Tierra Adentro
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Primera

 

Entre los Años de 1931 y 1933, dos jóvenes que serían figuras excepcionales de las letras mexicanas comenzaron una larga amistad: José Alvarado (1911-1974), recién llegado de su natal Nuevo León a la Ciudad de México, y Octavio Paz (1914-1998), quien aún vivía en la casa familiar, en Mixcoac. Ambos con el propósito de continuar su formación en la preparatoria. Hacia 1934 compartían “una buhardilla del centro cuando estudiaban derecho en San Ildefonso”, donde tendrían lugar extravagantes episodios que serían materia de un anecdotario.

Desde 1926 —es decir, desde los 15 años, cuando estudiaba en el Colegio Civil de Monterrey—, José Alvarado escribía artículos para publicaciones escolares como la Revista Estudiantil y Renovación. Sorprende su fecundidad y su acento crítico en una gama muy amplia de intereses que será constante a lo largo de su trayecto de escritor y periodista: reivindicaciones políticas, sociales, culturales —siempre del lado de los desposeídos—; la búsqueda de una transformación, en “abierta rebeldía contra los sistemas caducos”; la juventud, los estudiantes, la Universidad; libros y autores (Díaz Mirón, Alfonso Reyes, Salvador Novo); crónica teatral, crítica de cine, ensayos, cuentos.

En el Monterrey de 1929, es testigo de la campaña en favor de Vasconcelos (promovida por Alejandro Gómez Arias y Andrés Henestrosa, entre otros). Alvarado se identifica con el proyecto vasconcelista, que sería violentado con las armas de la ilegalidad, en una decepción atroz y determinante, lo mismo para el régimen postrevolucionario que para el porvenir del país.

Por su parte, en la Ciudad de México, a los 17 años de edad Octavio Paz lanza Barandal (1931-1932), e inicia su vida como editor de revistas. Lo acompañan tres amigos: Rafael López Malo, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. En el número 7 (el último) José Alvarado publica su ensayo “Colocación sin colores”, donde aborda la luz, la sombra y “la posibilidad óptica de los colores de las cosas” que lo encauzan a la fotografía y el cine desde un acercamiento estético, lejos de las controversias políticas de la hora.

En la sección de “Notas”, los editores de Barandal articulan un lenguaje crítico, a veces irónico (López Velarde es “el joven abuelo”; del libro de Renato Leduc, Los banquetes; Rafael López Malo anota que el autor “se propuso ver todo a través de la intrascendencia”, antes de reprobar su falta de solidez “verdad”). Algunos investigadores han distinguido la actitud de los llamados “barandales”, frente a suscolegas escritores, por adoptar los designios del grupo de Contemporáneos y perfilarse, en consecuencia, como sus herederos. Les brindan el espacio de Barandal (a Novo, a Pellicer, a Villaurrutia) con amplitud y certeza que no conceden a ningún otro contemporáneo (con minúscula).

En respuesta al debate maniqueo que les reclama optar por una cultura nacionalista, o bien una cultura de vanguardia, cosmopolita, los Contemporáneos eligen de modo tajante la segunda alternativa (justo en 1932, con gran filo polémico, Jorge Cuesta elevasu argumento a la máxima expresión). Los “barandales” se distancian de la opción nacionalista, y en el que sería su último número Salvador Toscano lo formula sin rodeos: “Aclaremos sobre la vanguardia. Nosotros somos de la vanguardia”.

Octavio Paz entrega a Barandal cuatro poemas (hay un antecedente en el periódico El Nacional). En el número uno, “Preludio viajero” hace evidentes los motivos derivados de la lectura de las vanguardias, y los ismos al uso hacen sentir su huella, sus ecos —futurismo, creacionismo, ultraísmo, estridentismo. Decuatro títulos, Paz dejó tres al margen de su primerísimo poemario, Luna silvestre (una plaquette de 32 páginas, con tiraje de 75 ejemplares, fechada en 1933): de acuerdo con Luis Mario Schneider, Luna silvestre sólo contiene uno de los poemas destinados a Barandal; luego, Paz decidió dejar esos cuatro poemas y todos los que integran Luna silvestre al margen de las sucesivas compilaciones de su obra poética —aunque por último los rescató para la “Miscelánea”, en el tomo 13 de sus Obras completas.

El único texto procedente de Barandal que Paz recuperó, en la edición de sus Primeras letras (1988), es su ensayo “Ética del artista” —con modificaciones mínimas—, donde expone su preocupación sobre el papeldel arte con respecto a ese conjunto de problemas

… que no son puramente artísticos, pero que la tradición nos enseña, a despecho de la doctrina del arte puro, que influyen profundamente en la creación y le dan al arte un valor testimonial e histórico parejo a su calidad de belleza.

Además, persistía la disyuntiva entre marxismo y artepurismo, entre la urgencia del compromiso y la búsqueda de la pureza estética, entre la voz de la intimidad y la de la plaza pública. El joven Paz plantea el dilema: “¿Arte de tesis o arte puro?” En el primero advierte la distorsión y conversión de la voluntad artística en propaganda o letanía; propone una actitud “mística y combativa”, repasa las implicaciones religiosas o políticas del arte antiguo y del teatro griego, mucho más incluyentes e incisivas que el artepurismo (y capaces, como en Dante, de comprender o agotar “la esencia y el sentido de una época”). Mantiene la exigencia formal, pero conserva una aspiración que trascienda (no que obedezca o abandone) las contingencias del momento y les asigne un sentido de integridad, de plenitud histórica y estética.

La continuación de Barandal llegó pronto: Cuadernos del Valle de México (1933-1934). Fueron sólo dos números. Entre los editores aparecen Octavio Paz y José Alvarado, quien borda sobre “La revolución y la novedad”, en un ensayo de referencias contundentes no sólo para la época, sino también para su propia perspectiva. Por ejemplo, señala “el temor que los intelectuales sienten por la apertura… de la revolución”. La idea de la “novedad” entraña una “función cosmética de la inteligencia para renovar sistemas de vejez”,el disfraz o la máscara de un refugio en el pasado, y por lo tanto una fuga ante las urgencias del presente. No tarda en cuestionar los “significados muertos” y la “literatura de propaganda”. Su entusiasmo juvenil rebasa el dogma o la doctrina, y apunta de manera explícita la dimensión social, política, rebelde y revolucionaria que las circunstancias demandan:

… no se trata aquí, precisamente, de defender la cultura o de consolar a los intelectuales, sino todo lo contrario, de darle toda su categoría a la revolución, pues el problema de la inteligencia ya no se resuelve en el pensamiento, sino en la política rebelde que es la única actividad creadora de los hombres, el único trabajo que podemos hacer.

Segunda

Hay una pausa de 23 años. El siguiente episodio transcurre en 1957, cuando Octavio Paz ha publicado ya dos de sus libros fundamentales: El laberinto de la soledad (1950), y La estación violenta (1957). José Alvarado, por su parte, ha entregado a la imprenta dos novelas breves: Memorias de un espejo (1953) y El personaje (1955), si bien dedica más tiempo a su labor periodística, en la que despliega su eficacia, inteligencia y gracia. Su prosa excepcional esfuma la división imaginaria entre periodismo y literatura.

Por entonces, un grupo de amigos acostumbraba reunirse en el restaurant Bellinghausen de la calle de Londres —antes del ascenso y la ruina de la Zona Rosa. En Historias del olvido, Carlos Tello Díaz investiga las comidas de ese grupo denominado Los Divinos; entre los habituales menciona, por ejemplo, a José Luis Martínez, Joaquín Diez-Canedo, Alí Chumacero, Jaime García Terrés, Abel Quezada, Carlos Fuentes (el más joven del grupo: 29 años), José Alvarado y, cuando estaba en el país, Octavio  Paz. Conversador prodigioso, Alvarado solía hechizar a los comensales con historias “de política, de cantina, de amor o de literatura”; además, les relataba

… anécdotas muy divertidas de su vida con Octavio.Habían convivido de jóvenes con un maniquí de cartón que Paz llamaba La Rígida… “y la compraron y se la llevaron a vivir con ellos, y le dieron trato de señorita”.

Carlos Fuentes recordó el mismo maniquí, La Rígida, con las siguientes precisiones: “Me sirvió de tema para un cuento: ‘La desdichada’, en la que el papel de Bernardo corresponde a un retrato imaginario del joven Octavio”. Refiere también sus andanzas de tonos clandestinos que los transportan hacia “las galerías de espejos más secretos de la urbe, poblada de mendigos, transvestistas, mariachis, organilleros, mujeres de pelo en pecho y faunos del bosque de concreto”.

Un sábado de octubre de 1957 —según Tello Díaz—, la comida de Los Divinos derivó en una parranda de órdago. Alvarado, Paz, Fuentes y Juan Soriano trasladaron su fiesta a la casa de la Bandida —el burdel por excelencia de aquel México desvanecido, punto de reunión de notables, poderosos y uno que otro menesteroso—; en el epílogo, convencidos y acompañados por un dueto estrafalario, recalaron en uno de los bailes carnavalescos de la Academia de San Carlos, con su concurso de disfraces que desde luego propiciaba los encuentros eróticos y la confusión de identidades. La juerga concluye al amanecer del domingo, cuando los sobrevivientes, “en estado deplorable pero todavía con aliento”, parten adormilados y ojerosos a bordo de algún taxi.

