Sabemos muy poco, o más bien, casi nada, acerca de Adrián Osorio, el condiscípulo de Octavio Paz en la Escuela Nacional Preparatoria que en el cuarto número de Barandal (noviembre de 1931) publicó una única fotografía: una suerte de naturaleza muerta hecha con una veintena de piezas de pan salado típicos de nuestro país (“huesitos”, “rejas”, rosquillas…), probablemente contenidas en un canasto. Es una composición sencilla, un poco candorosa, que deja ver la posesión de un ojo que comienza a entrenarse e intenta captar líneas, texturas, sombras, volúmenes, profundidades. No se ofrece, por desgracia, ningún dato sobre su autor. Podemos deducir su edad —17 años— porque ahora sabemos que murió en 1936, a los 22. Tampoco sabemos la causa de su muerte. ¿Quizá por mano propia? José Alvarado habla, al evocar a sus compañeros preparatorianos, de un suicida. En cualquier caso, la muerte prematura es siempre desdichada.
De Adrián Osorio, acaso un lobo solitario (lobo es lo que significa su apellido, de origen vasco), lo único que tenemos ahora es un puñado de fotografías. Curiosamente, de él, que se dedicaba a recoger imágenes, no nos queda ni siquiera un atisbo de su rostro. Ahora sólo podemos imaginar a la persona a través de lo que veía.
Como buen fotógrafo, le interesa sobre todo el trato con la luz y con la forma. Y qué mejor para procurarlo que acercarse a la arquitectura y al paisaje. De entre las pocas fotografías suyas que tenemos a la mano —una más publicada en la revista Fábula,1 unas en la entonces naciente Revista de la Universidad (justo en el número uno, correspondiente a febrero de 1936)— sobresale su meridiano registro del exterior de la cúpula principal de la Catedral Metropolitana.Y si bien son menos logradas sus incursiones en el campo (como la de Barranca de Venados, en el estado de Hidalgo) y sus apuntes del paisaje humano en Malinalco, en el Estado de México, es elogiable su voluntad de salir del claustro citadino con su cámara a cuestas, y su interés por ver cómo viven algunos de sus compatriotas.
Pero tampoco esas revistas nos dicen nada sobre la persona de Osorio. Sólo nos hacen evidente que Miguel N. Lira, director de la revista Fábula, de la editorial del mismo nombre (bajo cuyo sello imprime Luna Silvestre, de Octavio Paz) y de la Revista de laUniversidad, ha cobijado bajo su ala al grupo de muchachos que cinco años antes asomó por primera vez desde Barandal.
Por desgracia, el testimonio más importante de la creatividad de Adrián Osorio, su libro 25 fotos deMéxico, publicado también por Miguel N. Lira, en 1934, es casi inaccesible, tanto por su rareza como por su muy elevado precio. Tesoro de coleccionistas de fotografía mexicana, no se encuentra siquiera un ejemplar en ninguna biblioteca pública.
Aparte de todos estos escuetos datos sólo contamos con la descripción, más espiritual que física, que de él hizo su condiscípulo, Octavio Novaro, en la elegía que le dedicó en Taller Poético, la revista creada por Fernando Solana: “Alto como un encino de la sierra”.
En el último número de la revista Life hay varias páginas dedicadas a Octavio Paz y en una edición reciente de L’ Express, de París puede verse un largo artículo de Alain Jouffroy sobre el poeta mexicano. Octavio Paz resulta ahora el escritor de México más traducido y comentado en el mundo y acaba de dictar dos cursos de cuatro meses en la Universidad de Cornell en Nueva York, uno sobre poética y otro acerca de la literatura hispanoamericana.
Octavio Paz nació para la poesía hacia 1930, entre los arcos barrocos de la preparatoria y bajo los árboles de Mixcoac. México vivía entonces horas dramáticas; la Revolución detenida y traicionada, un aire de confusión en todos los ámbitos y su juventud, vencida con las malas artes en la contienda de 1929, desesperada y oprimida. Todas las voces superiores quedaron dispersas y disueltos los mejores propósitos. El mundo aparecía gris, con los ecos de la crisis norteamericana, el triunfo del fascismo en Italia, los vientos precursores de Hitler y las disputas de las grandes potencias.
La derrota del vasconcelismo había arrojado a un grupo de muchachos a las puertas del Generalito, junto a los grandes frescos de Orozco en el patio de la Preparatoria. Leían indistintamente los diálogos de Platón, las desventuras de Aliocha Ksramazov, las hazañas de Sachka Yegulev, las páginas de Spengler y los textos de Ortega y Gasset. Todo en desorden pero con afán ardiente. ¿Cuántas veces las voces de los jóvenes poetas españoles Alberti, García Lorca, Cernuda, Salinas cruzaron la tertulia?
Entre esos muchachos, uno de los de menor edad, estaba el adolescente Octavio Paz. Uno de ellos de familia calvinista, había entrado y salido del comunismo para convertirse en católico después de una larga crisis espiritual. Otro, y no el menos inteligente ni el menos sensible, salía de la prisión después de un homicidio desventurado que lo había de llevar después a la violencia y a una muerte misteriosa e ingrata. Un venezolano llegó escapado de los presidios de Juan Vicente Gómez. Escolásticos y marxistas, anarquistas buena parte de ellos, enamorados todos de la vida y coléricos contra la simulación y la perversidad habían sido tocados por el aceite vasconcelista y por las prédicas de la justicia social el lirismo era político y político era el amor y la poesía, la metafísica y el recuerdo impotente de un héroe, Germán de Campo, asesinado.
