Tierra Adentro
Fotografía por Pixabay.

El plano secuencia (long take, en inglés) es una técnica cinematográfica en la que se expone una escena de larga duración sin cortes. La acción se filma como si siguiéramos lo que sucede con los ojos, es decir, su poder expresivo viene de la capacidad mimética que carga: nos hace creer —de manera mucho más convincente que el montaje— que vemos la acción “en vivo”. Esto es porque la vida real sucede en plano secuencias. Interrumpidos quizá sólo por el sueño, observamos el mundo en una sola toma, sin cortes. Al igual que en un plano secuencia, la vida no tiene juegos plano/contraplano, no hay zooms ni se rompen los ejes. El long take es el sueño húmedo del Kino Glaz de Dziga Vértov.

En Buffalo 66 (dir. Vincent Gallo) se hace evidente esta parentela entre cámara, ojo y plano secuencia. Durante una cena, están Billy (Vincent Gallo) y sus padres que discuten por un cuchillo, vemos la pelea como si nosotros estuviéramos en la cuarta arista de la mesa, se pasa al contraplano y notamos que la cámara es la mirada de Layla (Christina Ricci) y la nuestra.

La razón de que el plano secuencia no sea muy usado es que requiere bastante capacidad técnica del camarógrafo, además, hay que hacer coreografía con los actores (quién entra, por dónde, que no se cruce, que la cámara no les pegue en la mollera), tener bien calculada la amplitud de la toma, las herramientas para grabarlos cuestan bastante, es complicado manejar los cambios de iluminación, pueden salir las sombras del equipo técnico. Cualquier error —imperceptible al momento de grabar— puede arruinar horas de planeación.

Como casi todo en el cine, es más fácil verlo que explicarlo. Dejo dos ejemplos de plano secuencias perfectos:

1. Goodfellas (dir. Martin Scorsese), en la secuencia del restaurante

Este plano secuencia está grabado con un steadicam, dispositivo que permite tener la cámara “en mano” sin que se note el pulso del cinefotógrafo o los movimientos que hace a la hora de respirar o caminar, además se pueden hacer tomas muy cercanas al sujeto o giros dramáticos sin perder la estabilidad de imagen que se tendría con un trípode. Si mal no recuerdo, la escena de Dany, cuando recorre el Hotel Overlook, en The Shining (dir. Kubrick), fue de las primeras en ser grabada con steadicam. Aquí, cómo hacer un steadicam con un pollo.

2. Touch of evil (dir. Orson Welles), en la secuencia inicial

Orson Welles y Rusell Metty (director de fotografía) utilizaron, para esta escena, una cámara montada en una grúa de grabación (o “cabeza caliente”). Por eso, a diferencia de Goodfellas, en ésta, la cámara se eleva y baja, como si estuviera volando. Aquí una grúa de grabación de las más modernas (creo). Se ve bien, hace tomas excelentes y cuesta más que un riñón en el marcado negro.

 

Los plano secuencias que (malamente) recuerdo

Los que enumero abajo son plano secuencias que me dejaron un gran sabor de boca cuando apenas estaba empezando a ver cine de manera consciente, en búsqueda de lo que me gustaba y no me gustaba que sucediera en una película. En el momento que quise escribir sobre los long take, vinieron a mi mente estas secuencias de manera automática. He de confesar que ninguna es tan larga como los ejemplos de Kubrick, Welles o Scorsese. Incluso algunas tienen cortes y más parecerían un ejemplo de slow cutting (montaje que usa tomas más largas del estándar del cine comercial: 15 segundos). Ninguna de estas películas tiene desperdicio.

1. Soy cuba (dir. Mijail Kalatozov), en la escena del funeral

Película rusa filmada en Cuba. Los soviéticos aplicaron todo su conocimiento de cine heredado de Einsenstein, Pudovkin y Kuleshov para filmar un plano secuencia normal, efectivo sin ser memorable, hasta que, sin decir agua va, la cámara sale volando por una ventana. Literalmente, sale volando y atraviesa la bandera cubana. Violines a todo lo que dan. He sorprendido en pleno llanto a un par cuando ven este plano secuencia. Definitivamente, es uno de los grandes del cine mundial. Es necesario mencionar la primera escena de Soy Cuba; no es un plano secuencia tan dramático pero está bastante bueno.

2. Tenebre (dir. Dario Argento), en la escena de uno de los tantos asesinatos

http://www.youtube.com/watch?v=VcrLD94jc88

Los subgéneros no son muy bien apreciados por cierta crítica (hollywoodense). Según esta perspectiva, las películas buenas son las realistas, los dramas históricos, las historias de judíos sobreponiéndose al fascismo nazi. Sin embargo, Kubrick ha demostrado que una película de terror puede ser una obra de arte. En este caso, Dario Argento (máximo representante de un sub subgénero: el giallo) crea un plano secuencia interesante. Se supone que una de las virtudes del plano secuencia es evitar objetos que dificulten la visión, es decir, no dejar que una mesa o un mueble estorben a la escena. A Argento no le importó y en esta secuencia vemos mucha pared, mucho techo. Pareciera un error de planeación pero el efecto que se crea, junto con la música de Goblin, resulta en incontrovertible suspenso. Además, hay topless.

3. Stalker (dir. Andréi Tarkovski), en la secuencia del sueño

Si Chris Marker hacía cine ensayo y si Godard hacía novelas en formato de película, Tarkovski hacía cine poemas. Stalker dura casi tres horas y es pesada como pocas. Tiene muchas tomas largas (muy largas), contemplativas si se les puede llamar así. La vi por primera vez hace más de diez años en un cineclub de la Facultad de Medicina de la UAEM. Me acompañó mi padre. En una secuencia, los tres personajes principales se suben a uno de esos vagones para andar en las vías del tren. Al principio de la escena, mi padre se durmió. Cuando se despertó, estaba preocupado: ya no entendería la película. Se dio cuenta que seguía la misma escena. Volvió a dormirse; de nuevo, despertó pensando que no entendería. Seguía la misma escena. Priceless.

4. The Blair Witch Project (dir. Daniel Myrick), en la escena final

Gran película de terror, que si bien no inventó el formato found footage sí lo popularizó y, además, lo llevó a una de sus máximas expresiones. La historia es buena y esta escena, en donde Mike y Heather son colocados a la manera que Rustin Parr lo hacía con sus víctimas, es una que quedó grabada en demasiadas cabezas. El final Rec no habría sido posible sin ésta.

