antes esta sala de conciertos había sido destruida por un bombardeo alemán. En Estados Unidos, la Orquesta de la NBC (National Broadcasting Company, entonces co-dirigida por Leopold Stokowski y Arturo Toscanini) compró los derechos para el estreno de la séptima sinfonía de Shostakóvich en ese país. Pocas veces una obra sinfónica había generado tantas expectativas.

La partitura fue copiada en un microfilm, enviada de Kuibyshev a Tehran vía aérea, luego fue transportada en auto a través de Irán, Irak, Jordania y Palestina hasta el Cairo desde donde nuevamente fue enviada por avión a Brasil. Ahí fue puesta a resguardo de un avión de la Armada de los Estados Unidos que lo llevó a Nueva York. Un grupo de representantes de la Corporación Musical Ruso-americana entregaron el microfilm a la NBC, quienes lo depositaron en manos de Arturo Toscanini.

Stokowski y Toscanini se pelearon por el derecho a dirigir la sinfonía, ya que había un contrato que establecía que Stokowski dirigiría las obras de música moderna, pero la importancia de esta obra fue tal que Toscanini estuvo dispuesto a enfrentarse a Stokowski. La confrontación entre ambos directores los llevó a declaraciones agresivas a través de los distintos medios de comunicación. Al final, la NBC se decantó por el director italiano, quien estrenó la interpretación de esta obra en julio de 1942. En sus memorias, Shostakóvich declaró que detestaba la interpretación que había hecho Toscanini de esta sinfonía. Dijo que el italiano no había entendido ni el espíritu ni el carácter de los tempi y que había hecho un pésimo trabajo. Con todo, entre 1942 y 1943, la sinfonía Leningrado se interpretó sesenta y dos veces en Estados Unidos con distintas orquestas.

Si está elaborado con sutileza, uno de los aspectos más difíciles de captar en el arte —sobre todo en la música— es el humor. Cuando Shostakóvich se queja de la mala dirección de Toscanini de su séptima sinfonía se refiere, principalmente, al carácter que el tempo conlleva y que en ciertas composiciones forma parte de un contraste deliberado cuya intención es el humor.

El primer movimiento de esta sinfonía, por ejemplo, tiene la marca de “allegretto”, pero se trata de un movimiento absolutamente serio. ¿Cómo interpretar este contraste? Más adelante, en las versiones recomendadas en este artículo ofreceré algunos ejemplos, pero por ahora baste decir que lo único que no puede hacerse en estos casos es ignorar la indicación del compositor. Es decir, tocar con la solemnidad a secas de un director como Toscanini o con la allegre ingenuidad de un Leonard Bernstein, el resultado es fallido por la ausencia de dicho contraste. En esta manera de presentar ciertos retos vinculados al carácter de las dinámicas de sus obras, Shostakóvich se parece a Mahler, de quien aprendió más de un recurso estético. Este movimiento inicia con un tema inarmónico que tanto las percusiones como las trompetas se encargan de puntualizar. Tiene un tempo marcial, firme, que después de desarrollarse ampliamente abre el paso a una melodía más suave y lírica (hablando de contrastes) compuesta en sol mayor.

Este es uno de esos momentos difíciles de acentuar por el contraste propuesto en el carácter de la obra: un flautín continúa la melodía que acabamos de escuchar y un violín hace una suerte de eco de lo que interpreta el flautín. Como si se desprendiera de la última nota ejecutada por el violín, se escucha el inicio de un redoble que comienza a tocar muy suave al principio, pero siempre firme. Al mismo tiempo escuchamos a los violines golpetear las cuerdas con la base del arco y a las violas hacer un pizzicato iniciando suavemente una marcha que acompaña el ritmo del tambor.

Luego una flauta repite el tema, seguida del flautín y del fagot que repiten cada frase; por su parte, la trompeta y los clarinetes se acompañan del oboe y del corno inglés, cuyo fraseo se superpone al tema original. Tenemos nueve minutos de una música concentrada en una sola idea que irá en un crescendo en el que todos los instrumentos alcanzan un punto forte y después uno fortississimo en uno de los momentos de mayor emotividad de toda la obra. En sus memorias, Shostakóvich dijo que este pasaje describía la irrupción de la guerra en la vida cotidiana, aludiendo al ejército alemán a punto de asediar Leningrado. Esta parte de la sinfonía tiene tal fuerza que en 1948 el Comité Central Bolchevique acusó a Shostakóvich de haber descrito mucho mejor a los enemigos invasores que el heroísmo del pueblo ruso. En esta parte Shostakóvich cita una parte de la opereta La viuda alegre de Franz Lehár, concretamente la melodía del “Da geh’ ich zu Maxim” (me encontrarás en el Maxim) quizás como una pequeña broma que involucraba el nombre de su hijo, Maxim. Esta misma melodía también es citada (pero con sarcasmo) en el Concierto para orquesta (1943) de Bartók, quien detestaba a Shostakóvich y a su música.

El musicólogo Michael Strindberg, en un análisis de esta obra, sugiere que Shostákovich también cita una parte de la quinta sinfonía del finlandés Jean Sibelius. En 1939, pocas semanas después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, los soviéticos querían establecer bases militares en Lituania, Latvia, Estonia y Finlandia. El único país que se opuso fue este último. Los finlandeses lucharon de un modo sorprendente contra los soviéticos hasta que fueron vencidos en marzo de 1940. Al año siguiente, tres días después de la invasión de los alemanes a Rusia, Finlandia también le declaró la guerra a Rusia y se unieron a los alemanes en el sitio de Leningrado.

Después del clímax de este pasaje, Shostakóvich hace una recapitulación de la música con la que inició el movimiento, fortissimo, mientras el tema de la “invasión” (la parte que inicia con el redoble del tambor) continúa. La melodía sigue a través del fagot acompañado por el piano y los cellos. Para terminar el movimiento regresamos al primer tema, mucho más quedo (piano primero y luego espressivo), pero al final del movimiento continúan los fragmentos del tambor (ya apenas audibles). Este movimiento dura aproximadamente veintiséis minutos porque la idea original de Shostakóvich era que esta sinfonía fuese de un solo movimiento (como la séptima de Sibelius), pero a medida que el autor avanzaba en la composición de la sinfonía se dio cuenta de que necesitaba resolver la tensión provocada en esta primera parte.

El segundo movimiento, moderato, es el más corto de la obra. Comienza con un carácter lírico, suave, con los segundos violines interpretando una melodía alegre. Esto nos lleva a un momento de gran expansión, como una bocanada de aire fresco que deja atrás la opresión de la marcha de los invasores. Esta música inicia con el oboe, luego sigue el corno inglés y a éstos les siguen los cellos, después de lo cual la velocidad de la música aumenta considerablemente. Mientras los clarinetes y el fagot tocan el primer momento de música abiertamente alegre de toda la sinfonía, escuchamos de fondo al clarinete alto cuya estridencia opaca también esta alegría, como sugiriendo que aun estos momentos difícilmente pueden disfrutarse con plenitud, pues se está en medio de la guerra. El movimiento termina con algunas breves resonancias del tema inicial.

En el Adagio, Shostakóvich intentó representar la ciudad de Leningrado al atardecer. Inicia con grandes acordes en el órgano, cuyo acompañamiento de los alientos y las arpas producen una sonoridad áspera. Los violines inician un tema en re mayor con gran determinación produciendo un gran contraste con el inicio. A esto sigue un solo de flauta muy quedo, fantasmagórico, que cede ante un pasaje de mayor rapidez y de carácter más agresivo. Después de un fraseo lírico a cargo de las violas, con reminiscencias de las dos ideas del principio, este movimiento termina súbitamente.

El cuarto movimiento se liga sin pausas al tercero. Al inicio se percibe aún cierta oscuridad con la melodía de los violines que se queda suspendida sobre el redoble pianissimo del tambor. Shostakóvich se vale de una gran variedad de recursos que simulan una gran confusión, para llegar al clímax de este movimiento y, por extensión, de la obra. Esta parte representa, según el propio compositor, el momento para recordar a las víctimas del sitio de Leningrado. Después de este pasaje caótico el escucha espera, como ocurre en la quinta sinfonía de Beethoven, que la oscuridad del do menor se transforme en un do mayor para reafirmar la idea de una victoria en el último momento. Y así ocurre, pero Shostakóvich nos presenta la resolución en do mayor con mucho más trabajo. Primero hay que pasar por una serie de pasajes en mi, la y si bemol, correspondientes con la tonalidad en do menor, antes de que podamos reconocer el cambio pleno de tonalidad y ver entonces la luz que el final de una guerra (y no sólo la victoria) arroja sobre la muerte y la devastación.

 

Versiones recomendadas:

La primera versión de la sinfonía Leningrado en interpretarse en Estados Unidos fue la que dirigió Toscanini con la Orquesta de la NBC. Conviene escuchar esta versión, irónicamente, para apreciar mejor las subsecuentes. Ya antes hemos hablado de los comentarios que el propio Shostakóvich hizo sobre la deficiente dirección de Toscanini. Baste subrayar la tediosa uniformidad con la que dirige toda la obra.

La interpretación ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña bajo la dirección de Pablo González es un buen ejemplo del contraste que hay no sólo entre las indicaciones de los tempi por parte del autor y el carácter de los movimientos, sino también entre éstos y la interpretación actual de la obra. En esta versión vemos a una orquesta nerviosa, tensa al principio, más preocupada por la técnica que poco a poco, bajo una gran dirección de González, se relaja y logra disfrutar su interpretación sin que ello altere el carácter a ratos violento, a ratos conmovedor o festivo de la obra. Una interpretación creativa, arriesgada.

Vladimir Ashkenazy dirige la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo y la interpretación de Leningrado adquiere un equilibrio particular. Ashkenazy no se preocupa tanto por imprimir un estilo personal a su propuesta como por ofrecer una visión panorámica de la obra. Hay un cuidado por la partitura tal que deja muy poco a la imaginación de los músicos y, por extensión, del público. Sin embargo, la precisión de la ejecución es más que brillante.

Rudolf Barshai, discípulo de Shostakóvich hace una interpretación que resalta lo mejor de la obra en términos de su emotividad y al mismo tiempo conserva un rigor técnico de muy alto nivel. Los músicos de la Orquesta de la Radiodifusora del Oeste Alemán (WDR en alemán) mantienen la fuerza y el brillo de su ejecución a lo largo de los setenta minutos que dura la sinfonía. Un trabajo titánico que redunda en una propuesta expresiva impecable.


Autores
escribe narrativa, poesía y teatro. Su publicación más reciente es Estación Faulkner (AUIEO/CONACULTA: 2013). Actualmente imparte talleres de escritura creativa y es profesor de asignatura del ITESM Campus ciudad de México.
Por Imperfectu: Festival de cine y estudios de género.

