Tierra Adentro
Diana Martín. “La providencial aparición del abogado pulpo” Acuarela y grafito/Papel

La ciencia ficción es una suerte de país en el que las mujeres siempre se han sentido bienvenidas. Les ha permitido imaginar diferentes destinos y relaciones de poder, incluso otros cuerpos, u otras posibilidades para sus cuerpos, como lo demuestran las obras de Ursula K. LeGuin o Connie Willis. Pero es ingenuo pensar que esto sólo se les ha otorgado en el terreno de la imaginación: históricamente, la ciencia ficción ha permitido que las mujeres salgan del entorno al que aparentemente estaban confinadas, brindándoles desde herramientas para ser económicamente independientes como creadoras,  hasta un espacio desde el que pudieran expresarse sin restricciones, hacer una crítica a las estructuras sociales que las desfavorecen y ser escuchadas. Libia Brenda explora su papel de entrañable personaje cyberpunk en esta crónica autobiográfica que nos deja echar un vistazo, desde su perspectiva, al movimiento contracultural gestado en la capital poblana de los años noventa.

Si alguna vez llego a tener una conversación con la guionista de mi vida, tengo que preguntarle quién le enseñó a estructurar las tramas y si cree en el destino. Como argumentista me parece desordenada pero interesante. Ha tenido varias fallas, pero es comprensible porque ha pasado por muchos procesos: siempre tendrá un sentido del humor retorcido, y a pesar de que nació con aspecto de varón, un día despertó transformada en mujer, como el Orlando de Virginia Woolf. Y aunque le fascina el drama, o quizá por eso mismo, se asegura de que no me aburra nunca, como durante mi época cyberpunk, que ocurrió en la segunda mitad de los años noventa.

En su primera etapa masculina, cuando era el guionista de mi vida, ejerció una crueldad infame. Para escribir mi infancia hizo un crossover entre Stephen King (cuando sí da miedo, como en It) y lo más oscuro de Charles Dickens, con un toque de Víctor Hugo: incluyó tópicos como hambre, violencia varia, desesperanza y confusión. Estoy segura de que el pobre guionista atravesó por una etapa de depresión y decepción entre los años 82 y el 95, pero al menos era como ese dios que dicen que aprieta pero no ahorca (un rasgo de sadomasoquismo que nadie se ha empleado en explorar, si me preguntan). Gracias a eso, cuando yo estaba entre la pubertad y la adolescencia, descubrí que a través de un libro podía quedarme un poco fuera del mundo, y además podía habitar muchos otros mundos. Eso siempre me ayudó a lidiar con eso que llaman “la realidad”.

Mi realidad estaba dirigida por mi padre y su mujer, lo que resultaba, cómo ponerlo… difícil. Digamos que mi padre era violento y su mujer también era violenta, además de cruel e inventiva, pero ninguno de los dos tuvo nunca mucha imaginación ni mucha inteligencia, aunque sí tenían libros, por suerte. El punto es que vivir en esas condiciones requiere de un método de supervivencia y ese método fue para mí la lectura. Me hice una lectora voraz.

Cuando el guionista de mi vida salió de aquella etapa oscura se dio cuenta de que yo era ya una adulta (según la Constitución, al menos), estaba por hacer alguna tontería mayor y él necesitaba inventarse una vuelta de tuerca para conservar el trabajo: entonces me convirtió en una chica cyberpunk. Recuerdo (y me da risa) que me sentía un personaje contracultural, tecnologizado y revolucionario. Claro que haber nacido en la mochísima capital poblana pone lo anterior en duda, aunque tampoco es que fuera difícil (en tierra de ciegos, ya se sabe). ¡Ah, la ingenuidad de la juventud!

Conocí al que sería mi futuro esposo. Desde que nos hicimos amigos hasta nuestra separación, tuvimos siempre muchas cosas en común. Él fue el primer escritor que conocí, yo resulté ser la única chica lectora de ciencia ficción y literatura fantástica que él conocía, siempre me presumía como tal. Creo que me veía como una adquisición rara, una pieza única. A mis diecinueve, yo ya era fan de varios autores que están bajo el letrerito que dice “Fundamentales”: Chandler, Poe, Cortázar, Tolkien, Bradbury, Machen o Burgess; pero él me dio a leer a otros que tenían que completar el anaquel: a Farmer, a Dick y a Douglas Adams; yo ya conocía tres libros de Dunas, él se encargó de que su mejor amigo me prestara los otros tres; me presentó a Ursula K. Le Guin, a Angélica Gorodischer y a George R. R. Martin; me regaló Alicia en el país de las maravillas y me dijo que Los cristales soñadores me iba a encantar. En ese tiempo me convertí en una lectora con tendencia: elegía las obras más alejadas de la etiqueta del realismo porque me enseñaron que eran menospreciadas por la corriente principal de los intelectuales “serios”, una injusticia. Yo leía como he leído siempre: de manera frenética, desordenada y como si se fuera a acabar el mundo. Antes de casarme, trabajé en un bazar de antigüedades como recepcionista. Llegaba a las nueve, limpiaba un poco, me sentaba a leer; a las dos iba a comer y cuando volvía de nuevo me sentaba a leer hasta las siete de la noche: eran unas buenas ocho horas de lectura.

