En la redacción de Tierra Adentro nos da gusto anunciar que el día de hoy se dio la noticia de que Sergio González Rodríguez (Distrito Federal, 1956) ganó el Premio Anagrama de Ensayo 2014. El galardón, que reconoce cada año desde 1973 a un libro de ensayos de tema libre, consiste en la publicación del título bajo el sello de Anagrama, además de 8 mil euros.
En esta ocasión, el fallo fue para Campo de guerra, presentado bajo el seudónimo El Becario, un análisis de la tendencia geopolítica encabezada por Estados Unidos y que, con el pretexto de combatir el terrorismo, ha impuesto control y vigilancia. Así, González Rodríguez competa una trilogía dedicada al estudio de situaciones violentas, que comenzó con Huesos en el desierto (2002) y El hombre sin cabeza (2009).
Una de las peculiaridades de los Premios Anagarama es que también se da a conocer al finalista, que esta vez le tocó al, también mexicano, Luigi Amara. Extendemos una felicitación y un saludo al autor de El cazador de grietas (FETA, Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998), quien obtuvo el honor con Historia descabellada de la peluca.
El jurado del Premio Anagrama de Ensayo estuvo compuesto por Salvador Clotas, Román Gubern, Xavier Rubert de Ventós, Fernando Savater, Vicente Verdú y Jorge Herralde.
En este cómic, Alejandra Espino creó una historia cuya figura principal encarna el comportamiento de ciertos autores engreídos y pusilánimes, con todo y lo que suelen decir, la actitud sobrada y el manifiesto deseo por hacerse de su propia artist-wife. La idea es presentar otra clase de protagonista: “Me gusta ver a los personajes femeninos con defectos. Me gusta que existan todos los modelos femeninos posibles, con todo y las cosas insoportables”.
Mañana sábado, 5 de abril, en la Galería Arte Hoy se inaugurará la exposición Artistas que dibujan el aire, en ella podremos ver la obra de una serie de artistas japoneses que residen en nuestro país.
Esta exposición refleja el impacto que las culturas Mesoamericanas, particularmente la olmeca, maya y azteca, han tenido en estos artistas, y cómo su obra y estilo se vieron modificados. En estas piezas podremos ver una síntesis de la visión de la naturaleza y la cultura japonesa y mexicana.
Del mismo modo se presentará un texto-homenaje al maestro Kiyoshi Takahashi, quien desde 1958 comenzó una entrañable relación artística y académica con México. Dentro del legado que ha dejado en nuestro país encontramos la escultura Sol, realizada para la Ruta de la Amistad, de las Olimpiadas de 1968, y que podemos ver todavía en Periférico sur en el D.F.
Miho Hagino, artista y curadora de Artistas que dibujan el aire, explica: “El espacio y tiempo junto a la luz que cambia en el trascurrir de cada segundo nos induce a la profundidad de cada pieza. Cuando uno fija la mirada en estos trabajos no debe olvidar descubrir y sentir el aire que posee cada obra”.
También participan en esta exposición tres distinguidos escultores: el maestro Kiyoto Ota, Hiroyuki Okumura y Masafumi Hosumi, que viven, estos dos últimos respectivamente, en Xalapa y San Cristóbal de las Casas. Por su parte, los pintores Kunio Iezumi, Katsumi Kurosaki, Natsumi Baba y Maho Maeda, mostrarán algunas de sus piezas. Terumi Moriyama, de Aguascalientes, participa con grabados que cohesionan tradiciones de la cultura japonesa-mexicana. Y Miho Hagino presentará su obra fotográfica de decisiva expresividad.
El interés e impulso de estos jóvenes artistas por un entorno y culturas tan alejadas de su país, tienen que ver con la exposición Mekishikodijutsu-ten (Exposición de Arte Mexicano) que tuvo lugar en el Museo Nacional de Tokio en 1955, la cual suscitó en los espectadores japoneses interés por México y sus culturas prehispánicas. Esta exposición es una invitación al público mexicano, pero también para el público proveniente de otras latitudes para mirar y descubrirse a partir de la mirada del otro, de un otro que en apariencia está muy lejano a él.
La exposición estará abierta al público de lunes a viernes de 10:00 a 18:00 horas, y los sábados de 11:00 a 14:00 horas, durante los meses de abril, mayo y junio de 2014. La galería está ubicada en Presidente Carranza 176, Coyoacán.
Para Bob Dylan, 1966 fue un año crucial. Editó Blonde on Blonde (su primer disco doble), sufrió un accidente de moto y dudó por única ocasión en su carrera: desistió de la publicación de Tarántula, su primera y esperadísima novela.