 Si el sexo no limita al género, entonces quizá haya géneros –formas de interpretar culturalmente el cuerpo sexuado– que no estén en absoluto limitados por la dualidad aparente del sexo.

Judith Butler

 

Durante la primera semana de abril, Tijuana se engalana por la emisión número uno del Festival Internacional de Cine y Estudios de Género. Con un programa amplio que incluye cine, música, arte, lecturas, performance, conferencias, talleres e impresos, del 1º al 6 de abril. El cine será lo más representativo en esta emisión, Imperfectu lanza, entre varios, el siguiente objetivo: aproximarse al público no familiarizado con los estudios de género. Por ello la selección del material cinematográfico ha sido realizada de acuerdo a películas ya reconocidas dentro de este tema, que a su vez, han sido la base de subsecuentes realizaciones.

Revisar, examinar y sobre todo reflexionar acerca de la diversidad de expresiones de género, orientaciones e identidades sexuales, feminismos variados y alternativos es la idea principal para llevar a cabo esta celebración. La exploración de las múltiples posibilidades de la sexualidad y el género; el cuestionamiento sobre las convenciones del sistema binario establecido y la heteronormatividad que ha limitado y delimitado el discurso sobre el sexo, los sexos.

Al pensar en la palabra “Imperfectu” se revitaliza y revalora el concepto de la imperfección en contraposición al gastado concepto de perfección. El juego de la palabra con terminación en “tu” permite además una proximidad textual con el individuo/la audiencia.

Sobre el término, los organizadores comentan: “Imperfectu, es un adjetivo inventado que persigue la identificación y la hermandad de quienes han sido posicionados fuera de lo normal y hasta considerados seres imperfectos porque trasgreden de alguna manera el sistema binario de sexo y género y la heteronormatividad. A través de este festival, lo que una cultura binaria y heteronormativa lee como ‘imperfecto’/’imperfecta’ aquí es leído como ‘no-normativo’. Por tanto, ‘imperfectu’ se reposiciona dentro de ‘lo normal’, celebrando la diferencia y la provocación que esta segunda lectura presenta.”

Juan Apodaca, crítico de cine, docente y coordinador del Foro de Análisis Cinematográficos (FACINE), dice al respecto: “El cine como una herramienta de vinculación, remite a interpretar desde una perspectiva más amplia, horizontal y con menos peso de la altanería académica; masculinidades, transfeminismos, postporno, intersexualidad y feminismos, son el tema a tratar desde la variante cinematográfica así como el detonante para pensar el cine metodológicamente como herramienta de enseñanza.”

“Imperfectu” es también un festival que propone repensar la cuestión simbólica de frontera dentro de muchas de sus variantes, en este caso, las que existen –o no– desde la particularidad de los estudios de género y la diversidad de las construcciones culturales. Este festival busca impulsar, abrir un espacio, promover, celebrar y crear identificación entre los individuos cuyas ideas y tendencias difieren de los conceptos convencionales de sexualidad, género y sexo.

Con esta primera emisión, uno de los alcances que se busca es consolidar una iniciativa anual del encuentro en la ciudad de Tijuana con representación en Berlín, dado que este Festival ha sido una iniciativa de Josefina Mata (Tj) y Alec Hahl (Alemania).

Este Festival se llevará a cabo con el apoyo del Centro Cultural Tijuana, la Universidad de Tijuana CUT, y la Unión LGBTI Tijuana constituida por el Comité de Turismo y Convenciones de Tijuana (COCUT), Casa Trans, Red Iberoamericana Pro Derechos Humanos y Federación Mexicana de Universitarias; además de la colaboración del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el Centro Binacional de Derechos Humanos, el Instituto de Cultura de Baja California (ICBC), El Colegio de la Frontera Norte (El Colef) y el Foro de Análisis Cinematográfico (FACINE).

La inauguración del Festival se llevará a cabo en la sala Carlos Monsiváis del Centro Cultural Tijuana, el martes 1° de abril a las 6:00 pm con el evento de apertura titulado: “¿Cuál fue tu clóset? Reflexiones sobre la construcción de género a partir de testimonios compartidos.” La entrada es libre.

Para mayor información sobre los participantes, programa y actividades, pase por aquí: Imperfectu.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Diana Martín. “País extranjero” Tinta/Papel

María José Gómez Castillo retrata la cotidianidad de una familia que, de pronto, ve su rutina alterada. La historia describe las sutiles dinámicas que se tejen entre los habitantes de la casa a partir de la extraña inmovilidad del personaje al que, por lo general, se le designa principal responsable de guardar el equilibrio de ese microuniverso: mamá.

La niña entró a la recámara principal. La cama le parecía enorme. Las cobijas estaban revueltas, las flores del edredón envolviendo a su madre. Se acercó buscando a su mamá, de quien sólo percibía un bulto inmóvil. El agua corría en el baño de al lado. La abuela se había metido a la regadera antes que los demás, como de costumbre.

Se acercó a la cama y dijo “mamá” en voz baja. Como no hubo reacción alguna, sacudió un poco a su madre, quien emitió un gruñido sin despertar por completo. “Mamá, ¿no te vas a levantar? Es sábado, ¿no me vas a llevar a la alberca?”. La madre abrió un poco los ojos, la miró somnolienta, le dijo: “vete a jugar con tu hermano allá afuera”. La niña se quedó ahí de pie y la observó mientras se deslizaba pendiente abajo en un sueño profundo. Al final, la niña se metió a la cama junto a ella.

La abuela entró a la habitación una hora y media más tarde, con el desayuno en la charola, y miró a la niña que fingía dormir. “Julia”, le susurró. “Salte de ahí, no son horas de que estés acostada”. La descubrió y la tomó de la mano para levantarla. “Dile a tu papá que te sirva un cereal. No porque sea sábado significa que puedes estar aquí tirada”.

Julia iba a protestar pero se quedó callada porque estaba prohibido hacer ruido en la recámara. Salió al pasillo y bajó las escaleras. En la sala estaba Santiago jugando con un coche de control remoto que iba y venía, iba y venía. Encontró a su papá en la cocina, sentado a la mesa tomando café. Le pidió una leche con chocolate en vez de cereal. El papá  le dijo que había huevos revueltos con jamón en el microondas  y que ya se sabía hacer chocolate. Después recapacitó y le acarició la cabeza. Le preguntó si quería chocolate frío o caliente, y Julia contestó que frío.

 

La cama con su edredón de flores. Todo blanco menos el patrón de tallos y hojas y pétalos. La quietud de su madre y un plato de sopa casi intacto en la mesa de noche. El silencio en la boca de su madre.

Abajo las voces de Santiago y su papá mientras lavaban el coche. La manguera empapando vidrios, superficies metálicas, a Santiago. Risas. La niña pensó en bajar con ellos, pero en vez de eso se metió de nuevo a la cama, estuvo un rato examinando los libros en la cabecera y leyendo los títulos una y otra vez: Ben Ames Williams, Noche tenebrosa; León Tolstoi, La guerra y la paz… Hasta que se quedó dormida.

Esta vez fue mamá quien la sacó de la cama. Estaba de pie, de regreso del W.C. y, sin decirle otra cosa más que se tenía que salir, la tomó del brazo y la llevó a la puerta de la recámara para después encerrarse. La niña, todavía dormida y confusa, lloró un poco pero sabía que no había que hacer ruido, así que se fue a su cuarto y ahí se encontró con Santiago que había ido a buscar su patineta y se disponía a salir a la calle. “Tienes los ojos rojos, chillona”. “Cállate”, respondió la niña y se le fue encima a arañazos, los dos trenzados en segundos, gritos y llanto, y luego su papá entrando a la recámara para separarlos y reprenderlos.

 

El lunes, Julia y Santiago se levantaron antes de las siete porque a la abuela no le gustaba que salieran a las carreras. Entró, encendió la luz y los llamó por su nombre. Después les entregó a cada uno su uniforme. La abuela era todavía fuerte y por eso el papá le había pedido ayuda para cuidar a los niños mientras Antonia se curaba. Después de todo había criado a cuatro hijos y ahora, desde la muerte del abuelo, no tenía de quién ocuparse. Julia escuchó la conversación de su papá con ella, hacía tres semanas, “te suplico que te quedes con nosotros unas semanas  y nos ayudes”, dijo, “Antonia no se siente bien y yo no puedo con todo”.

Al mediodía llamaron de la escuela para informar que Julia tenía fiebre y era necesario que pasaran por ella cuanto antes. La abuela no había terminado de preparar la comida; se había pasado buena parte de la mañana intentando que su nuera desayunara algo y ni siquiera había sacado la ropa de la lavadora aún.

Echó todo a la secadora sin distinguir entre sábanas y ropa delicada, le marcó a su hijo para avisarle que la niña estaba enferma y se subió al coche de Antonia. Una vez en camino pensó que lo mejor sería esperar a que saliera Santiago, imposible dar dos vueltas y menos con tan poca gasolina.

Julia salió caminando con gesto adusto y le pidió disculpas a su abuela por hacerla ir antes. La abuela le palpó la frente y se alarmó del calor que emanaba. “No te preocupes, mi cielo. Te llevo a la casa ahora mismo para que te duermas un rato”.

Pararon en la gasolinería y, mientras llenaban el tanque, la abuela se asomó al asiento de atrás para ver cómo estaba la niña. Se había quedado dormida y tenía el rubor de los afiebrados. La abuela la acarició y sintió el temblor de su cuerpo delgado y sudoroso en el uniforme de la escuela.

Una vez en casa, la abuela hizo un esfuerzo por llevar a la niña en brazos hasta la sala. La dejó en el sofá y sintió su corazón acelerado, las rodillas dolorosas. Descansó junto a la niña hasta que se tranquilizó su corazón. Después subió a la recámara por una piyama ligera para Julia. Le cambió de ropa y la llevó a su cama, donde le advirtió que no se metiera a las cobijas.

En la cocina picó verduras para el consomé, que era lo único que había logrado hacer en la mañana, y metió la carne al horno. Subió de nuevo a la recámara de Julia y le puso una toalla húmeda en la frente. La niña empezó a toser y la abuela se dio cuenta de que le costaba trabajo respirar. Tenía que irse.

En la escuela, Santiago no salía aunque era la segunda vez que lo voceaban. A la tercera por fin acudió, sudado y sonriente, y cuando la abuela le alzó la voz se excusó diciendo que estaba a punto de terminar el partido, por eso no había salido a tiempo.  La abuela le dijo “tu hermana está enferma” y Santiago respondió sin pensar, “¿ella también?”. La abuela lo miró con dureza y le indicó que se subiera al coche. Ya después hablarían.