Luego de un año de noviazgo me casé con el primer y único novio “oficial” que había tenido en la vida (si yo era alternativa, pero ñoña hasta la raíz del pelo). Era diciembre de 1995 y estaba convencida de que el amor duraba para siempre y podía conquistarlo todo. Conocí a varios de sus amigos cuando éramos novios e hicimos más amigos juntos cuando ya nos habíamos casado. Todos eran hombres, todos leían muchísimo y varios escribían ciencia ficción. Pensaban que hacíamos una gran pareja y que yo era linda, inteligente, creativa, para mí eran las personas más inteligentes y de avanzada que podía haber, sensibles y cultos.

Cuando cumplí veintidós años, el guionista de mi vida me había convertido en un personaje  heterogéneo, era una “mujer casada” pero con la cabeza rapada, de aspecto medio dark, que escribía cuentos y artículos para un fanzine, o dos, y una que otra revista independiente. De manera casi automática formé parte de La langosta se ha posado, el legendario fanzine programado en MS2. Luego empecé a publicar en Umbrales, una revista de Tamaulipas. En poco tiempo, gracias a que se generó una buena sinergia con los colegas, pasaron varias cosas: empezamos una publicación titulada Azoth (sí, ese era el nombre); organizamos las tres emisiones del Festival Internacional de Ciencia Ficción y Fantasía en Tlaxcala; hicimos una breve colección de libros de “subgéneros” con Ramón Llaca y Cía… Vivíamos en una suerte de gira literaria permanente, íbamos de festival en feria del libro y de cada evento underground a alguna convención de cómics. Conocí, además, a otras chicas que escribían, pintaban, tenían proyectos propios. Cuando salió la primera revista Sub (recuerdo que era amarilla, con un robot en la portada), la gran Jimena-Ida Moh! ilustró mi cuento “Ice Cream”: era la primera vez que alguien ilustraba un cuento mío. Conocí también a Blanca Martínez, una escritora mexico-catalana que se convirtió en una amiga muy querida y en una tutora de vida. Gracias a ella publiqué, junto con otros amigos, en la versión mexicana de la revista Asimov. Luego,  en algún otro momento, publiqué “Vestigios de un extraño” en el fanzine Mercado negro. En esa época llena de lo que me parecían grandes retos y estímulos, yo creía que empezaba a hacer cosas importantes en el campo de la ciencia ficción… ¡Ah, la arrogancia de la juventud!

Siempre me ha costado trabajo confiar en la gente, aunque no se nota porque soy muy parlanchina, pero durante los dos años y medio que duró mi vida de casada conviví con los que creí los mejores amigos del universo, no exagero cuando digo que los adoraba. Me encantaba que se la pasaran en nuestro departamento, guisaba para ellos cada vez que podía y a los que tenían mi edad los presionaba, según yo, para que dejaran de vivir con sus papás y se independizaran de sus respectivas familias, como si yo fuera un ejemplo de madurez y seriedad. Nuestro departamento se convirtió en centro de reunión. Pasábamos las tardes hablando de libros, a veces entre mariguana y alcohol; leíamos nuestros cuentos y los discutíamos (yo los criticaba como si el espíritu de Gertrude Stein se hubiera posesionado de mí); escuchábamos las ideas que tenían los responsables del fanzine Fractal; peloteábamos ideas entre nosotros; recibíamos a los amigos que iban del D. F. o, en alguna ocasión, de Guadalajara. Nuestra sala fue muchas veces dormitorio de más de tres; incluso algunos amigos que vivían en la misma ciudad pero no querían regresar a su casa porque era muy noche, estaban muy borrachos o quedaban muy lejos, acababan durmiendo en la sala o en un colchón en el estudio. También conocí, por carta trasatlántica, a Sarah Ingram: una chica que vivía en Gijón y que ha sido una amistad entrañable gracias a que nos mandábamos cartas escritas a mano, con la friolera de unas diez páginas de ida y vuelta. En esa época conseguí mi primer trabajo en el mundo de los libros: tenía que hacer un cotejo de la Biblia, pero qué importaba: ya era un trabajo en una editorial. Me volvió a crecer el pelo, me lo aclaré hasta ser rubia, me lo pinté de azul chiclamino, luego fue verde y acabó en un gris ceniciento que dio paso al pelirrojo; iba cada semana a Tlaxcala a trabajar en el Azoth; al menos un año organicé yo sola el Festival que siempre fue más bien un congreso de escritores, es decir, de los que éramos amigos; dictaba conferencias, como una que di en la UAM sobre literatura fantástica; porque a diferencia de ahora, la literatura fantástica era el verdadero patito feo entre esos activistas contraculturales; escribí sobre las escritoras de ciencia ficción en México y sobre vampiros (un texto muy bobo, pero ¡era de vampiros!); en las convenciones de cómics daba charlas sobre Tolkien o sobre algún aspecto del movimiento independiente de esa literatura no realista… Total, me sentía como Leo DiCaprio en la proa del Titanic: I was the queen of the world. Durante un par de años o un poco más creí que tenía una vida perfecta. Hasta que se hundió el barco y la orquesta dejó de tocar.

