Tierra Adentro
Casa-museo Salvador Díaz Mirón.

El árbol que emerge del muro de su parte posterior es lo más poético de la casa que habitara Salvador Díaz Mirón en Veracruz.

La casa, denominada pomposamente “casa museo”, está en la avenida Zaragoza, entre Esteban Morales y Mariano Arista, en Veracruz. Su ubicación fue crucial; cercana a construcciones de raigambre histórica y a sitios emblemáticos del acervo veracruzano. A una cuadra se yergue el Museo de la Ciudad; en la paralela a Zaragoza, en Landero y Coss, a espaldas de la casa, el Museo Marítimo, colmado hoy de marinos de ardor guerrero. En esa misma calle se ubica el actual Archivo de la Ciudad, en el que fuera Patio Vergara; en la esquina siguiente el Ilustre Instituto Veracruzano –del que Díaz Mirón fue alumno y posteriormente, a su regreso a Veracruz, director en 1922–. Metros más allá, en una explanada, las Atarazanas. El antiguo convento franciscano, hoy recinto del Instituto Veracruzano de la Cultura, se erige en la propia Zaragoza esquina con Canal. Diríase que esta manzana representa la memoria y el almendro cultural del puerto. A pocas cuadras aguardan los célebres portales donde Díaz Mirón escenificó violentos encuentros.

La fachada consta de una puerta de acceso y dos ventanas al estilo andaluz, grandes, con enrejado de madera trabajada por ebanistas. El suelo es de mosaicos estilo marsellés. La amplia estancia se ha convertido en una suerte de vestíbulo con un escritorio mortecino, al más puro estilo Printaform, como parco mobiliario. Como para acentuar que estamos en una dependencia de gobierno más que en la casa de uno de los mayores poetas de México, los muros se han pintado del color oficial de la presente administración, suprimiendo los anteriores colores: amarillo vainilla, blanco años atrás. Junto al escritorio, un vetusto ventilador que apenas si refresca a los encargados de cuidar la casa. Cuelgan de los muros carteles con poemas de Salvador Díaz Mirón, no los mejores, los más conocidos, aquellos cuya fama concitó el olvido de su autor como uno de nuestros artífices más puros y de los más osados poetas de la lengua. Para acentuar el carácter de dependencia de gobierno, junto a los carteles sin enmarcar, adornos patrios cuelgan de las puertas; enredaderas mustias pese a su brillantez. Si uno avanza por el pasillo que suele fungir de sala de usos múltiples verá una puerta, también cerrada, que da a un patio interior lleno de basura, de sillas desvencijadas, de muebles inútiles. Nada se sustrae a la vista, confiados en que pocos turistas se adentran.

Subí por la escalera para toparme con un presunto estudio. Una máquina de escribir desvencijada sobre un solitario escritorio y encima, pendiendo de unos ganchos, un retrato al óleo del poeta, agrietado, con trozos despintados. Al costado, una sala que alberga un taller de pintura municipal, también cerrado. A la izquierda del estudio se encuentra la única sala propiamente digna de visita. En una habitación espaciosa se ha ubicado una cama, con cuatro columnas de madera. Sillas de un dudoso estilo barnizadas gruesamente y un pequeño chaise lounge, un ropero cerrado, una vitrina con una vajilla desportillada e incompleta, supuestamente propiedad del poeta, un pequeño buró con reproducciones de efigies de Víctor Hugo, del padre del poeta y constructor de la casa, Manuel Díaz Mirón, completan el mobiliario. Todo exhala pobreza; no sólo los muebles en mal estado, no sólo las paredes de verde aguacate repulsivo, también la suciedad que rodea la única recámara. Nada refleja el ánimo del escritor, nada celebra la poesía. Pocas casas trasmiten tal desolación como ésta. Las habitaciones cerradas, convertidas en oficinas burocráticas, contradicen la pretensión de la casa museo. Diríase que hubiera vivido entre estos muros un poeta miserable, no el próspero y celebrado escritor que fue Díaz Mirón, figura de la sociedad local y hombre de vida decente, aunque en sus postrimerías se quejara de que las clases apenas le daban para vivir y, merced a sus arrebatos violentos concluyera, casi encerrado, sus días en esta casa.

Es paradójico que una de las casas del siglo XIX peor conservadas de la manzana sea la que se ostenta como casa museo. En rededor uno puede apreciar edificios contemporáneos en mejor estado, como el del número 65 en Landero y Coss. Incluso el llamado Edificio Matías, en su decorosa decadencia, emite algo del antiguo esplendor del que carece la casa de Díaz Mirón. Si uno quisiera imaginar cómo debió ser la vida, el entorno del poeta, aconsejo visitar el cercano hotel Mesón del Mar a la vuelta, en buen estado de conservación, con mecedoras a la usanza de la Cuenca –Díaz Mirón tenía una, como se aprecia en una fotografía de Joaquín Santamaría–, grandes macetas de hojas anchas y reluciente piso.

Salgo a la calle. Frente al inmueble se encuentra una casona abandonada. Un árbol ha echado raíces en medio de los muros. Se agitan las ramas con una exultación vegetal como si la antigua casa luciera un pompadour rebeco. Celebro el brillo, la pujanza de la naturaleza que persiste y no desdeña la pétrea superficie. Junto a la casa de Díaz Mirón hay una vecindad. Entro. Pese al sol meridiano, las aristas de los muros proyectan sombras y mantienen en penumbra el patio. Un hombre de edad indefinible y tez nudosa descansa sobre un sofá sin muelles. A sus pies una botella de cuartito de mezcal. Lo saludo; pido permiso para pasar. Quisiera ver qué veía Díaz Mirón desde su recámara, ya que el recinto que permitía otear desde su casa está cerrado. Subo por los cariados escalones de madera, el cielo azul se recorta sobre mí. Hay un cuarto entre la azotea y mi trayectoria. Una cofradía de teporochos parece sorprendida por mi presencia. Desando el camino y pregunto de salida:

—¿Cómo se llama este lugar?

