Para Bob Dylan, 1966 fue un año crucial. Editó Blonde on Blonde (su primer disco doble), sufrió un accidente de moto y dudó por única ocasión en su carrera: desistió de la publicación de Tarántula, su primera y esperadísima novela.
Dylan nunca titubeó. Trasbordó del folk al rock sin remordimientos, abandonó a Joan Baez, la súper estrella del folk, por la modelo Sara Lownds y resistió como una pequeña embarcación la imbatible tormenta compuesta por los embates de la crítica y la acusaciones de traición por parte de sus fans, que tendrían su cumbre en aquel histórico concierto donde le gritaron Judas. Pero más allá de su fama de rompecorazones, de rebelde, de genio precoz, de voz de una generación, lo que despertaba la fascinación por Dylan era su nuevo método de composición en lo que concierne a las letras de sus canciones. Cuya cúspide radica en el verso “el fantasma de la electricidad aullaba en los huesos de su rostro”. Esta prosodia furibunda con su profusión de imágenes y su carga mitológica tuvieron su esplendor en la trilogía de discos compuesta por Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde On Blonde (1966). Y qué mejor manera de culminar ese proceso creativo que con la publicación de una novela.
Existe una amplia fenomenología acerca del método de composición de Dylan. Una de las más populares apunta que colocaba infinitos recortes de revistas en el piso y trabajaba con base en asociación de imágenes y era así como obtenía sus metáforas. Sin embargo, abundante material fotográfico documenta que escribía sus canciones directamente sobre la máquina de escribir. Postura que arroja más la imagen de un escritor que la de un poeta. Antes de que la transformación de Dylan fuera absorbida, y su nuevo sonido equiparado con el de los Bealtes y los Rolling Stones, lo que molestaba a sus seguidores es que debajo del graznido de la guitarra eléctrica se encontraban revelaciones, descubrimientos, alturas poéticos a las que nadie antes había tenido acceso. El pecado de Dylan es que había decidido poner todo eso al servicio del rock. Pero su ambición no se detendría, su siguiente paso fue poner todo aquello al servicio de la novela.
Entonces, cuando todo estaba dispuesto para que Tarántula fuera el documento que acompañara la trilogía de discos, Dylan decidió retrasar su publicación un lustro. Las razones por las cuales lo decidió siempre quedarán en el terreno de la especulación. Sólo Dylan sabe el por qué.
La reedición de Tarántula por Hotel de las Letras coincide con el lanzamiento del álbum doble Another Self Portrait. Un bootleg: los descartes, demos y tomas alternas del disco Self Portrait (un álbum de covers) que Dylan sacó en 1970. La recepción de la obra se convirtió en uno de los reveses más duros que ha sufrido en su carrera. Grail Marcus dijo en Rolling Stone a propósito del disco: “What is this shit?” En el autorretrato, Dylan dio la espalda nuevamente a su estilo y regresó a la figura del trovador. Su reapropiación del folk (la grabación de lo que para él eran unos standars) se presentó con actitud punk. Comenzaba la década del 70 y él retomaba algo que ya a nadie le interesaba. A partir de esto surgió una pregunta que se ha convertido en una constante para los seguidores de la leyenda: qué esperar de un álbum de Bob Dylan.
La publicación en 1971 de Tarántula tuvo un recibimiento idéntico al de Self Portrait. No se trataba en lo absoluto de ningún The Catcher In The Rye. Tarántula es un artefacto sin trama, sin historia, sin cronología. Una colección de cartas firmadas por personajes estrafalarios. Pero si nadie sabía que esperar de un disco de Dylan tampoco se podía conocer con exactitud el tipo de novela que arrojaría. ¿Acaso la reticencia de Dylan a publicarla cinco años atrás se debió precisamente a que intuía la reacción de la crítica? ¿No estaba convencido de su calidad? Entonces nos preguntamos por qué quería Dylan escribir una novela. Con qué objetivo. Es evidente que no perseguía convertirse en una figura de las letras. Ese reconocimiento lo obtendría en el futuro con el premio Príncipe de Asturias. La única explicación posible para el impulso que originó Tarántula es que más que un trovador, un compositor, un contribuyente al american songbook, Dylan no es un poeta, es un narrador. Y su obra es la Gran Novela Americana. No Tarántula, su obra musical.
Como sucedió con la salida a la venta de Another Self Portrait, que cuarenta años después reconsideramos el valor de las grabaciones del Dylan de esa era y caemos en cuenta de lo estupendas que son esas canciones, Tarántula comienza a ser revalorada por lo que propone, la anti-novela como nunca la imaginó César Aira, y no como una vanguardia (ahora tardía, trasnochada) simplemente como la manera que tenía Dylan de desmarcarse de todo. Es la síntesis de una era, sí, aunque se encuentre más cercano al espíritu de Self Portrait que de Blonde on Blonde, y la ginsbergización de un Dylan de vertiente Beat. Tarántula es un documento visionario, bebe lo mismo de Kerouac que de Melville, que de Baudelaire: “píntate los zapatos Dalila – para andar por nieve tan blanca que una hemorragia nasal molestaría al universo… bajar por esos estrechos callejones búhos & guitarristas de flamenco, Jack para & otros sex symbols son tus premios – & mira en los lavabos donde vive el pájaro, pues cuando sale volando con un sable en el ala – un cantante country a su lado – dirigiendo una paloma mensajera… podrías cambiar tu modo de fornicar, tragar espadas – podrías cambiar eso de dormir sobre clavos – pintarte los zapatos del color de la mula fantasma – los dientes del tigre de papel están hechos de aluminio – aún tienes un buen trecho hasta Babilonia – píntate los zapatos, Dalila – píntalos con una esponja”.
Tarántula es, ante todo, ese objeto que consigues ver un segundo cuando la noche cerrada es alumbrada por un relámpago.
Finibusterre, confín, borde, frontera, límite. Esquina izquierda norte. Lugar donde tierra y mar convergen. Espacio delimitado. Ciudad horizontal, bordo, valla, ¡vaya! Desapropiación. Contraste. Inicio. Fin. Comienzo. Montajes. Desmontajes. Ensambles. Desplazamiento. Exactitud topográfica. Identidades. Rizoma. Lenguajes, idiomas. Trámites, triángulo: trinos. Huella digital en movimiento: parvada de pájaros. (Transfronteriza). Un lugar donde todo o nada pasa. Es Tijuana.