En las lecciones de historia de don Antonio Díaz fendía la revolución agraria con la misma pasión empleada después para exaltar a la República española. Después de las palabras de Octavio Paz en los largos debates, más allá de sus ojos desconcertados se advertían ya desde entonces una inquebrantable voluntad poética y una sed de inventar el mundo. Octavio no quería ser simplemente uno de tantos poetas sino un dueño verdadero de la poesía y no confiaba sólo a la razón su identidad con el mundo sino a todas las sensaciones, las emociones y los juicios posibles. Recargado en el barandal del último piso veía la luz e imaginaba todos los viajes y todos los retornos todos los encuentros y todas las fugas y para Octavio Paz el mundo aparecía desierto sin el hombre, sin el amor y sin la libertad, sin el tiempo, sin el deseo y sin la vigilia. Pero los hombres a veces parecían estatuas; los amantes, pájaros ciegos; y el tiempo se colmaba de ira y opresión. ¿Cuántas noches se deshizo el mundo en el agua negra del insomnio? ¿Cuántas mañanas amaneció con los elementos rotos y dispersos bajo la luz? La soledad de la conciencia diría después y la conciencia de la soledad.
Ahora Octavio Paz es quizá el poeta que más ha viajado por el mundo se le ha visto junto a las pirámides de Egipto y a las pagodas de la India, sobre las montañas de Afganistán o el puente de San Francisco California, entre las piedras de Oaxaca o las selvas de Ceilan, los templos de Tokio o las rishcas de Hong Kong y encima de los carros de segunda en los ferrocarriles de México o en el Museo del Hombre de París, frente al cráneo de Descartes o la grupa de la Venus hotentota. Pero su poesía no es geográfica sino histórica. Es un poeta de los cuatro espacios dentro de los tres tiempos. “A fines del siglo —dice Octavio Paz— Rubén Darío leía a Verlaine; pero Verlaine, poeta inferior al hispanoamericano, no leía a Darío. En cambio hoy comienza a leernos tanto a los poetas como a los novelistas”. ¿Es acaso superior Octavio Paz a Rubén Darío? La pregunta además de frívola es torpe. Entre la América Latina de Rubén Darío y la de Octavio Paz hay sólo medio siglo: pero la densidad histórica de esos diez lustros es muy grande: dos guerras mundiales, una guerra fría, la revolución socialista, elevación y caída del fascismo, el despertar y la insurgencia de los pueblos coloniales y semicoloniales, la rebelión de la juventud en todas partes. La América Latina de Rubén Darío era una comarca tropical indeterminada, el grupo de los pequeños países cálidos como se decía en Francia. La América Latina de Octavio Paz ya no está al margen de la historia universal, es por el contrario uno de sus protagonistas y rompe con vehemencia diques y puertas.
Pero si Octavio Paz no fuera uno de los grandes poetas de su lengua y de su tiempo no sería leído en inglés, en francés, en italiano, o en sueco y su voz no sería expresión significativa de la América Latina y de su época.
El amor y el paisaje, la soledad y la comunión, el odio y la muerte, la nostalgia y la injusticia, la alegría y lo inerte el agua la arena, la piedra, y la flor, y a lujuria y la teología, todo en el fluir instable del tiempo o dentro del presente puro, todo también bajo un rabioso anhelo de libertad forman la vasta enciclopedia poética de Octavio Paz. Una de las más ricas y luminosas y también ásperas coléricas y de todas las épocas y en lengua castellana.
Octavio Paz quería ser en 1930 y cuando publicó su cuaderno inicial Luna silvestre un dueño verdadero de la poesía. Ahora lo poesía se adueñó de él para siempre: imaginaba viajes y retornos encuentros y fugas. Ahora está en Nueva Delhi; mañana ¿dónde? Pero lleva consigo todas las espinas, las flores y los frutos de México. De aquellos muchachos, uno se suicidó, otro se hizo sacerdote, aquel es guerrillero, ése conspirador. Uno de sus más viejos amigos, oscuro cronista firma sus escritos inéditos para irritarlo o hacerlo sonreír, con ese seudónimo: Silvestre Luna.
“Bajo el signo de Octavio Paz”, Excélsior, 22 de junio de 1966.
Debo, primero que todo, al iniciar esta conferencia, pedir anticipadamente al auditorio perdón por una grave falta de urbanidad que a lo largo de toda ella voy repetidamente a cometer y que estoy cometiendo ya desde la primera palabra. Pido se me excuse porque reincidiré en ella en forma constante; pero no habría modo de evitarlo. Esta sala, que fue escenario de una serie de actuaciones de viejos y jóvenes poetas que explicaron o leyeron su propia poesía; que sigue siéndolo ahora de actos en que los poetas más nuevos dan a conocer su obra; que alojó también a los escritores que hablaron de los compañeros a quienes conocieron o trataron a lo largo de su vida literaria, se ha convertido en un temple del yoísmo, en el que ya no suena extraño, aunque siga pareciendo inmodesto, el que los verbos se conjuguen en primera persona y cada conferenciante hable sólo principalmente de sí mismo, de sus versos o de sus amigos. Al trazar el plan de la serie disertaciones a la que pertenece la de esta noche, a algunos estudiosos algunos se les comisionó para que se explicasen sobre episodios de la historia literaria de México en que ellos mismos no participaron, sobre cosas que aprendieron en las bibliotecas; pero a otros nos ha tocado hablar de lo que vimos nacer, vivir y morir; de lo que tuvo nuestra sangre, de lo que nosotros mismos hicimos, de nuestras obras, de nuestros hijos. No podemos usar la tercera persona, como si se tratase de algo observado a distancia, tenemos que usar la primera, aunque ello nos violente, porque frecuentemente tendremos que decir: “yo vi, yo estuve, yo hice”. En el fragmento de la historia de las revistas literarias de México que a mí me fue repartido entro mucho yo mismo, como testigo cercano o como actor, y tengo que narrar desde dentro de mí, lo que vi y viví, por mucho que quisiera que otros fuesen quienes lo narrasen y lo describiesen; pero, ¿quién iba a ser, que lo supiera como yo lo sé, y que no estuviera en el mismo caso? Efraín Huerta, Octavio Paz, José Luis Martínez, también habrían tenido que hablar en primera persona gran parte del tiempo, también Salvador Toscano, Alberto Quintero Álvarez, Miguel N. Lira, si vivieran. Pido pues una vez más perdón por todas las veces que la palabra yo afeará este breve discurso; pero pienso que si me atuviera a la regla de cortesía y de trato social que exige no iniciar ninguna frase con esa palabra, ni intercalarla en ninguna conversación, más me habría valido quedarme mudo, o pedir que se me cambiase el tema por uno que me permitiera tomar la sola posición de espectador, como antes han hecho algunos de los sabios que me han precedido en el uso de esta tribuna.
