Tierra Adentro
Diana Martín. “A miles de metros bajo tierra” Acuarela, tinta y grafito/Tela

Jorge Téllez llama la atención acerca de la importancia que tiene analizar no sólo las añejas representaciones de las mujeres en la literatura nacional (como la romántica figura de la prostituta y otras recurrencias que se mantienen desde el siglo XIX), sino también su presencia y capacidad de decisión dentro de los diversos espacios culturales. Para empezar, evidencia algunos números en premios e instituciones de gran prestigio en México que resultan bastante significativos, lo suficiente como para impulsarnos a hacernos más preguntas y a realizar tareas concretas: visibilizar, analizar formalmente la disparidad entre hombres y mujeres en estos campos.

I. Sexo oral y nociones de métrica latina: cincuenta pesos

Estamos en 1833.

A 22 de julio, para ser exactos.

En la primera página del periódico La Libertad se publicó el artículo “La educación de la mujer y la prostitución”.[1] Su autor, el periodista, escritor y diplomático José Tomás de Cuellar escribió, a la vez orgulloso y consternado, sobre la cada vez más creciente presencia de las mujeres en las escuelas y, por lo tanto, en el mundo profesional. La aparición de abogadas, doctoras, periodistas era para él motivo de celebración, pues comprobaba que “la mujer puede ir tan lejos como quiera, y que acepta y seguirá aceptando de buen grado, y con provecho, las ventajas prácticas de la instrucción, que liberal le ofrece el sexo fuerte”.

Aunque la cita merece por sí misma un largo comentario es necesario seguir porque, muy rápidamente, la alegría por la inserción de la mujer en el ambiente público desaparece para dar paso a una preocupación: que en los últimos veinte años, dice el artículo, las ciudades más cosmopolitas han padecido aumentos alarmantes en la práctica de la prostitución. La aparente desconexión de estos dos datos se soluciona sin problemas. Para José Tomás de Cuéllar, estos veinte años concuerdan precisamente con “el periodo en que ha ido en proporción ascendente la instrucción de la mujer”. Listo –debió pensar el autor–, una vez explicada la hipótesis, es posible seguir el camino hacia el análisis de casos.

Caso 1: En los Estados Unidos, conocido por el “carácter varonil y resuelto de las americanas”, el número de infanticidios va en aumento y esto, está claro, se debe a que la emancipación de la mujer genera egoísmo y olvido de las tareas maternas, “matando el hogar y destruyendo la familia”.

Listo –debió pensar el autor–, con un caso nos basta. Ya estamos listos para la conclusión: “Como dato colectivo, y como hecho innegable, la estadística universal pone de manifiesto que la prostitución en el mundo ha aumentado en razón directa de la ilustración de la mujer”. Y es que, por supuesto, la lógica del autor es infalible: cuando las mujeres carecían de acceso a la educación, la clase ilustrada no estaba interesada en contratar los servicios sexuales de mujeres iletradas; sin embargo, en el momento en que “al atractivo físico pudo la mujer agregar la educación”, ya no hubo pretexto para no pagar por sexo si, además y por el mismo precio, el galán en turno podía también discutir, qué sé yo, la obra de Homero o de San Agustín, por decir algo.

La educación de la mujer genera vicios y su presencia en la vida pública se restringe a un espacio marginal y moralmente reprobable: “¿Cómo podrán entonces los hombres borrar esa mancha, o al menos disimularla, cuando instruyen y prostituyen a la mujer al mismo tiempo?”.

II. Bellas y talentosas

Estamos en 2014.

A 8 de marzo, para ser exactos.

Para mucha gente, al parecer, éste es el día internacional de improvisar frases estúpidas sobre por qué se conmemora el día internacional de la mujer. En el periódico El Universal, un artículo celebra la ocasión con perfiles de mujeres emprendedoras y con puestos públicos bajo el título: “Bellas y talentosas”. En Facebook, el amigo de una amiga se queja amargamente: “¿Por qué sólo hoy festejamos el día de la mujer? ¿Qué no nos deleitan las mujeres todos los días del año?”. En Twitter: “Si no quieren que les diga feminista, entonces no me digan machista”.

Hay una línea clara en la representación de la mujer en la literatura –aunque no sólo en la literatura– que va de las Décimas a las prostituta de México,[2] un pequeño legajo de 1707 con noventa y tres poemas que se encuentra en el Archivo General de la Nación, hasta la magnífica novela Canción de tumba de Julián Herbert, publicada en 2011. Esta representación, usualmente idealizada, está sucintamente explicada en el título de un artículo que la revista electrónica Cuadrivio publicó a finales de diciembre del año pasado: “De putas y madres. La mujer y el melodrama prostibulario en México”.[3]

Esta constante en la representación literaria de la mujer provoca diversas reacciones. La más común es la indiferencia y parte de un modelo formalista mal interpretado que propone la literatura y, por lo tanto, la representación literaria, como algo “autónomo”. Según esta idea, lo que sucede en los libros se queda en los libros y su relación con el mundo referencial no es relevante. El problema con este modo de leer es que niega la agencia del artista para ofrecer un punto de vista sobre lo que está representando. Claro, se puede escribir una novela cuya historia suceda antes de la abolición de la esclavitud sin que por ello el texto se convierta en una obra pro-esclavista. Una película sobre los nazis no es necesariamente pro-fascista. Un poema sobre una prostituta no es necesariamente machista. Pero esa delgada línea está basada en el punto de vista que presenta los materiales.

La concepción literaria de la mujer como una madre o una puta es un tópico y como todo lugar común reproduce una manera de ver el mundo. Pero los lugares comunes existen por tres cosas: porque son útiles, porque funcionan, y porque le permiten al artista partir de un mismo lugar, común, conocido, para llegar a otro muy distinto, propio. Si hoy, en 2014, alguien escribe una novela en donde el personaje cuestiona el acceso de la mujer a la educación, eso se puede hacer mediante un tono y un punto de vista que refleje que han pasado algunos años desde 1833 y que el mundo, alguna parte del mundo, ya no es así. En cambio, si no hay en la escritura de ese personaje más que esa idea, y si esa idea no pasa por el filtro del énfasis, o de la sátira, o de la hipérbole, entonces lo único que hay es la reproducción de las mismas tonterías que se escribían hace más de un siglo.