Tercera

En 1966, José Alvarado celebra en la página editorial de Excélsior el prestigio y la presencia internacional que Octavio Paz había alcanzado (era embajador en la India, lo entrevistaban en la revista Life o LExpress, dictaba cursos en la Universidad de Cornell y era “el poeta que más ha viajado por el mundo”), e invoca los tiempos estudiantiles en la Preparatoria de San Ildefonso, “tocados por el aceite vasconcelista y por las prédicas de la justicia social”.

Octavio Paz también rememora esos “años de iniciación y de aprendizaje”, de “primeros pasos” y “primeros extravíos”, en los que coincide en diversas ocasiones con Alvarado. A la distancia, considera Barandal “una revista de experimentación, entusiasmo, irreverencia”, en una etapa efervescente de pasión, descubrimiento:

Es natural sentir un poco de ternura por el muchacho que fuimos. Pero un poco de ironía y dos o tres coscorrones no le harían daño a ese fantasma juvenil. La política no era nuestra única pasión. Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía… Descubríamos la ciudad, el sexo, el alcohol, la amistad.

Tras renunciar a la embajada del gobierno de Díaz Ordaz en la India —a raíz, como se sabe, de la matanza de Tlatelolco en 1968—, Paz aguarda la llegada del nuevo sexenio antes de regresar a México.

Cuando vuelve, participa de manera visible en proyectos políticos (entre ellos, el de crear un nuevo partido, al lado de Heberto Castillo, Luis Villoro, Carlos Fuentes y otros).

El 10 de junio de 1971 va a Ciudad Universitaria, invitado por los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras para dar una lectura de poemas en el auditorio Justo Sierra. Lo acompañan José Alvarado, Carlos Fuentes y Marco Antonio Montes de Oca. A punto de comenzar la lectura, llega la noticia de que la manifestación estudiantil que se realizaba ese día en San Cosme había sido reprimida. La lectura se suspende.

José Alvarado es uno de los amigos a los que Paz más quiere, y a los que más confianza les tiene. En su amistad nunca surge reparo. No es mera nostalgia lo que le lleva a dedicarle el poema que da título a Vuelta (1976), libro en el que vierte algunas de sus más personales y entrañables imágenes de la Ciudad de México.

Es posible imaginar su reencuentro con José Alvarado: tal vez caminaron de nueva cuenta y conversaron por las calles de una ciudad que ellos recrearon y pervive —al menos en parte— gracias a su imaginación, su lenguaje y su escritura.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(1955) es poeta, ensayista, traductor y editor. Ha sido jefe de redacción y consejero editorial de Nexos, además de colaborador en La Cultura en México, La Gaceta del FCE, Revista de la Universidad de México, Sábado y Siempre! Es autor del poemario Línea del horizonte.
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“El hombre”, escribe Ortega y Gasset, “constantemente hace mundo”.[1] Esto no significa que seamos los creadores del mundo, sino los hacedores de nuestra historia personal y general. Ahora bien, toda vida está dentro del tiempo aunque no sea el mismo tiempo el que viven los que son, entre sí, contemporá­neos. En otras palabras, entre los contemporáneos existen tres tiempos; el que en cualquier fecha dada es un muchacho, el que en esta misma fecha es un hombre maduro y el que, en ella, es viejo. De este modo y manera, no todos los contemporáneos forman una misma generación; de hecho la forman los que Ortega llama “los coetáneos”. En otras palabras, en el “hoy” existen varias generaciones que, de manera aproximada, Ortega hace durar unos 30 años. Escribe Ortega: “el mundo vigente en cada fecha es el factor primordial de la historia”. Las generaciones mues­tran que el hombre es “sustancialmente histórico” y hacen ver que, de una a otra, existe un cambio, aunque este cambio no tenga las características de una crisis propiamente dicha puesto que los contemporáneos, aunque no sean coetáneos, suelen vivir un mismo sistema de creencias. Si es verdad que el hombre adquiere sus propias ideas entre los treinta y los cuarenta años y las desarrolla entre los cuarenta y cinco y los sesenta “una generación histórica vive quince años de gestación y quince de gestión”. De esta manera, Enrique Ramírez y Ramírez se suscribe a la generación que produjo la revista Barandal, editada por un Octavio Paz, joven; pero a su vez, también está relacionado con los movimientos literarios creados por los Contemporáneos y los Estridentistas.

Pero no sólo eso, si existe un verdadero atisbo para crearnos un perfil de Ramírez y Ramírez es el que apunta Ismael Carvallo Robledo al afirmar que sobre él “se apreciaba a un hombre decantado intelectual y políticamente por los filtros de dos grandes pasiones vinculadas con dos de los más apasionados y geniales hombres que, en el siglo XX, ha dado México: José Vasconcelos y José Revueltas”.[2]

Enrique Ramírez y Ramírez nació en la Ciudad de México el 5 de Marzo de 1915, fue miembro de la Federación de Estudiantes Revolucionarios, “era de contextura delgada, bajo de estatura, de facciones finas y pálido, destacaban sus ojos penetrantes, hondos y quietos. Solía usar una cachucha gris hasta las negras cejas; era capaz de expresarse en público con disciplina y ponderación”.[3] Desde sus primeras andanzas, la existencia de este escritor estuvo marcada por una madurada intensidad, “pues se cruzaron en ella vectores fundamentales de la vida política nacional de México, troquelando la suya, como sólo con los grandes sucede, a la escala dialéctica y, por sintética, compleja, del Estado (en el sentido de que no todo era solamente la crítica ciudadana desde la militancia o desde la sociedad civil al poder; estaba a la vista también, y acaso de manera más acuciosa y problemática por tratarse del momento del Estado, la necesidad de su ejercicio): la revolución mexicana, el vasconcelismo, el comunismo, el cardenismo, el PRI. No hay ángulo o aspecto orgánico del México de nuestro tiempo que no encuentre en esos vectores, de manera recta u oblicua… sus claves definitorias”.[4]

Si bien es cierto que el nombre de este escritor está presente en nuestros días por sus aportaciones en los campos del periodismo (como fundador del diario El Día), la política y el nacionalismo, específicamente su pensamiento revolucionario y laico. También es notable su adscripción a la revista Barandal, manifiesta en las tres colaboraciones que realizó y donde sobresale “La soledad en el mundo nuevo”. Además de ello, sobre el legado de su vida y obra, puede leerse la reciente antología de Socorro Díaz, publicada por la editorial Tinta: Enrique Ramírez y Ramírez. Remembranza e iconografía.

A casi 34 años de la muerte de este hombre ilustre que ayudó a la construcción del México contemporáneo, queda el recuerdo de las palabras que José Revueltas, escribiera en Las evocaciones requeridas, en el apéndice del tomo I, donde dice: “Dedico estas Evocaciones a Enrique Ramírez y Ramírez, amigo entrañable; en materia de nuestra vida política, largamente unidos unas veces, y otras, severamente separados. Nuestra amistad parecería representar la síntesis en que se expresa la dialéctica del corazón humano”.

 


[1] Ortega y Gasset, José, “En torno a Galileo”, Biblioteca Nueva, Madrid (2005).

[2] Carvallo Robledo, Ismael, Evocación de Enrique Ramírez y Ramírez, El Catoplebas, Revista Crítica del Presente (2011).

[3] Iduarte, Andrés, Don Pedro de Alba y su tiempo, Editorial Cultura, México (1962),  p. 43.

[4] Carvallo Robledo, Ismael. Evocación de Enrique Ramírez y Ramírez, El Catoplebas, Revista Crítica del Presente (2011).


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Pachuca, 1980) vivió en Madrid y se siente atraído por la poesía japonesa, igual que Efrén Rebolledo. Le gustan la literatura, los puros, el cine, la música, el alipús variado, las mujeres y meterse en problemas, aunque no precisamente en ese orden. Autor de Escuela del Vértigo (CECULTAH, 2011), Bitácora del desánimo (HgO Ediciones, 2008) y Epílogo de insomnio (Pachuco press, 2006). Oficio de estar solo es su último libro. Trabaja como burócrata y periodista. Es insomne.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

La familia de Efraín Huerta Romo se mudó a la Ciudad de México en 1930, encabezada por su madre, Sara Romo Liceaga, con el objetivo de que sus hermanos mayores, Salvador y José ingresaran a la Universidad Nacional a la carrera de Derecho. Efraín quiso ingresar a la Academia de San Carlos, pues desde hacía varios años se dedicaba al dibujo, pero tenía que revalidar algunas materias y cuando tuvo su certificado en regla, para no perder más tiempo, se inscribió a la Escuela Nacional Preparatoria. Cursaría los primeros años de Leyes en Filosofía y Letras.

