Tierra Adentro

Existen diferentes motivos para atreverse a un exilio voluntario, la mayoría de los casos tienen a la política de fondo, seguida por motivos existenciales y de búsqueda de identidad. No falta quien en la lejanía busca afirmar su personalidad y creencias. Luego vendrían las causas amorosas, pues también hay quien deja su tierra para separarse de una pasión malograda. Tal es el contexto general, por ello resulta muy peculiar el caso de esta artista chilena de la que hoy les hablaré, la cual dejó su país con la idea de ejercer a plenitud su profesión y realizarse.

Dicha historia cobra fuerza al tener en cuenta que esta mujer procede de una familia en la que el padre era compositor, y quien a pesar de estar relacionado con el oficio ―o quizá por ello mismo― se opuso radicalmente a que su hija incursionara en el ramo. Al interior de su núcleo íntimo se gestó un ambiente de desaprobación con cada una de las acciones emprendidas por la joven, nacida en Concepción en 1988 y crecida en distintos poblados de la provincia.

Ella cuenta que no le quedó más remedio que cambiar de aires, quemar las naves y marcharse a Europa, donde terminó asentándose en Valencia, España. Un acto valiente que contrasta con la timidez que suele mostrar antes los medios y que también era evidente en su primer disco muy afortunado. En Wild fishing (2012) dejó en claro que lo suyo es la tradición del blues, a  veces más distorsionado, a veces apegado a las raíces, pero en el que destaca un registro grave de voz que le aporta gran profundidad y fuerza.

Las apreciaciones más inmediatas la vinculan con la P. J. Harvey más aferrada a lo medular, como en Let England Shake, pero escuchando con atención apreciaremos que esta joven va levantando polvo por una senda por la que ya transitaron mujeres huidizas como Marianne Faithfull, Stevie Nicks y Lucinda Williams. También, por aquellos lares había otras chicas con intenciones similares, como Maika Makovski y Ainara LeGardon.

El halo que Soledad se ha construido es oscuro y denso; en el escenario encontramos a una fémina atribulada que se pertrecha detrás de un vozarrón y que no evita dejar ir historias confesionales maquilladas con letras abstractas. Lo mismo hace cuando atiende a los medios. Aunque no tiene reparos al momento de hablar de su familia ―con la que actualmente se reconcilió, después de 5 años―. A ella le aplica aquello de: se perdona pero no se olvida. “Me dieron la espalda. Me dijeron que si iba a dedicarme a la música no me apoyarían de ninguna forma. Intentaron convencerme de que no me fuera, de que era una locura”.

Y al parecer tiene ganas de ganarlo todo en un breve tiempo. Apenas se tardó unos cuantos meses en presentar un segundo disco. Run With Wolves (Absolute Beginners, 2013). La fuerza obtenida de la perseverancia profesional y la vivencia de las mieles del amor de pareja (con el contrabajista Juan Iscla) nos han traído la confirmación de sus virtudes y buenas decisiones.

Admiradora de Billie Holliday y los compositores clásicos rusos, para su segunda incursión superó un problema con el sistema nervioso que la tuvo al borde del colapso y se dedicó a componer: sobre cosas que me han hecho sufrir muchísimo y necesitaba hacerlas: es como un  exorcismo”. Lo que queda expuesto desde la inicial “On fire”, de la que cuenta que escribió pensando en el estilo de Tom Waits, con quien se siente muy identificada.

Tanto su personalidad como su talento le han ganado a Vélez un lugar en la escena valenciana; tan es así que en la producción repite con Jesús de Santos, miembro de Polar, y en los controles del estudio Río Bravo a Xema Fuertes y Cayo Bellveser (que se reparten entre varios proyectos: Josh Rouse, Ciudadano, Refree, Maderita).

Juntos han dado con piezas estremecedoras como “Keep Walking” ―joya del álbum― en donde el blues-rock aflora con toda potencia y que luego contrasta con “How to Disappear”, en la que incorpora un ukelele ―va de los chispazos de electricidad al remanso más acústico.

Run With Wolves es un trabajo atractivo porque no carece de misterio y una belleza enigmática; su autora exhibe su capacidad como instrumentista ―toca guitarras, teclados y otros instrumentos― y entrega momentos notables como “I’ve Been Gone So Long” y “Milky Way”. Tenemos delante una obra hecha al alto contraste, ya que por un lado tenemos el físico de la cantante ―hermoso y aparentemente frágil―, y por el otro, su registro vocal cavernoso y la tensión entre oscuridad y luz de sus composiciones.

Son 12 canciones que no todas saben a ciudad; hay algunas para recorrer carreteras y otras que parecen propias para una pesadilla entre tupidas arboledas, ya que Soledad ha comentado: He vivido la mayor parte de mi vida en la naturaleza plena, en pueblos perdidos del bosque, ya sea en los Andes, en la playa o en la falda del volcán Antuco, y me siento más segura en sitios así que en la ciudad, donde vivo con un miedo constante”. Soledad Vélez es una cantante que no arredra para combatir sus temores y obstáculos; he aquí la oportunidad de acompañarla a lo largo de un periplo inquietante e intenso.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Ilustración por Amaranta Caballero.

¿Qué es pensar un espacio? ¿Cómo se transita mentalmente una región? ¿Cómo se vive un espacio transfronterizo?

El imaginario colectivo ¿se piensa entre dos ciudades o junto a una línea divisoria? ¿De qué lado? Muchas preguntas sugieren el hecho de vivir en una frontera (geográfica, política, económica y cultural). Estudios y estadísticas datan cantidades fluctuantes y precisas en relación al tema, pero ¿cuál es el mapa imaginario que los habitantes crean de acuerdo a sus hábitos cotidianos?

Vivir en la frontera norte de México implica pensar consecutivamente, además de los aspectos de clase socio-económica, en aspectos relacionados con la identidad legal, localización de vivienda, tiempo de estancia en la región, seguridad, movilidad o inmovilidad, redes familiares, redes de trabajo –en y entre las regiones–. En un escenario como éste, observar los mapas mentales de algunos habitantes permite conocer cómo la idea o el concepto de lo transfronterizo se expande, se retrae, se mezcla o se asume incluso como una continuidad sin fronteras.

Pensar la frontera desde la perspectiva de hogar, trabajo, aspiraciones, sueños, límites, separaciones, obstáculos e interacciones es parte de la redefinición del término a partir de las personas que experimentan las fronteras como lugares de cambio y que continúan transformando sus diversos significados.

Dentro de esos esquemas, para esta ocasión, presento algunos de los mapas urbano-fronterizos recopilados en la plaquette titulada: Pájaro: Boek she: Book-she: Libro ella, en ellos podemos concebir cómo las personas imaginan, piensan y trazan la imagen de la frontera dentro de sus actividades cotidianas. El planteamiento fue: “Dibuje un mapa trazando sus recorridos habituales marcando la línea fronteriza.” En algunos casos, la última parte de la indicación no se ve, por lo cual puede leerse e interpretarse el hecho de que las personas transfronterizas asumen e incluyen este factor como parte de su mapa mental sin tener que trazarlo.

Este documento recupera también una serie anónima de voces, incluida como “ecos” más que un registro oficial; y fue realizado a la par del trabajo de campo de Kolar Aparna, estudiante de doctorado de la Universidad de Radbound. Reúne, así mismo, frases de algunas voces fronterizas que viven en la región Tijuana-San Diego.

Aparna comenta al respecto: Las fronteras son lugares de raíces y apegos, de rutas-movimientos-vuelos. Dedico este trabajo a la gente-pájara de frontera, con su capacidad interminable de auto-organización, de imaginación que no se limita por rejas o paredes, siempre vuela.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

 

Voces anónimas por Amaranta Caballero.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.

Elssie Ansareo y Yaen Tijerina son dos fotógrafas mexicanas contemporáneas que, sin embargo, forjaron su educación y carrera artística en entornos muy distintos: la primera en Bilbao, la segunda entre la Ciudad de México y Minatitlán, Veracruz. Cada una comparte aquí un testimonio que revela lo que no las une a primera vista: ambas han desafiado las expectativas de los otros, ambas notan la demeritación del trabajo de las mujeres en sus respectivos entornos. Y las dos están construyendo una trilogía fotográfica propia que desea satisfacer sus búsquedas más personales. 

Elssie Ansareo: Las catástrofes elementales

Cuando llegué a Bilbao en 1997, los programas de intercambio intraeuropeos a nivel licenciatura funcionaban muy bien, pero apenas existía conexión ya no digamos con América, sino con el resto del mundo. En la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco había 4 extranjeros: 2 de México, un peruano y una sueca. Parece un chiste, pero es verdad. En España no se había dado aún la llegada masiva de inmigrantes y resultábamos muy exóticos, pero de forma positiva. Aún hoy sigo escuchando: “¡Qué gracia! ¿Mexicana? ¡No lo pareces!”. Ese pivotar entre el ser y parecer me sigue pareciendo increíble.

Reproduzco una conversación real:

Yo- ¡Hola! Soy Elssie.

M- ¡Hola! Soy M.

P- Elssie es mexicana.

M- ¿Ah sí? ¡Cántame una canción!

Yo- (con cara de perplejidad) ¿Perdón?

El estereotipo en la era de los tags.

Sé que siempre se espera algo de mí al ser mujer, extranjera y artista, algo objetual que deriva del hecho fundamental de ser mujer. Incluso ese objeto puede ser la naturalidad: tener que ser “yo misma”, ser “auténtica”. Hay ciertas expectativas respecto a mi imagen, mi lenguaje corporal y, en lo relativo a la profesión, a que trate el tema del género en mi obra, la política o el feminismo de una manera muy concreta. Claro que hay otras discriminaciones en muchos sentidos, de las que nadie escapa. Tampoco los varones.

Pero justo esta mañana he leído que la presencia de mujeres españolas en ARCO Madrid descendió del 7% que tuvo en el 2010 al 4.4 % en la edición 2013[1]… No es ninguna sorpresa: es coherente con el retroceso de las políticas sociales en este país. Razón de más para seguir trabajando como mujer, extranjera y artista.

Actualmente estoy desarrollando la serie “El Nudo”, segunda parte de una trilogía que lleva por título Las catástrofes elementales. La primera parte de Las catástrofes… es “El Observatorio”, una reflexión entre escena y espectador a través de imágenes con tendencia barroca y teatral que pretenden inquietar al espectador. En ella dejé de lado las cuestiones relativas a la tensión del espectador para concentrarme en la obra en sí y mostrar esa sensación trasladada a la imagen en su aspecto más formal. El trabajo se mueve en el terreno del dolor que el individuo refleja, representadas a través de una serie de cuerpos en tensión extraídos de la patología femenina por antonomasia del siglo XIX, la histeria, como si formasen parte del storyboard de un vademécum.

Fotografié a varios hombres en la misma postura: el conocido arco de la histeria, en escorzo, como si un escalofrío recorriera sus cuerpos. En una formalización que busca lindar con la idea de archivo, el trabajo no se compone exclusivamente de mis fotografías, Les añadí textos e imágenes recogidas de muy diversos modos para emular a la figura de la vitrina y remitir a las categorizaciones, a los expositorios de los museos de ciencias naturales. Así, esta primera fase del proyecto culminó con la edición de un libro de artista, El Observatorio, que forma parte de la Colección Beste de la Productora de Arte Consonni y que recientemente presenté tanto en España como en México.

La segunda entrega de Las catástrofes elementales lleva por título “El Nudo”. Esta parte tiene como centro los procesos de psicosomatización de los conflictos, las emociones y su resolución, todo lo que se manifiesta en los órganos blandos, en las vísceras, en los músculos: el nudo en la garganta, el nudo en el estómago… Para ello estoy recopilando frases relativas al repudio, el miedo, y el asco, sentencias que una persona haya dicho a otra, para citarlas en este trabajo.

Esta segunda parte viene directamente de la noción de histéresis: “un momento de cambio en el que el comportamiento se invierte y no vuelve a su situación inicial”. Es la transición a otro estado. Representa el punto que va del control al descontrol: el lugar del conflicto.

Yaen Tijerina:  Los viajes de la aprendiz

La imagen que describe a la bruja Baba Yaga de los cuentos explota la imaginación de cualquiera: una anciana volando dentro de un mortero, que habita una casa con patas de gallo y tiene a su servicio extraños seres que parecen surgir de un sueño siniestro. No sólo detonó mi asombro, también despertó un recuerdo antiguo que, luego descubriría a través de los libros, era un arquetipo, la esencia misma de la Mujer Salvaje de la que habló Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos[2], un volumen valioso para varias generaciones de mujeres, pero normalmente relegado al estante de los best-sellers. Con todo y que existe una escuela junguiana que lo respalda, para algunos el “arquetipo de la Mujer Salvaje” es un conjunto de palabras de mal gusto, casi una blasfemia.

