Tierra Adentro

Convocatoria Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) 2014, Nayarit

El Gobierno del Estado de Nayarit, a través del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit invita a participar en el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico (PECDA) que tiene como propósito contribuir a promover el desarrollo cultural del país, a través de la concurrencia de esfuerzos y recursos del Gobierno Federal, de los Gobiernos Estatales participantes, la sociedad civil y la comunidad artística, que permitan estimular la creación artística y cultural de calidad.

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), a partir del año 1993 promovió la política pública de descentralización de bienes y servicios culturales, estableciendo mecanismos de financiamiento a través de Fondos Mixtos que articularon Programas Especiales.

El PECDA promueve el desarrollo y profesionalización de los creadores, intérpretes, investigadores y promotores culturales en las Entidades Federativas, a través estímulos económicos a proyectos culturales, que se otorgan mediante su participación en convocatorias públicas a nivel estatal.

La Dirección General de Vinculación Cultural del CONACULTA a través de la Dirección de Vinculación con Estados y Municipios, es la responsable de coordinar el PECDA de manera conjunta con las 31 Instancias Estatales de Cultura, en las que se desarrolla el programa.

El día lunes 26 de mayo en el Centro de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz CAC a las 11:00 horas, con el fin de cumplir con la difusión para que la información sea oportuna y llegue a todos los interesados del estado.

Tomado de la página del Gobierno de Nayarit.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Fotografía por Pixabay.

Quizá citemos demasiado o quizá citemos demasiado poco. Cualquier persona en condiciones de escribir un texto debe tomarse muy en serio esa costumbre, a menudo desafortunada, de citar. Deberíamos hacernos unas cuantas preguntas antes de sacar a relucir nuestra colección de citas. Preguntas ancladas en el sentido común y también en la humildad. Preguntas como: ¿lo que estoy citando es realmente pertinente? Y la no menos sensata ¿para qué demonios cito?

Citar puede ser un acto jactancioso, decorativo, hasta ornamental; también puede ser una manera de pedir refuerzos en la batalla de nuestros argumentos; también una forma de la cobardía o una forma de la ignorancia. ¿Cuántas veces no se citan fragmentos, frases de libros que no se han leído o que se han entendido bien? ¿Con qué frecuencia no es posible ver una frase fuera de contexto que dice justamente lo contrario? ¿Cuántas veces no se citan sólo lugares comunes: las frases de siempre del mismo escritor, citadas desde otras citas y otras citas?

Stevenson hablaba del “encanto que debe tener el escritor”. Suerte de pertinencia, de buen gusto, de elección. Saber, con no poca elegancia, cuándo es momento de decir algo. Cuando Stevenson habla de “encanto”, yo pienso no sólo en el encanto de la buena elección de las palabras, sino en el encanto de una buena conversación. Aquel mal conversador que a la menor provocación evoca obras, autores y antologías en el diálogo improvisado de una fiesta de cumpleaños, puede que tenga mucho en común con un escritor amante de la referencia y las notas al pie.

El buen conversador se pregunta: ¿vale la pena mencionar esa erudita referencia o mejor me inclino por una verdad de Perogrullo o mejor opto por decir mi propia opinión? El mal conversador, por el contrario, se arroja sin reserva a citar un verso de Du Bellay sobre los viñedos de la Borgoña cuando los invitados al cumpleaños toman vino cosechado en California. La cita impertinente o es pedantería o es miedo al vacío.   Ciertamente puede existir una relación psicológica del escritor para con la necesidad o la no necesidad de citar. En algo coincidimos Jean Starobinski y yo respecto de Robert Burton: su libro Anatomy of Melancholy tiene una cantidad de citas más que interesante. La mayoría de las ediciones modernas, incluidas sus traducciones, han añadido como notas al pie de todas las referencias a los textos citados por Burton. Lo que la vuelve no sólo abrumador sino que no va de la mano con el espíritu de la obra. Según Jean Starobinski —no tengo ganas de poner la referencia, así que discúlpenme— la proliferación de citas en la obra de Burton es una suerte de declaración de insuficiencia y también una forma de ornamento para combatir la monomanía y el tedio que caracterizan el estado melancólico. En el “prefacio satírico”, el propio Burton declara que su libro es un “centón”, género literario conocido en el cual las citas son la materia misma de la elaboración literaria. Burton quiere sentirse acompañado en el alivio de la enfermedad de la bilis negra. Pero Burton nunca citó con notas al pie, dando santo y seña de cada libro: las notas al pie del libro de Burton, añadidas por editores desocupados, superan las 2000 sin ningún problema.

Sea por miedo al vacío o simplemente por una sincera declaración de humildad, la idea de que Burton, siguiendo la sensibilidad renacentista usara algunos de los consejos de Montaigne, el “sobrepeso”, los “emblemas supranumerarios”, para mitigar la melancolía, puede que le levante un poco la moral a los citadores compulsivos. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla. ¿Usamos las citas para sentirnos acompañados al sostener nuestros argumentos o necesitamos de las citas para poder tener argumentos? Nada tiene de malo decir: “a mí no se me ocurrió”, “alguien más lo pensó antes y lo pensó mejor”. Pero tampoco hay que pecar de blandenguería y tibieza de criterio, también hay que afirmar, interpretar y por qué no, especular, por nuestra propia cuenta y con la sola ayuda, poca no es, de nuestro juicio. Que la obra maestra de la melancolía renacentista sea un centón de medicina y retórica antigua quizá nos ilustre que la costumbre de citar en exceso es ante todo resultado del taedium vitae: el tedio inexorable de la vida.

Si es que vale de algo mi opinión, se me ocurre que la mejor manera de citar es pensando en que hay “muestras”, vestigios, indicios de algo que queremos probar; decir con citas o referencias que efectivamente hay un concepto donde se dice que existe, que hay un idea en cierto libro o en cierto autor y mostrar la prueba. La cita debería ser, salvo mejor cosa, el albacea que vele por la integridad de las ideas del aludido.

