Tierra Adentro
Diana Martín. “Mab y Cordelia” Temple al huevo/Tela

Al reconstruir la propia identidad, algo ocurre con nuestra idea de la infancia, esa época cuyo regusto es dudoso para el profesor J.R.R. Tolkien en su ensayo Sobre los cuentos de hadas: “iba a escribir [que fue una época] «feliz» o «dorada», en realidad fue triste e inquieta”. Curiosamente, esa certeza lo impulsó a defender los finales felices de las historias. Este cuento juega con la gozosa posibilidad de reescribir un episodio de la niñez, que es, al mismo tiempo, un episodio de la vida adulta.

 

Le daba miedo llevar a la perra sin cadena, ¿qué tal si se perdía?

Odie quería correr hasta llegar al parque, pero sólo lograba arañar el piso, ahorcarse con el collar y toser. Entonces el monstruo del lago Ness apuró el paso, agarrando bien con la otra mano el cuaderno, un libro y el estuche de los lápices de colores, que emitía un clangclangclang metálico con cada brincoteo.
Llegaron al grandísimo parque que lucía, como casi siempre, solitario. Soltó a la perra y se subió a la base de poste de luz. Quizá sólo ganaba medio metro de altura, pero le gustaba comprobar cómo desde ahí el paisaje era muy diferente. Los árboles se movían más, sus hojas se revelaban intrincadas, sus copas como vientres enjaulados donde sin embargo volaban libres los pájaros. Desde ahí podía ver sus siluetas saltando de una rama a otra, aquel aleteando para sentarse junto a algún compañero, ese otro quedándose muy quieto en un rama, todo esponjado. Se ajustó los audífonos a la cabeza, apretó el botón de play y contempló la extensión de su reino momentáneo con The Killing Moon sustituyendo a los sonidos del mundo. Sí, desde ahí arriba todo lucía mejor.

Vio también su parte favorita del parque, la casita del bosque: un grupo de árboles jóvenes que alguien sembró muy juntos y en círculo. Explorando un poco era posible hallar la entrada. Había llegado al corazón de ese enigma un par de veces y le gustaba tanto como le daba miedo. La luz era distinta allá dentro, oscura, polvosa y dorada, filtrada por varas de bambú y ramas tiernas. En el suelo, a modo de alfombra, un mullido lecho de hojas secas, crujientes y viejas. Siempre soñó con llevar ahí dentro sus cosas (esa mezcla de juguetes, libros, y provisiones de chocolates Carlos V). Hasta le pidió ayuda a su hermana, pero ella sólo la miró horrorizada y le dijo que ni lo intentara, que “aquello debe estar cundido de bichos, Monstruo del lago Ness”. La idea acabó con su afán exploratorio, así que mejor se quedó con este mástil para decir “¡Tierra a la vista!”, o este observatorio astronómico, “Es de día, ¿por qué la luna sigue aquí?”; o este tubo de bomberos por el que bajan los Cazafantasmas, “¡Vamos a chamuscar un poco de ectoplasma!”.

Siguió dando vueltas, en lo alto, mientras la perra hacía lo suyo. Se dio cuenta de que incluso podía ver a los que jugaban basquetbol al fondo. Concluyó (y se sintió muy lista por ello) que podía ver el futuro. Porque con esa vista privilegiada, era posible ver lo de allá, ese lugar al que llegaría en algún momento si continuaba caminando.

Se tumbó en una de las colinas del parque. Aún traía puesto el uniforme, pero los jueves su madre no le exigía que se cambiara porque le tocaba clase de deportes al día siguiente. Así que se revolcó sin temor en la tierra y el pasto, mientras sacaba los colores, abría ceremoniosamente el ejemplar de Manual de experimentos parapsíquicos 2 y su cuaderno. Comenzó a dibujar una historieta en la que ella era la quinta Cazafantasmas, salvaría al fantasma de su hermano de ser atrapado por sus héroes. El espectro clase 5, un feto con apariencia de camarón diabólico y cordón umbilical a manera de cola, aterrorizaba la ciudad de Nueva York (¿cómo llegó el fantasma de su hermano nonato a Nueva York?, era un misterio aún, pero ya se le ocurriría algo). Ray, Egon, Winston y Peter lo someterían con el cargador de protones para encerrarlo en la unidad de almacenamiento, el limbo de los fantasmas. Ella lo rescataría de ahí: encontraría la forma de ingresar a ese universo artificial contenido dentro del cuartel para dialogar con su hermano. Le diría que no era bueno estar resentido por no nacer, que a unos les toca y a otros no, y que, si quería, podría disfrutar del mundo con ellos, ayudándoles a cazar fantasmas malvados. El feto volvería a ser bueno, regresaría a su apariencia hermafrodita original (lo dibujó mitad cara de bebé-niño y mitad cara de bebé-niña, como al varón Ashler de Mazinger Z) y subiría a la superficie con su hermana para ser adoptado como mascota, igual que el chocante fantasma Pegajoso. Pero (¡giro de la trama!) algo salía mal: ella no podía regresar, ¡el portal se había cerrado! Además, ¡había muerto al bajar al limbo de los fantasmas! El Doctor Peter Venkman tendría que salvarla.

Esto lo había aprendido en la escuela: Orfeo bajó por su novia Eurídice hasta la tierra de los muertos y todo salió mal sólo porque no se aguantó las ganas de voltear a verla. En su historia ella sería Orfeo, traería a su hermano de vuelta. Porque a pesar de que le gustaba la idea de convertirse en una aparición trágica y greñuda, vestida de blanco y con sangre en la barbilla, en realidad quería seguir cazando fantasmas… Esto la distrajo.

Miró alrededor. La perra estaba echada junto a ella, con la lengua fuera del hocico agitándose como un jamón feliz. Nadie se acercaba para usar el poste, su mástil–observatorio–máquina del tiempo.

Sí que podía ver el futuro: al cumplir veintiún años y acabar la universidad (va a estudiar Parapsicología), iría a Nueva York a pedirles trabajo a los Cazafantasmas. Llevaría todas las boletas con sus calificaciones para que vieran que,  como ellos, “es muy inteligente y lee mucho”, el halago que más le gustaba oír. Les entregaría la solicitud de empleo completada con letra muy bienhechecita… tendrá que practicar. Escogería una foto donde la nariz se le vea más respingada y en la que el remolino del flequillo no se le note tanto.

Esto no se lo contaba a nadie porque bien sabía que la gente es muy dada a pensar que esos mundos inventados no existen fuera de las películas o las caricaturas. Pero ella quería dar tiempo a que éste existiera por sí mismo. Porque si muchas personas piensan en la misma cosa a la vez, o si una sola, ella, lo pensaba y deseaba con la fuerza suficiente, ¿no era lógico que se hiciera realidad? Ella creía que sí. Cuestión de tiempo.

La punta del lápiz color carne se acabó. Por suerte, su sacapuntas guardaba la basurita, así no dejaría los rizos y el polvillo sobre el pasto. Acercó la nariz al orificio para oler la mezcla de cera y madera que tanto disfrutaba. Siguió dibujando, tumbada boca abajo. El viento arrojó sobre el cuaderno campanillas de la jacaranda que les daba sombra. Olía a miel, a hierba tibia. Le reconfortaba el perfume del papel que los dibujos emanaban al calentarse con los rayos del sol, filtrados a través de aquellas gigantescas jaulas abiertas, tejidas con botones y ramas. Pero una sombra oscureció el papel, justo donde el rostro de su hermano fantasma lucía feliz por haber sido aceptado en la pandilla de su hermana.

Al alzar la vista vio a dos mujeres. Eran más grandes que su hermana, pero más jóvenes que su mamá. Las acompañaba una niña más pequeña que ella, como de unos cinco años. El monstruo del lago Ness no entendía exactamente qué es lo que le querían decir… cuando se quitó los audífonos, escuchó lo que le pedían. “Cierra las piernas”, dijo una. “Se te ven todos los calzones” dijo la otra. “Le estás dando todo un espectáculo al señor de allá. ¿Vienes sola?”.

Miró hacia donde la mujer había señalado con la cabeza. El hombre estaba de espaldas, ya se alejaba caminando. Ella sabía quién era: El Señor Que Jugaba Golf. Había intentado ser su amigo otra tarde que sacó a Odie a pasear, quiso enseñarla a jugar y ella no supo negarse. No le gustaba ese señor. Pero tampoco le gustaban estas señoras. Odie las saludaba con la cola, brincaba buscando caricias mientras ellas se hacían a un lado. Vestían pants, pero estaban muy arregladas, olorosas a un perfume que su mamá no usaba: ella olía mucho mejor.

Sólo alcanzó a articular un “Gracias” en voz baja y temblorosa. Cerró las piernas. La niña sí acarició a la perra. “¿Cómo se llama?”, le preguntó. “Odie”. “¡Pero ése es un nombre de hombre!”, le dijo riéndose. “También puede ser de niña”, contestó ella sin estar segura de que eso pudiera ser cierto. Las mujeres se fueron. Ella miró hacia todos lados. No había ya nadie cerca. Se incorporó. Quería correr hasta su casa, hasta ese otro olor que no la hacía sentirse avergonzada, nunca.

Pero no podía volver porque ya estaba llorando. No pudo evitarlo. La nariz y los ojos se le hincharían enseguida, pronto la traicionaría la “Cara de Morsa”, esa máscara que formaba su propio rostro abotagado, enrojecido y brilloso después de una buena lloradera. No había nada que hacer: cuando las lágrimas tenían que salir, tenían que salir. Ni siquiera supo qué la hacía sentirse tan avergonzada.

Recogió sus cosas y abrochó la cadena al collar de Odie. Se limpió los mocos con la manga del suéter. La luz del sol convertía esos hilachos sobre el azul marino en una telaraña húmeda que destellaba con los colores del arcoíris. Pensó arrancar una hoja del cuaderno para sonarse, pero algo había llamado la atención de Odie y se había echado a correr con todo y la cadena que no alcanzó a agarrar, las patas traseras impulsándola como si fuera un ciervo en plena huida de algún depredador. El Monstruo del lago Ness corrió detrás, angustiada, el estuche de metal cantando su clangclangclang.

Odie se había metido a la casita del bosque.

