Tierra Adentro
Fotografía por Pixabay.

El mundo de los títeres es tan amplio como desconocido para muchos amantes y hacedores del teatro. Con su arte los titiriteros dan vida y voz a todo objeto inanimado, convirtiendo al mundo en una fábrica de personajes, por ello y debido a su diversidad no es raro que haya surgido la necesidad de reunirlos en un sólo lugar.

En esta ocasión, entrevistamos a un miembro de Titirinet As, uno de los espacios que en un tiempo muy breve se ha posicionado entre los más importantes medios de difusión de dicho sector.

Itzel Lara: ¿Cómo surge la idea de crear una “página” que reúna a todo el gremio titiritero?

Titirinet As: Hace poco más de un año asistí a un espectáculo de títeres y me re encantaron, fue así que me entró la curiosidad de conocer más a fondo este arte, saber más de sus orígenes, saber cómo y bajo qué condiciones se realiza el teatro de títeres en México; conocer de esto me llevó a hacerme otras preguntas, en verdad me parece algo muy interesante… Hice la página y poco tiempo después se integró una creadora que entre las disciplinas que ejerce también está la de los títeres, ella estaba incapacitada por motivos de salud y dedicaba mucho tiempo a Titirinet As.

Afortunadamente ya se restableció del todo y regresó a sus menesteres, lo cual implicó despedirse de la página, aun así estamos muy contentos con el trabajo que realizó.

Después invité a un joven que sí es titiritero y aquí estamos. Debo confesar que el mérito de Titirinet As se debe a él, pues ha manejado con mucha inteligencia la idea. Estamos muy satisfechos porque creemos que hemos podido darle un sentido positivo al Facebook, darle una utilidad por lo menos informativa de quiénes son los que hacen el teatro de títeres, no sólo en México si no en muchas partes del mundo.

IL:   ¿Por qué hacer anónimo a Titirinet As ?

T.A.: Creímos que así evitaríamos “suspicacias” y digamos que se ha cumplido en un alto porcentaje, aunque siempre habrá quien desconfíe del que está del otro lado.

Claro, se evita que haya confrontaciones directas entre personas y ha funcionado; en Titirinetas cuidamos siempre que todo se haga con respeto, nuestro fin no es confrontar, nuestra meta es difundir, existe mucha cordialidad con los titiriteros, ellos han aceptado nuestro anonimato porque se dan cuenta que nuestra propuesta es positiva, sin sesgos.

IL: ¿Existen requisitos que se deben cumplir para integrarse a Titirinet As?

TA: No, en lo absoluto, es una página abierta a toda persona interesada en el arte de los títeres, sea titiritero o no.

 IL: ¿Cuál ha sido el impacto en la difusión del teatro de títeres que ha provocado la aparición de Titirinet As?

T.A.: Pues sí es impresionante la propuesta, esta red se ha ganado un lugar dentro del medio del arte del títere. Cuando los compañeros comparten algo, algún evento, algún estreno de obra, algún curso o taller ya nos consideran para el apoyo en la difusión y eso es muy bueno para nosotros porque quiere decir que la propuesta por la que creamos este perfil funciona; y no sólo en México, también en otros países de habla hispana y de otros idioma nos tienen de amigos, hasta en Rumania, por ejemplo, India, China, esto es algo muy valioso. Ser un medio de apoyo en difusión al servicio de los titiriteros.

Hemos buscado las estrategias para tener presentes a todos nuestros amigos en nuestro muro, por eso, por ejemplo, implementamos felicitar a los cumpleañeros día a día, ¿si no para qué sirve tener 2 000 amigos si nada más platicas con 20?

Buscamos mantener contacto con todos, es una tarea ardua, como cuando se hizo el censo de titiriteras en México, teníamos que preguntarles a todos. Fue un éxito, tan así que la compañera Elvia Mante lo utilizó para poder avanzar en un censo del mismo tipo en la dirección de UNIMA (Centro Mexicano de la Unión Internacional de la Marioneta A.C.), México, ya que anteriormente no había podido echarlo a andar, así que utilizó el nuestro para retomarlo.

Eso es padre, porque es algo que nosotros hacemos con gusto, sin ningún interés estratégico, desde el anonimato, ¿así que beneficio podemos sacar? Sólo el de ser seguido por los compañeros.

IL: ¿Qué planes tienen para el futuro? ¿Cómo se visualizan de aquí a cinco años?

T.A: Ninguno en específico, estaremos viendo la manera de estar siempre vigentes, buscando hacer cosas novedosas hasta donde se pueda, si algún día los amigos ya no se interesan por lo que hacemos nos vamos como venimos, así simplemente desaparecemos en el anonimato…


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad de México, 1980. Dramaturga. Autora de Aún no recuerdo su rostro (FETA 2014). Fue Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2009-2011) y de Jóvenes Creadores, FONCA, (2008-2009). Participó en los talleres de The Royal Court of London y realizó una residencia en la misma institución en marzo del 2013. Su obra Anatomía de la Gastritis, traducida al francés por David Ferré, fue editada por la editorial Le Miroir. Ha publicado Editorial El Milagro; Los Textos de la Capilla, segunda generación; Tierra Adentro, Buena tinta y la revista Este País. Su guion Distancias Cortas fue publicado en co-edición con IMCINE y Editorial Buena tinta, en 2012.

La anécdota es conocida: alguien le pidió a Borges que diera su recomendación sobre algún escritor joven. Su respuesta: “¿Joven? Hay uno que se llama Virgilio, y que promete mucho”. La broma esconde otra lectura: una recomendación de Borges consagraría en un instante al recomendado. ¿Que define entonces la valía literaria del aludido?, ¿el espaldarazo o el peso de su propia obra?

Es difícil y casi siempre controvertido llegar a conclusiones, consensos o valoraciones justas cuando nos enfrentamos al juicio de eso que hemos dado en llamar “literatura joven”. El primer bache a sortear está en el nombre mismo: si tal categoría entra en nuestro interés como lectores, escritores o críticos ¿es por ser literatura, por derecho propio, o su valor está anclado a una suerte de condescendencia generacional, más proclive a entregar más promesas que obras maduras?

Ahí reside el debate sobre la literatura “joven”: sus premios y valoraciones, sus justas medidas y los mecanismos por medio de los cuales los principiantes se integran al canon. Discusión trillada. En México esta polémica se reiteró desde finales de la década de 1990, momento en que el aparato de premios estatales y becas publicas creció de forma exponencial. Se modificó de golpe un entorno en el cual el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino representaba el único faro de oportunidad para quienes aspiraban a un esquema de publicación seria, a la distribución efectiva de su obra y a un primer reconocimiento que asegurara el arranque de una trayectoria sólida.