De Barandal hablo como espectador; como un espectador alucinado. ¿Quién de todos nosotros, pues supongo a los aquí reunidos personas con interés por las letras, no soñó alguna vez, en la edad en que esas cosas suceden, en publicar una revista? Las revistas brotan, en cierto momento, tan inevitablemente como los barros en la cara, en la mente de los estudiantes; a los dieciocho años se sueña, no con participar en una revista ya existente, y cuyos colaboradores entonces nos parecen venerables o ridículas momias, sino en sacar una propia, llena de novedad y de nuestra personalidad explosiva. Todos los estudiantes de primero de preparatoria, sobre todo los de la carrera de leyes, teníamos en el año de 1931 la ilusión de poseer una revista nuestra. Nos quedamos paralizados de admiración, de estupor, cuando un amigo a quien tuteábamos, un compañero de la escuela secundaria, Octavio Paz, sacó la suya, en agosto. Era una revista pequeña, de poco cuerpo, pero limpia, joven, nueva. Todo en ella nos parecía fresco. Y ver el hombre de uno de nosotros mismos, casi, de Octavio, que era apenas, escolarmente, un año mayor, nos deslumbraba, pues parecía poner al alcance de nuestras manes los sueños más caros. Octavio se había reunido con otros jóvenes de su mismo año, y se acercaba un poco a los que eran mayores que él; pero jamás dirigió una mirada hacia abajo, hacia nosotros, los que le parecíamos, un año menores que él, niños: y quizá todavía lo éramos un poco; eso aunque ya un joven de nuestra generación, Mauricio Gómez Mayorga, había publicado un libro de versos, Vírgenes muertas, y otro Carmen Toscano, Trazo incompleto, y otro más Isabel Farfán Cano, que eran compañeras nuestras de generación. Octavio Paz tenía a nuestros ojos el prestigio de que un nombre igual al suyo, el de su padre, solía aparecer impreso en El Universal, los domingos, en el suplemento al pie de narraciones literarias, y también el de que una calle de Mixcoac llevaba el de su abuelo, don Ireneo. Un prestigio semejante aureolaba a otro de los fundadores de Barandal, a Rafael López Malo, también compañero mío de escuela, esta vez primaria, desde 1926; él era hijo del famoso y admirado poeta de “La bestia de oro”, un poema que todos sabíamos de memoria. Los otros fundadores de la revista eran Salvador Toscano, para nosotros en aquel tiempo solamente el hermano de Carmen y de Enedina, nuestras compañeras, y uno de los alumnos más elogiados por nuestro profesor de historia de México, don Agustín Loera y Chávez. Y Arnulfo Martínez Lavalle, que también, como López Malo, y como Paz, era hijo de una celebridad literaria, del poeta Miguel D. Martínez Rendón, a quien en realidad conocíamos sólo de hombre, y no, como a don Rafael López, por sus obras. Toscano murió, años más tarde, en un accidente aéreo por machos motivos célebre. López Malo dejó las letras. El nombre de Martínez Lavalle hemos vuelto a verlo en la prensa conectado con la persecución de los traficantes en narcóticos; está dedicado al oficio de juez, o cosa que valga, y parece que brilla mucho en ello. Solamente Octavio Paz siguió adelante, como poeta y luego como ensayista, y creció hasta ser hoy un escritor de prestigio universal, que físicamente y literariamente recorre el mundo, y es colmado de merecidas distinciones. Los otros colaboradores regulares de Barandal ya no editores responsables, eran: Julio Pietro, que se convirtió andando en el tiempo en un escenógrafo famoso; Raúl Vega Córdoba, Humberto Mata, Manuel Rivera Silva, Francisco López Manjarrez, todos ellos perdidos; el fotógrafo Adrián Osorio, que murió muy poco después; y, como personas que han llegado a alcanzar la celebridad, pero no en el oficio de poetas o escritores, Manuel Moreno Sánchez, hoy un político de la mayor significación, y Enrique Ramírez y Ramírez y José Alvarado, ambos periodistas, y el primero dirigente de partidos políticos y el otro actualmente rector de una importante universidad.