—Vecindad de La Machincuepa —me dicen.

Lo más poético de la casa de Salvador Díaz Mirón son las ruinas que la rodean. Como todo Veracruz, sitio de ruinosa grandeza cuyo esplendor no parece interesar ni ahora ni en otro tiempo a sus gobernantes.

 

Fotografías de Héctor Juárez.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Poeta, ensayista y editor. Fundador y editor de varias revistas y publicaciones dedicadas a la literatura y la crítica del arte y la sociedad, la más conocida de ellas Graffiti (1989-2000). De su bibliografía mencionamos: La Construcción del Amor (ensayo; Tierra Adentro, FONCA, 1992; segunda edición, 2005); Vista envés de un cuerpo (poesía; Ficción, UV, 2000), Luz de viento (Fondo de Cultura Económica, Letras Mexicanas, 2006), Verano en la ciudad (Aldus/CNCA, La Torre Inclinada, 2006), La ciudad de los muertos (Fondo de Cultura Económica, Poesía, 2012). Dirige el periódico cultural Performance en Xalapa (segunda época).
Casa de Enrique González.

A sus diecisiete años, Enrique González Martínez no tiene aún cabida en los cenáculos literarios que agasajan a Manuel Gutiérrez Nájera en su paso por la Guadalajara de 1888. La cauda de El Duque Job esparce algunos brillos en la ciudad, para regocijo de sus vanidosos habitantes: “Puebla es simplemente monástica: es un confesor. Guadalajara es monástica y apasionada: es una mujer que se confiesa” (la memoria del joven Enrique preserva esta frase y se la entrega más de sesenta años después, cuando redacta La apacible locura, continuación de la autobiografía comenzada con El hombre del búho). A poco de haber ingresado a la Escuela de Medicina, luego de su paso por la Preparatoria del Seminario Conciliar, González Martínez ha ido publicando los poemas que ha escrito desde los catorce años, pero al celebérrimo Gutiérrez Nájera sólo puede divisarlo “fugitivamente” en esa visita a la que fue invitado “en ocasión de que la ciudad celebraba la inauguración de la línea férrea que la unió con la capital de la República”.

La impronta de la ciudad natal en los libros memoriosos de González Martínez es también fugitiva, y en buena medida cobra forma, apenas, como el borroso decorado para el encuentro de las numerosas presencias que pueblan los recuerdos —son libros atestados de gente––. Entre el final de los veinticuatro años tapatíos del poeta y la composición de El hombre del búho hay casi medio siglo: tiempo en que aquella ciudad queda constreñida en un puñado de elogios donde cierta pretendida ensoñación más bien enmascara un vacío: sin gran cosa que decir, dice: “Guadalajara era en aquellos años una ciudad limpia, sencilla y clara, con un provincianismo del mejor tono y con un ambiente de cultura digno de su historia y de su abolengo […] El clima suave, el cielo de color añil, la belleza de sus mujeres, el encanto de sus serenatas, la profusión de sus flores y el olor de la tierra bañada por la lluvia, completaban el cuadro de la vida tapatía”. Una postal inservible y consignada sólo porque no hay más remedio.

También los vestigios de la casa natal fueron desfigurándose hasta el punto de carecer de localización precisa. Ubicada en la calle Parroquia, que sería renombrada como el poeta en el centenario de su nacimiento (1971), la casa debió hallarse “en la misma acera de la Parroquia del Pilar y muy cercana al templo”, esto es: en la cuadra comprendida entre las actuales calles Madero y López Cotilla, en el centro de la ciudad. “Amigos generosos colocaron una lápida de mármol en el muro exterior de mi casa natal, ya reconstruida y modernizada”, anota González Martínez en el capítulo II de El hombre del búho. Pero, si en efecto estuvo ahí tal lápida, alguna alteración posterior la hizo desaparecer. Lo que hay, en cambio, es, tres cuadras al norte, una placa alusiva al centenario ya dicho y al nuevo nombre de la calle: en la esquina con Morelos, en un edificio francamente horrendo en cuya planta baja opera una papelería. (¿Pudo ser que el poeta confundiera la ubicación y la casa hubiera estado más bien aquí?) Tiene dos vecinos dispares esta esquina: un monstruoso estacionamiento cuyas seis plantas son otras tantas donas gigantescas de concreto (de ahí que algunos se refieran a él como “El Guggenheim” de Guadalajara), y el templo de Jesús María —de principios del siglo XVIII, como el del Pilar—, una sobria construcción, a la vez delicada y recia, en parte de cuyo claustro ha funcionado desde hace más de ciento veinticinco años el Instituto Luis Silva (donde estudió, internado, Juan Rulfo, luego de quedar huérfano).

Por la calle Enrique González Martínez transitan numerosas rutas del caótico transporte público de Guadalajara, y por ello es pasaje continuo de aglomeraciones vehiculares y de gente (salvo por las noches, cuando a cambio de los estrépitos del día la recorre una lobreguez que es mejor evitar). Salvo los templos mencionados, prácticamente nada merece que nos detengamos al ir por ella. La ciudad no supo preservar la casa del poeta, pero tampoco la memoria de éste parece haberse esforzado demasiado en conservar mucho (ni de su casa ni de su ciudad): tal vez ni una ni otra lo necesitaban.

