Caminar la ciudad para interactuar con ella. Caminar la ciudad con —y más allá— de la idea del flâneur, caminar la ciudad como elemento de la movilidad, caminar la ciudad cotidianamente como respirar oxígeno, caminar la ciudad como espectadora, caminar la ciudad para reconocer en ella el movimiento corporal-mental, caminar la ciudad para observar sus adaptaciones: el quitar o poner objetos, casas, edificios, de acuerdo las condiciones mediatico-climáticas: escenográfica; caminar la ciudad para vernos en los otros. ¿Pero, qué se hace cuando no se puede caminar una ciudad?
Luego de una pausa para pensar esa respuesta pienso en el transporte dentro de esta urbe: autos, camiones, autobuses, motocicletas, tráilers, bicicletas, carromatos, calafias, taxis libres y taxis colectivos. De las posibilidades enunciadas, en Tijuana he utilizado todas excepto tráiler, bicicleta y carromato. Dado que no sé conducir, siempre en he ido como usuaria o copiloto. He de decir que el taxi libre corresponde al servicio personalizado, donde nadie más que el usuario que hace la parada o llama a la central, puede utilizar la unidad. El taxi colectivo es el sistema de transporte más común utilizado en Tijuana, quizá alternando con calafias y autobuses. Las calafias son pequeños camiones que trasladan un aproximado de 25 personas y recorren rutas donde ni camiones grandes o taxis colectivos llegan.
Durante trece años he utilizado el sistema de taxis colectivos casi a diario. Exceptuando las veces que amigas o amigos me han llevado gentilmente en sus autos, o las veces que no he salido de casa, los taxis colectivos han sido mi medio de transporte y cada vez una novedad. Sólo un par de veces antes había tenido una experiencia similar, y eso fue antes de venir a vivir a Tijuana. Sucedió en 1996 y la segunda en el año 2000, cuando visité La Habana. Fue durante esas visitas, cuando tuve la oportunidad de participar de esta manera de transporte. Como en La Habana era una turista, no pude evitar sentirme como tal y vivir la experiencia bajo un filtro más distante. Sin embargo, algo tenía claro: el turismo no usa ese sistema de transporte allá.
Aterrizar en Tijuana luego de haber vivido todo el tiempo en una ciudad caminable como Cuévano (Guanajuato según don Ibar) fue un contraste, digamos, bastante marcadito. Sólo años después he logrado comprender la incidencia de esos contrastes en mi vida a través de una particular forma y filosofía de vida. Pero ello atiende a subjetividades y no es la intención ir tanto por ahí, entonces vuelvo al punto: ¿Qué pasó cuando observé que en Tijuana era imposible caminar la mayoría de sus calles? ¿Qué pasó cuando subí a la famosa “guayina” en 2001, único medio en taxis colectivos en aquel entonces? Me di cuenta que podía ver la ciudad como si fuera una película incluido el soundtrack.
Las “guayinas” eran unas vagonetas modelo Guayín Ford 1979. Generalmente, destartaladas dado el uso. Trasladaban a 9 personas, haciendo un total de diez al incluir al chofer. Siempre que podía subía a la parte de atrás pues era ahí donde una iba sentada, semi-hundida, de espaldas a los demás usuarios, observando a la ciudad desde el rectángulo-ventana. En ese entonces aprendí a dividir los bulevares de acuerdo a los colores de sus taxis: Bulevar Rojo era el que cruza la ciudad en sentido horizontal y que corresponde al Bulevar Aguacaliente (el cual cambia de nombre en diversos tramos) y el Bulevar Verde, que también cruza horizontalmente la ciudad pero por la zona del río, esto es, el denominado Bulevar Sánchez Taboada; Una ruta favorita en aquél tiempo es la que lleva hacia la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), cruzando la colonia Postal, pues tiene unas vistas espectaculares además de emblemáticas geografías como lo es Lomas Taurinas. Ejem.
Subir a un taxi rojo o a un taxi verde —hoy por hoy modelos minivans desde 2006— (o a los azules con blanco, morados con blanco, dorados con blanco, todo depende de la ruta) incluye aprender a reconocer el circuito sonoro de la ciudad. Generalmente por las mañanas, las radiodifusoras californianas vecinas suenan con mayor prestancia. Me gusta subirme a un taxi colectivo y que suene una rola de Grateful Dead, The Allmand Brothers Band o Supertramp. Aprendí a escuchar con analizable perspectiva música que jamás iba a escuchar de otra manera dígase corridos o música grupera o ya entrada en gastos: al fatídico Buki. Aprendí a escuchar también este muy tijuano circuito sonoro a través de los acentos y “cantaditos” de los usuarios, el tono variable de los idiomas a veces entre spanglish o mezclas diversas: nunca falta un gringo que no habla una palabra en español, o una china que sí habla español pero se entiende como si fuera… sólo chino. Esto en cuanto a sonoridad pero los temas de conversación, ¡Ah, los temas de conversación entre usuarios de un taxi colectivo! Merecen nota aparte.
