Tierra Adentro

PREMIOS NACIONALES DE TIERRA ADENTRO

25 de febrero, 19:00 h.

Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes

México,  DF.

ENTRADA LIBRE 

 

Esta presentación, sí, es para dar a conocer nuevos libros a posibles lectores pero, también, una invitación a indagar en esto de ser joven escritor en México. La reunión de seis de los siete ganadores de los Premios Nacionales de Literatura Joven 2013 (Edgar Yepez, ensayista, se fue a explorar Europa en busca de inspiración), es la oportunidad perfecta para conocer, en contraste, diferentes contextos de creación: ¿Es lo mismo escribir desde Navojoa que desde Uruapan? ¿Es necesaria la disciplina o se puede hacer literatura en la dispersión? ¿El trabajo de preparación es el mismo para un poeta que para un dramaturgo?

Los puntos de encuentro y divergencia, el camino trazado y las nuevas posibilidades de ruta acompañarán las muestras del trabajo literario de estos escritores (¡en su propia voz!). Ya se presentaron en la FIL Minería y han estado de rol por DF, así que esta charla estará en su punto. ¡No falten!

 

 

Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino

Dodo – Karen Villleda

 

Premio Nacional de Cuento Joven Comala

Musiquito del talón – Alfonso López Corral

 

Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal

Estancia de ánimas – Armando Salgado

 

Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri

La línea de las metamorfosis – Mario Sánchez Carbajal

 

Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo

Mujeres sin cuello – Carlos Iván González (incluido en el libro Teatro de la Gruta xiii)

 

Premio Nacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of words

Cuando todo el mar – Gabriel Ledón

 

Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos

Paraísos vulnerables – Edgar Yepez

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Carlos de la Sancha. grünewald. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012

tengo por escritorio el esqueleto de una cama de madera aún duermo en un colchón viejo sobre el suelo y despierto en las mañanas con deseos de que el invierno pase pronto para recostarme en la playa bajo el sol con los ojos cerrados sintiendo el calor de la brisa

esta semana solo hubo dinero para comprar leche en polvo avena y café

esta semana hubo tiempo para mirar por horas el mar golpeando el cemento de la costanera a los perros ladrar a los autos que cruzan la calle del hospital para regresar a la habitación que arriendo y lavar un poco de ropa ordenar el pequeño escritorio junto al sonido de la gotera cayendo en el tarro de pintura.


Autores
(Chile, 1981) es poeta y editora. Ha publicado Aire quemado, entre otros libros.

En la conferencia de prensa realizada el día de hoy en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), Rodrigo Castillo, responsable editorial del Programa Cultural Tierra Adentro anunció que este año el Premio Nacional de Novela Joven “José Revueltas” se sumará a sus convocatorias. El premio contará con una gratificación 50 mil pesos y la publicación de su obra en el Fondo Editorial Tierra Adentro, en conjunto con el Instituto Municipal del Arte y la Cultura (IMAC) de Durango.

“Esto seguirá contribuyendo a que Tierra Adentro sirva como una plataforma muy importante para los jóvenes. Hay que enfatizar que se trata de autores menores de 35 años de edad quienes han alcanzado un nivel de literatura de buena calidad, quienes seguramente tendrán trayectorias consolidadas en unos 10 o 15 años más”, explicó Castillo.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Para leer Isla de Claudia Ramírez Martínez, la autora nos proporciona varias herramientas, en primer lugar: Una tabla de salvación. La poética de este libro-objeto plantea a través de un juego de frases cortas y puntiagudas una reflexión: la capacidad de sobrevivencia. Al abrir la caja-isla literalmente comienza el viaje donde toda persona lectora se descubre náufraga. ¿Está usted listo o lista para zambullirse, echarse el clavado?

Isla comprende entre sus páginas un singular registro textual y visual que al tiempo que cuestiona, proporciona las múltiples y probables respuestas. Isla es eso: un lugar donde los binomios en blanco y negro, catalizan, aceleran el pensamiento. De manera lúdica e inteligente el campo semántico demarca un horizonte provisional pero también se extiende con tal amplitud, casi, como la composición geológica de la arena.

