Disfrutar de la música al grado de convertirse en una autoridad para elegir la ambientación de un concurrido bar o la programación de una estación de radio, e incluso profesionalizarse para escribir sobre ella fue una actividad considerada masculina hasta hace poco tiempo: internet ha cambiado el panorama. Brenda Navarro entrevista a dos talentosas melómanas que comparten su gusto por la música con una perspectiva refrescante, más concentrada en el gozo de la escucha compartida que en la parafernalia que rodea a la industria musical tradicional.[1] Ya era hora.
Andrea López Estrada y Zazil Alaíde Collins se mueven entre la literatura y la melomanía. Las letras y la música son un trabajo y un placer que conjugan con habilidad. Andrea, editora y selectora musical, creó junto con la fotógrafa Sofía Buitrón un espacio de difusión de bandas, artistas y DJs llamado Sonidos Cercanos, que se encarga de retratar la escena musical actual de la Ciudad de México. Zazil es programadora musical de la estación de radio en línea Código CDMX, además es poeta, ganadora del Premio Estatal de Poesía Ciudad de la Paz, 2011. Sus declaraciones engloban de manera fehaciente un contexto que va más allá de la música: el de las mujeres que abren espacios y que son capaces de cambiar una parte del mundo al democratizar el disfrute de la nueva música latinoamericana, aquella que cumple con dos condiciones: originalidad y talento.
Brenda Navarro: ¿Cuál creen que sea la situación actual del talento musical en México?
Zazil Collins: Hay mucho. A veces no me doy abasto con el material que llega a la estación, y en mis búsquedas en internet pasa lo mismo. Creo que sí es muy vasto lo que se produce y cada vez es más sencillo acceder a más contenidos, no sólo locales sino internacionales, y además cada vez más específicos. Por ejemplo, la otra vez vi un mapa conceptual de los nuevos géneros musicales y su evolución que abarcaba como del mil novecientos sesenta y tantos al dos mil nueve, y se ven líneas que se dividen en diversos géneros, como pasa con los libros, con la literatura.
Andrea López: Se tienen que meter a sonidoscercanos.com (risas). Justo la idea de la página surgió porque veíamos que la escena nacional no estaba explorada por ningún medio “indie mainstream”, entiéndase Life Boxset, o Sopitas.com, que son medios muy conocidos, aunque no institucionales. En Sonidos Cercanos decidimos explorar esto, Sofía Buitrón, la fotógrafa de la página, y yo. Pensamos que era buena idea concentrarnos en el D.F. y empezar a difundir lo que se realizaba aquí. Y es así como una cosa te lleva a otra y a otra… de modo que iniciamos haciendo una entrevista a una DJ que se llama Pana Li, y a partir de lo que ella nos dijo empezaron a salir más bandas, y fuimos con otros músicos que nos recomendaron a otros, y así sucesivamente.
Andrea y Zazil son nuevas exploradoras en la tierra ignota de la crítica musical en México. Si la búsqueda y revisión del talento musical es una parcela casi desierta en nuestro país (los nombres del canon indie se cuentan con los dedos, y rara vez bajan la mirada para reconocer a bandas emergentes), se suma el hecho de que hablamos de una especialidad que desde sus orígenes en la mítica revista Rolling Stone ha estado sumergida en un visión masculina, y que más bien se ha dedicado a repetir acríticamente las sentencias adolescentes de los ídolos del momento, muchas veces sexistas y misóginas.
Andrea y Zazil, como muchas otras críticas y difusoras musicales, se han apropiado de una herramienta que ha dado la vuelta al cerrado universo de las revistas y las radiodifusoras tradicionales: la Red de redes.
BN: ¿Para qué difundir música desde Sonidos Cercanos y Código CDMX? ¿Qué las motiva?
AL: La idea con Sonidos Cercanos es justamente demostrar que sí hay cosas buenas en la música, además de conectar gente. Ha sucedido que hay bandas que ya se conocían entre ellas, pero también hay otras que se han empezado a escuchar por medio de la página de Sonidos. De este modo se convierte en un espacio para difundir pero también para documentar lo que está pasando en la escena musical en México hoy en día.
Por ejemplo ahora en el Distrito Federal, está sucediendo lo que ya había pasado en Guadalajara o Monterrey cuando empezaron a surgir bandas que estaban pegando. Ahora veo una generación muy grande que está viniendo al Distrito Federal, y aunque algunas bandas se perderán en el camino, sí habrá algunas rescatables que van a prosperar. Mientras más bandas participen, mucho mejor. Lo que yo veo es que hay espacios para que se conozcan proyectos nuevos y más gente se interese y se quiera involucrar…
ZC: En Código es lo que yo trato de hacer desde las barras de programación. Por una parte comparto lo que me gusta, pero también hay veces que comparto material que yo no escucharía, pero que nos llega, tiene calidad y merece ser escuchado porque también la estación –y eso es importante decirlo– da un servicio público, tiene una función que no me gustaría llamarle institucional, sino pública. Es necesario abrir estos espacios porque, por ejemplo, hace rato iba cambiando la estación del radio a eso de las tres cuatro de la tarde y no había nada. Y yo pensé: “No, ¡no puede ser! Ahorita nosotros tenemos una barra musical súper chida y la banda que está escuchando radio en este momento se está chutando los éxitos de ayer…”
AL: La hora de los Beatles…
ZC: ¡Exacto! o Ricardo Montaner… y dices: “¿Por qué estas estaciones no muestran un poco de lo que se está haciendo actualmente en la música?” Ahí sí veo problemas, porque internet hasta cierto punto la democratiza pero sólo si tienes señal, no es accesible para todos.
A pesar de sus limitaciones, Internet es una plataforma esencial para el despegue del periodismo musical femenino. En otras latitudes, blogs como Wears The Trousers (que analiza la escena musical británica desde una óptica exclusivamente feminista) y el legendario sitio de Rhiannon Lucy Coslett y Holly Baxter: The Vagenda (una bitácora que analiza los avatares de la emergencia femenina en el periodismo musical) son dos ejemplos de la legión a la que Zazil y Andrea pertenecen y que avanza, paso a paso, hacia una visión de la música con identidad de género.
BN:¿Cuál es la importancia de letras en la nueva música? ¿Cuáles letristas les gustan más?
AL: En lo particular sí me gustan las letras de tal o cual banda, pero también puede ser que me guste una sola canción. Independientemente de mi construcción personal, yo le resto importancia a las letras porque ya tengo suficiente con el periódico o los libros, y en la música busco recrearme con los sonidos…
ZC: A mí al contrario, me preocupa lo que la audiencia va a escuchar porque me interesa que haya música con contenido. Lo que no quiere decir que no me gusten las rolas para que la gente baile o se relaje, pero siento que para eso hay horarios. A mí sí me gusta hacer mucho énfasis en las líricas. Y pensando en letristas podría mencionar a Natalia Arroyo y Citlalli Toledo… también me gustaría destacar que veo que muchas bandas están retomando la poesía o la tradición oral y las están actualizando. Me viene a la cabeza una banda que se llama Playa Magenta, que es la mezcla de música electrónica con son jarocho, y cuyo resultado es algo muy folk. Si escuchas las letras, te das cuenta que son soneros de Xalapa… También está Hello Seahorse, que está tocando letras de boleros y tradicionales oaxaqueñas.
Una constante en estas bandas citadas por Zazil es su presencia femenina, no sólo porque tengan una mujer al frente —Verónica Valerio en Playa Magenta y Denise Gutiérrez en Hello Seahorse—, sino porque sus letras evocan universos de este género, mucho más íntimos, alejados de la imagen canónica de la cantante sexy de la banda indie. Estas bandas recuperan tradiciones musicales (del rock y del pop) y las reconstruyen a partir de narrativas femeninas.
Esta evolución de perspectiva de género se queda atrás en el discurso de la prensa y de la crítica convencional. Los ejemplos abundan: Noisey nos dice que en Coachella se vieron “más nalgas que bandas”, y la prensa mainstream suele poner más énfasis en la ropa, el aspecto o la vida sentimental de las protagonistas de su canon musical. La crítica sobre figuras como Amanditita, Jessie Bulbo o Carla Morrison se centran en si tienen sobrepeso, si son atractivas o no.
Como se mencionó en un principio, la prensa musical tiene un referente obligado: Rolling Stone. El tabloide nacido en 1967 ha crecido hasta convertirse en una revista de alta gama sin perder del todo su fama de provocadora, algo que no se traduce en su visión de género: sus portadas[2] son muestra de que para esta publicación (y la prensa que de ella se nutre y toma modelo) los roles de género siguen imperturbables.
BN: ¿Cómo ven la presencia de las mujeres dentro de este medio?
ZC: Por ejemplo, en Código: hay 5 mujeres y el resto son hombres. Yo soy la única programadora, dos son productoras de contenidos culturales (no musicales) y una gerente, y fuera de eso, todos son chicos.
AL: En mi caso es raro. Como DJ es muy ambiguo, porque ya hay muchas chicas que se dedican a esto, incluso Panda nos decía que le funcionaba ser DJ porque en los lugares y/o eventos a los que va, cuando dicen que va una mujer que además está guapa, jala más gente. Y eso a ella le funcionaba bien. En el Black Horse soy la única DJ, pero yo sí veo mucha rotación de chicas. En el caso de Sonidos Cercanos, aunque hay gente que ya identifica la página, no tienen ni la menor idea de que somos dos mujeres quienes la hacemos y luego mandan mensajes que dicen “Carnales, valedores, ¡está bien chida la página!”. A mí me gusta que el portal sea neutro, aunque creo que si pueden identificar que somos mujeres trato de que en realidad no haya esa distinción. Pero a mucha gente sí le sorprende que siendo mujeres vayamos a festivales de metal o ciertos lugares que parecieran “rudos” y les saca de onda que estemos ahí, en medio de los madrazos. Sí se tiene esa creencia de que los portales de música están hechos por hombres.
ZC: Coincido totalmente porque, por ejemplo, en Código tenemos una cuenta de Facebook y de repente los mensajes que llegan también nos dicen “Carnal”, y yo digo: “¿Pero por qué creen que somos hombres?”
AL: Lo que yo he optado por hacer es firmar los correos. Así ya cambia totalmente el discurso. Pero también es un arma de dos filos, porque cuando saben que eres mujer te tratan con la onda: “Sí, morra… lo que quieras”, “Claro, ven a mi estudio…” Ha sucedido, algunas veces, que bandas son más accesibles porque somos mujeres, o que al contrario, se muestran más escépticas.
ZC: A mí me pasa que aunque ya hayan leído mi nombre –que, según yo, se entiende que es un nombre femenino– me siguen hablando como si fuera hombre, y tengo que aclarar que soy mujer. No sé si es por joder, o porque no entienden, o porque dan por hecho que soy hombre…
BN: ¿No creen que éstas sólo son muestras de que las relaciones de género siguen siendo dispares?
ZC: Habría que verlo muy a detalle. Pero, por ejemplo, estaba leyendo que en el ámbito de la música la pareja que más dinero produce es la de Beyoncé y Jay-Z, aunque no daban la cifra por separado, sino en conjunto. Tendríamos qué ver cuánto gana cada quién y cuántos hombres hay detrás de cada mujer…
AL: Pareciera que las mujeres sólo sorprenden cuando están en escena si son bateristas o están en bandas, por ejemplo, de metal.
ZC: Además, también en la música se categoriza, no se dice: “la banda de rock” sino “la banda de rock de chicas”.