Si bien estamos frente a una discusión bizantina, admitamos que, podemos tener una opinión sobre las citas sin que sea necesario citar. Tenemos el derecho a hablar sobre un tema sin necesidad de aludir, con la posibilidad de interpretar, sospechar, especular con la sola enmienda de hacernos cargo de ello. El mal de las demasiadas citas puede no ser un pecado mortal, salvo que nosotros somos los autores de nuestros textos y no tiene nada de malo, de vez en vez, estar solos con nuestros —siempre manidos— argumentos.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Durango, 1988) es editor y traductor. Estudió Lengua y Literatura Francesas en la UNAM. Actualmente trabaja para el FCE.

Imaginar es una forma de reapropiarse del espacio. A veces el cuerpo no basta para habitar el mundo sino que constituye sólo un inicio, un punto de partida para construir otra clase de vínculos. Puentes, quizás, que nos enseñen que el otro no existe sino como espejismo. Lo que imaginamos se queda siempre adherido a los objetos como sombras. El arte es una vía para conferir significado, para sumarnos a ese orden distinto. Quizás ha venido a sustituir el terreno de lo sagrado donde pensamos en la posibilidad del infinito. El lenguaje suele perseguirse a sí mismo sin encontrarse, en su intento se cuela por los objetos. Hablaré aquí de dos exposiciones que se relacionan con estos supuestos: Variaciones de un hexágono, de la artista española María García-Ibáñez, y Proyecto Macuilxochitl.

Estos trabajos se expusieron recientemente en la Galería Gorila, ubicada en el centro de Oaxaca. Galería Gorila surgió hace algunos años como un proyecto que buscaba difundir artistas que trabajaran con vidrio. Su director, Jason Pfohl, es un artista plástico que escogió esta ciudad para vivir y fundar una fábrica de joyería llamada Gorila Glass. Ambos espacios se encuentran ligados, pues es en la fábrica donde la mayoría de los artistas invitados realizan las piezas que luego expondrán en la galería. Hace poco visité Gorila Glass y me pareció increíble el trabajo que hacen y que exportan principalmente a Europa.

Variaciones de un hexágono indaga en el movimiento oculto de los objetos. Como su nombre lo indica, está compuesta por diversos acercamientos a un hexágono formado por delgados cilindros de vidrio. Al centro del salón cuelga una nube geométrica que reparte la luz delicadamente sobre el espacio. Por un lado, están los dibujos de María, donde las figuras se encuentran, se superponen, se mimetizan y juegan a ser otras; por otro, las placas de vidrio que utilizó para un grabado monumental que se observa en la pared contigua; y una serie de pequeñas esculturas del mismo material y tamaño exhibidas de tal manera que parecen moverse por sí mismas como fotogramas sobre una repisa.

María García-Ibáñez ha trabajado por largos periodos en México. Como producto de su última estancia en este país, en 2011 expuso “Debajo del último estrato”, una serie de piezas anatómicas de porcelana y metal que indagan en la naturaleza metamórfica del cuerpo. Esa, me parece, es una de las premisas de su obra: la potencia, casi idealista, que encierra un objeto para convertirse en algo más, para reconfigurarse a través de técnicas propias de la imaginación y el juego. De ahí que una vajilla de porcelana apilada de cierta forma sobre una mesa pueda volverse un paisaje exterior, un retrato también del instante ligado a la cocina, al paso del tiempo y a la familia.

El increíble escritor uruguayo Felisberto Hernández pensaba que los objetos poseían una memoria propia que se activaba con la imaginación. Desde esta perspectiva, nuestro papel como espectadores de la realidad no es interpretar el mundo sino apropiarnos de algo que ya posee y que a la par inventamos con nuestra volátil memoria. Hay un juego que va siempre en dos sentidos, y por lo tanto todo devenir artístico termina en acción, en protesta incluso. Finalmente, creo que la memoria es imaginación tergiversada o elocuente, según sea el caso. El lenguaje artístico nos permite reapropiarnos de esa esencia que puede ser su historia. Proyecto Macuilxochitl indaga en los procesos que nos llevan a darle significado a las cosas y a reconsiderar así el vórtice que abren en nuestra psique.

Macuilxochitl es un colectivo integrado por los artistas callejeros Cawamo y Unkle, originarios de Guadalajara, y Sanez, de Oaxaca. Cawamo y Unkle decidieron mudarse unos meses a esta ciudad para estudiar la simbología prehispánica de Mitla, específicamente la concerniente a grecas, y realizar piezas que ligaran esos significados con su sistema particular de entender el mundo. Utilizan lo que llaman técnica del desdoble, una geometría que sale de la obra, construyendo un plano imaginario que depende del espectador y del esfuerzo que realice para asimilar ese otro lenguaje. La verosimilitud se pone en marcha en su trabajo y obliga a cuestionarnos nuestro propio sistema simbólico.

La pieza que exponen en Galería Gorila es el ejercicio de ese otro lenguaje, una proyección artificial sobre las cosas. Su geometría nos hace imaginar que se trata de una flor (de ahí el nombre del proyecto, de hecho) en cuyos pliegues se esconden íconos. Mientras la observo, Unkle me explica el significado de algunos números, es la clave que utilizan los policías cuando sorprenden a alguien haciendo grafiti en Guadalajara. El resto de los números y la calavera hacen alusión a la muerte de uno de sus amigos más cercanos. Aparecen también la luna y el sol como puentes hacia un plano místico, desplegado sobre nosotros como una bóveda celeste. Al centro de la imagen está la cabeza de una lata de aerosol como recordatorio del instrumento que utilizan para hablar del otro.

Durante la inauguración de Variaciones de un hexágono, Toltech hizo una animación digital sobre la pieza de Proyecto Macuilxochitl, una suerte de paseo por formas psicodélicas y naturalezas exorbitantes. Me parece que Toltech entendió bien el sitio al que nos lleva la obra una vez que hemos entrado en su juego: la realidad es un sistema complejo, en ocasiones laberíntico, de significados, que en el fondo esconde una simplicidad aterradora, una relación de espejo. Cuando hemos removido las capas que nos atan al sistema regulador del espíritu, nos queda lo más elemental: un páramo de ideas sueltas que emanan de las cosas y conforman así una unidad superior y propia.