Llegaron a casa y los dos subieron a ver a Julia. Estaba totalmente cubierta y temblaba bajo las cobijas. La abuela la reprendió y le pidió a Santiago que trajera agua con hielos para enfriar la toalla cada tanto. Santiago se puso serio cuando miró a su hermana erizada de fiebre. La abuela se sentó junto a ella para explicarle por qué no se podía cubrir aunque tuviera frío.

El niño regresó cargando la cubeta llena, y él mismo sumergió la toalla, la exprimió y se la pasó a la abuela. Ésta le pidió que pusiera la mesa mientras ella le controlaba la temperatura a Julia. Si tenía mucha hambre podía comer la sopa, pero por ningún motivo debía intentar sacar la carne del horno. Ella bajaría en unos minutos.

En la noche llegó el papá y la abuela estaba exhausta. Había pasado la tarde haciendo ronda entre Antonia y la niña, tratando de localizar a la pediatra, pidiéndole a Santiago que le ayudara al menos a tender las camas. Finalmente localizó a la doctora y logró convencerla de que revisara a la niña en casa. El diagnóstico fue infección en los bronquios. La abuela no podía más, se iba a dormir en ese momento. Le tocaba al papá cuidar a Julia en la noche.

El papá entró a la recámara de la niña y la encontró apenas despierta, con una toalla en la frente, casi sin poder hablar. Sintió cómo el cansancio lo invadía y al mismo tiempo se le quitaba el sueño. Fue a revisar si Antonia estaba despierta y la encontró sentada en la cama, con la mirada perdida. Le dio un beso, le preguntó cómo estaba. Ella lo miró y no sonrió. Sí se había tomado los medicamentos, sí estaba comiendo, asentía a cada pregunta de él. Después recargó la cabeza en las almohadas y cerró los ojos.

La niña tosió toda la noche. El papá le dio antibiótico en jarabe, cambió las compresas hasta las tres de la mañana y finalmente se quedó dormido en la cama de Santiago. El niño durmió con la abuela en el cuarto de visitas.

Al día siguiente, cuando regresó de la escuela, Santiago se coló en la recámara principal, aprovechando que la abuela no había tenido tiempo de hacer la comida y estaba en la cocina. Espió a su mamá en la cama e hizo ruido de carraspeo. La mamá no se movió. El niño se sentó en el piso, cerca de su madre y la saludó. Ella se dio la vuelta y quedó de espaldas. El niño titubeó, y después, en voz baja le contó que Julia estaba enferma, que era ella quien había estado tosiendo toda la noche. Luego le dijo que había ganado en el básquet ayer y que no le habían dado ningún reporte de mala conducta en todo ese tiempo. Al final se levantó, se acercó a Antonia y tocó su pelo lacio antes de salir.

 

La niña no podía respirar así que hubo que llamar de emergencia a la pediatra. La abuela la esperaba con una toalla retorcida entre las manos; Santiago la había dejado pasar y ahora estaban en la recámara de Julia. La doctora  escuchó los pulmones debilitados de la niña y le puso una inyección. Ordenó que compraran un inhalador y le pidió a la abuela que, si su nieta no mejoraba en ocho horas, la llevaran al hospital. Mientras tanto había que procurar que durmiera y que comiera aunque fuera un poco de caldo de pollo.

La temperatura de la niña bajó un poco pero seguía tosiendo.  La abuela estuvo despierta hasta las dos, y después se quedó dormida. Como a las cinco el papá se dio cuenta de que Antonia no estaba junto a él. La encontró en el cuarto de Julia, sentada a un lado de ella pero sin mirarla. Antonia, cuando se percató de su presencia, le pidió que llevaran a la niña a su recámara. Él accedió a regañadientes y le cedió su lado de la cama.

Julia despertó a las nueve de la mañana. La fiebre había disminuido y, cuando le llevaron el desayuno, comió con buen apetito. Para la abuela fue más cómodo atender a la madre y la hija juntas. El papá durmió mal de nuevo porque la cama de la niña era demasiado pequeña para él.

 

Llegó el fin de semana y, el sábado temprano, el papá fue con Santiago al supermercado. Cuando regresaron, encontraron a Antonia levantada, tomándole la temperatura a Julia. La niña estaba ojerosa pero ya casi no tenía fiebre. Le preguntó a su papá si habían comido helado a la salida. “En cuanto te alivies vamos y te compro un litro del que escojas”, respondió él. Antonia aprovechó para meterse al baño y no salir hasta que Santiago y él se fueron. Más tarde, cuando la abuela subió la comida, la nuera le preguntó si ya no habían llamado de su oficina. Llevaba un mes fuera. Una vez que la abuela le aclaró que en su trabajo estaban informados de la situación, ya no quiso saber más.

El miércoles, Antonia se levantó para hacer el desayuno y le pidió a la abuela que se quedara descansando. La abuela se negó y aprovechó para limpiar un poco la cocina, que tenía las superficies cubiertas de migajas y grasa pegada. Al ver a la abuela fregando las hornillas, Antonia pensó en Juana, la señora que antes iba tres veces por semana a hacer la limpieza y que ella había despedido hacía ya casi dos meses. Pensó en pedirle disculpas a su suegra por el trabajo que eso había implicado, pero se arrepintió en el último momento. Tomó la mesa de servicio y le subió el desayuno a Julia. Se dio una ducha antes de volver a la cama, exhausta.

La abuela estuvo expectante toda la tarde. Quería irse a su casa, le preocupaba  que alguien se diera cuenta de que no había nadie ahí desde hacía semanas, que se metieran a robar. Ya no estaba acostumbrada a lidiar con niños, y menos los ajenos. Además, le angustiaba la posibilidad de que despidieran a su nuera del trabajo y la presión que eso significaría para su hijo.

A las tres de la tarde, cuando subió la comida para Antonia y Julia, se sorprendió de ver a la niña sentada en la cama, jugando con una maquinita que seguramente le había prestado Santiago. Sin duda se sentía mejor.

Cuando la vio entrar, Antonia se incorporó para ayudarla a acomodar todo en la mesita de lectura. Le pidió a Julia que fuera a comer a la mesa y a la abuela le dijo que ella bajaría y lavaría los trastes después.

Al día siguiente, madre e hija estaban de pie a las siete de la mañana. Antonia preparaba un sándwich para Santiago, y ya había puesto la mesa y preparado el desayuno cuando la abuela bajó. Antes de ir a la cocina, se había encontrado a Julia en su recámara vistiéndose para ir a revisión con el pediatra, según le dijo. La abuela habló con el papá y acordaron que la llevaría de vuelta a su casa ese mismo fin de semana.

El sábado, Antonia se levantó a preparar un almuerzo especial para agradecer a la abuela todos sus cuidados. Santiago era el encargado de poner la mesa, pero corría y gritaba, agitando los manteles individuales como estandartes de guerra. Julia lo perseguía y tosía un poco, pero riendo, y la abuela intentaba inútilmente poner orden.

Una vez que terminaron de comer, el papá subió la maleta de la abuela a la cajuela del coche. La abuela les dio un beso a los niños y se despidió de su nuera con un abrazo en el que permanecieron en silencio. Santiago y Julia salieron a decirle adiós a su abuela y luego regresaron a la cocina con su mamá.

La niña sorprendió a su madre observándola y no entendió bien la expresión en su rostro. Era rencor. También miraba a Santiago, pero Julia se distrajo porque su hermano ya la estaba provocando de nuevo. Le sacaba la lengua, le cantaba: “changa maranga patas de ñanga”, le hacía cosquillas. Julia soltó una carcajada y los dos echaron a correr hacia la estancia, donde su madre los perdió de vista.


Autores
nació en 1976. Estudió Letras Hispánicas en la U.N.A.M, Traducción en El Colegio de México y Museología en la Universidad de Nueva York. Ha sido antologada en Los mejores cuentos mexicanos, edición 2001 y Nuevas voces de la narrativa mexicana (Joaquín Mortiz-Planeta). Recibió la beca Fulbright de 2006 a 2008 y la beca de Jóvenes Creadores del FONCA en 2009. Actualmente prepara un libro de cuentos.
Fotografía por Eugenia Montalván.

Durango, 26 de marzo de 2014. Se sabe que en el estado Durango hay muchos membrillos, muchos duraznos, muchas manzanas, pero ¡también hay heno! Luce bellísimo. Ayer lo vi “florecer” en grandes sabinos, quizá de 30 metros de altura o algo así, sobre el río cristalino de La Barranca, un paisaje verdaderamente espléndido, como para hacer días de campo en el municipio de Nombre de Dios y tirarse a leer a gusto. Llegué a medio día, y solamente me topé con dos jóvenes y un niño que trataban de pescar sardinas. No sé si al final tuvieron suerte, en los primeros intentos sacaron la red vacía. Los observé unos minutos. Tenían hambre, y sus dos perros también.

Con esa imagen en mi cabeza me parece un poco triste aceptar que casi no conozco mi tierra, y sin embargo hoy platiqué con una de las personas que más sabe de su historia, Antonio Avitia, a quien ya mencioné en este blog como autor de un libro de cine. La noticia es que ayer, precisamente, dio a conocer un archivo gráfico monumental conformado por 8142 imágenes, en una presentación en el edificio central de la Universidad Juárez del Estado de Durango. Tomé nota de su discurso en mi celular (estaban las luces apagadas y me senté en la última fila) mientras él, precisamente, se esmeraba en hablar de las grandes ventajas de la tecnología electrónica en la divulgación del conocimiento. Por supuesto, dado el volumen de la Historia Gráfica de Durango, nombre del archivo gráfico, hizo bien editarlo en formato de disco compacto; lo que me extraña es que presente la información dividida en nueve documentos Word (él los cataloga como tomos) editables, así cualquiera los puede manipular, y me pregunto si éste sea el fin, o si es correcto. Es un material muy valioso, incluso para tareas escolares; los temas son:

I. De los tiempos geológicos al triunfo de la República

II. De la República restaurada al porfirismo

III. Los alacranes alzados. La revolución en el estado de Durango

IV. Tiempos de masones, cristeros y comunistas

V. La hegemonía del autoritarismo

VI. El autoritarismo aferrado

VII. El autoritarismo neoliberal

VII. a) El autoritarismo municipal globalizado o un paseo por los municipios de Durango (Primera parte)

VII. b) El autoritarismo municipal globalizado o un paseo por los municipios de Durango (Segunda parte)

A mí me bastó –por ahora– una ojeada para constatar lo que ayer comentó: el 90 por ciento del contenido es visual; la otra parte son textos, algunos de estilo enciclopédico, aunque también hay comentarios o frases breves que resumen datos importantes. Pero en este primer acercamiento vi material muy útil, incluso para citar más adelante, e igualmente encontré un camino hacia la nostalgia al ver, por ejemplo, edificios que han desaparecido del mapa urbano y que, lógicamente echo de menos, como el Cine Imperio, en la calle Constitución, entre Gabino y Coronado, donde ahora vemos la pura fachada, sin ningún vestigio de su auténtica belleza.