Barandal murió en el séptimo número, apenas en marzo de 1932. Todavía el mismo grupo, ligeramente modificado, lanzó una nueva publicación, la de cuatro entregas de unos Cuadernos del Valle de México que no llegaron a viejos. Y se hicieron unos pequeños sobretiros, cuando ya comenzaban a llamarse elegantemente plaquettes a los que antes con cierto desdén se habían llamado folletos, con la colaboración de algunos escritores de la pelea pasada, los que ya comenzaban a considerarse maestros, aunque no tenían treinta años, o apenas los tenían. Se publicó un fragmento de una futura novela de Salvador Novo, Lota de loco, que no sabemos que jamás se haya completado; también unas Notas desde Abraham Ángel en las que Moreno Sánchez parecía apuntarse como un prometedor crítico de artes plásticas, y la reproducción de algunos cuadros de Manuel Rodríguez Lozano. Con esto la generación de Barandal se extinguió, literariamente, como su efímera revista. Sólo habría un superviviente: Octavio Paz.
¿Por qué no están mencionadas, en el programa de estas conferencias, otras dos revistas literarias que tuvieron su importancia, y que corresponden a la época que estamos examinando? Me refiero a Alcancía, de Justino Fernández y Edmundo O’Gorman, y a Fábula, de Miguel N. Lira. La primera es contemporánea de los primeros versos de Lira, del Corridode Domingo Arenas que tan vivamente nos interesó, así por su poesía popular como por su presentación tipográfica, y por aquel tiempo conocimos a Renato Leduc, en sonetos impresos en cartoncillo de diversos colores, y en un poema, el Prometeo desencadenado, que no sabía imprimir, pero del que todos nos sabíamos de memoria grandes y sonoros párrafos, que todavía hoy vienen a nuestra mente. La segunda, que se parecía mucho a otra Fábula que se imprimía en Buenos Aires, se prolongó por algún tiempo más, pero no tuvo la misma calidad literaria, ni la misma belleza tipográfica. También Alcancía y Fábula murieron pronto, y ya nos cuesta trabajo recordar quiénes colaboraban en ellas, además de Carlos Pellicer, que allí publicó su bello poema “La puerta”, y de Octavio N. Bustamente, se quien se imprimió en libro una Teoría general de Cagancho que llamó mucho la atención por aquel tiempo.
“Barandal, Taller Poético, Taller, Tierra Nueva”, Las revistas literarias de México, 2ª serie, México, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1963.
Mapa de cómo escuchar Aranjuez mientras se descubre el Nuevo Mundo
a Octavio Paz con la devoción de sus hijos literarios
Epopeya del beso
Por tu manera de no poder besarme beberías el Concierto de Aranjuez en un borde medieval del Guadalquivir: pelea Rodrigo por mirar el olor de la sombra bajo tu libertad de nombrar: Atlántico: puerto: un chopo de agua: se hizo a la mar un loco caballero y flotamos en una música de Jacques Brel: en el cine dos amantes querían besarse e invadir Sevilla por el soplo anochecido de un instrumento árabe: serían la sede de los juglares tus labios: embestir jabalíes o pasar el desierto con la memoria de octosílabo: roer un mismo verso: Santiago de Compostela 1126: la penumbra de cada hombre transcurre siempre hace casi mil años: querrán besarse por última vez con ese alejandrino que se parte en un teatro cuando se persigna Inés: lluvia del trópico: el Quijote llueve sobre la locura de mudarnos sin la Mancha a otros mundos: de Nuestro dios el rezo será diseñado para un muro gótico a través de la carta que Alfonso el sabio escribió con los suaves músculos de Dido: ya pasaron ocho siglos y no se sabe nada de este querer besarnos: es un abismo que alimenta la vista constelada en un castillo desde tu mano con la mía: decimos saberlo porque en realidad nunca partiste en la audacia de árboles que contagió a Christoforus el genovés: un chopo de agua: parte un bosque muerto a ese mundo: la tierra al fin es redonda: redondos tus ojos son el recuerdo de la manera en que se vuelve el otoño: un chopo de agua: extrañarás mi piel de agua por el brillo del caparazón de la madre que deja la playa para que otros hijos den brillo a la luna: la nueva luna salió de la arena estelar que se ve en la Tierra de Fuego: alguien escribe sobre un mercado o Tianguis: un chopo de agua: te conmueve un hombre de armas que llora antes del fin de la ciudad: al pie del árbol siguen haciendo calles y cafés al aire libre: una vitrola grabó un reflejo Barroco del Guadalquivir: me gusta esperarte en la Plaza más antigua de cada ciudad que visito: bajo la apología del tiempo: no sé qué será de mi cuerpo si escuchas mi imagen en la poesía de quienes habitan el Anáhuac: por tu manera de no poder besarme hay quienes suben a un automóvil y leen el mapa pensando que van a encontrar Aranjuez: hoy 30 de octubre de 1520: la ciudad (antes Templo de sangre) busca una capilla en la inmensidad de no poder florecerte en mi fuego de maíz: no sé cuántos años: un chopo de agua: el calendario que nos regía por la noche marca días de muerte: tú sabes del mapa que entre tus manos fluye el Guadalquivir: leo “Piedra de sol”: mil veces: salvajemente lejos: tratas de comprender la importancia del mar en El bodegón animado de Dalí.
A principios de la década de 1940, Octavio Paz visitó Xalapa. Fue una mañana fría. El viento agitaba las hojas y las nubes rumiaban lluvia mientras la humedad maceraba a los poetas que rindieron tributo a Salvador Díaz Mirón, aunque ninguno de ellos lo admirara especialmente visitando su célebre casa de Xalapa. Jorge Cuesta, quien mejor comprendió la tentativa satánica de los versos del veracruzano, ya había muerto. No quedan datos ni registros de donde se efectuó la lectura. Apenas un testimonio: la fotografía de Lola Álvarez Bravo con Xavier Villaurrutia como eje semántico y simbólico de la composición.