El Nandino funcionó como modelo para una serie de premios nacionales destinados a autores menores de treinta y cinco años. Es un hecho que el amparo del sistema permitió que más jóvenes ejercieran la escritura de manera profesional, incluso cuando los resultados en las obras fueran desiguales y acrecentaran la discusión sobre el valor real de los galardones o de sus beneficiarios. ¿Un premio nacional consagra el valor de una obra o su vocación está únicamente en hacerla pública, poniéndola en los estantes?, ¿se trata de un mero ascenso en escalafón?

Acaso la cuestión de fondo es otra: hay ingenuidad en pensar que el incremento en el número de autores publicados y en los recursos destinados a tal efecto aseguren un aumento de lectores. En otras palabras, un aparato de premios públicos no puede sustituir a una economía del libro sostenida en sus lectores. También es cierto que una generación interesada en escribir más es síntoma de una generación interesada en leer propuestas más cercanas a la sensibilidad de su tiempo y su entorno.

Recién llegaron a librerías tres títulos de autores jóvenes que en 2013 recibieron galardones nacionales y ya forman parte del catálogo del Fondo Editorial Tierra Adentro: Dodo, de Karen Villeda, Musiquito del talón, de Alfonso López Corral, y La línea de las metamorfosis, de Mario Sánchez Carbajal, obtuvieron los premios de Poesía Joven Elías Nandino, el de Cuento Joven Comala y el de Cuento Breve Julio Torri, respectivamente. Leerlos a la par arroja luz en el debate sobre el mecenazgo público: se tratan de propuestas en formación y suficientemente sólidas, cada una tiene sus virtudes, fallas, aciertos y particularidades que ameritan una lectura cuidadosa.

En este entorno repleto de propuestas, pero aún carente de una base suficiente de lectores, la actividad de este sello y de los premios estatales son catalizadores de la literatura emergente. Es importante decir que un aparato de premios públicos no puede sustituir a un mercado del libro basado en los lectores, pero el costo de no impulsar estos programas sería más alto, sobre todo frente al avasallamiento de las grandes editoriales corporativas.

Con Dodo, Karen Villeda (Tlaxcala, 1985) obtuvo el primer Elias Nandino entregado a una poeta en trece años (Gabriela Aguirre fue la última en 2003). En este poema narrativo acudimos a un relato de trasfondo histórico situado a medio camino entre lo lúdico, lo épico y lo erótico: siete marineros, en algún punto entre el siglo xvi y xvii, naufragan en las costas de la Isla Mauricio, en el océano septentrional del sur de África; una región y una época marcadas por la exploración marítima de nuevas rutas comerciales, inmortalizadas en los relatos de Defoe, Stevenson, Conrad o Patrick O’Brian. Su hallazgo está en el uso de la enumeración como un recurso visual y rítmico de plena plasticidad: “Siete barriles desvencijados. Siete barriles como pretexto para catorce brazos. Cuarenta y nueve sacos, sacos de harina de trigo sarraceno para el ánimo púgil. Moscas, un ciento. Siete camisolas que palidecen con siete barriles. Sal por puños. Catorce brazos rivales, siete mares, una escotilla”. Es un recurso del cual la poeta abusa en varios momentos, aunque aporta una musicalidad liquida y juguetona.

Dodo fluye a través de pinceladas fugaces, oraciones ajustadas y ráfagas de calor que a veces son violentas, “Rezamos con más fe ahora que nunca. Hincamos el diente. Le metemos el puño en la boca”, y a veces sensuales, “El Almirante pinta sus labios de sangre. Suena seis marineros sodomizando a una embarazada”, pero siempre brutales. Su fijación por el detalle se despliega en sensaciones y referencias que hacen pensar en una pintura flamenca vista con el filtro de un Robinson Crusoe. Se trata de una “métrica sin números”, basada en la repetición y la acumulación de consonantes agresivas.

El dodo del título aporta dimensión simbólica a un espacio tradicionalmente mítico: la isla desierta, meca de una virilidad salvaje y sudorosa que en Dodo aparece acrisolada en símbolos: el mástil, la madera, la piedra, la sal, el sudor, la sangre. Sin embargo, también es el punto débil del poema: su simbología verbal tiende a volverse criptica e innecesariamente densa en algunos pasajes, expulsando al lector de la atmosfera tan bien lograda hasta ese momento.

En otro cosmos más cercano se despliegan los relatos de Musiquito del talón, del sinaloense Alfonso López Corral (Sonora, 1979). Se trata de una apuesta a contracorriente de la cuentística posmoderna: nueve relatos de factura clásica que denotan un aprendizaje de las texturas de Cormac McCarthy o Raymond Carver, a través de un lenguaje pulido y ajustado que denota una lectura cuidadosa de la obra de Daniel Sada y Eduardo Antonio Parra.

Los cuentos reunidos en Musiquito del talón aspiran a capturar el ethos de un lugar a través de las vidas minúsculas de personajes casi anónimos que viven atrapados por dramas interiores. Se trata de Navojoa, ciudad natal de López Corral, hoy lastimada por la violencia del narcotráfico y por los efectos más perversos de la industrialización. El narrador acierta al dotarla de personalidad literaria, pero también evidencia el riesgo de repetirse a sí mismo en el futuro.

La virtud más destacable del libro es su evasión de los lugares más comunes de la literatura fronteriza. Aquí, un juglar del corrido recoge y canta historias ligadas al crimen mientras un decorador de interiores se ve obligado a remodelar una desvencijada casona histórica, sospechando que el encargo proviene de uno de los carteles de la región; cerca, una madre y la nuera a la que nunca quiso se ven forzadas a compartir un café para hablar del hijo y esposo que desapareció sin dejar rastro.

Habitantes de una ciudad invadida por la nostalgia y carcomida por su propia memoria, los pobladores de Navojoa parecen atrapados en un limbo bronco donde carreteras, casonas, gasolineras, iglesias y cantinas se erigen como guardianes de historias casi olvidadas. Tiene gracia que el volumen haya recibido el premio Comala ya que su mundo busca hermandad con el de Juan Rulfo: un espacio fantasmal de tierra caliente donde las sombras cuentan su historia y llegan ecos de otro tiempo devastado por sus propias pasiones. Entre los títulos aquí abordados, es este el que exhibe mayor solidez, al ejecutarse con estilo y en conciencia de sus propias limitaciones.

