La versión que hizo el médico y literato yucateco Fernando Marrufo (1924-2001) de los Sonetos de Shakespeare fue difícil de encontrar durante un tiempo: recuerdo haberla buscado afanosamente por varias librerías de la Ciudad de México, incluidas todas las de la UNAM, hasta que perdí las esperanzas, entonces recurrí a un poeta meridiano para conseguirla y, por si las dudas, le pedí que me consiguiera dos ejemplares. Aunque es una edición de hace 12 años, ahora, por fortuna, la he visto circular mucho, sobre todo en los stands que la UNAM monta en distintas ferias del libro. Además de la celebración por los 450 años del nacimiento de Shakespeare, este 23 de abril, el motivo por el que recomiendo esta edición de los Sonetos es que ha salido de las bodegas de la máxima casa de estudios de manera que prácticamente se puede considerar una novedad editorial.
Desde luego, antes de Marrufo muchos otros emprendieron la tarea de traducir al español los Sonetos del célebre dramaturgo. Enumero sólo las que tengo en mi biblioteca pues sin duda hay varias más: la de Luis Astrana Marín en las Obras completas publicadas en 1951 por Aguilar, cuyo defecto es que están en prosa; la del argentino Manuel Mujica Láinez publicada primero en 1963, luego recogidas en el segundo tomo de sus Obras completas (Sudamericana, 1979) y que en 1983 publicó la española Visor con prólogo de Luis Antonio de Villena, el inconveniente aquí es que Mujica Láinez sólo tradujo 49 sonetos de los 154 que son en realidad. Además, están las versiones de Agustín García Calvo, publicada por Anagrama en 1974; la de Antonio Rivera Taravillo que publicó en la sevillana Renacimiento en 2004; y la del argentino Andrés Ehrenhaus, originalmente publicada en 2009 por Galaxia Gutenberg, recientemente recogida en Debolsilo dentro de Poesías. Obra completa V. (La edición inglesa que poseo es The Sonnets, The New American Library, 1964, con el ineludible prólogo de W.H. Auden.) Al menos por estas ediciones se ve que ningún mexicano había acometido la tarea de traducirlos, hasta que a lo largo de varios años lo hizo Marrufo.
Algunos biógrafos de Shakespeare creen que los siete años de los que se sabe poco sobre su vida (que comprenden de 1585, cuando salió de su ciudad, hasta 1592, año en que ya estaba instalado en Londres) los vivió en Verona, a donde su mecenas, el conde de Southampton, había ido a estudiar en la Universidad de Padua: fundamentan su teoría en que es muy probable que por esa estancia Shakespeare haya ubicado cuatro obras en esa región: Los dos hidalgos de Verona, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, “todos situados en el Véneto y en los que se dan nociones exactas de lugares y de personas, imposibles de adquirir estando en Inglaterra”, escribe Giuseppe Tomasi di Lampedusa en Shakespeare (Nortesur, Barcelona, 2009). Y, aunque es muy posterior, también en esa región sucede la tragedia de Otelo (junto con los Sonetos,mi tragedia favorita de Shakespeare). En el caso de los Sonetos, Shakespeare los escribió en el transcurso de varios años y la primera noticia que se tiene de su existencia es en 1599 cuando alguien se refirió a ellos como “los azucarados sonetos que Shakespeare hace circular entre sus amigos más íntimos”. Si bien para finales del siglo XVI el soneto ya estaba ampliamente difundido en Inglaterra, creo que su estancia en Verona también fue decisiva en su poesía y no sólo en sus obras de teatro, pues es probable que allí haya leído sonetos a la manera italiana o petrarquista y que haya querido imitar esa estructura, así como la imitaron los poetas españoles y portugueses.
Además, al conde de Southampton Shakespeare le dedicó dos poemas: Venus y Adonis y La violación de Lucrecia. La dedicatoria del primero dice que “si el primogénito [este primer poema] de mi invención resulta deforme, lamentaré haberle dado tan noble padrino [el conde]”; el poema es, según Tomasi de Lampedusa, “todo un himno a la belleza viril”. Y en la dedicatoria de La violación de Lucrecia, Shakespeare escribió: “La afección que profeso a vuestra señoría no tiene fin” (cito la traducción de Astrada Marín). En el caso de “El fénix y el tórtolo”, un “breve y singular poema de calidad altamente superior a los anteriores, con trazos de oscura y gran belleza”, escribe Tomasi di Lampedusa, es un poema de lamento por un amor perdido, probablemente el del conde, a quien estaría dedicado en clave (nótese, además, que los dos sustantivos del título son masculinos). Todo eso ha hecho pensar, también, que el enigmático “Mr. W.H.” a quien están dedicados los Sonetos es el conde de Souhthampton cuyo nombre era Henry Wriothesley, de manera que sus iniciales aparecerían invertidas en la dedicatoria. Otros, Oscar Wilde entre ellos, creen que es William Herbert, conde de Pembroke, y otros más creen que era William Hughes, un joven y guapo actor de teatro en la misma compañía a la que pertenecía Shakespeare y para la que escribió sus obras más célebres, los Hombres de Chamberlain. Lo cierto es que, como escribió Mujica Láinez, “Shakespeare disfrazó sus propósitos tras la máscara y el juego conceptista”.
Como se sabe, la primera edición de los Sonetos es de 1609 y fue impresa por Thomas Thorpe. De los 154 sonetos, dos terceras partes están dedicados a ese misterioso y “único numen de estos sonetos” a quien el “inmortal poeta” le desea “toda la feliz eternidad” y con quien, según el soneto 104, la pasión duró tres años contados en inviernos, primaveras y otoños; en los restantes aparecen el “poeta rival”, que algunos creen que era el dramaturgo Christopher Marlowe y “la dama oscura” que le disputa al poeta el amor del joven, se cree que ella era Mary Fitton o Lady Rich. A diferencia del soneto petrarquista, el soneto isabelino está compuesto por tres cuartetos (doce versos) y un pareado final (que dan los 14 versos reglamentarios) en una especie de remate o conclusión. La versión de Marrufo mantiene la estructura del soneto isabelino (abab, cdcd, efef, gg) en versos rimados y en endecasílabos “flexibles”, los llama el traductor, aunque no lo divide por estrofas. Otro acierto de Marrufo es que arregla o mantiene los conceptos originales de Shakespeare: en el soneto 18, por ejemplo, Shakespeare se pregunta si podría comparar al joven con un día de verano y en el tercer verso dice que ese verano es en mayo, Marrufo arregla bien el asunto y en el primer caso traduce “¿Podría compararte a un día de mayo?” para dejar el “verano” a la apariencia del amado: “Mas tu verano en cambio lucirá/ Sin perder un tomín de su atractivo”; en el soneto 20, donde otros han ocultado la dualidad sexual del joven, Marrufo traduce sin prejuicio “dueño-dueña adorable de mi pasión”.
José Emilio Pacheco decía que cada generación debe volver a traducir las obras para hacerlas actuales. También se podría decir que cada país debe traducir con las variantes de su lengua esas mismas obras para que más lectores se sientan cercanos a ellas. Es justo lo que hizo Marrufo con esta espléndida versión de los Sonetos de William Shakespeare (1564-1616).
El viernes cuatro de abril, pude escuchar cuatro horas de jazz a cargo del grupo francoregio Chrysalis, integrado por Jac en el bajo, Jerome Ditté en la batería y Jorge Beltrán en la guitarra. El concierto se llevó a cabo en casa BAM (Casa cultural Barrio Antiguo de Monterrey) localizada sobre la calle Abasolo, cerca del Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) y la Macroplaza, en la zona antigua de la ciudad de Monterrey.