5. Chinesisches Roulette (dir. Rainer Werner Fassbinder), en la escena del travelling circular

Drama a la germana, es decir, cosa seria. Fassbinder, el enfant terrible del Nuevo Cine alemán, junto con su incondicional Michael Ballaus (camarógrafo de Scorsese y Coppola) realizó una película ruda y directa. Este plano secuencia, además, suma un travelling circular: desesperación en una vista de 360 grados.

Nota: Fassbinder hizo la primera versión de Matrix. Se llama Welt am Draht.

 

Los falsos plano secuencias que (malamente) recuerdo

Éstas son secuencias con tomas largas que en mi cabeza, eran plano secuencias. Pero son películas tan buenas que merecen ser recomendadas.

6. Aguirre, der Zorn Gottes (dir. Werner Herzog), en la secuencia final

Esta secuencia está formada por dos long takes: uno, donde Aguirre (Klaus Kinski) reflexiona sobre sí mientras camina por la balsa, es un esquema simple, un monólogo en off más los chillidos de unos tarseros (spoiler: hay maltrato animal); el segundo, un travelling de acercamiento que llega hasta Aguirre y se convierte en un travelling circular. No había otra forma de representar la muerte de un dios.

7. Deus e o Diablo na terra do sol (dir. Glauber Rochar), en la secuencia final

Glauber Rocha es un gran director brasileño. Son necesarias más retrospectivas y estudios críticos de su obra. Caetano Veloso musicaliza la escena final de Deus e o Diablo. Esta película me convenció de que, cuando todo se va al caño, sólo queda correr. El que se caiga, se queda. Plus: grande Corisco, es la mejor muerte en el cine, aparte de ésta; aunque le pisa los talones a cualquiera del invencible Ricky.

8. Los caifanes (dir. Juan Ibáñez), en la escena del automóvil

Los rudos también lloran —Julissa, qué guapa era—. En sí, el plano secuencia es muy corto; sigue la botella mientras todos le entran “a pico”. Los caifanes es una gran película, algunas veces experimental, otras desgarradora. Merece ser vista varias veces. Uno de mis nuevos héroes es El Gato. Oscar Chávez tampoco cantaba mal las rancheras.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.
Fotografía de Rodney Smith.

Un día, uno se despierta y descubre que quiere ser escritor, o en el caso que nos concierne, dramaturgo. Si se tiene la suerte de ser aún muy joven, se puede encaminar el rumbo y ver cuál es la opción que más le conviene. Por fortuna, en la última década se ha dado una proliferación de carreras que ayudan en mucho al proceso formativo de los aspirantes a escribir teatro y digo que ayudan porque dicho brote de escuelas se han centrado en la actuación; la Universidad Anáhuac y la Universidad de Londres son algunos ejemplos de escuelas privadas que en fechas recientes decidieron embarcarse en esta aventura. De igual forma, la muy esperada maestría en Dirección Escénica de la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT) está por despedir a su primera generación y recibir a la segunda. Por otro lado, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) incluye en su lista de materias la de Dramaturgia en la licenciatura en Creación Literaria y aunque no se centra sólo en ello, se puede profundizar en el estudio dramático.

¿Pero qué sucede si uno empieza tarde, cuando ya tiene una carrera o cuando el peso de las obligaciones cotidianas, o incluso la prohibición de los padres, impiden tener un proceso formativo escolarizado? La respuesta es simple: asistir a talleres y cursos.

Veamos algunas propuestas:

El Centro Cultural Helénico constantemente programa cursos en los que un dramaturgo proporciona las técnicas que le ha costado años pulir; gente como Marco Antonio de la Parra y Carmina Narro han pasado por esta institución y quienes han  tenido la oportunidad de aprender de ellos saben que valen  mucho la pena.

Ápeiron Teatro también ofrece una gama que incluye el estudio específico de géneros y obras desde la perspectiva del análisis del texto, enfoque que en mucho enriquece la escritura. Las clases de Fernando Martínez Monroy, director general de dicho centro, son imperdibles para todo aquel que quiere estudiar arte dramático.

Sin embargo, es importante que antes de decidirte por tomar un curso investigues muy bien la formación del que lo imparte y con esto no me refiero a si es licenciado, maestro o doctor, o cuantas obras ha montado, o la cantidad de libros que ha publicado, pregunta entre tus conocidos cuáles han sido a su vez sus maestros, quiénes lo han guiado; eso siempre es una garantía y hablará bien o mal de él. No lo dudes.

Y sobre todo, ten desconfianza de aquel que en ese mismo año o el anterior ganó un premio de dramaturgia y no ha tenido nada más, ni otros cursos o talleres y de buenas a primeras tiene la soberbia suficiente para creer que eso lo acredita para enseñar. Es tu formación la que está en juego y si realmente amas al teatro te va la vida en ello.

Los talleres son parte fundamental de todo escritor, allí se tiene la oportunidad de compartir con otros el trabajo y retroalimentarse. Claro que para que esto funcione es indispensable contar con un buen coordinador que sea capaz de localizar los puntos débiles, las virtudes del texto y además respetar el mundo interno del que lo escribe; por otro lado, estar abierto a la crítica y tener compañeros honestos que puedan separar la amistad de la producción literaria es vital para que se obtenga buenos resultados.

Existe un puñado, al menos en el D.F. que vale mucho la pena: el ya mítico taller de Vicente Leñero, al que hay que hacer fila para entrar y que no sólo se centra en la dramaturgia, sino en el guión cinematográfico y la narrativa; el Foro Shakespeare ofrece el que imparte Estela Leñero y para beneplácito de todos, poco a poco tenemos más espacios; en últimas fechas, para muestra, el Centro Cultural Carretera 45 dedica gran parte de su oferta a la dramaturgia.

Pero sin duda, uno de los más destacados y recomendable es el impartido por Ximena Escalante en el Teatro La Capilla, taller que se ha ido posicionando a lo largo de los años por la calidad que proporciona. Durante casi un año, los alumnos asisten y tiene la oportunidad de escuchar sus textos de viva voz con actores especialistas en lecturas dramatizadas, y ver inmediatamente si estos funcionan o no para la escena. Esta dinámica permite el crecimiento del dramaturgo a través del enfrentamiento directo con el escenario y si tiene perseverancia, acaba una obra completa con la posibilidad de publicarla en la editorial Los textos de la Capilla.

¿Cuál es la opción que más te conviene? La respuesta de nuevo es fácil, debes elegir aquella que se adapte a la necesidad que tu escritura tiene en ese momento en particular, ya sea que busques acercarte a un autor en específico, al que sólo quieres escuchar o tengas inquietud por un recurso o una corriente.