De pronto, no veía nada, la penumbra era densa. Oía las patas del animal  pisar la hojarasca, siguió el húmedo olfateo, pero no podía tocarla. Cuando sus ojos se acostumbraron, descubrió una silueta sentada en el tronco talado que ella había usado de mesita para el té algunos años antes. Se sobresaltó, le dieron ganas de salir corriendo al imaginar que se trataba de El Señor Que Jugaba Golf. Pero no era él. La perra empezó a hacer sonidos de felicidad ansiosa. Se había echado panza arriba, gemía y hacía las orejas hacia atrás con una sumisión que sólo mostraba cuando su padre, un bonachón en traje impecable de jefe, llegaba a casa. “¡Ven acá!”, trató de mutar la voz llorosa por una intimidante, pero fracasó. Odie ya estaba en brazos de aquella persona.

Era una mujer. Correspondía a la efusividad del animal abrazándola y mimándola con el mismo entusiasmo.

Apenas pudo percibir sus rasgos. La hierba había crecido desde su última estadía en la casita del bosque, ahora era un lugar más fresco y umbrío. “Déjala”, dijo la mujer, rascando detrás de las orejas de Odie. El olor de las hojas viejas tenía otra capa, otro aroma que lo superaba. Era suave y agradable. Flotaba entre ellas el espíritu resinoso de los eucaliptos, un ir y venir de vainilla. Permanecieron en silencio hasta que la mujer le extendió un kleenex para limpiarse la nariz. Intuyó, por lo poco que alcanzaba a ver, que guardó en el pantalón el paquetito minúsculo y su propio pañuelo, muy húmedo. O estaba enferma, o también había llorado. Odie las miraba desde su regazo con una expresión suplicante, el hocico negro formando una mueca sonriente. ¿Por qué lloran los adultos? Para ella era un misterio que prefería no descubrir nunca. Le parecía lo más triste del mundo.  Como su papá cuando murió abuelita, o su mamá –

–Tengo un gatito, dijo la mujer de pronto.

–¿Cómo se llama?, le respondió. La mujer meditó un poco.

–¿Qué nombre le pondrías tú a un gato?

Pensó que estaba demasiado avergonzada para conversar (con la máscara de la morsa puesta, con la invasión extraña de esas mujeres). Pero le sorprendió notar que tenía ganas de hacerlo.

–Yo también tuve un gatito, se llamaba Chicho UlrichRockervai. Pero se volvió loco y se murió. Y luego los Reyes (bueno, mis papás), me dieron a Odie.

La extraña parecía muy divertida con la información.

–Pero ese nombre no lo escogiste tú, ¿o sí?

–No.

–¿Qué tal Bagheera?

–¿Como la pantera de la película de El libro de la selva?

–Exacto. “…tenía una voz tan dulce como la miel silvestre que gotea desde un árbol, y una piel más suave que el plumón”. Así la pinta el libro.

Era una señora rara. Pero le gustaba oírla.

–Si le pusiera un nombre de libro, pues le pondría Alicia.

–Es un gato. Tendrías que ponerle Alicio.

La risa infantil llenó el aire y luego explotó como una burbuja de jabón.

–¡Pero ése es nombre de mujer!– le dijo, recordando el episodio de hacía un rato. Se arrepintió de repetir como un perico lo mismo que esa niña.

–No, no lo es.

 

Se hizo otro silencio que llenaron los pájaros. Un zanate fue particularmente escandaloso. Buscaba a alguno de los suyos. Silbaba, y luego parecía reír, y luego cantó dulcemente. Odie entrecerraba los ojos, deleitándose en el sopor de la charla, las hojas, los perfumes. La niña sentía que aquella mujer la miraba de reojo. Ella también quería estudiarla, pero no se atrevía demasiado. Era de mala educación, ya lo sabía.

–¿Te sientes mejor?, preguntó la mujer. El monstruo del lago Ness asintió.

– Yo también. A veces vengo aquí para sentirme mejor.

La perra lamía suavemente la mano de la mujer.

El ritmo de esa caricia húmeda también la reconfortaba a ella. Ni siquiera tenía miedo de los bichos que pudiera haber, sentada ahí sobre el lecho de hojas, con las piernas cruzadas.

–¿Por qué estabas triste?– Aunque la pregunta era seria, la hizo como si estuviera jugando. Imaginó que ese lugar era un depositario de secretos, igual que los relicarios o las botellas al mar en las que se guarda lo que no se dice a nadie. Era como escribir en su diario.

La mujer se secó la nariz con la bola húmeda de papel. Luego miró a la niña fijamente.

–Porque tengo mucho que hacer y creo que no lo hago bien. Porque me preocupa que le vaya a pasar algo a mis papás.

Por lo que se veía, los problemas de los grandes no eran muy distintos a los que tenían los niños. Ella también tenía mucho que hacer y no lo estaba haciendo bien: no supo armar los poliedros en clase, tendría que entregar una maqueta al día siguiente y no había ido a la papelería aún, y cada vez que le quitaba la correa a Odie, o su papá se cruzaba la calle, o su mamá tardaba demasiado en el súper, pensaba en las fotos viejas, en la sangre, en las pesadillas, en la parte triste del Día de muertos.

–A mí me pasa lo mismo.

La mujer la miró con una sonrisa francamente decaída.

–Quizá ese sea el problema.

La niña no comprendió.

–¿Puedo ver tus dibujos?

Le extendió el cuaderno. Aunque parecía que ya se habían acostumbrado a la penumbra, la mujer lo acercó al rayo de luz más ancho que llegaba del exterior. Parecía muy complacida.La niña pudo ver sus pestañas y las pupilas de sus ojos aclararse, empequeñecerse con la luz.

–¿Y esto? Preguntó, señalando con el dedo el cordón umbilical del fantasma.

–Es mi hermano feto diabólico.

La risa de la mujer llenó el aire y luego reventó como la nota metálica de una campanada.

En un arrebato de confianza, El Monstruo del lago Ness le dijo:

–Creo que podré rescatarlo del limbo cuando acabe de leer todo este libro. Pero me falta el tomo 1.

La mujer miró el Manual de experimentos parapsíquicos 2. Mientras acariciaba el canto y hojeaba las páginas con una expresión indescifrable, Odie brincó al suelo, a seguir olfateando.

–Yo voy a conseguírtelo.

–¿También puedes comprarme uno que diga dónde estaban todos los cementerios de la ciudad, para saber qué lugares están construidos encima? Me va servir para buscar casas embrujadas.

La mujer se levantó mientras prometió que también lo buscaría. Rascó a Odie detrás de las orejas, apretó a la pequeña perra contra su pecho. Luego acarició el pelo de la niña, y la abrazó.

–Esas señoras son idiotas, no les hagas caso. El Señor Que Juega Golf es quien está mal, no tú. Dibuja, lee, juega como quieras. No dejes que nadie te moleste.

Y le besó la coronilla del pelo.

Camino a casa, se subió al poste–mástil–máquina del tiempo. Se le quedaron mirando un par de personas, pero no le importó.

El zanate seguía llamando a los suyos. Segundos después pudo ver cómo otros dos llegaban a mecer las ramas próximas. Una lluvia de flores cayó debajo de ellos, y llenó el aire de aquel perfume, “tan dulce como la miel silvestre que…”

Dentro de casa, se dirigió al librero. Ahí estaba: Manual de experimentos parapsíquicos 1.

–Alejandro, ¿me prestas tu libro?

–Claro. ¿Qué pasa? Lloraste.

–Un poquito.

Se abrazó a él. Pero ya no estaba triste.

–¿Lo vas a leer ahora? ¿Y El libro de la selva?

–Ahorita no, va a ser mi lectura del avión.

–¿Cuál avión?

–El avión a Nueva York. Necesito ir a Nueva York a chamuscar un poco de ectoplasma.

Alejandro ya estaba acostumbrado a esas determinaciones.

–Ya. ¿Es otra deuda, como la de ir a la casa de Sherlock Holmes?

–Exacto. Pero ahora sí llevaré paraguas. Y una cámara. La tos y las malas fotos casi lo echan a perder…

–¿Y cuándo será eso?

–En… octubre podría ser. Me da tiempo de ahorrar. ¿Tenemos algo en octubre?

–Halloween, en el cumpleaños de tu sobrino…

–A principios de octubre, entonces– El Monstruo del lago Ness miró a Alejandro con gratitud. Pero también con preocupación.

–¿Verdad que vas a cuidar mucho al gato?


Autores
(Ciudad de México, 1979). Escritora, editora, guionista y locutora. Estudió Comunicación y Creación Literaria de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Escuela de Escritores de la SOGEM. Su trabajo ha sido reconocido con el Premio de Cuento FILIJ (2007) y la beca Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la especialidad de cuento (2009-2010), con la que escribió el volumen de cuentos fantásticos Pequeños naipes de ópalo. Ensayos y narraciones de su autoría han sido traducidos al inglés y al portugués. Se le considera especialista en Literatura Fantástica y Ciencia Ficción, literatura escrita por mujeres y literatura para niños y jóvenes, temas que aborda en el Sensacional de Libros del programa Ecléctico, trasmitido por Código DF, estación de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Ha publicado La Tradición de Judas (CONACULTA, 2007) y en las antologías de cuento Así se acaba el mundo (SM México, 2012), Los Viajeros: 25 años de Ciencia Ficción mexicana (SM, México, 2010), Three Messages and a Warning (Small Beer Press, Texas, 2012, finalista del World Fantasy Award) y Bella y Brutal Urbe (Resistencia, 2013).

En Tierra Adentro celebramos el evento “Poesía por Primavera”,  que organizan Hostería La Bota y Mantarraya Ediciones —bajo el auspicio del Gobierno del Distrito Federal y el Fideicomiso Centro Histórico—, y que tendrá lugar este sábado 12 y domingo 13 de abril, a partir de las 11:30. Con más de cincuenta escritores y casi setenta casas editoriales, el festival promete convertirse en verdadero desfile de colores y figuras. Al festival podrán acudir, de manera gratuita, ciudadanos y turistas; curiosos y amantes de la literatura.

A diferencia de ediciones anteriores, la duración del evento se extenderá a dos días. Antonio Calera-Grobet, editor y director del festival, explicó que unas cuantas horas no bastan para dar el debido espacio a un acontecimiento que va cobrando mayor auge dentro de la vida literaria y cultural capitalina. De ahí también que el domingo el festival dé lugar a “La Gran Comilona”, una especie de día de campo multitudinario entre los asistentes, para intercambiar y compartir alimentos y experiencias.

Nada mejor que esta nueva versión extendida de “Poesía por Primavera” para celebrar el centenario de escritores como Efraín Huerta y José Revueltas, pero sin olvidar nuestras más recientes y lamentables pérdidas: Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Sergio Loo. No dejen de escuchar a varios de nuestros amigos, colaboradores y autores.