AL: Es como cuando dicen: “escribe bien para ser mujer”. Se me ocurre el ejemplo de Marco Paul, vocalista de Sour Soul, grupo de música indie, progresiva, y quien tiene una tesitura muy peculiar. Cuando le pregunté sobre sus influencias musicales, me decía que lo había influido su papá, pero encima de su padre, estaba su abuela, una cantante de soul de Nueva Orleans. Yo lo he escuchado cantar en vivo: interpreta canciones de Aretha Franklin o de Etta James y las canta con una voz masculina que más bien tiene un lado femenino. Porque igual pasa que hay mujeres que tratan de encajar en este aspecto masculino, de manera inconsciente, pero en este caso, con Marco, él se apropia de un tono femenino y le da esa originalidad que conmueve.
ZC: Jeff Buckley se echó una interpretación de la ópera de Dido y Eneas, y él era Dido, tenía el papel femenino.
AL: Y no es andrógino, ni quiere jugar por otro lado con la feminidad, es una apropiación de algo que se es de manera inconsciente. No pretende ser más que una expresión y ya.
ZC: Por ejemplo, Ingrid Beaujean, una de las conductoras del programa de radio Ejazz, me dio una entrevista hace unas semanas. Empezamos a hablar de que una vez al aire, ella o su hermana, que también es músico y cantante, comentaron algo sobre las distintas formas de abordar el arte, y yo, considerando que en la literatura dicen que si lees a alguien puedes saber si es hombre o mujer (porque usa más comas, o puntea más y esas ondas) le pregunté si pasaba lo mismo con la música. Ella, que iba acompañada de un hombre, dudó, y más bien dijo que no lo creía. Pero su acompañante de inmediato dijo que sí, que puede saberse perfectamente cuando un guitarrista es negro o blanco, o que a veces las mujeres abordan las teclas en el piano de forma distinta a los hombres porque son más emotivas, cosas así. A mí me parece una discusión interesante.
BN: Las oportunidades de acceder a estudiar o aprender a hacer música, ¿creen que son las mismas para ambos géneros?
AL: Creo que se tiene más posibilidad de acceder cuando existe un apoyo económico, pero –y esto aplica tanto para hombres como para mujeres– si a alguien tiene un interés muy grande por algo lo hace. Yo me acuerdo que Javier, de la banda Vicente Gallo que si bien es una banda que ya está muy establecida en el medio independiente, me contaba que él llegó a tener de atril para el micrófono un bote de cemento y un palo de escoba. Son formas de buscar cómo potencializar sus herramientas y, como te digo, si la gente lo quiere hacer, lo hace.
Creo que la música es más accesible que, por ejemplo, la literatura, en donde sí necesitas más educación para adquirir el gusto o entender ciertas cosas, sin embargo, con la música hay algo más instintivo…
ZC: Habría que ver la plantilla académica de las escuelas de música.
Justo me acordé de Virginia Woolf, cuando se pregunta quiénes son las mujeres que escriben, y generalmente son las parejas de los hombres instruidos. Yo desde mi posición no tengo idea de los ingresos de la mayoría de las mujeres que tocan música… pienso que ahí está un poco más nivelado, cuando eres músico en general, no vives de eso, te cuesta mucho trabajo vivir de ello, entonces creo que casi todos los músicos se dedican además a otras cosas… A lo mejor (es algo que se me está ocurriendo ahorita y no estoy descubriendo nada nuevo) por eso hay más mujeres que cantan: porque no necesitan invertir en un instrumento y lo más intrínseco es la voz. Mejor preguntémosle a ellas.
AL: También está el asunto de que hay ciertas limitaciones culturales para que, por ejemplo, una mujer forme una banda. Ya no digamos de tener credibilidad o no, sino una situación tan básica que es, ya formada tu banda: tener que ir a tocar el jueves por la noche, como hombre te dicen: “Bueno, ve”, pero con las mujeres es distinto, “¿Cómo que por la noche?”. Incluso los compañeros del grupo te cuidan más. Como podemos ver no es limitante pero sí es un aspecto que influye.
ZC: Sí influye. Pienso en las disqueras comerciales, en las que suelen firmar artistas a las que les tienen que explotar su “feminidad”: tienen que estar guapas, usar pantalones entallados, escote… Y terminan invirtiendo más en la imagen que va a vender que en la música. Todo al final es un producto para ellos. Por eso es mejor voltear a ver lo independiente.
No hay estudios que analicen bajo que condiciones se encuentra el acceso de las mujeres mexicanas a una carrera musical. Si bien la ONU reconoce que hay avances en la paridad de que niños y niñas puedan ingresar a la educación básica[3] (en el 2010 había casi tantas mujeres como hombres en la educación media básica) el organismo también reconoce que obtener una educación escolarizada no se traduce necesariamente en puestos de trabajo. ¿Qué podemos decir de medios tradicionalmente masculinos, como las bandas indie o la prensa musical mexicana? Casi lo mismo que del mundo del flamenco: en una entrevista,[4] las más celebradas guitarristas flamencas Marta Robles (titulada en Guitarra Flamenca en la Escola Superior de Música de Catalunya) y Antonia Jiménez (quien aprendió su arte “de oído”) reconocen la misma dificultad para entrar en los espacios del estrecho mundo de la música tradicional española. La formación musical no parece hacer diferencia.
Los términos en que se plantea esta entrevista a las guitarristas es impensable en la prensa mainstream mexicana (¿será un eco del pacto de silencio que en otras disciplinas artísticas parece existir hacia las reivindicaciones de género?). A pesar de ello, los grupos que hacen música a partir de la experiencia femenina abundan y nutren una copiosa escena musical: Andrea y Zazil, a través de Sonidos Cercanos y Código CDMX, dan cuenta cada día de nuevas bandas, nuevas voces y hallazgos.
BN: ¿Hay un apogeo musical o sólo nos estamos dando cuenta de que hay más música a la que antes no podíamos acceder?
AL: Siempre se han hecho cosas, pero ahorita sí hay muchos proyectos. Porque, además de lo que decía Zazil respecto a que hay un redescubrimiento de las tradiciones, lo cierto es que se está haciendo lo que se tenía que haber hecho desde hace unos cincuenta años. Las de ahora ya no son bandas de covers. Aunque en la radio comercial sigue —el pop que está pegando está, literalmente, hecho a partir de todo lo que se tocaba en los años ochenta— ya hay toda una construcción musical propia, distinta. Lo que pasa en la esfera de lo no comercial es que exploran los sonidos en español, o componen en inglés, pero no tanto por nuestra cercanía con Estados Unidos, sino porque hay toda una construcción cultural al respecto.
ZC: Me acordé de un maestro musicólogo de la UNAM, López Cano, que decía que el inglés era el parlato universal y que ahora lo es el hip-hop sin importar el idioma. Y mira, si pensamos en el movimiento de hip-hop mexicano, creo que sí aplica, porque se han dado cuenta de que el español tiene más construcciones de lenguaje que el inglés y que se puede explorar bastante.
BN: ¿Cuáles son los parámetros que las hacen elegir entre escuchar tal o cual música?
AL: Que sea original. Y por original no me refiero a que sea un sonido “nuevo”, sino que tiene que ser honesto. Porque es casi imposible hacer algo totalmente original hoy en día. Yo me concentro en la honestidad, en lo que les sale de dentro, y que está hecho sin mayor pretensión que el compartirlo.
ZC: Originalidad y talento. Hay trayectorias que a veces a mí me dan mucho coraje porque digo: “¿Cómo es posible que no haya tenido la plataforma o la oportunidad?” Porque eso es lo único que necesitaban, tener más difusión. Hay materiales que valen mucho la pena.
AL: ¡Yo digo que ojalá Zazil se colocara y tomara la radio pública! (risas). Sí hace falta una visión menos institucional de la música para que sea más cercana a la gente.
ZC: Exacto, porque el problema de la radio pública es que su repertorio actual es muy pobre en comparación con lo que se necesita exponer. A mí no me gustaría “estar en la radio pública” porque no me atrae ser burócrata. Pero sí pretendo abrir espacios, que la audiencia misma siga creando otros y que continúen creciendo. Y así ha funcionado, porque ya hay varias estaciones digitales pequeñas, más bandas que hacen sus podcasts y los suben.
AL: Además, hay artistas a los que no les gusta salir en la radio pública porque la idea que se tiene de ella es que está o maleado o mal hecho, porque la programación es mala…
ZC: Hay muchas estaciones en las que existe un sistema en el que se mete la canción sin un programador que haga curaduría rola tras rola. Al hacer eso, las rolas se van de manera aleatoria. Creo que Código CDMX sí se dedica a hacer curaduría, es decir, sí decimos y pensamos qué se va a escuchar. En ese sentido tenemos la libertad para programar música y podemos entrarle un poco a analizar los planos de los movimientos musicales y emotivos, y ahí se pueden generar buenos sets musicales.
BN: ¿A quiénes nos recomiendan escuchar?
AL: Afortunadamente con Sonidos Cercanos hemos podido llegar a gente que hace muy buena música, como Renee Moi, quien hace las pistas en su computadora y luego se las lleva a sus músicos para que cada quien saque su parte, y aunque en ellas da una línea básica, sí permite que los músicos vayan enriqueciéndola. Ella me gusta porque conjuga muchas cosas que en México no están explotadas. Otro ejemplo, Ani DiFranco, o Kimbra, que aunque a ésta la conocen por el dueto con Gotye, ella anda por su parte y se presentó en el Vive Latino, que a mí me parece un buen lugar para exponer música. A la par está Mon Laferte, chilena, radicada en México, que tiene una onda mucho más rocker pero bien la puedes colocar en lo indie alternativo. Y mira, por alguna razón, hay muchas cantantes chilenas que se están viniendo para México, como Paz Quintana y Mariel Mariel… También Elis Paprika, que puede gustarle a la gente o no, pero ha batallado en muchos sentidos porque estuvo con una disquera grande y no le funcionó, luego se fue por el lado independiente, en donde se la puede escuchar ya con un proyecto más definido, más maduro. Hay que ponerle mucha atención a los artistas independientes, porque aunque tienen la desventaja de no contar con un apoyo económico conciso, sí pueden llegar a mucha más gente sin restricciones, tienen la libertad de distribuir su material en muchos lados.
ZC: Pensando en proyectos que destacaría —y que es porque los tengo frescos, tal vez seguro en otro momento diría otros más— volvería a mencionar a Natalia Arroyo. Ella está lanzando su proyecto solista. Ha sido violinista de Son de Madera por muchos años y ahora por su lado lanzó un disco, en octubre de 2013. Lo grabó con jazzistas mexicanos muy buenos y con músicos de son jarocho. Lo chido de Natalia es que ella fusiona tango, son, jazz, etcétera. Hay muchas cantantes ahorita, como Citlalli Toledo, que pertenece a la banda Xavier, la cual está combinando hip-hop con rock. También Regina Equihua, que toca blues. O, por ejemplo, rescataría a una cantante de soul de los setentas que se llama Sola… aunque no se sabe nada de ella. Yo me enteré por el libro de Sirenas al ataque, de Tere Estrada, que le dedica dos tres párrafos. Dice que en un momento de la vida se perdió, se fue a Acapulco y nadie supo de ella. Y es que su historia sí es muy triste porque firmó con una disquera de estas grandes, quien la puso a cantar covers de baladitas horrendas, estereotipadas… cantaba cosas como “La maldita primavera”. Ya murió, pero le sobreviven un par de rolas increíbles.