Pareciera que el rock ya no puede ser incómodo y filoso
A nivel global lo que priva es la supuesta corrección política y una manera hipócrita de tratar las cosas. Se busca alentar una fingida decencia y un discurso pacato lleno de eufemismos. En la música no es la excepción. Pareciera que el rock ya no pudiera ser incómodo y filoso. En la mayoría de los casos pudiera pensarse que ya no late en él la llama de la provocación lucida y lúdica; que le han limado los dientes y que ya no suelta dentelladas.
Tenemos que pensar en alguien como M.I.A. para dar con una figura del hip hop global que no le tiene miedo a referirse a la política o bien conformarnos con el sainete mediatizado de las Pussy Riot. Y cuando nos referimos a la música que se canta en español el asunto parece complicarse —no abundan las referencias—. Tal vez sea Loquillo una presencia constante a la que no le da miedo patear el edificio del poder. En los meses cercanos podemos encontrar a un par de bandas, como León Benavente y Triángulo de Amor Bizarro y no mucho más. Podría pensarse que viviendo en una crisis tan profunda como la que sacudió —y aún sacude— a España, los músicos prefirieron replegarse hacia otros tópicos y no correr el riesgo de generar letras que pudieran llegar a rayar lo panfletario.
Pero al parecer en Asturias todavía no les viene en gana dejar de dar la batalla. No olvidemos que Nacho Vegas es la figura más insigne de por aquellas tierras y que tras el movimiento callejero en contra de las medidas del gobierno, decidió encabezar una iniciativa cercana a la canción reivindicativa y que trajo consigo la aparición de un compilado como el de Fundación Robo (2013) (con licencia Creative Commons y 28 temas), en el que no hay reparos para hacer reclamaciones hacia las instancias oficiales.
Aunque todavía podemos decir que han sido moderadamente respetuosos en su discurso o bien no se han tirado tan a fondo como lo ha hecho un músico conocido como Pablo Und Destruktion, quien tras haber salido a rodar por el mundo ha regresado a un pequeño pueblo asturiano para desarrollar un proyecto lleno de textos inflamados de rencor e inteligencia que insistentemente ha sido comparado con lo que hacía, nada menos, que Nick Cave en su periodo berlinés —un momento de gran calado artístico—.
Este hombre ha decidido combinar la vida rural, los trabajos duros y una propuesta centrada —en su segundo disco— en un rock áspero, chatarrero y peleón. Se trata de alguien al que le duele la depauperada situación por la que atraviesa su país, que se asoma a la pobreza y a la inferencia de la clase gobernante y la monarquía delincuencial. De hecho, con su material echa también un vistazo al pasado asturiano y da cuenta de la ruina –en un amplio sentido- que está corroyendo a su región. En la red coloca sus crónicas asturpsicodélicas en las que revisa a través de música y texto todo aquello que le interesa, al tiempo que expone la historia familiar:
Yo pertenezco a la típica saga asturiana: abuelos de monte que empiezan a trabajar a los 10 años y a matar a los 16, (mi abuelo paterno acabó luchando en Rusia y ganando dos cruces de hierro, ya os lo contaré en otra ocasión) cuando acabó la guerra se metieron en la mina con su consecuente bajada del monte a la Cuenca Minera, donde concebirían a sus vástagos, mis padres, que una vez crecidos se irían a Oviedo y posteriormente a Gijón, para aprovechar las oportunidades laborales de una emergente ciudad provinciana. En ese ambiente próspero que pasaba de las cabras y la sangre al profesorado y la carrera comercial nacimos mi hermana y yo.
Con la juventud a cuestas se marchó a la capital, recorrió algo del continente y luego se instaló en Berlín, en donde consolidó su relación con su actual pareja, la cantautora de origen alemán Fee Reega, con la que suele salir de gira. Pero las condiciones de la industria de la música no son fáciles y apenas permiten a unos cuántos vivir de la profesión. Así que Pablo dio cuenta de sus siguientes pasos: “Las arrugas, las entradas y mi fuerte olor corporal me acabaron convenciendo de que ya no era un niño, sino un paisano, y mandé al carajo mis expectativas de integración social y entretenimiento para volver a Asturias a afilar palos y soltar “cagamentos” hasta desaparecer”.
Y es que tras un primer disco de psicodelia low-fi al que nombró Animal con parachoques (Woodland, 2012), se concentró en 8 canciones más rabiosas que nunca y con una severa crítica a ese podrido costumbrismo hispánico. A propósito de uno de los primeros temas dados a conocer, “Pierde los dientes España”, agregó: “Nuestro país solo se entrevé entre el sainete y el melodrama”. Pablo no se siente cómo un heredero de la parte comercial del rock and roll —que viene de Elvis—, pero allí están esas guitarras ruidosas y descargas de noise que acompañan a una versión mutante del folklore asturiano (“Ahora que nadie te quiere yo a ti me entrego”).