Lo que quiero decir es que un personaje misógino no hace misógino el texto, de la misma manera en que una tormenta en el libro no hace que hablemos de literatura acuática –o eso espero–. Sin embargo, un personaje machista sin un filtro que vindique o cuestione ese machismo, ése sí, es una reproducción burda de estructuras heredadas. De manera rupestre lo explica el lugar común de los actores de Hollywood: si la historia no justifica el desnudo, entonces es pornografía.

III. “Libertad por el saber”

La pregunta que no responde este texto es si la representación literaria nos dice algo sobre el lugar que ocupan las mujeres en el sistema literario y cultural mexicano, sobre hábitos de escritura y de lectura, sobre acceso a publicaciones y, en su caso, a diferencias de circulación. Se trata de pasar del tema de la representación de la mujer al de su presencia en la esfera literaria y cultural. La otra pregunta, quizá más importante, es: ¿para qué?

Recientemente, la organización Vida: Women in Literary Arts realizó un censo en el que se concluía que, en los principales suplementos y revistas culturales del mundo anglófono, el número de mujeres reseñistas y reseñadas es considerablemente inferior al de hombres.[4] Valdría la pena hacer un ejercicio parecido en México, pero una rápida revisión de medios de acceso a la publicación o al medio literario y cultural ofrece un adelanto de cuáles serían los resultados:

-El Colegio Nacional, cuyo lema es “Libertad por el saber”, fue fundado en 1943. Desde ese año ha tenido noventa y cuatro miembros; tres han sido mujeres[5].

-Del total de miembros en activo y electos de la Academia Mexicana de la Lengua, veintisiete son hombres y seis son mujeres.[6]

-Desde su fundación, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, que otorga el estado mexicano, ha premiado en su categoría de “Lingüística y Literatura” a sólo cinco mujeres en sesenta y cuatro entregas.[7]

-Un premio tan prestigioso como el Alfonso Reyes ha premiado a tres mujeres en treinta y siete ediciones.[8]

-El Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para obra publicada, desde 1980, ha sido otorgado a ocho mujeres en treinta y cuatro entregas[9].

-El Premio Bellas Artes de novela José Rubén Romero, desde 1978, ha sido entregado a 8 mujeres en 34 entregas[10].

Un dato interesante es el del Premio Bellas Artes Juan Rulfo para primera novela, en el que el número está mucho más proporcionado: doce mujeres en treinta y dos ediciones[11]. Llama la atención porque se trata, como lo dice su nombre, del primer acercamiento que pueden tener jóvenes narradores con la industria de los premios y con el mundo institucional de la literatura. ¿Qué pasa después? ¿Cuáles son los mecanismos que interceden para que la balanza se desnivele tanto? Hay que enfatizar que los números por sí mismos no bastan, y que su relevancia consiste en que además de mostrar desequilibrios, aluden a una realidad que existe. No basta con, por ejemplo, elevar el número de premios dedicados especialmente a las mujeres, ni sería suficiente con, mágicamente, equilibrar el número de premiados y premiadas. Los números no son la enfermedad sino el síntoma de una realidad. Tampoco se trata de negar la diferencia, ni de imaginar un discurso vacío en el que todo lo que hagamos, todo, tenga que ser sometido al recuento y la estadística. Cierto, transcribir números no soluciona el problema ni tiene por qué hacerlo. Si para algo, hablar de estos desequilibrios puede ayudar a que se desnaturalice ese machismo enraizado, petrificado, del que sí hablan los datos.

De estos apuntes se desprenden tareas. ¿Qué pasaría si se contara y analizara información sobre la cantidad de mujeres que publican con respecto a la cantidad de hombres?  ¿Y cuántas mujeres trabajan en posiciones de poder y decisión en las editoriales con respecto a los hombres? ¿El lugar común de que no se lee a mujeres proviene del desequilibrio entre mujeres y hombres publicados o de algo mucho más profundo que tiene que ver con prácticas sexistas en la lectura?

Hay algo evidente en las prácticas culturales que está hablando, mal, sobre nosotros. Para intentar arreglarlo, primero tenemos que verlo.

 


[1]El artículo se puede consultar en línea en la siguiente dirección http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080046422_C/1080043727_T20/1080043727_T20.html
Agradezco a Luz América Viveros, especialista en literatura del siglo XIX, por sugerirme el texto.

[2]Al respecto se puede revisar el trabajo “El amor venal en las décimas a las prostitutas de México”, en la página web del Círculo de Poesía, publicado el 24 de diciembre de 2008 en la siguiente dirección: http://circulodepoesia.com/nueva/2008/12/el-amor-venal-en-las-decimas-a-las-prostitutas-de-mexico-i/

[3]El artículo de Susana López Aranda, publicado el 29 de diciembre de 2013 se puede consultar aquí: http://cuadrivio.net/2013/12/de-putas-y-madres-la-mujer-y-el-melodrama-prostibulario-en-mexico/

[4]La información del censo se puede consultar aquí: http://www.vidaweb.org/the-count/

[6]Datos consultados en la página web de la Academia Mexicana de la Lengua: http://www.academia.org.mx/Academicos y en el sitio:  http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Miembros_de_la_Academia_Mexicana_de_la_Lengua

[7]Datos consultados en la página web del Premio Nacional de Ciencias y Artes: http://www.pnca.sep.gob.mx/Historico_Galardonados.html

[10]En dos emisiones, el premio se declaró desierto. Datos de la página web del Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero: http://www.literatura.bellasartes.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=65:premio-bellas-artes-de-novela-jose-ruben-romero&catid=86:convocatorias&Itemid=71

