Tierra Adentro
Portada de "La invención de la soledad", Paul Auster. Editorial Booket, 2012.
Portada de “La invención de la soledad”, Paul Auster. Editorial Booket, 2012.

Cuando se trata de la paternidad en la literatura, ya sea de ficción o no ficción, el padre violento suele ser un protagonista recurrente. Uno de los ejemplos más conocidos que puedo evocar es Jack Torrance, quien sirvió al escritor estadounidense Stephen King para explorar sus propios miedos de ser un hombre de familia, fragmentado entre el amor y la frustración de ser incapaz de mantener a sus hijos y esposa. La obra, íntima y titulada El resplandor (1977), es un afamado best seller.

Incluso en México, hay un caso emblemático de la búsqueda de la paternidad ausente en Pedro Páramo (1955). El viaje que su hijo Juan Preciado emprende a un pueblo fantasma termina con su propia vida mientras revela una historia repleta de dolor infligido a Comala por parte de su padre.

En la literatura de no ficción, la paternidad aparece con una naturaleza menos violenta, pero con dimensiones igualmente complejas. En Examen de mi padre (2016), del autor mexicano Jorge Volpi, se utiliza el luto por haber perdido a su padre para explorar el complejo entramado social de estos días mexicanos repletos de cadáveres, desapariciones y crueldad.

Ambos casos, a pesar de sus diferentes nacionalidades, dibujan una paternidad casi inaccesible. Fue un proceso difícil describirlas, que requirió una introspección capaz de examinar a sus padres como individuos influenciados por sus propias historias.

Escribir perfiles desencarnados también exigió enfrentar los pesares de la infancia, originados por un vínculo distante con sus padres. Frente a la frialdad en las dinámicas, solo queda una sensación entre las palabras con las que se trazan los esbozos de estos hombres: la ausencia.

El escritor Paul Auster, nacido el 3 de febrero de 1947 en Newark, Nueva Jersey, se une a las filas de hijos con intentos de aproximarse a sus padres mediante un ejercicio de escritura íntima. A diferencia de los primeros autores mencionados, él se sabe incapaz de lograrlo mediante vivencias compartidas. En su lugar, eligió la ausencia para explorar las razones detrás de la enigmática personalidad de su padre en el ensayo “Retrato de un hombre invisible”.

Los territorios de la paternidad ausente

Paul Auster explora el abanico de posibilidades que surge desde la ausencia para delinear un retrato de su padre. En este sinfín de matices, hay puntos de encuentro entre la personalidad de este hombre, su estilo de crianza y los casos en México, como el que he observado con mi propio padre.

Un sello característico de Auster, quien ha publicado novelas, ensayos, traducciones, guiones y poemas, es el misterio con el que desarrolla los perfiles de sus personajes. Esta herramienta también sirve para allanar el camino hacia la intimidad de distintas personas en sus obras, como lo hace con su padre en el “Retrato de un hombre invisible”.

En este ensayo autobiográfico, parte de La invención de la soledad (1982), reflexiona sobre la muerte de su padre, Samuel Auster, y el acto de escribir. El autor acepta que el proceso del duelo es algo familiar para él, pues a lo largo de su vida tuvo pocas interacciones emotivas con el hombre.

La huella imborrable de la lejanía de Samuel Auster fue uno de los principales motores que pusieron en marcha las exploraciones respecto a cómo entendía el amor y las dinámicas que solía fomentar en su familia para demostrarlo. Uno de estos episodios fue la forma en que este hombre encontró al joven autor al borde de la indigencia cuando comenzaba a vivir solo.

Quizá una persona más cálida habría abrazado a su muchacho en el camino a casa para ayudarlo. La solución de Samuel Auster fue llevar al joven escritor a comer y enseñarle algunas formas de valerse por sí mismo sin intervenir más en su vida. El padre del autor pareció mostrar un tono de desaprobación debido al primer intento fallido de independencia de su hijo.

Samuel Auster parece un hombre del siglo pasado, cuya principal, y única, función es alimentar a su familia. Él planeaba transmitir al escritor la forma correcta de lograrlo cuando se convirtiera en padre, debido a la crianza que recibió desde niño. Un rasgo que los padres alrededor del mundo suelen compartir con una sociedad como la mexicana.

Otro elemento que Samuel Auster comparte con las familias mexicanas del pasado, además del abandono del padre, es la crianza y manutención a cargo de la madre. Contrario a lo que se podría pensar, esta educación tiene una naturaleza patriarcal en la cual los miembros varones aspiran a mantener a su familia y a resolver algunos problemas que amenacen a quienes estén bajo su cuidado.

Paul Auster revive estas dinámicas al narrar la historia de su abuela, que permaneció prófuga de la justicia al ser la presunta asesina de su pareja. Samuel Auster era un niño pequeño cuando su madre tuvo que comparecer ante el juez. Sin embargo, habría de permanecer en su memoria cómo cada miembro de su familia protegió de forma incondicional a la mujer, sin cuestionar las acusaciones que enfrentaba.

Este hecho hizo que Paul Auster observara con especial atención la forma en la cual su padre encubría y aceptaba los errores malintencionados de sus familiares. El autor citó unas palabras para explicarlo con la voz de su padre: “Son mis hermanos”.

La distancia emocional también es una de las características entre las relaciones fraternales. La primera vez que el autor presentó a su primer hijo con su padre, protagonizó una de las escenas más anticlimáticas del libro: Samuel Auster se limitó a decir que tenía ante sus ojos a un niño lindo. Después, ignoró el asunto.

Las interacciones, cargadas por un matiz de indiferencia, resultan familiares con otros casos en los que las paternidades intervienen de forma breve en los momentos clave de la vida de una persona, como fue en mi caso.

Para muchos estudiantes, terminar la universidad, más que un logro académico, es una hazaña personal. El día de mi graduación creció en mí una expectativa cuando mi padre dijo que me daría un consejo. Una vez en el auto, me miró con sus ojos fríos a través del retrovisor. En mi pecho aumentaba el entusiasmo, que estalló en una sonrisa hasta que escuché las palabras en esa voz grave y pastosa: “Hijo, vas a tener un un chingo de pedos”. Dicho esto, solo comenzó a conducir.

El aspecto más impresionante en este tipo de paternidades es el constante estado de ausencia con el que habitan vínculos familiares y un hogar. Paul Auster vuelve sobre este asunto en más de una ocasión a lo largo de su ensayo. Ya sea por descuido, trabajo, desinterés o abandono, los padres suelen tener una barrera que los limita a involucrarse de facto con sus familias.

Ensimismados en sus asuntos, soportan cierto rango de desapego. En este contrato de crianza y funciones patriarcales, aceptan repetir los mismos pasos que sus predecesores en un mundo donde todos los padres son ausentes.

La única forma en la que esto podría cambiar, la presenta Paul Auster. Su padre se involucraba para cambiar, con dinero o su autoridad moral, algunas dinámicas que consideraba disfuncionales. Para abordar lo anterior, Auster evoca las innumerables escenas en que su hermana enfrentaba un episodio depresivo mientras su padre intentaba intervenir.

Cuando el hombre intervenía en la vida de la joven, nunca buscó fomentar un autocuidado en ella o un vínculo emocional profundo con su hija; en vez de eso, asumió que la chica nunca podría valerse por sí misma y se convertiría en otro de sus deberes.

El resultado de esta mentalidad construyó una muralla alrededor de Samuel Auster, difícil de penetrar para sus hijos. Incluso antes de que el hombre se divorciara y viviera alejado de su familia, había silencios prolongados en las conversaciones que iniciaba con su hijo.

La razón detrás del mutismo tiene un origen claro: se trata de dos personas diferentes entre sí en un intento fallido por conocerse. Las palabras huyen de la boca cuando se intenta abrir paso hacia las emociones que habitan en alguien.

Lo dramático del asunto es que uno de esos desconocidos crió a quien ahora mira como a un extraño. ¿Cómo retomar el hilo de una vida después de tantas digresiones? Una de las posibles respuestas es el silencio, opción por la cual opté hace años cuando paso tiempo junto a mi padre.

El autor descubrió que la forma más eficaz de retratar las facetas de su padre era a través de otras personas. Cuando Samuel Auster falleció, fue su hijo quien organizó el funeral. Durante el proceso, descubrió varios objetos que desvelaron historias. Algunas eran bondadosas, como la vez que ayudó a una madre soltera a pagar su alquiler. Otras eran poco gentiles, con personas que tuvieron algún altercado con aquel anciano con actitud hostil debido al lamentable estado de salud que terminó con sus días en la Tierra.

Es en la enfermedad y la muerte donde Paul Auster encontró una cartografía para escribir su ensayo. Son territorios que también ofrecieron un camino a través del cual accedí a mi padre más allá de un par de ojos expectantes, sin memoria, pues suelen mirar como se observa a un extraño.

Una paternidad fragmentada entre la enfermedad y el olvido

Mi padre vive desde hace 15 años con hipotiroidismo. Las primeras huellas de la enfermedad en él fueron físicas. Hubo hinchazón en todo el cuerpo, en especial en la pantorrilla izquierda, incapacidad para hablar, permanecer despierto y razonar con lucidez.

Hasta antes de ese momento, el hombre era corpulento y de espalda ancha. Con porte de luchador, caminaba erguido con el pecho y la barriga proyectados hacia afuera; similar a una brújula que anticipaba la dirección de sus pasos. Tras meses de notar cierto deterioro, comenzó a encorvarse y pasó de arrastrar los pies para desplazarse a tumbarse la mayor parte del día en el sofá o en la cama más cercana.

Pese a permanecer recostado, mantenía un semblante tenso y parecía confundido, como quien despierta de súbito de una siesta larga. Su expresión dubitativa era evidente cuando observaba el cuerpo abultado en el que debía existir. Un cúmulo de carne ajeno a él.

Casi cualquier rasgo físico había cambiado, salvo esa nariz. Las fosas nasales anchas, como las de un gorila, y una punta redonda. En contraste, sus ojos grandes y ovalados adquirieron una coloración amarillenta y apagada. Habían dejado su naturaleza atenta para dar paso a la nada, la misma que se encuentra en las pupilas de una víctima de sobredosis. La desolación tenía una mirada a través de mi padre.

Vivía en un sinfín de dudas. Interactuar con los demás solo acrecentaba la confusión porque casi nunca entendía las oraciones de los demás; incluso a la fecha, tiene que preguntar si se habla del tema que él cree para iniciar una conversación con fluidez.

La maraña de ideas inconexas se tradujo a un montón de frases inconexas o palabras mal pronunciadas. El lenguaje fue la principal vía de expresión para enunciar lo perdido que estaba. La forma en la cual era tratado en los consultorios acrecentaba esa percepción, donde dejó de ser llamado por su nombre para adoptar uno nuevo: “paciente”.

Esta impersonalidad en el lenguaje deshumaniza. Mi padre se quejaba con frecuencia porque debía repetir su nombre al menos en tres ocasiones diferentes cuando los doctores, ya sea por carga de trabajo o por desinterés, olvidaban su nombre. Entonces, él optó por un remedio cínico: aprovechar su padecimiento para desesperar a las personas indolentes.

En varias ocasiones, con familia y médicos, solía hacer comentarios paradójicos e hilarantes. Cuando un doctor se desesperaba porque él no entendía un proceso burocrático para pedir incapacidad, comentaba: “Ah, disculpe, ¿ni que estuviera yo enfermo, verdad?”. Si uno de sus hermanos o sobrinos decía que estaba loco debido a que era complicado para él razonar igual de rápido que ellos, respondía: “Ya quisiera verte a mi edad así, pero por como vas, lo dudo”.

La efectividad de su estrategia pudo haber funcionado con los demás, pero los síntomas de su enfermedad eran imparables. Aquellos que viven con hipotiroidismo producen cantidades insuficientes de hormonas tiroideas para satisfacer las necesidades del cuerpo. En cuanto al estado de ánimo, se observa una condición que los convierte en seres ausentes con raíces profundas: cansancio, intolerancia al frío, apatía e indiferencia, depresión, disminución de la memoria y de la capacidad de concentración.

Mi madre, sin resignarse, intentaba hacerle preguntas sobre momentos específicos del inicio de su matrimonio con él y el día en que nacieron los hijos que engendraron en su juventud junto a ella. Por supuesto, él había confundido las fechas. En ese punto, había olvidado mi edad, la de mi hermana y algunos pasajes de su vida como padre.

Se convirtió en una persona mitad aquí, en el presente de la vida cotidiana, y mitad allá: sumergido en sí mismo para encontrar alguna forma de oponerse ante la enfermedad. Conformó un territorio en el que podía permanecer de forma genuina, aunque eso conllevó ausentarse en los años posteriores de la crianza de sus hijos. En su “no lugar”, había olvido.

Continuó con una vida fantasmagórica de lo que fue algún día, pero con un atisbo de calidez hacia los demás. Se esforzaba en hacer comentarios gentiles de su parte hacia quienes lo acompañaban. “¿Cómo estás?”, “¿cómo te fue?”, eran preguntas que poco importaban en comparación con las motivaciones detrás de ellas. Eran una herramienta para retomar los vínculos inconclusos.

Cada vez que recurría a aquellos intentos, en su mirada aparecía un ápice de su personalidad extraviada. Observarlo implica encontrarse con alguien que ha perdido partes de sí mismo, a través de los lapsos de su vida como padre en los que estuvo distanciado. Una realidad que puede consumir a cualquiera, incluso a quien la atestigua. Soy los ojos de mi padre porque me muestran una versión fragmentada de mí, en un lugar donde su ausencia me mira de vuelta.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Ficha de hacienda equivalente a 1 mecate de "chapeo" (corte de maleza) expedida en la Hacienda Dziuché a finales del siglo XIX. Imagen recuperada de Wikimedia Commons. Collage realizado por Mildreth Reyes.
Ficha de hacienda equivalente a 1 mecate de “chapeo” (corte de maleza) expedida en la Hacienda Dziuché a finales del siglo XIX. Imagen recuperada de Wikimedia Commons. Collage realizado por Mildreth Reyes.

Llegó como llegan las cosas que no tienen permiso: en la noche cuando los perros duermen a mitad de la calle y las luciérnagas hacen un espectáculo que solo ellas entienden. Cuando nos despertamos, Martina fue la primera en dar aviso: Hay un cagadero en la puerta de la casa —no solo lo dijo en sentido metafórico, sino que también se refería a un rectángulo anaranjado en vertical que decía Toilex en cada lado. Ella sabía de lo que hablaba, porque desde algunos años trabajaba en una empresa de desinfección de baños portátiles en la que era la responsable de usar la hidrolavadora. Era toda una experta y todos en la familia estábamos orgullosos de ella porque no había tenido que cruzar la frontera para salir de la hacienda como todos los del pueblo. Era una inspiración para nuestros hijos y para todos los niños de la comunidad que desde muy pequeños ya sabían cómo recoger penca.

