Tierra Adentro
Diana Martín. “Peregrinación de Lux, la Regalaojos” Tinta y grafito/Papel

Varias voces femeninas, como salidas de un testimonio registrado por una cámara o una grabadora, componen este inquietante cuento de Alberto Chimal. Mujeres de distintas edades y ocupaciones hablan de un hecho extraño presenciado desde sus respectivos roles sociales: esposa, hija, empleada, amiga, exhibiendo sus puntos de vista acerca de la sexualidad, la posición que les corresponde ocupar en la casa y fuera de ella, del deber ser femenino y el amor propio. La atmósfera enrarecida de la historia no impide reconocer en ella el desprecio masculino hacia las mujeres que desemboca en la violencia, representado aquí por una desconcertante elección de los sujetos del amor y el deseo.

Catalina (quien es la esposa de Julián y sólo en la cara tiene quince cicatrices)

—Es que yo soy buena gente; yo soy bien, pero bien buena gente. Por eso me hacen tonta, ¿me entiende?, porque yo soy así. Con decirle que luego no nomás dicen que soy bien inocente, o bien linda, sino también que soy una pendeja, o…

»Con perdón. Así me tratan, quién sabe qué me dicen y yo pues no les puedo decir nada porque pues sí, de chica siempre yo era la mensa, y luego siempre fui la que hacían como querían, y desde siempre me ven la cara, ni modo. Pero eso sí, para algunas cosas, mire, para varias cosas sí soy bien hacha. Por ejemplo, para lo de ver cuando engañan a la gente. ¿Usted ve las novelas?

»Sí, sí, telenovelas. Yo sé que usted ha de ser una gente muy ocupada pero seguro también… ¿Sí ve las novelas, o los programas así como el de Laura o el de Cristina? A mí me gustan porque me entretengo y sale gente bien enferma, se lo digo así, a lo mejor usted va a pensar que es mucho morbo estar viendo eso todo el día pero para qué le voy a mentir, me apasiono, ¿me entiende?, yo sí lo vivo, como dice esta… ¿cómo se llama? Bueno, a lo mejor usted nunca ha visto mis programas pero de veras, una se apasiona. A mí me gustan más que los de bailar o los de cantantes, porque hacen cada barbaridad…

»Ah, sí, pero le estaba diciendo de que soy bien hacha, y pues ya le dije, yo por mis programas, yo siempre me doy cuenta cuando engañan a la gente: cuando le mienten a la muchacha yo siempre digo…

»Yo siempre supe que mi marido me ponía el cuerno, pues. Que me engañaba. Una siente, ¿no?, una como mujer siente esas cosas porque es más sensible a eso, porque es como dicen, ¿no?, más como la intuición. ¿No? Que es femenina.

»Lo que yo no sabía era… la otra parte. Lo de a dónde va. ¿Me entiende?

 

Guadalupe, su mejor amiga

—Él, o sea Julián, desde antes que se casaran ya era así como toscote, como son los hombres. Todo el tiempo le estaba dando a la Cata sus madrazos, digo, sus trancazos… Le daba sus buenos golpes, y bueno, así es como ellos son, así demuestran que una les importa, y también una tiene que poner de su parte: una va viendo qué no le gusta y qué le gusta a su marido para que no se enoje tanto. A mí lo único que siempre se me hizo un poco raro era que, según Cata, siempre que Julián acababa de darle una, cuando ya se cansaba y la dejaba, en vez de irse a tomar o…  lo que hacen los hombres…

»Coger.

»Digo, “hacer el amor”… Pero en lugar de eso se iba. Sí, sí, se iba en su camioneta al mercado, pero no por un encargo sino nada más a ver a los perros. Los que se juntan afuera. ¿Sí conoce el mercado? El que está por allá. Julián llegaba a donde salen los cargadores, donde suben y bajan cosas, pero se estacionaba más adelante y se regresaba a ver. Luego hasta le decían que si quería cargar o que qué estaba haciendo pero él no, decía: nomás milando, como el chinito. A mí pues se me hacía como raro, pero, bueno, Cata hasta lo llegó a acompañar, por eso sé, porque un tiempo él le decía vente y ella se iba con él.

»A mí no se me hacía muy entretenido. Y a Cata tampoco, pero eso sí, lo que sea de cada quién: Cata es obediente. Él le decía mira, vieja, qué bonito, aquel amarillo, y Cata lo miraba, pero nada más veía al animal todo flaco y mugroso, ladre y ladre, peleándose con los otros por unas sobras o lo que sea que tuvieran cerca para comer, o luego oliéndose con los otros por todos lados o con ganas de…, de hacer lo que hacen los perros…, y ella decía bueno, qué tiene de bonito, y él primero se le quedaba viendo con cara de qué no ves, qué estás ciega…

»Y ya con el tiempo ya no le decía nada, y luego hasta le dejó de decir que lo acompañara.

 

Catalina (a pregunta expresa sobre Julián)

—Usted me entiende, ¿verdad? No porque usted se haya quedado nunca así como yo…, vaya, yo no sé ni nada, pero pues usted…, usted sabe de estas cosas, ¿no?

»Es que cuesta, no se crea, cuesta hablar de estas cosas. A mí mi mamá, que en paz descanse, me enseñó dos cosas: una, que de la vida no hay que esperar nada, que a la gente como ella, como yo, lo único que le puede quedar pues es la decencia, porque todo lo demás pues no, una nace jodida y jodida se queda. ¿No? Con perdón. Sí es cierto: Julián con la fonda, la verdad, se parte la…, trabaja durísimo, y además yo los he visto, a mis parientes, a mis hermanos, a mis sobrinos, cuando han querido poner que sus changarros, o que ir a… meterse a la política, a hacerle bola a quién sabe quién, o vaya usted a saber a qué se meten, como mi prima Amalia que se robó cuatrocientos mil pesos de la cooperativa de su escuela y se los gastó en pura pendejada, con perdón, o Pascual, un sobrino que tengo, que por favor esto no lo vaya a poner en su revista porque se me arma, pero a mí se me hace que está en una de esas bandas…

»¿Mi mamá?

»¡Ah, lo otro que me dijo! Que tampoco tenía que esperar nada de un hombre. Que todavía de la vida alguna vez pero de un hombre jamás.

»A lo mejor sí es cierto, a lo mejor es como decía ella, que una nomás se tiene que aguantar y esa es la cruz que nos toca, y ya después viene el consuelo… Pero ya, mire…

»Ya. Mire: todo empezó porque mientras estaba conmigo…, mientras Julián estaba conmigo…

»Ay, señorita, yo se me hace que usted ha de ser hasta…, pues…, una persona muy educada y no sé si la…, la voy a ofender…, pero le juro que a mí me da hasta dolor de cabeza hablar de esto. De veras que no soy mala persona, de veras que no, no soy vulgar, no ando de ofrecida por ahí…

 

Yaeli, su hija menor

—Yo ya llegué tarde, es decir, la hermana a la que sigo me lleva como nueve o diez años. Nací cuando mi papá más o menos tenía bien puesta la fonda, y por eso no tuve que trabajar con él como mis hermanas y en cambio me pude meter a la Universidad. Fui la consentida. Ahora estudio psicología…

»Y ahora…, ahora mi mamá me da mucha pena, y mi papá no se diga…

»Porque usted sabe, ¿verdad? Sí sabe todo lo que pasa allá, en ese…, pues en ese congal, ese antro, ese…

»Putero. Lo que sea. Sí sabe, ¿verdad? Supongo que se le puede decir así…, prostíbulo, no sé…

»Mi mamá dice que tardó mucho en darse cuenta. Y yo le creo porque… Ella dice que es bruta. Así dice. Bruta como todas las mujeres. Yo siempre le digo que eso no es cierto, que… Pero es que tuvo una vida muy difícil. La tenemos todavía. Yo hago dos horas y media de la casa a la Facultad, no crea que es fácil.

»Y para colmo ella de veras no puede hablar de sexo. De verdad no puede. Se pone mal. Me dice: es que estar, estar, estar con tu papá, me dice… Y tartamudea. Y suda. Y se pone muy mal. Y al final siempre acaba diciendo que estar con él es muy bonito. Así. Nunca ha llegado a más.

»Ella dice que soy muy moderna porque soy la única que le habla de estas cosas, y la verdad mis hermanas o se hacen tontas o piensan lo mismo que ella. Yo no entiendo, me dicen, yo soy ignorante, no como tú. Ellas y yo tenemos muchas peleas por esto. Lo que yo no entiendo es cómo puede alguien pensar que sea malo sentir así, “bonito”, cuando se está con la pareja de una. ¡Y mi mamá hasta me ha salido con que los pecados no pueden pasar de moda! Yo sé que es un poco egoísta pensar esto pero creo que he tenido mucha suerte: podría ser como mi hermana Teresa, que cada vez que quiere agarrarse a un novio se embaraza de él y ya va por el quinto…

»No, y ni le cuento de mi hermana Jennifer.

»En fin. Yo, incluso antes de enterarme, de que pasara lo que pasó, ya trataba de convencer a mi mamá: ya las cosas ya cambiaron, le decía. Y ella, claro que contestaba que su mamá, o sea mi abuela, se volvería a morir si oyera esas cosas. Ni hablar de explicarle acerca del placer. De veras le da dolor de cabeza. ¡Y cuando se enoja me dice que yo soy la que está torcida, que tengo algo mal…!

 

Catalina (quien no ha dicho nada sobre su intimidad con Julián)

—Pero una cosa sí le digo, yo me decidí a ir tras de Julián no nada más por lo que ya le dije, ni porque me…

»Porque me sienta como me siento… Como me haya sentido…

»Porque Julián hace mucho que ni me toca, en realidad, ¿me entiende? Estos últimos años… Ya estamos viejos. Mire cómo estoy de gorda…

»Ah, sí. Me decidí a ir, además, sobre todo, porque yo ya sabía: yo ya sabía que salía a ver a alguien más y regresaba noche y todo oloroso a sudor y a quién sabe qué.

»Y además porque cada vez se tardaba más afuera, y no llegaba a la casa y cuando llegaba traía una cara de atormentado que me daba pena, porque era como si yo fuera la cruz de él, y pues todo el mundo se daba cuenta, ¿me entiende?, se daban cuenta, a éste no le gusta estar aquí, decían, y yo pensaba: claro, viene de estar con una mujer, viene del hotel…

»Ay, señorita, y yo primero me ponía a llorar, llore y llore y llore, y luego me daba coraje y rompía cosas y…

»Una vez, Yaeli, que es la única que me habla de estas cosas porque sus hermanas pues ya son más grandes, ya están en sus cosas, nomás de vez en cuando me vienen a ver porque se pelearon con sus maridos o a dejarme a mis nietos para que los cuide…, y además mis cosas no les importan, qué les van a importar, también eso me decía mi mamá, que la otra cruz de la vida de una son los hijos…

»¿Cómo? Ah, sí, Yaeli me veía cómo estaba y hasta me llegó a decir… Ay, Yaeli, me decía…, ella me decía…

»Híjole, qué difícil.