 

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Citas de El hombre del búho y de La apacible locura, de Enrique González Martínez, tomadas de sus Obras completas (El Colegio Nacional, México, 1971).


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
nació en Guadalajara en 1972. Su libro más reciente es Las encías de la azafata (2010). Es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.@azotecarranza

Una noche de 1888, en la ciudad de México, al bajar de un coche tirado por caballos viejos y entrar al vestíbulo del Teatro Principal, Manuel Gutiérrez Nájera inventó la crónica moderna escrita en español. El Duque entregaba una crónica diaria a distintos periódicos, tomaba café en La Concordia y coñac en La Alemana. Su prosa era una cámara en movimiento, así retrató a la alta sociedad porfiriana en el acto de admirarse a sí misma. El hechizo de París, el sueño de una gran ciudad, la ilusión del progreso.

Años después, lo periódicos se disputaban sus artículos de vida cotidiana. En 1895, Daniel Garza y Gonzalo Garita emprendieron la obra que confirmó el aforismo de Victor Hugo: la arquitectura es el libro de la humanidad. Habían derribado la vieja casa de Rodrigo Albornoz, uno de los primeros predios de la ciudad, para construir el Centro Mercantil.

A unas cuantas calles del lugar en donde se construía el gran almacen, en la segunda calle de Monterilla número 13 (después 5 de febrero) vivió el matrimonio de Gutiérrez Nájera con Cecilia Maillefert. Fueron los años de la felicidad najeriana, una época dorada en la cual el Duque Job era capaz de mostrar la palma de las manos y describir en ella a la pequeña ciudad de México.

La familia mudó sus pertenencias a la calle de Sepulcros de Santo Domingo número 10 (República de Brasil 46), la casa en la cual una mañana de principios de 1895, en el baño, el diputado Gutiérrez Nájera se hizo con la navaja de afeitar una pequeña herida de barbero distraído. El hilillo de sangre tardó tres horas en detenerse.

Tirado en la cama, exhausto y temeroso, el Duque repasó los interiores de su casa mientras se apretaba contra la piel fomentos de agua tibia.

Algunas personas y lugares de ese tiempo en la vida del Duque: Luis G. Urbina, Carlos Díaz Dufoo, el joven José Juan Tablada, la redacción del periódico El Partido Liberal, el bar Nueva Orleans. Gutiérrez Nájera perdió en tres horas más sangre de la que perdió Porfirio Díaz en todas las batallas que libró en su vida.

La casa de Sepulcros de Santo Domingo se transformó en la casa de su muerte. En esos días, la influenza lo debilitó con fiebres altísimas. Al poco tiempo descubrió un tumor debajo del brazo, en la axila. Una junta de médicos discutía la forma de intervenir sin ocasionar una hemorragia fatal, el Duque Job era hemofílico.

El sábado 3 de febrero, Carlos Días Dufoo subió las escaleras adornadas con azaleas de la casa del Duque. En una esquina de la cámara, la señora Nájera, madre de Manuel, arreglaba la bujía que iluminaba su cuarto. La hemorragia había empezado. El 5 de febrero de 1895, todos los periódicos dieron la noticia de su muerte. Gutiérrez Nájera cerraba el siglo prosístico mexicano en una atmósfera de melancolía y promesas de sueños cumplidos.

Cuenta una leyenda que a punto de viajar hacia la sombra para abandonar el mundo de los vivos, todos recuerdan la casa donde ocurrió la infancia de la vida que termina. Si esto es cierto, Manuel Gutiérrez Nájera trajo a su memoria la casa de la calle del Esclavo número 2 (República de Chile 13). Así en una secuencia sin brillo pudo recordar la casa de la calle de la Palma número 4. Ahí vivió a los 16 años, en 1875. En ese tiempo, un relámpago de lujuria lo atravesó la noche en que su padre lo llevó al camerino de la actriz Adelina Patti. De ese encuentro surgieron tres de las grandes pasiones del Duque Job: el teatro, las mujeres y el periodismo. Siempre hay cuatro casas con sus calles, como puntos cardinales, en la vida, corta o larga. Las de Manuel Gutiérrez Nájera: Esclavo, Monterilla, Palma y Sepulcros de Santo Domingo. Me pregunto: ¿si uno camina por esas calles, un capricho del tiempo y del espacio nos permitiría seguir a un hombre de negro, bastón, sombrero y gardenia en el ojal?

Fotografía: Fondo Casasola / INAH / Conaculta / SINAFO.

Fotografía: Fondo Casasola / INAH / Conaculta / SINAFO.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Nació en la Ciudad de México el 21 de mayo de 1957. Narrador y ensayista. Ha publicado distintos fragmentos de una investigación sobre la prosa y el periodismo mexicano del siglo XIX, entre ellos destacan sus contribuciones de historia literaria sobre autores como Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano y ensayos sobre ambientes porfirianos, autores decadentistas y encrucijadas culturales de fin de siglo. Colaborador de La Cultura en México, La Jornada, Nexos, y Unomásuno.