Lo más importante siempre será la búsqueda creativa. Lo demás, es aspaviento.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Diana Martín. “Tina deseosa” Tinta/Papel

En esta historia es posible identificar variadas representaciones femeninas desde la mirada de su picaresco protagonista. Destaca Lucita, quien encarna a la matriarca mexicana actual, llena de recursos para la sobrevivencia, cueste lo que cueste. Juan Gerardo Aguilar construye un relato en el que los recursos humorísticos que nos acercan al personaje principal ceden el paso a una certidumbre más oscura, que nos llena de incómodas interrogantes respecto a nuestra manera de compartimentar el afecto y el respeto hacia las mujeres en México, donde la violencia más terrible forma parte del paisaje cotidiano cada vez con más frecuencia.

Ser bellboy es todo un cotorreo. Conoces un chingo de gente y ves pasar un buen de nalguitas. Lo mejor son las turistas borrachas, las gringas de Semana Santa que se dejan meter mano, y si no se dejan, de todas maneras lo haces, con el pretexto de ayudarlas o abrirles la puerta del cuarto.

Andan tan pedas que no se dan cuenta. Guacarean en los pasillos y se quedan ahí tiradas, dormidas. Luego las camaristas hacen corajes y dicen que las pinches güeras vienen a hacer su desmadre porque en el gabacho no les dan tanto permiso sus papás.

Quien reniega más es mi madrina Lucita, la camarista veterana. Aquí en el hotel todos la respetamos un chingo. Yo la quiero como si fuera mi madre, porque entre muchas otras cosas, ella habló con el gerente para que me diera jale. Aunque primero me sentenció: “mira, pinche Ramiro, voy a hablar con el guango bigotón éste, pero necesito que te pongas bien buzo. No me vayas a hacer quedar mal porque entonces ya no les vuelvo a echar la mano ni a ti ni a la comadre”.

Eso fue después de que me soltaron. Me aventé tres añejos en el tribilín; pero me soltaron porque me metí a estudiar bien duro y eso me ayudó a que no pensara tanta mamada. Además, allá adentro no había mucho de valor así que las ganas de robar se me fueron poco a poco.

Me convertí en lo que los libros de civismo llaman un ciudadano ejemplar. Pagué mi deuda con la sociedad y salí libre. Mi jefa y mi madrina fueron a recogerme. No sé de donde chingaos salió tanta luz que me pegó de lleno en los ojos.

—¿Qué es eso? —pregunté, tapándome con la mano.

—Se llama Sol, baboso —dijo mi madrina— y siempre encandila a los pendejos como tú.

Así, como tuza lampareada, me llevaron hasta la casa. En el barrio, todo seguía más o menos igual. Las paredes con más pintas y la banda en la esquina echando caguama y toque.

Mira, ya soltaron al Ramiro, los escuché decir, y por Dios que poco me faltó para jalarme con ellos y darme un facho de guama como bienvenida, de no ser porque sentí la manota de mi madrina que me tenía bien apergollado del brazo advirtiéndome: “Ni se te ocurra, cabrón, porque yo misma te vuelvo a meter al bote”.

Mi madrina Lucita es la neta. Nunca se guardó nada ni le temblaron las corvas para felicitarme o mandarme a la chingada cuando se requería. Cuando me cachaba robando me obligaba a reparar el daño. “Vente, vamos a que hagas tu noveno paso de chingadazo, sin escalas”, decía. Y ahí llevaba al pinche escuincle de la oreja no sólo a devolver el monedero, las tapas de carro o los tubos de cobre, sino también a ponerme a las órdenes de los afectados.

Ahí está que luego los desgraciados se ensañaban conmigo. Me ponían a cortar la yerba, a traer un chingo de mandados de la tienda o los más pasados de lanza sacaban los alteros de ropa sucia para que yo lavara a mano el calzonerío. Todo para que, según mi madrina, fuera un hombre hecho y derecho.

Mi madre era otra cosa. Nunca se recuperó de mi papá, así que mi madrina tuvo que entrar al quite para que eso no nos afectara y no me volviera tan vándalo. Pero no siempre estuvo la suerte de su lado; como aquella ocasión, cuando me obligaron a pasear a los perros de doña Jesusita. Todo iba bien: traía a los cinco chuchos bien agarrados, pero quién iba a imaginar que saldría de la nada ese gato negro y que la correa principal se zafaría, haciendo que los perros corrieran al bulevar.

Lo difícil fue que me creyeran. La raza pensó que le había vendido los perros al taquero. Tuvo que aparecer un testigo accidental para hacerme el paro diciendo que él había visto cuando los pinches perros corrieron como locos, sin que yo pudiera evitar que atravesaran el bulevar y los carros los hicieran caca.

Entonces ni siquiera me pasaba por la tatema pensar que esa apenas sería una de muchas ocasiones en las que tendría que defender mi reputación frente a los demás. “Y cómo esperas que te crean si eres un vil desmadre”, decía la madrina. Mi jefita nomás aguantaba vara. Pobrecilla, meneaba la cabeza como quien se resigna a aceptar su mala suerte sin estar dispuesto a hacer algo por remediarlo.

La vida se le iba viendo tele. Le gustaban un chingo las telenovelas. Para mí que esas cosas la enfermaron más, pero ella me decía que la dejara tranquila que esas historias eran de la vida real. A veces pensaba si mi jefita de verdad tenía razón, porque su vida era como un drama de televisión, pero cómo no iba a pensar eso, después de que mi jefe se largó con mi tía, meses luego de que ésta llegó de Estados Unidos.

Al principio mi jefe hizo un gran pedo. Dijo que apenas sacaba en el taller para darnos de tragar y que con otra boca ya no iba a poder. Pero mi jefita le hizo ver las cosas con calma; tenía esa cualidad, yo creo que era capaz de apaciguar a los tigres del circo nomás hablándoles bonito. Total que mi jefe aceptó a regañadientes. Pero todo fue que viera a la escuincla para que las cosas se torcieran como melcocha. La tía no tenía nada que ver con la foto que mi jefa tenía sobre su buró. Era la misma cara de morrilla, pero del cuerpo…

La tía Rosy era toda una mamacita. Le gustaba pasearse por la casa con blusitas y minishorts. Cuando mi jefa le decía que se tapara, ella le respondía que esa era la moda allá en el otro lado y que aparte estaba haciendo un chingo de calor.