»Mamá, me decía, tienes que seducir a mi papá, a lo mejor, no sé, un día, un día espéralo desnuda en la cama.

 

Jennifer, su tercera hija

—Hágame el favor. Así le dijo. Encuerada. Encuérate, le dijo. Seguro que también con los labios pintados y abierta de piernas. Para que llegara mi papá y la matara a chingadazos por estar de puta. Así son siempre sus consejitos de mi hermana.

 

Catalina (quien por fin deja de llorar)

—Yo le dije: ¿así como estoy?, le dije. ¿Así de vieja y de fea? Y así me puse, llore y llore…

»Y otra vez sentí el coraje, pero quién sabe qué me pasó después de lo que ella me dijo, porque ahí fue donde se me ocurrió: dije: yo quiero ver cómo es el hotel, eso pensé, quiero verlo… No sé por qué.

»Yo pensaba que sería a lo mejor hasta una cosa de lujo, así de los de yacusi y todo eso, porque ahí donde nos ve Julián sí gana su dinerito con la fonda, yo bien que sé, pero a mí no me da nada y yo tengo que estar con una mano atrás y otra adelante para que podamos medio malcomer… Todo eso me daba mucho coraje, y en las mañanas que me quedaba sola me imaginaba entrando ahí al hotel y viéndolo a Julián con quien fuera que estuviera y diciéndole…, no sé, cualquier cosa, algo horrible para que se sintiera culpable, ¿me entiende?, algo como lo que dicen en las novelas, así bien fuerte, para que viera que a pesar de todo lo que me dijo mi mamá y de que él fuera el hombre yo no me iba a dejar, y no por que ella estuviera más joven y más bonita me iba a tratar así como su pinche chancla.

»Con perdón.

»Yo decía, hasta lo decía en voz alta, ¡vas a ver, maldito!, así le decía, como en las novelas. ¡Vas a ver, José Julián, que conmigo no puedes jugar así de fácil…!

»Y un día, ya de noche, que llega, me da mis madrazos, se sale de la casa, como siempre, pero que yo me salgo tras él. Y que se va en su camión y yo tomo un taxi, así como de novela, y que le digo siga a ese camión, así le dije, y que nos vamos… Un ratote estuvimos tras él. Yo me imagino que Julián no nos vio porque pues cuándo se le iba a ocurrir que yo iba a ponerme a seguirlo, así como… ¿Me entiende? Fue muy feo porque lugar por el que pasábamos yo pensaba ya, seguro ya llegamos, aquí se baja…, pero no, no se detenía siquiera y se seguía y pues yo igual. Fuimos por la barranca, que sí es barrio muy bravo a esa hora, a cada rato van las patrullas a agarrar a traficantes y a echar balazos… Fuimos por ahí y luego salimos a la carretera. Y dimos vueltas por quién sabe qué colonias de por ahí, ni sé cómo se llaman, puros de esos departamentos chiquititos… Y ya me estaba yo preocupando porque no me iba a alcanzar para la dejada cuando Julián se paró. Y pues se fue a parar…

»Se fue a parar en aquel lugar, que no sé si usted lo haya visto… Es como una bodega. Así sin anuncios, sin nada. Nada más un anuncio junto a una puerta de metal así como de fábrica, pero sin palabras, nada más una casa pintada. Y de pronto los coches pasando de un lado, del otro…

»Y yo ya bajada del taxi, toda con frío, sin saber qué hacer, pensando pues que qué estábamos haciendo ahí, viéndolo entrar…

 

Marimar, empleada de “La Casita”

—El señor Julián trabaja para los dueños desde hace ¡uh!, un montón. Les trae comida del mercado. También les hace encargos, no sé… Ellos fueron según creo los que le pasaron el dinero con el que puso su negocio…

»¿Cómo? No, no sé por qué se llama “La Casita”. Yo no sé nada. Los lugares como ese siempre tienen nombres… de ese estilo. ¿Usted es de aquí? La zona roja de verdad, o sea, estos lugares que están más cerca de la ciudad, se llaman “La Huerta”, “La hija de Pancho Villa”…

»Yo la vi. Salí, porque siempre me tocar salir más o menos a esa hora. ¡Pobre! Se había bajado de un taxi, y ya sabiendo quién era, es decir, porque entonces estaba lejos y no sabía quién era…

»Ya sabiendo, yo supongo que entre el miedo de que la vieran y el miedo de que no sabía ni qué era ahí dónde estábamos y de que su taxi ya se estaba yendo, estaba la pobre… Primero la vi que estaba llorando. Luego se quiso esconder, pero no había dónde. Y entonces como que se agachó. Como para esconderse de todas maneras. Y pues yo la veía clarito, pero…

»O sea, pobre. ¿No?

»Ah, pero para esto, antes de verla a ella, pues lo vi a él. Y yo muy quitada de la pena, porque lo conozco, porque todos nos conocemos acá, en realidad tampoco es tan feo lugar para trabajar, cada quien hace lo que le toca y le pagan no tan mal…

»Lo saludé al señor Julián, que estaba llegando, yo sabía que en general iba de cliente los miércoles o los jueves, y le digo hola, don Julián, ¿ya luego luego?

»Sí, yo sabía. Claro que sabía. ¿No le digo que todos nos conocemos? A mí primero sí me…, me daba cosa. Horror. Me indignaba.

»O sea, tampoco le voy a decir que ahora me gusta, ni Dios lo quiera… Pero ya no soy una niña. Y he visto cosas muy feas aquí. Yo ya digo: si quieren hacer eso, que lo hagan. Que hagan con su vida lo que quieran. ¿A mí qué? A mí me pagan por hacer un trabajo decente. Eso de que los saco a pasear, los limpio, de hecho es como extra. Yo lavo baños y limpio pisos.

»Ah, sí. En aquel momento, con el señor Julián, le vi… Le vi una sonrisa que tiene. Que es muy especial. Y le dije: ¿ya luego luego se va a echar al Fueguito?

 

Catalina (quien recuerda esas palabras)

—Y yo entonces me puse como…, me encabroné, con perdón, me encabroné porque entendí “jueguito”, y pensé que era el jueguito que iba a jugar con esa… Con esa, así pensé, ya sabe. Pues es que imagínese, yo veo que entonces Julián le dice, ¿lo va a sacar a pasear apenas?, y la otra que sí…

»Ay, señorita, y entonces entra y vuelve a salir con un perro grande, así amarillo como los del mercado, y Julián que se hinca y lo agarra así y la otra le dice ¡ah, don Julián, qué avorazado, espérese, lo van a ver…!

»Y entonces él se puso a decir: un besito, un besito…

»No sabe cómo…

»No sabe, señorita, no sabe, ¡no sabe cómo lloré entonces, y no sabe cómo lloré después, llore y llore y llore y llore, porque además de haberlo visto, y luego yo supe, supe que no era la primera vez…, y que además después de ir allá se regresaba a la casa a darme besos a mí y a las hijas, o cuando todavía tenía ganas de hacer sus cosas conmigo…, cuando le daban ganas me decía a ver, vieja, a la cama, y me mandaba a la cama para que…!

»Ay, señorita. ¿Qué pregunta es esa? ¡No me chingue!

»Con perdón.

»¿No me entiende? Aparte del asco yo pensaba ¿qué no le damos, qué le falta, cómo puede ser que mejor prefiera ver a un perro, a un perro que a su propia familia, ya no digamos a mí, no digamos hacer lo que hacen los hombres, sino qué le falta a sus hijas, a Yaeli que es la que más quiere, cómo podía él estarse dos tres cuatro horas con un perro, y además perro, no perra, era perro…?

»¿Cómo podía hacer eso y estarse tanto tiempo aquí y en cambio no pasarse ni cinco minutos con la hija que le queda? Ya las otras, las grandes, pues le digo, ya nomás vienen cuando quieren dinero, cuando nos vienen a dejar a sus hijos de ellas que para que estén con los abuelos…, ¡nada, qué, bien que sé que les valemos madre, bola de ingratas…!

»Pero bueno, le decía… ¿Qué teníamos, pensaba, qué mal habíamos hecho, qué estábamos pagando? Y yo primero no le decía nada a nadie pues porque…, porque ¿qué le iba a decir, cómo, por dónde empezaba? ¿Me entiende? Y entonces era peor, porque no tenía a nadie con quien hablar y todo el día, le digo, llore y llore y llore…

»Y pues ya sabe usted lo demás. Ese día que le digo Julián se acabó metiendo con el Fueguito, con el perro ese, y yo todavía no quería… pues… creer que era eso, ¿me entiende?, yo quería pensar, no sé, cualquier cosa, y todavía me quise acercar más, ver algo…

»Según yo me quería esconder. Me agaché, no sé qué hice. Cuando me bajé del taxi, antes, según yo… Por un momento pensé que era yo como espía. ¡Se lo juro, según yo parecía así como…, de película…! A mí no me gustan esas películas así de espías pero sí las veo, Yaeli es a la que gustan, le gusta este tipo…

»Ya cuando vi a qué venía Julián ya no me sentía espía.

»Y entonces que me ve la mujer de la entrada, la que yo había pensado que era su…, pues su amante, ¿sí se acuerda? Yo de lejos como además estoy medio ciega pues no la veía bien, pero cuando Julián ya se había metido y yo estaba ya cerca de la puerta ella me vio y se me paró enfrente y me dijo ¿doña Cata?, ¿qué hace aquí, señora?

»¡Y que era la hija de los Costa, unos vecinos que viven nomás atrás de mi casa…!

 

Angélica, su vecina y madre de Marimar

—Yo a doña Cata la conozco desde ¡uh! Somos bastante amigas… A mí me da mucha tristeza todo, imagínese. Y también me da tristeza por mi hija, que yo no sabía en qué trabaja, se lo juro…

»Marimar me cuenta que doña Cata no le pudo decir nada, que nomás se puso roja roja roja roja roja, imagínese qué horrible, y a llorar, a gritar, no sé qué tanto habrá hecho… Pero que al final, quién sabe cómo le habrá hecho, pobre mujer, como que sacó fuerzas porque primero le dice a mi hija: ¿tú también aquí trabajas, Mary?…

»No, ahora que ya se destapó todo, resulta que mucha gente de por aquí trabaja en ese negocio o en otros parecidos. Por ejemplo, Fernando, el hijo de otra vecina, la señora Topete, resulta que en las noches se viste de… ya sabe usted…

»¿Qué? Ah, sí…

»Lo que me dice Marimar es que luego ya hablaron las dos… El señor Julián, el esposo, el de doña Cata, fue el que le consiguió el trabajo a Marimar, y de hecho fue como una de las pocas veces que doña Cata, que es bien apocada la pobre, se animó a pedirle un favor así, derecho, porque en aquella época el marido de Marimar, un irresponsable, una lacra, una mierda de gente, la verdad, ahí sí Dios no me dejará mentir, la había dejado para irse con quién sabe quién y nos había dejado puras deudas…

»Sí, los dos vivían aquí. Y mire que yo tenía un miedo de que tuvieran hijos, porque…

»Ah, sí. Yo a la señora Cata la quiero mucho por eso, porque le rogó: no sabe usted, yo lo vi, no sabe cómo le rogó. Porque yo la quiero bien a la señora Costa, decía ella, mira cómo están, nada más mira cómo están.

