Tierra Adentro
Fotografía de Aranjuez por Pixabay.

Mapa de cómo escuchar Aranjuez mientras se descubre el Nuevo Mundo

a Octavio Paz con la devoción de sus hijos literarios

 

Epopeya del beso

 

Por tu manera de no poder besarme beberías el Concierto de Aranjuez en un borde medieval del Guadalquivir: pelea Rodrigo por mirar el olor de la sombra bajo tu libertad de nombrar: Atlántico: puerto: un chopo de agua: se hizo a la mar un loco caballero y flotamos en una música de Jacques Brel: en el cine dos amantes querían besarse e invadir Sevilla por el soplo anochecido de un instrumento árabe: serían la sede de los juglares tus labios: embestir jabalíes o pasar el desierto con la memoria de octosílabo: roer un mismo verso: Santiago de Compostela 1126: la penumbra de cada hombre transcurre siempre hace casi mil años: querrán besarse por última vez con ese alejandrino que se parte en un teatro cuando se persigna Inés: lluvia del trópico: el Quijote llueve sobre la locura de mudarnos sin la Mancha a otros mundos: de Nuestro dios el rezo será diseñado para un muro gótico a través de la carta que Alfonso el sabio escribió con los suaves músculos de Dido: ya pasaron ocho siglos y no se sabe nada de este querer besarnos: es un abismo que alimenta la vista constelada en un castillo desde tu mano con la mía: decimos saberlo porque en realidad nunca partiste en la audacia de árboles que contagió a Christoforus el genovés: un chopo de agua: parte un bosque muerto a ese mundo: la tierra al fin es redonda: redondos tus ojos son el recuerdo de la manera en que se vuelve el otoño: un chopo de agua: extrañarás mi piel de agua por el brillo del caparazón de la madre que deja la playa para que otros hijos den brillo a la luna: la nueva luna salió de la arena estelar que se ve en la Tierra de Fuego: alguien escribe sobre un mercado o Tianguis: un chopo de agua: te conmueve un hombre de armas que llora antes del fin de la ciudad: al pie del árbol siguen haciendo calles y cafés al aire libre: una vitrola grabó un reflejo Barroco del Guadalquivir: me gusta esperarte en la Plaza más antigua de cada ciudad que visito: bajo la apología del tiempo: no sé qué será de mi cuerpo si escuchas mi imagen en la poesía de quienes habitan el Anáhuac: por tu manera de no poder besarme hay quienes suben a un automóvil y leen el mapa pensando que van a encontrar Aranjuez: hoy 30 de octubre de 1520: la ciudad (antes Templo de sangre) busca una capilla en la inmensidad de no poder florecerte en mi fuego de maíz: no sé cuántos años: un chopo de agua: el calendario que nos regía por la noche marca días de muerte: tú sabes del mapa que entre tus manos fluye el Guadalquivir: leo “Piedra de sol”: mil veces: salvajemente lejos: tratas de comprender la importancia del mar en El bodegón animado de Dalí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1975) es poeta. Obtuvo el primer premio del Certamen de Novísima Poesía Etcétera. Es estudiosa de la poesía de Xavier Villaurrutia y autora del libro Cartas para una sombra azul (Fondo Editorial Tierra Adentro No. 164).
Fotografía de Pixabay.

A principios de la década de 1940, Octavio Paz visitó Xalapa. Fue una mañana fría. El viento agitaba las hojas y las nubes rumiaban lluvia mientras la humedad maceraba a los poetas que rindieron tributo a Salvador Díaz Mirón, aunque ninguno de ellos lo admirara especialmente visitando su célebre casa de Xalapa. Jorge Cuesta, quien mejor comprendió la tentativa satánica de los versos del veracruzano, ya había muerto. No quedan datos ni registros de donde se efectuó la lectura. Apenas un testimonio: la fotografía de Lola Álvarez Bravo con Xavier Villaurrutia como eje semántico y simbólico de la composición.

En ésta, Villaurrutia, ya un poeta consagrado, viste un traje de raya diplomática con un protector chaleco, perfecto el nudo americano de la corbata, ensaya sonriente una pose: los brazos cruzados, la sonrisa levemente irónica mirando a la cámara. Lo flanquean dos jóvenes. Jorge González Durán, poeta de la promoción de Tierra Nueva, posa su mano izquierda sobre el hombro de Villaurrutia mientras guasón reclina el rostro. Siendo el más joven de los tres, viste informal y se comporta campechano, confianzudo. Mano en los bolsillos, suéter con cierre. Un detalle: sus zapatos relumbran, los de sus compañeros no. Mucha chulería para ser tan joven, ¿será que tiene ya un puesto con Coquet? ¿O eso vendrá después con Bellas Artes? Octavio Paz, a la izquierda de Villaurrutia, luce dubitativo, expectante. Contrario a Jorge, se mantiene apartado de Xavier, aun cuando sus pies casi se tocan. Es indicativo que Villaurrutia adelante su pie izquierdo en dirección a Paz delatando coqueto su preferencia. Pese al rostro sonriente, seguramente a causa de un comentario gracioso de González Durán, Octavio asume una actitud ecuánime. Contraído el puño, torso erguido, latente la tensión en su hombro. Sus zapatos estilo Boston están gastados, innobles, aunque las líneas de su saco de casimir no desmerecen ante el corte de Xavier. De no ser por las mangas…

Por la vegetación —helechos—, se han detenido cerca de la otrora Calzada de los Poetas, donde bustos de Salvador Díaz Mirón, Rafael Delgado, Josefa Murillo realizados por el escultor Carlos Bracho, circundaban los muros de una antigua casona. Hoy nada queda: la rapiña y el descuido de las autoridades municipales terminó con esos bustos de principios de siglo que honraban la tradición literaria de Xalapa, gracias al mecenazgo de Teodoro A. Dehesa. El más hermoso parque de Xalapa, donde bajo los altos eucaliptos y las roñosas araucarias se respiran aires de otros tiempos, con ramalazos de ese abandono pútrido que envenenó la imaginación decadentista, ha quedado trunco sin que a nadie le importe. He aquí la memoria de una ciudad que se ufana de culta.

Incluida por vez primera en el volumen Xavier Villaurrutia en persona y en obra de Octavio Paz (FCE, 1978), cortada y con información errónea —se lee Parque Díaz Mirón, siendo el nombre correcto parque Miguel Hidalgo, mejor conocido como Los Berros—, posteriormente recuperada en el libro Octavio Paz, entre la imagen y el nombre (Conaculta, 2010), iconografía en blanco y negro firmada por Rafael Vargas, esta imagen atestigua el encuentro de tres poetas.

Pocos saben que uno de los mecenas de Lola Álvarez Bravo y responsable del reconocimiento de su obra fue Benito Coquet, como expone Olivier Debroise en su libro sobre la fotógrafa: Lola Álvarez Bravo: In her own light (Universidad de Arizona, 1994). González Durán a su vez prologó una exposición de Álvarez Bravo en el Palacio de Bellas Artes.

Benito Coquet (1912-1993), a la sazón un célebre hombre de cultura y hoy en el completo olvido —lo cual es una injusticia—, conducía a comienzos de la década de los cuarenta (1941-43) la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética, antecedente directo del Instituto Nacional de Bellas Artes. Como parte de su labor titánica —anteriormente había sido delegado de la joven Universidad Veracruzana, Secretario de la Confederación Nacional de Estudiantes y posteriormente crearía el Instituto Mexicano del Seguro Social además de ejercer como Secretario del presidente Adolfo Ruiz Cortines—, Coquet promovió el arte en sus diferentes facetas y expresiones a lo largo del país. Presumiblemente los poetas de estas distintas edades y promociones estuvieron presentes esa mañana para una lectura —Rafael Vargas dixit—. Coquet, todavía joven, e incluso ya integrado a los colaboradores de Manuel Ávila Camacho, había convocado a los miembros de Contemporáneos y a escritores como Mauricio Magdaleno para lecturas. Ya en su faceta de director del IMSS invitaría a otros jóvenes de su generación a laborar con él, como Andrés Henestrosa y de nuevo Octavio Paz.