Ambas exposiciones coinciden en esa necesidad de apropiación. Me gusta pensar que el arte en general expropia territorios antes codificados por un aparato social cuyo papel es homogeneizar el pensamiento y la acción. Es una forma de protesta a veces sutil pero igualmente aterradora que una bomba, un deslizamiento telúrico. Desde esta perspectiva, hay una violencia implícita en todo acto creativo, una destrucción de ciertas estructuras que no pueden sostenerse por sí mismas cuando han sido descubiertas por el espectador, y al mismo tiempo una intención de crear otras vías para apreciar la magnitud de la existencia y el peso que esto deja en la forma en que nos relacionamos con el otro.

Son las historias que nos contamos, siempre, las que nos llevan a uno u otro lado del camino. Si dijera que se trata de una fantasía estaría mintiendo. Es más complejo aún construir un retrato propio todos los días, hay que elegir recordar, y cuando uno recuerda está ya imaginando, ensayando quizás otra posibilidad de ser. A veces puedo sentir la vibración de las cosas, cada objeto emite una luz particular que no viene del sol sino de sí mismo, de su composición geométrica, de su proporción áurea tal vez.

Macedonio Fernández, un escritor argentino poco reconocido pero fenomenal, se pasaba la vida haciendo listas interminables de cosas que consideraba hermosas. Su hijo, Alfonso de Obieta, decía que solía pasar horas contemplando las nubes, como un niño. Escribió poco, en parte por falta de disciplina, en parte porque no le interesaba asumirse a sí mismo como escritor, buscaba más indagar en la naturaleza metafísica de los objetos, en su movimiento casi espiritual. Sus cuentos son tratados filosóficos en torno a la complejidad de las relaciones humanas, pero sobre todo, en torno al vínculo que el ser establece con el mundo de las ideas y los supuestos.

Variaciones de un hexágono y Proyecto Macuilxochitl exploran, como las listas interminables de Macedonio, la maleabilidad de los cuerpos, su capacidad para proyectarse sobre el intelecto y modificar así una relación espacial. La realidad es una serie de variaciones a veces monstruosas de nuestra imaginación, una continuidad interrumpida por las trayectorias de los otros. Ante todo, los objetos son posibilidades, entidades abiertas de donde extraemos significados, como las piezas multiformes de María o la flor geométrica de Macuilxochitl, o donde nos adherimos como sombras que buscan la misma respuesta.

Imágenes por Unkle.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas, por la UNAM. Junto al artista plástico Pavel Acevedo, dirige Espacio Centro, un lugar independiente de exhibición y producción artística ubicado en la periferia de Oaxaca. Trabaja lentamente en su ficción y en un pequeño huerto.

Belinda Cannone, cuyo pensamiento forma parte de la sociología contemporánea, dice en El sentimiento de impostura: “Nosotros hemos llegado a ser puros individuos, en el sentido de que ninguna ley moral ni tradición nos indican desde fuera cómo debemos ser ni cómo debemos conducirnos” (Biblioteca Nueva, 2007). Esta premisa nos invita a pensar en la gran libertad que existe actualmente para la decontrucción y el reciclaje.

Bajo este supuesto, existen músicos que tal pareciera quisieran jugarle una broma a sus escuchas a la hora de nombrarse con un juego de palabras que alude a alguien más, un artista antecedente. Cito tres ejemplos: Dj Harvey por Pj Harvey, Com Truise por el actor Tom Cruise y Chet Faker aludiendo al gran jazzista Chet Baker.

El asunto es que sólo algunos con el bagaje cultural suficiente habrán de detectar la humorada.  Tal vez sea más evidente a la hora de evocar al protagonista de Top Gun y Ojos bien cerrados, ya que, posiblemente, la rockera de Cornwall no sea tan masiva; mucho menos lo es el trompetista norteamericano Chet Baker, nacido en 1920. Aunque este último sea una figura del jazz que supo llegar a un gran público, las nuevas generaciones no parecen ser muy conocedoras del género y del legado del compositor de “My funny Valentine”.

Reciclar el nombre de estos personajes tiene su gracia, ya que representa un homenaje hacia ellos. Tal es el caso de Chet Faker, que retoma el nombre del intérprete de leyenda que influyó al mismísimo Charlie Bird Parker, Chet Baker.

Este joven australiano marida al soul con la electrónica lenta. Nativo de Melbourne, Nicholas James Murphy, alias Chet Faker, tal vez tomó la decisión de crear un alter ego para no ser confundido con el otro James Murphy, famoso por ser el hombre fuerte de LCD Soundsystem y de la emblemática disquera DFA de Nueva York.

Las actuales circunstancias en torno a la música nos llevan de sorpresa en sorpresa: Faker todavía no tenía editado su primer LP cuando ya había recorrido importantes Festivales, incluida la serie de presentaciones de música electrónica avanzada Boiler Room. También el año pasado visitó México para actuar en el Lunario del Auditorio Nacional. Todo esto con un repertorio de apenas unos cuantos temas incluidos en el EP Thinking in Textures, realizado hace dos años, y unas piezas sueltas como “Drop the Game”, que trabajó con Flume.

Apenas debutó con su disco de largo aliento Built on a glass (Future Classic, 2014) y ya se muestra como un jóven veterano que creció escuchando jazz y soul. En su cuenta de Soundcloud define su propuesta artística como: “music for humans”. Una manera muy general de referirse a lo que podría describirse como soul digital, muy al estilo de James Blake y James Vincent McMorrow.

No se trata del trabajo de unos Dj ―aunque en sus comienzos también hicieran sesiones pinchando discos―, aquí hay músicos tocando el teclado, lanzando secuencias, bajos densos y profundos, y lo más importante, cantando con muchos feeling ―como lo hicieran los viejos héroes.

Cierto es que hay en su música algo de nostalgia y ánimo por recuperar a esos viejos intérpretes de bar y vodevil, entonando con fragilidad y una voz que casi se quiebra en cada tema. Algo que, sin duda, ha atrapado a los más de 100 mil seguidores que ya tiene en redes sociales y otras plataformas. El crecimiento tan rápido de su popularidad es lo que lo mantiene viajando casi de forma permanente; así es el ritmo de vida de estrellas emergentes de la sociedad global.