Si bien en el libro-objeto una de las premisas es la interacción, en esta pieza los lectores —o náufragos— interactúan consigo mismos ante la posibilidad de encontrar un espacio personal para refugiarse, resguardarse, protegerse o ahogarse. La capacidad de sobreviviencia se define en esta travesía al igual que toda probabilidad de lectura.

Isla_1_result

Más allá de la idea de un Robinson Crusoe que llega y se instala para sobrevivir, al interactuar con Isla los náufragos abren y cierran las frases donde la palabra, a veces, devela los mensajes lanzados dentro de botellas al mar. Palabras-contenedores, palabras-olas, palabras-movimiento. Isla es también la transición del lector entre lo sedentario y lo nómada, entre la brújula y el mapa de ruta, entre el braceo contra corriente y la secuencia precisa de la respiración.

Siendo Isla un pedazo de tierra en el territorio del lenguaje, la palabra se transforma en la tabla de salvación en el territorio del mar. Articular y desarticular el orden de la secuencia de las páginas, recorrer entre y con burbujas las letras y su peso son parte del provocativo juego de esta pieza.

 

¿Qué puede significar un libro-objeto de esta naturaleza?

Definitivamente: búsqueda.

 

¿Qué detona un artefacto como Isla?

Sin duda: un desafío.

 

¿Son estas circunstancias que pide un lector?

Nunca nada más que eso.

 

Al igual que los libros tradicionales, Isla plantea una narrativa con todos los elementos necesarios: formula un inicio, nudo, desenlace, pero además provee las secuencias para desarrollar una gama de reflexiones múltiples que mantienen a flote toda acción y consecuencia.

Es importante saber que al final, este libro generoso nos otorga la posibilidad de reorganizar y estructurar una nueva secuencia —de pensamiento, de sensaciones, de percepciones— que curiosamente nos permite ver un nuevo inicio. Isla al igual que un tesoro antes de abrir, mantiene a los lectores-náufragos en la expectación y el límite del asombro y la maravilla.

Esta pieza ha sido presentada en la 1ª Feria del Libro de Artista en la ciudad de Guadalajara, realizada por la Editorial Lia durante los días 19, 20, 21, 22 y 23 de Febrero del presente año.

Isla_2_result

**

Acerca de la autora:

Claudia Ramírez Martínez (Guadalajara, Jalisco 1967). Artista multidisciplinaria. Vive en Tijuana desde 1989. Cuenta con varias exposiciones individuales y colectivas, acciones e intervenciones públicas. Participó en la muestra colectiva de Libro-Objeto, Construcción y diálogo de la escritura, Galería NODO en 2011, y en la Feria del Libro de Tijuana, 2012. Seleccionada en la colección de Poesía Visual Mexicana 2013. Imparte talleres de arte para niños y de grabado en instituciones locales. Dirige el proyecto Broche del Árbol,  taller de gráfica.

 

(Fotografías de Amaranta Caballero Prado)


Autores
(Guanajuato, 1973). Realizó estudios de licenciatura en Diseño Gráfico y la maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Libro del Aire (Editorial De la Esquina, 2011), Okupas (Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Participó en el Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border (2006), participó en el Festival de Poesía Latinoamericana LATINALE 2007 con sede en Berlín. Recibió la beca del FONCA para escritores en 2007. En Mayo de 2012, participó en las jornadas literarias “Los límites del lenguaje” con sede en Moscú. Su trabajo escrito y gráfico ha sido incluido en varias antologías así como en revistas nacionales e internacionales. Desde el año 2001 vive en Tijuana. Ama la música y ama dibujar.
Carlos de la Sancha. arkarkark. Impresión digital en papel algodón/collage. Berlín, 2012

I

Mi padre no es querido en el barrio. Los policías asoman por la casa cada lunes o martes y lo miran beber cerveza en el minúsculo cuadrado de cemento que antes fue jardín. Los vecinos no tienen un enrejado que los guarde pero nosotros sí. Mi padre bebe encaramado en un banquito sobre la misma calle, delito perseguido por aquí con severidad digna de crímenes mayores. Pero los policías no pueden cruzar el enrejado y detenerlo: se conforman con mirarlo beber.