En ésta, Villaurrutia, ya un poeta consagrado, viste un traje de raya diplomática con un protector chaleco, perfecto el nudo americano de la corbata, ensaya sonriente una pose: los brazos cruzados, la sonrisa levemente irónica mirando a la cámara. Lo flanquean dos jóvenes. Jorge González Durán, poeta de la promoción de Tierra Nueva, posa su mano izquierda sobre el hombro de Villaurrutia mientras guasón reclina el rostro. Siendo el más joven de los tres, viste informal y se comporta campechano, confianzudo. Mano en los bolsillos, suéter con cierre. Un detalle: sus zapatos relumbran, los de sus compañeros no. Mucha chulería para ser tan joven, ¿será que tiene ya un puesto con Coquet? ¿O eso vendrá después con Bellas Artes? Octavio Paz, a la izquierda de Villaurrutia, luce dubitativo, expectante. Contrario a Jorge, se mantiene apartado de Xavier, aun cuando sus pies casi se tocan. Es indicativo que Villaurrutia adelante su pie izquierdo en dirección a Paz delatando coqueto su preferencia. Pese al rostro sonriente, seguramente a causa de un comentario gracioso de González Durán, Octavio asume una actitud ecuánime. Contraído el puño, torso erguido, latente la tensión en su hombro. Sus zapatos estilo Boston están gastados, innobles, aunque las líneas de su saco de casimir no desmerecen ante el corte de Xavier. De no ser por las mangas…
Por la vegetación —helechos—, se han detenido cerca de la otrora Calzada de los Poetas, donde bustos de Salvador Díaz Mirón, Rafael Delgado, Josefa Murillo realizados por el escultor Carlos Bracho, circundaban los muros de una antigua casona. Hoy nada queda: la rapiña y el descuido de las autoridades municipales terminó con esos bustos de principios de siglo que honraban la tradición literaria de Xalapa, gracias al mecenazgo de Teodoro A. Dehesa. El más hermoso parque de Xalapa, donde bajo los altos eucaliptos y las roñosas araucarias se respiran aires de otros tiempos, con ramalazos de ese abandono pútrido que envenenó la imaginación decadentista, ha quedado trunco sin que a nadie le importe. He aquí la memoria de una ciudad que se ufana de culta.
Incluida por vez primera en el volumen Xavier Villaurrutia en persona y en obra de Octavio Paz (FCE, 1978), cortada y con información errónea —se lee Parque Díaz Mirón, siendo el nombre correcto parque Miguel Hidalgo, mejor conocido como Los Berros—, posteriormente recuperada en el libro Octavio Paz, entre la imagen y el nombre (Conaculta, 2010), iconografía en blanco y negro firmada por Rafael Vargas, esta imagen atestigua el encuentro de tres poetas.
Pocos saben que uno de los mecenas de Lola Álvarez Bravo y responsable del reconocimiento de su obra fue Benito Coquet, como expone Olivier Debroise en su libro sobre la fotógrafa: Lola Álvarez Bravo: In her own light (Universidad de Arizona, 1994). González Durán a su vez prologó una exposición de Álvarez Bravo en el Palacio de Bellas Artes.
Benito Coquet (1912-1993), a la sazón un célebre hombre de cultura y hoy en el completo olvido —lo cual es una injusticia—, conducía a comienzos de la década de los cuarenta (1941-43) la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética, antecedente directo del Instituto Nacional de Bellas Artes. Como parte de su labor titánica —anteriormente había sido delegado de la joven Universidad Veracruzana, Secretario de la Confederación Nacional de Estudiantes y posteriormente crearía el Instituto Mexicano del Seguro Social además de ejercer como Secretario del presidente Adolfo Ruiz Cortines—, Coquet promovió el arte en sus diferentes facetas y expresiones a lo largo del país. Presumiblemente los poetas de estas distintas edades y promociones estuvieron presentes esa mañana para una lectura —Rafael Vargas dixit—. Coquet, todavía joven, e incluso ya integrado a los colaboradores de Manuel Ávila Camacho, había convocado a los miembros de Contemporáneos y a escritores como Mauricio Magdaleno para lecturas. Ya en su faceta de director del IMSS invitaría a otros jóvenes de su generación a laborar con él, como Andrés Henestrosa y de nuevo Octavio Paz.
Oriundo de Xalapa, francés de ascendencia, Coquet se había formado en las escuelas superiores de la ciudad y posteriormente cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1947, recibió su título de abogado por la Universidad Veracruzana. Aun desde trincheras distintas, Coquet y Octavio Paz coincidieron en varios momentos. Uno de ellos fue cuando, en 1934, Lázaro Cárdenas intentó uniformar la educación en México con un cariz marxista, Coquet emergió como el gran líder estudiantil y dirigió la protesta desde la Confederación Nacional de Estudiantes, junto a Bernardo Ponce. Hubo manifestaciones, debates, cartas públicas y un enconado encuentro en San Luis Potosí. Uno de los estudiantes que firmó esa carta de protesta, una entre 500 firmas, fue la de Octavio Paz. Otro de los opositores a la subordinación de la universidad al Estado fue Jorge Cuesta. En otra ocasión al rendir homenaje al poeta recién fallecido Miguel Hernández, Coquet invitó al joven Paz y a otros poetas del exilio español en México.