Así es como en Sangrín(Discos humeantes, 2014) da con temas que escupen más verdades que la columna socio-política más ardiente del periodismo actual. Desde la inicial “El aire puro” (basada en un fragmento de “Esparcid mis cenizas en Eurodisney” de Rodrigo García) al cierre —tan hispánico— con “Nadie quiere al Rey Pelayo”. Por momentos nos hace recordar a lo más inspirado de Javier Corcobado —con grandes pasajes recitados- y el acompañamiento de una banda de rock tabernera y crepitante:“Pierde los dientes España, y pierde el cabello. Sabes que fea y calva es como te quiero”.
Se trata de un disco que pareciera parido por una especie de Miguel de Unamuno anarquista o un Benito Pérez Galdós dedicado a colocar bombas bajo los puentes del Ferrocarril; no en vano tiene una canción titulada “Limonov, desde Asturias al Infierno”, en la que alude al combativo poeta ruso tan en boga por la novela de Emmanuel Carrère, y en la que plantea la idea de construir un túnel para conectar con Moscú y abrazar llorando la momia de Lenin y emborracharse. Pablo G. Díaz –su nombre de pila- no deja de ser un atento observador social: “A nosotros nos ha tocado vivir el crisol del mundo en red y el fin de las ideas, las religiones y las disciplinas artísticas tal y cómo existían en el mundo industrial. Yo no sé muy bien hacia dónde va lo que hago, pero creo que mi ansiedad bipolar encaja en el mundo que habitamos”.
Ahora radicado en la aldea de Morvís, en Villaviciosa, se empapa del trabajo rudo en la tierra de la Sidra y recrudece su manera de entender la música. Se erige como una especie de crooner campesino que ha preferido cambiar los cabarets oscuros por los tupidos bosques de manzanos. Aun así no deja de pelear, y lo hace con esa voz profunda y grave, que se va desgajando lentamente, y luego cede su lugar a la acometida de furiosos coros cuasi militares. Allí están “Pecho para enfriar balas” y “Por cada rayo que cae” para librar batallas desde la lírica y la electricidad (pero también hay cabida para cuerdas y piano).
Sangrín aparece en un tiempo en que el rock da visos de que ha perdido su peligrosidad, en el que ya no se puede alzar la voz y lanzar improperios. He allí su mérito. Si ponemos atención no todo en España es mansedumbre musical; contamos con Za! y Ginferno y los saxos del averno, por citar dos ejemplos. Todavía se puede ser irreverente sin menospreciar el pasado, al humor más negro y la reflexión más punzante. Aquí hay Rock, poesía y autenticidad.
La vida de una obra de teatro es muy incierta, se escribe con todo el corazón dispuesto para la escena, pero el camino del texto hacia el escenario es una carrera de resistencia en donde la fe y el amor a veces no es suficiente. Muchos escritos valiosos descansan en los archivos de una computadora esperando su momento, momento que quizá no llegue porque requiere recursos, instalaciones, dinero y un sinfín de pequeños puntos a llenar en un cronograma de trabajo que lo vuelve una misión difícil y a veces imposible. Es una tristeza pensar que obras entrañables no verán la luz o el oscuro final lleno de aplausos.
Por eso, cuando se abren caminos accesibles, es obligación del teatrero festejar. Afortunadamente en los últimos tiempos han aparecido dos fenómenos notables:
El primero es el teatro breve, con textos de no más de 15 minutos, lo que reduce costos de montaje y ofrece al espectador un abanico de posibilidades en una y media, con textos regidos por una temática en común y que brindan a autores, directores y actores el espacio para mostrar constantemente su trabajo.
Para muestra tenemos la compañía Davar, que lleva varias puestas en escena en el Foro Shakespeare, todas afortunadas y que año con año abre su convocatoria para formar nueva programación; así como el proyecto Microteatro, del que ya he hablado y que rápidamente se está posicionando en el gusto del público.
El segundo fenómeno es la lectura dramatizada, que ha dejado de ser parte de ferias de libro teatrales y muestras de dramaturgia para consolidarse como un espectáculo programado en teatros a lo largo del año. Al menos una vez el dramaturgo puede escuchar si la obra corre bien en voz de los actores, si el ritmo es el adecuado o si la estructura en general es la correcta. En pocas palabras, es el momento idóneo para afinar detalles o decidir que se necesita una “cirugía mayor”.
En esta temporada tuvimos y tendremos varias oportunidades de estar en contacto con el trabajo de diversos escritores gracias a estas lecturas dramatizadas. El teatro El Milagro concluyó un ciclo de dramaturgia de los Estados en el que pudimos escuchar, entre otras, las obras de dramturgos del interior de la República como Jaime Bañuelos, de Aguascalientes, quien presentó “Quema en los campos de trigo”, y Carlos Iván Córdova, de Sonora, premio nacional de dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo 2013, que participó con el texto “Conveniencia”, su segundo texto terminado. Este último aborda un misterioso asesinato en un Oxxo, mediante una estructura dramática no lineal, que por la manera en la que entremezcla las escenas resulta atractiva.