El programa:

poesíaxprimavera

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Del lado positivo de su historia, Sísifo, rey de Éfira, según la mitología y las fuentes actuales más populares de información, llegó a ser considerado el más sabio de los hombres, pero terminó siendo un mentiroso, además de un asesino: abusaba de la gente para incrementar su riqueza. Se dice que él mismo consiguió, incluso, engañar a Tánatos (personificación de la muerte en la mitología griega) y ponerle grilletes, de modo que durante un tiempo nadie murió en la tierra hasta que Ares solucionó el asunto.

Lo más famoso del personaje es su castigo divino: empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña, y antes de llegar, ésta rueda hacia abajo, obligándolo a repetir infinitamente el frustrante proceso. Muchas han sido las interpretaciones de la simbología de tan severa tarea. De acuerdo con los seguidores de la Teoría solar, Sísifo es como el sol que sale cada mañana y al final del día se oculta en el horizonte. Otros tantos ven en este pasaje mitológico una interpretación de la lucha del hombre por alcanzar la sabiduría.

Tal vez en estos motivos se encuentre una vertiente más próxima al porqué tres músicos, a los que los une una buena amistad, han decidido utilizar el nombre de este personaje para llamar tanto a una nueva entidad artística como a un álbum completo. Sufjan Stevens, Son Lux y Serengeti descartaron seguir utilizando sus iniciales y dejaron de lado el s / s / s, con el que auspiciaron el EP Bear & Claw, editado el año pasado. No quedaron conformes con la posible asociación de esa suma de letras con la unidad nazi, responsables de uno de los peores holocaustos  de la historia (un problema de fonética, más que nada).

Lo importante con este disco epónimo es que han querido ser perseverantes y exigentes consigo mismos, y así lograr que la electrónica de Son Lux se adapte a los arreglos orquestales y el pop luminoso de Sufjan. A esta combinación hay que agregar el rapeo de Serengeti. Se trata de una terna de artistas marcadamente distantes, en cuanto a sus estilos, que se han volcado en adaptar sus personalidades al grupo con que presentan estas 11 piezas.

El resultado de la suma de sus fuertes personalidades parece ser su mayor logro, aunque la crítica anota que el rapero parece concentrar la atención, sobretodo porque las líneas vocales caen sobre él.

Sisyphus (Ashmtattic Kitty / Joyful Noise, 2014) suena muy actual y no presenta problemas en cuanto a las bases musicales sobre las que el hip hop debería danzar. Han conseguido algo que destaca por su belleza sonora.

Sufjan ha sido el encargado de subrayar que no se trató de un pasatiempo de menor importancia; ha enfatizado que: “esto está lejos de ser música para una fiesta de fraternidad universitaria, es música cerebral de cojones, pero ese era nuestro objetivo, confiar en nuestros impulsos y hacer algo divertido”.

Y es que no suena desmadroso sino inspirado y ensoñador. Eso es lo que hay. Variación de intensidades, pasajes bucólicos, letras juguetonas pero contenidas. Pop electrónico que abre oportunidad para que los textos sean dichos por momentos y cantados con languidez en otros, como en “Take me”.

El disco es producto de tres semanas de trabajo intensivo y varias convivencias bien dosificadas de licores y algunas otras bebidas. Ellos lo han pasado bien, como nos lo hacen saber en “Alcohol”, un tema trotón que deja bien en claro que si de algo van a presumir es de estilo y charmé.

Lo que en un principio parecía ser un álbum modesto hecho a partir de las obras del pintor Jim Hodges se fue estirando hasta tener una obra bastante completa, que aunque no lo diga Stevens, termina por acercarse a su disco The Age of Adz (2010), una de sus producciones más ambiciosas y barrocas.

Este hombre orquesta ya tiene experiencia trabajando para el mundo del arte. En esta ocasión no colaboró para una institución de Brooklyn –su lugar de residencia- sino a invitación de The Walker Art Center de Minneapolis y The Saint Paul Chamber Orchestra. La idea fue que crearan una entrega más de la Liquid Music Series para la exposición del artista visual, que va del 14 de febrero al 11 de mayo, en aquel recinto de Minnesota.

Durante las sesiones de grabación tuvieron cerca las impresiones del artista plástico, aunque dejaron fluir el subconsciente —según cuentan—; aun así tomaron el título de alguna pieza y las canciones también reflejan las temáticas características del creador: sexo, sida, miedo a la muerte, soledad, amor y belleza. Los músicos partieron de su estética y luego trataron de darle la vuelta hacia rumbos distintos.

Pero el proyecto siguió creciendo. Una edición limitada de 50 copias del álbum fue puesta a la venta el día de la inauguración, que incluyó una breve intervención en vivo del trío, más Dj sets de Olga Bell, Angel Deradoorian y Tom Vek de los Dirty Projectors. Al día siguiente todos formaron parte de una charla pública.  Estimularon la reflexión.

¿Qué tan expansivo puede ser el concepto del pop? Sufjan se encarga de hacer que los elementos encajen y obtengan coherencia. Son Lux aporta su aparataje y personalidad minimalista. Ambos dejan que Serengeti se luzca un poquito de más, así sea repitiendo una frase tan sencilla como “Calm it down”, uno de los sencillos y la apertura del disco.

A final de cuentas un rapero mestizo de Chicago, un compositor de Detroit y un productor arty pusieron la amistad por delante, encontraron un nuevo nombre que reuniera tres eses y recrearon el trabajo plástico de una figura que les influyó, hasta en el cambio de nombre. Han dejado en claro que el corpus plástico de Hodges es la piedra de Sísifo que les toca empujar. Les ha parecido interesante transmutarse en un personaje que hace las veces de anti-héroe y que refleja el drama existencial. Ellos han querido llevar hasta la cumbre a un enorme monolito sonoro. Una tarea monumental a la que supieron enfrentar con gallardía, coraje y mucho talento.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Escritos para desocupados

Cuando cumplí 25 tuve mi primera crisis. Tenía un empleo cómodo en el centro mismo de la Academia que además me daba la libertad de escribir e incluso de no hacer nada, si eso quería. Recuerdo pasar horas en la pequeña reserva ecológica de aquella universidad, sentada bajo los árboles, pensando o intentando no hacerlo, meditando un poco, durmiendo otro tanto. Había cuentas pendientes con un pasado saboteado por el alcohol, las drogas psicodélicas y el delirio amoroso. Mi mente era, tal cual, un laberinto. Creo que quería contestarme a mí misma porqué elegí el ruido ensordecedor que conlleva una vida basada únicamente en su vorágine. Ahora sé que sólo lo hice porque podía, y eso me basta.

Antes de cumplir un año dejé mi empleo, dije que visitaría un fin de semana a mis padres en Oaxaca y no volví ni siquiera para desocupar mi escritorio o despedirme. Ojalá hubiera sido por motivos similares a los de Vivian Abenshushan en Escritos para desocupados (2013): un ejercicio político, una postura frente a la decadencia del cuerpo y del alma que impone el trabajo en este capitalismo atroz. Pero encerrada en esa oficina, esperando ansiosa la hora de salida para lidiar con el tráfico del D.F., no pude sino cuestionar qué haría de ahí en adelante, qué pasaría si quería dedicarme a escribir, ¿era escribir, para empezar, un trabajo?, ¿si te pagan significa que estás trabajando?

Si en aquellos momentos hubiera llegado a mis manos este libro habría sido fantástico, pero lo publicó la editorial oaxaqueña Surplus poco tiempo después. De cualquier forma, lo agradezco enormemente. Escritos para desocupados es un ensayo increíble sobre la posibilidad de liberarnos del letargo que implica vivir para trabajar, postergar la vida en aras de alcanzar un ideal de bienestar, un espejismo. Es también una defensa del tiempo, del ocio, de ese espacio donde nos disponemos a hacer las cosas que realmente nos gustan, tener tiempo para contemplar, incluso, el propio reflejo.

Vivian Abenshushan es escritora y editora. Después de renunciar a su trabajo fundó la editorial Tumbona ediciones bajo el lema: “El derecho universal a la pereza”. En 2001 creó el Laboratorio de literatura experimental, que imparte en la Universidad del Claustro de Sor Juana y donde busca dialogar con otros lenguajes artísticos partiendo de la pregunta “¿qué pueden aprender los escritores de los artistas visuales?”

Escritos para desocupados surgió en 2005 como una bitácora digital, un blog donde Vivian reflexionaba sobre su deserción laboral. Con el tiempo, esas entradas acumularon hasta desbordar los límites cibernéticos y entonces decidió reunir sus disertaciones en un libro. No quería, sin embargo, considerarse a sí misma escritora, le interesaba más bien “prescindir de la tiranía del autor. […] hacer el llamamiento (el contagio viral de vida ociosa) desde una invisibilidad no codificable”, menciona en su sitio web. En 2013, Surplus publicó este libro y de acuerdo con la decisión de Vivian lo liberó posteriormente en internet; puede encontrarse íntegro en Escritos para desocupados.

Surplus es una editorial colectiva independiente fundada en 2009 en la ciudad de Oaxaca, su nombre “es un juego de palabras y signos que, por un lado revalora el sur social en un mundo dominado por el norte, y por el otro busca contraponerse a una de las acepciones de la palabra francesa surplus: excedente, lo que sobra, lo que ya no le sirve al sistema”, aparece en su página. Ha publicado 18 títulos, entre ellos Pornoterrorismo de Diana J. Torres, Antígona González de Sara Uribe, Los migrantes que no importan de Óscar Martínez, Canción para la noche de Chris Abani y Morir en México de John Gibler. Sus editores hacen una labor increíble desde las trincheras para competir, o para decidir no hacerlo, con las grandes editoriales. Sus textos son destellos valiosos, testimonios a veces desgarradores de este tiempo donde se ha puesto a la venta todo y donde es necesario pensar qué haremos para contrarrestar esa decadencia del espíritu.

En Escritos para desocupados Vivian se pregunta sobre la libertad, indaga en las trampas que impone el lenguaje y que el ensayo, como forma, pretende abolir. Ensayar es divagar un poco, dejarse llevar por el flujo de ideas, de palabras; ir en contra del torrente donde nos han colocado para no escoger, libremente, hacia qué mar queremos ir. Su nombre lo indica: se trata de ensayar algo que sabemos de antemano incompleto, un cuerpo que no se entrega a la falacia de lo sólido, lo acabado u objetivo. Para Vivian, estar desocupado es intentar conocerse a uno mismo como otro, ensayarse o ensayar un autorretrato que de antemano sabemos inconcluso y volátil, buscarse con palabras.

