Los cuentos de Contar las noches nos proponen un reencuentro con el género en su estado más puro: el acto de narrar como una necesidad humana, algo con lo que se puede ganar el derecho a la vida, tal como hiciera Scherezada para salvarse y salvar a las mujeres de su reino de la consigna del rey Shahriar, quien desposaba cada noche a una virgen para asesinarla a la mañana siguiente y evitar así que le fuera infiel.
La crueldad del relato árabe encuentra su réplica actual en la inmediatez y fugacidad de la información: el narrador que no consigue atrapar a los lectores corre el riesgo de morir a la mañana siguiente en el olvido mediático. Vicente Alfonso responde a este desafío con los mismos trucos que empleó Scherezada: la intriga, el giro, la sorpresa, la sutileza de lo dicho y lo no dicho, lo que se deja a la imaginación, recursos tan antiguos como efectivos para mantener cautivo al lector desde la primera hasta la última página.
La temática del doble, predominante en la obra de Vicente Alfonso, es el hilo conductor que engarza, a veces de forma invisible, esta colección de quince cuentos donde los juegos de duplicidad son ensayados en todas sus formas: matar al doble, hallar al doble, encontrarse en el doble, replicarlo, oponerse, reflejarlo, son variaciones que proponen nuevas perspectivas de la vieja historia del encuentro con el otro. Mientras que en “Ojos borrados”, “Enroque” o “Trago amargo” nos encontramos con la figura franca del gemelo, en “Latitud 32” la presencia del doble adquiere una dimensión borgiana, entre lo imposible y lo fantástico, muy diferentes ambas de la presencia implícita y sorprendente del alter que encontramos en “Epidemia” donde el giro escheriano conecta el final de la historia con su inicio en un bucle ad infinitum.
El hallazgo narrativo de estos cuentos radica, no obstante, en la forma; en el balance entre estructura narrativa, lenguaje, anécdota y caracterización: el engranaje interno que activa el corazón de cada una de estas historias y que marca el ritmo acompasado que va precipitando paulatinamente la lectura hacia el giro sorprendente, hacia un final siempre imprevisible.
Los cuentos de Contar las noches nos enganchan con el truco de la primera dosis. Las oraciones de apertura parecen decirlo todo o casi todo, y es en el casi donde el lector busca y rebusca hasta quedar cautivo: los hilos de la historia se entretejen con atmósferas locales, cercanas (el metro, una cantina cualquiera, un campo de futbol); luego se suma la caracterización precisa de personajes como Corina, que gana siempre en los juegos de azar o el hombre que lleva el lápiz en la oreja y que busca a su amada dibujando carteles para pegarlos en la pizarra de la estación, y cuando menos pensamos ya estamos en sus zapatos, sintiendo lo que ellos sienten: el desasosiego, el odio, el temor ante el otro, nuestro igual. Sin embargo, más importante que las historias, son los matices que sugieren y que el lector reconstruye. Son estos matices lo que provoca el giro inesperado de la trama, lo que hace que suceda lo inimaginable.
Los finales tipo knock-out tienen la virtud de reconstruir la historia que habíamos armado en nuestra mente. Al leer la última línea, la estructura ya de por sí compleja que veníamos construyendo con todas nuestras presuposiciones de repente da un vuelco y las piezas se reacomodan, como si se tratara de un modelo para armar que hubiéramos ensamblado siguiendo las instrucciones, y que se nos saliera de las manos, cobrara vida propia y se reconstruyera a sí mismo en algo nuevo, distinto y sorprendente.
Contar las noches abreva, pues, de los maestros de la lectura retroactiva. En sus páginas están presentes las voces de Rulfo, Yáñez y Arreola, la tradición latinoamericana de Borges, Cortázar y Bioy Casares. La visión fragmentaria de Macedonio Fernández. El Fuentes de La muerte de Artemio Cruz. La asimilación y apropiación de dichas influencias se manifiesta en una voz propia, claramente identificable: una voz ligera, de tonos neutros en los que destaca de vez en cuando algún adjetivo brillante, una sintaxis poco rebuscada que se entreteje con la oralidad sin caer en lo coloquial, sin descuidar jamás el artificio literario que subyace en lo profundo y que raras veces se hace notar.
Muy lejos de las tendencias comerciales de la literatura norteña, la prosa del narrador torreonense no “retrata” la voz de provincia, ni se regodea en la violencia para despertar el morbo del lector. La presencia sutil de los elementos de identidad aparecen de forma velada, al igual que los hechos de sangre, la intención estética antepone el tamiz del rigor literario para dar con el arduo equilibrio entre retórica y oralidad.
Aunque la sobriedad de la portada pudiera parecer poco atractiva, al adentrarnos en las páginas de Contar las noches encontraremos el tipo de cuentos que hacen honor al género y que tanto echan de menos las mesas de novedades.
La ciudad de León, en Guanajuato, lleva algunos años trabajando a favor de dinámicas, actividades y espacios culturales. Además de la Feria Nacional del Libro o el Festival Internacional de Arte Contemporáneo durante diciembre del 2012 se llevó a cabo el primer Encuentro de Arte de León (EAL) y dentro de sus actividades el Encuentro de Poesía.
A grandes rasgos la dinámica ha sido ésta: en la Revista Cultural Alternativas se publica una sección fija mensual con textos poéticos, en ella se presentan y reúnen propuestas, traducciones y demás escenarios en torno a poéticas diversas. De esa reunión y presentación de autores surge la invitación a participar en el mencionado Encuentro; entonces la dinámica crece.
En aquel diciembre de 2012 se llevaron a cabo lecturas, conferencias, talleres y piezas interactivas a partir del trabajo de los autores y autoras convocados. Fuimos: Luis Jorge Boone, Rocío Cerón, Daniel Bencomo, Ángel Ortuño, Raúl Karam, Pedro Mena, Xavier Ángel Martí, León Plascencia Ñol, Sergio Ernesto Ríos, Eduardo Padilla, la que esto escribe y Julián Herbert ―aunque él no pudo estar presente sus textos aparecen en las memorias―.
Personalmente celebro el hecho de que los organizadores se hayan dado a la tarea de realizar este documento. Hoy por hoy, editar Memorias es paradójicamente casi un asunto olvidado. O por lo menos, luego de Festivales y Encuentros, cada vez es más raro que se edite, forme y publique una semblanza de lo acontecido. Un libro que compila las memorias colectivas, siempre será un documento de consulta, de rescate, de precisamente como el nombre lo indica: de registro.
Durante febrero recibí las Memorias del Encuentro Nacional de Arte, así como la compilación de poesía titulada 12 Voltios que realizó Pedro Mena con ilustraciones de José Zarzi, incluye además un libro de dramaturgia y un libro de narrativa. La coordinación a cargo de Carlos Hugo González produjo también una memoria gráfica y testimonial y un video que reúne algunas de las mejores secuencias de las actividades en el EAL, 2012. He de decir que siempre celebro el hecho de que ―a veces― se tiene la suerte de que personas preparadas y preocupadas por la cultura propongan y promuevan proyectos de esta naturaleza y no renuncien hasta verlos realizados. Este es un feliz caso.
En ese sentido estos libros, como proyecto editorial, son presentados y donados a diferentes universidades y bibliotecas de la región Centro-Occidente, como ejercicio primordial de promover a sus autores y autoras.
El segundo Encuentro se llevará a cabo del 1° al 11 de mayo, pues se ha integrado a la programación de la Feria Nacional del Libro de León, que en 2014 celebrará su 25 aniversario.
Mérida, 6 de marzo de 2013. Cada vez que platico con Adrián Curiel Rivera me queda la sensación de que cortamos de súbito temas que merecerían otro café, y lo sentí más la última vez que desayunamos (él pidió unos huevos en torta sin yema y yo unos exquisitos motuleños). Se veía radiante, sin embargo la conversación nos orilló hacia ciertos sinsabores de la vida. No entendí por qué si teníamos sobre la mesa su novela Blanco Trópico, recién publicada por Alfaguara, y esto era más que motivo de fiesta, pero bastaba con que le echara un ojo a la dedicatoria para darme cuenta: “A todos aquellos que, como Juan Ramírez Gallardo, sobrellevan la esquizofrenia de trabajar arduamente en proyectos estériles mientras anhelan la felicidad”, frase que leí hasta que llegué a mi casa…
Confieso que frente a Adrián se me hizo agua la boca al ver la hermosa cubierta de Blanco Trópico (lo sigo desde 2004, conozco casi todos sus libros y sin duda éste –visualmente– es el más atractivo) y en ella concentramos la atención, pues esta imagen dice mucho sobre el contenido de esta saga divertida y efervescente: burbujea como la sal de uvas y la cava o el champán, igualito.
Hace reír, sí, porque el protagonista es ocurrente y cabrón, pero también despierta recelo, porque él mismo, Juan Ramírez Gallardo, con su magnífica personalidad inquisidora, arremete contra intelectuales, funcionarios académicos, abogados, altos gendarmes, usureros y toda clase de oportunistas, de los que abundan en la isla que inventa, la cual sobrevolamos para hacer esta entrevista.
Eugenia Montalván: Dime, Adrián, ¿llegar a Alfaguara, después de ser publicado por editoriales pequeñas (tanto en México como en España), te hace ver menos estéril tu trabajo literario? ¿O qué te hace sentir haber sido aceptado por este sello?
Adrián Curiel: Creo que hay diferentes perspectivas bajo las cuales considerar el asunto. Desde un punto de vista de estricta productividad económica, el arte siempre es felizmente estéril, al menos para el creador al que le importa su trabajo y no convertirse en una trade mark o en uno de esos opinólogossabelotodos que abundan en la tele, o en alguien tan obsesionado por la fama, su imagen como personaje público o la cercanía con los círculos del poder que antepone esos valores a su compromiso como escritor. Dentro de esa privilegiada esterilidad (muchas veces me han preguntado si trabajo o “nomás leo y escribo”), yo siempre he sido un narrador que ha trabajado al margen del establishment de la biliosa república de la letras mexicanas, lo que tiene sus enormes desventajas en cuanto a visibilidad, pero un precio impagable en cuanto a la libertad creadora. He asumido el compromiso con mi literatura de la manera más seria (no necesariamente solemne) posible, en ese sentido me siento un romántico trasnochado que encuentra en la literatura el fin mismo de la literatura, por lo que, asumiendo su carácter inútil en una época barbarizada (pese a lo que se diga de la era de la información y su idealizado desarrollo tecnológico), nunca he despreciado mis libros por haber sido cobijados por editoriales más o menos modestas. Eso tampoco quiere decir que no me alegre de que, en el caso particular de Blanco Trópico,dicha circunstancia haya cambiado. Por otro lado, ha sido una experiencia muy satisfactoria trabajar con un sello tan profesional y con tanta presencia, en especial con el editor Ramón Córdoba, quien es el encargado de examinar cada texto con lupa.
EM: Al leer Blanco Trópico, el libro, tuve la sensación de llegar, verdaderamente, a Blanco Trópico, el país siniestro, calcinante y mortífero a donde el protagonista y su mujer llegan –desde Madrid– para empezar una nueva vida; desde luego, las vicisitudes por las que pasan me hacen pensar en una novela con una fuerte carga autobiográfica.
AC: Creo que toda ficción, inevitablemente, tiene algo de autorreferencial. Es imposible que el autor no vuelque parte de lo que es en el texto, por más distancia que quiera marcar a través de distintas estrategias narrativas. Parte de lo que constituyó para mí el difícil proceso de repatriación a México tras ocho años de residencia en Madrid, y de construir un nuevo hogar en Yucatán, está sin duda presente en la novela, aunque magnificado, degradado, relativizado y me atrevería a decir revitalizado por medio de la imaginación, el humor y la ironía. Hay que ser precavidos al pisar una isla como Blanco Trópico, no caer en el engaño de que uno simplemente está reconociendo un territorio familiar.
EM: Blanco Trópico es adverso; aquí ni siquiera se consigue un sacacorchos en pleno 2004, y este hecho simbólico, pero real, sólo es una muestra de la patética cuesta-arriba que atraviesa el protagonista de la historia; entonces, hay que decirlo, el lector navegará por aventuras rocambolescas, ¿no es cierto?
AC: Sí, rocambolescas, desopilantes, por momentos patéticas y muy tristes, cargadas de miseria humana y soledad, pero también de ternura y esperanza.
EM: La realidad de Blanco Trópico nada tiene que ver con ciudades cosmopolitas como Madrid o el D.F., las otras referencias geográficas claramente definidas e identificables, en la novela, pero ¿es este lugar el paraíso donde, como en una isla desierta, Juan Ramírez Gallardo, alter ego de Adrián Curiel Rivera logrará ser feliz, finalmente?
AC: Bueno, esto es uno de los puntos medulares del argumento, que no se presta a una respuesta determinante y unívoca, sino a una variedad de interpretaciones que tendrán que ver mucho con las propias vivencias y puntos de vista del lector. En lo personal, considero que todos los paraísos terrenos son mutantes y esconden el infierno en su reflejo, hay que resignificarlos constantemente para que no pierdan su poderoso magnetismo o se conviertan en lo opuesto.
EM: Ahora sí, Adrián, aterricemos; Blanco Trópico es un símil de Mérida, Yucatán, por lo tanto, diría que es la primera novela que la retrata a fondo en un sinfín de cualidades y defectos, y en ciertos momentos me recordó a Palmeras de la brisa rápida, de Juan Villoro, sólo que él escribió una crónica desde la perspectiva de un viajero nieto de yucateca.
AC: En el caso de mi novela, considero que Blanco Trópico funciona en efecto como una especie de sinécdoque de Mérida, Yucatán, pero también de Europa, de América Latina o de cualquier sociedad occidental con aspiraciones, complejos y prejuicios similares en una etapa histórica de desarrollo informático y tecnológico que tiende, además, a la dictadura de la homogeneización. No se trata sólo de una crítica o ensalzamiento a los códigos culturales y sociales de la península yucateca, trasciende esa esfera, de hecho uno de los ramales del argumento central se relaciona con los avatares que Juan Ramírez Gallardo, en su calidad de economista, tiene que padecer por taras y deformaciones en la manera de entender y difundir la investigación universitaria. Blanco Trópico no sólo es una épica personal, también constituye una suerte de “novela de campus” que no deja especialmente bien paradas a prácticas y demagogias que están de moda en el ámbito de las universidades latinoamericanas.
EM: La capital del sureste que se distingue por infinidad de particularidades, empezando por su caluroso clima y las esporádicas rachas de heladez que en tu novela ilustras muy bien, tiene la fama de ser hostil ante la gente de fuera, no los turistas, sino los que se quedan a vivir aquí, ¿cuál es tu perspectiva al respecto?
AC: La ventaja de la literatura es que no hay por qué personalizar nada, ni establecer correspondencias exactas con eso que llamamos realidad. Es verdad que en Blanco Trópico he purgado muchas cosas, que ha significado un vehículo de expiación en muchos sentidos, pero esa isla (todavía más “aislada” que una península) se ha edificado sobre el mar, sus peligros e inmensidades, no sobre resentimientos específicos de la cotidianeidad. Al margen de esto, debo confesar que nunca, desde que me afinqué en Mérida a finales de 2003, me he sentido especialmente hostilizado por sus naturales, me parece que la estupidez y grandeza humanas se reparten en dosis proporcionales en cualquier sitio. Quizá sea porque soy muy distraído, no sé, y cuando me han agredido ni siquiera me he dado cuenta. Ahora, en cuanto al hogar de uno, estoy convencido de que no es sólo un espacio objetivo el que lo conforma, sino el nexo emocional y psicológico con que lo vamos modelando. Yo he ido modelando mi propia Mérida, como modelé Blanco Trópico de la mejor manera que pude, sin que una y otra pretendan ser equivalentes.
EM: Otro de los temas candentes de tu obra es la descripción del centro de investigaciones donde trabajas; digo, conozco el edificio y lo dibujas perfectamente. Sé que fuiste secretario académico y ahora acabas de terminar un año sabático, pero por sobre todo eso te apareces por sus corredores como un buen pirata, atento a los altibajos de la condición humana.
AC: Insisto en que no he pretendido hacer una fotografía fiel de mis experiencias como académico, que en contadas ocasiones sin duda han sido delirantes. Por supuesto que he tomado elementos de la realidad como materia prima para una reprocesamiento que, en última instancia, no deja de ser inventado. En la novela hay, por ejemplo, un vexilólogo y una vulcanóloga, especialistas en disciplinas que ni siquiera figuran entre las que imparten mis colegas de carne y hueso. Que alguien se sienta aludido representa, por supuesto, una posibilidad, en cuyo caso espero que nadie se ofenda y que sea capaz de entrever el enorme cariño que he puesto en la confección de cada uno de mis colegas imaginarios, más allá de que sus actos y contradicciones puedan mover a risa (y mucha). Una de las fuentes de inspiración para el diseño de este repertorio de personajes proviene del trato cotidiano con el personal académico y los alumnos, como he dicho, pero hay también referencias intertextuales, en particular una novela de Philip Dick, Laberinto de muerto; en la cual un cónclave de genios científicos aislados en un planeta, a la espera de que un satélite les informe cuál es precisamente su alta misión, comienzan a asesinarse movidos por la vanidad y los celos profesionales. Ahora, si a pesar de estas explicaciones, decidieran lincharme, lo sentiría por mi persona pero lo celebraría por la literatura. Como cuando a Vargas Llosa los militares de Leoncio Prado le quemaron ejemplares de La ciudad y los perros, confundiendo la realidad con la ficción.
EM: Por último, en la dedicatoria de tu novela aparece Jorge Volpi, un escritor “diva” de tu generación y, además, él presentará tu novela en la FILEY, y tú vas a presentar una suya, ¿será como una lucha de enmascarados, de esas que veíamos en las películas cuando éramos niños? ¿Qué lazo te une a él?
AC: Conozco a Jorge desde hace muchos años; padecimos juntos la carrera de derecho e infames trabajos burocráticos, y hemos compartido aspiraciones (ambos, por ejemplo, nos doctoramos en Letras en España) y la pasión por la literatura. Más que un escritor “diva”, estimo que Jorge fue el primero de nuestra generación en abrirse brecha a raíz de la obtención del Premio Biblioteca Breve por En busca de Klingsor. Como nuestro medio literario es beligerante y muy proclive a la envidiosa descalificación y al ninguneo, el éxito de Volpi provocó un remezón entre los colegas de todas las generaciones. Es verdad que luego él y otros escritores, entre ellos alguno cuyo trabajo también aprecio mucho, como Ignacio Padilla, aprovecharon el empujón para promoverse provocativamente como un colectivo de vanguardia que se levantaba contra la supuesta mediocridad imperante en nuestras letras. ¿Podemos culparlos por ello, por querer posicionarse como tantos otros grupos y mafias que actualmente sufrimos? Desde luego, yo he estado en desacuerdo, y lo he manifestado por escrito, con muchas de las posturas del autodenominado crack, y muchas obras puntuales me siguen pareciendo apresuradas o infladas. Pero Jorge y yo nos hallamos en un punto en que todas esas diferencias fructifican en un diálogo que enriquece nuestra amistad y nuestras distintas formas (a veces convergentes, otras discrepantes) de entender el mundo y la literatura. Hace tiempo quise dedicar a Jorge una novela, como él me dedicó Klingsor junto con otros amigos, pero al final no lo hice. Por eso lo hago ahora, para subsanar lo que estimo un error “histórico”. Que nos vayamos a presentar mutuamente es mera coincidencia, y por cierto disfruté mucho su última novela. Así que, más que una lucha entre enmascarados, o máscara contra cabellera, calculo que nuestro encuentro se parecerá más a un abrazo de Acatempan entre dos narradores ya no tan jóvenes que se admiran y respetan.
Blanco Trópico de Adrián Curiel Rivera, ya disponible tanto en formato electrónico (compatible con todos los medios a nuestro alcance) como en papel, se presentará en Mérida en el marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán 2014 el próximo domingo 9 de marzo, a las 6 de la tarde en el Salón Ek Balam del Centro de Convenciones Siglo XXI con los comentarios de Jorge Volpi. Vayamos jubilosos, el trayecto hacia el autor no tiene pierde, pero para más señas les dejo la lista de sus obras, por si se deciden a buscarlo desde otras latitudes:
Novela
Bogavante. Brand, Madrid (2000) y Axial Colofón (2008)
El señor amarillo. Colibrí (2004)
A bocajarro. Conaculta (2008)
Vikingos. Libros Magenta (2012)
Relatos
Unos niños inundaron la casa. Cal y Arena (1999)
Mercurio y otros relatos. Scripta (2003)
Madrid al través. Tierra Adentro (2003) y Universidad Católica de Córdoba, Argentina (2008)
Quién recuerda a Doña Olvido (texto ilustrado). Axial-Colofón (2012)
Ensayo
Novela española y boom hispanoamericano. UNAM (2006)
Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX. UNAM (2010)
El pasado 5 de marzo murió, a los 91 años, Luis Villoro Toranzo (1922), el filósofo catalán de padres mexicanos que nació en Europa por azares de la Revolución mexicana. Volvió a México para vivir y estudiar; para aportar más que una destacada vida académica y de funcionario ejemplar en que se convertiría en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde inicialmente se formó en la Facultad de Filosofía y Letras (estudió después en La Sorbona, en París, y en la Ludwiguniversität de Munich, Alemania). Fue profesor de la misma UNAM e investigador de su Instituto de Investigaciones Filosóficas, del que sería más tarde director e investigador emérito. Ocupó cargos importantes dentro y fuera de la academia: en el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, como director de la Revista de la Universidad, siendo presidente de la Asociación Filosófica de México, como embajador ante la Unesco y también al ser miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua. Lúcido activista asomado en el patio de la vida política y, frente a todo, un hombre preocupado por las paradojas de la alteridad social y la injusticia.
Algunos de sus libros, desde su laureada tesis profesional (que se convirtió en su primer libro): Los grandes momentos del indigenismo en México, 1950), son clave para comprender el pensamiento en el México contemporáneo: Creer, saber, conocer (1982), El poder y el valor. Fundamentos de una ética política (1997), Estado plural, pluralidad de culturas (1998), De la libertad a la comunidad (2001), entre otros títulos que conforman su vasta obra.
Para Villoro, el concepto de lo indígena formó parte honda de sus preocupaciones filosóficas y políticas. Para él (que guardaba en la memoria infantil el recuerdo imborrable de la humillación de la que fue testigo ante el contraste entre ricos y pobres), el indígena no fue jamás un ente abstracto sino un humano concreto, flagelado por la exclusión y la injusticia.
Para su labor de pensador los pueblos originarios representaron una razón de sus reflexiones existenciales, morales, políticas y son imprescindibles muchos de sus estudios para comprender nuestra historia, el presente y lo que mucho de su devenir implica.
Leer y releer a Villoro será primordial para la historia de las ideas más allá de nuestra geografía. Su obra es un aporte a la comprensión de la incluyente y diversa Hispanoamérica.
Alejarse de Cincinnati, Ohio, para establecerse en la ciudad de Nueva York terminó por convertirse en la decisión más afortunada que los hermanos Dessner ―Bryce y Aaron― tomaron para consolidar de manera definitiva a The National, el grupo de rock en el que han invertido varios años de sus vidas y que, hoy por hoy, produce lo más refinado y sensible de las canciones que reflejan el entorno de lo que se entiende por adulto contemporáneo (y el que canta su colega Matt Berninger).
La banda fue creciendo gradualmente hasta alcanzar gran notoriedad por producir una música intensa pero sobria, que da cabida a una revisión en claroscuros del fracaso, el desamor y otros abismos existenciales. Son expertos en ir elevando la energía en sus conciertos hasta llegar a pasajes de épica que se desborda entre guitarras eléctricas e instrumentos de viento.
Pero los Dessner tenían una vida que les vinculaba con la formación académica antes de incursionar en el rock. Bryce ―de apenas 37 años― es un sobresaliente egresado de la Universidad de Yale, en donde se especializó en composición y guitarra. De hecho, primero sacó adelante una exitosa carrera en la escena actual de la música de concierto antes de que su grupo vendiera muchos discos y cerrará festivales. No son muchos los músicos que pueden decir que han colaborado con figuras principalísimas como Steve Reich, David Lang y Philip Glass, además de conseguir diversos encargos para instituciones muy serias. El compositor ha trabajado tanto en solitario como con orquesta, de modo que formó Clogs, un proyecto instrumental con extensa discografía y cuya última producción es el EP The Sundown Song (2013). Bryce ha comentado que logró obtener primero una estabilidad financiera de este universo musical antes de que en el veleidoso rock (en parte por ser el compositor residente en el Conservatorio de Eindoven, Holanda).
Con el tiempo, The National terminó siendo una de las bandas más representativas de los residentes de Brooklyn ―junto con su vecino Sufjan Stevens―, por lo que en calidad de público asistieron al Festival Celebrate Brooklyn 2009, que se realiza en las instalaciones del Prospect Park de aquella demarcación. Allí se encontraron con David Harrington (violín), John Sherba (violín), Hans Dutt (viola) y Sunny Yang (cello), los miembros del afamado cuarteto de cuerdas que representa a la parte más visionaria de la música clásica contemporánea, Kronos Quarter.
Posteriormente, se citaron para conversar y se dio un fructífero encuentro de amigos; Bryce les contó que se encontraban en el barrio al que habían llegado sus abuelos, de origen judío, al dejar Rusia y llegar a Norteamérica. Contó que su abuela había vivido la revolución y jamás volvió a ver a su madre tras salir de su país natal. Todos coincidieron en que se trataba de un buen pretexto para que el compositor se acercara musicalmente a esa historia. Además, que los Kronos querían dedicarle una pieza a Laurence Neft, su encargado de luces por muchos años y también amigo cercano. Bryce debía crear lo pendiente.
Bryce tenía pues un encargo que envolvía tanto la saga familiar como un obsequio tan apreciado por la vanguardista agrupación. Se dedicó a componer y el resultado son cuatro piezas arropadas bajo el título: Aheym (Anti-Records, 2013), que significa “hogar” en yiddish, y que antes de aparecer en disco fueron probadas en algunos conciertos para que maduraran.
Y es que el entorno de los Dessner es absolutamente artístico, tienen una hermana que posee un acervo bibliográfico especializado en poesía, fue ella quien le mostró la obra del poeta chileno Vicente Huidobro y cuyo texto: Tour Eiffel, influyó tanto en él que le dedicó un tema o un movimiento, como él lo llama.
Aheym se concentra en los dos temas finales (50%); en “Tenebre” invita a Sufjan Stevens a sumar algunas voces y ya aparece el Brooklyn Youth Chorus, que luce esplendido en el cierre huidobriano ―todo un desbordamiento músico-poético―. La composición surgió en la ciudad de Katowice, en Polonia, donde vivió el compositor Henryk Gorecki ―a quien también Dessner dedica el tema―. Partió de la música vocal del renacimiento y luego sumó un capítulo sobre la extinción de los candelabros en el siglo XV. Enfrentó el reto de amalgamar las partes y así complacer al iluminador de los Kronos, con quienes se encontraba de gira. El grupo también admiraba a tan vanguardista compositor pues en 1994 Gorecki había escrito expresamente para ellos.
Meses después asumió Tour Eiffel, que los directivos del coro le habían encargado para que los chicos ―de entre 16 y 17 años y distintas culturas― pudieran identificarse. En el centro del poema hay un chico trepando la Torre con una canción, cuyos casi 12 minutos de duración están inspirados en la obra del mismo nombre que el poeta chileno Vicente Huidobro publicó en 1918.
En general, el pulso de la obra de Dessner tiene algo que ver con el minimalismo, pero no llega a ser tan escueto, mucho menos, al existir las distintas partes para cuerdas, las líneas corales y los pasajes en los que el propio autor toca sutilmente la guitarra. Con todo, “Little Blue Something” nos acerca a algunas obras de Arvo Pärt, siempre etéreo y huidizo.
Para un autor con la carrera y la capacidad de Bryce no dejó de representar todo un reto escribir música para una de las agrupaciones con mayor trascendencia en el ámbito clásico de hoy en día; de hecho, resume de la siguiente manera la experiencia:
Ellos son seminales. Es como si me lo hubiesen pedido R.E.M. o The Clash. Me sentí en shock y un poco intimidado, sobre todo por mi juventud. Era una gran tarea, pero ellos tienen mucha energía, se comprometen con la música de un modo muy intenso y traen a ella mucho color.
Leopoldo María Panero en un fotograma de ’El desencanto’. Fotografía de RTVE.
Hay una vida que se construye mientras la gente muere. Hay una resistencia. La partida: un falso futuro.
La primera vez que leí a Leopoldo María Panero estaba sentada frente a mi vieja computadora; tenía 22 años y estaba sola. Imposible no gustarme. Ese loco se había convertido en mi mejor amigo, el único. Compartimos el ideal y la lucha. Después, la vida me llevó a emparejarme con otro fanático suyo a quien, después de separarnos, yo perseguía en las bibliotecas o librerías. Obviamente, un día me hallé en mitad de un pasillo de la Biblioteca Central de la UNAM leyendo con desesperación Orfebre, hasta ese entonces mi libro favorito. Fueron años crueles. De no ser por Leopoldo, habría enloquecido.
En su enfermedad existía una especie de cuerda de rescate . Pienso en LMP y lo que hay es liberación. Ver las fotografías de él encerrado en ese hospital canario no me estristece. ¿Quién realmente estaba detrás de los barrotes?
Sin duda Leopoldo fue un hogar. Después de 7 mudanzas, desempaco algo de mi adolescencia paneriana. Mi trabajo literario no tendría cabida sin:
Dos atletas saltan de un lado a otro de mi almalanzando gritos y bromeando acerca de la vida:y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siemprecómo se balancean los trapecios. Dosatletas saltan de un lado a otro de mi almacontentos de que esté tan vacía.
Sin él no tendría familia. Hallé joven y en la soledad absoluta una habitación donde dormía un hámster, una piedra y un hombre atando planetas de un sistema solar perdido en mi infancia. Me conformé con las historias maternales de los Panero. Crecí y ahora me despido.
Leopoldo María Panero murió el pasado 5 de marzo, en Las Palmas de Gran Canaria.
Se fue, en palabras de Roberto Bolaño, “uno de los mejores poetas españoles.”
Sólo la nieve sabe…
***
Leopoldo María Panero (Madrid, 1948 – Las Palmas de Gran Canaria, 2014). Poeta. Hijo del poeta Leopoldo Panero y hermano de Juan Luis Panero. Militó en movimientos antifranquistas, lo cual lo llevó a diversas estancias en prisión. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid y Filología Francesa en la Universidad Central de Barcelona. Ingresó por primera vez en una institución para enfermos mentales en la década de los 70. Después estuvo una larga temporada en el psiquiático de Mondragón. Finalmente se estableció por propia voluntad en la Unidad Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria (o El manicomio del Dr. Rafael Inglott, como lo nombraba). Entre la abundante obra de Leopoldo María Panero están los libros Por el camino de Swan, Narciso en el acorde último de las flautas, El últimohombre, Orfebre, Gólem, entre otros.
Ocho vidas tangentes, sin estrella ni éxito ni fama, configuran la prehistoria y la historia de un autor que encuentra en su travesía de errores vitales y evocaciones de espectros los fundamentos de su propia voz narrativa. Páginas y presencias, fantasmas y voces del pasado que alcanzan a Pierre Michon (Cards, Francia, 1945), al narrador convertido en el personaje de sí mismo, en una confesión lírica y oscura que asombra al desocupado lector.
Vidas minúsculas (1984) cuenta la historia de Michon, el hombre, a través de los pequeños personajes que lo rodearon, desde los preludios de su nacimiento hasta que, ya sumido en la desesperanza y la crisis, encuentra el sentido de su vida logrando escribir literatura. Estas páginas hundidas en el pasado personal apelan a parientes, amigos de familia, sacerdotes, antiguos compañeros de escuela, presencias borrosas de los muertos que le son significativos o vagabundos que se cruzan en la vida, en un coro de ausencias y difuntos, un auténtico viaje a los cielos e infiernos íntimos que revela los árboles de sangre donde se hunden las raíces del escritor francés.
Conocemos la historia del niño Michon que crece en medio del silencio de los abuelos respecto al destino de su padre desaparecido en alta mar, tenemos las primeras noticias e impresiones de la vida en el mundo de la provincia francesa junto a los pequeños detalles y obsesiones de su núcleo rural; lo vemos transformarse en un joven culto, pedante y citadino; sabemos que conoce el placer y las fiebres femeninas; presenciamos el sentido autodestructivo del autor narcisista y fracasado en busca de reconocimiento y de la Gran Obra que no puede escribir, conocemos su pasión por el teatro, el cuerpo de Marianne, la compasión de Claudette, los amores perdidos, la manía alcohólica, los barbitúricos y la desesperación de aquel que “trabajaba para hacerse vidente” sin conseguirlo.
Vidas minúsculas puede leerse como la historia de aquel que lucha y fracasa para convertirse en autor, el ser que se hunde en su miseria y su vanidad, que está a punto de destruirse en el vacío de la página, en los modelos que no puede imitar, y alcanza su misteriosa redenciónpor la voluntad violenta y misteriosa del arte, cuando aquella Gracia de las palabras, aniquiladora y fecunda, en la que Michon cree, parece ya perdida.
Estos ocho relatos de manufactura perfecta se leen con unidad novelesca. En ellos aparecen las sensaciones de los campos y pueblos perdidos en el centro de Francia, las almas rurales de esa patria que inventó la noción del estilo. Lugares donde el influjo medieval aún parece presente, donde la prosa de Michon hace salir del silencio la sangre y las traiciones pueblerinas, los padres perdidos, las hermanas muertas, los abuelos atontados por el alcohol o las baratijas y cachivaches en las cajas de las abuelas que concentran las historias desgarradas del clan. Lugares lejanos del París cosmopolita y vanguardista, que se come a los jóvenes soñadores y puede llegar a destruirlos en la marejada creativa y el ansia de gloria. Sitios donde la culpa y el examen personal son terribles y constantes, que propician evocaciones y diálogos con los muertos donde la figura del Ausente o la autodestrucción lanzan los dados y determinan los destinos del escriba.
La primera vez que leí Vidas minúsculas sufrí un shock. Sus páginas están entre las más intensas y poderosas con que me he encontrado. Su estilo me cautivó, pero me trastornó igualmente. La prosa de Michon es potente y complicada, a ratos dolorosa, muy cercana al ejercicio de leer poesía. Tras varios intentos, hallé el libro por una grata coincidencia, y lo devoré de cabo a rabo, a veces regresando pasajes u oraciones, impresionado por la recreación suntuosa de un mundo campirano y otoñal, o por la disección anímica, en carne viva, de las oscuridades del narrador. Uno a ratos se ahoga en esa prosa como una telaraña móvil, sutil, perfecta, donde las categorías gramaticales brillan entremezcladas y la canónica oración sujeto-verbo-complemento palidece ante una arquitectura verbal apasionada, ornamentada, exaltada y sin embargo precisa.
En Vidas minúsculas se lee por primera vez la escritura sensual, poética y llena de vericuetos del autor, que creció a la sombra de los grandes estilistas y los poetas franceses del siglo XIX, y encontró a su gran mentor en el Faulkner de Absalón, Absalón, como él mismo lo confiesa en otra de sus obras, Cuerpos del rey. Michon nos sumerge en una prosa de flores salvajes y oscuras que brotan y abruman al lector a lo largo de la página. Él es un espíritu antiguo y casi extravagante en una época que parece haber renunciado al estilo en aras de la amenidad de la anécdota, de la prosa funcional que empuja al lector a la línea siguiente. Con aire clásico e inclinaciones simbolistas, su voz narrativa irrumpe ante nosotros con su conciencia del sonido y la materialidad de la palabra, con su paladeo de la oración, con su estilo pausado, lujoso, siempre melancólico y a punto del patetismo sin caer en él, un aliento de largas oraciones subordinadas, yuxtaposiciones y detalles, contrastes y matices, de adjetivos tan sorprendentes como exactos.
“En mi padre, inaccesible y oculto como un dios, no puedo pensar directamente” (59), escribe Michon, y la mayoría de los hombres de estos relatos son presencias evanescentes, calladas, a la sombra de sus contrapartes femeninas. Ellas serán los componentes fundamentales de Vidas minúsculas, elementos de acción, enseñanza, compasión, amor y dolor durante toda la vida del hombre que narra. “La metafísica y el poema me llegaron por medio de las mujeres” (62), reconoce Michon, que caerá seducido por las figuras antiguas y actuales de las hembras que lo rodearon y acogieron en distintos momentos, y entregará en sus retratos algunas de las descripciones más evocadoras y poéticas de la literatura francesa contemporánea:
Clara, mi abuela, mujer larga y demacrada, de mejillas hundidas, imagen de la muerte inquieta, resignada pero ardiente, curiosa mezcla de las expresiones vivas, vivaces, y de la máscara de ultratumba sobre la que se movían; sus manos largas y frágiles apoyadas sobre la rodilla flaca; sus labios, cuyo trazo, aunque adelgazado por la edad, había permanecido impecablemente definido, se dilataban cuando me miraba en una sonrisa, sin duda imprecisa con una nostalgia indecible, pero al mismo tiempo aguda, seductora, de mujer más bien joven; yo temía la agudeza de los grandes ojos muy azules, dolorosamente bonitos, que se fijaban detenidamente en mí, me leían como para dejar fijos, indelebles, mis rasgos en su anciana memoria… (59-60)
La prosa de Michon es un modelo que seduce, como sucede con Faulkner o con Onetti. Puede ser un escollo o un aliciente para el lector y el narrador que se la topa en el camino. Su amor por la construcción de la frase puede descorazonar a algunos, pero a otros puede insuflarles el ánimo de volver a sumergirse en la palabra sin concesiones ni salidas fáciles, esa palabra que gira en sí misma y en su oscuridad necesaria, un pozo de misterio que revela los abismos personales mimetizándolos en su enrevesada sintaxis. Si el estilo es el hombre, el narrador Michon es complejo, oscuro, poético, irónico, poliédrico, atravesado de culpa y de redención. Pero Vidas minúsculas es más que un breve monumento estilístico. Es una apelación a los muertos que construyen el paso de los vivos, un testimonio excepcional de la pasión enfermiza de un hombre por la trama, una temporada en el infierno durante la búsqueda de la voz personal, un recuento entrañable de las motivaciones de sangre que confluyen en la vida de aquel que está destinado a narrar a pesar de sus errores, sus iras, sus egoísmos, sus mezquindades y sus sombras.
Dedicarse al teatro es una decisión que conlleva una cadena de ajustes en la vida para que, si todo sale bien, podamos más o menos subsistir. Ahora bien, si se habla de hacerlo en un lugar descentralizado y en donde prácticamente se tiene que construir el camino, no es poca cosa. Hace unos años, tuve la fortuna de conocer a Víctor Castan, un director y dramaturgo de Tehuantepec, Oaxaca, que se ha encargado de formar nuevos espectadores y abrir espacios en esa parte del país desde el 2005 con su compañía Grupo de Teatro Niza Cubi. En esta ocasión, Víctor Castan, nos platica un poco sobre su quehacer escénico.