El australiano tiene un estilo intimista, lánguido… con el que consigue emocionar a sus escuchas. Lo que es evidente desde “Release your problems” y su belleza con la que abre el disco. Este hombre sabe cómo hacer pausas, aprovechar los silencios o algo tan simple como un chasquido de dedos ―otro elemento muy vintage.

Built on Glass parece estar dividido en dos partes. La primera es más lenta y sentimental y la segunda se abre a piezas que van tomando un poco de mayor velocidad y en las que se agregan nuevos matices. “Talk is cheap” ―el sencillo― se adscribe a lo ya conocido, luego viene la transición entre “To me” ―otro de los mejores temas― y “Blush”.

Se trata de una segunda parte virtuosa que contiene las mejores dos canciones del álbum: “1998”, que a estas alturas ya sirve como himno generacional ―lleno de desamor y frustraciones―, y los maravillosos hallazgos rítmicos de “Cigarettes & Loneliness”, que además juega con voces y coros (se disfruta que sea la más larga de todo el lote).

Un disco con 12 segmentos llenos de pasajes evocadores; es soul digital que provoca muchas cosas con su sutileza. Ahora que estamos rodeados de tanta artificialidad nos viene bien una propuesta exquisita que también nos dé la oportunidad de pensar y viajar. Chet Faker nos regocija mientras alrededor la realidad se desmorona, como si fuera un poema del inglés Philip Larkin: “Todo ese lento día / tu mente queda abierta como un cajón de cuchillos”.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
De los años sesenta tomó la inconformidad recalcitrante; de los ochenta una pasión crónica por la música; de los noventa la pasión literaria. Durante la década de los dosmil buscó la manera de hacer eclosionar todas sus filias. Explorando la poesía ha publicado: Loop traicionero (2008), Suave como el peligro (2010) y Combustión espontánea (2011). Rutas para entrar y salir del Nirvana (2012) es su primera novela. Es colaborador de las revistas Marvin, La mosca, Variopinto e Indie-rocks y los diarios Milenio Hidalgo y Reforma, entre otras publicaciones.
Fotografía por Pixabay.

No hace calor. No es eso.

¿Para qué ir soltando de a poco la información sobre los personajes de una narración? Eso es lo que me pregunto. No soy tan ingenuo. Intuyo que se trata de escamotearle la totalidad al lector para mantenerlo atento al fragmento, pero no le encuentro otra finalidad más feliz ni mejor ahondada. A veces es un truco del narrador que se vuelve necesario cuando no confía en su historia o en sus personajes. Me dijeron en un taller —no importa cuál ni cuándo— que cada frase escrita tiene que hacer que la historia avance, aunque no necesariamente hacia delante, sino a veces también hacia abajo, es decir, hacia la descripción más rica de algún personaje. Supongo que a eso le llaman profundidad. Los hechos desnudos podrían llamarse, entonces, amplitud.

Cada oración es moverse hacia. El delante puede significar detrás o de lado o en círculos. El abajo puede significar apenas superficie. Hay que tomarlo en cuenta. Existen historias sin profundidad, escritas —no debiera decir descritas— en dos dimensiones. Son de corte periodístico, crónicas parcas o chistes en los que un pirata entra a un bar. No se dice mucho del pirata o del poeta que acaba de fallecer. Sólo actos y sucesos. No existen, en cambio, historias sin amplitud, salvo en los reportes policiales, en las formas de explicación de sospechosos y testigos, y en los CV para pedir empleo. Sin embargo no son historia, así como un enunciado sin verbo no es una oración, acaso una imagen o un simple legajo de realidad sacado de contexto.

Pero, ¿cuál de estos dos elementos es la base? Cuestión de orientación. Los ejes x y y son realmente intercambiables. Se transmutan si el que observa el plano inclina un poco la cabeza pasados los 45 grados. A partir del 46, el eje más horizontal es el y y el más vertical el x.

Lo mismo ha de pasar con las narraciones literarias. Inclínese un poco el lector y la profundidad se vuelve amplitud; lo largo, ancho.

No se puede decir que la historia no avanza hacia delante cuando tira hacia abajo. O que no profundiza cuando avanza. Si yo le digo a usted que el personaje tiene una herida en el bíceps; que en su adolescencia desarrolló una teoría antropológica basada en el De Anima de Aristóteles (pero nueva); que nunca supo cómo amarrarse las agujetas, en realidad estoy contándole una historia disfrazada de descripción. La historia avanza, quizás hacia atrás. Pero, una vez más, todo depende de la orientación del lector, que podría estar de cabeza.

En 1976, Rogelio Trelles decidió dejarse el bigote. Eso explica la longitud de cada uno de los pelos que le tapan hoy la boca. Tenga usted en cuenta que han pasado casi cuarenta años desde que tomó esa decisión. La madeja informativa crece porque habrá de desenrollarse. Casi no hay datos gratuitos en los textos. Y exactamente este hallazgo me lleva a la conclusión ulterior.

Los datos que no interesan a una historia están condenados al olvido. No se rescatan nunca. Si una historia ha de ser narrada es porque lo merece. Las otras, las historias o las partes de historia que nadie mienta después, pueden ponerse en duda absoluta. ¿Sucedieron? Quizás no. O sí, pero nadie las echa de menos. Si un dato aparece, debe ser relevante. En algún sentido, pues. No siempre de forma directa o evidente. Indicios, revelaciones, causas. Todo lo que no avanza en el eje horizontal, es algo de aquello.

Cada palabra debe ser elegida con cautela. Ha sido elegida con cautela si usted lo lee —y si lo que lee no es un informe policial o un currículum vitae.

Rogelio está quieto, inactivo. Su bigote sigue creciendo.

Avanzar, qué término tan occidental.


Autores
(ciudad de México, 1979) estudió filosofía clásica el siglo pasado. Vive de someter palabras a trabajos inmundos, pero en casa es sometido por ellas. Considera que la vida es demasiado larga y que, por tanto, no hay que aprovechar cada momento. Autor del libro de relatos Imagine un pez (Foc, 2013).
Cartel de El hombre de la cámara, Rusia 1929.

Filmación de los hechos. Selección de los hechos. Difusión de los hechos. Agitación por los hechos. Propaganda mediante los hechos. Puñetazos de hechos.