El centro cultural BAM es una casona dependiente de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Monterrey, acondicionada para albergar exposiciones, conciertos, talleres, eventos literarios y presentaciones de libros. Esta casa se une al esfuerzo de otros centros culturales de la zona (incluyendo antros, bares, cafés y restaurantes) por revivir el Barrio Antiguo, que todavía hace cuatro años, antes de la escalada violenta en la entidad, estaba a reventar de gente desde el miércoles en la tarde hasta el domingo en la madrugada. En viernes y como un paisaje común, los alrededores se mostraban medio vacíos. Aun así, desde que llegué me emocioné porque ya sonaba la música que lograba filtrarse hasta la calle.
Rápido pasé un primer patio medio a oscuras que desemboca en otro patio más amplio, típico de las antiguas casas mexicanas. Ahí encontré a Chrysalis sobre un escenario, bien concentrados en ese frenético jazz que tenía rato esperando. Fue la segunda vez que tuve el placer de escucharlos. La primera, cuando los conocí en enero de este año, fue bajo otro concepto, también muy bueno, aunque en esa ocasión no estaba Jorge. Aquella vez, junto con otros artistas y personas interesadas por la cultura que participaron con sus respectivas aportaciones, Jerome y Jac tocaron por la causa de proteger una escuela de experimentación artística que querían convertir en oficinas de SEDESOL. En aquella ocasión sus improvisaciones solo con bajo y batería me dejaron impresionada, ahora junto con la guitarra me dejaron deseosa de escucharlos más.
Frente al escenario que montaron para la ocasión, estaban dispuestas bajo una carpa unas treinta sillas, la mayoría vacías, lo cual me pareció típico de los eventos culturales de la ciudad. Al fondo a la izquierda una mesa larga con mantel, galletas, palomitas y bebidas no alcohólicas y otro amplio espacio que podría haber sido muy bien aprovechado para el baile porque ese jazz era para salir sudando. Doble lástima, porque los regios “educados” casi no bailan. Nunca.
Fue así como para disimular un poco mi emoción ante el espectáculo, me puse a sacar algunas fotos (sentada, para no irritar a la educada audiencia). Así me enteré que en el poco iluminado recinto se desplegaba una exposición de Jerome, que además de músico es fotógrafo, y dos de sus alumnas. Permanecí un rato disfrutando el vértigo que me producía el jazz intenso de Chrysalis, evocando las sensaciones de una aventura al estilo On the road de Jack Kerouac. En ese momento quise andar a toda velocidad con Dean Moriarty escuchando los solos de Jorge Beltrán y el beat maravillosamente esquizoide de Jac, la bajista (muy joven por cierto, diecinueve años), así como la frenética aportación de Jerome en la batería. Increíble: todo.
Entre cada una de las piezas, Jerome bajaba del escenario para dirigir a la audiencia información relativa a la historia del jazz y a sus propios procesos como banda. Llamó a su jazz creativo y experimental. Más que tocar con uno o varios estilos ellos prefieren manejarse con la esencia. ¿Cuál?, pregunté. La improvisación, contestó. Mientras seguían un tema acordado y ampliamente practicado en ensayos que duran de dos a tres horas diarias, muy a pesar de los vecinos quejumbrosos, ellos iban construyendo en el momento la música. Mencionó que es un trabajo en equipo que exige un alto grado de sensibilidad para leerse y seguirse entre todos: saber cuándo le toca a uno un solo, cuando sigue o termina.
Después de pasar un rato muy agradable vibrando en mi silla, sentí una gran frustración por mi inmovilidad y la del demás público, así que pasé a la primera sala para observar las fotos con la ayuda del foquito de mi celular. Después de bailar un poco en la oscuridad, ya hacia el final del concierto regresé al escenario donde tuve la oportunidad de platicar con los músicos. Mencionaron sus influencias: Charlie Parker, Charles Mingus, Lou Grassi, o John Patitucci, e incluso Led Zeppelin, según expresó Jac que durante un solo de batería hizo un sonido psicodélico muy interesante acercando su bajo a uno de los platillos, como en alguna ocasión vio en un video de Youtube.
A pesar de que todas las sillas estaban ocupadas al final del concierto, a diferencia de cuando llegué que estaban casi todas vacías, no pude evitar notar la floja afluencia de público. Este fenómeno me parece harto lamentable porque si bien Monterrey no es reconocido por su diversidad cultural, quien vive y convive en este valle sabe que sí hay público. Existe una ausencia de puentes que conecten al espectador con la oferta cultural vanguardista y de alta calidad. Esperemos haya mayor impulso y especial atención en la construcción y mantenimiento de esos puentes para que grupos con tanto talento y carisma como Chrysalis se sigan presentando.
Chrysalis, fotografía por Denise Loza.
Diana Martín. “¿A qué te supo?”
Grafito y acuarela.
Raquel Castro es una narradora que aboga por incluir al buen humor en la literatura, algo que puede constatarse en su propia obra: siempre podemos encontrar la posibilidad de cambiar la perspectiva de lo que se cuenta a través de una astucia risueña en sus relatos para niños, los cuentos de horror y zombies o la novela para jóvenes Ojos llenos de sombra (con su inolvidable protagonista, Atari). En este caso, la autora viaja a la época de la revolución mexicana para ofrecernos una alternativa a las típicas leyendas de ese periodo, una que cuenta los hechos desde la perspectiva femenina de sus protagonistas.
Como cada tarde, aún antes de que oscureciera, Luz cerró con llave la pesada puerta de madera. Puso la tranca y revisó que sus hijas hubieran cerrado bien todas las contraventanas.
Mientras prendía el quinqué, escuchó con atención: nada. Ni un ruido. Hacia ya varios días de calma aparente. Pero eso era Real del Monte y la guerra todavía no terminaba. Afuera de su casa había batallas y fusilamientos a cada rato, y no se iba a confiar nomás así: era una mujer sola, su marido andaba peleando vaya a saber dónde, y de las tres hijas le quedaban nomás dos: la chiquita se la habían perdido las monjas el día que tuvieron que cerrar la escuela por la entrada de la bola.
Llamó a Rosa y Esther a la mesa. No había mucho para cenar, pero Luz no quería que perdieran la buena costumbre de ser disciplinadas y metódicas. Un día se acabará esta guerra, les decía, y ustedes tendrán que demostrar que no perdieron lo único que su madre les podía dar. Y las niñas la miraban sin entender qué era eso que les daba.
Esta vez sólo hubo café aguado y un pan, que Luz partió en tres partes. Se quedó con la que tenía un poquito de moho, que le limpió sin hacer aspavientos. Ordenó a Rosa que diera gracias a Dios y les puso el ejemplo: remojó su pedazo de pan en el café. Sus hijas la imitaron.
Las otras niñas no se cierran tan temprano, dijo de pronto Esther. Luz dejó su pocillo de peltre sobre la mesa y encaró a la habladora, pero la niña le sostuvo la mirada. Tenía miedo, se le notaba, pero también era terca, como su padre.
Las otras niñas y sus madres no tienen esta maldición de nosotras, contestó Luz, señalando vagamente su propia cara. Las dos la miraron sin entender. ¿Cómo explicarles que los ojos verdes, el cabello rubio y el ceceo nunca habían sido una ventaja en Real del Monte, y que ahora eran incluso un problema? ¿Cómo decirles que si por el simple hecho de ser mujeres las podían agarrar de colchón de tripas, como decía la comadre Carmelita, lo de la sangre ultramarina podía ser crimen suficiente para que un general resentido o un soldado borracho les hiciera juicio sumario por traición a la patria o algo por el estilo? Luz suspiró y se levantó a dejar los trastes en la pileta. Mañana te toca lavar los trastes, le dijo a Esther. No era su turno, era el castigo por repelar.
En eso, se oyeron golpes fuertes contra el portón. Métanse al ropero, siseó Luz. Mientras Rosa y Esther corrían a la pieza, tomó el cuchillo de la cebolla y fue a la puerta.
¡Quién!, ordenó más que preguntar, y pegó la oreja a la puerta. Unos segundos después escuchó una voz de hombre, muy débil. Abra, señito, traigo un recado de parte de Luisito, dijo la voz.
