Tierra Adentro

Elssie Ansareo y Yaen Tijerina son dos fotógrafas mexicanas contemporáneas que, sin embargo, forjaron su educación y carrera artística en entornos muy distintos: la primera en Bilbao, la segunda entre la Ciudad de México y Minatitlán, Veracruz. Cada una comparte aquí un testimonio que revela lo que no las une a primera vista: ambas han desafiado las expectativas de los otros, ambas notan la demeritación del trabajo de las mujeres en sus respectivos entornos. Y las dos están construyendo una trilogía fotográfica propia que desea satisfacer sus búsquedas más personales. 

Elssie Ansareo: Las catástrofes elementales

Cuando llegué a Bilbao en 1997, los programas de intercambio intraeuropeos a nivel licenciatura funcionaban muy bien, pero apenas existía conexión ya no digamos con América, sino con el resto del mundo. En la facultad de Bellas Artes de la Universidad del País Vasco había 4 extranjeros: 2 de México, un peruano y una sueca. Parece un chiste, pero es verdad. En España no se había dado aún la llegada masiva de inmigrantes y resultábamos muy exóticos, pero de forma positiva. Aún hoy sigo escuchando: “¡Qué gracia! ¿Mexicana? ¡No lo pareces!”. Ese pivotar entre el ser y parecer me sigue pareciendo increíble.

Reproduzco una conversación real:

Yo- ¡Hola! Soy Elssie.

M- ¡Hola! Soy M.

P- Elssie es mexicana.

M- ¿Ah sí? ¡Cántame una canción!

Yo- (con cara de perplejidad) ¿Perdón?

El estereotipo en la era de los tags.

Sé que siempre se espera algo de mí al ser mujer, extranjera y artista, algo objetual que deriva del hecho fundamental de ser mujer. Incluso ese objeto puede ser la naturalidad: tener que ser “yo misma”, ser “auténtica”. Hay ciertas expectativas respecto a mi imagen, mi lenguaje corporal y, en lo relativo a la profesión, a que trate el tema del género en mi obra, la política o el feminismo de una manera muy concreta. Claro que hay otras discriminaciones en muchos sentidos, de las que nadie escapa. Tampoco los varones.

Pero justo esta mañana he leído que la presencia de mujeres españolas en ARCO Madrid descendió del 7% que tuvo en el 2010 al 4.4 % en la edición 2013[1]… No es ninguna sorpresa: es coherente con el retroceso de las políticas sociales en este país. Razón de más para seguir trabajando como mujer, extranjera y artista.

Actualmente estoy desarrollando la serie “El Nudo”, segunda parte de una trilogía que lleva por título Las catástrofes elementales. La primera parte de Las catástrofes… es “El Observatorio”, una reflexión entre escena y espectador a través de imágenes con tendencia barroca y teatral que pretenden inquietar al espectador. En ella dejé de lado las cuestiones relativas a la tensión del espectador para concentrarme en la obra en sí y mostrar esa sensación trasladada a la imagen en su aspecto más formal. El trabajo se mueve en el terreno del dolor que el individuo refleja, representadas a través de una serie de cuerpos en tensión extraídos de la patología femenina por antonomasia del siglo XIX, la histeria, como si formasen parte del storyboard de un vademécum.

Fotografié a varios hombres en la misma postura: el conocido arco de la histeria, en escorzo, como si un escalofrío recorriera sus cuerpos. En una formalización que busca lindar con la idea de archivo, el trabajo no se compone exclusivamente de mis fotografías, Les añadí textos e imágenes recogidas de muy diversos modos para emular a la figura de la vitrina y remitir a las categorizaciones, a los expositorios de los museos de ciencias naturales. Así, esta primera fase del proyecto culminó con la edición de un libro de artista, El Observatorio, que forma parte de la Colección Beste de la Productora de Arte Consonni y que recientemente presenté tanto en España como en México.

La segunda entrega de Las catástrofes elementales lleva por título “El Nudo”. Esta parte tiene como centro los procesos de psicosomatización de los conflictos, las emociones y su resolución, todo lo que se manifiesta en los órganos blandos, en las vísceras, en los músculos: el nudo en la garganta, el nudo en el estómago… Para ello estoy recopilando frases relativas al repudio, el miedo, y el asco, sentencias que una persona haya dicho a otra, para citarlas en este trabajo.