Ni madres. Lo que le gustaba era que la vieran, porque así iba a la tienda y alborotaba a todo el barrio. Mi madrina fue la única que se atrevió a decir que esa escuincla nos iba a meter en pedos muy grandes. Le dijo a mi jefa que se pusiera muy lista porque ya había cachado a mi jefe dos o tres veces babeando por la tía Rosy. Pero la neta mi jefa no creyó capaz de eso ni a su marido ni a su hermana ¿cómo iba a ser posible? Pobre, a veces siento que ya se ganó el cielo por default.

Un día, de buenas a primeras, nos topamos con la novedad de que las cosas de la tía Rosy y la ropa de mi jefe habían desaparecido. Hasta la fecha, de ellos, ni sus luces. Dejaron a mi jefa noqueada como esos cabrones que están en cama mucho tiempo sin despertar, pero con los ojos abiertos, como los pescados del tianguis. No expresaba nada: no se encabronaba ni se reía y procuraba que nadie la viera llorar.

“Ahí está la cochina chingadera”, dijo mi madrina. Por eso me encargó que me pusiera muy trucha y ya me portara bien, porque mi jefa no iba a resistir otro putazo. Después de que salí de la correccional, mi jefita comenzó a sonreír poquillo más. Lo hacía siempre frente a la tele. A mí me daba gusto verla así. Sabía que iba a ser muy difícil que olvidara la gachada de su marido y su hermana, pero a lo mejor ya los había perdonado. Mi jefita era de esas personas que no tenían mala sangre y siempre buscaban el bienestar ajeno, aunque eso significara sacrificar el propio.

Así que cuando mi madrina me dijo que estaban solicitando un bellboy en el hotel ni la pensé. De volada le dije que sí le atoraba. Dijo que al principio el gerente no quería, pero al final aceptó más por el aprecio hacia ella que por la confianza conmigo. Yo le dí las gracias y le prometí que no la iba a dejar abajo.

Ella también me veía como su hijo, porque al verdadero, al único que tuvo, lo perdió en un jaripeo. Era el mejor jinete, pero un toro bien cabrón, llamado Turbo, lo desmadró todito. Yo estaba chiquillo, pero recuerdo haberlo visto moverse como muñeco de trapo cuando se le atoró el pie en el estribo y el toro lo azotó contra el suelo para luego aplastarle la cabeza con la pata. Más tarde, anunciaron por el sonido que el hijo de mi madrina había muerto y ya no podían seguir con el jaripeo.

Desde entonces mi madrina dejó el trago y el cigarro. Hasta agarró un grupo de alcohólicos y se volvió “Madrina”. Nunca pudo hacer nada para que su hijo dejara el jaripeo, así que mejor se dedicó a alivianar a la banda. Por eso la quieren un chingo en el barrio. Lucita por aquí, Lucita por allá… Me cae que esa mujer es capaz de romperse la madre con cualquiera por los demás.

A mi jefa le dijo: “no te apures, comadre, a este cabrón lo enderezo yo. Por aquellos ya ni te preocupes, la felicidad que dan las nalgas no dura mucho, y la vida se encargará de juzgarlos, ya lo verás”.

Así vine a dar aquí al hotel y así también fue como nos metimos mi madrina y yo en este pedo. El trabajo no era tan pesado como esperaba. Cargar el equipaje era lo más choncho, pero como había chambeado en abastos descargando camiones de fruta, pues lo de las maletas estaba peladito y en la boca. La bronca era cuando los clientes no se mochaban. Entraba con ellos y les mostraba el cuarto; les decía dónde estaba el baño, les prendía y apagaba la tele para que vieran que sí funcionaba y, al final, nomás se me quedaban viendo como pendejos.

Por lo regular me esperaba unos cinco segundos y si no captaban mi mensaje de quiero mi propina, les hacía la pregunta clave: ¿se les ofrece algo más? Pero ni así captaban. No se los demostraba, pero me salía encabronado. Uno casi siempre vive de las propinas, porque del sueldo, con las cuotas para el seguro social y demás, quedaba muy poco.

Pero, bueno, aprendí que trabajar en un hotel también tenía cosas chidas. Como cuando vino esa cantante famosa y luego de terminar su concierto se encerró en el cuarto con un chingo de viejas y batos. El gerente tuvo que cambiar a los demás huéspedes de piso porque estaban haciendo mucho desmadre. Al final, cuando se fueron, yo le ayudé a mi madrina a recoger la suite.

Me cae que ni en la correccional había visto tanto pinche desorden, y eso que éramos un chingo de güeyes, hasta ocho cabrones en una sola celda, durmiendo como muéganos. Ropa regada en el piso, botellas rotas, al colchón le pusieron en su madre con una navaja, las lámparas, todo… parecía que había pasado un huracán ahí dentro. El baño había resultado poco para toda la raza y se cagaron en el jacuzzi. En las mesas de centro aún había papeles con coca, restos de polvo y un chingo de popotes.

La fiesta estuvo con madres, pero lo peor del after nos tocó a mi madrina y a mí. Cuando le contamos al gerente sobre los destrozos se hizo pendejo, y ofreció pagarnos el doble si limpiábamos sin hacerla de pedo. “Triple o nada”, dijo mi madrina. El gerente pensó poquito y al final aceptó con la condición de que no abriéramos el pico.

Así fue como nos convertimos en una especie de Equipo de Tareas Especiales. El hotel debía mantener su prestigio a toda costa y nosotros éramos los encargados de que así fuera. Mi madrina y yo limpiábamos, sacábamos la basura en bolsas negras y las echábamos en una camioneta para luego ir a tirarla al muladar.

El gerente nos agarró ley porque nunca nos torcieron. No dejaba que nadie más se metiera a limpiar los cuartos después de los desmadres. Nosotros le entrábamos al quite, a venderle nuestra mano de obra y nuestro silencio.

Nos empezó a ir bien gracias a las fiestas de los funcionarios del gobierno, los politiquillos y gente de la farándula. Le compré a mi jefa una pantalla de plasma chingonsota y un sillón reclinable para que viera a gusto sus telenovelas. También le hice dos o tres arreglillos al chante y me compré uniformes y ropa bien chidos.

Mi madrina cambió su sala, se compró una estufa pocamadre y empezó a ahorrar para construir otro cuarto y traerse a su mamá del pueblo a vivir con ella. La raza pensaba que yo andaba metido en ondas gruesas, pero no me esforcé por sacarlos de su error. Era mejor así, que se imaginaran mamada y media para que no se me acercaran.

