¿Alguna vez viste una película que empiece como una genialidad sólo para convertirse en un complaciente e intrascendente producto más? Yo sí: The World’s End (Wright, 2013).
Me explico: una lección moralista de la dignidad humana puede crear una gran película; el problema con The World’s End es que la lección moralista de la dignidad humana con la que termina parece sacada de otra película.
La historia de The World’s End es grande: enmarca un tema universal (crecer y dejar de reconocerse en los pares, aferrarse al pasado para evitar responsabilidades, la sensación de que la vida nunca se sentirá mejor que cuando uno tenía 17 años) con una atmósfera de ciencia ficción. La película no trata de extraterrestres que sustituyen a los pobladores de una ciudad pequeña. La película trata, en cambio, del reencuentro y la nostalgia dentro de un marco de extraterrestres que sustituyen a los pobladores de una ciudad pequeña.
Una buena narrativa respeta sus límites. No saca conejos ni soluciones de la manga, sino que, como cualquier organismo vivo, crece dentro de sus propias posibilidades. Una historia efectiva es una lección de aristotelismo: un huevo de gallina podrá llegar a ser una gallina, unos huevos a la mexicana o un huevo lleno de confeti, pero nunca un elefante. Es una cuestión de acto y potencia.
Otra lección de aristotelismo: cuidado con el deus ex machina. Este plot device se refiere a la resolución de un arco narrativo por medio de una figura que no tiene relación directa con lo que se nos viene contando, o que subvierte los personajes de una narración hasta el punto de hacerlos incompatibles con su primera presentación. (Aquí, un par de tíos con acento horrible retoman algunos de los más famosos deus ex machina en el cine). Así lo dice el Estagirita: “Es, por lo tanto, evidente, que la solución de la trama, y de las peripecias, debe surgir de la trama misma, y no de una argucia (deux ex machina)”, (aquí la Poética completa, por si gustan).
Un esquema simple: una familia pobre lucha para pagar el tratamiento contra el cáncer de su hijo menor. Los personajes son impulsados a comportamientos extremos: la madre vende droga y desarrolla una adicción por la cocaína, el padre se vuelve asaltante, la hija se prostituye. Hacia el final, cuando todos han caído en un espiral de autodestrucción, el padre gana el Melate (y eso que el padre nunca compraba el Melate; simplemente se levantó ese día y decidió comprarlo). De repente, 400 millones de pesos resuelven los conflictos que se construyeron desde el principio: el padre deja su vida criminal, a la esposa la mandan a una clínica de rehabilitación, el hijo recibe el mejor tratamiento médico y la hija puede salir del negocio sexual. Todos felices; vamos a negros y créditos con música de Phil Collins.
Esta historia es una muestra de pereza narrativa. El escritor no supo o no quiso pensar cómo resolver la historia de manera orgánica, es decir, qué elementos del desarrollo tenían, desde el principio, la posibilidad de crecer y convertirse en una solución. Es como escribir “Una cosa llevó a la otra (one thing led to another)” o “pasaron muchas cosas”. ¿Qué son esas cosas? ¿No se supone que, como escritores, deben decirme cómo una cosa llevó a la otra y cuáles fueron esas cosas que pasaron?
El deus ex machina es, dentro de estas perezas narrativas, la peor de todas: un mal final puede darle al traste a cualquier película (por otro lado, un buen final puede salvar un bodrio). Quien haya escrito el artículo de la Inciclopedia sobre este dispositivo tiene demasiada razón: “En pocas palabras, un Deus Ex Machina ocurre cuando o los protagonistas son débiles o los malos son muy fuertes, pero en cualquiera de los dos casos es porque el autor es un idiota” —cofcofelfinaldeHowImetyourMothercofcof—.
The World’s End tenía todo para ser un clásico: nostalgia de amistades rotas, un maratón de borrachera, bodysnatchers, un soundtrack bien inglés, Rosamunda Pike, Simon Pegg, Nick Frost… Hasta los últimos minutos, en que la película se desvía del camino del señor y termina en una lección moralista de la dignidad humana.
La historia va así: Gary King (Simon Pegg) es un alcohólico de cuarenta años que nunca ha logrado nada. Después de un intento de suicidio, reúne a sus compinches de parranda para terminar una noche de juerga preparatoriana: la milla dorada, un recorrido de los 12 pubs del pueblo, con su correspondiente bebida en cada uno. El problema es que los compinches han seguido con sus vidas: están casados, tienen trabajo, han dejado de beber, son responsables. Gary está atrapado en los noventas: el mismo look, el mismo automóvil y la percepción de sí mismo como si fuera adolescente.
King los convence, emprenden la aventura y descubren que los habitantes del pueblo (ninguno de los protagonistas vive ya ahí) están siendo sustituidos por máquinas de sangre azul. La pandilla decide seguir la juerga para no despertar sospechas en los invasores.
Al final, se revela que existe La Red, una confederación intergaláctica que se dedica a brindar tecnología digital y convertir a los habitantes de los planetas conquistados en autómatas ecológicos y sustentables.