Dziga Vertov, Una fábrica de hechos

 

En esta entrada, aseguré que el plano-secuencia era el sueño húmedo del Kino-Glanz de Dziga Vertov. Me equivoqué.

Denís Abrámovich Káufman fue un director de cine soviético. El más rojo de todos ellos. Nació en 1896, en Białystok, hoy Polonia. Dziga Verov fue su seudónimo, que se traduce como “trompo en movimiento”. Durante su trabajo como cinematógrafo en el régimen bolchevique, se convirtió en uno de los grandes innovadores del cine documental.

Como la mayoría de los cineastas soviéticos de la década de los veinte y los treinta del siglo pasado, desarrolló su teoría del montaje: el cine-ojo (kino-glaz).

Para Vertov, lo importante de una película es que muestre la verdad. Los enemigos para descubrirla eran los actores, los decorados y el guión. Estos elementos, según el cineasta soviético, forman partes de otras disciplinas y son exteriores (y estorbosas) al fenómeno cinematográfico.

El cine-ojo buscaba encontrar la verdad a través del montaje. La posibilidad del cine de descubrir algo real se fijaba en la contraposición de escenas que no estuvieran filtradas por elementos de planeación. En muchas ocasiones, Vertov y sus colaboradores, los kinoks, filmaban sin permiso y, sobre todo, sin una idea estable del producto final. Su objetivo era hacer de la cámara un “supraojo”, un órgano sensitivo que superara las limitaciones anatómicas humanas.

La verdad tenía, para Vertov, que presentarse en la forma del comunismo: lo importante del cine era demostrar una unidad que, a causa de la complejidad del sistema, era poco accesible para las masas. El objetivo era acercar a los individuos, demostrar que era posible la colectividad y que, incluso, ya estaba en marcha.

Por ejemplo, en su kino-pravda (cine-verdad), un noticiero “cinematográfico”, los kinoks mostraban, a través de un rollo reproducido en reversa, que aquel que reparte el pan estaba íntimamente conectado con el segador de trigo. Así, en este kino-pravda, empezamos con pan en un camión, para ir retrocediendo, paso por paso, en la creación de éste. Panaderos, cargadores, caballos, carretas, todo se muestra como parte de un sólo proceso, en el que cada momento es necesario. En otro kino-pravda, se utiliza la misma herramienta para mostrar la producción de la carne; en éste, la regresión es hasta la granja de los toros.

La experimentación (reproducir la película al revés, ángulos de cámara “incómodos”, empalme de fotogramas) era, según el cine-ojo, un elemento fundamental para romper con la mimética del cine y evidenciar sus procedimientos (véase, El hombre de la cámara). Lo importante no era “volver a presentar” lo que estaba allá afuera, sino seccionarlo y, en su ordenación (montaje), descubrir lo que subyacía. Entre más extrañamiento con el mundo “visto” más efectivo sería el concepto que se buscaba inducir en el cine-ojo.

La relación entre las escenas no era, entonces, tramático. Las secuencias, más que unirse a través de una historia, se revelaban en su unidad conceptual. Cada filme de Vertov es un concepto visual, una tesis —si es posible decirlo así— que se autodemostraba.

La trama, parafraseando a Vertov, escondía lo esencial, distraía, se convertía en un elemento más de engaño: “La sabia organización del material documental cinematográfico —dice El trompo en un artículo— permitirá crear unos filmes de propaganda que ejercerán una fuerte presión, sin muecas de actores que aburren y deja escéptico, sin ficción sentimental-policiaca de tales o cuales autores inspirados”. Para los kinoks, el cine-ojo, el documental que organiza la vida, abría los ojos a la vida misma, en vez de ocultarla bajo el velo de personajes, decorados y objetivos.

El cine-ojo no se agota en lo soviético, es decir, no es sólo una postura política que dicta cómo concebir una película y cómo realizarla. Toca lo esencial (aunque a Vertov no le hubiera gustado) de la ficción.

Una ficción se compone de personajes, situaciones y arcos de acción definidos para llevar a estos personajes de un punto A a un punto B. En el transcurso, los personajes evolucionan y, cuando llegan a B, se dan cuenta de qué tan diferentes son. Aristóteles le llamaba al recorrido “peripecia” (cambio de fortuna) y, al reconocimiento del cambio, “anagnórisis”. Lo que sucede en la ficción, según el filósofo, es que ese camino y ese reconocimiento sirven al espectador para que realice una “catarsis” (purificación de sus emociones).

¿Qué puede ser la “purificación de los sentimientos” sino el enfrentamiento con la verdad de nosotros mismos o del mundo, que nos era invisible en nuestra vida cotidiana? Porque la ficción, a través de situaciones controladas y de personajes definidos (i. e., dos artificialidades, porque las situaciones de la vida nunca están bien controladas y nosotros somos personajes complejos, borrosos y demasiado volátiles), logra ordenar la vida, en un nivel que la mera copia: la representa, la vuelve a presentar para que nuestro ojo pueda ver lo que la maraña de la vida oculta.

La ficción es el kino-glaz. La trama hace lo mismo que quería Vertov. Toma fragmentos de lo real (verosimilitud), los reordena y, a partir de ellos, nos hace ver, como diría cierto hombre-león, “más allá de lo evidente”.

Me atrevo a decir que el kino-glaz es el esquema ficcional pero vacío, sin personajes, sin trama, pero que realiza el mismo camino (peripecia, anagnórisis, catarsis) que cualquier ficción.

En las películas de Vertov, la peripecia es el montaje; la anagnórisis, la unidad visual; la catarsis, el reconocimiento del concepto.

La diferencia entre el cine-ojo y la ficción son sus procedimientos y “materiales base”, pero, al final del día, realizan lo que cualquiera arte: volcarnos sobre nosotros mismos y nuestra vida para ver qué rayos hay allí.

 

Hay bastante de Vertov en YouTube para ver. Agasajo.

Soviet Toys, la única animación de Vertov.

Entusiasmo, sobre las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa y el comunismo soviético.

Las primeras cinco kino-pravdas

Sixth part of the world

Tres canciones sobre Lenin

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Chihuahua, 1986) vivió en Toluca y ahora en el Distrito Federal. Próximamente será maestro en filosofía. Ha publicado en las revistas Los bastardos de la uva, F.I.L.M.E., Icónica, Registromx y El portal de Toluca. En este momento forma parte de Kinotecnia cineclub.
Cartel de la película Los insólitos peces gato.