Tijuana, la ciudad eléctrica. La ciudad ruptura. Lo comenté al inicio:
Todas las ciudades se transforman, cambian, permutan. Quizá la diferencia particular en las ciudades de la frontera norte de México, en cuanto a la forma de la experiencia vital, responde a la velocidad con la que estos cambios pueden observarse. La velocidad en sus procesos de identidad/es. La velocidad en las dinámicas de un contexto social en el cual problemáticas altamente conflictivas (hacinamientos urbanos, feminicidios, tráfico de drogas, violencia, problemas migratorios, prostitución, maquiladoras, muerte, comunidades indígenas desplazadas o en vías de extinción) van de la mano de un escenario donde es fácil observar el nacimiento y desarrollo de una cultura intensa, energética y rica en sus diferentes manifestaciones: literaria, musical, cinematográfica, performática, gráfica, dancística, gastronómica y tecnológica.
Entender, conocer y explorar la producción cultural: voces, textos, artefactos culturales; intervenir también desde una perspectiva crítica en estas formas de conocimiento, en su construcción; observar los contextos sociales donde el arte participa –o no-, sus límites, precisiones, variantes, un poco de todo eso traté de analizar, observar, compartir desde diversos ángulos en este espacio. La cultura transfronteriza y la cultura en la frontera norte de México, o en las ciudades que han estado a mi paso, fueron mi objetivo. Porque todo es un tejido, todo es un engranaje, a veces casi mecánico, a veces más orgánico: finalmente un ensamble, un nuevo entorno que se desarrolla en un espacio y tiempo, en un particular sitio crítico distinto.
Recordemos la cita inicial sobre la cultura de Clifford Geertz (1994:133), que fue muy importante para mí en este espacio: “La capacidad, tan variable entre pueblos como individuos, para percibir el significado de las pinturas (o de poemas, melodías, edificios, cerámicas, dramas y estatuas) es, como todas las restantes capacidades humanas, un producto de la experiencia colectiva que la trasciende ampliamente, y donde lo verdaderamente extraño sería concebirla como si fuese previa a esa experiencia. A partir de la participación en el sistema general de las formas simbólicas que llamamos cultura es posible la participación en el sistema particular que llamamos arte, el cual no es de hecho sino un sector de ésta.”
Espero, gentil lectora, amable lector, que las notas, perspectivas y visiones que escribí sobre las formas de producción cultural y sus participantes en esta zona izquierda norte, como en todas las zonas de México, durante estos meses en este espacio, hayan sido de su interés, además de su divertimento. Fue un placer para mí dialogar con ustedes desde este lugar. Y desde esta esquina, the show must go on.
Clifford Geertz, “El arte como sistema cultural” en Conocimiento local. Ensayo sobre la interpretación de las culturas. Barcelona, Paidós, 1944.
¿Cuántas de las heroínas más populares de la literatura universal podemos evocar sin esfuerzo? ¿Cuántas de ellas resultan victoriosas en tramas que no tienen que ver con el amor de pareja? ¿Y qué representa esto, en la vida cotidiana fuera de las páginas, para las mujeres?
Entrevistamos a la Doctora en Filosofía y profesora Paulina Rivero Weber acerca de ésta y otras cuestiones en torno a la heroicidad femenina, tomando como punto de partida su libro Se busca heroína, en el que revisa las historias de mujeres que han sido modelo a seguir tanto en el papel como en la realidad (de Madame Bovary a Lou Andreas Salomé) y afirma la necesidad de construir nuevas posibilidades para unas y otras.
En la antigua narrativa oral de muchos lugares del mundo hay niñas valientes, jóvenes fuertes y viejas sabias. Aún en el Quijote de Cervantes tuvimos a la pastora Marcela, una heroína que busca la paz consigo misma. ¿En qué momento las perdimos?
Creo que no las hemos perdido del todo; personajes como Marcela en Don Quijote son, a mi modo de ver, indicadores de ello. Pero sin lugar a dudas la abundancia o escasez de heroínas literarias nos habla de la sociedad en que ellas son –o no son- creadas. Una sociedad matriarcal seguramente tendría más heroínas que héroes. La sociedad en que vivimos ha comenzado a dejar de tener modelos exclusivamente patriarcales, pero la meta de sociedades capitalistas como la nuestra y como la mayoría de las sociedades hoy en día, no es la creación de individuos autónomos y fuertes, sino la de individuos consumistas. Para ello es necesario seguir ciertos patrones de imagen y de conducta, en los cuales tanto la mujer como el hombre suelen ser degradados a bienes de consumo. En el caso de la mujer el ejemplo clásico es la imagen de una estructura que no corresponde a la mujer real, sino a un conjunto de fantasías masculinas. Es difícil imaginar heroínas cuando a las mujeres se les empuja compulsivamente a preocuparse de una manera desmedida por conservar una apariencia, esbeltez y “belleza” no naturales para satisfacer ese imaginario masculino.
Esto no implica que la heroicidad le esté vetada a la mujer en la sociedad capitalista. De hecho en este tipo de sociedades se requieren con mayor urgencia mujeres capaces de pensar y ser críticas ante los modelos impuestos. Las ha habido a lo largo de toda la historia y también en la literatura; simplemente hace falta que comiencen a abundar más: que dejen de ser excepciones y comiencen a ser parte de la cotidianidad.
Las heroínas de la literatura que más alcance tienen en la actualidad están modeladas a partir de un punto de vista masculino. Parecería que la solución era que mujeres delinearan a sus propias heroínas, pero hay autoras que las representan desde ese punto de vista también. ¿Por qué sucede?
En algún lugar la escritora Marcela Serrano se ha quejado de ello, creo que con justa razón. Pareciera ser que ahora la mujer que escribe tiende a seguir patrones de escritura que han dejado tras de sí los grandes escritores. No todas las mujeres lo hacen, pero en efecto, lamentablemente muchas siguen ese ejemplo. Creo que hace falta juventud mental para saber que se vale hacer las cosas de una manera completamente diferente. Y no sólo “se vale”: urge hacer las cosas de una manera diferente, urge ser rara, extravagante, original tanto en la vida como en la escritura. Urge dejar de vivir al paso que marca la sociedad e inventar nuevas formas de vivir: de ahí surgirán también nuevas formas de escribir.
En tu libro rescatas la afirmación de Virginia Woolf acerca de que las mujeres eran espejos en que los hombres se veían magnificados… ¿tendrían las heroínas que olvidarse del amor romántico?