Dylan nunca titubeó. Trasbordó del folk al rock sin remordimientos, abandonó a Joan Baez, la súper estrella del folk, por la modelo Sara Lownds y resistió como una pequeña embarcación la imbatible tormenta compuesta por los embates de la crítica y la acusaciones de traición por parte de sus fans, que tendrían su cumbre en aquel histórico concierto donde le gritaron Judas. Pero más allá de su fama de rompecorazones, de rebelde, de genio precoz, de voz de una generación, lo que despertaba la fascinación por Dylan era su nuevo método de composición en lo que concierne a las letras de sus canciones. Cuya cúspide radica en el verso “el fantasma de la electricidad aullaba en los huesos de su rostro”. Esta prosodia furibunda con su profusión de imágenes y su carga mitológica tuvieron su esplendor en la trilogía de discos compuesta por Bringing It All Back Home (1965), Highway 61 Revisited (1965) y Blonde On Blonde (1966). Y qué mejor manera de culminar ese proceso creativo que con la publicación de una novela.
Existe una amplia fenomenología acerca del método de composición de Dylan. Una de las más populares apunta que colocaba infinitos recortes de revistas en el piso y trabajaba con base en asociación de imágenes y era así como obtenía sus metáforas. Sin embargo, abundante material fotográfico documenta que escribía sus canciones directamente sobre la máquina de escribir. Postura que arroja más la imagen de un escritor que la de un poeta. Antes de que la transformación de Dylan fuera absorbida, y su nuevo sonido equiparado con el de los Bealtes y los Rolling Stones, lo que molestaba a sus seguidores es que debajo del graznido de la guitarra eléctrica se encontraban revelaciones, descubrimientos, alturas poéticos a las que nadie antes había tenido acceso. El pecado de Dylan es que había decidido poner todo eso al servicio del rock. Pero su ambición no se detendría, su siguiente paso fue poner todo aquello al servicio de la novela.
Entonces, cuando todo estaba dispuesto para que Tarántula fuera el documento que acompañara la trilogía de discos, Dylan decidió retrasar su publicación un lustro. Las razones por las cuales lo decidió siempre quedarán en el terreno de la especulación. Sólo Dylan sabe el por qué.
La reedición de Tarántula por Hotel de las Letras coincide con el lanzamiento del álbum doble Another Self Portrait. Un bootleg: los descartes, demos y tomas alternas del disco Self Portrait (un álbum de covers) que Dylan sacó en 1970. La recepción de la obra se convirtió en uno de los reveses más duros que ha sufrido en su carrera. Grail Marcus dijo en Rolling Stone a propósito del disco: “What is this shit?” En el autorretrato, Dylan dio la espalda nuevamente a su estilo y regresó a la figura del trovador. Su reapropiación del folk (la grabación de lo que para él eran unos standars) se presentó con actitud punk. Comenzaba la década del 70 y él retomaba algo que ya a nadie le interesaba. A partir de esto surgió una pregunta que se ha convertido en una constante para los seguidores de la leyenda: qué esperar de un álbum de Bob Dylan.
La publicación en 1971 de Tarántula tuvo un recibimiento idéntico al de Self Portrait. No se trataba en lo absoluto de ningún The Catcher In The Rye. Tarántula es un artefacto sin trama, sin historia, sin cronología. Una colección de cartas firmadas por personajes estrafalarios. Pero si nadie sabía que esperar de un disco de Dylan tampoco se podía conocer con exactitud el tipo de novela que arrojaría. ¿Acaso la reticencia de Dylan a publicarla cinco años atrás se debió precisamente a que intuía la reacción de la crítica? ¿No estaba convencido de su calidad? Entonces nos preguntamos por qué quería Dylan escribir una novela. Con qué objetivo. Es evidente que no perseguía convertirse en una figura de las letras. Ese reconocimiento lo obtendría en el futuro con el premio Príncipe de Asturias. La única explicación posible para el impulso que originó Tarántula es que más que un trovador, un compositor, un contribuyente al american songbook, Dylan no es un poeta, es un narrador. Y su obra es la Gran Novela Americana. No Tarántula, su obra musical.