Mi abuela y sus hijos vivieron primero en la calle de Jesús Carranza, en Peralvillo, de hecho los conocidos de Huerta a veces se referían a él en las notas de prensa como el poeta del rumbo de Peralvillo. Después, se mudaron a la calle Plaza de Santiago 11-18, hacia Tlatelolco.

Sus maestros

En la Escuela Nacional Preparatoria tuvo maestros brillantes, como Agustín Loera y Chávez quien impartía Historia del Arte, por su influencia, Efraín recordaba cómo, con Rafael Solana, “recorrimos la Ciudad de México en busca de huellas del arte mudéjar; por él fuimos a Cuernavaca (frescos de Diego Rivera) y a Taxco (Santa Prisca). Él [Solana] escribía y yo dibujaba. El trabajo nos lo encuadernaban en la Biblioteca Nacional, entonces dirigida por don Enrique Fernández Ledesma” (Mecanuscrito de Efraín Huerta, ca. 1977).

Con Antonio Caso estudió Sociología y fue aprobado con 10 por un ensayo sobre el marxismo. Con Julio Torri, la epopeya castellana; con Eduardo Colín, literatura española del siglo XIX y comienzos del XX; otros de sus maestros fueron Erasmo Castellanos Quinto, Nicolás Rangel y Roberto Chico Goerne. Efraín guardó sus apuntes literarios en pequeñas libretas negras, tipo moleskine, que les enseñó a usar a sus alumnos don Genaro Estrada. Mi padre las llamó las damas negras.

José Revueltas y la militancia

“Muy cierto: entre pintas y pegas (pintas de ABAJO LA BURGUESÍA y pegas de volantes y consignas impresas), se nos iba [a Efraín y a José Revueltas] parte de la noche. Durante el día, en los mítines, en los vestíbulos de los teatros, vocéabamos El Machete, que desapareció” (Beatriz Reyes Nevares, “Efraín Huerta, poeta, militante” Entrevista en: Siempre!, 24 de mayo de 1978).

En alguna ocasión le pregunté a mi padre que por qué a Revueltas siempre lo capturaban y a él no. Me respondió que en aquellos años entrenaba para ser corredor de medio fondo y los policías jamás le daban alcance.

En 1933, con José Revueltas integró el dueto Reivindicación. “En este asunto hay mucho de invención, de varia invención, como decía el clásico. Pepe Revueltas me atribuía la paternidad de canciones que él no conocía porque no tenía radio, y yo sí. Se las cantaba a lo largo de la calle de la Santa Veracruz, cuando ya habíamos terminado las prolongadas juntas que, como nos lo demostró un compañero, se podían realizar en veinte minutos. O menos, o no realizarlas” (Id.).

“Éramos una minoría ruidosa. Estudiantil. Bueno, se trataba de la batalladora  Federación Estudiantil Universitaria, y después, ya abiertamente, de la Juventud Comunista. Formábamos una vanguardia gritona, inerme pero sin miedo. No olvidaremos el día 20 de noviembre de 1935, cuando hostigamos por todo Insurgentes, Juárez, Madero y el Zócalo, a los ‘camisas doradas’, infantería y caballería fascistas financiadas por los ricos regiomontanos. Les dimos la batalla en pleno Zócalo y finalmente se desintegraron. Ya comenté en otra parte mi extrañeza al no leer este episodio en las memorias de Siqueiros, Me llamaban el Coronelazo, si fueron David y Rosendo Gómez Lorenzo (‘el capitán Sangre Fría’), más los choferes del Frente Único de Trabajadores del Volante (estoy casi seguro de que así se llamaba la agrupación), quienes nos protegieron en una parcial retirada hacia Catedral y Seminario, porque la caballería fascista se nos venía encima”.

Las revistas literarias

Rafael Solana y Miguel N. Lira habían hecho ya la revista Taller poético, Efraín comenzó a colaborar con ellos en los cuatro números que hicieron. Después, con Alberto Quintero  Álvarez, Enrique Guerrero y Octavio Paz fundan la revista Taller. Paz había hecho ya la revista Barandal con Salvador Toscano y otros y, también Cuadernos del Valle de México, con Toscano y José Alvarado.

Por iniciativa de Octavio Paz invitaron a colaborar con ellos a varios poetas del exilio español, de algunos Efraín Huerta había publicado semblanzas en El Nacional. Se reunían en El Papagayo en la avenida Juárez, con José Herrera Petere, Antonio Sánchez Barbudo, Juan Gil Albert, Lorenzo Varela, Francisco Giner de los Ríos, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y Juan Rejano.

Efraín fue amigo cercano de Herrera Petere y de Emilio Prados, quienes disfrutaron de los guisos que mi abuela Sara les preparaba con su cálida hospitalidad y estupendo sazón (Efraín Huerta. “Libros y Antilibros”. El Gallo Ilustrado No. 792, 28 de agosto de 1977).

En esos años publicó sus primeros libros, Absoluto amor, 1935 y Línea del alba, 1936, en septiembre de ese año Efraín comenzó a ejercer el periodismo profesional y murió “en la raya”, como se dice en el gremio periodístico.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en la Ciudad de México. Poeta, ensayista e Historiadora por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Entre sus libros publicados se encuentran La plata de la noche (poesía, 1998); Tramontana, (poesía, 2004); Nezahualcóyotl (biografía, 2005); Gonzalo Guerrero (biografía, 2005) y Bernal Díaz del Castillo (biografía, 2005), entre otros. Heredó de sus padres el gusto por la lectura y la escritura, además de una inmensa cantidad de papeles que algún día terminará de organizar.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

El número 66-67 (septiembre de 1967) de la Revista de la Facultad de Derecho de México contiene una nota necrológica que lauda la memoria de Arnulfo Martínez Lavalle, abogado, catedrático universitario, funcionario del Poder Judicial y de distintas dependencias de la Federación.

El texto, firmado por Eduardo Estrada Ojeda, además del detalle curricular y las obviedades emotivas a los que la ausencia de un querido profesor obligan, dedica varias líneas a comentar la producción literaria que Martínez Lavalle realizó durante su juventud: poemas, cuentos, relatos, una biografía y una obra teatral son su legado en el campo de las letras, terreno que recorrió por breve tiempo.

Tras su paso por la Escuela Nacional Preparatoria —a principios de la década de 1930—, Arnulfo Martínez Lavalle se dedicó por completo a los avatares del Derecho, ya como secretario de un juzgado de paz, ya como ministerio público, ora como académico. Aunque fue justo durante su época de estudiante del bachillerato universitario, en las aulas barrocas del Colegio de San Ildefonso, en el centro de la capital de la República, cuando su obra literaria alcanzó el esplendor y prefiguró la promesa de un escritor militante de las vanguardias del período entre guerras.

Hijo del escritor neoleonés Miguel Martínez Rendón, Arnulfo Martínez Lavalle manifestó, durante su juventud, el interés por la vida intelectual y cierta simpatía con el trabajo literario de su padre, quien editaba la revista Crisol, junto con Arqueles Vela, uno de los más notables miembros del Estridentismo.

En San Ildefonso, Martínez Lavalle entabla amistad con Rafael López Malo, Salvador Toscano y Octavio Paz, con quienes emprendería la aventura editorial de juventud que lo inscribió en la historia de la literatura mexicana: Barandal.

De periodicidad mensual, la revista Barandal apareció durante apenas un año, entre 1931 y 1932, sin embargo su publicación traspasó los centenarios muros de la sede de la Escuela Nacional Preparatoria. Bernardo Ortiz de Montellano en el número 39 de Contemporáneos saluda la aparición de la revista de aquellos jóvenes “que con buen gusto y seguridad inteligente inician la obra de eso que nuestro aislamiento llama una generación”.[1]

La participación de Martínez Lavalle fue toral para que la revista apareciera, fue su padre quien impulsó la publicación y, posiblemente, quien la diera a conocer entre los Estridentistas y los Contemporáneos, entre cuyas estéticas oscilaban las incipientes producciones literarias de los jóvenes preparatorianos, como puede verse entre los textos que publicaron en su revista.

Un poema, “Danza”, aparecido en el segundo número de la revista, pinta con precisión las inquietudes escriturales de Martínez Lavalle, exploraciones que compartía con el resto de los Barandales. La adjetivación, la inclusión de imágenes que enaltecen los avances tecnológicos y la identificación rítmica con los sonidos del jazz, ubican el texto si no en el franco Estridentismo, sí en una búsqueda cercana a éste. Ha de recordarse que Martínez Lavalle publicaría, posteriormente, sus Cinco poemas sobre Cinco Viñetas de Fermín Revueltas, estridentista donde los haya.

Será en otro texto de Martínez Lavalle, “Anecdotario de un muerto”, una narración cercana incluso al nonsense, en donde se note de forma más evidente la influencia del Estridentismo, y con éste del Futurismo, en un texto en el que se critica a los reaccionarios que detestan el progreso del maquinismo.