Cuando le llegaron los chismes a mi jefa, me preguntó si ya andaba de nuevo en malos pasos, porque que si era así no quería nada comprado con dinero mal habido, pero mi madrina me hizo el paro. Le dijo que no se preocupara por nada, que ella misma estaba al pendiente de mí y que estábamos dobleteando turno para sacar una feria extra. Mi jefita le creyó y ya no volvió a tocar el tema.

Me daba un chingo de gusto verla sentada frente a su pantallota. Hasta le contraté el cable, pero ella decía que se reburujaba con tanto canal y que prefería sus telenovelas. Yo a veces pensaba en mi jefe y la tía Rosy. Una vez vi a mi jefecita leyendo una carta, no me dijo qué decía ni quién la mandaba. Nomás la vi reírse; rompió la carta y le trepó todo el volumen a la tele.

Esa mañana, el gerente nos mandó hablar a mi madrina y a mí. Cuando entramos, se aseguró de que nadie viniera detrás de nosotros. Luego, revisó su oficina como en las películas donde buscan micrófonos escondidos. Se sentó y vimos el miedo deformándole el bigote.

“Tenemos encima una broncota y de ustedes depende que la libremos”, dijo. Pude ver unas gotitas de sudor formándosele en la frente. Mi madrina le preguntó de qué se trataba y el gerente aflojó el buche. Nos contó que la noche anterior un conocido narcojunior armó una fiesta, pero se les había pasado la mano con el festejo y terminaron dándole piso a las morras que venían con ellos.

Mi madrina y yo nos miramos sin decir nada. Luego vimos al gerente, quien pareció entender nuestra expresión y nos dijo que las muertas seguían en la suite. Nos explicó que el junior salió como si nada, seguido por sus amigos y guaruras, y que uno de éstos fue quien le dijo que le encargaba limpiar el “tiradero”, pero con mucho cuidado y “sin que se notara” para no tener que regresar a “visitarlo”.

El gerente tenía un chingo de miedo. No podía hacer mucho, y avisar a la tira ni siquiera estaba dentro de las opciones si no quería amanecer encobijado. Por eso recurrió a nosotros. Mi madrina y yo sabíamos que ya no podíamos zafarnos, porque el gerente, en un ataque de pánico, sería capaz de embarrarnos para no irse solo al hoyo cuando vinieran a buscarlo.

No quedó de otra más que hablar de dinero. Como siempre, mi madrina se encargó de negociar. Cuando el gerente nos preguntó cómo le íbamos a hacer, yo salté y le dije que ese era nuestro pedo y que él sólo se encargara de que al final del día tuviéramos nuestra lana.

Mi madrina y yo caminamos en silencio hasta la suite. Ella iba empujando su carrito con los enseres de limpieza y yo llevaba los overoles. Cuando estuvimos frente a la puerta jalamos aire y metimos la tarjeta. La luz se puso verde y entramos. Mi madrina volvió a poner la tarjeta en el control principal y se prendió el clima. Nos llegó un tufo raro, como cuando dura un perro encerrado mucho tiempo en una casa.

El desmadre era el habitual. Había botellas de whisky y bolsas con residuos de coca, jeringas, condones, botanas regadas en el piso. Eso era nada más en la sala de estar. Más allá, el colchón estaba fuera de su lugar, manchado de comida.

Cuando lo levantamos descubrimos a la primera muerta. La morra estaba boca abajo, nada más traía puesta una tanga negra. Tenía la piel morena y debajo de ella había un vidrio roto. Era como si alguien la hubiera aventado a madres sobre la mesa. El gerente no nos dijo cuántas eran. Así que nos movimos para buscar a las demás. Descubrimos a otra del otro lado de la cama. Estaba completamente desnuda, era güera y tenía amarrado el cable de la lámpara en el cuello. Estaba morada y tenía las manos amarradas con una corbata.

Seguimos buscando, pero parecía no haber nada más. No estábamos preparados para ver lo que había en el baño. Ni mi madrina —que vio el cuerpo de su hijo destrozado por el toro Turbo— ni yo —que vi caer y reventarse la cabeza a un cabrón que quiso fugarse de la correccional— pudimos contener los chilaquiles del desayuno.

En el jacuzzi vacío estaba el cuerpo de otra morra. Yo le calculé unos veinte años. No tenía ojos y le amarraron las manos por la espalda. El piso del jacuzzi estaba completamente rojo. En uno de los extremos, junto al botón que activa las burbujas, había una cuchara llena de sangre y a un ladito los dos ojos de la chava.

Mi madrina no pudo evitarlo: “Jijos de su reputa madre”. Yo le hice segunda con el pensamiento. También le cortaron la lengua, los dedos y le rebanaron un pecho. “Estos cabrones se ensañaron”. Luego de contemplar unos minutos el cuadro nos entró el apuro de ver qué chingaos íbamos a hacer para sacar los cuerpos sin que nadie se diera cuenta.

Regresamos a la sala de estar y nos sentamos en el sillón.

—No sabes qué bien me vendría un trago o un cigarro —dijo mi madrina.

—No, madrina, pérese, qué trai. Orita no es momento de recaer, mejor vamos viendo qué hacer con las muertitas —le señalé.

Así duramos un rato, cuando de pronto, mi madrina se levantó como si le hubieran puesto un cuete en el trasero. “¡Ya sé!”, gritó bien prendida. Y mientras me explicaba, la piel se me ponía chinita. Su mente estuvo trabajando a madres en lo que estábamos sentados. Yo la veía hablar y no creía que aquella señora chaparrita con facha de mamá querendona, estuviera diciendo que las íbamos a hacer cachos, enredar las partes en plástico para empacar carnes y sacarlas en su carrito del servicio para quemarlas en la caldera del sótano.

Tuve que ir al cuarto de herramientas por el arco y la segueta, y a la cocina por plástico para empacar. La orden de mi madrina fue apurarle porque ya se nos había ido casi media mañana. Salí al pasillo y me hice muy pendejo. No le hablé a nadie. Traté de actuar como siempre, pero la imagen de las morras muertas seguía en mi cabeza.

Cuando regresé, mi madrina ya había juntado los tres cuerpos en el jacuzzi. Estaba chaparrita pero fuerte, acostumbrada a las perrizas. Así que juntar tres cadáveres no le costó mucho trabajo. El pedo fue cuando me dijo que yo cortara a la primera morra a la altura de las corvas.

—Pérese, madrina, con todo respeto, pero… no mame, ¿a poco yo?