Antes de entender la complejidad de Baba Yaga, yo no comprendía la supuesta maldad del personaje. Una anciana que vive en medio del bosque, fuerte e independiente, ¿por qué habría de ser maligna? Descubrí que su condena surge de la denostación cultural hacia cualquier arquetipo de naturaleza femenina.

La decapitación de la antigua deidad tripartita Medha (Medusa para los griegos) no es casual: exitosamente, hemos construido una cultura sobre los huesos mutilados de las diosas para que nos gobierne un omnipotente dios patriarcal. No es de extrañar que las estructuras que nos rigen posean una visión parcial, alejada de los ciclos de la vida, androcéntrica, que declara la superioridad del sexo masculino y utiliza al lenguaje como un método efectivo para invisibilizar a las mujeres. No mentía Orwell al hacer hincapié en 1984 que el lenguaje era un medio de control del pensamiento capaz de destruir al individuo.

Cuando era estudiante de Artes Visuales descubrí que existían tabúes no escritos que te orillaban a la exclusión del gremio de una forma u otra. Uno de ellos era escoger un tema de obra demasiadopersonal, que ahondara en lo metafísico o, –más penado aún– que tu obra tuviera un carácter femenino involuntario, una manera errónea de referirse a lo pusilánime. Eran un conjunto de precauciones contra el suicido profesional, pues ¿quién con sentido común buscaría ser el blanco de la anulación, a sabiendas de la degradación cultural de lo femenino?

Si era ineludible abordar un tema femenino, para llevarlo a cabo dignamente tenía que ser más burlona que contestataria, más violenta que sutil, esgrimir un discurso estrictamente racional y solemne, borrar cualquier vestigio sentimental (típica característica “femenina”) para no demeritar la seriedad de la obra. La cosificación femenina era otra opción, como bien ha demostrado la publicidad a lo largo de los años y su uso indiscriminado de desnudos per se. Recuerdo que incluso un maestro señaló mis someros bocetos en pintura para indicar que más allá de la falta de técnica de una principiante, el trabajo carecía de valor porque parecía hecho por una mujer, por pecar de cursi. Su falta de vocación pedagógica le impidió sugerir que mi tipo de trabajo tenía más cabida en el campo de la ilustración que en la pintura. Me habría ahorrado muchos años de complejo de género gratuito.

Sentí que estaba condenada a sepultar mis verdaderas búsquedas con tal de convertirme en unartista seria. Al principio lo creí, pero también opté por la ruta de los aprendices herméticos, manteniendo en secreto el verdadero móvil de mi trabajo, sin entender porqué no podía sólo desarrollar una idea y aterrizarla por medio de una técnica y recursos formales sin que la etiqueta de creación con mirada femenina y fuera peyorativo. Hasta que pude detectar cómo la desigualdad de género estaba marcada por los grupos de poder.

Me cansé de tener que justificarme constantemente para ser valorada, de sentir miedo a caer en lo “estéticamente incorrecto”, de tener que alinearme a los estándares rebuscados, pseudo-formales y ultra-filosóficos empeñados en vestir con la imaginación a un emperador desnudo, y que parecen cumplir más con una estética fashion digerida que con una búsqueda honesta. Estaba harta de medirme bajo un esquema en el que llevaba las de perder, así que hice una pausa. ¿Por qué pedir permiso para pertenecer a un espacio que ya está ocupado? Opté por dejar de lado mis prejuicios de género y comencé a crear lo que ansiaba ver en el mundo.

Me nutrí con los universos de Ursula K. Le Guin, la claridad de Susan Sontag respecto a la fotografía, los gabinetes de curiosidades de Madeline von Foerster, los mil rostros de Cindy Sherman, la exploración del cuerpo de Francesca Woodman, y un sinfín de desconocidos retratados en tinotipos y daguerrotipos. Rescaté los temas que había relegado al clóset, como el Topus Uranus platónico, algunos códigos del hermetismo alquímico, la nostalgia crónica de la bilis negra, el embrujo de la infancia en la memoria, los estudios de Jung sobre los sueños, los símbolos primordiales y elinconsciente colectivo, lo que detonó el recuerdo de mi fascinación por los cuentos y la figura de Baba Yaga.

La idea de la Mujer Salvaje resonó como un recuerdo perdido. Descubrí que los arquetipos son unesquemas útiles para comprender la realidad, una experiencia primordial que nos vincula con la vida. Se convierten en guías infalibles para sortear los devenires de la existencia humana, que ha repetido desde su origen los mismos patrones de dudas y hallazgo. El aniquilamiento de los arquetipos femeninos afecta no sólo a las mujeres, sino a la salud de la psique humana en general.

La fotografía registró este exilio en busca de la libertad creativa. Ordené visualmente mi búsqueda en la trilogía Los viajes de la aprendiz para dejar pistas y símbolos encontrados tanto en espacios físicos como emocionales en lo que soy enteramente protagonista.

Las imágenes de la segunda parte, “El sueño de la bruja”, son el testimonio de la travesía emprendida para descifrar a la Humana de Niebla. Utilicé a las fotografías como experiencias capturadas y a la cámara como un testigo cómplice, ya que ella repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Evoqué técnicas fotográficas tradicionales (tinotipo, daguerrotipo) interpretadas digitalmente con el fin de recrear la sensación de estar frente a un testimonio antiguo, lejano, esa cualidad de registro fantástico. Las imágenes son el certificado de autenticidad de una travesía iniciática personal.

Sólo me resta imaginar hacia dónde se perfilaría la humanidad si le devolviéramos la cabeza a Medusa. Que tanto hombres como mujeres permitiéramos que esa parte escindida de nuestra psique lograra integrar los opuestos y detonar nuestro potencial humano hacia una verdadera transformación, con más voluntad de creación y contención de la violencia desbordada. Ignoro cuánto tiempo podría tomar, pero sé que podremos hacerlo mientras exista un atisbo de ese recuerdo primordial, aunque la humanidad aniquile a las diosas o borre de la historia a las poetas y sabias de la antigüedad.


[1] Se refiere a la Feria de Arte Contemporáneo más importante de España, llevada a cabo en Madrid. El informe se puede consultar en: http://www.m-arteyculturavisual.com/wp-content/uploads/2014/02/Informe-MAV.pdf

[2] Mujeres que corren con los lobos es una amplia recopilación e interpretación de relatos orales, leyendas y cuentos populares de distintos lugares del mundo, producto de alrededor de 25 años de trabajo de la doctora en psicología etnoclínica y psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés. Está publicado en español por Ediciones B.


Autores
(México D. F., 1979) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, donde también realizó los Cursos de Doctorado en Imagen Tecnológica. Obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados con el proyecto de investigación: “El autorretrato fotográfico aplicado a una práctica artística”. Ha recibido la beca Endesa para las Artes plásticas y ha conseguido galardones como los de la I Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Almería o el premio INJUVE de Artes Plásticas. Ha expuesto de manera individual en diversas ciudades españolas y en el Museo Guggenheim de Bilbao. Paralelamente a su trabajo creativo trabaja como docente en la Universidad de Deusto y diversos talleres, así como fotógrafa de reportaje de retrato y registro.
Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de
la UNAM. Y en talleres con fotógrafos como Antoine d’Agata y Germán Herrera. Es cofundadora del Colectivo Paráfrasis de fotografía, el cual recibió la beca IMJUVE
en 2005 para realizar una serie de exposiciones itinerantes en el sur del país.
Fue parte del equipo a cargo del Archivo Fotográfico Colección Carlos Monsiváis y Enrique Bostelmann, y miembro activo de la Revista M Museos de México y el Mundo.
Ha realizado diversas exposiciones de fotografía tanto en México como EU.
Desde 2007 trabaja de manera independiente en sus proyectos personales y dirige un despacho dedicado a la fotografía. Obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA en el 2013.
Diana Martín. “El mundo, mero escenario” Acuarela y tinta/Papel

El abismo que existe entre cómo lucen y qué hacen las mujeres en los medios y la forma en que habitan el mundo fuera de la pantalla evidencia un problema que necesita soluciones urgentes. Mujeres con poder de decisión trabajan para ofrecer alternativas a los estereotipos que vemos reforzados una y otra vez en estos espacios. Lilián López Camberos reflexiona acerca de esta necesaria reconstrucción de significado a través de lo pop.

Ahora mismo tengo conmigo la Vogue de febrero. Admiro en la portada la cara redonda, la camisa de bolas rojas, los ojos grandes –todo son redondeces explícitas– de Lena Dunham. El balazo principal reza:

Choose your

SPRING STYLE

73 Great Looks, From Bohemian Chic to Boy Shirts

El balazo que concierne a la entrevista de Dunham se sitúa en el extremo superior izquierdo, en letras blancas: Hey, Girl LENA DUNHAM The New Queen of Comedy.

¿Es extraño que Dunham salga en la portada de Vogue? Lo es, la misma editora, Anna Wintour, lo aclara en su carta editorial, desde la primera frase: “Algunos pensarán que Lena Dunham no es la típica chica de portada Vogue, y estarán en lo correcto; precisamente por eso es la más indicada para protagonizar nuestro número de febrero” (nota: nunca sabemos qué tiene de especial el número de febrero). Wintour enumera las razones “verdaderas” para su fichaje ―que es exitosa, que no sólo “ha ascendido a la fama sino a la conciencia cultural colectiva”, que tanto ella como Sarah Jessica Parker encarnan al Zeitgeist― y, aunque muchas frases se leen ensayadas o innecesariamente rimbombantes, encuentro cosas interesantes en algunas, como la afirmación de que los ejercicios de exhibición tan típicos de Dunham no provienen de un deseo deliberadamente provocador.

Más adelante, en la pieza escrita por Nathan Heller, Dunham es retratada en un día de filmación de Girls (la serie que ―se aclara― escribe, dirige y actúa), en eventos públicos, en la cotidianidad de su departamento en Brooklyn Heights. Inevitablemente llega la parte donde se cuestiona el tratamiento poco convencional de la sexualidad en Girls, “famosa por su naturalismo”, pero también, de forma curiosa, por los frecuentes desnudos de Dunham. El texto recuerda que no sólo sus formas han sido reveladas en el programa, sino también las de Becky Ann Backer, la actriz que interpreta a su madre, quien se lamenta cómicamente de que nadie le hubiera pedido que saliera topless en la televisión sino hasta ahora, pasados los cincuenta.

Ahí mismo se recuerda un capítulo controversial en el que el personaje de Lena Dunham, Hannah Horvath, se liga a un hombre guapo, más grande que ella, con el que pasa un par de días ―dentro del bonito bronwstone de él― sin compartir nada más que sexo: un auténtico encerrón que a algunos les parecería muy normal en una chava de 24 años, pero que en las audiencias despertó todas las alarmas de la inverosimilitud: ¿cómo era posible que él, tan guapo, tan casado en la vida real con una modelo, sin ninguna perversión sugerida en el delineado de su personaje, se fijara en ella?

 

Al iniciar un ensayo con la figura de Dunham me arriesgo a varios males: que mi ejemplo me limite (y me confunda, me distraiga y me lleve a ideas a las que no deseaba llegar), y que todo aquel que opine horriblemente de ella decida no leer más que lo anterior.

Sin embargo, la escojo a ella porque es tal vez la figura más visible del cambio de la representación femenina en los medios audiovisuales: no la única, no la mejor, no la más innovadora, simplemente la más obvia aunque también, como me gustaría demostrar más adelante, la más radical.

 

El estudio de las representaciones sociales es complejo y difícil de abordar aquí. El concepto nace con Durkheim, para quien representar significa “traer cosas a la mente”. Serge Moscovici, uno de sus teóricos fundamentales, encontró que la representación social tiene la función de transformar lo arbitrario en lo consensuado, es decir, las representaciones recogen aspectos de la realidad y les asignan significaciones. Dichas significaciones varían de acuerdo al sistema de valores que rige a la sociedad en la que la representación social es creada. Carlos Colina, en “De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, dice que las representaciones “moldean nuestras respuestas ante un determinado objeto pero también configuran nuestra percepción de dicho objeto. Lo que quiere decir que el objeto no es idéntico para los que no comparten su misma representación”.

La definición más simple de una representación social sería, según Abric, “el conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitudes al propósito de un objeto dado”. Este objeto puede ser, como indica en sus ejemplos, desde una autopista hasta las funciones de una enfermera. La representación, se repite aquí y allá en la teoría, no reproduce sino que re-produce. La idea, más que reflejar al objeto, lo produce de nuevo: la idea se vuelve objeto. Este conocimiento no es de carácter científico. Es el saber natural, empírico, social, modelado y rectificado por un amplio rango de circunstancias que van desde la tradición oral hasta la precisión del entorno que habita el sujeto. Éste no recibe pasivamente la representación: también la modifica y, de algún modo, reconstruye con ella la realidad.