Entonces, seguramente muchos lectores e incluso gente curiosa comprenderá que fue un acierto de la Universidad Juárez del Estado de Durango publicar este amplio catálogo visual que incluye: anuncios publicitarios, fotografías, folletos, panfletos, recortes de periódico, caricaturas, historietas, grabados, litografías, placas, lápidas, retratos hablados, sellos, escudos, emblemas, retablos, exvotos, ex libris, monedas, medallas, billetes, vales, tarjetas postales, mapas, croquis, esquemas, daguerrotipos, planos, dibujos, viñetas, cromos, pinturas, posters, portadas de libros, etcétera… Y, ojo, cuesta 50 pesos; nada caro para acceder a la cronología capitulada de una larga historia.

Durante su amena presentación, Antonio Avitia mencionó detalles relevantes sobre la predominancia de figuras masculinas en la historia gráfica, como todo mundo sabe, y de la Iglesia, es decir, hombres también, y con poder. Figuran pocas mujeres y pocos rostros de las minorías, temas en los que el historiador hace notar su interés, desde luego para no seguir haciendo la historia como uno más. Y tan entusiasmado está con la información que menos se conoce que ayer concentró su presentación en la invasión francesa de Durango, sobre la que mostró evidencias de muchos tipos, incluidos los timbres postales que los franceses imprimían aquí; como complemento de su exposición hizo chistes y comentarios irónicos ante los que la gente intervino haciéndole notar esto o aquello, como si se tratara más bien de una plática familiar. El punto culminante de este ambiente fue que cuando Luis Enrique, el músico invitado, subió al escenario con su arpa, muchos cantaron con él en plan romántico.

Desde luego influyó en el relajo la camaradería de Avitia; por su estilo me pareció un buen profesor universitario; sin embargo, hoy me contó que sus tablas en el escenario las fue adquiriendo desde adolescente, en el taller de teatro de la maestra Lourdes Miranda, y luego se ganó la vida como payaso profesional bajo el nombre de “Antonin”. Su doctorado lo hizo en historia; muchos años fue burócrata y ahora está jubilado. Es autor de varios libros, aunque principalmente menciona aquellos que le han permitido ganar dinero, empezando por Teatro para principiantes, del que Porrúa ha vendido miles de ejemplares.  ¿Y a qué responde el éxito? A que tiene una manera muy directa de decir las cosas y con un buen sentido didáctico, desde luego. En concreto, este libro estimula a los maestros de secundaria a hacer teatro con lo que hay: un patio, y les dice que no es necesario contar con la infraestructura del Palacio de Bellas Artes para fomentar dicho arte.

Antonio Avitia nació en Durango en 1956, pero toda su vida adulta la ha hecho en la Ciudad de México; su bibliografía está en Internet, e incluso varios títulos suyos están disponibles para leerlos sin pagar.

La conversación de hoy no fue suficiente, teníamos el tiempo medido porque un comunicador de Radio Universidad estaba esperándolo grabadora en mano.

La espontaneidad nos llevó a muchos temas, desde luego, y uno muy importante fue Antonio Estrada, escritor que yo no conocía y que él respeta muchísimo porque, reconoce, le cambió la vida. Su novela más importante se llama Rescoldo y a partir de ésta, Antonio Avitia hizo su tesis de doctorado sobre las dos revoluciones cristeras que hubo en Durango, investigación que el autor decidió publicar con su dinero, por el placer de difundir un tema esencial que, asegura, no le interesa tocar a algunos grupos de poder.

Así que confieso que me siento bien conociendo Durango, y claro que me gustó compartir una refrescante agua mineral con Avitia en el Hotel Casa Blanca; seguro que llamaré a su hermano Álvaro, quien es el encargado de vender sus libros aquí en Durango. A su vez, para que quede aún más claro el carácter desprendido del historiador, les dejo el enlace –que me hizo llegar por medio de Facebook– a una parte de su extensa obra, incluyendo la Historia Gráfica de Durango en 8142 imágenes.

Fotografía por Eugenia Montalván.

Fotografía por Eugenia Montalván.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es autora del libro Premio Casa de las Américas. 50 años – 11 entrevistas, investigación con la que se tituló como antropóloga con especialidad en lingüística y literatura por la Universidad Autónoma de Yucatán. Para 2014 prepara un libro testimonial sobre los contrastes culturales entre Yucatán y Durango, proyecto que surgió por iniciativa del programa Tierra Adentro.

Existen diferentes motivos para atreverse a un exilio voluntario, la mayoría de los casos tienen a la política de fondo, seguida por motivos existenciales y de búsqueda de identidad. No falta quien en la lejanía busca afirmar su personalidad y creencias. Luego vendrían las causas amorosas, pues también hay quien deja su tierra para separarse de una pasión malograda. Tal es el contexto general, por ello resulta muy peculiar el caso de esta artista chilena de la que hoy les hablaré, la cual dejó su país con la idea de ejercer a plenitud su profesión y realizarse.

Dicha historia cobra fuerza al tener en cuenta que esta mujer procede de una familia en la que el padre era compositor, y quien a pesar de estar relacionado con el oficio ―o quizá por ello mismo― se opuso radicalmente a que su hija incursionara en el ramo. Al interior de su núcleo íntimo se gestó un ambiente de desaprobación con cada una de las acciones emprendidas por la joven, nacida en Concepción en 1988 y crecida en distintos poblados de la provincia.

Ella cuenta que no le quedó más remedio que cambiar de aires, quemar las naves y marcharse a Europa, donde terminó asentándose en Valencia, España. Un acto valiente que contrasta con la timidez que suele mostrar antes los medios y que también era evidente en su primer disco muy afortunado. En Wild fishing (2012) dejó en claro que lo suyo es la tradición del blues, a  veces más distorsionado, a veces apegado a las raíces, pero en el que destaca un registro grave de voz que le aporta gran profundidad y fuerza.

Las apreciaciones más inmediatas la vinculan con la P. J. Harvey más aferrada a lo medular, como en Let England Shake, pero escuchando con atención apreciaremos que esta joven va levantando polvo por una senda por la que ya transitaron mujeres huidizas como Marianne Faithfull, Stevie Nicks y Lucinda Williams. También, por aquellos lares había otras chicas con intenciones similares, como Maika Makovski y Ainara LeGardon.

El halo que Soledad se ha construido es oscuro y denso; en el escenario encontramos a una fémina atribulada que se pertrecha detrás de un vozarrón y que no evita dejar ir historias confesionales maquilladas con letras abstractas. Lo mismo hace cuando atiende a los medios. Aunque no tiene reparos al momento de hablar de su familia ―con la que actualmente se reconcilió, después de 5 años―. A ella le aplica aquello de: se perdona pero no se olvida. “Me dieron la espalda. Me dijeron que si iba a dedicarme a la música no me apoyarían de ninguna forma. Intentaron convencerme de que no me fuera, de que era una locura”.

Y al parecer tiene ganas de ganarlo todo en un breve tiempo. Apenas se tardó unos cuantos meses en presentar un segundo disco. Run With Wolves (Absolute Beginners, 2013). La fuerza obtenida de la perseverancia profesional y la vivencia de las mieles del amor de pareja (con el contrabajista Juan Iscla) nos han traído la confirmación de sus virtudes y buenas decisiones.

Admiradora de Billie Holliday y los compositores clásicos rusos, para su segunda incursión superó un problema con el sistema nervioso que la tuvo al borde del colapso y se dedicó a componer: sobre cosas que me han hecho sufrir muchísimo y necesitaba hacerlas: es como un  exorcismo”. Lo que queda expuesto desde la inicial “On fire”, de la que cuenta que escribió pensando en el estilo de Tom Waits, con quien se siente muy identificada.

Tanto su personalidad como su talento le han ganado a Vélez un lugar en la escena valenciana; tan es así que en la producción repite con Jesús de Santos, miembro de Polar, y en los controles del estudio Río Bravo a Xema Fuertes y Cayo Bellveser (que se reparten entre varios proyectos: Josh Rouse, Ciudadano, Refree, Maderita).

Juntos han dado con piezas estremecedoras como “Keep Walking” ―joya del álbum― en donde el blues-rock aflora con toda potencia y que luego contrasta con “How to Disappear”, en la que incorpora un ukelele ―va de los chispazos de electricidad al remanso más acústico.

Run With Wolves es un trabajo atractivo porque no carece de misterio y una belleza enigmática; su autora exhibe su capacidad como instrumentista ―toca guitarras, teclados y otros instrumentos― y entrega momentos notables como “I’ve Been Gone So Long” y “Milky Way”. Tenemos delante una obra hecha al alto contraste, ya que por un lado tenemos el físico de la cantante ―hermoso y aparentemente frágil―, y por el otro, su registro vocal cavernoso y la tensión entre oscuridad y luz de sus composiciones.

Son 12 canciones que no todas saben a ciudad; hay algunas para recorrer carreteras y otras que parecen propias para una pesadilla entre tupidas arboledas, ya que Soledad ha comentado: He vivido la mayor parte de mi vida en la naturaleza plena, en pueblos perdidos del bosque, ya sea en los Andes, en la playa o en la falda del volcán Antuco, y me siento más segura en sitios así que en la ciudad, donde vivo con un miedo constante”. Soledad Vélez es una cantante que no arredra para combatir sus temores y obstáculos; he aquí la oportunidad de acompañarla a lo largo de un periplo inquietante e intenso.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Ilustración por Amaranta Caballero.

¿Qué es pensar un espacio? ¿Cómo se transita mentalmente una región? ¿Cómo se vive un espacio transfronterizo?

El imaginario colectivo ¿se piensa entre dos ciudades o junto a una línea divisoria? ¿De qué lado? Muchas preguntas sugieren el hecho de vivir en una frontera (geográfica, política, económica y cultural). Estudios y estadísticas datan cantidades fluctuantes y precisas en relación al tema, pero ¿cuál es el mapa imaginario que los habitantes crean de acuerdo a sus hábitos cotidianos?

Vivir en la frontera norte de México implica pensar consecutivamente, además de los aspectos de clase socio-económica, en aspectos relacionados con la identidad legal, localización de vivienda, tiempo de estancia en la región, seguridad, movilidad o inmovilidad, redes familiares, redes de trabajo –en y entre las regiones–. En un escenario como éste, observar los mapas mentales de algunos habitantes permite conocer cómo la idea o el concepto de lo transfronterizo se expande, se retrae, se mezcla o se asume incluso como una continuidad sin fronteras.