Del baño portátil salió un hombre robusto con un periódico bajo el brazo y un casco amarillo sobre su cabeza. Miró a Martina de reojo y le dijo: Ahí te lo encargo — y siguió su camino hacia el centro del pueblo donde estaban apilados todos los árboles que conformaban el parque principal.

Martina agarró mi machete y quiso irse detrás de él, pero le dije: Vamos a averiguar de qué se trata esto primero, luego, vemos cómo solucionarlo con el machete. No sé mucho sobre los cagaderos, pero lo que sí sé es que, en uno, cagan muchos.

Subí a Martina a mi bicicleta y nos fuimos a hablar con el comisario. En el lugar ya se encontraban varias vecinas tratando de forzar la cerradura con un martillo.

—¿Dónde está ese comisario? —dijo Martina mientras se bajaba de la bicicleta que aún estaba en movimiento.

—No está —contestó doña Evelia —pero dejó eso en la puerta.

—¿Qué es? —preguntó Martina mientras alargaba el brazo para arrancar el papel que estaba clavado en la puerta.

—Que disque un insulto —dijo doña Evelia.

—¿Un insulto?

—No sé qué chingados es, pero tú que sabes leer, Martina, cuéntanos qué dice.

—Aquí dice indulto, no insulto.

—Es lo mismo y para lo mismo sirve. Ya sabes que el comisario era muy religioso y bien que jalaba con el párroco. Por eso lo amarramos a ese poste de allá. Ya confesó que él le dio el insulto al comisario. Que para que lo perdone Diosito. Cómo no lo va a perdonar si bien que lo agarramos cuando ya se estaba yendo con una maleta llena de dinero. Pero dinero de a de veras, de ese que vale afuera de este pueblo. No esas chingadas monedas con las que nos pagan en la hacienda.

—Vendieron el pueblo, Evelia.

—Y con el perdón de Dios, Martina.

—Ahora nos estamos organizado para agarrarnos a todos esos culeros que nomás sirven para tirar árboles. ¿Todavía tienes el fusil de tu papá?

—Todavía lo tengo.

—Espérense señoras, no se me alteren ahorita —intercedí.

—Tú te me callas cabrón, que ni para hablar sirves —dijo Martina—. Nomás eres un borracho. Capaz y hasta sabías de este cagadero porque sé que él era tu amigo de cantina. A mí nunca me agradó el muy cobarde porque cuando éramos niños me robaba mi desayuno y si no le gustaba, me lo tiraba al piso. 

—Yo no sé nada —dije.

—Claro que no sabes nada, ni para eso sirves —dijo Martina.

—Ya abrieron la puerta —dije.

—Ya lo vi —me respondió Martina—. Vamos a entrar, Evelia. Tú quédate aquí haciendo guardia o no haciendo nada como acostumbras.

Adentro de la comisaría no había más que polvo y papeles sueltos.

—Se peló —dijo Martina.

—Tengo una idea —dije—. ¿Por qué no hablamos con los señores que talan los árboles y tratamos de llegar a un acuerdo?

—¿Qué tienes para ofrecerles? —dijo Martina.

—Tenemos las monedas de la hacienda. Ahí pueden cambiárnoslas por productos. Si todos juntamos nuestras monedas, podremos recuperar el pueblo —dije.

—¿Te estás escuchando? Esas monedas no sirven para nada. Afuera, en el mundo real, la gente usa dinero, como el que yo gano —dijo Martina.

—Ya hablamos con ellos. Dicen que están construyendo una carretera de cuota y que acá van a poner una caseta. Todos los permisos los entregó el comisario y fue insultado por el párroco. Nos dan treinta días para decidir si desalojamos o trabajamos para ellos. Eso dijeron —dijo doña Evelia.

—Pues ya está resulto. Trabajamos para ellos. Así dejaremos la hacienda y ganaremos dinero de verdad —dije.

—No seas pendejo. Trabajar para ellos significa desalojar también y peor aún, pagarles renta por trabajar. Lo mismo que en la hacienda porque este pueblo nunca ha sido nuestro —dijo Martina.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

—Súbete a la bicicleta y vete por mi fusil. En el camino dile a la gente que veas que se vengan para acá con todas sus monedas de la tienda de raya. Todavía es temprano y apenas deben estarse levantando para ir a la hacienda.

—¿Y para qué? 

—¿Cómo que para qué? Esas monedas serán nuestras balas. Ni un árbol más. 

—Ni un árbol más —dijo doña Evelia.

—Ni un árbol más —repitieron las vecinas que estaban escuchando la conversación y habían terminado de destruir la comisaría.

Tomé mi bicicleta y me fui rumbo a la casa mirando hacia el Toilex anaranjado que tapaba la puerta, pero en algún momento, aún no me lo explico, al llegar a la casa, me seguí de largo hasta la hacienda. Es día de pago y ya se me hacía tarde para cambiar mis monedas por un buen licor, el mejor que haya probado, aunque se me fuera todo el pago de una semana difícil en él.


Autores
(1994, Ticul, Yucatán) es Licenciado en Literatura Latinoamericana y Técnico en Educación Artística con Especialidad en Creación Literaria. En 2022 obtuvo el Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo Trejo”, ganador de los “LXIII Juegos Florales Nacionales de Ciudad del Carmen” y seleccionado en la 3ra convocatoria “Alas de Lagartija”. En 2020 ganó el Premio Estatal de Cuento Corto “Tiempos de Escritura”. Es productor ejecutivo del colectivo U Yotoch Yúuyum.
"Corazón", 2019. Fotografía de Gerardo Martin Fernandez. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0
“Corazón”, 2019. Fotografía de Gerardo Martin Fernandez. Recuperada de Flickr. CC BY-SA 2.0

Sjalbon sk’axel jk’aal te jme’

sch’al ta nichimetik sok sk’ayoj baluneb u,

k’alal smaliyon

ta sti’il k’aal.

Jt’ul ja’on le’a

te yakal ta ch’iel

ta lejch’elejch’ snichimal u.

Mi madre teje mi tiempo

con flores y cantos de nueve lunas,

mientras me espera

en el borde del día.

Soy ahí una gota

que va creciendo

en los pétalos de la luna.


Adriana López
Sk’op o’tanil/ Metáforas del Corazón

*

“¿Bi xi awo’tan?/¿Qué dice tu corazón?” es la pregunta que la gente tseltal suele formular cuando se encuentra con alguien. Es como si del corazón viniera esa voz que relata nuestra vida, la que es capaz de contar los días vividos, la que le da esa profundidad a la existencia. 

I

De pequeño solía poner mis manos en el pecho y me preguntaba qué hacía latir al corazón. Me asombraba que palpitara por sí solo como si tuviera un motor propio. Se lo decía a mamá y ella respondía que latía para darnos vida. La respuesta solo provocaba más dudas. Así que un día decidí buscar libros que resolvieran mis interrogantes, pero no hallé alguno distinto a las explicaciones celulares ni textos con un lenguaje entendible para un simple mortal, al encontrarme con términos que parecían trabalenguas como cardiogénica del mesodermo.

Pero entre los hallazgos hubo uno en particular que me pareció una poética de la existencia: el corazón es uno de los primeros órganos que brota durante el desarrollo de un cuerpo,1 y se conecta con el cerebro a través de la médula espinal. Así, el lugar de la razón y de la emoción aparecen unidas desde el origen. El latido es lo primero que puede percibirse a partir de un ecocardiograma2 que utiliza ondas sonoras para crear imágenes del corazón.3 En ciertas especies es posible descubrir la formación de un nuevo ser, como sucede con los humanos. El corazón es el primer eco que vibra en nuestros cuerpos, el primer lenguaje que emitimos.

Al saber que el corazón era un sonido, me di a la tarea de escucharlo. Entonces, colocaba mi oído a la altura del pecho de mamá. Percibía un golpe tenue y otras veces enérgico, como algo que empujaba hacía afuera y luego hacía adentro. Tum, tum, tum, tum… así describía el eco. En los días que me tocaba acompañar a mi padre en sus caminatas al campo, mientras subíamos en las veredas empinadas, sentía que mi corazón se aceleraba, mi respiración se agitaba. “Ya jkux ko’tantik ta yetal axibal te’e/Vamos a descansar [nuestros corazones] debajo de la sombra del árbol” decía mi padre cuando llegábamos a nuestro destino. En esos momentos reconocía mis latidos, retumbaban en mi pecho. Y al descansar, lentamente bajaba de ritmo, se quedaba quieto. Así supe que el corazón es el que descansa para que el cuerpo recupere su fuerza.

La fuerza del corazón se traduce en el impulso que genera y que permite las corrientes de la sangre por nuestras venas. Sin él simplemente no habría manera de vivir. Seríamos piedras o cualquier otra cosa que no necesita de uno. Pero el hecho de tener corazón nos convierte en seres terrenales como los pájaros, las libélulas, las liebres y ajolotes. Es posible que dicha cualidad es lo que nos permita conmocionarnos y que el “encuentro entre corazones” sea un hecho real, como incluso se dice en tseltal: ya snujp’in sba te ko’tantike. Después de todo, la respuesta que mamá me dio en mi infancia tenía toda la verdad. 

*

El corazón es quizá la palabra que más veces pronunciamos en un día. No hay uno solo en que se ausente. ¿Qué seríamos sin él? Que la experiencia nos lleve a admirar, cada vez más, el que tenemos.

II

Ya smuk’ubtes ko’tan te lek ayat. Me siento dichoso [mi corazón se engrandece] de saber que estás bien” dijo mi padre después de semanas enteras sin vernos y de contarle cómo me había ido en mi viaje. “Su corazón engrandecido” junto con el mío manifestaba la alegría del reencuentro. El corazón aparecía de manera inherente en nuestra habla, pues es allí donde se tejen las emociones sentidas en la vida-mundo tseltal.

En los pueblos tseltales como ya ha sido escrito por algunos colegas (López, 2013; López, 2019; Pérez, 2020), el corazón, además de ser un órgano, es el centro de toda persona. Allí nacen todos los afectos y pensamientos, que se enuncian al describir lo que alguien siente. Todo brota y pasa a través del o’tan u o’tanil, como se escribe en la lengua. Esto devela que las emociones y sentipensamientos se somatizan en el corazón. Esta parte del cuerpo se convierte en una extensión del lenguaje. Ello también se manifiesta en otras lenguas originarias. Por ejemplo, en los pueblos tutunakú y ayuuk el centro de las emociones es el estómago. ¿Cuál habrá sido la base para que las primeras personas hablantes de las lenguas consideraran una parte del cuerpo como el lugar afectivo y emocional? ¿Qué sabiduría afectiva es la que los pueblos tienen para corporizar y nombrar lo que sentimos? ¿Cómo se relacionan dichas partes corporales con nuestra manera de sentir y percibir la vida-mundo?

El o’tan-o’tanil (Pérez, 2014) es una manera particular de ver, entender, sentir, vivir, pensar y actuar en el mundo. En principio todo lo que tiene vida, tiene un corazón: el agua, los árboles, las montañas, los animales. Incluso las entidades anímicas como el lab, es decir, el nagual. La presencia del o’tanil no está condicionada por la materialidad de las cosas, pues trasciende a las esferas de lo etéreo, lo imperceptible y espiritual. Su trascendencia es vital, tanto que el antropólogo tseltal Juan López ha planteado que hablar del corazón remite a unas “epistemologías del corazón”, las cuales se entraman con lo que he planteado como “poéticas del corazón”.

De acuerdo con la poeta tseltal Adriana López, existen más de 100 acepciones del corazón, que remiten a “nuestras emociones, conocimientos, filosofía, ciencia y vida”.4 Sin embargo, resulta compleja la posibilidad de caracterizar cada una de las formas en que el o’tanil aparece, sobre todo porque una definición y traducción del significado en tseltal al castellano, como a cualquier otra lengua, puede ser ambigua y superflua. En todo caso es más preferible reconocer que, aun cuando haya una finitud del corazón y su expresión en el habla, su sentido es inconmensurable como una metáfora misma, donde el encuentro de dos palabras distintas produce múltiples significados. Aquí una aproximación.

Takin ko’tan o mi corazón está seco

En los días de mucho calor, después de una jornada laboral o de realizar alguna actividad que demande esfuerzo físico, el cuerpo pide saciar la sed que el cansancio provoca. Entonces, la persona sedienta dice: “ya xtakin ko’tan”, es decir, “mi corazón está seco”. ¿Cómo interpretar dicha aseveración? ¿Por qué el corazón es el que se seca? Para el filósofo francés Paul Ricoeur, el lenguaje es esencialmente metáfora. Cada cultura edifica sus metáforas propias que son entendidas al ser enunciadas, pero no produce el mismo efecto si estas se traducen a otro idioma, tal como sucede con el ejemplo escrito. La metáfora pensada en una lengua no necesariamente lo es al ser trasladada a otra. El sentido cambia y se interpreta de otra manera. Decir “ya xtakin ko’tan, al ser traducido como “mi corazón está seco”, puede leerse como una metáfora viva, incluso como una poética que suscita una reinterpretación de su sentido inicial, al ser escrita en castellano. Pero al ser dicha entre hablantes del tseltal se comprende que lo que se quiere decir es que “la persona tiene sed”. A esta variación he intentado llamarle metáfora definida,5 que alude al reconocimiento pleno de lo que se dice sin hacer un excedente de sentido.

¿Por qué el corazón es la parte que somatiza la sed? Es posible deducir que es el o’tanil el lugar de la sed porque es el que late, el que indica el cansancio, el que reconoce el calor, la pesadez a través del cuerpo. Saciar la sed es devolverme el ánimo al corazón.

P’ij yo’tan o el corazón sabio

A diferencia de Occidente y de las ciencias hegemónicas, el lugar de la sabiduría no solo está en el lugar de la psique, la mente o la razón. El saber se halla en el corazón. Cuando una persona menciona “lom p’ij yo’tan te jme’chune”, esta aseveración se traduce, en su “literalidad”, “es muy sabio el corazón de mi abuela”. El o’tanil no solo incorpora las sensaciones corporales como la sed o el cansancio, sino lo que uno va aprendiendo a lo largo de la vida, se convierte en sabiduría. El conocimiento sobre las semillas, el ciclo de la luna, las leyendas, los cánticos, los rezos, los simbolismos de los textiles, las plantas medicinales, se enraízan en el corazón. Esto no supone que el saber no esté en el cerebro, en el chinam; al contrario, es tan importante como el corazón porque juntos producen un “conocimiento corazonado” o un “corazón con conocimiento”, que manifiesta un saber/pensar con sentimiento.