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Ibant obscuri sola sub nocte per umbras: ascendíamos por la calle de Allende hacia el sur de Saltillo en busca de un bar. Estaban, entre otros, Ernesto Lumbreras, Jorge Esquinca, Hernán Bravo Varela, Claudia Luna, Román Luján, Luis Jorge Boone, León Plascencia Ñol: autores invitados al Encuentro Internacional de Poesía Manuel Acuña. En uno de los pasajes menos claros de la avenida, Miguel Gaona señaló una fachada cubierta por una añosa cortina metálica:

—Esa es la casa donde nació —dijo. Al principio creí que bromeaba. Pero no: esa finca semiderruida era, efectivamente, el hogar natal del autor de “Ante un cadáver”. Me gustaría decir, para homenajear la memoria del romántico, que el edificio se veía tétrico. Pero no. Apenas se diferenciaba de la clásica casita de interés social embargada. Lucía uno de esos recubrimientos de ladrillo ámbar propios de la arquitectura saltillense de mediados del siglo XX y ostentaba sobre la puerta principal un armatoste metálico que alguna vez fue el esqueleto del toldo de un negocio. Decidí regresar al día siguiente para ver el lugar con calma y luz de sol.

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El domicilio tiene dos números: Allende 394 y 394-1. Está situado ligeramente al sur del centro histórico de Saltillo, entre las calles Ramos Arizpe y Pípila. Fijándose uno bien, se nota en la parte superior, medio oculta por el espesor de la capa de ladrillos que se añadió a la fachada unos cien años después de la muerte del poeta, una vetusta inscripción en letras verdes: “En esta casa nació Manuel Acuña el 27 de agosto de 1849”. No fue colocada ahí por el gobierno coahuilense sino por la Sociedad Mutualista Manuel Acuña, un club de obreros y gente de clase media que desde hace casi un siglo sostiene una suerte de casino, gimnasio y baños de vapor en el mero centro de la ciudad. Es probable que la placa date de 1949, año en que se celebró el centenario del natalicio de Acuña. Es una fachada fea. No sólo porque está sucia y se nota abandonada, sino porque alguien tuvo la genial idea de convertir en cochera una de las antiguas ventanas, la del sur. Hay unas raras manchas cuadradas de pintura café al centro del edificio. No sé qué función bárbara cumplieron alguna vez, pero la casa se vería más bonita si en lugar de exhibir esos brochazos incoherentes estuviera cubierta de graffiti. Lo más decadente del conjunto es la suma de la cortina metálica y el oxidado armatoste de solera que recubren el antiguo zaguán. Más que parecer el hogar natal de un poeta, la casa hace justicia al hecho de haber sido la cuna de un suicida. No pude verla por dentro, pero me cuentan que está igual o peor de maltratada. Esto me lo cuenta Arturo Villarreal, director del Museo de la Revolución, especialista en patrimonio arquitectónico coahuilense y tal vez la única persona a la que le preocupa sinceramente el estado de deterioro de la casa de Manuel Acuña. —Estoy seguro de que la partieron —dice Arturo–—: cuando entras, se nota en la ausencia de los arcos del zaguán y en la forma de la viguería. La casa original debió ser mucho más grande. Yo creo que derruyeron por lo menos la mitad, la del lado norte. Me cuenta que los muros son de adobe. Me obsequia un plano de la planta arquitectónica actual pero me advierte: —No le hagas mucho caso: lo levantó hace unos años el INAH, así que está medio inventado. Yo creo que ni fueron a ver el edificio. Me proporciona también algunas imágenes del interior. Comparte conmigo toda la información que tiene, incluso una foto que muestra cuán distinta era la casa en el 49, durante el centenario. Le pregunto si puede presentarme con los propietarios actuales de la finca. Sonríe. —No sé si yo sea la mejor carta de presentación para hablar con ellos. Arturo Villarreal se acercó a los dueños de la casa a nombre del gobierno del estado de Coahuila con la intención de adquirir el inmueble. Pero, tras meses de negociaciones, el trato no se concretó. La Secretaría de Cultura puso en stand by el proyecto debido a la falta de recursos. Se prefirió invertir algunos millones de pesos en el Encuentro Internacional de Poesía y el Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña. Si me piden mi opinión, creo que el gobierno de Rubén Moreira Valdez está más interesado en este tipo de actividades que en la creación de infraestructura cultural. E intuyo que esto se debe, al menos en parte, al hecho de que fue precisamente la infraestructura la carta más fuerte que jugó en materia de política cultural su antecesor, Humberto Moreira. Comprendo la preocupación del gobernador de Coahuila de diferenciarse a ojos vistas del proyecto político desarrollado anteriormente por su hermano; percibo una estricta vigilancia de su parte en todo lo que tiene que ver con el gasto en obra pública. Aun así, lamento que la casa donde nació Manuel Acuña sea una ruina en tanto se organizan fastuosos eventos culturales a nombre del poeta.

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Hace calor. Llevo buen rato examinando, bajo un sol extenuante, la fachada de la casa de Manuel. Así que decido –son las dos de la tarde– tomarme una cerveza. Camino una calle hacia el norte, luego otra al poniente y doy vuelta a la derecha. Ahí está: la Sociedad Mutualista Manuel Acuña. Cruzo el portón, atravieso el amplio patio flanqueado a la izquierda por el salón de billar, sigo por el estrecho pasillo que limita con los baños y la cancha de básquet donde se hacen los bailes populares, entro al área de los baños de vapor –que están en el sótano– y, finalmente, llego a la cantina. Es una cantina seria, pequeñita, llena de hombres viejos y con una radiola primorosa. No se permite la entrada de mujeres, boleros, uniformados, etc. La botana es frugal y pobre, pero sobre todo deliciosa. Es una cantina de las de antes. Y está casi escondida: hay que ser saltillense y estar muy enamorado del centro de esta puta ciudad para conocerla. Mis amigos y yo le hemos dado a la cantina un nombre alternativo (o mejor: un nombre, puesto que no lo tenía): El Lugar De Los Grandes Eventos. Aquí venimos a beber cuando alguien llega al pueblo, cuando alguien se va, cuando alguien nace o muere. Aquí brindamos, por ejemplo, el día que falleció el compositor de música norteña Julián Garza. Entro. Me siento ante la barra –como hacemos tradicionalmente los solos–. Me pido una cerveza bien helada y pienso: “Este bar es la casa simbólica de Manuel Acuña. Este es el único recinto de Saltillo donde Manuel Acuña está vivo todavía”. Y me doy un buen trago. No sin antes brindar con el fantasma.