Oriundo de Xalapa, francés de ascendencia, Coquet se había formado en las escuelas superiores de la ciudad y posteriormente cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1947, recibió su título de abogado por la Universidad Veracruzana. Aun desde trincheras distintas, Coquet y Octavio Paz coincidieron en varios momentos. Uno de ellos fue cuando, en 1934, Lázaro Cárdenas intentó uniformar la educación en México con un cariz marxista, Coquet emergió como el gran líder estudiantil y dirigió la protesta desde la Confederación Nacional de Estudiantes, junto a Bernardo Ponce. Hubo manifestaciones, debates, cartas públicas y un enconado encuentro en San Luis Potosí. Uno de los estudiantes que firmó esa carta de protesta, una entre 500 firmas, fue la de Octavio Paz. Otro de los opositores a la subordinación de la universidad al Estado fue Jorge Cuesta. En otra ocasión al rendir homenaje al poeta recién fallecido Miguel Hernández, Coquet invitó al joven Paz y a otros poetas del exilio español en México.

Más tarde, ya director del IMSS y mecenas del teatro público, Coquet incorporó a Andrés Henestrosa y a Paz a su equipo.  Otro de sus legados, además de los citados, fue la creación del  Premio Nacional de Ciencias y Artes, surgido por una disposición de una ley del Congreso de la Unión, aprobada a iniciativa de cuatro diputados, entre los que destacan, además del mismo Benito Coquet, Manuel Moreno Sánchez, el 11 de septiembre de 1944. Moreno Sánchez había sido otro de los compañeros de Paz en San Ildefonso. Finalmente, en ocasión de los 75 años del poeta, Coquet publicó una bella carta a su amigo de juventud y antiguo colaborador.

Francisco Hernández, en Imán para fantasmas, ha escrito un poema sobre esta foto:

—La carrera sin sed de los helechos —murmura Villaurrutia mientras posa—, es lo que puede acelerarse ahora.

Lo rodea el brazo de González Durán y piensa Octavio Paz, joven, sonriente: “Estamos en un parque de Xalapa. La humedad es nostalgia de la vida, Díaz Mirón es disparo en la memoria y Xavier es palabra de poesía”. Imposible determinar la hora, mas estaba nublado de seguro. Se adivinan los truenos en lo alto. El aguacero afila sus espuelas para poder correr tras las estatuas.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Poeta, ensayista y editor. Fundador y editor de varias revistas y publicaciones dedicadas a la literatura y la crítica del arte y la sociedad, la más conocida de ellas Graffiti (1989-2000). De su bibliografía mencionamos: La Construcción del Amor (ensayo; Tierra Adentro, FONCA, 1992; segunda edición, 2005); Vista envés de un cuerpo (poesía; Ficción, UV, 2000), Luz de viento (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2006), Verano en la ciudad (Aldus/CNCA, La Torre Inclinada, 2006), La ciudad de los muertos (Fondo de Cultura Económica, Poesía, 2012). Dirige el periódico cultural Performance en Xalapa (segunda época).
Diana Martín. “La boda de los Dodós” Grabado en barniz blando

Erika Mergruen es una autora reconocida dentro del ámbito fantástico tanto por sus narraciones como por la divulgación de autores y obras raras desde su sitio web, pero en esta ocasión tenemos la oportunidad de acudir, a través de este fragmento de su novela La casa que está en todas partes,* a la que sigue siendo una realidad cotidiana para muchas mujeres mexicanas: la de una vida consagrada al cuidado de los otros.

 

Cada quien ha de buscar la forma para aliviar el desconsuelo. Pero para huir de la vacuidad el camino puede resultar escabroso y casi siempre nos lleva al precipicio del cual emergimos creyendo que habíamos logrado evadir nuestro sino.

A Mathiana, la vacuidad la transformó, flotaba por los cuartos y los corredores de la casa donde trabajaba. No fue al entierro del de los hoyuelos ni a reconocer el cuerpo al anfiteatro. Nunca vio el rostro voraz de la tierra en el rostro de aquel ser amado. Su luto se resumió en despegar las figuras de aves, mariposas y estrellas hechas de trozos de papel y de hilo para guardarlos en una caja de cartón arropadas con la fotografía que fuera el centro del nicho.

Los días pasaron grises hasta convertirse en años. La vacuidad es una venda invisible que nos hace torcer el camino en cualquier encrucijada. Mathiana lo conoció, al otro, en la fiesta de quince años de la hija de la amiga de una amiga. Y aunque él también se unió a sus paseos domingueros en la Alameda, jamás tuvo un nicho.

El día que se casó, el espejo de la cómoda reflejaba el cuarto vacío de Mathiana. Partió de la casa donde trabajaba, la de la señora Genoveva de la Barca de Heinz. La de los encargos, la de los libros fantásticos en los estantes, la de la casa en la zona residencial donde había una tienda que proveía a los trabajadores de la mina de grava y arena que se encontraba en la periferia de la ciudad.

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Mathiana servía a su hombre según los usos y costumbres de la ciudad mestiza. Desayuno, comida y cena, lavado y planchado, aseo del hogar, sexo para ser preñada. Memorizaba el código del hogar que con el pasar de los meses se transformaba en una prueba de héroes legendarios. Porque la mujer es el pilar de la familia y para sostenerla ha de ser dulce y sumisa, ha de comportarse en público, no ha de andar con ligerezas, no ha de tener amigos, no ha de tener amigas, no ha de exhibirse como una golfa, no ha de dudar de la autoridad del hombre proveedor. Ha de abrir las piernas cuando el hombre lo pida, porque él es el semental cuya divina semilla debe perdurar, ha de educar a sus hijos primero y luego a sus hijas que desde pequeñas han de comprender el código: el de ser mujer en la ciudad mestiza.

El hombre come primero, el hombre orina primero, el hombre habla primero, el hombre es servido primero porque él es fuerte, magnánimo y poderoso hecho a imagen y semejanza de dios.

Mathiana veneraba a su dios, rezaba a su dios, complacía a su dios y como los niños que ven por vez primera las imágenes sangrantes de lo santos y las beatas, también temía a su dios. Porque la ira divina es infinita, omnisciente y omnipresente. Y si la tortilla no estaba lista dios la insultaba; si la camisa de rayitas no estaba lavada dios la insultaba y si el plato no estaba listo cuando él llegaba, dios la insultaba. Y si dios llegaba embriagado, la insultaba, la golpeaba y la ultrajaba. Porque las mujeres son costillas que se maceran en las obligaciones cotidianas y se fríen en sus cosas de viejas y se muerden y se roen, y cuando ya no sirven se arrojan sus huesos a los perros hambrientos.

El terror es como el mar, en perpetuo movimiento, y su inmensidad va más allá del horizonte. El terror tiene su marea lunar y sus seres siniestros bajo la superficie. El terror de Mathiana se convirtió en un océano enardecido cuando vio cómo su vientre crecía día a día, sin importar que los viernes de jugada del hombre-dios lo transformaran en el dios vengativo de evangelios nunca escritos. Mathiana se hacía ovillo tratando de proteger su vientre, con los mismos ojos entreabiertos de aquel angelito en el altar.

Pero así como las aguas encrespadas tienen un momento de mágica quietud al amanecer, así lo tuvo Mathiana cuando escuchó el llanto de su primogénito y único hijo, Gabriel. Después de aquella mañana de correrías por la avenida para encontrar un taxi que la llevara al hospital, su hombre-dios llegaba más tarde a casa con tal de evitar los chillidos del mocoso que parecía que todo el tiempo quería estar prendido del seno de su madre. Así, la dulzura, la ansiedad y el espanto de los primeros días de maternidad fluyeron con una calma inhabitual.

Bastó que el recién nacido se adaptara al horario terrestre y olvidara su origen acuático para que la vida retomara su ritmo. Mathiana regresó a la tarea de servir a su hombre entre los pañales, los baños tibios y las nanas a Gabriel. Su hombre retomó su papel divino, alzando la ceja, la botella y el puño corrector.