»Pero ella no sabía qué trabajo le iba a conseguir. Yo ahí sí le creo. Todos pensábamos que le había conseguido trabajo con unos amigos de otra fonda, o en el mercado…

»Ahora ella está bien apenada, no se crea. Yo me imagino que irá a renunciar y a buscarse otro trabajo. Claro, si la señora Cata pudiera hacerle igual de fácil…

»Sí, conseguirse igual de fácil otro marido… Arreglarse la…

 

Catalina (más tranquila, pero con los ojos enrojecidos, la voz quebrada aún –grave y áspera– y un dolor en las cicatrices que le parece más fuerte ahora)

—Marimar me dijo que me regresara, que porque era bastante feo para el que no estaba acostumbrado… Pero yo pues ya estaba ahí, ¿me entiende?, ni modo de regresarme ya entonces…

»Yo pensaba…

»Total, le dije no, Mary, ya vi qué hace y pues lo tengo que ver. O sea, ver bien. Y ella todavía me dijo mejor le hablo, para que hablen, pero yo le dije que no. Que primero lo tenía que ver a él con… Sin que él me viera, ¿me entiende? Estar como segura porque…

»¿Cómo?

»Ah, ella me dijo que no, que cómo, que no estaba bien… No vaya a pensar que ella es así como irresponsable o chismosa, ¿eh?, le digo, ella todo el tiempo me estuvo diciendo que más bien me fuera… La verdad hasta abusé, porque si sus jefes me hubieran visto adentro la hubieran corrido a ella. Pero yo tenía que…

»Además, en ese momento empezó a llegar más gente y pues ella dijo córrale, pues, véngase, y me llevó por atrás y me pasó por una puerta chiquita, de servicio, me dijo.

»Mire que de todas maneras la gente que llegué a ver sí me vio feo, ¿me entiende?, la gente que ya estaba adentro y que pues la llegamos a ver, ¿no? O sea, clientes… Uno o dos. Yo…, yo pues estaba vestida como me ve, con lo que tengo, y me dio mucha vergüenza porque además soy fea, yo sé que soy fea y de mala educación y gorda, y todos los que vienen aquí de clientes de señores a de veras, de los que pagan de veras lo que se cobra y no como Julián que dice Marimar que le dan descuento, precio amigo, no sé cómo dijo…

»Son todos…, así, ¿no?, gente de dinero, de buena familia, bien vestidos, señoras y señores pero todos bien, ¿no? Hasta parecían de una novela, los señores altos, güeros, y las señoras rebién arregladas…

»Otra vez de las que he ido hasta a un rey he visto, no, ¿cómo se llama? Un… Ay, no me acuerdo, de esos árabes con su turbante…

»Bueno, total, esa vez Marimar de todos modos me pasó, le decía, quién sabe qué ha de haber pensado, que estaba yo loca, no sé, pero luego luego me llevó a los cuartos esos de las ventanas. ¿Sabe cómo son, los ha visto? Son unos cuartos que dan a un como pasillo, y que si uno quiere ver lo que están haciendo las personas adentro de los cuartos escoge el cuarto que quiere ver y se asoma por una como mirilla…

»Lo vi a Julián y no sabe qué cosa más horrible.

»No sabe, señorita, es peor que hablar de las cosas que habla mi hija, es peor que cualquier cosa, es como para que le explote a una la cabeza, y además se veía tan contento, tan tranquilo…, ¡nunca, nunca, nunca tuvo esa cara cuando estaba con nosotras…!

»Uno de estos días sí voy a ir al reclusorio a verlo. Le voy a decir que…

»No sé qué le voy a decir.

»No, sí sé. Que no es justo. Que…, que abusó, abusó de nuestra confianza, de nuestro cariño. Lo demás no me importa. ¿Pero sí está usted de acuerdo que abusó? Porque si no ¿qué hago? ¿Me aguanto, me sigo como hasta ahora?

»Yo la verdad no entiendo qué tienen esos perros, qué hacen, qué les ve la gente, y pues no nomás mi marido sino gente bien, con educación…, y además no todos eran perros amarillos como el de Julián, sino que había algunos de estos sambernardos, y chihuahueños, y de estos que son como salchicha, de todo tipo…

»¿Ya le había dicho que volví a ir varias veces? De ahí fue…

»Ah, bueno, sí.

»Esa vez, la primera, ya cuando me regresé, que la Marimar me sacó de ahí a escondidas y hasta me llamó otro taxi y me lo pagó y todo…, yo estaba toda… Sí. Pero me quedé con la idea de que a lo mejor lo podía convencer, a Julián, de que no tenía que ir allá para…, para sentirse bien, ¿me entiende? A lo mejor tiene algo mal en él mismo, pensaba, pero ese no es el modo de resolver su problema, y en cambio…, en cambio yo lo podía ayudar, ¿me entiende, señorita?

»Yo todo esto se lo digo para que no vaya a hablar mal de Marimar, que es una muchacha buena, de verdad. Me dejó entrar de a gratis todas las veces que quise pero siempre se aseguró de que yo no estorbara a nadie, de que los jefes no me vieran, de que los clientes pues pensaran que…

»Sí, que yo era otra empleada. Que no se viera mal.

»Pregúntele. Lo único que hizo fue que yo… Que me pudiera asomar, usted me entiende, ¿sí me entiende? No le hacía daño a nadie, de los que estaban en los cuartos nunca me vio nadie.

»Y mire, tampoco vaya a pensar mal de mí, yo ya le dije que soy ignorante, que no tengo educación, que todo el tiempo he estado nada más procurando por mis hijas, y en especial por Yaeli, que la quiero mucho, de veras, es muy buena, y no se merece tener un padre como el que tiene… Ella fue la que llamó a la patrulla…

»Pero le decía… Todo esto me da mucha pena. Me da mucha pena eso otro que le contaba, eso de que no me sentía mal… Sí, que no me sentía mal estando con Julián y a veces hasta al contrario. Yo ya no sé si eso está mal o no, si a lo mejor la mala, la perversa soy yo, porque él se porta como animal como el… pinche animal ese…

»Perdón…

»Y muchas veces después de esa noche a mí me daba la impresión de que lo que yo siento, o sentía, era como si yo fuera peor de animal, yo ya no sé, le digo…

»Pero le digo, yo no quería… Yo todo lo que quería era saber, saber qué les veía, entender qué tienen que no tenga una mujer… A ver si lo podía convencer, a ver si un día me animaba a hablar con él para convencerlo de que por qué no se quedaba conmigo, que fuéramos a un hotel de los otros, de los de gente…

»Ay, señorita, yo no sé si alguna vez ha tenido un esposo así como el mío, pero yo estaba desesperada.

»Como las de la televisión. Pero además era de verdad y era… Esto no pasa en la televisión. ¿No? Esto sí nunca lo he visto.

»Y me acordaba y me acordaba de lo que me había dicho Yaeli, que había que… ¿Sí le dije lo que ella me dijo alguna vez?

»Seducirlo, me dijo, había que seducirlo. Y yo pensé que los perros lo debían de seducir a él. Quién sabe por qué. Tampoco sé por qué llegué a pensar que serían los ladridos, y un rato largo largo largo estuve yendo con Marimar nada más para que me pasara a oírlos ladrar…

»Sí, por eso. ¿Por qué cree que esa otra vez, cuando casi me mata, lo recibí no nada más encuerada sino además ladrando? ¡Ay, señorita, usted no sabe, no sabe con qué cara se me quedó viendo, qué cara de pinche loca, de qué chingados te pasa, qué fea estás…, qué gorda…!

»No, es más, fue peor. Su cara, mientras me empezaba a pegar, cuando sacó la varilla de no sé dónde y me empezó a dar con ella, era ya no de asco, o de odio, sino de… No sé de qué… Estaba como muerta. Como que no tenía sentimiento. Como si le estuviera pegando a un animal, no, peor, a una cosa, a un trozo de madera, a una piedra…

 


Autores
es narrador y ensayista. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, húngaro y esperanto. Su última novela, La torre y el jardín fue finalista del premio Romulo Gallegos.
Diana Martín. “La providencial aparición del abogado pulpo” Acuarela y grafito/Papel

La ciencia ficción es una suerte de país en el que las mujeres siempre se han sentido bienvenidas. Les ha permitido imaginar diferentes destinos y relaciones de poder, incluso otros cuerpos, u otras posibilidades para sus cuerpos, como lo demuestran las obras de Ursula K. LeGuin o Connie Willis. Pero es ingenuo pensar que esto sólo se les ha otorgado en el terreno de la imaginación: históricamente, la ciencia ficción ha permitido que las mujeres salgan del entorno al que aparentemente estaban confinadas, brindándoles desde herramientas para ser económicamente independientes como creadoras,  hasta un espacio desde el que pudieran expresarse sin restricciones, hacer una crítica a las estructuras sociales que las desfavorecen y ser escuchadas. Libia Brenda explora su papel de entrañable personaje cyberpunk en esta crónica autobiográfica que nos deja echar un vistazo, desde su perspectiva, al movimiento contracultural gestado en la capital poblana de los años noventa.

Si alguna vez llego a tener una conversación con la guionista de mi vida, tengo que preguntarle quién le enseñó a estructurar las tramas y si cree en el destino. Como argumentista me parece desordenada pero interesante. Ha tenido varias fallas, pero es comprensible porque ha pasado por muchos procesos: siempre tendrá un sentido del humor retorcido, y a pesar de que nació con aspecto de varón, un día despertó transformada en mujer, como el Orlando de Virginia Woolf. Y aunque le fascina el drama, o quizá por eso mismo, se asegura de que no me aburra nunca, como durante mi época cyberpunk, que ocurrió en la segunda mitad de los años noventa.

En su primera etapa masculina, cuando era el guionista de mi vida, ejerció una crueldad infame. Para escribir mi infancia hizo un crossover entre Stephen King (cuando sí da miedo, como en It) y lo más oscuro de Charles Dickens, con un toque de Víctor Hugo: incluyó tópicos como hambre, violencia varia, desesperanza y confusión. Estoy segura de que el pobre guionista atravesó por una etapa de depresión y decepción entre los años 82 y el 95, pero al menos era como ese dios que dicen que aprieta pero no ahorca (un rasgo de sadomasoquismo que nadie se ha empleado en explorar, si me preguntan). Gracias a eso, cuando yo estaba entre la pubertad y la adolescencia, descubrí que a través de un libro podía quedarme un poco fuera del mundo, y además podía habitar muchos otros mundos. Eso siempre me ayudó a lidiar con eso que llaman “la realidad”.