El guionista de mi vida tenía un sentido del humor que no acabo de entender. Una muestra es la paradoja que representan los personajes como el ex. Es cierto que en parte le debo a él haber ganado confianza para escribir: me apoyaba y me impulsaba, decía que mi escritura era buena, que debía producir más. Eso siempre se lo agradeceré, y me sentía bien en el papel de escritora contracultural que el guionista de mi vida me había asignado, pero siempre me fastidió tener un matrimonio clasemediero tradicional, porque no me parecía que esas dos formas de vida combinaran (él no era de Puebla, pero sí católico; yo sí nací en Puebla, pero me volví hereje). Y la sensación pesaba, con todo y que había accedido a casarme por la iglesia y entrar en ese matrimonio porque, como reza el hashtag: you only live once. ¿Por qué había aceptado? Creo que tenía la idea de que casarme con un escritor me libraba de los prejuicios de la pequeña burguesía y me mantendría lejos de la mentalidad poblana que yo detestaba. ¡Ah, la ceguera de la juventud!

Cuando el barco empezó a hacer agua fue más o menos en el tiempo en que el guionista de mi vida entró en la tardía etapa grunge que precedió a su momento de realismo sucio. Primero leí mucho a Douglas Coupland (por lo visto, la etiqueta de realismo no estaba del todo vetada), ya había terminado todo lo que había a la mano de William Gibson y de Anne Rice y estaba un poco enganchada con Poppy Z. Brite; atrás habían quedado Rudy Rucker, Roger Zelazny y Alfred Bester. Después, me obsesioné con cierto espíritu noventero, me había comprado la idea de que pertenecía a la Generación X y me fui dando cuenta de que quería hacer muchas cosas yo sola, sin esposo: decidí divorciarme.

Lloré muchísimo porque me di cuenta de que mi independencia y mi matrimonio se contraponían. No era exactamente infeliz; mi marido no me golpeaba ni me ponía los cuernos, manteníamos un nivel de vida cómodo; la pasábamos bien en lo que yo creía debía ser una vida de escritores (¡ejem!, de cliché). Pero estaba insatisfecha. Y todo eso formó un caldo de cultivo del que brotaron unas ganas locas de vivir sola, de ser independiente, de encontrar mi propia voz. Mi voracidad lectora desembocó de forma lógica en un bovarismo incurable, por eso ahora digo que la culpa de mi divorcio la tuvo George R. R. Martin: leí Una canción para Lya y caí en la cuenta, por carambola mental, de que no quería seguir casada. No quería despertarme a los cuarenta y odiar al ex con toda el alma por haber desperdiciado “los mejores años de mi vida”; estoy segura de que se lo dije más o menos con esos lugares comunes (el guionista de mi vida necesitaba mejorar sus líneas de diálogo). Y me fui. Le rompí el corazón, me rompí el corazón. Para entonces leía a Ray Loriga y a Benjamín Prado, aunque Elizabeth Wurtzel me daba pereza; me identifiqué con personajes desencantados, melancólicos, descreídos. El guionista de mi vida empezaba a incursionar también en una etapa de tremendismo que aunque no le duró mucho, retorció aún más su sentido del humor.

Antes del divorcio conseguí un trabajo como edecán para juntar un poco de dinero y mudarme yo sola. La coordinadora de las edecanes necesitaba que me pusiera ocho kilos de maquillaje, y el día que me dieron el trabajo, cuando llegué al departamento hasta con las cejas pintadas (literalmente), lo único que se le ocurrió a mi futuro ex fue decirme: “Pareces puta”. Sobre eso de hacer y parecer aprendí de la manera difícil cómo se ve para mucha gente eso de ser una mujer independiente. Antes de casarme, la mujer de mi padre me llevó con la ginecóloga para que me revisara y viera si yo era virgen, ella creía que yo era un animal o una mercancía que había que entregar en buen estado: si hubiera sido un caballo, me habrían revisado la dentadura.

Cuando se terminó el trabajo de edecán fui secretaria durante un tiempo. Irónicamente, la coordinadora de las edecanes me dijo que me habían dado ese trabajo “porque era la única de las chicas que no parecía puta”. Pónganse de acuerdo, ¡caramba!, ¿parecía puta o no? Y después, cuando me mudé al D. F., mi padre y su mujer estaban muy preocupados por mí porque no entendían de qué vivía o cómo me mantenía: les preocupaba que pudiera dedicarme a la prostitución. Lo que aprendí es que por lo visto mucha gente encuentra fascinante el hecho de que una mujer haga las cosas por sí misma, y considera que su aspecto refleja directamente sus prácticas sexuales, sean reales o imaginarias, lo que sigue siendo muy importante a la hora de decidir si respetarla o no. Así es, al menos, para un lamentable número de señores y un más lamentable número de señoras.