 

Además de la Vogue, que anuncia en un balazo la SUPERBOWL PARTY de Kate Upton (no la conocía, pero ayer vi que alguien compartía en Facebook una explicación teórica de por qué a los hombres les gusta Upton mientras que las mujeres prefieren a Kate Moss), tengo también los Ensayos impertinentes de Jean Franco, publicados recientemente por Océano en colaboración con Debate feminista.

En uno de sus ensayos, “La incorporación de las mujeres. Una comparación entre narrativa popular mexicana y estadunidense”, Franco analiza el discurso contrapuesto de las novelas publicadas por la maquiladora de novelas románticas Harlequin y el de las historietas de El Libro Semanal, muy populares durante los años ochenta. Hay que tomar en cuenta que el ensayo fue publicado en 1996, cuando ambas formas de entretenimiento eran multitudinarias: El Libro Semanal tenía, por ejemplo, una tirada de entre 800 mil y un millón de ejemplares cada semana. Las que Franco llama “narrativas de la cultura de masas” se distinguen entre sí por el público al que van dirigidas: mientras que las novelas románticas le hablan a consumidoras potenciales (mujeres adineradas de ciudades grandes, grupos selectos de países tercermundistas), las historietas mexicanas apuntan sus dardos a mujeres integradas o en vías de integrarse a los niveles más bajos de la fuerza de trabajo. Hasta aquí, sobre todo para quien no conozca el finísimo trabajo de la humanista, parecería una división tajante y hasta arbitraria de dos productos distintos. Sin embargo, Franco es muy cuidadosa en sus intentos por explicarse el éxito de las ficciones románticas, que prometen, sí, una utopía que permite sustraerse del mundo, un mito con reglas inamovibles que conducen a un final satisfactorio, pero al analizarla como literatura de consumo masivo no distingue entre alta y baja cultura. Más bien, desde una sensibilidad marxista, Franco entiende que estas historias enfatizan “la adaptación incuestionada a una situación de abundancia” y el anhelo por obtener poder ―vaya, autonomía, un lugar legítimo― a través del contrato social.

Pese a que sabe que un ejemplo aislado es riesgoso, Franco cita la trama de una de las novelas más populares de Harlequin de entonces, Moon Witch, que narra el ascenso de la huérfana Sara al emporio textil que de pronto, en su lecho de muerte, su abuelo le hereda. “De este modo”, explica Franco, “Sara ya está incorporada desde el comienzo de la novela, lo que demuestra cómo, en el romance, el deseo de la mujer es canalizado antes de su nacimiento”. Entre el aprendizaje que obtiene del antiguo socio de su abuelo, quien le enseña modales y formas de navegar entre el elitismo corporativo, muy al estilo de un moderno “hado madrino”, y los enredos románticos con el hijo de éste, a quien toma por antipático y egoísta, Sara termina su odisea después de obtener su “verdadero lugar en la sociedad”: casada con la versión ochentera del señor Darcy. Es interesante lo que apunta Franco respecto a que, en la mayoría de estas novelas, la socialización no proviene de la madre sino que toda “programación social de importancia es dejada al hombre”.

Pienso ahora en Twilight (el vampiro rico, sofisticado, enamorado sin grandes motivos de una niña de 17 años), o en Fifty shades of Grey (un rico magnate, sadomasoquista, enamorado sin grandes motivos de una recién graduada de universidad), fenómenos comerciales que ilustran no sólo el enorme poder de la ficción romántica, sino los mecanismos narrativos apenas modificados entre una historia y otra. Su éxito se debe, según Franco, a que ponen en crisis el deseo de reconocimiento de las mujeres, “consecuencia directa de la posición devaluada que ocupan en la sociedad”, contra su deseo de amor individual.

Algo curioso sucede en El Libro Semanal, cuyo discurso podría confundirse por feminista cuando, en momentos inesperados, incita a la liberación sexual. Pero las moralejas, si las hay, son extrañas y no se desprenden de manera lógica de aquello que cuentan. Por lo general, sus argumentos se recogen de casos reales, de la nota roja y cartas de lectores, con abundancia de violencia y sexualidad explícitas. Su antecedente literario se encuentra en la novela naturalista, en contraste con los romances de Harlequin y similares, que beben de la caballeresca.

Franco exhibe, con el análisis de tramas (mujeres maltratadas que huyen de casa, mujeres adúlteras que tras el castigo “vuelven a las andadas”), las “diferentes estrategias narrativas cuando las mujeres son destinatarias en cuanto consumidoras, que cuando se las interpela como miembros potenciales de la fuerza laboral”.

Jean Franco rastrea los orígenes de la producción masiva de textos durante la reforma educativa de Vasconcelos. Con la caída del monopolio estatal en la producción de contenidos (consecuencia de la airosa entrada de México a la política neoliberal), el discurso de la Revolución entró en crisis, haciendo notoria la escisión entre aquella República ideal, modernizada, con la demoledora realidad de los mexicanos. Hay, acaso, una separación de la generación vieja, la “mala” ―responsable de la desviación que tomó el camino al progreso― de la generación “nueva”, que para sobrevivir deberá desprenderse del lastre que supone la familia. Y hay algo doloroso aquí: el recordatorio de la sociedad que “hace de la escasez el principal incentivo (para) la fuerza de trabajo”.

(Una suposición precipitada: el interés por lo sensacionalista parece haber sido desplazado, actualmente, por publicaciones como TvNotas, que dispensa unos dos millones de ejemplares cada mes y es una de las lecturas más consistentes del mercado editorial mexicano.)

La preferencia sobre cierta narrativa es reflejo de un momento histórico. Está el ejemplo demasiado obvio de la entrada masiva de las mujeres a las fábricas como consecuencia de la fuga laboral que trajeron consigo las dos guerras mundiales, y el advenimiento de Rosie The Riveter con su enfático We can do it! como símbolo de la mujer trabajadora (un símbolo ahora reapropiado por voluntades menos interesantes, pero esa es otra historia). También, el suave retorno del discurso del ama de casa como columna y eje central de la familia, y el posterior del “empoderamiento” (esa palabra que suena muy feo, pero que es necesaria) de la mujer: una nueva manera de llamarle a su profesionalización laboral. En resumen, una serie de discursos que cambian de acuerdo a las necesidades del mercado.

He citado ampliamente a Franco, una mujer de lucidez, inteligencia y compromiso precisos, pero no encuentro una manera mejor de terminar este apartado que con una de las frases finales de su ensayo: “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”.

 

Vi hace poco el documental Miss Representation, una producción de Girls’ Club Entertainment. Es interesante, es, incluso, entretenido. Trata sobre la “objetificación” (otra palabra fuerte, poco atractiva) de las mujeres en el cine, la televisión, el internet y la música, es decir, en los mass media. El discurso se construye con los siguientes elementos: imágenes que exhiben la representación femenina dominante en los medios gringos (escenas de Gossip Girl, de reality shows, de noticieros con presentadoras escotadas, de videos musicales); la opinión de personajes de la academia, de directivos de organizaciones civiles por la equidad y los derechos femeninos, de actrices y periodistas, y de estudiantes preparatorianos en lo que parece un focus group o taller de discusión; por último, de estadísticas y datos en frío que, sin conectarse de manera directa con aquello de lo que se habla, respaldan teóricamente la idea del documental. El hilo conductor lo lleva la reflexión de Jennifer Siebel Newsom, incipiente actriz y directora del documental, que expone su preocupación por la concepción del mundo que los medios transmiten a su hija, y a los jóvenes en general, en lo que toca a los conceptos de feminidad y masculinidad.

Algunas cifras: los adolescentes norteamericanos pasan 31 horas a la semana viendo televisión; 10 horas (me parece poco) en internet; 17 escuchando música, en resumen, más de 10 horas al día consumiendo entretenimiento. El documental inicia con una frase distintiva de la crítica cultural: el medio es el mensaje y el mensajero. Y otra, no tan original pero que encuentro veraz, sobre que entender los medios de comunicación significa enterarse de lo que está sucediendo en la sociedad (la gringa, en este caso).

Sólo 16% de las protagonistas de películas hollywoodenses son mujeres. Sólo 26% del segmento de mujeres que aparecen en la televisión tiene más de 40 años. Las estadísticas no producen análisis cualitativos, como se le ha querido atribuir al súbitamente popular test de Bechdel, pero funcionan como herramienta para medir un fenómeno cultural.

(Una refrescada de lo que dicho test clasifica: una película tendrá una representación femenina más eficaz si en ella aparecen: 1) más de dos mujeres, 2) hablando entre sí, 3) de algo que no sea un hombre).

El mensaje predominante en los medios masivos sitúa el aspecto físico como uno de los valores más altos a los que debe aspirar una mujer. Lucir bien es tener poder. El “empoderamiento” es más efectivo si, preferentemente, es sexual. La mujer fuerte se encarna, a menudo, con el estereotipo de la heroína ruda pero hiper-sexualizada (aparecen imágenes de Gatúbela, Elektra, Lara Croft; las opiniones de adolescentes que perciben el bombardeo de la silueta femenina lo suficientemente redonda, lo suficientemente delgada, como única forma de belleza aceptable; estadísticas que, por tramposas o aisladas que puedan ser, no dejan de apuntar a algo: el 65% de las adolescentes norteamericanas sufre trastornos alimenticios, una cifra que ha crecido entre 2000 y 2010; el gasto promedio en cosméticos y salones de belleza en Estados Unidos es de 12 a 15 000 dólares al año.)

Este argumento salta a otro mucho más agudo: la representación de las mujeres con poder verdadero (económico, político) en los medios de comunicación. Las constantes alusiones al físico de Hillary Clinton, de Sarah Palin (agreguemos: de Angela Merkel, de Cristina Fernández de Kirchner, de, ¡vamos!, Elba Esther Gordillo); la preponderancia del aspecto emocional en las descripciones y juicios respecto a ellas e incluso, si se permite el pecado de la subjetividad, el encasillamiento, la ridiculización, la condescendencia. En pocas palabras: la trivialización del poder femenino.

Un clip de Jay Leno donde presenta el juego: “Adivina si es presentadora de noticias o mesera de Hooters”. ¿Quién con conocimientos poco especializados del mundo de los negocios conoce los nombres de Indra Nooyi (presidente de Pepsi), Ursula Burns (presidente de Xerox), Andrea Jung (presidente de Avon)? Rachel Maddow, analista, frontwoman de un programa político, un personaje delicioso, lleno de candor y perspicacia, relata el hate mail que ha recibido a diario, desde su primera aparición en la televisión, por razones de género, sexualidad (Maddow es lesbiana) y aspecto físico.

Condolezza Rice, Jane Fonda, Geena Davis, Jim Steyer (director de la organización Common Sense Media), Jean Kilbourne (cineasta y académica de Wellesley Centers for Women), Pat Mitchell (presidente de Paley Center for Media), Martha Lauzen (directora ejecutiva del Center for the Study of Women in TV and Film), todos opinan, relatan sus experiencias, apoyan con su visión la propia visión del documental. Y la conclusión demoledora es la siguiente: el tratamiento de las mujeres en la cultura popular es indigno.

Los niños, que construyen su educación sentimental en mayor medida con los medios que con la literatura y el arte, reciben concepciones parciales de lo que significa ser mujer y ser hombre, de lo que hace a una mujer, mujer y a un hombre, hombre. La perspectiva de los creadores de contenidos es, forzosamente, limitada y poco incluyente: la presencia de mujeres y de razas diferentes de la blanca en los puestos estratégicos de cadenas como NBC, Disney, Time Warner o Fox es ínfima (un 3%).

Lauzen plantea: “Cuando un grupo no es representado en los medios, es inevitable que se cuestione qué rol juega en esta cultura”. El término acuñado para este fenómeno es “aniquilación simbólica”. Geena Davis argumenta que siempre se ha dado por hecho que las mujeres se interesan por las historias protagonizadas por los hombres, pero no viceversa: una forma de indicar que la experiencia de la otra mitad del mundo no es tan interesante (aparece el ejemplo de las chick flicks, un género unánimemente asociado con las mujeres, cuyas protagonistas tienen como objetivo más importante la consecución del romance: lo que recuerda el análisis de Jean Franco sobre los romances: lo que trae a la memoria, una vez más, el test de Bechdel).