Como sucedió con la salida a la venta de Another Self Portrait, que cuarenta años después reconsideramos el valor de las grabaciones del Dylan de esa era y caemos en cuenta de lo estupendas que son esas canciones, Tarántula comienza a ser revalorada por lo que propone, la anti-novela como nunca la imaginó César Aira, y no como una vanguardia (ahora tardía, trasnochada) simplemente como la manera que tenía Dylan de desmarcarse de todo. Es la síntesis de una era, sí, aunque se encuentre más cercano al espíritu de Self Portrait que de Blonde on Blonde, y la ginsbergización de un Dylan de vertiente Beat. Tarántula es un documento visionario, bebe lo mismo de Kerouac que de Melville, que de Baudelaire: “píntate los zapatos Dalila – para andar por nieve tan blanca que una hemorragia nasal molestaría al universo… bajar por esos estrechos callejones búhos & guitarristas de flamenco, Jack para & otros sex symbols son tus premios – & mira en los lavabos donde vive el pájaro, pues cuando sale volando con un sable en el ala – un cantante country a su lado – dirigiendo una paloma mensajera… podrías cambiar tu modo de fornicar, tragar espadas – podrías cambiar eso de dormir sobre clavos – pintarte los zapatos del color de la mula fantasma – los dientes del tigre de papel están hechos de aluminio – aún tienes un buen trecho hasta Babilonia – píntate los zapatos, Dalila – píntalos con una esponja”.
Tarántula es, ante todo, ese objeto que consigues ver un segundo cuando la noche cerrada es alumbrada por un relámpago.
Finibusterre, confín, borde, frontera, límite. Esquina izquierda norte. Lugar donde tierra y mar convergen. Espacio delimitado. Ciudad horizontal, bordo, valla, ¡vaya! Desapropiación. Contraste. Inicio. Fin. Comienzo. Montajes. Desmontajes. Ensambles. Desplazamiento. Exactitud topográfica. Identidades. Rizoma. Lenguajes, idiomas. Trámites, triángulo: trinos. Huella digital en movimiento: parvada de pájaros. (Transfronteriza). Un lugar donde todo o nada pasa. Es Tijuana.
Tijuana, la ciudad eléctrica. La ciudad ruptura. Lo comenté al inicio:
Todas las ciudades se transforman, cambian, permutan. Quizá la diferencia particular en las ciudades de la frontera norte de México, en cuanto a la forma de la experiencia vital, responde a la velocidad con la que estos cambios pueden observarse. La velocidad en sus procesos de identidad/es. La velocidad en las dinámicas de un contexto social en el cual problemáticas altamente conflictivas (hacinamientos urbanos, feminicidios, tráfico de drogas, violencia, problemas migratorios, prostitución, maquiladoras, muerte, comunidades indígenas desplazadas o en vías de extinción) van de la mano de un escenario donde es fácil observar el nacimiento y desarrollo de una cultura intensa, energética y rica en sus diferentes manifestaciones: literaria, musical, cinematográfica, performática, gráfica, dancística, gastronómica y tecnológica.
Entender, conocer y explorar la producción cultural: voces, textos, artefactos culturales; intervenir también desde una perspectiva crítica en estas formas de conocimiento, en su construcción; observar los contextos sociales donde el arte participa –o no-, sus límites, precisiones, variantes, un poco de todo eso traté de analizar, observar, compartir desde diversos ángulos en este espacio. La cultura transfronteriza y la cultura en la frontera norte de México, o en las ciudades que han estado a mi paso, fueron mi objetivo. Porque todo es un tejido, todo es un engranaje, a veces casi mecánico, a veces más orgánico: finalmente un ensamble, un nuevo entorno que se desarrolla en un espacio y tiempo, en un particular sitio crítico distinto.
Recordemos la cita inicial sobre la cultura de Clifford Geertz (1994:133), que fue muy importante para mí en este espacio: “La capacidad, tan variable entre pueblos como individuos, para percibir el significado de las pinturas (o de poemas, melodías, edificios, cerámicas, dramas y estatuas) es, como todas las restantes capacidades humanas, un producto de la experiencia colectiva que la trasciende ampliamente, y donde lo verdaderamente extraño sería concebirla como si fuese previa a esa experiencia. A partir de la participación en el sistema general de las formas simbólicas que llamamos cultura es posible la participación en el sistema particular que llamamos arte, el cual no es de hecho sino un sector de ésta.”
Espero, gentil lectora, amable lector, que las notas, perspectivas y visiones que escribí sobre las formas de producción cultural y sus participantes en esta zona izquierda norte, como en todas las zonas de México, durante estos meses en este espacio, hayan sido de su interés, además de su divertimento. Fue un placer para mí dialogar con ustedes desde este lugar. Y desde esta esquina, the show must go on.
Clifford Geertz, “El arte como sistema cultural” en Conocimiento local. Ensayo sobre la interpretación de las culturas. Barcelona, Paidós, 1944.
¿Cuántas de las heroínas más populares de la literatura universal podemos evocar sin esfuerzo? ¿Cuántas de ellas resultan victoriosas en tramas que no tienen que ver con el amor de pareja? ¿Y qué representa esto, en la vida cotidiana fuera de las páginas, para las mujeres?