Andrea López Estrada (Ciudad de México, 1982). Estudió Literatura Inglesa en la UNAM pero terminó siendo nerd musical y entusiasta de la cultura pop. Editora, librera, cofundadora de la página web Sonidos Cercanos, selectora de música y amante de la cartografía. Actualmente está desarrollando una relación entre su gusto por caminar, el descubrimiento, el estudio de la ciudad a través de los espacios peatonales y la ciudad como personaje en la literatura.
Zazil Alaíde Collins (México, 1984). Ha realizado estudios de maestría en Letras (UNAM) y la especialidad en Ciencias Antropológicas (UAM). Ha publicado en antologías del FETA y los libros Junkie de nada (Lenguaraz, 2009), No todas las islas (ISC/Conaculta, 2012) Premio Estatal de Poesía Ciudad de La Paz en 2011, y El corazón, tan cerca de la boca (Abismos Editorial, junio 2014). Es DJ en una estación de radio digital, donde conduce un espacio sobre música de estilo global e influencias locales.
[1] Para saber más de este tema se pueden consultar los siguientes artículos que ofrecen un buen panorama: “Women in Music Journalism” que explora la necesidad de pluralidad de voces en el ámbito editorial al momento de reseñar música , “Sexism in Music Journalism” que evidencia el sesgo que existe al tratar a los artistas según el género en medios de prestigio como Rolling Stone o Pitchfork, con titulares como “Beyonce: What Makes the Shy Girl So Hot?” o “Housewife of the Year: Jessica Simpson”, y “33 Women Music Critics you Need to Read” que nos da una pista para seguir a algunas de las especialistas más notables en música que escriben en lengua inglesa.
Para Verónica y Frida, cómplices en el tiempo y el espacio
Antes de despegar, una puesta en común
No me es ajena la sensación agridulce que produce hablar mal de las otras: las desconocidas, las que no pertenecen a la órbita de una, las que no son como nosotras. En la secundaria participé de la maledicencia hacia chicas que me eran indiferentes, pero que mis compañeras del recreo odiaban; en la universidad, me burlé de las estudiantes “Mientras me caso”, y más adelante, critiqué a conocidas con una mezcla horrible de morbo y culpa. Al hacerlo sólo obtuve la mediocre y amarga satisfacción que deja arrancarse una costra.
Siempre tuve la sensación de que al decir: zorra, fea, gata, naca, vieja o mantenida, algo andaba mal, algo distinto al mero escozor por la “incorrección política”. ¿Por qué si en general se considera mezquino valorar a las personas por su vida sexual, apariencia física, clase social u ocupación, parecía aceptable encontrar placer en juzgar así a otras mujeres? Me negaba a asumir eso de que somos conflictivas, enemigas las unas de las otras por naturaleza. El hecho de tener buenas amigas, de contar con el apoyo sincero, el afecto y la complicidad de varias, era la evidencia de un error en el sistema que sólo se explicaba a través de la individualidad. Hasta que leí lo siguiente:
Yo, siempre ve en las otras el mal, y el bien en sí misma. Cualquier problema que enfrentan las demás es minimizado para inferiorizar a la otra, quien resulta no sólo responsable, sino culpable. Se desconoce que lo que acontece a la otra puede sucederle a cada una, y los tropiezos y las desgracias personales se justifican con interpretaciones circunstanciales y mágicas. Con saña, una mujer descalifica a otra por cosas que ella misma ha hecho o que le han ocurrido. Entre mujeres, ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es, más que una forma lógica de pensamiento, una actitud de salvaguardia de la propia imagen ante la posible contaminación […] De ahí la competencia entre las mujeres para sobrevivir en un sistema cultural asimétrico y en el estricto orden jerárquico de la familia y las instituciones sociales”.[1]
El párrafo pertenece al libro Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas de Marcela Lagarde y de los Ríos (UNAM, 2005). Gracias a su lectura, pude comprender la desconfianza que me produjeron desde siempre los estereotipos, los acotados deber ser de las mujeres. También pude entender de dónde viene esa ligereza con que solemos juzgarnos unas a otras, me fue posible ver los mecanismos artificiales, externos, y no programados por la genética de esa enemistad histórica. Pero a pesar de que este libro lleva cuatro ediciones, más un buen número de reimpresiones y de que puede encontrarse en cualquier librería, para llegar a él hay que callejonear, explorar caminos inusuales del conocimiento si no se es estudiante de ciencias sociales o se está en contacto con el feminismo, ay, la palabra con F.
Las mujeres, pues, tememos que contaminarnos de aquello que representan las otras, eso que no queremos ser. Al decirlo, manifestamos: “Yo soy diferente. No soy como las demás: cursi, golfa, ñora, gorda, lagartona”, etcétera. Es más fácil señalar esa distancia que aventurarnos a definir lo que sí deseamos ser, sobre todo si las opciones en algunos contextos parecen limitadas, o si se tiene la creencia de que hay que correr de un lado a otro para construir la feminidad completa: “una dama en la calle, una sirvienta en la cocina, una puta en la cama”.
La figura de la feminista constituye uno de los “Yo no soy así” más comunes. “Uno se eleva rebajando lo otro”,[2] por lo tanto, quienes sienten la necesidad constante de aclarar que “están a favor de luchar por los derechos de las mujeres, pero no son feministas” desean comunicar que no han caído en la trampa de un discurso percibido como arcaico, violento, radical, y cuyo verdadero objetivo la mayoría desconoce. Desde luego, este deslinde tiene muchos matices: para empezar, hoy en día existen muchos feminismos, no uno sólo. Hay quienes se mantienen cerca de alguno de los feminismos, pero se desmarcan para evitar la carga socialmente negativa que implica el término; quienes lo rechazan en pos de otro que defina mejor su perspectiva, como sucede con el Womanism[3]; y, por supuesto, hay mujeres que no pueden estar física y socialmente seguras en sus comunidades si confrontan al patriarcado como proponen ciertas estrategias del feminismo mainstream. Resisto la tentación de tomar la lateral para hablar de ésta y otras alternativas, pero para efectos prácticos debo detenerme en la primera idea.
A pesar de rechazar la noción del feminismo “la concientización de la opresión les ocurre a todas las mujeres sin que se autodefinan como feministas. O dicho de otra manera, todas las mujeres desarrollan aspectos del feminismo por sí mismas. Lo hacen en la cotidianidad al confrontar el modelo de mujer que de acuerdo con su círculo particular deben ser, con las mujeres que realmente son”, dice también Marcela Lagarde.[4] Si cada una realizara este ejercicio personal de forma honesta, al menos cabría lugar para la duda de que quizá podríamos ser aliadas, no antagonistas.
Hoy, lo digo con franqueza, no tengo ningún interés en participar en una conversación que caiga cómodamente en ese tramposo lugar común: “Entre mujeres podremos despedazarnos, pero nunca nos haremos daño”.[5] Desde luego, esto no se debe a mi ñoñez de nacimiento o a la pureza de mi corazón, muy lejos estoy de ser Santa Catalina. Si algo me desagrada en la otra, ahora procuro confrontarlo con mis prejuicios de género, imaginar las posibilidades de lo que piensa o siente. Trato, en suma, de que me caiga mal por la falta de afinidades personales, no por lo que debería estar haciendo o dejando de hacer como mujer.
Desafiarse a una misma constantemente, buscar respuestas, vías para caminar hacia lo que deseamos después de establecer lo que no queremos, es una tarea ardua. Por eso es necesario el apoyo y la complicidad de quienes viven ese mismo proceso, “[…] buscar a las otras: hacer cosas con ellas, construirse con las otras, desaprender juntas e inventar nuevos lenguajes; encontrarse y colectivamente desestructurar la feminidad opresiva”.[6] Necesitamos acompañarnos en nuestra reconstrucción.
Más que convencer de usar la etiqueta feminista a quienes la rechazan, quiero recalcar la necesidad de revisar los elementos que una y otra postura tienen en común. Repetir sin cesar “No soy feminista” desde el prejuicio, ignorando sus búsquedas y esfuerzos actuales, implica desacreditar gratuitamente una causa justa (y más: es urgente, necesaria en países como el nuestro). Pero poner en común los propósitos feministas, no feministas, humanistas, igualitarios, etcétera, quizá ayudaría a retroalimentarnos de manera más significativa.
Parafraseando burdamente a Norbert Bilbeny y su magnífico mínimo común moral[7], propongo acordar un mínimo común de la equidad de géneropara encontrar en qué sí estamos de acuerdo. Es probable que en conjunto creamos que es necesario:
Reconocer que hay inequidad en el acceso de las mujeres a la educación, el empleo, la seguridad económica y social, el placer y el bienestar; en consecuencia, idear formas de eliminar esa disparidad, estrategias que garanticen posibilidades de vida justas para las mujeres de todas las edades, etnias y clases.
Esforzarse por garantizar una vida libre de violencia psicológica, física, estructural y simbólica para todas las personas, pero de forma urgente para las mujeres.[8]
Crear las condiciones necesarias para construir las identidades de forma libre y digna, tanto en comunidad como en la individualidad.
Con esta puesta en común, podríamos restarle importancia a la discusión de las etiquetas y evadir los tópicos de la condena hueca hacia la lucha por la equidad de género. Por ejemplo, una de las más frecuentes es calificar a estas demandas como “quejas”. Resulta irónico notar que son los opositores del feminismo quienes profieren, sobre todo, las quejas, pero (a diferencia del feminismo) sin ofrecer alternativas efectivas de cómo resolver, “sin lloriqueos”, estas cuestiones.
Si quienes leen estas líneas al final siguen creyendo que al defender lo anterior se adquiere la obligación de “odiar a los hombres” o “quemar brassieres” en las plazas públicas, necesitan desafiarse a sí mismos y a su capacidad de escucha. Porque las críticas a los feminismos son deseables y necesarias cuando son informadas, pero no cuando hacen perder el tiempo y energías valiosas al demandar las mismas respuestas una y otra vez: “No, los feminismos no odian a los hombres”; “No, los feminismos no apoyan ninguna clase de violencia”; “No, los feminismos no victimizan a las mujeres: les dan poder”. O bien: sí, la idea del feminismo es radical: Es la noción radical de que las mujeres son personas, como dijo Marie Shear. Sí, el panorama actual permite que convivan alegremente feministas de los más variados orígenes e intereses, desde los tacones hasta el ostentoso vello corporal… pero ojalá los quejosos del otro lado del espejo pusieran la misma atención a los otros temas que nos ocupan, porque la equidad de género no está nada más en la elección de rasurarse o no. Ojalá la discusión ya pueda moverse de lugar, porque hay mucho por resolver.
Desde luego, esta puesta en común es la posibilidad de regocijarnos, de sorprendernos en el encuentro, o de confirmar la distancia y expresar un abierto rechazo. No pasa nada: cada quién escogerá las batallas propias desde sus privilegios (o desde la falta de ellos).
Pero una amabilidad de su parte no caería mal: como decía mi abuela, si no ayuda, por favor no estorbe.
Esta petición va también para los genios bobos.
La estación de los genios bobos
En su prólogo al libro Lectoras, Juan Domingo Argüelles entrevista a poco más de una docena de escritoras como Margo Glantz, Mónica Lavín, Dolores Castro o Cristina Rivera Garza, nos da un paseo por una galería peculiar: la que exhibe una estupidez innegable que, con cierta frecuencia, invade a las personas más inteligentes. Por ejemplo, al aclamado filósofo alemán Arthur Schopenhauer cuando dijo: “Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteligencia de la música, así como tampoco de la poesía y las artes plásticas”.[9] Además de haber escrito El mundo como voluntad y como representación, también es autor de la famosa frase: “Cabellos largos, ideas cortas”. Aunque quizá lo malinterpretamos: es probable que se le haya ocurrido una tarde frente al espejo, mientras observaba la curiosa disposición de su calvicie.