De manera paralela a ese espejo magnificador que la mujer era para el hombre, éste era para la mujer un espejo empequeñecedor. Así como el hombre se sentía grande junto a una mujer inválida, así la mujer se sentía inferior junto a un hombre con tal poder. Pero una mujer que se niega a jugar ese juego no necesariamente renuncia al amor romántico: simplemente requiere inventar su propia forma de amor romántico. Hoy las mujeres deberíamos preguntarnos cómo viviría el amor romántico una mujer fuerte, autónoma e ingobernable. No porque exista una respuesta, sino porque existen mil respuestas que cada mujer puede encontrar, debe encontrar, a lo largo de su vida.
La polémica en torno a iniciativas como #LeamosAutoras2014 (#readwomen2014 en el original) que llama a incorporar a nuestros hábitos de lectura más literatura escrita por mujeres, ha revelado que aún se cuestiona el valor de la creación femenina, algunos la consideran “parcial”, o casi un subgénero. ¿Qué necesita suceder para que se considere a la experiencia de las mujeres “universal”, como ocurre con la experiencia masculina?
Tiempo. Se requiere tiempo. Han sido milenios de dominio masculino. En la antigua Grecia una mujer valía menos que un trípode, como puede verse en La Ilíada. Esto ha cambiado a lo largo de muchos siglos: hace apenas menos de un siglo la mujer no votaba; podía votar el hombre más ignorante por el sólo hecho de ser hombre, pero una mujer de amplísima cultura no podía hacerlo. Para contrarrestar el peso de milenios, hace falta mucho trabajo, pero hace falta tiempo también para que algún día esto sea ya historia.
Hay quienes confían en que, con el paso del tiempo, será natural evolucionar hacia una sociedad más equitativa entre hombres y mujeres. Pero algunos piensan que se ha retrocedido en ciertos casos, como en la representación hipersexualizada de niñas y adolescentes en los medios de comunicación… ¿a qué crees que obedezca esta marcha atrás?
La hipersexualización de niñas, adolescentes e incluso de mujeres maduras en los medios de comunicación está relacionada con la necesidad de producir mercancías que llamen la atención para su compra-venta. En nuestras sociedades el sexo y la sexualidad no son vistos como algo natural, sino como un objeto capaz de atraer la atención de una clientela potencial. Esa hipersexualización de la cual hablas no alcanza únicamente a niñas o mujeres: los adolecentes varones y los hombres maduros son parte de ella también. Aparentemente asistimos a una especie de liberación de la sexualidad reprimida en siglos pasados. Pero en realidad más que liberar la sexualidad, lo que han hecho los medios de comunicación es usar la sexualidad como un medio para hacer atractiva una mercancía. Con eso, se ha rebajado la sexualidad a un objeto de compra-venta más, lo cual es en efecto, como lo has señalado, un paso atrás.
Por otro lado este tema está ligado a lo que en mi libro llamé “la mujer esquirol”. Con ese término me refería precisamente a las mujeres que en lugar de ser críticas ante este tipo de esquemas impuestos, los toman de manera servil para complacer al hombre. Ese tipo de mujeres, desde mi punto de vista, hacen más difícil y desigual la lucha de la mujer. Son como el esquirol que rompe cualquier huelga: en lugar de apoyar y unirse a un reclamo justo, opta por darle gusto a aquel que impone las reglas, aunque en eso vaya la propia dignidad y la lucha de sus compañeras. En otras palabras: aceptar la hipersexualización impuesta por los medios de comunicación, es actuar como el esquirol de una lucha justa. Es aceptar ser vista como un objeto de consumo y usar esas armas, en lugar de actuar como un ente pensante, sintiente, que debiera tener las mismas oportunidades que cualquier otro ser humano.
Joseph Campbell desglosó la estructura del viaje del héroe. Autoras como Maureen Mordock o Valerie Estelle Frankel han propuesto su propio modelo para las heroínas. ¿Crees que cambiaría la forma de percibirnos y de relacionarnos entre mujeres si nos apropiáramos de esa narrativa mítica, trasladándola a nuestra propia vida?
Creo que no podemos comparar el trabajo de Joseph Campbell con el de Valerie Estelle Frankel; el primero resulta bastante más académico. Pero en general tanto el trabajo de Maureen Mordock como el de Valerie Estelle Frankel, me parece que podrían colaborar a que esquemas muy arraigados se muevan, cambien un poco. En ese sentido no sólo desde la academia, sino desde cualquier otro ámbito, son necesarias mujeres que le hablen a las mujeres.
A pesar de lo anterior, no creo conveniente hablar de “apropiarse de una narrativa mítica”, ya que lo que me parece valioso es la capacidad de crear una narrativa tanto como una forma de ser nuevas. Creo que ese es el gran reto para las mujeres: dejar de imitar y comenzar a crear nuevas formas de ser y sentir en la vida tanto como en la literatura.
¿Cuáles son tus heroínas más queridas, en la realidad y en la ficción?
Creo que siempre he vivido en familias de heroínas. Mi madre, siendo judía, casi no contó con familia que la apoyara, padeció periodos oscuros y depresiones terribles. Sin embargo se levantó y salió adelante con una fuerza que aún no comprendo de dónde obtuvo. Por su parte, mi hija comenzó a hacer su vida muy pronto. Viajó desde muy joven, y ya para los 19 años se embarcó completamente sola hacia lugares remotos: conoció Kyoto, Tokyo, Nara, Hiroshima y diversos poblados japoneses que eran muy significativos para ella. Eso es algo que a mí ni siquiera se me hubiera ocurrido hacer. Lo mismo podría decir de mis hermanas; son mujeres que han superado problemas muy fuertes con una entereza impresionante. Yo he aprendido de esas mujeres: ellas han sido mi escuela.
En cuanto a las heroínas literarias, me resulta muy querida la Nora de Casa de muñecas, del escritor noruego Henrik Ibsen. Ella es más fuerte de lo que yo y muchas mujeres de hoy podríamos ser. En ese sentido creo que Ibsen fue –aunque él no lo considerara así– el primer gran dramaturgo feminista. Igualmente me resulta muy querida la imagen de la Marcela de Cervantes en Don Quijote, a quien ya mencionabas. Y ahora que lo pienso, tanto mis heroínas reales como las de ficción comparten ciertos rasgos: son valientes, no se doblegan, están hartas de los prototipos impuestos a la mujer, desean su libertad y su autonomía, y son capaces de llevar bien la soledad antes que resignarse al mal trato con tal de tener compañía.
“Aún nos faltan heroínas triunfantes”, dices en tu libro. ¿Has encontrado alguna en últimas fechas? Varios piensan que es más frecuente hallarlas en ciertas protagonistas destinadas a un público infantil o juvenil (como en las películas Brave o Frozen).