Fotografías de Susana Veloz


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(Acapulco, Guerrero, 1971) poeta y narrador. Su libro más reciente se titula Canción de tumba.

Nadie, casi nadie piensa en Rafael López. Ni recuerda que aquí, en Guanajuato, nació; ni que por 1901 robó o tomó prestados, indefinidamente, cien pesos de la caja de la tienda de su padre y, que con eso y la ilusión de una Turania en la mente, se fue a la ciudad de México a hacerse poeta, el de la “Venus de la Alameda”. Había sido convidado a la tertulia del bar y de la vida literaria del México de fin de siglo. El canto de sirena lo escuchó de un tal Rubén M. Campos, otro guanajuatense, quien lo invitaba en un poema a la ciudad de México. Le decía que se acercara a la trapa de Jesús Valenzuela, que había vino y era bueno. Él sabía, posiblemente, que sus ilusiones ya estaban encaminadas hacia el beso de la Quimera y se fue. Dio los pasos de López hacia la capital porque no le apetecía ese “hubiera” provinciano que le tocaba: “Si yo hubiera continuado en esta vida quieta y desenfadada, sería hermano de la vela perpetua y un excelente jugador de dominó, aunque seguramente amenazado por la cirrosis. Me gustaba la literatura y las inspiraciones artísticas son malas consejeras para perpetuar la tradición hogareña. Además, en mi discreta ciudad no se recibían los libros de Remy de Gourmont”.

Es difícil imaginar que el Guanajuato de fin de siglo era más neoclásico que barroco, y con los caudales de los ríos merodeando, siempre peligrosos, en agosto; sin calles subterráneas, ni ese hervidero con horarios que espera, con paciencia, el paso del transporte público; sin un cine Reforma que ahora es una tienda departamental. Es una bruma el encanto de las plácidas mañanas “empenachadas por los pompones escarlata de la bugambilia”; queda lejos el suspiro ante el solemne y amplio “patio solariego donde los rosales se inclinan sobre los senos de las fuente con el abandono oriental”. Y, aunque parece que esas calles estrechas, para carruajes y burros con carga de leña no cambian, sí que arrumban algo que luego aparece al fondo, como esperando a quien mire, a quien cuente otra leyenda de chinacos y mineros, a que alguien vuelva a decir que Guanajuato fue, durante mucho tiempo, una de las ciudades más ricas de México. También es un lugar donde se acumulan escenografías como esos escritorios donde se apilan libros y papeles y lámparas o cables; cuadernos y plumas, sobres y periódicos, o todo lo que cae al pasar y, guardan, sin saberlo nadie o casi nadie, tesoros, secretos, memoria de algo que pareciera no recordarse o no haber sucedido. Luego de enfocarlo suscita un descubrimiento, la fascinación, el estupor de hallar algo escondido que ha querido olvidarse detrás o debajo de aquello que los días han ido dejando caer. Así, detrás de un puesto de hamburguesas gigantes, si uno alza la mirada y se detiene un poco, puede distinguir una casona de dos pisos, neoclásica. Podrá echarse de menos una placa donde diga “aquí vivió o aquí nació el poeta Rafael López (1873-1943)”, pero algunos todavía lo saben. A mí me lo contó Mauricio Vázquez, que la casa es ahora un banco y dos farmacias. Es el cruce rumbo a Tepetapa para los que vienen del Mercado Hidalgo o arriban a la ciudad desde San Javier. Ahí se hace un nudo. Uno puede ver, todavía, en ese pasaje que en otro tiempo debió ser un puente, tendidos de xoconoxtles, flor de calabaza, maíz, gorditas de cacahuate o té de limón que ofrecen los marchantes de Guanajuato. Me hace imaginar que López paseaba por ahí, que caminaría rumbo al jardín Antillón y que, quizá, el silencio de ese otro siglo que tanto le aburría, ha ido suplantándose por vendimias de discos piratas y calzado directo de León, la ciudad cercana, donde confunden lo grandote con lo grandioso. Pienso que este lugar atrapa en un ensueño de candilejas al paseante, da la sensación de ser un bullicio inmóvil, una efervescencia algo asfixiante que empuja a huir o amarra con grilletes.

Puedo ver, entonces, a un transeúnte más que se agrega a la lista de los muchos que habrán escalado con dificultad el camino de la Alhóndiga al Colegio del Estado, que ahora es el Edificio Central universitario, o a los otros que debieron aprender a menearse como patos en cada subida de callejón, el del estudiante, de Púquero o Peñitas. Ha permanecido lejos de la provincia, se emancipó de la ciudad “no tan humilde como podría creerse, pues tiene el corazón de oro bajo un pecho de rosas, igual que una princesa encantada”. De quien hablo se llamó Rafael López y el tiempo se le ha echado encima y los viajeros pasamos de largo hasta que alguien, titubeando posiblemente, reconoce su nombre, López y sus pasos, y recupera de entre la memoria las señas de un sitio que se ha dejado de visitar hace tiempo pero que sigue ahí.