Después de casi ochenta minutos de bromas de borrachera y escenas de acción a la buena usanza del sci-fi, Gary llega al último pub: The World’s End. Resulta que La Red, una súper inteligencia más allá de todos los límites humanos, se pone a dialogar con un borracho. Y el borracho gana: La Red decide dejar a los humanos solos.
¿Por qué? Porque no se les ocurrió nada mejor. “Tenemos el derecho a ser fracasados. ¡Toda la civilización se funda en fracasos”. Es una gran cita de Andy Knightly (Nick Frost), desvirtuada totalmente por la manera y el lugar en que está dicha: un contrapicado, luz azul sci-fi y Frost y Pegg que hablan hacia el cielo. Y de repente, Steve (Paddy Constantine), que llevaba sus buenos diez minutos fuera de la película, evita la vigilancia de La Red, se cuela en su guarida y aparece del cielo. ¿Cómo? Nadie sabe. ¿Para qué? Para apoyar el discurso moralino y políticamente correcto de Gary y Andy: los humanos valemos la pena por nuestros errores y a través de ellos es como mejoramos.
Esto es un deus ex machina de los peores: el que subvierte a los personajes. La Red está ligeramente relacionada con la trama, es decir, sí nos creemos que detrás de toda la sustitución de los habitantes hay una red intergaláctica, ¿pero que sea convencida por argumentos (tan chafas) de un trío de borrachos? ¿Que lo que nos salve de la invasión (benéfica, por cierto) sea un lógica terriblemente mal construida?
Y sí, Gary King cambia, pero no en un sentido “narrativamente positivo” ‒es decir, un cambio orgánico que se desprenda de lo que nos han contado‒, sino que cambia para terminar la historia, para atar cabos y poder ponerle fin a la película.
La falta de X no es tan desesperante como la escasez de ese X. Piénsese en la conexión a internet: si no hay, somos pacientes y esperamos; si está lenta, podríamos matar a nuestra madre de pura furia. Si una película es mala desde el principio, no hay problema; si las primeras tres partes prometían una de las mejores películas del 2013 y tiene un final así de malo, entonces, algo se rompe dentro de nosotros, algo que no se va a poder reparar.
Era un sábado en la tarde. Era un maratón de películas malas. Al final, vimos sin muchas expectativas The World’s End. Me equivoqué, alegremente me equivoqué. Durante 80 minutos.
Al final, no queda más que repetir la frase de Gary King: “Iba a ser la mejor noche de mi vida. Todas esas promesas y optimismos. Esa sensación de conquistar el universo. Era una gran mentira. No pasó nada”.
Supongamos que no existen las coincidencias, que desde el momento de nacer hay una persona destinada para cada ser humano y que a eso es a lo que se le llama “el amor de mi vida”.
Ahora bien, una mañana por fin encuentras a esa persona y ambos inician una historia en donde se juran no habrá un final, sin importar el precio que eso tenga. ¿Pero qué sucede si en el momento de calmar al corazón, cuando la euforia pasa, descubren que sus caminos son diferentes y que quizá lo que se tiene no alcanza?
La disyuntiva entre el amor y los planes y anhelos de vida son el tema central de la obra Heimweh estaciones, escrita por Myriam Orva y dirigida por Isael Almanza.
Sol y Jakob son dos amantes que se encuentran entre miles de personas en un país europeo y que una vez traspasada la barrera del idioma se enamoran.
El espectador retoma su historia en un momento en el que, parece, se están jugando el último boleto al que apostaron todo. La premisa es interesante, pero el resultado es un trabajo tibio que deja la sensación de que no se profundizó en ella.
Y aunque es verdad que hay momentos bien logrados, llenos de gracia y emotividad, en general la dirección es ilustrativa y se desperdicia el subtexto que muchas de las escenas requieren.
Por otro lado, el juego que se establece desde la obra con el idioma ―Jakob habla alemán y Sol castellano― pareciera no tener más objetivo que dejar en claro todo el tiempo la diferencia cultural, más allá de ser un elemento dramático importante.
Los personajes, en efecto, tienen características peculiares que al conjuntarse muestran con éxito una relación de pareja donde queda claro que el amor no es el problema, sino las aspiraciones de cada uno de los protagonistas. Aunque también hay otras particularidades que, como el factor de la diferencia de idioma, no se explotan lo suficiente. Por ejemplo: ¿por qué es importante que Sol sea escritora?, o ¿cómo afecta su profesión dramáticamente hablando?
Y aunque si bien es cierto que uno no sale a disgusto de la obra, sí se queda con la sensación de que se podía dar más, porque se tenían todos los ingredientes para lograrlo.
Heimweh estaciones es un trabajo del Colectivo Escénico El arce, el cual se formó en 2012 con la finalidad de crear un grupo que fuera capaz de ofrecer al espectador un repertorio amplio, lleno de compromiso, creatividad, disciplina y rigor.
La obra se presenta en el teatro La Capilla, Madrid 13, Coyoacán, todos los domingos a las 6 pm y estará en cartelera hasta el 15 de junio.
