Tierra Adentro
Diana Martín. “Tina deseosa” Tinta/Papel

En esta historia es posible identificar variadas representaciones femeninas desde la mirada de su picaresco protagonista. Destaca Lucita, quien encarna a la matriarca mexicana actual, llena de recursos para la sobrevivencia, cueste lo que cueste. Juan Gerardo Aguilar construye un relato en el que los recursos humorísticos que nos acercan al personaje principal ceden el paso a una certidumbre más oscura, que nos llena de incómodas interrogantes respecto a nuestra manera de compartimentar el afecto y el respeto hacia las mujeres en México, donde la violencia más terrible forma parte del paisaje cotidiano cada vez con más frecuencia.

Ser bellboy es todo un cotorreo. Conoces un chingo de gente y ves pasar un buen de nalguitas. Lo mejor son las turistas borrachas, las gringas de Semana Santa que se dejan meter mano, y si no se dejan, de todas maneras lo haces, con el pretexto de ayudarlas o abrirles la puerta del cuarto.

Andan tan pedas que no se dan cuenta. Guacarean en los pasillos y se quedan ahí tiradas, dormidas. Luego las camaristas hacen corajes y dicen que las pinches güeras vienen a hacer su desmadre porque en el gabacho no les dan tanto permiso sus papás.

Quien reniega más es mi madrina Lucita, la camarista veterana. Aquí en el hotel todos la respetamos un chingo. Yo la quiero como si fuera mi madre, porque entre muchas otras cosas, ella habló con el gerente para que me diera jale. Aunque primero me sentenció: “mira, pinche Ramiro, voy a hablar con el guango bigotón éste, pero necesito que te pongas bien buzo. No me vayas a hacer quedar mal porque entonces ya no les vuelvo a echar la mano ni a ti ni a la comadre”.

Eso fue después de que me soltaron. Me aventé tres añejos en el tribilín; pero me soltaron porque me metí a estudiar bien duro y eso me ayudó a que no pensara tanta mamada. Además, allá adentro no había mucho de valor así que las ganas de robar se me fueron poco a poco.

Me convertí en lo que los libros de civismo llaman un ciudadano ejemplar. Pagué mi deuda con la sociedad y salí libre. Mi jefa y mi madrina fueron a recogerme. No sé de donde chingaos salió tanta luz que me pegó de lleno en los ojos.

—¿Qué es eso? —pregunté, tapándome con la mano.

—Se llama Sol, baboso —dijo mi madrina— y siempre encandila a los pendejos como tú.

Así, como tuza lampareada, me llevaron hasta la casa. En el barrio, todo seguía más o menos igual. Las paredes con más pintas y la banda en la esquina echando caguama y toque.

Mira, ya soltaron al Ramiro, los escuché decir, y por Dios que poco me faltó para jalarme con ellos y darme un facho de guama como bienvenida, de no ser porque sentí la manota de mi madrina que me tenía bien apergollado del brazo advirtiéndome: “Ni se te ocurra, cabrón, porque yo misma te vuelvo a meter al bote”.

Mi madrina Lucita es la neta. Nunca se guardó nada ni le temblaron las corvas para felicitarme o mandarme a la chingada cuando se requería. Cuando me cachaba robando me obligaba a reparar el daño. “Vente, vamos a que hagas tu noveno paso de chingadazo, sin escalas”, decía. Y ahí llevaba al pinche escuincle de la oreja no sólo a devolver el monedero, las tapas de carro o los tubos de cobre, sino también a ponerme a las órdenes de los afectados.

Ahí está que luego los desgraciados se ensañaban conmigo. Me ponían a cortar la yerba, a traer un chingo de mandados de la tienda o los más pasados de lanza sacaban los alteros de ropa sucia para que yo lavara a mano el calzonerío. Todo para que, según mi madrina, fuera un hombre hecho y derecho.

Mi madre era otra cosa. Nunca se recuperó de mi papá, así que mi madrina tuvo que entrar al quite para que eso no nos afectara y no me volviera tan vándalo. Pero no siempre estuvo la suerte de su lado; como aquella ocasión, cuando me obligaron a pasear a los perros de doña Jesusita. Todo iba bien: traía a los cinco chuchos bien agarrados, pero quién iba a imaginar que saldría de la nada ese gato negro y que la correa principal se zafaría, haciendo que los perros corrieran al bulevar.