Por último, las piezas breves reunidas en La línea de las metamorfosis hicieron a Mario Sánchez Carbajal (Distrito Federal, 1983) merecedor del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri en 2013. Se trata de un volumen irregular que combina destellos de gran vuelo técnico con momentos prescindibles; son miniaturas que caminan en la frontera entre el realismo urbano y géneros como el terror, la distopía, el thriller o el humor surrealista.

Los textos muestran vocación de fracturar la realidad para después escurrirse entre sus grietas: un hombre ve en el noticiero el reporte de su propio deceso en un accidente; otro lee en un periódico amarillista el relato de un accidente fatal, antes de morir víctima de la misma circunstancia; una familia se resigna a convivir con una sombra sin cuerpo, que perteneció al difunto padre; un vagabundo recorre las calles de una colonia bajo la leyenda de haber matado y comido a sus propias hijas.

Cabe aquí un apunte a la vocación del Premio Julio Torri y a la ambigüedad intrínseca en un género como la minificción. Confundir la brevedad con el boceto o la ocurrencia es confundir gimnasia con magnesia. Por ello, en los últimos años del galardón, el rango de calidad de las obras premiadas ha oscilado entre el formalismo pop (pienso en Motel Bates, de Yussel Dardon, ganador en 2012) y trabajos perdurables que portan la mejor herencia del propio Torri (aquí pienso en Todo esto sucede bajo el agua, de Rodolfo J.M., de 2008). La línea de las metamorfosis se devanea entre un extremo y otro, víctima de su propia falta de unidad, y solo resiste una lectura fragmentaria.

Mientras el Dodo de Villeda denota el estudio atento de la tradición y el entorno histórico a los que homenajea, y Musiquito del talón se alimenta de escuelas narrativas identificables, los cuentos de La línea de las metamorfosis nacen de una variedad de registros más amplia, que van de la nota roja a la ciencia ficción, la mitología del terror —el canibalismo, el doble— o los registros audiovisuales. Son paisajes marcadamente atmosféricos: tristeza, ironía, inquietud, patetismo, reminiscencias lóbregas. Los tres libros coinciden en la búsqueda de efectos precisos en el lector. Curiosamente, su mayor diferencia está en los recursos con los que cada uno construye y articula esos efectos.

Estos títulos son propuestas que no aspiran a la consolidación sino al afianzamiento de estilos y de obras que se proyectan hacia el futuro en rutas bien definidas, con una vocación auténtica de búsqueda y una conciencia clara de sus propias limitaciones. En adelante, sus autores deberán apostar por un esquema de distribución editorial que lleve las propuestas a sus receptores potenciales, a los lectores y que, usando un término de Gabriel Zaid, “el libro sea capaz de iniciar una conversación”, al tiempo que eleve el nivel de esa conversación que es toda literatura. Si eso pasa, la edad del autor importará poco.

Nota del editor: Una errata en el texto original indicaba que María Rivera había sido la última ganadora del Elías Nandino, en el 2000. Hemos corregido este importante detalle en el presente texto.

 


Autores
(Distrito Federal, 1988) ha colaborado en publicaciones impresas y electrónicas, entre ellas Punto de Partida, Cuadrivio, Ágora y Periódico de Poesía.

El Programa Cultural Tierra Adentro informa que los resultados de los premios literarios serán dados a conocer como se indica:

  • Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras / Border of Words 2014, miércoles 4 de junio.

  • Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2014 y Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, jueves 5 de junio.

Esto se suma a nuestro anterior anuncio sobre que el resultado del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2014 será dado a conocer el mes de junio del año en curso.

Consulta los principales diarios de circulación nacional y esta página para conocer los resultados.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía por Pixabay.

Existen trabajos físicamente sencillos pero intelectualmente complicados. Lo mismo existen trabajos que requieren de mucho esfuerzo físico pero que necesitan tan sólo la concentración necesaria como para no tener un accidente. Pero hay otro tipo de trabajos que están más allá de lo físico o de lo intelectual: ese es el trabajo de velador. Al velador se le ha bautizado con muchos nombres, o hay otros oficios que implican o engullen al del velador: el conserje, el portero, el guardia o el “poli”. Es preferible la palabra velador a cualquier otro mote, antes que nada, por la singularidad que entraña “velar” por los demás, en cuanto a la vigilancia y en cuanto a que es un oficio que se practica de noche, cuando velar es preciso. Es un oficio nocturno, esencialmente cubierto por el manto de la noche.

Esos personajes, los veladores, los vemos con toda cotidianeidad; pese a la extrañeza del oficio están por todas partes y, de hecho, son parte esencial del funcionamiento de una ciudad. Al parecer no es desgastante estar sentado velando por la seguridad de bodegas, pensiones de autos, estacionamientos, condominios o edificios de gobierno o empresas, pero háganse a la idea de pasar al menos 12 horas sentados, viendo entrar y salir a la gente, ver el mundo pasar desde un cuarto reducido cuando la ciudad se entrega a sus bajas pasiones, desde que el sol se va hasta que vuelve a salir. Es cansado velar. Por el contrario, no creo que la dificultad de su trabajo radique en el aburrimiento; antes bien, el cansancio y la dificultad viene de renunciar no sólo al descanso nocturno, sino renunciar también al placer que se consuma de noche, a aquello que está estipulado hacer cuando el sol ya no devela nuestra euforia.

Como bien dije, no es un trabajo aburrido. Si lo pensamos bien, velar implica el privilegio de la mirada. El velador está en condiciones de construir un inventario peculiar de caracteres, cuanto más si trabaja en un edificio residencial: allí está la familia ejemplar, abatida por la rutina: siempre llegan a la misma hora, sacan el coche cuando van al súper, los sábados por la mañana; allí está el estudiante: sus fiestas peculiares de viernes por la noche, la luz prendida hasta bien entrada la madrugada, la dicha de la pobreza involuntaria; allí está la abuela que no visitan sus hijos; allí está el adulterio inminente o patente, consumándose con el consentimiento de la distracción y el tiempo libre; allí está el soltero empedernido, que todos los fines de semana sale galante para probar de nuevo su suerte; allí está la vecina o el vecino prepotente: siempre atentos para proferir un reclamo, el velador intuye que lo humillan porque ellos, a su vez, son humillados. El velador conoce la vida íntima de quienes viven allí y si su interés es interpretarla no tiene por qué aburrirse.