[11]No se registran ganadores en dos emisiones:1987 y 2012 (declarado desierto). Datos de la página web del Premio Bellas Artes Juan Rulfo para primera novela: http://www.literatura.bellasartes.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=63:premio-bellas-artes-juan-rulfo-para-primera-novela&catid=86:convocatorias&Itemid=71

 


Autores
nació en 1980 en el Distrito Federal, México. Estudió literatura en la UAM-Iztapalapa y en El Colegio de México. En 2012 publicó Poéticas del nuevo mundo en la editorial Siglo XXI.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

En un país y un tiempo que a muchos les parecen, hoy, sencillamente prehistóricos, José Joaquín Blanco señaló en Crónica de la poesía mexicana (libro de prosa rápida, siempre perentoria, no siempre atinada, cuya primera edición apareció en 1977) que José Emilio Pacheco había recorrido un camino comparable al que Pacheco mismo, en La poesía mexicana del siglo XIX, había observado en Amado Nervo. Según este curioso paralelo, Nervo se habría deslizado, en los últimos diez o quince años de su vida, desde un fastuoso perfeccionismo hasta una modesta especie de poesía confesional, poco ambiciosa en el plano técnico, tendiente a la sentencia y la máxima, empeñada en mostrarse no tanto bella como sabia, mientras que Pacheco, a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), habría renunciado al cultismo de sus primeros dos libros para entregarse a un lenguaje sencillo, epigramático de cuando en cuando, y —cuestión más interesante aún— para describir los horrores de la historia, la maldad recurrente de la especie humana y los desastres ecológicos del mundo contemporáneo desde la culpa y el remordimiento. Como ya sucedía en la obra de Nervo, en la de Pacheco el esfuerzo por expresar la verdad terminaba eclipsando el esfuerzo por descubrir o elaborar la belleza.

Blanco no juzgó necesario añadir que la tensión entre belleza y verdad era más antigua que Nervo y Pacheco juntos, al punto de haber originado importantes rupturas estéticas en la historia del arte. Nervo, por su parte, no debió ir demasiado lejos: aprendió ese menosprecio por la técnica literaria en el “Arte poética” de Paul Verlaine, mentor simultáneo de preciosistas y enemigos del preciosismo, según se lea. En ese poema, Verlaine llamaba nada menos que a rebelarse contra la elocuencia y “torcerle el cuello”, se ponía en guardia contra la seducción de la rima, enaltecía la música por sobre todas las cosas, descartaba el color para quedarse con el matiz y propugnaba un estilo inmaterial, etéreo y libre, dictaminando que “todo lo demás” era, malamente, “literatura”.

Ahora bien, ¿es posible rendirse ante la poesía y menospreciar, al mismo tiempo, la literatura? En otras palabras, ¿puede atribuirse a la palabra “poesía” un contenido trascendente o sublime, ajeno a impurezas y maniobras técnicas, caricaturizando al mismo tiempo la retórica, desdeñando la preceptiva y arrumbando en la noción de “literatura” los excesos del verbo y la palabrería innecesaria? ¿Sólo es “poesía” lo que se juzga buena poesía y apenas “literatura” la poesía que parece mala?

Responder afirmativa o negativamente a las preguntas del párrafo anterior es tanto como tomar partido por la verdad o por la belleza. Esta última, en realidad, es menos la belleza en general que la belleza de artificio en particular, y la supuesta verdad tan sólo es otro nombre de la belleza natural. En última instancia, la querella entre verdad y belleza esconde un conflicto entre dos formas de belleza: la espontánea, resultado de un hallazgo, y la creada, resultado de un trabajo.

Por eso, en el enfrentamiento que opone a la belleza con la verdad, algunos autores clásicos interpusieron un tercer elemento: la bondad. Que lo escrito sea verdadero y bello, en el mejor de los casos, depende básicamente de una cosa: que su autor sea bueno, en el sentido de bondadoso. De ahí que Catón el Viejo haya caracterizado al orador ideal como un “buen hombre que sabe hablar” (vir bonus peritus dicendi), definición que luego avalarían Cicerón y Quintiliano.

“No quiero nada para mí. / Sólo anhelo / lo posible imposible: / un mundo sin víctimas…” Tanto los aciertos como las imperfecciones de la poesía de Pacheco llevan la firma del vir bonus. Al introducir esa figura en la poesía mexicana de finales del siglo xx, desgarrada entre vanguardia y clasicismo, entre be- lleza natural y belleza de artificio, Pacheco aportó un elemento que desestabilizó aquel precario equilibrio de fuerzas y, al desestabilizarlo, terminó transformándolo y enriqueciéndolo.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Guadalajara, Jalisco, 1971) es poeta, ensayista y traductor. Autor de varios libros. Ha recibido los premios Nacional de Poesía Efraín Huerta, Nacional de Poesía Aguascalientes, Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

El Arte siempre ha sido la revolución, en dimensiones mágicas, de una realidad histórica. Si son tiempos de mentira y caos, el arte como un amoroso espejo, los traslada a través de la disolución íntima del hombre. Si, por el contrario, hay una voluntad de verdad y dicha, el arte guarda este impulso en los cuadros, en las músicas, en la poesía.Es claro que en el más puro desorden se escuchan voces llenas de claridad y vida, que también en la más perfecta estructura existe la llama disolvente, la palabra nihilista.

