Tierra Adentro

De entre las pocas construcciones del primer cuadro del centro de la ciudad de San Luis Potosí que en apariencia aún mantienen la dignidad de su historia casi intacta, destaca una en la antigua calle de la Sacristía de la Catedral, que actualmente ostenta el nombre del poeta potosino más insigne: la Casa-Museo Othón. Son recurrentes las versiones sobre el lugar de nacimiento de Manuel José Othón (14 de junio de 1858-28 de noviembre de 1906). Algunas tradiciones se contentan en señalar que fue a mitad del camino a Santa María del Río. Marco Antonio Campos lo desmiente apelando a criterios históricos y de sentido común –dar a luz a su hijo en el campo para luego bautizarlo dos días después en una capital en medio de una lucha fratricida, de levantamientos y contrarrevoluciones, distaba de ser lo más razonable para unos padres activistas políticos y de filiación conservadora como José Guadalupe Othón y Prudencia Vargas[1]–. Versiones más mesuradas oficializaron el domicilio de nacimiento en el 255 en la calle que ahora lleva su nombre.

La hacienda que data de finales del siglo XVII devino en museo a partir de 1966 y contiene, como toda casa-museo, los objetos personales, íntimos y de uso doméstico. Un lugar que pretende captar la nostalgia del pasado y revelar las instantáneas de una realidad, replicar el ambiente de la época y descifrar el impulso creativo del autor, eslabonar sus historias personales y conjeturar recuerdos familiares, despertar la reflexión benjaminiana y refundar anécdotas de quienes la habitaron: un extraordinario palimpsesto de la condición humana particular. Hay casas-museo que consiguen dotar de un aire mítico la figura de los escritores (en Finca Vigía, Hemingway; Isla Negra, Neruda; Fuente Vaqueros, García Lorca; Hacienda el Paraíso, Jorge Isaacs) y donde los objetos que las habitan son partícipes dinámicos del pasado creativo de los autores: establecen una correspondencia consecuente entre los objetos con la casa y con la historia personal.

La Casa Othón, rescatada de particulares e inaugurada como centro cultural en 1966, consta de ocho salas permanentes y apenas una temporal. En una de las piezas hay un escritorio rústico y una máquina de escribir Underwood –usada más por los vanguardistas y poco frecuente entre poetas finiseculares–, en otra una cama de latón oxidada y un sencillo ropero con dos lunas. En una biblioteca modesta, donde sesiona uno de los talleres literarios más importantes del estado con veinticuatro años de antigüedad, uno esperaría hallarse un estante con libros empolvados de Víctor Hugo, Virgilio, Horacio, Núñez de Arce o Lord Byron que muestren la simiente de Poesías (1883), las lecturas de cabecera que inspiraron y sobre las que se soportan Los poemas rústicos (1902), o los espacios que orillaron al tedio y a la consecuente dipsomanía del poeta. La casa de Othón carece de eso. Un cúmulo de muebles anacrónicos, cámaras fotográficas del siglo pasado, un juego de sala de manufactura posterior al siglo XIX, fotocopias descuidadas (no facsimilares) de documentos colgadas injustificada e indiscriminadamente y sin curaduría son parte del mobiliario. Hay, parcialmente, una justificación a todo esto: esa voz que cantaba “en la profundidad de los bosques ignorada” vivió aquí hasta los seis años; el resto de su vida y de su obra fue itinerante, sin domicilio fijo, es decir, “un periplo de la melancolía”. ¿No existe, entonces, alguna huella real de Othón en esa casa? Como lo advirtió Marco Antonio Campos, detrás de una de las vitrinas hay una cartera de piel con un timbre de 1906 y un relicario del Sagrado Corazón, un boleto de tranvía y un mechón de pelo de su esposa Josefa Jiménez. Su cartera gastada es el único vestigio auténtico de su vida: “el símbolo triste de su fausta pobreza”.

Poco atractiva para el turista, casi nada reveladora para alguien interesado en historiar, salvo por sendas placas en bronce con extractos grabados del “Idilio salvaje” o “La noche rústica de Walpurgis” y una sala de epistolarios donde se encuentra el rostro en yeso tomado directamente del poeta en su lecho de muerte, la casa-museo es sólo un modestísimo esbozo de homenaje a quien es, quizá, el poeta mayor más importante del siglo XIX mexicano.

Fotografías de Pablo Melgoza.

 


[1] Al parecer la torta bajo el brazo que todo optimista padre confía que su hijo trae no fue el caso de los Othón Vargas. El bautizo a las dos semanas de nacimiento del poeta fue de saqueos, vejaciones y sangre por parte de las tropas liberales que agresivamente entraron a la ciudad.

 

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Fotografía cortesía de la autora
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