Entrevistamos a la Doctora en Filosofía y profesora Paulina Rivero Weber acerca de ésta y otras cuestiones en torno a la heroicidad femenina, tomando como punto de partida su libro Se busca heroína, en el que revisa las historias de mujeres que han sido modelo a seguir tanto en el papel como en la realidad (de Madame Bovary a Lou Andreas Salomé) y afirma la necesidad de construir nuevas posibilidades para unas y otras.
En la antigua narrativa oral de muchos lugares del mundo hay niñas valientes, jóvenes fuertes y viejas sabias. Aún en el Quijote de Cervantes tuvimos a la pastora Marcela, una heroína que busca la paz consigo misma. ¿En qué momento las perdimos?
Creo que no las hemos perdido del todo; personajes como Marcela en Don Quijote son, a mi modo de ver, indicadores de ello. Pero sin lugar a dudas la abundancia o escasez de heroínas literarias nos habla de la sociedad en que ellas son –o no son- creadas. Una sociedad matriarcal seguramente tendría más heroínas que héroes. La sociedad en que vivimos ha comenzado a dejar de tener modelos exclusivamente patriarcales, pero la meta de sociedades capitalistas como la nuestra y como la mayoría de las sociedades hoy en día, no es la creación de individuos autónomos y fuertes, sino la de individuos consumistas. Para ello es necesario seguir ciertos patrones de imagen y de conducta, en los cuales tanto la mujer como el hombre suelen ser degradados a bienes de consumo. En el caso de la mujer el ejemplo clásico es la imagen de una estructura que no corresponde a la mujer real, sino a un conjunto de fantasías masculinas. Es difícil imaginar heroínas cuando a las mujeres se les empuja compulsivamente a preocuparse de una manera desmedida por conservar una apariencia, esbeltez y “belleza” no naturales para satisfacer ese imaginario masculino.
Esto no implica que la heroicidad le esté vetada a la mujer en la sociedad capitalista. De hecho en este tipo de sociedades se requieren con mayor urgencia mujeres capaces de pensar y ser críticas ante los modelos impuestos. Las ha habido a lo largo de toda la historia y también en la literatura; simplemente hace falta que comiencen a abundar más: que dejen de ser excepciones y comiencen a ser parte de la cotidianidad.
Las heroínas de la literatura que más alcance tienen en la actualidad están modeladas a partir de un punto de vista masculino. Parecería que la solución era que mujeres delinearan a sus propias heroínas, pero hay autoras que las representan desde ese punto de vista también. ¿Por qué sucede?
En algún lugar la escritora Marcela Serrano se ha quejado de ello, creo que con justa razón. Pareciera ser que ahora la mujer que escribe tiende a seguir patrones de escritura que han dejado tras de sí los grandes escritores. No todas las mujeres lo hacen, pero en efecto, lamentablemente muchas siguen ese ejemplo. Creo que hace falta juventud mental para saber que se vale hacer las cosas de una manera completamente diferente. Y no sólo “se vale”: urge hacer las cosas de una manera diferente, urge ser rara, extravagante, original tanto en la vida como en la escritura. Urge dejar de vivir al paso que marca la sociedad e inventar nuevas formas de vivir: de ahí surgirán también nuevas formas de escribir.
En tu libro rescatas la afirmación de Virginia Woolf acerca de que las mujeres eran espejos en que los hombres se veían magnificados… ¿tendrían las heroínas que olvidarse del amor romántico?
De manera paralela a ese espejo magnificador que la mujer era para el hombre, éste era para la mujer un espejo empequeñecedor. Así como el hombre se sentía grande junto a una mujer inválida, así la mujer se sentía inferior junto a un hombre con tal poder. Pero una mujer que se niega a jugar ese juego no necesariamente renuncia al amor romántico: simplemente requiere inventar su propia forma de amor romántico. Hoy las mujeres deberíamos preguntarnos cómo viviría el amor romántico una mujer fuerte, autónoma e ingobernable. No porque exista una respuesta, sino porque existen mil respuestas que cada mujer puede encontrar, debe encontrar, a lo largo de su vida.
La polémica en torno a iniciativas como #LeamosAutoras2014 (#readwomen2014 en el original) que llama a incorporar a nuestros hábitos de lectura más literatura escrita por mujeres, ha revelado que aún se cuestiona el valor de la creación femenina, algunos la consideran “parcial”, o casi un subgénero. ¿Qué necesita suceder para que se considere a la experiencia de las mujeres “universal”, como ocurre con la experiencia masculina?