Las galería del horror compilada por Argüelles se extiende a lo largo del tiempo y el espacio: desde los filósofos de la antigua Grecia y Roma hasta los días de Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Napoleón, Lord Byron, Stendhal y Bioy Casares quien escribió: “Nada más concreto, más burgués, más limitado, que una mujer”.
¿Por qué, si estos grandes hombres han construido el pensamiento occidental, son capaces de enunciar este tipo de torpezas? Porque es causa de una prerrogativa que han gozado históricamente. “Será que tienen razón”, pensaron quienes confiaban en su sabia guía, los menos instruidos y poderosos que ellos, las mismas mujeres incluidas. Y así, sus dichos se repitieron hasta el infinito. Hasta el día de hoy.
Comparemos la idea de un genio bobo del siglo XIX con las declaraciones de otro en el siglo XXI:
Las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie. Sólo el aspecto de la mujer revela que no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales.[10]
El problema viene de que hemos votado en asamblea mundial que hombres y mujeres son iguales. Y no lo son: los hombres somos competitivos en todas las áreas, sin excepción. Y lo somos porque asumimos las actividades más riesgosas, como la defensa contra otros machos, o la guerra en humanos. Y asumimos los riesgos porque los machos son sustituibles, las hembras no. Si un gallo se me muere, todas mis gallinas resultarán fecundadas por los restantes. La especie ahorra alimento si tiene más hembras que machos.[11]
Visto así, pareciera que muy poco tiempo ha pasado entre un párrafo y otro, salvo por la frase que indica que ya se ha votado por la igualdad de hombres y mujeres (aunque otra diferencia podría ser el desaliño de la prosa).
Las ideas de irracionalidad, animalidad, debilidad, así como la tarea reproductiva como fin último de las mujeres, pervive, aunque usted no lo crea. La argumentación “científica” de que la supremacía genética de los varones explica la disparidad entre un género y otro es popular en nuestros días, y no ha faltado quien y la cite a pie juntillas en la era del Me gusta–Compartir–Retuitear. Pero no es nada nuevo: Pablo Moebius ya lo había hecho al publicar La deficiencia mental fisiológica de la mujer, en 1900. No es extraño que aún las mujeres exitosas, que incluso hayan obtenido el reconocimiento de sus pares, sufran del Síndrome de la Impostora, un trastorno que las hace percibirse como estafadoras: en el fondo se sienten “fuera de lugar”, que no pertenecen a ese sitio, que no son merecedoras de la posición que ocupan, y temen el día en que los demás se den cuenta de que han engañado a todos[12].
Afortunadamente, Juan Domingo Argüelles no nos deja con la mera exhibición de la torpeza de estas ilustres figuras, sino que desmenuza la causa de su desliz intelectual: los inteligentes se permiten las estupideces “porque irracionalmente se consideran de una mayor valía intelectual y moral justamente por ser inteligentes. En su fuero interno, se comportan así por un convencimiento de la supremacía intelectual que, según su parecer y su sentir, les permite todo”.[13] Es decir, ni siquiera cuestionan si estas ideas se corresponden con la realidad. Moebius quiso demostrarlas científicamente, pero erró desde que se olvidó de revisar el fundamento de su hipótesis en primer lugar.
Al parecer, los genios bobos se sienten autorizados para hablar de misoginia, inequidad o feminismo aunque nunca se hayan ocupado en documentarse seriamente acerca de estos temas porque, al ser tan brillantes, están confiados en que podrán dar una opinión atinada, cuando en realidad lo único que hacen es repetir una convención social, un acuerdo que les favorece, y que, por lo tanto, no tienen la necesidad de cuestionar. Este mecanismo opera de la misma forma en otras desigualdades: las económicas, de clase, de etnia. Y es que es difícil estar dispuestos a reconocer que se tienen ventajas, porque al reconocerlo (en contextos donde el cinismo no es aplaudido, claro), estarían obligados a alguna clase de renuncia: ceder espacios, reconocer la valía de algo que no les gusta (esas cosas de mujeres), lavar los trastes…
Claro que es natural que seamos ignorantes de éste o cualquier otro tema en la vida cotidiana. No tenemos la obligación de saberlo todo. El problema es que la cuestión de la equidad de género involucra la construcción personal y colectiva de la identidad de las mujeres y de los hombres. Lo que sus palabras determinan influyen en el destino de media humanidad. Aunque los intelectuales no funcionen ya como esa brújula ideológica de las sociedades, por sus facultades para transmitir el conocimiento, su poder de decisión y visibilidad, los genios bobos “tienen una mayor capacidad para hacer daño, a diferencia de los simplemente tontos, que muchas veces causan perjuicios a otros, y a sí mismos, casi sin darse cuenta. A decir de [Carlo] Cipolla, ‘el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o autoridad que ocupa en la sociedad”.[14]
Los genios bobos necesitan dejar de suponer de qué se tratan los libros, investigaciones, discusiones y hasta las leyes que abordan la equidad de género. Seguramente son expertos en muchas otras cosas, pero de este asunto necesitan leer más y escuchar con atención antes de repetir las opiniones de siempre. Hay frases hechas tan sobadas por unos y otros que me sugieren una analogía estrambótica: las visualizo como un chicle que quizá en el origen fue redondo, dulce, de algún color brillante, pero que se fue pasando sin empacho de boca en boca hasta convertirse en un cuajarón gris, insípido y viscoso al que nadie pone muchos reparos porque ya se han acostumbrado a masticarlo.[15]
Quizá está de más decirlo, pero desde luego no todos los genios son bobos, así como no todos los bobos son genios, por mucho que sus ocurrencias sean aplaudidas y, ay, viralizables. Este fragmento pertenece a un texto que se hizo muy popular en las redes:
Hubo una época en que no podías observar a ninguna muchacha caminar por un campus, viajar sentada en metro o en un tiempo muerto, sin un libro de Murakami en las manos. Entonces no es que sea fan de estas chicas, pero no puedes esperar a que aparezca la morrita con un Carver, un Cheever o un Updike, sería lo mismo que declararse célibe por convicción. […] Víctimas perfectas del mercado editorial, han confundido al japonés con la Beatlemanía.[16]
Es similar a esta otra idea:
“Las mujeres, en general, no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno y no tienen ningún genio. Basta observar, por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en un concierto, en la ópera o en la comedia…”
Lo dijo Jean-Jaques Rousseau hará dos siglos y medio.
La razón por la que estas posturas se vuelven tan populares es porque la incorrección política es equiparable a ser “valiente”, “honesto”, atreverse a decir las cosas “como son”. Quienes no encuentran regocijo en el “me río porque es cierto”, son intolerantes y carentes de sentido del humor.
Pero esa no es la razón por la que no nos da risa. Las verdades a las que alude la generalidad de opiniones catalogadas como políticamente incorrectas son, con frecuencia, estereotipos, simplificaciones de la realidad que: 1) no reflejan la realidad, sino una experiencia muy limitada de ésta; 2) no cumplen con el objetivo principal del humor como herramienta de ruptura: no se oponen al discurso hegemónico, no confrontan al poder, más bien, lo refuerzan al reproducirlo en clave de chiste.
Por eso, para quienes nos gusta reír con una buena crítica, resulta un poco decepcionante que los espacios independientes donde se pone en evidencia la “estupidez de los inteligentes” que desglosa Juan Domingo Argüelles, pasen de largo e ignoren todas estas joyas de la soberbia y el sexismo. A mí, y seguramente a muchas otras personas, nos encantaría ver memes y GIFS que se burlen de los comentarios tipo: “Tu prosa es tan buena que no se nota que eres mujer”, y no sólo aquellos que presentan a las mujeres en términos de interlocutoras sexuales de los varones. Nos reconocernos ahí y nos reímos con ganas, claro, ¿pero dónde están esas otras experiencias? Hay mucho material… Es significativo que algunas de estas alternativas utilicen, para burlarse, las mismas fórmulas y estereotipos que usa el sistema que critican. ¿Qué tanto se rompen esquemas a través del humor si para burlarse de un autor es necesario decir que “logró hacer reír a diversos colectivos, entre los que puede mencionarse el de las amas de casa de la Colonia del Valle, en la capital del Reino”?[17]
Minimizar la experiencia femenina es tan normal que quien lo nota parece vivir en la paranoia: “Vieja el último”, “Debe andar en sus días”, “Lloras como mujer lo que no defiendes como hombre”…
A todo esto, ¿por qué las amas de casa son algo así como el enemigo público número uno de la cultura y las artes?
Sobre una escoba voladora
Me pregunto qué le hicieron las amas de casa a los escritores, editores y críticos para que las utilizaran como ejemplo del nivel más bajo de culturización y refinamiento del gusto. Lo evidencian comentarios muy naturales dentro de cualquier reflexión, por ejemplo, este fragmento sobre los géneros literarios: “De manera personal prefiero las novelas que están hechas de relatos […] Para mí los géneros son una mera convención editorial, o de mercado. Algo en lo que sólo se fijan los estudiantes de letras o las amas de casa”.[18]
También ha habido escritoras ansiosas por eliminar el lastre que provoca la identificación con el no tan deseable público femenino: “¿Por qué será que estas mujercitas ―doctorcitas― se interesan tanto por mí?” “Me adoran montones de mujercitas, amas de casa”, anota desolada. “También jóvenes de ambos sexos; eso es todo […] Tengo que decir aquello que se dice en momentos graves: ¡no es eso, no es eso!”.[19]
El caso de Rosa Chacel es trágico. Su desprecio hacia lo femenino viene de la imposición: “Los trabajos caseros me destruyen más que cualquier otra cosa […] infinitas porquerías de orden femenino”, que le impiden “ser quien soy, hacer lo que quiero hacer”. Como apunta Laura Freixas, Rosa Chacel es una representante de las escritoras que niegan su identidad femenina para ser aceptada entre los pares más valiosos: los escritores varones serios:
Convencidas de que lo femenino es inferior, intentan escapar a esa inferioridad negando su propia identidad de mujeres. Pero lo son, en un doble sentido: su condición femenina –no hablamos de identidad, de ser intrínseco, sino de circunstancia, de vivencia– se refleja en su obra, y en cualquier caso, son vistas como mujeres por quienes conceden –o no– poder y reconocimiento. El resultado es un sambenito, un pecado original que las persigue.[20]
Para muchos, el trabajo doméstico es una tarea natural de la condición femenina, un conjunto de labores menores que no tienen importancia, así como no la tiene el mundo ni los intereses de quienes las llevan a cabo, a pesar de que históricamente las amas de casa (las madresposas o las trabajadoras domésticas) no han hecho sino alimentar a estos paladines del arte, limpiar el lugar en que viven, lavar y planchar su ropa, cuidarlos durante las enfermedades, brindarles apoyo moral, desahogo sexual, e incluso asistencia laboral, desde llevarles la agenda hasta mecanografiar sus manuscritos, corregirles las faltas de ortografía o darles opiniones y buenas ideas para mejorar su trabajo. Independientemente de lo que han hecho para los otros, está la evidencia de lo que han conseguido para sí mismas además del orden de la casa y el bienestar de la familia (que ya es mucho decir): el premio Nobel, por ejemplo. Cuando Alice Munro lo ganó en 2013, algunos encabezados no incluyeron su nombre para que los internautas picaran el anzuelo de tan insólito hecho e hicieran clic para leer: “Ama de casa gana el Nobel a Murakami”.[21]
Pero volvamos a las amas de casa que no han escrito libros, ni ganado medallas. “El trabajo concreto de la mujer como madresposa se materializa en los otros y permite la satisfacción de necesidades básicas de primer orden, es decir, de aquellas necesidades que de no ser satisfechas llevan a la muerte”.[22] El cuidado, la escucha, la formación de los niños, la higiene del espacio, la compañía, es un trabajo invisible, amén de permanente, no remunerado, y apenas reconocido socialmente con tarjetas de felicitación o rebajas en los electrodomésticos el 10 de mayo.