—¿Luego quién, pues? No seas marica, ya están muertas —me dijo con una determinación cabrona—, ya no sienten. Aparte, tú no las mataste.

Sentí cuando la segueta mordió la carne de la morena. Yo estaba sudando y pensé que iba a cagarme en cualquier momento. Pero mi madrina puso su mano encima de la mía para empuñar juntos el arco. Me miró a los ojos y pude ver en éstos la calma y los huevos que necesitaba para terminar lo que estaba iniciando.

Conforme yo cortaba piernas, brazos y cabezas, Lucita, la alcohólica rehabilitada, la comadre más fiera del barrio, envolvía las partes en plástico. No dijimos nada; los dos sudábamos. Acomodamos a las tres mujeres hechas rompecabezas en la sala, los pedazos apilados, bien apretados con el plástico para que no chorrearan.

Mi madrina dijo que aguantáramos hasta a la hora de la comida, cuando casi todos estaban en el comedor, para poder echar los viajes necesarios. Mientras se llegaba la hora de echar las vueltas nos pusimos a limpiar todo. Era como si estuviéramos reconstruyendo la fiesta del narcojunior y sus cuates.

—Lo más seguro es que hayan engatusado a las muchachitas —dijo mi madrina mientras fregaba el piso con harto cloro y detergente—, y se dejaron deslumbrar por el billete.

—Es que la lana es la lana, madrina.

—Sí, ya sé, pero hay formas chingao, hay maneras.

—¿Qué tal que ellas le hallaron por aquí?

—No, ni madre. Las embobaron y les dieron con todo. Sabe Dios qué les hayan prometido, pero pues ya estuvo que se quedaron en el camino.

A mi madrina también le daba por filosofar. Ella misma decía que no necesitaba leer tanto pinche libro para saber lo que uno debía hacer en la vida: “basta con pararse en una calle y saber pa’ donde te guía el corazón y a darle, aunque sea como los rinocerontes, derecho y a lo pendejo”.

Dejamos todo bien limpio. Sin rastro de que algo hubiera sucedido ahí. Me asustó comprobar la facilidad con la que se borran tantas chingaderas. También pensé en las morras y sentí gacho al meterlas hechas pedazos en la caldera. Cuando quemamos los overoles, mi madrina me dijo que hiciera de tripas corazón y repitió que nosotros no las habíamos matado.

Volvió a ponerse filosófica: “a lo mejor nos tocaba a nosotros hacer esto, sólo Dios sabe. Yo preferiría vivir pensando que mi hijo está vivo a aceptar que ese méndigo toro me lo mató. Así las mamás de estas chamacas, es mejor que piensen que andan por ahí perdidas y no que las vayan a reconocer a la plancha así como las dejaron estos cabrones.”

El gerente nos pagó lo acordado y no se cansó de agradecernos. Cómo no. Si ahora no sólo habíamos salvado el prestigio del hotel sino también su pellejo. Nos dijo que los escoltas del narcojunior le habían hablado por teléfono para recordarle que se deshiciera de la bronca sin hacer pedo, porque ya sabían donde vivía y que tenía esposa e hijos. Por un momento me sentí héroe y que mi vida valía la pena desde que salí de la correccional.

Ya era de noche cuando mi madrina y yo salimos de la chamba. Antes de agarrar la ruta que nos llevaba al barrio, compré un pollo rostizado para que cenara mi jefa. Aunque el camión venía casi vacío, nos sentamos mero atrás.

Camino a casa, mi madrina me aventó un choro sobre lo que vale la pena en la vida y cosas así. La neta no le puse mucha atención. Pensaba en las morras y en lo que les habían hecho los pasados de lanza que se las chingaron. También traía en la cabeza lo que les hicimos nosotros. Yo creo que mi madrina lo notó, porque me dio un madrazo que me acomodó los pensamientos y repitió: “tú no fuiste, entiende; tú hiciste tu trabajo y hay trabajos tan gachos que hasta te pagan por hacerlos”.

Ella se bajó antes y aunque era el camino diario, me pareció la cuadra más larga de mi vida. Las manos me temblaban. Pero en cuanto vi mi casa, el malestar y el dolor de panza se hicieron más leves. Pensé en mi jefecita y en mi jefe y me reí. Pensé en mi madrina, en lo que dijo y bajé del camión sin recoger el cambio.

Al abrir la puerta, me recibió mi jefa con una sonrisota. Me preguntó cómo me había ido y no le mentí: le dije que bien y me toqué la bolsa del pantalón. Le serví un muslo y una pechuga de pollo en un plato. Se lo puse guapo con verdura y papas, y le llevé la cena hasta el sillón para sentarme junto a ella.

Cenó con un chingo de gusto mientras veía su telenovela. La acompañé un rato, pero me fui a acostar en los primeros comerciales; estaba cansado. Antes, le di un beso en la frente y ella me dio su bendición como siempre. Ya en la cama pensé en lo que me dijo mi madrina en el camión, eso de que uno logra dormir de verdad y en paz cuando tiene la satisfacción de haberse ganado la vida honradamente.

 


Autores
(Zacatecas, 1977) es autor del volumen de cuentos El refugio del hurón. Publicó relatos, ensayos, reseñas y crónicas en Cine Premiere, Replicante, Tierra Adentro, La Cabeza del Moro y Ficticia. Su segundo libro de relatos, Servicio al cuarto, está próximo a publicarse. Le gusta el queso añejo, el sarcasmo, el frío y cruzar el mar de la burocracia nadando de muertito.

El novelista chileno Pablo Simonetti (Santiago de Chile, 1961) estuvo hace unos días en la Ciudad de México para hablar sobre su novela más reciente: La soberbia juventud y pudimos platicar con él sobre esta novela y otros temas alrededor de ella. Este es un fragmento de una conversación que se extendió más tiempo del permitido e incluso después de que puse stop en la aplicación del iPhone.

Sergio Téllez-Pon (STP): Según el boletín de prensa, esta novela es la más autobiográfica que has escrito hasta el momento, ¿por qué esperar hasta tu cuarta novela para abordar el tema de la homosexualidad cuando otros escritores lo hacen desde su primera obra?