Para ser franco, mi afinidad por los veladores no fue espontánea. Hace años que leí Auto de fe de Elías Canetti. Los personajes de esta novela, todos, se encuentran afectados por un tipo de locura, una locura sutil que yo calificaría de locura ordinaria. El protagonista, don Peter Kien, es un sinólogo erudito, con una colección bibliográfica más que respetable —de 25 mil volúmenes—. Conoce a Teresa, una doméstica interesada, tacaña y paranoica quien termina por despojarlo de su propio departamento, no sin ayuda de Benedikt Pfaff, el portero: el velador. Aunque todos los personajes sean fascinantes, ninguno me causó más impresión que Benedikt, ni siquiera Sigfried Fischer, un ajedrecista enajenado que vive en un burdel. Benedikt Pfaff, amante del orden, con aspiraciones militares y de espíritu pro-fascista, ha elaborado una teoría para cada uno de los habitantes de su edificio. Sabe a que hora llegan, cuáles son sus inclinaciones, de qué manera viven sus vidas. Además de un puesto de vigilancia estándar, Benedikt construyó otro más discreto y eficaz: un pequeño orificio desde el cual puede ver tan sólo las piernas de las personas que entran y salen. Con sólo ver los pantalones y la forma de caminar sabe de quién se trata, a qué condición pertenece y, digamos, la naturaleza de sus sentimientos.

Benedikt Pfaff es fuerte, pelirrojo, velludo y misógino. Le gusta el orden y el control. Ha encontrado en ese trabajo el pretexto perfecto para hacer lo que siempre quiso: vigilar. Lo que parece más sorprendente es que ha renunciado a toda prerrogativa personal y ha identificado su trabajo con su intimidad. Nunca se le ve haciendo otra cosa, vive para observar desde su diminuto gabinete: allí tiene una cama, allí come, allí se asea. El empeño depositado en su tarea sólo puede ser una forma de demencia. ¿Qué clase de atención y de observación se necesita para poder reconocer a una persona, a un extraño, sólo con ver sus rodillas? La mente de Benedikt Pfaff no se entretiene ni con la televisión: está empeñada en desentrañar hasta el más mínimo de los detalles que percibe. Es un observador de tiempo completo.

¿En qué se entretiene la mente de un velador solitario? Divaga, configura, trama. A veces lee (el libro vaquero, novelas policiales, revistas, periódicos; alguna vez vi a un velador leyendo El jugador, de Dostoievski); otras veces ve la tele; en otras ocasiones deja que su imaginación lo entretenga. ¿En qué se entretiene un velador? ¿Qué clase de pensamientos tiene un velador?

Por el tiempo en que terminé de leer Auto de fe conocí a un velador que me conmovió. Era la víspera de Año Nuevo; de hecho, faltaban dos horas para que fuera Año Nuevo. Mi primo y yo fuimos a dejar una camioneta a una pensión para poder correr despreocupados a emborracharnos. Nos recomendaron esa pensión: “allí encárguele la troca al señor Aguirre”. El señor Aguirre no traía uniforme, traía puesta una playera blanca, fajada, una chamarra negra con forro de borrego, un pantalón almidonado y una botas de ganadero. Su barba era de días y su manera de hablar la de un hombre de pocas palabras.

—¿Cuántos años va dejar la troca?— Nos dijo a manera de chiste, sin mover su gesto imperturbable.

—Nada más dos días— le respondimos.

—Allí estaciónela. Si no puede o no sabe, mejor présteme las llaves.

Después de estacionar la camioneta, pasamos a recoger nuestro comprobante. Mientras escribía la fecha y el número de placas no pude evitar ver la decoración de su cubículo. No había nada en las paredes. Había un catre tendido con un zarape rayado, una televisión diminuta en blanco y negro y una cajita de té Lagg’s. No estaba desordenado, pero estaba lleno de polvo.

—Si vienen en la madrugada por la camioneta nada más toquen en el portón y griten “¡Aguirre!”. Voy a cerrar el portón a la una de la mañana. —Fue la observación que hizo; suficiente información para saber que iba a pasar Año Nuevo allí, trabajando.

¿Qué clase de espíritu se forja cuando se tiene un trabajo como el de velador y cuando se trabaja incluso en los días que consideramos más importantes? Por Elias Canetti nos acercamos a la forma de pensar de cierto vigilante ficticio llamado Benedikt Pfaff. Por ese interés impostado que Canetti despertó en mí al menos conseguí imaginarme las dimensiones de la extraña vida interior de Aguirre, ese velador de pensión que no sonreía.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.
Imagen por César Chávez.

En el centro de la ciudad hay una galería de nombre La Chicatana. Las chicatanas son hormigas voladoras que nacen durante la época de lluvias y que se comen en salsas Este espacio surgió en el 2011 para difundir a artistas emergentes de distintas disciplinas, justo después de los acontecimientos sociales del 2006. En esa época, muchos artistas callejeros protestaban clandestinamente en los muros de la capital. Después surgieron colectivos como ASARO, Asamblea de Artistas Revolucionarios de Oaxaca, y luego centros culturales como el Espacio Zapata, donde podían mostrar su obra. También buscaban la oportunidad de exponer arte no convencional: grabado, esténcil, grafiti, alejado de las galerías y lo que se consideraba arte oaxaqueño.

César Chávez dirige actualmente La Chicatana. César es artista plástico, se dedica sobre todo al grabado, una técnica de impresión muy noble porque resulta fácil de difundir y por ello constituye, en cierto sentido, un arte democrático. César se considera heredero de lo que llama la generación del IAGO, ya que gracias a esta institución el grabado adquirió relevancia en la capital. El Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca fue fundado por el pintor Francisco Toledo en 1988,cuenta con una biblioteca especializada en gráfica, única en Latinoamérica; el cineclub El Pochote —el primer sitio de esta ciudad donde empezaron a proyectar cine de arte— el Centro Fotográfico Álvarez Bravo y la Fonoteca Eduardo Mata.

El 9 de mayo se expuso en La Chicatana Pájaros, una serie de acuarelas de Gustavo Mora, artista plástico mexicano que reside actualmente en California. En Pájaros predominan los colores oscuros y contrastantes, incluso da la impresión de que esos animales no se encuentran vivos sino muertos y han sido retratados durante su último vuelo. No son dibujos realistas sino figurativos, personales, casi manchas sobre el papel, como tampoco lo son los grabados de César Chávez, característicos por albergar una fauna monstruosa, una serie de visiones esperpénticas sobre la condición humana. Aquí también ha expuesto recientemente Pavel Acevedo, artista oaxaqueño que vive en Riverside y que hace retratos increíbles, retratos a veces monumentales y grotescos. La belleza en ellos es siniestra, un puente que también define lo que consideramos real. Pavel trabaja entre la gráfica impresa y el dibujo, le interesa llevar el rostro por diversas técnicas gráficas para afectar su representación tradicional, para desconfigurarlo o deconstruirlo.