Los años pasaban. Gabriel crecía como crecían el terror y la tristeza consuetudinaria de su madre, Mathiana. Su hombre había añadido nuevas reglas al código del hogar, pues no estaba permitido consentir al niño. Así sería bien hombrecito, como él, su ejemplo a seguir, que los dioses sólo conciben dioses, porque en su semen se encuentra el secreto de toda divinidad.

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Nuevas furias asolaban al dios porque su esposa no se preñaba de nueva cuenta y tan digna casta no podía limitarse a un solo chiquillo. Conforme los días reafirmaban la esterilidad de la pareja, el hombre la montaba con mayor desesperación y buscaba en los anaqueles del baño, de la cocina y hasta en el congelador alguna pastilla pecaminosa que delatara a la impía consumidora de algún método anticonceptivo.

Tras un encargo escolar de Gabriel, pues en las escuelas de los niños suelen pedir cosas inauditas, Mathiana se dirigió al centro de la ciudad, a las calles aledañas a la Catedral. Sin pensarlo, entró al templo. Su desesperación se materializó en la fachada abigarrada, en los cachetes gordinflones de los angelitos barrocos y en las miradas vidriosas de las ánimas del purgatorio. Maldijo en la iglesia, en silencio, al angelito de los ojos entornados, a su casa natal, al día de la helada, a la tienda de los mineros y a la maldita Sombra que había sepultado al de los hoyuelos. Maldijo en silencio porque otro destino se le había escapado en la parada del autobús que la trajo, junto con su madre y su hermana menor, a la ciudad. Y lloró a sus muertos, en silencio, apretando las mandíbulas hasta que su cerebro empezó a punzarle. Apretaba muela contra muela imaginando que trituraba a La Sombra que de seguro era un demonio empeñado en arruinarle la existencia. Salió de la iglesia para ir a cumplir el encargo escolar de Gabriel y regresar a casa antes de que su dios regresara a exigir su adoración diaria.

Ya en casa, Mathiana cumplió sus deberes: frió el jitomate, sazonó el pollo, rebanó unos rabanitos, dio de comer al niño y jugó con él, planchó las camisas, habló con el niño, puso la mesa, dio de cenar al niño, lavó los platos, bañó y durmió al niño, siempre pendiente de la hora. Dormía a Gabriel antes de que su hombre llegara, para que no oyera el griterío, ni las mentadas ni a su madre dando tumbos por la casa.

Pero ese viernes el reloj marcó las once, la medianoche y luego las tres de la madrugada y el hombre no llegó. Mathiana supuso que llegaría para el desayuno, bien borracho o bien crudo. Dejó remojando unos chiles previendo el guiso picosito que cualquier dios requiere después de sus tropelías. Y se fue a dormir.

A esa hora en que el frío arrecia, justo antes de que el sol asome por el horizonte como estirándose tras una siesta, alguien tocó a la puerta. Mathiana creyó que su hombre había olvidado sus llaves o venía tan perdido que no atinaba a abrir.

Era un vecino, sudoroso y con el aliento entrecortado que le señalaba la esquina y le decía que su hombre estaba allá dormido y que no despertaba.

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Mathiana lo tocó con la punta del pie, lo llamó por su nombre mientras se pasaba el chal por el cuello para protegerse de la mañana fría. El hombre no despertaba. Mathiana se hincó y lo zarandeó con cautela, lista para esquivar el manotazo, porque a su hombre no le gustaba que nada le perturbara el sueño pues bien decía que era sagrado y los sueños divinos crean mundos enteros. El hombre no despertaba. Estaba dormido y tieso como una rama. El hombre-dios se había muerto de una congestión. Ella se puso en cuclillas y cerró los ojos del dios: un movimiento suave pero firme, apenas un roce sobre los parpados. Se persignó. Y entonces la vio, sentada en la banqueta, apenas por unos segundos, tan delgada y sombría como la primera vez que apareció erguida junto al pozo. La Sombra asintió y se desvaneció.

La entonces viuda Mathiana temió haberla invocado con sus maldiciones en la Catedral. Meses más tarde creyó que La Sombra había regresado a pagar su deuda.

 

* La casa que está en todas partes, publicada por Suburbano Ediciones.

 


Autores
(Distrito Federal, 1967) es escritora. Ha publicado poesía, cuento y novela. Obtuvo el premio Autobiografías, Diarios y Testimonios de Mujeres Mexicanas, DEMAC 2001-2002 con el libro La ventana, el recuerdo como relato (DEMAC, 2002). Su última novela se titula La casa que está en todas partes. Actualmente escribe una columna semanal, “Minutas de la sal”, en La Jornada Aguascalientes.
Un soldado juega a las vencidas con afgano durante una patrulla para conocer las condiciones de la Yawez, en la provincia de Wardak, en Afganistán. 17 de febrero de 2010. Fotografía: Sargento Russell Gilchrest (Ejercito de los Estados Unidos)

Se trata de un juego bien simple: dos hombres miden la fuerza de sus brazos derechos, asida la mano, con los codos en la mesa, para ver quién de ellos tiene más pulso al tratar de doblegar el brazo del oponente. El nombre genérico, o el más conocido, es el de “pulsear”. Lo cierto es que en el español de México “vencidas”, o su paráfrasis, “jugar a la vencidas”, es lo más familiar. En la Ciudad de México también se dice, entre los niños, hacer “fuercitas”. En teoría, gracias a esta perentoria competencia es posible saber quién posee más fuerza física.

Como práctica, de uso y costumbre, sería muy interesante preguntarse en cuántas culturas existe y a qué tiempos se remonta: así, podríamos inscribir en un contexto más amplio ese gesto tan impropio como el de las vencidas. Hacer una historia general de las vencidas sería tan complejo como ocioso. Quizá ya en las mesas de alguna taberna, carreteros del pueblo llano, se sometían a la competencia de sus brazos; veteranos de guerra en los tiempos de la bayoneta presumían su hombría pulsando; comerciantes o amantes del cuchillo apostaban a sus propios bíceps la euforia de la tarde; quizá ya se hacía desde tiempos remotos.

Realmente no recuerdo muchos ejemplos, por no decir ninguno, de vencidas en la literatura. Se me antoja haber leído algún fabliaux, —esos relatos medievales, llenos de historias de adulterio, hurto y veleidades— donde alguien pulseaba. Pero no lo sé de cierto. Quizá en algo posterior, como Manon Lescaut Creo que más bien las vencidas figuran en la memoria colectiva de las malas costumbres, y punto. Cosa segura es que es de mal gusto jugar a las vencidas y no sólo en nuestras maneras, en las maneras hispánicas, sino también en otras culturas. No es la imagen que uno quisiera conservar de una persona.

Aunque sí que recuerdo un ejemplo literario preciso. Gustave Flaubert, ese genio inclinado a retratar el mal gusto, en el capítulo IV de la primera parte de Madame Bovary, narra la boda entre Charles Bovary y la futura desposada, Emma. Flaubert, de principio a fin, en todas sus novelas, consigue que sus personajes sean idénticos a sí mismos y tengan comportamientos y rasgos coherentes. Emma, como ya se sabe, desea, pero no desea sólo objetos, sino algo más allá de ellos; desea lo que le puede conferir la posesión de esos objetos: un estatus, una transcendencia, la consumación de un ideal. Sus deseos no son de este mundo, y cuando aparentan serlo, remiten a un mundo imposible o perdido. Desde que Flaubert nos la dibuja como la hija del paciente de Charles, ya muestra su tendencia a lo exótico, su tendencia a poseer objetos que alguna lectura de la vida parisina le dictó. Cuando Charles la conoce, Emma le ofrece curaçao. ¿Por qué una muchacha provinciana, hija de un normando común, en el siglo XIX, tiene un licor caribeño en su barra?