Cuando el guionista de mi vida entró en su etapa de realismo sucio, a finales del 98, creo que también se posesionó de él un espíritu milenarista y se dedicó a beber, a consumir drogas de manera recreativa (que conste que en este caso sí fue él, no yo) y a experimentar con mi capacidad de resiliencia. Menos mal que mi capacidad es inmensa, de otro modo me imagino que hubiera entrado a la escuela de mercadotecnia y me hubiera convertido en administradora de un Oxxo. Curiosamente, aunque también vendí libros, fui mesera y secretaria, nunca se me ocurrió ejercer la prostitución. Debe ser que jamás he tenido eso que llaman visión de negocios.

Con el divorcio tuve un par de revelaciones en la vida: una fue que los vínculos que parecen más fuertes pueden ser frágiles, pues el cariño de la mayoría de esos amigos se desmoronó como un mazapán. Y los que no me retiraron del todo su cariño y respeto acabaron por convertirse en eso que en inglés llaman an acquaintance. Luego habría reencuentros, pero aquel núcleo se rompió para siempre.

La otra revelación fue que en verdad podía hacer las cosas por mí misma. Cuando me separé, me fui a vivir a un cuarto de azotea con un sofá. Semanas después me llevé el mini refri, pero en realidad no tenía nada. No había cumplido siquiera veinticuatro años. Además de ser edecán, me conseguí un trabajo de negra literaria para una editorial indigna, empecé a hacer corrección de estilo y todavía iba a la universidad. Empecé a vivir sola. Mi vida se parecía muy poco a mis ilusiones literarias. Por ejemplo, tenía un cassette que me grabó uno de esos amigos, traía un disco de Pearl Jam de cada lado, el VS y el Yield, me acostaba a dormir en el sofá, porque no tenía cama, ponía el cassette de un lado y lloraba hasta quedarme dormida; al día siguiente lo volteaba y repetía la operación. Eso duró hasta que, unos meses después, me llevé la cama que había usado cuando era hija de familia. Me tardé meses en contarles a mi padre y a su mujer de mi separación. No confiaba en ellos, así que mientras estaba en trámite el divorcio no les dije ni mu. Ya que habíamos firmado los papeles confesé mi nuevo estado civil y pedí que me dejaran la recámara o tal vez me la ofrecieron, en un gesto de lástima por mi (¡qué barbaridad! un divorcio) situación. Por supuesto, me regañaron por no exigir pensión alimenticia. Estaban convencidos de que el ex tenía la obligación de darme dinero, una tautología que yo nunca logré aceptar porque, a pesar de ser una escuincla, sabía que quien me diera dinero por obligación iba a reclamar cierto derecho sobre mi vida. Era muy agotador estar parada entre seis y nueve horas en la Comisión Estatal Electoral, con traje sastre y medias de lycra (más los ocho kilos de maquillaje); tomar un curso de fotografía y seguir buscando trabajos como freelance, que entonces escaseaban. Era muy pesado pintar la casa de la coordinadora o cambiarle el color a su cómoda de madera (sí, también hice de pintora de brocha gorda y de ebanista) y no puedo negar que a veces, cuando de plano no había para la despensa, el ex sí me ayudaba con algún dinero. Pero prefería esa libertad. ¡Ah, el arrojo de la juventud!

Mientras viví en ese cuarto de azotea también leía como posesa, y eso que tenía menos tiempo. Conocí a J. M. Servín, a Irvine Welsh, y a Lucía Etxebarría; y conocí a Chuck Palahniuk y a Cormac McCarthy; leí a Marion Zimmer Bradley, también a Tomas Harris, y seguí leyendo a Salman Rushdie, Angélica Gorodischer y a Ursula K. Le Guin; hasta releí El Perfume y La historia interminable. En 1999 me dieron la beca como joven creadora del estado de Puebla; mi proyecto era, según yo, una mezcla de ciencia ficción con policiaco y… ángeles. El guionista de mi vida debe haber estado muy drogado la tarde de mi ocurrencia, porque a mí, que sí estaba sobria, me pareció una idea genial. No lo era. Acabó el proyecto pero yo nunca terminé la novela. Al final, tampoco terminé la carrera universitaria porque, me dije a mí misma, “una escritora no necesita de un título de escuela y la escuela mata el conocimiento”; pero, mientras tecleaba con la misma pasión con la que leía, sentía que estaba viva y creía, de nuevo, que estaba haciendo algo importante. ¡Ah, la estupidez de la juventud!