 

Las representaciones sociales surgen, se perciben y se intervienen desde numerosos frentes, pero la cultura es uno de sus abrevaderos más significativos. En After Theory, Terry Eagleton recuerda que la cultura se movía, hace muchos años, en el terreno de lo simbólico, lo erótico, lo ético, lo afectivo y lo mitológico. A partir de los años sesenta y setenta empezó a significar también cine, moda, imagen, estilo de vida, publicidad, marketing, medios de comunicación. Éste es el concepto de cultura que entendemos hoy. El lenguaje de los medios y el de la cultura es uno solo.

La cultura, conviene el mismo Eagleton, es central para las demandas políticas del feminismo. “Valor, discurso, imagen, experiencia e identidad son el lenguaje mismo de su lucha política, como en las políticas étnicas o sexuales”. Y agrega que el único paradigma sobreviviente de la moralidad clásica (la capacidad de plantear verdades morales) es el feminismo, con su insistencia por entrelazar lo político (en su definición aristotélica) con lo personal.

Un grupo lanzado a los márgenes, en un sistema económico que requiere dichos márgenes para sobrevivir, y que emplea a la cultura como uno de sus artífices principales, vuelve la realidad del mundo un discurso. La realidad se vuelve discurso. La realidad se vuelve representación.

 

Hay muchas cosas que me hubiera gustado decir aquí. Que mis ejemplos son limitados, que el apartado anterior apenas puede aplicarse en México, donde la cultura y su distribución son muy distintos de Estados Unidos. Habría que hablar de los medios de comunicación en nuestro país, del acceso al internet, la televisión, la prensa, la literatura, el arte. De las representaciones femeninas y de clase en nuestros medios, de su transformación (y, acaso, involución) en el tiempo. De los grupos privilegiados que tienen acceso a las narrativas gringas ―y son, por tanto, influidos por ellas―. Pero no albergo ambiciones tan grandes: tan sólo quería hablar de Lena Dunham, la mujer con la que inicié el texto.

En el libro de Jean Franco hay otro ensayo, “Invadir el espacio público, transformar el espacio privado”. En él analiza los movimientos populares de mujeres latinoamericanas a partir de los años noventa, cuando las madres de desaparecidos durante las dictaduras se erigieron como un nuevo tipo de ciudadana. En las manifestaciones de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, las mujeres que blandían las fotografías de sus hijos desaparecidos, imágenes tomadas generalmente en reuniones familiares, representaban la “vida privada” de manera pública. Franco entiende lo privado como lo individual y lo particular en oposición a lo social. Al invadir el espacio público con lo privado se pone de relieve la anomalía que significa la presencia femenina reclamando la polis, que a su vez revela la destrucción de las estructuras familiares y sociales. La separación entre la esfera pública y la privada es factor de subordinación.

En “Silence is a woman”, recientemente publicado en The New Inquiry, la académica Wambui Mwangi describe las técnicas de subversión de las mujeres kenianas contra el régimen opresivo de las élites Gikuyu, que han dirigido Kenia con mano dura desde los años cincuenta. En el lenguaje Gikuyu, “mutumia” es una de las palabras genéricas para designar a la mujer. La traducción literal es “la silenciosa” o “la que no habla”. La condición natural de la mujer, explica Mwangi, es “habitar en silencio, perseverar mudamente, comunicarse sin habla”. El silencio es una mujer.

Las mujeres kenianas, en 1922 durante el colonialismo británico o en 1992 contra el régimen Moi, usaron la desnudez como su arma política más poderosa. En sus manifestaciones descubrían los cuerpos tabú que resultaban una afrenta para el espacio público keniano, acostumbrado a ver esos cuerpos under cover. La desnudez tenía el poder de hacer público lo privado, de crear publicidad a partir del cuerpo. No podía ser de otra forma en una cultura que ha negado la presencia pública de ciertos cuerpos y que, más aún, ha usado el cuerpo de la mujer como “instrumento de aprendizaje”: cuando, en la indecencia y la exhibición, es motivo y justificación de la violencia sexual.

Menciono estos dos ejemplos, radicales en su dimensión política, porque apuntan a dos conceptos que me interesan: lo privado como subversión, la desnudez como protesta.

Vuelvo a Lena Dunham. Es inevitable que, comparada con las madres de la Plaza de Mayo y las mujeres kenianas, su discurso parezca banal. Sin embargo, el tema del ensayo es la representación de la mujer en los medios de comunicación y, tras mucho pensarlo, no encuentro una figura que subvierta las convenciones de la representación femenina en la pantalla de manera más sencilla y a la vez más drástica: con su desnudez.

Girls retrata la vida de cuatro veinteañeras en Nueva York: sus relaciones amorosas, familiares, amistosas, sus búsquedas personales, sus dificultades económicas. Por supuesto la perspectiva es limitada, pero sería imposible pedirle lo contrario; la pretensión de representación de todas las perspectivas femeninas o de clase es tan necia que ni siquiera vale la pena mencionarla. Girls es, a pesar de todo, una comedia: la protagonista, Hannah Horvath, interpretada por Dunham, es una aspirante a escritora con una mirada alienada, desentendida, por momentos insensible. Gran parte de la comedia surge de esta ingenuidad voluntaria, que no es mero ejercicio de autocrítica: al exhibir opiniones que le granjean continuamente la animadversión de cierto público poco perspicaz, queda claro que Dunham, más que ridiculizar, crea un personaje.

Las protagonistas de Girls tienen sexo continuamente, pero el sexo que decide mostrarse es del tipo incómodo, del que recrea los aspectos más torpes, mediocres e incluso violentos de las relaciones sexuales. Es, en resumen, un sexo poco convencional… Y qué extraña es esta frase: poco convencional, porque refiere a una cualidad que sólo existe en relación con las convenciones de la tele y el cine, mas no de la vida diaria. Muchas de las anécdotas que se presentan en Girls me han pasado a mí o a personas que conozco. Puede decirse, entonces, que son anécdotas realistas.

En Girls hay, por lo tanto, mucha desnudez. Pero quien más se desnuda es Lena Dunham, la mujer de las “redondeces explícitas”. No sólo cuando tiene sexo, sino cuando llora en una tina con agua tibia, frente a su mejor amiga; cuando decide usar una blusa de red transparente para ir a una fiesta, cuando habla con su novio mientras se cambia de ropa. Sobre todo, en la actual temporada, Hannah se desnuda mucho.

He leído, en Twitter, en Facebook, en los blogs que reseñan y desentrañan cada capítulo de televisión que sale al aire, que no entienden por qué Hannah se desnuda tanto. No lo entienden. No hay razones. No.

El asunto llegó a su momento más álgido cuando, en un evento con la Asociación de Críticos de Televisión, el reportero Tim Molloy, de The Wrap, le hizo la siguiente observación a Dunham:

No entiendo el objetivo de tanta desnudez en el show, de ti particularmente, y siento que me pones en una trampa cuando dices que nadie se queja de la desnudez en Game of Thrones. Pero entiendo por qué lo hacen: porque quieren ser lascivos y, de algún modo, estimular al público. Tu personaje, en cambio, se desnuda en momentos arbitrarios y sin motivo.

La respuesta de Dunham fue simple: “Creo que es una expresión realista de lo que es estar vivo”.

 

He leído muchas opiniones sobre los “motivos” de Dunham para desnudarse constantemente en su show. En algún texto cuyo rastro he perdido en el historial de mi computadora, una bloguera feminista le daba carpetazo al asunto: porque el cuerpo femenino no está hecho solamente para, con su bella presencia, “alegrar el ojo” de quien lo ve. No existe sólo para el placer masculino.

Pero, además de que es una sentencia enteramente cierta, si bien un tanto obvia, creo que hay una postura política de enorme significado en la desnudez continua, sin motivos, de Lena Dunham. Una desnudez subversiva.

En su entrevista con Vogue, Dunham explica que buscaba normalizar lo que es natural para todo el mundo: “ese tipo de sexo”, el sexo que es cotidiano para la gente. Su decisión de desnudar a la actriz que interpreta a su madre, en una escena tan anodina como lo es un momento de intimidad con su esposo, obedece a la misma idea.

¡Qué absurdo que la televisión requiera normalizar lo que es normal! Pero lo requiere. Y es mucho más que la satisfacción de Lena con su propio cuerpo, un discurso tibio del que el mercado se apropia lentamente (pensemos en Dove, para no ir tan lejos), y de los modelos a seguir que las niñas (a las que no les interesa Girls) tendrán en el futuro: se trata de una postura radical. Su cuerpo es una herramienta de subversión, porque lleva aquellos “defectos imperdonables” a la luz. Si el arte moderno rompía las formas sobre la base de la armonía, y al experimentar alteraba un orden, no es descabellado pensar que Lena hace lo mismo con su cuerpo en un medio cuya armonía depende de la convención generalizada que exige la belleza.

Los medios son parte de la cultura que permite construir representaciones sociales. Ver, leer, escuchar: todo moldea sensibilidades. Lo que he leído, lo que he visto, lo que he escuchado, lo que he usado como ejemplos y base de mis argumentaciones, está allá afuera, en el corpus de la cultura misma, no dentro de mí, en un hipotético chapuzón hacia los confines de mi alma.

Es un reclamo justo exhibir los modelos destructivos de imagen, su papel protagónico en las representaciones que nos permiten reconstruir la realidad. Si esto sólo pasa con el cuerpo y la imagen, ¿cuánto más falta, cuánto más debe transformarse?

El medio es el mensaje y el mensajero.

¿Entonces? Que Lena se desnude. Que se desnude más y sin motivo.

 

Pienso ahora también en la frase de Franco que utilicé muchos párrafos arriba. “Lo que falta de manera crucial en la literatura de masas es cualquier forma de solidaridad femenina”. Pienso en mis amigas, en si estamos o no representadas en Girls, con las diferencias de clase, de circunstancia, de lugar en el mundo. No del todo, eso es cierto, pero a veces… El tema más importante en Girls es, a final de cuentas, la amistad que hay entre ellas. La solidaridad femenina. Resulta triste admitirlo, pero en eso, de una manera importante, también es radical.

 

 

Bibliografía

Ensayos impertinentes, Jean Franco. Editorial Océano – Debate feminista. Selección y prólogo de Marta Lamas.

Prácticas sociales y representaciones. Bajo la dirección de Jean-Claude Abric. Presses Universitaires de France (1994). Ediciones Coyoacán.

After Theory, Terry Eagleton. Penguin, 2004.

Miss Representation, Jennifer Siebel Newsom. Girls’ Club Entertainment, 2011.

“De la teoría(s) de las representaciones sociales a las mediaciones”, en revista Comunicación, Carlos Colina. Centro Gumilla, Venezuela, 2000.

“Silence Is a Woman”, en The New Inquiry, Wambui Mwangi. Junio 4 de 2013.

 


Autores
(1986) es escritora y periodista. Ha publicado en medios como Letras Libres, La Tempestad, Gatopardo y Domingo El Universal, entre otros. En 2010, recibió la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), en la categoría de cuento. Está incluida en la antología La casa con desván (Ediciones Rubeo, España, 2011).
Diana Martín. “Peligros de la luz falsa” Acuarela, tinta y grafito/Papel

En Pétalo, Óscar Luviano propone una mutación no sólo a través de los roles de género convencionales (una detective dura con cierta debilidad por la comida chatarra, las masculinidades contrapuestas del adulto y el niño), sino de los subgéneros narrativos: es una historia con elementos noir, pero contada desde la mirada fantástica que es, al mismo tiempo, un cuento para niños y una fábula donde los animales también tienen algo que decir.

Para Vanessa

1

Soy una detective de gatos. De gatos, no de mascotas. Es una cláusula importante. Los perros se pierden, los pájaros se escapan, y yo no encuentro ni cazo nada: a duras penas percibo la pestilencia del futuro. Ese lugar en el que los gatos terminan por caer con los ojos cerrados y las orejas gachas. Son criaturas estúpidas que avanzan a ciegas por el mundo; se creen impunes debido a una imaginaria majestad que nadie en su sano juicio les concedería. Da igual: yo los devuelvo a sus sillones mordisqueados y sus sábanas cubiertas de pelos, y sus dueños me pagan por ello. Al fin y al cabo el mañana es el único sitio del que tengo alguna certidumbre.

Me anuncio en carteles hechos a mano que pego en postes y árboles a la altura de mi cadera: el sitio en que las doñas y los niños buscan las respuestas. Las señoras pagan muy bien por la devolución de sus felinos gordos, pero desgraciadamente la mayoría de mis clientes son niños: ¿quién más iba a poner toda su fe en una detective? En estos relatos las reglas son las reglas, como la dama de vestido ajustado que entre una nube de Chanel No. 5 y humo de cigarro acude con el detective gordo para que rescate la carta incriminatoria.

Y otra regla es que toda niña en apuros es el plan secreto de un niño.