Sin embargo, la fisonomía de un momento histórico está implicada en el predominio de una de las dos direcciones del espíritu, y así es que, como hoy en México tenemos una realidad interior caótica, forjada por la demagogia, el arte la refleja en su revolucionarismo de última hora, en su radicalismo teórico y en su indudable arribismo. Ya se verá a posteriori de cuántos advenedizos estaba hecho este Parnaso. Ya, cuando pase el vendaval burocrático, podremos oír a los verdaderos poetas y contemplar los verdaderos cuadros y las perennes esculturas. Por lo pronto, esta serie de falsificaciones vuelve impura la atmósfera y dolosas las palabras. En nombre de una revolución, que sólo hiere la superficie de las cosas, se cometen crímenes contra la expresión auténtica de nuestra Patria. Poetas oficiales, pintores oficiales, escultores oficiales en plan de mutuo incienso y alabanza, y al pueblo tapándole la boca con un puño de proclamas donde se promete todo y no se cumple nada, para que no hable con la voz de la tradición. Y lo que es más, y lo que es peor, gentes de la ciudad que han incorporado de un modo arbitrario, ligero y vano, los temas vitales de México a su retórica de campanario y producen y producen obras sin contenido humano y sin belleza formal.

No se pretende afirmar que la Revolución no haya movido a los artistas. Simplemente por el hecho de darles temas liberándolos de su antiguo europeísmo, ha contribuido a integrar la conciencia patria en ese aspecto. Pero es que los verdaderos creadores, como Clemente Orozco, pertenecen nominalmente a este grupo, están ligados en la apariencia, pero conservan su libertad, su personalidad y su mensaje propios.

Pero no todo está podrido en Dinamarca. Al lado de quienes no ven en el trabajo artístico sino el presupuesto, tenemos un cierto número de gentes que producen en la soledad su interpretación del mundo y que son también parte de ese todo contradictorio que es nuestro tiempo. Entre ellos esta Ortiz Monasterio, en cuya plástica de líneas vastas, lentas y solemnes encontramos un lenguaje profundo.

El Departamento de Acción Social de la Universidad, al organizar esta exposición de las obras de Monasterio, inicia un ciclo que tendrá como fin principal emplazar a la crítica mexicana a un juicio sobre los representativos, maestros y principiantes, del movimiento plástico contemporáneo. Al mismo tiempo, espera hallar en este medio el instrumento para la educación de un pueblo que tiene frente a sí los más variados y negativos estímulos, conduciéndolo hacia el goce de lo universal.

La Historia es “a manera de ancho río” que lleva en su cuerpo las piedras más burdas como los más lúcidos guijarros. Parte del destino de cada hombre es la posibilidad de escoger, en este amoral torrente, lo deleznable o lo valioso. La universidad de México se quedará con aquello que represente, a la corta o a la larga, el sentido más hondo del alma nacional.

 

“Una exposición”, Universidad. Mensual de cultura popular, número 11, diciembre de 1938.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
fue editor y fundador de la revista Barandal (1931-1932), con Octavio Paz, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. Siguió junto con este mismo grupo en una publicación posterior, Cuadernos del Valle de México (1933-1934). Formó parte de la Generación de Taller.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Parece locura preguntar, ahora, en plena guerra: ¿para qué se pelea? Cuando alguien hace una pregunta de esta naturaleza la gente se escandaliza. Y los que no fulminan al impertinente, contestan con frases vagas acerca de la Libertad y la Democracia, o enumeran los horrores cometidos por los totalitarios. Y, sin embargo, es necesario y saludable preguntarnos y preguntar a todos los que dirigen la guerra: ¿para qué y por qué se pelea?

Las necesidades de la propaganda hacen cada día más triviales nuestros razonamientos e ideas y más superficial nuestra imagen del nazismo. Se nos habla de los horrores del nazismo pero nunca se nos explica la fuente de esos horrores; al destacar la brutalidad de los procedimientos nazis, generalmente sólo se subraya su brutalidad, su carácter ofensivo y bárbaro pero no se nos dice nada en torno de los sistemas políticos nazis, ni se pretende hacer luz sobre la historia social de los últimos años.

Y sólo en esa historia podremos encontrar una explicación sobre la brutalidad de los totalitarios. Esta excesiva simplificación de la realidad, hace pensar a la gente sencilla que los procedimientos de los nazis son el fruto de una especial malignidad del pueblo alemán. Pero nosotros no somos racistas; sabemos, por lo tanto, que los procedimientos militares y políticos de los totalitarios no tienen nada qué ver con esa supuesta maldad innata, sino que representan, simultáneamente, una monstruosa utilización de la técnica moderna y un lógico desarrollo de sus doctrinas políticas.

Se oye decir a menudo que nazismo y germanismo son lo mismo. Muchos de nuestros compañeros— y casi siempre los de última hora— intentan identificar el nazismo con Alemania, a Italia con el fascismo y al Japón con los militares imperialistas.

Afirmaciones semejantes conducen a un totalitarismo diverso, apenas cubierto por la palabra democracia, pero más peligroso e hipócrita. El nazismo, claro está, posee muchos rasgos alemanes, privativos de Alemania y su tradición, pero su esencia es universal. No es distinto, en todo caso, al ridículo y sangriento falangismo, ni a tendencias semejantes, que han brotado en todas partes del mundo, allí donde las condiciones sociales lo han permitido. El nazismo no es un hongo alemán, aunque se justifique con las teorías de Nietzsche, declame a Wagner y use la vieja bota prusiana, como el fascismo no es sólo italiano, aunque el régimen sea una copia pobretona del cesarismo y en los discursos de Mussolini se alíe la música de ópera a las olvidadas gesticulaciones de la Bertini.

El totalitarismo capitalista es el fruto último del capitalismo desesperado; “la economía dirigida” en esos países significa la dictadura de un grupo de magnates, que han prescindido de los guantes blancos y prefieren los modales de los gángsters. Antes de saquear a Europa, Hitler robó y explotó al pueblo alemán. Y en todos los países donde prevalezcan condiciones semejantes a las que existían en Alemania al tomar los nazis el poder, se producirá el mismo fenómeno, aunque los asaltantes recen a Buda en lugar de rezar a Votán. Por lo tanto, luchar contra el nazismo quiere decir, luchar contra las condiciones sociales y políticas que hicieron posible su triunfo en Alemania y… en otros sitios.