Lo difícil fue que me creyeran. La raza pensó que le había vendido los perros al taquero. Tuvo que aparecer un testigo accidental para hacerme el paro diciendo que él había visto cuando los pinches perros corrieron como locos, sin que yo pudiera evitar que atravesaran el bulevar y los carros los hicieran caca.

Entonces ni siquiera me pasaba por la tatema pensar que esa apenas sería una de muchas ocasiones en las que tendría que defender mi reputación frente a los demás. “Y cómo esperas que te crean si eres un vil desmadre”, decía la madrina. Mi jefita nomás aguantaba vara. Pobrecilla, meneaba la cabeza como quien se resigna a aceptar su mala suerte sin estar dispuesto a hacer algo por remediarlo.

La vida se le iba viendo tele. Le gustaban un chingo las telenovelas. Para mí que esas cosas la enfermaron más, pero ella me decía que la dejara tranquila que esas historias eran de la vida real. A veces pensaba si mi jefita de verdad tenía razón, porque su vida era como un drama de televisión, pero cómo no iba a pensar eso, después de que mi jefe se largó con mi tía, meses luego de que ésta llegó de Estados Unidos.

Al principio mi jefe hizo un gran pedo. Dijo que apenas sacaba en el taller para darnos de tragar y que con otra boca ya no iba a poder. Pero mi jefita le hizo ver las cosas con calma; tenía esa cualidad, yo creo que era capaz de apaciguar a los tigres del circo nomás hablándoles bonito. Total que mi jefe aceptó a regañadientes. Pero todo fue que viera a la escuincla para que las cosas se torcieran como melcocha. La tía no tenía nada que ver con la foto que mi jefa tenía sobre su buró. Era la misma cara de morrilla, pero del cuerpo…

La tía Rosy era toda una mamacita. Le gustaba pasearse por la casa con blusitas y minishorts. Cuando mi jefa le decía que se tapara, ella le respondía que esa era la moda allá en el otro lado y que aparte estaba haciendo un chingo de calor.

Ni madres. Lo que le gustaba era que la vieran, porque así iba a la tienda y alborotaba a todo el barrio. Mi madrina fue la única que se atrevió a decir que esa escuincla nos iba a meter en pedos muy grandes. Le dijo a mi jefa que se pusiera muy lista porque ya había cachado a mi jefe dos o tres veces babeando por la tía Rosy. Pero la neta mi jefa no creyó capaz de eso ni a su marido ni a su hermana ¿cómo iba a ser posible? Pobre, a veces siento que ya se ganó el cielo por default.

Un día, de buenas a primeras, nos topamos con la novedad de que las cosas de la tía Rosy y la ropa de mi jefe habían desaparecido. Hasta la fecha, de ellos, ni sus luces. Dejaron a mi jefa noqueada como esos cabrones que están en cama mucho tiempo sin despertar, pero con los ojos abiertos, como los pescados del tianguis. No expresaba nada: no se encabronaba ni se reía y procuraba que nadie la viera llorar.

“Ahí está la cochina chingadera”, dijo mi madrina. Por eso me encargó que me pusiera muy trucha y ya me portara bien, porque mi jefa no iba a resistir otro putazo. Después de que salí de la correccional, mi jefita comenzó a sonreír poquillo más. Lo hacía siempre frente a la tele. A mí me daba gusto verla así. Sabía que iba a ser muy difícil que olvidara la gachada de su marido y su hermana, pero a lo mejor ya los había perdonado. Mi jefita era de esas personas que no tenían mala sangre y siempre buscaban el bienestar ajeno, aunque eso significara sacrificar el propio.

Así que cuando mi madrina me dijo que estaban solicitando un bellboy en el hotel ni la pensé. De volada le dije que sí le atoraba. Dijo que al principio el gerente no quería, pero al final aceptó más por el aprecio hacia ella que por la confianza conmigo. Yo le dí las gracias y le prometí que no la iba a dejar abajo.