También tengo buena suerte, todo hay que decirlo. Por ejemplo, el guionista de mi vida, a pesar de sus adicciones, me puso cerca a dos personas fundamentales en ese periodo. Una es la única amiga verdadera que tuve durante años: Connie Carvajal, una persona increíble (por más devaluado que esté ese adjetivo). En ese tiempo ella era dueña de una cafetería pequeña en el centro de la ciudad, que fue punto de reunión para muchos jóvenes que eran, como yo, supuestamente alternativos, rebeldes y creativos. Ella sí que era alternativa y nos daba chance de ocupar el espacio a cambio de nada. Durante un tiempo me dio trabajo en su cafetería como mesera y encargada; y hubo una época en que incluso me dio de comer, también a cambio de nada. Me explico: el guionista de mi vida pasaba por una etapa distraída y cuando se terminó la beca yo no tenía trabajo ni posibilidad inmediata de ingresos, había tenido casi un año de bonanza y de repente me hallé con que no tenía ni para comer. Connie me dijo: “Pues cuando no tengas te vienes a comer a la casa; si comemos Mario y yo, puedes comer tú”. Así, sin más. Fui muchas veces, lavaba los trastes o ayudaba en lo que pudiera. Alguna vez creo que llevé las tortillas, que siempre han sido baratas, y alguna otra le di mi receta de la tinga, pero no podía hacer mucho más. No sé cómo logramos pasar esa etapa sin que ninguna de las dos se sintiera incómoda, nunca me sentí humillada ni ella sintió enfado ni abuso de mi parte. Estoy convencida de que esa magia operó sólo gracias a su generosidad.

La otra persona es el que ahora creo que es el hombre que más me ha querido. Había sido parte de aquel viejo círculo de amigos y empezamos a andar poco después de mi separación, algunos creyeron que muy poco después (mi vida privada mantenía cierto rating); pero fue lo bastante valiente como para enfrentar a sus amigos y a los míos, y estuvo conmigo todo el tiempo que duró el duelo. Fue la única persona que me vio de cerca mientras pasaba por todo el tránsito del divorcio y si no hubiera sido por él las horas más largas en ese cuarto de azotea hubieran sido insoportables. Además, tengo que darle el crédito de haber descubierto conmigo incontables posibilidades y aspectos amatorios en un sofá. Como es obvio, a pesar de que mucha gente había estado muy interesada en mi vida sexual, ninguna de esas personas hubiera podido ocuparse nunca de los descubrimientos fundamentales que un ser humano tiene que hacer en la vida acerca del placer compartido. Los mejores momentos de ese cuarto de azotea se los debo a él y a todos esos libros. Aquí sí estoy convencida de que el guionista de mi vida tuvo un arranque de humanidad, porque justo en ese momento yo necesitaba cerca a una persona, incluso más de lo que necesitaba tener libros.

Seguí con algunos proyectos. Me sumé al esfuerzo de recopilar datos para una suerte de enciclopedia en internet sobre ciencia ficción que, en un principio, también sería de literatura fantástica; así, por ejemplo, conocí a Verónica Murguía: viajamos al D.F. para entrevistarla porque había publicado Auliya. Y aunque todo el esfuerzo quedó en un sitio que funge como catálogo, es el único sitio en México que tiene ese tipo de registro. Otro proyecto fue el de los Cuentos compactos: los amigos de Fractal´zine habían hecho una primera edición de cuentos (cyberpunk) en formato de booklet de CD. Cuando yo entré al proyecto ya sólo hicimos casi todo entre dos. Publicamos una edición de cuentos de Rock en ese formato de booklet de CD e imprimimos, con nuestro propio dinero y un socio que puso capital, 500 ejemplares; incluso Joselo Rangel, el de Café Tacuba, publicó con nosotros. Hicimos una presentación en una librería del centro de Puebla, con chela de honor y banda de rock incluida. Aunque literalmente acababa de firmar el divorcio, todos los cienciaficcioneros asistieron a la fiesta. Estaban indignados y dolidos conmigo por abandonar mis deberes de buena esposa, pero todos convivimos civilizadamente en esa fiesta. ¡Ah, el despliegue de egos de la juventud!