Nuestra relación tampoco es buena. Mi madre murió y yo debo hacer el trabajo de la casa, él está educado para no tocar una escoba y yo, en cambio, parece que nací para manejarla. Cuando termino de barrer, sacudir, trapear y lavar baños y cocina (la ropa, jueves y lunes) debo vestir el overol y caminar a la fábrica.

Fui una alumna tan destacada que conseguí empleo apenas presenté mi solicitud, pero no tan buena como para obtener una beca y seguir. Trabajo en una línea de ensamble de las tres de la tarde a las diez de la noche, junto con veinte como yo, indistinguibles. Vistas desde arriba, a través la ventanilla de la oficina de supervisión, debemos parecer incansables, las doscientas o trescientas que formamos las quince líneas fabriles simultáneas durante los diferentes turnos.

Otra de mis fortunas (no me gusta quejarme: le dejo eso a los periódicos) es que mi camino de regreso resulta simple. Once calles en línea recta separan la casa de la fábrica. Algunas de mis compañeras, en cambio, deben abordar dos o tres autobuses y caminar por brechas enlodadas antes de darse por libres.

Las calles cercanas a la fábrica fueron oscuras pero ahora las iluminan largas filas de lámparas municipales. El patrullaje es permanente: durante el trayecto de once calles hasta mi puerta es posible contar hasta seis camionetas de agentes, dos en los asientos delanteros y cuatro detrás, arracimados en la caja, piernas colgantes y rifles al hombro.

Los periódicos se quejan. Dicen que el barrio es una vergüenza y lo comparan con los suaves fraccionamientos del otro lado de la ciudad. Es cierto: aquí no hay bardas ni jardines. Nosotros tuvimos uno, diminuto, que ahora está sepultado bajo el cemento y que mi padre utiliza como estación de vigilancia mientras bebe. Mira pasar a la gente de día y por la noche, cuando nadie se atreve a salir, espera mi regreso. O eso creo. A veces no está cuando llego y sólo aparece un rato después, botella en mano.

Es cierto que existen peligros. Y no todos son mentiras de la prensa, como sostienen algunos. Muchas compañeras, no se ha podido saber con precisión cuántas, jamás vuelven a la fábrica. Algunas porque se cansan de la mala paga o la ruda labor, suponemos. Otras, porque las arrebatan de las calles cercanas. Dicho así, suena como esos artículos del periódico en los que se quejan de la aparición de otro y otro cuerpo. Los acompañan fotografías en donde las muertas parecen juguetes. Así debemos vernos todas: muñecas articuladas, acompañadas por  la mascarilla de seguridad. A veces jugamos a ensamblar muñecas (acá la cabeza, los brazos, acá piernas y ropa) y a veces, como muñecas, somos desarmadas. No: la verdad es que ensamblamos circuitos y la línea de muñecas cerró hace años por falta de mercado. Pero recorté un artículo que lo asegura porque me gustó su forma de mentir. Como si tuviera algún sentido lo que sucede, como si fuéramos algo que pudiera ser descrito.

El artículo fue publicado hace año y medio, por la época en que el patrullaje era mayor y las desapariciones (y los hallazgos de cuerpos), más frecuentes. Ahora han disminuido, aunque sin desaparecer del todo. Como sucede con esas parejas que aún se meten mano de vez en cuando si él bebió o ella está aburrida. Eso leí en otro artículo, en una sección que en vez de cuerpos muertos luce los muy vivos de algunas mujeres hermosas. Lo que no soporto son los crucigramas. De todos modos no podría resolverlos, porque mi padre se precipita sobre cada periódico que llega a la casa. Los agota en minutos, sin tachones ni dudas. Como si los hubiera planeado, como si fuera capaz de que sus palabras cupieran en los cuadritos sin que importara su correspondencia con la verdad. Nunca me he detenido a revisárselos.