Vivian revalora la contemplación, esa levedad que ha sido relegada a un horizonte inalcanzable. Contemplar, estar presente, dejarse ser con todas las grietas que eso implica, eso también es el lenguaje. Pienso que los estados del ser, emociones que tanto puedan llegar aladas y dulces, como torrenciales y abruptas, suelen menospreciarse porque compiten con una felicidad sobreexplotada en el mercado, ofrecida como una panacea ante la complejidad de la existencia. La gran maravilla de existir es conocerse y aprender, al mismo tiempo, a participar del flujo, asumirse desde lo colectivo. El problema radica en que nadie tiene tiempo para hacerlo, el trabajo y las ocupaciones diarias no lo permiten.

Melancolía (2011), de Lars von Trier, es un elogio de la lentitud, de la belleza que acompaña a lo melancólico. En portugués hay una palabra que describe este sentimiento: saudade, que no es tristeza ni nostalgia sino más bien un estado contemplativo. Comienza con una escena larguísima en cámara lenta, de fondo Tristán e Isolda, de Wagner, los personajes se encuentran casi estáticos en medio del jardín, sus cabellos vuelan. Diez minutos de pura contemplación, la imagen desplegada en toda su magnitud.

La película es así mismo una metáfora de la depresión, de cómo pasa el tiempo cuando se está deprimido, de cómo, incluso, se puede amar desde ese horror. ¿Se puede amar cuando se está deprimido?, cuando se siente esa fuerza extraña, casi extraterrestre, que nos hala, nos empuja hacia la grandeza de la vida y su crueldad, hacia aquel vértigo de la existencia. Esa es la metáfora principal de esta película: un planeta llamado melancolía, un ser que la protagonista llama y desea, destruye la Tierra. Slavoj Žižek dice que toda vida encierra también un mal, el germen de su particular destrucción.

Una vez viví esa pasión. Andaba como sonámbula por las calles viendo a la gente y percibía con claridad su magnetismo. Llegué a la conclusión de que la vida es algo monstruoso, una maravilla cuya descomunal fuerza horroriza. Me arrastró el amor del mundo y la certeza de mi propia muerte, caí de lleno en una grieta. Fue magnífico, el despliegue completo de mi alma, de sus cicatrices. Después de eso, nació en mí el lenguaje. Esto que escribo es mi forma de habitar el mundo, de tener un lugar propio.

“Conocí a un muchacho sensato y libre. Le pregunté: ¿En qué trabajas”. Me respondió: “En mí mismo”, escribe Vivian en su diario, esa forma que escogió para disertar, para navegar en los acueductos, ríos y fuentes del lenguaje, en torno a la difícil situación de saber quién es uno a partir del encuentro con el otro. Habla ahí también de los magníficos textos de Thomas de Quincey: Confesiones de un inglés fumador de opio (1822), y Jean Cocteau: Diario de desintoxicación (1930), como si el diario fuese ante todo una forma de purgarnos de nuestros males y dejar claro que nada está en realidad completo, ni siquiera el cuerpo, y por ello la unidad debe buscarse en otras partes, por otros métodos.

Entre otras cosas, este sistema cancela la vía para descubrir el afuera. Quizás porque entender que somos una trayectoria, un entre espacios, significa aventarnos de lleno en un mundo definido por su violencia: aprender a ser iguales. ¿Cómo lo hace? Se trata de un asunto de saturación del espacio, un morir asfixiado y lento entre imágenes que narran siempre la misma historia hasta que nuestros sueños caen finalmente por sí solos, se pudren. Si todo gira en torno al sujeto, a su cuidado físico, a su salud emocional, a su apariencia, a cubrir cada una de sus necesidades, entonces nadie se dará cuenta de que allá afuera no tenemos voz, ni una opinión sobre los asuntos políticos más recientes, ni una postura en torno a la cultura, a la educación, al arte, a la naturaleza, a la vida misma.

¿Es que no nos importa? En el fondo sabemos que algo perdimos y podemos aún recuperar: una empatía genuina, esa forma de entender las diferencias, el presentimiento de alguna verdad. Aislados, somos tan sólo resabios, cascarones que entran al juego de las apariencias sin comprender que su desdicha viene de aquella nostalgia. Nada nos pertenece, ni siquiera el aire que respiramos. Nada, tampoco, es para siempre.

Escritos para desocupados es, ante todo, una confesión, una entrega abierta. “Recuerdo que, durante un viaje que hice a Calcuta, me sorprendió la costumbre de algunos bengalíes de pararse en seco en medio del torbellino humano”, dice Vivian para referirse al momento en que decidió hacer a un lado sus ocupaciones, abrir un paréntesis del tiempo para observar y responder acaso la pregunta que todos alguna vez nos hemos hecho. Esa pregunta, nos señala, sólo puede responderse de una forma.

Sólo una voz colectiva, como este libro plagado de referencias ajenas, cuya naturaleza multiforme se percibe mejor en aquel blog que dejó a la deriva en la red y donde dialogaba con extraños, puede, desde sus propias grietas, cambiar la dirección del río. Es en ese territorio inacabado del lenguaje, atravesado siempre por las voces de los otros, donde con suerte encontraremos el punto de la trayectoria en que perdimos la continuidad, el puente, y nos volvimos islas. Un territorio amorfo, en el que cualquiera pueda meter las manos, y rescatar quizás, un poco de humanidad.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.
Fotografía por Pixabay.

El plano secuencia (long take, en inglés) es una técnica cinematográfica en la que se expone una escena de larga duración sin cortes. La acción se filma como si siguiéramos lo que sucede con los ojos, es decir, su poder expresivo viene de la capacidad mimética que carga: nos hace creer —de manera mucho más convincente que el montaje— que vemos la acción “en vivo”. Esto es porque la vida real sucede en plano secuencias. Interrumpidos quizá sólo por el sueño, observamos el mundo en una sola toma, sin cortes. Al igual que en un plano secuencia, la vida no tiene juegos plano/contraplano, no hay zooms ni se rompen los ejes. El long take es el sueño húmedo del Kino Glaz de Dziga Vértov.

En Buffalo 66 (dir. Vincent Gallo) se hace evidente esta parentela entre cámara, ojo y plano secuencia. Durante una cena, están Billy (Vincent Gallo) y sus padres que discuten por un cuchillo, vemos la pelea como si nosotros estuviéramos en la cuarta arista de la mesa, se pasa al contraplano y notamos que la cámara es la mirada de Layla (Christina Ricci) y la nuestra.

La razón de que el plano secuencia no sea muy usado es que requiere bastante capacidad técnica del camarógrafo, además, hay que hacer coreografía con los actores (quién entra, por dónde, que no se cruce, que la cámara no les pegue en la mollera), tener bien calculada la amplitud de la toma, las herramientas para grabarlos cuestan bastante, es complicado manejar los cambios de iluminación, pueden salir las sombras del equipo técnico. Cualquier error —imperceptible al momento de grabar— puede arruinar horas de planeación.

Como casi todo en el cine, es más fácil verlo que explicarlo. Dejo dos ejemplos de plano secuencias perfectos:

1. Goodfellas (dir. Martin Scorsese), en la secuencia del restaurante

Este plano secuencia está grabado con un steadicam, dispositivo que permite tener la cámara “en mano” sin que se note el pulso del cinefotógrafo o los movimientos que hace a la hora de respirar o caminar, además se pueden hacer tomas muy cercanas al sujeto o giros dramáticos sin perder la estabilidad de imagen que se tendría con un trípode. Si mal no recuerdo, la escena de Dany, cuando recorre el Hotel Overlook, en The Shining (dir. Kubrick), fue de las primeras en ser grabada con steadicam. Aquí, cómo hacer un steadicam con un pollo.

2. Touch of evil (dir. Orson Welles), en la secuencia inicial

Orson Welles y Rusell Metty (director de fotografía) utilizaron, para esta escena, una cámara montada en una grúa de grabación (o “cabeza caliente”). Por eso, a diferencia de Goodfellas, en ésta, la cámara se eleva y baja, como si estuviera volando. Aquí una grúa de grabación de las más modernas (creo). Se ve bien, hace tomas excelentes y cuesta más que un riñón en el marcado negro.

 

Los plano secuencias que (malamente) recuerdo

Los que enumero abajo son plano secuencias que me dejaron un gran sabor de boca cuando apenas estaba empezando a ver cine de manera consciente, en búsqueda de lo que me gustaba y no me gustaba que sucediera en una película. En el momento que quise escribir sobre los long take, vinieron a mi mente estas secuencias de manera automática. He de confesar que ninguna es tan larga como los ejemplos de Kubrick, Welles o Scorsese. Incluso algunas tienen cortes y más parecerían un ejemplo de slow cutting (montaje que usa tomas más largas del estándar del cine comercial: 15 segundos). Ninguna de estas películas tiene desperdicio.

1. Soy cuba (dir. Mijail Kalatozov), en la escena del funeral

Película rusa filmada en Cuba. Los soviéticos aplicaron todo su conocimiento de cine heredado de Einsenstein, Pudovkin y Kuleshov para filmar un plano secuencia normal, efectivo sin ser memorable, hasta que, sin decir agua va, la cámara sale volando por una ventana. Literalmente, sale volando y atraviesa la bandera cubana. Violines a todo lo que dan. He sorprendido en pleno llanto a un par cuando ven este plano secuencia. Definitivamente, es uno de los grandes del cine mundial. Es necesario mencionar la primera escena de Soy Cuba; no es un plano secuencia tan dramático pero está bastante bueno.

2. Tenebre (dir. Dario Argento), en la escena de uno de los tantos asesinatos

http://www.youtube.com/watch?v=VcrLD94jc88

Los subgéneros no son muy bien apreciados por cierta crítica (hollywoodense). Según esta perspectiva, las películas buenas son las realistas, los dramas históricos, las historias de judíos sobreponiéndose al fascismo nazi. Sin embargo, Kubrick ha demostrado que una película de terror puede ser una obra de arte. En este caso, Dario Argento (máximo representante de un sub subgénero: el giallo) crea un plano secuencia interesante. Se supone que una de las virtudes del plano secuencia es evitar objetos que dificulten la visión, es decir, no dejar que una mesa o un mueble estorben a la escena. A Argento no le importó y en esta secuencia vemos mucha pared, mucho techo. Pareciera un error de planeación pero el efecto que se crea, junto con la música de Goblin, resulta en incontrovertible suspenso. Además, hay topless.

