La noche del lunes 2 de diciembre de 2013, convocados por Tierra Adentro, se reunieron en el Museo Nacional de Antropología tres notables estudiosos de nuestra historia: Xavier Guzmán Urbiola, subdirector general de Patrimonio Artístico Inmueble del Instituto Nacional de Bellas Artes; Héctor de Mauleón, subdirector de la revista Nexos, y Antonio Saborit, director del Museo Nacional de Antropología. Les pedimos que conversaran sobre la importancia de conservar nuestro patrimonio inmueble histórico, en especial el relacionado con las artes y nuestros artistas. Esto es lo que se dijo en ese encuentro.
Xavier Guzmán Urbiola: Si se habla de patrimonio es importante tener clara la normatividad. La que nos rige es la Ley Federal de Zonas y Monumentos publicada en el año de 1972. A través de ella se dividen las competencias de los institutos nacionales de Antropología e Historia y de Bellas Artes y se define que todo lo que es arqueológico e histórico corresponde al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y todo lo que tiene valores artísticos, muebles o inmuebles, al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). A partir de entonces se genera una serie de pequeñas polémicas que a lo largo de los años INAH e INBA han ido limando. Por ejemplo: antes se discutía a qué instancia correspondía decidir sobre un edificio que empezó a construirse en 1896 y se terminó en 1913. Bueno, hoy es evidente que en el caso de un edificio de este tipo el valor histórico es el que prevalece. En la actualidad, las dos instituciones colaboran de manera más que armoniosa, y la Ley Federal de Zonas y su reglamento les dan instrumentos normativos para preservar valores arqueológicos, históricos o artísticos —en el caso del INBA, de los bienes inmuebles―. Pero, ¿qué sucede con los inmuebles sin valor histórico ni artístico que, sin embargo, fueron las casas en que nacieron poetas como Manuel José Othón o Gutiérrez Nájera, o donde Zarco escribió parte importante de su obra? ¿Qué pasa ahí?
Antonio Saborit: Es importante tener presente este marco jurídico, pero puede decirse que la percepción predominante desde hace algunas décadas es que ésta es una ciudad sin memoria.
Héctor de Mauleón: A reserva de las acotaciones que hagan ustedes, pienso que hay cuatro momentos decisivos en la ciudad y su patrimonio. El primero se da con la Reforma, que es la gran destrucción de los conventos coloniales y de los templos. De muchos de ellos no queda huella; en algunos casos se preservaron los templos y se expropiaron los conventos para abrir nuevas calles (como la calle Leandro Valle y la calle Independencia), abrir nuevas rutas o, para convertirse en habitaciones, en casas de vecindad. Los que habían sido grandes claustros dieron origen a esas vecindades que luego fascinarían a Carlos Fuentes, vecindades donde se hacinaban familias enteras con los dos patios, las dos fuentes, la escalera, etcétera, y todas las historias. Yo diría que el convento de Bethlemitas es el ejemplo fundamental; sin embargo arrasaron manzanas enteras.
“La única ciudad del mundo en la que, de cuatro esquinas, tres formaban parte de conventos, —esto lo contaba Iturriaga de la Fuente, decía— era la Ciudad de México”. En lo que hoy es el Centro Histórico confluían las esquinas del convento de La Encarnación, del convento de La Enseñanza y del convento de Santa Catarina de Siena, en las inmediaciones de San Ildefonso. De eso, sólo quedan unas cuantas cosas. Casi todo fue arrasado y no quedó memoria de la célebre frase de Barreda, que dice: “Esto que propone usted, presidente Juárez, es un atentado contra el pasado”, y Juárez le dijo: “Mi compromiso no es con el pasado sino con el futuro, así es que procedan”. Y arrasan. Ese es el primer momento. Esto está relacionado con un proceso en el cual el odio a lo colonial, el odio a lo antiguo estaba muy ligado a una lucha ideológica, y eso determina el curso de la ciudad que va a llegar al siglo xx. Lo español es lo viejo, lo español —lo colonial, para decirlo con mayor precisión—, es lo atrasado, es un pasado que queremos olvidar y eso provoca una devastación que va a proseguir con sus reacomodos y sus matices indispensables durante el porfiriato, el afrancesamiento, el deseo de modernización, hacen que se tire lo que no había alcanzado a demoler Juárez. Por ejemplo, el Hospital de Terceros, para levantar ahí el Palacio de Correos, o el Hospital de San Andrés y sus templos, para levantar en su lugar el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes que hace el arquitecto italiano Silvio Contri en la plazuela que hoy conocemos como Tolsá. El porfiriato pone su cuota, porque de lo que se trata es de anular el pasado, de borrarlo; lo que se busca en ese momento se llama progreso. Luego se va a llamar modernización.
Hay otro momento que es el que está relacionado con el porfiriato. Cuando se da la creación de las nuevas colonias, de las nuevas urbanizaciones, se comienza a abandonar el centro y los viejos edificios que habían sido casas señoriales se convierten en vecindades; son entregados a nuevas clases sociales que se convierten en los habitantes de los viejos palacios.
El tercer mazazo llega con la Segunda Guerra Mundial. En 1942 se decretan las rentas congeladas y estas vuelven impracticables para los propietarios cualquier intervención en esos edificios. La Segunda Guerra Mundial acaba y las rentas congeladas siguen vigentes durante cincuenta años, durante los cuales no hubo compromiso alguno de parte de los propietarios porque era costosísimo rescatar cualquier cosa. Llama la atención que es hasta los años treinta del siglo xx cuando se empieza a tener noción de que eso tiene un valor histórico, que no son piedras que signifiquen atraso. Entre 1932-1933 empieza la declaratoria de monumentos históricos y el rescate de muchos edificios del centro, pero se decretan las rentas congeladas, y eso provoca que el centro quede en el abandono. Esa es la imagen que nos llega del Centro Histórico hasta que empiezan los proyectos de rescate y se le declara Patrimonio de la Humanidad.
El cuarto golpe es el terremoto, que acaba con lo que no había sido arrasado y pone al Centro en una situación crítica: lo convierte en una zona de abandono y destrucción. Hasta finales de los años ochenta comienzan los primeros planes de rescate y se comienza a pensar que puede haber calles peatonales y que eso, en lugar de generar gastos, puede generar riqueza, inversión, turismo. Pero esa es una idea muy reciente si pensamos que no tiene más de veinte o veinticinco años que se comienza a pensar así, porque antes de eso el panorama es desolador. Y después todavía atraviesa por momentos imposibles de contaminación visual, de desconocimiento, por parte de las autoridades, del pasado que tenían en las manos. Cuando José Iturriaga plantea el rescate del Centro Histórico, Ernesto P. Uruchurtu, elRegente de Hierro, que tanto se admira y que tanto añora la gente amenaza con renunciar, y dice: “Si ustedes hacen eso, yo renuncio”. Con Adolfo López Mateos se piensa destruir la calle Tacuba para entregarla al automóvil y ensancharla. Este panorama, esta cosa que he intentado bosquejar es lo que ha generado el estado en el que encontramos hoy día al Centro Histórico, y desde tal perspectiva es un milagro que el Centro conserve todavía los edificios que se ven de pie.
Saborit: Casi nadie recuerda que el director del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Eusebio Dávalos Hurtado, paró los trascabos en la calle Tacuba.
De Mauleón: Ya la iban a demoler, se la iban a llevar…
Saborit: Sí, y él se fue a pararlos.
De Mauleón: Él y Francisco de la Maza, ellos lo detuvieron. Qué tal el proyecto: iban a tender un puente a un lado de la Catedral para conectar con 20 de Noviembre. Si nos ponemos a enumerar la serie de atentados que ha sufrido la ciudad, es un milagro que tengamos un Centro tan bello, tan hermoso y que todavía esté a la altura de cualquier ciudad pese a todo lo que le hemos hecho.
Guzmán Urbiola: Proyectos como ése hubo muchos. Mis padres iban a comprar una casa en Coyoacán, en la calle que va de División del Norte al Centro, pero les dijeron no, no compren ahí, porque ya está aprobado abrir la vialidad de División del Norte del Centro a la Plaza de Coyoacán con cuatro carriles. Y hablo de 1966. O aquel otro proyecto que implicaba hacer un paso a desnivel a un costado de Paseo de la Reforma, transversal a la columna de la Independencia. Salvajadas que se han detenido, por fortuna.
De Mauleón: El libro del recién fallecido Guillermo Tovar de Teresa, La crónica del patrimonio perdido, es fundamental porque es un retrato, un relato sobrecogedor de lo que ya no está. Se dedicó a recopilar las fotografías de lo que fue, de lo que ya no está más, y la impresión que deja es aterradora. Nos falta contar la historia de las destrucciones. ¿Qué habrá pasado cuando meten el metro por la calle Tacuba y lo hacen doblar en el Zócalo? ¿Qué habrá pasado en ese momento para que esta línea azul del Metro atraviese hoy todo el Centro ceremonial mexica y se vaya por la Calzada de Tlalpan?
Saborit: Bueno, Palacio Nacional, Catedral, tienen tantos problemas, yo no digo que por la línea del metro, pero indudablemente ayuda…
De Mauleón: Las vibraciones de los trenes, etcétera.
Saborit: Todos hemos visto en los libros celebratorios de la constructora ica, las fotos donde está abierto el socavón, se ve que están construyendo el cajón del Metro a siete metros, diez metros, una cosa así, de la fachada de Palacio Nacional, y, bueno, la línea verde que pasa a un costado del edificio de la Ciudadela es lo mismo: menos de cinco metros.
Guzmán Urbiola: Guillermo Tovar recibió de sus parientes, de sus tías, una gran colección de imágenes de lo que hoy es el Centro Histórico, se dedicó a catalogarlas y, puesto que acababa de pasar el sismo de 1985 decidió hacer algo muy simple. Se paseaba con esas fotos bajo el brazo. Comparaba lo que mostraban contra lo que había en el Centro y se sobrecogía de lo que había pasado en cien años —son muchas fotos, son de 1870, 1880—, y se puso de acuerdo con una serie de personas para tomar los mismos ángulos y, de manera más que ilustrativa, explicar qué había pasado en todo el Centro Histórico, en todo el primer cuadro. Gabriel Breña ayudó a Guillermo a hacer esos levantamientos con todo cuidado, con planos. Luego Guillermo escribió textos introductorios, explicativos. Estuvo siempre muy cerca de Fernando Benítez, y mucha de la información de El libro de los desastres, de don Fernando, en el que habla de la destrucción de ese patrimonio al abrir las calles en la Reforma, al cercenar esos conventos. Había mucho arte en ellos y muchas bibliotecas, y don Fernando explica a dónde fueron a parar, cómo se desmembraron. Son relatos que sobrecogen. Nos hace imaginar las carretas que cargan las bibliotecas del convento de San Francisco, cómo van rodando por los empedrados y cómo los libros se caen de ellas. (Benítez documentó todo eso con ayuda de Guillermo.) Afortunadamente —y eso siempre pasa, aquí y en el mundo—, siempre hay un señor que va detrás de las carretas, recoge los libros y forma otra biblioteca monstruosa; siempre hay un García Icazbalceta, un Guillermo Tovar que se dedica a reunir todo. Sí, hemos sufrido muchas destrucciones, saqueos, pero también ha habido un número considerable de tales personajes que —hay que subrayarlo— con mucho cuidado y paciencia reconstruyen nuestra historia, nuestra identidad.
Saborit: A propósito de esto último, aprovecho para meter mi cuchara: ¿cómo es que las letras mexicanas acceden a este espacio patrimonial? ¿En qué momento los mexicanos empezamos a considerar que aquello que sucede en el espacio de la cultura impresa puede ser parte, puede concebirse o pensarse como un asunto patrimonial? Mi anécdota favorita es la siguiente: cuando Ángel Pola y un grupo de sabios deciden a finales del siglo pasado localizar la tumba de José Joaquín Fernández de Lizardi, ayudados por los registros parroquiales de Catedral, van a buscar la iglesia donde se sabía que éste había sido sepultado y lo que encuentran, es que el atrio de la iglesia ya no existe, se convirtió en un chiquero, y luego se dieron cuenta de que el cementerio tampoco existía ya. Y no sólo los huesitos de José Joaquín Fernández de Lizardi estaban en un chiquero, sino los de todos los que habían reposado allí. Así, pues, no tenemos los restos mortales del pensador mexicano que identificamos como el primer narrador de la época independiente —si bien es cierto que nació en la Nueva España, murió en la joven República Mexicana—. Así nos podemos seguir. Si continuamos el rastro de algunas vidas, lo que vamos a encontrar es un desastre de muy diversas magnitudes.
De Mauleón: No solamente no quedan las casas, no hay memoria de las casas. En la mayor parte de los casos no hay siquiera una pequeña placa que indique “aquí pasó tal cosa”. Yo recuerdo sólo unas cuantas. Hay una placa en San Juan de Letrán esquina con Tacuba, donde ahora hay un Sanborns. Ahí vivió Altamirano y hay una pequeña placa, pero en esa misma casa nació y vivió Manuel Payno y nada lo indica. En esa misma casa, donde vivieron Altamirano y Payno, vivió antes Fernández de Lizardi, y no hay una placa que lo recuerde. Hay una placa relacionada con el nacimiento de Guillermo Prieto en la primera calle de Mesones, pero está equivocada porque Prieto no nació allí; nació en Tacubaya, en el Molino de las Flores. Vivió en Mesones cuando era niño. Por lo menos, aunque errado, hay un recuerdo. Uno podría hacer un recorrido buscando los lugares donde nacieron, vivieron o murieron nuestros escritores y no hay memoria.
En República del Salvador hay una placa en el lugar donde murió Fernández de Lizardi. Todavía está la placa porque Excélsior la puso cuando se cumplió el centenario de su muerte. “En este lugar murió el pensador mexicano”, dice. A un costado de esa casa estaba el hogar donde nació Ángel del Campo, Micrós, y tampoco hay una placa que lo indique. Hoy hay un edificio, un comercio de esos que han nacido en el Centro, donde venden cosas de todo.
Se podría hacer un recorrido absolutamente literario por el Centro. En Santo Domingo está el lugar donde se suicidó Manuel Acuña; a unos pasos está la casa donde vivió su amigo Juan de Dios Peza. Un recorrido así sería muy interesante no sólo para los turistas, sino para los mismos habitantes de la Ciudad de México. Podría llamarse “los lugares de la literatura mexicana”. Aprendería uno, por ejemplo, dónde estuvo la Academia de Letrán, dónde estuvo el Monitor Republicano, dónde se publicaron tales revistas y tales suplementos, pero no hay eso.
Iturriaga tiene un artículo titulado “Contra el provincianismo de los funcionarios”, en el que se pregunta cómo es posible que pasen por sus cargos tantos funcionarios y no se les ocurra que hay espacios que merecen ser rescatados. Porque eso que merece ser rescatado es en lo que se finca la memoria y donde se finca la memoria es donde nosotros habitamos; nosotros somos nuestra memoria. Claro, a muchos funcionarios esto le suena muy bien para sus discursos, pero como es una tarea que no deja votos, como no tiene punch electoral, pues se abandona el Archivo Histórico de la Ciudad de México. En su sede, en la calle de Donceles, los mapas están colgados casi como en tendedero de mecates. Los primeros mapas de la Ciudad están colgados ahí porque ningún gobierno ha dado su apoyo. Estamos rodeados de proyectos faraónicos como la mega biblioteca, la mega Cineteca, la mega ciudadela, etc., que según la imaginación de los funcionarios en turno, “visten” sus administraciones, y no se hace un proyecto de verdad, que ayude a rescatar la memoria de una ciudad que se ha caracterizado por la destrucción, por el odio a su memoria. Parecería que hacemos todo lo posible por anularla desde hace siglos.
Guzmán Urbiola: Cuando le toca atestiguar la reorganización urbana emprendida por Porfirio Díaz, José Juan Tablada se queda aterrado de ver cómo se tiran construcciones, cómo se abren avenidas. Es muy interesante porque quizás es el único momento en que Díaz empezó a pensar en grande. Fueron sus últimos diez años. Díaz pensó en un panteón nacional, una especie de rotonda que se asentaría por San Ildefonso; pensó el Palacio Legislativo que estaría donde hoy está el Monumento a la Revolución y cuyos leones —que iban a estar en la escalinata del Legislativo— terminaron adornando el acceso al Bosque de Chapultepec, así como el águila creada para ese palacio terminó coronando el monumento a La Raza, que era otro proyecto dentro de la construcción urbana de Porfirio Díaz. Todo convergía en un paseo histórico que culminaría en un monumento a la democracia. Varios monumentos quedaron pendientes, después de Cristóbal Colón, y Cuauhtémoc, habría en la siguiente glorieta (que sigue vacante) uno al mestizaje, luego la Columna de la Independencia y luego un gran monumento a la democracia. Ese mapa, por cierto, también incluía el traslado del viejo Museo Nacional de Moneda a Avenida Juárez, para lo cual el gobierno compró un hospicio de pobres que demolió, pero el nuevo museo nunca se llegó a construir. Hoy se ubica allí el Museo de Artes Populares. Viendo todo esto, Tablada escribe una frase que me persigue desde la primera vez que la leí: “Los mexicanos de ayer son mejores que los de hoy y por eso sus vestigios son un tesoro único”. Lo que Tablada dice —quitando ese juicio de valor de “mejores o peores”—, es que los vivos tienen un compromiso, tienen que hacer un voto de reconocimiento a todos los que los antecedieron. Ese mínimo y necesario respeto de los vivos hacia los muertos es lo que ha permitido en muchos lugares preservar el legado de otras generaciones. Pero, más que preservar, lo deseable es incorporar el valioso legado de los muertos a la vida de los vivos, por medio de pequeñas señales como pueden ser esas placas, y por medio de decisiones mucho más trascendentes, como respetar una determinada traza. Por ejemplo, quizá la gran aportación urbanística de la Ciudad de México del siglo XVI sea ese eje que ahora se ha cortado por las excavaciones del Templo Mayor. Era un gran eje, que unía lo que ahora es República de Guatemala, con el barrio de Tacuba.