Mi labor como profesora de la UNAM me mantiene siempre cerca de los jóvenes, de modo que cada vez encuentro más y más heroínas en esas jovencitas a quienes nada parece doblegar. Muchas veces en la UNAM las estudiantes tienen que pasar por problemas económicos, familiares y sociales muy fuertes para concluir sus estudios, y a pesar de ello son las mujeres quienes tienen el más elevado índice de promedio en el programa de becas PRONABES, por ejemplo.
De modo que no me puedo quejar: a diario me nutro de heroínas de carne y hueso.
Creo que también es importante que menciones el ámbito cinematográfico, en particular películas como Brave o Frozen, que son las que moldean ciertas imágenes en la mentalidad de las niñas que mañana serán mujeres. No es lo mismo crecer con un prototipo de mujer como el de La bella durmiente o La cenicienta, que crecer con prototipos de mujeres fuertes. Creo que es bueno lo que está sucediendo en la literatura infantil tanto como en la cinematografía destinada a esas edades.
“Tendría que volver a escribirse la historia de la cultura”, es una de las conclusiones a las que llegas en Se busca heroína. ¿Cómo rescatar olvidadas heroínas de carne y hueso sin que se diluyan, meramente intercaladas entre las páginas de los libros de Historia?
Bueno, existen excelentes trabajos de mujeres que han comenzado a abrir brecha. Pienso por ejemplo en el trabajo de Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (CEIICH-UNAM, 2005), por mencionar uno cercano a nuestro ámbito. Creo que conforme más y más mujeres se den cuenta de lo que ha sido nuestra historia, podremos contar con más trabajos que la expliquen y que saquen a relucir no solamente sus tragedias, sino los tesoros que en ellas quedaron sepultados.
“Se busca heroína” es una frase que bien podría estar en el Aviso Oportuno.Si pudiéramos lanzar esa convocatoria, ¿qué requisitos deberíamos solicitar a autores y autoras?
Es curioso que lo menciones: es la primera vez que alguien me pregunta por esto. Me refiero a que cuando pensé en el título del libro, me imaginé la portada del mismo con un trozo de papel periódico recortado de la sección del “Aviso Oportuno” que dijera: “Se busca heroína. Se requieren mujeres fuertes, responsables de sí mismas, con mucha creatividad y afán de libertad. No hay requisitos en cuanto a la edad”. Pero entonces yo pensaba en heroínas de la vida real.
¿Qué requisitos debería tener una heroína literaria? Quizá no muy diferentes a los que he mencionado para una mujer de la vida real… Ante todo, no ser un personaje romántico al estilo de Ana Karenina o tantas otras creadas por los hombres. Dejar de morir por ellos, dejar, de hecho, de vivir por ellos. Me gustaría leer novela sobre una heroína rodeada de mujeres, en la cual los hombres tuvieran un rol secundario, como hay cientos en el caso de los héroes. ¿Estamos listas para ese tipo de literatura? No lo sé. Pero si no lo estamos, pronto lo estaremos. Porque en el fondo ya llegó la hora en que sin decirlo, sin gritarlo, las mujeres nos hemos convocado. Las amigas, las vecinas, las mujeres de cada institución, de cada pueblo o ciudad comienzan a ser cada vez más solidarias: ese es el camino. Hemos comenzado a andarlo y no me queda duda de que no hay marcha atrás. Cualquier avance en ese sentido, sea desde el ámbito que sea, debe ser apoyado y bienvenido.
Paulina Rivero Weber estudió la licenciatura, maestría y doctorado en Filosofía en la UNAM, donde es profesora de tiempo completo. Ha escrito Nietzsche, verdad e ilusión, Heidegger: la verdad originaria, y Se busca heroína. Es especialista en problemas propios de ética y bioética, en el pensamiento de Friedrich Nietzsche y, en fechas recientes, ha incursionado en la filosofía comparada. Es miembro del SNI, así como de la SEDEN (Sociedad Española de Estudios Nietzsche), del Colegio de Bioética A. C., y del Seminario Medicina y Salud de la Facultad de Medicina de la UNAM, entre otros.
Santiago Papasquiaro, Durango, 31 de marzo de 2014. Acá en Durango cuando en las fiestas –e incluso en los antros– se toca el corrido de Santiago Papasquiaro, casi de golpe todo mundo se levanta de su silla motivado por una energía que proviene, estoy segura, del furor serrano que caracteriza al pueblo bravo, bravo en el sentido más auténtico de la palabra, es decir, movido por el impulso que surge de la sobrada fuerza con que se camina del llano a la montaña entre matorrales, piedras, pinos y riachuelos rodeados de mezquites, abrojos y nopaleras: ese valor intrínseco necesario para dar pasos firmes sobre la tierra con tal de avanzar diligente con una tinaja de agua o con la canasta del nixtamal en la cabeza, si no es que controlando los pasos de un burro manso cargado de leña.
¿Romanticismo puro? ¡Sí, hombre! De ahí surgió la letra de esta canción que se estrenó en la cantina “El amanecer” frente a la iglesia de Santiago Apóstol, y habla de hembras preciosas de verdad y hombres que se juegan la vida a la primera provocación.
Podría pensarse que esa época ya pasó, que ahora las mujeres de Santiago Papasquiaro estudian en el Colegio de Bachilleres para luego ir al Tecnológico o la Universidad (o incluso al Tecnológico de Monterrey), quizá sí, pero por lo pronto viven rodeadas de cerros que a diario les hacen pensar en qué carajos sucede del otro lado, allá en la Sierra, donde por supuesto hay mujeres que echan tortillas al comal diariamente… ¿Y unos kilómetros más arriba? Allá está la frontera, el otro mundo: Estados Unidos, el punto donde viven familias santiagueras enteras, y de donde llegan remesas generosas, claro que sí.
Sea como sea, las chamacas de hoy conocen su “himno” y lo bailan como dios manda, ¡me consta! Se dejan llevar o llevan a su acompañante a través de ese abrazo apretado que es la esencia del baile, y no me refiero a un acercamiento insinuante o provocativo; con esta canción vamos a lo que vamos: gozar la música por medio de pasitos con sabor norteño que hacen sentir calor en las manos y los pies… Pero más que eso: bailando así, en grupo, el movimiento acompasado de los hombros se vuelve un símbolo de fraternidad, de compenetración en la estratósfera de la identidad. Asimismo, en la cúspide de este entendimiento a golpe de tamborazos, trompetas, acordeones y tubas hay gente capaz de hacer que su pareja casi roce el suelo, sosteniéndola con fuerza y ternura a la vez, pero también con el arrojo que nos induce a llegar al fondo de las cosas, de las emociones…
El autor del corrido de Santiago Papasquiaro es Manuel Unzueta Castillo, según el cronista Salvador Guevara Gallegos “Chavín”, y no Miguel Ángel Gallardo, a quien se le adjudica.