3. Stalker (dir. Andréi Tarkovski), en la secuencia del sueño

Si Chris Marker hacía cine ensayo y si Godard hacía novelas en formato de película, Tarkovski hacía cine poemas. Stalker dura casi tres horas y es pesada como pocas. Tiene muchas tomas largas (muy largas), contemplativas si se les puede llamar así. La vi por primera vez hace más de diez años en un cineclub de la Facultad de Medicina de la UAEM. Me acompañó mi padre. En una secuencia, los tres personajes principales se suben a uno de esos vagones para andar en las vías del tren. Al principio de la escena, mi padre se durmió. Cuando se despertó, estaba preocupado: ya no entendería la película. Se dio cuenta que seguía la misma escena. Volvió a dormirse; de nuevo, despertó pensando que no entendería. Seguía la misma escena. Priceless.

4. The Blair Witch Project (dir. Daniel Myrick), en la escena final

Gran película de terror, que si bien no inventó el formato found footage sí lo popularizó y, además, lo llevó a una de sus máximas expresiones. La historia es buena y esta escena, en donde Mike y Heather son colocados a la manera que Rustin Parr lo hacía con sus víctimas, es una que quedó grabada en demasiadas cabezas. El final Rec no habría sido posible sin ésta.

5. Chinesisches Roulette (dir. Rainer Werner Fassbinder), en la escena del travelling circular

Drama a la germana, es decir, cosa seria. Fassbinder, el enfant terrible del Nuevo Cine alemán, junto con su incondicional Michael Ballaus (camarógrafo de Scorsese y Coppola) realizó una película ruda y directa. Este plano secuencia, además, suma un travelling circular: desesperación en una vista de 360 grados.

Nota: Fassbinder hizo la primera versión de Matrix. Se llama Welt am Draht.

 

Los falsos plano secuencias que (malamente) recuerdo

Éstas son secuencias con tomas largas que en mi cabeza, eran plano secuencias. Pero son películas tan buenas que merecen ser recomendadas.

6. Aguirre, der Zorn Gottes (dir. Werner Herzog), en la secuencia final

Esta secuencia está formada por dos long takes: uno, donde Aguirre (Klaus Kinski) reflexiona sobre sí mientras camina por la balsa, es un esquema simple, un monólogo en off más los chillidos de unos tarseros (spoiler: hay maltrato animal); el segundo, un travelling de acercamiento que llega hasta Aguirre y se convierte en un travelling circular. No había otra forma de representar la muerte de un dios.

7. Deus e o Diablo na terra do sol (dir. Glauber Rochar), en la secuencia final

Glauber Rocha es un gran director brasileño. Son necesarias más retrospectivas y estudios críticos de su obra. Caetano Veloso musicaliza la escena final de Deus e o Diablo. Esta película me convenció de que, cuando todo se va al caño, sólo queda correr. El que se caiga, se queda. Plus: grande Corisco, es la mejor muerte en el cine, aparte de ésta; aunque le pisa los talones a cualquiera del invencible Ricky.

8. Los caifanes (dir. Juan Ibáñez), en la escena del automóvil

Los rudos también lloran —Julissa, qué guapa era—. En sí, el plano secuencia es muy corto; sigue la botella mientras todos le entran “a pico”. Los caifanes es una gran película, algunas veces experimental, otras desgarradora. Merece ser vista varias veces. Uno de mis nuevos héroes es El Gato. Oscar Chávez tampoco cantaba mal las rancheras.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.
Fotografía de Rodney Smith.

Un día, uno se despierta y descubre que quiere ser escritor, o en el caso que nos concierne, dramaturgo. Si se tiene la suerte de ser aún muy joven, se puede encaminar el rumbo y ver cuál es la opción que más le conviene. Por fortuna, en la última década se ha dado una proliferación de carreras que ayudan en mucho al proceso formativo de los aspirantes a escribir teatro y digo que ayudan porque dicho brote de escuelas se han centrado en la actuación; la Universidad Anáhuac y la Universidad de Londres son algunos ejemplos de escuelas privadas que en fechas recientes decidieron embarcarse en esta aventura. De igual forma, la muy esperada maestría en Dirección Escénica de la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT) está por despedir a su primera generación y recibir a la segunda. Por otro lado, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) incluye en su lista de materias la de Dramaturgia en la licenciatura en Creación Literaria y aunque no se centra sólo en ello, se puede profundizar en el estudio dramático.

¿Pero qué sucede si uno empieza tarde, cuando ya tiene una carrera o cuando el peso de las obligaciones cotidianas, o incluso la prohibición de los padres, impiden tener un proceso formativo escolarizado? La respuesta es simple: asistir a talleres y cursos.

Veamos algunas propuestas:

El Centro Cultural Helénico constantemente programa cursos en los que un dramaturgo proporciona las técnicas que le ha costado años pulir; gente como Marco Antonio de la Parra y Carmina Narro han pasado por esta institución y quienes han  tenido la oportunidad de aprender de ellos saben que valen  mucho la pena.

Ápeiron Teatro también ofrece una gama que incluye el estudio específico de géneros y obras desde la perspectiva del análisis del texto, enfoque que en mucho enriquece la escritura. Las clases de Fernando Martínez Monroy, director general de dicho centro, son imperdibles para todo aquel que quiere estudiar arte dramático.

Sin embargo, es importante que antes de decidirte por tomar un curso investigues muy bien la formación del que lo imparte y con esto no me refiero a si es licenciado, maestro o doctor, o cuantas obras ha montado, o la cantidad de libros que ha publicado, pregunta entre tus conocidos cuáles han sido a su vez sus maestros, quiénes lo han guiado; eso siempre es una garantía y hablará bien o mal de él. No lo dudes.

Y sobre todo, ten desconfianza de aquel que en ese mismo año o el anterior ganó un premio de dramaturgia y no ha tenido nada más, ni otros cursos o talleres y de buenas a primeras tiene la soberbia suficiente para creer que eso lo acredita para enseñar. Es tu formación la que está en juego y si realmente amas al teatro te va la vida en ello.

Los talleres son parte fundamental de todo escritor, allí se tiene la oportunidad de compartir con otros el trabajo y retroalimentarse. Claro que para que esto funcione es indispensable contar con un buen coordinador que sea capaz de localizar los puntos débiles, las virtudes del texto y además respetar el mundo interno del que lo escribe; por otro lado, estar abierto a la crítica y tener compañeros honestos que puedan separar la amistad de la producción literaria es vital para que se obtenga buenos resultados.

Existe un puñado, al menos en el D.F. que vale mucho la pena: el ya mítico taller de Vicente Leñero, al que hay que hacer fila para entrar y que no sólo se centra en la dramaturgia, sino en el guión cinematográfico y la narrativa; el Foro Shakespeare ofrece el que imparte Estela Leñero y para beneplácito de todos, poco a poco tenemos más espacios; en últimas fechas, para muestra, el Centro Cultural Carretera 45 dedica gran parte de su oferta a la dramaturgia.

Pero sin duda, uno de los más destacados y recomendable es el impartido por Ximena Escalante en el Teatro La Capilla, taller que se ha ido posicionando a lo largo de los años por la calidad que proporciona. Durante casi un año, los alumnos asisten y tiene la oportunidad de escuchar sus textos de viva voz con actores especialistas en lecturas dramatizadas, y ver inmediatamente si estos funcionan o no para la escena. Esta dinámica permite el crecimiento del dramaturgo a través del enfrentamiento directo con el escenario y si tiene perseverancia, acaba una obra completa con la posibilidad de publicarla en la editorial Los textos de la Capilla.

¿Cuál es la opción que más te conviene? La respuesta de nuevo es fácil, debes elegir aquella que se adapte a la necesidad que tu escritura tiene en ese momento en particular, ya sea que busques acercarte a un autor en específico, al que sólo quieres escuchar o tengas inquietud por un recurso o una corriente.

Lo más importante siempre será la búsqueda creativa. Lo demás, es aspaviento.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.
Diana Martín. “Tina deseosa” Tinta/Papel

En esta historia es posible identificar variadas representaciones femeninas desde la mirada de su picaresco protagonista. Destaca Lucita, quien encarna a la matriarca mexicana actual, llena de recursos para la sobrevivencia, cueste lo que cueste. Juan Gerardo Aguilar construye un relato en el que los recursos humorísticos que nos acercan al personaje principal ceden el paso a una certidumbre más oscura, que nos llena de incómodas interrogantes respecto a nuestra manera de compartimentar el afecto y el respeto hacia las mujeres en México, donde la violencia más terrible forma parte del paisaje cotidiano cada vez con más frecuencia.

Ser bellboy es todo un cotorreo. Conoces un chingo de gente y ves pasar un buen de nalguitas. Lo mejor son las turistas borrachas, las gringas de Semana Santa que se dejan meter mano, y si no se dejan, de todas maneras lo haces, con el pretexto de ayudarlas o abrirles la puerta del cuarto.

Andan tan pedas que no se dan cuenta. Guacarean en los pasillos y se quedan ahí tiradas, dormidas. Luego las camaristas hacen corajes y dicen que las pinches güeras vienen a hacer su desmadre porque en el gabacho no les dan tanto permiso sus papás.

Quien reniega más es mi madrina Lucita, la camarista veterana. Aquí en el hotel todos la respetamos un chingo. Yo la quiero como si fuera mi madre, porque entre muchas otras cosas, ella habló con el gerente para que me diera jale. Aunque primero me sentenció: “mira, pinche Ramiro, voy a hablar con el guango bigotón éste, pero necesito que te pongas bien buzo. No me vayas a hacer quedar mal porque entonces ya no les vuelvo a echar la mano ni a ti ni a la comadre”.

Eso fue después de que me soltaron. Me aventé tres añejos en el tribilín; pero me soltaron porque me metí a estudiar bien duro y eso me ayudó a que no pensara tanta mamada. Además, allá adentro no había mucho de valor así que las ganas de robar se me fueron poco a poco.

Me convertí en lo que los libros de civismo llaman un ciudadano ejemplar. Pagué mi deuda con la sociedad y salí libre. Mi jefa y mi madrina fueron a recogerme. No sé de donde chingaos salió tanta luz que me pegó de lleno en los ojos.

—¿Qué es eso? —pregunté, tapándome con la mano.

—Se llama Sol, baboso —dijo mi madrina— y siempre encandila a los pendejos como tú.