Sí, en otros sitios. Porque si Hitler triunfó en Alemania como después en España, Austria y Checoslovaquia, es porque antes había triunfado diplomáticamente en Londres, París y Washington. Existe un frente interno de batalla: el combate contra los “apaciguadores”. Pero los círculos que ayudaron a Hitler desde el exterior no lo hicieron por simple simpatía ideológica, ni por ignorancia acerca de la verdadera naturaleza del movimiento hitlerista; los apaciguadores defendían sus intereses, los intereses sociales de su clan privilegiado. Mañana brotarán otros “apaciguadores”, dispuestos a pactar con un pelele creado por el militarismo y los capitalistas alemanes, listos a defender sus ganancias a costa de la libertad de los pueblos. Harold Laski, el famoso economista inglés, demostraba hace poco que en Inglaterra, pese a los impuestos, la guerra había acelerado considerablemente el proceso de concentración de la riqueza. Esto significa que la renta nacional ha crecido vertiginosamente, sin que ese aumento beneficie al pueblo en general, sino a un grupo cada vez más reducido. El monopolio crece, alimentado por la guerra, y en proporción semejante crece el número de trabajadores. ¿Y después? Seguramente ocurre otro tanto en los Estados Unidos. Ahora bien, este clima es propicio al desarrollo de los gérmenes totalitarios. En México muchos especulan y se enriquecen con la guerra: los especuladores de hoy serán los padres de los nazis del mañana.

Estos ejemplos muestran que no basta con aniquilar a Hitler en los campos de batalla, e iluminan el carácter de la lucha. Esta guerra no sólo es una guerra militar; es una guerra de pueblos, esto es, política. No es todo liquidar a Hitler; hay que liquidar las posibilidades de un nuevo totalitarismo, en cualquier país. Por eso es saludable preguntarse: ¿para qué se pelea? Se pelea para crear un mundo en donde la libertad y la democracia no engendren la explotación y el imperialismo, padres del régimen totalitario.

 

“¿Para qué se pelea?”, Novedades (14 de junio de 1943), p. 4.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Mixcoac, 1914) es autor de la plaquette Luna Silvestre (Fábula, 1933) y fue editor de Barandal.
Fotografía por Pixabay.

Camarada cordial:

abandona un momento tu plácida muerte

y abrázate a los brazos que quisieran tenerte

y no te tendrán más. Pondré mi mano

entre tus manos amplias, generosas,

y reiremos los dos, como reías

desde lo alto de tu noble cuerpo

cuando tú eras un cuerpo que reía.

 

Hablemos de las cosas,

hoy que eres sólo luz y sólo tiempo;

hoy que eres tierra, y pájaro, y gusano,

hablemos de los días

en que yo no lloraba verte muerto.

 

Alto como un encino de la sierra.

Claro como un arroyo sin abrigo.

Pródigo como el campo.

Así eras tú. Así fueron tus actos y tu fuerza.

Así era tu sonrisa: como un arco

por donde hablaba un corazón de trigo.

 

Eras un árbol blando, sin cortezas.

Eras un San Cristóbal sin el niño.

Un corazón de trigo. Un árbol grande.

Hoy más alto, más diáfano, más fuerte,

en cada nueva nube te deshaces

y en cada espiga nueva estás presente.

 

Camarada cordial: vuelve a tu muerte,

abandona los brazos que quisieran tenerte

y no te tendrán más.

Vuelve a donde eres pájaro y luz y polvo y tiempo,

vuelve a donde eres paz,

que yo quedo llorando verte muerto.

 

 

Publicado en la revista Taller Poético, noviembre de 1936.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1910-1991). Poeta mexicano. Estudió derecho en la UNAM. Fue profesor en la Universidad Obrera de México; director de La Prensa y Prensa Gráfica; cofundador de la Editorial Novaro y El Popular; director general de la Unidad Cuauhtémoc del Seguro Social; embajador de México en Suiza. Perteneció al grupo Taller. Colaboró en El Día, El Universal, La Prensa, y Novedades.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Sabemos muy poco, o más bien, casi nada, acerca de Adrián Osorio, el condiscípulo de Octavio Paz en la Escuela Nacional Preparatoria que en el cuarto número de Barandal (noviembre de 1931) publicó una única fotografía: una suerte de naturaleza muerta hecha con una veintena de piezas de pan salado típicos de nuestro país (“huesitos”, “rejas”, rosquillas…), probablemente contenidas en un canasto. Es una composición sencilla, un poco candorosa, que deja ver la posesión de un ojo que comienza a entrenarse e intenta captar líneas, texturas, sombras, volúmenes, profundidades. No se ofrece, por desgracia, ningún dato sobre su autor. Podemos deducir su edad —17 años— porque ahora sabemos que murió en 1936, a los 22. Tampoco sabemos la causa de su muerte. ¿Quizá por mano propia? José Alvarado habla, al evocar a sus compañeros preparatorianos, de un suicida. En cualquier caso, la muerte prematura es siempre desdichada.

De Adrián Osorio, acaso un lobo solitario (lobo es lo que significa su apellido, de origen vasco), lo único que tenemos ahora es un puñado de fotografías. Curiosamente, de él, que se dedicaba a recoger imágenes, no nos queda ni siquiera un atisbo de su rostro. Ahora sólo podemos imaginar a la persona a través de lo que veía.

Como buen fotógrafo, le interesa sobre todo el trato con la luz y con la forma. Y qué mejor para procurarlo que acercarse a la arquitectura y al paisaje. De entre las pocas fotografías suyas que tenemos a la mano —una más publicada en la revista Fábula,1 unas en la entonces naciente Revista de la Universidad (justo en el número uno, correspondiente a febrero de 1936)— sobresale su meridiano registro del exterior de la cúpula principal de la Catedral Metropolitana.Y si bien son menos logradas sus incursiones en el campo (como la de Barranca de Venados, en el estado de Hidalgo) y sus apuntes del paisaje humano en Malinalco, en el Estado de México, es elogiable su voluntad de salir del claustro citadino con su cámara a cuestas, y su interés por ver cómo viven algunos de sus compatriotas.