Luis era el marido de Luz. La última noticia que habían tenido de él era que andaba por Torreón. ¿Cómo iba a mandar un recado desde allá? La mujer dudó, pero el hombre del otro lado de la puerta insistió: Soy Everardo, seño.
Everardo era el mejor amigo de Luis. Su compañero de borracheras. Su alcahuete. Todo lo que Luis era estirado y temeroso, Everardo era francote y aventado. Él hacía los tratos por los dos y cobraba las deudas que Luis, librado a sus propios medios, hubiera dejado perder por timidez o por desidia. Cuando Luis decidió sentar cabeza, fue Everardo quien le llevó a ella la carta escrita con tinta sepia en un papel de olor. Tan amigos eran que entraron juntos al ejército federal, y juntos se habían ido a pelear al norte. Suspiró y decidió arriesgarse.
Quitó la tranca y giró la llave. Claro que me acuerdo de usted, dijo mientras trataba de controlar el temblor de las manos para terminar de abrir el portón. Primero abrió una rendija y vio que de veras se trataba de Everardo, nomás que se veía viejo, acabado, muy cansado y sucio.
El hombre entró a la casa y se dejó caer en una silla. Le traigo mensaje de Luisito, niña, dijo. No me diga nada con la panza vacía. Deje le hago un taco, contestó ella, altiva y brusca, aunque en realidad sólo trataba de ocultar su miedo: seguro eran malas noticias.
Everardo negó con la cabeza. Que no tenía hambre y sí prisa. Eso le pareció muy raro a Luz porque Everardo era, según recordaba, de muy buen comer. Así que las noticias no podían ser malas, sino pésimas. Espéreme tantito, le dijo a Everardo, y fue a la pieza a sacar a las niñas del ropero: lo que le fuera a decir, ellas también debían escucharlo.
Cuando regresó con sus hijas, le dio la impresión de que el hombre estaba a punto de desmayarse. Le ofreció agua, pero él negó con la cabeza. En cambio, sacó de dentro de su camisa un paquetito envuelto en una tela vieja, llena de manchas marrones. Se paró y puso el paquetito entre las manos de la mujer.
Luisito dice que las quiere mucho, que no hay día que no piense en ustedes, le dijo a las niñas. Luego miró a Luz: Y que usté, seño, vea lo de poner su restorán.
Luego se despidió y se fue.
Luz dejó el paquete encima de la mesa. Fingía desinterés pero en realidad tenía miedo de confirmar lo que ya se imaginaba: que su esposo estaba muerto, que las había dejado en la calle. Pasaron así dos días, hasta que Esther la enfrentó: O abre el paquete, mamá, o lo abro yo. Lo que más le sorprendió fue que la otra apoyó a su hermana: Tenemos derecho a saber qué mandó mi papá con Everardo, dijo Rosa, con la voz temblorosa y las mejillas encendidas.
La mujer sabía que sus hijas tenían razón. Se sentaron las tres a la mesa, Rosa dio gracias a Dios por la vida de su padre y Luz tomó el paquetito. Los rayos de sol que entraban por la ventana le dejaron ver que las manchas marrones eran de sangre seca. Se santiguó.
No pudo seguir adelante. Dejó el paquete en la mesa y miró a Esther. Ya eres una mujer, hazlo tú, que me faltan fuerzas, le dijo a la muchacha de diez años. Esther asintió con seriedad. Abrió el atado y se encontró en él las condecoraciones de Luis, su reloj de leontina y una llave herrumbrosa. ¿Esto qué?, dijo Esther con desprecio, sosteniendo la llavecita entre dos dedos. Luz la reconoció: era de un veliz viejo, por el que ella no habría dado un cinco y que varias veces había estado a punto de tirar. Fue por el veliz al ropero donde estaba y le sorprendió su peso. Al abrirlo, encontró oro suficiente para poner el dichoso restaurante cuando volviera la paz a Real del Monte. Y mientras, podría darle a sus hijas un poco más que café aguado y pan viejo.
Poco después llegó la carta del ejército confirmando la muerte de Luis, junto con una disculpa por no mandarle sus efectos personales ‘penosamente robados en medio del caos reinante la noche aquella de la batalla en Torreón’, de acuerdo con el mensaje recibido. La esposa de Everardo recibió una carta igual: a su esposo lo habían matado en la misma batalla que a Luis.
Cuando se enteró, Luz sonrió por primera vez en mucho tiempo. Ya entendí, dijo. Ni en la muerte se corrige: no le bastó con mandar a Everardo a que me dijera que quería casarse conmigo, también lo mandó a despedirse. ¿Qué no podía por una vez amarrarse los pantalones y hacer las cosas él mismo?
Con la misma sonrisa guardó en el ropero las condecoraciones y el reloj, siempre en el trapo ensangrentado. Y nunca volvió a mencionar a su marido muerto.
Cuando Marie se casó con Bernhard Mahler ni siquiera lo conocía. Su padre la había dado en matrimonio a este hombre violento, dueño de una pequeña tienda de licores. De este matrimonio nacieron catorce hijos, de los cuales ocho murieron en la infancia. Gustav tuvo suerte, pues era el segundo. Leopoldine, hermana de Gustav, murió a los veintiséis años de edad a causa de un tumor en el cerebro y su hermano Otto, también músico, se suicidó a los veintiuno. Su hermano Louis se cambió el nombre más de una vez, emigró a Estados Unidos y desapareció. (Años después, Mahler compondría Kindertotenlieder, una obra intensa y conmovedora que trata, precisamente, de la muerte infantil.)
Aunque la infancia de Mahler fue bastante difícil a causa de la pobreza y de las golpizas que su padre le propinaba a su madre, a los quince años de edad ingresó al Conservatorio de Viena. Durante su estancia en el conservatorio, Mahler fue compañero de cuarto de Hugo Wolf, un compositor de canciones, de Hans Rott, también compositor de música sinfónica, quien murió a los veinticuatro años y del director de orquesta Rudolf Krzyzanowski (los tres murieron con demencia).
Cuando Mahler tenía veinte años obtuvo su primer trabajo como director de orquesta en Bad Hall, cerca de Linz. De ahí, un pequeño pueblo, poco a poco Mahler consiguió mejores plazas como director: Laibach, Olmütz, Praga, Leipzig, Budapest, Hamburgo y Viena en 1897. Ese mismo año Mahler se convirtió a la Iglesia Católica Romana a consecuencia del antisemitismo imperante en Viena.
Como director de orquesta, Mahler tiene un sitio asegurado en la música. Al igual que en sus composiciones, era un conductor arriesgado, en busca de sonoridades nuevas. Sin embargo, esta búsqueda tenía un precio: batallaba constantemente con los músicos, quienes no solían compartir su nivel de compromiso y exigencia hacia la música.
Mi padre murió hace 4 años. Pedaleaba su bicicleta en el Estado de México. Un fallo del corazón. Los paramédicos le robaron la cartera. Los encargados de la funeraria se robaron las flores del velorio. Tuvimos que desatornillar las manijas y adornos de su sarcófago, pues no cabía en su nicho. Hubo que construir una breve ampliación para que cupiera su lápida. Los espacios siempre le quedaron chicos, a pesar de que siempre vivió en voz baja.
Pasó mucho tiempo después de su muerte antes de que me diera cuenta de que no sabía nada sobre él. Apenas algunas anécdotas que repito cada vez que puedo para que no se me vaya del todo.
Intentó hacer de mí el hombre que creía necesario. No lo dejé. El esencialismo no nos permitió claudicar ante lo que era vital: reconocernos y darnos. Una vez nos enfrentamos el uno con las manos en el cuello del otro. Recuerdo sus ojos verdes húmedos en lágrimas mientras intentábamos destruirnos.