Más tarde, ya director del IMSS y mecenas del teatro público, Coquet incorporó a Andrés Henestrosa y a Paz a su equipo. Otro de sus legados, además de los citados, fue la creación del Premio Nacional de Ciencias y Artes, surgido por una disposición de una ley del Congreso de la Unión, aprobada a iniciativa de cuatro diputados, entre los que destacan, además del mismo Benito Coquet, Manuel Moreno Sánchez, el 11 de septiembre de 1944. Moreno Sánchez había sido otro de los compañeros de Paz en San Ildefonso. Finalmente, en ocasión de los 75 años del poeta, Coquet publicó una bella carta a su amigo de juventud y antiguo colaborador.
Francisco Hernández, en Imán para fantasmas, ha escrito un poema sobre esta foto:
—La carrera sin sed de los helechos —murmura Villaurrutia mientras posa—, es lo que puede acelerarse ahora.
Lo rodea el brazo de González Durán y piensa Octavio Paz, joven, sonriente: “Estamos en un parque de Xalapa. La humedad es nostalgia de la vida, Díaz Mirón es disparo en la memoria y Xavier es palabra de poesía”. Imposible determinar la hora, mas estaba nublado de seguro. Se adivinan los truenos en lo alto. El aguacero afila sus espuelas para poder correr tras las estatuas.
Diana Martín. “La boda de los Dodós”
Grabado en barniz blando
Erika Mergruen es una autora reconocida dentro del ámbito fantástico tanto por sus narraciones como por la divulgación de autores y obras raras desde su sitio web, pero en esta ocasión tenemos la oportunidad de acudir, a través de este fragmento de su novela La casa que está en todas partes,* a la que sigue siendo una realidad cotidiana para muchas mujeres mexicanas: la de una vida consagrada al cuidado de los otros.
Cada quien ha de buscar la forma para aliviar el desconsuelo. Pero para huir de la vacuidad el camino puede resultar escabroso y casi siempre nos lleva al precipicio del cual emergimos creyendo que habíamos logrado evadir nuestro sino.
A Mathiana, la vacuidad la transformó, flotaba por los cuartos y los corredores de la casa donde trabajaba. No fue al entierro del de los hoyuelos ni a reconocer el cuerpo al anfiteatro. Nunca vio el rostro voraz de la tierra en el rostro de aquel ser amado. Su luto se resumió en despegar las figuras de aves, mariposas y estrellas hechas de trozos de papel y de hilo para guardarlos en una caja de cartón arropadas con la fotografía que fuera el centro del nicho.
Los días pasaron grises hasta convertirse en años. La vacuidad es una venda invisible que nos hace torcer el camino en cualquier encrucijada. Mathiana lo conoció, al otro, en la fiesta de quince años de la hija de la amiga de una amiga. Y aunque él también se unió a sus paseos domingueros en la Alameda, jamás tuvo un nicho.
El día que se casó, el espejo de la cómoda reflejaba el cuarto vacío de Mathiana. Partió de la casa donde trabajaba, la de la señora Genoveva de la Barca de Heinz. La de los encargos, la de los libros fantásticos en los estantes, la de la casa en la zona residencial donde había una tienda que proveía a los trabajadores de la mina de grava y arena que se encontraba en la periferia de la ciudad.
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Mathiana servía a su hombre según los usos y costumbres de la ciudad mestiza. Desayuno, comida y cena, lavado y planchado, aseo del hogar, sexo para ser preñada. Memorizaba el código del hogar que con el pasar de los meses se transformaba en una prueba de héroes legendarios. Porque la mujer es el pilar de la familia y para sostenerla ha de ser dulce y sumisa, ha de comportarse en público, no ha de andar con ligerezas, no ha de tener amigos, no ha de tener amigas, no ha de exhibirse como una golfa, no ha de dudar de la autoridad del hombre proveedor. Ha de abrir las piernas cuando el hombre lo pida, porque él es el semental cuya divina semilla debe perdurar, ha de educar a sus hijos primero y luego a sus hijas que desde pequeñas han de comprender el código: el de ser mujer en la ciudad mestiza.
El hombre come primero, el hombre orina primero, el hombre habla primero, el hombre es servido primero porque él es fuerte, magnánimo y poderoso hecho a imagen y semejanza de dios.
Mathiana veneraba a su dios, rezaba a su dios, complacía a su dios y como los niños que ven por vez primera las imágenes sangrantes de lo santos y las beatas, también temía a su dios. Porque la ira divina es infinita, omnisciente y omnipresente. Y si la tortilla no estaba lista dios la insultaba; si la camisa de rayitas no estaba lavada dios la insultaba y si el plato no estaba listo cuando él llegaba, dios la insultaba. Y si dios llegaba embriagado, la insultaba, la golpeaba y la ultrajaba. Porque las mujeres son costillas que se maceran en las obligaciones cotidianas y se fríen en sus cosas de viejas y se muerden y se roen, y cuando ya no sirven se arrojan sus huesos a los perros hambrientos.
El terror es como el mar, en perpetuo movimiento, y su inmensidad va más allá del horizonte. El terror tiene su marea lunar y sus seres siniestros bajo la superficie. El terror de Mathiana se convirtió en un océano enardecido cuando vio cómo su vientre crecía día a día, sin importar que los viernes de jugada del hombre-dios lo transformaran en el dios vengativo de evangelios nunca escritos. Mathiana se hacía ovillo tratando de proteger su vientre, con los mismos ojos entreabiertos de aquel angelito en el altar.