Mi realidad estaba dirigida por mi padre y su mujer, lo que resultaba, cómo ponerlo… difícil. Digamos que mi padre era violento y su mujer también era violenta, además de cruel e inventiva, pero ninguno de los dos tuvo nunca mucha imaginación ni mucha inteligencia, aunque sí tenían libros, por suerte. El punto es que vivir en esas condiciones requiere de un método de supervivencia y ese método fue para mí la lectura. Me hice una lectora voraz.

Cuando el guionista de mi vida salió de aquella etapa oscura se dio cuenta de que yo era ya una adulta (según la Constitución, al menos), estaba por hacer alguna tontería mayor y él necesitaba inventarse una vuelta de tuerca para conservar el trabajo: entonces me convirtió en una chica cyberpunk. Recuerdo (y me da risa) que me sentía un personaje contracultural, tecnologizado y revolucionario. Claro que haber nacido en la mochísima capital poblana pone lo anterior en duda, aunque tampoco es que fuera difícil (en tierra de ciegos, ya se sabe). ¡Ah, la ingenuidad de la juventud!

Conocí al que sería mi futuro esposo. Desde que nos hicimos amigos hasta nuestra separación, tuvimos siempre muchas cosas en común. Él fue el primer escritor que conocí, yo resulté ser la única chica lectora de ciencia ficción y literatura fantástica que él conocía, siempre me presumía como tal. Creo que me veía como una adquisición rara, una pieza única. A mis diecinueve, yo ya era fan de varios autores que están bajo el letrerito que dice “Fundamentales”: Chandler, Poe, Cortázar, Tolkien, Bradbury, Machen o Burgess; pero él me dio a leer a otros que tenían que completar el anaquel: a Farmer, a Dick y a Douglas Adams; yo ya conocía tres libros de Dunas, él se encargó de que su mejor amigo me prestara los otros tres; me presentó a Ursula K. Le Guin, a Angélica Gorodischer y a George R. R. Martin; me regaló Alicia en el país de las maravillas y me dijo que Los cristales soñadores me iba a encantar. En ese tiempo me convertí en una lectora con tendencia: elegía las obras más alejadas de la etiqueta del realismo porque me enseñaron que eran menospreciadas por la corriente principal de los intelectuales “serios”, una injusticia. Yo leía como he leído siempre: de manera frenética, desordenada y como si se fuera a acabar el mundo. Antes de casarme, trabajé en un bazar de antigüedades como recepcionista. Llegaba a las nueve, limpiaba un poco, me sentaba a leer; a las dos iba a comer y cuando volvía de nuevo me sentaba a leer hasta las siete de la noche: eran unas buenas ocho horas de lectura.

Luego de un año de noviazgo me casé con el primer y único novio “oficial” que había tenido en la vida (si yo era alternativa, pero ñoña hasta la raíz del pelo). Era diciembre de 1995 y estaba convencida de que el amor duraba para siempre y podía conquistarlo todo. Conocí a varios de sus amigos cuando éramos novios e hicimos más amigos juntos cuando ya nos habíamos casado. Todos eran hombres, todos leían muchísimo y varios escribían ciencia ficción. Pensaban que hacíamos una gran pareja y que yo era linda, inteligente, creativa, para mí eran las personas más inteligentes y de avanzada que podía haber, sensibles y cultos.

Cuando cumplí veintidós años, el guionista de mi vida me había convertido en un personaje  heterogéneo, era una “mujer casada” pero con la cabeza rapada, de aspecto medio dark, que escribía cuentos y artículos para un fanzine, o dos, y una que otra revista independiente. De manera casi automática formé parte de La langosta se ha posado, el legendario fanzine programado en MS2. Luego empecé a publicar en Umbrales, una revista de Tamaulipas. En poco tiempo, gracias a que se generó una buena sinergia con los colegas, pasaron varias cosas: empezamos una publicación titulada Azoth (sí, ese era el nombre); organizamos las tres emisiones del Festival Internacional de Ciencia Ficción y Fantasía en Tlaxcala; hicimos una breve colección de libros de “subgéneros” con Ramón Llaca y Cía… Vivíamos en una suerte de gira literaria permanente, íbamos de festival en feria del libro y de cada evento underground a alguna convención de cómics. Conocí, además, a otras chicas que escribían, pintaban, tenían proyectos propios. Cuando salió la primera revista Sub (recuerdo que era amarilla, con un robot en la portada), la gran Jimena-Ida Moh! ilustró mi cuento “Ice Cream”: era la primera vez que alguien ilustraba un cuento mío. Conocí también a Blanca Martínez, una escritora mexico-catalana que se convirtió en una amiga muy querida y en una tutora de vida. Gracias a ella publiqué, junto con otros amigos, en la versión mexicana de la revista Asimov. Luego,  en algún otro momento, publiqué “Vestigios de un extraño” en el fanzine Mercado negro. En esa época llena de lo que me parecían grandes retos y estímulos, yo creía que empezaba a hacer cosas importantes en el campo de la ciencia ficción… ¡Ah, la arrogancia de la juventud!

Siempre me ha costado trabajo confiar en la gente, aunque no se nota porque soy muy parlanchina, pero durante los dos años y medio que duró mi vida de casada conviví con los que creí los mejores amigos del universo, no exagero cuando digo que los adoraba. Me encantaba que se la pasaran en nuestro departamento, guisaba para ellos cada vez que podía y a los que tenían mi edad los presionaba, según yo, para que dejaran de vivir con sus papás y se independizaran de sus respectivas familias, como si yo fuera un ejemplo de madurez y seriedad. Nuestro departamento se convirtió en centro de reunión. Pasábamos las tardes hablando de libros, a veces entre mariguana y alcohol; leíamos nuestros cuentos y los discutíamos (yo los criticaba como si el espíritu de Gertrude Stein se hubiera posesionado de mí); escuchábamos las ideas que tenían los responsables del fanzine Fractal; peloteábamos ideas entre nosotros; recibíamos a los amigos que iban del D. F. o, en alguna ocasión, de Guadalajara. Nuestra sala fue muchas veces dormitorio de más de tres; incluso algunos amigos que vivían en la misma ciudad pero no querían regresar a su casa porque era muy noche, estaban muy borrachos o quedaban muy lejos, acababan durmiendo en la sala o en un colchón en el estudio. También conocí, por carta trasatlántica, a Sarah Ingram: una chica que vivía en Gijón y que ha sido una amistad entrañable gracias a que nos mandábamos cartas escritas a mano, con la friolera de unas diez páginas de ida y vuelta. En esa época conseguí mi primer trabajo en el mundo de los libros: tenía que hacer un cotejo de la Biblia, pero qué importaba: ya era un trabajo en una editorial. Me volvió a crecer el pelo, me lo aclaré hasta ser rubia, me lo pinté de azul chiclamino, luego fue verde y acabó en un gris ceniciento que dio paso al pelirrojo; iba cada semana a Tlaxcala a trabajar en el Azoth; al menos un año organicé yo sola el Festival que siempre fue más bien un congreso de escritores, es decir, de los que éramos amigos; dictaba conferencias, como una que di en la UAM sobre literatura fantástica; porque a diferencia de ahora, la literatura fantástica era el verdadero patito feo entre esos activistas contraculturales; escribí sobre las escritoras de ciencia ficción en México y sobre vampiros (un texto muy bobo, pero ¡era de vampiros!); en las convenciones de cómics daba charlas sobre Tolkien o sobre algún aspecto del movimiento independiente de esa literatura no realista… Total, me sentía como Leo DiCaprio en la proa del Titanic: I was the queen of the world. Durante un par de años o un poco más creí que tenía una vida perfecta. Hasta que se hundió el barco y la orquesta dejó de tocar.

El guionista de mi vida tenía un sentido del humor que no acabo de entender. Una muestra es la paradoja que representan los personajes como el ex. Es cierto que en parte le debo a él haber ganado confianza para escribir: me apoyaba y me impulsaba, decía que mi escritura era buena, que debía producir más. Eso siempre se lo agradeceré, y me sentía bien en el papel de escritora contracultural que el guionista de mi vida me había asignado, pero siempre me fastidió tener un matrimonio clasemediero tradicional, porque no me parecía que esas dos formas de vida combinaran (él no era de Puebla, pero sí católico; yo sí nací en Puebla, pero me volví hereje). Y la sensación pesaba, con todo y que había accedido a casarme por la iglesia y entrar en ese matrimonio porque, como reza el hashtag: you only live once. ¿Por qué había aceptado? Creo que tenía la idea de que casarme con un escritor me libraba de los prejuicios de la pequeña burguesía y me mantendría lejos de la mentalidad poblana que yo detestaba. ¡Ah, la ceguera de la juventud!

Cuando el barco empezó a hacer agua fue más o menos en el tiempo en que el guionista de mi vida entró en la tardía etapa grunge que precedió a su momento de realismo sucio. Primero leí mucho a Douglas Coupland (por lo visto, la etiqueta de realismo no estaba del todo vetada), ya había terminado todo lo que había a la mano de William Gibson y de Anne Rice y estaba un poco enganchada con Poppy Z. Brite; atrás habían quedado Rudy Rucker, Roger Zelazny y Alfred Bester. Después, me obsesioné con cierto espíritu noventero, me había comprado la idea de que pertenecía a la Generación X y me fui dando cuenta de que quería hacer muchas cosas yo sola, sin esposo: decidí divorciarme.

Lloré muchísimo porque me di cuenta de que mi independencia y mi matrimonio se contraponían. No era exactamente infeliz; mi marido no me golpeaba ni me ponía los cuernos, manteníamos un nivel de vida cómodo; la pasábamos bien en lo que yo creía debía ser una vida de escritores (¡ejem!, de cliché). Pero estaba insatisfecha. Y todo eso formó un caldo de cultivo del que brotaron unas ganas locas de vivir sola, de ser independiente, de encontrar mi propia voz. Mi voracidad lectora desembocó de forma lógica en un bovarismo incurable, por eso ahora digo que la culpa de mi divorcio la tuvo George R. R. Martin: leí Una canción para Lya y caí en la cuenta, por carambola mental, de que no quería seguir casada. No quería despertarme a los cuarenta y odiar al ex con toda el alma por haber desperdiciado “los mejores años de mi vida”; estoy segura de que se lo dije más o menos con esos lugares comunes (el guionista de mi vida necesitaba mejorar sus líneas de diálogo). Y me fui. Le rompí el corazón, me rompí el corazón. Para entonces leía a Ray Loriga y a Benjamín Prado, aunque Elizabeth Wurtzel me daba pereza; me identifiqué con personajes desencantados, melancólicos, descreídos. El guionista de mi vida empezaba a incursionar también en una etapa de tremendismo que aunque no le duró mucho, retorció aún más su sentido del humor.