Cabe decir, que aunque el Estridentismo como movimiento había terminado “formalmente” en 1928, la cercanía del padre de Martínez Lavalle con algunos de sus exponentes y la avidez de los jóvenes por militar en estéticas vanguardistas deja notar la influencia de aquel movimiento en las páginas de Barandal.

Una aventura de juventud que marcó el camino como editor y fundador de revistas de quien fuera más tarde figura tutelar de la cultura mexicana, especialmente de su literatura: Octavio Paz, nos devuelve hoy el nombre olvidado de Arnulfo Martínez Lavalle, entre cuyas publicaciones aparecen títulos sobre derecho penal y tratados sobre el delito desde una concepción jurídica, y a quien convocamos hoy para reconstruir los pasos de una generación que se formó muros adentro del Colegio de San Ildefonso cuando albergó la, ya mítica, Escuela Nacional Preparatoria.

 

 


[1] Bernardo Ortiz de Montellano. “Notas”, Revistas literarias mexicanas modernas. Contemporáneos (1928-l 931), edición facsímil, vol. X, núm. 39, p. 294.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es poeta, cronista y editor. Ha publicado Media tarde (Literal, 2010), Soñar tu insomnio, Caja de costura (La Dïéresis, editorial artesanal, 2012) y Busca otro amor, Poemas norteños y de ruptura (Mono; Festival Verbo, 2013). Se dedica a la docencia en temas de literatura infantil y cultura escrita y a recorrer, bolsa de mandado en mano, los mercados de la Ciudad de México.
Fotografía de uno de los pasillos del Colegio. Cortesía del Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Se sabe que la revista Barandal fue una publicación dirigida por Octavio Paz, quien a su vez, compartió dicho espacio con coetáneos intelectuales de su generación en la Escuela Nacional Preparatoria.

La incipiente generación de los Barandales, como les llamaban, agrupó no solo a representantes de la literatura novel, sino que también hubo lugar entre sus páginas para difundir obras plásticas y, por ende, crítica de arte.

Manuel Moreno Sánchez (1908-1993) no ha sido indispensable para algunos estudiosos del acontecer editorial en México y, en ocasiones, ni siquiera es mencionado como parte fundamental del grupo que giró en torno a Barandal; sin embargo, este personaje tenía una profunda personalidad crítica, que le serviría para desarrollarse en el ámbito periodístico.

En el número 6 de la Barandal aparece un suplemento firmado por Manuel Moreno Sánchez con el título “Notas desde Abraham Ángel”. Era un perfil crítico de este artista mito. Aunque se había anunciado en la entrega posterior de Barandal que aquellas notas formaban parte de un capítulo, el libro jamás vio la luz.

Lo anterior nos habla del interés que Manuel Moreno Sánchez tenía por las artes plásticas, producto de su acercamiento a la pintura mexicana. Guillermo Sheridan especula que tal colaboración pudo haber sido pensada para la revista Contemporáneos, pues su tipografía delata características similares a las utilizadas en esta publicación.

Aunque es posible que no sea muy clara la influencia de Manuel Moreno Sánchez, como estampa primordial de los Barandales, y si bien tampoco aportó grandes creaciones literarias, se caracterizó por mantener una notable cercanía con la vida intelectual de la época; ya fuera desde el flanco crítico en su vertiente periodística, o en el extremo de su actitud opositora frente a las tendencias autoritarias del gobierno.

Manuel Moreno Sánchez, aguascalentense de nacimiento, obtendría su título en Derecho por la Universidad Nacional (ahora UNAM) hacia 1932; cabe mencionar que ahí mismo ejerció la docencia, entre otras tantas tareas; aunque antes de graduarse participó en la huelga de 1929 que buscaba la Autonomía del plantel universitario. Este hecho lo destaca como participante del vasconcelismo, pues trabajó también en dicha campaña.

El abogado, periodista y crítico jamás perdió contacto con Octavio Paz, prueba de ello son las misivas durante el cruento año 1968; además, a la correspondencia se unirían otros dos personajes, José Revueltas y Víctor Rico Galán. Las mismas han sido ya publicadas en el conjunto Cartas sobre el 68 por la Fundación Toscano, que preside la historiadora Alejandra, hija de Moreno Sánchez.

De la carrera política del abogado hay mucho que rescatar. Fue militante priísta y ocupó cargos públicos. Fungió como diputado y después logró ser líder del Senado durante el sexenio de Adolfo López Mateos. Con la llegada de Díaz Ordaz a la presidencia, Moreno Sánchez fue escindido de su cargo. Su contribución más duradera debemos buscarla en su obra crítica. El principal aporte, creo, radica en la posición disidente que marcó su camino en una clara oposición al sistema. Así, durante 1982, ocupó la candidatura a la Presidencia de la República por el Partido Social Demócrata (PSD).

No alcanzaría el espacio en este comentario para elaborar un perfil ideológico de Manuel Moreno Sánchez. Tal vez baste enumerar algunos libros, entre los que destacan Crisis política de México (1971) y México: 1968-1972; crisis y perspectiva (1973); en ambas ediciones patentó su aliento combativo y el aguerrido afán crítico. A su vez, periódicos como Excélsior y Uno más Uno dieron cuenta de los rigurosos artículos que denunciaron con vehemencia al partido en el poder, y no desde una crítica desentendida, sino ya fundamentada en la academia.

En Crisis política de México sobresale, quizá, como álgida influencia de Moreno Sánchez, el siguiente epígrafe del pensador y escritor yugoslavo Milovan Djilas: “soy un producto de ese mundo, he contribuido a crearlo y ahora soy uno de sus críticos”. Sirvan estas últimas palabras para esbozar un ligero perfil de quien fuera Manuel Moreno Sánchez, colaborador indispensable de aquella incipiente publicación conocida como Barandal.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Durango, 1979). Recientemente publicó el libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (FETA, 2012). Ha colaborado en La Estantería, Periódico de poesía y Punto de Partida.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

Típico principio: unos chicos estudian juntos y desean convertirse en escritores. Para ese entonces ya cargan ciertas lecturas y algunos textos que no juzgan vergonzosos. Lo más natural es que en algún momento quieran fundar una revista. Entonces se piensa en un nombre, porque una revista de estudiantes debe tener un nombre que suene como lo que es: la materialización de algunas magras y efímeras seguridades y, sobre todo, de muchas apuestas. Se piensa durante semanas, se debaten posibles nombres, al mismo tiempo que se siguen acumulando lecturas formadoras y más textos que no se juzgan vergonzosos.

Porque ¿qué puede hacer un jovencísimo aspirante a escritor sino publicar una revista? Con ella se puede conocer a uno que otro escritor generoso, tomar desprevenido a los lectores incautos de siempre (su benéfica presencia merece un homenaje aparte por sus aportaciones a la historia de la literatura) y llegar con un posible ligue y esgrimir con un gesto a lo James Dean: “¿sabes?, tengo una revista”. Y un buen día alguien propone un nombre adecuado (porque nombre es destino), Barandal: un apoyo imprescindible a la hora de subir una cuesta tan grande como las aspiraciones de cualquier joven poeta preparatoriano.

Sin negar la importancia del sitio en que empezó una obra literaria como la de Octavio Paz, creo que hace falta señalar a veces que Barandal fue una revista valiosa por sí misma, porque, además de tener todas las características de cualquier publicación realizada por jóvenes, estaba bien hecha.

Salvador Toscano (1912-1949), uno de los cuatro editores de la revista, es un caso paradigmático a la hora de definir qué es un jovencísimo escritor: dueño de una encomiable rebeldía (incluso en sus momentos más ingenuos), a lo largo de los siete números, Toscano colaboró de forma dispersa pero siempre explosiva: en el primer número, por ejemplo, publicó un genial duelo de box imaginario entre Chopin y Stravinsky, donde el primero es un viejo cursi obsesionado con “lo eterno” y “la belleza” mientras el segundo es un auténtico antecedente del punk; y de paso, con cita de la Ilíada en mano, Toscano atribuye a Homero la invención del box. Su segunda colaboración fue un poema, “Motivos del ahorcado” que, aunque influido por Velarde y cierta utilería del modernismo, busca pasar por un texto estridentista: “las chimeneas y un ruido estéril./ Ciudad maldita ensangrentada en el asfalto”. Más que la calidad, lo que agrada de estos versos es el gesto. Recuérdese: Toscano tiene diecinueve años, es 1931 y, sobre todo, es México. Esos mismos gestos son reconocibles en los actos públicos de Barandal: Paz recordó en una entrevista, no sin algo de vergüenza, que, en la primera presentación de la revista, los cuatro editores lanzaron al público aviones de papel con poemas, en una cursi imitación del ultraísmo.

Otro texto emblemático de Toscano fue un ensayo aparecido en el cuarto número, que, con las mismas intenciones incendiarias de sus poemas y sus prosas, causa ternura desde el título: “El sentido de la cultura en nuestro mundo”. Sólo un chico de su edad es capaz de concentrar en un espacio así de reducido tanta soberbia e ingenuidad (que al final, son casi lo mismo).