Pero así como las aguas encrespadas tienen un momento de mágica quietud al amanecer, así lo tuvo Mathiana cuando escuchó el llanto de su primogénito y único hijo, Gabriel. Después de aquella mañana de correrías por la avenida para encontrar un taxi que la llevara al hospital, su hombre-dios llegaba más tarde a casa con tal de evitar los chillidos del mocoso que parecía que todo el tiempo quería estar prendido del seno de su madre. Así, la dulzura, la ansiedad y el espanto de los primeros días de maternidad fluyeron con una calma inhabitual.
Bastó que el recién nacido se adaptara al horario terrestre y olvidara su origen acuático para que la vida retomara su ritmo. Mathiana regresó a la tarea de servir a su hombre entre los pañales, los baños tibios y las nanas a Gabriel. Su hombre retomó su papel divino, alzando la ceja, la botella y el puño corrector.
Los años pasaban. Gabriel crecía como crecían el terror y la tristeza consuetudinaria de su madre, Mathiana. Su hombre había añadido nuevas reglas al código del hogar, pues no estaba permitido consentir al niño. Así sería bien hombrecito, como él, su ejemplo a seguir, que los dioses sólo conciben dioses, porque en su semen se encuentra el secreto de toda divinidad.
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Nuevas furias asolaban al dios porque su esposa no se preñaba de nueva cuenta y tan digna casta no podía limitarse a un solo chiquillo. Conforme los días reafirmaban la esterilidad de la pareja, el hombre la montaba con mayor desesperación y buscaba en los anaqueles del baño, de la cocina y hasta en el congelador alguna pastilla pecaminosa que delatara a la impía consumidora de algún método anticonceptivo.
Tras un encargo escolar de Gabriel, pues en las escuelas de los niños suelen pedir cosas inauditas, Mathiana se dirigió al centro de la ciudad, a las calles aledañas a la Catedral. Sin pensarlo, entró al templo. Su desesperación se materializó en la fachada abigarrada, en los cachetes gordinflones de los angelitos barrocos y en las miradas vidriosas de las ánimas del purgatorio. Maldijo en la iglesia, en silencio, al angelito de los ojos entornados, a su casa natal, al día de la helada, a la tienda de los mineros y a la maldita Sombra que había sepultado al de los hoyuelos. Maldijo en silencio porque otro destino se le había escapado en la parada del autobús que la trajo, junto con su madre y su hermana menor, a la ciudad. Y lloró a sus muertos, en silencio, apretando las mandíbulas hasta que su cerebro empezó a punzarle. Apretaba muela contra muela imaginando que trituraba a La Sombra que de seguro era un demonio empeñado en arruinarle la existencia. Salió de la iglesia para ir a cumplir el encargo escolar de Gabriel y regresar a casa antes de que su dios regresara a exigir su adoración diaria.
Ya en casa, Mathiana cumplió sus deberes: frió el jitomate, sazonó el pollo, rebanó unos rabanitos, dio de comer al niño y jugó con él, planchó las camisas, habló con el niño, puso la mesa, dio de cenar al niño, lavó los platos, bañó y durmió al niño, siempre pendiente de la hora. Dormía a Gabriel antes de que su hombre llegara, para que no oyera el griterío, ni las mentadas ni a su madre dando tumbos por la casa.
Pero ese viernes el reloj marcó las once, la medianoche y luego las tres de la madrugada y el hombre no llegó. Mathiana supuso que llegaría para el desayuno, bien borracho o bien crudo. Dejó remojando unos chiles previendo el guiso picosito que cualquier dios requiere después de sus tropelías. Y se fue a dormir.
A esa hora en que el frío arrecia, justo antes de que el sol asome por el horizonte como estirándose tras una siesta, alguien tocó a la puerta. Mathiana creyó que su hombre había olvidado sus llaves o venía tan perdido que no atinaba a abrir.
Era un vecino, sudoroso y con el aliento entrecortado que le señalaba la esquina y le decía que su hombre estaba allá dormido y que no despertaba.
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Mathiana lo tocó con la punta del pie, lo llamó por su nombre mientras se pasaba el chal por el cuello para protegerse de la mañana fría. El hombre no despertaba. Mathiana se hincó y lo zarandeó con cautela, lista para esquivar el manotazo, porque a su hombre no le gustaba que nada le perturbara el sueño pues bien decía que era sagrado y los sueños divinos crean mundos enteros. El hombre no despertaba. Estaba dormido y tieso como una rama. El hombre-dios se había muerto de una congestión. Ella se puso en cuclillas y cerró los ojos del dios: un movimiento suave pero firme, apenas un roce sobre los parpados. Se persignó. Y entonces la vio, sentada en la banqueta, apenas por unos segundos, tan delgada y sombría como la primera vez que apareció erguida junto al pozo. La Sombra asintió y se desvaneció.
La entonces viuda Mathiana temió haberla invocado con sus maldiciones en la Catedral. Meses más tarde creyó que La Sombra había regresado a pagar su deuda.
Un soldado juega a las vencidas con afgano durante una patrulla para conocer las condiciones de la Yawez, en la provincia de Wardak, en Afganistán. 17 de febrero de 2010. Fotografía: Sargento Russell Gilchrest (Ejercito de los Estados Unidos)
Se trata de un juego bien simple: dos hombres miden la fuerza de sus brazos derechos, asida la mano, con los codos en la mesa, para ver quién de ellos tiene más pulso al tratar de doblegar el brazo del oponente. El nombre genérico, o el más conocido, es el de “pulsear”. Lo cierto es que en el español de México “vencidas”, o su paráfrasis, “jugar a la vencidas”, es lo más familiar. En la Ciudad de México también se dice, entre los niños, hacer “fuercitas”. En teoría, gracias a esta perentoria competencia es posible saber quién posee más fuerza física.