Cuando a alguien se le reconoce y se le dice “lom p’ij awo’tan/tu corazón es muy sabio” se refiere a una persona con una capacidad ilustre y pulcra de reflexionar y sentir con compromiso, solidaridad, responsabilidad y respeto. Es alguien que no pretende imponer ni colonizar con su saber, ni mucho menos minimizar y excluir el conocimiento de las otras personas. Se trata de un saber que no compite, sobre todo se comparte, lo cual transgrede la idea capitalista de la acumulación del conocimiento para el bien individual y lucrativo. El p’ijilal o’tanil es una forma de construir un saber colectivo. Esto puede verse cuando una madre le enseña a sembrar a su descendencia, a preparar los alimentos y a reconocer los mitos que hablan de la vida. El saber es necesario para conducirnos en el mundo. De allí que la metáfora del corazón es una forma de conocimiento sobre lo que somos y devenimos en la existencia.

Yak’olin ko’tan o darle esperanza a mi corazón

Así como el corazón somatiza las necesidades fisiológicas y las expresiones del saber, también devela los deseos y las intenciones afectivas de toda persona. Así como existe el xpich’et ko’tan, es decir, “el coraje/la molestia de mi corazón”, que se asocia con el malestar, la aflicción y el aburrimiento, también se entiende como una forma de expresar que “el corazón se deprime”, es decir, manifiesta la tristeza. En contraparte, existe también una forma de manifestar el anhelo. Un ejemplo es cuando se dice “ya yak’olin ko’tan te jme’e”, que se puede traducir como “mi madre le da esperanza a mi corazón”. Si bien el sustantivo del que deviene la palabra ak’olin se ha interpretado como esperanza, también se asocia con la confianza, la generosidad, la alegría y complacencia, todo al mismo tiempo. Por ello, los significados que se tejen desde y con el corazón no deben reducirse a una sola nominación, porque sería quitarle su sentido profundo, la poética que permite una multiplicidad de connotaciones. 

Mencionar juntas las palabras ak’olin y corazón me resulta uno de los encuentros semánticos más intensos que puede darse entre dos palabras, porque expresa sentimientos inefables. Decir “ya yak’oltesben ko’tan k’alal ya kilat” es externar una especie de alegría, esperanza y complacencia ilimitada del corazón cuando se ve a la persona querida, anhelada, imaginada y esperada. Imposible traducir con precisión lo que se siente, pero es algo con mucha intensidad. Tal vez un día toque decirlo, quizá un día toque escucharlo.

O’tantaya te awa’tele o corazona tu trabajo

El corazón también aparece en las cosas que hacemos con mucha convicción, a las que dedicamos tiempo, esfuerzo, disciplina y constancia, aquellas que acompañan los sueños y las esperanzas. Puede tratarse del acto de escribir un libro, construir una casa, trabajar en la milpa o alguna otra actividad. Decir “o’tantaya te awa’tele” es como decir “pon el corazón en tu trabajo”, pero más que poner es corazonar, es decir, que tenga un corazón propio, incluso “sentir el corazón de lo que se hace”. Esta palabra ha sido reflexionada por el antropólogo Patricio Guerrero6 y por Juan López,7 y coincido con el planteamiento de no entender la nominación en un sentido de co-razón, como si se tratara de un “volver a razonar”. Más bien, el de hacer que las cosas, sustancias, entidades y prácticas tengan corazón. ¿Cómo lograrlo? 

O’tantayel, corazonar las cosas, es una metáfora y poética que se materializa en el acto de confiar en lo que se hace, pero, sobre todo, en el compromiso con que se lleva a cabo. Esto puede traducirse como “hacer las cosas con amor”, como coloquialmente se dice. El trabajo constante, con perseverancia, tenacidad y con mucha honestidad, proveerá los frutos anhelados. Esta creencia es lo que permite sentir que las cosas han sido hechas con pasión, entereza y sinceridad. Se percibe a partir de lo que nos provoca y conmociona como un libro, una canción, una milpa extensa. Entonces, la cosa ha adquirido un corazón propio y resuena con el nuestro.

Corazonar u o’tantayel tiene cabida en distintas dimensiones de la vida, pero también en la ciencia, la academia, las artes, las humanidades, las metodologías, que tanto han olvidado y excluido el o’tanil. Corazonar es imaginar horizontes posibles, desestructurar las formas violentas en que hemos aprendido a ser hombres y mujeres, en que nos dirigimos hacia otras culturas y sociedades. Todo puede corazonarse, darle el sentido afectivo a lo que hacemos. No es romanticismo ni utopía: es una posibilidad de vida.

*

El corazón guarda nuestras memorias más queridas, las que han dejado profundas hondonadas en el alma. Allí suelo encontrar los relatos de mi abuela Antonia, los viajes en mi infancia con mi padre, la llegada de mi perro Fluppy, la muerte de mi amigo Aaron, el asombro de ver las cascadas de Iguazú. ¿Cuántas memorias puede guardar el corazón? ¿Y cuántos olvidos se han quedado allí? Decir “ch’ay ta ko’tan” es afirmar que “se perdió en mi corazón”. Este es, quizá, el peor olvido de todos, porque si el corazón olvida no hay forma de hacer volver lo que ha dejado ir. El o’tanil es nuestro lugar seguro. El lugar donde vive lo que recordamos, el lugar donde vive lo que hemos olvidado. 

III

Uno de los saberes más poéticos en la cosmovisión de los pueblos tseltales es la del sch’asujtesel o’tan que es “hacer volver el corazón” o “regresar al corazón”. Se trata de un retorno, un recordatorio de no olvidar de dónde venimos. Esta afirmación suele decirse cuando se aconseja a alguien, cuando ha dejado de lado los valores o se ha dejado influir de tal modo que niega o rechaza su origen y estirpe. Lo mismo cuando la persona se ha “contaminado” de prácticas que dañan y violentan a otras personas, a través de la envidia, la competencia, la avaricia, la soberbia ––en el menor de los casos––, hasta las agresiones físicas y el homicidio. Se cree que la persona ha “abandonado su corazón” y que por ello ha perdido la sensibilidad de reconocer el bien y el mal. 

Ya sk’an te ya sch’asujtojtik ta ko’tantik” se dice para recordar que “debemos volver a nuestros corazones”. Ese volver implica una voluntad: la de reconocer que se uno se ha desviado del camino y que ha abandonado los consejos que el padre, la madre, el abuelo o la abuela le han dado. “Volver al corazón” o “hacer volver al corazón” es una cuestión necesaria, pero, sobre todo, voluntaria. Nunca se da por obligación ni de manera forzada. Se da porque la persona lo quiere, porque se ha dado cuenta de que algo en él o ella no va por buen rumbo. Quizá la gente o el círculo más cercano lo ha notado, pero si dicha persona no lo percibe, puede continuar alejándose de su corazón hasta el punto en que el retorno se vuelva abrupto. 

Hace tiempo pasé por una situación dolorosa en donde sentí que me había alejado de mi ko’tan. Sentí decepción y frustración sobre mi propia persona al saber que había fallado a mis principios. Reconocí que era necesario desprender aquellas cosas que ya no quería de mi persona y reafirmar las que me daban vitalidad y eran parte de mi esencia. Eso implicó un “hacer volver el corazón”, un trabajo sobre mi persona, sobre mis erratas, equivocaciones y extravíos, para reencauzar mi ser. Es un proceso en el que aún continúo, porque nunca el retorno es definitivo, como si se hiciera una sola vez, sino es constante.

El sch’asujtesel o’tan se emplea, además, para asuntos sociales que permiten cuestionar la existencia de las guerras, del odio, los homicidios, la desaparición forzada, el racismo, la xenofobia y la discriminación. La gente que estimula dichas prácticas violentas es porque se ha alejado del corazón. De allí que cada cosa, acto, práctica y discurso que hagamos debe ser con la presencia del o’tanil, pues como fue escrito por los sabios del Popol vuh, “quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca”. 

*

Decir “laj ko’tantik/nuestro corazón ha acabo/terminado” es afirmar que una actividad que la gente realiza ha culminado. El corazón principia y culmina toda acción nuestra. 

IV

A

Tame ay jun k’aal 

te ya ak’opon te binti la jts’ibuye,

ya jk’an te ya ana’ stojol

te kuxulat ta ko’tan:

tey kich’oat.

Ich’a spatobil awo’tan.

A

Si un día

lees lo que he escrito,

quiero que sepas

que vives en mi corazón:

allí te llevo. 

Recibe un saludo a tu corazón.


Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
Destrucción en El-Remal, Gaza, después de ataque aéreo israelí. 9 de octubre del 2023. WAFA. CC BY-SA 3.0
Destrucción en El-Remal, Gaza, después de ataque aéreo israelí. 9 de octubre del 2023. WAFA. CC BY-SA 3.0

Los diarios impresos y digitales despertaron el 7 de octubre de 2023 con una primera plana inusual en el conflicto israelopalestino, un genocidio por parte de Israel que ha durado más de setenta años. El brazo armado de Hamás, organización política y paramilitar palestina, asestó un ataque sorpresa a Israel. 

El hecho se convirtió en noticia en medios mexicanos y extranjeros debido a que las fuerzas militares israelíes nunca habían sufrido un revés tan violento desde que comenzaron a colonizar Medio Oriente. El saldo fue de mil cuatrocientas muertes, según el Ministerio de Salud Israelí. 

La respuesta del ejército israelí fue implacable e inmediata. Los bombardeos en la Franja de Gaza comenzaron al día siguiente y para el 9 de octubre asediaron la zona donde impidieron el suministro de electricidad y víveres. En medios de comunicación se ha insistido en llamar “respuesta” al asedio israelí que lleva siete décadas en acción. En realidad no es una consecuencia de los hechos del 7 de octubre de 2023, sino una escalada de la colonización israelí.

Al menos 2.2 millones de personas quedaron atrapadas en aquel lugar convertido en un infierno, y otras 8 mil fallecieron hasta ese día, según las estimaciones de Amnistía Internacional. Las cifras podrían dispararse debido a quienes permanecen bajo los escombros.

Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, declaró estado de guerra desde el ataque, y prometió ante los noticieros un “castigo ejemplar para los terroristas”. La reacción y el discurso comparten similitudes con el que George W. Bush, expresidente de Estados Unidos, anunció para comenzar una intervención militar cuyo preludio es recordado como atentado de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. 

Mientras el ministro hablaba de “terrorismo” ante los medios y los reporteros usaban la designación de sus notas, se olvidó en los diarios recordar que Palestina fue reconocido como territorio ocupado en la resolución 1514 de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Una maquinaria de guerra heredada de Estados Unidos

La postura de Israel ante un golpe “terrorista” es un acto que Estados Unidos había interpretado tras el 11-S. Ambos señalaron a un enemigo que debía ser destruido con ayuda de cualquier medio militar, con el objetivo de evitar la propagación del “terrorismo” en Medio Oriente. 

El ataque del 7 de octubre de 2023 fue parte de una estrategia con previo aviso para realizar un intercambio de personas coartadas de su libertad por autoridades israelíes sin previo juicio. Tras lo sucedido, aún tuvieron que pasar por una larga espera para ser liberados. Entre ellos había activistas por la libertad palestina e incluso más de 12 mil niños secuestrados a manos del ejército israelí entre 2000 y 2003. 

Respecto a la satanización que recibió Hamás en los medios de comunicación, se dejó de lado uno de sus principios más claros como resistencia: “Hamás no lucha contra los judíos porque sean judíos, sino contra los sionistas que ocupan Palestina… Hamás rechaza la persecución de cualquier ser humano o el menoscabo de sus derechos por motivos nacionalistas, religiosos o sectarios”.

Una similitud importante es el discurso, reproducido en los medios de comunicación, con el que se inicia la ofensiva militar en territorio enemigo. Una de las principales razones para atacar fue el secuestro de 240 personas de diversas nacionalidades durante el ataque de las brigadas Izz ad-Din al-Qassam, brazo armado de Hamás, en un festival de música, reportaron las autoridades israelíes. 

Dos de ellos de los secuestrados eran mexicanos. Ilana Gritzewsky fue liberada el 30 de noviembre de 2023. De Orión Hernández aún se desconoce su paradero. Lo último que se supo de él fue información proporcionada por sus familiares, quienes recibieron llamadas de su celular y escucharon a varios hombres hablar en árabe. Meses después, en enero de 2024, Alicia Bárcena, canciller mexicana, informó que el gobierno de México ha gestionado esfuerzos con autoridades internacionales para conseguir su liberación.

La novia de Orión Hernández, Shani Louk, de nacionalidad alemana-israelí, fue asesinada y exhibida en un video difundido por los supuestos terroristas del brazo armado de Hamás a los pocos días tras el ataque. Para el 30 de octubre de 2023, el Ministerio de Exteriores de Israel confirmó la muerte de la joven. 

En contraste las noticias sobre las más de veinte que Israel rechazó un alto al fuego y un intercambio de rehenes casi nunca se mencionaron. En lugar de eso, en los noticieros de México había una programación amarillista habitual: el video de la mujer y la declaración de Netanyahu respecto a un supuesto cambio de términos para el cese a los ataques por parte de Hamás: “Una presión para alcanzar el cese al fuego con Hamás”.

Hasta diciembre de aquel año, se consiguió la libertad de 105 rehenes durante los acuerdos entre las facciones. Israel se comprometió a liberar de prisión a tres palestinos por cada mujer y niño israelí que fueran devueltos a casa, de acuerdo con CNN en Español. El tratado comenzó desde el 21 noviembre con vigencia de cuatro días en los que se buscaba liberar a 50 secuestrados a cambio de 150 palestinos detenidos sin sentencia. Las negociaciones, según Voz de América.

Sin embargo, pocos días más tarde, Israel se negó a detener los ataques y la Franja de Gaza fue el territorio más afectado por los asedios israelíes mencionados con anterioridad, donde una doctora mexicana, Bárbara Lango, estuvo atrapada hasta inicios de aquel mes. 

La ofensiva de Israel cuenta con el uso de misiles y bombardeos a diario, casi mil, para colonizar y exterminar a Hamás, que ha controlado al Franja de Gaza desde el 2007. Israel intenta justificar su violencia con los secuestros del brazo armado. Las fuerzas israelíes cobraron la vida de al menos 27 mil 300 palestinos, entre ellos más de 7 mil niños, según informes de Amnistía Internacional.