Las colaboraciones de Toscano casi siempre se caracterizaron por un ímpetu vanguardista sellado por la desmesura en sus opiniones (como criticar a los Contemporáneos aunque Barandal los publicara) y por una irresponsabilidad (en forma y fondo) que sólo puedo calificar como envidiable.

Porque deseo dejarlo claro: no me estoy burlando. Muy al contrario, me parecen valiosos esos actos y esos textos porque hablan de un escritor dueño de un arrojo ejemplar, preocupado exclusivamente por el momento y no por hacer carrera literaria: a veces pareciera que la mejor forma de convertirse en escritor sucede cuando la escritura es una gozosa enfermedad de juventud y no un oficio, una costumbre calificable con esa palabra que Gombrowicz tanto temía: madurez. Porque, como toda buena llamarada, Salvador Toscano, tras el fin de Barandal, poco a poco abandonaría la literatura para convertirse en un destacado historiador que escribió valiosas obras sobre el arte precolombino y una genial biografía de Cuauhtémoc.

Típico final: una revista dura escasos siete números. En el transcurso se conocieron escritores generosos, se tomó por asalto a algunos lectores desprevenidos y seguramente nadie ligó con el pretexto de tener una revista. Después algunos miembros siguen escribiendo poemas, editan más revistas, hacen “carrera”, maduran, mientras otros lentamente se decantan por otros temas, escriben sobre otras cosas, se curan al fin de esa encomiable enfermedad llamada literatura.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(nació en la ciudad de México, en 1988) es autor de los poemarios Singles (RDLPS, 2008) y La radio en el pecho (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Ha colaborado en revistas como Luvina, Punto de Partida y Literal, entre otras. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. En 2013 fue acreedor del Premio Punto de Partida de Poesía. Ha sido becario del FONCA.
Fotografía: Bob Schalkwijk. Cortesía: Antiguo Colegio de San Ildefonso.

[…] ojos claros, cabello rizoso y oscuramente rubio, fina tez con saludables colores de altiplanicie, algo nórdico en el ensueño de la mirada y otro poco de mediterráneo en la pasión de la palabra y la estampa apolínea, llovido de cielo y mexicano de la tierra, prodigioso injerto de lo mejor de fuera y lo mejor de dentro, arquetipo de la élite joven de entonces y de la madura de nuestros días. Tímido, o más bien ya refrenado, con explosiones pronto suavizadas por la mucha y la mejor lectura, inteligencia penetrante hasta la duda y sensibilidad doliente hasta la desolación, espontáneo y confidencial en la entrega de su corazón y en seguida torturado y distante hasta la hosquedad […]

 

La descripción resulta inspirada. Proviene de Don Pedro de Alba y su tiempo (Editorial Cultura, 1962), de Andrés Iduarte, que recoge conversaciones y anécdotas como profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, la más prestigiosa del país a comienzos del siglo XX. Se refiere a un joven que en 1930, a los dieciséis años, habría de mostrar su devoción y compromiso con la palabra a través de su obra: Octavio Paz.

Un año antes, los acontecimientos políticos habían marcado la vida de la sociedad mexicana. Los estudiantes universitarios paralizaron los colegios y facultades de la Ciudad de México; luchaban por la autonomía de su casa de estudios y la obtuvieron hacia finales de julio.

La figura de José Vasconcelos —“maestro de la juventud de América”— era el eje sobre cual se movían las aspiraciones juveniles del país. Después de su labor al frente de la Secretaría de Educación Pública y de su auto exilio en Estados Unidos durante 1925, había regresado a México para emprender una campaña electoral con miras a la presidencia de la República. Muchos de los jóvenes que habían luchado por la autonomía universitaria se encontraban entre sus partidarios. Sin embargo, en los comicios electorales de noviembre gana Pascual Ortiz Rubio. Los jóvenes adeptos de Vasconcelos repudiaron los resultados en numerosos actos de protesta.

Paz siguió todos esos sucesos con interés y atención, pero no participó en la huelga estudiantil ni en la campaña vasconcelista, aunque alguna vez marchó por las calles gritando “vivas” en su favor.

Era muy joven. Todo eso ocurría un año antes de que él entrara a la preparatoria. En la preparatoria cambia. Crece rápidamente. Brilla por sus lecturas y su inteligencia. Y empieza a darse a conocer como poeta.

Con un grupo de condiscípulos funda, al amparo de los murales revolucionarios del antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, pintados por Diego Rivera y Clemente Orozco, una revista: Barandal. Sus editores son Rafael López Malo, Arnulfo Martínez Lavalle, Octavio Paz y Salvador Toscano. Se les conocía como Los Barandales. Cada uno tenía su propia personalidad y cualidades, también compartían ciertas coincidencias: todos tenían una herencia literaria familiar.

Salvador Toscano, hijo de un ingeniero constructor de caminos y precursor de la producción y exhibición de cine en México, era de cabello negro y corto, de cara seria y mirada viril. Acostumbraba intervenir en disputas y actos políticos, además de ser un estudioso de la Revolución mexicana, la arqueología y el arte; provenía de un hogar culto, si nos remitimos al testimonio de Iduarte.

Su hermana Carmen, un par de años mayor que él, había publicado un libro de poemas titulado Trazo incompleto, y en el otoño de 1941 saldría a la luz su revista Rueca, según cuenta Rafael Solana.

De cabello rubio y tez rojiza, Rafael López Malo —según la descripción de Iduarte—, era inteligente y emotivo, de finas maneras y buen discurso, cualidades que lo perfilaron hacia la línea jurídica y social. Iduarte dice que “su pasión contra la injusticia organizada era ardiente y a la vez severa, sin perdón para los satisfechos ni para los blandos, sin cuartel para los ricos ni para los claudicantes”. Fue hijo de Rafael López, poeta y autor de “La bestia de oro”, un poema célebre y memorizado entre los jóvenes de la época.

A propósito de López Malo, el director de la Preparatoria en ese entonces, Don Pedro de Alba, suplicó alguna vez al maestro Iduarte:

—No me lo precipite a Rafaelito, Andrés, sino deténgamelo… No cree mucho en mí porque por mi amistad con su papá y mi trato con toda su familia, me ha visto en pantunflas [sic], conoce mis defectos, y no me hace caso. De ese muchacho volcánico ocúpese usted solito.

También el padre de Arnulfo Martínez Lavalle, Miguel Martínez Rendón, estaba dedicado a la vida literaria. Era miembro del Bloque de Obreros Intelectuales (BOI), redactor de la revista Crisol, partidario de la literatura y el arte comprometidos y, por lo tanto, enemigos de los Contemporáneos. Fue, además, quien se empeñó en sacar el primer número de Barandal, aunque estuvo muy lejos de verse como el protector de la nueva generación, pues los Contemporáneos fungieron como consejeros desde un principio, especialmente Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo.

Al lado de los fundadores de Barandal, también destacaron como colaboradores Enrique Ramírez y Ramírez, Raúl Vega Córdoba y José Alvarado.

Ramírez y Ramírez era de contextura delgada, bajo de estatura, de facciones finas y pálido, ojos penetrantes, hondos y quietos. Solía usar una cachucha gris hasta las negras cejas; era capaz de expresarse en público con disciplina y ponderación, como refiere Iduarte en su testimonio.

Vega Córdoba era de cabellera lacia y larga, de ojos vivaces y maliciosos, y bigotillo desperdigado y casi invisible; su cuerpo se desmadejaba de tan flaco y elástico. Era rebelde y constantemente polemizaba sobre política. Lanzaba discursos y desencadenaba grandes trifulcas que llegaban a las clases y corredores de la Preparatoria, y al final terminaba con una carcajada sarcástica y caricaturesca.

José Alvarado era un joven espigado, de tez rojiza y cabello negro ensortijado. Tenía una mirada alegre y una mente lúcida que se distinguía por poseer una posición firme y una valiente actitud de denuncia y protesta, según relata Raúl Rangel Frías en “José Alvarado, el joven de Monterrey” (en Luces de la ciudad, UANL, 1978). Talentoso y precoz, a los quince años Alvarado ya había publicado cuentos en la Revista Estudiantil en su natal Nuevo León.

Octavio Paz tuvo contacto con la literatura desde muy temprana edad. Su padre y su abuelo se dedicaron al periodismo político, aunque cada uno con su propia visión, pues la Revolución mexicana los situó en bandos opuestos. De adolescente, ayudaba a su padre copiando a máquina artículos o textos que trataban de la Revolución mexicana, y también textos escritos por placer, a veces desde un punto de vista literario. Alrededor de los doce años descubre la gran biblioteca de su abuelo, que será en adelante su habitación predilecta y a la que tendrá acceso sin el menor reparo.

Aun con estas coincidencias entre los Barandales, la figura de Octavio Paz sobresalía entre ellos. Según la opinión del director de la Preparatoria, don Pedro de Alba, en el joven Paz se distinguía a un poeta que trataba de encontrarse a sí mismo y descubrir su propio camino.