El 12 de febrero comenzó un ciclo de lecturas dramatizadas coordinado por Tepalcate Producciones, de Gabriela Ynclán y María Antonieta Valle, en donde nueve escritores mostrarán su trabajo a quien desee escucharlo, cada miércoleshasta el 19 de marzo.
No es de extrañar la participación de Gabriela Ynclán en este evento, quién se ha destacado por su labor como formadora de nuevos talentos a lo largo de los años, impartiendo talleres y cursos de escritura dramática; de ellossalió Camila Villegas que ha tenido una presencia fuerte en los escenarios con obras que abordan temas indígenas y con textos dirigidos al público infantil.
En esta ocasión, Tepalcate Producciones toma el mando con obras nuevas de Claudia Espinosa, Edna Ochoa, Nora Coss y Atzín García en un evento de entrada gratuita en el Foro de las Artes del CENART, en punto de las 8:30 de la noche.
Vale la pena echarle un ojo a la dramaturgia contemporánea y a estas actividades en las que tanto público como creador, salen ganando.
Lo más asombroso de la nueva novela de Evelio Rosero (Bogotá, Colombia, 1958), Plegaria por un papa envenenado, son las abundantes similitudes que al leer uno encuentra entre el corto papado de Juan Pablo I y el del nuevo papa Francisco, que apenas llegará a su primer año. Porque antes de que el papa Francisco llegara con sus discursos seudo revolucionarios al Vaticano, esas promesas huecas —de buen político que habla sin ton ni son— sobre querer reformar la curia vaticana, hace más de treinta años Juan Pablo I quiso hacer lo mismo y su premio fue el envenenamiento.
De esa manera, la mafia napolitana, también conocida como camorra, tiene su contraparte hipócrita y velada pero igual de asesina en la mafia vaticana. Albino Luciani, Patriarca de Venecia y después pontífice con el nombre de Juan Pablo I, fue hallado muerto en sus aposentos vaticanos en agosto de 1978, a los treinta y tres días de iniciado su papado. No es el único caso pues entre la mafia vaticana es usual este tipo de ajusticiamientos: seguramente muchos han documentado esos casos, pero en la literatura reciente Fernando Vallejo lo hizo en su libro La puta de Babilonia (Planeta, 2007), donde abundan los papados cortos porque los pontífices fueron envenenados por múltiples razones.
Juan Pablo I, al igual que hoy en día Francisco, quería una Iglesia más humana, más pobre, pues Luciani “insistía en que la Iglesia no debía tener poder ni riquezas”. Entonces, el primer paso era remover a los poderosos directores del Banco Vaticano para que no siguieran lucrando con los dineros de la Iglesia, como en el caso de Paul Macinkus, obispo de Chicago y contemporáneo de Al Capone, uno de los primeros que iba a cesar Juan Pablo I, o lavaran el dinero de la mafia italiana como ocurrió el año pasado con Nunzio Scarano, quien fue encarcelado por la policía italiana. Y, por supuesto, dando la imagen de humildad: Juan Pablo I era un papa que por primera vez sonreía ante las multitudes congregadas en la Plaza de San Pedro a las que llamaba, no “hijos”, como usualmente hizo su antecesor Pablo VI, sino “hermanos”; Francisco, por su parte, usando sus zapatos negros ortopédicos, anillo y crucifijo de plata dorada o hierro, y no de oro, o negándose a usar autos blindados en sus giras.
En Plegaria por un papa envenenado Rosero, quien ganó el premio Tusquets de Novela en 2007 por Los ejércitos, no santifica a Juan Pablo I, simplemente toma su caso para desentrañar lo corrompida que está la curia vaticana (incluyendo fiestas privadas para tener sexo con hombres o mujeres por igual, favores sexuales como el caso de Batista Rica –a quien Francisco le encargó el Banco Vaticano– con un soldado de la Guardia Suiza, por no mencionar los sonados casos de pederastia). Con un coro de las prostitutas de Venecia que todo lo han visto y todo lo dicen –un recurso literario hábilmente utilizado que recuerda a los coros de las tragedias griegas–, Juan Pablo I queda como un papa ciego que no veía a las harpías y hienas rondándole para saltarle al cuello al primer descuido. Es por eso que a un año del inicio de su papado Francisco no puede estar tranquilo, sus frecuentes palabras contradiciéndose y con el ala más conservadora de la Iglesia con Benedicto XVI a la cabeza y viviendo en el Vaticano, uno no puede dejar de preguntarse cuánto tiempo más pasará para que, en el mejor de los casos, lo envenenen. La historia es cíclica, ya se sabe, y como en otros casos, la literatura sólo se limita a representarla trayéndola con una similitud que nos deja estupefactos.