La construcción de una identidad cinematográfica

Los jóvenes de entre veinte y treinta años en México crecieron durante la sequía de cine nacional más grave que hemos enfrentado hasta la fecha. Entre 1998 y 1999 se produjeron apenas ocho películas mexicanas: el momento bajo de nuestra historia cinematográfica. El declive de la producción nacional tuvo consecuencias en el público joven y genero prejuicios en torno al cine mexicano. Crecimos sin identidad cinematográfica. Aprendimos a valorar a partir de una escala distinta: “está bien para ser mexicana”.

En los últimos años esta tendencia comenzó a cambiar y no se debe tanto a las políticas relacionadas a la producción, sino a la creciente calidad y oferta de los mismos. Confieso que me mostré escéptica ante la idea de que el panorama del cine mexicano estuviera mejorando de manera definitiva (incluso en el 2013, excepcional en términos de taquilla comercial y de premios en festivales internacionales). El cine mexicano suele ser específico en sus intenciones y existen dos vertientes marcadas que pocas veces encuentran un punto medio: el comercial, pensado para llenar salas, y el “cine de arte” que, dirigido a las academias y festivales, hasta hace poco no llegaba al público general. Cabe aclarar que hay muy buenas películas recientes en ambos extremos y que no abogo por un “cine integral” que abarque todos los ángulos y genere dinero y premios por igual. Sin embargo, sería refrescante ir al cine a ver una película mexicana sin pensar “voy a ver una película mexicana”, sólo verla porque queremos, y no como si le estuviéramos haciendo un favor.

Tres largometrajes estrenados el año pasado demuestran que es posible atraer al público a las salas comerciales con propuestas de género diferente, producción e historias que no han sido calcadas de las estructuras hollywoodenses: Heli de Amat Escalante, Club Sándwich de Fernando Eimbcke y Los insólitos peces gato de Claudia Saint-Luce marcan una línea en lo que se denomina “el nuevo cine mexicano” (que cabría renombrar “el nuevo nuevo cine mexicano post 94”).

Evite ver Heli, tercera cinta de Amat Escalante, más de lo que me gusta admitir. En general prefiero perderme las películas que causan más revuelo por su violencia que por otras cualidades. El hecho de que un mexicano ganara por segunda vez consecutiva el premio a mejor director en el Festival de Cannes no cambió demasiado mi postura. Opté por postergar el momento inevitable en el que terminaría viendo la controversial cinta que en muchas reseñas ha sido reducida a una escena de tortura genital y al retrato crudo de una de las muchas realidades del México actual.

Cuando finalmente llegó el momento me sorprendió lo poco que sabía sobre la película a pesar de haber escuchado y leído casi medio año de críticas. Me sorprendió la fotografía; el extraño y contradictorio efecto de tranquilidad y desconexión generado por los planos abiertos y lo impecable de las imágenes, incluso en los más terribles momentos de violencia explícita. Todos estos elementos, en conjunto con la historia simple y contundente de un ajuste de cuentas relacionado al narcotráfico, resultan, en contraste, perturbadores. Las emociones contenidas y la frialdad proyectada por los personajes, así como las actuaciones más autoconscientes que naturales (en muchos momentos la puesta en cámara se siente un tanto invasiva, parecida al tratamiento de un documental), construyen un ambiente de normalidad y cotidianidad que no es producto del “retrato fiel de la realidad”, sino de una estructura y una serie de recursos narrativos muy bien pensados. Al final del día, Heli es una cinta de ficción y, como tal, es una construcción artificial con fines dramáticos.

En más de una crítica leí que el mayor acierto de Heli (y al mismo tiempo desacierto, según sensibilidades) es la fidelidad y crudeza del retrato del México sitiado por el narco, pero el verdadero logro de Escalante fue crear una atmosfera tan compleja que hizo a muchos espectadores confundir la ficción con la realidad, y hasta enojarse por el impacto negativo de la película en el turismo. En muchos medios, tanto nacionales como internacionales, la cinta fue tachada de amarillista por presentar violencia innecesaria. Esta reacción es desproporcionada, pues implica que el público condona sólo cierto tipo de violencia en los medios audiovisuales; la que está cubierta de un velo de irrealidad con efectos especiales o comedia, la sangre casi una sátira de cintas que coquetean al mismo tiempo con la farsa y con la denuncia explicita de manera temerosa, como El infierno, de Estrada. Al parecer no nos molesta ver decapitaciones o ríos de sangre, siempre que toquen un nervio social.

Club Sándwich (2013), tercer largometraje de Fernando Eimbcke, se trata, en contraste, de un melodrama sencillo con tintes de comedia que narra un triángulo amoroso poco convencional entre un par de adolescentes en su despertar sexual y la madre de uno de ellos. Esta película, como las dos anteriores de este director, está repleta de silencios, pausas y momentos de comedia sutíl.

La primera vez que vi la opera prima de Eimbcke, Temporada de patos (2004) pensé en por que nadie había hecho algo similar. El vacío de películas mexicanas dirigidas al público joven había comenzado a llenarse con Y tu mamá también y Amores perros, pero quizás el filme con mayor impacto en la creación de identidad de esta generación es, precisamente, la que inaugura la filmografía de Eimbcke.

Con su tercera película, Eimbcke termina de consolidar un estilo propio para contar historias intimas sobre rutinas interrumpidas momentánea pero profundamente. La atmósfera de Club Sándwich es tangible y contagiosa: calor húmedo que se adhiere al cuerpo como una capa invisible; aire tan espeso que genera conciencia constante de la corporalidad de los personajes. Esta cinta retrata un fragmento crítico en la relación cercana entre una madre, Paloma, y su hijo, Héctor, de manera casi muda a través de gestos y acciones mínimas. Es una historia de crecimiento que no se concentra tanto en el cambio de los adolescentes como en el impacto que este tiene sobre la madre, una mujer que intuye su desplazamiento del centro de la vida de su hijo e intenta aferrarse a su lugar por última vez.