Ella también me veía como su hijo, porque al verdadero, al único que tuvo, lo perdió en un jaripeo. Era el mejor jinete, pero un toro bien cabrón, llamado Turbo, lo desmadró todito. Yo estaba chiquillo, pero recuerdo haberlo visto moverse como muñeco de trapo cuando se le atoró el pie en el estribo y el toro lo azotó contra el suelo para luego aplastarle la cabeza con la pata. Más tarde, anunciaron por el sonido que el hijo de mi madrina había muerto y ya no podían seguir con el jaripeo.

Desde entonces mi madrina dejó el trago y el cigarro. Hasta agarró un grupo de alcohólicos y se volvió “Madrina”. Nunca pudo hacer nada para que su hijo dejara el jaripeo, así que mejor se dedicó a alivianar a la banda. Por eso la quieren un chingo en el barrio. Lucita por aquí, Lucita por allá… Me cae que esa mujer es capaz de romperse la madre con cualquiera por los demás.

A mi jefa le dijo: “no te apures, comadre, a este cabrón lo enderezo yo. Por aquellos ya ni te preocupes, la felicidad que dan las nalgas no dura mucho, y la vida se encargará de juzgarlos, ya lo verás”.

Así vine a dar aquí al hotel y así también fue como nos metimos mi madrina y yo en este pedo. El trabajo no era tan pesado como esperaba. Cargar el equipaje era lo más choncho, pero como había chambeado en abastos descargando camiones de fruta, pues lo de las maletas estaba peladito y en la boca. La bronca era cuando los clientes no se mochaban. Entraba con ellos y les mostraba el cuarto; les decía dónde estaba el baño, les prendía y apagaba la tele para que vieran que sí funcionaba y, al final, nomás se me quedaban viendo como pendejos.

Por lo regular me esperaba unos cinco segundos y si no captaban mi mensaje de quiero mi propina, les hacía la pregunta clave: ¿se les ofrece algo más? Pero ni así captaban. No se los demostraba, pero me salía encabronado. Uno casi siempre vive de las propinas, porque del sueldo, con las cuotas para el seguro social y demás, quedaba muy poco.

Pero, bueno, aprendí que trabajar en un hotel también tenía cosas chidas. Como cuando vino esa cantante famosa y luego de terminar su concierto se encerró en el cuarto con un chingo de viejas y batos. El gerente tuvo que cambiar a los demás huéspedes de piso porque estaban haciendo mucho desmadre. Al final, cuando se fueron, yo le ayudé a mi madrina a recoger la suite.

Me cae que ni en la correccional había visto tanto pinche desorden, y eso que éramos un chingo de güeyes, hasta ocho cabrones en una sola celda, durmiendo como muéganos. Ropa regada en el piso, botellas rotas, al colchón le pusieron en su madre con una navaja, las lámparas, todo… parecía que había pasado un huracán ahí dentro. El baño había resultado poco para toda la raza y se cagaron en el jacuzzi. En las mesas de centro aún había papeles con coca, restos de polvo y un chingo de popotes.

La fiesta estuvo con madres, pero lo peor del after nos tocó a mi madrina y a mí. Cuando le contamos al gerente sobre los destrozos se hizo pendejo, y ofreció pagarnos el doble si limpiábamos sin hacerla de pedo. “Triple o nada”, dijo mi madrina. El gerente pensó poquito y al final aceptó con la condición de que no abriéramos el pico.

Así fue como nos convertimos en una especie de Equipo de Tareas Especiales. El hotel debía mantener su prestigio a toda costa y nosotros éramos los encargados de que así fuera. Mi madrina y yo limpiábamos, sacábamos la basura en bolsas negras y las echábamos en una camioneta para luego ir a tirarla al muladar.

El gerente nos agarró ley porque nunca nos torcieron. No dejaba que nadie más se metiera a limpiar los cuartos después de los desmadres. Nosotros le entrábamos al quite, a venderle nuestra mano de obra y nuestro silencio.

Nos empezó a ir bien gracias a las fiestas de los funcionarios del gobierno, los politiquillos y gente de la farándula. Le compré a mi jefa una pantalla de plasma chingonsota y un sillón reclinable para que viera a gusto sus telenovelas. También le hice dos o tres arreglillos al chante y me compré uniformes y ropa bien chidos.