Sólo he visto a Daniel Herrera una vez en mi vida. Casi todo el rato nos la pasamos riendo como mariguanos. Un tipo simpático y hasta cierto punto cínico. Se fue temprano, como el responsable jefe de familia que es. O al menos eso me hizo creer. Igual y, aburrido de mi plática insípida, se fue a algún putero a ver peluches. Esa tarde en Torreón, me obsequió su libro de cuentos llamado Polvo rojo, publicado por Ficticia
En Polvo rojo, Herrera se sube de una manera muy decente a lo que se le conoce como literatura del norte, una estrategia publicitaria con tintes vendelibros que pretende hacernos creer que sólo en los estados del norte se escribe narrativa. Sin embargo, para quienes usamos la lectura como antídoto para no tomar un arma y salir a la calle, la literatura es mucho más que una estrategia de ventas. En 50 años, el Julio regalado de la Comercial Mexicana sólo será un dato de almanaque. Igual que la literatura del norte.
Por eso trato de mantenerme alejado de las novedades. Si llega una a mis manos, la guardo y la leo medio año después. No es nada sano leer un libro, mientras a tu alrededor todo mundo le aplaude. La literatura no es un caballo de carreras que debe ser atizado. Por eso, cuando Melamina llegó a mi casa, la guardé (por no decir, la escondí) en mi pequeño librero. Pasaron los meses y empezaron a aparecer las listas tipo: “los mejores libros de 2013 según yo”. Melamina no figuró en ninguna. Eso es una buena señal para mí. Entonces fui al librero y comencé a leerla.
Me extrañó que la novela de Herrera no fuera mencionada en las listas de novedades, cuando es un escritor de Torreón, ciudad que se ha convertido en nuestro Macondo, pero en versión noir. Todo mundo habla de la capital coahuilense y esta especie de realismo tóxico empieza a empacharme (y no me vengan con el cuento de que es “nuestra realidad” porque sé muy bien cuál es mi realidad, acá entre yerba, polvo y plomo guerrerense).
Pero Melamina no habla de Torreón, ni de narcos, ni de cárteles, ni de sicarios. Tampoco hay dealers, bacanales ni guiños a pelis de culto. Y entonces me cayó el veinte de porqué no fue mencionada en ninguna lista. Cosa que yo valoro mucho.
En Melamina encontramos un tipo cínico, mandilón y un tanto amargado que nos cuenta una historia. Herrera consigue dibujar, qué digo dibujar, consigue identificarnos con un hombre que vive al día; que odia su trabajo, pero no le queda de otra que soportarlo; que tiene ilusiones, muchas, pero casi todas son inalcanzables y se conforma con matar cucarachas que salen de una barra de melamina que vigila su cocina.
Naturalmente. De este tipo de historias las hay por racimos. Pero la de Daniel se mantiene arriba con una alta dosis de patetismo, inconformidad y cinismo. Carece de requinteos narrativos inservibles. Hunde la daga del sarcasmo en un imaginario colectivo adormecido por el consumismo, la televisión y el éxito. Y lo mejor, ni siquiera percibimos que la escribió un norteño. Es más, parece que estoy escuchando a mi vecino quejinche, aquí en Zihuatanejo. Y eso, señoras y señores, me movió mucho la hamaca.
En sus Diarios, John Cheever, escribió: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”.
Convertido en una especie de Chejov de los Godínez (algo que el autor deja ver en las redes sociales), Herrera también funciona como un infiltrado que nos da informes sobre las oficinas comandadas por un vil Patiño; los hogares en los que el salario dispone los gustos y necesidades; el tormento económico que significa la paternidad y lo gris que se ve la vida desde el cristal de nosotros los proles.
Daniel Herrera, conocido en los bajos mundo como el Ari Telch de la literatura mexicana, deja a un lado los personajes presuntuosos: melómanos, pirujas, artistas, dipsómanos, rockstars; tampoco hay romances sórdidos, viajes psicotrópicos, escenas peliculezcas o delirios de grandeza.
En Melamina encontramos seres atormentados no por amor, sino por la incertidumbre de ser padres; aquí se sufre por el desempleo, por hepatitis, por los suegros; aquí los personajes son tan corrientes, que sacan a patadas cualquier estereotipo: tendero en la farmacia, técnico de laboratorio, jefa de culo gordo de una sección de sociales, madre rojilla y medio feminista, amigo sexópata.
Y lo mejor es que la novela se ambienta en una ciudad incierta, pero que podría ser cualquiera. El norte y sus modelos ni siquiera se tocan.
En su muro de Facebook, Julián Herbert sentenció: “Hay que quebrarse. Un hombre incapaz de quebrarse solo puede aspirar a ser un objeto, tener siempre la razón y/o convertirse en un rencoroso”. Daniel aplica esta consigna con su personaje, de modo que el protagonista, un tipo en comienzo rencoroso, termina quebrándose ante su destino, ante su mujer y ante su hija recién nacida. Eso le quita la clasificación de objeto, lo vuelve hombre y nos refleja en él.