La Historia del arte mexicano de Tablada puede leerse con mucho interés y mucho provecho porque abunda en juicios muy inteligentes.
De Mauleón: Artemio de Valle Arizpe, el cronista de la ciudad, decía algo que también hay que recordar: “la maldición de México ha consistido en destruir lo único para levantar lo que puede encontrarse en cualquier parte”. Tiras el Hospital de Terceros y haces un estacionamiento. Creo que esa ha sido la gran maldición de la Ciudad de México —aunque padece varias más, desde luego, la del agua, la de su sismicidad, etcétera—: destruir lo único para levantar lo que puedes hallar en cualquier parte. Valle Arizpe lo escribe en su libro Por la vieja calzadade Tlacopan, que es la crónica de esa calzada, y lo dice concretamente al referirse al edificio de Correos: “una vil copia del Palacio Ducal de Venecia”. Yo me levantaría en armas si ahora alguien intentase tirar el edificio de Correos porque ya es un referente urbano, pero en el tiempo en el que Valle Arizpe dice que Adamo Boari está levantando una extravagancia que podrían haber hecho en cualquier lado, se pregunta ¿por qué levantarla sobre las ruinas de algo que era único y que hemos perdido para siempre? Yo creo que esa gran frase describe lo que nos ha pasado en la Ciudad de México. Porfirio Díaz levanta el edificio de Correos sobre el Hospital de Terceros, el Palacio de Bellas Artes sobre el convento de Santa Isabel, el MUNAL sobre San Andrés.
Saborit: Tan malo como destruirlo ha sido abandonarlo.
De Mauleón: En alguna crónica de 1978, José Joaquín Blanco habla de cómo se fueron los ricos del centro y cómo llegan los comercios de ropa corriente y barata que se anuncian con bocinas, y cómo se va poblando de academias comerciales, de consultorios de “enfermedades secretas”. Esa crónica, llamada “San Juan de Letrán”, retrata el momento previo al gran rescate que comienza en los años ochenta con la Declaratoria de Patrimonio, con la fundación del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México. El proyecto de rescatar el Centro no marcha como quisiéramos, pero ha tenido momentos espléndidos. Haber quitado a los ambulantes de Corregidora, haberlos sacado de ahí. Recordemos que López Obrador le había entregado el Centro a las clientelas, ¿recuerdan ustedes cómo era caminar por Eje Central?, en el sexenio de López Obrador era imposible. Había dos hileras de ambulantes y a veces en medio de ellas había otros vendedores; en Corregidora, en la calle de Tacuba, todo estaba tomado y lo que pasó con el gobierno de Marcelo Ebrard fue extraordinario, porque por lo menos los reacomodó y liberó la vía pública; hizo el Corredor Regina, Madero se hizo peatonal, comenzó un proceso en el cual la ciudad volvió a pertenecernos de algún modo, el Centro volvió a ser nuestro, se le entregó a la gente, porque la gente lo había perdido.
Guzmán Urbiola: Quisiera decir una perogrullada que vale la pena subrayar: el tema del patrimonio nos importa y nos tiene aquí sentados platicando porque nuestro Patrimonio es de todos, pero no es sólo un tesoro compartido sino un crisol y, a la vez, una fuente de identidad, de unión, la prueba de que tenemos una historia común, por eso es importante preservarlo.
Diana Martín. “Su carne entre mis dientes”
Grafito/Tela.
La obra de Angela Carter (Sussex, 1940-Londres, 1992) se caracteriza por reelaborar, en clave posmoderna, motivos e historias pertenecientes a la tradición oral europea, muchas veces con un tono oscuro y erótico que aún en los años 70 resultó polémico. Sus cuentos y novelas poseen una dimensión fantástica y poética que sigue ejerciendo su hechizo sobre los lectores, como afirma aquí la ensayista Jazmina Barrera, quien destaca el valor de conservar esa mirada imaginativa de la niñez en la vida adulta, incluso, en la sexualidad.
Estudié el jardín de niños y la primaria en una escuela al sur del Distrito Federal. El edificio había sido antes un conjunto de establos, así que teníamos amplio espacio para jugar y correr (y en mi caso de piernas patizambas, para tropezarme conmigo misma, como atestiguan mis rodillas llenas de cicatrices). Las fundadoras de la escuela provenían de alguna corriente pedagógica alternativa cuyo nombre no recuerdo. Había “asambleas” donde todos felicitábamos públicamente a nuestros amigos cuando nos regalaban dulces o nos compartían de su lunch y donde quien se sintiera agredido podía “criticar” al agresor para que la comunidad exigiera mediante su voto una disculpa. Años después entendería que tanta crítica constructiva y atención a los sentimientos luego la llenan a una de frustraciones, al salir al mundo real y ver, por ejemplo, las asambleas de la cámara de diputados, o esperar un trato amable de las autoridades a las que, asumimos, podemos siempre hablar de tú. A las malas, una se da cuenta de que el resto del mundo no es así, pero en ese entonces yo disfrutaba de jugar en los jardines a saltar la cuerda o a Los caballeros del zodiaco, y de los talleres de manualidades y artes que teníamos todos los días.
En esa especie de país de nunca jamás pasé 11 años con los mismos veinte alumnos de mi generación sin que el tiempo cambiara mucho nuestra convivencia. En sexto de primaria seguía sin haber nada ni remotamente parecido a un noviazgo entre nosotros, quizás porque después de tanto tiempo juntos ya nos sentíamos más como hermanos que otra cosa. Cada recreo todavía seguíamos jugando a las escondidillas, al resorte y a las canicas, y si acaso ahora intercambiábamos discos y libros en vez de tazos y hielocos.
El cambio no pudo ser más drástico cuando, al terminar la primaria, algunas amigas y yo nos fuimos a una secundaria diminuta en Coyoacán con tareas, exámenes, The full catastrophe, como diría Zorba el griego. El edificio era tan chico que había sólo una cancha donde jugaban futbol los alumnos populares, y algunas bancas donde se congregaba el resto de los estudiantes. Ese primer día de clases mis compañeras de la primaria y yo intentamos jugar a las escondidillas, pero entre los balonazos y la pena de entrar a salones de otros grados, pronto nos rendimos. Entonces decidí resignarme y me uní a los grupos de amigas que charlaban en las bancas. Pronto me di cuenta de cuál era la dinámica de aquellas pláticas: todas ellas elegían a un muchacho “que les gustaba” y daban por turnos actualizaciones acerca del estado de la cuestión: Ya se me acercó, me saludó, me vio de lejos. De poco más se hablaba en los recreos. Y después de un par de meses así comencé a deprimirme. A mí los chicos me interesaban muy poco, y ninguno en particular, así que elegí al menos accesible (de preparatoria, guapísimo y con novia) para que mis aportaciones a las charlas se limitaran a cosas como: “hoy trae una blusa naranja, creo”.
En mi casa se decía que a Tepepan, donde vivíamos, no llegaba la televisión, así que desde chica leí mucho. Pronto me entró una fiebre obsesiva por los cuentos de hadas, desde los rusos crudelísimos hasta historias más recientes de princesas enamoradas de piratas feos. Mi obsesión fue desde el principio La bella durmiente. Me sabía los diálogos de la película de Disney de memoria, obligaba a mi madre a comprar todas las versiones existentes del cuento en cada librería a la que entrábamos.
Un día un amigo me vio haciendo ejercicios de dibujo en un cuaderno y me preguntó que por qué hacía yo aquello. Le respondí que para que no se me atrofiara la imaginación. Me aterraba que “crecer” fuera eso: tu vida entera girando alrededor del sexo o del futbol (como veía que era el caso con varios hombres), a perder la capacidad de sorprenderse ante esa y cualquier otra cosa.
Mucha de la música que escuchábamos yo y mis amigas en MTV y los reality shows que veíamos me hacían sospechar que la pérdida de imaginación era una verdadera posibilidad. De todas formas, encontré tiempo para leer, casi siempre novelas góticas de fantasmas, vampiros, detectives o niños abandonados, muchas veces novelas de fantasía, como Las crónicas de Narnia o El señor de los anillos, versiones extendidas de mis queridos cuentos de hadas. Entre más exótico fuera el tema, más raros los personajes y más alejado el mundo o la época de la novela, mejor. En estas novelas la sexualidad se reducía al beso del vampiro o al acalorado movimiento del abanico de las señoritas victorianas. Pero entonces, cuando tenía 15 años, como Melanie, la protagonista de The Magic Toyshop, conocí a Angela Carter.
El primero de los cuentos que leí de la autora se llamaba “The Company of Wolves” (“La compañía de los lobos”) y comienza así:
Una bestia y solo aúlla en la noche del bosque. El lobo es carnívoro encarnado y es tan astuto como feroz; una vez que ha probado la carne nada más lo satisfará.
De noche, los ojos de los lobos brillan como llamas de velas, amarillentas, rojizas, pero eso es porque las pupilas de sus ojos crecen con la obscuridad y atrapan la luz de tu linterna para devolvértela: rojo de peligro; si los ojos de un lobo reflejan sólo la luz de la luna, entonces brillan con un verde frío y artificial, un color mineral, punzante. Si el viajero incauto advierte esas lentejuelas terribles y luminosas, cosidas de pronto en los negros matorrales, sabe que debe correr, si el miedo no lo ha paralizado todavía.
Pero esos ojos son todo lo que podrás observar de los asesinos del bosque que se reúnen invisibles detrás de tu olor a carne cuando vas por la espesura imprudentemente tarde. Serán como sombras, serán como espectros, miembros grises de una congregación de pesadilla; ¡Escucha! su largo y ondulante aullido… un aria de miedo hecha audible.
El cuento es parte de una colección llamada The Bloody Chamber (La cámara sangrienta) que Carter escribió después de traducir los cuentos de hadas clásicos de Perrault. Cada uno es una sorprendente reescritura de estos conocidos cuentos: Barba azul, La bella y la bestia, El gato con botas, Blanca nieves, La bella durmiente (que en el cuento de Carter es una vampira. De inmediato revivió en mí a la coleccionista de bellas durmientes). “La compañía de los lobos” es, como habrán adivinado ya, la reescritura de Caperucita roja. La historia comienza narrando una serie de leyendas de hombres lobos, como si el narrador fuera la voz del pueblo, de algún pueblo francés del siglo XVII donde, dice el historiador Robert Darnton, que analiza los cuentos de hadas desde una perspectiva histórica, los lobos eran en efecto una amenaza muy real: que si los hombres lobos tienen una sola ceja, que si nacen con los pies hacia abajo, que si regresan años después a comerse a sus esposas o se vuelven cortesanos de ciertas brujas rencorosas y les aúllan día y noche. Después de este prólogo la narración cambia y se enfoca en una chica, Caperucita. Ya desde el comienzo de esta parte sabemos que esta muchacha será distinta a la Caperucita del cuento de los Grimm o de la de la versión de Perrault: para empezar porque lleva consigo un cuchillo y según nos dice la posiblemente narradora (porque es difícil eludir el hecho de que quienes contaban estas historias eran casi siempre las mujeres: las abuelas junto a la chimenea para advertir a las niñas incautas de los peligros que habitaban el bosque o las niñeras campesinas cuando acostaban a los niños de los aristócratas) el hecho de haber sido amada y protegida por su familia la ha hecho no temerosa, sino temeraria.
Desde el principio, Carter desata los posibles símbolos que contenían las versiones orales de esta historia. Por ejemplo, en la primera versión registrada de esta narración que se llama “La historia de la abuela”, siempre ha sido un misterio por qué Caperucita debe elegir entre dos caminos, no el camino largo y el corto, sino entre el de los alfileres o el de las agujas. Una hipótesis dice que se debe a una especie de ritual en el que a las chicas se las mandaba a los 15 años con una costurera para que después de aprender de ella pudieran recibir pretendientes. Las prostitutas, en cambio, se colocaban agujas en las mangas para señalar su oficio. Así que el camino de las agujas o el camino de los alfileres podría simbolizar el camino de la decencia o de la decadencia. O también es posible que no haya ningún significado detrás, que sea otro de esos absurdos de los cuentos de hadas que explotaron después en las novelas de Alicia, de Lewis Carroll, y cuyo encanto radica precisamente en que no tienen explicación. Así también sucede con el elemento de la caperuza roja, que en el cuento de Carter se debe (y se nos dice abiertamente que es así) a que la chica acaba de comenzar a menstruar y también a la idea del sacrificio. O con el huevo que se menciona, que es redondo como ella, que aún es virgen. En la versión fílmica de The Company of Wolves para la que trabajó Angela Carter con el director Neil Jordan, los símbolos son aún más explícitos, como los lobos con los que sueña la chica, que atraviesan las ventanas como metáfora de la primera relación sexual.
En “La compañía de los lobos”, Caperucita, como era de esperarse, se encuentra al lobo, pero esta vez es ella quien sugiere un reto: si él llega primero a casa de su abuelita, ella le dará un beso. Así que se desvía y se retrasa lo más que puede para que el lobo gane y ella pueda así besarlo. En el siglo XX hay muchas versiones en las que Caperucita Roja es la seductora, pero con Carter suele ser la forma, más que la trama, lo indiscutiblemente original. Por ejemplo, la manera en la que describe al lobo llegando a la cocina de la abuela. Dice: “la noche y el bosque han entrado a la cocina con la obscuridad enredada en el pelo”. Carter suelta de pronto estas imágenes que refuerzan el tono metafórico y onírico de la narración en donde, el fuego y la nieve aparecen como símbolos opuestos y complementarios una y otra vez. Cuando Caperucita encuentra al lobo dice el cuento que “sabe que el miedo no le servirá de nada y entonces deja de tener miedo”. Angela Carter recuerda que era su abuela quien le contaba el cuento de Caperucita y que gran parte del poder de la historia se encontraba en la actuación de la abuela. Cuando le decía a Angela la famosa línea climática: “para comerte mejor”, le hacía cosquillas: una abuela actuando de lobo actuando de abuela; María Tatar sugiere que esta escena en el cuento original representaba más que una seducción metafórica, era parte de un miedo literal de los niños a ser comidos. Yo recuerdo a la perfección la vez que nos hicieron ver en la primaria la película La guerra del fuego, donde salían unos neandertales caníbales. Le pregunté a la maestra si todavía el día de hoy existían los caníbales y como ella me dijo que sí, pasé noches en vela aterrorizada ante la posibilidad de que yo le fuera a resultar apetecible a un extraño pasando un día por la calle. La abuela de Carter aplacaba ese miedo con las cosquillas. Y la risa de esa niña es la misma que la de la Caperucita del cuento de Carter, que se ríe, porque sabe que “she was nobody’s meat” (no era un filete para nadie). Lo que sigue es una escena en la que Caperucita seduce al lobo y en donde otros lobos se reúnen alrededor de la casa para acompañar ese rito con su canto. Esta escena está mucho más cerca de “El cuento de la abuela”, en donde Caperucita realiza una especie de ritual (que en el cuento de Carter se nos describe como el ritual de un matrimonio salvaje) y se quita una a una todas las prendas de ropa que trae puestas encima, lanzando cada una al fuego, descubriendo poco a poco su piel blanca como la nieve. Al final de “La compañía de los lobos” una voz que no puede ser de ningún narrador si no de Carter misma, burlándose de las expectativas del lector, nos dice: “¿Ves? Duerme sana y salva entre las patas del tierno lobo”. Este final me regresó a una versión de Caperucita que leía yo de chica, llamada ¡Qué lobo más raro! de la cual recuerdo la frase: “hay que ver que guriguay tan guay”, y en donde el pobre lobo famélico, la niña y la abuela terminaban cenando todos juntos, como amigos.
En los cuentos de hadas “originales” (aunque esta palabra es por demás incorrecta para describir estas historias, porque los cuentos de hadas provienen de una tradición oral antiquísima, en donde no hay una versión original sino una multiplicidad de versiones extendidas de boca en boca cuya primera narración es imposible de rastrear, de allí que Jung sugiriera que eran parte de nuestro imaginario colectivo, que habían estado allí desde siempre), o mejor dicho, en las versiones orales más antiguas que los antropólogos, empezando por los hermanos Grimm, han descrito, y como recordarán los lectores, en esa ocasión en que algún primo o amigo les mató la inocencia diciéndoles que en realidad a las hermanas de Cenicienta les cortaban los talones para que sus pies cupieran en la zapatilla, o que La Sirenita termina disolviéndose en espuma de mar, en esas versiones abunda la violencia gráfica: mutilaciones, canibalismo, infanticidios son algunas de sus facetas, además de temas sexuales como el incesto y las relaciones premaritales. En las segundas versiones de los cuentos de los Grimm, así como en las narraciones de Perrault, pueden quedar rastros de violencia, pero casi ninguno de tema sexual. Perrault, por ejemplo, elimina la mención al canibalismo de la historia original de Caperucita roja (cuando el lobo la obliga a comerse un pedazo de su abuela y a beber un trago de su sangre) y a diferencia de versiones anteriores, hace que el lobo se coma a Caperucita roja como castigo por haberse dejado “seducir por la banalidad de las flores y por el lobo”. La moraleja de la historia dice algo así como: “No todos los lobos son iguales. Algunos son encantadores. No son ruidosos, brutales y corajudos, sino dóciles, agradables y gentiles, y siguen a las señoritas directo hasta sus casas y hasta sus cuartos. Cuídate si aún no has aprendido que los lobos domésticos son los más peligrosos de todos.” Los Grimm, por otro lado, castigaron a Caperucita por ser una niña desobediente, por salirse del camino indicado. Pero Carter no está allí para aleccionar, ni para censurar nada.