Mi madrina cambió su sala, se compró una estufa pocamadre y empezó a ahorrar para construir otro cuarto y traerse a su mamá del pueblo a vivir con ella. La raza pensaba que yo andaba metido en ondas gruesas, pero no me esforcé por sacarlos de su error. Era mejor así, que se imaginaran mamada y media para que no se me acercaran.

Cuando le llegaron los chismes a mi jefa, me preguntó si ya andaba de nuevo en malos pasos, porque que si era así no quería nada comprado con dinero mal habido, pero mi madrina me hizo el paro. Le dijo que no se preocupara por nada, que ella misma estaba al pendiente de mí y que estábamos dobleteando turno para sacar una feria extra. Mi jefita le creyó y ya no volvió a tocar el tema.

Me daba un chingo de gusto verla sentada frente a su pantallota. Hasta le contraté el cable, pero ella decía que se reburujaba con tanto canal y que prefería sus telenovelas. Yo a veces pensaba en mi jefe y la tía Rosy. Una vez vi a mi jefecita leyendo una carta, no me dijo qué decía ni quién la mandaba. Nomás la vi reírse; rompió la carta y le trepó todo el volumen a la tele.

Esa mañana, el gerente nos mandó hablar a mi madrina y a mí. Cuando entramos, se aseguró de que nadie viniera detrás de nosotros. Luego, revisó su oficina como en las películas donde buscan micrófonos escondidos. Se sentó y vimos el miedo deformándole el bigote.

“Tenemos encima una broncota y de ustedes depende que la libremos”, dijo. Pude ver unas gotitas de sudor formándosele en la frente. Mi madrina le preguntó de qué se trataba y el gerente aflojó el buche. Nos contó que la noche anterior un conocido narcojunior armó una fiesta, pero se les había pasado la mano con el festejo y terminaron dándole piso a las morras que venían con ellos.

Mi madrina y yo nos miramos sin decir nada. Luego vimos al gerente, quien pareció entender nuestra expresión y nos dijo que las muertas seguían en la suite. Nos explicó que el junior salió como si nada, seguido por sus amigos y guaruras, y que uno de éstos fue quien le dijo que le encargaba limpiar el “tiradero”, pero con mucho cuidado y “sin que se notara” para no tener que regresar a “visitarlo”.

El gerente tenía un chingo de miedo. No podía hacer mucho, y avisar a la tira ni siquiera estaba dentro de las opciones si no quería amanecer encobijado. Por eso recurrió a nosotros. Mi madrina y yo sabíamos que ya no podíamos zafarnos, porque el gerente, en un ataque de pánico, sería capaz de embarrarnos para no irse solo al hoyo cuando vinieran a buscarlo.

No quedó de otra más que hablar de dinero. Como siempre, mi madrina se encargó de negociar. Cuando el gerente nos preguntó cómo le íbamos a hacer, yo salté y le dije que ese era nuestro pedo y que él sólo se encargara de que al final del día tuviéramos nuestra lana.

Mi madrina y yo caminamos en silencio hasta la suite. Ella iba empujando su carrito con los enseres de limpieza y yo llevaba los overoles. Cuando estuvimos frente a la puerta jalamos aire y metimos la tarjeta. La luz se puso verde y entramos. Mi madrina volvió a poner la tarjeta en el control principal y se prendió el clima. Nos llegó un tufo raro, como cuando dura un perro encerrado mucho tiempo en una casa.

El desmadre era el habitual. Había botellas de whisky y bolsas con residuos de coca, jeringas, condones, botanas regadas en el piso. Eso era nada más en la sala de estar. Más allá, el colchón estaba fuera de su lugar, manchado de comida.

Cuando lo levantamos descubrimos a la primera muerta. La morra estaba boca abajo, nada más traía puesta una tanga negra. Tenía la piel morena y debajo de ella había un vidrio roto. Era como si alguien la hubiera aventado a madres sobre la mesa. El gerente no nos dijo cuántas eran. Así que nos movimos para buscar a las demás. Descubrimos a otra del otro lado de la cama. Estaba completamente desnuda, era güera y tenía amarrado el cable de la lámpara en el cuello. Estaba morada y tenía las manos amarradas con una corbata.