El más reciente trabajo de César se llama Refugios, banquetes y otras perversiones. El título hace referencia a Secreciones, excreciones y desatinos, del fenomenal escritor brasileño Rubem Fonseca, y a Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones de Charles Bukowski. Sus grabados retratan esa misma violencia explorada por los escritores y por el arte en general, mostrando que al centro de todas las acciones humanas se encuentra una naturaleza destructiva, una grieta donde en ocasiones caemos.

Sus personajes se sientan a disfrutar de ese festín maquiavélico, un banquete donde además se devoran a sí mismos, como en el cuento “La carne” de Virgilio Piñera. No obstante, en el mismo terreno destructivo que los hace seres sin espíritu encuentran algo más: el territorio del goce, de los sentidos y placeres, pues esa vorágine ofrece también un poco de libertad. En los personajes de César persiste esa búsqueda voraz, un intento por satisfacer los deseos más elementales y alimentar al monstruo, dejarse arrastrar y seducir por su encanto.

Todo arte es político. Se trata de violentar la materia para crear algo hermoso, de deconstruir el espacio y develar otro mundo, al menos como posibilidad. Hay en él un ejercicio básico del intelecto y del espíritu: decir sí o no es ya elegir una postura, aclararse un panorama. En Oaxaca, esa voluntad sigue siendo motor de lo artístico, acaso por su inmediatez, acaso por su historia o porque si algo caracteriza a este sitio es su diversidad cultural, el hervidero de identidades y formas de traducir la realidad.

La Chicatana y otros proyectos culturales de esta ciudad intentan hacer accesibles diferentes discursos artísticos, que no son otra cosa sino opiniones en torno a los asuntos más elementales como la naturaleza, el deseo, la inconfundible otredad, las identidades contradictorias y el amor. César Chávez me dice que su propósito es generar movimiento y democratizar el territorio artístico, reapropiarlo, o mejor dicho, expropiarlo. Resulta complicado para la gráfica competir con un mercado que pide estéticas ya conocidas, derivadas, por supuesto, de los estilos de los grandes pintores oaxaqueños.  En todos los ámbitos, vemos cómo surgen proyectos independientes: editoriales, proyectos cinematográficos, espacios de exhibición y de creación, revistas, encuentros. Quizás esta sea una característica latente en la vida cultural de Oaxaca, una forma de expresar las opiniones y redirigir la mirada hacia las cosas que se dan por hecho, con un propósito de cambio o por lo menos de interacción. El sentido, supongo, se encuentra en aquella vieja enseñanza que promueve vivir lo colectivo, derribar las barreras que impone el individualismo atroz.

 

 

Aquí una pequeña muestra de los artistas Pavel Acevedo y César Chávez.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Al poco tiempo de haber escuchado por primera vez acerca de la banda (por un comentario de Vicente Jauregui, guitarrista de Capo, si la memoria no me traiciona), doy con el video de “Como Kerouac on the road” y me encuentro con un quinteto que recorre parte del Centro Histórico con ukelele (¿o será cuica?) y melódica, para finaliza con un set en la azotea de un edificio que deja ver en la lejanía la Torre Latinoamericana.

Luego me entero de sus proyectos actuales: arman un pequeño documental, afinan su disco debut ―de evocación literaria― y, el sábado 17 de mayo, formarán parte del Festival Marvin, que se enfoca en proyectar talento emergente. Con estos elementos llego a tener un acercamiento y conocer más detalles de esta agrupación que absorbe distintas expresiones del folk, al tiempo que se enorgullece del legado de Rockdrigo ―el profeta del nopal―. Le dirijo mis inquietudes a Israel Ramírez, el eje sobre el que se mueve este proyecto que está oxigenando al rock nacional y que destaca por lo impredecible (se puede presentar en vivo de solista o acompañado de un ensamble de hasta ocho músicos).

En general se entiende la palabra gazapo como mentira, pero también es el título de una novela de Gustavo Saínz ―miembro de la literatura de la Onda―. ¿Por dónde iban ustedes al momento de decidir usarla para titular su disco debut?

Primero, me enamoró la novela de Saínz: la historia de amor entre Menelao y Gisela y todas las aventuras que le suceden a ese adolescente en la Ciudad de México de los años sesenta. Me enamoró tanto que le hice una canción, una interpretación muy subjetiva de la novela y de cómo se relaciona con mi propia vida. Creo que todos fuimos alguna vez Menelao y algunas otras Gisela. Por otro lado, me atraparon los significados de gazapo: cosa malsonante, cría de conejo, embuste o mentira. Tres conceptos que introdujimos al sonido realizado por la banda y el productor, Jorge Atristain, y en el arte, realizado por Óscar Coyoli. Es el primer disco, un nuevo conejo, malsonante y mentiroso.

Belafonte Sensacional es, por decir lo menos, un nombre poco usual y divertido. ¿A quién homenajean con ese nombre?

Es una cadena de homenajes. En su película The Life Aquatic With Steve Zissou, Wes Anderson hizo un homenaje al gran explorador del mar Jacques Cousteau, quien viajaba por el mundo en su barco llamado Calypso. Wes Anderson bautizó al barco de Steve Zissou (otro gran explorador del mar) como el Rey del Calypso: (Harry) Belafonte. Yo terminé haciendo un pequeño homenaje a Wes Anderson al usar el nombre de su barco. Me pareció ideal que un proyecto musical tuviera el nombre de un barco: un objeto que está en movimiento constante, llegando a diversos puertos.

Lo Sensacional es definitivamente un tributo a Sensacional de Traileros y a todos esos comics con personajes de bigote fino y chichis enormes.

 “Yo te quiero de aquí a Torreón” es una frase que alude a la provincia mexicana, pero el rock nacional sigue centralizado. Ustedes usan este motivo en una canción, aun cuando el D.F. concentra medios, espacios, etc. ¿Cómo ven ustedes tal situación?

El rock no está centralizado. Nadie puede centralizar el rock. En una colonia de un pueblo que no conocemos hay un carnal tocando la guitarra y sacando sus primeros covers, en el metro hay Mc’s que improvisan rimas entre los pasajeros mientras que un DJ está haciendo música en su cuarto; hay escenas chingonsísimas en Guadalajara, Monterrey, Chiapas, Tijuana, Xalapa, Puebla: desde rock progresivo hasta cumbia.