Pero no fui a Santiago expresamente a buscar la historia de esta canción popular (de la que es imposible abstraerse cuando se decide visitar este municipio localizado a 170 kilómetros de la capital del estado), sino a rastrear los orígenes de los hermanos Revueltas, nacidos aquí en Durango, y criados por una mujer heroica nacida en San Andrés de la Montaña, paraje minero de Santiago Papasquiaro que ahora es imposible visitar, salvo que tengamos el coraje de arriesgar la vida, como nos hizo ver el cronista Guevara, entrevistado en su casa, todo un personaje en la cultura local que pronto publicará un libro de leyendas.
Romana Sánchez, la madre de Silvestre, José, Rosaura y Fermín, formó a sus diez hijos –no solo a estos más famosos– afianzada en sus orígenes serranos. Silvestre la recuerda así: “Ella me ha contado su infinita curiosidad por saber del mundo que ocultaban las altas montañas que rodeaban su pueblo, sus sueños y su siempre nueva admiración y amor por la naturaleza” (Silvestre Revueltas por él mismo, Era: 1989). Desde luego que esta perspectiva romántica es la que me interesa conocer más a fondo a mí, paisana de esta notabilísima familia de gente entrona, valiente y fuera de serie, adjetivos simples para la trascendencia de su obra, pero finalmente compatibles con la esencia de esta tierra aparentemente inhóspita.
Entonces, confieso que entusiasmada con la visita de mi novio, proveniente de un país lejano, me atreví a sugerirle que viajáramos a la cuna de Romana Sánchez, ¡y aceptó! La aventura fue sensacional, sobre todo por el excitante paisaje que descubrimos juntos. Reconozco que mucha gente me había advertido que no hiciera el viaje sola.
Todo empezó una mañana reciente cuando una conocida empresa alquiladora de automóviles mandó a mi casa un Jetta último modelo, solo que llegó con una alerta: “Viajar a Santiago Papasquiaro es peligroso”. ¡Nomás eso faltaba! Contacté a Samantha, la única amiga santiaguera que tengo, y ella nos tranquilizó: “No pasa nada… Disfruten”.
Es lógico que aún se resientan las secuelas de la violencia que hubo en el estado hace algunos años, entiendo, pero aparte de que este carrito realmente se queda corto en comparación con las camionetas que circulan aún en los caminos más escabrosos del estado, no me parece apropiado que la gente involucrada en los servicios turísticos se escandalice o provoque miedo ante dos viajeros decididos, y lo digo después de constatar que las carreteras de Durango están en muy buen estado y es posible viajar sin temor. También se vale desviarse en una ranchería a tomar fotos. Las montañas son impresionantes desde cualquier ángulo. Desde luego, en caminos intrincados es otro cantar, y por eso no nos atrevimos a conocer el pueblo de Romana Sánchez, la madre de los Revueltas, donde el riesgo es quedarse incomunicado, lo cual sería grave en caso de un imprevisto. Pero éste es nuestro México.
Fotografía por Eugenia Montalván.
De cualquier manera, sí estuvimos en la casa donde Romana vio crecer a sus hijos mayores y donde el célebre Silvestre tomó consciencia de su arrobo musical: “Era muy pequeño –tres años me cuenta ella– cuando por primera vez oí música. Era una orquestita de pueblo que tocaba la serenata en la plaza. Yo estuve de pie escuchando largo tiempo y seguramente con una atención desmedida, pues me quedé bizco. Y bizco estuve por tres o cuatro días”.
José, el admirado autor de Dios en la tierra y Los días terrenales, no nació en Santiago Papasquiaro, ya no tengo duda al respecto. Antes de que él naciera su familia dejó este pueblo de sombrerudos (el sombrero sigue siendo parte de la indumentaria) que hoy tiene alrededor de 50 mil habitantes (el censo del 2010 registró 44,966). Pero era indispensable llegar a este municipio para constatar el dato, ahora que con vítores y alabanzas nuestro país celebra sus cien años de nacimiento: 100 años de vida, aunque haya muerto de cirrosis hepática a los 62, en abril de 1976, como lo señaló Luis González de Alba hoy en Milenio.
Para hacer honor a la verdad, diré que a José se le conoce muy poco allá donde a su familia se le recuerda con respeto. El que tiene un monumento grande y vistoso es Silvestre, y también en su nombre se fundó la Casa de la Cultura (en el patio hay un mural con los iconos del municipio, fundamentalmente la letra del corrido y el retrato de Silvestre, Fermín, Rosaura y José), y ahí en la explanada de ese edificio colonial vemos una reproducción de su rostro, con ese pelo alborotado que dan ganas de alborotar otro poco.
Carlos Córdoba, actual director de lo que en el futuro será el Museo Revueltas, nos mostró los vestigios de la casa de los Revueltas Sánchez, y nos contó que en este museo de carácter municipal ya se invirtió una buena lana, pero a lo tonto; por lo pronto se dan clases de cerámica, pintura y también se programan actividades para niños. Lo grave es que intervinieron el edificio sin contar con un proyecto de restauración responsable y sin tomar en cuenta su valor patrimonial: una joya en la historia del arte y la cultura de México y Latinoamérica, pero ahora ¿ya qué? Al edificio le hicieron un aditamento escalonado inapropiado y de muy mal gusto como acceso principal, por mencionar un sólo elemento. Lo rescatable es que en el patio aún se aprecian los muros de adobes originales y una raíz milenaria incrustada en uno de ellos. ¡Ojalá no la desaparezcan! Tiene historia y vida propia, aunque jamás suplirá a la higuera que alimentó a los niños Revueltas y que por desgracia alguien extirpó de raíz.
Definitivamente, si Romana Sánchez resucitara se horrorizaría con lo que hicieron en su casa. Ella, como santiaguera alegre, culta y sensible no se tragaría esta salvajada, ni Silvestre, ya no digamos José, quien a pesar de todo amó estas tierras de Dios, también a través de lo que su madre le narró nostálgica.
