Tierra Adentro
Posible ubicación de Luis G. Urbina.

Del embarcadero de La Viga partía un paseo empedrado que iba a un lado del canal que llegaba hasta el Zócalo de la ciudad. La Viga, sobre todo en la primavera, se llenaba de trajineras llenas de flores. Era el lugar donde las clases bajas iban a pasear y las personas bailaban el jarabe sobre las lanchas, entre flores y música. De La Viga al Zócalo hay casi dos kilómetros y el paseo desembocaba en la Real Acequia, en el costado sur de Palacio Nacional. Aunque a mediados del siglo XVIII, la calle Acequia (hoy Corregidora) fue empedrada, fue el lugar por donde las mercancías llegaban a la capital. Ahí nació Luis G. Urbina, el 8 de febrero de 1864, en casa de su tío materno, José Gerardiño. En realidad se desconoce la localización exacta de la casa, pues no aparece en el acta de bautismo. Gerardo Sáenz, el mejor biógrafo del poeta, dice que en ese tiempo no hubo registro civil porque la capital estaba bajo el dominio del ejército francés. Si se sabe que nació en esta calle es porque él lo dijo en una de sus crónicas. Y tuvo que ser en una de las tres cuadras de la calle de Acequia porque eran las que le correspondían al Sagrario. En la primera no, porque está Palacio Nacional, y del lado sur se encontraba la Plaza del Volador y la Universidad Pontificia. Pero en la segunda o en la tercera calle, pudo estar la casa de ese tío materno, al cual recordaba Urbina por ser un jugador malhumorado que alternaba entre la miseria y la riqueza. Qué lástima que no se pueda saber exactamente en qué casa. Como tenemos cierta debilidad por las placas, ahí podría estar una recordándolo. Son siempre buenos pretextos para meditar, pesadas como son sirven como un ancla para el pensamiento, para atar a los personajes con sus calles diarias. Pasaría el mundo, y el poeta permanecería impasible en su sitio. Quizá no sea tan bueno para los fantasmas, pero sí para los que disfrutamos con estas señas. Siempre son un buen pretexto para carraspear e interrumpir al guía de turistas: hablar de la madre, de origen indígena, y de su padre de ascendencia vasca, y de cómo ella murió en el parto; de cómo el doctor Enrique González Martínez describe a Urbina, en sus memorias, como: “feo sin atenuantes”.

Y reflexionar sobre la tristeza ancestral del poeta de “la vieja lágrima”, como le decían por su poema. En su corazón oscuro y solo, el poeta oía caer lentamente, desde hacía siglos, una lágrima. Ya había sufrido todas las tristezas, había llorado y su alma había quedado seca, sin embargo una lágrima seguía brotando como la gota que trasmina por la roca. Por eso escribió: “Es de notar que si algo nos distingue principalmente de la literatura matriz, es lo que, sin saberlo y sin quererlo, hemos puesto de indígena en nuestro verso, en nuestra casa, en nuestra música: la melancolía”. Su madre indígena, los indígenas que pasaban diariamente por la calle de Acequia, con sus rostros de tristeza. Muy bonito. Y todo esto, frente a una casa en la que prácticamente no vivió, pues fue criado por su abuela materna, doña Joaquina Gerardiño, en la calle del Carmen 13 (hoy Correo Mayor). La abuela era encargada de custodiar una especie de bodega en donde se guardaban objetos y libros de las monjas del Convento del Carmen. Ahí creció Luis, entre la soledad, la pobreza y el mal carácter de su abuela. Quizá por eso poeta no sabía ver la felicidad. Más bien, miraba la tristeza que hay detrás de la felicidad. Aunque era en realidad alegre y uno de los grandes conversadores de su tiempo. Naturalmente, todo sus textos sobre la tristeza sólo son palabras. Y las palabras construyen el yo profundo de un poeta. Perdón… Sólo divagaba sobre la placa inexistente de la casa perdida del poeta. Pero lo hacía en honor a uno de nuestros grandes divagadores literarios.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es ensayista y editor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (2005-2006). Es autor de los libros XEW. 70 años en el aire (Clío, 2000). Escribió con Guadalupe Loaeza la biografía de Agustín Lara, Mi novia, la tristeza (Océano, 2008) y con Miguel Capistrán la antología de poemas sobre la Revolución Mexicana El edén subvertido (INBA-UANL-Jus, 2010). Asimismo, hizo la edición de las Canciones de Agustín Lara (Océano, 2008). Publicó la primera edición de los ensayos de la escritora Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, en Ediciones Gato Negro, en donde es director editorial. Desde 2002 conduce en Radio Red el programa de investigación musical Amor perdido. El Fondo de Cultura Económica publicó su libro El ocaso del Porfiriato. Antología histórica de la poesía en México (1901-1910) (2011) y la UNAM sacó su Antología general de Rubén Bonifaz Nuño (2011), una compilación autorizada por el poeta veracruzano. Sus blogs son: "Cabeza de borrador" en la revista Gatopardo (2011) y "Quémese después de leer", en la revista Variopinto (2013). Recibió el Premio Pagés Llergo de Comunicación 2010. Es coordinador del Catálogo de Música Popular Mexicana de la Fonoteca Nacional desde 2011.
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Fotografía cortesía de la autora
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