No suelo pasear, sino que camino veloz y sin distracciones. No volteo si alguno de los policías, arriba de sus camionetas, llama. Algunas mujeres de la fábrica se hacen sus amigas y novias (es decir, se meten con ellos a los callejones y se deslizan sus miembros a la boca) en busca de escolta y protección, pero no tengo intenciones de revolcarme con uno ni necesito que me sigan hasta mi puerta. A mi padre no le gustaría verme llegar con un policía.

Los periódicos se quejan de todo pero, como pasa con la gente habladora, llegan a referir cosas útiles. Por ejemplo, tengo acá un artículo en donde informan que la fábrica es un negocio tan malo que resulta inexplicable que su dueño lo mantenga funcionando. No ha generado beneficios en ocho años y reporta pérdidas en todos los estados financieros. Incluso los recaudadores de impuestos se han vuelto laxos en sus revisiones, porque el dueño es amigo de un diputado y en el gobierno saben que esto no da dinero. Lo dejan en paz.

Otro problema de este barrio “en situación extrema”, leo, es que han muerto cinco policías en el año. El periódico, repitiendo los dichos del Ayuntamiento, propone que los agentes son abatidos por los mismos que secuestran y desechan los cuerpos de las compañeras. Pero cómo confiar en un diario que, luego de asestar esa información, secunda sin parpadear las imaginaciones del redactor encargado de los horóscopos. El mío, hoy, dice: Te encontrarás inusualmente sintonizada con tu pareja, aprovecha para decirle eso que te incomoda.

Mi pareja, que no existe, tendría que ser paciente: trabajo de lunes a sábado y en la casa no termina la labor. Y a mi padre le disgustaría verme llegar de la mano con alguien. Sobre todo, me parece, si fuera un policía y tuviera que meterme con él a los callejones y chuparlo.

Ahora me doy cuenta que terminé diciéndole esto a nadie y en verdad me incomoda. Otro triunfo para el horóscopo.

 

II

Salgo, de noche, con otras cincuenta. Somos relevadas por cincuenta más, idénticas. A pocas les conocemos la cara, porque debemos utilizar redes para el cabello y mascarillas de seguridad y no resulta cómodo quitarlas y ponerlas en su sitio cada vez, así que acostumbramos dejarlas allí, tapiándonos la vista.

Hace tres días que el mismo agente, de pie en la esquina más alejada de la puerta, justo donde comienza el camino de regreso, me da las buenas noches. Es un tipo feo incluso entre los de su especie, pero procura mostrarse amable. Le sonrío sin responder; sé que por esa ventana mínima que abro, vuelve.

Sus compañeros, las piernas colgando en la caja de una camioneta, se ríen. “No se te hace ni con la gata más pinche”, le dijeron el segundo día. No pienses, policía, que lo de la gata me ofende. La camioneta acompaña mi regreso pero se detiene ante la última esquina. El agente feo, de pie en la caja, me identifica como la hija del borracho del enrejado. Vuelven a burlarse. Debe haber pasado humillaciones peores: es realmente feo.

Una muchacha nueva, apenas mayor que las otras, llega a la fábrica. Dice conocerme. Vive en una de las apretadas casas al otro lado de mi calle: ha visto a mi padre beber en su banquito desde que era pequeña. Lee los periódicos tanto como yo, aunque evita las noticias sobre el barrio y se concentra en las que ofrecen explicaciones para los problemas de cama de hombres, mujeres y gatas. No puedo creer que esos hijos de puta me dijeran gata en la cara, sin parpadear.

Caminamos juntas de regreso, inevitablemente, como si la hubieran colocado en mi horario para obligarme a intimar. El policía feo parece interesarse por la vecina cuando la descubre a mi lado. Se sonríen. La animo, en las jornadas de ensamblaje, a sostenerle la mirada y acercarse. Me esperanza la idea de que se gusten.

Éxito: consigo librarme de mi compañera de ruta apenas se decide a conversar con el feo. Ella es linda, curiosamente linda, y ahora los compañeros del agente le gruñen, resentidos, en vez de burlarse. Yo no tengo ojos para ellos, sólo para las calles que recorro cada día y noche. No me preocupan. Nunca me colaré a un callejón para lamer, agradecida, a un protector.