2

Tenía lentes de cristales rayados y la vieja falda de una hermana mayor o de alguna prima con pétalos de rosas adheridos con seguros. Apretaba contra su pecho uno de mis carteles. La foto de su gata, impresa en una hoja bond, rigurosamente enmicada, sobresalía de su bolsito de mano con bordados de Hello Kitty.

—Buenas tardes —le dije, pues se quedó en el umbral de la caseta, con la nariz arrugada.

—Está todo quemado —dijo desconfiada.

— ¿Sabes cuánto cuesta la renta de un despacho? Era esto o la panadería de Dalias —me acerqué y tomé la foto de su bolso.

—Esa es mi gatita. Lleva perdida cuatro días. ¿Está hablando de la panadería que se incendió?

No le respondí que las reglas son las reglas y que mi olfato sólo funciona en lugares derruidos, atragantada como quedé por el aroma a sangre que nos rodeó como una mano abierta. Hedía como un grito. Lagrimeando leí el nombre escrito con letras coloreadas y rellenas de diamantina: Princesa.

—¿Se siente bien, señora?

—No me digas señora. Ni que estuvieras hablando con tu mamá —logré articular.

—¿Si no tiene para pagar una oficina y es tan grosera para qué se metió de detectiva, señora?

Dijo todo esto como si estuviera recitando una poesía del Día de la Bandera. Estuve a punto de decirle, por pura maldad, que, a juzgar por el olor del futuro, nunca vería de nuevo a su Princesa. Pero ya eran dos días sin comer y el recuerdo de mi mamá. Una torta cubana valía las complicaciones.

—¿Quieres saber mi tarifa?

—Traigo cincuenta pesos. ¿Me alcanzan? —buscó en su bolsa y fue sacando de una en una monedas rojas de arcilla. La alcancía del novio. Y claro que alcanzaba: quedaría suficiente para una Coca grande y un litro de leche. Tal vez hasta para una concha…

—¿Cuánto tiempo va a tardar en encontrar a Princesita?

—Es una investigación, niña: nunca se sabe: mi último caso me llevó tres semanas —había sido la media hora que me tomó hallar el árbol donde el tarado de Botijas se había trepado—. Yo te mantendré informada y te diré si hacen falta más viáticos.

—Me llamo Zaira Keyla Valencia Jiménez. Y ya no tenemos más dinero: es todo lo que Kevin Brandon y yo pudimos juntar.

Estaba por sugerir que se guardara el dinero e iniciara un fondo para tramitar su cambio de nombre una vez que tuviera edad legal para hacerlo. Me sequé las lágrimas con la manga del suéter (la contaminación, le dije) y anoté su dirección como si me hiciera falta. Tenía celular. ¿Qué niña de diez años tiene un celular?

—Llame a la hora que sea, señora: me lo voy a poner debajo de la almohada.

Y se fue brincando de escalón en escalón como si ya hubiese encontrado a la gatita que ya no estaba en ninguna parte. A menos que la pálida manada estuviera un lugar. El eco de sus zapatitos de charol casi me hizo sentir culpable. Encendí un faro y fui a sentarme sobre mi mochila a esperar al novio y su discursito mientras contaba las monedas. Las tripas me rugían y tenía los labios tan secos que el lápiz labial se hizo polvo al tacto.

No tardó ni cinco minutos: vestía una sudadera roja, con vampiros. Lo que me faltaba: un chico duro. Jaló rueda por rueda su bicicleta sobre los escalones que subían a la caseta y apenas entró le reclamé que sólo me habían entregado 48 pesos. Entonces la pestilencia se convirtió en un manto entre nosotros y las paredes chamuscadas: uno húmedo en sangre. Era más intenso que en Keyla. Conozco el olor de la sangre de gato, y aquel no lo era. Era más profundo y más terrible.

Era inútil resistir. Cerré los ojos y dejé que la pestilencia del tiempo me invadiera. Lo hace como un reflujo corrosivo que golpea desde el estómago y sube y quema por los pulmones, escalda cada latido de mi corazón con una espuma ensordecedora. Y sube y replica contra el interior de mi cráneo. Me tiré al piso de la caseta aferrándome a la cabeza como a un jarrón quebrado, y mi cerebro tañó lento y doloroso, y a través de cada grieta, una luz turbia derrubió tras mis párpados cerrados encarnando retacería, fragmentos de un espejo en el que se reflejan el dolor que ha de ser, lo que viene implacable.

Y esto fue lo que vi: “Patas arriba, aterrada pero sin cobardía, hundí mis garritas en el brazo de mi asesino. Me sacudió con un golpe terrible, y otro, y otro hasta dejarme encerrada en una oscuridad de pelo y sangre diminutos. Maullé sin aire ni esperanza, pues supe que mi lucha había sido inútil”.

El cuerpecito de Princesa cayó a plomo en la bolsa de basura mientras el ángel de huesos batía sus alas descarnadas, victorioso. Desde el fondo de la pestilencia a plástico maulló de nuevo y suplicó por la niña que había fallado en proteger. Se lo pidió al pájaro que crea el cielo con su vuelo y al perro que sacude los trigales. Claro que no con esas palabras: los gatos son demasiado orgullosos para hablar, pero escuché el trueno que es como una estampida lejana, y olí de nuevo la sangre que no era sangre de gatita, y vi el rostro de Keyla reflejado en el estanque de su propia sangre. A pesar de los moretones pude reconocerla.

Cuando abrí los ojos, el niño se había puesto a gatas para observarme de cerca. Me señaló con un dedo acusador.

—¿Se droga, señora? ¿Compró drogas con nuestro dinero?

—Señorita, Kevin, y hablaba de la gata —me puse de pie mientras me acomodaba la falda. No era cosa de enseñarle a la criatura todos los jalones de mis medias. A pesar del mareo, hice lo imposible por mantener la dignidad, pues era necesario fijar una cláusula importante—. Pagada la investigación, no hay devoluciones…

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Huelo el futuro, y no huele bien… Y Keyla me dijo que eras su novio. ¿No te importa que hablemos mientras como algo, verdad?

—Vengo a ver que investigue de verdad, no a que me devuelva mi dinero: yo se lo regalé a Keyla. Y NO ES MI NOVIA.

Siempre es una niña con un niño detrás y el niño cree que sabe algo que ella se niega a ver, y la misión del niño es hacer que lo vea. El hambre me tenía de mal humor y ya no estaba para soportar más mamadas.

Aspiré. Fuerte.

—Hueles a flores. Recién cortadas y marchitas. ¿Quieres que te diga lo que te espera o me acompañas a comer?

—Váyase a predicar al metro, señora. A mi no me impresionan esas cosas: mi mamá también es así con sus clientas. Les lee el Tarot y las piedras ésas. Al menos es un poquito más decente porque no cobra tan caro como usted… Ya le dije que no vengo a eso. Vengo para que no se haga babosa a Keyla. Estoy aquí para que me ayude a castigar al que mató a Princesa.

Iba a ser uno de esos casos.

3

Fuimos al puesto de tortas sobre Zarzaparrillas. Pasamos frente a los restos de la panadería.

—¿Ve la manta? —me contó Kevin—. Dice que el dueño no pagó la protección. Se oyó un ¡BUM! bien cabrón en la madrugada.

—Tu lengua, niño.

—Dicen que fue una granada.

Iba en su bicicleta evadiendo como podía los puestos de jugos, pan, tacos, estudios de zumba y peluquerías en que se habían convertido los frentes de las casas del rumbo. En aquellas que habían sido abandonadas por sus insolventes dueños, los matojos de yerbamala ocupaban el lugar del espíritu emprendedor. En el lavado de autos, a unos pasos de nuestro objetivo, Kevin se resbaló con el jabón y se dio un guamazo de aquellos.

—Sóbate —le dije cuando se negó con un manazo a que le ayudara a levantarse.

—Tiene todas las medias corridas —me dijo el pinche escuincle todo cubierto de jabón mugroso.

Cambié la cubana por una de milanesa con quesillo y doble ración de jalapeños. No iba a tomarme a la ligera el brusco cambio en la carátula de la investigación.

—Perdóname que no te ofrezca, pero ya tengo prometida la mitad…

—Soy vegetariano y no contamino —me inclinó la bicicleta para demostrar su punto.

—No seas tan listo y dime lo que sabes sobre la gata de tu novia.

—NO ES MI NOVIA. A Princesa la mató el padrastro de Keyla, el Madrinas.

Con la boca llena levanté los hombros en una clara pregunta de “¿Y cómo lo sabes, escuincle?”

—El hijo de la chingada le dio de comer el cuerpecito a su perro.

—¿A su perro? —escupí una rodaja de zanahoria.

—Estaba buscando a Princesa por los lotes baldíos de Canosas cuando vi al Madrinas que andaba paseando a Titán. Creo que no me vio, pero seguro que ni le hubiera importado que me diera cuenta. Traía una bolsa de esas de la basura, negra…

—Ahórrate los detalles, Kevin, estoy comiendo.

—Se detuvo una camioneta con los vidrios todos negros y cuando el Madrinas se iba a subir, oí que le gritaban que con el perro no. Lo amarró a un poste y se fue con ellos. Titán es un rotwellier. Ni quién se le fuera a acercar si encima estaba chorreando la sangre… Perdón. Le tuve que abrir la boca con un palo. Ya ve que muerden y no sueltan. Me agarró el brazo —se arremangó la roja manga con vampiros para mostrarme la  línea de colmillos en su codo bajo la costra de detergente mugriento—. Dolió harto, pero ¡PUM! —pateó en el aire dos, tres veces—. ¡Y ahí sí me soltó! —la alegría le duró unos segundos—. No dejé que Keyla supiera. Enterré a Princesa en el camellón de la López Portillo, frente al Burger King. Hay unos árboles bonitos, llenos de pájaros. Le gustaban los pájaros. Les maullaba para que bajaran a dejarse comer…

Y comenzó a imitar el maullido de la gatita, que era más bien una vibración del hocico. Sólo le faltaban los bigotitos. Y yo, masticando la feliz milanesa, sólo escuché en cada chasquido de su boca el golpe de los pétalos secos que Kevin, sentado en el borde de la cama,  vería caer en incontables noches del futuro, como si fueran el lento metal de los eslabones de una cadena.

Comida la mitad que según las reglas me tocaba, envolví en servilletas el resto de la torta y guardé celosamente las monedas restantes en el monedero que me cuelgo en el resorte de la falda, junto a los Faros. Hicimos el camino de vuelta.

—¿Qué vamos a hacer?

—Decirle la verdad a tu novia.

—No es mi novia. Digo que qué hacemos con el Madrinas.

—¡Nada!

—¡Es un asesino! ¡Tenemos que ir con la policía! ¡Tienen que castigarlo por lo que hizo! ¿Qué le hizo Princesa a él? ¡Nada!

Dejó caer la bicicleta a media banqueta. Estaba claro que era una gran herramienta expresiva que el consumo de milanesa me había negado. Para hacerlo más ecce homo se tapó la cara para llorar.

—No chilles. Si vamos a la policía no nos van a creer. No tenemos pruebas…

—¡Encuéntrelas! ¡Usted es una detective! ¡Era una buena gatita! —se tapaba la cara con los brazos para que no viera sus lágrimas.

Mi amplia experiencia en el trato con niños me llevó a dejarlo solo, entrar a la tienda más cercana y comprar la coca y la leche. Cuando regresé, seguía llorando, pero recargado sobre el asiento de su bicicleta. Parecía rezar. Encendí un Faro y eché el humo sobre la cabeza del niño. Tosió y levantó unos ojos entre aturdidos y escandalizados.

—Fumar es malo para la salud y para el ambiente —se secó los mocos con la manga de la camisa.

—Volvamos a mi despacho: tengo un plan.

4

Le dije a Kevin que al día siguiente no se viniera por la López Portillo o le iban a  robar la bicicleta. No me escuchó: estaba pegando de brincos para que ver si conseguía que así le revelara mi plan. ¡Claro que no tenía ninguno! Pero suena poca madre decir que lo tienes. Todo lo que se me ocurrió fue decirle que fuera al día siguiente, a las siete.

—¿De la mañana?

—La falta de proteínas te está comiendo el cerebro.

No habría dejado de brincar ni si le hubiera revelado lo que su olor a flores nuevas y marchitas me había mostrado. Bajó las escaleras montado en la bicicleta y, como era de esperar, otro guamazo. Rebotó sin sobarse, y se fue, feliz de que el plan —su plan— estuviera en marcha: el de salvar a Keyla con la felicidad de su venganza.

— ¡No te vengas por la avenida! —grité, sabiendo que valía para puros chiles. No hay nada más ciego que un niño enamorado: se tiran en el futuro con los ojos cerrados.

Y tenía otras cosas por hacer.