Los que no tienen empacho en juzgar a las amas de casa como el peldaño más bajo de la escalera evolutiva del pensamiento deberían, por lo menos, reinventar sus ejemplos del mal lector. Aunque sabemos que en nuestro país las mujeres leen más, y en general están más interesadas en la literatura que los hombres,[23] son las primeras en ser juzgadas por el tipo de lecturas que escogen, como si los hábitos y las elecciones de los demás grupos no necesitaran mejorar también.
Si consideran que los libros para amas de casa y jovencitas son, sobre todo, productos de tan baja calidad, exitosos sólo por sus efectivas estrategias de mercadeo, ¿por qué no se ocupan de escribir mejores libros para ellas?
Por lo menos habrían de considerar qué tanto se benefician del cuidado prodigado por ellas, y cómo este cuestionamiento es un paso esencial para contribuir al desarrollo de las mujeres. Podrían dedicarse a cuidar más de sí mismos, o de otros, y así ampliar su experiencia vital.
Porque quizá “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”, como decía Sor Juana Inés de la Cruz, una de las primeras en desafiar el consejo para combatir a los trolls: le dio de comer a uno, y con excelentes resultados.
Las batallas en el planeta troll
Junto a la limitada pero relevante democratización del conocimiento impulsada por internet, las nuevas formas de ejercer la libertad de expresión, la expansión de saberes antes inalcanzables, el aprendizaje colaborativo y tantas otras bellezas que llegaron con los medios digitales, vino también la denominación para un personaje que siempre ha estado ahí, debajo del puente, dispuesto a arruinar la fiesta: el troll.
Aunque comparte rasgos iconográficos con el ser mugroso y huraño de la mitología nórdica, este troll es una criatura diferente: acecha detrás de la pantalla, con las manitas afiladas sobre el teclado, listas para irrumpir de forma violenta la dinámica de una conversación. Su objetivo es provocar una reacción negativa en quienes dialogan. Como todo concepto que se intenta analizar mientras se concreta su naturaleza, se presta a la designación subjetiva. Es decir, lo que para algunos puede ser un troll, para otros puede ser un participante más que hace una aportación polémica.
Pero, por lo general, quiere suscitar el enojo o indignación de los participantes. Y así como los de los cuentos tenían un olfato especial para la sangre de cristianos, ciertos trolls que hoy se dejan ver a la luz del sol tienen un gusto especial por el olor que despide una actitud desafiante hacia los roles tradicionales de género, sobre todo si es una mujer la que los pone a prueba. Esto abarca innumerables posibilidades, según el contexto, desde usar leggings aunque no se tenga el cuerpo de Kate Moss hasta manifestarse en contra de algún comentario misógino, pero a veces basta tener una opinión propia y hacerla pública. En este caso, el objetivo del troll también será provocar enojo e indignación, pero, sobre todo, el silencio de las desafiantes.
Quizá uno de estos trolls más antiguos del que queda constancia en la historia de las letras mexicanas sea Manuel Fernández de Santa Cruz, mejor conocido por su seudónimo, Sor Filotea, quien en una carta pública a Sor Juana Inés de la Cruz dijo lo siguiente:
No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron a este estudio, no sin alabanza de San Jerónimo. […] Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. […] No pretendo, según este dictamen, que V. md. mude el genio renunciando a los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. […] Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros.
Imagino la carta publicada hoy en línea, y enseguida, las ideas del párrafo anterior como primer comentario. Así:
1 comentario a “Carta Atenagórica”
Publicado por Sor Filotea de la Cruz el 25 de noviembre de 1690 a las…
Con esto, claro, se ve que mi definición de troll es amplia. Pero es que Sor Filotea cumple con varias características: la Carta fue una reflexión teológica que Sor Juana escribió dentro de una misiva privada. Cuando Manuel Fernández la leyó, consideró que tenía que hacerse pública… aunque no tuviera el consentimiento de Juana Inés. Así que escribió unas líneas muy elogiosas para la autora (pero al mismo tiempo bastante regañonas), le cambió el título al escrito: en lugar del Crisis de un sermón original, la tituló Carta Atenagórica por ser una argumentación digna de la sabiduría de Atenea, y para colmo, la firmó con seudónimo.[24]
Volviendo al presente, los trolls no son una curiosidad de internet a la que no hay que alimentar: con cada vez mayor frecuencia, se están convirtiendo en una amenaza para la seguridad de las mujeres en general, las que destacan por sus ideas u ofrecen estrategias para mejorar la vida de sus congéneres. Basta ver el preocupante caso de Anita Sarkeesian o el descorazonador ataque a la genial Mary Beard,[25] para notar que aún falta mucho para que la voz de las mujeres sea verdaderamente escuchada y respetada.
Las comandantes de la nave
Como se sabe, la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz pasó a la historia no sólo como documento autobiográfico, sino también como la brillante réplica de Juana Inés de Asbaje que dibujó en el panorama una conversación todavía necesaria: la defensa de que las mujeres no necesitan que se les diga en qué deben ocuparse o de qué no son capaces. Sor Juana tenía claro que podíamos hacer lo que nos viniera en gana, aunque estuviéramos encerradas en nuestras respectivas celdas. Ella, desde su claustro de monja, imaginó todo lo que su alma sin sexo experimentaría cuando escribió Primero Sueño, ese viaje por un tiempo y espacio delirantes, infinitos.
Me resulta muy conmovedor que algunos estudiosos de la ciencia ficción (no así los de la obra de Juana Inés) consideren a esos 975 versos como una obra de proto-cf,[26] porque ésta es un planeta que ha permitido muchas libertades a las mujeres. Alice Sheldon pudo regalarnos el fantástico mundo que tenía en la cabeza, aunque haya tenido que firmar como James Tiptree Jr., igual que Alice Mary Norton tuvo que convertirse en Andre Norton para publicar sus libros con cohetes a punto de despegar en la portada. Pero al imaginar Ursula K. LeGuin un mundo de seres hermafroditas con la magistral novela La mano izquierda de la oscuridad, o la divertidísima Connie Willis viajeras del tiempo incansables, una heroína entrañable tras otra, ya no han tenido que esconderse bajo unas iniciales, e incluso se han apropiado de ese discurso que, en apariencia, era sólo “de muchachos”. Reconstruirse fuera de las reglas, al margen del tiempo y el espacio, ha permitido que las mujeres se piensen a sí mismas sin límites. Como dice Catherynne M. Valente en su genial historia “13 maneras de observar el espacio tiempo”:
A veces siento que la parte de mí que es una escritora de ciencia ficción está viajando a una velocidad diferente que las otras partes. Que todo lo que escribo ya está escrito, y que la escritora de ciencia ficción me manda mensajes en el tiempo en alfabeto semáforo, a la velocidad que tecleo en mi máquina […] Al final del universo residual que es mi propia muerte, la escritora de ciencia ficción que soy yo y que será yo y que siempre fui yo y que nunca fui yo y que ni siquiera puede recordarme, mueve sus banderillas doradas y rojas hacia atrás, por siempre, hacia mis manos que teclean estas palabras, ahora, para ti, que quiere saber sobre ideas y conflictos y cómo un personaje empieza como una cosa y acaba como otra.[27]
Aunque Jean Franco, la indispensable académica y crítica, no haya abordado la posibilidad de que Sor Juana fuese una autora de proto-cf, me gusta que el título de uno de sus ensayos acerca de ella sugiera la idea: Sor Juana explores space (Sor Juana explora el espacio). En él, Franco analiza cómo echó mano de la alegoría para imaginarse a sí misma traspasando las rejas, lanzada hacia el conocimiento.
Curiosamente, Ursula LeGuin tiene otro ensayo cuyo título es una imagen aparentemente contradictoria, como el de Jean Franco: The Space Crone, algo así como La anciana espacial, pues no hay una traducción exacta para la palabra “crone” en castellano (bruja es la que se utiliza con más frecuencia, pero habría que acotarla sin su implicación peyorativa, más bien como “vieja sabia”).
En éste, LeGuin aluden al notorio silencio alrededor del proceso de envejecimiento de las mujeres: de la menopausia no se habla, es muy poco glamoroso. La misma Jean Franco aborda la cuestión a su vez en otro ensayo, Confesiones de una bruja: “Cuando hace unos años en una reunión del comité editorial de debate feminista propuse un número sobre la vejez, el rechazo fue unánime. No me sorprendió mucho. La vejez da asco, y el asco es una forma contundente de decir no”.[28]
De la misma forma, LeGuin menciona que lo más común es callarlos inconvenientes de esta etapa y tratar de permanecer con la apariencia más juvenil posible hasta la muerte, con lo que se pierde la oportunidad de convertirse en una crone: en la vieja sabia de los cuentos, la que tiene todas las respuestas, la que salva a los héroes y heroínas del infortunio con su poder y sabiduría. Entonces imagina que, de pronto, una nave espacial de otra galaxia nos pide que mandemos al mejor ejemplar de los nuestros, de la raza humana. Ursula supone que la mayoría acordaría mandar al astronauta ruso joven y masculino, en la plenitud de su vigor físico. Pero ella propone algo diferente: “Lo que yo haría sería ir al Woolworth más cercano, o al mercado local de la comunidad, y escogería a una mujer mayor de sesenta años que estuviera detrás del mostrador de joyería o del puesto de las nueces”, y hace un recuento de lo que, muy posiblemente, esa señora ha vivido: la niñez, el matrimonio, las veces que dio a luz, cómo crió a sus hijos, cómo los vio partir, cómo le duelen los pies al final del día y cómo ha visto morir a los que ama. Sobre todo cómo, a pesar de todo, conserva la necesidad de ser amable, de proteger a quien se le acerque. Concluye que las abuelas representan a la sabiduría humana de una forma en que los elegidos de siempre nunca podrían. El problema, dice LeGuin, es que probablemente no querría ir. “¿Yo? ¿Por qué yo, si no he hecho nada en la vida, si no sé nada?”.[29]
Pero vaya que sí saben. Las mujeres mayores contienen una sabiduría que ha quedado enterrada debajo de las toneladas de imágenes de lo que se supone debe ser una mujer, la imagen unificada de una muchacha no mayor de treinta, delgada, risueña y dispuesta a complacer con su cuerpo. La imagen opuesta a las reinas de belleza que contestan con torpeza las preguntas de los jurados para convertirse en la burla de todos (qué paradoja cruel contra estas chicas, contradicción para la que Sor Juana recomendó hace mucho: Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis), o al ama de casa o la abuela cuya opinión es de risa.