El precio general es de $150; para estudiantes, maestros e INAPAM es de $100.
Las cinco películas nominadas al Ariel en la categoría de Mejor Película prometen una competencia muy reñida pues sin duda la calidad de estos largometrajes hará que, contrario a lo que generalmente sucede, al final no resulte una sorpresa que gane la peor película sólo porque obtuvo más votos de los miembros de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. Como en todos los premios del cine mundial, siempre sucede que a lo largo de la ceremonia la película que ha arrasado en prácticamente todas las categorías es opacada por otra muy inferior en la categoría más importante de todas, la de mejor película. Por otra parte, lo curioso este año es que, específicamente en esta categoría, este año varias cintas son operas primas, o bien sus directores son muy jóvenes. A continuación, las comento en el orden en el que creo que tienen mayor probabilidad de ganar.
1.- Heli (2013), la tercera cinta de Amat Escalante (Sangre, Los bastardos), llega con el antecedente de haber ganado en Cannes como Mejor Director. Aunado a eso, esta película del joven director muestra una realidad que no nos es ajena o, para decirlo con otras palabras, un retrato estremecedor de las actuales circunstancias que aún vive el país por la guerra contra el narcotráfico. La manera tan realista pero a la vez tan estética con la que Escalante muestra esa realidad hacen de Heli una obra maestra del llamado Nuevo Cine Mexicano. Otro premio indiscutible que le será adjudicado será el de Mejor Fotografía, hecha por Lorenzo Haggerman, pues para quienes pudimos verla en una pantalla de buena calidad, el registro visual de la estremecedora historia en verdad nos dejó sorprendidos. Esta es, pues, la cinta con todas las probabilidades de ganar en la categoría.
2.- La jaula de oro (2013), extraordinaria opera prima de Diego Quemada-Díez, también presenta una realidad que no nos es ajena, la conocemos de sobra pues todos los días se difunden noticias sobre los maltratos a los que son sometidos los migrantes en su camino al “sueño americano”, pues si los mexicanos nos quejamos de lo que le hacen a nuestros indocumentados en Estados Unidos, los mexicanos debemos estar conscientes de los maltratos que infringimos a los inmigrantes centroamericanos durante su paso por nuestro territorio en pos del poderoso país del norte. Sin embargo, La jaula de oro presenta toda esa realidad desde otro punto de vista: centrándose en la odisea de cuatro, primero, y después tres adolescentes guatemaltecos, la película es también un juego de emociones que estremecen, hacen reír e incluso con sus paisajes preciosistas tranquilizan a cualquier espectador (en este sentido, también tiene altas probabilidades de ganar en Mejor Fotografía, hecha en este caso por María José Secco). La jaula de oro a la que hace referencia es la inocencia que no se pierde a pesar de las crudas circunstancias que se viven, la amistad que se consolida por los hechos vividos y la aridez de los territorios que se cruzan en su camino. Una road movie recién estrenada en nuestro país pero que ha ganado infinidad de premios en los festivales en los que se ha presentado, empezando por Cannes también.
3.- Los insólitos peces gato (2013), es la opera prima de Claudia Saint-Luce, se estrenó durante la 55 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional en noviembre pasado y hace poco se estrenó comercialmente con gran éxito en parte, creo, por la historia tan íntima, tan cercana, tan humana que cuenta este largometraje. Los personajes son todos tan variados y la historia es en apariencia sencilla que parece muy difícil que no haya tocado las fibras más sensibles de los espectadores. Pero estoy convencido de que quienes realmente tiene probabilidades de ganar son Ximena Ayala (Perfume de violetas) como Mejor Actuación Femenina y Lisa Owen como Mejor Coactuación Femenina.
4.- No quiero dormir sola (2012), la opera prima de la joven cineasta Natalia Beristáin, es una cinta que, debo confesar, en principio me pareció de una factura impecable, pero al estrenarse las dos cintas anteriores ese lugar fue decayendo y es por eso que de las cinco películas nominadas ahora le veo muy pocas probabilidades. Además, no está nominada como Mejor Dirección, sólo su guionista y sus dos actrices protagónicas. No obstante, Beristáin con su primera cinta se ha colocado como una buena directora que promete mucho más en sus siguientes realizaciones.
5.- Club sándwich (2013), otra de las cintas que se estrenó durante la 55 Muestra de Cine, es la tercera película de Fernando Eimbcke (Temporada de patos y Lake Tahoe), creo que es el largometraje con menos probabilidades de ganar en esta categoría no sólo porque Eimbcke ya ganó antes sino porque es su película menos afortunada, sin la frescura que mostró en Temporada de patos. En cambio, María René Prudencio puede erigirse con el Ariel como Mejor Actuación Femenina.
Sin embargo, la pregunta sigue en el aire: ¿cuál será el largometraje que se alce con el Ariel como Mejor Película del cine mexicano durante 2013? Eso sólo lo sabremos el próximo 27 de mayo, día en que será la ceremonia de entrega del Ariel en el Palacio de Bellas Artes.
Fotografía de Colectivo CicloTurixes por Matias Contreras T.