Se dice que su terreno es el tabú. Nada para ella es sagrado y mediante su ironía logra subvertir aquellos estereotipos de princesas y ponis y arcoiris que después de Perrault, los Grimm y Disney pueblan nuestro imaginario al pensar en cuentos de hadas. Así es, por ejemplo en The Magic Toyshop, en donde Carter aborda el tema del incesto, en The Infernal Desire Machines of Dr. Hofman, donde se describe toda una serie de aventuras y fantasías sexuales extrañísimas, o en Nights at the Circus en la que habla de la prostitución sin tapujos. Obliga a replantearnos nuestras ideas preconcebidas acerca del amor y de la feminidad: ¿Por qué es el lobo quien habrá de seducir a Caperucita?, ¿por qué necesita Caperucita de un cazador que la rescate, o, más bien, por qué necesita ser del todo rescatada? Dice Marina Warner, ella misma reescritora de cuentos de hadas, que uno de los mayores aciertos de Carter es identificar que las mujeres se recrean a sí mismas como “mujeres” una y otra vez, y que eso es a menudo el resultado de usar las herramientas que se tengan a la mano, sexualidad incluida, para sobrevivir, como Caperucita que decide seducir al lobo en vez de que éste se la coma. Muchas de las feministas de su tiempo rechazaron la obra de Carter, dice Warner, porque hablaba de la obstinación de las mujeres, y de su atracción por la “Bestia” en medio de la repulsión. Así sucede en este cuento, donde el lobo es más fascinante que cualquier príncipe, pero lo mismo ocurre en otros, como en su versión de la Bella y la bestia, “The Tiger’s Bride” (“La novia del tigre”), donde la principal atracción que ejerce la Bestia no se debe a su lado “humano”, como plantea la versión de Disney, por ejemplo, sino a su lado salvaje. O en su versión de Barba azul, “The Bloody Chamber” (La cámara sangrienta), donde la esposa del tirano parece por momentos sentirse tan encantada como repelida por los crímenes de su esposo. Al final de “The Tiger’s Bride”, el hechizo se rompe y en lugar de que la Bestia se vuelva humana es la Bella quien se convierte en otra bestia. Siguiendo a Warner, esta visión rompe con las aspiraciones femeninas con las que se identificaba a los cuentos de hadas desde los salones de la época de Perrault, cuando las mujeres de la aristocracia competían por ver quién contaba la versión más refinada de los cuentos que escuchaban de sus nodrizas.
Puede inducirse del ejemplo de la Bella que para Carter ninguna identidad es fija. Y esto se refleja en su prosa, que es la del carnaval, que celebra la carne (con la que esta palabra comparte una raíz etimológica), los híbridos, los monstruos y el travestismo. De hecho muchos de los protagonistas en sus historias fluctúan entre un ser y otro, como la mujer ave de Nights at the Circus, o una identidad sexual y otra, y juegan con los disfraces y las apariencias.
Esa misma flexibilidad, esa capacidad de mezclar ingredientes como en el caldero de una bruja, se disfruta en su lenguaje. Lo mismo abreva de la imaginería del gótico que del barroco, del simbolismo que de la cultura popular. Su prosa es adornada, artificial y voluptuosa. Con Angela Carter aprendí a no temerle a los adjetivos. Y hasta la fecha, una de mis imágenes favoritas es cuando describe el castillo de Barba azul, que es ni más ni menos que la abadía de Montmartre, de la siguiente manera: “Aquel castillo, que ni pertenecía a la tierra ni al agua, un lugar anfibio y misterioso, que contradecía la materialidad tanto de la tierra como de las olas, con la melancolía de una sirena que se encarama en una roca y espera, eternamente, a un amante que se ahogó lejos, muy lejos, hace mucho tiempo. Ese lugar hermoso, triste y sirénido”. Carter sabe seducir y embrujar con las palabras. (En inglés la palabra hechizo es la misma que deletrear “spell”, de donde se deduce que el lenguaje, la enunciación y la magia están íntimamente ligados). No en vano Salman Rushdie, amigo cercano de Carter, con quien compartía su gusto por lo irreal y sus experimentos con el lenguaje, le dedica su estudio sobre El mago de Oz y la llama “Primera Maga Deluxe”, Gran hechicera, reina bruja benevolente, reina de las hadas. Carter logró transformar, desacralizar una serie interminable de mitos, y aun así conservar en ellos su encanto, su misterio y su atracción. Los revitaliza gracias a su ejercicio del lenguaje.
Otras escritoras contemporáneas de Carter se han acercado también a la reescritura de los cuentos de hadas, autoras como Margaret Atwood, A.S. Byatt, Emma Donohue, Joyce Carol Oates y Anne Sexton, y la practican desde ángulos muy distintos, muchas de ellas modificando las tramas o trayéndolas al día de hoy. Mi atracción inicial hacia Carter se debió a que no eludía lo sobrenatural. Sus historias preservaban esa tradición de lo inexplicable, lo maravilloso y lo gótico que yo disfrutaba desde hacía ya tanto tiempo. En ellas aparecen vampiros, monstruos y freaks, y la magia conserva su papel esencial. Especialmente el potencial metamórfico de la magia, volviendo a la importancia de las mutaciones y de los mutantes en Carter.
“Caperucita roja” es en muchas interpretaciones y en la versión de Carter, un rito iniciático, como lo fue para mí la lectura de estos cuentos, hace ya tantos años. Antes de que mi querida maestra de la universidad, Aurora Piñeiro, me adentrara más en la obra de Carter, la primera vez que leí estas historias transformaron mi visión de la sexualidad porque en sus cuentos y novelas ésta nunca aparece disociada de la invención ni de la creatividad. La sexualidad en Carter es parte de la naturaleza, pero no de una naturaleza plana, sino una inescrutable e intrincada como el bosque nocturno. “Mi cuerpo es la morada de una libertad sin límites”, dice Fevvers, la protagonista de Nights at the Circus. La seducción tiene que ver con la inteligencia, la sabiduría y la palabra de donde el lobo, el que logra convencer con su retórica y que en la versión de Carol Ann Duffy de Caperucita roja es ya literalmente un poeta, resulta ser tan experto. La sexualidad es además otro aspecto de la curiosidad, de una curiosidad que nunca se satisface del todo, como le sucede a la protagonista de “La cámara sangrienta”, la esposa de Barba azul, cuya curiosidad la lleva al borde de la muerte hasta que la rescata ni más ni menos que su madre.
Por último, los temas sexuales en Carter vienen acompañados siempre de humor o de ironía. Cuando la piadosa abuela de “The Company of Wolves” descubre que el lobo es el lobo y no su nieta, lo describe desnudo y, parodiando el famoso “qué ojos tan grandes tienes”, no puede sino reparar en sus (cito): “genitales, enormes. ¡Ah! enormes”, dice. Se escucha a través del cuento la risa de la niña Angela y la de Caperucita casi al final de su historia. Es parte del carnaval, de la burla y la irreverencia, de un mundo que no se rige por las normas de nadie.
Salman Rushdie afirma en una sentida declaración tras la muerte de Carter que ésta encaró la muerte con bravura, que se le plantó enfrente, le pintó un dedo y la insultó diciéndole que no era más que un enano feo y asesino. Para Rushdie, Carter, quien aún no es valorada como lo que para él es, una de las mejores escritoras de habla inglesa del siglo XX, triunfó de esta manera sobre la muerte, con las armas de una bruja burlona y seductora.
Hay un cuento de Chesterton en el que un hombre extraño que viaja en tren le pide a otro un cerillo. Éste le ofrece encender su cigarro, pero el extraño le dice que no quiere el cerillo para encender ningún cigarro. Se indigna ante la incapacidad del hombre de asombrarse con aquello que de niños nos parece fascinante: la transformación fantástica de la madera en llama y ese fuego milenario que ha durado más que cualquier civilización (la historia, dice, es una procesión de antorchas). El hombre sólo quiere el cerillo para contemplar el fuego.
Leer a Angela Carter por primera vez, o volver a leer alguno de sus libros, es sorprenderse siempre y abrir la puerta a mil y un más lecturas. Siempre que leo a Angela Carter me siento como una lectora temprana.
Existe sobre la calle sexta de esta ciudad un pequeño oasis. No obstante sus dimensiones, proporciona sin cesar el oxígeno básico del melómano: música. Este espacio cumple las funciones también de un pulmón, pues permite un respiro al transeúnte; sin ir más lejos, este sitio alberga algo importante para una ciudad también de músicos: un corazón en perfectas funciones. La sístole-diástole que acompasa desde el peculiar interior del lugar al ruido del tráfico, de la gritería, de los ecos de las calles.
La primera versión de este sitio, tuvo inicio en el swap meet de la calle 10, en 1986. Un buen día Sergio Torres Esquer –coleccionista ya a sus 18 años–, decidió probar suerte con los objetos de su devoción: los discos. Colocó un aproximado de cincuenta vinilos a manera de revistero y comenzó a vender. Luego de un periplo de siete años, hasta 1992, optó por dar el siguiente gran paso: cambiar el sitio de distribución, rentar un espacio y buscar nueva audiencia para darle mayor difusión a la venta de discos usados. Fue en ese momento cuando junto a su colega de entonces, Juan Carlos Flores, mejor conocido como “El sáico” encontró el local al cual nombraron sin preámbulos: La Ciruela Eléctrica, en homenaje a la banda psicodélica norteamericana de los años sesenta The Electric Prunes.
¿Quién es el crew de La Ciruela Eléctrica? Sergio y Norma Torres –en matrimonio desde hace 23 años– melómanos per se y padres de una hija llamada Euterpe; Cipriano Carrazco Gómez y Rafael Núñez quienes sin falta han acudido a su trabajo desde 1996. Pero, ¿qué es precisamente lo que significa trabajar en un lugar de esta naturaleza? Cipriano contesta sin dudar: “Música”, al tiempo que señala su corazón.
Fotografía por Amaranta Caballero.
La característica principal de este pequeño templo es el género musical preponderante, el rock y todos sus subgéneros: garage, hard, alternativo, glam, progresivo, electrónico, groove, psicodélico, metal, folk, grunge, indie, punk y un largo etcétera. Además no falta el blues, el jazz, y una sección de música clásica. Generalmente uno puede encontrar verdaderas rarezas de culto. Hablar de los precios iguala la calidez y maravilla del oasis en mención.
Este sitio además, en algunas ocasiones ha sido punto de reunión de músicos que luego han formado bandas. Bandas que con el tiempo se han logrado posicionar en la escena musical nacional e internacional. Pero más allá de las hoy celebridades que han pisado el sitio, La Ciruela Eléctrica sabe de visitas excéntricas y melómanos sibaritas, como: el cleptómano que llegaba calzando suecos de madera, con una pequeña caja que al abrirla dejaba ver una pistola y gruesos fajos de dólares, cleptómano al fin, gozaba tomando los cassettes y ponerselos bajo el brazo mientras de soslayo veía si lo habían observado en la acción; la visita de un silente Morrissey, el cual sin emitir palabra alguna se limitó a observar y señalar a su asistente –con el índice– el vinil que quería comprar y que era precisamente uno de… Morrissey, estos salieron de la tienda, luego el asistente volvería para hacer la compra. Otros visitantes curiosos asistieron el día de apertura en 1994: el señor que vendía periódicos a la vuelta de la esquina fue el primero en acudir a felicitar y saludar; pero el segundo visitante siempre ha contado con gran reconocimiento y mención por parte del propietario de la peculiar tienda: este personaje luego de entrar, observar un rato discos y cassettes, decidió tomar uno de Ministry y darse a la fuga sin éxito, ya que fue alcanzado calles adelante. Sin embargo, Sergio asegura que esa fue “la mejor cruz”, desde entonces no han faltado clientes, visitantes, músicos, artistas y fauna en general.
Pensando que Tijuana ha sido catalogada –entre muchos otros aspectos– como la puerta de entrada del rock a México, ¿cuál es la perspectiva que desde un lugar como La Ciruela Eléctrica se puede observar? Cipriano responde: “Tijuana es una ciudad de músicos. La riqueza musical en sus habitantes es evidente.” Sergio dice: “Además es notable la herencia por el gusto de este género. Ahora vienen hijos de los clientes de hace unos años y buscan cosas específicas. Nunca me gusta recomendar. Este lugar es libre. Cada quien puede ver, buscar, entretenerse. Sólo de vez en cuando y si me preguntan o los veo muy ‘norteados’ es entonces cuando doy recomendaciones.”
Entre otras peculiaridades, una de las joyas vendidas ha sido el vinil Velvet Underground & Nico (Self-Titled LP on Verve torso cover); cuenta Sergio que unos ingleses llegaron frente a la tienda en un taxi amarillo (los del sitio de la línea), se bajaron, preguntaron por el disco, pagaron y se volvieron a subir al taxi para regresar “al otro lado”.
No obstante el éxito de la tienda entre sus conocedores y visitantes clandestinos, el auge de los viniles y cassettes se vio frente a una jugada casi al más puro estilo jaque mate entre los años 2009-2011. ¿Cuál fue la razón? El Ipod. “El download de la música vía Internet no es un problema. El problema es el objeto”, asegura Sergio. “He pasado crisis económicas, cambios de gobierno y sin embargo, el objeto es lo que determina. A la gente le gusta la música pero la moda impone cómo la escuchas. Afortunadamente 2012 volvió a ser un buen año, hasta la fecha.” Otro dato curioso, comenta Sergio: “Apenas en la última década comenzaron las mujeres a entrar a comprar discos. Antes nuestros clientes siempre eran hombres y si llegaba a entrar alguna mujer, venía acompañada de su novio. Afortunadamente eso ha cambiado”.
A punto de cumplir 20 años de aniversario La Ciruela Eléctrica es punto de referencia en Amoeba Music pero lo mejor gentil lector, es venir a Tijuana y entrar a conocerla.
Cipriano Carrasco y Sergio Torres, fotografía de Amaranta Caballero Prado.
Diana Martín. “Mirna de Ciglia, nunca en silencio”
Acuarela/Tela
Verónica Murguía, creadora de personajes femeninos atípicos dentro de la literatura mexicana actual (Auliya, la protagonista de la novela del mismo nombre, Luned, la heroína de El fuego verde y Soledad, la princesa de Loba, novela ganadora del Premio Gran Angular Internacional 2013) reflexiona aquí sobre la noción de feminidad en la literatura, así como de ciertos tópicos, expectativas y posibilidades alrededor de los libros escritos por mujeres.
Para Paloma Villegas
1) Me temo, persona quisquillosa que soy, que las definiciones comunes que intentan describir a las mujeres me irritan muchísimo. El diccionario, cuya autoridad suele parecerme imparcial, me parece insuficiente, cuando no ofensivo, en este tema. Mi Larousse, por ejemplo, me muestra en la primera acepción que las mujeres somos personas del sexo femenino. En la segunda, que mujer es quien ha llegado a la pubertad a diferencia de la niña. En la tercera, es la esposa. Y luego, la prostituta.
Una idea generalizada, aunque de escasa precisión filológica, afirma que la palabra mujer viene del latín mulier, voz relacionada con los adjetivos blando, muelle, mojado y el sustantivo molusco. Es una idea falsa (babosa, para seguir por este rumbo de lo invertebrado), pero refleja con precisión una de las opiniones más difundidas acerca de las mujeres: que somos blandas.
Esta noción, tan cara a los publicistas, a los cursis sin imaginación de ambos sexos y a los políticos, es tan absurda como afirmar que todos los hombres son duros o violentos. Pero, a pesar de su obvia cortedad sigue perpetuándose, viva y animada, en la logósfera.
También me irritan aquellos que afirman que hombres y mujeres somos iguales. Deberíamos tener igualdad de derechos y de oportunidades, pero una simple ojeada por la ventana o al espejo nos demuestra que no somos iguales. Y no sólo a simple vista: el asunto de la diferenciación es una cuestión biológica y mental muy compleja en la que intervienen factores biológicos y culturales.
No hay en nuestros cerebros fronteras y límites netamente femeninos o masculinos, y tampoco existen en nuestro carácter, por eso la tesis de la igualdad me resulta tan vana como la de la inferioridad. Lo que me parece innegable y más aún en un país como este, es la necesidad de reivindicar el feminismo y seguir ampliando los espacios vitales en los que nos movemos.
No deja de sorprenderme la forma tajante y apresurada en la que muchas mujeres se deslindan del tema. “Y, de veras, no lo digo por ser feminista; no soy feminista” afirman, casi siempre después de describir una situación de desventaja. Yo sí soy, y me parece que no necesito justificarme. Me resulta tan gratuito como explicar por qué me interesa la ecología o por qué me parece indispensable abogar por los derechos de los niños y las minorías.
2) En la literatura, los temas que se privilegian como “femeninos” siguen siendo el amor, el sexo y la maternidad. No me bastan. Es más, me parece que la reivindicación del cuerpo femenino se quedó corta: la solución a los problemas que aquejan a la mayoría de las protagonistas de las novelas escritas para mujeres es, como antes, el amor de pareja, sólo que ahora se incluyen las actividades sexuales. La exploración de lo sexual sustituyó al silencio, pero seguimos ancladas cerca de la cama, encerradas, si se quiere, en el dormitorio. Es un incordio.
La millonaria popularidad de la anodina trilogía Cincuenta sombras de Grey escrita por E. L. James es una prueba de lo que digo. Mal concebida y peor escrita, esta trilogía abunda en escenas que describen una tibia e improbable relación sadomasoquista. James retrocede antes de describir el cuerpo en su totalidad: con un lenguaje directamente tomado de la novela rosa más convencional, se le van las páginas en describir dizque poéticamente los genitales del Grey del título, mientras que la protagonista se refiere a los suyos con el pueril eufemismo “allá abajo”. Finalmente el amor triunfa en su forma domesticada: apuntalados por el dinero y el estatus, los protagonistas resuelven sus diferencias, se casan y ella, virgen al principio de la historia, lo “cura”.