La que está centralizada es “la industria” y eso se combate con esfuerzos locales, entre las bandas, organizándonos para crear nuestra propia industria. Los Grises son un ejemplo de cómo se puede pasar del “Do it yourself” al “Do it together”. Y es un modelo que, yo creo, las bandas “independientes” debemos fomentar.

Su sonido tiene una parte que se adapta muy bien a lo acústico, suena completamente orgánico, ¿piensan que están surgiendo bandas que se interesan por ir en rumbos musicales distintos y ya no repetir los patrones existentes?

Creo que en estos momentos, como en toda la historia del arte, hay dos formas de hacer las cosas: una es fomentar los patrones existentes, formar parte de una tradición y la otra es romper con esos patrones a través de la experimentación. En este momento, la banda está en el proceso de reconocer sus propias tradiciones, de hacer una revisión de dónde venimos, qué música nos ha formado y cómo podemos apropiarnos de la tradición. Lo que sigue es romper con eso y tratar de crear algo nuevo. Ahí estamos.

“Como Kerouac on the road” es otra evidencia de su veta literaria, ¿puede la literatura compaginar bien con la música?

Compaginan muy bien y ya llevan rato saliendo juntos. La literatura ha inspirado discos y canciones, y la música ha inspirado novelas y poemas.

¿De dónde viene la idea de dedicarle una canción a San Charbel, uno de los santos menos conocidos pero que tiene un templo en pleno Centro Histórico?

“¿Quién es San Charbel?” es una historia de hipocondría. Un domingo tuve una crisis, estaba solo en casa y se me metió la idea a la cabeza de una enfermedad terrible que me mataría. Mi doctor no estaba y no encontraba el teléfono de mi psicoanalista. Lo único que encontré fue un San Charbel que me tiró paro. No soy creyente pero me tiró paro. Me puse a rezar y después le hice una canción. Es, en realidad, una triste canción de despedida en el contexto de una hipocondría. Al rock mexicano, además de chichis y vergas, le hace falta una espiritualidad que no caiga en el jipismo barato ni en el proselitismo idiota, sino una espiritualidad de la que uno pueda hacer historias y reírse de uno mismo.

La cosa es que la mayoría de las canciones de Belafonte son autobiográficas, llenas de referencias de la Ciudad de México y sus personajes; cuentan historias tristes, cantadas desde una alegría inusual.

Se dice que Gazapo tendrá un tiraje en casete, ¿de dónde viene el interés por revivir un formato que parecía extinto?

Nostalgia y exploración de formatos para presentar nuestra música. El casete fue el primer medio donde escuché música, donde descubrí tanto a los Beatles como al Three Souls in My Mind y Rodrigo González. Ahora que la mayoría de los escuchas recolectan canciones en sus gadgets, me pareció que era buena idea darles un objeto coleccionable.

¿Cuáles son las figuras del folk contemporáneo que inciden sobre el sonido de Belafonte? ¿Son muy clavados con la música vieja?

En la banda nos gusta todo, del metal y el blues a la salsa y el reguetón. En lo particular me han influido a la hora de componer: Wilco, M. Ward, Bright Eyes, Bill Callahan; además nos gusta el folk viejito de Woodie Guthrie, The Kingston Trio, John Fahey, Vasthi Bunyan, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Nick Drake. Para este disco nos influyó mucho Jaime López, Rodrigo González y Trolebus.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Gumaro de Dios, el caníbal.

La diferencia entre un hombre que mata y el que no se atreve a hacerlo es mínima. Imperceptible. Porque en esencia todos llevamos un espíritu criminal dentro, nace con nosotros, pero logramos esconderlo a fuerza de educación, amistad y un amorfo sentimiento de justicia. Mas en ocasiones se vuelve incontenible y se libera de su enclenque encierro para regarse por todas las venas. Caliente y sublime. Eso es lo que anima al asesino. Esa es la diferencia.

Lo mismo sucede al tratar de diferenciar locura y genialidad.

Según el IMSS, 25 millones de mexicanos padecen un trastorno mental. Se trata de la cuarta parte, aproximadamente. Uno de cada cuatro. Estremecedor, pero nos da una idea de cómo nos hemos acostumbrado a convivir con algún problema mental, sea de nosotros, o de quienes nos rodean.

El límite para traspasar esta cosa que conocemos como razón es transparente. Mas su regreso casi siempre es imposible.

Hay casos emblemáticos, como el de Daniel Johnston, quien nació en California en 1961. Durante su adolescencia comenzó a padecer trastornos mentales que a la postre lo llevaron a un trastorno bipolar. Pero Johnston se aferró a la música y nunca ha dejado de creer en ella. Grababa en cassettes mediante una grabadora casera y luego los obsequiaba a quienes se los pidieran. Poco a poco, sus cintas se volvieron de culto. Gente como David Bowie, Sonic Youth, Beck, The Flaming Lips, Matt Groening y Kurt Cobain alabaron e interpretaron sus melodías. Su música ha sido catalogada como “chispazos de lucidez”. Sus conciertos pueden llegar a ser tan irregulares que a veces sólo canta dos temas. En 2005, su vida fue llevada al documental: The devil and Daniel Johnston. Actualmente vive en Texas y sigue grabando, aunque ya de manera digital.

Hay muchísimos más locos geniales. Como el pintor Richard Dadd, quien, en 1842, degolló y desmembró a su padre; toda su obra posterior la hizo en el manicomio. José María Panero, el último poeta maldito que ha parido España; quien pasó los últimos años de su vida en varias clínicas mentales. Martín Ramírez, el migrante mexicano que, una vez en Estados Unidos y con una esquizofrenia paranoide deteriorada, pintó hasta morir en el albergue donde fue enclaustrado.

Pero también hay quienes enfocan su trastorno en otro tipo de experiencias. Por ejemplo, Armin Meiwes fue un niño normal en la escuela, algo retraído y apartado de sus compañeros. Dentro de su familia vivió las sucesivas separaciones de su madre y al final de su pubertad vivía solo con ella, sometido a una estricta disciplina. Cuando tenía 40 años, de común acuerdo, un 10 de marzo, mató al berlinés Bernd Brandes. Antes de morir, Brandes pidió a Meiwes que le cortara el pene y se lo comieran juntos tras sazonarlo en un sartén con cebolla y ajo. Después, Meiwes lo descuartizó y se comió algunas de sus partes durante los días posteriores.