Así, como tuza lampareada, me llevaron hasta la casa. En el barrio, todo seguía más o menos igual. Las paredes con más pintas y la banda en la esquina echando caguama y toque.

Mira, ya soltaron al Ramiro, los escuché decir, y por Dios que poco me faltó para jalarme con ellos y darme un facho de guama como bienvenida, de no ser porque sentí la manota de mi madrina que me tenía bien apergollado del brazo advirtiéndome: “Ni se te ocurra, cabrón, porque yo misma te vuelvo a meter al bote”.

Mi madrina Lucita es la neta. Nunca se guardó nada ni le temblaron las corvas para felicitarme o mandarme a la chingada cuando se requería. Cuando me cachaba robando me obligaba a reparar el daño. “Vente, vamos a que hagas tu noveno paso de chingadazo, sin escalas”, decía. Y ahí llevaba al pinche escuincle de la oreja no sólo a devolver el monedero, las tapas de carro o los tubos de cobre, sino también a ponerme a las órdenes de los afectados.

Ahí está que luego los desgraciados se ensañaban conmigo. Me ponían a cortar la yerba, a traer un chingo de mandados de la tienda o los más pasados de lanza sacaban los alteros de ropa sucia para que yo lavara a mano el calzonerío. Todo para que, según mi madrina, fuera un hombre hecho y derecho.

Mi madre era otra cosa. Nunca se recuperó de mi papá, así que mi madrina tuvo que entrar al quite para que eso no nos afectara y no me volviera tan vándalo. Pero no siempre estuvo la suerte de su lado; como aquella ocasión, cuando me obligaron a pasear a los perros de doña Jesusita. Todo iba bien: traía a los cinco chuchos bien agarrados, pero quién iba a imaginar que saldría de la nada ese gato negro y que la correa principal se zafaría, haciendo que los perros corrieran al bulevar.

Lo difícil fue que me creyeran. La raza pensó que le había vendido los perros al taquero. Tuvo que aparecer un testigo accidental para hacerme el paro diciendo que él había visto cuando los pinches perros corrieron como locos, sin que yo pudiera evitar que atravesaran el bulevar y los carros los hicieran caca.

Entonces ni siquiera me pasaba por la tatema pensar que esa apenas sería una de muchas ocasiones en las que tendría que defender mi reputación frente a los demás. “Y cómo esperas que te crean si eres un vil desmadre”, decía la madrina. Mi jefita nomás aguantaba vara. Pobrecilla, meneaba la cabeza como quien se resigna a aceptar su mala suerte sin estar dispuesto a hacer algo por remediarlo.

La vida se le iba viendo tele. Le gustaban un chingo las telenovelas. Para mí que esas cosas la enfermaron más, pero ella me decía que la dejara tranquila que esas historias eran de la vida real. A veces pensaba si mi jefita de verdad tenía razón, porque su vida era como un drama de televisión, pero cómo no iba a pensar eso, después de que mi jefe se largó con mi tía, meses luego de que ésta llegó de Estados Unidos.

Al principio mi jefe hizo un gran pedo. Dijo que apenas sacaba en el taller para darnos de tragar y que con otra boca ya no iba a poder. Pero mi jefita le hizo ver las cosas con calma; tenía esa cualidad, yo creo que era capaz de apaciguar a los tigres del circo nomás hablándoles bonito. Total que mi jefe aceptó a regañadientes. Pero todo fue que viera a la escuincla para que las cosas se torcieran como melcocha. La tía no tenía nada que ver con la foto que mi jefa tenía sobre su buró. Era la misma cara de morrilla, pero del cuerpo…

La tía Rosy era toda una mamacita. Le gustaba pasearse por la casa con blusitas y minishorts. Cuando mi jefa le decía que se tapara, ella le respondía que esa era la moda allá en el otro lado y que aparte estaba haciendo un chingo de calor.

Ni madres. Lo que le gustaba era que la vieran, porque así iba a la tienda y alborotaba a todo el barrio. Mi madrina fue la única que se atrevió a decir que esa escuincla nos iba a meter en pedos muy grandes. Le dijo a mi jefa que se pusiera muy lista porque ya había cachado a mi jefe dos o tres veces babeando por la tía Rosy. Pero la neta mi jefa no creyó capaz de eso ni a su marido ni a su hermana ¿cómo iba a ser posible? Pobre, a veces siento que ya se ganó el cielo por default.

Un día, de buenas a primeras, nos topamos con la novedad de que las cosas de la tía Rosy y la ropa de mi jefe habían desaparecido. Hasta la fecha, de ellos, ni sus luces. Dejaron a mi jefa noqueada como esos cabrones que están en cama mucho tiempo sin despertar, pero con los ojos abiertos, como los pescados del tianguis. No expresaba nada: no se encabronaba ni se reía y procuraba que nadie la viera llorar.

“Ahí está la cochina chingadera”, dijo mi madrina. Por eso me encargó que me pusiera muy trucha y ya me portara bien, porque mi jefa no iba a resistir otro putazo. Después de que salí de la correccional, mi jefita comenzó a sonreír poquillo más. Lo hacía siempre frente a la tele. A mí me daba gusto verla así. Sabía que iba a ser muy difícil que olvidara la gachada de su marido y su hermana, pero a lo mejor ya los había perdonado. Mi jefita era de esas personas que no tenían mala sangre y siempre buscaban el bienestar ajeno, aunque eso significara sacrificar el propio.

Así que cuando mi madrina me dijo que estaban solicitando un bellboy en el hotel ni la pensé. De volada le dije que sí le atoraba. Dijo que al principio el gerente no quería, pero al final aceptó más por el aprecio hacia ella que por la confianza conmigo. Yo le dí las gracias y le prometí que no la iba a dejar abajo.

Ella también me veía como su hijo, porque al verdadero, al único que tuvo, lo perdió en un jaripeo. Era el mejor jinete, pero un toro bien cabrón, llamado Turbo, lo desmadró todito. Yo estaba chiquillo, pero recuerdo haberlo visto moverse como muñeco de trapo cuando se le atoró el pie en el estribo y el toro lo azotó contra el suelo para luego aplastarle la cabeza con la pata. Más tarde, anunciaron por el sonido que el hijo de mi madrina había muerto y ya no podían seguir con el jaripeo.

Desde entonces mi madrina dejó el trago y el cigarro. Hasta agarró un grupo de alcohólicos y se volvió “Madrina”. Nunca pudo hacer nada para que su hijo dejara el jaripeo, así que mejor se dedicó a alivianar a la banda. Por eso la quieren un chingo en el barrio. Lucita por aquí, Lucita por allá… Me cae que esa mujer es capaz de romperse la madre con cualquiera por los demás.

A mi jefa le dijo: “no te apures, comadre, a este cabrón lo enderezo yo. Por aquellos ya ni te preocupes, la felicidad que dan las nalgas no dura mucho, y la vida se encargará de juzgarlos, ya lo verás”.

Así vine a dar aquí al hotel y así también fue como nos metimos mi madrina y yo en este pedo. El trabajo no era tan pesado como esperaba. Cargar el equipaje era lo más choncho, pero como había chambeado en abastos descargando camiones de fruta, pues lo de las maletas estaba peladito y en la boca. La bronca era cuando los clientes no se mochaban. Entraba con ellos y les mostraba el cuarto; les decía dónde estaba el baño, les prendía y apagaba la tele para que vieran que sí funcionaba y, al final, nomás se me quedaban viendo como pendejos.

Por lo regular me esperaba unos cinco segundos y si no captaban mi mensaje de quiero mi propina, les hacía la pregunta clave: ¿se les ofrece algo más? Pero ni así captaban. No se los demostraba, pero me salía encabronado. Uno casi siempre vive de las propinas, porque del sueldo, con las cuotas para el seguro social y demás, quedaba muy poco.

Pero, bueno, aprendí que trabajar en un hotel también tenía cosas chidas. Como cuando vino esa cantante famosa y luego de terminar su concierto se encerró en el cuarto con un chingo de viejas y batos. El gerente tuvo que cambiar a los demás huéspedes de piso porque estaban haciendo mucho desmadre. Al final, cuando se fueron, yo le ayudé a mi madrina a recoger la suite.

Me cae que ni en la correccional había visto tanto pinche desorden, y eso que éramos un chingo de güeyes, hasta ocho cabrones en una sola celda, durmiendo como muéganos. Ropa regada en el piso, botellas rotas, al colchón le pusieron en su madre con una navaja, las lámparas, todo… parecía que había pasado un huracán ahí dentro. El baño había resultado poco para toda la raza y se cagaron en el jacuzzi. En las mesas de centro aún había papeles con coca, restos de polvo y un chingo de popotes.

La fiesta estuvo con madres, pero lo peor del after nos tocó a mi madrina y a mí. Cuando le contamos al gerente sobre los destrozos se hizo pendejo, y ofreció pagarnos el doble si limpiábamos sin hacerla de pedo. “Triple o nada”, dijo mi madrina. El gerente pensó poquito y al final aceptó con la condición de que no abriéramos el pico.

Así fue como nos convertimos en una especie de Equipo de Tareas Especiales. El hotel debía mantener su prestigio a toda costa y nosotros éramos los encargados de que así fuera. Mi madrina y yo limpiábamos, sacábamos la basura en bolsas negras y las echábamos en una camioneta para luego ir a tirarla al muladar.

El gerente nos agarró ley porque nunca nos torcieron. No dejaba que nadie más se metiera a limpiar los cuartos después de los desmadres. Nosotros le entrábamos al quite, a venderle nuestra mano de obra y nuestro silencio.

Nos empezó a ir bien gracias a las fiestas de los funcionarios del gobierno, los politiquillos y gente de la farándula. Le compré a mi jefa una pantalla de plasma chingonsota y un sillón reclinable para que viera a gusto sus telenovelas. También le hice dos o tres arreglillos al chante y me compré uniformes y ropa bien chidos.

Mi madrina cambió su sala, se compró una estufa pocamadre y empezó a ahorrar para construir otro cuarto y traerse a su mamá del pueblo a vivir con ella. La raza pensaba que yo andaba metido en ondas gruesas, pero no me esforcé por sacarlos de su error. Era mejor así, que se imaginaran mamada y media para que no se me acercaran.

Cuando le llegaron los chismes a mi jefa, me preguntó si ya andaba de nuevo en malos pasos, porque que si era así no quería nada comprado con dinero mal habido, pero mi madrina me hizo el paro. Le dijo que no se preocupara por nada, que ella misma estaba al pendiente de mí y que estábamos dobleteando turno para sacar una feria extra. Mi jefita le creyó y ya no volvió a tocar el tema.