Se estima que otras 200 mil muertes han resultado heridas en estos bombardeos, que han destruido objetivos militares e infraestructuras civiles como hospitales y escuelas. El daño de Israel se dirige a población civil con francotiradores que disparan contra menores de edad, despojo de viviendas para arrebatar terreno y secuestros indiscriminados que terminan en ejecuciones o cárcel sin previo juicio. 

La situación empeora debido a las restricciones impuestas por Israel sobre la entrega de ayuda humanitaria, alimentos, agua y atención médica a la población de Gaza, una restricción que va en contra de los mandatos de la Corte Criminal Internacional. Al menos el 85% de los residentes del territorio se han visto forzados a desplazarse dentro de la misma área. 

La manera en que se concretaron estos hechos necesitó de un discurso a nivel elaborado para construir una ilusión de legitimidad del uso de fuerza desmedida. El precedente que retomó el ministro israelí proviene de Estados Unidos, el primer país en “castigar al terrorismo” con una guerra en Afganistán. 

El primer paso para legitimar incursiones militares es actuar con métodos violentos y alejados del derecho internacional. En este escalón, resulta crucial desvanecer con vaguezas la frontera entre grupos “terroristas” y ejércitos nacionales, que representan de forma clara las fuerzas militares de un país.

Una de los significados más ambivalentes del terrorismo se refiere a cualquier ataque capaz de infundir terror. Es un concepto utilizado en las declaraciones de Netanyahu para hablar de lo sucedido el 7 de octubre de 2023. Al mismo tiempo, advertía que bombardeos eran solo el inicio.

Por supuesto, Netanyahu adopta una definición muy vaga de terrorismo para justificar una colonización y exterminio contra el pueblo palestino. Si usa una perspectiva más puntual de esto, tendría que admitir que Israel es la cuna de un terrorismo eficaz: aquel que primero se victimiza para ejercer una violencia terrible.

El terrorismo tiene significados que abarcan más dimensiones que las previstas por algunos medios de comunicación y Netanyahu. En el Diccionario de política de Norberto Bobbio se explica que este fenómeno es la única forma de acción posible, cuyos perpetradores no pueden enmarcarse en un Estado. 1

Esta definición, de forma conveniente, deja a los terroristas fuera de un Estado. Netanyahu suele usarla para justificar los actos de Israel y atacar con la mayor letalidad posible. Dicho de otra manera, deshumaniza a cualquiera fuera de su región y los considera sujetos sin derechos. 

Las motivaciones políticas son el verdadero motivo para atacar a la población civil, cuyos efectos impresionan a la opinión pública. Una de las finalidades contempla promover causas ideológicas con una demostración de violencia para obtener la legitimidad que goza una fuerza armada estatal, justo como lo ha hecho Israel durante décadas.2

Bajo estas definiciones, el discurso de Israel puede ser contraproducente. El ejército israelí realizó ofensivas que desataron el horror en la población civil ante los ojos del mundo, al punto de ser considerados crímenes de guerra de acuerdo con Amnistía Internacional.

El discurso israelí retomado en los medios, pese a su naturaleza terrible, se basa en justificar un exterminio con una ofensiva producto de una resistencia ante la colonización sionista. Sin importar el contexto que hay detrás, en el que Israel ha perpetrado crímenes de guerra, imposibles de comparar con el ataque del 7 de octubre de 2023, pues lo supera por mucho.

Esta forma de legitimar una respuesta bélica fue reinventada en Estados Unidos. Las autoridades norteamericanas lo pusieron en marcha para desatar el horror sobre la población civil. Fue el inicio de una “guerra contra el terror” que causó aún más sufrimiento en Medio Oriente luego de veinte años.

En respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001, el entonces presidente George W. Bush puso en marcha una estrategia antiterrorista denominada GCT (Guerra Contra el Terrorismo) basada en tres pilares principales: defender, preservar y promover la paz y la libertad a nivel mundial.

La reacción mediática del 11-S y la del 7 de octubre de 2024 en Israel fue casi inmediata, con la Resolución 1368 del Consejo de Seguridad de la Orgainzación de las Naciones Unidas (ONU), que reconocía el derecho a la defensa de Estados Unidos frente al terrorismo. Esta decisión también estableció límites y buscaba que cualquier acción en respuesta se ajustara a normas internacionales establecidas.

El lema de Bush, “O están con nosotros o están con los terroristas”, reflejó la disposición de Estado Unidos por adoptar una estrategia unilateral si era necesario, marcando el inicio formal de la GCT y subrayando la militarización y securitización de su política exterior.3

Netanyahu tiene una declaración igual de contundente respecto a la matanza en la Franja de Gaza: “Nadie nos detendrá: ni La Haya, ni el eje del mal, ni nadie más”. La embajadora israelí en México, Einat Kranz Neiger, apoyó esta actitud al sugerir que mantener una posición neutral implica respaldar actos terroristas, en rechazo a la postura del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) respecto al los bombardeos.

El actuar de Israel, al igual que pasó con Estados Unidos, ignora el derecho internacional para buscar una supuesta justicia, que en realidad es un exterminio, a las vejaciones que sufren a manos de sus enemigos. Mientras que los actos de guerra exigen una movilización militar, los actos terroristas requieren una solución basada en el derecho penal. Esto implica una investigación minuciosa para identificar y neutralizar a los responsables, en contraposición a la respuesta bélica que podría afectar a inocentes.4

El proceso para Israel se hizo realidad en enero de 2024. La Corte Criminal Internacional recibió la denuncia de genocidio contra Israel, gestionada desde el gobierno de Sudáfrica. En la resolución se encontró culpable a Israel y se ordenó un inmediato cese al fuego. Por supuesto, ignoraron la orden y continuaron con su masacre. 

Además, fue notoria la respuesta terrorista de Israel en los ataques tras el 7 de octubre. Los derechos internacionales y las instituciones garantes, el caso de la ONU, tienen la facultad de combatir por la vía legal a los terroristas sin necesidad de recurrir a la guerra. Sin embargo, Israel decidió ignorar estos hechos y enfocarse en una escala de violencia contra civiles. Una elección que desata preguntas respecto a si el objetivo de su intervención en la Franja de Gaza es exterminar a este grupo.

Hamás no es Palestina

La población civil resultó más afectada desde los ataques de Hamás. El embajador de palestina en México, Mohamed Saadat, visibilizó el problema en entrevista con Milenio. En el diálogo se abordó la importancia de recordar a ambas facciones que una solución pacífica es la respuesta. Respecto a la situación en la Franja de Gaza, enfatizó en que atacar a civiles palestinos es diferente a combatir contra Al-Qassam. 

La embajadora israelí en México advirtió al mundo que se debería preparar para atestiguar una guerra. También advirtió que Hamás cometió un doble crimen de guerra: el primero contra el pueblo israelí; el segundo, contra la gente de la Franja de Gaza porque, en palabras de Kranz Neiger, serían un “escudo humano” cuando continúen los bombardeos. También pidió a la comunidad internacional: “Sumarse al lado correcto de la historia para evitar un apoyo al terrorismo”.

De nuevo, los noticieros mexicanos repitieron la entrevista con estas declaraciones de forma recalcitrante. Sus palabras sirvieron de amenaza a la gente de la Franja de Gaza, pues admitía que Israel continuará con los bombardeos de forma indiscriminada. Dejó entrever que, para Israel, son escudos humanos. Ese fue el discurso de odio y la amenaza con mayor difusión en cadena nacional.

Una solución pacífica parece improbable después de tantos asesinatos y tratados fallidos. En 1978, los Acuerdos de Camp David pasaron a la historia al ser el primer reconocimiento de un estado árabe, Egipto, hacia Israel. Esto conllevó una relativa estabilidad en un Medio Oriente marcado por su volatilidad. La situación duró poco, pues el presidente egipcio de ese entonces, Anwar al Sadat, fue asesinado en 1981.

Hubo otro esfuerzo por alcanzar la paz en 1991, durante el encuentro en Madrid bajo la administración del expresidente español, Felipe González. La convención reunió a representantes de Israel, Palestina y otros países relevantes, sin lograr resultados concretos.

Los Acuerdos de Oslo en 1993 involucraron a Yitzhak Rabin, exprimer ministro de Israel, y Yasser Arafat, expresidente del Estado de Palestina, bajo la mediación de Bill Clinton. Los tratados prometían se trataba de un “reconocimiento mutuo”, pero era de la última cesión de derechos sobre el territorio palestino, bajo la fachada de un tratado de paz. 

A pesar del optimismo inicial, el asesinato de Rabin y la continuidad de acciones extremistas de Israel sumieron al proceso en las sombras. Fue hasta el 2020, con el “Acuerdo del siglo” del exmandatario estadounidense Donald Trump, que se retomó el tema, aunque fue rechazado por Hamas y la Autoridad Palestina debido a que Estados Unidos reconoció a Jerusalén como capital de Israel y a la pérdida de territorio palestino.

Mientras tanto, el ejército israelí ha afianzado más regiones de las que se habían propuesto en los acuerdos anteriores. El proceso de colonización sigue su curso. La Comisión Internacional de Investigación de la ONU ha declarado que las acciones de Israel en el territorio palestino ocupado son ilegales, según el derecho internacional. La comisión destacó la situación durante octubre de 2022.

Desde 1967, Israel ha establecido alrededor de 630 mil colonos en 150 asentamientos ilegales en la Ribera Occidental y Jerusalén Oriental, de acuerdo con las cifras de la ONU. También se han construido 128 “asentamientos de avanzada” sin autorización de nadie más que de Israel. 

Los movimientos militares para establecerse en Medio Oriente mantienen a 4.8 millones de palestinos (1.9 millones en Gaza, 2.9 millones en la Ribera Occidental) en territorio ocupado. La expansión ha sido considerada ilegal; por esa razón, la ONU, la Corte Criminal Internacional, Amnistía Internacional y varias ONGs la  consideran una guerra de exterminio y colonialismo entre quienes piden un Estado Palestino.

El ataque de Hamás se produjo en un nuevo apartheid

El ataque perpetrado por Hamas durante la culminación de la festividad judía de Sucot puede tratarse de un acto con meses de planeación. Este hecho coincide con el final de aquella festividad, un evento religioso que se extiende desde el 29 de septiembre al 6 de octubre. Para conmemorarlo, las personas habitan en cabañas provisionales en recuerdo de los cuarenta años de travesía del pueblo de Israel por el desierto. 

El atentado tuvo lugar durante el sabbat, una jornada de descanso total y sagrada dentro del judaísmo, que acontece el séptimo día de cada semana del calendario hebreo. La letalidad de los daños, según medios, tomaron por sorpresa a la Mossad, la agencia de seguridad y espionaje mejor preparada del mundo, de acuerdo a la narrativa pro sionista.

Las presiones sobre la Mossad aumentaron a causa de la supuesta inferioridad de sus enemigos. Las Brigadas Izz ad-Din al-Qassam, brazo armado de Hamas, lanzaron al menos 5 mil misiles en veinte minutos contra Israel en el ataque del 7 de octubre, según los medios de Israel y nacionales.

Sin embargo, en más de una ocasión han circulado videos de los cohetes que poseen, incapaces de igualar la letalidad de los misiles israelíes. En muchas ocasiones, el armamento es de origen casero. Las brigadas fueron fundadas en 1991 con el propósito de combatir a Israel y pelear por la liberación del territorio palestino. Han realizado numerosas acciones armadas contra objetivos militares para detener la colonización sionista. 

Al-Qassam usa técnicas de combate con armas ligeras, explosivos caseros, ataques suicidas mediante bombas y cohetes, según la BBC. Con su desarrollo táctico, consiguió infiltrarse en una de las fronteras más vigiladas del planeta, la que separa Israel de la Franja de Gaza.

De forma paradójica, fue la separación implementada por manos militares israelíes lo que jugó en contra. Amnistía Internacional expuso en un informe, publicado en febrero de 2022, que Israel está perpetrando un sistema de opresión y dominación institucionalizada sobre la población palestina en los Territorios Palestinos Ocupados (TPO). 

El conjunto de segregaciones fue denominado apartheid, también en la ONU, lo que evoca a la represión racial, económica, legal y política que se vivió en Sudáfrica. En el caso de los refugiados palestinos, carecen del derecho de retorno. La confiscación de tierras, genocidio, lesiones graves, desplazamiento forzado como parte de un proceso de limpieza étnica, y prisión al aire libre son algunos de los actos que, según la organización, califican como crímenes de lesa humanidad. Aunque Israel ya fue encontrado culpable de genocidio, nada lo detiene. 

En marzo de 2022, las autoridades israelíes implementaron de nuevo la Ley de Nacionalidad y Entrada en Israel (Orden Temporal, cuya consecuencia tuvo severas limitaciones a la reunificación familiar para parejas de ciudadanos o residentes israelíes y sus cónyuges procedentes de los TPO). El objetivo detrás de esa política es concretar una limpieza étnica y una colonización sionista.

El Tribunal Supremo de Israel confirmó, en julio de ese mismo año, una legislación que permite a la ministra de interior retirar la ciudadanía a individuos condenados por cometer actos de “deslealtad al Estado”, una medida aplicada exclusivamente contra ciudadanos palestinos desde su promulgación en 2008.

Para el cierre del año, en 18 de diciembre, Israel deportó al activista franco-palestino Salah Hammouri de Jerusalén Oriental, tras revocar su permiso de residencia, intensificando las acciones contra los defensores de los derechos humanos.

Las consecuencias de las políticas inhumanas ya habían precarizado la calidad de vida en la Franja de Gaza. Tras la escalada en la colonización israelí desde el 7 de octubre de 2023, el territorio, de por sí inhabitable, se convirtió en un sitio donde la muerte era el único huésped. Hasta finales de enero de 2024, se contabilizaron 25 mil 105 palestinos muertos y otros 62 mil 681 heridos, de acuerdo con el Ministerio de Salud de la región. 

A un año del inicio de la intervención militar, los resultados generan preguntas respecto a cuán efectivas son las operaciones bélicas israelíes; si en realidad están enfocadas a detener el terrorismo en lugar de continuar con una guerra de exterminio. 

Israel heredó estrategias de Estados Unidos para legitimar el uso de la fuerza. El país de norteamericano tuvo consecuencias terribles. Su llamada “Guerra contra el terror” terminó con una rotunda derrota luego de veinte años de inclusión militar y más de 900 mil personas muertas, según estimaciones del Instituto Watson de la Universidad de Brown, institución que trató de calcular el número de víctimas. Quizá este resultado sea una lección del pasado antes de convertirse en una realidad que el mundo observará otra vez.