Poco a poco nos fuimos dando cuenta, más allá del cambio climático, o tal vez a consecuencia de éste, que la voluntad viene en dos ruedas. Así es como se ha dejado sentir en la ciudad de Mérida, en el país, en el mundo. Ha dejado de ser un reclamo de las comunidades rurales, de aquellos que por carecer de automóviles y sólo disponer de bicicletas, exigían a los gobiernos que se les construyera una ciclo pista que los salve de los golpes y aplastones que los automovilistas y choferes ocasionaban a la gente en bicicleta. Esto va más allá. La idea de las bici rutas fue aumentando y esta debe ser una buena señal. Así, un día, decidieron explorar otras rutas que las ya establecidas y se percataron de que la ciudad está hecha para los automotores, no para los peatones, no para las bicicletas. Que la ciudad está hecha sobre el asfalto, que los árboles se van haciendo menos y que el trinar de los pájaros va desapareciendo detrás del ronquido de los motores. Asfalto, humo y ruido, he ahí la ciudad, dirá el poeta, y el niño tendrá que acostumbrarse. No lo permitiremos, está hecho el llamado.
Al respecto presentamos aquí una pequeña entrevista con el Colectivo CicloTurixes de Mérida (Turix es la denominación maya para las libélulas).
¿Cuándo nace el proyecto CicloTurixes?
El proyecto lleva tres años. Comenzó cuando nos sumamos a una pedaleada por el día mundial de las soluciones contra el cambio climático, el 10 de octubre de 2010. Después de eso, algunas personas se reunieron para formar “Un Auto Menos” y realizar el primer paseo nocturno, el 2 de febrero de 2011. Tiempo después nos cambiamos el nombre a CicloTurixes y actualmente (noviembre de 2013), hemos celebrado 145 paseos nocturnos de manera ininterrumpida.
¿Qué objetivos persiguen?
Nuestro objetivo es lograr una ciudad más humana, a través de la difusión del uso de la bicicleta como medio de transporte económico, social, no contaminante y saludable; porque consideramos que si se hace un uso más equitativo de la calle se puede tener una mejor convivencia y una movilidad sustentable en la ciudad.
¿Cómo perciben la aceptación ciudadana de la movilidad en bicicleta?
Consideramos que poco a poco se está logrando una mayor aceptación; sobre todo como medio de transporte. Cada vez es mayor el número de personas que deciden usar la bicicleta como su medio principal de transporte. Sin embargo, pensamos que todavía hay mucho que lograr para que se respete a la persona que decide moverse en bicicleta.
¿Es Mérida una ciudad hecha para andar en bicicleta?
Aunque las condiciones actuales de la ciudad, planeación urbana y el uso indiscriminado del automóvil, hacen que moverse en bicicleta sea todo un reto, en el colectivo creemos que Mérida tiene todo el potencial para ser una ciudad amigable con los ciclistas y que con la voluntad política y las acciones adecuadas, puede llegar a ser una ciudad ideal para moverse en bicicleta.
¿Qué tienen que decirle a todos aquellos que piensan que andar en bicicleta puede derivar en una incomodidad para los automovilistas?
Solamente invitarles a que experimenten la ciudad desde una bicicleta y que reflexionen al respecto. Porque estamos convencidos que todavía se sigue considerando al automóvil como un símbolo de estatus, lo que deriva en que las personas que lo utilizan como su medio principal de transporte, consideren que tienen prioridad en la calle.
¿Cómo definen los derroteros de las rodadas?
Los paseos nocturnos son un espacio para visibilizar (o darnos cuenta) que somos muchas personas las que usamos la bicicleta como medio de transporte y, a su vez, se convierten en un espacio de convivencia para personas que disfrutan moverse por este medio.
¿Cuántas rodadas realizan al mes?
Se realizan cuatro rodadas al mes, una cada semana, todos los miércoles.
¿Cómo se puede participar en una rodada?
Es tan sencillo como asistir al paseo con tu bicicleta. Tenemos una páginaen internet donde avisamos dónde será la rodada y de dónde partirá.
¿Existen otros grupos que realicen rodadas en Mérida?
Existen algunos grupos que realizan rodadas fuera de la ciudad; pero que realicen paseos nocturnos dentro de la ciudad, somos dos: nosotros y Bike Rides Mérida.
¿Ocurre situaciones de “celo” sobre el desarrollo de las actividades en el ciclismo dentro de la ciudad?
No, para nada. Al menos nosotros no lo pensamos así. Al contrario, pensamos que hacen falta más grupos/colectivos que se dediquen al tema del ciclismo urbano y de la movilidad sustentable en nuestra ciudad y en todo el estado.
¿El ciclismo de rodadas en grupo se ha vuelto “elitista”, “chic”? ¿O puede llegar a todos los sectores de una ciudad, incluso a personas de los sectores más humildes?
Algo que nos gusta mucho de los paseos nocturnos, además de ser un espacio que reúne a una gran cantidad de personas en bicicleta, es que es un espacio en el que convergen personas que viven en diferentes partes de la ciudad; y como colectivo, siempre procuramos visitar parques de diversas colonias, aunque a veces nos resulta complicado llegar a los extremos de la ciudad.