Pensar la frontera desde la perspectiva de hogar, trabajo, aspiraciones, sueños, límites, separaciones, obstáculos e interacciones es parte de la redefinición del término a partir de las personas que experimentan las fronteras como lugares de cambio y que continúan transformando sus diversos significados.

Dentro de esos esquemas, para esta ocasión, presento algunos de los mapas urbano-fronterizos recopilados en la plaquette titulada: Pájaro: Boek she: Book-she: Libro ella, en ellos podemos concebir cómo las personas imaginan, piensan y trazan la imagen de la frontera dentro de sus actividades cotidianas. El planteamiento fue: “Dibuje un mapa trazando sus recorridos habituales marcando la línea fronteriza.” En algunos casos, la última parte de la indicación no se ve, por lo cual puede leerse e interpretarse el hecho de que las personas transfronterizas asumen e incluyen este factor como parte de su mapa mental sin tener que trazarlo.

Este documento recupera también una serie anónima de voces, incluida como “ecos” más que un registro oficial; y fue realizado a la par del trabajo de campo de Kolar Aparna, estudiante de doctorado de la Universidad de Radbound. Reúne, así mismo, frases de algunas voces fronterizas que viven en la región Tijuana-San Diego.

Aparna comenta al respecto: Las fronteras son lugares de raíces y apegos, de rutas-movimientos-vuelos. Dedico este trabajo a la gente-pájara de frontera, con su capacidad interminable de auto-organización, de imaginación que no se limita por rejas o paredes, siempre vuela.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

 

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Elssie Ansareo y Yaen Tijerina son dos fotógrafas mexicanas contemporáneas que, sin embargo, forjaron su educación y carrera artística en entornos muy distintos: la primera en Bilbao, la segunda entre la Ciudad de México y Minatitlán, Veracruz. Cada una comparte aquí un testimonio que revela lo que no las une a primera vista: ambas han desafiado las expectativas de los otros, ambas notan la demeritación del trabajo de las mujeres en sus respectivos entornos. Y las dos están construyendo una trilogía fotográfica propia que desea satisfacer sus búsquedas más personales. 

Elssie Ansareo: Las catástrofes elementales

Cuando llegué a Bilbao en 1997, los programas de intercambio intraeuropeos a nivel licenciatura funcionaban muy bien, pero apenas existía conexión ya no digamos con América, sino con el resto del mundo. En la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco había 4 extranjeros: 2 de México, un peruano y una sueca. Parece un chiste, pero es verdad. En España no se había dado aún la llegada masiva de inmigrantes y resultábamos muy exóticos, pero de forma positiva. Aún hoy sigo escuchando: “¡Qué gracia! ¿Mexicana? ¡No lo pareces!”. Ese pivotar entre el ser y parecer me sigue pareciendo increíble.

Reproduzco una conversación real:

Yo- ¡Hola! Soy Elssie.

M- ¡Hola! Soy M.

P- Elssie es mexicana.

M- ¿Ah sí? ¡Cántame una canción!

Yo- (con cara de perplejidad) ¿Perdón?

El estereotipo en la era de los tags.

Sé que siempre se espera algo de mí al ser mujer, extranjera y artista, algo objetual que deriva del hecho fundamental de ser mujer. Incluso ese objeto puede ser la naturalidad: tener que ser “yo misma”, ser “auténtica”. Hay ciertas expectativas respecto a mi imagen, mi lenguaje corporal y, en lo relativo a la profesión, a que trate el tema del género en mi obra, la política o el feminismo de una manera muy concreta. Claro que hay otras discriminaciones en muchos sentidos, de las que nadie escapa. Tampoco los varones.

Pero justo esta mañana he leído que la presencia de mujeres españolas en ARCO Madrid descendió del 7% que tuvo en el 2010 al 4.4 % en la edición 2013[1]… No es ninguna sorpresa: es coherente con el retroceso de las políticas sociales en este país. Razón de más para seguir trabajando como mujer, extranjera y artista.

Actualmente estoy desarrollando la serie “El Nudo”, segunda parte de una trilogía que lleva por título Las catástrofes elementales. La primera parte de Las catástrofes… es “El Observatorio”, una reflexión entre escena y espectador a través de imágenes con tendencia barroca y teatral que pretenden inquietar al espectador. En ella dejé de lado las cuestiones relativas a la tensión del espectador para concentrarme en la obra en sí y mostrar esa sensación trasladada a la imagen en su aspecto más formal. El trabajo se mueve en el terreno del dolor que el individuo refleja, representadas a través de una serie de cuerpos en tensión extraídos de la patología femenina por antonomasia del siglo XIX, la histeria, como si formasen parte del storyboard de un vademécum.

Fotografié a varios hombres en la misma postura: el conocido arco de la histeria, en escorzo, como si un escalofrío recorriera sus cuerpos. En una formalización que busca lindar con la idea de archivo, el trabajo no se compone exclusivamente de mis fotografías, Les añadí textos e imágenes recogidas de muy diversos modos para emular a la figura de la vitrina y remitir a las categorizaciones, a los expositorios de los museos de ciencias naturales. Así, esta primera fase del proyecto culminó con la edición de un libro de artista, El Observatorio, que forma parte de la Colección Beste de la Productora de Arte Consonni y que recientemente presenté tanto en España como en México.

La segunda entrega de Las catástrofes elementales lleva por título “El Nudo”. Esta parte tiene como centro los procesos de psicosomatización de los conflictos, las emociones y su resolución, todo lo que se manifiesta en los órganos blandos, en las vísceras, en los músculos: el nudo en la garganta, el nudo en el estómago… Para ello estoy recopilando frases relativas al repudio, el miedo, y el asco, sentencias que una persona haya dicho a otra, para citarlas en este trabajo.

Esta segunda parte viene directamente de la noción de histéresis: “un momento de cambio en el que el comportamiento se invierte y no vuelve a su situación inicial”. Es la transición a otro estado. Representa el punto que va del control al descontrol: el lugar del conflicto.

Yaen Tijerina:  Los viajes de la aprendiz

La imagen que describe a la bruja Baba Yaga de los cuentos explota la imaginación de cualquiera: una anciana volando dentro de un mortero, que habita una casa con patas de gallo y tiene a su servicio extraños seres que parecen surgir de un sueño siniestro. No sólo detonó mi asombro, también despertó un recuerdo antiguo que, luego descubriría a través de los libros, era un arquetipo, la esencia misma de la Mujer Salvaje de la que habló Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos[2], un volumen valioso para varias generaciones de mujeres, pero normalmente relegado al estante de los best-sellers. Con todo y que existe una escuela junguiana que lo respalda, para algunos el “arquetipo de la Mujer Salvaje” es un conjunto de palabras de mal gusto, casi una blasfemia.

Antes de entender la complejidad de Baba Yaga, yo no comprendía la supuesta maldad del personaje. Una anciana que vive en medio del bosque, fuerte e independiente, ¿por qué habría de ser maligna? Descubrí que su condena surge de la denostación cultural hacia cualquier arquetipo de naturaleza femenina.

La decapitación de la antigua deidad tripartita Medha (Medusa para los griegos) no es casual: exitosamente, hemos construido una cultura sobre los huesos mutilados de las diosas para que nos gobierne un omnipotente dios patriarcal. No es de extrañar que las estructuras que nos rigen posean una visión parcial, alejada de los ciclos de la vida, androcéntrica, que declara la superioridad del sexo masculino y utiliza al lenguaje como un método efectivo para invisibilizar a las mujeres. No mentía Orwell al hacer hincapié en 1984 que el lenguaje era un medio de control del pensamiento capaz de destruir al individuo.

Cuando era estudiante de Artes Visuales descubrí que existían tabúes no escritos que te orillaban a la exclusión del gremio de una forma u otra. Uno de ellos era escoger un tema de obra demasiadopersonal, que ahondara en lo metafísico o, –más penado aún– que tu obra tuviera un carácter femenino involuntario, una manera errónea de referirse a lo pusilánime. Eran un conjunto de precauciones contra el suicido profesional, pues ¿quién con sentido común buscaría ser el blanco de la anulación, a sabiendas de la degradación cultural de lo femenino?

Si era ineludible abordar un tema femenino, para llevarlo a cabo dignamente tenía que ser más burlona que contestataria, más violenta que sutil, esgrimir un discurso estrictamente racional y solemne, borrar cualquier vestigio sentimental (típica característica “femenina”) para no demeritar la seriedad de la obra. La cosificación femenina era otra opción, como bien ha demostrado la publicidad a lo largo de los años y su uso indiscriminado de desnudos per se. Recuerdo que incluso un maestro señaló mis someros bocetos en pintura para indicar que más allá de la falta de técnica de una principiante, el trabajo carecía de valor porque parecía hecho por una mujer, por pecar de cursi. Su falta de vocación pedagógica le impidió sugerir que mi tipo de trabajo tenía más cabida en el campo de la ilustración que en la pintura. Me habría ahorrado muchos años de complejo de género gratuito.

Sentí que estaba condenada a sepultar mis verdaderas búsquedas con tal de convertirme en unartista seria. Al principio lo creí, pero también opté por la ruta de los aprendices herméticos, manteniendo en secreto el verdadero móvil de mi trabajo, sin entender porqué no podía sólo desarrollar una idea y aterrizarla por medio de una técnica y recursos formales sin que la etiqueta de creación con mirada femenina y fuera peyorativo. Hasta que pude detectar cómo la desigualdad de género estaba marcada por los grupos de poder.

Me cansé de tener que justificarme constantemente para ser valorada, de sentir miedo a caer en lo “estéticamente incorrecto”, de tener que alinearme a los estándares rebuscados, pseudo-formales y ultra-filosóficos empeñados en vestir con la imaginación a un emperador desnudo, y que parecen cumplir más con una estética fashion digerida que con una búsqueda honesta. Estaba harta de medirme bajo un esquema en el que llevaba las de perder, así que hice una pausa. ¿Por qué pedir permiso para pertenecer a un espacio que ya está ocupado? Opté por dejar de lado mis prejuicios de género y comencé a crear lo que ansiaba ver en el mundo.

Me nutrí con los universos de Ursula K. Le Guin, la claridad de Susan Sontag respecto a la fotografía, los gabinetes de curiosidades de Madeline von Foerster, los mil rostros de Cindy Sherman, la exploración del cuerpo de Francesca Woodman, y un sinfín de desconocidos retratados en tinotipos y daguerrotipos. Rescaté los temas que había relegado al clóset, como el Topus Uranus platónico, algunos códigos del hermetismo alquímico, la nostalgia crónica de la bilis negra, el embrujo de la infancia en la memoria, los estudios de Jung sobre los sueños, los símbolos primordiales y elinconsciente colectivo, lo que detonó el recuerdo de mi fascinación por los cuentos y la figura de Baba Yaga.