Sentada sobre mi mochila esperé la puesta de sol. Las reglas son las reglas. Cuando se escucharon los primeros aullidos de los perros y supe que el cielo estaba vacío de pájaros, saqué los restos de la torta y serví Coca y leche en vasos de plástico. Coloqué la torta al centro del círculo de ramas y dejé caer un chorrito de cada líquido sobre el piso ceniciento. Con oídos y corazón pegados a la tierra, agradecí el favor del cuervo que crea el cielo con su vuelo, del perro que agita los maizales, del conejo en la luna y del burrito que nombró a Jesús.

Repetí la plegaría, con otras especies y otras deudas, y en ningún momento abrí los ojos. Nunca podré acostumbrarme al sonido de sus alas, al replique de sus patas incontables, al alarido de lujuria con el que se encarnan. En la oscuridad prevalece el olfato que no nos abandona ni en la más honda profundidad. Tiene garras y colmillos, y los usa.

Cuando todo hubo terminado, de la torta no quedaba migaja. A lo lejos la pálida estampida se confundía con un trueno sobre las unidades habitacionales, los lotes baldíos  y el fragor de los tráilers sobre la López Portillo, y no había ni nubes ni pájaros ni luna, y todos los perros habían callado y se escondían bajos las camas, en el fondo de las zotehuelas. Me abracé las rodillas respirando con dificultad: el aire arañaba como lleno de miles de pelos, de miles de plumas, de guano y de estiércol.

Me levanté y fui a mi casa a dormir.

5

Lo habían dejado  como al Pato Lucas cuando se le atora el pico en el suelo, con una camiseta de The Cure. Además del puñetazo aún tenía las suelas de las botas marcadas en el pantalón. Cojeaba un poco.

—Eran tres.

—Te lo dije. ¿Quieres pasar a tu casa para ponerte merthiolate?

—No. Mi mamá está con su novio de visita. Es trailero —eso parecía explicar todo.

Doblamos por Dalias. Salchichonerías, mercerías, papelerías en las que se atendía por la ventana de la sala, con la mercancía acumulada sobre los sillones. Como había visto entre el ramalazo de sangre, la casa de Keyla era un estudio de tatuajes: daba fe una lona de plástico colgada al lado de la puerta con una Santa Muerte al estilo manga. Al pie de la lona, una jaula hechiza; los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis unidos con goterones de soldadura. Dentro había enormes nudos de mecate para fortalecer la mordida.

—Ahí duerme el Titán. ¿Qué hacemos, entonces?

—Tócale —seguía sin tener la menor idea. Una cosa era oler el futuro y otra el agandalle en vivo de sociópatas. Lo dije para sacármelo de encima, pero el tarado escuincle tocó el timbre con admirable seguridad. Desde el interior se oyeron ladridos y una voz que urgía a Keyla a que viera quién chingados era.

Nos abrió en un vestido hecho con las cartulinas de una exposición sobre el cero, decorado con mariposas de papel de china naranja sujetas con seguros. Bizqueaba sin los lentes, pero igual se escandalizó por el aspecto de Kevin. Cuando me enfocó, levantó los bracitos para abrazarme.

—¡Yo sabía que la iba a encontrar!

Kevin puso cara de mártir en puchero.

—¡Tranquilos los dos! Escuchen bien: soy la tía Joaquina —¡qué pinches nombres cosecha la improvisación!— y soy veterinaria en servicio social.

—¿Mi tía? —dijeron los dos a coro señalándose el pecho.

La puerta al fondo de la casa se abrió entre ladridos y un miasma de Purina. Una patada vibró su estate quieto, y el perro soltó un gañido espantoso. En dos zancadas, tras librar el enorme sillón de dentista y la mesita con agujas y tintas que sofocaba la sala comedor, el Madrinas estuvo frente a nosotros tirando de la cadena del rottweiller. El bracito de Keyla desapareció entre los dedos manchados de tinta.

—¡Ya te dije que no estés hablando con la puerta abierta que se sale Titán! —la sacudió.

Entonces me descubrió y, tras ponerse en firmes, vino su escaneo. Quizá exageré con maquillarme el escote para que se vieran más grandes. Atrapé su mirada con mi mano extendida. Soltó a Keyla y la estrechó.

—¡Buenas tardes, señor Antonio! —“¿Cómo supo su…” ya iba Kevin, pero levanté mi ceja admonitoria—. Me llamó Jo… Jacqueline Cienfuegos y soy la TÍA DE KEVIN. Estoy haciendo mi servicio social vacunando a las mascotas de la zona gratuitamente. Entiendo que usted tiene un perro… —rematé babosamente.

—Mucho gusto —dijo el Madrinas, aturdido entre mi falda corta, los tacones que me doblaban las rodillas y la verborrea.

—¡Jacqueline! —dijeron los niños y sofocaron sus risitas como si se comieran las uñas.

—Respeto —les ordenó. Kevin le sostuvo la mirada, pero Keyla se agachó esperando el golpe—. Pues ahí te doy las gracias: Titán tiene todas sus vacunas. Es mi patrimonio. Lo cuido muy bien.

Apestaba a sudor y a perro. Los tatuajes de espinas y olas y sirenas y sables y revólveres ramificados le trepaban por los bíceps en escamas.  Bajo la camiseta de hombros descubiertos, de un lado del cuello, un retrato de Titán al momento de lanzar la tarascada, y del otro lado, el ángel de alas descarnadas al que Princesa se había enfrentado.

—La Niña Blanca —le toqué el tatuaje con la punta de la uña.

—Tú sí sabes —no retiró la cara—. Pero, pues ya te digo, el perro está bien atendido.

—Se ve que sabes atender —hablaba de los dedos que se habían quedado marcados en el bracito de Keyla, pero la idea era que entendiera otra cosa.

—¿Por qué no se van a hacer pendejos a otra parte? —y la había entendido—. Esto de ser niñero… Te voy a dar un consejo: no andes con gente con hijos.

—¡La serpiente que entibia la tierra, las hormigas que hacen latir su centro me libren de ello!

Puso cara de qué hablas, y en ese momento Keyla y Kevin se escurrieron hacia la calle en silencio.

—¿A dónde vas con esa chingadera puesta? ¡Como si no te compráramos ropa!

—¡Su mamá es la que se la compra, usted ni tiene traba…! —esta vez levanté las dos cejas y Kevin zapateó sin acordarse de su pie lastimado.

—Es el mejor vestido que he visto en mi vida, Keyla. ¿Después me lo prestas, eh? —le acuné la carita entre las manos. Asintió como lo haría mucho tiempo después reflejada en su propia sangre por toda despedida del mundo—. Váyanse a jugar un poquito mientras hablo con Toño. VETE A JUGAR, KEVIN.

Mentaba madres o lo que quiera que hagan los vegetarianos cuando farfullan con los labios hinchados. Se fueron a sentar contra el cofre de una camioneta y Keyla le tocó los raspones. Kevin le mostró, pecho hinchado, la pernera marcada por las botas. Ella se llevó las manitas a la cara, aterrada. Le tocó el labio herido con una varita mágica que sabrá el Perro Amarillo de dónde sacó. Pensé en todas las flores que Kevin iba a comprar en los años por venir tratando de recuperar ese momento…

—A ese pinche escuincle le hace falta que le rompan la boca más seguido. ¿Quién se lo madreó? Ya sé que es tu sobrino, pero dime quién me hizo el favor, Jacky.

Sabía cómo tratar a una mujer. Puse mi cara de no me sonrojes y tras hacer un tierno mohín, le miré a los ojos.

—¿Cómo supiste que me dicen así?

Sonrió con dientes blancos y perfectos. Había abierto la puerta. Su sonrisa era otro tatuaje de Titán al momento de morder. Era tal su entusiasmo que no se había dado cuenta de que, durante todo ese tiempo, su perro había reculado, tirando de la cadena en silencio, suplicante.

6

Volvimos a la caseta quemada. Los últimos pájaros (una línea de garzas blancas, zanates, pequeños gorriones) urgían el vuelo a los contados árboles. Los perros ladraban ocultos tras las puertas y los arbustos.

—¿De qué hablaron usted y el Madrinas?

—De cosas de hombres y de mujeres.

—¿No se estará enamorando de él? A mí me pareció que en lugar de hacer eso que dice usted que hace con la nariz, se lo estaba ligando.

—Mi olfato no funciona si no lo llevo a un recinto. ¿Seguro que no tienes que ir a tu casa, Kevin?

—Ya le dije que mi mamá está con su novio. Y se va a poner como loca cuando le diga lo de la bicicleta.

—Ve a casa de algún amigo.

—No tengo.

—Entonces desaparece por dos horas. No vemos a las once en el ciber de Magnolias y Dalias. Necesito que me ayudes a chatear con el Madrinas.

—¿No sabe chatear a su edad?

—Las computadoras se descomponen cuando las toco.

7

No hubo comida en la ofrenda para la manada pálida. Había perdido el crepúsculo que marca la tregua entre quien devora y quien perdura, y no agradecí al venado que crea el sendero con su huida, ni al ajolote al que debemos el agua en donde lo vivo y lo muerto se confunden. Me limité a tenderme en el piso e imite el chasquido con el que Princesa llamaba a los pájaros que crearon el cielo para que se dejaran comer y arañé y mordí el suelo hasta sangrar, de la manera que ella había defendido a su niña. A lo lejos, los perros aullaban, aterrados, entre las azoteas, desde las zotehuelas, hundidos hasta el lomo en los basurales. Y entre ellos estaba Titán.

8

El ciber estaba en una sala que se había extendido hasta la banqueta con la lona de un puesto de teléfonos celulares. El frente del negocio se dedicaba a las quesadillas y los pambazos. La doña recibió mis últimas monedas arcillosas con cara de asco. El olor a aceite quemado rivalizaba con el estruendo de las peseras que doblaban por Magnolias y con la pantalla plana al fondo de la casa. Pasaban una película de terror vieja. Un gato negro aterraba a una chica en negligé. Las computadoras estaban montadas en la mesa del comedor. Elegimos la única con cámara web.

—¿Qué vamos a hacer? —susurró Kevin, aunque éramos los únicos clientes.

—Tómame unas fotos con la cámara. Con el sillón de fondo, para que parezcan de verdad…

Kevin escribió (tras muchos esfuerzos gramaticales) “Detective de gatos” como profesión en mi perfil, pero el sistema no nos permitió poner “Perfumista vital” en religión. El primer y último estado de Jacky Cienfuegos era “Buscando comida para la estampida pálida”.

—¿Es una banda, como The Cure?

—Algo así. Su estruendo no te dejaría dormir. Ahora busca al Madrinas.

Había cincuenta, pero no nos dio trabajo: en su foto abrazaba al Titán. Era parte del grupo “Criadores Rottweilers de Coacalco” y de “Peleas Relámpago”. En una de sus fotos subidas con el celular se le veía arrodillado, sonriente, tratando de arrancar algo de las fauces de Titán, entre una multitud hecha de humo, sobre un suelo cubierto de aserrín apelmazado.

—Maldito hijo de la chin…

—Tu lengua, Kevin. ¿Qué dice su último estado?

—“Ahora llegan a la puerta disfrazadas de enfermeras” —con admirable esfuerzo Kevin contuvo los sollozos—. Tiene 50 likes y 40 comentarios. ¿Se los leo?

—No —no hacía falta oler el futuro para saber lo que los amigos del Madrinas opinaban sobre mi visita—. Vamos a mandarle un mensaje privado. Escribe: “Me ofendes: ¿te parezco una enfermera?” Y adjunta la segunda foto. Parezco con zeta.

—¿En la que se le ve el brassier?

—Esa.

El Madrinas tardó 15 segundos en mandarme una petición de amistad. En la tele, una a una, las asesinas del gato iban muriendo de formas creativas.

—¡Nos abrió el chat! “Hola, enojona”. ¡Quiere que le pongamos la cámara web!

Arrastré mi silla hasta ponerme al lado de Kevin. Leí.

—Dile que no, que estoy fachosa —leí la respuesta—. Dile que me quedé con ganas de hablar más. Dile que no me puedo olvidar de sus tatuajes. Pregúntale a qué gimnasio va. Dile que no quiero que piense que soy una lanzada. Con zeta —leí—. Dile que a veces los sentimientos nos sorprenden. Dile que también yo —leí—. Dile que ¿y la mamá de Keyla? —leí—. Dile que aunque nada más esté con ella mientras encuentra un lugar yo no quiero lastimar a nadie —leí—. Dile que a mí también me gustaría hablar todo esto en persona—. Dile que cuándo —leí—. Dile que si le importo venga ahora a mi casa…

Kevin dejó de teclear. Los ojos se le iban de una lado a otro y no supo si gritar o pegarme con el mouse. Le puse un dedo sobre la boca.