Pero ese no fue mi último encuentro con la masculinidad. Ocurrió unos años antes de que él muriera: yo vivía en el extranjero y llevábamos sin vernos un lustro. Una madrugada sonó el teléfono y era él. Recuerdo que me negué a la alegría de escucharlo durante varios minutos, y al final lo regañé por estar borracho. No hubo ningún diálogo en realidad: allá, desde lejos, en otra hora y en otro mundo, se puso a repetir, cada vez más bajito “Hijo…hijo… hijo”.
Ya no recuerdo que le respondí, pero sostuve el teléfono hasta que amaneció.
Esa voz (ese amor que se opuso al esencialismo, que me llamó desde las sombras) es lo que hemos acallado, pero que yace ahí, en el fondo de cada uno de nosotros: es el significado de ser hombre. Es la mano que se tiende y aferra, es quien protege, el que siente un desesperado afán por resolver problemas concretos, el de la hosca ternura. Es quien da un paso por delante de nosotros en el puente minado, quien otea en el horizonte y permanece despierto en el faro para encenderlo antes del naufragio. Es la voz de todos los padres y de todos los hombres, es quien nos asegura que podremos hollar nuestro camino hacia esa luz.
Tal vez detrás de ella no hay nada, pero avanzo a tientas en el tintineo de esta voz que, débil pero gozosa, aprende a pronunciarse lejos de Pitolandia, en terrenos desconocidos.
La nueva Masculinidad
¿Cuál fue el aprendizaje de mi encuentro con el hombre del traje gris, de mi enfrentamiento con el Moroco Topo, de mi padre al teléfono? La revelación de que hay una batalla dentro de cada uno de nosotros. Y que, a diferencia de las enseñanzas del machismo, se trata de una guerra que no requiere de la destrucción para ser ganada. Está en juego la posibilidad de hacer esa llamada a mitad de la noche.
Es un hecho que este esencialismo (el machismo, o el nombre que se le desee dar al imperio del rol por encima de la identidad) es tóxico para el hombre como individuo y como ente social, como pareja y padre. Implica renuncias intolerables y el sostenimiento de privilegios absurdos cuando no criminales. Nos inserta en un mundo sin identidad, bajo el asfixiante peso de cumplir, obedecer y perpetuar un rol.
Si me preguntan qué deberíamos hacer hacia la construcción de una nueva masculinidad les diría que no tengo la menor idea, y que tal vez ese es el primer paso: compartir la confusión y las buenas intenciones. Y entonces observar lo que otros hombres están haciendo en todas partes.
La nueva masculinidad[12] parece pasar ante todo por las renuncias: a los privilegios machistas (empezando por notar que existen, y que están por todas partes), a la violencia verbal y física, la intimidación disfrazada de respeto, el aislamiento emocional, a la rigidez ontológica, a la idea de lo femenino como un oponente, y de paso, a la ridícula idea de la guerra de los sexos.
Los primeros pasos parecen ir de la mano con la idea de una nueva paternidad: el reclamo de una licencia para los hombres trabajadores tras la llegada de un bebé es una revolución de la que pocos toman nota. Se trata de hombres que, en efecto, hacen eco de una justa reivindicación de género basada en la necesidad de proteger y amar, de “estar ahí”.
Ese “estar ahí” tiene cada vez más y más rostros: los padres que participan activamente del cuidado de los hijos y de los ancianos, los amos de casa que se olvidan de los celos profesionales y de la idea de una “castración laboral”, los hombres que se involucran en discusiones e iniciativas de salud reproductiva, aquellos que cuestionan los roles de género asumiendo abiertamente estéticas y prácticas transgénero, los que se esmeran por rebasar el coito fálico y experimentan y se dejan experimentar, los que enfrentan la violencia machista y el feminicidio, los que viven la homosexualidad, los que no creen que la expresión de las emociones y de los afectos menoscaba su autoridad…
A todos ellos, detectives perdidos en un mundo nuevo, yo los saludo. Comparto mi confusión con ustedes, y celebro nuestro extravío.
Poco después de su muerte, soñé con mi padre. Yo tenía unos indomables gatos gigantes que saltaban del balcón a la calle y devoraban árboles y tiraban postes de la luz, siempre furiosos. Mi padre tocaba la puerta y entraba con un gran pedazo de carne que domaba a los gatos. Estaba como me gustaría poder recordarlo: feliz y expansivo. Ante mi miedo, se agachaba a acariciar a las fieras (era más grande que ellas, que todos mis terrores), él que siempre había odiado a los gatos.
“Ven: vas a ver que no te hacen nada”, me dijo.
Notas
[12]“La nueva masculinidad está basada en el reconocimiento del sí mismo y del otro como ser humano, libre, sin estereotipos que lo encasillen y coarten su posibilidad de sentir y crecer en la expresión de sus afectos”, el sexólogo Walter Guedin en entrevista: http://www.lanacion.com.ar/1281841-la-nueva-masculinidad.
Bibliografía:
-Lagarde, Marcela. Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas UNAM, 2006.
Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927), escritor, novelista, cuentista y periodista, Premio Nobel de Literatura, falleció hoy en la Ciudad de México.
García Márquez escribió obras fundamentales para la literatura del siglo XX, entre ellas Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera. Sus novelas, cuentos y textos periodísticos han influenciado profundamente a varias generaciones de jóvenes escritores en todo el mundo.
En la mesa de redacción de Tierra Adentro lamentamos profundamente su deceso.
Diana Martín. “El consultorio del fabuloso Doctor Dod O’ Tho”
Acuarela/Tela
He peleado cinco veces en mi vida y las cinco veces he perdido. Es decir: me han golpeado salvajemente sin que yo interviniese en gran medida, a pesar de ser el hijo de un boxeador en retiro precoz. Mi padre invirtió horas y días en enseñarme los rudimentos de la defensa, el jab y el bailoteo, inútilmente. También me dio de cinturonazos para educarme en los valores del trabajo, el respeto y la verdad.
No lo culpo de nada: mi padre sobrevivió una infancia a golpes. Le golpeaban por quedarse dormido en la guardia de la milpa a las cinco de mañana o para catalizar la ebria furia de mi abuelo. Se abrió camino en la vida a golpes como marcaba el código de la Época de Oro del cine nacional: creyó que el boxeo le haría escapar de la pobreza. Su única educación sentimental fue golpear o ser golpeado.
A pesar del decepcionante primogénito que resulté, me inculcó esa filosofía: o mantenía a raya a mis hermanos menores y los pisos trapeados o su cinturón me esperaría cuando él volviera a casa del trabajo. Mi padre me educó, sin desearlo, en la violencia masculina, en los mandatos del pito. Me instruyó en la efectividad del vergazo y de la crueldad. Es decir: yo estaba capacitado para el ojo por ojo cuando mi camino a la masculinidad se cruzó con el del Moroco Topo.
La mayoría de las peleas en las que fungí como punching bag ocurrieron en mi adolescencia, en la secundaria, un periodo tan horrible de mi vida que prefiero asumir que no ocurrió. Los horrores de ese momento fueron mis amigos.
En los ochenta se les conocía como madrizas, hoy tienen el mediático epíteto de bullying, pero su función sigue siendo la misma. Entonces se creía que el acoso masculino “forjaba el carácter” y nos educaba en “la construcción de pactos”, nos hacían “madurar”, nociones que provienen tanto del código de las telenovelas como de las máximas vergalistas: “¡Aprende a ser hombre!”. El maltrato escolar es el entrenamiento para cumplir el rol de género machista.
Sin la intervención de los adultos o con su abierta complicidad, el salón de clases era y es el mejor laboratorio para aplicar las enseñanzas del pito. Los que no califican como hombres reciben lo que uno de mis compañeros de clase denominaba “terapia de vergazos”.