Pablo Simonetti (PS): Lo que pasa es que eso salió de un mal entendido con un periodista al que le dije: “Alguien podría pensar que esta es mi novela más autobiográfica por el mundo en que se trata, por los personajes, pero si alguien me conoce muy de cerca se daría cuenta de que no es así, que es ficción”. Ahora, todas mis historias tienen un contenido que podríamos llamar de autoficción y, por lo tanto, raíces autobiográficas clarísimas. En este caso ocurrió que me tocó vivir muy de cerca un amor apasionado, loco y desesperado como el que vive Camilo por Felipe. No sé cómo decírtelo… podría hacer un símil: si fuera una célula, el núcleo de la novela son conflictos que me han tocado vivir de cerca; la membrana sociocultural también es una membrana que me ha tocado conocer; todo el plasma celular es invención y salida de la pura imaginación.

STP: Eres un twittero muy activo y desde esa red social defiendes las causas de los gays y eres una especie de vocero de la organización Iguales, pero en La soberbia juventud hay un mundo opuesto (el Opus Dei, el catolicismo, la familia, el personaje de la madre castrante). Tú me corregirás, pero me hace pensar que toda esa derecha es una herencia de la dictadura pinochetista…

PS: Creo que la dictadura que ha postergado a la diversidad sexual y que hasta el día de hoy intenta marginarla es la de la Iglesia católica y no la de Pinochet. Te lo digo por lo siguiente: la dictadura de Pinochet sí tuvo para el país un efecto nocivo respecto a los papeles de género, la dictadura impuso un modelo de género en el que el hombre tenía el poder, la mujer era la que hacía las labores domésticas, el hombre usaba el pelo corto y la mujer usaba falda. Hay una imagen muy ilustrativa después de la dictadura que a mí me tocó presenciar en que a los hombres que usaban el pelo largo en la calle los militares los detenían y se los cortaban con las tijeras, y a las mujeres que usaban pantalones también se los cortaban con las tijeras. Esa idea que es muy militar, podríamos decir, de la familia militar: el militar aguerrido y dispuesto al riesgo, y la mujer que acoge al héroe, una cosa así… Todo eso sí permeó mucho a la sociedad y atrasó enormemente el avance en los derechos de las mujeres, en ese sentido, vivimos una época oscura para las mujeres y, desde luego, para la diversidad sexual porque en este modelo binario de género la diversidad sexual sencillamente no tenía cabida. Pero no hubo una persecución exclusiva u orientada a la diversidad sexual, la persecución fue política y le pegó por igual a heterosexuales, mujeres, homosexuales: la represión o tortura fue contra, comillas, los comunistas, y quien cayera dentro de esa denominación burda era perseguido.

Te lo digo porque hasta hace poco la izquierda chilena fue también muy homofóbica. Hay declaraciones lamentables del presidente del Partido Socialista hasta hace tres años atrás. Como puedes ver, la discriminación contra la homosexualidad es bastante transversal. En el Partido Socialista de los once diputados que se eligieron en las elecciones de noviembre pasado, sólo tres están a favor del matrimonio igualitario y ocho en contra.

La dictadura que sí cayó y que ha permitido que en estos cuatro años haya un avance tan vertiginoso en los derechos de las minorías sexuales fueron los abusos sexuales dentro de la Iglesia. La Iglesia en Chile tuvo mucho poder a propósito de la defensa que hizo de los derechos humanos durante la dictadura, eso le permitió conservar un poder simbólico muy alto, a diferencia de la Iglesia argentina que fue tibia respecto al atropello de los derechos humanos así que cuando regresó la democracia ésta sencillamente forma parte del poder. Al mismo tiempo ha aparecido otro poder que es el de las iglesias evangélicas que han trabajado con las clases populares y hoy en día algo así como el 18% de los chilenos son evangélicos, el problema con ellos es que sí son muy integristas y su discurso es muchísimo más básico, hablan de abominación, de bestialidad… Y muchos congresistas se asustan por la captación de votos.

Y volviendo a la novela, por eso para mí más que la herencia de la dictadura, la herencia que la novela enfrenta es la religiosa, por eso el Opus Dei, y la idea de que la familia es un matrimonio entre un hombre y una mujer y los hijos que nacen de ella. Una idea que todavía es perniciosamente tentadora para los conservadores y hace que la diversidad de las familias no sea reconocida y, peor aún, que es lo que le pasa al protagonista, que la diversidad sexual al interior de la familia no sea aceptada.

STP: O que sea aceptada de manera hipócrita, velada…

PS: Exacto, en un segundo plano. Incluso la idea de que el otro se va a condenar, de que va a ser infeliz. Lo que apunto en esta novela es que en Chile seguimos con la idea, que viene desde la fundación de la república, de que somos una sociedad uniforme y de que la familia es uniforme, nosotros tenemos que quebrar con eso, tenemos que ser capaces de penetrar con la idea de diversidad hasta el interior de la familia, y además, a través de la familia, porque todas las familias son diversas, y dentro de éstas no permitir que los padres sofoquen la identidad de sus hijos. Creo que tenemos que ser capaces de aceptar que somos una sociedad multicultural, plurireligiosa y diversa.

STP: Entonces más que considerar tu novela como autobiográfica, ¿la definirías como una pequeña muestra del universo de lo que es la actual sociedad chilena?

PS: Lo que pasa es un cierto universo. Es el universo de esta franja conservadora que aún cruza las clases, con su sueño de uniformidad, la convivencia y que tiene una presencia constante porque se ampara en estas instituciones que son tan caras para todos nosotros. Es como si uno dijera que es gay y tu enemigo es la familia, lo cual no tiene ningún sentido.

STP: ¿Qué autores gays has leído y te han influido? En Chile tienen a D’Halmar, a Donoso…

PS: O Lemebel, a Luis Buyer… Lo que pasa es que en Chile no se puede hacer un arco de la mirada en la literatura gay. Pensemos en novelas que tienen personajes abiertamente gays: El lugar sin límites, de Donoso, en una novela que quizá no tuvo tan amplia difusión pero fue una novela muy brava, muy valiente, que se publicó en Barcelona en 1981, Frente a un hombre armado, y por último Tengo miedo torero, de Lemebel.

La primeras dos fueron publicadas fuera de Chile y todavía responden al mundo latifundista, a esa otra dictadura que fue el latifundio en Chile, y cómo ese latifundio tenía una idea binaria de la sexualidad entonces los personajes, tanto la Manuela y el personaje de Frente a un hombre armado, tienen una cosa que cuando se enfrentan a su homosexualidad son sometidos como mujeres, por decirlo de alguna manera. Y Pedro Lemebel con Tengo miedo torero abandona el tema latifundista pero todavía tiene esta idea binaria de hombre/mujer, como que el protagonista es la mujer del guerrillero…

STP: Del muchacho rebelde…

PS: Y además está muy presente, y ese es el gran aporte de Lemebel a la literatura, la marginalidad; es un personaje que está marginalizado, postergado, y a través de él Lemebel habla de todas las formas de marginalización que se ejercen y todas las formas de vida marginal que se experimentan. Entonces, lo que trato de hacer en mi novela es poner al personaje gay en el centro del poder: él es un hombre que está en medio de la clase alta, del dinero, de los contactos, de las redes, él puede participar del gobierno de Piñera. Esto es algo que, dadas las condiciones socioculturales que se vivían, no se habían contado antes porque recién ahora eso es posible y la novela da cuenta un poco del progreso que ha tenido el tema en ese sentido.