Otro aspecto fundamental es la formación intelectual del grupo, delimitada por sus preferencias literarias. Por la revista Contemporáneos se enteran de las novedades literarias extranjeras y descubren la poesía moderna; las traducciones de poetas norteamericanos, franceses e ingleses les permiten ampliar su mundo literario. Para Paz fue determinante la lectura del poema “La tierra baldía” de T. S. Eliot (en traducción de Enrique Murguía) y “Anábasis” de Saint John-Perse (traducido por Octavio G. Barreda); así como “El matrimonio del cielo y el infierno”, de William Blake en traducción de Xavier Villaurritia. Además, en un número especial dedicado a la poesía moderna, conocen a otros poetas hispanoamericanos como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda.

Los Barandales gozaban de un acervo literario diverso y variable, pues herederos de la “curiosidad universal” de los Contemporáneos, reciben con entusiasmo la Antología de la poesía española (1915-1931). Como lo comenta el mismo Octavio Paz en una entrevista (revista Letras Libres No 7, julio, 1999): “Fue una aventura, la devoramos todos nosotros y también la antología de Contemporáneos”. Dirigida por Gerardo Diego incluía a los poetas de la generación del 27: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, García Lorca, Rafael Alberti, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Vicente Aleixandre; también a los hermanos Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Moreno Villa, Fernando Villalón y Juan Larrea. A diferencia de esta antología que “no es en modo alguno un alarde de grupo, una demostración intransigente de escuela”, como Gerardo Diego afirma en el prólogo. Por otra parte, los Barandales también leyeron con ánimo la antología publicada por sus antecesores. En 1928 —casi al mismo tiempo que salía a la luz el primer número de su revista— los Contemporáneos publican la Antología de la poesía mexicana, que fue duramente criticada por excluir a poetas de renombre e incluir a los mismos redactores de su revista.

En este contexto literario y cultural, la revista Barandal empieza a circular de forma regular en agosto de 1931 y hasta marzo de 1932. Su título tenía que ver con los corredores de la Preparatoria y porque los jóvenes apoyaban en esta publicación sus discusiones y lecturas, según relata Ortiz de Montellano (recogido por Salvador Novo en La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho). Tuvo un tiraje de siete números y cada ejemplar era de entre dieciséis y veinticuatro páginas, sin contar los suplementos. Costaba veintiocho centavos y la suscripción a seis números, un peso.

La revista Contemporáneos le da la bienvenida a Barandal, en su número 39 del mes de agosto, en la sección “Motivos”, en una nota firmada por Bernardo Ortiz de Montellano, donde anuncia:

Nueva Revista Mexicana

En sus cuatro años de existencia, “Contemporáneos” se ha visto confortada con la aparición de algunas revistas de principios semejantes a los nuestros. Primero, “Bandera de Provincias” y “Campo”, ahora, “Barandal”, apoyo de una generación próxima y cercana —cuatro nombres: Octavio Paz, Rafael López M., Salvador Toscano y A. Martínez Lavalle— que con buen gusto y seguridad inteligente inician la obra de eso que nuestro aislamiento llama una generación.

Este es el bautizo literario de Barandal y la presentación oficial de sus fundadores como grupo. En la cita anterior resulta claro que los Contemporáneos consideran a Barandal con principios semejantes a los suyos mas no iguales, pues esta revista hereda algunos aspectos de sus antecesores y, sin embargo, llegan a formular sus propias dudas e interrogantes acerca de la literatura que se produce en ese momento.

La revista fue bien recibida por los jóvenes estudiantes de la Preparatoria. Rafael Solana, quien pertenecía a la generación de estudiantes que venía detrás, recordaría años después (recogido en Las revistas literarias de México, 1ª serie, INBA, p. 87) la acogida de Barandal entre sus compañeros: 

Nos quedamos paralizados de admiración, de estupor, cuando un amigo a quien tuteábamos, un compañero de la escuela secundaria [sic], Octavio Paz, sacó la suya, en agosto. Era una revista pequeña, de poco cuerpo, pero limpia, joven, nueva. Todo en ella nos parecía fresco. Y ver el nombre de uno de nosotros mismos, casi, de Octavio, que era apenas, escolarmente, un año mayor, nos deslumbraba, pues parecía poner al alcance de nuestras manos los sueños más caros. Octavio se había reunido con otros jóvenes de su mismo año, y se acercaba un poco a los que eran mayores que él; pero jamás dirigió una mirada hacia abajo, hacia nosotros los que le parecíamos, un año menores que él, niños.

Sin embargo, Octavio Paz también recordaría más tarde que el primer número de Barandal provocó un gran escándalo en la preparatoria por su “tono beligerante”. La revista se refería en tono sarcástico y burlón a maestros y personajes consagrados de la literatura. El profesor de este grupo de jóvenes, Andrés Iduarte, recuerda una conversación con el director de la preparatoria (recogido en Don Pedro de Alba y su tiempo):

Me decía don Pedro:—A Octavio, a Salvador, a Rafaelito, a Vega y a todos los de primero no les pida usted que escriban sus reconocimientos… Nomás converse con ellos, vea lo que estudian, lean juntos… Eso no sólo es justo, sino atinado, porque, al fin y al cabo, harán siempre lo que quieren. Y hay que dejarlos porque valdrá mucho cuanto se les ocurra…—A éste (a Octavio), no lo molesten para nada, Andrés. Que hoy nos quiera y mañana nos deje de querer, no importa: tendrá sus razones ocultas, las ocultas razones que nosotros no entendemos. Va a ser un gran escritor y cuanto quiera ser. ¿Ha visto el último Barandal?

Las críticas, sarcasmos e ironías que causaron tanto revuelo de comentarios provenían de la sección “Notas”. En el número 1 de Barandal se refieren al filósofo Antonio Caso —que en esta época el director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional— con el siguiente comentario:

No nos explicamos esa coquetería de ciertos filósofos que se atreven a publicar un libro de versos, sin otra cualidad que un academismo aplastante. Decididamente el ejemplo de Unamuno fue funesto en México. (p. 32)

Era evidente que esta clase de comentarios no pasarían inadvertidos ante los profesores. Sin embargo, y a pesar del escándalo, a lo largo de los siete números siguen atacando continuamente a los escritores veteranos, en el número 2 se lee:

Francisco Monterde García Icazbalceta —es un solo nombre— acaba de publicar una “Antología de Poetas y Prosistas Hispanoamericanos”, en la que no se digna a considerar a México. Lo felicitamos sinceramente ya que esta forma nos absolvió de la lectura de un “Oro Negro”, que resultó ser cobre. (p. 59)

Francisco Monterde es uno de los escritores pertenecientes al grupo formado por Julio Jiménez Rueda, Genaro Estrada y Jesús T. Acevedo entre otros, llamado Colonialismo y que funcionó de 1917 a 1926. El enfado por parte de los fundadores de Barandal es obvio, la exclusión de poetas y prosistas mexicanos es una negligencia inadmisible, que bien podría significar que el autor no considera a ningún poeta mexicano merecedor de ser incluido en la antología.

La siguiente nota aparece en el número 2 y es una defensa ante el ataque del escritor Baltasar Dromundo a la nueva generación:

Baltazar [sic] Dromundo (no te engañes, lector, no nos referimos al rey mago), Baltazar [sic] Dromundo “encaramado en su pedestal” se asomó a lanzar piedras al tejado de las generaciones que lo predecen [sic], hosanas [sic] a su generación y ataques rabiosos a una generación que aún no rinde sus frutos. Tenía razón Jules Renard: “De boca de los viejos sólo salen frases históricas”. (p. 23)

Los continuos ataques de los Barandales contra los grupos que les antecedían fueron característicos de su generación. Les servían para atraer la atención de los más viejos, lo cual ofrecía un incentivo muy fuerte. La revista Barandal obtiene el reconocimiento de los Contemporáneos, que además de colaborar en ella también la apoyan económicamente.

Octavio Paz comentaría tiempo después en una entrevista: “Carlos Pellicer exaltó la revista, le parecía magnífica. Novo y Villaurrutia nos llamaron porque querían colaborar. Ellos nos animaron mucho”.

El apoyo de los Contemporáneos hacia los jóvenes editores fue más que evidente al aceptar su invitación para participar en la revista con un suplemento. Aunque los jóvenes insistían en no compartir los ideales literarios de sus antecesores, no podían negar que al mismo tiempo los admiraban. Eran conscientes de que había que hacer una publicación de calidad y la participación de poetas más experimentados y de renombre le daría a la revista un matiz más controvertido, ya que se unían de esta manera diversos puntos de vista literarios en una sola publicación dando lugar al debate y la diversidad de opiniones.

En el número 3 se publica el primer suplemento cuyo autor es el profesor Carlos Pellicer, se titula “5 Poemas” y contiene: “Retórica del paisaje” y dos “estudios”, uno de los cuales incluía tres poemas; el primero fue escrito un año antes y los otros cuatro en 1931. En el siguiente número sale el segundo suplemento, que incluye fragmentos de una novela de Salvador Novo titulada Lota de Loco y que, al parecer, nunca completó. El tercer suplemento es el de Xavier Villaurrutia titulado “Dos nocturnos”. Fue una edición especialmente diseñada por el mismo Villaurrutia, pues fue él quien decidió que los forros de la plaquette fuesen del papel con que se cubren los muros de las habitaciones, de color verde y oro sobre fondo negro: “Más que una confesión, una definición […] colores nocturnos como su poesía”. Lo anterior son las palabras de Octavio Paz en Xavier Villaurrutia en persona y en obra.