No es de extrañarnos pues, que una vez que sedujo al joven viudo Chales Bovary, inspector de salud que no llegó a ser médico, haya pensado en casarse à la lumière des flambeaux (a la luz de las antorchas), con la luna en el horizonte, romántica y noblemente, y no a la manera usual en su provincia. A Emma no pudo ocurrírsele semejante extravagancia espontáneamente: lo leyó en alguna novela evocativa, en alguna revista de la vida parisina, se lo indicó cierta nostalgia por un mundo que no conocía. A su deseo de un matrimonio romántico, en todo su sentido decimonónico, se le impone la verdad. Este es uno del episodios quijotescos del personaje. Más allá de la oposición entre la voluntad de Emma y la resistencia del mundo, se deja ver la inclemente verdad novelesca con la que Flaubert define a su personaje: el deseo de Emma no se puede colmar porque no hay relación entre lo que desea y lo que realmente está en condiciones de obtener.

En vez de la boda añorada, la recién Emma Bovary tiene una fiesta típica y ridícula en la que el pastel se desborda del betún que le pusieron y hace mal juego con la repostería de mal gusto que está sobre la mesa, hecha por un confitero de Ivetot. Su padre se pone borracho. Los invitados, cuarenta y tres, algunos familiares de Emma, hacen lo propio de los gamberros: quieren escupir alcohol por los cerrojos, espetan majaderías y, claro, juegan a las vencidas: “hubo quien se sostuvo sobre el pulgar, se levantaron pesos, se hicieron juegos de fuerza.” La maestría de Gustave Flaubert es tanta, que uno de los primeros fracasos rotundos del deseo de Emma Bovary es una escena cómica: el escenario grotesco de la realidad se quita el velo del ideal. El mundo en su fealdad difumina cualquier ilusión de maquillarlo con lo que se espera de él: el superyó romántico, ese nacido de las lecturas de los lugares prodigiosos, de la fuerza de la naturaleza, de la soledad terrible y profunda, del amor religioso inspirado en las novelas de jóvenes suicidas, ese superego del bovarismo, se desmorona con la presencia final, en la boda de Emma, de dos personas que juegan a saber quién tiene más fuerza en los brazos. En vez de casarse aux lumières des flambeux, se casa a la luz de los borrachos; en vez de casarse con un hombre aristocrático, se casa con un conformista que no pudo llegar a ser médico y que el día de la luna de miel, parecía él “la virgen” de la noche de bodas.

Parece inevitable, después de este episodio, no ver a las vencidas con otros ojos. Cómo no interesarse, al ver a dos personas, en ocasiones de lo más espontáneo o de lo más solemne, batirse en duelo de fuerza. Quizá antes de que el mundo nos revele su definitiva fealdad, es mejor que nos adelantemos a él; cuanto más si estamos esperando la coincidencia perfecta entre lo que deseamos y lo que obtendremos, vale la pena mejor improvisar una mesa para doblegar el brazo del contrario. Quizá no haya otro remedio.


Autores
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
Diana Martín. “Mab y Cordelia” Temple al huevo/Tela

Al reconstruir la propia identidad, algo ocurre con nuestra idea de la infancia, esa época cuyo regusto es dudoso para el profesor J.R.R. Tolkien en su ensayo Sobre los cuentos de hadas: “iba a escribir [que fue una época] «feliz» o «dorada», en realidad fue triste e inquieta”. Curiosamente, esa certeza lo impulsó a defender los finales felices de las historias. Este cuento juega con la gozosa posibilidad de reescribir un episodio de la niñez, que es, al mismo tiempo, un episodio de la vida adulta.

 

Le daba miedo llevar a la perra sin cadena, ¿qué tal si se perdía?

Odie quería correr hasta llegar al parque, pero sólo lograba arañar el piso, ahorcarse con el collar y toser. Entonces el monstruo del lago Ness apuró el paso, agarrando bien con la otra mano el cuaderno, un libro y el estuche de los lápices de colores, que emitía un clangclangclang metálico con cada brincoteo.
Llegaron al grandísimo parque que lucía, como casi siempre, solitario. Soltó a la perra y se subió a la base de poste de luz. Quizá sólo ganaba medio metro de altura, pero le gustaba comprobar cómo desde ahí el paisaje era muy diferente. Los árboles se movían más, sus hojas se revelaban intrincadas, sus copas como vientres enjaulados donde sin embargo volaban libres los pájaros. Desde ahí podía ver sus siluetas saltando de una rama a otra, aquel aleteando para sentarse junto a algún compañero, ese otro quedándose muy quieto en un rama, todo esponjado. Se ajustó los audífonos a la cabeza, apretó el botón de play y contempló la extensión de su reino momentáneo con The Killing Moon sustituyendo a los sonidos del mundo. Sí, desde ahí arriba todo lucía mejor.

Vio también su parte favorita del parque, la casita del bosque: un grupo de árboles jóvenes que alguien sembró muy juntos y en círculo. Explorando un poco era posible hallar la entrada. Había llegado al corazón de ese enigma un par de veces y le gustaba tanto como le daba miedo. La luz era distinta allá dentro, oscura, polvosa y dorada, filtrada por varas de bambú y ramas tiernas. En el suelo, a modo de alfombra, un mullido lecho de hojas secas, crujientes y viejas. Siempre soñó con llevar ahí dentro sus cosas (esa mezcla de juguetes, libros, y provisiones de chocolates Carlos V). Hasta le pidió ayuda a su hermana, pero ella sólo la miró horrorizada y le dijo que ni lo intentara, que “aquello debe estar cundido de bichos, Monstruo del lago Ness”. La idea acabó con su afán exploratorio, así que mejor se quedó con este mástil para decir “¡Tierra a la vista!”, o este observatorio astronómico, “Es de día, ¿por qué la luna sigue aquí?”; o este tubo de bomberos por el que bajan los Cazafantasmas, “¡Vamos a chamuscar un poco de ectoplasma!”.

Siguió dando vueltas, en lo alto, mientras la perra hacía lo suyo. Se dio cuenta de que incluso podía ver a los que jugaban basquetbol al fondo. Concluyó (y se sintió muy lista por ello) que podía ver el futuro. Porque con esa vista privilegiada, era posible ver lo de allá, ese lugar al que llegaría en algún momento si continuaba caminando.

Se tumbó en una de las colinas del parque. Aún traía puesto el uniforme, pero los jueves su madre no le exigía que se cambiara porque le tocaba clase de deportes al día siguiente. Así que se revolcó sin temor en la tierra y el pasto, mientras sacaba los colores, abría ceremoniosamente el ejemplar de Manual de experimentos parapsíquicos 2 y su cuaderno. Comenzó a dibujar una historieta en la que ella era la quinta Cazafantasmas, salvaría al fantasma de su hermano de ser atrapado por sus héroes. El espectro clase 5, un feto con apariencia de camarón diabólico y cordón umbilical a manera de cola, aterrorizaba la ciudad de Nueva York (¿cómo llegó el fantasma de su hermano nonato a Nueva York?, era un misterio aún, pero ya se le ocurriría algo). Ray, Egon, Winston y Peter lo someterían con el cargador de protones para encerrarlo en la unidad de almacenamiento, el limbo de los fantasmas. Ella lo rescataría de ahí: encontraría la forma de ingresar a ese universo artificial contenido dentro del cuartel para dialogar con su hermano. Le diría que no era bueno estar resentido por no nacer, que a unos les toca y a otros no, y que, si quería, podría disfrutar del mundo con ellos, ayudándoles a cazar fantasmas malvados. El feto volvería a ser bueno, regresaría a su apariencia hermafrodita original (lo dibujó mitad cara de bebé-niño y mitad cara de bebé-niña, como al varón Ashler de Mazinger Z) y subiría a la superficie con su hermana para ser adoptado como mascota, igual que el chocante fantasma Pegajoso. Pero (¡giro de la trama!) algo salía mal: ella no podía regresar, ¡el portal se había cerrado! Además, ¡había muerto al bajar al limbo de los fantasmas! El Doctor Peter Venkman tendría que salvarla.