Fuentes

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Goyret, Lucas. “Claves para entender el conflicto Israel-Palestina: los acuerdos que intentaron llevar la paz a Medio Oriente”. Infobae, 27 de octubre de 2023. Disponible en: www.infobae.com/america/mundo/2023/10/27/claves-para-entender-el-conflicto-israel-palestina-los-acuerdos-que-intentaron-llevar-la-paz-a-medio-oriente/.


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Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Retrato de Lucia Berlin en la portada de "Bienvenida a casa". Alfaguara, 2020.
Retrato de Lucia Berlin en la portada de “Bienvenida a casa”. Alfaguara, 2020.

A Cruz Estela Peña por el cariño y las enseñanzas

Que algo nos conmueva hasta las lágrimas se considera más una hipérbole, una mera figura retórica, que un fenómeno real —sobre todo en nuestros tiempos colmados de cinismo—. Sin embargo, hay, por lo menos para mí, eventos y obras ante los cuales esa frase hecha termina describiendo mi reacción. Es lo que me pasa al leer los cuentos de Lucia Berlin, historias en apariencia simples, pero en los que hay una profunda exploración de la condición humana productor de una mirada muy atenta y una sensibilidad formidables. 

Narraciones como Manual para mujeres de la limpieza, Mi Jockey, Dolor fantasma, Apuntes de la sala de urgencias, 1977, Temps perdu, Toda luna, todo año, Atracción adolescente, Luto, Panteón de Dolores, A ver esa sonrisa, Mijito, Y llegó el sábado o Espera un momento me hicieron romper en llanto —otra frase hecha que, sin embargo, expresa lo que produjeron en mí—.

En sus narraciones, Lucia Berlin tiene el encanto de una conversación con una amistad cercana. A esa intimidad de las amistades de muchos años se suma su magnífica sensibilidad —o mejor decir sensibilidades, una para la construcción de tramas y otra para mostrar las luces y sombras de la condición humana—. Esa amiga que te cuenta historias que siempre te entretienen y nunca te dejan indiferente —perdóneseme el uso de esos dos adverbios temporales y absolutos, pero es parte del encanto que me producen las narraciones de Berlin—.

En español contamos con dos obras que recopilan la mayor parte de sus cuentos: Manual para mujeres de la limpieza (2016) y Una noche en el paraíso (2018), ambas editadas por Alfaguara y traducidas por Eugenia Vázquez Nacarino —quizá, para un lector mexicano, o de otras áreas de Latinoamérica, es uno de los puntos flacos, pues algunas expresiones son traducidas en función del español peninsular, pero, dado que Lucia conocía nuestra lengua e incluso vivió en México y en Chile, se hubiera agradecido una traducción más cercana a nosotros—. Estos dos libros son traducciones de las recopilaciones realizadas por Stephen Emerson, amigo de Berlin, publicadas en los Estados Unidos bajo los títulos de: A Manual for Cleaning Women: Selected Stories (2015) y Evening in Paradise: More Stories (2018) y en ellos se publicó la mayor parte de las 73 narraciones que escribió a lo largo de su vida —La de historias que pudo haber contado, apuntó Mark Berlin, su hijo, en La historia es lo que cuenta—.

En ese texto, que funciona y que es el prólogo de Una noche en el paraíso, Mark Berlin escribió:

Quizá soy la última persona que habló con ella y, una vez más, me leyó [antes apuntó que le leía en su infancia]. No recuerdo qué (¿una reseña, un fragmento de los cientos de lecturas que le pedían, una postal?), solo su voz clara, amorosa, volutas de incienso, destellos de crepúsculo, y que después los dos nos quedamos en silencio contemplando sus libros.  

 Y no puedo sino coincidir con Mark, porque esa capacidad de su voz está manifiesta en sus narraciones, no era exclusiva de su charla. Los mismos adjetivos y las mismas imágenes con las que su hijo describió su voz pueden aplicarse a su prosa —no es casual que uno de los sinónimos que se le da al estilo sea el de voz—. Voz clara y amorosa con destellos de crepúsculo, eso y más es lo que me mantiene a mí atento a las narraciones de Berlin; la conjunción de una profunda y atenta mirada con un sentido del humor que tanto puede ser irónico como reflexivo. Así, al descubrimiento de la injusticia y la crueldad, en el cuento Estrellas y Santos, ella contrapone la narración de una niña, con comentarios que pueden ser irónicos o, incluso, jocosos, pero que resaltan el mundo al que esa niña ha sido lanzada —con la madre alcohólica, el padre en la guerra, y los abuelos amargados y también enajenados por la bebida—. La protagonista vive en El Paso y es enviada a una escuela de monjas del otro lado de la ciudad, porque su madre no quería que se relacionara con mexicanos —las tensiones raciales están presentes en muchos de los cuentos—:

Por supuesto a esas alturas ya había decidido hacerme monja, porque ellas nunca parecían nerviosas, pero sobre todo por los hábitos negros y las tocas blancas, los velos almidonados pescas e inmaculadas flores de lis. Apuesto que la Iglesia católica perdió a un montón de futuras monjas cuando empezaron a vestirse como las ordinarias guardas de los parquímetros.

La niña desea ser como esas monjas porque ellas, entre todas las personas con las que se relaciona —sus compañeras, su familia directa— son las únicas que la han tratado bien, quienes le ponen estrellas en la frente y le dan estampas de los santos, aunque su familia no sea católica. Pero, por una serie de equívocos, la niña termina lastimando a una monja y aquel sueño se rompe.

Berlin construye Estrellas y santos a través de contrastes: la casa de la niña opuesta al colegio; las monjas contrastan con las compañeras que acosan a la protagonista, quien, con su equipo ortopédico a cuestas, contrasta con la belleza de sus compañeras. La enorme mayoría de sus narraciones se construyen a través de elementos contrastados, sobre todo personajes —ahí está Melina en la narración con el mismo nombre, a quien la narradora desea conocer y con quien se compara, cuyas vidas y personalidades son tan opuestas; ahí está también Atracción sexual donde la niña protagonista, al borde de la adolescencia, es guiada por los misterios de la seducción por su prima mayor, ambas en una cena de gala —una con un vestido de hombros descubierto, la otra todavía con los holanes propios de la infancia y el seducido entre ellas, un junior millonario que trastoca las expectativas de los personajes y de quien lee—.

La narración que le da título a la primera de las colecciones que se publicaron tras su muerte, Manual para las mujeres de la limpieza, está construida a través de los contrastes. Contrasta la narradora blanca entre las otras mujeres de la limpieza, la mayoría negras; contrastan las casas a las que acude a limpiar y las vidas que observa en ellas con la suya propia —en medio del duelo por la muerte de su esposo—. Incluso hay un contraste, que produce la tensión del cuento, entre la narración de su vida como mujer de la limpieza, los consejos para las mujeres de la limpieza y los momentos en que se dirige a su compañero muerto —o en los que lamenta su muerte—, con lo cual logra construir una entrañable historia y trasmitir el dolor y el cansancio, pese a ser una adulta funcional, en los que nos sumerge el duelo: “Mis amigos dicen que me recreo en la compasión. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrió, sin querer me tapo la boca con la mano”.

Soy la única persona con quien puede hablar su marido es abogado juega al golf y tiene un amante no creo que la Señora Jessel lo sepa o que se acuerde Las mujeres de la limpieza lo saben todo.

La señora Jessel no se da cuenta de nada y depende de la narradora, quien, en cambio, lo sabe todo; quien no tiene problemas de memoria, pero está deprimida. Así manifiesta la personalidad de la protagonista-narradora, desde su capacidad de observación y su depresión. Lo sabe todo porque observa y por eso está en condiciones de dar consejos; pero también le permite no pensar en su duelo, el cual irrumpe en la narración como los pensamientos intrusivos en la depresión.

Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.

Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.

En una escena que, además, recuerda a la escena de Ana Karenina previa al suicidio de Ana, cuando ella viaja en un carro por las calles de San Petersburgo y lee los anuncios de las tiendas de la calle mientras sus pensamientos irrumpen en el discurso del narrador en una de las primeras muestras de flujo de conciencia; gran lectora como era Lucia Berlin, y deudora de la literatura rusa, no es improbable que se haya inspirado en esa escena para la construcción de esta.

Los consejos para las mujeres de la limpieza se vuelven una especie de escape, una forma de no estar dándole vueltas a su soledad y la muerte de Ter. Incluso, no pocos de ellos son planteados desde el sentido del humor, como el sexto consejo:

Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio.

 Pero el duelo lo impregna todo, irrumpe, porque no se ha resuelto, del mismo modo en el que la muerte irrumpió y acabó con la vida de Tar, del compañero de Maggie, la narradora.

Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo bajo el piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí, tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver. Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.

Pienso en el dolor de Maggie, en la ira, en la negación y se me humedecen los ojos. Así es el duelo. Lucia Berlin, como gran observadora que era, sabía captar los elementos esenciales para trasmitir un estado emocional.

Esa capacidad de observación la utilizó en las diversas profesiones que ejerció, sobre todo como enfermera y ayudante administrativa de un hospital —una capacidad que comparte con otros escritores que también fueron profesionales de la salud; pienso en Antón Chéjov, a quien tanto le debe la prosa de Lucia, pero también en Mikhail Bulgakov, o en poetas como William Carlos Williams o Elías Nandino—. Muchas de sus historias se desarrollan en torno a esas experiencias, como Mi Jockey, donde dice:

Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba ahí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle un quimono a una dama.

Mostrando toda la compasión y el dominio de su prosa de que era capaz, el canal de YouTube Poetry Center Archive Goes Live! tiene un video de una lectura que Lucia Berlin realizó el 24 de febrero de 1984:

Esas cualidades de observación se manifiestan, también, en Apuntes de la sala de urgencias, 1977, narración que va más allá de los meros apuntes. La observadora y compasiva Lucia comparte su experiencia en la sala de espera, hace a quien la lee partícipe de ellos.

Si no les han robado ya el bolso, da la impresión de que las ancianas solo llevan encima la dentadura postiza, un horario de la línea 51 del autobús y una agenda sin apellidos.

[…] Me parece una lástima hacer una prótesis completa de cadera o un bypass a alguien de noventa y cinco años que susurra: “Por favor, déjenme morir”.

Pero no es una mera observadora, participa junto con los paramédicos y el resto del personal de salud, acompaña a los enfermos.

Nos reímos y luego nos quedamos callados, cogidos de la mano… desde Pleasent Valley a Alcatraz Avenue. El señor Adderly lloraba en silencio. Mis lágrimas eran por mi propia soledad, mi propia ceguera [el señor Adderly era ciego].

Esta observadora sabe reconocer el dolor y la forma en la que afecta a los deudos: “Una cosa sé de la muerte. Cuanto ‘mejor’ es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte”. Puede uno estar o no de acuerdo con su juicio, con lo que significa vacío tras la partida de alguien, pero es evidente que ha llegado a ese juicio a través de la experiencia.

La experiencia le sirve a Berlin como materia prima, pero no se circunscribe a ella. Gran lectora de Proust, sabe que la memoria y la experiencia son materiales con los cuales se construyen las historias. Así, incluso su subjetividad —el yo— es también uno de los materiales con los que puede construir sus historias; de ahí que, en lo personal, no creo que su prosa pueda considerarse autoficción; no le interesa problematizar el yo que observa y narra —como sí hace, por ejemplo, Annie Ernaux, otra gran lectora de Proust—. No hay un único yo en la prosa de Berlin, aunque la mayoría de sus narraciones sean narrados en primera persona. Hay diversos y múltiples yos con los que construye, algunos están cercanos a otros, incluso comparten elementos de sus pasados sin que sean, necesariamente, el mismo —pienso, por ejemplo, en Toda luna, todo año y Penas, ambos transcurren en Zihuatanejo y, en el segundo, el personaje de Dolores recuerda una aventura que es la misma que tiene la protagonista de Toda luna, todo año, Eloise Gore; otro punto en el que coinciden ambas narraciones es que son narradas en tercera persona; al de Penas se pueden incluir Panteón Dolores, Mamá o Espera un momento, que hablan de Sally, aunque ella no sea necesariamente la misma en las diferentes narraciones—. Penas ahonda en el reencuentro de dos hermanas que se distanciaron por veinte años y cuya madre acaba de morir, madre que desconoció a la menor, Sally, cuando ella se casó con un mexicano; es el reencuentro, además, en el momento en el que la menor sabe que morirá, está en tratamiento contra el cáncer y la acaba de dejar el marido, mientras Dolores no puede sincerarse sobre su padecimiento:

¿Cómo podía hablarle a Sally de su alcoholismo? No era como hablarle de la muerte, o perder a su marido, de perder un pecho. La gente decía que era una enfermedad, pero nadie la obligaba a beber. Tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada, quiso decir Dolores, pero no lo hizo.

Sin embargo, aunque la hermana mayor calla, el reencuentro es posible gracias a que ella asume su papel de cuidadora —es enfermera en California— y ayuda a su hermana a no sentir pena por sí misma.

—Realmente es un consuelo —dijo Sally, cuando se despidió con un beso de Dolores en el aeropuerto.

—Apenas comenzamos a conocernos de verdad —dijo Dolores—. Ahora estaremos siempre ahí, la una para la otra —se le encogió el corazón al ver la dulzura, la confianza en la mirada de su hermana.

Volviendo al hotel le pidió al taxista que parara en una licorería. En la habitación bebió, se quedó dormida y luego mandó que le trajeran otra botella. A la mañana siguiente de camino al avión de vuelta a California compró una petaca de ron, para curar los temblores y la jaqueca. Cuando el taxi llegó al aeropuerto ya había, como suele decirse, ahogado las penas.

Lucia Berlin tuvo una vida muy diversa. Vivió muchas vidas en una sola, de las cuales pudo extraer muchas experiencias, pero además tuvo un ojo extraordinario para saber elegir escenas y momentos de su vida y, a través de ellos, construir sus historias. Si Dolores es una enfermera alcohólica, Eloise Gore es una maestra enviudada recientemente —“Ay, Mel, ¿qué voy a hacer? ¿Abandonar la enseñanza? ¿Viajar? ¿Hacer un doctorado? ¿Suicidarme?”— que trata de traducir un poema del Chilam Balam y al explorar la playa encuentra la isla y a César, quien será su instructor de buceo y con quien llega a tener relaciones sexuales.

Es un cuento de descubrimiento, tanto del mundo que le muestra el instructor como de sí misma y de lo que es capaz.

Salieron a la superficie. El agua turquesa no revelaba nada de lo que había debajo. Por el sol, Eloise supo que no habían estado abajo ni siquiera una hora. Sin peso la persona se pierde a sí misma como punto de referencia, pierde su lugar en el tiempo.