Seguimos buscando, pero parecía no haber nada más. No estábamos preparados para ver lo que había en el baño. Ni mi madrina —que vio el cuerpo de su hijo destrozado por el toro Turbo— ni yo —que vi caer y reventarse la cabeza a un cabrón que quiso fugarse de la correccional— pudimos contener los chilaquiles del desayuno.

En el jacuzzi vacío estaba el cuerpo de otra morra. Yo le calculé unos veinte años. No tenía ojos y le amarraron las manos por la espalda. El piso del jacuzzi estaba completamente rojo. En uno de los extremos, junto al botón que activa las burbujas, había una cuchara llena de sangre y a un ladito los dos ojos de la chava.

Mi madrina no pudo evitarlo: “Jijos de su reputa madre”. Yo le hice segunda con el pensamiento. También le cortaron la lengua, los dedos y le rebanaron un pecho. “Estos cabrones se ensañaron”. Luego de contemplar unos minutos el cuadro nos entró el apuro de ver qué chingaos íbamos a hacer para sacar los cuerpos sin que nadie se diera cuenta.

Regresamos a la sala de estar y nos sentamos en el sillón.

—No sabes qué bien me vendría un trago o un cigarro —dijo mi madrina.

—No, madrina, pérese, qué trai. Orita no es momento de recaer, mejor vamos viendo qué hacer con las muertitas —le señalé.

Así duramos un rato, cuando de pronto, mi madrina se levantó como si le hubieran puesto un cuete en el trasero. “¡Ya sé!”, gritó bien prendida. Y mientras me explicaba, la piel se me ponía chinita. Su mente estuvo trabajando a madres en lo que estábamos sentados. Yo la veía hablar y no creía que aquella señora chaparrita con facha de mamá querendona, estuviera diciendo que las íbamos a hacer cachos, enredar las partes en plástico para empacar carnes y sacarlas en su carrito del servicio para quemarlas en la caldera del sótano.

Tuve que ir al cuarto de herramientas por el arco y la segueta, y a la cocina por plástico para empacar. La orden de mi madrina fue apurarle porque ya se nos había ido casi media mañana. Salí al pasillo y me hice muy pendejo. No le hablé a nadie. Traté de actuar como siempre, pero la imagen de las morras muertas seguía en mi cabeza.

Cuando regresé, mi madrina ya había juntado los tres cuerpos en el jacuzzi. Estaba chaparrita pero fuerte, acostumbrada a las perrizas. Así que juntar tres cadáveres no le costó mucho trabajo. El pedo fue cuando me dijo que yo cortara a la primera morra a la altura de las corvas.

—Pérese, madrina, con todo respeto, pero… no mame, ¿a poco yo?

—¿Luego quién, pues? No seas marica, ya están muertas —me dijo con una determinación cabrona—, ya no sienten. Aparte, tú no las mataste.

Sentí cuando la segueta mordió la carne de la morena. Yo estaba sudando y pensé que iba a cagarme en cualquier momento. Pero mi madrina puso su mano encima de la mía para empuñar juntos el arco. Me miró a los ojos y pude ver en éstos la calma y los huevos que necesitaba para terminar lo que estaba iniciando.

Conforme yo cortaba piernas, brazos y cabezas, Lucita, la alcohólica rehabilitada, la comadre más fiera del barrio, envolvía las partes en plástico. No dijimos nada; los dos sudábamos. Acomodamos a las tres mujeres hechas rompecabezas en la sala, los pedazos apilados, bien apretados con el plástico para que no chorrearan.

Mi madrina dijo que aguantáramos hasta a la hora de la comida, cuando casi todos estaban en el comedor, para poder echar los viajes necesarios. Mientras se llegaba la hora de echar las vueltas nos pusimos a limpiar todo. Era como si estuviéramos reconstruyendo la fiesta del narcojunior y sus cuates.

—Lo más seguro es que hayan engatusado a las muchachitas —dijo mi madrina mientras fregaba el piso con harto cloro y detergente—, y se dejaron deslumbrar por el billete.

—Es que la lana es la lana, madrina.