Al igual que Heli, Club Sándwich es una película de emociones contenidas, esta vez en un escenario de barreras difuminadas y sexualidad a flor de piel. El erotismo inocente de los personajes resulta tierno y cómico sin llegar a ser cursi o forzado, lo cual es muy refrescante para películas sobre estos temas.

Los insólitos peces gato (2013) presenta a la “típica” familia mexicana, la que lleva hasta al pez de vacaciones, que ha cambiado en miembros y en estructura, pero no en esencia. Esta película, debut de Claudia Saint-Luce, es un retrato de una madre y sus hijos, azotados por una enfermedad terminal. A pesar de abordar un tema difícil, la vida de una mujer con vih y la presencia de la muerte en el núcleo familiar como un huésped inoportuno en los mejores momentos, esta película no se pierde en la sobredramatización de situaciones cliché. El dolor del imperceptible pero constante decaimiento de una persona con este virus se vuelve cada vez más presente a lo largo de la película, esto no sucede con la tristeza y desolación que adjudicamos a este tipo de personajes. Los insólitos peces gato es una aproximación divertida y profunda a una realidad trágica, la inevitabilidad de la muerte y la tristeza velada de una familia que francamente no sabe qué hacer sin su mamá.

Martha, madre de tres mujeres y un niño, todos de tres padres distintos, es el centro y columna vertebral de la vida de todos. Está al tanto de los amores, obligaciones, intereses y problemas de sus hijas y la autocompasión paralizante no la invade en ningún momento. Esta película está narrada de manera muy efectiva a través de un personaje externo, Claudia, una mujer hermética de la que se sabe muy poco. Claudia entra a la vida de esta familia por casualidad y fortuna, pues trae un equilibrio necesario al caos natural de la convivencia de cinco personas muy distintas. Este personaje escucha a cada miembro de la familia como un espectador sin capacidad de juicio y se convierte en un pilar para todos en los momentos más críticos del proceso de la enfermedad. Es a través de estos encuentros que descubrimos la complejidad de los personajes. Por su lado, Claudia sólo quiere formar parte, aunque sea brevemente, de este extraño muégano familiar.

De las tres películas aquí mencionadas, Los insólitos peces gato es mi favorita. Creo que me hacía falta verlas para convencerme de que las generaciones jóvenes de cinéfilos encontraran la identidad cinematográfica que los nacidos entre la década de los ochenta y noventa no tuvimos.

Estas tres cintas sobresalen no por ser (ni a pesar de ser) mexicanas, sino por ser buenas. Son muestra de un cine capaz de competir, en términos de calidad, producción e historias, con la oferta internacional que inunda las salas comerciales. Sin duda, la lucha que se ha llevado a cabo los últimos años por aumentar el porcentaje de películas mexicanas en pantalla es muy importante para evitar el “semanazo” que tanto daño le ha causado a nuestra industria, pero las buenas películas son buenas aquí y en China (y sobre todo en Francia, donde al parecer nos aman) y poco a poco el cine mexicano por sí mismo será capaz de reconquistar sus salas.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Distrito Federal, 1988) estudió Letras Inglesas en la UNAM y el diplomado en guionismo en el CCC. Es traductora y crítica de géneros cinematográficos.
Fotografía por Pixabay.

Históricamente, los sellos han dotado de personalidad y mística a la música, se convierten en registro de una época y una generación en particular y, en muchos casos, han sido sinónimo de calidad de géneros o corrientes. Quien esté enterado, sabe que la mejor salsa la tiene Fania Records y que el catálogo de Blue Note alberga el mejor jazz.

En México, los sellos musicales especializados suelen durar poco tiempo, sobre todo cuando son independientes y su catálogo se encuentra más relacionado con las propuestas sonoras arriesgadas o abstractas que con las ventas de cualquier artista pop de alguna de las grandes disqueras. Así, el rock es el género al que mejor le ha ido, pese a que en todo momento existe algo similar a la falta de apoyos y ventas, el principal motor para que los conflictos y la inminente quiebra se manifiesten, ya sea en forma de deudas, disputas o de rupturas abruptas. Levantar y mantener un sello no es tarea sencilla, requiere invariablemente de una dedicación de tiempo y recursos notable, incluso para inversionistas sólidos como Jorge Vergara (Suave Records).

En los noventa, Culebra Records, subsello de la BMG, y Discos Manicomio, perteneciente a Polygram-Universal, eran sinónimo de la escena rockera del momento, con bandas como Cuca, Santa Sabina, Tijuana No, Zurdok, Resorte o La Gusana Ciega. Hoy existen sellos que ya no son tan pequeños y han llevado una notable estrategia de marketing y calidad sonora, como Intolerancia o Terrícolas Imbéciles, quienes ya tienen un lugar importante dentro del rock y otros géneros fusionados que se hacen actualmente en nuestro país.

La trascendencia o aporte de un sello a un género, o a una época en específico, suele tomar años. Al igual que el comparativo entre Sony y la 4ad, las ventas aún no nos pueden indicar si Discos Pentagrama es menos importante que Discos Orfeón, o si Discos y Cintas Denver merece más o menos merito que Noiselab. Lo que sí podemos hacer es tomarle el pulso a los nuevos sonidos y propuestas que se desarrollan actualmente en nuestro país, a partir de sus sellos discográficos, pandillas sonoras o movimientos de edición musical, que parecen dar prioridad, más que a una idea “rentable”, a la música con personalidad y calidad.

N.A.A.F.I. Más que un sello discográfico independiente, N.A.A.F.I. es visto como un grupo de fiesteros electrónicos de avanzada que están en el ojo del huracán, amos de los beats bailables con más sustancia y personalidad del país, y uno de los nombres con las mejores propuestas del momento.

Entre sus filas destacan algunos artistas del norte del país con gran sustancia, como Siete Catorce de Tijuana, Mock The Zuma de Chihuaha o Mexican Jihad, alias Nenuco del Norte e integrante de Los Macuanos, también de Tijuana. Algunos han tendido a comparar lo que hace N.A.A.F.I. con lo que desarrollara en su momento Nortec Collective, pero sin duda N.A.A.F.I. es más casero, desfachatado y, hasta cierto grado, un tanto sórdido.