Pero tampoco esas revistas nos dicen nada sobre la persona de Osorio. Sólo nos hacen evidente que Miguel N. Lira, director de la revista Fábula, de la editorial del mismo nombre (bajo cuyo sello imprime Luna Silvestre, de Octavio Paz) y de la Revista de la Universidad, ha cobijado bajo su ala al grupo de muchachos que cinco años antes asomó por primera vez desde Barandal.

Por desgracia, el testimonio más importante de la creatividad de Adrián Osorio, su libro 25 fotos de México, publicado también por Miguel N. Lira, en 1934, es casi inaccesible, tanto por su rareza como por su muy elevado precio. Tesoro de coleccionistas de fotografía mexicana, no se encuentra siquiera un ejemplar en ninguna biblioteca pública.

Aparte de todos estos escuetos datos sólo contamos con la descripción, más espiritual que física, que de él hizo su condiscípulo, Octavio Novaro, en la elegía que le dedicó en Taller Poético, la revista creada por Fernando Solana: “Alto como un encino de la sierra”.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es escritor y colabora en varias publicaciones. Coordinó y prologó La escritura poliédrica. Ensayos sobre Daniel Sada (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012).
es poeta, traductor y ensayista. Entre los autores que ha traducido al español se encuentran Charles Simic, Ezra Pound, Malcolm Lowry, Charles Lamb y John Berryman. Es autor de Conversaciones, Pienso en el poema y Se ama tanto al mundo.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

En el último número de la revista Life hay varias páginas dedicadas a Octavio Paz y en una edición reciente de L’ Express, de París puede verse un largo artículo de Alain Jouffroy sobre el poeta mexicano. Octavio Paz resulta ahora el escritor de México más traducido y comentado en el mundo y acaba de dictar dos cursos de cuatro meses en la Universidad de Cornell en Nueva York, uno sobre poética y otro acerca de la literatura hispanoamericana.

Octavio Paz nació para la poesía hacia 1930, entre los arcos barrocos de la preparatoria y bajo los árboles de Mixcoac. México vivía entonces horas dramáticas; la Revolución detenida y traicionada, un aire de confusión en todos los ámbitos y su juventud, vencida con las malas artes en la contienda de 1929, desesperada y oprimida. Todas las voces superiores quedaron dispersas y disueltos los mejores propósitos. El mundo aparecía gris, con los ecos de la crisis norteamericana, el triunfo del fascismo en Italia, los vientos precursores de Hitler y las disputas de las grandes potencias.

La derrota del vasconcelismo había arrojado a un grupo de muchachos a las puertas del Generalito, junto a los grandes frescos de Orozco en el patio de la Preparatoria. Leían indistintamente los diálogos de Platón, las desventuras de Aliocha Ksramazov, las hazañas de Sachka Yegulev, las páginas de Spengler y los textos de Ortega y Gasset. Todo en desorden pero con afán ardiente. ¿Cuántas veces las voces de los jóvenes poetas españoles Alberti, García Lorca, Cernuda, Salinas cruzaron la tertulia?

Entre esos muchachos, uno de los de menor edad, estaba el adolescente Octavio Paz. Uno de ellos de familia calvinista, había entrado y salido del comunismo para convertirse en católico después de una larga crisis espiritual. Otro, y no el menos inteligente ni el menos sensible, salía de la prisión después de un homicidio desventurado que lo había de llevar después a la violencia y a una muerte misteriosa e ingrata. Un venezolano llegó escapado de los presidios de Juan Vicente Gómez. Escolásticos y marxistas, anarquistas buena parte de ellos, enamorados todos de la vida y coléricos contra la simulación y la perversidad habían sido tocados por el aceite vasconcelista y por las prédicas de la justicia social el lirismo era político y político era el amor y la poesía, la metafísica y el recuerdo impotente de un héroe, Germán de Campo, asesinado.

En las lecciones de historia de don Antonio Díaz fendía la revolución agraria con la misma pasión empleada después para exaltar a la República española. Después de las palabras de Octavio Paz en los largos debates, más allá de sus ojos desconcertados se advertían ya desde entonces una inquebrantable voluntad poética y una sed de inventar el mundo. Octavio no quería ser simplemente uno de tantos poetas sino un dueño verdadero de la poesía y no confiaba sólo a la razón su identidad con el mundo sino a todas las sensaciones, las emociones y los juicios posibles. Recargado en el barandal del último piso veía la luz e imaginaba todos los viajes y todos los retornos todos los encuentros y todas las fugas y para Octavio Paz el mundo aparecía desierto sin el hombre, sin el amor y sin la libertad, sin el tiempo, sin el deseo y sin la vigilia. Pero los hombres a veces parecían estatuas; los amantes, pájaros ciegos; y el tiempo se colmaba de ira y opresión. ¿Cuántas noches se deshizo el mundo en el agua negra del insomnio? ¿Cuántas mañanas amaneció con los elementos rotos y dispersos bajo la luz? La soledad de la conciencia diría después y la conciencia de la soledad.

Ahora Octavio Paz es quizá el poeta que más ha viajado por el mundo se le ha visto junto a las pirámides de Egipto y a las pagodas de la India, sobre las montañas de Afganistán o el puente de San Francisco California, entre las piedras de Oaxaca o las selvas de Ceilan, los templos de Tokio o las rishcas de Hong Kong y encima de los carros de segunda en los ferrocarriles de México o en el Museo del Hombre de París, frente al cráneo de Descartes o la grupa de la Venus hotentota. Pero su poesía no es geográfica sino histórica. Es un poeta de los cuatro espacios dentro de los tres tiempos. “A fines del siglo —dice Octavio Paz— Rubén Darío leía a Verlaine; pero Verlaine, poeta inferior al hispanoamericano, no leía a Darío. En cambio hoy comienza a leernos tanto a los poetas como a los novelistas”. ¿Es acaso superior Octavio Paz a Rubén Darío? La pregunta además de frívola es torpe. Entre la América Latina de Rubén Darío y la de Octavio Paz hay sólo medio siglo: pero la densidad histórica de esos diez lustros es muy grande: dos guerras mundiales, una guerra fría, la revolución socialista, elevación y caída del fascismo, el despertar y la insurgencia de los pueblos coloniales y semicoloniales, la rebelión de la juventud en todas partes. La América Latina de Rubén Darío era una comarca tropical indeterminada, el grupo de los pequeños países cálidos como se decía en Francia. La América Latina de Octavio Paz ya no está al margen de la historia universal, es por el contrario uno de sus protagonistas y rompe con vehemencia diques y puertas.