Me daba un chingo de gusto verla sentada frente a su pantallota. Hasta le contraté el cable, pero ella decía que se reburujaba con tanto canal y que prefería sus telenovelas. Yo a veces pensaba en mi jefe y la tía Rosy. Una vez vi a mi jefecita leyendo una carta, no me dijo qué decía ni quién la mandaba. Nomás la vi reírse; rompió la carta y le trepó todo el volumen a la tele.

Esa mañana, el gerente nos mandó hablar a mi madrina y a mí. Cuando entramos, se aseguró de que nadie viniera detrás de nosotros. Luego, revisó su oficina como en las películas donde buscan micrófonos escondidos. Se sentó y vimos el miedo deformándole el bigote.

“Tenemos encima una broncota y de ustedes depende que la libremos”, dijo. Pude ver unas gotitas de sudor formándosele en la frente. Mi madrina le preguntó de qué se trataba y el gerente aflojó el buche. Nos contó que la noche anterior un conocido narcojunior armó una fiesta, pero se les había pasado la mano con el festejo y terminaron dándole piso a las morras que venían con ellos.

Mi madrina y yo nos miramos sin decir nada. Luego vimos al gerente, quien pareció entender nuestra expresión y nos dijo que las muertas seguían en la suite. Nos explicó que el junior salió como si nada, seguido por sus amigos y guaruras, y que uno de éstos fue quien le dijo que le encargaba limpiar el “tiradero”, pero con mucho cuidado y “sin que se notara” para no tener que regresar a “visitarlo”.

El gerente tenía un chingo de miedo. No podía hacer mucho, y avisar a la tira ni siquiera estaba dentro de las opciones si no quería amanecer encobijado. Por eso recurrió a nosotros. Mi madrina y yo sabíamos que ya no podíamos zafarnos, porque el gerente, en un ataque de pánico, sería capaz de embarrarnos para no irse solo al hoyo cuando vinieran a buscarlo.

No quedó de otra más que hablar de dinero. Como siempre, mi madrina se encargó de negociar. Cuando el gerente nos preguntó cómo le íbamos a hacer, yo salté y le dije que ese era nuestro pedo y que él sólo se encargara de que al final del día tuviéramos nuestra lana.

Mi madrina y yo caminamos en silencio hasta la suite. Ella iba empujando su carrito con los enseres de limpieza y yo llevaba los overoles. Cuando estuvimos frente a la puerta jalamos aire y metimos la tarjeta. La luz se puso verde y entramos. Mi madrina volvió a poner la tarjeta en el control principal y se prendió el clima. Nos llegó un tufo raro, como cuando dura un perro encerrado mucho tiempo en una casa.

El desmadre era el habitual. Había botellas de whisky y bolsas con residuos de coca, jeringas, condones, botanas regadas en el piso. Eso era nada más en la sala de estar. Más allá, el colchón estaba fuera de su lugar, manchado de comida.

Cuando lo levantamos descubrimos a la primera muerta. La morra estaba boca abajo, nada más traía puesta una tanga negra. Tenía la piel morena y debajo de ella había un vidrio roto. Era como si alguien la hubiera aventado a madres sobre la mesa. El gerente no nos dijo cuántas eran. Así que nos movimos para buscar a las demás. Descubrimos a otra del otro lado de la cama. Estaba completamente desnuda, era güera y tenía amarrado el cable de la lámpara en el cuello. Estaba morada y tenía las manos amarradas con una corbata.

Seguimos buscando, pero parecía no haber nada más. No estábamos preparados para ver lo que había en el baño. Ni mi madrina —que vio el cuerpo de su hijo destrozado por el toro Turbo— ni yo —que vi caer y reventarse la cabeza a un cabrón que quiso fugarse de la correccional— pudimos contener los chilaquiles del desayuno.

En el jacuzzi vacío estaba el cuerpo de otra morra. Yo le calculé unos veinte años. No tenía ojos y le amarraron las manos por la espalda. El piso del jacuzzi estaba completamente rojo. En uno de los extremos, junto al botón que activa las burbujas, había una cuchara llena de sangre y a un ladito los dos ojos de la chava.

Mi madrina no pudo evitarlo: “Jijos de su reputa madre”. Yo le hice segunda con el pensamiento. También le cortaron la lengua, los dedos y le rebanaron un pecho. “Estos cabrones se ensañaron”. Luego de contemplar unos minutos el cuadro nos entró el apuro de ver qué chingaos íbamos a hacer para sacar los cuerpos sin que nadie se diera cuenta.

Regresamos a la sala de estar y nos sentamos en el sillón.

—No sabes qué bien me vendría un trago o un cigarro —dijo mi madrina.

—No, madrina, pérese, qué trai. Orita no es momento de recaer, mejor vamos viendo qué hacer con las muertitas —le señalé.

Así duramos un rato, cuando de pronto, mi madrina se levantó como si le hubieran puesto un cuete en el trasero. “¡Ya sé!”, gritó bien prendida. Y mientras me explicaba, la piel se me ponía chinita. Su mente estuvo trabajando a madres en lo que estábamos sentados. Yo la veía hablar y no creía que aquella señora chaparrita con facha de mamá querendona, estuviera diciendo que las íbamos a hacer cachos, enredar las partes en plástico para empacar carnes y sacarlas en su carrito del servicio para quemarlas en la caldera del sótano.

Tuve que ir al cuarto de herramientas por el arco y la segueta, y a la cocina por plástico para empacar. La orden de mi madrina fue apurarle porque ya se nos había ido casi media mañana. Salí al pasillo y me hice muy pendejo. No le hablé a nadie. Traté de actuar como siempre, pero la imagen de las morras muertas seguía en mi cabeza.

Cuando regresé, mi madrina ya había juntado los tres cuerpos en el jacuzzi. Estaba chaparrita pero fuerte, acostumbrada a las perrizas. Así que juntar tres cadáveres no le costó mucho trabajo. El pedo fue cuando me dijo que yo cortara a la primera morra a la altura de las corvas.

—Pérese, madrina, con todo respeto, pero… no mame, ¿a poco yo?

—¿Luego quién, pues? No seas marica, ya están muertas —me dijo con una determinación cabrona—, ya no sienten. Aparte, tú no las mataste.

Sentí cuando la segueta mordió la carne de la morena. Yo estaba sudando y pensé que iba a cagarme en cualquier momento. Pero mi madrina puso su mano encima de la mía para empuñar juntos el arco. Me miró a los ojos y pude ver en éstos la calma y los huevos que necesitaba para terminar lo que estaba iniciando.

Conforme yo cortaba piernas, brazos y cabezas, Lucita, la alcohólica rehabilitada, la comadre más fiera del barrio, envolvía las partes en plástico. No dijimos nada; los dos sudábamos. Acomodamos a las tres mujeres hechas rompecabezas en la sala, los pedazos apilados, bien apretados con el plástico para que no chorrearan.

Mi madrina dijo que aguantáramos hasta a la hora de la comida, cuando casi todos estaban en el comedor, para poder echar los viajes necesarios. Mientras se llegaba la hora de echar las vueltas nos pusimos a limpiar todo. Era como si estuviéramos reconstruyendo la fiesta del narcojunior y sus cuates.

—Lo más seguro es que hayan engatusado a las muchachitas —dijo mi madrina mientras fregaba el piso con harto cloro y detergente—, y se dejaron deslumbrar por el billete.

—Es que la lana es la lana, madrina.

—Sí, ya sé, pero hay formas chingao, hay maneras.

—¿Qué tal que ellas le hallaron por aquí?

—No, ni madre. Las embobaron y les dieron con todo. Sabe Dios qué les hayan prometido, pero pues ya estuvo que se quedaron en el camino.

A mi madrina también le daba por filosofar. Ella misma decía que no necesitaba leer tanto pinche libro para saber lo que uno debía hacer en la vida: “basta con pararse en una calle y saber pa’ donde te guía el corazón y a darle, aunque sea como los rinocerontes, derecho y a lo pendejo”.

Dejamos todo bien limpio. Sin rastro de que algo hubiera sucedido ahí. Me asustó comprobar la facilidad con la que se borran tantas chingaderas. También pensé en las morras y sentí gacho al meterlas hechas pedazos en la caldera. Cuando quemamos los overoles, mi madrina me dijo que hiciera de tripas corazón y repitió que nosotros no las habíamos matado.

Volvió a ponerse filosófica: “a lo mejor nos tocaba a nosotros hacer esto, sólo Dios sabe. Yo preferiría vivir pensando que mi hijo está vivo a aceptar que ese méndigo toro me lo mató. Así las mamás de estas chamacas, es mejor que piensen que andan por ahí perdidas y no que las vayan a reconocer a la plancha así como las dejaron estos cabrones.”

El gerente nos pagó lo acordado y no se cansó de agradecernos. Cómo no. Si ahora no sólo habíamos salvado el prestigio del hotel sino también su pellejo. Nos dijo que los escoltas del narcojunior le habían hablado por teléfono para recordarle que se deshiciera de la bronca sin hacer pedo, porque ya sabían donde vivía y que tenía esposa e hijos. Por un momento me sentí héroe y que mi vida valía la pena desde que salí de la correccional.

Ya era de noche cuando mi madrina y yo salimos de la chamba. Antes de agarrar la ruta que nos llevaba al barrio, compré un pollo rostizado para que cenara mi jefa. Aunque el camión venía casi vacío, nos sentamos mero atrás.

Camino a casa, mi madrina me aventó un choro sobre lo que vale la pena en la vida y cosas así. La neta no le puse mucha atención. Pensaba en las morras y en lo que les habían hecho los pasados de lanza que se las chingaron. También traía en la cabeza lo que les hicimos nosotros. Yo creo que mi madrina lo notó, porque me dio un madrazo que me acomodó los pensamientos y repitió: “tú no fuiste, entiende; tú hiciste tu trabajo y hay trabajos tan gachos que hasta te pagan por hacerlos”.

Ella se bajó antes y aunque era el camino diario, me pareció la cuadra más larga de mi vida. Las manos me temblaban. Pero en cuanto vi mi casa, el malestar y el dolor de panza se hicieron más leves. Pensé en mi jefecita y en mi jefe y me reí. Pensé en mi madrina, en lo que dijo y bajé del camión sin recoger el cambio.