Creo que la vida de las mujeres sería muy diferente si perdiésemos el miedo a convertirnos en viejas sabias, a admitir que en nosotras vive esa posibilidad tripartita que antiguamente nos confería autoridad. Hemos sido y seremos la virgen, la mujer que gesta (no necesariamente a través de la maternidad: a través también del trabajo, de la creación artística, de las labores que sostienen la dinámica doméstica y social, es decir, la mujer productiva en sus distintos ámbitos) y la anciana sabia.[30]A decir de LeGuin:
Hay cosas que la mujer mayor puede hacer, decir y pensar que la mujer no puede hacer, decir o pensar (…) La mujer que está dispuesta a hacer ese cambio debe quedarse embarazada de sí misma. Ella debe cargar con la tercera versión de sí misma, con su vejez, a solas y con dolores de parto. No muchos la ayudarán con el alumbramiento. Ciertamente, ningún obstetra masculino tomará el tiempo de sus contracciones, le inyectará sedantes, preparará los fórceps, ni suturará bien las membranas desgarradas (…) Sólo una labor es más dura, y ésa es la última. Es el final, que también los hombres viven y sufren.[31]
Desde luego, el viaje de la heroína es una odisea personal; pero qué mejor sería “perder la vergüenza” a envejecer, como dice Jean Franco, y poner este tema a la vista. Hablar de este proceso las unas con las otras. Apoyarnos, aconsejarnos de una edad a otra. Dejar que las mayores sean las comandantes de la nave, colaborar con las jóvenes para que continúen aquello que las predecesoras comenzaron. Sor Juana tampoco se olvidó de esto, y sugirió la escuela de las viejas sabias: “¡Oh, cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi padre San Jerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a leer…”[32]
De vuelta al presente, al planeta Tierra y a México, yo también me aventuro a imaginar posibilidades para salir de las celdas, los cautiverios de Marcela Lagarde que mencioné al inicio de esta reflexión.
Las madresposas podrían ser madres que no reproduzcan la obligación del servicio, sino el anhelo de ser quienes ellas quieran. Podrían ser esposas sin ser madres, mujeres que han redefinido el amor romántico y lo aprovechan para disfrutar la vida, para crecer en pareja sin angustias.
Las monjas podrían convertirse en otras Sor Juanas, en pastoras modernas como la pastora Marcela de Cervantes que Don Quijote no necesitó defender, la que sólo quería la quietud de los campos y la conversación de sus ovejas: “Fuego soy apartado, espada puesta lejos”. U otras Soledades, es decir, mujeres que, como la princesa Soledad de Loba, la novela de Verónica Murguía, busquen una vida apartada dedicada a desentrañar ciertos misterios, porque saben que si se distraen con otras cosas, no podrán alcanzarlos.
Las putas podrían convertirse en pornógrafas, dueñas de su cuerpo y de su placer, reconstructoras del placer colectivo y su industria.
Las presas, en mujeres que sean capaces de tomar decisiones que no las perjudiquen.
Las locas se convertirían en imaginantes productivas de nuevos mundos, nunca más condenadas por sus pares, dispuestos a seguirlas sin temer que su canto sea fatal, como el de las sirenas. Las locas convertidas en las reconstructoras:
El encuentro creativo solidario entre las mujeres significa una locura excesiva (…) la única locura de las mujeres que implica la desaparición de los cautiverios porque es la única que se ha propuesto desarticular la organización genérica que hace a mujeres y hombres y a las mujeres entre sí, contradictorios y enemigos.[33]
Y sí: las imagino a todas con despampanantes atuendos futuristas, persiguiendo árboles que flotan sobre minúsculos planetas para coger una manzana, leyendo historias escritas con luz en el aire ligero y tibio de una primavera futura. Están riendo a causa de algún chiste por el que yo, desde el aquí y el ahora, también me río, aunque ya no lo alcance a comprender del todo.
[1] Marcela Lagarde y de los Ríos, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, 2005.
[2] Cita de Elías Canetti, en Masa y poder (1981), tomada de Los cautiverios… pp. 429.
[3] El Womanism, término acuñado por la escritora Alice Walker, busca eliminar todas las formas de opresión de género, de raza y de clase. Tiene sus orígenes en el pensamiento y las experiencias de las mujeres negras y, a diferencia del feminismo convencional de las mujeres blancas, no se ha favorecido de los privilegios de raza y clase. Esta perspectiva es compatible con el concepto de interseccionalidad adoptado por varias feministas. (No confundir womanism con el término en español mujerismo que tiene connotaciones muy distintas y más bien peyorativas).
[5] Frase de la obra teatral “Entre Mujeres”, de Santiago Moncada. En una reseña del estreno en el Teatro de los Héroes de Chihuahua, dice: “En la obra, todas las actrices lucieron radiantes a pesar de su edad. Margarita Gralia fue de las más aclamadas de la noche; con un vestido tres cuartos en rojo que acentuaba su estilizada figura…” (Omnia, 12 de junio de 2009)
[7] En el ensayo La revolución en la ética. Hábitos y creencias en la sociedad digital. Bilbeny, Norbert. Anagrama, 1997.
[8] ¿Por qué? La respuesta es que los alarmantes números de feminicidios, trata de menores, y la creciente impunidad de estos delitos son razones suficientes para declarar un estado de alerta de violencia de género en no pocas entidades del país.
[9] Juan Domingo Argüelles, Lectoras, Ediciones B, 2012, p. 18.
[10] Cita de Schopenhauer, en Argüelles, op. cit., p. 18.
[11] Luis González de Alba, ¿Cuotas por género? En la columna “La calle”, Milenio Diario, 4 de octubre de 2010.
[14] En Argüelles, op. cit., p. 18. Cabe aclarar que para Carlo Cipolla en Las leyes básicas de la estupidez humana (un fragmento está disponible en: http://biblioweb.sindominio.net/memetica/estupid.htm), el apodo de “genios bobos” sería incorrecto, pues la designación viene conforme a la magnitud del daño que se causa. Los tipos son: Desgraciado, Inteligente, Bandido y Estúpido; “genio bobo” se definiría como el “que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de gentes, sin conseguir ventajas para ella misma -o aun resultando dañada”.
[15] “Las cuotas son otra forma de sexismo”, “La corrección política es sólo censura”, “Las mujeres se victimizan solas”, “Hay asuntos más importantes, como la pobreza”, “Tipificar al feminicidio es discriminación, a los hombres también los asesinan”, “Yo no soy machista, soy un enamorado de la belleza y la inteligencia de las mujeres, es más, creo que son mejores que los hombres”… Basta darse una vuelta por los comentarios a los tuits o estados de Facebook que abren una discusión sobre la equidad de género y contar las veces que se repiten.
[24] Las circunstancias que rodean a este intercambio epistolar público son materia de minuciosos análisis y constantes discusiones entre quienes estudian la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, sería irresponsable pretender “entrar en detalles”. Me apego a la reflexión que hace Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la Fe (FCE, 2004) y la de Diana Valencia en Sor Juana. Entre el dogma y la modernidad. (1998). Disponible, éste último, en: http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/lasa98/DValencia.pdf
[26] Roberto Lépori, en “Sor Juana y la ciencia ficción o las consecuencias de una crítica paranoica”, menciona: “Nadie reclama a la Décima Musa, excepto los críticos mexicanos quienes, de todas formas, sólo la nombran. Miguel Ángel Fernández ubica al “Sueño” entre las primeras obras mexicanas en rondar la proto ciencia ficción. Gabriel Trujillo –interesado en la poesía de cf mexicana– también menciona como primera a Sor Juana. Ross Larson y Ramón López Castro demarcan el inicio de la cf en ese país con Sizigias y Cuadraturas lunares (1775) del franciscano Manuel Antonio de Rivas.” Es una discusión interesante para quienes gustan encontrar estas imágenes y rarezas en la literatura mexicana. El texto está disponible en:
[32] Patricia Rosas Lopátegui, “Sor Juana Inés de la Cruz”, en Óyeme con los ojos. 21 escritoras mexicanas revolucionarias, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010.
El triunfo de la muerte (1562), por Pieter Brueghel.
Como decía Borges, “morir es una costumbre que sabe tener la gente”; y en cuanto a costumbres, se tienen buenas y malas. Las enciclopedias registran, casi a su pesar, las que tienen algunos de morir mal. Las muertes inceremoniosas, injustas y hasta paradójicas que han padecido toda suerte de personas excepcionales a lo largo de la historia dan, por lo menos, para un comentario de ocasión.
De los antiguos tenemos muchos relatos pero pocas certezas. Por Diógenes Laercio conocemos la vida de muchos filósofos griegos: sus muchas biografías, algunas llenas de chismes, las escribió hasta trescientos años después de la muerte de éstos. Si hoy en día es de poco fiar una narración histórica del siglo XVIII, tanto más debemos sospechar de Diógenes. Con todo, tiene la ventaja de narrar destinos singulares. Según él, Tales de Mileto murió abrumado por una muchedumbre en una competencia gimnástica, a causa del calor, la deshidratación y la debilidad de ser viejo: “Las gimnásticas luchas observando / atento en el estadio el sabio Tales, / arrebatóle Júpiter Eleo.” De Heráclito dice que ya viejo se fue al monte a comer yerbas, se enfermó de hidropesía y para curarse se enterró “en el estiércol de una boyera”; no se pone de acuerdo si lo mató asolearse o si murió porque unos perros se lo comieron al no darse cuenta que se trataba de un ser humano embadurnado de estiércol. De Empédocles, el inventor de la retórica según Aristóteles, nos cuenta que después de una cena donde estuvo Pausanias desapareció, y que probablemente se arrojó al Etna.
En el Renacimiento se dieron muchas malas muertes. Tengo en la mente una conocida; otra no tanto. Fernando de Magallanes, quien estaba al servicio de España desde 1512, buscó cruzar el Nuevo Continente por el Sur, para conocer sus confines; en 1520 descubrió el estrecho que ahora lleva su nombre, es decir, lo que faltaba por descubrir. Para su desgracia, no se detuvo allí: siguiendo la lógica ya establecida, supuso que lo que seguía era otro océano, cuyo tamaño ignoraba, y una vez atravesado, llegaría a las verdaderas Indias. Navegó tres meses por un océano al que le pareció buena idea llamar Pacífico. ¿Para qué? Para ser asesinado, y probablemente devorado, por los habitantes de una de las islas Filipinas. Según la Enciclopedia Británica, murió en una famosa batalla contra una tribu cebuana encabezada por el gobernador tribal Lapu-Lapu, en la isla Mactán.
El desconocido Melchior Hoffman, luego de proponer una mística teoría anabaptista, se separó del luteranismo y del resto de los anabaptistas para predecir el fin del mundo, que tendría lugar en 1533. La predicción también decía que él mismo en compañía simbólica de Cristo entrarían triunfantes a Estrasburgo —of allplaces!— a fundar la Nueva Jerusalén. Tuvo como maestro a Hans Hut y a Agustin Bader: el primero predijo el fin del mundo para 1528; éste último para 1530. El mundo se acabó para unos cuantos; a él lo metieron a un calabozo.
La Ilustración no exentó a nadie de morir a la mala. Antoine Laurent de Lavoisier, miembro de la comisión del sistema métrico durante la Revolución francesa y quien elaboró la primera teoría de la composición del agua y otras minucias, fue enviado a prisión en noviembre de 1793 cuando la Convención ordenó el arresto de los recaudadores de impuestos. Ese fue su pecado. Y lo guillotinaron. Su casi contemporáneo, Johann Joachim Winckelmann, uno de los principales teóricos del arte griego y romano y a quien le debemos, quizá, las primeras bases de la arqueología, un día de 1768 en Trieste, fue asesinado por un ladrón, para robarle unos medallones que llevaba consigo.