Pero si Octavio Paz no fuera uno de los grandes poetas de su lengua y de su tiempo no sería leído en inglés, en francés, en italiano, o en sueco y su voz no sería expresión significativa de la América Latina y de su época.

El amor y el paisaje, la soledad y la comunión, el odio y la muerte, la nostalgia y la injusticia, la alegría y lo inerte el agua la arena, la piedra, y la flor, y a lujuria y la teología, todo en el fluir instable del tiempo o dentro del presente puro, todo también bajo un rabioso anhelo de libertad forman la vasta enciclopedia poética de Octavio Paz. Una de las más ricas y luminosas y también ásperas coléricas y de todas las épocas y en lengua castellana.

Octavio Paz quería ser en 1930 y cuando publicó su cuaderno inicial Luna silvestre un dueño verdadero de la poesía. Ahora lo poesía se adueñó de él para siempre: imaginaba viajes y retornos encuentros y fugas. Ahora está en Nueva Delhi; mañana ¿dónde? Pero lleva consigo todas las espinas, las flores y los frutos de México. De aquellos muchachos, uno se suicidó, otro se hizo sacerdote, aquel es guerrillero, ése conspirador. Uno de sus más viejos amigos, oscuro cronista firma sus escritos inéditos para irritarlo o hacerlo sonreír, con ese seudónimo: Silvestre Luna.

 

“Bajo el signo de Octavio Paz”, Excélsior, 22 de junio de 1966.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1911- 1974). Narrador y ensayista. Estudió derecho, filosofía e historia en la UNAM. Colaboró en Barandal, Claridad, Cuadernos Americanos, El Día, El Nacional, El Popular, Excélsior, Futuro y Romance, Partido, Revista Mexicana de Literatura, Siempre! y Taller. Premio de Periodismo 1929, otorgado por el Centro Libanés.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Debo, primero que todo, al iniciar esta conferencia, pedir anticipadamente al auditorio perdón por una grave falta de urbanidad que a lo largo de toda ella voy repetidamente a cometer y que estoy cometiendo ya desde la primera palabra. Pido se me excuse porque reincidiré en ella en forma constante; pero no habría modo de evitarlo. Esta sala, que fue escenario de una serie de actuaciones de viejos y jóvenes poetas que explicaron o leyeron su propia poesía; que sigue siéndolo ahora de actos en que los poetas más nuevos dan a conocer su obra; que alojó también a los escritores que hablaron de los compañeros a quienes conocieron o trataron a lo largo de su vida literaria, se ha convertido en un temple del yoísmo, en el que ya no suena extraño, aunque siga pareciendo inmodesto, el que los verbos se conjuguen en primera persona y cada conferenciante hable sólo principalmente de sí mismo, de sus versos o de sus amigos. Al trazar el plan de la serie disertaciones a la que pertenece la de esta noche, a algunos estudiosos algunos se les comisionó para que se explicasen sobre episodios de la historia literaria de México en que ellos mismos no participaron, sobre cosas que aprendieron en las bibliotecas; pero a otros nos ha tocado hablar de lo que vimos nacer, vivir y morir; de lo que tuvo nuestra sangre, de lo que nosotros mismos hicimos, de nuestras obras, de nuestros hijos. No podemos usar la tercera persona, como si se tratase de algo observado a distancia, tenemos que usar la primera, aunque ello nos violente, porque frecuentemente tendremos que decir: “yo vi, yo estuve, yo hice”. En el fragmento de la historia de las revistas literarias de México que a mí me fue repartido entro mucho yo mismo, como testigo cercano o como actor, y tengo que narrar desde dentro de mí, lo que vi y viví, por mucho que quisiera que otros fuesen quienes lo narrasen y lo describiesen; pero, ¿quién iba a ser, que lo supiera como yo lo sé, y que no estuviera en el mismo caso? Efraín Huerta, Octavio Paz, José Luis Martínez, también habrían tenido que hablar en primera persona gran parte del tiempo, también Salvador Toscano, Alberto Quintero Álvarez, Miguel N. Lira, si vivieran. Pido pues una vez más perdón por todas las veces que la palabra yo afeará este breve discurso; pero pienso que si me atuviera a la regla de cortesía y de trato social que exige no iniciar ninguna frase con esa palabra, ni intercalarla en ninguna conversación, más me habría valido quedarme mudo, o pedir que se me cambiase el tema por uno que me permitiera tomar la sola posición de espectador, como antes han hecho algunos de los sabios que me han precedido en el uso de esta tribuna.