Al abrir la puerta, me recibió mi jefa con una sonrisota. Me preguntó cómo me había ido y no le mentí: le dije que bien y me toqué la bolsa del pantalón. Le serví un muslo y una pechuga de pollo en un plato. Se lo puse guapo con verdura y papas, y le llevé la cena hasta el sillón para sentarme junto a ella.

Cenó con un chingo de gusto mientras veía su telenovela. La acompañé un rato, pero me fui a acostar en los primeros comerciales; estaba cansado. Antes, le di un beso en la frente y ella me dio su bendición como siempre. Ya en la cama pensé en lo que me dijo mi madrina en el camión, eso de que uno logra dormir de verdad y en paz cuando tiene la satisfacción de haberse ganado la vida honradamente.

 


Autores
(Zacatecas, 1977) es autor del volumen de cuentos El refugio del hurón. Publicó relatos, ensayos, reseñas y crónicas en Cine Premiere, Replicante, Tierra Adentro, La Cabeza del Moro y Ficticia. Su segundo libro de relatos, Servicio al cuarto, está próximo a publicarse. Le gusta el queso añejo, el sarcasmo, el frío y cruzar el mar de la burocracia nadando de muertito.

El novelista chileno Pablo Simonetti (Santiago de Chile, 1961) estuvo hace unos días en la Ciudad de México para hablar sobre su novela más reciente: La soberbia juventud y pudimos platicar con él sobre esta novela y otros temas alrededor de ella. Este es un fragmento de una conversación que se extendió más tiempo del permitido e incluso después de que puse stop en la aplicación del iPhone.

Sergio Téllez-Pon (STP): Según el boletín de prensa, esta novela es la más autobiográfica que has escrito hasta el momento, ¿por qué esperar hasta tu cuarta novela para abordar el tema de la homosexualidad cuando otros escritores lo hacen desde su primera obra?

Pablo Simonetti (PS): Lo que pasa es que eso salió de un mal entendido con un periodista al que le dije: “Alguien podría pensar que esta es mi novela más autobiográfica por el mundo en que se trata, por los personajes, pero si alguien me conoce muy de cerca se daría cuenta de que no es así, que es ficción”. Ahora, todas mis historias tienen un contenido que podríamos llamar de autoficción y, por lo tanto, raíces autobiográficas clarísimas. En este caso ocurrió que me tocó vivir muy de cerca un amor apasionado, loco y desesperado como el que vive Camilo por Felipe. No sé cómo decírtelo… podría hacer un símil: si fuera una célula, el núcleo de la novela son conflictos que me han tocado vivir de cerca; la membrana sociocultural también es una membrana que me ha tocado conocer; todo el plasma celular es invención y salida de la pura imaginación.

STP: Eres un twittero muy activo y desde esa red social defiendes las causas de los gays y eres una especie de vocero de la organización Iguales, pero en La soberbia juventud hay un mundo opuesto (el Opus Dei, el catolicismo, la familia, el personaje de la madre castrante). Tú me corregirás, pero me hace pensar que toda esa derecha es una herencia de la dictadura pinochetista…

PS: Creo que la dictadura que ha postergado a la diversidad sexual y que hasta el día de hoy intenta marginarla es la de la Iglesia católica y no la de Pinochet. Te lo digo por lo siguiente: la dictadura de Pinochet sí tuvo para el país un efecto nocivo respecto a los papeles de género, la dictadura impuso un modelo de género en el que el hombre tenía el poder, la mujer era la que hacía las labores domésticas, el hombre usaba el pelo corto y la mujer usaba falda. Hay una imagen muy ilustrativa después de la dictadura que a mí me tocó presenciar en que a los hombres que usaban el pelo largo en la calle los militares los detenían y se los cortaban con las tijeras, y a las mujeres que usaban pantalones también se los cortaban con las tijeras. Esa idea que es muy militar, podríamos decir, de la familia militar: el militar aguerrido y dispuesto al riesgo, y la mujer que acoge al héroe, una cosa así… Todo eso sí permeó mucho a la sociedad y atrasó enormemente el avance en los derechos de las mujeres, en ese sentido, vivimos una época oscura para las mujeres y, desde luego, para la diversidad sexual porque en este modelo binario de género la diversidad sexual sencillamente no tenía cabida. Pero no hubo una persecución exclusiva u orientada a la diversidad sexual, la persecución fue política y le pegó por igual a heterosexuales, mujeres, homosexuales: la represión o tortura fue contra, comillas, los comunistas, y quien cayera dentro de esa denominación burda era perseguido.

Te lo digo porque hasta hace poco la izquierda chilena fue también muy homofóbica. Hay declaraciones lamentables del presidente del Partido Socialista hasta hace tres años atrás. Como puedes ver, la discriminación contra la homosexualidad es bastante transversal. En el Partido Socialista de los once diputados que se eligieron en las elecciones de noviembre pasado, sólo tres están a favor del matrimonio igualitario y ocho en contra.

La dictadura que sí cayó y que ha permitido que en estos cuatro años haya un avance tan vertiginoso en los derechos de las minorías sexuales fueron los abusos sexuales dentro de la Iglesia. La Iglesia en Chile tuvo mucho poder a propósito de la defensa que hizo de los derechos humanos durante la dictadura, eso le permitió conservar un poder simbólico muy alto, a diferencia de la Iglesia argentina que fue tibia respecto al atropello de los derechos humanos así que cuando regresó la democracia ésta sencillamente forma parte del poder. Al mismo tiempo ha aparecido otro poder que es el de las iglesias evangélicas que han trabajado con las clases populares y hoy en día algo así como el 18% de los chilenos son evangélicos, el problema con ellos es que sí son muy integristas y su discurso es muchísimo más básico, hablan de abominación, de bestialidad… Y muchos congresistas se asustan por la captación de votos.

Y volviendo a la novela, por eso para mí más que la herencia de la dictadura, la herencia que la novela enfrenta es la religiosa, por eso el Opus Dei, y la idea de que la familia es un matrimonio entre un hombre y una mujer y los hijos que nacen de ella. Una idea que todavía es perniciosamente tentadora para los conservadores y hace que la diversidad de las familias no sea reconocida y, peor aún, que es lo que le pasa al protagonista, que la diversidad sexual al interior de la familia no sea aceptada.

STP: O que sea aceptada de manera hipócrita, velada…

PS: Exacto, en un segundo plano. Incluso la idea de que el otro se va a condenar, de que va a ser infeliz. Lo que apunto en esta novela es que en Chile seguimos con la idea, que viene desde la fundación de la república, de que somos una sociedad uniforme y de que la familia es uniforme, nosotros tenemos que quebrar con eso, tenemos que ser capaces de penetrar con la idea de diversidad hasta el interior de la familia, y además, a través de la familia, porque todas las familias son diversas, y dentro de éstas no permitir que los padres sofoquen la identidad de sus hijos. Creo que tenemos que ser capaces de aceptar que somos una sociedad multicultural, plurireligiosa y diversa.

STP: Entonces más que considerar tu novela como autobiográfica, ¿la definirías como una pequeña muestra del universo de lo que es la actual sociedad chilena?

PS: Lo que pasa es un cierto universo. Es el universo de esta franja conservadora que aún cruza las clases, con su sueño de uniformidad, la convivencia y que tiene una presencia constante porque se ampara en estas instituciones que son tan caras para todos nosotros. Es como si uno dijera que es gay y tu enemigo es la familia, lo cual no tiene ningún sentido.

STP: ¿Qué autores gays has leído y te han influido? En Chile tienen a D’Halmar, a Donoso…

PS: O Lemebel, a Luis Buyer… Lo que pasa es que en Chile no se puede hacer un arco de la mirada en la literatura gay. Pensemos en novelas que tienen personajes abiertamente gays: El lugar sin límites, de Donoso, en una novela que quizá no tuvo tan amplia difusión pero fue una novela muy brava, muy valiente, que se publicó en Barcelona en 1981, Frente a un hombre armado, y por último Tengo miedo torero, de Lemebel.

La primeras dos fueron publicadas fuera de Chile y todavía responden al mundo latifundista, a esa otra dictadura que fue el latifundio en Chile, y cómo ese latifundio tenía una idea binaria de la sexualidad entonces los personajes, tanto la Manuela y el personaje de Frente a un hombre armado, tienen una cosa que cuando se enfrentan a su homosexualidad son sometidos como mujeres, por decirlo de alguna manera. Y Pedro Lemebel con Tengo miedo torero abandona el tema latifundista pero todavía tiene esta idea binaria de hombre/mujer, como que el protagonista es la mujer del guerrillero…

STP: Del muchacho rebelde…

PS: Y además está muy presente, y ese es el gran aporte de Lemebel a la literatura, la marginalidad; es un personaje que está marginalizado, postergado, y a través de él Lemebel habla de todas las formas de marginalización que se ejercen y todas las formas de vida marginal que se experimentan. Entonces, lo que trato de hacer en mi novela es poner al personaje gay en el centro del poder: él es un hombre que está en medio de la clase alta, del dinero, de los contactos, de las redes, él puede participar del gobierno de Piñera. Esto es algo que, dadas las condiciones socioculturales que se vivían, no se habían contado antes porque recién ahora eso es posible y la novela da cuenta un poco del progreso que ha tenido el tema en ese sentido.

STP: Finalmente, me gustaría preguntarte qué opinión tienes sobre la clasificación de “literatura gay”.

PS: A mí me parece que todo escritor, es decir, los que me interesan, los que yo valoro, son los escritores que escriben desde su identidad. Los escritores que tratan de ocultar sus señas identitarias por completo y usan fórmulas al final no me terminan de interesar. Pero, muchas veces los hay y los vemos en el género policial, nos interesan, más que por el género, esos escritores que acaban permeando de manera más intensa su obra. Entonces esa identidad está allí y me parece que uno es un escritor gay, como es un escritor chileno, hombre… y todas las señas de identidad que son parte y que me constituyen. Lo que no me gustaría es que me metieran en un cajón y ese cajón sirviera para encerrarme, tal como ocurrió con las mujeres cuando empezaron a salir al ruedo literario.

Yo creo que hay elementos comunes en los escritores gays que permiten hablar de una cierta literatura, pero eso no hace que sea una literatura de nicho, sino que mientras más particular somos en nuestra escritura más universales nos volvemos. La mejor manera de dejar de ser universal sería que yo intentara escribir novelas en las que mi identidad estuviera ausente.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad de México, 1981) es autor de La síntesis rara de un siglo loco publicado por el FETA.