Ella descubre que es capaz de volver a amar, que es posible seguir viviendo.

César la esperó en la oscuridad moviendo apenas las aletas y entonces la atrajo hacia él. Se abrazaron, sus reguladores entrechocaron. Al notar que la estaba penetrando, entrelazó las piernas a su cuerpo mientras daban vueltas y ondulaban en el mar oscuro. Cuando César se apartó, el esperma quedó flotando entre los dos como tinta blanca de un pulpo. Siempre que Eloise rememorara la escena en el futuro no sería como suele recordarse a una persona o a un acto sexual, sino más bien como un fenómeno de la naturaleza, un ligero temblor de tierra, una ráfaga de viento en un día de verano.

Eloise ha encontrado la forma de traducir el poema. Esa solución es una muestra de que ella ha encontrado la manera de reconciliarse con su propio dolor, de enfrentar el duelo. Aunque no muchas de sus personajes son traductoras, la traducción, el traslado, el hecho de ser el puente entre una cultura y otra es un elemento que comparten muchos de los personajes de Berlin —como ella misma llegó a serlo en muchos momentos de su vida—. Así, se puede leer en el inicio de Toda luna, todo año:

“Sabor a mí”. ¿Quién puede imaginar una canción en inglés que hable del sabor de una persona? En México todo tenía sabor. Ajo, cilantro, lima. Los olores eran intensos. Menos las flores que no olían a nada. En cambio el mar, el agradable olor a jungla en descomposición, el tufo rancio de las sillas de cuero, las baldosas enceradas con queroseno, las velas…

Así lo es la enfermera que atiende a la adolescente Amelia en Mijito —cuento en el que, además, la narración pasa de Amelia a la enfermera hasta llegar al desgarrador final—. La joven llegó de su pueblo en Morelia, donde conoció a Manolo, se casó con él; pero lo arrestan y tiene que irse a vivir con un pariente de Manolo, mientras trata de aprender inglés y descubre que está embarazada. Berlin construye el drama de muchas mujeres migrantes que llegan a los Estados Unidos sin siquiera saber el idioma y cómo tienen que afrontar todas las condiciones en contra, quienes, aunque quieren, ni siquiera pueden volver.

También funje como puente la narradora de Luto, una mujer que limpia las casas de gente que acaba de fallecer y quien atestigua cómo los hijos de un hombre que acaba de morir se reconcilian.

Ella guardó silencio, pero pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.

También lo es la maestra que les enseña a los presos a escribir en Y llegó el sábado. Ella logra que uno de los presos se exprese así de uno de los textos de sus compañeros:

—La puesta de sol reflejada en el vidrio. Todas las imágenes evocan la fragilidad de la vida y el amor. Esas muñecas finas como juncos. El dolor está en la conciencia de que la felicidad no durará.

Ese juicio, que se puede aplicar a muchas de sus narraciones, es dicho por el preso que más admira el narrador, también preso, y a quien considera con mayor talento literario.

La capacidad de ser un puente entre personajes, entre culturas se ve también en Panteón de Dolores, donde la narradora trata de que su hermana enferma de cáncer se reconcilie con su madre muerta, quien la desconoció cuando se casó con un mexicano; aunque la narradora misma no acaba de entenderla:

Me cuesta entender por qué nuestra madre odiaba tanto a los mexicanos. Quiero decir más allá del perjuicio heredado de todos sus parientes texanos. Sucios, mentirosos, ladrones. A ella le repugnaban los olores, de cualquier clase, y los de México le parecían aún peores que el humo de los coches. Cebollas y claveles. Cilantro, pis, canela, goma quemada, ron y nardos. Los hombres huelen en México. El país entero huele a sexo y jabón. Eso es lo que a ti te aterraba mamá, igual que a D. H. Lawrence. Aquí es fácil que el sexo acabe confundiéndose, nunca deja de latir. Un paseo de un par de manzanas es sensualidad pura, está cargado de peligro.

En ese cuento se llega a señalar que ella tiene un humor muy mexicano, lo cual es identificable con un acercamiento sin temores a la muerte, un acercamiento que incluso llega a ser juguetón, como en Polvo al polvo:

Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso.

Lucia Berlin tiene la cualidad que Borges pedía a los cuentos —y la razón por la que él no cultivó la novela—: la de mantener su raíz oral. Se sienten como si te los estuviera contando una amiga, una amiga que es, nada menos, Lucia misma, cuyas historias no te dejan indiferente y te hacen reír en el momento adecuado, sin por ello ser simplistas, y te pueden llenar los ojos de lágrimas con la oración precisa, con la imagen justa, con sus narraciones que, al menos yo, no puedo dejar de leer. Esa mujer de la limpieza que lo sabe todo.

Fuentes

Lucia Berlin. Manual para mujeres de la limpieza. Prol. Lydia Davis, int. Stephen Emerson, trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Alfaguara, 2017.

Lucia Berlin. Una noche en el paraíso. Prol. Mark Berlin, trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Alfaguara, 2019.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Collage realizado por Mildreth Reyes
Collage realizado por Mildreth Reyes

El Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México fue restablecido en varias ocasiones en diferentes puntos de la historia. Cada una dirigía a los capitalinos promesas de progreso, modernización y eficiencia en la movilidad cotidiana.

Desde su fundación en 1969 con la Línea 1, el metro, más allá de ser un lugar de tránsito, adquirió otros significados en la mente del colectivo. La imagen de este transporte se asocia a estrés en horas pico, retardos en el trabajo y vagones hacinados. Las estaciones se han transformado en puntos de encuentro para los usuarios que deben atravesar la ciudad para llegar a sus escuelas o empleos.

Aunque las personas pertenezcan a un mismo estrato, el transporte ofrece una mirada a múltiples realidades en un mismo México. Sin embargo, hay una convergencia entre el caos: la sociedad mexicana deja parte de sí en el metro y los problemas que la atraviesan. Uno de ellos es la sobrepoblación.

Una historia de remodelación, decadencia y saturaciones

Uno de los últimos episodios de remodelación concluyó con la reapertura del tramo Pantitlán a Isabel la Católica de la Línea 1 el  29 de octubre de 2023, tras 53 años de existencia. Los trabajos comenzaron el 11 de julio de 2022, más de un año destinado a labores de mantenimiento y renovación de vías. Esta parte más antigua había estado bajo remodelación con un periodo de cierre más allá de los siete meses previstos por la entonces jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum.

Al día siguiente de la reapertura, el Metro enfrentó problemas operativos y retrasos en el servicio. La saturación en esta línea, la primera en existir, dejó postales recurrentes antes de ese momento desde la década de 1970, solo meses después de su apertura.

El 4 de septiembre de 1969 se inauguró la primera línea del Metro. El evento fue presidido por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, famoso por haber articulado la masacre estudiantil del 68. Al primer día de la apertura, se contabilizaron 500 mil usuarios, de acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

En los inicios de la construcción, el 19 de junio de 1967, había planes para extenderse a lo largo de 12 mil 660 kilómetros y contemplando un total de dieciséis estaciones. El proyecto, propuesto por el grupo Ingenieros Civiles Asociados (ICA) al gobierno de Díaz Ordaz, buscaba emular los sistemas de transporte colectivo de otras metrópolis mundiales.

En los años siguientes, hasta 1972, el Metro experimentó una rápida expansión. La Línea 1 se extendió hasta Observatorio, mientras que se inauguraban la Línea 2, que corre de Tacuba a Taxqueña, y la primera etapa de la Línea 3, que va de Tlatelolco a Hospital General. Sin embargo, a partir de la última ampliación de esta fase, de Tacubaya a Observatorio, el crecimiento del sistema de transporte empezó a frenar, debido al aumento de la deuda, el contexto político adverso y las decisiones a nivel federal.

Para este periodo, la saturación comenzó a advertir que la capital iniciaba un proceso de sobrepoblación. Durante el mandato del expresidente Luis Echeverría (1970-1976), el gobierno mexicano tomó la decisión de frenar la expansión del Metro. La prioridad eran los subsidios al transporte público superficial, como las rutas de autobuses. 1

La decisión provocó un incremento en la cantidad de pasajeros del Metro, llevando al sistema a una saturación del 66% y a un aumento en los accidentes y fallas en el servicio durante aquellos años. En 1973, la afluencia diaria de usuarios superó el límite máximo de 1 millón 550 mil viajeros, y llegó hasta los 2 millones 300 mil pasajeros por día en 1977.

Las repercusiones también causaron un incremento drástico en los accidentes registrados entre 1974 y 1976. Uno de los más graves dejó 31 personas muertas en una colisión entre dos trenes causada por una falla en el sistema de seguridad en la estación Viaducto.

Por otro lado, mientras el número de usuarios del Metro aumentaba en un 23% durante estos años, la infraestructura y medidas de seguridad carecieron de la inversión necesaria para suplir la demanda creciente.

Con el paso del tiempo, elementos como las taquillas externas y los portillones automáticos fueron retirados por razones prácticas y de seguridad. Lo mismo ocurrió con elementos de mobiliario como bancas y botes de basura, de acuerdo con El Universal.

El Metro es de todos

“El Metro es de todos”, era la leyenda con la que operaba el Metro en sus inicios. El lema sería sentencia para los mexicanos de las generaciones siguientes. Los usuarios convirtieron las estaciones en una extensión de la realidad que afrontaban fuera de los vagones.

Una de las partes cruciales de la vida es su final. La Línea 1 tuvo una construcción enmarcada por el hallazgo de los restos humanos que serían conocidos como “El hombre de Balderas”. Las autoridades calcularon que tenía una antigüedad de 10 mil 500 años. 2

La muerte sería una viajera recurrente. En las estaciones Observatorio, Juanacatlán, Chapultepec, Sevilla, Insurgentes, Pino Suárez, Candelaria, Zaragoza, Gómez Farías y Boulevard Puerto Aéreo han sido identificadas por concentrar suicidios en 2022. Estos datos colocan a la Línea 1 en el cuarto puesto de líneas del Metro con más incidentes.

Este fenómeno plantea un grave desafío para las autoridades del Sistema de Transporte Colectivo (STC). En respuesta, surgió el programa “Salvemos vidas”, que logró evitar 410 posibles casos de suicidio desde el 2016 al 2020, año asolado por el paso del COVID-19 en México, según el gobierno de la Ciudad de México.

Los trenes, además de ser escenario de tragedias, también albergan experiencias ligadas al amor en el último vagón. Este espacio fue reclamado para la comunidad gay, después de las 22:00 horas, donde se busca desde una simple aventura hasta interacciones sexuales más directas. Esta práctica, conocida como “cruising en el metro”, ha evolucionado a lo largo de los años, convirtiéndose en una parte integral de la vida nocturna de algunos miembros de esta comunidad.

A pesar de que el Sistema de Transporte Colectivo (STC) intentó en 2011 restringir el acceso a este vagón por las noches en cinco líneas, surgió un desafío más claro en las estaciones: el trabajo sexual. En las estaciones Hidalgo, de la Línea 2, Candelaria y La Merced, de la Línea 1, se identificaron puntos en los que se ofrecen servicios sexuales.

En estos operativos, hubo individuos relacionados con el delito. En total hubo diecisiete remisiones a autoridades. Además, se detuvo a doce agentes de policía, acusados de recibir sobornos para permitir el sexoservicio y la venta ambulante.

Una modernización de la Línea 1 bien merecida

Desde hace 54 años, la Línea 1 había recibido mantenimiento rutinario. Parte de estas decisiones afectó tanto a la estructura como a los trenes. Uno de los episodios más recordados fue el cortocircuito entre las estaciones Chapultepec y Juanacatlán. Al menos treinta recibieron atención médica debido a la intoxicación por humo.

La Línea 1 ha sido el hogar de diversas facetas de la sociedad mexicana, tanto en su progreso como en los problemas que aún la aquejan. En cada modernización se ha intentado movilizar a una ciudad sobrepoblada que lleva al límite la capacidad de los trenes desde 1970.

De acuerdo con el gobierno de la Ciudad de México, este problema podría resolverse con la actualización del sistema de vías en las que se implementó tecnología de punta en seguridad y eficiencia. También se incluyeron veintinueve trenes nuevos.

La modernización incluye las áreas de maniobras y talleres en Zaragoza, el cambio de sistemas eléctricos y electrónicos, y la sustitución de la línea de alimentación de alta tensión junto con las subestaciones de rectificación. La modernización promete mejorar la capacidad de transporte en un 35%, reducir las fallas actuales y los costos de mantenimiento.

Respecto a lo que ocurra dentro de los vagones de la Línea 1, dependerá de las personas. El Metro es uno de esos sitios que ha adquirido distintos usos del que tuvo en su origen. Las vivencias que guarda entre sus estaciones ofrecen un vistazo desnudo de la sociedad que se ha desarrollado entre los vagones de este transporte.

Fuentes y referencias

Navarro Benítez, Bernardo. “El metro de la Ciudad de México”. Revista Mexicana de Sociología, volumen 46, número 5. Disponible en: biblat.unam.mx/hevila/Revistamexicanadesociologia/1984/vol46/no4/5.pdf.

“Reabre la Línea 1 del Metro: ¿Qué estaciones siguen por cerrar y cómo funcionará ahora?”. El Financiero, 29 de octubre de 2023. Disponible en: https://www.elfinanciero.com.mx/cdmx/2023/10/29/linea-1-reapertura-pantitlan-isabel-la-catolica-como-funciona-el-servicio-cierre-de-balderas-y-rtp/.

“Inicia el 11 de julio modernización de La Nueva Línea 1 del Metro de Pantitlán a Salto del Agua”. Jefatura de Gobierno, comunicado del 27 de junio de 2022. Disponible en: jefaturadegobierno.cdmx.gob.mx/comunicacion/nota/inicia-el-11-de-julio-modernizacion-de-la-nueva-linea-1-del-metro-de-pantitlan-salto-del-agua.

Ortega, Rubén. “‘Solo le dieron una pintada’: Usuarios critican nueva Línea 1 del Metro por retrasos de 10 minutos”. El Financiero, 12 de noviembre de 2023. Disponible en: www.elfinanciero.com.mx/cdmx/2023/11/12/nueva-linea-1-del-metro-usuarios-criticas-avance-lento-retrasos-goteras/.

“El Metro”. Mediateca INAH, 2 de septiembre de 2022. Disponible en: mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/node/5486#:~:text=El%204%20de%20septiembre%20de,dirigir%20la%20ceremonia%20de%20inauguraci%C3%B3n.