Del grupo de amigos me quedé con el lema info must be free; con cierta ingenuidad que pasaba por rebeldía; y con una casualidad muy divertida que ayudó a cerrar con broche de oro aquella etapa: a los pocos meses de mi divorcio y a unos días de que empezara el último festival en Tlaxcala, William Gibson vino al D.F. a dar una conferencia. Recuerdo que varios pasaban de Gibson porque ya no lo consideraban cool, en cambio yo rodaba de la felicidad. Cuando terminó la conferencia, como buena fan, me acerqué a él y le dije –en un inglés que no sé de dónde me salió– que lo invitaba a tomar cerveza, a dar una vuelta por la plaza de la Computación, a ir al festival de escritores de ciencia ficción en Tlaxcala. Estaba muy entusiasmada y William Gibson resultó un hombre dulce y paciente; su esposa estaba a unos metros, esperándolo, con una sonrisa comprensiva ante los brinquitos de groupie que yo daba a su alrededor. Gibson rechazó con mucha amabilidad todas mis invitaciones. Cuando le conté del Festival dijo, con una voz que denotaba un poco de cansancio y otro poco de susto ante los freaks: “Oooh, a convention”. También me dijo que estaba trabajando en su novela y que tenía que regresar al hotel, precisamente, a terminarla. Le pedí que firmara varios libros que llevaba, que no eran míos, sino de amigos (para fulano, para perengano). Le pedí que me firmara un póster cuyo diseño le encantó (eran los carteles que anunciaban la “convention” de Tlaxcala). Entonces se lo regalé y le pedí que firmara otro igual; y para que pusiera bien mi nombre se lo escribí: “Libia, como el país pero en español, no en inglés donde la cuarta letra es y en vez de i”. Se fue y yo me regresé feliz, con mis tesoros. Meses después, recibí un correo en el que me contaron que yo aparecía en la novela de William Gibson, All Tomorrows Parties. ¿Eh? Sí, en el capítulo 42 y 43 aparece Libia con un gato de tres patas que se llama Paco. ¿Eh? Sí, es una esfera de mercurio con voz femenina. ¿Eh?, Sí, y al final, en los agradecimientos, dice: “And to the post-cyberpunk contingent in Mexico City, who, though I declined their thoughtful offer of the definitive alternative tour, encouraged me, with their warm enthusiasm, through the writing of a crucial chapter in the Hotel Camino Real”. Para mí califica como el episodio cyberpunk por antonomasia, y si no lo es, no importa. No sé por qué Gibson decidió que su personaje se llamara como yo, pero la verdad es que el guionista de mi vida se pulió.

Cuando estaba por terminar el año 2000, como el guionista de mi vida era presa del milenarismo me hizo tomar una decisión todavía más radical: me trajo a vivir al D. F. de una buena vez. Dejé la ciudad en la que había crecido porque estaba harta de sentirme paria, además, acababa de reencontrarme con mi madre luego de diecisiete años de no verla y ella vivía aquí. Con la “lógica” suma de esos elementos me embarqué en el cambio. Mi llegada triunfal se ve como sigue: metí lo que cupo en dos maletas medianas, empaqué como pude mi computadora que apenas tenía Windows 95, y en otro par de cajas de cartón metí los libros fundamentales. Un amigo de Connie me dio un aventón en su coche. Era domingo y le pedí que me llevara a la pensión donde se hospedaba mi madre. Llegamos a eso de las cuatro de la tarde y encontramos que el edificio se había incendiado. A la una de la mañana algo prendió fuego y se quemó el edificio (es la construcción que está en Orizaba y Córdoba, donde ahora está la Nacional y en aquellos años estaba el café Enanos del tapanco). Supe por intuición que mi madre no se había quemado, y me quedé un rato en la banqueta mientras pensaba qué hacer (luego me enteraría de que, en efecto, mi madre estaba bien y se había regresado a su casa de Hidalgo). Llamé a un amigo de Tijuana que vivía a tres cuadras, me dio asilo durante unos días. Luego llamé a Jimena-Ida Moh!, que me regañó por no haberla llamado antes, y me urgió a que me fuera a vivir a su casa, con su mamá, su papá y su hermana.

Y fue entonces cuando el guionista de mi vida empezó a entender que no era lo mejor para mí vivir en un mundo de hombres muy hombres y tampoco era la mejor idea que yo en el fondo lamentara ser mujer. Sospecho que más o menos en esa época fue que se despertó con una naturaleza femenina y empezó por hacer algunos ajustes, aunque todavía necesitábamos adaptarnos, ella a su nueva naturaleza y yo a mi nueva vida de emigrada a “la Capital”. Mis antecedentes no eran los mejores: la mujer de mi padre, loca de atar, me había criado para ser una sicópata, no un ser humano; y mi madre ya me había dejado en una pensión antes, oh paradojas de los giros argumentales, a los seis años y medio en la sierra de Puebla y me había convencido con su ausencia de que ninguna mujer era de fiar. A esos antecedentes se sumaba una personalidad altamente competitiva. ¡Ay, san Freud, ampárame!: durante años creí que ser hombre tenía muchas más ventajas que ser mujer; siempre me había preciado de tener más amigos varones que amigas mujeres; durante años, cuando oía la palabra “feminismo” pensaba en señoras furibundas que eran como machos con falda abajo de la rodilla y creía que demostrar rasgos demasiado femeninos era sinónimo de debilidad y estupidez. Mi única disculpa, además de la imbecilidad de mi juventud y mi mentalidad provinciana, es que durante esos años fui la versión espiritual de Arnold Schwarzenegger: mi alma era fuerte y muy musculosa pero rígida y sin idea de cómo actuar. Todavía tenía que andar un trecho largo para entender por qué, a pesar de que muchos hombres parecían tan inteligentes y cultos, se comportaban como unos verdaderos cavernícolas, mientras que muchas mujeres, a pesar de parecerme ñoñitas o simples, eran personas mucho más completas de lo que yo había sabido ver.