Esto lo había aprendido en la escuela: Orfeo bajó por su novia Eurídice hasta la tierra de los muertos y todo salió mal sólo porque no se aguantó las ganas de voltear a verla. En su historia ella sería Orfeo, traería a su hermano de vuelta. Porque a pesar de que le gustaba la idea de convertirse en una aparición trágica y greñuda, vestida de blanco y con sangre en la barbilla, en realidad quería seguir cazando fantasmas… Esto la distrajo.

Miró alrededor. La perra estaba echada junto a ella, con la lengua fuera del hocico agitándose como un jamón feliz. Nadie se acercaba para usar el poste, su mástil–observatorio–máquina del tiempo.

Sí que podía ver el futuro: al cumplir veintiún años y acabar la universidad (va a estudiar Parapsicología), iría a Nueva York a pedirles trabajo a los Cazafantasmas. Llevaría todas las boletas con sus calificaciones para que vieran que,  como ellos, “es muy inteligente y lee mucho”, el halago que más le gustaba oír. Les entregaría la solicitud de empleo completada con letra muy bienhechecita… tendrá que practicar. Escogería una foto donde la nariz se le vea más respingada y en la que el remolino del flequillo no se le note tanto.

Esto no se lo contaba a nadie porque bien sabía que la gente es muy dada a pensar que esos mundos inventados no existen fuera de las películas o las caricaturas. Pero ella quería dar tiempo a que éste existiera por sí mismo. Porque si muchas personas piensan en la misma cosa a la vez, o si una sola, ella, lo pensaba y deseaba con la fuerza suficiente, ¿no era lógico que se hiciera realidad? Ella creía que sí. Cuestión de tiempo.

La punta del lápiz color carne se acabó. Por suerte, su sacapuntas guardaba la basurita, así no dejaría los rizos y el polvillo sobre el pasto. Acercó la nariz al orificio para oler la mezcla de cera y madera que tanto disfrutaba. Siguió dibujando, tumbada boca abajo. El viento arrojó sobre el cuaderno campanillas de la jacaranda que les daba sombra. Olía a miel, a hierba tibia. Le reconfortaba el perfume del papel que los dibujos emanaban al calentarse con los rayos del sol, filtrados a través de aquellas gigantescas jaulas abiertas, tejidas con botones y ramas. Pero una sombra oscureció el papel, justo donde el rostro de su hermano fantasma lucía feliz por haber sido aceptado en la pandilla de su hermana.

Al alzar la vista vio a dos mujeres. Eran más grandes que su hermana, pero más jóvenes que su mamá. Las acompañaba una niña más pequeña que ella, como de unos cinco años. El monstruo del lago Ness no entendía exactamente qué es lo que le querían decir… cuando se quitó los audífonos, escuchó lo que le pedían. “Cierra las piernas”, dijo una. “Se te ven todos los calzones” dijo la otra. “Le estás dando todo un espectáculo al señor de allá. ¿Vienes sola?”.

Miró hacia donde la mujer había señalado con la cabeza. El hombre estaba de espaldas, ya se alejaba caminando. Ella sabía quién era: El Señor Que Jugaba Golf. Había intentado ser su amigo otra tarde que sacó a Odie a pasear, quiso enseñarla a jugar y ella no supo negarse. No le gustaba ese señor. Pero tampoco le gustaban estas señoras. Odie las saludaba con la cola, brincaba buscando caricias mientras ellas se hacían a un lado. Vestían pants, pero estaban muy arregladas, olorosas a un perfume que su mamá no usaba: ella olía mucho mejor.

Sólo alcanzó a articular un “Gracias” en voz baja y temblorosa. Cerró las piernas. La niña sí acarició a la perra. “¿Cómo se llama?”, le preguntó. “Odie”. “¡Pero ése es un nombre de hombre!”, le dijo riéndose. “También puede ser de niña”, contestó ella sin estar segura de que eso pudiera ser cierto. Las mujeres se fueron. Ella miró hacia todos lados. No había ya nadie cerca. Se incorporó. Quería correr hasta su casa, hasta ese otro olor que no la hacía sentirse avergonzada, nunca.

Pero no podía volver porque ya estaba llorando. No pudo evitarlo. La nariz y los ojos se le hincharían enseguida, pronto la traicionaría la “Cara de Morsa”, esa máscara que formaba su propio rostro abotagado, enrojecido y brilloso después de una buena lloradera. No había nada que hacer: cuando las lágrimas tenían que salir, tenían que salir. Ni siquiera supo qué la hacía sentirse tan avergonzada.

Recogió sus cosas y abrochó la cadena al collar de Odie. Se limpió los mocos con la manga del suéter. La luz del sol convertía esos hilachos sobre el azul marino en una telaraña húmeda que destellaba con los colores del arcoíris. Pensó arrancar una hoja del cuaderno para sonarse, pero algo había llamado la atención de Odie y se había echado a correr con todo y la cadena que no alcanzó a agarrar, las patas traseras impulsándola como si fuera un ciervo en plena huida de algún depredador. El Monstruo del lago Ness corrió detrás, angustiada, el estuche de metal cantando su clangclangclang.

Odie se había metido a la casita del bosque.

De pronto, no veía nada, la penumbra era densa. Oía las patas del animal  pisar la hojarasca, siguió el húmedo olfateo, pero no podía tocarla. Cuando sus ojos se acostumbraron, descubrió una silueta sentada en el tronco talado que ella había usado de mesita para el té algunos años antes. Se sobresaltó, le dieron ganas de salir corriendo al imaginar que se trataba de El Señor Que Jugaba Golf. Pero no era él. La perra empezó a hacer sonidos de felicidad ansiosa. Se había echado panza arriba, gemía y hacía las orejas hacia atrás con una sumisión que sólo mostraba cuando su padre, un bonachón en traje impecable de jefe, llegaba a casa. “¡Ven acá!”, trató de mutar la voz llorosa por una intimidante, pero fracasó. Odie ya estaba en brazos de aquella persona.

Era una mujer. Correspondía a la efusividad del animal abrazándola y mimándola con el mismo entusiasmo.

Apenas pudo percibir sus rasgos. La hierba había crecido desde su última estadía en la casita del bosque, ahora era un lugar más fresco y umbrío. “Déjala”, dijo la mujer, rascando detrás de las orejas de Odie. El olor de las hojas viejas tenía otra capa, otro aroma que lo superaba. Era suave y agradable. Flotaba entre ellas el espíritu resinoso de los eucaliptos, un ir y venir de vainilla. Permanecieron en silencio hasta que la mujer le extendió un kleenex para limpiarse la nariz. Intuyó, por lo poco que alcanzaba a ver, que guardó en el pantalón el paquetito minúsculo y su propio pañuelo, muy húmedo. O estaba enferma, o también había llorado. Odie las miraba desde su regazo con una expresión suplicante, el hocico negro formando una mueca sonriente. ¿Por qué lloran los adultos? Para ella era un misterio que prefería no descubrir nunca. Le parecía lo más triste del mundo.  Como su papá cuando murió abuelita, o su mamá –

–Tengo un gatito, dijo la mujer de pronto.

–¿Cómo se llama?, le respondió. La mujer meditó un poco.

–¿Qué nombre le pondrías tú a un gato?

Pensó que estaba demasiado avergonzada para conversar (con la máscara de la morsa puesta, con la invasión extraña de esas mujeres). Pero le sorprendió notar que tenía ganas de hacerlo.

–Yo también tuve un gatito, se llamaba Chicho UlrichRockervai. Pero se volvió loco y se murió. Y luego los Reyes (bueno, mis papás), me dieron a Odie.

La extraña parecía muy divertida con la información.

–Pero ese nombre no lo escogiste tú, ¿o sí?

–No.

–¿Qué tal Bagheera?

–¿Como la pantera de la película de El libro de la selva?

–Exacto. “…tenía una voz tan dulce como la miel silvestre que gotea desde un árbol, y una piel más suave que el plumón”. Así la pinta el libro.

Era una señora rara. Pero le gustaba oírla.