Quizá la parte más cruel de la educación media es que ingresamos en ella con los últimos resabios de la niñez. Los mandatos del machismo no se revelan inevitables hasta que hemos forjado vínculos con aquellos que creemos nuestros iguales. “Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los doce años, ¿y tú”, dice Stephen King en The Body. Y así es, hasta que la verga se interpone entre nosotros, y nos revela que no, que nunca fuimos ni seremos iguales.
Al llegar la adolescencia, el esencialismo pasa de la teoría a la práctica: sin otras herramientas que el vergalismo y el albur para construirnos como hombres, nos plegamos a las tres condiciones de la masculinidad: la subordinación, la complicidad y la cólera excluyente.
Soy incapaz de precisar en qué momento de la secundaria el odio hizo pasto de nosotros y lo que hasta entonces había sido una feliz convivencia se convirtió en El señor de las Moscas con un pitote en lugar de la cabeza de jabalí. Hasta entonces mis compañeros de clase y yo avanzábamos juntos en ese deslumbramiento que eran el mundo adulto y hacia el reto inalcanzable: las mujeres.
En todo caso, un día desapareció de mi cuaderno de dibujo el retrato de Peter Criss (el gato de Kiss) que me costó semanas de paciente grafito. Después me robaron los libros uno tras otro. Uno regresó con un mismo mensaje multiplicado en diversas caligrafías, con mínimas variantes: “Gordo puto”. Ese fue el principio.
En algún punto descubrimos o nos enseñan que hay una hegemonía admitida: la de ser un hombre de verdad. La identidad masculina adolescente se construye alrededor del deseo (“la energía emocional alrededor del objeto” nos dice Freud): la pertenencia a uno de los modelos de masculinidad en boga garantiza la admisión entre las mujeres.
Alguna vez esos modelos fueron figuras del folklore; después, genios militares; luego, los mitos del cine. Entonces teníamos los arquetipos del cine de ficheras y de la televisión: el deportista, el barrio, el cintura, el junior y el chavo banda. Hoy en día guían la cruzada de los niños sus mutaciones (el narco, el hipster, el darketo…), pero su esencia es la misma: son los modelos a seguir, el uniforme a adoptar para ser parte de la hegemonía.
La antropología social señala que estas múltiples masculinidades son ensayos de la pertenencia a clases sociales, mecanismos de defensa ante la exclusión social. En realidad (nuevamente Connell) funcionan más como una pasarela de “masculinidades a la medida del consumidor”:[10] nos subordinamos a lo que la época, los medios, el ambiente social construyen como masculinidad en un ejercicio de autoafirmación, pero sin renunciar ni cuestionar el humus con el que todos estos “estilos de vida” se sustentan: el esencialismo, la verga.
El grupo de pertenencia (la tribu escolar) no funciona tanto como por quien lo constituye como por quien no puede entrar en él. El grupo es una reproducción a microescala de la hegemonía machista, de sus mecánicas y resultados. Somos aceptados en el grupo en la medida que demostramos nuestra capacidad de subordinación.
De la misma manera que las relaciones con las chicas sólo pueden ser de abierto rechazo o irrestricta aceptación, las relaciones entre adolescentes sólo comprenden dos tipos: o de complicidad o de marginación. Quien separaba y separa a justos de condenados es quien más se aproxima al modelo de masculinidad vigente. Encarnada en mi salón de clases por el Garbanzo: guapo, güerito, con las calificaciones de un triunfador y con un coche propio en la familia.
Siempre me llena el asombro ante los que saludan a la memoria de sus propias adolescencias como páramos de la individualidad. Lo que yo viví fue un remake de The Body Snatchers: mis compañeros de clase en masa se convirtieron en cazadores de putos y amantes de la música disco. Los que podían, claro, los que no…
Aquel “gordo puto” y sus variantes (“bola de grasa”, “mantecada Bimbo” y “Divine”—por la heroína de John Waters en su faceta crooner—) me señalaron como uno de los enemigos a vencer. Los insultos cotidianos no sólo hacían hincapié en mi debilidad física y mi incapacidad para dar las palmadas en el momento preciso del Designer music: me identificaban con lo femenino.
En el ideario esencialista los homosexuales, los feos, los nacos, los indios, los tartamudos, los gordos y (en suma) los más débiles son una casta que ha perdido los dones de la verga: son lo femenino sin lo único que vale la pena en lo femenino— la posibilidad de ejercer el rol reproductivo. Se trata de categorías relativas: cualquiera puede caer en cualquier momento dentro de ellas o verse incluido en una nueva y padecer la cólera marginadora del hombre que se sabe tal.
El albur emerge y se convierte en el cerco al terreno de lo viril: ¡ESTO ES ESPARTA, PUTO! ¡ESTO ES ESPARTA, GORDO! El albur es la manera en que se ejerce la violencia verbal contra los que nunca podrán ser hombres y demostrar, de paso, que se es un hombre. La crueldad es el mimetismo extremo. La subordinación con la hegemonía se convierte en complicidad, y su ejercicio es la discriminación.
No quiero parecer exagerado o, como les encanta señalar a los enemigos de toda reflexión de género, victimizarme: aquellos que me acosaron y violentaron entre los 12 y los 15 años no eran unos monstruos. Para la hegemonía masculina eran muchachos normales haciendo cosas de muchachos (como me lo explicaron las contadas veces que me atreví a denunciarlos con algún maestro o similar).
El Garbanzo, creador de la “terapia de vergazos” me pidió amistad en Facebook hace algunos años. Los mensajes que me envía están llenos de nostalgia por lo que llama “esa hermosa edad”. No parece recordar el maltrato que ejercía. Tiene ex esposa, hijos, una carrera.
Reconozco mi parte de responsabilidad: a diferencia de los otros marginados del salón yo no me quedaba callado ante las agresiones esencialistas. El mecanismo de sobrevivencia que desarrollé ante los “gordo puto” fue depurar el arte de poner apodos. Cada vez que se bromeaba con mi peso o identidad sexual, yo me seguía riendo del pito con la adjudicación de sobrenombres indelebles a mi agresor: Strawberry fields forever (una víctima del acné), El Metro (aunque pasaba del metro y medio) y El Garbanzo (por lo rubio y el tamaño excesivo de su cabeza) estuvieron entre mis obras más aplaudidas.
La relación de Garbanzo conmigo era ambivalente, cuando no casi dolorosa: yo era un no-hombre, pero también una buena mascota. Como el líder que era de nuestra Esparta colegial, se movía entre la repelencia que le provocaba este gordo puto y la necesidad que tiene todo gran líder de un bufón. Yo lo era de un modo eficaz: podía ser cruel de maneras originales, más allá de los sonsonetes del albur.
El ingenio, claro, no era suficiente.
Por regla general a mitad de una de las carcajadas que le provocaba el apodo que acababa de adjudicar o algún chiste, de golpe la cara del Garbanzo se vaciaba y su lugar era ocupado por una máscara o por su verdadero rostro, qué se yo. Cerraba los puños y en lugar de lanzar el chillido con que los usurpadores de cuerpos denuncian a los humanos o un “¡ESTO ES ESPARTA!”, decía “terapia de vergazos”, sin crueldad, sin furia. Y con esos puños o con un bote de basura o con un pupitre ejercía en mí lo que el hombre del traje gris no había podido. Por gordo, por puto, porque podía.
Una de esas veces, en lugar de sus puños, el Garbanzo utilizó a otros de los descastados. Tras vaciar su rostro, decidió que tenía que echarme un tirito con el Moroco Topo (otra de mis creaciones): “Dense la terapia de vergazos entre ustedes”.
Estábamos a la salida, rodeados de los que esperaban a sus padres o lo que no querían llegar a su casa. Como era de esperarse me reí, pero el Moroco Topo (bajito, de rasgos marcadamente indígenas, con una madre que vendía quesadillas) se puso en guardia.
Ese fue mi segundo encuentro con la masculinidad.