Dice el horóscopo que debo cuidarme de murmuraciones. Y agrega, el diario, otro aviso: en vista de que el número de crímenes en el área ha disminuido hasta cincuentainueve punto dos por ciento, se reducirá en la misma proporción el patrullaje policial. Que me expliquen cómo le descontarán el decimal, amigos. Si pudiera calcularlo, me digo, quizá habría conseguido la beca. Y ahora escribiría los horóscopos en el diario.

Mi vecina aprovecha nuestra cercanía en la línea de ensamblado para narrarme sus manoseos y lameteos con el policía. Su fealdad parece entusiasmarla. La hace sentir deslumbrante. Incluso el periódico ha bendecido sus apetitos, porque en la sección con las fotografías de bellas desnudas recomiendan a las lectoras buscarse novios horrendos pero apasionados.

Lo siguiente no debió ocurrir. Ella pudo quedarse con su hombre y permitirme caminar sola, pero en vez de ello se citó con él más tarde, en su casa, para presentarlo ante su familia, y me escoltó por las calles. Todo era perfecto, serían felices, él iba a pedir su cambio a un centro comercial y se alejaría de los peligros. Así que no le gusta el barrio, dije. A nadie, vecina, a nadie. Pues a la gata le gusta, pienso.

Pero la camioneta sale detrás de una esquina plena de luz y se detiene allí, al final de la calle. Negra, sin placa ni insignias, los vidrios levantados. Nos detenemos y sus faros nos esperan.

Ella debe imaginarse rota, en una zanja, alejada para siempre de su amante feo, su overol de trabajo y hasta de mí. A nadie le gusta pensar eso. Me toma de un brazo, tiembla. Yo no padecería este miedo si estuviera sola. No volveré a caminar con esta pendeja, me digo. De la parálisis nos salva la luz de una torreta. Por la calle avanza una patrulla. La camioneta, lenta como nube, se marcha.

Evito responderle al día siguiente, en la fábrica, cuando vuelve al tema. Le recomiendo que recurra a su novio y me deje volver sola, como sé, como me gusta. Se resiste. Dice, no sé con qué base, que juntas corremos menos peligro. Tengo que echarla de aquí. Tu puto novio me dijo gata y quiso que se la mamara. Chingas a tu madre tú y él igual. Ni me hables, pendeja. Todo eso y la espanto lo suficiente como para alejarla. Al fin.

Unos días después, veo a la distancia que le entregan una canasta de globos. Hay abrazos y algún aplauso. Se muda con el feo, se va de la fábrica. El alivio hace que las rodillas me tiemblen y mis muslos suden, como si la tibia orina de la niñez escurriera por ellos.

El periódico, ladino, calcula que el número de policías en el barrio podría haber bajado no por la disminución de crímenes, sino al revés: los crímenes habrían bajado en la medida que lo hacía el número de policías. Me doy cuenta de que, asombrosamente, mi padre no concluyó el crucigrama esta vez. La receta del día: ensalada de pollo con salsa dulce. Luce deliciosa.

La camioneta viene, lenta, hacia mí. En el mejor lugar posible para un asalto, a mitad del camino entre la fábrica y la casa, en un cruce de calles en donde nadie vive y subsisten pocos negocios, cerrados todos a esta hora. Me rebasa pero se detiene, aguardándome. Como no avanzo (para qué precipitarse), bajan dos hombres. Visten ropas de calle. Son el feo y un compañero, uno que quizá se reía más que los otros de esta pinche gata. Sus expresiones perfectamente serias. Nada de diversión, aquí.

El rodillazo me dobla y la patada me derriba. No puedo oponerme, nada en los bolsillos de mi overol o mi pequeña mochila puede ser utilizado como defensa. Me jalan a la camioneta y debo pesarles en exceso, porque no es un movimiento limpio sino uno lastimoso y torpe el que hacemos en conjunto. Logro sujetarme de un poste para retenerlos. Es obvio que no saben hacer esto.

Pero, claro, el experto está aquí. No lo ven, no lo esperan, pero el crujido que escucho mientras tironean mis pies y me patean las costillas son sus botas y arma. Cierro los ojos porque me duele, porque no disfruto esto ni me divierte cuando sucede.