Al ser detenido, Meiwes no mostró arrepentimiento. Sus vecinos no podían creer que éste, el Caníbal de Rotemburgo –como lo conoció todo el mundo– hubiera hecho semejante cosa. Los expertos que lo examinaron, concluyeron que Meiwes sufre una fuerte perturbación mental y que no podía ser curado por medio de terapia. Fue condenado a cadena perpetua.

Como ese hay muchos casos similares: Jeffrey Dahmer, Andrei Chikatilo o los hermanos Otis y Henry Lee Lucas. Todos ellos, individuos que encabezan las listas de caníbales famosos. ¿Qué motiva a estos hombres al homicidio con propósito de ingesta? Tal vez la última respuesta sea el hambre. Dicen los enterados que los mueve un desbordado afán de poder y control, de apropiación última de la víctima.

Como dice José Luis Zárate en su libro En el principio fue la sangre, “tal vez si los ciervos tuvieran una civilización le dedicarían tanto espacio a los leones, como nosotros se los dedicamos a los asesinos seriales”.

Tal es el caso del Heidnik’s House of Horrors, la obra cumbre de una  banda de punk llamada Serial Killers. Grabado en 1988, este potente acetato es de esos que taladran los tímpanos sin piedad. Tras esta producción la agrupación se disolvió (antes grabaron un EP). Este disco es de culto por una macabra particularidad: como sello de autenticidad, se engrapó en cada una de las mil copias una bolsita con cenizas de algunos restos de las víctimas del asesino serial Gary Heidnik (cuyo método para someter a sus cautivas fue retomado en la novela de Thomas Harris, El silencio de los inocentes). De ahí el nombre del disco y la representación de Heidnik en la portada. Actualmente, este vinilo rojo sangre es una auténtica rareza y, literalmente, inconseguible.

Hace algunos ayeres comencé a leer un proyecto del periódico El Universal llamado “La Revista”, cada lunes me deleitaba con textos de mucha gente, ahí supe de un tipo llamado Alejandro Almazán. Me parecía y me sigue pareciendo que su labor periodística obedece a un olfato que poco a poco ha ido desapareciendo entre el gremio. Porque la inmediatez, las nuevas tecnologías y lo devaluado que resulta en estos días dedicarse al periodismo nos somete a una atmósfera monótona y aburrida. Esa que nos quita las ganas de ir a recoger historias que ocurren por todas partes, esas que sólo esperan a que uno vaya por ellas.

Los de Almazán son textos claros y dinámicos, que demuestran que el autor, además de periodista, es también un gran lector, un hábito que muchos reporteros han olvidado o lo que es peor, despreciado.

En uno de los textos de La Revista apareció, en ese entonces, la historia de Gumaro de Dios. Además de leerlo, se lo recité a mi novia en turno, mientras su mente estaba en alguna tienda departamental. Presté el ejemplar a cuanta gente se me puso enfrente hasta que ya no supe de él. En ese texto se cuenta la historia de un niño de campo que se convirtió en hombre y que en algún momento de su vida entró a la otra dimensión y, desde ahí, mató y se comió a su pareja.

En 2007, la historia se hizo un reportaje novelado (o una novela de no ficción). En Gumaro de Dios, el caníbal (Mondadori, 2007), Almazán amplía este personaje. Nos muestra su lado humano, su papel como humilde obrero, su fugaz paso por el Ejército, la pobreza de su familia y el lazo afectivo que sus parientes afianzan aún más, incluso después de que el caso aterrorizó a México.

Si en un comienzo podemos sentir repulsión por este hombre, al final del libro esta aversión se pulveriza. Como se evapora el odio que puede despertarnos Gary Gilmore, el protagonista de La canción del verdugo, de Norma Mailer, o también como sucede con Dick Hickock y Perry Edward Smith, los homicidas de A sangre fría, de Truman Capote.

Almazán nos ofrece una especie de documental narrativo, en el que Gumaro le cuenta de sus demonios, de sus aberraciones, de sus recuerdos, pero también de sus sueños y sus tristezas. Percibimos el calvario de una familia humilde y abatida por los señalamientos, las carencias y la pena de que a Gumaro le tocara ese cruel destino. Casi visualizamos las condiciones inhumanas de las cárceles de provincia, así como su corrupción y su ineficacia como centros de readaptación social.

Para nuestra fortuna, ahora la editorial independiente Nitro Press reedita esta historia, corregida por el autor y con un valioso plus: el epílogo donde Almazán cuenta sobre la muerte de Gumaro. Sin duda, Nitro Press sabe que las verdaderas historias no están detrás de una lista con los mejores libros del año. Cuando esta novela salió tuvo poco eco. Con la reedición, se le hace justicia y la editorial se coloca como una de las más valientes de la escena.

A Gumaro no le tocó ser pintor, músico o poeta. Su obra cumbre fue el canibalismo. Pero el de verdad, no el que fabricaron los notarrojeros, quienes lo dieron a conocer como el “Poeta caníbal”. Aunque en realidad no era lo uno, ni lo otro.

Cuántos Gumaros en potencia habrá en cada ciudad. A cuántos los tenemos por compañeros de clase, vecinos, amigos, profesores, tíos o gobernantes. Con cuántas de estas atormentadas personas nos sentamos a lado en el camión, conversamos con ellos en un bar o son nuestros amigos en el Facebook.

Eso lo sabremos en breve. Cuando el siguiente de estos seres se atreva a cruzar la frontera más transparente.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ciudad Victoria, Tamaulipas. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).
Fotograma de The World’s End .

¿Alguna vez viste una película que empiece como una genialidad sólo para convertirse en un complaciente e intrascendente producto más? Yo sí: The World’s End (Wright, 2013).

Me explico: una lección moralista de la dignidad humana puede crear una gran película; el problema con The World’s End es que la lección moralista de la dignidad humana con la que termina parece sacada de otra película.

La historia de The World’s End es grande: enmarca un tema universal (crecer y dejar de reconocerse en los pares, aferrarse al pasado para evitar responsabilidades, la sensación de que la vida nunca se sentirá mejor que cuando uno tenía 17 años) con una atmósfera de ciencia ficción. La película no trata de extraterrestres que sustituyen a los pobladores de una ciudad pequeña. La película trata, en cambio, del reencuentro y la nostalgia dentro de un marco de extraterrestres que sustituyen a los pobladores de una ciudad pequeña.

Una buena narrativa respeta sus límites. No saca conejos ni soluciones de la manga, sino que, como cualquier organismo vivo, crece dentro de sus propias posibilidades. Una historia efectiva es una lección de aristotelismo: un huevo de gallina podrá llegar a ser una gallina, unos huevos a la mexicana o un huevo lleno de confeti, pero nunca un elefante. Es una cuestión de acto y potencia.