La idea de la Mujer Salvaje resonó como un recuerdo perdido. Descubrí que los arquetipos son unesquemas útiles para comprender la realidad, una experiencia primordial que nos vincula con la vida. Se convierten en guías infalibles para sortear los devenires de la existencia humana, que ha repetido desde su origen los mismos patrones de dudas y hallazgo. El aniquilamiento de los arquetipos femeninos afecta no sólo a las mujeres, sino a la salud de la psique humana en general.

La fotografía registró este exilio en busca de la libertad creativa. Ordené visualmente mi búsqueda en la trilogía Los viajes de la aprendiz para dejar pistas y símbolos encontrados tanto en espacios físicos como emocionales en lo que soy enteramente protagonista.

Las imágenes de la segunda parte, “El sueño de la bruja”, son el testimonio de la travesía emprendida para descifrar a la Humana de Niebla. Utilicé a las fotografías como experiencias capturadas y a la cámara como un testigo cómplice, ya que ella repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Evoqué técnicas fotográficas tradicionales (tinotipo, daguerrotipo) interpretadas digitalmente con el fin de recrear la sensación de estar frente a un testimonio antiguo, lejano, esa cualidad de registro fantástico. Las imágenes son el certificado de autenticidad de una travesía iniciática personal.

Sólo me resta imaginar hacia dónde se perfilaría la humanidad si le devolviéramos la cabeza a Medusa. Que tanto hombres como mujeres permitiéramos que esa parte escindida de nuestra psique lograra integrar los opuestos y detonar nuestro potencial humano hacia una verdadera transformación, con más voluntad de creación y contención de la violencia desbordada. Ignoro cuánto tiempo podría tomar, pero sé que podremos hacerlo mientras exista un atisbo de ese recuerdo primordial, aunque la humanidad aniquile a las diosas o borre de la historia a las poetas y sabias de la antigüedad.


[1] Se refiere a la Feria de Arte Contemporáneo más importante de España, llevada a cabo en Madrid. El informe se puede consultar en: http://www.m-arteyculturavisual.com/wp-content/uploads/2014/02/Informe-MAV.pdf

[2] Mujeres que corren con los lobos es una amplia recopilación e interpretación de relatos orales, leyendas y cuentos populares de distintos lugares del mundo, producto de alrededor de 25 años de trabajo de la doctora en psicología etnoclínica y psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés. Está publicado en español por Ediciones B.


Autores
(México D. F., 1979) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, donde también realizó los Cursos de Doctorado en Imagen Tecnológica. Obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados con el proyecto de investigación: “El autorretrato fotográfico aplicado a una práctica artística”. Ha recibido la beca Endesa para las Artes plásticas y ha conseguido galardones como los de la I Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Almería o el premio INJUVE de Artes Plásticas. Ha expuesto de manera individual en diversas ciudades españolas y en el Museo Guggenheim de Bilbao. Paralelamente a su trabajo creativo trabaja como docente en la Universidad de Deusto y diversos talleres, así como fotógrafa de reportaje de retrato y registro.
Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de
la UNAM. Y en talleres con fotógrafos como Antoine d’Agata y Germán Herrera. Es cofundadora del Colectivo Paráfrasis de fotografía, el cual recibió la beca IMJUVE
en 2005 para realizar una serie de exposiciones itinerantes en el sur del país.
Fue parte del equipo a cargo del Archivo Fotográfico Colección Carlos Monsiváis y Enrique Bostelmann, y miembro activo de la Revista M Museos de México y el Mundo.
Ha realizado diversas exposiciones de fotografía tanto en México como EU.
Desde 2007 trabaja de manera independiente en sus proyectos personales y dirige un despacho dedicado a la fotografía. Obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA en el 2013.
Diana Martín. “El mundo, mero escenario” Acuarela y tinta/Papel

El abismo que existe entre cómo lucen y qué hacen las mujeres en los medios y la forma en que habitan el mundo fuera de la pantalla evidencia un problema que necesita soluciones urgentes. Mujeres con poder de decisión trabajan para ofrecer alternativas a los estereotipos que vemos reforzados una y otra vez en estos espacios. Lilián López Camberos reflexiona acerca de esta necesaria reconstrucción de significado a través de lo pop.

Ahora mismo tengo conmigo la Vogue de febrero. Admiro en la portada la cara redonda, la camisa de bolas rojas, los ojos grandes –todo son redondeces explícitas– de Lena Dunham. El balazo principal reza:

Choose your

SPRING STYLE

73 Great Looks, From Bohemian Chic to Boy Shirts

El balazo que concierne a la entrevista de Dunham se sitúa en el extremo superior izquierdo, en letras blancas: Hey, Girl LENA DUNHAM The New Queen of Comedy.

¿Es extraño que Dunham salga en la portada de Vogue? Lo es, la misma editora, Anna Wintour, lo aclara en su carta editorial, desde la primera frase: “Algunos pensarán que Lena Dunham no es la típica chica de portada Vogue, y estarán en lo correcto; precisamente por eso es la más indicada para protagonizar nuestro número de febrero” (nota: nunca sabemos qué tiene de especial el número de febrero). Wintour enumera las razones “verdaderas” para su fichaje ―que es exitosa, que no sólo “ha ascendido a la fama sino a la conciencia cultural colectiva”, que tanto ella como Sarah Jessica Parker encarnan al Zeitgeist― y, aunque muchas frases se leen ensayadas o innecesariamente rimbombantes, encuentro cosas interesantes en algunas, como la afirmación de que los ejercicios de exhibición tan típicos de Dunham no provienen de un deseo deliberadamente provocador.

Más adelante, en la pieza escrita por Nathan Heller, Dunham es retratada en un día de filmación de Girls (la serie que ―se aclara― escribe, dirige y actúa), en eventos públicos, en la cotidianidad de su departamento en Brooklyn Heights. Inevitablemente llega la parte donde se cuestiona el tratamiento poco convencional de la sexualidad en Girls, “famosa por su naturalismo”, pero también, de forma curiosa, por los frecuentes desnudos de Dunham. El texto recuerda que no sólo sus formas han sido reveladas en el programa, sino también las de Becky Ann Backer, la actriz que interpreta a su madre, quien se lamenta cómicamente de que nadie le hubiera pedido que saliera topless en la televisión sino hasta ahora, pasados los cincuenta.

Ahí mismo se recuerda un capítulo controversial en el que el personaje de Lena Dunham, Hannah Horvath, se liga a un hombre guapo, más grande que ella, con el que pasa un par de días ―dentro del bonito bronwstone de él― sin compartir nada más que sexo: un auténtico encerrón que a algunos les parecería muy normal en una chava de 24 años, pero que en las audiencias despertó todas las alarmas de la inverosimilitud: ¿cómo era posible que él, tan guapo, tan casado en la vida real con una modelo, sin ninguna perversión sugerida en el delineado de su personaje, se fijara en ella?

 

Al iniciar un ensayo con la figura de Dunham me arriesgo a varios males: que mi ejemplo me limite (y me confunda, me distraiga y me lleve a ideas a las que no deseaba llegar), y que todo aquel que opine horriblemente de ella decida no leer más que lo anterior.

Sin embargo, la escojo a ella porque es tal vez la figura más visible del cambio de la representación femenina en los medios audiovisuales: no la única, no la mejor, no la más innovadora, simplemente la más obvia aunque también, como me gustaría demostrar más adelante, la más radical.

 

El estudio de las representaciones sociales es complejo y difícil de abordar aquí. El concepto nace con Durkheim, para quien representar significa “traer cosas a la mente”. Serge Moscovici, uno de sus teóricos fundamentales, encontró que la representación social tiene la función de transformar lo arbitrario en lo consensuado, es decir, las representaciones recogen aspectos de la realidad y les asignan significaciones. Dichas significaciones varían de acuerdo al sistema de valores que rige a la sociedad en la que la representación social es creada. Carlos Colina, en “De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, dice que las representaciones “moldean nuestras respuestas ante un determinado objeto pero también configuran nuestra percepción de dicho objeto. Lo que quiere decir que el objeto no es idéntico para los que no comparten su misma representación”.

La definición más simple de una representación social sería, según Abric, “el conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitudes al propósito de un objeto dado”. Este objeto puede ser, como indica en sus ejemplos, desde una autopista hasta las funciones de una enfermera. La representación, se repite aquí y allá en la teoría, no reproduce sino que re-produce. La idea, más que reflejar al objeto, lo produce de nuevo: la idea se vuelve objeto. Este conocimiento no es de carácter científico. Es el saber natural, empírico, social, modelado y rectificado por un amplio rango de circunstancias que van desde la tradición oral hasta la precisión del entorno que habita el sujeto. Éste no recibe pasivamente la representación: también la modifica y, de algún modo, reconstruye con ella la realidad.

 

Además de la Vogue, que anuncia en un balazo la SUPERBOWL PARTY de Kate Upton (no la conocía, pero ayer vi que alguien compartía en Facebook una explicación teórica de por qué a los hombres les gusta Upton mientras que las mujeres prefieren a Kate Moss), tengo también los Ensayos impertinentes de Jean Franco, publicados recientemente por Océano en colaboración con Debate feminista.

En uno de sus ensayos, “La incorporación de las mujeres. Una comparación entre narrativa popular mexicana y estadunidense”, Franco analiza el discurso contrapuesto de las novelas publicadas por la maquiladora de novelas románticas Harlequin y el de las historietas de El Libro Semanal, muy populares durante los años ochenta. Hay que tomar en cuenta que el ensayo fue publicado en 1996, cuando ambas formas de entretenimiento eran multitudinarias: El Libro Semanal tenía, por ejemplo, una tirada de entre 800 mil y un millón de ejemplares cada semana. Las que Franco llama “narrativas de la cultura de masas” se distinguen entre sí por el público al que van dirigidas: mientras que las novelas románticas le hablan a consumidoras potenciales (mujeres adineradas de ciudades grandes, grupos selectos de países tercermundistas), las historietas mexicanas apuntan sus dardos a mujeres integradas o en vías de integrarse a los niveles más bajos de la fuerza de trabajo. Hasta aquí, sobre todo para quien no conozca el finísimo trabajo de la humanista, parecería una división tajante y hasta arbitraria de dos productos distintos. Sin embargo, Franco es muy cuidadosa en sus intentos por explicarse el éxito de las ficciones románticas, que prometen, sí, una utopía que permite sustraerse del mundo, un mito con reglas inamovibles que conducen a un final satisfactorio, pero al analizarla como literatura de consumo masivo no distingue entre alta y baja cultura. Más bien, desde una sensibilidad marxista, Franco entiende que estas historias enfatizan “la adaptación incuestionada a una situación de abundancia” y el anhelo por obtener poder ―vaya, autonomía, un lugar legítimo― a través del contrato social.