—Hazlo. Escribe: “Si crees que te importo, ven”. Escribe mi dirección. Ven con uve.

9

Caminamos sobre Magnolias hasta la Avenida López Portillo. Kevin ni siquiera me miraba. La boca se le había puesto espantosa, más Popeye.

—Mejor habla o se te va a reventar el labio…

—Todo esto para que usted resultara una tumbamaridos.

—No está casado. Y ahora vete a tu casa.

—No la voy a dejar sola con el Madrinas.

—No voy a estar sola… —me reí. No debí, pero el rumor de la manada pálida vibraba bajo el ruido del tráfico y del viento.

—¡Ya quisiera! —y se fue corriendo antes de que viera sus lágrimas de desengaño.

Corrió frente a las canchas de fútbol abandonadas, los restaurantes cerrados, las casas de empeño que regalaban globos para los niños. Su pequeña figura  se recortó contra los anuncios luminosos que, en lugar del alumbrado público, perfilaban la avenida: Comercial Mexicana, Farmacia Simi, Liverpool, y más allá de todas, la del Burger King.

No había tiempo para cursilerías: me quedaba una hora de caminata. Es otra de las reglas. Me quité los zapatos. Ahora sí: adiós a la medias. A mi paso, los perros aterrados y los nidos en árboles y cornisas guardaban silencio. Cerca de Tequex un tráiler bajó la marcha hasta ponerse a mi par. Desde la ventanilla el chofer me hacía promesas y reclamos a voz en cuello y con el claxon. Como seguí adelante con la vista fija, gritó que me iban a encontrar encobijada, cortada en pedazos, abierta de patas en el maizal. Aceleró y le perdí de vista.

Zapatos en mano seguí adelante.

10

El Madrinas me hizo salir a claxonazos de mi casa iluminada. No hacía falta, pues ya había escuchado los ladridos de Titán. Los faros de la 4×4 me deslumbraron y tras el socaire de mi brazo en alto lo vi jalonear al perro.

—Déjalo en el coche, tiene miedo…

—¡Que no mame, pinche puto! —le cerró la portezuela de golpe, y entonces, tras el cristal, Titán me lanzó las tarascadas. A su pobre modo era tan fiel como Princesa—. Aunque a la mejor él no es el único que debería tener miedo ahorita…

—Aunque lo digas como chiste, de verdad deberías temerme, y no lo digo por mi facha.

Me señaló con un gesto de pa´ su mecha. Yo estaba hecha una Santa Virgen: las medias reventadas en los pies, el cabello cuajado y los ojos amapachados… Igual sus brazos me envolvieron. Bajé la cabeza para evitar el beso.

—¿A poco ya te echaste para atrás?

—No es eso… Me da pena aquí. Mejor vamos para adentro.

—Si quieres damos antes una vuelta en la troca… —mis carcajadas lo hicieron apretarme por la cintura—. ¿A poco no es suficiente para ti?

—No va a volver a arrancar si me subo…

—Tienes tus kilitos, pero no exageres. A mí me gustas así. ¿Se te fue la luz?

—Nada de energía eléctrica. Otra de las reglas. ¿Entramos o ya te arrepentiste porque estoy gorda?

Me zafé de sus brazos y su pestilencia a celo y gasolina.

—Pues mejor, porque parece que va a llover.

Detrás, de lejos, de todas partes, el rumor bajo de la manada pálida, que se parece al trueno, aunque no hubiera una sola nube en el cielo, ni luna. Entré al salón iluminado por las velas. Le escuché cerrar las puertas detrás de mí.

—¡Ay, buey! ¿Se te quemó algo?

Le señalé la pared en la que mi mamá había reunido los muebles y todo objeto combustible después de mi profecía. El humo había dejado marcados los sitios de los retratos y los cuadros. Debajo del montón de madera carbonizada, los cuerpos de mis peluches y muñecas con los ojos derretidos, la serpentina chamuscada de mi vestido de Primera Comunión.

—¿Y eso?

—Mi mamá no me dejó ir a una fiesta, y le dije que olía a mar y algas, y que lo último que vería sería el cielo de los ahogados, donde los peces son ángeles y la luz huele a sal. ¿Tú qué sabes de los ángeles, Madrinas?

Me le fui encima y le abrí la camisa con las garritas de Princesa, mordí su pecho con los dientes aún sin filo de la gatita. Y aspiré su pestilencia: el ramalazo a sangre y semen fue tal que pegué mi boca a su pecho para no vomitar. Me repegó por la nuca contra el piercing de su pezón.

—Así, mi vida, así…

Firme, suave, me separé. Era tal la sinceridad del deseo que le aniñaba la cara que casi tuve lástima por él.

—Tengo que confesarte algo: soy una detective de gatos. Puedo oler el futuro. Puedo saber lo que va a pasar. Y a veces…

—Más bien querrás decir una gatita… —intentó besarme pero le contuve con una mano que era la zarpa de Princesa, y me escurrí a sus espaldas con la suave ondulación del aire en que la gatita sabía convertirse, y le mordí el hombro con todo mi asco.

—¿Qué te pasa, pinche puta? —el madrazo me tumbó de espaldas. Intenté arrastrarme con los codos, pero la fuerza con la que me abrió las piernas y desgarró los restos de mis medias me apuntaló sin remedio. Entonces gritó y se alejó apretándose el brazo.

Princesa cayó grácilmente entre nosotros. Una gota de sangre en los bigotes.

A la luz de las velas, el siguiente gato se sacudió las cenizas como si lo hubiera sorprendido el aguacero y sus ojos de madera brillaron metálicos: era Perlo. Detrás vinieron Micifuz, Fideo, Chancludo y Rubio. Y detrás otros miembros de la manada pálida. Fui diciendo sus nombres mientras me ponía de pie. A cada paso, la madera reverdecía en sus huesos y tuvieron la fuerza para erguirse y saltar a los antepechos y las repisas con un siseo de hojas. Dichosos de haber dejado atrás las pedradas, el veneno, los autos y el hambre se restregaron contra mis pantorrillas, agradecidos por la oportunidad de otra cacería.

El Madrinas sacó el arma que llevaba entre la cintura y el pantalón. Un movimiento estudiado, profesional, aunque su revólver era hechizo, encarnado en los tubos que habían pertenecido a un puesto de tianguis. No despegaba los ojos de la minúscula sombra a sus pies. Princesa abrió la boquita y emitió el chasquido con el que pedía a sus presas que se dejaran devorar.

—La mataste porque temías que despertara a Keyla, ¿verdad? Los gatos no huelen el futuro, pero distinguen la crueldad. ¿Tú conoces la diferencia, Madrinas? ¿Por qué entras cada noche en el cuarto de Keyla?

El estampido del disparo casi me tiró de espaldas de nuevo. Disparó toda la carga, pero apenas se escucharon los retumbos entre el rumor que nos envolvía.  Ninguno de los gatos se movió. Era como disparar a un tronco.

—En tu lugar no lo intentaría de nuevo: tienen hambre. Yo sé qué es lo que te hace ir cada noche al cuarto de Keyla. Yo sé por qué irás cada noche hasta… Puedo oler el futuro y el tuyo apesta a crueldad… A eso que te trajo aquí y que llamas amor.  Ahora te dices que lo haces por los celos. ¿Por qué vas a mantener a la hija de otro pendejo? Te quedas en la puerta viéndola dormir: te sientes sobajado aunque no gastes un centavo en ella. Es su mera existencia lo que te corroe. Otro anduvo cogiéndose lo tuyo, Antonio.

El sudor, el calor y los dedos temblorosos hicieron que el Madrinas errara la burda recámara del revólver y las balas se le cayeron entre los hambrientos. No tuvo el coraje de rebuscarlas entre sus cuerpos.

—Hasta que… el amor. Y es que el tiempo se ensaña con su madre. Ya le cuelgan. ¿Qué culpa tienes de que la mamá no se cuide? Eres un hombre y tienes necesidades…

—¡Ya párale con las pendejadas!

Es mentira que arrojen la pistola. Se aferran a ella. Se lo pensó mejor y se agachó a rebuscar las balas. Gritó cuando Princesa saltó sobre su boca y los demás le treparon como una flama. Masticaron, sólo un poco. Les retiré uno por uno, con una caricia, con un beso, con mano firme para los más necios. Arrastré al Madrinas hasta dejarlo sentado contra la pared bajo la mancha blanca donde había estado mi retrato de XV años.

—Esa noche te dejaste llevar por el arranque, pero la gatita… Lo bueno es que ya nadie te va a impedir que entres a su cuarto cuando su mamá no está. Al fin que es igual que ella y le gusta lo mismo. Para que vaya sabiendo, nada más que pruebe. Al fin que la pinche escuincla ya sabe, todas lo saben…

Le lamí la sangre de la cara. Se levantó e intentó trepar al tragaluz. Las repisas se vinieron abajo y cayó entre Rey del Mundo, Silvestre, Gato, Chicho, Manchitas y Capi. Los arañazos como una extensión de los tatuajes.

—Y en algún punto te dirás que es amor. Que la sangre que te inflama la verga es amor. Y le vas a ordenar que guarde el secreto. El secreto del amor.

Se arrastró hasta mis pies. Ciego me abrazó de las rodillas. Suplicó. Tomé su rostro entre mis manos.

—Amor, Antonio. Y Keyla sólo será la primera.

—¡No me maten!

—Esta noche no. Pero recuerda: los hombres son crueles en todas partes. Y la manada pálida está ahí. Estará en donde quiera que huyas. Y esta noche sólo convoqué a los gatos. Hay otros… peores. Tu alma se licuaría al ver la cara del Conejo.

—¡Yo me voy, Jacky! ¡Te juro que me voy y no vuelves a saber de mí!

—Vas a irte, sí, pero antes vas a hacernos unos favores. Para empezar: dame tu cartera.

11

Los esperé en el Burger King comiéndome una con disco de queso. Llegaron en la nueva bicicleta de Kevin. Keyla aferrada a su cintura y de riguroso luto. Pétalos de rosas subían y bajaban por el vestido negro adherido con seguros. Remató el outfit con unas alas de ángel hechas de algodón que, desde mi punto de vista, eran excesivas. Me abrazó a mitad del bocado. Sentí sus lágrimas contra mi mejilla. Le di de palmaditas en la espalda.

—No hace falta que tú también llores, Kevin.

—¡No estoy llorando —parecía una plañidera a sueldo.

—Tengo que ir a recomponerme, señora —Keyla me mostró su estuche de maquillajes. Todos ellos con brillitos—. Voy al baño un segundo.

Cuando estuvimos solos, le pasé la caja a Kevin. La gatita negra asomó entre las virutas de periódico. La tomó entre sus manos sin mediar palabra.

—Le vamos a poner como usted.

—Cienfuegos es un pésimo nombre para una gata. Se llama Pétalo. ¿Escribiste la carta?

Dejó a la gata con un pavoroso cuidado en la caja. Se chupó la cicatriz del labio.

—Escribí lo que el Madrinas me dijo cuando me dio la bicicleta. ¿A dónde se fue? Dice Keyla que hasta desmontó su silla de tatuador y que no le contesta las llamadas a su mamá. No saben qué hacer con el perro.

—Lo venderá. Es de buena raza. Un buen negocio. Diles que ya no lo metan a la jaula.

—¡El pobre no quiere salir de la zotehuela! Hasta me da pena.

—Debes sentir pena por él, Kevin. ¿Le diste la carta?

Se puso todo rojo. Le dio comezón por todo el cuerpo. Se rió tirando baba.

—Sí… pero no me preguntó nada… Se me hace que la va a perder.

—No va a perderla, Kevin. Y nunca le compres flores a nadie que no sea a Keyla.

—¿Flores? —Keyla parecía un payaso, pero el dolor nos pone erráticos.

Le entregué el ramo de rosas blancas. El contenido de la cartera del Madrinas había sido generoso. Aún me quedaban algunas deliciosas medias comidas antes del siguiente caso. Entonces Keyla notó la caja sobre la mesa y pegó el obligado grito antes de sofocar al pobre animal con besos.

—¿Es mía?

Keyla depositó a Pétalo en su caja, ceremoniosa.

—Gracias, pero antes tengo que despedirme de Princesita.

Guardé la mitad de la hamburguesa y cruzamos al camellón. El sitio en que Kevin había sepultado a Princesa, al pie de un tronco, estaba marcado con una cruz hecha con palitos de paleta. Keyla acomodó las flores mientras Kevin le juntaba las patitas a Pétalo, como si rezara.

Arriba, entre las ramas del árbol, decenas de garzas se posaron, acomodando su cuerpo de algodón apretujado, unas contra otras, como si de ese modo pudieran sustituir al follaje enfermo.