Sé que no es nada reconfortante tomar un libro para reflejarnos en sus páginas. Pero hasta cierto punto, es necesario hacerlo de vez en cuando para no creernos invencibles. También necesitamos de ciertas dosis de pon-los-pies-en-la-tierra-carajo. Eso es Melamina. Aunque también, y eso me emociona más, es el anticipo de lo que será capaz de hacer Daniel Herrera en su siguiente libro.
El poemario Dodo de Karen Villeda obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2013, convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA). Este stop motion contiene fragmentos de este poema narrativo considerado por Carmen Villoro como “el recuerdo y el presagio de un mundo fantástico y terrible que a todos pertenece, basta mirar la huella para reconocer nuestra memoria. Nos asusta y fascina este delirio”.
Si te gusta este video, te invitamos a leer el resto del poemario.
Federico Campbell nació en Tijuana en 1941. Hizo lo que muchos jóvenes de su tiempo —y aún antes— hacían para procurarse una mejor educación: dirigirse hacia el centro del país. Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, y en 1967 estudió periodismo en el Macalester College (Saint Paul, Minnesota, EU). Periodista, narrador, ensayista, traductor y editor, Campbell creó una obra literaria que, lejos de olvidar su origen, contribuyó a fortalecer el puente hacia una ciudad, una península, una región y las múltiples atmósferas de la productiva y versátil literatura del norte a través del tiempo y el contexto social.
Campbell paseó, convivió y conversó con su ciudad natal aún en la distancia. Sus novelas y relatos dan cuenta de ello: la Tijuana de los años cincuenta, sesenta; la Tijuana de su padre telegrafista, la de los años treinta; la Tijuana-mujer-amante-esposa-madre-hermana representada en un personaje de nombre norteamericano. Más allá de ilusiones ópticas o de un desmantelamiento inane, a la par de otros autores (pienso en Abigael Bohórquez, Jesús Gardea, Daniel Sada o Rosario Sanmiguel), la obra de Campbell precisa y demarca la continuidad de una geografía política y cultural específica: la frontera norte.
Luego de haber ingresado en un estado de salud grave con duración de varias semanas en un hospital de la Ciudad de México, el sábado 15 de febrero falleció, a los 72 años de edad, el escritor Federico Campbell debido a un derrame cerebral masivo. Es La hora del lobo en la que algunos escritores y escritoras de la región escriben sobre la obra de uno de sus autores más emblemáticos:
Es innegable que la obra de Federico Campbell ha alcanzado un lugar destacado en el escenario de la literatura mexicana, por ya no hablar del papel referencial que ha jugado, desde los años setenta hasta la actualidad, en la construcción del imaginario peninsular. Tal vez sin buscarlo, se convirtió no sólo en una de las primeras aportaciones destacadas de eso que la crítica denomina el “nomos del Norte” (aludiendo al concepto griego de organización territorial), sino también en una de las apuestas más complejas por rescatar los perfiles de un paisaje humano que, independientemente de su ubicación, resulta tan entrañable como el que más.
Javier Hernández Quezada
A mí me gusta su prosa. No sólo por la presencia de mi ciudad favorita y natal en su obra, también porque sus textos son como pequeñas burbujas cuya delgadísima membrana es la nostalgia y remembranza. A mi generación le corresponde reventar esas burbujas y aprender de ellas. Mi favorita es Todo lo de las focas. Desde ahí puedo ver y recrear historias que desde niña nadie ha podido contarme. No hay mucha historia concreta sobre Tijuana en la mente de los de mi edad. La obra de Federico Campbell aminora ese vacío.
Patricia Binôme
A mi parecer uno de los libros esenciales de Federico Campbell es Infame turba. Entrevistas a pensadores, poetas y novelistas en la España de 1970, trabajo poco referido por la crítica y el lector, y, sin embargo, crucial para comprender la transición estética y cultural de la España franquista a la España democrática y libertaria. La obra reúne conversaciones de Campbell con Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald, Gabriel Ferrater, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, Félix Grande, Ángel González, Luis Goytisolo, Juan Marsé, Leopoldo María Panero, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, realizadas durante los años que el escritor tijuanense radicó en una Barcelona (finales de los sesenta, principios de los setenta) animada por la psicodelia de la época y sobre todo por un pujante e impostergable afán renovador. Como un testigo privilegiado de esa coyuntura, Federico Campbell amalgama con inteligencia y empatía sus dos grandes pasiones, sus dos amores eternos: la literatura y el periodismo, ejes de un espíritu tan curioso y cordial como informado y analítico.
Jorge Ortega
Federico Campbell llevó el norte a la literatura; fue uno de los principales autores que volteó la tradicional relación norte-centro, donde el segundo resultaba productor y el primero receptor de contenidos culturales. De él leí Transpeninsular, una novela que ocurre en esa carretera desierta que pareciera no ofrecer historia alguna. Campbell le dio leyenda a un terreno sin prehistoria. Por otro lado, Tijuanenses posee descripciones de la ciudad, un tono anticosmopolita o casi local, ese tono que se reconoce oralmente en muchos tijuanenses. En este cuento Campbell regresa a las historias de los famosos norteamericanos que visitaban la ciudad y a los cerros que la rodean, habitados por personajes de maldad media. El norte ya no sería ignoto.