Abolipop Records. Con doce años recién cumplidos de andar en el camino de la experimentación, la electrónica y el combate ante las inclemencias del mercado, este sello de Zapopan ha dado muestra de artistas que exploran fuera de las directrices habituales de las modas o las tendencias electrónicas del momento. Un sello inconforme con los sonidos pasteurizados imperantes que nos propone indietrónica, punk sintetizado, pop melódico, noise o exploraciones sonoras abstractas a través de distintos formatos, sin que el factor monetario sea un impedimento para hacernos llegar sus fascinantes sonidos. Abolipop es un discreto pero firme referente de la electrónica en México, y un ejemplo de trabajo y constancia, prueba de ello son los álbumes de artistas como Nebula 3, Lumen Lab, Yair López, Israel Martínez o Fernando Vigueras, entre otros.

Cero Records. Digamos que México no es precisamente un bastión de la música de cámara contemporánea, la electroacústica o las nuevas composiciones. Sin embargo, sí tiene un número nutrido de propuestas fascinantes. Andrés de Robina comanda uno de los sellos con mayor calidad del país, dentro de la corriente experimental y de vanguardia. Con once años grabando, editando y distribuyendo sus discos, y pese a las escasas ventas, Cero Records aporta no sólo sonidos y expresiones genuinas dentro del mapa musical contemporáneo, sino que también lleva a cabo una labor de investigación, registro y propuesta profesional dentro de la tradición musical mexicana.

Estados Unidos de América Latina. Punks, novatos y antiprofesionales. Vale Vergas Discos, una disquera referida a sí misma como reaccionaria y radical, repunto en el mapa del rock en nuestro país no sólo por llevar la filosofía del “hazlo tú mismo” a todos lados, sino por tener el tino de lanzar a algunas de las figuras que hoy controlan la escena, como Juan Cirerol, de Mexicali, o artistas de gran calidad en su sonido como Seekers Who Are Lovers, de Monterrey. Lo que en un principio fuera el sueño de unos estudiantes de cine, una pequeña disquera independiente con propuestas originales y extravagantes, ha mutado para hacer sólo casetes (sí, música sólo en cintas) y cambiarse el nombre a Estados Unidos de América Latina. Una vez más, el dinero parece no ser prioridad y si el divertirse y llevar a cabo lo que más les apasiona.

Mula Terca Records. En su página de internet lo dejan claro: “nos importa la música, no nos importa todo lo demás”. No obstante, y pese a ser un sello discográfico relativamente joven, Mula Terca Records va encaminado a ser un referente del punk rock y el metal en México, con bandas que sin haber grabado aún con ellos, ya forman parte de su catálogo. Grupos ya bien ubicados en la escena subterránea mexicana como Gula, Here Comes The Kraken o Después del Odio, o emergentes como Apocalipsis, Cardiel o Los Viejos se encuentran pujando fuerte dentro de la escena local, creando públicos y fortaleciendo la escena.

¿Se puede hablar del mapa sonoro de un país a partir de unos cuántos sellos discográficos? No necesariamente: pese a que es posible tener un número aproximado de la cantidad (miles, más no cientos de miles de ellos), lo cierto es que dicho mapa se está moviendo todo el tiempo. Al igual que con un grupo de trayectoria, las disqueras nacen, se fusionan, se hacen de un nicho, se vuelven artesanales o extienden demasiado la versatilidad de su propuesta hasta diluirse. Y, por supuesto, perecen.

El Distrito Federal sigue estando al frente en cuanto a número de sellos independientes se refiere, el norte del país también trae propuestas interesantes; es costumbre el buen gusto y tino de Monterrey en el tema, y últimamente Tijuana ha estado activa de nueva cuenta, con eventos como el All My Friends, festival cuyo cartel suele estar lleno de grupos independientes, de sellos de medianos a pequeñisimos, con poca experiencia y un rotundo fracaso de ventas, pero que demuestran su capacidad para crear y promoverse como nadie, un ejemplo incluso para las majors. Guadalajara suele tener una participación más discreta, aunque también muy interesante. Recientemente, dentro de este boom de nuevas bandas de metal en México, Morelia y San Luis Potosí han aparecido en el mapa de propuestas interesantes.

Los sellos más notables conforman una microrred bien organizada, conectada del norte al sur de la República, con diálogo permanente tanto con Latinoamérica como con ciertas ciudades de Estados Unidos y algunas de Europa. Redes sociales, “hazlo tú mismo”, hacer lo que a uno le apasiona: la música, el registro sonoro, la organización de tocadas, imprimir flyers y editar discos que nadie más grabaría.

Sí, son contados los casos de “éxito” comercial y de repercusión sonora en nuestro territorio; casi todos mutan a algo extraño, o se masifican perdiendo cierto carácter más del tipo “unos amigos a los que les apasionaba la música…”, y se deciden por una veta en la que la lógica gira en torno a vender para subsistir, una lógica de “la industria”.

Se menciona mucho en el medio que la era tecnológica puso a trabajar a los músicos: plataformas como Bandcamp, iTunes, Spotify o Soundcloud han permitido al artista una relación más cercana con su público y un esquema financiero más directo y conveniente para ambas partes, aunque pese al crecimiento que éstas han tenido, México sigue siendo un país en el que la gran mayoría de personas aún tiene acceso a la música sólo a través de la radio. Algunas disqueras se fusionan o mueren ante la falta de ventas o difusión, pero siempre hay alguien que en este momento dice “reunamos a nuestras bandas favoritas que nadie voltea a ver y hagamos ruido”, y esto quizá sea la clave de tener una escena siempre latente, aunque lo ideal sería que fuera, mínimo, sana y autosustentable.

De cara al futuro, un diagnóstico completo y certero de los sellos independientes mexicanos es sólo una aproximación, una apreciación. Quizás los mejores sellos sean aquellos que decanten su talento y sensibilidad a través de los sonidos, sin otra ambición mayor que esa: grabar un disco de música especial, diferente y única. Los sellos independientes cumplen un papel fundamental, que es el de registro, un idilio con la memoria y la tradición colectiva, que queda para la posteridad. Ese un aporte invaluable.

 

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Distrito Federal, 1983) es periodista cultural, fundador de Freim y colaborador de After Pop, Noisey y Butaca Ancha.