Como práctica, de uso y costumbre, sería muy interesante preguntarse en cuántas culturas existe y a qué tiempos se remonta: así, podríamos inscribir en un contexto más amplio ese gesto tan impropio como el de las vencidas. Hacer una historia general de las vencidas sería tan complejo como ocioso. Quizá ya en las mesas de alguna taberna, carreteros del pueblo llano, se sometían a la competencia de sus brazos; veteranos de guerra en los tiempos de la bayoneta presumían su hombría pulsando; comerciantes o amantes del cuchillo apostaban a sus propios bíceps la euforia de la tarde; quizá ya se hacía desde tiempos remotos.
Realmente no recuerdo muchos ejemplos, por no decir ninguno, de vencidas en la literatura. Se me antoja haber leído algún fabliaux, —esos relatos medievales, llenos de historias de adulterio, hurto y veleidades— donde alguien pulseaba. Pero no lo sé de cierto. Quizá en algo posterior, como Manon Lescaut Creo que más bien las vencidas figuran en la memoria colectiva de las malas costumbres, y punto. Cosa segura es que es de mal gusto jugar a las vencidas y no sólo en nuestras maneras, en las maneras hispánicas, sino también en otras culturas. No es la imagen que uno quisiera conservar de una persona.
Aunque sí que recuerdo un ejemplo literario preciso. Gustave Flaubert, ese genio inclinado a retratar el mal gusto, en el capítulo IV de la primera parte de Madame Bovary, narra la boda entre Charles Bovary y la futura desposada, Emma. Flaubert, de principio a fin, en todas sus novelas, consigue que sus personajes sean idénticos a sí mismos y tengan comportamientos y rasgos coherentes. Emma, como ya se sabe, desea, pero no desea sólo objetos, sino algo más allá de ellos; desea lo que le puede conferir la posesión de esos objetos: un estatus, una transcendencia, la consumación de un ideal. Sus deseos no son de este mundo, y cuando aparentan serlo, remiten a un mundo imposible o perdido. Desde que Flaubert nos la dibuja como la hija del paciente de Charles, ya muestra su tendencia a lo exótico, su tendencia a poseer objetos que alguna lectura de la vida parisina le dictó. Cuando Charles la conoce, Emma le ofrece curaçao. ¿Por qué una muchacha provinciana, hija de un normando común, en el siglo XIX, tiene un licor caribeño en su barra?
No es de extrañarnos pues, que una vez que sedujo al joven viudo Chales Bovary, inspector de salud que no llegó a ser médico, haya pensado en casarse à la lumière des flambeaux (a la luz de las antorchas), con la luna en el horizonte, romántica y noblemente, y no a la manera usual en su provincia. A Emma no pudo ocurrírsele semejante extravagancia espontáneamente: lo leyó en alguna novela evocativa, en alguna revista de la vida parisina, se lo indicó cierta nostalgia por un mundo que no conocía. A su deseo de un matrimonio romántico, en todo su sentido decimonónico, se le impone la verdad. Este es uno del episodios quijotescos del personaje. Más allá de la oposición entre la voluntad de Emma y la resistencia del mundo, se deja ver la inclemente verdad novelesca con la que Flaubert define a su personaje: el deseo de Emma no se puede colmar porque no hay relación entre lo que desea y lo que realmente está en condiciones de obtener.
En vez de la boda añorada, la recién Emma Bovary tiene una fiesta típica y ridícula en la que el pastel se desborda del betún que le pusieron y hace mal juego con la repostería de mal gusto que está sobre la mesa, hecha por un confitero de Ivetot. Su padre se pone borracho. Los invitados, cuarenta y tres, algunos familiares de Emma, hacen lo propio de los gamberros: quieren escupir alcohol por los cerrojos, espetan majaderías y, claro, juegan a las vencidas: “hubo quien se sostuvo sobre el pulgar, se levantaron pesos, se hicieron juegos de fuerza.” La maestría de Gustave Flaubert es tanta, que uno de los primeros fracasos rotundos del deseo de Emma Bovary es una escena cómica: el escenario grotesco de la realidad se quita el velo del ideal. El mundo en su fealdad difumina cualquier ilusión de maquillarlo con lo que se espera de él: el superyó romántico, ese nacido de las lecturas de los lugares prodigiosos, de la fuerza de la naturaleza, de la soledad terrible y profunda, del amor religioso inspirado en las novelas de jóvenes suicidas, ese superego del bovarismo, se desmorona con la presencia final, en la boda de Emma, de dos personas que juegan a saber quién tiene más fuerza en los brazos. En vez de casarse aux lumières des flambeux, se casa a la luz de los borrachos; en vez de casarse con un hombre aristocrático, se casa con un conformista que no pudo llegar a ser médico y que el día de la luna de miel, parecía él “la virgen” de la noche de bodas.
Parece inevitable, después de este episodio, no ver a las vencidas con otros ojos. Cómo no interesarse, al ver a dos personas, en ocasiones de lo más espontáneo o de lo más solemne, batirse en duelo de fuerza. Quizá antes de que el mundo nos revele su definitiva fealdad, es mejor que nos adelantemos a él; cuanto más si estamos esperando la coincidencia perfecta entre lo que deseamos y lo que obtendremos, vale la pena mejor improvisar una mesa para doblegar el brazo del contrario. Quizá no haya otro remedio.