Los zanates son aves de mal agüero. No como los tecolotes, de quienes solían decir cuando el tecolote canta, el indio muere. Altamirano retrató esta creencia en El zarco, esa novela increíble, al ser tan prototípica, de principios del siglo XX. A Altamirano también le gustaban los refranes, por ahí anda un breve compendio que hizo y que mucho tiempo después publicó Andrés Henestrosa en edición facsimilar. No es bueno que un zanate entre a tu casa, por ejemplo, posee la belleza azulada del puma, el misterio del cuervo.
En realidad, los zanates molestan sobre todo a campesinos, cuyas cosechas suelen quedar destruidas a su paso. Comparten su fama con las palomas en catedrales y zócalos. A mí me gustan por escandalosos, porque aquí en Oaxaca no puedes caminar mientras anochece sin escuchar sus gritos. Porque no cantan, gritan, se quejan alborotados, y cuando amanece salen como abejas de los laureles a quién sabe dónde, a esos lugares a donde van los pájaros cuando son libres. Los zanates fueron también el tema de la instalación que a continuación les comentaré.
A finales de marzo, en el patio posterior del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) se inauguró la instalación sonora Zanate de luz. El uno-todo que estalla, obra realizada específicamente para este espacio y que inicia así el programa Le Stí Bi (Eco del viento), un ciclo de instalaciones que girarán en torno a la ciudad de Oaxaca. Los autores son Roberto Morales Manzanares y Karina Álvarez, quien además realizó esta pieza como parte de su tesis doctoral. Cada obra se expondrá durante dos meses.
La instalación consta de 100 pájaros de metal con alas de espejo colocados a distintas alturas bajo una malla de metal, juntos parecen una parvada robótica. Cada uno de loa zanates contiene una pequeña bocina que emite un sonido particular. No obstante, no se trata de una grabación repetida al infinito sino que está programada para generar distintas composiciones en todo momento. Lo que escuchamos simula el carácter aleatorio e impredecible de la naturaleza; hay un orden, pero no el que suponemos. Además de cantos de zanates modificados, los sonidos utilizados provienen de modelos físicos obtenidos de la radiación solar estimada para los meses de abril y mayo del 2014.
Roberto Morales Manzanares es músico y compositor. Trabaja principalmente con piano y flauta pero también crea aleaciones, puentes, entre las artes visuales y la música. Arte sonoro, para ser exactos.
He visto algunas instalaciones de este tipo, recuerdo una en especial donde el espectador entraba en una jaula y desde ahí observaba las distintas tonalidades que adquirían las paredes mientras en el fondo se escuchaban gritos y sonidos selváticos. Había una cámara dentro de la jaula que proyectaba el rostro del espectador en estas membranas. Se trataba de una versión propia del cuento “El alienista”, de Machado de Assis, donde un loco, un ser solitario y poético, cuestiona la cordura de los habitantes de un pequeño pueblo. La pieza se convertía así en una metáfora sobre la locura: ¿ante los ojos de quién podemos decir que el otro está loco?
Karina Álvarez es artista visual. Tiene trabajos interesantes que exploran la relación entre el espacio geográfico y el estético. Una de sus instalaciones consiste en proyectar paisajes de La Rumorosa, una zona fronteriza de Baja California, sobre parabrisas suspendidos. Nos habla así de las fronteras, pero de aquellas establecidas entre el espectador y el paisaje, entre el cuerpo y el pensamiento. La rumorosa es una carretera que serpentea sobre desfiladeros y donde muchos viajeros han perdido la vida en accidentes, se dice que es la carretera más peligrosa de México. Karina trabaja sobre los límites en distintos niveles, incluso en términos filosóficos: entre el sujeto y el mundo hay un vacío.
Los sonidos viajan. Cuando miramos, iniciamos también un viaje que no termina al dormir. Quizás es ahí, en el sueño, donde la mente puede por fin liberarse y caer en sus infinitas espirales, en las brechas, tal vez, de lo que llamamos realidad. El ser viaja. Somos esa trayectoria inconclusa, un instante de luz, un segundo en el tiempo de la Tierra.
Zanate de luz propone restablecer esa continuidad perdida entre quien mira y la naturaleza. Nos recuerda que como todos los demás seres estamos insertos en una dinámica mucho más grande que nosotros mismos: el todo es el uno que estalla. Descontextualizando el hábitat de los zanates, extrayéndolos de su espacio natural para convertirlos en representación, la instalación rompe la estructura del pensamiento de quien observa.
En Nostalgia (1983), de Andrei Tarkovsky, hay una escena magnífica, icónica: el protagonista, un tipo que vive en una casa derruida, poblada de goteras y fantasmas, como su memoria, grita desde lo alto de la estatua de una plaza pública: “qué clase de mundo es este si un loco les dice que deben de estar avergonzados”, para después inmolarse ante los rostros inexpresivos de los habitantes de la ciudad. Todos observan ese sacrificio.
Algo así pasa ahora. Vemos tranquilos desde nuestras casas, desde la oficina o la calle, en los bares a donde asistimos para celebrar la vida -porque la vida tiene que celebrarse, claro que sí- cómo vamos alterando peligrosamente el orden natural de las cosas. Poco nos importa que el modo de vida que hemos elegido haya vuelto este planeta tan caliente que permite el crecimiento desmedido de plagas que acaban con bosques enteros, por ejemplo. O que la siembra desmedida de agave tenga un impacto negativo, a la larga, en la tierra. O Monsanto y sus consecuencias catastróficas.
¿Para qué emular zanates con metal y espejos, cantos de zanates con beats en un museo? Porque afuera ya no los vemos, porque están ahí, todavía, cumpliendo un ciclo que otras especies ya no tienen. Nuestro grado de desinterés en torno a la naturaleza se nota sobre todo en el lenguaje: desconocemos nombres de plantas, de árboles o pájaros.
Me preocupa este mundo, me preocupa que el respeto a la vida en todas sus formas sea casi nulo. Zanate de luz protesta ante estas circunstancias, hace visible la problemática. Espero que los zanates sigan haciendo ruido, uno distinto al rumor de los autos, para recordarnos que no estamos solos, que nunca lo hemos estado, sólo basta encontrar el punto de la trayectoria donde nos perdimos, donde olvidamos que nada nos pertenece, que estamos aquí por un instante compartido.
Esta experimentación sonora se encuentra en el Patio C del MACO, ubicado en Alcalá 202, Centro Histórico, Oaxaca, la entrada es libre.
Una parte fundamental del ejercicio de la crítica y el periodismo consiste en saber percibir las señales de los acontecimientos que marcan tendencias. Una serie de detalles se van concatenando hasta que ya tenemos evidencias de que algo está ocurriendo. Hechos que parecieran aislados o distantes al observar con atención se van uniendo en algún punto.