La guionista de mi vida me tuvo dando tumbos un rato mientras arrancaba el siglo XXI. Por ejemplo, me fui a Tijuana, al Borderhack[1], a acampar dos días, pero aquí la hospitalidad de Jimena y de su familia me permitió quedarme con ellos durante meses, a pesar de que yo me comportaba a mi vez como una cavernícola (la guionista de mi vida estaba apenas a punto de reaccionar y tal vez andaba de nuevo un poco cruda). Poco después, reapareció un amor adolescente que nunca tuvo buen tránsito. Me fui a vivir a Cuernavaca con quien llamaré el Pintor loco. Mala decisión, pésima, de hecho. El asunto no resultó nada bien. En ese tiempo, creo, leí poco o no logro recordar casi nada de lo que leí, esa es una mala señal. Me viene a la memoria McOndo y algunos autores mexicanos como Gustavo Sáinz; casi estoy segura de que en ese momento leí Tokio ya no nos quiere, pero poco más. Trabajé en asuntos de libros, pero no muy literarios. Escribí un libro entero, eso sí. Y lo escribí para sobrevivir, más que otra cosa. Yo quería que fuera una novela, resultó una especie de colcha de piezas sueltas cosidas de manera burda. Me sentía muy satisfecha después de haberle puesto punto final, la registré en Indautor. La falsa novela era realista, descarada y no tenía trama (la guionista de mi vida andaba como de vacaciones), pero si no la hubiera escrito, episodios como ese corte de navaja que tengo en el muslo habrían resultado peores. Al menos ahora sé que sí puedo terminar una novela. Trata de una chica, Lucía, y sus consideraciones posmodernas del mundo; creo que todavía me duraba el espíritu Coupland y un poco Fight Club. La única línea de todo el libro que recuerdo con cariño es ésta: “Despertábamos oliendo a ti y a mí y a suavizante de telas de color azul”; me parece que entonces la guionista de mi vida hallaba una inmensa fuente de melancolía en el Suavitel. Y me parece que fue la última vez que escribí una ficción, digamos, realista. Los meses en Cuernavaca fueron una época de alto contraste y muchos claroscuros, con más oscuros que claros. El pintor loco resultó ser un adicto (mariguana, coca, alucinógenos, you name it) y yo creí, durante años, que era el amor de mi vida. ¡Ah, el melodrama de la juventud! Bien mirado, es posible que la guionista de mi vida estuviera muy al tanto y simplemente me pusiera en esa posición para que yo aprendiera eso que tenía que aprender, la muy cabrona.

Regresé al D.F. definitivamente y empecé a buscar un mejor modo de vida. Trabajé como mesera, correctora de pruebas, nana, diagramadora de textos, asistente de comunicación social… Y como la guionista de mi vida había aprendido unas cuantas cosas para entonces, me puso cerca de otras mujeres. El cariño y la paciencia de Areli, Lilyán y Sabina, su hija (que en ese entonces era una bebé) me salvaron de una depresión negra. Empecé a trabajar más de cerca en asuntos editoriales, como freelance, como reportera, y publiqué por primera vez un cuento, “Burbuja de humedad”[2] en una antología con más alcance, hecha en homenaje a P. K. Dick: El hombre en las dos puertas. Allí volví a convivir con aquel grupo de escritores que habían sido tan cercanos apenas unos años antes. En el 2002 hicimos otra entrega de los Cuentos Compactos, esta vez el número fue Literatura fantástica. Convocamos a trece autores e imprimimos mil ejemplares que vendimos en un año entre dos personas: fuimos un hitazo editorial. ¡Uf, la energía ilimitada de la juventud! En 2004 salió un cuento mío en el especial de ciencia ficción de la revista Blanco Móvil: “La mujer de nadie”; y el mismo  cuento se volvió a publicar después en los minibúks editados por Pepe Rojo. Desde hace años anda por la red, gracias a la legendaria revista argentina Axxón. Y en 2008 tuve el asombro y la suerte de que Brigidina Gentile me encargara un cuento para L’altra Penelope. Me emocionó compartir espacio con escritoras como Esther Seligson y Claribel Alegría. Un par de años después, la misma Brigidina se encargó de traducir algunos de mis cuentos breves de corte fantástico, para Scrivere donna – letteratura al femminile in America Latina. El último de ellos es Caleidoscopio, publicado hace unos meses en otra de esas revistas anticonformistas: Penumbria.