Curiosamente, el enfoque opuesto, al menos como lo planteó Catherine Millet, también fracasa. Millet, una editora de prestigio, publicó en 2001 su libro autobiográfico Lavida sexual de Catherine Millet con gran éxito de ventas y reconocimiento crítico, sobre todo en Francia. La prosa, seca y puntual, lacónica como la de un diccionario de especialidades médicas, está al servicio de una larga enumeración de coitos, tríos, cuartetos, penes, bocas y todos los orificios penetrables que hay en la humana anatomía. Millet, una auténtica atleta de las orgías parisinas, confiesa que, hasta los treinta y cinco años, no disfrutó del sexo y que no concebía que una relación sexual la pudiera hacer gozar. Quizás sea esta curiosa paradoja lo que hace que el libro sea tan aburrido. Como los compañeros sexuales de Millet son anónimos y efímeros, no hay nada que conmueva o siquiera entretenga después de la veinteava descripción de una orgía. Y luego, el fracaso de la premisa del desenfreno sexual como mecanismo liberador: la parte faltante de su larga confesión desplegada el segundo libro, Celos. Resulta que Millet descubrió que su marido la engañaba y ¡sufrió mucho! Ingenuamente, afirma que le duele de forma horrorosa imaginarlo con otra. Millet descubre el hilo negro y hace que el lector se muera de aburrimiento, atosigado por las reflexiones tardías de una mujer que se vanagloriaba de la pasividad, y quizás pasividad sea la palabra clave, con la que se dejaba penetrar por quienes lo desearan.
Total, lo mismo. La virgen que cura al sadomasoquista, la mujer insaciable que descubre que el sexo no es todo y que el amor tiene espinas. Tímidas variaciones de las convenciones novelescas tradicionales, en todo caso, inferiores literariamente a Madame Bovary o al monólogo de Molly Bloom, al final del Ulises, pero, ay, redactadas por mujeres.
3) Mu Lan usaba una armadura negra de placas de bambú barnizadas con laca mágica que las volvía impenetrables. Su yelmo sólo dejaba a la vista dos ojos inteligentísimos y una boca de gesto indescifrable. Era capaz de clavar sus flechas en el corazón de los enemigos aunque estuvieran fuera del alcance de su vista y llevaba tatuadas en la espalda las ofensas que los opresores habían infligido a su gente. La espada para los combates importantes era una larga navaja tallada en un solo bloque de jade y los cascos de su infatigable caballo blanco tenían grabado el ideograma “volar”.
Era una estratega formidable. Una noche tendió una emboscada al ejército invasor y logró engañar a los guerreros atando lámparas de papel a los cuernos de un rebaño de cabras. Luego, las hizo bajar a saltos por las laderas de la montaña Mo Tien. Los enemigos, al ver las luces que se movían describiendo violentos arcos montaña abajo, huyeron, aterrorizados por lo que supusieron era un ataque de demonios. El pequeño destacamento de Mu Lan cayó sobre ellos. Los pocos sobrevivientes regresaron a contar que un gran general los había derrotado.
Ni los invasores vencidos, ni los soldados que la obedecían, sabían que Mu Lan era mujer. Y es que en la China medieval de leyenda, como en la Europa histórica —la prueba es Juana de Arco—, la mujer que se vistiera de hombre lo pagaba con la vida.
4) Soy mujer. Soy feminista. Soy escritora. Todos estos factores se influyen unos a otros, aunque ignoro en qué forma. Intuyo que ser mujer define en gran parte todo cuanto hago; no sé, sin embargo, si ser escritora y feminista me convierte en una escritora feminista. ¿Cómo sería eso? ¿Mis personajes femeninos serían superiores a los masculinos? ¿Me impondría ciertos temas? ¿Me obligaría a decir ciertas cosas? Aquí surge, naturalmente, el problema de la tradición. No hay lectora atenta que no se haya rebelado contra las imágenes proverbiales de la mujer en gran parte del canon. Pero hay autores cuya fuerza rebasa su momento: hay más vida, más gozo e inteligencia en la comadre de Bath, de Cuentos de Canterbury, que en muchas heroínas de la literatura de nuestros días, aun las creadas por mujeres. Además, el cuento que el autor le asigna es uno de los mejores. Eso no hace de Chaucer un feminista, ni del brutal siglo XIV un buen momento para las mujeres. Es la pasmosa destreza, el arte con el que Chaucer dibuja a su personaje, la verdad que contienen esos renglones redactados hace 640 años, lo que vuelve inolvidable a la comadre de Bath.
Hay estudiosas que afirman que si una mujer escribe, lo hace con una técnica ajena y en un ámbito machista —el lenguaje. Ya señalé la connotación de blandura en la misma palabra “mujer”. En el lenguaje cotidiano, femenino suele usarse como sinónimo de débil. No sé qué hacer respecto a eso. Sé qué no puedo hacer: inventar un lenguaje nuevo. El castellano, con todo y sus vestigios machistas y clasistas, me ha otorgado la libertad más soberana que conozco. Cuando me apropio del lenguaje y aprendo a usarlo para decir lo que quiero; cuando me esfuerzo por conocer la tradición para desligarme lo más que puedo del discurso machista; cuando le doy la espalda conscientemente a las formas expresivas consideradas “masculinas”, ¿no estoy ejecutando un acto feminista?
5) Me impresiona que para los griegos, que sabían tanto e intuían más, la encarnación divina de la inteligencia fuera una diosa muchacha, Atenea. Su padre, Zeus, sintió un dolor de cabeza tremendo que lo paralizó, una jaqueca sobrenatural. Esa cabeza dolorida, cubierta de rizos oscuros en los que se enroscaban los relámpagos y el trueno, de pelo que chisporroteaba con rayos azules cuando el dios se movía, se abrió y de ella surgió una joven de rostro armonioso con una lanza en la mano. La punta de la lanza, como todas las observaciones agudas, era lo que no dejaba descansar al Zeus, quien hasta que se le abrió la frente, se mesaba el pelo, desesperado.
Atenea nació joven. No tuvo niñez. Y armada ya, porque la inteligencia casi nunca está indefensa. Ni Hermes el astuto e ingenioso, ni Apolo el dios de la armonía y las artes, son representaciones de la inteligencia pura. Es ella, Atenea.
6) En el epílogo del libro Qué es el Estado el filólogo y clasicista Agustín García Calvo (1926-2012) escribió una arenga dirigida a las mujeres. Es un texto brioso, que exige a las mujeres que no terminemos de asimilarnos a los hombres, al Estado, a la Patria, al Orden. Que no nos dejemos encerrar en las categorías creadas para definirnos, la Amante, la Madre, la Esposa, el Ama de Casa. Apela a eso, a esa parte secreta que no está codificada, para romper con las rejas de lo establecido.
Coincido con él en lo fundamental. Yo no sé qué es lo femenino, dónde comienza y si termina en lo masculino, cuya definición, aunque ventajosa, es, también, profundamente limitada.
Pero sí sé que lo que se me ha enseñado hasta ahora, los espacios, aficiones y conductas que se han señalado como femeninos, no me bastan. Sé lo que no soy. Y no soy solamente lo que he aprendido que debo ser.
Diana Martín. “Padre que regresa”
Acuarela y grafito/Papel
Luza Alvarado construye aquí, en un estilo inscrito en la tradición poética urdida por autoras originarias del sur del continente –como Marosa Di Giorgio–, un discurso acerca de la soledad, la insatisfacción, y la imposibilidad para relacionarse, pero también, del valor de saber reconstruirse, a partir de un diálogo (quizá, una batalla) con la Cándida…
Nota del editor: Debido al formato de este poema en prosa, te recomiendo si lo lees en un teléfono móvil, lo coloques en posición horizontal.
Tengo hambre. Te lo dije entre susurros pero los confundiste con el roce de tu barba entre mis muslos. Tengo hambre todo el tiempo. Cuando dejé de comer carne con alma me nació un frío que sube desde el vientre hasta el esternón, ahí donde viven unos bichos que me rasguñan el revés del hueso como diciendo Carroña. Clavan los dientecillos de sus patas en mi pecho y dicen Carroña
reptan rascan roen
crrrcrrrrrrrrrrrr
se arrastran lijan escarban arañan hasta quedarse dormidos de cansancio. Pero apenas te huelen cerca y se arrancan a danzar en círculos
toc toc túmpata
toc toc túmpata crrrrr
túmpata crrrrr
Pusiste tu oreja en la cima de mi vientre para escuchar la bulla del carnaval insectario. Todavía tenías la boca mojada cuando dijiste Sí, ya sé que tienes hambre, y me ofreciste uno de tus tallos. Pensé que estaría lleno de alma, pero la habías olvidado en el bolsillo de otro pantalón. Tenía tantos días de ayuno que te lo comí entero –las chicharras empezaron a rascar–, te comí el tronco, la raíz –las chicharras no dejaban de rasguñarnos–, la lengua y las manos –las chicharras se quedaron dormidas.
Ocurrió que nos quedamos sin caricias. Los límites del mundo se fueron construyendo conforme amanecía. Nos quedamos también sin las palabras con las que atravesábamos hacia la otra realidad, sin esos puentes que nos devolvían nauseabundos desde la tierra recién descubierta por quinta vez.
Te dije Sigo con hambre, pero ya no tenías volutas para responderme ni siquiera con la mirada. De puro pavor te cerraste para no recordar la insatisfacción que me ponía las mucosas de color púrpura.
cómo te gustaba desgajarme los adentros transfigurados en berenjena Te fascinaban las respuestas involuntarias de mis fibras el sabor indoloro de mi jugo la transparencia de mis membranas Era delicioso verme convertida en un animal fronterizo sin lugar para el antes o el después
Subiste al esternón y las chicharras empezaron a rascar el hueso por dentro diciendo Déjanos salir, queremos poblarte el silencio. Fingiste que no habías escuchado sus patas raspando la cal. Clausuraste los poros ante el horrendo espectáculo de mi hambre, que era igual a la tuya, un hambre de hormiguero donde te abismas cuando temes sentir el vacío y sólo encuentras más ganas de seguir hundiéndote. Te alejaste cuerpo abajo en busca de un brote que amansara el miedo a ser colonizado por mi polifagia virulenta, y desde allá me pediste que las hiciera callar. Tu mandíbula me decía Por dios, cuándo se te va a quitar esa manía, cuándo.
Te quedaste dormido. Me dieron ganas de salir y me subí en los tacones. Tres chicharras interrumpieron mi toc toc, estaban recorriendo unas pesadillas que no eran las mías. Me detuve en el quicio sólo para ver la silueta del ansia hinchando la piel de tu cuello y deslizándose hacia tu rostro. Habían comenzado a anidar detrás de tus pómulos. Supe que después iban a enquistarse en tus ojos y sentí una paz inmensa. Te dije Ya vuelvo. Voy a buscar algo de beber para quitarnos el hambre.
*
La furia venía cargada con tinta invisible. Hubo que frotarla contra muchas pieles para que acudiera con sus pústulas y dejara el sexo retorcido en ardores. Me despertó en medio de una noche que duró treinta y cinco años. Hacía un ruido de carroña, de uñas recién cortadas tratando de deshacer el nudo del pubis. Ráscame, susurraba con su textura de rabia en fermentación
Ráscame quiero salir de aquí
Ráscame y no pares hasta que sea de día otra vez
Córtame la piel con el filo de tus dedos
Arráncame de este nido porque ya no quepo
Me quemo, me asfixio en todas tus gargantas
Si no vas a darme lo que te pido, sácame de este capullo
Sácame, gritaba, picándome el envés de la herida con sus patas de ortiga.
*
Me enfundé los mitones y me amarré las manos con la correa del gato. Me tragué la pastilla para dormir las ansias y tuve un sueño de lavanda y azahar. Yo me acercaba a oler las flores, pero en lugar de néctar salía pus y olor a leche descompuesta. Las corolas se convertían en caritas con dientes filosos como tenazas de mantis cortándome los pliegues del clítoris enrojecido. Sentí una tijerilla bajar por la línea de mi pubis y al llegar a la entrada de la herida la mantis la decapitaba y se comía su cabeza. Igual que hidras insectarias, de cada cuerpo salían otras tres tijerillas y empezaba la danza de la carroña otra vez. Cuando aquello era una masacre de patas filosas, mis manos se desataron y mis dedos arrancaron las pequeñas bestias una por una, reventándolas hasta que no quedó más que la mantis satisfecha con las comisuras manchadas de néctar aperlado, cubierta toda ella en un manto blancuzco de novia perpetua.
*
La sentí acomodarse en un pliegue y desde ahí amenazarme con sus ojos de ópalo. Tú o yo, me dijo
Tú o yo
Aquí dentro se están pudriendo las carnadas que sembré y no me das lo que quedamos
Cómo es que no puedes si eres tan encantadora
tan de buena casa y buena estrella
lucecita de todos los salones
Cómo me tienes muerta de ganas
enamoradamente endiablada
Cómo
…y cómo, decía la mantis, mientras repetía su danza urticante, ensañándose con mi carne. Y en cada arremetida yo gritaba: No es mía, esta furia no es mía, ya no la quiero. Mamá, haz que se vaya, mamá, ya no la quiero…
*
baño
agua
tina
lavanda
aire
ventilador
loción para piel extraseca
alivio momentáneo
cama
una pausa fría
Dame un recuerdo
Tengo hambre
Un recuerdo por una tregua
Algo reciente, pensé, y le conté del último encuentro con el porteño. “Fue la nada misma, la frustración emblema de todas las frustraciones
dar
dar
dar
mamar
frotar
lamer
arañar
Lo mismo que con otros: muerta de hambre y desde abajo escucharlos gozar, yo con el coño vacío y la lengua ocupada en lo suyo”.
Volví al baño. Encontré un ejército de muñecos de porcelana en el suelo. Empujé uno y detrás de él comenzaron a caer todos los desencuentros juntos hasta formar una silueta. El derrumbe dibujó en el piso la imagen de unos ojos, los ojos de un gato mirándome como espejos rotos. Y mis pies sangrantes entre los escombros de la sumisión.
*
No sé por qué odio a los gatos. Mamá me enseñó a odiarlos porque son traicioneros, porque su pelo te deja estéril, porque un buen día te abandonan, porque no saben amar como los perros. O los hijos.
Odia a los gatos, dijo mamá. Y yo los odié. Ellos también me rechazan, me miran de lejos y me enseñan los dientes. Me acerco a ellos y erizan su lomo. Los pongo en mis piernas y me clavan las uñas.
Mamá y yo odiamos a los gatos
aunque en secreto sueño con acariciarlos en la cama quiero sentir cómo ronronean en mi regazo mirándome con sus ojitos adormilados en secreto yo también me vuelvo gato restriego mi pelo imaginario contra la piel de mis amos les chupo los pies les clavo las garras en el pecho cuando me hacen gemir
pero no les hago daño. A veces les doy mordiditas, pero sólo por jugar.
Porque a mis amos les gusta cuando soy una mascota que habla la lengua del exotismo y canta tonadas cursis que aprendió en París cuando aún no distinguía las voces de la furia. No te gustaría verme así, mamá. Me odiarías porque tú odias a los gatos.
*
Pero me gusta ser así, mamá.
Mira: yo no abandono, hago todo porque me amen, pero son ellos los que se van. ¿Ves que los gatos no somos malos? Son los amos los que no quieren conservarme, sólo quieren mi risa, bebérsela toda, iluminar su casa con el calor que emana de mi cuerpo, con la luz que se enciende en mi pecho cuando me acarician, sudorosa, el canal que baja desde el cuello.
Mira: si me acicalo el pecho se ilumina el baño.
Mira: si imagino que mis manos son las del porteño y me entrevero el pelo salen reflejos de mis ojos como espejitos jugando con el sol.
Mira: si me acaricio los muslos se forma un halo muy lindo entre mis piernas, como una aureola que me hace volver al lugar donde todo es ámbar y ternura.
Mira: si me toco el sexo sale una cascada de luciérnagas por mi boca, como para perseguirlas, mamá, ¿te acuerdas cuando era niña y las perseguía entre los pastos?
Mira las luciérnagas, mamá.
por qué me has enviado a la cama
ya sé que éstas no son horas de jugar ya sé que necesito recostarme tranquila
*
Tuve que viajar diez mil kilómetros al sur para poder nombrarla.
La furia del sur se llama rabia.
La furia del sur, la Suria.
Se llama Suria.
La siento contonearse dentro mío porque ahora tiene nombre.
como la guagua que nunca tendré sólo que ésta nació antes de mí y está enquistada como un parásito en mi herida creciendo a punta de calenturas ahora quiere verme parirla y alimentarla de por vida
La Suria no es mía, esta furia no es mía.
Me tiene el coño secuestrado con su sed de amor mezquino.
Me tiene colonizada la garganta con sus larvas de pus que no me dejan hablar ni besar ni comer ni cantar ni decir Te amo, quiéreme de vuelta.
Me tiene a su disposición, me ordena Dame
Dame dame desamores
Dame dolor
el amor más antiguo y profundo
Me lo dijo en un sueño que no termino de escribir porque no se cansa de dictarme visiones. Ella me hace perderme, mamá. Si yo corro no es porque me guste huir, es que ella no me deja en paz.
¿Por qué me miras así, mamá?
¿Por qué se miran así?
¿De dónde se conocen ustedes dos?