Esta segunda parte viene directamente de la noción de histéresis: “un momento de cambio en el que el comportamiento se invierte y no vuelve a su situación inicial”. Es la transición a otro estado. Representa el punto que va del control al descontrol: el lugar del conflicto.

Yaen Tijerina:  Los viajes de la aprendiz

La imagen que describe a la bruja Baba Yaga de los cuentos explota la imaginación de cualquiera: una anciana volando dentro de un mortero, que habita una casa con patas de gallo y tiene a su servicio extraños seres que parecen surgir de un sueño siniestro. No sólo detonó mi asombro, también despertó un recuerdo antiguo que, luego descubriría a través de los libros, era un arquetipo, la esencia misma de la Mujer Salvaje de la que habló Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos[2], un volumen valioso para varias generaciones de mujeres, pero normalmente relegado al estante de los best-sellers. Con todo y que existe una escuela junguiana que lo respalda, para algunos el “arquetipo de la Mujer Salvaje” es un conjunto de palabras de mal gusto, casi una blasfemia.

Antes de entender la complejidad de Baba Yaga, yo no comprendía la supuesta maldad del personaje. Una anciana que vive en medio del bosque, fuerte e independiente, ¿por qué habría de ser maligna? Descubrí que su condena surge de la denostación cultural hacia cualquier arquetipo de naturaleza femenina.

La decapitación de la antigua deidad tripartita Medha (Medusa para los griegos) no es casual: exitosamente, hemos construido una cultura sobre los huesos mutilados de las diosas para que nos gobierne un omnipotente dios patriarcal. No es de extrañar que las estructuras que nos rigen posean una visión parcial, alejada de los ciclos de la vida, androcéntrica, que declara la superioridad del sexo masculino y utiliza al lenguaje como un método efectivo para invisibilizar a las mujeres. No mentía Orwell al hacer hincapié en 1984 que el lenguaje era un medio de control del pensamiento capaz de destruir al individuo.

Cuando era estudiante de Artes Visuales descubrí que existían tabúes no escritos que te orillaban a la exclusión del gremio de una forma u otra. Uno de ellos era escoger un tema de obra demasiadopersonal, que ahondara en lo metafísico o, –más penado aún– que tu obra tuviera un carácter femenino involuntario, una manera errónea de referirse a lo pusilánime. Eran un conjunto de precauciones contra el suicido profesional, pues ¿quién con sentido común buscaría ser el blanco de la anulación, a sabiendas de la degradación cultural de lo femenino?

Si era ineludible abordar un tema femenino, para llevarlo a cabo dignamente tenía que ser más burlona que contestataria, más violenta que sutil, esgrimir un discurso estrictamente racional y solemne, borrar cualquier vestigio sentimental (típica característica “femenina”) para no demeritar la seriedad de la obra. La cosificación femenina era otra opción, como bien ha demostrado la publicidad a lo largo de los años y su uso indiscriminado de desnudos per se. Recuerdo que incluso un maestro señaló mis someros bocetos en pintura para indicar que más allá de la falta de técnica de una principiante, el trabajo carecía de valor porque parecía hecho por una mujer, por pecar de cursi. Su falta de vocación pedagógica le impidió sugerir que mi tipo de trabajo tenía más cabida en el campo de la ilustración que en la pintura. Me habría ahorrado muchos años de complejo de género gratuito.

Sentí que estaba condenada a sepultar mis verdaderas búsquedas con tal de convertirme en unartista seria. Al principio lo creí, pero también opté por la ruta de los aprendices herméticos, manteniendo en secreto el verdadero móvil de mi trabajo, sin entender porqué no podía sólo desarrollar una idea y aterrizarla por medio de una técnica y recursos formales sin que la etiqueta de creación con mirada femenina y fuera peyorativo. Hasta que pude detectar cómo la desigualdad de género estaba marcada por los grupos de poder.

Me cansé de tener que justificarme constantemente para ser valorada, de sentir miedo a caer en lo “estéticamente incorrecto”, de tener que alinearme a los estándares rebuscados, pseudo-formales y ultra-filosóficos empeñados en vestir con la imaginación a un emperador desnudo, y que parecen cumplir más con una estética fashion digerida que con una búsqueda honesta. Estaba harta de medirme bajo un esquema en el que llevaba las de perder, así que hice una pausa. ¿Por qué pedir permiso para pertenecer a un espacio que ya está ocupado? Opté por dejar de lado mis prejuicios de género y comencé a crear lo que ansiaba ver en el mundo.