Hay que tomar esto en cuenta al analizar la aparición de una serie de discos ingleses que guardan cierta relación entre ellos. Se ha dado un giro a un sonido de rock áspero y oscuro, lleno de guitarras crepitantes y bajos profundos que parecería apegarse a fórmulas sencillas y un sonido simplificado. Pensemos en Savages, Toy y The fauns, además The horrors, como prolongadores de un rock más salvaje pero que tampoco niega cierta herencia de Joy Division.
Vale la pena mencionar que aunque la tendencia sea un menos es más, cada uno de ellos basa su propuesta en una notoria calidad técnica, es decir, puede que lo que están tocando no sea complicado en extremo pero poseen un dominio instrumental de alto nivel. Alcanzan profundos niveles de energía sonora que se esparce tanto en sus grabaciones como en sus directos. Cada uno dosifica a su manera tanto una especie de malestar existencial como cierta pasión por las cataratas guitarreras.
A los artistas que mencioné antes habría que sumar un nuevo grupo, originario de Leeds, cuyo sonido alimenta a esta vigente andanada de agrupaciones vinculadas a un renovado post-punk. Ellos vienen trabajando, primero, desde su debut en 2011 a través del sencillo “Council Flat Blues”, luego con un primer EP hasta llegar a la edición de su primer trabajo en largo que los ha puesto bajo el radar de medios enfocados en provocar hypes, tal como es el afán del New Musical Express.
Eagulls es un grupo que nos trae de sorpresa en sorpresa. La primera de ellas consiste en firmar para un sello norteamericano, Partisan Records, propiedad de John Grant, un músico con el que aparentemente no guardan cercanía. El jefe es proclive a un pop melódico y efervescente, y estos británicos parecen estar siempre molestos. Luego vendría el misscast entre imagen y sonido. Si uno se atiene a sus fotografías pensaría que se trata de un grupo indie o de britpop; jamás conectaría esas desenfadadas y sencillas maneras de vestir con sus furiosas canciones que parecen venir de una guerrilla urbana ataviada de negro total.
El hecho es que este debut epónimo ha contado con una extraordinaria acogida. Por ejemplo, el grupo fue invitado en Estados Unidos para actuar en el Late-night show de David Letterman –algo difícil para quienes van empezando-. Vale la pena mencionar que durante la grabación del disco todavía los miembros tenían empleos comunes para sobrevivir; ¿Quién hubiera pensado que una decena de canciones transformaría de raíz su forma de vida?
Y eso que cada uno de los temas que fueron adelantando encontraron repercusión; desde “Nerve endings” pasando por “A tough luck” y “Opaque”. En ambas destaca el tratamiento que le da George Mitchell a la voz, que destaca entre toda la maraña sonora.
Eagulls ha tratado, de principio a fin, mantener las cosas simples; de allí que lo conseguido en el estudio fuera tan rasposo como su acto en vivo. Ellos han declarado que intentaron en aquellas sesiones de un estudio local:
capturar mucho más nuestro directo que la pureza de sonido de estudio. Hemos conseguido que suene de alguna manera algo industrial. Sin duda afecta la arquitectura gris y sombría de todo Reino Unido. No puedo pensar mucho en los aspectos de lo que hacemos. Simplemente escribimos y tocamos.
El resultado podría parecer abrumador, pero lo cierto es que en medio de ese enjambre ruidoso destaca cierto sentido melódico que echa por delante unas composiciones que en sus temáticas no se saltan la parte ruda de la vida: desencanto urbano, la ciudad como algo abrumador, la crudeza inherente a las drogas; en fin, todo un manual acerca de crecer y nacer en una urbe típicamente británica. No hay mucha oportunidad de rodearse de sol y placidez, hay que abrirse camino entre la lluvia y el asfalto.
Con todo, George Mitchell (vocales), Henry Ruddell (batería), Mark Goldsworthy (guitarra), Liam Matthews (guitarra) y Tom Kelly (bajo) han conseguido hacerse fáciles las cosas y en muy corto tiempo. Ellos han contado que apenas en el Primavera Sound del 2010 en Barcelona decidieron que tenían que formar un grupo más en serio. El resultado es una música abrasiva y ruidosa que tiene en “Possessed” la mejor canción de todo el lote, tanto que resultó pieza clave para que fueran impulsados por medios tan dispares como Pitchfork y The New York Times. Lo curioso es que predomina el comentario de que actualizan al post-punk, algo con lo que el grupo no está muy de acuerdo: “No etiquetamos nuestra propia música. Estamos conectados a nuestro trasfondo hardcore punk aunque no somos una banda de ese estilo ni mucho menos. Para mí, el punk fue una influencia de juventud básica”, acota el vocalista.
He aquí un debut oscuro y acelerado a la vez, como si hubieran tomado algo de Joy Division y algo de Mortorhead para llevarlo hacia un ámbito distinto. En el futuro habremos de exigirles que diversifiquen la naturaleza de sus temas y con ello ganarán en capacidad de sorprender. Por ahora sabemos lo que pueden hacer y entregar, y con ello nos basta y sobra.
TRILCE EDICIONES Y CONACULTA INVITAN A LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO Viajes al este de la ciudad Una crónica de la guerra contra el narco en Tijuana
OMAR MILLÁN
Este jueves 3 de abril se presenta el libro Viajes al este de la ciudad, de Omar Millán, publicado por Trilce Ediciones y CONACULTA. Participarán en el evento el escritor Elmer Mendoza, la periodista Magali Tercero, el investigador Alejandro Vélez y el autor. La cita es en el Centro Cultural Bella Época (Librería Rosario Castellanos), Calle Tamaulipas núm. 202, Colonia Hipódromo Condesa, a las 19:00 horas.
En nuestro país hay tres espacios para ver cine: las salas comerciales, cuyo lema es la rentabilidad; espacios destinados al “cine de arte” (signifique lo que signifique), en los cuales la bandera que se iza es la novedad y los cineclubes. La diferencia entre estos tres niveles es la intención con la que se va a ver una película. Las salas comerciales son divertimento y distracción; a los espacios de “cine de arte” asiste un público ávido del fenómeno cinematográfico (pero, al fin y al cabo, consumidor pasivo); los cineclubes son la mirada crítica necesaria para terminar de comprender el cine y en donde el espectador tiene, por fin, un papel activo.
El espectador real (todos nosotros) asiste a los tres espacios.