Autores
Ciudad de México, 1968) Narrador y poeta. Cuentos suyos se incluyen en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Planeta, 2003) y en Así se acaba el mundo (SM, 2012). Colabora en diversos medios y publicaciones, incluyendo El Fanzine y Noisey.
Fotografía: Astrid Rodríguez

El poeta y novelista Daniel Saldaña París organiza para el Museo Universitario del Chopo una serie de lecturas en un ciclo llamado “Karaoke Sor Juana. Entre la tradición y el remix: nueva poesía del DF”:

Actualmente, la poesía mexicana ha renunciado a la torre de marfil en el sentido de que no sólo se lee y se habla de ella en recintos solemnes, sino que se escribe y se lee en las calles de la ciudad, en contacto con el ruido, las voces, la realidad cotidiana y además al alcance de cualquier persona. Asimismo, en los últimos años ha experimentado con nuevos recursos y materiales culturales (audio, video, etc) en una suerte de sampleo que da como resultado un karaoke hiper textual. Es por ello que resulta paradójico que muchas de las lecturas y presentaciones transcurran ajenas a ese contexto diverso.

Dado el panorama anterior, el Museo Universitario de Chopo organiza este ciclo de recorridos. El primero será en el Salón París, ubicado en Jaime Torres Bodet 152, frente a la Alameda de la Santa María,con la participación de los autores Rodrigo Flores, Maricela Guerrero, Inti García Santamaría y Daniel Saldaña París.

Miércoles 26 de marzo, 20:00 horas
Jaime Torres Bodet 152, Col. Santa María la Ribera.
Entrada libre


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía por Sayavedra Valentín.

Miembro del Sistema Nacional de Creadores desde el 2011, Agustín Meza, director, dramaturgo y docente, un día decide meter su vida en una maleta y mudarse a Querétaro para empezar desde cero su actividad teatral allá.

Responsable de uno de los más bellos montajes de Esperando a Godot que se han hecho en el país ha llevado su trabajo a diversos Festivales Culturales en Europa y Asia, en el 2005 fue nominado como Director Finalista en The Rolex Mentor and Protégé Arts Iniatiative.

Sin más preámbulos, hoy toca su turno de compartir con nosotros su visión del teatro, los planes de su Compañía de Teatro El Ghetto y la situación de la escena queretana.

 

Itzel Lara: ¿Cuándo tomas la decisión de irte del Distrito? ¿Qué te hace pensar en Querétaro cómo una ciudad con posibilidades para seguir dedicándote al teatro?

Agustín Meza: A mediados de 2007 decidí salir del D.F. con el objetivo de radicar en una ciudad que me permitiera desarrollar mi teatro, el teatro de arte, ese tipo de teatro que Peter Brook suele llamar el Pez Dorado. En esos años, mi contexto humano, artístico y económico, se resumía en una fuerte crisis, el D.F. no me estaba ofreciendo nada a favor, mis proyectos personales no lograban concretarse, ningún apoyo, ninguna institución abría las puertas a mis propuestas, y lo más fuerte, mis compañeros ya se habían retirado a otras compañías para trabajar en otros proyectos.

La República Mexicana siempre ha sido una opción muy importante para el campo laboral de las artes escénicas. Desde 2001 hasta la fecha, he viajado a diversos estados del país como director, docente, tallerista, ponente y jurado. De todas esas experiencias, mi primer destino fue la ciudad de Querétaro. Hoy creo que por ese encuentro elegí Querétaro.

Por último, estoy convencido que toda ciudad, puede, eso sí con mucho esmero, ser propicia para brindar las condiciones básicas para dedicarse profesionalmente al teatro. Desde luego, uno tiene que trabajar bastante para que estas condiciones se den. En el caso específico de Querétaro, es una ciudad muy interesante, que de un momento a otro podría generar un movimiento teatral bastante fructífero, como es el caso de Veracruz, Guadalajara y Monterrey.

 

IL: ¿En los últimos años cómo has visto el panorama artístico y teatral en esa ciudad?

AM: Querétaro se ha convertido en una ciudad con una gran apertura para realizar una gran cantidad de festivales nacionales e internacionales de perfil cultural. Sin duda, estas actividades han beneficiado a su público. Sin embargo, el gran problema cultural en Querétaro reside en su risible presupuesto y en el precario sistema formativo profesional. En suma, es más relevante lo que llega a lo que se produce en la ciudad.

 

 IL: Cuéntame un poco sobre la asistencia del público a las obras y los espacios con los que cuentan las compañías ¿Hay apoyo del Gobierno? ¿Hay lugares independientes?

AM: Público hay y bastante. Lo que no hay es la cultura por pagar una entrada. Son contadas las compañías que cuentan con un espacio. Y si una compañía logra levantar un espacio, existe el riesgo a que sólo dure no más de 3 años. Las compañías que logran crecer es porque su propuesta es de perfil comercial, turístico, o tradicional; pero a nivel cultural es muy difícil.

El apoyo que ofrece el gobierno (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes y el Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro) es muy precario. Por ejemplo, no sueltan más de $50,000.00 para un proyecto, su burocracia es muy fastidiosa, y casi siempre, terminas haciendo su trabajo.

Espacios independientes de carácter cultural, definitivamente no hay. Los que te podría mencionar son meramente de otro corte: La fábrica (según es cultural, pero en el fondo es Hipster, para gente bien), La carcajada (es tal cual su nombre, una especie de Los Mascabrothers pero región 4), y así sucesivamente.

 

IL: Hablando un poco de tu trabajo ¿Sientes que lo ha enriquecido el vivir en Querétaro?

AM: Definitivamente sí. Hoy por hoy, estoy muy satisfecho con mi trabajo. He podido tener una repercusión en Querétaro y en otros puntos del país, incluyendo el D.F. A partir de Anatomía de la Gastritis de Itzel Lara (2012) y Gritos y susurros de Ingmar Bergman (2013), Querétaro me ha brindado cosas muy hermosas, empezando con la gran calidad de mis compañeros que conforman El Ghetto. Y con el próximo estreno: La habitación y el tiempo de Botho Strauss (2014) me siento muy, pero muy contento.

 

IL: ¿Qué cosas hay en puerta con tu compañía? ¿Cómo ha sido su evolución?

AM: Este año es muy importante, iniciamos el 2014 como Asociación Civil, tendremos el estreno y la temporada de La habitación y el tiempo de Botho Strauss a partir del 29 de marzo, y en diciembre celebraremos ya 20 años como Compañía de Teatro El Ghetto. En 2015, estrenaremos Stalker de Boris y Arkadi Strugatski con actores muy importantes: Diego Piñón y Karina Díaz.

La evolución ha sido fructífera, pero como todo lo que vale la pena, nos ha costado mucho. Y vamos por más.

 

Para más informes sobre la Compañía de Teatro El Ghetto,  se puede consultar su página oficial de Facebook.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.

La obra poética de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998) es parte de su pensamiento, pues, como varios críticos han dicho, Paz ante todo fue poeta, de manera que incluso de su poesía pueden surgir discrepancias. En particular, comulgo muy poco con sus ensayos, por ejemplo los dedicados a sor Juana, Villaurrutia o Cernuda; sin embargo, su poesía la he leído con detenimiento y deleite, si bien no es una poética que siga. Por otra parte, la vida y la obra de Paz son difíciles de abarcar, algunos han intentado, por una parte, unas cuantas biografías (Poniatowska, Monsiváis o Sheridan) y otros se han centrado en la biografía literaria o intelectual (Aguilar Mora, Gimferrer, Ulacia, Verani, González Torres y recientemente Evodio Escalante) sin prescindir del todo de aquella parte fundamental que es la vida del poeta. Hacerlo de un autor como Paz, tan polémico, tan cercano todavía, hace complicadas ambas tareas.

Alberto Ruy Sánchez, por su parte, se ha limitado a escribir Una introducción a Octavio Paz, originalmente escrita para un diccionario de escritores que se publicó en Nueva York, después se publicó en Joaquín Mortiz en 1990 y al año siguiente ganó el Premio José Fuentes Mares de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Ahora reaparece en esta edición del Fondo de Cultura Económica corregida y aumentada hasta la muerte de Paz, ocurrida en abril de 1998. Ruy Sánchez la define desde las primeras páginas no como “un ensayo crítico sino una sustanciosa ficha informativa”. Un ejercicio de síntesis que “ha servido tanto a alumnos y profesores en las escuelas como a cualquier persona interesada en conocer algunas claves de la obra de Octavio Paz”. Sin aspirar a ser una obra totalizadora sino, como su nombre lo indica, una introducción (no “la” introducción), ciertamente cumple su cometido de acercamiento a la vida, obra y pensamiento del poeta.

Para empezar, Ruy Sánchez abre con una clave paciana: “su concepción de la poesía como revelación y lucidez, creación dentro de la historia y no de espaldas a ella, clave de conocimiento y acción”, pues para Paz el poeta “ejerce una manera excepcional de lucidez en el mundo”. En este libro, Ruy Sánchez divide la obra de Paz en cinco etapas, lo que llama “círculos vitales”. Así, el primero, el llamado “Círculo de tierra”, abarca desde su nacimiento hasta 1943. Al final de este librito, Ruy Sánchez cita unas palabras de Paz que, me parece, aclaran ese primer círculo: “creo que el niño es la semilla de creación del hombre. Todo lo que hacemos está ya en el niño”. Son los años de la vida en Mixcoac, del viaje a Los Ángeles, del abuelo, el padre y la madre célebres por su poema “Pasado en claro”, pero también el de su tía Amalia con la que se identificaba más, los estudios en las escuelas cercanas y luego la preparatoria en San Ildefonso, las primeras revistas, la misión educativa a Yucatán, el matrimonio con Elena Garro con quien viaja a una España en guerra y los primeros libros, todo eso antes de los 23 años.

Después, en 1933, Paz publicó sus primeros poemas en la plaquette Luna silvestre, de los que después abjuró de manera que los siguientes diez años, según él mismo, se la pasó “corrigiendo borradores de borradores”. A lo largo de esos diez años, Paz publicó otros libros de poemas: ¡No pasarán!, Raíz del hombre, Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España y Entre la piedra y la flor. A diferencia de Luna silvestre y Raíz del hombre, los otros libros tienen reminiscencias de la poesía social y comprometida que se escribía en esos años. Es por eso que Paz los eliminó casi en su totalidad de sus antologías poéticas y sólo reaparecieron hasta sus obras completas. En ellos todavía no aparece el Paz que escribe su obra bajo la impronta del Tiempo y la Historia, el “poema-memoria” que será medular en su poesía: “Piedra de sol”, “Nocturno de San Ildefonso”, “Pasado en claro”, “1930: Vistas fijas”, “Elegía interrumpida”, el multicitado “Intermitencias del oeste (2) (Canción mexicana)” o “Epitafio sobre ninguna piedra”.

Las siguientes etapas, o como las llama Ruy Sánchez: “Círculo de aire”, “Círculo de fuego”, “Círculo de agua” y “En la espiral”, confirman lo que Paz dice desde el título de uno de sus poemas más representativos, pues su poesía se propone dejar en claro su pasado: ajustar cuentas sin concesiones, no ver el pasado con nostalgia sino tomarlo por los cuernos. Eso sucede particularmente en los poemas que he citado arriba, y en otros más. En esas etapas están la incursión en el surrealismo, las diferencias políticas, los verdaderos primeros libros (Libertad bajo palabra, en primer término), las misiones diplomáticas, la India y el Oriente y un nuevo matrimonio. Pero, dice Ruy Sánchez, algunos datos de la vida del poeta sólo ayudan a comprender mejor su obra, no la explican ni la agotan “porque los hilos que unen vida y obra son sutiles y complejos”.

Sin embargo, Ruy Sánchez cae en algunas inexactitudes y en eso que en su propio libro sobre Paz Aguilar Mora llama “glosas saturadas de admiraciones”, pues magnifica algunos puntos. Dice que Paz se hizo anarquista junto con un compañero en la secundaria, juntos emprendieron una huelga y pasó dos noches en una celda, pero no aclara el motivo que causó la mencionada huelga. Cuando habla sobre Barandal, la revista estudiantil que Paz y sus compañeros de preparatoria hicieron y nombraron así por los barandales de San Ildefonso, dice que en “ella le descubrían a su generación, las vanguardias literarias del siglo”. No creo que Barandal, siendo una modesta revista estudiantil, haya tenido tanta resonancia, además, por el tiraje limitado y porque los redactores eran estudiantes como los otros y prácticamente desconocidos; la cosa sería distinta cuando años después emprende, junto con otros amigos, la aventura que fue Taller, a pesar de su corta existencia.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.