***
Carroña. Hambre de todos los cuerpos. Sed de todas las bocas. Arriba, la pus amarga sellándome la garganta. Abajo, el coño cocido en natas que se hacen piedras y las piedras dientes y los dientes chocan amedrentándome. Dientes en todas las gargantas. Colmillos en el coño. Muelas partiéndome la laringe. La boca del estómago batiendo sus mandíbulas. Me estoy comiendo a mí misma porque nadie me sacia, nadie me alimenta, nadie se queda.
ya decía yo: por qué tanta leche
pensaba que me gustaba porque era un gato y los gatos se toman la leche que sus amos les dan pero no: me estaban saliendo dientes en todas las bocas
El hambre de amor es la peor de todas. Anemia emocional, inflamación de vacío lleno de larvas en las mucosas pidiendo leche para crecer y enquistarse. Soy un cultivo de insectos con dientes y me estoy quemando.
***
Corro al baño. Instintivamente abro el agua del lavabo. El sonido tranquiliza al avispero de la cabeza pero allá abajo Suria Mantis grita Sácame
Sácame de aquí conchatumadre
Sácame de una rechingada vez
Estamos reventando
Estamos hinchadas de ganas
y tú no puedes conseguir ni un polvo para quitarnos la puta comezón
Me arde. Me arde, mamá, me están desgarrando las membranas, me están rajando el tejido conectivo y luego con qué voy a mojarme, con qué voy a comunicarme. Estallan los capullos dentro de mí. Siento los estertores minúsculos en las uniones de mis órganos, las conjunciones, pústulas esdrújulas, cánulas retorciéndose fúricas. Un ángulo lúbrico –suplico–, un receptáculo acuático.
El lavabo, un estanque, un espejo para hundir la cara. Te veo, mamá, ahí estás en el fondo con tus ojitos de venado diciéndome sh sh sh, ya va a pasar. Pero no es tu voz, es La Suria quien habla por tu boca y quiere clavarme sus colmillos.
Saco la cara del agua y vuelven los estertores. Soy un gato o algo peor: una bestia. Tus palabras, Suria Mantis Madre de la Furia, no me alivian. Mis manos quieren sacarte de aquí pero temen que me decapites los dedos y luego con qué voy a escribir, con qué voy a vivir.
Me aferro con más fuerza al borde del lavamanos, al frío blanco de la cerámica buscando calma. Empiezo a sacudirme y me sale toda la rabia en cada gruñido, las arcadas, la carraspera, la vibración desgañitada termina de reventarme los capullos de la garganta. Estoy abortando por la boca larvas de palabras, resbalando sonidos prematuros, informes, flemas de moco y sangre reptando hacia la coladera, dejando la huella de su putrefacción en el aire.
Una llamarada de nombres mario carlos ernesto
juan jaime pablo andrés lucio tomás tomás eduardo francisco jorge
Cada sacudida un nombre y su figura, un hombre y su leche mucosa. La Suria grita entre mis piernas Sácalos
Sácalos a todos
sácate esa leche pútrida
eyacúlalos en frío
a ver si así aprendes a no conformarte con miserias
a ver si aprendes a respingar cuando la comida es mala
a ver si dejas de poner buena cara para que no se vayan
igual se van
se corren y te dejan ahí
en tu pobreza, la mezquindad te parece abundancia
Dile que se calle, mamá, que ella tiene la culpa, ella es la que me dice cómo elegirlos. Dile que no soy miserable, mamá. No te calles ahora.
¿Por qué te ocultas bajo el agua del lavabo, mamá?
Dile, dile.
***
Vinagre. Está en la gaveta de la cocina. Mamá decía que el vinagre mata las bacterias de la garganta. Uno puede curarse el desamor con vinagre, si es todo lo que hace falta. Colutorio aséptico bucofaríngeo para curar las heridas prenatales. Buches y gargarismos para llenar el silencio de mamá, para no escuchar a la puta de La Suria riéndose de mis intentos. Y si no funciona en la garganta voy a ahogarla con una bomba de vinagre. Lleno una jeringa y la acerco al nido de La Suria. Huele mi amenaza, se returerce y me advierte que así no se juega, que no sea estúpida, que ella tampoco está ahí porque quiera. Entonces vete, le grito, y me responde con otra sacudida.
Vuelvo a aferrarme al borde del lavabo. Recomienzan los estertores: soy el mamífero, el carnívoro sacudiéndose el agua imaginaria del pelo imaginario. Mi espina manda un zigzag que bulle descontrolado hasta que mi pelaje invisible comienza a caerse.
Desnuda y llorosa camino a saltos por la casa en penumbra. Y va a caer Y va a caeeer Y va a caeeeer, canturreo en mi propia protesta, Y va a caer como el dictador y va a caeracaeeeer, La Suria va a caer, aunque se aferre y me clave las uñas en las paredes del sexo. Va a caer la perra. Más me lacera y más canto y más salto. Y va a caer, digo en susurros que casi se vuelven canción de arrullo, y va a… Un alivio momentáneo, una tregua que me da para pensar que de cándida no tiene nada esta hija de la gran puta. Entonces La Suria arremete con todas sus uñas y sus dientes y sus cánulas y sus pústulas y sus rémoras esdrújulas derribándome inválida. Mis manos empiezan a buscarla dentro, se escabulle, se esconde, la rozo, alcanzo a lastimarla y eso atiza mi valentía.
No ganas nada con esconderte no ganas nada con esconderte no ganas nada conesconderte nada no no ganas con es con derte nada con es con der te
Me viene un orgasmo rabioso. Suria repliega las uñas dentro de su cuerpo queloide. Nos miramos en lo oscuro. Tengo las manos manchadas de su sangre blanquecina. Ella alza la mirada apacible. Conozco esos ojos de venado. Tiemblo.
***
Óvulos de caléndula para Suria, bálsamo de sábila para mí.
Acordemos una tregua sin esdrújulas, Suria querida, tomemos té como acto de domesticación, crucemos las piernas con coquetería, alcemos el meñique mientras nos miramos sobre el borde de la taza de porcelana.
– Mira qué linda la tarde, mira los pájaros y en la ventana los nísperos. Sin esdrújulas, es verdad, cuando empujamos el acento tan atrás nos desbocamos…
–Nos despeñamos.
–Nos violentamos.
–Y sin necesidad.
Suria, tú llegaste antes que el lenguaje, eres los ojos que me anticipan y las manos que moldean desde adentro el rostro del querer, la mueca del vas a quererme aunque no esté en tus planes, la sonrisa del vas a quererme porque voy a convencerte de que soy todo lo que siempre quisiste, el gesto del vas a quererme aunque sólo estés fingiendo.
No haces más que exigirme pruebas de amor y yo las fabrico para ti, te regalo una mariposa cada estación, planto pensamientos en macetas para ilusionarte pero nada puede brotar de una semilla fantasma.
Estoy cansada de este juego de disfraces, no puedo mudar de piel y correr al mismo tiempo. Ahora la compasiva –muévete, ahora la enfermera –no pierdas la cadencia, ahora la chica independiente –izquierda derecha izquierda derecha izquierda, luego la cándida –¡Me llamo Suria! Perdón, quise decir la ingenua Caperucita.
Ninguno de ellos va a darnos lo que queremos.
No puedo echarte a la calle porque los morderías a todos, pero entiende: yo tampoco soy esa a la que andas buscando.
Mentirosa, nada puedes sin mí
Si dormimos con la mandíbula apretada es para no habitarlos mientras sueñan.
***
Suria me vigila a todas horas, susurra al oído de mis amantes ordenándoles que se vayan. Luego me escucha llorar y se defiende:
– No son celos, habíamos quedado que darías a luz antes de los 34.
– Pero así…
– ¿Cómo así? –quiere convencerme–, ¡vámonos de aquí! –me abraza– solas, como debe ser, como siempre has querido.
– Todavía no es tiempo, no sé por qué, tampoco es miedo. Que no me preguntes esas cosas, estoy adherida a mi cuerpo y sus exigencias.
– Si no duele, ¿entonces de qué vamos a escribir?
Ayer se me apareció y lanzó una advertencia frente a todo el mundo, pero yo sé que lo dice de versos para afuera. No puede abandonarme, yo soy lo suyo, su voz, su materia. Mis dedos la obedecen –no duerme hasta que la dejo en paz–, hace que salga por cigarros a las dos de la mañana, en piyama, descalza, sin comer. Todo para complacerla, que sin mí no es nada –sin el roce de tu pensamiento me apago–, y el mundo se vuelve insulso –un telón pegado a la piel de los ojos, un vestido largo y fastidioso–.
Ella es la responsable de mis desencuentros, pero no puedo reprocharle esta esclavitud: quiere que renuncie a ellos, que firmemos un pacto de sangre –una tregua con nuestros anhelos primitivos–. Y a cambio –un jardín, te digo, un jardín–.
¿Cómo gestar un huerto del tamaño de una galaxia? Alguien moriría en el parto. Si antes de cerrar los ojos, de una sola vez –como un destello–, puedo contemplar un mundo paralelo –a la medida de mi locura–, entonces que sea yo.
*
El jardín de Frau Mendel
Para Suria
El otoño llegó de golpe. Ni cuenta nos dimos pero no hizo falta. Adentro era el jardín soñado por Frau Mendel, una plaza sitiada por el olor del mango recién cortado y la jacaranda en traslluvia. Un huerto esférico ajeno a toda latitud, poblado por silabarios entrecruzados reptando hacia la copa rosácea de la ceiba en flor.
Llegó de golpe fingiendo ser la sudestada. Intentaba sacudirnos las ganas de no amanecer para eludir la visión del horizonte ajado por el estigma del último día. No nos dimos cuenta pero no hizo falta. Dormíamos acogidos por la celosía del huerto onírico de Frau Mendel, entre sus guías se recombinaban las posibles improntas que nos harían coincidir, ciento treinta y tres años después, en este jardín de especies noraustrales y perennifolias donde vienen a refugiarse los amantes transitorios.
Nacida en París en 1926 de padre chino y madre francesa, Monique Fong fue discípula de André Breton durante los años del segundo surrealismo. En el ámbito de los cafés surrealistas conoce a Octavio Paz, a quien reconoce como su mentor. En 1951 se muda a Washington D.C. para trabajar como intérprete y traductora del Plan Marshall. En Estados Unidos conoce y traba amistad con Marcel Duchamp, amistad que perdurará hasta la muerte del artista. Fue también cercana al compositor, poeta y artista visual John Cage, cuyos escritos y diarios editó y tradujo. Es autora de Duchamp des oiseaux (L’Échoppe, París, 2008), una evocación personal de Marcel Duchamp.
Pasé los cinco primeros meses de 1949 más o menos aislada del mundo, como resultado de un accidente. Las cosas se volvieron a la vez más arduas y más simples. La realidad llegaba a mí filtrada, por la familia, los amigos, los libros, la radio. En la radio escuché una mesa redonda sobre Dieu d’eau y recibí la revelación de la etnología. Por radio escuché el hermoso poema de René Char “Allégeance[1]”. Como nadie supo decirme en qué libro hallarlo, le escribí. Char me respondió, me envió Fureur et Mystère (1948) y, más tarde, otros títulos suyos.
Fortalecida por la respuesta de Char, escribí a Breton, quien ocupaba en mi vida un lugar tan importante desde que un amigo de mis padres me prestara Nadja. Me respondió con una hermosa carta en la que proponía que nos conociéramos a su vuelta a París. La mejor amiga de una de mis hermanas era, a la sazón, hijastra de Claude Lévi-Strauss y su madre me invitó, amablemente, a cenar con ellos en compañía de Breton y su mujer Elisa. Al final de la velada, Breton me instó a visitarlo en la rue Fontaine. Mi arrobamiento era total.
Pronto me vi invitada a sumarme a las reuniones del grupo surrealista. Pocas cosas habían, hasta entonces, cambiado a tal punto mi vida. Cierto, “ir al café” no hacía de uno, de la noche a la mañana, un surrealista. ¡Pero vaya que era exultante! Estaba orgullosa y, a un tiempo, vagamente decepcionada. “Aquí me limitaré repetir que el surrealismo, en el momento que conocí a Breton y a sus amigos, había dejado de ser una llama pero era todavía una brasa” (Octavio Paz, Itinerario, 1994). Yo conocí a Breton en ese mismo momento. Sea lo que fuere, seguí yendo al café, primero todos los domingos, luego, a veces, en la semana.
Al llegar, un día entre semana, hallé a André Breton y a Benjamin Péret en compañía de un hombre y una mujer, jóvenes ambos, a quienes no conocía. Desconocidos, y visiblemente extranjeros —lo supe antes de que su acento los traicionara. Era 1949. En un París aún gris por la pobreza de la guerra, me parecieron elegantes sin ostentación, bellos uno y la otra, desenvueltos, y también diferentes. Benjamin Péret, vuelto hacía poco de México donde lo había conocido, había presentado a Octavio Paz con André Breton. Un ardor emanaba de él, un ardor poco habitual en París —una mezcla de inteligencia, calidez e ingenuidad. Su nombre no me dijo nada, pero Breton lo trataba con consideración. Lo que en ese momento contaba para mí era que fuese mexicano.
Había descubierto México en el cine de Eisenstein, y me había arrobado con ese país de encantamientos mostrado de manera sorprendente. Todo, las calaveras de azúcar, los volcanes negros bajo un cielo también de azúcar, los conmovedores rostros de los peones, una impresión de sagrado, los magueyes, la arquitectura, la muerte siempre presente. Más tarde, me habían gustado los dramas del ‘Indio’ Fernández, había leído The Ancient Maya, y descubierto después una lengua mágica, tan alejada de las nuestras —“Tuna del águila”, “Colibrí de la izquierda”, “Tierra de la escritura”, imágenes cargadas, infinitamente reversibles[2]. Había escrito dos o tres poemas sobre ese México imaginario.
Octavio Paz y Monique Fong.
Se lo mencioné, al partir del café, a ese mexicano real. Con la generosidad espontánea que demostró toda su vida, de inmediato me invitó a pasar una noche por su casa a mostrarle mis poemas. ¡La suerte que tuve de ir esa tarde al café! “El azar siempre dispone de un poeta para guiar a los jóvenes extraviados”, habría de escribir más tarde Blanca Varela, una de las jóvenes que, como yo, conocieron a Octavio Paz en París en esa época bendita[3].
Algunos días más tarde fui a su casa, sin duda a cenar. Nada recuerdo de esa primera vez, acaso porque la siguieron tantas otras. Tampoco me acuerdo qué pudo haberme dicho de mis poemas, cuántas personas había aquella noche y menos aún quienes serían. Me acuerdo de un sentimiento desconocido de alborozo y de libertad.
Hasta que las circunstancias de vida de unos y otros nos dispersaran al cabo de unos meses, ese lugar y quienes allí se reunían serían para mí una especie de encantamiento casi constantemente al alcance de la mano. Un encantamiento que ya nunca olvidé, y que tampoco volví a encontrar. Cuando jugábamos, entre franceses, a los “juegos surrealistas”, algo tenía de ceremonial, era serio —con esa seriedad que hizo sonreír a John Cage durante los exilios neoyorquinos de la guerra. En casa de Octavio, donde casi todos los visitantes de entonces venían de América latina, se jugaba con jovialidad. Me gustaba la naturalidad con la que constantemente pasábamos de la discusión sabia a una partida de charadas, un interludio de mambo u otro baile, antes de retomar una o varias intensas discusiones. Las partidas de charadas nos hacían descubrir hasta qué punto el sentido de los gestos difiere de un país a otro. De cuándo en cuándo nos separábamos con la obligación de traer, al encuentro siguiente, un poema. Había hallado un hogar de elección. Traje a un joven poeta que había conocido y, casi tan pronto, a mis tres hermanas. Ni ellas ni yo volvimos nunca a deambular como lo hicimos con algunos otros por las calles silenciosas, cantando acompañadas por la guitarra de Carlos Martínez Rivas una noche de navidad al salir de casa de Octavio. ¡Qué felicidad! Y no sólo para mí. Muchos de nosotros nos volvimos a ver, en distintos puntos del mundo y a través del tiempo, con o sin Octavio. Nuestra amistad pasaba por él, por una nostalgia compartida de esa época, tan corta sin embargo.
Había un nudo de personas, jóvenes las más, llegadas con una beca de la unesco o de alguna otra institución, a descubrir París, inaccesible durante los años de la guerra. Recuerdo sobre todo a un pintor peruano, Fernando de Szyszlo, y a Blanca Varela, su mujer, también poeta, que siguieron siendo mis amigos, y a dos poetas de Nicaragua, Carlos Martínez Rivas, cuya poesía Octavio ya admiraba, y Ernesto Cardenal, mejor conocido fuera de su país por su compromiso político. Tantos otros visitantes —«mujeres bellas que seducían y hombres llenos de ideas que también seducían» (Blanca Varela)— de quienes recuerdo sobre todo los nombres. Es curioso, pero nunca coincidí ahí con quien fuera el gran amigo de Octavio Paz, Kostas Papaioannou, el filósofo griego. Lo conocí en un atelier de la rue Daguerre al que Octavio me llevó dos o tres veces.
Ese lugar tan lleno de incentivos quedaba a una media hora de marcha de la casa en que entonces vivía y, cuando iba sola, Octavio me acompañaba al terminar la velada. Tenía, naturalmente, la inteligencia y la curiosidad que conservó toda su vida. Tenía, ya, una sorprendente y múltiple erudición. Esos paseos se volvieron para mí en una verdadera educación —que años más tarde otro mexicano calificara de “educación poética”. Yo no conocía, por ejemplo, más que la poesía francesa y, un poco, la de lengua inglesa, que había estudiado en el colegio. Ni siquiera la norteamericana. Gracias a él, de pronto oía hablar de todo, o así me parecía. Poetas para mí desconocidos que me conminaba a leer: Stephen Spender, Antonio Machado, Ezra Pound, Cesar Vallejo, Hart Crane, D. H. Lawrence, San Juan de la Cruz… Cuando viajé a Inglaterra de inmediato compré los Cantos de Pound. Pero, ¡si hubiera sido sólo la poesía! Me hacía conocer también las mitologías, la política, la historia, tal y como él las decantaba. Nunca olvidaré el día en que, caminando a lo largo de las rejas de la alcaldía del 16èmearrondissement, me explicó lo que habían sido los procesos de Moscú. En otra ocasión, me refirió su horror cuando supo de la envergadura del Gulag, que no se llamaba aún Gulag. No capté toda la valentía de su actitud. En esa época no se podía ser “de izquierda” y criticar a la Unión Soviética. Era jugar el juego de los imperialismos. Y Louis Aragon no era el único que vigilaba a quién lo hacía.