Conde de Arriaga, Jesús Francisco. “A 45 años de la tragedia del Metro Viaducto o una breve historia del transporte en la Ciudad de México”. Tierra Adentro. Disponible en: tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/a-45-anos-de-la-tragedia-del-metro-viaducto-o-una-breve-historia-del-transporte-en-la-ciudad-de-mexico/#easy-footnote-bottom-7-42674.

“El peor accidente del Metro CDMX no fue en 2021, sino en 1975 con más de 30 muertos”. Infobae, 8 de enero de 2023. Disponible en: www.infobae.com/america/mexico/2023/01/08/el-peor-accidente-del-metro-cdmx-no-fue-en-2021-sino-en-1975-con-mas-de-30-muertos/.

“Sillones acojinados, puertas y bancas en los andenes, así era la Línea 1 del Metro”. Mochilazo en el tiempo, El Universal, 16 de julio de 2022. Disponible en: www.eluniversal.com.mx/opinion/mochilazo-en-el-tiempo/sillones-acojinados-puertas-y-bancas-en-los-andenes-asi-era-la-linea-1-del-metro/.

“Metro CDMX: ¿En qué Estaciones Hay más Suicidios?”. N+, 23 de enero de 2023. Disponible en: www.nmas.com.mx/ciudad-de-mexico/metro-cdmx-estaciones-donde-mas-suicidios-hay-mapa-lineas/.

“Con el programa “Salvemos Vidas” del Metro CDMX se ha logrado contener a 51 usuarios con posible ideación suicida, en lo que va del año”. Gobierno de la Ciudad de México, Sistema de Transporte Colectivo Metro, 10 de septiembre de 2020. Disponible en: www.metro.cdmx.gob.mx/comunicacion/nota/con-el-programa-salvemos-vidas-del-metro-cdmx-se-ha-logrado-contener-51-usuarios-con-posible-ideacion-suicida-en-lo-que-va-del-ano.

Fregoso, Juliana. “Los secretos del último vagón del metro de la Ciudad de México, la ‘cajita feliz’ de la comunidad gay”. Infobae, 21 de abril de 2018. Disponible en: www.infobae.com/america/mexico/2018/04/21/los-secretos-del-ultimo-vagon-del-metro-de-la-ciudad-de-mexico-la-cajita-feliz-de-la-comunidad-gay/.

Gutiérrez, Hortensia. “Identifican prostitución en estaciones del Metro”. Capital, 16 de marzo de 2017. Disponible en: www.capitalmexico.com.mx/metropolitano/estaciones-metro-prostitucion-cdmx-hidalgo-candelaria-la-merced/.

El Universal. “Cosas raras y horribles que pasaron en el Metro de la CDMX”. Debate, 2 de enero de 2018. Disponible en: www.debate.com.mx/mexico/Cosas-raras-y-horribles-que-pasaron-en-el-Metro-de-la-CDMX-20180102-0086.html.

“La nueva Línea 1 del Metro de la CDMX”. Disponible en: www.lanueval1.cdmx.gob.mx/informacion/.


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
Verónica Murguía en su estudio, 2024. Fotografía por Alejandro Arras. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY 4.0
Verónica Murguía en su estudio, 2024. Fotografía por Alejandro Arras. Recuperada de Wikimedia Commons. CC BY 4.0

I

Asegura el historiador Serge Gruzinski que, en este milenio, “hace falta ser artista […] para capturar el presente”. A fin de probar su punto, aporta una fotografía tomada por Kader Attia, en la que se aprecia a un grupo de adolescentes modernos que juegan al fútbol en un campo argelino, empleando como portería un auténtico arco romano en ruinas. “Como tantas obras de arte —acota Gruzinski—, el arco cristaliza en sus piedras temporalidades múltiples que contaminan e inervan el presente. Un presente que, en este caso, es en igual medida el reflejo de un futuro abierto […] y un eco del pasado […]”. Su apunte incita reflexiones de otra índole: ¿No podemos definir del mismo modo a la literatura? ¿No es en los vestigios de la tradición que el escritor juega a abrir y resignificar el futuro?

Sirva como evidencia de lo anterior la obra de otra artista: Verónica Murguía, quien vivisecciona sin anestesia a la Historia, a fin de extirparle más de una verdad. Su escritura es diagnóstico: revela males crónicos que las sociedades occidentales vienen arrastrando, al tiempo que hace inventario de sus síntomas. En la obra de Murguía una pregunta se hace eco: ¿qué diremos del pasado que no hable asimismo del futuro?

La clarividencia es también una poética, demuestra Murguía. En su novela El cuarto jinete —publicada en el punto más crítico de la pandemia del COVID 19, aunque escrita algunos años antes—, la autora revisitaba el medievo para componer un cuadro clínico de pestes contemporáneas. Fanatismos, prejuicios y estigmas propios de aquel oscurantismo, Murguía los retrotraía para forzarnos a encarar un oscurantismo de hoy. Ya antes, sin embargo, en los cuentos de El ángel de Nicolás —volumen que cumple veinte años de publicado este 2024—, la autora se adelantaba a las tendencias y las poses, ahondando con postura y apostura intelectuales en una temática que hoy cobra especial relevancia literaria y política: la maternidad disidente.

Llama en particular mi atención el cuento titulado “El idioma del paraíso”, que sitúa su acción en torno al año 1200, durante el reinado de Federico II, emperador del Sacro Imperio Germánico Romano. Enemigo de la Iglesia y mecenas de las artes, Federico II encarnaba el puro contraste: lo mismo amaba la literatura que la tortura. Federico promovió la creación literaria en su corte —y él mismo se las daba de poeta, lo que explicaría su interés por la lengua del Adán bíblico—.

Según el pasaje de la Crónica de Fra Salimbene con que Murguía nos introduce al cuento, Federico II aisló a un grupo de neonatos, creyendo que en sus primeros balbuceos escucharía la lengua edénica. Con curiosidad rayana en la vocación científica, el emperador recluyó a los pequeños en aposentos especiales de su palacio, asignándoles un grupo de guardias y un puñado de nodrizas para su cuidado:

[…] ordenó a las nodrizas que amamantaran a los niños y que los bañaran y limpiaran, pero de ninguna forma charlar con ellos o hablarles, pues quería saber si hablarían hebreo, que es el lenguaje más antiguo, o griego o latín, o árabe, o tal vez el idioma de sus padres. Pero sus esfuerzos fueron vanos, porque todos los niños murieron.

En el relato, Murguía imagina el testimonio de una de aquellas mujeres, no menos humano por ficticio, ni menos vigente por lejano en el tiempo. Al contrario, la nodriza que narra cobra una rabiosa actualidad cuando vemos que su sentir tiene más que ver con las madres de Ayotzinapa que con la propia madre de Dios —siendo la virgen aspiración e inspiración de la mujer medieval—.

La nodriza de apenas diecinueve años, separada de sus propios hijos por capricho de un hombre poderoso, y luego forzada a desempeñarse como madre artificial de los pequeños secuestrados, encuentra en su condición de súbdita —y de sujeto a experimento— dolores y angustias que podemos calificar de metamodernos: observa los efectos mortales del virtual aislamiento en el ser humano, y la devastación de que es capaz la ciencia al servicio de un patriarcado amoral (en la “curiosidad abominable” de Federico II).

[El emperador] creía entonces —cuenta la nodriza— que si los niños no escuchaban palabra alguna de sus bocas infantiles saldría el idioma original, y él lo aprendería de ellos.

Si, como aseguraba Piglia, un relato visible esconde “un relato secreto narrado de un modo elíptico y fragmentario”, en “El idioma…” encontramos dos historias secretas adicionales. En primer lugar, la de una madre que se rebela contra el sistema; y en segundo, la de un ser humano que descubre el poder de las palabras.

Ya desde los primeros párrafos, Murguía nos presenta a una mujer problemática que contraviene no solo su condición de católica practicante, sino de súbdita del imperio:

Dicen en la plaza y en la iglesia que el emperador Federico ha muerto. Doy gracias a Dios. […] El pueblo ha sido convocado […] para rezar por el descanso del alma del emperador. No iré.

[…] Lo enterraron rápidamente allá en Apulia, excomulgado y sin corona, dentro de un féretro descomunal, construido aprisa para contener el cuerpo tumefacto y pestífero. Me parece justo.

Pero, cuando más adelante mueren los pequeños a cargo de las mujeres, sin haber proferido una sola palabra de la supuesta lengua original, la nodriza se nos revela no ya tridimensional sino poliédrica. Los niños, sugiere el relato, pierden la vida a falta de palabras afectuosas; pero, a la par, la nodriza encuentra otras dimensiones de la vida y las palabras:

La desesperación se apoderó de todas [las nodrizas]. No podíamos acariciarlos, ni cantarles para que se durmieran, y ellos parecían pedirnos a gritos una sola palabra. […] El único idioma que poseían los niños era el de las lágrimas. Sé que ese es el idioma humano primero. He visto, además, que en la muerte a algunos se les olvida el habla y se despiden entre moco y lágrimas, así que con frecuencia también es el último. El llanto es el idioma que de verdad nos pertenece a todos […].

Nuestro silencio terminó por matarlos. El primer niño murió una noche, antes del amanecer. Lloraba ya muy quedo y, aunque la nodriza le ponía el pecho en la boca, no tenía fuerzas para chupar. Al ver que el pequeño estaba muerto, la mujer cayó al suelo con los ojos abiertos y fijos. […] Se le secó la leche; la mandaron a su pueblo con una bolsa llena de monedas de oro.

[…] Yo fui de las últimas en regresar, porque el niñito que me había sido asignado era fuerte y valiente, aunque de nada sirvió. […] También se me secó la leche y casi perdí la razón.

Creo saber cuál es el idioma que el emperador Federico —¡ojalá esté ardiendo en el infierno!— quería conocer. Cualquier palabra, en cualquier lengua, dicha amorosamente, desciende de ese idioma.

Las palabras dan la vida y la arrebatan, sugiere Murguía. Todo lo que se haga con ellas —la literatura, por ejemplo—, tiene el potencial de ser un acto de amor.

II

Me gusta la palabra “entrevista” porque evidencia el acto de entrever; es decir, ofrece la posibilidad voyerista de asomarse al otro y vislumbrar algo privado —y, si se tiene suerte, algo escondido—. En ese sentido, el cuento y la entrevista son hermanos: en ambos géneros se asume que hay historias secretas por sacar a la luz.

Entrevisté a Verónica Murguía no solo para ahondar en la visión de una de nuestras autoras fundamentales; sino también para realizarle una suerte de “careo estilístico”: raramente tenemos los aspirantes a escritor la oportunidad de interrogar a los autores que nos importan; de escuchar de viva voz las motivaciones y poéticas detrás de un texto que admiramos.

Presento, a continuación, un extracto de la charla que sostuve con Murguía, a propósito de los veinte años de la aparición de “El idioma del paraíso”.

¿De dónde viene tu interés por la Edad Media?

V. M.: Cuando leí Nuestra Señora de París, me sorprendió la maldad de que podía ser capaz un sacerdote. Eso hizo que me interesara. Y, más adelante, quedé fascinada cuando entendí que se trataba de una época donde la religión se mezclaba con todos los aspectos de la vida, incluido el asesinato, la muerte y la guerra. Dios estaba metido en absolutamente todos los actos de la vida humana.

Federico II era una figura muy problemática para la Iglesia, de modo que cuando la nodriza de “El idioma…” agradece a Dios por la muerte del emperador, no es un acto contradictorio, sino natural. En su visión, todo pasa porque Dios así lo quiere.

Una de las razones por las que escribo sobre un pasado tan distante, es que tengo la libertad de decir que un hombre abominable era también excepcional. Federico II es un hombre que escaparía a las convenciones del siglo XXI. El medievo fue una época que favoreció la exageración: la hipérbole de lo humano, que apreciamos especialmente en sus gobernantes. Incluso la expresión medieval de los sentimientos es hiperbólica: la gente se tira al suelo, llora, se desgarra las vestiduras, besa cadáveres…

En “El idioma del paraíso” tenemos a un grupo de nodrizas, mujeres separadas de sus hijos por el emperador. En la actualidad, en nuestro país, podemos encontrar una experiencia similar: madres que buscan a sus hijos desaparecidos. ¿Qué piensas de este paralelismo?

V. M.: Cuando, hace unos años, Trump separó a las familias de migrantes en la frontera, había niños muy pequeños que fueron maltratados. De aquellas familias, quedan muchas que aún no se reencuentran. Las cosas no han cambiado mucho. En México, en este momento, las madres que buscan a sus hijos desaparecidos representan a Príamo: la escena más conmovedora y desgarradora de la Ilíada. Es una de las escenas con las que abre la literatura trágica: Príamo pidiéndole el cuerpo de su hijo a Aquiles.

Las madres buscadoras son una fuerza de la naturaleza. Para mí, son la expresión del vigor que ansía justicia en este país; el más puro reclamo de justicia. Tenemos, también, a los niños violentados en el conflicto entre Rusia y Ucrania… “El idioma…” es un cuento vigente porque toca la injusticia sobre el cuerpo infantil inerme y el cuerpo femenino inerme.

Tu cuento, para mí, habla sobre una maternidad trasgresora: ¿el primer desafío feminista viene desde la maternidad?

V. M.: Volvamos a las madres mexicanas: ese reclamo que le hiciera a Calderón una madre juarense, la que dijo: “Discúlpeme, Señor Presidente, yo no le puedo decir bienvenido porque para mí no lo es”.  Las madres siempre señalan el ensañamiento del poderoso con las víctimas.

¿Podemos decir que en este cuento se muestra la confrontación entre ciencia (la curiosidad del emperador) y consciencia (los empeños de las nodrizas), es decir, una fuerza masculina violenta contra una fuerza femenina protectora?

V. M.: Estoy de acuerdo. Pocos monarcas encarnaron la masculinidad como lo hacía Federico II. Desafiante, atractivo, descendiente de los cruzados, era el resultado de un pedigrí impresionante. Él encarnaba el ideal viril de la monarquía. Las nodrizas, mujeres, eran pobres y comunes en contraste. La idea de la nodriza me gusta porque no se entrega a un hijo propio, sino a uno ajeno. No escribí sobre ellas para demostrar nada, sino para enfatizar algo que sí creo: cualquier mujer haría lo mismo que ellas, protegería a los pequeños.

También hay que recordar que para esas mujeres medievales el ideal no era Jesucristo, sino la Virgen María. Un ideal contradictorio que es también una doble exigencia: la mujer virgen y madre, un binomio demencial. Sin embargo, la Virgen María, a su modo, también es desafiante: ¿una mujer que tendrá un hijo con un espíritu? Es una idea complicada.