Las citas han sido tomadas de “La vida provinciana”, Crónicas escogidas de Rafael López., Col. Letras mexicana 101, FCE, México, 1970, pp. 149-150.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es autor de Eufemismos para la despedida (2013) , licenciado en letras españolas por la Universidad de Guanajuato y maestro en literatura mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

De entre las pocas construcciones del primer cuadro del centro de la ciudad de San Luis Potosí que en apariencia aún mantienen la dignidad de su historia casi intacta, destaca una en la antigua calle de la Sacristía de la Catedral, que actualmente ostenta el nombre del poeta potosino más insigne: la Casa-Museo Othón. Son recurrentes las versiones sobre el lugar de nacimiento de Manuel José Othón (14 de junio de 1858-28 de noviembre de 1906). Algunas tradiciones se contentan en señalar que fue a mitad del camino a Santa María del Río. Marco Antonio Campos lo desmiente apelando a criterios históricos y de sentido común –dar a luz a su hijo en el campo para luego bautizarlo dos días después en una capital en medio de una lucha fratricida, de levantamientos y contrarrevoluciones, distaba de ser lo más razonable para unos padres activistas políticos y de filiación conservadora como José Guadalupe Othón y Prudencia Vargas[1]–. Versiones más mesuradas oficializaron el domicilio de nacimiento en el 255 en la calle que ahora lleva su nombre.

La hacienda que data de finales del siglo XVII devino en museo a partir de 1966 y contiene, como toda casa-museo, los objetos personales, íntimos y de uso doméstico. Un lugar que pretende captar la nostalgia del pasado y revelar las instantáneas de una realidad, replicar el ambiente de la época y descifrar el impulso creativo del autor, eslabonar sus historias personales y conjeturar recuerdos familiares, despertar la reflexión benjaminiana y refundar anécdotas de quienes la habitaron: un extraordinario palimpsesto de la condición humana particular. Hay casas-museo que consiguen dotar de un aire mítico la figura de los escritores (en Finca Vigía, Hemingway; Isla Negra, Neruda; Fuente Vaqueros, García Lorca; Hacienda el Paraíso, Jorge Isaacs) y donde los objetos que las habitan son partícipes dinámicos del pasado creativo de los autores: establecen una correspondencia consecuente entre los objetos con la casa y con la historia personal.

La Casa Othón, rescatada de particulares e inaugurada como centro cultural en 1966, consta de ocho salas permanentes y apenas una temporal. En una de las piezas hay un escritorio rústico y una máquina de escribir Underwood –usada más por los vanguardistas y poco frecuente entre poetas finiseculares–, en otra una cama de latón oxidada y un sencillo ropero con dos lunas. En una biblioteca modesta, donde sesiona uno de los talleres literarios más importantes del estado con veinticuatro años de antigüedad, uno esperaría hallarse un estante con libros empolvados de Víctor Hugo, Virgilio, Horacio, Núñez de Arce o Lord Byron que muestren la simiente de Poesías (1883), las lecturas de cabecera que inspiraron y sobre las que se soportan Los poemas rústicos (1902), o los espacios que orillaron al tedio y a la consecuente dipsomanía del poeta. La casa de Othón carece de eso. Un cúmulo de muebles anacrónicos, cámaras fotográficas del siglo pasado, un juego de sala de manufactura posterior al siglo XIX, fotocopias descuidadas (no facsimilares) de documentos colgadas injustificada e indiscriminadamente y sin curaduría son parte del mobiliario. Hay, parcialmente, una justificación a todo esto: esa voz que cantaba “en la profundidad de los bosques ignorada” vivió aquí hasta los seis años; el resto de su vida y de su obra fue itinerante, sin domicilio fijo, es decir, “un periplo de la melancolía”. ¿No existe, entonces, alguna huella real de Othón en esa casa? Como lo advirtió Marco Antonio Campos, detrás de una de las vitrinas hay una cartera de piel con un timbre de 1906 y un relicario del Sagrado Corazón, un boleto de tranvía y un mechón de pelo de su esposa Josefa Jiménez. Su cartera gastada es el único vestigio auténtico de su vida: “el símbolo triste de su fausta pobreza”.

Poco atractiva para el turista, casi nada reveladora para alguien interesado en historiar, salvo por sendas placas en bronce con extractos grabados del “Idilio salvaje” o “La noche rústica de Walpurgis” y una sala de epistolarios donde se encuentra el rostro en yeso tomado directamente del poeta en su lecho de muerte, la casa-museo es sólo un modestísimo esbozo de homenaje a quien es, quizá, el poeta mayor más importante del siglo XIX mexicano.

Fotografías de Pablo Melgoza.

 


[1] Al parecer la torta bajo el brazo que todo optimista padre confía que su hijo trae no fue el caso de los Othón Vargas. El bautizo a las dos semanas de nacimiento del poeta fue de saqueos, vejaciones y sangre por parte de las tropas liberales que agresivamente entraron a la ciudad.

 


Autores
Adanista no por fundacional, sino porque estudia la obra del poeta peruano Martín Adán; ferdydurkeanamante transita la vida con la agonía propia de incumplir los plazos del posgrado en Literatura Hispanoamericana de El Colegio de San Luis Potosí, México.