Los logros de los colectivos ciudadanos acerca de la movilización en bicicleta comienzan a rendir sus frutos. El 25 de julio de 2013, apareció publicado en el Diario Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán el dictamen número 83 que contiene la “Ley de fomento al uso de la bicicleta en el Estado de Yucatán”, un logro para todos los que, desde la sociedad civil organizada promueven el uso de la bicicleta y la protección de los derechos de las personas que la utilizan como medio de transporte.
El Programa Cultural Tierra Adentro informa que el resultado del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014 será dado a conocer el mes de junio del año en curso en los principales diarios de circulación nacional y en esta página, por cuestiones administrativas y de logística.
Los invitamos este 13 y 14 de mayo a la Feria Universitaria del Libro Independiente, que organizan los estudiantes de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
A través de un amplio número de actividades, que incluirá mesas de diálogo, lecturas dramatizadas, una obra de teatro y dos bandas musicales, la FULI concede al público la seguridad de formar parte de un evento importante entre estudiantes, escritores y académicos. Esta mezcla difumina sus fronteras y fomentaa el debate entre todos. Para ejemplo basta la mesa de diálogo “Del cine a lo literario o al revés: cultura exige más imagen”, entre el periodista y escritor Miguel Cane y Fabrizio Cossalter, doctor de investigación en Historia por la Universidad de Padua.
Chequen el programa completo en su página de Facebook.
“Pablo no va a conocer Puebla”, me dice Gustavo Castillo, quien hace tiempo fue parte del grupo de ciclistas “Vagabundos de París” y que acogerá en la ciudad al hombre que, desde 2001, vive dándole la vuelta al mundo sobre su bicicleta. “Es que si te detienes, te quedas. Pablo estará tres, cuatro días y luego se irá”, continúa el exciclista y expracticante, también, de deporte extremo. Cada que me dice algo, se vuelve a buscar a Pablo, cuando lo localiza, continúa la conversación. “¿Qué cree que le quede al final a alguien que le ha dado la vuelta al mundo varias veces?”, le pregunto.
“Cualquiera puede decir que ha conocido seis, siete países distintos. Pablo ha conocido ochenta, más. Al final de su vida eso le va a quedar”, me responde sin asomo de duda. “Pero usted ha dicho que no tiene tiempo de conocer los lugares que visita, que está muy ocupado yéndose”, replico, cuando ya Pablo García se ha puesto de acuerdo con los organizadores y la pantalla, computadora, mesa y espectáculo está casi listo para empezar la conferencia sobre sus aventuras. El que fuera un “Vagabundo de París” y que ahora ya no puede subirse a una bicicleta porque tiene una lesión crónica en la espalda me mira y parece que no va a contestar. “Conoce todo y nada. Creo que esa es la verdadera tragedia. Va a conocer todos los países del mundo y ninguno.”
No entrevisto a Pablo García porque está ocupado. Aun cuando esperé su llegada a Profética (una de las librerías más bellas del mundo, según Juan Villoro y Marisol Schulz), y al reconocerlo y extenderle la mano, ejerció una sonrisa forzada, no escucha lo que le digo (“Pablo, me ha mandado una revista cultural a entrevistarte”) y me pregunta si yo soy el organizador. Cuando le digo quién es, se va y me dice que puedo hacerle preguntas mientras trabaja. No se me antoja hablarle sobre “Elogio de la bicicleta” de Marc Augé, ni sobre ninguna de las preguntas que planeé durante la semana: ¿Cuál fue su experiencia de niño con la bicicleta?, ¿si la bicicleta tiene una vocación de la clase obrera, por qué las ciudades progresistas la han adoptado como símbolo?, ¿por qué crees que la bicicleta tiene que ver con el descubrimiento de uno mismo?, o situar la muerte del mito y de lo heroico en el Tour de France debido al doping, ¿qué va a hacer después de esos 122 777 kilómetros que lleva y de los que le faltan?, o enfrentarlo con hazañas novedosas, como el salto de Baumgartner y preguntarle si no piensa que su hazaña pase desapercibida ante tanta espectacularidad, ¿el ciclismo es el nuevo fanatismo?
Así que mejor busco una mesa y luego de verlo acomodar decenas de muñequitas de hilo y tela y dvds de su documental que vende para costearse el viaje, “es que no siempre se consiguen patrocinadores, a veces te ven y te dicen que lo que haces no congenia con su marca”, me propongo escucharlo.