¿Te propusiste escribir este cuento como una “parábola” —en el mejor de los sentidos—, o el relato adquirió esa condición sobre la marcha?

V. M.: No. Lo escribí porque expresa algo en lo que de verdad creo. Yo creo que el idioma que podría redimir al mundo es el del amor. Un amor no sensual, sino fraterno. Sé que suena ingenuo, pero más ingenuo sería desterrar la posibilidad. Detrás de ello están los gestos humanos que valen la pena. Pienso en la gente que sirve de médico en las guerras, pienso en los abogados que trabajan pro bono, pienso en las patronas que alimentan inmigrantes —esas mujeres sí saben de qué va la cosa—.

Hoy en día vemos una ruptura entre lo femenino y lo masculino; un rechazo a las narrativas patriarcales del pasado. ¿Qué piensas de esa tendencia actual?

V. M.: Creo que debemos romper con la tradición, sí. Pero haciendo “alianza con los abuelos”, como decía Gil de Biedma. Como mujer y feminista, hice alianza con los hombres que escribían bien. Una doble alianza: con el antepasado sin importar el sexo; pero también una alianza con el estilo y la belleza, sin importar el género.

¿Quiénes son tus abuelos literarios?

V. M.: Marcel Schwob. Victor Segalen, porque recupera una voz y una poética mongolas en sus “Estelas”. Saint-John Perse, con un tono altísimo como las catedrales. Pound, problemático por sus ideologías. Quevedo era un misógino y antisemita, pero escribió un soneto que me hace pedazos y es uno de los lemas de mi vida: “Polvo serán, mas polvo enamorado”. Garcilaso: “Por vos he de morir…”, era soldado, tenía una idea marcial del amor. Es muy fácil ser iconoclasta hoy en día. Lo difícil es entender los íconos.

¿Tú crees que la Historia puede reescribirse o sobreescribirse?

V. M.: Sí. Debe reescribirse para que haya interpretaciones actuales y vigentes del pasado. Valemos solo por ser, no por lo que hacemos. Me cuesta trabajo decirlo porque soy escritora y quiero escribir cada vez mejor. Pero yo valgo porque soy una mujer, no por lo que escribo. Eso yo quería proyectarlo en mi cuento. Y de eso me valió reescribir ese episodio.

En el cuento, los niños mueren a falta de palabras. ¿Crees que eso mismo le ocuriría al mundo si se quedara sin escritores?

V.M.: Sin arte, la vida es inimaginable. Es algo que me gustaría hacerle ver a la gente que no cree en el arte como una clara necesidad humana. Pensemos: en la prehistoria, y sin siquiera tener excedentes de producción, ya pintábamos en las cavernas; en el Neolítico y el Paleolítico éramos animales que hacían pintura y música. Los humanos de hoy somos ese mismo animal. El arte siempre ha sido indispensable.

El cuento, ¿cuál es tu definición del género?

V. M.: Una pregunta, yo creo. Escribí los cuentos de El ángel de Nicolás para decirle a mi amado David Huerta: “Esto es lo que yo le pregunto al mundo”. ¿La verdad, la belleza, la vejez, la guerra…? ¿La violencia, que está en la naturaleza misma de las cosas? ¿Lo humano?

Tal vez lo humano sea alejarse voluntariamente de la violencia.

Bibliografía

Verónica Murguía, El ángel de Nicolás. México: Era, 2004.

Ricardo Piglia, Tesis sobre el cuento: Formas Breves. España: Anagrama, 2000.

Serge Gruzinski, ¿Para qué sirve la historia? España: Alianza Editorial, 2018.


Autores
Alberto H. Tizcareño (Ciudad de México, 1987). Publicista y narrador. Autor de Casas Caídas, novela de reciente aparición en el catálogo del Fondo de Cultura Económica / Fondo Editorial Tierra Adentro. Su libro de cuentos Señoras se erigió, por unanimidad del jurado calificador, con el Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2023, otorgado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Sus cuentos han aparecido en diversas revistas como Nexos, Luvina y Tierra Adentro.
Fragmento de la portada de “Los bandidos de Río Frío” de Manuel Payno, edición electrónica de Fundación Carlos Slim.

De un viejo y fornido árbol, a espaldas de la iglesia de San Sebastián, cuelgan a dos hombres vestidos de manta, con huaraches y el rostro cubierto por paliacates rojos. Un sacerdote con sombrero negro, nariz roja y sonrisa etílica, en compañía de su acólito, se acerca para dar la extremaunción a los colgados, pero en lugar de santos óleos, arroja gotas de pulque. Al pie del árbol se alinean cinco bigotudos con carabinas, apuntan al doble péndulo humano y disparan. La multitud que observa se cubre los oídos. Otros tiros se escuchan entre jinetes que vigilan la ejecución. También a caballo, tres hombres con faldas, pelucas plásticas, bustos opulentos y bigotes rasurados a las prisas, sonríen y mandan besos a diestra y siniestra.

Al megáfono, un viejo de barba rompe el pacto de ficción, pide aplausos para los ejecutados, para los tiradores y para el sacerdote y su “alcohólico”. La gente ríe y el sacerdote les avienta gotas de pulque. Es la recreación de Los bandidos del Río Frío, último día de la semana de las festividades de San Sebastián Mártir, domingo, mayordomía de los arrieros, en Tepetlaoxtoc, cabecera del municipio de mismo nombre, Estado de México, año en curso. Bajan a los colgados y los jinetes van por otros bandidos para ejecutar. Yo aprovecho para empinar el litro de curado de nuez. En mi mochila está el segundo tomo de la novela de Manuel Payno, entre sus hojas descritos los bandidos que aquí se recrean y que, tanto en la ficción como en la realidad, habitaron y se guarecieron en Tepetlaoxtoc.

Entre 1810 y 1894, México se independizó, fue imperio, sufrió invasiones (soldados extranjeros quejándose de la gastronomía picante en inglés como en francés), perdió gran parte de su territorio y fue imperio de nuevo. Entre estos años vivió Manuel Payno, figura política de importancia, pero, sobre todo, por motivos de nuestro interés, autor de la novela de más de mil páginas, en dos tomos (en algunas ediciones, tres), Los bandidos del Río Frío.

Más de un mes con su peso en la mochila, asomándose en los trayectos en metro y metrobús, contemplas sus minuciosos paisajes, mientras tus amistades hablan de la actualidad, del corte de agua del Cutzamala o del trafical citadino; pero para ti San Lázaro es un puerto; San Ángel, un pueblo, y cursas el sistema de lagos, odisea susceptible a mortales tormentas; a las pláticas sobre cárteles y crimen organizado, sobre las prepotencias y ridiculeces de politiquillos como Sandra Cuevas, quieres abonar algún relato de aquel personaje de Payno, Relumbrón; en el tianguis, con tu bolsa del mandado despeinada de espinacas, miras a la frutera y le ves algo de Cecilia; quizá ese cliente coqueto e insistente es como Lamparilla.

Debo confesar que, a veces, leer mamotretos de otro siglo me da una pereza monumental. Pereza que viene sazonada, quizá paradójicamente, de cierta ansiedad lectora: el tiempo que me tomará leer esa novela me tomaría leer unas cuatro o cinco de la mesa de novedades. ¿Sufrirá mi pretenciosa lista de lecturas del año? Se verá menguado el conteo a comparación del año pasado. ¿Y el balance escritoras/escritores? Sumergirme en el tabique de este señor me resta tiempo para leer autoras injustamente olvidadas, o aquellas voces nuevas. Pero a todas estas barreras le acompaña una certeza: siempre que cedo, siempre que sí me voy por el camino arduo, martirizando mis muñecas, ejercitando mi léxico de otros siglos, siempre, y no es exageración, siempre termino encantado.

Los clásicos son clásicos por algo, sí, en parte por un canon que merece revisarse por sus huecos, pero, creo, no por sus aciertos. La selección viene de que son lecturas vivas, no meramente atávicas; superan al juez literario más implacable: el tiempo. A pesar de los siglos de separación entre lector y escritura, siguen comunicando algo. Middlemarch refleja la hipocresía de una moral rígida de provincia, las expectativas castrantes que recaen sobre las mujeres. En Los hermanos Karamazov tomamos un autoexamen de nuestra identidad y existencia. No hace falta ser una mujer inglesa decimonónica o un ruso aspirante a monje para empatizar, para extraer algo de estas lecturas. 

La novela de Payno no es excepción. En sus páginas vemos bastantes temas que son relevantes. Destaco la articulación de una red que se puede llamar crimen organizado. Relumbrón, la cabeza de dicha red, ocupa un puesto social y de prestigio en el gobierno y la sociedad, eco que escuchamos en figuras como García Luna. El bandido, Evaristo, ejerce el papel absurdo de vigilante de caminos; por un lado, cuida y, por el otro, asalta. Entonces, la desconfianza actual para con la policía no es cosa nueva; la sospecha de que mantienen vínculos delictivos, tampoco. “¿Para qué le llamas a la policía? Si son los mismos que te asaltaron”.

El anglicismo fake news da la finta de que el fenómeno al que se refiere es reciente, de la era del internet y la desbordante influencia pop y política de los gringos, pero en Los bandidos del Río Frío aparece un licenciado que se adueña de un periódico de oposición al gobierno; bajo sus manos manipula las noticias, exacerba ciertos aspectos, oculta otros, todo con tal de ganarse el agradecimiento del presidente. En el periódico redactan notas rojas con casi nulo sustento en la realidad, ocasionan la indignación del pueblo; chivos expiatorios pagan los platos rotos de un maldito que escala socialmente por medio de la posverdad.

Además de los hombres en falta, con maquillaje exagerado y globos como pechos, hay en la recreación en Tepetlaoxtoc mujeres vestidas de bandidas. A ellas también las cuelgan y ejecutan. Los locales me dicen que eso es nuevo, hace unos años la recreación era cosa de puros hombres. Llegó el cambio: ellas juegan cada vez más un papel protagónico, falta ver cómo sucede en la novela.

Es indudable que sumergirse en los clásicos trae el riesgo de enfrentarse a miradas machirulas de los señores escritores: personajes femeninos unidimensionales, sexualizados, santas perpetuas, idiotas o ausentes (prácticamente un espejo de lo que se ve en aquellos hombres rasurados a las prisas y que reproducen ademanes caricaturescos de su idea de feminidad). Payno es culpable de algunas de estas cosas, lo reconozco; erotiza el cuerpo de las mujeres de pueblo; sin embargo, a las de clase alta las mantiene detrás de un velo de pureza que nunca se arranca. Pero me parece que compensa con la profundidad de los personajes, es decir, no peca de lo unidimensional. Por ejemplo, Cecilia, la frutera, es de lo mejor, tiene un arco, una evolución interesante; además, no está a la merced de los hombres, ella vive como empresaria soltera, se defiende mejor con sus propias manos que con la ayuda de un licenciado coquetón.

Como contraparte a la figura de la mujer, Payno retrata el machismo de los personajes masculinos. No se romantiza el acoso de los pretendientes, ni el celo paterno. La violencia misógina está presente sin ambages. Esta cualidad de la novela la podemos vincular con la corriente literaria a la que se adscribe: el naturalismo. En obras del estilo se encuentran testimonios fieles de las injusticias, del operar de las estructuras sistémicas. Esto permite lecturas actuales, interseccionales, feministas, decoloniales, antirracistas, etcétera. Por ejemplo, Nana de Emile Zola contiene desafíos a los roles de género y a la sexualidad normativa. Leerla no es escapar a otra época, un alienarse, sino que nos lleva a las raíces de problemas y desafíos que nos atraviesan.

En Los bandidos del Río Frío cada capítulo cierra con el mentado cliffhanger, particularidad propia de las novelas por entregas, técnica emulada en las telenovelas y en las series de suspenso. ¿Qué le pasará al apuesto y honrado soldado? ¿Será ejecutado? ¿O de alguna manera sorpresiva salvará el pellejo? ¡Entérese en el siguiente capítulo de esta novelota de más de mil páginas! Y así vas, capítulo tras capítulo, entre decenas de personajes que se van enredando, a veces de manera inverosímil, pero bueno, todo sea por el melodrama del que Televisa sigue haciendo refritos medio cuchos. En fin, leer a Payno es divertido, es como ver televisión, y eso tiene mérito, más en tiempos en los que parece que el “deber” del lector es sufrir penitencias propias y ajenas.

Otra cualidad deliciosa: descubrir en las páginas lo glotón que era el novelista. No tengo dudas de que se servía doble o triple porción de cada garnacha y con harta salsita. Describe los platillos y a uno le ruge la tripa. Muchas obras literarias omiten el lado gastronómico de la vida de sus personajes. Para mí esto es un error grave si se trata del género naturalista. ¿Cómo quieres retratar fielmente una estampa espacio temporal si no dedicas unas líneas a con qué coronaban sus taquitos? Por eso considero que los libros de cocina son documentos históricos importantes. Además, coincido con Payno en lo tragón, gran parte de mi excursión a la festividad de San Sebastián en Tepetlaoxtoc tuvo que ver con la tripa, me eché mis tacos de barbacoa, pancita y surtida.

Payno, además, era un aficionado a los eventos de su tiempo, a la nota roja; nutrió su obra de personajes y sucesos reales. Mantuvo varios nombres de hacendados y lugareños de la región. El coronel Relumbrón, aquel capo del crimen organizado, está basado en Juan Yáñez. De acuerdo con el cronista de Tepetlaoxtoc, la pulquería a la que llegó Evaristo, el bandido, también existió y existe, entonces bajo el nombre Xóchitl, ahora conocida como El Portón, donde compré ese litro de curado de nuez. Asimismo, los crímenes que narra están documentados en los periódicos de aquellos tiempos, de cuando la inseguridad en los caminos, robo de mujeres, asaltos y asesinatos. En la novela, parte de los bandidos son de Tepetlaoxtoc, hostigan a los pobladores y, sobre todo, a los arrieros, esa antigua mayordomía de los encargados de transportar mercancía y personas entre un pueblo y otro. Claramente los habitantes de Tepetlaoxtoc se ven reflejados en la novela, sus penas, problemáticas e idiosincrasias; actúan una narrativa en la que ejercen una especie de justicia que, quizá, en la realidad, nunca vivieron.

Tanto la recreación en Tepetlaoxtoc, como aquellos temas que atraviesan nuestra actualidad, como el gozo que provoca su lectura, confirma que este clásico, Los bandidos del Río Frío, no es una novela trasnochada, un lastre de un canon polvoso y rancio, sino que está vivita y coleando, como las patas de los hombres vestidos de bandidos que cuelgan de aquel árbol viejo y fornido.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.