–Si le pusiera un nombre de libro, pues le pondría Alicia.

–Es un gato. Tendrías que ponerle Alicio.

La risa infantil llenó el aire y luego explotó como una burbuja de jabón.

–¡Pero ése es nombre de mujer!– le dijo, recordando el episodio de hacía un rato. Se arrepintió de repetir como un perico lo mismo que esa niña.

–No, no lo es.

 

Se hizo otro silencio que llenaron los pájaros. Un zanate fue particularmente escandaloso. Buscaba a alguno de los suyos. Silbaba, y luego parecía reír, y luego cantó dulcemente. Odie entrecerraba los ojos, deleitándose en el sopor de la charla, las hojas, los perfumes. La niña sentía que aquella mujer la miraba de reojo. Ella también quería estudiarla, pero no se atrevía demasiado. Era de mala educación, ya lo sabía.

–¿Te sientes mejor?, preguntó la mujer. El monstruo del lago Ness asintió.

– Yo también. A veces vengo aquí para sentirme mejor.

La perra lamía suavemente la mano de la mujer.

El ritmo de esa caricia húmeda también la reconfortaba a ella. Ni siquiera tenía miedo de los bichos que pudiera haber, sentada ahí sobre el lecho de hojas, con las piernas cruzadas.

–¿Por qué estabas triste?– Aunque la pregunta era seria, la hizo como si estuviera jugando. Imaginó que ese lugar era un depositario de secretos, igual que los relicarios o las botellas al mar en las que se guarda lo que no se dice a nadie. Era como escribir en su diario.

La mujer se secó la nariz con la bola húmeda de papel. Luego miró a la niña fijamente.

–Porque tengo mucho que hacer y creo que no lo hago bien. Porque me preocupa que le vaya a pasar algo a mis papás.

Por lo que se veía, los problemas de los grandes no eran muy distintos a los que tenían los niños. Ella también tenía mucho que hacer y no lo estaba haciendo bien: no supo armar los poliedros en clase, tendría que entregar una maqueta al día siguiente y no había ido a la papelería aún, y cada vez que le quitaba la correa a Odie, o su papá se cruzaba la calle, o su mamá tardaba demasiado en el súper, pensaba en las fotos viejas, en la sangre, en las pesadillas, en la parte triste del Día de muertos.

–A mí me pasa lo mismo.

La mujer la miró con una sonrisa francamente decaída.

–Quizá ese sea el problema.

La niña no comprendió.

–¿Puedo ver tus dibujos?

Le extendió el cuaderno. Aunque parecía que ya se habían acostumbrado a la penumbra, la mujer lo acercó al rayo de luz más ancho que llegaba del exterior. Parecía muy complacida.La niña pudo ver sus pestañas y las pupilas de sus ojos aclararse, empequeñecerse con la luz.

–¿Y esto? Preguntó, señalando con el dedo el cordón umbilical del fantasma.

–Es mi hermano feto diabólico.

La risa de la mujer llenó el aire y luego reventó como la nota metálica de una campanada.

En un arrebato de confianza, El Monstruo del lago Ness le dijo:

–Creo que podré rescatarlo del limbo cuando acabe de leer todo este libro. Pero me falta el tomo 1.

La mujer miró el Manual de experimentos parapsíquicos 2. Mientras acariciaba el canto y hojeaba las páginas con una expresión indescifrable, Odie brincó al suelo, a seguir olfateando.

–Yo voy a conseguírtelo.

–¿También puedes comprarme uno que diga dónde estaban todos los cementerios de la ciudad, para saber qué lugares están construidos encima? Me va servir para buscar casas embrujadas.

La mujer se levantó mientras prometió que también lo buscaría. Rascó a Odie detrás de las orejas, apretó a la pequeña perra contra su pecho. Luego acarició el pelo de la niña, y la abrazó.

–Esas señoras son idiotas, no les hagas caso. El Señor Que Juega Golf es quien está mal, no tú. Dibuja, lee, juega como quieras. No dejes que nadie te moleste.

Y le besó la coronilla del pelo.

Camino a casa, se subió al poste–mástil–máquina del tiempo. Se le quedaron mirando un par de personas, pero no le importó.

El zanate seguía llamando a los suyos. Segundos después pudo ver cómo otros dos llegaban a mecer las ramas próximas. Una lluvia de flores cayó debajo de ellos, y llenó el aire de aquel perfume, “tan dulce como la miel silvestre que…”

Dentro de casa, se dirigió al librero. Ahí estaba: Manual de experimentos parapsíquicos 1.

–Alejandro, ¿me prestas tu libro?

–Claro. ¿Qué pasa? Lloraste.

–Un poquito.

Se abrazó a él. Pero ya no estaba triste.

–¿Lo vas a leer ahora? ¿Y El libro de la selva?

–Ahorita no, va a ser mi lectura del avión.

–¿Cuál avión?

–El avión a Nueva York. Necesito ir a Nueva York a chamuscar un poco de ectoplasma.

Alejandro ya estaba acostumbrado a esas determinaciones.

–Ya. ¿Es otra deuda, como la de ir a la casa de Sherlock Holmes?

–Exacto. Pero ahora sí llevaré paraguas. Y una cámara. La tos y las malas fotos casi lo echan a perder…

–¿Y cuándo será eso?

–En… octubre podría ser. Me da tiempo de ahorrar. ¿Tenemos algo en octubre?

–Halloween, en el cumpleaños de tu sobrino…

–A principios de octubre, entonces– El Monstruo del lago Ness miró a Alejandro con gratitud. Pero también con preocupación.

–¿Verdad que vas a cuidar mucho al gato?


Autores
(Ciudad de México, 1979). Escritora, editora, guionista y locutora. Estudió Comunicación y Creación Literaria de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Escuela de Escritores de la SOGEM. Su trabajo ha sido reconocido con el Premio de Cuento FILIJ (2007) y la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la especialidad de cuento (2009-2010), con la que escribió el volumen de cuentos fantásticos Pequeños naipes de ópalo. Ensayos y narraciones de su autoría han sido traducidos al inglés y al portugués. Se le considera especialista en Literatura Fantástica y Ciencia Ficción, literatura escrita por mujeres y literatura para niños y jóvenes, temas que aborda en el Sensacional de Libros del programa Ecléctico, trasmitido por Código DF, estación de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Ha publicado La Tradición de Judas (CONACULTA, 2007) y en las antologías de cuento Así se acaba el mundo (SM México, 2012), Los Viajeros: 25 años de Ciencia Ficción mexicana (SM, México, 2010), Three Messages and a Warning (Small Beer Press, Texas, 2012, finalista del World Fantasy Award) y Bella y Brutal Urbe (Resistencia, 2013).

En Tierra Adentro celebramos el evento “Poesía por Primavera”,  que organizan Hostería La Bota y Mantarraya Ediciones —bajo el auspicio del Gobierno del Distrito Federal y el Fideicomiso Centro Histórico—, y que tendrá lugar este sábado 12 y domingo 13 de abril, a partir de las 11:30. Con más de cincuenta escritores y casi setenta casas editoriales, el festival promete convertirse en verdadero desfile de colores y figuras. Al festival podrán acudir, de manera gratuita, ciudadanos y turistas; curiosos y amantes de la literatura.

A diferencia de ediciones anteriores, la duración del evento se extenderá a dos días. Antonio Calera-Grobet, editor y director del festival, explicó que unas cuantas horas no bastan para dar el debido espacio a un acontecimiento que va cobrando mayor auge dentro de la vida literaria y cultural capitalina. De ahí también que el domingo el festival dé lugar a “La Gran Comilona”, una especie de día de campo multitudinario entre los asistentes, para intercambiar y compartir alimentos y experiencias.

Nada mejor que esta nueva versión extendida de “Poesía por Primavera” para celebrar el centenario de escritores como Efraín Huerta y José Revueltas, pero sin olvidar nuestras más recientes y lamentables pérdidas: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Sergio Loo. No dejen de escuchar a varios de nuestros amigos, colaboradores y autores.