El siglo XIX es rico en enfermedades venéreas como la sífilis, y también en suicidios vergonzantes. Sin embargo, es mejor dejar de lado esas formas de morir para concentrarnos en otras más insospechadas. Évariste Galois, el matemático francés que propuso la primera teoría de grupos, encarcelado por protestar abiertamente contra el advenimiento de la Restauración de la monarquía en Francia, salió de prisión en 1832; auspiciado por la desgracia, se cree que fue retado a duelo por un lío de faldas. Ante la fatalidad que significaba enfrentarse a un campeón de esgrima del ejército francés, dedicó la vigilia del duelo a elaborar sus postulados matemáticos, que antes habían sido rechazados por la Academia de Ciencias. Murió en un hospital a consecuencia de las heridas. Tenía 20 años.
Me gustaría hablar de Ambrose Bierce, pero es un lugar común, y siendo tan breve el espacio, no puedo darme ese lujo. Mejor vamos con una novedad. Este ejemplo es de un anónimo. No he averiguado cómo se llamaba. Charles F. Hockett habla de él en su Curso de lingüística moderna. Su grandeza, única y suficiente para mí, es que fue el último hablante del dálmata, “lengua románica que se habló en lo que hoy es Yugoslavia; murió en la explosión de una mina en 1898”.
En el siglo XX la mala muerte se dio con gran naturalidad. Podríamos pensar en todos los escritores, científicos y animadores sociales que fueron a campos de concentración, fueron traicionados, cayeron en desgracia o simplemente desaparecieron. No es pertinente mencionar aquí y llevar a desdicha estas anécdotas. Recuerdo más bien algunos accidentes lamentables. El compositor español Enrique Granados murió en 1916 a bordo del SS Sussex, hundido durante la Primera Guerra Mundial en el Canal de la Mancha por un submarino alemán; regresaba a España después del estreno de su ópera Goyescas en Estados Unidos. Albert Camus murió en un penoso choque en carretera. Ni la imaginación, ni el intelecto, ni la audacia han de salvarnos de ser atropellados. Roland Barthes fue atropellado en el Quartier Latin, frente a La Sorbona en 1980; murió a causa de las secuelas del accidente.
No hay ars moriendi. Morir, “esa costumbre que sabe tener la gente”, puede ser un vicio impuesto por el azar. Ahora me preguntarán, ¿a qué viene todo esto? ¿Cuál es la moraleja? Un simple y lacónico: no lo sé. Nadie lo sabe.
La casa donde supuestamente habitó Shakespeare en Stratford-upon-Avon. Fotografía: Wikimedia Commons
Dos vendedores de libros antiguos de Nueva York creen que han encontrado el diccionario que utilizó William Shakespeare para escribir sus obras. De ser cierta esta historia, el diccionario, una copia de An Alvearie or Quadruple Dictionarie de John Baret contendría anotaciones en los márgenes del propio Shakespeare, que George Koppelman y Daniel Wechsler compraron e-bay. No obstante, hay una buena cantidad de escepticismo entre la comunidad académica, sobre si el ejemplar sería auténtico o no. Se trate de un gran hallazgo o simplemente una treta muy bien armada, el diccionario puede ordenarse y adquirirse en línea.
Al salir de la reunión lo único que pude pensar fue: ¿para qué hablar de la casa de un poeta y no de su poesía? La incasable búsqueda por los detalles baladíes a los que nos aferramos con un compulsivo morbo de escudriñar en la vida de los otros, principalmente de aquellos famosos o casi famosos resulta una especie de compartir una vida ajena, casi vivirla, casi usurparla.
Así me habían encomendado la tarea de escribir acerca de la casa de Rafael López, el poeta modernista.
Inmediatamente me puse a buscar rastro de la casa. Vivo en la Ciudad de México y como tenía dos días para escribir la crónica me resultaba imposible trasladarme a la ciudad de Guanajuato. Hallé en una ilustrativa página web de tours quijotescos que en uno de sus recorridos turísticos se encuentra la casa del poeta. Paso siguiente llamé a la Secretaría de Turismo de Guanajuato y después de tres intentos fallidos y una relación estrecha con el conmutador y, la nula respuesta acerca del domicilio de la casa de López, emprendí otra búsqueda.
A lo sumo tres o cuatro sitios en internet hacen referencia del personaje Rafael López y su obra. Busqué en los catálogos de las bibliotecas universitarias de la ciudad y de otras bibliotecas públicas. Cuando casi me daba por vencida, más presa del hambre que de la desesperación de no hallar más datos concretos del poeta y su casa de nacimiento, encontré los registros de sus obras en la Biblioteca México.
La mañana siguiente: el mítico viaje a la biblioteca. Descubrí que hacía seis años que no pisaba ese edificio olvidado, frío y lúgubre que alberga a la México. El contraste entre la gente en los alrededores proveniente de muy distintos lugares y clases sociales, edades, oficios y que hacen una especie de paseo dominical entre semana y —al entrar a la biblioteca— el silencio rotundo; la limpieza de lo recién hecho y al mismo tiempo todo nuevo, todo efímero e inacabado: los letreros, las molduras de las puertas, las sillas, las mesas. Las salas de consulta parecen una cafetería, donde había estanterías con fichas de catálogo ahora hay mesas con monitores de computadora descomunales. En las orillas descansan las bibliotecas personales de José Luis Martínez y otros intelectuales, una especie de cementerio forzado con calzador; cada una resguardada por sendos policías como si quisieran evitar que los estudiantes de secundaria, que pueblan desinteresados las salas de lectura, atacaran vandálicamente la memoria de la indiferente historia literaria de México.
La sorpresa vino al recibir la respuesta azorada de los bibliotecarios cuando se percataron de que por mí misma había establecido la clasificación de un material prácticamente olvidado, y preguntaba por la letra correspondiente de la estantería que los resguardaba. ¿Pero ya sabe qué libro está buscando? Sí, tengo la clasificación, respondí. ¿La clasificación?, exclamó escéptico el amable bibliotecario. MX/861/L6/O2, respondí lacónicamente. Venga por acá, contestó aquél, cambiando la expresión de su rostro como si me hubiera sido aceptado como el nuevo miembro de una cerrada cofradía.
Finalmente en el estante dos libros enjutos flanqueados por otros de poetas casi desconocidos respondían a la autoría de Rafael López. Primero hojear en un ejercicio dadaísta las páginas del libro, después el trabajo serio: revisar el índice y dar paso al prólogo. Ninguno de los dos prometía mucho, a pesar de haber sido escritos por un tal Alfonso Reyes y por otro ilustre estudioso de nombre difícil (Serge I. Zaïtzeff ). Y digo un tal Alfonso Reyes, porque las tres sucintas páginas firmadas con este nombre no parecían dignas del célebre neoleonés sino de algún impresor de la burocracia contemporánea. En él, el elogio, la grandilocuencia, la superficialidad.
En el otro prólogo, del poemario La Venus de la Alameda, se enumera cronológicamente la vida del poeta. Hace un breve análisis de su poética y filias literarias; así como las razones (implícitas) del porqué ha sido olvidado y peor aún, el porqué de su autocensura y la falta de ganas para escribir que López padeció los últimos años de su vida. Se cuentan las glorias y los múltiples trabajos del poeta: publicó en todas las revistas literarias importantes de su época, fue miembro de Ateneo de la Juventud, profesor y prolijo cronista en diarios como El Universal; así como partidario de movimientos vanguardistas como el Estridentismo y el Agorismo, que como consecuencia lo llevaron a decidir no aceptar su curul en la Academia de la Lengua. Finalmente, el joven vate creció al aceptar la dirección del Archivo General y como pasa comúnmente (la burocracia y la poesía no se llevan de la mano) el poeta no escribió más.
Sin embargo, en ninguna de las líneas escritas a Rafael López aparece rastro alguno de su casa, sólo la fecha de su nacimiento (Guanajuato, 4 de diciembre de 1873). En mi rápida investigación no encontré imagen del lugar donde vivió y pasó sus primeros años. No puedo aseverar que ahora en ese sitio hay una casa de cultura, un cibercafé, una tienda de ropa femenina o un Oxxo. Fallé. Esa casa es para mí un lugar desconocido, un casi no lugar. No prometo regresar para montarme en un seudo tranvía y escuchar el guión impreciso del guía donde indique que de lado derecho se encuentra la casa del poeta guanajuatense Rafael López, no tiene caso ni sentido. Al regresar a la vieja Ítaca citadita que es la Biblioteca México entendí que la casa de un poeta son los libros que dejó; los versos, sus puertas y ventanas; las estrofas, la sala y el baño; las rimas y los temas, las lumbres, el agua de las tuberías: un hogar.
“Cumbia esquimal no está tan mal, ponte los guantes, ponte las botas, ponte orejeras, ponte manoplas; cumbia esquimal no está tan mal aunque no es tropical”. El sonido de una melódica que se prolonga a través del sampler, seguido por unos acordes de contrabajo. De fondo una secuencia percusiva hecha con un pad digital que se toca con una especie de lápiz. Y luego el canto de una mujer que nos envuelve con una anti-cumbia mutante y distintas arengas que se burlan de los clichés del reguetón. Hacia el final toca una flauta de pan que con ironía de por medio también cita a la cumbia andina.
Así se arma en directo “Cumbia villera de la ciudad armera”, una canción sorprendente por su desparpajo, por la buena técnica de su hechura, por llevar hasta ambientes presuntamente más intelectuales (como librerías y galerías de arte) el sonido de una música popular considerada de la más baja estofa.
En ningún momento Maite Arroitajauregi, conocida como Mursego, deja de lado su elegancia; una sobria presencia que se desdobla cuando canta que hasta parece ser otra mujer. Cumbia minimalista que niega ser cumbia y que además conlleva mucha inteligencia al momento de increpar a sus escuchas.
II
Durante años la revista española Rockdelux acompañó a su edición impresa con un disco compacto que siempre revestía puntos de interés, ya fuera por el artista elegido o bien por el sello discográfico que mostraba su catálogo. Además eran muy esperados sus recuentos anuales que se distribuían en tres entregas. La última de ellas, el recuento de las mejores canciones nacionales según su criterio.
Ahora que están celebrando su 30 aniversario, anuncian su sentir sobre este formato, sobre el cual piensan ha caducado, de modo que sólo conservarán algunas ediciones especiales. Afortunadamente el sondeo anual permanecerá. Es así como a esta compilación debo el hallazgo de Mursego, esta chica de origen vasco que incluyó su falsa cumbia villera en su último álbum, Hiru, considerado por la publicación catalana como parte de lo mejor que el 2013 entregó, y vaya si tienen razón.
III
Una vez que las diferentes versiones de la “Cumbia villera de la ciudad armera” conquistaron mi devoción completa, me entero que Maite, nacida en Eibar durante 1977, es una de las colaboradoras del nuevo disco de Nacho Vegas, Resituación (Marxophone, 2014).
Tuve la oportunidad de entrevistar al asturiano y preguntarle acerca de la participación de Musergo en este nuevo disco. El autor de “Actores poco memorables” me platica: “En algunas de las presentaciones en directo de la Fundación Robo tuve la suerte de compartir escenario con ella. Yo estrenaba “Ciudad Vampira”, que está inspirada en la misma canción de Daniel Johnston de la que ella había hecho una adaptación al euskera, y para este disco le pedí su versión para introducir mi canción. Y es un minuto de una belleza extraña y mágica, es una de mis partes favoritas del disco”.