Monique Fong y André Breton.
Octavio era ajeno a obediencias, asumiendo el aislamiento que ello a menudo podía provocar. «Siempre tuvo razón», reconocería más tarde Fernando de Szyszlo, lamentándolo casi. Era clarividente y ningún ataque a la libertad escapaba a su vigilancia. Y se equivocó aún menos puesto que reconocía sus ignorancias. Muchos años más tarde, después de la masacre de Tlatelolco y su renuncia, sería desterrado de las publicaciones oficiales y se le negaría la oportunidad de dar clases en la universidad.
Pero todavía no estábamos en ello. ¿Sólo porque todos éramos jóvenes nos sentíamos llevados por cierta esperanza? Los franceses de aquel grupo habíamos sido liberados y nos parecía que ello iba más allá que la partida del invasor.
Sabedor de mi ignorante fascinación por México, Octavio me lo platicaba. Me explicaba incansablemente el fanatismo, la resignación, el secreto, la violencia —la belleza. Era una introducción viva a El laberinto de la soledad. Cuando los primeros ejemplares llegaron a París, me dio uno para que prosiguiera con el descubrimiento y aprendiera español. Le había yo dicho que mi nombre, en chino, significaba “viento” y la dedicatoria reza: “Para Mónica, Viento, Aire, Sol, con el cariño de Octavio”. Tantos años después me cuesta creer que haya yo tenido tanta suerte. Quisiera poseer una memoria más precisa, más sabia, haber tomado notas. Recuerdo los cautivadores acercamientos conceptuales entre Quetzalcóatl, un sol azteca u otro, y la reacción de Moctezuma a la llegada de los españoles; tantos nombres que yo no conocía, o conocía tan poco, y que Octavio inscribía sin esfuerzo alguno en un universal abstracto. Podría volver a encontrar los hechos en los libros, pero ya no mi emoción de entonces ante una historia tan sorprendente y sus inagotables repercusiones.
A causa de esa pasión mía por México me llevó una vez a una conferencia sobre los Lacandones de Chiapas. Llegó contrariado porque el Consejero lo había reprendido por utilizar una máquina de escribir de la embajada para pasar en limpio sus poemas. Su respuesta: “Un día estará usted orgulloso de que Octavio Paz haya pasado en limpio sus poemas en esa máquina”. No sé ya lo que el Consejero le contestó. Lo que sé, es que conté la anécdota a Szyszlo, años más tarde. Comentó, y es justo, que desafortunadamente el renombre llega cuando el Consejero o sus pares ya están muertos.
Más que opinar, yo escuchaba: tenía todo por aprender. La mitología azteca no era, ni por mucho, la única de la que él me hablaba. Aún no conocía Octavio el Oriente, pero Diana “gozne del mundo, apariencia que se disipa y reaparece” fue una vez largamente evocada para comprender acaso a la fascinante y peligrosa Elena Garro. Al escribirlo, pienso en el lugar que ocupa el gozne, la idea del gozne, en el segundo libro que escribió, mucho más tarde, sobre Marcel Duchamp. La intuición de la articulación de las cosas fue siempre uno de sus instrumentos. Pero toda esa seriedad no impedía que fuéramos a escuchar a “Les frères Jacques”, alSaint-Germain des Prés de aquellos tiempos, hoy legendario.
“Generoso” es un término que vuelve, una y otra vez, en las reminiscencias de unos y otros. Octavio descubría constantemente y hacía don de sus descubrimientos. Dialogaba con sus lecturas, y las conversaciones que suscitaba en torno a ellas enriquecían aquél diálogo y los otros. “Octavio trae ese día, como siempre, un regalo, que puede ser una idea, un libro, una pregunta, una noticia” dice, una vez más, Blanca Varela. Es lo que sentíamos todos, todos esos jóvenes que éramos y a quienes tanto daba. Además de los regalos que ella enumera, además de los poemas que escribía y compartía, Octavio nos ayudaba. Desde París, halló un editor a los poemas de Blanca. El prefacio que escribió para ella realiza el inventario de todo lo que compartimos: “Creíamos en la eficacia de la palabra, en el poder del signo. El poema o el cuadro eran exorcismos, conjuros contra el desierto, conjuros contra el ruido, la nada, el bostezo, el claxon, la bomba. Escribir era defenderse, defender a la vida. La poesía era un acto de legítima defensa. Escribir: arrancar chispas a la piedra, provocar la lluvia, ahuyentar a los fantasmas del miedo, el poder y la mentira. Había trampas en todas las esquinas. La trampa del éxito, la del ‘arte comprometido’, la de la falsa pureza. El grito, la prédica, el silencio: tres deserciones. Contra las tres, el canto. En aquellos días todos cantamos”. Me gustaría citar todo ese prólogo que Octavio escribió, algunos años más tarde, sobre aquel periodo[4]. Nadie lo ha descrito tan bien.
En 1950, Breton y el grupo surrealista trabajaban en un Almanaque surrealista del medio siglo[5]. Aunque Octavio Paz hubiera afirmado varias veces que él no era un surrealista, Breton le pidió un poema. Entregó “Mariposa de obsidiana”. No recuerdo porqué Breton decidió que yo lo traduciría. Yo no sabía español. Una de mis hermanas lo había estudiado en el colegio; ella me ayudaría. Benjamin Péret, quien había pasado en México la guerra, revisaría el resultado. El resultado es decoroso —más tarde volví a hacer la traducción, ya sola, por mi propio placer. Resulta extraordinario que la poesía, el poema, hayan salido airosos de todo eso. Recuerdo todavía mi felicidad al ir descubriendo, palabra por palabra, que mi amigo mexicano era un gran poeta. Él me explicó Tonántzin y el lago de Texcoco[6].
Aunque llegué relativamente tarde a lo que Blanca Varela llamaría después una tertulia, fui quizás la primera en dejarla. En la primavera de 1951 partí a trabajar en los Estados Unidos. Por un año, creía. Me parecía tan imposible que unos y otros nos reencontráramos que partí sin la dirección de nadie.
Monique Fong y Marcel Duchamp.
Al poco de llegar a los Estados Unidos conocí a Marcel Duchamp. Su renombre de entonces nada tenía de lo que es hoy. Resultaba natural frecuentarlo si uno era, de cerca o lejos, un surrealista. Yo vivía en Washington, pero casi cada vez que venía a Nueva York pasaba a visitarlo. También con él deambulé mucho, descubriendo una ciudad tan diferente de la mía; mucho aprendí de su magisterio “insidioso y analógico”.
Al cabo de un intervalo de ocho años o más volví a encontrarme con Octavio en París. Habría de volver a verlo en Washington, en New York, en Pittsburgh y en México, aunque nunca en Delhi donde vivió largo tiempo y creó, imagino, un foco parecido al de París. A pesar de sus invitaciones, nunca conseguí ir.
De Delhi me escribió por primera vez algunas líneas sobre Marcel Duchamp. En una carta de 1965 me contaba haber conocido a John Cage durante la gira mundial de la compañía de Merce Cunningham el año anterior: “A mí Cage me conquisto plenamente: una mezcla de Satie y Bashô”. Yo, por mi parte, había sufrido un verdadero flechazo al leer Silence, su primer libro, y pensé que debía darse a conocer en Francia. Le había escrito. La suerte quiso que Cage le hablara de mí a Octavio, quien le dijo que me conocía y le aconsejó se asegurara de que yo misma hiciera la traducción. En la carta en cuestión, Paz escribe: “Y a propósito de arte y artistas modernos: la figura de Duchamp sigue conservando para mí toda su fascinación enigmática, sobre todo ahora que muchos de sus hallazgos se han vuelto del dominio público. Pero lo que hacía únicos a sus hallazgos no era el ser hallazgos, ocurrencias más o menos felices, sino el hombre —el enigma— que les confería el valor de lo irrepetible… Duchamp, al revés de Picasso o de Ernst o Miró, no es un camino: es el extremo límite, el muro que hay que saltar o perforar”.
A finales del año siguiente, Octavio enviaba a Marcel Duchamp su primera tentativa de comprender el enigma, Marcel Duchamp o el castillo de la pureza. Le sugería, si no leía el español, que pidiera ayuda a algún amigo, a mí por ejemplo. Y fue justo el momento en que, por azar, me había convertido, en Nueva York, en su vecina.
El 6 de enero de 1967, día de la fiesta de reyes, fuimos a casa de los Duchamp a conocer el texto. Duchamp, que había pasado un año en Argentina durante la Primera guerra, sabía español; su mujer, no. Ofrecí hacer una lectura en francés a libro abierto, que podríamos grabar, lo cual resultaría más rápido que una “verdadera” traducción. Duchamp pidió prestado un magnetófono e informó a Paz. Las cosas se hicieron con relativa rapidez tomando en cuenta la tecnología de la época y, un mes más tarde, recibí una primera misiva de Octavio: “Hace tres días, me encontré con la carta de Duchamp (me alegró muchísimo), en la que me cuenta que pudo leer mi texto y que tú preparas una traducción que será grabada en un magnetófono Sony. Espero la cinta con impaciencia… Por supuesto, me da muchísimo gusto que tú, espontáneamente, te hayas brindado a traducir mi ensayo”. La carta es de tres páginas, dactilografiadas. En ella evoca ya una eventual publicación del ensayo en francés. Demasiado largo para un artículo de revista, demasiado corto para un libro, aparecería en español en la Revista de Bellas Artes. Octavio responde también a todo tipo de detalles, como haría para el resto de esa traducción y la siguiente. Me parece admirable que estuviera dispuesto a tomar en cuenta mis sugerencias.
La cinta que Octavio esperaba “con impaciencia” se tomó su tiempo y debió escribirle a Duchamp, a quien aún escucho comentándome “es impaciente, ese señor”. Con la geografía, que nos mantenía lejos los unos de los otros y a todos lejos de París, tuvo muchas otras ocasiones de impacientarse.
No recuerdo que nos demoráramos mucho con la revista que preguntaba si el texto era «un análisis que deslinda la obra de la leyenda». Me parece además que aquella no era una revista ilustrada, aunque Octavio concedía una importancia capital a las ilustraciones que Duchamp había prometido entregarle. En mi agenda de aquellos tiempos encuentro toda clase de nombres y direcciones: L’Œil, Connaissance des arts, Métro, Art International —pero si alguien les escribió, esa no fui yo. Duchamp me aconsejó que consultara a Robert Lebel, autor del ineludible Sur Marcel Duchamp, quien tenía sobre nosotros la enorme ventaja de estar en París. Respondió muy pronto, pidiendo precisiones.
La búsqueda de una revista pronto cedió lugar a la idea de una monografía abundantemente ilustrada, y a la búsqueda, por consiguiente, de un editor. En la sola fuente de que dispongo —las cartas de Octavio— se hallan diversos nombres: Skira, quien habría quizás publicado el texto en varios idiomas, Le Soleil noir, Pauvert, Le Terrain vague —los editores a los que Octavio había pensado cuando quise traducir a John Cage.
Todo era aún más o menos virtual cuando Octavio mencionó por vez primera a Claude Givaudan. «No sé si lo conozcas. Es un muchacho que ha editado varios libros-objetos y que acaba de abrir una galería de escultura en Paris… Givaudan tiene mucho entusiasmo y estoy seguro que le interesaría publicar mi texto en tu traducción. Hoy mismo le escribo”. Estábamos en marzo de 1967. Givaudan preparaba su memorable exposición Ready-mades et éditions de et sur Marcel Duchamp. Al final de su carta, Octavio agregaba una amigable reflexión manuscrita: «Me dio mucho gusto saberte cerca de Duchamp”.
La impaciencia no tardaría en reaparecer. Un mes después, Octavio no había recibido ni una sola respuesta. Varias cartas, enviadas al mismo tiempo a varias personas, se habían extraviado, y a principios de mayo mandó el telegrama que me siguió hasta Florida para decirme que Givaudan necesitaba urgentemente la traducción escrita para que el libro pudiera salir al momento de la exposición. “Será un libro sencillo”. Se inquietaba, amablemente, por mis honorarios proponiendo incluso compartir conmigo sus derechos de autor. No quedaba ya tiempo de modificar el texto, que contenía detalles destinados a un público de lengua española, acaso superfluos.
No sé qué habrá querido decir Givaudan con “un libro sencillo”. El que publicó es quizá simple para un “libro-objeto” pero tomó demasiado tiempo para salir durante de la exposición, e incluso para los ochenta años de Duchamp. El libro mismo, abundantemente ilustrado por Duchamp, iba acompañado de una serie de dieciséis láminas de acetato transparente en las que figuran, en serigrafía, las sombras blancas de dos ready-mades. Había que ensamblarlas en orden para reconocer la Rueda de bicicleta sobre un taburete (1913) y el Porta botellas (1914). Para abril de 1968, Paz aún no había recibido un ejemplar.
Durante mucho tiempo, bastó con decir “68” para evocar, como se dice en inglés, the year that was. En los Estados Unidos, dos asesinatos de grandes consecuencias; en París, revueltas históricas; en México, “los acontecimientos”…Para Octavio, fue además el año de la muerte de la hermana, cuñado y sobrino de su joven esposa en un accidente aéreo —y el año de las consecuencias personales de “los acontecimientos”. Aún se pregunta uno por qué curiosa distracción el comité olímpico le pidió que escribiera un poema exaltando al espíritu olímpico. De entrada, se rehusó. Después de lo que en sus cartas denominaba “el giro reciente de los acontecimientos”, escribió un poema dedicado a un par de amigos norteamericanos, México: Olimpiada de 1968. Renunció a su puesto de embajador y debió afrontar toda clase de incertidumbres: “No sé si debo regresar a México o si seré más útil fuera”. La muerte de Duchamp —2 de octubre de 1968— lo afectó menos directamente que otras.
Durante una de sus primeras estancias en Harvard, le envié un texto sobre él, inspirado en un ensayo suyo que me gustaba mucho: “Recapitulaciones”, de Corriente alterna. Le desagradó. Me llamó por teléfono para decirme que lo hallaba inútil, sin darme mayor explicación. Nunca publiqué el texto, pero nuestra amistad atravesó un eclipse de varios años.
Un buen día, sin previo aviso, llamó por teléfono. Había escrito un segundo libro sobre Marcel Duchamp, mucho más largo, y quería que yo lo tradujera al francés. Nada de andar buscando editores esta vez. Tampoco estaría el problema de las ilustraciones, ni una correspondencia triangular con Duchamp. El libro tenía la extensión requerida y los escritos de Octavio Paz los publicaba ahora la editorial Gallimard, sin duda la más respetada en Francia. De una de sus cartas deduzco haberle sugerido dar como título al ensayo (que retomaba también, revisado, el primero) L’Apparence mise à nu par Marcel Duchamp, même. “Tu opinión sobre el título me ha quitado un peso de encima… Se me ha ocurrido modificarlo un poco: L’Apparence mise à nu par Duchamp, même… ¿Qué te parece? A mí, te lo confieso, me gusta mucho. Es una síntesis de mi ensayo —la obra de Duchamp gira en torno al gozne Apariencia/Aparición— e introduce una nota de metaironía”. La sugerencia, al final no fue retenida: el título del original es Apariencia desnuda, el de la traducción, Marcel Duchamp: l’apparence mise à nu… Una vez más, tratamos de hacer coincidir la publicación del libro con una exposición —en este caso, la primera retrospectiva Marcel Duchamp en Francia con que se inauguraba el Centre Pompidou. Esta vez estuvimos a tiempo.
La duchampología tomaba vuelo y Paz se preguntaba cómo sería acogido su libro. “Tengo curiosidad —¿Cuál será la reacción —si es que hay una reacción— de los llamados ‘especialistas’? Mi libro va un poco contra la corriente y contra la imagen —falsa a mi juicio— que los ‘adeptos’ se han hecho de Duchamp”.
La imagen y el mito no han hecho sino crecer. A los testimonios y recuerdos los sepulta una masa de glosas. Haber sido amigo de Duchamp pesa menos que ser un Duchamp scholar, como nos dijeron, a una amiga y a mí, al poco de su muerte.
Al releer las cartas de Paz y Duchamp me pregunté un instante si la geografía les brindó alguna vez ocasión de conocerse personalmente. Pienso que sí, al parecer sólo una sola vez, según una carta de Duchamp: “Givaudan, a quien vi mucho en París, trabaja duro en la presentación del texto de Octavio Paz. Éste debe pasar a Cadaqués y lo ‘esperamos’ cada día”.