Me nutrí con los universos de Ursula K. Le Guin, la claridad de Susan Sontag respecto a la fotografía, los gabinetes de curiosidades de Madeline von Foerster, los mil rostros de Cindy Sherman, la exploración del cuerpo de Francesca Woodman, y un sinfín de desconocidos retratados en tinotipos y daguerrotipos. Rescaté los temas que había relegado al clóset, como el Topus Uranus platónico, algunos códigos del hermetismo alquímico, la nostalgia crónica de la bilis negra, el embrujo de la infancia en la memoria, los estudios de Jung sobre los sueños, los símbolos primordiales y elinconsciente colectivo, lo que detonó el recuerdo de mi fascinación por los cuentos y la figura de Baba Yaga.

La idea de la Mujer Salvaje resonó como un recuerdo perdido. Descubrí que los arquetipos son unesquemas útiles para comprender la realidad, una experiencia primordial que nos vincula con la vida. Se convierten en guías infalibles para sortear los devenires de la existencia humana, que ha repetido desde su origen los mismos patrones de dudas y hallazgo. El aniquilamiento de los arquetipos femeninos afecta no sólo a las mujeres, sino a la salud de la psique humana en general.

La fotografía registró este exilio en busca de la libertad creativa. Ordené visualmente mi búsqueda en la trilogía Los viajes de la aprendiz para dejar pistas y símbolos encontrados tanto en espacios físicos como emocionales en lo que soy enteramente protagonista.

Las imágenes de la segunda parte, “El sueño de la bruja”, son el testimonio de la travesía emprendida para descifrar a la Humana de Niebla. Utilicé a las fotografías como experiencias capturadas y a la cámara como un testigo cómplice, ya que ella repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Evoqué técnicas fotográficas tradicionales (tinotipo, daguerrotipo) interpretadas digitalmente con el fin de recrear la sensación de estar frente a un testimonio antiguo, lejano, esa cualidad de registro fantástico. Las imágenes son el certificado de autenticidad de una travesía iniciática personal.

Sólo me resta imaginar hacia dónde se perfilaría la humanidad si le devolviéramos la cabeza a Medusa. Que tanto hombres como mujeres permitiéramos que esa parte escindida de nuestra psique lograra integrar los opuestos y detonar nuestro potencial humano hacia una verdadera transformación, con más voluntad de creación y contención de la violencia desbordada. Ignoro cuánto tiempo podría tomar, pero sé que podremos hacerlo mientras exista un atisbo de ese recuerdo primordial, aunque la humanidad aniquile a las diosas o borre de la historia a las poetas y sabias de la antigüedad.


[1] Se refiere a la Feria de Arte Contemporáneo más importante de España, llevada a cabo en Madrid. El informe se puede consultar en: http://www.m-arteyculturavisual.com/wp-content/uploads/2014/02/Informe-MAV.pdf

[2] Mujeres que corren con los lobos es una amplia recopilación e interpretación de relatos orales, leyendas y cuentos populares de distintos lugares del mundo, producto de alrededor de 25 años de trabajo de la doctora en psicología etnoclínica y psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés. Está publicado en español por Ediciones B.


Autores
(México D. F., 1979) es licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, donde también realizó los Cursos de Doctorado en Imagen Tecnológica. Obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados con el proyecto de investigación: “El autorretrato fotográfico aplicado a una práctica artística”. Ha recibido la beca Endesa para las Artes plásticas y ha conseguido galardones como los de la I Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Almería o el premio INJUVE de Artes Plásticas. Ha expuesto de manera individual en diversas ciudades españolas y en el Museo Guggenheim de Bilbao. Paralelamente a su trabajo creativo trabaja como docente en la Universidad de Deusto y diversos talleres, así como fotógrafa de reportaje de retrato y registro.
Estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de
la UNAM. Y en talleres con fotógrafos como Antoine d’Agata y Germán Herrera. Es cofundadora del Colectivo Paráfrasis de fotografía, el cual recibió la beca IMJUVE
en 2005 para realizar una serie de exposiciones itinerantes en el sur del país.
Fue parte del equipo a cargo del Archivo Fotográfico Colección Carlos Monsiváis y Enrique Bostelmann, y miembro activo de la Revista M Museos de México y el Mundo.
Ha realizado diversas exposiciones de fotografía tanto en México como EU.
Desde 2007 trabaja de manera independiente en sus proyectos personales y dirige un despacho dedicado a la fotografía. Obtuvo la beca Jóvenes Creadores del FONCA en el 2013.
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