IV
Hiru (Bidehuts, 2014) es el sucesor de Bi (2011) y en él ésta virtuosa multi-instrumentista dio con las canciones más redondas de su carrera, sin importar los ritmos por los que transite. Ella sabe ir del folk al pop sin problema; lo suyo es una gran diversidad en la que cabe: “hasta hardcore mezclado con electrónica. Es un poco tropical, africano y euskaldun“, como declaró a los medios del país vasco durante la gira de presentación del disco en pequeños locales de la región.
Porque además causo un pequeño cisma local al poner en evidencia a los hipsters del lugar a través de una canción muy incisiva, “Eusnob”, que no trascendió más allá por cuestiones del idioma pero que caló fuerte en la cultura vasca. Así dice un fragmento de su letra: “Tú, intelectual vasco, homo sapiens conceptual, abres la boca y enseguida caigo de que eres un snob”.
Debemos decir que en la parte de lo tecnológico se encuentra cerca de lo que hace Andrew Bird y especialmente de Tune Yards (otra chica que desparrama talento). Para crear su música es fundamental la pedalera que utiliza para samplear y crear capas de ritmos que se superponen; es un elemento que Mursego toma como parte de su identidad: “No me puedo enfadar con el loop, es mi arma“. Así es como logra hacer confluir a la música clásica, la vanguardia minimalista y el rock al estilo The Velvet Underground.
V
Para su tercer álbum (Hiru quiere decir tres en euskera), trabajó en los estudios Elektrika de Azpeitia, por vez primera al lado de un productor, Ibonrg, quien además canta y toca la trompeta en algunos de los 11 temas. En cuanto a la escritura de los temas participó Víctor Iriarte, principalmente, pero también hay textos de Louise Bourgeois, Mikel Ayerbe, Beñat Sarasola, Harkaitz Cano y la propia Maite. Tal confluencia de autores hace que se escuche idiomas como euskera, castellano y algún otro.
En realidad éste es un proyecto que refleja cuan sumergida en el contexto artístico se encuentra Musergo. Incluso contiene un microrrelato que hace las veces de introducción al disco, a cargo del escritor Iban Zaldua; además en la edición en vinilo se aprecia en todo su esplendor la portada hecha por el dibujante Ramon M. Zabalegi, cuya obra minimalista muestra a Maite y tres murciélagos ―uno por cada disco en su carrera―, los cuales también aluden al significado de su nombre artístico.
VI
En lo musical es generosa y vasta, pues podemos escuchar varios instrumentos: cello, piano, ukelele, autoharpa, xilófono y flauta. Musergo se ha arropado bien al momento de contar historias y se mueve con soltura entre la poesía lírica y cierto gusto cinematográfico; así es como puede llevar su aventura hasta la “Savana violenta” o bien ingresar hasta las mismísimas minas del Rey Salomón.
Hiru es un periplo ambicioso que nos permitirá descubrir de este lado del Atlántico a una artista virtuosa y valiente. La combatividad vasca está muy presente en una propuesta que apuesta por una forma de arte que al igual de inteligencia se encuentra atestada de sentido del humor. Más allá de los parámetros comerciales sigue existiendo el reino maravilloso de lo inesperado e inusual.
Donde hay una bicicleta existe también una historia humana, de búsqueda, lucha, fracaso; quizás de redención. No son las bicicletas explora las experiencias sobre ruedas y aborda las relaciones entre dicho medio de transporte y el mundo que les da existencia y sentido. Este documental es la primera incursión en el género para el Programa Cultural Tierra Adentro, mediante la cual buscamos sumar nuevas alternativas a su objetivo de dar a conocer el trabajo y expresiones de los jóvenes de toda la República Mexicana.
La producción completa estará disponible muy pronto a través del sitio del Programa Cultural Tierra Adentro y se planean proyecciones en diversas sedes a lo largo de la República Mexicana. Para nueva información visítanos próximamente en este sitio o síguenos a través de nuestros canales de redes sociales (los enlaces están en la esquina superior derecha).
No son las bicicletas
México, 2013.
Dur.: 42 min.
Dirección: Ricardo Poery
Guión: Ricardo Poery y Omar González Zamudio
Fotografía: José Alberto Rivera Bonilla
Producción: Ricardo Poery
Productora asociada: Avril Blanco
Producción ejecutiva: Conaculta-DGP-Programa Cultural Tierra Adentro
Director de producción: Omar González Zamudio
Asistente de dirección: Suani Bonilla Hernández
Productor de línea: César Augusto Ríos Morales
Iconografía y asistente de fotografía: Aura M. Medina Hernández
Investigación: Omar González Zamudio y Albert Weber
Hay diferentes formas de vivir un laberinto: mente, cuerpo, espacio. Como una obra, su complejidad depende del soporte del que está hecho. Las palabras crean laberintos donde transitan personas, bibliotecas borgeanas, por ejemplo. Un cuadro al óleo puede ser un laberinto, Piet Mondrian creía que el sujeto estaba dividido en tres estados que correspondían a un nivel teosófico y formaban así una unidad. Un cuerpo suele ser un lugar laberíntico, un objeto obsceno que ostenta infame sus cicatrices más profundas. Existen lugares abatidos por la premura con que fueron olvidados, el aire ahí se vuelve una grieta donde se avientan los restos de los náufragos, aquellos que perdieron el rumbo o lo olvidaron.
En todo caso, ser implica siempre emprender una trayectoria que sabemos de antemano inconclusa. Más aún, todo momento de encuentro es también de perdida de sí mismo. De adolescente quería experimentar qué tan distinta podía ser la realidad, qué tanto podía estirarse, hasta dónde finalmente era mía. Fui a la sierra y comí hongos alucinógenos, decidí entonces caminar, me perdí, un hombre vestido de blanco salió de entre los árboles y me hizo una propuesta: si quería saber tenía que ir, perderme un rato en aquella espesura, mimetizarme. Ese hombre era yo, por supuesto, diciéndome bajito, abre esa puerta; era demasiado pronto, tenía 17.
De eso trata Inmerso, exposición fotográfica de Roberto Camargo, del momento en que uno decide pararse en seco, detener la vorágine de las ocupaciones diarias, del trabajo y la vida citadina, para observar el entorno pero sobre todo para observarse a uno mismo. Inmerso es un viaje, el testimonio de una travesía interior reflejada en el afuera.
En el año 2011 Roberto comenzó este proyecto fotográfico mientras salía a caminar por las inmediaciones de su casa, en un bosque. De repente sentía que alguien lo observaba, tomaba entonces una fotografía. Con el tiempo empezó a percibirse como parte del entorno, una prolongación del espacio, esa amalgama.
Como suele pasar en esta ciudad, conocí a Roberto bailando. Su exposición tenía dos semanas de haberse inaugurado, a finales de marzo. Mientras bebemos le digo que no pude ir, él se ofrece a hacer el recorrido conmigo. No lo he dicho, pero su exposición es también un viaje, marca un itinerario. Las fotografías están distribuidas en tres espacios, en tres galerías de la ciudad de Oaxaca: Zegache, Tingladography y 411 Espacio fotográfico. Roberto quiso que los espectadores vivieran de esa forma sus imágenes, como lo hizo él, caminando.
La primera es la galería Zegache. Son las dos de la tarde y el sol cae metálico sobre mi espalda. Está a dos puertas del bar que solía visitar cuando estudiaba y visitaba Oaxaca los días feriados. El lugar era horrible pero la cerveza barata. Dentro de Zegache se expone un laberinto. Las fotografías son visiones casi circulares de unas ruinas, acercamientos. Mientras las observo me acuerdo de las mías, del monstruo que encontré en el centro. Roberto me explica que esas fotografías fueron reveladas por medio de cianotipia, son las diferentes formas de entrar al laberinto. Parecen dibujos, tinta que guía. ¿Y hay salida?, le pregunto.
La segunda galería es Tingladography. Hay un perro en la entrada, se llama Cumbia. Bonito nombre, le digo al dueño. Ahí sólo se exhiben tres fotografías. Empiezo a darme cuenta de que el tres es un número significativo en su obra. Roberto aparece en ellas, o mejor dicho, desaparece. Son autoretratos. En la primera se le van los ojos, luego se difumina su cuerpo, en la última termina por explotar y fundirse con el paisaje. Las ramas consumen lentamente su piel, lo abrazan. El uno es el todo. Revelación, páramo, visión del más allá que se encuentra aquí, cerca. Comunión de las ideas.
Lo mejor siempre está al final, me parece. La última galería es 411 Espacio fotográfico. Está ubicado frente a donde solía vivir cuando era niña. Al entrar nos topamos con un paisaje impreso en una lona que nos cierra el paso. Casi la atravesamos. El lugar al que Roberto iba a caminar cuando vivía en Puebla, me dice. En la siguiente sala entiendo mejor el recorrido, el encuentro, la libertad, esa entrega abierta. Es curioso pero mi tesis de licenciatura trata de algo parecido, de la mirada como trayectoria, como violento encuentro entre seres errantes.
Hay muchas formas para hablar de un sólo camino. Me dice que solemos llamar a personas o cosas con el pensamiento, atraemos mundos también. Pienso que sí, que cuando más he necesitado de alguien, esa persona, aunque sea un extraño, llega, y que cuando alguien más ha necesitado de mí, llego. A veces, sin embargo, simplemente coincidimos, nos encontramos. A veces, incluso, esto sucede en países ajenos. Percibo su mirada sobre las cosas en aquel bosque, esa mirada también es mía: desolación en la hierba seca, el sol doró los campos demasiado tiempo, piel metálica de serpiente, una hoja muerta, un cuerpo herido, la luz también se refleja en la piedra, el silencio puede fotografiarse. Un reflector dormido sobre la imagen, eso somos.
He despertado, por fin ha terminado mi propio laberinto. Me seducía, me pedía que no dejara de imaginar maneras de salir, escapatorias. Tenía que pararme en seco e intentar el silencio. Hubo un tiempo en que el silencio me caía como una manta helada. Ahora sé que es una respuesta, esa imagen donde simplemente me permito ser, y a la mierda lo demás, a la mierda el mundo y sus supuestos, sus presiones, sus pies en falso. Bebamos el silencio, seamos el aire que recorre los árboles, acaricia los cerros.
Roberto me dice que cuando tomaba las fotografías meditaba, atravesó así etapas de su propia psique, llegó a pequeñas iluminaciones. Le creo, cada vez encuentro más personas que han despertado a otra vida. Meteoros sobre la piel, llamadas de fuego. Yo soy han sido las palabras más dulces que he dicho, las más difíciles también. Veo por la calle que la gente va sedienta de sí misma, de un espacio cálido para recostarse en los días fríos, ese espacio donde uno pertenece, donde va a soñar todas las noches. Para poder vivir hay que tener sueños en los ojos, mares cristalizados, terrones de azúcar derretidos, placeres, carbones incandescentes, paisajes.
La exposición estará hasta mayo.
Ya lo dijo Walt Whitman en Song of Myself (Canto de mí mismo):
Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. / Vago…… e invito a vagar a mi alma. / Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío. / Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí, de esta tierra y de estos vientos. / Me engendraron padres que nacieron aquí, de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí, de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. / Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta. / Y con mi aliento puro comienzo a cantar hoy / y no terminaré mi canto hasta que me muera.