Al releer estas cartas comparo a esos dos ‘puntos cardinales’ de mi juventud. Me divierten sus contradicciones. “¿Piensa usted que debería yo leer a Nerval antes de morir?”, me preguntó Marcel Duchamp al poco de conocernos. Quería hacerme ver la inanidad y el estorbo de un exceso de lectura. Es verdad que leía poco. No había ni terminado de cortar las páginas de Arcane 17, de Breton, que a mí me parecía un libro del que uno nunca se repone. Me dio, para que me los llevara, cantidad de libros escritos sobre él. Daba la impresión de no necesitar leer, de ser invención pura. Octavio leía constantemente, obsequiaba sus lecturas a sus amigos. Sus diálogos sobre sus lecturas se convertían a veces en libros que a su vez obsequiaba. Hacía y se hacía preguntas sin fin. “Es claro que hay elementos alquímicos en Duchamp, como hay elementos de neo-platonismo y ecos, en su erotismo, del amor cortés. Los más importantes, a mi juicio, son los neoplatónicos… Lo mismo debe decirse sobre las especulaciones sobre la cuarta dimensión. Pero Duchamp no debe haber leído a los filósofos neoplatónicos como no leyó a los poetas provenzales ni a los alquimistas: Duchamp es parte de una tradición. Esto es lo que he querido mostrar desde el principio…”. Dudo, en efecto, que Duchamp haya leído a algún neoplatónico.
Octavio tuvo, no obstante, la generosidad de escribirme: “Tu texto sobre Duchamp me gustó de verdad. En realidad así es como habría que escribir sobre él. Tienes razón: leyenda y misterio no son palabras que deban aplicarse a Duchamp. La que conviene es transparencia – la palabra más misteriosa del lenguaje[7]”.
Marcel Duchamp o “la transparencia pasada en claro”.
Nueva York, febrero del 2014
Traducción de Alain-Paul Mallard
[1] Se refiere al libro de Marcel Griaule Dieu d’eau. Entretiens avec Ogotemmêli, 1948, todo un clásico de la literatura etnográfica, en el que se exploran las estructuras del pensamiento sagrado entre los Dogon (Mali). N. del T.
[2] Libro de divulgación (1946) del arqueólogo y epigrafista norteamericano Sylvanus Morley. N. del T.
[3] Varela, Blanca “El azar siempre dispone de un poeta para guiar a los jóvenes extraviados”, Ínsula, número 532/533 abril-mayo de 1991, p. 13.
[4] El prólogo a la primera edición de Ese puerto existe (1959) de Blanca Varela
[5]Almanach surréaliste du demi-siècle, número especial de La Nef, marzo-abril de 1950, no.63-64, Éditions du Sagittaire
[6] Véase ‘Mariposa de obsidiana’ en ¿Águila o sol?
[7] El texto de Monique Fong al que Paz hace referencia es “Marcel Duchamp”, publicado en el número de mayo-junio de 1967 de Les Lettres Nouvelles, la revista de Maurice Nadeau. [N. del T.]
En un poema de Árbol adentro, “1930: Vistas fijas”, Octavio Paz retrata las calles y plazas de su adolescencia, un barrio de Mixcoac y una Ciudad de México que, debido al desaforado crecimiento de la urbe, no existen más del modo en que lo hacían durante la primera mitad del siglo xx. ¿Qué ciudad era aquella que Paz transitaba en su juventud “en busca de todo y de todos, de nada y de nadie” y qué significaba vivir en ella? El siguiente ensayo despeja esas interrogantes al entrelazar los contextos político y cultural del país con la biografía de Paz.
La crisis de 1929 parecía terminar con el sistema capitalista y el inicio de un nuevo orden más justo: el socialismo. Las obras de Marx, Engels y Lenin se difundían como pan caliente. El gobierno de Emilio Portes Gil había intensificado de 1928 a 1930 el reparto de tierras y protegía a Augusto César Sandino ante el intervencionismo estadounidense pero, por otro lado, perseguía comunistas y rompía relaciones con la Unión Soviética. Por su parte, Ortiz Rubio (1930 a 1932) puso fin al reparto agrario y benefició al capital privado. Estos hechos más el gradual distanciamiento del gobierno de sus bases populares intensificaron el radicalismo y aumentaron las demandas del pueblo que giraron en torno al apoyo ejidal y los derechos de los obreros. A su vez, escritores y artistas como Pablo O’ Higgins, Silvestre Revueltas, Leopoldo Méndez y miembros del Partido Comunista se sumaron al radicalismo y fundaron en 1933 la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), que se pronunciaban a favor de la unidad de la clase obrera y contra el imperialismo, el fascismo, la guerra y el sindicalismo oficial; y escribían libros con tintes proletarios.
Mientras tanto, el joven Octavio Paz, un pueblerino de clase media que vivía en el tranquilo pueblo de Mixcoac, salía de casa para conocer la Ciudad de México, empaparse de la vida citadina y el ambiente radical que imperaba entonces. Estos primeros años fueron fundamentales para que Paz se convirtiera en el poeta y escritor que fue más tarde. Mixcoac era un pueblo donde se podía respirar aire fresco. Había abundante vegetación: magnolias, hueledenoche, un río de agua transparente. La vida era sencilla: los vecinos, amigos, niños jugando en la ladrillera que ahora es el Parque Hundido, se entretenían con el trenecito que había en la casa de los Serralde (hoy antro con nombre de perro), y jugaban en los huertos de las casas vecinas. La tranquilidad de Mixcoac atrajo a varias familias adineradas a construir grandes casas de descanso, como el político liberal Valentín Gómez Farías o el abogado porfiriano Francisco Asís Serralde.
Octavio Paz vivió su niñez, y parte de su juventud, junto a la plaza Valentín Gómez Farías, en la calle Cuauhtémoc, donde estaba la casa de descanso de su abuelo, Ireneo Paz. El hogar tenía amplios jardines, huertos y corrales donde Paz solía jugar con los niños del barrio. Asistió al Colegio Williams, continuó sus estudios en la Secundaria 3, en avenida Chapultepec, donde tomaba alguna de las pocas líneas de tranvía que llegaban a San Ángel pasando por Mixcoac, como la ruta México-Tizapán, que transitaba por Mixcoac, Tacubaya, Chapultepec, Insurgentes y Ramón Guzmán hasta llegar por Hidalgo a Bellas Artes, línea que durante su estancia en la preparatoria y universidad lo conectaría con la ciudad.
A los 16 años, Paz abre los ojos, sale de Mixcoac y empieza a conocer la ciudad. En 1930 ingresó a la Preparatoria Nacional en San Ildefonso. Durante aquellos años, el gobierno proponía una educación socialista, comprometida con los principios revolucionarios, hecho que dividió a la sociedad mexicana puesto que no todos estaban conformes con esas ideas, incluyendo a conservadores como Vasconcelos.
En San Ildefonso retumbaban los cantos sobre la “dominación del proletariado sobre la burguesía”. Paz devora libros y revistas internacionales, lee los textos de Huidobro y Borges. En ese periodo también formó parte de la FER (Federación de Estudiantes Revolucionarios), así como de clubes políticos de la preparatoria. Durante esos años el joven Octavio ya sentía la inquietud de ser poeta, y en 1931 escribió su primer poema “Juego”. De esta manera, Paz encontrará dos pasiones: la poesía y el activismo político.
Presionado por su padre, contra sus ideas socialistas se inscribe en 1933 en la recién autónoma Universidad Nacional. Después de haber logrado la autonomía del gobierno, la Universidad quedó formada por facultades y escuelas. Paz ingresó a la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. En la escuela de Derecho y seguirá los años de universitario con la militancia estudiantil haciendo propaganda marxista, razones por las que terminó detenido un par de veces. Sin embargo, la vida de Paz en la Ciudad de México no se limitaba sólo al quehacer estudiantil y a la lucha social, también tenía una vida bohemia e intelectual. El poeta formaba parte de “La Jija”, la pandilla canija de San Ildefonso, un grupo de amigos con quienes era recurrente verlo pasar tardes enteras en los teatros Ulises y Arbeu. Los domingos asistían a Bellas Artes (inaugurado en 1934), acomodados en la gayola de peseta miraban entrar a los poetas, pintores y políticos mientras escuchaban a Chávez dirigir obras de Stravinsky y Debussy.
Su cine favorito era el Venecia en la calle de Santa Veracruz, en donde se podía ver desde el cine predominante de la época (nacionalista y revolucionario) como El Compadre Mendoza, hasta comedias de Fred Astaire y Ginger Rogers. Durante los años treinta, la ciudad ya contaba con una creciente cantidad de espacios cinematográficos, como el Palacio Chino, el Olimpia o el Lux, que a su vez compartían espacio con las humildes carpas en las que se podían ver películas y distintos actos de variedades, como la carpa Garibaldi, de la que eran asiduos espectadores de sketches y de los bailes de las tiples.
Como amante de la lectura, la librería favorita del joven poeta fue la Porrúa en Donceles y República de Argentina, era asiduo de las librerías de viejo de avenida Hidalgo, la Alameda, el panteón de San Fernando y Puente de Alvarado. Otras tardes, Paz y sus amigos simplemente paseaban por el centro de la ciudad con una mujer: un maniquí arreglado con ropa de señora. También molestaban, como buenos canallas, al hostelero chino y hacían enojar al velador de la escuela. Pasaban las tardes en los cafés Alfonso y América, donde platicaban sobre poesía. Las noches terminaban en la cervecería El Paraíso, acompañadas de aguardiente, cerveza o la bebida que ellos habían inventado: el calambre. Algunas noches, Paz y sus amigos se daban rienda suelta y se echaban un buen baile en el Salón México, donde se dice que Paz era buen bailarín.
A los dieciséis, Paz descubre el mundo, la ciudad. Deja de ser un joven clasemediero de pueblo, “nieto de…”, para convertirse en un muchacho con inquietudes culturales, políticas y personales. Lee, disfruta, se involucra: sus ideas comienzan a perfilarse en esta etapa de formación como poeta y activista. Pero más importante es el periodo en el que, como adolescente, hace amistades, descubre la fiesta, el alcohol, el sexo, sin dejar de lado el gusto por la poesía. Todos estos contextos, el político, cultural y personal, influyeron en él y fueron decisivos para su siguiente ciclo, en el que llegará a la cumbre para convertirse en uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.
Fuentes
Jorge Luis Castillo, Entonces, Mixcoac… Grafa Editores. Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, México, 2004 Patricia Pensado, et al., Mixcoac. Un barrio en la memoria. Instituto Mora, México, 1999.
Guillermo Sheridan, Poeta con paisaje. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz. Era, México, 2004.
Engracia Loyo Bravo, “El México Revolucionario (1910-1940),en Historia mínima. La vida cotidiana en México. Colmex, 2010.
Celia Ramírez, “La Universidad Autónoma de México (1933-1944)” en Renate Marsiske (coord.), La Universidad de México,UNAM, Plaza y Valdés, México, 2001.
Nueva historia general de México, Colmex, México, 2010.
Rafael Pérez Gay, “Siglo XX: letras y artes” en Gran historia de México ilustrada. Siglo XX Tomo V, Planeta, Conaculta e INAH,México, 2001.
El corpus literario de Octavio Paz está regido por la fidelidad a sí mismo: son sus cambios los que expresan la continuidad y la lógica interna de una obra en constante reescritura. En este texto, Anthony Stanton ofrece una labor de investigación literaria pura. A partir del poema “Juego” y del ensayo “Ética del artista”, primeros antecedentes contundentes de la poética de Paz, el académico rastrea ideales, preocupaciones y obsesiones de un joven que, años más tarde, se erigirá como faro para generaciones enteras de escritores y lectores.
Vigilias de un soñador
Lo que se puede llamar la prehistoria de la poética de Octavio Paz está trazada fragmentariamente en algunos textos en prosa de la época formativa (1931- 1943), cuando empieza a germinar una concepción de la poesía que será revisada y transformada después, pero cuyas semillas jamás desaparecerán. Es más: muchos de los cambios posteriores que marcan esta trayectoria estética se pueden ver como el paulatino despliegue de unas cuantas ideas esenciales, presentes ya en forma embrionaria en los primeros textos. La obra de Paz está regida por un principio dinámico: el artista es fiel a sí mismo a través de sus cambios y son precisamente estos los que expresan la continuidad o lógica interna de la obra.
Este itinerario se remonta a un momento muy temprano cuando un Paz adolescente de 17 años publica en el número 5 de la revista Barandal (diciembre de 1931) su primer ensayo, “Ética del artista”. Aquí se pretende dar una respuesta a la pregunta formulada explícitamente en la primera página: “¿Arte de tesis o arte puro?”.[1] Hablando en primera persona del plural, a nombre de una generación, el autor invoca una tradición “mística y combativa” (8: 191) para justificar su preferencia por el arte social. El arte, sostiene, casi siempre ha tenido a través de la historia un fin extra-artístico, sea religioso, político o social: arte de partido o de intención moral. Se destacan en este ensayo primerizo un tono de marcada exaltación religiosa, cierto fervor platónico y una sorprendente ecuación entre lo místico-religioso y lo político-social. Aunque habrá después una seria revaloración de la poesía pura y de algunos poetas —por ejemplo Góngora, condenado aquí como “decadente”—, este torpe intento de fusionar la experiencia poética con la religiosa y con la política persistirá, en forma refinada, en la obra posterior. Pero por encima de la evidente impaciencia y el comprensible maniqueísmo del principiante, ¿no es elocuente y premonitorio que en su primera salida ensayística al mundo de las letras un joven haya sentido la apremiante urgencia de enfrentar polémicamente la cuestión candente del momento, aunque haya sido con armas insuficientes? Asimismo, ¿no es revelador que este ensayo primerizo trate precisamente de la estética como un problema ético?
También se sitúa en esta prehistoria una serie de textos en prosa que recibieron el nombre genérico de “Vigilias. Fragmentos del diario de un soñador”. De clara estirpe romántica, los cuatro conjuntos de fragmentos, publicados en diferentes revistas mexicanas entre 1938 y 1945, constituyen un espléndido ejemplo de fusión genérica y son, me atrevería a decir, el lejano y primitivo origen de El mono gramático (1972). Sorprende que la crítica no haya estudiado con detenimiento estas piezas que anticipan claramente las líneas centrales de la poética paciana. Klaus Müller-Bergh fue uno de los pocos críticos en mencionar las “Vigilias”, aunque con el propósito de demostrar lo que tienen en común con la temprana poesía del autor.[2] También las menciona Enrico Mario Santí, sin analizarlas en detalle.[3]
La primera serie empieza con una dramática confesión en torno a la separación radical entre el yo y el mundo natural: “…Y la naturaleza, frente a mí, muda e indiferente” (8: 141). Puesto que no hay posibilidad de fusión, el sujeto vive encerrado en un angustioso solipsismo, pero con el deseo de integrarse a la naturaleza: “pretendo sumergirme en su dulce y frío torbellino; pero quedo, irreparablemente, extraño, como el aceite del agua. Ésta es la verdadera soledad: sin palabras, estrangulado por un mundo fríamente enemigo” (8: 141). A continuación se hace una distinción entre dos formas de conocimiento, distinción que será seminal en la poética posterior. Existe el conocimiento racional que implica una penetración conceptual que deforma la realidad: “Somos, para siempre, los descontentos del universo. Los que siempre pedimos más. Jamás entenderemos su simplicidad y su fuerza, porque cuando lo intentamos lo reducimos a un seco, trunco sistema” (8: 142). La poesía, en cambio, se presenta como una forma de conocer que es un ignorar, un abandono, “una apasionada, heroica disolución del hombre en el mundo” (8: 143).
La misma idea se desarrolla en el siguiente fragmento donde la poesía aparece como una forma de reintegrarse a la naturaleza mediante el erotismo, la identificación entre mujer y mundo, el “regreso a la vida ciega del Principio” (8: 145). Esta transgresión de los límites que separan al yo del mundo nos permite vislumbrar “el secreto de la antigua unidad perdida”, un centro misterioso donde se unen erotismo y muerte: “a través del amor, como una secreta e invisible presencia, escuchamos, palpamos a la muerte” (8: 146 y 149). La plenitud vital es simultáneamente experiencia del vacío y de la nada.
La primera serie termina con una reflexión sobre las paradójicas relaciones de interdependencia entre libertad y destino: “La libertad es la única forma de la fatalidad que el hombre soporta, y resiste” (8: 152). La poesía, nacida del mundo natural de la “corriente ciega de la vida”, del mundo instintivo de la necesidad, requiere para su realización la voluntad consciente de la libertad. Ya se percibe aquí una idea de la poesía como una especie de puente entre destino y libertad, entre naturaleza y cultura, entre necesidad inconsciente y voluntad consciente: poesía como expresión de un mundo donde coexisten “el hombre reconciliado con la naturaleza y la conciencia con la existencia” (8: 149). Se trata, claro está, del sueño utópico de los románticos que intentaron unir arte y vida: “Mañana nadie escribirá poemas, ni soñará músicas, porque nuestros actos, nuestro ser, en libertad, serán como poemas” (8: 149).
El segundo conjunto, publicado en 1939, tiene un carácter más reflexivo y analítico. Ya no aparecen poemas intercalados en la prosa sino que se nos presenta una meditación libremente hilvanada que cuestiona la posibilidad o, incluso, la utilidad de escribir un diario. La única justificación de esta escritura narcisista, nos dice, es el deseo de autoconocimiento: “Y un diario es, al mismo tiempo, una confesión —un alimento— y una revelación —un descubrimiento—” (8: 152). Las confesiones íntimas dan lugar a una discusión más teórica y técnica sobre la naturaleza del ritmo en el verso, y sobre el papel de la Razón, para desembocar en una reflexión metapoética de suma importancia:
yo me persuado de la bondad del diario. Con él quiero justificar a mi voluntad y a mi apetito, expresados en la poesía, mediante este otro apetito de la razón que siempre intenta descifrar y, vanidosamente, prever y autorizar a la voluntad y al deseo, a la parte afectiva del hombre. Esta justificación no es más que una exigencia de la moral de la razón. (8: 155)
La reflexión introspectiva del diario resulta ser el complemento en prosa de la escritura poética. El diario sirve, entre otras cosas, para explicar lo que en la poesía es natural, intuitivo y espontáneo. Aquí habría que destacar la importancia de san Juan de la Cruz como modelo retórico: el poeta que asume el papel de comentarista en prosa de su propia poesía. Santí afirma que la autoglosa ocurre en las primeras dos series, pero es sólo en la primera serie de las “Vigilias” donde Paz cita y glosa dos de sus propios poemas (de Raíz del hombre).[4] Se entiende normalmente que la glosa tiene la función de explicitar lo que queda oscuro en los versos. Lo interesante, tanto en san Juan como en Paz, es que la operación se realiza en un género híbrido donde la función explicativa de la prosa coexiste con el lirismo irreductible del verso. Más que una explicitación de la poesía, tenemos una complicación textual: la exégesis se vuelve un pretexto para la creación. Lejos de disipar el misterio de la creación poética, la exégesis lo aumenta. Otro modelo para la escritura de las “Vigilias” es Novalis, autor de los Fragmentos, donde se alternan libremente lirismo, introspección, moralismo y reflexión en un intento de reconciliar el hombre con el mundo. Finalmente, habría que mencionar los escritos en forma de diario de Baudelaire, agrupados bajo el título de Journaux intimes,[5] como posible fuente de inspiración para la forma retórica de las preocupaciones moralistas de Paz.