Hay quien dice que la literatura no lo vuelve a uno mejor persona. Mi padre, por ejemplo, no lo es, a pesar de que se encargó de que yo leyera a Poe o a Verne y él mismo leía a Tolstoi y a Shakespeare. En mi caso, sin embargo, la guionista de mi vida se aventó una carambola de tres bandas: primero, decidió que durante años muchos hombres (parientes, amigos, novios, incluso conocidos) llegaran a darme libros, me decían: “Ten, lee” y yo extendía la mano; por esa vía la literatura me mantuvo viva. Luego aprendí a analizar esos libros, a encontrar la estructura, a ver más allá de las historias; gracias a eso la literatura me mantuvo lúcida, me dio esperanza y me enseñó que podía hacer algo que me gustaba para vivir. Y, por último pero no al último, me puso cerca de mujeres que me permitieron entender todo eso que había leído y me ayudaron a leer con más atención. Esas mujeres no me dijeron “Ten, lee”, sino algo más importante: “Mira, entiende. Escucha, reflexiona, ponte en el lugar del otro, no juzgues, no te apresures”. Con la literatura y acompañada por una guía femenina aprendí a entender el mundo.

Lo que me devuelve al inicio de este relato: mis abuelas: Luisita y Modesta eran unas ancianas nacidas en 1900 y en 1925, y me trataron como una persona mientras conviví con ellas. A pesar de que no tenían ninguna lazo sanguíneo conmigo (eran la madre y la abuela de la mujer de mi madrastra); me trataron mejor que mi padre y su mujer juntos. Me querían y me hicieron un bien imposible de medir. A ellas empecé a rescatarlas hace pocos años, sobre todo, mediante la gastronomía. Gracias a ellas dos, a mi primera abuela, Mari, y a otras mujeres que han aparecido en mi vida y se han convertido en amigas, maestras, y ejemplos a seguir, he aprendido mucho sobre mí misma y, algo todavía más difícil, he comprendido un poco por qué alguna gente loca hizo conmigo lo que hizo. Agradezco a todas la enseñanza de reconstruirme, como en la canción de los Beatles, with a little help from my friends.

A estas alturas puedo decir que logré varios cometidos que me propuse cuando me casé y algunos más de los que me propuse cuando me divorcié. Soy económicamente independiente, vivo sola y contenta desde hace un tiempo; y aunque me falta alcanzar muchas metas (como publicar mis propios libros) tengo un trabajo que me fascina: soy editora. Empecé criticando los cuentos de mis amigos, aprendí de gente valiosa, trabajé mucho hasta que me hice una profesional. A unos meses de cumplir cuarenta, sé que todavía me queda mucho por aprender.

Cuando recuerdo cómo era hace veinte años, me da ternura esa chica cyberpunk que no era del todo punk ni mucho menos cyber, pero tenía una energía ilimitada y una ferocidad que le permitieron hacer de su vida lo que quiso. Y desde luego, aún se asoma a saludar de vez en cuando, incluso al editar algunos libros[3].

De aquella época cyberpunk me quedan un montón de anécdotas, pero sobre todo, la certeza de que estuvo bien dejar hasta el hígado y el corazón en lo que más me importaba. La guionista de mi vida bebe menos, dejó los estupefacientes y, luego de las exploraciones, ya encontró cómo colocarme en un estado en el que me siento a gusto. Estoy lista para su siguiente ocurrencia, pero sigo creyendo que es desordenada y estoy segura de que todavía necesita mejorar sus líneas de diálogo.

 

 


[1] El Borderhack de Tijuana fue un festival de cibercultura que pretendía reunir a activistas de la frontera y hackers para reflexionar y tomar acciones (ataques a los sistemas de información estadounidense, principalmente) en protesta por la disparidad representada por el muro fronterizo. En este enlace también se puede encontrar información al respecto (en español)

[2] “Burbuja de humedad” se publicó también en 2005 dentro de Especial Phillip K. Dick , una antología española también en homenaje a P. K. Dick, publicada por Libro Andrómeda. Una reseña de éste y del resto de los cuentos puede encontrarse aquí.

[3] Libia Brenda participó en el proceso de edición de la antología Así se acaba en mundo. Cuentos mexicanos apocalípticos  (2012), ideado y reunido por Edilberto Aldán, un volumen que, junto con Los viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana (2011), antologado por Bernardo Fernández BEF, y El abismo. Asomos al terror hecho en México (2012), compilado por Rodolfo JM, forman una colección novedosa para los lectores jóvenes. Todos están publicados por la editorial SM. (Nota de la editora).

 


Autores
nació en Puebla, 1974. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Empezó a publicar en fanzines y revistas independientes hacia 1994. Obtuvo la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes 1999-2000. Ha publicado cuentos y artículos en varias revistas en papel y en la red en México, España e Italia, como El hombre en las dos puertas, (Lectorum, 2002) y Así se acaba el mundo, (Ediciones SM, 2012). También ha contribuido a la literatura de la imaginación en México como editora, organizadora o colaboradora en varios proyectos relacionados con el tema desde 1996: festivales, revistas, recopilaciones, sitios web, publicaciones atípicas, conferencias, clases, talleres y libros. También es cafeinómana y tragona irredenta.
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Fotografía cortesía de la autora
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