Pese a que sabe que un ejemplo aislado es riesgoso, Franco cita la trama de una de las novelas más populares de Harlequin de entonces, Moon Witch, que narra el ascenso de la huérfana Sara al emporio textil que de pronto, en su lecho de muerte, su abuelo le hereda. “De este modo”, explica Franco, “Sara ya está incorporada desde el comienzo de la novela, lo que demuestra cómo, en el romance, el deseo de la mujer es canalizado antes de su nacimiento”. Entre el aprendizaje que obtiene del antiguo socio de su abuelo, quien le enseña modales y formas de navegar entre el elitismo corporativo, muy al estilo de un moderno “hado madrino”, y los enredos románticos con el hijo de éste, a quien toma por antipático y egoísta, Sara termina su odisea después de obtener su “verdadero lugar en la sociedad”: casada con la versión ochentera del señor Darcy. Es interesante lo que apunta Franco respecto a que, en la mayoría de estas novelas, la socialización no proviene de la madre sino que toda “programación social de importancia es dejada al hombre”.

Pienso ahora en Twilight (el vampiro rico, sofisticado, enamorado sin grandes motivos de una niña de 17 años), o en Fifty shades of Grey (un rico magnate, sadomasoquista, enamorado sin grandes motivos de una recién graduada de universidad), fenómenos comerciales que ilustran no sólo el enorme poder de la ficción romántica, sino los mecanismos narrativos apenas modificados entre una historia y otra. Su éxito se debe, según Franco, a que ponen en crisis el deseo de reconocimiento de las mujeres, “consecuencia directa de la posición devaluada que ocupan en la sociedad”, contra su deseo de amor individual.

Algo curioso sucede en El Libro Semanal, cuyo discurso podría confundirse por feminista cuando, en momentos inesperados, incita a la liberación sexual. Pero las moralejas, si las hay, son extrañas y no se desprenden de manera lógica de aquello que cuentan. Por lo general, sus argumentos se recogen de casos reales, de la nota roja y cartas de lectores, con abundancia de violencia y sexualidad explícitas. Su antecedente literario se encuentra en la novela naturalista, en contraste con los romances de Harlequin y similares, que beben de la caballeresca.

Franco exhibe, con el análisis de tramas (mujeres maltratadas que huyen de casa, mujeres adúlteras que tras el castigo “vuelven a las andadas”), las “diferentes estrategias narrativas cuando las mujeres son destinatarias en cuanto consumidoras, que cuando se las interpela como miembros potenciales de la fuerza laboral”.

Jean Franco rastrea los orígenes de la producción masiva de textos durante la reforma educativa de Vasconcelos. Con la caída del monopolio estatal en la producción de contenidos (consecuencia de la airosa entrada de México a la política neoliberal), el discurso de la Revolución entró en crisis, haciendo notoria la escisión entre aquella República ideal, modernizada, con la demoledora realidad de los mexicanos. Hay, acaso, una separación de la generación vieja, la “mala” ―responsable de la desviación que tomó el camino al progreso― de la generación “nueva”, que para sobrevivir deberá desprenderse del lastre que supone la familia. Y hay algo doloroso aquí: el recordatorio de la sociedad que “hace de la escasez el principal incentivo (para) la fuerza de trabajo”.

(Una suposición precipitada: el interés por lo sensacionalista parece haber sido desplazado, actualmente, por publicaciones como TvNotas, que dispensa unos dos millones de ejemplares cada mes y es una de las lecturas más consistentes del mercado editorial mexicano.)

La preferencia sobre cierta narrativa es reflejo de un momento histórico. Está el ejemplo demasiado obvio de la entrada masiva de las mujeres a las fábricas como consecuencia de la fuga laboral que trajeron consigo las dos guerras mundiales, y el advenimiento de Rosie The Riveter con su enfático We can do it! como símbolo de la mujer trabajadora (un símbolo ahora reapropiado por voluntades menos interesantes, pero esa es otra historia). También, el suave retorno del discurso del ama de casa como columna y eje central de la familia, y el posterior del “empoderamiento” (esa palabra que suena muy feo, pero que es necesaria) de la mujer: una nueva manera de llamarle a su profesionalización laboral. En resumen, una serie de discursos que cambian de acuerdo a las necesidades del mercado.

He citado ampliamente a Franco, una mujer de lucidez, inteligencia y compromiso precisos, pero no encuentro una manera mejor de terminar este apartado que con una de las frases finales de su ensayo: “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”.

 

Vi hace poco el documental Miss Representation, una producción de Girls’ Club Entertainment. Es interesante, es, incluso, entretenido. Trata sobre la “objetificación” (otra palabra fuerte, poco atractiva) de las mujeres en el cine, la televisión, el internet y la música, es decir, en los mass media. El discurso se construye con los siguientes elementos: imágenes que exhiben la representación femenina dominante en los medios gringos (escenas de Gossip Girl, de reality shows, de noticieros con presentadoras escotadas, de videos musicales); la opinión de personajes de la academia, de directivos de organizaciones civiles por la equidad y los derechos femeninos, de actrices y periodistas, y de estudiantes preparatorianos en lo que parece un focus group o taller de discusión; por último, de estadísticas y datos en frío que, sin conectarse de manera directa con aquello de lo que se habla, respaldan teóricamente la idea del documental. El hilo conductor lo lleva la reflexión de Jennifer Siebel Newsom, incipiente actriz y directora del documental, que expone su preocupación por la concepción del mundo que los medios transmiten a su hija, y a los jóvenes en general, en lo que toca a los conceptos de feminidad y masculinidad.

Algunas cifras: los adolescentes norteamericanos pasan 31 horas a la semana viendo televisión; 10 horas (me parece poco) en internet; 17 escuchando música, en resumen, más de 10 horas al día consumiendo entretenimiento. El documental inicia con una frase distintiva de la crítica cultural: el medio es el mensaje y el mensajero. Y otra, no tan original pero que encuentro veraz, sobre que entender los medios de comunicación significa enterarse de lo que está sucediendo en la sociedad (la gringa, en este caso).

Sólo 16% de las protagonistas de películas hollywoodenses son mujeres. Sólo 26% del segmento de mujeres que aparecen en la televisión tiene más de 40 años. Las estadísticas no producen análisis cualitativos, como se le ha querido atribuir al súbitamente popular test de Bechdel, pero funcionan como herramienta para medir un fenómeno cultural.

(Una refrescada de lo que dicho test clasifica: una película tendrá una representación femenina más eficaz si en ella aparecen: 1) más de dos mujeres, 2) hablando entre sí, 3) de algo que no sea un hombre).

El mensaje predominante en los medios masivos sitúa el aspecto físico como uno de los valores más altos a los que debe aspirar una mujer. Lucir bien es tener poder. El “empoderamiento” es más efectivo si, preferentemente, es sexual. La mujer fuerte se encarna, a menudo, con el estereotipo de la heroína ruda pero hiper-sexualizada (aparecen imágenes de Gatúbela, Elektra, Lara Croft; las opiniones de adolescentes que perciben el bombardeo de la silueta femenina lo suficientemente redonda, lo suficientemente delgada, como única forma de belleza aceptable; estadísticas que, por tramposas o aisladas que puedan ser, no dejan de apuntar a algo: el 65% de las adolescentes norteamericanas sufre trastornos alimenticios, una cifra que ha crecido entre 2000 y 2010; el gasto promedio en cosméticos y salones de belleza en Estados Unidos es de 12 a 15 000 dólares al año.)

Este argumento salta a otro mucho más agudo: la representación de las mujeres con poder verdadero (económico, político) en los medios de comunicación. Las constantes alusiones al físico de Hillary Clinton, de Sarah Palin (agreguemos: de Angela Merkel, de Cristina Fernández de Kirchner, de, ¡vamos!, Elba Esther Gordillo); la preponderancia del aspecto emocional en las descripciones y juicios respecto a ellas e incluso, si se permite el pecado de la subjetividad, el encasillamiento, la ridiculización, la condescendencia. En pocas palabras: la trivialización del poder femenino.

Un clip de Jay Leno donde presenta el juego: “Adivina si es presentadora de noticias o mesera de Hooters”. ¿Quién con conocimientos poco especializados del mundo de los negocios conoce los nombres de Indra Nooyi (presidente de Pepsi), Ursula Burns (presidente de Xerox), Andrea Jung (presidente de Avon)? Rachel Maddow, analista, frontwoman de un programa político, un personaje delicioso, lleno de candor y perspicacia, relata el hate mail que ha recibido a diario, desde su primera aparición en la televisión, por razones de género, sexualidad (Maddow es lesbiana) y aspecto físico.

Condolezza Rice, Jane Fonda, Geena Davis, Jim Steyer (director de la organización Common Sense Media), Jean Kilbourne (cineasta y académica de Wellesley Centers for Women), Pat Mitchell (presidente de Paley Center for Media), Martha Lauzen (directora ejecutiva del Center for the Study of Women in TV and Film), todos opinan, relatan sus experiencias, apoyan con su visión la propia visión del documental. Y la conclusión demoledora es la siguiente: el tratamiento de las mujeres en la cultura popular es indigno.

Los niños, que construyen su educación sentimental en mayor medida con los medios que con la literatura y el arte, reciben concepciones parciales de lo que significa ser mujer y ser hombre, de lo que hace a una mujer, mujer y a un hombre, hombre. La perspectiva de los creadores de contenidos es, forzosamente, limitada y poco incluyente: la presencia de mujeres y de razas diferentes de la blanca en los puestos estratégicos de cadenas como NBC, Disney, Time Warner o Fox es ínfima (un 3%).

Lauzen plantea: “Cuando un grupo no es representado en los medios, es inevitable que se cuestione qué rol juega en esta cultura”. El término acuñado para este fenómeno es “aniquilación simbólica”. Geena Davis argumenta que siempre se ha dado por hecho que las mujeres se interesan por las historias protagonizadas por los hombres, pero no viceversa: una forma de indicar que la experiencia de la otra mitad del mundo no es tan interesante (aparece el ejemplo de las chick flicks, un género unánimemente asociado con las mujeres, cuyas protagonistas tienen como objetivo más importante la consecución del romance: lo que recuerda el análisis de Jean Franco sobre los romances: lo que trae a la memoria, una vez más, el test de Bechdel).