Antes del divorcio conseguí un trabajo como edecán para juntar un poco de dinero y mudarme yo sola. La coordinadora de las edecanes necesitaba que me pusiera ocho kilos de maquillaje, y el día que me dieron el trabajo, cuando llegué al departamento hasta con las cejas pintadas (literalmente), lo único que se le ocurrió a mi futuro ex fue decirme: “Pareces puta”. Sobre eso de hacer y parecer aprendí de la manera difícil cómo se ve para mucha gente eso de ser una mujer independiente. Antes de casarme, la mujer de mi padre me llevó con la ginecóloga para que me revisara y viera si yo era virgen, ella creía que yo era un animal o una mercancía que había que entregar en buen estado: si hubiera sido un caballo, me habrían revisado la dentadura.

Cuando se terminó el trabajo de edecán fui secretaria durante un tiempo. Irónicamente, la coordinadora de las edecanes me dijo que me habían dado ese trabajo “porque era la única de las chicas que no parecía puta”. Pónganse de acuerdo, ¡caramba!, ¿parecía puta o no? Y después, cuando me mudé al D. F., mi padre y su mujer estaban muy preocupados por mí porque no entendían de qué vivía o cómo me mantenía: les preocupaba que pudiera dedicarme a la prostitución. Lo que aprendí es que por lo visto mucha gente encuentra fascinante el hecho de que una mujer haga las cosas por sí misma, y considera que su aspecto refleja directamente sus prácticas sexuales, sean reales o imaginarias, lo que sigue siendo muy importante a la hora de decidir si respetarla o no. Así es, al menos, para un lamentable número de señores y un más lamentable número de señoras.

Cuando el guionista de mi vida entró en su etapa de realismo sucio, a finales del 98, creo que también se posesionó de él un espíritu milenarista y se dedicó a beber, a consumir drogas de manera recreativa (que conste que en este caso sí fue él, no yo) y a experimentar con mi capacidad de resiliencia. Menos mal que mi capacidad es inmensa, de otro modo me imagino que hubiera entrado a la escuela de mercadotecnia y me hubiera convertido en administradora de un Oxxo. Curiosamente, aunque también vendí libros, fui mesera y secretaria, nunca se me ocurrió ejercer la prostitución. Debe ser que jamás he tenido eso que llaman visión de negocios.

Con el divorcio tuve un par de revelaciones en la vida: una fue que los vínculos que parecen más fuertes pueden ser frágiles, pues el cariño de la mayoría de esos amigos se desmoronó como un mazapán. Y los que no me retiraron del todo su cariño y respeto acabaron por convertirse en eso que en inglés llaman an acquaintance. Luego habría reencuentros, pero aquel núcleo se rompió para siempre.

La otra revelación fue que en verdad podía hacer las cosas por mí misma. Cuando me separé, me fui a vivir a un cuarto de azotea con un sofá. Semanas después me llevé el mini refri, pero en realidad no tenía nada. No había cumplido siquiera veinticuatro años. Además de ser edecán, me conseguí un trabajo de negra literaria para una editorial indigna, empecé a hacer corrección de estilo y todavía iba a la universidad. Empecé a vivir sola. Mi vida se parecía muy poco a mis ilusiones literarias. Por ejemplo, tenía un cassette que me grabó uno de esos amigos, traía un disco de Pearl Jam de cada lado, el VS y el Yield, me acostaba a dormir en el sofá, porque no tenía cama, ponía el cassette de un lado y lloraba hasta quedarme dormida; al día siguiente lo volteaba y repetía la operación. Eso duró hasta que, unos meses después, me llevé la cama que había usado cuando era hija de familia. Me tardé meses en contarles a mi padre y a su mujer de mi separación. No confiaba en ellos, así que mientras estaba en trámite el divorcio no les dije ni mu. Ya que habíamos firmado los papeles confesé mi nuevo estado civil y pedí que me dejaran la recámara o tal vez me la ofrecieron, en un gesto de lástima por mi (¡qué barbaridad! un divorcio) situación. Por supuesto, me regañaron por no exigir pensión alimenticia. Estaban convencidos de que el ex tenía la obligación de darme dinero, una tautología que yo nunca logré aceptar porque, a pesar de ser una escuincla, sabía que quien me diera dinero por obligación iba a reclamar cierto derecho sobre mi vida. Era muy agotador estar parada entre seis y nueve horas en la Comisión Estatal Electoral, con traje sastre y medias de lycra (más los ocho kilos de maquillaje); tomar un curso de fotografía y seguir buscando trabajos como freelance, que entonces escaseaban. Era muy pesado pintar la casa de la coordinadora o cambiarle el color a su cómoda de madera (sí, también hice de pintora de brocha gorda y de ebanista) y no puedo negar que a veces, cuando de plano no había para la despensa, el ex sí me ayudaba con algún dinero. Pero prefería esa libertad. ¡Ah, el arrojo de la juventud!

Mientras viví en ese cuarto de azotea también leía como posesa, y eso que tenía menos tiempo. Conocí a J. M. Servín, a Irvine Welsh, y a Lucía Etxebarría; y conocí a Chuck Palahniuk y a Cormac McCarthy; leí a Marion Zimmer Bradley, también a Tomas Harris, y seguí leyendo a Salman Rushdie, Angélica Gorodischer y a Ursula K. Le Guin; hasta releí El Perfume y La historia interminable. En 1999 me dieron la beca como joven creadora del estado de Puebla; mi proyecto era, según yo, una mezcla de ciencia ficción con policiaco y… ángeles. El guionista de mi vida debe haber estado muy drogado la tarde de mi ocurrencia, porque a mí, que sí estaba sobria, me pareció una idea genial. No lo era. Acabó el proyecto pero yo nunca terminé la novela. Al final, tampoco terminé la carrera universitaria porque, me dije a mí misma, “una escritora no necesita de un título de escuela y la escuela mata el conocimiento”; pero, mientras tecleaba con la misma pasión con la que leía, sentía que estaba viva y creía, de nuevo, que estaba haciendo algo importante. ¡Ah, la estupidez de la juventud!

También tengo buena suerte, todo hay que decirlo. Por ejemplo, el guionista de mi vida, a pesar de sus adicciones, me puso cerca a dos personas fundamentales en ese periodo. Una es la única amiga verdadera que tuve durante años: Connie Carvajal, una persona increíble (por más devaluado que esté ese adjetivo). En ese tiempo ella era dueña de una cafetería pequeña en el centro de la ciudad, que fue punto de reunión para muchos jóvenes que eran, como yo, supuestamente alternativos, rebeldes y creativos. Ella sí que era alternativa y nos daba chance de ocupar el espacio a cambio de nada. Durante un tiempo me dio trabajo en su cafetería como mesera y encargada; y hubo una época en que incluso me dio de comer, también a cambio de nada. Me explico: el guionista de mi vida pasaba por una etapa distraída y cuando se terminó la beca yo no tenía trabajo ni posibilidad inmediata de ingresos, había tenido casi un año de bonanza y de repente me hallé con que no tenía ni para comer. Connie me dijo: “Pues cuando no tengas te vienes a comer a la casa; si comemos Mario y yo, puedes comer tú”. Así, sin más. Fui muchas veces, lavaba los trastes o ayudaba en lo que pudiera. Alguna vez creo que llevé las tortillas, que siempre han sido baratas, y alguna otra le di mi receta de la tinga, pero no podía hacer mucho más. No sé cómo logramos pasar esa etapa sin que ninguna de las dos se sintiera incómoda, nunca me sentí humillada ni ella sintió enfado ni abuso de mi parte. Estoy convencida de que esa magia operó sólo gracias a su generosidad.

La otra persona es el que ahora creo que es el hombre que más me ha querido. Había sido parte de aquel viejo círculo de amigos y empezamos a andar poco después de mi separación, algunos creyeron que muy poco después (mi vida privada mantenía cierto rating); pero fue lo bastante valiente como para enfrentar a sus amigos y a los míos, y estuvo conmigo todo el tiempo que duró el duelo. Fue la única persona que me vio de cerca mientras pasaba por todo el tránsito del divorcio y si no hubiera sido por él las horas más largas en ese cuarto de azotea hubieran sido insoportables. Además, tengo que darle el crédito de haber descubierto conmigo incontables posibilidades y aspectos amatorios en un sofá. Como es obvio, a pesar de que mucha gente había estado muy interesada en mi vida sexual, ninguna de esas personas hubiera podido ocuparse nunca de los descubrimientos fundamentales que un ser humano tiene que hacer en la vida acerca del placer compartido. Los mejores momentos de ese cuarto de azotea se los debo a él y a todos esos libros. Aquí sí estoy convencida de que el guionista de mi vida tuvo un arranque de humanidad, porque justo en ese momento yo necesitaba cerca a una persona, incluso más de lo que necesitaba tener libros.

Seguí con algunos proyectos. Me sumé al esfuerzo de recopilar datos para una suerte de enciclopedia en internet sobre ciencia ficción que, en un principio, también sería de literatura fantástica; así, por ejemplo, conocí a Verónica Murguía: viajamos al D.F. para entrevistarla porque había publicado Auliya. Y aunque todo el esfuerzo quedó en un sitio que funge como catálogo, es el único sitio en México que tiene ese tipo de registro. Otro proyecto fue el de los Cuentos compactos: los amigos de Fractal´zine habían hecho una primera edición de cuentos (cyberpunk) en formato de booklet de CD. Cuando yo entré al proyecto ya sólo hicimos casi todo entre dos. Publicamos una edición de cuentos de Rock en ese formato de booklet de CD e imprimimos, con nuestro propio dinero y un socio que puso capital, 500 ejemplares; incluso Joselo Rangel, el de Café Tacuba, publicó con nosotros. Hicimos una presentación en una librería del centro de Puebla, con chela de honor y banda de rock incluida. Aunque literalmente acababa de firmar el divorcio, todos los cienciaficcioneros asistieron a la fiesta. Estaban indignados y dolidos conmigo por abandonar mis deberes de buena esposa, pero todos convivimos civilizadamente en esa fiesta. ¡Ah, el despliegue de egos de la juventud!

