Tierra Adentro

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Ibant obscuri sola sub nocte per umbras: ascendíamos por la calle de Allende hacia el sur de Saltillo en busca de un bar. Estaban, entre otros, Ernesto Lumbreras, Jorge Esquinca, Hernán Bravo Varela, Claudia Luna, Román Luján, Luis Jorge Boone, León Plascencia Ñol: autores invitados al Encuentro Internacional de Poesía Manuel Acuña. En uno de los pasajes menos claros de la avenida, Miguel Gaona señaló una fachada cubierta por una añosa cortina metálica:

—Esa es la casa donde nació —dijo. Al principio creí que bromeaba. Pero no: esa finca semiderruida era, efectivamente, el hogar natal del autor de “Ante un cadáver”. Me gustaría decir, para homenajear la memoria del romántico, que el edificio se veía tétrico. Pero no. Apenas se diferenciaba de la clásica casita de interés social embargada. Lucía uno de esos recubrimientos de ladrillo ámbar propios de la arquitectura saltillense de mediados del siglo XX y ostentaba sobre la puerta principal un armatoste metálico que alguna vez fue el esqueleto del toldo de un negocio. Decidí regresar al día siguiente para ver el lugar con calma y luz de sol.

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El domicilio tiene dos números: Allende 394 y 394-1. Está situado ligeramente al sur del centro histórico de Saltillo, entre las calles Ramos Arizpe y Pípila. Fijándose uno bien, se nota en la parte superior, medio oculta por el espesor de la capa de ladrillos que se añadió a la fachada unos cien años después de la muerte del poeta, una vetusta inscripción en letras verdes: “En esta casa nació Manuel Acuña el 27 de agosto de 1849”. No fue colocada ahí por el gobierno coahuilense sino por la Sociedad Mutualista Manuel Acuña, un club de obreros y gente de clase media que desde hace casi un siglo sostiene una suerte de casino, gimnasio y baños de vapor en el mero centro de la ciudad. Es probable que la placa date de 1949, año en que se celebró el centenario del natalicio de Acuña. Es una fachada fea. No sólo porque está sucia y se nota abandonada, sino porque alguien tuvo la genial idea de convertir en cochera una de las antiguas ventanas, la del sur. Hay unas raras manchas cuadradas de pintura café al centro del edificio. No sé qué función bárbara cumplieron alguna vez, pero la casa se vería más bonita si en lugar de exhibir esos brochazos incoherentes estuviera cubierta de graffiti. Lo más decadente del conjunto es la suma de la cortina metálica y el oxidado armatoste de solera que recubren el antiguo zaguán. Más que parecer el hogar natal de un poeta, la casa hace justicia al hecho de haber sido la cuna de un suicida. No pude verla por dentro, pero me cuentan que está igual o peor de maltratada. Esto me lo cuenta Arturo Villarreal, director del Museo de la Revolución, especialista en patrimonio arquitectónico coahuilense y tal vez la única persona a la que le preocupa sinceramente el estado de deterioro de la casa de Manuel Acuña. —Estoy seguro de que la partieron —dice Arturo–—: cuando entras, se nota en la ausencia de los arcos del zaguán y en la forma de la viguería. La casa original debió ser mucho más grande. Yo creo que derruyeron por lo menos la mitad, la del lado norte. Me cuenta que los muros son de adobe. Me obsequia un plano de la planta arquitectónica actual pero me advierte: —No le hagas mucho caso: lo levantó hace unos años el INAH, así que está medio inventado. Yo creo que ni fueron a ver el edificio. Me proporciona también algunas imágenes del interior. Comparte conmigo toda la información que tiene, incluso una foto que muestra cuán distinta era la casa en el 49, durante el centenario. Le pregunto si puede presentarme con los propietarios actuales de la finca. Sonríe. —No sé si yo sea la mejor carta de presentación para hablar con ellos. Arturo Villarreal se acercó a los dueños de la casa a nombre del gobierno del estado de Coahuila con la intención de adquirir el inmueble. Pero, tras meses de negociaciones, el trato no se concretó. La Secretaría de Cultura puso en stand by el proyecto debido a la falta de recursos. Se prefirió invertir algunos millones de pesos en el Encuentro Internacional de Poesía y el Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña. Si me piden mi opinión, creo que el gobierno de Rubén Moreira Valdez está más interesado en este tipo de actividades que en la creación de infraestructura cultural. E intuyo que esto se debe, al menos en parte, al hecho de que fue precisamente la infraestructura la carta más fuerte que jugó en materia de política cultural su antecesor, Humberto Moreira. Comprendo la preocupación del gobernador de Coahuila de diferenciarse a ojos vistas del proyecto político desarrollado anteriormente por su hermano; percibo una estricta vigilancia de su parte en todo lo que tiene que ver con el gasto en obra pública. Aun así, lamento que la casa donde nació Manuel Acuña sea una ruina en tanto se organizan fastuosos eventos culturales a nombre del poeta.

3

Hace calor. Llevo buen rato examinando, bajo un sol extenuante, la fachada de la casa de Manuel. Así que decido –son las dos de la tarde– tomarme una cerveza. Camino una calle hacia el norte, luego otra al poniente y doy vuelta a la derecha. Ahí está: la Sociedad Mutualista Manuel Acuña. Cruzo el portón, atravieso el amplio patio flanqueado a la izquierda por el salón de billar, sigo por el estrecho pasillo que limita con los baños y la cancha de básquet donde se hacen los bailes populares, entro al área de los baños de vapor –que están en el sótano– y, finalmente, llego a la cantina. Es una cantina seria, pequeñita, llena de hombres viejos y con una radiola primorosa. No se permite la entrada de mujeres, boleros, uniformados, etc. La botana es frugal y pobre, pero sobre todo deliciosa. Es una cantina de las de antes. Y está casi escondida: hay que ser saltillense y estar muy enamorado del centro de esta puta ciudad para conocerla. Mis amigos y yo le hemos dado a la cantina un nombre alternativo (o mejor: un nombre, puesto que no lo tenía): El Lugar De Los Grandes Eventos. Aquí venimos a beber cuando alguien llega al pueblo, cuando alguien se va, cuando alguien nace o muere. Aquí brindamos, por ejemplo, el día que falleció el compositor de música norteña Julián Garza. Entro. Me siento ante la barra –como hacemos tradicionalmente los solos–. Me pido una cerveza bien helada y pienso: “Este bar es la casa simbólica de Manuel Acuña. Este es el único recinto de Saltillo donde Manuel Acuña está vivo todavía”. Y me doy un buen trago. No sin antes brindar con el fantasma.

Fotografías de Susana Veloz

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Fotografía cortesía de la autora
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