Tiempo. Se requiere tiempo. Han sido milenios de dominio masculino. En la antigua Grecia una mujer valía menos que un trípode, como puede verse en La Ilíada. Esto ha cambiado a lo largo de muchos siglos: hace apenas menos de un siglo la mujer no votaba; podía votar el hombre más ignorante por el sólo hecho de ser hombre, pero una mujer de amplísima cultura no podía hacerlo. Para contrarrestar el peso de milenios, hace falta mucho trabajo, pero hace falta tiempo también para que algún día esto sea ya historia.
Hay quienes confían en que, con el paso del tiempo, será natural evolucionar hacia una sociedad más equitativa entre hombres y mujeres. Pero algunos piensan que se ha retrocedido en ciertos casos, como en la representación hipersexualizada de niñas y adolescentes en los medios de comunicación… ¿a qué crees que obedezca esta marcha atrás?
La hipersexualización de niñas, adolescentes e incluso de mujeres maduras en los medios de comunicación está relacionada con la necesidad de producir mercancías que llamen la atención para su compra-venta. En nuestras sociedades el sexo y la sexualidad no son vistos como algo natural, sino como un objeto capaz de atraer la atención de una clientela potencial. Esa hipersexualización de la cual hablas no alcanza únicamente a niñas o mujeres: los adolecentes varones y los hombres maduros son parte de ella también. Aparentemente asistimos a una especie de liberación de la sexualidad reprimida en siglos pasados. Pero en realidad más que liberar la sexualidad, lo que han hecho los medios de comunicación es usar la sexualidad como un medio para hacer atractiva una mercancía. Con eso, se ha rebajado la sexualidad a un objeto de compra-venta más, lo cual es en efecto, como lo has señalado, un paso atrás.
Por otro lado este tema está ligado a lo que en mi libro llamé “la mujer esquirol”. Con ese término me refería precisamente a las mujeres que en lugar de ser críticas ante este tipo de esquemas impuestos, los toman de manera servil para complacer al hombre. Ese tipo de mujeres, desde mi punto de vista, hacen más difícil y desigual la lucha de la mujer. Son como el esquirol que rompe cualquier huelga: en lugar de apoyar y unirse a un reclamo justo, opta por darle gusto a aquel que impone las reglas, aunque en eso vaya la propia dignidad y la lucha de sus compañeras. En otras palabras: aceptar la hipersexualización impuesta por los medios de comunicación, es actuar como el esquirol de una lucha justa. Es aceptar ser vista como un objeto de consumo y usar esas armas, en lugar de actuar como un ente pensante, sintiente, que debiera tener las mismas oportunidades que cualquier otro ser humano.
Joseph Campbell desglosó la estructura del viaje del héroe. Autoras como Maureen Mordock o Valerie Estelle Frankel han propuesto su propio modelo para las heroínas. ¿Crees que cambiaría la forma de percibirnos y de relacionarnos entre mujeres si nos apropiáramos de esa narrativa mítica, trasladándola a nuestra propia vida?
Creo que no podemos comparar el trabajo de Joseph Campbell con el de Valerie Estelle Frankel; el primero resulta bastante más académico. Pero en general tanto el trabajo de Maureen Mordock como el de Valerie Estelle Frankel, me parece que podrían colaborar a que esquemas muy arraigados se muevan, cambien un poco. En ese sentido no sólo desde la academia, sino desde cualquier otro ámbito, son necesarias mujeres que le hablen a las mujeres.
A pesar de lo anterior, no creo conveniente hablar de “apropiarse de una narrativa mítica”, ya que lo que me parece valioso es la capacidad de crear una narrativa tanto como una forma de ser nuevas. Creo que ese es el gran reto para las mujeres: dejar de imitar y comenzar a crear nuevas formas de ser y sentir en la vida tanto como en la literatura.
¿Cuáles son tus heroínas más queridas, en la realidad y en la ficción?
Creo que siempre he vivido en familias de heroínas. Mi madre, siendo judía, casi no contó con familia que la apoyara, padeció periodos oscuros y depresiones terribles. Sin embargo se levantó y salió adelante con una fuerza que aún no comprendo de dónde obtuvo. Por su parte, mi hija comenzó a hacer su vida muy pronto. Viajó desde muy joven, y ya para los 19 años se embarcó completamente sola hacia lugares remotos: conoció Kyoto, Tokyo, Nara, Hiroshima y diversos poblados japoneses que eran muy significativos para ella. Eso es algo que a mí ni siquiera se me hubiera ocurrido hacer. Lo mismo podría decir de mis hermanas; son mujeres que han superado problemas muy fuertes con una entereza impresionante. Yo he aprendido de esas mujeres: ellas han sido mi escuela.