A veces el azar provoca agradables casualidades, pensé al escuchar de pronto el tañido de campanas de alguna iglesia cuando caminaba por las calles de Lagos de Moreno en busca de la casa donde vivió el poeta Francisco González León. Y sonreí también con aquellas sonoridades, ya que el poemario más conocido y famoso de este escritor laguense  se titula, Campanas de la tarde.

Después de preguntar en la Casa de Cultura por la casona (finca) del “ermitaño de Lagos”, como lo nombraba su amigo Ramón López Velarde, la localicé. Si bien perdió el destino habitacional, subsiste gran parte de su originaria fachada con jambas de cantera que enmarcan las puertas y los ventanales aún de madera. Y esto se debe gracias a la privilegiada ubicación que mantiene; a un costado de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y frente a la plaza principal del centro histórico de la ciudad. Hoy se ha convertido en el hotel La Troje y otros pequeños locales comerciales, y a principios de los años sesenta la ocupó una sastrería, pero es posible ante su fachada imaginar al solitario poeta desde aquel balcón de herrería forjada evocando la vida pausada y monótona que transcurría a inicios del siglo XX, como lo describe en su poema que Panoramas:

Panoramas de la mañana que alcanzo desde mi ventana. Sillares y molduras de la iglesia que se detallan por lo tan cercana. Mañana ventosa que en el arbolado de la plazuela combina en los ramajes muecas y caras, risas y cabeceos, cual si fueran los de un corro de vecinos en chismorreos. Unas golondrinas violentas platican sobre una cornisa; y bajo el alero se engríe un panal, que tiene la traza, como de campana de papel de estraza… Y aturde en la torre una otra campana;
(pero de verdad: una vieja esquila que tiene voz de chiquilla y un siglo de edad.) Repica y se aloca, voltigea y toca, de prisa, de prisa, pero tan de prisa, que la vieja loca se ahoga de risa… No sé qué prefiero: si el panal callado bajo del alero, si el cinematógrafo del arbolado, o si de la esquila la prisa y la risa dentro del campanario de torreón longevo, y que así me aclara la impresión precisa de loca gallina que se escandaliza porque puso un huevo…

Por distintos textos que he leído me entero que González León fue un hombre de personalidad refinada, ceremonioso, en extremo modesto, algo huraño, romántico y demasiado tranquilo. Que vistió invariablemente trajes negros y mantuvo una vida monástica, casi franciscana. Y su biblioteca personal apenas constaba de unos ciento cincuenta libros y los únicos viajes que llegó a emprender ocurrieron a la ciudades de León y Guadalajara, donde estudió seis años para titularse de Profesor en Farmacia, y ya siendo octogenario sólo una vez se atrevió visitar la capital del país.

Tan enraizado era a su terruño que desde su matrimonio, en 1898 con Petra Antuñano y por 47 años, González León habitó esta misma casona dividida en dos: al frente, sobre la calle Miguel Leandro Guerra estableció su botica “La Luz”, que en horas de mayor actividad comercial más de las veces permanecía cerrada porque en su interior ocurrían animadas tertulias literarias con escritores amigos como Mariano Azuela, Bernardo Reina o José Becerra. Y hacia atrás, a inmediaciones del ex convento de las Capuchinas, en la calle Pedro Moreno y con el número 3 que poseyó mucho tiempo y hoy es el 446, permaneció el hogar donde vivió siempre y murió el poeta-boticario de Lagos. A este domicilio llegaba el cartero para entregar revistas literarias venidas desde Francia, España, Sudamérica, de la ciudad de México, Guadalajara o Monterrey; libros de escritores de la llamada generación  del 98, sobre todo de Azorín; o las obras que iban publicando Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Amado Nervo y Enrique González Martínez.

Fotografié ambas fachadas de la casa para registrar su presente existencia y luego me senté en una de las bancas de metal que rodean la plaza principal. El cielo mantenía un azul intenso y las nubes se desplazaban lentas, traté de imaginar las calles empedradas como por largo tiempo lo fueron, alguna carreta traqueteando por ellas, el sonido de las campanas marcando el tiempo y al poeta Francisco González León regresando a su casona después de una de sus acostumbradas caminatas, con las manos unidas a su espalda como solía siempre hacerlo. Pero no fue posible, en ese momento los cláxones de unos automóviles comenzaron a sonar por un camión que descargaba unos muebles y les impedía el paso. Decidí dejarme de ensoñaciones y comencé a buscar un buen sitio para comer, pero en cada paso emprendido deseaba que las campanas volvieran a tañir con aquella nostalgia del pasado ya perdido.

Fotografías de Godofredo Olivares.


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
(nace en Morelia, Michoacán) odontólogo de profesión y escritor por pasión, radica en Guadalajara, Jalisco desde 1979. Ha sido conferencista literario, maestro de talleres de narrativa, jurado de premios literarios nacionales e internacionales y colaborador en distintas revistas como: Universitarios , Viceversa, Trashumancia, Luvina, Tierra adentro, Biblioteca de México, Paréntesis y Tragaluz. Ha sido columnista de varios periódicos locales y nacionales: de abril de 1995 a agosto de 1997 escribió “El Arcón”, una columna dominical en la sección de “Vida y Cultura” del desaparecido diario Siglo 21, misma que continuó apareciendo en páginas de la sección, “Arte y Gente” del periódico Público, hasta julio de 1999. Después escribió ensayos breves para el mismo Público, en un apartado llamado “H-ojeadas”. Y con el título de “Complicidades Literarias” colaboró para el suplemento sabatino Expresso del diario Correo de Hoy de Guanajuato. Durante los años 2002 a 2004, fue coordinador del taller de narrativa en la Casa Museo López Portillo y desde enero del 2005 a la fecha dirige el Taller de Narrativa Amparo Dávila del Ex Convento del Carmen en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Actualmente colabora en distintas revistas literarias y programas radiofónicos. Fue consejero editorial de las desaparecidas revistas culturales: Tragaluz y Antárica literaria.
Posible ubicación de Luis G. Urbina.