Del grupo de amigos me quedé con el lema info must be free; con cierta ingenuidad que pasaba por rebeldía; y con una casualidad muy divertida que ayudó a cerrar con broche de oro aquella etapa: a los pocos meses de mi divorcio y a unos días de que empezara el último festival en Tlaxcala, William Gibson vino al D.F. a dar una conferencia. Recuerdo que varios pasaban de Gibson porque ya no lo consideraban cool, en cambio yo rodaba de la felicidad. Cuando terminó la conferencia, como buena fan, me acerqué a él y le dije –en un inglés que no sé de dónde me salió– que lo invitaba a tomar cerveza, a dar una vuelta por la plaza de la Computación, a ir al festival de escritores de ciencia ficción en Tlaxcala. Estaba muy entusiasmada y William Gibson resultó un hombre dulce y paciente; su esposa estaba a unos metros, esperándolo, con una sonrisa comprensiva ante los brinquitos de groupie que yo daba a su alrededor. Gibson rechazó con mucha amabilidad todas mis invitaciones. Cuando le conté del Festival dijo, con una voz que denotaba un poco de cansancio y otro poco de susto ante los freaks: “Oooh, a convention”. También me dijo que estaba trabajando en su novela y que tenía que regresar al hotel, precisamente, a terminarla. Le pedí que firmara varios libros que llevaba, que no eran míos, sino de amigos (para fulano, para perengano). Le pedí que me firmara un póster cuyo diseño le encantó (eran los carteles que anunciaban la “convention” de Tlaxcala). Entonces se lo regalé y le pedí que firmara otro igual; y para que pusiera bien mi nombre se lo escribí: “Libia, como el país pero en español, no en inglés donde la cuarta letra es y en vez de i”. Se fue y yo me regresé feliz, con mis tesoros. Meses después, recibí un correo en el que me contaron que yo aparecía en la novela de William Gibson, All Tomorrows Parties. ¿Eh? Sí, en el capítulo 42 y 43 aparece Libia con un gato de tres patas que se llama Paco. ¿Eh? Sí, es una esfera de mercurio con voz femenina. ¿Eh?, Sí, y al final, en los agradecimientos, dice: “And to the post-cyberpunk contingent in Mexico City, who, though I declined their thoughtful offer of the definitive alternative tour, encouraged me, with their warm enthusiasm, through the writing of a crucial chapter in the Hotel Camino Real”. Para mí califica como el episodio cyberpunk por antonomasia, y si no lo es, no importa. No sé por qué Gibson decidió que su personaje se llamara como yo, pero la verdad es que el guionista de mi vida se pulió.

Cuando estaba por terminar el año 2000, como el guionista de mi vida era presa del milenarismo me hizo tomar una decisión todavía más radical: me trajo a vivir al D. F. de una buena vez. Dejé la ciudad en la que había crecido porque estaba harta de sentirme paria, además, acababa de reencontrarme con mi madre luego de diecisiete años de no verla y ella vivía aquí. Con la “lógica” suma de esos elementos me embarqué en el cambio. Mi llegada triunfal se ve como sigue: metí lo que cupo en dos maletas medianas, empaqué como pude mi computadora que apenas tenía Windows 95, y en otro par de cajas de cartón metí los libros fundamentales. Un amigo de Connie me dio un aventón en su coche. Era domingo y le pedí que me llevara a la pensión donde se hospedaba mi madre. Llegamos a eso de las cuatro de la tarde y encontramos que el edificio se había incendiado. A la una de la mañana algo prendió fuego y se quemó el edificio (es la construcción que está en Orizaba y Córdoba, donde ahora está la Nacional y en aquellos años estaba el café Enanos del tapanco). Supe por intuición que mi madre no se había quemado, y me quedé un rato en la banqueta mientras pensaba qué hacer (luego me enteraría de que, en efecto, mi madre estaba bien y se había regresado a su casa de Hidalgo). Llamé a un amigo de Tijuana que vivía a tres cuadras, me dio asilo durante unos días. Luego llamé a Jimena-Ida Moh!, que me regañó por no haberla llamado antes, y me urgió a que me fuera a vivir a su casa, con su mamá, su papá y su hermana.

Y fue entonces cuando el guionista de mi vida empezó a entender que no era lo mejor para mí vivir en un mundo de hombres muy hombres y tampoco era la mejor idea que yo en el fondo lamentara ser mujer. Sospecho que más o menos en esa época fue que se despertó con una naturaleza femenina y empezó por hacer algunos ajustes, aunque todavía necesitábamos adaptarnos, ella a su nueva naturaleza y yo a mi nueva vida de emigrada a “la Capital”. Mis antecedentes no eran los mejores: la mujer de mi padre, loca de atar, me había criado para ser una sicópata, no un ser humano; y mi madre ya me había dejado en una pensión antes, oh paradojas de los giros argumentales, a los seis años y medio en la sierra de Puebla y me había convencido con su ausencia de que ninguna mujer era de fiar. A esos antecedentes se sumaba una personalidad altamente competitiva. ¡Ay, san Freud, ampárame!: durante años creí que ser hombre tenía muchas más ventajas que ser mujer; siempre me había preciado de tener más amigos varones que amigas mujeres; durante años, cuando oía la palabra “feminismo” pensaba en señoras furibundas que eran como machos con falda abajo de la rodilla y creía que demostrar rasgos demasiado femeninos era sinónimo de debilidad y estupidez. Mi única disculpa, además de la imbecilidad de mi juventud y mi mentalidad provinciana, es que durante esos años fui la versión espiritual de Arnold Schwarzenegger: mi alma era fuerte y muy musculosa pero rígida y sin idea de cómo actuar. Todavía tenía que andar un trecho largo para entender por qué, a pesar de que muchos hombres parecían tan inteligentes y cultos, se comportaban como unos verdaderos cavernícolas, mientras que muchas mujeres, a pesar de parecerme ñoñitas o simples, eran personas mucho más completas de lo que yo había sabido ver.

La guionista de mi vida me tuvo dando tumbos un rato mientras arrancaba el siglo XXI. Por ejemplo, me fui a Tijuana, al Borderhack[1], a acampar dos días, pero aquí la hospitalidad de Jimena y de su familia me permitió quedarme con ellos durante meses, a pesar de que yo me comportaba a mi vez como una cavernícola (la guionista de mi vida estaba apenas a punto de reaccionar y tal vez andaba de nuevo un poco cruda). Poco después, reapareció un amor adolescente que nunca tuvo buen tránsito. Me fui a vivir a Cuernavaca con quien llamaré el Pintor loco. Mala decisión, pésima, de hecho. El asunto no resultó nada bien. En ese tiempo, creo, leí poco o no logro recordar casi nada de lo que leí, esa es una mala señal. Me viene a la memoria McOndo y algunos autores mexicanos como Gustavo Sáinz; casi estoy segura de que en ese momento leí Tokio ya no nos quiere, pero poco más. Trabajé en asuntos de libros, pero no muy literarios. Escribí un libro entero, eso sí. Y lo escribí para sobrevivir, más que otra cosa. Yo quería que fuera una novela, resultó una especie de colcha de piezas sueltas cosidas de manera burda. Me sentía muy satisfecha después de haberle puesto punto final, la registré en Indautor. La falsa novela era realista, descarada y no tenía trama (la guionista de mi vida andaba como de vacaciones), pero si no la hubiera escrito, episodios como ese corte de navaja que tengo en el muslo habrían resultado peores. Al menos ahora sé que sí puedo terminar una novela. Trata de una chica, Lucía, y sus consideraciones posmodernas del mundo; creo que todavía me duraba el espíritu Coupland y un poco Fight Club. La única línea de todo el libro que recuerdo con cariño es ésta: “Despertábamos oliendo a ti y a mí y a suavizante de telas de color azul”; me parece que entonces la guionista de mi vida hallaba una inmensa fuente de melancolía en el Suavitel. Y me parece que fue la última vez que escribí una ficción, digamos, realista. Los meses en Cuernavaca fueron una época de alto contraste y muchos claroscuros, con más oscuros que claros. El pintor loco resultó ser un adicto (mariguana, coca, alucinógenos, you name it) y yo creí, durante años, que era el amor de mi vida. ¡Ah, el melodrama de la juventud! Bien mirado, es posible que la guionista de mi vida estuviera muy al tanto y simplemente me pusiera en esa posición para que yo aprendiera eso que tenía que aprender, la muy cabrona.

Regresé al D.F. definitivamente y empecé a buscar un mejor modo de vida. Trabajé como mesera, correctora de pruebas, nana, diagramadora de textos, asistente de comunicación social… Y como la guionista de mi vida había aprendido unas cuantas cosas para entonces, me puso cerca de otras mujeres. El cariño y la paciencia de Areli, Lilyán y Sabina, su hija (que en ese entonces era una bebé) me salvaron de una depresión negra. Empecé a trabajar más de cerca en asuntos editoriales, como freelance, como reportera, y publiqué por primera vez un cuento, “Burbuja de humedad”[2] en una antología con más alcance, hecha en homenaje a P. K. Dick: El hombre en las dos puertas. Allí volví a convivir con aquel grupo de escritores que habían sido tan cercanos apenas unos años antes. En el 2002 hicimos otra entrega de los Cuentos Compactos, esta vez el número fue Literatura fantástica. Convocamos a trece autores e imprimimos mil ejemplares que vendimos en un año entre dos personas: fuimos un hitazo editorial. ¡Uf, la energía ilimitada de la juventud! En 2004 salió un cuento mío en el especial de ciencia ficción de la revista Blanco Móvil: “La mujer de nadie”; y el mismo  cuento se volvió a publicar después en los minibúks editados por Pepe Rojo. Desde hace años anda por la red, gracias a la legendaria revista argentina Axxón. Y en 2008 tuve el asombro y la suerte de que Brigidina Gentile me encargara un cuento para L’altra Penelope. Me emocionó compartir espacio con escritoras como Esther Seligson y Claribel Alegría. Un par de años después, la misma Brigidina se encargó de traducir algunos de mis cuentos breves de corte fantástico, para Scrivere donna – letteratura al femminile in America Latina. El último de ellos es Caleidoscopio, publicado hace unos meses en otra de esas revistas anticonformistas: Penumbria.

Hay quien dice que la literatura no lo vuelve a uno mejor persona. Mi padre, por ejemplo, no lo es, a pesar de que se encargó de que yo leyera a Poe o a Verne y él mismo leía a Tolstoi y a Shakespeare. En mi caso, sin embargo, la guionista de mi vida se aventó una carambola de tres bandas: primero, decidió que durante años muchos hombres (parientes, amigos, novios, incluso conocidos) llegaran a darme libros, me decían: “Ten, lee” y yo extendía la mano; por esa vía la literatura me mantuvo viva. Luego aprendí a analizar esos libros, a encontrar la estructura, a ver más allá de las historias; gracias a eso la literatura me mantuvo lúcida, me dio esperanza y me enseñó que podía hacer algo que me gustaba para vivir. Y, por último pero no al último, me puso cerca de mujeres que me permitieron entender todo eso que había leído y me ayudaron a leer con más atención. Esas mujeres no me dijeron “Ten, lee”, sino algo más importante: “Mira, entiende. Escucha, reflexiona, ponte en el lugar del otro, no juzgues, no te apresures”. Con la literatura y acompañada por una guía femenina aprendí a entender el mundo.

Lo que me devuelve al inicio de este relato: mis abuelas: Luisita y Modesta eran unas ancianas nacidas en 1900 y en 1925, y me trataron como una persona mientras conviví con ellas. A pesar de que no tenían ninguna lazo sanguíneo conmigo (eran la madre y la abuela de la mujer de mi madrastra); me trataron mejor que mi padre y su mujer juntos. Me querían y me hicieron un bien imposible de medir. A ellas empecé a rescatarlas hace pocos años, sobre todo, mediante la gastronomía. Gracias a ellas dos, a mi primera abuela, Mari, y a otras mujeres que han aparecido en mi vida y se han convertido en amigas, maestras, y ejemplos a seguir, he aprendido mucho sobre mí misma y, algo todavía más difícil, he comprendido un poco por qué alguna gente loca hizo conmigo lo que hizo. Agradezco a todas la enseñanza de reconstruirme, como en la canción de los Beatles, with a little help from my friends.