Sidharta Ochoa
En Tijuanenses ya se vislumbraba la importancia que la memoria tendría en la obra de Campbell, y es éste uno de los primeros desplantes narrativos que dieron carta de naturalización a los habitantes de Tijuana dentro de la literatura. Campbell fue el primero en retratar esos parajes físicos y mentales que hablan de “las innumerables tijuanas superpuestas” y exhiben al autor ocupado en registrar esa “vida que se nos iba de las manos”.
Javier González Cárdenas
Tijuanenses, lo familiar de lo extraño. La prosa de Federico Campbell, respetuosa del detalle, rasgó las formas intocables de nombres, familias y lugares tijuanenses de la segunda mitad del siglo XX. Como la buena literatura, de forma insólita surcó la experiencia localizada en calles y carreteras o en las colinas de la Tijuana de cien mil habitantes, de una clase media bien caracterizada, elaborando una nómina propia de la ciudad moderna, americanizada.
En Tijuanenses, aún los inmigrantes pueden reconocerse o, al menos, emplazar su experiencia sobre esas letras que acogen también a los extraños, presentes y venideros.
Vianett Medina
Yo no sabía casi nada de Tijuana antes de vivir en ella. Nada sino algunas canciones, las noticias y la narrativa de Campbell. Con todas ellas me construí un pasado familiar, una relación de cercanía con la ciudad. A lo largo de estos casi seis años como residente, ha sido satisfactorio reconocer una calle, una escuela, una esquina de la ciudad presente, y de la que ya sólo existe en fotografías, a partir de sus escritos. Un juego inocente y a la vez identitario que quise agradecerle alguna vez en persona. Hacernos amigos, llegar a tutearnos, decirle entre risas y mis miles de preguntas: si no es por ti, Federico, tal vez nunca me llegaría a sentir de Tijuana.
Sheherazade Bigdalí
Certificado de nacimiento de Joseph Haydn. (Rohrau, Austria). Zátonyi Sándor (ifj.). CC-BY-SA.
Joseph Haydn fue considerado el mayor compositor de su tiempo. De origen humilde y tras pasar muchos años de penurias, su talento lo llevó a convertirse en el director de orquesta (Kapellmeister) de la corte de la familia Esterházy —una de las más acaudaladas de Europa—. Para hablar de la sinfonía como género, Haydn es un músico imprescindible.
Cuando Haydn cumplió seis años de edad, sus padres lo enviaron a vivir con unos tíos para que tuviera una educación musical. En poco tiempo se convirtió en uno de los niños cantores del coro de la catedral de Viena. Para complementar esta formación, Haydn aprendió de manera autodidacta a tocar varios instrumentos musicales y a realizar ejercicios de composición. Compuso más de cien sinfonías, todas con un carácter propio. Además de su prolijidad, fue uno de esos raros compositores cuyo sentido del humor queda manifiesto en varias de sus obras.
En 1762 murió el príncipe Paul Anton, quien había contratado a Haydn como compositor de la corte; su hermano Nikolaus, heredero del principado, mantuvo la orquesta con Haydn a su servicio. Sin embargo, este nuevo príncipe gustaba de pasar largas temporadas en Eszterháza, donde la familia tenía un palacete. A pesar de ser un lugar enorme, todas las personas al servicio del príncipe (músicos incluidos) debían ir sin compañía alguna; las familias y amistades de todos debían permanecer en Eisenstadt.
Haydn compuso su sinfonía 45 en fa sostenido menor en 1772. Fue compuesta e interpretada por primera vez bajo la dirección del propio Haydn en Eszterháza ese mismo año. Se le conoce como la sinfonía de Los adioses porque buena parte de la servidumbre y de los músicos estaban hartos de pasar tanto tiempo en el retiro involuntario que les resultaba Eszterháza; querían volver a Eisenstadt y le pidieron ayuda a Haydn para que intercediera por ellos y hablara con el príncipe. La respuesta del músico fue componer una sinfonía que a su vez sirviera de mensaje y mostrara la inconformidad de todos. En esta obra, en vez del acostumbrado final súbito de las sinfonías anteriores, la música continúa en un adagio o movimiento lento hasta desaparecer poco a poco a modo de despedida. En la interpretación original, los músicos apagaron uno a uno las respectivas velas de sus atriles en el último movimiento de la obra, se levantaron y se fueron. Al final sólo quedaron dos violinistas, el maestro de conciertos Luigi Tomasini y el propio Haydn. El príncipe entendió el mensaje y la corte volvió a Eisenstadt al día siguiente.