—Sí, ya sé, pero hay formas chingao, hay maneras.

—¿Qué tal que ellas le hallaron por aquí?

—No, ni madre. Las embobaron y les dieron con todo. Sabe Dios qué les hayan prometido, pero pues ya estuvo que se quedaron en el camino.

A mi madrina también le daba por filosofar. Ella misma decía que no necesitaba leer tanto pinche libro para saber lo que uno debía hacer en la vida: “basta con pararse en una calle y saber pa’ donde te guía el corazón y a darle, aunque sea como los rinocerontes, derecho y a lo pendejo”.

Dejamos todo bien limpio. Sin rastro de que algo hubiera sucedido ahí. Me asustó comprobar la facilidad con la que se borran tantas chingaderas. También pensé en las morras y sentí gacho al meterlas hechas pedazos en la caldera. Cuando quemamos los overoles, mi madrina me dijo que hiciera de tripas corazón y repitió que nosotros no las habíamos matado.

Volvió a ponerse filosófica: “a lo mejor nos tocaba a nosotros hacer esto, sólo Dios sabe. Yo preferiría vivir pensando que mi hijo está vivo a aceptar que ese méndigo toro me lo mató. Así las mamás de estas chamacas, es mejor que piensen que andan por ahí perdidas y no que las vayan a reconocer a la plancha así como las dejaron estos cabrones.”

El gerente nos pagó lo acordado y no se cansó de agradecernos. Cómo no. Si ahora no sólo habíamos salvado el prestigio del hotel sino también su pellejo. Nos dijo que los escoltas del narcojunior le habían hablado por teléfono para recordarle que se deshiciera de la bronca sin hacer pedo, porque ya sabían donde vivía y que tenía esposa e hijos. Por un momento me sentí héroe y que mi vida valía la pena desde que salí de la correccional.

Ya era de noche cuando mi madrina y yo salimos de la chamba. Antes de agarrar la ruta que nos llevaba al barrio, compré un pollo rostizado para que cenara mi jefa. Aunque el camión venía casi vacío, nos sentamos mero atrás.

Camino a casa, mi madrina me aventó un choro sobre lo que vale la pena en la vida y cosas así. La neta no le puse mucha atención. Pensaba en las morras y en lo que les habían hecho los pasados de lanza que se las chingaron. También traía en la cabeza lo que les hicimos nosotros. Yo creo que mi madrina lo notó, porque me dio un madrazo que me acomodó los pensamientos y repitió: “tú no fuiste, entiende; tú hiciste tu trabajo y hay trabajos tan gachos que hasta te pagan por hacerlos”.

Ella se bajó antes y aunque era el camino diario, me pareció la cuadra más larga de mi vida. Las manos me temblaban. Pero en cuanto vi mi casa, el malestar y el dolor de panza se hicieron más leves. Pensé en mi jefecita y en mi jefe y me reí. Pensé en mi madrina, en lo que dijo y bajé del camión sin recoger el cambio.

Al abrir la puerta, me recibió mi jefa con una sonrisota. Me preguntó cómo me había ido y no le mentí: le dije que bien y me toqué la bolsa del pantalón. Le serví un muslo y una pechuga de pollo en un plato. Se lo puse guapo con verdura y papas, y le llevé la cena hasta el sillón para sentarme junto a ella.

Cenó con un chingo de gusto mientras veía su telenovela. La acompañé un rato, pero me fui a acostar en los primeros comerciales; estaba cansado. Antes, le di un beso en la frente y ella me dio su bendición como siempre. Ya en la cama pensé en lo que me dijo mi madrina en el camión, eso de que uno logra dormir de verdad y en paz cuando tiene la satisfacción de haberse ganado la vida honradamente.

 


Autores
(Zacatecas, 1977) es autor del volumen de cuentos El refugio del hurón. Publicó relatos, ensayos, reseñas y crónicas en Cine Premiere, Replicante, Tierra Adentro, La Cabeza del Moro y Ficticia. Su segundo libro de relatos, Servicio al cuarto, está próximo a publicarse. Le gusta el queso añejo, el sarcasmo, el frío y cruzar el mar de la burocracia nadando de muertito.
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