El Moroco Topo pudo golpearme sin resistencia durante varios y largos minutos. Nos rodeó una entusiasta multitud (que incluía a varios adultos) coreando “pégale”, “madreátelo”, “dale de putazos”. Todos alentando al Moroco. En la escala esencialista, los gordos estamos por debajo de los indios.
No es que hubiese olvidado las enseñanzas pugilísticas de mi padre. De hecho, dentro de mí fue aflorando el odio que le tenía. A su cinturón y a mi miedo. Con cada golpe que me atinaba en el rostro, tras el sabor de mi propia sangre, el pequeño Moroco iba creciendo hasta tomar el tamaño y el rostro de mi padre. No era el dolor lo insoportable, sino la repetición: saqué las llaves de mi casa y cerré la mano rodeándolas, erizando mi puño.
Al darse cuenta, el Moroco dio un paso atrás. La multitud, complacida por el giro de los acontecimientos hizo un “uuuh”.
Asumo que saben lo que pasó: di con las llaves en el rostro de Moroco y el odio encerrado en mí me llenó de un poder inhumano. Fueron tales los vergazos que le acomodé a mi pobre rival y las cicatrices que mis llaves le dejaron que, a partir de ese entonces, nadie osó meterse conmigo otra vez. Ni siquiera el Garbanzo.
Esa fue la gloriosa película que vi en mi mente con el metal tibio entre mis dedos. Sólo había que dar un paso y aprovechar el titubeo del Moroco, pero me detuvo su cara: el miedo que le vació el rostro de expresión.
En lugar de asumir el papel que la verga ordenaba, me observé a mí mismo dando un paso atrás, dejando caer las llaves y abriendo los brazos, parándome de puntitas y flexionando una rodilla para ejecutar el salto de la grulla que había dado la victoria a Ralph Macchio en Karate Kid.
El Morocco, como era de esperarse, no desaprovechó la oportunidad. Acabé en la enfermería. Tengo el tabique de la nariz desviado dando fe de que no tuve lo que hace falta para ser hombre.
Tengo otras cicatrices.
El bullying escolar se ha convertido en el mejor curso de capacitación para los cadetes del narco. La violencia desatada en los últimos años no se explica sólo con el esencialismo, pero tiene en él uno de sus más efectivos campos de cultivo: en el documental de Shaul Schwarz Narcocultura (2013), un joven sicario señala que entró al negocio de matar movido tanto por la necesidad económica como la de ser reconocido, respetado. En una desoladora entrevista a estudiantes de secundaria, las muchachas dicen entusiasmadas que esperan a un hombre, un narco, para que al ser su compañía les otorgue poder y respeto.
Los medios apoyan esta hegemonía: desde la célebre y celebrada “sin pelito no hay delito” del patiño Jorge Van Rankin hasta la misoginia reconvertida en delirio místico en La Rosa de Guadalupe. En el capítulo 100 de Abismo de pasión (2012, remake de Cañaveral de pasiones), una exitosa telenovela del Canal de las Estrellas, pudimos presenciar la muerte de Augusto (Alejandro Camacho): tras descubrir infidelidades y conspiraciones de su esposa, Camila Bauvier (interpretada por Sabine Mousier), la sacude y golpea en una secuencia de más de diez minutos hasta que la pérfida hace uso de una escopeta. El esencialismo dirime nuestro código moral y crea los estereotipos de las relaciones de pareja. La autoparodia en la que han degenerado los medios mexicanos es su mejor defensa: sólo es entretenimiento.
No existe en los medios consolidados un observatorio sobre violencia de género, a pesar del incremento en los últimos años de las cifras de feminicidios y violencia machista. Desde 2011 (año en que se introdujeron cambios en el Código Penal Federal para tipificar la figura de feminicidio), en el Estado de México (segundo en asesinatos de mujeres) se ha optado por la estrategia que, en su momento, hizo descender las cifras de feminicidios en Ciudad Juárez: de existir parentesco entre víctima y victimario, el crimen se cataloga como “violencia intrafamiliar”. Es decir: judicialmente es menos grave el asesinato de una mujer si hay una pertenencia implícita.
¿El esencialismo nos convierte en asesinos de mujeres? No, pero la hegemonía masculina favorece un marco social en el que los hombres se sienten con el derecho de ejercer diferentes tipos de violencia sobre las mujeres, y con ello crea una flexibilidad judicial que enmascara, invisibiliza crímenes y favorece su impunidad.
El motor del esencialismo es una pretendida vitalidad: la verga demanda actividad y celo, una vigilancia constante de respeto a los “códigos” y “pactos de honor” entre hombres (mientras escribo esto aparece una nota sobre el acoso de una maestra y sus alumnos a una niña que denunció acoso sexual). El valor que (nos dicen) se debe rescatar de esta masculinidad fisiológica es el sentimiento de comunidad, de la defensa de una identidad. Sin embargo, como en mi salón de clases de la secundaria, como en el salón de clases de esa niña de San Luis Potosí que denunció acoso sexual y fue víctima de bullying por parte de su maestra y compañeros, como en centenas de comunidades, como en millones de hogares, la intención última del vergalismo no es formar comunidades, sino duplicar una esencia, una necesidad de pureza: el ideal sólo permanece en la medida que menos individuos son capaces de alcanzarlo. La marginación es su mecánica y el odio su estado de latencia.
Según el machismo que nos domina, es imposible ser hombre sin odiar aquello que no es hombre.
Me gustaría contar que la compasión que me hizo perder contra el Moroco Topo dirigió el resto de mis años, y que fui un fiel opositor al vergalismo, pero no puedo. Viví y he vivido en el esencialismo, presa y adepto de él: eventualmente cada uno crea su Esparta. El odio, y no la compasión, me han hecho en buena medida lo que soy. He sido cruel y he lastimado a los que me amaban; he guiado mis decisiones por el odio y por el simple hecho de no ceder.
El machismo nos señala que la verga nos hace tan proactivos como infalibles. Sin embargo no lo somos, y día con día parcelas enteras escapan de nuestro control. Por ejemplo: el valor más evidente del vergalismo (el tema único del albur) el sexo se revela problemático. Un verdadero esencialista no permite que se le diga lo que debe hacer en la cama. Pronto las mujeres se revelan como putas insaciables o frígidas amargadas. La mayoría de nosotros prefiere la cómoda fantasía del desvirgamiento perpetuo a través de la seducción compulsiva. Abandonamos la creación de vínculos profundos y estables por un donjuanismo que nos permita demostrar que seguimos gozando del mismo valor que en la adolescencia.[11]
El esencialismo asume que cada hombre es una máquina de movimiento perpetuo, pero el desgaste asume tantas formas: la crisis laboral, el avance de la edad, el aumento de las obligaciones familiares, los machos más jóvenes por doquier y su despiadada competencia…
La masculinidad esencialista es una sola: hace de todos nosotros un mismo “rencor vivo” (como Rulfo describió a Pedro Páramo), pero también hace de cada uno una isla encerrada en sí misma.
El machismo concibe a los vínculos y a la expresión de todo lo que no sean sus mandatos como debilidad. Los afectos, la ternura, la tristeza, la nostalgia, los ideales, los sueños, la reflexión sobre los procesos internos y la mera exhibición de las emociones… no es que sean prohibidos por el esencialismo: es que a la larga, la masculinidad excluyente los destruye. No se expresan pues no existen, secuestrados como vivimos bajo el miedo de haber dejado de ser hombres.
Es una exageración decir que sólo hablamos de fútbol y de tetas. En realidad no hablamos sobre nada.
Nunca hablé de nada con mi padre.
[Espera la tercera y última parte de este ensayo.]
No es gratuito que Óscar Luviano utilice a los usurpadores de cuerpos para hacer una reflexión, en clave autobiográfica, acerca de algunas ideas de la masculinidad desarrolladas en nuestra sociedad y desglosadas por los estudios de género que actualmente se ocupan de ella. Con frecuencia, la riqueza de este análisis no alcanza a formar parte de una conversación cotidiana que hoy resulta necesaria, sobre todo al plantear nuevas formas de narrar y de construirse a uno mismo.