No pasa mucho para que aquella urgencia que le vi al llegar, aquella mirada ausente, y esas ganas de estar, más que consiguiendo dinero, allá afuera viviendo su sueño, se trasladen a su discurso. Mientras habla y relata pequeñas anécdotas que hacen un rosario de dificultades y salvamentos, “no van a escuchar de mí lo maravilloso que es dar la vuelta al mundo. Van a escuchar lo duro”, sobre una pantalla van pasando cientos de fotografías que cuentan la travesía. “La bicicleta es el medio perfecto para viajar, es barata, saludable y da libertad”, dice, justo cuando pienso que, a la manera de Murakami, expondrá algún tipo de filosofía original sobre la monotonía de la reflexión solitaria que da correr o andar en bicicleta, baja un escalón lanzando dardos de autosuperación, “el poder de la creencia proporciona la habilidad del ser”, y cuando estoy por abandonar el barco, Pablo dice: “renuncié a una vida llena de confort. Me hice famoso por un par de días pero estaba muerto de miedo”. Pienso que ya estamos tocando hueso.Si Pablo García ha renunciado a hablar del tema que esperaba encontrar: la relación de un hombre, su bicicleta y el camino, creo que la historia de un hombre que dejó todo para hacer durante diez años el sueño de su vida me interesa. Pero entonces volvemos: “Uno puede ir tan lejos como su corazón y paciencia lo lleven”, afirma. El ciclista habla del lado espiritual pero no lo manifiesta.
Veo a Pablo en la pequeña mesita con mantel blanco que le han puesto. Su mirada llana, lo sé, ha perdido brillo a lo largo de esos años que ha vivido el sueño de su vida. Ahora se encuentra atrapado y sujeto a un sistema de sobrevivencia que, oh paradoja, es de lo que huía. Debido a la ausencia de pasión que hay en sus palabras, lo imagino dando la misma conferencia tediosa, día a día, de país en país, de ciudad en ciudad. Pablo debe alejarse sistemáticamente del camino para venir a exponerse, casi como un animal de circo, y contar que lo asaltaron en tal parte, que en Irán le pasó esto, que en Turquía aquello, que en África esto otro, que un día le robaron la cámara y se defendió con gas pimienta pero que el chorro salió chueco y no hizo efecto; que vio cómo en alguna comunidad perdida donde se hizo entender a señas le disparaban una flecha a una vaca en el cuello para extraerle un poco de sangre y mezclarla con leche.
Pablo García, el ciclista que le ha dado tres veces la vuelta al mundo y al que le faltan aún dos años para terminar de vivir su sueño, va cada semana a la oficina virtual, a una travesía encerrado en una burbuja de cristal. Sin dinero, no hay viaje. Sin patrocinadores, no hay sueño. Es trabajo duro, más que comer arroz y atún en cada trayecto y pedalear sólo durante el atardecer, “porque me gusta mucho ver ese espectáculo cuando ando en bici”, es dar sus charlas motivacionales ante un público urbano que aunque ha llegado en bicicleta al lugar y no se quita el casco, compra el sueño ajeno porque nunca le va a pasar. “Pablo, cuéntanos de las veces que te has enfermado, ¿qué sientes?”, y otras dudas existenciales que preguntan los asistentes para saciar su hambre y, luego, aplaudir y comprarle una muñequita de cincuenta pesos. Porque Pablo García también va al trabajo y también tiene ciclos y una programación sujeta a las ponchaduras, al hambre, a su sueño, a ir a conocer un país más.
“Nombrar al Diego (Maradona) me ha salvado en más de una ocasión”, “los árabes me patrocionaron como nunca”, continua Pablo porque no puede detenerse. Si se detiene, se queda. Se muere, quizá, de inmovilidad como un tiburón. “Extraño una ducha de agua caliente”, dice. ¿Cuántas veces habrá dicho lo mismo? Y sigue, porque, supongo, tanto tiempo y tanta soledad, le han dado un cuarto perfecto desde el cual estudiar sus historias. Pablo García dice algo importante rumbo al final. No conoce lugares, comenta, no los conoce a la manera de los viajes tradicionales o “los de agencia”, él conoce a la gente. Me gusta esa idea aunque pienso en la manera apresurada con la que llegó hoy, con la que habló con todos, con la que preguntó si ya todo está listo, que “ya comenzamos la charla”. Si la gente que ahora ha venido a verlo no es la gente, entonces, cuál es, ¿la que lo ayuda en el camino, la que le compra un video a 180 pesos? No sé.
¿Qué resuelve en el espíritu humano una pila de anécdotas de viajero?, me toca preguntarme.
“No hagan un viaje tan largo como el mío, se vuelve infinito”, termina diciendo Pablo García y todos aplauden.
Al final, la gente va, le pide un autógrafo, le pregunta algo más que se le escapó, un detalle que responda: por qué alguien hace lo que Pablo hace, ¿cómo se consigue vivir el sueño de una vida? ¿De dónde se saca la fortaleza? Pablo posa con quien le solicita una fotografía. Sonríe, veo su barba, las breves entradas de su cabellera, el cuerpo atlético a fuerzas, la dureza de sus movimientos. Aprovecho para acercarme y despedirme y agradecerle la intención, me ve, supongo que ya me ha olvidado (debe ver a tanta gente), me extiende la mano y me dedica medio segundo, finge una sonrisa y cambia su atención hacia algo más. Comienzo a arrepentirme de haber venido mientras recuerdo esa frialdad de su mirada, de verme como el desconocido que le pidió una entrevista para una revista cultural pero que, quizá, no se la pagó. Pienso decenas de cosas cuando me doy cuenta de que los organizadores y el mismo Pablo van corriendo por todos lados, preocupados, preguntándole a los ciclistas, a mí mismo, que nos vamos, si han visto la caja donde Pablo tenía los videos que vende. Alguien se los robó mientras él se tomaba fotos. Quiero hacer cuentas de cuánto habrá perdido, cuánto significará en términos de su trayecto. “¿Cuántos videos tenía la caja?”, le pregunto a una desesperada organizadora. “Tres”, me dice, “tres”, y justo cuando ve mi cara de “no son tantos”, me ataja y me fulmina: “para nosotros tres no es tanto, pero para Pablo que debe volver al camino, sí”.