El programa:

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Del lado positivo de su historia, Sísifo, rey de Éfira, según la mitología y las fuentes actuales más populares de información, llegó a ser considerado el más sabio de los hombres, pero terminó siendo un mentiroso, además de un asesino: abusaba de la gente para incrementar su riqueza. Se dice que él mismo consiguió, incluso, engañar a Tánatos (personificación de la muerte en la mitología griega) y ponerle grilletes, de modo que durante un tiempo nadie murió en la tierra hasta que Ares solucionó el asunto.

Lo más famoso del personaje es su castigo divino: empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña, y antes de llegar, ésta rueda hacia abajo, obligándolo a repetir infinitamente el frustrante proceso. Muchas han sido las interpretaciones de la simbología de tan severa tarea. De acuerdo con los seguidores de la Teoría solar, Sísifo es como el sol que sale cada mañana y al final del día se oculta en el horizonte. Otros tantos ven en este pasaje mitológico una interpretación de la lucha del hombre por alcanzar la sabiduría.

Tal vez en estos motivos se encuentre una vertiente más próxima al porqué tres músicos, a los que los une una buena amistad, han decidido utilizar el nombre de este personaje para llamar tanto a una nueva entidad artística como a un álbum completo. Sufjan Stevens, Son Lux y Serengeti descartaron seguir utilizando sus iniciales y dejaron de lado el s / s / s, con el que auspiciaron el EP Bear & Claw, editado el año pasado. No quedaron conformes con la posible asociación de esa suma de letras con la unidad nazi, responsables de uno de los peores holocaustos  de la historia (un problema de fonética, más que nada).

Lo importante con este disco epónimo es que han querido ser perseverantes y exigentes consigo mismos, y así lograr que la electrónica de Son Lux se adapte a los arreglos orquestales y el pop luminoso de Sufjan. A esta combinación hay que agregar el rapeo de Serengeti. Se trata de una terna de artistas marcadamente distantes, en cuanto a sus estilos, que se han volcado en adaptar sus personalidades al grupo con que presentan estas 11 piezas.

El resultado de la suma de sus fuertes personalidades parece ser su mayor logro, aunque la crítica anota que el rapero parece concentrar la atención, sobretodo porque las líneas vocales caen sobre él.

Sisyphus (Ashmtattic Kitty / Joyful Noise, 2014) suena muy actual y no presenta problemas en cuanto a las bases musicales sobre las que el hip hop debería danzar. Han conseguido algo que destaca por su belleza sonora.

Sufjan ha sido el encargado de subrayar que no se trató de un pasatiempo de menor importancia; ha enfatizado que: “esto está lejos de ser música para una fiesta de fraternidad universitaria, es música cerebral de cojones, pero ese era nuestro objetivo, confiar en nuestros impulsos y hacer algo divertido”.

Y es que no suena desmadroso sino inspirado y ensoñador. Eso es lo que hay. Variación de intensidades, pasajes bucólicos, letras juguetonas pero contenidas. Pop electrónico que abre oportunidad para que los textos sean dichos por momentos y cantados con languidez en otros, como en “Take me”.

El disco es producto de tres semanas de trabajo intensivo y varias convivencias bien dosificadas de licores y algunas otras bebidas. Ellos lo han pasado bien, como nos lo hacen saber en “Alcohol”, un tema trotón que deja bien en claro que si de algo van a presumir es de estilo y charmé.

Lo que en un principio parecía ser un álbum modesto hecho a partir de las obras del pintor Jim Hodges se fue estirando hasta tener una obra bastante completa, que aunque no lo diga Stevens, termina por acercarse a su disco The Age of Adz (2010), una de sus producciones más ambiciosas y barrocas.

Este hombre orquesta ya tiene experiencia trabajando para el mundo del arte. En esta ocasión no colaboró para una institución de Brooklyn –su lugar de residencia- sino a invitación de The Walker Art Center de Minneapolis y The Saint Paul Chamber Orchestra. La idea fue que crearan una entrega más de la Liquid Music Series para la exposición del artista visual, que va del 14 de febrero al 11 de mayo, en aquel recinto de Minnesota.

Durante las sesiones de grabación tuvieron cerca las impresiones del artista plástico, aunque dejaron fluir el subconsciente —según cuentan—; aun así tomaron el título de alguna pieza y las canciones también reflejan las temáticas características del creador: sexo, sida, miedo a la muerte, soledad, amor y belleza. Los músicos partieron de su estética y luego trataron de darle la vuelta hacia rumbos distintos.

Pero el proyecto siguió creciendo. Una edición limitada de 50 copias del álbum fue puesta a la venta el día de la inauguración, que incluyó una breve intervención en vivo del trío, más Dj sets de Olga Bell, Angel Deradoorian y Tom Vek de los Dirty Projectors. Al día siguiente todos formaron parte de una charla pública.  Estimularon la reflexión.

¿Qué tan expansivo puede ser el concepto del pop? Sufjan se encarga de hacer que los elementos encajen y obtengan coherencia. Son Lux aporta su aparataje y personalidad minimalista. Ambos dejan que Serengeti se luzca un poquito de más, así sea repitiendo una frase tan sencilla como “Calm it down”, uno de los sencillos y la apertura del disco.

A final de cuentas un rapero mestizo de Chicago, un compositor de Detroit y un productor arty pusieron la amistad por delante, encontraron un nuevo nombre que reuniera tres eses y recrearon el trabajo plástico de una figura que les influyó, hasta en el cambio de nombre. Han dejado en claro que el corpus plástico de Hodges es la piedra de Sísifo que les toca empujar. Les ha parecido interesante transmutarse en un personaje que hace las veces de anti-héroe y que refleja el drama existencial. Ellos han querido llevar hasta la cumbre a un enorme monolito sonoro. Una tarea monumental a la que supieron enfrentar con gallardía, coraje y mucho talento.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Escritos para desocupados

Cuando cumplí 25 tuve mi primera crisis. Tenía un empleo cómodo en el centro mismo de la Academia que además me daba la libertad de escribir e incluso de no hacer nada, si eso quería. Recuerdo pasar horas en la pequeña reserva ecológica de aquella universidad, sentada bajo los árboles, pensando o intentando no hacerlo, meditando un poco, durmiendo otro tanto. Había cuentas pendientes con un pasado saboteado por el alcohol, las drogas psicodélicas y el delirio amoroso. Mi mente era, tal cual, un laberinto. Creo que quería contestarme a mí misma porqué elegí el ruido ensordecedor que conlleva una vida basada únicamente en su vorágine. Ahora sé que sólo lo hice porque podía, y eso me basta.

Antes de cumplir un año dejé mi empleo, dije que visitaría un fin de semana a mis padres en Oaxaca y no volví ni siquiera para desocupar mi escritorio o despedirme. Ojalá hubiera sido por motivos similares a los de Vivian Abenshushan en Escritos para desocupados (2013): un ejercicio político, una postura frente a la decadencia del cuerpo y del alma que impone el trabajo en este capitalismo atroz. Pero encerrada en esa oficina, esperando ansiosa la hora de salida para lidiar con el tráfico del D.F., no pude sino cuestionar qué haría de ahí en adelante, qué pasaría si quería dedicarme a escribir, ¿era escribir, para empezar, un trabajo?, ¿si te pagan significa que estás trabajando?

Si en aquellos momentos hubiera llegado a mis manos este libro habría sido fantástico, pero lo publicó la editorial oaxaqueña Surplus poco tiempo después. De cualquier forma, lo agradezco enormemente. Escritos para desocupados es un ensayo increíble sobre la posibilidad de liberarnos del letargo que implica vivir para trabajar, postergar la vida en aras de alcanzar un ideal de bienestar, un espejismo. Es también una defensa del tiempo, del ocio, de ese espacio donde nos disponemos a hacer las cosas que realmente nos gustan, tener tiempo para contemplar, incluso, el propio reflejo.