We are half-awake In a fake empire
The National
¿Qué define a un hombre? O más concretamente: ¿Qué es la masculinidad? Estudiosos de la identidad de género no tardarían en aclarar que hay tantas masculinidades como hombres,[1] algo que, si me lo preguntan, equivale a decir que no existe ninguna. Y sin embargo, sí existe algo que separa a triunfadores de losers, a creyentes de ateos, a los valientes de los putos, eso es La Masculinidad. La única y verdadera soberana de Pitolandia… tan múltiple como todos los rostros que Zeus adoptó para seducir a diosas, ninfas y mortales, y tan inamovible y caprichosa como la voluntad del mirrey del Monte Olimpo.
Algunos ejemplos y urgencias de la masculinidad elegidos al azar:
a) Cuando López Obrador impugnó la última elección, desde la prensa y los medios dominantes se le conminó a aceptar la derrota “como un caballero”.[2] b) A pesar de su cuestionada guerra contra el narco (que ya suma más de 130 000 muertos), hechos de corrupción y una endeble economía, el valor que Felipe Calderón rescata de su presidencia (y que resaltan los medios) es que actuó como “un hombre que defiende sus ideales”.[3] c) Circula un meme en donde se compara negativamente al presidente actual de México (ataviado con toda normalidad para labores públicas y actividades privadas) con un Putin que, pecho desnudo y AK-47, cabalga por indómitos ríos siberianos. d) Uno de los argumentos más socorridos por las mujeres que demeritan las reivindicaciones feministas es que consideran que la mayoría de las mujeres se quejan para esconder su incapacidad de ser tan productivas y aguantadoras como lo son los hombres.
Con los vistazos anteriores intento señalar que la masculinidad en nuestra sociedad es una característica necesaria en todo lo bueno y positivo, lo que no la exime de ser un valor divergente y en no pocas ocasiones contradictorio. To be a man es lo mismo que a) resignación viril, b) idealismo castrense, c) Rusia o e) una mujer de verdad.
La educación, la ley, el pacto social, el crimen, la instrucción sentimental, el liderazgo y la administración del gasto familiar, entre otras esferas de la vida cotidiana, se definen por aquello que hombres y mujeres creen permitido dentro de los difuminados límites de lo masculino, sin que exista una reflexión del sustrato del que surge este valor todoterreno.
Es necesario estudiar a la masculinidad fuera del cúmulo de lugares comunes que citamos (fuerza, sabiduría, experiencia, don de mando…) para comprender la naturaleza de sus verdaderos mandatos, que no sólo alejan a cada hombre de la sustentabilidad emocional: el machismo no permite otro modelo de convivencia que el de víctimas y victimarios, cómplices y marginación.
Con esa idea voy a describir mi aprendizaje de la masculinidad (pues se aprende, a diferencia de lo que aseguran los siempre exacerbados enemigos de los estudios de género). No se escandalicen: dista mucho de ser un relato edificante. Ha sido un camino de horrores y desencuentros, de soledad y desarraigo… y de algunos contados descubrimientos acerca de eso que yace en el fondo de nosotros y que deberíamos rescatar como centro de los hombres que intentamos ser.
Reconozco tres momentos en mi formación como hombre. El primero fue con el hombre del traje gris. El segundo con el Moroco Topo. Y el tercero, más que un encuentro, es una despedida. O un encuentro con el vacío.
1. EL HOMBRE DEL TRAJE GRIS
Mi primer encuentro con la masculinidad fue tardío y gracias a un desconocido. Antes (a los 6 años) debido a mi corte de pelo a la príncipe valiente y lo ancho de mis shorts, fui enviado a la fila de las niñas en la clase de Educación Física: mientras los niños ejecutaban el recio paso guerrero de un caballero águila, las chicas nos mecíamos en vaivén levantando coquetamente las puntitas de la falda en clara evocación de la Princesa Iztaccíhuatl. Antes (a los 7 años) lloré a moco desatado por el episodio del hombre-gato de Señorita Cometa a pesar de que mi padre, boxeador en retiro precoz, exigía saber quién me había hecho chillar. Antes también había descubierto un enorme bigote sobre el labio de mi maestra de catecismo y quise llevar las mismas primorosas y largas calcetas blancas que ella.
En la infancia el género es un juego de posibilidades.[4] Experimentamos con goce y asombro lo que hay en la otra orilla, aunque el color azul y el rosa insistan en definirnos el destino marcado por la biología. Un día, claro, hay que despertar de esa festiva indefinición: los niños son niños, las niñas son las que juegan con muñecas, y si te acercas demasiado te quemas… Ni la homofobia ni los roles de género tradicionales se inculcaron en mi hogar: vivíamos en un viejo edificio de Santa María La Ribera con vecinos, entre los que cabían un marido golpeador, una chica que cambiaba su cuerpo por un toque, una abuela que encadenaba a su nieto a la cama y un demente que espiaba por la ventana de los baños. La tradición no era una de las prioridades. El machismo llegó de fuera.
Mi ingreso al mundo de Pitolandia fue así:
Era mediodía. Sobre una transitada calle cercana a San Cosme, iba a la escuela o a algún mandado cuando aquel hombre en elegante traje gris se me emparejó para advertirme que tenía el cierre abajo (algo que me pasaba con frecuencia, ocupado como estaba en mis largas tribulaciones sobre quién era mejor: si Ultraman o Ultraseven). Le agradecí con toda la franqueza de mis diez años y me dispuse a subirme la bragueta. Con una contenida alegría, el desconocido confesó que a él también le pasaba lo mismo. “Mira”.
De su bragueta abierta brotaban los faldones de su camisa y en ellos envuelta, flotaba su verga. Era un pene rojo, tan rojo que le creí enfermo o falso. Lo agitó. Recuerdo, sobre todo, el olor a humedad y sal, a carne vieja que hendía el aire entre nosotros.
Hasta entonces, yo no conocía un pene ajeno. Había visto a mi padre y a mis hermanos desnudos en las prisas del baño mañanero o en la ritual visita al vapor de los baños Santa María, pero lo que nosotros poseíamos era un pipirín o un pajarito; no padecíamos una airada verga roja. Aquel desconocido me dio un conocimiento que mi padre nunca osó darme: el pito puede ser un arma.
Su inflamado color rojo era la euforia que llena los cuerpos cavernosos de sangre, la dureza que dilatan el polvo de cuerno de rinoceronte o los huevos de tortuga, el ardor guerrero que clava al enemigo, y el enemigo era yo: un niño de 10 años. En ese miembro orgulloso y amenazador estaba la esencia de la que parten todas nuestras nociones de masculinidad: la verga.
Una esencia, una idea, una regla bajo la que he vivido desde entonces.
La verga es la frontera infranqueable entre las que orinan sentadas y los que, orgullosa e infaliblemente, orinamos de pie: la biología como única forma posible del destino. Evado a propósito las masticadas implicaciones freudianas que se han convertido en corpus que justifican la noción de que el pene es lo que completa, y una vez que completa, fortalece y encumbra.
La verga autentifica a la masculinidad… y a lo femenino. “El falo es la propiedad significativa y la feminidad es simbólicamente definida por la carencia”, apunta Robert W. Connell.[5] Este experto en masculinidades (hoy en día experta con el nombre de Rawelyn)[6] fue uno de los primeros autores en sostener que la identidad masculina no se forja desde el género, sino por el rol social que cumple. Connel destaca la noción del esencialismo a ese respecto.
El esencialismo toma a la verga como sinónimo y validación social de las masculinidades: de ella emanan sus capacidades y cualidades.
Bajo este concepto, la verga es el principio y fin de la masculinidad.