El hombre se ha vuelto a quedar solo con su bicicleta y el camino.
Sibelius compuso su séptima sinfonía en marzo de 1924; se trata de un solo movimiento con una duración aproximada de veintidós minutos. La obra comienza con un suave redoble de tambor que hace un llamado a los demás instrumentos. A éste responden de inmediato las cuerdas en una escala progresiva en do mayor que surge desde la profundidad de la orquesta. Esta escala se detiene en un acorde en la bemol menor cuyo efecto disonante es más parecido al de una interrupción que al comienzo de un discurso musical. Parecería que el inicio de esta obra es en realidad el momento en que el escucha se integra a ella, lo cual tiene más sentido aún si uno considera las sinfonías anteriores de este compositor finlandés. Cada una representa una idea depurada y experimental. A veces parecen dialogar entre sí y otras, contradecirse, pero siempre hay algo novedoso y propositivo en las sinfonías de Jean Sibelius.
Según afirma Sibelius en su diario, en 1918 había iniciado el proyecto de composición de esta obra que estaría estructurada en tres movimientos, pero éstos terminaron por integrarse en uno solo. El compositor se refirió a esta obra como una Fantasía sinfónica hasta un día antes del estreno, en que decidió darle el título de sinfonía. La diferencia entre fantasía sinfónica y sinfonía importa a nivel estructural. En obras como las fantasías o poemas sinfónicos no hay una tradición establecida con respecto a los movimientos que la conforman ni al carácter que éstos suelen expresar. Dicho de otro modo, los poemas y fantasías sinfónicos tienen un carácter y duración arbitrarios y su única característica afín con las sinfonías es el empleo de una orquesta para su ejecución. La indecisión del título de la obra por parte de Sibelius es un indicio más de que sus movimientos y dinámicas cambiaron constantemente hasta alcanzar su versión definitiva. Aquí un ejemplo de la división de movimientos establecida en una de las últimas versiones:
Adagio — Un pochettino meno adagio — Vivacissimo — Allegro moderato — Vivace — Presto — Adagio — Largamente molto — Affettuoso.
Para una obra tan breve parece haber un exceso de matices. Sin embargo, no todas estas indicaciones sugieren un cambio de dinámica extendido o suficientemente extendido para que el escucha pueda apreciarlos. Por ejemplo, el Allegro moderato es una indicación que expresa un tempo y el carácter de todo un movimiento, pero el pochettino meno adagio que lo precede indica un breve lapso de transición para llegar al vivacissimo y luego al allegro moderato. Del mismo modo, vivace y presto sólo son dos maneras de intensificar el allegro moderato. Si bien un escucha atento puede reconocer estos matices cuando la dirección y la ejecución de la obra son óptimos, estas indicaciones apuntan a incrementar la precisión de un microcosmos develado al director. Hemos visto ya en otros artículos de esta serie cómo una característica común de varias obras sinfónicas (e.g., la quinta sinfonía de Beethoven o la primera de Mahler) consiste en salirse de una tonalidad mayor para recuperarla al final provocando una suerte de efecto triunfal; lo que los románticos identificaban como la luz después de una tempestad. Sin embargo, en esta obra Sibelius emplea el mismo recurso, pero provoca el efecto contrario y ahí se encuentra parte de la riqueza de esta obra. La brevedad de la sinfonía no debe ser un obstáculo para apreciar estos cambios de carácter cuyo final es desolador pese a ser la “reconquista” de la tonalidad de do mayor.
Según el crítico musical Robert Layton, la séptima sinfonía de Sibelius es la culminación de la búsqueda de unidad sinfónica del siglo xix. Podríamos decir que esta búsqueda consistió en integrar varios movimientos de una obra en uno solo de una manera estructural. Uno de los pioneros en este tipo de composiciones fue Franz Schubert con su fantasía Wanderer (el caminante), después Franz Liszt, quien trabajó la forma del poema sinfónico y compuso su magistral sonata para piano en si menor (1853) estructurada en un solo movimiento con una duración aproximada de media hora. A esta tradición también pertenecen los poemas sinfónicos de Richard Strauss y la sinfonía de cámara de Arnold Schoenberg (1906).