En cuanto a las heroínas literarias, me resulta muy querida la Nora de Casa de muñecas, del escritor noruego Henrik Ibsen. Ella es más fuerte de lo que yo y muchas mujeres de hoy podríamos ser. En ese sentido creo que Ibsen fue –aunque él no lo considerara así– el primer gran dramaturgo feminista. Igualmente me resulta muy querida la imagen de la Marcela de Cervantes en Don Quijote, a quien ya mencionabas. Y ahora que lo pienso, tanto mis heroínas reales como las de ficción comparten ciertos rasgos: son valientes, no se doblegan, están hartas de los prototipos impuestos a la mujer, desean su libertad y su autonomía, y son capaces de llevar bien la soledad antes que resignarse al mal trato con tal de tener compañía.
“Aún nos faltan heroínas triunfantes”, dices en tu libro. ¿Has encontrado alguna en últimas fechas? Varios piensan que es más frecuente hallarlas en ciertas protagonistas destinadas a un público infantil o juvenil (como en las películas Brave o Frozen).
Mi labor como profesora de la UNAM me mantiene siempre cerca de los jóvenes, de modo que cada vez encuentro más y más heroínas en esas jovencitas a quienes nada parece doblegar. Muchas veces en la UNAM las estudiantes tienen que pasar por problemas económicos, familiares y sociales muy fuertes para concluir sus estudios, y a pesar de ello son las mujeres quienes tienen el más elevado índice de promedio en el programa de becas PRONABES, por ejemplo.
De modo que no me puedo quejar: a diario me nutro de heroínas de carne y hueso.
Creo que también es importante que menciones el ámbito cinematográfico, en particular películas como Brave o Frozen, que son las que moldean ciertas imágenes en la mentalidad de las niñas que mañana serán mujeres. No es lo mismo crecer con un prototipo de mujer como el de La bella durmiente o La cenicienta, que crecer con prototipos de mujeres fuertes. Creo que es bueno lo que está sucediendo en la literatura infantil tanto como en la cinematografía destinada a esas edades.
“Tendría que volver a escribirse la historia de la cultura”, es una de las conclusiones a las que llegas en Se busca heroína. ¿Cómo rescatar olvidadas heroínas de carne y hueso sin que se diluyan, meramente intercaladas entre las páginas de los libros de Historia?
Bueno, existen excelentes trabajos de mujeres que han comenzado a abrir brecha. Pienso por ejemplo en el trabajo de Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas (CEIICH-UNAM, 2005), por mencionar uno cercano a nuestro ámbito. Creo que conforme más y más mujeres se den cuenta de lo que ha sido nuestra historia, podremos contar con más trabajos que la expliquen y que saquen a relucir no solamente sus tragedias, sino los tesoros que en ellas quedaron sepultados.
“Se busca heroína” es una frase que bien podría estar en el Aviso Oportuno.Si pudiéramos lanzar esa convocatoria, ¿qué requisitos deberíamos solicitar a autores y autoras?
Es curioso que lo menciones: es la primera vez que alguien me pregunta por esto. Me refiero a que cuando pensé en el título del libro, me imaginé la portada del mismo con un trozo de papel periódico recortado de la sección del “Aviso Oportuno” que dijera: “Se busca heroína. Se requieren mujeres fuertes, responsables de sí mismas, con mucha creatividad y afán de libertad. No hay requisitos en cuanto a la edad”. Pero entonces yo pensaba en heroínas de la vida real.
¿Qué requisitos debería tener una heroína literaria? Quizá no muy diferentes a los que he mencionado para una mujer de la vida real… Ante todo, no ser un personaje romántico al estilo de Ana Karenina o tantas otras creadas por los hombres. Dejar de morir por ellos, dejar, de hecho, de vivir por ellos. Me gustaría leer novela sobre una heroína rodeada de mujeres, en la cual los hombres tuvieran un rol secundario, como hay cientos en el caso de los héroes. ¿Estamos listas para ese tipo de literatura? No lo sé. Pero si no lo estamos, pronto lo estaremos. Porque en el fondo ya llegó la hora en que sin decirlo, sin gritarlo, las mujeres nos hemos convocado. Las amigas, las vecinas, las mujeres de cada institución, de cada pueblo o ciudad comienzan a ser cada vez más solidarias: ese es el camino. Hemos comenzado a andarlo y no me queda duda de que no hay marcha atrás. Cualquier avance en ese sentido, sea desde el ámbito que sea, debe ser apoyado y bienvenido.
Paulina Rivero Weber estudió la licenciatura, maestría y doctorado en Filosofía en la UNAM, donde es profesora de tiempo completo. Ha escrito Nietzsche, verdad e ilusión, Heidegger: la verdad originaria, y Se busca heroína. Es especialista en problemas propios de ética y bioética, en el pensamiento de Friedrich Nietzsche y, en fechas recientes, ha incursionado en la filosofía comparada. Es miembro del SNI, así como de la SEDEN (Sociedad Española de Estudios Nietzsche), del Colegio de Bioética A. C., y del Seminario Medicina y Salud de la Facultad de Medicina de la UNAM, entre otros.
Santiago Papasquiaro, Durango, 31 de marzo de 2014. Acá en Durango cuando en las fiestas –e incluso en los antros– se toca el corrido de Santiago Papasquiaro, casi de golpe todo mundo se levanta de su silla motivado por una energía que proviene, estoy segura, del furor serrano que caracteriza al pueblo bravo, bravo en el sentido más auténtico de la palabra, es decir, movido por el impulso que surge de la sobrada fuerza con que se camina del llano a la montaña entre matorrales, piedras, pinos y riachuelos rodeados de mezquites, abrojos y nopaleras: ese valor intrínseco necesario para dar pasos firmes sobre la tierra con tal de avanzar diligente con una tinaja de agua o con la canasta del nixtamal en la cabeza, si no es que controlando los pasos de un burro manso cargado de leña.
¿Romanticismo puro? ¡Sí, hombre! De ahí surgió la letra de esta canción que se estrenó en la cantina “El amanecer” frente a la iglesia de Santiago Apóstol, y habla de hembras preciosas de verdad y hombres que se juegan la vida a la primera provocación.
Podría pensarse que esa época ya pasó, que ahora las mujeres de Santiago Papasquiaro estudian en el Colegio de Bachilleres para luego ir al Tecnológico o la Universidad (o incluso al Tecnológico de Monterrey), quizá sí, pero por lo pronto viven rodeadas de cerros que a diario les hacen pensar en qué carajos sucede del otro lado, allá en la Sierra, donde por supuesto hay mujeres que echan tortillas al comal diariamente… ¿Y unos kilómetros más arriba? Allá está la frontera, el otro mundo: Estados Unidos, el punto donde viven familias santiagueras enteras, y de donde llegan remesas generosas, claro que sí.
Sea como sea, las chamacas de hoy conocen su “himno” y lo bailan como dios manda, ¡me consta! Se dejan llevar o llevan a su acompañante a través de ese abrazo apretado que es la esencia del baile, y no me refiero a un acercamiento insinuante o provocativo; con esta canción vamos a lo que vamos: gozar la música por medio de pasitos con sabor norteño que hacen sentir calor en las manos y los pies… Pero más que eso: bailando así, en grupo, el movimiento acompasado de los hombros se vuelve un símbolo de fraternidad, de compenetración en la estratósfera de la identidad. Asimismo, en la cúspide de este entendimiento a golpe de tamborazos, trompetas, acordeones y tubas hay gente capaz de hacer que su pareja casi roce el suelo, sosteniéndola con fuerza y ternura a la vez, pero también con el arrojo que nos induce a llegar al fondo de las cosas, de las emociones…
El autor del corrido de Santiago Papasquiaro es Manuel Unzueta Castillo, según el cronista Salvador Guevara Gallegos “Chavín”, y no Miguel Ángel Gallardo, a quien se le adjudica.
Pero no fui a Santiago expresamente a buscar la historia de esta canción popular (de la que es imposible abstraerse cuando se decide visitar este municipio localizado a 170 kilómetros de la capital del estado), sino a rastrear los orígenes de los hermanos Revueltas, nacidos aquí en Durango, y criados por una mujer heroica nacida en San Andrés de la Montaña, paraje minero de Santiago Papasquiaro que ahora es imposible visitar, salvo que tengamos el coraje de arriesgar la vida, como nos hizo ver el cronista Guevara, entrevistado en su casa, todo un personaje en la cultura local que pronto publicará un libro de leyendas.
Romana Sánchez, la madre de Silvestre, José, Rosaura y Fermín, formó a sus diez hijos –no solo a estos más famosos– afianzada en sus orígenes serranos. Silvestre la recuerda así: “Ella me ha contado su infinita curiosidad por saber del mundo que ocultaban las altas montañas que rodeaban su pueblo, sus sueños y su siempre nueva admiración y amor por la naturaleza” (Silvestre Revueltas por él mismo, Era: 1989). Desde luego que esta perspectiva romántica es la que me interesa conocer más a fondo a mí, paisana de esta notabilísima familia de gente entrona, valiente y fuera de serie, adjetivos simples para la trascendencia de su obra, pero finalmente compatibles con la esencia de esta tierra aparentemente inhóspita.
Entonces, confieso que entusiasmada con la visita de mi novio, proveniente de un país lejano, me atreví a sugerirle que viajáramos a la cuna de Romana Sánchez, ¡y aceptó! La aventura fue sensacional, sobre todo por el excitante paisaje que descubrimos juntos. Reconozco que mucha gente me había advertido que no hiciera el viaje sola.
Todo empezó una mañana reciente cuando una conocida empresa alquiladora de automóviles mandó a mi casa un Jetta último modelo, solo que llegó con una alerta: “Viajar a Santiago Papasquiaro es peligroso”. ¡Nomás eso faltaba! Contacté a Samantha, la única amiga santiaguera que tengo, y ella nos tranquilizó: “No pasa nada… Disfruten”.
Es lógico que aún se resientan las secuelas de la violencia que hubo en el estado hace algunos años, entiendo, pero aparte de que este carrito realmente se queda corto en comparación con las camionetas que circulan aún en los caminos más escabrosos del estado, no me parece apropiado que la gente involucrada en los servicios turísticos se escandalice o provoque miedo ante dos viajeros decididos, y lo digo después de constatar que las carreteras de Durango están en muy buen estado y es posible viajar sin temor. También se vale desviarse en una ranchería a tomar fotos. Las montañas son impresionantes desde cualquier ángulo. Desde luego, en caminos intrincados es otro cantar, y por eso no nos atrevimos a conocer el pueblo de Romana Sánchez, la madre de los Revueltas, donde el riesgo es quedarse incomunicado, lo cual sería grave en caso de un imprevisto. Pero éste es nuestro México.
Fotografía por Eugenia Montalván.
De cualquier manera, sí estuvimos en la casa donde Romana vio crecer a sus hijos mayores y donde el célebre Silvestre tomó consciencia de su arrobo musical: “Era muy pequeño –tres años me cuenta ella– cuando por primera vez oí música. Era una orquestita de pueblo que tocaba la serenata en la plaza. Yo estuve de pie escuchando largo tiempo y seguramente con una atención desmedida, pues me quedé bizco. Y bizco estuve por tres o cuatro días”.
José, el admirado autor de Dios en la tierra y Los días terrenales, no nació en Santiago Papasquiaro, ya no tengo duda al respecto. Antes de que él naciera su familia dejó este pueblo de sombrerudos (el sombrero sigue siendo parte de la indumentaria) que hoy tiene alrededor de 50 mil habitantes (el censo del 2010 registró 44,966). Pero era indispensable llegar a este municipio para constatar el dato, ahora que con vítores y alabanzas nuestro país celebra sus cien años de nacimiento: 100 años de vida, aunque haya muerto de cirrosis hepática a los 62, en abril de 1976, como lo señaló Luis González de Alba hoy en Milenio.
Para hacer honor a la verdad, diré que a José se le conoce muy poco allá donde a su familia se le recuerda con respeto. El que tiene un monumento grande y vistoso es Silvestre, y también en su nombre se fundó la Casa de la Cultura (en el patio hay un mural con los iconos del municipio, fundamentalmente la letra del corrido y el retrato de Silvestre, Fermín, Rosaura y José), y ahí en la explanada de ese edificio colonial vemos una reproducción de su rostro, con ese pelo alborotado que dan ganas de alborotar otro poco.
Carlos Córdoba, actual director de lo que en el futuro será el Museo Revueltas, nos mostró los vestigios de la casa de los Revueltas Sánchez, y nos contó que en este museo de carácter municipal ya se invirtió una buena lana, pero a lo tonto; por lo pronto se dan clases de cerámica, pintura y también se programan actividades para niños. Lo grave es que intervinieron el edificio sin contar con un proyecto de restauración responsable y sin tomar en cuenta su valor patrimonial: una joya en la historia del arte y la cultura de México y Latinoamérica, pero ahora ¿ya qué? Al edificio le hicieron un aditamento escalonado inapropiado y de muy mal gusto como acceso principal, por mencionar un sólo elemento. Lo rescatable es que en el patio aún se aprecian los muros de adobes originales y una raíz milenaria incrustada en uno de ellos. ¡Ojalá no la desaparezcan! Tiene historia y vida propia, aunque jamás suplirá a la higuera que alimentó a los niños Revueltas y que por desgracia alguien extirpó de raíz.
Definitivamente, si Romana Sánchez resucitara se horrorizaría con lo que hicieron en su casa. Ella, como santiaguera alegre, culta y sensible no se tragaría esta salvajada, ni Silvestre, ya no digamos José, quien a pesar de todo amó estas tierras de Dios, también a través de lo que su madre le narró nostálgica.