A estas alturas puedo decir que logré varios cometidos que me propuse cuando me casé y algunos más de los que me propuse cuando me divorcié. Soy económicamente independiente, vivo sola y contenta desde hace un tiempo; y aunque me falta alcanzar muchas metas (como publicar mis propios libros) tengo un trabajo que me fascina: soy editora. Empecé criticando los cuentos de mis amigos, aprendí de gente valiosa, trabajé mucho hasta que me hice una profesional. A unos meses de cumplir cuarenta, sé que todavía me queda mucho por aprender.

Cuando recuerdo cómo era hace veinte años, me da ternura esa chica cyberpunk que no era del todo punk ni mucho menos cyber, pero tenía una energía ilimitada y una ferocidad que le permitieron hacer de su vida lo que quiso. Y desde luego, aún se asoma a saludar de vez en cuando, incluso al editar algunos libros[3].

De aquella época cyberpunk me quedan un montón de anécdotas, pero sobre todo, la certeza de que estuvo bien dejar hasta el hígado y el corazón en lo que más me importaba. La guionista de mi vida bebe menos, dejó los estupefacientes y, luego de las exploraciones, ya encontró cómo colocarme en un estado en el que me siento a gusto. Estoy lista para su siguiente ocurrencia, pero sigo creyendo que es desordenada y estoy segura de que todavía necesita mejorar sus líneas de diálogo.

 

 


[1] El Borderhack de Tijuana fue un festival de cibercultura que pretendía reunir a activistas de la frontera y hackers para reflexionar y tomar acciones (ataques a los sistemas de información estadounidense, principalmente) en protesta por la disparidad representada por el muro fronterizo. En este enlace también se puede encontrar información al respecto (en español)

[2] “Burbuja de humedad” se publicó también en 2005 dentro de Especial Phillip K. Dick , una antología española también en homenaje a P. K. Dick, publicada por Libro Andrómeda. Una reseña de éste y del resto de los cuentos puede encontrarse aquí.

[3] Libia Brenda participó en el proceso de edición de la antología Así se acaba en mundo. Cuentos mexicanos apocalípticos  (2012), ideado y reunido por Edilberto Aldán, un volumen que, junto con Los viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana (2011), antologado por Bernardo Fernández BEF, y El abismo. Asomos al terror hecho en México (2012), compilado por Rodolfo JM, forman una colección novedosa para los lectores jóvenes. Todos están publicados por la editorial SM. (Nota de la editora).

 


Autores
nació en Puebla, 1974. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Empezó a publicar en fanzines y revistas independientes hacia 1994. Obtuvo la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes 1999-2000. Ha publicado cuentos y artículos en varias revistas en papel y en la red en México, España e Italia, como El hombre en las dos puertas, (Lectorum, 2002) y Así se acaba el mundo, (Ediciones SM, 2012). También ha contribuido a la literatura de la imaginación en México como editora, organizadora o colaboradora en varios proyectos relacionados con el tema desde 1996: festivales, revistas, recopilaciones, sitios web, publicaciones atípicas, conferencias, clases, talleres y libros. También es cafeinómana y tragona irredenta.
Poesía en voz alta.

En Tierra Adentro tenemos la convicción, y el gusto, de difundir la obra de jóvenes de todas las disciplinas artísticas. Y no estamos solos: por eso los invitamos al ciclo Poesía en Voz Alta.14 El sonido que delira, que llenará de poesía, charlas y música a Casa del Lago, del 1 al  6 de este abril.

Este festival, que lleva el nombre de los eventos que organizaba Juan José Arreola en el mismo centro cultural de Chapultepec, celebra diez años de consolidarse a nivel internacional. La programación de esta edición estuvo a cargo de José Eugenio Sánchez y Mardonio Carballo.

Se presentarán 18 participantes que representan a 8 países: Eugen Gomringer (Bolivia/Suiza), Nora Gomringer (Alemania/Suiza), Lalo Barrubia (Uruguay/Suecia), Christophe Fiat (Francia), Khalid K (Marruecos/Francia), Josep Pedrals (España) y Eric Doradea (El Salvador); por parte de México estarán Lukas Avendaño (Oaxaca), Diana Garza Islas (Nuevo León), El Basi (Durango), Yair López (Jalisco), Briceida Cuevas (Campeche), Ángel Ortuño (Jalisco), el dúo Benerva (Querétaro/Nuevo León) y Los Cardencheros de Sapioriz (Durango).

Pueden ver el programa completo aquí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

El traductor de la mayoría de la obra poética de Octavio Paz (1914-1998) al inglés, Eliot Weinberger, encontró en la Universidad de California en San Diego una nota que Paz le escribió al poeta Paul Blackburn (amigo de Frank O’Hara y, supongo, parte de la Escuela de Nueva York), quien tradujo Viento entero. En esa nota, Paz define su poema como una “sucesión de paisajes, situaciones, momentos” y, además de hacer sugerencias sobre las palabras que podrían ser las correctas para la versión inglesa de su poema, aporta las claves para comprender mejor este poema que ahora vuelve a circular en una edición facsimilar con motivo de su centenario.

Esta edición facsimilar rescata la curiosa y rara que Paz hizo en Nueva Delhi, según el colofón el 10 de octubre de 1965, de Viento entero: una edición limitada de 197 ejemplares, impresa en papel hecho a mano por los vecinos del pueblo hindú de Sanganer, y que fue escrito durante un viaje entre Kabul y Kunduz del 21 de junio y el 6 se julio de ese año. De manera que esta nueva edición, junto con la nota encontrada por Weinberger y los ensayos de Conrado Tostado y Eduardo Vázquez Martín, está llena de curiosidades que la hacen particularmente interesante para los estudiosos de la poesía de Paz.

En su Obra poética 1935-1988 (Seix Barral, 1990), Paz incluyó Viento entero en “Hacia el comienzo”, la sección de poemas que escribió durante los años que pasó en el continente asiático, es decir, entre 1964 y 1968 (año en que cuando salió de la India), y entre los que también se encuentran Ladera este y El mono gramático, aunque publicado poco después, en 1970. De manera que, insertado allí, Viento entero podría pasar desapercibido al lector por lo que esta edición aspira a restituir su importancia dentro de la obra poética del Nobel mexicano.

Paz escribió varios poemas largos, tal vez el más conocido de ellos sea Piedra de sol, pero Viento entero de alguna manera también lo es: un poema que, explica Paz en esa nota encontrada por Weinberger, a la manera japonesa aspira a ser una “renga”, una sucesión de haikus, un poema en el que las imágenes de paisajes cambian aun cuando el tiempo sigue siendo el mismo. Así, un bazar en Kabul con las montañas al fondo y el río cruzando la ciudad remite al poeta a una imagen parisina entre dos calles entrevista un año antes. Esta concatenación y asociación de imágenes encuentra su punto culminante en la mujer, símbolo en la mayoría de la obra de Paz, que convierte al poema en un texto erótico, donde surge la noche y la mujer es “una suerte de totalidad cósmica” a la que se llama en el poema “materia maternal”, “madre del tiempo”, “madre de las razas errantes”. Cada estrofa del poema, que es una imagen de ese viaje por el norte de la India y a Afganistán, inicia con el verso “El presente es perpetuo”: una sentencia que reafirma el sentido del tiempo como uno mismo sin importar porque parte del mundo se ande.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Fotografía por Itzel Lara.

Cuando a un artista se le pide englobar su obra en un concepto, un género determinado o una tendencia, siempre acaba diciendo que eso es “trabajo de los críticos y los investigadores” y que a él solamente le corresponde crear.

¿Pero quiénes son estos personajes que dictaminan, catalogan, analizan y desmenuzan el arte y en particular, el quehacer escénico de nuestro país?

Hoy, platicamos con Maricarmen Torroella sobre su papel como investigadora teatral en nuestro país.

Torroella maestra en Letras Mexicanas por la UNAM y Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana, desde hace una década se dedica al estudio del panorama teatral del México contemporáneo;  del 2010 al 2013, trabajó en el Centro Nacional de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli” del INBA y de unos meses para acá, también lleva sobre sus hombros la responsabilidad de formar a los que serán los nuevos protagonistas del teatro, al ser docente en la Licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM y en la Licenciatura en Actuación de la Universidad Londres.

 

Itzel Lara: ¿Cómo empieza tu labor de investigadora? ¿Cuál es tu proceso formativo?

Maricarmen Torroella: Estudié Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Al estudiar letras, me interesé por la dramaturgia y el teatro. De modo que ingresé a un taller de la Facultad. Montamos a Strindberg. En seguida quise estudiar teatro, primero con Oceransky en Xalapa, y luego con Margules en México. Este director aún tenía el Foro de Teatro Contemporáneo, y después de investigar las escuelas en el Distrito Federal supe que era el mejor lugar para hacerlo. El mejor lugar para mí.

Me vine a vivir a México en el 2003. Tenía que sostenerme ya por completo y resultó difícil el hecho de estudiar una segunda carrera y trabajar a un mismo tiempo. Posteriormente, empecé a hacer teatro de forma amateur en Chiapas, con una compañía independiente. La experiencia volvió a ser muy grata, pero me di cuenta de que siendo actriz no podía tener la visión de conjunto del acontecimiento escénico. Recuerdo que me di cuenta entre bastidores, observando a mis compañeros actuar antes de entrar a escena, observándolos a ellos y al público. Me fascinaba la totalidad teatral, y como actriz no podía obtenerla. Por otra parte, pese a que tuve buenos comentarios sobre mi trabajo como actriz, yo no estaba satisfecha con éste. No era lo que quería hacer. Volví al Distrito Federal. Me acerqué a la revista Paso de gato, de la que he sido fan desde el principio. Fui a pedir trabajo allí como correctora de estilo, y entonces conocí a Edgar Chías. Me tocó estar en el lugar adecuado, en el momento preciso para ver surgir a una generación de dramaturgos mexicanos que plantearon un parteaguas en las generaciones precedentes de escritores de teatro. Una generación que se formó en torno a encuentros de teatro como la Semana Internacional de la Dramaturgia Contemporánea organizada por Boris Schoemann y Luis Mario Moncada en el Helénico; un encuentro que también fue muy importante para mí en mi formación como investigadora teatral contemporánea. En vez de teatro, decidí estudiar la Maestría en Letras Mexicanas en la UNAM, porque para entonces aún no existía un posgrado en artes escénicas en el país. No me fui al extranjero porque yo quería estudiar dramaturgia mexicana aquí. Me interesé por la obra de David Olguín primero. Luego vi El cielo en la piel, de Edgar Chías en el teatro La Capilla, dirigida por Mahalat Sánchez, en el marco del encuentro que he mencionado, y decidí dedicarme a estudiar esta nueva forma de escritura para la escena y al mismo tiempo a esta generación, que según el conteo del crítico Fernando de Ita es la sexta generación de dramaturgos mexicanos, de Rodolfo Usigli a nuestros días.