Aunque los cambios de tempi de esta obra son fundamentales para el desarrollo de su expresividad, la clave estructural radica en la velocidad de los movimientos y en la técnica con la que Sibelius hace la transición de un tempo a otro. De hecho, si el escucha no identifica dichas transiciones es precisamente porque la integración de las partes es ejemplar. Uno reconoce perfectamente el adagio del principio y el prestissimo antes del final, pero es casi imposible seguirle el paso a los momentos en que ocurre esta transición.
Después de la llamada del tambor inicial y la progresión de las cuerdas que se detienen en un acorde que pareciera más una interrupción que una continuidad escuchamos una frase de las flautas y fagots que los clarinetes repiten de inmediato. Luego podemos apreciar fragmentos de distintas escalas interpretadas en ritmos y velocidades diferentes. En este contexto de motivos fragmentarios las cuerdas tocan un pasaje polifónico crucial, dividido en nueve secciones, en el que se aprecia la influencia de Palestrina (1525 – 1594), cuya música Sibelius conoció en 1901 y a la que volvía cada cierto tiempo. El crescendo aquí es un viaje característico hacia do mayor (i.e., un viaje hacia la claridad). En este momento podemos reconocer una frase que los violines habían interpretado anteriormente después de los alientos ya mencionados (las flautas y los fagots) y esta vez es interpretada por las flautas, los oboes y los cornos. Un trombón resalta sin estruendo, pero con firmeza, entre la bruma polifónica poniendo fin a un proceso de concentración de todos los instrumentos, justo antes de volver a lo difuso.
Regresamos a las frases fragmentarias que poco a poco se alejan de la claridad y del do mayor que las había fijado por unos momentos. El paso se acelera y de pronto nos encontramos en una suerte de vorágine en la que los alientos y las cuerdas se alternan como si prometieran una salida. Esta es una de las partes más impresionantes de esta sinfonía; la velocidad en las notas no decrece, pero pronto nos damos cuenta de que son parte del acompañamiento del adagio. Lo notamos por el tema extraordinariamente lento que encabeza el trombón (en armónicos de do menor). El trombón vuelve a aparecer, es más insistente que antes y esta vez su sonido va acompañado con fuerza del resto de los alientos. Estos instantes previos a un nuevo incremento en la velocidad suelen ser muy emotivos: al mismo tiempo que provocan incertidumbre por lo que va a seguir, también contienen el eco de momentos similares que se han resuelto de manera sorpresiva.
El ritmo vuelve a acelerarse hasta llegar a lo que habría sido un tercer movimiento (allegro moderato). Aunque la música avanza con rapidez sólo lo hace para resaltar la lentitud de la siguiente parte. Se trata de la tercera aparición del trombón como eje de la música y esta vez nos conduce a un clímax que lleva una fuerte carga de angustia. Los alientos enmudecen ante lo que parece un grito de exasperación de las cuerdas cuya respuesta es una colisión en la que volvemos a escuchar ecos de frases anteriores, fragmentos, armonías que descienden cada vez más hasta asirse con fuerza a la tonalidad de do mayor que, como comentamos anteriormente, no resulta liberador ni triunfal en esta obra a diferencia de lo que ocurre en otras sinfonías. Surge de pronto un crescendo violento y disonante que pareciera buscar el regreso a la fragmentación y el caos, pero es interrumpido de súbito. Colin Davis ha definido el final de este crescendo como el cierre de la tapa del féretro.
Durante los siguientes treinta y un años de su vida, Jean Sibelius no volvió a componer ninguna obra musical (murió en 1957). Hay especulaciones sobre un manuscrito con la octava sinfonía, pero no se ha encontrado hasta la fecha. El acorde final en do mayor de su séptima sinfonía bien puede escucharse como el final de toda su obra; el final de una serie de música sinfónica de un maestro en las cadencias y en el arte de perturbar al escucha con cuestionamientos constantes sobre lo ya afirmado.
Versiones recomendadas:
Una de las versiones más espectaculares es ésta que dirige Simon Rattle. En particular el sonido de las cuerdas es impecable. Los crescendos se abren paso sin titubeos, de manera sostenida, creando una sensación de auténtica grandeza. El acento que Rattle imprime al final de la obra es conmovedor.
Yevgeny Mravinsky, dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Leningrado (1965), hace algo que parece imposible: revoluciona el tempo sin perder un solo matiz. Esta versión resulta, por ende, más breve que la mayoría, pero no hay tropiezos, no hay desmedro de la intensidad de cada movimiento. Esta versión, con las imperfecciones sonoras propias de las grabaciones en vivo, es una muestra del carácter vertiginoso de la obra:
Se corre el riesgo de caer en un lugar común o en una asociación nacionalista fácil al afirmar que las interpretaciones del finés Paavo Berglund son las más consistentes. Sus grabaciones de las sinfonías completas y poemas sinfónicos de Sibelius en la década de los 1970 con la Orquesta Filarmónica de Helsinki son legendarias. El tempo que impone Berglund es un poco más lento que lo común y con ello despliega la fuerza y la majestuosidad de esta sinfonía sin aspavientos. Su versión es íntima, un auténtico tour de force. Aquí dirige a la Orquesta Sinfónica de la BBC en una ejecución no menos emotiva que la de hace algunas décadas: