Una vez más la cúpula del recinto del Ex Teresa Arte Actual, así como los salones del Palacio de Minería y el Centro Cultural España fueron invadidos por la poesía pero esta vez, más que nunca, de manera sonora. Como desde hace cuatro años se ha llevado a cabo el programa Enclave, dirigido excepcionalmente por la poeta Rocío Cerón.
¿Qué es Enclave? Es un proyecto que propone un encuentro, un espacio para expandir híbridos y múltiples posibilidades a través de los diversos lenguajes contemporáneos. Enclave reúne a poetas y críticos para compartir de manera colectiva su trabajo creativo así como las exploraciones sobre las diversas ideas y metodologías.
Todo ello dentro del marco de actividades de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM).
Durante esta emisión la pauta fue: la sonoridad como extensión, diálogo, puente, expansión; la performatividad del habla: sonidos, ruidos, cuerpo, voz, tecnología, pulsión, etno-poesía, el flujo sanguíneo, la poesía muda. Para ello, se reunieron a partir del miércoles 26 al viernes 28 de febrero los siguientes participantes: Rojo Córdova, Amanda de la Garza, Martín Gubbins, Óscar Saavedra, Tito Rivas, Pedro Serrano, Roberto Cruz Arzábal, Israel Martínez, Maricela Guerrero, Jorge Méndez Blake, Ana Franco Ortuño, Rocío Cerón así como la que esto escribe.
Secuencias, procesos creativos, piezas que hablan y actúan. Lo vivido dio pauta para un recorrido durante el cual la percepción y los sentidos abrieron todos sus canales (válvulas cerebrales diría Huxley) para recibir, por ejemplo: la lectura de la letra “o” tomada de la cúpula de una capilla y transcrita sonoramente por Martín Gubbins; las onomatopeyas: el pam pam pam gutural así como el sonido de los puños sobre el pecho en un poema sonoro de Rojo Córdova; la reverberación a partir del texto El Grafógrafo (escrito por Salvador Elizondo en 1972) reescrito hasta traducirlo como ElFonófono: un ser que se escucha escuchar, en la voz de Tito Rivas. Sin pensarlo dos veces, anuncio: tengo un tema amplio para escribir un libro con/de/sin/por/para/contra/de/desde poemas.
Unas de las actividades más interesantes como intensas fueron, sin duda: las clínicas de imaginación poética, ya que fue el espacio donde los participantes pudieron explayar y compartir sus experiencias sobre las diversas búsquedas, metodologías, técnicas o modalidades de sus procesos creativos con personas interesadas en el tema. En su mayoría, la audiencia estuvo formada por alumnos o alumnas de algún ramo artístico, por lo cual la clínica gozó de una gran retroalimentación. El diálogo se transformó en una suerte de animal, vivo y en movimiento que originó preguntas y respuestas, sugerencias y contribuciones que fueron más allá de una común presentación de proyectos. El conocimiento se expandió. Las poéticas se dispararon y se instalaron en los diversos circuitos de la mente. Por lo menos, he de decir que eso es lo que me sucedió a mí durante las dos emisiones de dicho festival a las que he sido invitada.
Además de las lecturas de poesía, por otro lado, las mesas de discusión tocaron los siguientes temas: “La poesía sonora y su reverberación en el arte contemporáneo” y “Sonoridades en diálogo con el cuerpo”. En la primera, la sesión partió de la pregunta: ¿Cómo aparece el signo poético en el arte contemporáneo? Las fusiones del arte contemporáneo y la literatura desde perspectivas y prácticas artísticas diversas, tales como el arte sonoro, o bien a partir de aquellos ejercicios que interrogan a la poesía desde otra estructura y campo de recepción. En la segunda mesa, la charla se llevó a cabo con los planteamientos de fronteras, rupturas y reelaboraciones semánticas entre dos lenguajes. Tanto artistas como poetas hablaron de nomenclaturas y sus fragmentaciones: la voz como poesía: canto; no mero signo lingüístico, también sonido corporal, transmisor de sentido.
En este párrafo especialmente quiero agradecer a Sol Waldo (mezzosoprano) amiga y una de mis colaboradoras en la serie “Pájaros Pautados”, la cual presenté en esta ocasión como ejercicio de correspondencia y de traducción entre la gráfica, el sonido y la palabra. Esta serie forma parte del proyecto más amplio denominado: “Mil pájaros mil. Tesis autodoctoral.”
Tres días intensos de actividades y para concluir el programa se llevó a cabo la “Muestra poética de exploraciones sonoras”, una sesión donde atmósferas, voces, palabras, beats, campos áuricos y locuciones en movimiento fueron las formas en que la poesía se instaló en el espacio barroco y excelso del Convento de San José y el Templo de Santa Teresa la Antigua, actualmente nombrado Ex Teresa Arte Actual.
Sin más, cierro esta nota con dos participaciones que tuve el privilegio de escuchar: el poema de Salvador Elizondo reinterpretado magistralmente por Tito Rivas (músico e investigador del fenómeno acústico), ―si es posible, gentil lector, léalo en voz alta―:
El Fonófono
a Octavio Paz y Salvador Elizondo
Escucho. Escucho que escucho. Me puedo oír escuchar que escucho y también puedo escucharme oír que escucho que escucho. Me recuerdo escuchando ya y también oyéndome escuchar que escuchaba. Y me oigo recordando que me escucho escuchar y me recuerdo escuchándome recordar que escuchaba y escucho oyéndome escuchar que recuerdo haberme oído escuchar que me escuchaba oír que recordaba haberme oído escuchar que escuchaba y que escuchaba que escucho que oía.
También puedo imaginarme escuchando que ya había escuchado que me imaginaría oyendo que había escuchado que me imaginaba escuchando que me oigo escuchar que escucho…
Y con el ejercicio vocal que Sol Waldo hizo para el pájaro “Semillero” de la serie “Pájaros Pautados”. Escuche usted con atención, aquí:
La revista ICON, de El País, se hace una pregunta que sacudió las páginas de The New York Timesla semana pasada: ¿Qué fue de los chicos malos de la literatura? Claro que juegan, y lo reconocen, con estereotipos. Sin embargo, no deja de hacer ruido la pregunta, ¿dónde, en definitiva, están los chicos malos de las letras? Una posible respuesta es que están en la Alt lit. Les compartimos un fragmento:
Sí existen autores que persisten en la manía de coquetear con la imagen de malotes como Houllebecq o que no provienen de círculos académicos como Donald Ray Pollock, pero los tiempos de Lord Byron parecen remotos. Los autores con cierta repercusión son los que se presentan como realmente constantes y metódicos. El epítome del autor que anota al final de su novela el modelo de Mac con el que la escribió y los caffè macchiato de Starbucks que consumió durante su escritura encontraría su epítome en Franzen, el autor de Libertad. No es el único: el modelo de escritor gafitas que da clases de posgrado y que se permite algún hobby algo excéntrico, como de novela de Chesterton, es el predominante. De hecho, este perfil hegemónico ha dado lugar a cuentas paródicas como @emperorfranzen, una falsa cuenta de Twitter (aunque el que la gestiona dice que el que es unfake es el Franzen real), en el que se presenta una especie némesis arisca, diabólica y cascarrabias del responsable de Las correcciones.
Mérida, 28 de febrero de 2014. En Yucatán, las mujeres mayas se tiñen el pelo de rojo y usan pantalones de mezclilla ajustados, plataformas altas y blusas de encaje. No todas, por supuesto, pero muchas siguen el último grito de la moda —al gusto local— y eso no extraña a nadie. El huipil es cosa del pasado, sobre todo para las más jóvenes y audaces, como la escritora Sol Ceh Moo, a quien acabo de conocer gracias a su hijo, un atento empleado del Centro de Salud de Mérida. Una tarde cualquiera llegué a su escritorio en calidad de paciente —preocupada por una picadura extraña en mi pierna derecha—; él estaba contento porque le acababa de llegar su tarjeta de crédito, y nos pusimos a conversar… Hallamos puntos de interés en común y más que eso. Pronto me dio el teléfono de su madre porque tenía que conocerla, obviamente. Sí, claro, había escuchado hablar de Sol Ceh Moo, y deseaba leerla. Hoy fue ese día. Acabo de terminar su libro bilingüe Tabita y otros cuentos mayas (Maldonado Editores del Mayab) recién salido de imprenta (en la página legal aparece el año 2013). Sol me lo obsequió ayer en un encuentro rápido que tuvimos frente a su trabajo, en la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Yucatán, donde realiza oficios burocráticos en el departamento de desarrollo cultural para los 106 municipios que conforman el estado. Sol nació en Calotmul, en 1974, escribe en maya –su lengua materna− originalmente, y su obra literaria es grande y comprometedora, y lo digo con la intención de ser tan clara como ella, capaz de denunciar en uno de sus cuentos una práctica aparentemente común en Yucatán, según dice: el incesto, tema de “X Ma Cleofas” (Cleofas. La anciana).
[…] los odios afloraron con mayores bríos al enterarse, por bocas extrañas, que el padre de ambas, madre e hija, tenía embarazada a su amada adolescente. El dolor frente a la noticia fue terrible, era como sal en una llaga abierta. No hubo necesidad de preguntas, el hombre al verla parada frente a sí, sintió el peso del reproche en el tamaño de la mirada. Ya tenía ganas de hombre fue única respuesta que obtuvo de su padre y marido a su airada protesta de madre herida y mujer humillada. Como si una gigantesca mano invisible la aplastara, bajó la cabeza mientras su cuerpo se iba doblando hasta caer sumisa al piso de tierra.
La propia Sol traduce sus textos al español, y aunque como podemos ver la redacción parece descuidada, sus historias tienen sabor y color, y seguramente son más intensas en maya, pero por desgracia todavía no aprendo esa lengua viva y poética que cada vez me atrae más. Desde luego, la autora es muy elocuente al describir cómo es su gente, cómo piensan y qué ideas viejas les resulta difícil erradicar. Para darles una idea, copio literalmente unas líneas de otro cuento: “X- Lo’obal yaan Evencia” (Evencia. La joven).
−Eso no puede ser niña, una mujer en regla no puede entrar a la iglesia, es una inmundicia, es un pecado, una falta a la santa iglesia. Además ya eres una señorita y la doctrina es otra cosa que se acaba.
−Si es algo natural, ¿no así dices, tiene que ser pecado? ¿Acaso a la virgen no le pasaba lo que a mí me está pasando?
La bofetada me movió la cara y me dobló el corazón La autora de mis días furiosa hasta más no poder se me quedó viendo con odio atroz.
En opinión de la escritora, la educación de los abuelos ha hecho sentir que muchas situaciones que han vivido y viven las mujeres es su culpa por estar rotas. La vagina, según los antiguos, es una ruptura del cuerpo, y la menstruación es una inmundicia ante los ojos de Dios. Ahora comprendo por qué quizá a veces no es fácil entablar una conversación con las mujeres de los pueblos; tienen la mirada triste y cansada, sedienta, diría yo. Y Sol me da la razón: “históricamente han sido tratadas como bestias de trabajo y por cada hijo que tienen se van devaluando como mujeres, eso es lo que piensan los mayores; ésta es una justificación de que los hombres las humillen dado que ellos también fueron enseñados a que así valen las mujeres”. El tema del maltrato no es cosa del pasado. Por lo tanto, la escritora asume como una tarea personal decirles a todas que nacer mujer realmente no es un pecado.
¡Vaya! En pleno siglo XXI, a punto de celebrarse otra vez el Día de la Mujer en nuestro querido México, y Sol y yo aquí, sumidas en las páginas de una realidad atroz; a pesar de todo ella está a punto de presentar su libro con manteles largos y yo, bueno, añorando subirme a un árbol de ciruelas nada más para ver qué me dicen, ¿acaso que voy a provocar que sus frutos se llenen de gusanos?
Claro, lo mejor sería hacer esta travesura con Sol Ceh Moo, allá en su pueblo, localizado entre Valladolid y Tizimín, donde —por cierto— estuve hace poco camino a la playa, donde me picó el asqueroso bicho que me dejó la pierna marcada hasta hoy, y cuya identidad atípica tiene en jaque a algunos investigadores, ¡no exagero!
Pero éste no es el tema: definitivamente quisiera que Sol me contara más historias allá, en su casa, para descubrir el origen de su avispada personalidad porque estoy segura que no nada más hace honor a su nombre que obligatoriamente escrito en maya es Kiin Kej Moo, “La luz del sol y la guacamaya”, en traducción simple al español, aunque ella acotaría: “yo le doy vida y brillo a los que me llaman diosa”.
Sol también es autora de la novela X-Teya, u puksi’ik’ al ko’olel (Teya, un corazón de mujer), publicada en la colección Letras Indígenas Contemporáneas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Tiene un montón de obra inédita y otros libros publicados que ya reseñaré. En Facebook la encuentran con su nombre propio.
Tabita y otros cuentos mayas se presentará en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY) 2014 el 13 de marzo a las 5 pm en el Salón Progreso del Centro de Convenciones Siglo XXI, con los comentarios del reconocido novelista guatemalteco Arturo Arias y la editora Roxana Maldonado.
12 Years a Slave (12 años esclavo) es la película del año. En la reciente edición de los Óscares, la película dirigida por Steve Mcqueen se llevó la estatuilla más importante. Parece ser que, una vez más, la Academia ha inclinado su balanza hacia los filmes que enarbolan los ideales americanos, sobre aquellos que ofrecen una propuesta distinta e incómoda como sucede con The Wolf of Wall Street (Martin Scorsese, 2013)
12 años esclavo está basada en las vivencias de Solomon Northup, un afroamericano de Nueva York que es secuestrado por traficantes de esclavos para venderlo a los dueños de las plantaciones. A partir de ese momento, el espectador tiene que enfrentarse a escenas de violencia y humillación que se vuelven recurrentes a lo largo del filme. La intención del director parece clara: mostrar las vejaciones perpetradas por los hombres blancos que, al considerar que los negros estaban en un punto medio entre ser humano y bestia, podían tratarlos como les viniera en gana.
Sobra decir que la película ha sido alabada en múltiples medios alrededor del mundo. Seguramente, al buscar alguna reseña en internet, será más fácil encontrar aquellas que elogian la forma de contar la historia y la excelente reconstrucción de la atmósfera de los Estados Unidos esclavista. Sin embargo, resulta igual de interesante ver el lado opuesto de la opinión general: observar aquello que dicen sus detractores que, en algunos casos, resultan ser hombres y mujeres afroamericanos.
En el periódico The Guardian, Orville Lloyd Douglas, quien comparte el mismo color de piel que el director de 12 años esclavo, se declara cansado y aburrido de la temática esclavista debido a que está basada exclusivamente en el problema de raza. También critica el hecho de que Hollywood se encargue de exponer únicamente ese tema desde la perspectiva del pasado, olvidando las problemáticas actuales de los ciudadanos afroamericanos.
Por otro lado, Carole Boyce Davies, profesora de Estudios Africanos en la Universidad de Cornell, también en The Guardian, aborda y critica el filme desde la falta de legitimación de la lucha. Si bien las memorias escritas por Solomon Northup en el siglo XIX hablan de los maltratos y la violencia ejercida sobre el pueblo negro, también dan un ejemplo de la lucha por la libertad y la resistencia por parte de los esclavos, cosa que se deja de lado en la película por hacer hincapié en un tema más vistoso y morboso que hace que sea más fácil generar empatía en el espectador.
Algo similar sucede con el tan manoseado tema del holocausto y, en nuestro país, la problemática de la migración en el norte, abordada casi desde la misma perspectiva. De todo esto surge una pregunta: si bien, esas películas suelen incidir directamente en nuestros sentimientos, ¿llegará un punto en el que, de tanto ver las mismas imágenes violentas, volveremos la espalda por el tedio que nos provoque revisar una y otra vez el mismo tema?
Mozart condujo esta sinfonía por primera vez el 19 de enero de 1787 en la ciudad de Praga ante una orquesta conformada por dos flautas, dos oboes, dos contrabajos, dos cornos, dos trompetas, una percusión, tres violines y dos violas.
Para la década de 1780, Mozart ya no tenía trabajo en Viena. Sin embargo, en diciembre de 1786 fue invitado a la ciudad de Praga a dirigir algunas de sus obras y ofrecer conciertos. Para entonces su ópera Las bodas de Fígaro estaba, literalmente, en boca de todos en Praga. Esa obra había tenido una recepción increíble. (Aún hoy en día puede apreciarse el cariño y respeto que se tiene en Praga por la música de Mozart.) Fue en esa misma ciudad en la que Mozart tocó su concierto para piano más reciente (el K. 503, en Do mayor). Un año antes, Mozart había publicado sus seis cuartetos para cuerdas dedicados a Haydn. (Estos cuartetos son admirables entre otras cosas por sus disonancias, lo que les daría un carácter más sombrío.)
La noche del estreno de su sinfonía 38, Mozart ofreció un encore de media hora improvisando en el piano y después una serie —también de improvisaciones— de doce variaciones del Non più andrai de Las bodas de Fígaro por media hora más. “Mi orquesta está en Praga y la gente de Praga me entiende” escribió Mozart en una carta a los músicos que lo habían invitado. Y dicha afirmación no es poca cosa porque esta sinfonía fue la primera de Mozart en transformar las convenciones sociales o la función de la sinfonía (entretener momentáneamente al público antes de escuchar una ópera o servir de música de fondo) para generar un discurso distinto y, por ende, para forzar al público a escuchar de manera distinta. Al igual que con sus cuartetos Haydn, la sinfonía Praga exigía una mayor atención del público para ser apreciada.
La introducción de la sinfonía 38 es lenta, con un carácter formal que muy pronto se torna en un complejo juego de variaciones. La música avanza de manera continua buscando una cadencia, un momento de descanso en su tonalidad base, como era costumbre, pero esto no ocurre. Durante un largo rato la melodía sigue transformándose y sólo se detiene en un inesperado cambio a una tonalidad de re menor. Se trata de un movimiento cuya estructura, complejidad y extensión son difíciles de igualar (no sigue los esquemas convencionales de un tema A más un puente, un tema B y sus repeticiones sino ofrece una multiplicidad de varios temas). El primero de la sinfonía 38 es el movimiento sinfónico más largo de las obras compuestas en el siglo XVIII. No sólo su extensión sino la ausencia de las formas convencionales de desarrollo hicieron que el público tuviera que escuchar con una atención también inusual.
Una vez presentada esta armonía en re menor, la música continúa con una poderosa secuencia in crescendo a la que sigue su correspondiente descenso como una manera de ponernos en alerta. Nos prepara para un allegro que inicia con suavidad y que se abre paso con un acompañamiento de síncopas. Es ahí que escuchamos la música festiva a cargo de las trompetas y tambores. La música de este movimiento tiene una textura cromática y polifónica como nunca se había compuesto hasta entonces en una obra sinfónica. Es decir, varios instrumentos proponen líneas melódicas independientes que se entretejen con sutileza a la vez que hacen eco entre ellas por las distintas sonoridades de los instrumentos. Cuando se habla de color en la música, normalmente hablamos de la sonoridad particular de un instrumento o de la voz de un cantante. Por ejemplo, una melodía interpretada por el piano puede ser inmediatamente repetida por los violines y luego por los alientos. Dado que es la misma melodía, lo que cambia es sobre todo el color, la manera en que suena en cada caso.
En el Andante apreciamos el contrapunto de las frases repetidas entre las cuerdas y los alientos, lo que provoca una tensión impropia de un movimiento que suele ser más un área para la distención. Normalmente los segundos movimientos de una sinfonía (sobre todo en los siglos XVIII y XIX) son lentos y suaves; no sorprenden mucho en su carácter. Sin embargo, este Andante es tal vez el más celebrado en la obra de Mozart por la multiplicidad de recursos hilvanados con gran delicadeza. Las armonías tienen un ligero carácter sombrío (también inusual en esa época). Es el movimiento lento sinfónico con mayor variedad de emociones compuesto hasta entonces por Mozart en una sinfonía.
La 38 es una sinfonía de tres movimientos (otra convención rota, pues lo común sería que tuviera cuatro) y por ello carece de un Minueto. El Andante nos lleva directamente al último movimiento, un final cuya fuerza es menos grandilocuente que el de sinfonías posteriores (40 o 41) y por ello también resulta peculiar. La frase con la que inicia el último movimiento es una cita de Las bodas de Fígaro (tomada del dueto entre Susana y Cherubino del Acto II) cuya fuerza y disonancia nos recuerda que si Mozart ya buscaba esa sensación de disonancia era porque tanto su expresión artística iba en pos de ese camino como porque el público mismo requería de algo más para ser atraído. Hay una manera enérgica y contundente de redondear la sinfonía a fuerza de cambios breves y continuos en la intensidad (las dinámicas) y la determinación sostenida con que debe tocarse para lograr el efecto buscado. Recordemos que ante una mayor repetición de frases, como era la costumbre en esta época, esta determinación es fundamental para que cada nota suene con una intensión propia y no como una mera repetición de lo que ya se ha expresado. De hecho, el que la introducción del primer movimiento fuera extraordinariamente lenta es un elemento más que apunta hacia una llamada de atención del público. Desde ese instante el escucha acostumbrado a obras de la época sabe que está frente a una sinfonía absolutamente distinta.
Si bien las sinfonías más celebradas de Mozart son las últimas tres (39, 40 y 41), la 38 contiene ya todos los elementos que harían de este compositor austriaco uno de los mayores exponentes de la música sinfónica. Escucharla nos permite apreciar el verdadero momento de transición del lenguaje sinfónico de Mozart y, por ende, de la música en general dada la importancia e influencia que tuvo la música de este compositor. La sinfonía Praga constituye una oportunidad para asomarse al tipo de ejercicio que tenía que realizar el público de finales del siglo XVIII al intentar reconocer una serie de elementos musicales a los que estaba habituado, al mismo tiempo que tenían frente a sí una de las mayores innovaciones de la música sinfónica.
Versiones recomendadas:
La de Karl Böhm a cargo de la Filarmónica de Berlín (1959) es una de las más equilibradas por conservar los matices cromáticos en todo momento sin caer en toques románticos y ritmos apresurados como suele ocurrir al tratarse de obras de la época tantas veces interpretadas (e.g. la de Von Karajan de 1977 también con la Filarmónica de Berlín).
Una versión magistral es la que ofrece Frans Brüggen dirigiendo la Orquesta del Siglo XVIII (Philips: 1988). Cada uno de los tres movimientos está reflejado desde una visión más íntima, arriesgada por la variación inesperada de los tempi y enfatizando las tonalidades oscuras de la obra (tan difíciles de subrayar sin aspavientos). Una joya.
Cuando Neville Marriner dirige la Orquesta de St. Martin in the Fields e interpreta alguna obra de Mozart siempre hay garantía de una ejecución impecable, de una claridad en la interpretación, mesurada y respetuosa de las dinámicas. Sin embargo, en ocasiones (como en la grabación que hizo de la Sinfonía 38 para el sello Philips en 1980) carece de una apuesta un poco más personal.
Una de las versiones más recientes y expresivas es la que interpreta la Orquesta Filarmónica de la República Checa dirigida por Manfred Honeck, discípulo de Claudio Abbado y quien aprendió de él el arte de la precisión. A la pulcritud de la ejecución de los músicos de una de las orquestas más constantes de Europa se añade un cuidado en las dinámicas (cambios de volumen, intensidad, velocidad, etcétera) que, como hemos mencionado, son todo un reto en esta sinfonía.
La gente se encariña con las ausencias y los fantasmas. Es la clase de encanto y nostalgia que nos hace regresar a ciertos lugares; la de los personajes que se fueron, de las casas que los vieron nacer y los objetos que duermen en su interior. Algo similar sucede con el número treinta y tres de la antigua calle de La Parroquia (hoy del Santuario) en la ciudad de Jerez de García Salinas, Zacatecas. Aquí las puertas vieron entrar y salir muchas veces, durante sus primeros siete años de vida, a Ramón López Velarde, quien nació el año de los tres ochos a fines del siglo XIX, y cuya obra, tras su muerte en 1921, fundaría los nuevos derroteros de la poesía en México. La casona fue uno de los dos domicilios que tuvo el poeta en Jerez; según cuentan, también habitó la casa de sus tíos paternos, frente al jardín Rafael Páez.
Hija del otrora velador del lugar, Dolores Quiñonez Morales es la guardiana de la casa-museo desde hace más de tres décadas. Ella se encarga de guiar a los visitantes por los doce espacios que conforman esta típica vivienda jerezana de techos altos, con un patio y un pozo como corazón, flanqueado por las habitaciones que antes fueron cocina, sala o cuarto de baño.
Hasta 1950, fecha en la que el gobierno del estado y el Ayuntamiento adquirieron la vivienda para convertirla en museo, ésta pertenecía a don Carlos Acevedo. En los años posteriores se realizó la recuperación tanto de la infraestructura física como de los objetos que la propia familia López Velarde-Berumen diseminó con familiares y amigos tras su partida a la ciudad de Aguascalientes en 1902.
Más tarde, en 2009, la casa fue objeto de una intervención integral que incluyó la colocación de sistemas interactivos con la finalidad de hacer más vívida para los visitantes la obra del autor de la “Suave Patria”.
Me recibe el aire fresco que hace corriente a lo largo del zaguán. A mi diestra, apenas a unos pasos, encuentro lo que fuera el despacho del abogado José Guadalupe López Velarde. Sin duda, quienes planearon la remodelación de la casa lo hicieron pensando no sólo en recrear el ambiente de provincia de principios del siglo XX, sino también para convertir la visita en una experiencia sensorial completa, donde los sonidos, la iluminación e incluso los olores se mezclan como en la poética lopezvelardeana.
Los dormitorios se han vuelto salas de proyección y exhibición en las cuales puede encontrarse tanto una cronología del contexto histórico-biográfico del poeta, el molde en bronce del último suspiro de su mano derecha ––aún con los anillos de matrimonio de sus padres––, y los testimonios de lo que su obra representa para la literatura. Al respecto hablan, entre otros, Carlos Monsiváis y Octavio Paz.
Cada espacio es una evocación, como sus versos. Por ello no es azaroso que en cada rincón de la casa se haya dispuesto un poema para contextualizar las imágenes y simbolismos: el aroma de la canela en la cocina, el viejo pozo y el brocal, la sala y las imágenes lacónicas de la virgen de la Soledad y la Dolorosa, el traspatio, los corrales…
El dormitorio principal está dedicado a Josefa de los Ríos o Fuensanta, cuyos guantes negros sueñan sobre una cama, custodiados por barrotes de latón y un perchero del que cuelgan, fantasmales, un sombrero y un saco, tal como fueron encontrados el día que la muerte sorprendió al poeta en su otra casa, en la colonia Roma de la Ciudad de México.
Al final del viaje, “Se me destina, en la casona, la sala de la derecha. Fantasmas, fantasmas, fantasmas”, invoca Ramón López Velarde. Y tal parece que su obligado regreso al terruño, al treinta y tres (edad de su muerte y título de uno de sus poemas) de la calle de La Parroquia, no podía darse de otra manera que bajo la forma de una sombra alargada que deambula por las noches frente a los guardianes de la casa; un espectro al que llaman, con cariño, “Ramoncito”.
La casa que fuera del poeta José Juan Tablada (3 de abril de 1871-2 de agosto de 1945) hoy la ocupa la Sociedad General de Escritores (Sogem). El lugar alberga los teatros Coyoacán y Rodolfo Usigli y la Escuela de Escritores en la que se imparten, entre otros, talleres de poesía, narrativa, dramaturgia, guión cinematográfico. Está ubicada en la calle Héroes del 47 número 48 (hay dos placas casi sobrepuestas: una dice 122 y la otra 48), en esquina con la cerrada Eleuterio Méndez, entre avenida del Convento y División del Norte, en Coyoacán, muy cerca del ex convento de Churubusco, que le da nombre a ese pueblo “célebre en la historia por su teocali consagrado al fiero Huichilobos”, escribe Tablada en sus memorias, La feria de la vida (Conaculta, 1991, p. 222). En su infancia, el poeta vivió en el “añejo y romanesco” pueblo que evoca en esas memorias. En 1847, los invasores estadounidenses habían atacado Churubusco, así que no deja de ser simbólico que la casa esté en ese barrio y justo en esa calle que quiere honrar a sus defensores.
Al regresar de un supuesto viaje a Japón, Tablada se casó en 1903 con una sobrina de Justo Sierra, Evangelina Sierra y González, gracias a quien se alejó de la vida bohemia, volvió a hacer ejercicio como antes en el Colegio Militar, obtuvo un empleo en el Ministerio de Instrucción Pública con su tío político, se dedicó a la importación de vinos y, dice José Emilio Pacheco, “empleó sus ganancias en construirse una gran casa en Coyoacán”. Al menos en extensión era una gran casa, y de alguna manera lo sigue siendo, construida al estilo nipón: pabellones japoneses decorados con artesanías orientales, un jardín lleno de bonsáis y fuentes de aguas cristalinas que tenían carpas doradas y ranas, además tenía a su servicio a Yamada, un sirviente oriental. Cuando Tablada y su familia llegaron a vivir a Coyoacán “a aquel lindo pueblo había que trasladarse en tranvías de mulitas y el viaje duraba una hora larga”. Tal vez el trolebús que ahora pasa por la avenida División del Norte sea una reminiscencia de aquellos tranvías de mulitas.
En esa casa vivió Tablada sólo de 1903 a 1914, pero es sin duda la más representativa de su vida en México. Hasta ella le llegaron en su momento las noticias de la Decena Trágica. Cuenta con cierto desconcierto en sus diarios (UNAM, 1992, p. 79): “Coyoacán sigue sin comunicación de tranvías con la capital. Bajo al jardín y asomándome por la reja de la entrada, distingo a uno de los dependientes de la tienda El Cazador Mexicano, de los Belmont, que montando en un mal caballo se dirige a la metrópoli… Y a mi pregunta sobre el objeto del inoportuno viaje, me dice que se va a ‘a la bola’, que está fastidiado de estar en la tienda ‘tras el palo’. ‘Aquí llevo mi despacho de coronel’, agrega enseñándome un viejo rifle Remington de un solo tiro, como los que usábamos en el Colegio Militar después de aquellas famosas carabinas Winchester que a cada disparo se ‘embalaban’… Todavía le pregunto al muchacho de qué lado va a pelear y me dice que como se trata de un albur peleará del lado de los que primero encuentre al entrar por San Antonio Abad”.
De esa casa con aires del Japón, país de oriente que siempre le fascinó pero en el que, ahora se sabe, nunca estuvo, ahora sólo quedan vestigios. Primero, porque en 1914 fue arrasada por las hordas zapatistas cuando entraron a la Ciudad de México, pues Tablada nunca negó ser partidario de Victoriano Huerta. “Los zapatistas arrasaron con su casa y prendieron fuego a sus manuscritos, entre ellos su novela La nao de China”, escribe Pacheco. Luego, porque la abandonó para salir del país hacia Nueva York en septiembre de 1914. Y finalmente, la compró el Sindicato de Artistas Independientes (SAI), que al disolverse la donó a la Sogem a principios de los años ochenta y en 1987 ésta creó la Escuela.
Lo que tal vez fuera el majestuoso jardín hoy es el estacionamiento de la Sogem. La entrada con aire de pagoda japonesa y la barda baja así lo sugieren. La casa está muy deteriorada pero aún se conservan los estrechos pasillos de techos bajos que dan la sensación de enclaustramiento y las numerosas escaleras que ahora conducen a los teatros y a los salones donde se imparten talleres. Sobre la cerrada Eleuterio Méndez, que no da paso a vehículos, hay una fuente que desvía la barda, pues parece incrustada en ella; a su alrededor hay una banca en la que el visitante puede sentarse y contemplar la placidez del lugar, tal vez la misma tranquilidad de los años en que la habitó Tablada. Una réplica incrustada en una pared que conduce a uno de los teatros da una vaga idea de lo que fue la enorme casa del poeta de los haikús.
Luego del derrocamiento de Huerta, Tablada se exilió en Nueva York hasta que en 1918 Venustiano Carranza indultó a los escritores huertistas y fue enviado en misión diplomática a Quito, a donde no llegó, pero estuvo en Bogotá y Caracas (donde publicó sus dos libros más importantes: Un día… y Li-Po y otros poemas). Volvió, otra vez, a Nueva York en 1920. No regresó a México hasta 1936 y se instaló, enfermo del corazón, en una casa de Cuernavaca; allí pasó poco tiempo –menos de un año– hasta que decidió regresar a Nueva York para morir, como hace notar Pacheco, un día antes de que las bombas atómicas cayeran sobre las dos ciudades del país que tanto admiraba.
El árbol que emerge del muro de su parte posterior es lo más poético de la casa que habitara Salvador Díaz Mirón en Veracruz.
La casa, denominada pomposamente “casa museo”, está en la avenida Zaragoza, entre Esteban Morales y Mariano Arista, en Veracruz. Su ubicación fue crucial; cercana a construcciones de raigambre histórica y a sitios emblemáticos del acervo veracruzano. A una cuadra se yergue el Museo de la Ciudad; en la paralela a Zaragoza, en Landero y Coss, a espaldas de la casa, el Museo Marítimo, colmado hoy de marinos de ardor guerrero. En esa misma calle se ubica el actual Archivo de la Ciudad, en el que fuera Patio Vergara; en la esquina siguiente el Ilustre Instituto Veracruzano –del que Díaz Mirón fue alumno y posteriormente, a su regreso a Veracruz, director en 1922–. Metros más allá, en una explanada, las Atarazanas. El antiguo convento franciscano, hoy recinto del Instituto Veracruzano de la Cultura, se erige en la propia Zaragoza esquina con Canal. Diríase que esta manzana representa la memoria y el almendro cultural del puerto. A pocas cuadras aguardan los célebres portales donde Díaz Mirón escenificó violentos encuentros.
La fachada consta de una puerta de acceso y dos ventanas al estilo andaluz, grandes, con enrejado de madera trabajada por ebanistas. El suelo es de mosaicos estilo marsellés. La amplia estancia se ha convertido en una suerte de vestíbulo con un escritorio mortecino, al más puro estilo Printaform, como parco mobiliario. Como para acentuar que estamos en una dependencia de gobierno más que en la casa de uno de los mayores poetas de México, los muros se han pintado del color oficial de la presente administración, suprimiendo los anteriores colores: amarillo vainilla, blanco años atrás. Junto al escritorio, un vetusto ventilador que apenas si refresca a los encargados de cuidar la casa. Cuelgan de los muros carteles con poemas de Salvador Díaz Mirón, no los mejores, los más conocidos, aquellos cuya fama concitó el olvido de su autor como uno de nuestros artífices más puros y de los más osados poetas de la lengua. Para acentuar el carácter de dependencia de gobierno, junto a los carteles sin enmarcar, adornos patrios cuelgan de las puertas; enredaderas mustias pese a su brillantez. Si uno avanza por el pasillo que suele fungir de sala de usos múltiples verá una puerta, también cerrada, que da a un patio interior lleno de basura, de sillas desvencijadas, de muebles inútiles. Nada se sustrae a la vista, confiados en que pocos turistas se adentran.
Subí por la escalera para toparme con un presunto estudio. Una máquina de escribir desvencijada sobre un solitario escritorio y encima, pendiendo de unos ganchos, un retrato al óleo del poeta, agrietado, con trozos despintados. Al costado, una sala que alberga un taller de pintura municipal, también cerrado. A la izquierda del estudio se encuentra la única sala propiamente digna de visita. En una habitación espaciosa se ha ubicado una cama, con cuatro columnas de madera. Sillas de un dudoso estilo barnizadas gruesamente y un pequeño chaise lounge, un ropero cerrado, una vitrina con una vajilla desportillada e incompleta, supuestamente propiedad del poeta, un pequeño buró con reproducciones de efigies de Víctor Hugo, del padre del poeta y constructor de la casa, Manuel Díaz Mirón, completan el mobiliario. Todo exhala pobreza; no sólo los muebles en mal estado, no sólo las paredes de verde aguacate repulsivo, también la suciedad que rodea la única recámara. Nada refleja el ánimo del escritor, nada celebra la poesía. Pocas casas trasmiten tal desolación como ésta. Las habitaciones cerradas, convertidas en oficinas burocráticas, contradicen la pretensión de la casa museo. Diríase que hubiera vivido entre estos muros un poeta miserable, no el próspero y celebrado escritor que fue Díaz Mirón, figura de la sociedad local y hombre de vida decente, aunque en sus postrimerías se quejara de que las clases apenas le daban para vivir y, merced a sus arrebatos violentos concluyera, casi encerrado, sus días en esta casa.
Es paradójico que una de las casas del siglo XIX peor conservadas de la manzana sea la que se ostenta como casa museo. En rededor uno puede apreciar edificios contemporáneos en mejor estado, como el del número 65 en Landero y Coss. Incluso el llamado Edificio Matías, en su decorosa decadencia, emite algo del antiguo esplendor del que carece la casa de Díaz Mirón. Si uno quisiera imaginar cómo debió ser la vida, el entorno del poeta, aconsejo visitar el cercano hotel Mesón del Mar a la vuelta, en buen estado de conservación, con mecedoras a la usanza de la Cuenca –Díaz Mirón tenía una, como se aprecia en una fotografía de Joaquín Santamaría–, grandes macetas de hojas anchas y reluciente piso.
Salgo a la calle. Frente al inmueble se encuentra una casona abandonada. Un árbol ha echado raíces en medio de los muros. Se agitan las ramas con una exultación vegetal como si la antigua casa luciera un pompadour rebeco. Celebro el brillo, la pujanza de la naturaleza que persiste y no desdeña la pétrea superficie. Junto a la casa de Díaz Mirón hay una vecindad. Entro. Pese al sol meridiano, las aristas de los muros proyectan sombras y mantienen en penumbra el patio. Un hombre de edad indefinible y tez nudosa descansa sobre un sofá sin muelles. A sus pies una botella de cuartito de mezcal. Lo saludo; pido permiso para pasar. Quisiera ver qué veía Díaz Mirón desde su recámara, ya que el recinto que permitía otear desde su casa está cerrado. Subo por los cariados escalones de madera, el cielo azul se recorta sobre mí. Hay un cuarto entre la azotea y mi trayectoria. Una cofradía de teporochos parece sorprendida por mi presencia. Desando el camino y pregunto de salida:
—¿Cómo se llama este lugar?
—Vecindad de La Machincuepa —me dicen.
Lo más poético de la casa de Salvador Díaz Mirón son las ruinas que la rodean. Como todo Veracruz, sitio de ruinosa grandeza cuyo esplendor no parece interesar ni ahora ni en otro tiempo a sus gobernantes.