 

IL: ¿Por qué el teatro?

MT: Porque me apasiona. Porque cuando los elementos que conforman al teatro realmente se dan, la experiencia es totalmente avasalladora. Puede cambiar la vida completa de una persona. Es algo similar a un terremoto. Y te afecta y te cambia no sólo intelectual, no sólo emocionalmente, te afecta por completo, en tu totalidad humana.

 

IL: Como investigadora, ¿qué crees que hace falta para que el teatro mexicano se consolide en el extranjero? ¿Realmente es una de las prioridades actuales o piensas que hay otros aspectos más importantes que cubrir?

MT: Yo creo que para responder sinceramente a esta pregunta me hace falta perspectiva;  la perspectiva del teatro mexicano en el extranjero estando allá. Sin embargo, desde aquí he sido testigo de lo que pasa allá en diferentes ámbitos, no sólo el de los creadores, también el de los investigadores. El teatro mexicano y la dramaturgia mexicana contemporánea, desde hace una década, ha ido ganando un lugar y una presencia significativa en el extranjero. Hay muchos indicadores que dan cuenta de ello: desde la crítica especializada, desde los encuentros de artes escénicas en otros países, desde las políticas culturales y los intercambios en este sentido entre naciones a nivel institucional, universitario; las traducciones que se han llevado a cabo de la dramaturgia mexicana contemporánea, por ejemplo en Francia y Argentina, dos referentes importantes; los mismos coloquios de investigación en el extranjero, en donde ya se abordan estos temas y obras; la experiencia de los autores mexicanos en los talleres impartidos por el Royal Court Theatre de Londres, tanto en México como en Inglaterra, por citar sólo algunos casos o referentes; así como también las antologías que aglutinan la pluma de autores nacionales y extranjeros, editados tanto en nuestro país como en otras latitudes. Esta internacionalización no sólo es resultado de la calidad de los artistas mexicanos; como todo en el teatro se trata de un conjunto de esfuerzos por dar presencia a algo que sin duda tiene calidad. Lo diferente es cómo se paran los autores allá. Eso lo platicaba en alguna ocasión con Alberto Villarreal.

Sí hay una actitud diferente en los artistas: la seguridad que les da la calidad de su trabajo. Van a mostrarlo, a compartirlo, y regresan aquí a crear. En cuanto a una consolidación… me parece que eso es demasiado estático. Tampoco creo que éste sea su objetivo. Creo que le dan más relevancia al hecho de compartir experiencias. El objetivo cambia y por lo tanto los resultados son otros. Yo también pienso que eso es más relevante.

 

IL: ¿Qué futuro le auguras a la dramaturgia actual?¿Cómo ves el panorama con la gente que ahora es la protagonista y a los nuevos talentos?

MT: Los dramaturgos más jóvenes no la tienen fácil. La generación del 2000, por citar sólo una coordenada temporal, cambió muchos referentes, a nivel formal, a nivel de gestión, a nivel de relaciones intergeneracionales, a nivel de relaciones entre autores de diferentes latitudes, y como hemos visto, en su relación con el exterior. Siguen cambiando estos referentes. Quizá es demasiado pronto, hay muy poca distancia o perspectiva para reconocer los derroteros de la dramaturgia más actual. Arriesgándome un poco yo te hablaría de un individualismo acentuado. De búsquedas personalísimas. Eso es lo más reciente que me ha tocado ver. Y con una absoluta independencia de recursos, que igual abrevan en una estructura más canónica, más clásica, como en una estructura de narración escénica, o efectivamente, más cercana a lo posdramático. Estoy pensando en casos muy particulares, que al mismo tiempo se alejan de las modas. Que utilizan dichos recursos de manera responsable, acorde con lo que quieren expresar. Artistas en los que hay una visión de mundo, antes que una “forma” políticamente correcta. Y creo que esos talentos se están gestando, cerca o lejos de los reflectores. En solitario, básicamente.

 

IL: ¿Crees que se le da apoyo a la investigación teatral en el país?

MT: Se levantan proyectos institucionales, “sexenales”. Se invita a las nuevas voces a participar en los coloquios de investigación. Hay premios importantes dedicados a la investigación teatral. Desde hace más de un lustro, la UNAM ha echado a andar un nuevo plan de estudio en el que la formación de teatrólogos es igual de importante que la formación de un dramaturgo, director, actor. De igual forma la Universidad Veracruzana cuenta con una maestría en artes escénicas desde hace varios años y está por abrir un doctorado en artes. Sin embargo, la gran problemática hoy en día son los espacios en donde estos teatrólogos ejerzan su profesión, que no es necesariamente la misma que la de un profesor-investigador. Institutos de investigación teatral, eso es lo que hace muchísima falta. Institutos que tengan la estructura para integrar nuevas voces. Y más que nada la apertura. Un investigador no puede vivir simplemente de las becas. Un investigador no puede ser un adjunto forever, tomando en cuenta que entre sus principales objetivos está generar un pensamiento propio. Un investigador necesita el espacio y la oportunidad para desarrollarse, para equivocarse y aprender. Entre los más jóvenes hay una gran inquietud en este sentido. Se ha comprendido la relevancia de la investigación en torno al trabajo creativo de un autor, o bien como parte esencial del trabajo de cualquier creador. Se está pensando en la vinculación de estos dos ámbitos, la investigación desde esa y desde muchas otras perspectivas, inter y sobre todo transdisciplinaria. Sin embargo, los investigadores al igual que los creadores, demandan un espacio propicio para profundizar en su trabajo. Un espacio, unas condiciones si no ideales, al menos posibles. La comunidad teatral mexicana en su conjunto habrá de generar estos espacios, incluyendo a los mismos jóvenes investigadores, de lo contrario tenderá a esclerotizarse. Se batalla contra muchos candados. Muchas puertas cerradas. Pocas opciones. Y sin embargo se sigue, se sigue dando la batalla porque la investigación es una vocación tan fuerte y tan libre como cualquier otra. Las instituciones en este sentido, tienen una gran responsabilidad por cubrir.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Imagen de Pixabay.

El próximo 24, 25 y 26 de abril, el centro del estado de Morelia albergará el encuentro de editores y editoriales independientes, Traspatio. Lo que sucede detrás del libro,  en él se dará cabida a representantes de 18 editoriales independientes de México y España, así como al público en general.

Como su nombre lo indica,  la reunión buscará generar diálogo, reflexión y análisis en torno al  proceso editorial del libro.

Este foro tiene como objetivo fomentar el intercambio de experiencias, ideas y proyectos entre editores, lo que al mismo tiempo formará una idea muy amplia en el público que no esté allegado a esta industria. Dicha experiencia busca, además, “el fortalecimiento de la industria editorial, generar nuevos lectores, descentralizar las actividades culturales en la capital del país, mostrar la diversidad de proyectos editoriales, de autores y propuestas, abrir ramas de competencia, distribución y venta de proyectos editoriales independientes, presentar a los involucrados para fomentar el empleo en esa industria”.

Contará con cinco mesas de diálogo y dos conferencias magistrales donde se reflexionará en torno a los temas de la creación de libros, su industria, sus involucrados y su proceso; del mismo modo  incluirá un taller de álbum ilustrado, una exposición de ilustración, un seminario y un espacio para la exhibición y venta de libros durante los días del evento.

La sede será el Centro Cultural Clavijero (Nigromante 79, Centro) en Morelia, Michoacán, Para mayor información visitar Traspatio. Lo que sucede detrás del libro.


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Conoce los Topoemas

Decir que Octavio Paz escribió los Topoemas en 1968 sería impreciso, y no por dudas en cuanto a las fechas sino porque escribir sería un verbo incompleto para definir a estos seis poemas visuales que dialogan con los caligramas de Apollinaire, los ideogramas y la caligrafía china; la tradición visual india, el haiku, la poesía concreta brasileña, entre muchos otros elementos de diversas culturas que nutrían la imaginación y la inteligencia del poeta.

Los seis Topoemas son resultado de las investigaciones del poeta con la poesía espacial. Como escribe el crítico Saúl Yurkievich, en ellos “la página semeja el espacio estelar donde las palabras se despliegan, rotan movidas por su energía e irradian sentido”

Víctor Ponce es quien anima estas piezas a partir de una cuidadosa lectura a las notas que el mismo Octavio Paz hizo a sus poemas-signo. Potencializó el movimiento que imaginó el poeta detrás de estas imágenes: los desplazamientos tipográficos, el efecto de ascenso y descenso de los trazos, la pulverización, son cualidades tangibles de los textos que, gracias a las herramientas tecnológicas, pueden materializar el lenguaje y transformarlo en objetos móviles.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Cortesía CNL / Conaculta / Rodulfo Gea / Conaculta

El Programa Cultural Tierra Adentro lamenta el fallecimiento de la poeta Helena Paz Garro, ocurrido el día 30 de marzo en medio de las celebraciones para homenajear a su padre, Octavio Paz.

Helena Paz Garro nació en diciembre de 1939 en el seno de una familia conformada por dos de los escritores más brillantes de la literatura mexicana: Octavio Paz y Elena Garro. Su infancia transcurrió en un periodo prolífico y activo profesionalmente en la vida de sus padres. Para muestra, lo que dice Paz en su poema “Niña”:

Nombras el árbol, niña.
Y el árbol crece, lento y pleno,
anegando los aires,
verde deslumbramiento,
hasta volvernos verde la mirada.

Para el autor de El laberinto de la soledad, ver a esa niña, quien lo “levanta y resucita”, en pleno descubrimiento del lenguaje, es la misma manera en la que Paz Garro vivió: en busca del lenguaje y la palabra. En palabras de René Avilés Fábila,

La poesía de Helena es excelente, fina, sutil, de imágenes distinguidas. No son las deslumbrantes del padre, pero son eficaces y eso es lo que cuenta. Su hasta hoy único libro autobiográfico, Memorias, es sin duda el mejor de los testimonios que se han dado en las letras latinoamericanas. Es un libro duro, no es complaciente en sus recuerdos, hay palabras severas para el padre y velados reproches a su madre. Básicamente hay una verdad que asombra. Escrito con elegancia, con una prosa trabajada, reconstruyendo una vida incierta, de vaivenes y pugnas para ella apenas justificadas y justificables, la escritora nos ofrece su vida, una asombrosa vida llena de claroscuros.

Su obra poética, casi toda reunida en La rueda de la fortuna (FCE, 2007), es testimonio de aquella niña que nombraba árboles y aparecían. Hechicera, polémica, sorprendente y eclipsada, despedimos a Helena Paz Garro.


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