 

Las representaciones sociales surgen, se perciben y se intervienen desde numerosos frentes, pero la cultura es uno de sus abrevaderos más significativos. En After Theory, Terry Eagleton recuerda que la cultura se movía, hace muchos años, en el terreno de lo simbólico, lo erótico, lo ético, lo afectivo y lo mitológico. A partir de los años sesenta y setenta empezó a significar también cine, moda, imagen, estilo de vida, publicidad, marketing, medios de comunicación. Éste es el concepto de cultura que entendemos hoy. El lenguaje de los medios y el de la cultura es uno solo.

La cultura, conviene el mismo Eagleton, es central para las demandas políticas del feminismo. “Valor, discurso, imagen, experiencia e identidad son el lenguaje mismo de su lucha política, como en las políticas étnicas o sexuales”. Y agrega que el único paradigma sobreviviente de la moralidad clásica (la capacidad de plantear verdades morales) es el feminismo, con su insistencia por entrelazar lo político (en su definición aristotélica) con lo personal.

Un grupo lanzado a los márgenes, en un sistema económico que requiere dichos márgenes para sobrevivir, y que emplea a la cultura como uno de sus artífices principales, vuelve la realidad del mundo un discurso. La realidad se vuelve discurso. La realidad se vuelve representación.

 

Hay muchas cosas que me hubiera gustado decir aquí. Que mis ejemplos son limitados, que el apartado anterior apenas puede aplicarse en México, donde la cultura y su distribución son muy distintos de Estados Unidos. Habría que hablar de los medios de comunicación en nuestro país, del acceso al internet, la televisión, la prensa, la literatura, el arte. De las representaciones femeninas y de clase en nuestros medios, de su transformación (y, acaso, involución) en el tiempo. De los grupos privilegiados que tienen acceso a las narrativas gringas ―y son, por tanto, influidos por ellas―. Pero no albergo ambiciones tan grandes: tan sólo quería hablar de Lena Dunham, la mujer con la que inicié el texto.

En el libro de Jean Franco hay otro ensayo, “Invadir el espacio público, transformar el espacio privado”. En él analiza los movimientos populares de mujeres latinoamericanas a partir de los años noventa, cuando las madres de desaparecidos durante las dictaduras se erigieron como un nuevo tipo de ciudadana. En las manifestaciones de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, las mujeres que blandían las fotografías de sus hijos desaparecidos, imágenes tomadas generalmente en reuniones familiares, representaban la “vida privada” de manera pública. Franco entiende lo privado como lo individual y lo particular en oposición a lo social. Al invadir el espacio público con lo privado se pone de relieve la anomalía que significa la presencia femenina reclamando la polis, que a su vez revela la destrucción de las estructuras familiares y sociales. La separación entre la esfera pública y la privada es factor de subordinación.

En “Silence is a woman”, recientemente publicado en The New Inquiry, la académica Wambui Mwangi describe las técnicas de subversión de las mujeres kenianas contra el régimen opresivo de las élites Gikuyu, que han dirigido Kenia con mano dura desde los años cincuenta. En el lenguaje Gikuyu, “mutumia” es una de las palabras genéricas para designar a la mujer. La traducción literal es “la silenciosa” o “la que no habla”. La condición natural de la mujer, explica Mwangi, es “habitar en silencio, perseverar mudamente, comunicarse sin habla”. El silencio es una mujer.

Las mujeres kenianas, en 1922 durante el colonialismo británico o en 1992 contra el régimen Moi, usaron la desnudez como su arma política más poderosa. En sus manifestaciones descubrían los cuerpos tabú que resultaban una afrenta para el espacio público keniano, acostumbrado a ver esos cuerpos under cover. La desnudez tenía el poder de hacer público lo privado, de crear publicidad a partir del cuerpo. No podía ser de otra forma en una cultura que ha negado la presencia pública de ciertos cuerpos y que, más aún, ha usado el cuerpo de la mujer como “instrumento de aprendizaje”: cuando, en la indecencia y la exhibición, es motivo y justificación de la violencia sexual.

Menciono estos dos ejemplos, radicales en su dimensión política, porque apuntan a dos conceptos que me interesan: lo privado como subversión, la desnudez como protesta.

Vuelvo a Lena Dunham. Es inevitable que, comparada con las madres de la Plaza de Mayo y las mujeres kenianas, su discurso parezca banal. Sin embargo, el tema del ensayo es la representación de la mujer en los medios de comunicación y, tras mucho pensarlo, no encuentro una figura que subvierta las convenciones de la representación femenina en la pantalla de manera más sencilla y a la vez más drástica: con su desnudez.

Girls retrata la vida de cuatro veinteañeras en Nueva York: sus relaciones amorosas, familiares, amistosas, sus búsquedas personales, sus dificultades económicas. Por supuesto la perspectiva es limitada, pero sería imposible pedirle lo contrario; la pretensión de representación de todas las perspectivas femeninas o de clase es tan necia que ni siquiera vale la pena mencionarla. Girls es, a pesar de todo, una comedia: la protagonista, Hannah Horvath, interpretada por Dunham, es una aspirante a escritora con una mirada alienada, desentendida, por momentos insensible. Gran parte de la comedia surge de esta ingenuidad voluntaria, que no es mero ejercicio de autocrítica: al exhibir opiniones que le granjean continuamente la animadversión de cierto público poco perspicaz, queda claro que Dunham, más que ridiculizar, crea un personaje.

Las protagonistas de Girls tienen sexo continuamente, pero el sexo que decide mostrarse es del tipo incómodo, del que recrea los aspectos más torpes, mediocres e incluso violentos de las relaciones sexuales. Es, en resumen, un sexo poco convencional… Y qué extraña es esta frase: poco convencional, porque refiere a una cualidad que sólo existe en relación con las convenciones de la tele y el cine, mas no de la vida diaria. Muchas de las anécdotas que se presentan en Girls me han pasado a mí o a personas que conozco. Puede decirse, entonces, que son anécdotas realistas.

En Girls hay, por lo tanto, mucha desnudez. Pero quien más se desnuda es Lena Dunham, la mujer de las “redondeces explícitas”. No sólo cuando tiene sexo, sino cuando llora en una tina con agua tibia, frente a su mejor amiga; cuando decide usar una blusa de red transparente para ir a una fiesta, cuando habla con su novio mientras se cambia de ropa. Sobre todo, en la actual temporada, Hannah se desnuda mucho.

He leído, en Twitter, en Facebook, en los blogs que reseñan y desentrañan cada capítulo de televisión que sale al aire, que no entienden por qué Hannah se desnuda tanto. No lo entienden. No hay razones. No.

El asunto llegó a su momento más álgido cuando, en un evento con la Asociación de Críticos de Televisión, el reportero Tim Molloy, de The Wrap, le hizo la siguiente observación a Dunham:

No entiendo el objetivo de tanta desnudez en el show, de ti particularmente, y siento que me pones en una trampa cuando dices que nadie se queja de la desnudez en Game of Thrones. Pero entiendo por qué lo hacen: porque quieren ser lascivos y, de algún modo, estimular al público. Tu personaje, en cambio, se desnuda en momentos arbitrarios y sin motivo.

La respuesta de Dunham fue simple: “Creo que es una expresión realista de lo que es estar vivo”.

 

He leído muchas opiniones sobre los “motivos” de Dunham para desnudarse constantemente en su show. En algún texto cuyo rastro he perdido en el historial de mi computadora, una bloguera feminista le daba carpetazo al asunto: porque el cuerpo femenino no está hecho solamente para, con su bella presencia, “alegrar el ojo” de quien lo ve. No existe sólo para el placer masculino.

Pero, además de que es una sentencia enteramente cierta, si bien un tanto obvia, creo que hay una postura política de enorme significado en la desnudez continua, sin motivos, de Lena Dunham. Una desnudez subversiva.

En su entrevista con Vogue, Dunham explica que buscaba normalizar lo que es natural para todo el mundo: “ese tipo de sexo”, el sexo que es cotidiano para la gente. Su decisión de desnudar a la actriz que interpreta a su madre, en una escena tan anodina como lo es un momento de intimidad con su esposo, obedece a la misma idea.

¡Qué absurdo que la televisión requiera normalizar lo que es normal! Pero lo requiere. Y es mucho más que la satisfacción de Lena con su propio cuerpo, un discurso tibio del que el mercado se apropia lentamente (pensemos en Dove, para no ir tan lejos), y de los modelos a seguir que las niñas (a las que no les interesa Girls) tendrán en el futuro: se trata de una postura radical. Su cuerpo es una herramienta de subversión, porque lleva aquellos “defectos imperdonables” a la luz. Si el arte moderno rompía las formas sobre la base de la armonía, y al experimentar alteraba un orden, no es descabellado pensar que Lena hace lo mismo con su cuerpo en un medio cuya armonía depende de la convención generalizada que exige la belleza.

Los medios son parte de la cultura que permite construir representaciones sociales. Ver, leer, escuchar: todo moldea sensibilidades. Lo que he leído, lo que he visto, lo que he escuchado, lo que he usado como ejemplos y base de mis argumentaciones, está allá afuera, en el corpus de la cultura misma, no dentro de mí, en un hipotético chapuzón hacia los confines de mi alma.

Es un reclamo justo exhibir los modelos destructivos de imagen, su papel protagónico en las representaciones que nos permiten reconstruir la realidad. Si esto sólo pasa con el cuerpo y la imagen, ¿cuánto más falta, cuánto más debe transformarse?

El medio es el mensaje y el mensajero.

¿Entonces? Que Lena se desnude. Que se desnude más y sin motivo.

 

Pienso ahora también en la frase de Franco que utilicé muchos párrafos arriba. “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”. Pienso en mis amigas, en si estamos o no representadas en Girls, con las diferencias de clase, de circunstancia, de lugar en el mundo. No del todo, eso es cierto, pero a veces… El tema más importante en Girls es, a final de cuentas, la amistad que hay entre ellas. La solidaridad femenina. Resulta triste admitirlo, pero en eso, de una manera importante, también es radical.

 

 

Bibliografía

Ensayos impertinentes, Jean Franco. Editorial Océano – Debate feminista. Selección y prólogo de Marta Lamas.

Prácticas sociales y representaciones. Bajo la dirección de Jean-Claude Abric. Presses Universitaires de France (1994). Ediciones Coyoacán.

After Theory, Terry Eagleton. Penguin, 2004.

Miss Representation, Jennifer Siebel Newsom. Girls’ Club Entertainment, 2011.

“De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, en revista Comunicación, Carlos Colina. Centro Gumilla, Venezuela, 2000.

“Silence Is a Woman”, en The New Inquiry, Wambui Mwangi. Junio 4 de 2013.

 


Autores
(1986) es escritora y periodista. Ha publicado en medios como Letras Libres, La Tempestad, Gatopardo y Domingo El Universal, entre otros. En 2010, recibió la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en la categoría de cuento. Está incluida en la antología La casa con desván (Ediciones Rubeo, España, 2011).