No hay que olvidar que la participación de los Contemporáneos en los suplementos es lo que le suma valor literario a Barandal, pues, aunque los redactores tenían talento, eran desconocidos y con poca experiencia literaria. Además, la publicación de una revista no solamente permite que la nueva generación entre en contacto con los poetas y críticos de la época —En Xavier Villaurrutia…, Paz escribiría que estos “primeros encuentros con Villaurrutia fueron superficiales y no los recordaría si no hubiese sido el principio de un trato más frecuente”—, sino que a partir de esto los sitúa e integra, poco a poco, como una comunidad literaria.

Destaca a lo largo de Barandal una postura grupal subversiva en contra de las vanguardias, especialmente contra los Estridentistas y los Contemporáneos y, de forma general, a los escritores y poetas que les anteceden. Resulta evidente que hay una urgencia por posicionarse ideológicamente en el ámbito literario. Algunos de los colaboradores de Barandal no perdieron oportunidad para dejar claro este rechazo.

En el número 7 de Barandal, en su ensayo “Fuga de valores” dice Salvador Toscano:

Estamos enfermos de modernidad, nos ahogan los ismos […] el arte que estamos viviendo: el surrealismo freudiano de Breton, el falso platonismo de Gide, el dadaísmo de Tzara o el futurismo de Marinetti, todas las escuelas literarias corren bajo nuestra inquisitiva mirada.

Hay que señalar la clara contradicción en la que estaban inmersos los jóvenes editores, pues por una parte Toscano se quejaban de los “ismos” y, por otra, en el primero habían publicado, ingenuamente, el texto “Estética de los avisos luminosos”, de Marinetti, lo cual resulta un poco extravagante, pues el Futurismo había terminado hacia 1916. Toscano prosigue en su ensayo:

De España leíamos, del pensamiento más radical y más inteligente que escribió [sic] sobre la vanguardia en la encuesta de la Gaceta Literaria, afirmaban en casi su totalidad que la vanguardia es una posición, una postura; no un arte, como en México quieren indicar los orientados. Bergamín, Giménez Caballero, Rosa Chacel, Moreno Villa, etcétera, sostenían que la vanguardia no tiene postulados. “Juzgo bien a la vanguardia, dice Moreno Villa, la considero beneficiosa por lo que irrita a la mediocridad, a la beocia, a la sensatez, a la banalidad y al snobismo [sic]”. Así como pretendemos nosotros a la vanguardia, como un gesto de rebeldía, pero nunca como una escuela.

Rafael López Malo hace una crítica sin reparo alguno hacia un autor más reconocido. Con un título de entrada desolador: “Desolación en el último libro de Renato Leduc”, el joven arremete contra la novela Los Banquetes en el número 7:

Después de leer “Los Banquetes”, quasinovela, nos queda la amargura en los labios. […] Parece que el autor se propuso ver todo a través de la intrascendencia. Después de su lectura quedamos deseosos de algo más firme, de alguna verdad.

En el texto “Anecdotario de un muerto”, escrito por Arnulfo Martínez Lavalle en el número 1 de Barandal, resulta obvio que el autor conoce bien al grupo Estridentista y sus particularidades al poner al maquinismo contra el romanticismo: “Mi compañero es un reaccionario. Aborrece el comunismo; el maquinismo (lo tacha de complicado) el amor libre (lo tacha de simple), le encanta Marte, la Luna, etcétera”. Más adelante los tiene por un grupo acabado: “En la tierra sólo viven los viejos y una familia que se dice estridentista”.

A lo largo de los siete números de Barandal, Enrique Ramírez y Ramírez participa con tres colaboraciones. De ellas destaca “La soledad en el mundo nuevo” en el que contrapone la idea de soledad en el hombre contra la imposición de un mundo de estructura colectivista. Raúl Vega Córdoba también tiene tres participaciones, una de ellas “Notas de juventud”, un texto que trata sobre cómo se ha asumido el tema de la Revolución entre los jóvenes. José Alvarado participa solamente con una colaboración en el último número de la revista. Su “Colocación sin colores” aborda el ámbito de la fotografía y el cine; temas que serán recurrentes en el trabajo periodístico de este autor. Sin afán de arriesgarse, al contrario de sus compañeros, elude el tono beligerante y agresivo.

Es Octavio Paz quien participa en el número 5 de Barandal con un texto que en el cual se asoman ya las ideas que marcarían su obra futura. Antes de abordar “Ética del artista”, es preciso considerar el contexto político y cultural. Con todo, y pese a su propósito de negar el pasado, la existencia de otros grupos provoca que los integrantes de Barandal se sitúen a favor o en contra. Es decir, les obliga cuestionarse sobre diversos aspectos literarios y decidir seguirlos o no. Un año después del fin del movimiento Estridentista en 1928, aparecen los Agoristas, que tuvieron su origen “en el estudio de las condiciones de intensa lucha social que predominaban en el mundo y se desarrollaban en México.” Los Agoristas se definían como una “intelectualidad expansiva en dirección a las masas”. (Ambas citas son de José María Benítez en Las revistas literarias de México, 1ª serie, INBA, México, 1963, p.152) Con este movimiento se empieza a difundir la idea del arte comprometido, ya que su interés central fue que sus particulares realizaran literatura y arte de contenido social para ponerlo al servicio de las mayorías trabajadoras.

Con la desaparición de los Estridentistas y los Agoristas, surge como continuador de sus ideas el Bloque de Obreros Intelectuales (BOI) que para difundir sus postulados crea la revista Crisol. Este organismo se propone, a través de su publicación, definir y esclarecer la ideología de la revolución respecto a la literatura: discutir o señalar problemas de interés nacional o internacional. Sobre todo, dan preferencia a los estudios sociales, políticos y económicos, sin olvidar otras ciencias y las bellas artes. (Benítez, p. 152)

Es así como se comienzan a difundir en México con más intencionalidad la práctica de una literatura y un arte comprometidos, que estarán en oposición con el arte puro, característico del grupo Contemporáneos. En 1931, en México, se funda otro organismo que se sitúa en favor de la literatura y arte comprometidos socialmente: el muralista David Alfaro Siqueiros, los pintores Pablo O´Higgins y Leopoldo Méndez y el escritor Juan de la Cabada crean la asociación Lucha Intelectual Proletaria (LIP) y su publicación Llamado, que sólo llegó a publicar un número. Su portada mostraba una mano que tira de un silbato de fábrica; también se organizan exposiciones pictóricas, por ejemplo la que se lleva a cabo en el Casino Español a cargo de Siqueiros. Para los fundadores de Barandal la aparición de estos grupos y el ambiente de la época contribuyen a que se formulen la siguiente pregunta: ¿Arte revolucionario o arte puro? Sobre las ideas que se manejaban en aquella época, Paz comentó en 1991:

Entre los poetas que leíamos con pasión en aquellos días [poco antes de los años treinta] estaban Paul Valéry y Juan Ramón Jiménez. Aunque sus ideas acerca de la “poesía pura” eran distintas y aun opuestas, ambas condenaban a la poesía ideológica y el arte de tesis. Pero hacia 1930 nos enteramos de que varios artistas más jóvenes y de talento habían abrazado con entusiasmo la poesía revolucionaria. […] Nos impresionó mucho la actitud de Auden, Spender y otros ingleses. Algunos intentaban superar la oposición entre revelación y revolución; André Breton, por ejemplo, afirmaba que, por sí misma, la revelación poética era revolucionaria. Todas estas ideas y posiciones nos llegaban de una manera confusa y fragmentaria. (Octavio Paz. “La casa de la persistencia”, Ínsula, núms. 532-533, p. 55)

Las ideas de Paz oscilaban entre estas dos posturas y, para definir su posición, escribe su primer ensayo titulado “Ética del artista”. Él mismo llegará a confesar más tarde que no sabía con claridad lo que realmente quería y pensaba cuando lo escribió:

Por una parte, admiraba a los poetas de la generación anterior —el grupo de la revista Contemporáneos, defensores de la poesía pura; por otra, sentía nostalgia por el arte de las grandes épocas que identificaba, por influencia de mis lecturas alemanas, con un arte y una poesía integradas en la sociedad: la polis clásica o la Iglesia de la alta Edad Media. (Ínsula, p. 55)

En el número cinco de Barandal, Paz propone en su ensayo las siguientes cuestiones:

¿El artista debe tener una doctrina completa —religiosa, política, etcétera— dentro de la que debe enmarcar su obra?, ¿o debe, simplemente, sujetarse a las leyes de la creación estética, desatendiéndose de cualquier problema?¿Arte de tesis o arte puro? (Ínsula, p. 55)

Comparando las características del arte de tesis y del arte puro, Paz hace el siguiente razonamiento: el arte puro está sujeto a las leyes de creación estética, el artista debe ser simplemente artista y la obra de arte sólo arte; mientras que el arte de tesis “pone toda su vida y su potencia al servicio de motivos extra artísticos. Motivos religiosos, políticos o simplemente doctrinarios, como el surrealismo” (Ínsula, p. 149) para el arte puro: “El arte no es juego. Ni política. Ni economía. Ni bondad. Es solamente arte”. (p. 148) Considerando la función del artista, con respecto al arte puro,

No existe ningún problema ético y humano que lo agite, en cuanto se relacione con su oficio y su vida como tal, a no ser aquellos que se refieren a los de su arte en particular y los problemas internos que él suscite, como el de las formas o el de la técnica. (Ínsula, p. 148)

Por el contrario, a los artistas partidarios del arte de tesis no les importa el “mérito técnico de su obra, sino el impulso de elevación y de eternidad que ella posea”. Mientras que en la práctica del arte puro el hombre “pierde toda relación con el mundo” y su arte es individualista por ser intimista, en el arte de tesis la obra es colectivista, ya que reúne bajo una misma postura política, religiosa, etcétera, a varios artistas.