Otra lección de aristotelismo: cuidado con el deus ex machina. Este plot device se refiere a la resolución de un arco narrativo por medio de una figura que no tiene relación directa con lo que se nos viene contando, o que subvierte los personajes de una narración hasta el punto de hacerlos incompatibles con su primera presentación. (Aquí, un par de tíos con acento horrible retoman algunos de los más famosos deus ex machina en el cine). Así lo dice el Estagirita: “Es, por lo tanto, evidente, que la solución de la trama, y de las peripecias, debe surgir de la trama misma, y no de una argucia (deux ex machina)”, (aquí la Poética completa, por si gustan).

Un esquema simple: una familia pobre lucha para pagar el tratamiento contra el cáncer de su hijo menor. Los personajes son impulsados a comportamientos extremos: la madre vende droga y desarrolla una adicción por la cocaína, el padre se vuelve asaltante, la hija se prostituye. Hacia el final, cuando todos han caído en un espiral de autodestrucción, el padre gana el Melate (y eso que el padre nunca compraba el Melate; simplemente se levantó ese día y decidió comprarlo). De repente, 400 millones de pesos resuelven los conflictos que se construyeron desde el principio: el padre deja su vida criminal, a la esposa la mandan a una clínica de rehabilitación, el hijo recibe el mejor tratamiento médico y la hija puede salir del negocio sexual. Todos felices; vamos a negros y créditos con música de Phil Collins.

Esta historia es una muestra de pereza narrativa. El escritor no supo o no quiso pensar cómo resolver la historia de manera orgánica, es decir, qué elementos del desarrollo tenían, desde el principio, la posibilidad de crecer y convertirse en una solución. Es como escribir “Una cosa llevó a la otra (one thing led to another)” o “pasaron muchas cosas”. ¿Qué son esas cosas? ¿No se supone que, como escritores, deben decirme cómo una cosa llevó a la otra y cuáles fueron esas cosas que pasaron?

El deus ex machina es, dentro de estas perezas narrativas, la peor de todas: un mal final puede darle al traste a cualquier película (por otro lado, un buen final puede salvar un bodrio). Quien haya escrito el artículo de la Inciclopedia sobre este dispositivo tiene demasiada razón: “En pocas palabras, un Deus Ex Machina ocurre cuando o los protagonistas son débiles o los malos son muy fuertes, pero en cualquiera de los dos casos es porque el autor es un idiota” —cofcofelfinaldeHowImetyourMothercofcof—.

The World’s End tenía todo para ser un clásico: nostalgia de amistades rotas, un maratón de borrachera, bodysnatchers, un soundtrack bien inglés, Rosamunda Pike, Simon Pegg, Nick Frost… Hasta los últimos minutos, en que la película se desvía del camino del señor y termina en una lección moralista de la dignidad humana.

La historia va así: Gary King (Simon Pegg) es un alcohólico de cuarenta años que nunca ha logrado nada. Después de un intento de suicidio, reúne a sus compinches de parranda para terminar una noche de juerga preparatoriana: la milla dorada, un recorrido de los 12 pubs del pueblo, con su correspondiente bebida en cada uno. El problema es que los compinches han seguido con sus vidas: están casados, tienen trabajo, han dejado de beber, son responsables. Gary está atrapado en los noventas: el mismo look, el mismo automóvil y la percepción de sí mismo como si fuera adolescente.

King los convence, emprenden la aventura y descubren que los habitantes del pueblo (ninguno de los protagonistas vive ya ahí) están siendo sustituidos por máquinas de sangre azul. La pandilla decide seguir la juerga para no despertar sospechas en los invasores.

Al final, se revela que existe La Red, una confederación intergaláctica que se dedica a brindar tecnología digital y convertir a los habitantes de los planetas conquistados en autómatas ecológicos y sustentables.

Después de casi ochenta minutos de bromas de borrachera y escenas de acción a la buena usanza del sci-fi, Gary llega al último pub: The World’s End. Resulta que La Red, una súper inteligencia más allá de todos los límites humanos, se pone a dialogar con un borracho. Y el borracho gana: La Red decide dejar a los humanos solos.

¿Por qué? Porque no se les ocurrió nada mejor. “Tenemos el derecho a ser fracasados. ¡Toda la civilización se funda en fracasos”. Es una gran cita de Andy Knightly (Nick Frost), desvirtuada totalmente por la manera y el lugar en que está dicha: un contrapicado, luz azul sci-fi y Frost y Pegg que hablan hacia el cielo. Y de repente, Steve (Paddy Constantine), que llevaba sus buenos diez minutos fuera de la película, evita la vigilancia de La Red, se cuela en su guarida y aparece del cielo. ¿Cómo? Nadie sabe. ¿Para qué? Para apoyar el discurso moralino y políticamente correcto de Gary y Andy: los humanos valemos la pena por nuestros errores y a través de ellos es como mejoramos.

Esto es un deus ex machina de los peores: el que subvierte a los personajes. La Red está ligeramente relacionada con la trama, es decir, sí nos creemos que detrás de toda la sustitución de los habitantes hay una red intergaláctica, ¿pero que sea convencida por argumentos (tan chafas) de un trío de borrachos? ¿Que lo que nos salve de la invasión (benéfica, por cierto) sea un lógica terriblemente mal construida?

Y sí, Gary King cambia, pero no en un sentido “narrativamente positivo” ‒es decir, un cambio orgánico que se desprenda de lo que nos han contado‒, sino que cambia para terminar la historia, para atar cabos y poder ponerle fin a la película.

La falta de X no es tan desesperante como la escasez de ese X. Piénsese en la conexión a internet: si no hay, somos pacientes y esperamos; si está lenta, podríamos matar a nuestra madre de pura furia. Si una película es mala desde el principio, no hay problema; si las primeras tres partes prometían una de las mejores películas del 2013 y tiene un final así de malo, entonces, algo se rompe dentro de nosotros, algo que no se va a poder reparar.

Era un sábado en la tarde. Era un maratón de películas malas. Al final, vimos sin muchas expectativas The World’s End. Me equivoqué, alegremente me equivoqué. Durante 80 minutos.

Al final, no queda más que repetir la frase de Gary King: “Iba a ser la mejor noche de mi vida. Todas esas promesas y optimismos. Esa sensación de conquistar el universo. Era una gran mentira. No pasó nada”.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.