Vivian Abenshushan es escritora y editora. Después de renunciar a su trabajo fundó la editorial Tumbona ediciones bajo el lema: “El derecho universal a la pereza”. En 2001 creó el Laboratorio de literatura experimental, que imparte en la Universidad del Claustro de Sor Juana y donde busca dialogar con otros lenguajes artísticos partiendo de la pregunta “¿qué pueden aprender los escritores de los artistas visuales?”

Escritos para desocupados surgió en 2005 como una bitácora digital, un blog donde Vivian reflexionaba sobre su deserción laboral. Con el tiempo, esas entradas acumularon hasta desbordar los límites cibernéticos y entonces decidió reunir sus disertaciones en un libro. No quería, sin embargo, considerarse a sí misma escritora, le interesaba más bien “prescindir de la tiranía del autor. […] hacer el llamamiento (el contagio viral de vida ociosa) desde una invisibilidad no codificable”, menciona en su sitio web. En 2013, Surplus publicó este libro y de acuerdo con la decisión de Vivian lo liberó posteriormente en internet; puede encontrarse íntegro en Escritos para desocupados.

Surplus es una editorial colectiva independiente fundada en 2009 en la ciudad de Oaxaca, su nombre “es un juego de palabras y signos que, por un lado revalora el sur social en un mundo dominado por el norte, y por el otro busca contraponerse a una de las acepciones de la palabra francesa surplus: excedente, lo que sobra, lo que ya no le sirve al sistema”, aparece en su página. Ha publicado 18 títulos, entre ellos Pornoterrorismo de Diana J. Torres, Antígona González de Sara Uribe, Los migrantes que no importan de Óscar Martínez, Canción para la noche de Chris Abani y Morir en México de John Gibler. Sus editores hacen una labor increíble desde las trincheras para competir, o para decidir no hacerlo, con las grandes editoriales. Sus textos son destellos valiosos, testimonios a veces desgarradores de este tiempo donde se ha puesto a la venta todo y donde es necesario pensar qué haremos para contrarrestar esa decadencia del espíritu.

En Escritos para desocupados Vivian se pregunta sobre la libertad, indaga en las trampas que impone el lenguaje y que el ensayo, como forma, pretende abolir. Ensayar es divagar un poco, dejarse llevar por el flujo de ideas, de palabras; ir en contra del torrente donde nos han colocado para no escoger, libremente, hacia qué mar queremos ir. Su nombre lo indica: se trata de ensayar algo que sabemos de antemano incompleto, un cuerpo que no se entrega a la falacia de lo sólido, lo acabado u objetivo. Para Vivian, estar desocupado es intentar conocerse a uno mismo como otro, ensayarse o ensayar un autorretrato que de antemano sabemos inconcluso y volátil, buscarse con palabras.

Vivian revalora la contemplación, esa levedad que ha sido relegada a un horizonte inalcanzable. Contemplar, estar presente, dejarse ser con todas las grietas que eso implica, eso también es el lenguaje. Pienso que los estados del ser, emociones que tanto puedan llegar aladas y dulces, como torrenciales y abruptas, suelen menospreciarse porque compiten con una felicidad sobreexplotada en el mercado, ofrecida como una panacea ante la complejidad de la existencia. La gran maravilla de existir es conocerse y aprender, al mismo tiempo, a participar del flujo, asumirse desde lo colectivo. El problema radica en que nadie tiene tiempo para hacerlo, el trabajo y las ocupaciones diarias no lo permiten.

Melancolía (2011), de Lars von Trier, es un elogio de la lentitud, de la belleza que acompaña a lo melancólico. En portugués hay una palabra que describe este sentimiento: saudade, que no es tristeza ni nostalgia sino más bien un estado contemplativo. Comienza con una escena larguísima en cámara lenta, de fondo Tristán e Isolda, de Wagner, los personajes se encuentran casi estáticos en medio del jardín, sus cabellos vuelan. Diez minutos de pura contemplación, la imagen desplegada en toda su magnitud.

La película es así mismo una metáfora de la depresión, de cómo pasa el tiempo cuando se está deprimido, de cómo, incluso, se puede amar desde ese horror. ¿Se puede amar cuando se está deprimido?, cuando se siente esa fuerza extraña, casi extraterrestre, que nos hala, nos empuja hacia la grandeza de la vida y su crueldad, hacia aquel vértigo de la existencia. Esa es la metáfora principal de esta película: un planeta llamado melancolía, un ser que la protagonista llama y desea, destruye la Tierra. Slavoj Žižek dice que toda vida encierra también un mal, el germen de su particular destrucción.

Una vez viví esa pasión. Andaba como sonámbula por las calles viendo a la gente y percibía con claridad su magnetismo. Llegué a la conclusión de que la vida es algo monstruoso, una maravilla cuya descomunal fuerza horroriza. Me arrastró el amor del mundo y la certeza de mi propia muerte, caí de lleno en una grieta. Fue magnífico, el despliegue completo de mi alma, de sus cicatrices. Después de eso, nació en mí el lenguaje. Esto que escribo es mi forma de habitar el mundo, de tener un lugar propio.

“Conocí a un muchacho sensato y libre. Le pregunté: ¿En qué trabajas”. Me respondió: “En mí mismo”, escribe Vivian en su diario, esa forma que escogió para disertar, para navegar en los acueductos, ríos y fuentes del lenguaje, en torno a la difícil situación de saber quién es uno a partir del encuentro con el otro. Habla ahí también de los magníficos textos de Thomas de Quincey: Confesiones de un inglés fumador de opio (1822), y Jean Cocteau: Diario de desintoxicación (1930), como si el diario fuese ante todo una forma de purgarnos de nuestros males y dejar claro que nada está en realidad completo, ni siquiera el cuerpo, y por ello la unidad debe buscarse en otras partes, por otros métodos.

Entre otras cosas, este sistema cancela la vía para descubrir el afuera. Quizás porque entender que somos una trayectoria, un entre espacios, significa aventarnos de lleno en un mundo definido por su violencia: aprender a ser iguales. ¿Cómo lo hace? Se trata de un asunto de saturación del espacio, un morir asfixiado y lento entre imágenes que narran siempre la misma historia hasta que nuestros sueños caen finalmente por sí solos, se pudren. Si todo gira en torno al sujeto, a su cuidado físico, a su salud emocional, a su apariencia, a cubrir cada una de sus necesidades, entonces nadie se dará cuenta de que allá afuera no tenemos voz, ni una opinión sobre los asuntos políticos más recientes, ni una postura en torno a la cultura, a la educación, al arte, a la naturaleza, a la vida misma.

¿Es que no nos importa? En el fondo sabemos que algo perdimos y podemos aún recuperar: una empatía genuina, esa forma de entender las diferencias, el presentimiento de alguna verdad. Aislados, somos tan sólo resabios, cascarones que entran al juego de las apariencias sin comprender que su desdicha viene de aquella nostalgia. Nada nos pertenece, ni siquiera el aire que respiramos. Nada, tampoco, es para siempre.

Escritos para desocupados es, ante todo, una confesión, una entrega abierta. “Recuerdo que, durante un viaje que hice a Calcuta, me sorprendió la costumbre de algunos bengalíes de pararse en seco en medio del torbellino humano”, dice Vivian para referirse al momento en que decidió hacer a un lado sus ocupaciones, abrir un paréntesis del tiempo para observar y responder acaso la pregunta que todos alguna vez nos hemos hecho. Esa pregunta, nos señala, sólo puede responderse de una forma.

Sólo una voz colectiva, como este libro plagado de referencias ajenas, cuya naturaleza multiforme se percibe mejor en aquel blog que dejó a la deriva en la red y donde dialogaba con extraños, puede, desde sus propias grietas, cambiar la dirección del río. Es en ese territorio inacabado del lenguaje, atravesado siempre por las voces de los otros, donde con suerte encontraremos el punto de la trayectoria en que perdimos la continuidad, el puente, y nos volvimos islas. Un territorio amorfo, en el que cualquiera pueda meter las manos, y rescatar quizás, un poco de humanidad.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.