Del embarcadero de La Viga partía un paseo empedrado que iba a un lado del canal que llegaba hasta el Zócalo de la ciudad. La Viga, sobre todo en la primavera, se llenaba de trajineras llenas de flores. Era el lugar donde las clases bajas iban a pasear y las personas bailaban el jarabe sobre las lanchas, entre flores y música. De La Viga al Zócalo hay casi dos kilómetros y el paseo desembocaba en la Real Acequia, en el costado sur de Palacio Nacional. Aunque a mediados del siglo XVIII, la calle Acequia (hoy Corregidora) fue empedrada, fue el lugar por donde las mercancías llegaban a la capital. Ahí nació Luis G. Urbina, el 8 de febrero de 1864, en casa de su tío materno, José Gerardiño. En realidad se desconoce la localización exacta de la casa, pues no aparece en el acta de bautismo. Gerardo Sáenz, el mejor biógrafo del poeta, dice que en ese tiempo no hubo registro civil porque la capital estaba bajo el dominio del ejército francés. Si se sabe que nació en esta calle es porque él lo dijo en una de sus crónicas. Y tuvo que ser en una de las tres cuadras de la calle de Acequia porque eran las que le correspondían al Sagrario. En la primera no, porque está Palacio Nacional, y del lado sur se encontraba la Plaza del Volador y la Universidad Pontificia. Pero en la segunda o en la tercera calle, pudo estar la casa de ese tío materno, al cual recordaba Urbina por ser un jugador malhumorado que alternaba entre la miseria y la riqueza. Qué lástima que no se pueda saber exactamente en qué casa. Como tenemos cierta debilidad por las placas, ahí podría estar una recordándolo. Son siempre buenos pretextos para meditar, pesadas como son sirven como un ancla para el pensamiento, para atar a los personajes con sus calles diarias. Pasaría el mundo, y el poeta permanecería impasible en su sitio. Quizá no sea tan bueno para los fantasmas, pero sí para los que disfrutamos con estas señas. Siempre son un buen pretexto para carraspear e interrumpir al guía de turistas: hablar de la madre, de origen indígena, y de su padre de ascendencia vasca, y de cómo ella murió en el parto; de cómo el doctor Enrique González Martínez describe a Urbina, en sus memorias, como: “feo sin atenuantes”.

Y reflexionar sobre la tristeza ancestral del poeta de “la vieja lágrima”, como le decían por su poema. En su corazón oscuro y solo, el poeta oía caer lentamente, desde hacía siglos, una lágrima. Ya había sufrido todas las tristezas, había llorado y su alma había quedado seca, sin embargo una lágrima seguía brotando como la gota que trasmina por la roca. Por eso escribió: “Es de notar que si algo nos distingue principalmente de la literatura matriz, es lo que, sin saberlo y sin quererlo, hemos puesto de indígena en nuestro verso, en nuestra casa, en nuestra música: la melancolía”. Su madre indígena, los indígenas que pasaban diariamente por la calle de Acequia, con sus rostros de tristeza. Muy bonito. Y todo esto, frente a una casa en la que prácticamente no vivió, pues fue criado por su abuela materna, doña Joaquina Gerardiño, en la calle del Carmen 13 (hoy Correo Mayor). La abuela era encargada de custodiar una especie de bodega en donde se guardaban objetos y libros de las monjas del Convento del Carmen. Ahí creció Luis, entre la soledad, la pobreza y el mal carácter de su abuela. Quizá por eso poeta no sabía ver la felicidad. Más bien, miraba la tristeza que hay detrás de la felicidad. Aunque era en realidad alegre y uno de los grandes conversadores de su tiempo. Naturalmente, todo sus textos sobre la tristeza sólo son palabras. Y las palabras construyen el yo profundo de un poeta. Perdón… Sólo divagaba sobre la placa inexistente de la casa perdida del poeta. Pero lo hacía en honor a uno de nuestros grandes divagadores literarios.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
es ensayista y editor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (2005-2006). Es autor de los libros XEW. 70 años en el aire (Clío, 2000). Escribió con Guadalupe Loaeza la biografía de Agustín Lara, Mi novia, la tristeza (Océano, 2008) y con Miguel Capistrán la antología de poemas sobre la Revolución Mexicana El edén subvertido (INBA-UANL-Jus, 2010). Asimismo, hizo la edición de las Canciones de Agustín Lara (Océano, 2008). Publicó la primera edición de los ensayos de la escritora Elfriede Jelinek, La palabra disfrazada de carne, en Ediciones Gato Negro, en donde es director editorial. Desde 2002 conduce en Radio Red el programa de investigación musical Amor perdido. El Fondo de Cultura Económica publicó su libro El ocaso del Porfiriato. Antología histórica de la poesía en México (1901-1910) (2011) y la UNAM sacó su Antología general de Rubén Bonifaz Nuño (2011), una compilación autorizada por el poeta veracruzano. Sus blogs son: "Cabeza de borrador" en la revista Gatopardo (2011) y "Quémese después de leer", en la revista Variopinto (2013). Recibió el Premio Pagés Llergo de Comunicación 2010. Es coordinador del Catálogo de Música Popular Mexicana de la Fonoteca Nacional desde 2011.