Itzel Lara: ¿Nos podrías hablar un poco de cómo empezaste en el teatro?
Victor Castan: En el año 2000, después de haber abandonado la carrera de Psicología en la ciudad de Oaxaca de Juárez, Oaxaca, me trasladé a la ciudad de México a estudiar actuación, honestamente, no sabía a qué escuela dirigir mis pasos, así que por azares en mi camino, y así literalmente “en mi camino” porque llegué caminando a la Escuela de Iniciación Artística 4 del INBA. Allí comencé en el quehacer teatral.
IL: ¿Cómo es que te decidiste a formar tu propia Compañía?
VC: Mira, el teatro ha marcado la ruta en mi vida, explico: a principios del año 2005, regresé a mi pueblo para vacacionar, después de un largo tiempo de no haberlo hecho. Cierto día me encontré con una persona que me habló de un proyecto de Teatro que estaba realizando con jóvenes de acá, de Tehuantepec, y me pidió que le ayudara por medio de un taller de actuación, lo hice, le gustó tanto el trabajo que estaba realizando que me invitó a dirigir la obra, en el momento no acepté, al paso de los días se reunió con las personas adultas del grupo y la cosa se hizo más formal. Entre todos me pidieron que dirigiera la obra, dije que sí aclarándoles que yo no era director, que me había preparado y trabajado como actor pero nunca antes como director. La obra se estrenó e iba caminando, cuando en un arranque de inseguridad y de muchas cosas más, esta persona que me había invitado al proyecto decide terminarlo, así porque sí. Entonces todo el trabajo que se había realizado durante cuatro meses se fue al basurero, los chicos y las personas adultas hablaban conmigo a diario y fue que después de este incidente, decidí formar el Grupo de Teatro Niza Cubi (agua nueva) en Tehuantepec.
IL: ¿Cómo ves el panorama del teatro en esa parte del país?
VC: Sólido, el trabajo Teatral que se hace en esta parte del país ha tenido una gran fluidez y continuidad, lo que ha hecho que el público espere con ansias cada obra.
IL: Háblanos un poco acerca de las dificultades que encontraste y encuentras para realizar tus montajes.
VC: La dificultad creo que es la misma en todo México, el gobierno no le apuesta ni le apostará al desarrollo artístico de los ciudadanos, porque en su mundo una disciplina artística sólo es motivo de perdida de tiempo; esto también es un pensamiento propio en muchas familias tehuanas ―lo digo porque trabajo aquí― y este pensamiento es la dificultad con la que me he encontrado en mis montajes anteriores, ya que sin la autorización de los padres los jóvenes no pueden asistir a una taller de actuación.
IL: ¿Cómo ves el futuro de tu compañía?
VC: Ahora es muy sólido, creo que tuvimos que pasar muchas peripecias para fortalecer nuestro trabajo, ahora estamos en un proceso de madurez, hemos aprendido mucho en estos ya casi nueve años de habernos formado como grupo de teatro, por lo tanto el futuro que veo es el de trabajar creando más puestas en escena.
IL: ¿Qué planes tienen?
VC: Ahora mismo estamos trabajando en conjunto con un Grupo de Teatro Comunitario de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, estamos coordinando las presentaciones de su obra de teatro en barrios, escuelas y dos municipios vecinos de Tehuantepec, al mismo tiempo que seguimos con el taller de actuación, y ensayando nuestra puesta en escena Celosa, con la cual llevamos 32 representaciones. También tenemos contemplado constituirnos como Asociación Civil para gestionar recursos y fortalecer el trabajo artístico que se realiza en el Istmo de Tehuantepec en diferentes disciplinas.
IL: Cuéntanos una experiencia entrañable que hayas tenido con el público.
VC: El pasado 29 de diciembre de 2013, presentábamos la penúltima función de Celos en nuestro espacio escénico ubicado en la avenida Juárez s/n, Barrio Jalisco, en Tehuantepec, la capacidad que tiene el espacio es para 30 personas, ese día llegaron cerca de cien , sobrepasaba el cupo, por lo tanto acomodamos sólo a cincuenta, la otra mitad se quedó fuera, sin embargo, me acerqué a hablar con ellos y les hice la invitación para venir al día siguiente que sería la última función, la mayoría me respondió que habían venido desde otros municipios y estados de la República para ver la obra, y que les sería imposible regresar al día siguiente porque viajarían a su lugar de origen, entonces les planteé presentar una función ese día, siempre y cuando esperarán terminara la primera. Todos estuvieron de acuerdo y esperaron alrededor de dos horas para entrar a ver nuestro trabajo, eso ha sido de lo más sorprendente que me ha pasado en estos años, que ahora ya haya público esperando dos horas para ver Teatro en Tehuantepec.
IL: Víctor, ya para terminar, platícanos brevemente sobre tu experiencia con la beca Jóvenes Creadores del FONCA, en el 2008.
VC: Sí, aprendí mucho de mis compañeros y también me sirvió para confirmarme que estoy en el camino correcto al realizar este trabajo teatral en la región del Istmo de Tehuantepec.
Gracias Itzel por regalarme unos minutos de tu tiempo y leer un poco de las muchas cosas que hago y hacemos con el Grupo de Teatro Niza Cubi en Tehuantepec.
Para conocer un poco más sobre Grupo de Teatro Niza Cubi y establecer contacto con ellos, se puede visitar su perfil de Facebook, así como el blog Niza Cubi Teatro.