¿Cómo hemos podido encadenarnos a un ideal fisiológico como soporte ontológico y organizador social? El esencialismo atenta contra la noción misma de identidad de género (esa suposición de que somos algo más que nuestro rol reproductivo), pero no se cuestiona porque apoya y mantiene los privilegios de lo masculino sin grandes esfuerzos. Acogerse a la verga como ethos nos libra de toda pesada discusión acerca de lo que hombres y mujeres podrían ser: el pito define a la perfección lo que usted, damita, no puede hacer y donde no se debe meter, y lo que usted, caballero, puede reclamar.
A pesar de sus acotadas funciones, hemos colocado al pito en el centro de la actividad humana: se asume como una verdad universalmente conocida la utilidad de la verga para ensartar, clavar, chingar, coger, joder, abrir, endosar, meter, endurecer… Todos ellos verbos que han saltado de su connotación sexual para convertirse en sinónimos de acción, posesión, negociación, conquista empresarial o amorosa, robo o abandono… Todo lo que la pasividad femenina no consigue. El pito es la herramienta universal.
A través del lenguaje, el ideal esencialista de la masculinidad se extiende e impregna cuanto rodea a la vida privada y pública: una mujer sólo puede aspirar a ser tal cuando ha sido penetrada; a un rival se la hemos de meter; una buena oferta nos la pone dura, ¿cómo olvidar el gesto “me los ensarté” del diputado Humberto Roque Villanueva[7] ante la aprobación de una subida al IVA en 1995, si se repite una y otra vez con cada victoria legislativa? El albur sustituye al debate, la verga gana elecciones, la política es reducida a una fantasía de violación (aunque estén en juego decisiones que afectan la vida de millones de personas).
Aquí debo ser claro: no sugiero imponer un manual de Carreño para las relaciones humanas y sociales o depurar el lenguaje de leperadas e imponer una censura que nos obligue a expresarnos como proper gentlemen: señalo la falsa democracia del lenguaje en que creemos vivir.
El habla alburera, el verbo del pito, es el código imperante en los salones de clase, los centros de trabajo, las cúpulas del poder y los medios de comunicación, esas cajas de resonancia. Se celebra como una nueva forma de diálogo más incluyente: a fuerza de celebrar el ininterrumpido “ingenio del mexicano” nos obsequiamos con un habla que traspasa clases sociales: el mirrey y el chinero de la merced hablan la misma lengua… pero no comunican; sólo expresan y fijan los mismos privilegios de género.[8]
La lengua nacida de la verga es una violenta verbalización de la normativa social masculina: dicta lo que es un hombre e indica lo que debe hacer para seguir siéndolo. Es la afirmación de los mandatos del esencialismo.
“¿Es que no tienes huevos?”, “¿No que muy verga?”, “A ver quién mea más lejos”: frases que repetimos en la escuela, en las fiestas y en el trabajo; son las máximas de la verga que borran cualquier otro asomo de expresión. Sirven para todo y todos las entendemos, impregnados de validación machista. El mensaje que los hombres recibimos desde niños, el que normaliza nuestras relaciones con otros hombres y con las mujeres, el que forja nuestro carácter y nuestra filosofía laboral: “Ni que fueras tan verga”, “Nada más la puntita”, “Te la voy a dejar ir”. Las piedras de toque de nuestro determinismo social. Una filosofía y praxis vital que no es exclusiva de los hombres.
Comediantes como Carmen Salinas o la recientemente coronada Lourdes Ruiz, Reina del Albur de Tepito, la única clase de “feministas” bendecidas por los medios (pues no combaten, sino que se acomodan a la hegemonía machista), son modelos de una pretendida identidad femenina reverenciada por los hombres: intimidan y vencen con la lengua de la verga. Curiosidades que se hacen pasar por humor. Sin embargo, el humor es uno de los primeros remedios contra el esencialismo, si bien sólo temporal.
Aquel desconocido del traje gris fue mi primer alfabetizador. Decidió ser contundente en mi instrucción y me mostró in situ el objeto del que emana la identidad masculina, el argumentum ad populum. No discutas, no concedas, no te rindas: bájate la bragueta para que asome rojo de victoria.
Aunque la figura del exhibicionista en gabardina es un ícono recurrente de la comicidad mediática, ello no ha disuelto su intención última. Ante los obstáculos, cuando se nos sorprende en falta o error, cuando una inteligencia nos sobrepasa, acallamos al otro (sobre todo a la otra) con la exhibición de la verga.
¿Qué fue lo que hice ante la demostración del hombre del traje gris? Reírme. Era más fácil que gritar y correr. Fue la reacción incorrecta: mi maestro se guardó la verga y se apuró a deslizarse entre dos autos estacionados para cruzar la calle abotonando su saco con aplomo. En mi memoria se va lentamente, sin prisa, pero mirándome por encima de su hombro, desafiante y dolido.
Como toda posición dogmática, el esencialismo masculino es solemne. Inamovible, incuestionable: en Unforgiven, el western crepuscular de Clint Eastwood, el universo masculino comienza a desmoronarse cuando una inexperta prostituta se ríe del tamaño de la verga de un granjero. “Fírmame esta”, dicen que ordenó un iracundo comensal al momento de poner su verga sobre la mesa en la que Truman Capote paladeaba un expreso. Momentos antes el autor de A sangre fría había regalado su autógrafo a la esposa del exhibicionista y ella se había desecho en alabanzas que el hombretón había juzgado excesivas. “Cariño,” le dijo Capote a su hombre del traje gris, “ahí no hay suficiente espacio para mi firma, pero te puedo escribir mis iniciales”.
La risa me salvó del pito. Y es que la verga se ríe de todo lo que se acerque a lo que juzga débil (cercano a lo femenino: los buenos sentimientos, el honor, la resistencia…), pero la sangre le abandona si se ríen de ella.
Toda discusión acerca del esencialismo deriva en género y deriva en la fragilidad de la noción fisiológica. Para el machista cualquier debate sobre la masculinidad o la feminidad es una posible castración, conspiración feminazi: de aquí proceden los temores al avance social y profesional de las mujeres (la fantasía de que todo avance en los derechos de la mujer implica la pérdida de la libertad del hombre[9]), la necesidad de acallar la experiencia femenina (“No chillen si les cuesta hacer el trabajo de los hombres”), la noción de que toda conquista de las mujeres se basa en una suerte de traición sexual (“¿Con quién te acostaste para conseguirlo?”); y el combate cotidiano a la seguridad femenina a través del piropo: esa expresión de la verga que pretende apropiarse del cuerpo de la mujer.
Y, bueno: cuando el albur falla, se pasa a los vergazos.
Mi segundo encuentro con la masculinidad implica un gran número de ellos.
[Espera la segunda y tercera entrega de este ensayo.]
Notas
[1]Herrera, Gioconca y Rodríguez, Lily Masculinidad y equidad de género: desafíos para el campo del desarrollo y la salud sexual y reproductiva Flacso, Santiago de Chile, 1998
[2]En una nota del 1 de septiembre de 2012 del Diario Noticias, Juan Carlos Krausse Gutiérrez llama al ex candidato a imitar a Cuauhtemoc Cardenás y pasar de “berrinchudo” a aceptar la derrota “como un caballero”: http://www.diarionoticias.com.mx/01sep2012/01sepamlo.html
[4]“La identidad del género (femenino o masculino) es un proceso importante del desarrollo que ocurre entre los 2 y los 4 años. Es cuando los niños reconocen si son un niño o una niña. Durante este tiempo, muchos niños (aunque no todos) “prueban” diferentes papeles. Este tipo de experimentación es uncomportamiento normal y saludable.” En Identidad de género de la Minnesota Association for Children’s Mental Health: http://www.macmh.org/publications/ecgfactsheets/parentecspanish/13identidad.pdf
[8]Hombres ante la misoginia: miradas múltiples. Cazés, Daniel y Huerta Rojas, Fernando. UNAM, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, 2005.