De Barandal hablo como espectador; como un espectador alucinado. ¿Quién de todos nosotros, pues supongo a los aquí reunidos personas con interés por las letras, no soñó alguna vez, en la edad en que esas cosas suceden, en publicar una revista? Las revistas brotan, en cierto momento, tan inevitablemente como los barros en la cara, en la mente de los estudiantes; a los dieciocho años se sueña, no con participar en una revista ya existente, y cuyos colaboradores entonces nos parecen venerables o ridículas momias, sino en sacar una propia, llena de novedad y de nuestra personalidad explosiva. Todos los estudiantes de primero de preparatoria, sobre todo los de la carrera de leyes, teníamos en el año de 1931 la ilusión de poseer una revista nuestra. Nos quedamos paralizados de admiración, de estupor, cuando un amigo a quien tuteábamos, un compañero de la escuela secundaria, Octavio Paz, sacó la suya, en agosto. Era una revista pequeña, de poco cuerpo, pero limpia, joven, nueva. Todo en ella nos parecía fresco. Y ver el hombre de uno de nosotros mismos, casi, de Octavio, que era apenas, escolarmente, un año mayor, nos deslumbraba, pues parecía poner al alcance de nuestras manes los sueños más caros. Octavio se había reunido con otros jóvenes de su mismo año, y se acercaba un poco a los que eran mayores que él; pero jamás dirigió una mirada hacia abajo, hacia nosotros, los que le parecíamos, un año menores que él, niños: y quizá todavía lo éramos un poco; eso aunque ya un joven de nuestra generación, Mauricio Gómez Mayorga, había publicado un libro de versos, Vírgenes muertas, y otro Carmen Toscano, Trazo incompleto, y otro más Isabel Farfán Cano, que eran compañeras nuestras de generación. Octavio Paz tenía a nuestros ojos el prestigio de que un nombre igual al suyo, el de su padre, solía aparecer impreso en El Universal, los domingos, en el suplemento al pie de narraciones literarias, y también el de que una calle de Mixcoac llevaba el de su abuelo, don Ireneo. Un prestigio semejante aureolaba a otro de los fundadores de Barandal, a Rafael López Malo, también compañero mío de escuela, esta vez primaria, desde 1926; él era hijo del famoso y admirado poeta de “La bestia de oro”, un poema que todos sabíamos de memoria. Los otros fundadores de la revista eran Salvador Toscano, para nosotros en aquel tiempo solamente el hermano de Carmen y de Enedina, nuestras compañeras, y uno de los alumnos más elogiados por nuestro profesor de historia de México, don Agustín Loera y Chávez. Y Arnulfo Martínez Lavalle, que también, como López Malo, y como Paz, era hijo de una celebridad literaria, del poeta Miguel D. Martínez Rendón, a quien en realidad conocíamos sólo de hombre, y no, como a don Rafael López, por sus obras. Toscano murió, años más tarde, en un accidente aéreo por machos motivos célebre. López Malo dejó las letras. El nombre de Martínez Lavalle hemos vuelto a verlo en la prensa conectado con la persecución de los traficantes en narcóticos; está dedicado al oficio de juez, o cosa que valga, y parece que brilla mucho en ello. Solamente Octavio Paz siguió adelante, como poeta y luego como ensayista, y creció hasta ser hoy un escritor de prestigio universal, que físicamente y literariamente recorre el mundo, y es colmado de merecidas distinciones. Los otros colaboradores regulares de Barandal ya no editores responsables, eran: Julio Pietro, que se convirtió andando en el tiempo en un escenógrafo famoso; Raúl Vega Córdoba, Humberto Mata, Manuel Rivera Silva, Francisco López Manjarrez, todos ellos perdidos; el fotógrafo Adrián Osorio, que murió muy poco después; y, como personas que han llegado a alcanzar la celebridad, pero no en el oficio de poetas o escritores, Manuel Moreno Sánchez, hoy un político de la mayor significación, y Enrique Ramírez y Ramírez y José Alvarado, ambos periodistas, y el primero dirigente de partidos políticos y el otro actualmente rector de una importante universidad.

Barandal murió en el séptimo número, apenas en marzo de 1932. Todavía el mismo grupo, ligeramente modificado, lanzó una nueva publicación, la de cuatro entregas de unos Cuadernos del Valle de México que no llegaron a viejos. Y se hicieron unos pequeños sobretiros, cuando ya comenzaban a llamarse elegantemente plaquettes a los que antes con cierto desdén se habían llamado folletos, con la colaboración de algunos escritores de la pelea pasada, los que ya comenzaban a considerarse maestros, aunque no tenían treinta años, o apenas los tenían. Se publicó un fragmento de una futura novela de Salvador Novo, Lota de loco, que no sabemos que jamás se haya completado; también unas Notas desde Abraham Ángel en las que Moreno Sánchez parecía apuntarse como un prometedor crítico de artes plásticas, y la reproducción de algunos cuadros de Manuel Rodríguez Lozano. Con esto la generación de Barandal se extinguió, literariamente, como su efímera revista. Sólo habría un superviviente: Octavio Paz.

¿Por qué no están mencionadas, en el programa de estas conferencias, otras dos revistas literarias que tuvieron su importancia, y que corresponden a la época que estamos examinando? Me refiero a Alcancía, de Justino Fernández y Edmundo O’Gorman, y a Fábula, de Miguel N. Lira. La primera es contemporánea de los primeros versos de Lira, del Corrido de Domingo Arenas que tan vivamente nos interesó, así por su poesía popular como por su presentación tipográfica, y por aquel tiempo conocimos a Renato Leduc, en sonetos impresos en cartoncillo de diversos colores, y en un poema, el Prometeo desencadenado, que no sabía imprimir, pero del que todos nos sabíamos de memoria grandes y sonoros párrafos, que todavía hoy vienen a nuestra mente. La segunda, que se parecía mucho a otra Fábula que se imprimía en Buenos Aires, se prolongó por algún tiempo más, pero no tuvo la misma calidad literaria, ni la misma belleza tipográfica. También Alcancía y Fábula murieron pronto, y ya nos cuesta trabajo recordar quiénes colaboraban en ellas, además de Carlos Pellicer, que allí publicó su bello poema “La puerta”, y de Octavio N. Bustamente, se quien se imprimió en libro una Teoría general de Cagancho que llamó mucho la atención por aquel tiempo.

 

“Barandal, Taller Poético, Taller, Tierra Nueva”, Las revistas literarias de México, 2ª serie, México, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1963.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1915-1992). Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo. Fue fundador y director de Taller Poético y posteriormente de Taller. Premio Nacional de Crónica 1976. Premio Nacional de Ciencias y Artes 1986.