Cada quien su cine
1. Salas comerciales (Cinemex, Cinépolis, Cinemark y similares)
A las salas comerciales no se va a ver una película sino a relajarse. Es un paseo equivalente a ir a tomar un helado en Chapultepec o pasear en Coyoacán. La entrada sale cara, la oferta cinematográfica es más bien pobre (con el blockbuster del momento en seis o siete salas) y se pregunta uno si no se están convirtiendo en restaurantes de comida rápida con película. Las palomitas pasaron de ser un acompañante secundario a uno central: Icee, hotdogs Oscar Meyer, dulces y “paquete amigos” opacan al filme cada vez más.
Una gran ventaja de estos lugares es la comodidad de las instalaciones y la perfección en que (supuestamente) proyectan. Se debe respetar el diseño sonoro, hay 3D (y 4DX), la proyección no se suspende por ningún motivo (el chiflido al cácaro está totalmente justificado si la entrada valió $150). Las personas asisten a las salas comerciales para ver Avatar en tercera dimensión o para escuchar DTS-HD Master Audio 5.1 Surround de Shine a light. “Domingueable” es la palabra que resume este espacio. Uno va allí para distraerse de la presión de la semana, para no tener que hablar en la primera cita o para perder el tiempo entre clases.
2. Foros de “cine de arte”(Cineteca nacional, Cinemas Lumiére)
Un público más exigente visita estos espacios, no va con una actitud de “a ver qué hay en cartelera”, sino que llega con una idea de lo que quiere ver (la de tal director, la que fue bien reseñada en tal suplemento cultural, a ver tal festival, etcétera). En estos espacios se exhibe la última obra de François Ozon, la última de Wong Kar-Wai o cualquier otra cinta que, por su naturaleza de no ser sólo un producto de entretenimiento, no tiene mucho lugar en las salas comerciales.
El asistente de estos espacios es más específico y guía lo que quiere ver según otras directrices que las de la pasividad de las salas comerciales: se asiste porque hay una retrospectiva de Chris Marker o porque es época del FICUNAM.
Estas salas no compiten con aquellas comerciales, simplemente es otra oferta (a mí juicio, mucho más interesante) que, como bien han visto las grandes cadenas, es rentable. Ahora, Cinépolis o Cinemex tienen “salas de arte”, en donde se proyectan los filmes de la Muestra de Cine Alemán, el Ciclo de Cine Francés o Ambulante. Si se cuestiona si deja dinero o no, habría que ver la apuesta de la Cineteca Nacional: hace cinco años era impensable no alcanzar boleto para una función, ahora, hay que llegar unos quince minutos antes o hasta una hora si es una función especial.
3. Cineclubes
El asistente a un cineclub es, por un lado, el más permisivo: si se detiene la película o el audio es de mala calidad no protesta; pero, por otro, el más exigente, quiere descubrir de qué se trata esto que un grupo de personas se junte a ver películas y a comentarlas, y por qué vale la pena ir a algo así.
Antaño, cuando el acceso a los productos cinematográficos era mucho más complicado que ahora, el cineclub tenía como función proyectar “el cine invisible”. ¿Cómo poder haber visto una película de Trouffaut en los sesentas en México si no fuera por los cineclubes universitarios? Hoy, con acceso a las descargas de casi cualquier película, con Netflix y con la televisión por cable (desde los ochenta, con el auge del Beta y el VHS) el cineclub ha perdido esa función. Ya no se define por lo que exhibe, sino por cómo lo exhibe.
Dos elementos son sus pilares: el ciclo y el cinedebate.
El ciclo se refiere a la forma de ordenación: un cineclub no pasa películas “así nada más”, sino que las aglutina según las relaciones o ecos que hacen entre sí las películas. La duración más común de uno, es mensual. El ciclo engarza las películas según un eje, ya sea temático, ya sea porque todas son de un mismo director, porque su protagonista es el mismo, porque conmemoran el aniversario de un hecho histórico, porque se quiere dar una perspectiva de una corriente fílmica, etcétera.
El cinedebate hace referencia a la charla que se tiene después del filme, en donde se comentan gustos, opiniones e interpretaciones de lo que se acaba de ver. Cierto es que no todas las personas hablan, que muchísimas se retiran al momento en que acaba la película o hay otros que permanecen callados durante esta sesión de debate (aquí y aquí pueden verse dos reflexiones sobre el cinedebate).
La suma de los dos pilares da como resultado un asistente activo en dos niveles: primero, en la selección: como en las “salas de arte”, el espectador no va a “ver qué pasan”, sino que planea su tiempo, si le interesa una película asiste, pero si le interesa mucho, asiste a todo el ciclo; segundo, en la participación del cinedebate: en el momento en que un espectador habla sobre la película, sobre las asociaciones que hace a partir de ella, de otras películas similares, de su interpretación, se convierte en un “co-creador”; es decir, pasa a ser un cinéfilo activo, pues una película no está completa hasta que alguien la ve, luego alguien opina sobre ella y, por último, contrasta su opinión con la de otros.
Fotografía: Pixabay
Los tres niveles no son exclusivos
Sería complicado encontrar “espectadores puros” de cada uno de estos niveles. Por lo general, el asistente a cineclubes es también uno que está al tanto de la programación de festivales o de qué está pasando en la Cineteca. Aquel que asiste con regularidad al CCU a ver una película tiene en mente uno que otro cineclub y su programación. También, aunque uno sea un ávido de “películas distintas”, va a ver la última de Avengers al Cinépolis más cercano.
Estos niveles no se borran mutuamente. La apuesta es tratar de ser espectador en los tres espacios y tener la capacidad para participar de todos ellos. Ser un espectador pasivo cuando no se tengan ganas más que de relajarse, pero también poder ir a un cineclub y expresar una opinión personalísima.
¿Qué proyecta un cineclub?
Lo que sea. Mientras esté enmarcado por los dos pilares que mencioné, cualquier película entra en juego. El cineclub tiene una ventaja sobre los otros dos espacios por ser más plástico. A causa del cinedebate y de los ciclos, se puede exhibir Diez cosas que odio de ti al lado de Casablanca. Esto será posible sólo si la planeación es correcta. Por ejemplo, los dos casos anteriores podrían hilarse en un ciclo que tratase sobre la transformación del galán en el siglo XX. Será tarea de quien guíe el cinedebate encontrar puntos de contacto y contraste entre Rick Blaine (Humphrey Bogard) y Patrick Verona (Heath Ledger), presentarlos a los asistentes y dejar que la conversación fluya con la mayor libertad posible.