STP: Finalmente, me gustaría preguntarte qué opinión tienes sobre la clasificación de “literatura gay”.

PS: A mí me parece que todo escritor, es decir, los que me interesan, los que yo valoro, son los escritores que escriben desde su identidad. Los escritores que tratan de ocultar sus señas identitarias por completo y usan fórmulas al final no me terminan de interesar. Pero, muchas veces los hay y los vemos en el género policial, nos interesan, más que por el género, esos escritores que acaban permeando de manera más intensa su obra. Entonces esa identidad está allí y me parece que uno es un escritor gay, como es un escritor chileno, hombre… y todas las señas de identidad que son parte y que me constituyen. Lo que no me gustaría es que me metieran en un cajón y ese cajón sirviera para encerrarme, tal como ocurrió con las mujeres cuando empezaron a salir al ruedo literario.

Yo creo que hay elementos comunes en los escritores gays que permiten hablar de una cierta literatura, pero eso no hace que sea una literatura de nicho, sino que mientras más particular somos en nuestra escritura más universales nos volvemos. La mejor manera de dejar de ser universal sería que yo intentara escribir novelas en las que mi identidad estuviera ausente.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.
Imagen de portada de El cazador de grietas, de Luigi Amara (finalista del Premio Anagrama de Ensayo)

En la redacción de Tierra Adentro nos da gusto anunciar que el día de hoy se dio la noticia de que Sergio González Rodríguez (Distrito Federal, 1956) ganó el Premio Anagrama de Ensayo 2014. El galardón, que reconoce cada año desde 1973 a un libro de ensayos de tema libre, consiste en la publicación del título bajo el sello de Anagrama, además de 8 mil euros.

En esta ocasión, el fallo fue para Campo de guerra, presentado bajo el seudónimo El Becario, un análisis de la tendencia geopolítica encabezada por Estados Unidos y que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ha impuesto control y vigilancia. Así, González Rodríguez competa una trilogía dedicada al estudio de situaciones violentas, que comenzó con Huesos en el desierto (2002) y El hombre sin cabeza (2009).

Una de las peculiaridades de los Premios Anagarama es que también se da a conocer al finalista, que esta vez le tocó al, también mexicano, Luigi Amara. Extendemos una felicitación y un saludo al autor de El cazador de grietas (FETA, Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998), quien obtuvo el honor con Historia descabellada de la peluca.

El jurado del Premio Anagrama de Ensayo estuvo compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y Jorge Herralde.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

En este cómic, Alejandra Espino creó una historia cuya figura principal encarna el comportamiento de ciertos autores engreídos y pusilánimes, con todo y lo que suelen decir, la actitud sobrada y el manifiesto deseo por hacerse de su propia artist-wife. La idea es presentar otra clase de protagonista: “Me gusta ver a los personajes femeninos con defectos. Me gusta que existan todos los modelos femeninos posibles, con todo y las cosas insoportables”.

TA-Cómic-Rapsodas-AE (1)
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Autores
nació en la Ciudad de México, en 1979. Historiadora del arte y artista visual. El cómic ha sido siempre su principal herramienta de creación e inspiración. Becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA durante el periodo 201-2013, como parte de la primera generación de la disciplina de Narrativa Gráfica. Actualmente trabaja en su primer proyecto de novela gráfica.

Mañana sábado, 5 de abril, en la Galería Arte Hoy se inaugurará la exposición Artistas que dibujan el aire, en ella podremos ver la obra de una serie de artistas japoneses que residen en nuestro país.

Esta exposición refleja el impacto que las culturas Mesoamericanas, particularmente la olmeca, maya y azteca, han  tenido en estos artistas, y cómo su obra y estilo se vieron modificados. En estas piezas podremos ver una síntesis de la visión de la naturaleza y la cultura japonesa y mexicana.

Del mismo modo se presentará un texto-homenaje al maestro Kiyoshi Takahashi, quien desde 1958 comenzó una entrañable relación artística y académica con México. Dentro del legado que ha dejado en nuestro país encontramos la escultura Sol, realizada para la Ruta de la Amistad, de las Olimpiadas de 1968, y que podemos ver todavía en Periférico sur en el D.F.

Miho Hagino, artista y curadora de Artistas que dibujan el aire, explica: “El espacio y tiempo junto a la luz que cambia en el trascurrir de cada segundo nos induce a la profundidad de cada pieza. Cuando uno fija la mirada en estos trabajos no debe olvidar descubrir y sentir el aire que posee cada obra”.

También participan en esta exposición tres distinguidos escultores: el maestro Kiyoto Ota, Hiroyuki Okumura y Masafumi Hosumi, que viven, estos dos últimos respectivamente, en Xalapa y San Cristóbal de las Casas. Por su parte, los pintores Kunio Iezumi, Katsumi Kurosaki, Natsumi Baba y Maho Maeda, mostrarán algunas de sus piezas. Terumi Moriyama, de Aguascalientes, participa con grabados que cohesionan tradiciones de la cultura japonesa-mexicana. Y Miho Hagino presentará su obra fotográfica de decisiva expresividad.

El interés e impulso de estos jóvenes artistas por un entorno y culturas tan alejadas de su país, tienen que ver con la exposición Mekishikodijutsu-ten (Exposición de Arte Mexicano) que tuvo lugar en el Museo Nacional de Tokio en 1955, la cual suscitó en los espectadores japoneses interés por México y sus culturas prehispánicas. Esta exposición es una invitación al público mexicano, pero también para el público proveniente de otras latitudes para mirar y descubrirse a partir de la mirada del otro, de un otro que en apariencia está muy lejano a él.

 

La exposición estará abierta al público de lunes a viernes de 10:00 a 18:00 horas, y los sábados de 11:00 a 14:00 horas, durante los meses de abril, mayo y junio de 2014. La galería está ubicada en Presidente Carranza 176, Coyoacán.

Para mayores informes visitar la página de Arte Hoy Galería.


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