Los tiros no son estruendo; apenas ecos acallados por la carne.

Sudo. Me arde el estómago, mi boca se abre y jala aire, todo el aire. Me arrastro al poste y, contra él, consigo incorporarme. Náuseas. Me hicieron daño.

El feo tiene el pecho destrozado y un agujero como una mano entre las inglés. Su compañero luce un boquete negro en el ojo derecho y las entrañas se le escapan del vientre.

Tengo las fuerzas necesarias para escupirles a ambos, devolverles las patadas. El dolor en las costillas me perseguirá un mes. Escucho un jadeo. El feo vive aún, trata de escurrirse.

Mira a la pinche gata, le digo, mírala.

Vuelven a dispararle.

Cierro los ojos.

Una mano me toma del hombro, me obliga a volverme.

Vámonos, pues, a la verga, dice.

Sí, papá.

Me contempla con aspereza.

Volverán las patrullas.

Lo sigo por calles vacías.

 


Autores
(Zapopan, 1976) es autor de El buscador de cabezas, Recursos humanos y La fila india. Fue seleccionado por Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español.

“Algunos de los pensadores más brillantes de los problemas en casa y en el mundo son profesores universitarios, pero la mayoría de ellos no importan  en los grandes debates de hoy”, escribió Nicholas Kristof el fin de semana pasado para The New York Times. Hoy, a manera de recapitulación y reflexión, aparece en The New Yorker un artículo de Joshua Rothman en el que expande más la discusión: “¿Por qué la escritura académica es tan académica?”.

Rothman habla del ambiente académico estadounidense, pero la pertinencia de sus preguntas es innegable. Habla Rothman:

Hace unos años, cuando estudiaba Lengua, presenté un ensayo en el Coloquio de Literatura Americana de mi colegio. (Un coloquio es una especie de taller literario para estudiantes universitarios). El ensayo era sobre Thomas Kuhn, el historiador de la ciencia. Kuhn acuñó el término “cambio de paradigma” y yo exponía cómo esa frase ha sido usada y abusada, para angustia de Kuhn, por posmodernistas insurrectos y gurús de autoayuda sin sentido. A la gente le gustó el ensayo, pero se sintieron intranquilos sobre él. “No creo que seas capaz de publicarlo en un journal”, me dijo alguien. Pensó que sería más probable de ser leído en una revista.

¿Fue eso un cumplido, un desprecio, o ambos? Es difícil de decir. La escritura académica es una cosa tensa y misteriosa.

 

Pueden seguir leyendo aquí.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Budapest. Baños Termales Széchenyi Gyógyfürdő. Fotografía: Aida.

Uno de los lugares más exquisitos a los que pude ir cuando erraba por el mundo es Budapest. Y sí, es la Perla del Danubio, legendariamente hermosa; sí sus barrios  Vízmű y Királymajori con sus iglesias medievales y sus calles empedradas deslumbran, pero a mí lo que más me gustó, lo que me dejó hambrienta de regresar fue que nadie hablaba inglés. No me lo tomen a mal, soy anglófila musical y no tengo ningún pleito/complejo de inferioridad/racismo con el hecho de que ese idioma sea la lingua franca en la mayor parte de occidente. Pero sucede que Hungría es una isla extraña, dominada por un idioma intrincado, insólito −mordelón diría yo− con el que se comunican y compran el pan, pero que también sirve como un eficaz impermeable cultural. El idioma es tan raro que aunque lo intenté, nunca pude imaginarme a dos personas jadeando de placer en una cama gritándose “szeretlek, szeretlek, szeretlek”. (te amo, te amo, te amo). No da para tanto mi imaginación y aunque trataba con cada parejita pasaba junto a mí. El Magyar, como llaman tanto al idioma como a la tribu originaria de esa región, es como una roca o un vendaval de granizo, con sus palabras lija y sus adjetivos de goma dura, que pegan y pegan letras hasta que van formando letrasfrases y palabrasideas, numeroadjetivos y géneroverbos, todo sin un sólo espacio de por medio. Si hace falta un ejemplo escogería el verbo romper o estrellar −összetöröd− tan sólo por su riqueza visual: tiene esos miles de puntitos arriba como para entender que el magyar estrella sus palabras y de ellas salen pedacitos.