Pero “la moral de la razón” tiene otra función: examinar sus propios fundamentos. Esta función se ejemplifica mediante una discusión de ciertos conceptos vacíos, como “dinero” y “trabajo”: “El dinero es una abstracción sin savia ya, un signo hueco y mágico […] ha adquirido su libertad y su autonomía, obra ya por sí solo” (8: 157). En lugar de ser instrumentos para la transformación de la condición humana, estas abstracciones se han vuelto fines en sí, fuentes de enajenación de los auténticos valores morales. La crítica también se aplica a la razón misma: “La razón, como procede objetivamente, por generalidades y abstracciones, al dar la ley, mutila a la vida, porque no puede abarcarla en toda su riqueza” (8: 160). Puesto que tiene un fundamento racional, la razón jamás puede aspirar a constituirse en moral de la vida. El arte, como pertenece a los dos reinos de la creación espontánea y de la reflexión crítica, tiene que ser un arte lúcido: el poeta moderno es “la conciencia de la embriaguez, la reflexión del vértigo”, un ser que debe “contemplar y ser contemplado, ser el delirio y la conciencia del delirio” (8: 160). A pesar de ser antagónicas, o tal vez por eso mismo, poesía y razón necesitan fundamentarse recíprocamente, como libertad y destino. Construir “una moral de la razón” implica, pues, darle a la razón un fundamento humano y ético, trazar sus alcances y límites, otorgarle una meta vital.
Octavio Paz, Carlos Pellicer, Luis Cardoza y Aragón y Fernando Gamboa, aparecida en El Nacional, ca. 1936.
Tal vez la consecuencia más interesante de la propuesta de escritura de las “Vigilias” sea este reconocimiento de la oposición complementaria de las dos formas de conocimiento postuladas. No sólo coexisten la aspiración poética hacia el universo armonioso de la religión y la angustiosa conciencia racional de la escisión del ser moderno, sino que la escritura misma es la encarnación de este drama: representa el esfuerzo por forjar un modelo retórico capaz de contener y expresar diferentes discursos, un modelo cuya heterogeneidad constitutiva sea la expresión del principio dialogístico de confrontación interior en el poeta-pensador.
Es en la tercera serie, publicada en 1941, donde se ve con más claridad que el paradójico título genérico alude a una constante oscilación entre diferentes discursos que se manifiestan en distintas formas expresivas. Así como el canto lírico coexiste con la introspección psicológica, la confesión intimista del diario se alterna con la reflexión analítica del ensayo:
Escribir un diario (así sea un diario de pensamientos, reflexiones, ocurrencias de cada día, inútiles divagaciones), entraña lucha, dualidad o, por lo menos, análisis. El yo que vive y el que contempla: el verdugo y la víctima. Pues bien, yo quisiera que esta lucha se reflejara en lo que escribo; todo, hasta las mismas mentiras, reveladoras, y lo que yo me atreva a decir (y lo que yo no pueda decir); lo falso y la verdad oculta; la confesión tumultuosa y el análisis tranquilo de mi pasión —más conmovido en su claridad cruel que ella en su abandono—; todo, porque el hombre es doble y triple. En estas notas he de estar, humano e inhumano, alternativamente monstruoso y pecador como cualquier hombre y, como él, inocente. (8: 163)
Los temas centrales de los cuatro conjuntos se sintetizan, aquí, en los súbitos cambios entre la escritura confesional y los discursos lírico, analítico y reflexivo. La conciencia examina la “transparencia” de su propio discurso mientras el estilo se mueve libremente en los destellos cristalizados de máximas y aforismos para luego fluir en descripciones líricas o en comentarios sobre la ausencia de Dios y los orígenes de la moral cristiana, lográndose así un equilibrio contrapuntístico entre concentración elíptica, cargada a veces de ironía, pasajes de gran aliento lírico y otros dominados por el razonar discursivo.
La presencia de Nietzsche es abrumadora y no sólo en el aspecto estilístico: la huella del “filósofo de la vida” se aprecia en la apasionada denuncia del aplastamiento de los instintos vitales por las abstracciones sistemáticas de la razón y la moral, en la proclamación, como valores supremos, de la energía heroica, de la experiencia instantánea, de la verdad existencial que se contradice eternamente para ser fiel a sí misma y para no petrificarse en rígidas convenciones. Hay, sobre todo, una divinización de la vida sensorial y una certeza de que toda convención social mata lo inconmensurable de la experiencia vital. Nietzsche había escrito en efecto: “la palabra mata, todo lo que está fijo mata”.
Como la realidad última es inefable, más allá de toda conceptualización o verbalización, el lenguaje metafórico del arte sólo sugiere. Aquí Nietzsche se alía a otro crítico del racionalismo: D. H. Lawrence quien, en palabras de Paz, quería “fundar una religión que hincara sus raíces en lo más antiguo del hombre: el sexo” (8: 169). También están presentes en estos textos ciertos poetas románticos de la tradición visionaria, como Blake y Novalis, quienes no distinguen entre experiencia poética y visión religiosa. Asimismo, la conjunción de misticismo y erotismo recuerda de nuevo a san Juan de la Cruz, una presencia clave en este momento. Incluso hay citas textuales (no identificadas) de san Juan diseminadas en la prosa de Paz en este periodo (cf. 8: 248).
Se habla aquí de un “nuevo romanticismo” que propone un regreso a un primitivismo elemental de las sensaciones, a una armonía anterior a la escisión: “Esto es el nuevo romanticismo, que busca, defiende y rescata no a la conciencia del hombre, no al individuo, no a lo que separa y aísla, sino a lo que liga […] no pretende rescatar nada más al hombre, sino a lo anterior al hombre en su estado actual” (8: 169-170).Aquí el joven escritor está pensando seguramente en la creencia apocalíptica de Lawrence en el nacimiento de una nueva (antigua) “conciencia de la sangre”. Cuando llega la escritura a su punto culminante, a la anhelada revelación total del ser, el discurso se vuelve lírico hasta que el canto se estrella contra la barrera de la conciencia reflexiva: “Pero ¿a qué relatar estos delirios, esta conciencia del vértigo, si son indecibles, rebeldes a la palabra y al pensamiento corriente?” (8: 173). Como en san Juan, la única manera de “decir” lo inefable es mediante paradojas, antítesis, oxímoros…, fórmulas que intentan sugerir la embriaguez del éxtasis avasallador.
La cuarta y última serie participa del mismo movimiento dialéctico entre arrebatado sueño y reflexiva vigilia. Aunque estos fragmentos son menos logrados que los anteriores, contienen una lúcida descripción de la poética de Paz, descripción que no ha perdido su vigencia: “El arte no es un reflejo de la vida. Tampoco es solamente una profundización de la vida, una visión más pura y limpia. Es algo más: limita el acontecer, extrae del fluir de la vida unos cuantos minutos palpitantes y los inmoviliza, sin matarlos” (8: 184).
Aunque después de 1945 Paz no vuelve a emplear la forma expresiva del diario, sí rescata elementos de este tipo de escritura en Águila o sol (1951) y El monogramático (1972), pero estos son textos más complejos porque construyen un espacio textual en el cual la forma del diario se funde con otros modelos retóricos. ¿Por qué abandona el modelo de las “Vigilias”? Por una parte, el espacio del diario íntimo es ocupado cada vez más por la poesía en verso en los años posteriores. Por la otra, es probable que el autor se haya dado cuenta de los riesgos de caer en cierta retórica del candor en la escritura más íntima y confesional. De hecho, se vislumbran atisbos de una exagerada ingenuidad romántica en algunas partes, sobre todo en el cuarto conjunto: “La besé y creí que nuestro amor era divino, que poseía una significación especial” (8: 176). Con todo, el diario fragmentario le permite, durante algunos años, explorar con soltura varias de las obsesiones que serán centrales en la obra posterior: el fragmentarismo como vía de acceso a la totalidad; la relación de interdependencia conflictiva entre el sueño y la vigilia; la relación entre arte y vida; la interacción entre reflexión y lirismo.
El poeta que nace
“Juego”, el primer poema publicado por Paz, vio la luz en El Nacional Dominical del periódico El Nacional el 7 de junio de 1931.[6] Apareció en una sección que daba a conocer a los jóvenes, llamada “Los nuevos”, bajo la firma de Octavio Paz Lozano, nombre que usaba para distinguirse de su padre, Octavio Paz Solórzano, conocido intelectual que participó en la vida política. Los artículos y ensayos del padre aparecían con frecuencia en las publicaciones periódicas de la época. Después de su inesperada e insensata muerte en 1935, la sombra de su ausencia dejaría no pocas huellas en la poesía del hijo. De las nueve publicaciones en verso en los dos primeros años de actividad del adolescente, entre junio de 1931 y septiembre de 1933 (ocho poemas sueltos y el folleto Luna silvestre), seis ostentan el apellido materno.
Además de esta explicación “práctica” del nombre utilizado, es lícito proyectar retrospectivamente una dimensión simbólica. El apellido materno, usado esporádicamente hasta 1936, simboliza la dificultad que tienen tanto el poeta como el hombre para asumir una identidad propia. El hijo vive todavía a la sombra del padre (como antes había vivido a la sombra del abuelo, Ireneo Paz, muerto en 1924, quien lo había introducido al mundo de los libros), de la misma manera en que el poeta vive a la sombra de sus padres poéticos. El caso se acentúa porque tanto el abuelo como el padre son conocidos escritores que actúan en la esfera pública. Desde el comienzo el joven sabe que su estirpe familiar entraña una genealogía literaria e intelectual. Las implicaciones de esta herencia familiar se verán años después en obras de madurez como El laberinto de la soledad, ensayo que intenta ser, entre muchas otras cosas, una resolución ideal de la tradición liberal del abuelo y de la zapatista del padre. De hecho, el tema obsesivo de la identidad inasible se vislumbra en esta primera etapa y se vuelve central en la poesía posterior.
Regresemos al primer poema. Desde su título, “Juego” es una declaración y una realización de arte poética. Por ser su estreno público, lo reproduzco íntegramente:
Juego
Saquearé a las estaciones.
Jugaré con los meses y los años.
(Días de invierno con caras rojas de veranos).
Y por la senda gris,
entre la muda procesión
de los días duros e inmóviles
colocaré a los azules y gimnásticos.
Una mañana ondulante
y de labios pintados,
fresca, como acabada de bañar,
con un crepúsculo otoñal.
Y cogeré a las nubes
—rojas, azules, moradas—
y las arrojaré en el papel inexpresivo
del lívido firmamento,
para que escriban una carta,
en el lenguaje universal,
a su buen amigo el viento
a su buen amigo el viento.
Para ayudar a los burgueses,
haré anuncios luminosos,
con foquitos de estrellas.
Quizá asesine a un crepúsculo,
para que, desangrado,
tiña de púrpura una nube blanca.
Venderé en la tienda de las estaciones,
manzanas maduras de otoño
envuelto en papel de neblina invernal.
Me raptaré a la Primavera,
para tenerla en casa,
como a una bailarina.
(El viento alterará sus horarios.
Travesías inseguras de las nubes.)
Y por la carretera del Futuro, arrojaré al Invierno,
para tener la sorpresa de encontrarlo después,
mezclado con el verano.
En el tapete verde del Espacio,
apostaré a los días,
que rodarán como los dados.
Jugaré con lo[s] meses y los años.
Se trata de un texto que celebra el espíritu juvenil y deportivo de cierta vanguardia despreocupada, embelesada con su capacidad creadora. La contundencia afirmativa comunica una impresión de poderío y seguridad: el resultado es una especie de sobrecompensación del principiante. El joven se estrena en la libertad expresiva del verso libre, forma reivindicada por las vanguardias, y en este festejo de la modernidad se dirigen ráfagas de humor iconoclasta sobre los tópicos convencionales de la poesía modernista (lo gris, lo crepuscular, la solemnidad de la parábola moralizante). “Juego” es un tributo a la vanguardia lúdica y hace pensar en poemas de Rafael Alberti, Gerardo Diego y Jean Cocteau o en el creacionismo de Vicente Huidobro. Es un homenaje todavía más explícito a Carlos Pellicer, el miembro del grupo de los Contemporáneos que más influye en los inicios poéticos de Paz y quien en ese momento, además, era el profesor de literatura del joven en la Escuela Nacional Preparatoria. Para el adolescente, Pellicer es, en más de un sentido, la encarnación de la poesía moderna. El poema comparte con Pellicer no sólo el deslumbramiento ante la plenitud de la naturaleza, ante el brillante colorido y la luminosidad, sino también la sensación de juego, humor, gozo, frescura y alegría. El poeta habla con desparpajo, confiado en su relación íntima y familiar con todas las cosas, inmerso en lo que Pellicer llamó “este libre tuteo con el mundo”.
No es difícil reconocer la fuente directa de este poema inaugural: “Estudio”, composición recogida en Colores en el mar y otros poemas (1921), el primer libro de Pellicer. El muy conocido modelo pelliceriano comienza así:
“Juego” emplea los mismos verbos performativos en futuro, revela la misma concepción plástica y afirma el mismo poderío ilimitado y cosmogónico del artista (Huidobro había proclamado: “El poeta es un pequeño Dios”). El joven se apropia de la voz poética del precursor, de su vocabulario, de sus metáforas audaces que transmiten una sensación de velocidad vertiginosa. El poeta ordena e inventa el mundo. Lo real se metamorfosea gracias al poder liberador y transformador de la imagen. La actitud de travesura irreverente, clara herencia de las vanguardias, se traduce en el placer de poder destruir los símbolos estereotipados de cierta poesía modernista: “Quizá asesine a un crepúsculo”. Se juega con el tiempo, la geografía, la naturaleza y también con el poder metafórico del lenguaje: el poeta es el que “arroja” las nubes-palabras sobre el “papel inexpresivo” del cielo para provocar asombro ante lo nuevo.
Tal como se esperaría de un producto tan juvenil, el poema está demasiado cerca del modelo (no es más que una imitación), pero no desmerece. El poeta vive a la sombra de sus padres poéticos, pero esta sombra es luminosa. No hay transformación de lo recibido, pero lo más significativo es la rapidez y precocidad del proceso de asimilación. Por último, ¿no es revelador que el principiante haya seleccionado, entre todos los modelos disponibles, el que representa una poesía expansiva, impulsada por la energía vital y lúdica, en lugar de una poesía encerrada en los confines rigurosos del intelecto? El poeta empieza a buscarse en los otros y hay que reconocer que para su estreno público escogió muy bien su modelo: Carlos Pellicer, una voz madura e inconfundible en su primer libro. Desde el principio, Paz es un poeta que sabe reír. El humor es una de sus voces; el juego, una de sus lecciones; la apuesta por la aventura, su signo. Se estrena dialogando no consigo mismo sino con el mundo, un diálogo que pronto se convertirá en el sueño de “una poesía de comunión”.
[1] Todas las citas a los ensayos tempranos de Paz se toman de Primeros escritos y entrevistas, incluido en Obras completas, vol. 8 (Miscelánea), 2ª ed., Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2005), p. 189. En adelante se incluye la referencia en el texto citando sólo el volumen y la página.
[2] Klaus Müller-Bergh, “La poesía de Octavio Paz en los años treinta”, en Octavio Paz, Alfredo Roggiano (ed.), Fundamentos, Madrid, 1979, pp. 60-61.
[3] Enrico Mario Santí, El acto de las palabras. Estudios y diálogos con Octavio Paz, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, pp. 29-30.
[5] En el último número (12) de Taller (enero-febrero, 1941) se publicó una selección de estos escritos con el título de “Trozos escogidos de los Diarios íntimos y de los Consejos a los literatos jóvenes”, selección, traducción y prólogo de Lorenzo Varela (pp. 77-94).
[6] “Juego”, El Nacional Dominical (suplemento de El Nacional) (7 de junio de 1931), p. 2. Estas páginas sobre “Juego” reproducen el texto de la presentación que publiqué cuando di a conocer este poema inaugural en “El primer poema de Octavio Paz”, La Jornada Semanal, nueva época, núm. 145 (14 de diciembre de 1997), pp. 10-11. Posteriormente, esta composición y muchas otras de la misma época fueron reproducidas por el mismo poeta (aunque no siempre en sus primeras versiones) en sus obras completas bajo el título de Primera instancia. Poesía [1930-1941] (8:25-134). Este mismo tomo da a conocer cinco poemas inéditos, de los cuales cuatro son de los primeros años: “Nocturno” (1930), “Vocación I” (1930), “Vocación II” (1931) y “Poema de la mujer asesinada” (1931). Como se trata de inéditos, publicados por primera vez en las obras completas, no los comento aquí.
[7] “Estudio”, en Carlos Pellicer, Obras. Poesía, Luis Mario Schneider (ed.), Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 23.