Un aspecto importante del arte de tesis es la trascendencia de la obra en el tiempo, en tanto que puede tomar un carácter histórico; por el contrario, en el arte puro el hombre pierde todo sentido de humanidad trascendente porque le interesa lo que es exclusivamente artístico. Entiéndase que el arte comprometido o de tesis no abarca el llamado “arte de propaganda”.

En principio podría considerarse a “Ética del artista” como un manifiesto colectivo (sin embargo, al optar por un arte comprometido al servicio de una ideología o doctrina que lo pone en una posición subversiva ante el grupo de turno, los Contemporáneos), es evidente que la trascendencia de la obra en el tiempo y el espacio requiere de un poeta comprometido, precisamente, con trabajar en el desarrollo de una propuesta poética que abra las posibilidades de creación y cree nuevos referentes. Y de los Barandales sólo el joven Octavio estaba ya dispuesto a realizar su obra en esta línea.

Barandal fue la búsqueda de una posición que enmarcara al grupo de jóvenes dentro de la comunidad y los distinguiera de los grupos literarios que los antecedían. Definirse ante la diversidad de posturas requiere una maduración de ideas y conceptos, y colaborar en una revista permite a los Barandales entrar de lleno en un espacio de ejercicio. Además, las revistas son un recurso utilizado para darse a conocer y para estos estudiantes anónimos resultó el medio más idóneo para dar a conocer sus primeras creaciones.

En una primera impresión podría afirmarse que Barandal fue una revista con personalidad grupal: no había un director, sino un grupo de editores que promovieron su publicación. Sin embargo, resulta evidente que Octavio Paz actuó como el líder del grupo; además, mientras los otros colaboradores de la revista tomaron rumbos muy diversos, el joven Octavio fue fiel a su vocación como poeta, ensayista y editor de revistas. López Malo y Martínez Lavalle se dedicaron a la abogacía, Toscano también hizo carrera como abogado, antropólogo y crítico de arte, y José Alvarado se dedicó al periodismo. Como apunta Rafael Solana: “la generación de Barandal se extinguió, literariamente, como su efímera revista. Sólo habría un superviviente: Octavio Paz”. Hoy podríamos imaginar sin esfuerzo la figura solitaria y firme de un joven Paz de dieciséis años en San Ildefonso, recargado en el barandal del último piso, contemplando el mundo, reflexionando sobre el hombre, escribiendo.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Monterrey. Es egresada de la carrera de Letras Españolas por el ITESM, y de la Universidad de Navarra (Pamplona, España) en donde se doctoró en Ciencias de la Información. Ha publicado en Revista de Humanidades del ITESM y La Gaceta del FCE. Ha impartido las materias de Literatura Latinoamericana y Semiótica Aplicada. También ha estudiado Artes visuales (UANL). En su vida profesional alterna la pluma y el pincel.
Imagen del especial El joven Paz, Tierra Adentro.

No es lo mismo que las pasiones agiten

los cuerpos que las sombras.

Las siluetas tienen ausencia de complejos.

R.L.M

Rafael López Malo encabeza en la lista a los otros tres editores de Barandal: Octavio Paz Lozano, Salvador Toscano y Arnulfo Martínez Lavalle. Aunque los cuatros estaban atados desde su genealogía con la literatura por ser hijos de hogares cultos o de escritores, el primero tenía detrás el prestigio y la sombra de su padre, el guanajuatense Rafael López, amigo de Salvador Díaz Mirón. “Será gente de bien”, pensaban las familias de los estudiantes posrevolucionarios: serían los ingenieros y los hombres de leyes del país. Mientras, ellos escribían versos, notas y comentaban las filosofías de la época. También visitaban poetas. Cuenta Guillermo Sheridan que Salvador Novo le dio su carácter tipográfico a la publicación que sin duda era juvenil, fresca, balbuceante. Con ella habían pasado de la discusión interminable en el barandal del patio central de San Ildefonso al tiraje de cien ejemplares, y así a las primeras letras impresas: Paz Lozano, de diecisiete años, entregaría su primer ensayo “Ética del artista” para el número cinco. Barandal incluía apuntes sobre el arte de su época, opiniones políticas, reseñas de libros, retratos, burlas, relatos, poesía. De sobrio diseño, las páginas llegaron a verse animadas en un suplemento por la pintura de Manuel Rodríguez Lozano.

Dice el mismo Paz que la revista era de “tono beligerante”: Andrés Iduarte, que escribiría después las semblanzas de esos preparatorianos, recuerda que era una de las más ágiles de esos tiempos.  Los propios avisos de Barandal nos anuncian la cercanía con la brillante generación previa, la que tomaría el nombre de su revista Contemporáneos. Su perfil estético y político, sin embargo, tardaría en definirse. Con un ojo en Rilke y otro en Stalin, la personalidad de los colaboradores la volvía, por lo menos, ecléctica.  Acompañando al ensayo de Paz encontramos en el número de diciembre de 1931 “Tres poemas” de López Malo. José Luis Martínez los considera “hermosos”, yo los encuentro  medianos o malos. Podría salvarse “Límite”:

Por una estrofa ajena a tu persona,

por un alto huracán, que acariciaban tus manos,

por unas alas de oro, clavadas con poemas,

por todos los ojos abandonados a tu alrededor,

quizá por tu perfil guerrero y desorientado,

o por el uniforme polar de tus dientes,

Te encontré perdida

entre tantas y tantas figuras apagadas.

Aunque publicaría otros textos de intención poética, incluso en la revista posterior Cuadernos del Valle de México, Rafael López Malo era más perceptivo como articulista que como hacedor de versos, y tal vez por ello abandonó ese ejercicio pronto. En el número de septiembre de 1933, el primero de Cuadernos del Valle de México firmó “Un fantasma recorre el mundo”, con sabor de manifiesto, en el que declara su admiración por Rafael Alberti –y Maiakovski—, que bien puede ser la postura del grupo, que se debatía entre el arte puro y las simpatías comunistas. Declara: “Hemos encontrado [en Alberti] una poesía objetiva, una poesía del tiempo, una poesía que puede llamarse sin menoscabo, revolucionaria”.  Pero esa beligerancia no parece haber pasado a su propia obra poética. Resulta interesante, sin embargo, descubrir esas resonancias en Paz, sobre todo en el maduro.

López Malo era sin duda perspicaz. En sus notas sobre “Teatro y cine” ya prevé el impacto cinematográfico sobre la imaginación y la sensibilidad contemporáneas:

El cine es el Ulises de Homero. El teatro es el Dedalus de Joyce. El primero gira en un plano de sensaciones. El segundo, en uno imaginativo, de introspección. Viaja el Ulises clásico por todas las islas y los mares intangibles, como viajan nuestros sentidos en el cine por los contornos, por los volúmenes, por las orquestas. Dedalus viaja también, pero por laberintos de su conciencia. En el teatro, nosotros nos remontamos igualmente al universo de nuestro interior.  Ulises contaba con naves que lo llevaron por lugares nunca vistos. En el cine, con la fotografía, nos transportamos también a lugares inusitados. Dedalus, sin naves, se encierra en sí mismo. El teatro, sin el vuelo que alcanza la variación del punto de vista, desarrolla las encrucijadas del espíritu.

En este mismo texto del número 6 de Barandal llama la atención sobre Chaplin, y en el siguiente enfila su crítica a Renato Leduc. Poco más sabemos de López Malo, editor, articulista, poeta. Su amistad con Octavio Paz y su generosidad también lo rescatan del olvido.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Ciudad Madero, Tamaulipas, 1983) es crítico literario. Ha publicado ensayo y traducciones del portugués en diarios, revistas y suplementos culturales de México e Iberoamérica. Es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (UTEL Paso/Eón) y autor de Minuta, Apuntes y versiones (2007) y En una castaña: Poesía brasileña del siglo XX (2008).