Con esto que digo es fácil presentir que el poco inglés que mastican (sólo los más jóvenes) es inclemente, por decir lo menos. Casi quiere uno que no lo usen porque se acaba de mal humor. Gracias a eso, Budapest es uno de los pocos lugares en donde aún ocurren escenas como esta: dos que se saben humanos intentan poner algo en común con los ojos. Igen, Igen, kérem, alcanzas a decir tres días después de que llegaste, con la esperanza de que, efectivamente, quiera decir sí por favor. Gracias,  köszönöm, te toma mínimo una semana. Está uno descubierto de todo significante, se viven momentos de soledad extrema, descarnada, y cuando a uno le toca conectar con quien sea, por cualquier circunstancia, resulta algo intenso. Imaginen un poco a una septuagenaria que vivió la mayor parte de su vida adulta dentro de un régimen socialista. Imagínenla explicándome cuánto debía pagarle por el cuarto que le renté, quitándome algunos billetes de la mano y guardando ella misma en mi bolsa del pantalón el resto. Una anciana estupenda, que me dejaba leche con un pan duro y azucarado por las mañanas y regresaba a planchar a su cuarto. Imagínenla decirme adiós y tocarme la cara y expresar, quizás, que tuviera buen viaje o buena vida o que no fuera a casarme con un palurdo la vez que nos abrazamos y tuve que despedirme de ella. Imaginen haber cruzado muchas muchas palabras con esta mujer y no entender una sola de ellas, pero quererla igual.

Me gusta entendernos en inglés, es muy cómodo poder pagar todo en dólares. Hasta me causa gracia que en la mayoría de los países de Europa (no se diga en África), la gente de a pie asegure que México es parte de Estados Unidos. Pero de vez en cuando, sería increíble llegar otra vez a pisar lengua ignota y aun así, entendernos.


Autores
nació en un hospital público de Av. Toluca (ciudad de México, 1973) pero creció en la Calzada de Las Águilas, lo que supone una infancia feliz aunque cuesta arriba y llena de topes. Le da un poco de pena decir que estudió Comunicación (pero se la aguanta porque no hizo la tesis en balde). Ha escrito algunos guiones y dirigió un cortometraje premiado por IMCINE. Escribe en muchas revistas pero su comentario mensual sobre cine aparece en Chilango. Este año publicará su primera novela en una editorial catalana. En su cabeza revolotean cómics y canciones de los Flaming Lips todo el tiempo.

Visita:

octaviopaz.mx

 

Octavio Paz es uno de los autores en español más relevantes del siglo XX. Su poesía es ya parte de la tradición hispanoamericana y seguirá deslumbrando a generaciones de lectores. Su pensamiento no sólo logró el difícil mérito de integrar la conversación del mundo, sino que sigue vigente: orientándonos en muchos de los dilemas de nuestro tiempo. Editor, traductor, puente entre culturas y lenguas, e infatigable defensor de la libertad, Octavio Paz es autor de una obra inagotable a la que siempre es necesario volver. Es, además, un mexicano universal cuya literatura subraya el carácter internacional de todo arte: celebrarlo es celebrar a México en el mundo y al mundo en México.

Este año, el 31 de marzo, se cumplirá un siglo de su nacimiento y desde el Gobierno Federal entendemos esta fecha como una oportunidad valiosa para volver a la obra y la figura de nuestro único Premio Nobel de Literatura. Pero estar a la altura de su magisterio nos impone la necesidad de no hacer un festejo vacuo, retórico o grandilocuente. Este programa de actividades cumple varios objetivos: acercar a los jóvenes mexicanos la obra de un autor universal, traer a México lo mejor de la poesía y el pensamiento del mundo contemporáneo, así como dejar un legado en infraestructura, tanto virtual —con una página web a la altura del autor de El laberinto de la soledad— como en lecturas y actividades que contribuyan a iluminar su obra.

octaviopaz.mx

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.