La fama de esta sinfonía no se debe únicamente a la anécdota que le dio nombre; es una de las sinfonías más reconocidas e interpretadas de las más de cien que compuso Haydn. En una época en la que no era común componer sinfonías en tonalidades menores, Haydn compuso algunas de sus mejores obras en la década de 1770, a la que corresponde Los adioses, la cual no sólo está compuesta en un tono menor sino en fa sostenido menor, lo cual la hace todavía más rara. (Se le tuvo que pedir al herrero de Eszterháza que hiciera modificaciones a los cornos de la orquesta para que se pudiera tocar el minueto en fa sostenido). Los instrumentos que conformaban la orquesta original de Haydn eran dos violines, una viola, dos oboes, un contrabajo, dos cornos y un clavicordio.
El primer movimiento, allegro assai, se interpreta con fuerza y rapidez; el tema (arpegio) y los acompañamientos sincopados marcan un brío y una alegría que no sorprenden a nadie acostumbrado a las obras de Haydn excepto porque un segundo tema, completamente nuevo, se abre paso justo cuando uno espera la resolución del primero. En la forma tradicional sonata (la forma estructural de las sinfonías convencionales, de muchos cuartetos, sonatas, etcétera) propone un tema A, su resolución, un puente y luego un tema B. En este movimiento el tema B inicia cuando aún no se resuelve el A, como si Haydn hiciera una suerte de malabarismo con los temas. Esto sin dejar de desarrollar las frases musicales incluso después de que la recapitulación de los temas ha quedado clara. Estamos frente a una innovación formal y, por ende, de expresividad.
En el segundo movimiento, el adagio, el tono de la voz permanece bajo, pero las modulaciones son de gran complejidad. Después viene un minuet que hay que escuchar con atención por los múltiples giros inesperados en la armonía y el ritmo. De hecho es hasta este movimiento que suena el contrabajo por primera vez, mientras el trío de cornos cita una melodía de la liturgia de la Semana Santa que Haydn había utilizado algunos años atrás en su sinfonía de las Lamentaciones, número 26 (una vez más vemos que tomar música previa propia o de otros compositores es una práctica común).
La dinámica del final denota un carácter de urgencia y al momento en que uno esperaría que terminara, Haydn da un giro con el cual da la sensación de que va a volver a comenzar, pero a esto sigue un silencio que se interrumpe por un adagio en la mayor (el mismo tono que el adagio del segundo movimiento, pero que aquí es totalmente inesperado). Y luego de un pequeño pasaje para los alientos, el primer oboe y el segundo corno guardan silencio abruptamente. Para evitar que quedara alguna duda, Haydn escribió “nichts mehr” (nada más) en la partitura.
La música continúa y uno a uno los músicos tocan solos de despedida y se retiran: el fagot, el segundo oboe, el primer corno, el contrabajo, cuyo solo es más elaborado que el del resto y que transporta la música hacia su armonía final; fa sostenido menor. Los que van quedando vuelven a tocar el tema, que cada vez suena más enfático en su hartazgo y parece más lento. Después desaparece el cello; luego se van la viola y los violines (salvo dos). Los dos violines que quedan de pronto enmudecen como si fueran las dos velas restantes. De hecho en la mayoría de las interpretaciones actuales, como puede apreciarse en los videos enlazados en este artículo, los músicos se retiran físicamente, lo que se presta a más de una broma entre ellos mismos y el público. En el video de la versión dirigida por Adam Fischer puede apreciarse cómo él se retira simulando que los dos violines restantes no se darán cuenta (alrededor del minuto 25 y medio) y aquí:
podemos ver cómo Daniel Barenboim, en su papel de director, hace del final una broma más que abierta hasta quedarse dirigiendo la obra sin un solo músico.
A final de cuentas, la obra termina de manera súbita, pero no por un fuerte acorde que conjuga el sonido de todos los instrumentos en una nota que reafirma su tonalidad sino por su inesperada manera de repetirse hasta apagarse. La progresiva desaparición de los instrumentos es la primera invitación a escuchar de nuevo la sinfonía completa, ya que a través de la familiaridad con la obra se descubre la sutileza del artificio empleado por Haydn en esta broma orquestada.
Versiones recomendadas:
La versión con la Orquesta austro-húngara Haydn, dirigida por Adam Fischer (Brilliant Classics: 2002) es una interpretación dinámica con un tempo acaso más alegre y brillante que el esperado por la época y condiciones de la obra; una versión que refleja muy bien el sentido del humor de Haydn.
La interpretación de la Filarmonía Hungárica dirigida por Antal Doratti (Decca: 1996) es una de las más populares debido al sello particular de Doratti, quien se ocupó de dirigir todas las sinfonías de Haydn con esmero. Las dinámicas son cuidadas y el resultado es una visión estándar, anecdótica.
La Orquesta de cámara de Stuttgart, dirigida por Denis Russel Davies (Sony Classics: 2009) hace de ésta y todas las sinfonías de Haydn un conjunto de auténticas joyas. Russel Davies hace a un mismo tiempo un elogio a Haydn y nos regala una visión verdaderamente personal de su obra; una interpretación equilibrada.